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Agradecimientos

Hace dieciséis años, sentado en un reservado sin mucha iluminación de un asador de la zona, planteé por primera vez a mi esposa una idea atrevida que llevaba un tiempo desarrollando. Consistía en tomar un mundo de fantasía épica y expandirlo a lo largo de diferentes eras hasta llegar al futuro. Por aquel entonces ya conocía mezclas de fantasía y ciencia ficción, y también había visto mundos de fantasía épica avanzar poco a poco hacia la tecnología industrial. Pero nunca había visto que un escritor desarrollara un mundo de ese modo, proporcionando una visión amplia de un planeta que avanza hacia el futuro, convirtiendo los sucesos de las anteriores series de novelas en los cimientos de su religión y su mitología.

Era una apuesta por mi parte. A los lectores suele gustarles que los géneros estén bien delineados. Mi propuesta destrozaba esas fronteras entre géneros de una forma que, hasta el momento, nunca había vendido demasiados ejemplares. Sin embargo, yo estaba convencido de que ese proyecto a mayor escala, el de la visión de un planeta y su magia en distintas épocas, hacía que mereciera la pena el riesgo. Y eso fue lo que nos ha traído aquí, al último volumen de la Segunda Era de Nacidos de la Bruma y mi gran experimento con los géneros.

Si hasta ahora me ha salido bien o no, tendréis que decidirlo vosotros, los lectores. Pero una cosa sí que puedo afirmar: desde luego no habría llegado donde estoy sin la ayuda de muchísima gente. Sé que estas secciones de agradecimientos muchas veces se convierten en un borrón de nombres de personas, pero no puedo obviar lo agradecido que estoy a todas y cada una de ellas. Son esa gente que, cuando se me ocurre algún nuevo plan atrevido, no ponen los ojos en blanco, sino que ponen un folio en blanco delante de mí y se arremangan para llevar a buen puerto lo que escriba.

Joshua Bilmes ha hecho su habitual y excelente trabajo en este libro como mi agente. Susan Velazquez y Christina Zobel, de su equipo, también me han ayudado mucho gestionando los distintos contratos internacionales y a los subagentes.

Ya que menciono el otro lado del charco, para esta novela he recibido una ayuda especial de Gillian Redfearn, mi editora en el Reino Unido, que en esta ocasión se ha encargado de la revisión de estilo que suele llevar a cabo mi editorial estadounidense. Ha hecho un trabajo maravilloso, y me considero afortunado por contar con su ayuda. También querría dar las gracias a Emad Akhtar y Brendan Durkin, de la editorial Gollancz en el Reino Unido, y a mis agentes británicos, John Berlyne y Stevie Finegan de la agencia Zeno.

Aquí, en Estados Unidos, Devi Pillai fue la editora principal de este proyecto, al que aplicó su buen ojo de siempre para la historia y los personajes. También en Tor, quiero dar las gracias a Molly McGhee, Tessa Villanueva, Lucille Rettino, Eileen Lawrence, Alexis Saarela, Heather Saunders, Rafel Gibek, Amelie Littell y Hayley Jozwiak. La revisión ortotipográfica ha corrido a cargo de nuestro colaborador de toda la vida en ese campo, Terry McGarry.

En cuanto al audiolibro, el insustituible Michael Kramer presta de nuevo su voz a mis personajes y hace que mi texto suene bien. Michael, te agradezco mucho todo lo que haces. En Macmillian Audio, quiero dar las gracias también a Steve Wagner, Samantha Edelson y Drew Kilman.

Cada vez más últimamente, mis libros conllevan un montón de trabajo adicional en el apartado gráfico. Así que vamos a asignar su propia sección a estos pistoleros, aunque algunos de ellos se solapen con otros párrafos. Por ejemplo, Peter Lutjen es el director artístico de Tor y merece un gran agradecimiento. Chris McGrath es el ilustrador de la cubierta. El director del departamento artístico interno de Dragonsteel es ᛁᛉᚲ, el artista antes conocido como Isaac Stewart. Se ha encargado de los mapas, los símbolos y gran parte del trabajo en los pasquines, incluyendo el texto. Tened los ojos abiertos para cuando ᛁᛉᚲ publique sus propios libros. (Y sí, acabo de inventarme eso de los símbolos. Estoy autorizado a hacerlo. Tengo licencia literaria). En las páginas de periódico intercaladas en esta novela, Ben McSweeney, buen amigo y colaborador nuestro desde hace mucho tiempo, es el responsable de la mayoría de sus ilustraciones. Rachael Lynn Buchanan ha sido nuestra ayudante artística y Jennifer Neal también ha colaborado en su creación.

El departamento editorial de mi empresa, Dragonsteel, está dirigido por el insaciable Peter Ahlstrom. Karen Ahlstrom se ocupa de la continuidad, Betsey Ahlstrom proporciona apoyo editorial diverso y Kristy S. Gilbert acaba de entrar como editora de producción.

El equipo de realización y acontecimientos de Dragonsteel lo encabeza Kara Stewart, y entre sus miembros están Christi Jacobsen, Lex Willhite, Kellyn Neumann, Mem Grange, Michael Bateman, Joy Allen, Katy Ives, Richard Rubert, Sean VanBuskirk, Isabel Chrisman, Tori Mecham, Ally Reep, Jacob Chrisman, Alex Lyon y Owen Knowlton.

Nuestro equipo interno de publicidad y marketing está liderado por Adam Horne, con Jeremy Palmer como director de marketing. Nuestro equipo de operaciones, dirigido por Mat «Mi verdadero nombre es Matt con dos tes» Hatch, lo componen Jane Horne, Emma Tan-Stoker, Kathleen Dorsey Sanderson, Makena Saluone y Hazel Cummings.

Y, por supuesto, mi maravillosa esposa, Emily Sanderson, es la directora ejecutiva de Dragonsteel. Y también la persona más adorable de esta lista.

Menos adorables, pero aun así muy útiles, son los miembros del grupo de escritura. Para este libro han sido, entre otros, Kaylynn ZoBell, Peter Ahlstrom, Karen Ahlstrom, Alan Layton, Eric James Stone, Darci Stone, Kathleen Dorsey Sanderson, Emily Sanderson y Ben Olsen, alias «Rick Stranger». Y también, desde luego, Ethan Skarstedt, a quien está dedicada la novela. Ethan, además de ser quien inspiró en la vida real a Cikatriz del Puente Cuatro, lleva ya unos veinte años ayudándome con los aspectos militares y armamentísticos de mis libros. Muchas gracias, Ethan, por permitirme fingir que sé de qué estoy hablando.

Mi’chelle Walker creó nuestra base de datos para los comentarios de la fase de lectura beta, que nos vino de maravilla. Entre los lectores beta se cuentan Trae Cooper, Tim Challener, Ted Herman, Suzanne Musin, Sumejja Muratagic´-Tadic´, Paige Phillips, Shannon Nelson, Sean VanBuskirk, Ross Newberry, Rosemary Williams, Richard Fife, Rahul Pantula, Poonam Desai, Philip Vorwaller, Paige Vest, Mi’chelle Walker, Megan Kanne, Matt Wiens, Mark Axies Lindberg, Marnie Peterson, Lyndsey Luther, Linnea Lindstrom, Lauren McCaffrey, Kendra Wilson, Kendra Alexander, Kellyn Neumann, Kalyani Poluri, Joy Allen, Joshua Harkey, Jory «Rascador en jefe de cabezas de pollo» Phillips, Jessie Lake, Jessica Ashcraft, Jennifer Neal, Ian McNatt, Chris «Artillero» McGrath, Gary Singer, Frankie Jerome, Evgeni «Argento» Kirilov, Erika Kuta Marler, Eric Lake, Drew McCaffrey, Deana Covel Whitney, David Fallon, David Behrens, Darci Cole, Craig Hanks, Christina Goodman, Christopher Cottingham, Chana Oshira Block, Brian T. Hill, Brandon Cole, Lingting «Botánica» Xu, Bob Kluttz, Ben Marrow, Becca Reppert, Bao Pham, Anthony Acker, Alyx Hoge, Alice Arneson, Alexis Horizon, Aaron Biggs, Joe Deardeuff, Rob West y Jayden King.

Para este libro hemos contado con la ayuda de un grupo particular de personas, a las que he pedido que vigilen mis sistemas de magia y me avisen si algo necesita explicarse mejor o si corro el riesgo de contradecirme. Son nuestro equipo de continuidad del sistema de magia, pero de ahora en adelante vamos a llamarlos, oficialmente, los arcanistas. Son Joshua Harkey, Eric Lake, Evgeni Kirilov, David Behrens, Ian McNat y Ben Marrow.

Quiero dar las gracias en particular a mis buenos amigos Kalyani y Rahul, lectores beta desde hace mucho tiempo, que llevaban años animándome a investigar la mitología y la cultura indias como inspiración para la narrativa fantástica. En esta novela me han proporcionado un asesoramiento excelente sobre cierto personaje en quien hemos trabajado los tres juntos para tratar de expandir el Cosmere un poco en esa dirección.

Gracias a todas las personas de esta lista. Y, por supuesto, también a los lectores. Nacidos de la Bruma ha sido un viaje extraño durante estos últimos dieciséis años, y tengo la sensación de que está a punto de volverse aún más extraño… y con un poco de suerte, aún más increíble.

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Wayne sabía lo que eran las camas. Había niños en el asentamiento Pesoestaño que las tenían. Sonaban mucho mejor que una estera en el suelo, sobre todo si tenía que compartirla con su madre cuando hacía frío de noche porque no tenían carbón.

Además, bajo las camas había monstruos.

Sí, Wayne había oído historias sobre espectros de la bruma. Se escondían bajo tu cama y robaban las caras de gente a la que conocías. Por lo que las camas eran suaves y mullidas por arriba y tenían a alguien debajo con quien hablar. Tenían que ser el herrumbroso paraíso.

A los demás chicos les daban miedo los espectros de la bruma, pero Wayne suponía que era porque no sabían negociar como era debido. Él podía hacerse amigo de algo que viviese bajo una cama. Solo había que darle algo que quisiera, como otra persona a la que comerse.

De todos modos, Wayne no tenía cama. Ni tampoco sillas de verdad. En casa había una mesa, que había hecho el tío Gregr. Antes de que lo aplastara el millón de rocas de un desprendimiento y lo dejara hecho una papilla que ya no podría dar palizas a nadie. A veces Wayne daba una patada a la mesa, por si el espíritu de Gregr estaba mirando y le tenía cariño. Bien sabía la herrumbre que en aquella casucha de una sola ventana no había nada más que hubiera importado nunca al tío Gregr.

Lo mejor que Wayne tenía para sentarse era un taburete, así que se había sentado y jugaba a las cartas, repartiendo manos y escondiéndose naipes en la manga mientras esperaba. Era un momento nervioso del día. Todas las noches temía que ella no regresara a casa. No porque no quisiera a Wayne: su madre era un estallido de flores primaverales en aquella fosa séptica que era el mundo. Sino porque un día su padre ya no había vuelto. Un día el tío Gregr —Wayne dio un puntapié a la mesa— ya no había vuelto. Así que su madre…

«No pienses en eso —se dijo Wayne mientras fallaba al barajar y esparcía las cartas por toda la mesa y el suelo—. Y no mires. No hasta que veas la luz».

Podía sentir la mina allí fuera. Nadie quería vivir al lado, así que Wayne y su madre lo hacían.

Se obligó a pensar en otra cosa. En la pila de la colada que había terminado de lavar antes y estaba junto a la pared. Era el antiguo trabajo de su madre, que no daba mucho dinero, la verdad. Así que lo hacía él mientras su madre empujaba carros en la mina.

A Wayne no le importaba hacer el trabajo. Así podía probarse todas las prendas, ya fuesen de abuelos o de mujeres jóvenes, y fingir que era ellos. Su madre lo había pillado unas cuantas veces y se había enfadado. Wayne seguía sin comprender que se irritara. ¿Por qué no iba a querer probarse toda la ropa? ¡Para eso estaba! No era nada raro.

Además, a veces la gente se dejaba cosas en los bolsillos. Como barajas de cartas.

Volvió a barajar mal y, mientras recogía de nuevo las cartas, no miró por la ventana, aunque pudiera sentir la mina, aquella arteria abierta como un agujero en el cuello de alguien, roja por dentro y escupiendo luz como sangre y fuego. Su madre tenía que entrar a excavar en las entrañas de la bestia, buscando metales, y luego escapar de su ira. Y la buena suerte no podía durar para siempre.

Entonces la vio. Luz. Lleno de alivio, Wayne miró por la ventana y vio que llegaba alguien por el camino, sosteniendo en alto una lámpara para iluminarse. Se apresuró a esconder las cartas bajo la estera y luego se tumbó encima y se hizo el dormido mientras la puerta se abría. Ella habría visto cómo se apagaba la luz de dentro, claro, pero siempre agradecía que Wayne se esforzara en fingir.

Su madre se sentó en el taburete y Wayne entreabrió un ojo. Iba vestida con pantalones y una camisa abotonada, con el pelo recogido, la ropa y la cara manchadas. Se quedó allí sentada mirando la llama de la lámpara, contemplando cómo titilaba y danzaba, y parecía tener la cara más demacrada que antes, como si alguien se estuviera dedicando a darle con un pico en las mejillas.

«Esa mina se la está comiendo —pensó—. No se la ha zampado entera como hizo con papá, pero le va dando mordiscos».

Su madre parpadeó y enfocó la mirada en algo. En una carta que Wayne se había dejado en la mesa. Vaya, hombre.

La recogió y entonces lo miró a los ojos. Wayne dejó de fingir que dormía. Su madre era más que capaz de echarle agua encima.

—Wayne —dijo—, ¿de dónde has sacado las cartas?

—No me acuerdo.

—Wayne…

—Me las encontré —dijo él.

Ella extendió la mano y Wayne, a regañadientes, sacó la baraja y se la entregó. Su madre metió la carta que había encontrado en la caja. Vaya, hombre. Ahora se pasaría un día entero buscando por todo Pesoestaño a quien la hubiera «perdido». Wayne no quería que durmiera incluso menos horas por su culpa.

—Es de Tark Vestingdow —murmuró—. Estaba en un bolsillo de su mono.

—Gracias —dijo ella en voz baja.

