Prólogo 1. La recompensa inesperada

PRÓLOGO 1

La recompensa inesperada

El detective privado marcó el único número que había en el móvil desechable que le había proporcionado el cliente al contratar sus servicios. No había tenido ningún otro contacto con el cliente desde su encuentro inicial. Ante su sorpresa, el cliente contestó al segundo toque del timbre.

—Ah, detective. Me alegra tener noticias suyas. Dígame, ¿alguna novedad?

—Creo que le complacerá —respondió el detective apresuradamente—. Nombre. Dirección. Número de teléfono. Tengo algunas fotos, incluso de la niña, aunque, como sabe, ahora ya es adulta. Las fechas, las épocas, las edades, todo concuerda con los parámetros que usted me dio, de modo que estoy bastante seguro de haber encontrado a nuestro sujeto. Imagino que lo sabrá con certeza cuando vea las imágenes. No son muy buenas; las tomé en lugares muy concurridos o desde sitios donde no pudiera ser visto, de acuerdo con sus instrucciones. No creo que me pillaran, aunque no puedo estar seguro. Sea como sea, puedo enviárselo todo a su oficina hoy mismo.

—Hay algo que me intriga: ¿cómo ha logrado resolver este caso? Muchos otros han fracasado.

—Perseverancia. Y algo de suerte.

—¿Qué clase de suerte?

—Bueno, por los antecedentes que me contó, limité mi búsqueda a Nueva York, Connecticut y cuatro estados de Nueva Inglaterra. Massachusetts, New Hampshire, Vermont. Presté atención especial a Maine por motivos obvios...

—Por supuesto.

—Muchos callejones sin salida y muros infranqueables. Tenía mis dudas de lograr nada, supongo que como los demás...

—Todos aceptaban mi dinero y acababan dándose por vencidos. Ha sido muy frustrante.

—Bueno, repasé todos los detalles de lo que me explicó inicialmente y tuve una idea. Indemnizaciones por la muerte de un militar. Por lo que se trataba de acceder a los registros de la Administración de Veteranos de hace un par de décadas. Bastante aburrido, pero solo necesitaba un nombre. Imaginé que habría tenido que probar quién era para percibir las prestaciones del gobierno. Así que habría un rastro documental. Supuse que un nombre llevaría a otro. Conocía a una persona que podía facilitarme el acceso a esa información. Alguien que me debía un favor enorme.

—¿Un favor?

—Digamos simplemente que cuando se lo pedí, se vio obligado a hacerlo.

—¿Se vio obligado?

—Tiene unos gustos verdaderamente inusuales que ha conseguido ocultar a todo el mundo excepto a mí.

Una pausa. Y entonces el cliente soltó una sonora carcajada.

—Bueno, creo que ambos coincidimos en que el fin justifica los medios.

—Acostumbra a ser casi siempre así en mi profesión —afirmó el detective privado.

—También en la mía —aseguró el cliente—. Así que obtuvo un nombre...

—Sí. Y eso me llevó a un acuerdo inmobiliario cerrado hace más de diez años. La venta de una vieja granja en Maine. El importe fue a parar a una persona que había fallecido años antes, y fue enviado posteriormente a la cuenta de otra persona en otro pequeño municipio del estado de Nueva York. Fue un hueso duro de roer, pero, al final, bingo.

Una pausa. Como si el cliente estuviera pensando.

—Excelente. Y en cuanto a la discreción...

—No conservo registros de quién me contrata —mintió el detective, pero solo un poco. Guardaba archivos encriptados de todos sus casos.

El detective no sabía si el cliente había creído su mentira o no. Pero añadió con avidez:

—Quiero que esté totalmente satisfecho con mis servicios.

Lo que el detective privado no dijo en voz alta fue: «Es usted rico y quiero trabajar otra vez para usted porque el dinero me va muy bien».

—Lo estoy. En cuanto a sus honorarios... supongo que aceptará efectivo.

—Gracias. Si hay algo más o si necesita cualquier otro trabajo de investigación en el futuro...

—Será el primero a quien llamaré. Se lo prometo.

Eso era exactamente lo que el detective privado quería oír.

—Fantástico. Se lo agradezco.

—Y creo que si la información resulta ser tan exacta como dice, recibirá una considerable recompensa más adelante. Pero tendrá que darme algo de tiempo para que pueda cerciorarme. Un par de meses, diría yo.

Esto también hizo feliz al detective privado. Empezó a calcular mentalmente lo grande que sería la recompensa.

—Es un detalle por su parte.

—Me gusta ser generoso.

La información resultó ser exacta y la recompensa fue realmente considerable. Llegó tres meses después. El detective privado había estado solo hasta bien entrada la noche en su pequeño despacho situado en un centro comercial trabajando en un caso de divorcio trivial pero particularmente desagradable. Los dos miembros de una pareja acomodada que se había prometido en su día amarse hasta que la muerte los separara se lanzaban amenazas airadas. Acusaciones de engaño. De abusos infantiles. De chanchullos económicos. De maltratos físicos. Unas pocas verdades. Muchas mentiras. Un montón de odio. Era algo con lo que el detective privado estaba muy familiarizado. La mayoría de sus casos eran bastante anodinos salvo por el odio. Maridos amenazando a sus esposas. Esposas amenazando a sus maridos. Ambas partes amenazándolo a él. De hecho, ese mismo día había recibido una amenaza de muerte anónima. Anónima solamente en el sentido de que imaginaba que tardaría unos diez minutos en determinar quién se la había enviado. No se había molestado en hacerlo. Eran gajes del oficio, y casi siempre las amenazas procedían de perdedores furiosos a los que se les soltaba la lengua sin pensar demasiado. Fiel a su estilo, ni siquiera se había molestado en llamar a uno de sus amigos de la policía local.

Cuando se sumió en el mundo vacío y oscuro del exterior de su despacho, su viejo sedán Chevy era el único coche que quedaba en el amplio estacionamiento. Las tenues farolas apenas lo iluminaban. Algo distraído por toda la ira que emanaba inagotable del caso de divorcio, exhausto por lo tarde que era y el largo día que había tenido, no oyó los pasos tras él cuando abría la puerta del coche, pero algo lo alertó y se dio la vuelta mientras su sexto sentido le decía que sacara la pistola que llevaba a veces encima. Sus movimientos fueron puramente instintivos porque el arma estaba en el cajón del escritorio de su despacho, no en la funda del hombro. Así que no tenía nada con lo que poder defenderse antes de que un par de disparos apagados que le impactaron directamente en la cara acabaran con su vida.

PRÓLOGO 2

«La vida es un chiste...»

No dejaba de sonarle en la cabeza una canción, «All Along the Watchtower», de Bob Dylan.

«There must be some kind of way out of here, said the joker to the thief...»

Pero la que oía, diciendo que tenía que haber alguna salida, era la versión de Hendrix de su juventud: eléctrica, desenfrenada, poderosa, hipnótica, seductora, incluyendo todas las cualidades del rock and roll que tenían la capacidad de sobrecoger, animar y entusiasmar. Hacía años que no oía esa canción. Deseó tenerla grabada para poder ponerla antes de hacer lo que planeaba hacer. No la tenía, así que se la tarareó débilmente a sí misma.

Al detener el pequeño coche, los neumáticos hicieron crujir la grava del suelo. Apagó los faros y la tranquilidad de la noche la envolvió. Se dijo a sí misma: «Todo está en orden». Como un piloto antes de despegar, repasó rápidamente todos los detalles, intentando encontrar hasta el más pequeño que pudiera habérsele escapado. Tiempo atrás había confiado en su capacidad de ser misteriosa y organizada a la vez. Ahora no estaba tan segura, pero, aun así, comprobó mentalmente cada elemento hasta llegar al final de la lista y supo que solo le faltaba hacer una cosa. Eso la entristeció un momento.

«Ojalá pudiera decirlo. Ojalá pudiera decirlo. Sé que sería doloroso, pero ojalá... —Y entonces interrumpió esos pensamientos para concluir—: El final de algo. El comienzo de algo.»

Inspiró hondo y se quitó los zapatos. Abrió la puerta del coche y los dejó en el suelo. Descalza, se sumió en la oscuridad de la noche. Se dijo por enésima vez a sí misma que no había ninguna alternativa realista. Creía, como decía la canción, que esa era la única salida.

PRIMERA PARTE

UN PLAN PARA SEIS MUERTOS

Solo y triste...

No soportas echarla de menos.

Ninguna otra chica servirá.

¿Ves lo que puede hacer el amor?

NILS LOFGREN y GRIN, «See What Love Can Do?», 1971

Dicen que el tiempo quiere un héroe,

pero solo el tiempo lo dirá.

Si es real, es una leyenda del cielo.

Si no lo es, lo envió aquí el infierno.

PAUL BARRERE, KENNETH R. GRADNEY y WLLIAM H. PAYNE LITTLE FEAT, «Time Loves A Hero», 1977

1

UNO

Dos semanas antes de los exámenes finales de la licenciatura en Arquitectura y a última hora de la tarde del día en que tenía intención de romper por fin con su constantemente infiel novio, Sloane Connolly recibió una carta manuscrita de su madre. Estaba escrita en un anticuado papel de vitela grueso color crema, de la clase que se suele reservar para una invitación formal. Era el primer contacto que había tenido con su madre en meses. Con una repentina sensación de ansiedad, abrió el sobre con una mezcla de emociones encontradas: mucha rabia y el esquivo resto del amor. Contenía solamente una única hoja cuidadosamente doblada. En la conocida e inconfundible letra florida de su madre, la carta rezaba, en su totalidad:

Recuerda qué significa tu nombre. Lo siento mucho.

No estaba firmada.

Inmediatamente llamó al fijo de su casa.

Veinte timbrazos. Nadie contestó.

Llamó al móvil de su madre.

Accedió directamente al buzón de voz.

Llamó a los vecinos, a quienes apenas conocía. Hacía seis años que no había estado en casa y parecieron no saber muy bien quién era cuando contestaron al teléfono. Su madre y ella no compartían el mismo apellido, aunque el de su madre era de origen tan irlandés como Sloane: Maeve O’Connor. Sloane intentó ocultar la preocupación en su voz cuando pidió a la pareja que fuera a la casa de al lado para asegurarse de que su madre estaba bien. Después de cierto tira y afloja porque parecieron desconcertados por la petición, y de una breve espera mientras iban a mirar, volvieron a ponerse al teléfono y la informaron: «El coche no está. La casa parece vacía. No hay indicios de que haya nadie dentro ni de que haya pasado nada, como una ventana rota. Solo oscuridad. Las luces apagadas. La puerta principal cerrada con llave. La puerta trasera cerrada con llave. La casa vacía. Silenciosa».

«Como muerta», pensó Sloane.

Colgó y pensó a quién podía llamar a continuación.

