DISTANCIA

Me habían hablado muchas veces de la distancia y los malditos kilómetros. Desde fuera lo veía todo difícil y complicado, incluso a veces casi no conseguía sacar nada bueno de llevar una relación así. Pero nunca entendí la situación, supongo que es una de esas que hasta que no te ves en ella no sabes realmente lo que se siente.

Pero entonces llegó el momento. Todavía se me hace un nudo en la barriga al pensar en aquella etapa. Y es que cuando llevas tiempo con una persona, cuando estás acostumbrada a verlo todos los días, el momento de separarse es muy complicado. Y crees que nunca va a llegar, pero llega.

Era uno de esos momentos que yo sabía perfectamente que llegaría. Intentaba no pensar mucho en ello porque me ponía de los nervios, pero a veces era inevitable.

Pero nos tocó despedirnos. Es algo por lo que tienes que pasar si tienes que irte a otra ciudad a estudiar lo que quieres. Mi novio se iba a empezar una nueva etapa, y ya no nos veríamos tan a menudo. Intentábamos poner en una balanza todo, tanto lo bueno como lo malo de una relación a distancia. Y siempre, siempre, lo bueno pesaba más. Sí, puede parecer raro, pero era así. Aún hay quien no lo comprende.

«Las relaciones a distancia no funcionan», «Se va a olvidar de ti con su nueva vida», «Estaréis mucho tiempo sin veros», «Ya nada será igual». Y podría seguir escribiendo cada una de las frases que me dijeron, que nos dijeron, y que escuchamos sobre el tema más de una vez.

Lo cierto es que cuando te lo dicen tanto, aunque no quieras, aunque pienses lo contrario, llega un instante en el que te lo llegas hasta a plantear. Te paras y te lo preguntas, porque realmente puede suceder, porque realmente pueden llegar a tener razón. Nunca se sabe. Y el miedo es inevitable, y el dolor de barriga aumenta por momentos, y la incertidumbre casi no te deja dormir.

Pero por supuesto no pensábamos rendirnos, es algo que no nos planteamos ni un solo segundo. Íbamos a luchar por nosotros y por nuestra relación, hubiera los kilómetros que hubiese de por medio.

Y entonces llegó el día. Lo vi con todo preparado para lo que sería una nueva etapa. Fue una de esas despedidas que no olvidas nunca y uno de esos abrazos que no quieres que acabe. Recuerdo que lo agarré tan fuerte que aún no sé ni cómo no lo partí. Me lo comí a besos una y otra vez, y se me escaparon lágrimas sin control.

Empezábamos una nueva etapa. Él allí y yo aquí. Muchas cosas iban a cambiar. Se acabó eso de vernos todos los días, de quedar para merendar cualquier tarde, de vernos en todas las fechas especiales, de abrazarnos cuando teníamos un mal día. Se acabó todo eso de poder tenernos cara a cara siempre que quisiésemos. Desde luego no iba a ser nada fácil.

No te lo voy a negar, hubo días muy malos. Hubo días en los que no paré de llorar, días en los que lo echaba de menos más de la cuenta, en los que pensaba que no iba a poder aguantar. Días en los que necesitaba simplemente tocarle, y no podía. Hubo días en los que discutíamos y quizá no había un motivo realmente importante. Ahora pienso que quizá fue por todo eso que teníamos acumulado. Y lo peor de todo es que no podíamos reconciliarnos mirándonos a los ojos.

Pero fuimos fuertes. Superamos cada bache, incluso esos que piensas que son demasiado altos y que son difíciles de saltar. Pusimos el amor siempre por delante. No nos olvidamos ni un solo segundo de los detalles, la ilusión, las ganas y el porqué estábamos juntos. Porque sí, hubo muchos momentos difíciles, pero en todos supimos sacar el lado bueno.

Y te podría contar ahora mismo lo mal que lo pasé en cada despedida, pero también lo feliz que era en cada reencuentro. Que hubo sorpresas que me hicieron creer mucho más en el amor. Abrazos que lo dijeron todo y sonrisas que se han quedado grabadas en cada bienvenida. He perdido la cuenta de cuántas veces nos hemos despedido, cuántas estaciones, aeropuertos o cualquier calle han visto tirarnos besos con el corazón encogido. Pero lo que sí recuerdo son los nervios que me entraban cuando sabía que nos veríamos de nuevo, la sonrisa que tenía en la cara y lo que corría para lanzarme a sus brazos. Supongo que eso es una de las cosas que define la palabra «amor».

