PRÓLOGO

Agosto de 1331

SACRO IMPERIO ROMANO

El asesino acechaba en las tinieblas y escuchaba el aullido de los demonios.

Tenían que ser demonios: ninguna garganta humana habría estado en condiciones de proferir tales ruidos. Un griterío agudo penetraba en las mazmorras, una risa gutural, un gemido sollozante. Sin duda, en la noche bailaban las hordas de Lucifer.

«¿Han venido a buscarme?»

Dios tenía todos los motivos para arrojar su alma al infierno. El asesino había cometido un crimen e indignado al cielo. Pero aún seguía entre los vivos. Esperaba conocer al diablo cuando su cadáver se bamboleara en el patíbulo con el cuello roto. ¿Acaso Satán estaba impaciente y no quería esperar al verdugo?

El asesino apretó los dientes y se arrastró por la paja putrefacta. La mazmorra estaba mohosa y húmeda, y era tan baja que un hombre solo podía estar agachado en ella. A cada movimiento le dolía la espalda por las cicatrices de la tortura, bajo la que lo había confesado todo: sus verdaderos crímenes y unos cuantos inventados, para que la tortura cesara por fin. Las heridas curaban mal. Además, estaba débil. ¿Cuándo había comido por última vez? No se acordaba. A causa de la hambruna del invierno pasado, no se despilfarraba el valioso cereal en alguien consagrado a la muerte. Tan solo le daban un poco de agua de vez en cuando. Y hacía mucho tiempo que el guardián había llenado el cubo por última vez. El asesino estaba tan sediento que la respiración le ardía en la garganta.

Se arrastró hasta el único sitio en el que se podía estar de pie. Había un pozo encima de su cabeza, una ancha abertura en la roca, que llevaba en vertical dos brazas más arriba y terminaba en una oxidada reja de hierro que daba al patio del castillo. Durante el día, aquel pozo dejaba entrar una escasa luz en la mazmorra… y no solo luz. A veces, los hijos de la servidumbre orinaban en la reja, como el asesino había experimentado dolorosamente el primer día. Desde entonces dormía en el otro lado de la celda.

Se agarró al borde del muro y se incorporó gimiendo. El patio del castillo estaba bañado en luz de antorchas. Los aullidos y gemidos se hacían cada vez más fuertes. Muy cerca de la reja, una voz cuchicheó:

—Impuros. Son impuros, ¿no es verdad, polluelo mío? —Era el graznido de un demonio—. Sí, lo son. Nos hemos dado cuenta enseguida, tú y yo. No se nos escapa nada. Mi polluelo, mi pequeño y querido polluelo. Somos tan inteligentes, tan inteligentes… Nada que ver con esos campesinos. Esos necios apestosos y sin formación. Son impuros, impuros… —El demonio rio burlón.

El asesino tragó saliva. Cuando una sombra se movió a la luz de las antorchas, se agachó a toda prisa. Quizá si se mantenía callado los demonios no lo encontrasen allí.

Un pensamiento estúpido. Satán lo veía todo, lo oía todo, lo sabía todo. Lo rastrearía y se llevaría su alma al infierno.

El asesino se dejó caer en el suelo, con la espalda apoyada en la húmeda pared de piedra, incapaz de mover un solo dedo.

En algún momento oyó unos pasos torpes. Alguien bajó a trompicones las escaleras y chocó con la puerta de la mazmorra. El asesino resistió el deseo de encoger la cabeza y abrazarse las rodillas como un niño pequeño. Alguien metió con torpeza la llave en la cerradura y la puerta se abrió. El guardia estaba allí, con una antorcha en una mano y el cubo del agua en la otra. Miró al asesino como si lo viera por primera vez, inmóvil como una imagen de altar, hasta que de repente empezó a temblarle la mejilla. El guardia clavó la antorcha en el soporte de la pared, dio un paso dentro de la celda y siseó una maldición incomprensible. Luego dejó caer el cubo y se rascó los brazos y las piernas. Empezó a gemir, primero en voz baja y casi placentera, luego con estrépito y lleno de dolor, mientras se rascaba cada vez con más fuerza. Finalmente cayó de rodillas, luego de costado, y se revolcó en la paja presa de espasmos.

El asesino miró al poseído. El guardia se retorcía, pataleaba y golpeaba el suelo con los puños entre jadeos. Por fin se calmó. La saliva le caía en goterones de la boca abierta, su respiración era plana.

«Ayúdame», imploraba su turbia mirada.

El asesino cerró los ojos, volvió a abrirlos y miró la puerta abierta de la celda.

Entonces lo comprendió.

Satán no estaba allí para llevárselo.

Quería salvarlo.

El asesino se incorporó y se mantuvo lo más lejos posible del poseído mientras se escurría fuera de la celda. Paso a paso, apoyando ambas manos en la pared, forzó a su desollado cuerpo a subir los escalones. Entró en una sombría estancia; allí lo habían torturado, si su memoria no le engañaba. Siguió tambaleándose escaleras arriba, tan rápido como pudo, hasta una puerta que entreabrió.

Delante de él estaba el zaguán. Escudos de armas y cornamentas adornaban las paredes. A pocos pasos de él yacía un alguacil, y se comportaba como el poseído de la mazmorra, solo que sus espasmos eran aún peores. Se revolcaba en el suelo gruñendo y resoplando, cada músculo de su cuerpo parecía temblar incontroladamente.

El señor del castillo estaba sentado en medio de la mesa; con la espalda encorvada y las rodillas abiertas, al asesino le recordó a una grotesca gárgola. El hombre cogía pan, verdura y carne de las bandejas, se metía las viandas en la boca y las tragaba sin masticar. La grasa goteaba sobre sus vestiduras, los restos de comida se quedaban pegados a su barba. Su esposa estaba sentada en el banco con las piernas abiertas y se había rasgado el vestido, de modo que el asesino pudo ver sus pechos desnudos. Se rascaba los brazos y los hombros hasta hacerse sangre, y lloraba.

El asesino corrió agachado por el salón, manteniéndose en la sombra, hasta que comprendió que nadie advertía su presencia. El señor del castillo estaba incluso mirándolo fijamente mientras desgarraba con los dientes la carne de una pierna de ganso. Con cautela, el asesino se acercó a la mesa y encontró una jarra de cerveza llena, que vació de un trago.

Suspiró. ¿Había bebido alguna vez algo más refrescante?

Enseguida se sintió más fuerte. Cogió una salchicha y le dio un mordisco mientras arrastraba los pies hacia la salida.

El patio del castillo estaba lleno de gritos y sombras que sufrían convulsiones.

El guardia del adarve tiraba de su loriga como si tratara de descubrirse los brazos, que le picaban. Por fin, renunció y se frotó contra las almenas como un animal, con el rostro convertido en una mueca de dolor. Una joven criada salió tambaleándose de la cocina, se desplomó y se retorció entre espasmos. Junto al pozo estaba arrodillado el caballerizo, que metía una y otra vez la cabeza en el cubo del agua y gritaba:

—¡Arde, arde tanto! ¡Ayúdame, Señor! Haz que pare.

Sin dejar de masticar, el asesino bajó las escaleras y alzó la vista hacia la torre en la que había estado prisionero. Una figura estaba sentada en el suelo, al borde del círculo marcado por el resplandor de las antorchas… ¿Era el capellán? El hombre tenía en su regazo un pollo muerto y acariciaba con ternura sus plumas.

—Son todos impuros —balbuceaba—. Espantoso, sencillamente espantoso. Deberíamos irnos, polluelo mío. Deberíamos desaparecer antes de que nos ensucien.

El asesino siguió arrastrándose a través del patio. Sus piernas apenas estaban en condiciones de sostener su peso. En el establo encontró una horca que empleó como muleta. Así era mejor. Fue hacia el portón mientras se comía el resto de la salchicha. Se encontró a varios poseídos que reían y gritaban y lloraban, se rascaban hasta hacerse sangre, se retorcían en violentos espasmos o decían sandeces. Pero ninguno le detuvo, ninguno pareció siquiera fijarse en él.

Aunque era lo más profundo de la noche, nadie había subido el puente levadizo ni bajado el rastrillo: la puerta del castillo estaba abierta.

El asesino sonrió. Se apoyó en la horca, puso lentamente un pie tras otro y salió a la libertad.

Libro primero. El cirujano

LIBRO PRIMERO

EL CIRUJANO

Todo lo que los remedios no curan, lo cura el hierro; todo lo que el hierro no cura, lo cura el fuego; pero lo que el fuego no cura, ha de considerarse incurable.

HIPÓCRATES DE COS

Capítulo 1

1

Junio de 1346

MONTPELLIER, REINO DE MALLORCA

Cuando el último estudiante hubo tomado asiento, el doctor Girardus subió a la cátedra de la venerable facultad de Medicina de Montpellier y dejó vagar la mirada sobre los presentes. Lo que vio lo llenó de satisfacción. Delante se sentaban los estudiantes de las órdenes religiosas, en medio los hijos de los nobles, detrás los que venían de familias burguesas; al fondo los pobres, que dependían de las instituciones de caridad. El orden de los asientos correspondía exactamente a la sociedad estamental establecida por Dios. A Girardus le gustaba que todo respondiera a un orden.

Había incluso algunos judíos y musulmanes entre sus oyentes. La Universidad de Montpellier se preciaba de especial apertura y permitía estudiar también a los no cristianos. Naturalmente, no había mujeres presentes. Estudiantes femeninas…, la mera idea hacía sonreír al doctor. El caos y la confusión eran las consecuencias de semejante tolerancia malentendida.

Girardus hizo una seña al bedel y su ayudante golpeó el suelo con la vara. Inmediatamente reinó el silencio. Girardus abrió su libro.

—Vamos a escuchar un fragmento de Sobre la naturaleza del ser humano, de Hipócrates de Cos —anunció el doctor, y empezó su erudita exposición en lengua latina.

Girardus había decidido hablar de la teoría de los cuatro humores, basada en el conocimiento médico difundido por Hipócrates y refinado por Galeno, los dos patriarcas clásicos de la profesión médica. Quien dominaba la teoría de los cuatro humores estaba armado para cuidar enfermos y podía enfrentarse a cualquier sufrimiento.

—El cuerpo del ser humano contiene en sí sangre, mucosa, bilis amarilla y bilis negra, que representan la naturaleza de su cuerpo, y por ella sufre dolores y por ella está sano. Solo está especialmente sano cuando estas sustancias muestran la proporción correcta en su interacción mutua y en su cantidad, y están mezcladas de la mejor manera; siente dolores cuando una de estas sustancias se produce en el cuerpo en menor o mayor cantidad, y no está mezclada con todas las mencionadas —leyó Girardus.

Los estudiantes tomaban notas esforzadamente. Girardus decidió de manera espontánea apartarse un poco del texto autoritativo. La lección toleraba un poco de audacia académica. Había hecho sus propias consideraciones acerca de la doctrina de los cuatro humores y redactado un comentario que completaba la teoría de Hipócrates de forma inteligente pero respetuosa. Se podía decir que este representaba la sublime simbiosis de la sabiduría de Hipócrates y de su propia genialidad.

Cuando Girardus iba a empezar sus explicaciones, alguien gritó:

—¡Con todo respeto, doctor, no puedo seguir escuchando!

Frunciendo el ceño, Girardus levantó la cabeza. Aquello era una lección, no un debate… Las manifestaciones de los oyentes no eran ni habituales ni bienvenidas. Lo que no impidió que algunos estudiantes se rieran.

—Quiero decir, otra vez la doctrina de los cuatro humores —prosiguió el que había interrumpido—. No pasa una semana sin que uno de los doctores se refiera a los cuatro humores, los cuatro temperamentos o los cuatro elementos. Estoy seguro de que todo el mundo aquí puede recitar la teoría en sueños. ¿Vamos a aprender alguna otra cosa alguna vez?

Girardus era un anciano; sus ojos y oídos ya no eran los mejores, y necesitó un momento para localizar al perturbador. Adrianus, naturalmente. Un estudiante de Medicina de último curso. Sin duda una cabeza despejada. Por desgracia también un alborotador, cuyo exceso de sangre y bilis amarilla le inducía a llevar de forma constante la contraria.

—Llevo aquí sentado cinco años, oyéndoos a los doctores citar a vuestro Galeno y las otras autoridades de la Antigüedad —proseguía Adrianus—. Si al menos oyéramos hablar de Sobre las articulaciones de Hipócrates. Pero no, siempre los cuatro humores. Por las noches, sueño que me ahogo en un mar de mucosa. Cuando voy a tomar una cerveza, veo una jarra llena de bilis amarilla delante de mí. Y cuando contemplo a una muchacha, no puedo disfrutar de sus redondeces porque siempre me pregunto si su sangre y su bilis negra estarán en equilibrio.

Los estudiantes rieron. El bedel se vio obligado a golpear el suelo con la vara y pedir silencio con aspereza.

La voz de Girardus chirriaba de indignación.

—Magister Adrianus, debo recordarte que no somos más que enanos alzados a hombros de gigantes. No en vano el lema de la facultad de Medicina es: Olim Cous nunc Monspeliensis Hippocrates… «En el pasado Hipócrates era de Cos, hoy es de Montpellier.» Haríamos bien en respetar las antiguas autoridades. Estudiarlas a fondo es la única forma útil de aprender. Esto vale también y especialmente para ti.

—No tengo nada en contra de los antiguos, maestro. —Adrianus se levantó—. Pero ¿haría daño enseñar de vez en cuando algo nuevo? A ser posible, ¿algo que nos sirva para atender a los enfermos?

—La teoría de los cuatro humores es en extremo útil —repuso cortante Girardus—. Quien lo niega está fuera de lugar aquí. ¡Además, estudiáis los escritos de Constantino el Africano y Nicolás de Salerno, y recibís una formación profunda en Astrología!

—La astrología no es precisamente lo que Roger Bacon entendía por medicina práctica. Aconsejaba a los médicos confiar más en la propia observación que en los astros.

El silencio reinaba en la sala mientras los estudiantes escuchaban cautivados la disputa verbal. Girardus estaba decidido a batir con sus propias armas al descarado magister, a aniquilarlo con argumentos eruditos.

—Roger Bacon también creía que un día habrá vehículos que se moverán sin que tiren animales de ellos y que los humanos ascenderán al cielo con aparatos voladores. ¡Ese hombre era un fantasioso!

—Puede ser —dijo Adrianus—. Pero al menos tenía el valor de poner en cuestión las opiniones heredadas.

—Ah. —El doctor compuso una fina sonrisa—. Y sin duda tú te crees igual de valiente. Entonces revélanos, magister Adrianus…, en tu opinión, ¿qué debería enseñar la facultad de Medicina?

—¿Qué tal cirugía?

—La cirugía es el campo del médico de formación manual. El físico académico está obligado a dejar intacto el cuerpo humano, y distanciarse por tanto de métodos tan violentos. ¡Cinco años de estudio, y tengo que explicarte tales obviedades!

En su ira, Girardus cogió el manual con ambas manos y golpeó atronadoramente el atril con él.

—Soy muy consciente de que la cirugía le está vedada al médico erudito —respondió Adrianus—. Pero quizá esa norma sea anacrónica y necia y deba ser abandonada.

—El Papa en persona lo ha dispuesto así. ¿Y tú lo llamas necio? —gritaba ahora el doctor—. ¡Llevo veintidós años enseñando en esta universidad y nunca he visto un descaro así! ¡Debería hacer que el bedel te azotara delante de tus compañeros!

—Difícilmente podría impedíroslo. —Adrianus tuvo la desfachatez de sonreírle—. Por suerte conozco un buen cirujano que después curará mis heridas.

La carcajada de los estudiantes atronó en los oídos de Girardus. El doctor señaló la puerta con un dedo tembloroso.

—Fuera —gimió con voz ahogada—. Preséntate al instante ante el rector.

—Siéntate —ordenó el bedel, y desapareció en el despacho del rector.

Lo hicieron esperar mucho. Aquello era parte del castigo, estaba destinado a enseñarle humildad. Adrianus hizo lo mejor que podía, dejando vagar sus pensamientos y observando a los estudiantes que entraban y salían de la casa de piedra. Muchos de ellos eran monjes; estaban muy bien representados, especialmente en la facultad de Teología. También se habría podido tomar a Adrianus por uno de ellos porque, como todos los estudiantes y profesores, llevaba una tonsura y un sencillo hábito. Todos los miembros de la universitas, la comunidad de docentes y discentes, pertenecían al clero y estaban sometidos a la autoridad del Papa.

Pero Adrianus no era ningún monje. Era el segundogénito del mercader Josselin Fleury y venía de la ciudad libre de Varennes Saint-Jacques, en el ducado de Lorena. Su verdadero nombre era Adrien, pero, como en la universidad se hablaba exclusivamente latín, lo había adaptado. Hacía ya ocho años que había llegado a estudiar a Montpellier, primero las siete artes liberales en la facultad de Artes, luego las artes curativas en la renombrada escuela de Medicina. Porque su deseo más ardiente era ser médico.

De lo cual ya no estaba seguro. Las secas y polvorientas manifestaciones de un Girardus, las interminables lecciones de Astrología, la veneración acrítica por Galeno e Hipócrates por parte de los doctores, le parecían en ese momento una pérdida de tiempo. ¿De verdad quería pasar el resto de su vida poniendo en equilibrio los humores de sus pacientes a base de dietas y discutibles bebedizos, aunque hubiera métodos mucho mejores para aliviar el sufrimiento?

Suspiró. Le debía a su familia terminar por lo menos sus estudios. Faltaban pocos meses para el último examen. Aguantaría hasta entonces. Luego ya se vería.

El bedel abrió la puerta y le invitó a entrar con una severa mirada. Adrianus se acercó a la mesa tras la cual se hallaba el rector, que junto con el canciller dirigía las cuatro facultades y ejercía la jurisdicción sobre la universitas. Un hombre singularmente delgado, con un carácter desagradable, que para el gusto de Adrianus disfrutaba demasiado de su poder.

El rector clavó una mirada penetrante en él y dijo:

—Cuando te matriculaste en la facultad de Artes, hace ocho años, prestaste un juramento. ¿Lo recuerdas?