¿Amigos? No. Su madre no tenía ninguno, que ella supiera.

¿Trabajo? No. Su madre no trabajaba desde hacía años.

¿Familia? No.

No alcanzaba a recordar ninguna vez que ningún pariente hubiera llamado, escrito, enviado una postal o un correo electrónico, o simplemente se hubiera pasado por casualidad. A ella no le constaba que tuviera familiares.

Hacía ciento cincuenta años, su madre habría sido considerada como la extraña y excéntrica viuda que siempre iba vestida de negro y nunca hablaba demasiado, que jamás salía, jamás se relacionaba con los demás y ponía por encima de todo su privacidad. Habría parecido un fantasma más de los que rondaban el pequeño municipio de Nueva Inglaterra al que llamaban «hogar». Por aquel entonces, la gente de letras habría opinado con grandilocuencia que recordaba a un personaje salido de una novela de Hawthorne. Los niños del barrio se habrían inventado historias descabelladas y aterradoras sobre «la bruja que vive al final de la calle» o pegadizas rimas burlonas para describirla: «¿Ves esa mujer vestida de negro allí plantada? Si te pilla, te dará una buena bofetada...». Pero en el mundo moderno las cosas tampoco eran tan distintas: Sloane sabía que los adultos de su pequeña población especulaban sin cesar sobre la ermitaña que vivía sola salvo por el ratón de biblioteca de su hija y que parecía no querer relacionarse con nadie. En el vertedero de la ciudad. En una clase de aeróbic. En clubes de lectura o torneos de fútbol, en Facebook: «¿De qué crees que se esconde? No lo sé. Ni idea. De algo terrible, sin duda; y esa niña tan maja que vive sola con ella, pobrecilla...».

Sloane nunca se había considerado pobrecilla.

Llamó a la comisaría de policía de la zona y denunció su desaparición. Mintió cuando el inspector, con voz huraña, le preguntó cuándo el sujeto, palabra que usó para llamar a su madre, había desaparecido supuestamente. En lugar de minutos, le dijo que días. También mintió por omisión al no contar al policía lo de la carta. La carta parecía extrañamente personal, aunque críptica, y Sloane decidió instintivamente no mencionársela a nadie. Solo dijo que no había podido dar con su madre por teléfono y que los vecinos la habían informado de que no había señales de actividad en la casa.

El hombre apuntó diligentemente la información, le dijo que irían a echar un vistazo más a fondo en la casa y que, en caso de encontrarse con lo que los vecinos se habían encontrado, o mejor dicho, con lo que no se habían encontrado, emitirían una alerta federal para localizar el Toyota de nueve años de su madre. El policía le pidió permiso para permitir a los agentes de patrulla entrar y revisar el interior, y Sloane se lo dio.

—¿Está segura de que no tiene una pareja de la que nunca le haya hablado y con la que pueda estar ahora?

—Sí, estoy segura. No.

—¿Quizá se fue de vacaciones sin decírselo?

—No.

—¿Suele estar en contacto con usted?

—Sí. —Era mentira.

—¿Y su padre, su ex... podría haber...?

Lo interrumpió con brusquedad:

—No llegué a conocerlo. Murió antes de que yo naciera.

—Lo siento —dijo el inspector.

Le explicó que investigaría los registros de las tarjetas de crédito y las llamadas de móvil. Le indicó que si su madre había puesto gasolina, había comprado comida o había marcado un número con el móvil, aparecería en los registros de la compañía o figuraría la ubicación del repetidor que había captado la señal. Le dijo que la policía estatal podría saber rápidamente si la matrícula de su coche había pasado por algún peaje electrónico. También dijo a Sloane que no se preocupara, cuando esa sugerencia no tenía el menor sentido.

—¿Tiene algún motivo para pensar que haya ocurrido algo sospechoso?

Le pareció una forma arcaica de hacer una pregunta directa.

—No.

—¿Tiene algún problema emocional o mental subyacente?

—No. —Esto no era exactamente cierto, ni totalmente falso. Fue evidente que el poli no la creyó.

—¿Tiene alguna idea de dónde podría haber ido?

—No. —Sloane sabía que la respuesta tendría que haber sido «Sí, se me ocurre una docena de sitios, todos ellos privados, aislados y remotos», pero fue incapaz de decirlo en voz alta.

«Esta vez lo ha hecho —pensó. Inspiró hondo—. Jamás pensé que lo haría. Jamás pensé que no lo haría.» Notó que se le aceleraba el corazón. No era la primera vez que su madre desaparecía de repente, de modo que conocía la lista de comprobaciones sobre personas desaparecidas del policía. A lo largo de los años había creído que cada desaparición significaba que estaba muerta, incluso cuando su madre había reaparecido comportándose como si no hubiera ocurrido nada fuera de lo común. Sloane sospechaba que, en cuanto dio al policía el nombre de su madre, su ordenador le había escupido un puñado de denuncias de desaparición. Algunas de ellas le vinieron a la cabeza: la de ocho años atrás, en la ceremonia de graduación de secundaria de Sloane, cuando su madre no estaba entre el público, la de la fiesta de su decimotercer cumpleaños, cuando sus amigas del colegio se habían presentado pero su madre, no. Una vez, cuando solo tenía nueve años, Sloane había pasado un espantoso fin de semana sola en casa comiendo sobras dudosas y patatas chip rancias, viendo la televisión y esperando no haber acabado de convertirse en huérfana. Esa vez su madre había vuelto de repente, despreocupada y contrita, preguntando a los agentes por qué creían que pasaba nada, unos minutos después de que un trabajador social y un par de policías llamaran a la puerta. Esa vez, el trabajador social había querido saber qué medicamentos había en el botiquín y los policías le habían preguntado si tenía un arma en casa.

—Claro que no, agentes —había respondido su madre.

Podría haber sido mentira. Sloane no lo sabía.

Sloane colgó al inspector después de que él le prometiera que alguien estaría en contacto con ella, y se planteó un instante subirse al coche y dirigirse a casa. Pero la idea de conducir dos horas y llegar a la casa oscura y vacía que odiaba la contuvo. Era consciente de que poco podía hacer aparte de esperar, y daba igual dónde esperara.

Sintiéndose aún como si una violenta tormenta la hubiera pillado al aire libre, decidió seguir adelante con sus planes de romper con su novio. Terminar esa relación de repente era algo concreto en un mundo que se había vuelto insistentemente incierto. Sloane se enorgullecía de ser organizada y pragmática en cualquier circunstancia por compleja que fuera. Librarse de Roger era lo sensato antes de recibir la nota de su madre; era lo sensato después de recibir la nota. Se dio cuenta en ese momento de que, tontamente, había tenido la intención de que Roger fuera a su pisito para poder tener cara a cara una sentida conversación de aquí es dónde nuestra relación termina. De golpe decidió no hacerlo.

Se acercó al espejo del pasillo y se miró un momento. Una figura atlética, esbelta; muchas clases de yoga. Cabello castaño rojizo que le caía, ondulado, hasta los hombros. Unos ojos verdes que centelleaban llenos de interés y entusiasmo. Unas manos delicadas que escondían una fuerza nervuda, ideal para construir maquetas precisas. Pensó: «No estoy nada mal» y «Seguro que puedo encontrar a alguien mejor que Roger», y entonces se dijo a sí misma: «Gemirá y suplicará, pondrá ojos de cordero degollado, muy acaramelado, y volverás a tragarte esas estupideces. O puede que se enfade y empiece a tirar cosas. Ha hecho ambas cosas antes». Se pasó la siguiente media hora metiendo cualquier cosa suya que encontraba en una destartalada caja de cartón. Cepillo de dientes. Algunos materiales para el afeitado. Una muda. Un par de zapatillas deportivas destrozadas y unos pantalones cortos de gimnasia descoloridos. Un par de libros de texto de primer curso de Derecho que evidentemente ya no necesitaba ahora que acababa de instalarse cómodamente en una empresa administrativa. La cerró con cinta adhesiva para embalaje y escribió su nombre en el exterior con un rotulador rojo. Dejó la caja en la entrada de su viejo edificio de piedra rojiza. Como medida de seguridad, contaba con dos puertas cerradas con llave. Podía abrirle la primera, pero no la segunda por más que aporreara el grueso marco de madera.

Y después decidió limpiar el piso.

Primero pasó la aspiradora, cuyo sonido enojado invadió sus pensamientos, a continuación, armada con un trapo y un limpiador en aerosol, se encargó de las estanterías, la mesita de centro y las encimeras de la cocina, y finalmente fregó frenéticamente el inodoro hasta que la porcelana relucía.

Cuando hubo terminado, con las manos sucias, el pelo despeinado, las axilas sudadas de los nervios, se tomó una larga ducha caliente, enjabonándose dos veces el cuerpo, como si pudiera librarse así de su novio y de sus miedos sobre su madre con la misma facilidad que de la suciedad.

Se envolvió el pelo con una toalla y, de pie, todavía goteando, orgullosamente desnuda en su dormitorio, le envió un mensaje al móvil:

Estoy harta de tus mentiras. Te he dejado abajo tus cosas. Se acabó. Del todo. Lo sabes bien. No es ninguna sorpresa. No te molestes en llamar. Ve a joderle la vida a otra.

No era tan corto como la carta de su madre, pero imaginó que transmitía la idea.

Le respondió de inmediato con otro mensaje:

Tenemos que hablar.

No contestó. Le siguió otro:

Te quiero, Sloane.

«No es verdad. O tienes una forma muy extraña de demostrarlo», repuso para sus adentros.

Le sonó el móvil; era él que intentaba llamar. «¡Qué propio de Roger! —pensó—. Le dices que no te llame, ¿y qué hace? Llama.» El móvil sonó unas cuantas veces más durante una hora, pero cada vez que aparecía identificado el nombre y el número de Roger, Sloane rechazaba la llamada. Pasó también de una llamada aparentemente de uno de sus amigos. Supo al instante que Roger le habría dicho: «Oye, marca el número de Sloane, que necesito hablar con ella». El único número que esperaba era el de la policía de su ciudad natal. Se preparó una taza de café solo, bien cargado, y aguardó alguna noticia.

Dos horas después el inspector la llamó.

—Tenía razón —dijo—. No hay rastro de ella en la casa. Y, por lo que vieron los agentes que enviamos, toda su ropa y objetos personales siguen allí. La casa estaba ordenada. La ropa doblada y guardada. Había platos en el lavavajillas, preparado para ponerse en marcha. Había algo de correo acumulado, de dos, tal vez tres días. Y tenía el móvil en la mesa de la cocina. Vimos que usted había llamado. ¿Por qué podría haber dejado el móvil?

—No lo sé.

—Bueno, eso dificulta las cosas —prosiguió el inspector.

—Entonces... —empezó a decir Sloane.

