Hubo un tiempo donde los libros cambiaron el curso de la historia; una época en la que se descubrían nuevos mundos, donde se formaban inmensos imperios y la razón se abría paso frente a los dogmas más sagrados.
Muchos entonces temían a las palabras, pensaban que los libros eran peligrosos, podían cambiar la mente de las personas, provocar la caída de religiones y reinos.
Si los libros han cambiado la historia una vez, ¿por qué no van a ser capaces de hacerlo de nuevo?
Existe un desacuerdo extendido sobre qué hito concreto supuso el final de la Edad Media. Para algunos fue el descubrimiento de América por Cristóbal Colón el 12 de octubre de 1492. Hay otros que creen que fue la toma de Constantinopla por los turcos en 1453, fecha esta última que tiene una singularidad que muchos olvidan: coincidir con la invención de la imprenta por Gutenberg.
Tendemos a delimitar las etapas históricas por conflictos militares y políticos. Pero la realidad es que al Medievo le sigue el Renacimiento, y si hay algo que caracteriza este periodo es el resurgir de la cultura, de las ideas, la tecnología, los descubrimientos y el humanismo. Y todo ello fue solo posible con la imprenta.
Esta novela se ambienta en los inicios del siglo XVI, cuando la imprenta ha cambiado para siempre el mundo y ha hecho, por fin, los libros accesibles para una gran parte de la población.
Los libros ya no se ocultan en oscuros monasterios, sino que se comercia con ellos en los centros de las ciudades. Los nobles y burgueses construyen sus propias bibliotecas. Se vuelven a publicar obras clásicas y se pone en marcha un mundo editorial mucho más parecido al actual de lo que podemos imaginar.
Hay auténticos best sellers, géneros de moda como los libros de caballerías, publicaciones por entregas; y aparece por primera vez el periodismo con las relaciones de sucesos.
El acceso a los libros y la difusión de su contenido cambian el mundo, y provocan unas nuevas mentalidades que llevarán al descubrimiento de América, al surgimiento de movimientos dentro de la Iglesia cristiana, a la aparición de algunos de los más célebres artistas de la historia y al logro de hazañas inigualables, como la vuelta al mundo.
Es una época tan maravillosa, tan plagada de personalidades y logros que algunos de ellos aún permanecen olvidados para el gran público. Como que en los primeros años del siglo XVI muchos de los viajes a América en realidad buscaban la mejor manera de llegar hasta las Islas de las Especias en Indonesia. O que las finanzas y los banqueros tenían tanta o más influencia política que hoy en día. O que surge el concepto de biblioteca moderna y que se construye la biblioteca más grande que el mundo hubiera visto jamás, en España, la cual pretendía almacenar todos los libros y panfletos que se imprimían en Europa.
En el siglo XVI, Sevilla era la ciudad más próspera de Occidente, a su puerto llegaban las riquezas de América y en sus calles se dirimía el futuro de Europa. Entre sus murallas se creó la primera biblioteca moderna, el primer centro de saber occidental, y lo hizo bajo el mando del hijo del descubridor de América, Hernando Colón, quien reunió durante su vida esta biblioteca de casi 20.000 títulos. Una cuarta parte de ellos se encuentran ahora depositados en la Biblioteca Colombina de Sevilla, a los pies de la Giralda, pero muchos otros se han perdido o se han dispersado por todo el mundo. Esta biblioteca fue el primer intento de reunir todo el saber universal, clasificarlo y hacerlo accesible para utilizarlo a la hora de gobernar un imperio.
La Edad Media no concluyó con el asedio de un castillo, ni con una carga de caballería, ni viajando a los confines del mundo. El Medievo terminó el día que un hombre humilde, un comerciante o un artesano, pudo ir a una librería de su ciudad y volver a su casa, sentarse junto al fuego y leer en su propia lengua un libro como la Ilíada de Homero.
Los libros tienen su orgullo,
cuando se prestan, no regresan nunca.
THEODOR FONTANE
Junio de 1516, Augsburgo
El mundo ha renacido de las cenizas. Estamos saliendo de una época oscura, de mil años de penumbra, ignorancia y sumisión. La nueva era recuperará la grandeza olvidada. Los hombres volverán a ser héroes, a decidir su propio destino.
Úrsula había oído estas palabras cuando era niña; le fascinaban, aunque tardaría en comprender su significado. Su madre había insistido en que debía aprender a leer; que, a pesar de que había quien creía que solo era cosa de hombres, una mujer debía estar instruida. Su madre le había explicado que cuando ella era pequeña no había libros, pues los libros impresos apenas tenían unas decenas de años. A Úrsula le costaba imaginar un mundo sin libros.
Antes se copiaban a mano en el interior de los monasterios. Antes los libros eran tan caros que solo los reyes y grandes nobles podían pagarlos. Por eso llamaban a aquellos tiempos antiguos la época oscura, porque no tenían como ahora la luz de los libros.
Su madre era una mujer hermosa, todavía joven, de cabellos lisos y rojizos y un cuello fino que estilizaba su figura. Se llamaba Eleonor y no era alemana sino francesa. Úrsula sabía que el reino de Francia era uno de los más grandes y poderosos de Europa; le agradaba ser medio francesa.
Eleonor insistía en que uno no es de donde nace, sino de allí donde le quieren. Y ella era feliz en Augsburgo, donde había conocido a su esposo, Federico Müller, un ricohombre con negocios en minas y ganado, y donde había formado una familia, un hogar, en una casa cerca de la catedral. Úrsula era su única hija y la quería moldear a su gusto. A los trece años le había regalado un anillo de oro, un regalo que emocionó a la pequeña Úrsula, tanto que no se lo quitaba jamás. Su madre le había explicado que una dama debía lucir sus joyas: ella ya era toda una mujer y merecía comenzar a tener sus propias alhajas.
Aquella tarde, ambas acudieron a ver a una tía del padre, que estaba enferma. Al volver de la visita encontraron un inesperado revuelo en la plaza, y eso que no era día de mercado.
—¡No puedo creerlo! —Su madre puso esa cara que tan bien conocía Úrsula y que no presagiaba nada bueno.
—¿Qué sucede, madre?
—Es otra vez ese condenado juego. —Y suspiró.
Desde hacía unos años se había vuelto popular un juego de pelota por equipos, sobre todo entre los más jóvenes, pero también en los hombres adultos, que lo aprovechaban para realizar apuestas de toda índole. Aun así, no era habitual ver tanta gente congregada para un partido. Había una buena razón: los contrincantes. Se enfrentaban los equipos de los hijos de las dos familias más ricas de Augsburgo: los Fugger y los Welser.
El equipo Welser lo capitaneaba Bartolomé, el hijo mayor, llamado como su padre y conocido por su ambición, y de quien todos esperaban que continuara y ampliara los negocios de su familia. Bartolomé era de los muchachos más altos y corpulentos de la ciudad. Junto a él estaban sus hermanos pequeños, Lucas y Uldarico.
Los Welser se decían descendientes del general bizantino Belisario, uno de los más afamados militares de la historia, que recuperó buena parte del Imperio Romano de Occidente de las garras de los invasores bárbaros.
Sus rivales, en todos los aspectos, eran los Fugger. Con ellos competían por ser la familia más rica no solo de Augsburgo, sino de todo el Sacro Imperio Romano Germánico.
En el último año, nadie había conseguido derrotar a los hermanos Welser. El juego gozaba de mucha popularidad, a pesar de que hacía una década que un príncipe, Felipe de Habsburgo, esposo de Juana de Castilla, había muerto tras participar en un partido.
Los contrincantes tomaron posiciones. Úrsula observó impresionada la corpulencia de Bartolomé Welser. Comenzaron sacando los Fugger; el primer punto fue muy disputado, como si fuera el final de partido en vez del inicio. Finalmente, Antón Fugger golpeó con todas sus fuerzas para adelantarse en el marcador, ante el asombro de los presentes.
Solo fue un espejismo, pues los siguientes puntos fueron para Bartolomé Welser, que imponía su físico y dotaba de una potencia imparable a sus tiradas. Los Welser obtenían un punto tras otro sin apenas competencia, pues los dos hermanos Fugger, aunque eran rápidos y lograban devolver muchas pelotas, no lanzaban buenos golpes.
Fue entonces cuando el tercero de los jugadores del equipo Fugger atizó la pelota con su mano izquierda, sorprendiendo a todos y marcando un tanto. Los siguientes tres puntos cayeron también del lado Fugger, todos ellos por lanzamientos del mismo joven, menos contundentes que los de Bartolomé Welser pero provistos de gran destreza.
—Madre, ¿quién es ese muchacho que juega tan bien?
—No lo sé, pero no es un Fugger, eso te lo puedo asegurar.
—¡Es el hijo del cocinero de los Fugger! —gritaron desde el público.
—¿Habéis oído, madre?
—Sí, hija, hoy en día permiten a cualquiera mezclarse con nosotros; ¡qué vergüenza!
Úrsula no quitaba ojo a los movimientos del muchacho.
Se llamaba Thomas Babel y era zurdo. Por mucho que sus padres le hubieran obligado a utilizar su mano derecha, él tenía el instinto de desenvolverse con la izquierda. Usaba la derecha para todo, escribir, comer y golpear la pelota, pero seguía conservando la destreza de su nacimiento y en aquel juego no podía evitar utilizarla. Quizá por eso era un jugador tan valioso, podía golpear con ambas manos aquel balón de cuero.
El partido se igualó, en buena medida porque también los hermanos Fugger contribuyeron. Aunque menudos, eran tenaces y no daban un punto por perdido; salvaban bolas para que Thomas se encargara de marcar la mayoría de los puntos. En el otro bando, Bartolomé estaba secundado por sus hermanos, que golpeaban con una violencia inusitada, aunque eran menos hábiles y precisos que él, y maldecían una y otra vez cuando los Fugger devolvían sus proyectiles.
La partida llegó igualada a su desenlace; en el punto decisivo, el más joven de los Fugger, Antón, resbaló, y cuando la pelota iba a perderse, su hermano Raimundo llegó de forma milagrosa, rodó por el suelo y la devolvió en un alarde de destreza. Bartolomé Welser se vio sorprendido por esta reacción y, a duras penas, pudo golpear la bola. Thomas aprovechó la situación y asestó el golpe definitivo que hizo erigirse campeón al equipo de los Fugger.
El griterío fue ensordecedor, pues no solo presenciaban el partido los jóvenes de Augsburgo; gentes de toda condición y edad se habían ido reuniendo en el campo de pelota atraídos por la competición, por la emoción del juego, incluidos los ilustres padres de los contrincantes.
El equipo de los Fugger recibió como premio a su victoria una corona de laurel dorada, a modo del trofeo que se entregaba a los vencedores en la antigua Grecia. Los hermanos Fugger hablaron entre sí y decidieron obsequiársela a su compañero, Thomas, por haber sido el principal artífice de la victoria.
El público aplaudió el gesto; lo que nadie esperaba es que Thomas se dirigiera hacia el gentío, se abriera paso hasta llegar a una joven y le ofreciera la corona de laurel.
Úrsula la aceptó ruborizada ante el estupor de su madre, que la cogió del brazo y la sacó del público.
—¡Dame ahora mismo eso! ¿Qué se ha creído ese descarado?
—No, madre. Es un regalo... —Y la escondió tras su espalda.
—¡He dicho que me la des! No lo repetiré más.
La joven suspiró resignada, pero antes de entregársela, arrancó una hoja de laurel y se la guardó.
Thomas Babel perdió a su madre cuando solo tenía seis años, en un parto prematuro. Ni ella ni la niña que trajo al mundo sobrevivieron. El solo recuerdo que conservaba de su madre era una medalla de la virgen que ella siempre llevaba consigo. Sus abuelos y tíos habían muerto mucho antes de que él naciera, a consecuencia de una epidemia de peste que sufrió la zona, así que su padre era su única familia.
Desde muy niño, su padre le había leído cuentos todas las noches. En una liturgia íntima, sentado al borde de la cama, pasaba las páginas de ejemplares que pedía prestados. El tiempo parecía pasar más lento y las historias que le contaban lo hacían viajar a otros reinos, a otras épocas.
Marcus Babel era oriundo de Augsburgo y muy querido en la ciudad; trabajaba como cocinero para la influyente familia Fugger, acaudalados banqueros con negocios en toda la Cristiandad. Jacobo Fugger era el cabeza de la familia; se rumoreaba que prestaba dinero a príncipes y reyes y que tenía más que ver en la elección del papa que los propios cardenales de Roma.