—Sin duda.

—Entonces juraste respetar a las autoridades de la universidad y someterte con humildad a ellas, ¿cierto?

Adrianus asintió escuetamente.

—Y aun así has atacado al doctor Girardus, un respetado profesor y médico, durante su lectura, y lo has puesto en ridículo… y no es la primera vez. ¿Qué te ha pasado?

—No quería atacar al doctor Girardus —se defendió Adrianus—. Tan solo he planteado la pregunta de por qué siempre tenemos que escuchar la doctrina de los cuatro humores y casi nunca oímos nada más.

—¡No te corresponde a ti criticar a tus profesores! —El rector golpeó la mesa con la palma de la mano—. No eres más que un magister. No puedes juzgar qué conocimientos necesitan para su trabajo los futuros médicos. Tu misión es seguir en silencio la lectura. ¿Me has entendido?

Adrianus se forzó a bajar la vista.

—Sin duda.

—El bedel dice además que hiciste escarnio del Santo Padre. Te lo advierto, Adrianus. Un hombre menos indulgente que yo podría considerar eso blasfemia. —El rector dejó que un silencio siguiera a sus palabras—. Pasemos a tu castigo —dijo al fin—. Ya que el pasado ha puesto de manifiesto que las sanciones habituales no te impresionan, es hora de golpearte donde duele: en la bolsa del dinero. Por tu impertinencia pagarás una multa de veinte sous.

Una libra entera de plata… un montón de dinero, incluso para el hijo de un mercader. Adrianus casi habría preferido que el bedel lo azotara. Con los labios apretados, puso las monedas en la mano del rector.

—Espero que te corrijas…, esta es mi última advertencia —dijo el rector—. Ahora, quítate de mi vista.

Fuera, esperaban a Adrianus sus dos mejores amigos. Jacobus y Hermanus tenían, como él, veintitrés años y estudiaban también el último año de Medicina. Adrianus fue a su encuentro con una sonrisa.

—¿Cárcel? ¿Varapalo? ¿Limpieza de letrinas? ¿Qué ha sido esta vez? —preguntó Hermanus, apoyado con descuido en un muro.

—Ese saco de mierda me ha impuesto una multa.

—¿Cuánto?

—Veinte sous —respondió Adrianus.

Su amigo hizo un movimiento de desdén con la mano. Hermann von Plankenfels, pues ese era su verdadero nombre, provenía de una familia de caballeros inmensamente rica… El dinero no significaba nada para él. De hecho, solo estudiaba porque no sabía qué hacer con su vida. Cuando lo aceptaron en la facultad de Artes, su padre había donado mil florines a la universidad, por lo que sus dirigentes le toleraban todo a Hermanus, que aprovechaba esa libertad sin vergüenza alguna. Estaba disponible para cualquier gamberrada y no temía las prohibiciones. Ahora, por ejemplo, llevaba un jactancioso vestido de llamativos colores, un audaz sombrero en la cabeza y un puñal recamado de joyas al cinto, aunque todo eso chocaba con los estatutos de la universitas.

—Olvida el dinero. Tu padre te enviará más —dijo con alegría Hermanus—. Lo importante es que vuelves a estar en boca de todos. Dentro de diez años, todavía se hablará del ataque de ira de Girardus. —Dio una palmada en la espalda a Adrianus—. Ha sido una broma espléndida, y justo lo que esa lectura, mortalmente aburrida, necesitaba. Mis felicitaciones.

—No ha sido ninguna broma, sino una redomada necedad —le contradijo Jacobus—, y no deberías ensalzarle por ella. ¿Cuántas veces te ha llamado ya el rector? ¿Cinco? ¿Seis? —Se volvió hacia Adrianus—. Sin duda su paciencia pronto se agotará. ¿Quieres que te echen de la universidad tan cerca del examen?

Aquel judío pequeño y vivaracho —cuyo nombre real era Jacob ben Amos— era en muchos sentidos la contrafigura exacta de Hermanus. Siempre estaba preocupado por algo, y por esa razón chocaba con él a menudo. Pero, cuando era necesario, se respaldaban el uno al otro.

—Ya no me van a echar. La cosa tampoco fue tan grave —dijo Adrianus, y pensó involuntariamente en la última advertencia del rector.

—Exacto —asintió Hermanus—. Además, se guardarán de poner en la calle a sus mejores estudiantes, adorno de la facultad de Medicina.

Adrianus batió palmas.

—Ahora, ya basta. Disfrutemos de este tiempo espléndido.

Hermanus asintió.

—Me has quitado las palabras de la boca. Vamos a la taberna. Sin duda podrás aguantar un trago.

—No tengo dinero.

—No hay problema. Nuestro amigo judío nos dará un poco.

—¿Cómo es que el amigo judío no sabe nada de eso? —repuso Jacobus.

—No te tomes siempre tan en serio todo lo que digo. Naturalmente, beberemos a costa de la tan distinguida como liberal familia Von Plankenfels… Que el Señor bendiga a mi padre y sus desbordantes arcas, y me conserve largo tiempo ambas cosas —declaró Hermanus, y palpó su repleta bolsa.

—En realidad enseguida empieza la clase de Astrología —objetó Jacobus.

—Nada que no hayamos oído ya mil veces, ¿no? —dijo Adrianus.

—Vuelve a ser cierto.

Se fueron paseando. Montpellier estaba sobre dos colinas, un enorme mosaico de tejados de un rojo reluciente y muros de arenisca que se desmoronaban en el aire salado y que a Adrianus le parecían inconcebiblemente viejos. Callejones laberínticos serpenteaban por entre la maraña de casas y pasaban de largo ante estrechas escaleritas, desmigajados arcos y muros de patios cubiertos de hiedra. El suelo bajo sus pies estaba pavimentado. Los desagües de las casas y de los talleres de los tintoreros se acumulaban en un arroyo y arrastraban toda clase de porquería. El sol del mediodía caía ardiente y empujaba las sombras hacia los ángulos y rincones, pero del mar venía un viento fresco que olía a pescado y algas, a agua sucia y a la madera incrustada de sal de los barcos mercantes en el puerto. Una especie de nostalgia se apoderó de Adrianus. Sentía el deseo de dejarlo todo atrás y empezar de nuevo en otro sitio.

—Hay una cosa que no puedo creer —dijo Hermanus.

—¿El qué?

—Que ya no puedas disfrutar de las chicas a causa del tema favorito de Girardus. Me temo que para eso no hace falta la doctrina de los cuatro humores, viejo amigo. Solo es necesario que una mujer medianamente vistosa venga por el camino para que te pongas como un tomate y no seas capaz de decir una sola palabra razonable.

Adrianus gruñó con disgusto. Su inseguridad ante el otro sexo no había quedado oculta a Hermanus y Jacobus. Lo que ocurría era que le conocían demasiado bien.

—Tenemos que hacer algo de manera urgente. Esto no puede seguir así.

—Gracias, pero me las arreglo.

—Timidez, individualismo, tendencia a cavilar… naturalmente, la culpa la tiene un exceso de bilis negra —explicó Hermanus.

—Naturalmente —gruñó Adrianus.

Entrada la tarde, Adrianus fue a una pequeña iglesia en la que se dictaban las clases de la facultad de Artes. Mientras los estudiantes entraban en tropel y tomaban asiento en el suelo, Adrianus subió al púlpito y extendió sus libros.

Las artes liberales estaban consideradas los siete escalones que llevaban a la sabiduría, porque servían para preparar para un estudio superior en las facultades de Teología, Derecho o Medicina. Adrianus los había subido con éxito, pero a veces dudaba de que eso lo hubiera hecho más sabio. Al menos había adquirido el título académico de Magister artium, que llevaba aparejada la obligación de instruir a jóvenes estudiantes.

Sus discípulos venían de Francia, Aragón, Italia, Inglaterra y los países alemanes; tenían entre catorce y dieciséis años y habían empezado el año anterior en la facultad de Artes. Adrianus contempló sus intimidados rostros. Aquellos chicos se sentían perdidos en una ciudad ajena. Sin duda más de uno se pasaba las noches despierto preguntándose si estaría a la altura de las difíciles enseñanzas. Porque la escuela municipal o catedralicia de su ciudad natal los había preparado, en el mejor de los casos, de manera superficial para el estudio.

«Exactamente igual que yo por entonces.» Adrianus todavía se acordaba muy bien de su primer año en la facultad de Artes. Grandes sueños, pero dolorosa nostalgia de casa y el constante temor a los magisters, que rápidamente tenían la vara en la mano. Adrianus, en cambio, nunca había pegado a un estudiante. Lo que esos chicos necesitaban era respeto y amabilidad, no rigor excesivo.

Él enseñaba el Trivium, que estaba formado por las asignaturas de Gramática latina, Retórica y Dialéctica. Abrió su Ars medicinae, un volumen recopilatorio con escritos traducidos de Galeno, Hipócrates y otros físicos antiguos. El día anterior había estado pensando en emplearlo para que sus estudiantes pudieran con ayuda de los viejos textos refinar su latín y adquirir al mismo tiempo algunos conocimientos médicos. Pero, a causa del incidente de aquella mañana, la idea le parecía insensata. Si aquellos jóvenes estudiaban Medicina más adelante, ya tendrían que tratar tiempo suficiente con Galeno. Además, en la mayoría de ellos el latín aún no estaba lo bastante asentado para un texto de tal complejidad. Por eso decidió seguir trabajando en los fundamentos, abrió el Ars minor del gramático romano Donato y empezó a hablar de los distintos tipos de palabras. Hacía repetir pasajes importantes a los estudiantes hasta que interiorizaran su contenido.

Terminó la lección al llamar las campanas al ángelus y se fue a casa. El sol acababa de ocultarse detrás de los tejados y bañaba la ciudad en una luz roja. En los patios y pasajes se reunían sombras, como visitantes con malas noticias. Adrianus atravesó el centro de la ciudad, donde los mercaderes dejaban su trabajo en ese momento y salían en tropel del mercado. Montpellier era célebre por su comercio de paños y atraía a mercaderes de toda la Cristiandad, pero también a judíos de Palestina y del sultanato de los mamelucos, que en primavera llegaban con sus barcos a los dos puertos de la ciudad y ofrecían en los mercados locales especias aromáticas, valiosos tintes y relucientes joyas. Los mercaderes compartían los albergues con peregrinos camino a Santiago de Compostela.

Adrianus dejó el bullicio atrás y dobló hacia los callejones de los cirujanos y los talladores de piedras, donde entró en una casa retranqueada detrás de un floreciente huerto. A diferencia de muchos de sus compañeros, que se alojaban en sucias pensiones o con los doctores, en diminutos cuartos de alquiler, Adrianus disfrutaba de una vida cómoda gracias al bienestar de su familia. Habría podido permitirse una vivienda propia, pero prefería vivir en casa del cirujano Hervé Laxart, al que echaba una mano como ayudante.

En el vestíbulo se encontró a Madeleine, que estaba en ese momento barriendo el suelo. Hervé y ella se habían casado hacía unos meses, y Adrianus todavía no se había acostumbrado a la presencia de una mujer en aquella casa.

—He hecho sopa. Aún queda un poco, si quieres.

—Gracias —respondió, monosilábico, evitando su mirada—. ¿Dónde está Hervé?

—Ahí al lado. Sigue trabajando.

Él subió la escalera sin responder palabra. No era culpa de Madeleine que él se comportase con tanta torpeza. Se tomaba muchas molestias y lo trataba con gran amabilidad. La culpa la tenía la maldita timidez con la que estaba dotado. Que Madeleine fuera muy hermosa no lo hacía precisamente más fácil. A veces se preguntaba si su embarazo respecto al sexo femenino no era la verdadera razón por la que había emprendido una carrera: en el aislado mundo de hombres de la universidad, apenas corría el peligro de encontrarse con mujeres.

En la cocina tomó a toda prisa un poco de sopa y pan. Masticando el último bocado, bajó a la sala de tratamientos, donde Hervé estaba atendiendo a un herido. Mientras que el físico académico evitaba el contacto demasiado estrecho con sus pacientes y trataba las enfermedades ante todo con sabios consejos, la vida cotidiana del cirujano de formación artesana estaba hecha literalmente de sangre salpicando, intestinos abiertos y huesos astillados. Él hacía todo aquello para lo que un médico de carrera era demasiado fino: enderezaba miembros quebrados, cosía heridas y extirpaba abscesos. Sin duda un trabajo sucio y a veces espantoso, pero, a los ojos de Adrianus, merecedor de la mayor admiración.

La sala estaba abarrotada de utensilios médicos; había un estante para ventosas y frascos de orina, otro para instrumentos quirúrgicos y vendajes, un tercero para escritos médicos. Del techo colgaban hierbas puestas a secar, varios arcones contenían redomas y matraces con los más variados medicamentos, ungüentos y tinturas. En el alféizar de la ventana había dos figuritas de Cosme y Damián, los santos patrones de los cirujanos.

Junto a la camilla estaba listo el instrumental: distintos escalpelos, la sierra de huesos, el trépano, el pelícano para sacar las muelas. Por el momento, Hervé no estaba utilizando ninguno de ellos. El paciente, un carpintero, tenía una herida abierta en el brazo; en la carne se le habían clavado esquirlas de madera que Hervé retiraba con una pinza. El carpintero apretaba los dientes por el dolor.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Adrianus.

—El pobre se ha rasgado el brazo con una viga podrida.

—¿Queréis que os ayude, maestro?

—No hace falta, ya casi he terminado. Pero podrías preparar esponjas soporíferas. Apenas nos quedan.

Hervé era un hombre apuesto, de unos treinta años, pelo negro como la noche y rasgos aristocráticos, que engañaban acerca de su procedencia de una familia humilde y del hecho de que había llegado a ser un miembro respetado del gremio de los cirujanos a base de esfuerzo y capacidad. Al principio la mirada penetrante de sus ojos verdes como el bosque había puesto nervioso a Adrianus, pero pronto se había dado cuenta de que su empleador era hombre de buen carácter. Hervé tenía el don de atender por entero a su interlocutor y escuchar con la máxima concentración; podía incluso dar la impresión de que lo estaba mirando fijamente a uno.

Adrianus entró en su cámara, que estaba junto a la sala de tratamientos. Se sentó a la mesa, mezcló con agua opio, solano, beleño y mandrágora y empapó con la mixtura varias esponjas. Con las esponjas soporíferas se podía aturdir a los enfermos para ahorrarles los dolores de una amputación u otra intervención grave. El método no carecía de riesgos. Si se dosificaban mal los distintos ingredientes, era posible que el paciente no despertara de su desmayo. Por eso Adrianus trabajaba con la máxima minuciosidad.

Entretanto, Hervé ya había vendado al carpintero y le pedía ahora que regresara al cabo de dos días. No reclamó honorarios por sus servicios. Hervé era un cirujano público y recibía su salario del concejo.

Adrianus llevó el cuenco con las esponjas a la sala de tratamientos. Su patrono no se tomó la molestia de supervisarlo. Ya hacía años que había aprendido que podía confiar en su ayudante. Mientras lavaban juntos la sangre de la camilla, Hervé reprimió un bostezo.

—Puedo hacerlo yo —dijo Adrianus—. Id tranquilo a la cama, maestro.

—La verdad es que debería dormir… Ha sido un día duro. Gracias. —El cirujano le deseó buenas noches.

Adrianus limpió los instrumentos y recogió el taller antes de irse él también a la cama.

Hacía mucho que había oscurecido, pero no encontró el sueño. No hacía más que pensar en su enfrentamiento con Girardus y en su cita con el rector. Al principio, había empezado a ayudar a Hervé para ganarse un sobresueldo. Pero hacía mucho que ya no era cuestión de dinero. Trabajaba allí porque aprendía más de Hervé que de todos los doctores de la facultad de Medicina juntos.

Esa era la triste realidad.

Mucho después de medianoche, se quedó al fin dormido. Soñó con mujeres, todas ellas tan hermosas como Madeleine, e incluso era capaz de hablar con ellas sin ruborizarse.

Capítulo 2

2

A la mañana siguiente, Adrianus se reunió con los otros estudiantes delante de la sala de anatomía. Los jóvenes discutían animadamente. —¿Te has enterado? —preguntó Jacobus—. Por fin han atrapado a Louis el Negro.

Adrianus frunció el ceño.

—¿Debería conocerlo?

—No sabía que te habías pasado media vida en una cueva —se burló Hermanus—. Que sepas que hace cuarenta años que el Papa reside en Aviñón.

—Louis el Negro es el peor ladrón de la región —explicó Jacobus—. Durante los últimos años ha asaltado a docenas de personas a las puertas de la ciudad y matado a no pocas. ¿Cómo es posible que no lo sepas?

—Mi atención se dirige más a las eruditas lecciones de nuestros doctores que a la cháchara de las tabernas —dijo Adrianus—. Pero, ahora, ¿dices que Louis el Negro está entre rejas?

—Lo rastrearon y prendieron ayer. Los cónsules quieren hacerle un juicio pronto y ahorcarlo esta misma noche.

—Iré a verlo —dijo Hermanus—. ¿Estaréis allí?

—Gracias, pero renuncio —dijo Adrianus.

—Yo también. —Jacobus miró al alemán con desaprobación—. Nunca entenderé que te pueda gustar algo tan espantoso como una ejecución.

—En este desolado lugar hay que aceptar cualquier distracción que pueda conseguirse —declaró Hermanus sin ninguna vergüenza.

En ese momento apareció el doctor Girardus. No se dignó mirar a Adrianus cuando abrió la sala de anatomía.

—Alguien siente rencor —murmuró sonriente Hermanus.

Los estudiantes tomaron asiento en los bancos. Girardus ocupó la tribuna en la cabecera y abrió un libro. Sus ayudantes, un relleno cirujano y dos estudiantes más jóvenes, depositaron un saco en la mesa que había en el centro de la sala y dejaron al descubierto su contenido. Apareció un cerdo muerto.

—Vamos a escuchar lo que Galeno manifiesta acerca de la situación y condición de los órganos humanos —anunció Girardus.

