La mujer que hay en mí, en Ava Gardner, siempre ha sido maltratada y ha sufrido decepciones. La vida no ha sido buena conmigo; es cierto que me ha dado éxito, riqueza y todo lo que podría soñar, pero por lo demás me lo ha negado todo.
AVA GARDNER
Cuentan que bastaba una mirada suya para que un hombre se enamorara perdidamente de ella. Resultaba tan hermosa y sensual que nadie escapaba a su hechizo. Ava Gardner, la morena más incendiaria de Hollywood, hizo de su tormentosa existencia la mejor de sus películas. Nada hacía imaginar que aquella niña que creció descalza y salvaje en el sur más profundo llegaría a ser la sex symbol que barrería a todas las demás. Nunca quiso ser actriz, hasta que un cazatalentos la descubrió y pensó que una belleza como ella debía aspirar a algo más que a una vida aburrida y provinciana. No sabía hablar, ni moverse con soltura en un plató, pero la cámara la quería como a ninguna. Con el tiempo trabajó con grandes directores de cine y encarnó a tentadoras vampiresas. A pesar de ser una buena actriz no se sentía orgullosa de su carrera y maldecía el alto precio que había que pagar por ser una estrella.
Alguien la bautizó como «el animal más bello del mundo», un apodo que detestaba. Su exuberante belleza fue su perdición y nunca se sintió a gusto en el papel de diosa del amor. Un amor que a Ava siempre le resultó esquivo. Pudo escoger entre una lista interminable de hombres atractivos, poderosos e influyentes: galanes de cine como Clark Gable y Robert Mitchum, toreros como Luis Miguel Dominguín y millonarios como Howard Hughes. Pero el hombre de su vida fue Frank Sinatra, otro espíritu indómito y atormentado como ella. Su sonado romance estuvo plagado de violentas peleas, broncas en público, infidelidades y borracheras que hicieron las delicias de la prensa sensacionalista.
Tras su aire felino y su leyenda de femme fatale se escondía una mujer vulnerable, insegura y necesitada de afecto. Al principio bebía para vencer su timidez ante las cámaras, y después para olvidar el dolor de sus heridas. En los años cincuenta, cuando era la estrella más fotografiada y deseada del mundo, llegó como un vendaval a España huyendo de sus escándalos. Quería alejarse de Sinatra, de la hipocresía de Hollywood y de los paparazzi que invadían su intimidad. Doce años de juergas, sexo y alcohol en aquel Madrid que nunca dormía le pasaron factura. Ni su triste y prematuro declive pudo con su leyenda. Fue hasta el final de sus días «la gitana de Hollywood». La estrella más bohemia, libre y auténtica de cuantas alcanzaron la gloria en la meca del cine.
El primer recuerdo de su infancia fue el aroma del tabaco y el color verde brillante de los extensos campos que se perdían en el horizonte. Ana Lavinia Gardner nació el día de Nochebuena de 1922 en una granja situada en un polvoriento cruce de caminos llamado Grabtown, a las afueras del pueblo de Smithfield, en Carolina del Norte. Era la menor de los siete hijos de Mary Elizabeth Baker —a quien todos llamaban Molly—, una baptista escocesa de Virginia, y Jonas Bailey Gardner, un granjero irlandés dueño de una pequeña plantación. Molly tenía casi cuarenta años cuando dio a luz a su hija mediante cesárea. Se trataba de una mujer fuerte y robusta, a pesar de su metro y medio de estatura. De joven había sido muy hermosa, con unos grandes ojos marrón oscuro y un cutis de porcelana que causaba admiración. Su marido Jonas, con quien llevaba casada veinte años, era un hombre alto y delgado, de facciones duras y muy apuesto. Tenía los ojos verdes y un hoyuelo en la barbilla que Ava heredó. La actriz también sacó de él su carácter reservado y tímido. A pesar de que Jonas profesaba la fe católica, permitía que sus hijos asistieran a la iglesia baptista los domingos. El único libro que se podía leer en la casa de los Gardner era la Biblia.
La seductora estrella fue en sus primeros años una niña preciosa de tirabuzones rubios y rostro angelical muy mimada por todos. Su hermana mayor Beatrice —más conocida como Bappie— tenía diecinueve años y ya se había casado cuando ella nació. Luego la seguían Elsie Mae, Inez, Jack y la pequeña Myra. Su otro hermano Raymond murió cuando contaba apenas dos años de edad al explotar un cartucho de dinamita que cayó accidentalmente en la chimenea de la casa. Otras tragedias se cernerían sobre la familia. Un día su hermano Jack se escondió en el almacén de tabaco para darle una calada a un cigarrillo. Sin querer dejó caer la cerilla y en un instante se formó un gran incendio que destruyó el almacén y la maquinaria agrícola que allí se guardaba. Jonas no consiguió sacar adelante la granja y la familia se vio obligada a abandonar Grabtown. En poco tiempo vendieron la casa y las tierras, y se trasladaron al condado cercano de Johnston, en Brogden.
Ava tenía tres años cuando llegó a su nuevo hogar. Su madre encontró trabajo en la pensión donde se alojaban las maestras que daban clase en la escuela. Los Gardner pudieron instalarse en una zona de la casa y Molly fue contratada como cocinera y ama de llaves. Con su afable carácter y sus excelentes dotes culinarias pronto convirtió aquel lugar en un cálido refugio para las jóvenes profesoras que se hospedaban allí y tenían muy lejos a sus familias. De sus primeros años en la pensión de Brogden, Ava recordaba el trabajo extenuante de su madre cocinando suculentos platos, lavando la ropa y limpiando las habitaciones de la mañana a la noche. Las maestras estaban muy pendientes de la pequeña y por la tarde solían jugar con ella y la sentaban en su regazo para contarle cuentos. «Habiéndome criado en un hostal para maestras a veces me pregunto cómo no me convertí en una estudiosa de los clásicos, o algo así. Lo que adquirí, sin embargo, fue un sentido de la disciplina que me hizo comprender la importancia de desempeñar bien tu trabajo y de ser limpia y puntual. Tuve una buena educación rural, de la que no me avergüenzo. Me impuso los criterios que iban a acompañarme el resto de mi vida», recordaría la actriz. Ava comenzó a asistir a la escuela de Brogden y, aunque al principio mostraba una gran curiosidad por los libros de texto y sus profesoras la consideraban una niña muy lista, a medida que fue creciendo perdió todo el interés por el estudio. Con el tiempo lamentó no haberse esforzado en aprender más y, cuando ya era toda una celebridad y se codeaba con artistas e intelectuales, sintió un gran complejo por su falta de cultura.
«Lo único que odiaba del colegio era tener que meter los pies en aquellas cosas odiosas y restrictivas llamadas zapatos. Me encantaba sentir bajo los pies la tierra caliente, la hierba verde, el barro blando y el fluir del agua. Era un tipo de libertad muy especial, y aún hoy intento revivirla en cada oportunidad», dijo Ava. En verano ayudaba a su padre en la plantación de tabaco limpiando las larvas y gusanos de las plantas, y cortando con sus manos las hojas más maduras. Resultaba un trabajo agotador para una niña e incluso peligroso, pero a ella le gustaba la vida al aire libre y estar junto a su adorado padre. Aunque había segregación racial y la mayoría de los jornaleros empleados en las plantaciones eran negros, Ava siempre se sintió a gusto entre ellos. Uno de sus amigos de infancia se llamaba Shine, al que describía como «mi hermano negro y mi mejor amigo». Este muchacho llegaba cada año a Brogden para trabajar en las tierras y se alojaba en su casa siendo uno más de la familia.
La actriz siempre recordó su infancia como una etapa feliz de su vida, pese a las penurias económicas y privaciones. Al igual que el personaje de Tom Sawyer, se pasaba el día haciendo travesuras y metiéndose en líos con la pandilla de su hermano Jack, que por entonces era su héroe. «Le gustaba comportarse como si fuera un chico. Jugaba a las canicas, trepaba a los árboles, escalaba las torres de los depósitos de agua, se colgaba de las ramas... Cuando llegabas a conocerla, resultaba de lo más dulce y encantadora, pero era un pequeño marimacho. Aprendió un rico repertorio de tacos y expresiones obscenas que solía utilizar con total naturalidad», explicó una amiga suya y compañera de clase en Brogden. A los ocho años Jack le enseñó a fumar cigarrillos que improvisaban liando hojas de tabaco en un trozo de papel de periódico. Pero fue en Hollywood cuando Ava comenzó a fumar en serio tras ver a Lana Turner en los estudios sacar un cigarrillo de su pitillera de oro y encenderlo en la pausa de un rodaje. Lo encontró un gesto tan elegante y glamuroso que no pudo resistirse y desde ese momento se aficionó al tabaco hasta el final de su vida.
A diferencia de su madre, que se levantaba al alba y era una mujer muy dinámica, a Ava le gustaba dormir y levantarse tarde, odiaba colaborar en las tareas domésticas que le mandaban y siempre se escabullía cuando tenía que ayudar en la cocina o fregar los platos. Solo parecía despertar de su apatía en las ocasiones en que una de las maestras las llevaba en coche a ella y a su madre a Smithfield para ir al cine. Era el pueblo más cercano y a la niña le parecía otro planeta. Había calles bien pavimentadas e incluso electricidad, algo que no llegó a Brogden hasta los años cuarenta. A Ava le encantaban las películas románticas y de aventuras, y Clark Gable se convirtió pronto en su actor favorito. Tras verlo en Tierra de pasión, junto a la rubia platino Jean Harlow, pensó que era el hombre más apuesto y varonil del mundo. ¡Qué poco imaginaba entonces que veinte años más tarde estaría en sus brazos rodando ambos la misma película en el corazón de África!
Ava era muy pequeña cuando comenzó la Gran Depresión que asoló el país. En otoño de 1934 la pensión de Brogden tuvo que cerrar sus puertas debido a los recortes presupuestarios y los Gardner se quedaron sin casa y sin trabajo. Su situación resultaba muy precaria porque no disponían de ahorros y los ingresos de Jonas eran insuficientes para mantener a la familia. Por fortuna Molly tenía una buena amiga que dirigía una casa de huéspedes en Newport News. En este importante puerto en la costa de Virginia había varios hostales que daban alojamiento a los trabajadores de los astilleros y a los marinos mercantes. Según le informó su amiga, en uno de ellos necesitaban un ama de llaves y le propuso a Molly que se presentara. Existía la posibilidad de que una vez allí también Jonas pudiera encontrar trabajo como estibador. Una mañana abandonaron Brogden en un viejo y destartalado coche que les prestaron y dejaron atrás el estado de Carolina del Norte, donde habían echado raíces. Ava sintió una gran tristeza por sus amigos, a los que no volvió a ver, y lamentaba que sus hermanos predilectos no la acompañasen. En poco tiempo la numerosa familia se había ido dispersando: Bappie se acababa de divorciar de su esposo y vivía en Nueva York y Jack, su compañero de juegos y aventuras, estudiaba secundaria en la ciudad de Winston-Salem.
«Cuando eres pobre, pobre como las ratas, y no hay forma de ocultarlo, lo pasas fatal. En el campo, donde hay trabajo, comida y amigos de tu misma edad y ambiente, puede que ni te enteres de que eres pobre —confesó Ava—. Pero cuando comienzas la vida en una gran ciudad, amigo, entonces sí que empieza a dolerte tu condición.» Comparada con la tranquila Brogden, la ciudad de Newport News le pareció enorme y caótica. Su nuevo hogar era una casa destartalada de tres plantas en West Avenue, un barrio obrero y conflictivo muy cercano al puerto. Los huéspedes de su madre ya no eran las educadas maestras de la pensión sino rudos y desaliñados estibadores que tras la dura jornada de trabajo se reunían en el salón a beber. En la escuela a la que Ava asistió tampoco contó con el cariño de las maestras. Desde el primer día tuvo que soportar las burlas de sus compañeros por su marcado acento sureño; le tomaban el pelo porque venía del campo y era hija de granjeros. Ava se encerró en sí misma y acurrucada en la última fila de la clase intentaba pasar desapercibida. Se sentía acomplejada entre aquellas niñas engreídas que podían cambiar de ropa a diario cuando ella apenas tenía dos vestidos para ir a la escuela y un único par de zapatos.