—Lo único que los agentes desplazados observaron fue un paquete, como un obsequio, envuelto en papel de regalo, dejado sobre la cama de una habitación de invitados...

—Sería mi viejo dormitorio. Pero hace años que no estoy ahí.

—El paquete llevaba escrito su nombre.

—Mi cumpleaños será de aquí a un par de semanas. Y mi graduación, espero.

—Pues su madre le dejó algo.

Sloane no sabía qué pensar. Un año antes, su madre le había enviado, de golpe y porrazo, un portátil nuevo por su cumpleaños. Había sido el primer regalo que le hacía en años.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

El inspector parecía sosegado, su voz era casi sombría. Sloane recapacitó un momento sobre qué faltaba y enseguida cayó en la cuenta: esperanza.

—Hemos emitido una alerta para su coche. Avisaré a su banco para que estén atentos, de modo que si alguien utiliza su tarjeta de crédito o su tarjeta de débito, nos lo notifiquen de inmediato. Preguntaremos en los hospitales, por si ha sufrido un accidente en alguna parte. ¿Tiene una fotografía reciente de ella?

La única actual era una imagen captada con el móvil el verano anterior que su madre le había enviado sin ninguna explicación. En ella, estaba de pie en una extensa playa de arena rubia con el cabello ondeando a la suave brisa y una ligera sonrisa en los labios. En el fondo, las olas azul oscuro del mar golpeaban un malecón de enormes piedras negras bajo un característico faro alto y blanco. El sol de mediodía le iluminaba la cara. No había nada que indicara dónde se había tomado la foto. Sloane ni siquiera sabía que a su madre le gustara la playa. Ni recordaba que ella la hubiera llevado alguna vez a la playa. O que conociera a alguien que viviera en la playa.

—Puedo enviarle algo por correo electrónico —dijo al inspector. Tenía otras fotos más antiguas, de hacía tres o cuatro años. Decidió enviar una de esas y no enseñar la imagen de la playa.

—Excelente —respondió el inspector. Le dio su dirección de correo electrónico—. También tenemos su foto y su información del Departamento de Tráfico: altura, peso, color del pelo y de los ojos, ese tipo de cosas. Pero la verdad es que son los datos que no figuran en registros oficiales los que normalmente resultan más útiles en casos como este.

«En casos como este.»

—Lo intentaré —aseveró Sloane.

—Excelente —dijo el inspector de nuevo. Sloane detestaba que usara esa palabra.

—¿Qué puedo hacer? —preguntó.

—Esperar —contestó el inspector—. A lo mejor llama —comentó cansinamente, sin creer en absoluto que eso pudiera suceder. Lo cierto es que no era probable. El móvil de su madre estaba en la mesa de la cocina. El inspector le dio entonces una serie de nombres, correos electrónicos y números de teléfono—. Si se le ocurre cualquier cosa que pueda ayudarnos, cualquier pequeño detalle, llame a cualquiera de estas personas y ellas tomarán la información.

«Si» fue la palabra que oyó Sloane.

—Entendido —dijo.

—Emitiré ahora las alertas —explicó el inspector—. E introduciré algo en la base de datos del Centro Nacional de Información Criminal. Avisaré al FBI y a nuestro departamento de investigación. Tendría que plantearse recurrir a los periódicos locales o a redes sociales como Facebook. También hay grupos privados, como websleuths.com, que son realmente hábiles a la hora de encontrar el rastro de personas desaparecidas... —Se le apagó la voz un momento antes de volver a cobrar impulso para repetir—: Podemos hablar mañana. Y si se le ocurre algo, cualquier cosa, no dude en decirlo, por insignificante que sea. Nunca se sabe lo que puede ponernos sobre la pista adecuada.

«Si» fue la palabra que oyó por segunda vez.

Notó como el inspector titubeaba al otro lado de la línea. Estaba esperando que ella dijera: «Mi madre está loca. Es bipolar. Esquizofrénica. Está como una cabra. Necesita tratamiento. Necesita medicación. Ya se ha ido así muchas veces». No dijo ninguna de estas cosas aunque pudieran ser verdad.

Lo que quería decir era: «Mi madre es un misterio. Lo ha sido todos los días de mi vida».

—De acuerdo —dijo.

Colgó y, simplemente, se sentó en el sofá. De vez en cuando le sonó el móvil, pero siempre era Roger, quien evidentemente no estaba acostumbrado a que lo rechazaran. A medianoche le envió un mensaje desagradable:

Muy bien, Sloane. Vete a la mierda. Que te vaya bien.

Supo que aquel era el verdadero Roger.

En aquel momento tenía sus dudas de que fuera a irle bien. En ese instante, resultaba bastante lejano, casi borroso. Pero curiosamente estaba contenta de haber visto un poco cómo era en realidad su ahora exnovio. Pensó en su madre y se dio cuenta de que tampoco había visto demasiado cómo era ella en realidad.

DOS

Dos días.

Ninguna novedad. Sloane había tenido un puñado de conversaciones breves con el inspector de la zona o con alguno de sus compañeros, y todas ellas habían llegado a la misma y anodina conclusión: nada nuevo de que informar. Sigue desaparecida.

Era como si el aire fuera repentinamente frío a su alrededor. Gélido. Se sentía como un actor en el escenario, haciendo ademanes. No dormía demasiado. No comía demasiado. Era como si su mundo se hubiera enrarecido.

Procuró no pensar lo que creía que estaba pasando realmente. Palabras como «perdida» o «desaparecida» quedaban sustituidas por lo más temido: «muerta». Combatiendo las emociones que la invadían, hizo lo que siempre había hecho desde niña cuando estaba preocupada, insegura o llena de dudas: estudiar. Libro tras libro; página tras página. Repasó trigonometría, geometría, física y pruebas de estrés. Y entonces, cuando todas esas palabras, ecuaciones, fórmulas y algoritmos empezaron a fundirse entre sí, metió sus cosas en una mochila y caminó rápidamente hacia el estudio de diseño de la universidad, donde su proyecto final estaba casi terminado. Trabajando en imágenes digitales tridimensionales y construyendo una maqueta podría evitar pensar en su madre.

Era como si pudiera separar las cosas en su interior.

Una parte de ella presa del pánico: «Mi madre se ha suicidado».

Una parte de ella calmada: «Tengo trabajo que hacer para licenciarme».

Su proyecto final generaba tranquilidad en ella.

Se trataba de replantear una plaza pública, bordeada de negocios modernos, con un mayor espacio verde en el centro que rodeaba un monumento a los caídos en la guerra. Se inspiraba en términos generales en un parque argentino de Buenos Aires que honraba a los soldados muertos en su lucha quijotesca por las islas que ellos denominaban Malvinas y que los británicos insistían en afirmar que eran las Falklands. En su reinterpretación, el monumento central era para los soldados muertos en Afganistán. Reunía los nombres y las fechas en una serie de bloques hechos con ladrillos de obsidiana, cada uno de ellos con la información de un militar; un homenaje, esperaba, al portentoso monumento de Maya Lin a los veteranos de Vietnam en la ciudad de Washington. También quería recordar el monumento al Holocausto de Berlín, donde la gente podía andar entre los más de dos mil bloques de piedra gris y tratar de hacerse una idea de la enormidad de las pérdidas humanas. Estos monumentos la fascinaban.

Encontrar formas de honrar a los muertos e inspirar a los vivos la motivaba.

Su proyecto anterior había captado una atención generalizada.

Dos profesores distintos habían usado con entusiasmo imágenes de su construcción en sus influyentes páginas de Facebook. Otro le había dicho que era probable que ganara el prestigioso concurso universitario de diseño con jurado. Eso iría seguramente acompañado de un elogioso artículo de felicitación con fotografía incluida en la revista universitaria, puede que incluso en la portada. Era muy probable que el Globe de Boston fuera a entrevistarla, y había muchas posibilidades de que un estudio de arquitectura con contratos para espacios públicos llamara a su puerta y quisiera contratarla.

El proyecto incluía bocetos, diseños, versiones a todo color, planos verticales y horizontales con medidas y una maqueta hecha de papel maché y fibra prensada, con figuritas que andaban por el parque ficticio incluidas. En su diseño, todos los caminos convergían en el monumento, por lo que daba igual si se iba al parque a pasear al perro, a caminar por la tarde o tal vez a disfrutar de un bocadillo al aire libre a la hora del almuerzo, era prácticamente inevitable llegar al lugar donde se honraba a los muertos. Esta era a la vez la poesía y la psicología tras el diseño. Cada elemento, tanto generado informáticamente como elaborado con el rotulador y el cúter de un delineante, requería precisión y concentración. Le impedía enfurecerse.

A primera hora de la tarde del tercer día, cuando cruzaba el campus en dirección al estudio con los planos en la mochila y la cabeza gacha para no establecer contacto visual con ningún otro estudiante, le sonó el móvil. Vio enseguida que era el inspector de su ciudad natal. No Roger, quien incluso después del mensaje que le envió insultándola había intentado llamarla una docena de veces.

Dejó el macadán negro para adentrarse en el césped cuidado hasta un lugar donde podía apoyarse en un viejo roble de grandes dimensiones. La luz menguante que cubría los bordes de los edificios del campus se abría paso entre las ramas y las hojas, de modo que estaba en parte en sombra y en parte iluminada. Era como si el árbol la abrazara.

—¿Sí? —contestó. Temblorosa.

—Señora Connolly, tengo noticias inquietantes. ¿Está sentada? ¿Puede hablar ahora?

—Estoy bien —respondió, aunque sabía que no lo estaba.

—Hemos localizado el vehículo de su madre.

—¿Dónde?

—Parece haber sido abandonado en una zona de estacionamiento sin asfaltar, cerca de unas cuantas rutas de senderismo adyacentes al río Connecticut, en Northfield, Massachusetts. Justo encima de la central hidroeléctrica. ¿Le gusta a su madre estar al aire libre? ¿Solía dar paseos por el bosque?

Sloane notó que una oleada de frío le recorría el cuerpo.

—No.

—¿Tenía algún amigo, o acaso conocido, que viviera en Northfield?

—No que yo sepa.

—¿Se le ocurre alguna razón por la que su coche pueda estar allí?

—No sé... No.

«Pero sí sabía. Su madre la había llevado una vez a ese sitio una bonita tarde a principios de verano cuando tenía solamente quince años. Aparentemente, para hablar: Sloane había imaginado que sería sobre el instituto, sobre chicos y sobre la vida. No fue así. Su madre simplemente había contemplado durante más de media hora cómo las aguas circulaban veloces a sus pies mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas antes de anunciar: «Lo siento, Sloane. Todavía eres demasiado joven. Es hora de irse». Nunca dijo para qué era Sloane demasiado joven. Y jamás surgió de nuevo esa conversación a medida que fue creciendo.»

—¿Recuerda que su madre mencionara alguna vez esa zona, o que expresara el deseo de visitarla?

