Mi relación con Scott Young comenzó a mediados de 2013. El 10 de julio de ese año le envié un correo electrónico preguntándole si quería programar una llamada para el mes siguiente. Nos habíamos conocido unos días antes en una conferencia y esperaba que estuviera dispuesto a retomar la conversación.
—Es posible —me respondió—. En esas fechas estaré en España y creo que mi siguiente proyecto para aprender idiomas tendrá prioridad.
No era la respuesta que esperaba, pero me pareció razonable. Programar llamadas cuando se está en otro país puede ser difícil, y me resultó comprensible que quisiera esperar a su regreso. Sin embargo, pronto descubrí que no planeaba regresar pronto, y que el retraso en nuestra conversación no se debía a la diferencia horaria ni a una mala conexión de internet.
No, sería difícil ponerme en contacto con Scott porque planeaba pasarse ¡un año entero sin hablar en inglés!
De esa manera descubrí hasta qué punto Scott Young estaba comprometido con el método de ultralearning. A lo largo de los siguientes doce meses mantuvimos un contacto esporádico mediante mensajes de correo electrónico mientras él viajaba por España, Brasil, China y Corea del Sur, donde aprendió sus respectivos idiomas. Fue fiel a su palabra. Hasta el verano de 2014 no empezamos a hablar con regularidad cada pocos meses.
Siempre me emocionaban sus llamadas, aunque por razones egoístas, la verdad. Uno de mis intereses fundamentales como escritor es la ciencia de establecer buenos hábitos y de desechar los malos. Así que una persona como Scott, un hombre que evidentemente controlaba sus hábitos, era alguien que podía enseñarme unas cuantas cosas. Y eso fue justo lo que sucedió. No recuerdo ni una sola conversación telefónica durante la cual no aprendiera algo a lo largo de la hora que duraba.
Claro que sus aportaciones no me sorprendieron. Scott ya me interesaba desde antes de conocernos en aquella conferencia en 2013. Se había hecho famoso en internet un año antes por haber concluido en un solo año el plan de estudios completo del grado de Ingeniería Informática del Instituto Tecnológico de Massachusetts, MIT. Cuatro años de clases que él superó en tan solo doce meses.
Antes de asistir a la conferencia, vi los vídeos de TEDx Talk en los que se resumía su experiencia y leí varios de sus artículos sobre el proceso de aprendizaje y de superación personal.
La idea de llevar a cabo un proyecto ambicioso, como la de completar el plan de estudios de ingeniería informática del MIT en un solo año o la de aprender un idioma cada tres meses, es una fuente de inspiración para mucha gente. En mi opinión, esos proyectos son fascinantes. Pero había algo sobre los propósitos de Scott que me impresionaba aún más: era un hombre de acción.
Eso es algo que siempre he apreciado de su estilo personal y que creo que tú también llegarás a apreciar como lector de este libro. No solo está preocupado por el conocimiento en sí. El compromiso de poner en práctica dicho conocimiento es algo característico de su método. Ese es el enfoque que me atrae, en parte porque veo patrones similares en mi experiencia y en mi carrera profesional. Algunas de mis experiencias más importantes han sido el resultado de un intenso proceso de autoaprendizaje.
Aunque en aquel entonces desconocía el término que él emplea para describir su método de aprendizaje, uno de mis proyectos de ultralearning fue la fotografía. A finales de 2009 me mudé a Escocia durante unos meses. Era mi primera experiencia viviendo en el extranjero y, dados los preciosos paisajes de las Highlands escocesas, se me ocurrió comprarme una cámara decente. Lo que no esperaba, sin embargo, era acabar enamorándome del proceso de hacer fotos. Lo que siguió fue uno de los períodos más creativos de mi vida.
Aprendí fotografía aplicando distintos métodos. Estudié las obras de fotógrafos famosos. Busqué localizaciones para encontrar la mejor perspectiva. Y, sobre todo, de una forma muy simple: hice más de cien mil fotos aquel primer año. No asistí a ningún curso de fotografía. No leí libros sobre cómo mejorar la técnica. Simplemente me lancé a un proceso de experimentación constante. Ese enfoque de «aprender mediante la experiencia» abarca uno de mis capítulos preferidos de este libro, y es el tercer principio del método de aprendizaje de Scott para aprender más y mejor: la diligencia.
La diligencia es el proceso de aprendizaje que consiste en hacer aquello que quieres aprender. Básicamente se trata de mejorar gracias a la práctica en vez de aprender de forma pasiva. Las expresiones «aprender algo nuevo» y «practicar algo nuevo» pueden parecer similares, pero esos dos métodos producen resultados muy distintos. El aprendizaje pasivo crea conocimiento. La práctica activa crea habilidad.
Este es un punto en el que Scott profundiza en el capítulo 6: la diligencia conduce al desarrollo de habilidades. Puedes buscar las mejores instrucciones para hacer ejercicio con el objetivo de desarrollar la musculatura de tu tren superior, pero la única manera de aumentar tu fuerza pasa por ejercitarte. Puedes leer todos los libros sobre técnicas de venta, pero solo conseguirás clientes si los llamas a diario. Aprender algo puede ser muy útil, por supuesto, pero corres el riesgo de que el hecho de empaparte de nuevos conocimientos acabe por desconectarte del proceso de refinar esa nueva habilidad. Aunque conozcas todos los detalles sobre un oficio en concreto, carecerás de la experiencia real que necesitas, porque no lo has practicado.
Scott entiende la dificultad que supone aprender nuevas habilidades. Lo respeto no solo por la calidad de su estilo literario, sino también por poner en práctica sus propias ideas. No me cansaré de repetirlo una y otra vez: se implica al cien por cien en el proceso. Muchas ideas pueden parecer estupendas sobre el papel, pero fallan en el mundo real. Como dice el refrán: «En teoría, no hay diferencia entre teoría y práctica. Pero en la práctica, sí que la hay».(1)
En cuanto a mi aventura como fotógrafo, mi entrega al ensayo directo de la fotografía no tardó mucho en ofrecerme resultados. Unos cuantos meses después de comprar la cámara, viajé a Noruega y desde allí me adentré en el Círculo Polar Ártico para captar alguna imagen de las auroras boreales. Poco después, me nombraron finalista del premio al mejor Fotógrafo Viajero del Año gracias a esa foto de las luces del norte. Fue un resultado sorprendente, pero también un testimonio del progreso que puedes realizar durante un corto pero intenso período de aprendizaje.
Nunca me ha interesado hacer carrera en el mundo de la fotografía. Fue un proceso de aprendizaje ultralearning que hice por diversión y por satisfacción personal. Pero unos años después, justo por la época en la que conocí a Scott, empecé otro período de aprendizaje intenso con un fin más mundano en mente: quería convertirme en emprendedor y supuse que la escritura era un medio gracias al cual podía lograrlo.
