En un lejano país, hace muchísimo tiempo, vivían un rey y una reina que se amaban profundamente. Ambos gobernaban con justicia y sabiduría. La reina se ocupaba de los asuntos de palacio, mientras que el rey se encargaba de todo lo relacionado con el reino. Como buenos gobernantes, conocían a los miembros de la corte, a cada uno de sus vasallos, a todos sus siervos e incluso a los campesinos y mercaderes de sus extensos dominios. Sin embargo, aunque el rey amaba a la reina con todo su corazón, se sentía desdichado al verla tan triste, pues nada podía hacer para ayudarla. A pesar de haber solicitado la ayuda de los más sabios doctores del reino, e incluso de haber recurrido a los mejores juglares que pudieran hacerla sonreír, la reina estaba sumida en una tristeza cada vez mayor.

—Nada puedo hacer para ayudarla —se lamentaba el rey mientras paseaba solitario por los jardines de palacio—. Mi reina, mi amada, no puede tener hijos.

Efectivamente, esa era la causa de la infelicidad de la reina. La soledad de su corazón calaba tan hondo como las oscuras madrigueras que horadaban los bosques. Ni siquiera su esposo, el rey, era capaz de llegar hasta lo más profundo de su alma y aliviar su pena.

El día que comenzaron a florecer los almendros, el rey le propuso adoptar a una niña. Las dos podrían hacerse compañía en las largas tardes otoñales, pasear junto a los rosales en las hermosas mañanas de primavera, tejer juntas al calor de la lumbre en los fríos días de invierno y contarse fantásticas historias en el jardín de palacio durante las cálidas noches estivales.

La reina, que ya había perdido por completo cualquier esperanza de concebir un hijo, escuchó a su esposo.

—Agradezco tu preocupación, pues sé que el gobierno del reino ocupa todo tu tiempo y tu pensamiento —contestó la reina, con la mirada perdida en el horizonte—. Sin embargo, no necesito compañía.

Decepcionado, el rey permaneció en silencio, pues esperaba que la reina hubiese aceptado la propuesta de adoptar una niña.

La reina se puso en pie y caminó majestuosamente sobre la alfombra de la estancia. El brocado dorado de su vestido brillaba bajo la luz de la luna y su largo cabello lucía más hermoso que nunca.

—Querido esposo —comenzó a decir—, mi rey. Si adopto a una niña no será para convertirla en mi dama de compañía, sino en mi hija.

Al escuchar esas palabras el rey sintió que su corazón se desbocaba de alegría, pues él ansiaba tener descendencia y, al fin, iba a ver cumplido su deseo.

El piadoso corazón del soberano puso su atención en una pequeña huérfana a la que llevó a palacio. Desde entonces, los reyes se convirtieron en sus padres, la educaron, la cuidaron y la amaron como a su propia hija.

Un día, mientras la princesa jugaba contenta con una mendiga, la reina corrió a su encuentro para evitar que entre ellas surgiera la amistad.

—Vete —ordenó la reina a la mendiga—. Aléjate de mi hija. En cuanto a ti —añadió dirigiéndose a su pequeña—, jamás vuelvas a jugar con nadie tan inferior.

Al escuchar a la reina, la mendiga, herida por la injusticia de aquellas palabras, susurró:

—Aunque seáis la reina, no me hablaríais así si supierais el poder que posee mi madre.

Luego añadió con voz firme:

—Ella sabe cómo podéis quedaros embarazada.

Aquellas palabras despertaron el antiguo anhelo de la reina por engendrar un hijo. Miró a la princesa y por primera vez reconoció la certeza que anidaba en su corazón. Supo que, por mucho que la cuidara y le diera todo el cariño del mundo, jamás la querría como a una hija nacida de sus entrañas.

—Llévame junto a tu madre —ordenó a la mendiga.

Guiada por la pequeña, llegaron a una destartalada choza de barro y paja en la que vivían la niña y su madre.

