Tomad Sengar: Patriarca del linaje Sengar.
Uruth: Matriarca del linaje Sengar.
Temor Sengar: Primogénito, maestro de armas de las tribus.
Trull Sengar: Segundo hijo.
Binadas Sengar: Tercer hijo.
Rhulad Sengar: Cuarto e hijo menor.
Mayen: Prometida de Temor.
Hannan Mosag: Rey hechicero de la confederación de las Seis Tribus.
Theradas Buhn: Primogénito del linaje Buhn.
Midik Buhn: Segundo hijo.
Badar: No ha sido iniciado.
Rethal: Guerrero.
Canarth: Guerrero.
Choram Irard: No ha sido iniciado.
Kholb Harat: No ha sido iniciado.
Matra Brith: No ha sido iniciado.
Udinaas
Bruja de la Pluma
Hulad
Virrick
Ezgara Diskanar: Rey de Letheras.
Janall: Reina de Letheras.
Quillas Diskanar: Príncipe y heredero.
Unnutal Hebaz: Preda (comandante) del ejército letherii.
Brys Beddict: Finadd (capitán) y paladín del rey, el menor de los hermanos Beddict.
Moroch Nevath: Finadd de la escolta del príncipe Quillas Diskanar.
Kuru Qan: Ceda (hechicero) del rey.
Nisall: Primera concubina del rey.
Turudal Brizad: Primer consorte de la reina.
Nifadas: Primer eunuco.
Gerun Eberict: Finadd de la Guardia Real.
Triban Gnol: Canciller.
Laerdas: Mago del séquito del príncipe.
Buruk el Pálido: Mercader del norte.
Seren Pedac: Corifeo de Buruk el Pálido.
Casco Beddict: Centinela del norte, primogénito de los hermanos Beddict.
Nekal Bara: Hechicera.
Arahathan: Mago.
Enedictal: Mago.
Yan Tovis (Crepúsculo): Atri-preda en Fent Límite.
Tehol Beddict: Ciudadano de la capital, el mediano de los hermanos Beddict.
Hejun: Empleada de Tehol.
Rissarh: Empleada de Tehol.
Shand: Empleada de Tehol.
Chalas: Vigilante.
Biri: Mercader.
Huldo: Propietario de establecimiento.
Bicho: Sirviente de Tehol.
Ublala Pung: Delincuente.
Harlest: Guarda de una hacienda.
Ormly: Campeón de los Cazarratas.
Rucket: Investigadora jefe, gremio de los Cazarratas.
Bubyrd: Gremio de los Cazarratas.
Espejeo: Gremio de los Cazarratas.
Rubí: Gremio de los Cazarratas.
Ónice: Gremio de los Cazarratas.
Centelleo: Gremio de los Cazarratas.
Tetera: Niña.
Shurq Elalle: Ladrona.
Selush: Amortajadora de los muertos.
Padderunt: Ayudante de Selush.
Urul: Jefe de sirvientes en el establecimiento de Huldo.
Pulgadas: Ciudadano.
Hulbat: Ciudadano.
Turble: Ciudadano.
Unn: Indigente mestizo.
Delisp: Matrona del burdel El Templo.
Prist: Jardinero.
Rall el Fuerte: Asesino.
Cerdo Verde: Mago infame de épocas pasadas.
Asimismo: Fabricante de armas meckros.
Corteza: Nacth.
Mape: Nacth.
Pule: Nacht.
El del Interior
Silchas Ruina: Soletaken eleint tiste andii.
Scabandari Ojodesangre: Soletaken eleint tiste edur.
Gothos: Jaghut.
Rud Ealle: Niño.
Barras de Hierro: Soldado.
Corlo: Mago.
Mediopico: Soldado.
Ulshun Pral: Imass.
Primeros días de la partición de Emurlahn
Invasión edur, era de Scabandari Ojodesangre
Época de los dioses ancestrales
De las nubes retorcidas y henchidas de humo llovía sangre. Los últimos de los torreones del cielo, envueltos en llamas y derramando humo negro, habían abandonado el cielo. Su descenso irregular había abierto surcos en el suelo al chocar y partirse en mil pedazos con reverberaciones atronadoras que esparcieron rocas manchadas de sangre entre los rimeros de cadáveres que cubrían la tierra de un horizonte a otro.
Las grandes ciudades colmena habían quedado reducidas a escombros cubiertos de ceniza, y las inmensas nubes que se alzaban sobre cada una de ellas y que se habían disparado hacia los cielos con su destrucción (nubes llenas de rocalla, restos desgarrados y sangre), giraban en tormentas de calor disipado que colmaban el cielo.
Entre los ejércitos aniquilados, las legiones de los conquistadores se reagrupaban en la llanura central, buena parte de la cual estaba cubierta de losas colocadas con exquisitez (allí donde el impacto de los torreones del cielo no había esculpido profundas zanjas), aunque dificultaba la ratificación de las formaciones el sinfín de cadáveres de los derrotados. Y el agotamiento. Las legiones pertenecían a dos ejércitos independientes, aliados en esa guerra, y estaba claro que uno había corrido muchísima mejor suerte que el otro.
La bruma sanguinolenta envolvía las inmensas alas del color del hielo de Scabandari cuando bajó haciendo un barrido entre las nubes revueltas, agitaba con un parpadeo constante las membranas para despejar los draconianos ojos de un color azul gélido. El dragón se ladeó en pleno descenso e inclinó la cabeza para examinar a sus hijos victoriosos. Los estandartes grises de las legiones tiste edur oscilaban, intermitentes, sobre los guerreros que se iban reuniendo y Scabandari calculó que al menos restaban mil ochocientos de sus parientes de sombra. A pesar de todo ello, habría luto y lamentos en las tiendas de Primer Desembarco esa noche. El día había empezado con más de doscientos mil tiste edur marchando sobre la llanura. Con todo... era suficiente.
Los edur habían chocado con el flanco oriental del ejército k’chain che’malle, aunque habían antepuesto a su carga oleadas de hechicería devastadora. Las formaciones del enemigo se habían reunido para enfrentarse a un asalto frontal y su lentitud había resultado letal a la hora de girar para afrontar la amenaza que les llegaba por el flanco. Como una daga, las legiones edur habían penetrado hasta el corazón del ejército.
Al acercarse, Scabandari vio en el fondo, repartidos aquí y allá, los estandartes pardos de los tiste andii. Quedaban mil guerreros, quizá menos. La victoria era una reivindicación más dudosa para esos aliados magullados. Habían combatido contra los cazadores k’ell, la élite de los ejércitos emparentados con las tres matronas. Cuatrocientos mil tiste andii contra sesenta mil cazadores. Compañías adicionales de andii y edur habían asaltado los torreones del cielo, pero estos habían sabido que su muerte era segura y el sacrificio había sido fundamental en la victoria de ese día, pues se había impedido a los torreones del cielo acudir en ayuda de los ejércitos de la llanura. Por sí mismos, los asaltos contra los cuatro torreones del cielo habían surtido solo un efecto marginal (a pesar de que los colas cortas eran pocos en número, su ferocidad había resultado devastadora), pero la sangre tiste derramada había ganado tiempo suficiente para que Scabandari y su aliado dracónico soletaken se acercaran a las fortalezas flotantes y desataran sobre ellas las sendas de Starvald Demelain, Kurald Emurlahn y Galain.
El dragón se precipitó a tierra, allí donde un revoltijo amontonado de cadáveres de k’chain che’malle marcaba la última posición defendida por una de las matronas. Kurald Emurlahn había masacrado a los defensores y unas sombras salvajes todavía aleteaban por las laderas como espectros. Scabandari abrió las alas, abofeteó el aire húmedo y se posó sobre los cuerpos de reptil.
Un momento más tarde adoptó su forma tiste edur. La piel del tono del hierro forjado, el largo cabello gris suelto, una cara adusta y aquilina con ojos duros muy juntos. Una boca amplia y gacha que no lucía arruga alguna de risa. Frente alta y lisa, con cicatrices diagonales de un blanco vívido que contrastaban con la piel morena. Vestía un arnés de cuero que sostenía su mandoble, un par de cuchillos largos en la cadera y de los hombros le colgaba una capa de escamas, el pellejo de una matrona, lo bastante reciente para brillar todavía con sus aceites naturales.
Se alzó, una figura alta envuelta en gotas de sangre que observaba la reunión de las legiones. Varios oficiales edur miraron en su dirección y después comenzaron a dirigir a sus tropas.
Scabandari giró entonces al noroeste y entornó los ojos para contemplar las nubes que ondeaban en el cielo. Un momento más tarde, un inmenso dragón de un blanco óseo irrumpió entre ellas, si acaso incluso más grande que el propio Scabandari cuando se transformaba en dragón. También envuelto en sangre... y buena parte era suya, pues Silchas Ruina había combatido junto a sus parientes andii contra los cazadores k’ell.
Scabandari observó acercarse a su aliado y solo retrocedió cuando el enorme dragón se posó en la cima de la colina y después se convirtió a toda prisa. Le sacaba una cabeza o más al soletaken tiste edur, pero era de una delgadez excesiva, los músculos tensos como cuerdas bajo la piel lisa, casi translúcida. Las garras de un ave rapaz resplandecían en el cabello blanco, largo y espeso del guerrero. El rojo de sus ojos parecía febril, tanto era su brillo. Silchas Ruina tenía heridas: cuchilladas que le cruzaban el cuerpo. La mayor parte de la armadura del torso se le había caído y revelaba el verde azulado de las venas y las arterias que abrían rastros que se repartían bajo la piel fina y lampiña del pecho. Tenía las piernas resbaladizas de sangre, al igual que los brazos. Las dos vainas de las caderas estaban vacías, había roto ambas armas, a pesar del tejido de hechicería que las investía. La suya había sido una batalla desesperada.
