Elenco de personajes[1]


ADULTOS

ZHENG Chen: Abnegada profesora a cargo de un grupo en el último curso de primaria.

ZHANG Lin: Enviado especial del misterioso Comité Extraordinario Central del Gobierno chino.

El presidente de la República Popular de China

El primer ministro de la República Popular de China El jefe del Estado Mayor del Ejército de China

NIÑOS CHINOS

Huahua: Apuesto y carismático. A veces le pierde su impulsividad. Integrante de la cúpula del Gobierno chino.

Xiaomeng: Circunspecta y muy madura para sus años. Suele ser la voz de la sensatez. Integrante de la cúpula del Gobierno chino.

YAN Jing, Gafitas: Dotado de una extraordinaria inteligencia. La empatía no es su fuerte. Integrante de la cúpula del Gobierno chino.

LU Gang: Hábil estratega. Jefe del Estado Mayor del Ejército de China.

WEI Ming: Teniente segundo del Ejército.

JIN Yunhui: Piloto de combate.

WANG Ran: Conductor de tanque.

LI Sha: Ministra de Sanidad.

ZHANG Weidong: Ministro de Industria.

PAN Yu: Ministro de Asuntos Digitales.

DU Bin: Embajador chino en Washington.

YAO Rui: Ingeniero jefe de una planta eléctrica.

FENG Jing y Yao Pingping: Personal de guardería.

LI Zhiping: Repartidor postal.

CHANG Huidong: Barbero.

ZHANG Xiaole: Cocinero.

ZHAO Yuzhong: Agricultor.

NIÑOS DE OTROS PAÍSES

Herman DAVEY: Presidente de Estados Unidos.

William MITCHELL: Vicepresidente de Estados Unidos.

Chester VAUGHN: Secretario de Estado de Estados Unidos.

Frances BENNETT: Jefa de Gabinete de la Casa Blanca.

El general SCOTT: Jefe del Estado Mayor Conjunto del Ejército de Estados Unidos.

Willy YAGÜE: Secretario General de las Naciones Unidas.

Nelson GREEN: Primer ministro del Reino Unido.

Jean PIERRE: Presidente de Francia.

Õnishi FUMIO: Primer ministro de Japón.

ILYUKHIN: Presidente de Rusia.

El mariscal ZAVYALOVA: Jefe del Estado Mayor de Rusia.

JAIRU: Presidente de India.

LÊ Sâm Lâm: Primer ministro de Vietnam.

Prólogo

Prólogo


En aquel momento la Tierra era un planeta flotando en el espacio.

Pekín, una ciudad sobre su faz.

Y en mitad del inmenso mar de luces de aquella, dentro de un pequeño colegio, había un aula donde los alumnos del último curso de primaria celebraban su graduación. Como tendía a ocurrir en tales eventos, los niños estaban charlando animadamente sobre sus aspiraciones de futuro:

—¡Yo quiero ser general! —dijo Lu Gang, un muchacho delgado pero con ímpetu y arrojo insólitos en alguien de tan corta edad.

—¡Pues vaya rollo! —le dijeron—. Ahora que no hay conflictos a la vista, los generales se pasan el día desfilando con sus soldados y nada más.

—Yo quiero ser doctora —intervino con voz queda una niña llamada Li Sha. El comentario despertó la risa generalizada.

—¡Venga ya! —se mofó uno de sus compañeros—. Si la última vez que fuimos de excursión te pusiste a chillar solo por ver una oruga, ¿qué vas a hacer cuando tengas que coger el bisturí?

—Mi madre es doctora —replicó la niña, no se supo muy bien si tratando de probar su falta de miedo o de explicar los motivos de aquella elección.

La tutora del grupo, una joven maestra llamada Zheng Chen, había estado contemplando ensimismada las luces de la ciudad al otro lado de la ventana.

—¿Y tú, Xiaomeng? —preguntó de pronto, como volviendo en sí—. ¿Qué quieres ser de mayor?

Se dirigía a la niña que tenía al lado: vestía con modesta pulcritud, sus ojos eran grandes y despiertos y desprendía un aura de melancolía impropia de alguien tan joven. También había estado mirando por la ventana.

—Tengo que ayudar en casa, haré formación profesional —respondió tras un suspiro de resignación.

—¿Y Huahua? —preguntó la maestra a otro niño. Era muy guapo y su mirada era inquieta, saltarina; como si el mundo ante sus ojos fuese un perpetuo espectáculo pirotécnico multicolor.

—El futuro está lleno de posibilidades... aún no sé qué quiero hacer. ¡Pero, elija lo que elija, haré todo lo posible por ser el mejor!

El siguiente niño dijo que quería ser deportista. Otro, diplomático. Luego, cuando una niña dijo que quería ser profesora, todos se quedaron callados.

—No es un trabajo fácil —musitó la maestra, volviendo a perder la vista más allá del cristal.

—¿Os habéis enterado? —dijo en voz baja una de las chicas—. La profesora Zheng va a tener un bebé.

—¿Sí? —replicó un niño—. Pues va a tenerlo justo coincidiendo con la reducción de personal que dicen que van a hacer en la escuela. La cosa no pinta muy bien...

Divertida al oír aquello, la profesora se dio la vuelta.

