Dramatis personae

Los letherii

Tehol Beddict: Vecino indigente.

Bicho: Sirviente de Tehol.

Shurq Elalle: Pirata vagabunda.

Skorgen Kaban: Primer oficial de Shurq.

Ublaba Pung: Mestizo tarthenal sin empleo.

Ormly: Miembro del Gremio de los Cazarratas.

Rucket: Investigadora jefe del Gremio de los Cazarratas.

Karos Invictad: Centinela de los patriotas.

Tanal Yathvanar: Ayudante personal de Karos.

Rautos Hivanar: Maese de la Consigna Libertad de Mercaderes.

Venitt Sathad: Principal agente de campo de Rautos.

Triban Gnol: Canciller del Nuevo Imperio.

Nisall: Primera concubina del rey.

Janall: Emperatriz depuesta.

Turudal Brizard: Antiguo consorte.

Janath Anar: Prisionera política.

Sirryn Kanar: Guardia de palacio.

Brullyg (Temblor): Gobernante simbólico del Segundo Fuerte de la Doncella.

Yedan Derryg (La guardia)

Orbyn (Buscaverdad): Comandante de sección de los patriotas.

Letur Anict: Comisionado en Drene.

Bivatt: Atri-preda del Ejército Oriental.

Bruja de la Pluma: Esclava letherii de Uruth.

Los tiste edur

Rhulad: Gobernante del Nuevo Imperio.

Hannan Mosag: Ceda imperial.

Uruth: Matriarca del emperador y esposa de Tomad Sengar.

K’risnan: Hechiceros del emperador.

Bruthen Trana: Edur en palacio.

Brohl Handar: Supervisor del este en Drene.

Llegan con la flota edur

Yan Tovis (Crepúsculo): Atri-preda del ejército letherii.

Varat Taun: Su teniente.

Taralack Veed: Agente gral de los Sin Nombre.

Icarium: Arma de Taralack.

Hanradi Khalag: Hechicero de los tiste edur.

Tomad Sengar: Patriarca del emperador.

Samar Dev: Erudita y bruja de Siete Ciudades.

Karsa Orlong: Guerrero toblakai.

Taxiliano: Intérprete.

Los lezna’dan

Mascararroja: Exiliado que ha regresado.

Masarch: Guerrero del clan Renfayar.

Hadralt: Caudillo del clan Ganetok.

Sag’Churok: Guardaespaldas de Mascararroja.

Gunth Mach: Guardaespaldas de Mascararroja.

Torrente: Cara de cobre.

Natarkas: Cara de cobre.

Los perseguidos

Seren Pedac: Corifeo letherii.

Temor Sengar: Tiste edur.

Tetera: Huérfana letherii.

Udinaas: Esclavo fugado letherii.

Marchito: Espectro de sombra.

Silchas Ruina: Ascendiente tiste andii.

El Refugio

Ulshun Pral: Imass.

Rud Elalle: Huérfano adoptado.

Hostil Rator: T’lan imass.

Til’aras Benok: T’lan imass.

Gr’istanas Ish’ilm: T’lan imass.

Los malazanos

Cazahuesos

Tavore Paran: Comandante de los Cazahuesos.

Lostara Yil: Segunda de Tavore.

Keneb: Puño de los Cazahuesos.

Blistig: Puño de los Cazahuesos.

Faradan Sort: Capitana.

Madan’tul Rada: Teniente de Faradan Sort.

Larva: Hijo adoptado de Keneb.

Pico: Mago, segundo de la capitana Faradan Sort.

Octava Legión, Novena Compañía

Cuarto pelotón

Violín: Sargento.

Chapapote: Cabo.

Koryk: Mestizo seti, infante de marina.

Sonrisas: Kanesiana, infante de marina.

Sepia: Zapador.

Botella: Mago del cuadro.

Corabb Bhilan Thenu’alas: Soldado.

Quinto pelotón

Gesler: Sargento.

Tormenta: Cabo.

Arenas: Infante de marina.

Narizcorta: Infantería pesada.

Destello de Ingenio: Infantería pesada.

Uru Hela: Infantería pesada.

Cachipolla: Infantería pesada.

Séptimo pelotón

Cordón: Sargento.

Casco: Cabo.

Cojo: Infante de marina.

Ebron: Mago del pelotón.

Crujido (Jambadar Tronco): Zapador.

Peccado: Maga.

Octavo pelotón

Hellian: Sargento.

Pejiguero: Cabo primero.

Sinaliento: Cabo segundo.

Balgrid: Mago de pelotón.

Tavos Estanque: Infante de marina.

Quizás: Zapador.

Laúdes: Sanador del pelotón.

Noveno pelotón

Bálsamo: Sargento.

Olor a Muerto: Cabo.

Rebanagaznates: Infante de marina.

Galt: Infante de marina.

Lóbulo: Infante de marina.

Jarretesgrandes: Mago del pelotón.

Doceavo pelotón

Thom Tissy: Sargento.

Tulipán: Cabo.

Rampa: Infantería pesada.

Jibb: Infantería media.

Chorrogaviota: Infantería media.

Tirabarro: Infantería media.

Bellig Harn: Infantería pesada.

Decimotercer pelotón

Urb: Sargento.

Reem: Cabo.

Masan Gilani: Infante de marina.

Tazón: Infantería pesada.

Hanno: Infantería pesada.

Lametazo de Sal: Infantería pesada.

Escaso: Infantería pesada.

Octava Legión, Tercera Compañía

Cuarto pelotón

Pravalak Borde: Cabo.

Miel: zapador.

Correa Ponche: Zapador.

Bajío: Infantería pesada.

Miratrás: Infantería pesada.

Quinto pelotón

Badan Gruk: Sargento.

Fruncida: Infante de marina.

Roce: Infante de marina.

Nep Surco: Mago.

Reliko: Infantería pesada.

Inmenso Vacío: Infantería pesada.

Décimo pelotón

Remilgo: Sargento.

Caza: Cabo.

Mulvan Pavor: Mago.

Neller: Zapador.

Muertecalavera: Infante de marina.

Sacaprimero: Infantería pesada.

Otros

Banaschar: El último sacerdote de D’rek.

Asimismo: Fabricante de espadas meckros.

Sandalath Drukorlat: Tiste andii, esposa de Asimismo.

Nimander Golit: Tiste andii, descendiente de Anomander Rake.

Phaed: Tiste andii, descendiente de Anomander Rake.

Cuajo: Esqueleto de reptil poseído.

Telorast: Esqueleto de reptil poseído.

Onrack: T’lan imass, no vinculado.

Trull Sengar: Renegado tiste edur.

Ben Adaephon Delat: Mago.

Menandore: Soletaken (hermana de Amanecer).

Sheltatha Sabiduría: Soletaken (hermana de Atardecer).

Sukul Ankhadu: Soletaken (hermana Moteada).

Kilmandaros: Diosa ancestral.

Clip: Tiste andii.

Cotillion: La Cuerda, dios patrón de los asesinos.

Emroth: T’lan imass rota.

Seto: Fantasma.

El viejo Joroba Arbat: Tartheno.

Sucinta: Antigua presa.

Brevedad: Antigua presa.

Tirón: Bruja temblor.

Chapoteo: Bruja temblor.

Prólogo

Prólogo

La senda ancestral de Kurald Emurlahn

La era de la Partición

En un paisaje desgarrado por el dolor, los cadáveres de seis dragones yacían repartidos por una fila desigual que cubría mil pasos o más de la llanura, la carne desgarrada, los huesos rotos sobresaliendo, las mandíbulas abiertas y los ojos secos y quebradizos. Allí donde la sangre se había derramado por el suelo, los espectros se habían reunido como moscas para chuparla y habían quedado atrapados; los fantasmas se retorcían y exhalaban gritos huecos de desesperación a medida que la sangre se oscurecía y se fundía con el suelo inerte, y cuando al fin la sustancia se endureció y se convirtió en piedra vítrea, esos fantasmas quedaron condenados a un encierro eterno en esa prisión tenebrosa.

La criatura desnuda que atravesaba el basto sendero formado por los dragones caídos podía rivalizar en masa con estos, pero estaba atada a la tierra y caminaba sobre dos piernas arqueadas, los muslos gruesos como árboles milenarios. La anchura de los hombros igualaba la altura de un tartheno toblakai; desde un cuello grueso oculto bajo una melena de cabello negro brillante, la parte frontal de la cabeza era sobresaliente: frente, pómulos y mandíbula, y los ojos hundidos revelaban unas pupilas negras rodeadas por un blanco opalescente. Los brazos formidables eran de una largura desproporcionada, las manos enormes casi arañaban el suelo. Los pechos le colgaban, grandes y pálidos. Fue pasando sin prisa junto a los cadáveres magullados y medio podridos. El movimiento de su paso era de una fluidez extraña, en absoluto pesado, y cada miembro se revelaba como dueño de articulaciones extras.

La piel, del tono del hueso blanqueado por el sol, se oscurecía hasta un rojo venoso en los extremos de los brazos de la criatura; varios cardenales rodeaban los nudillos, un encaje de carne agrietada que exponía el hueso aquí y allá. Las manos habían sufrido daños, el resultado de asestar golpes demoledores.

La criatura se detuvo, levantó la cabeza y observó tres dragones que surcaban el aire en las alturas, entre las nubes enturbiadas; aparecían y desaparecían entre el humo del reino moribundo.

Las manos de la criatura terrestre se crisparon y un gruñido grave surgió de las profundidades de su garganta.

Tras un largo rato, reanudó su viaje.

Más allá del último de los dragones muertos, en un lugar donde se alzaba una cordillera de colinas, la más grande de estas se abría como si una garra gigante hubiera arrancado el corazón del cerro y en esa grieta rugía un desgarro, un roto en el espacio por el que se desangraba el poder en chorros nacarados. La malicia de esa energía era evidente en el modo en que devoraba los lados de la fisura, royendo como ácido las rocas y peñascos del antiguo margen.

El desgarro no tardaría en cerrarse y el último que lo había atravesado había intentado sanar la puerta tras él. Pero una sanación así no se podía hacer con prisas y esa herida volvió a sangrar.

Sin hacer caso de la virulencia que se derramaba por el desgarro, la criatura se acercó poco a poco. En el umbral hizo una nueva pausa y se volvió para mirar el camino por el que había llegado.

Sangre dracónica que se endurecía y convertía en piedra, láminas horizontales de esa sustancia que ya comenzaba a separarse de la tierra circundante para alzarse en un borde que formaba muros extraños, desarticulados, algunos de los cuales empezaron entonces a hundirse, a desvanecerse de ese reino. Atravesaron un mundo tras otro. Para reaparecer al fin, sólidos e impermeables, en otros reinos, dependiendo de la orientación de la sangre, y esas eran leyes que no se podían desafiar. Starvald Demelain, la sangre de dragones y la muerte de la sangre.

A lo lejos, tras la criatura, Kurald Emurlahn, el Reino de Sombras, el primer reino nacido de la unión de Oscuridad y Luz, convulso en su agonía. A mucha distancia de allí todavía se libraban guerras civiles, mientras que en otras zonas la fragmentación ya había empezado, secciones inmensas del tejido arrancadas de ese mundo, desconectadas, perdidas y abandonadas para... o bien sanarse solas, o morir. Con todo, todavía llegaban intrusos, como carroñeros reunidos alrededor de un leviatán caído, arrancando con impaciencia sus propios trozos del reino para su uso privado. Destruyéndose unos a otros en fieras batallas por los restos.

No había imaginado, nadie podía haber imaginado, que un reino entero podía morir así. Que los actos despiadados de sus habitantes podían destruir... todo. Los mundos continúan viviendo, había sido la creencia, la suposición, hicieran lo que hicieran los que moraban sobre ellos. La carne desgarrada sana, el cielo se despeja, y algo nuevo sale reptando de la mugre salobre.

Pero no en esa ocasión.

Demasiados poderes, demasiadas traiciones, crímenes demasiado inmensos que todo lo consumen.

La criatura miró la puerta una vez más.

Y luego, Kilmandaros, la diosa ancestral, la cruzó.

Las ruinas de la heredad k’chain che’malle

tras la caída de Silchas Ruina

Los árboles estallaban en el frío cortante que descendía como una mortaja, invisible pero palpable, sobre ese bosque devastado, atormentado.

A Gothos no le costó seguir el sendero de la batalla, los choques sucesivos de dos dioses ancestrales guerreando con el dragón soletaken, y a medida que el jaghut atravesaba su mutilada extensión, llevaba con él la gelidez brutal de Omtose Phellack, la senda de Hielo. Sellándolo de forma irrevocable, como me pediste, Mael. Encerrando la verdad para convertirla en algo más que recuerdo. Hasta el día que presencie la ruptura en mil pedazos del propio Omtose Phellack. Gothos se preguntó con aire ocioso si en algún momento había creído que tal ruptura no tendría lugar. Que los jaghut, en toda su perfecta brillantez, eran únicos, triunfantes en eterno dominio. Una civilización inmortal cuando todas las demás estaban condenadas.

Bueno, era posible. Una vez había creído que toda la existencia estaba bajo el control benigno de una omnipotencia cariñosa, después de todo. Y los grillos existen para dormirnos con canciones. Quién sabía qué otras tonterías podrían haber penetrado en su cerebro joven e ingenuo tantos milenios atrás.

Ya no, por supuesto. Las cosas terminan. Las especies se extinguen. La fe en cualquier otra cosa era simple presunción, el producto de un ego desencadenado, la maldición de la prepotencia supina.

Bueno, ¿y qué creo ahora?

No se permitiría una carcajada melodramática como respuesta a esa pregunta. ¿Qué sentido tenía? No había nadie cerca que pudiera apreciarla. Incluyéndose él. Sí, estoy condenado a vivir con mi propia compañía.

Es una maldición privada.

La mejor.

Subió por un cerro roto, fracturado, una elevación violenta del lecho de roca, donde una inmensa fisura se había abierto. Los lados verticales espejeaban por la escarcha cuando Gothos llegó al borde y miró. En algún lugar de aquella oscuridad, allí abajo, dos voces se alzaban en una discusión.

Sonrió.

Abrió la senda y utilizó una astilla de poder para elaborar un descenso lento y controlado hacia el fondo oscuro de la fisura.

Cuando Gothos se acercó, las dos voces cesaron, dejando solo un siseo áspero, palpitante (el aliento aspirado en oleadas de dolor), y el jaghut oyó el deslizamiento de escamas por la piedra, hacia un lado.

Se posó sobre fragmentos rotos de piedra, a unos pocos pasos de donde se encontraba Mael y, diez pasos más allá, la forma enorme de Kilmandaros, la piel con un vago tono luminiscente (de un modo casi enfermizo), de pie con los puños apretados, una actitud beligerante en su faz brutal.

A Scabandari, el dragón soletaken, lo habían empujado hasta un hueco de la cara del acantilado y estaba agazapado; las costillas astilladas debían de hacer de cada aliento una agonía. Tenía un ala hecha pedazos, medio arrancada. Una pata trasera estaba rota, sin duda, los huesos atravesaban la carne. Su vuelo había llegado a su fin.

Los dos ancestrales miraban a Gothos, que se adelantó sin prisas y después habló:

—Siempre es para mí un placer —dijo— cuando un traidor es a su vez traicionado. En este caso, por su propia estupidez. Lo cual es incluso más delicioso.

—El Ritual... ¿has acabado, Gothos? —preguntó Mael, dios ancestral de los mares.

—Más o menos. —El jaghut clavó la mirada en Kilmandaros—. Diosa ancestral. Los hijos que tienes en este reino se han perdido.

La mujerona bestial se encogió de hombros y le contestó con voz suave y melodiosa:

—Siempre se están perdiendo, jaghut.

—Bueno, ¿y por qué no haces algo para remediarlo?

—¿Por qué no lo haces tú?

Se alzó una ceja fina y Gothos enseñó los colmillos en una especie de sonrisa.

—¿Es una invitación, Kilmandaros?

La mujerona miró al dragón.

—No tengo tiempo para esto. He de regresar a Kurald Emurlahn. Lo mataré ahora... —Y se acercó más.

—No debes —repuso Mael.

Kilmandaros lo miró, las manazas se abrieron y después volvieron a apretarse los puños.

—Es lo que no dejas de repetir, cangrejo hervido.

Mael se encogió de hombros y se volvió hacia Gothos.

—Explícaselo, por favor.

—¿Cuántas deudas quieres tener conmigo? —le preguntó el jaghut.

—¡Oh, vamos, Gothos!

—Muy bien. Kilmandaros. Dentro del Ritual que en estos momentos desciende sobre esta tierra, sobre los campos de batalla y estos feos bosques, se niega la propia muerte. Si mataras aquí al tiste edur, su alma se desprendería de su carne, pero permanecería, su poder solo reducido de un modo marginal.

—Pienso matarlo —murmuró Kilmandaros con su tono suave habitual.

—Entonces —la sonrisa de Gothos se ensanchó— me necesitarás.

Mael lanzó un bufido.

—¿Por qué te necesito? —le preguntó Kilmandaros al jaghut.

Él se encogió de hombros.

—Ha de prepararse un finnest. Para albergar, para encerrar, el alma de este soletaken.

—Muy bien, entonces haz uno.

—¿Como favor a los dos? Me parece que no, diosa ancestral. No; por desgracia, como aquí Mael, debes reconocer la deuda. Conmigo.

—Tengo una idea mejor —dijo Kilmandaros—. Te aplasto el cráneo entre el índice y el pulgar y luego meto tu cadáver por la garganta de Scabandari, para que se ahogue con tu pomposa persona. A mí me parece una muerte digna para los dos.

—Diosa, con la edad te has vuelto amargada y hosca —dijo Gothos.

—No es de sorprender —respondió ella—. Cometí el error de intentar salvar Kurald Emurlahn.

—¿Por qué molestarse? —le preguntó Mael.

Kilmandaros le enseñó los dientes irregulares.

—El precedente es... poco grato. Vete a enterrar la cabeza en la arena otra vez, Mael, pero te lo advierto, la muerte de un reino es una promesa para todos los demás reinos.

—Como digas —dijo el dios ancestral tras un momento—. Y sí que admito esa posibilidad. En cualquier caso, Gothos exige recompensa.

Los puños se relajaron y se volvieron a apretar.

—Muy bien. De acuerdo, jaghut, elabora un finnest.

—Esto servirá —dijo Gothos al tiempo que sacaba un objeto de un desgarrón de su raída camisa.

Los dos ancestrales se lo quedaron mirando un rato, después Mael lanzó un gruñido.

—Sí, ya lo veo. Una elección bastante curiosa, Gothos.

—Las únicas que hago —respondió el jaghut—. Venga, Kilmandaros, procede, a tu sutil manera, a concluir la patética existencia del soletaken.

El dragón siseó y chilló de rabia y miedo al ver avanzar a la diosa ancestral.

Cuando la diosa metió un puño en el cráneo de Scabandari, justo en el centro del saliente que había entre y encima de los ojos del dragón, la grieta del denso hueso resonó como un canto fúnebre por toda la grieta, y con el impacto brotó sangre de los nudillos de la diosa.

La cabeza rota del dragón chocó con un golpe seco contra el lecho roto de piedra y los fluidos se derramaron bajo el cuerpo inerte.

Kilmandaros se dio media vuelta para mirar a Gothos.

Este asintió.

—Tengo al pobre cabrón.

Mael dio un paso hacia el jaghut y extendió una mano.

—Yo me llevo el finnest, entonces...

—No.

Los dos ancestrales miraron a Gothos, que sonrió de nuevo.

—Será el pago de la deuda. Para cada uno de vosotros. Reclamo el finnest, el alma de Scabandari, que será mía. Nada queda pendiente entre nosotros ya. ¿No estáis complacidos?

—¿Qué pretendes hacer con él? —exigió Mael.

—No lo he decidido todavía, pero te aseguro que será de lo más curioso y desagradable.

Kilmandaros volvió a apretar los puños y los levantó a medias.

—Siento la tentación, jaghut, de enviar a mis hijos a por ti.

—Una pena, entonces, que se hayan perdido.

Ninguno de los dos ancestrales dijo otra palabra más cuando Gothos abandonó la fisura. Siempre le complacía ser más listo que unos viejos chochos y todo su manido y brutal poder. Bueno, al menos era un placer momentáneo, en cualquier caso.

El mejor tipo de placer.

Cuando regresó al desgarro, Kilmandaros se encontró con otra figura de pie ante ella. Manto negro, cabello blanco. Una expresión de meditación arqueada clavada en la fisura desgarrada.

¿A punto de entrar por la puerta o esperándola a ella? La diosa ancestral frunció el ceño.

—No eres bienvenido en Kurald Emurlahn —dijo.

Anomandaris Purake posó los ojos fríos en la monstruosa criatura.

—¿Imaginas que me planteo reclamar el trono?

—No serías el primero.

Él volvió a mirar el desgarro.

—A ti te asedian, Kilmandaros, y Caminante del Filo tiene compromisos en otro lado. Te ofrezco mi ayuda.

—En tu caso, tiste andii, no sería fácil ganarse mi confianza.

—No hay motivo para ello —respondió él—. Al contrario que muchos otros de mi especie, yo admito que las recompensas de la traición nunca pueden superar el coste. Ahora hay soletaken, además de los dragones salvajes, luchando en Kurald Emurlahn.

—¿Dónde está Osserc? —preguntó la diosa ancestral—. Mael me informó de que...

—¿Que estaba planeando interponerse en mi camino otra vez? Osserc pensó que yo tomaría parte en la muerte de Scabandari. ¿Por qué habría de hacerlo? Mael y tú bastabais. —Lanzó un gruñido—. Ya me imagino a Osserc, dibujando un círculo tras otro. Buscándome. El muy idiota.

—¿Y el modo en que Scabandari traicionó a tu hermano? ¿No deseas vengarte por eso?

Anomandaris la miró y le dedicó una pequeña sonrisa.

—Las recompensas de la traición. Para Scabandari el coste resultó demasiado alto, ¿no? En cuanto a Silchas, bueno, ni siquiera las Azath duran para siempre. Casi le envidio su recién hallado aislamiento de todo lo que nos afligirá en los milenios venideros.

—Desde luego. ¿Deseas unirte a él en un túmulo parecido?

—Creo que no.

—Entonces me imagino que Silchas Ruina no estará muy predispuesto a perdonarte la indiferencia el día que sea libre.

—Quizá te sorprendas, Kilmandaros.

—Tú y los tuyos sois un misterio para mí, Anomandaris Purake.

—Lo sé. Bueno, diosa, ¿tenemos un pacto?

La diosa ladeó la cabeza.

—Pienso echar del reino a los pretendientes; si Kurald Emurlahn ha de morir, que lo haga solo.

—En otras palabras, quieres dejar el Trono de Sombra sin ocupante.

—Sí.

Él lo pensó un momento, después asintió.

—De acuerdo.

—No me ofendas, soletaken.

—No lo haré. ¿Estás lista, Kilmandaros?

—Forjarán alianzas —respondió la diosa—. Todos nos harán la guerra.

Anomandaris se encogió de hombros.

—Hoy no tengo nada mejor que hacer.

Los dos ascendientes atravesaron la puerta y, juntos, cerraron el desgarro tras ellos. Después de todo, había otros caminos a ese reino. Caminos que no eran heridas.

Al llegar a Kurald Emurlahn contemplaron un mundo en el que se habían hecho estragos.

Y se pusieron a limpiar lo que quedaba de él.

La Lezna’dan en los últimos días del rey Diskanar.

La preda Bivatt, capitán de la guarnición Drene, estaba muy lejos de casa. Veintiún días en carreta al mando de una expedición de doscientos soldados del Ejército del Estandarte Raído, una tropa de treinta jinetes de la caballería ligera de Rosazul y cuatrocientos miembros del equipo de apoyo, incluyendo civiles; se había bajado del caballo después de dar órdenes de montar el campamento y había recorrido los cincuenta y muchos pasos hasta el borde del risco.

Cuando llegó a la elevación, el viento le asestó un martillazo en el pecho, como si estuviera impaciente por lanzarla atrás, por arrancarla de ese borde magullado de tierra. Más allá del risco, el océano era una visión sacada de la pesadilla de un artista, un paisaje marino desgarrado, revuelto, con densas nubes retorcidas que se hacían jirones en el cielo. El agua era más blanca que verde azulada, la espuma hervía, las coronas blancas volaban entre las rocas cuando las olas machacaban la orilla.

Aun así, vio con un escalofrío que le aporreó los huesos que ese era el lugar.

Un barco pesquero, empujado muy lejos de su rumbo, metido en el remolino letal que era esa extensión del océano en la que ningún barco mercante, por muy grande que fuera, se aventuraría por gusto. Una extensión que, ochenta años antes, había capturado una ciudad meckros y la había deshecho en mil pedazos, empujando a las profundidades a veinte mil o más moradores de ese asentamiento flotante.

La tripulación del pesquero había sobrevivido el tiempo suficiente para encallar su malhadada nave y ponerla a salvo en aguas que llegaban a la cadera a unos treinta pasos de la playa de roca. La captura perdida, el barco convertido en astillas por las olas implacables, los cuatro letherii se las arreglaron para llegar a tierra firme.

Para encontrar... esto.

La preda Bivatt se apretó más la correa del yelmo, no fuera a arrancárselo el viento junto con la cabeza, y continuó examinando los restos que bordeaban esa costa. El promontorio sobre el que se encontraba estaba socavado y caía una altura de tres hombres hasta una orilla de arena blanca en la que se amontonaban filas alargadas de quelpos muertos, árboles arrancados y los restos de la ciudad meckros hundida ochenta años antes. Y otra cosa. Algo más inesperado.

Canoas de guerra. De las que se hacen a la mar, cada una tan larga como una ballena cara de coral, de proa alta, más larga y ancha de manga que las naves tiste edur. No lanzadas a la orilla como restos de un naufragio, no, ninguna de las que ella veía mostraba daño alguno. Estaban ordenadas en hileras playa arriba, aunque estaba claro que se había hecho un tiempo atrás, meses al menos, quizá años.

Una presencia a su lado. El mercader de Drene al que habían contratado para abastecer esa expedición. La piel apenas sin color, el cabello de un rubio pálido, tan claro que era casi blanco. El viento estaba sacando un color rojo subido a la cara redonda del hombre, pero la preda podía ver los ojos de color azul claro clavados en la formación de canoas de guerra y rastreando la playa, primero al oeste, luego el este.

—Tengo cierto talento —le dijo el mercader a la preda en voz muy alta para que se le oyera por encima de la galerna.

Bivatt no dijo nada. El mercader sin duda tenía habilidad con los números, el talento que afirmaba tener. Y ella era oficial del ejército letherii y más que capaz de calcular la dotación probable de cada una de aquellas enormes naos sin su ayuda. Un centenar, veinte arriba o abajo.

—¿Preda?

—¿Qué?

El mercader hizo unos gestos de impotencia.

—Estas canoas. —Señaló playa arriba y después abajo—. Debe de haber... —Y luego no supo qué decir.

Bivatt lo entendía de sobra.

Sí. Filas y filas, todas ordenadas en aquella orilla inhóspita. Drene, la ciudad más cercana del reino, estaba a tres semanas de distancia, al sudoeste. Justo al sur de allí estaba la tierra de los lezna’dan, y de las rondas estacionales de las tribus con sus enormes rebaños apenas se ignoraba nada. Los letherii estaban conquistándolos, después de todo. No se había informado de nada parecido.

Así pues, no mucho tiempo atrás había llegado una flota a esa costa, momento en el que todo el mundo había desembarcado y se había llevado todo lo que tenían con ellos, y luego era de presumir que habían puesto rumbo al interior.

Debería haber habido señales, rumores, una reverberación entre los leznas, como mínimo. Deberíamos haber oído algo.

Pero no habían oído nada. Los invasores extranjeros se habían limitado a... desaparecer.

No es posible. ¿Cómo puede ser? Bivatt examinó las filas una vez más, como si esperara que revelaran un detalle fundamental, algo que aliviara el martilleo enloquecido de su corazón y el frío plomizo de sus miembros.

—Preda...

Sí. Un centenar por embarcación. Y aquí, ante nosotros... apiladas en filas de cuatro o cinco de profundidad, ¿qué? ¿Cuatrocientas, quizá quinientas?

La orilla norte era una masa de canoas de guerra de madera gris, llegaba casi hasta donde ella alcanzaba a ver hacia el oeste y también al este. Subidas más allá de la marea. Abandonadas. Llenando esa costa como un bosque derribado.

—Por encima del medio millón —dijo el mercader—. Son mis cálculos. Preda, en el nombre del Errante, ¿se puede saber dónde han ido todos?

Bivatt frunció el ceño.

—Dele una patada a ese nido de magos que tiene, Letur Anict. Que se ganen sus exorbitados honorarios. El rey necesita saberlo. Cada detalle. Todo.

—De inmediato —dijo el hombre.

Mientras, ella haría lo mismo con el pelotón de acólitos del ceda. La redundancia era necesaria. Sin la presencia de los estudiantes elegidos por Kuru Qan, ella nunca se enteraría de todo lo que Letur Anict se guardaba en su informe final, jamás podría destilar las verdades de las medias verdades y las mentiras absolutas. Un problema constante cuando se trataba con contratistas privados; después de todo, ellos también tenían sus propios intereses y la lealtad a la corona era, para criaturas como Letur Anict, el nuevo comisionado de Drene, siempre secundaria.

