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El crepúsculo se cernía gris sobre el barrio industrial de Augsburgo. Aquí y allá resplandecían las luces de las fábricas donde, pese a la escasez de materia prima, aún se trabajaba; otros talleres, en cambio, permanecían a oscuras. Un grupo de mujeres y hombres mayores salieron al terminar su turno en la fábrica de paños Melzer. Algunos se subieron el cuello de la chaqueta; otros se protegían de la intensa lluvia con un pañuelo en la cabeza o un gorro. El agua bajaba borboteando por las calles adoquinadas. Quien ya no tenía un buen calzado de los tiempos de paz y caminaba sobre suelas de madera acababa con los pies empapados.

En la mansión de ladrillo de los dueños de la fábrica, Paul Melzer contemplaba junto a la ventana del comedor la silueta negra de la ciudad, que se iba fundiendo con el anochecer. Finalmente, volvió a correr la cortina y soltó un profundo suspiro.

—¡Siéntate de una vez, Paul, y tómate un trago conmigo! —oyó la voz de su padre.

Debido al bloqueo por mar de los ingleses, el whisky escocés era un lujo. Johann Melzer sacó dos vasos de la vitrina y aspiró el aroma del líquido color miel.

Paul lanzó una breve mirada a los vasos y la botella y negó con la cabeza.

—Más tarde, padre. Cuando tengamos motivo. Esperemos tenerlo en algún momento.

Se oyeron unos pasos presurosos en el pasillo y Paul se acercó corriendo a la puerta. Era Auguste, más redonda que nunca, con las mejillas sonrosadas y el encaje de la cofia erguido sobre el cabello despeinado. Llevaba un cesto con paños blancos arrugados.

—¿Aún no?

—No, por desgracia, señor Melzer. Aún tardará un poco.

Hizo una reverencia y corrió hacia la escalera de servicio para llevar la colada al lavadero.

—Pero ¡ya lleva más de diez horas, Auguste! —le gritó Paul por detrás—. ¿Es normal? ¿De verdad todo va bien con Marie?

Auguste se detuvo y le aseguró con una sonrisa que cada parto era distinto: unas daban a luz en cinco minutos y otras sufrían días de tormento.

Paul asintió, apesadumbrado. Auguste debía de tener razón, ella había sido madre dos veces, solo gracias a la generosidad de la familia Melzer conservaba su puesto en el servicio.

Desde la planta superior llegaban gritos de dolor contenidos. Paul dio sin querer unos pasos hacia la escalera y luego se detuvo, impotente. Su madre lo había sacado del dormitorio sin vacilar cuando apareció la partera, y Marie también le pidió que bajara. Paul debía ocuparse de su padre, Johann Melzer, enfermo desde que tuvo un derrame cerebral. Era un pretexto, ambos lo sabían, pero Paul no tenía ganas de discutir con su mujer justo en ese momento, en su estado, así que se resignó en silencio.

—¿Qué haces ahí plantado en el pasillo? —le gritó su padre—. Un parto es cosa de mujeres. Cuando haya terminado, ya nos lo dirán. ¡Ahora bebe!

Paul se acomodó obediente en la mesa y se bebió el contenido del vaso de un trago. El whisky le ardió en el estómago como el fuego, y recordó que no había comido nada desde el desayuno. Hacia las ocho de la mañana Marie había notado un leve tirón en la espalda, bromearon sobre sus continuos achaques durante el embarazo y él salió hacia la fábrica con el corazón encogido. Poco antes de la pausa para almorzar, su madre llamó desde casa para comunicarle que Marie tenía contracciones y que ya habían avisado a la partera. No había de qué preocuparse, todo seguía su curso.

—Cuando tu madre te trajo al mundo, hace ahora veintisiete años —dijo Johann Melzer, que contemplaba pensativo su vaso de whisky—, yo estaba en la fábrica, en mi despacho, haciendo cuentas. En semejante situación, un hombre necesita una ocupación, de lo contrario lo devoran los nervios.

Paul asintió, pero al mismo tiempo estaba atento a cualquier ruido en el pasillo, los pasos de la doncella, que subía a la segunda planta, el tictac del reloj de pie, la voz de su madre que ordenaba a Else que fuera a buscar dos sábanas limpias al lavadero.

—Por aquel entonces eras un auténtico incordio —continuó su padre, con una sonrisa de satisfacción—. Alicia pasó una noche de mil demonios. Casi le costaste la vida a tu madre.

No eran las palabras más adecuadas para aplacar los miedos de Paul, y su padre se dio cuenta.

—Pero no te preocupes, las mujeres que parecen débiles son mucho más duras y fuertes de lo que la gente suele creer. —Bebió un trago largo—. ¿Qué pasa con la cena? —gruñó, y pulsó la campana eléctrica del servicio—. Ya son más de las seis, ¿es que hoy todo se ha trastocado?

Ante los reiterados timbrazos apareció Hanna, la ayudante de cocina, una chica morena y un poco tímida a la que Marie protegía de manera especial. Alicia Melzer habría despedido a la chiquilla hacía tiempo, pues no servía para el trabajo y rompía más vajilla que cualquiera de sus antecesoras.

—La cena, señor.

Caminó haciendo equilibrios con dos bandejas de bocadillos: pan moreno, paté de hígado, queso cremoso con comino y pepinillos encurtidos del huerto de la cocina que había creado Marie el otoño anterior. La carne, el embutido y la grasa empezaban a escasear y solo se conseguían con cartilla de racionamiento. Quien quisiera disfrutar de exquisiteces o incluso de chocolate precisaba de buenos contactos y los medios necesarios. En casa de los Melzer eran leales al emperador y estaban decididos a cumplir con su deber patriótico, que incluía estar dispuesto a renunciar a determinadas cosas en tiempos difíciles.

—¿Por qué ha tardado tanto, Hanna? ¿Qué hace la cocinera ahí abajo?

Hanna distribuyó presurosa los platos en la mesa y dos panecillos y un pepinillo resbalaron sobre el mantel blanco. Volvió a colocar en su sitio a los fugitivos con los dedos. Paul levantó las cejas con un suspiro: era inútil llamar la atención a esa chica. Todo lo que le decían le entraba por un oído y le salía por otro. Humbert, el lacayo de la villa, que hacía su trabajo a la perfección y con entrega, había sido llamado a filas al inicio de la guerra. El pobre seguro que no se desempeñaba bien como soldado.

—Es culpa mía —soltó Hanna, sin mala conciencia—. La señora Brunnenmayer había preparado los platos, yo los he subido con el resto de la comida y luego me he dado cuenta de que estos eran para usted.

La alimentación de las señoras de la segunda planta requería dedicación absoluta por parte de la cocinera. Sobre todo la de la partera, que tenía un apetito insaciable y ya iba por la tercera jarra de cerveza. Además, la señora Elisabeth von Hagemann y la señora Kitty Bräuer habían avisado de que se unían a la cena.

Paul esperó a que Hanna hubiera salido y luego hizo un gesto de enfado con la cabeza. Kitty y Elisabeth, sus dos hermanas. ¡Como si no hubiera suficientes mujeres dando vueltas por la casa!

—¡Cocinera! —rugió una voz desde la planta superior—. ¡Una taza de café en grano! ¡Pero del de verdad, no de esta cosa que parecen guisantes!

Debía de ser la partera. Paul ni siquiera le había visto la cara a aquella mujer. A juzgar por la voz, parecía una persona fuerte y muy decidida.

—Es como un sargento de caballería —dijo su padre despectivamente—. Igual que esa enfermera a la que contrató Alicia hace dos años. ¿Cómo se llamaba? Ottilie. Era capaz de derribar a un regimiento de dragones.

Se oyó la campana de la puerta de abajo. Una vez, dos veces. A lo que siguió el estruendo de la aldaba de hierro forjado golpeando sin cesar contra la pequeña placa metálica de la puerta.

—Kitty —dijo Johann Melzer con una sonrisa—. Esa solo puede ser Kitty.

—¡Ya voy, ya voy! —gritó Hanna, cuya estridente voz atravesó sin esfuerzo las tres plantas—. ¡Qué día! Virgen santísima. ¡Vaya día!

Paul se levantó de un salto para bajar al vestíbulo. Si bien antes la visita de Kitty le parecía un fastidio, ahora lo alegraba su llegada. No había nada más desesperante que estar ahí sentado sin hacer nada. La arrolladora alegría de Kitty lo distraería y ahuyentaría las preocupaciones.

Ya en la escalera que daba al vestíbulo percibió su voz alterada. Kitty, que llevaba apenas un año casada con el banquero Alfons Bräuer, también se hallaba en estado de buena esperanza y en unos meses salía de cuentas, aunque apenas se le notaba. Estaba fina y delgada como siempre. Al fijarse bien, Paul notó la pequeña curva bajo el vestido holgado.

—¡Por el amor de Dios, Hanna! ¡Qué lenta eres! Nos dejas ahí fuera con la humedad. Una puede buscarse la muerte con este maldito tiempo. Ay, y nuestros pobres soldados en Francia y en Rusia, deben de helarse. Espero que no se resfríen. Elisabeth, te lo ruego, quítate ese sombrero de una vez. Estás espantosa, tu suegra tiene un gusto pésimo. Tráeme unas zapatillas, Hanna, las pantuflas pequeñas con el bordado de seda. ¿Ya ha nacido el niño? ¿No? Gracias a Dios, me daba miedo habérmelo perdido todo.

Las dos hermanas habían ido sin chófer, y Elisabeth había llevado el coche porque Kitty no tenía intención de aprender a conducir. Tampoco lo necesitaba, pues el banco Bräuer disponía de varios automóviles y un chófer. Mientras Kitty se quitaba el abrigo, el sombrero y los zapatos, Elisabeth aún estaba delante del espejo ovalado de estilo imperio contemplándose con cara de ofendida.

Paul pensó que Kitty en ocasiones podía ser cruel con la mayor naturalidad. Dijo en voz bien alta:

—A mí me parece que el sombrero te queda muy bien, Lisa. Te hace…

No continuó porque Kitty se le lanzó al cuello, le dio un beso en cada mejilla y lo llamó «mi pobre, pobrecito Paul».

—Sé lo mal que lo pasan los futuros padres. —Soltó una risita—. Claro, han cumplido con su deber y ahora son prescindibles. Lo que viene a continuación es cosa nuestra, ¿verdad, Lisa? ¿Qué va a hacer un hombre con un bebé? ¿Le puede dar el pecho? ¿Alimentarlo? ¿Mecerlo? No puede hacer absolutamente nada.

—Déjame aclarar un punto, hermanita —dijo Paul entre risas—. ¿Y quién se ocupa de que la madre y el niño tengan un techo y algo de comer?

—Ya, bueno —dijo ella. Se encogió de hombros y lo soltó para ponerse las delicadas pantuflas que Hanna le había dejado delante, en el suelo—. Eso no es para tanto, mi querido Paul. ¿Sabes que en África hay tribus que le hacen al futuro padre un profundo corte en la pierna y le echan sal en la herida? Me parece muy razonable para que los hombres experimenten un poco el dolor del parto.