Scabandari inclinó la cabeza a modo de saludo.
—Silchas Ruina, hermano en espíritu. El más incondicional de los aliados. Contempla la llanura, la victoria es nuestra.
La cara pálida del tiste andii albino se crispó en una mueca silenciosa de desprecio.
—Mis legiones tardaron demasiado en acudir en tu ayuda —dijo Scabandari—. Y por ello mi corazón se rompe al observar tus pérdidas. Con todo, ahora dominamos la puerta, ¿no es cierto? El sendero que lleva a este mundo nos pertenece y el mundo en sí se despliega ante nosotros... para saquearlo, para trincharlo para los loables imperios de nuestros pueblos.
Los largos dedos de las manos manchadas de Ruina sufrieron una contracción y su dueño contempló la llanura que tenía debajo. Las legiones edur habían vuelto a formar en un círculo desigual alrededor de los últimos andii supervivientes.
—La muerte contamina el aire —rezongó Silchas Ruina—. Apenas puedo inhalar para hablar.
—Ya habrá tiempo para hacer nuevos planes más tarde —dijo Scabandari.
—Mi pueblo ha sido masacrado. Nos rodeáis ahora, pero vuestra protección llega demasiado tarde.
—Simbólica entonces, hermano mío. Hay otros tiste andii en este mundo, tú mismo lo dijiste. Solo has de encontrar esa primera oleada y recobrarás tus fuerzas. Es más, otros vendrán. Mis parientes y los tuyos, ambos, huyendo de nuestras derrotas.
El ceño de Silchas Ruina se profundizó.
—La victoria de este día es una alternativa amarga.
—Los k’chain che’malle casi han desaparecido, lo sabemos. Hemos visto las muchas otras ciudades muertas. Ya solo permanece Alborada, y eso en un continente lejano, donde los colas cortas comienzan ahora a romper sus cadenas en una rebelión bañada en sangre. Un enemigo dividido es un enemigo que no tarda en derrumbarse, amigo mío. ¿Qué otro pueblo en este mundo tiene poder suficiente para enfrentarse a nosotros? ¿Los jaghut? Están muy repartidos y son pocos. ¿Los imass? ¿Qué pueden lograr armas de piedra contra nuestro hierro? —Se quedó callado un momento y después continuó—. Los forkrul assail no parecen muy dispuestos a juzgarnos. Y, en cualquier caso, con cada año que pasa parece que haya menos. No, amigo mío, con la victoria de hoy este mundo queda a nuestros pies. Aquí no sufriréis las guerras civiles que atormentan Kurald Galain. Y mis seguidores y yo escaparemos de la escisión que plaga ahora Kurald Emurlahn...
Silchas Ruina lanzó un bufido.
—Una escisión que ha creado tu mano, Scabandari.
Seguía estudiando las fuerzas tiste de la llanura, así que no vio el destello de furia que respondió a su displicente comentario, un destello que se desvaneció un instante después, cuando la expresión de Scabandari recuperó una vez más la ecuanimidad.
—Un mundo nuevo para nosotros, hermano.
—Hay un jaghut en la cima de un risco septentrional —dijo Silchas Ruina—. Testigo de la guerra. No me acerqué, pues percibí el comienzo de un ritual. Omtose Phellack.
—¿Temes a ese jaghut, Silchas Ruina?
—Temo lo que no conozco, Scabandari... Ojodesangre. Y queda mucho por aprender sobre este reino y sus costumbres.
—Ojodesangre.
—Tú no te ves —dijo Ruina—, pero yo te doy ese nombre por la sangre que mancha ahora tu... visión.
—Tiene gracia, Silchas Ruina, viniendo de ti. —Después, Scabandari se encogió de hombros y se dirigió al borde septentrional del montón, donde pisaba con cuidado los cadáveres que se movían bajo él—. Un jaghut, has dicho... —Se dio la vuelta, pero Silchas Ruina le había dado la espalda. El tiste andii había bajado la mirada y contemplaba a sus escasos seguidores supervivientes que continuaban en la llanura.
—Omtose Phellack, la senda de Hielo —dijo Ruina sin girarse—. ¿Qué es lo que conjura, Scabandari Ojodesangre? Me pregunto...
El soletaken edur regresó con Silchas Ruina.
Estiró el brazo hacia la parte exterior de su bota izquierda y sacó una daga grabada por sombras. La hechicería jugueteaba sobre el hierro.
Un último paso y la daga se clavó en la espalda de Ruina.
El tiste andii sufrió un espasmo y después rugió... al tiempo que las legiones edur se volvían de repente contra los andii y se precipitaban al interior del círculo desde todas direcciones para llevar a cabo la última matanza del día.
La magia tejió cadenas retorcidas alrededor de Silchas Ruina y el tiste andii albino se desmoronó.
Scabandari Ojodesangre se agachó sobre él.
—Es la costumbre de los hermanos, y es triste —murmuró—. Uno solo debe dominar. Dos no pueden. Bien sabes que es cierto. Grande como es este mundo, Silchas Ruina, antes o después habría una guerra entre los edur y los andii. La verdad de nuestra sangre lo dirá. Así pues, solo uno dominará la puerta. Solo los edur pasarán. Daremos caza a los andii que ya están aquí, ¿qué paladín pueden producir que pueda desafiarme? Se pueden dar ya por muertos. Y así debe ser. Un pueblo. Un gobernante. —Se irguió cuando los últimos lamentos de los guerreros andii moribundos resonaban en la llanura—. Sí, no puedo matarte directamente, eres demasiado poderoso. Así pues, te llevaré a un lugar adecuado y te dejaré a merced de las raíces, la tierra y la piedra de sus terrenos mutilados...
Se transformó en dragón. Las garras de un pie enorme se cerraron alrededor del inmóvil Silchas Ruina y Scabandari Ojodesangre se alzó por los cielos entre un tronar de alas.
La torre estaba a menos de cien leguas, al sur, solo el bajo muro desmoronado encerraba el patio que revelaba que no era una construcción jaghut, que había surgido junto a las tres torres jaghut por voluntad propia, como respuesta a una ley insondable tanto para dioses como para mortales. Surgida... para aguardar el regreso de aquellos a los que habría de encerrar para toda la eternidad. Criaturas de un poder letal.
Como el tiste andii soletaken, Silchas Ruina, tercer y último hijo de los tres hijos de Madre Oscuridad.
Lo que eliminaba del camino de Scabandari Ojodesangre al último de los dignos oponentes que se contaban entre los tiste.
Los tres hijos de Madre Oscuridad.
Tres nombres...
Andarist, que ha mucho tiempo que renunció a su poder como respuesta a una pena que nunca podría sanar. Sin saber que la mano que causó esa pena era la mía...
Anomandaris Irake, que rompió con su madre y con los suyos. Que después desapareció antes de que pudiera ocuparme de él. Se desvaneció y con toda probabilidad jamás se le volverá a ver.
Y ahora Silchas Ruina, que en muy poco tiempo conocerá la prisión eterna de los Azath.
Scabandari Ojodesangre estaba satisfecho. Por su pueblo. Por sí mismo. Ese mundo él lo conquistaría. Solo los primeros colonos andii podrían desafiar sus derechos.
¿Un paladín de los tiste andii en este reino? No se me ocurre ninguno... nadie que tenga poder suficiente para enfrentarse a mí...
No se le ocurrió a Scabandari Ojodesangre preguntarse adónde, de los tres hijos de Madre Oscuridad, podría haber ido el que se había desvanecido.
Pero ni siquiera ese fue su mayor error...
En una berma glacial del norte, el jaghut solitario comenzó a tejer la hechicería de Omtose Phellack. Había presenciado la devastación forjada por los dos eleint soletaken y los ejércitos que los acompañaban. Poca comprensión dedicó a los k’chain che’malle. De todos modos se estaban extinguiendo por una miríada de razones, ninguna de las cuales concernía demasiado al jaghut. Tampoco le preocupaban los intrusos. Hacía ya mucho tiempo que había perdido la capacidad de preocuparse. Junto con el miedo. Y, había que admitir, también el asombro.
Sintió la traición cuando se produjo, el florecimiento distante de la magia y el derramamiento de sangre ascendente. Y los dos dragones habían terminado por ser solo uno.
Típico.
Y después, apenas unos minutos después, en el momento en que descansaba entre tejido y tejido de su ritual, percibió que alguien se acercaba por detrás. Un dios ancestral, llegado para responder a la violenta fisura abierta entre los reinos. Como era de esperar. Con todo... ¿qué dios? ¿K’rul? ¿Draconus? ¿La Hermana de las Noches Frías? ¿Osserc? ¿Kilmandaros? ¿Sechul Lath? A pesar de su estudiada indiferencia, la curiosidad al fin lo obligó a girarse para mirar al recién llegado.
Ah, inesperado... pero interesante.