Sloane titubeó.

—Creo que la conocía. Muchas personas conocen esa zona. Es un lugar habitual para los excursionistas, ¿no?

Era casi como si estuviera oyendo a otra persona responder las preguntas del inspector. No sabía por qué no le estaba contando toda la verdad. La respuesta correcta habría sido: «Sí. Mi madre conocía ese sitio. Yo conocía ese sitio. Fue hace más de diez años, pero nunca lo olvidé. Y cuando recibí su carta de una línea, fue uno de los lugares donde pensé que podría haber decidido ir. Es un sitio hermoso, agreste, lleno de follaje, árboles y agua cristalina, luz del sol y naturaleza. Es un buen lugar para acabar con cualquier tristeza secreta».

El inspector aguardó un momento antes de contestar. Sloane notó que su voz era tensa.

—Sí, lo es. Un agente forestal vio el coche mientras hacía un recorrido rutinario por la zona.

—¿Y eso qué significa?

Sloane lo preguntó, pero sabía la respuesta.

El inspector titubeó de nuevo.

—Nos tememos lo peor.

Parecía una forma refinada de decir algo duro y sombrío. Sloane notó que el corazón le latía con fuerza y el pulso se le aceleraba.

—¿Había algún rastro de mi madre?

—Bueno... —contestó el inspector—, estaba el coche. Y había un par de zapatos fuera, junto a la puerta del conductor.

—¿Sus zapatos?

—Sí. Por lo que se marchó descalza.

—Esa zona... —empezó a decir Sloane, pero el inspector la interrumpió.

—Todas las autoridades policiales de las poblaciones cercanas la conocen. Se sitúa justo sobre un tramo ancho del río donde la corriente es muy fuerte.

«Eso ya lo sé», pensó Sloane. Recordó aquel sitio.

—La conocen... —afirmó—. Porque...

—Es un lugar donde se han cometido ya varios suicidios. La prensa local le ha dedicado cierta atención. Hay un afloramiento rocoso unos seis metros por encima del río, y más de una persona ha saltado a él desde ahí. Normalmente adolescentes afligidos por una ruptura o universitarios deprimidos que han cateado un examen...

Se detuvo, y Sloane inspiró hondo.

«Una vez me senté con mi madre en esas rocas», reflexionó.

—¿Había alguna nota? ¿O cualquier otra cosa? —quiso saber.

«La nota me llegó al buzón hace tres días», se dijo a sí misma.

—No —contestó el inspector—. Y, al parecer, dejó las llaves del coche en el salpicadero del lado del conductor.

Sloane cerró los ojos. Intentó imaginar a su madre de pie, descalza y a oscuras, sobre el río.

—¿Y ahora qué? —preguntó. Oyó cierto temblor en su voz.

—Mañana enviaremos buceadores —explicó el inspector—. Pero no soy demasiado optimista sobre lo que encontrarán... —Se detuvo, y se produjo un silencio momentáneo antes de que prosiguiera—: Me temo que no estamos hablando ya de una persona desaparecida, señora Connolly.

—¿De qué estamos...?

—De recuperar un cadáver —la interrumpió.

TRES

Se había desplegado un operativo importante: tres coches patrulla, dos con distintivos del departamento local y uno de la policía estatal, un sedán gris camuflado, una ambulancia de la oficina forense del condado y un todoterreno negro para el equipo, pero Sloane observó cómo los dos buceadores se preparaban para sumergirse en el río. Hacía un día espléndido, cálido, soleado, con una ligera brisa que acariciaba los árboles, y el río centelleaba bajo la luz de la mañana. Los buceadores se tomaron su tiempo para equiparse. Sloane pensó que tenían el aspecto de un par de gladiadores armándose antes de saltar a la arena del coliseo. Imaginó una variante de su antiguo juramento: «Los que buscan a los muertos te saludan». Una vez se hubieron enfundado los gruesos trajes negros de neopreno, se adornaron con muchos cinturones de lastre y empezaron a comprobar el equipo de respiración de sus botellas. Vio que los dos hombres escudriñaban un mapa del río y oyó que hablaban sobre las corrientes y el flujo y especulaban por dónde empezar a peinar la zona.

Sloane se quedó a un lado, apoyada en su coche.

Uno de los agentes uniformados se acercó a ella. Era joven, más o menos de su edad.

—Señorita Connolly, no hace falta que esté aquí —dijo en voz baja. Sloane pensó que tenía una voz bonita, muy musical y calmada—. Esta clase de búsqueda puede durar cinco minutos o una eternidad. ¿No preferiría estar en otro sitio? La llamaremos en cuanto sepamos algo.

«Sepamos algo» significaba «encontremos el cadáver de su madre».

—Si no estorbo —respondió Sloane—, me gustaría mirar un rato.

—Como usted quiera —repuso el agente—. Pero quiero advertirle que, a veces, cuando se recupera un cadáver del agua después de cierto tiempo, puede resultar bastante perturbador.

Sloane asintió. Observó cómo volvía a la orilla del río y ayudaba a uno de los buceadores a hinchar la balsa neumática de dos plazas. Otro policía se sumó a ellos para ayudar a los buceadores a botarla al río, mientras que un tercero sujetaba una cuerda amarrada a un extremo. Cuando la balsa se adentró en el río, los dos buceadores se ajustaron las máscaras y la siguieron. Sloane los vio desaparecer bajo la superficie negra del agua.

Y esperó.

Una hora como mínimo.

Nada.

Los buceadores se tomaron un descanso. Vio que bebían café y hablaban con los demás policías. Después volvieron a equiparse y se sumergieron de nuevo en el río.

Otra hora.

Nada.

Esta vez, cuando salieron y se quitaron las máscaras, vio cierta frustración en sus caras. Poco después llegó un segundo equipo de buceadores. Se apiñaron todos alrededor del mapa y el primer equipo cedió su lugar al segundo, que se deslizó bajo la superficie del agua del mismo modo.

Esperó otra hora.

No hablaba con nadie, aunque de vez en cuando pilló al policía joven mirándola.

Unos minutos después apareció uno de los buceadores. Había sacado una maltrecha prenda de ropa empapada y enlodada del fondo del río.

Sloane vio que el buceador se la entregaba a un agente uniformado, que la extendió sobre el capó del coche camuflado. El joven policía se acercó entonces a Sloane.

—Han encontrado algún tipo de chaqueta. ¿Querría echarle un vistazo por si la reconoce?

Sloane se percató de que era poco probable que pudiera identificar una prenda del guardarropa de su madre. Pero siguió al joven policía hacia el vehículo. Ninguno de los demás policías que estaba ahí dijo nada mientras ella miraba la chaqueta. A pesar de que el fango del río la cubría y las ramas sumergidas la habían rasgado, distinguió una parca acolchada de dos colores, rojo y negra, más adecuada para las temperaturas del invierno.

—¿La...? —empezó a decir el joven agente, pero Sloane lo interrumpió.

—Sí. No. Lo siento. Es la clase de prenda que vestiría, pero no puedo afirmar que recuerde haberla visto llevando nada parecido. No estoy segura de...

Se detuvo ahí.

—Muy bien —intervino el joven agente—. ¿Está diciendo que puede ser? —Sloane asintió—. Muy bien. Seguiremos buscando. Al río llega todo tipo de cosas, por lo que no es extraño que los buceadores encuentren algo que no tiene ninguna relación. Creo que llevará un rato.

Dirigió la vista hacia el curso de agua. En ese punto, el río medía unos cien metros de anchura. Sacudió la cabeza y repitió:

—No hace falta que esté aquí, de verdad.

Sloane decidió que tenía razón.

—Ya me llamarán. Si encuentran algo más, quiero decir. O quizá para tenerme al corriente, por favor.

—Por supuesto. ¿Está aquí con algún amigo o amiga? ¿Algún familiar? ¿Alguien que la ayude y le haga compañía?

—No —contestó Sloane—. Nadie.

Enfiló con el coche el estrecho camino de entrada y contempló la casa. Pequeña, de dos plantas y muy modesta, retirada de la calle, con la fachada tapada por árboles y la parte trasera oculta tras una extensión de bosque frondoso. No quería entrar, aunque sabía que tenía que hacerlo. Todavía era de día pese a que ya era tarde, por lo que las primeras sombras de la noche avanzaban sigilosamente por el barrio. Dentro estaría a oscuras, y se imaginó que no podría ser tan sombrío como su estado de ánimo. Creía que estaba actuando robóticamente, como una especie de Sloane cibernética de ciencia ficción y que la Sloane real estaba en la universidad dando alegremente los últimos toques a lo que sabía que sería un proyecto premiado. Imaginó que esa Sloane era felicitada por compañeros universitarios envidiosos y un profesorado orgulloso. Era probable que esa Sloane encontrara un nuevo novio que la respetara. Esa Sloane tendría muchas ofertas de trabajo y oportunidades profesionales apasionantes. A esa Sloane le haría ilusión cada nuevo día, porque esa Sloane solo vería posibilidades ante ella.

Pero esta Sloane falsa, irreal y sucedánea tenía que entrar mecánicamente en la casa donde había crecido y de la que se había esforzado tan diligentemente para huir. La casa que había esperado no volver a ver jamás. No sabía muy bien por qué tenía que hacer aquello, pero parecía formar parte de todo lo que le estaba pasando.

Como fuera, las sombras parecían estar intentando envolver el interior de su casa. Alargó la mano hacia un interruptor pero la dejó suspendida en el aire. El interior gris se acercaba más a su estado de ánimo. La invadieron los recuerdos, repeticiones de imágenes de su pasado que la ametrallaban. «El fantasma de Sloane», pensó. Se vio sentada a la mesa de la cocina cenando con su madre. La excentricidad de ella y su irresistible necesidad de aislamiento parecían aligerar cada recuerdo que le venía a la cabeza. Recordaba docenas de veces en las que había aspirado a ser normal, típica o corriente, como todos los demás niños de su colegio, en cada patio, en cada equipo y en cada aula, y su madre se había interpuesto.

—Recuerda, Sloane, somos solamente tú y yo. Siempre seremos solamente tú y yo. Juntas estamos seguras.

Ese había sido el mantra de su madre.

Y si su madre necesitaba estar sola y aislada, mantenerse apartada y ser distinta, al final Sloane había acabado apoyando su locura. Se volvió un poco como su madre, convirtiéndose en una persona solitaria a lo largo de todos los momentos del crecimiento en que la soledad resultaba dolorosa. Nada de quedar con las demás chicas y quizá con algunos chicos en el centro comercial el sábado por la noche. Ningún ramillete de camino al baile del instituto. Había dejado el fútbol, que la situaba en un equipo, para dedicarse al cross. Soledad. Eventos en los que su madre podría mantenerse separada de los demás padres, oculta mientras veía correr a Sloane.

De la entrada pasó a la cocina.