Fueron años difíciles para los Gardner. Jonas no encontró trabajo en los astilleros y su salud se debilitó. Tenía una tos fuerte y persistente, y en invierno cogió un resfriado que empeoró su estado. Cuando acudió al médico padecía una grave infección en los bronquios, pero no podían costear los gastos de su ingreso en un hospital. Regresó a casa muy enfermo y su esposa lo instaló en una habitación alejada para que no molestara a los huéspedes. Molly estaba al límite de sus fuerzas; no solo se encargaba de la limpieza de todo el edificio sino que además tenía que ir al mercado, preparar tres comidas diarias para una docena de huéspedes y cuidar de su esposo. Era una mujer fuerte con una voluntad de hierro, pero la situación la desbordó. Un día su hija la encontró llorando desconsoladamente en la cocina. Nunca había visto así a su madre y aquello le rompió el corazón. Fue entonces cuando Ava, con apenas doce años, comenzó a ocuparse de la cocina para aliviar su duro trabajo. Ella se encargaba de preparar los desayunos de los trabajadores a base de gachas de maíz, huevos con beicon y galletas. Cuando regresaba de la escuela hacía compañía a su padre, le leía la prensa y le daba la cena. Madre e hija se las arreglaron para salir adelante hasta que en 1938 Jonas falleció en su lecho. Para Ava fue un golpe tremendo porque estaba muy unida a él: «Pensé que no podría sentir en mi vida mayor dolor. Él tenía el don de hacerme única. Yo no esperaba gran cosa de la vida, pero papá me hizo sentir querida. Me sentía segura a su lado. Y de repente, todo ese mundo desapareció».
Molly intentó no derrumbarse, sin embargo con el paso del tiempo su situación económica se agravó. Cocinaba deliciosos platos y atendía con amabilidad a sus huéspedes, pero apenas había ocupación. Desde la muerte de Jonas todo había cambiado y ella ya no se sentía a gusto en un lugar que le traía dolorosos recuerdos. Tampoco le gustaba el sórdido ambiente de la pensión, y en ese momento menos, ya que su hija se había transformado en una bella y escultural muchacha. A Ava le incomodaban las miradas de deseo de aquellos «viejos asquerosos» a quienes no les importaba flirtear con una joven de quince años: «Me avergonzaba de todos aquellos hombres sucios que siempre estaban bebiendo o tumbados por el suelo. No podía traer a casa a ninguna amiga, y ya no hablemos de amigos; para mí era una situación humillante y muy incómoda». En una ocasión un huésped se propasó con ella y su madre al oír los gritos echó al hombre a la calle.
Ava lamentaba no poder hablar con su madre de los cambios físicos que estaba sufriendo en su adolescencia. Tampoco tenía a su lado a sus hermanas para compartir con ellas sus inquietudes. Cualquier tema relacionado con la sexualidad siempre había estado prohibido en casa de los Gardner. «En cuestión de sexo no nos educaron en absoluto —reconoció la actriz en su madurez—. Nunca se hablaba de este tema; mamá nunca me explicó nada, ni siquiera de la regla, y cuando me vino sentí un auténtico terror y fui corriendo a Virginia, la mujer que ayudaba a mamá en la cocina, y le susurré al oído que me estaba desangrando. Ella me abrazó y exclamó a grito pelado una de las palabras más maravillosas que he oído en mi vida: “¡Ay, Señor, muchachita linda! ¡Dios te bendiga, ya eres toda una mujercita!”.»
Durante el verano de 1938 Molly se enteró de un posible empleo en Rock Ridge, un pueblo del condado de Wilson. Hacía tiempo que había decidido regresar a Carolina del Norte, su verdadero hogar. No le costó conseguir el trabajo, y a principios de otoño madre e hija se mudaron a la pensión que había junto a la escuela de Rock Ridge, un edificio de medio siglo de antigüedad, pero en mejor estado que la miserable casa de huéspedes de Newport News.
Ava había cumplido dieciséis años y su belleza llamaba la atención de los muchachos. Tras la muerte de su padre, Molly intentaba protegerla contra las tentaciones de la carne. «Si te acuestas con un hombre antes de casarte —le repetía—, prefiero verte muerta.» Se había vuelto muy posesiva y no le permitía salir con chicos ni ir al cine. Un día en Nochevieja, asistió a un baile del instituto con un muchacho que le gustaba mucho y cuando regresaron a su casa él se despidió en la puerta con un beso. Su madre, que lo vio desde la ventana, salió hecha una furia y persiguió al joven hasta su coche. Avergonzada por lo ocurrido, Ava se encerró llorando en el cuarto de baño: «Recuerdo que me froté la cara y las manos con jabón una y otra vez en un intento de limpiar una parte de aquella suciedad que estaba segura de haber contraído con aquel beso».
En aquellos días Ava necesitaba trabajar para traer dinero a casa. Quería ser secretaria, y su hermano Jack, que se ganaba bien la vida, le pagó la matrícula para que estudiara en el Atlantic Christian College, en Wilson. Era un buen colegio universitario donde impartían clases de mecanografía y contabilidad. Escribir a máquina se le daba bien, pero Ava pronto perdió el interés. Con sus compañeros de clase no se avenía y de nuevo se sintió despreciada por su origen humilde y su acento sureño. Además, la convivencia con su madre se había vuelto insoportable. Molly seguía controlando todos sus movimientos y no se cansaba de repetirle una y otra vez que «el sexo era algo sucio y que los hombres solo querían una cosa». Le prohibió que se maquillara y tenía la obligación de comer cada día en casa y volver directamente al salir del instituto. Años más tarde, recordando su adolescencia, Ava afirmó: «Lo único que realmente deseaba entonces era estar muerta».
Fue su hermana Bappie quien la sacó de su triste y anodina vida. Era la más independiente de todas y siendo muy joven había abandonado la granja familiar para trasladarse a Smithfield y buscar un empleo. En la ciudad conoció a un chico que estudiaba Derecho, se enamoró y se casó con él. El matrimonio resultó un fracaso y, aunque Molly le pidió que intentara arreglar las cosas con su esposo, acabó separándose. Más adelante encontró trabajo como dependienta en la sección de bolsos y accesorios de unos grandes almacenes en Nueva York. Se había transformado en una mujer sofisticada y estilosa que se pintaba los labios con carmín rojo y llevaba tacones altos. Tras su divorcio se había casado de nuevo con un fotógrafo, Larry Tarr, propietario de un estudio en la Quinta Avenida.
Bappie no tenía hijos y sentía una especial debilidad por Ava, con quien se llevaba casi veinte años. Para la actriz era como una segunda madre y en los momentos difíciles siempre estuvo a su lado. «Cuando la gente me pregunta cómo fue que me metí en el negocio del cine, no me queda más remedio que sonreír. Porque la verdad es que sin el empeño de mi hermana Bappie, lo más probable es que me hubiera pasado el resto de mis días la mar de feliz, tecleando una máquina de escribir en Carolina del Norte», aseguraba. En el verano de 1940 Bappie decidió que ya era hora de que su hermana pequeña pasara unos días fuera de casa y Molly consintió a regañadientes en que viajara en autobús a Nueva York. Para Ava, conocer la ciudad de los rascacielos fue un sueño hecho realidad. Se instaló en el minúsculo apartamento que Larry Tarr tenía en la esquina de la calle Cuarenta y nueve con la Quinta Avenida, encima de su estudio fotográfico. Desde el primer instante Larry se quedó impresionado por la belleza y sensualidad de Ava, que estaba a punto de cumplir dieciocho años: «Era muy guapa, con un rostro bellísimo. Sus grandes ojos verdes destacaban en su cutis de melocotón y tenía una sonrisa encantadora. Nunca había visto una muchacha tan feliz». Durante su estancia su cuñado le tomó muchas fotos improvisadas, pero un día le pidió que posara para él en su estudio. Decidieron que un retrato suyo sería un buen regalo para su madre, que llevaba un tiempo delicada de salud. Ava posó con un vestido estampado sin mangas que le había prestado Bappie y un sombrero de paja sujeto al cuello con un lazo. Parecía una candorosa y bella pastorcilla. Esa fotografía cambió para siempre su vida.
Ava regresó en otoño a Rock Ridge para proseguir sus estudios de mecanografía y taquigrafía en el Atlantic Christian College y cuidar de su madre, que estaba muy envejecida y cansada. Tras la emoción de su estancia en Nueva York, retomó su vida cotidiana que le resultaba cada vez más deprimente. Sin embargo, sus compañeros de clase ya no se burlaban de ella y su atractivo físico levantaba pasiones. Fue elegida Miss Campus, participó en el concurso la Belleza del Algodón y se granjeó un montón de admiradores. En un baile conoció a un joven rico y vividor que se prendó de ella al instante. Se llamaba J. M. «Ace» Fordham, era alto, divertido y un buen bailarín. Empezaron a salir juntos y pronto se hicieron novios. En su primera cita fueron al cine a ver una película de Mickey Rooney, por entonces el ídolo de todas las quinceañeras.
Acompañada de su novio, Ava volvió a visitar a su hermana Bappie y a Larry en Nueva York. Pasaron unos días inolvidables, salieron por las noches a cenar, recorrieron los clubes nocturnos de moda, bailaron en las salas de fiesta y fueron al hipódromo. En un restaurante de Manhattan, la joven vio por primera vez a una estrella de cine. Era Henry Fonda, uno de los actores favoritos del público estadounidense, que sentado a una mesa charlaba y tomaba unas copas con una atractiva mujer. Sin pensárselo dos veces, se acercó a pedirle un autógrafo. Mientras el actor le firmaba en una servilleta, la elegante dama que le acompañaba le dijo: «Cariño, con lo guapa que eres deberías ir a Hollywood». Ava no olvidaría estas palabras premonitorias, aunque por el momento su belleza no le había servido para encontrar trabajo en Nueva York y una vez más tuvo que volver a casa.
En la primavera de 1941, un joven llamado Barney Duhan pasó por delante de la tienda de Larry Tarr en la Quinta Avenida y se quedó absorto mirando una fotografía expuesta en el escaparate. Era el retrato en blanco y negro que Larry le había hecho a Ava como regalo para su madre. Duhan llamó desde una cabina telefónica cercana diciendo que trabajaba en la Metro Goldwyn Mayer y que deseaba localizar a la chica de la foto. El dependiente le dijo que se llamaba Ava Gardner y que acababa de regresar a Carolina del Norte. El joven, desilusionado, se disculpó y colgó. Cuando Bappie y su esposo se enteraron de lo ocurrido decidieron seguir la pista de Duhan y no dejar escapar una oportunidad como esa. Al día siguiente Larry hizo varias copias de las mejores fotografías que tenía de Ava y se dirigió a las oficinas centrales de la Metro en Times Square para entregarlas él mismo. No tardaría en descubrir que el tal Barney Duhan no era un cazatalentos como decía sino el chico de los recados en el departamento jurídico de los estudios. Solía utilizar ese viejo truco cuando quería conseguir una cita con una chica bonita aspirante a actriz. En esta ocasión no había tenido suerte, pero cuando recibió a su atención el sobre con las fotografías de Ava se las hizo llegar a alguien que sí tenía influencia y poder: Marvin Schenck, uno de los peces gordos de la compañía.
Bappie y su marido viajaron para pasar unos días de vacaciones a Carolina del Norte y fue entonces cuando le contaron a Ava que alguien de la Metro había mostrado interés en localizarla. En lugar de alegrarse, le sentó muy mal que Larry hubiera exhibido su retrato en el escaparate de la tienda sin su consentimiento. Le parecía una invasión de su intimidad y durante mucho tiempo se lo echó en cara. A Ava nunca se le había pasado por la cabeza ser una estrella de cine. Tras finalizar sus clases quería encontrar trabajo como secretaria y no descartaba casarse con un buen hombre y formar una familia numerosa como la suya. Pero Bappie creía que su hermana podía aspirar a algo mejor. Era consciente del efecto que causaba su belleza en la gente. Sin apenas una gota de maquillaje, tenía un cutis de porcelana y unos rasgos perfectos, además de un cuerpo escultural.
En el mes de julio, cuando Ava ya se había olvidado de la historia, recibió una llamada de Bappie desde Nueva York. Sus fotografías habían llegado a Ben Jacobsen, el auténtico encargado de la búsqueda de nuevos valores de los estudios, y le habían impresionado. Consideró que era lo suficientemente guapa como para hacerle una prueba. La conversación con Bappie fue breve y no despertó en Ava ninguna ilusión:
—Quieren que vengas, cielo.
—¿Para qué?
—¡Quieren conocerte!
—¿Quién?
—La Metro Goldwyn Mayer.
