Prefacio

¿Crees que la civilización moderna caerá alguna vez y que nuestras ciudades yacerán para siempre en ruinas? Suena como un manido tema de ciencia ficción: los arqueólogos del futuro retirando con cuidado los herrumbrosos esqueletos de los rascacielos, metros o alcantarillas de Nueva York, Londres o Tokio; sacando de los cementerios a nuestros muertos y estudiándolos, como hacemos nosotros con las momias del antiguo Egipto; intentando descifrar nuestro idioma, desentrañar el código de nuestra escritura y entender quiénes éramos. Imaginar nuestros restos, tumbas y edificios tratados por otros de la misma forma en que nosotros tratamos los hallazgos arqueológicos puede parecernos algo inimaginable, pero es bastante probable que la momia que estamos desenterrando pensase lo mismo sobre su tiempo y su entorno.

Desde luego, la respuesta correcta a una cuestión así no existe. Muchas de las dudas planteadas en este libro tampoco son susceptibles de obtenerla; y, en parte, quizá sea eso lo que las hace interesantes.

Basta con observar las pruebas del pasado y extrapolarlas a acontecimientos futuros para que todo se vuelva realmente extraño. Imaginar que los sucesos que han tenido lugar muchas veces en la historia se repiten en la era moderna es hacer una incursión en la ciencia ficción. La membrana que separa la historia basada en hechos de la fantasía especulativa e imposible de demostrar es muy fina. El instante en el que vivimos es la intersección de esas dos visiones, la estricta cronología de los nombres y fechas registrados y las realidades alternativas de posibles futuros. Quién habría imaginado que en el siglo XXI sufriríamos una gran epidemia, como las del pasado; era una fantasía; y sin embargo, se ha demostrado del todo posible, y ha sucedido muchas más veces con anterioridad. ¿Cuál es la relación entre los hechos del pasado y la especulación sobre el futuro?

Me han dicho que cualquier libro convencional debería dar respuesta a preguntas o, como mínimo, ofrecer una argumentación. Si ese es el caso, este no va a ser un libro convencional. Es más bien un conjunto de estampas conectadas entre sí sin muchos miramientos. No tengo una argumentación que ofrecer, lo cual es coherente con el punto de vista que tomamos también en el podcast que presento, Hardcore History. Mi enfoque no es el de un experto, porque no es eso lo que soy. Historiadores, politólogos, geógrafos, físicos, sociólogos, filósofos, escritores e intelectuales en general han hecho su aportación en todas las épocas acerca de todas las cuestiones sobre las que reflexionamos en esta obra, cada uno de ellos utilizando sus propios métodos y considerándolas desde su propio tiempo, especialidad y cultura.

Mientras que un geógrafo moderno podría citar analogías históricas globales para dar fuerza a sus argumentos sobre la «caída» de una civilización, o un físico presentar los cálculos para determinar la probabilidad del impacto de un asteroide que diese lugar a una época oscura, el punto de vista de un narrador o de un periodista es tener en cuenta la perspectiva humana.[1] ¿Qué clase de historias humanas tienen lugar durante el colapso de una civilización?

¿Qué relatos esconden las personas que han sobrevivido a los bombardeos que destruyeron su ciudad? ¿Cómo empieza una pandemia a deshacer los vínculos que mantienen la integridad de una sociedad? Ver las cosas a través de este prisma activa distintas partes del cerebro, también las emociones, y a menudo puede producir un impacto que los datos, los gráficos y los estudios de investigación son incapaces de generar. Piensa en ello como si fuese otra tesela en un inmenso mosaico con el que muchas disciplinas tratan de restablecer una imagen del pasado.

¿Los tiempos difíciles hacen más duras a las personas? ¿La forma en la que criamos a nuestros hijos influye sobre la sociedad en general? ¿Podemos controlar el poder de nuestras armas sin destruirnos a nosotros mismos? ¿Pueden la tecnología, las capacidades y los conocimientos humanos sufrir una regresión? En todas estas ideas hay un fuerte elemento de La dimensión desconocida, con sutiles (y a veces no tanto) matices que parecen comunicarse con los tiempos actuales. Son ideas que cruzan las fronteras de las disciplinas académicas modernas para entrar en el territorio habitualmente ocupado por el drama, la literatura y, en general, las artes.

Sin embargo, incluso sin tener respuestas consensuadas, tales cuestiones son fascinantes y potencialmente valiosas. Muchas de ellas son del tipo de las denominadas «preguntas profundas», que han ocupado siempre el centro de atención en las obras filosóficas. El simple hecho de pensar en ellas con más frecuencia puede resultar valioso. Otras pueden ofrecer, en alguna medida, una utilidad práctica. Por ejemplo, recordar cuántas veces han ocurrido hechos similares en el pasado puede ayudarnos a dar cierta credibilidad a muchos posibles sucesos futuros que, ahora mismo, solo parecen descabellados argumentos de película. Un profesor de historia me dijo una vez que hay dos formas de aprender: puedes meter la mano en el fogón o puedes escuchar historias de personas que lo hicieron y descubrir cómo les fue.

Hace tiempo que los fans de Hardcore History pedían un libro. Tengo tanto material, investigaciones e ideas almacenados que parecía algo natural utilizarlos como núcleo para un trabajo de esas características. Volver sobre él y clasificarlo se convirtió en una especie de test de Rorschach personal. Teniendo en cuenta la cantidad de horas de lectura e investigación que invierto en cada uno de los programas, es imperativo que el tema me interese y mucho.

Si la biblioteca de una persona es una ventana a sus intereses, al parecer los míos tienen una inclinación hacia lo apocalíptico. Quizá por ello resulta poco sorprendente la frecuencia con que los programas han acabado siendo diferentes desarrollos de un punto de partida más o menos común: el fin de la civilización, de una forma u otra; y no solo en cómo los humanos podríamos reaccionar o responder a ello basándose en experiencias pasadas, sino en el tipo de personas en el que estas experiencias podían convertirnos.

No me eches la culpa. El auge y la caída de los imperios, las guerras, las catástrofes, las situaciones en las que nos hemos jugado mucho —los «grandes relatos»— son intensos y espectaculares por su propia naturaleza.[2] La combinación de material que es tanto ameno como (potencialmente) filosófico, educativo y práctico es una fórmula infalible tan antigua como el ser humano. Los historiadores y los narradores, de Homero y Heródoto a Edward Gibbon y Will Durant, se dieron cuenta de ello mucho antes de que Áyax y Aquiles se abrieran paso espectacularmente por la Ilíada, lanza en mano y derramando sangre al tiempo que hacían «historia». De ahí que no sorprenda que un tipo como Shakespeare recurriese tanto al pasado en busca de material.