—¿Razonable? ¡Es una barbaridad!

—¡Bah, eres un cobarde, Paul! —dijo ella entre risas—. Pero no te preocupes: esa costumbre aún no está de moda en este país. ¿Dónde se ha metido mamá? ¿Arriba con Marie? ¿Han llamado a esa horrible partera? ¿La señora Koberin? Estuvo con mi amiga Dorothea cuando dio a luz. Imagínate, mi querido Paul, esa señora estaba borracha cuando recibió al niño. No se le cayó por un pelo.

Paul sintió un escalofrío. Solo le cabía esperar que su madre hubiera elegido a una persona que supiera de su oficio. Mientras seguía pensando en ello, el espíritu exaltado de Kitty ya estaba ocupado con otros asuntos.

—¿Vienes ya, Elisabeth? Madre mía, con ese sombrero pareces un soldado de campo. Furioso y dispuesto a todo. ¿Hanna? ¿Dónde te has metido? ¿Tenéis noticias de Humbert? ¿Está bien? ¿Escribe a menudo? ¿No? Ay, qué triste. Vamos, Elisabeth. Tenemos que subir enseguida con Marie, qué pensarán de nosotras si estamos en casa sin ocuparnos de ella.

—No sé si Marie tiene tiempo para ti ahora mismo… —intervino Paul, pero Kitty subió la escalera a paso ligero pese al embarazo.

—¡Hola, papaíto! —gritó desde el pasillo, y continuó hasta la planta de arriba, donde se encontraban los dormitorios.

Por mucho que quisiera, Paul no era capaz de adivinar qué ocurría ahí, pero supuso que Kitty había conseguido avanzar hasta el centro de los acontecimientos. Algo que él, el futuro padre, tenía terminantemente prohibido.

—¿Cómo está papá? —preguntó Elisabeth, que por fin se decidió a quitarse el abrigo y el sombrero—. Espero que todo este jaleo no sea demasiado para él.

—Creo que lo lleva bien. ¿Quieres reforzar el equipo de señoras de ahí arriba o vienes a hacernos compañía a papá y a mí?

—Me quedo con vosotros. De todos modos, quería comentarle un asunto.

Paul sintió cierto alivio al ver que por lo menos Elisabeth aguantaba con ellos en el comedor. Kitty, en cambio, había optado por interponerse en el camino de la partera. Dios mío, ¡qué ganas de que pasara todo! No soportaba pensar que Marie tuviera que aguantar tanto dolor. ¿No era él el causante? ¿El que había engendrado ese niño?

—Tienes cara de estar tragando renacuajos —comentó Elisabeth con una sonrisa—. También puedes estar contento. Vas a ser padre, Paul.

—Y tú vas a ser tía, Lisa —repuso él, sin mucho entusiasmo.

 

 

En el comedor, Johann Melzer había cogido el Augsburger Neuesten Nachrichten para releer el artículo sobre el transcurso de la guerra. Según las noticias, tan entusiastas, Rusia estaba prácticamente vencida y pronto acabarían con los franceses. Sin embargo, ya había empezado el tercer año de guerra y, pese a su lealtad al emperador, Johann Melzer también era realista y se mostraba escéptico. La exaltación que se apoderó de todos al inicio de la guerra se había desvanecido hacía tiempo.

—Papá, no estarás bebiendo… —dijo Elisabeth medio sorprendida—. ¡Sabes perfectamente que el doctor Greiner te ha prohibido el alcohol!

—¡Bobadas! —contestó enfadado.

Hacía tiempo que todos los habitantes de la villa se habían resignado a que fuese un paciente testarudo, incluso Alicia había dejado de molestarlo con instrucciones y advertencias. Sin embargo, Elisabeth no podía evitar reprenderlo. A fin de cuentas, alguien tenía que cuidar de su salud.

—¿Qué escribe el señor teniente sobre la guerra en el oeste? —preguntó, para esquivar más reproches.

Elisabeth llevaba un año casada con el comandante Klaus von Hagemann. La boda se celebró pocos días antes de que estallara la guerra, a toda prisa, pues él participó con su regimiento de caballería en la batalla del Marne. A principios de 1915, tanto Marie y Paul como Kitty y el banquero Alfons Bräuer también celebraron sus enlaces.

—Justo hoy ha llegado un mensaje de Klaus —le informó Elisabeth, y sacó la tarjeta de correo militar de su bolsito—. Está en Amberes, pero parece que su regimiento pronto recibirá la orden de marchar hacia el sur. No puede decir adónde, por supuesto.

—Al sur, ya… —gruñó Johann Melzer—. ¿Y tú sigues bien?

Elisabeth se sonrojó ante la mirada atenta de su padre. En octubre del año anterior su marido había tenido unos días de permiso y había cumplido de sobra con sus obligaciones conyugales. Cuánto había deseado quedarse por fin embarazada esa vez. Fue en vano. La fastidiosa menstruación se había presentado de nuevo, malvada y puntual, acompañada de los habituales dolores de cabeza y retortijones.

—Estoy bien, papá. Gracias por preguntar.

Paul empujó su plato hacia ella y le pidió que se sirviera. A él no le entraba nada.

Elisabeth no pudo resistirse al grasiento paté de hígado. Jesús bendito, cómo estaba Paul. Era evidente que Marie pasaba por un momento delicado, pero iba a tener un niño, y Kitty también se encontraba en estado. Solo a ella se la privaba de la suerte de la maternidad, pero debía habérselo imaginado. Kitty era la hija del sol, la niña mimada del destino, la dulce duendecilla. Todos sus deseos le eran concedidos, todo le caía del cielo. Literalmente. Elisabeth tuvo que recomponerse para no hundirse en la autocompasión. Con todo, estaba resuelta a cumplir con su deber con el emperador y su patria de otra manera.

—¿Sabes, papá? —dijo con una sonrisa mientras Paul salía de nuevo al pasillo—. Creo que, considerando nuestra posición social y las posibilidades de espacio de la villa, no tenemos elección. Klaus me ha dicho sin tapujos que no entendía tus dudas, al fin y al cabo es nuestro deber patriótico.

—¿De qué hablas? —preguntó Johann Melzer, receloso—. Espero que no sea de esa locura de montar en casa un hospital militar. ¡Más vale que te lo quites de la cabeza, Elisabeth!

Esperaba una negativa, así que no se dejó desanimar. Su madre ya había accedido más o menos a su plan, la señora Von Sontheim también había montado un hospital militar, y los padres de su mejor amiga Dorothea habían cedido una de sus casas a tal fin. Solo para oficiales, por supuesto, nadie quería hospedar a cualquier piojoso inculto.

—En el vestíbulo habría sitio suficiente para al menos diez camas, y en el lavadero se podría montar una sala de operaciones.

—¡No!

Para ratificar su negativa, Johann Melzer agarró la botella de whisky y se sirvió un buen trago. Luego explicó que en el vestíbulo siempre había corriente, lo que era extremadamente perjudicial para los enfermos, y faltaba luz; además, todo el que llegara tendría que pasar junto a las camas, pues el vestíbulo era la zona de entrada de la villa.

—Olvidas que hay una segunda entrada desde el jardín y a través de la terraza, papá. Y la corriente se puede evitar con cortinas de tela gruesa. No, yo creo que el vestíbulo es muy adecuado: es espacioso, está aireado y tiene fácil acceso desde las dependencias del servicio.

Johann Melzer bebió y volvió a dejar el vaso vacío con un movimiento brusco.

—Mientras mi opinión cuente en esta casa, no se hará semejante disparate. Ya tenemos suficientes bocas que llenar y un saco lleno de preocupaciones con la fábrica.

Elisabeth se disponía a replicar a su padre, pero él se adelantó.

—No sé cómo voy a pagar a mis empleados ni cuánto tiempo podré mantenerlos —dijo alterado—. No hay algodón desde el principio de la guerra, ahora escasea también la lana, y mis máquinas no sirven para hilar cáñamo. Así que no me vengas con tus locuras o…

Se oyó un revuelo en el pasillo, la voz exaltada de Kitty, arriba sonaron varios portazos y Else corría con una cesta llena de paños por el pasillo. Elisabeth vio horrorizada que las sábanas blancas estaban manchadas de sangre.

—¡Has tenido una hija, mi querido Paul! —gritó Kitty desde arriba—. Una hija preciosa y diminuta. Dios mío, es tan pequeña, pero tiene sus bracitos, sus manitas, incluso deditos y uñitas. La partera se la ha dado a Auguste para que la bañe.

Paul subió corriendo la escalera para que lo dejaran ver a Marie de una vez, pero Kitty se lanzó a sus brazos a medio camino y rompió a llorar de felicidad sobre su hombro.

—Suéltame, Kitty… —dijo con impaciencia al tiempo que intentaba zafarse de ella.

—Sí, sí, ahora —respondió Kitty entre sollozos, y lo abrazó con fuerza—. Pero espera a que esté bañada. Luego te pondrán a tu hija en brazos, bien envuelta. Ay, Paul, es fascinante. Y Marie ha sido muy valiente. Yo seguro que no lo conseguiré, ahora lo sé. Mis gritos se escucharán en todo Augsburgo si tengo que soportar semejante martirio.

En el umbral de la puerta del comedor que daba al pasillo, Elisabeth suspiró indignada. ¡Justo en ese momento tenía que dar a luz Marie! Aún le quedaban unos cuantos buenos argumentos en la recámara para poner a su padre entre la espada y la pared, pero se había levantado y había salido también al pasillo.

—Una niña —dijo descontento—. Bueno, lo importante es que la madre y la niña estén bien.

Tuvo que apartarse a un lado para dejar paso a Auguste, que llevaba la cuna de madera donde durmieron primero el pequeño Paul y luego sus dos hermanas. Procedía de la casa de los Von Maydorn, la rama familiar pomerana, y había mecido hasta dormirlos a unos cuantos niños de la aristocracia.

—¡Marie! —gritó Paul hacia el pasillo de arriba—. Marie, cariño, ¿estás bien? ¡Dejadme verla de una vez!

—¡Tiene que esperar! —sonó la imponente voz de la partera.

—Es una persona horrible —exclamó Kitty, indignada—. Si por mí fuera, no dejaría que esa bruja se me acercara. Se comporta como si fuera la dueña de la villa. Imagínate, le ha dado órdenes a mamá…

Elisabeth se decidió a regañadientes a salir del comedor y participar de los acontecimientos. Sentía una tremenda curiosidad por la niña. ¡Una niña! Le estaba bien empleado a Marie. Con qué decepción había recibido su padre la noticia. Esperaba un chico que más adelante pudiera hacerse cargo de la fábrica…

Arriba se oyeron cuchicheos. Paul estaba junto a Kitty en la escalera, ambos parecían contrariados. «Qué raro», pensó Elisabeth. ¿Acaso Marie no se encontraba bien? ¿Había perdido mucha sangre? ¿Podía llegar a morir de debilidad?

