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El Lago de la Novia

Ha dado inicio el último año de instituto.

«Ha dado inicio» suena más guay que el habitual «ha empezado», porque si lo dices bien, pareces el último caballero superviviente dando malas noticias a un rey cansado al borde de la derrota, que se pasa una mano flácida por la cara, asustado. «Majestad, nuestras filas han dado inicio a su rompimiento. Ha dado inicio la caída de la Casa Li.»

Por cierto, en ese escenario yo soy el rey que se pasa la mano por la cara, asustado.

Porque ha dado inicio el último año de instituto.

A veces pienso en hace seis meses, en los felices días del curso anterior. Cuando saltábamos por el campo tras haber hecho el examen del PSAT, un ensayo del SAT, que en Playa Mesa, California, Estados Unidos, se utiliza para evaluar si un ser humano joven es apto para matricularse en una institución de enseñanza superior.

Pero ¿el PSAT?

«Es solo un ensayo», decimos los alumnos de penúltimo año. «No vale una mierda, majestad.»

Cómo holgazaneábamos al sol y bromeábamos sobre un comentario de texto que trataba de un experimento para descubrir si a los perros les resultaba más fácil volcar un recipiente (más fácil) o tirar de una cuerda (más difícil) para conseguir comida. Basándose en el texto y en los resultados de la figura 4, los perros:

a) resolvían con más frecuencia la tarea de la cuerda que la del recipiente.

b) se frustraban más con la tarea de la cuerda que con la del recipiente.

c) a menudo, se enfadaban con sus cuidadores humanos por plantearles tareas tan absurdas, esto es: «Dadnos la comi­da en un puto comedero para perros, como hace todo el mundo».

O:

d) se pasaban una pata por la cara, asustados.

La respuesta era la d).

El día que dieron las puntuaciones, descubrí que había obtenido 1.400 puntos de 1.520, el percentil 96. Mis amigos me chocaron la mano con fuerza, pero a mí me sonaban como palmas de las manos golpeando la puerta sellada de una cripta.

Mi objetivo era obtener 1.500.

Cuando se lo dije a mis padres, me miraron con pena e incredulidad, como si fuera un gorrión muerto en el parque. Y mi madre me dijo lo siguiente, de verdad:

«No te preocupes. Te queremos igual».

Mi madre me ha dicho «Te quiero» exactamente dos veces en mi vida. Una por los 1.400 puntos, y otra cuando yo tenía diez años, que llamó desde Corea después del funeral de su madre. Hanna y yo no fuimos. Mi padre estaba en La Tienda, así que tampoco fue.

Pensándolo retrospectivamente, me parece raro que no fuéramos todos.

Pensándolo retrospectivamente, confieso que me alegro de no haber ido. Solo vi a mi abuela una vez, cuando yo tenía seis años. Ella no hablaba inglés, y yo no hablaba coreano.

Así que pensándolo retroretrospectivamente, quizá no me parece tan raro que no fuéramos todos.

Mi padre me ha dicho «Te quiero» exactamente cero veces en mi vida.

Volvamos a la puntuación del PSAT.

Como indicador, guía, augurio, presagio y muchas otras palabras del vocabulario de la guía de estudio del PSAT, una puntuación de 1.500 significaría que seguramente en el SAT me iría tan de puta madre que llamaría la atención de Harvard, que, según mis padres, es la mejor universidad de todo Estados Unidos.

Una puntuación de 1.400 significa que seguramente a lo máximo que podré aspirar es a la Universidad de California en Berkeley, que para mis padres es un triste premio de consolación comparada con Harvard. Y a veces, por una milésima de segundo, su compresión mental hace que piense:

«Berkeley es una mierda».

Mi hermana mayor, Hanna, acuñó la expresión «compresión men­tal», que es como la compresión de la médula espinal, pero en la mente. Hanna vive en Boston, cerca de la otra Berkeley, la Escuela de Música Berklee.

Berklee es la escuela de mis sueños. Pero mis padres ya han rechazado la idea. «¿Música? ¿Cómo ganas dinero? ¿Cómo comes?»

Los dos nombres de Hanna son Hanna Li (siete letras) y Ji-Young Li (nueve). Mi padre le puso Hanna Li por Honali, de un famoso himno de los años sesenta sobre la marihuana disfrazado de canción infantil, «Puff, el dragón mágico». La canción se abrió camino hasta las clases de inglés de los institutos de Seúl en la década de los setenta. Mi padre no se ha fumado un porro en su vida. No tenía ni idea de lo que estaba cantando.

Hanna es la mayor. Hanna lo había hecho todo bien. Mis padres le decían que estudiara mucho, y ella solo sacaba sobresalientes. Le dijeron que fuera a Harvard, y eso hizo, y se graduó con honores. Pasó a la Facultad de Derecho de Harvard, y se graduó con notas tan altas que le permitieron catapultarse por encima de ayudantes de su misma edad en Eastern Edge Consulting, especializada en negociar patentes ridículas para empresas tecnológicas de miles de millones de dólares. Ahora incluso se dedica a la inversión de capital desde el despacho de su casa, en Beacon Hill. Entre semana lleva trajes pantalón carísimos; los fines de semana, adecuados (aunque también carísimos) vestidos. Alguien debería sacarla en la portada de una revista de viajes de negocios o algo así.

Pero entonces Hanna cometió su único error. Se enamoró.

Enamorarse no es malo en sí mismo. Pero enamorarse de un chico negro bastó para borrar de un plumazo todo lo que había hecho bien en su vida. El chico le regaló un anillo, que mis padres no han visto y seguramente nunca verán.

En otra familia de quizá otro planeta, mi hermana traería al chico negro a casa en las vacaciones de verano para que conociera a la familia, y todos diríamos su nombre abiertamente: Miles Lane.