—¿Quién?
—¡Es donde trabaja Clark Gable, cariño!
Una semana más tarde Ava llegó a Nueva York y se presentó en las oficinas de los estudios en Broadway para hacer su primera prueba. Lucía un largo vestido verde estampado, acampanado, con cuello de encaje, y unos zapatos de tacón alto que le había prestado Bappie con los que apenas sabía caminar. Ben Jacobsen la recibió en su despacho y le entregó un guion para que lo leyera. «No entendía nada de lo que decía. Hablaba de una forma tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Yo no tenía la menor idea de si sabía actuar. Le dije que haríamos una prueba muda. Si llego a enviar a Los Ángeles una cinta de alguien hablando como si tuviera la boca llena de pan, habrían pensado que estaba mal de la cabeza», dijo el productor. Aunque se quedó horrorizado de cómo aquella espléndida muchacha «arrastraba las vocales que parecían no terminar nunca», no podía quitarle la vista de encima. Le pidió a Ava que le acompañara al despacho de su superior, el jefe del departamento Marvin Schenck. Allí decidieron hacerle una prueba solo de imagen que a Ava le resultó de lo más embarazosa.
Sin mediar palabra, un técnico colocó delante de ella una claqueta en la que estaban escritos con tiza su nombre y medidas: «Ava Lavinia Gardner. Altura: 1,70. Peso: 54 kilos», y una voz en la oscuridad comenzó a darle órdenes. A ella le pareció una pérdida de tiempo. Lamentaba que su madre se hubiera gastado tanto dinero en el vestido que llevaba. Estaba convencida de que nunca la volverían a llamar. Pero Marvin Schenck no opinaba lo mismo: «No tenía remedio. Era horrible, no se la entendía al hablar. Pero aun así vimos la prueba, y nos quedamos sin aliento. Era torpe y se movía envarada, pero todos nos enamoramos de ella. ¡Qué mujer!». Jacobsen envió la copia a Hollywood con una nota: «Si no contratáis a esta damisela, es que estáis chalados». Al cabo de unos días la versión muda de la señorita Gardner llegó a Los Ángeles. El director de cine George Sidney, que años más tarde la dirigió en la película Magnolia, la vio y le gustó: «Tenía algo. Recuerdo que le dije a mi ayudante: “Diles a los de Nueva York que me la envíen; es buen género”». Cuando Ava, mucho tiempo después, se enteró de este comentario le dijo a un periodista: «No sé si George utilizó esta expresión conmigo, pero no me extrañaría. Es evidente que en aquella época nos trataban a todas como si fuéramos ganado».
Ava regresó a Carolina del Norte, pero esta vez por poco tiempo. Apenas habían transcurrido unos días cuando Bappie la llamó muy excitada y le dio la gran noticia: «La Metro te va a contratar; tienes que salir para Hollywood inmediatamente. Mueve el culo». Durante su ausencia la salud de su madre había empeorado. Padecía un cáncer de útero muy avanzado y su pronóstico era grave. Molly no había querido preocupar a sus hijas ni ser una carga para ellas y ocultó sus dolores y frecuentes hemorragias. Cuando la llevaron al médico ya era demasiado tarde para operarla. Ava quería estar a su lado y cuidar de ella, pero decidieron que Molly se iría a vivir con su hija Inez y su marido. Bappie se ofreció voluntaria para acompañar a su hermana a California, aunque para ello tuviera que dejar su trabajo de dependienta en Nueva York.
Ava Gardner nunca olvidó aquel caluroso 23 de agosto de 1941 cuando ella y su hermana llegaron a Los Ángeles tras un largo y cansado viaje en tren. No iban solas, las acompañaba Milton Weiss, un joven publicista de la Metro que debía velar por su seguridad y guiarlas los primeros días. Aunque un coche del estudio la esperaba para llevarla a su lujoso hotel, en ningún momento pareció impresionada. «Hollywood era un barrio de Los Ángeles monótono y tranquilo, con palmeras marchitas, edificios despintados, tiendas baratas y teatros llamativos, muy por debajo del maremágnum de Nueva York o incluso de la belleza rural de Carolina del Norte», cuenta la actriz en sus memorias. Iba a trabajar en los estudios más importantes del mundo, pero ella se comportaba como si estuviera haciendo turismo en California. Bappie, en cambio, no podía disimular su entusiasmo. Se alojaron en el hotel Plaza y al día siguiente la señorita Gardner visitó las magníficas instalaciones de la compañía en Culver City, que ocupaban más de sesenta hectáreas con oficinas, estudios de sonido, almacenes, laboratorios, decorados y modernos platós. Además contaba con parques, un lago artificial y hasta un zoológico privado. Había una avenida principal con elegantes fachadas de una calle de Nueva York, un bulevar parisino, una ciudad del Lejano Oeste, un castillo medieval y una jungla en miniatura donde se rodaban las películas.
Al frente de esta fábrica de sueños se encontraba Louis B. Mayer, presidente de la Metro Goldwyn Mayer y el hombre más poderoso de Hollywood, quien se jactaba de tener «más estrellas que el cielo», tal como se podía leer en un enorme rótulo del estudio. Greta Garbo, Clark Gable, Joan Crawford, Judy Garland, Mickey Rooney, Esther Williams, James Stewart, Katharine Hepburn o Lana Turner formaban parte de la gran familia de los estudios. El empresario se consideraba como un «padre» para los actores y ejercía un control absoluto sobre sus vidas. Decidía en sus matrimonios, divorcios, abortos, hipotecas y vacaciones con total naturalidad. «Me pondría de rodillas y besaría el suelo que pisan las estrellas», decía. También podía ser un tirano y destruir de la noche a la mañana a quien se opusiera a sus deseos. Pronto Ava se convirtió en otra de sus protegidas y sufrió en carne propia la tiranía del estudio.
En aquella primera visita guiada a Culver City, la joven aspirante a actriz también conoció los departamentos de maquillaje, peluquería y vestuario, lugares a los que debería acudir todos los días. Pero lo que más le impresionó fue pasar por delante de las puertas de los camerinos en las que se habían grabado los nombres de algunas de las leyendas del cine que ella tanto admiraba. Un día el suyo figuraría en letras doradas en el que durante años ocupara la gran estrella Norma Shearer.
Weiss quiso que Ava viera cómo se rodaba una película y la llevó al plató donde el actor Mickey Rooney ensayaba una escena del musical Chicos de Broadway con su compañera Judy Garland. Iba disfrazado de Carmen Miranda, la bailarina brasileña, y estaba irreconocible. Llevaba un turbante con una enorme cesta de fruta, una blusa anudada al vientre, una falda larga de brillantes colores, sandalias de plataforma, carmín en los labios y largas pestañas postizas. Cuando Ava ya se iba a marchar, Mickey se acercó a ella. Weiss hizo las debidas presentaciones y el actor la saludó con una reverencia. Charlaron apenas unos minutos y él regresó al trabajo. «Se me cortó la respiración y el corazón me dejó de latir. Era magnífica, esbelta, orgullosa, elegante, tierna e infinitamente femenina. Era el amor», recordaba Mickey Rooney. Desde aquel instante no pudo quitársela de la cabeza y conseguir una cita con ella se convirtió en una obsesión.
La segunda vez que el actor vio a la señorita Gardner fue en la cafetería del estudio. Se acercó, la piropeó delante de todo el mundo y le preguntó si quería salir a cenar con él esa noche. Ava se quedó pasmada cuando le vio allí de pie, porque Rooney medía apenas 1,57 y ella era bastante más alta. Más tarde comentó: «Dios mío, por un momento creí que se había encogido, pero luego recordé que la primera vez que le vi llevaba enormes plataformas». Ava se disculpó y le dijo que no podía salir con él porque se encontraba muy ocupada. Mickey no se desanimó, pese a que no estaba acostumbrado a que las chicas le dieran calabazas. Al regresar a su mesa aseguró a sus amigos: «Me voy a casar con ella aunque me cueste la vida».
La ciudad de Los Ángeles ofrecía muchos alicientes que por el momento Ava y su hermana no se podían permitir. Dejaron su costosa habitación del hotel Plaza y se mudaron a un pequeño y deprimente apartamento en Hollywood Wilcox que tenía una cama plegable, una cocina diminuta y un cuarto de baño interior. Bappie consiguió empleo como dependienta en una de las grandes tiendas de Wilshire Boulevard, lo que les permitía pagar cada semana el alquiler. Años más tarde, cuando ya era una famosa actriz, Ava recordó sus comienzos con su habitual sentido del humor: «¿Que quieres ser estrella de cine? Pues encanto, toca levantarse temprano. A las cinco de la mañana, en el frío amanecer de Hollywood, ya estaba en la calle. Caminaba hasta la terminal de autobuses, que se encontraba a unas tres manzanas, y cogía el primer autobús a Wilshire Boulevard. De ahí otro autobús me llevaba a Culver City, y por fin el tercero me dejaba delante del estudio. Mi primer destino era la sala de maquillaje. Me sentía aterrada». En más de una ocasión estuvo a punto de abandonar Hollywood y regresar a casa, pero era Bappie quien la animaba a seguir porque tenía el convencimiento de que al final triunfaría.
En los días siguientes Ava aún tendría que someterse a otras pruebas. En el departamento de vestuario le tomaron las medidas, analizaron los colores que iban mejor a su tono de piel y le probaron algunos vestidos de noche. Después se puso en manos de los especialistas en maquillaje y peluquería, que la rodearon analizando sus facciones y comentando en voz alta los defectos que debían corregir. Entre ellos estaría el hoyuelo de su barbilla que no dudaron en disimular, si bien era uno de los rasgos de los que la joven se sentía más orgullosa porque le recordaba a su padre. Sydney Guilaroff, el mejor peluquero de Hollywood, decidió no cambiarle el color castaño del pelo y se limitó a darle más volumen y marcarle unas suaves ondas. Ava cedió en todo, y solo en una ocasión sacó su genio cuando se negó en redondo a que le depilaran con cera sus negras y espesas cejas. «En aquellos tiempos en Hollywood te afeitaban las cejas y las sustituían por una fina línea de lápiz. Lana Turner, pobrecilla, sufrió mucho por culpa de esto, porque le depilaban las cejas con pinzas y a la cera. Pero ese era el tratamiento usual de las starlets de Hollywood: había órdenes de fabricar una serie de muñecas de porcelana con la misma cara, y allí todo el mundo cumplía órdenes», comentó la actriz.
Cuando ya estuvo lista, se presentó en el despacho de George Sidney para hacer una nueva prueba. En esta ocasión fue algo muy simple: se limitó a sentarse en una silla giratoria de modo que el director pudiera filmarla desde cualquier ángulo. Sidney, considerado todo un experto en reconocer potenciales talentos cinematográficos, recordando su primer encuentro con la joven y tímida Ava, declaró: «Era una chica muy sexy. Costaba creer lo sexy que era. Tenía una piel fantástica y unos ojos preciosos. Había nacido en un pueblucho de Carolina del Norte y creo que todo le pareció muy extraño. Había en ella una chispa, un resplandor que emana de algunos actores, aunque muchas veces ni siquiera ellos saben que lo tienen».
Al día siguiente Louis B. Mayer vio la prueba y exclamó: «Esa chica no sabe actuar, no sabe hablar, pero ¡es deslumbrante!». El empresario tenía una gran intuición para saber lo que el público quería. Ava era un diamante en bruto, solo había que pulirlo. Dio la orden de que la joven empezara de inmediato a educar su voz y a aprender interpretación. «En esa época, bajo la dirección del señor Mayer —recordaba George Sidney—, no se daban por vencidos porque disponían de un increíble programa de formación para jóvenes talentos. Tenían casi una universidad dentro del estudio. Mayer se dio cuenta de que tenía algo especial y que podría funcionar.»
Ava comenzó asistiendo a clases de dicción con Gertrude Vogeler, una entrañable anciana que era toda una institución del estudio. Gracias a ella y a sus métodos innovadores, que incluían ejercicios respiratorios de yoga, logró abandonar el marcado acento sureño que tanto la acomplejaba. Tiempo después Vogeler evocaba así su primer encuentro con la actriz: «Era una muchacha tímida, modesta, triste y muy guapa. Llevaba un vestido viejo y horrendo, no iba maquillada y estaba despeinada, pero tenía muchas ganas de aprender». Su formación se completó con Lillian Burns, la mejor profesora de arte dramático de la Metro. Desde el primer instante esta se dio cuenta de que Ava tenía un innegable magnetismo. El problema era su extremada timidez. Cuando tenía que actuar, perdía toda su naturalidad y se mostraba rígida y acartonada. «Poseía esta clase de presencia que no se aprende en las escuelas de arte dramático. Podía ser provocativa y misteriosa a la vez. Hablaba con voz profunda y en un tono sensual... y tenía una risa escandalosa», explicó la señora Burns.