—Mamá, tengo que aprender a jugar a las cartas. Así podré sacarme un buen dinero y cuidar de nosotros.

—¿Un buen dinero? —preguntó ella—. ¿De las cartas?

—No te preocupes —se apresuró a decir él—. ¡Haré trampas! No sacas dinero si no ganas, ¿verdad?

Ella suspiró, frotándose las sienes. Wayne echó un vistazo a la baraja guardada en su caja.

—Tark es terrisano —dijo—. Como papá.

—Sí.

—Los terrisanos siempre hacen lo que se les dice. ¿Qué me pasa a mí?

—A ti no te pasa nada, cariño —repuso ella—. Es que no has tenido ningún padre bueno que te guiara.

—Mamá. —Wayne se levantó de la estera y le cogió el brazo—. No digas esas cosas. ¡Tú eres una madre estupenda!

Su madre lo abrazó de lado, pero Wayne la notaba tensa.

—Wayne —dijo ella—, ¿le quitaste la navaja a Demmy?

—¿Se ha chivado? —exclamó Wayne—. ¡A la herrumbre con ese mamón herrumbroso!

—¡Wayne! No hables así.

—¡A la herrumbre con ese mamón herrumbroso! —repitió él, pero con acento de ferroviario.

La miró con cara de inocente y ella lo recompensó con una sonrisa que no fue capaz de ocultar. Las voces tontas siempre la hacían sonreír. Al padre de Wayne se le habían dado bien, pero él era mejor. Sobre todo desde que su padre había muerto y ya no podía poner voces.

Pero entonces la sonrisa de su madre se evaporó.

—No puedes quedarte con lo que no es tuyo, Wayne. Eso es de ladrones.

—No quiero ser un ladrón —dijo Wayne en voz baja mientras dejaba la navaja en la mesa al lado de la baraja—. Quiero ser buen chico. Es que… pasa y ya está.

Ella lo abrazó más fuerte.

—Ya eres un buen chico. Siempre has sido buen chico.

Cuando lo decía ella, Wayne se lo creía.

—¿Quieres que te cuente un cuento, cariño?

—Ya soy mayor para cuentos —mintió él, pero deseando con todas sus fuerzas que se lo contara de todos modos—. Tengo once años. Uno más y ya podré beber en la taberna.

—¿Qué? ¿A ti quién te ha dicho eso?

—Dug.

—¡Pero si Dug tiene nueve años!

—Sabe muchas cosas.

—Dug. Tiene. Nueve. Años.

—¿Estás diciéndome que tendré que sacarle yo la bebida el año que viene, porque él aún no podrá pedirla?

La miró a los ojos y soltó una risita. Luego la ayudó a sacar la cena: gachas frías con unas pocas alubias. Pero al menos no eran solo alubias. Wayne se acomodó entre las mantas sobre la estera, fingiendo que volvía a ser un niño que se disponía a escuchar. Eso era fácil de fingir. Aún llevaba la misma ropa, a fin de cuentas.

—Voy a contarte la historia —empezó ella— de Descarado Barm, el Bandolero Cochino.

—¡Uuuh! —exclamó Wayne—. ¿Un bandolero nuevo?

Su madre se inclinó hacia él y meneó la cuchara mientras seguía hablando.

—Este era el peor de todos, Wayne. El bandido más malo, más canalla y más apestoso. Nunca se bañaba.

—¿Porque ensuciarse bien da demasiado trabajo? —preguntó Wayne.

—No, porque… Un momento, ¿cómo que ensuciarse da trabajo?

—Tienes que revolcarte a conciencia.

—En nombre de Armonía, ¿por qué querrías hacer eso?

—Para pensar como el suelo —respondió Wayne.

—¿Para…? —Su madre sonrió—. Ay, Wayne, qué bonito eres.

—Gracias —dijo él—. ¿Por qué no me habías hablado nunca de ese tal Descarado Barm? Si tan malo era, ¿no tendría que ser el primero del que me contaras historias?

—Eras muy pequeño —respondió ella, apoyando la espalda—, y esta historia da demasiado miedo.

Vaya, vaya, iba a ser de las buenas. Wayne dio unos saltitos sentado en la estera.

—¿Quién lo pilló? ¿Fue un vigilante de la ley?

—Fue Alomante Jak.

—¿Tenía que ser él? —dijo Wayne con un gemido.

—Creía que te gustaba.

Bueno, a todos los niños les caía bien. Jak era nuevo, interesante y no había parado de resolver todo tipo de crímenes graves durante el último año. Por lo menos, según decía Dug.

—Pero es que Jak siempre detiene a los malos —protestó Wayne—. Nunca dispara a ninguno.

—Esta vez sí —dijo su madre mientras daba una cucharada a las gachas—. Sabía que Descarado Barm era el peor de todos. Un asesino infame. Hasta sus dos compinches, Gud el Matón y Venga-Ya Joe, eran diez veces peores que cualquier otro forajido que haya pisado jamás los Áridos.

—¿Diez veces? —se sorprendió Wayne.

—Sí.

—¡Pero eso es muchísimo! ¡Casi el doble!

Su madre frunció el ceño un momento y luego se inclinó de nuevo hacia delante.

—Habían robado un cargamento de nóminas, llevándose no solo el dinero de los gordinflones de Elendel, sino también los salarios de la gente normal.

—¡Menudos mamones! —exclamó Wayne.

—¡Wayne!

—Vale. ¡Menudos mojones normales y corrientes, entonces!

Su madre titubeó de nuevo.

—Wayne, ¿tú… sabes lo que significa la palabra «mamón»?

—Es un mas-mon, un mojón de los gordos, de los que de verdad tienes que soltar pero te los aguantas demasiado.

—Y eso lo sabes porque…

—Me lo dijo Dug.

—Claro, cómo no. Bueno, el caso es que Jak no iba a permitir que nadie robara a la gente humilde de los Áridos. Una cosa es ser bandolero, pero todo el mundo sabe que tienes que quedarte solo con el dinero que va hacia la ciudad. El problema era que Descarado Barm se conocía muy bien la zona, así que huyó a la parte más inaccesible de los Áridos y dejó a sus dos compinches vigilando los puntos clave del camino. Menos mal que Jak era el hombre más valiente del mundo. Y el más fuerte.

—Si era el más valiente y el más fuerte —dijo Wayne—, ¿por qué se hizo alguacil? ¡Podría ser bandido y no habría nadie que lo detuviera!

—¿Qué es más difícil, cariño? —replicó ella—. ¿Hacer el bien o hacer el mal?

—Hacer el bien.

—Y entonces, ¿quién se vuelve más fuerte? —preguntó la madre de Wayne—. ¿Alguien que hace lo fácil o alguien que hace lo difícil?

Anda. Wayne asintió. Pues sí. Sí, tenía lógica.

Ella se acercó la lámpara a la cara para que le brillara mientras hablaba.

—La primera prueba que tuvo que superar Jak fue el río Humano, la enorme corriente que delimitaba lo que antes había sido territorio koloss. El agua se movía a la velocidad de un tren. Era el río más rápido de todo el mundo, y estaba lleno de rocas. Gud el Matón se había apostado en la otra orilla y vigilaba por si llegaba algún alguacil. Tenía tan buen ojo y la mano tan firme que podía hacer saltar un brasero a quinientos pasos de distancia.

—¿Por qué querría hacer eso? —preguntó Wayne—. Es mejor disparar a alguien en el brasero, ¿verdad? ¡Eso tiene que doler cosa mala!

—Tú estás pensando en el braguero, cariño —dijo su madre.

—Bueno, ¿y qué hizo Jak? ¿Se acercó a hurtadillas? Eso no es muy de alguacil. Seguro que no lo hacen nunca. No fue a hurtadillas, ¿a que no?

—Pues… —dijo su madre. Wayne se agarró a la manta, ansioso—. Jak era incluso mejor tirador —susurró ella—. Cuando Gud el Matón le apuntó, Jak le disparó desde el otro lado del río.

—¿Cómo murió Gud? —preguntó Wayne con un hilo de voz.

—Por una bala, cariño.

—¿En todo el ojo?

—Supongo.

—Así que Gud apuntó y Jak apuntó también, ¡pero Jak disparó primero y acertó a Gud a través de la mira en todo el ojo! ¿Verdad, mamá?

—Ajá.

—Y le explotó la cabeza —dijo Wayne—. Como una fruta, pero de las crujientes, las que tienen la corteza toda dura pero son pringosas por dentro. ¿Pasó así, pasó así?

—Exactamente.

—Caray, mamá —dijo Wayne—, qué horror. ¿Seguro que deberías estar contándome este cuento?

—¿Quieres que pare?

—¡Claro que no! ¿Cómo cruzó Jak el agua?

—Voló —respondió su madre. Apartó el cuenco ya vacío e hizo una floritura con ambas manos—. Utilizando sus poderes alománticos. Jak puede volar, y hablar con los pájaros, y comer piedras.

—¡Hala! ¿Comer piedras?

—Ajá. Así que voló por encima del río, pero su siguiente prueba fue todavía peor. El Cañón de la Muerte.

—Uuuh. Seguro que era un sitio bonito.

—¿Por qué lo dices?

—Porque nadie va a visitar un sitio llamado el Cañón de la Muerte si no es bonito. Pero alguien tuvo que visitarlo, o no sabríamos cómo se llama. Así que tiene que ser bonito.

—Precioso —dijo su madre—. Era un cañón que atravesaba un puñado de agujas de roca a medio derrumbar, con franjas de colores en sus picos partidos, como si alguien los hubiera pintado así. Pero era un lugar tan letal como hermoso.

—Ya —respondió Wayne—. Eso me lo imaginaba.

—Y Jak no podía pasar al otro lado volando, porque en el cañón estaba escondido el segundo bandolero, Venga-Ya Joe. Era un maestro con las pistolas y también podía volar, y convertirse en dragón, y comer piedras. Así que si Jak intentaba escabullirse, Joe le dispararía por la espalda.

—Es la mejor manera de disparar a alguien —dijo Wayne—, porque así no puede dispararte a ti.

—Cierto —convino su madre—. Y Jak no quería que le pasara eso. Tenía que recorrer el cañón… pero estaba lleno de serpientes.

—¡Menuda mamonada!

—Wayne…

—Menudo mojón normal y corriente, pues. ¿Cuántas serpientes había?

—Un millón de serpientes.

—¡Menuda mamonada!

—Pero Jak era listo —dijo la madre de Wayne—. Así que se le había ocurrido llevar comida para serpientes.

—¿Un millón de trozos de comida para serpientes?

—Qué va, solo uno —respondió ella—. Pero hizo que las serpientes se pelearan por él y casi todas se mataron entre ellas. Aunque la que sobrevivió era la más fuerte, claro.

—Claro.

—Así que Jak la convenció de que mordiera a Venga-Ya Joe.

—Y entonces Joe se puso morado —dijo Wayne—. ¡Y sangró por las orejas! ¡Y los huesos se le fundieron y el tuétano derretido le salió por la nariz! ¡Y se derrumbó convertido en un charco de piel deshinchada, mientras siseaba y burbujeaba porque los dientes también se le derretían!

—Exacto.

—Caray, mamá, tus cuentos son los mejores.

—Pues espera —dijo ella en voz baja, agachándose más desde el taburete mientras la lámpara empezaba a agotarse—, porque el final tiene sorpresa.

—¿Qué sorpresa?

—Cuando Jak hubo superado el cañón, que olía a serpientes muertas y huesos fundidos, divisó el último desafío: la Meseta Solitaria. Un enorme altiplano en el centro de una extensa llanura.

—Tampoco parece mucho desafío —dijo Wayne—. Podía volar hasta arriba.

—Y lo intentó —susurró ella—. Pero la meseta era Descarado Barm.

—¿Cómo?

—Lo que oyes —asintió su madre—. Barm se había juntado con los koloss, pero con los que pueden transformarse en monstruos grandísimos, no los normales como la anciana señora Nock. Le habían enseñado a convertirse en un monstruo gigantesco, así que cuando Jak intentó aterrizar, la meseta lo engulló entero.

Wayne dio un respingo.

—Y entonces —dijo—, lo machacó entre sus dientes y le destrozó los huesos como…

—No —lo interrumpió su madre—. Intentó tragárselo. Pero Jak no solo era listo y tenía buena puntería. También era otra cosa.

—¿Qué era?

—Una mosca cojonera de mucho cuidado.

—¡Mamá, eso es una palabrota!

—Si sale en un cuento, no pasa nada —respondió su madre—. Escucha, Jak era un incordio. Siempre se dedicaba a hacer el bien. A ayudar a la gente. A complicar la vida a los malos. A hacer preguntas. Sabía exactamente cómo arruinarle el día a un bandido. Así que, mientras la meseta se lo tragaba, estiró los brazos y las piernas y empujó, bloqueando la garganta de Descarado Barm para que el monstruo no pudiera respirar. Porque los monstruos como ese necesitan mucho aire, ¿sabes? Así que Alomante Jak lo asfixió desde dentro. Y después, cuando el monstruo cayó muerto al suelo, Jak salió pavoneándose por su lengua como si fuese una alfombrilla cara de esas que ponen para que los ricachones bajen de sus carruajes.

«¡Hala!».

—Qué cuento más bueno, mamá.

Ella sonrió.

—Mamá —dijo él—, ¿esto era una historia… sobre la mina?

—Bueno —respondió ella—, supongo que todos tenemos que meternos en la boca del monstruo de vez en cuando. Así que… podría ser, supongo.

—Y tú eres como el alguacil, entonces.

—Todo el mundo puede serlo —dijo ella, y apagó la lámpara de un soplido.

—¿Hasta yo?

—Tú más que nadie. —Le dio un beso en la frente—. Tú eres todo lo que quieras ser, Wayne. Eres el viento. Eres las estrellas. Eres todo lo interminable.

Estaba recitando un poema que le gustaba. A Wayne también le gustaba. Porque, cuando lo decía ella, Wayne la creía. ¿Cómo iba a no creerla? Su madre nunca mentía. Así que Wayne se acurrucó en las mantas y dejó que el sueño empezara a llevárselo. Había muchas cosas malas en el mundo, pero unas pocas eran buenas. Y mientras ella estuviera con él, las historias significaban algo. Eran reales.

Hasta el día siguiente, cuando hubo otro derrumbamiento en la mina. Esa noche su madre no volvió a casa.