La amistad de Marcus con Jacobo Fugger le proporcionó a Thomas un regalo inesperado. El cocinero hizo valer su buena relación para pedir al banquero que Thomas fuera educado con sus dos sobrinos, Raimundo y Antón Fugger. Jacobo no tenía hijos y sus hermanos habían fallecido, así que estaba a cargo de ellos, a la postre los únicos herederos de la familia. El primero era tres años mayor que Thomas, y el segundo, un año más pequeño. Siempre habían jugado los tres en los jardines de la enorme residencia que poseían los Fugger, así que para los jóvenes fue una alegría poder recibir clases también juntos.
Solo con el paso de los años, Thomas llegaría a comprender lo importante que serían esas lecciones diarias a las que su padre lo obligaba a asistir. Así descubrió el latín, idioma que pronto dominó; no era en cambio tan hábil con las matemáticas, y eso que se esforzaba todo lo posible.
Tenían por maestro a Klopp, un monje de cabello escaso y blanquecino que contrastaba con una frondosa y alargada barba. Era un hombre esbelto, de notable estatura, aunque los años le pesaban tanto que andaba encorvado, como si llevara una roca sobre la espalda. Sin embargo, cuando se alzaba sobre su bastón sacaba a relucir un porte imponente.
—¡Thomas! Te he dicho mil veces que prestes más atención. La lectura exige concentración, no basta con repetir las palabras escritas en voz alta.
—Lo intento, pero las palabras se escapan de mi cabeza, no consigo que se queden dentro.
—¡Santo Dios! Qué paciencia me ha dado el Señor contigo. Tienes que comprender lo que lees, ¿es que no lo entiendes? —decía mientras los hermanos Fugger no paraban de reír.
—Leo perfectamente, maestro.
—Pero no captas el significado de las frases —le regañaba Klopp con toda la indulgencia de la que era capaz—. Corres demasiado, así no te puedes enterar de lo que lees.
—Sí que lo hago.
—Eso es imposible, nadie puede leer y entender lo que lee tan rápido. ¿De qué te sirve correr tanto?
—No puedo evitarlo —se defendió Thomas.
—En las bibliotecas de los monasterios tienen a monjes copiando manuscritos sin parar, muchas veces no saben ni leer, lo prefieren para no perder el tiempo intentando comprender lo que solo deben copiar. ¡Eso es justamente lo contrario a lo que tienes que hacer tú!
En el siguiente texto, Thomas hizo lo mismo; lo leyó tan rápido que le dio tiempo de mirar de reojo a los Fugger. Los hermanos eran casi iguales, solo se diferenciaban en los cuatro dedos más alto que era el mayor, Raimundo. Vestían de forma similar, con el cabello largo y peinado hacia los lados. Tenían los ojos oscuros y eran menudos, como su tío Jacobo Fugger. De los dos, Antón era el más espabilado, y destacaba en todo lo que Thomas fallaba, especialmente en los números y las cuentas. De todas las enseñanzas del hermano Klopp, a Thomas lo que más le fascinaba eran las anécdotas sobre la historia de Roma y Grecia que les contaba en las clases de latín y griego.
Para presentar el proyecto de creación de una serie de asilos en la ciudad, una noche de septiembre se organizó un espléndido banquete en el palacio de los Fugger, al cual asistió la flor y nata de Augsburgo: el gobernador, ricos comerciantes, nobles, artistas y parte del cabildo de la ciudad. Las influencias de los Fugger llegaban hasta el mismísimo emperador Maximiliano I. Además eran mecenas del arte y, actualmente, acogían en su casa a un conocido pintor, Alberto Durero, de cuyos cuadros hablaban maravillas.
Fue Jacobo Fugger el Viejo quien sentó las bases de los negocios de la familia. Su sucesor, Jacobo el Joven, había sabido impulsarlos y diversificarlos, convirtiéndose en pocos años en el banquero y comerciante más rico y conocido del Sacro Imperio, logrando el monopolio del mercado del cobre en Europa. Entre sus clientes bancarios se encontraban la alta nobleza, las casas reales europeas y la Iglesia católica. Jacobo Fugger sufragaba guerras y coronaciones de reyes, logrando así que sus negocios crecieran rápido y ejerciendo, mediante la financiación, una influencia política notable.
Thomas había estado ayudando a su padre con el menú de la celebración. La residencia Fugger estaba totalmente rodeada por una muralla con dos garitas, desde las que unas piezas de artillería apuntaban hacia el acceso principal. En cierta ocasión, Antón Fugger le había contado a Thomas que el edificio se construyó en tiempos de Carlomagno, cuando toda la Cristiandad era una sola. De las paredes del palacio colgaban tapices y obras de arte de gran formato que mostraban escenas de la antigüedad, con dioses, ninfas y héroes, que tenían cautivado a Thomas. Aquellas imágenes contrastaban con las que veía en la iglesia; eran más vivas y sugerentes. Los personajes representados dejaban la mayor parte de sus cuerpos al descubierto. Había sangrientas batallas, terribles animales, extraños seres... Era como si pertenecieran a otro mundo, más apasionante que el que él conocía.
En celebraciones como aquella, a Thomas le agradaba observar la llegada de los asistentes desde una salita acristalada que había justo tras el vestíbulo y en la que nadie solía reparar. Los jóvenes Fugger se la habían enseñado hacía tiempo. Durante la recepción a los invitados aprovechaban para lanzarle miradas y hacer gestos burlones para que Thomas se echara a reír.
Y entonces la vio llegar.
Se llamaba Úrsula y él le había dedicado su victoria en el campo de juego. Pensó que solo una joven tan hermosa como ella merecía su corona de laurel dorado. Thomas la conocía de siempre, de cuando solo era una niña graciosa e inquieta que trepaba a los árboles, algo que horrorizaba a su madre. Ahora, a sus quince años, Úrsula se había convertido en toda una belleza. Ya no corría; ahora se movía con delicadeza y seguridad, como suspendida sobre sus pequeños pies.
Desde su escondite vio, para su sorpresa, que Antón Fugger caminaba hacia ella. A Thomas le hirvió la sangre. Lo consideraba su amigo, pero no pudo sentir sino unos incontrolables celos, y más aún porque él no podía salir de la salita para hablar con ella. Cuando se hallaba a punto de perder los nervios, vio que Antón Fugger la acompañaba hacia donde él estaba. De forma disimulada, su amigo le dijo algo al oído a la joven. Para total sorpresa de Thomas, Úrsula se encaminó sola hacia la salita acristalada.
La joven giró con suavidad la manecilla de la puerta, dejándola levemente abierta. Se dio la vuelta, mirando a la recepción de la fiesta, pero apoyada en el quicio, sin entrar, pues no podía desaparecer de la vista de sus padres.
—¿Estás ahí? —preguntó.
Thomas vio como Antón Fugger le hacía gestos a lo lejos mientras Úrsula aguardaba una respuesta.
—Antón me ha dicho que tenías algo importante que decirme —insistió Úrsula.
La situación era extraña, separados por una puerta entreabierta, hablando de espaldas.
—¿Por qué me diste la corona de laurel a mí?
—Porque el laurel solo merece llevarlo una mujer tan hermosa y especial como tú —dijo con decisión.
Úrsula se sonrojó.
—Una vez leí sobre los dioses griegos —continuó Thomas—. ¿Sabes que tenían un dios para el amor, el dios Eros?
—Eso no es muy cristiano.
—Aun así, deja que te lo cuente. Eros se molestó con otro dios, Apolo, por su arrogancia, e ideó vengarse de él. Para ello le disparó una flecha de oro, que causaba un amor inmediato a quien hiriere.
—Sigue, te escucho.
—Entonces hirió a la ninfa Dafne con una flecha de plomo, que causaba lo contrario, el rechazo amoroso. Así que, cuando Apolo vio a Dafne, se sintió enamorado. Pero Dafne, que sufría el efecto opuesto, huyó de él hasta que, agotada, pidió ayuda a su diosa protectora, Ártemis, que convirtió a Dafne en un árbol de laurel.
—Vaya, qué dramáticos esos dioses griegos. —Úrsula sonrió—. ¿Qué sucedió después?
—Apolo alcanzó a Dafne justo cuando comenzó su transformación: su cuerpo se cubrió de dura corteza, sus pies fueron raíces que se hincaban en el suelo y su cabello se llenó de hojas.
—Qué triste...
Ella nunca había oído a nadie hablar de esa forma. Se quedó prendada por aquella historia, por lo que estaba haciéndole sentir.
—De hecho —Thomas continuó—, Apolo se abrazó al árbol y se echó a llorar. Y dijo: «Puesto que no puedes ser mi mujer, serás mi árbol predilecto y tus hojas, siempre verdes, coronarán las cabezas de las gentes en señal de victoria...».
Los jóvenes quedaron unos segundos en silencio, pensando en la historia.
—¡Úrsula! —Su madre llegó de pronto, a hurtadillas, y la cogió del brazo, mientras le susurraba—: ¿Qué haces aquí sola? ¿Qué va a pensar la gente? Vamos, niña, esta fiesta es tu gran oportunidad. Todos los hijos casaderos de las familias ricas de Augsburgo están aquí esta noche, así que aprovecha esa cara tan bonita que te he dado, que lo de dentro de la cabeza es culpa de tu padre.
—Tenéis razón, madre, puede que mi futuro marido esté muy próximo —dijo en voz alta.
—¡Claro, hija! Ojalá pudieras interesarle a alguno.
—Creo que sí, y está más cerca de lo que podéis imaginar.
—¡Ojalá, por Dios santo! Que así sea. —Eleonor iba empujando a su hija hacia el centro de la sala, arreglándole el cabello y los lazos del vestido—. No sabes cuánto he rezado para que encuentres un buen partido, hija. Que te vean bien, que eres preciosa.
Thomas la observaba a través de la cristalera; entonces ella volvió la cabeza y lo miró, se llevó la mano al cuello y le enseñó con disimulo una cadena de oro. De ella colgaba una hoja, la hoja de laurel dorado que había arrancado de la corona que Thomas le regaló. El corazón de Thomas suspiró, herido de amor y de alegría por las flechas de Eros, mientras volvía a la cocina.
El ajetreo allí era extraordinario; la persona que más trabajó aquel día fue el padre de Thomas, que preparó un auténtico festín. Marcus Babel quería agasajar a los invitados con sus mejores platos, así que recurrió a varios ayudantes que se encargaron de postres y otros guisos; incluso Thomas echó una mano. De esta manera, el cocinero podría tener tiempo para preparar los platos principales, las carnes de caza, con su ingrediente secreto, una de las más caras y lejanas especias con la que los Fugger comerciaban, la nuez moscada.
La guardaba en un cofre de bronce, cerrado con llave. Desde niño, Thomas estaba fascinado con la exótica especia.
—Debes de ser precavido, hijo. La nuez moscada vale su peso en oro. Solo se produce en un paraje del mundo y está muy lejos de nuestra tierra.
Marcus utilizaba una pequeña balanza para medir con precisión cada onza de nuez moscada.
—¿Dónde, padre?
—En las Islas de las Especias, un remoto lugar donde también crece el clavo de olor y otras especias valiosas. Pero la nuez moscada solo la hallarás allí.
Cuando Thomas escuchaba aquellas historias dejaba volar su imaginación y soñaba con viajar hasta las islas y encontrar él mismo esos productos tan extraordinarios.
—Tiene una envoltura que se denomina «macis» y es también una especia como la propia semilla; una vez secada se separa del resto del fruto. Así que la nuez moscada es el único fruto que da dos especias diferentes. Incluso los aceites que se extraen de su tronco se usan en la cocina.
Thomas se quedaba ensimismado con todo aquel universo.
—¿Y dónde están esas Islas de las Especias?
—Demasiado lejos, Thomas, al otro lado del mundo. Hay que atravesar Francia y España y llegar al reino de Portugal. Embarcar hacia el sur, hasta Guinea, bordear África y seguir hasta la India; después continuar navegando hacia el este, siempre hacia el este, dejando atrás la gran China, hasta Cipango, desde donde hay que bajar y bajar hasta el último lugar del océano. Ahí están las Islas de las Especias. El lugar más fragante y delicioso del mundo.
—¿Y quiénes traen las especias desde tan lejos?
—Los portugueses, las especias son su tesoro. Los Fugger se las compran para comerciarlas y ganan mucho dinero con ellas. Hijo mío, las especias tienen el poder de transformar el simple hecho de comer en el mayor de los placeres, de transformar algo tan rutinario como la comida en un lujo al alcance de unos pocos.
—¿Habéis estado allí, padre?
—Ojalá...
—¿Y conocéis a alguien que haya viajado hasta las Islas de las Especias? —insistió Thomas.
—No creo que ningún alemán haya estado en esas tierras.
—¡Yo seré el primero!
—Seguro que sí. —Removió el espeso pelo del chico con los dedos de la mano—. También podrás viajar al Nuevo Mundo, Thomas, porque dentro de poco tendremos nuevas especias de allí.
—El Nuevo Mundo... ¿Y eso dónde está?