Las primeras semanas se vio envuelta en una agotadora rutina. Además de tomar lecciones de dicción y de arte dramático, como todas las jóvenes aspirantes a actriz estaba obligada a aprender danza moderna, ballet clásico y canto. Aunque esperaba impaciente la hora de asistir a las clases, sus primeros trabajos en el estudio le resultaron frustrantes. Lo único que tenía que hacer era entrar en un plató donde se rodaba una película y mezclarse entre una multitud de extras. El resto del tiempo lo pasaba en la llamada «galería de retratos» donde la fotografiaban como una sugerente pin-up. Debido a su buena figura y la belleza de su rostro, Ava pasó muchas horas posando con falda corta o traje de baño. Eran fotos «ligera de ropa» y aunque le resultaba denigrante no podía negarse. Años después declaró a la revista Photoplay: «Mi especialidad consistía en lo que llamaban “arte de pierna”, fotos de publicidad de la variedad de semidesnudos para ser utilizadas una y otra vez en periódicos y revistas de todo el país. Con mis fotografías se podría haber alfombrado Hollywood Boulevard de acera a acera. No recuerdo cuántos trajes de baño llegué a ponerme... sin acercarme siquiera al agua. Con la cantidad de miradas ardientes y poses sugestivas que me tomaron en el estudio fotográfico de la Metro se podría haber derretido el Polo Norte». Lo que Ava no comprendió entonces era que, hasta que no aprendiera a actuar, lo único que podía ofrecer era una cara bonita y unas formas exuberantes.
«Agradecí todo lo que me enseñaron mis profesoras, pero de lo que siempre me arrepentí fue del maldito contrato con la Metro Goldwyn Mayer que tuve que firmar. Me convertí en su propiedad durante los siguientes años», dijo Ava. Todo había ido muy deprisa. El estudio le hizo firmar un contrato en exclusiva de cincuenta dólares a la semana durante siete años; cada seis meses se revisaría para evaluar sus progresos, y en virtud de sus posibilidades seguiría adelante o se prescindiría de ella. También tenían derecho a imponerle un período de descanso de doce semanas, durante las cuales su sueldo descendía a treinta y cinco dólares. Ava estaba obligada a aceptar cualquier papel, a posar en sesiones fotográficas y a conceder todas las entrevistas que se le asignaran. Había una «cláusula de moralidad» que indicaba que no podía beber, que debía comportarse correctamente en público y que no podía salir de Los Ángeles sin permiso de la compañía. «Decencia y rectitud» eran dos valores que el señor Louis B. Mayer exigía a sus estrellas, en especial las del sexo femenino. Ava pronto descubrió que tras esta fachada de puritanismo se escondía «un gran montón de basura».
«Una chica joven que estuviera empezando se encontraba en una situación muy vulnerable en el estudio. Había mucha lujuria y muchos abusos. Nadie se atrevía a denunciarlo. Si querías trabajar, tenías que callar y aguantar; así eran las cosas», recordaba la actriz Leatrice Gilbert, que tenía entonces diecisiete años y también era una recién llegada a la Metro. Ava había escuchado rumores de cómo algunos altos ejecutivos y productores abusaban sexualmente de las jóvenes actrices y temía lo que pudiera ocurrirle a ella. «No parabas de oír cosas terribles que les habían pasado a otras chicas del estudio y era inevitable que te preocuparas porque en cualquier momento tú podías ser la siguiente», confesó Ava. Durante su primera semana de trabajo fue acosada por un directivo que la invitó a ver una nueva película en la sala de proyección. «En cuanto se quedaron solos y a oscuras, el tipo empezó a sobarla y trató de besarla, mientras mascullaba una mezcla de ofertas de trabajo, piropos y vagas amenazas. Ella se marchó y se escondió en un despacho. Más adelante Ava se lo contó a Howard Strickling, el jefe de publicidad de la Metro y hombre de confianza del señor Mayer, quien le aseguró que no volvería a ocurrir algo así y que aguantara porque estaba convencido de que iba a ser una gran estrella», explica Lee Server en su biografía.
El señor Strickling era el encargado de tapar los escándalos de las estrellas y le insistió a Ava en que lo olvidara y que no permitiera que ese desafortunado incidente arruinara su brillante futuro. Tras esta agresión la actriz se empeñó en pasar desapercibida para que ningún «lobo» del estudio se fijara en ella. Intentaba rehuir a los hombres que revoloteaban a su alrededor y rechazaba todas las invitaciones a las fiestas que organizaban los productores. Incluso se negaba a salir con la superestrella del estudio, Mickey Rooney, que no se daba por vencido y seguía intentando conseguir una cita con ella. Mickey era el actor más popular y taquillero de Estados Unidos gracias a las películas de la serie del personaje Andy Hardy, en las que interpretaba a un travieso adolescente pero de buen corazón que todas las madres desearían tener. Dos años mayor que Ava, era la estrella más rentable de Hollywood y ganaba cinco mil dólares a la semana. Rooney estaba en la cima del éxito cuando conoció a la aspirante a actriz. Aunque en la gran pantalla representaba siempre el papel de un chico pícaro pero decente y bastante ingenuo, en la vida real era un famoso playboy juvenil que se acostaba con todas las chicas que le gustaban. A pesar de su aspecto poco agraciado y corta estatura, su desbordante personalidad y simpatía resultaban irresistibles a las mujeres. El estudio le había asignado un guardaespaldas para sacarle de apuros, porque cuando bebía podía ser agresivo y no tenía el más mínimo pudor. Ava conocía su fama y no estaba dispuesta a ser una más en su larga lista de conquistas.
Tras el rechazo de la joven, el interés de Mickey por ella creció. La llamaba todos los días para invitarla a cenar, le mandaba ramos de rosas y orquídeas, le escribía notas, pero la respuesta era siempre la misma: «No, gracias, señor Rooney. Estoy ocupada». El actor suponía que salía con otros hombres, pero la realidad es que ella y Bappie llevaban una vida de lo más monacal. Su situación económica no les permitía ir a un restaurante o tomar una copa en una sala de fiestas. La rutina semanal de las Gardner era siempre la misma: todas las noches cenaban una hamburguesa en la esquina de su calle, jugaban al rummy, escuchaban un rato la radio y se iban a la cama a las nueve. Bappie, que a esas alturas se había divorciado del fotógrafo Larry Tarr, estaba cansada de hacer de niñera de su hermana pequeña. Un día le dijo: «¿Por qué no le dejas que te lleve a cenar, cielo? Estoy convencida de que hay sitios muy agradables, mucho mejores que el puesto de hamburguesas, y Mickey es un tipo estupendo».
Para Rooney el desinterés de Ava resultaba incomprensible y su obsesión fue en aumento. Él, que se vanagloriaba de que sus películas eran más taquilleras que las de Clark Gable, no podía convencer a una sencilla muchacha de Carolina del Norte para cenar juntos una noche. Acostumbrado a conseguir todo lo que se proponía, adoptó una estrategia de «conquista total» que acabó dando sus frutos. Al final Ava, abrumada por su insistencia, aceptó pero a condición de que su hermana Bappie fuera con ellos. El actor las invitó a cenar a Chasen’s, el restaurante más caro de Los Ángeles. Cuando llegaron les tenían preparado el aperitivo: champán y caviar en abundancia. Mickey las deslumbró con sus ingeniosos chistes, imitaciones y chismes sobre famosos. Después fueron a bailar a Ciro’s, donde tocaban las mejores orquestas de la ciudad, y Ava descubrió con satisfacción que su ferviente admirador era un buen bailarín. Aquella fue la primera vez desde su llegada a Los Ángeles que tuvo la oportunidad de conocer los locales nocturnos frecuentados por estrellas de cine. Se sentía como Cenicienta en un mundo fastuoso y deslumbrante, rodeada de damas vestidas con sofisticados trajes de noche y cubiertas de joyas acompañadas de apuestos caballeros en esmoquin. Un mundo donde Rooney se movía como pez en el agua saludando a todos con efusivos besos y apretones de manos. «En una sola noche, de la mano de Mickey podías conocer a Judy Garland, Lana Turner, Elizabeth Taylor, Esther Williams y otras grandes estrellas que hasta el momento yo solo había visto en el cine de Smithfield», aseguró Ava.
Aunque el hombre de sus sueños era alto, corpulento, moreno y muy atractivo, de Rooney le gustó su jovialidad y su energía desbordante. Le encantaba ser el centro de atención y hablaba sin parar. «Después de mi primera cita con Mickey, empezamos a salir de manera regular. Al principio la corta estatura de Rooney me consternaba, pero era encantador, romántico y muy animado, y empecé a echarle de menos cuando no estaba. Yo era tímida y una chica que se movía al ritmo del sur, y la velocidad de Mickey me alucinaba», reconocía Ava. Y así empezó el cortejo. Todas las mañanas la recogía en su nuevo coche, un reluciente Lincoln rojo descapotable, para llevarla a los estudios y la devolvía a su casa por la tarde. Cenaban en Romanoff’s, bailaban en Ciro’s o en Trocadero, tomaban cócteles en Don the Beachcomber y acudían juntos del brazo a los estrenos importantes. Así, casi sin darse cuenta, se convirtió en «la chica de Mickey Rooney» y los columnistas de cotilleos publicaron la noticia de que la señorita Gardner era la novia del ídolo juvenil norteamericano.
Mickey ardía en deseos de poseer a Ava, pero cada vez que la besaba y trataba de ir más lejos, ella se negaba. Así lo cuenta la estrella en sus memorias: «Era una muchacha muy anticuada, como muy bien descubrió Mickey después de un par de sesiones de lucha libre en el asiento trasero de su coche. No estaba dispuesta a irme a la cama con él y le dije que jamás lo haría antes de casarme». Una noche el actor le soltó: «Casémonos. Ahora», y ella le respondió que no porque ambos eran aún muy jóvenes. Para Ava el matrimonio suponía un paso muy importante y temía que vivir con Mickey fuese como estar siempre en un plató. «Éramos muy distintos. Él estaba lleno de entusiasmo, seguro de sí mismo, y se le daba bien todo lo que se proponía, desde actuar hasta practicar el golf, la natación y el tenis —declaró la actriz—. Yo, en cambio, aunque estaba a punto de cumplir los diecinueve años, no era muy distinta de aquella campesina cohibida que intentaba llenar los silencios recitando los nombres de los anuncios luminosos.» Mickey Rooney le llegó a pedir matrimonio hasta en veinticinco ocasiones.
El 7 de diciembre de 1941, Estados Unidos entró en guerra y un manto de miedo e incertidumbre se extendió sobre Los Ángeles. En las oficinas de reclutamiento los jóvenes hacían largas colas para alistarse como soldados, dispuestos a dar la vida por su país. Dos días después Ava y Mickey salieron a cenar y se mostraron preocupados por su porvenir. Ya entrada la noche, el actor la acompañó en su coche hasta su apartamento en el hotel Hollywood Wilcox. Al llegar frente a la puerta Mickey apagó el motor y los dos se quedaron en silencio. Entonces él le tomó la mano y le dijo: «Ava, no estoy bromeando: ¿quieres casarte conmigo?». Y ella respondió: «De acuerdo, Mickey, me casaré contigo». La única condición que le puso es que tenía que esperar a que cumpliese los diecinueve años. Aquella misma noche Ava llamó por teléfono a su madre para darle la feliz noticia. Quería que Molly viajara a California para estar a su lado en un día tan especial y juntas comprar un precioso vestido blanco de novia y todo su ajuar. Mickey le aconsejó a su prometida que fuera discreta y que por el momento mantuvieran en secreto sus planes de boda. La mayor preocupación del actor era anunciarle a su jefe, el señor Louis B. Mayer, que se iba a casar con la señorita Gardner. Pero el productor ya se había enterado y convocó a la joven pareja en su oficina.