Fueron días, semanas, meses, incluso años separados. Pero te diré algo, nos hemos querido como nunca. Nos hemos hecho más fuertes y más invencibles frente a todo lo que pase. Nos hemos dado cuenta de que los kilómetros no son nada cuando tienes a alguien a tu lado que lo es todo, que sabe aportar lo mismo que tú y que te quiere de la mejor manera. Hemos comprobado que en el amor no es todo de color de rosa y que siempre hay etapas difíciles, pero que juntos se puede superar cualquier cosa. Hemos conseguido ganarle la batalla al miedo, a la incertidumbre y, por supuesto, a la distancia.

Después de todo eso, aquí seguimos. Más enamorados todavía. Aquí seguimos, queriéndonos más si era posible. Con más ganas de estar el uno al lado del otro, con más ganas de ir a por todo lo que se nos ponga por delante. Con más ganas de comernos el mundo de la mano.

Y ahora nos reímos, nos reímos de la distancia y de todo aquel que dijo que nada de esto funciona. Nos reímos porque no tienen ni idea de lo que es el amor, de lo que es quererse de verdad y de lo que es luchar por alguien que te importa. Nos reímos porque los kilómetros solo son una excusa, nada más. Porque si de verdad muestras interés, hasta eso pasa desapercibido. Nos reímos porque después de tanto, volvemos a estar juntos. Volvemos a los inicios, a poder vernos cada día. Y le hemos dado una patada a la distancia y a todo eso que se nos puso por delante aquel día.

No sabría muy bien cómo acabar de contarte todo esto. No sé si te he explicado bien lo que se siente cuando vives algo así. Pero espero que te haya quedado claro que la distancia no impide nada, ni tampoco rompe nada. Que quien lo rompe son las personas, la falta de amor y las excusas. Y que cuando dos personas se quieren, se respetan y luchan por una relación, pueden con todo. Incluso con los kilómetros.

He tenido miedo. Pero hoy, con una sonrisa en la cara, con el corazón latiendo a mil y con él a mi lado, puedo decirte que fui feliz. Que soy feliz. Y que nada, ni nadie, va a separarnos siempre que recordemos por qué estamos luchando, por qué estamos juntos y por qué nos queremos tanto.

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Piensa en ti y acertarás

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LA CLAVE DEL ÉXITO

Muchas veces me preguntan cuál es la clave del éxito, de alcanzar cualquier meta, de cumplir sueños.

Pues bien, todas las veces digo lo mismo, la verdad es que no soy nadie para dar explicaciones ni consejos sobre el éxito, pero siempre acabo atreviéndome a decir algo.

El secreto está en ser tú mismo, eso es lo principal. Debemos empezar por ahí.

Está en ser quien quieres ser sin importar lo que digan o cómo te miren, sin importar todo eso que dicen a tus espaldas y se callan a la cara. Muchos de ellos no tienen ni idea, solo tú sabes de lo que eres capaz.

El secreto está en hacer lo que te gusta, en sacar cada día lo mejor de ti. Tus más, y a veces también tus menos, porque ¿por qué no?, seguramente también tengan algo que enseñarte. El secreto también está en dejar que las cosas vengan solas sin planear el futuro y buscar mucho más allá. En hacer cada cosa de corazón, en dejar que él hable, así es como realmente todo merece la pena.

No sé si todo esto era una fórmula secreta y al final he acabado chivándotelo. Si es así, no digas nada, solo aprovéchalo. Tampoco sé si hay algo más. Ni siquiera sé si lo he explicado bien. Pero lo que quiero decirte es que lo he comprobado. Que yo no tengo mucho camino recorrido ni he alcanzado el éxito todavía, pero la poca experiencia que tengo me ayuda a saber que en esta vida hay que ganarse las cosas y que el único paso para llegar lejos es siendo uno mismo.

Y haciendo todo de corazón.

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VUELVE A AMANECER

A veces no existen razones ni motivos, a veces no hay respuestas a muchos porqués. A veces simplemente te levantas con el pie izquierdo, un poco más triste, con el estado de ánimo cambiado, y no se puede hacer nada.

Supongo que cuando eso ocurre tan solo debemos dejar que pase. Ni siquiera nosotros mismos sabemos qué hacer para cambiarlo, y muchas veces incluso somos los primeros que queremos hacerlo. Pero simplemente hay días en que nos sentimos distintos y todo se para por un momento.

Somos humanos y existen ciertas situaciones que no podemos evitar por mucho que queramos. Es cuestión de sentimientos, de emociones, de eso que tenemos dentro. Ya sea en el corazón o en nuestra cabecita. Sentimos que el mundo se pone del revés, y mientras que a la sonrisa le cuesta salir, las lágrimas son incontrolables.