—Lo han descubierto los españoles, hacia poniente, y don Jacobo Fugger me ha comentado que tiene interés en él y que ha conseguido un permiso para abrir un puesto comercial y así comerciar con nuevas especias.
Mientras hablaba con Thomas, Marcus iba controlando la cocina, y observó que uno de los ayudantes contratados para el banquete manoseaba una estupenda carne de vaca que él mismo había preparado.
—¿Qué haces? Ese plato está ya preparado, ¡vas a estropearlo!
—Perdonad —dijo cabizbajo el ayudante, un hombre menudo pero corpulento—. Me dijeron que repasara la carne...
—¿Quién te dio semejante orden? —Marcus seguía irritado—. En esta cocina solo yo doy las órdenes; lo que se prepara aquí, absolutamente todo, es responsabilidad mía, ¿entendido?
—Yo... Lo siento, no volverá a suceder... —se excusó el tipo.
—Vete de mi vista, limpia aquellas ollas y no vuelvas a tocar mi comida.
—Por supuesto, lo que ordenéis —asintió obediente.
—Esto es lo peor de preparar un banquete así, hay que traer muchos ayudantes y les falta experiencia... —se lamentó Marcus mientras revisaba el resto de las carnes.
Cuando empezaron con los postres, Thomas abandonó la cocina, aún ensimismado con la historia de las Islas de las Especias.
Él quería viajar allí, quería conocer el último rincón del mundo, aquel en el que crecían los más maravillosos productos que Dios había creado. Llevaría a Úrsula a las islas, y juntos vivirían de aquellas especias. Sería el paraíso.
En el banquete, las deliciosas viandas de Marcus se iban sucediendo con gran alborozo por parte de los comensales. Los Fugger aprovecharon para anunciar una nueva que cogió a todos por sorpresa. El papa León X les había encargado la venta de indulgencias para financiar la finalización de la basílica de San Pedro en Roma; en ella estaban trabajando los más grandes maestros, entre ellos el célebre Leonardo da Vinci.
La revelación provocó un prolongado murmullo. Úrsula entendió que era una buena noticia, aunque también se escuchaba algún comentario negativo, relativo a la monstruosidad de esa construcción y a cómo se había destruido el templo primitivo original sin ningún miramiento.
Hubo quien incluso criticó al papa por comercializar con indulgencias, asegurando que no traerían nada bueno, y, si no, al tiempo.
Otros comentaban que con ese negocio de las indulgencias, los Fugger obtendrían tantos fondos que podrían seguir comprando bienes y rentas en Augsburgo y que, más pronto que tarde, toda la ciudad sería suya.
Sirvieron los postres, de variedad y gusto sublimes, que deleitaron a los invitados. La música sonó con más fuerza y las risas también aumentaron de volumen, regadas con buen vino de Sajonia.
Para entonces, Thomas estaba paseando por el jardín; le habría gustado unirse a la comida, pero eso era imposible, pues solo era el hijo del cocinero. El joven lo aceptaba. Estaba orgulloso de su padre. Y convencido de que las especias convertían la comida en un placer.
En eso se hizo un silencio total en el banquete. Thomas agradeció la tranquilidad; a veces aquellas cenas se transformaban en fiestas demasiado ruidosas y a Thomas no le gustaba el bullicio. El estruendo de los mercados y las calles de la ciudad le producía dolor de cabeza. Sin embargo, tanto silencio no era normal, y Thomas se alarmó. Así que entró de nuevo en la cocina, y la halló vacía, lo cual era todavía más extraño.
Se dirigió hacia la salita de la cristalera y entonces presenció algo que cambiaría su vida para siempre.
La fiesta se había detenido. La mayoría de los invitados estaban de pie, había algunos llorando y otros mostraban un gesto de enfado e indignación. Unos señalaban a un extremo del salón. Comenzó a formarse un gran alboroto mientras que por la puerta principal llegaban con prisa varios hombres armados.
En el suelo, sujetado por varios hombres, ahí estaba su padre.
Los soldados agarraron a Marcus por los brazos y lo alzaron de malas maneras. Thomas no sabía qué hacer, mientras observaba con estupor y angustia cómo arrastraban a su padre hacia la salida.
El joven volvió a la cocina y salió de nuevo al jardín para dar la vuelta al edificio y apostarse tras una esquina desde donde ver la entrada principal. Justo entonces arrojaron a su padre al suelo de tierra, ante la mirada de los Fugger, los Welser, el gobernador de la ciudad y media docena más de ricoshombres.
Jacobo Fugger intentaba aplacar a Bartolomé Welser hijo, y a sus hermanos Lucas y Uldarico, que proferían insultos y amenazas hacia él y hacia su cocinero.
Thomas intentó imaginar qué había podido ocurrir desde que dejó la cocina y a su padre, tan ocupado con los platos del banquete y lidiando con los torpes ayudantes, hasta este instante, pero no lograba concebirlo.
Justo entonces comenzó a llover.
Escuchó un crujido tras él y apretó los puños mientras se volvía.
—Thomas —dijo una voz conocida—, gracias a Dios que eres tú.
—¡Úrsula!
—Ssshhh, que no nos descubran...
—¿Qué está sucediendo? ¿Por qué está ahí mi padre? ¿Qué ha...?
—Ssshhh. —Le tapó la boca con ambas manos—. Cállate y escucha, ¿de acuerdo?
Thomas asintió con la cabeza.
—Estás en peligro, tu padre ha sido acusado de intentar asesinar a los Welser.
Thomas no daba crédito a lo que estaba escuchando.
—El patriarca de los Welser ha caído indispuesto al final del banquete, y un médico que se encontraba entre los invitados ha dictaminado que por los síntomas había tenido que ser envenenado —dijo Úrsula antes de apartar sus manos.
—Pero eso no es posible... ¿Acusan a mi padre?
—Le han dado la carne del plato de Welser a un perro y nada más probarla ha tenido los mismos síntomas. Han ido directos a la cocina y un ayudante les ha dicho que tu padre tenía un cofre con veneno, y que solo él condimentaba las carnes.
—¡No! Son especias, no son venenos. ¿Por qué va a envenenar mi padre al señor Welser? ¿Con qué motivo? ¡Mi padre es inocente!
—Ya lo sé, seguro que es una trampa. Pero una vez que lo han acusado, poco puedes hacer. No tienes ni idea del poder que tienen los Welser al igual que los Fugger, podrían elegir al próximo emperador, o al papa de Roma, así que imagina lo que le harán a un simple cocinero...
En ese momento se oyó un grito, y ambos miraron al tumulto. Uno de los invitados llevaba una larga cuerda en la mano, tomó a Marcus del pelo y alzó la soga para que todos la vieran. Dos de los hombres armados cogieron entonces a su padre de los brazos, mientras el primer tipo hacía pasar la cuerda por la rama de un árbol de la entrada al palacio.
Iban a ahorcar a su padre. Lo alzaron entre los dos soldados. Lo sostuvieron unos instantes.
Bartolomé Welser hijo dio la orden.
—¡Soltadle, que cuelgue! ¡Que muera!
—Nooo... —Thomas no pudo decir nada más; Úrsula le tapó de nuevo la boca y juntos cayeron rodando al suelo.
Por más que el chico intentó zafarse, Úrsula se lo impidió.
Úrsula había sido educada desde niña por su madre para ser una perfecta esposa cristiana. Su madre le insistía en que debía luchar contra la idea que los hombres tenían de las mujeres, que las veían como volubles, débiles, charlatanas, de lengua suelta, vanidosas y de dudosas apetencias.
—Debes ser un ejemplo de integridad, hija; jamás deben verte con un hombre a solas, jamás debes mirar a un hombre directamente a los ojos.
—Sí, madre.
—Úrsula, escúchame lo que te digo, tienes que ser obediente, recatada, callada y piadosa. Y, sobre todo, casta, eso es esencial.
—¿E inteligente?
—No, más bien vivaz e instruida. Los hombres huyen de las mujeres inteligentes. Pero tampoco seas tonta, no deben pensar que pueden engañarte; si no, lo harán, créeme —le advirtió su madre.
Úrsula estaba incumpliendo casi todos los consejos de su madre en una misma noche. Hacía mucho tiempo que era consciente de que no podría satisfacer las expectativas de su progenitora; tarde o temprano la defraudaría, y mucho.
Al entrar al palacio, cuando Antón Fugger le dijo que Thomas la estaba mirando desde la cristalera, no lo dudó. No había dejado de pensar en él desde el día del juego de pelota. Aquel joven de pelo oscuro y espeso, que miraba fijamente sin decir nada, pensativo y misterioso, la tenía cautivada. Estaba deseando volver a ver sus ojos verdosos.
Y aún se sentía emocionada por la breve conversación que habían tenido esa noche a través de la puerta. Por eso, cuando gritaron el nombre del cocinero, salió corriendo en busca de Thomas. Si lo cogían también a él, quién sabe lo que podrían hacerle.
—Yo estuve ayudando a mi padre en la cocina, sé que no hizo nada —se reafirmaba Thomas.
—¿No lo entiendes? Si estuviste con él en la cocina también te colgarán a ti.
—¿Cómo dices? No, no, Úrsula, mi padre es inocente, y por supuesto yo también... ¿Es que se han vuelto locos?
—¡Eso da igual! ¡Vuestra inocencia no importa! Creo que solo sois unos peones de un plan mayor. En esta fiesta, en el banquete, no todos estaban contentos con los progresos de los Fugger, tienen enemigos y hay mucha envidia en la ciudad.
—¿Tú cómo sabes eso, Úrsula?
—Hace tiempo que he aprendido a escuchar; es una de las pocas cosas buenas que me ha enseñado mi madre... Ella dice que hay que dejar que la gente hable, que tarde o temprano terminan contando más de lo que deben.
—Han usado a mi padre para preparar una trampa contra los Fugger, contra su reputación, atacando a los Welser, ¿es eso?
—Eso creo, sí. —Úrsula puso ambas manos sobre los hombros del muchacho—. Thomas, estás en peligro, ¡debes marcharte!
—Solo si tú vienes conmigo.
—Ir contigo, ¿adónde? —Úrsula no esperaba aquella oferta.
—Lejos, a otra ciudad, a otro reino, adonde sea.
—Pero... ¿cómo voy a irme? Mi familia está aquí, y yo...
Entonces Thomas le cogió la mano con dulzura.
—Sabes lo que siento por ti; si vienes conmigo, prometo protegerte y hacerte feliz.
Úrsula llevaba mucho tiempo soñando con que alguien la sacara de Augsburgo, de las garras de la rutina y del corsé de la hipocresía. Y si se lo pedían aquellos ojos tan expresivos, apenas tuvo que pensarlo dos veces. Asintió y sonrió.
—Ahora tenemos que decidir cómo escapar sin que nadie nos vea —murmuró Thomas.
—Yo creo que sé la manera —afirmó Úrsula para su sorpresa—. Junto al río hay una taberna. He oído hablar de ella a mi padre. Dicen que la frecuentan viajeros y forasteros.
—¿Y de qué nos sirve?
—Podemos pagar a un viajero extranjero para que nos saque de la ciudad y nos lleve con él lejos de aquí.
—¿Cómo vamos a pagarle?
—Con esto. —Y se sacó muy despacio el anillo del meñique, el anillo que le había regalado su madre.
—No, Úrsula, eso no.
—Es de oro, nos puede ayudar a escapar. No significa nada para mí —mintió.
—No sé...
—Toma, cógelo, sí; pero necesitaré otras ropas, estas son demasiado ostentosas. —Úrsula parecía tener las ideas bien claras.
—Ya sé. —Thomas pareció contagiarse de la actitud resuelta de la joven—. El servicio se cambia para dar el banquete, sus ropas estarán en una sala que hay en la parte de atrás, y desde ahí podemos salir por el jardín. Llegaríamos enseguida al río.
—Entonces vamos, antes de que nos encuentren.
Ya en la sala de la cocina, Thomas cogió las ropas más pequeñas que encontró, pero aun así eran demasiado anchas para Úrsula. A ella no le importó, agarró una capa con capucha y se ocultó bajo ella. Nadie podría saber quién era, ni siquiera si era mujer u hombre. Lograron salir y llegar al río como habían planeado, pero la taberna fue más complicada de encontrar debido a la incesante lluvia y a la casi completa oscuridad. Un ligero ruido les hizo situarse.
Se oían voces apagadas. La puerta del local estaba cerrada, pero se veía luz en el interior y a esas horas solo podía tratarse de una tasca. Thomas llamó dos veces y se abrió el portón. Apareció una señora morena, con el pelo negro y suelto y muy ligera de ropa. Él nunca había visto a ninguna mujer con aquel aspecto y se quedó algo embobado. Úrsula le propinó un pisotón que lo hizo reaccionar, le dio un ligero empujón y entraron al establecimiento.