Los ayudantes volvieron el cerdo de espaldas. El cirujano esgrimió un escalpelo, abrió el abdomen del animal y empezó a hurgar en el cadáver, mientras Girardus peroraba acerca del corazón humano, el hígado y los pulmones. El cirujano señalaba con un puntero el órgano correspondiente para ilustrar el texto autoritativo.

—No puedo soportar más este absurdo —gimió Adrianus.

—Guarda silencio —advirtió Jacobus—. ¿O es que quieres volver a visitar al rector?

Adrianus se guardó sus observaciones críticas. De todos modos, no tenía sentido discutir con el doctor Girardus. Sabía de antemano cómo transcurriría la disputa:

ADRIANUS: ¿No sería más instructivo trabajar con un cadáver humano?

GIRARDUS: La facultad prohíbe disecar personas, como sabes muy bien.

ADRIANUS: En la Universidad de Bolonia está permitido. ¿No debería la prestigiosa escuela de Medicina de Montpellier ser igual de avanzada?

GIRARDUS: Los métodos de otras universidades no nos conciernen. La decisión de la facultad es firme.

ADRIANUS: Pero ¿cómo vamos a aprender de qué manera trabajan los órganos humanos si solo vemos el interior de un cerdo?

GIRARDUS: También el gran Galeno disecaba de manera exclusiva animales, y lo que era bueno y correcto para él difícilmente puede ser erróneo para nosotros.

ADRIANUS: Galeno lo tenía fácil. Era médico de gladiadores, y todos los días tenía ocasión de estudiar la anatomía humana en cuerpos destrozados.

GIRARDUS: ¡Fuera! ¡Fuera!

No, discutir con el doctor sobre la utilidad de disecar animales sería una pura pérdida de tiempo. Adrianus soportó la clase y garabateó en su tablilla de cera.

Entretanto, su profesor estaba hablando de los riñones. El cirujano, que iba un poco por detrás de la conferencia y se estaba ganando por eso las punitivas miradas de Girardus, intentaba a toda prisa liberar el órgano acuchillando el cadáver. Finalmente, lanzó una audible maldición y sacó los intestinos de la cavidad abdominal con ambas manos. La masa mucosa cayó con estrépito en el cubo, y el cirujano señaló, radiante, los riñones.

—Asado de cerdo —dijo asqueado Jacobus—. No lo dirás en serio.

—La clase de anatomía me ha abierto el apetito. —Hermanus cortó, codicioso, un trozo de carne con el cuchillo y se lo metió a la boca.

—¿Cómo podéis los cristianos comer una cosa así? —Jacobus pidió al posadero un cuenco de sopa de nabos.

Adrianus le imitó. Tenía que ahorrar.

Se sentaron en su taberna favorita y disfrutaron del sol que brillaba en el patio amurallado. Las vigas corrían por encima de sus cabezas, viejas y palidecidas por el sol; una parra silvestre se enroscaba a la madera plateada como la culebra a la vara de Esculapio. Una horda de estudiantes irrumpió con estruendo, todos ellos miembros de la facultad de Derecho. Enseguida, el gesto de Hermanus se ensombreció. En una ocasión había ofendido a un estudiante de Derecho, dándole nombres tan sonoros como «violaburros» y «estafador de putas», sin sospechar que el joven descendía de una familia de príncipes lombardos. Fue la primera y única vez en su carrera académica que el rector no solo no cerró los ojos, sino que además lo castigó por su falta. Desde entonces, Hermanus odiaba a todos los juristas.

Adrianus se tomó la sopa y observó un gato negro encaramado al muro. El animal miraba concentrado a una paloma en el techo de la taberna. Cuando se le unió un segundo pájaro, empezó a lavarse.

«Los gatos solo pueden pensar en una cosa —se le pasó por la mente—. Su cabeza es demasiado pequeña para una segunda idea. Si tienen que pensar en dos cosas al mismo tiempo, se confunden.»

Sin duda Galeno tenía alguna opinión al respecto. Seguro que ese viejo saco de mierda también había disecado gatos.

Adrianus apartó el cuenco vacío.

—¿Sabéis lo que vamos a hacer? —dijo, volviéndose hacia sus amigos.

—¿Cagar en un cubo y dejarlo en la biblioteca de los juristas? —gruñó Hermanus.

—No grites —murmuró nervioso Jacobus—. ¿Quieres que nos den una paliza?

—Que vengan. —El alemán jugó provocador con su puñal—. Al primero que llegue le ensartaré el riñón; ahora sé dónde está.

—Dejaremos lo del cubo para mañana —dijo Adrianus—. Esta noche vamos a robar el cadáver de Jacques el Negro.

—Louis —dijo Hermanus sin dejar de masticar—. Se llama Louis.

—Ese tipo es un criminal, así que colgarán el cadáver para su escarmiento. Será fácil llevárselo.

—¿Y para qué íbamos a hacer eso? —preguntó Jacobus.

—¡Para disecarlo! —respondió Adrianus.

El judío se quedó mirándolo.

—¿Te has vuelto loco?

—¿Cuándo hemos tenido la oportunidad de hacernos sin gran esfuerzo con un cadáver reciente? Piensa en todo lo que podríamos aprender. Tú también consideras necias las disecciones de animales.

—Sí, pero disecar cadáveres está prohibido… ¡por la ley cristiana y por la judía! Además, no podemos abusar sin más de un ahorcado.

—¿Por qué no? —repuso Adrianus, al que Jacobus empezaba a atacar los nervios—. Louis el Negro haría un servicio a la ciencia médica. Después de todos sus crímenes y asesinatos, haría alguna cosa sensata por última vez.

—Pero ¡y si nos pillan! ¿Y cómo vas a entrar en la sala de anatomía?

—Deja eso de mi cuenta —declaró Hermanus con ojos relucientes.

Adrianus sabía que no iba a ser necesario convencer al alemán. El proyecto era una aventura del gusto de Hermanus.

—No, no y no… ¡No participaré en una necedad como esa! —exclamó decidido Jacobus—. También vosotros deberíais olvidaros del asunto enseguida.

—Vamos, Jacobus, te necesitamos —dijo Adrianus—. ¿Cómo vamos a bajar el cadáver de la horca entre dos?

—Eso me da igual. Buscaos a otro.

—Maldita sea, eres un judío obstinado y además un cobarde, ¿lo sabes?

—Y tú… tú eres un pillo frívolo, ni una pizca mejor que Hermanus. ¡Siempre pones a los demás en apuros!

Discutieron tanto tiempo que se perdieron la lección sobre la teoría de los astros de Plinio.

Adrianus estuvo vigilando hasta que el farol del vigilante nocturno desapareció entre las casas.

—Se ha ido. ¡Vamos!

Los tres estudiantes corrieron por los oscuros callejones, Jacobus empujaba la carretilla. Después de una larga discusión, su amigo judío se había declarado al fin dispuesto a ir con ellos… «¡Pero solo para que no hagáis tonterías!», insistía todo el tiempo.

De noche, Montpellier se transformaba. Los angostos callejones y escaleras, inundados de día por la luz del sol, parecían ahora sombrías bóvedas en las que podía acechar todo lo imaginable. Desde luego, hacía mucho que los buenos ciudadanos estaban en la cama. Salvo los vigilantes nocturnos y algunos bebedores ruidosos, los tres amigos no encontraron ni un alma cuando dejaron el centro de la ciudad. Con más de treinta mil habitantes, Montpellier era cuatro veces más grande que la patria de Adrianus, Varennes Saint-Jacques, y las extensas fortificaciones de la ciudad abarcaban un extenso espacio cuyos distritos exteriores eran completamente rurales: granjas con huertos, sembrados y frutales formaban un cinturón verde en torno al casco antiguo.

Se detuvieron en uno de los tres bastiones, cuyos muros se alzaban negros como tallados en pura tiniebla por la mano de un gigante. Pronto distinguieron el cadalso, que estaba al pie de la fortificación. En lo alto de un poste estaba la rueda. A su lado la horca, una construcción tan tosca como efectiva hecha con dos pilastras de madera unidas por un travesaño: una puerta al infierno que se cruzaba colgando de una soga.

—Da miedo aquí fuera —murmuró Jacobus.

—¿Veis algún vigilante? —preguntó en voz baja Adrianus.

—Enseguida será nuestro. Esperad aquí. —Hermanus subió a la elevación y desapareció en las tinieblas.

Adrianus mantenía la calma, pero le daba la impresión de que su propia respiración era atronadora. «¿Cuántos infamados y condenados habrán exhalado ahí arriba su último aliento?» El cadalso era un lugar maldito, se decía. A lo largo de los siglos habían enterrado allí a tantos ejecutados que la tierra bajo la horca estaba hecha en su mayor parte de huesos y cráneos. Posiblemente andaban por allí almas perdidas, tan malvadas que hasta Satán las había rechazado.

De pronto, el plan le pareció claramente estúpido.

—Hermanus se está tomando su tiempo —murmuró Jacobus, cambiando el peso de un pie al otro.

Una sombra se desprendió de las tinieblas y fue hacia ellos. Gimieron de terror. Hermanus rio entre dientes.

—¿Era necesario? —le increpó Jacobus—. ¡He estado a punto de mearme encima!

—Hay un guardia —explicó el alemán—. Pero va a mirar un rato para otro lado. Es asombroso lo que un chelín de plata es capaz de hacer.

—Para ti es una cagada de mosca, pero para un alguacil mal pagado es una pequeña fortuna —dijo Adrianus.

—Hurra por los padres de la ciudad y su avaricia. Ahora, venid. Si tardamos, es posible que ese tipo pida un aumento.

Empujaron la carretilla hasta la elevación. No se veía al guardia por ninguna parte. En las tinieblas se oía un leve chapoteo; al parecer, estaba haciendo aguas.

Cuando Adrianus distinguió al ahorcado, se le puso una sensación de vacío en el estómago. Louis el Negro había sido un hombre recio, cuya presencia física tenía que haber bastado para intimidar a los viajeros solitarios. Ahora colgaba flácido, apestando a orina y excrementos, con el cráneo anguloso grotescamente torcido hacia un costado. A pesar de la oscuridad, Adrianus pudo distinguir la lengua, que salía de la boca del cadáver como un cuerpo extraño.

—Una cosa os digo: no voy a tocarlo —murmuró Jacobus—. Tocar cadáveres trae desgracia.

—Entonces trepa y corta la cuerda —dijo Adrianus.

El judío refunfuñó un poco antes de aceptar por fin. Hermanus hizo un estribo con las manos para que Jacobus pudiera alzarse hasta el travesaño. Aunque de baja estatura, era asombrosamente fuerte y un gran escalador. Pronto estuvo sentado en el travesaño cortando la soga con el puñal de Hermanus. Cuando esta cedió, los otros sujetaron el cadáver, gimiendo bajo su peso. Dejaron resbalar el cuerpo al suelo con cuidado, lo subieron a la carretilla y lo taparon con trapos.

—Largo de aquí —dijo Adrianus.

Dios estuvo de su lado mientras corrían hacia el centro de la ciudad: nadie los detuvo, nadie les causó dificultades. Hermanus iba delante y fue a echar un vistazo a la sala de anatomía. Después de una larga discusión, habían decidido disecar allí el cadáver. La casa estaba lejos del resto de los edificios de la universidad, así que no tenían que temer ser descubiertos.

—Todo despejado —anunció Hermanus.

Empujaron la carretilla hasta la puerta, en la que su noble amigo se atareaba con un trozo de alambre. Gracias a su predilección por las aventuras oscuras, tenía experiencia en abrir cerraduras y otras artes dudosas. La puerta se abrió, metieron el cadáver y lo subieron a la mesa. Adrianus puso varias teas en los soportes de las paredes y las prendió.

Por fin podía mirar con más detenimiento el cadáver. Tenía un aspecto espantoso, con el cuello roto, los ojos muy abiertos, las venillas reventadas en la cara y las manchas de excrementos en el sayón. Al menos las cornejas no habían empezado a aplicarse en su carne. Adrianus se santiguó y sacó del bolsillo su instrumental de cirugía.

—Cuando hayamos terminado, deberíamos despedazar el cadáver y vender los trozos —recomendó Hermanus—. Los curanderos y sacamuelas pagan buen dinero por partes de ejecutados.

—Estás enfermo —dijo Jacobus.

—Solo quiero ayudar. No soy yo el que se queja todo el tiempo de que tiene la bolsa vacía. —Hermanus sonrió.

No se sabía nunca si decía esas cosas en serio.

—Callaos. Tengo que concentrarme. —Adrianus cogió una tijera, liberó el cadáver de los apestosos trapos y sacó el bisturí más afilado.

—Atente exactamente al procedimiento que recomienda Galeno —aconsejó Jacobus.

Adrianus asintió en silencio. Aunque se suponía que Galeno solo había disecado monos y cerdos, había redactado unas instrucciones asombrosamente precisas para hacer lo mismo con cadáveres humanos. Adrianus las había estudiado con atención aquella tarde. Aplicó el bisturí y trazó un corte recto desde el pubis hasta el esternón. Brotó una sangre espesa. Hermanus la enjuagó con una esponja. Acto seguido, Adrianus hizo dos cortes en diagonal hasta las clavículas. Con cuidado, desprendió la carne de los huesos, la abrió como las páginas de un libro y dejó al descubierto la caja torácica.

En silencio, los tres amigos contemplaron las costillas y los órganos que cubrían. Aunque Adrianus había ayudado a menudo a operar a su empleador y había visto más de una herida abierta, era la primera vez que tenía una visión tan precisa del interior de un torso humano. También sus amigos estaban fascinados. Incluso el eternamente nervioso Jacobus había dejado de criticarlos, a tal punto le cautivaba lo que veía.

—Qué perfectos nos ha creado el Señor. —Suspiró.

De pronto ya no hablaba de prohibiciones ni de la Ley judía.

Adrianus asintió.

—Deberíamos haberlo hecho mucho antes.

—Ahora la sierra de huesos —dijo Hermanus.

Adrianus tomó la herramienta y separó las costillas del esternón.

—¿Las doblo sin más?

—Galeno recomienda la fuerza bruta —dijo Jacobus.

—Bueno, pues adelante. —Adrianus metió ambas manos en el corte.

—Sin titubeos —apremió Hermanus—. Según Galeno, es normal que algunos huesos se rompan.

—Hermanus, estoy conmocionado. ¿Vas a decirme que también tú has estudiado el procedimiento?

—Por supuesto. ¡Soy un concienzudo estudiante de Medicina!

—Pero para eso hay que leer un libro. ¡Un libro! ¿No te causa fuertes ataques de insomnio o el deseo de ir a la taberna más próxima?

—¡Eh! No ofendas mi honor de hombre de ciencia y buscador de la verdad.

—Querrás decir «hombre de rameras y buscador de jarras de vino» —observó Jacobus.

Adrianus empezó a reírse entre dientes. Estaba allí con las manos en la caja torácica de un ahorcado y no se les ocurría otra cosa mejor que decir chistes necios. También sus amigos sonrieron, y de pronto toda su tensión se descargó en una atronadora carcajada.

Pasaron algunos minutos hasta que Adrianus pudo volver a hablar.

—¡Más seriedad, señores! Este es un momento sublime de la medicina occidental.

Hizo acopio de todas sus fuerzas y dobló las costillas. Los huesos y cartílagos crujieron, y la cavidad torácica quedó abierta. Los distintos órganos estaban ante ellos, claramente reconocibles.

Allí estaba el corazón.

Ahí el pulmón.

Allá el diafragma.

—¡Dibújalo todo!

—Ya estoy en ello. —Hermanus había sacado papel y lápiz y hacía un esquema con trazos diestros.

A Adrianus le interesaban sobre todo los vasos sanguíneos. Descubrió la aorta, la arteria más grande, y la vena que salía del hígado. Galeno sostenía la teoría de que la sangre se movía dentro del cuerpo vivo siguiendo el curso de las mareas. Le habría gustado verlo.

La puerta se abrió de golpe, y varios hombres irrumpieron en la estancia: el doctor Girardus, el bedel y otros asistentes.

—¡Qué impía cochinada! ¿Y quién está en medio de ella? Mi especial amigo Adrianus. —Girardus estaba visiblemente satisfecho—. ¡Venid enseguida conmigo! Apenas puedo esperar para llevaros a presencia del rector.

El bedel agarró por el brazo a Adrianus y lo apartó del cadáver.

—Esto es el fin —declaró Jacobus con voz de ultratumba—. Cuando mi padre se entere, me desheredará. La vergüenza matará a mi madre. ¡Me echarán y me repudiarán! —Enterró el rostro entre las manos.

Amanecía cuando los llevaron al despacho del rector. A través de la puerta cerrada se oían voces amortiguadas. Era imposible no oír que los doctores debatían con vehemencia.

—Sé a quién le debemos todo esto —dijo Hermanus—. ¡A esos malditos juristas! Oyeron nuestra conversación en la taberna y se chivaron. ¡Una vileza así es propia de esa chusma de abogados! Propongo que nos saltemos el cubo de mierda y pasemos a medidas más duras de castigo.

—Cálmate, Hermanus —dijo Adrianus—. Este no es el momento.

Guardaron silencio.

En cierto momento, el bedel abrió la puerta.

—Magister Adrianus.

Adrianus entró. Detrás de la mesa del rector se habían reunido todos los profesores y dignatarios de la universidad, el collegium doctorum al completo. El rector estaba pálido de ira.

—Señores —dijo Adrianus—, permitid, por favor, que os explique…

—¡Ni una palabra! —siseó el rector—. No quiero oír tus excusas. Lo que ha sucedido esta noche es una monstruosidad sin parangón en la historia de la facultad de Medicina. Nunca antes la confianza de los doctores en los estudiantes fue pisoteada de manera tan vergonzosa. ¡Esto es un crimen, una blasfemia, una burla de todos nuestros valores cristianos! Hace mucho que sé que eres un notorio alborotador, magister Adrianus, ¡pero esto colma el vaso!

El rector elevaba la voz con cada palabra hasta que finalmente se puso a gritar a pleno pulmón mientras golpeaba la mesa con el puño. Adrianus soportó el estallido de ira con la cabeza baja.