Pero no se trata solo de diversión y ocio. A menudo, uno se siente impulsado hacia una especie de empatía histórica y reflexión personal. Estos acontecimientos les sucedían a seres humanos de carne y hueso, que solían estar implacablemente atrapados en los engranajes de la historia. Es difícil no preguntarse cómo nos las arreglaríamos nosotros si nos viésemos en situaciones parecidas.

Una de las dudas que no dejaba de asaltarme al sumergirme en los archivos era una duda histórica recurrente e imposible de responder: ¿seguirá sucediendo todo como siempre lo ha hecho? Es una pregunta aterradora y de una increíble intensidad en algunas circunstancias. En este libro se discuten algunos de estos tipos de, si se quiere, casos prácticos.

¿Sufriremos de nuevo la clase de pandemias que acaban enseguida con un gran porcentaje de la población? Incluso en el siglo pasado, esto era algo habitual en la existencia humana normal, pero hasta hace poco bien habría parecido de ciencia ficción.

Siempre ha habido grandes guerras entre potencias, pero una de estas características implicaría ahora estados con capacidad nuclear. La Tercera Guerra Mundial parece el argumento de una película barata, pero ¿es más improbable que la paz eterna entre los grandes estados?

Finalmente, como nos preguntábamos al principio, ¿puedes imaginarte la ciudad en la que vives hoy como un desolado montón de ruinas? ¿Será algún día como la mayoría de las ciudades que han existido, o no? Tanto un desenlace como el otro resultan fascinantes.

A pesar de que buena parte de lo que viene a continuación es bastante funesto, examinar la historia es una forma de poner en perspectiva nuestras propias circunstancias. Saber, por ejemplo, a qué se enfrentaban las personas mientras sus ciudades sufrían un bombardeo de saturación o alguna de las terroríficas plagas medievales es una forma de hacer que nuestros problemas parezcan nimios. La odontología anterior a la era moderna basta para convencerme de que, de un modo u otro, ahora la situación va bastante bien.

Y sin embargo, a pesar de todas las diferencias entre las personas de distintas épocas, determinados acontecimientos y periodos parecen ser —así lo escribió Barbara Tuchman— como echar un vistazo a un espejo distante. Es difícil no preguntarse cómo nos las arreglaríamos en semejantes circunstancias. A mi abuelo le encantaba la frase «Si no fuera por la gracia de Dios...». Por un poco de fortuna cósmica, nacimos en el tiempo y en el lugar en que estamos, pero podrían haber sido otros perfectamente. En mi opinión, tener esto presente hace que sea más simple tener empatía histórica.

No obstante, a pesar de la aparente estabilidad de nuestra época, tampoco tenemos la seguridad de que la situación actual no vaya a cambiar de manera drástica. Los ejemplos de este libro son dramatizaciones de ocasiones en las que esto ha ocurrido. A riesgo de sonar como un Nostradamus cutre con una pancarta que dice «El fin está cerca», una versión moderna del colapso de la Edad de Bronce podría sucedernos. O bien, la superpotencia global de turno podría implosionar de un modo inesperado, como le pasó a Asiria, creando un tremendo vacío geopolítico. Nuestra versión del Imperio romano podría fragmentarse, como le ocurrió al original. Podría surgir otra pandemia que, si fuera lo bastante virulenta, nos recordaría cómo era la vida de los seres humanos antes de la medicina moderna. Podría tener lugar una guerra nuclear, o podríamos ser víctimas de un desastre medioambiental. Incluso podríamos quedar inmersos en una realidad sobre la cual leyeran las generaciones futuras en libros que hablasen de experiencias humanas extremas o que advirtiesen sobre lo que deberían evitar.

Después de todo, la arrogancia es un rasgo característico del ser humano. Como solía decir mi padre, «No te confíes».

1. ¿Los tiempos difíciles hacen más duras a las personas?

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¿Los tiempos difíciles hacen más duras a las personas?

Desde que el ser humano registra la historia, algunos historiadores han sugerido que, en cierto modo, los tiempos difíciles fortalecen y mejoran en general a las personas, que el hecho de tener que sobreponerse a los obstáculos —ya sean guerras, privaciones u otro tipo de penurias— crea seres humanos más fuertes, más resilientes e incluso, quizá, más virtuosos.

La siguiente cita, atribuida a Voltaire, ilustra el caso: «La historia está llena de zuecos que suben y sandalias de seda que bajan». La observación hace referencia al argumento de que la fortuna de las naciones, de las civilizaciones o de las sociedades sube y baja en función del carácter de las personas, y que ese carácter sufre la intensa influencia de la condición material y moral de la sociedad. Esta idea fue un clásico de la historia escrita desde los tiempos de la antigua Grecia, pero su popularidad empezó a languidecer a mediados del siglo XX.[1]

Los historiadores modernos han desechado mayoritariamente el concepto de los zuecos y las sandalias de seda. Los motivos para hacerlo son sólidos y abundantes, empezando por la falta de datos. No es fácil acotar o cuantificar una cualidad humana inconcreta, como la dureza o la resiliencia,[2] y luego justificar su inclusión en un libro de historia académico, guiado por los hechos y evaluado por expertos. Pero eso no significa que no tenga influencia.

Vamos a probar un pequeño ejercicio mental: imaginemos que dos boxeadores suben juntos en el ring. Tienen la misma altura, peso y habilidad. Han tenido la misma preparación, e incluso han compartido un entrenador. Se han eliminado todas las variables posibles. ¿Qué factor será el más probable y decisivo para determinar cuál de los dos será el vencedor? ¿Es acaso ese concepto difícil de cuantificar, la «dureza»? Es complicado decir que un boxeador ha ganado porque era más «duro». Para empezar, ¿por qué tendemos a asumir que más duro quiere decir mejor? La dureza es ese concepto vago que todos creemos que existe, y utilizamos la palabra «duro» como adjetivo, pero se trata de un término relativo, y la idea que una persona o una cultura tiene sobre lo que significa ser duro puede ser distinta de la de otra.[3]

Ahora, en lugar de boxeadores individuales que luchan entre sí, imaginemos una competición a una escala mayor, en la que quienes se enfrentan son sociedades enteras. Por ejemplo, ¿y si los Estados Unidos actuales iniciasen una guerra con otro país similar: el mismo tamaño geográfico, la misma población, la misma producción económica, la misma capacidad militar, las mismas armas, equipos y tecnología? ¿Una guerra brutal, con el objetivo de una rendición incondicional y que dejase ciudades en ruinas en ambos bandos? La única diferencia entre ambos países es que, en ese país mítico reflejo del nuestro, las personas contra las que luchamos son nuestros abuelos.