Era un espacio reducido, sombrío, con gente sentada alrededor de mesas rectangulares, tomando jarras de cerveza, jugando a las cartas y a los dados.
—Y ahora, ¿qué? —murmuró Thomas.
—Ve a la barra y pregunta si hay alguien que esté de paso y pueda llevar a dos pasajeros.
Úrsula lo siguió, esforzándose en no despertar la atención de nadie. Thomas habló con el dueño, a quien no parecieron gustarle las preguntas.
—Aquí se viene a comer y, sobre todo, a beber, muchacho —dijo mientras masticaba algo que hacía sus palabras algo confusas.
—Entonces denos una jarra de vino.
—¿Tienes con que pagarla? —preguntó el dueño mirándolo receloso—. Aquí no fiamos a nadie.
Entonces Úrsula dejó una moneda sobre la barra.
—Eso está mejor. —Y les trajo la bebida.
—Y de lo otro, ¿qué podéis decirnos? —continuó Thomas.
—Aquel. —Señaló con la cabeza a un pelirrojo de cabello largo y alborotado, que estaba comiendo una pierna de cordero—. No sé cómo se llama.
—¿Crees que es buena idea? —inquirió Thomas a Úrsula.
—Mantén la calma, dile solo que queremos ir al sur, a Venecia o Milán.
—¿Y eso por qué?
—Hazme caso y recuerda que solo tenemos el anillo.
Se acercaron a la mesa; el pelirrojo le estaba dando un enorme mordisco a la carne. Al verlos alzó la mirada, pero luego la bajó sin prestarles la menor atención.
—Señor, queremos hablar con vos —dijo Thomas de la manera más firme que fue capaz.
Pero el pelirrojo siguió comiendo. Thomas y Úrsula se miraron, y ella le hizo señales para que insistiera.
—Disculpad, ¿podríamos sentarnos y hablar sobre un asunto importante?
Entonces el hombre tragó la comida, buscó la jarra para darle un buen trago y lanzó un sonoro eructo, para después darse un fuerte golpe en el pecho y volver a eructar, esta vez de forma menos brusca pero más pronunciada.
—Una carne buenísima, lástima que unos impertinentes no me dejen disfrutarla en paz.
—Nos han dicho que podríais llevar dos viajeros al sur —intervino Úrsula, intentando alterar su voz.
—Es posible.
—¿Hasta Venecia o Milán?
—Posible, pero caro.
—Esta misma noche —continuó Thomas.
—Difícil y muy caro.
—¿Cuánto?
—Verás... —Los observó de arriba abajo—. Al menos seis monedas.
—Eso es una fortuna —espetó Thomas.
—Pues dejadme cenar en paz e id a buscar a otro, ¡suerte! —Y volvió a coger la pierna de cordero y darle un mordisco.
—Un momento, un momento, seguro que podemos llegar a un acuerdo... ¿Cómo puedo llamaros, señor? —retomó la negociación Úrsula.
El pelirrojo dejó la pierna, se limpió la boca con la mano y luego estampó esta contra la mesa.
—Ya habéis oído el precio, ahora o lo aceptáis, o me dejáis comer tranquilo, o vamos a tener un problema, ¡elegid!
—Tenemos esto, mirad. —Thomas sacó el anillo.
El forastero lo miró fijamente.
—Eso no es suficiente.
—¿Cómo que no? —Úrsula perdió los nervios y habló con su voz habitual—. Es más que suficiente —le reprochó.
En un instante, el pelirrojo sacó una daga de debajo de la mesa y se la puso cerca del cuello. Úrsula contuvo los nervios y lo miró desafiante.
—Tú eres una mujer, vaya, vaya. Ahora lo entiendo. —Soltó una carcajada—. Vaya pareja de imbéciles.
Úrsula había observado la forma de expresarse de aquel hombre y creía saber cómo camelárselo.
—Bajad la daga —pidió—. ¿No tendréis miedo de una mujer? ¿O sí?
—Tu novia tiene más agallas que tú, mequetrefe. —Bajó el arma—. Llámame Conrad, niña.
—Déjanos, Thomas.
—Pero...
—Por favor. —Le guiñó un ojo—. Sé lo que me hago.
Thomas aceptó a regañadientes, se levantó y se dirigió hacia una zona llena de barricas de vino. Desde allí observó cómo Úrsula hablaba con el forastero y cómo el gesto de este cambiaba por completo y se tornaba más interesado. Luego intercambiaron varias frases, hasta que Úrsula volvió a decir unas palabras que parecieron alterar la reacción de Conrad, que asintió con la cabeza.
Úrsula se levantó, fue directa hacia Thomas y le hizo una señal para que la siguiera; juntos salieron de la taberna. Ella continuó caminando, bordeando el lugar por completo hasta la parte trasera, donde estaba el río.
—¿Qué ha sucedido?
—Ha aceptado —respondió ella.
—¿Cómo lo has logrado?
—Eso ahora da igual. Escúchame bien: es esencial huir lo más rápido posible, el tipo dice que ya ha oído hablar de que buscan a un muchacho y que ofrecen una recompensa.
—¡Maldita sea!
Entonces se oyó un relincho, y un carromato negro tirado por dos caballos apareció en la esquina más cercana. Conrad chasqueó los dedos para que subieran.
—Vamos. —Úrsula no vaciló y fue rápido hasta el carro—. Yo iré detrás. Si nos paran, una mujer es fácil de identificar. Me esconderé entre la carga, soy más menuda y puedo ocultarme bien. Thomas, ve delante con él, pero no respondas a ninguna pregunta, eres extranjero, ¡recuérdalo!
—¿Y el pago?
—Dale el anillo solo cuando estemos lo suficientemente lejos, ¡nunca antes!, ¿entendido?
—Alto y claro.
—Vámonos entonces. —Úrsula fue hacia la parte trasera mientras Thomas se acomodaba delante con el pelirrojo, que apestaba a vino.
El carro se movía con dificultad entre las calles estrechas de Augsburgo. Llegaron a la puerta de la ciudad; estaba cerrada y dos guardias la custodiaban. Thomas temió lo peor, pero el carro siguió avanzando. Conrad sacó algo del interior de sus ropas y se lo entregó a uno de los guardias. Este asintió y levantó el brazo; la puerta comenzó a abrirse y pudieron salir de Augsburgo.
—Todo tiene un precio, unos pueden pagarlo y otros no —murmuró Conrad.
—Yo no; yo no lo tengo.
—Eso es porque todavía nadie ha querido comprarte —respondió el pelirrojo mientras dejaban atrás la ciudad de Augsburgo.
El amanecer los sorprendió saliendo del bosque, junto al camino a Baviera, embarrado por las lluvias. Los caballos se encontraban cansados de haber cabalgado toda la noche.
—Tienes que pagarme, chico; ya estamos lo suficientemente lejos.
—Mejor dejad que salga Úrsula primero.
—Ella está bien ahí detrás, ya nos hemos alejado lo suficiente. —Le señaló el paisaje—. Págame.
—¿Hacia dónde vamos?
—A Milán, tengo un amigo allí que podrá ayudarte —contestó Conrad.
—¿Cómo sé que no nos traicionaréis cuando os entregue el anillo?
—No seas idiota, si quisiera robarte ya lo habría hecho —dijo con una risa sarcástica.
—Prefiero esperar a que paremos y a que Úrsula esté presente.
—No voy a detenerme, es peligroso. Debemos continuar, pero si no me das el anillo te juro que te tiro ahora mismo del carro y te paso por encima con las ruedas.
Thomas apretó los puños, resopló e intentó pensar con calma. Metió la mano entre sus ropas y sacó el anillo de Úrsula. Luego se lo entregó al tipo.
—Una preciosidad —dijo mirando el anillo de Úrsula cuando ya lo tenía entre sus manos—. No te mereces a esa mujer, te aseguro que no.
Siguieron el camino. Thomas tenía ganas de ver a Úrsula; la pobre tenía que estar cansada de ir oculta en la parte trasera, pero era cierto que resultaría peligroso que saliera de su escondite, alguien podría descubrirlos.
Al mediodía llegaron a un riachuelo donde podrían dar de beber a las monturas y descansar un poco. Thomas saltó de inmediato y se dirigió hacia la parte trasera.
—Úrsula, ya puedes salir.
—Muchacho, hay algo que debes saber. —Conrad se plantó frente a él.
—¿Qué ocurre? —dijo Thomas, revolviendo la tela que cubría la carga.
—Ella insistió, ya te he dicho antes que no te la mereces.
—¿De qué estáis hablando?
—Sé que teníais mucha prisa por huir, así que debéis haber hecho algo gordo, al menos tú. Se lo expliqué y ella lo entendió. —Se rascó la nuca—. Me suplicó que te sacara de la ciudad.
—¡Yo no he hecho nada! Úrsula, ya puedes salir, estamos a salvo, ¡Úrsula! —dijo Thomas, removiendo desesperado la carga del carruaje.
—Ella no subió al carro, lo siento, chico.
—¡Qué! —Thomas fue directo hacia él, furioso.
El pelirrojo sacó una daga para detenerlo.
—Cuidado, está afilada.
—¿Dónde está Úrsula? ¿Qué habéis hecho con ella?
—Supongo que estará en su casa, intentando convencer a sus padres de que la secuestraste y le robaste su anillo; al menos es lo que haría yo. Si logra hacerles creer que te la llevaste a la fuerza, podrá seguir con su vida sin problemas.
—No entiendo nada.
—¡Vaya mollera tienes! Yo no iba a cargar con vosotros dos, era demasiado arriesgado. Pero solo contigo, bueno, por qué no. Me prometió el anillo si te llevaba a Venecia o Milán.
—¡Debo volver a por ella!
—Me advirtió que dirías eso; si lo haces te prenderán y la pondrás en una situación complicada. Sois dos críos, ¿adónde creíais que podíais llegar? Tu novia hizo lo mejor para los dos: te salvó, y volvió con su familia. Así te recordará el resto de su vida como un gran amor que no pudo ser; es mucho más de lo que tiene la mayoría de la gente, créeme.
—Voy a volver a Augsburgo, ya lo creo que sí.
—Te lo repito, si regresas serás el estúpido más grande que he conocido nunca y ella te odiará para siempre. Eres joven, ya encontrarás a otra mujer. Ahora quiero dormir un poco, tú haz lo que quieras.
Thomas se quedó tan entristecido que se dio la vuelta y se adentró en el bosque sin mirar adónde iba. Llegó a otro recodo del río, tomó la primera piedra que encontró y la lanzó con furia contra el agua. A continuación cogió una enorme rama seca y la aventó con todas sus fuerzas, descargando su ira, hasta que cayó al suelo del esfuerzo y la rabia.
Después se echó a llorar.
El pelirrojo Conrad ya casi ni se acordaba de su nombre, lo había perdido de no usarlo. Referirse a él por el color de su cabello era lo que todos hacían de forma habitual, y como no tenía una casa propia, nadie llegaba nunca a conocerlo lo suficiente como para tener interés en preguntárselo. Conrad comerciaba principalmente con paños, aunque no le hacía ascos al vino, a los libros o a las velas. Hacía poco había llevado un cargamento muy rentable de aceite. Y también había transportado cargas peligrosas, como las reliquias de un santo.
El problema es que se iba haciendo viejo y cuando se emborrachaba, que era demasiado a menudo, no recordaba nada al día siguiente. Y con los años cada vez tenía menos fuerzas y se sentía más solo. Hasta hacía poco no había tenido problemas con la soledad; es más, la buscaba. Sin embargo, cuando te das cuenta de que te has comido ya casi toda la tarta de la vida, las cosas cambian. También por eso lo había impresionado la niña Úrsula, qué carácter y qué belleza.
Llevaba tiempo pensando en retirarse, dejar de viajar y establecerse en una pequeña ciudad, cerca del mar o de un lago, y pasar sus últimos años allí. No quería estar más tiempo solo, de aquí para allá. Quería una cama, su cama. Y una mujer, ¿por qué no? Alguna viuda podría querer compañía. Aunque para eso necesitaba más dinero y eso siempre era un problema.
Ató de nuevo los caballos y se montó en el carromato. Cuando se disponía a arrancar lo vio aparecer, todo tristón; sin mediar palabra, Thomas subió de un salto y se sentó a su lado.
El pelirrojo azuzó a los caballos; el carromato reanudó la marcha.
El viaje fue tranquilo hasta la noche. Pararon cerca de una ermita, comieron algo de pan que portaban y durmieron junto a un fuego. Al alba prosiguieron hacia el sur. No era un camino sencillo; avanzaron por valles verdes, entre montes de pinos y hayas, alejándose de las aldeas y los caseríos donde corrían el riesgo de encontrarse con cualquiera que pudiera delatarlos.
Thomas no dijo ni una palabra y a su compañero no pareció molestarle.