—Ahora mismo no me preocupa nada de eso. En lo que sí estaba pensando en este momento es en qué clase de mundo vivirá mi hijo cuando tenga vuestra edad.

—Pensar en esas cosas es una pérdida de tiempo —dijo un niño flacucho. Se llamaba Yan Jing, pero debido a las gruesas gafas que llevaba todo el mundo lo llamaba Gafitas—. Nadie sabe lo que depara el futuro, es imposible de predecir. Puede suceder cualquier cosa.

—Es posible predecirlo usando métodos científicos —apuntó Huahua.

Gafitas mostró su desacuerdo:

—Justo es la ciencia la que nos dice que el futuro es impredecible. Jamás en la historia ha habido ningún futurólogo que acertara sustancialmente en sus predicciones. El mundo es un sistema regido por el caos. «Caos», ¿eh? Ce, a, o, ese; no el «cacao» con el que se hace el chocolate...

—Ya, si una vez nos lo explicaste: una mariposa aleteando en un extremo de la Tierra puede causar un tornado en el otro.

—Eso es: un sistema regido por el caos.

—Yo quiero ser esa mariposa —dijo Huahua.

—No me has entendido —replicó Gafitas contrariado—: cada uno de nosotros es una mariposa. Cada grano de arena, cada gota de agua es una mariposa también. Por eso el mundo es impredecible.

—Luego está aquello que nos explicaste también del principio de indeterminación...

—Sí: el comportamiento de las partículas microscópicas no se puede predecir, estas solo existen como una onda de probabilidad; luego el mundo por fuerza es impredecible. Y no hay solo un mundo, sino varios: por ejemplo, en el instante en el que tiras una moneda al aire el mundo se divide en dos: uno en el que la cara caerá hacia arriba y otro en el que la cara caerá hacia abajo.

La maestra sonrió.

—Gafitas, tú mismo eres la prueba viviente de que todo es posible: cuando yo tenía tu edad, nunca imaginé que un día llegaría a conocer a un niño que supiera tantas cosas como tú.

—¡Es que Gafitas lee mucho! —dijo otro de los niños, provocando murmullos de asentimiento.

—¡El hijo de la señorita Zheng será más increíble aún! —dijo Huahua—. ¡Quién sabe, igual para cuando nazca, los bebés pueden modificarse genéticamente... para que les crezcan alas!

Todos rieron al oírlo.

—Bueno, chicos —dijo entonces la profesora mientras se ponía de pie—; ¿qué tal si vamos a despedirnos de la escuela?

Salieron del aula liderados por ella y comenzaron a recorrer las instalaciones. Aún no habían encendido las luces y el iluminado de las calles de los alrededores apenas conseguía colarse en el recinto, por lo que todo era silencio y oscuridad. Dejaron atrás los dos aularios, pasaron por delante del edificio de administración, luego del de la biblioteca y, cruzando una hilera de frondosos parasoles chinos, accedieron a la pista de atletismo. Al llegar al centro los cuarenta y cinco se reunieron alrededor de su joven maestra, quien abrió los brazos y, hablando en dirección al cielo, oscurecido por las luces de la gran urbe pero aún visiblemente estrellado, dijo:

—Chicos, hoy termina vuestra infancia.

En aquel momento Pekín era una ciudad sobre la faz de la Tierra.

Y la Tierra, un planeta flotando en el espacio.

Esta pudo haber sido una historia sencilla: la de aquellos cuarenta y cinco niños que se disponían a abandonar aquel colegio para, cada uno por su cuenta, echar a andar por la senda de esa vida que apenas estrenaban.

Aquella pudo haber sido una noche más: una en la que el tiempo hubiera seguido transcurriendo como de costumbre, fluyendo con suavidad como venía haciendo desde el pasado más remoto en dirección al futuro más lejano. «Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río» no era más que una ocurrencia, un desvarío del filósofo griego: el río del tiempo era siempre el mismo; el río de la vida, también. Un río que seguiría fluyendo al mismo ritmo sin pausa y para siempre. La vida y la historia, como el tiempo, serían eternos.

Eso pensaban los habitantes de aquella ciudad. Y el resto de los habitantes de la gran llanura del norte de China. Y los del continente asiático entero. Y todas y cada una de las demás formas de vida basadas en el carbono llamadas humanos que poblaban la Tierra. Aquella noche, en ese lado del planeta, la gente dormiría plácidamente al arrullo de la apacible sensación de eternidad que les proporcionaba aquel río, convencidos de que no existía fuerza capaz de quebrantar la sagrada eternidad de la vida, de que despertarían a un amanecer similar a tantos otros anteriores a ese. Tal convicción, profundamente arraigada en la conciencia de cada individuo, les permitiría seguir tejiendo el mismo sueño de calma y tranquilidad como venían haciendo desde hacía innumerables generaciones.

En un sereno rincón de aquella espléndida noche urbana, sobre la pista de atletismo de una pequeña escuela común y corriente, cuarenta y cinco niños de trece años admiraban las estrellas junto a su joven maestra.

Las grandes constelaciones de la estación invernal como Tauro, Orión o el Can Mayor se habían hundido ya en el horizonte occidental, mientras que las de la estación estival, Lira, Hércules o Libra, seguían luciendo en lo más alto. Todas y cada una, cual ojos distantes, observaban el mundo de los humanos desde los confines más profundos de la noche universal.