Bivatt empezó a buscar una forma de bajar a la playa. Quería echar un vistazo más de cerca a esas canoas, sobre todo porque parecía que habían desmantelado secciones de sus proas. Una cosa muy rara. Con todo, un misterio manejable, un misterio del que puedo ocuparme y así no tengo que pensar en el resto.

«Más de medio millón.»

Por la bendición del Errante, ¿quién está ahora entre nosotros?

La Lezna’dan, tras la conquista edur

Los lobos habían llegado y después se habían ido, y allí donde se habían sacado los cadáveres a rastras de la masa sólida de la cima de la colina (donde los soldados desconocidos habían librado su última batalla), las señales de su festín eran evidentes, y ese detalle permaneció con el jinete solitario mientras llevaba su caballo al paso entre los cuerpos espatarrados e inmóviles. Saquear así a los muertos era... inusual. Los lobos de piel parda de esa llanura eran tan oportunistas como cualquier otro depredador de la Lezna’dan, por supuesto. Aun así, la larga experiencia con los humanos debería haber hecho huir a las bestias ante el primer olor amargo, aunque estuviera mezclado con el de la sangre derramada. Entonces ¿qué los había atraído a ese silencioso campo de batalla?

El jinete solitario, el rostro oculto tras una máscara de escamas carmesíes, tiró de las riendas cerca de la base de la colina baja. Su caballo se estaba muriendo, atormentado por escalofríos; antes del final del día, el hombre tendría que ir a pie. Mientras estaba desmontando su campamento al amanecer, esa mañana, una serpiente cornuda había picado al caballo mientras comía en una mata de hierbas de tallo astillado al borde de un barranco. El veneno era lento pero implacable, y no lo podía neutralizar ninguna de las hierbas y medicinas que llevaba el hombre. La pérdida era de lamentar pero no desastrosa, puesto que no viajaba con prisas.

Los cuervos dibujaban círculos sobre su cabeza, pero no descendió ninguno, ni su llegada los había apartado tampoco del festín; de hecho, había sido verlos sobrevolando la colina lo que lo había guiado hasta allí. Sus graznidos eran infrecuentes, de un tono extraño y apagado, casi quejumbroso.

Las legiones de Drene se habían llevado a sus muertos y no habían dejado más que a sus víctimas para alimentar las hierbas de la llanura. La escarcha de la mañana todavía dibujaba mapas relucientes en la piel oscura como la muerte, pero ya había empezado a fundirse y le pareció que esos soldados muertos estaban llorando, los rostros quietos, los ojos abiertos, las heridas mortales.

Se aupó sobre los estribos y examinó el horizonte (todo lo que podía ver) en busca de sus dos compañeros, pero las pavorosas criaturas todavía tenían que regresar de su caza, y se preguntó si habían encontrado un rastro nuevo y más tentador: los soldados letherii de Drene, que marchaban triunfantes y saciados de regreso a su ciudad. Si era así, habría una matanza ese día. La idea de venganza, sin embargo, era secundaria. Sus compañeros eran indiferentes a esos sentimientos. Que él viera, mataban por placer. Así pues, la aniquilación de los drene, y cualquier venganza que pudiera atribuirse al hecho, existía solo en su mente. La distinción era importante.

Pese a todo, una presunción de lo más satisfactoria.

Sin embargo, esas víctimas eran desconocidos, esos soldados con sus uniformes grises y negros. Despojados de armas y armaduras, los estandartes tomados como trofeos, su presencia en la Lezna’dan (en el corazón de la tierra natal del jinete) era perturbadora.

Conocía a los letherii invasores, después de todo. Las numerosas legiones con sus nombres peculiares y fieras rivalidades; conocía también a la intrépida caballería de los rosazules. Y los reinos y territorios todavía libres que lindaban con la Lezna’dan, los rivales d’rhasilhani, los keryn, el reino de Bolkando y el estado de Saphinand; había tratado o cruzado la espada con ellos años antes, y ninguno era como esos soldados.

De piel pálida, cabello del color de la paja o rojo como el óxido. Ojos azules o grises. Y... tantas mujeres.

Su mirada se posó en una de esos soldados, una mujer cerca de la cima de la colina. Mutilada por la hechicería, la armadura fundida en la carne retorcida, había sigilos visibles en esa armadura...

Desmontó, subió por la ladera abriéndose camino entre los cuerpos, los mocasines resbalando en barro empapado de sangre, hasta que se agachó al lado de la mujer.

Pintura en el camisote de bronce ennegrecido. Cabezas de lobo, un par. Uno tenía el pelo blanco y un solo ojo, el otro era de pelo plateado y negro. Un sigilo que el hombre no había visto antes.

Desconocidos sin duda.

Extranjeros. Allí, en la tierra de su corazón.

Tras la máscara frunció el ceño. Me fui. Demasiado tiempo. ¿Soy yo ahora el extraño?

Reverberaron redobles pesados por todo el suelo bajo sus pies. Se irguió. Sus compañeros regresaban.

Así pues, no había habido venganza, al fin y al cabo.

Bueno, todavía había tiempo.

El aullido lúgubre de los lobos lo había despertado esa mañana, sus llamadas habían sido lo primero que lo había llevado allí, a ese lugar, como si buscaran un testigo, como si de verdad lo hubieran emplazado. Y si bien sus gruñidos lo habían instado a continuar, no había llegado a ver a las bestias ni una sola vez.

Los lobos se habían alimentado, sin embargo, en algún momento de esa mañana. Habían sacado cuerpos a rastras de entre la multitud.

Sus pasos se fueron ralentizando a medida que bajaba la ladera, se fue deteniendo poco a poco hasta que se quedó inmóvil y contuvo el aliento mientras observaba con más atención los soldados muertos que lo cubrían todo.

Los lobos se han alimentado. Pero no como lo hacen los lobos... no... así...

Torsos desgarrados, costillas que sobresalían... habían devorado corazones. Nada más. Solo los corazones.

Los redobles se oían con más fuerza, más cerca, el estrépito de las garras siseando entre la hierba. En el cielo, los cuervos chillaron y huyeron volando en todas direcciones.

Libro primero. El emperador Dorado

La mentira se alza sola, el solitario engaño

con la espalda vuelta, da igual la dirección

de tu reticente acercamiento, y con cada paso

tu objetivo sigue adelante, tu zancada se pierde,

el sendero se pliega sobre sí mismo, una y otra vez

caminas y lo que se alzaba solo ante ti,

errante como una desgracia, un pronunciamiento accidental,

ahora revela su legión de hijos, esta masa

que hierve en hebras y nudos y, rodeado,

no puedes coger aliento, no puedes moverte.

El mundo es tu obra, y un día,

amigo mío, te alzarás solo entre

un mar de muertos, la adquisición de tus palabras

todas sobre ti y el viento te abrirá con una carcajada

un nuevo sendero que llevará al tormento interminable;

el solitario engaño es su soledad, la mentira es

la mentira que se alza sola, las hebras y los nudos

de la multitud se tensan en recto juicio

con el que tú, otrora, con tanta libertad estrangulaste

a cada cual que decía la verdad, cada voz disidente.

Así que ahora alivia tu sed en mi compasión

y vete al otro mundo muerto de sed en el yermo.

Fragmento encontrado el día en que la poetisa

Tesora Veddict fue arrestada por los patriotas

(seis días antes de su Ahogamiento)

Capítulo 1

Capítulo 1

Dos fuerzas, en otro tiempo en cruel oposición, se encontraron convertidas en virtuales compañeras de cama, aunque ninguna llegó a decidir a cuál le abrieron las piernas primero. Los hechos puros y duros son los siguientes: resultó que la estructura jerárquica original de las tribus tiste edur encajó a la perfección con el sistema de poder letherii, poder que se alcanzaba a través de la riqueza. Los edur se convirtieron en la corona, que se aposentó con facilidad sobre la glotonería hinchada de Lether, pero ¿una corona posee voluntad propia? ¿El portador se comba bajo su carga? Otra verdad ahora, en perspectiva, se hace evidente. Tan impecable como pareció ser esa fusión, bajo la superficie se produjo un ayuntamiento más sutil y mucho más letal: el de los defectos concretos de cada sistema, y esa combinación iba a resultar ser una infusión muy volátil.

La dinastía Hiroth (volumen XVII)

La colonia, una historia de Lether,

Dinith Amara

De dónde es este?

Tanal Yathvanar observó al centinela rotar con lentitud los extraños objetos en sus regordetas manos, las piedras de ónice de los muchos anillos que adornaban los cortos dedos refulgían bajo los haces de sol que entraban por las ventanas abiertas. El objeto que Karos Invictad manipulaba era una deforme colección de cierres de bronce, los extremos doblados y convertidos en ondas que se retorcían unas alrededor de otras para formar una jaula rígida.

—Rosazul, creo, señor —respondió Tanal—. Uno de los de Senorbo. De media se tarda en resolverlo tres días, aunque el récord está en poco menos de dos...

—¿Quién? —quiso saber Karos, y alzó la vista desde su sillón, tras el escritorio.

—Un mestizo tartheno, si se lo puede creer, señor. Aquí, en Letheras. Según dicen, el tipo es retrasado, pero posee un talento natural para resolver rompecabezas.

—Y el reto es deslizar los cierres con una configuración concreta para provocar un derrumbamiento repentino.

—Sí, señor. Se aplasta. Por lo que he oído, el número concreto de manipulaciones es...

—No, Tanal, no me lo digas. Ya deberías saberlo. —El centinela, comandante de los patriotas, dejó el objeto en la mesa—. Gracias por el regalo. Y ahora —una breve sonrisa—, ¿hemos incomodado a Bruthen Trana tiempo suficiente, te parece? —Karos se levantó e hizo una pausa para colocarse bien las sedas carmesíes (el único color y el único material que vestía), después cogió el pequeño cetro que había convertido en el símbolo oficial de su cargo, palosangre negra de su tierra natal edur con chapa plateada tachonada de ónices pulidos, y señaló con él la puerta.

Tanal se inclinó y salió el primero al pasillo, rumbo a las amplias escaleras por donde bajaron al piso principal; atravesaron sin prisas las puertas dobles y salieron al complejo.

Habían colocado la fila de prisioneros a plena luz del sol, cerca del muro occidental del recinto. Los habían sacado de sus celdas una campanada antes del amanecer y era poco más del mediodía. La falta de comida y agua, y el calor abrasador de la mañana, todo ello combinado con los brutales interrogatorios de la última semana, había provocado que más de la mitad de los dieciocho detenidos perdiera la conciencia.

Tanal vio el ceño del centinela al ver los cuerpos inmóviles derrumbados y encadenados.

El enlace tiste edur, Bruthen Trana, de los den-ratha, estaba de pie, a la sombra, más o menos enfrente de los prisioneros; su figura alta y silenciosa se giró poco a poco cuando se acercaron Tanal y Karos.

—Bruthen Trana, sea usted muy bienvenido —dijo Karos Invictad—. ¿Está usted bien?

—Procedamos, centinela —dijo el guerrero de piel gris.

—De inmediato. Si quiere acompañarme, podemos examinar a cada prisionero reunido aquí. Los casos concretos...

—No tengo ningún interés en acercarme a ellos más de lo que estoy —dijo Bruthen—. Se han ensuciado con sus propios desechos y apenas corre la brisa en este recinto.

Karos sonrió.

—Entiendo, Bruthen. —El centinela apoyó el cetro en un hombro y se volvió hacia la fila de detenidos—. No es necesario que nos acerquemos, como usted dice. Empezaré con el del extremo izquierdo, entonces...

—¿Inconsciente o muerto?

—Bueno, a esta distancia, ¿quién sabe?

Al observar el ceño del edur, Tanal se inclinó ante Bruthen y Karos y recorrió los quince pasos que lo separaban de la fila. Se agachó para examinar la figura echada, después se irguió.

—Vive.

—¡Entonces despiértalo! —ordenó Karos. Su voz, cuando se alzaba, se hacía aguda, lo suficiente para estremecer a cualquier oyente lo bastante idiota; es decir, idiota si el centinela presenciaba esa reacción instintiva. Ese tipo de descuidos no ocurrían más que una vez.

Tanal pateó al prisionero hasta que el hombre consiguió emitir un sollozo seco, áspero.

—En pie, traidor —dijo Tanal en voz baja—. Son órdenes del centinela. Levántate o empezaré a romper huesos en ese saco patético que llamas cuerpo.

Observó mientras el prisionero se incorporaba con esfuerzo.

—Agua, por favor...

—Ni una sola palabra más. Ponte derecho, enfréntate a tus crímenes. Eres letherii, ¿no? Muéstrale a nuestro invitado edur lo que eso significa.

Tanal regresó entonces con Karos y Bruthen. El centinela había empezado a hablar.

—... relación conocida con elementos disidentes del Colegio de Médicos, cosa que ha admitido. Aunque no se le puede achacar ningún delito concreto, está claro que...

—El siguiente —interpuso Bruthen Trana.

Karos cerró la boca y sonrió sin mostrar los dientes.

—Por supuesto. El siguiente es poeta, escribió y distribuyó una llamada a la revolución. No niega nada y, de hecho, usted mismo puede ver su estoico desafío incluso desde aquí.

—¿Y el que tiene al lado?

—El propietario de una posada, frecuentaban la taberna de la misma elementos indeseables (soldados desencantados, de hecho), y dos de ellos están entre estos detenidos. Nos informó de la sedición una puta honorable...

—¿Una puta honorable, centinela? —El edur esbozó una media sonrisa.

Karos parpadeó.

—Bueno, sí, Bruthen Trana.

—Porque informó sobre un tabernero.

—Un tabernero implicado en traición...

—Que exigía una tajada demasiado alta de las ganancias de la moza, más bien. Continúe, y, por favor, sea breve en sus descripciones de los delitos.

—Por supuesto —dijo Karos Invictad, el cetro daba suaves golpecitos en su blando hombro, como una batuta que marcara una marcha lenta.

Tanal, de pie junto a su comandante, se mantuvo en posición de firmes mientras el centinela reanudaba su informe sobre las transgresiones concretas de esos letherii. Los dieciocho prisioneros eran una muestra representativa de los más de trescientos encadenados en las celdas subterráneas. Un número decente de arrestos para esa semana, reflexionó Tanal. Y a los traidores más notorios les aguardaban los Ahogamientos. De los más o menos trescientos veinte, un tercio estaba destinado a caminar por el fondo del canal, cargados con unos pesos aplastantes. Los corredores de apuestas se quejaban porque ya nadie sobrevivía a la ordalía. Por supuesto no se quejaban en voz muy alta, ya que los verdaderos agitadores se arriesgaban a sufrir el mismo destino; no habían hecho falta más que unos cuantos Ahogamientos en los primeros días para enmudecer las protestas del resto.

Era un detalle que Tanal había terminado por apreciar, una de las leyes perfectas de Karos Invictad sobre la coacción y el control, enfatizada una y otra vez en el extensísimo tratado que el centinela estaba redactando sobre el tema al que más aprecio tenía: «Coja cualquier segmento de la población, imponga definiciones estrictas pero claras sobre sus características concretas, y luego fije como objetivo que las cumplan. Soborne a los débiles para que expongan a los fuertes. Mate a los fuertes, y el resto será suyo. Continúe con el siguiente segmento».

Los corredores de apuestas habían sido objetivos fáciles, no caían bien a demasiada gente, sobre todo a los jugadores empedernidos, y de esos cada vez había más.

Karos Invictad concluyó su letanía. Bruthen Trana asintió, se volvió y dejó el complejo.

En cuanto desapareció, el centinela miró a Tanal.

—Una vergüenza —dijo—. Los que estaban inconscientes.

—Sí, señor.

—Un cambio de cabezas en la muralla exterior.

—De inmediato, señor.

—Bueno, Tanal Yathvanar, antes de nada debes venir conmigo. Solo será un momento, después podrás volver a las tareas pendientes.

Regresaron al interior del edificio; los pasos cortos del centinela obligaban a Tanal a frenar una y otra vez de camino al despacho de Karos.

El hombre más poderoso, sin contar con el propio emperador, ocupó de nuevo su lugar tras el escritorio. Cogió la jaula de cierres de bronce, cambió alrededor de una docena en un frenesí de movimientos precisos y el rompecabezas se aplastó. Karos Invictad le sonrió a Tanal y después tiró el objeto sobre el escritorio.

—Envía una misiva a Senorbo, en Rosazul. Infórmale del tiempo que necesité para encontrar una solución y luego añade, como nota personal mía, que temo que esté perdiendo su toque.

—Sí, señor.

Karos Invictad estiró una mano para coger un pergamino.

—Bueno, ¿cuál fue el porcentaje de intereses que acordamos que me pertenecía en la posada de la Serpiente Boca Arriba?

—Creo que Rautos indicó cuarenta y cinco, señor.

—Bien. Con todo, creo que procede tener una reunión con el maese de la Consigna Libertad. A finales de esta semana servirá. A pesar de los ingresos de los últimos tiempos, continuamos sufriendo una extraña escasez de dinero en metálico, y yo quiero saber por qué.

—Señor, ya conoce las sospechas de Rautos Hivanar sobre ese asunto.

—De forma vaga. Le complacerá saber que ahora estoy dispuesto a escuchar con más atención las susodichas sospechas. Así pues, dos temas en el orden del día. Programa la reunión para que dure una campanada. Oh, y una última cosa, Tanal.

—¿Señor?

—Bruthen Trana. Estas visitas semanales. Quiero saber si está obligado. ¿Es la forma edur de mostrar el descontento real o es un castigo? ¿O es que a esos cabrones les interesa de verdad lo que se cuece aquí? Bruthen no hace ningún comentario, jamás. Ni siquiera pregunta qué castigos se siguen de nuestras sentencias. Es más, su grosera impaciencia me cansa. Puede que nos merezca la pena investigarlo.

Tanal alzó las cejas.

—¿Investigar a un tiste edur?

—Con discreción, por supuesto. Cierto, no nos ofrecen más que una apariencia de lealtad incondicional, pero no puedo evitar preguntarme si de verdad son inmunes a la sedición entre los suyos.

—Incluso si no lo son, señor, con todo respeto, ¿son los patriotas la organización adecuada...?

—Los patriotas, Tanal Yathvanar —dijo Karos con aspereza—, poseen la cédula imperial para vigilar el imperio. En esa cédula no se hace distinción entre edur y letherii, solo entre leales y desleales.

—Sí, señor.

—Y ahora, creo que te aguardan tareas pendientes.

Tanal Yathvanar se inclinó y salió del despacho.

La finca dominaba un saliente de tierra en la orilla norte del río Lether, cuatro calles al oeste del canal Quillas. Unos muros escalonados marcaban sus límites y bajaban por la orilla hasta meterse en el agua, sobre postes para atemperar el tirón de la corriente, hasta una distancia de más de dos botes de largo. Poco más allá se alzaban unas estacas de amarre. Había habido riadas esa estación. Un suceso infrecuente en el último siglo, observó Rautos Hivanar mientras hojeaba el Compendio de la Finca, un tomo familiar de notas y mapas que recogía los ochocientos años de linaje Hivanar sobre esa tierra. Se acomodó en el sillón afelpado y con una languidez contemplativa se terminó el té de balat.

El administrador y agente principal de la casa, Venitt Sathad, se adelantó sin ruido para devolver el Compendio al cofre de madera y hierro hundido en el suelo, bajo la mesa de mapas; después volvió a colocar las tablas, desenrolló la alfombra y cubrió el punto. Una vez completada su tarea, dio un paso atrás para regresar a su puesto junto a la puerta.

Rautos Hivanar era un hombre grande, de complexión rubicunda y rasgos robustos. Su presencia tendía a dominar cualquier sala, por espaciosa que fuera. Se encontraba en la biblioteca de la hacienda, cuyos muros estaban recubiertos de estantes hasta el techo. Pergaminos, tabletas de arcillas y libros encuadernados llenaban cada espacio disponible; el saber reunido de un millar de eruditos, muchos de los cuales ostentaban el nombre Hivanar.

Como cabeza de familia y supervisor de sus inmensas propiedades financieras, Rautos Hivanar era un hombre muy ocupado, y las exigencias sobre su intelecto se habían redoblado desde la conquista tiste edur (que había desencadenado la formación y reconocimiento oficial de la Consigna Libertad, una asociación de las familias más acaudaladas del Imperio de Lether) de modos que jamás habría imaginado antes. Le costaría mucho explicar lo tediosas o enervantes que le parecían todas esas actividades. Pero eso era en lo que se habían convertido, a medida que sus sospechas se transformaban poco a poco, de forma gradual, en certezas; al tiempo que empezaba a percibir que, en algún lugar, allí fuera, había un enemigo (o enemigos) empeñado en la singular tarea del sabotaje económico. No simple malversación, una actividad con la que él mismo estaba muy familiarizado, sino algo más profundo que lo abarcaba todo. Un enemigo. Un enemigo de todo lo que sustentaba a Rautos Hivanar y la Consigna Libertad de la que él era maese; de hecho, de todo lo que sustentaba al propio imperio, fuera quien fuera el que se sentaba en el trono, fueran quienes fueran incluso esos bárbaros salvajes, miserables, que se pavoneaban en la cumbre de la sociedad letherii como grajillas grises sobre un alijo de baratijas.

Tal comprensión por parte de Rautos Hivanar en otro tiempo habría provocado en su interior una respuesta entusiasta. La simple amenaza habría bastado para lanzar una caza vigorosa, y la noción de una agencia con un propósito tan diabólico (una agencia, se veía obligado a admitir, guiada por el más sutil de los genios) debería haber animado la partida hasta que su persecución terminara convirtiéndose casi en una obsesión.

En su lugar, Rautos Hivanar se encontró buscando anotaciones en los polvorientos libros de cuentas en busca de pruebas de riadas pasadas; estaba persiguiendo un misterio mucho más mundano que no interesaría más que a un puñado de académicos que hablaban entre dientes. Y eso, admitía con frecuencia para sí, era muy raro. No obstante, la compulsión cobraba fuerzas, y por la noche yacía junto a la masa recostada y sudorosa que era su mujer, desde hacía treinta y tres años, y se encontraba con que sus pensamientos trabajaban sin cesar, luchaban contra el flujo cíclico de las corrientes del tiempo y trataban de encontrar un modo de remontarse atrás, con toda su susceptibilidad, hasta eras pasadas. Buscando. Buscando algo...

Con un suspiro, Rautos dejó la taza vacía y se levantó.

Cuando se acercó a la puerta, Venitt Sathad (cuyo linaje familiar ya llevaba seis generaciones endeudado con los Hivanar) se adelantó para recuperar la frágil tacita y partió en pos de su amo.

Salieron al recinto del muelle, cruzaron el mosaico que representaba la investidura de Skoval Hivanar como ceda imperial tres siglos antes y bajaron las escaleras llanas de piedra a lo que, en épocas más secas, era el jardín inferior. Pero las corrientes del río se habían arremolinado allí y se habían llevado tierra y plantas, lo que había expuesto una disposición muy peculiar de cantos rodados colocados como en una calle pavimentada, enmarcada con postes de madera dispuestos en un rectángulo; los postes ya no eran más que tocones podridos que se alzaban de los charcos que había dejado la riada.

Al borde del nivel superior, varios trabajadores, bajo la dirección de Rautos, habían utilizado baluartes de madera para impedir que se derrumbara y, en un lado, había una carretilla llena de la multitud de objetos curiosos que había expuesto la riada. El suelo pavimentado estaba sembrado de esa clase de objetos.

En total, caviló Rautos, todo un misterio. No había ningún documento que revelara que el jardín inferior había sido otra cosa distinta a lo que era, y las anotaciones del paisajista (que databan de poco después de la finalización del edificio principal de la finca) indicaban que a ese nivel la orilla no era otra cosa más que antiguos sedimentos de riadas.

La arcilla había conservado la madera, al menos hasta hacía poco, así que no había forma de saber cuándo se había erigido el extraño constructo. La única indicación de su antigüedad se encontraba en los objetos, todos los cuales eran de bronce o de cobre. No eran armas, que se podrían encontrar si se tratara de un túmulo, y si eran herramientas, entonces eran para actividades olvidadas mucho tiempo atrás, puesto que ni un solo trabajador de los que Rautos había llevado a ese lugar era capaz de desentrañar la función de esos utensilios; no se parecían a ninguna herramienta conocida, no eran para trabajar la piedra, ni la madera, ni para procesar alimentos.

Rautos cogió uno y lo examinó, y por lo menos era la centésima vez que lo hacía. Bronce, fabricado con un molde de arcilla (la pestaña era claramente visible), el objeto era largo, parecía redondeado, pero doblado casi en ángulo recto. Unas incisiones formaban un patrón sombreado en la articulación. Ninguno de los extremos mostraba modo alguno de añadir un accesorio, así pues su función no era formar parte de un mecanismo más grande. Rautos levantó su peso considerable con la mano. Había algo desequilibrado en ese objeto, a pesar del ángulo central. Lo dejó y sacó una lámina circular de cobre, más fina que la capa de cera de la tableta de un adivinador. Ennegrecida por el contacto con las arcillas, pero los bordes solo estaban empezando a mostrar señales de verdete. Se habían hecho un sinfín de agujeros en la lámina, sin ningún patrón concreto, pero cada agujero era uniforme y perfecto, de una redondez impecable, sin borde que indicara desde qué lado se había hecho el agujero.

—Venitt —dijo—, ¿tenemos un mapa que recoja las ubicaciones precisas de estos objetos cuando se encontraron en un principio?

—Desde luego, maese, no hay más que unas cuantas excepciones. Lo examinó la semana pasada.

—¿Lo examiné? Muy bien. Extiéndelo de nuevo en la mesa de la biblioteca esta tarde.

Ambos hombres se volvieron cuando la portera de la verja apareció por el estrecho pasaje lateral que había en el lado izquierdo de la casa. La mujer se detuvo a diez pasos de Rautos y se inclinó.

—Maese, un mensaje del centinela Karos Invictad.

—Muy bien —replicó Rautos con aire distraído—. Me ocuparé de él dentro de un momento. ¿El mensajero aguarda respuesta?

—Sí, maese. Está en el patio.

—Ocúpate de que le ofrezcan un refrigerio.

La portera se inclinó y se fue.

—Venitt, creo que debes prepararte para emprender un viaje en mi nombre.

—¿Maese?

—El centinela al fin percibe la magnitud de la amenaza.

Venitt Sathad no dijo nada.

—Has de viajar a Drene —dijo Rautos, los ojos una vez más puestos en el misterioso constructo que dominaba la terraza inferior—. La Consigna requiere un informe muy concreto de los preparativos que se llevan a cabo allí. Por desgracia, las misivas del comisionado no están siendo muy satisfactorias. Necesito confianza en esos asuntos si he de concentrarme al máximo en la amenaza que tenemos aquí.

Una vez más, Venitt no dijo nada.

Rautos miró al río. Los barcos pesqueros se reunían en la bahía de enfrente y dos mercantes se iban acercando a los muelles principales. Uno de ellos, que lucía la bandera de la familia Esterrict, parecía dañado, quizá por el fuego. Rautos se limpió la tierra de las manos y dio media vuelta para regresar al edificio; su sirviente echó a andar tras él.

—Me pregunto qué yace bajo esas piedras.

—¿Maese?

—No importa, Venitt. No hacía más que pensar en voz alta.

El campamento lezna’dan había sido atacado al amanecer por dos tropas de la caballería rosazul de la atri-preda Bivatt. Doscientos lanceros cualificados metiéndose a caballo en un torbellino de pánico entre las figuras que salían como podían de las chozas de pieles; los perros de guerra de raza drene, que llegaron momentos antes que los soldados montados, se habían abalanzado sobre las jaurías de perros pastores y de tiro leznas y en unos momentos las tres razas se habían enzarzado en una batalla despiadada.

Los guerreros leznas no estaban preparados y pocos tuvieron tiempo para buscar siquiera sus armas antes de que los lanceros irrumpieran entre ellos. En unos momentos la matanza se extendió hasta abarcar a los ancianos y los niños. La mayor parte de las mujeres lucharon junto a sus parientes varones, esposa y marido, hermana y hermano, muriendo juntos en una última mezcla de sangre.

El combate entre los letherii y los leznas duró doscientos latidos enteros. La guerra entre los perros fue mucho más prolongada, pues los perros pastores (si bien más pequeños y más compactos que sus atacantes) eran rápidos y no menos crueles, mientras que los de tiro, criados para arrastrar carros en verano y trineos en invierno, eran comparables a la raza drene. Adiestrados para matar lobos, los perros de tiro demostraron poder competir con los perros de guerra, y si no hubiera sido por los lanceros que se tomaron como un deporte el matar a las bestias moteadas, se hubieran vuelto las tornas de la batalla. En cualquier caso, la jauría lezna optó al final por evadirse y los supervivientes huyeron a la llanura, hacia el este; unos cuantos perros de guerra drene fueron a darles caza antes de que los llamaran sus adiestradores.

Mientras los lanceros desmontaban para asegurarse de que no había supervivientes entre los leznas, otros salían a caballo para recoger los rebaños de myrid y rodaras del valle siguiente.