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VEINTINUEVE AÑOS DESPUÉS

Marasi no había estado nunca en una alcantarilla, pero era exactamente tan horrible como lo había imaginado. El hedor resultaba casi insoportable, por supuesto. Pero era incluso peor que de vez en cuando las botas le resbalaran durante un instante de infarto, amenazando con precipitarla al «fango» de abajo.

Por lo menos había sido previsora y ese día llevaba el uniforme con pantalones, además de resistentes botas de cuero hasta las rodillas. Pero no había nada que la protegiera del olor, de la sensación ni, por desgracia, del sonido. Con cada paso que daba, mapa en una mano y rifle en la otra, las botas se liberaban del suelo con un sorbido de proporciones míticas. Podría haber sido el peor sonido imaginable, si no lo superasen las quejas de Wayne.

—Wax nunca me trajo a una herrumbrosa cloaca —murmuró, levantando la lámpara.

—¿Hay cloacas en los Áridos?

—Bueno, no —reconoció él—. Los pastos huelen casi igual de mal, y sí que me hacía cruzarlos. Pero Marasi, al menos no había arañas.

—Seguro que las había —dijo ella, poniendo el mapa en ángulo hacia la lámpara de Wayne—. Solo que no os dabais cuenta.

—Será eso —rezongó él—, pero es mucho peor si ves las telarañas. Y luego está… bueno, el agua de cloaca propiamente dicha.

Marasi señaló con la cabeza hacia un túnel lateral y echaron a andar en esa dirección.

—¿Quieres hablar de ello?

—¿De qué? —replicó él con voz brusca.

—Del humor que traes.

—A mi herrumbroso humor no le pasa nada —dijo él—. Es justo el humor que uno tiene cuando su compañera lo obliga a meter la parte delantera en un montón de pringue que sale por la de atrás.

—¿Y la semana pasada? —insistió Marasi—. ¿Cuando investigábamos una perfumería?

—Herrumbrosos perfumeros —dijo Wayne, entornando los ojos—. Nunca se sabe lo que esconden con esos olores tan repipis. No te puedes fiar de un hombre que no huele como debería.

—¿A sudor y bebida?

—A sudor y bebida barata.

—Wayne, ¿cómo puedes quejarte de que alguien se eche aires? Tú te echas encima una personalidad distinta cada vez que cambias de sombrero.

—¿Mi olor cambia?

—Supongo que no.

—Discusión ganada. Mi argumento no tiene ni el menor fallo, así que fin de la conversación.

Se miraron.

—Debería hacerme con unos pocos perfumes, ¿no? —dijo Wayne—. Alguien podría descubrir que voy disfrazado si siempre huelo a sudor y bebida barata.

—No tienes remedio.

—Lo que no tiene remedio —repuso él— son mis pobres zapatos.

—Haberte puesto botas, como te sugerí.

—No tengo botas —dijo Wayne—. Me las robó Wax.

—¿Wax te robó las botas? ¿En serio?

—Bueno, están en su armario —respondió él—. En lugar de tres pares de sus zapatos más caros, que terminaron en mi armario no sé cómo, por pura casualidad. —Le lanzó una mirada—. Fue un trato justo, ¿eh? Esas botas me gustaban.

Marasi sonrió. Llevaban casi seis años ya trabajando juntos, desde que Wax se retiró tras el descubrimiento de los Brazales de Duelo. Wayne era alguacil de pleno derecho, no un ciudadano ejerciendo sus funciones en una extraña situación apenas legal. Hasta se ponía uniforme de vez en cuando. Y además…

Marasi resbaló otra vez. Por todos los herrumbrosos infiernos. Como se cayera, Wayne no dejaría de reírse en la vida. Pero lo cierto era que aquel parecía el mejor camino. La construcción de los túneles para trenes subterráneos estaba en marcha por toda la ciudad, y solo dos días antes un demoledor había presentado un informe curioso. Prefería no hacer estallar la siguiente sección, ya que las lecturas sísmicas indicaban que estaba cerca de una caverna no cartografiada.

Aquella zona por debajo de la ciudad de Elendel estaba salpicada de cuevas antiguas. Y el informe apuntaba al mismo sector donde un grupo de matones de una banda local no dejaban de esfumarse y reaparecer. Casi como si dispusieran de un acceso oculto a una guarida ignota e inadvertida.

Marasi consultó de nuevo el mapa, marcado con anotaciones de la construcción… y otras más antiguas, que señalaban una rareza cercana en la que habían reparado los obreros de las alcantarillas años atrás pero que nunca se había investigado en condiciones.

—Creo que MeLaan va a dejarlo conmigo —dijo Wayne en voz baja—. A lo mejor es por eso por lo que mi ánimo general muestra una negatividad tan poco característica en los últimos tiempos.

—¿Por qué crees que va a hacerlo?

—Porque me dijo: «Wayne, lo más seguro es que vaya a dejarlo contigo dentro de unas semanas».

—Vaya, qué educado por su parte.

—Creo que el jefazo le ha asignado un trabajo nuevo —dijo Wayne—. Pero no está bien que la cosa vaya tan lenta. Esa no es manera de romper con alguien.

—¿Y cómo debe hacerse?

—Tirándole algo a la cabeza —respondió Wayne—, vendiendo sus cosas y diciendo a sus amigos que es tonto del culo.

—Veo que has tenido unas relaciones interesantes.

—Qué va, sobre todo malas —dijo él—. Pregunté a Jammi Walls qué pensaba ella que debía hacer. ¿La conoces? Está casi todas las noches en la taberna.

—La conozco —dijo Marasi—. Es una mujer… de mala reputación.

—¿Cómo? —exclamó Wayne—. ¿Quién va por ahí diciendo esas chorradas? ¡Jammi tiene una reputación estupenda! De todas las rameras del edificio, es quien hace las mejores…

—No me hace falta oír el final de esa frase, gracias.

—Mala reputación —rio él—. Voy a contarle a Jammi eso que has dicho, Marasi. Le costó muchísimo ganarse su reputación. ¡Por eso cobra cuatro veces lo que las demás! ¡Mala reputación, dice!

—¿Y qué te aconsejó?

—Me dijo que lo que quiere MeLaan es que me implique más en la relación —respondió Wayne—. Pero creo que esta vez Jammi se equivoca, porque MeLaan no se anda con tonterías. Cuando quiere decir algo, lo dice. Así que… en fin…

—Lo siento, Wayne —dijo Marasi, guardándose el mapa bajo el brazo y poniéndole una mano en el hombro.

—Ya sabía que no podía durar. ¡Herrumbre, es que lo sabía! ¿Cuántos años debe de tener, como unos mil?

—Más o menos dos terceras partes de eso —respondió Marasi.

—Y yo aún no tengo los cuarenta —dijo Wayne—. Son más bien dieciséis, teniendo en cuenta mi físico ágil y juvenil.

—Y tu sentido del humor.

—Exacto —asintió él, y entonces suspiró—. Llevo una temporada… bastante mala, con Wax yendo de sofisticado y MeLaan desapareciendo meses seguidos. Me da la sensación de que… nadie me quiere cerca. A lo mejor mi sitio está en la alcantarilla, ¿sabes?

—No lo está —dijo ella—. Eres el mejor compañero que he tenido jamás.

—Y el único.

—¿Cómo que el único? ¿Gorglen no cuenta?

—No, porque no es humano. Tengo papeles que demuestran que es una jirafa disfrazada. —Entonces Wayne sonrió—. Pero… gracias por preguntar. Gracias por preocuparte.

Marasi asintió y abrió de nuevo la marcha. Al imaginar su vida como experta detective y agente de la ley, no había visualizado aquella parte. Pero al menos el olor iba mejorando, o quizá era que ella empezaba a acostumbrarse.

Fue muy gratificante encontrar, en el lugar exacto marcado en el mapa, una antigua puerta metálica incrustada en la pared de la alcantarilla. Wayne levantó la lámpara, y a Marasi no le hizo falta el ojo aguzado de una detective para darse cuenta de que la puerta se había usado hacía poco. Raspones plateados en un lado del marco, la manija libre de la omnipresente mugre y las telarañas.

Los constructores de las alcantarillas la habían descubierto y la habían señalado como un posible lugar de importancia histórica. Pero su anotación se había perdido por las típicas sandeces burocráticas.

—Bien hecho —dijo Wayne, acercándose e inclinándose junto a ella—. Un detectivismo de primera, Marasi. ¿Cuántos viejos sondeos has tenido que leerte para encontrar esto?

—Demasiados —respondió ella—. La gente no tiene ni idea de la cantidad de tiempo que paso en la biblioteca de documentos.

—Esa parte de la investigación nunca la cuentan en las historias.

—¿Hacíais estas cosas allá en los Áridos?

—Bueno, era la versión de los Áridos —dijo Wayne—. Solía consistir más bien en aguantar a un tipo bocabajo en un abrevadero hasta que recordaba qué vieja escritura de prospección había afanado, pero la idea es la misma. Solo que con más palabrotas.

Marasi le pasó su rifle y estudió la puerta. A Wayne no le gustaba que Marasi le diera mucha importancia, pero ya podía sostener armas de fuego sin que le temblaran las manos. Ella nunca lo había visto disparar, pero Wayne decía que podría hacerlo si era necesario.

La puerta estaba cerrada a cal y canto y no tenía cerradura por aquel lado. Pero al parecer la gente a la que perseguían también la había encontrado cerrada, porque había marcas en el metal a un lado. Encontró un hueco lo bastante ancho para deslizar algo entre la puerta y el marco.

—Necesito un cuchillo para forzarla —dijo.

—Usa mi aguzado ingenio.

—Por desgracia, Wayne, no eres la clase de trasto que necesito ahora mismo.

—¡Ja! —exclamó él—. Esa me ha gustado.

Wayne le pasó un cuchillo del macuto, donde llevaban material como cuerda y metales de reserva, por si se enfrentaban a algún nacido del metal. Lo normal sería que una banda callejera como aquella no tuviese ningún alomante: ofrecían los típicos servicios obligatorios de protección a los tenderos de la zona. Sin embargo, Marasi tenía informes que la hacían recelar, y estaba cada vez más convencida de que a la banda la financiaba el Grupo.

Años más tarde, Marasi seguía buscando respuestas a las preguntas que la habían acosado desde el mismísimo principio de su carrera como alguacil. Sobre el colectivo conocido como el Grupo, antaño dirigido por Edwarn, el tío de Wax, y en el que luego habían descubierto que también estaba involucrada su hermana Telsin. Un colectivo que seguía, o adoraba, o de algún modo colaboraba en las maquinaciones de una figura sombría conocida como Trell. Un dios, pensaba Marasi. De los tiempos antiguos.

Si atrapaba a las personas adecuadas, quizá por fin obtendría sus respuestas. Pero siempre se quedaba corta. Lo más cerca que había estado de llegar a ellas fue seis años antes, pero entonces toda la gente a la que habían capturado, el tío de Wax incluido, había muerto en una explosión. Lo cual dejó a Marasi persiguiendo sombras de nuevo y al resto de la élite de Elendel decidida a hacer caso omiso de la amenaza. Sin pruebas tangibles, Wax y ella no habían sido capaces de demostrar que el Grupo existiese siquiera al margen de los lacayos de Edwarn.

Moviendo el cuchillo, logró levantar el pestillo que mantenía cerrada la puerta desde el otro lado. El pasador se soltó con un leve tintineo y Marasi abrió poco a poco la puerta, que reveló un túnel descendente e irregular tallado en la piedra. Uno de los muchos que existían en aquella zona, procedentes de los tiempos antiguos antes del Catacendro. De la época de mitos y héroes, lluvias de ceniza y tiranos.

Pasó al otro lado con Wayne y dejaron la puerta como la habían encontrado. Atenuaron la luz de la lámpara por precaución y luego se internaron en las profundidades.

2

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Pañuelo? —preguntó Steris, leyendo de la lista.

—Anudado y sujeto con alfileres —dijo Wax, ciñéndoselo. —¿Zapatos?

—Abrillantados.

—¿Prueba número uno?

Wax lanzó un medallón de plata al aire y lo atrapó.

—¿Prueba número dos? —preguntó Steris, haciendo una marca en su lista.

Él se sacó del bolsillo un pequeño fajo de papeles doblados.

—Aquí mismo.

—¿Prueba número tres?

Wax echó mano a su otro bolsillo, se detuvo y miró alrededor por la pequeña estancia, su despacho de senador en la Cámara de Procedimientos. La había dejado…

—¡En la mesa de casa! —exclamó, dándose una palmada en la frente.

—He traído copia —dijo Steris, buscando en su bolso.

Wax sonrió.

—Por supuesto que sí.

—Dos copias, en realidad —dijo ella, pasándole un papel doblado, que Wax se guardó.

Steris consultó su lista de nuevo.

El pequeño Maxillium llegó junto a su madre, con el semblante muy serio mientras repasaba su propia lista de garabatos. A los cinco años se sabía las letras, pero prefería inventárselas.

—Dibujo de perro —dijo Max, como si leyera el papel.

—Puede que me haga falta —respondió Wax—. Muy útil.

Max se lo entregó con toda solemnidad antes de decir:

—Dibujo de gato.

—También me hará falta.

—No me salen bien los gatos —dijo Max pasándole otro papel—, así que parece una ardilla.

Wax abrazó a su hijo antes de doblar los papeles con cuidado y guardárselos con los otros. La hermanita de Max, Tindwyl —a Steris le gustaban los nombres tradicionales—, balbuceaba en el rincón atendida por la niñera, Kath.

Por último, Steris entregó a Wax sus pistolas, una tras otra. Eran dos armas pesadas y de cañón largo, diseñadas por Ranette para tener un aspecto amenazador, pero llevaban doble seguro y estaban descargadas. Ya hacía tiempo que Wax no tenía que disparar a nadie, pero seguía aprovechando bien su reputación como el «senador alguacil de los Áridos». La gente de ciudad, y en particular los políticos, tendían a sentirse intimidados por los revólveres. Preferían matar con armas más modernas, como la pobreza y la desesperación.

—¿En esa lista viene un beso de mi esposa? —preguntó Wax.

—La verdad es que no —dijo ella, sorprendida.