—Ni poseo el don de que engendréis vida ni tengo el conocimiento para ello —respondió la mujer.

Furiosa por ver nuevamente truncadas sus esperanzas, la reina dio media vuelta desplegando su capa de fino hilo en el aire, como las alas de un águila. Estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta cuando de pronto vio en el suelo una jarra de vino. En su sombrío rostro se dibujó la mueca torcida de una sonrisa, pues había adivinado cuál era la debilidad de la mendiga. Agarró la jarra entre sus manos y buscó una taza de barro para servir a la mujer una copa. Y luego otra, y otra más.

La pequeña mendiga observaba oculta en una esquina. No le gustaba la reina, y menos aún que ofreciera vino a su madre, pues le desataba tanto la lengua que desvelaba sin remedio todos sus secretos.

Cuando la reina vio que la mujer ya estaba lo suficientemente ebria, volvió a preguntarle cómo podía tener un hijo. Esta vez habló alto y claro, detallando cada paso para lograr engendrar.

—Debéis lavaros en dos barreños de agua antes de iros a la cama —dijo la mendiga—. Después, verted el agua debajo de vuestra cama. A la mañana siguiente, veréis dos flores bajo vuestro lecho: una hermosa y otra de aspecto extraño.

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La reina atendía a las palabras de la mendiga con extremada atención.

—Comed la flor hermosa —siguió la mendiga—, pero pase lo que pase por nada debéis probar la otra flor.

La reina siguió los consejos de la mujer y a la mañana siguiente, debajo de la cama, tal como había dicho la mendiga, encontró dos flores. Una era hermosa y olía al rocío de la madrugada, mientras que la otra era desagradable y maloliente. Sin dudarlo, la reina se comió de un bocado la hermosa flor. Era tan dulce y deliciosa que, sin pensarlo, también se comió la otra flor, deseando que calmara su ansia por saborear de nuevo aquel manjar. La reina no sabía qué consecuencias tendría, pero la preocupación, como la vida, creció en su interior.

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La reina pronto descubrió que estaba embarazada. En los meses previos al nacimiento ordenó a sus sirvientes que llevaran a su hija adoptiva con la niña mendiga.

—Ahí es donde pertenece —se dijo la reina—, al menos allí será feliz, pues en cuanto nazca mi verdadera hija todo mi amor será para ella.

Cuando la joven abandonó el palacio, la reina le contó al rey que la pequeña princesa se había escapado para vivir nuevamente con las gentes del pueblo, pues era infeliz lejos de los suyos.

Poco después, nació la ansiada heredera. En cuanto la vio se horrorizó por lo fea y desagradable que era. Aunque el rey sintió el mismo amor y la misma ternura que había sentido por su hija adoptiva, en el oscuro corazón de la reina anidó una desesperación que crecía cada día. La llamó Tatterhood y ocultó su fealdad cubriéndola con una capucha.

Pasó el tiempo, y cuando la tela que cubría las greñas y el sucio rostro de Tatterhood se hizo jirones, nació la segunda hija de la reina.

—Al fin —susurró la reina al ver a la recién nacida—, una hija hermosa como el amanecer.

Por su belleza y rostro sonrosado, a su segunda hija la llamó Calliandra.

Tatterhood y Calliandra crecieron en palacio, y aunque eran tan diferentes como lo son el Sol y la Luna, ambas estaban unidas por las raíces del amor verdadero. Tatterhood, oculta bajo una harapienta capucha, con la cuchara de madera que llevaba siempre consigo y acompañada a todas horas por su cabra, creció rebelde, díscola e independiente, alejada de la reina y atendida por una anciana institutriz. Calliandra, en cambio, creció rodeada de las atenciones y cuidados que le dispensaba su madre, pendiente de cualquier cosa que su hija pequeña pudiera necesitar.

Una Nochebuena, mientras las hermanas bordaban al amor de la lumbre, oyeron un gran estruendo. El rey, ya anciano y enfermo, se encontraba descansando en sus aposentos.