Pero estamos en este planeta, y mis padres son mis padres, así que Hanna no vendrá este verano. La echo de menos. Pero entiendo por qué no vendrá. Aunque eso significa que me quedaré colgado, sin nadie con quien burlarme del mundo.

La última vez que vino fue en las vacaciones de Acción de Gracias de hace dos años. Estaba en una Reunión. Esa noche tocaba cenar en casa de los Chang. No sé por qué hizo lo que hizo aquella noche. «Bueno, estoy saliendo con un chico» dijo. «Y es el hombre de mi vida.»

Pasó el móvil con una foto de Miles a mis padres y a todos los demás. Fue como lanzar un hechizo que los dejó mudos. Nadie dijo ni pío.

Tras un largo minuto, la pantalla del móvil se apagó.

Mis padres se dirigieron a la puerta, se pusieron los zapatos y esperaron desviando la mirada a que nos reuniéramos con ellos. Nos marchamos sin decir una palabra —no era necesario—, y a la mañana siguiente Hanna desapareció en un vuelo de regreso a Boston, cuatro días antes de lo previsto. Un año después, tras seis o siete Reuniones sin Hanna, Ella Chang se atrevió a decir la palabra «repudiada».

Y la vida continuó. Mis padres ya no hablaban de Hanna. Actuaban como si se hubiera ido a vivir a un país extranjero sin formas de comunicación modernas. Cada vez que yo la mencionaba, desviaban la mirada, literalmente —literalmente—, y se callaban hasta que me rendía. Al rato, me rendía.

Hanna también se rindió. Sus respuestas por mensaje pasaron de diarias a cada dos días, luego una vez por semana, y así sucesivamente. De este modo se produce el repudio. No es la sentencia definitiva de un tribunal familiar. El repudio es un abandono progresivo. Como mis padres renunciaron a Hanna, Hanna decidió renunciar también. Lo entiendo.

Pero yo nunca renuncié a mi hermana. Aún no he renunciado.

Es aterrador ver desaparecer a alguien a quien quieres.

Hablo mucho de Hanna con Q. Q es lo que yo llamo mi mejor amigo, y yo soy el suyo.

Siempre agradezco a Q su paciencia conmigo, porque supongo que no tiene que ser agradable escuchar que mis padres rechazaron a un chico con el mismo color de piel que él.

Q se llama Q Lee. Él Lee, y yo Li. Como dos hermanos, uno de madre coreana y el otro de madre afroamericana. Sus padres, el señor y la señora Lee, son personas normales que parecen siempre sorprendidos de haber tenido un hijo tan friki. Q tiene una hermana gemela llamada Evon, que está tan buena que apenas me atrevo a mirarla. Evon Lee suena celestial.[1]

La Q de Q no significa nada. Es simplemente Q. Q decidió ponerse este nombre hace un par de meses, cuando cumplió dieciocho años. Su nombre era Will. Will Lee.

«Enséñanos la polla,[2] Will Lee», le decían.

Cambiarse el nombre por Q fue una buena decisión.

Como casi todos los frikis, Q y yo nos dedicamos a ver películas raras, jugar a videojuegos, deconstruir las diversas ridiculeces de la realidad y demás. Casi nunca hablamos de chicas, por falta de material. Ninguno de los dos ha salido con una chica. Lo máximo que me he adentrado en aguas femeninas fue cuando sin querer besé a Gina —no me acuerdo de su apellido— mientras jugábamos a girar el boli, en séptimo. Se suponía que debía darle un beso en la mejilla, pero tanto Gina como yo nos hicimos un lío y acabamos rozándonos los labios. Oooooh.

La únicas veces que abordamos tangencialmente el tema de las chicas es cuando nos sentamos a orillas del Lago de la Novia.

El Lago de la Novia está en el centro comercial Westchester. Westchester es el centro comercial más grande del condado de Orange. Por alguna razón, dejan todas las puertas abiertas hasta bien entrada la noche, mucho después de que las tiendas hayan cerrado. El centro comercial se convierte en un espacio hermosamente vacío y serenamente apocalíptico que nadie en el sur de California parece conocer.

Solo dos guardias de seguridad patrullan las casi treinta brillantes hectáreas del centro comercial desierto. Se llaman Camille y Oscar. Nos conocen a Q y a mí y saben que no, que no estamos enrollados, que solo somos dos tíos con ideas raras sobre cómo pasar el rato.

El Lago de la Novia es una fuente del patio de cristal del centro comercial Westchester, junto a la cadena Nordstrom. Es una estructura bastante tosca y de ángulos simples y modernos. Tiene una elegante placa de latón en la que pone NO BEBER-AGUA RESIDUAL. Arriba, un jazz anónimo llena el espacio cavernoso de arpegios que retumban.

Lo llamo Lago de la Novia porque quizá, si le hago suficientes confesiones y ofrendas, de su superficie brillante se alzará una chica que me ofrecerá su mano.

Q y yo nos sentamos con las piernas cruzadas en un reborde de piedra de color chocolate junto a esta fuente. Observamos cómo el agua sube desde una pileta octogonal, pasa por unas ranuras y baja por unos escalones hasta la base de la fuente, cubierta de monedas brillantes.

Meto la mano en mi mochila militar y saco mi Tascam, un aparatito del tamaño de un mando a distancia de televisor, y grabo el sonido: un murmullo grave y denso, con ruido rosa y de vez en cuando el gluglú de grandes burbujas. Casi un riff en sí mismo. Apago la grabadora y la guardo para que Q y yo podamos empezar.

—Rasgos ideales en una mujer —le digo—. Empiezas tú.