—… ¡Indigno!… ¡Vileza!… ¡Vergüenza de la universitas!…

Girardus se adelantó y posó la mano en el hombro del rector.

—Tu ira es más que comprensible. Pero deberíamos poner rápido fin a este desagradable asunto. —El doctor miró lleno de satisfacción a Adrianus—. Por tanto, establezcamos un castigo adecuado.

Adrianus salió de la sala y cerró la puerta a sus espaldas. Hermanus alzó la cabeza con fingida indiferencia. Jacobus, en cambio, se puso en pie de un salto.

—¿Qué han decidido?

Adrianus respiró hondo.

—He asumido toda la culpa y asegurado al collegium que el robo del cadáver fue idea mía, y que os incité a cometerlo. Me han creído.

—¿Cómo es posible? —Hermanus frunció el ceño.

—Bueno, creo que iban a por mí de antemano. No querían perjudicaros seriamente a vosotros.

—¿Y eso significa…? —preguntó Jacobus.

—Se os amonesta y salís libres con una multa. Dos florines cada uno.

—¡Uf! —dijo Jacobus—. Es mucho dinero, pero es soportable. Creo que hemos vuelto a tener suerte.

—Espera. —Hermanus miró a Adrianus—. ¿Y qué pasa contigo?

—A mí me han expulsado de la universidad con efecto inmediato. —Adrianus compuso una sonrisa torcida—. Sí, amigos. Así es. Desde ahora ya no soy estudiante.

Por las mañanas casi no había movimiento en la taberna. Dos mercaderes del Algarve apilaban monedas de plata en su mesa y conversaban en su gutural idioma. El gato negro volvía a estar allí. Se tumbaba somnoliento en un rayito de sol, se lamía las patas e ignoraba a los humanos con esa arrogancia indiferente que solo está al alcance de los gatos.

El posadero pasó por encima de él y dejó la jarra de vino sobre la mesa. Hermanus llenó los vasos y añadió un poco de agua de manantial.

—¿Puedes impugnar la decisión del collegium? —preguntó después del primer trago.

—Es definitiva. Girardus me lo ha dejado claro, créeme —respondió Adrianus.

—Ese viejo chivo rencoroso. Ojalá se ahogue en su envidia.

—Lo siento muchísimo —dijo Jacobus, que estaba muy afectado—. Sin duda lo que hemos hecho está prohibido. Pero ese castigo es exageradamente duro. Tienen que saber que de ese modo arruinan toda tu existencia.

—Bueno, es lo que yo quería, ¿no? —respondió Adrianus.

—¿Qué quieres decir?

—Hace ya mucho tiempo que no estoy bien en la universidad. De la mañana a la noche, polvorientas lecciones de hombres que no han visto un enfermo de cerca desde hace veinte años. Ese no es mi mundo. Así que esto es lo mejor para todos.

—¡Pero tú eres el mejor de nosotros! —le contradijo Jacobus—. Nadie entiende el dolor de los enfermos como tú.

—Puede ser. Pero dentro de mí no hay un físico. Por fin me he dado cuenta. Dejémoslo.

Adrianus bebió. Los otros lo imitaron en silencio. Incluso a Hermanus se le habían pasado las ganas de gastar bromas idiotas.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó el alemán.

—Ya veremos. Ante todo, disfrutar de mi recién ganada libertad. —Adrianus sonrió—. Y luego… ya veremos. Quizá pregunte a Hervé si quiere formarme como cirujano. Me interesa mucho más que la medicina académica.

Jacobus le miró preocupado.

—Un oficio artesanal… ¿Qué dirá tu familia?

—Mi padre no va a estar entusiasmado, eso está claro. —«Y mi hermano aún menos», añadió mentalmente Adrianus.

—¡Oh, Señor, apiádate de nosotros! —Hermanus dejó caer la cabeza sobre el tablero.

—¿Qué pasa?

—Acabo de darme cuenta de lo que significa tu expulsión. Vamos a seguir estudiando solos. ¿Cómo vamos a soportar las lecciones de Girardus sin ti? Tendré que buscarme una nueva ocupación antes de morir de aburrimiento.

—¿No acaba de quedar libre un puesto de salteador de caminos? —dijo Adrianus.

—Bah. Ese oficio no tiene futuro. Termina uno en la mesa de disección de cualquier loco.

Capítulo 3

3

Agosto de 1346

La mujer tenía el rostro ceniciento. Con cuidado, se levantó las mangas. Adrianus vio enseguida lo que la atormentaba: se había dislocado el hombro izquierdo.

—¿Cómo ha ocurrido? —Como era su costumbre, Hervé la atravesaba con una mirada penetrante.

—Me he caído de la escalera —respondió la mujer.

Era joven y guapa. Adrianus tuvo que forzarse a no apartar la vista con timidez. Sin duda en el trabajo la dominaba bastante, porque sabía exactamente lo que tenía que hacer, y nadie esperaba de él observaciones ingeniosas. Aun así, se alegró de que Hervé tomara la palabra y él pudiera mantenerse en segundo término.

—Tenemos que colocar el hombro —explicó su maestro—. Es rápido, pero duele. Te daremos una tisana de semillas de amapola contra el dolor.

Adrianus machacó las semillas en el mortero y las mezcló con vino. Mientras esperaban que la bebida empezara a hacer efecto, prepararon el tratamiento. Hervé llevó a la paciente a una silla de elevado respaldo. Adrianus cogió una tabla especial, redondeada por un extremo y acolchada con una venda, pidió a la joven que pusiera el brazo encima y deslizó la tabla de blando extremo hasta su axila. Tenía desde siempre una marcada percepción del sufrimiento de los otros y podía sentir exactamente dónde les asediaba el dolor. Ese don lo convertía en alguien capaz de trabajar con cuidado y precisión y ahorrar a sus pacientes sufrimientos innecesarios. Con expertos movimientos, sujetó la tabla a la mujer pasando una correa por el brazo, el antebrazo y la muñeca.

Entretanto, el zumo de amapola había hecho su efecto. Los ojos de ella se enturbiaron.

Entonces Hervé le puso las manos en los hombros y apretó su cuerpo contra la silla, mientras Adrianus tiraba hacia abajo de la tabla a la que había atado el brazo. Pudo sentir que, a pesar de la infusión, ella sufría. Apretaba los dientes, valerosa.

Por suerte pronto todo había pasado. Adrianus tuvo que hacer unos cuantos movimientos de palanca hasta que el hombro encajó limpiamente en la articulación.

—Lo has conseguido —dijo sonriente Hervé.

—Gracias, maestro. —En su frente brillaban gotas de sudor.

—Lo mejor será que te tiendas hasta que se pase el efecto del zumo de amapola.

—Preferiría irme a casa.

—Bien. Pero ve con cuidado… no estás del todo en tu ser. Aquí tienes un poco de ungüento. Frota el hombro con él. Dentro de unos días el dolor debería haber desaparecido.

Anochecía ya cuando se fue la joven. Fuera esperaban otros pacientes. Hervé y Adrianus recogieron la sala.

—Tengo que hablar contigo —dijo de pronto el cirujano.

—¿De qué se trata? —preguntó Adrianus, aunque podía imaginarlo.

Hacía solo unas semanas que lo habían expulsado de la universidad. Hasta entonces había evitado hablar con Hervé de eso… por una parte por vergüenza, por otra porque no sabía muy bien qué hacer con su vida. ¿De veras quería ser cirujano? ¿Podía hacerle eso a su familia? Hervé por su parte podía sin duda imaginar lo que había ocurrido. Al fin y al cabo, hacía un mes que Adrianus le ayudaba en su consulta de la mañana a la noche y ya no iba a sus clases.

Pero Hervé no quería hablar del futuro de Adrianus.

—Ha llegado el momento de mi peregrinación —explicó—. Me marcho pasado mañana. Los cónsules me han dado el permiso hoy.

—¿Otra vez a Luzarches, a las reliquias de Cosme y Damián?

El cirujano asintió.

—Hace tres años de mi última peregrinación. Temo que los santos me nieguen su asistencia si no les muestro pronto mis respetos. Ya sabes lo que eso significa: estaré fuera dos o tres meses. Madeleine se ocupará de la casa y del huerto. Pero no recibirá enfermos. Así que tendrás que buscarte otro trabajo… o continuar tus estudios —añadió dubitativo.

—Ya no estudio. La universidad… —empezó Adrianus, pero su maestro hizo un gesto de negación.

—Eso es asunto tuyo y no me concierne. He hablado con el gremio. Algunos hermanos están buscando ayudantes. Lo mejor es que hables mañana mismo con el maestre. Naturalmente, puedes seguir viviendo aquí.

—Gracias. —Adrianus reflexionó—. Pero también puedo acompañaros, si os parece bien.

De hecho, la perspectiva de emprender un viaje le parecía muy atractiva. Después de los acontecimientos de los últimos tiempos, estaba harto de Montpellier. Dejar la ciudad durante un tiempo y ver cosas nuevas le haría bien.

—Por supuesto que puedes. —Hervé sonrió—. Es un largo camino, y me gustará estar acompañado.

Cuando terminaron de recoger, el cirujano subió a reunirse con su esposa. Adrianus encendió la vela que había delante de las imágenes de Cosme y Damián, se arrodilló y rezó a los dos patrones de los médicos y cirujanos.

«Luzarches.»

Quizá allí los santos le mostraran el camino.

—¿Dónde está Luzarches? —preguntó Jacobus cuando los tres amigos paseaban al día siguiente por la ciudad.

—Al norte de París —respondió Adrianus.

—Pero eso está muy lejos.

—Las peregrinaciones llevan consigo viajar durante un tiempo. Ese es el sentido de todo el asunto. De lo contrario, ¿cómo van a saber los santos que se obra en serio?

—Vosotros los cristianos y vuestras costumbres. —Jacobus movió la cabeza.

—Sea como fuere, Hervé supone que estaremos fuera entre dos y tres meses.

—Las malas noticias no se acaban —dijo Hermanus—. Ya es bastante malo que tengamos que soportar sin ti a Girardus. Y ahora me dejas solo con este judío aburrido. ¿Con quién voy a emborracharme cuando Jacobus vuelva a preferir sus libros a mi compañía?

—No deberías emborracharte, sino estudiar para el examen final —replicó sonriente Adrianus.

—Eso creo yo también —dijo Jacobus con desaprobación—. ¿Has hecho ya algo?

—No os preocupéis. Ya me lo sé todo. No tengo más que mirar a una mujer y puedo deciros exactamente cuáles son los fluidos que necesita.

El judío torció el gesto.

—Eres un sátiro asqueroso, ¿lo sabías?

—No voy a dejar este mundo —dijo Adrianus—. En otoño estaré de vuelta y entonces celebraremos vuestro nombramiento como doctores.

—Bueno —dijo Jacobus—. El examen es a principios de octubre. Falta poco.

—Pero no dejaréis la ciudad justo después, ¿no?

—Me temo que sí. Mi padre me ha escrito. Debo regresar a casa en cuanto haya aprobado. En la judería me está esperando un puesto de físico.

—¿Y tú? —se dirigió Adrianus a Hermanus.

—Por desgracia he recibido una carta muy parecida. —Adrianus no recordaba haber visto nunca tan compungido al aristócrata—. Por razones insondables, mi padre opina que mi formación ya ha costado bastante dinero a la familia. No quiere enviarme más. Lo que tengo debe alcanzarme hasta el examen. Luego quiere hablar conmigo de mi futuro. —La voz de Hermanus sonaba como si eso equivaliera a una sentencia de muerte—. Tendré que trabajar. ¿Podéis imaginároslo?

—Eres realmente digno de compasión —observó Jacobus.

—Pero, si suspendes (y todos sabemos que eso puede pasar), no le quedará más remedio que pagarte otro año en la universidad —dijo Adrianus.

—Se ha manifestado de manera inequívoca a ese respecto —explicó preocupado Hermanus—. Debo volver a casa sin importar cuál sea el resultado del examen. Si apruebo, he de trabajar como médico para la familia. Si no, ingresaré en el cabildo catedralicio.

Las comisuras de la boca de Jacobus temblaron.

—Solo podemos desear a tu familia que te conviertas en canónigo.

Recorrieron la calle en silencio. La tarde daba paso poco a poco a la noche. Las fachadas por encima de sus cabezas brillaban al sol, pero el camino mismo se había hundido hacía mucho en las sombras, azul como tinta diluida y fresco como un bienvenido trago de cerveza.

—Así que toca despedirse —dijo por fin Adrianus.

—Eso parece —murmuró Jacobus.

Hermanus se detuvo abruptamente.

—¿Vais a dejar de poner caras largas? Si un amigo se va, debemos gozar del tiempo que nos queda, en vez de exhalar tristeza. Yo digo: ¡festejemos hasta que la ciudad tiemble, y los buenos burgueses crean que los mongoles nos atacan!

—Es la mejor propuesta que has hecho nunca, viejo amigo —dijo Adrianus.

Incluso Jacobus se dejó arrastrar por el entusiasmo de Hermanus.

—¡A la taberna!

—Sabéis que soy un gran amigo de las tabernas, pero todo a su tiempo. —El alemán pasó los brazos por los hombros de sus amigos y bajó la voz—: Antes tenemos que remediar un gran descuido…

—¡Por Dios, apesta! —gimió Adrianus.

—Claro que apesta —dijo Hermanus—. Esa es toda la gracia. Un cubo de mierda con buen olor sería más que inútil para nuestros fines, ¿no? —Arrugó la nariz—. Pero tengo que admitir que este es un aroma exquisito. ¿Quién iba a pensar que la mierda judía, lorenesa y noble iba a dar como resultado una mezcla tan penetrante?

Jacobus bajó las escaleras de puntillas.

—La biblioteca está prácticamente vacía —contó—. Solo hay un estudiante sentado en un rincón, pero está tan embebido en sus libros que no se enterará de nada.

—¡Entonces, emprendamos la misión de venganza «Aroma»!

Jacobus montó guardia en la escalera, mientras Adrianus y Hermanus se colaban en la biblioteca de la facultad de Derecho. Entraron en una sala inundada de luz, en la que se alineaban estanterías y atriles con libros encadenados. Adrianus distinguió al estudiante lector, que de hecho no se enteraba de nada de lo que ocurría a su alrededor.

—En pleno centro, para que el aroma se extienda bien —susurró Hermanus.

Adrianus dejó el cubo en el pasillo central, entre los estantes. Hermanus no pudo por menos de dar una patada a la cubeta, haciendo que el asqueroso contenido se derramara por el suelo. Corrieron, aguantando la risa.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Jacobus.

A modo de respuesta, un grito de asco y furia salió de la biblioteca.

—Larguémonos —dijo Hermanus.

Los amigos corrieron hasta estar seguros de haberse sacudido a eventuales perseguidores.

Jacobus sonreía de oreja a oreja. No quedaba en él rastro de su nerviosismo habitual.

—¡No puedo creer que realmente lo hayamos hecho!

—Podrás contar a tus nietos que en una ocasión cagaste en el mismo cubo que el gran Hermann von Plankenfels. Ven, recorramos las tabernas y difundámoslo. La ciudad entera se va a reír de los malditos juristas.

Hermanus abrió la puerta de la taberna, salió tambaleándose y estampó su jarra de vino vacía contra el muro, al otro lado de la calle. Adrianus le siguió sosteniendo a Jacobus, al que le costaba trabajo caminar erguido.

Dentro, el olor infernal en la biblioteca de los juristas seguía siendo el tema dominante. Las sarcásticas carcajadas de los estudiantes llegaban hasta la calle.

—¿Ha sido inteligente? —Jacobus tenía la lengua espesa por el vino. Había bebido lo mismo que sus amigos cristianos, pero aguantaba muchísimo menos—. Contárselo a todos, quiero decir. Ahora podrán… podrán suponer quién ha sido.

—Bah —se defendió Hermanus—. Ahora esto hará la ronda por las tabernas, y mañana ya nadie se acordará de quién puso la historia en circulación.

—La noche aún es joven, amigos —dijo alegremente Adrianus—. ¿Adónde vamos ahora? ¿A la taberna de Castel Moton?

—Se me ocurre una idea mejor. —Hermanus fue delante, abriéndose paso por entre las masas de bebedores que había en el callejón.

Jacobus iba apoyado en Adrianus, entonando una canción judía de borrachos. Era un cantante espantoso, pero lo compensaba con su gran entusiasmo.

Por fin, se detuvieron al borde de un edificio del centro de la ciudad. Jacobus se apartó de Adrianus y contempló con sonrisa beatífica a las dos mujeres ligeras de ropa que se apoyaban en el marco de la puerta.

—Esto es un burdel —constató Adrianus.

—No es solo un burdel… es el mejor de la ciudad. Aquí están las chicas más bonitas de los alrededores. No podemos dejarte ir sin curarte de tu timidez.

—No. Oh, no. —Adrianus levantó las manos en gesto defensivo—. No voy a participar en esto.

—Sí que vas a hacerlo. Yo pago, y me parece una gran descortesía que rechaces mi invitación. Jacobus, ayúdame. Nuestro tímido amigo necesita que lo animen un poco.

Los dos agarraron a Adrianus por los brazos y lo metieron con suave violencia por la puerta del patio. Para estar borracho, de pronto Jacobus se movía con marcada decisión. Adrianus renunció a defenderse. Las mujeres eran realmente muy hermosas y el vino le hacía sentirse un tanto travieso.

—¡Hermanus! —Riendo, las rameras besaron al noble en las mejillas.

Él les pasó los brazos por la cintura.

—¿Me habéis echado de menos?

—¿Quiénes son tus amigos? —ronroneó la morena.

—Este es Adrianus. Es un caso especial. Necesita una chica que tenga experiencia con tímidos. ¿Se puede arreglar?

—Claro que sí. —La morena miró seductora a Adrianus, que en ese momento habría deseado huir.

—Ese… ¿es judío? —preguntó la otra, una belleza de cortos cabellos rojos—. Nuestro rufián nos ha prohibido dejar entrar a judíos.

—Aun así, lo atenderéis. O habréis visto por última vez a vuestro mejor cliente. —Hermanus se llevó la mano al pomo del puñal—. Si al rufián no le gusta, que me lo explique en persona.