Pero no te preocupes, no pasa nada.

Hay que saber que en todos esos días siempre acaba llegando la noche. Y vuelve a amanecer.

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ESTÁS PRECIOSA

Por si acaso, por si hoy lo necesitas más que nunca, por si no te lo ha dicho nadie todavía y lo quieres escuchar: estás preciosa.

Quizá muchas veces pensemos que no necesitamos que nadie nos lo diga para creérnoslo. Pero muchas otras sentimos miedo, inseguridad, inferioridad o lo que sea. Nos tiramos horas frente al espejo porque simplemente queremos vernos espectaculares. Y cuando salimos ahí fuera nos gusta que nos digan que estamos preciosas.

Y lo estás. Estás realmente preciosa.

Pero léeme bien, estás preciosa tirándote horas frente al espejo y hasta recién levantada. Porque a veces la belleza no va de maquillaje, retoques, ni nada de eso que piensas. A veces, o mejor dicho siempre, va de cómo eres, lo que haces sentir a los demás, lo que tienes dentro y eres capaz de regalar y expresar.

Créeme, eres preciosa así, vayas como vayas y te pongas lo que te pongas.

Y te lo seguiré recordando las veces que haga falta hasta que te lo grabes en tu cabecita y no lo olvides nunca. Hasta que se te quiten los miedos y te olvides de todas las personas que te han criticado alguna vez o han menospreciado algún aspecto de tu físico. Hasta que salgas con una seguridad infinita a la calle.

Para que lo recuerdes siempre: estás preciosa.

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VOLVER

El otro día estuve hablando con una amiga que está en Londres. A pesar de los kilómetros intentamos ponernos un poco al día y contarnos cómo va todo. Después de un rato, llegamos a la conclusión de que en nuestra tierra se vive muy bien.

Lo cierto es que cuando te vas a otro país, a otra ciudad, por un tiempo, la vida te cambia por completo. Aunque no quieras. Y es entonces cuando estamos allí, cuando nos damos cuenta de todo lo de aquí. Supongo que es como ese dicho de «no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos». Ella, por suerte, aún no ha perdido nada. Ni yo tampoco cuando me fui.

Fue hablando con ella cuando descubrimos lo bonito de nuestra tierra. Hay cosas que por mucho que quieras, cuando te vas, no puedes llevarte. Y cuando estás lejos te hacen más falta que nunca.

Lo bueno de irte fuera, de irte lejos de los tuyos, es apreciar las cosas. Cuando estás aquí, en casa, a veces no le echas cuenta a ciertos detalles, a ciertos momentos. No le das tanta importancia al tiempo, a las reuniones o a las comidas. Pasan de largo, a veces, las noches en el sofá, las tardes de café o los brindis con vino. Pero entonces, cuando te vas, todo vale un poco más.

¿Y sabes? Qué suerte poder darnos cuenta de todas esas cosas y saber aprovecharlas aún más cuando regresamos. Porque allí fuera, nuestra nueva ciudad, nuestra nueva vida, puede tener cosas maravillosas, pero como nuestro hogar, ninguno.

Y es que, qué bonito es irse. Pero más bonito es volver.

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Habrá que sonreír,
si no, ¿qué?

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CASUALIDAD

Es increíble cómo dos personas que se encuentran por casualidad pueden comerse el alma con tanta pasión.

Tú, que quizá tenías en mente otro camino, con otra persona e incluso en otro lugar. Yo, que desde que te vi perdí la cabeza. Y nosotros, que juntamos nuestros labios aquel día sin previo aviso y sin tener ni idea de que lo seguiríamos haciendo toda la vida.

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ME GUSTAN

Me gustan las personas que buscan cualquier excusa para quedar contigo, porque simplemente quieren. Me gustan las personas que no temen amar y lo hacen por encima de todo. Me gustan las personas que te hacen reír sin límites ni condiciones, sin importar el lugar ni la hora. Los que tienen una risa contagiosa y te hacen llorar, pero de felicidad.

Me gustan las personas que te lían ese día que no te apetece salir y que hacen que sea la mejor noche de tu vida. Que te dicen «a la primera invito yo», simplemente para que haya una segunda. Me gustan las personas que te abrazan cuando te ven, aunque te hayan visto un rato antes. Me gustan las personas que tienen un corazón que no les cabe en el pecho y que son, ante todo, buenas personas. Y que me hacen mejor a mí, también.

Me gustan las personas que odian las fotos simples y aburridas, esas que parecen de equipo de fútbol. Porque las divertidas, desprevenidas y graciosas siempre molaron más. Me gustan las personas cariñosas, las que te dan mimitos sin venir a cuento y se dejan hacer cosquillas. Me gustan las personas que te miran orgullosas, que se les escapa una sonrisa cuando cumples un sueño y a las que les brillan los ojos al verte un poco más feliz.