—¿Qué es ese alboroto, madre? —quiso saber Tatterhood.

Como solía hacer cuando le hablaba su hija primogénita, la reina frunció el ceño y apartó la mirada antes de responder de mala gana.

—Es un grupo de trols —reveló a regañadientes—. Vienen a palacio cada catorce años. 

A la valiente Tatterhood no le gustó saber que esas despiadadas criaturas invadían su hogar impunemente. Airada, preguntó a qué se debía esa intrusión, quiso saber desde cuándo se producía, qué pretendían esas criaturas y, sobre todo, por qué ni su padre, el rey, ni su madre, la reina, habían hecho nada para impedir que siguiera sucediendo.

—La presencia de esos monstruos en palacio nos pone en peligro a mi hermana y a mí —dijo Tatterhood furiosa ante la impasividad de su madre.

La joven, con gran coraje y arrojo, continuó preguntando, pero como por mucho que insistiera no conseguía que la reina le diera más explicaciones, decidió intervenir. Cruzó los angostos pasillos de la planta noble y descendió por la marmórea escalinata hasta llegar a la estancia en donde se oían las voces.

—Madre, mantén la puerta cerrada —ordenó—. Oigas lo que oigas, no la abras, porque voy a expulsar a los trols del palacio.

Nada más decir esto, Tatterhood desapareció tras la enorme puerta que separaba el gran salón de la galería donde se hallaban los trols. Durante la batalla que la princesa mantuvo con los intrusos, se oyeron lamentos, golpes y gritos, pero la reina siguió bordando, sin moverse, decidida a seguir la orden de su hija de no abrir la puerta.

Pasó un rato y Calliandra, que desde el primer momento había estado sufriendo por Tatterhood, no resistió más y abrió la puerta. Nada más asomar la cabeza para ver qué ocurría, un trol se la arrebató y la reemplazó por la testa de un ternero. Acto seguido los trols lanzaron un sobrecogedor bramido por su victoria y huyeron del castillo, jactándose de su trofeo.

La desgracia cayó sobre los soberanos. El rey, angustiado por el infortunio de su hija menor, consultó en vano el modo de devolverle su forma humana. La reina, en cambio, sintió tal repugnancia por su hija, que se apartó de ella como en su día hiciera con Tatterhood.

A pesar de las riquezas y los títulos que los reyes ofrecieron a quien rescatara la cabeza de la princesa, ningún voluntario acudió a palacio. Nadie en el reino se ofreció a llevar a cabo tal cometido. Ningún noble, vasallo o siervo se atrevía a enfrentarse a los trols. Fue la propia Tatterhood quien se decidió a tomar la iniciativa para ayudar a su hermana.

—Partiremos al amanecer —anunció a su anciano padre.

—¿Partirás hacia alta mar en un barco sin tripulación? —se alarmó el rey.

—Padre, nada temo —aseguró Tatterhood con firmeza—. Si nadie ha querido embarcarse en una hazaña que puede costar la vida, ¿para qué iba a necesitar una ayuda que no me darían? Llegado el caso huirían para salvarse.

La reina, encerrada en sus aposentos desde el día en que su hija favorita perdió la cabeza, las vio cargar el barco con provisiones, pues era tal el miedo que había en el reino que tampoco encontraron ayuda para eso.

Así, una madrugada en que el cielo, cargado de nubes grises, estaba tan cubierto que apenas se veía la luz del sol, Tatterhood y la desdichada Calliandra partieron hacia lo desconocido, dispuestas a enfrentarse a cualquier enemigo, humano o trol. Como siempre, la joven primogénita llevó consigo su cuchara de madera y su querida cabra.

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Al cabo de varios días sin reconocer tierra a la vista ni cruzarse con ninguna otra embarcación, al fin divisaron la isla de los trols.