La atri-preda Bivatt permanecía a horcajadas sobre su semental, luchando por controlar a la bestia a pesar del olor a sangre que impregnaba el aire matinal. A su lado, sentado con torpeza y obvia incomodidad en la extraña silla, Brohl Handar, recién nombrado supervisor tiste edur de Drene, observaba a los letherii saquear de forma sistemática el campamento, desnudar los cadáveres y sacar los cuchillos. Los leznas se trenzaban las joyas (la mayor parte de oro) a conciencia en el cabello, lo que obligaba a los letherii a rebanar esas secciones de cuero cabelludo para hacerse con el botín. Por supuesto, era algo más que conveniencia lo que dictaba esa mutilación, porque también se había extendido a la recolecta de jirones de la piel que se había decorado con tatuajes; el estilo particular de los leznas era rico en color y con frecuencia perfilado con puntadas de hilo de oro. Esos trofeos adornaban los escudos redondos de muchos lanceros.

Los rebaños capturados pertenecían desde ese momento al comisionado de Drene, Letur Anict, y cuando Brohl Handar observó los cientos de myrid que llegaban por la colina, y cuyo pelaje negro y lanudo les daba todo el aspecto de cantos rodados cuando empezaron a bajar a centenares por la ladera, quedó claro que la fortuna del comisionado había aumentado de forma notable. Los seguían los más altos rodaras, de lomo azul y cuello largo; las largas colas se agitaban casi aterradas cuando los perros de guerra que flanqueaban el rebaño se abalanzaban una y otra vez en ataques fingidos.

La atri-preda lanzó un suspiro que siseó entre los dientes.

—¿Se puede saber dónde está el comisionado? Esos malditos rodaras van a lanzarse en estampida. ¡Teniente! ¡Que los adiestradores llamen a sus mastines! ¡Deprisa! —La mujer se desató el yelmo, se lo quitó y lo dejó sobre el pomo de la silla. Después miró a Brohl—. Ahí lo tiene, supervisor.

—Así que estos son los leznas.

La mujer hizo una mueca y apartó los ojos.

—Un campamento pequeño para lo que suelen ser. Setenta y tantos adultos.

—Pero rebaños grandes.

La mueca femenina se transformó en un ceño.

—En otro tiempo eran más grandes, supervisor. Mucho más grandes.

—Deduzco entonces que esta campaña suya está consiguiendo expulsar a estos intrusos.

—No es mi campaña. —La atri-preda pareció sorprender algo en los ojos del hombre porque añadió—: Sí, por supuesto, yo estoy al mando de las fuerzas expedicionarias, supervisor. Pero recibo mis órdenes del comisionado. Y, hablando con propiedad, los leznas no son intrusos.

—El comisionado afirma otra cosa.

—Letur Anict ostenta un alto cargo en la Consigna Libertad.

Brohl Handar estudió a la mujer por un momento.

—No todas las guerras se libran por la riqueza y la tierra, atripreda —dijo después.

—Debo disentir, supervisor. ¿Acaso los tiste edur no invadieron de forma preventiva para responder a lo que se percibía como una amenaza de pérdida de tierra y recursos? La asimilación cultural, el fin de su independencia. Y no me cabe la menor duda —continuó Bivatt— de que los letherii buscábamos arrasar su civilización, como ya habíamos hecho con la tarthena y tantas otras. Y por tanto, una guerra económica.

—No me sorprende, atri-preda, que su raza lo viera de esa manera. Y es posible que el rey hechicero tuviera tales preocupaciones en mente. ¿Los conquistamos para poder sobrevivir? Quizá. —Brohl se planteó decir algo más, pero después sacudió la cabeza y observó los cuatro perros de guerra que se acercaban a un perro ganadero herido. La bestia coja se enfrentó a ellos, pero no tardó en caer pataleando; luego se quedó silenciosa e inerte cuando los perros de guerra le desgarraron el vientre.

—¿Se pregunta alguna vez, supervisor —preguntó Bivatt—, qué bando ganó en realidad esa guerra?

El otro le lanzó una mirada lúgubre.

—No, no me lo pregunto. Sus exploradores no han encontrado ninguna otra señal de leznas en esta zona, según tengo entendido. ¿Así que ahora el comisionado consolidará los derechos letherii de la forma habitual?

La atri-preda asintió.

—Puestos avanzados. Fuertes, caminos elevados. Los colonos llegarán a continuación.

—Y después el comisionado seguirá extendiendo sus codiciosas intenciones hacia el este.

—Como bien dice, supervisor. Por supuesto, estoy segura de que reconoce que las adquisiciones benefician también a los tiste edur. El territorio del imperio se expande. Estoy convencida de que el emperador estará complacido.

Era la segunda semana de Brohl Handar como gobernador de Drene. Había pocos tiste edur en esa esquina remota del imperio de Rhulad, menos de un centenar, y solo los tres miembros de su equipo pertenecían a la tribu de Brohl, los arapay. La anexión de la Lezna’dan mediante lo que venía a ser un genocidio sistemático había comenzado años antes (mucho antes de la conquista edur), y los detalles concretos de quién gobernara en la lejana Letheras no parecían tener demasiada relevancia en esa campaña militar. Brohl Handar, patriarca de un clan dedicado a cazar focas de grandes colmillos, se preguntó (y no por primera vez) qué estaba haciendo allí.

Su función de supervisor parecía consistir en poco más que la mera observación. El verdadero poder del gobierno lo tenía Letur Anict, el comisionado de Drene, que «ostenta un alto cargo en la Consigna Libertad». Una especie de gremio de mercaderes, había descubierto, aunque no tenía ni idea de qué era, en concreto, lo liberador de esa misteriosa organización. A menos, por supuesto, que fuera la libertad de hacer lo que les placiese. Incluyendo el uso de tropas imperiales para contribuir a la adquisición de más riquezas todavía.

—Atri-preda.

—¿Sí, supervisor?

—Estos leznas... ¿se defienden? No, no como hicieron hoy. Me refiero a si montan incursiones. ¿Concentran a sus guerreros para prepararse para una guerra generalizada?

La mujer parecía incómoda.

—Supervisor, en esto hay dos... bueno, niveles.

—Niveles. ¿Qué significa eso?

—Oficial y... extraoficial. Es una cuestión de percepción.

—Explíquese.

—La creencia entre el pueblo común, según se ha promulgado a través de los agentes imperiales, es que los leznas se han aliado con los ak’ryn al sur, así como con los d’rhasilhani y los dos reinos de Bolkando y Saphinand (en pocas palabras, todos los territorios que bordean el imperio), y han creado una fuerza beligerante, belicista y potencialmente abrumadora, la horda de la conspiración de Bolkando, que amenaza todos los territorios orientales del Imperio de Lether. Es solo cuestión de tiempo que esa horda termine de reunirse, momento en el que se pondrá en marcha. Por consiguiente, cada ataque lanzado por el ejército letherii sirve para reducir el número con el que los leznas pueden contribuir; y además, la pérdida de ganado valioso debilita a su vez a los salvajes. Es muy posible que la hambruna consiga lo que las espadas solas no pueden, el derrumbamiento total de los leznas.

—Entiendo. ¿Y la versión extraoficial?

La atri-preda lo miró.

—No hay ninguna conspiración, supervisor. Ninguna alianza. Lo cierto es que los leznas siguen luchando entre ellos; después de todo, sus pastos están menguando. Desprecian a los ak’ryn y los d’rhasilhani, y es muy probable que jamás hayan conocido a nadie de Bolkando o Saphinand. —La militar vaciló un momento antes de continuar—. Es cierto que tuvimos un choque con una especie de compañía mercenaria hace dos meses, la desastrosa batalla que provocó su nombramiento, sospecho. Ascendían a quizá setecientos y tras media docena de escaramuzas, encabecé una fuerza de seis mil letherii y fuimos en su persecución. Supervisor, perdimos casi tres mil soldados en esa batalla final. Si no hubiera sido por nuestros magos... —Bivatt sacudió la cabeza—. Y seguimos sin tener ni idea de quiénes eran.

Brohl estudió a la mujer. Él no sabía nada de ese choque. ¿La razón de su nombramiento? Quizá.

—La versión oficial que mencionó antes, la mentira, justifica la matanza de los leznas a los ojos del pueblo llano. Todo lo cual sirve al deseo del comisionado de hacerse más rico todavía. Entiendo. Dígame, atri-preda, ¿por qué necesita Letur Anict todo ese oro? ¿Qué hace con él?

La mujer se encogió de hombros.

—El oro es poder.

—¿Poder sobre quién?

—Quien sea, todo el mundo.

—Salvo los tiste edur, que son indiferentes a la idea letherii de riqueza.

La militar sonrió.

—¿Lo son, supervisor? ¿Todavía?

—¿Qué quiere decir?

—Hay hiroth en Drene, sí, los ha conocido. Cada uno de ellos afirma ser pariente del emperador y con esa afirmación han requisado las mejores fincas y tierras. Tienen cientos de endeudados como esclavos. Muy pronto, quizá, habrá tiste edur entre los miembros de la Consigna Libertad.

Brohl Handar frunció el ceño. En un risco lejano había tres perros leznas, dos de tiro y un perro ganadero más pequeño, que observaban cómo se llevaban los rebaños por el campamento destruido, el ganado chillando por el hedor a sangre derramada y excrementos. El tiste edur estudió las tres siluetas del risco. Se preguntó adónde irían ahora.

—Ya he visto suficiente. —Le dio la vuelta al caballo con un tirón demasiado brusco de las riendas; la cabeza de la bestia se levantó de golpe, bufó, dio unos pasos atrás y giró. Brohl tuvo que hacer un esfuerzo para mantener el equilibrio.

Si a la atri-preda le hizo gracia, fue lo bastante inteligente como para que no se le notara.

En el cielo habían aparecido las primeras aves carroñeras.

El río Jasp Sur, uno de los cuatro tributarios del río Lether que bajaba de las montañas Rosazul, estaba flanqueado en la orilla sur por un camino elevado que, poco más adelante, comenzaba su largo ascenso al paso montañoso tras el que se encontraba el antiguo reino de Rosazul, sometido ya al Imperio de Lether. El Jasp Sur bajaba rápido por allí, el impulso de su descenso salvaje de las montañas no lo había ralentizado todavía la inmensa llanura que iba cruzando. El agua helada azotaba los enormes cantos rodados dejados por glaciares extinguidos largo tiempo atrás y arrojaba al aire una bruma gélida que flotaba en nubes sobre el camino.

La figura solitaria que aguardaba a los seis guerreros tiste edur y su séquito era, si acaso, más alta que cualquier edur, pero delgada, envuelta en un manto negro de piel de foca con la capucha subida. Dos tahalíes le cruzaban el pecho y de ellos colgaban dos espadas largas letherii; los pocos mechones de largo cabello blanco que habían escapado al viento estaban húmedos y se pegaban al cuello del manto.

Para los edur merude que se acercaban, la cara que se asomaba a la cogulla parecía pálida como la muerte, como si un cadáver acabara de salir arrastrándose de las aguas paralizantes del río, un ente congelado durante mucho tiempo entre las venas blancas de las montañas que los aguardaban.

El guerrero que iba en cabeza, un veterano de la conquista de Letheras, les hizo un gesto a sus compañeros para que se detuvieran y se acercó a hablar con el desconocido. Además de los otros cinco edur, había diez soldados letherii, dos carretas cargadas y cuarenta esclavos encadenados unos a otros en una fila tras la segunda carreta.

—¿Desea compañía —preguntó el merude, y entornó los ojos para ver algo más de aquella cara en sombras— para el ascenso al paso? Se dice que quedan bandidos y renegados en las alturas.

—Soy mi propia compañía.

La voz era ronca, el acento arcaico.

El merude se detuvo a tres pasos. Ya podía ver algo más de la cara. Rasgos edur, más o menos, pero blancos como la nieve. Los ojos eran... desconcertantes. Rojos como la sangre.

—Entonces ¿por qué bloquea nuestro camino?

—Capturaron a dos letherii dos días atrás. Son míos.

El merude se encogió de hombros.

—Entonces debería haberlos mantenido encadenados por la noche, amigo. Estos endeudados echan a correr a la menor oportunidad. Por suerte para usted, los capturamos. Oh, sí, por supuesto que los devolveré a su cuidado. Por lo menos la chica; el hombre es un esclavo fugitivo de los hiroth, o eso revelan sus tatuajes. Le espera un Ahogamiento, por desgracia, pero consideraré ofrecerle un sustituto. En cualquier caso, la chica, joven como es, es valiosa. Confío en que pueda desembolsar el coste de recuperarla.

—Me los llevo a los dos. Y no le pago nada.

El merude frunció el ceño.

—Los perdió por descuidado —dijo—. Nosotros fuimos diligentes y los recuperamos. Por tanto, esperamos compensación por nuestros esfuerzos, del mismo modo que usted debería esperar que su descuido le suponga un coste.

—Desencadénelos —dijo el desconocido.

—No. ¿A qué tribu pertenece? —Los ojos todavía clavados sin vacilación alguna en los suyos parecían profundamente... muertos—. ¿Qué le ha pasado a su piel? —Tan muerta como la del emperador—. ¿Cómo se llama?

—Desencadénelos ya.

El merude sacudió la cabeza y se echó a reír (una carcajada un tanto débil), después les hizo un gesto a sus compañeros para que se adelantaran al tiempo que él empezaba a sacar su alfanje.

La incredulidad ante lo absurdo del desafío ralentizó su reacción. El arma estaba a medio salir de la vaina cuando una de las espadas largas del desconocido salió con un destello de su funda y abrió la garganta del edur.

Con un grito de rabia, los otros cinco guerreros sacaron sus espadas y se abalanzaron. Los diez soldados letherii siguieron su ejemplo a toda prisa.

El desconocido observó derrumbarse al líder, un chorro de sangre cayó en la bruma del río que descendía sobre el camino. Desenvainó la otra espada larga y se adelantó para recibir a los cinco edur. Un choque de hierro y las dos armas letherii estaban cantando en las manos del desconocido, un timbre creciente con cada golpe que absorbían.

Dos edur dieron un tropezón hacia atrás al mismo tiempo, ambos heridos de muerte, uno en el pecho y el otro con un tercio del cráneo rebanado. Este último se dio la vuelta, la lucha continuaba, pero él estiró un brazo para recoger el fragmento de cuero cabelludo y hueso y echó a andar como un borracho por el camino.

Cayó otro edur, la pierna izquierda amputada. Los dos que quedaban retrocedieron a toda prisa y les gritaron a los letherii que en ese momento vacilaban tres pasos por detrás de la lucha.

El desconocido continuó presionando. Paró una estocada del edur de la derecha con la espada larga de la mano izquierda, deslizó la hoja por debajo y la subió, la llevó a la izquierda antes de que un giro de muñeca arrancara el arma de la mano del atacante; después lanzó una estocada recta que enterró la punta en la garganta del edur. Al mismo tiempo extendió la espada larga del brazo derecho e hizo una finta por lo alto. El último edur se echó hacia atrás para evitar ese amago e intentó una cuchillada destinada a cortar la muñeca del desconocido. Pero la espada larga se hundió entonces con un movimiento hábil y apartó el alfanje al tiempo que la punta se clavaba en el ojo derecho del guerrero y rompía los delicados huesos orbitales de camino al cerebro.

El desconocido avanzó entre los dos edur que caían y derribó a los dos letherii más cercanos, momento en el que los ocho restantes se rindieron y echaron a correr tras las carretas, donde los propios conductores se revolvían y abandonaban, aterrados, el lugar, y después siguieron corriendo junto a la fila de pasmados prisioneros. Volaron camino abajo arrojando las armas en el proceso.

Cuando un letherii concreto pasó enfrente de uno de los esclavos, una pierna salió disparada y puso la zancadilla al hombre; pareció entonces que la cadena se retorció cuando el esclavo emboscado saltó sobre el indefenso letherii, la cadena suelta envolvió el cuello y el esclavo la tensó. Las piernas patearon, los brazos se agitaron y las manos arañaron, pero el esclavo no cejó y al final cesaron los esfuerzos del guardia.

Silchas Ruina, las espadas todavía lamentándose en sus manos, se acercó a donde Udinaas continuaba estrangulando al cadáver.

—Ya puedes parar —dijo el tiste andii albino.

—Puedo —dijo Udinaas con los dientes apretados—, pero no quiero. Este cabrón era el peor de todos. El peor.

—Su alma ya está ahogándose en la bruma —comentó Silchas Ruina, y se volvió cuando dos figuras surgieron de los arbustos que bordeaban la zanja del lado sur del camino.

—Sigue ahogándolo —dijo Tetera desde donde estaba encadenada, fila abajo—. Me hizo daño, fue ese.

—Lo sé —respondió Udinaas con voz áspera—. Lo sé.

Silchas Ruina se acercó a Tetera.

—Te hizo daño. ¿Cómo?

—Lo habitual —respondió ella—. Con la cosa entre las piernas.

—¿Y los otros letherii?

La niña sacudió la cabeza.

—Esos solo miraban. Se reían, siempre riéndose.

Silchas Ruina se volvió cuando llegó Seren Pedac.

Seren tuvo un escalofrío al ver la expresión en los ojos misteriosos del tiste andii cuando Silchas Ruina se dirigió a ella.

—Perseguiré a los que huyen, corifeo. Y me reuniré con vosotros antes del fin del día.

Seren apartó los ojos, su mirada vislumbró por un instante a Temor Sengar, de pie junto a los cadáveres de los tiste edur merude; después dejó a toda prisa que su mirada recorriera la llanura salpicada de rocas que llevaba al sur, por donde todavía vagaba el tiste edur que había perdido un tercio del cráneo. Pero esa visión también resultó demasiado conmovedora.

—Muy bien —dijo, y miró con los ojos entornados las carretas y los caballos que permanecían en los yugos—. Continuaremos por este camino.

Udinaas, que al fin había agotado toda su rabia con el cuerpo letherii que tenía debajo, se levantó y la miró.

—Seren Pedac, ¿qué hay del resto de estos esclavos? Debemos liberarlos a todos.

Seren frunció el ceño. Con el agotamiento le costaba pensar. Meses y meses de ocultarse, huir y eludir tanto a edur como a letherii; sus esfuerzos por dirigirse al este bloqueados una y otra vez, lo que los obligaba a ir siempre al norte, y el terror interminable que moraba en su interior, todo ello había abotargado sus pensamientos. Liberarlos. Sí. Pero entonces...

—Solo más rumores —dijo Udinaas, como si le leyera el pensamiento, como si él pudiera hallar las ideas de ella antes que ella misma—. De esos hay de sobra y confunden a nuestros cazadores. Escucha, Seren, ya saben dónde estamos, más o menos. Y estos esclavos harán todo lo que puedan para evitar que los vuelvan a capturar. No tenemos que preocuparnos demasiado por ellos.

La corifeo alzó las cejas.

—¿Respondes por tus compañeros endeudados, Udinaas? Todos los cuales darán la espalda a la oportunidad de comprar con información vital una vida libre, ¿no?

—La única alternativa, entonces —dijo él, mirándola—, es matarlos a todos.

Los que escuchaban, aquellos a los que las palizas no habían convertido en autómatas sin opinión, alzaron la voz de repente con proclamas y promesas, extendiendo las manos hacia Seren y haciendo repicar las cadenas. Los otros levantaron la vista con miedo, como myrid que captaran el olor de un lobo que no podían ver. Algunos sollozaron, encogidos en el barro pétreo del camino.

—El primer edur que mató —dijo Udinaas— tiene las llaves.

Silchas Ruina había bajado por el camino. Apenas visible entre la bruma, el tiste andii se transformó en algo enorme, alado, y emprendió el vuelo. Seren echó un vistazo a la fila de esclavos y comprendió con alivio que ninguno había visto el vuelo de Silchas.

—Muy bien —respondió a Udinaas, y se acercó a donde permanecía Temor Sengar, cerca de los edur muertos.

—He de coger las llaves —dijo la corifeo, y se agachó junto al primer edur caído.

—No lo toques —dijo Temor.

Ella alzó los ojos y lo miró.

—Las llaves... las cadenas...

—Ya las busco yo.

Seren asintió, se irguió y dio un paso atrás. Observó mientras él rezaba una plegaria silenciosa y después se arrodillaba junto al cuerpo. Encontró las llaves en una saquita de cuero atada al cinturón del guerrero, una saquita que también contenía un puñado de piedras pulidas. Temor cogió las llaves con la mano izquierda y sostuvo las piedras en la palma de la derecha.

—Estas —dijo— son de la costa merude. Seguramente las recogió cuando no era más que un niño.

—Los niños crecen —dijo Seren—. Hasta de los árboles rectos brotan ramas torcidas.

—¿Y qué defecto tenía este guerrero? —quiso saber Temor, mirándola con rabia desde el suelo—. Siguió a mi hermano, como hicieron todos los demás guerreros de las tribus.

—Algunos, con el tiempo, le dieron la espalda, Temor. —Como tú.

—A lo que yo le he dado la espalda se encuentra a la sombra de aquello hacia lo que me vuelvo, corifeo. ¿Pone eso en duda mi lealtad hacia los tiste edur? ¿Mi propia raza? No. Eso es algo que a todos os conviene olvidar, una y otra vez. Entiéndeme, corifeo. Me esconderé si he de hacerlo, pero no mataré a los míos. Teníamos dinero, podríamos haber comprado su libertad...

—No la de Udinaas.

El otro enseñó los dientes y no dijo nada.

Sí, Udinaas, sé que sueñas con matarlo. Si no fuera por Silchas Ruina...

—Temor Sengar —dijo Seren—. Has elegido viajar con nosotros y no puede haber duda, ninguna duda, de que Silchas Ruina está al mando de esta exigua partida. Pueden desagradarte sus métodos si quieres, pero solo con él llegarás al final. Lo sabes.

El guerrero hiroth apartó la mirada y volvió a observar el camino, parpadeando para espantar el agua.

—Y con cada paso, el coste de mi búsqueda aumenta, un endeudamiento que tú deberías entender, corifeo. La forma de vida letherii, las cargas de las que nunca se puede escapar. Ni dejar atrás comprándolas.

La corifeo extendió la mano para coger las llaves.

El guerrero las dejó en su mano sin querer encontrarse con sus ojos.

No somos muy diferentes de estos esclavos. Seren sopesó el peso del hierro que tintineaba entre sus dedos. Encadenados juntos. Y sin embargo... ¿quién tiene el medio para liberarnos?

—¿Adónde ha ido? —preguntó Temor.

—A dar caza a los letherii. Confío en que no pongas objeciones.

—No, pero tú deberías, corifeo.

Supongo que sí. La corifeo echó a andar hacia donde aguardaban los esclavos.

Un prisionero cerca de Udinaas había reptado hasta él y Seren oyó la pregunta que le susurraba.

—Ese asesino alto... ¿era el Cuervo Blanco? Lo era, ¿verdad? He oído...

—Tú no has oído nada —dijo Udinaas mientras levantaba el brazo cuando vio acercarse a Seren—. La de tres bordes —le dijo—. Sí, esa. Que el Errante nos lleve, os tomasteis vuestro tiempo.

Seren manipuló la llave hasta que el primer grillete se abrió con un chasquido.

—Se suponía que vosotros dos teníais que estar robando en una granja, no dejando que os cogieran unos rastreadores de esclavos.

—Los rastreadores acamparon en los puñeteros terrenos, nadie nos sonreía esa noche.

La corifeo abrió el otro grillete y Udinaas salió de la fila frotándose los verdugones rojos que le rodeaban las muñecas.

—Temor intentó disuadir a Silchas —dijo Seren—. ¿Sabes?, a juzgar por esos dos, no me extraña que los edur y los andii hayan librado diez mil guerras.

Udinaas lanzó un gruñido mientras los dos se dirigían a donde se encontraba Tetera.

—Temor está resentido por haber perdido el mando —contestó el antiguo esclavo—. Que sea a manos de un tiste andii solo empeora las cosas. Sigue sin convencerse de que la traición fue al revés todos esos siglos atrás, que fue Scabandari el que primero sacó el cuchillo.

Seren Pedac no dijo nada. Se colocó delante de Tetera, bajó la cabeza y miró la cara sucia de la niña, los ojos antiguos que se alzaban poco a poco para encontrarse con los suyos.

Tetera sonrió.

—Te he echado de menos.

—¿Cuánto abusaron de ti? —le preguntó Seren mientras le quitaba los grandes grilletes de hierro.

—Puedo caminar. Y he parado de sangrar. Eso es buena señal, ¿verdad?

—Es probable. —Pero esa charla sobre violaciones no era agradable, Seren tenía sus propios recuerdos que la acosaban cada minuto del día—. Habrá cicatrices, Tetera.

—Estar vivo es duro. Siempre tengo hambre, y me duelen los pies.

Odio a los niños con secretos, sobre todo a los que tienen secretos de los que ni siquiera son conscientes. Busca las preguntas adecuadas, no hay otra forma de hacer esto.

—¿Qué más te molesta de estar entre los vivos otra vez, Tetera? —¿Y... cómo? ¿Por qué?

—Sentirme pequeña.

El brazo derecho de Seren lo pellizcó un esclavo, un anciano que estiraba la mano en busca de las llaves con una esperanza patética en los ojos. Seren se las dio.

—Libera a los otros —le dijo. El hombre asintió con vigor mientras hurgaba en sus grilletes—. Bueno —le dijo Seren a Tetera—, esa es una sensación que todos debemos aceptar. Demasiado del mundo se resiste a nuestros esfuerzos por amoldarlo a lo que nos complacería. Vivir es conocer la insatisfacción y la frustración.

—Todavía quiero desgarrar gargantas, Seren. ¿Eso es malo? Creo que tiene que serlo.

Al oír a Tetera, el anciano se encogió y redobló sus torpes intentos de liberarse. Tras él, una mujer maldijo con impaciencia.

Udinaas había trepado al fondo de la carreta de cabeza y estaba muy ocupado saqueándola en busca de todo lo que pudieran necesitar. Tetera fue a reunirse con él con movimientos torpes.

—Tenemos que salir de esta bruma —murmuró Seren—. Estoy empapada. —Se acercó a la carreta—. Daos prisa con eso, vosotros dos. Si otra compañía nos encuentra aquí, podríamos meternos en un lío. —Sobre todo ahora que Silchas Ruina se ha ido. Habían sobrevivido hasta ese momento solo gracias al tiste andii. Cuando ocultarse y evadir a los que los buscaban fallaba, se expresaban sus dos espadas, la espeluznante canción de la eliminación. El Cuervo Blanco.

Había pasado una semana desde la última vez que habían visto a edur y letherii que eran con toda claridad cazadores. Cazadores que buscaban al traidor, Temor Sengar. Que buscaban al que los había traicionado, Udinaas. Pero Seren Pedac estaba confusa, debería haber ejércitos enteros dándoles caza. Si bien la persecución era persistente, era porfiada más que feroz en su ejecución. Silchas había mencionado una vez, de pasada, que los k’risnan del emperador estaban haciendo hechicerías rituales cuya intención era atraer y atrapar. Y que al este los aguardaban trampas, y también alrededor de la propia Letheras. Seren entendía las del este, pues su destino siempre había sido las tierras salvajes que había más allá del imperio, tierras donde Temor (por alguna razón que no quiso explicar) creía que hallaría lo que buscaba; una creencia que Silchas Ruina no refutó. Pero rodear la capital en sí desconcertaba a Seren. Como si Rhulad tuviera miedo de su hermano.

Udinaas bajó de un salto de la carreta de cabeza y se dirigió a la segunda.

—Encontré dinero —dijo—. A montones. Deberíamos llevarnos también estos caballos, podemos venderlos una vez que bajemos el puerto.

—Hay un fuerte en el puerto —dijo Seren—. Puede que no tenga guarnición, pero no hay garantías, Udinaas. Si llegamos con caballos... y los reconocen...

—Podemos rodear el fuerte —respondió él—. Por la noche. Sin que nos vean.

Seren frunció el ceño y se limpió el agua de los ojos.

—Eso es más fácil sin caballos. Además, estas bestias son viejas, están deshechas, no nos darán mucho por ellas, sobre todo en Rosazul. Y cuando regrese el wyval, seguro que se mueren de terror.

—El wyval no va a volver —dijo Udinaas mientras le daba la espalda, la voz áspera—. El wyval se ha ido, y punto.

Seren sabía que no debería dudar de él. El espíritu del engendro del dragón había vivido en su interior, después de todo. Pero no había una explicación obvia para la desaparición repentina de la bestia alada, al menos ninguna que Udinaas quisiera compartir. El wyval se había ido más de un mes antes.

Udinaas juró desde donde se había agachado en el fondo de la carreta.

—Aquí no hay nada más que armas.

—¿Armas?

—Espadas, escudos y armaduras.

—¿Letherii?

—Sí. Bastante mediocres.

—¿Qué estaban haciendo estos traficantes de esclavos con una carreta cargada de armas?

El antiguo esclavo se encogió de hombros, se bajó, pasó junto a ella a toda prisa y empezó a desenganchar los caballos.

—Estas bestias lo habrían pasado mal en el ascenso.