De pronto Elizabeth notó una fuerte palpitación y tuvo que agarrarse a la barandilla para subir los peldaños. ¡Cielo santo! Sin duda Marie merecía una pequeña fiebre, ¡pero no desaparecer de este mundo!

Se abrió la puerta del dormitorio y salió su madre. La pobre estaba descompuesta. La tez colorada, la blusa llena de manchas húmedas, y le temblaban las manos cuando se colocó un mechón rebelde detrás de la oreja.

—Paul, mi querido Paul…

—¡Virgen santísima, mamá! ¿Qué ha pasado?

Corrió hacia ella, le falló la voz.

—Es… es increíble —sollozó Alicia Melzer—. Tienes un hijo.

Nadie entendió el significado de sus palabras, ni siquiera Elisabeth. Acababan de decirle que tenía una hija, y ahora que un hijo. ¿La partera estaba borracha? ¿No diferenciaba a los varones de las niñas?

—¿Un hijo? —tartamudeó Paul—. Entonces, ¿no es una niña? ¿Es un niño? Pero ¿cómo está Marie?

Alicia tuvo que apoyarse en la pared, cerró un momento los ojos y se llevó el dorso de las manos a la frente caliente. Sonrió.

—Tu esposa ha dado a luz gemelos, Paul. Una niña y un niño. ¿Que cómo está Marie? Bueno, ahora mismo está estupenda.

Elisabeth se detuvo en mitad de la escalera. Su miedo se convirtió de pronto en un arrebato de ira. ¡Gemelos! ¡Increíble! Hay gente que nunca tiene suficiente. Y encima se encontraba bien. Entonces se oyó el chillido de un bebé, bastante débil y apretado, como si a la pobre criatura le costara un mundo emitir ese sonido. De pronto a Elisabeth se le encogió el corazón y la invadió una sensación de enorme ternura. Los dos debían de ser minúsculos si habían tenido que compartir el vientre de su madre.

Por fin apareció la partera, una mujer robusta con el pelo entrecano y las mejillas rellenas y plagadas de venitas rojas. Llevaba un delantal blanco almidonado que seguramente acababa de ponerse sobre el vestido negro. En sus imponentes brazos sostenía dos paquetes blancos. Los recién nacidos estaban envueltos en paños, solo se les veía la cabecita rosada. Paul observaba a sus hijos con la frente arrugada y una mirada de incredulidad, perplejo.

—Están… están sanos, ¿no? —le preguntó a la partera.

—¡Naturalmente que están sanos!

—Me refiero… —tartamudeó Paul.

No parecía precisamente un padre orgulloso ahí de pie, contemplando a los bebés, demasiado pequeños. Sus caritas parecían muecas: los ojos, estrechas ranuras; las narices, dos agujeritos; solo las bocas eran grandes. Uno de los dos lloriqueaba, profería unos peculiares sonidos amortiguados de impotencia.

—¿Cuál es el chico? —inquirió Johann Melzer, que también había subido.

—El gritón. Pesa menos que su hermana, pero ya está decidido a quejarse de las condiciones de este mundo.

La partera sonrió, por lo menos parecía satisfecha con el resultado de sus esfuerzos. Cuando Paul entró a toda prisa en el dormitorio ya no puso ninguna objeción.

—¡Marie! —oyó Elisabeth que la llamaba a media voz—. Mi pobre y dulce esposa. ¡Lo que has tenido que soportar! ¿Cómo estás? Nuestros niños son preciosos. Nuestros niños…

—¿Te gustan? —dijo Marie, y soltó una suave risita—. Dos de una vez, no me digas que no es práctico.

—Marie… —susurró Paul con una ternura desbordante.

Elisabeth no entendió lo que dijo a continuación, tampoco era para oyentes curiosos. Notó un nudo en la garganta que se iba inflando. Cielos, todo aquello era muy conmovedor. Cuánto deseaba que Klaus un día le dirigiera esas palabras de ternura y agradecimiento. Se acercó a su madre para darle un abrazo, y de pronto se percató de que estaba llorando.

—¿Ya tienen nombre para los dos? —preguntó la partera.

—Seguro que sí —dijo Alicia Melzer, al tiempo que acariciaba en la espalda a su hija Elisabeth.

—La niña se llamará Dorothea y el niño Leopold.

—¡Dodo y Leo! —exclamó Kitty, entusiasmada—. Papaíto, tienes que abrir una botella de champán, yo lo serviré. Ay, ojalá el bueno de Humbert estuviera también aquí. Nadie servía ni disponía con tanta destreza como él. Vamos, vamos, esos dos de ahí dentro tienen mucho que susurrarse.

Se dirigieron al salón rojo y llamaron a Else para que llevara las copas mientras Johann Melzer bajaba a la bodega a buscar el champán. Un día de júbilo como aquel, el personal también podía brindar a la salud de la recién nacida descendencia Melzer. Kitty llenó las copas y Alicia llamó a la cocinera y a Hanna para que salieran de la cocina. Else subió una bandeja al dormitorio, donde los felices padres, y también Auguste y la partera, disfrutaron del burbujeante champán.

—Por los recién nacidos —exclamó Johann Melzer—. Que los ángeles sagrados del Señor cuiden de ellos, igual que velan por nuestra patria y nuestro emperador.

Brindaron por Dodo y Leo, por Marie, la valiente madre, por el flamante padre y, naturalmente, por el emperador. La cocinera Brunnenmayer explicó que ella ya sabía que Marie esperaba gemelos porque tenía las piernas gruesas, y Hanna preguntó si más adelante podría sacar de paseo a los niños en cochecito. Se lo prometieron, pero siempre acompañada de una niñera, que aún tenían que contratar.

—Hacía tiempo que no me sentía tan contenta y aliviada —confesó Alicia cuando la familia estuvo sola de nuevo. Le brillaban los ojos, por tantas emociones y porque le había afectado la media copa de champán—. Para mí es como si volvieran los viejos tiempos. Cuando los dos éramos jóvenes, Johann, y nuestros hijos pequeños. ¿Te acuerdas? Sus risas alegres en el salón. Cómo alborotaban en el parque y desesperaban a los jardineros…

Johann Melzer solo había dado un sorbito de champán. Dejó la copa para estrechar a su mujer entre sus brazos, un gesto que había dejado de ser habitual entre ellos hacía mucho. Elisabeth vio que su madre cerraba los ojos con una sonrisa y apoyaba las mejillas calientes en el hombro de su marido.

—Bienaventurado aquel que puede recordar la felicidad pasada —murmuró él—. Es un tesoro que nadie le puede arrebatar.

2

 

 

 

 

—¿Por qué has tardado tanto? —increpó Else a Hanna—. ¡Hace un cuarto de hora que te espero bajo la lluvia! Si ya no podemos conseguir carne ni embutido, le diré a la señora quién tiene la culpa.

Else estaba de mal humor y no tuvo miramientos a la hora de desahogarse con Hanna. Así era Else, supuestamente tan callada y discreta. Nunca se atrevía a rechistarle a la imponente Auguste, ni siquiera a la enérgica cocinera. Con los señores mostraba una devoción absoluta. Hanna, en cambio, que recibía críticas y castigos constantes, era para la doncella Else su cabeza de turco.

Hanna arrastraba una gran cesta con asas y en su interior había metido un saco de cretona gruesa con la esperanza de pescar unas cuantas patatas.

—Aún tenía que lavar los platos y recoger un cubo de carbón —le dijo a Else, que la esperaba con el sombrero y el abrigo puestos bajo el portal de la entrada. En realidad no podía estar ahí, pues el personal utilizaba las dos entradas laterales. Para estar esperándola bajo la lluvia, no tenía ni una gota en el abrigo.

—Vaya tiempo —se lamentó Else al salir de su rinconcito para ponerse en camino con Hanna—. No para. Lo raro es que no me haya resfriado. Camina como es debido, Hanna. Me estás salpicando la falda. ¿Puedes hacer algo como Dios manda? Ni siquiera sabes andar. Vigila que la cesta no…

Soltó un grito, abrió los brazos en un gesto extraño y se tambaleó hacia delante. El viento había arrancado una rama seca del viejo castaño, había caído en el camino y la hizo tropezar, con tan mala suerte que pisó un charco y se mojó el zapato izquierdo, que ya tenía un agujero.

—Ten cuidado, Else —dijo Hanna, muy seria, disimulando su satisfacción—. Hay una rama en el camino.

¡Cómo se puso Else! Era evidente que Hanna no tenía culpa alguna de aquel percance, pero por lo visto siempre había un motivo para reñirla. Que si hablaba demasiado alto, que si era torpe, que si al fregar la noche anterior había roto una de esas copas de champán tan caras y refinadas.

Mientras atravesaban el jardín hasta la calle, Hanna tuvo que oír unos cuantos reproches. Sin embargo, apenas prestaba atención, pues pensaba en lo desagradable que tenía que ser andar con el zapato empapado. Además, el dobladillo de la falda de Else también había recibido su parte.

Cuando salieron a la calle vio a lo lejos, por encima de fábricas, cobertizos y campos de manzanos, el techo puntiagudo de la puerta Jakober. Con la lluvia, las casas y las torres de la ciudad se habían teñido de gris oscuro y el cielo resultaba amenazador. Hanna se colocó bien el pañuelo que se había puesto sobre la cabeza y los hombros para protegerse de la lluvia. Tampoco ayudaba mucho que la llovizna atravesara fácilmente el tejido. En eso, por desgracia, Else llevaba razón.

—Mira que disgustar a nuestra joven señora. Justo ayer fue madre…

Qué bobadas decía Else. Seguro que a la joven señora Melzer le daba igual que hubiera once o doce copas de champán. Siempre estaba de parte de Hanna, igual que el joven señor. Cuando tuvo aquel accidente horrible en la fábrica, él la llevó al hospital. Era buena persona, a diferencia de su padre, que siempre estaba enfurruñado y echaba broncas a los empleados. El director Melzer solo era cauteloso con la cocinera, la señora Brunnenmayer. Esa mujer era especial, conocía todos los secretos de los fogones. También podía echar buenas reprimendas, pero era abierta y sincera, y nunca parloteaba a espaldas de nadie. Eso lo hacía Else, y también Auguste, que era una mentirosa. Con ella había que ir con cuidado, sobre todo ahora que su marido, Gustav, estaba en el campo de batalla. Antes de que lo llamaran a filas, Auguste era muy distinta. Alegre, a veces incluso bondadosa. Ahora se había convertido en un monstruo.

Entraron en la ciudad por la puerta Jakober y vieron con envidia cómo un matrimonio joven subía a una limusina y se iba. Qué suerte no tener que empaparse. Ya no había muchos vehículos privados porque el carburante se necesitaba para el ejército, pero los ricos, como el banquero Bräuer, podían conseguir gasolina. Sin embargo, toda su fortuna no logró impedir que el joven señor Bräuer tuviera que ir al campo de batalla como los demás.