Q apoya la barbilla en los puños.

—Que hable al menos otros dos idiomas.

—¿Y? —le pregunto.

—Que toque el oboe a nivel profesional —me contesta Q.

—Q —le digo.

—Profesora de la Ivy League durante el día, e indómita bailarina por la noche.

—Supongo que tu lista no se basa en la realidad.

—De ilusión también se vive, ¿no? —dice Q.

Cuesta un poco oírlo con el ruido de fondo del Lago de la Novia, y creo que por eso aquí es más fácil hablar de cosas como las chicas ideales. Es como hablar en voz alta con nosotros mismos, pero uno delante del otro.

—Te toca —me dice Q.

Pienso. Cien caras se desplazan por mi mente, todas ellas hermosas a su manera. Mil posibles combinaciones. Todo el mundo tiene encanto si miras con atención. Buena parte del mundo es así. Una vez partí una cebolla por la mitad y descubrí que todas las capas se habían aplastado hasta formar un corazón perfecto en el centro. Una vez…

—¿Frank? —me dice Q—. Para hablar tienes que mover la boca.

—Ah —le digo—. Bueno.

Q me mira y sigue esperando.

—Supongo que básicamente tiene que ser amable. Es lo más importante.

Q alza las cejas.

—Nada de tías desagradables. Entendido.

—Y debe hacerme reír —le digo.

—¿Algún otro criterio importante? —me pregunta Q.

Pienso. Todo lo demás —aficiones, gusto musical, forma de vestir— no me importa demasiado. Así que niego con la cabeza.

Q se encoge de hombros mirando la fuente.

—Es superromántico, en el sentido más básico.

—Básicamente —le digo.

Por un momento los dos nos quedamos mirando la fuente. Luego pongo punto final a nuestra visita al Lago de la Novia con el ritual de meterme la mano en el bolsillo delantero de los vaqueros en busca de monedas sagradas, una para mí y otra para Q. Q tira la suya, que suena como un pedo. Yo aprieto la mía y la lanzo al agua, plop. Las monedas se añaden a la pileta de deseos aleatorios: buenas notas, ascensos laborales, que toque la lotería y, sobre todo, amor.

Nadie se alza del agua brillante.

Q no lo sabe, pero no he mencionado un criterio de mi mujer ideal. Preferiría no decirlo en voz alta, aunque es el que más me preocupa.

Mi mujer ideal seguramente debería ser de origen coreano.

No es estrictamente necesario. A mí me da igual. Pero facilitaría las cosas.

He introducido el pie en las aguas de salir con chicas dos veces, y las dos veces algo me ha impedido zambullirme. Me he quedado paralizado. Creo que ha sido porque no sé qué sería peor, si salir con una chica que a mis padres no les gustara o salir con una chica que a mis padres les gustara. Que me condenen al ostracismo o que me controlen minuciosamente.

Luego pienso que en la República de California solo el uno por ciento de la población es de origen coreano, del cual el doce por ciento son chicas de mi edad, lo que daría como resultado la posibilidad de salir con una chica cada ocho kilómetros cuadrados. Si descontamos a las que ya tienen novio y a las chicas con las que no me llevaría bien, y —peor aún— añadimos los criterios de la mujer ideal, la probabilidad se reduce todavía más. El Lago de la Novia se reduce a un dedal.

Así que de momento dejo de lado la idea de una chica ideal. Soy consciente de que llevo años dejándola de lado.

—De ilusión también se vive —dice Q.

—De ilusión también se vive —digo yo.

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2

Metáfora recibida

La tienda de mis padres también tiene dos nombres, como Hanna y yo.

Su nombre oficial es Fiesta Hoy Market, y no voy a hacer comentarios al respecto porque, joder, menuda gilipollez. El segundo nombre es sencillamente La Tienda. La Tienda es su verdadero nombre.

Mis padres trabajan en La Tienda cada día, desde la mañana hasta la noche, fines de semana, días de fiesta, Año Nuevo...; los 365 días del año sin un solo día de descanso al menos desde que Hanna y yo recordamos.

Mis padres heredaron La Tienda de una pareja de ancianos que formó parte de la primera oleada de coreanos que llegó en la década de los sesenta. Sin contrato escrito ni nada parecido. Los presentó un buen amigo, tomaron té, cenaron varias veces y al final, tras muchas reverencias, se dieron un caluroso apretón de manos. Querían asegurarse de que La Tienda se quedaba en buenas manos. En buenas manos coreanas.

La Tienda está a una hora en coche desde la perfección distópica de la urbanización en la que vivimos, Playa Mesa. Está en una zona pobre y ajada por el sol del sur de California, en la que viven mayoritariamente mexicanos y afroamericanos. Muy lejos de todo.

Los clientes pobres pagan a mis padres con cupones de alimentos del programa de ayuda federal, que se convierten en dinero, que se convierte en la matrícula de mi univer­sidad.

Es la última versión del sueño americano.

Espero que la próxima versión del sueño americano no incluya especular con cupones de alimentos.

Ahora estoy en La Tienda. Apoyado en el mostrador. El barniz está desgastado en el centro, como el anillo del tronco de un árbol, lo que muestra la historia de todas las transacciones que se han deslizado por su superficie: caramelos, cerveza, pañales, leche, cerveza, helados, cerveza y cerveza.

—En el aeropuerto distribuyen los títulos de propiedad por razas —le expliqué una vez a Q—. Así que a los griegos les dan cafeterías, a los chinos, lavanderías, y a los coreanos, tiendas de licores.

—Así funciona el país —me dijo Q antes de darle un irónico mordisco a su burrito.