Vio el móvil en la mesa.

Vio, como el inspector le había dicho, que todo estaba limpio, ordenado y guardado. Eso la sorprendió. A su madre le encantaba el caos, detestaba limpiar; no le gustaba que todo estuviera demasiado organizado, prefería el desorden.

«Lo contrario de mí», pensó Sloane. Siguió deambulando por la casa. Todo estaba ordenado. Las cosas estaban en su sitio. Las cosas estaban limpias. Era como recorrer un museo cuidadosamente conservado. Revisó los estantes de la cocina. Las latas estaban alineadas con precisión militar. En la nevera había solo una botella de zumo de naranja y un brik de leche. Ninguno de los dos caducados. Fue al cuarto de baño contiguo al dormitorio de su madre. El tubo de dentífrico enrollado cuidadosamente desde la parte inferior. El cepillo de dientes en su soporte. El cepillo sobre la encimera. Abrió el armario del baño. Sabía que su madre tenía problemas para dormir y había obtenido una receta de zolpidem. Había un frasco de pastillas de ese fármaco en el primer estante junto con las vitaminas que su madre tomaba rutinariamente. Estaba lleno.

Sloane fue al dormitorio de su madre. Echó un vistazo alrededor, intentando ver si faltaba algo. El guardarropa lleno. Alguna que otra joya dispuesta sobre la cómoda. Un ejemplar de una novela de John Fowles junto a la cama. Reconoció una fotografía enmarcada de las dos tomada cuando ella tenía unos once años. No vio nada que recordara fuera de lugar, pero hacía años que no entraba en aquella habitación, por lo que no podía estar del todo segura.

Nada de lo que veía tenía sentido. Y entonces pensó que tal vez lo tenía.

Al principio pensó que si su madre hubiera sido presa de una desesperación suicida y hubiera acabado desmoronándose, sumida en un profundo dolor psicológico en el suelo de la cocina, sollozando en el dormitorio en medio de una agonía emocional, incapaz de dormir, incapaz de comer, incapaz de funcionar, la lógica le decía que la casa habría estado en un caos parecido. Tendría que haber estado todo patas arriba, de modo que la casa reflejara la agitación de su madre.

«¿Quién se molesta en limpiar el retrete cuando va a suicidarse?», se preguntó a sí misma.

Inspiró con fuerza antes de responderse: «Quizá todo el mundo».

Y siguió pensando: «Quizá se había decidido y lo estaba dejando todo en orden. Dejándolo todo limpio y ordenado antes de morir».

Recorrió despacio el pasillo hasta detenerse delante de la habitación donde había crecido. Alargó la mano hacia el pomo de la puerta y se detuvo.

Por un instante se sintió como si fuera a abrir una puerta a su pasado, cuando todo lo demás de su vida señalaba su futuro. Una voz en su interior le insistía en que se marchara de inmediato, volviera a subir al coche y se dirigiera a toda velocidad a su piso, a la universidad y a su vida.

Ignoró todo eso y abrió la puerta.

Su cuarto estaba tal como lo recordaba. Una estantería con sus antiguas lecturas: desde La casa de la pradera y Belleza negra hasta El guardián entre el centeno y Grandes esperanzas. También había un ejemplar de la autobiografía de Frank Lloyd Wright junto a una edición del libro de Vincent Scully sobre la arquitectura y el urbanismo en Estados Unidos. Le sorprendió haber dejado esos libros ahí cuando se marchó de casa seis años atrás. Echó un vistazo alrededor de la habitación como si alguien pudiera ver una presentación de recuerdos. Una cama individual contra una pared. Una colcha floreada de vivos colores azul y amarillo. Cojines, uno adornado con corazones, y un osito de peluche. En una pared estaba colgado el póster de una película, una reproducción del famoso abrazo de Clark Gable y Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó. A su madre le encantaba esa película. Sloane nunca la había visto. Había un pequeño escritorio de madera con una lámpara sencilla en un rincón y un crucifijo de madera tallada encima de él en la pared. Recordaba haber estado muchas horas sentada allí. Abrió el cajón superior derecho. En el fondo había una foto de un chico por el que estaba colada en el instituto pero con el que nunca había hablado. Estaba donde la había dejado.

Y vio el regalo de cumpleaños.

Era una caja envuelta en un papel alegre, no mucho más grande que una caja de zapatos, pero un poco más baja y ancha. Estaba en el centro de su cama. Bajo ella vio un sobre de papel manila. Tanto el regalo como el sobre llevaban su nombre escrito con letras gruesas. Le sorprendió que el inspector no hubiera detectado el sobre.

Por un instante quiso dejarlos allí. Se dijo a sí misma que no tendría que tocar nada, como un policía que llega a la escena de un crimen. Se sintió un poco como una investigadora intentando controlar arriesgadamente sustancias mortíferas, como si un desliz y un frasco roto al caerse fuera a liberar al aire una plaga mortal parecida al ébola. Estuvo a punto de dar media vuelta, pero se detuvo. Se dio cuenta de que si no averiguaba qué era lo que su madre le había dejado, eso la roería durante años. Una parte de ella creía que tendría que dejárselo a los agentes de policía para que pudieran analizar minuciosamente lo que fuera. Imaginó que lo tratarían como la brigada de artificieros hace al desactivar un artefacto. Entonces, casi temerariamente, alargó de repente la mano, tomó el regalo y el sobre, se los puso bajo el brazo, se marchó de su cuarto y cerró la puerta. Bajó corriendo la escalera, cruzó el salón y salió por la puerta principal. A medio camino del coche sintió náuseas, y las arcadas la obligaron a agacharse.

El mundo daba vueltas a su alrededor.

Estaba mareada.

Creyó que vomitaría, pero no fue así.

CUATRO

Mientras conducía veloz por la autopista de peaje marchándose de casa para ir a casa le sonó el móvil. Como su pequeño automóvil tenía conexión Bluetooth, pulsó una tecla en el volante para contestar.

—Sí. Sloane al habla.

—Señorita Connolly... —reconoció al instante la voz hosca del inspector. Lo primero que pensó fue: «La han encontrado».

Viró casi bruscamente hacia el carril de la izquierda.

Se equivocaba.

—Solo quería decirle que el equipo de buceadores ha terminado por hoy. Mañana volverán a sumergirse en el río, pero...

Se detuvo.

—Pero ¿qué, inspector?

—Creo que las probabilidades de encontrar algo...

«Algo» era el mismo eufemismo que había usado antes para referirse a su madre.

—Bueno —prosiguió—, el jefe del equipo de buceadores tiene dudas sobre la posibilidad de obtener algún resultado. Si un cuerpo se queda atrapado en el agua que es captada por la central hidroeléctrica y pasa por esas turbinas, bueno, la salida es tan considerable que podría estar en cualquier lugar corriente abajo. Podría llevar semanas encontrarlo.

—¿No le dedican semanas?

—No. Lo siento. Nos limitamos a dos días. Por los recortes. Lo siento. Lo normal es que alguien que surque el agua, como un pescador o un kayakista, detecte algo más adelante, en verano, pero no hay ninguna garantía.

—Entiendo.

En realidad no lo entendía. Pero creía que tenía que decirlo.

—Quiero preguntarle algo —dijo el inspector despacio, como si cada palabra estuviera cargada de electricidad.

—¿Sí?

—¿Cómo escribía su madre sus iniciales?

A Sloane se le hizo un nudo en la garganta.

—MO’C —respondió—. Con un apóstrofe entre la «O» y la «C». ¿Por qué?

—Cuando examinamos más detenidamente esa parka que encontró uno de los buceadores, observamos que había unas letras en la etiqueta interior, ya sabe, justo donde alguien las escribiría para que la prenda pudiera ser identificada.

—¿Qué letras eran?

—Es difícil decirlo con seguridad. Se veían bastante mal. La tinta se había corrido y con tanto fango, imagínese. Tal vez cuando la limpien en el laboratorio y la pongan bajo un microscopio... Pero es probable que la última fuera una «C». Por lo menos, eso es lo que creyó todo el mundo.

Sloane se quedó callada.

«“C” de Connor —pensó—. Una letra en la etiqueta de una parka abandonada; eso es todo lo que tendré para demostrarme que mi madre está muerta. Tiene el mismo sentido que “C” de “conjetura”.»

—Volveré a llamarla mañana —dijo el inspector. El tono de su voz había cambiado; ahora parecía resignado—. Sé que es duro, pero existe un procedimiento en casos como este. Ya la pondré al corriente.

La misma frase que había usado antes: «Casos como este».

«Ahora se refiere a un caso en el que alguien está muerto pero no pueden recuperar su cuerpo», reflexionó Sloane.

Colgó.

Siguió conduciendo, observando los faros que la rodeaban. Se sentía como si volviera a estar fuera de su cuerpo. Lo que quería, más que nada en el mundo, era regresar a su piso, a su nueva vida sin Roger, tomar su mochila y sus libretas y dirigirse al estudio de diseño para dar los toques finales a su proyecto. Algo concreto que controlara todas las emociones que confluían en su interior.

Esto era lo que estaba pensando una y otra vez, como una canción con el botón de repetir pulsado durante más de una hora del trayecto, cuando recibió una segunda llamada.

En la pantalla del coche apareció un número que no reconoció. Pensó por un instante dejar que saltara el buzón de voz porque podría ser otra de las tretas de Roger para lograr hablar con ella, pero pensó que a lo mejor era un profesor o uno de los estudios de arquitectura a los que había ofrecido un avance de su proyecto, o el jefe del equipo de buceadores, o incluso el policía simpático de la orilla del río. Todas esas posibilidades le pasaron rápidamente por la cabeza mientras pulsaba el botón para contestar.

—Sloane al habla —dijo, igual de serena que antes, pero preparada para cortar la llamada en cuanto oyera la voz aduladora de Roger.

—¿Señorita Connolly? —respondió un hombre cuya voz no reconoció.

—Sí.

—Me llamo Patrick Tempter. Soy abogado. Siento ponerme en contacto con usted tan de improviso, pero represento a un caballero al que le gustaría mantenerse en el anonimato de momento, y también me disculpo por ello de antemano. El caso es que mi cliente parece convencido de que usted podría ser la persona adecuada para diseñar un proyecto que tiene en mente.

Eso desconcertó a Sloane al instante.

—¿Un trabajo?

—Correcto.

—¿Cómo supo...? —empezó a preguntar Sloane.

—Mi cliente conoce su trabajo en la universidad. Es muy impresionante.

—Pero ¿cómo...?

—Creo que tiene muchos contactos entre el profesorado y la administración de la universidad de su facultad. Puede que sea así como obtuvo su nombre y su número de teléfono y me los hizo llegar a mí. También es probable que sea así como pudo valorar su trabajo privadamente.

—¿Tiene esto algo que ver con Roger?