Pero esa noche, una de aquellas miradas cósmicas sería distinta.

Esa noche la historia, tal y como la conocía la humanidad, llegaría a su fin.

1. La estrella muerta

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La estrella muerta


El fin

Dentro del área de diez años luz alrededor de la Tierra, los astrónomos habían descubierto once estrellas:[2] el sistema estelar triple formado por Próxima Centauri, Alfa Centauri A y Alfa Centauri B; dos sistemas estelares dobles (Sirio A y Sirio B por un lado, Luyten 726-8 A y Luyten 726-8 B por otro), y cuatro estrellas individuales, la estrella de Barnard, Wolf 359, Lalande 21185 y Ross 154. No se descartaba la posibilidad de que hubiera más y fueran especialmente tenues o permanecieran ocultas debido al polvo interestelar.

También habían detectado la presencia en la región de una gran cantidad de polvo cósmico, una especie de nube oscura flotando en la negra noche del cosmos. Cuando enfocaron hacia allí los sensores ultravioleta de un satélite hallaron picos de 216 milímetros en el espectro de absorción, lo cual sugería que probablemente estaba formada por micropartículas de carbono. La reflectividad de la nube apuntaba además a que sus partículas podrían estar cubiertas por una fina capa de hielo. El tamaño de las partículas oscilaba entre los dos y los doscientos nanómetros, aproximadamente el mismo rango que la longitud de onda de la luz visible, lo cual hacía que la nube resultase opaca.

Esa nube bloqueaba la visión de una estrella a ocho años luz de distancia de la Tierra, una estrella con un diámetro veintitrés veces el del Sol y una masa sesenta y siete veces mayor. Ya no estaba en su secuencia principal, sino en la última fase de su larga evolución; sus últimos años, por así decirlo. La llamaremos la estrella muerta.

Aunque hubiera sido un ser consciente dotado de memoria, tampoco habría podido recordar su infancia: la estrella había nacido cincuenta millones de años atrás de una madre nebulosa. Cuando el movimiento atómico y la radiación del centro de la galaxia perturbaron la calma de la nebulosa, todas sus partículas se concentraron alrededor de un centro con gran atracción gravitatoria. La imponente tormenta de polvo creada duró dos millones de años durante los cuales, en su centro, los átomos de hidrógeno empezaron a fundirse y convertirse en helio. La estrella muerta nació en aquel horno atómico.

Después de una infancia dramática y una accidentada pubertad, la energía de la fusión detuvo el colapso de su corteza y la estrella muerta entró en una madurez prolongada: una evolución que se alargaría cientos de millones de años y no las meras horas, minutos y segundos que había vivido comparativamente hasta el momento.

Un nuevo punto de luz serena se había sumado al vasto océano de estrellas de la galaxia. Sin embargo, un rápido vistazo a la superficie de la estrella muerta habría revelado que su calma no era más que ilusoria: era un auténtico océano de fuego atómico, con gigantescas olas ardientes batiendo con furia y liberando tormentas de partículas de alta energía en el espacio; una energía que surgía de sus profundidades para transformarse en las olas de aquel mar sobre el que se desataba una interminable tormenta nuclear. El potente campo magnético erigía constantes tifones de plasma ondulante que hacía llegar a millones de kilómetros en el espacio como si fuese la marea esparciendo zarcillos de algas rojizas en la orilla.

No había mente humana que pudiera concebir el tamaño de la estrella muerta; comparada con aquel mar de fuego, la Tierra resultaba una mera pelota de baloncesto en mitad del Pacífico.

Con una magnitud aparente de -7,5, la estrella muerta debería haber podido percibirse en el cielo visible desde la Tierra. No obstante, el polvo interestelar que incubaba otra estrella a tres años luz de distancia impedía que su luz alcanzara el planeta azul. De no haber sido por eso, la estrella muerta habría iluminado el devenir de los humanos con una luz de un brillo más de cinco veces superior al de Sirio. Habría sido la estrella más brillante del firmamento, lo suficiente como para proyectar sombras en noches sin luna, y su azul de ensueño sin duda habría aportado una dosis extra de sentimentalismo a la historia de la humanidad.

La estrella muerta estuvo ardiendo cuatrocientos sesenta gloriosos millones de años, pero durante ese tiempo la despiadada ley de conservación de la energía hizo inevitables ciertos cambios en su interior: cuando el fuego hubo consumido todo el hidrógeno, poco a poco el subproducto de helio fue hundiéndose y acumulándose en su centro. Al tratarse de un objeto tan gigantesco, el proceso fue extremadamente lento: la historia entera de la humanidad resultaba en comparación tan breve como un chasquido. Cuatrocientos ochenta millones de años más tarde, el agotamiento del hidrógeno tuvo por fin un efecto tangible: al acumularse suficiente cantidad de helio inerte, la fuente de energía de la estrella se agotó.

Había envejecido.