En la Maximilianstrasse había un puesto donde se distribuían patatas. Se había formado una larga cola, sobre todo de mujeres, pero también había niños, ancianos y lisiados de la guerra. Los valiosos tubérculos aguardaban en sacos en un camión, y dos hombres uniformados habían colocado una balanza sobre una caja de madera y pesaban las patatas.

—Hay muy pocas —calculó Else—. Tienes que decir que somos diez personas, incluida una madre que dio a luz ayer mismo. Aquí tienes el dinero. ¡Y vigila que no te tomen el pelo!

Else le arrancó el cesto de la compra, le puso el saco en las manos y le dio un empujón en dirección a la fila. Hanna se colocó muy formal detrás y tuvo la deprimente sensación de estar aguantando bajo la lluvia en vano. Había más de treinta personas, y encima se coló una viejecita que temblaba tanto que nadie tuvo el valor de echarla. Hanna miró a Else con envidia: se dirigía a la panadería para comprar pan recién hecho y tal vez incluso panecillos, con ese delicioso olor. Luego iría a buscar leche y mantequilla, aunque seguramente solo recibiría ese asqueroso sucedáneo de manteca del que tanto se quejaba siempre la señora Brunnenmayer.

—Mira esa gentuza perezosa —dijo una mujer con un abrigo azul de lana que estaba un poco más adelantada en la fila que Hanna—. En vez de trabajar, se pasan el tiempo ahí sentados de cháchara.

Hanna miró intrigada en la dirección que indicaba el dedo de la mujer. Había unos trabajadores ocupados en mejorar el pavimento de la calle, figuras empapadas por la lluvia, ataviadas con ropa andrajosa; a algunos les chorreaba el cabello porque ni siquiera llevaban gorro. Eran prisioneros de guerra vigilados por dos uniformados de la reserva.

—Están haciendo una pausa —dijo un joven. Estaba muy pálido y más tieso que una vela. Sin embargo, al moverse se balanceaba de un modo peculiar porque en la pierna derecha llevaba una prótesis—. Son unos pobres desgraciados. Tampoco han hecho otra cosa que ir al campo de batalla por su patria.

—Rusos mugrientos —insistió la mujer del abrigo de lana—. Piojosos y descarados. Ya ves cómo miran a las chicas. ¡Ten cuidado con ellos, pequeña!

Se refería a Hanna, que observaba con los ojos abiertos como platos y llenos de compasión a aquellos hombres exhaustos. Los prisioneros de guerra no le parecían peligrosos, más bien hambrientos y sin duda enfermos de nostalgia. Esa guerra era una locura. Al principio estaban todos entusiasmados: «Les vamos a dar una buena a los franceses», se decía. Y: «En Navidad ya estaremos de vuelta en casa». La joven señora Melzer y sus cuñadas fueron a la estación de tren, y Else, Auguste y ella, Hanna, prepararon cestas con bocadillos y pasteles para agasajar a los soldados que se dirigían al oeste en largos trenes. Agitaban banderitas, todos estaban como ebrios. Por el emperador. Por nuestra patria alemana. No había clase en los colegios; eso a Hanna le gustó. Dos de sus hermanos se habían alistado voluntariamente y se sintieron muy orgullosos cuando les pasaron revista con el uniforme puesto. Fallecieron en el primer año de guerra, el mayor por una fiebre y el más joven cayó en algún lugar de Francia, junto a un río que se llamaba Somme. Nunca vio París. Le había prometido a Hanna que le enviaría una postal cuando entraran victoriosos en la capital francesa.

Ahora, en el tercer año de guerra, Hanna había comprendido hacía tiempo que los habían engañado. Cómo iban a estar de vuelta por Navidad. La guerra se había estancado, estaba agazapada como un espíritu malvado en la tierra y devoraba todo lo que podía: pan y carne, hombres y niños, dinero, caballos, gasolina, jabón, leche y mantequilla. Nunca parecía darse por satisfecha. Acumulaban ropa vieja, metal, goma, huesos de fruta y papel. También se codiciaba el cabello de mujer. Solo faltaba que les arrebatara el alma, si es que no lo había hecho ya…

—No te quedes embobada, niña —dijo el joven de la pierna de madera—. Eres la siguiente.

Hanna dio un respingo y comprobó que la espera no había sido en vano. El hombre pesó dos libras de patatas y la señaló con un gesto amenazador de la cabeza.

—Son veinticuatro peniques.

—Pero necesito más patatas —dijo Hanna—. Somos diez personas, entre ellas una mujer que ayer tuvo gemelos.

Se oyeron gritos de enojo y risas por detrás. Otro tenía seis niños hambrientos en casa y los padres mayores.

—¿Gemelos? —exclamó un gracioso—. ¡Yo soy quintillizo!

—Y yo centillizo…

—¡Calma! —gritó enfadado el hombre de la balanza. Estaba cansado y le dolían los brazos—. Dos libras. O eso o nada. Punto.

Las patatas, que rodaban en el saco de Hanna, eran muy pequeñas. Calculó que tocarían a dos por cabeza.

Alguien la apartó de un empujón. El siguiente recibió sus dos libras de patatas y ella echó una mirada rápida al camión y vio que quedaban pocos sacos. Else volvería a echarle una reprimenda, pese a que no era culpa suya que no le hubieran dado más. Se quedó quieta, indecisa, pensando si debía volver a la cola, tal vez el hombre no la reconociera y le diera dos libras más. Entonces se percató de que alguien la observaba. Era una mirada fija de unos ojos oscuros y extraños, y procedía de uno de los prisioneros de guerra, que había tenido que volver al trabajo. Un muchacho delgado, bastante pálido, al que le crecía una pelusilla oscura en el mentón y las mejillas. Estaba ahí plantado con las piernas abiertas, la observaba y le sonrió durante un instante, luego alguien le dio un empujón en el hombro y él agarró el pico, lo levantó y se puso a romper el pavimento. Trabajó un rato sin interrupción, golpeaba con furia los adoquines, y a Hanna la sorprendió que alguien que sin duda apenas comía nada decente pudiera tener tanta fuerza.

«Un ruso», pensó. Pero un ruso muy guapo. Aunque piojoso sí que era.

—¡Mírala! —gritó una voz femenina que conocía bien—. ¿Estás mirando a los hombres? Menuda pieza he criado. ¿Es que ya eres demasiado refinada para saludar a tu madre?

Hanna se dio la vuelta y vio aterrorizada que su madre tenía el rostro colorado y el sombrero mal puesto. ¿Acaso ya estaba borracha a primera hora de la mañana?

—Buenos días, mamá. ¿Tú también has venido a comprar patatas?

Notó el aliento impregnado de alcohol y confirmó sus sospechas. Grete Weber había sido despedida de la fábrica el año anterior, como tantas otras. Desde entonces todo se le hacía cuesta arriba.

—¿Patatas? —gimió su madre, y soltó una risotada—. ¿De dónde iba a sacar dinero para comprar patatas? Ya sabes que no gano nada, niña. Tu patrón, el joven director Melzer, me echó. Después de estar fielmente diez años en la hiladora haciendo mi trabajo con diligencia, me echó a la calle sin más.

Hanna calló, sabía por experiencia que no tenía sentido contradecirla, aunque su madre contara un montón de mentiras. ¿Qué decía de estar fielmente diez años trabajando con diligencia? Si por lo menos no gritara tanto, no se enteraría todo el mundo de que estaba como una cuba. ¿De dónde sacaba el dinero para el aguardiente? Su padre estaba en el campo de batalla, y los dos hermanos mayores se alojaban en casa de una tía en Böblingen.

—Eres mi único apoyo, mi Hanna —confesó llorosa la tejedora, que agarró del brazo a su hija—. Todos se han ido. Están arruinados. Muertos. Me han dejado sola. Paso hambre y frío…

—Lo siento, mamá. Cuando reciba mi sueldo, te daré algo. Pero será a final de mes.

—¿De qué hablas? Acabamos de pasar fin de mes. ¿Me estás mintiendo, Hanna? ¿A tu propia madre? ¿La que un día te salvó de la tumba?

Su madre la agarraba tan fuerte que Hanna tuvo que apretar los dientes para no soltar un grito. Intentó zafarse de ella, pero Grete tenía una fuerza sorprendente a pesar de la borrachera.

—¡Dame el dinero! —vociferó, y empezó a zarandearla—. ¡Dámelo! ¿Vas a dejar que tu madre se muera de hambre, desagradecida? Mira qué zapatos tan finos lleva. Y un pañuelo de lana buena. Pero su madre que lleve harapos…

—Solo lo quieres para comprar aguardiente —le espetó Hanna, que intentaba liberarse a la desesperada.

—¿Eso me dices? —gritó la tejedora, fuera de sí—. ¿Eso le dices a tu propia madre? ¡Pues aquí tienes!

La bofetada pilló a Hanna por sorpresa, y fue fuerte. Su madre había criado a cuatro chicos y una niña, sabía pegar. Hanna se apartó, gritó del susto y se le cayó el saco de patatas. Se agachó presurosa para recogerlo, pero antes de que se diera cuenta su madre se había hecho con el botín.

—De momento me llevo esto, y mañana iré a la villa a recoger el dinero.

—¡No! —gritó Hanna, que intentó arrebatarle el saco—. Las patatas no son mías, son de los señores. Devuélvemelas.

Fue inútil. Grete Weber ya estaba al otro lado de la calle, y en ese momento pasó un carruaje cargado con barriles de cerveza. El viejo caballo iba al trote y Hanna estuvo a punto de chocar con él.

—¿Estás ciega y sorda, niña? —la reprendió el cochero, furioso—. Siempre son las mujeres las que no prestan atención.

Como era de suponer, su madre había desaparecido entre las casas cuando el carruaje por fin dejó libre el paso. Aun así, aunque la hubiera alcanzado, Grete Weber no le habría devuelto el saco por voluntad propia y habrían tenido una pelea.

«Cambiará las patatas por aguardiente. Irá al primer bar que encuentre y regateará», pensó Hanna, angustiada.

Era horrible tener una madre así. Por lo menos Else no había presenciado la escena; de lo contrario, luego contaría en la cocina que Hanna procedía de los «bajos fondos» y que debía andarse con cuidado si no quería volver allí de nuevo. Lo cierto es que hubo una época en la que su madre sí era muy trabajadora. De eso hacía mucho tiempo, pero Hanna lo recordaba bien. Entonces era su padre el que siempre estaba borracho y les pegaba. Su madre a menudo se ponía delante de los niños para protegerlos de los golpes con su propio cuerpo. Por aquel entonces ya se ganaba la vida con la costura, y sus hermanos iban a la escuela. Sin embargo, más adelante Grete Weber empezó a agarrar la botella de vez en cuando, y en la fábrica nunca podía cumplir con sus obligaciones. Al final el joven señor Melzer la tenía ocupada con tareas menores solo por compasión.