Mael, Señor Ancestral de los Mares, era ancho y achaparrado, con una piel de color azul profundo que se iba apagando hasta convertirse en un dorado pálido en la garganta y el vientre desnudo. El cabello rubio y lacio le caía suelto de la testa ancha y casi plana. Y en los ojos ambarinos de Mael, una rabia crepitante.
—Gothos —dijo Mael con voz ronca—, ¿con qué ritual respondes a esto?
El jaghut frunció el ceño.
—Han provocado un desastre. Mi intención es purificarlo.
—Hielo —se burló el dios ancestral—. La respuesta jaghut para todo.
—¿Y cuál sería la tuya, Mael? ¿Una inundación o... una inundación?
El dios ancestral miró al sur con los músculos de la mandíbula tensos.
—Voy a tener una aliada. Kilmandaros. Viene del otro lado del desgarro.
—Solo queda un soletaken tiste —dijo Gothos—. Parece que acabó con su compañero y en estos momentos se dispone a entregarlo a la custodia del atestado patio de la torre Azath.
—Prematuro. ¿Cree que los k’chain che’malle son los únicos que se le oponen en este reino?
El jaghut se encogió de hombros.
—Es muy probable.
Mael se quedó callado un rato, después suspiró antes de hablar.
—Con tu hielo, Gothos, no destruyas todo esto. En su lugar, te pido que... conserves.
—¿Por qué?
—Tengo mis razones.
—Me alegro por ti. ¿Cuáles son?
El dios ancestral le lanzó una mirada lúgubre.
—Malnacido insolente.
—¿Para qué cambiar?
—En los mares, jaghut, el tiempo carece de velos. Surcan las profundidades corrientes de una antigüedad inmensa. En los bajíos susurra el futuro. Las mareas fluyen entre ellos en un intercambio incesante. Así es mi reino. Tal es lo que yo conozco. Sella esta devastación en tu maldito hielo, Gothos. En este lugar, congela el tiempo en sí. Hazlo y yo aceptaré que tengo una deuda contigo... deuda que un día te podría resultar útil.
Gothos reflexionó sobre las palabras del dios ancestral y después asintió.
—Es muy posible. Muy bien, Mael. Ve con Kilmandaros. Aplasta a este eleint tiste y desperdiga su pueblo. Pero hazlo rápido.
Mael entornó los ojos.
—¿Por qué?
—Porque percibo un despertar lejano, pero no, por desgracia, tan lejano como te gustaría.
—Anomander Rake.
Gothos asintió.
Mael se encogió de hombros.
—Previsto. Osserc se dispone a interponerse en su camino.
La sonrisa del jaghut reveló sus inmensos colmillos.
—¿Otra vez?
El dios ancestral no pudo evitar responder con una sonrisa propia.
Y aunque los dos sonrieron, no era mucho el humor que reinaba en aquella berma glacial.
Año 1159 del Sueño de Ascua
Año de las Vetas Blancas en el Ébano
Tres años antes del Séptimo Cierre letherii
Despertó con la barriga llena de sal, desnudo y medio enterrado en arena blanca, entre los detritos de la tormenta. Las gaviotas graznaban en el cielo y sus sombras rodaban por las ondulaciones de la playa. Unos calambres le provocaron espasmos en las tripas, gimió y se dio la vuelta poco a poco.
Vio que había más cuerpos en la playa. Y restos. Trozos y balsas de hielo que se fundían a toda prisa crujían en los bajíos. Los cangrejos se escabullían por millares.
El gigantesco hombre se irguió hasta quedar a cuatro patas. Y después vomitó fluidos amargos en las arenas. Unas palpitaciones le machacaban la cabeza, lo bastante fieras como para dejarlo medio ciego, y todavía tardó un tiempo en poder mecerse lo suficiente como para sentarse y mirar furioso una vez más la escena que se abría a su alrededor.
Una orilla donde no tenía sitio orilla alguna.
Y la noche antes, entre montañas de hielo que se alzaban de las profundidades, una (la más grande de todas) había alcanzado la superficie justo bajo la inmensa ciudad flotante de Meckros. La había roto en mil pedazos como si fuera una balsa de simples ramas. Las historias de Meckros no relataban nada ni remotamente parecido a la devastación que él había visto allí forjada. La aniquilación repentina y casi absoluta de una ciudad que albergaba veinte mil almas. La incredulidad todavía lo atormentaba, como si sus recuerdos contuvieran imágenes imposibles conjuradas por un cerebro enfebrecido.
Pero sabía que no había imaginado nada. No había hecho más que presenciar.
Y, de algún modo, sobrevivir.
El sol era cálido pero no quemaba. El cielo era de un color blanco lechoso en lugar de azul. Y las gaviotas, vio en ese momento, eran otra cosa muy diferente. Parecidas a reptiles y de alas pálidas.
Se puso en pie tambaleándose. El dolor de cabeza se desvanecía por momentos, pero los escalofríos embargaban todo su cuerpo y la sed era un demonio furioso que intentaba arrancarle la garganta.
Los gritos de los lagartos voladores cambiaron de tono y se giró para mirar tierra adentro.
Habían aparecido tres criaturas trepando entre los terrones pálidos de hierba que surgían por encima de la marca de la marea. No le llegaban a él a la cadera, eran de piel negra, sin pelo, cabezas de una redondez perfecta y orejas puntiagudas. Bhoka’ral, los recordaba de su juventud, cuando un navío mercante de Meckros había regresado de Nemil; pero esos parecían versiones más musculosas, al menos el doble de grandes que los animalitos con los que habían regresado los mercaderes a la ciudad flotante. Las criaturas se dirigieron a él sin dudar.
Miró a su alrededor en busca de algo que utilizar a modo de arma y encontró un trozo de madera que le podía servir de bate. Lo levantó y esperó a que los bhoka’ral se acercaran más.
Se detuvieron, los ojos inyectados de amarillo se clavaron en él.
Entonces el del medio hizo un gesto.
Ven. No cabía duda sobre lo que significaba aquella llamada demasiado humana.
El hombre volvió a examinar la playa, ninguno de los cuerpos que veía se movía, y los cangrejos se alimentaban sin encontrar oposición alguna. Se quedó mirando una vez más al extraño cielo y después se dirigió hacia las tres criaturas.
Estas retrocedieron y lo condujeron cuesta arriba, hasta el borde cubierto de hierba.
Aquellas hierbas no se parecían a nada que él hubiera visto jamás, largos triángulos tubulares de bordes afilados, como descubrió una vez atravesadas, cuando se encontró la parte inferior de las piernas repleta de cortes. Más allá, una llanura plana que se extendía tierra adentro y solo albergaba algún que otro terrón de la misma hierba. El terreno que había en medio estaba incrustado de sal y era estéril. Unos cuantos trozos de piedra salpicaban la llanura, no había dos iguales y todos eran extraños, angulares y respetados por los años.
A lo lejos se levantaba una tienda solitaria.
Los bhoka’ral lo guiaron hacia ella.
Cuando se acercaron vio jirones de humo que salían del pico de la tienda y la solapa partida que marcaba la puerta.
Su escolta se detuvo y otro gesto le señaló la entrada. El hombre se encogió de hombros, se agachó y reptó al interior.
Bajo la tenue luz se veía una figura sentada y cubierta, una capucha disimulaba sus rasgos. Delante tenía un brasero del que surgían unos vapores embriagadores. Al lado de la entrada había una botella de cristal, fruta seca y una hogaza de pan moreno.
—La botella contiene agua de manantial —dijo la figura con voz ronca en la lengua de los meckros—. Por favor, tómate tu tiempo para recuperarte de tu ordalía.
El hombre rezongó un agradecimiento y cogió de inmediato la botella.
Con la sed felizmente aplacada, estiró la mano para coger el pan.
—Te lo agradezco, desconocido —dijo con tono sonoro, después sacudió la cabeza—. Ese humo hace que flotes ante mis ojos.
Una tos seca que podría haber sido una carcajada y después algo parecido a un encogimiento de hombros.
—Mejor que ahogarse. Por desgracia, alivia mi dolor. No te entretendré mucho tiempo. Eres Asimismo, el fabricante de espadas.
El hombre se sobresaltó y frunció la amplia frente.
—Sí, soy Asimismo, de la Tercera Ciudad de Meckros, que ya ha dejado de ser.
—Un acontecimiento trágico. Eres el único superviviente... gracias a mis esfuerzos, aunque forzó mucho mis poderes intervenir de ese modo.
—¿Qué lugar es este?
—Ningún sitio, en el corazón de ningún sitio. Un fragmento con tendencia a vagar. Yo le doy la vida que puedo imaginar, conjurada a partir de los recuerdos de mi hogar. Recupero fuerzas, aunque la agonía de mi cuerpo roto no se aplaca. Pero escucha, he hablado y no he tosido. Ya es algo. —Una mano mutilada apareció en una manga andrajosa y esparció unas semillas sobre los carbones del brasero. Estas escupieron y estallaron y el humo se hizo más denso.
—¿Quién eres? —preguntó Asimismo.
—Un dios caído... que necesita de tus habilidades. Lo he preparado todo para tu llegada, Asimismo. Una morada, una forja, toda la materia prima que necesitarás. Ropas, alimentos, agua. Y tres devotos sirvientes, a quienes ya has conocido...
—¿Los bhoka’ral? —bufó Asimismo—. ¿Qué pueden...?
—No bhoka’ral, mortal. Aunque quizá antaño lo fueron. Son nachts. Los he llamado Corteza, Mape y Pule. Están hechos al modo jaghut, capaces de aprender todo lo que requieras de ellos.