Acudieron a la cita con el presidente de la Metro cogidos del brazo como dos felices enamorados. Ida Koverman, secretaria y ayudante personal del productor, les hizo pasar a su despacho, una espectacular y diáfana estancia de diseño modernista con las paredes forradas de cuero blanco. Mayer les esperaba sentado en un sillón alto frente a una larga mesa de madera en forma de herradura. Se hallaban en el «salón del trono del rey de Hollywood», como algunos lo llamaban, pero ese día el monarca no estaba de humor. Tenía cincuenta y siete años, era el ejecutivo mejor pagado del mundo y no toleraba que sus empleados se enfrentaran a él o le decepcionaran. Primero se dirigió a Ava con estas palabras: «Mickey solo quiere una cosa. Cuando la consiga y se quede satisfecho, empezará a aburrirse y saldrá a hacer otra conquista. Le conozco mejor que tú». La actriz le escuchó perpleja y abandonó el despacho acompañada de la señorita Koverman. Acto seguido, descargó toda su ira en Mickey. «¿Cómo te atreves a hacerme esto? ¡A mí, que fui un padre para ti! ¡A nuestro estudio, que fue tu familia, que te ha llevado hasta tu enorme éxito!», le gritó. El actor era la posesión más rentable de la Metro por su personaje de Andy Hardy, el ídolo del público juvenil americano. El empresario no iba a permitir que su boda con una explosiva aspirante a actriz perjudicara su imagen de chico bueno y afectara a la taquilla. Mickey le dijo que ya era un hombre adulto y que el público lo entendería, y añadió que Ava y él estaban muy enamorados. «¿No quieres escuchar razones? Muy bien. Entonces te lo prohíbo. Eso es todo. Te lo prohíbo», respondió su jefe fuera de sí. Mickey sabía que si quería, aquel hombre podía destruirle y arruinar su carrera como ya había hecho con otros actores. Aun así, no estaba dispuesto a renunciar a su amor y nadie le iba a impedir casarse con Ava. Finalmente Mayer, al ver su firmeza, cedió a regañadientes. No le interesaba arriesgarse a perder un filón de oro, y menos ahora con el anuncio de una guerra inminente. Pero le dejó bien claro que las cosas se harían a su manera.
«La boda se celebraría, pero la Metro impondría sus reglas —explicó la actriz—. Les Petersen, responsable de la publicidad de Mickey en el estudio, quedó encargado de todos los detalles, y persuadió a mi novio para que aceptara el plan de la Metro, que consistía en celebrar una pequeña, tranquila y discreta ceremonia, sin publicidad. Y yo, la sumisa futura esposa, dije a todo amén, aunque con ello destrozaba mi sueño de casarme de blanco y con una preciosa ceremonia. No eché de menos una boda por todo lo alto pero sí eché de menos el vestido.» Ava, que era muy romántica y soñaba despierta con una boda de cuento de hadas, se sentía decepcionada, furiosa y avergonzada. Para mayor humillación, le dijeron que no se molestara en invitar a ninguno de sus parientes de Carolina del Norte y que llevara un vestido sencillo y joyas poco llamativas.
El 10 de enero de 1942, poco después de cumplir los diecinueve años, Ava se casó con Mickey en una iglesia presbiteriana de Ballard, un pueblo pequeño de Santa Bárbara. La novia lucía un sombrero de plumas, un discreto traje azul y un ramillete de orquídeas prendido en la solapa. En el cuello un sencillo collar de perlas de dos vueltas, y unos pendientes de diamantes y perlas a juego. En su rostro se notaba su abatimiento y nerviosismo. Después de un intenso cortejo de seis meses se casaba a escondidas con una estrella de cine, rodeada de extraños y a miles de kilómetros de su casa. Solo asistieron seis invitados, entre ellos, el publicista Les Petersen, su hermana Bappie, que hizo de dama de honor, la madre de Mickey, y su padrastro. Cuando su suegra, una mujer dura y extravagante aficionada a las carreras de caballos, conoció a Ava, sus primeras palabras fueron: «Espero que aún no te haya llevado a la cama». Más adelante Ava solía recordar con simpatía esta anécdota y acabó llevándose muy bien con ella. Al finalizar la breve ceremonia el fotógrafo de la Metro se dispuso a tomar la foto oficial de la boda, y Petersen salió corriendo a buscar un pequeño taburete en el que Mickey se subió para estar a la altura de su esposa.
No hubo banquete de boda y los recién casados, tras despedirse de sus familiares, pusieron rumbo a la costa de Monterrey. Para sorpresa de Ava, el señor Petersen también les acompañaría en su luna de miel en calidad de agente de prensa y guardaespaldas. Ava se acabó tomando con humor la situación: «El pobre Les Petersen era el responsable ante el señor Mayer de conservar limpio e inmaculado el nombre de Andy Hardy. Y como a Mickey le encantaba beber, las apuestas y las chicas, no necesariamente en ese orden, era un trabajo muy duro, y tengo que añadir que perdono completamente a mi querido Les por lo que tuvo que aguantar», declaró la actriz. Fue Petersen quien había comprado el anillo de platino que Ava lucía en el dedo y hasta había elegido la inscripción «Te amaré siempre». También se encargó de reservar una romántica habitación para cuatro noches con nombre falso en el hotel Del Monte, en Carmel, donde pasarían su luna de miel.
Cuando finalmente Ava y Mickey se quedaron solos en la suite del hotel, comenzaron a beber champán para calmar los nervios. Ella intentaba retrasar el momento de meterse en la cama porque se sentía asustada: «No estaba preparada. Era virgen y para mí el sexo aún era algo sucio y no tenía ninguna experiencia. Temía estropearlo todo». En sus memorias, Mickey Rooney cuenta que aquella noche los dos acabaron bebiendo más de la cuenta y que él se quedó dormido mientras Ava se arreglaba para la ocasión en el cuarto de baño. Fue en su segundo día de casados cuando Rooney le hizo el amor y la joven se quedó «gratamente sorprendida». El actor, pese a su juventud, era un experto amante y según sus palabras «aquella noche con Ava fue una sinfonía de sexo». Tras la magia de su primera noche juntos, la actriz descubrió que Mickey tenía otras pasiones además del sexo. Su flamante y enamorado esposo se pasó buena parte de su luna de miel jugando al golf en los campos cercanos al hotel. La realidad era que Ava se encontró muy sola porque él apenas le prestaba atención, salvo por las noches cuando estaban en la cama. «Fue una luna de miel ideal —dijo Rooney—. Sexo y golf, golf y sexo.» Sin embargo, para Ava fue una dolorosa decepción. Solo veía a su marido durante las comidas, y el resto del tiempo lo pasaba en compañía «del pobre y paciente señor Petersen».
Después de cuatro días que Ava recordaría con rabia y dolor, la pareja partió en coche hasta San Francisco. La luna de miel había terminado y la Metro había programado al actor una serie de apariciones públicas para promocionar su última película de la serie de Andy Hardy. De nuevo se vio totalmente desplazada a un segundo plano mientras su esposo obtenía toda la atención de la prensa y el clamor del público. Las autoridades recibían a Mickey Rooney en cada ciudad que visitaban como a un «héroe» y se organizaron fiestas y elegantes banquetes en su honor. Ava, que desconocía la etiqueta y se sentía una extraña rodeada de políticos, empresarios y gente de la alta sociedad local, lo pasó muy mal.
El mejor recuerdo de la gira fue cuando de camino a Washington pudieron desviarse a Raleigh, donde su madre vivía con Inez y su marido en una modesta casa de Fairview Road. Molly se había vestido muy elegante para recibir a su famoso yerno y estaba feliz. La vivienda se llenó de familiares venidos desde muy lejos para conocer en persona a la gran estrella de Hollywood. Pese a que la madre de Ava estaba enferma disfrutó de la fiesta de bienvenida que prepararon a los recién casados y todos comieron su plato favorito, el pollo frito a la sureña. La actriz quedó muy agradecida a Mickey, quien se mostró especialmente atento con su suegra. La abrazó, la hizo reír a carcajadas con sus chistes e imitaciones, y hasta se animó a cantar en su honor un tema de su última película. Ava se despidió de Molly con lágrimas en los ojos porque intuía que no volverían a verse.
La última etapa de la gira fue Washington, donde la actriz viviría la experiencia más extraordinaria desde que Mickey entró como un huracán en su vida. Habían sido invitados junto a otras grandes estrellas de Hollywood a la fiesta del sesenta cumpleaños del presidente Franklin D. Roosevelt en la Casa Blanca. Ava estaba muy nerviosa y nunca olvidó que durante unos minutos estuvo charlando con el presidente de Estados Unidos, el hombre del que su padre siempre había hablado como si fuera un dios. «Hace seis meses estaba en Wilson, Carolina del Norte, preocupada porque no sabía qué clase de trabajo como secretaria iba a encontrar, y ahora estoy aquí, en la Casa Blanca, siendo presentada con todos los honores al presidente de Estados Unidos y a la primera dama. Es verdaderamente un sueño», comentó incrédula.
Cuando regresaron a Los Ángeles la luna de miel llegó a su fin y empezó la vida de casados. Les Petersen se había encargado de encontrarles un apartamento en Westwood Village. Era sin duda más grande que el que había estado compartiendo con Bappie, pero no tenía el menor encanto. «Era más soso que la suite de un hotel», aseguró la actriz. Enseguida el estudio reclamó a su joven estrella para comenzar a rodar una serie de películas. Ava pasó de nuevo a un segundo plano y apenas veía a su marido. Cuando no estaba rodando en el plató, Mickey asistía a las carreras de caballos, jugaba al golf y salía de juerga con su pandilla de amigos. Mientras, ella seguía posando para los fotógrafos de la Metro y asistiendo a sus clases de dicción y arte dramático. Para la actriz el matrimonio era algo sagrado y para toda la vida, así la había educado su madre, pero él no estaba dispuesto a abandonar sus antiguas costumbres. Más adelante le confesó desencantada a un periodista: «Mickey Rooney pensaba, si es que llegó a pensar en ello, que un matrimonio podría funcionar al margen de su vida habitual: bebidas, fiestas, clubes, mujeres, corredores de apuestas, partidas de golf, sin mencionar el apretado ritmo de trabajo del estudio y la publicidad».
Al principio Ava asumió el papel de esposa hogareña ocupándose de la casa, planchando y cocinando para él algunos de sus platos sureños. Pero Mickey prefería cenar siempre fuera en Chasen’s o Romanoff’s, en medio del bullicio, el humo y rodeado de su camarilla de aduladores. «Ava entonces no hablaba mucho. Escuchaba con atención y al acabar yo, en la habitación reinaba un silencio de muerte. Ella se ponía a leer una revista o escribía cartas a su familia. Yo me volvía loco. Tenía que tener gente a mi alrededor, acción. No soportaba aquellas largas noches en casa», explicó el actor. Por el contrario, a ella le encantaba holgazanear en la cama hasta el mediodía, comer tranquila y escuchar discos durante horas echada en el suelo y siempre descalza. «La verdad es que los únicos momentos en que realmente soy feliz —escribió la actriz— es cuando no hago nada en absoluto. No entiendo a la gente a quien le gusta trabajar y hablan de ello como si fuera un puñetero deber. No hacer nada me hace sentir como si flotara en agua tibia. Delicioso, perfecto.»
Solo había una cosa que les unía a ambos: en la cama se entendían a las mil maravillas. De la mano de Mick —como ella le llamaba— descubrió el placer del sexo y deseaba hacer el amor con su esposo a todas horas. El actor, que nunca fue muy discreto a la hora de desvelar sus intimidades, dijo: «Ava fue una aplicada alumna y una vez aprendió a hacerlo bastaba una mirada, una risa... para despertar al animal que habitaba en ella... Había nacido para el sexo». Pero tal como el señor Mayer había advertido a la actriz, su inmaduro y engreído esposo era un insaciable mujeriego. Pronto Ava entendería el sentido de la frase que la secretaria del presidente de la Metro le había dicho en su despacho en Culver City refiriéndose a Mickey Rooney: «Un leopardo nunca cambia sus manchas».
Llevaban casados dos meses cuando Ava se despertó gritando en plena noche debido a un terrible dolor de estómago. Mickey llamó a una ambulancia y la llevaron al hospital. La operaron de apendicitis y permaneció ingresada durante una semana. Su esposo la visitaba con frecuencia cargado de regalos, libros y ramos de flores, pero cuando Ava regresó a casa encontró, según ella, suficientes pruebas de que durante su ausencia el actor había estado en su cama con otras mujeres. Mickey lo negó, pero la joven estalló, furiosa por los celos. Aquella noche, tras una larga discusión, la actriz recordaba que se besaron, se reconciliaron y siguieron adelante con sus vidas. Pero aquel incidente cuando se encontraba tan vulnerable y aún creía en su matrimonio sería el principio del fin de la relación.