En La Tienda hace calor. Llevo una camiseta de Hardfloor con agujeros de polilla y de un tono negro frío, que combina con mis pantalones cortos de color negro frío. No todos los negros son iguales. Hay negro cálido, negro amarronado y negro morado. Mis pulseras son un arcoíris de negros. Todas las prendas por encima de los tobillos deben ser negras. Pero los zapatos pueden ser de cualquier color. Como mis zapatillas amarillas reflectantes.

Mi padre se niega a encender el aire acondicionado porque los únicos productos a los que les afecta el calor son los dulces con chocolate, y ya los ha metido en la cámara frigorífica.

Pero yo estoy sudando. Veo tres moscas trazando en el aire una serie infinita de ángulos rectos con un constante zumbido. Les hago una foto y la subo a mis redes con la frase: «Las moscas son las únicas criaturas que reciben su nombre de su principal modo de movi­lidad».[3]

Es absurdo que ayude a mis padres en La Tienda. Nunca me han dejado trabajar.

—Estudia mucho y serás médico —suele decir mi padre.

—O un presentador de telediario famoso —dice mi madre.

Esto último aún no lo entiendo.

En fin, voy a La Tienda un solo día a la semana, el domingo, y solo para cobrar. No cargo cajas, ni ordeno, ni limpio, ni etiqueto, ni trato con los proveedores. Mi madre se queda en casa descansando y me deja solo con mi padre en el turno de mañana. Sospecho que es una estrategia de mi madre para que me relacione más con mi padre el último año antes de ir a la universidad. Para que pasemos tiempo juntos. Para que mantengamos conversaciones profundas.

Mi padre se pone una faja lumbar y empuja una carretilla cargada de cajas de licor de malta. Parece un hobbit, corpulento, fuerte y con las piernas cortas y gruesas, con un cúter en el cinturón en lugar de una bolsita de terciopelo llena de valiosas monedas. Aunque le falta poco para cumplir los cincuenta, aún mantiene todo el pelo. Y pensar que se diplomó en Seúl para acabar aquí... Me pregunto cuántos inmigrantes hay como él, trabajando como obreros y sin que nadie sepa que tienen un título universitario.

Sale de las oscuras fauces de la cámara frigorífica.

—Come —me dice.

—Vale, papá —le contesto.

—Un taco. Al lado. Toma dinero.

Me da un billete de veinte dólares.

—Vale, papá.

Le digo «Vale, papá» muchas veces. La mayoría de ellas no vamos mucho más allá. No me es posible. El inglés de mi padre no da para mucho, y mi coreano es casi inexistente. Yo he crecido con videojuegos y películas independientes, y mi padre creció con vete a saber qué.

Antes le preguntaba por su infancia. O por cosas básicas, por ejemplo cómo pudo permitirse un lujo como la universidad. Al fin y al cabo, era pobre, más que pobre. Tanto mi padre como mi madre eran pobres antes de la expansión económica de finales de la década de los ochenta. Mi padre decía que iba a pescar cangrejos de río cuando se quedaban sin comida. Mucha gente de campo lo hacía.

—Cangrejo pequeño, subían en la red —me dijo una vez—. Unos encima de otros, encima, encima, se pisaban la cara para llegar arriba.

—Vale —le dije.

—Así es Corea —me dijo.

Cuando le pregunté qué quería decir, zanjó la conversación diciendo:

—Estados Unidos mejor. Mejor vas a la universidad aquí, aprendes inglés. Más oportunidad.

Es el jaque mate de casi todas sus conversaciones, incluso las que empiezan de la forma más inocente, como: «¿Por qué en casa nunca hemos hablado en coreano?» o «¿Por qué a los viejos coreanos les encanta el Chivas Regal?».

Así que nos hemos acostumbrado a dejar las cosas en un «vale, papá».

—Vale, papá —le digo.

Cojo el móvil y salgo a la calle, donde aún hace más calor. Un corrido mexicano bombardea el aparcamiento vacío de la carnicería de al lado. Se supone que la música debe transmitir alegría y atraer a clientes. No está funcionando.

¡Fiesta!

Zum-zum. Es Q.

«Pi-pi, colega, vamos a Los Ángeles. Esta noche los museos son gratis. Vamos muchos.»

«Lo siento mucho, tío —le contesto—. Tengo una Reunión.»

«Echaré de menos su compañía, señor», me dice Q.

«Y yo la suya, buen hombre.»

Q sabe a qué me refiero cuando digo «Reunión».

Hablo de una reunión de cinco familias, lo que suena a mafioso, pero en realidad solo son los amigos de mis padres, que se reúnen a cenar cada vez en una casa.

Es un evento corriente y extraordinario a la vez. Corriente porque es solo una cena, pero extraordinario porque las cinco parejas se conocieron en la Universidad Nacional de Seúl, se hicieron amigos, se trasladaron juntos al sur de California para empezar una nueva vida y han conseguido reunirse una vez al mes durante décadas, ellos y sus familias.

El día llega a su fin. Mi padre se cambia de camisa, y su aspecto de tendero da paso a una imagen más adecuada para una Reunión: un polo gris nuevo que destila éxito y prosperidad. Cerramos y apagamos las luces. Luego cuarenta minutos en coche hasta llegar a la casa de los Kim.

Esta vez la Reunión toca en casa de los Kim, que lo han dado todo: una barbacoa brasileña atendida por auténticos brasileños que taladran a todo el mundo con la palabra de la noche (chu-rras-ca-ria), una degustación de vinos y un televisor de setenta pulgadas en el gran salón con cascos de realidad virtual nuevos para que los niños exploren el mar.

Todo parece gritar: «En Estados Unidos nos va genial. ¿Y a vosotros?».