—Qué descuido más raro. —Wax le dio un beso, que prolongó un poco—. Deberías ser tú quien subiera hoy a la tribuna, Steris. Has trabajado más que yo preparando todo esto.

—Tú eres el señor de la casa.

—Podría designarte como representante para hablar en nuestro nombre.

—No, por favor —dijo ella—. Ya sabes cómo soy con la gente.

—Eres muy buena con la gente adecuada.

—¿Y los políticos han sido alguna vez adecuados para algo?

—Espero que sí —dijo él, alisándose el chaleco y volviéndose hacia la puerta—. Porque soy uno de ellos.

Salió de su despacho y fue hacia la cámara del Senado. Steris subiría a mirar desde su asiento en el palco de invitados. A esas alturas, todo el mundo sabía lo quisquillosa que era con ocupar siempre el mismo.

Wax entró en la espaciosa cámara, ajetreada con los senadores regresando de un breve receso, pero no se dirigió a su escaño. Llevaban unos días debatiendo el proyecto de ley y le correspondía a él la última intervención. Le había costado muchos favores y promesas conseguir ese puesto en el debate, con el que esperaba que sus argumentos se recibieran mejor e incrementaran sus posibilidades de impedir una decisión desastrosa.

Se quedó a un lado de la tribuna de oradores esperando a que los demás se sentaran, con el pulgar metido en el cinturón de la pistolera, intimidante. En los Áridos se aprendía a impresionar con la postura cuando se interrogaba a los prisioneros, y Wax no dejaba de sorprenderse de cuántas de aquellas habilidades funcionaban igual de bien allí.

El gobernador Varlance ni siquiera lo miró. Se limitó a ajustarse el pañuelo en el cuello y comprobar los polvos de la cara. Por algún motivo inescrutable, se había puesto de moda la piel pálida, casi fantasmagórica. Al terminar, Varlance dejó sus insignias en la mesa, una tras otra.

«Herrumbres, cómo echo de menos a Aradel», pensó Wax. Había sido toda una novedad tener a un gobernador competente, para variar. Era como… como probar la comida de hotel y que no fuera espantosa, o como pasar un rato con Wayne y luego descubrir que aún tenías el reloj de bolsillo.

Pero el puesto de gobernador era de los que devoraban a la buena gente y dejaban flotar feliz por su superficie a la mala. Aradel había dimitido dos años antes, y tenía cierto sentido que el nuevo gobernador electo fuese militar, considerando las tensiones que había con el continente sureño. En los países recién descubiertos, con sus aeronaves y sus máscaras extrañas, había muchas personas molestas con cómo se habían desarrollado las cosas seis años antes. En particular, con que la Cuenca de Elendel se hubiera quedado con los Brazales de Duelo.

En aquellos momentos, Elendel se enfrentaba a dos problemas principales. El primero era aquel continente en el sur, los habitantes de cuya principal nación se conocían como los malwish. No dejaban de armar jaleo sobre lo pequeña y débil que era la Cuenca. Se mostraban agresivos, belicosos. Varlance había puesto cerco a todo aquello, aunque Wax no dejaba de preguntarse de dónde habría sacado todas aquellas medallas. Que él supiera, el ejército, constituido hacía poco, no había entrado en verdadero combate.

El segundo problema estaba mucho más cerca de casa. Era el resto de la Cuenca fuera de la capital, los habitantes de lo que se conocía como las ciudades exteriores. Durante años, quizá durante décadas, las tensiones entre Elendel y todos los demás no habían dejado de crecer.

Ya era bastante malo estar amenazados por otro continente. Pero a ojos de Wax, ese peligro aún quedaba lejos. El riesgo más inmediato, el que más tenso lo tenía, era la posibilidad de una guerra civil entre su propia gente. Steris y él llevaban años trabajando para evitarla.

Varlance por fin hizo un gesto con la cabeza a su vicegobernadora, una terrisana. La mujer tenía el cabello rizado y oscuro y vestía una túnica tradicional. A Wax le sonaba haberla conocido en la Aldea, pero quizá no fuese ella sino su hermana, y nunca había sabido muy bien cómo preguntárselo. En todo caso, siempre quedaba respetable tener a algún terrisano entre el personal. La mayoría de los gobernadores nombraba a uno en algún puesto elevado de su gabinete, casi como si los terrisanos fueran otra medalla que lucir.

Adawathwyn se levantó y se dirigió a la cámara.

—El gobernador concede la palabra al senador de la Casa Ladrian.

Aunque Wax llevaba ya un tiempo esperando, subió con parsimonia a la tribuna, iluminada desde arriba por un enorme foco eléctrico. Dio una lenta vuelta completa, estudiando la cámara circular. A un lado se sentaban los cargos electos, senadores que representaban a un gremio, oficio o grupo histórico. En el otro estaban los lores, senadores que ostentaban su puesto por derecho de nacimiento.

—Este proyecto de ley —proclamó Wax, en una voz alta y firme que resonó por toda la cámara— es una soberana estupidez.

En otros tiempos, al principio de su carrera política, hablar tan a bocajarro le había granjeado la ira de los presentes. En esos momentos vio que muchos senadores sonreían. Esperaban aquello de él, y hasta lo agradecían. Eran conscientes de los muchos problemas que tenía la Cuenca, y se alegraban de que hubiera alguien entre ellos dispuesto a señalarlos.

—Nunca ha habido tanta tensión con los malwish —dijo Wax—. ¡Es el momento de que la Cuenca se una, no de sembrar la discordia entre nuestras ciudades!

—¡Y lo que buscamos es la unidad! —replicó una voz. Era el senador de los estibadores, Melstrom, a grandes rasgos un títere de las Casas Hasting y Erikell, de nobles que llevaban mucho tiempo siendo una dolorosa púa en el costado de Wax—. Necesitamos un único líder para toda la Cuenca. ¡Oficialmente!

—En eso estoy de acuerdo —dijo Wax—. Pero ¿cómo va a unir a la gente que asignemos ese puesto al gobernador de Elendel, un cargo que no vota nadie de fuera de la ciudad?

—Les dará alguien a quien admirar. Un líder fuerte y capaz.

«¿Y esto es un líder fuerte y capaz? —pensó Wax mirando a Varlance—. Suerte tenemos de que preste atención a estas sesiones, en vez de estar revisando su agenda de apariciones públicas». Durante los dos años que llevaba en el cargo, Varlance había inaugurado diecisiete parques a lo largo y ancho de la ciudad. Le gustaban las flores.

Wax se ciñó al plan, sacó su medallón y lo lanzó al aire hacia arriba.

—Hace seis años —dijo— tuve una pequeña aventura. Todos están al tanto de ella. Encontré una aeronave malwish derribada y frustré los planes de las ciudades exteriores, que pretendían utilizar sus secretos contra Elendel. Detuve esa conspiración y traje aquí los Brazales de Duelo para guardarlos en un lugar seguro.

—Y casi provocó una guerra —murmuró alguien al fondo de la cámara.

—¿Habría preferido usted que dejara seguir adelante la conspiración? —replicó Wax. Al no obtener respuesta, volvió a lanzar al aire el medallón y lo atrapó. Era uno de los medallones que afectaban al peso y hacían las naves malwish lo bastante ligeras como para volar—. Reto a cualquiera de esta cámara a poner en duda mi lealtad a Elendel. Podemos librar un pequeño duelo cuando quieran. Hasta dejaré que disparen primero.

Se hizo el silencio. Wax se había ganado aquello. A muchos de los presentes en la cámara no les caía bien, pero sí lo respetaban. Y sabían que no era un agente de las ciudades exteriores.

Lanzó el medallón y le dio un empujón de acero hacia arriba que lo envió hasta casi el elevado techo de la cámara. El medallón descendió cayendo a plomo, destellando a la luz del foco. Mientras Wax lo atrapaba, miró a la almirante Jonnes, actual embajadora de la nación de Malwish. Ocupaba un asiento especial en el Senado, entre los que se asignaban a los alcaldes de las ciudades exteriores cuando visitaban Elendel. No había ninguno presente en ese debate. Una evidente muestra de su ira.

Si aquel proyecto de ley se aprobaba, situaría al gobernador de Elendel por encima de todos los alcaldes de las ciudades exteriores y le concedería poderes para intervenir en las disputas locales. Poderes que incluían el de destituir a un alcalde y convocar elecciones especiales, en las que podría vetar a candidatos. Aunque Wax estaba de acuerdo en que tener un líder central sería un paso importante para unir toda la Cuenca, aquel proyecto de ley era un insulto a la cara de toda la gente que vivía fuera de la capital.

—Sé mejor que nadie la posición en la que estamos —dijo Wax, dando la vuelta al medallón en la mano—. Ustedes pretenden hacer una demostración de fuerza a los malwish. Demostrarles que somos capaces de hacer que nuestras propias ciudades se plieguen a nuestras normas. Y por eso presentan este proyecto de ley.

»¡Pero lo único que consiguen con él es subrayar por qué, fuera de Elendel, todo el mundo está tan frustrado con nosotros! ¡Los revolucionarios de las demás ciudades exteriores no habrían llegado tan lejos sin el apoyo de su gente! Si el ciudadano de a pie que vive fuera de Elendel no estuviera tan cabreado con nosotros por nuestra política comercial y nuestra arrogancia generalizada, no habríamos llegado donde estamos.

»¡Y esta ley no conseguirá aplacarlos! No es una “demostración de fuerza”. Es una maniobra pensada con el objetivo explícito de enfurecer a la gente. Aprobar esta ley sería como exigir una guerra civil.

Dejó que los senadores lo asimilaran. Los demás estaban empecinados en aparentar fuerza ante los enemigos externos. Pero, si nadie lo impedía, se forzarían a sí mismos a entrar en guerra por las disputas internas. Los problemas con los malwish eran reales, pero no tan acuciantes. En cambio, una guerra civil sería devastadora.

Lo peor de todo era que alguien estaba maniobrando en secreto para que se produjera. Wax estaba seguro de que el Grupo estaba interfiriendo de nuevo en la política de Elendel. Y su… hermana estaba implicada. Wax no estaba seguro de por qué el Grupo quería una guerra civil, pero llevaban años ya intentando desatarla. Y si dejaba que aquello siguiera adelante, si se metía en la trampa tendida por sus verdaderos enemigos, tanto la élite que tenía alrededor como los revolucionarios de las ciudades exteriores terminarían lamentándolo.

Wax sacó el fajo de papeles del bolsillo izquierdo. Volvió a guardarse el dibujo del perro y el del gato que había al final y sostuvo en alto los demás.

—Tengo aquí sesenta cartas enviadas por políticos de las ciudades exteriores. Representan a una facción importante que no busca el conflicto. Son personas razonables. Están dispuestas a negociar con Elendel, incluso ansiosas por hacerlo. Pero también están asustadas por lo que hará su gente si seguimos imponiéndoles unas medidas tiránicas e imperialistas.

»Propongo que no aprobemos esta ley absurda y trabajemos en algo mejor. Algo que de verdad favorezca la paz y la unidad. Una asamblea nacional en la que estén representadas todas las ciudades exteriores y que sea la encargada de elegir un cargo presidencial.

Wax esperaba abucheos, y en efecto recibió algunos. Pero la mayoría de la cámara guardó silencio y se quedó mirándolo mientras sostenía en alto las cartas. Tenían miedo a permitir que el poder abandonara la capital. Miedo a que las particularidades políticas de las ciudades exteriores cambiaran su manera de hacer las cosas. Eran unos cobardes.

Y quizá él también lo fuese, porque la idea de que el Grupo estuviera moviendo los hilos lo aterrorizaba. ¿Cuántos de quienes lo estaban mirando eran agentes infiltrados? Herrumbres, Wax ni siquiera comprendía sus motivos. Buscaban la guerra, como medio para obtener poder, eso sin duda. Pero había algo más.

Cumplían órdenes de algo conocido como Trell.

Wax giró sobre sí mismo despacio, sin bajar las cartas, y sintió una leve punzada de alarma cuando dio la espalda a Melstrom. «Va a disparar», pensó.

—Con el debido respeto, lord Ladrian —intervino el senador Melstrom—, usted es padre desde hace poco y salta a la vista que no sabe cómo deben educarse los niños. No se puede ceder a sus exigencias. Hay que mantenerse firme, sabiendo que las decisiones que se toman son las mejores para ellos. En algún momento entrarán en razón. Lo que un padre es para su hijo, Elendel es para las ciudades exteriores.

«En toda la espalda», pensó Wax mientras se volvía hacia él.

No respondió de inmediato. Había que apuntar bien antes de devolver el fuego. Wax ya había defendido los argumentos que acababa de exponer, sobre todo en privado, discutiendo con muchos de los senadores presentes. Estaba haciendo avances, pero necesitaba más tiempo. Teniendo aquellas cartas, necesitaría volver a hablar con cada senador indeciso y compartir las palabras. Compartir las ideas. Convencerlos.

Tenía la sensación visceral de que, si el proyecto de ley se votaba ese mismo día, iban a aprobarlo. Y, por tanto, no había subido a la tribuna para repetir los mismos razonamientos. Había subido con una bala cargada en la recámara, lista para disparar.

Volvió a doblar las cartas y se las guardó de nuevo. Entonces sacó el fajo más fino, las dos hojas que llevaba en el otro bolsillo, las copias que había hecho Steris por si Wax las olvidaba. Lo más probable era que también hubiera sacado copias del primer fajo. Y de otras siete cosas que sabía que Wax no iba a necesitar, pero que se quedaba más tranquila llevando en el bolso, por si acaso. Herrumbres, era una mujer encantadora.

Wax levantó los folios y fingió buscar la mejor luz para leerlos en voz alta.

—«Querido Melstrom, nos complace su disposición a actuar con lógica y seguir defendiendo la supremacía comercial de Elendel en la Cuenca. Sabia elección. Le entregaremos la mitad del uno por ciento sobre los ingresos de nuestras transacciones durante los próximos tres años, a cambio de su apoyo explícito a esta propuesta de ley. Atentamente, las Casas Hasting y Erikell».

El caos se apoderó de la cámara. Wax se apoyó en la barandilla, metió el pulgar en el cinto de la pistolera y esperó a que remitieran las voces indignadas. Miró a Melstrom a los ojos mientras el hombre se hundía en su escaño. El herrumbroso idiota acababa de aprender una lección importante: nunca hay que dejar pruebas documentales que demuestren que uno es corrupto cuando su adversario político es un detective bien entrenado. Zopenco.