De nuevo, seleccioné un ámbito en el que carecía de práctica real. No hay empresarios en mi familia, y mis estudios universitarios estaban relacionados con la Filología inglesa. Pero a medida que leía Ultralearning, aprender más y más rápido, me sorprendió descubrir que Scott explicaba, casi paso a paso, el proceso que yo seguí para dejar de ser un emprendedor sin experiencia y convertirme en un escritor de éxito.
Principio 1: Metaaprendizaje. Empecé examinando el trabajo de otros blogueros y escritores. Sus métodos me ayudaron a crear un plan con los pasos que debía llevar a cabo para convertirme en un escritor de éxito.
Principio 2: Concentración. Me lancé de cabeza al proceso de escritura casi desde el principio. Salvo unos cuantos proyectos independientes que acepté para poder pagar las facturas, pasaba la mayor parte del tiempo leyendo y escribiendo.
Principio 3: Diligencia. Aprendí a escribir escribiendo. Establecí un calendario de trabajo según el cual escribía un nuevo artículo los lunes y los jueves. Durante los primeros dos años, escribí más de ciento cincuenta ensayos.
Principio 4: Práctica. Analicé las partes de un artículo de forma meticulosa. El titular, la frase introductoria, las transiciones, el estilo narrativo y mucho más. Acto seguido, creé hojas con ejemplos para cada una de esas partes y, después, me lancé de cabeza a probar y a refinar mi habilidad para crear cada una de esas pequeñas partes del proyecto mayor.
Principio 6: Interacción. Les envié un mensaje de correo electrónico personalizado a mis primeros diez mil suscriptores para saludarlos y pedirles su opinión sobre mis artículos. No pasé de ahí, pero en un primer momento me ayudó mucho.
… etcétera.
El quid de la cuestión es que el método de Scott funciona. Siguiendo las técnicas que explica en este libro fui capaz de crearme una carrera profesional como escritor, una empresa rentable y, por último, escribir un libro que entró en la lista de superventas del New York Times. La publicación de Hábitos atómicos fue la culminación de años de trabajo centrados en el método de ultralearning.
Es normal que al oír hablar de gente que ha publicado un superventas o que aprende cuatro idiomas en un año pensemos: «Eso no es para mí». Disiento. Aprender algo valioso y hacerlo con rapidez no tiene por qué estar reducido a unos cuantos genios. Es un proceso que todo el mundo puede llevar a cabo. Sin embargo, la mayoría no lo hace porque carece de un libro de instrucciones que le muestre los pasos necesarios. Hasta ahora.
Hay buenas razones para poner en práctica este método de aprendizaje, ya sea por motivos personales o profesionales.
En primer lugar, el aprendizaje serio dota de sentido a la vida. Desarrollar habilidades es algo beneficioso. Nos sentimos bien cuando somos capaces de hacer algo bien. El método de ultralearning para aprender más y más rápido es un camino para demostrarte que posees la habilidad de mejorar y de sacarle todo el partido a la vida. Te otorga la confianza de que puedes lograr metas ambiciosas.
En segundo lugar, con el aprendizaje serio es como recibes beneficios. La verdad es que la mayoría de la gente no estudiará a fondo eso que a ti te interesa. Al hacerlo, aunque solo sea durante unos meses, destacarás. Y una vez que lo hagas, podrás conseguir un trabajo mejor, negociar una subida de sueldo o más tiempo libre, ponerte en contacto con personas más interesantes. En resumidas cuentas, elevarás tu vida profesional y personal. El método de ultralearning te ayuda a desarrollar una influencia que podrás usar donde quieras.
Y, por último, el aprendizaje serio es posible. Paul Graham, el famoso empresario e inversor, dijo en una ocasión: «En muchos campos es suficiente con un año de trabajo intenso y concentración».(2) De la misma manera, creo que la mayoría de la gente se sorprendería al descubrir lo que puede conseguir con un año (o unos meses) de aprendizaje intensivo. Este proceso puede ayudarte a desarrollar habilidades que hasta ahora te han resultado imposibles. El método de ultralearning para aprender más y más rápido puede ayudarte a desarrollar todo tu potencial, y eso es, tal vez, el motivo más importante para ponerlo en práctica.
La verdad es que, pese a todo el éxito de mis ensayos y de mi interés en la fotografía, dichos proyectos fueron fortuitos. Me entregué a ellos, pero lo hice sin guía ni dirección. Cometí muchos errores. Ojalá hubiera tenido este libro cuando empecé. Me imagino la cantidad de tiempo y de energía que me habría ahorrado.
Ultralearning, aprender más y más rápido es una lectura fascinante e inspiradora. Scott ha recopilado un filón de estrategias prácticas para aprender cualquier cosa de forma rápida. Su esfuerzo es ahora tu recompensa. Espero que disfrutes de este libro tanto como yo. Y, lo más importante, espero que uses estas ideas para lograr algo ambicioso y emocionante en tu vida. Con las historias y las estrategias que comparte Scott, tendrás el conocimiento que necesitas. Tú solo tienes que pasar a la acción.
JAMES CLEAR
¿Se puede conseguir una educación equiparable a la del MIT sin ir a esa universidad?
Faltaban unas cuantas horas. Me descubrí con la vista clavada al otro lado de la ventana mientras la luz del amanecer se reflejaba en los edificios que tenía delante. Era un frío día otoñal, muy soleado para una ciudad famosa por la lluvia. Hombres trajeados caminaban con sus maletines en la mano y mujeres vestidas a la moda paseaban perros en miniatura por debajo de la atalaya que me ofrecía mi undécima planta. Los autobuses llevaban a los trabajadores que vivían en las afueras a la ciudad por última vez antes del fin de semana. Tal vez la urbe estuviera saliendo de su letargo, pero yo llevaba levantado desde el amanecer.
«No es el momento de soñar despierto», me recordé, y me concentré de nuevo en los problemas de matemáticas medio resueltos que tenía en el cuaderno. El problema empezaba: «Demuestre que ∫∫RrotF ·
dS = 0 para cualquier parte finita de la superficie de una esfera…». Era para la clase de cálculo vectorial que se impartía en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, más conocido como MIT (por sus siglas en inglés). El examen final comenzaría en nada y me quedaba poco tiempo para prepararme.
«¿Qué era eso de rotor?» Cerré los ojos e intenté crearme una imagen mental del problema. «Hay una esfera. Hasta ahí llego.» Me imaginé una brillante esfera roja en la mente, flotando en el espacio. «¿Y qué pasa con esa n? La n es por normal», me recordé, lo que quería decir que una flecha salía hacia arriba de la superficie. Mi esfera roja se volvió difusa, con vectores de punta en todas direcciones, como pelos. «Pero ¿qué pasa con el rotor?» Mi imaginación se concentró en olas de pequeñas flechas que vibraban en un inmenso mar. El rotor marcaba las contracorrientes. Pensé de nuevo en mi esfera roja con su pelo cargado de electricidad estática. Mi esfera roja difusa no tenía remolinos, de modo que no debía de haber un rotor, razoné. «Pero ¿cómo lo demuestro?», me dije. Anoté varias ecuaciones. «Será mejor que lo compruebe.» Mis imágenes mentales eran muy claras, pero mi manejo de los símbolos era mucho más torpe. No me quedaba mucho tiempo, y cada segundo de preparación era importante. Necesitaba resolver la mayor cantidad de problemas que pudiera antes de que se me acabara el tiempo.