—Costará un precio.

—Por plata no quedará. Vamos, antes de que mi querido Adrianus decida largarse.

Lo que ocurrió después a Adrianus le pareció un sueño.

—Soy Aura.

La morena le tomó de la mano. Sombras aterciopeladas lo envolvieron. Una esbelta muchacha esparcía hierbas en una sartén puesta sobre carbones, un agradable aroma ahuyentaba el hedor de la ciudad, olía a lilas y rosas, tomillo y lavanda, deseo y cumplimiento del deseo. Había fuegos que ardían detrás de tenues visillos, llamas de velas como fuegos fatuos en medio de la niebla. En algún sitio cantaba alguien. La voz sonaba amable, angelical, extrañamente asexuada.

Aura apartó un velo de seda, y Adrianus penetró en una pequeña estancia. Ella no habló, se limitó a mirarle a los ojos y a tocar sus mejillas con las suaves yemas de sus dedos, y su timidez desapareció. No había nada que temer. Con suavidad, lo dirigió al lecho, se sentó en él con las piernas abiertas y, con un diestro movimiento, se sacó el vestido por la cabeza. Su piel brillaba como el bronce. Sus pechos eran pequeños y perfectos. El pelo le caía en salvajes rizos sobre los hombros.

Ella le tomó el rostro entre las manos y le besó, sus labios sabían a sal y miel de rosas. Su cuerpo era fresco y flexible. Él se entregó a sus caricias, se perdió en ellas, se olvidó del mundo y de sí mismo.

Era la última hora de la noche cuando los tres amigos recorrían cansados los callejones. La oscuridad aún se cernía sobre la ciudad, pero las estrellas palidecían ya, y desde las colinas, al este, se alzaban en el cielo velos claros, titubeantes aún, como si el nuevo día fuera a asomarse cauteloso en el horizonte para saber si podía arriesgarse a salir de su escondite. Montpellier se revolvía pesadamente, como un gigantesco animal. ¿Debía seguir durmiendo o levantarse? No podía decidirse, y por el momento se conformaba con gruñir y parpadear. Los callejones estaban silenciosos. Aparte del vigilante nocturno, que hacía su última ronda, los tres amigos no vieron más que a una posadera que se había encontrado un borracho durmiendo en el umbral de su puerta y estaba mandándolo al diablo con las palabras «¡Lárgate de aquí, pedo de cura!».

Hermanus exhibió una amplia sonrisa.

—¿Y bien? —preguntó—. ¿Qué tal fue?

Adrianus alzó ligeramente la cabeza y miró ensimismado los tejados.

—Hmmm —hizo.

—¿«Hmmm»? ¿No se te ocurre nada más? Vamos. No dejes a oscuras a tus amigos. ¿Con qué refinadas artes amorosas te ha malcriado la pequeña Aura?

—Hmmm —volvió a hacer Adrianus.

—¿Sabes que eres una completa decepción? —se quejó Hermanus—. Tengo derecho a saberlo todo. Al fin y al cabo he pagado.

—Déjale en paz. —Jacobus, que volvía a estar en cierta medida sereno, palmeó la espalda de Adrianus—. El hombre sabio disfruta y calla, ¿verdad?

—A mí, en cambio, el Señor me ha privado de toda sabiduría, así que puedo hablar sin tapujos de mis aventuras románticas —anunció Hermanus—. Sin duda arderéis en deseos de oír cómo el gran Hermann von Plankenfels ha derramado placer y felicidad entre las rameras embrutecidas por la mediocridad erótica.

—¡No! —dijeron Adrianus y Jacobus como un solo hombre.

Durante un rato, el aristócrata refunfuñó ofendido. Solo cuando llegaron al centro de la ciudad su gesto volvió a iluminarse.

—Vamos a buscar algo de comer. El duro trabajo en el burdel me ha dejado hambriento.

—Tan temprano no es fácil que encontremos algo —dijo Jacobus.

—Sin duda el cura de la Sainte-Croix está ya en pie, y siempre tiene listos un cuenco de sopa y un trozo de tocino para los pobres estudiantes. —Hermanus se frotó las manos.

—¿Acabas de gastar en putas el salario de una semana de un mozo de cuerda y luego te vas a comer la sopa boba? —El judío movió la cabeza—. ¿Es que no tienes ninguna vergüenza?

—Yo no puedo —dijo Adrianus—. Hervé se va temprano y aún tengo que empaquetar mis cosas.

—Bienvenida, triste realidad —murmuró compungido Hermanus.

—Te llevaremos a casa —dijo Jacobus.

En silencio, fueron hacia el callejón de los cirujanos y talladores de piedras, donde ya se trabajaba… La enfermedad y la herida no dejaban espacio al descanso nocturno. El vecino de Hervé, un viejo cirujano de cráneo pelado y lleno de manchas, acababa de recibir a dos alguaciles de la ciudad, que sujetaban a un tercero. Al parecer se había herido en la rodilla y cojeaba con el rostro deformado por el dolor.

Los tres amigos se detuvieron delante del huerto de Hervé. En el portón de enfrente, que daba paso a una casa de baños, una antorcha flameaba con sus últimas fuerzas, y las sombras que arrojaba se agitaban como espectros beodos.

—Así pues, toca despedirse —dijo Hermanus—. Ojalá que no sea para siempre.

Adrianus negó con decisión con la cabeza.

—No me marcho del mundo. Si cuando vuelva no estáis en la ciudad, os escribiré. Sin duda podremos visitarnos pronto.

Hermanus asintió.

—Siempre serás bienvenido en el castillo de mi familia.

—Y también en la judería de Regensburg. —Jacobus bajó la mirada. De repente sus hombros temblaron.

—No me digas que estás llorando —observó Hermanus, medio divertido, medio sobresaltado.

De hecho, las mejillas de Jacobus brillaban húmedas cuando volvió a mirar a sus amigos.

—¿A quién queremos engañar? Probablemente nunca volvamos a vernos. ¿Quién de nosotros podrá salir de viaje durante semanas cuando tenga trabajo y familia?

—Bueno, mi maestro puede —dijo Adrianus.

—Va a hacer una peregrinación. Tampoco él puede permitirse un largo viaje de placer.

Adrianus no supo qué responder a eso. Hubiera querido renunciar a la peregrinación para poder pasar aquellos meses con sus amigos. Pero había hecho una promesa al santo. Romperla habría sido extremadamente poco inteligente. Ya tenía bastantes problemas sin irritar al cielo.

Se quedaron allí con caras compungidas. Finalmente, Hermanus carraspeó.

—Bueno —dijo—. Seguro que va a ser difícil pero, si de verdad queremos, volveremos a vernos. Hagamos un juramento: que nuestra amistad sea eterna y no dejemos de intentarlo todo para llamar regularmente a filas a la vieja tropa.

Se pusieron en triángulo y se pasaron los brazos por los hombros.

—Por la eterna amistad —dijo Adrianus.

—Por la eterna amistad —dijo Jacobus.

—Por la eterna amistad —dijo Hermanus—. Lo juramos. Cosme y Damián, servidnos de testigos.

Adrianus abrazó por última vez a sus amigos y entró, con el corazón lleno de melancolía.

Capítulo 4

4

VALLE DEL LOIRA, CERCA DE ORLEANS, REINO DE FRANCIA

Hervé poseía un mulo para cargar con el equipaje. Era una criatura extremadamente terca, con la que Adrianus tenía dificultades.

—¿Quieres hacer el favor de seguir? —resopló, tirando de las riendas.

No había nada que hacer. El animal se había quedado sencillamente parado en mitad del prado y no daba un paso más.

—Concédele un descanso —dijo Hervé—. También nosotros nos lo hemos ganado.

Le quitaron al mulo las alforjas, que no contenían solo mantas y provisiones, sino también el instrumental quirúrgico de Hervé, porque ofrecían sus servicios por el camino. De ese modo podían ganarse unas monedas y no tenían que vivir de sus ahorros. Se los necesitaba. Casi en cada mercado, por pequeño que fuera, en cada albergue al borde del camino, había alguien que quería que le quitara una dolorosa verruga, le colocara una articulación dislocada o le tratara una erupción que picaba.

Se sentaron entre los matorrales de la orilla, disfrutaron del cálido sol y compartieron un poco de pan y vino rebajado de su cantimplora. Ante ellos corría el Loira, una cinta resplandeciente y sinuosa, bordeada de verdes y jugosas praderas y adormiladas aldeas. Sobre las vegas cenagosas, enjambres de mosquitos formaban negras nubes.

—Si nos damos prisa, podemos llegar a Orleans esta noche —dijo Hervé—. Daríamos un pequeño rodeo, pero a cambio dispondríamos de las comodidades de una ciudad. Pero también podemos seguir hacia el norte. ¿Qué prefieres tú?

Adrianus sabía apreciar que su maestro lo incluyera en todas las decisiones.

—Vayamos hacia el norte. Cuanto antes lleguemos a Luzarches, mejor.

Oyeron cascos de caballos y distinguieron a varios caballeros franceses, equipados con toda su armadura, que iban por el sendero de carros. Tras ellos marchaban unos quince guerreros armados con cascos de hierro de ancha visera y alabardas al hombro. No era la primera tropa de esa clase que veían desde que habían salido de Montpellier hacía dos semanas.

—Hay algo en marcha —dijo preocupado Hervé—. Deberíamos preguntar por ahí si amenaza una guerra.

Después del breve descanso, Adrianus logró que el mulo se moviera. Siguieron el sendero hasta que, por la tarde, llegaron a un albergue al borde del camino. La inclinada casa de piedra se doblaba ante los robles, altos como torres, igual que un siervo atemorizado ante su amo. El interior era oscuro, lleno de humo y poco acogedor, pero dado que en el cielo se cernían pesadas nubes de lluvia Hervé y Adrianus no tenían el menor deseo de pasar la noche al raso.

Después de atender al mulo y dejar el equipaje en el dormitorio, Hervé se dirigió al posadero:

—Hemos visto caballeros que iban en gran número hacia el norte. ¿A qué se debe?

El posadero, un hombrecillo enjuto de cabello hirsuto, frunció el ceño con preocupación.

—Guerra… a eso se debe. Los ingleses (¡que Dios los castigue!) han cruzado el Canal y recorren Normandía saqueándola. Pero el rey Felipe no va a tolerarlo. Está levantando un ejército, el mayor que Francia haya visto nunca. Enviará a los ingleses a casa con la cabeza ensangrentada.

Sin dejar de maldecir a los ingleses, el hombre les sirvió dos jarras de vino rebajado y una bandeja con pan y queso de cabra. Entretanto, otros huéspedes ocupaban las mesas: campesinos de los alrededores y mercaderes de paso, pero también un noble con sus soldados, que bebían con entusiasmo y entonaron una grosera canción bufa dedicada al rey inglés Eduardo.

El humor de Hervé se había ensombrecido. Aquel hombre sensible odiaba la guerra y la violencia.

—Ojalá los ingleses se queden en el norte —dijo entre bocado y bocado—. Si los combates alcanzan París, eso podría dificultar nuestra peregrinación.

Se fueron pronto a la cama, pero los cánticos victoriosos de los soldados impidieron a Adrianus conciliar el sueño durante mucho rato.

Adrianus descendió con agilidad del árbol.

—Al este hay un pueblo —dijo—, a media hora de distancia como mucho. Seguro que en él encontramos lo que necesitamos.

Habían dejado el valle del Loira el día anterior y desde entonces iban por un territorio escasamente poblado, en el que no había gran cosa más allá de bosques y praderas pantanosas. Tenían que reponer sus provisiones cuanto antes, porque iban a quedarse sin víveres antes de llegar a París.

—Intentémoslo allí —decidió Hervé.

El pueblo —una agregación de veinte míseras chozas que rodeaban una plaza embarrada— parecía muerto. ¿Lo habían abandonado hacía ya largo tiempo? No daba la impresión, porque en los prados pastaban vacas y ovejas.

Había un olor insano en el aire, que recordaba el de la podredumbre y la putrefacción.

—¿Habrán ahuyentado los ingleses a todos sus habitantes? —murmuró Hervé mientras se detenían al borde de la plaza y miraban a su alrededor.

—¿Tan lejos de Normandía? Yo diría que no —repuso Adrianus—. Si los ingleses hubieran avanzado hacia el sur, nos habríamos enterado. Quedaos con el mulo, iré a echar un vistazo.

El cirujano asintió dubitativo.

—Toma esto. —Tendió su puñal a Adrianus.

Con la hoja en la mano, este cruzó la plaza y se asomó a una choza que tenía la puerta abierta. No había nadie. El parco mobiliario estaba destrozado; en el suelo de tierra apisonada había platos rotos, prendas de vestir y otros objetos.

Con un mal presentimiento en el estómago, Adrianus fue hacia la siguiente cabaña.

Oyó un gemido que se convertía en un grito animal. Se estremeció.

De un granero salió tambaleándose un hombre, desnudo como Dios lo había traído al mundo y tan sucio como si se hubiera revolcado en barro y excrementos. Resoplaba, chillaba y se rascaba con ambas manos el pecho y los brazos hasta hacerse sangre. Miró a Adrianus con ojos ardientes de fiebre; luego cayó al suelo y empezó a sufrir convulsiones como loco.

—¡Gran Dios! —se le escapó a Adrianus.

El diablo estaba asediando ese pueblo.

VARENNES SAINT-JACQUES, DUCADO DE LORENA

El criado aún no estaba del todo despierto cuando Luc se reunió con él al amanecer en el mercado del heno. Bostezando, abrió el matadero.

—Qué birria de ternero —observó—. Casi no merece el esfuerzo.

—Hoy en día es difícil conseguir buen ganado —dijo Luc.

—Sí, los grandes señores se compran toda la carne buena que hay en los pastos. Y a los que son como nosotros nos dejan roer los cartílagos y los tendones —refunfuñó el criado—. Malditos sean.

Luc empujó la carretilla con las herramientas. Su nuevo aprendiz metió la ternera y la ató a una argolla de hierro. El tipo estaba nervioso. Ese día iba a matar por vez primera.

—Bueno, empieza. La ternera no va a engordar por quedarse ahí quieta.

—Sí, maestro Luc. —El aprendiz vendó los ojos al animal y cogió un afilado cuchillo de la carretilla.

—¿Para qué es eso? —ladró Luc.

—Para el corte en el cuello.

—¿Qué eres? ¿Un judío que deja desangrarse a un pobre animal sin aturdirlo?

—No —dijo asustado el chico—. No soy ningún judío.

—Entonces, ¿por qué no coges la maza y le das un golpe en la cabeza?

—Me había olvidado.

—Olvidado —repitió Luc—. La semana pasada me viste a mí hacerlo una docena de veces, idiota. —El muchacho era un caso perdido. ¿Con qué clase de inútil iba a cargar?—. Te lo enseñaré una última vez. Ay de ti si sigues sin entenderlo.

Cogió la maza y propinó al ternero un golpe en la frente por el lado romo, de modo que se desplomó aturdido. Acto seguido trajo el cuchillo, recogió en un cubo la sangre que salía a borbotones y se puso a despellejar y descuartizar al animal. El aprendiz miraba atentamente y dejaba las piezas en el carro. Casi ninguna parte del animal se desperdiciaba. La carne y las vísceras llegaban luego frescas al mercado. Luc vendería la piel por buen dinero a un fabricante de pergamino, los huesos a un tornero que los convertiría en botones y peines.

La matanza duró hasta entrada la mañana. Luc fue al barril de agua y se lavó la sangre de las manos y los anchos manguitos de cuero sin los que nunca salía de casa.

—Limpia la herramienta —ordenó al aprendiz.

Entretanto, el matadero se había llenado de otros matarifes que iban a su trabajo. El ganado gruñía, balaba y chillaba; el aire caliente olía pesadamente a sangre y miedo. Luc conversó un poco con los hombres a los que dirigía como maestre de su gremio antes de volver con su aprendiz, que le esperaba. Aún no había terminado con el chico.

—¿Qué has aprendido hoy?

—Que hay que aturdir al ganado antes de matarlo.

—Extiende la mano.

Los ojos del mozo se agrandaron al ver que Luc echaba mano a su vara.

—¿Eso por qué? ¡Lo he entendido!

—Así nos aseguramos de que ya no lo olvidas.

El aprendiz apretó los labios y obedeció. Luc golpeó diez veces la palma de la mano con la vara, contando en voz alta cada uno de los golpes. Los otros maestros de la sala sonrieron. El chico luchaba contra las lágrimas, porque sabía muy bien que Luc odiaba que llorase.

—El próximo día de matanza lo harás bien, o puedes buscarte otro sitio donde trabajar de aprendiz.

Luc disfrutó de las miradas de sus hermanos. No lo habían elegido para ser su jefe porque fuera especialmente rico o exitoso —había otros así en el gremio—, sino porque pasaba por duro e implacable: un rasgo de carácter que nunca se podía demostrar lo bastante si se quería conservar el respeto de los hombres.

—Ahora tira del carro, maldita sea —ordenó—. Tenemos que ir al mercado.

Aunque la mano tenía que arderle como el fuego, ni una palabra de queja salió de los labios del muchacho cuando empuñó el mango. Luc empujó, y la carretilla empezó a dar trompicones por el mercado del heno.

La cabeza del ternero coronaba el montón de carne como un ídolo pagano, mirando fijamente el turbio cielo.

Por la noche, Luc estaba sentado en su taller y amontonaba monedas de plata en la mesa. Aunque toda la mercancía había encontrado salida, las ganancias habían sido moderadas. La carne no era demasiado buena. En fin, bastaría para mantenerse a flote durante un tiempo.

—Limpia la carretilla —indicó al aprendiz—. Luego vete a la cama. Si vuelvo y todavía estás despierto, te voy a enseñar quién soy yo.

—Sí, maestro —murmuró el joven con la cabeza baja.