La mayor parte de los nacidos entre 1900 y 1930 ya no están, pero formaron parte de un grupo de edad al que se suele llamar «la Mejor Generación»;[4] aun así, ha habido tantas eras y generaciones duras en la historia que destacar una de ellas como «la mejor» parece una tontería. No obstante, según nuestros estándares, los miembros de aquella generación parecen realmente duros y curtidos. Y no sin motivo: incluso antes de luchar en la Segunda Guerra Mundial, estos hombres y mujeres habían vivido más de una década de dificultades económicas extremas, la peor en la historia mundial moderna.

Andrew Mellon, el secretario del Tesoro del presidente Herbert Hoover en el momento del desplome del mercado de valores de 1929 que dio paso a más de un decenio de ruina económica, pensó que la penuria que se avecinaba sería algo bueno. Según aparece en las memorias de Hoover, Mellon dijo: «Eliminará la podredumbre del sistema. El alto coste de la vida bajará. La gente trabajará más duro y llevará una vida moral. Los valores se ajustarán, y las personas emprendedoras recogerán el testigo de otras menos competentes».

Desde el punto de vista de Mellon, quizá su deseo se hizo realidad. La Gran Depresión puso punto final a los locos años veinte, un tiempo que se recuerda por el alto nivel de vida, los locales donde se vendía alcohol ilegalmente, el jazz, las flappers, el charlestón y el auge del mundo del cine. Lo que Mellon podría haber calificado como frivolidad y despilfarro, para otros era simple diversión. La situación se volvió mucho menos divertida cuando el dinero empezó a escasear.

El advenimiento del colapso no arruinó a todo el mundo, pero alrededor de la mitad de la población se vio viviendo por debajo del umbral de pobreza. Fueron diez años de apuros, y los relatos de la época son desoladores, hasta el punto de que es difícil imaginar que nada bueno pudiera surgir de aquello. Con toda certeza serían pocos en nuestro mundo moderno los que elegirían pasar por un desastre económico como el de la Gran Depresión a cambio de los posibles efectos secundarios positivos.

A la llegada de la Segunda Guerra Mundial, toda una generación había pasado por privaciones. Y entonces, para acabar de redondearlo, se vieron inmersos en la peor guerra de la historia, que fue terrible, muy distinta de los conflictos del siglo XXI. Actualmente, una primera potencia puede sufrir, por un solo incidente, bajas que lleguen a las docenas, quizá por un fallo mecánico de un helicóptero, o la explosión de un artefacto improvisado. Compáralo con los cientos de miles de muertos que sufrió Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial; en Iwo Jima, por ejemplo, los treinta y seis días de enfrentamiento se saldaron con la vida de casi siete mil estadounidenses, de al menos veintiséis mil muertos en total. Y eso son solo las cifras norteamericanas; imagina los millones de víctimas alemanas, o las decenas de millones sufridas por China o la Unión Soviética. Es interesante especular cómo reaccionaríamos hoy en día a semejante mortandad.

Y la cosa no es solo aguantar los daños, sino infligirlos. Quizá podamos soportarlos, pero así no se derrota al adversario, como señaló el general estadounidense George Patton.[5] Piensa en el tipo de bombardeos que tuvo que llevar a cabo el ejército de Estados Unidos: un millar de aviones cargados con toneladas de bombas volando hacia ciudades en las que diez mil o quince mil personas podían morir en una sola noche. O imagina vivir la Blitzkrieg en Londres, cuando los bombarderos alemanes soltaban sus cargas sobre la ciudad casi cada noche durante más de ocho meses. La Mejor Generación sabía que había una espesa nube de bombarderos sobre sus cabezas, pero también eran los que ordenaban que se abrieran las compuertas de las bombas.

Y luego estaba el arma definitiva, las bombas atómicas. La historia muestra que nuestros abuelos podían usarlas, y lo hicieron.[6] ¿Existe actualmente una situación en la que los ciudadanos de nuestras sociedades (al contrario que sus gobiernos) creyesen que se trata de una forma de proceder aceptable?

Ahora casi parecemos demasiado civilizados para hacer algo aparentemente tan bárbaro. Pero es cierto que no hemos pasado por lo que pasó la generación de la Segunda Guerra Mundial. Suponiendo que se pudiera medir la dureza relativa en una escala del uno al diez, quizá la Mejor Generación obtendría un siete; si imaginásemos diez de los nacidos entre 1900 y 1930 en la misma habitación, siete de ellos cumplirían nuestros criterios de «dureza». En la Generación X también hay personas duras —algunos se hicieron Navy Seals, y unos pocos han cruzado la Antártida a pie—, pero quizá solo dos de cada diez de sus miembros podrían ser calificados como lo bastante duros para enfrentarse a esos retos. Entonces, puede que no sean más duros todos los individuos, sino que simplemente haya un mayor porcentaje de personas duras en lo que se considera una generación resiliente. Esta sería una manera de concebir cómo aplicar la «dureza» a las sociedades, y al mismo tiempo nos ayuda a destacar hasta qué punto es extraño tratar de cuantificar una cosa así.

En las historias con moraleja de la Antigüedad, la fórmula «los tiempos difíciles hacen más duras a las personas» funcionaba en ambos sentidos. Los tiempos blandos ablandaban a las personas. Para Plutarco y Livio, por ejemplo, la pereza, la cobardía y la falta de virtud eran los frutos de un exceso de comodidad, lujo y dinero. Y una sociedad con muchas personas blandas se traducía en una sociedad débil en general. En tiempos y entornos en los que quizá la ciudadanía tuviera que llevar armadura y usar la espada para defender su estado en combate cuerpo a cuerpo, esto podía convertirse en un problema de seguridad nacional. Quizá vivimos una época en que la dureza, en el viejo sentido, ya no importa tanto como antes. En tal caso, ¿qué ventajas podría tener una sociedad «más blanda» sobre una «más dura»?