Cuando los gritos cesaron por fin, Wax habló de nuevo, en voz más alta.

—Exijo que celebremos una vista para investigar la aparente venta de su voto del senador Melstrom, en flagrante incumplimiento de nuestras leyes anticorrupción.

—Y con ello —respondió el gobernador—, ¿retrasar la votación de la Ley de la Supremacía de Elendel?

—¿Cómo vamos a votarla sin estar seguros de que se hace de buena fe? —preguntó Wax.

Más indignación. Wax la capeó mientras el gobernador consultaba con su vicegobernadora. Era una mujer lista. Todo logro de Varlance que no supusiera cortar una cinta o besar a un bebé era, con toda probabilidad, obra de Adawathwyn.

Mientras la cámara se tranquilizaba, el gobernador miró a Wax.

—Confío en que tenga usted pruebas de la autenticidad de esa carta, Ladrian.

—Tengo declaraciones juradas de tres expertos independientes en caligrafía que demuestran que no es una falsificación —respondió Wax—. Y encontrará usted que el detallado informe de mi esposa sobre el proceso de adquisición de la carta es tan exhaustivo como irrebatible.

—En ese caso, sugiero que se celebre esa vista de investigación —dijo el gobernador—, después de votar la Ley de la Supremacía.

—Pero… —empezó a protestar Wax.

—Exigiremos —lo interrumpió el gobernador— que Melstrom, Hasting y Erikell se abstengan de emitir voto alguno, asegurando de ese modo que la votación no está corrompida.

Maldición.

Maldición, maldición, maldición.

Antes de que pudiera oponerse a aquello, la vicegobernadora estampó su mazo en la mesa.

—¿Votos a favor de continuar?

Casi todas las manos de la cámara del Senado se alzaron. Para una decisión simple como aquella no era necesario ni contar las manos alzadas, a menos que las dos opciones parecieran estar muy igualadas. No lo estaban.

La verdadera votación, la de la ley, seguiría adelante.

—¿Tiene usted alguna otra explosión que detonar, Ladrian? —le preguntó el gobernador—. ¿O podemos proceder?

—No hay más explosiones, señoría —dijo Wax, y suspiró—. En realidad, el especialista en ellas era mi antiguo compañero. Pero sí tengo una última súplica que hacer a la cámara.

Su maniobra había fracasado. Ya solo le quedaba una última carta que jugar. Una petición que no haría Waxillium Ladrian.

La haría Disparo al Amanecer, el alguacil.

—Todos me conocéis —dijo, rodando sobre sí mismo, mirándolos a los ojos—. Soy un hombre sencillo de los Áridos. No soy bueno en política, pero sí que comprendo a la gente enfadada, y lo duras que son las vidas de las mujeres y los hombres que trabajan.

»Si vamos a adoptar el papel de padres, deberíamos tratar bien a nuestros hijos. Darles la oportunidad de hablar por sí mismos. Si seguimos fingiendo que son solo unos bebés, lo que conseguiremos es que empiecen a no hacernos ningún caso, eso como mucho. ¿Queréis hacerles llegar un mensaje? Pues enviadles el de que nos importan y estamos dispuestos a escuchar sus palabras.

Por fin ocupó su asiento, al lado de Yancey Yaceczko, un hombre amable y paciente, y uno de los senadores que de verdad habían escuchado a Wax.

—Buen espectáculo —le susurró Yancey al oído—. Muy buen espectáculo, Wax. Siempre es un placer.

Yancey votaría igual que él. De hecho, había una cantidad decente de nobles que empatizaban con Wax. A pesar de que muchas cosas que le había dicho Marasi en los últimos tiempos hacían que Wax estuviera incómodo con su puesto hereditario, en aquel caso quizá resultara que los nobles eran un pelín menos corruptos que los demás senadores. Los cargos electos querrían conservar el escaño, y era probable que votar a favor de aquella ley mejorase la vida de sus electores.

Ahí estaba el problema. Según el último censo, ya vivía más gente fuera de la ciudad que en ella. Casi todas las leyes que tenían databan de cuando había solo una ciudad y cuatro puñados de granjas aquí y allá. Pero esas aldeas se habían ido convirtiendo en ciudades, y su gente quería tener más voz en la política de la Cuenca.

Elendel ya no era un asentamiento peleón que se reconstruía después de un apocalipsis. Era una nación. Hasta los Áridos estaban cambiando, creciendo, modernizándose. Herrumbres, con lo extensos que eran los Áridos, a Wax no le costaba imaginar un futuro en el que viviera más gente allí que en la propia Cuenca.

Tenían que proveer de derechos a todas aquellas personas, no hacerles caso omiso. Wax aún tenía esperanza. Steris y él, y sus aliados, llevaban meses enteros trabajando para erosionar el apoyo al proyecto de ley. Habían celebrado innumerables cenas, fiestas e incluso sesiones de entrenamiento en el campo de tiro, que Wax ofrecía de vez en cuando a parte de los ciudadanos más destacados.

Todo ello en nombre de cambiar el mundo. De voto en voto.

El gobernador declaró abierto el voto y lady Mi’chelle Yomen fue la primera en emitir el suyo, contra el proyecto de ley. Mientras el Senado iba votando, Wax se descubrió igual de ansioso que había estado antes de enfrentarse a un grupo de bandidos. Herrumbres, aquello era incluso peor, de algún modo. Cada voto era el estallido de una bala. «Lady Faula y el senador Vindel. ¿Hacia dónde se decantarán? ¿Y Maraya? ¿Logré convencerla o…?».

Dos de ellos votaron a favor de la ley, junto con muchos otros de los que Wax no había estado muy seguro. Wax tuvo un mal presentimiento creciente, peor que el de ir a recibir un disparo, a medida que procedía la votación, que concluyó con 122 senadores a favor y 118 en contra.

La ley estaba aprobada. A Wax se le cayó el alma a los pies. Si quería impedir una guerra civil, tendría que buscar otro modo de hacerlo.

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3

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Marasi estudió las pisadas en el polvo. Parecían tener varias semanas de antigüedad, ya que ellas mismas habían acumulado polvo encima. Fue hacia Wayne, que estaba inspeccionando el camino más abajo, mirando hacia las profundidades por un túnel de aspecto trabajoso y mucha pendiente. Alzó los ojos hacia ella.

—Si están entrando y saliendo rápido de la ciudad —dijo—, tienen que haber encontrado otro acceso. Por aquí no pasan mucho.

—Estoy de acuerdo —respondió ella—. Aun así, mejor no hagamos ruido, por si han apostado guardias. Wayne atenuó la lámpara y bajó la voz.

—¿Quieres que sigamos sin refuerzos?

—De momento, sí. Exploremos, a ver qué encontramos. No quiero movilizar a todo el mundo si esto va a ser un callejón sin salida.

Avanzaron los dos juntos por el túnel. La dificultad del camino y su aparente falta de uso animaron a Marasi. Si el enemigo estaba allí abajo pero entraba y salía por algún otro sitio, llegar recorriendo aquel túnel hacía menos probable que los descubrieran.

Se tomaron el descenso con cautela. Herrumbres, menos mal que llevaba pantalones. Si iba a resbalar y partirse la crisma, al menos lo haría con dignidad. O con toda la dignidad que le quedara a una mujer después de una hora vadeando por las cloacas.

Se distrajo a sí misma pensando en que aquellas cavernas debían de ser de la época de la Guerrera Ascendente, o incluso más antiguas. Los túneles habían dormitado durante la destrucción del mundo, durante el Catacendro, durante el auge y la caída del Imperio Final. ¿Las piedras que dejaban atrás se habrían soltado del techo en los días de los montes de ceniza?

No pudo evitar preguntarse si darían con la mítica Cuna del Superviviente, los Pozos de Hathsin, aunque sabía que era absurdo. Wax decía que los había visitado y no había encontrado ningún metal mágico legendario.

Al cabo de un tiempo el camino los llevó a un profundo hoyo descendente, a grandes rasgos vertical, pero con muchos salientes y hendiduras en la piedra que facilitarían el descenso. Wayne subió de nuevo la luz de la lámpara, con expresión dudosa.

—¿Estamos seguros de que venían por aquí? —preguntó con un susurro.

—¿Quién si no pudo dejar las huellas?

—¿Huellas?

—Las que hay en el polvo. Y las de cerca de la entrada, con su costra de aguas negras dejada por las botas. De verdad, Wayne, para ser detective, a veces no te enteras de nada.

—Wax y tú sois detectives —dijo él—. Yo no.

—¿Y tú qué eres?

—Parador de balas —respondió Wayne—. Machacador de cráneos. El tipo al que a veces hacen explotar.

—Hoy no habrá nada de eso —susurró Marasi—. Echaremos un vistazo, veremos si tengo razón y saldremos a buscar autorización y apoyo.

—Entonces, supongo que tendremos que volver por aquí mismo —dijo él.

Con un suspiro, Wayne sacó la cuerda de escalar de su macuto de lona. Encontró una formación rocosa en torno a la que atarla y arrojó el otro extremo a la oscuridad. Bajó él primero y Marasi fue tras él, con el rifle a la espalda. El descenso resultó ser más fácil de lo que había temido, ya que la cuerda tenía nudos. Pero aun así, al poco tiempo ya le dolían los brazos.

—Bueno —dijo Wayne en voz baja, colgando por debajo de ella, bajando al ritmo de Marasi en vez de adelantarse—, ¿quieres oír mi lista de formas en que las mujeres rompéis las leyes de la física?

—Depende —respondió ella—. ¿Cómo de misógina va a ser? ¿Puedes darme una cifra en algún tipo de escala?

—Eh… ¿Trece?

—¿Trece sobre qué?

—¿Diecisiete?

—¿Qué clase de escala demencial es esa? —susurró ella, deteniéndose encima de un peñasco para mirarlo—. ¿Quién narices elegiría el diecisiete? ¿Por qué no dieciséis, al menos?

—¡Y yo qué sé! La que me ha pedido una escala eres tú. Escucha, que esto es bueno. Mujeres. Rompiendo las leyes de la física. Llevo pensándolo desde hace muchísimo. Lo menos un par de días. Te va a encantar.

—Seguro que sí.

—Primera forma —dijo él, dejándose resbalar por la cuerda hasta otro saliente—. Cuando se quitan la ropa, dan más calor. Es raro, ¿eh? La gente normal está más fría cuando se quita…

—¿La gente normal? —repitió Marasi, siguiéndolo—. ¿Para ti la gente normal son los hombres?

—Estooo… Supongo.

—¿Así que la mitad del mundo no es normal? ¿Las mujeres no somos normales?

—Suena un poco tonto, visto así.

—¡No me digas!

—Mira, solo quería señalar unos datos interesantes. Observacionalizaciones útiles sobre la naturaleza del Cosmere y la relación entre géneros.

—A mí me parece que se te ocurrió una cosa que te hizo gracia y buscabas una excusa para decirla.

Marasi puso los pies en la pequeña plataforma junto a Wayne, y por debajo de ella por fin se veía el fondo. Estaban más o menos a mitad de camino. Él la miró a los ojos.

—Entonces… eh… ¿catorce, pues? —aventuró—. Sobre diecisiete.

—Y subiendo. Además, ni siquiera es cierto, Wayne. Hay muchos hombres que dan calor cuando se quitan la ropa. Depende del hombre.

Wayne sonrió.

—¿Qué me dices de Allik?

—Con Allik es más bien la máscara.

—¡Pero si se aparta ese herrumbroso trasto tan a menudo que hace dudar para qué se lo pone!

—Para los malwish, mover la máscara es una forma de… enfatizar. No es que esté mal que la gente vea lo que hay debajo, aunque vayan por ahí diciendo que es tabú. Quizá lo fuese en otra época, pero ahora les gusta utilizar la máscara para expresarse.

Wayne se dejó caer por el lado y siguió descendiendo agarrado a la cuerda. Marasi le dejó un poco de ventaja antes de seguirlo.

—Bueno —dijo él—, ¿quieres oír la número dos?

—La verdad es que un poco sí.

—¡Ja! Lo sabía. Wax me habría dicho que no.

—Wax tuvo años para acostumbrarse a las simas de tu depravación, Wayne. Para mí todavía es admirable que consigas hundirte aún más todas y cada una de las veces.

—También es verdad. Número dos: pregunta a una mujer cuánto pesa. Luego levántala. Habrá ganado peso. Sois todas feruquimistas.

—Wayne, ese chiste está tan trillado que se escurre entre los dedos.

—¿Cómo? ¿En serio?

—Ya lo creo. Mi padre ya hacía bromas estúpidas sobre mujeres mintiendo en su peso cuando yo era niña.

—Vaya, hombre. ¿El viejo fanfarrón de Harms ya hacía ese chiste? —La miró con los ojos como platos—. ¡Diablos, Marasi! ¿Estoy haciéndome viejo? ¿Eso era un chiste de viejo?

—Sin comentarios.

—Dichosos polis con vuestros dichosos labios sellados.

Wayne llegó al fondo, se dejó caer con un suave raspar de ropa y de sus botas en la piedra y sostuvo la cuerda tensa para ella. Marasi descendió lo poco que le quedaba y terminó a su lado.

—¿Y cuál es la número tres de la lista?

—Aún no he llegado al tres.

—¿Tu lista tiene dos elementos, uno de los cuales es estúpido?

Dos de los cuales son estúpidos —respondió él, abatido—. Por lo visto, uno además es geriátrico. Los mismos chistes que lord Harms. Estoy echándome a perder, ya lo creo que sí. —La miró a los ojos y sonrió—. ¿Esto significa que puedo ser el compañero viejo cascarrabias? Tú serás la joven con agallas que no deja de soltar palabrotas y tomar malas decisiones vitales.

Marasi sonrió también.

—¿Puedo tener un sombrero de la suerte?

—Solo si lo cuidas bien —respondió él con la mano en el corazón—. Y si te lo quitas antes de que pase algo desafortunado, para no cortarle la racha.

—Lo tendré en cuenta —dijo ella, escrutando el túnel que se extendía hacia delante desde el fondo del agujero—. Pero dejémonos de charla. Por mucho que me interese saber lo que ha metastatizado en tu cerebro últimamente, no podemos permitir que nos oigan.