Pero otras leyes físicas aún más complejas iban a encargarse de que alcanzara el fin de su vida de la forma más espectacular. Conforme la densidad del helio de su centro crecía, la fusión del hidrógeno circundante que seguía en progreso produjo temperaturas lo suficientemente altas como para que el helio comenzara a fusionarse, casi consumiéndolo del todo en un infierno nuclear. La fusión del helio causó que la estrella muerta brillase con una luz poderosa, pero al ser su energía tan solo una décima parte de la del hidrógeno, aquel esfuerzo solo consiguió debilitarla aún más. Se estaba produciendo lo que los astrónomos llamaban «flash de helio». La luz del fenómeno llegó a la zona de polvo interestelar tres años más tarde, donde la luz roja de longitud de onda relativamente larga penetró la barrera cósmica. Esa luz tuvo que viajar durante otros cinco años más antes de llegar a una estrella mucho más pequeña y ordinaria llamada Sol y a los puñados de polvo cósmico atraídos por la atracción gravitacional de aquella, conocidos por los humanos como Plutón, Neptuno, Urano, Saturno, Júpiter, Marte, Venus, Mercurio y, por supuesto, la Tierra. Eso tuvo lugar en 1775.

Esa noche, en el hemisferio norte de la Tierra, en la ciudad balneario de Bath, Inglaterra, en el exterior de un lujoso auditorio, un organista de origen alemán llamado Frederick William Herschel observaba con ávida fruición el universo a través de un telescopio diseñado por él mismo. La resplandeciente Vía Láctea ejercía sobre él una atracción tan poderosa que se pasaba la vida pegado al ocular del telescopio; tanto era así que su hermana Caroline tenía que darle de comer a cucharadas para que no interrumpiera sus observaciones.

Aquel excelso astrónomo del siglo XVIII que se pasó la vida mirando a través de la lente de su telescopio llegó a marcar setenta mil estrellas en el mapa. Sin embargo, esa noche pasó por alto la que iba a convertirse en la más importante para la humanidad.

Esa noche, en el cielo occidental apareció de repente un cuerpo rojo. Fue en la constelación del Auriga, a medio camino entre Capella y Menkalinan. Con una magnitud aparente de 4,5, no era lo suficientemente brillante como para que un observador casual reparase en ella incluso conociendo su ubicación; aun así, para un astrónomo como Herschel aquella estrella roja era poco menos que un faro enorme que podría haber descubierto a simple vista como hacían los astrónomos antes de Galileo sin necesidad de interponer ninguna lente. Ese descubrimiento habría podido alterar el curso de la historia humana unos dos siglos más tarde, pero justo en aquel momento su atención estaba completamente centrada en aquel telescopio suyo, de solo cinco centímetros de diámetro, orientado en una dirección completamente diferente... como por desgracia estaban también los de los observatorios de Greenwich, de Hven y del resto del mundo.

La estrella roja de Auriga brilló durante toda la noche. Para la siguiente, ya había desaparecido.

La misma noche del mismo año, en el continente que llamaban América del Norte, ochocientos soldados británicos avanzaban por una carretera al oeste de Boston. El rojo de sus uniformes les hacía parecer una comitiva de fantasmas en procesión nocturna. Mosquete en mano y avanzando contra el frío aire de la noche primaveral, pretendían llegar a la ciudad de Concord, a veintisiete kilómetros de Boston, antes del amanecer. Tenían órdenes de Thomas Gage, gobernador de Massachusetts, de eliminar el arsenal de los ministros y hacerse con el control de la ciudad. Sin embargo, cuando el cielo aclaró y tomaron forma las siluetas de los bosques, chozas y cercados de su alrededor, se dieron cuenta de que aún estaban en Lexington. De pronto, vieron un destello entre la espesura que tenían enfrente y la quietud de aquel plácido amanecer americano se vio perturbada por varios disparos, seguidos de cerca por el silbido de las balas, primeras sacudidas en el vientre materno de lo que un día llegarían a ser los Estados Unidos de América.

En el vasto continente al otro lado del Pacífico existía, en cambio, una antigua civilización con cinco milenios de historia. En aquella vieja tierra, día y noche, la capital del imperio se veía inundada por la llegada de ingentes cargamentos de libros antiguos procedentes de todos los rincones del territorio. El flujo era constante desde la promulgación dos años antes del edicto que anunciaba la compilación de la gran enciclopedia imperial.

En el corazón de la Ciudad Prohibida, en un gran salón hecho de madera noble, el emperador Qianlong recorría pasillos y pasillos de estanterías repletas de obras acumuladas para el proyecto de la enciclopedia y previamente agrupadas en las llamadas cuatro grandes disciplinas: textos canónicos, historias y geografías, grandes maestros y antologías literarias.

Con su séquito aguardando al otro lado de la puerta, el emperador avanzaba por aquel archivo guiado, farol en mano, por tres eminentes eruditos. Se llamaban Dai Zhen, Yao Nai y Ji Yun; vestían de seda y portaban birretes ornados con una pluma de pavo real, máximo distintivo de su rango: eran ellos y no los miembros del clan imperial los encargados de compilar la enciclopedia.

La penumbra alrededor de la luz mortecina de los faroles trocaba a las filas de estanterías que se sucedían a su paso en oscuras callejuelas. Llegaron a un montón de antiguos compendios de tablillas. Con cautela y expectación, el emperador asió un tomo con ambas manos.