El gran historiador del siglo XX Will Durant escribió sobre los medos, un antiguo pueblo que vivió en el actual Irán. Por aquel entonces,[7] se creía que esta civilización había sido un pueblo relativamente pobre que se dedicaba al pastoreo, y que se había unido para ayudar a terminar con el dominio del Imperio asirio, en aquella época una potencia por derecho propio.[8] Pero poco después, escribía Durant, «la nación olvidó su estricta moral y sus costumbres estoicas. La riqueza llegó de forma demasiado repentina para aprender a utilizarla con prudencia. Las clases altas se convirtieron en esclavas de la moda y de la lujuria; los hombres llevaban pantalones bordados y las mujeres cosméticos y joyas».

Los pantalones y los pendientes en sí no fueron los responsables de la caída de los medos; sin embargo, según Durant y otros muchos historiadores contemporáneos, eran signos externos de cómo la sociedad había cambiado y se había corrompido, olvidando por el camino las cualidades surgidas de los tiempos difíciles y que los habían hecho lo bastante duros para hacerse con el imperio desde el principio.[9]

A mediados del siglo XX, el historiador Chester G. Starr escribió acerca de Esparta, una sociedad entera dedicada a crear los mejores guerreros del mundo antiguo. Sus soldados propulsaron a esta ciudad Estado agraria del Peloponeso hasta alturas que, a juzgar por su número de habitantes y su relativamente modesta producción económica, no tenía derecho a esperar. Pero toda la sociedad y la cultura de Esparta daban apoyo al ejército y lo consolidaban. Todos los ciudadanos hombres se entrenaban para la guerra, y podían ser llamados a servir hasta la edad de sesenta años.

El enfoque de una milicia ciudadana bien entrenada era habitual en muchas sociedades, particularmente en la antigua Grecia, pero Esparta lo llevó hasta el extremo. Allí se veía como un proceso de formación del ser humano, que empezaba con el principio mismo de la vida: se consideraba a los recién nacidos la materia prima del ejército, y se les sometía al juicio de un consejo de ancianos que decidía si eran aptos para vivir. Según Starr, «Cualquier niño considerado defectuoso era arrojado por un precipicio en el monte Taigeto, donde moría aplastado contra las escarpadas rocas».[10]

Los niños a quienes se consideraba aptos eran sometidos a «la costumbre espartana de habituarlos al malestar y al frío». A los siete años, se los arrebataban a las familias y eran enviados a un campamento para entrenarse. En su juventud, los espartanos comían con sus compañeros en comedores militares comunitarios, sin conocer jamás las comodidades del hogar. Se les hacía pasar hambre de forma deliberada para alentarlos a robar comida y a ser astutos, pero recibían crueles castigos si los pillaban. Estos niños espartanos crecían para convertirse en los mejores guerreros de Grecia, precisamente porque toda su cultura servía a la causa. En teoría, los espartanos incluso renunciaban al dinero durante su esplendor,[11] porque creían que corrompía su integridad moral y sus valores marciales.[12]

A lo largo del tiempo, de acuerdo con las descripciones tradicionales, los espartanos se volvieron «amantes de los lujos y susceptibles de corrupción», como escribió Starr, lo que supuso un menoscabo de su dureza y su superioridad militar que al final los llevaría a su perdición en el campo de batalla. Quizá los espartanos del año 380 a.e.c. no habrían podido derrotar a sus formidables abuelos del 480 a.e.c., pero está claro que los del 280 a.e.c. no habrían podido derrotar a los suyos.[13] A veces se atribuye a los odiados persas una contribución intencionada a este factor. Los «grandes reyes» de Persia, que no pudieron vencer a los espartanos en el campo de batalla, se dieron cuenta de que el oro era una forma más eficaz de neutralizarlos. Con el paso de los años, las fuentes premodernas retratan a los espartanos, en especial a algunos reyes, como más materialistas y aficionados al oro que los espartanos más «espartanos» de antaño. Es como si los «blandos» persas, como los solían pintar los antiguos griegos, igualaran la dureza entre los dos bandos extendiendo su blandura como un virus.[14]

Hay otras formas de explicar el auge y la caída de Esparta aparte de la «dureza» —un mejor entrenamiento y preparación, por ejemplo—, pero sería extraño no asignarle valor alguno.

La guerra y la pobreza no son constantes. Pueden crear una mayor resiliencia en las personas que se ven afectadas por ellas, pero no en todas las personas. Algunas tienen suerte y evitan el combate y la privación económica. Pero todo el mundo se pone enfermo.

Puede parecer extraño sugerir que la elevada prevalencia de cualquier enfermedad haga que los seres humanos sean más duros, pero el efecto de epidemias relativamente regulares y letales así como la mortalidad que provocan en una sociedad, sin duda puede haber causado un nivel de resiliencia del que, en nuestros días, la mayoría de nosotros seguro que carece. Un matrimonio que ha perdido varios hijos pequeños por culpa de las enfermedades y que ha seguido con su vida estoicamente quizá nos parecería duro y resiliente. Personas de todo el mundo siguen sufriendo esta situación, y consideramos la pérdida siquiera de uno solo de nuestros hijos una de las peores tragedias de la vida. Pero esta experiencia solo ha dejado de ser común en tiempos más o menos recientes. Antes de la Edad Moderna, el número de personas que perdían varios hijos por culpa de las enfermedades era asombroso. ¿Qué efecto debía de tener aquello en los individuos y en la sociedad en conjunto? El historiador Edward Gibbon, que escribió Historia de la decadencia y ruina del Imperio romano, tenía seis hermanos. Todos murieron durante la infancia, un índice bastante alto incluso a principios del siglo XVIII, pero la terrible pérdida de hijos antes de que alcanzaran la edad adulta era frecuente. No obstante, centrarse en cómo afecta la enfermedad a los niños es ignorar los más amplios efectos que una elevada prevalencia puede tener en una sociedad. Una epidemia realmente grave puede acabar con toda la población.