Wayne atenuó de nuevo la luz de la lámpara y siguieron juntos por el túnel. A veces la gente de comisaría lanzaba miradas compasivas a Marasi por tener que soportar a Wayne, pero lo cierto era que podía ser un alguacil buenísimo cuando quería. Y lo normal era que quisiera.

Un buen ejemplo era que, a petición de Marasi, tenía la boca cerrada y estaba concentrándose en el trabajo. Quizá a Wayne le faltase decoro, y podía ser muy inconsciente a veces, pero era buen compañero. Excelente, incluso. Eso siempre que una lograra entrar en su burbuja, no en la alomántica, sino en la personal. Wayne era un fortín, con sus murallas exteriores y sus defensas. Si eras de los pocos a quienes dejaba entrar, tenías un amigo para toda la vida. Un amigo que lucharía a tu lado contra dioses, sin exagerar.

«Te encontraremos, Trell», pensó Marasi mientras avanzaban despacio. Había oído por primera vez el nombre de labios de un moribundo, años antes, y estaba cada vez más convencida de que Trell era un dios de poder inmenso, igual que Armonía. «No puedes esconderte para siempre. No si quieres seguir ejerciendo influencia en el mundo».

Wayne le agarró el brazo para detenerla sin decir nada. Señaló hacia una luz minúscula que brillaba a lo lejos, por delante en el túnel. Recorrieron poco a poco la distancia que los separaba de ella, se asomaron por la esquina y Marasi vio justo lo que había deseado: a dos hombres con chaleco y sombrero, a apenas unos metros, jugando a las cartas sobre un cajón puesto del revés. Una pequeña lámpara titilaba en su mesa improvisada.

Marasi hizo un gesto hacia atrás con la cabeza. Wayne y ella retrocedieron de nuevo, lo suficiente para que no los oyeran susurrar. Miró a Wayne en la oscuridad, meditando sobre el consejo que le había dado. ¿Deberían avanzar un poco más o aquello era confirmación suficiente para ir a por refuerzos?

—Qué tragedia —susurró Wayne.

—¿El qué?

—Ese pobre mamón tiene una mano estupenda —respondió él en voz baja—. Una mano entre un millón. ¿Y está jugándola contra su compañero arruinado mientras montan guardia? Qué desperdicio más herrumbroso de una escalera del Superviviente.

Marasi puso los ojos en blanco y luego señaló hacia un pequeño pasadizo oscuro que salía del túnel principal.

—A ver dónde lleva este.

Tras ellos resonó una maldición exclamada. Parecía que el guardia que llevaba la mano buena acababa de revelarla. Aquel túnel más pequeño bordeaba el puesto de guardia por la derecha, pero al poco tiempo descubrieron por qué no estaba vigilado: porque no tenía salida. Sin embargo, llegaba un poco de luz por un agujero de medio metro de anchura en las rocas del final.

Llegaron con sigilo, miraron por él y vieron una caverna de tamaño medio, más o menos tan grande como un almacén portuario, llena de hombres y mujeres que metían mercancías en cajas o se relajaban en asientos improvisados. El hueco parecía ser una abertura natural en la piedra, a juzgar por el agua que goteaba del techo y había cubierto la pared de extraños salientes y bultos que tapaban lo que en otro tiempo quizá hubiera sido un agujero más grande. Marasi y Wayne estarían a unos cinco metros de altura.

Marasi dejó escapar una larga exhalación y observó el ajetreo de la caverna. Por fin la habían encontrado. Después de meses de trabajo. Meses de prometer a Reddi que sus pistas eran válidas. Meses de relacionar informes de robos, testimonios y rastros de dinero. Y allí la tenían. Una base de contrabando a gran escala, establecida bajo la misma ciudad y financiada, por lo que había deducido Marasi, por una combinación de intereses de las ciudades exteriores y el Grupo.

Estaba allí de verdad. Por el Verdadero Nombre de Armonía… Marasi lo había conseguido.

Wayne la miró con una sonrisa de oreja a oreja y le dio un empujoncito amistoso en el hombro.

—Bien hecho —susurró—. Muy bien hecho.

—Gracias —respondió ella.

—Cuando se lo cuentes al comisario general —dijo él—, sáltate la parte en la que he protestado por la alcantarilla.

—¿Y los chistes malos?

—Qué va, eso díselo. Hay que dar a la gente lo que espera, o luego no se creerán las mentiras que les cuentes.

Marasi hizo recuento de todo. Había treinta y siete personas, incluyendo a los dos guardias, todas ellas armadas. Hasta quienes hacían los trabajos más repetitivos llevaban pistolera. Según las pistas que Marasi había seguido, aquellas cajas estarían llenas de material militar, con una cantidad temible de componentes explosivos. La banda había intentado cubrir sus huellas llevando a cabo algunos robos más prosaicos, pero Marasi estaba bastante segura de saber lo que estaba ocurriendo allí en realidad.

Elendel había estado apretando a las ciudades exteriores al rechazar que ciertas mercancías, las armas entre ellas, salieran de la capital, que era el núcleo de todas las líneas ferroviarias. Aquella banda se comportaba como una pandilla callejera al uso, con sus extorsiones y demás, pero Marasi estaba convencida casi al cien por cien de que su objetivo era enviar armamento a Bilming, el núcleo actual de los intereses de las ciudades exteriores.

No le gustaba que las ciudades exteriores se vieran obligadas a operar de ese modo, pero aquellos pandilleros habían matado a personas inocentes en la calle. Y además, lo más probable era que estuvieran colaborando con una especie de dios maligno que pretendía subyugar y destruir el mundo.

—Escucha —susurró Wayne, señalando—. ¿Ves a ese que está al fondo, el que va bien vestido? Pertenece al Grupo seguro. A lo mejor es el nuevo ciclo.

Marasi asintió. Los ciclos eran los agentes de menor graduación del Grupo. Eran los jefes locales que dirigían bandas de matones a sueldo. Miles Cienvidas había sido un ciclo, a las órdenes de un conjunto. Aquel hombre llevaba ropa de postín, a todas luces más lujosa que la del resto de los presentes. También era delgado, musculoso y alto. Como ciclo, era posible que fuese nacido del metal. Por tanto, más les valía no subestimarlo en un enfrentamiento.

—Si pegas un tiro en la cabeza a ese tipo con el rifle —dijo Wayne—, seguro que los demás se rinden.

—Las cosas no funcionan así en el mundo real, Wayne —susurró Marasi.

—Claro que sí —replicó él—. Si ese hombre es quien les paga, los demás capullos ya no tendrán motivo para seguir peleando.

—Aunque tuvieras razón, cosa que dudo muchísimo, esto no vamos a hacerlo así. Confirmación, coordinación, refuerzos y autorización legal, ¿recuerdas?

—Procuro no recordarlo —rezongó él—. ¿No podemos hacerlo a mi manera, por una vez? No tengo nada contra la gente que solo hace su trabajo, pero preferiría no tener que vadear otra vez por todo ese pringue y, al volver aquí, que no haya nadie. Vamos a detenerlos ya.

—No —dijo ella—. Hacerlo a tu manera sería demasiado caótico.

—¿Y eso es malo porque…?

—Bueno, por todo eso de que somos agentes de la ley.

—Es verdad, es verdad —dijo Wayne.

Metió la mano en la chaqueta y sacó una placa reluciente. En la ciudad se usaban credenciales de papel, no placas metálicas.

—¿Eso es… la antigua placa que llevaba Wax en los Áridos? —preguntó Marasi.

—Me la cambió.

—¿Por?

—Por medio pastel de carne y cerveza. —Wayne sonrió—. En algún momento lo encontrará. Al final, cuesta bastante no darse cuenta de que están ahí.

Marasi negó con la cabeza y le hizo una seña para que retrocediera por el túnel. Pero tenían que llevar la lámpara oscurecida, y les costaba ver. Fue por eso por lo que, a pesar de su cautela, al volver al túnel principal sorprendieron a un guardia que había ido hacia allí para aliviarse.

El guardia los miró en la penumbra y dio un grito. Wayne ya lo tenía derribado e inconsciente medio segundo más tarde, pero llegaron más voces de alarma procedentes de la caverna.

Aún de pie sobre el guardia, Wayne miró a Marasi y sonrió de nuevo.

—¡Tendrá que ser a mi manera!

4

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No había forma de que Marasi y Wayne escaparan por su trabajosa ruta de entrada, al menos con la banda entera pisándoles los talones. Y además de eso, Marasi quería capturar a aquel ciclo, que sin duda desaparecería después de aquello.

Por desgracia, ambas cosas implicaban que Wayne tenía razón. Adiós al protocolo.

Tendrían que hacer aquello a su manera.

Irrumpieron en el túnel principal y vieron que el otro guardia tenía su revólver apuntado hacia ellos. Wayne lanzó una burbuja de velocidad, dando tiempo a que Marasi y él se apartaran y rodearan al guardia.

Cuando la burbuja de velocidad se deshizo, el matón disparó al espacio que había quedado vacío. Wayne cayó sobre él al momento con sus bastones de duelo en las manos. Marasi dejó que se ocupara del guardia y buscó un lugar donde apostarse. Más allá de la caja donde habían estado jugando a las cartas había un túnel ancho, que seguramente llevaría a la caverna que utilizaban como almacén. Marasi bajó una rodilla al suelo y alzó el rifle, apuntó, se tranquilizó, esperó.

Disparó en el momento en que apareció alguien por allí. Solo su entrenamiento en el campo de tiro impidió que, de inmediato, intentara rodar y amartillar el tambor del arma. Era un nuevo rifle semiautomático modelo Bastión, así que lo mantuvo contra el hombro y derribó a la siguiente persona que llegó trastabillando por encima del cuerpo caído. Los de detrás dieron un grito de advertencia y nadie más se atrevió a llegar corriendo después de eso.

Wayne se secó la frente, dejando a un matón sin sentido en el suelo.

—¿Tienes las cajitas mágicas?

—No son mágicas, Wayne —dijo Marasi—. La tecnología malwish es distinta de la nuestra, pero…

—Cajitas mágicas de tu novio. ¿Cuántas tienes?

—Tengo tres granadas alománticas —respondió ella—. Todas de diseño nuevo. Y dos estalladoras. Wax me ha cargado una granada antes de venir.

—Perfecto —dijo Wayne—. ¿Tienes algún plan?

—Tú defiende el túnel. Yo volveré al mirador de antes, tiraré unas granadas alománticas para pillar a grupos de enemigos y luego cubriré tu avance. Cuando estés fuera de la línea de fuego, te seguiré.

—¡Eso está hecho! —exclamó Wayne.

Se separaron y él fue hacia las dos personas que Marasi había derribado. Recogió el revólver de una y lo disparó unas cuantas veces hacia la cámara principal, no para acertar a nadie, sino para obligar al enemigo a buscar cobertura. Le tembló un poco la mano y tiró el arma a un lado nada más vaciarla, pero aun así era un gran progreso para él. Aunque Marasi supuso que tampoco le hacía ninguna falta ser más mortífero.

Lo dejó allí y rodeó hasta el mirador, que era un puesto de francotiradora más que decente. Distinguió a varios grupos de matones detrás de unos contenedores que había cerca, mirando mientras Wayne disparaba la munición de una segunda pistola.

Marasi sacó con mucho cuidado una cajita metálica del estuche que llevaba sujeto al cinturón. Llevaba toda la vida padeciendo decepciones y hasta desprecios por su talento alomántico inútil. Era capaz de ralentizar el tiempo en torno a sí misma, lo cual era… bueno, bastante poco práctico. A grandes rasgos, la dejaba paralizada desde el punto de vista de quienes tenía alrededor, inhabilitándola para luchar, concediendo la ventaja a sus enemigos.

De vez en cuando había encontrado algún uso a su alomancia, pero en general tenía asumida la supuesta verdad de que sus capacidades eran débiles.

Y entonces había conocido a Allik.

El pueblo de Allik veneraba a todos los nacidos del metal, ya fuesen alomantes o feruquimistas. Aunque se había quedado asombrado con Wax y sus vistosos poderes, a Allik también lo habían impresionado las capacidades de Marasi. Había afirmado que tenía una de las habilidades alománticas más útiles de todas. A Marasi le había costado aceptarlo, pero resultaba que, teniendo acceso a cierta tecnología especializada, el mundo podía ponerse patas arriba.

La granada alomántica, que tendría unos cuatro centímetros de lado, zumbó cuando Marasi empezó a quemar cadmio… y absorbió la energía. Marasi no quedó engullida por una burbuja de lentitud: con aquel diseño nuevo, todo el poder pasó a la caja. La había traído ya cargada, pero de eso hacía ya unas horas y quería tenerla a rebosar.

Entonces evaluó la distancia con cuidado y arrojó la granada hacia un grupo de enemigos que se habían cubierto tras unos cajones. Sus meses de práctica dieron fruto y logró que el aparato cayera justo en el centro de los matones, que, concentrados en Wayne, apenas se dieron cuenta de que rodaba entre ellos.

La granada empleaba ettmetal, que estaba muy regulado por los malwish, así que no era de extrañar que los matones no supieran qué hacer, ya que incluso entre los malwish su uso era muy infrecuente. Si aquella gente había oído hablar de aquellos dispositivos —y era posible que sí, porque el Grupo también los empleaba—, desde luego no parecía que los hubieran visto nunca.

Un segundo después, una burbuja de tiempo ralentizado estalló en torno al aparato, atrapando a unos diez hombres y mujeres. Marasi se apresuró a cargar del todo y arrojar la segunda de sus tres granadas, en esa ocasión a un grupo de enemigos que estaban más lejos. De nuevo había apuntado bien y atrapó a otros ocho.

Empezaron a resonar gritos de «¡Nacido del metal!» por la caverna a medida que los demás matones reparaban en que la mitad de su banda estaba paralizada. Las víctimas de Marasi se moverían con exagerada lentitud mientras intentaban escapar de la burbuja, pero no podrían salir antes de que se agotara la carga de diez minutos que tenía la granada.

Marasi se sacó el rifle del hombro y abrió fuego de cobertura. Hasta derribó a dos de los matones que quedaban mientras Wayne llegaba a la cámara principal. Wayne se movió como un rápido borrón durante un momento y entonces salió de su burbuja de velocidad y saltó una hendidura de la roca. Le costaba un momento recuperarse al utilizar su talento antes de poder levantar otra burbuja, pero Marasi habría jurado que cada vez era menos tiempo.