El pelirrojo Conrad se mostraba seguro y resuelto; se le adivinaba habituado a cabalgar de manera anónima, erguido con aplomo y viveza.
Era la primera vez que Thomas salía de Augsburgo; había soñado muchas veces con ello y, sin embargo, las circunstancias habían provocado que fuera un momento de pena y dolor. Cuando pensaba en la injusticia cometida con su padre le hervía la sangre y tenía que apretar fuerte los puños para no echarse a llorar.
Aun así, no podía evitar cierta emoción al recorrer aquellos desconocidos parajes. Esa sensación se desvanecía como una bruma en cuanto recordaba a Úrsula. La había abandonado y, al mismo tiempo, ella lo había salvado. Sentía una inmensa tristeza, ¿qué sería de Úrsula en Augsburgo?
No podía dejarla allí; Úrsula se había sacrificado y él debía rescatarla. Pero si lo intentaba ahora, ¿qué podía lograr? Por el momento estaba condenado a huir.
¿Y su padre? A él también lo había abandonado...
La realidad se abría paso. Esos últimos momentos, los gritos de Welser, la soga en el cuello de su padre... Thomas sabía que, si volvía a Augsburgo, lo colgarían como a él. Por su padre, tenía que vivir.
—Deja de pensar en esa muchacha, te va a explotar la cabeza —carraspeó el pelirrojo.
—Y vos qué sabréis...
—¡Si sabes hablar! Había perdido la esperanza.
—No os hagáis ilusiones.
—Zagal, no te pases ni un pelo —le advirtió el pelirrojo—. Ahora mismo podría tirarte del carro, así que ojito.
Hicieron noche en un abrigo del bosque y en cuanto amaneció continuaron. Conrad había cogido unas pocas provisiones, que les permitieron no tener que parar excepto para dar follaje y agua a los caballos.
—Nos acercamos a los Alpes, deberemos bordearlos por Venecia y luego girar hacia el Milanesado.
—¿No sería mejor atravesar las montañas? —inquirió Thomas.
—¡De ningún modo! Podrían asaltarnos en cualquier lado. En cambio, viajar por territorio veneciano es seguro; se cuidan mucho de tener buenas relaciones con todos los reinos y religiones.
—¿Y eso por qué? ¿Tienen miedo de una guerra?
—La guerra es para que ganen los ricos y mueran los pobres, por eso les gustan tanto a los reyes. Métetelo en la mollera —afirmó—. El comercio es la mayor fuente de riqueza, permite que un simple hombre pueda llegar a medrar en la vida. Pero las mayores fortunas se hacen corriendo riesgos; viajando lejos, cruzando el mar o siguiendo la Ruta de la Seda.
—O en las Islas de las Especias.
—¿Es que acaso sabes dónde está ese lugar?
—Sí, en el fin del mundo. Es la tierra más maravillosa que existe, el único lugar donde crecen plantas extraordinarias.
—¿Es ahí donde pretendes ir?
—Yo solo quiero salvar a Úrsula —dijo con resignación.
—Qué pardillo eres... Yo no creo en muchas cosas. No creo en el destino, que nuestro futuro esté escrito, pero sí en las señales —dijo aquel hombre con sinceridad.
—¿Qué queréis decir con eso?
—Hay señales que nos indican por dónde debemos seguir. Por ejemplo, cuando entrasteis en la taberna y os sentasteis frente a mí, eso era una señal.
—Pero... ¡no salvasteis a Úrsula!
—Una cosa es seguir las señales, y otra, perder la cabeza. Ya te he dicho que no podía sacaros a los dos de Augsburgo sin riesgo, nos habrían descubierto. Y si a tu padre lo colgaron, a ti te esperaba el mismo destino.
—¿Por qué decís eso? No sé si llegaron a ajusticiarlo, a lo mejor no llegaron a colgarlo... ¿Qué sabéis de mi padre?
—Me gustaría saber qué vio en ti semejante hermosura... —resopló Conrad, moviendo la cabeza—. A tu padre lo mataron aquella misma noche. Tu novia no te lo dijo para que no te echaras a llorar como una cría, para que pudieras moverte y salir de allí. Ya está, ahora lo sabes y podemos dejar de hablar. Me duele la cabeza de escuchar tus lamentos. Sé un hombre y tira para adelante.
No volvieron a hablar en mucho tiempo. A Thomas se le quedó en la cabeza la imagen de su padre con la soga al cuello y en la tripa un dolor punzante por la incertidumbre sobre la suerte de Úrsula.
El paisaje no cambió hasta el tercer día, cuando las gigantescas montañas de los Alpes se divisaron en toda su monumentalidad. No las atravesaron, las bordearon tal y como Conrad había dicho. Cruzaron por una calzada que los condujo a una tierra más calurosa y salvaron varios ríos, hasta llegar a una loma desde la cual divisaron una poblada plaza.
—Las ciudades como esa son peligrosas, ahí dentro está lo peor de los hombres: bandidos, asesinos, chivatos... Todos en busca de víctimas nuevas como nosotros.
—No vamos a entrar...
—Ni loco —dijo tajante el pelirrojo—. Los hombres no deberían vivir hacinados en lugares así, dejan de comportarse como tales y vuelven a ser animales.
Continuaron.
Thomas se dio cuenta de que cada jornada que pasaba el recuerdo de su padre se iba difuminando. Hace pocos días estaba junto a él en la cocina y ahora su cuerpo inerte estaría aún colgado de aquel árbol de la entrada, para escarmiento público. Había asumido su muerte con demasiada facilidad y eso lo inquietó. Qué mal hijo era que no lloraba por la pérdida de su padre, que era capaz de olvidarlo con tal prontitud.
¿Qué le estaba pasando? ¿Cómo podía ser así?
Úrsula ocupaba casi todos sus pensamientos; como le había dicho Conrad, su padre muerto estaba, y nada podía hacer por él. Úrsula sí era su responsabilidad y, ante dicha responsabilidad, estaba huyendo como un cobarde.
Continuaron tres días más, durmiendo en los bosques, lejos de las ciudades. El viaje fue haciéndose más monótono y anodino. Cruzaron un serpenteante desfiladero y prosiguieron por una calzada empedrada, desde la cual Thomas vio numerosas columnas de humo, todas protegidas por una alargada muralla. Avanzaron entre un abundante trasiego de viajeros y comerciantes; esa ciudad estaba fuertemente fortificada, y los hombres de armas podían verse por doquier, junto a cañones de un calibre tan grande que asustaba.
—Eso es Milán. Nosotros vamos más al este, a una villa amurallada. Se halla a media jornada. Se acerca el invierno, allí estaremos bien cubiertos.
El pelirrojo desvió a su caballo por un camino menor, poco transitado, que discurría paralelo a un río de aguas tranquilas.
Thomas seguía absorto en sus tribulaciones, sin reparar apenas en la ruta que tomaban. No prestó atención al enorme molino junto al que pasaron. Una fantástica obra con una altura de diez o doce hombres y una noria todavía más alta que se movía por el empuje del cauce desviado del río. Siguieron por una calzada bien empedrada, entre unas hiladas de olmos.
—¿Ves esa torre? Vigila una salida de la villa, es de un descendiente de normandos.
Thomas salió de su apatía y miró al horizonte; habían llegado hasta una población amurallada sobre lo alto de una ladera, rodeada de campos de viñas y olivos.
—¿Es este nuestro destino?
—En efecto, esto es la villa de Bellagio —respondió Conrad de forma escueta.
Thomas se fijó en la parte inferior de la torre, un macizo defensivo, bien cerrado con mampostería. Sus esquinas estaban rematadas con cubos cilíndricos y su parte superior era de madera y ladrillo, con una zona salediza que sostenía sus salientes sobre el muro a base de unos vistosos modillones.
Desde lo alto de la torre, un vigilante les lanzó el alto.
—¿Quién va?
—Dile a tu señor que soy el hombre que le salvó la vida en la batalla de Montecassino.
Enseguida se abrió un portón y apareció tras él un voluminoso individuo de aspecto bonachón.
—¡Virgen María! ¡No vas a morirte nunca!
—En ello estoy —disimuló con una sonrisa el pelirrojo—, pero mala hierba nunca muere. Traigo la carga y algo más. Acércate, muchacho —indicó a Thomas que diera un paso al frente.
—Un poco joven, no sé yo...
—Ambrosio, será útil, te lo aseguro.
—Debemos andarnos con ojo, las cosas están revueltas por aquí. No sé si es de eso de lo que huyes...
—¿A qué te refieres, Ambrosio?
—En Milán ya suenan las armas, los reyes de España y Francia se la disputan de nuevo. Ya sabes que ambos pretenden el trono imperial y están dispuestos a llevar la lucha a donde haga falta. Y Milán es una plaza estratégica.
—Pensaba que el francés tenía sus miras puestas en el Reino de Nápoles.
—Y las tiene, pues está ocupado por los españoles. El rey de España también ambiciona el Milanesado y parte de Borgoña.
—Ambos ahora bajo dominio francés; cada vez es más difícil moverse por la Cristiandad —recalcó el pelirrojo.
Pasaron al interior de la torre. Era austera y primitiva; recordaba a tiempos pasados. Ambrosio era afable, de trato más agradable que Conrad. No parecía tener esposa, pero sí dos sirvientas jóvenes, y contaba con varios hombres de armas y unos mozuelos para el servicio.
A Thomas no le gustaba cómo le miraba el señor de la torre, parecía que estuviera poniendo precio a su cabeza.
Durmió aquella noche en una alcoba pequeña y húmeda; al día siguiente esperó a estar a solas con Conrad para hablarle.
—Creo que debería irme, ¿qué voy a hacer aquí?
—¿Y adónde vas a ir? ¿No pensarás volver a Augsburgo después de lo que esa muchacha se sacrificó por ti?
Thomas no contestó.
—Yo debía traerte a un lugar seguro... Lo que hagas a partir de ahora ya es cosa tuya. Si eres tan imbécil como para deshacer el camino, allá tú —dijo el pelirrojo—. Mira, por qué no esperas a que pase el invierno; le diré a Ambrosio que te dé trabajo en la torre y en marzo decides qué hacer.
—¿Marzo?
—La muchacha no va a irse a ningún lado y a ti te conviene que se calmen los ánimos en Augsburgo.
Thomas lo pensó bien, ¿qué opción mejor iba a encontrar?
Aceptó y comenzó a trabajar en la torre con los tres mozuelos; juntos hacían todo tipo de tareas, desde cargar leña a limpiar los caballos. Él no sabía italiano, pero fue aprendiendo palabras sueltas y, con ayuda de su latín, daba sentido a lo que escuchaba.
Apenas salió por la villa aquellas semanas. Bellagio parecía más una plaza fuerte de frontera que un enclave cercano a una ciudad poderosa como Milán. El pelirrojo le explicó que era porque aquella zona de Italia era el campo de batalla preferido de españoles y franceses, y se oían tambores de guerra, como habían comentado con Ambrosio.
El lugar era tan diferente a Augsburgo que el chico todavía extrañaba más su ciudad natal y a Úrsula, porque en su padre intentaba no pensar; el recuerdo de su triste final era demasiado doloroso.
¿Quién pudo envenenar a Bartolomé Welser? Solo unas pocas personas tenían acceso a los alimentos en un banquete como aquel, su padre lo vigilaba todo con mano de hierro.
Pronto sobrevino un temporal de frío y nieve que cubrió la ciudad y el cercano lago de Como. En su alcoba, Thomas tiritaba por la baja temperatura, y la humedad se le metía hasta los huesos, así que una noche decidió ir a buscar el calor de la planta noble de la torre. Las ascuas de la chimenea todavía ardían, prefería dormir allí en el suelo que en el jergón de su alcoba. Lo que no esperaba es que Ambrosio y Conrad continuaran despiertos y bebiendo en la sala, parecían ya muy borrachos. Seguían hablando de sus historias y proyectos; Thomas decidió no molestarlos, y ya se retiraba cuando escuchó algo inquietante.
—¿Cuánto más vamos a tener que alimentar a ese alemán?
—Ya queda poco, hay que sembrar para luego poder recoger —respondía el pelirrojo, que no paraba de beber.
—Más te vale que tengas razón con él.
—Hazme caso, además está deseando regresar a su ciudad. Así que no te preocupes de eso y echa otro tronco, que hace un frío de narices.
Llegó el año 1517 del Señor. El invierno fue largo y lento en Bellagio; a medida que iba templando el clima comenzaron a llegar por el lago de Como pescadores y comerciantes. La plaza fue recobrando algo de vida; aún hacía frío, pero ya había quedado atrás lo más duro del año. Se notaba que la gente tenía ganas de cambiar de estación.