Los destellos de la vacilante luz amarilla sobre el bambú le hicieron pensar en los ojos que se habrían posado en él a lo largo de los siglos. Devolvió el tomo a su lugar, elevó la vista y tuvo la sensación de hallarse en el oscuro fondo de un cañón hecho de libros, el cañón de las montañas del tiempo, entre cuyas paredes flotaban silenciosos un sinfín de fantasmas milenarios.

—El tiempo fluye como las aguas,[3] majestad —susurró un compilador, citando al maestro Confucio.

Inimaginablemente lejos, en el espacio, la estrella muerta seguía avanzando hacia su ocaso. Hubo más flashes de helio, pero todos fueron más pequeños que el primero. Su nuevo núcleo de carbono y oxígeno, fruto de la fusión del helio, había combustionado y producido neón, azufre y silicio; tras ello apareció una gran cantidad de neutrinos, partículas endiabladas que extraían la energía del núcleo sin interactuar con ninguna materia. Con el tiempo, el núcleo de la estrella muerta fue incapaz de soportar su pesada corteza y la gravedad que le había dado vida comenzó a funcionar en sentido inverso: bajo la fuerza de esa gravedad, colapsó y se compactó en una bola de gran densidad; sus átomos se rompieron bajo tensiones increíblemente enormes, los neutrones se apelotonaron. En aquel momento, una mera cucharadita de materia de la estrella muerta tenía una masa de mil millones de toneladas.

Lo primero en colapsar fue el núcleo. Luego, al perder su soporte, la corteza exterior, que impactó con fuerza contra el núcleo apretado y desencadenó una última reacción de fusión final.

La larga epopeya de fuego y gravedad que venía durando desde hacía quinientos millones de años llegó a su fin en una explosión blanca como la nieve que quebró la fibra del cosmos. La estrella muerta se rompió en mil millones de fragmentos y una gigantesca cantidad de polvo. Su enorme energía, convertida en un torrente de radiación electromagnética y partículas de alta energía, salió disparada en todas direcciones.

Tres años después de la explosión, la gigantesca ola de energía avanzaba a través de la nube de polvo cósmico en dirección al Sol.

Cuando la estrella muerta explotó, los humanos, a ocho años luz de distancia, vivían una época esplendorosa. Aun siendo conscientes del hecho de no ser más que meras motas de polvo en comparación con el resto del cosmos, todavía no habían llegado a aceptarlo. En el milenio que acababa de terminar, habían hecho uso del inmenso poder de la fisión y fusión nucleares, habían creado máquinas de pensamiento complejo utilizando impulsos eléctricos confinados en silicio e imaginando que eran capaces de conquistar el universo. Ignoraban que la energía de la estrella muerta comenzaba a abrirse paso a la velocidad de la luz rumbo a su pequeño planeta azul.

Tras abandonar las tres estrellas del Centauro, la luz de la estrella muerta pasó otros cuatro años viajando por el vasto y solitario espacio exterior hasta que por fin llegó a las proximidades del sistema solar. En esa región, habitada solo por cometas sin cola, la energía de la estrella muerta tuvo su primer encuentro con la humanidad.

A más de mil millones de kilómetros de distancia de la Tierra, un objeto de fabricación humana continuaba su solitaria travesía hacia la Vía Láctea: se trataba de la Voyager 1, una sonda interestelar lanzada en la década de los setenta del siglo XX. Lo más destacado de su perfil era un extraño paraguas (su antena parabólica) orientado en dirección a la Tierra. La sonda transportaba la tarjeta de visita de la humanidad, una placa de aleación de plomo grabada con la imagen de un hombre y una mujer desnudos; también un disco gramofónico de oro con el saludo del secretario general de las Naciones Unidas a una posible civilización alienígena y grabaciones del sonido de los océanos, del canto de las aves y muchas cosas más, incluyendo una exquisita interpretación de Aguas que fluyen, una melodía tradicional china.

Aquel emisario terrícola en el espacio fue el primero en experimentar la inmisericorde crueldad del cosmos: apenas entró en el mar de luz de la estrella muerta, quedó reducido a un amasijo de metal ardiente. El súbito aumento de temperatura (desde cerca del cero absoluto) deformó su antena parabólica y fue tal la intensidad de la radiación que el contador Geiger que llevaba se sobrecargó y solo daba ceros como lectura. La sonda ultravioleta y el instrumental de campo magnético permanecieron operativos, pero solo durante los escasos segundos que tardó la radiación en inutilizar sus circuitos. Fue tiempo suficiente para que la Voyager enviase a sus creadores en la Tierra un torrente de increíbles datos... que, debido a los daños sufridos por su antena, la red de antenas en fase de alta sensibilidad de Estados Unidos o Australia no llegarían a recibir nunca. Sin embargo, no importó. Muy pronto la humanidad iba a tener ocasión de comprobar por sí misma lo increíbles que eran.