Luc salió de su casa, un modesto alojamiento en el barrio de los matarifes y peleteros. En su camino se encontró tan solo con hermanos de su gremio y sus esposas, hijos y aprendices, que le saludaron con amabilidad. Los otros habitantes de Varennes evitaban la zona, porque allí apestaba casi como en el barrio de los curtidores. En los callejones se pudrían desechos de matanza, que encima atraían bandadas de ratas y otras bestias. Luc vio un perro vagabundo que mascaba un trozo de cartílago y que le gruñó babeando.

—¡Lárgate! —Luc lanzó una piedra y alcanzó al perro en un costado. El animal desapareció gimoteando entre las sombras.

En el mercado del heno, el aire mejoró visiblemente. Allí vivían los miembros más ricos de su gremio, e incluso algún que otro mercader. Cuando Luc estaba a punto de entrar en la taberna distinguió al alcalde, que salía en ese momento de la casa de un peletero acomodado. Bénédicte Marcel no estaba solo; lo acompañaban su mujer y su hermosa hija Louise. Bénédicte estrechó la mano al peletero y la familia cruzó la plaza.

—Buenas noches, señor alcalde —saludó Luc.

El aludido asintió de forma escueta.

—Con Dios, maestro Luc.

Luc sonrió a las dos mujeres, que no se dignaron mirarlo. Puede que fuera un ciudadano respetado y se sentara en nombre de su gremio en el Gran Consejo, pero seguía estando muy lejos de estar a la altura de Bénédicte. El alcalde pertenecía a la aristocracia de la ciudad y provenía de las principales familias de Varennes. Luc, en cambio, era solo un artesano, y los altos señores no dejaban pasar ninguna oportunidad de recordárselo.

Él lo aceptó con tranquilidad y entró en la taberna del gremio.

Varios maestros y oficiales estaban sentados a las mesas, bajo las bóvedas ennegrecidas por el hollín, y bebían cerveza rebajada. Luc se llenó una jarra en el barril y se sentó junto a unos matarifes. Los hombres estaban entregándose a su ocupación favorita: hablar mal de los patricios.

—Fíjate en ellos, los Travère y los Fleury y todos los demás —decía un maestro—. Llevan joyas como la nobleza y pieles de zorro como los canónigos, pero no saben lo que es un trabajo honesto. No deben su poder más que a los otros. No son mejores que los judíos, si queréis saber lo que pienso.

—No sé —dijo un experto oficial, que podía permitirse llevar la contraria a un maestro—. A mis ojos es muy natural que haya poderosos e inferiores. Dios lo ha hecho así.

—¡Deja en paz a Dios! Hombres falibles son los que han creado las condiciones que imperan en Varennes. Antes era distinto. Los artesanos éramos iguales que los mercaderes. Pero entonces nos echaron con argucias del gobierno de la ciudad. Solo nos dejaron unos cuantos escaños en el Gran Consejo. Y todos sabemos para lo que vale eso. ¿Tú qué opinas, Luc?

Todos los ojos se volvieron hacia él. Como maestre del gremio, su palabra tenía peso.

—Nos desprecian —explicó—. Escupen sobre nosotros. Y solo esperan una oportunidad para quitarnos hasta el último resto de influencia. Pero llegará el día en que recuperemos el poder en Varennes.

—Eso es lo que yo pienso. —Satisfecho, el maestro se llevó la jarra a los labios.

Luc habló de su encuentro con Marcel y de cómo su mujer y su hija le habían vuelto la espalda. Adornó un poco la historia, porque sabía que era lo que se esperaba de él. En realidad, la indignación de aquellos hombres le resultaba indiferente. Eran unos locos que no reconocían los signos de los tiempos. El futuro pertenecía al dinero, pero casi ningún artesano tenía la ambición de llegar a nada. Preferían revolcarse en la autocompasión y soñar con tiempos en los que se suponía que el mundo era más justo, los artesanos más prestigiosos y los poderosos más humildes.

Luc, en cambio, estaba decidido a ascender. No iba a pasarse el resto de su vida despiezando ganado y revolcándose en sangre y vísceras. Su destino era dirigir a la gente. Sabía hablar. Los hombres le escuchaban. De haberlo deseado, habría podido instigar en ese mismo momento a sus hermanos a que se levantaran de la mesa y mataran al primer mercader que vieran.

Pero no le veía ningún sentido a perjudicar a los poderosos. Más bien quería ser uno de ellos.

Luc era realista. Sus planes eran ambiciosos y los obstáculos abrumadores, se daba perfecta cuenta. La aristocracia municipal se protegía. Desde hacía generaciones, ninguna familia había logrado ascender al círculo de las estirpes dominantes. Pero, si había alguien que pudiera lograrlo, ese era él. Hacía diez años que había llegado a Varennes sin otra cosa que lo puesto, solo, un don nadie a los ojos de los allí instalados. Se había abierto camino hacia arriba, gracias a sus dotes había ascendido en un breve período a maestro y cabeza de su gremio.

Su camino estaba lejos de haber concluido.

Mientras sus hermanos se atiborraban de cerveza y parloteaban sobre nimiedades, él reflexionaba. Quería casarse con una joven de buena familia, que le diera acceso a los círculos más altos. ¿Louise Marcel? Un pensamiento atractivo, pero lejano a la realidad: la hermosa Louise era inalcanzable para él. Tendría que conformarse con la hija de una familia menos poderosa.

Difícil, sin duda. Le iba a costar trabajo convencer incluso a un insignificante patricio para que le diera por esposa a su hija. Antes tenía que llegar a algo, tenía que aumentar su prestigio para que aceptaran que fuera del mismo estatus que un mercader.

Dinero, ahí era adonde todo iba a parar. Necesitaría una casa mejor, ropa cara, criados. Extravagantes zapatos de pico, cubiertos de plata, un abrigo de piel. Había apartado unos cuantos florines, pero no iba a poder lograrlo solo con sus ahorros.

¿Cómo podía llegar con rapidez hasta un buen montón de oro?

Dio vueltas a la jarra en la mano, sin escuchar apenas lo que decían los otros.

Bueno, había una posibilidad. Pero le causaba un malestar casi físico.

Capítulo 5

5

Malka cogió la mano de Léa y la apretó; tenía los dedos húmedos.

—Tienes que ayudarme. Por favor. Léa conocía esa mirada; el miedo hablaba en los ojos de Malka, terror pánico a la infertilidad y a la vergüenza. Llevaba un año casada y aún no había concebido un hijo. En la judería ya corrían rumores. Léa tenía que tranquilizar a esa pobre mujer. Era su punto fuerte. Los enfermos y sufrientes la apreciaban por su tranquilidad, se sentían confortados por ella. Y eso que no era nada maternal, y además bien joven. Léa tenía veinticuatro años, solo unos cuantos más que Malka.

—¿Con qué frecuencia yace tu marido contigo? —preguntó.

—Casi todas las noches.

—¿Y se derrama siempre?

Ruborizándose, Malka bajó la vista.

—Todo está bien en él. Tiene que ser por mí.

—No te culpes. —Léa posó la mano en la de Malka—. Nuestro cuerpo solo pertenece a la voluntad de Dios. No podemos forzarlo a lo que no esté dispuesto. Ten paciencia. Cuando llegue el momento, concebirás.

—¿Estás segura?

—Claro. Eres una mujer joven, rebosante de vida. También tu marido está sano como una manzana. Todo lo que necesitáis es tiempo.

Malka no estaba del todo tranquila.

—¿Puedes de todos modos darme una medicina?

Léa abrió el bolso. Hacía años que había aprendido que la mayoría de las veces lo más sensato era atender el deseo de sus pacientes de que les diera un brebaje o un ungüento. Quien sufría anhelaba algo tangible, una prueba palpable de que la curandera lo intentaba todo.

—Esta bolita está hecha de mandrágora, almizcle y trufa gris… La he hecho conforme a una acreditada receta —explicó—. Te la pondrás en la vulva y la dejarás nueve días en ella. Este remedio ha ayudado ya a muchas mujeres a concebir un hijo.

Malka sonrió.

—Mil veces gracias. Que el Todopoderoso te bendiga. —Abrió una arqueta, dio su pago a Léa y la besó en la mejilla.

Léa salió al callejón. Volvía a chispear. Estaba siendo un verano húmedo y frío… no tan malo como el anterior, pero casi. El año anterior había llovido incesantemente, en toda Lorena la cosecha se había echado a perder en los campos. Se había producido una hambruna, cuyas consecuencias Varennes seguía sufriendo. Léa había dejado de contar a cuántos desnutridos había tratado en los últimos meses, con poco éxito. ¿De qué servían las mejores artes cuando no había bastante comida en la mesa?

Se caló la capucha del manto sobre los abundantes rizos negros y pisoteó el lodo de la calle, pasando de largo ante la sinagoga y la mikvá. Su padre solía contar que en su infancia la judería solamente tenía esa calle; allí vivían como mucho quince familias. Desde entonces el barrio había crecido considerablemente. Se debía sobre todo a los muchos zorfatim que habían venido a Varennes cuando el rey de Francia había echado de su reino a todos los judíos, hacía cuarenta años. Dado que, como sus hermanos en la fe loreneses, eran askenazíes y hablaban el mismo idioma, se habían integrado con rapidez. El Consejo les había asignado tierras, de forma que ahora la judería abarcaba varios callejones y patios, que se pegaban a la sinagoga como niños buscando consuelo en su bondadosa madre.

Léa fue a la panadería kosher que había junto a la casa de baile. Una de las chimeneas del edificio humeaba, y el humo ascendía con lentitud al cielo y se desflecaba entre la lluvia. El panadero estaba echando en ese momento al cesto una paletada de panes humeantes.

—Ah, Léa —saludó, y se echó atrás la punta del gugel—. Seguro que vienes por Eli. Está en su cámara.

—¿Está mejor?

—Es difícil de decir. Lo mejor es que tú misma te hagas una idea.

Subió por una escalera en la pared exterior de la casa y accedió a un oscuro desván. El pinche del panadero, un muchacho rechoncho de dieciséis años, con ojos extrañamente juntos, yacía medio tapado en el lecho, sudaba y estornudaba.

—¿Tomas regularmente tu remedio? —Léa le palpó la frente.

—Todas las noches, como tú dijiste —respondió Eli con voz cascada.

—La fiebre ha bajado un poco. Estás en camino de mejorar. ¿Cómo va el cuello?

En vez de responder, el muchacho empezó a toser con tal fuerza que levantó el torso y estuvo a punto de darse con la cabeza en el techo inclinado. Gotitas de saliva alcanzaron la mejilla de Léa; se las secó sin prestar atención. Aunque el pobre tipo derramaba emanaciones malolientes, Léa no tenía miedo de enfermar por ellas. Su madre, una gran sanadora, no solo le había transmitido su inmenso conocimiento médico, sino también una salud robusta, que nunca dejaba a Léa en la estacada. De hecho, no podía recordar la última vez que había tenido aunque fuera un simple catarro.

—Lo siento —bisbiseó Eli.

—Tenemos que hacer algo contra esa tos. —Le ayudó a quitarse la camisa empapada de sudor y le frotó el pecho con un ungüento de penetrante olor—. Le diré a tu maestro que te prepare una infusión de rábano, ortiga y ajo. La tomarás de forma regular. Además, te recomiendo ponerte compresas en el cuello durante la noche.

El muchacho estaba quedándose dormido y apenas escuchaba. Ella salió del desván y dio al panadero instrucciones detalladas para tratar a Eli.

El pinche del panadero era su último paciente por ese día, así que se encaminó a casa a través de la lluvia.

Vivía con su padre, Baruch, junto a la sinagoga, en una casa de tres pisos con la fachada de madera entramada, pintada de blanco, casi tan impresionante como las casas de los prestamistas y mercaderes que hacían grandes viajes. Antes de entrar, tocó la mezuzá en el marco de la puerta y se besó las yemas de los dedos. La planta baja era una sola y gran estancia llena de estanterías en las que se almacenaban tarros con ungüentos, redomas con elixires y vasijas de barro con toda clase de sustancias. Del techo de madera colgaban hierbas puestas a secar; a Léa le recordaban a raíces que rompieran el techo de una cueva. Quien entraba en la casa por primera vez se veía fácilmente abrumado por el olor etéreo de las distintas especias y esencias. Pero Léa estaba acostumbrada a eso. Su padre era un apotecarius, y tenía la mayor tienda de remedios de Varennes.

Baruch estaba detrás del mostrador y pulverizaba con desgana granos de pimienta en el mortero. Era un hombre alto, pero la pena que pesaba sobre sus hombros lo había hecho encogerse. Su rostro alargado y sus ojos castaños y bondadosos casi desaparecían entre el revuelto pelo gris, que terminaba en largos caireles y una barba partida en dos. Junto al mortero había un libro abierto, del que leía mientras trabajaba. Estaba tan embebido en su lectura que solo se dio cuenta de la presencia de su hija cuando la tuvo justo delante.

—Oh, ya has vuelto —murmuró, y apartó a regañadientes la vista del libro.

Era un tratado sobre las letras hebreas y su valor numérico, advirtió Léa. Su padre estaba obsesionado con la mística de los números y el misterioso arte de la gematría.

—No había mucho trabajo —contó ella—. Le he dado a Eli algo contra la tos y a Malka un remedio contra las dificultades para concebir. Rezo porque se quede embarazada pronto. La pobre está ya enferma de preocupación.

—Mientras hay vida, hay esperanza —citó Baruch, ausente, el Talmud.

No solo era el apotecarius, sino también el rabino de la comunidad. Nadie en Varennes conocía las Escrituras mejor que él.

Léa habló de los otros enfermos que había visitado esa mañana. Él apenas escuchaba. Su mirada volvía constantemente al libro.

—¿Qué tal ha sido tu jornada? ¿Tuvimos clientes en abundancia?

—No me puedo quejar. —La miró, tímido—. ¿Te importaría ocuparte de la tienda? Me gustaría retirarme y proseguir mis estudios.

Ella reprimió un suspiro.

—Para variar, podrías ayudarme tú a mí. —Señaló con la cabeza el barril que había llegado por la mañana y esperaba ser abierto—. Tenemos que rellenar los botes con las nuevas especias.

—Puedes hacerlo sola. Ya sabes lo que el Todopoderoso exige de nosotros los eruditos. Debemos reflexionar día y noche sobre la Torá —explicó Baruch con fingida severidad—. Incluso la lujuria y la idolatría…

—… las disculpa más que postergar las Escrituras —terminó resignada Léa la frase—. Está bien, padre. Yo me ocuparé de todo. Luego voy a ir al cementerio. ¿Quieres venir?

Él ya no la oía. Con su libro entre las manos, subió corriendo la crujiente escalera y desapareció en el piso de arriba, y ella supo que no volvería a verlo durante el resto del día.

Esta vez suspiró de manera audible, mientras vertía en una vasija la pimienta molida. Sin duda el estudio de las Escrituras tenía una importancia inmensa para su pueblo. Sin eruditos como Baruch, que recordaban, conservaban y creaban cosas nuevas, el judaísmo habría sucumbido tras la destrucción del Templo de Jerusalén. Sus brillantes comentarios al Talmud eran leídos incluso en las comunidades SchUM del Rin, lo que había dado gran prestigio a su familia. Aun así, exageraba huyendo del mundo. Se pasaba todo el día sentado en su cámara, cavilando a la luz de las velas, inclinado sobre viejos volúmenes, y descuidaba el trabajo con el que se ganaba el pan. Sin Léa, que lo relevaba en la tienda, hacía mucho que habría tenido que vender la casa. Hasta cierto punto ella, que era de naturaleza enérgica y a la que gustaba preparar y vender medicamentos, lo agradecía. Sin embargo, estaba preocupada. «Es su forma de guardar luto», se decía. Antaño, cuando su madre estaba viva, Baruch no había estado tan ensimismado. Solo podía esperar que algún día superase su dolor con la ayuda de Dios.

Se ocupó de las especias y atendió a los clientes que vinieron a comprar remedios contra el dolor de cabeza, la diarrea y el prurito. Entrada la tarde, cerró la tienda y se puso en camino hacia el cementerio. Felizmente, había dejado de llover.

Un elevado muro, unido a las defensas de la ciudad, rodeaba la judería. Oficialmente, protegía de asaltos a sus habitantes. En realidad, servía sobre todo para mantener alejados de los cristianos a los judíos, para que los extraños usos de sus impopulares vecinos no molestasen a los incircuncisos. Léa cruzó la más occidental de las dos puertas, ignorando las sonrisas lascivas de los corchetes que montaban guardia en ella. Llevaban cotas de malla y alabardas y servían al Consejo, que atendía de ese modo su deber de proteger a los judíos de Varennes… Un deber que hacía pagar a buen precio a sus protegidos.

De hecho, la autoridad cristiana —ya fuera el Consejo, el rey o el Papa— era muy ingeniosa cuando se trataba de imponer nuevos impuestos especiales y restricciones a los judíos. Todas esas represiones hacían que Léa y sus hermanos de fe prefiriesen relacionarse entre ellos y evitar en la medida de lo posible el contacto con los cristianos. Léa solo salía de la judería cuando las circunstancias la obligaban a hacerlo, y al llegar al mercado de la sal empezaba a sentirse incómoda.

Exteriormente, nada la habría diferenciado de una mujer cristiana —llevaba la misma ropa, los mismos zapatos, los mismos adornos— de no haber sido por el trozo de fieltro amarillo que destacaba en su manto. Estaba prescrito a todo judío mayor de siete años, para poder reconocerlo como tal. Léa sentía las miradas despectivas de los clérigos de la iglesia parroquial, de los mercaderes en sus carros de bueyes, de los artesanos que iban de camino a la taberna. Era la hija de un gran erudito, respetado y querido entre sus iguales. Pero eso los cristianos no lo sabían. Para ellos Léa no era más que una no bautizada, una extraña entre ellos, una asesina de Cristo. Esta vez se ahorró los insultos y los empujones, pero era imposible no ver la aversión que se le brindaba por todas partes.