No era algo raro para un estudiante del MIT. Ecuaciones complicadas, conceptos abstractos y duros exámenes forman parte habitual de una de las instituciones educativas más prestigiosas del mundo en matemáticas y ciencias. Salvo que yo no era estudiante del MIT. De hecho, ni siquiera había pisado Massachusetts. Todo esto tenía lugar en mi dormitorio, a más de cuatro mil kilómetros de distancia, en Vancouver, Canadá. Y aunque un estudiante del MIT suele aprender todo lo relativo al cálculo vectorial a lo largo de un semestre, yo había empezado cinco días antes.
Nunca he ido al Instituto Tecnológico de Massachusetts. Pasé mi etapa universitaria estudiando empresariales en la Universidad de Manitoba, una institución canadiense de reputación aceptable que podía permitirme. Después de graduarme, tenía la sensación de haberme equivocado de carrera. Quería ser empresario, de modo que estudié Empresariales con la idea de que sería la mejor opción para convertirme en mi propio jefe. Cuatro años después descubrí que mi grado era, en líneas generales, la carrera que escogían los que querían entrar en el mundo de las grandes empresas, los trajes grises y los procedimientos comerciales estándares. Ingeniería informática, en cambio, era una carrera en la que se aprendía a hacer cosas. Programas, sitios web, algoritmos e inteligencia artificial era lo que me había llamado la atención para convertirme en empresario, y me costaba decidir qué hacer al respecto.
Podía volver a la universidad, pensé. Matricularme de nuevo. Pasarme otros cuatro años estudiando para conseguir un segundo grado. Pero volver a pedir préstamos estudiantiles y renunciar a un lustro de mi vida para repetir la burocracia y pasar por las normas universitarias no me apetecía mucho. Debía de haber una forma mejor de aprender lo que quería.
Más o menos por aquella época, me topé con una asignatura que se impartía en el MIT y que alguien colgó en internet. Tenía las clases completas, los ejercicios y los exámenes parciales; incluso aparecían los exámenes usados en las clases reales con sus correcciones. Decidí intentar seguir la clase. Para mi sorpresa, descubrí que era muchísimo mejor que muchas de las asignaturas por las que había pagado miles de dólares en la universidad. Las clases estaban bien definidas, el profesor generaba interés por la materia y la asignatura era fascinante. Al indagar un poco más, descubrí que no era la única asignatura del MIT que se ofrecía de forma gratuita. El Instituto Tecnológico de Massachusetts había publicado en línea las clases de cientos de asignaturas. Me pregunté si esa sería la solución a mi problema. Si cualquiera podía aprender los contenidos de una clase del MIT de forma gratuita, ¿sería posible aprender el contenido de un grado completo?
Así fue como comenzó la intensa documentación de un proyecto que llamé el «Desafío MIT». Le eché un vistazo al plan de estudios del primer grado en Ingeniería informática. Lo comparé con el listado de recursos que ofrecía el MIT en internet. Por desgracia, resultó más fácil decirlo que hacerlo. La plataforma que usa el MIT para cargar las clases, OpenCourseWare, nunca tuvo el afán de sustituir a la asistencia a las clases. Algunas asignaturas no se ofrecían y tenía que tacharlas. Otras contenían tan poco material que me pregunté si sería posible completarlas.
Estructuras de la Computación, una de las asignaturas troncales, en la que se enseñaba a construir un ordenador desde cero usando circuitos y transistores, no tenía clases grabadas ni libro de texto oficial. Para aprender el contenido de la asignatura tendría que descifrar los símbolos abstractos de una presentación de diapositivas que servía de acompañamiento a la clase. La falta de materiales y los ambiguos criterios de evaluación implicaban que llevar a cabo todas las asignaturas tal cual lo haría un estudiante del MIT estaba descartado. Sin embargo, tal vez funcionaría algo más sencillo: intentar aprobar los exámenes finales sin más.
Este objetivo se ampliaría más tarde para incluir los proyectos de programación para las clases que los tenían. Estos dos criterios conformaban el esqueleto de un grado del MIT, ya que cubrían la mayor parte de los conocimientos y de las habilidades que yo quería aprender, sin nada de relleno. No había obligatoriedad de asistencia a las clases. Ni fechas de entrega para los proyectos. Los exámenes finales podría hacerlos cuando estuviera preparado, y también contaría con un examen de recuperación si suspendía alguno. De repente, lo que en un principio me pareció una desventaja, el hecho de no tener acceso físico al MIT, se convirtió en una ventaja. Podría obtener una educación parecida a la de un estudiante del MIT por una mínima parte del coste, del tiempo y de los obstáculos.
Llevé más allá la teoría al hacer incluso una de las pruebas de clase según este nuevo enfoque. En vez de presentarme a clases preestablecidas, vi vídeos descargados de la asignatura al doble de velocidad. En lugar de realizar cada trabajo con tesón y esperar semanas para averiguar los resultados, podía ponerme a prueba con respecto a la materia de pregunta en pregunta y aprender deprisa cuáles eran mis errores. Al usar estos métodos y otros más, descubrí que podía dominar una asignatura en cuestión de una semana. Tras hacer cálculos y añadir cierto margen de error, decidí que sería posible completar las restantes treinta y dos asignaturas en menos de un año.
Aunque todo comenzó como una cruzada personal, empecé a ver que había implicaciones que trascendían mi proyecto. La tecnología ha facilitado más que nunca el aprendizaje; sin embargo, las matrículas universitarias están por las nubes y siguen subiendo. Un grado de cuatro años antes garantizaba conseguir un trabajo decente. Ahora casi ni te permite poner un pie en el mundo laboral. Las mejores profesiones exigen habilidades muy complejas que difícilmente vas a encontrar por casualidad. No solo programadores, sino gerentes, empresarios, diseñadores, médicos y casi cualquier otra ocupación aumentan de grado exponencial los conocimientos y las habilidades necesarias, y a muchos les cuesta mantenerse al día. En el fondo, no solo me interesaba la ingeniería informática, sino comprobar si había una forma novedosa de dominar las habilidades necesarias en la vida y en el trabajo.
Mientras mi atención se desviaba de nuevo hacia la escena que había al otro lado de la ventana, recordé cómo había empezado todo. Pensé que mi extraño experimento no habría comenzado de no ser por un encuentro fortuito en otro continente con un irlandés muy intenso y abstemio casi tres años antes.
«No tengo problemas con los franceses… solo con los parisinos», se me quejó un día Benny Lewis en un restaurante italiano en el centro de París. Lewis era vegetariano, algo que no siempre es fácil de acomodar en un país famoso por el steak tartar y el foie gras. Mientras se comía un plato de penne arrabbiata, una pasión que comenzó cuando trabajaba de joven en un hostal en Italia, Lewis hablaba francés con fluidez y no le importaba demasiado que cualquiera de los lugareños lo oyera.