—Ya vuelve Silchas Ruina —dijo Tetera, y señaló el camino.

—Qué rápido.

Udinaas lanzó una carcajada dura.

—Los muy idiotas deberían haberse desperdigado, haberlo obligado a darles caza uno por uno. En su lugar, seguro que se reagruparon como los estúpidos soldaditos buenos que eran.

Desde cerca de la carreta de cabeza habló Temor Sengar.

—Tu sangre es muy clara, Udinaas, ¿verdad?

—Como el agua —respondió el antiguo esclavo.

Por el amor del Errante, Temor, él no eligió abandonar a tu hermano. Lo sabes. Y tampoco es el responsable de la locura de Rhulad. Así que, ¿qué parte del odio que sientes por Udinaas es porque te sientes culpable? ¿A quién hay que culpar de verdad por Rhulad? ¿Por el emperador de las Mil Muertes?

El tiste andii de piel blanca salió sin prisas de entre las brumas, una aparición, el manto negro reluciendo como piel de serpiente. Las espadas una vez más en la vaina que amortiguaría sus gritos; las voces de hierro, reticentes a desvanecerse, persistirían durante días.

Cómo odiaba Seren ese sonido.

Tanal Yathvanar estaba de pie mirando a la mujer desnuda que había en su cama. Los interrogadores habían trabajado duro con ella para arrancarle las respuestas que buscaban. Estaba casi destrozada, la piel llena de cortes y quemaduras, las articulaciones hinchadas y moteadas de cardenales. Apenas había estado consciente cuando la había usado la noche anterior. Era más fácil que con las putas, y, además, no le costaba nada. A él no le interesaba mucho golpear a sus mujeres, solo verlas golpeadas. Comprendía que su deseo era una perversión, pero esa organización (los patriotas) era el refugio perfecto para personas como él. Poder e inmunidad, una combinación letal. Sospechaba que Karos Invictad era más que consciente de las escapadas nocturnas de Tanal y que se guardaba esa información como un cuchillo envainado.

No es como si la hubiera matado. No es como si ella fuera a recordar esto siquiera. De todos modos, está destinada a los Ahogamientos, ¿qué importa si yo disfruto un poco antes? Los soldados hacen lo mismo. Él había soñado con ser soldado una vez, años antes, cuando en su juventud albergaba nociones románticas y equivocadas del heroísmo y la libertad sin restricciones, como si lo primero justificara lo segundo. Había habido muchos asesinos nobles en la historia de Lether. Gerun Eberict había sido uno de esos hombres. Había asesinado a miles: ladrones, matones y gandules, depravados e indigentes. Había «limpiado» las calles de Letheras, ¿y quién no había disfrutado de la recompensa? Menos mendigos, menos rateros, menos sin techo y demás fracasados decrépitos de la era moderna. Tanal admiraba a Gerun Eberict, había sido un gran hombre. Asesinado por un matón que le había hecho papilla el cráneo; una pérdida trágica, sin sentido y cruel.

Un día encontraremos a ese asesino.

Le dio la espalda a la mujer inconsciente, se colocó bien la túnica ligera para que las costuras del hombro quedaran uniformes y rectas y después cerró los broches del cinturón de armas. Uno de los requisitos del centinela que debían cumplir los oficiales de los patriotas: llevar cinturón, daga y espada corta. A Tanal le gustaba sentir su peso, la autoridad implícita en el privilegio de llevar armas cuando a todos los demás letherii (salvo los soldados) se lo prohibía la proclama del emperador.

Como si fuéramos a rebelarnos. El maldito idiota cree que ganó la guerra. Todos lo creen. Pandilla de bárbaros lerdos.

Tanal Yathvanar fue hasta la puerta, salió al pasillo y se dirigió al despacho del centinela. Un momento antes de que llamara a la puerta sonó la segunda campanada después de mediodía. Un murmulló lo invitó a entrar.

Encontró a Rautos Hivanar, maese de la Consigna Libertad, ya sentado enfrente de Karos Invictad. El hombretón parecía llenar la mitad de la habitación y Tanal observó que el centinela había colocado su sillón tan atrás como había podido, de modo que estaba inclinado contra el alfeizar de la ventana. En ese espacio Karos intentaba encontrar una postura de afable comodidad.

—Tanal, nuestro invitado está insistiendo mucho en sus sospechas. Lo suficiente para convencerme de que debemos dedicar mucha más atención a encontrar la fuente de la amenaza.

—Centinela, ¿el propósito es la sedición o la traición, o estamos tratando con un ladrón?

—Un ladrón, diría yo —respondió Karos al tiempo que le lanzaba una mirada a Rautos Hivanar.

Las mejillas del hombre se hincharon y después exhaló un lento suspiro.

—Yo no estoy tan seguro. A primera vista parece que nos enfrentamos a un individuo obsesivo, consumido por la codicia y que, por tanto, atesora riquezas. Pero solo como dinero en sí, y por eso está resultando tan difícil encontrar un rastro. No hay propiedades, no hay ostentación, no se hace alarde de privilegios. Ahora bien, como sutil consecuencia, la escasez de dinero es al fin perceptible. Cierto, no se ha producido ningún daño real en la estructura financiera del imperio. Todavía. Pero si continúa la merma —sacudió la cabeza—, comenzaremos a notar la tensión.

Tanal se aclaró la garganta.

—Maese —preguntó entonces—, ¿ha dedicado a alguno de sus agentes a investigar la situación?

Rautos frunció el ceño.

—La Consigna Libertad prospera precisamente porque sus miembros albergan la convicción de que son los jugadores más poderosos en un sistema inatacable. La confianza es una cualidad muy frágil, Tanal Yathvanar. Cierto, unos cuantos que tratan de forma específica con finanzas me han transmitido su preocupación. Druz Thennic, Barrakta Ilk, por ejemplo. Pero no se ha formalizado nada aún, no hay una sospecha real de que algo vaya mal. Sin embargo, esos hombres no son tontos. —Miró por la ventana que había detrás de Karos Invictad—. La investigación la deben llevar a cabo los patriotas con la mayor discreción. —Los ojos de párpados pesados bajaron y se posaron en el centinela—. Tengo entendido que en los últimos tiempos ha puesto las miras en académicos y eruditos.

Un encogimiento de hombros modesto y un alzamiento de cejas de Karos Invictad.

—Los muchos caminos de la traición.

—Algunos son miembros de familias establecidas y muy respetadas de Lether.

—No, Rautos, no los que hemos arrestado.

—Cierto, pero esas desafortunadas víctimas tienen amigos, centinela, que a su vez han acudido a mí.

—Bueno, amigo mío, es un asunto muy delicado, desde luego. Pisa usted terreno muy poco firme, sin más que barro bajo sus pies. —Se adelantó en el sillón y plegó las manos en el escritorio—. Pero lo investigaré de todos modos. Es posible que la última serie de arrestos haya conseguido sofocar el desencanto que reina entre los intelectuales, o por lo menos que haya eliminado a los más notorios de esa panda.

—Gracias, centinela. Y bien, ¿quién llevará a cabo su investigación?

—Bueno, de eso me ocuparé yo en persona.

—Venitt Sathad, mi ayudante, que aguarda abajo, en el patio, puede servir como enlace entre su organización y yo esta semana; después asignaré a otra persona.

—Muy bien. Deberían bastar informes semanales, al menos para empezar.

—De acuerdo.

Rautos Hivanar se levantó y, tras un momento, Karos Invictad siguió su ejemplo.

De repente el despacho estaba atestado y Tanal retrocedió un poco, enfadado por la intimidación que sentía por instinto que se alzaba en su interior. No tengo nada que temer de Rautos Hivanar. Ni de Karos. Soy su confidente, de los dos. Confían en mí.

Karos Invictad estaba un paso por detrás de Rautos, una mano en la espalda del hombre cuando el maese abrió la puerta. En cuanto Rautos salió al pasillo, Karos sonrió, le dijo unas últimas palabras a su visitante, que respondió con un gruñido, cerró la puerta y se volvió hacia Tanal.

—Una de esos académicos tan respetados está ensuciando tus sábanas, Yathvanar.

Tanal parpadeó.

—Señor, se la sentenció a los Ahogamientos...

—Revoca el castigo. Que la aseen.

—Señor, bien podría ser que después recuerde...

—Podrías ejercer cierta moderación, Tanal Yathvanar —dijo Karos Invictad con tono frío—. Arresta a alguna hija de los que ya están encadenados, maldito seas, y diviértete con ellas. ¿Me he explicado bien?

—S-sí señor. Si ella se acuerda...

—Entonces habrá que darle una indemnización, ¿no crees? Confío en que mantengas tus finanzas en orden, Yathvanar. Y ahora, desaparece de mi vista.

Cuando Tanal cerró la puerta tras él, tuvo que hacer un esfuerzo para aspirar una bocanada de aire. El muy cabrón. No podía advertirme para que no la tocara, ¿no? ¿Quién cometió este gran error? Pero quieres hacérmelo pagar a mí. Por todo ello. Que Filo y Hacha te lleven, Invictad, no sufriré solo.

No lo haré.

—En la depravación se observa cierta fascinación, ¿no te parece?

—No.

—Después de todo, cuanto más enferma está el alma, más dulce es su castigo.

—Suponiendo que lo haya.

—Hay un punto central, estoy seguro. Y debería estar justo en el centro, según mis cálculos. Quizá el fulcro en sí tenga algún defecto.

—¿Qué cálculos?

—Pues los que te pedí que hicieras por mí, por supuesto. ¿Dónde están?

—Los tengo en la lista.

—¿Y cómo calculas el orden de tu lista?

—Ese cálculo no me lo pidió.

—Cierto. Pero en fin, si dejase las patas quietas, podríamos comprobar mi hipótesis como es debido.

—No quiere, y yo lo entiendo. Usted está intentando ponerlo en equilibrio sobre el punto medio de su cuerpo, pero él está diseñado para levantar esa parte con todas esas patas.

—¿Son observaciones formales? Si lo son, anótalas.

—¿En qué? Nos tomamos la tableta de cera para almorzar.

—No me extraña que me sienta como si pudiera comerme una vaca sin ni siquiera un hipido. ¡Mira! ¡Ja! ¡Está encaramado! ¡Perfectamente encaramado!

Los dos hombres se inclinaron para examinar a Ezgara, el insecto que tenía una cabeza en cada extremo. Nada único, por supuesto, los había a montones en esos días, llenando un nicho arcano en la complicada miasma de la naturaleza, un nicho que llevaba vacante un sinfín de milenios. Las patitas como ramitas rotas de la criatura pataleaban con gesto impotente.

—Lo está torturando —dijo Bicho— con una depravación clara, Tehol.

—Solo lo parece.

—No, es así.

—Está bien. —Tehol estiró la mano y levantó al indefenso insecto del fulcro. Las cabezas del animalito giraron sobre sí mismas—. Además —añadió mientras miraba de cerca la criatura—, no era esa la depravación de la que hablaba. ¿Cómo va el negocio de la construcción, por cierto?

—Hundiéndose a toda prisa.

—Ah. ¿Es una afirmación o indigencia menospreciada?

—Nos estamos quedando sin compradores. No hay dinero en metálico y se acabaron los créditos, sobre todo cuando resulta que los promotores no pueden vender las propiedades. Así que he tenido que despedir a todo el mundo, incluyéndome a mí.

—¿Y cuándo ocurrió todo eso?

—Mañana.

—Típico. Siempre soy el último en enterarme. ¿Crees que Ezgara tiene hambre?

—Comió más cera que usted, ¿adónde se cree que van todos los desperdicios?

—¿Los suyos o los míos?

—Amo, yo ya sé adónde van los suyos, y si Biri se entera...

—Ni una palabra más, Bicho. Bien, según mis observaciones y de acuerdo con las anotaciones que no has hecho, Ezgara ha consumido una cantidad de comida equivalente en peso a un gato ahogado. Sin embargo, sigue siendo diminuto y estando ágil y en forma, y gracias a nuestro almuerzo de cera de hoy, sus cabezas ya no chirrían cuando giran, lo que me tomo como una buena señal, puesto que ahora no nos despertará cien veces cada noche.

—Amo.

—¿Sí?

—¿Cómo sabe cuánto pesa un gato ahogado?

—Selush, por supuesto.

—No entiendo.

—Tienes que acordarte. Hace tres años. El gato salvaje que atraparon con una red en la hacienda Rinnesict, el que estaba violando a un pato ornamental que no podía volar. Lo sentenciaron al Ahogamiento.

—Una muerte terrible para un gato. Sí, ya me acuerdo. Los aullidos se oyeron en toda la ciudad.

—Ese mismo. Un benefactor anónimo se compadeció del empapado cadáver felino y le pagó a Selush una pequeña fortuna para que amortajase a la bestia para darle un enterramiento como era debido.

—Está usted loco. ¿Quién haría eso y por qué?

—Con segundas intenciones, por supuesto. De otro modo, ¿qué validez tendría la comparación? A modo de descripción, llevo años esperando para usarla.

—Tres.

—No, mucho más. De ahí mi curiosidad y oportunismo. Antes del líquido final de ese gato yo temía expresar en voz alta la comparación, que, al carecer de veracidad por mi parte, podría invitar al ridículo.

—Es usted de lo más sensible, ¿no?

—No se lo digas a nadie.

—Amo, en cuanto a esas criptas...

—¿Qué pasa con ellas?

—Creo que habría que ampliarlas.

Tehol usó la punta del índice derecho para acariciar el lomo del insecto, o si no, para ponerlo de los nervios.

—¿Ya? Bueno, ahora mismo, ¿a qué profundidad estás bajo el río?

—Más de medio camino.

—¿Y eso son cuántas?

—¿Criptas? Dieciséis. Cada una de la altura de tres hombres por dos.

—¿Todas llenas?

—Todas.

—Oh. Así que es de presumir que ya está empezando a doler.

—Construcciones Bicho será la primera gran empresa en derrumbarse.

—¿Y a cuántas arrastrará con ella?

—No hay forma de decirlo. Tres, quizá cuatro.

—Creí que habías dicho que no había forma de decirlo.

—Entonces no se lo diga a nadie.

—Buena idea. Bicho, necesito que me construyas una caja, con especificaciones muy específicas que ya se me ocurrirán más tarde.

—Una caja, amo. ¿Sirve la madera?

—¿Qué clase de frase es esa? La madera no sirve a nadie.

—No, que si sirve, ya sabe, si vale.

—Sí, sirve esa madera.

—¿Tamaño?

—Desde luego. Pero nada de tapa.

—Por fin entra en detalles.

—Ya te dije que lo haría.

—¿Para qué es la caja, amo?

—No puedo decírtelo, por desgracia. No de forma específica. Pero la necesito pronto.

—En cuanto a las criptas...

—Haz diez más, Bicho. El doble de tamaño. En cuanto a Construcciones Bicho, aguanta un poco más, acumula deudas, elude a los acreedores, no dejes de comprar materiales y mételos en almacenes que cobren un alquiler exorbitante. Ah, y malversa todo lo que puedas.

—Perderé la cabeza.

—No te preocupes. A aquí Ezgara le sobra una.

—Vaya, pues gracias.

—Y ni siquiera chirría.

—Qué alivio. ¿Qué está haciendo ahora, amo?

—¿A ti qué te parece?

—Que se vuelve a la cama.

—Y tú tienes que construir una caja, Bicho, una caja de lo más lista. Pero acuérdate, nada de tapa.

—¿Puedo al menos preguntar para qué es?

Tehol se acomodó en su cama, estudió el cielo azul por un momento y después le sonrió a su criado, que resultaba que era un dios ancestral.

—Pues para que tenga su castigo, Bicho, ¿para qué si no?

Capítulo 2

Capítulo 2

El momento del despertar nos aguarda a todos

en un umbral o donde el camino vira

si de la vida se tira, chispas como polillas al interior

a esta única astilla de tiempo que resplandece

como el sol sobre el agua, nos acrecentaremos

convertidos en una masa hecha pequeña, nervada de temores

y atravesada por todo lo que de repente es

valioso, y el ahora se traga,

el peso del yo es una inmediatez aplastante,

en este día donde el camino vira,

llega el momento del despertar.

Reflejos en invierno,

Corara de Drene

El ascenso a la cima empezó donde terminaba el camino construido por los letherii. Con el río dando voz a su incesante rugido a quince pasos a su izquierda, los adoquines toscos se desvanecieron bajo un deslizamiento de piedras negras en la base de una morrena. Unos árboles arrancados alzaban ramas dobladas y retorcidas entre los escombros, miembros sobresalientes de los que colgaban raíces enroscadas que chorreaban agua. Ringleras de bosque trepaban por la ladera de la montaña hacia el norte, al otro lado del río, y los riscos recortados que bordeaban el torrente de agua por ese lado verdeaban por el musgo. La montaña contraria, que flanqueaba la pista, era un contraste inhóspito decorado con un encaje de fisuras, un paisaje roto, excavado y casi sin árboles. En medio de esta fachada hecha pedazos las sombras distinguían extrañas irregularidades de líneas y ángulos; y en la pista en sí, aquí y allá, se habían tallado unos escalones anchos y gastados, erosionados por el agua y siglos de pisadas.

Seren Pedac creía que una ciudad había ocupado en otro tiempo toda la ladera de la montaña, una fortaleza vertical tallada en la roca viva. Incluso distinguía lo que ella creía que eran grandes ventanas abiertas, y quizá los salientes fragmentados de balcones en las alturas, desdibujados entre las brumas. Sin embargo, algo (algo enorme, terrible en su monstruosidad) había impactado contra el lado entero de la montaña y había borrado de su faz la mayor parte de la ciudad con un solo golpe. Casi podía discernir el perfil de esa colisión, pero entre los pedregales de escombros que resbalaban por las laderas hendidas la única piedra visible pertenecía a la montaña en sí.

Se encontraban en la base de la pista. Seren observaba los ojos exánimes del tiste andii, que escrutaban las alturas con cautela.

—¿Y bien? —preguntó.

Silchas Ruina sacudió la cabeza.

—No de mi gente. K’chain che’malle.

—¿Una víctima de vuestra guerra?

Él la miró como si intentara calibrar la emoción que se ocultaba tras la pregunta, después le contestó.

—La mayor parte de las montañas en las que los k’chain che’malle tallaron sus fortalezas flotantes están ahora bajo las olas, inundadas tras el desplome de Omtose Phellack. Las ciudades están talladas en la piedra, aunque solo las primeras versiones son como las ves aquí, abiertas al aire en lugar de enterradas en el fondo de la piedra informe.

—Una transformación que sugiere una necesidad repentina de autodefensa.

Silchas asintió.

Temor Sengar había pasado junto a ellos y estaba empezando a subir. Tras un momento, Udinaas y Tetera lo siguieron. Seren había insistido en dejar los caballos atrás y se había impuesto. En el claro que tenían a la derecha había cuatro carretas cubiertas con lonas. Era obvio que ningún vehículo conseguía subir y a partir de aquel punto todo el transporte se hacía a pie. En cuanto a la cantidad de armas y armaduras que transportaban los explotadores, o bien habrían tenido que esconderlo por allí y aguardar a un equipo que lo llevara a hombros, o habrían cargado a los esclavos como mulas.

—Yo nunca he cruzado este puerto concreto —dijo Seren—, aunque he visto esta ladera desde lejos. Incluso entonces me pareció ver pruebas de un cambio de forma. Una vez se lo pregunté a Casco Beddict, pero no quiso decirme nada. En algún momento, sin embargo, creo que nuestra pista nos lleva al interior.

—La hechicería que destruyó esta ciudad fue formidable —dijo Silchas Ruina.

—Quizá alguna fuerza de la naturaleza...

—No, corifeo. Starvald Demelain. La destrucción fue obra de dragones. Eleint de pura sangre. Al menos una docena, trabajando en armonía, un desencadenamiento combinado de sus sendas. Inusual —añadió.

—¿Qué parte?

—Una alianza tan grande, para empezar. Y también el alcance de su rabia. Me pregunto qué crimen cometieron los k’chain che’malle para merecer semejante represalia.

—Yo sé la respuesta —dijo un susurro sibilante tras ellos; Seren se volvió, bajó los ojos y los entornó para mirar el espectro insustancial que se había agazapado allí.

—Marchito. Me preguntaba adónde habías ido.

—Viajes al corazón de la piedra, Seren Pedac. Al interior de la sangre congelada. ¿Cuál fue su crimen, te preguntas, Silchas Ruina? Pues nada menos que la aniquilación garantizada de toda existencia. Si los aguardaba la extinción, entonces también moriría todo lo demás. ¿Desesperación o un rencor maligno? Quizá ninguna de las dos cosas, quizá un desgraciado accidente, esa herida en el centro de todo. Pero ¿qué nos importa? Todos seremos polvo para entonces. Indiferentes. Insensibles.

Silchas Ruina le contestó sin volverse.

—Ten cuidado con la sangre congelada, Marchito. Puede apoderarse de ti de todos modos.

El espectro lanzó un siseo que era una carcajada.

—Como una hormiga en la savia, sí. Ah, pero es tan seductora, amo.

—Estás advertido. Si quedas atrapado, yo no puedo liberarte.

El espectro se deslizó junto a ellos y subió fluyendo por los irregulares escalones.

Seren se colocó bien la cartera de cuero que llevaba en los hombros.

—Los fent transportaban las provisiones en equilibrio sobre la cabeza. Ojalá pudiera hacer yo lo mismo.

—Las vértebras se compactaban —dijo Silchas Ruina—, lo que daba como resultado un dolor crónico.

—Bueno, ahora mismo noto unos cuantos crujidos en las mías, así que me temo que no veo la diferencia. —Empezó a subir—. ¿Sabes?, como soletaken podrías...

—No —dijo él al seguirla—, hay demasiada sed de sangre en la transformación. La avidez draconiana de mi interior es donde reside mi rabia, y no es fácil dominar esa rabia.

La corifeo, incapaz de contenerse, lanzó un bufido burlón.

—¿Te divierte, corifeo?

—Scabandari está muerto. Temor vio su cráneo aplastado. A ti te apuñalaron y luego encerraron, y ahora que estás libre, lo único que te consume es el deseo de venganza... ¿contra qué? ¿Un alma incorpórea? ¿Algo menos que un espectro? ¿Qué quedará de Scabandari a estas alturas? Silchas Ruina, la tuya es una obsesión patética. Al menos Temor Sengar busca algo positivo, y no es que lo vaya a encontrar, dado que tú con toda probabilidad aniquilarás lo que quede de Scabandari antes de que tenga la oportunidad de hablar con él, suponiendo que sea siquiera posible. —Cuando el otro no dijo nada, Seren continuó—. Al parecer mi destino es guiar ese tipo de misiones. Igual que mi último viaje, el que me llevó a las tierras de los tiste edur. Todo el mundo reñido, por todas partes motivos ocultos y en conflicto. Mi tarea era singular, por supuesto: llevar a los muy idiotas y después apartarme todo lo posible cuando se sacaran los cuchillos.

—Corifeo, mi rabia es más complicada de lo que crees.

—¿Qué significa eso?

—El futuro que nos planteas es demasiado simple, demasiado confinado; sospecho que cuando lleguemos a nuestro destino, nada procederá según anticipas.

Seren lanzó un gruñido.

—He de aceptarlo, puesto que fue lo que ocurrió en la aldea del rey hechicero. Después de todo, las repercusiones supusieron la conquista del Imperio de Lether.

—¿Asumes la responsabilidad, corifeo?

—Asumo la responsabilidad de muy pocas cosas, Silchas Ruina. Eso tiene que ser obvio.

Los escalones eran empinados, los bordes gastados y traicioneros. A medida que subían el aire se iba enrareciendo, las brumas se arremolinaban procedentes de las cataratas que caían a su izquierda, el sonido era un rugido que trepaba entre las piedras en un tumulto de ecos. Donde las antiguas escaleras se desvanecían por completo se habían construido caballetes de madera que formaban algo parecido a un cruce entre una escala y unos escalones apoyados en aquella roca escarpada, sesgada.

Tras subir un tercio del camino encontraron un saliente donde pudieron reunirse para descansar. Entre los escombros esparcidos de la plataforma había restos de métopas, cornisas y frisos que lucían tallas demasiado fragmentadas para ser identificables, lo que sugería que una fachada entera había existido alguna vez justo encima de ellos. Los andamios se convirtieron en una auténtica escala y, a la derecha, a una altura de tres hombres, se abría la boca de una cueva rectangular, casi con forma de puerta.

Udinaas se quedó mirando ese portal oscuro durante un buen rato antes de volverse hacia los otros.

—Sugiero que lo intentemos.

—No es necesario, esclavo —respondió Temor Sengar—. Esta pista es recta, simple, fiable...

—Y cuanto más subimos, más helada está. —El endeudado hizo una mueca y se echó a reír—. Oh, es que hay canciones que cantar, ¿verdad, Temor? Los peligros y tribulaciones, las glorias del sufrimiento, todo para ganar tu heroico triunfo. Quieres que los ancianos que en otro tiempo fueron tus nietos reúnan al clan alrededor del fuego para relatar tu historia, la misión de un guerrero solitario en busca de su dios. Ya casi los oigo describiendo al formidable Temor Sengar de los hiroth, hermano del emperador, con su recua de seguidores, la niña perdida, la inveterada guía letherii, un fantasma, un esclavo, y, por supuesto, el némesis de piel blanca. El Cuervo Blanco con sus elocuentes mentiras. Pero si tenemos toda la gama de arquetipos, ¿a que sí? —Metió la mano en la cartera que tenía al lado, sacó una bota de agua, dio un largo trago y se limpió la boca con el dorso de la mano—. Pero imagina que todo sea para nada, que te precipites de un escalón resbaladizo y caigas desde una altura de quinientos hombres a una muerte ignominiosa. No es como dice el cuento, por desgracia, pero claro, la vida no es un cuento, ¿no? —Volvió a guardar el cuero y se echó al hombro su mochila—. El esclavo amargado elige una ruta diferente hacia la cima, el muy idiota. Claro que —hizo una pausa para sonreírle a Temor—, alguien tiene que ser la moraleja en esta épica, ¿no?

Seren observó al hombre trepar los peldaños. Cuando llegó enfrente de la boca de la cueva, subió los brazos hasta que se agarró al borde de piedra con una mano y siguió con un pie que fue estirando hasta que la punta del mocasín se apoyó en el saliente. Y después, con un cambio rápido de peso combinado con un empujón que lo alejó de la escala, giró con agilidad sobre una pierna y levantó la otra en el aire. Se adelantó, empujado por el peso de la cartera que llevaba a la espalda, y entró en la oscuridad de la puerta.

—Nada mal hecho —comentó Silchas Ruina, y había algo parecido a la diversión en su tono, como si hubiera disfrutado al ver al esclavo picar la arrogancia sentenciosa de Temor Sengar, lo que revelaba dos perspectivas en su comentario—. Me parece que voy a seguirlo.

—Yo también —dijo Tetera.

Seren Pedac suspiró.

—Muy bien, pero sugiero que nosotros usemos cuerdas y dejemos los alardes para Udinaas.

La boca de la cueva reveló que había sido un pasillo que, con toda probabilidad, había llevado a un balcón antes de que la fachada se hubiera partido. Unas secciones inmensas de los muros, desgarradas por las grietas, habían cambiado de posición y se habían asentado en ángulos opuestos. Y cada grieta, cada fisura que Seren podía ver por todos lados, hervía con los cuerpos peludos de murciélagos que se retorcían, despertados por su presencia, chirriando y a punto de sufrir un ataque de pánico. Cuando Seren dejó su mochila en el suelo, Udinaas se puso a su lado.

—Toma —dijo, su aliento surgía en penachos—, enciende tú este farol, corifeo; cuando baja la temperatura, las manos se me entumecen. —Cuando ella lo miró, el antiguo esclavo posó los ojos en Temor Sengar y luego dijo—: Demasiados años metiendo las manos en agua helada. Un esclavo entre los edur no sabe de comodidades.

—No pasabas hambre —dijo Temor Sengar.

—Cuando un árbol de palosangre caía en el bosque —dijo Udinaas—, nos enviaban a traerlo a rastras a la aldea. ¿Recuerdas esos momentos, Temor? A veces, el tronco cambiaba de posición de forma inesperada, se deslizaba por el barro o lo que fuera y aplastaba a un esclavo. Uno de ellos era de nuestra casa, tú no te acuerdas de él, ¿verdad? ¿Qué es un esclavo muerto más? Los edur gritabais cuando pasaba eso, decíais que el espíritu del palosangre tenía sed de sangre letherii.

—Ya basta, Udinaas —dijo Seren, que por fin consiguió encender el farol. Cuando brotó la luz, los murciélagos salieron como una explosión de las grietas y de repente el aire se llenó de aleteos frenéticos. Una docena de latidos después, las criaturas se habían ido.

Seren se irguió y levantó el farol.

Estaban pisando una pasta gruesa y mohosa, guano, plagada de larvas y escarabajos, de la que se alzaba un hedor pestilente.

—Será mejor que entremos —dijo Seren— y nos quitemos esto. Hay fiebres...

El hombre chillaba mientras los guardias que tiraban de las cadenas lo llevaban a rastras por el patio hasta el muro de los anillos. Los pies aplastados dejaban manchas sanguinolentas en los adoquines. Los chillidos de acusación surgían del hombre como un lamento, una rabia estridente ante la forma del mundo, el mundo letherii.