Bueno, era mutua. Léa no ocultaba que no apreciaba especialmente a los cristianos. Eran agresivos y arrogantes. No tenían modales. No eran instruidos. En la judería, todo el mundo sabía leer y escribir, incluso los simples pinches de panadería como Eli. Todos dominaban dos idiomas, el francés de Lorena y el hebreo, aunque la lengua de la Torá casi no se empleaba en la vida cotidiana. Eruditos como su padre dominaban incluso el alemán, latín, griego y arameo. ¿Y los incircuncisos? Como mucho uno de cada cinco sabía leer, uno de cada diez leer y escribir. El caso de las lenguas extranjeras era peor, si no se era un clérigo o un mercader. Y la medicina… estaba de tal modo presa de dogmas heredados que los cristianos enfermos daban pena. No era sorprendente que los más ricos de entre ellos prefiriesen médicos judíos. Cuando se trataba de la propia salud, de pronto los odiados hebreos resultaban ser lo bastante buenos.

Léa fue consciente de que la ira subía por ella. Le ocurría a menudo cuando iba al cementerio. Sencillamente, no podía olvidar lo que los cristianos habían hecho a su familia. Respiró hondo y trató de sacudirse los malos pensamientos. No quería llegar a las tumbas con el corazón lleno de ira.

Siguió la Grand Rue hacia el sur y llegó a la nueva muralla de la ciudad, que había sido construida hacía algunos años para proteger de ataques a los nuevos barrios. Un pot-de-fer, una de esas novedosas armas de fuego fundidas en bronce, estaba emplazado en el adarve de la Puerta de la Sal, que ella cruzó con rápidos pasos. Fuera, en el extenso recinto ferial, donde no había casi nadie cuando no se celebraba el mercado anual, se sintió notablemente más segura. Ya no había miradas hostiles. Disfrutó del aire limpio y el olor a tierra de las praderas húmedas.

El cementerio judío se encontraba al borde del bosque, y estaba rodeado de abedules y hayas de denso follaje, de modo que las tumbas languidecían entre sombras verdosas y casi nunca veían la luz del sol. Léa abrió la verja del quebradizo muro, que la saludó con un familiar chirrido. La senda serpenteaba por docenas de lápidas, en apariencia repartidas al azar entre la hiedra y la mala hierba, algunas nuevas y cuidadas, la mayoría antiquísimas y torcidas, y tan devastadas por el tiempo que habría sido posible tomarlas por piedras naturales si no fuera por los enrevesados ornamentos. De niña, Léa había buscado en una ocasión la tumba más antigua del cementerio y había descubierto una lápida que se desmoronaba bajo las raíces de un haya nudosa. La inscripción en la piedra revelaba que aquel muerto sin nombre había sido enterrado en el año judío de 4710. Hacía casi cuatrocientos años.

Estaba completamente sola en el cementerio. «Mejor así.» No estaba de humor para charlar con otros dolientes. Fue hacia dos cuidadas tumbas y depositó una piedra en la de la izquierda.

La tumba de su madre, Miriam. El día siguiente era el primer aniversario de su muerte. Una muerte repentina, absurda, incomprensible. Cuando ocurrió, Léa había tardado semanas en entender de veras lo que había sucedido: que su querida madre se había marchado para siempre. La había llorado durante meses, pero hasta la fecha el dolor aún no había desaparecido del todo. Miriam había sido todo lo que Léa quería ser. Era su obligación emular a su madre con todas las fuerzas a su alcance.

Sacó una segunda piedra del bolsillo y la dejó en la lápida de la derecha.

La tumba de su esposo. Jonah, ah, Jonah. Había muerto el mismo desdichado día que su madre, cuando acababa de cumplir veintiséis años. Había sido un erudito como su padre, claro. Baruch había escogido como esposo para ella alguien parecido a él, otro tipo de persona no habría entrado en consideración. Los dos hombres se habían entendido enseguida. Todas las noches se sentaban en la sala y mantenían sabias disputas sobre la Torá, la Cábala, las doctrinas de Moshe ben Maimón, no pocas veces hasta la madrugada. Jonah la había tratado decentemente, como una compañera igual a él, que trabajaba y ganaba dinero para que él pudiera dedicarse al estudio. Más allá de eso, su interés por ella había sido moderado. Pensador completamente espiritual, raras veces había yacido con ella… No cabía sorprenderse de que el Todopoderoso no les hubiera dado hijos. Aun así, Léa le había querido mucho. Jonah siempre había sido un amigo. Y quién sabe, de haber tenido más tiempo quizá hubieran descubierto el amor.

Se dio cuenta de que estaba llorando. Dejó libre curso a las lágrimas y rezó sus oraciones, una para su madre y otra para su esposo, como todos los días desde hacía un año.

Alzó la cabeza y miró al cielo. Las nubes se acumulaban encima del bosque, una fantástica cordillera que ardía como el ámbar al sol de la tarde. El viento hacía susurrar las copas de los árboles y secaba las lágrimas en sus mejillas. Cada día era un poquito más fácil, el dolor perdía algo de su fuerza. Si no fuera por la ira, la ira contra el destino, la injusticia, los cristianos. Era peor que el dolor, más testaruda. Léa apretó los labios y retrocedió por el sendero.

Dio un pequeño rodeo y bajó del cementerio al Mosela, que venía muy crecido por las lluvias de las semanas anteriores y arrollaba pardo y cenagoso el valle: la arteria vital de Varennes, que abastecía a sus habitantes de agua, mercancías y conocimiento. En la orilla, Léa se lavó las manos, porque el cementerio era un lugar impuro. Entre los matorrales del lado contrario descubrió un cisne con cinco algodonosas crías. Los gráciles animales se abrieron paso por entre las altas hierbas y saltaron al agua. La enérgica corriente les dio trabajo al principio, pero, confiando por entero en sus capacidades, se entregaron a la voluntad del río y nadaron junto a su madre. Léa observó un rato a los cisnes y sintió que el peso de su corazón se aliviaba.

Regresó a la ciudad. Un carro cargado traqueteaba por el camino delante de ella. Dos criados corrían a su lado instigando a los bueyes. El hombre del pescante no era otro que su tío.

—¡Solomon! —Alzó el borde de su vestido y corrió para alcanzarlo.

—Léa —saludó él sonriente, y le tendió la mano para que pudiera subir al carro junto a él—. Qué alegría verte. ¿Estabas en el cementerio?

—Ahora mismo.

Una sombra pasó por los rasgos de él.

—Hace ya un año. Me parece que fue ayer.

Solomon era de una naturaleza totalmente distinta a la de su hermano mayor, Baruch; igual de alto, pero en absoluto enjuto y encorvado, sino recio, de hombros anchos y fuerte carácter, una persona respetada en la judería, incluso en todo Varennes. Su voz era sonora y tronante, hasta cuando se esforzaba en hablar bajo. Al contrario que Baruch, era hombre inclinado a las cosas del mundo: trabajaba como mercader y prestamista y se había hecho rico con su esfuerzo. El carro llevaba toneles de vino. Como el zumo de uva plantado por los cristianos no era kosher, los judíos cultivaban sus propias cepas y las vendían a sus hermanos de fe en todo el Imperio.

—¿Qué tal ha ido en Épinal? —pregunto Léa.

Solomon había pasado dos semanas en la ciudad mercantil vecina.

—Habría podido ir mejor. Por desgracia la gente sigue sufriendo la hambruna, y eso frena los negocios. Pero no me quejo. Alguna que otra moneda de plata ha encontrado el camino hasta mis bolsillos. —Satisfecho, palpó la bolsa llena bajo su desbordante tripa—. Dime, ¿qué hace nuestro viejo erudito?

—Mete la nariz en libros polvorientos y se pasa todo el día dando vueltas al álef y su importancia mítica, ¿qué si no? Si habla alguna vez, me da un sermón acerca del Sefer Yetzirá.

—¿Acaso ha abandonado la enseñanza?

—No, aún la practica. Por lo menos un poco.

—Esto no puede seguir así —declaró Solomon frunciendo el ceño—. Hablaré con él. Creo que debería volver a casarse. Necesita una mujer que le recuerde que hay vida fuera de su cuarto de estudio.

—No querrá escucharte —dijo Léa, a la que la idea de una nueva mujer junto a su padre no hacía precisamente feliz.

El carro cruzó la Puerta de la Sal y el portón de la rue des Juifs y se detuvo poco después delante de la casa de Solomon, que estaba junto a la de Léa y Baruch. Los criados salieron en bandada del patio y empezaron a descargar los toneles.

—¿Puedes quedarte un poco? —preguntó Solomon—. Uno de mis ayudantes se ha herido una mano. Es solo un arañazo, pero quizá sea mejor que le eches un vistazo… por andar sobre seguro.

El criado le enseñó la herida. Un pequeño corte, que no acababa de curar.

—Sí, hay que tratarla. Voy a buscar mi bolsa.

En ese momento se abrió la puerta de la casa y Judith, la esposa de Solomon, salió sonriente a su encuentro. Aunque tenía más de cuarenta años, seguía siendo una belleza de espléndidos cabellos rubios, que ocultaba modosa bajo una cofia. La pareja tenía dos hijos bien criados, Esra y Zacharie, que ya no vivían con ellos. Los dos jóvenes se habían ido a Worms hacía dos años, para estudiar allí el Tanáj y el Talmud con un renombrado rabino.

Riendo, Solomon encerró a su esposa en sus brazos.

—¡Te he echado de menos, paloma mía!

—Yo a ti también, mi gordo oso. Entra en casa, tienes visita.

—¿Quién es?

—Un cristiano que quiere que le prestes dinero.

Cuando Léa entró poco después, Solomon estaba hablando con un hombre musculoso, que tenía los pulgares enganchados al cinturón y, de una forma difícil de entender, resultaba agresivo, plantado en medio de la habitación, como si la casa fuera suya. Llevaba un traje claro de lana y manguitos de cuero, y un cuchillo terciado en el cinturón. Los rasgos de su rostro eran nítidos y marcados, como dibujados con una cuchilla…, una impresión que subrayaban las recortadas patillas y la cuidada perilla de pelo ceniciento. La mirada de sus ojos azul gélido era penetrante. Léa había visto a menudo en el mercado a ese hombre: era Duchamp, el matarife, maestre de su gremio y miembro del Gran Consejo.

—¿Para qué necesitáis el dinero? —preguntaba Solomon.

—Eso no te importa. —Aunque Luc no era precisamente amable, el tono de su voz era grato.

—Bueno, cuarenta florines son un montón de dinero. ¿Tenéis avales que garanticen la devolución?

Los ojos del matarife se estrecharon. Era obvio que consideraba una desvergüenza aquella pregunta.

—Soy maestre de un gremio, judío. Por supuesto que tengo avales.

—Aun así, tengo que preguntar de qué se trata. —A Léa le resultaba un enigma cómo Solomon era capaz de mantenerse cortés en vista de aquel tono.

—Mi casa y mi taller —declaró Luc—. Eso debería ser suficiente.

—Sí, eso me basta. —Solomon pidió a Judith que subiera a buscar el dinero.

Entretanto, Léa se ocupaba del criado, que escuchaba curioso la conversación, sentado junto a la chimenea apagada. Había limpiado el corte y lo había untado con un ungüento que impedía las inflamaciones. Le vendó la mano.

Judith volvió y tendió a Solomon una bolsa de cuero que este pasó a su visitante.

—Cuarenta florines. ¿Queréis contarlos?

Luc se sentó a la mesa, vació la bolsa de monedas de oro e hizo con toda tranquilidad montones de diez piezas cada uno. No habría podido demostrar de manera más ostentosa que no se fiaba de la palabra de un judío. Finalmente, devolvió las monedas a la bolsa.

—¿A cuánto ascienden los intereses?

—Treinta y dos por ciento anual. Pagaderos en dos cuotas cada vez…

—¡Treinta y dos! —le interrumpió Luc, poniéndose en pie de un brinco—. ¿Quién va a pagar eso? ¿Te ha nublado la codicia el entendimiento, usurero?

Léa apretó los dientes. Tenía que obligarse a no decir nada. Judith había palidecido y retrocedido involuntariamente dos pasos.

Solomon, en cambio, no se dejó alterar. Su tono se mantuvo cortés, pero se hizo un poco más frío.

—El treinta y dos por ciento es lo habitual. Yo solo me quedo con una fracción de eso. Sin duda no necesito explicar a un miembro del Consejo que los elevados impuestos que el Consejo exige a la comunidad judía obligan a los banqueros a gravar los préstamos con notables intereses. Dado que además los cristianos habéis decidido excluirnos de todos los gremios, no nos queda otra cosa para sobrevivir que el comercio y el préstamo de dinero.

—Para ser un tipo que gime bajo el peso de los impuestos y lucha por sobrevivir, has acumulado una riqueza bastante grande —replicó Luc.

—Esas son mis condiciones —dijo Solomon—. Los plazos se pagan en febrero y agosto. Si no estáis de acuerdo con ellas, sois libre de visitar a otro banquero. Pero no obtendréis el dinero más barato en ninguna parte.

Luc casi lo atravesó con la mirada, pero no dijo nada.

Solomon fue a la mesa, sacó un pliego de pergamino, mojó en tinta una pluma de ganso y escribió unas líneas.

—Firmad el contrato, si estáis de acuerdo con el negocio.

El matarife le arrebató la pluma de la mano y garabateó su nombre al pie de la cédula de deuda. Al parecer sabía escribir. Algo inusual para un artesano cristiano, incluso para uno con asiento en el Consejo. Luc tiró la pluma encima de la mesa, cogió la bolsa de dinero y salió caminando con arrogancia de la habitación, sin una palabra de agradecimiento.

Apenas sus pasos se extinguieron en la escalera, Léa se puso en pie.

—¡Ese tipo desvergonzado! No deberías haber permitido que te hablara así.

—¿A eso lo llamas desvergonzado? He vivido cosas muy distintas con los cristianos. Y todos se quejan de los intereses.

—Te ha acusado de avaricia y ha puesto en duda tu entendimiento —insistió Léa—. Deberías haberlo echado. No necesitas tanto su dinero.

—¿Poner en la puerta a un miembro del Consejo? No puedo permitirme tal cosa.

—Un miembro del Gran Consejo. En el fondo no es más que un carnicero rico.

—Y, sin embargo, lo bastante poderoso como para perjudicarme seriamente. Ningún judío puede permitirse tener por enemigo a un consejero. Prefiero tragarme mi orgullo, dejar que sus ridículos escarnios reboten en mi piel y gozar de su dinero.

Léa calló. Probablemente Solomon tenía razón. Él era el mercader, el que mejor sabía cómo tratar a los clientes desagradables.

—Ahora basta. Vamos a comer. —Solomon sonrió de oreja a oreja y se frotó las manos, grandes como zarpas—. ¡Por Dios, tengo un hambre de oso! No creeríais lo difícil que es conseguir comida decente en Épinal. O es buena o es kosher, pero raras veces es ambas cosas.

Pidió al criado de la mano vendada que fuera a buscar a Baruch, y poco después la familia estaba reunida en torno a la mesa. Una vez que todo el mundo se hubo lavado las manos, partieron el pan y lo tomaron con un poco de sal, como era tradición. Acto seguido, la criada trajo las viandas. La carne asada tenía un olor exquisito, el vino era dulce, y Solomon los entretuvo con anécdotas de su viaje. Rieron mucho. Todos se dejaron contagiar por su buen humor… todos excepto Léa.

No se libraba de la sensación de que ese Luc era más peligroso que los otros cristianos.

Mucho más peligroso.

Cuando Léa y su padre llegaron a la sinagoga a la mañana siguiente, ya esperaban en ella dos docenas de personas. Baruch los saludó cordialmente y les abrió las puertas de la casa de oración. Los hombres entraron en la sala principal, mientras las mujeres subían a la logia.

Poco a poco fueron apareciendo otras familias. Era el aniversario de la muerte de Miriam y Jonah, y la comunidad iba a celebrar el último servicio fúnebre en honor de ellos. Los ciento veinte habitantes de la judería iban a participar en él.

Mientras esperaban a los rezagados, Baruch y Solomon no tuvieron otra cosa mejor que hacer que discutir.

—¡No, no y mil veces no! —El padre de Léa recalcaba su disgusto con decididos gestos.

—No te comprendo, hermano —decía su tío—. La soledad no te sienta bien… Léa también lo dice. Una nueva esposa te ayudará a encontrar el camino de vuelta a la vida.

—Pero yo no quiero una nueva esposa. Tan solo amo a Miriam.

—Eso te honra, pero en verdad es tiempo de que vayas más allá de ella. No puedes recluirte en tu cuarto de estudio el resto de tu vida. Miriam no lo habría querido. Mira, ahí viene Alisa. David aún no ha encontrado un marido para ella y además es guapa. ¿No te vendría bien?

—¡Esa chica aún no ha cumplido los dieciocho!

—Exacto. Una joven te levantará los ánimos. Mírala. ¡Dios! ¿Qué hombre podría decir que no? Cuándo ha sido la última vez que has visto dos cosas tan bonitas, tan turgentes…

—¡Tío! —protestó Léa.

—¡Solomon! —siseó al mismo tiempo Judith.

—Precisamente hoy no. Te lo ruego, hermano. —Baruch parecía cansado y triste.

—Está bien. Está bien. Ya me callo. —Solomon alzó las manos pidiendo calma.

—Estos eran los últimos —dijo Léa—. Entremos.

Ella y Judith se sentaron en la logia con las otras mujeres y atendieron a la lectura de la Torá. Los hombres judíos de la sala principal habían abierto los cuadernos de oración y se habían puesto esclavinas a rayas blancas y negras, que les cubrían la cabeza y los hombros. Enseguida el mercader de joyas David Levi sacó un rollo de la Torá del fastuoso altar instalado en la pared que miraba a Jerusalén, lo llevó hasta la bima, en el centro de la sala, y lo mostró a los presentes antes de dejarlo en el atril. Acto seguido, llamaron a cinco hombres para que leyeran la Sagrada Escritura. Solomon empezó. Volvió la espalda a la comunidad, y su recia voz llenó la sinagoga cuando recitó los versículos de los cinco libros de Moisés.