A primeros de marzo se celebró una feria a la que acudió mucha gente de los alrededores. Ambrosio dejó a uno de sus hombres de centinela en la torre y acudió a la taberna con Conrad, Thomas y el resto de su gente. La tasca se situaba en un edificio con empaque, dotado de numerosos ventanales en el piso superior, tantos como alcobas poseía. En la planta baja dominaba un salón alargado repleto de mesas en las que corrían el vino y espirituosos más fuertes, carne en abundancia, juegos de cartas y dados y otros que Thomas no conocía.
Ambrosio y Conrad se sentaron junto a la chimenea central y los hombres de armas y los sirvientes, entre ellos Thomas, lo hicieron a un lado. Como recompensa por su esfuerzo, Ambrosio pidió una jarra de vino de la Toscana para cada uno de ellos. Era un caldo excelente, afrutado y ligero. Ambrosio terminó pronto la jarra y se despachó con otra; desde donde estaba sentado, Thomas escuchaba atento como el pelirrojo y él no dejaban de contar viejas historias de sus batallas y aventuras. Recordaba que Úrsula le había dicho lo importante que era saber siempre escuchar, y él estaba aplicando el consejo. Pero no estaba habituado al vino; la primera jarra se la bebió con cierta dificultad, en cambio la siguiente le entró como si fuera agua.
Mientras bebía, dejaba desviar su vista por el resto de la taberna. Le pareció un lugar fascinante, más animada y colorida que la taberna de Augsburgo en la que Úrsula y él conocieron a Conrad.
En un momento dado, Thomas fue notando que cada vez había menos personal, a pesar de ser aún temprano. Los clientes iban abandonando la taberna de manera escalonada, hasta que casi ya no quedaba nadie.
—¿Qué demonios ocurre? —inquirió Ambrosio.
—Es el descubridor, ha montado su espectáculo en la plaza; yo no me lo pierdo —respondió un hombre bajito y con voz de gallo levantándose de su asiento, no sin antes apurar su jarra de vino.
—¿Qué es eso del descubridor, Ambrosio? —dijo Conrad.
—Me puedo hacer una idea, salgamos a comprobarlo.
Thomas fue con ellos. Casi todo el pueblo de Bellagio se había concentrado en torno a una explanada junto al río.
Un hombre moreno, fuerte, que llevaba una espada al cinto y vestía camisa larga blanca, tenía al público embelesado hablando de las maravillas de unas tierras que llamaba el Nuevo Mundo. Citaba animales asombrosos, manjares para los sentidos, extrañas plantas e increíbles aventuras, que según decía conocía de primera mano, pues él mismo había viajado a ese nuevo paraíso.
Por primera vez, Thomas salió de su apatía; a decir verdad, el vino también colaboró en animarlo un poco.
Muchos habitantes de Bellagio habían bajado de la ciudad. También había campesinos de las huertas situados junto al río y curiosos y viajeros a los que el acontecimiento había sorprendido por los alrededores.
En el centro de la explanada, sobre unas cajas de madera, aquel misterioso hombre estaba ahora en silencio, esperando que los asistentes terminaran de colocarse.
—Buenas noches, queridos amigos —comenzó con voz grave—, permitan que me presente. Massimiliano Lamberti, humilde marino e incansable viajero, recién llegado hasta estas espléndidas tierras de Milán.
Hablaba un italiano algo tosco, alguno de los presentes dijo que ese acento era de Nápoles, pero se podía entender bien lo que decía. Además, se ayudaba de numerosos gestos, era muy expresivo. De su vestimenta llamaban la atención unos vistosos zapatos acuchillados, con unos cortes que dejaban a la vista las medias.
—Lo que les voy a enseñar hoy aquí no lo habrán visto nunca antes, se lo aseguro. Y no lo volverán a ver jamás. Son las maravillas de un Nuevo Mundo, más allá del mar océano.
Aquel charlatán con aspecto de forajido relató que un genovés apellidado Colón había llegado por primera vez al Nuevo Mundo con tres naves españolas hacía casi veinte años. Que hizo tres viajes más y que murió pensando que había descubierto una nueva ruta hacia la India y China, sin tener que bordear toda África. Pero se equivocó: lo que había descubierto eran unas tierras nuevas, de gentes extrañas, de frutas y plantas exóticas, de animales mitológicos.
—Colón murió sin saber de su gran descubrimiento —declamó el napolitano con voz dramática.
—¡Vaya espabilado! —gritaron unos.
—¡Cuéntanos más! —dijeron otros.
—Mirad —siguió Massimiliano—, aquí está su carta relatando a los Reyes de España lo que había descubierto —y sacó un documento impreso—. Yo la compré en Roma y os puedo asegurar que todo lo que dice es cierto. El propio santo padre así lo ha asegurado.
Se hizo un murmullo.
—Y lo mejor es que en las tierras del Nuevo Mundo no solo hay hombres salvajes, increíbles animales, tierras fértiles. En el Nuevo Mundo hay oro, mucho oro.
Fue entonces cuando los presentes se callaron del todo y le prestaron atención.
—¿Es verdad lo del oro? —preguntó un viejo.
—Ya lo creo, caballero; montañas de oro que los nativos ni siquiera valoran, pues caminan desnudos por las calles, tienen extraños dioses y no conocen ni la pólvora ni el hierro ni los caballos.
—¡Por Dios! ¿Qué lugar es ese? —gritó otro asistente.
—El Nuevo Mundo, y yo os traigo sus maravillas.
—¿Tienes oro? ¡Muéstranos el oro!
—No, yo no tengo oro; ya quisiera.
—¿Y entonces para qué vienes? ¿Qué nos vas a enseñar? —le insistió aquel viejo.
—Plantas, dibujos y una hierba que queman los nativos para aspirar el humo por la boca y sanar sus males. —Se dio la vuelta, comenzó a buscar y abrió unas cajas que había colocado cerca—. Disculpadme, no tengo ayudante, pero si me dais unos segundos os la enseñaré...
—¡Qué barbaridad es esa! ¿Cómo vamos a echar humo por la boca? —Algunos comenzaron a darle la espalda.
—¡Señores, señores! Esperen un momento, déjenme que les hable de las maravillas del Nuevo Mundo. —Massimiliano intentaba retener al público, moviendo las manos aquí y allá, mostrando briznas de plantas o cuartillas con dibujos—. ¡Quedarán fascinados! ¡Esperen!
—El oro, eso es lo que nos tienes que enseñar, si no será mejor que te calles y te vuelvas a tu Nuevo Mundo —musitó un hombre armado.
Los espectadores dieron la espalda al feriante y regresaron a sus quehaceres; alguno le propinó insultos y otros le tiraron alguna piedra. El hombre se calló y agachó los hombros; entristecido, comenzó a recoger sus enseres para abandonar la plaza.
Ambrosio y Conrad retornaron a la taberna y siguieron bebiendo; pidieron una nueva jarra. Thomas estaba ya mareado, el vino le estaba provocando un terrible dolor de cabeza.
—¿Qué te pasa, muchacho? ¿No te gusta el vino? —Ambrosio se echó a reír.
—Es que no me encuentro bien —dijo, entre arcadas.
—Anda... Sal a tomar el aire, ¡y espabila! —Los dos se rieron sin disimulo.
Thomas se incorporó con serios problemas para mantener el equilibrio, tropezando un par de veces. Logró salir al exterior, el aire fresco le sentó bien. Vio a lo lejos al charlatán, que todavía estaba ordenando cajas en su carro, y decidió acercarse hasta él.
—No ha sido una buena noche. —Thomas le echó una mano con un bulto pesado que intentaba cargar en su carromato.
—Lo sé, es que... No debería haber venido a este lugar. Pero los caminos están llenos de soldados y prefiero dormir en plazas amuralladas, aunque no pueda hacer representaciones. Yo necesito más espacio, aire libre y un ayudante.
—¿Y por qué no tenéis uno?
—Él último se largó con las ganancias... —contestó—. ¡Maldito rufián! Como vuelva a verlo... —Miró a Thomas—. Vuestro acento... No sois de por aquí.
—No... —Se dio cuenta que no era buena idea confesar su verdadera procedencia a un desconocido—. Soy de Frankfurt, estamos de viaje comercial.
—¿Aquí?
—No, camino de... —Thomas dudó demasiado—. Venecia.
—Pero las rutas a Frankfurt y Venecia no pasan por esta zona.
—Cierto. —La embriaguez le hacía estar torpe—. Queríamos ir a Milán para un asunto, aunque también nos han alertado de la guerra entre España y Francia.
—Habéis hecho bien en quedaros, el lago de Como es más seguro.
—Pero vos os marcháis.
—No tengo otro remedio, así es mi trabajo; además, en peores lugares he estado, me he recorrido casi medio mundo.
—Eso no me lo creo. —Thomas no podía controlar todo lo que decía.
—Apostaros lo que queráis.
—¿Conocéis las Islas de las Especias? —preguntó Thomas.
—Por supuesto, ¡benditas sean!
—¿Las habéis visitado? —insistió el joven.
—No estaría aquí en tal caso, os lo aseguro. Para llegar a las Islas de las Especias hay que circunvalar África y adentrarse en el mar de la India, son muchos meses de viajes, mucho sufrimiento y peligros —contestó—. Yo viajé con Colón en su cuarto viaje, un auténtico desastre..., y juré nunca más embarcarme.
—¿Tan terrible fue?
—Terminamos perdiendo nuestras cuatro naves y naufragando en la isla de Santiago. Nos rescató una carabela enviada desde la isla de La Española. Y acabamos regresando a España en un barco mercante. —Aquel hombre lo observó bien—. Me llamo Massimiliano. —Le tendió la mano.
—Thomas. —Tropezó al acercarse para saludar y cayó al suelo.
—Habéis bebido demasiado vino. —Massimiliano lo ayudó a levantarse—. Tengo algo que os ayudará a despejaros, aunque tarda en hacer efecto.
—No necesito vuestros ungüentos, y además no tengo dinero.
—Tomadlo o no vais a llegar vivo a vuestra casa. —Y sacó un brebaje.
Thomas lo olisqueó y echó un trago.
—¡Basta, muchacho! Solo un trago es suficiente. Si me disculpáis debo recoger todo esto. Mañana al alba salgo hacia el norte; me he cansado de esta tierra, espero correr más suerte en otros lares.
—Seguro que así será. —Se despidieron y Thomas regresó a la taberna.
Para entonces, Conrad ya estaba borracho por completo, mientras que Ambrosio iba en camino. Este insistió al joven en que se bebiera otro trago de vino, pero Thomas se zafó como pudo. El milanés siguió insistiendo hasta resultar impertinente. Sus hombres de armas y sus sirvientes no estaban por ahí. Por su parte, el estado del pelirrojo era tan lamentable que Thomas tuvo que cargar con él hasta la torre, mientras Ambrosio lo animaba para que siguiera bebiendo y cantando. Thomas llevó a Conrad hasta la alcoba del pelirrojo y lo tiró en el camastro.
—Eres un buen muchacho —balbuceó Conrad—, siento que todo vaya a terminar. Quiero una cama, eso es lo único que quiero, una cama que sea mía.
—¿Qué estáis diciendo?
El pelirrojo cayó desmayado, desparramado en el jergón. La estancia apestaba a vino barato. Thomas también se notaba cargado de alcohol, la cabeza le daba vueltas y le costaba razonar con claridad. Pero pensó en aprovechar la oportunidad: no se fiaba de Conrad, y era la primera vez que lo tenía a su merced.
Estaban solos y nadie los observaba; no era lo más correcto, pero Thomas comenzó a registrar al comerciante pelirrojo. Dentro de sus ropas halló una bolsa con monedas, una daga oculta y, para su sorpresa, unas cartas.
La curiosidad le hizo abrirlas para leerlas. Se quedó helado: las cartas las habían enviado los Welser desde Augsburgo. En ellas se aceptaba la recompensa y se establecían las condiciones para... la entrega de Thomas Babel.
El pelirrojo lo había vendido.
Thomas oyó unos crujidos; dejó la bolsa, la daga y las cartas en su sitio, se levantó con mucho cuidado y caminó hasta la puerta; puso la oreja sobre la madera.
Escuchó varias voces, oyó pasos acercándose, y de nuevo voces. Quizá fueran los hombres de Ambrosio; no podía perder tiempo.
El pelirrojo seguía tumbado sobre su espalda y roncando. Thomas desvió su vista hacia la ventana y, con sigilo, se acercó a ella. Aunque era un ventanuco estrecho, el chico no lo dudó; metió primero los brazos, y luego, con mucho esfuerzo, logró pasar los hombros. Con medio cuerpo fuera y por culpa del vino ingerido perdió el equilibrio y cayó desde lo alto contra el suelo. Se levantó con el brazo derecho dolorido, apenas podía moverlo.