Me gustan las personas que se dejan las ganas en los sueños. Y en la vida. Que no se quedan quietas y que se lanzan a lo que venga. Me gustan las personas que sonríen en las fotos. Y mucho. Me gustan las personas que dan besos sonados. Y que saben qué hacer para que dejes de estar enfadado. Me gustan las personas que son divertidas, que olvidan la vergüenza en casa y que llenan el cajón de recuerdos inolvidables. Me gustan las personas que saben querer. Y que están ahí cuando lo necesitas, sin que lo pidas.

Me gustan, al fin y al cabo, las personas que viven.

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UNA DE CAL Y OTRA DE ARENA

Te sigue en Instagram, te escribe y te ilusionas. Y te vuelve a escribir. Cada día. Te enganchas, te pillas y se te escapan varias sonrisas. Os veis. Y al día siguiente parece que no se acuerda. Y, de repente, te contesta a esa historia que subiste un sábado por la noche. Le contestas, y ya no vuelves a saber nada. Un día te besa. Y al otro no te responde. Hasta que otro día cualquiera te escribe por WhatsApp. Y como si nada. Y vuelta a empezar. Y te vuelves a ilusionar porque parece que todo ha cambiado. Pero no. Vuelve a desaparecer. Y te rayas, te rayas demasiado. Te calientas la cabeza, te imaginas tropecientas mil cosas e intentas deducir qué demonios tiene en su mente. Qué estará pensando, qué querrá.

Y ya está bien.

Vivimos en una época de señales confusas, de no saber muy bien qué se quiere, o sí, pero no se demuestra por miedo. Y esperamos a que interpreten lo que queremos decir en vez de decirlo claramente. Porque hemos venido a jugar. Y así lo único que hacemos es perder el tiempo y coleccionar malentendidos. Que hoy eres la mujer de mi vida y quizá mañana solo una más. Que sí, pero no.

Y llega un momento que te cansas. Porque no estás para descifrar mensajes ni para perder el tiempo. No estás para de­ducir si alguien siente algo o no, si alguien se acuerda de ti o no, si alguien quiere algo o no. No estás para sonsacar las palabras e intentar forzar que pase algo.

Estás para creer en el amor y dejarte de tantas tonterías. Para ilusionarte por algo de verdad, por alguien, y que dure, no que se esfume a la primera de cambio por simple capricho. Para ser clara y concisa. Para demostrar y tener a tu lado a alguien que no pierda el tiempo en estas cosas y se centre de una vez por todas.

Estás para recordar que con el amor no se juega, ni con los sentimientos tampoco. Y que eres mucho más que un tío que no sabe lo que quiere. O sí, pero tiene miedo a demostrarlo.

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NO ME FALLÉ

Me quise un poquito más cuando descubrí que para que me quieran me tengo que querer yo antes. Empecé a mirarme con otros ojos, a sonreírme y a mimarme. Porque quizá, si no lo hacía yo, no lo haría nadie.

Traté de no decirme cosas feas, de no buscarme siempre lo malo y de ver todo desde otro punto de vista. Empecé a enamorarme de mis curvas, a sacarme más partido y a descubrir que yo podía ser bonita así, como soy.

Empecé a hacer oídos sordos a todo aquello que no me hacía mejor o que no me ayudaba a crecer. Busqué el lado bueno de las cosas, porque aunque a veces esté un poco escondido, siempre lo puedes encontrar. Y es que hay «defectos» que a simple vista parecen horribles, pero si los miras bien y los limas un poco, no están tan mal. O al menos eso empecé a pensar.

Me miré al espejo con otra mentalidad. Me pinté los labios y sonreí. Y ¡qué diva! Me vi con la fuerza suficiente para comerme el mundo, para plantarle cara a todo y para ser capaz de lo que sea.

Me respeté. Me hice valer. Me puse en mi lugar. Me dije cosas bonitas cuando las pensaba, por si no me las decía nadie. Me cuidé. Y me convertí en la chica que siempre quise ser, sin importar lo demás.

Me acepté, con mis más y mis menos. Con lo bueno y con lo no tan bueno. Con mis virtudes y mis defectos. Y mis manías. Con mi forma de hacer las cosas. Empecé a ser yo, fuera a donde fuese, estuviera donde estuviese. Con quien sea, como sea y cuando sea.

Y no me fallé, que supongo que eso es lo más importante.

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Sonreír cuando
no puedes más.
Eso sí que es
de valientes.