Hanna pensó en cómo salir airosa de la situación. Miró hacia el camión y comprobó que solo había sacos vacíos. Los dos hombres estaban guardando la balanza en la caja, luego la colocaron en el camión y se subieron a la cabina. El motor traqueteó. El camión se puso en marcha despacio, y los que habían esperado para conseguir unas cuantas patatas tuvieron que apartarse para no ser atropellados. «No hay mal que por bien no venga», pensó Hanna. Podía contarle a Else que no le habían dado nada y que había aguardado en vano todo ese tiempo en la cola. El único inconveniente era que el dinero también había desaparecido. Veinticuatro peniques. Con eso se podía comprar un pan de centeno. O dos huevos. O un litro de leche…

Se dio la vuelta, pensó si no sería mejor ir a la lechería a buscar a Else. Al menos podría refugiarse unos minutos; la lluvia había arreciado, el pañuelo estaba empapado y le caían gotas por el cuello. Justo cuando había decidido ir hacia allí, se topó de nuevo, por algún motivo, con aquellos ojos oscuros y extraños. El prisionero de guerra ruso estaba agachado, con la azada en ambas manos y la cabeza girada hacia ella. La observaba sin entender pero con compasión; la siguió con la mirada mientras ella se dirigía a la lechería hasta que alguien rugió una orden iracunda y continuó con su trabajo.

«Encima eso», pensó Hanna. «Probablemente cree que una ladrona me ha robado las patatas. Me alegro de que no sepa que la ladrona es mi madre. ¿Y qué me importa lo que piense ese ruso de mí? Debería darme igual. ¡Qué tipo más descarado, no para de mirarme! Sería mejor que lo devolvieran a Rusia y que mirase allí a las chicas.»

Iba a abrir la puerta de la lechería cuando vio que Else se acercaba desde la carnicería. Else, que tenía más de cuarenta años y estaba bastante ajada, se detuvo en la acera frente a la tienda y sonrió con inocencia, como hacía cuando hablaba con una persona de mayor rango. En efecto, en ese momento salió de la tienda una mujer vestida de oscuro y con un horrible sombrero. ¿De qué le sonaba ese sombrero? Claro, pertenecía a la señorita Schmalzler, la que ocupaba el puesto de ama de llaves en la villa. Medio año antes la señora se la había «prestado» a su hija Kitty, y Schmalzler tuvo que organizar la casa y formar al personal. Auguste le contó que en la preciosa villa urbana de los Bräuer todo estaba «patas arriba». El personal se tomaba unas libertades increíbles, y la señora pintaba cuadros y moldeaba bloques de mármol con martillo y cincel en vez de ocuparse de la casa.

Eleonore Schmalzler era sin duda la persona adecuada para esa tarea. Hanna no tenía mucho cariño al ama de llaves, pero admitía que poseía una visión aguda y procuraba ser justa. Y ella tampoco tenía a Hanna en mucha estima. Nunca la había considerado una empleada de fiar, según le dijo unos meses antes, y tal vez tuviera razón.

Hanna se detuvo y observó cómo la señorita Schmalzler abría el paraguas negro, bajo el cual se puso a charlar con Else, a la que probablemente preguntaba por las novedades en la villa. Seguro que Else le contaba que esa inútil, la ayudante de cocina, había roto una de las refinadas copas de champán. Hanna suspiró y se secó las gotas de lluvia de la cara. Hacía frío, y la humedad penetraba a través de la ropa. ¿Cuánto iban a quedarse esas dos ahí susurrando? ¿Es que Else ya no pensaba en sus pies mojados?

Por lo menos parecía estar de buen humor. Cuando se despidió de Eleonore Schmalzler con un gesto de la cabeza y se dirigió hacia Hanna con la cesta llena, aún se veía una sonrisa de satisfacción en su rostro. Le había sentado bien difundir todo tipo de chismorreos.

—Ahí estás —dijo a Hanna, como si llevara mucho tiempo buscándola—. ¿Dónde están las patatas?

Hanna empleó toda su imaginación en contarle que estuvo esperando en la cola y, justo cuando le llegó el turno, el hombre dijo que había tenido mala suerte porque lamentablemente las patatas se habían acabado.

Else siguió de buen humor, negó con la cabeza a regañadientes y le preguntó por qué no había intentado avanzar un poco. De ese modo habría conseguido algo.

—Se fijaban mucho. Un chico quiso colarse, y una mujer le dio una bofetada.

—¡Vaya! —dijo Else, y añadió que el hambre convertía a algunas personas en animales salvajes. Le dio la pesada cesta—. Pon el saco encima, no hace falta que todo el mundo vea que hoy nos han dado panecillos.

Ahí estaba el desastre. El saco había desaparecido, se lo había llevado su madre. Solo faltaba que Else le preguntara por el dinero.

—El saco lo he… regalado.

Else se quedó quieta, perpleja. Era inaudito. ¡Esa chica regalaba cosas que pertenecían a los señores!

—¿Lo has regalado? ¿Te has vuelto loca?

El asunto se puso peliagudo, Hanna tenía que pensar en algo muy inteligente para salir airosa.

—Se lo he regalado a un pobre lisiado —dijo Hanna con un parpadeo triste—. Estaba de cuclillas junto a los grandes almacenes, tiritando de frío. Ya no tenía piernas, Else. Solo dos muñones. Le di el saco vacío para que pudiera ponérselo sobre los hombros.

Sonaba casi tan conmovedor como el gesto de san Martín compartiendo su capa con el mendigo. Else se mostró escéptica. Cuando se trataba de inventar una historia, la imaginación de Hanna era inagotable. Miró hacia el centro comercial, pero ahí no se veía a ningún mendigo, solo a una mujer joven con un niño que ofrecía postales de colores.

—¿Y dónde se ha metido el mendigo?

—Pues se habrá ido…

—¿Con los muñones? ¡No me hagas reír! Mentirosa. ¡Vamos a casa y ya te cantaré las cuarenta! Te has ganado una buena…

No había sido buena idea, pensó Hanna para sus adentros. Aunque hubiera existido un lisiado que anduviera sobre los muñones, la historia era muy rebuscada. Caminó desanimada detrás de Else, que se dirigía con paso enérgico hacia la puerta Jakober, sumida en un silencio amenazador.

La castigarían de nuevo, seguramente le quitarían algo del sueldo por el saco, y de lo poco que había ahorrado tendría que restar los veinticuatro peniques que Else le reclamaría cuando llegaran a la villa. Pero estaba dispuesta a cargar con todos los disgustos y castigos con tal de que nadie se enterara de lo que había ocurrido en realidad. Se avergonzaba mucho de su madre.

—No creas que vas a recibir ni un panecillo —retomó Else la reprimenda—. Son para los señores; si sobra algo, hay otros que tienen derecho.

Hanna calló. ¿Qué podía decir? Ya había olido los deliciosos panecillos dorados pese a las bolsas de papel húmedo. ¡Qué aroma! Harina blanca, un poco de leche, sal y levadura. Esponjosos y exquisitos. Muy distintos del pan de centeno, oscuro y duro como una piedra, que, según la cocinera, se estiraba con virutas de madera.

—Cada uno tiene lo que se merece —dijo Else. Era evidente que le gustaba tener otro motivo para dejar a Hanna como un trapo.

«Cuánta maldad», pensó Hanna con amargura. «¡Qué injusto! ¡No he hecho nada malo!»

De pronto su mano izquierda cobró vida propia. Se metió en la bolsa y sacó un panecillo redondo. Lo que ocurrió después fue un acto criminal, un delito contra el emperador y la patria, pero Hanna no pudo evitarlo. Escondió el panecillo debajo de un pañuelo hasta que pasaron junto a las obras. Ahí, la mano salió de pronto de debajo del pañuelo y esa delicia redonda cambió de propietario.

Ocurrió en un instante, y solo dos personas lo supieron. La ayudante de cocina Hanna Weber y un joven ruso que hizo desaparecer a toda prisa el regalo debajo de la chaqueta.

3

 

 

 

 

Por segunda vez, la secretaria Ottilie Lüders llamó a la puerta del despacho para preguntar si iba a buscar leña para el joven director. Paul dijo que no con una sonrisa, al fin y al cabo no tenía sabañones. En las salas donde estaban las trabajadoras tampoco había calefacción. La señorita Lüders reprimió un suspiro y le dejó en el escritorio una taza de sucedáneo de café que no había pedido. Porque todos necesitamos algo caliente una mañana de invierno tan fría y oscura.

—¡Qué detalle, señorita Lüders!

Paul se reclinó en la silla para observar su dibujo con ojo crítico.

—Ojalá el padre de Marie siguiera vivo. Jacob Burkard habría proyectado estas máquinas sin dificultad.

Hizo un gesto de desesperación y echó mano a la goma de borrar para hacer una corrección; luego estuvo un rato dibujando con una escuadra y una regla. Asintió satisfecho. No era un genio como el pobre Burkard, pero sí pragmático, y no se le daban mal los negocios. Le pediría a Bernd Gundermann, de la hilandería, que viera su dibujo. Hacía años que Gundermann se había ido de Düsseldorf. Allí había trabajado en Jagenberg, que por aquel entonces ya fabricaba fibras con papel. Cortaban los enormes rollos de papel en tiras de entre dos y cuatro milímetros que después encolaban y enrollaban como si fuera hilo. Con esos hilos de papel se podían fabricar telas. Eran sobre todo tejidos gruesos que servían para hacer sacos, cintas o correas de tiro, pero se podían refinar y hacer telas para ropa. Sin duda era un tejido incómodo, no se podía lavar como los demás y si pasaba mucho tiempo bajo la lluvia se quedaba en nada. Con todo, ante la catastrófica falta de materia prima, la fabricación de fibras de papel tenía una demanda enorme en el imperio. La existencia de la fábrica de paños Melzer pendía de un hilo, y solo si conseguía contribuir al negocio con esas fibras…

Llamaron con suavidad a la puerta del despacho y él salió de sus cavilaciones.

—¿Paul?

Una sensación desagradable se apoderó de él. ¿Por qué llamaba su padre a la puerta de su despacho? Normalmente entraba sin llamar cuando le convenía.

—Sí, padre. ¿Quieres que vaya yo?

—No, no…

La puerta tembló un poco, luego se abrió del todo y entró Johann Melzer. Desde que sufrió el derrame cerebral hacía dos años, había adelgazado, tenía el pelo cano y sus manos se movían con un desasosiego incesante. Le costaba aceptar la decadencia de la fábrica desde hacía un año. Al principio de la guerra el negocio iba bastante bien, fabricaban tejidos para los uniformes de algodón y lana. La empresa cumplía una función en la guerra, y por ese motivo su joven director no había sido llamado a filas…

—Ha llegado correo para ti, Paul.