Con suerte no habrían oído el ruido. Thomas comenzó a estar más espabilado, quizá el brebaje del napolitano estuviera haciendo efecto. Corrió al establo y ensilló uno de los caballos, pero cualquier movimiento le resultaba insoportable. Aun así, consiguió montar y huir de allí, justo cuando empezó a advertir gritos de alarma. Galopó como si no hubiera un mañana por las estrechas calles de Bellagio hasta llegar a la puerta de la ciudad, pero la encontró cerrada y custodiada por dos hombres con picas. Miró a lo alto justo cuando otro centinela encendía la mecha de un arcabuz. Hizo girar al caballo sobre sus patas traseras y cabalgó en dirección perpendicular, huyendo hacia el centro de la villa. Sabía que no llegaría a ningún sitio por allí, así que en el mercado giró hacia el muelle.
Una vez frente al lago se dio cuenta de que solo tenía una opción. Bajó del caballo y lo golpeó fuerte en el lomo para que saliera galopando hacia el otro extremo de la población. Dirigió su mirada a las barcas; Thomas no había usado nunca una, pero pensó que no podía ser tan difícil. Vio amarrada una más pequeña que el resto, que creyó la mejor solución. La soltó y saltó dentro, tomó los remos e, intentando hacer el menor ruido posible, comenzó a adentrarse en el lago de Como, muy poco a poco, remando con más fuerza con el brazo izquierdo, pero sin poder evitar sentir punzadas de dolor en el otro.
Era una huida desesperada, pero ¿qué más podía hacer?
No dejó de remar hasta el alba, lentamente, para no forzar el brazo. Con las primeras luces intentó dilucidar adónde había arribado. Se hallaba cerca de una orilla; echó un último arresto y llegó hasta ella. Entre el esfuerzo, la resaca y la caída apenas podía moverse, así que no pudo esconder el bote; optó por empujarlo de vuelta al lago, como había hecho con el caballo.
Avanzó por una zona boscosa hasta que se encontró con una calzada empedrada. Enseguida vio acercarse un carromato. Se escondió entre unos matorrales. La cabeza le dolía como si le clavaran agujas en los sesos; ¿qué diablos le había dado aquel charlatán? El carro se fue acercando, pero al mismo tiempo comenzó a ver una polvareda por el lado de poniente. Era tarde para regresar al lago y, además, dudaba que sirviese de algo. Tanto el carro como los jinetes a caballo se acercaban cada vez más hacia él desde direcciones opuestas.
El carromato llegó ante sus ojos en primer lugar; estaba tirado por un único caballo y era bastante voluminoso, así que desde donde Thomas estaba oculto el conductor no podía verlo. Justo cuando pasó por delante, el chico salió de su escondite y saltó dentro, golpeándose de nuevo el brazo derecho contra un bulto.
Se quedó muy quieto, aguantando el punzante dolor y esperando que el conductor no se hubiera dado cuenta de su intromisión. Dentro del carro olía extremadamente mal y hacía mucho calor. En eso, el carro se detuvo. Thomas oyó relinchos de caballos. El grupo que venía en la otra dirección los había alcanzado.
—Buscamos a un delincuente —dijo alguien.
—Yo vengo de Bellagio, viajo solo. —A Thomas le sonó mucho la voz del conductor del carro... Era el feriante de anoche. El «descubridor».
—¿No has visto a un joven salir del lago? —insistió el guardia.
—Lo lamento, pero no. No he visto a nadie.
—¿Qué transportas?
—Material del Nuevo Mundo —contestó con orgullo.
—Tú eres el cantamañanas que estaba anoche en la plaza... —dijo el otro con desgana—. Registradlo, a ver.
—Cuidado, transporto material valioso aquí dentro.
Dos hombres abrieron la parte de atrás. Thomas pensó que era su fin; se acurrucó todo lo que pudo tras unas cajas, y entonces notó un movimiento repentino a su lado. Un animal saltó desde el interior del carro, sobresaltando a los guardias y dándole a Thomas un susto de muerte.
—¿Qué demonios es eso? —El hombre al mando desenvainó su espada.
—¡Alto, alto! Es una llama, un animal del Nuevo Mundo —intervino con premura Massimiliano.
—¡Por Dios santo! Qué cosa más fea, es como una oveja y, a la vez, un burro.
—La pobre es vieja, está casi ciega y le ponen nerviosa los extraños, tened cuidado, os lo suplico. ¡Es un animal único! —rogó Massimiliano.
—¿Que tengamos cuidado? Deberíamos matar a semejante engendro ahora mismo.
—¡No! Os lo ruego, por lo que más queráis. Si lo hacéis no tendré con que ganarme el pan... Es inofensiva.
—¡Señor! ¡Han visto el bote en el lago! —gritó otro hombre.
—¡Maldita sea! Has tenido suerte; aparta esa cosa de mi vista y no vuelvas por aquí. —Azuzó a su caballo hacia el lago; el resto de sus hombres lo siguieron.
Massimiliano se bajó del pescante y se acercó al extraño animal. Le pasó la mano por la cabeza y la llama la ladeó levemente.
—Tranquila, ya se han ido. —La ayudó a entrar, cerró atrás y volvió a subirse al carro.
Cuando retomaron la marcha, Thomas respiró aliviado. Entonces comenzó a sentir algo húmedo en el rostro: una lengua alargada le estaba lamiendo la nariz. No supo qué hacer, necesitaba seguir escondido, así que intentó zafarse de los lametones del animal.
El viaje fue largo, no se detuvieron durante varias horas. Thomas esperaba el momento adecuado para saltar y huir. La llama se arrimaba cada vez más a él. Lo olisqueaba y acercaba su hocico al cabello de Thomas, que anhelaba encontrar el momento de escapar de allí.
Cuando por fin el carro se detuvo, Thomas fue a incorporarse, pero no pudo; el dolor de su brazo era insoportable. Lo intentó haciendo fuerza solo con el izquierdo y, con mucho sacrificio, lo consiguió. Fue a salir; le costó saltar en esas condiciones y al hacerlo volvió a caerse y no pudo evitar gritar de dolor.
—¿Qué estás haciendo ahí, malandrín? —dijo Massimiliano al descubrirlo—. Pretendías robarme. ¡A mí! ¿Me has tomado por un tragasantos que no se iba a dar cuenta?
Sacó una daga del cinto.
—No, no. —Thomas apenas podía ya moverse.
—Te conozco, ¿verdad? Tú eres...
—Nos conocimos en la explanada de Bellagio, recuerdo que te llamas Massimiliano. Yo estaba borracho y me diste un remedio.
—Sí, pero... Eres el alemán, el hombre a quien buscaban los jinetes, ¿verdad?
—Puedo explicarlo —murmuró Thomas, rogándole con la mano buena que no lo delatara—. Me habían engañado, por eso huí de la ciudad.
—Algo habrías hecho.
—No, no; yo no he hecho nada malo. —Thomas no supo qué hacer, si contarle lo sucedido, si contar otra mentira o si intentar distraerlo y quitarle la daga.
—¿Por qué no pruebas a contarme la verdad?
Thomas decidió confiar en el charlatán. No tenía otro remedio.
—Acusaron a mi padre de intentar matar a un hombre, pero mi padre era inocente. Lo capturaron y lo ahorcaron; logré huir de mi patria con ayuda de uno de los dos hombres con los que fui anoche a verle, el pelirrojo. Pero me engañó, creo que pretendía entregarme a cambio de una recompensa pagada por los que mataron a mi padre. Y además allí se quedó la mujer que amo. Mis únicos crímenes son haberlos fallado a los dos, a mi padre y a ella.
—Eso no suena convincente, muchacho.
—Pues es la verdad.
—Es posible, pero a veces con la verdad no basta —recalcó Massimiliano.
—¿Qué puedo hacer para que me creas?
Entonces la llama saltó del carro, rodeó a Massimiliano y fue hacia Thomas. Le dio un par de golpes con la cabeza como intentando que se incorporara.
—¿Qué quiere esta oveja tan grande? —dijo Thomas intentando zafarse de ella.
—Ayudarte, muchacho. —Massimiliano le acarició el lomo—. ¿Estás segura, Luna? —le preguntó al animal.
Thomas observó perplejo como Luna se quedaba mirándolo.
—Siempre que te hago caso termino metido en líos. —Aquel hombre parecía hablar con la llama, que soltó un relincho.
—Está bien, más vale que no te equivoques, Luna. Me sorprende que esta te haya dejado ir detrás, chico, es muy señorita y no le gustan los extraños. —Massimiliano soltó un prolongado suspiro—. Vamos, estás malherido y esos que te buscan no tardarán en aparecer por aquí. —Lo miró de arriba abajo—. ¿Qué sabes hacer?
—Mi padre era cocinero. Yo lo ayudaba.
—Algo es algo...
—Sé leer bien y rápido, escribir en latín, alemán y francés.
—No sé de qué puede servirte eso ahora. ¿Alguna cosa más?
—Me temo que no —dudó Thomas.
—De acuerdo, esto haremos: yo necesito un ayudante; viajo hacia el norte, atravesando ciudades de diferentes reyes y señores, me vendrá bien tu ayuda —afirmó Massimiliano—. No te pagaré, solo te daré comida y unas ropas que tengo.
—Me parece un trato justo.
—Antes debo ver ese brazo, no quiero cargar con un tullido.
—Estoy bien.
—Eso ya lo veremos. —Se acercó—. Quítate la camisa.
Thomas obedeció y descubrió un hombro azulado y ennegrecido.
—No me duele tanto como pueda parecer. Al final el brebaje que me diste me ayudó a despejarme, puedo decir que me salvó la vida, aunque tardó en hacerme efecto...
—Sí, era elixir de corteza de sauce, el efecto es algo lento. Ven, te inmovilizaré el brazo y te aplicaré un ungüento para bajar la inflamación. Viajarás detrás con Luna, y no es una oveja ni un burro. Es una llama, y viene del Nuevo Mundo. —Thomas miró a la llama, fascinado—. Vamos, no es buena idea estar mucho tiempo parados; aún podrían venir a buscarte.
—Gracias.
—No me las des a mí, sino a ella. —Señaló a Luna.
Le ató el brazo derecho al cuerpo con unas cuerdas y puso un trozo de madera para protegerlo mejor.
—Procura no moverlo, no me sirve de nada un ayudante lisiado.
Reemprendieron el trayecto. Thomas se acurrucó entre los bultos del carromato, con la llama a sus pies. El viaje se le hizo eterno; a la noche le subió una fiebre alta que le duró un par de días. Al tercero empezó a remitir, justo cuando entraron en territorio de Saboya, en el valle de Aosta, una región montañosa y con pocas poblaciones. Hacía frío y no parecía llover mucho por allí. Los enormes picos que rodeaban el valle debían de formar una barrera natural que lo aislaba de las lluvias. Primero atravesaron campos cultivados en los valles; luego, a medida que ascendían, comenzaron los amplios pastos, las florestas, los glaciares, los lagos alpinos y las simas de roca.
Se detuvieron junto a un pequeño lago; Massimiliano bajó a la llama del carromato y la llevó atada durante un rato.
—No me gusta que la vean por los caminos, es peligroso. La gente desconfía de lo que no conoce, pero le conviene el ejercicio.
—¿Es de verdad un animal de allende los mares?
—Ya lo creo. La conseguí en Sevilla, me la vendió un comerciante genovés.
—No sé dónde está Sevilla —confesó Thomas.
—Pues deberías; dentro de poco será la ciudad más poblada y rica, si ya no lo es, de toda la Cristiandad. De ella salen y llegan todos los barcos del Nuevo Mundo.
—¿Y eso a qué se debe?
—Solo los españoles pueden viajar a esas tierras lejanas, y únicamente la llamada Casa de Contratación, en Sevilla, da los permisos para embarcar.
—¿Solo los españoles? —Thomas se quedó sorprendido—. Tú dices que estuviste allí y no eres español.
—Soy napolitano. Fui en el último viaje de Colón, no había todavía esas restricciones. —Suspiró—. El pobre aún pensaba que estaba viajando a las Indias... El Almirante se murió sin ser consciente de la grandeza de lo que había descubierto.
Massimiliano era un hombre de carácter ameno, siempre estaba de buen humor y no paraba de contar anécdotas. Era tal como se había mostrado durante su espectáculo; gesticulaba mucho con las manos, tenía el don de la palabra y también un buen físico. Alto, de rostro simétrico, era ágil y le gustaba silbar. Canturreaba cancioncillas y melodías.
También soltó al caballo que tiraba del carro y le dio de comer, pero lejos de la llama.
—No se llevan demasiado bien —explicó—. Este se llama Lancero; era un caballo de guerra, pero cuando se hizo viejo se quisieron deshacer de él y me lo vendió un maestre en Mantua. Es un animal formidable, mira qué porte.
—Está lleno de cicatrices.