Su descontento se basaba en un año especialmente duro como stagiaire («aprendiz», en francés) en una empresa de ingeniería en París. Le costaba mucho adaptarse a las exigencias del trabajo y a la vida social de la ciudad más importante de Francia. A pesar de todo, él pensaba que tal vez no debería ser demasiado crítico. Al fin y al cabo, era una gran experiencia que lo había llevado a abandonar su trabajo como ingeniero, a viajar por el mundo y a aprender idiomas.
Me presentaron a Lewis durante una época de frustración personal. Vivía en Francia como parte de un programa de intercambio estudiantil. Me fui de casa con grandes expectativas de acabar el año hablando francés con fluidez, pero no parecía avanzar en esa dirección. La mayoría de mis amigos me hablaba en inglés, incluidos los franceses, y empezaba a creer que no bastaría con un año.
Le conté mi problema a un amigo canadiense, y él me habló de un tío que viajaba de un país a otro con el desafío de aprender el idioma en tres meses. «Y una leche», respondí con bastante envidia. Allí estaba yo, trabándome al hablar con la gente después de varios meses de inmersión lingüística, y luego estaba ese tío, que se desafiaba a hacerlo en tres meses. Pese a mi escepticismo, sabía que tenía que conocer a Benny Lewis para averiguar si él sabía algo del aprendizaje de lenguas que yo desconocía. Un mensaje de correo electrónico y un viaje de tren más tarde estábamos cara a cara.
«Ten siempre un desafío», me dijo Benny Lewis mientras continuaba con sus consejos vitales durante el paseo que dimos tras el almuerzo por el centro de París. Comenzaba a ablandarse con la ciudad, y mientras íbamos de la catedral de Nôtre Dame al museo del Louvre, se puso un poco nostálgico al recordar su estancia en la capital francesa. Sus fuertes opiniones y su pasión, descubriría más tarde, no solo avivaban su deseo de aceptar desafíos ambiciosos, sino que podían meterlo en problemas. En una ocasión fue detenido por la policía federal brasileña después de que una agente de inmigración lo oyera despotricar en portugués con unos amigos en la calle porque dicha agente le había negado una prórroga del visado. Lo más irónico era que le denegaron el visado porque la agente no creía que su portugués pudiera ser tan bueno después de una estancia tan corta y tenía sospechas de que intentaba emigrar a Brasil pese a solicitar un visado de turista.
Mientras seguimos charlando, ya en los jardines que rodean la Torre Eiffel, me explicó su enfoque: empezar a hablar desde el primer día. Que no te dé miedo hablar con desconocidos. Usa una guía de conversación para empezar, deja el estudio formal para después. Utiliza trucos de mnemotecnia visual para recordar el vocabulario. Lo que más me sorprendió no fueron los métodos en sí, sino el descaro con que los aplicaba. Mientras que yo había hecho tímidos intentos por aprender francés, preocupado por decir algo mal y ponerme en ridículo por mi vocabulario insuficiente, Benny Lewis no tenía miedo, se metía de lleno en conversaciones y se lanzaba desafíos que parecían imposibles de lograr.
Ese enfoque le vino muy bien. Ya hablaba con fluidez español, italiano, gaélico, francés, portugués, esperanto e inglés, y hacía poco había alcanzado el nivel necesario para mantener una conversación sencilla tras haber pasado tres meses en la República Checa. Pero el desafío que estaba planeando me intrigaba más que ningún otro: hablar alemán con fluidez en tres meses.
Técnicamente, no era la primera vez que Benny Lewis tocaba el alemán. Había dado clases durante cinco años en el instituto y había visitado Alemania en un par de ocasiones. Sin embargo, al igual que muchos de los estudiantes que aprenden una segunda lengua en el colegio, seguía sin poder hablar el idioma. «Ni siquiera sería capaz de pedir el desayuno en alemán si quisiera hacerlo», admitió con cierta vergüenza. Aun así, el conocimiento infrautilizado de las clases que dio hacía más de una década seguramente haría que el desafío fuera menor que si tuviera que empezar desde cero. Para compensar esa menor dificultad, Benny Lewis decidió subir las apuestas.
Por regla general, se desafiaba a alcanzar el equivalente a un nivel B2 después de tres meses. El B2, el cuarto nivel de los seis que empiezan en la sucesión A1, A2, B1 y demás, está descrito en el Marco Común Europeo de Referencia para las lenguas (MCER) como un nivel intermedio alto, que permite al hablante «comunicarse con fluidez y espontaneidad, de tal forma que la comunicación con hablantes nativos se produce sin gran esfuerzo por ambas partes». Sin embargo, para su desafío con el alemán, Lewis decidió aspirar al nivel examinado más alto: C2. Este nivel representa el dominio total de la lengua. Para alcanzar el C2, el alumno «es capaz de comprender con facilidad prácticamente todo lo que oye y lee» y «puede expresarse de forma espontánea, con gran fluidez y exactitud, transmitiendo distintos matices incluso en las situaciones más complejas». El Goethe-Institut, [1] encargado de los exámenes, recomienda un mínimo de setecientas cincuenta horas lectivas, sin contar las numerosas prácticas fuera del aula, para alcanzar semejante nivel.
Unos meses después me puso al día de su proyecto. No había aprobado el examen del C2 por los pelos. Pasó cuatro de los cinco criterios de evaluación, pero había suspendido en el de la comprensión oral. «Dediqué mucho tiempo a oír la radio. Debería haber practicado más la escucha activa», se reprendió.
Hablar con fluidez un idioma en tres meses de práctica intensiva se le había escapado de entre los dedos, aunque se había acercado muchísimo. En los siete años transcurridos desde que conocí al irlandés políglota, ha intentado su desafío en seis países más, añadiendo a su repertorio lingüístico algo de árabe, húngaro, chino mandarín, tailandés, la lengua de signos estadounidense e incluso klingon (el idioma inventado de Star Trek).
De lo que no me di cuenta en aquel momento, pero que ahora comprendo, es que los logros de Benny Lewis no eran tan raros. En cuanto a éxitos lingüísticos se refiere, me he encontrado a hiperpolíglotas que hablan más de cuarenta lenguas, antropólogos aventureros que empiezan a hablar lenguas desconocidas hasta el momento tras unas cuantas horas de exposición y a muchos otros viajeros, como Benny Lewis, que van de visado de turista en visado de turista, dominando otras lenguas. También me he dado cuenta de que este fenómeno del autodidactismo agresivo no se reduce a los idiomas.