Melzer dejó la carta sobre el dibujo de Paul, bajo el foco de luz de la lámpara de trabajo, y luego retrocedió un paso del escritorio. Paul miró el remitente: el Ayuntamiento de Augsburgo, la autoridad municipal. Algo en su interior se resistía a creer en esos reveses del destino. ¿Por qué precisamente ahora? En plena alegría por el feliz parto de Marie. Con todos sus planes y esperanzas.

—¿Cuándo ha llegado? —preguntó al tiempo que acercaba la carta a la lámpara para descifrar el sello. No podía ser de ese mismo día porque eran poco más de las ocho y el cartero llegaba a la fábrica hacia las nueve.

—Anteayer —dijo su padre con voz ronca—. Con todo el barullo se me olvidó dártela.

Una mirada rápida al rostro impenetrable de su padre lo hizo dudar de la veracidad de aquellas palabras, pero no dijo nada. Agarró el abrecartas de plata, abrió el sobre con un trazo limpio y sacó la carta. Por un instante albergó la esperanza de que fuera una simple solicitud de las autoridades relativa a los empleados de la fábrica. Sin embargo, antes de desplegar el papel leyó las palabras «orden de alistamiento» en gruesas mayúsculas. Le comunicaban que el miércoles 19 de febrero debía presentarse para la formación militar. Ya no gozaba de una categoría especial como director de la fábrica de paños. ¿A quién le importaba que fuera padre desde hacía dos días y que tuviera que dejar sola a su joven esposa?

Se hizo el silencio. Ni Paul ni su padre tenían ganas de hacer los típicos comentarios con que se recibían esa clase de noticias.

Aun así, era justo que todo el mundo cumpliera su deber con la patria. No deseaba irse a defender la patria alemana y al emperador mientras Marie se quedaba sola con los gemelos, pero escabullirse como un cobarde cuando otros sacrificaban su vida en el altar de la patria era una vergüenza.

—Mañana —dijo Paul en voz baja, con un deje de humor negro—. Me has traído la carta justo a tiempo, ¿eh?

Su padre asintió y dio media vuelta. Se acercó a la ventana y fijó la mirada en el patio vacío de la fábrica, iluminado por cuatro farolas eléctricas. Estaba amaneciendo, enseguida apagarían las luces.

—He llamado al doctor Greiner. Esta tarde puedes ir a hablar con él.

Paul soltó un suspiro de indignación. ¿Qué tipo de chanchullos había ideado a sus espaldas?

—¿De qué me iba a servir?

—Puede certificar que tienes una afección cardíaca. O un problema pulmonar. Para que por lo menos no te envíen al frente. Te necesitamos.

Paul negó con la cabeza. No, si iba al campo de batalla lo haría de verdad y sin privilegios. Además, la situación del ejército alemán no era tan desastrosa; en Francia se hallaba un poco estancado, pero Rusia estaba a punto de rendirse.

—Según las noticias —dijo Johann Melzer en un tono extraño.

Paul dobló la orden de alistamiento, la metió en el sobre y se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Ahora las cosas eran así, y no de otra manera. Se trataba de sacar lo mejor de la situación. Él no era el único. Miles y miles de jóvenes de toda Europa seguían el mismo camino, ¿por qué precisamente él, Paul Melzer, iba a librarse?

—Trabajaré hasta el mediodía, padre —dijo con una calma que lo sorprendió a él mismo—. Me gustaría pasar la tarde y la noche con Marie y los niños.

Johann Melzer asintió. Dijo que lo entendía perfectamente.

—No te preocupes, hijo mío. No me resultará difícil volver a hacerme cargo del negocio yo solo. Para mí será como rejuvenecer, incluso me alegro.

—Voy a encargar la construcción de una máquina de cortar papel, padre. A partir de estos planos. Además de una hiladora especial que convierta las tiras de papel en hilos. Mira, será así.

Paul sabía muy bien que su padre no confiaba en esas «ridículas telas hechas con bolsas». Los hilos se hacían de lana, seda, algodón o lino, nunca de papel o celulosa. Johann Melzer no iba a rebajarse a tejer esos sucedáneos de tela que se deshacían con solo mirarlos. Se decía que en Bremen había varias tiendas con algodón de las colonias. Pero los desgraciados de ahí arriba se quedaban la materia prima para procesarla en sus propias fábricas.

—Ya veremos…

—Si la guerra se alarga, padre, es nuestra única oportunidad.

Paul decidió no dejar cabos sueltos. En cuanto su padre salió del despacho, hizo entrar a la señorita Lüders para dictarle varias cartas. Se trataba de fijar los precios del papel y quizá también de la celulosa para conseguir la materia prima a un precio razonable. Ottilie Lüders taquigrafiaba con eficacia, como de costumbre; luego escribió a máquina las cartas y las dejó listas para enviar.

—¿Las dejo en el escritorio de su padre?

Lüders era una mujer atenta. Era evidente que sabía que al día siguiente él ya no estaría. Seguramente su compañera, la señora Hoffmann, había estado escuchando detrás de la puerta. Lüders no hacía esas cosas. Las dos secretarias habían tenido que asumir reducciones de sueldo, como casi todos los empleados de la fábrica. A Paul le dolía tener que abandonar su puesto. Era responsable de esas personas, tenía que conseguir pedidos, encontrar nuevos caminos para poder darles trabajo y pan. Para entonces ya casi solo trabajaban las mujeres; los pocos hombres que quedaban en la fábrica o eran demasiado viejos para ir al frente o no eran aptos. Las mujeres tenían que alimentar a su familia, no pocas eran viudas, y las demás apenas sabían qué había sido de su marido: no había noticias, ni correo militar, estaban desaparecidos.

Paul evitó seguir pensando. Quería a Marie, llevaban un año casados, el Señor lo protegería a él y a su familia.

A continuación, llamó a Bernd Gundermann y le enseñó los planos para la construcción de la máquina. Sin embargo, el trabajador no tenía muchas luces, solo recordaba vagamente las grandes máquinas de Jagenberg. Tal vez si la viera ya terminada…, pero un dibujo no le servía de nada. Contestó de buena gana todas las preguntas de Paul y luego salió cojeando de allí. Gundermann había perdido los dedos del pie derecho en un accidente, por eso se había librado de ir al frente. Además, ya tenía casi cincuenta años.

Poco antes de mediodía, Paul ordenó su escritorio, dejó un par de notas a su padre y se despidió de Lüders y Hoffmann. Las dos tenían cara de funeral, pero se comportaron con valentía cuando él les estrechó la mano. Cuando bajaba la escalera, las oyó llorar. En el patio se le acercaron dos empleados del departamento de cálculo, y Mittermeier y Huntzinger, de las hiladoras, también quisieron estrecharle la mano. Luego algunas mujeres que tejían a mano las últimas frazadas de lana. Junto a la puerta estaba el viejo Gruber. Le caían lágrimas por el rostro rubicundo. Era increíble lo rápido que corrían las noticias en la fábrica. Y el cariño que le tenían todos, pese a los despidos y las reducciones salariales que se había visto obligado a realizar.

Se dirigió a pie a la villa, ajeno a la lluvia y al viento gélido que quería arrancarle el sombrero de la cabeza. Por una parte, el cariño de sus empleados lo había conmovido, pero por otra lo angustiaba una despedida tan lacrimógena. A fin de cuentas, pretendía regresar lo antes posible. Sano y salvo. Lo necesitaban.

 

 

Marie estaba esperándolo en la entrada cuando llegó. Qué guapa estaba tan sonrosada…, había una ternura nueva en sus ojos. La estrechó entre sus brazos.

—¿Te encuentras bien, cariño? Hoy estás más guapa que nunca.

Marie no contestó y se pegó a él, dejó que notara su cuerpo, más turgente y maternal debido al embarazo.

—Me lo ha dicho papá esta mañana a primera hora, Paul. Es duro, precisamente ahora. Pero tenemos que aceptar los designios del Señor.

Él la abrazó con fuerza y se alegró de que se mostrara tan serena, de lo contrario él no habría podido contener las lágrimas. Sentir así lo que uno perdía…, abrazar a la mujer que amaba contra su corazón y saber que durante mucho tiempo, tal vez para siempre, estarían separados.

—Subamos, cariño —dijo él en voz baja—. Quiero estar contigo unos minutos a solas.

Subieron la escalera cogidos de la mano, recorrieron con sigilo el pasillo como dos ladrones y siguieron hasta la segunda planta.

Paul abrió la puerta de la habitación de Kitty; vacía desde su boda, servía de habitación de invitados. Sofocada por haber caminado tan rápido, Marie se desplomó en el sofá de color azul cielo de Kitty, y Paul se sentó a su lado. La abrazó en silencio, la besó, no podía parar, como si quisiera expresarle toda la ternura que sentía por ella. Abajo, su madre llamó a Auguste, quería saber si el señor director y el joven señor ya habían llegado. No entendió qué contestó Auguste, y tampoco era importante.

—Estoy orgulloso de ti, Marie —le susurró al oído—. Eres muy fuerte. Firme. Créeme, por dentro vivo una terrible tormenta, lucho contra el destino y lo que más deseo es quedarme contigo.

—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó ella.

—Apenas hace unas horas…

—Nos lo han ocultado…

Paul creyó oír un reproche en aquella afirmación, y negó con la cabeza.

—Lo han hecho por nosotros, Marie. No estoy enfadado con mi padre por eso.

—Bueno, probablemente tengas razón.

Paul vio con cierto desasosiego que Marie había bajado sus ojos castaños, un gesto propio de cuando algo la contrariaba. No le gustaban las maneras autoritarias de su padre, ya se había enfrentado a él en varias ocasiones, y Paul había tenido que mediar entre los dos. Ahora Marie no contaría con su apoyo, solo le cabía esperar que fuera lo bastante lista para no desafiar a su padre.

—Papá está muy feliz con los nietos, Marie. No podrías haberle dado una alegría mayor.

—¿Yo? —preguntó con una mirada pícara—. Creo que tú también participaste en todo esto.

—Es verdad.

—Aunque tu aportación sea diminuta —dijo ella.

—Tampoco tan pequeña, cariño…

—Muy pequeña.

Marcó con el pulgar y el índice una distancia que no superaba la cabeza de un alfiler. Él ladeó la cabeza y arrugó la frente.

—Pequeña, pero decisiva —se enorgulleció él.

—Como meter una moneda en una máquina.

Qué descarada era su dulce esposa. Lo hizo reír. Luego se apretó contra ella con fuerza y la besó hasta que pidió clemencia.

—¿Cómo de grande es mi participación? —preguntó cuando ella gimió que se estaba ahogando.

—Considerable, cariño.

—¿Considerable? ¡Eso es muy poco!

—Paul, para…, de verdad que ya no me llega el aire… Paul…, cariño…, amor…, padre de mis hijos…

Marie intentó separarse de él, puso las dos manos en su pecho y empujó para apartarlo, sin conseguirlo. A Paul le encantaba ese juego. Su rebelde Marie, su descarada, dulce, lista y a veces terroríficamente pueril esposa. Cuántas veces habían dejado el dormitorio patas arribas y ella lo había ordenado antes de la hora de levantarse para no dar que hablar a Else ni Auguste.