—Marcas de guerra, ya te lo he dicho. Lancero me ha llevado por todos los caminos sin fallarme nunca. Si volviera al Nuevo Mundo, me lo llevaría conmigo. También a Luna.
—¿Has estado en las Islas de las Especias? —le preguntó Thomas—. Me han dicho que hay especias, animales y plantas maravillosos, que todo es riqueza y abundancia.
—No, ya te dije que no, en Bellagio; si hubiera estado ya habría hecho negocios con las especias y no estaría recorriendo los caminos, baldado y polvoriento. Pero he oído muchas historias sobre ellas, los españoles también las quieren conquistar.
Era el final del invierno, pero aquel año estaba siendo menos frío de lo habitual, así que los pasos de los Alpes ya no tenían mucha nieve y eran practicables. No obstante, debían andar con cuidado de no encontrar alguna zona sombría con hielo. Con el brazo derecho mucho mejor, Thomas fue de inestimable ayuda para empujar el carro por las pendientes más pronunciadas. Buscaron refugio en abrigos que Massimiliano ya conocía. A la luz del fuego, el hombre relataba más historias del Nuevo Mundo, a cual más increíble y fascinante, que despertaban la curiosidad y el interés de Thomas.
—He estado con marineros que se encontraron con tribus de caníbales, ¿lo sabías?
—¿Caníbales? ¿Come hombres?
—Oh, sí, antropófagos. Eso no lo cuento en los pueblos porque no quiero que se me asuste el público. Pero no temas, Thomas; tú hazme caso y encuentra la manera de viajar al Nuevo Mundo. Hay montañas de oro esperándote, mujeres hermosas, los cultivos crecen sin esfuerzo, hay frutas que saben a gloria y animales increíbles.
—¿Y tú por qué volviste si es tan maravilloso?
—No logré permiso para establecerme allí; si no, lo habría hecho.
—Pero puedes regresar —insistió Thomas.
—Ya no, recuerda que te dije que ahora solo los españoles pueden embarcarse hacia el Nuevo Mundo. Se han dado cuenta de las riquezas que atesoran y no quieren compartirlas con ningún otro reino.
Massimiliano suspiró y arengó a Lancero, al que le costaba avanzar. La ascensión era dura, a pesar de ser la cara sur de la montaña y por tanto tener menos probabilidad de encontrar todavía planchas de hielo. Sobre el paso hallaron un hospital de una congregación de canónigos regulares, de la obra de Bernardo de Menthon. Fueron bien recibidos, pues los monjes tenían como fin recobrar, asistir y proteger a los numerosos viajeros que pasaban por su morada.
Al llegar al hospital aparecieron dos enormes perros que asustaron a Lancero y a Luna, a pesar de sus caras de bonachones.
—Tranquilo, Thomas, son perros buenos y útiles porque ayudan al rescate de los viajeros perdidos. Les han puesto el nombre de este lugar, son perros San Bernardo.
—Jamás había visto perros como estos, qué grandotes... —Thomas empezó a acariciar el cogote de uno de los San Bernardo, que se dejaba hacer, complacido.
—¿Cómo va el brazo, muchacho?
—Mejor, ya sin problemas.
—Bien. Cuando lleguemos a Martigny necesitamos ganar dinero, los suizos de esta zona suelen ser generosos.
—¿Habías pasado antes por estas tierras?
—Sí, suelo viajar de Génova o Milán hasta Flandes, recorriendo un camino que solo practicamos los comerciantes. Atravesando Borgoña, Lorena, Luxemburgo, el Obispado de Lieja y Flandes hasta llegar a Bruselas. Esta vez no iremos por Borgoña sino por los cantones suizos, pues me temo que habrá movimientos de tropas francesas en esa zona. Por la confederación helvética es un trayecto más duro, pero también más seguro.
—¿Y qué vendes en los pueblos?
—Ya lo has visto. Palabras, historias y relatos del Nuevo Mundo.
—¿Eso se puede vender?
—Siempre que haya alguien dispuesto a pagar, todo se puede vender —respondió Massimiliano—. Y los hombres siempre hemos escuchado cuentos a la luz de una hoguera. Las palabras son solo aire susurrado, pero son poderosas. Los hombres tardamos demasiados años en guardarlas, en fijarlas a una superficie, pergamino, papiro o ahora papel. Antes, todas las historias pasaban de boca en boca. Eso está cambiando, pero yo no sé escribir un libro, así que sigo susurrando palabras.
—En el lago de Como no te fue muy bien —recalcó Thomas.
—No tuve tiempo ni de montar mi parada. Esta vida es así, nunca sabes cómo va a tratarte el público. Por eso no hay que desistir. A una noche mala, por axioma le sigue una menos mala.
Reanudaron el viaje. El descenso fue más sencillo, Martigny se encontraba situada en un codo del Ródano; era una ciudad con un imponente castillo y edificios de excelente factura. Massimiliano le quitó el cabestrillo del hombro a Thomas, pues ya tenía buen aspecto.
Montaron un escueto escenario y un biombo, donde Massimiliano fue colgando una serie de litografías y estampas de plantas y animales a cuál más extraño. Thomas no veía nada claro todo aquello, pero ayudaba sin quejarse.
Llegó la hora y las gentes de Martigny se acercaron para ver qué les contaba aquella pareja de viajeros. La aparición de Massimiliano siempre resultaba impactante, por su altura y su aspecto de bucanero: espada al cinto, camisa larga blanca y zapatos acuchillados.
—Quisiera presentarme: soy Massimiliano Lamberti, he sido navegante durante muchos años y he surcado las aguas de todo el mundo. He visto cosas que no creeríais. Mujeres de tal belleza que te hipnotizaban como sirenas. He conocido ciudades tan grandes que no tenían fin. He visto a monstruos marinos masticar un galeón entre sus fauces. Pero nada de eso es comparable a lo que contemplé cuando viajé con el genovés Cristóbal Colón en el cuarto y último de sus viajes al Nuevo Mundo.
—¿Has estado allí? —preguntaron desde el público.
—Sí, y volví vivo de milagro. —Se levantó entonces la camisa, dejando ver una enorme cicatriz que le daba la vuelta al pecho—. Esto no lo hace ningún animal que hayáis visto aquí, ¡mirad la longitud!
La gente se llevó las manos a la boca y comenzaron los murmullos.
—Voy a relataros las maravillas del Nuevo Mundo, la fertilidad de esas tierras descubiertas por Cristóbal Colón, su verdor permanente y su clima benigno, apto para el buen desarrollo de la vida humana, animal y vegetal, con especies nunca vistas que embriagan los sentidos.
Entonces le hizo una señal a Thomas y este acercó el biombo con los espléndidos grabados de plantas y flores.
—Quiero que conozcáis los girasoles, las flores de papa y los tomates. Alimentos prodigiosos, grandes como una cabeza de cordero, jugosos como el primer amor. Los colores del paraíso, el exotismo, la belleza y la abundancia. Hay tantas maravillas en el Nuevo Mundo que empezaré por una de las más excitantes.
Se adelantó entonces Thomas con un tubo humeante entre las manos; le había pedido que lo prendiera, lo colocara en el hueco de un pequeño cilindro y se lo diera sin más explicación. No se imaginaba que Massimiliano lo tomaría y se lo llevaría a la boca, aspiraría fuerte y esperaría unos instantes antes de exhalarlo en una nube alargada de fragante humo blanco.
Aquello causó verdadera estupefacción entre los asistentes. Al verlo sacar humo por la boca pensaron que el mismo demonio se había apoderado de él.
—Tranquilos, es inofensivo. —Volvió a aspirar el humo—. Los indios queman las hojas de esta planta, que denominan cohíbas, enrolladas para cogerlas con los dedos. —Mostró la que llevaba en su mano—. Y aspiran el humo a través de cañas o canutos.
—¡Eso es obra del diablo! —gritó uno de los asistentes.
—No, os equivocáis; los indios buscan en el humo del tabaco un remedio contra casi cualquier enfermedad o mal.
—¿Insinuáis que aspirar ese humo cura? —preguntó otro.
—Ya lo creo, son muchos los beneficios del tabaco: alivia la pesadez de cabeza, cura heridas, males de pecho, del estómago y hasta de las muelas. Es hierba que crece y viene en grandeza, echa un tallo desde la raíz que sube todo derecho, sin inclinarse.
La fascinación que mostraban las caras de los presentes era inmensa; la gente murmuraba todo tipo de comentarios, a favor y en contra, detractores o entusiastas, pero entregados por igual al espectáculo.
—¡Amigos! No solo el tabaco ha venido de allende los mares; también os he traído esta planta, la flor del sol, otros la llaman el sol de las Indias o la corona de Júpiter. Es hermosa, y su corola gira siguiendo al sol; todos los reyes la quieren para decorar sus jardines. —Les señaló una de las estampas.
En esta ocasión todo fueron alabanzas a la extraña planta girasol, de pétalos amarillos, a modo de corona, en torno a un círculo más oscuro.
—¿Qué más traéis?
—Paciencia, amigo, paciencia. Lo que vais a ver ahora es increíble. Todos habéis escuchado fantásticas historias sobre los habitantes del Nuevo Mundo.
—¿Cómo son las mujeres? —gritaron.
—¡Y los hombres! —intervino una señora—. Porque si resultan ser tan holgazanes y sucios como estos prefiero quedarme aquí. —Gran parte del público se echó a reír.
—Poco a poco, damas y caballeros —les pidió calma con ambas manos—. Se preguntarán cuáles de esas historias que se cuentan son verdad o mentira, yo les voy a mostrar ahora uno de esos habitantes, que llegó a la Cristiandad tras un largo viaje, salvando océanos y tormentas. ¡Que pase!
Los espectadores enmudecieron; durante unos instantes solo se escuchó el silencio, hasta que Thomas salió con una correa, a cuyo extremo apareció el más extraño ser jamás visto por las gentes de Martigny.
El monstruo tenía cabeza y orejas grandes como una mula; el cuello y cuerpo como un camello, patas de ciervo y cola de caballo. Para otros se parecía más a un burro, aunque que con patas de vaca y pellejo grueso de cordero, y también hubo quien lo describió como un asno con pescuezo de camello o una oveja amorfa con el cuello estirado. Sus ojos miraban a la masa con indiferencia, tras sus párpados caídos.
—Os dije que veríais cosas increíbles. Este animal es una llama. Habita a miles de pies de altura y lo usan como animal de carga. No os asustéis, no es violento —les tranquilizó Massimiliano.
—¡Es horrible! ¿Qué monstruosidad es esa? —dijo a gritos una mujer.
—Aunque ahora os extrañe, llegará un día en que serán tan habituales entre nosotros como los caballos, y entonces recordaréis el primer día en que la visteis. Diréis: «Yo vi la primera llama, recién llegada del Nuevo Mundo». ¡Aquí la tenéis, habitantes de Martigny!
La gente estaba entusiasmada, el animal los había cautivado. Massimiliano se frotaba las manos. Entonces guiñó el ojo a Thomas.
—El Nuevo Mundo es el paraíso terrenal, tierra de clima benigno y belleza plena, de exorbitante abundancia. En él, Adán y Eva tenían asegurado el sustento, la comida estaba al alcance de la mano, encarnada en frutas sabrosas que embriagaban los sentidos. Al pecar, nuestros antepasados debieron comenzar a ganarse el alimento con el sudor de su frente. Pero ahora hemos reencontrado el paraíso perdido, y pronto se acabará el hambre en los años de malas cosechas.
—¿Cómo? ¡Eso no es posible!
—Colón postuló que la tierra no es redonda, sino que tiene forma de pera, y en el pezón de esa figura se encuentra el paraíso terrenal —continuó ante un público entregado—. Y ahora, aquellos que queráis disfrutar de forma anticipada de ese paraíso podréis inhalar el humo de los indios, previo pago de veinte reales. ¡Para alivio de dolores y olvido de las penas!
De manera rápida se formó una larga cola de gentes ansiosas, entusiasmadas por todo lo que habían visto y oído. Thomas tuvo que preparar más de esa misteriosa planta, pues los hombres la consumían rápido y comentaban la deliciosa sensación que producía ese humo sanador.
Durante más de una hora estuvo Massimiliano sacando beneficios a sus historias, su tabaco y sus dibujos. Cuando el antiguo marino se quedó por fin solo, abrió una botella de licor y le dio un buen trago. Thomas, tras recoger el biombo y las cajas del material y dar de comer a Luna y a Lancero, aprovechó para acercarse a él.
—¿Cuántas monedas has conseguido?
—Ha ido bien, has sido una valiosa ayuda, muchacho, justo lo que necesito. Un ayudante rápido y que no se equivoca. Ahora en marcha, llega el verano y vamos a ir de pueblo en pueblo; este va a ser un año fabuloso, Thomas, ya verás.