«¿Qué es El puente sobre el río Kwai?» Roger Craig se apresuró a escribir la pregunta en su pantalla. A pesar de que al principio le costó leer la última palabra del título, Craig había acertado. Ganó setenta y siete mil dólares, el mayor premio otorgado en un solo día en Jeopardy! hasta la fecha. La victoria de Roger Craig no fue por casualidad. Más tarde volvió a batir un récord al amasar casi doscientos mil dólares, la suma más alta jamás lograda en el juego en una racha ganadora de cinco programas. Semejante logro sería impresionante de por sí, pero aún más fue cómo lo consiguió. Al analizar el momento, Roger Craig dice: «Lo primero que se me ocurrió no fue un “Uau, acabo de ganar setenta y siete mil dólares”. Fue “Uau, mi página funciona de verdad”».[2]
¿Cómo estudias para un examen en el que te puede caer de todo? Ese fue el gran problema al que se enfrentó Roger Craig mientras se preparaba para participar en el concurso. Jeopardy! es famoso por asombrar a la audiencia con preguntas de cultura general que van desde los reyes daneses a Damocles, de modo que los grandes campeones de Jeopardy! suelen ser unos cerebritos sabelotodo que se han pasado la vida acumulando la enorme biblioteca de conocimientos necesaria para soltar la respuesta a cualquier pregunta de cualquier tema. Estudiar para Jeopardy! puede parecer una tarea imposible, ya que habría que abarcar todas las materias habidas y por haber. La solución de Roger Craig, en cambio, fue repensar el proceso de adquirir los conocimientos. Para ello, desarrolló un sitio web.
«Todos los que quieren ganar en un juego lo practican —explica él—. Puedes practicar a lo loco, o puedes hacerlo de forma eficiente», asegura.[3] A fin de acumular la enorme cantidad de datos necesarios para batir el récord, Roger Craig decidió buscar un enfoque lo más analítico posible para adquirir conocimientos. Informático de profesión, empezó por descargarse las decenas de miles de preguntas y respuestas de todos los programas de Jeopardy! que se habían emitido. Se puso a prueba con esos programas en su tiempo libre, durante meses, y después, cuando quedó claro que iba a ir a la televisión, decidió dedicarse a las preguntas a jornada completa, sin tregua.
A continuación, utilizó un programa de extracción de datos para ordenar las preguntas en categorías según su tema, como historia del arte, moda y ciencia. Utilizó la visualización de los datos para localizar sus puntos fuertes y sus puntos débiles. El programa de extracción de datos separó los diferentes temas, que él visualizaba en distintos círculos. La posición de un determinado círculo en su gráfico indicaba lo bien que se le daba ese tema. Cuanto más alto, más sabía del tema. El tamaño del tema indicaba la cantidad de veces que salía en el programa. Cuanto mayor fuera el círculo, más habitual era, de modo que mejoraba las opciones para ampliar los estudios.
Más allá de la variedad y de la aleatoriedad del programa, empezó a descubrir patrones ocultos. Algunas pistas en el programa son «Dobles diarios», que permiten a un concursante doblar su puntuación o perderlo todo. Esas valiosísimas pistas pueden parecer aleatorias, pero al tener los archivos completos de Jeopardy! a su disposición, Craig descubrió que su posición seguía unas tendencias. Se podían buscar los valiosos Dobles al saltar de una categoría a otra y concentrarse en las pistas de alta puntuación, rompiendo con el enfoque tradicional del programa de ceñirse a una sola categoría hasta completarla.
También descubrió tendencias dentro de los tipos de preguntas que hacían. Aunque Jeopardy! podía preguntar prácticamente cualquier cosa sobre cualquier tema, el formato del juego estaba diseñado para entretener a la audiencia en sus hogares, no para desafiar a los concursantes. Según este razonamiento, Craig descubrió que podía apañárselas al estudiar los datos más conocidos dentro de cada categoría en vez de profundizar demasiado en algún tema. Si se trataba de un campo muy especializado, sabía que las respuestas se orientarían hacia los ejemplos más conocidos. Al analizar sus propias debilidades en las preguntas archivadas, podía ver qué temas tenía que repasar para ser más competitivo. Por ejemplo, descubrió que tenía un problema con la moda y se concentró en conocer ese tema en mayor profundidad.
Emplear la analítica para saber qué estudiar solo fue el primer paso. A partir de ahí, usó un programa informático de repaso espaciado para maximizar su eficacia.[4] Se trataba de un algoritmo avanzado de tarjetas mnemotécnicas desarrollado por el investigador polaco Piotr Wozniak en los años ochenta. El algoritmo de Wozniak estaba diseñado para optimizar el tiempo cuando se necesitaba repasar material a fin de recordarlo. Si se les da una gran cantidad de datos, la mayoría de la gente olvidará lo que aprende en primer lugar, por lo que necesita recordárselo una y otra vez hasta que se le queda. El algoritmo soluciona este problema al calcular el tiempo óptimo de repaso para cada dato, de modo que no malgastes energía al repetir una y otra vez la misma información, además de que lo hace de tal forma que no olvidas lo que ya has aprendido. Esta herramienta le permitió a Roger Craig memorizar miles de datos que necesitaría para su triunfo.
Aunque solo se emite un programa al día de Jeopardy!, se graban cinco de golpe. Roger Craig volvió a su hotel después de ganar cinco programas seguidos y era incapaz de dormir. Dijo: «Puedes simular el juego, pero no puedes fingir ganar doscientos mil dólares en cinco horas y batir el récord de ganancias en un solo día en un programa en el que has querido participar desde que tenías doce años».[5] Con una combinación de tácticas poco ortodoxas y una analítica agresiva, jugó a tope y ganó.
Roger Craig no ha sido la única persona que he encontrado a la que le ha cambiado la suerte como resultado de un autodidactismo agresivo. En aquel momento no lo sabía, pero en 2011, el mismo año que comenzó mi Desafío MIT, Eric Barone empezaba su propia obsesión. Sin embargo, a diferencia de mí, sus esfuerzos se extenderían durante casi cinco años y necesitaría dominar habilidades muy distintas.
Eric Barone acababa de graduarse en la Universidad de Washington Tacoma en Ingeniería informática cuando pensó «Es mi oportunidad». Había decidido que quería desarrollar sus propios videojuegos y que en ese momento, antes de acomodarse en un trabajo de programador informático, era su oportunidad de hacer algo al respecto. Ya tenía la inspiración. Quería que su primer juego fuera un tributo a Harvest Moon, una graciosa serie de juegos japonesa en la que el jugador tiene que construir una granja: cultivar plantas, criar animales, explorar la campiña y entablar relaciones con los vecinos. «Me encantaba ese juego», dijo acerca de sus recuerdos de niño. «Pero podría haber sido muchísimo mejor», añadió. Sabía que si no perseguía su visión, esa versión mejorada nunca sería una realidad.
Desarrollar un videojuego de éxito comercial no es fácil. Las grandes empresas de videojuegos cuentan con presupuestos de cientos de millones de dólares y tienen a miles de personas trabajando en sus productos más punteros. El talento necesario es igual de amplio. El desarrollo de videojuegos requiere conocimientos de programación, arte visual, composición musical, guionización, diseño de juegos y decenas de otras habilidades, todo dependiendo del género y del estilo de videojuego que se está desarrollando.