En lo que se refiere a las enfermedades, el mundo de la era moderna es un lugar muy distinto del de cualquier otro momento de la historia.[15] Cierto es que hay lugares en vías de desarrollo que apenas han cambiado desde la Edad Media y que siguen siendo víctimas de las enfermedades, pero por lo general las sociedades tecnológicamente avanzadas tienen una idea limitada de cómo afectaban las enfermedades a la existencia humana desde el principio de nuestros tiempos hasta hace tan solo una generación. Es sorprendente pensar en muchas de las pandemias que han acabado con grandes porcentajes de la población mundial a lo largo de la historia. Leer los relatos contemporáneos es como leer una variante especialmente oscura de ciencia ficción. Si perdiésemos una cuarta parte de la población humana por culpa de una plaga moderna, parecería una obscenidad hablar siquiera del efecto secundario positivo de hacernos más resilientes.

En cierta forma, la enfermedad nos hace más duros, porque aquellos que han estado enfermos, con frecuencia desarrollan inmunidad. Es un dato científico. Sin embargo, las personas que sufren con regularidad la pérdida de seres queridos, ¿se convierten en individuos más duros o resilientes? Las sociedades a las que pertenece un gran número de ellos, ¿se vuelven más duras? Estas preguntas pertenecen a esa zona gris que implícitamente pensamos que podría ser importante, pero que no puede ser medida o demostrada.

Está claro que ha habido periodos en nuestra historia en los que solo sobrevivían los fuertes, así que a las personas les convenía ser duras. Pero se podría argumentar que la dureza ya no es un requisito tan importante como antes para la supervivencia.

En relación con la escalera de zuecos y sandalias de seda, se podría sugerir que la elección del momento es vital. Si los tiempos difíciles exigen personas duras, ¿qué pasa cuando los tiempos no lo son tanto? Además, la etapa de sandalias de seda puede conllevar algunas ventajas compensatorias.

El historiador militar alemán de principios del siglo XX Hans Delbrück tenía una teoría según la cual todo lo que caracteriza al ejército moderno —la organización, la táctica, la instrucción, la logística y el liderazgo— está pensado para compensar la ventaja natural de la dureza que poseen las personas menos civilizadas.[16] «Comparados con los pueblos civilizados —escribe acerca de los antiguos germanos, que eran derrotados una y otra vez por los más distinguidos romanos—, los bárbaros tienen la ventaja de disponer del poder belicoso de los instintos animales desenfrenados, de la dureza básica. La civilización refina al ser humano, lo hace más sensible; y, en consecuencia, reduce su valor desde el punto de vista militar; no solo su fuerza física, sino también su coraje. Estas carencias naturales se deben compensar de alguna forma artificial. [...] El principal servicio del ejército permanente consiste en valerse de la disciplina para que las personas civilizadas puedan defenderse de las menos civilizadas.»[17]

Según la perspectiva de Delbrück, la única razón de que las ciudades Estado empezasen a organizar a sus granjeros —que solían ser más pacíficos que los bárbaros que estaban justo al otro lado de sus fronteras— fue la de crear un ejército superior, que exige entrenamiento y disciplina, para que pudieran defenderse de los pueblos cuyo entorno más severo hacía que fuesen más violentos y belicosos.[18] «Si un determinado grupo de romanos que normalmente vivían como ciudadanos o campesinos se hubiera enfrentado a un grupo del mismo número de bárbaros, los primeros habrían sido, sin duda alguna, derrotados; de hecho, probablemente habrían huido sin luchar. Lo único que igualaba la situación era la formación del impenetrable cuerpo táctico de las cohortes.»

El uso, por parte de la sociedad aparentemente más blanda, de la tecnología, de unas capacidades organizativas superiores y del dinero contra una sociedad potencialmente más dura y resistente es una dinámica visible en muchas épocas de la historia. Puede que los afganos de hoy estén entre los pueblos más duros del mundo, pero la resiliencia de sus individuos y de su sociedad la compensan las fuerzas militares occidentales, que ocupan en esta historia un lugar similar al de los romanos. Sin embargo, si estas se vieran obligadas a utilizar las mismas armas que los afganos —fusiles AK-47, lanzagranadas y artefactos explosivos improvisados— y estos, a su vez, utilizasen nuestros drones, aviones de caza y misiles de crucero, la cuestión de nuestra dureza contra la suya podría ser esencial. Recuerda que los afganos llevan cuarenta años en guerra, contra una multitud de oponentes. En cierto modo, en lo que se refiere a dureza, se parecen más a nuestros abuelos.

Las armas y la tecnología son ahora tan avanzadas que un combatiente puede enfrentarse a su enemigo en Afganistán desde una sala con aire acondicionado en Kansas. Este puede ser un piloto virtual que probablemente haya perfeccionado sus habilidades con los videojuegos de su juventud, de la misma forma que un joven japonés de hace dos siglos practicaba en la clase de kendo para sus futuras luchas con espada. En vez de instrucción con armas de combate, los muy entrenados soldados de la actualidad, muchos de los cuales quizá no vean nunca de cerca a un enemigo muerto, pilotan drones que disparan contra soldados tribales más duros que el granito en el áspero y montañoso terreno.[19] Los ejércitos modernos, como los romanos de Delbrück, han hallado formas de suplir su déficit de dureza.[20] Y sin embargo, este factor puede seguir marcando la diferencia en términos de quién gana y quién pierde la guerra. Puede ser clave para decidir quién tiene la voluntad de continuar indefinidamente, sumando muertos e incrementando los costes financieros.[21] Pero, en tal caso, ¿cómo podría demostrarlo con contundencia un historiador en un artículo arbitrado?

2. Que sufran los niños

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Que sufran los niños

La historia es algo parecido a viajar a un planeta distante, pero habitado por seres humanos. Somos biológicamente iguales, pero culturalmente ajenos; y una de las principales razones es que hemos crecido de forma distinta.

La importancia de los padres y de la crianza es aceptada de un modo prácticamente universal. Igual que la dureza, es un aspecto de la humanidad que, de forma casi implícita, pensamos que representa una enorme influencia en el futuro adulto en que se convertirá el niño. Pero es un desafío evaluar su impacto en los individuos del pasado o en la historia humana en conjunto. Sin embargo, parecería extraño sugerir que la manera en que los padres crían a sus hijos no tiene una gran importancia histórica. ¿Y si lo hiciesen mal?