Wayne evitó a la gente que estaba atrapada: ya se ocuparían de ellos más tarde los dos juntos. De momento, aprovechó la confusión para acercarse a un par de matones. Lo vieron venir, pero Wayne se emborronó de nuevo y cayó sobre ellos desde arriba, con sus bastones de duelo en alto.

Sus gritos de dolor distrajeron a los demás, lo que permitió a Marasi eliminar a otros dos. Luego echó a correr de vuelta al túnel principal. Desde él, echó un vistazo al almacén y entró corriendo agachada, preocupándose de evitar el tenue resplandor que marcaba el radio de efecto de las granadas. Sabía demasiado bien lo que se sentía estando rodeada de aquel aire que parecía melaza mientras todo a su alrededor se movía como el rayo.

Se cubrió detrás de una máquina de embalaje y, cuando los matones que quedaban recobraron la orientación, sus disparos empezaron a rebotar en la piedra y el metal que tenía alrededor. De niña lo había leído todo sobre las aventuras de Wax en los Áridos y, cuanta más práctica ganaba en su oficio, más imprecisiones detectaba. Por supuesto que en las historias había tiroteos. Pero solían olvidarse de describir lo fuerte que sonaban las balas al impactar. Al acribillar el aparato tras el que estaba, sonaban somo si Marasi hubiera regalado unas baquetas al pequeño Max y lo hubiera dejado suelto en una tienda de cacerolas.

Un segundo más tarde el ruido se volvió más lento, como un gramófono sonando a una fracción de su potencia normal. El aire titiló cerca de ella y Wayne se dejó caer contra el aparato de embalaje, con una sonrisa en la cara… y una herida ensangrentada en el hombro.

—Serás torpe —dijo Marasi, señalando la herida con la barbilla.

—Oye, oye —respondió él—. Cualquiera puede recibir un tiro de vez en cuando. Y más si va por ahí con dos palos en una caverna llena de pistolas.

—¿Cuánto bendaleo te queda?

—Un montón.

—¿Seguro?

—Ajá.

—Wayne, qué orgullosa estoy de ti —dijo Marasi—. De verdad estás ahorrándolo y siendo frugal como te pedí.

Él le quitó importancia encogiéndose de hombros, pero Marasi de verdad estaba orgullosa. Wayne recibía una asignación del departamento y, en sus primeros tiempos como compañeros, siempre se le terminaba durante las misiones. Ella había pensado hablar con el capitán Reddi para que le aumentara la asignación, pero entonces había descubierto que Wayne usaba el bendaleo para todo tipo de cosas no relacionadas con el combate ni con el trabajo de alguacil. Gastaba bromas, se cambiaba de disfraz para deleitar a los niños, robaba algo de vez en cuando…

Daba gusto ver que estaba mejorando.

—¿Cuántos idiotas quedan? —preguntó él.

—Once —dijo ella.

—No sé contar hasta tan alto.

—A no ser que estés en una competición de beber chupitos —dijo Marasi.

—Exacto —repuso él.

Miraron por un lado del aparato tras el que estaban, que servía para clavar la tapa a los contenedores. Al instante Wayne tiró de ella para ponerla de nuevo a cubierto. Una bala que se movía con gran lentitud llegó al perímetro de la burbuja de velocidad y surcó el aire por encima de ellos como una exhalación antes de llegar al otro lado y ralentizarse de nuevo. Las balas eran imprevisibles cuando llegaban a una burbuja de velocidad, y no había manera de saber hacia dónde girarían al entrar.

—El tipo del traje se escapa por detrás —dijo Wayne—. ¿Quieres ir a por él o prefieres quedarte y acabar con el resto?

Marasi se mordió el labio, pensativa.

—Tendremos que separarnos —respondió—. A ti se te dan mejor los grupos. ¿Crees que podrás con todos estos?

—¿Los cajones no están llenos de cosas que hacen pum?

—Eh… sí.

—¡Suena divertido!

—Aún deberían quedarte unos ocho minutos en las granadas.

—Estupendo —dijo él—. Voy a ver si trinco vivos a estos capullos. Puedo sacarlos de sus burbujas lentas uno por uno, utilizando las mías para contrarrestarlas. He estado practicando a hacer mis burbujas más grandes y más pequeñas. Debería poder llegar al borde de una burbuja tuya, lanzar la mía de forma que envuelva a una persona y sacarla.

—¡Wayne! —exclamó ella—. Es asombroso. ¿Se lo has contado a Wax? Controlar el tamaño de la burbuja es muy difícil.

Él volvió a encogerse de hombros.

—¿Preparada?

Marasi sacó las estalladoras del cinturón y le pasó una. Luego quitó la anilla de la otra para prender la espoleta.

—Preparada —dijo. Aunque Wayne tuviera «un montón», el bendaleo era caro y difícil de conseguir. Tenían que utilizarlo con cuidado.

Wayne deshizo su burbuja y Marasi arrojó la estalladora. Cuando detonó, salieron corriendo por ambos lados de la máquina. Wayne fue a por el último grupo de matones mientras ella corría tras el ciclo, que acababa de desaparecer por una puerta de metal reforzado al fondo de la caverna. Llegó a la puerta y forzó la cerradura con bastante facilidad. Echó un vistazo atrás hacia Wayne, cada vez más rodeado de enemigos. Se había cubierto detrás de una caja con el letrero EXPLOSIVOS. Wayne le guiñó un ojo, quitó la anilla de su estalladora y la dejó caer en la caja.

Maravilloso. Con un poco de suerte, sabría lo que estaba haciendo. La capacidad curativa de Wayne era extraordinaria, pero aun así era posible que se hiciera tanto daño que no pudiera curarse. Si una explosión separaba sus mentes de metal del grueso de su cuerpo, Wayne moriría, igual que el lord Legislador cuando había perdido los Brazales de Duelo siglos antes.

Bueno, tampoco podía estar controlando a Wayne a todas horas. Y desde luego, Marasi no podría sobrevivir a una explosión de… bueno, de ningún tamaño. Cruzó la puerta y la cerró de nuevo con un fuerte golpe. El complejo subterráneo entero se sacudió al cabo de un momento, pero Marasi se concentró en su misión: internarse en el oscuro túnel tras el ciclo, quien, de entre todos los presentes en la caverna, era quien con más probabilidad podría darle respuestas.

5

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Wax recorrió con paso fatigoso el suelo del Senado, reparando en que los demás le dejaban espacio. No parecían querer mirarlo a la cara, ni siquiera quienes habían votado junto a él. Se volvían al ver que se acercaba, mientras se estiraban y charlaban entre ellos.

Salió al pasillo y fue hacia su despacho, recorriendo suelos con incrustaciones bajo una hilera de lámparas de araña. Cristal y mármol. Así era su vida ahora. Todo aquello de lo que había huido siendo joven adornaba cada uno de sus pasos, y las sombras le resultaban más oscuras, a pesar de la centelleante luz que llegaba desde arriba.

Wax creía que sus actos como senador podían superar con mucho a sus logros como vigilante de la ley, en términos de bien en bruto hecho para ayudar a la mayor cantidad de gente posible. Pero eso significaba también que sus fracasos suponían un peligro mucho mayor. En los Áridos uno dependía de su arma, de sus instintos y de su capacidad de hacer las preguntas adecuadas. Allí, en Elendel, Wax estaba obligado a depender de que otras personas hicieran lo correcto. Y hasta el momento nada había puesto tanto a prueba su fe en la humanidad, ni siquiera los asesinos en serie, como trabajar con políticos.

Se metió en su despacho y encontró allí a su familia y a Kath, la niñera. Trató de que no se le notara el disgusto, pero aun así Max percibió su estado de ánimo y se quedó con Kath, jugando con su cachorrito Soonie de peluche.

—En fin —dijo Wax con brusquedad, dejándose caer en su butaca—, un año de trabajo para nada.

—Hemos hecho lo que hemos podido —dijo Steris, sentándose a su lado.

—¿De verdad? —preguntó Wax, lanzando una mirada a la pila de cuadernos de su esposa—. Sé que seis de esos están llenos de ideas nuevas para convencer a distintos senadores. Si hubiéramos tenido más tiempo…

—Hemos hecho todo lo que era razonable que hiciéramos —dijo ella—, teniendo en cuenta nuestras otras obligaciones. —Entonces titubeó—. ¿No crees, Wax?

La miró a los ojos y vio que Steris se estremecía. Maldición. Aquello tenía que ser igual de duro para ella, ¿verdad? «Presta atención, herrumbroso idiota». Le cogió las manos y se las apretó.

—Es verdad —dijo—. Hemos intentado todo lo que estaba en nuestra mano, Steris. Pero al final, no era decisión nuestra.

Le apretó fuerte las manos. Steris era una persona increíblemente estable: había apoyado a Wax desde su regreso a Elendel, aunque él nunca habría imaginado lo importante que llegaría a ser en su vida. Pero en ese momento, notó que Steris temblaba. Y… herrumbres, él también. Se habían dedicado en cuerpo y alma a detener aquel proyecto de ley. Y hasta el último herrumbroso senador con el que Wax había hablado le había dicho que necesitaba más tiempo. ¿Y al final, votaban a favor? ¿Al final, optaban por…?

«No. Lo hecho, hecho está».

—Tenemos que seguir adelante —dijo.

—Sí. Adelante. —Steris asintió y miró alrededor—. Y también podríamos salir de este edificio. Ahora mismo solo se me pasan por la cabeza las distintas formas en que un oportuno desastre natural podría derrumbarlo.

Wax gruñó y se levantó para ayudar a recoger. Entonces vio un sobre en el borde de su escritorio. Antes no estaba, ¿verdad? Al levantarlo, notó que algo pesado se deslizaba hasta la esquina. ¿Una bala?

No, descubrió al abrirlo. Era un pendiente. Acompañado por una breve nota: «Tendrás que hacerte otro como este, cuando llegue el metal adecuado».

No tenía ni idea de lo que significaba. Y le daba igual. «Hoy no, Armonía —pensó—. Déjame tranquilo».

—¿Qué es eso? —preguntó Steris.

—Una cosa que me ha enviado Armonía —dijo Wax.

Steris lo miró.

—Así que —añadió él— es muy probable que no sirva para nada.

Steris apretó los labios. Era supervivencialista, por lo que en términos estrictos no adoraba a Armonía, que en su credo se consideraba el dios del Camino, una religión distinta pero complementaria. Sin embargo, después de todo lo que habían hecho y todo lo que habían visto, Steris había adoptado una visión un tanto… ecuménica de Dios. En todo caso, sabía que en otro tiempo Wax había venerado a Armonía.

Desde entonces… bueno, Dios y él tenían su pasado. Wax tenía la sensación de haber superado sus peores problemas con Armonía, desde la conversación que habían mantenido justo antes de que Wax empuñara los Brazales de Duelo. Pero eso no impedía que Wax soltara alguna pulla de vez en cuando. Se guardó el sobre en el bolsillo de atrás y se olvidó de él.

Terminaron de recoger sus cosas. ¡Herrumbres, con los niños siempre había muchísimo que llevar de un lado a otro! Steris quería que tuvieran otro hijo, pero Wax no acababa de verlo claro. No le hacía gracia que se vieran superados en número.

Aunque por otra parte… no pudo contener la sonrisa cuando Max salió corriendo pasillo abajo, haciendo que su cachorrito Soonie saltara de una baldosa de mármol negro a otra, evitando las blancas. Wax no solía ver por allí a las familias de otros senadores. Decían que traer niños al edificio era una falta de respeto. Pero si tanto respetaban ese edificio, ¿por qué lo habían mancillado votando de aquella manera?

«Muchos de ellos han votado como tú querías —tuvo que recordarse a sí mismo—. Y hay otros que tienen miedo. De que se los considere débiles. De intereses externos. No son todos escoria por votar en tu contra. Eso tienes que recordarlo. Algunos son buena gente, igual que en todos los oficios». Era solo que… bueno, que no le apetecía pensar en ello ahora mismo.

Al salir del edificio vieron toda una flota de carruajes que habían llegado para recoger a los senadores y llevarlos a fiestas, o a apariciones públicas, o a reuniones informales. Incluso quienes colaboraban más con Wax apenas lo invitaban casi nunca a menos que quisieran planificar algo concreto. Era como si… como si creyeran que él no se rebajaría a socializar sin más. O quizá era que Wax los incomodaba.

Mientras su familia se congregaba para esperar a su chófer, Max le tiró de la cola de la levita.

—¿Tas tristón, papá? —preguntó en voz muy alta—. No me van pa na los tristones. Son de lo peor.

Su forma de hablar hizo que varios senadores que esperaban cerca los miraran por encima del hombro y dieran bufidos. Wax enarcó una ceja.

—¿El tío Wayne ha estado enseñándote acentos otra vez?

—Sí —respondió Max en voz más baja—. Pero dice que no te lo cuente, y así creerás que soy un genio por hacerlos yo solito. —Sonrió—. Me dijo que hablara así cerca de los senadores para fastidiarlos. Y hoy es bueno fastidiarlos, ¿verdad?, porque os han puesto tristes a mamá y a ti.

Wax asintió mientras se arrodillaba.

—Pero tú no tienes que preocuparte de eso.

—¿Sabes lo que me alegra a mí cuando estoy triste? —preguntó Max.

—¿Abrazar a Tenny? —aventuró Wax, acariciando al kandra de peluche en la cabeza.

—Bueno, sí —dijo Max—. Eso y… ¿volar?

Miró a Wax con unos ojos grandes y esperanzados. En ese momento su coche a motor se detuvo junto a la acera y Hoid, el chófer, bajó de él.

—Su carruaje, señor —dijo, abriéndoles la puerta de pasajeros.

Pero herrumbres, ¿cómo decir que no a un niño cuando te miraba así?

—Gracias, Hoid —respondió Wax—. Por favor, lleva a mi esposa donde quiera. Kath, ¿tienes el arnés?

—Sí, milord —dijo ella.

La niñera pasó el bebé a Steris y se puso a hurgar en su enorme bolsa de ropa de repuesto y toallitas. Lanzó el arnés hacia Wax, que le entregó a cambio su levita y su chaleco.