Tanal Yathvanar lanzó un leve bufido.

—Oiga eso. Qué ingenuidad.

Karos Invictad, de pie junto a él en el balcón, le lanzó una mirada severa.

—Qué necio eres, Tanal Yathvanar.

—¿Centinela?

Karos Invictad apoyó los antebrazos en la barandilla y miró con los ojos entornados al prisionero. Unos dedos como gusanos hinchados de río se entrelazaron poco a poco. En las alturas se carcajeaba una gaviota.

—¿Quién representa la mayor amenaza para el imperio, Yathvanar?

—Los fanáticos —respondió Tanal tras un momento—. Como ese de ahí abajo.

—En absoluto. Escucha lo que dice. Lo embarga la certeza. Se atiene a una visión segura del mundo, un hombre con las respuestas correctas; no hay ni que decir que las propias preguntas previas eran las correctas. En un ciudadano con certidumbre, Yathvanar, se puede influir, convertir en lo contrario, lo puedes transformar en un diligente aliado. Lo único que hay que hacer es encontrar lo que más lo amenaza. Prender su miedo, reducir a cenizas los cimientos de su certeza, y después ofrecerle una forma alternativa de pensar, de ver el mundo, igual de cierta. Extenderá los brazos, cruzará el abismo, por ancho que sea, y se aferrará a ti con todas sus fuerzas. No, nuestros enemigos no son los que están seguros. Equivocados en estos momentos, como en el caso de ese hombre de ahí abajo, pero siempre vulnerables al miedo. Quítales el consuelo de sus convicciones y engatúsalos con otras fabricadas por ti, que parezcan contundentes y razonables. Podemos tener la seguridad de que al final las abrazarán.

—Entiendo.

—Tanal Yathvanar, nuestros mayores enemigos son aquellos que carecen de certezas. Los que tienen preguntas, los que contemplan nuestras pulcras respuestas con un escepticismo inextinguible. Esas preguntas nos asaltan, nos socavan... Agitan. Has de entender que esos peligrosos ciudadanos comprenden que no hay nada sencillo; su postura es todo lo contrario a la ingenuidad. Los hace humildes la ambivalencia de la que son testigos, y desafían nuestras sencillas y consoladoras afirmaciones de claridad, de un mundo en blanco y negro. Yathvanar, cuando desees insultar del peor modo posible a un ciudadano así, llámalo ingenuo. Se pondrán furibundos, se quedarán casi sin palabras... hasta que observas que sus mentes dan marcha atrás y revelan una cascada de expresiones cuando se preguntan a sí mismos: ¿quién es el que se atreve a llamarme ingenuo? Bueno, es su respuesta, está claro que una persona en posesión de certezas, con toda la arrogancia y pretensión que supone tal posición; una confianza, así pues, que permite el juicio displicente, el rechazo burlón articulado desde la más elevada postura. Y a partir de entonces en los ojos de tu víctima entrará la luz del reconocimiento, en ti él se enfrenta a su enemigo, su enemigo más real. Y conocerá el miedo. De hecho, el terror.

—Surge entonces la pregunta, centinela...

Karos Invictad sonrió.

—¿Poseo yo certezas? ¿O de hecho me veo plagado por preguntas y dudas y me debato en las corrientes salvajes de la complejidad? —Se quedó callado un momento antes de continuar—. No me atengo más que a una certeza. El poder es lo que da forma al rostro del mundo. En sí mismo, no es ni benigno ni malicioso; no es más que la herramienta con la que el que lo empuña reforma todo lo que le rodea, le da nueva forma para que se adapte a su... comodidad. Por supuesto, expresar poder es promulgar una tiranía, que puede ser sutil y blanda o cruel y dura. Implícita en el poder (político, familiar, como quieras) está la amenaza de la coerción. Contra todos los que optan por resistirse. Y que conste que si está disponible la coerción, no te quepa duda de que se utilizará. —El centinela hizo un gesto—. Escucha a ese hombre. Me está haciendo todo el trabajo. Abajo, en las mazmorras, sus compañeros de celda oyen sus desvaríos y algunos se unen al coro, los guardias toman nota de quién, y esa es una lista de nombres que examino a diario, porque esos son los que puedo ganarme. Los que no dicen nada, o los que dan la espalda, esa es la lista de los que deben morir.

—Así que —dijo Tanal— lo dejamos chillar.

—Sí. La ironía es que es ingenuo de verdad, aunque no por supuesto en el sentido al que te referías en un principio. Es su misma certeza la que revela su alegre ignorancia. Es una ironía mayor que ambos extremos del espectro político revelan una convergencia de medios y métodos y, de hecho, hasta la misma actitud de los creyentes, su ferocidad contra los que les llevan la contraria, la sangre que derramarán con gusto por su causa, para defender su versión de la realidad. El odio que revelan hacia los que expresan dudas. El escepticismo disfraza el desprecio, después de todo, y ser despreciado por alguien que no se atiene a nada es sufrir la herida más profunda, la más cortante. Así que nos aferramos a la certeza, Yathvanar, y pronto convertimos en nuestra misión arrancar de raíz y aniquilar a los que plantean preguntas. Ah, y qué placer derivamos de ello...

Tanal Yathvanar no dijo nada, lo embargaba una tormenta de sospechas, ninguna de las cuales podía aislar o ubicar.

—Juzgaste muy rápido, ¿no? —dijo Karos Invictad—. Ah, cuántas cosas revelaste con ese comentario desdeñoso. Y admito que me divirtió la respuesta instintiva que suscitaron en mí tus palabras. Ingenuo. Que el Errante me lleve, me apetecía arrancarte la cabeza del cuerpo, como decapitar a una mosca de los pantanos. Quería mostrarte el verdadero desdén. El mío. Por ti y todos los que son como tú. Quería coger esa expresión burlona de tu cara y meterla en una picadora. ¿Crees que tienes todas las respuestas? Debes de creerlo, dada la facilidad con la que juzgaste y hablaste. Bueno, patética criaturita, un día la incertidumbre llamará a tu puerta, se te meterá por la garganta y a ver qué llega antes, la humildad o la muerte. En cualquier caso, te concederé un momento de compasión, que es lo que me distingue a mí de ti, ¿no? Hoy llegó un paquete, ¿verdad?

Tanal parpadeó. Ves como todos poseemos un ansia. Después asintió.

—Sí, centinela. Un nuevo rompecabezas para usted.

—Excelente. ¿De quién?

—Anónimo.

—Qué curioso. ¿Forma parte del misterio, o es temor al ridículo cuando lo resuelva tras pensarlo un simple instante? Bueno, ¿cómo ibas a poder contestar tú a esa pregunta? ¿Dónde está ahora?

—Deberían haberlo entregado en su despacho, señor.

—Bien. Deja que el hombre de abajo se pase chillando el resto de la tarde. Luego envíalo otra vez abajo.

Tanal se inclinó cuando Karos dejó el balcón. Esperó un centenar de latidos antes de abandonarlo él también.

Muy poco después descendió al nivel inferior de las antiguas mazmorras y bajó por una escalera de caracol hasta unos pasillos y celdas que no se habían usado de forma regular en siglos. Las recientes riadas habían inundado ese nivel y el superior, aunque desde entonces las aguas ya habían bajado y dejado a su paso densos sedimentos y el hedor de aguas estancadas y sucias. Con un farol en la mano Tanal Yathvanar fue descendiendo por un canal inclinado hasta que llegó a lo que una vez había sido la cámara de inquisición principal. Unos mecanismos arcanos, corroídos por el óxido, se agazapaban en el suelo adoquinado, o bien estaban clavados a los muros, con una jaula parecida al armazón de una cama suspendida del techo por gruesas cadenas.

Justo enfrente de la entrada había un artilugio con forma de cuña repleto de esposas y cadenas que podía tensar un trinquete montado en un lado del muro. La cama inclinada miraba hacia la cámara y esposada a ella estaba la mujer que le habían ordenado liberar.

Estaba despierta y apartó la cara de la luz repentina.

Tanal dejó el farol en una mesa atestada de instrumentos de tortura.

—Hora de la toma —dijo.

Ella no dijo nada.

Una académica muy respetada. Y mírala ahora.

—Todas tus grandilocuentes palabras —dijo Tanal—. Al final resultaron menos sólidas que el polvo al viento.

La voz femenina era entrecortada, ronca.

—Ojalá algún día te atragantes con ese polvo, hombrecito.

Tanal sonrió.

—«Hombrecito.» Intentas herirme. Un esfuerzo patético. —Se acercó a un baúl que había apoyado en la pared, a su derecha. Había contenido yelmos de tortura, pero Tanal había sacado los aplastacráneos y había llenado el baúl con petacas de agua y alimentos secos—. Tendré que traer calderos con agua jabonosa —dijo mientras sacaba lo necesario para hacerle a la mujer algo de comer—. Por inevitable que sea la defecación, el olor y las manchas son muy desagradables.

—Oh, así que te ofendo, ¿eh?

Tanal la miró y sonrió.

—Janath Anar, profesora titular de la Academia de Estudios Imperiales. Por desgracia, parece que no has aprendido nada de las costumbres imperiales. Aunque se podría argüir que eso ha cambiado desde que has llegado aquí.

La mujer lo estudió, una expresión extraña y pesada en sus ojos amoratados.

—Desde el Primer Imperio hasta hoy, hombrecito, siempre ha habido épocas de tiranía pura y dura. Que los actuales opresores sean tiste edur apenas merece una nota siquiera. Después de todo, la verdadera opresión procede de vosotros. Letherii contra letherii. Es más...

—Es más —dijo Tanal burlándose de ella—, los patriotas son un regalo, un favor que los letherii hacen a los suyos. Mejor nosotros que los edur. Nosotros no hacemos arrestos indiscriminados; no castigamos por ignorancia; no somos aleatorios.

—¿Un regalo? ¿De verdad crees eso? —preguntó la mujer sin dejar de estudiarlo—. A los edur les importa un bledo en un sentido u otro. Es imposible matar a su líder y eso convierte su dominio en absoluto.

—Un tiste edur de alto rango colabora con nosotros casi a diario...

—Para manteneros a raya. A ti, Tanal Yathvanar, no a tus prisioneros. A ti y a ese loco de Karos Invictad. —La académica ladeó la cabeza—. ¿Me pregunto por qué las organizaciones como las vuestras las dirigen de forma invariable patéticos fracasos humanos? Pervertidos y psicóticos de mentes estrechas. A todos los maltrataron los matones del colegio siendo niños, claro está. O abusaron de ellos padres retorcidos; estoy segura de que tienes historias terribles que confesar de tu miserable juventud. Y ahora que el poder está en tus manos, ah, cómo debemos sufrir el resto.

Tanal se acercó con la comida y la petaca de agua.

—Por el amor del Errante —dijo la mujer—, suéltame al menos un brazo para que pueda comer sola.

Él se colocó a su lado.

—No, lo prefiero así. ¿Te humilla que te den de comer como si fueras un bebé?

—¿Qué quieres de mí? —preguntó Janath mientras él destapaba la petaca.

Tanal se la puso en los labios agrietados y la miró beber.

—No recuerdo haber dicho que quisiera nada —respondió.

La académica apartó la cabeza y tosió, el agua se le derramó por el pecho.

—Lo he confesado todo —dijo tras un momento—. Tienes todas mis notas, mis traidoras conferencias sobre la responsabilidad personal y la necesidad de compasión...

—Sí, tu relativismo moral.

—Refuto cualquier noción de relativismo, hombrecito, cosa que sabrías si te hubieras molestado en leer esas notas. Las estructuras de una cultura no evitan ni excusan la ilegalidad manifiesta ni la injusticia. El statu quo no es sagrado, ni un altar que pintar con ríos de sangre. La tradición y la costumbre no son argumentos sólidos...

—Por el Cuervo Blanco, mujer, eres una auténtica conferenciante. Me gustabas más inconsciente.

—Pues vuelve a darme una paliza y déjame sin sentido —respondió ella.

—Por desgracia, no puedo. Se supone que debo liberarte.

Los ojos de la mujer se entornaron y se clavaron en los suyos; al cabo los volvió a apartar.

—Qué descuido por mi parte —murmuró.

—¿En qué sentido? —preguntó él.

—Casi me sedujo. El atractivo de la esperanza. Si se supone que tienes que liberarme, jamás me habrías traído aquí abajo. No, yo he de ser tu víctima privada, y tú mi pesadilla privada. Al final, las cadenas que te aten a ti podrán rivalizar con las mías.

—La psicología de la mente humana —dijo Tanal mientras le metía un poco de pan empapado de grasa en la boca—. Tu especialidad. Resulta que puedes leer mi vida con la misma facilidad con la que lees un pergamino. ¿Se supone que eso ha de asustarme?

Ella masticó y después, con cierto esfuerzo, tragó.

—Yo empuño un arma mucho más letal, hombrecito.

—¿Y cuál sería?

—Me deslizo en tu cabeza. Veo a través de tus ojos. Nado en las corrientes de tus pensamientos. Estoy aquí de pie, contemplando a esa criatura manchada por sus propios excrementos, encadenada a esta cama de violaciones. Y al final empiezo a entenderte. Es más íntimo que hacer el amor, hombrecito, porque todos tus secretos se desvanecen. Y por si te lo estuvieras preguntando, sí, lo estoy haciendo incluso ahora. Estoy escuchando mis propias palabras como las escuchas tú, siento la tensión que se apodera de tu pecho, ese extraño escalofrío bajo la piel a pesar del sudor fresco. El miedo repentino, cuando te das cuenta del alcance de tu vulnerabilidad...

La golpeó. Con la fuerza suficiente para ladearle la cabeza. A la profesora le brotó sangre de la boca y tosió, una, dos veces, recuperaba el aliento en jadeos entrecortados, líquidos.

—Podemos reanudar esta comida más tarde —dijo él luchando por no dar inflexión a sus palabras—. Supongo que chillarás lo que te toque en los días y semanas venideros, Janath, pero te aseguro que tus gritos no llegarán a nadie.

Una peculiar tos seca sacudió a la mujer.

Tras un momento, Tanal se dio cuenta de que se estaba riendo.

—Una bravuconería impresionante —dijo con sinceridad—. Al final puede que te libere de verdad. Por ahora, no me decido. Estoy seguro de que lo entiendes.

La mujer asintió.

—Zorra arrogante —dijo Tanal.

La académica se rio otra vez.

Su carcelero retrocedió.

—No creas que voy a dejar el farol —gruñó.

La carcajada femenina lo siguió al pasillo, cortándolo como vidrios rotos.

El ornamentado carruaje, con adornos de palosangre reluciente, estaba inmóvil, aparcado en un lado de la avenida principal de Drene. Sus altas ruedas montaban a horcajadas la cloaca abierta. Los cuatro caballos, de un blanco óseo, permanecían apáticos bajo aquel calor impropio de la estación, las cabezas colgando por encima de las colleras. Justo delante de ellos, un arco abierto enmarcaba la calle y tras él se veía el laberinto extenso del Mercado Mayor, una inmensa explanada atestada de puestos, carretas, ganado y todo un gentío.

El flujo de riquezas, la cacofonía de voces y la multitud de manos que ofrecían o aferraban parecían culminar en una fuerza que apaleaba los sentidos de Brohl Handar incluso donde estaba sentado, protegido por los lujosos confines del carruaje. Los sonidos palpitantes del mercado, el flujo constante y caótico de gente bajo el arco y las multitudes en la calle misma, todo hacía pensar al supervisor en el fervor religioso, como si estuviera presenciando una versión frenética de un funeral tiste edur. En lugar de mujeres expresando sus rítmicos gruñidos de dolor constreñido, los boyeros obligaban a las bestias a abrirse paso rebuznando entre la masa. En lugar de jóvenes no iniciados en la sangre que vadeaban aguas cubiertas con espuma ensangrentada hundiendo los remos en las olas, se oía el estrépito de las ruedas de las carretas y los gritos agudos de los buhoneros. El humo de las piras y ofrendas que envolvían una aldea edur era allí un río denso, polvoriento, matizado por un millar de olores. Estiércol, pis de caballo, carne asada, verduras y pescado, pieles de myrid sin curar y pieles curtidas de rodara; desechos medio podridos y los aromas empalagosos de drogas narcóticas.

Allí, entre los letherii, no se arrojaban ofrendas valiosas al mar. El marfil de las focas de grandes colmillos se apoyaba en las estanterías como filas de dientes de algún mecanismo de tortura de madera. En otros puestos reaparecía ese mismo marfil, pero tallado con mil formas diferentes, muchas de ellas imitando objetos religiosos de los edur, los jheck y los fent, o como piezas de algún juego de mesa. El ámbar pulido era un adorno, no las lágrimas sagradas del atardecer capturado, y el propio palosangre había sido tallado para transformarlo en cuencos, tazas y utensilios de cocina.

O para adornar un carruaje ostentoso.

Por una rendija de las contraventanas, el supervisor observó la oleada que iba y venía por la calle. De vez en cuando aparecía algún edur entre la multitud, una cabeza más alto que la mayor parte de los letherii, y a Brohl le pareció que podía leer cierta perplejidad tras sus expresiones altaneras y distantes; y una vez, en el rostro de un anciano del consejo, a quien Brohl conocía en persona, un anciano vestido con ostentosidad y repleto de anillos, vio el brillo de la avaricia en los ojos.

El cambio pocas veces se elegía y por lo común su llegada era lenta, sutil. Cierto, los letherii habían experimentado la conmoción de ejércitos derrotados, un rey asesinado y una nueva clase gobernante, pero al final tanto revés repentino no había resultado ser tan catastrófico como se podría haber esperado. La madeja que mantenía unido a Lether era resistente y, como ya sabía Brohl, mucho más fuerte de lo que parecía. Lo que más lo inquietaba a él, sin embargo, era la facilidad con la que esa madeja enredaba a todos los que se encontraban en medio.

Te toca y te envenena, nada letal todavía, solo embriagadora. Dulce, pero quizá, en último caso, fatal. Es lo que se puede esperar de... la comodidad. Aun así, él se daba cuenta de que no todos contaban con la recompensa de la comodidad; de hecho, parecía inquietantemente escasa. Mientras que los que poseían riquezas era obvio que se regocijaban en lucirla, esa misma ostentación subrayaba el hecho de que eran una minoría clara. Pero ese desequilibrio era, comprendía al fin, necesario. No todo el mundo podía ser rico, el sistema no permitiría tal igualdad, pues el poder y el privilegio que ofrecía dependían justo de lo contrario. De la injusticia, ¿o cómo si no se pueden apreciar los regalos del privilegio? Para que haya ricos, tiene que haber pobres, y más de los últimos que de los primeros.

Reglas sencillas a las que se llegaba con facilidad a través de la simple observación. Brohl Handar no era un hombre sofisticado, un defecto que le recordaban a diario desde su llegada como supervisor de Drene. No tenía ninguna experiencia concreta en el gobierno, y pocas de las habilidades que poseía se podían aplicar a sus nuevas responsabilidades.

El comisionado, Letur Anict, estaba librando una guerra no oficial contra las tribus de allende las fronteras, y estaba usando tropas imperiales para robar tierras y consolidar sus recién adquiridas propiedades. Un baño de sangre que no tenía ninguna justificación real, el objetivo era la riqueza personal. De momento, sin embargo, Brohl Handar no sabía lo que iba a hacer sobre el tema, si es que de verdad iba a hacer algo. Había preparado un largo informe para el emperador en el que proporcionaba detalles bien documentados para describir la situación en Drene. Ese informe continuaba en posesión de Brohl, porque había empezado a sospechar que, si lo enviara a Letheras, no llegaría al emperador, ni a ninguno de sus asesores edur. El canciller letherii, Triban Gnol, parecía ser cómplice y quizá incluso estaba confabulado con Letur Anict, lo que insinuaba una inmensa red de poder oculta bajo la superficie y que parecía prosperar sin trabas y sin que la afectara el gobierno edur. De momento, todo lo que Brohl Handar tenía eran sospechas, indicios de esa insidiosa red de poder. Una conexión era segura, y era con esa asociación letherii de familias acaudaladas, la Consigna Libertad. Era posible que esa organización estuviera en el fondo de todo el poder oculto. Pero no podía estar seguro.

Brohl Handar, un noble menor entre los edur y recién nombrado supervisor de una pequeña ciudad en una esquina remota del imperio, sabía de sobra que no podía desafiar a una entidad como la Consigna Libertad. De hecho, estaba empezando a creer que las tribus tiste edur, repartidas como estaban por esa inmensa tierra, eran poco más que restos de un naufragio que sorteaban las corrientes indiferentes de un río profundo e hinchado.

Y, sin embargo, está el emperador.

Que es muy probable que esté loco.

No sabía a quién acudir; ni siquiera si lo que estaba presenciando era, en verdad, tan peligroso como parecía.

A Brohl lo sobresaltó una conmoción cerca de la puerta del mercado, se inclinó hacia delante y apoyó un ojo en la ranura que quedaba entre las contraventanas.

Un arresto. La gente se iba apartando a toda prisa de la escena mientras dos letherii anodinos, uno a cada lado, empujaban a su víctima de cara contra uno de los postes de la puerta. No se gritaban acusaciones, no había negativas atemorizadas. El silencio compartido por los agentes patriotas y su prisionero dejó un extraño temblor en el supervisor. Como si los detalles no le importaran a ninguno.

Uno de los agentes hizo un registro en busca de armas, no encontró ninguna y luego, mientras su compañero sujetaba al hombre contra el ornamentado poste, le quitó la cartera que llevaba en el cinturón, a la altura de la cadera, y empezó a revolver en ella. La cara del prisionero estaba ladeada y apretada contra el bajorrelieve de la amplia columna cuadrada, unas tallas que representaban alguna gloria pasada del Imperio de Lether. Brohl Handar sospechaba que a todos los implicados se les escapaba la ironía.

Al tipo se le acusaría de sedición. Siempre era la misma acusación. Pero ¿contra qué? No contra la presencia de los tiste edur, eso sería inútil, después de todo; y desde luego casi no había habido ningún intento de represalias, al menos ninguno del que se hubiera enterado Brohl Handar. Así que... ¿qué, con exactitud? ¿Contra quién? Siempre había endeudados, y algunos huían de sus deudas, pero la mayoría no lo hacía. Había sectas construidas alrededor de inquietudes políticas o sociales, y muchas de ellas buscaban a sus miembros entre los restos privados de derechos de las tribus sometidas (los fent, los nerek, thartenos y demás). Pero desde la conquista, la mayor parte de esas sectas o bien se habían disuelto, o habían huido del imperio. Sedición. Una acusación que silenciaba cualquier debate. En algún lugar, por tanto, tenía que existir una lista de las creencias aceptadas, la multitud de convicciones y fes que componían la doctrina adecuada. ¿O se estaba produciendo algo más insidioso?

Se oyó un arañazo en la puerta del carruaje y un momento después se abrió.

Brohl Handar estudió la figura que subía al pescante y que hizo ladearse el carruaje con su peso.

—Por supuesto, Orbyn —dijo—, entre.

Músculo ablandado por años de inactividad, cara carnosa, las mandíbulas pesadas y flácidas, Orbyn Buscaverdad parecía sudar de forma incesante, fuera cual fuera la temperatura ambiente, como si una presión interna expulsara las toxinas de su mente hacia la superficie de la piel. El jefe local de los patriotas era, en opinión de Brohl Handar, la criatura más despreciable y maliciosa que había conocido jamás.

—Su llegada es muy oportuna —dijo el tiste edur cuando Orbyn entró en el carruaje y se acomodó en el banco de enfrente; el olor acre de su sudor flotó hasta él—. Aunque no era consciente de que supervisaba en persona las actividades diarias de sus agentes.

Los labios finos de Orbyn se plegaron en una sonrisa.

—Nos hemos topado con cierta información que podría ser de interés para usted, supervisor.

—¿Una más de sus inexistentes conspiraciones?

La sonrisa se ensanchó por un momento, un simple destello.

—Si se está refiriendo a la conspiración de Bolkando, por desgracia, esa pertenece a la Consigna Libertad. La información que hemos conseguido concierne a su gente.

Mi gente.

—Muy bien. —Brohl Handar esperó. Fuera, los dos agentes se estaban llevando a su prisionero a rastras y a su alrededor se reanudaba el flujo humano, sibilino y evasivo.

—Se ha avistado una partida al oeste de Rosazul. Dos tiste edur, uno de ellos de piel blanca. A este último creo que se le conoce como el Cuervo Blanco, un título que nos resulta muy inquietante a los letherii, por cierto. —Pestañeó, los párpados entornados—. Los acompañaban tres letherii, dos féminas y un esclavo fugado con los tatuajes de propiedad de la tribu Hiroth.

Brohl se obligó a permanecer imperturbable, aunque la tensión le atenazó el pecho. Esto no es asunto tuyo.

—¿Tiene más detalles sobre su ubicación actual?

—Se dirigían al este, a las montañas. Hay tres pasos, solo dos abiertos tan al principio de la temporada.

Brohl Handar asintió lentamente.

—Los k’risnan del emperador también son capaces de determinar su paradero general. Esos pasos están bloqueados. —Hizo una pausa y después añadió—: Es como predijo Hannan Mosag.

Los ojos oscuros de Orbyn lo estudiaron entre los pliegues de grasa.

—Pretende recordarme la eficacia edur.

.

El hombre conocido como «Buscaverdad» continuó.

—Los patriotas tienen preguntas respecto al tiste edur de piel blanca, ese tal Cuervo Blanco. ¿De qué tribu procede?

—De ninguna. No es tiste edur.

—Ah. Me sorprende. La descripción...

Brohl Handar no dijo nada.

—Supervisor, ¿podemos ayudar?

—No será necesario en este momento —respondió Brohl.

—Por curiosidad, me pregunto por qué no han rodeado ya a la partida y efectuado la captura. Mis fuentes indican que el tiste edur no es otro que Temor Sengar, el hermano del emperador.

—Como he dicho, los pasos están bloqueados.

—Ah, entonces están cerrando la red en estos mismos momentos.

Brohl Handar sonrió.

—Orbyn, acaba de decir que la conspiración de Bolkando cae en el ámbito de la Consigna Libertad. Con eso, ¿está diciéndome en realidad que a los patriotas no les interesa el tema?

—En absoluto. La Consigna utiliza nuestra red de forma habitual...

—Por lo que sin duda los recompensan.

—Por supuesto.

—Me encuentro...

Orbyn alzó una mano y ladeó la cabeza.

—Tendrá que disculparme, supervisor. Oigo alarmas. —Se levantó con un gruñido y abrió de un empujón la puerta del carruaje.

Perplejo, Brohl no dijo nada y observó irse al letherii. Cuando se cerró la puerta, estiró la mano hacia un pequeño compartimento y sacó una bola tejida llena de hierbas aromáticas que se llevó a la cara. Un tirón de un cordón avisó al cochero de que recogiera las riendas. El carruaje dio un bandazo cuando empezó a avanzar. Brohl empezó a oír las alarmas, una cacofonía frenética. Se inclinó hacia delante y habló por el tubo del altavoz.

—Vayamos hasta esas campanas, cochero. —Dudó y después añadió—: No hay prisa.

La guarnición de Drene disponía de una docena entera de edificios de piedra situados en una colina baja al norte del centro de la ciudad. Arsenal, establos, barracones y el cuartel general de mando, todo bien fortificado, aunque el complejo no estaba amurallado. Drene había sido ciudad-estado en un tiempo, siglos atrás, y tras una prolongada guerra con los leznas, el asediado rey había invitado a las tropas letherii a alcanzar la victoria contra los nómadas. Décadas después habían salido a la luz pruebas de que el conflicto en sí había sido el resultado de ciertas manipulaciones letherii. En cualquier caso, las tropas letherii nunca habían abandonado la ciudad; el rey aceptó el título de visir y tras una sucesión de trágicos accidentes, tanto él como todo su linaje desaparecieron de la faz de la tierra. Pero eso ya se había convertido en historia, esa historia que se contemplaba con indiferencia.

Cuatro avenidas principales salían de la plaza de armas de la guarnición; la que llevaba al norte convergía con el Camino de la Puerta que conducía a la muralla de la ciudad y la pista de la Costa Norte, la menos frecuentada de las tres rutas terrestres que entraban y salían de la ciudad.

Entre las sombras, bajo el balcón con tejado a dos aguas de una finca palaciega algo más allá del arsenal, en la avenida del norte, una figura baja y ágil permanecía en la penumbra fresca desde la que podía verlo todo sin obstáculos. Una capucha de tejido basto ocultaba los rasgos, aunque si alguien se hubiera molestado en pararse y hubiera guiñado mucho los ojos, se habría sorprendido de ver el destello de unas escamas carmesíes donde debería estar la cara y unos ojos ocultos en ranuras ribeteadas de negro. Pero había algo en la figura que alentaba el desinterés. Las miradas la eludían, pocas veces comprendiendo que, de hecho, había alguien esperando en esas sombras.