La potente luz de la estrella muerta traspasó el umbral del sistema solar. Primero levantó vapor de la superficie de sólido nitrógeno azul cristalino de Plutón; acto seguido pasó por Neptuno y Urano, y cristalizó sus anillos. La tormenta de partículas de alta energía pasó por Saturno y Júpiter, haciendo que fosforeciera su materia líquida, justo cuando comenzaba la fiesta de graduación de aquellos niños pekineses. La energía viajó a la velocidad de la luz durante media hora más hasta alcanzar la Luna. Allí vertió una luz cegadora sobre el Mar de la Lluvia y el cráter Copérnico, iluminando las huellas que Neil Armstrong y Buzz Aldrin habían dejado décadas antes bajo la atenta mirada de cientos de millones de televidentes del planeta azul, quienes en ese momento de emoción estaban convencidos de que el cosmos existía solo para ellos.

Un segundo después, la luz de la estrella muerta completó su viaje de ocho años a través del espacio y alcanzó la Tierra.

Un sol en plena noche

¡Parecía que fuera mediodía!

Eso fue lo primero que pensaron los niños al recuperar la visión. Una potente luz había llegado de forma tan repentina como si alguien hubiese encendido alguna clase de interruptor cósmico y se habían quedado momentáneamente ciegos.

Eran las ocho y dieciocho de la tarde, mucho después de lo que anochecía en aquella época del año, pero ahí estaban: de pie, bajo la misma luz que si fuese mediodía. Cuando miraron hacia el cielo, sintieron un escalofrío: aquel no era el mismo azul al que la gente estaba acostumbrada; aquel azul era inaudito, casi negro, como el que registraban las películas fotográficas ultrasensibles. Parecía además inusualmente prístino, como si fuera un ser vivo al que se le hubiera pelado una capa de piel blanquecina y su carne celeste fuera a empezar a sangrar de un momento a otro.

La ciudad entera estaba iluminada con una luz tan intensamente blanca como la nieve. Al ver la estrella de la que provenía los niños comenzaron a alborotarse y gritar.

¡Aquel no era el sol de la humanidad!

La luz que había irrumpido en el cielo nocturno era demasiado poderosa para mirarla directamente. Tuvieron que vislumbrarla a través de los huecos de los dedos: no era redondo, sino, como las otras estrellas visibles, un punto informe, una intensa luz blanca proveniente de las profundidades del universo. Su brillo era extremadamente alto: –51,23, casi un orden de magnitud mayor que el del sol. Su luz se dispersó en la atmósfera como una araña gigante, venenosa, cegadora, cerniéndose sobre el cielo occidental.

La estrella muerta apareció de forma súbita y en cuestión de segundos alcanzó su máximo brillo. Los habitantes del hemisferio oriental de la Tierra fueron los primeros en verla. El pánico se extendió casi de inmediato; la gente perdió la capacidad de razonar y de actuar con normalidad, el mundo entero quedó paralizado. El fenómeno fue más grandioso y espectacular para quienes lo observaron desde el Atlántico o desde las costas occidentales de Europa y de África. Lo que sigue es el testimonio de una persona que en aquel momento se encontraba en el Atlántico:

Al amanecer nos dimos cuenta de que sucedía algo extraño: después de que el sol se elevase sobre el océano, el horizonte oriental continuaba bañado de luz. Era una potente luz blanca que parecía provenir de algún lugar bajo la superficie del agua, como si hubiera una lámpara gigante oculta bajo el océano. El brillo de la luz fue aumentando. Era una visión tan extraña que la tripulación entera estaba desconcertada. Por radio no oíamos más que interferencias. Conforme aquel segundo amanecer cobraba brillo, varias nubes sueltas repartidas en la lejanía comenzaron a reflejar una luz cegadora, como si fueran los filamentos de una bombilla encendiéndose. Nuestro miedo creció parejo a su intensidad: sabíamos que de un momento a otro el origen de aquella luz iba a hacer acto de presencia, lo que no sabíamos era qué íbamos a ver. Al final, tres horas después de que hubiera salido el sol, vimos que aparecía otro. El capitán ofreció más tarde esta atinada descripción:

—¡Parecía que hubiera un soldador cósmico gigante en el cielo! De los dos soles que teníamos delante, el que más miedo daba era el primero: ¡era mucho más tenue que el nuevo, parecía negro en comparación! No todo el mundo fue capaz de aguantar aquella imagen de pesadilla. Hubo gente corriendo despavorida por la cubierta, otros saltaron por la borda...

Extraído de Testimonio de la estrella muerta,

de ALBERT G. HARRIS,

Londres, año 6 de la era de la supernova

Antes de que los niños de la pista de atletismo tuvieran tiempo de volver en sí y reaccionar, empezaron a caer rayos. Los provocaba la ionización de la radiación de la estrella muerta en la atmósfera. El cielo comenzó a poblarse de esbeltos arcos eléctricos violáceos que fueron multiplicándose entre un gran fragor de truenos.

—¡Todos a clase, rápido! —gritó la profesora.

Los alumnos echaron a correr protegiéndose la cabeza de aquellos estruendos que amenazaban con partir en dos al mundo. Una vez dentro, temblorosos, los niños se agolparon alrededor de su maestra. La luz de la estrella muerta que irrumpía a través de las ventanas de un lado dibujaba un rectángulo brillante en el suelo; luego, a través de las ventanas del lado opuesto, un rayo iluminó media aula con su luz eléctrica violeta. El aire se llenó de electricidad estática y de los complementos metálicos de todos comenzaron a saltar chispas; también se les erizó el pelo y sintieron tal cosquilleo en el cuerpo que fue como si a su ropa le hubieran salido púas.