La cantidad de habilidades necesarias para desarrollar un juego se complica todavía más para empresas pequeñas que otras especialidades, como la música, la escritura o las artes visuales. Incluso los desarrolladores de juego independientes con más talento tienen que colaborar con otras personas para ampliar las habilidades que necesitan. Eric Barone, en cambio, decidió trabajar completamente solo en su juego.
Esta decisión surgió por el compromiso personal con su visión y también por la infatigable seguridad de que terminaría el juego. «Me gusta tener el control completo de mi visión», explicó y añadió que habría sido «imposible encontrar a gente que estuviera en la misma línea». Sin embargo, esto implicaba que él tendría que ser muy bueno en programación, composición musical, pixelado de imágenes, diseño de sonido y guionización. Más que un proyecto de desarrollo de un videojuego, la odisea de Eric Barone implicaría dominar cada aspecto del diseño de dicho juego.
El pixelado de imágenes era su mayor debilidad. Este estilo artístico se remonta a los comienzos de los videojuegos, cuando costaba mucho renderizar gráficos en ordenadores lentos. El arte del pixelado no se hace con líneas fluidas o texturas fotorrealistas, sino que se crean imágenes impactantes colocando píxeles, esos puntos de colores que componen los gráficos de un ordenador, uno a uno. Es un trabajo muy laborioso y difícil. Un artista del pixelado debe transmitir movimiento, emoción y vida a partir de una cuadrícula de cuadrados de colores.
A Eric Barone le gustaba dibujar y hacer bosquejos, pero eso no lo preparaba para el grado de dificultad. Tuvo que aprender esta habilidad «desde cero». Conseguir que su habilidad artística estuviera a la altura de la calidad comercial no fue fácil. «Creo que he repetido casi todas las imágenes entre tres y cinco veces —reconoció—. En el caso de los retratos de los personajes, los repetí como diez veces.»
La estrategia de Eric Barone era sencilla, pero eficaz. Practicó al trabajar directamente con los gráficos que quería usar en el juego. Criticó su propio trabajo y lo comparó con el arte que admiraba. «Intenté adoptar un enfoque científico —explicó—. Me preguntaba: ¿Por qué me gusta esto? ¿Por qué no me gusta aquello?» al ver los trabajos de otros artistas.
Complementó la práctica leyendo acerca de la teoría del pixelado y viendo tutoriales que pudieran rellenar las lagunas de su conocimiento. Cuando se encontraba con un problema, lo diseccionaba: «Me preguntaba: ¿Qué objetivo quiero alcanzar? Y luego: ¿Cómo puedo lograrlo?». En un momento dado, mientras desarrollaba el juego, tuvo la impresión de que los colores eran demasiado apagados y aburridos. «Quería que los colores resaltaran», dijo. De modo que investigó acerca de la teoría del color y estudió con ahínco a otros artistas para ver cómo usaban el color a fin de que el resultado fuera visualmente atractivo.
El pixelado solo era uno de los aspectos sobre los que tenía que aprender. También compuso la música de todo el juego, rehaciéndola desde cero en más de una ocasión para asegurarse de que cumplía sus expectativas. Reconstruyó o desechó partes enteras de la mecánica del juego cuando no alcanzaban sus estrictos estándares. Este proceso de practicar directamente y rehacer cosas le permitió mejorar de forma constante en todos los aspectos del desarrollo de videojuegos. Aunque alargó el tiempo que tardó en terminarlo, también le permitió a su producto poder competir con juegos creados por un ejército de artistas, programadores y compositores especializados.
A lo largo de los cinco años que duró el proceso de desarrollo, Eric Barone evitó trabajar como programador informático. «No quería involucrarme en algo sustancial —explicó—, no habría tenido tiempo, y además quería dedicarme por completo al desarrollo del juego.» En cambio, trabajó como acomodador en un cine, con el salario mínimo, para no distraerse. Sus exiguos ingresos, junto con el apoyo de su novia, le permitieron ir tirando y concentrarse en su pasión.
Ese entusiasmo y dedicación a la especialización tuvieron su recompensa. Eric Barone lanzó Stardew Valley en febrero de 2016. El juego no tardó en convertirse en un bombazo sorpresa, superando en ventas a muchos de los juegos de las grandes empresas que se vendían en la plataforma de ventas Steam. Teniendo en cuenta las diferentes plataformas, Eric Barone estima que en el primer año tras su puesta a la venta, Stardew Valley vendió más de tres millones de ejemplares. En cuestión de meses, pasó de ser un diseñador desconocido que cobraba el salario mínimo a convertirse en un millonario que la revista Forbes incluyó en su lista de las treinta estrellas menores de treinta años en el mundo de los videojuegos.
Su dedicación a dominar las habilidades necesarias fue de vital importancia en su éxito. Destructuid.com, en su crítica de Stardew Valley, describió los gráficos como «increíblemente entrañables y hermosos».[6] El compromiso de Eric Barone con su visión y su autodidactismo agresivo lo recompensaron con creces.
Cuando volví a mi diminuto apartamento, me puse a corregir el examen de Cálculo. Fue duro, pero parecía que lo había aprobado. Sentí alivio, pero no era el momento de relajarse. El lunes siguiente empezaría de nuevo, con otra asignatura, y todavía me quedaba casi un año por delante.
A medida que fue cambiando el calendario, también lo hicieron mis estrategias. Pasé de intentar asimilar una asignatura en pocos días a pasar un mes con tres o cuatro asignaturas a la vez. Esperaba que así se prolongaran el aprendizaje a lo largo del tiempo y se redujeran los efectos negativos de hincar tanto los codos.
Conforme hacía progresos, también se fue reduciendo el ritmo. Mis primeras asignaturas las llevé a cabo con una velocidad agresiva, intentando mantener el calendario que me había impuesto. Tras comprobar que era muy probable que lo cumpliera, fui capaz de pasar de estudiar sesenta horas a la semana a hincar los codos entre treinta y cinco y cuarenta horas semanales. Al final, en septiembre de 2012, menos de doce meses después de haber empezado, terminé la última asignatura.
Completar el proyecto me abrió los ojos. Durante años, creí que la única forma de aprender algo bien era asistir a la universidad. Terminar este proyecto me enseñó que no solo esa suposición era falsa, sino que esta alternativa podía ser más emocionante y divertida. En la universidad, me agobié muchas veces mientras intentaba mantenerme despierto durante clases aburridísimas, realizaba trabajos engorrosos y me obligaba a aprender cosas que no me interesaban lo más mínimo con tal de graduarme. Dado que este proyecto consistía en mi visión y lo había diseñado yo, apenas me resultó pesado, aunque sí supuso un desafío en muchas ocasiones. Las asignaturas me parecían vivas y emocionantes, no obligaciones aburridas que tenía que llevar a cabo. Por primera vez en la vida, tuve la sensación de que podía aprender lo que quisiera con el plan adecuado y el esfuerzo necesario. Las posibilidades eran infinitas, y mi mente ya pensaba en aprender algo nuevo.