—Perdone, señorita Connolly. ¿Qué Roger?

Sintió una oleada de vergüenza.

—Olvídelo. ¿Por qué yo?

—La han recomendado mucho.

—Lo siento, señor Tempter —dijo Sloane tras inspirar hondo—, pero no estoy pasando por un buen momento. Tengo un importante problema familiar, y además se acercan los exámenes finales y tengo que terminar mi proyecto de final de curso...

El abogado la interrumpió:

—Es ese proyecto lo que captó la atención de mi cliente. Está deseando crear un monumento conmemorativo. Tal vez incluso una serie de monumentos conmemorativos.

—¿Un monumento conmemorativo?

—Exactamente.

—¿Para quién?

—Para varias personas que contribuyeron decisivamente a que se convirtiera en quien es. Profesores. Mentores. Personas que lo guiaron por el camino al éxito. Personas que fueron importantes para él. Personas que influyeron en su vida. Y desea verlas honradas como es debido. Se planteó colocar una simple placa con sus nombres y grandes donaciones y becas en su nombre, cosas que puede hacer igualmente, pero quiere algo más permanente. Y la idea de una placa... bueno, me temo que la consideró una especie de cliché. Su diseño le gustó. Es increíblemente original. Mucho más cercano a lo que mi cliente tiene pensado. Está volcado en la idea de ver su propósito culminado.

—No sé. Mi situación...

—Sea cual sea su situación, señorita Connolly, creo que mi cliente se adaptará a usted. Aceptaría que necesitara más tiempo, por ejemplo. O más dinero, naturalmente. El coste no le preocupa demasiado. El diseño, sí. Es un hombre paciente. Pero lo que quiere que usted cree, bueno, la palabra que usó fue «memorable».

—¿Quiénes son las personas...?

—Ah, lo siento, señorita Connolly. Esos detalles le serán comunicados una vez haya aceptado el encargo y se hayan firmado los contratos.

—No sé qué responderle, señor Tempter. Me ha pillado totalmente por sorpresa. Tengo muchas cosas entre manos ahora mismo...

—Por favor, señorita Connolly, no tiene que decir sí o no en este momento. Piense en el encargo. Tenga en cuenta que su tarifa será de seis cifras o puede que más considerable. Sepa que es muy probable que la fama que obtenga al hacer esto para mi cliente lance su carrera. Es una oportunidad inmensa. Como ganar la lotería. Así que piense detenidamente en ello.

Esto hizo que Sloane se detuviera. Solo se le ocurría una respuesta.

—Muy bien —dijo—. Lo pensaré.

—Excelente. Le diré qué vamos a hacer —prosiguió el abogado, llenando el breve silencio que se había hecho en la línea—. Haré una reserva en un restaurante. Le enviaré un mensaje con el nombre y la hora. Ahí podremos vernos en persona. Es mucho más fácil conversar cuando no se está al volante.

Sloane tuvo un instante la impresión de que la estaba viendo. Pero se dio cuenta de que más de un coche había tocado el claxon al pasar junto a ella.

—De acuerdo —convino—. Muy bien. Pero no mañana. Este fin de semana, creo. Eso me dará tiempo suficiente. Hablaré con usted entonces.

—Perfecto, señorita Connolly. Permítame que se lo repita: es una oportunidad enorme para usted, señorita Connolly. Mi cliente es generoso. Y decidido. Y está muy bien relacionado. Y, según mi experiencia, cuando alguien de su talla decide devolver algo de lo que ha recibido, se vuelca casi por completo en ese objetivo. Mi consejo sería que la aprovechara, sea cual sea el problema personal al que tiene que enfrentarse.

—Creo que necesitaré conocer mejor los parámetros del proyecto.

—Naturalmente. Sin embargo, ambos tendremos que dar el siguiente paso, creo. Ese siguiente paso no es más que una comida.

Incluso al otro lado de la línea, la voz del abogado era firme, seductora. Nada amenazadora. Sloane tenía en la punta de la lengua un grito de guerra: «Pero ¡mi madre ha desaparecido y creo que está muerta!».

No lo dijo. Era como si estuviera en una encrucijada: un camino conducía hacia delante y otro volvía hacia atrás.

—De acuerdo, señor Tempter. Hasta que tenga noticias suyas entonces.

—Adiós, señorita Connolly.

Colgó. No pensaba que el remolino de sus emociones pudiera girar más deprisa, pero lo hizo.

Cuando por fin Sloane encontró una plaza de aparcamiento lo bastante cerca de su piso ya era tarde. De repente estaba exhausta. Tomó su bolsa de viaje, que no había abierto, el regalo de cumpleaños envuelto y el sobre de papel manila, y entró en su edificio. La alivió que no hubiera sobres de papel de vitela con cartas suicidas ni notas obscenas y virulentas de Roger en su buzón. Subió penosamente las escaleras hasta su piso y entró.

Tenía hambre, pero no quería comer.

Había una Bud Light en la nevera, que había quedado de la última vez que Roger había invitado a sus compañeros de baloncesto a ver un partido, emborracharse un poco y gritar al televisor. Sloane detestaba esa clase de cerveza, pero la abrió y se bebió casi dos tercios de un trago rápido.

«Mi primer encargo —pensó. Sintió una oleada repentina de orgullo—. ¿Por qué no? Es lo que quiero hacer.»

Y se centró entonces en el sobre de papel manila y el regalo de cumpleaños.

Abrió primero el sobre y vació su contenido sobre la mesa de la cocina.

Soltó un grito ahogado.

Lo primero que vio fue un fajo de billetes de cien que ascendía a dos mil quinientos dólares. Eran tan nuevos como si acabaran de salir del cajón del cajero del banco. Encima de ellos había un justificante. Además de eso, había una anticuada libreta de ahorros, de la clase que era habitual cuando ella era pequeña pero que ya no se usaba, reemplazada por versiones electrónicas y digitalizadas. La abrió y vio que estaba a su nombre en un banco local de la ciudad donde creció. La única entrada de la libreta era un solo depósito de diez mil dólares abierto veinte años atrás. Toqueteó los demás documentos esparcidos y encontró una tarjeta de débito del Bank of America con el adhesivo que indicaba «Llame a este número para activar su tarjeta» todavía pegado en ella. Estaba a su nombre. Vio que había un extracto de una cuenta corriente vinculada a la tarjeta de débito. El extracto, sin embargo, era de hacía más de una década. Recogió el justificante del efectivo y vio que había sido retirado de la cuenta de su madre hacía un mes. Mostraba que el «saldo restante» era cero.

—Madre —susurró.

Había otro sobre y lo abrió despacio.

En su interior vio la escritura de la casa de su madre. Había una declaración firmada ante notario cediéndole la casa a ella, poniéndola, junto con todo su contenido, a nombre de Sloane. También contenía un sencillo testamento, firmado asimismo ante notario. Era la clase de formulario barato que puede descargarse de Legalzoom.com o de cualquier otro servicio jurídico en línea. «Yo, Maeve O’Connor, en pleno uso de mis facultades mentales...» Lo había dejado todo a Sloane. Junto a eso había una póliza de seguros totalmente pagada por otros cien mil dólares en la que Sloane figuraba como beneficiaria. Pasó a la segunda página, donde vio que una cláusula que establecía que no se pagaría el seguro en caso de suicidio estaba tachada y firmada con las iniciales de su madre y de un agente de seguros. También había documentos diversos que mostraban deudas satisfechas en su totalidad e impuestos pagados en su debido momento.

Sloane se tambaleó un poco. Se sintió mareada por segunda vez.

—Madre —repitió en voz alta. En esta ocasión su voz sonó ronca y seca.

Examinó de nuevo todos los documentos. Todo (dinero, testamento, escritura y seguro) la dejó con una enorme sensación de vacío en su interior.

«Muchas cuentas cerradas», pensó. Quería llorar, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas pero solo una o dos le resbalaron por las mejillas.

Extendió todos los papeles como un rompecabezas infantil que precisa una solución. Y se centró entonces en el regalo de cumpleaños. Faltaban unas semanas para ese día, pero imaginó que su madre había querido que recibiera el regalo al mismo tiempo que las demás cosas.

Desenvolvió despacio el papel, como si dudara si quería ver lo que había tras aquella alegre fachada.

Era una sencilla caja de cartón marrón desprovista de cualquier señal.

La destapó para ver qué había dentro.

Soltó de nuevo un grito ahogado.

Le temblaron las manos y, como si lo que veía estuviera ardiendo, retrocedió.

Era como si el aire de su pequeño piso fuera de repente asfixiante, supercaliente y tóxico. Necesitaba respirar y tuvo la impresión de no poder hacerlo. Le zumbaban los oídos, como el silbido de un tren que iba aumentando, yendo in crescendo hasta llenarle la cabeza con un alarido insistente.

Lo que había visto era lo siguiente:

Una pistola Colt semiautomática del calibre 45 de color negro mate muy gastada.

A su lado: dos relucientes cargadores de acero nuevos llenos de balas.

Pegada a la empuñadura del arma había un post-it con las siguientes palabras garabateadas:

VÉNDELO TODO.

QUÉDATE LA PISTOLA. PRACTICA.

HUYE. AHORA.

2

UNO

Sloane se removió en su asiento, entrada la noche, contemplando la pistola, que seguía intacta en la caja en la que había llegado. Nunca había sujetado un arma. Pensó en las enigmáticas palabras de la nota adhesiva y decidió no seguir el consejo de su madre.

«Difunta madre», pensó.

No, se corrigió: «Posiblemente difunta. Tal vez difunta. Potencialmente difunta. Probablemente difunta. Noventa y nueve por ciento difunta. Ciento por ciento desaparecida. Intentando hablarme».

Creía que siempre había parecido que su madre estaba a punto de hacer algo irreversible y dramático.

«Muy a menudo daba la impresión de que quería suicidarse. Pero nunca lo hizo. ¿Qué le indicó que este era el momento adecuado?», se dijo.

—Buenos días, Maeve. Es un bonito y soleado martes de mayo, con temperaturas moderadas y el cielo totalmente despejado. Sloane va a obtener su licenciatura y a pasar a la siguiente fase de su vida. Un buen trabajo. Una buena carrera profesional. Encontrará un marido mejor de lo que habría sido nunca Roger. Piensa en ello: un día perfecto para el suicidio. Hoy es el gran día. Todo está en orden. Dinero. Testamento. Escritura. Arma. Solo falta enviar una nota por correo, envolver el regalo de cumpleaños de Sloane, hacerle un lazo y dejarlo en la cama.

Sloane se dijo todo esto a sí misma en voz alta, como si fuera una locutora televisiva leyendo el pronóstico meteorológico.

Estaba pegada a su asiento por una pregunta sencilla que tenía una respuesta compleja.

¿Huye? ¿Por qué? ¿Dónde? ¿De qué?