Asimismo hizo amago de levantarse.
—Te agradezco que me salvaras, caído, pero he de despedirme. Me gustaría regresar a mi propio mundo...
—No lo entiendes, Asimismo —siseó la figura—. Harás lo que yo te diga o te encontrarás suplicando que te dé muerte. Ahora soy tu dueño, fabricante de espadas. Eres mi esclavo y yo soy tu señor. Los meckros tienen esclavos, ¿no? Almas desventuradas arrancadas de aldeas de otras islas y demás durante vuestras incursiones. El concepto, por tanto, te es conocido. No desfallezcas, sin embargo, pues una vez que hayas completado lo que te pido, serás libre de irte.
Asimismo todavía sostenía el bate, la pesada madera acunada en su regazo. Reflexionó un momento.
Una tos, luego risas, y después más toses, durante las que el dios levantó una mano sostenida. Cuando la tos seca cesó, el dios habló.
—Te aconsejo que no intentes nada desafortunado, Asimismo. Te he sacado de los mares con este propósito. ¿Acaso has perdido todo honor? Compláceme en esto, pues lamentarías de forma profunda suscitar mi ira.
—¿Qué es lo que pretendes que haga?
—Eso está mejor. ¿Qué es lo que pretendo que hagas, Asimismo? Bueno, solo lo que mejor sabes hacer. Hazme una espada.
—¿Eso es todo? —gruñó Asimismo.
La figura se inclinó hacia delante.
—Ah, bien, lo que tengo en mente es una espada muy particular...

Hay una lanza de hielo, recién hincada en el corazón de la tierra. El alma de su interior anhela matar. Aquel que empuñe esa lanza conocerá la muerte. Una y otra vez conocerá la muerte.
La visión de Hannan Mosag
¡Escuchad! Los mares susurran
y sueñan con verdades que todo lo rompen
en el desmoronamiento de la piedra.
Hantallit del Dique del Minero
Año de la Escarcha Tardía
Un año antes del Séptimo Cierre letherii
La ascensión de la Fortaleza Vacía
Este, así pues, es el relato. Entre el susurro de las mareas, cuando los gigantes se arrodillaron y se convirtieron en montañas. Cuando cayeron esparcidos por la tierra como las piedras de lastre del cielo pero no pudieron resistir contra el alba naciente. Entre el susurro de las mareas, hablaremos de uno de esos gigantes. Porque el relato se oculta con los suyos.
Y porque divierte.
Así pues.
En la oscuridad cerró los ojos. Solo de día elegía abrirlos, pues razonaba de la siguiente forma: la noche desafía la visión y, por tanto, si poco es lo que se puede ver, ¿qué sentido tiene intentar penetrar en la oscuridad?
Sed testigos también de esto. Llegó al borde de la tierra y descubrió el mar, y le fascinó aquel fluido misterioso. Una fascinación que se convirtió en una obsesión singular a lo largo de ese aciago día. Vio cómo las olas se movían, cómo recorrían la orilla entera, un movimiento incesante que siempre amenazaba con sumergir la tierra entera pero siempre fracasaba. Contempló el mar entre los fuertes vientos de la tarde, fue testigo de su salvaje agitación por toda la playa inclinada, y a veces era cierto que llegaba muy lejos, pero siempre se retiraba con aire hosco una vez más.
Cuando llegó la noche cerró los ojos y se acostó para dormir. Mañana, decidió, contemplaría una vez más ese mar.
En la oscuridad cerró los ojos.
Las mareas llegaron con la noche, subieron en un remolino que rodeó al gigante. Las mareas llegaron y lo ahogaron mientras dormía. Y el agua filtró minerales en su carne hasta que se convirtió en una roca, un risco nudoso en la playa. Después, cada noche durante miles de años, las mareas llegaron para ir agostando su forma. Para robar su silueta.
Pero no del todo. Para verlo de verdad, incluso hasta este día, hay que mirar en la oscuridad. O entornar mucho los ojos hasta convertirlos en ranuras bajo el sol más brillante. Mira de lado, o concéntrate en todo salvo la piedra en sí.
De todos los dones que Padre Sombra ha dado a sus hijos, este talento es el que más destaca. Apartar la mirada para ver. Confía en ello y te guiarán al interior de Sombra. Donde se ocultan todas las verdades.
Aparta la mirada para ver.
Ahora, aparta la mirada.
Los ratones se dispersaron cuando la sombra más profunda fluyó por la nieve que el atardecer había pintado de azul. Se escabulleron aterrados, pero, entre ellos, la suerte de uno ya estaba sellada. Las garras de una única pata emplumada bajaron con un golpe seco, penetraron en un cuerpecito peludo y aplastaron huesos diminutos.
Al borde del claro, la lechuza se había dejado caer en silencio de la rama, había surcado el cielo por encima de la nieve compacta y su desorden de semillas, y el arco de su vuelo, puntuado por un instante por la captura del ratón en el suelo, se alzó una vez más, en esa ocasión con un pesado aleteo, para ir a posarse en un árbol cercano. Aterrizó sobre una pata y en un instante había comenzado a alimentarse.
La figura que cruzó con un trote corto el claro una docena de instantes después no vio nada extraño. Todos los ratones habían desaparecido y la nieve era tan sólida que no habían dejado señales de su paso, la lechuza se quedó inmóvil en su hueco, entre las ramas de la pícea, con los ojos muy abiertos mientras seguía el avance de la figura por el claro. Una vez que pasó, la lechuza continuó comiendo.
El atardecer pertenecía a los cazadores y el ave raptora todavía no había terminado esa noche.
Mientras zigzagueaba entre el humus ribeteado de escarcha de la pista, los pensamientos de Trull Sengar se iban alejando, impidiendo que prestara atención al bosque que lo rodeaba. Se había distraído, cosa muy poco propia de él, y no atendía a todos los signos y señales que la naturaleza le ofrecía. Ni siquiera se había detenido para hacer una ofrenda a Sheltatha Sabiduría, Hija Atardecer, la más venerada de las Tres Hijas de Padre Sombra (aunque lo compensaría a la caída del sol del día siguiente), y poco antes se había movido sin atender a los trozos de luz persistente que emborronaban la pista, arriesgándose a llamar la atención de la veleidosa Sukul Ankhadu, la Hija del Engaño, también conocida como Moteada.
Los caladeros de Calach estaban repletos de focas. Habían llegado pronto y habían sorprendido a Trull mientras recogía jade puro por encima de la línea de la costa. Por sí sola, la llegada de las focas solo suscitaba emoción en el joven tiste edur, pero había habido otras llegadas, en barcos que rodeaban la bahía, y el agosto ya estaba muy adelantado.
Letherii, los pueblos de piel blanca del sur.
Se imaginaba la ira de los habitantes de la aldea a la que se acercaba cuando él les diera la noticia de su descubrimiento, una ira que él compartía. Esa usurpación de territorios edur era descarada, el robo de focas que por derecho pertenecían a su pueblo era un desafío arrogante de los antiguos acuerdos.
Había necios entre los letherii, igual que había necios entre los edur. Trull no imaginaba que esa usurpación fuera otra cosa que una operación no aprobada. La Gran Reunión se celebraría en solo dos ciclos lunares. No servía de nada a ninguno de los dos bandos derramar sangre a aquellas alturas. Por mucha razón que tuvieran los edur si atacaban y destruían a los barcos intrusos, la delegación letherii se enfurecería al conocer la matanza de sus ciudadanos, aunque fueran ciudadanos que contravenían las leyes. Las posibilidades de llegar a un nuevo acuerdo acababan de hacerse minúsculas.
Y eso inquietaba a Trull Sengar. Acababa de terminar una guerra larga y cruel para los edur, la idea de que pudiera comenzar otra era inconcebible.
Él no había avergonzado a sus hermanos durante las guerras de subyugación; en su ancho cinturón había una fila de veintiún remaches manchados de rojo, cada uno señalaba un golpe y entre ellos, siete estaban rodeados de pintura blanca para indicar que en ese concreto había matado. Entre los hijos varones de Tomad Sengar solo el cinturón de su hermano mayor lucía más trofeos, y así era como debía ser, dada la eminencia de Temor Sengar entre los guerreros de la tribu hiroth.
Por supuesto, las batallas contra las otras cinco tribus de los edur estaban constreñidas por reglas y prohibiciones estrictas y hasta las batallas más inmensas y prolongadas solo habían provocado un puñado de muertes. Con todo, las conquistas habían sido agotadoras. Contra los letherii no había reglas que obligaran a nada a los guerreros edur. No había que contar los golpes. Solo matar. Ni tampoco necesitaba tener el enemigo un arma en la mano, hasta los indefensos y los inocentes conocerían el mordisco de la espada. Una matanza así manchaba tanto al guerrero como a la víctima.
Pero Trull bien sabía que, aunque quizá censurara las muertes que habían de llegar, lo haría solo para sí, y avanzaría junto a sus hermanos con la espada en la mano, para hacer caer la justicia edur sobre los intrusos. No había elección. Si le daban la espalda a ese crimen, otros lo seguirían, en oleadas que nunca terminarían.
