Supongo que ahora te encontrarás en la cama antes de dormir, o en el sofá después de comer, o, quién sabe, en el metro o el autobús, leyéndome.
Quizá llevas un día agotador o igual es tu día de descanso.
Puede que estés muy contento o extremadamente decaído.
Es probable que tengas cosas más importantes que hacer que estar leyendo esto ahora.
¿Sabes lo que te puede cambiar la vida en un solo segundo?
Únicamente se necesita un simple minuto para que tu vida dé un giro de 180 grados. Un solo minuto.
¿No te parece alucinante?
Pero nunca sabes si te puede cambiar para bien o para mal.
Quizá te toca la lotería o encuentras el trabajo de tus sueños o, algo mejor, el amor de tu vida.
O, al contrario, te despiden, tu maravillosa relación termina o algo peor, te detectan una enfermedad.
BIENVENIDOS A LA VIDA
Deseamos vivir siempre felices, sin problemas, sin dolores de cabeza.
Evitamos con ansia estar tristes, llorar, sentirnos mal…
Supongo que es algo normal, una forma de supervivencia y de protección propia.
Pero si estuviésemos felices siempre, las veinticuatro horas del día, todos los días del año.
¿Valoraríamos esa felicidad?
Sin tristeza, no existiría la felicidad, lo mismo que sin felicidad no existiría la tristeza.
Van atados de la mano. Curioso, ¿a que sí?
La felicidad absoluta es inexistente, nadie es feliz al cien por cien.
Quizá la clave está en aprender a disfrutar de la tristeza.
Es lo mejor si tenemos que vivir a ratos con ella, ¿no?
Estamos acostumbrados a mostrar lo bien que nos va todo siempre, lo feliz que nos hace nuestra pareja, lo guapos y guapas que somos, los sitios top que visitamos, la ropa tan cool que nos compramos…
Podría tirarme así una página entera.
¿Qué está pasando? ¿Nunca estamos tristes?
Dejemos de sonreír tanto para la foto y sonriámosle más a la vida.
Te van a venir hostias por todas partes, vas a cabrearte, vas a frustrarte y vas a querer mandarlo todo a tomar por culo.
De repente, cuando menos te convenga, un contratiempo va a joderte tus planes y pensarás que todo te pasa a ti siempre.
Hay gente a la que quieres mucho que tarde o temprano tendrá que irse, y dolerá.
Momento de sacarlo todo.
Llorarás y estarás triste.
No acumules silencios.
Sigue llorando.
No sabes lo bien que lo estás haciendo.
De pronto, un día dejarás de llorar.
Todo pasa.
Y ya ha pasado.
Y en ese momento te darás cuenta de lo feliz que eres.
Estás aquí.
Solo necesitas tu minuto.
Ese minuto que lo cambia todo.
Somos expertos en cagarla y volverla a cagar.
Nosotros, sí, los humanos.
Se supone que somos los animales más inteligentes del planeta.
Discúlpame, pero no creo que un ser tan inteligente pueda llegar a ser tan imbécil de destruir su propio mundo.
Y es que somos nuestra propia criptonita.
Alguien me dijo un día que los grandes males de nuestro tiempo son: la ignorancia y la indiferencia.
¿Os acordáis cuando éramos pequeños?
La manera en la que admirábamos las maravillas de las plantas, las flores y los árboles cuando nos explicaban cada una de sus partes.
Nos apasionaba poder tener animales en casa para cuidarlos, que siempre acababan convirtiéndose en uno más de la familia, y alucinábamos con los animales que no podíamos observar tan de cerca, esos que solíamos conocer por foto en los libros del colegio o por medio de vídeos y películas.
Y hoy:
¿Qué me dices de cuando miras un paisaje y puedes llegar a emocionarte?
¿Y de cuando empieza a llover y miras las gotas caer por tu ventana?
¿Y de las erupciones, terremotos, tornados y tsunamis?
Las sensaciones que nos puede llegar a generar la naturaleza son infinitas y sin ella no somos nada.
No somos nadie.
Sin todos sus recursos y elementos, sin todo lo que la hace tan perfecta, bonita y peligrosa.
Todo esto depende de nosotros.
Hemos de cuidarla y mimarla, para que siga siendo fuente de recursos y belleza, para que otros seres puedan convivir con nosotros en este complicado planeta en que habitamos.
Cuidemos la Tierra: es el único planeta con chocolate.
A diario vemos a muchísimas personas esforzándose por lograr sus sueños.