En esos tótems del éxito se incluyen los hijos, especialmente nosotros, los mayores. Todos nacimos casi a la vez. Estamos todos en el mismo curso. Hablan y hablan de nosotros como de pequeñas celebridades. «Fulanito es capitán del equipo de pentatlón del instituto», «Menganito es el primero de su clase».

Ser un tótem es agotador, y por eso nos escondemos en la sala de juegos o en cualquier sitio mientras los pequeños corretean como locos y los adultos se emborrachan y cantan canciones pop coreanas de hace veinte años que ninguno de nosotros entiende. Así hemos ido formando una amistad de lo más extraña:

• Solo nos juntamos durante cuatro horas una vez al mes.

• En esas cuatro horas, no salimos de la habitación si no es para comer.

• Nunca quedamos al margen de las Reuniones.

Las Reuniones son un mundo en sí mismas. Cada una de ellas es una versión de Corea atrapada para siempre en una burbuja de ámbar, la Corea de principios de los noventa que mis padres y sus amigos trajeron a Estados Unidos años después de que estallara la burbuja. Desde entonces, los coreanos de Corea han avanzado, viven mejor y se han espabilado. Y al otro lado de la puerta de los Kim, los niños estadounidenses bailan pop coreano con videojuegos coreanos en sus pantallas gigantes.

Pero en las Reuniones el tiempo se congela durante unas horas. Al fin y al cabo, los hijos estamos ahí solo por nuestros padres. ¿Nos veríamos sin ellos? Seguramente no. Pero no vamos a ignorarnos unos a otros, porque sería aburrido. Así que charlamos y filosofamos hasta que llega la hora de marcharnos. Nos liberan y volvemos a la realidad que nos espera fuera de la Reunión, donde el tiempo se descongela y se reanuda.

Yo nos llamo los Limbos.

Cada mes temo ir a estas incómodas reuniones con los Limbos a esperar entre dos mundos. Pero también cada mes recuerdo que la verdad es que casi todos los Limbos son bastante majos.

Como John Lim (siete letras), que ha hecho un videojuego que está vendiéndose bastante bien en la App Store.

O Ella Chang (nueve), que es una crack del violonchelo.

O Andrew Kim (nueve), que ha escrito un libro bastante famoso con su compañero de YouTube.

Antes pensaba que la cantidad de letras de nuestros nombres era una rareza coreana.

Pero no es una rareza coreana. Es sencillamente una rareza.

Creo que las personas que están dispuestas a vivir en un país totalmente diferente también están dispuestas a inventarse sus propias tradiciones raras. Lo raro genera cosas raras.

Lo raro también nos hace increíblemente afortunados a los hijos, y eso siempre lo agradezco. De verdad.

En la Reunión de esta noche, los Limbos se han metido en la habitación de Andrew a jugar a un videojuego multijugador de lucha.

—Hola —les digo.

—Hola —me contestan.

Está John Lim, que levanta el mando por los aires, como si sirviera de algo. Está Andrew Kim, resoplando. Está Ella Chang, vapuleando tranquilamente a todos desde detrás de sus gafas de pasta.

—¿Quieres jugar? —me pregunta Ella.

—Un segundo.

Falta una Limbo. Recorro la casa hasta que la encuentro: Joy Song, sentada sola entre piezas de Lego en la habitación color pastel de la hermana pequeña de Andrew Kim.

Joy Song (siete letras). Segundo nombre, Yu-Jin Song (nueve).

Cuando teníamos cinco, seis y siete años, Joy y yo cogíamos a escondidas los trozos de carne crujiente de la mesa de la barbacoa antes de que fuera la hora de comer. Nos poníamos de pie en la silla, levantábamos los fideos todo lo que podíamos y los lanzábamos a la boca abierta del otro. Nos metíamos hierba en los pantalones, hasta que un día vislumbré lo que había debajo de los suyos y entendí que había llegado el momento de temer a las chicas. Desde entonces las temo.

Ahora Joy Song está sentada en un rincón oliéndose el labio superior. Me mira —«Ah, solo es Frank»— y sigue con el labio levantado. Eso añade un punto de desafío a una cara por lo demás formada por pequeños óvalos. Sigue con lo que estaba haciendo: colocar piezas de Lego en fila.

También está escuchando música por los pequeños altavoces del móvil. Suena como insectos gritando.

—¿No es la mejor manera de escuchar música? —le digo—. Sin duda respeta la voluntad artística de los músicos.

—Hola, Frank —me dice Joy, bastante seria.

—¿Qué tal?

—Oh, no mucho —me dice, respondiendo a alguna otra pregunta en su cabeza.

Me siento junto a la pila de piezas de Lego y tengo la sensación de que vuelvo a tener diez años.

—¿Quieres construir algo?

—Es que las piezas de color son de plástico ABS, y las transparentes, de policarbonato.

—Ah, vale.

Observo que Joy lleva el pelo diferente. Por fuera es castaño, como siempre, pero en la capa interior se ha hecho reflejos de color verde lima.

Se pasa la mano por el pelo —destello verde—, la detiene e inclina la cabeza. Está perdida en sus pensamientos.

—No se puede imprimir en 3D el ABS ni el policarbonato. Al menos yo no puedo. No dispongo de la tecnología necesaria.

Se suelta el pelo y la capa verde vuelve a quedar oculta.

Joy y yo vamos al Instituto Palomino. Nunca coincidimos en clase. Nadie aparte de los Limbos sabe que somos amigos de Reuniones. Cuando nos cruzamos por los pasillos, nos miramos y seguimos andando.

Ahora que lo pienso, ¿por qué los Limbos no quedamos al margen de las Reuniones?

—Hagamos una torre —me dice.

Caemos en una vieja costumbre: construir una gran torre con los colores del arcoíris. Clic, clic, pieza a pieza. Lo hacemos durante mucho rato, en silencio.