Lo que sigue es una transcripción de las comunicaciones entre el Cosmódromo de Baikonur en Kazajistán, el transbordador espacial estadounidense Zeus y la tripulación final de la estación espacial rusa Mir antes de su desorbitación:

Comandante: D. A. Vortsev

Ingeniero de vuelo: B. G. Tinovich

Ingeniero mecánico: Y. N. Bykovsky

Ingeniero ambiental: F. Lefsen

Médico de la estación: Nikita Kasyanenko

Tripulación: Joe La Mure, físico del estado sólido;

Alexander Andrev, astrofísico

COMUNICACIONES ELECTROMAGNÉTICAS:

10:20:10, Mir: ¡Don llamando a Baikonur! ¡Don llamando a Baikonur! Base, respondan. Base, respondan.

(Sin respuesta. Ruido estático.)

10:21:30, Base: ¡Les habla la base de Baikonur! ¡Baikonur llamando a Don! Por favor, respondan.

(Sin respuesta. Ruido estático.)

COMUNICACIONES INFRARROJAS:

10:23:20, Mir: Base, aquí la Mir. Las interferencias del sistema principal son demasiado grandes, por lo que hemos iniciado el sistema de comunicación de respaldo. Por favor, respondan.

10:23:25, Base: Los escuchamos, pero la señal es inestable.

10:23:28, Mir: Hemos tenido un problema a la hora de orientar las unidades de transmisión y recepción. Los chips del circuito de control de la orientación han fallado a causa de la radiación y nos hemos visto obligados a recurrir a la orientación óptica manual.

10:23:37, Base: Fijen las unidades de transmisión y recepción para que podamos acceder a su control.

10:23:42, Mir: Hecho.

10:23:43, Base: ¡Señal normal!

10:23:46, Mir: Base, ¿pueden decirnos qué ha ocurrido? ¿Cómo deberíamos llamar a ese objeto que ha aparecido de repente?

10:23:46, Base: Sabemos tanto como ustedes. De momento llamémosla estrella X. Por favor, envíennos los datos que han obtenido.

10:24:01, Mir: A continuación transmitiremos los datos de observación a partir de las diez en punto del radiómetro integrado, de los instrumentos de rayos ultravioleta y gamma, del gravímetro, del magnetómetro, del contador Geiger, del medidor de viento solar y del detector de neutrinos. También adjuntaremos ciento treinta y seis fotografías de espectro visible e infrarrojas. Prepárense para la recepción.

10:24:30, Mir: (Transmisión de datos).

10:25:00, Mir: Nuestro telescopio espacial ha estado rastreando a la estrella X desde su primera aparición. Carecemos del nivel de sensibilidad suficiente para poder estimar su diámetro angular y tampoco hemos observado ningún paralaje claro. El doctor Andrev cree que teniendo en cuenta esos dos hechos y atendiendo también en base a la cantidad de energía que recibimos, podemos determinar que la estrella X se encuentra fuera del sistema solar. Por supuesto, tan solo se trata de una hipótesis. Los datos son insuficientes, los observatorios terrestres tienen mucho trabajo que hacer.

10:25:30, Base: ¿Qué han observado en la Tierra?

10:25:36, Mir: Hay un huracán de gran tamaño en la región ecuatorial desplazándose hacia el norte. A juzgar por nuestras observaciones de los cambios en las nubes sobre el ecuador, su velocidad de vientos debe de ser de unos sesenta metros por segundo. Es posible que se haya originado por una irregularidad repentina del flujo de calor en la Tierra causada por la estrella X. Ah, y también hay una gran cantidad de radiación ultravioleta y destellos azules en las regiones polares, posiblemente rayos, expandiéndose a latitudes más bajas.

10:26:50, Base: Informen de su estado.

10:27:05, Mir: No es bueno. Los rayos de alta energía han inutilizado tanto el sistema de control de vuelo principal como los de respaldo. El blindaje de plomo no ha servido de nada. Las baterías solares de silicio monocristalino están totalmente chamuscadas y las baterías químicas presentan graves daños. Dependemos por completo de las baterías de isótopo del interior de la cabina, cuya potencia es terriblemente baja; eso nos ha obligado a apagar los sistemas de soporte vital de la cabina principal. Los sistemas de soporte vital de las cabinas individuales funcionan de forma anormal. Estamos a punto de tener que ponernos los trajes espaciales.

10:28:20, Base: Dadas las circunstancias actuales, desde aquí estimamos que no es aconsejable que permanezcan en órbita, pero, al mismo tiempo, los daños sufridos por los sistemas hacen imposible un aterrizaje suave. El transbordador estadounidense Zeus se encuentra en la órbita baja 3340 a la sombra de la Tierra y solo ha sufrido daños leves, pueden trasladarse allí. Hemos contactado con los estadounidenses y en base a las disposiciones del Tratado sobre el Espacio Exterior relativas al rescate de astronautas, han accedido a aceptarlos a bordo. Los parámetros de reducción de velocidad y funcionamiento del motor a seguir son...

10:30:33, Mir: Atención, base. El médico de la estación desea hablar con ustedes.

10:30:40, Mir: Les habla el doctor de la estación. Creo que a estas alturas el traslado no tiene sentido. Cancélenlo.