Su avance firme y constante lo llevó junto a las curtidurías, con sus artesas y pozos ribeteados de piedra, hasta el borde del bosque. Unos cuantos esclavos letherii lo miraron y se apresuraron a inclinarse en deferencia hasta que los dejó atrás. Los imponentes cedros de la muralla de la aldea se alzaban en el claro que tenía delante y, por encima, el humo de la madera flotaba en penachos estirados. Campos de fértil tierra negra se extendían a ambos lados de la pista estrecha y elevada que llevaba a la puerta lejana. El invierno solo acababa de empezar a liberar la tierra de sus garras y todavía faltaban semanas para que comenzara la primera siembra de la temporada. A mediados de verano, cerca de treinta tipos diferentes de plantas llenarían esos campos para proveerlos de medicinas, fibras y alimentos para el ganado; de entre ellas, muchas eran variedades de flor que atraían a las abejas de las que se procuraban cera y miel. Las mujeres de la tribu supervisaban a los esclavos durante la recolección. Los hombres se iban en pequeños grupos para adentrarse en el bosque para cortar madera o cazar, mientras que otros zarpaban en barcos knarri para recolectar en los mares y entre los bancos de peces.
O así debería ser, cuando la paz reinaba en las tribus. Los últimos doce años habían visto emprender el viaje a más partidas de guerra que de cualquier otro tipo, y por ello el pueblo había sufrido en ocasiones. Hasta la guerra, la hambruna jamás había amenazado a los edur. Trull quería ver el fin de tantos estragos. Hannan Mosag, rey hechicero de los hiroth, era ya señor supremo de todas las tribus edur. Entre una multitud de pueblos en guerra se había forjado una confederación, aunque Trull bien sabía que era una confederación de nombre solo. Hannan Mosag mantenía como rehenes a los primogénitos de los jefes subyugados, su cuadro de k’risnan, y gobernaba como dictador. Paz, por tanto, a punta de espada, pero paz no obstante.
Una figura reconocible salía sin prisa por la puerta de la empalizada y se acercaba a la bifurcación de la pista en la que Trull se detuvo.
—Te saludo, Binadas —dijo.
Una lanza iba atada a la espalda de su hermano menor, una mochila de piel de animal le colgaba de un hombro y descansaba contra una cadera; en el lado contrario, una espada larga de un solo filo en una vaina de madera envuelta en cuero. Binadas era media cabeza más alto que Trull, su faz tan curtida como las ropas de piel de ciervo que vestía. De los tres hermanos de Trull, Binadas era el más distante, evasivo y, por tanto, difícil de predecir, por no hablar ya de entender. Residía en la aldea solo ocasionalmente y parecía preferir la naturaleza salvaje del bosque occidental y las montañas del sur. Pocas veces se había unido a los otros en las incursiones, pero con frecuencia, cuando regresaba, llevaba trofeos de golpes, así que nadie dudaba de su valentía.
—Estás sin aliento, Trull —comentó Binadas—, y veo inquietud una vez más en tu rostro.
—Hay letherii amarrados junto a los caladeros de Calach.
Binadas frunció el ceño.
—No te demoraré, entonces.
—¿Estarás fuera mucho tiempo, hermano?
El hombre se encogió de hombros, después pasó junto a Trull y tomó la bifurcación occidental de la pista.
Trull Sengar continuó, atravesó la puerta y entró en la aldea.
Cuatro fraguas dominaban ese extremo interior del inmenso recinto vallado, cada una rodeada por una trinchera profunda y ladeada que se drenaba en un canal enterrado que se alejaba de la aldea y los campos circundantes. Durante lo que parecieron años, las forjas habían resonado de forma casi incesante con la elaboración de armas, y el hedor de vapores pesados y acres había llenado el aire y se había alzado para cubrir los árboles cercanos con un hollín incrustado de blanco. Al pasar, Trull vio que en ese día solo dos funcionaban y la docena aproximada de esclavos visibles no se apresuraba en su trabajo.
Más allá de las forjas se encontraban las alargadas cámaras de almacenamiento revestidas de ladrillo, una fila de edificios segmentados con forma de colmena que albergaban los excedentes de grano, pescado ahumado y carne de foca, aceite de ballena y las plantas de fibra cosechadas. Parecidas estructuras existían en el bosque profundo que rodeaba cada aldea, buena parte de las cuales estaban vacías en ese momento a consecuencia de las guerras.
Las casas de piedra de los tejedores, alfareros, talladores, escribas menores, armeros y otros muchos ciudadanos especializados de la aldea, surgieron alrededor de Trull tras pasar junto a las cámaras de almacenamiento. Varias voces lo saludaron, a las que él contestó con la respuesta mínima que permitía el decoro, gestos que indicaban a sus conocidos que no podía detenerse a conversar.
El guerrero edur atravesó a toda prisa las calles residenciales. Los esclavos letherii llamaban a aldeas como esa «ciudades», pero ningún ciudadano veía la necesidad de cambiar el término, una aldea había sido al nacer y una aldea sería siempre, por mucho que en su interior residieran por aquel entonces veinte mil edur y el triple de letherii.
Santuarios dedicados a Padre Sombra y a su hija preferida dominaban la zona residencial, plataformas elevadas rodeadas de árboles vivos de maderanegra sagrada, la superficie de los discos de piedra atestada de imágenes y glifos. Kurald Emurlahn jugaba de modo incesante en el interior del triple círculo de árboles, las semiformas ondulantes danzaban por los pictogramas, las emanaciones hechiceras despertadas por ofrendas que habían acompañado la llegada del atardecer.
Trull Sengar salió a la avenida del Hechicero, el acceso sagrado a la inmensa ciudadela que era a la vez templo y palacio, y la sede del rey hechicero, Hannan Mosag. Cedros de corteza negra bordeaban el acceso. Los árboles tenían mil años y se elevaban sobre la aldea entera. Carecían de ramas salvo por las partes más altas. Una hechicería investida teñía cada anillo de su madera del color de la medianoche y se filtraba para llenar toda la avenida con un sudario de oscuridad.
Al otro extremo, una empalizada menor encerraba la ciudadela y sus terrenos, construida con la misma madera negra, con los troncos atestados de guardas talladas. La puerta principal era un túnel formado por árboles vivos, un pasaje de sombra sin mitigar que llevaba a un puente peatonal que salvaba un canal en el que reposaban una docena de botes largos k’orthan de asalto. El puente se abría a un amplio complejo enlosado flanqueado por barracones y almacenes. Tras él se alzaban las casonas largas de piedra y madera de las familias nobles (las que tenían lazos de sangre con el linaje de Hannan Mosag), con sus tejados de placas de madera y caballetes de maderanegra, la serie de residencias las bisecaba con pulcritud una reanudación de la avenida, que cruzaba otro puente peatonal más hasta la ciudadela en sí.
Había guerreros entrenándose en el complejo y Trull vio la figura alta de hombros anchos de su hermano mayor, Temor, de pie con media docena de sus ayudantes cerca, observando el adiestramiento con armas. Una punzada de simpatía por aquellos jóvenes guerreros cruzó a Trull como un destello. Él también había sufrido bajo los ojos críticos e implacables de su hermano durante los años que había durado su educación.
Una voz lo llamó, Trull miró hacia el otro lado del complejo y vio a su hermano pequeño, Rhulad, y a Midik Buhn. Los dos habían estado librando un duelo, al parecer, y un momento después Trull vio la fuente de tan inusitada diligencia; Mayen, la prometida de Temor, había aparecido con cuatro mujeres más jóvenes a remolque, era de suponer que de camino al mercado, dada la docena de esclavos que las acompañaban. Que las jóvenes se detuvieran para observar la repentina y sin duda improvisada demostración marcial era, por supuesto, paso obligado, dadas las complejas reglas del cortejo. Se esperaba de Mayen que tratara a todos los hermanos de Temor con el respeto debido.
Si bien no había nada inapropiado en la escena que Trull observaba, sintió un estremecimiento de inquietud. La impaciencia de Rhulad por pavonearse ante la mujer que sería la esposa de su hermano mayor había ido avanzando hasta rayar el límite del decoro. Temor, en opinión de Trull, mostraba demasiada indulgencia cuando se trataba de Rhulad.
Como hemos hecho todos. Por supuesto, había razones para ello.
Era obvio que Rhulad había vencido a su compañero de la niñez en el combate fingido, a juzgar por el orgullo acalorado que mostraba su atractivo rostro.
—¡Trull! —El joven agitó la espada—. ¡He hecho sangrar ya una vez en este día y ahora ansío más! ¡Vamos, limpia el óxido de esa espada que llevas al costado!
—En otro momento, hermano —le contestó Trull—. He de hablar con nuestro padre sin demora.
La sonrisa de Rhulad era cordial, pero incluso a diez pasos de distancia, Trull vio el destello de triunfo en sus límpidos ojos grises.
—Otra vez será, entonces —dijo con un último gesto despectivo de la espada al tiempo que se volvía a girar para mirar a las mujeres.
Pero Mayen les hizo un gesto a sus compañeras y el grupo ya estaba alejándose.
Rhulad abrió la boca para decirle algo, pero Trull se adelantó.
—Hermano, te invito a que te unas a mí. La noticia que he de dar a nuestro padre es muy grave y me gustaría que estuvieras presente, para que tus palabras se entrelacen en el debate consiguiente. —Una invitación que se hacía por lo general solo a aquellos guerreros con años de batalla a sus espaldas, y Trull vio el orgullo repentino que iluminaba los ojos de su hermano.
—Será un honor, Trull —dijo, y envainó la espada.