El ruido de la fiesta cambia, levanto la mirada y veo a mi madre observándonos desde la puerta. No tiene nada que decirme. Se limita a mirarme, luego a Joy, y esboza una sonrisa torcida y cursi.

Cuando mi madre se va, Joy pone los ojos en blanco y gime al cielo.

—Joy, ¿te casarás conmigo para que la Casa Li y la Casa Song puedan unirse por fin? —le pregunto.

—Cierra la puta boca —me contesta, y me lanza una pieza de Lego.

Tiene una risa rara, como una manada de ardillas.

—Estoy bien jodida —me dice por fin.

—¿Qué pasa?

—Wu… Conoces a Wu.

Claro que conozco a Wu. Es de origen chino, tercera generación. Metro ochenta, y ochenta y seis kilos de músculo. Un príncipe guerrero con ojos de halcón perdido en la jungla de un instituto estadounidense. Le basta una mirada para que las chicas se estampen contra las taquillas.

Wu tiene un noventa y nueve por ciento de posibilidades de ir a la Universidad del Sur de California, que está en Los Ángeles. Su padre fue a la USC. Su madre fue a la USC. Llevan el logo de la USC en la matrícula de los coches. Siguen yendo a los partidos de fútbol americano.

Una vez vi a Wu y a Joy enrollándose entre dos columnas, y la visión de la mandíbula ovalada de Joy moviéndose con la mandíbula cua­drada de Wu me produjo esa mezcla paralizante de repulsión y fascinación que sientes cuando estás viendo algo que sabes que seguramente existe, pero no pensabas que llegarías a verlo con tus propios ojos.

Q cree que Joy es preciosa. Como Q no es un amigo de las Reuniones, puede creerlo.

El nombre completo de Wu es Wu Tang.

Sí.

—Wu no deja de decirme que quiere conocer a mis padres —sigue diciéndome Joy—. Y yo le digo que no, pero insiste. Hemos tenido una bronca.

Para entender dónde está el problema, resulta útil saber que prácticamente todos los países asiáticos odian desde tiempo inmemorial a todos los demás países asiáticos. Los coreanos odiaban y siguen odiando a los chinos, y los chinos a los coreanos. Los chinos odian también a los japoneses, que odian a los coreanos, que odian a los tailandeses, que odian a los vietnamitas, y así sucesivamente. Se han invadido entre sí. Como los países europeos, que echan pestes unos de otros. Exactamente igual.

—Qué agobio —le digo frunciendo el ceño.

Ahora Joy y yo vamos por las piezas verdes. Cojo una y observo que es del mismo color que la capa interior de su pelo.

—No tengo solo problemas con un chico —me dice Joy—. Tengo problemas con un chico chino.

Los coreanos odian a los chinos, que odian a los coreanos, que odian bla, bla, bla.

—Racistas —le digo.

Joy asiente. Sabe que me refiero a sus padres.

Sé que este es el momento en el que uno de los dos debería decir algo sobre Hanna. Pero ¿qué decir?

Hay mucho que decir. Pero lo he dicho tantísimas veces que ya no es necesario que lo diga. Estoy supercansado de decirlo.

«Nuestros padres son racistas. Ojalá todo fuera diferente. Echo de menos a Hanna. Ojalá todo fuera diferente. Nuestros padres son racistas. Echo de menos a Hanna.»

Clic, clic. Colocamos piezas hasta que llegamos a las violetas. En el suelo hay un montón de piezas blancas, negras y marrones.

—¿Qué hacemos con estas piezas? —le pregunto—. No son de los colores del arcoíris.

Es una metáfora ridícula y obvia, y Joy me da una palmada en la frente para señalarlo.

—Metáfora recibida, idiota —me dice.

Nos miramos fijamente.

—Putos padres —le digo.

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3

Más mejor

De vuelta a casa después de la fiesta, conduce mi madre. Diamond Ranch está lejos de Playa Mesa. Los primeros barrios son coreanos, luego mexicanos, luego chinos, luego negros, luego de nuevo mexicanos y por último blancos.

Playa Mesa es blanco.

Estamos en el primer barrio mexicano cuando mi padre vomita sin hacer ruido en un vaso de cartón.

—Ay —dice mi madre—. Bebes demasiado, papá.

—Estoy bien —le contesta mi padre.

—Ay —dice mi madre, y baja todas las ventanillas.

Mi padre pone la tapa al vaso y se inclina hacia atrás con los ojos cerrados. La pajita sobresale por la tapa. Es como si Satanás hubiera creado una bebida y desafiara a todo el mundo a dar un sorbo.

El aire fresco disipa un poco el mal olor.

—Tú no bebes como papá, ¿vale? —me dice mi madre mirándome por el retrovisor.

—Vale, mamá —le contesto.

—Una vez, un hombre bebe toda la noche, bebe demasiado... Duerme, vomita y se ahoga… Se muere.

Ya he oído esa historia.

—Qué mierda.

—No bebes, de verdad, ¿vale?

—No te preocupes, mamá.

Y no tiene por qué preocuparse. Me he tomado un par de copas en toda mi vida, y ni me molesté en acabármelas. Igual que mi colega Q, la hermana de Q, Evon, y cualquiera de mis amigos. Somos todos abstemios, vamos todos a clases avanzadas, y por lo tanto no nos invitan a fiestas, que es donde se tiene la oportunidad de beber. No beberíamos, aunque nos invitaran.