«Malo» es un concepto determinado culturalmente, desde luego. Cada época y cultura tiene ideas propias sobre la forma más adecuada de criar a la prole. No obstante, a pesar de que los padres y madres de todos los lugares y épocas suelen tratar de hacer lo mejor para sus hijos, en el pasado buena parte de la información de que disponían era errónea. Por ignorancia, es posible que perjudicaran a los niños con prácticas que creían que los beneficiaban. Actualmente, la concepción moderna de la salud y la ciencia, así como la difusión general de la información sobre crianza, han creado la que quizá sea la generación de padres con más conocimientos de la historia. Conviene subrayar sobre todo el desarrollo infantil temprano. Son conocidos los efectos de una mala nutrición en la niñez, daños prenatales por alcohol y drogas, mala higiene, maltrato infantil o, simplemente, unos malos hábitos de crianza durante los años de formación del niño. Con frecuencia, los padres declarados no aptos, maltratadores o que no cumplen los estándares sociales mínimos pierden la custodia de sus hijos. En casos muy graves, pueden acabar en la cárcel.

No hay duda de que, con el tiempo, estas medidas han mejorado de un modo espectacular el ambiente de crianza de los niños de nuestras sociedades modernas. Estos, a nivel individual, se han beneficiado de ello de forma incalculable. Pero tratar de determinar cómo se traduce esta mejora en el ámbito social es extremadamente difícil. Es evidente que la influencia tiene que ser enorme; y, sin embargo, es casi imposible decir exactamente cómo o en qué medida se ha producido. ¿Las inmensas mejoras culturales en la crianza crean una sociedad mejor? Y a la inversa: ¿cómo afectaban a las sociedades del pasado los entornos infantiles deficientes?

Algunas de las teorías al respecto pueden parecer extravagantes, pero sin duda nos llevan a reflexionar sobre todo aquello que podemos haber dejado de lado cuando buscábamos los nombres, fechas y acontecimientos a los que recurrimos tradicionalmente para tratar de entender la historia. Por ejemplo, ¿crees que las prácticas en la crianza de los niños influyen en la política exterior de una nación? Si te parece poco probable, imagina un mundo en el que la mitad de los adultos hayan sido víctimas de abuso infantil, y luego piensa en las numerosas, extrañas e imprevisibles consecuencias que pueden surgir de ello. Es una cuestión fascinante.

Una de las primeras voces que exploró la importancia histórica potencial de las prácticas de crianza de los niños fue la de Lloyd DeMause.[1] DeMause está especializado en psicohistoria, una polémica disciplina centrada, entre otras cosas, en dichas prácticas y el efecto que pueden tener en la forma en que se desarrolla la historia. Juzga con dureza a los padres del pasado, como escribe en The Emotional Life of Nations: «Hasta hace relativamente poco, los padres han estado tan asustados y por ello han odiado tanto a sus niños recién nacidos que los han matado a millones, los han dejado por norma al cuidado de amas de cría negligentes, los han envuelto en mantas apretadas para que no se muevan, han dejado que pasaran hambre, los han mutilado, los han violado, los han abandonado a su suerte y los han golpeado, hasta el punto de que, antes de los tiempos modernos, no he encontrado pruebas de un solo padre que actualmente no hubiese ingresado en prisión por abuso de menores».

DeMause y los psicohistoriadores examinan las sociedades del pasado de la misma forma que los psicólogos y los psiquiatras examinan a cada paciente, y tratan de averiguar si el desarrollo temprano y las influencias en los niños pudieron afectar a las sociedades que crearon más adelante.[2] DeMause cree que, hasta épocas recientes, la mayoría de ellos habrían cumplido los criterios modernos como víctimas de abusos infantiles; y tanto él como otros, sospechan que esto puede ayudar a explicar por qué, por ejemplo, épocas como la Edad Media fueron tan atroces.[3]

Pero las culturas humanas son tan diversas que este tipo de afirmaciones parecen demasiado genéricas. A pesar de que estas teorías pueden parecer aplicables a determinadas sociedades urbanas complejas, muchas de las premodernas y tribales seguían patrones de crianza ancestrales que implicaban mucho amor y cuidados por parte de los padres y del círculo familiar. Sin embargo, a menudo los miembros de esas sociedades hacían partícipes a los niños de costumbres y actividades que hoy juzgaríamos que les causaban un daño duradero, aunque algunas de ellas no eran más que aspectos del hecho de vivir en otra época. La violencia, por ejemplo, de la que podía ser regularmente testigo un niño de hace miles de años quizá tenía un efecto negativo escaso o nulo sobre él, si lo comparamos con el efecto que tendría en un niño moderno. Puede que, simplemente, formase parte de la vida en su mundo.

Una de las variables importantes en esta dialéctica tiene que ver con si es posible que la cultura protegiese, hasta cierto punto, a los niños de épocas pasadas de los efectos de lo que hoy llamaríamos abuso, abandono o trauma emocional y psicológico. Hay quien afirma que si una conducta que hoy consideramos horrible y degenerada se hubiese visto en el pasado de una forma más positiva y culturalmente reforzada, sus efectos habrían sido menos dañinos. Es, en cierto modo, como puntuar el maltrato infantil o la mala crianza según una curva histórica. Sin embargo, si algo estaba más aceptado en la sociedad y carecía del estigma que tendría en nuestros días, ¿era menos dañino? Algunos pueden sostener que el daño es constante, sea cual sea la sociedad o la época; otros dirán que está sujeto a una influencia cultural. O bien estas personas del pasado eran básicamente adultos normales y adaptados, a pesar de sus experiencias de infancia y de las diferencias en la crianza, o bien, como afirma DeMause, eran en su mayoría lo que hoy clasificaríamos como niños víctimas de abusos que vivían en una sociedad creada, gestionada y liderada por niños víctimas de abusos.