—Dilo o no te dejo libre —dijo él entre jadeos, y la agarró con fuerza.

—Tu aportación es inmensa, mi señor. Infinita. Tan grande como el océano y la tierra. ¿Es suficiente? ¿O quieres que además mencione a Dios?

—No estaría mal.

—Eso te encantaría.

Marie le acarició el pelo de la nuca con el dedo y él se estremeció, esa suave caricia lo excitaba muchísimo. El destino era malvado. No le daba ni una sola noche de amor con su Marie, lo enviaba al campo de batalla precisamente ahora, cuando aún estaba en el puerperio. Solo le quedaría el recuerdo, e intuía que su imaginación le causaría felicidad y pena por igual.

—Ay, Paul —dijo en su hombro—. Qué tontos e ingenuos somos. Dos niños que se abrazan con deseo. Justo ahora tendríamos que ser prudentes y decirnos las cosas importantes. No olvidar lo que queremos transmitirnos. Para ahora y para el futuro.

—¿Y qué querías decirme, mi prudente Marie?

Sonó como si llorara, pero cuando la miró sonreía.

—Que te quiero… hasta el infinito…, sin límites…, mientras viva…

—Eso es lo más inteligente e importante que me has dicho nunca, cariño.

Ella quiso protestar, pero él no la dejó hablar.

—¿Sabes qué, Marie? A mí me pasa lo mismo.

—Entonces dejémoslo así, amor.

Se abrazaron, cerraron los ojos y escucharon el silencio de la estancia vacía. No se oía ni el tictac de un reloj, todos los ruidos habían enmudecido, el curso del tiempo se había detenido. En esos pocos minutos en que sus respiraciones se adaptaron al mismo ritmo y sus corazones latían al mismo compás, les pareció imposible que pudieran no volver a verse.

—¿Señor? ¿Está usted ahí?

La voz de Else rompió la feliz atemporalidad y los devolvió a la realidad de los hechos.

—La señora me dice que les informe de que la mesa ya está dispuesta.

Paul vio la mirada de enojo de Marie y le puso con cariño un dedo sobre los labios.

—Gracias, Else. Ahora bajamos.

Sus padres ya estaban sentados a la mesa. El padre frunció el entrecejo al verlos entrar; la madre sonrió comprensiva y llena de pena.

—¿Sopa de cebada? —dijo Paul con falsa alegría mientras desdoblaba su servilleta—. Y con trocitos de tuétano. Buen provecho a todos.

Se lo agradecieron, y Alicia le quitó a Else el cucharón de la mano; por un día serviría ella los platos. Por supuesto, su madre sabía que él notaría que había llorado. El personal también estaba al corriente, se veía en el rostro taciturno de Else y en que la señora Brunnenmayer había preparado su plato favorito. Le encantaba el tuétano desde niño.

—Kitty ha avisado de que vendrá hoy —anunció Alicia dirigiéndose a Paul—. Elisabeth también quiere venir. Espero que os parezca bien…

Marie lanzó una mirada reconfortante a Paul y comentó que se alegraba mucho de verlas. Sobre todo a Kitty, que siempre aportaba barullo y alegría.

—La cocinera ha hecho pasteles, y para esta noche hay ensalada de arenques.

Hablaron de la señora Brunnenmayer, que había resultado ser una maga y, con los pocos ingredientes que podían conseguirse, preparaba unos platos deliciosos. Cuando Else hubo servido el plato principal, asado de cerdo con bolas de patata y compota de manzana, se produjo un silencio extraño. Se oía el ruido de la cubertería sobre los platos. Johann Melzer levantó la copa de vino y brindaron sin decir nada. Finalmente, Alicia se aclaró la garganta.

—Hemos preparado algunas cosas, Paul. Cosas que necesitarás. Échales un vistazo después de comer por si se nos ha olvidado algo.

—Gracias, mamá.

Nadie disfrutó del asado preparado con tanto cariño. A Paul le costaba tragar, pero se sirvió una segunda ración para no entristecer a la señora Brunnenmayer. Al día siguiente a esa hora estarían sentados a la mesa sin él. ¿Por qué iba a irles mejor que a otras familias? El padre de Serafina, una amiga de Elisabeth, el coronel Von Sontheim, había caído dos semanas antes, así como uno de sus hermanos y los tres hijos del director Wiesler. También Herrmann Kochendorf, del ayuntamiento, había sido llamado a filas. Se decía que se hallaba gravemente herido en Bélgica, en un hospital de campaña, y toda su fortuna no le servía de nada. El abogado Grünling estaba luchando en algún lugar de Rusia, no había noticias de él, y eso siempre era mala señal. Y muchos jóvenes que dos años antes disfrutaban del baile de los Melzer se encontraban en algún punto del territorio enemigo sin que sus padres supieran siquiera dónde estaban enterrados.

—¿Se sabe algo de Humbert? —preguntó Paul, pues el silencio le estaba bajando el ánimo de una forma terrible.

—¡Ah, sí! —exclamó Marie—. Se me había olvidado por completo. Humbert ha escrito a la señora Brunnenmayer. Está de refuerzo en Bélgica, cepillando caballos y limpiando establos.

Todos sonrieron al imaginárselo. Humbert era muy delicado, se ponía histérico con solo ver una araña, y siempre llevaba la ropa impoluta y los zapatos brillantes. Seguro que para él limpiar establos no era una ocupación agradable.

—Es un muchacho peculiar —comentó Johann Melzer—. Pero se las apañará, no me cabe duda.

Paul se alegró de que terminara el almuerzo. Tampoco había disfrutado del delicioso pudin de vainilla con sirope de frambuesa porque el ambiente en la mesa era demasiado asfixiante. Ojalá hubiera estado Kitty. Pasaría la tarde y parte de la noche con sus padres y hermanas. Solo después podría estar a solas con Marie. Con Marie y los dos pequeños.

—¿Qué ha dicho la partera? —oyó que preguntaba su madre en voz baja en el pasillo.

—De momento está sano —contestó Marie a media voz—. Pero es muy pequeño. Tiene que comer sin falta.

—Ya he buscado amas de cría. Mañana se presentarán tres mujeres.

De pronto a Paul lo asaltó el temor de que su hijo muriera. Era muy pequeño, y por lo visto no comía. ¿Cómo iba a sobrevivir? ¿Por qué su madre pedía un ama de cría para el día siguiente? ¿No tendría que comer ese mismo día? ¿Y por qué no le daba de mamar Marie? Abrió la puerta del salón rojo, donde Else les había servido café de verdad, y subió la escalera que llevaba a los dormitorios.

—¿Marie?

Subió a toda prisa. Arriba se cruzó con Auguste, que de momento ejercía de niñera. La noche anterior dejaron a los gemelos a su cargo y no había tenido ningún contratiempo.

—Todo va bien, señor —dijo, y le hizo una reverencia—. La señora está dando el pecho, es mejor no molestarla ahora.

—¿Qué pasa con el niño? ¿Ya come?

—En algún momento comerá.

La respuesta no lo tranquilizó, pero vio que poco podía hacer y volvió a bajar. En el pasillo lo esperaba su padre, que lo hizo entrar en el despacho, donde había todo tipo de cosas sobre el sofá: ropa interior, calcetines, una gabardina, una linterna con pilas de repuesto, un chaleco de abrigo, un buen cuchillo con cadena, una cajita con utensilios de coser y botones, una Browning, azúcar, chocolate, zapatillas de invierno, guantes…

—Si te falta algo, podemos enviártelo —dijo su padre.

Paul se quedó mirando los objetos y vio con claridad que a partir de entonces dejaría atrás las comodidades. Se acabaron las estufas calientes, la cama blanca y el baño diario. A partir del día siguiente no poseería mucho más que el empleado de menor categoría de su fábrica, pues no tendría rango de oficial, sería un soldado raso. Por extraño que resultara, le atraía la idea de sufrir privaciones, caminar durante días, treinta kilómetros, cincuenta kilómetros diarios: todo el mundo temía las marchas del ejército alemán. Sería duro, conocería sus límites y tendría que superarlos, pero participaría en la lucha por proteger a su país y a su familia. Debía recordarlo, eso lo sostendría durante la lluvia de balas y mientras padecía privaciones, y lo ayudaría a encontrar un sentido a su propia acción y a la guerra. Lo esperaba una época de prueba. Si regresaba, y por supuesto pretendía regresar, sería otra persona.

Se oyó en el pasillo la voz exaltada de Kitty. Luego la de Elisabeth, que estaba descontenta con algo, y por último la de su madre, que, como siempre, se esforzaba por evitar que sus hijas discutieran.

—¡Déjame tranquila con tus constantes sermones! —exclamó Kitty—. Me da igual lo que escriba tu apreciado señor comandante y esposo. ¡Victoria, victoria y siempre victoria! ¿Dónde está esa victoria? En ningún sitio. Todo son mentiras y tonterías.

—¡Cómo puedes hablar con tan poco honor, Kitty! Eso es traición al emperador y a la patria, eso es burlarte de los valerosos héroes que se dejan la vida en el campo de batalla. Klaus me ha escrito que la victoria está al caer. Al fin y al cabo, sabe de lo que habla.

—¡Por favor, Elisabeth! —intervino Alicia—. No te acalores. Precisamente hoy vosotras dos no…

—Vaya, ya vuelvo a tener yo la culpa. Claro, debería habérmelo imaginado.

Paul vio que su padre esbozaba una sonrisa divertida. Le gustaba la espontaneidad de Kitty, aunque rara vez lo admitiera.

—Me da exactamente igual si ganamos o perdemos —berreó Kitty—. Para qué queremos Francia; yo no la necesito para nada. Ni mucho menos la mugrienta Rusia. Por mí, ya pueden regalar las colonias y que Paul se quede con nosotros. Ya me han quitado a mi Alfons, lo decente sería que me dejaran por lo menos a Paul. Y no pongas esa cara, Lisa. Ya me callo, mamá. Estoy muy tranquila, como te prometí. Como un ratoncillo. Serena y tranquila. —Hizo una pausa y al poco continuó—: ¿Tienes un pañuelo, Lisa? Debo de haberlo perdido en algún lado…

Su madre llevó a las dos a la terraza acristalada, donde tomarían café y pasteles. Paul consultó su reloj de bolsillo, eran las cuatro de la tarde. Aún le quedaban quince horas. ¿Por qué pasaba tan lento el tiempo? Todas esas conversaciones, esas despedidas, esa presión por mostrarse sereno, por mostrarse optimista, era agotador. Recordó la despedida de algunos de sus amigos de juventud que se alistaron como voluntarios. Era el principio de la guerra, todos rebosaban entusiasmo y estaban ansiosos por enfrentarse al enemigo. Dos de sus compañeros de escuela fueron declarados no aptos por defectos físicos, y cómo se enojaron. Los demás celebraron la víspera de su entrada en servicio con alegría, marcharon en plena noche con antorchas por las calles de Augsburgo cantando a voz en grito La guardia del Rin. Paul estuvo con ellos, y en el ebrio entusiasmo general lamentó no ir a la guerra con sus compañeros.