Rhulad dejó a Midik allí solo, ocupándose de un corte en la muñeca, se reunió con Trull y los dos se dirigieron sin prisa a la casona familiar.
Trofeos que eran escudos atestaban las paredes exteriores, muchos de ellos desvaídos por siglos de sol. Había huesos de ballena pegados a la parte inferior del saliente del tejado. Los tótems robados a tribus rivales formaban un arco caótico sobre la puerta, las tiras de pelo, cuero adornado con cuentas, conchas, garras y dientes parecían un nido de pájaro alargado.
Pasaron al interior.
El aire era fresco, un poco acre por el humo de la madera. En los nichos de las paredes había lámparas de aceite, entre tapices y pieles estiradas. El hogar tradicional, en el centro de la cámara, donde cada familia había preparado una vez todas sus comidas, permanecía cebado con astillas, aunque los esclavos ya solo trabajaban en las cocinas, detrás de la casona en sí, para reducir el riesgo de incendios. Los muebles de maderanegra distinguían las diferentes habitaciones, aunque no había paredes divisoras presentes. Decenas de armas colgaban de ganchos en las vigas, algunas de épocas antiquísimas, cuando el arte de la forja del hierro se había perdido en los tiempos oscuros que siguieron a la desaparición de Padre Sombra; el bronce tosco de esas armas estaba picado y combado.
Justo detrás del hogar se alzaba el tronco de una maderanegra viva, del que sobresalía el reluciente tercio superior de una espada larga, sobresalía hacia arriba y hacia fuera justo por encima de la altura de la cabeza: una auténtica hoja emurlahn, el hierro tratado de un modo que los herreros todavía tenían que redescubrir. La espada de la familia Sengar, indicadora de su noble linaje. Por lo general, estas armas originales de las familias nobles, atadas al árbol cuando apenas empezaba a crecer, desaparecían de la vista tras varios siglos, al yacer contra el corazón del árbol. Pero algún giro de aquel árbol concreto había arrancado el arma y revelado así esa hoja negra y plateada. Poco común, pero en absoluto algo único.
Ambos hermanos estiraron la mano y rozaron el hierro al pasar.
Vieron a su madre, Uruth, flanqueada por esclavas y trabajando en el tapiz del linaje para terminar las últimas escenas de la participación de los Sengar en la guerra de Unificación. Concentrada en su trabajo, no levantó la vista cuando sus hijos pasaron junto a ella.
Tomad Sengar estaba sentado con otros tres patriarcas de noble cuna alrededor de un tablero hecho de una enorme cuerna palmeada, las piezas talladas en marfil y jade.
Trull se detuvo al borde del círculo y apoyó la mano derecha en el pomo de su espada para indicar que las nuevas que traía eran tan urgentes como peligrosas en potencia. Tras él oyó la inspiración repentina de Rhulad.
Aunque ninguno de los ancianos levantó los ojos, los invitados de Tomad se levantaron como uno solo mientras el propio Tomad comenzaba a guardar las piezas del juego. Los tres ancianos partieron en silencio y un momento después Tomad puso a un lado el tablero y se sentó en cuclillas.
Trull se acomodó frente a él.
—Te saludo, padre. Una flota letherii está agostando los caladeros de Calach. Las manadas han llegado pronto y ahora las están masacrando. Presencié los hechos con mis propios ojos y no me he demorado en regresar.
Tomad asintió.
—Has corrido tres días enteros y dos noches, entonces.
—Así es.
—Y el agosto letherii, ¿estaba avanzado?
—Padre, al alba de este día, Hija Menandore habrá sido testigo de cómo las bodegas de los barcos se llenaban hasta estallar, las velas hinchándose al viento, la estela de cada barco habrá sido un río carmesí.
—¡Y nuevos barcos llegando para ocupar sus lugares! —siseó Rhulad.
Tomad frunció el ceño ante la falta de decoro de su hijo pequeño y dejó su desaprobación clara con sus siguientes palabras.
—Rhulad, lleva esta noticia a Hannan Mosag.
Trull percibió el estremecimiento de su hermano, pero Rhulad solo asintió.
—Como ordenes, padre. —Giró y se marchó.
El ceño de Tomad se profundizó.
—¿Has invitado a un guerrero sin iniciar a este intercambio?
—Sí, padre.
—¿Por qué?
Trull no dijo nada, tal era su prerrogativa. No pensaba expresar su preocupación por las atenciones indebidas que prodigaba Rhulad a la desposada de Temor.
Tras un momento, Tomad suspiró. Parecía estar estudiándose las grandes manos llenas de cicatrices que descansaban sobre los muslos.
—Nos hemos hecho complacientes —dijo con voz profunda.
—Padre, ¿es complacencia asumir que aquellos con quienes tratamos son personas de honor?
—Sí, dados los precedentes.
—Entonces ¿por qué el rey hechicero ha accedido a celebrar la Gran Reunión con los letherii?
Los ojos oscuros de Tomad viraron para clavarse de repente en los de Trull. De todos los hijos de Tomad, solo Temor poseía el rival perfecto e inquebrantable de los ojos de su padre, en tono y en endurecida mirada. A su pesar, Trull sintió que se encogía un poco bajo aquella ojeada desdeñosa.
—Retiro mi absurda pregunta —dijo Trull, e interrumpió el contacto visual para disimular su consternación. Se trata de medir a los enemigos. Esta contravención, fuera cual fuera su intención inicial, se convertirá en una espada de doble filo, dada la inevitable respuesta de los edur. Un filo sobre el que ambos pueblos pondrán la mano—. Los guerreros sin iniciar estarán satisfechos.
—Los guerreros sin iniciar se sentarán un día en el consejo, Trull.
—¿No es esa la recompensa de la paz, padre?
Tomad no respondió a eso.
—Hannan Mosag convocará al consejo. Has de estar presente para relatar lo que has presenciado. Es más, el rey hechicero me ha solicitado que les entregue a mis hijos para una tarea particular. No creo que afecte a esa decisión las nuevas que traes.
Trull fue asimilando la sorpresa antes de hablar.
—Me crucé con Binadas cuando entraba en la aldea...
—Ha sido informado y regresará en una luna.
—¿Lo sabe Rhulad?
—No, aunque os acompañará. Un no iniciado es un no iniciado.
—Como digas, padre.
—Ahora, descansa. Se te despertará a tiempo para el consejo.
Un cuervo blanco bajó de un salto de una raíz blanqueada por la sal y empezó a picotear por el muladar. Al principio Trull creyó que era una gaviota que permanecía en la playa a la luz menguante del día, pero entonces graznó y con una cáscara de mejillón en el pico se apartó con gesto furtivo del muladar y se dirigió al agua.
Conciliar el sueño había resultado tarea imposible. Habían convocado el consejo a medianoche. Inquieto, con los nervios tintineando por los agotados miembros, Trull había bajado a la playa de guijarros que había al norte de la aldea, en la desembocadura del río.
Y en ese momento, mientras la oscuridad iba envolviendo las olas adormiladas, se había encontrado compartiendo la playa con un cuervo blanco. El animal había llevado su premio hasta la misma orilla y cada vez que el agua se acercaba con un susurro, el pájaro hundía la concha de mejillón. Seis veces.
Una criatura fastidiosa, observó Trull mientras observaba al cuervo que se subía de un salto a una roca cercana y empezaba a picotear la concha.
El color blanco era maligno, por supuesto. Algo que todo el mundo sabía. El rubor del hueso, la luz odiosa de Menandore al amanecer. Las velas de los letherii eran blancas también, lo que no sorprendía a nadie. Y las aguas claras de la bahía Calach revelarían el espejeo del blanco que atestaba el fondo del mar, los huesos de miles de focas masacradas.
Esa estación habría supuesto un resurgimiento de los excedentes para las seis tribus, podrían al fin comenzar a reponer las mermadas reservas que los protegerían del hambre. Pensamientos que lo llevaron a otra forma de ver aquel agosto ilegal. Un gesto calculado a la perfección para debilitar a la confederación, una estratagema que pretendía socavar la posición de los edur en la Gran Reunión. El argumento de la inevitabilidad. El mismo argumento que primero nos arrojaron a la cara con los asentamientos en el Límite. «El reino de Lether se está expandiendo, necesita crecer. Después de todo, vuestros campamentos del Límite eran estacionales, y con la guerra han quedado prácticamente abandonados.»
Era inevitable que cada vez más barcos independientes acudieran a aprovechar las ricas aguas de la costa norte. No podían vigilarlas todas. Los edur solo tenían que mirar a otras tribus que antaño vivían más allá de las fronteras letherii, las inmensas recompensas que llegaban cuando se juraba lealtad al rey Ezgara Diskanar de Lether.
Pero nosotros no somos como otras tribus.
El cuervo graznó en la cima de su trono de piedra y arrojó la concha del mejillón a un lado con un papirotazo de la cabeza, después extendió sus alas fantasmales y se alzó en la noche. Un último graznido prolongado en la oscuridad. Trull hizo un gesto para protegerse de aquel mal.
Unas piedras giraron bajo unos pies a su espalda y al darse la vuelta vio acercarse a su hermano mayor.
—Te saludo, Trull —dijo Temor con voz queda—. Las nuevas que has traído han suscitado el interés de los guerreros.
—¿Y el rey hechicero?
—No ha dicho nada.
