Corría el año 1950 cuando una noche salí a cenar con un amigo. Después, íbamos paseando por Wilshire Boulevard cuando paró un coche de policía del que bajó un agente que nos preguntó qué hacíamos.«Ponemos un pie delante del otro», repliqué, lo cual no ayudó mucho.El policía siguió interrogándonos para saber por qué íbamos a pie, como si al dar un paseo nocturno rozáramos peligrosamente la ilegalidad. Molesto, me fui a casa y me puse a escribir un relato titulado «El peatón».Al cabo de varias semanas, saqué a mi peatón de paseo literario y conoció a una jovencita que se llamaba Clarisse McClellan. Siete días después había terminado el primer borrador de El bombero. Con los años, me hice a la idea de que «El peatón» era el verdadero origen de Fahrenheit 451, pero la memoria me había jugado una mala pasada. Ahora me doy cuenta de que en mi subconsciente tenían peso otros factores. Hasta ahora, unos cincuenta años después de que aquel policía de Los Ángeles cuestionara mi derecho a andar por la calle, no había prestado atención a una serie de ideas singulares que fueron a desempeñar un papel en varios relatos, sin que en aquel momento me percatara de nada.Escribí uno sobre el exilio en Marte de los grandes escritores de fantasía, mientras en la Tierra se quemaban sus libros. Se publicaría con el título de «Los exiliados».También escribí otro, «Usher II», en el que el protagonista se lamentaba de que, por ser autor de ciencia ficción, lo daban de lado los intelectuales de la Tierra, que se burlaban del carácter grotesco de los cuentos de Edgar Allan Poe y otros escritores parecidos.Asimismo, unos años antes publiqué una novela corta, titulada Pilar de fuego, en la que un muerto se levanta de la tumba para revivir las extrañas vidas de Drácula y el monstruo de Frankenstein.Todas esas historias habían caído en el olvido cuando empecé a escribir Fahrenheit 451, pero en alguna parte seguían existiendo y se colaron en mi subconsciente.Lo que tienes ahora delante es una versión rejuvenecida de un libro que fue en su día una novela corta que había sido un relato breve que había sido un paseo por la calle, una resurrección en un cementerio y la caída final de la Casa Usher.Mi subconsciente es más complejo de lo que habría podido llegar a imaginar. Con los años he aprendido a dejarlo campar a sus anchas para ofrecerme sus ideas según van apareciendo, sin darles preferencia ni un tratamiento especial. Cuando llega el momento, logran fundirse y salir en erupción para verterse por la página.En la versión definitiva de la novela, que es la que se ha adaptado aquí, volví a sacar a escena a todos mis personajes y a pasarlos por el tamiz de la máquina de escribir, dejando que los dedos contaran las historias y sacaran a la luz a los fantasmas de otros cuentos de otras épocas.El héroe, Montag, soy yo, y también hay una buena parte de mí en Clarisse McClellan. Una versión más sombría de mí mismo es el jefe de bombe
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