Entre 1941 y 1945, Ava trabajó en una veintena de películas donde no aparece su nombre en los créditos porque era una más entre los cientos de secundarios. «Seguía siendo una de tantas starlets del montón —lamentó— y a veces aunque te peinaban y maquillaban ni siquiera salías en el plano.» A pesar de que continuaba asistiendo a clases y ya había perdido su marcado acento sureño, aún no dominaba los nervios y en el plató se mostraba torpe: «Recuerdo que me pasaba todo el tiempo intentando no echarme a llorar porque no sabía hacer lo que me pedían». En la primavera de 1942, Ava al fin consiguió pronunciar su primera frase en la pantalla. Hacía de camarera en la película La última prueba dirigida por Fred Zinnemann. Con voz grave y seductora sonrisa, preguntaba a la pareja protagonista: «¿Tomaréis algo de postre, chicos?». Su aparición en el filme duraba apenas veinticinco segundos y, aunque no era nada especial, en los planos cortos estaba deslumbrante. Pese a su evidente fotogenia y potencial artístico para el estudio, Ava solo era una chica preciosa y sexy más del montón y siguieron ofreciéndole papeles de figurante.
Louis B. Mayer nunca pisaba un plató, pero estaba al tanto de todo lo que les ocurría a sus estrellas. Sus espías hacían bien su trabajo. Por aquel entonces ya le habían informado de que el matrimonio de Mickey comenzaba a tambalearse. Preocupado siempre por la imagen de Andy Hardy, cuyas películas aún le daban suculentas ganancias, temía que el divorcio de su carismático protagonista podría ser nefasto para la serie. El productor siguió renovando el contrato a Ava y le aumentó el sueldo hasta ciento cincuenta dólares semanales. Para contentarla, también le dio un pequeño papel en la comedia La casa encantada, una película de serie B donde por primera vez su nombre apareció en los créditos. Mayer tampoco se opuso cuando Les Petersen le informó de que la joven pareja se iba a mudar a una mansión de alquiler con jardín y piscina de Bel Air.
La relación continuaba deteriorándose y la convivencia se volvió insoportable. Ava reconocía que seguía deseándole, pero las broncas y los reproches eran habituales. Para la actriz su matrimonio ya estaba roto y acusaba a su esposo de ser «un inmaduro, egoísta y de padecer de infidelidad crónica». También cuando se enfurecía le llamaba «enano engreído» delante de la gente. Pensando que un cambio de aires a una casa más confortable y donde tuvieran más espacio cambiaría las cosas, se mudaron al exclusivo barrio de Stone Canyon Drive. Pero no sirvió de nada. En aquellos días Rooney deseaba tener un hijo con Ava, quizá para salvar su matrimonio, pero la joven tenía terror a quedarse embarazada. Según la biógrafa Jane Ellen Wayne, el actor recordaba que una noche, después de hacer el amor, ella se levantó de la cama y, al llegar a la puerta del cuarto de baño, se volvió hacia él y le dijo: «Mickey, si alguna vez me quedo embarazada, te mato». Ava nunca quiso hablar de la razón de su miedo y tampoco le dio a su esposo ninguna explicación. Quizá su madre le había contado las penalidades que había sufrido en los partos —y la cesárea de urgencia que le practicaron para que ella viniera al mundo—, y veía la maternidad como algo doloroso y terrible. O pensaba que si se quedaba embarazada el estudio podría obligarla a abortar o romper su contrato.
Ava tenía veintiún años cuando comenzó a beber. Al llegar a Hollywood le sorprendió que el alcohol estuviera al alcance de todos los actores. «Estos chicos de atrezo que pululaban por los platós te ofrecían todo lo que necesitabas para una escena, pero todo, todo. Incluidas toda clase de bebidas: café, té, agua de Seltz y licores fuertes. Lo único que tenía que hacer era acercarme un poquito, arquear las cejas y me entregaban un discreto vaso de papel. Jamás supe lo que era, ni me importaba. Todo lo que sabía entonces es que metiéndome dos tragos rápidos en el cuerpo lograba calmar mi pánico», escribió en sus memorias. Mayer conocía las adicciones de sus estrellas, y no era ningún secreto que daba instrucciones a los médicos del estudio para recetar anfetaminas y somníferos a los actores y actrices sobrecargados de trabajo.
A esas alturas de su vida conyugal, la relación con Mickey había entrado en una etapa marcada por el sexo y la bebida. «Cuando pienso en aquel matrimonio, pienso en los clubes de noche, como el Palladium o el Cocoanut Grove. [...] Allí es donde aprendí a beber, a beber de verdad. Aunque todos los clubes eran estrictos con la venta de alcohol a menores, Mick me servía los dry martinis en tazas de café», dijo la actriz. El problema era que él estaba acostumbrado al alcohol, pero cuando Ava bebía en exceso se volvía una persona violenta y paranoica. La tímida y encantadora muchacha sureña podía convertirse de pronto en una histérica que se echaba a llorar y le gritaba obscenidades en público. En una ocasión, durante una de sus peleas, ella le lanzó un tintero a la cabeza. Otra noche que salieron juntos a cenar a Chasen’s, Ava le dijo que se sentía cansada y que en cuanto acabara la cena quería regresar a casa. Al final tuvo que irse sola porque Mickey se hallaba muy ocupado firmando autógrafos. Había bebido demasiado y al llegar a casa estaba triste y furiosa. Entonces cogió un cuchillo de la cocina y empezó a rasgar los cojines del sofá y la tapicería de las sillas. Cuando Mickey llegó se encontró el salón destrozado y cubierto de plumas, y a Ava durmiendo plácidamente en su cama.
Al día siguiente ella se marchó de casa. Mickey nunca pensó que Ava pudiera abandonarle y se fue tras ella suplicándole que volviera. Ahora que no la tenía a su lado se dio cuenta de lo mucho que significaba para él. Añoraba su risa, la música de sus discos, su compañía y sobre todo no poder hacer el amor como antes. La llamaba continuamente, la perseguía por los platós, le mandaba flores con cariñosas notas y fabulosos regalos. Una mañana le envió a un mensajero con una gran caja alargada que contenía un abrigo de visón valorado en diez mil dólares. Pero Ava no atendía sus llamadas ni le abría la puerta cuando se presentaba en plena noche gritando su nombre en el apartamento de Westwood Village donde ahora vivía con Bappie. En septiembre la prensa informó de la separación de la pareja. Más adelante, la actriz, recordando a Mickey, comentó con ironía: «El marido más pequeño que he tenido y el error más grande que he cometido. Pero le debo una cosa a Mick, me enseñó a disfrutar del sexo. En la cama, siempre he sabido que estoy en un lugar seguro».
A Louis B. Mayer le inquietaba el estado en el que se encontraba Mickey. El actor apenas dormía, tenía unas marcadas ojeras, bebía mucho y había perdido peso. Decía que deseaba tanto volver con ella que se estaba volviendo loco. Ava se negaba a verle y seguía sin coger el teléfono cuando él la llamaba todas las noches. El productor, preocupado por la salud de su estrella y el escándalo que estaba a punto de estallar, llamó a la pareja y les suplicó que se reconciliaran en nombre del amor verdadero. Ava accedió a darle una nueva oportunidad, pero no funcionó. Mickey siguió con su antigua vida y sus inevitables conquistas que tanto daño le hacían. Ahora ya no era la joven tímida e ingenua que bebía batidos de chocolate mientras esperaba en la habitación de un hotel a que su esposo volviera de jugar al golf. La actriz había madurado y tenía más confianza en sí misma.
Una noche se encontraban en una fiesta en el Ambassador con un grupo de amigos de Mickey y todos bebieron más de la cuenta. Uno de ellos le dijo al actor: «Vamos, Mickey, ¿dónde está tu libreta con los teléfonos de las chicas? Anda, compártela con tus amigos». Rooney estaba tan borracho que sacó de su bolsillo una pequeña agenda negra donde guardaba los contactos de sus amantes y empezó a recitar sus nombres delante de su esposa. Ava, humillada y furiosa, se marchó sin decir palabra. En aquel instante supo que nunca podría vivir con un hombre tan egoísta y mujeriego como Mickey y que ya nada podría salvar su matrimonio.
El 15 de enero de 1943, a los pocos días de cumplirse el primer aniversario de su boda, Ava solicitó el divorcio. Renunció a la pensión alimentaria y aceptó el pago en metálico de veinticinco mil dólares —una modesta cantidad teniendo en cuenta que era uno de los actores mejor pagados de Hollywood—, además del abrigo de visón, su coche Lincoln y las joyas que le había regalado su marido. La Metro le prometió mostrarse agradecida con ella a cambio de que fuera discreta con la prensa y no aireara los trapos sucios de su estrella. Por su parte, el señor Mayer le aseguró que a cambio de no «exprimir» a Mickey le haría progresar en su carrera. «Éramos criaturas, solo unos niños, y nuestras vidas estaban manejadas por mucha gente. No nos habían dado ninguna oportunidad», lamentó Ava. Mickey confesó tiempo después: «Era demasiado joven para aceptar las responsabilidades del matrimonio. Perdí mucho dinero apostando a los caballos. No quería renunciar a las apuestas, las copas y las mujeres. Así perdí a Ava y siempre me arrepentí».
El mismo día que la actriz consiguió el divorcio, su madre fallecía a la edad de cincuenta y nueve años. Ava, completamente destrozada, asistió al funeral con su hermana Bappie en Smithfield y rezó junto a su tumba. Una muchedumbre se acercó hasta el cementerio para ver de cerca a la hija de Molly, cuya visita había sido anunciada en grandes titulares en el periódico local. «Fue un período muy confuso y triste en la vida de Ava —recordó una amiga de la infancia—. La muerte de su madre fue un golpe terrible. A pesar de sus diferencias, habían estado muy unidas y Ava lamentó no haberla acompañado en sus últimos momentos. Perder a la vez a la madre y al esposo fue muy duro para ella.»
Cuando Howard Hughes leyó en el diario la noticia de que Mickey Rooney se separaba de su esposa, se quedó observando la fotografía de la atractiva morena de ojos verdes que posaba junto a él y pensó: «Esta chica será mía». Hughes aún no había cumplido los cuarenta años y era toda una leyenda en Estados Unidos. Hijo de un magnate del petróleo de Texas, al quedarse huérfano siendo un adolescente heredó una inmensa fortuna que le convirtió en uno de los hombres más ricos del mundo. Hábil y poderoso empresario, genial inventor y un temerario aventurero, representaba una rara avis en el mundillo de Hollywood. «Durante toda su vida solo sintió entusiasmo por cuatro cosas: el dinero, el cine, los aviones y las mujeres hermosas con pechos generosos... Por ello, obviamente, es por lo que yo entré en su vida», dijo Ava. Aparte de sus aireadas extravagancias, producía y dirigía películas de presupuestos faraónicos y más adelante compraría los estudios RKO. También le apasionaba la aviación, había batido récords de velocidad y fundado su propia compañía aérea. Pero sobre todo era conocido por su reputación de infatigable seductor y coleccionista de mujeres. Le apodaban «el Casanova de Hollywood» y por sus brazos pasaron estrellas como Jean Harlow, Olivia de Havilland, Ginger Rogers, Bette Davis y Katharine Hepburn.
Ava declaró que tras pedir la separación de Mickey «se sentía la chica más sola del mundo», así que cuando recibió la llamada de Howard Hughes para invitarla a salir aceptó encantada. Sin embargo, el hombre que acudió a la cita no era el poderoso magnate sino su ayudante de prensa Johnny Meyer, que también desempeñaba la labor de celestino. Le dijo a Ava que su jefe había tenido que atender un asunto urgente y el encuentro debería posponerse. En realidad Johnny estaba ahí para «tomarle las medidas» a la actriz y comprobar si era tan exuberante y atractiva como decían. El señor Meyer, un hombre bajito, grueso y calvo pero muy divertido, confirmó que la chica valía la pena. Entonces Hughes la telefoneó al día siguiente para disculparse y quedaron aquella misma noche. «En nuestra primera cita me invitó a cenar al Player’s, un elegante club nocturno muy selecto en Sunset Boulevard, cuyo propietario era el famoso director Preston Sturges —dijo Ava—. Cuando llegamos el lugar estaba desierto. Lo había reservado todo, con orquesta incluida, para nosotros dos solos.»