Después recibí un mensaje de un amigo: «Que sepas que sales en la página principal de Reddit». En internet habían descubierto mi proyecto y estaba generando un gran debate. A algunos les gustaba la idea, pero dudaban de que sirviera de algo: «Es una pena que los empresarios no lo vayan a considerar igual que un título oficial, aunque tenga los mismos (o puede que más) conocimientos que un graduado universitario». Un usuario que decía ser jefe de investigación y desarrollo de una empresa informática le llevó la contraria: «Es justo la clase de persona que quiero. No me importa si tienes un título oficial o no».[7] El debate creció. ¿Lo había hecho de verdad o no? ¿Podría conseguir trabajo de programador después de esto? ¿Por qué hacerlo en un año? ¿Estaba loco?
La atención inicial llevó a otras peticiones. Un trabajador de Microsoft quiso entrevistarme para una oferta de trabajo. Una empresa emergente me pidió que me uniera a su equipo. Una editorial en China me ofreció un acuerdo para un libro en el que compartir algunos de los trucos de estudio con los atribulados estudiantes chinos. Sin embargo, no había empezado el proyecto por ese motivo. Ya era feliz trabajando como escritor en internet, algo que me había mantenido económicamente durante todo el proyecto y que seguiría haciéndolo después. Mi objetivo no era conseguir un trabajo, sino ver si era posible. Unos meses después de haber finalizado mi primer gran proyecto, ya tenía nuevas ideas en la cabeza.
Pensé en Benny Lewis, mi primer ejemplo en este extraño mundo del autodidactismo llevado al extremo. Seguí sus consejos y alcancé un nivel intermedio de francés. Me costó mucho, y me enorgullecía el haber podido dejar atrás mis problemas iniciales al estar rodeado por una burbuja de angloparlantes y aprender solo el suficiente francés para ir tirando.
Sin embargo, tras terminar mi proyecto con el MIT me invadía una seguridad de la que había carecido en Francia. ¿Y si no cometía el mismo error de la otra vez? ¿Y si, en lugar de formar un grupo de amigos angloparlantes y esforzarme por romper esa burbuja cuando mi francés fuera lo bastante bueno, imitaba a Benny Lewis y me lanzaba de lleno a la inmersión lingüística desde el primer día? ¿Cuánto podría mejorar, como me había ocurrido con el Desafío MIT, si no me reservaba y optimizaba todos los recursos a mi alrededor para aprender una nueva lengua con toda la intensidad y la eficacia posibles?
La suerte quiso que, más o menos por aquella época, mi compañero de piso decidiera que iba a volver a la universidad y antes quisiera tomarse un año sabático para viajar. Los dos habíamos estado ahorrando, y si juntábamos el dinero y no se nos iba a la cabeza a la hora de planificar el viaje, llegamos a la conclusión de que podríamos hacer algo emocionante. Le conté mi experiencia en Francia, tanto lo de aprender el idioma como la creencia de que se podía conseguir mucho más. Le hablé de la burbuja social que había formado cuando llegué sin hablar el idioma y lo mucho que me costó pincharla más adelante. ¿Y si en vez de esperar que hayas practicado lo suficiente, no te ofreces una escapatoria? ¿Y si te comprometes a hablar solo la lengua que intentas aprender desde que te bajas del avión? Mi amigo se mostró escéptico. Me había visto estudiar para las asignaturas del MIT durante un año en el apartamento que compartíamos. Mi cordura seguía en entredicho, pero él no las tenía todas consigo en cuanto a su habilidad. No estaba seguro de que pudiera hacerlo, aunque estaba dispuesto a intentarlo, siempre y cuando yo no esperase que fuera a lograrlo.
Ese proyecto, que mi amigo y yo llamamos «El año sin inglés», era sencillísimo. Visitaríamos cuatro países y pasaríamos tres meses en cada uno. El plan en cada país era simple: nada de hablar inglés, ni entre nosotros ni con ninguna otra persona, desde el primer día. A partir de ahí, veríamos cuánto podíamos aprender antes de que se nos caducaran los visados de turista y tuviéramos que irnos a otra parte.
Nuestra primera parada fue Valencia, España. Acabábamos de bajarnos del avión cuando nos topamos con el primer obstáculo. Dos atractivas chicas británicas se nos acercaron para pedirnos indicaciones. Mi amigo y yo nos miramos antes de chapurrear el poco español que sabíamos mientras fingíamos que no hablábamos inglés. Las chicas no nos entendieron y nos preguntaron de nuevo, exasperadas. Conseguimos decir algo más en español y, al creer que no hablábamos inglés, se marcharon, frustradas. Parecía que no hablar inglés ya nos estaba acarreando consecuencias imprevistas.
Pese al poco favorable comienzo, nuestra capacidad comunicativa en español aumentó más rápido de lo que había previsto. Tras dos meses en España, hablábamos en español muchísimo mejor de lo que conseguí hablar francés después de un año de inmersión lingüística parcial en Francia. Por las mañanas íbamos a clase con un profesor, estudiábamos un poco en casa y luego pasábamos el resto del día con los amigos, hablando en restaurantes o tostándonos al sol. Mi amigo, pese a sus dudas iniciales, se acabó convirtiendo en un adepto del nuevo enfoque para aprender cosas. Aunque no estudiaba gramática ni vocabulario con tanto afán como yo, al terminar los tres meses él también se había integrado sin problemas en la vida en España. El método funcionó mucho mejor de lo que habíamos esperado, y nos habíamos convertido en creyentes.
Seguimos el viaje y nos fuimos a Brasil para aprender portugués, a China para aprender mandarín y a Corea del Sur para aprender coreano. Asia resultó ser mucho más difícil que España o Brasil. Mientras nos preparábamos, supusimos que esos idiomas solo serían un poco más difíciles que los europeos, pero resultó que eran muchísimo más difíciles. Como consecuencia, nuestra regla de no hablar inglés empezó a resquebrajarse, aunque la aplicábamos en la medida de lo posible. Y aunque nuestro mandarín y nuestro coreano no alcanzaron el mismo nivel de competencia tras la corta estancia, bastaron para hacer amigos, viajar y charlar de un sinfín de temas con los lugareños. Al final del año, podíamos decir sin lugar a dudas que hablábamos cuatro idiomas nuevos.
Al haber visto el mismo enfoque en la ingeniería informática académica y en las aventuras de aprendizaje de lenguas, empezaba a convencerme de que podría aplicarse a muchos más campos. De niño me gustaba dibujar, pero como le pasa a la mayoría de la gente, cualquier rostro que dibujara parecía raro y artificial. Siempre he admirado a las personas capaces de esbozar un retrato a toda velocidad, ya fuera un caricaturista callejero o un retratista profesional. Me preguntaba si se podría usar con el arte el mismo enfoque empleado con las asignaturas del MIT y los idiomas.