Se había colocado ahí justo antes del amanecer y ya era bien entrada la tarde. Los ojos clavados en la guarnición, los mensajeros que entraban y salían del cuartel general, la visita de media docena de mercaderes nobles, la adquisición de caballos, chatarra, sillas de montar y materiales diversos. Estudió las pieles sin curar de los escudos redondos de los lanceros, las caras planas, la piel oscurecida hasta alcanzar un tono entre púrpura y ocre que hacía que los tatuajes fueran sutiles y extrañamente hermosos.

A última hora de la tarde, cuando se alargaban las sombras, la figura observó dos hombres letherii que cruzaban su campo de visión por segunda vez. Su falta de atención parecía... llamativa, y un instinto le dijo a la figura encapuchada que era hora de irse.

En cuanto pasaron a su lado subiendo la calle hacia el oeste, la figura salió de entre las sombras con paso rápido y silencioso tras los dos hombres. Percibió que de repente se ponían en alerta, y quizá algo alarmados. Momentos antes de alcanzarlos, giró a la derecha y se metió por un callejón que llevaba al norte.

Quince pasos después encontró un hueco oscuro en el que podía esconderse. Se echó hacia atrás el manto y lo sujetó para dejar libres los brazos y las manos.

Pasaron una docena de latidos antes de oír sus pisadas.

Los observó pasar junto a él, cautos, los dos con cuchillos desenfundados. Uno le susurró algo al otro y vacilaron.

La figura permitió que su pie derecho arañara el suelo cuando se adelantó.

Los otros giraron en redondo.

El látigo cadaran de la Lezna’dan fue un susurro que salió serpenteando, el cuero (tachonado con filos superpuestos con forma de medialuna, afilados como dagas y del tamaño de una moneda) surgió con un destello que dibujó un arco resplandeciente y lamió la garganta de los dos hombres. Salpicó la sangre.

Observó cómo se derrumbaban. La sangre fluyó a borbotones, más del hombre de la izquierda, y se extendió por los adoquines grasientos. La figura se acercó a la otra víctima, desenvainó un cuchillo y le clavó la punta en la garganta; luego, con un movimiento ágil fruto de la práctica, cortó la cara del hombre, llevándose piel, músculo y pelo. Repitió la espeluznante operación con el otro hombre.

Dos agentes menos de los patriotas con los que lidiar.

Por supuesto trabajaban en tríos, uno siempre seguía a distancia a los dos primeros.

En la guarnición sonaron las primeras alarmas, una colección aguda de campanas que repicaron por el aire polvoriento sobre los edificios.

Plegó sus horripilantes trofeos y los metió bajo un pliegue de la camisa suelta de lana de rodara que le cubría el camisote de hojuelas; después, la figura echó a andar por el callejón rumbo a la puerta del norte.

Un pelotón de la guardia de la ciudad apareció por la otra bocacalle, cinco letherii con armaduras y yelmos que empuñaban espadas cortas y escudos.

Al verlos, la figura echó a correr; liberó el látigo cadaran que llevaba en la mano izquierda y con la derecha soltó de una sacudida los cordones de cuero crudo que le ataban a la cadera el hacha rygtha con forma de medialuna. Tenía un mango grueso, de la longitud del hueso del muslo de un hombre adulto, y a cada extremo iba acoplada una hoja de hierro con forma de medialuna y cuyos planos estaban en perpendicular. Cadaran y rygtha, armas ancestrales de la Lezna’dan, su dominio era prácticamente desconocido entre las tribus desde hacía al menos un siglo.

La policía, por tanto, jamás se había enfrentado a esas armas.

A diez pasos de los tres primeros guardias, el látigo se disparó, un ocho sesgado, desdibujado, que engendró gritos y chorros de una sangre que se derramó casi negra en la oscuridad del callejón. Dos de los letherii se tambalearon hacia atrás.

La figura ágil y fibrosa se acercó al último hombre de la primera fila. La mano derecha se deslizó por el mango hasta toparse con un reborde bajo la medialuna de la izquierda; el mango se levantó con un golpe seco, en paralelo a la parte inferior del antebrazo de la figura, un movimiento que bloqueó una estocada desesperada de la espada corta del guardia. Luego, cuando el lezna adelantó el codo, la hoja derecha salió con un destello y cortó la cara del hombre al impactar justo debajo del yelmo y hacer un tajo en el puente nasal y el hueso frontal antes de hundirse en la materia blanda del cerebro. La medialuna, ahusada y bien afilada, se desprendió con facilidad cuando el lezna se deslizó junto al guardia que empezaba a caer; el látigo regresó de un movimiento que lo había mandado por encima de la cabeza de su dueño y envolvió con un siseo el cuello del cuarto letherii (que chilló y dejó caer la espada mientras intentaba deshacerse de aquellas hojas letales); el lezna se agazapó, deslizó la mano derecha por el mango de la rygtha hasta el reborde de la hoja derecha y después lanzó un tajo. El quinto guardia levantó el escudo con una sacudida repentina para bloquearla, pero fue demasiado tarde, la hoja lo alcanzó entre los ojos.

Un tirón del látigo decapitó al cuarto guardia.

El lezna soltó el mango del cadaran y sujetó la rygtha por los dos extremos, se acercó al último guardia, le aporreó la garganta con el mango y le aplastó la tráquea.

Recogió el látigo y se apartó.

Una calle, el ruido de los lanceros a la derecha. La puerta, a la izquierda, a cincuenta pasos, estaba invadida por guardias y las cabezas se giraban hacia él.

La figura se lanzó directamente a por ellos.

La atri-preda Bivatt tomó en persona el mando de una tropa de lanceros. Con veinte jinetes tras ella, condujo su caballo a medio galope siguiendo el rastro del baño de sangre.

Los dos agentes de los patriotas en el centro del callejón. Cinco guardias de la ciudad al final del mismo.

Salió cabalgando a la calle, viró su montura a la izquierda y sacó su espada larga al acercarse a la puerta.

Cuerpos por todas partes, veinte o más, y solo dos parecían seguir vivos. Bivatt se quedó mirando por debajo del borde del yelmo, un sudor frío le cosquilleaba bajo la armadura. Sangre por todas partes. En los adoquines, las paredes y la propia puerta llenas de salpicaduras. Miembros amputados. El hedor a vientres vacíos e intestinos derramados. Uno de los supervivientes estaba chillando, la cabeza se agitaba de un lado a otro. Le habían rebanado las dos manos.

Junto a la puerta de la ciudad, Bivatt vio al frenar que había cuatro caballos derribados, sus jinetes tirados en el camino. El polvo que flotaba indicaba que el resto de la primera tropa en llegar se había lanzado en su persecución.

El otro superviviente se acercó tambaleándose. Había sufrido un golpe en la cabeza, el yelmo estaba abollado por un lado y la sangre le corría por ese lado de la cara y el cuello. En sus ojos, cuando la miró, una expresión de horror. El hombre abrió la boca, pero no brotó ninguna palabra.

Bivatt examinó la zona una vez más y después se volvió hacia su finadd.

—Llévese a la tropa, vaya tras ellos. ¡Y saque las armas, maldito sea! —Bajó la cabeza y miró con furia al guardia—. ¿Cuántos había?

El otro la miró con la boca abierta.

Estaban llegando más guardias. Un sajador corrió hacia el hombre que chillaba y que había perdido las manos.

—¿Ha oído mi pregunta? —siseó Bivatt.

El hombre asintió.

—Uno. Un hombre, atri-preda —dijo.

¿Uno? Ridículo.

—¡Descríbalo!

—Escamas... su cara eran escamas. ¡Rojas como la sangre!

Un jinete de su tropa regresó del camino.

—La primera tropa de lanceros está muerta, todos, atri-preda —dijo con tono agudo y tenso—. Camino abajo. Todos los caballos menos uno... señor, ¿lo seguimos?

—¿Que si lo siguen? ¡Maldito idiota... pues claro que lo siguen! ¡No le pierdan el rastro!

Una voz habló tras ella.

—Esa descripción, atri-preda...

Bivatt se giró en la silla.

Orbyn Buscaverdad, empapado en sudor, se encontraba en medio de la carnicería y había clavado los ojitos en ella.

Bivatt le mostró los dientes en una especie de gruñido.

—Sí —soltó de repente. Mascararroja. Nada menos.

El comandante de los patriotas de Drene frunció los labios y bajó los ojos para examinar los cadáveres que había por todos lados.

—Parece —dijo— que su exilio de las tribus ha terminado.

.

Que el Errante nos proteja.

Brohl Handar se bajó del carruaje y examinó la escena de la batalla. No podía ni imaginarse qué clase de armas habían usado los atacantes para lograr la clase de daño que veía ante él. La atripreda había tomado el mando e iban apareciendo más soldados; mientras, Orbyn Buscaverdad permanecía a la sombra de la entrada de la garita de la puerta de la ciudad, observando sin decir nada.

El supervisor se acercó a Bivatt.

—Atri-preda —dijo—, aquí no veo a más muertos que los suyos.

La mujer lo miró con furia, pero era una mirada que contenía más que simple rabia. El supervisor vio miedo en los ojos femeninos.

—Alguien se infiltró en la ciudad —le contestó—, un guerrero lezna.

—¿Esto es obra de un solo hombre?

—Es el menor de sus talentos.

—Ah, entonces sabes quién es el hombre.

—Supervisor, estoy bastante ocupada...

—Hábleme de él.

La mujer hizo una mueca y le hizo un gesto para que la acompañara a un lado de la puerta. Los dos tuvieron que pasar con cuidado por encima de los cuerpos tirados en los adoquines resbaladizos.

—Creo que acabo de enviar una tropa de lanceros a la muerte, supervisor. No estoy del humor más adecuado para tener una conversación prolongada.

—Hágame el favor. Si hay una partida de guerra de guerreros leznas al borde de esta ciudad, tiene que haber una respuesta organizada... una respuesta —añadió al ver la expresión ofendida de la militar— que implique a los tiste edur además de sus unidades.

Tras un momento, Bivatt asintió.

—Mascararroja. El único nombre por el que lo conocemos. Incluso en la Lezna’dan, allí no tienen tampoco más que leyendas sobre su origen...

—¿Y son?

—Letur Anict...

Brohl Handar siseó de rabia y miró furioso a Orbyn, que se había acercado hasta donde podía oírlos.

—¿Por qué es que cada desastre comienza con el nombre de ese hombre?

Bivatt reanudó su relato.

—Hubo una escaramuza, hace ya años, entre una rica tribu lezna y el comisionado. En pocas palabras, Letur Anict codiciaba los inmensos rebaños de la tribu. Despachó agentes que, una noche, entraron en un campamento lezna y lograron raptar a una joven, una de las hijas del jefe del clan. Verá, los leznas tenían por costumbre llevarse niños letherii. En cualquier caso, esa hija tenía un hermano.

—Mascararroja.

La atri-preda asintió.

—Un hermano menor. En fin, que el comisionado incorporó a la chica a su casa y en poco tiempo la chica estaba endeudada con él...

—Sin duda sin ni siquiera ser consciente de ello. Sí, lo entiendo. Así que, para cancelar esa deuda y con ello adquirir la libertad de la joven, Letur exigió los rebaños del padre.

—Sí, más o menos. Y el líder del clan accedió. Por desgracia, cuando las fuerzas del comisionado se acercaron al campamento lezna con su valiosa carga, la chica se clavó un cuchillo en el corazón. A partir de ahí las cosas son bastante confusas. Los soldados de Letur Anict atacaron el campamento lezna y mataron a todo el mundo...

—El comisionado decidió que, de todos modos, se llevaría los rebaños.

—Sí. Resultó, sin embargo, que hubo un superviviente. Unos cuantos años después, a medida que las escaramuzas se hicieron más fieras, las tropas del comisionado se encontraron perdiendo combate tras combate. Se volvían las tornas en las emboscadas. Y el nombre de Mascararroja se oyó por primera vez... un nuevo caudillo. Bueno, lo que sigue es incluso menos preciso que lo que he descrito hasta el momento. Al parecer hubo una reunión de clanes y Mascararroja habló, es decir, riñó con los ancianos. Pretendía unir a los clanes contra la amenaza letherii, pero no hubo forma de convencer a los ancianos. Rabioso, Mascararroja fue poco prudente al hablar. Los ancianos le exigieron que se retractara de lo dicho. Él se negó y lo exiliaron. Se dice que viajó al este, a las tierras salvajes que hay entre esta tierra y Kolanse.

—¿Qué significa esa máscara?

Bivatt negó con la cabeza.

—No lo sé. Dice una leyenda que mató a un dragón muy poco tiempo después de la matanza de su familia. No era más que un niño, lo que hace poco probable la historia. —La atri-preda se encogió de hombros.

—Así que ahora ha vuelto —dijo Brohl Handar—, o algún otro guerrero lezna ha adoptado la máscara y pretende meter el miedo en los corazones letherii.

—No, era él. Utiliza un látigo recubierto de filos y un hacha con dos cabezas. Son armas casi míticas por sí solas.

El supervisor la miró con el ceño fruncido.

—¿Míticas?

—Las leyendas leznas sostienen que en otro tiempo su pueblo libró una guerra, lejos, al este, cuando los leznas moraban en las tierras agrestes. El cadaran y la rygtha eran armas diseñadas para lidiar con ese enemigo. No tengo más detalles que los que le acabo de dar, salvo que parece que fuera lo que fuera ese enemigo, no era humano.

—Cada tribu tiene relatos de guerras pasadas, una época de héroes...

—Supervisor, las leyendas leznas no son así.

—¿Ah, no?

—No. En primer lugar, los leznas perdieron esa guerra. Por eso huyeron al oeste.

—¿No ha habido expediciones letherii que se adentraran en las tierras agrestes?

—No desde hace décadas, supervisor. Después de todo, sigue habiendo enfrentamientos con los varios territorios y reinos que hay a lo largo de esa frontera. Prácticamente acabaron con la última expedición, solo hubo una única superviviente que se volvió loca por lo que había visto. Hablaba de algo llamado la Noche Siseante. La voz de la muerte, al parecer. En cualquier caso, nadie pudo curarle la locura, así que se le dio muerte.

Brohl Handar lo pensó un momento. Había llegado un oficial y estaba esperando para hablar con la atri-preda.

—Gracias —le dijo a Bivatt, después dio media vuelta.

—¿Supervisor?

La miró otra vez.

—¿Sí?

—Si Mascararroja lo consigue esta vez... me refiero a con las tribus; bueno, entonces sí que necesitaremos a los tiste edur.

El otro alzó las cejas.

—Por supuesto, atri-preda. —Y quizá así pueda conseguir que me escuchen el emperador y Hannan Mosag. Maldito sea ese Letur Anict. ¿En qué nos ha metido ahora?

Puso al caballo letherii a galope tendido, dejó el camino del norte y atajó por el este, cruzó campos recién labrados que antaño eran pastos de la Lezna’dan. Su paso atrajo la atención de los granjeros, y del último villorrio que rodeó salieron tres soldados apostados que habían ensillado caballos y se lanzaron a perseguirlo.

En una hondonada del valle que acababa de dejar Mascararroja, los soldados encontraron la muerte entre un coro de chillidos animales y humanos, penetrantes pero muy breves.

Una ráfaga de rhizanes giró en una nube estridente encima de la cabeza del guerrero lezna, la violencia los había ahuyentado de sus anfitriones favoritos, las alas batiendo como tambores diminutos y las largas colas serradas siseando en el aire tras Mascararroja. Este ya hacía mucho tiempo que se había acostumbrado a su ubicua presencia. Habitantes de las tierras salvajes, esos reptiles voladores del tamaño de comadrejas estaban muy lejos de casa, a menos que a sus anfitriones (en el valle que dejaba atrás y seguramente preparando otra emboscada) los pudieran llamar su casa.

Fue frenando al caballo y cambió de posición, incómodo en la poco práctica silla de montar letherii. Sabía que ya no lo iba a alcanzar nadie y no tenía sentido matar a la bestia de agotamiento. El enemigo se sentía muy seguro de sí mismo en la guarnición de la ciudad, estaban orgullosos de sus trofeos y Mascararroja se había enterado de muchas cosas durante la noche y el día que había pasado observándolos. Lanceros de Rosazul, con los estribos adecuados y ágiles sobre sus monturas. Mucho más formidables que la infantería de años antes.

Y hasta el momento, desde su regreso, de su pueblo él solo había visto campamentos abandonados, los rastros que dejaban boyeros con rebaños más bien pequeños y círculos de tipis sin usar. Era como si hubieran diezmado su hogar y hubieran huido todos los supervivientes. Y en el único escenario de batalla que se había encontrado no había más que cadáveres de extranjeros.

El sol estaba bajo en el horizonte, tras él, y caía la tarde cuando se topó con el primer campamento lezna’dan quemado. De un año de antigüedad, quizá más. Huesos blancos que sobresalían entre la hierba, tocones ennegrecidos de los armazones de las chozas, un olor polvoriento a desolación. No había ido nadie a recuperar a los caídos, a colocar los cuerpos masacrados en las plataformas de tablones atados para liberar las almas y que bailasen con las aves carroñeras. La escena le trajo malos recuerdos.

Siguió cabalgando. A medida que oscurecía, los rhizanes poco a poco se fueron alejando y Mascararroja empezó a oír el golpeteo doble, uno a cada lado, de sus dos compañeros, que, una vez terminado su sangriento trabajo, llegaron a flanquearlo, apenas visibles en la oscuridad.

Los rhizanes se posaron en los lomos horizontales y recubiertos de escamas; comenzaron a lamer las entrañas que los habían salpicado y a arrancar pulgas, después levantaban las cabezas con movimientos bruscos e inhalaban de repente para absorber los insectos que pretendían picarlos y que zumbaban demasiado cerca.

Mascararroja dejó que se le cerraran un poco los ojos, llevaba despierto buena parte de dos días. Con Sag’Churok, el enorme macho deslizándose por el suelo a su derecha, y Gunth Mach, el joven parásito que se estaba convirtiendo en una hembra, a su izquierda, no podía estar más seguro.

Al igual que los rhizanes, los dos k’chain che’malle parecían satisfechos, aunque estuvieran en esa tierra extraña y tan lejos de los suyos.

Satisfechos de seguir a Mascararroja, de protegerlo, de matar letherii.

Y él no tenía ni idea de por qué.

Los ojos de Silchas Ruina era como los de un reptil a la luz del farol, no podía haber una visión más apropiada dada la cámara en la que se encontraban, por lo menos en lo que respectaba a Seren Pedac. Las paredes de piedra, que subían curvándose hasta terminar en una cúpula, estaban talladas en forma de escamas superpuestas. El patrón ininterrumpido la desorientaba y le producía ciertas náuseas. Se sentó en el suelo y parpadeó para quitarse la gravilla de los ojos.

Le pareció que la mañana tenía que estar cerca. Llevaban casi la noche entera recorriendo túneles, subiendo pendientes y salvando rampas de caracol. El aire estaba cargado, a pesar de las corrientes constantes que bajaban, como si estuviera reuniendo fantasmas con cada cámara que atravesaba y cada corredor por el que descendía.

Seren apartó la mirada de la figura de Silchas Ruina, irritada por la fascinación que le inspiraba aquel guerrero salvaje, sobrenatural, el modo en que podía quedarse inmóvil, apenas perceptible el movimiento ascendente y descendente del pecho. Enterrado durante milenios, pero vivo sin lugar a dudas. La sangre fluía por sus venas, los pensamientos se alzaban manchados por el polvo del desuso. Cuando hablaba, la corifeo podía oír el peso de las lápidas de los túmulos. Era inimaginable para ella cómo podía sufrir tanto una persona sin volverse loca.

Claro que, quizá estaba loco, algo oculto en lo más profundo de su interior, ya fuera constreñido por las exigencias o solo a la espera de su liberación. Como asesino (porque eso era con toda seguridad lo que era) era a la vez concienzudo y desapasionado. Como si las vidas mortales pudieran reducirse en significado, reducirse a un criterio quirúrgico: obstáculo o aliado. Nada más importaba.

Seren comprendía el consuelo de ver el mundo de ese modo. La comodidad de su sencillez era invitadora. Pero, para ella, imposible. No se podía cerrar los ojos a las complejidades del mundo. Sin embargo, para Silchas Ruina, tales aparentes complejidades carecían de relevancia. Había encontrado una especie de certidumbre, y eso era inatacable.

Por desgracia, Temor Sengar no estaba dispuesto a aceptar la futilidad de sus asaltos constantes contra Silchas Ruina. El tiste edur se plantó cerca del portal triangular que no tardarían en atravesar, como si le impacientara ese descanso.

—Tú crees —le dijo entonces a Silchas Ruina— que no sé prácticamente nada de esa antigua guerra, la invasión de este reino.

Los ojos del tiste andii albino se movieron y se clavaron en Temor Sengar, pero Silchas Ruina no respondió.

—Las mujeres recordaban —dijo Temor—. Transmitieron los relatos a sus hijas. Generación tras generación. Sí, sé que Scabandari te acuchilló por la espalda, allí, en esa colina desde la que se contemplaba el campo de batalla. Pero ¿fue esa la primera traición?

Si estaba esperando alguna reacción, el otro lo decepcionó.

Udinaas dejó escapar una carcajada profunda, estaba sentado con la espalda apoyada en el muro de escamas.

—Lo vuestro tiene tan poco sentido —dijo—. Quién traicionó a quién. ¿Qué importa? No es como si tuviéramos que confiar unos en otros para mantenernos unidos. Dime, Temor Sengar, que fuiste mi amo en su tiempo, ¿tiene tu hermano idea de quién es Ruina? ¿De dónde venía? Yo diría que no. O bien habría venido tras nosotros en persona, con diez mil guerreros para respaldarlo. En su lugar, juegan con nosotros. ¿No sientes ninguna curiosidad por la razón?

Nadie habló durante media docena de latidos, después Tetera lanzó una risita que atrajo las miradas de todos. La niña parpadeaba como un búho.

—Quieren que primero encontremos lo que estamos buscando, por supuesto.

—Entonces ¿por qué bloquear nuestros intentos de viajar tierra adentro? —quiso saber Seren.

—Porque saben que no es en esa dirección.

—¿Cómo iban a saberlo?

Las manitas manchadas de polvo de Tetera aletearon como murciélagos por la oscuridad.

—Pues porque se lo dijo el Dios Tullido. El Dios Tullido dijo que todavía no es hora de viajar al este. Aún no está listo para una guerra abierta. No quiere que entremos en las tierras salvajes, donde aguardan todos los secretos.

Seren Pedac se quedó mirando a la niña.

—En el nombre del Errante, ¿se puede saber quién es el Dios Tullido?

—El que le dio a Rhulad su espada, corifeo. El verdadero poder que respalda a los tiste edur. —Tetera levantó las manos de golpe—. Scabandari está muerto. El trato lo hizo Hannan Mosag y la moneda de cambio fue Rhulad Sengar.

Temor se levantó enseñando los dientes y se quedó mirando a Tetera con algo parecido al terror en los ojos.

—¿Cómo sabes tú eso? —le preguntó.

—Los muertos me lo dijeron. Me contaron montones de cosas. Y también los que estaban bajo los árboles, los atrapados. Y dijeron también otra cosa. Dijeron que la rueda inmensa está a punto de girar, una última vez, antes de que se cierre. Se cierra porque no le queda más remedio, porque él la hizo así. Para que le cuente todo lo que necesita saber. Para que le cuente la verdad.

—¿Contarle a quién? —preguntó Seren, que frunció el ceño con expresión confusa.

—A él, al que viene. Ya veréis. —La niña se acercó corriendo a donde estaba Temor, lo cogió por una mano y empezó a tirar de él—. Tenemos que darnos prisa, o nos cogerán. Y si nos cogen, Silchas Ruina tendrá que matar a todo el mundo.

Podría estrangular a esa cría. Pero la corifeo se puso de pie otra vez.

Udinaas se estaba riendo.

También le apetecía estrangularlo a él.

—Silchas —dijo Seren cuando se acercó—, ¿tienes idea de qué estaba hablando Tetera?

—No, corifeo. Pero —añadió— pienso seguir escuchando.

Capítulo 3

Capítulo 3

Nos topamos con el demonio en la ladera oriental del Espinazo Radagar. Estaba echado en un barranco poco profundo formado por una riada, y el hedor que impregnaba el aire caliente nos habló de carne medio podrida; y así fue, en el examen realizado con el mayor cuidado en ese, el día siguiente a la emboscada a nuestro campamento que habían realizado atacantes desconocidos, descubrimos que el demonio estaba, aunque todavía vivo, herido de muerte. ¿Cómo describir a semejante entidad demoníaca? Al erguirse, se habría alzado sobre dos enormes y musculadas extremidades traseras, reminiscentes de las de un shaba, esa ave incapaz de volar que se encuentra en las islas del archipiélago Dracónico, pero en comparación mucho más grandes. La cadera del demonio, cuando se pusiera en pie, se habría encontrado al nivel de los ojos de un hombre. De cola larga, el peso del torso del demonio, equilibrado de modo uniforme por las caderas, lo obligaría a adelantar el largo cuello y la cabeza y mantener la columna en horizontal. Dos largas extremidades delanteras, envueltas en densos músculos y escamas endurecidas que proporcionaban una armadura natural, terminaban no en garras o manos avariciosas, sino en enormes espadas de hojas de hierro que parecían fundidas, metal en hueso, con las muñecas. La cabeza tenía un morro pronunciado, como el de uno de esos cocodrilos que se encuentran en el barro de la orilla sur del mar Rosazul, pero, una vez más, mucho más grande. La deshidratación había hecho retroceder los labios, que revelaban filas desiguales de colmillos, cada uno largo como una daga. Los ojos, enturbiados por la muerte que se acercaba, eran, no obstante, misteriosos y ajenos a nuestros sentidos.

La atri-preda, osada como siempre, se adelantó para librar al demonio de su sufrimiento clavando una espada en el tejido blando de la garganta. Con esa herida letal, el demonio dejó escapar un grito de muerte que nos dolió, pues el sonido que emitió estaba más allá del registro que podíamos oír, y

casi nos hizo estallar el cráneo, con tal ferocidad que nos salió sangre de la nariz, los ojos y los oídos.

Otro detalle que merece la pena mencionar antes de que me extienda sobre el alcance de dichas lesiones. Las heridas visibles en el demonio eran de lo más curiosas. Cuchilladas alargadas, curvas, quizá hechas por algún tipo de tentáculo, pero un tentáculo que tenía dientes afilados, mientras que otras heridas eran más cortas pero de naturaleza más profunda, producidas de forma invariable en una región vital para la locomoción u otra aflicción parecida en los miembros, en los que se habían cortado tendones y demás...

Comisionado Breneda Anict,

Expedición al interior de las tierras salvajes,

Anales oficiales de Pufanan Ibrys

No era un hombre en la cama. Oh, sus partes funcionaban a la perfección, pero en cualquier otro sentido era un niño, ese emperador de las Mil Muertes. Pero lo peor de todo, decidió Nisall, era lo que pasaba después, cuando caía en ese medio sueño, medio otra cosa, con espasmos en los miembros, una retahíla interminable de palabras cayendo de su boca en una letanía de ruegos puntuados por sollozos desesperados que arañaban el aire perfumado de la estancia. Y no mucho después, cuando ella se escapaba de la cama en sí, se envolvía en una bata y se colocaba cerca de la escena pintada en la ventana falsa, a cinco pasos de distancia, lo observaba gatear por el suelo y dirigirse como si lo hubiera lisiado una lesión en la columna, arrastrando la omnipresente espada con una mano, al otro lado de la habitación, a una esquina, donde se pasaba el resto de la noche acurrucado, encerrado en una pesadilla eterna.

Un millar de muertes. Revividas noche tras noche. Mil.

Una exageración, por supuesto. Unas cuantas centenas como mucho.

El tormento del emperador Rhulad no era producto de una imaginación enfebrecida, ni nacía de una multitud de angustias. Lo que lo acosaba eran las verdades de su pasado. Nisall era capaz de identificar algunos de los murmullos, en concreto el que dominaba sus pesadillas, pues ella había estado allí. En la sala del trono, testigo de la no-muerte de Rhulad, que había sollozado en el suelo embadurnado por su propia sangre, con un cadáver en su trono y el asesino de Rhulad echado medio erguido contra el estrado. A ese se lo había llevado el veneno.

El patético deslizamiento de Hannan Mosag hacia ese trono lo había detenido el demonio que había aparecido para recoger el cuerpo de Brys Beddict, y la estocada casi indiferente que mató a Rhulad cuando la aparición salió de la sala.

El chillido del emperador al despertar había convertido el corazón de Nisall en un trozo de hielo, un grito tan brutal y crudo que sintió su fuego en la garganta.

Pero fue lo que siguió, muy poco después de su regreso, lo que perseguía a Rhulad con un millar de hojas chorreantes.

Morir, solo para regresar, es no escapar nunca. No escapar... de nada.

Al cerrarse las heridas se había aupado, se había quedado a gatas, todavía aferrado a la espada maldita, el arma que jamás soltaba. Sollozando, tomando aliento con bocanadas entrecortadas, se arrastró hacia el trono y hundió el cuerpo una vez más cuando alcanzó el estrado.