Vamos a clases avanzadas. No vamos de borrachera ni de botellón. En lugar de ir a fiestas, buscamos aparcamientos vacíos y hacemos lecturas dramatizadas de Rosencrantz y Guildenstern han muerto. Nos metemos en mi coche, un Consta que tiene más de quince años, con tracción delantera y ventanillas manuales, y recorremos la mitad de la carretera que lleva a Las Vegas para contemplar una lluvia de meteoritos y ver Orión en el impoluto cielo negro del desierto. Que quede claro que nunca seguimos hasta Las Vegas. A quién le importa lo que pase en Las Vegas. Damos media vuelta, volvemos a casa y nos preguntamos por la vida fuera de la Tierra, si alguna vez nos encontraremos con extraterrestres o si pasan de nosotros porque aún somos vergonzosamente primitivos, o si la paradoja de Fermi es cierta y en realidad somos los únicos seres inteligentes de todo el universo.

Hay muy poco tráfico, solo unas cuantas luces avanzando a ciento treinta kilómetros por hora, y ya estamos en los barrios chinos. Mi padre lo comenta.

—Ahora todo chino —dice—. Antes mexicano, y ahora todo chino. Se quedan con toda esta zona. Mira, en los letreros pone HONG FU XIAN bla, bla, bla. ¡Ja, ja, ja!

—¿Chang-chong-ching-chong? —dice mi madre, también riéndose.

—Vale ya —les digo.

—Comen todo —dice mi padre—. Oreja de cerdo, rabo de cerdo, patas de pollo, todo comen.

Me muero de vergüenza ajena. Los coreanos también comen cosas «raras»: pepinos de mar, pulpo vivo y gelatina de bellota, todo ello riquísimo. Los blancos, los negros, los indios, los jamaicanos, los mexicanos y los de cualquier sitio comen cosas raras que están riquísimas.

Quiero decírselo a mis padres, pero no puedo. No servirá de nada. Mis padres se empeñan en pensar que los coreanos son especiales.

—¿Ching-chong-chang-chang? —vuelve a decir mi madre.

Mi padre se ríe, está a punto de caérsele el vaso de cartón, y por un segundo me los imagino antes de que naciéramos Hanna y yo. Una imagen paradójicamente dulce. Mis padres susurrándose palabras cariñosas en coreano, que yo apenas entiendo, salvo cuando sorprendentemente aparece la palabra jjangkkae, el término despectivo que los coreanos utilizan para llamar a los chinos.

Si yo fuera como cualquier adolescente normal, me perdería en mi espejo de mono (así llama Q a los smartphones) y me dedicaría a dar likes de mierda a posts de mierda, quizá a hacer ritmos si me sintiera creativo. Pero solo conseguiría marearme. Así que lo único que puedo hacer es presenciar el momento racista.

—Sois muy racistas —les digo.

Estoy tan acostumbrado a que sean racistas que ya ni me molesto en discutir con ellos. Es como pedirle al viento que cambie de dirección. «Sois conscientes de que en Estados Unidos vivían personas no coreanas antes de que vosotros llegarais, ¿verdad?», les decía antes. «Sois conscientes de que Corea es un país muy pequeño y de que el mundo está lleno de gente de la que sabéis muy poco, ¿verdad?»

Discutir con mis padres es absurdo, porque el viento soplará hacia donde quiera siguiendo su propia lógica. Solo un loco seguiría intentando cambiarlos. Especialmente cuando se defienden diciendo que estaban de broma. Como ahora:

—Racistas no —dice mi madre, herida—. Es broma.

—El novio de Joy Song es chino de tercera generación —les digo.

Por supuesto que no lo digo. Decir algo así convertiría la vida de Joy en un infierno en cuanto mi madre llamara a su madre, y mi madre siempre está llamando. Entonces Joy construiría un dron en el garaje y me lo mandaría para que me hiciera pedazos con láseres mientras duermo.

Pero una parte de mí quiere decírselo. Porque esto es Estados Unidos y porque quiero forzar el tema. Les diría: «¿Sabéis que los estadounidenses de origen coreano solo representan el 0,5 por ciento de la población total? ¿Lo tuvisteis en cuenta antes de venir? ¿Creíais que podríais evitar al 99,5 por ciento del país durante mucho tiempo?».

Pero no se lo digo. Les hablo de Q.

—¿Qué pasaría si Q fuera chino? ¿Os dedicaríais a decir ching-chong delante de él?

—No —me contesta mi madre. Parece ofendida.

—Solo a sus espaldas.

—No, Frank.

—¿Llamáis a Q geomdungi a sus espaldas?

—¡Frank, aigu!

Mi madre me mira por el retrovisor.

Geomdungi significa «negrata».

—Con Q no problema —dice mi padre. Sigue con los ojos cerrados. Parece que habla dormido. Aunque está borracho, su tono es razonable y tranquilo—. Q como familia. Me cae bien Q.

Lo cierto es que, aunque nos conocemos desde hace muchos años, Q ha estado en mi casa muy pocas veces. Hay una razón oculta.

La razón oculta son las sonrisas. Mis padres sonríen, y Q también. Todos sonreímos y fingimos que no tenemos delante la sombra de Hanna. Por la lógica interna del viento de mis padres, con Q no hay problema. Q es un amigo, Q es un chico. Aquí no hay ningún apellido en juego.

Pero aun así temo que mis padres digan o hagan algo sin pensar que pueda herir a mi mejor amigo. Así que, las pocas veces que Q ha venido a mi casa, he procurado simplificar y abreviar las cosas: saludamos a mis padres, sonreímos de oreja a oreja mientras subimos la escalera y nos metemos directamente en mi habitación para jugar a videojuegos de mierda en mi vieja consola de mierda. Al final he acabado yendo siempre a su casa. Es más fácil que todas esas sonrisas.