—Esperaremos a que oscurezca —dijo Tatterhood—. Si nos acercamos ahora a la costa seguramente nos verán y se abalanzarán sobre nosotras.

La inteligente Tatterhood sabía que los trols las superaban en número y en fuerza. Conocedora también de la despiadada y sanguinaria fama de sus enemigos, urdió una estrategia que las ayudara en tan desigual batalla.

Cuando cayó la noche y apenas se distinguían sus sombras de las de los árboles, Tatterhood y Calliandra llegaron hasta la isla. Fue fácil averiguar dónde custodiaban la cabeza de la princesa, pues era el único lugar que estaba vigilado por trols armados con lanzas y escudos.

—Mi querida Tatterhood —dijo su hermana—, temo por ti, pues mi suerte ya está echada.

—Eso pensé yo el día que la reina me retiró su amor maternal —respondió Tatterhood para calmarla—. Pero descubrí que la suerte nunca es definitiva, sino que es la que nosotros mismos nos labramos.

Tatterhood luchó contra los trols. Empleó palos como lanzas y espadas, sus brazos le bastaron como escudos, y su agilidad y fuerza en los saltos le sirvieron para sortear los mortales golpes de sus enemigos. Los engañó y los distrajo hasta que pudo recuperar la cabeza de Calliandra. Cuando las feroces criaturas supieron que habían sido burladas, corrieron tras las jóvenes.

—Si nos atrapan, no tendrán piedad —dijo Tatterhood—. ¡Salta al barco!

Finalmente, las dos hermanas consiguieron escapar de la isla y navegaron durante días hasta llegar a un reino lejano. Calliandra había recuperado su aspecto con ayuda de Tatterhood y con ello le había sido devuelta su valentía y fortaleza. Las hermanas enviaron un mensaje a su padre con una gaviota.

—Buscamos un lugar donde refugiarnos mientras nuestro padre, el rey, envía un ejército en nuestra ayuda —explicó Calliandra al rey de la nueva tierra que pisaban.

El rey escuchó las palabras de presentación de la princesa. No vio ningún peligro acechándolas ni tampoco encontró signos de que realmente aquellas dos jóvenes fueran de sangre real. Incluso le extrañó que una de ellas, la que decía llamarse Tatterhood, fuera acompañada de una cabra. Pero la sencillez y belleza de Calliandra lo habían cautivado.

—Por desgracia soy viudo y no dispongo de trajes para unas doncellas dignas de las más ricas vestimentas —respondió el rey—. Pero sois bienvenidas. Mi hijo, el príncipe, os enseñará vuestros aposentos.

Esa noche Tatterhood y Calliandra cenaron en compañía del rey y el príncipe. Un trovador entonaba dulces canciones acompañadas del rabel, mientras las sirvientas de la corte desfilaban con exquisitas viandas. Todo a su alrededor les recordaba la belleza y riqueza de su propio palacio. Al avanzar la velada, el rey, enamorado desde el primer momento de Calliandra, se ofreció a desposarla.

—Me alagáis, majestad —contestó la joven—, mucho más que todos los pretendientes de mi reino. Pero he de deciros que no me casaré hasta que mi querida Tatterhood contraiga matrimonio. 

El rey se alegró al saber que había causado una buena impresión en ella, pero también mostró su sorpresa ante la condición que le había impuesto.

Esa noche, cuando las dos jóvenes se retiraron a sus aposentos, el rey pidió a su hijo que se casara con Tatterhood.

—Desde que enviudé no he conocido a ninguna mujer tan noble y hermosa como la que hoy has visto —le confesó—. Deseo de todo corazón que sea mi esposa, por eso te ruego que consideres su condición.

El príncipe, que amaba a su padre y deseaba su felicidad, aceptó de mala gana. De esta manera, se dispuso que las dos bodas se celebraran el mismo día, semanas después de la llegada de las princesas, cuando regresara la gaviota que de nuevo habían enviado a su padre para pedirle su consentimiento. El palacio se engalanó majestuosamente para el festejo. Magníficos tapices lucían en las paredes del gran salón, enormes picas ondeaban al viento los estandartes del reino y una cohorte de soldados tocó el sacabuche para anunciar el enlace.