La forma más simple de imaginar lo mala que debía de ser la situación para los niños que crecían en las sociedades del pasado es simplemente pensar en lo que sería la nuestra si eliminásemos las actuales prohibiciones, investigaciones e imposiciones relacionadas con delitos como el maltrato y el abandono. Incluso con la atención y los esfuerzos de la época moderna, los niños siguen sufriendo abusos, malos tratos y abandono en todas las sociedades del mundo. Sin esas reglas y el esfuerzo de hacerlas cumplir, esta situación sería, casi con toda seguridad, mucho peor. Imagina hasta dónde se podría llegar si la sociedad promoviera esas conductas.[4]

Pegar a los niños era una forma común de disciplina, desde los primeros tiempos de la historia del ser humano hasta hace relativamente poco. Muchas de las personas de la Mejor Generación, por ejemplo, crecieron en una cultura que no pensaba en absoluto que un uso generalizado de esta práctica fuese algo fuera de lo normal.[5] De hecho, pegar a los niños era considerado por muchos la mejor forma, y la preferida, de educar a quienes serían adultos buenos y adaptados. De hecho, era algo rutinario en las escuelas. Y, mientras que un padre de nuestros tiempos que diese veinte o treinta azotes a su hijo con un cinturón sería considerado culpable de malos tratos por la inmensa mayoría de las personas, habría sido considerado benévolo según los estándares de épocas pasadas, en las que un cinturón podía parecer un pobre sustituto de un objeto diseñado específicamente para la tarea de azotar a los niños.

En Historia de la infancia, DeMause describe diversos elementos para el castigo corporal, que incluyen:

• Todo tipo de azotes,

• el gato de nueve colas,

• palas,

• bastones,

• varas de hierro y de madera,

• haces de palos,

• disciplinas (látigos hechos de varias cadenas cortas)

• y flappers (instrumentos con un extremo en forma de pera y
un agujero redondo utilizados en las escuelas para provocar
ampollas).

Actualmente, es casi imposible que consintamos el uso de una herramienta disciplinaria pensada específicamente para provocar ampollas en un niño de siete u ocho años. Y sin embargo, el dicho «Si criaste y no castigaste, malcriaste» afirma que un padre demasiado indulgente con el uso del castigo físico en sus hijos los está perjudicando. Las personas se tomaron en serio esta advertencia durante mucho tiempo.[6]

Es difícil culpar a los padres por no ver el posible daño que les hacían a sus hijos, porque, después de todo, ellos mismos habían sido criados así. Imaginemos cómo debía de ser vivir en una sociedad de niños maltratados, y ahora pensemos por un momento en cómo podían ellos criar a sus propios retoños. El historiador M. J. Tucker, en uno de los capítulos de Historia de la infancia, relata el severo tratamiento que lady Jane Grey soportó a manos de sus progenitores, y escribe que «los padres de Jane eran corrientes. [...] La costumbre habitual dictaba que los padres que querían a sus hijos los golpeaban».[7] Y afirma que los niños también lo veían así: «Las niñas, como lady Jane Grey, nunca dudaron de que el origen de sus palizas era la preocupación de sus padres, y se consideraban afortunadas de que estos se tomaran tan seriamente su responsabilidad». Lady Jane Grey murió ejecutada cuando aún era adolescente al verse atrapada en una crisis sucesoria de la familia real. Sin embargo, si hubiera vivido y hubiera querido ser una buena madre según los estándares de la época, ¿cómo habría actuado ella, que de niña fue maltratada, con sus propios hijos?

Aunque pegar a los niños ha pasado de moda, los castigos físicos se siguen practicando en determinados sistemas escolares en Estados Unidos, e incluso hay personas que defienden el valor de su uso (aunque no con el grado de severidad del que hemos hablado). No se puede decir lo mismo de otros tipos de maltrato que sufrieron muchos niños en el pasado. Por ejemplo, algunas sociedades y culturas anteriores tenían ideas extraordinariamente distintas sobre qué prácticas estaban permitidas y cuáles no entre adultos y niños desde un punto de vista sexual.[8] Esto no solo dificulta que hoy nos sintamos próximos a estas culturas y pueblos, también cuesta imaginar que estas perspectivas no tuvieran un efecto importante sobre su realidad. No era nada raro que en muchas culturas de épocas pasadas los niños se vieran como objetos sexuales y, a veces, fuesen usados como tales. Hay cuatrocientos años de relatos de encuentros manifiestamente sexuales de marineros con mujeres en las islas del Pacífico; pero algunas de estas «mujeres» tenían solo diez años de edad. Para nosotros, esta clase de relaciones sexuales pueden parecer descabelladas e incluso obscenas, pero ¿y si a la sociedad en la que vivían esos marineros no se lo parecía?

En otras épocas —en la Antigüedad, sin ir más lejos—, las costumbres solían ser muy distintas de las nuestras en lo que respecta al sexo y los niños.[9] En el Mediterráneo de aquel tiempo, el sexo entre adultos y menores, tanto heterosexual como homosexual, era en muchos lugares aceptado culturalmente. ¿Experimentaban los niños de esas sociedades antiguas los mismos efectos adversos a largo plazo que esperaríamos ver en los menores de nuestro tiempo si tuvieran sexo con adultos? Si es así, me pregunto cómo podía afectar al desarrollo de aquellas sociedades. Pero si no les perjudicaba, eso también tiene interés: por qué no, nos podríamos preguntar.

Incluso los padres que querían lo mejor para sus hijos y tenían menos tendencia a pegarles podían causarles un daño importante con solo seguir la creencia común de la época: el maltrato infantil involuntario, si se quiere.

Una práctica habitual en casi toda la historia era dar a los niños una bebida alcohólica u opio para aliviar el dolor de los primeros dientes o para ayudarlos a dormir. En épocas tan recientes como la década de 1960, no era raro que un médico les recetase medicación para dormir, o que los padres frotasen whisky en las encías de un niño al que le estaban saliendo los dientes. Ahora sabemos con certeza que estas sustancias son perjudiciales, y ya hace siglos que algunas personas eran conscientes del problema. En Historia de la infancia se cita a un médico británico llamado Hume que en 1799 protestaba por las miles de muertes de niños provocadas por enfermeras «que vertían sin cesar en la garganta de los pequeños cordial de Godfrey, un opiáceo bastante fuerte, y que acaba por ser tan mortal como el arsénico».

Hace mucho tiempo, una práctica de crianza muy bien considerada era la de llevar a los niños a ejecuciones públicas para enseñarles una lección moral sobre lo que está bien y lo que está mal. Para que se les quedase realmente grabada, a veces los padres les pegaban mientras miraban, vinculando así el espectáculo con el dolor físico. Pero había también otros motivos para no querer que olvidasen. A veces, los anglosajones pegaban a los niños para que recordasen una fecha específica por razones legales, como presentar pruebas en un proceso judicial; la violencia física se convertía así en una especie de servicio de notaría, o nota recordatoria a largo plazo.