10:30:46, Base: Explíquense, por favor.

10:30:48, Mir: Todos los astronautas de la estación hemos recibido una dosis letal de radiación de cinco mil cien rads. Nos quedan unas pocas horas de vida. El resultado sería el mismo aunque regresáramos a la Tierra.

10:31:22, Base: (Silencio).

10:31:57, Mir: Les habla el comandante de la Mir. Por favor, permítannos permanecer en la estación. Se trata de la posición más avanzada desde la que la humanidad puede observar la estrella X, queremos continuar con el cumplimiento de nuestro deber hasta el último momento. Vamos a ser los primeros astronautas que morirán en el espacio; si la oportunidad se presenta en el futuro, por favor, devuelvan nuestros restos mortales a la tierra que nos vio nacer.

[...]

Extraído de Historia del programa espacial ruso

durante la era común, vol. 5,

editado en Moscú en el año 17

de la era de la supernova

La estrella muerta iluminó el cosmos durante una hora y veinticinco minutos y luego, de pronto, se desvaneció. Solo entonces las redes de radiotelescopios pudieron detectar sus restos: una estrella de neutrones que giraba a gran velocidad y emitía un pulso electromagnético a intervalos precisos.

Agolpados contra los ventanales, los niños presenciaron de principio a fin aquella puesta de sol que no era tal, aquel anochecer insólito: empezó con el azul del cielo haciéndose más oscuro y mutando en negro añilado. Después la luz de la estrella muerta, convergiendo, causó un atardecer que ocupó la mitad del cielo, pero enseguida se redujo a un círculo alrededor de la estrella, cuyo color pasó a ser violeta y luego blanco. Al quedar oscurecida la mayor parte del cielo, comenzaron a aparecer astros aquí y allá. El halo que rodeaba la estrella continuó empequeñeciendo hasta desaparecer por completo y esta, gracias a la luz que radiaba en todas direcciones, se convirtió en un punto brillante. Cuando el firmamento hubo reaparecido del todo, ella seguía siendo la estrella más brillante, pero luego su brillo continuó disminuyendo hasta que se convirtió en una más de la Vía Láctea. Cinco minutos después, desapareció en el oscuro abismo del universo.

En cuanto cesaron los rayos, los niños salieron corriendo del aula y se hallaron en un mundo fosforescente: todo cuanto había bajo el cielo nocturno, desde los árboles y los edificios hasta el suelo, emitía un intenso brillo verdiazul. Parecía que se hubieran vuelto de jade translúcido y que los iluminara alguna fuente de luz verdosa, tan potente como la luna y soterrada a gran profundidad. En el cielo había varias nubes verdes flotando e iluminando a los pájaros que, asustados, huían en bandada despavoridos y teñidos por su luz, la cual los hacía semejar apariciones espectrales. Lo más aterrador para los niños fue que ellos mismos eran fosforescentes también, como las imágenes de un negativo fotográfico, como fantasmas.

—Lo que yo decía —murmuró Gafitas—. Siempre puede pasar de todo...

En aquel momento volvió la luz del aula y también el resto de las luces de la ciudad. Solo entonces repararon en que había habido un apagón. El regreso de la electricidad hizo desaparecer el brillo fluorescente, lo cual les hizo creer que el mundo había vuelto a la normalidad. Sin embargo, no iban a tardar en descubrir con sorpresa que la cosa no había terminado allí.

Comenzó a surgir una luz roja en el nordeste. Poco después comenzaron a aparecer en aquella parte del cielo multitud de nubes rojizas y alargadas que parecían anunciar un nuevo amanecer.

—¡Ahora sí que amanece de verdad!

—¡No digas chorradas! ¡Si no son ni las once!

Las nubes rojas encapotaron la mitad del cielo, momento en el que los niños se dieron cuenta de que brillaban con luz propia. Cuando las tuvieron directamente encima, vieron que eran como anchas cintas de luz roja, cortinas flotando voluptuosamente en el cielo.

—¡La aurora boreal! —gritó alguien.

Esa aurora pronto ocupó el cielo en su totalidad. Durante la semana siguiente, las cintas de luz rojiza siguieron bailando en los cielos nocturnos del mundo entero.

Una semana más tarde, cuando las luces desaparecieron por completo y volvieron a verse las estrellas, la sinfonía de la supernova llegó a su último y glorioso movimiento: una brillante nebulosa apareció en el mismo lugar que la estrella muerta había ocupado días antes. La nube de polvo de la explosión, excitada por el pulso de alta energía de los restos de la estrella, estaba emitiendo radiación sincronizada en el espectro visible para la humanidad. La nebulosa fue creciendo hasta ocupar un espacio en el cielo de aproximadamente dos lunas llenas. Aquel cuerpo radiante en forma de flor (gracias al cual más tarde recibiría el nombre de Nebulosa de la Rosa) emitía una potente luz azul de brillo similar al de la luna que iluminaba cada detalle del suelo y oscurecía el mar de luces de la ciudad a sus pies.

Desde aquel momento y hasta el día en que los humanos, dominadores del planeta que heredaron de los dinosaurios, perecieran o renacieran, la Nebulosa de la Rosa alumbraría los devenires de su historia.