Trull volvió a estudiar las olas oscuras que siseaban en la playa.
—Los ojos de todos están clavados en esos barcos —dijo.
—Hannan Mosag sabe apartar la mirada, hermano.
—Ha pedido los servicios de los hijos de Tomad Sengar. ¿Qué sabes de eso?
Temor estaba ya a su lado y Trull percibió su encogimiento de hombros.
—Las visiones guían al rey hechicero desde que era niño —dijo Temor tras un momento—. Lleva consigo recuerdos ensangrentados que se remontan hasta los Tiempos Oscuros. Padre Sombra se extiende ante él con cada paso que da.
El concepto de visiones incomodaba a Trull. No dudaba de su poder; de hecho, muy al contrario. Los Tiempos Oscuros habían llegado con el desgarramiento de los tiste edur, el asalto de hechicerías y ejércitos desconocidos y la desaparición del propio Padre Sombra. Y aunque la magia de Kurald Emurlahn no se negaba a las tribus, habían perdido la senda: hecha pedazos, los fragmentos gobernados por falsos dioses y reyes. Trull sospechaba que Hannan Mosag poseía una ambición que iba mucho más allá de la simple unificación de las seis tribus.
—Hay reticencia en ti, Trull. La escondes bien, pero yo veo lo que otros no pueden. Eres un guerrero que preferiría no luchar.
—Eso no es un crimen —murmuró Trull. Después añadió—: De todos los Sengar, solo padre y tú ostentáis más trofeos.
—No estaba cuestionando tu valentía, hermano. Pero el valor es lo menor de todo lo que nos une. Somos edur. Otrora fuimos los señores de los Mastines. Dueños del trono de Kurald Emurlahn. Y todavía lo seríamos si no fuera por la traición, primero de los parientes de Scabandari Ojodesangre, y luego de los tiste andii que llegaron con nosotros a este mundo. Somos un pueblo acosado, Trull. Los letherii no son más que un enemigo entre muchos. El rey hechicero lo entiende.
Trull estudió el espejeo de la luz de las estrellas en la plácida superficie de la bahía.
—No dudaré en luchar contra aquellos que quieren ser nuestros enemigos, Temor.
—Eso está bien, hermano. Es suficiente para hacer callar a Rhulad, entonces.
Trull se irguió todavía más.
—¿Habla contra mí? ¿Ese... cachorro sin iniciar?
—Donde ve debilidad...
—Lo que ve y lo que hay son cosas diferentes —dijo Trull.
—Entonces demuéstraselo —dijo Temor en voz baja y serena.
Trull se quedó callado. Había desdeñado de forma abierta a Rhulad y sus interminables desafíos y actitudes, y estaba en su derecho, puesto que Rhulad no estaba iniciado. Pero, de forma más significativa, las razones de Trull se alzaban como un muro protector alrededor de la doncella con la que Temor iba a desposarse. Por supuesto, expresar tales sentimientos sería impropio en ese momento, una maniobra que hedería a rencor y malicia. Después de todo, Mayen era la desposada de Temor, no la de Trull, y su protección era responsabilidad de Temor.
Las cosas serían mucho más sencillas, reflexionó con tristeza, si él pudiera percibir algo en la propia Mayen. La joven no incitaba la atención de Rhulad, pero tampoco le daba la espalda. Caminaba por el borde del acantilado del decoro con tanta seguridad en sí misma como tendría (y debería tener) cualquier doncella con el privilegio de ser algún día la esposa del maestro de armas de los hiroth. No era, se dijo una vez más, asunto suyo.
—No le demostraré a Rhulad lo que ya debería ver él —rezongó Trull—. No ha hecho nada para merecerse el don de mi mirada.
—Rhulad carece de la sutileza necesaria para ver tu reticencia como otra cosa salvo debilidad...
—¡Su defecto, no el mío!
—¿Esperas que un anciano ciego cruce un arroyo por las piedras sin ayuda, Trull? No, le guías hasta que en su mente ve lo que todos los demás tienen ante sus ojos.
—Si todos los demás lo tienen ante sus ojos —replicó Trull—, entonces las palabras de Rhulad contra mí carecen de poder, y por tanto hago bien en hacer caso omiso de ellas.
—Hermano, Rhulad no es el único que carece de sutileza.
—¿Es tu deseo, Temor, que haya enemigos entre los hijos de Tomad Sengar?
—Rhulad no es enemigo, ni tuyo ni de ningún otro edur. Es joven y ansía probar la sangre. Tú recorriste una vez ese camino, así que te pido que recuerdes cómo eras en aquel entonces. No es momento este para provocar heridas que con seguridad dejarán cicatrices. Y, para un guerrero sin iniciar, el desdén provoca la herida más profunda de todas.
Trull hizo una mueca.
—Veo la verdad que hay en eso, Temor. Procuraré contener mi indiferencia.
Su hermano no reaccionó al sarcasmo.
—El consejo se está reuniendo en la ciudadela, hermano. ¿Entrarás en el salón del rey a mi lado?
Trull se ablandó.
—Será un honor, Temor.
Le dieron la espalda al agua negra y, por tanto, no vieron la forma de alas pálidas que se deslizaba por el aire sobre las olas perezosas a corta distancia de la orilla.
Trece años antes, Udinaas era un joven marinero en su tercer año del contrato de aprendizaje que había contraído su familia con el mercader Intaros de Trate, la ciudad más septentrional de Lether. Estaba a bordo del ballenero Recio en el viaje de regreso de aguas de Beneda. Se habían colado al amparo de la oscuridad, habían matado a tres hembras y estaban remolcando los cadáveres para meterlos en los canales neutrales que había al oeste de la bahía Calach cuando avistaron cinco barcos k’orthan de los hiroth persiguiéndolos con empeño.
La codicia del capitán supuso la perdición de todos, ya que no quiso abandonar las presas.
Udinaas recordaba bien las caras de los oficiales del ballenero, el capitán incluido, cuando los ataron a una de las hembras y los dejaron a merced de los tiburones y los dhenrabi mientras a los marineros comunes los sacaban del barco junto con cada trozo de hierro y todo aquello que llamó la atención de los edur. Después soltaron espectros de sombra en el Recio para que devoraran y desgarraran la madera muerta del barco letherii. Arrastrando a las otras dos hembras, los cinco barcos k’orthan de maderanegra partieron luego dejando a la tercera ballena en manos de los asesinos de las profundidades.
Incluso por aquel entonces Udinaas se había mostrado indiferente al horripilante destino del capitán y sus oficiales. Había nacido con una deuda ya contraída, como había nacido su padre y el padre de este antes que él. Contrato de aprendizaje y esclavitud eran dos palabras para denominar el mismo concepto. Y la vida como esclavo entre los hiroth tampoco era demasiado dura. La obediencia se premiaba con protección, ropas y una morada en la que encontraba refugio de la lluvia y la nieve y, hasta no hacía mucho, comida de sobra.
Entre las muchas tareas de Udinaas en el hogar de los Sengar estaba la reparación de las redes de los cuatro barcos pesqueros knarri que poseía la noble familia. Puesto que había sido marinero no se le permitía abandonar tierra firme; anudar las redes y colocar los pesos en la playa del sur de la desembocadura del río era lo más cerca que estaría nunca de las aguas abiertas del mar. Y no era que él tuviera deseo alguno de escapar de los edur. Había esclavos de sobra en la aldea (todos letherii, por supuesto), así que no echaba de menos la compañía de los suyos, por desdichada que con frecuencia fuera. Ni las comodidades de los letherii eran incentivo suficiente para intentar lo que era a todas luces imposible, de todos modos; tenía recuerdo de ver tales comodidades, pero no de haberlas experimentado nunca. Y, por último, Udinaas odiaba el mar a muerte, igual que lo había hecho cuando era marinero.
A la luz moribunda había visto a los dos hijos mayores de Tomad Sengar en la playa, al otro lado de la desembocadura del río, y no le sorprendió escuchar las palabras tenues, casi indistinguibles, que intercambiaron. Los barcos letherii habían atacado de nuevo, la noticia se había corrido entre los esclavos antes de que el joven Rhulad llegara siquiera a la entrada de la ciudadela. Se había convocado un consejo, como era de esperar, y Udinaas supuso que se produciría una matanza a no mucho tardar, esa fusión letal y aterradora de ferocidad férrea y hechicería que marcaba cada choque con los letherii del sur. Y, a decir verdad, Udinaas les deseaba una buena caza. Las focas que se habían llevado los letherii representaban una amenaza de hambruna entre los edur, y en la hambruna eran los esclavos los primeros en sufrir.
Udinaas entendía bien a los de su raza. Para los letherii, el oro era lo único que importaba. El oro y su posesión definían su mundo entero. Poder, estatus, autoestima y respeto, todo ello eran artículos de consumo que podían adquirirse con dinero. De hecho, la deuda ataba al reino entero y definía cada relación, una motivación que arrojaba sombras sobre cada acto y cada decisión. La taimada caza de las focas era el movimiento inicial de una estratagema que los letherii habían utilizado en un sinfín de ocasiones contra todas las tribus que había más allá de sus fronteras. Para los letherii, los edur no eran diferentes. Pero lo son, necios.
Con todo, el siguiente movimiento se produciría en la Gran Reunión, y Udinaas sospechaba que el rey hechicero y sus asesores, por listos que fueran, entrarían en ese tratado como ancianos ciegos. Lo que le preocupaba a él era todo lo que vendría a continuación.