Howard Hughes era el polo opuesto de Mickey. Moreno, alto y delgado, tenía un cierto aire a Gary Cooper. Vestía de manera informal y se mostraba reservado y hablaba poco debido a su ligera sordera. Ava calculó que era unos quince años mayor que ella —en realidad se llevaban diecisiete— y los dos habían nacido el mismo día, en Nochebuena. La actriz contó en repetidas ocasiones la divertida anécdota de que cuando él la llamó por primera vez, ella había creído que estaba hablando con Howard Hawks, el famoso director de cine. Hughes se tomó la confusión con sentido del humor y así supo que Ava, a diferencia de otras actrices, no había quedado con él por su fortuna. En conjunto ella lo encontró encantador, varonil y un tipo interesante. A Hughes le pareció distinta a todas las demás, y junto a su innegable atractivo sexual le gustó su fuerte temperamento. Cuando le pidió que tuvieran una segunda cita, ella aceptó enseguida y al poco tiempo se les veía juntos en los restaurantes y clubes de moda de Hollywood.
«Nos hicimos buenos amigos, y digo amigos porque no me atraía como amante. Era muy alto y apuesto pero tenía un grave problema: su higiene personal dejaba mucho que desear, y además corrían rumores de que tenía una enfermedad venérea. Así que un beso en la mejilla después de nuestra décima cena fue lo más lejos que llegó. Me dijo que estaba dispuesto a ser paciente», explicó la actriz. Pero Hughes no era de los que se daban por vencidos y la indiferencia de Ava le resultaba de lo más excitante.
Una noche, durante una romántica cena, le regaló una cajita de terciopelo que contenía un anillo con una gran esmeralda cuadrada. Ava se quedó sin palabras, y más cuando a continuación le dijo muy serio: «Quiero que te cases conmigo». Ella le respondió que no lo haría, que aún no estaba divorciada de Mickey y que no pensaba en un nuevo matrimonio.
Ava no estaba enamorada de Hughes ni nunca lo estaría. Para él el matrimonio era un juego de poder y no significaba nada. Mientras se declaraba a ella, el millonario alojaba en su mansión de Los Ángeles a una amante de diecisiete años y al mismo tiempo había instalado en otros puntos de la ciudad a varias mujeres a las que también cortejaba. Su ayudante Johnny Meyer solía ir a la estación de autobuses y de tren para elegir a las chicas más bonitas que soñaban con convertirse en estrellas. Hughes se hacía cargo de todos sus gastos, asistían a clases de interpretación, de baile y de canto, pero nunca les hacía una prueba. Las tenía escondidas en alguna de sus mansiones o apartamentos en Los Ángeles esperando a que él las llamara. La italiana Gina Lollobrigida fue una de aquellas chicas bellas e ingenuas que cayeron en sus garras, pero consiguió escaparse del apartamento donde los guardaespaldas de Hughes la tenían casi secuestrada y regresar a Roma. El millonario estaba tan ocupado con sus películas, viajes y diseño de aviones que la mayoría de las veces se olvidaba de ellas. Ava lo sabía y hablaba del «harén de Hughes», pero cuando estaba en su compañía se mostraba tan caballeroso y atento como si fuera «la única y más importante mujer de su vida».
Howard Hughes era capaz de hacer realidad todos los sueños de Ava. Con Mickey se había acostumbrado a llevar un lujoso tren de vida, pero lo que el magnate texano era capaz de conseguir la dejaba sin aliento. Si quería ir de compras a Ciudad de México, solo bastaba con llamarle y en unos minutos tenía un chófer a su disposición que la llevaba al aeropuerto, donde la esperaba un avión para ella sola. A su llegada, una limusina la conduciría al mejor hotel de la ciudad. Si deseaba pasar un fin de semana en Acapulco o comer en el mejor restaurante de Nueva York, solo tenía que decírselo y lo organizaba todo. Lo que no le gustaba de él era su cicatería con sus automóviles. Hughes se negaba a llevarla en alguno de sus elegantes Rolls-Royce y en vez de ello siempre la paseaba en un viejo y desvencijado Chevrolet. «No era un coche, era una ruina: lleno de golpes y sucísimo. Acostumbrada al Lincoln nuevo con el que Mickey me venía a buscar a casa, el trasto de Hughes me resultaba humillante, pero así era de extravagante», dijo Ava.
La actriz se dejaba agasajar, pero se trataba de un juego peligroso. Un día el millonario la invitó a pasar un fin de semana de ensueño en San Francisco. Preparó a conciencia todo un plan para seducirla. Reservó dos suites contiguas en el lujoso hotel Fairmount, la llevó de compras, le regaló un anillo de oro con zafiros y la condujo a un divertido club nocturno gay donde Ava lo pasó en grande. Ya de regreso en el hotel, Howard quiso que tomaran la última copa de champán juntos en su suite. Ella, que estaba cansada, le dijo «no, gracias» y se puso a leer tranquilamente las tiras cómicas de un periódico. Entonces Howard, molesto porque no le prestaba atención, dejó la copa y le arrancó violentamente el diario de las manos y lo tiró al suelo. «No di ningún grito. En tres segundos ya me había encerrado en mi habitación. Luego me senté encima de la cama, asustada y nerviosa. Lo que había empezado tan bien se había convertido en una noche terrible, verdaderamente terrible», lamentó Ava.
Al día siguiente fue Bappie quien despertó a Ava, que aún seguía encerrada en su habitación del hotel. Hughes la había llamado por teléfono de madrugada a Los Ángeles para decirle que fuera inmediatamente a San Francisco en uno de sus aviones privados para llevarse a su hermana de vuelta a casa. Cuando Bappie llegó al hotel, él le mostró una caja llena de joyas que parecía el tesoro de un sultán: anillos, pulseras, broches... valorados en más de un millón de dólares. Le dijo que estaba muy arrepentido por lo ocurrido y que si Ava se casaba con él podía quedarse con ellas. «He estado hablando con Howard, está desesperado. Me ha enseñado alguna de estas joyas que compró ayer para ti. Acabo de tener en mis manos un broche de oro macizo con incrustaciones de diamantes, esmeraldas y rubíes... Ava, por Dios santo, en toda mi vida no he visto joyas así. Entra en razón», le suplicó Bappie. Al igual que había hecho Mickey Rooney, el magnate había conseguido convertir a Bappie en su aliada. Pero Ava, que aún se sentía humillada, le respondió con su lenguaje habitual cuando estaba muy enfadada: «¡Dile que se joda!». A Howard Hughes le quedó claro aquel día que a Ava Gardner no podría comprarla como a otras con fabulosas joyas.
Bappie no podía entender que su hermana no aceptara casarse con un hombre apuesto, encantador y sumamente rico como Howard Hughes. Lo que ella ignoraba es que a medida que pasaban los meses su comportamiento se había vuelto cada vez más extraño y paranoico. Ava tenía la sospecha de que padecía algún trastorno psiquiátrico. Aparte de sus rarezas —comía exactamente lo mismo todos los días del año, un bistec con veinticinco guisantes—, su falta de higiene y su estrafalaria forma de vestir, comenzó a espiarla. «Me costó un tiempo descubrir quiénes eran aquellos hombres que se apostaban por turnos delante de mi apartamento o me seguían por la calle o aparecían en mi mismo restaurante. Howard me tenía vigilada las veinticuatro horas del día», reveló Ava. Lo que ella no sabía es que Hughes hacía seguir y vigilar a todas sus chicas. Cuando se lo comentó indignada, él lo negó todo.
Tras lo sucedido en San Francisco la actriz estuvo un tiempo sin hablarle, pero un día quedó con él para aclarar la situación. Ava le dijo que había sido muy honesta desde el inicio, que solo deseaba ser su amiga y continuar pasándolo bien en su compañía. Decidieron darse una tregua y entonces Hughes la animó a ir a Las Vegas, donde podría conseguir más rápidamente su divorcio de Mickey y «pasar página para ser de nuevo feliz». Al principio descartó la idea, pero finalmente pensó que sería bueno para poder seguir adelante con su vida. Hughes lo organizó todo y la actriz pasó seis tranquilas semanas en Last Frontier, un lujoso rancho en medio del desierto donde se dedicó a descansar, a beber y a refrescarse junto a la piscina. Sin que ella lo supiera, seguía estrechamente vigilada por los guardaespaldas mormones de Howard. Cuando consiguió el divorcio, regresó sin tardanza a Los Ángeles, donde ahora vivía con Bappie en un bungalow de dos dormitorios en Bel Air. Estaba feliz, guapa y bronceada. Le confesó a su hermana que se sentía una mujer nueva y, por primera vez en mucho tiempo, libre.
Ava siempre negó que hubiera mantenido relaciones sexuales con Howard Hughes, pero mentía. Al final de sus días acabó reconociendo lo que todo el mundo en Hollywood sabía. «No me acosté con Howard Hughes enseguida. Esperé a que fuera efectivo el divorcio con Mickey y él tuvo mucha paciencia. Durante el primer año le mantuve a raya y luego quise averiguar cuál era su secreto con las mujeres. Había oído tantas cosas de él, que si era bisexual, fetichista, que si era un adicto al sexo... Como amante, digamos que Howard Hughes fue una agradable sorpresa. No tenía la vivacidad de Mickey, ni su alegría entre las sábanas, ni la mía, para ser sincera. Pero él sabía cómo tomarse su tiempo con una mujer, era casi perfecto», le confesó Ava al periodista Peter Evans dos años antes de morir.
Hughes había conseguido al fin conquistar a la inalcanzable Ava Gardner, pero no del todo. Una vez más le pidió matrimonio y ella lo rechazó amablemente. Durante ese tiempo no renunció a ver a Mickey Rooney, con quien de vez en cuando tomaba una copa, lo pasaban bien y acababan juntos en la cama: «Sí, hubo una época en que me acostaba con Hughes y con Mickey a la vez. Solo era sexo; supongo que ya no era tan ingenua y me habían hecho mucho daño como para creer en el amor». Pero quien no podía soportar que Ava se viera con otro hombre era el propio Hughes, a pesar de que este había comenzado una relación con la actriz Yvonne De Carlo. Llevado por sus celos enfermizos, mandó colocar micrófonos en todas las habitaciones del apartamento de Ava e intervenir su teléfono. La llegó a amenazar de muerte si seguía viéndose con Rooney, pero ella le respondió que ahora era una mujer soltera y no tenía que dar cuentas a nadie sobre su vida privada.
Una noche Ava regresó tarde a su casa y se acostó enseguida. A la mañana siguiente tenía que estar en el estudio temprano para comenzar un rodaje. Llevaba un rato durmiendo cuando de repente se encendieron las luces y se despertó. Vio a Howard Hughes de pie junto a su cama mirándola fijamente. Al instante la actriz entendió que sus «espías» le habían informado mal y que pensaba que la encontraría con Mickey en la cama. Al comprobar el error, no supo cómo reaccionar. Ava, en cambio, se puso una bata y salió del dormitorio muy excitada y gritándole. «¡No quiero que me espíen, maldita sea! ¡No soy una jodida propiedad tuya!» Entonces Hughes se abalanzó sobre ella y la abofeteó empujándola contra el sofá. El golpe le lastimó un ojo y sentía un gran dolor en la mandíbula. Ava, fuera de sí, agarró una pesada campana de bronce que encontró a su alcance y se la lanzó a la cabeza. El hombre se desplomó hacia atrás y comenzó a sangrar. «Cayó al suelo en medio de un charco de sangre. Creí que le había matado. Pedí ayuda al estudio, y el incidente llegó a oídos de Ida, la secretaria del señor Mayer. Enseguida enviaron a unos hombres que lo limpiaron todo y a mí me sacaron casi en volandas del apartamento. A Hughes se lo llevó una ambulancia. Louis B. Mayer quería evitar a toda costa que el nombre de su compañía se viera implicado en un escándalo de tal magnitud; mi seguridad no le preocupaba lo más mínimo», le contó a Peter Evans.