Nisall había salido de donde se había escondido momentos antes. Tenía la mente entumecida: el suicido de su rey, su amante, y el del eunuco, Nifadas, las conmociones, una tras otra, en ese terrible salón del trono, las muertes, que caían como una multitud de lápidas en un campo anegado. Triban Gnol, siempre pragmático, se arrodilló ante el nuevo emperador y juró servirlo con la facilidad de una anguila deslizándose bajo una nueva roca. El primer consorte también lo había presenciado todo, pero Nisall no vio por ninguna parte a Turudal Brizad cuando Rhulad, entre el brillo de las monedas húmedas de sangre, se retorció en el escalón y le enseñó los dientes a Hannan Mosag.

—No es tuyo —dijo con voz ronca.

—Rhulad...

—¡Emperador! Y tú, Hannan Mosag, eres mi ceda. Ya no eres el rey hechicero. Mi ceda, sí.

—Vuestra esposa...

—Muerta. Sí. —Rhulad se aupó al estrado, se levantó y se quedó mirando al rey letherii muerto, Ezgara Diskanar. Estiró la mano que le quedaba libre, cogió la pechera de la túnica de brocado del rey, sacó a rastras el cadáver del trono y lo dejó caer a un lado; la cabeza crujió contra el suelo de azulejos. Un escalofrío pareció atravesar a Rhulad. Se sentó en el trono y los miró, los ojos posándose una vez más en Hannan Mosag—. Ceda —dijo—, en este, nuestro aposento, te acercarás siempre a nos boca abajo, como haces ahora.

Entre las sombras del otro extremo del salón del trono se oyó una risa aguda llena de flemas.

Rhulad se encogió un instante antes de seguir hablando.

—Nos dejarás ahora, ceda. Y llévate a esa arpía, Janall, y a su hijo contigo.

—Emperador, por favor, debéis entender...

—¡Largo!

El chillido sacudió a Nisall, la mujer vaciló y luchó por contener el impulso de huir, de escapar de aquel lugar. De la corte, de la ciudad, de todo.

La mano libre del emperador se estiró de golpe y sin volverse se dirigió a ella.

—Tú no, puta. Tú quédate.

Puta.

—Es un término inapropiado —dijo Nisall, que se puso rígida de miedo, sorprendida por su propia temeridad.

El emperador clavó los ojos enfebrecidos en ella. Después, de modo harto incongruente, hizo un gesto de desdén con la mano y habló con un cansancio repentino.

—Por supuesto. Nos disculpamos, concubina imperial... —Su rostro rutilante se crispó en una pequeña sonrisa—. Tu rey debería haberte llevado a ti también. Fue egoísta, o quizá su amor por ti era tan profundo que no podía soportar invitarte a la muerte.

Nisall no dijo nada porque, en verdad, no tenía respuesta que darle.

—Ah, vemos la duda en tus ojos, concubina, pero te comprendemos. Has de saber que no te usaremos con crueldad. —Quedó en silencio y miró a Hannan Mosag, que volvía a cruzar a rastras el umbral de la grandiosa entrada de la cámara. Había aparecido otra media docena de tiste edur, trémulos, con movimientos furtivos, sin saber muy bien qué era lo que estaban presenciando. Una orden siseada de Hannan Mosag envió a dos al salón, y cada uno cubrió con la arpillera las formas mutiladas de Janall y Quillas, su hijo. El sonido cuando sacaron a rastras de la cámara los dos sacos llenos de carne fue, a oídos de Nisall, más espeluznante que todo lo que había escuchado hasta el momento ese malhadado día.

—Al mismo tiempo —continuó el emperador tras un momento—, el título y sus privilegios consiguientes... se mantienen, si así lo deseases.

Nisall parpadeó, se sentía como si se hubiera metido en arenas movedizas.

—¿Me dais libertad para elegir, emperador?

Un asentimiento, los ojos llorosos y enrojecidos todavía clavados en la entrada de la cámara.

—Udinaas —susurró—. Traidor. Tú... tú no fuiste libre de escoger. Esclavo, mi esclavo, jamás debería haber confiado en la oscuridad, nunca... —Se estremeció una vez más en el trono, los ojos reluciendo de repente—. Viene.

Nisall no tenía ni idea de a quién se refería, pero la emoción cruda de aquella voz la asustó de nuevo. ¿Qué más podía aparecer en ese día terrible?

Unas voces fuera, una de ellas sonaba amarga, después cohibida.

La mujer observó que un guerrero tiste edur entraba sin prisas en el salón del trono. El hermano de Rhulad. Uno de ellos. El que había dejado a Rhulad tirado en las baldosas. Joven, atractivo a ese modo de los edur, a la vez diferente y perfecto. Nisall intentó recordar si había oído su nombre.

—Trull —dijo el emperador con voz ronca—. ¿Dónde está? ¿Dónde está Temor?

—Se ha... ido.

—¿Ido? ¿Nos ha dejado?

—Nos. Sí, Rhulad, ¿o insistes en que te llame emperador?

Varias expresiones cruzaron el rostro tachonado de monedas de Rhulad, una tras otra, después hizo una mueca.

—Tú también me dejaste, hermano —dijo—. Me dejaste sangrando... en el suelo. ¿Te crees muy diferente a Udinaas? ¿Menos traidor que mi esclavo letherii?

—Rhulad, ojalá fueras mi hermano de antaño...

—¿Aquel del que te mofabas?

—Si parecía que eso hacía, me disculpo.

—Sí, ahora te das cuenta de la necesidad de disculpas, ¿no?

Trull Sengar se adelantó.

—Es la espada, Rhulad. Está maldita. Por favor, tírala. Destrúyela. Ya has conseguido el trono, ya no la necesitas...

—Te equivocas. —Le enseñó los dientes en una mueca fiera, como si lo pusiera enfermo el odio que sentía por sí mismo—. Sin ella solo soy Rhulad, hijo menor de Tomad. Sin la espada, hermano, no soy nada.

Trull ladeó la cabeza.

—Nos has liderado en la conquista. Yo permaneceré a tu lado. También estarán Binadas y nuestro padre. Te has ganado ese trono, Rhulad, nada tienes que temer de Hannan Mosag...

—¿Ese miserable gusano? ¿Crees que me asusta? —La punta de la espada produjo un chasquido seco cuando saltó de las baldosas. Rhulad apuntó con el arma al pecho de Trull—. ¡Soy el emperador!

—No, no lo eres —respondió Trull—. Tu espada es el emperador... tu espada y el poder que la respalda.

—¡Mentiroso! —chilló Rhulad.

Nisall vio a Trull estremecerse y después recuperar la compostura.

—Demuéstralo.

El emperador abrió mucho los ojos.

—Haz pedazos esa espada, por la bendición de la Hermana, déjala caer de tu mano. Incluso eso, Rhulad. Solo eso. ¡Déjala caer!

—¡No! ¡Sé lo que quieres, hermano! La cogerás tú, te veo tenso, listo para tirarte a por ella, ¡veo la verdad! —El arma temblaba entre ellos, como si ansiase sangre, la sangre de quien fuera.

Trull negó con la cabeza.

—La quiero hecha pedazos, Rhulad.

—No puedes permanecer a mi lado —siseó el emperador—. Demasiado cerca, hay traición en tus ojos... ¡me dejaste! ¡Tullido en el suelo! —Alzó la voz—. ¿Dónde están mis guerreros? ¡Que entren en la cámara! ¡Vuestro emperador lo ordena!

Media docena de guerreros edur apareció de repente con las armas en la mano.

—Trull —susurró Rhulad—. Veo que no tienes espada. Ahora te toca a ti dejar caer tu arma favorita, tu lanza. Y tus cuchillos. ¿Qué? ¿Temes que te asesine? Demuéstrame que confías tanto como dices. Que tu honor sea mi guía, hermano.

Nisall no lo sabía entonces, no comprendía lo suficiente el modo de vida de los edur, pero vio algo en el rostro de Trull, una especie de rendición, pero una rendición que era mucho más complicada, más difícil, que limitarse a entregar sus armas allí, ante su hermano. Niveles de resignación que se posaban uno sobre otro, el descenso de cargas imposibles, y lo que sabían los dos hermanos que indicaba esa rendición. Ella no comprendió en ese momento lo que significaba la respuesta de Trull, el modo en que se hizo, no en su propio nombre, no por sí mismo, sino por Temor. Temor Sengar, más que cualquier otro. Ella no comprendió entonces la inmensidad del sacrificio de aquel edur cuando se descolgó la lanza y la dejó caer con estrépito sobre las baldosas; cuando se quitó el cinturón de los cuchillos y lo tiró a un lado.

Debería haber habido triunfo en los ojos torturados de Rhulad, pero no lo había. En su lugar, una especie de confusión nubló su mirada y lo hizo apartar los ojos, como si buscara ayuda. Su mirada encontró y se concentró en los seis guerreros, hizo un gesto con la espada y habló con voz entrecortada.

—Trull Sengar debe ser Pelado y Expulsado. Cesará de existir, para nos, para todos los edur. Llevadlo. Atadlo. Lleváoslo.

Nisall tampoco había comprendido lo que esa sentencia, esa decisión, le había costado al propio Rhulad.

Libre de elegir, la concubina había elegido quedarse, por razones que no pudo elucidar ni siquiera en su propia mente. ¿Era compasión? Quizá. Ambición, sin lugar a dudas, pues había percibido, como el depredador que se ha de ser en la vida en la corte, que había una forma de llegar a él, una forma de sustituir (sin toda esa historia concomitante) a los que ya no estaban junto a Rhulad. No uno de los guerreros que lo adulaban; no servían para nada, en último caso, y ella sabía que Rhulad era más que consciente de esa verdad. Nisall comprendió que, a fin de cuentas, el emperador no tenía a nadie. No tenía a su hermano, Binadas, que, como Trull, lo conocía demasiado bien y, por tanto, era demasiado peligroso para que el emperador lo mantuviera cerca, así que lo había enviado en busca de paladines y de los parientes repartidos de las tribus edur. En cuanto al padre, Tomad, una vez más el papel subordinado resultaba demasiado incómodo para encajarlo. De los k’risnan supervivientes de Hannan Mosag, a la mitad entera los había enviado a acompañar a Tomad y Binadas y así mantener la debilidad del nuevo ceda.

Y durante todo ese tiempo, mientras se iban tomando esas decisiones, cuando se llevó a cabo el Pelado, en secreto, lejos de ojos letherii, y mientras Nisall maniobraba para meterse en la cama del emperador, el canciller, Triban Gnol, lo iba observando todo con los ojos entornados de un ave raptora.

El consorte, Turudal Brizad, había desaparecido, aunque Nisall había oído rumores entre los sirvientes de la corte; rumores que decían que no se había ido muy lejos, que rondaba por los pasillos menos frecuentados y los misterios subterráneos del antiguo palacio, fantasmal y pocas veces algo más que visto a medias. Nisall no sabía muy bien si creer esas afirmaciones; aun así, si de verdad continuaba oculto en el palacio, la concubina comprendió que tampoco le extrañaría. No importaba, Rhulad no tenía esposa, después de todo.

La amante del emperador, un papel al que estaba acostumbrada, aunque no lo parecía. Rhulad era tan joven, tan diferente de Ezgara Diskanar. Sus heridas espirituales eran demasiado profundas para que las sanaran sus caricias y así, aunque se encontraba en una posición de renombre, de poder (cerca como estaba del trono), se sentía impotente. Y profundamente sola.

Se levantó y observó al emperador de Lether retorcerse mientras se acurrucaba todavía más en la esquina de la habitación. Entre los gimoteos, gruñidos y jadeos, escupió fragmentos de su conversación con Trull, el hermano del que había renegado. Y una y otra vez, con susurros roncos, Rhulad rogaba que lo perdonara.

Pero los esperaba un nuevo día, se recordó Nisall. Y ella vería a ese hombre roto recuperar la compostura, recoger los trozos y ocupar su lugar en el trono imperial, mirarlo todo con ojos enrojecidos, la armadura fragmentada de monedas reluciendo con un brillo apagado bajo la luz de las antorchas tradicionales que revestían las paredes de la estancia; y donde faltaban monedas, no había más que tejido cicatrizado, verdugones ribeteados de carmesí de carne deformada. Y en el curso del día esa espeluznante aparición procedería a asombrarla.

El emperador de las Mil Muertes había renunciado a los antiguos protocolos del gobierno imperial y soportaba sentado un desfile de peticiones, un número siempre creciente de ciudadanos del imperio, pobres y ricos por igual, que habían terminado por aceptar la Invitación Imperial, alimentando su valor para enfrentarse cara a cara con su gobernante extranjero. Pues campanada tras campanada, Rhulad impartía justicia lo mejor que podía. Su esfuerzo y empeño en comprender las vidas de los letherii habían conmovido a Nisall de formas inesperadas, había llegado a creer que había un alma decente bajo todo ese infausto trauma. Y fue entonces cuando Nisall se encontró siendo más necesaria, aunque con más frecuencia en los últimos tiempos era el canciller el que daba todos los consejos; la concubina se daba cuenta de que Triban Gnol había empezado a verla como una rival. Él era el principal organizador de las solicitudes, el filtro que mantenía el número en un nivel manejable, y su despacho había prosperado en consecuencia. Que su extenso personal también servía como una inmensa e invasiva red de espías en palacio se daba por hecho.

Así pues, Nisall observaba a su emperador, que había ascendido al trono vadeando sangre, esforzarse por ser un gobernador benigno, buscar una sensibilidad tan honesta y torpe que no podía ser más que genuina. Y le estaba rompiendo el corazón.

Pues al poder no le interesaba la integridad. Incluso Ezgara Diskanar, tan lleno de promesa durante sus primeros años, había terminado por alzar un muro entre él y los ciudadanos del imperio durante la última década de su gobierno. La integridad era demasiado vulnerable al abuso de otros, y Ezgara había sufrido esa traición una y otra vez, y quizá la más dolorosa de todas, la de su propia mujer, Janall, y luego la del hijo de ambos.

Era demasiado fácil despreciar la carga de tales heridas, la profundidad de esas cicatrices.

Y Rhulad, el hijo menor de una familia noble edur, había sido víctima de la traición, la traición de lo que debía de haber sido verdadera amistad (con el esclavo, Udinaas) y en los hilos de la sangre compartida, la de sus propios hermanos.

Pero cada día ese hombre superaba los tormentos de la noche que acababa de terminar. Nisall se preguntaba, sin embargo, cuánto tiempo más podía durar aquello. Solo ella era testigo del triunfo interno del emperador, de esa guerra extraordinaria que libraba consigo mismo cada mañana. El canciller, a pesar de todos sus espías, no sabía nada de ello, Nisall estaba segura. Y eso lo hacía peligroso en su ignorancia.

La concubina tenía que hablar con Triban Gnol. Necesitaba arreglar ese puente. Pero no pienso ser su espía.

Un puente muy estrecho, entonces, un puente que debía cruzar con cautela.

Rhulad se removió en la oscuridad. Se oyó un susurro.

—Sé lo que quieres, hermano... Así que guíame... que tu honor sea mi guía...

Ah, Trull Sengar, allí donde ahora aceche tu espíritu, ¿te complace? ¿Te complace saber que tu pelado fracasó?

De modo que ahora has regresado.

Para acosar así a Rhulad.

—Guíame —dijo Rhulad con voz ronca.

La espada arañó el suelo y reverberó sobre el mosaico como una carcajada fría.

—No es posible, me temo.

Bruthen Trana estudió al letherii que tenía delante durante largo rato y no dijo nada.

La mirada del canciller se apartó por un instante, como si se distrajese, parecía a escasos momentos de despedir al guerrero edur; después, quizá al darse cuenta de que eso podría no ser demasiado inteligente, se aclaró la garganta y habló con tono comprensivo.

—El emperador insiste en atender estas peticiones, como bien sabe usted, y consumen cada momento que pasa despierto. Son, si me disculpa, su obsesión. —Alzó las cejas unos milímetros—. ¿Cómo puede un auténtico súbdito cuestionar el amor por la justicia de su emperador? Los ciudadanos han terminado por adorarlo. Han terminado por verlo como el gobernante honorable que es en realidad. Esa transición ha llevado cierto tiempo, lo admito, y ha implicado un esfuerzo inmenso por nuestra parte.

—Deseo hablar con el emperador —dijo Bruthen. Su tono era idéntico al de la vez anterior que había pronunciado esas palabras.

Triban Gnol suspiró.

—Es de suponer que desea dar en persona su informe sobre el centinela Karos Invictad y sus patriotas. Le garantizo que remito tales informes. —Miró con el ceño fruncido al tiste edur, asintió y dijo—: Muy bien, transmitiré sus deseos a su alteza, Bruthen Trana.

—Si fuera necesario, póngame entre los solicitantes.

—Eso no será necesario.

El tiste edur contempló al canciller durante media docena de latidos, después se volvió y salió del despacho. En la gran antesala esperaba una multitud de letherii. Una veintena de rostros se volvieron para contemplar a Bruthen cuando serpenteó entre los presentes, rostros nerviosos que luchaban con el miedo, mientras otros estudiaban al tiste edur con ojos que no revelaban nada (los agentes del canciller, los que Bruthen sospechaba que salían cada mañana para reunir a los solicitantes del día y los aleccionaban sobre lo que le tenían que decir a su emperador).

Sin hacer caso de los letherii que se separaban para dejarlo pasar, salió al pasillo y continuó por el laberinto de aposentos, pasillos y pasajes que componían el palacio. Vio muy pocos tiste edur, salvo uno de los k’risnan de Hannan Mosag, encorvado y caminando con un hombro rozando un muro, en los ojos un destello de reconocimiento antes de continuar su camino cojeando.

Bruthen Trana se dirigió al ala de palacio más cercana al río; allí el aire era frío y húmedo y los pasillos estaban casi vacíos. Si bien la inundación sufrida durante las primeras etapas de la construcción se había rectificado gracias a un ingenioso sistema de pilones bajo la superficie, parecía que nada podía disipar la humedad. Se habían abierto agujeros en las paredes exteriores para crear un flujo de aire, sin demasiado resultado, aparte de llenar la oscuridad mohosa con el olor del barro del río y de las plantas que se pudrían.

Bruthen atravesó uno de esos agujeros y salió a un camino adoquinado casi deshecho, con árboles derribados deshaciéndose entre hierbas altas a su izquierda y los cimientos de un edificio pequeño a su derecha. El abandono persistía en el aire quieto como polen suspendido. Bruthen estaba solo cuando subió por la ladera irregular del camino y llegó al borde de la zona despejada, al otro extremo de la cual se alzaba la antigua torre de las Azath, con las estructuras menores de los jaghut a ambos lados. En ese claro había jalones de tumbas dispuestas si ningún orden discernible. Urnas medio enterradas, las bocas selladas con cera, de las que surgían armas. Espadas, lanzas rotas, hachas, mazas... trofeos del fracaso, un bosque atrofiado de hierro.

Los Campeones Caídos, los residentes de un cementerio prestigioso. Todos habían matado a Rhulad al menos una vez, algunos más de una; el mayor de todos, un tartheno casi de pura sangre, había asesinado al emperador siete veces, y Bruthen recordaba con absoluta claridad la expresión de rabia creciente y terror en el rostro bestial del tartheno cada vez que su oponente caído se levantaba, renovado, más fuerte y letal que unos instantes antes.

Entró en la extraña necrópolis, los ojos repasando las distintas armas, en otro tiempo cuidadas con tanto cariño (muchas de ellas tenían hasta nombre), pero en esos momentos recubiertas de orín. Al otro extremo, un poco separada de todas las demás, se hallaba una urna abierta. Meses antes, por curiosidad, Bruthen había metido la mano en ella y había encontrado una copa de plata. La copa que había contenido el veneno que había matado a tres letherii en el salón del trono, el veneno que había matado a Brys Beddict.

No había cenizas. Hasta su espada había desaparecido.

Bruthen Trana sospechaba que si ese hombre regresase de nuevo, otra vez se enfrentaría a Rhulad y haría lo que había hecho antes. No, era más que una sospecha. Era una certeza.

Invisible para Rhulad, mientras el nuevo emperador yacía allí, hecho jirones en el suelo, Bruthen se había metido en la cámara para verlo por sí mismo. Y en la mirada temerosa de ese momento había discernido la espantosa precisión de esa masacre. Brys Beddict había hecho un trabajo mecánico. Como un erudito diseccionando un argumento débil, un esfuerzo no mayor por su parte que el de atarse los mocasines.

Ojalá Bruthen hubiera visto el duelo en sí, ojalá hubiera presenciado el arte de ese espadachín letherii trágicamente asesinado.

Se quedó allí, con los ojos bajos, mirando la urna polvorienta y cubierta de telarañas.

Y rezó por el regreso de Brys Beddict.

Estaba tomando forma un patrón, poco a poco, de forma inexorable. Sin embargo, el Errante, en otro tiempo conocido como Turudal Brizad, consorte de la reina Janall, no podía discernir su significado. Esa sensación de inquietud, de pavor, era nueva para él. De hecho, él consideraba que no se podía imaginar un estado mental más embarazoso para un dios, allí, en el corazón del reino.

Oh, había conocido épocas de violencia; había recorrido las cenizas de imperios muertos, pero su sentido del destino permanecía incluso entonces, sin tacha, inviolado y absoluto. Y para empeorar las cosas, los patrones eran su obsesión personal, una obsesión sostenida por su fe en su dominio de ese arcano lenguaje, un dominio que nada ni nadie podía desafiar.

Entonces ¿quién es el que juega conmigo ahora?

Permaneció en la oscuridad, escuchando el goteo del agua que se filtraba por una pared invisible, y se quedó mirando la Cedance, las losas de piedra de las Fortalezas, el rompecabezas en el suelo que conformaba los cimientos de ese reino. La Cedance. Mis losas. Mías. Yo soy el Errante. Esta es mi partida.

Entretanto, el patrón seguía desarrollándose ante él, penosamente, el rumor de las piedras demasiado bajo y profundo para oírlo, pero su resonancia le hacía chirriar los huesos. Trozos dispares que se unen. Una función oculta hasta el último momento, cuando todo llega demasiado tarde, cuando el cierre impide toda huida.

¿Esperas que no haga nada? No soy una simple víctima tuya más. Soy el Errante. Por mi mano, todo destino gira. Todo lo que parece aleatorio es propósito mío. Es una verdad inmutable. Siempre lo ha sido. Siempre lo será.

Sin embargo, tenía el sabor del miedo en la lengua, como si hubiera estado chupando monedas sucias día tras día, pasándose la riqueza de un imperio por la boca. Pero ¿es un flujo amargo que entra o que sale?

El susurro agudo del movimiento, todo propósito de las imágenes talladas en las losas... perdido. Ni una sola Fortaleza se revelaba.

La Cedance había estado así desde el día en que había muerto Ezgara Diskanar. El Errante tenía que ser idiota para despreciar la relación, pero ese razonamiento todavía tenía que llevarlo a alguna parte. Quizá no era la muerte de Ezgara lo que importaba, sino la del ceda. Nunca le caí muy bien. Y me quedé allí, observando, cuando el tiste edur se apartó un poco hacia un lado, cuando arrojó su lanza, atravesó a Kuru Qan y mató al ceda más grande que había habido desde el Primer Imperio. Mi partida, pensé en ese momento. Pero ahora, me pregunto...

Pero quizá era la de Kuru Qan. Y, de algún modo, sigue jugándose. No le advertí de ese peligro inminente, ¿verdad? Antes del estertor de su último aliento, él habría comprendido esa... omisión.

¿Ese puñetero mortal me ha maldecido? ¡A mí, un dios!

Una maldición así sería vulnerable. Ni siquiera Kuru Qan era capaz de elaborar algo que no pudiera desmantelar el Errante. Solo tenía que entender su estructura, todo lo que la sujetaba, las estacas ocultas que guiaban esas losas.

¿Qué es lo que viene? El imperio ha renacido, vigorizado, revelando así la veracidad de la antigua profecía. Es todo como preví.

Su estudio de los borrosos adoquines bajo la pasarela se convirtió en una mirada feroz. Siseó de frustración y observó que su aliento desaparecía en jirones con el frío.

Una transformación desconocida en la que no veo nada salvo el hielo de mi propia exasperación. Así pues, veo, pero estoy ciego, ciego a todo.

El frío también era un fenómeno nuevo. El calor del poder se había desangrado de ese lugar. Nada era como debería.

Quizá, en algún momento, tendría que admitir la derrota. Y entonces tendré que hacer una visita a un vejestorio pequeño y malhumorado que trabaja como sirviente de un idiota inútil. Humilde, me acercaré en busca de respuestas. Permití vivir a Tehol, ¿no? Esto tiene que contar para algo.

Mael, sé que interferiste la última vez. Con una indiferencia desvergonzada por las reglas. Mis reglas. Pero te he perdonado, y eso también tiene que contar para algo.

La humildad sabía incluso peor que el miedo. Todavía no estaba listo para eso.

Se haría cargo de la Cedance. Pero para usurpar el patrón, primero tendría que encontrar a su hacedor. ¿Kuru Qan? No estaba convencido.

Hay perturbaciones en el panteón, nuevas y antiguas. Caos, el hedor de la violencia. Sí, es la intromisión de un dios. Quizá la culpa sea del propio Mael; no, no es eso. Lo más probable es que no sepa nada, que permanezca en la bendita ignorancia. ¿Me servirá eso para hacerle comprender que algo va mal?

Un imperio renacido. Cierto, los tiste edur tenían sus secretos, o por lo menos ellos creían que esas verdades estaban bien escondidas. No lo estaban. Un dios extraño las había usurpado y había hecho de un joven guerrero edur un avatar, un paladín, con los defectos correspondientes en espeluznante homenaje a las patéticas disfunciones del propio dios. Poder que sale del dolor, gloria que sale de la degradación, temas que se yuxtaponen, un imperio renacido al que se le ofrece la promesa del vigor, de la expansión y la longevidad, nada de lo cual, tenía que admitir, se garantizaba de verdad. Y así son las promesas.

El dios se estremeció de repente bajo el aire cortante de esa inmensa cámara subterránea. Se estremeció en esa pasarela que pendía sobre una incógnita arremolinada.

El patrón estaba tomando forma.

Y cuando la tuviera, sería demasiado tarde.

—Es demasiado tarde.

—Pero tiene que haber algo que podamos hacer.

—Me temo que no. Se muere, amo, y si no nos aprovechamos nosotros de su fallecimiento ahora mismo, otro lo hará.

El pez capabara había usado sus tentáculos para trepar por la pared del canal, se había subido al borde y desde allí a la pasarela, donde quedó aplastado, extrañamente despatarrado; yacía con la boca abierta, las agallas jadeantes, observando la mañana que se nublaba mientras él expiraba. La bestia era larga como un hombre es alto, gorda como un mercader de corderos de las Islas Interiores y, para asombro de Tehol, incluso más feo.

—Pues se me rompe el corazón.

Bicho se rascó la testa casi sin pelo y suspiró.

—Es el agua, que está más fría de lo habitual —dijo—. A estos les gusta el barro caliente.

—¿Agua fría? ¿No puedes hacer algo sobre eso?

—La Hidrogación de Bicho.

—¿Estás extendiendo el negocio?

—No, solo estaba probando el título.

—¿Y cómo se hidroga?

—No tengo ni idea. Bueno, sí que la tengo, pero no es lo que se dice un oficio legítimo.

—Lo que significa que pertenece al reino de los dioses.

—Sobre todo. Aunque —dijo después, más animado— con la reciente serie de riadas, y dada mi pasada experiencia en la consecución de cimientos secos, empiezo a ver ciertas posibilidades.

—¿Puedes empapar inversores?

Bicho hizo una mueca.

—Siempre viendo el lado destructivo, ¿no, amo?

—Es mi naturaleza oportunista. La mayor parte de las personas —añadió— lo consideraría una virtud. Ahora bien, ¿me estás diciendo de verdad que no puedes salvar a este pobre pez?

—Amo, ya está muerto.

—¿Lo está? Oh. Bueno, supongo que ya tenemos la cena.

—Más bien quince cenas.

—En cualquier caso, tengo un compromiso, así que te veré a ti y al pez en casa.

—Bueno, gracias, amo.

—¿No te dije que este paseo matinal resultaría beneficioso?

—No para el capabara, por desgracia.

—Lo admito. Oh, por cierto, necesito que me hagas una lista.

—¿De qué?

—Ah, eso tendré que decírtelo más tarde. Como he dicho, llego tarde a una reunión. Se me acaba de ocurrir: ¿este pez es demasiado grande para que lo lleves tú solo?

—Bueno —dijo Bicho mientras le echaba un vistazo a los restos—, es pequeño para lo que suelen ser los capabaras, ¿recuerda al que intentó copular con una galera?

—La apuesta sobre el resultado dejó a los Ahogamientos en mantillas. Perdí todo lo que tenía ese día.

—¿Todo?

—Tres diques de cobre, sí.

—¿Qué resultado anticipó?

—Pues botecitos de remos que bogaban solos con grandes palas con aletas.

—Llega tarde a su reunión, amo.

—¡Espera! ¡No mires! Necesito hacer algo indecoroso ahora mismo.

—Oh, amo, ¿en serio?