El arma era explícita. Podía oír la voz de su madre susurrarle al oído: «Sloane, cielo, sé que estás muy ocupada con tus estudios universitarios y tal, y estoy muy orgullosa de ti y de todo lo que has logrado, pero por favor, busca tiempo para matar...».

¿A quién?

O quizá era: «Sloane, cielo, sé que tienes toda clase de planes, pero si este alguien en concreto llama a tu puerta, por favor, asegúrate de dispararle para matarlo... o matarla».

La invadió la ira, como si creyera que su madre jamás había prestado la menor atención a quién era ella y qué clase de vida se estaba construyendo.

«Eso es lo que hace un arquitecto —pensó—. Construimos para los demás. Y, al hacerlo, nos construimos a nosotros mismos.»

En voz alta, con toda la dureza que pudo, repuso:

—¿Te lanzas a un puto río y crees que eso te da derecho a darme órdenes? —La desaparición de su madre era como un actor totalmente incompetente que farfulla la fundamental y fantásticamente importante línea final por encima del hombro a toda prisa de modo que resulta incomprensible mientras abandona el escenario.

Y, casi de inmediato, se regañó a sí misma: «Estás completamente equivocada».

Le vino a la cabeza una imagen muy distinta: se recordó a sí misma las horas que su madre había pasado feliz a su lado, construyendo con suma paciencia estructuras enteras con bloques de Lego; los momentos de «no voy a suicidarme». Y hubo otros momentos, con viajes de aventuras secretos, espontáneos, exóticos y realmente maravillosos a alguna ciudad, donde su madre se detenía, señalaba una cornisa ornamentada o un diseño inesperado en un edificio y preguntaba a Sloane: «¿Por qué crees que pusieron eso ahí?». O le indicaba un obelisco: «¿Qué significa para ti esa forma?». O paseaba con ella por un parque: «¿Cómo te sientes ahora? ¿Qué te recuerda?». Visitas pausadas a museos y galerías de arte. En Boston, Beacon Hill, la fragata Old Ironsides, y la Tate. En Nueva York, el MoMA, el Empire State y el parque de la High Line. En Washington, el monumento a Lincoln, el monumento a Jefferson, el cementerio nacional de Arlington y el Memorial de Guerra del Cuerpo de Marines, además del Air and Space Museum y el Capital Mall, terminando en el monumento a los veteranos de Vietnam. Sacudió la cabeza y sospechó que todo arquitecto de éxito poseía un montón de recuerdos similares de su propia infancia en que los contornos y las formas dejaron de repente de ser caprichosos para pasar a sugerir orden y diseño.

Hasta pasada la medianoche no se levantó por fin de la silla, secándose las lágrimas. La suma de todo lo que había ocurrido desde que recibió la carta pareció desaparecer de su mente como si pudiera simplemente dejar de pensar en todo. Se sentía como si estuviera en blanco, como una pizarra que aguardara a que alguien escribiera en ella. Se fue a su cuarto, pensó que tendría que estar exhausta, se sintió de repente cargada de energía y, acto seguido, agotada. Dejó la póliza de seguros, la escritura, el efectivo y la caja con el arma junto con la carta de una línea en el cajón superior de su cómoda tras unos calcetines de deporte y ropa interior. Echó un vistazo alrededor y pensó que el pasado se había inmiscuido con furia en el presente y amenazaba el futuro. Pensó que estaría bien hablar sobre todo esto con alguien que la quisiera de verdad, pero para su asombro, se dio cuenta de que, a su modo, estaba tan aislada como lo había estado su madre.

«Pero yo no voy a lanzarme a un río —pensó—. Puede que esté a punto de aceptar mi primer encargo de verdad.» Decidió que averiguaría cómo cobrar la póliza de seguros. Transferiría el saldo de la libreta de ahorros a la cuenta que ella tenía en otro banco. Y se pondría en contacto con un agente inmobiliario para poner la casa a la venta en cuanto recibiera la licenciatura. Se vende. Totalmente amueblada.

«Nunca volveré allí», se dijo a sí misma.

Decidió que entregaría el arma a la policía para que la destruyera.

Y entonces, con la misma rapidez, descartó ese plan.

«Si esa pistola era lo último que creyó mi madre que yo necesitaba en la vida, seguramente tendría lo que creía ser una buena razón. Una razón descabellada, tal vez. Absurda. Estúpida. Irrelevante. Pero que tenía sentido para ella en aquel momento. Y hasta que sepa exactamente en qué estaba pensando, bueno...»

Habló para sí misma:

—¿Cómo voy a llegar a saberlo?

Volvió a la cómoda y sacó la caja con el arma, extrajo la pistola y la sopesó. Se dirigió hacia su portátil y buscó en Google: «¿Cómo manejo una pistola del calibre 45?». Rápidamente aparecieron miles de respuestas en la pantalla. Hizo clic en un vídeo de YouTube y vio como un hombre obeso con una barba poblada que llevaba una gorra y una camiseta manchada de la Asociación Nacional del Rifle estadounidense mostraba lo que él denominaba «el manejo seguro de una semiautomática perfecta para la autodefensa». El hombre pronunciaba las vocales con el deje característico del Medio Oeste del país. Siguió sus instrucciones atentamente. Vació uno de los cargadores y dejó caer las balas sobre la cama. Introdujo el cargador vacío en la empuñadura. Repitió la acción, una y otra vez, deslizándolo en su sitio. Le dio la vuelta para examinarlo. Simple. Mortífero. Apretó el gatillo y escuchó el clic del percusor. Se situó frente al espejo con la pistola en la mano, la levantó y miró su reflejo blandiendo el arma, adoptando una pose de mujer fatal de póster de película. No sabía muy bien si se veía ridícula o fiera.

Tras quitar el cargador vacío, volverlo a llenar de balas y dejarlo otra vez todo en la caja, la envolvió con algunas prendas de ropa interior de encaje negro y unas medias rojas muy sexis que se había puesto en Nochevieja para ligar y la metió en el fondo de un cajón.

Tomó el móvil y vio que había un mensaje de los policías de su ciudad natal que le había llegado horas antes: «Búsqueda finalizada por hoy. No ha habido suerte. Por favor, llame al inspector Shaw cuando pueda para que la ponga al día».

«“No ha habido suerte” es una frase mal elegida —pensó—. No hay nada de suerte en todo esto.»

Sloane siguió revisando los mensajes. Había tres más. El primero era de Roger: «Oye, creo que tendríamos que hablar. He estado pensando en ti». El siguiente era de uno de sus profesores favoritos, que le recordaba que solo le faltaba un examen antes de licenciarse y le decía cuándo tendría lugar la presentación formal de su proyecto ante un jurado formado por tres miembros. Sería la semana siguiente.

Sloane pensó rápidamente varias cosas.

«A la mierda, Roger. Ni hablar.»

Y: «Mañana por la mañana llamaré al inspector».

Además de: «Mi madre podría estar muerta pero haré ese examen. Mi madre podría estar muerta, pero me presentaré ante ese jurado».

El último mensaje era del señor Tempter.

Era extrañamente formal.

Soy Patrick Tempter, señorita Connolly. Espero que haya pensado detenidamente en esta oportunidad. He reservado una mesa para nosotros en el Bistro Rive Gauche el sábado a las ocho de la tarde. Por favor, confirme su asistencia a este número. Estoy deseando conocerla en persona y comentarle el encargo propuesto. Será apasionante.

Dudó un momento antes de enviarle un mensaje de vuelta.

Nos veremos allí.

Se dio cuenta de que la vida consistía en aprovechar las oportunidades cuando se presentaban. Esa era la lección que había aprendido por sí misma. No de su madre. O eso es lo que pensó con engreimiento al principio, antes de preguntarse si tal vez estaba equivocada al respecto.

DOS

—¿Así que ya no enviarán más buceadores?

—Me temo que no, señorita Connolly.

—¿Y ahora qué?

—Bueno, seguiremos con todas las alertas y con el control de la tarjeta de crédito, la tarjeta de débito y el móvil, y a lo mejor aparece algo, pero me temo que no es probable. El estado sigue un proceso para declarar a alguien muerto cuando no hay restos físicos, pero es un proceso largo, que lleva años, y seguramente necesitará un abogado para gestionar todo el papeleo. Lo siento muchísimo, señorita Connolly. Pero realmente hay poco más que podamos hacer nosotros. No hay indicios, ni en su casa ni donde fue encontrado el coche de su madre, de que ocurriera un crimen, de modo que estamos atados de manos.

—Comprendo. Así que me limito a esperar...

—Me temo que esto es lo que hay.

—¿Debería contratar a un investigador privado?

—Eso es decisión suya, señorita Connolly, pero creo que un investigador privado llegará a la misma conclusión. No puedo decirle cómo gastarse el dinero, señorita Connolly, y no puedo aconsejarla, pero yo lo pensaría mucho antes de hacer ese gasto. Estos tipos pueden ser caros.

Sloane oyó lo que le estaba diciendo: «Está muerta. No lo sabemos con certeza, pero estamos bastante seguros de ello. Espere a que alguien remando río abajo en kayak encuentre su cuerpo un caluroso día de verano después de que aflore a la superficie completamente blanco, desintegrándose, mordido por los pececitos e hinchado casi hasta tal punto que sea imposible reconocerse».

—Ni siquiera puedo organizarle un funeral. —No tenía ninguna intención de hacerlo. Se imaginaba sin lágrimas, sentada sola en una iglesia a la que nunca había asistido mientras un sacerdote al que nunca había visto y que no conocía en absoluto a su madre decía unas cuantas palabras sin sentido ante un ataúd vacío.

—Bueno, podría hacerlo, si es lo que decide. Como dije, yo me pondría en contacto con un abogado.

—¿Es como si desapareciera sin más entonces?

El inspector esperó un instante. Pareció prepararse para contestar.

—Verá, señorita Connolly, a veces hay personas que intentan desaparecer. A veces hay personas que tienen vidas distintas en varios lugares. A veces huyen, como cuando deben mucho dinero o a lo mejor si son criminales que creen que han cabreado a quien no deben o simplemente saben que las estamos cercando. A veces hay maridos que abandonan a sus familias. Se escapan con la niñera o con una alumna a la que dan clase. Es aquello de que el césped es siempre más verde en el jardín de al lado, ¿sabe? De vez en cuando, hay personas que desaparecen, se quedan sin hogar y viven en la calle, pero eso es casi siempre atribuible a una enfermedad mental, al alcoholismo o la adicción a las drogas. Y en esta clase de situaciones hay pistas claras y motivos reconocibles. Este no es evidentemente el caso de su madre. Podría irle bien ponerse en contacto con un terapeuta para hablar de estas cosas. Tal vez llegar a una comprensión más satisfactoria de la situación.

Sloane notó que estaba evitando la palabra «conclusión», que tan popular era en los círculos psicológicos.