Músicos tocando en pequeños garitos o en el metro para empezar a ser conocidos en su ciudad, artistas exponiendo sus obras en galerías o redes sociales con el fin de hacerse un hueco en ese mundo, diseñadores acudiendo a desfiles... y miles de profesionales más que persiguen un objetivo.
A diario también escuchamos a gente que asume que hay personas que han podido llegar tan lejos porque han tenido la maravillosa suerte de tener… ¿Suerte?, bueno, y dinero, claro.
Lanzo una pregunta: para triunfar, ¿es necesario tener suerte y dinero?
Te invito a reflexionar unos minutos.
CARME RUSCALLEDA: Cocinera catalana. Nacida en el seno de una familia de agricultores y comerciantes en Sant Pol de Mar. De niña, dio muestras de tener aptitudes artísticas, pero sus maestros desaconsejaron ese tipo de estudios para ella. Empezó a trabajar en el negocio familiar, una charcutería. Años después, decidió ampliar el negocio: compró un inmueble cerca de la tienda y abrió un restaurante. Siendo completamente autodidacta, poco a poco fue cimentando su fama en un sector, el de los grandes chefs, que tradicionalmente había estado en manos de hombres. Hoy en día es considerada la mejor cocinera del mundo.
CARLOS MAGDALENA: Botánico. Nacido en Gijón. De abuelos granjeros y madre florista. De niño, devoraba las enciclopedias de botánica que encontraba. Su singularidad chocó con el sistema educativo de la época. Cuando tenía veintiocho años, murió su padre, rompió con su novia y expiró su contrato de trabajo. Decidió viajar a Inglaterra. Encontró trabajo en un restaurante de lujo y, gracias a sus conocimientos de horticultura, acabó de sumiller. Un día, en 2002, decidió coger el metro hasta el Real Jardín Botánico de Kew. Al llegar se sintió como en casa. Al volver, leyó en un periódico del metro un artículo titulado «La muerta viviente» en el que se relataba los intentos de los científicos por salvar una planta extremadamente rara. Él quiso verla. Consiguió que le recibiera un jefazo de Kew que leyó su currículo, aunque no le causó una gran impresión. Sin embargo, Carlos, de alguna manera, logró convencerlo de que sus conocimientos no encajaban en una hoja de papel y el hombre le dio una oportunidad. Él salvó a esa planta. Hoy en día es considerado el mesías de las plantas.
Desgraciadamente, estos dos personajes no lo tuvieron muy fácil, pero mira dónde están hoy.
¿Por qué tú no podrías hacerlo?
Puede que también hayan tenido suerte, claro, pero estoy segura de que no estaban esperando sentados en sus casas a que la suerte llamara a sus puertas.
Deja de quedarte de brazos cruzados lamentándote de que todo es muy complicado y borra esos pensamientos de abandono o desilusión.
Serás el mejor si luchas día a día por lo que quieres, si tienes ese objetivo claro, si confías en ti mismo y si dejas de tener ese absurdo miedo al fracaso.
Y no te conozco de nada, pero todos tenemos sueños. No sé cuál es el tuyo, pero sé que lo tienes.
Estos meses me encuentro escribiendo un libro y aún estoy que alucino.
No sé si va a salir bien, si va a gustar y si soy verdaderamente válida para hacerlo.
Pero lo estoy haciendo, y es un sueño. Es lo que me gusta. Estoy creciendo personalmente. Me encuentro ilusionada.
Puedo comparar la sensación que tengo últimamente con el día de Reyes cuando era pequeña, suena bastante absurdo, pero creo que no lo puedo describir mejor.
Imagínate esa sensación todos los días de tu vida.
Quiero que cojas un papel, el móvil, el ordenador, un calendario..., me da igual, lo que sea, y marques el día de hoy como el día en el que vas a empezar a luchar por todo lo que quieres, cueste lo que cueste y le pese a quien le pese.
Hoy es tu día, enhorabuena.
Quien la sigue, la consigue.
It’s your turn.
Vivimos en una sociedad bastante crítica.
Tendemos a opinar de todo y de todos, como si fuésemos el mismísimo jurado de un concurso de televisión cualquiera.
No abandonamos ese papel de jueces ni un solo día.
No hay día que no opinemos sobre algo o alguien. Ya sea de forma constructiva o destructiva.
Y, ¡ojo!, que opinar está muy bien. Afortunadamente, hoy en día podemos hacerlo sin temer a nada ni a nadie.
El problema está en las personas que basan su vida en las opiniones de los demás.
Parece que tengamos la necesidad de encajar perfectamente en el mundo, nos sentimos condicionados por los comentarios y la impresión que causamos a los demás.