Howard Hughes, que había sobrevivido a tres graves accidentes de aviación, estuvo a punto de morir a manos de una enfurecida Ava. Acabó con varios puntos de sutura en la frente y algún diente roto. Ella, con un ojo hinchado y morado. Tras el incidente, continuó un tiempo llamando a la actriz, que no conseguía librarse de él. «No sentí ningún remordimiento. Para mí no era más que un maldito maltratador de mujeres», comentó aún traumatizada por lo ocurrido. En verano de 1944, el magnate sufrió un aparatoso accidente de automóvil y recibió otro fuerte impacto en la cabeza al salir despedido a través del cristal del parabrisas. «Había indicios cada vez más claros de daños cerebrales, de problemas congénitos y un serio trastorno obsesivo compulsivo. El propio Hughes reconoció que estaba sufriendo una crisis nerviosa», escribió el biógrafo Lee Server. Un día de octubre, desapareció sin dejar rastro y durante un tiempo nadie supo qué había sido de él. «La relación entre nosotros dos iba a convertirse en un culebrón que no acabaría aquí. Hughes entraría y saldría de mi vida durante al menos veinte años», explicó la actriz.
Cuatro años en Hollywood le habían traído poca felicidad. Había fracasado en su matrimonio, seguía encadenada a la Metro y su aventura con el excéntrico millonario había tocado fondo. El estudio solo le ofrecía pequeños papeles y aún la consideraba una actriz de reparto de películas de serie B. Lo único positivo es que tras el divorcio de Mickey y la desaparición de Hughes había recuperado la libertad y tenía ganas de pasarlo bien. En aquellos días solía salir por las noches con su amiga Lana Turner a tomar unas copas en Ciro’s o a bailar al Mocambo. La rubia y glamurosa actriz era una de las sex symbols de la Metro y arrastraba la fama de ser una auténtica «devoradora de hombres». A sus veintitrés años ya se había divorciado en dos ocasiones y entre sus conquistas se encontraban algunos de los más apuestos galanes del momento como Clark Gable, Errol Flynn y Tyrone Power, del que se enamoró perdidamente. Ambas compartían risas, chismes y en ocasiones parejas. La Turner había tenido una aventura con Mickey Rooney antes de casarse con Ava, y también había sido una codiciada presa de Howard Hughes, pero el rico texano se quedó con las ganas. Lana, altiva y siempre elegante, no entendía cómo Ava podía salir con un hombre que «no usaba desodorante, comía como un cura y vestía como un vagabundo».
En 1945, la suerte de Ava cambió. Una de esas noches en las que acudió a bailar al club Mocambo, en Sunset Boulevard, se le acercó el guionista y productor Philip Yordan, que la había conocido cuando ella trabajaba como extra en una de sus películas. Le comentó que estaba escribiendo el guion de la película Señal de parada para la United Artists y que había pensado en ella. El proyecto le interesó desde el primer instante, y más cuando Yordan le dijo que interpretaría el papel protagonista junto al actor George Raft. Daría vida a Mary, una hermosa mujer de oscuro y misterioso pasado, un papel que le resultaba muy atractivo. Yordan habló con la Metro y el estudio le cedió encantado a su actriz de reparto. El director de la película, Léonide Moguy, se dio cuenta enseguida de que la joven apenas tenía experiencia y trató de resaltar su fuerza erótica con una cuidadosa iluminación y provocativo vestuario. Hubo que repetir muchas tomas hasta conseguir que Ava actuara de forma más natural, pero aun así estaba tan tensa y nerviosa que el resultado dejaba mucho que desear. Por su parte, George Raft —que le doblaba la edad y más parecía su padre que su amante— tampoco era entonces un buen actor. En una de las escenas Ava le dio un apasionado beso con la boca abierta que dejó a todo el equipo asombrado. Finalmente Yordan se vio obligado a reescribir alguna secuencia y a acortar los diálogos de la actriz. La película se terminó en seis semanas y la productora decidió estrenarla sin darle mucha publicidad, convencida de que sería un auténtico fracaso.
Ava sentía que había hecho un gran ridículo, y pese a que el director había sido muy amable y comprensivo con ella, reconocía que el papel le venía grande. Una noche, tras el estreno de la película, entró a hurtadillas en una sala de cine donde la proyectaban oculta tras unas gafas de sol y un pañuelo en la cabeza. Estaba horrorizada al verse tan rígida y carente de dramatismo en la pantalla, pero cuando llegó la escena del beso el público masculino reaccionó entusiasmado exclamando: «¡Qué mujer!» o «¡Dios mío, es soberbia!». «Fue mi primer papel protagonista y conseguí que se fijaran en mí. Después de años de ser la muñeca de porcelana de la Metro Goldwyn Mayer, ya había roto el molde, y aunque yo no lo sabía, estaba a punto de dar el salto», dijo la actriz. Para sorpresa de todos, las críticas fueron buenas. La revista Variety escribió: «Ava Gardner realiza su mejor trabajo hasta la fecha». Regresó al estudio con la cabeza bien alta, convencida de que ahora la valorarían más. Pero no fue así y su carrera siguió estancada.
En aquellos días, le presentaron en el club Mocambo al famoso clarinetista y director de orquesta Artie Shaw, el hombre que hacía bailar a todo Hollywood. Alto, moreno, elegante y muy culto, a sus treinta y cuatro años ya se había coronado como el «rey del swing». Ava era una fan de él; tenía todos sus discos, iba a ver sus actuaciones y conocía al dedillo sus temas más conocidos como Begin the Beguine y Frenesí. La actriz estaba tan emocionada como si acabara de conocer a un ídolo de su juventud. Además, le resultó muy atractivo: «¡Oh, Dios mío! —pensé—, ¡qué hombre tan guapo! Artie era apuesto, bronceado, muy confiado y no paraba nunca de hablar. [...] Pero era tan afectuoso y encantador que me enamoré de él a la primera. Conmigo siempre sucedía así, o inmediatamente o nunca».
Por su parte Artie Shaw también quedó impresionado. No sabía que Ava era actriz ni la había visto nunca, pero le pareció increíblemente hermosa. Los dos charlaron toda la noche y lo pasaron muy bien. En esta ocasión fue ella quien tomó la iniciativa y le propuso irse de allí y tomar una copa en algún sitio más tranquilo. A Shaw se le antojó una fantástica idea y a partir de esa noche comenzaron a salir juntos a locales discretos, donde podían disfrutar de algo de intimidad y relajarse. Ava se sentía fascinada porque Artie era el primer hombre culto e inteligente que había conocido. Un intelectual y un genio de la música, capaz de tocar, componer y dirigir. A diferencia de Howard Hughes, que era un declarado racista, Shaw fue el primer director de orquesta de jazz que contó con artistas negros, entre ellos la gran Billie Holiday. Pero además de por su brillante carrera, Artie se había hecho célebre por su agitada vida sentimental. Casado en cuatro ocasiones, era un consumado donjuán. Su más tempestuoso matrimonio había sido con Lana Turner y duró apenas unos meses. Ava lo sabía, pero estaba colada por él. Una noche Artie la llevó a un pequeño y romántico restaurante italiano y al final de la velada, mirándola a los ojos, le dijo: «Ava, creo que física, emocional y mentalmente eres la mujer más perfecta que he conocido. Y te aseguro que me casaría contigo esta misma noche, si no fuera porque me he casado demasiadas veces hasta ahora».
A la actriz, que conocía la fama de Shaw con las mujeres de «amarlas y dejarlas», le sorprendió que durante las primeras semanas que estuvieron saliendo juntos no le pidiera que se acostara con él. El músico la trataba con gran caballerosidad y cada noche la dejaba en la puerta de su bungalow de Bel Air y se despedía con un casto beso en la mejilla. «Pasamos los ocho o nueve meses saliendo a cenar, bailando y hablando por los codos. Pero nada más. Las manos fuera. Luego decidimos que si íbamos a tener una aventura amorosa sería mejor que fuera de verdad, así que me mudé a su enorme casa estilo Tudor en Bedford Drive, Beverly Hills», cuenta Ava. Cuando llegó a oídos de Louis B. Mayer que la señorita Gardner se había ido a vivir con su amante, se enfureció e intentó persuadirla de que suponía un grave error. Bappie también hizo todo lo que pudo para disuadir a su hermana y le advirtió que ahora que su carrera estaba despegando lo que menos le convenía era un escándalo. En la Metro se aceptaba el divorcio, pero no que sus actrices «vivieran en pecado». Mayer podía haber despedido a Ava por romper la cláusula de moralidad de su contrato, aunque el éxito de Señal de parada le disuadió.
Cuando Artie conoció a Ava le abrió su corazón y le contó que acababa de salir de una profunda depresión. Al estallar la guerra se alistó en la Marina, donde dirigió una orquesta militar para levantar la moral a las tropas destacadas en el Pacífico. Los soldados lloraban cuando escuchaban tocar los viejos éxitos de Shaw en medio de la jungla. En 1944 regresó a Estados Unidos, pero le costó mucho adaptarse a la vida civil. Se encontraba emocionalmente hundido, y durante un tiempo no pudo quitarse de la mente las imágenes de los heridos y los muertos a su alrededor. Apenas dormía, no tenía apetito y se pasaba el día en la cama. Un amigo le llevó a la consulta de una psicoterapeuta nada convencional, May Romm, una refugiada europea que entonces vivía en Los Ángeles. Tras unos meses de terapia, el músico se recuperó y pudo seguir con su vida. Ahora estaba formando una nueva orquesta con la que saldría de gira por California, Chicago y Nueva York, y Ava le acompañaría. La orquesta de Artie tocaba cada noche en un lugar distinto, y la actriz, que se había olvidado de su carrera, se sentía feliz por primera vez en mucho tiempo. Amaba el jazz, disfrutaba de los ambientes nocturnos de los locales donde actuaban, bebía bourbon y fumaba entre bastidores mientras se dejaba llevar por el ritmo de la música. Artie, en cambio, odiaba las giras y el tener que interpretar siempre los temas que le pedían sus fans. «Él era un músico serio y un genio del clarinete —declaró Ava—. Odiaba la gente para la que tocaba con su orquesta, un montón de adolescentes que no paraban de bailar y masticar chicle.»
La actriz seguía muy enamorada del músico, pero al regresar de la gira y vivir juntos de nuevo en su mansión en Beverly Hills se dio cuenta de que era un hombre problemático que arrastraba muchos traumas. Su amiga Lana Turner, le advirtió: «Es el hombre más vanidoso, arrogante y desagradable que he conocido». Pero Ava había caído rendida a sus encantos y no la creyó. A Shaw le consternaba la falta de cultura de la actriz y que solo sintiera interés por bailar, escuchar discos, leer las revistas de moda y estar al tanto de los últimos chismorreos del estudio. Se sorprendió al descubrir que los dos únicos libros que la actriz había leído en su vida eran la Biblia y Lo que el viento se llevó. Para llenar este vacío se empeñó en culturizarla. Le hizo leer a Dostoievski, Thomas Mann, Darwin y Freud, entre otros. «Me organizó un cursillo acelerado: conferencias, seminarios, música clásica, libros y más libros. Me matriculó en cursos de literatura y economía por correspondencia en la Universidad de California. Todo tenía que hacerse según su voluntad y le hacía caso porque le amaba.»
Artie era un ferviente defensor del psicoanálisis y la convenció para que visitara tres veces a la semana a su terapeuta May Romm. Le dijo que esas sesiones podrían ayudarla para descubrir el origen de su inseguridad y enfrentarse a sus propios fantasmas. Para el músico la Metro era una institución degradante e intentaba apartar a Ava del frívolo ambiente de Hollywood. «Entonces creía que Artie estaba enderezando mi vida al cultivar mi mente y mi espíritu, pero la verdad, me lio aún más», explicó ella. La actriz conoció a médicos y psiquiatras del círculo de May Romm y le pidió a uno de ellos que le hiciera un test de inteligencia. Para su tranquilidad descubrió que aunque Artie la trataba como si fuera tonta, su coeficiente intelectual estaba por encima de la media. En sus memorias la actriz recordó sin rencor aquellos meses en los que asistió a terapia: «El psicoanálisis me resultó de gran ayuda y todavía me sigue ayudando». Sin embargo, los amigos que la frecuentaron en aquel tiempo comentaron que a Ava le afectó negativamente. «Nos decía que los psiquiatras la estaban confundiendo aún más y que se sentía mucho más insegura y vulnerable», declaró alguien cercano a la actriz.
Desde el comienzo de su relación Ava había mostrado un gran complejo de inferioridad al lado de Shaw. «Mi vergüenza y mi ignorancia me llevaron hasta el punto de mentirle acerca de mi edad cuando nos conocimos. Creía que si me quitaba un año, le resultaría más fácil aceptarme como era.» El músico le reprochaba continuamente su falta de cultura y el que no hubiera aprendido nada en la escuela. Te