Luego, Baruch leyó un texto del Libro de los Profetas. Siguieron otras tres lecturas, para cada una de las cuales subió a la bima un miembro distinto de la comunidad. Cuando el último texto terminó con la bendición, Léa bajó a la estancia principal y subió al atril para recitar el Kadish. Tradicionalmente, era tarea del hijo mayor pronunciar la oración fúnebre por el fallecido, pero como sus padres solo habían tenido una hija y Jonah y ella no habían tenido hijos, se le había permitido asumir la tarea, aunque en realidad no se permitía a las mujeres participar activamente en los servicios religiosos. Eso no había gustado a todos los hombres, y al principio había habido protestas contra la inusual decisión. Pero entretanto la comunidad se había acostumbrado a que, desde hacía un año, Léa subiera a la bima al final de cada oración matinal. Los hombres de los bancos la miraban llenos de compasión.

Ella cerró los ojos por un momento y sintió la amplitud de la sala, en la que cualquier pequeño sonido retumbaba hasta la bóveda del techo. Reinaba tal silencio que podía oír el leve siseo de las velas. Ante el altar de la Torá ardía la llama eterna, en otro nicho la llama de aniversario por Miriam y Jonah. Por las pequeñas ventanas en arco, muy por encima del suelo de piedra, entraba poca luz esa turbia mañana. Léa disfrutó de la penumbra, le daba una sensación de refugio.

Abrió los ojos y contempló el rollo de la Torá, cuyas varillas estaban rematadas por pomos de plata en forma de torrecillas de filigrana. Léa no necesitaba el texto. Recitaba el Kadish día tras día desde hacía un año. Se lo sabía de memoria.

Iba a recitarlo por última vez.

—Exaltado y santificado sea su gran nombre, en este mundo de Su creación que creó conforme a Su voluntad —empezó—, llegue Su reino pronto, en vuestra vida y en vuestros días, y en vida de toda la casa de Israel. Y decid: Amén.

Lloraba, pero no se detuvo. Sentaba bien decir las palabras familiares, dejar correr el dolor y saber que al día siguiente habría pasado.

Se había despedido.

Podía empezar de nuevo.

Capítulo 6

6

GRANGES-SAINT LAZARE, REINO DE FRANCIA

No creo que lo ataquen demonios —rompió el silencio Hervé—. Si así fuera, hablaría en lenguas extrañas y blasfemaría, y no podría soportar la visión de mi crucifijo. Me parece más bien una enfermedad.

—¿Habéis visto alguna vez una cosa así? —preguntó Adrianus.

El cirujano negó con la cabeza.

—Esta dolencia me es del todo desconocida.

Habían estado observando un rato al supuesto poseído. Cuando por fin se habían puesto de acuerdo en que no parecía peligroso, lo habían ayudado cuidadosamente a ponerse en pie y, con palabras tranquilizadoras, lo habían llevado hasta la sombra para retirarlo de la ardiente plaza del pueblo. Ahora el hombre yacía en la hierba al pie de un abedul y miraba la nada con los ojos entornados. Aún era joven, tenía pecas y abundantes rizos rojizos.

Las violentas convulsiones habían cesado; tampoco se rascaba ya. Solo de vez en cuando lo estremecía una leve sacudida, y entonces Adrianus temía que pudieran volver las terribles convulsiones. Los gritos inhumanos que el joven había proferido entonces todavía resonaban en sus oídos. Pero poco a poco el horror dio paso a una profunda compasión. Fuera lo que fuese lo que le asediaba, sin duda sufría terribles tormentos.

Hervé dejó a un lado el crucifijo y empezó a examinar al joven desnudo.

—Sufre de disentería —dijo, y señaló los restos encostrados de excrementos en la parte interior de los muslos.

—Eso no explica por sí solo este olor apestoso —observó Adrianus.

—No proviene solo de él. Es este lugar el que apesta como una tumba abierta. —Hervé palpó las extremidades arañadas—. Manos y pies están completamente fríos, a pesar del calor que hace. Parece que apenas corre sangre por ellos. En cambio, la cabeza le arde.

—¿Es posible que tenga la rabia?

—Eso he pensado yo también. Pero no veo ningún mordisco en ninguna parte.

Adrianus advirtió que los labios del muchacho se movían.

—Quiere decirnos algo.

—Te escuchamos, amigo mío. ¿Qué podemos hacer por ti? —Hervé acercó el oído a su boca.

—Sed —susurró de manera apenas audible el muchacho, con la voz tan seca y quebradiza como un pergamino viejo.

Rápidamente, Adrianus abrió la botella y le dio un poco de cerveza rebajada. El joven tragó con avidez, pero volvió a escupir la mayor parte de lo bebido. Abrió mucho los ojos, apretó los dientes y echó la cabeza hacia atrás.

—¡Vuelve a empezar! —gritó Hervé.

Retrocedieron justo a tiempo. El enfermo empezó a tener convulsiones, a revolcarse por la hierba y manotear impetuoso. Sus brazos se golpearon más de una vez con fuerza contra el tronco del árbol, pero no parecía notar el dolor.

—Va a herirse. Tenemos que atarlo. Busca una cuerda en alguna parte.

Adrianus registró las cabañas abandonadas y volvió poco después con una soga de bueyes.

—Tú le agarras las piernas, yo los brazos —dijo Hervé.

Se animaron a agarrar al muchacho, lo que resultó difícil, porque sus convulsiones aumentaron al levantarlo. Hervé sufrió un arañazo en la mejilla cuando su paciente le golpeó en el rostro, y Adrianus recibió varias patadas en el vientre. Uniendo sus fuerzas, lograron por fin llevarlo a una cabaña y tenderlo en un lecho. Adrianus cortó la soga en dos mitades, mientras Hervé se sentaba a horcajadas sobre el chico, que pataleaba y chillaba, y le sujetaba los brazos para que Adrianus pudiera atar manos y pies al bastidor del lecho.

Jadeando, el enfermo se retorcía en sus ataduras, con el rostro convertido en una mueca. Al menos ahora ya no podía golpearse los miembros y la cabeza hasta hacerse sangre.

—Dame una esponja soporífera —ordenó Hervé.

—¿Es inteligente aturdirlo? —Adrianus había estudiado que las esponjas soporíferas se usaban tan solo en casos extremos, ya que su aplicación no carecía de peligros.

—Es un riesgo. Pero las convulsiones me parecen peores.

Adrianus obedeció. Su maestro humedeció la esponja con un poco de agua y la apretó contra la boca y la nariz del enfermo. No pasó mucho tiempo antes de que el chico se calmara y se quedara dormido.

—Tenemos que buscar ayuda y averiguar qué ha pasado con los otros habitantes del pueblo —dijo Adrianus.

Hervé asintió.

—Coge el mulo y ve al pueblo vecino. Quizá allí sepan más. Entretanto, yo me quedaré con él e intentaré tratarlo. ¿Nos queda acedera?

Adrianus hurgó en su bolsa y tendió al cirujano un manojo de ramas de la planta.

—Muy bien. Haré una compresa con esto. Debería ayudar a refrescarle la cabeza.

Adrianus salió de la cabaña y fue hacia el mulo, que habían dejado atado a los abedules. El aire titilaba por el calor encima de los prados, de modo que al principio creyó que las figuras en el sendero eran un espejismo. Se protegió los ojos de la luz. De hecho, media docena de hombres se acercaban al pueblo. Hermanos de una orden desconocida para él. Llevaban cogullas negras y, sobre ellas, mantos con un signo azul celeste en forma de T: la cruz de San Antonio.

—¡Maestro! —llamó.

Hervé llegó a su lado justo cuando los monjes alcanzaban el pueblo. Rezaban una oración mientras cruzaban la plaza con la cabeza baja. Uno de los hermanos, un hombre mayor de rostro arrugado, distinguió a los dos forasteros.

—¿Sois viajeros? —exclamó.

—Peregrinos de camino a Luzarches —respondió Hervé.

—Os aconsejo que sigáis vuestro camino. El Fuego del Infierno se ha desencadenado en esta región.

Adrianus y su maestro fueron hacia los monjes.

—¿El Fuego del Infierno? —repitió Hervé.

—Una plaga espantosa con la que el Señor castiga a estos pobres campesinos.

—¿Por eso está el pueblo abandonado?

—Nosotros, hermanos de la orden de San Antonio, nos ocupamos de los enfermos —explicó el viejo monje, cuya nariz era singular: ancha y nudosa, como si se la hubieran aplastado. Sus ojos parecían cálidos y, a la vez, indeciblemente cansados—. Hemos llevado a todos a la iglesia del pueblo vecino y hemos vuelto a recoger el ganado.

—Os habéis dejado un enfermo. —Hervé guio al monje hasta la cabaña en la que dormía el joven pelirrojo.

El viejo lo contempló en silencio. Sus hermanos se arremolinaron detrás de él, estirando el cuello.

—¿Le habéis puesto vosotros las ataduras?

—Cuando lo encontramos, sufría de fuertes convulsiones —explicó Hervé—. Queríamos evitar que se hiciera daño.

—¿Cómo lo habéis calmado?

—Lo he aturdido con una esponja soporífera.

—¿Entendéis pues algo del arte de curar? —preguntó el anciano.

—Soy maestro en cirugía. Hervé Laxart, de Montpellier —se presentó el cirujano—. Este es mi ayudante, Adrianus.

—Reunid el ganado —indicó el monje a sus hermanos, y se volvió de nuevo hacia Hervé—: ¿Podéis ayudarnos a llevar al chico a la iglesia?

—Sin duda.

—He visto un carro en el granero del diezmo —dijo Adrianus—. Pondremos al enfermo en él y unciremos un buey.

Así se hizo. El chico se estremecía a veces en sueños, pero se mantuvo en gran medida tranquilo cuando el carro salió traqueteando poco después del pueblo, seguido de Adrianus con el mulo y de los monjes, que llevaban el ganado por el sendero.

Entretanto ya era entrada la tarde. El calor empezaba a ceder.

—Tengo que confesar que jamás he oído hablar de vuestra orden —dijo Hervé, que guiaba al buey—. ¿Os habéis impuesto el deber de cuidar a los enfermos?

—Nosotros los antonianos luchamos contra el Fuego del Infierno donde lo encontramos —explicó el viejo monje, que se había presentado como hermano Aldus—. Cuando supimos que la plaga había estallado al norte de Montargis, vinimos a asistir a los enfermos. El Señor ha decidido probarnos gravemente —añadió, y Adrianus notó el profundo agotamiento en su voz—. Varios pueblos están afectados. Hay docenas de enfermos. Apenas damos abasto para cuidarlos. Muchos se nos mueren entre las manos y sufren hasta el último segundo espantosos tormentos.

—Nosotros vamos camino de las reliquias de Cosme y Damián. Pero creo que los santos nos han traído aquí —dijo Hervé—. Si nos los permitís, queremos ayudaros.

—Vuestra ayuda es más que bienvenida —respondió sonriente el hermano Aldus—. Un cirujano experimentado es exactamente lo que necesitamos. En verdad es el cielo quien os envía, amigo Hervé.

—Decidme qué sabéis acerca de la plaga. ¿Qué la provoca? ¿Son malas miasmas, que se alzan en verano de las ciénagas?

—No conocemos las causas —confesó el viejo monje—. Es posible que el desencadenante sea el cereal impuro. Grano que normalmente se destruiría, pero que debido a la hambruna los campesinos comen de todos modos. Por eso damos a los enfermos pan de trigo limpio y vino enriquecido con hierbas desintoxicantes. A algunos les ayuda. Pero solo si la enfermedad aún no ha avanzado mucho.

Con una sensación de vacío en el estómago, Adrianus pensó que habían ido allí a reponer sus reservas. Gracias a Dios no habían tocado ninguna de las viandas que habían encontrado en el pueblo abandonado.

Hervé dirigió una mirada penetrante al hermano Aldus, como siempre que escuchaba con la máxima atención a alguien.

—¿Qué ocurre cuando el Fuego del Infierno avanza?

—Al principio los enfermos sufren de disentería, dolores de cabeza y fuego en la piel. Luego de parálisis y convulsiones. Su entendimiento y sus sentidos se enturbian, lo que conduce a veces a la locura y la rabia. Algunos se ahogan o su corazón se para. A otros se les mueren los brazos y las piernas, y solo es posible salvar su vida amputándoselos a tiempo.

Hervé dejó reposar aquella explicación y calló hasta que alcanzaron el pueblo vecino, después de una breve marcha a pie. Era poco mayor que el asentamiento abandonado. Campesinos enflaquecidos trabajaban en los campos de centeno y cuidaban del ganado, con rostros marcados por las privaciones y la pérdida, por el esfuerzo y el temor. Unas cuarenta casas de madera y mampostería rodeaban una roca arenisca sobre la que se alzaba una iglesia-fortaleza: un recio edificio de muros carcomidos y tejado de un rojo oxidado, que destacaba reluciente entre el verde del paisaje. Los monjes siguieron el sendero que serpenteaba ladera arriba por entre hayas rojas de espeso follaje y llevaba hasta una puerta de vigas reforzadas con herrajes.

La casa de Dios estaba dirigida con mano firme por los antonianos, que cargaban con sacos de cereal, traían rodando los toneles de vino o enterraban a los muertos en el cementerio. Por el portal abierto salía un hedor que casi dejó sin aliento a Adrianus mientras subían los desgastados peldaños: un infernal y pestilente vapor hecho de excrementos, putrefacción y carne quemada.

La nave de la iglesia era amplia, y sin embargo el espacio apenas alcanzaba. Los enfermos estaban apiñados, con angostos pasos entre los cuerpos para que los monjes pudieran moverse por la estancia. Algunos dormían, o al menos estaban semiinconscientes; otros estaban acurrucados, hundidos sobre sí mismos, miraban fijamente hacia la nada y masticaban pan. Los peores casos estaban atados a lechos de sencillo armazón, sufrían convulsiones y chillaban como el muchacho del pueblo. Varios antonianos trataban de hacerles tomar vino; dificilísima tarea, además de peligrosa, porque a pesar de las ataduras se arriesgaban a que les mordieran.

Los monjes habían bajado del carro al chico pelirrojo y buscaban un sitio libre en el que poder acostarlo.

—¡Aquí atrás queda sitio! —gritó un hermano, agitando los flacos brazos.

Adrianus apretó los dientes. Ya había visto mucho sufrimiento en la consulta de Hervé, pero esto lo superaba todo. Ninguna clase de la universidad lo había preparado para una visión como esa. A muchos enfermos les habían amputado un brazo o una pierna, a algunos incluso varios miembros. Los muñones curaban mal, en no pocas ocasiones las heridas supuraban. Peor la mayoría aún tenía por delante la amputación. Las manos o los dedos de las manos o lo pies estaban negros y gangrenados; los afectados apenas estaban conscientes y gemían de dolor.

El infierno no podría ser peor, pensó Adrianus. Y sin embargo, sabía que aquel era su sitio. Aquel era el lugar en el que debía estar para aliviar el sufrimiento y traer curación con los dones que Dios le había otorgado.

Un agudo chillido llegó hasta sus oídos.

El hermano Aldus había acudido corriendo y ayudaba a dos monjes a sentar en una silla a un enfermo rabioso, atarlo y ponerle una venda en los ojos. Su mano derecha estaba negra hasta la muñeca. Un antoniano preparaba la sierra para huesos.

Hervé y Adrianus se abrieron paso por entre los cuerpos para ayudar a los monjes.

—¿Quién es él? —preguntó de mala gana el hermano que tenía la sierra en la mano.

—Hervé, un maestro en cirugía que Dios nos ha enviado —explicó Aldus—. Va a ayudarnos.

—Nosotros nos encargamos —se dirigió el patrono de Adrianus a los monjes—. Id a descansar.

Agradecidos, los antonianos dejaron al enfermo al cuidado de Hervé. Adrianus se daba cuenta de que llevaban días sin apenas dormir.

El hombre sentado en la silla, un campesino gigantesco, que los superaba a ambos en una cabeza, se mostraba intratable.

—¡No! —rugía, y la saliva salía volando de sus labios—. ¡No, no! —Mientras gritaba se retorcía, amenazando con romper sus ataduras.

Sin necesidad de que lo pidieran, Adrianus sacó de la bolsa una esponja soporífera, y Hervé la apretó contra la boca y la nariz del campesino. El gigante estaba a tal punto furioso que el anestésico apenas hacía efecto.

—¿Empleamos una segunda esponja? —preguntó Adrianus.

—Aquí vamos a necesitar muchas —respondió entre dientes Hervé—. No podemos permitirnos derrochar nuestra escasa reserva. Amputaremos así. —Cogió la sierra de la mesa—. Roma —constató—. ¿Cómo vamos a trabajar con esto?

—Con todo este trabajo, los hermanos tienen que haberse olvidado de afilarla —explicó Aldus confuso.

—Dame la mía —ordenó el cirujano.

Adrianus sacó del bolso el instrumento y puso el hierro al fuego que ardía en una sartén de carbones, cerca de una ventana abierta. Entretanto, Hervé apretaba más las ataduras.

—Estoy listo —dijo Adrianus, cuando el hierro empezó a ponerse al rojo.

—Lo que no curan los remedios y el hierro lo cura el fuego —citó Hervé a Hipócrates, antes de pedir al viejo monje que sujetara el brazo del gigante.

El cirujano aplicó la sierra y empezó su trabajo con decisión. El campesino gritó como si lo estuvieran despellejando cuando la herramienta se abrió paso por entre la carne, los tendones y el hueso. Felizmente, Hervé dominaba el arte de llevar a cabo una amputación en el menor tiempo posible y reducir al mínimo inevitable el sufrimiento del paciente. Después de menos de quince latidos de corazón, todo había quedado atrás. La mano muerta cayó pesadamente al suelo, la sangre salió a chorros de la herida. Adrianus reaccionó con valentía: aplicó el hierro candente al muñón y cauterizó la carne dolorida. Al instante, el chorro de sangre se detuvo.

El gigante volvió a rugir y se arqueó en sus ligaduras. Luego, su cabeza cayó hacia delante cuando perdió el conocimiento.

—Está hecho —murmuró cansado el hermano Aldus.

—Vamos a vendarlo y a acostarlo. —Hervé dejó vagar la mirada por el enfermo antes de mirar al monje con sus ojos verdes como el bosque—. ¿Hecho, decís? Tan solo acabamos de empezar.