Hoy en día nos preocupa que nuestros hijos se vean expuestos a la violencia simulada de la televisión o los videojuegos, por si eso embota su sensibilidad hacia las atrocidades de la vida real. Sin embargo, en muchas épocas pasadas podía ser la violencia real, no la televisiva, la que los insensibilizase. Piensa en los niños que, por la cultura en la que crecieron, a los cinco o seis años de edad ya habían visto muertes y torturas reales en primer plano. En algunos casos, podían incluso haber participado en ellas.[10]

Si supiéramos de un niño que hoy hubiese tenido una crianza así de sanguinaria o violenta, supondríamos que sería una persona muy afectada y que necesitaría ayuda y terapia. No obstante, es difícil determinar si todos los niños de todas las épocas y culturas se verían afectados por tales experiencias de la misma manera. Es posible que las personas de otros tiempos, que crecieron viendo sacrificar animales y matar a gente de manera habitual, no se viesen afectadas de la misma forma que alguien con la sensibilidad de hoy. Actualmente, quizá supongamos que ciertos hechos pueden dañar a todo el mundo en cualquier época, pero esto no tiene por qué ser cierto. Las acciones no tienen por qué provocar un daño obvio para crear una versión de un ser humano significativamente distinta. Un niño (ya sea en la actualidad o en el pasado) que haya sido testigo de diversas ejecuciones públicas muy violentas será muy distinto de otros niños de nuestra sociedad. Cualquier niño moderno con las mismas experiencias vitales sería probablemente objeto de terapia y, quizá, medicación durante mucho tiempo.

Tras considerar un abuso así de intenso, quizá pienses que algo como el abandono infantil físico o emocional sea una cuestión poco importante. Sin embargo, los expertos que tratan con niños no dudan acerca del impacto negativo y duradero que tendría la falta de contacto continuo entre padres e hijos. Los psicohistoriadores afirman que tales situaciones pueden haber causado daños a muchos niños en el pasado. Esto quizá parezca evidente a primera vista, pero tratar de determinar cómo puede haber afectado a la historia en una escala macroscópica es aparentemente imposible.

En muchas sociedades pasadas, los padres y los niños tenían menos contacto del que estamos acostumbrados a tener en nuestros días.[11] Incluso la experiencia de apego de una madre alimentando a su hijo era algo que se externalizaba. Durante miles de años la institución del ama de cría —mujeres que daban el pecho a los bebés de otras— ha sido muy popular en muchas sociedades y culturas. Hay relatos de amas de cría en la Biblia, y se remontan a la antigua civilización babilónica. Las de la antigua Roma se reunían en un lugar llamado la columna lactaria (la «columna de la leche») para ofrecer sus servicios. En el caso de las madres que no podían producir leche o que habían muerto durante el parto, las amas de cría cubrían una necesidad real, sobre todo cuando muchas de esas sociedades no consideraban dar leche de animales a los bebés.

Y sin embargo, esta práctica solía traer consigo enviar a los hijos fuera de su hogar para vivir con el ama de cría, a veces durante años. Puede parecernos asombrosa la facilidad con la que se entregaba a los niños en el pasado sin darle mayor importancia; en diversos escritos de los siglos XVIII y XIX, son tratados como camadas de cachorros, más que como seres humanos. La suegra de cierto caballero del siglo XIX escribía acerca de un bebé que se había prometido entregar a otra familia: «Sí, desde luego que enviaremos al niño, en cuanto sea destetado [...] y, si alguien quiere uno, sean tan amables de comunicarles que tenemos otros».

El trauma no terminaba con el hecho de apartarlos de su hogar. Después de que el niño hubiese pasado años estableciendo un vínculo con el ama de cría, acababa siendo devuelto a sus padres biológicos, lo que suponía arrancarlos de los brazos de la única madre a la que habían conocido.[12] A veces, las amas de cría no eran amables con aquellos que tenían a su cargo, con lo cual volver al hogar representaba una bendición; pero, en todo caso, el niño tenía que enfrentarse entonces a unos completos extraños. Lloyd deMause cita un texto escrito por el jefe de policía de París en 1780, en el que este calculaba que, en promedio, de los veintiún mil niños nacidos al año en esa ciudad, solo setecientos eran amamantados por su madre biológica. (María Antonieta, después de que su hija la reconociese como su madre en una habitación llena de gente, señalaba en una carta que escribió a la suya: «Creo que, desde ese momento, me gusta mucho más», lo que sugiere que antes no debía de caerle demasiado bien.)

Los niños también podían ser vistos más como una mercancía que como un miembro de la familia. Venderlos era un negocio lucrativo (y hay lugares del mundo donde todavía sucede). Además eran criados como mano de obra. En la Edad Media, la figura del aprendiz no escondía nada más que niños de edades tan tempranas como los cinco o seis años llevados a un castillo o una colectividad para iniciar su vida laboral. Los padres no lo veían como una forma de castigo o maltrato, sino más bien como un internado donde el niño aprendía valiosas habilidades, fundamentales para una vida adulta próspera. Y, desde los inicios de la agricultura, las familias de campesinos han utilizado todas las manos disponibles con la fuerza suficiente para trabajar la tierra y llevar alimento a la mesa.[13] Ver a los niños nada más que como mano de obra barata y fácil de explotar era muy habitual. No fue hasta finales de la década de 1930 cuando en Estados Unidos se prohibió por ley que los más pequeños trabajasen en sectores tan peligrosos como la minería y la manufactura. En la época, la oposición a los intentos de reforma fue mucho mayor de lo que podríamos imaginar. Actualmente, sin embargo, la idea de enviar a un niño de trece años a una mina o a uno de doce a una cadena de montaje nos parece que tiene como objetivo impedir su desarrollo.

Es motivo de reflexión que nuestros antepasados —muchos de los cuales eran personas inteligentes— no viesen hasta qué punto eran perjudiciales estas prácticas. No obstante, quizá nuestro concepto de «perjudicial» y el suyo sean distintos. Ellos criaban niños para vivir en su mundo, un mundo que nos es ajeno. Además, ¿quién sabe lo que pensarán los expertos en crianza del futuro sobre nuestras actuales costumbres? Quizá las mejores prácticas de hoy se consideren abusivas o perjudiciales para los niños según los estándares del mañana. En nuestra defensa, quizá podríamos decir que lo hicimos lo mejor que pudimos con los conocimientos que tenemos, pero eso es probablemente lo que habrían dicho también nuestros antepasados.