Colgó.

Pensó que su madre era egoísta: todo lo que había hecho era despedirse de Sloane. Nada de lo que había hecho daba a Sloane la oportunidad de despedirse de ella.

Se bebió dos tazas de café solo. Recogió sus cosas y las metió en su mochila de estudios. Se dirigió al campus. Mantuvo la vista baja. No sonrió. Apenas se fijó en nadie. Solo quería trabajar en su proyecto, sola, tranquila.

Y, tal como esperaba, esa tarde sacó una A en el examen: un resultado perfecto.

TRES

Llegó a las ocho en punto de la noche, y el maître le dirigió una larga mirada. De arriba abajo. La examinó como un comprador en una feria de ganado. Sloane se había vestido cuidadosamente para la cena: pantalones oscuros, chaqueta azul, blusa blanca almidonada, lo que ella consideraba un atuendo de negocios, pero que se había comprado hacía poco en un gran centro comercial. Todo lo que llevaba puesto le parecía de repente barato.

—He quedado con el señor Tempter —dijo.

—Naturalmente —respondió el maître—. Por aquí. El caballero ya está en la mesa.

Sloane cruzó la sala un paso detrás de él. Había un murmullo de voces. Alguna que otra risa. El tenue sonido de una sección de cuerda tocando. Todas las mesas estaban llenas: hombres con trajes caros de raya diplomática hechos a medida; mujeres esbeltas con brevísimos vestidos de fiesta negros; cuanto menos cubrían, más costaban. Unos camareros con inmaculadas chaquetas blancas servían discretamente whiskies de malta con soda y martinis con Bombay Sapphire. Un sumiller con esmoquin rondaba cerca de algunas de las mesas, descorchando vinos añejos que Sloane imaginó que jamás podría permitirse. Se oía el murmullo de conversaciones apagadas y de elegantes platos de cerámica con solomillo de ternera servidos con pericia. Mientras seguía al maître, vio que un hombre que debía de acercarse a los setenta se levantaba en una mesa oportunamente situada en un rincón del fondo para gozar de algo de privacidad. Era delgado, alto y con una buena mata de pelo plateado que le caía vigorosamente sobre las orejas, y llevaba unas gafas redondas con montura metálica que evocaban una época anterior. Tenía un aspecto casi magistral. Parecieron iluminársele los ojos al verla, y esbozó una enorme sonrisa. Como los demás hombres del restaurante, vestía un conservador traje oscuro hecho a medida, pero la corbata que llevaba al cuello era de una extravagante cachemira rojo y amarillo chillón, casi psicodélico, que parecía totalmente fuera de lugar en el ambiente acartonado del establecimiento. Debió de ver que le miraba la corbata porque cuando le estrechó la mano comentó:

—Ah, ha detectado uno de los pocos lujos que me permito, señorita Connolly. Una corbata original de Jerry Garcia. Al difunto guitarrista le gustaba pintar, y unos años antes de su tan lamentada muerte una empresa llevó algunos de sus diseños inspirados en el ácido a las corbatas. Me ayuda a recordar mi antiguo pasado en parte hippy, en parte anarquista.

No había absolutamente nada en Patrick Tempter que Sloane relacionara con los años sesenta: el eslogan que interpelaba a Lyndon B. Johnson y le preguntaba «LBJ, ¿a cuántos niños has matado hoy?», Haight-Ashbury, el «conecta, sintoniza, abandona» de Tim Leary, los Grateful Dead, Jefferson Airplane, The Doors, llevar flores en el pelo o cualquier otra cosa de aquella época.

Su apretón de manos era firme. Su voz, melodiosa, con una nota de humor.

El maître sujetó la silla para Sloane.

—¿Le apetece un cóctel, señorita Sloane? —preguntó. Sloane vio que le habían dicho su nombre de antemano.

—Creo que la joven dama y yo preferiríamos vino, Robert —lo interrumpió Patrick Tempter.

Miró a Sloane, que asintió con la cabeza.

—De inmediato les envío a Felix —dijo el maître.

Al cabo de unos segundos, tenían a su lado al sumiller.

—Algo fuerte —indicó Tempter—. Festivo. Entusiasta. ¿Tal vez un Chateau Lafitte del 81?

—Excelente. Perfecto. Enseguida vuelvo, señor Tempter. —El sumiller saludó a Sloane con la cabeza.

El abogado se inclinó sobre la mesa, casi con complicidad.

—Una botella de mil dólares. La cena corre a cargo del cliente, señorita Connolly. Así que pida lo que quiera. ¿Caviar, quizá?

—Nunca lo he probado —respondió Sloane.

—Ahora tiene la oportunidad —dijo con entusiasmo el abogado sonriendo de nuevo, y llamó con la mano a un camarero—. La señorita y yo tomaremos algo de caviar mientras miramos la carta —comentó.

—Enseguida, señor —contestó el camarero—. ¿Querrá una ración o...?

—Mejor dos —indicó Patrick Tempter—. Puede que mi invitada le encuentre el gusto. —Su voz añadía una especie de floritura a todo lo que decía. Se inclinó hacia Sloane y susurró—: «¡Al carajo los torpedos, adelante a toda máquina!» Esta cita es del almirante Farragut en la batalla de la bahía de Mobile. En la Academia Naval de Annapolis le encanta a todo el mundo. El almirante fue muy valiente, aunque algo temerario. Tuvo un golpe de suerte, según dicen. Bueno, ya que nos dejamos llevar por la historia, imagino que Custer diría algo como: «No veo tantos indios de los cojones...» en Little Big Horn. Pero es menos probable que aparezca en el libro de citas de Bartlett.

Rio, y Sloane hizo lo mismo.

—O —añadió— más probable, ahora que lo pienso —soltó con una sonrisa pícara. Señaló la carta—. Elija algo exquisito y hablemos de negocios.

Tras echar un vistazo alrededor de comedor, aseguró:

—Y es raro que una vieja gloria como yo esté acompañado de alguien tan joven, talentoso y atractivo, señorita Connolly. Hay aquí esta noche más de uno que me conoce y que se preguntará sobre este encuentro, y tal vez con algo de envidia. —Alzó una ceja antes de proseguir con un tono cantarín en la voz—. Así que alguna que otra sonrisa que conlleve algo más que diversión avivará toda esa envidia, lo que disfrutaré muchísimo.

Sonrió de nuevo y Sloane asintió. El abogado no era en absoluto como se había imaginado.

—El maravilloso escritor humorístico Calvin Trillin bromeó una vez sobre el Jockey Club de Miami —prosiguió—. Dijo que el promedio de edad de quienes lo frecuentaban era de cuarenta años. Es decir, un hombre de sesenta acompañado de una chica de veinte.

Tempter abarcó con un pequeño gesto el restaurante lleno.

—Diría que hoy podría hacerse aquí un poco ese cálculo.

Sloane sonrió. El abogado cambió al instante ligeramente el tono.

—Pero bueno, yo aquí, contando chistes, y usted me dijo que tenía un problema familiar de cierta importancia. No tendría que ser tan frívolo.

Antes de que Sloane pudiera contestar, el camarero regresó con un bol helado de cristal y borde de plata con caviar y el sumiller, con una botella. Tempter apenas la miró, asintió y probó después la pequeña cantidad que el sumiller le sirvió.

—Está bien —dijo—. Contendré la casi irresistible tentación de fruncir el ceño, poner cara de vinagre y devolverlo. —El sumiller se quedó un instante atónito, pero se recuperó de inmediato, medio rio y llenó la copa de Sloane antes de verter el resto del vino en un decantador de cristal tallado que depositó en la mesa.

En cuanto se quedaron solos, Tempter preguntó a Sloane:

—Este problema personal, ¿le parece que debamos comentarlo? ¿Es algo que pueda interferir en lo que vamos a tratar esta noche?

Sloane se vio desbordada por un torrente de respuestas.

«Sí. No. Mi madre se ha suicidado. Creo.»

Una parte de ella pensó: «Tendría que estar acurrucada en un rincón de mi piso, sollozando desesperada. No comiendo caviar por primera vez en mi vida».

Tempter tomó una tostada, extendió sobre ella las huevas negras y se la dio a Sloane, que las encontró saladas y no acabó de entender a qué venía tanto revuelo.

«No, no es así —reflexionó con dureza—. Jamás permití a mi madre entorpecer mi futuro cuando estaba viva. Y no puedo dejar que lo haga ahora que está muerta.»

—Es difícil de decir, señor Tempter —admitió en voz baja—. He estado sola varios años, pero...

Se detuvo ahí. El abogado la miraba detenidamente.

—¿Tal vez pueda separar lo personal de lo profesional?

—Espero que sí —respondió.

—Eso se parece mucho a lo que diría alguien de mi ámbito profesional —afirmó el abogado—. Discúlpeme si me he inmiscuido en algo privado. Quiero ser respetuoso. —Hizo una pausa mientras parecía pensar qué iba a decir a continuación y finalmente se inclinó hacia ella—. He tenido muy poco contacto con arquitectos a lo largo de los años, especialmente con los que tienen pericia en crear monumentos conmemorativos duraderos. De modo que estoy en desventaja.

Sloane dudó que el señor Tempter estuviera nunca en desventaja.

—Tal vez —prosiguió— podría preguntarle esto: cuando está ideando un monumento para conmemorar la pérdida de vidas, ¿qué tiene en cuenta para que el recuerdo de esas vidas tenga... —aguardó un momento para decir—: relevancia?

—Bonita palabra —respondió Sloane. Inspiró hondo. De repente se sintió en un terreno mucho más seguro. Podía hablar sobre algo que conocía bien, no de algo tan misterioso como aquel tramo ancho del río Connecticut y de si el cuerpo de su madre estaba atrapado en algún lugar de él bajo la superficie—. Ese es el enfoque. Requiere conocer a las personas, lo que hicieron en vida, lo que significó su muerte, tanto para sus allegados como para quienes las apreciaban. Existen muchos factores emocionales. Cuestiones psicológicas. La historia juega un papel en ello. Y el diseño de un monumento conmemorativo tiene que captar la mayor cantidad de estos elementos que sea posible. Si fuera de otro modo, sería tan solo la estatua de un tipo uniformado con el ceño fruncido montado a caballo con una espada en la mano. O, como usted dijo por teléfono el otro día, una placa de madera llena de nombres en una pared. Eso no dice gran cosa.

—Deberíamos pedir —comentó el abogado sonriendo una vez más, y alzó la copa—. El vino tinto marida mejor con carne, como sin duda sabrá. Pero yo acostumbro a saltarme las convenciones. Tomaré pescado. ¿Y usted?

—Pescado también —dijo Sloane—. Las convenciones son lo que todo buen arquitecto desea evitar.

—Bien dicho —replicó Tempter mientras hacía una señal de nuevo al camarero.