Fue todo un travieso placer ponerse el arnés de cuero y ceñirse a Max a la espalda delante de todo el mundo. Luego, tras un cariñoso beso a Steris y la promesa de verla en casa, dejó caer un casquillo de bala y se volvió hacia la multitud.

—¡No sus pongáis envidiosos! —gritó Max—. ¡Os llevará a dar una vuelta también por cuatro óbolos de na! ¡Pero tenéis que pedírselo de buenas y no ser una pandilla de mas-mones!

Eh… Quizá Wax debería tener una pequeña charla con Wayne. Pero de momento saludó al gentío y se lanzó por los aires, mientras Max soltaba un aullido de alborotado deleite.

6

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El túnel al que entró Marasi mostraba signos antiguos de civilización en los restos de paredes de ladrillo que cubrían la áspera piedra natural. En un suelo liso, allanado a cincel. En los candeleros de las paredes, picados de óxido como si padecieran alguna enfermedad terrible.

Sacó su última granada, la que le había cargado Wax. Las del modelo nuevo podían mantener la carga durante horas, aunque, con el tiempo que había transcurrido, su efecto no duraría mucho después de activarse. Tres o cuatro minutos como máximo. Aun así, Marasi estaba más tranquila con la granada en la mano, así que, a regañadientes, dejó el rifle en el suelo y desenfundó su pistola. Además de manejarse con una mano, tenía menos metal que el rifle, por lo que quizá fuese una herramienta un poco mejor para combatir a un posible alomante. Por el mismo motivo, abandonó allí su estuche con metales de reserva, aunque se dejó puesto el cinturón con algunos instrumentos no metálicos adecuados para luchar contra alomantes.

Con la granada en una mano y el revólver en la otra, avanzó despacio por el tenebroso túnel. Los miembros de la banda habían enganchado unas pocas luces eléctricas en la pared de la derecha, con cables sujetos a los antiguos candeleros, pero titilaban perezosas, como si estuvieran a punto de quedarse dormidas. Al poco tiempo llegó a otra enorme caverna abierta, pero se quedó en la boca del túnel, inspeccionando agachada lo que tenía delante. El ciclo había ido por allí, y una parte de ella quería correr tras él a toda velocidad. Su parte más cauta mantuvo la calma y observó atenta en busca de una posible emboscada.

Aquella caverna tenía una grieta larga y no muy ancha que la recorría de izquierda a derecha. Antaño la había salvado un antiguo puente de piedra, pero se había derrumbado mucho tiempo antes y lo reemplazaba una construcción más reciente de tablones y cuerda, que cruzaba los cinco metros más o menos que tenía el hueco. El suelo de piedra se extendía unos diez metros entre Marasi y la grieta con su puente, y en la pared del otro lado se abría un túnel por el que seguir camino.

Pero Marasi no cruzó el puente. Vaciló, todavía en la entrada de la caverna. Aquellas paredes de ladrillo eran antiquísimas. ¿Quién debió de construirlas, tantos siglos antes? ¿Sería aquella cámara como la Tumba de los Originadores, en el centro de Elendel? ¿La gente se habría acurrucado en la caverna, mientras caían las paredes y el puente cuando Armonía rehízo el mundo?

En todo caso, Marasi estaba preocupada. El ciclo la había visto, y sus instintos le decían que no se limitaría a correr con la espalda expuesta. Le tendería una trampa. Marasi escudriñó la caverna y distinguió una forma oscura detrás de unas rocas que había entre ella y la grieta. Seguramente el ciclo esperaba que cruzara el puente a toda prisa para dispararle por la espalda.

Por desgracia, en el momento en que vio al hombre, este se levantó y alzó una pistola. Marasi activó por acto reflejo la granada, que llevaba agarrada contra al pecho. El dispositivo liberó un poderoso empujón de acero que le arrancó la pistola de la otra mano y la envió disparada hacia delante. Cayó directa al abismo.

Pero había reaccionado en el momento justo, porque el ciclo estaba disparándole y todas las balas fallaron, desviadas a ambos lados de ella hasta estamparse en la piedra. Marasi echó a correr en línea recta hacia él y distinguió su elegante traje a la tenue luz. El ciclo tenía los rasgos más duros de lo que había esperado. Cuello grueso, barba de unos días.

Había confiado en que el hombre llevara metal y en que su avance con la granada lo desequilibrase. Pero solo consiguió que se le escapara la pistola de las manos, enviada por el empujón alomántico al otro lado de la grieta, donde dio contra la pared del fondo y cayó cerca de la boca del túnel.

Aparte de eso, parecía que el hombre, igual que Marasi, era lo bastante precavido como para no llevar demasiado metal encima.

—Por la autoridad de la comisaría del Cuarto Octante —dijo, deteniéndose a unos tres metros de él—, quedas detenido por evasión de aranceles, asociación delictiva y transporte ilegal de armas. Estás desarmado y atrapado. Sé listo y ríndete.

En vez de eso, el ciclo sonrió. Entonces empezó a crecer.

Su traje tenía botones a lo largo de los brazos, que se soltaron de golpe para dejar más espacio mientras los músculos del hombre se expandían a unas proporciones absurdas. La levita también aguantó, ampliándose mediante unas ingeniosas abrochaduras de madera que se liberaron a ambos lados.

Demonios. Era feruquimista. No parecía terrisano, pero en realidad Wayne tampoco. No siempre se notaba a simple vista.

Marasi retrocedió. Liarte a puñetazos contra alguien que estaba decantando fuerza era pedir a gritos que te partieran la cara. En vez de eso, desactivó la granada para conservar lo que le quedaba de carga y corrió hacia el puente y la pistola que había al otro lado. El ciclo se apresuró a cortarle el paso situándose justo delante del puente. Desde allí, con una carcajada, arrancó las cuerdas que lo sostenían.

Muy bien. Los feruquimistas no eran como los alomantes. No podían echarse una nueva carga de metal a la boca y seguir funcionando. A lo mejor podía hacer que se le terminara la fuerza almacenada.

El ciclo soltó las cuerdas, dejando que la construcción de madera se derrumbara.

—Trell te buscaba a ti en concreto, alguacil —comentó en una voz que parecía demasiado aguda para un cuerpo tan enorme—. Es muy amable por tu parte entregarte a mí.

Marasi dio media vuelta y corrió hacia su rifle. Oyó que la perseguían unas pisadas atronadoras, que le iban ganando terreno y la obligaron a arrojarse al suelo justo antes de llegar al arma. La maniobra impidió por los pelos que el hombre la agarrara.

Rodó mientras el ciclo descargaba un puñetazo que impactó contra el suelo, y el hombre gruñó y levantó los nudillos ensangrentados. La fuerza feruquímica podía ser peligrosa. De hecho, muchas de las artes metálicas podían dañar a quien las utilizaba, la de Marasi incluida. Logró esquivar también los siguientes puñetazos. Por suerte para ella, el ciclo no parecía tener mucha práctica con su poder. Aunque su ropa estaba pensada para sobrevivir a él, era evidente que no estaba cómodo moviéndose y luchando en aquella forma más voluminosa.

¿Qué clase de feruquimista no practicaba con su capacidad? Marasi intentó llegar al rifle, arrodillándose y medio abalanzándose, medio cayendo hacia él. El ciclo fue más rápido: saltó por encima de Marasi con un poderoso impulso y agarró el arma. Entonces la partió por la mitad y arrojó el cañón hacia ella.

Marasi activó la granada justo a tiempo y el cañón rebotó de vuelta hacia él. Pero tenía la cajita agarrada en mala postura y casi le resbaló de entre los dedos por la sacudida que dio al repeler un objeto en movimiento.

Empujones de acero. Transferencia de fuerza. El ciclo no era el único que estaba utilizando un poder con el que no tenía mucha práctica.

Desactivó la granada mientras el ciclo esquivaba. El cañón del rifle rebotó contra la pared de atrás y rodó hacia ella. Marasi intentó recogerlo para usarlo a modo de porra.

Por desgracia, el hombre se lanzó hacia ella y le aferró el brazo izquierdo, el que sostenía la caja. Sus fuertes dedos le estrujaron la carne, y herrumbres, daba la sensación de que podrían aplastarle los mismos huesos. Maldiciendo dolorida, Marasi llevó la otra mano a la vaina de su cinturón. Mientras le empezaban a llorar los ojos, alzó una pequeña y reluciente arma y descargó una puñalada que atravesó el brazo del ciclo.

Su enemigo aulló y la soltó antes de arrancarse el arma sanguinolenta de la carne.

—Daga de cristal —dijo ella—. Un clásico.

El hombre la miró furibundo y levantó el brazo. La herida sangrante empezó a sanar.

Diablos. ¿Sanación feruquímica? Aquello lo demostraba. Marasi nunca había conocido a nadie que tuviera por naturaleza dos poderes feruquímicos. Ese hombre estaba usando el arte prohibido. La hemalurgia.

Marasi recogió el cañón del rifle y retrocedió, pero los movimientos del combate la habían situado de forma que solo podía alejarse hacia el abismo. Cada pisada la alejaba más del túnel por el que había llegado, su única posible ruta de escape. Herrumbres.

Cedió terreno, paso a paso, mientras devolvía la daga a su vaina. Entonces vio horrorizada que los ojos del ciclo empezaban a emitir un tenue resplandor rojo.

—Trell está escogiendo anfitriones —dijo—. Avatares a los que otorga su poder. ¿Qué te parecería ser el logro que me demuestre digno de la inmortalidad, vigilante de la ley? Lo único que tienes que hacer es morir.

Marasi siguió hacia atrás, devanándose los sesos. El ciclo no parecía preocupado por ir a quedarse sin fuerza a corto plazo. Al cabo de unos momentos la había llevado hasta la grieta, cerca de la acumulación de rocas tras la que había estado escondido. Marasi pasó detrás de ellas, pero no eran muy altas.

Una mirada rápida la informó de que el precipicio, del que ya solo la separaban escasos centímetros por detrás, tenía al menos dieciséis metros de profundidad. No podría escapar por él.

—Te has dejado acorralar contra una sima —dijo él avanzando—. Y ahora, ¿qué? Quizá haya llegado el momento de… ¿Cómo era? ¿Ser lista y rendirte?

Marasi preparó la granada para que se activara con unos segundos de retraso y la encajó en un agujero entre las rocas. Entonces agarró el cañón del rifle, que llevaba bajo el brazo, y se lo apretó con fuerza contra el pecho.

El hombre frunció el ceño. La granada se activó.

Transferencia de fuerza. Cada empujón de acero creaba un empujón equivalente en dirección opuesta. La granada repelió el cañón del rifle, que hizo volar a Marasi hacia atrás con un enorme impulso, tanto que salvó el abismo.

Se estampó de espaldas contra la pared. El impacto la dejó aturdida, y en ese momento la granada se agotó. Marasi cayó al suelo. Había cruzado al otro lado de la grieta, como tenía previsto, pero estaba sin aliento y mareada.

Entre lágrimas, vio que el ciclo tomaba carrerilla y cruzaba el abismo de un salto. Así que Marasi gateó por el suelo, medio cegada por el dolor, buscando sobre la piedra polvorienta, desesperada por encontrar la pistola…

¡Ahí estaba!

El ciclo se cernía sobre ella como una espantosa sombra, con el brazo alzado para aplastarle el cráneo. Marasi reaccionó con tres disparos directos a la cara. El hombre cayó.

«Madre mía», pensó Marasi, incorporándose a pesar del dolor. Wax hacía cosas como aquella a todas horas. Saltar por acantilados, volar de un lado a otro y estrellarse contra cosas. ¿Cómo narices no tenía el cuerpo hecho un guiñapo?

Se palpó las costillas, esperando no tener nada roto. Lo que más le dolía era el hombro izquierdo, y Marasi hizo una mueca. El dolor la distraía tanto que tuvo que obligarse a concentrarse. Un disparo en la cabeza debería impedir que un hacedor de sangre sanara, pero una parte de ella no dejaba de insistir en que lo comprobara de todos modos.

Se acercó resollando para inspeccionar el cadáver. Y vio que las heridas de bala estaban curándose en la cabeza del hombre, los agujeros del cráneo cerrándose.

Herrumbrosos demonios.

Giró el cuerpo desplomado bocarriba y se apresuró a sacar la daga de la vaina. ¿Aquel tipo estaba sanando de balazos en la cabeza? Allí pasaba algo muy raro. Le disparó de nuevo, pero sería solo un remedio temporal.

Así que le rasgó la camisa y descubrió cuatro clavos bien hundidos entre las costillas. Como había sospechado. Cuchillo en mano, emprendió la repugnante tarea de sacárselos. Aceleró el ritmo al darse cuenta de que al menos uno de ellos estaba hecho de un extraño metal con manchas de color rojo oscuro, parecidas al óxido. Un metal que llevaban una eternidad buscando.

Los ojos del ciclo se abrieron de sopetón, aunque tenía la mandíbula partida y agujeros en el cráneo. Marasi maldijo y se apresuró aún más, urgiendo a sus dedos ensangrentados a esforzarse por soltar el primero de los cuatro clavos, tan incrustado entre las costillas que costaba de liberar.

¡Los ojos! Brillaban con un intenso fulgor rojo.

—La ceniza viene de nuevo —dijo el hombre entre labios sanguinolentos, con un extraño chirrido en la voz—. El mundo caerá ante ella. Tendréis lo que os merecéis, y todo se marchitará bajo una nube de negrura y una mortaja de cuerpos abrasados y hechos ceniza.

Marasi apretó los dientes, afanándose con el punzón de metal que parecía oxidado, resbaladizo por la sangre.

—Vuestro fin… —susurró la voz—. Vuestro fin se avecina. Ya sea por la ceniza o a manos de los hombres de dorado y rojo. Dorado y…

Marasi arrancó el clavo. El brillo rojo se desvaneció, el cuerpo se derrumbó, la curación cesó. Marasi le buscó el pulso en el cuello de todos modos, e incluso después de no encontrarlo, sacó los otros tres clavos del cuerpo.

Luego por fin se apoyó en la pared, gimiendo un poco. Más valía que Wayne hubiera encontrado la forma de lidiar con los demás ladrones… porque Marasi dudaba mucho que tuviera la fuerza suficiente para levantar una pistola en esos momentos. Cerró los ojos y trató de no pensar en aquella terrible voz.