Había espías en las esquinas. Pequeños pelotones de patriotas con capas de lluvia grises se movían entre las multitudes, que se separaban para evitarlos cuando pasaban contoneándose con las manos enguantadas posadas en las porras que llevaban en el cinturón, en los rostros la arrogancia bruta de los matones. Tehol Beddict vestía su manta a modo de sarong y caminaba con la elegancia benigna de un ascético de algún culto poco conocido pero inofensivo. O al menos eso esperaba él. Aventurarse por las calles de Letheras en esos días implicaba cierto riesgo que no había existido durante los tiempos del agradable descuido del rey Ezgara Diskanar. Si bien por un lado eso prestaba un aire de intriga y peligro a cada salida (incluyendo la compra de tubérculos ya pasados), también estaban los nervios tensos que no había forma de sofocar, por muchos nabos mohosos que uno llevara encima.

Lo que agravaba las cosas en ese caso era que su propósito sí que era la subversión. Una de las primeras víctimas del nuevo régimen había sido el Gremio de los Cazarratas. Karos Invictad, el centinela de los patriotas, se había puesto a trabajar su primer día en el cargo y había despachado a todo un batallón de cien agentes a la Casa de las Escamas, el modesto cuartel general del gremio, donde habían arrestado a decenas de Cazarratas, todo lo cual, resultó después, eran meras ilusiones, un detalle que nunca se anunció, por supuesto, no fuera a ser que la llegada de los temidos patriotas solo suscitara mofas públicas. Cosa que no sería muy útil.

Después de todo, la tiranía no suele tener sentido del humor. Demasiado sensible, demasiado pagada de su poder. Por consiguiente, nos encontramos ante una tentación casi abrumadora, ¿cómo no se me va a disculpar alguna que otra burla? Por desgracia, los patriotas carecían de flexibilidad en tales asuntos, el arma más letal contra ellos era la carcajada desdeñosa, y lo sabían.

Cruzó el canal Quillas por un puente menor, se dirigió al menos ostentoso distrito norte, y al final entró sin prisas en un callejón con recodos y revueltas repleto de sombras, un callejón que en otro tiempo había sido una calle de tierra, antes del invento de las carretas de cuatro ruedas y las yuntas de dos caballos. En lugar de los habituales cuchitriles y puertas traseras que serían de esperar en un callejón así, este lo bordeaban tiendas que no habían cambiado demasiado en los últimos setecientos años, más o menos. Allí, la primera a la derecha, el Templo Media-Hacha de las Hierbas, que olía como el agujero de un pantano y en el que se podía encontrar a una bruja con cara de pasa que vivía en un barrizal, con todas sus preciosas plantas atestando las orillas o creciendo en el propio charco moteado de insectos. Se decía que había nacido en ese cieno y solo era medio humana; y que su madre también había nacido allí, y la madre de su madre. Que eran concepciones inmaculadas no había ni que decirlo, puesto que Tehol no era capaz de imaginarse a ningún hombre razonable, ni siquiera a un hombre no razonable, zambulléndose ahí.

Enfrente del Media-Hacha estaba la entrada estrecha de una tienda dedicada a trozos cortos de cuerda y postes de madera de un hombre y medio de altura. Tehol no tenía ni idea de cómo podía sobrevivir una empresa tan especializada, sobre todo en un mercado tan confuso y truncado como aquel, pero su puerta había permanecido abierta durante casi seis siglos, cerrada cada noche con un trozo corto de cuerda y un poste de madera.

El surtido que iba bajando por el callejón era parecido solo en su peculiaridad. Estacas y clavijas de madera en un establecimiento, correas de sandalias en otro (no las sandalias, solo las correas). Una tienda que vendía cerámica con fugas, que no era una indicación de incompetencia, por cierto; en realidad las ollas se hacían de forma deliberada así para que filtraran líquido a diferentes, y precisos, ritmos de pérdida; había un lugar que vendía cajas imposibles de abrir; otro, tintes tóxicos. Dientes de cerámica, botellas llenas de orina de mujeres embarazadas, ánforas enormes que contenían mujeres embarazadas muertas; los excrementos de puercos obesos, y mascotas en miniatura: perros, gatos, pájaros y roedores de todo tipo, todos ellos reducidos en tamaño generación tras generación de reproducción selectiva. Tehol había visto perros guardianes que no le llegaban a él más que al tobillo, y si bien eran muy monos y tan vivaces como correspondía, él tenía sus dudas en cuanto a su eficacia, aunque seguramente eran el terror de los ratones del tamaño de uñas y de los gatos que podían subirse al dedo gordo del pie de una anciana, que se los ataba con un ingenioso lazo en la correa de la sandalia.

Desde la ilegalización del Gremio de los Cazarratas, el callejón de la Aventura había adquirido una nueva función, a la que Tehol se aplicó con la indolencia de los iniciados. Primero entró en el Media-Hacha, se abrió camino como pudo entre las enredaderas que había a la entrada, y se detuvo a un paso de caer de cabeza en el charco de barro.

Unos chapoteos y algo denso que se vertía y apareció una cara arrugada de piel oscura entre las hierbas altas que ribeteaban el agujero.

—Eres tú —dijo la bruja, que hizo una mueca y dejó salir deslizándose la lengua demasiado larga para mostrarle todas las sanguijuelas que tenía pegadas a ella.

—Y tú eres tú —respondió Tehol.

La protuberancia roja con todas sus amiguitas regresó a su sitio.

—Ven a nadar un poco, hombre odioso.

—Sal y deja que se te recupere la piel, Munuga. Resulta que sé que apenas tienes tres décadas.

—Soy un mapa de sabiduría.

—Como advertencia contra los peligros de los baños excesivos, es posible. ¿Dónde está la raíz gorda esta vez?

—¿Qué tienes para mí primero?

—Lo que siempre tengo. Lo único que quieres de mí, Munuga.

—¡Lo único que jamás darás, querrás decir!

Con un suspiro, Tehol se sacó de debajo del sarong improvisado un frasquito y lo levantó para que lo viera la bruja.

Esta se lamió los labios, cosa que resultó de una complicación alarmante.

—¿Qué clase?

—Huevas de capabara.

—Pero yo quiero lo tuyo.

—Yo no produzco huevas.

—Ya sabes a qué me refiero, Tehol Beddict.

—Por desgracia, la pobreza es más que profunda. Además, he perdido todo estímulo para ser productivo, en todos los sentidos de la palabra. ¿Después de todo, qué clase de mundo es este para que me plantease siquiera traer un niño a él?

—Tehol Beddict, tú no puedes traer un niño al mundo. Eres un hombre. Déjame a mí esa parte.

—Verás, tú sales de esa sopa espesa, te secas y me dejas ver el aspecto que se supone que tienes, ¿quién sabe? Podrían ocurrir cosas extraordinarias.

La bruja frunció el ceño y levantó un objeto.

—Aquí tienes tu raíz gorda. Dame ese frasco y lárgate.

—Estoy deseando que llegue la próxima vez...

—Tehol Beddict, ¿sabes para qué se usa la raíz gorda?

La suspicacia había avivado los ojos de la mujer y Tehol se dio cuenta de que si le diera por secarse de verdad, quizá fuera bastante atractiva, después de todo, en un estilo un tanto anfibio.

—No, ¿por qué?

—¿Requieren de ti que la ingieras de un modo extraño?

Él negó con la cabeza.

—¿Estás seguro? ¿Nada de té extraño que huele amarillo?

—¿Que huele amarillo? ¿Qué significa eso?

—Si lo olieras, lo sabrías. Está claro que no lo has olido. Bien. Largo, me estoy arrugando.

Una partida apresurada, así pues, del Medio-Hacha. Continuó hasta la entrada de Ollas Inconmensurables de Grool. Cabía suponer que esa descripción estaba destinada a enfatizar la calidad sin rival o algo así, ya que las ollas se vendían como relojes y para experimentos alquímicos y demás, funciones que dependían de un ritmo preciso de flujo.

Tehol entró en la atestada y húmeda tienda.

—Siempre estás frunciendo el ceño cuando entras aquí, Tehol Beddict.

—Buenos días, loable Grool.

—La gris, sí, esa de ahí.

—Una olla magnífica...

—Es un vaso de precipitación, no una olla.

—Por supuesto.

—Precio habitual.

—¿Por qué te escondes siempre detrás de todas estas ollas, loable Grool? Lo único que te veo son las manos.

—Mis manos son la única parte importante que tengo.

—De acuerdo. —Tehol sacó una aleta dorsal recién extirpada—. Una sucesión de púas, estas de un capabara. Diámetros degradados...

—¿Cómo lo sabes?

—Bueno, se ve, se van haciendo más pequeñas a medida que van retrocediendo.

—Sí, pero ¿con qué precisión?

—Eso lo tienes que decidir tú. Tú pides objetos con los que hacer agujeros. Pues aquí tienes... a ver... doce. ¿Cómo no va a complacerte?

—¿Quién dijo que no estaba complacido? Ponlas en el mostrador. Coge el vaso de precipitación. Y saca esa maldita raíz gorda de aquí.

Y de allí a la tienda de enfrente, la tienda de animales pequeños y Vendeanimales Shill, una mujerona que no dejaba de ir y venir por las filas de jaulitas apiladas, tras sus planos talones una multitud de criaturitas que trinaban y se escabullían. Shill chilló encantada como siempre ante los regalos del vaso de precipitación y la raíz gorda; esta última, según resultó, la utilizaban de forma habitual las esposas maliciosas con la intención de encoger los testículos de sus maridos; mientras que Shill, tras ciertas delicadas modificaciones, aplicaba las propiedades menguantes de la raíz a sus camadas, a las que daba el té que olía amarillo en incrementos precisos, utilizando el vaso de precipitación agujereado.

La reunión se agrió cuando Tehol le dio una palmada a un mosquito que tenía en el cuello, y solo para que le informaran de que acababa de matar a un murciélago chupasangre pigmeo. Su respuesta de que no terminaba de ver la diferencia no fue bien recibida. No obstante, Shill abrió la trampilla que había en el suelo, al fondo de la tienda, y Tehol descendió los veintiséis estrechos y empinados escalones que llevaban al torcido pasillo (de veintiún pasos de longitud) que conducía a la antigua tumba vacía con aspecto de colmena cuyas paredes habían sido desmanteladas en tres lugares para moldear unas puertas toscas que daban paso a unos túneles serpenteantes de techos bajos, dos de los cuales terminaban en trampas fatales. El tercer pasadizo se abría al fin a una larga cámara ocupada por una docena más o menos de refugiados desaliñados, la mayor parte de los cuales parecía dormido.

Por fortuna, la investigadora jefe Rucket no estaba entre los somnolientos. Alzó las cejas cuando vio a Tehol, su rostro admirable se llenó de una expresión de auténtico alivio y le hizo un gesto para que se acercara a su mesa. La superficie estaba cubierta de pergaminos que mostraban planos y diagramas estructurales.

—¡Siéntese, Tehol Beddict! ¡Tome, un poco de vino! Beba. ¡Por el Errante, una cara nueva! No tiene ni idea de lo harta que estoy de mis interminables compañeros de tugurio.

—Está claro —respondió él mientras se sentaba— que necesita salir más.

—Por desgracia, la mayor parte de mis investigaciones actuales son, por su naturaleza, más propias de archivos.

—Ah, el gran misterio que ha descubierto. ¿Está más cerca de una solución?

—¿Gran misterio? Más bien maldito misterio, y no, continúo perpleja, al tiempo que mi mapa crece con cada día que pasa. Pero no hablemos más de eso. Mis agentes informan de que las grietas de los cimientos se extienden de forma inexorable; bien hecho, Tehol. Siempre supuse que era más listo de lo que parecía.

—Bueno, gracias, Rucket. ¿Tiene esas teselas lacadas que le pedí?

—Ónice terminó la última esta mañana. Dieciséis en total, ¿correcto?

—Perfecto. ¿Bordes biselados?

—Por supuesto. Todas sus instrucciones fueron obedecidas con diligencia.

—Magnífico. Bien, sobre esa propagación inexorable...

—¿Desea que nos retiremos a mi aposento privado?

—Eh, ahora no, Rucket. Necesito dinero. Una inyección para reforzar una inversión primordial.

—¿Cuánto?

—Cincuenta mil.

—¿Veremos algún rendimiento?

—No, lo perderán todo.

—Tehol, lleva usted la venganza muy lejos, desde luego. ¿Qué beneficio obtenemos nosotros, entonces?

—Pues nada menos que el regreso a la preeminencia del Gremio de los Cazarratas.

Los ojos más bien soñadores de la investigadora jefe se abrieron de par en par.

—¿El fin de los patriotas? ¿Cincuenta mil? ¿No será mejor setenta y cinco? ¿Cien?

—No, cincuenta es lo que necesito.

—No anticipo ninguna objeción por parte de mis compañeros maestros del gremio.

—Maravilloso. —Dio una palmada y se levantó.

La mujer lo miró con el ceño fruncido.

—¿Adónde va?

—Pues a su aposento privado, por supuesto.

—Oh, qué bien.

Tehol la miró con los ojos entornados.

—¿No viene usted también, Rucket?

—¿Para qué? El nombre «raíz gorda» es un chiste que hacemos las mujeres, ¿sabe?

—¡Yo no he bebido ningún té que oliera amarillo!

—En el futuro le aconsejo que se ponga guantes.

—¿Dónde está su aposento, Rucket?

Se alzó una ceja.

—¿Tiene algo que demostrar?

—No, solo necesito comprobar... una cosa.

—¿Para qué? —le volvió a preguntar ella—. Ahora que se ha despertado su imaginación, se convencerá de que ha empequeñecido, Tehol Beddict. Es la naturaleza humana. Peor porque encima es usted hombre. —Rucket se levantó—. Yo, sin embargo, puedo ser objetiva, aunque sea de forma devastadora en ocasiones. ¿Se atreve, entonces, con mi escrutinio?

Tehol frunció el ceño.

—Está bien, vamos. La próxima vez, sin embargo, prescindamos por completo de la invitación a su aposento, ¿de acuerdo?

—El sufrimiento está en los detalles, Tehol Beddict. Como estamos a punto de descubrir.

Venitt Sathad desenrolló el pergamino y ancló las esquinas con unas piedras planas.

—Como puede ver, maese, hay seis edificios independientes en las propiedades. —Empezó a señalar las ilustraciones de cada uno—. Establos y cuadras. Almacén frío. Despensa, con bodega. Alojamientos para sirvientes. Y, por supuesto, la posada en sí...

—¿Qué hay de ese edificio cuadrado de ahí? —preguntó Rautos Hivanar.

Venitt frunció el ceño.

—Por lo que tengo entendido, el interior lo llena casi en su totalidad un objeto icónico de algún tipo. El edificio es anterior a la posada en sí. Los intentos de desalojarlo fracasaron. Ahora, el espacio que queda se utiliza para almacenamientos varios.

Rautos Hivanar se recostó en su sillón.

—¿Hasta qué punto es solvente esta adquisición?

—Ni más ni menos que cualquier otro albergue, maese. Quizá merezca la pena debatir la inversión con los otros accionistas, incluyendo a Karos Invictad.

—Humm, lo tomaré en consideración. —Se levantó—. Entretanto, coloca los artefactos nuevos en la mesa de limpieza de la terraza.

—De inmediato, maese.

A catorce leguas al oeste de las islas Dracónicas una calma chicha se había asentado sobre esa zona del océano, aplanando los mares y convirtiéndolos en una pátina lisa y oleaginosa bajo el aire húmedo e inmóvil. A través del catalejo, aquel barco solitario, el casco negro bajo en el agua, parecía inerte. El mástil principal estaba astillado, todas las jarcias desaparecidas. Alguien había improvisado un trinquete, pero la lona deshecha por la tormenta colgaba flácida. El timón estaba atado. No se veía ningún movimiento.

Skorgen Kaban, conocido como el Guapo, bajó poco a poco el catalejo, pero continuó mirando el barco lejano con el ojo bueno entornado. Levantó una mano para rascarse uno de los agujeros por los que respiraba (lo único que le quedaba de lo que antaño había sido una nariz grande y ganchuda) e hizo una mueca cuando se clavó una uña en una cicatriz sensible. El picor no existía, pero los orificios abiertos tenían tendencia a supurar y al fingir rascarse miraba si había alguna humedad reveladora. Ese era uno de los muchos gestos que probablemente a él le parecían muy sutiles.

Por desgracia, su capitana era demasiado avispada para dejarse engañar. La mujer apartó la mirada de soslayo con la que estudiaba a Skorgen y se volvió hacia su tripulación, que esperaba allí. Una pandilla miserable pero ladina. La calma chicha agobiaba a todo el mundo, como era comprensible, pero la bodega del corsario estaba atestada de botín y esa racha de suerte del Errante no parecía terminar.

Acababan de encontrar otra víctima más.

Skorgen aspiró una bocanada de aire con un silbido.

—Es edur, sin duda —dijo—. Yo diría que se perdió y lo zarandeó un poco esa tormenta que vimos ayer por el oeste. Lo más probable es que la tripulación esté enferma o muerta, o que hayan abandonado el barco en uno de sus botes salvavidas knarri. Si lo hicieron, se habrán llevado lo bueno con ellos. Si no —le dedicó una gran sonrisa que reveló los dientes ennegrecidos—, podemos terminar lo que empezó la tormenta.

—Como mínimo —dijo la capitana—, echaremos un vistazo. —Sorbió por la nariz—. Al menos sacaremos algo de esta calma chicha. Que saquen los remos, Skorgen, pero que la cabeza del vigía no deje de girar en todas direcciones.

Skorgen la miró.

—¿Crees que podría haber más aquí fuera?

La capitana hizo una mueca.

—¿Cuántos barcos mandó el emperador?

El ojo bueno del otro se abrió todavía más y estudió al derrelicto solitario de nuevo a través del catalejo.

—¿Crees que es uno de ellos? Por el culo del Errante, capitana, si tienes razón...

—Ya tienes tus órdenes, y parece que tengo que recordártelo otra vez más, primer oficial. Nada de blasfemias en mi barco.

—Mis disculpas, capitana.

Se alejó a toda prisa y empezó a transmitir las órdenes a la tripulación, que permanecía a la espera.

La calma chicha imponía siempre cierto silencio, una especie de suspicacia supersticiosa se apoderaba de los marineros, como si cualquier sonido que llegara demasiado lejos pudiera agrietar el espejo del mar.

La capitana escuchó los veinticuatro remos que salían deslizándose y las palas que se posaban en el agua. Un momento después se oyó la llamada apagada del timonel y el Gratitud Imperecedera se quejó con el primer bandazo. Unas nubes de moscas durmientes se alzaron alrededor del barco cuando se alteró la superficie diáfana del mar cercano. Los puñeteros bichos tenían tendencia a buscar un sitio oscuro para refugiarse cuando las obligaban a echar a volar. Los marineros tosieron y escupieron, ellos que podían, observó la capitana, mientras una nube quejumbrosa le giraba alrededor de la cabeza y un sinfín de insectos empezaba a metérsele por la nariz, los oídos y entre los ojos. El sol y el mar ya eran problema suficiente, se combinaban para asaltar su dignidad y la poca vanidad que podía reunir una mujer que estaba muerta; pero en el caso de Shurq Elalle, esas moscas hacían que su desdicha fuera más profunda e intensa.

Pirata, no-muerta divina, ramera insaciable, bruja de las aguas profundas; habían sido buenos tiempos desde que había zarpado del puerto de Letheras por el río largo y ancho rumbo a los mares occidentales. Enjuta y lustrosa, esa primera galera había sido su billete a la fama, y Shurq todavía lamentaba su pérdida, víctima de las llamas provocadas por una escolta mare en Fin de la Risa. Pero estaba contenta con el Gratitud Imperecedera. Un poco grande para su tripulación, cierto, pero con su regreso a Letheras, ese problema se podría solucionar con bastante facilidad. La mayor sensación de pérdida la había experimentado con la partida de la Guardia Carmesí. Barras de Hierro había dejado claro desde el principio que solo se estaban pagando el pasaje. Con todo, habían sido unas adquisiciones formidables durante ese viaje salvaje por el océano, esa estela de sangre que habían mantenido ancha e ininterrumpida con la toma de un barco mercante tras otro, cada uno despojado de todos sus objetos valiosos y luego, las más de las veces, hundido en el agua oscura. No habían sido solo las espadas, letales como eran, sino la magia de Corlo, una magia mucho más refinada, mucho más inteligente, que nada que hubiera presenciado Shurq hasta entonces.

Fueron detalles que le abrieron los ojos, y también la mente. El mundo era enorme. Y en muchos sentidos fundamentales, el Imperio de Lether, hijo del Primer Imperio, había quedado reducido a una especie de monte atrasado en su forma de pensar, en su modo de trabajar. Toda una lección de humildad.

La despedida de Barras de Hierro y su pelotón no había sido tan emotiva ni sentida para Shurq Elalle como seguramente les había parecido a todos los demás, porque la verdad era que cada vez le había ido inquietando más su compañía. Barras de Hierro no era de los que encontraba la subordinación de su agrado durante mucho tiempo; oh, sin duda era diferente cuando se trataba de sus compañeros juramentados de la Guardia Carmesí, o de su legendario comandante, el príncipe K’azz. Pero ella no era juramentada, ni siquiera soldado en esa compañía. Así que siempre que sus objetivos fueran en paralelo, las cosas iban bien, y Shurq se había asegurado de no desviarse nunca, para evitar cualquier enfrentamiento.

Había depositado a los mercenarios en una playa pedregosa de la costa oriental de una tierra llamada Jacuruku, bajo una tormenta de granizo que hacía tronar el cielo. El desembarco no había carecido de testigos, por desgracia, y la última vez que había visto a Barras de Hierro y sus soldados, se volvían hacia tierra para enfrentarse a una docena de figuras con inmensas armaduras que descendían por la accidentada cuesta, con grandes yelmos con el visor bajado. Una pandilla de aspecto brutal, Shurq esperaba que toda esa beligerancia fuera sobre todo para impresionar. Las cortinas grises de lluvia no habían tardado en ocultar los detalles de la playa cuando tiraron de remo para regresar al Gratitud.

Skorgen había jurado que había captado un choque de espadas (un leve eco) con la oreja buena, pero Shurq no había oído nada.

En cualquier caso, se habían escabullido de esas aguas, como tenían por costumbre hacer los piratas cuando se corría el riesgo de encontrarse con resistencia organizada acechando cerca, y Shurq consoló su agitada conciencia recordándose que Barras de Hierro había hablado de Jacuruku con cierta familiaridad, al menos en lo que respectaba a conocer su nombre. Y en cuanto a las aprensivas plegarias de Corlo a un numeroso grupo de divinidades, bueno, el tipo era propenso al melodrama. Una docena de caballeros no habría bastado para detener a Barras de Hierro y su Guardia Carmesí, decididos como estaban a hacer lo que fuera que tenían que hacer, que, en ese caso, era cruzar Jacuruku de una costa a otra y luego buscarse otro barco.

Un mundo enorme, desde luego.

Los remos salieron del agua, se introdujeron sin ruido y el Gratitud Imperecedera se puso al pairo del naufragio edur. Shurq Elalle se acercó a la barandilla y estudió la cubierta visible del barco de madera negra.

—Flota muy bajo —murmuró Skorgen.

No había cuerpos entre la confusión. Pero sí que había confusión y trastos.

—No fue una evacuación ordenada —dijo Shurq Elalle; salieron volando los rezones, las púas mordieron la madera y se tensaron las cuerdas—. Seis con nosotros, las armas en la mano —ordenó al tiempo que desenvainaba su propio estoque y se subía a la barandilla.

Cruzó de un salto y aterrizó con agilidad en la cubierta central, a dos zancadas del tocón astillado del palo mayor. Momentos después, Skorgen se reunió con ella, llegó con un gruñido y una maldición cuando se dio un golpe en la pierna mala.

—Esto fue una pelea —dijo mirando a su alrededor. Regresó cojeando a la barandilla y soltó de un tirón el astil astillado de una flecha, la estudió y frunció el ceño—. La muy puñetera es corta y achaparrada; mira esa cabeza, podría atravesar un escudo recubierto de bronce. Y este plumaje... es cuero, son como aletas.

Entonces ¿dónde estaban los cuerpos? Shurq Elalle arrugó la frente y se dirigió a la escotilla del camarote. Se detuvo ante la bodega cuando vio que habían hundido la escotilla de un golpe. La apartó con un golpecito de la bota, se agachó y miró en la oscuridad de la bodega.

El espejeo del agua y cosas flotando.

—Skorgen, aquí hay botín. Acércate y mete la mano para coger una de esas ánforas.

El segundo de a bordo, Miseria, los llamó desde su barco.

—¡Capitana! Esta carraca está más baja en el agua que cuando llegamos.

Shurq empezó a oír los gemidos suaves del casco.

Skorgen metió el brazo bueno y enganchó con la mano el asa de un ánfora. Siseando por el peso, levantó el objeto que le llegaba casi a la cadera y después lo hizo rodar entre la capitana y él.

El ánfora era una pieza preciosa, observó Shurq. Fabricada en el extranjero, tenía un vidriado de color crema que llegaba hasta la base, que era como una colmena invertida cuyas volutas estaban delineadas en patrones geométricos negros sobre un blanco reluciente. Pero fue la imagen pintada en la curva y el vientre lo que captó su interés. Abajo, en un lado, había una figura clavada a una cruz con forma de equis. De la cabeza levantada de la figura salían cuervos dibujando remolinos. Cientos, profundamente intrincados, cada detalle grabado (cuervos que se desbordaban hacia el exterior, o quizá hacia el interior) para concentrarse en las curvas anchas del ánfora hasta rodear todo el objeto. ¿Convergiendo para alimentarse del hombre indefenso? ¿Huyendo de él como últimos pensamientos moribundos?

Skorgen había sacado un cuchillo y estaba cortando el sello para desprender la gruesa cera que envolvía la tapa. Tras un momento consiguió soltarla. Tiró de la tapa para abrirla y se apartó de un salto cuando brotó una sangre densa que se extendió por la cubierta.

Parecía fresca y de ella se alzaba un aroma a flores, acre y demasiado dulce.

—Polen de kagenza —dijo Skorgen—. Evita que la sangre se coagule. Los edur la usan para pintar templos en el bosque, ya sabes, en los árboles. La sangre santifica. No es un templo de verdad, claro. No hay paredes, ni techo, solo un soto...

—No me gustan los primeros oficiales que cotorrean —dijo Shurq Elalle al tiempo que se erguía una vez más—. Saca las demás. Ya solo los recipientes nos harán ricos durante un mes o dos. —Y volvió a dirigirse a la cabina.

El pasillo estaba vacío, la puerta de la cabina rota, abierta y colgando de una bisagra de cuero. De camino les echó un vistazo a los huecos laterales y vio los catres de la tripulación, dispuestos en niveles, pero no había ninguno ocupado, aunque sí estaban desarreglados, como si los hubieran registrado.

En el camarote en sí, más señales de saqueo, y en el suelo el cadáver despatarrado de un edur. Le habían clavado las manos y los pies a los tablones con unas picas y alguien había usado con él un cuchillo, alguien muy metódico. La habitación hedía a excrementos derramados y la expresión congelada en el rostro era una máscara retorcida, invadida por la agonía, los ojos clavados en la nada como si fuera testigo de una fe hecha pedazos, una revelación terrible en el momento de la muerte.

Oyó a Skorgen acercarse por detrás y oyó su maldición baja cuando vio el cuerpo.

—Lo torturaron —dijo—. Torturaron al capitán. Este era merude, casi un anciano, maldita sea. Que el Errante nos proteja, capitana, nos van a cargar el muerto a nosotros si alguien se topa con esto antes de que se hunda del todo. Tortura. Eso sí que no lo entiendo.

—Es muy sencillo —le contestó—. Querían información.

—¿Sobre qué?

Shurq Elalle miró a su alrededor.

—Se llevaron el diario de navegación, los mapas. Veamos, podrían haber sido piratas, si no estuvieran familiarizados con Lether, claro que en ese caso no les habría hecho falta torturar al pobre cabrón. Además, se habrían llevado el botín. No, quienquiera que hizo esto quería más información, no la que se saca de los mapas. Y les importaba un pimiento el botín.

—Unos cabrones repugnantes, fueran quienes fueran.

Shurq pensó otra vez en el ánfora y su espeluznante contenido. Después se dio la vuelta.

—Quizá tenían una buena razón. Agujerea el casco, Skorgen. Pero esperaremos por aquí. A la madera negra no le gusta hundirse. Quizá tengamos que prenderle fuego.

—Una pira para atraerlos a todos, capitana.

—Soy consciente de los riesgos. Ponte a ello.

De regreso a cubierta, Shurq Elalle se dirigió al castillo de proa, donde se quedó examinando el horizonte mientras Skorgen y la tripulación comenzaban a demoler la nave.

Desconocidos en el mar.

Que no son amigos de los tiste edur. Con todo, creo que preferiría no encontrármelos. Se volvió para mirar la cubierta central.

—¡Skorgen! Cuando terminemos aquí, nos ponemos a los remos. Regresamos a la costa.

El tipo alzó las cejas llenas de cicatrices.

—¿Letheras?

—¿Por qué no? Podemos liquidar y cargar tripulación.

El magullado hombre esbozó una gran sonrisa.

Regresamos a Letheras, sí. Y rápido.