Nos importa su opinión sobre nuestra forma de vestir, nuestra condición sexual, nuestros gustos, nuestro peso, el aspecto de nuestras parejas, nuestra cultura, nuestra forma de alimentarnos…; sobre absolutamente todo.
Y si no coincides con la mayoría de las personas, con la mayoría de sus cosas, se toman la libertad de tacharte de ser alguien raro, extraño.
No puedo ser muy objetiva hablando de «personas raras» porque para mí llamar a alguien «raro» es un halago.
Será que soy rara.
De alguna manera, hemos dejado de prestar atención a nuestras propias vidas para satisfacer las exigencias de la sociedad.
Con ello estamos renunciando a nuestra libertad.
Quien dedica su tiempo a mejorarse no tiene tiempo para criticar a los demás.
Viste, come, pesa, baila, actúa, sueña, grita, camina, recorre, sal, vive como a ti te dé la real gana.
Sé tú, en tu máxima autenticidad.
Sé feliz.
Lo que importa es lo que eres.
No hay nadie como tú, y ese es tu increíble poder.
Cuando tú ibas, yo había ido, había vuelto y, con una copa de vino en la mano, me quedaba esperando a que vinieras a contarme unas cuantas mentiras más.
Mientras yo me estaba comiendo los mocos, y sí, también la cabeza, tú seguías sin darme ninguna señal.
Esperar desespera.
Y el no saber, aún más.
Sabía que había algo que me estaba perdiendo, tal vez mi cabeza entre otras muchas cosas.
Tú eras esa persona que asegurabas con gran veracidad que yo jamás debía preocuparme por absolutamente nada, porque la confianza es uno de los pilares más importantes en tu vida.
Tú jamás me engañarías. Con nada. Tú no eras «de esxs».
Y yo lo único que estaba haciendo era preguntarme cuán loca me estaba volviendo.
Escuchar tu palabrería barata estaba bien, pero para un rato.
Luego, a escondidas, te convertías en ese monstruo que jamás decías poder ser.
Afortunadamente, le estabas contando cuentos a quien sabía de historias.
Y al pillarte empecé a ser oficialmente «la loca».
Así creíste poder calificarme.
Hoy te doy la razón.
Estoy muy loca.
Loca de felicidad por haberte dicho con la boca bien abierta: «Good bye, my lover!».
Lo mejor de todo es que aún no te has cansado de atribuirte el papel de cuentacuentos.
Ahora me dices que lo sientes, me llamas llorando, me imploras que necesitas verme…
Y ahora soy yo la que te miente y no me siento mal por ello: es exactamente lo que te mereces.
Ahora no vengas a interrumpirme, lo siento, no estás en mis planes.
Siempre mencionabas que pretendía que mi vida fuese un cuento de hadas…
No te diste cuenta de que yo no buscaba un cuento con final feliz, sino ser feliz sin tanto cuento.
Deja de contarme cuentos, que ya me los sé.
Bye!
La vida nunca dejará de ser caótica, una completa locura.
Nunca dejará de sorprendernos.
Y es que el caos es natural, es algo inevitable.
Siempre tendremos problemas, eventos inesperados, pérdidas, imperfección…
Estamos acostumbrándonos demasiado a buscar el orden de todo, incluso he visto libros y programas que muestran cómo ordenarlo todo y mantener ese orden.
Ordena tu casa de esta manera, ordena tus libros de esta otra…
Como si tú supieras el caos que hay en mi cabeza..., ¡si no lo sé ni yo!
Creo que me volvería completamente loca si intentara buscar el orden de todo.
Vivimos con la ilusión de no tenernos que preocupar por nada nunca, de gozar de una tranquilidad absoluta para siempre.
Ya que estamos jugando con algo irremediable, ¿qué tal si nos aliamos con él?
Quizá dejaríamos de ver la vida como una lista de quehaceres y empezaríamos a disfrutar cada momento con ansia.
Tenemos que aprender a encontrarle esa chispa a las cosas que no están ordenadas y disfrutarla como algo más en nuestra vida.
No me digas que no disfrutabas de pequeño con todos los juguetes desperdigados por la habitación.
Sigues siendo la misma persona con unos añitos de más, puedes volver a hacerlo.
No confundas mis palabras: no intento que tu casa sea un parque de atracciones ni un vertedero, por supuesto.
Pero disfrutar del caos es disfrutar la vida en su más pura esencia.
Aunque por mucho que hable, he de reconocer que soy de las que no se concentran del todo si no tienen la casa ordenada mientras escribo o tengo que usar la cabeza para algo.
Así que mira: si alguno de estos textos te parece deficiente, sabrás que cuando lo estaba escribiendo tenía la casa hecha una mierda.