—¡Paul, querido!

—¡Por favor, Kitty! —gritó Alicia—. Queremos mantenernos serenos y…

Pero era demasiado tarde, los sentimientos de Kitty eran más fuertes que todas las promesas y los buenos propósitos. En cuanto Paul apareció en la terraza, se lanzó a llorar en su pecho.

—No te voy a soltar. Te voy a sujetar fuerte, mi Paul. Tendrán que arrancarme de ti si quieren…

—Nada de llorar, Kitty —le susurró él al oído—. Piensa en el niño que llevas en el vientre. Volveré, hermanita.

Tuvo que prestarle su pañuelo y esperó con paciencia mientras se sonaba y se limpiaba las lágrimas. Luego la llevó a una de las sillas de mimbre, donde Kitty se desplomó, agotada. Marie apareció con un vestido holgado de encaje de algodón blanco, y se había puesto una pañoleta de lana sobre los hombros. Parecía contrariada.

—¿Va todo bien con los niños? —preguntó él.

—Las madres primerizas suelen preocuparse demasiado —contestó Alicia en lugar de Marie—. Todo va de fábula, Paul.

Las horas pasaban a paso de tortuga. Comer pasteles, tomar café, oír los tratados de Elisabeth sobre la heroica victoria de la amada patria, soportar las miradas de perro degollado de Kitty, las sonrisas de Marie, que transmitían tanta preocupación y tristeza. La confianza de su padre en poder comprar pronto algodón de las colonias; la palidez de su madre, su actitud ejemplar, sus esfuerzos por no preocuparle. Hacia las cinco llegó el viejo Sibelius Grundig, el dueño de un estudio de fotografía en la Maximilianstrasse. Alicia le encargó un retrato familiar de recuerdo, así que se colocaron según los deseos del fotógrafo: Paul entre su madre y Marie, Kitty arrimada a su padre, Elisabeth al otro lado, con un gesto que decía: «Solo soy la quinta rueda del coche».

Al anochecer llegó la señorita Schmalzler para una breve visita, estrechó la mano a Paul y le deseó que el Señor lo protegiera. Había llegado desde Pomerania como doncella de la joven Alicia von Maydorn, luego ascendió a ama de llaves y había visto crecer a los tres niños. Paul siempre fue su preferido.

Después de la cena (¿es que querían cebarlo hasta morir?), Paul pidió pasar esas últimas horas con su esposa y los niños. Nadie se opuso, sus hermanas le dieron un beso de despedida y Kitty le hizo prometer que les enviaría un mensaje por lo menos tres veces a la semana.

Eran las ocho y pico de la noche cuando por fin se reunió con Marie en el dormitorio. Ella ya se había metido en la cama, estaba recostada sobre los cojines y lo miraba con semblante serio.

—Ven conmigo, amor.

Paul se quitó los zapatos y la chaqueta y se metió debajo del edredón, la estrechó entre sus brazos y disfrutó de su olor, tan familiar. Su cabello, el aroma a lavanda del camisón, su piel suave y ese pequeño hundimiento debajo de la garganta que tanto le gustaba acariciar con los labios. No, no iba a ser una noche de pasión, era imposible, hacía dos días que había dado a luz. Sin embargo, llevaba todo el día esperando para abrazarla, para sentir la energía tranquila que emanaba de ese cuerpo suave.

—Así debe ser siempre entre nosotros, Marie —susurró—. Para siempre. Tú y yo, así de juntos. Que nada pueda separarnos.

Se oyó una vocecita desde la habitación contigua. Marie buscó con sus labios los de Paul. Intercambiaron besos, se entregaron del todo al deseo y Paul lamentó infinitamente no poder poseerla. Cómo le había cambiado el cuerpo. Hasta entonces tenía una delgadez infantil, ahora se había convertido en una Venus.

—Eres preciosa, cariño. Me voy a volver loco de deseo…

Toqueteó la tira de botones del camisón para acariciarle los pechos, pero cuando apenas había desabrochado dos, ella le agarró la mano.

—Espera, amor…

—¿Qué pasa?

Marie se incorporó. Prestó atención a los sonidos de la habitación de al lado.

—¿No está Auguste con los niños?

—Sí.

Paul ya había estado un rato contemplando a sus hijos. Diminutos, dos cabecitas, dos bocas grandes, cuatro puñitos. El pequeño de los ojillos azules era su hijo. Leopold, lo llamaban Leo.

—Bueno, tampoco está rugiendo como un león —bromeó, y quiso arrimarse de nuevo a ella.

Marie se apartó y se puso en pie.

—Mejor voy a ver… Enseguida vuelvo.

—Sí, claro.

Salió a un paso sorprendentemente ligero y cerró la puerta con la loable intención de no molestar a Paul, pese a que él no quería otra cosa que estar cerca de ella.

Estuvo un rato esperando en la cama. Desde el otro lado se seguía oyendo el leve sollozo, así que los esfuerzos maternales de Marie no estaban surtiendo mucho efecto. Al final se levantó con un suspiro, fue al baño, se puso un pijama y regresó al dormitorio. La cama seguía vacía.

—¿Marie?

No obtuvo respuesta. Impaciente, agarró el pomo de la puerta de la habitación contigua y abrió con todo el sigilo que pudo. Ahí estaba su dulce Marie, su amor, su maravillosa esposa, fuerte, sentada en una silla, con el pecho derecho al descubierto e intentando introducir el pezón rosado en la boca bien abierta del pequeño de ojos azules.

—Creo que tiene un hambre horrible —dijo ella, preocupada—. Pero no sabe cómo comer.

Esa imagen provocó en Paul sentimientos encontrados. Por supuesto, estaba feliz de tener un hijo, además de una hija que a todas luces era más lista que su hermano, pues dormía saciada y satisfecha en su cuna. Sin embargo, compartir el dulce cuerpo de Marie, sus preciosos pechos, le causaba una sensación peculiar. Un hombre necesitaba acostumbrarse a eso, sobre todo cuando solo le quedaban unas horas para disfrutar al lado de su amada.

—¿Por qué no le da el pecho Auguste? Ella tiene un niño.

Marie estaba nerviosa, el pequeño Leo no lo conseguía. Gritaba desesperado pidiendo comida y no sabía cómo conseguirla, así que Marie le contestó airada.

—¿Crees que voy a dejar que Auguste dé de mamar a mis hijos? Es mi obligación, Paul. Y mamá debería entenderlo.

Paul calló, pese a no compartir su opinión. Era una lástima que esa última noche juntos estuviera siendo tan distinta a como esperaba. Rara vez había sentido a Marie tan distante. Sin embargo, era comprensible: el parto difícil, la orden de alistamiento y ahora la preocupación por el pequeño. Decidió tener paciencia y se retiró a la cama. Helado, se metió debajo del edredón; en la habitación hacía frío, solo la chimenea del salón rojo de abajo calentaba indirectamente.

«Qué débil soy. A partir de ahora ya no habrá edredones ni una chimenea caliente», pensó. En los refugios subterráneos y las trincheras había como mucho un catre de paja. Si no, se dormía sobre el suelo raso.

—Así no va a conseguir nada, señora —dijo Auguste al otro lado—. Debe sujetar el pezón con firmeza y meterlo. ¡Así! Para que el niño saboree lo que sale de ahí. Ahí, mire. Ahora se agarra el ladronzuelo.

«Gracias a Dios», pensó Paul, aliviado, aunque aquella conversación entre mujeres no le había gustado mucho. ¿No le dolía a Marie que el niño le «agarrara» el pezón? Vaya, le quedaba mucho que aprender como padre. Ojalá hubiera tenido tiempo para eso. Miró el reloj de bolsillo que había dejado en la mesilla de noche. Eran casi las diez. A las seis tenía que levantarse. Hacia las siete debía salir de casa. Su padre se había ofrecido a llevarlo en coche al registro, pero él se negó. Quedaría como un tonto delante de los compañeros si bajaba de un coche como un señor rico. Iba a servir a su país como todos los demás.

Marie estaba eufórica cuando volvió con él. Le pidió disculpas por su brusca respuesta, se arrimó a él, le acarició las mejillas, el cuello.

—Estás tan cerca… —murmuró Marie—. No me gusta pensar que voy a estar sin ti. Te sentiré de noche, amor. Aunque te encuentres a kilómetros de distancia, sentiré tu cuerpo y oiré tu voz.

Paul estaba profundamente conmovido. Todo iba bien, el pequeño comía y crecería. Marie lo esperaría. Sin duda, Klaus von Hagemann tenía razón y la victoria estaba cerca, en unos meses terminaría todo. Marie empezó a acariciarle con cuidado, y él se concentró en esos dedos que lo excitaban y lo liberarían. Su dulce esposa era muy sensual. Durante el embarazo ya había hecho cosas imposibles de mencionar en público, para no perjudicar al niño si se amaban a la manera convencional.

—Marie, Marie… —murmuró él, presa del deseo.

Ella se detuvo. Desde la otra habitación se oyó de nuevo la vocecilla.

—¿Qué pasa ahora?

—Enseguida… enseguida…

Marie salió de la cama como alma que lleva el diablo y desapareció en la habitación contigua. Se quedó allí una eternidad. Por lo visto el pequeño Leo había entendido de dónde salía el alimento y no se daba por satisfecho con una pequeña ración. Paul se puso boca arriba e intentó contener el rencor que se apoderaba de él contra su propio hijo.

Cuando Marie regresó, su pasión se había enfriado. Estuvieron charlando agarrados de la mano. Ella debía respaldar a su padre. La fabricación de fibras de papel era la salvación de la fábrica, tenía que convencerlo, era la única a la que escucharía. Marie le pidió que no se hiciera el héroe. Pero que tampoco fuera un cobarde. Debía mantenerse en el medio, con prudencia. Paul sonrió y se lo prometió. La vocecilla entrometida los molestó tres veces más, al final incluso les rompió el sueño. A Paul le pareció que en ese tiempo los gritos de su hijo se habían vuelto más intensos y potentes, pero Marie le dijo que se trataba de la hermana, que también quería su parte.

Durmieron las últimas horas mejilla contra mejilla, abrazados, compartiendo sueños. El estridente timbre del despertador los devolvió a la realidad, desnuda y áspera, en el frío del alba. Separación. Miseria. Tal vez la muerte.

—Quédate aquí, amor —susurró Paul—. Odio tener que despedirme de ti en el vestíbulo o en la puerta.

La habitación aún estaba oscura, y no se miraron cuando se dieron el último beso. Paul notó el sabor salado de las lágrimas de Marie.