Antes de celebrarse la ceremonia, el rey y Calliandra saludaron al pueblo desde el balcón real. A su lado estaban el príncipe y Tatterhood, junto a la cabra que siempre la acompañaba. Todos ellos iban vestidos con ricas telas y exquisitos trajes que habían confeccionado especialmente para la ocasión. Calliandra lucía sobre su pecho un espléndido camafeo de oro y ónix. Sin embargo, Tatterhood se había negado a vestirse de otro modo que no fuera con su harapienta capa.

Mientras las parejas montaron en sus caballos para dirigirse a la iglesia donde estaba previsto que se celebraran los esponsales, Tatterhood prefirió montar sobre su cabra. En el camino quiso conocer un poco más a su prometido.

—¿Deseas saber por qué voy montada sobre una cabra? —preguntó.

—Solo si tú quieres que lo sepa —respondió el joven con prudencia.

—Solo respondo a las preguntas apropiadas —repuso Tatterhood.

—Ya que vamos a contraer matrimonio, ¿consideras apropiado que tu futuro esposo conozca la razón por la que te diriges a la iglesia montada en una cabra?

Tatterhood miró al príncipe y respondió:

—Si te fijas bien, descubrirás que en realidad no es una cabra, sino un magnífico corcel.

El joven miró a la cabra y quizá la vio con otros ojos porque al instante sonrió.

—¿Y no deseas saber por qué llevo una cuchara de madera en lugar de hermosas joyas que adornen mi vestido de novia? —continuó Tatterhood.

—Solo si tú quieres que lo sepa —respondió nuevamente el joven con prudencia.

—Solo respondo a las preguntas apropiadas —repitió Tatterhood.

—Ya que hoy eres la novia, ¿consideras apropiado llevar una cuchara de madera el día de tu boda?

Tatterhood miró al príncipe y respondió:

—Si te fijas bien, descubrirás que en realidad no es una cuchara de madera, sino una varita mágica.

El joven miró la cuchara de madera y quizá la vio con otros ojos porque al instante sonrió.

—¿Deseas saber por qué voy vestida con mi harapienta capa incluso el día de mi boda? —preguntó Tatterhood.

—Solo si tú quieres que lo sepa —respondió el joven sin perder su habitual prudencia.

—Solo respondo a las preguntas apropiadas —replicó Tatterhood, como si lo dijera por primera vez.

—Ya que algún día heredaré el reino y tú serás la reina, ¿consideras apropiado ocultarte bajo esa capucha el día de tu boda?

Tatterhood miró al príncipe y respondió:

—Si te fijas bien, descubrirás que en realidad no es una capucha, sino la tiara de una princesa.

El joven miró la harapienta capa y su aún más harapienta capucha, quizá las vio con otros ojos, porque al instante sonrió.

Satisfecho con la conversación que mantenía con Tatterhood, quien mostraba la sutileza e ingenio que no había encontrado en ninguna otra joven casadera, se detuvo ante ella, dispuesto a descubrir su rostro.

—El calor es sofocante, ¿no os refrescaría dejar vuestra cabeza al descubierto?

Esta vez, Tatterhood no temió mostrarse tal cual era, pues el príncipe había demostrado el respeto, la paciencia y la delicadeza que ella buscaba en el hombre que eligiera como esposo. De manera que el joven apartó la capucha y la capa entera cayó al suelo.

—Tatterhood, tu hermosura supera la de tu hermana —confesó sorprendido el príncipe—. Sigue ocultándola bajo harapos si así lo deseas. No solo me ha cautivado tu inteligencia, también la nobleza de tu corazón. Soy el hombre más afortunado de la Tierra al poder compartir mi vida contigo.

cap-14

Los doce cazadores

Alemania