En el coche solo se oye el viento. Por un segundo creo que forzar el tema me ha salido bien, les he dicho muchas verdades, se han tranquilizado, todos somos humanos, esto es Estados Unidos y sueño con que un día se encumbrarán todos los valles.

Pero entonces mi padre sigue hablando.

Sigue hablando en sueños.

—Q es como un blanco.

—No, no lo es —le digo, pero mi padre sigue hablando.

—Papá, duerme —le dice mi madre.

Pero mi padre no se duerme.

—Los negros nunca tienen dinero. Son delincuentes, pandilleros y todo eso. Tienen demasiados hijos. Eso son los negros.

—Papá, por Dios —le digo.

Lo único que puedo hacer es negar con la cabeza. Me conozco estos rollos de borracho. Veo una línea pintada en la carretera y la sigo mientras baja, sube y se divide en dos. Cambiamos de carril y los neumáticos hacen dos rápidos redobles.

Pero entonces interviene mi madre.

—Sí —dice—. Me pregunto por qué los negros son así. Muchos clientes nuestros son así.

—Y por eso todos son así —gruño a la ventana—. Todos ellos, del primero al último.

—Noventa y ocho por ciento —dice mi madre.

Le gusta inventarse estadísticas falsas. Y a mi padre. Me cabrea un huevo.

—La pobreza y las décadas de políticas racistas no tienen nada que ver.

—En 1992 venimos a Estados Unidos, solo tenemos trescientos dólares —dice mi madre—. Nada más. Estamos en casa de amigos casi dos años. El doctor Choi y su mujer. Comemos solo ramyun y arroz kimchi dos años.

No escucho el resto.

Mis padres son una pared de hielo de ignorancia, y yo solo soy un soldado con una espada. Sencillamente me rindo. Echo muchísimo de menos a Hanna. Solía discutir con mis padres, con toda la razón, como la abogada en la que acabó convirtiéndose. No retrocedía un milímetro ni de coña. Llevaba la discusión al límite, y de ahí no se movía. Como:

«¿Dónde empieza y dónde termina la esencia de lo coreano?»

«¿Qué pasa con los hijos de los ocupantes chinos o japoneses? ¿Qué pasa con las mujeres de solaz? ¿Se les debería retirar la nacionalidad coreana?»

«¿No creéis que para ser del todo coreanos deberíais vivir en Corea?»

«¿No creéis que para ser del todo coreanos deberíais hablar en coreano?»

«¿Por qué vinisteis a este país si sois tan coreanos?»

«¿Y qué pasa con Frank y conmigo?»

Yo pensaba que era muy valiente, pero ahora me pregunto si ser valiente merece la pena. Los valientes son los primeros en ir a la batalla. Pero por eso también son los primeros en caer.

Espero a que el coche vuelva a quedarse en silencio y digo:

—¿Y si yo saliera con una negra?

Quiero añadir «como Hanna», pero no lo digo.

—Frank, basta —me dice mi madre.

Me mira muy seria, como diciéndome que no tiene gracia. Mira a mi padre. Mi padre está dormido. El vaso de cartón está inclinado. Mi madre lo coloca en el portavasos, lo que me parece aún más asqueroso.

—¿Y blanca? —le pregunto.

—No —me contesta mi madre.

—Entonces solo coreana.

Mi madre suspira.

—¿Por qué? ¿Tienes novia blanca?

—No.

—Novia blanca no, ¿vale? —me dice mi madre—. Bueno, ojos grandes mejor. Bonitos.

Mi madre está obsesionada con las chicas de ojos grandes. La madre de Joy está obsesionada con las chicas de ojos grandes. Y los padres de los demás Limbos también. En una Reunión intentamos descubrir por qué. Alguien dijo que seguramente tenía que ver con los soldados estadounidenses de ojos redondos que los salvaron de la guerra civil, lo que nos llevó a observar con detalle el tamaño de los ojos del general MacArthur, lo que derivó en teorías sobre los personajes de grandes ojos del anime japoneses, lo que acabó en un gran debate, lanzándonos piezas de Lego, sobre si era mejor el manga japonés o el mahnwa coreano.

—Te casas con chica coreana —me dice mi madre—. Todo más fácil.

Me aprieto los ojos con las dos manos.

—Más fácil para vosotros.

Me gustaría añadir: «Me da igual si es coreana o no», pero lo he dicho tantas veces que no quiero repetirme.

—No solo nosotros —me dice mi madre. Está indignada—. Más fácil para todos. Chica coreana, nos juntamos con sus padres, hablamos coreano. Más cómodo, más mejor. Comemos juntos comida coreana, vamos juntos a iglesia coreana, más mejor.

—Más mejor para vosotros.

—No —me dice mi madre alzando la voz—. Entenderás cuando tienes hijo. Vale, imagina que tienes hijo mestizo, ¿vale? La gente dice: «Oh, ¿qué nacionalidad este bebé?». Muchos problemas para bebé. ¡Para ti también! ¿De dónde es? Piensa en hijo.

Así que pienso en el hijo. No en un hijo mío, sino en el futuro hijo de Hanna y Miles. He visto a niños «mestizos», y son preciosos, como todos los niños. ¿Quién sería tan cruel como para rechazar a un niño «mestizo»?

¿Qué mierda estoy diciendo? Odio la palabra «mestizo». Hace apenas un par de generaciones llamaban mestizos a los hijos de franceses y rusos. Ahora a esos niños los llaman blancos. La palabra «mestizo» me comprime la mente.

Me rindo.

—Vale, mamá.

—Bueno —me dice mi madre, de nuevo tranquila—. Conozco muchas chicas guapas.

Me froto las sienes. He llegado al final de la discusión, cuando lo único que me queda por hacer es decir «Vale, mamá».

—Vale, mamá —repito.