Decidí pasar un mes mejorando mis retratos. Me di cuenta de que lo que más me costaba era distribuir bien los rasgos faciales. Un error muy común al dibujar caras, por ejemplo, es colocar los ojos demasiado altos en la frente. La mayoría cree que los ojos están en la parte alta de los dos tercios de la longitud de la cara. En realidad, suelen estar más a medio camino entre la parte superior de la cabeza y la barbilla. Para superar estas y otras ideas preconcebidas, dibujé guiándome por fotos. Luego le hacía una foto al dibujo con el móvil y superponía la imagen real a la de mi dibujo. Hacer que la foto fuera semitransparente me permitió ver de inmediato si la cabeza era demasiado ancha o estrecha, si los labios estaban demasiado bajos o demasiado altos, o si había colocado los ojos en su sitio. Lo hice cientos de veces, utilizando las mismas estrategias de interacción rápida que había empleado con las asignaturas del MIT. Con estas estrategias, además de otras, pude mejorar muchísimo a la hora de dibujar retratos en muy poco tiempo (véase a continuación).

A simple vista, proyectos como las aventuras lingüísticas de Benny Lewis, el dominio de los datos de Roger Craig o la odisea del desarrollo de videojuegos de Eric Barone son muy diferentes. Sin embargo, representan ejemplos de un fenómeno más amplio que yo denomino ultralearning,(3) o cómo aprender más y más rápido. A medida que continué investigando, me encontré con más historias. Aunque todas contaban con detalles distintos acerca de lo que se aprendía y por qué, compartían el hilo conductor de ser proyectos de aprendizaje autodidacta extremos y de utilizar tácticas parecidas para llevarlos a cabo con éxito.
Steve Pavlina es un estudiante que emplea el método de ultralearning. Al optimizar su horario universitario de clases, se matriculó en el triple de asignaturas por semestre y terminó el grado de Ingeniería informática en año y medio. Su desafío fue muy anterior a mi experimento con las asignaturas del MIT y fue uno de los primeros casos que me inspiró y me llevó a pensar que comprimir el tiempo de aprendizaje era posible. Sin embargo, al no contar con el beneficio de las clases en línea gratuitas, Steve Pavlina cursó sus estudios en la California State University, en Northridge, y se graduó con un título oficial en Ingeniería informática y en Matemáticas.[8]
Diana Jaunzeikare se embarcó en un proyecto de aprendizaje con el método de ultralearning para replicar un doctorado en Lingüística computacional.[9] Tomando como referencia el programa de doctorado de la Carnegie Mellon University, no solo quería asistir a las clases, sino también realizar la investigación original. Su proyecto empezó porque volver a la universidad para conseguir un doctorado real habría significado renunciar al trabajo en Google que tanto le gustaba. Como tantos estudiantes que siguieron el método antes que ella, el proyecto de Jaunzeikare intentaba llenar un vacío educativo cuando las alternativas formales no encajaban en su modo de vida.
Ayudados por las comunidades de internet, muchos estudiantes que siguen este método se mueven en el anonimato, y sus logros solo se pueden medir a través de publicaciones en foros imposibles de verificar. Uno de estos usuarios, en Chinese-forums.com, con el apodo de Tamu, documentó con todo lujo de detalles su aprendizaje del chino desde cero. Dedicó «entre setenta y ochenta horas, o más, a la semana»[10] a lo largo de cuatro meses, se desafió a aprobar el HSK 5, el segundo examen más difícil de mandarín para niveles altos en China.
Otros estudiantes que emplean el método de ultralearning se desentendieron por completo de las estructuras convencionales de exámenes y notas. Trent Fowler, que empezó a primeros de 2016,[11] se embarcó en un plan de un año para alcanzar un nivel alto en ingeniería y matemáticas. Lo llamó el proyecto STEMpunk, un juego de palabras con las siglas con las que se designan a la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas en inglés, y con la estética retrofuturista del género steampunk.
Fowler dividió el proyecto en módulos. Cada módulo se ocupaba de un tema concreto, entre los que se incluían informática, robótica, inteligencia artificial e ingeniería, pero que se desarrollaban en proyectos prácticos en vez de recrear las clases formales.
Cada estudiante que emplea el método de ultralearning con el que me he topado es único. Algunos, como Tamu, preferían unos horarios agotadores para alcanzar unas metas temporales durísimas. Otros, como Diana Jaunzeikare, llevaron los proyectos a cabo mientras seguían trabajando a jornada completa y cumplían con sus obligaciones. Algunos se guiaban por los exámenes estandarizados, los planes de estudios o ganar competiciones. Otros diseñaban proyectos que desafiaban dicha comparativa. Algunos se especializaban, concentrándose exclusivamente en idiomas o en programación. Otros deseaban ser polímatas y aprendían una gran variedad de habilidades.
Pese a sus idiosincrasias, los estudiantes que seguían este método tenían muchas cosas en común. Solían trabajar solos, a menudo arrastrándose durante meses y años sin escribir apenas una entrada en su blog para anunciar lo que estaban haciendo. Sus intereses suelen rayar la obsesión. Se mostraron agresivos a la hora de optimizar sus estrategias y debatieron con pasión los méritos de conceptos tan peregrinos como práctica intercalada, umbral de sanguijuelas o técnicas mnemotécnicas para aprender palabras clave. Más que cualquier otra cosa, su preocupación era aprender, y su motivación para hacerlo los llevaba a afrontar estos intensos proyectos, aunque a menudo significara sacrificar una titulación oficial o salirse de la norma.
Los estudiantes que emplean el método que he conocido no suelen conocerse entre ellos. Al escribir este libro quería reunir los principios comunes que he observado en sus proyectos únicos y en los míos. Quería despojarlos de las diferencias superficiales y de las peculiares idiosincrasias para ver qué consejos de aprendizaje quedaban. También pretendía generalizar desde sus ejemplos tan extremos cosas que pudieran resultarles útiles a un estudiante normal o a un profesor. Aunque no estés preparado para llevar a cabo un proyecto tan extremo como los que he descrito, seguro que hay algún tema en el que puedes ajustar el enfoque basándote en la experiencia de estos estudiantes, con el respaldo de la investigación en ciencia cognitiva.
Aunque los estudiantes que siguen el método de ultralearning son un grupo de personas muy extremistas, este enfoque tiene mucho potencial para profesionales y estudiantes normales y corrientes. ¿Y si pudieras crear un proyecto para aprender con rapidez las habilidades necesarias a fin de cambiar de puesto, de trabajo o de profesión? ¿Y si pudieras dominar una habilidad vital para tu trabajo, como hizo Eric Barone? ¿Y si fueras capaz de adquirir muchos conocimientos, como Roger Craig? ¿Y si pudieras aprender otro idioma, replicar un grado universitario o ser bueno en algo que te parece imposible ahora mismo?
El método de ultralearning para aprender más y más rápido no es fácil. Es duro y frustrante, y requiere salirse de los límites en los que te sientes cómodo. Sin embargo, lo que puedes lograr hace que el esfuerzo merezca la pena. Vamos a ver en qué consiste exactamente el método y en qué se diferencia de los enfoques habituales de aprendizaje y educación. Luego podremos echarles un vistazo a los principios en los que se basa todo aprendizaje para descubrir cómo los estudiantes que siguen el método los explotan para aprender más y más rápido.