Como criaturas recién salidas del huevo con la marea, los pueblos de dos reinos se precipitaban de cabeza en las aguas profundas y letales.
Tres esclavos de la casa Buhn pasaron trotando a su lado con fardos de algas atadas en los hombros. Uno saludó a Udinaas a gritos.
—¡Bruja de la Pluma leerá esta noche, Udinaas! Al mismo tiempo que se reúna el consejo.
Udinaas empezó a doblar la red sobre la rejilla de secado.
—Allí estaré, Hulad.
Los tres abandonaron la playa y Udinaas se quedó solo una vez más. Miró al norte y vio que Temor y Trull subían la ladera hacia el postigo de la muralla exterior.
Terminó con la red, guardó sus herramientas en la cestita y cerró la tapa, después se irguió.
Oyó un aleteo tras él y se volvió, sobresaltado por el sonido de un pájaro en vuelo tanto tiempo después de la puesta de sol. Una forma pálida rozó el agua y desapareció.
Udinaas parpadeó y se esforzó por verla otra vez mientras se decía que no era lo que le había parecido. Eso no. Cualquier cosa salvo eso. Se fue hacia la izquierda, hacia un trozo de arena desnuda. Se agachó y esbozó un sigilo de invocación a toda prisa, en la arena, con el dedo meñique de la mano izquierda mientras se llevaba la mano derecha a la cara y los dos primeros dedos se estiraban hacia los ojos para cerrar los párpados durante un instante; después susurró una plegaria.
—Nudillos lanza, Salvador baja la mirada hacia mí en esta noche. ¡Errante! ¡Contémplanos a todos!
Bajó la mano derecha y dejó caer la mirada hacia el símbolo que había dibujado.
—¡Cuervo, fuera de aquí!
El suspiro del viento, el murmullo de las olas. Y después un graznido distante.
Con un estremecimiento Udinaas se levantó de un salto. Recogió la cesta de golpe y corrió hacia la puerta.
El salón del rey era una inmensa cámara circular, los troncos de maderanegra del techo llegaban hasta un pico central perdido en el humo. Guerreros nobles no iniciados permanecían al borde, el círculo más exterior de los que acudían a presenciar el consejo. A continuación, y sentadas en bancos con respaldo, estaban las matronas, las mujeres casadas y viudas. Después iban las no casadas y las desposadas, con las piernas cruzadas sobre pieles. Un paso por delante de ellas, el suelo caía una braza para formar un hoyo de tierra compacta donde se sentaban los guerreros. En el centro de todo había un estrado elevado de quince pasos de ancho, allí se encontraba el rey hechicero, Hannan Mosag, con los cinco príncipes rehenes sentados a su alrededor, mirando hacia los presentes.
Cuando Trull y Temor descendieron al pozo para ocupar su lugar entre los guerreros iniciados, Trull se quedó mirando a su rey. De altura y constitución medias, Hannan Mosag no parecía demasiado atractivo a primera vista. Sus rasgos eran regulares, un tono más pálido que la mayor parte de los edur, y sufría un estrabismo marcado que le daba una expresión de perpetua sorpresa. El poder, así pues, no era físico. Se hallaba entero en su voz. Sonora y profunda, era una voz que exigía ser escuchada sin reparar en el volumen.
De pie y en silencio, como se encontraba en ese momento, que Hannan Mosag se atribuyera el reino parecía un simple accidente, como si hubiera llegado por casualidad al centro de la enorme cámara y en ese instante mirara a su alrededor con una expresión vaga y perpleja. Sus ropas no eran diferentes de las de cualquier otro guerrero, aparte de la ausencia de trofeos, pues sus trofeos, después de todo, estaban sentados a su alrededor, en el estrado, los primogénitos de los cinco jefes subyugados.
Un estudio más atento del rey hechicero revelaba otra indicación de su poder. Su sombra se alzaba tras él. Enorme, pesada. Espadas largas, poco definidas pero letales, sujetas con las dos manos embutidas en guanteletes. Con el casco puesto, los hombros angulares con placas de armadura. El guardaespaldas de Hannan Mosag, un espectro de sombra, nunca dormía. Trull caviló que no había nada perplejo en su ancha postura.
Pocos hechiceros eran capaces de conjurar una criatura así cuando recurrían a la fuerza vital de sus propias sombras. Kurald Emurlahn fluía crudo y brutal por ese silencioso y siempre vigilante centinela.
La mirada de Trull se posó en los rehenes que tenía delante. Los k’risnan. Más que representantes de sus padres, eran los aprendices de Hannan Mosag en las artes de la hechicería. Se los había despojado de sus nombres y los nuevos los había elegido en secreto su amo y los había vinculado con hechizos. Un día regresarían a sus tribus como jefes. Y su lealtad al rey sería absoluta.
El rehén de la tribu merude estaba justo enfrente de Trull. La más grande de las seis tribus, la merude había sido la última en capitular. Siempre habían mantenido que, con un número que se acercaba a los cien mil, cuarenta mil de los cuales eran guerreros iniciados o que pronto habrían de serlo, deberían por derecho propio ostentar la preeminencia entre los edur. Más guerreros, más barcos, y gobernados por un jefe con más trofeos en el cinturón de los que se habían visto en generaciones, el dominio del reino pertenecía a los merude.
O debería, si no fuera por la extraordinaria maestría que tenía Hannan Mosag con esos fragmentos de Kurald Emurlahn de los que se podía extraer poder. La habilidad del jefe Hanradi Khalag con la lanza superaba con mucho a su capacidad como hechicero.
Nadie salvo Hannan Mosag y Hanradi Khalag conocían los detalles de esa última rendición. Los merude habían estado resistiéndose a los hiroth y sus contingentes de guerreros arapay, sollanta, den-ratha y beneda, las restricciones rituales de la guerra se habían ido deshaciendo a toda prisa, había ocupado su lugar una brutalidad alarmante nacida de la desesperación. Las antiguas leyes habían estado a punto de hacerse pedazos.
Una noche, Hannan Mosag se había acercado caminando, logrando de alguna forma que nadie lo viera, hasta la aldea del jefe y había entrado en la mismísima casona del gobernante. Y con las primeras luces del cruel despertar de Menandore, Hanradi Khalag había rendido a su pueblo.
Trull no sabía qué pensar de los relatos que persistían, que Hanradi ya no arrojaba sombra alguna. Él no había visto nunca al jefe merude.
El primogénito de ese hombre se encontraba sentado ante él, con la cabeza afeitada para denotar la ruptura con su linaje, una madeja de cicatrices anchas y profundas envolvían su rostro en sombras, los ojos sin brillo y vigilantes, como si anticipara un intento de asesinato allí, en el salón del rey hechicero.
Las lámparas de aceite suspendidas del alto techo parpadeaban como una sola, y todo el mundo se quedó muy quieto con los ojos clavados en Hannan Mosag.
Aunque no alzó la voz, su timbre profundo alcanzó todo el inmenso espacio, nadie tenía que esforzarse por oír sus palabras.
—Rhulad, guerrero no iniciado e hijo de Tomad Sengar, me ha traído nuevas de su hermano Trull Sengar. Este guerrero había viajado hasta la costa de Calach en busca de jade. Fue testigo de un funesto acontecimiento y ha corrido sin pausa durante tres días y dos noches. —Los ojos de Hannan Mosag se clavaron en Trull—. Levántate y ponte a mi lado, Trull Sengar, y relata tu historia.
El guerrero cruzó el camino que los otros guerreros abrieron para él y se subió de un salto al estrado mientras luchaba por disimular el agotamiento en las piernas que lo hacía estar a punto de combarse por el esfuerzo. Se irguió, pasó entre dos k’risnan y se colocó a la derecha del rey hechicero. Miró todas aquellas caras alzadas y vio que lo que iba a decir la mayor parte ya lo sabía. Expresiones sombrías de rabia y ansias de venganza. En algunos, ceños de preocupación y consternación.
—Traigo estas nuevas al consejo. Las focas de colmillos grandes han venido antes de tiempo a sus caladeros. Más allá de los bajíos vi a los tiburones que saltaban en número incontable. Y entre todos ellos, diecinueve barcos letherii...
—¡Diecinueve!
Medio centenar de voces pronunciaron ese grito al unísono. Una violación del decoro poco propia de ellos pero comprensible, no obstante. Trull esperó un momento y después continuó.
—Sus bodegas estaban casi llenas, pues se posaban bajos en el agua y las aguas que los rodeaban estaban rojas de sangre y entrañas. Los botes agosteros estaban junto a los grandes barcos. En los cincuenta latidos que permanecí allí observando presencié cómo cientos de cadáveres de focas se alzaban en ganchos para lanzarse a manos que los esperaban. En la playa misma, veinte botes esperaban en los bajíos y setenta hombres estaban en la arena, entre las focas...
—¿Te vieron? —preguntó un guerrero.
Parecía que Hannan Mosag estaba dispuesto a hacer caso omiso de las reglas, de momento al menos.
—Me vieron y comprobaron su matanza... durante un momento. Vi moverse las bocas, pero no pude oír sus palabras por el rugido de las focas, y los observé reír...
La rabia estalló entre los reunidos. Hubo guerreros que se levantaron de un salto.
Hannan Mosag dio un manotazo brusco.
Silencio repentino.
—Trull Sengar no ha terminado su relato.
Trull asintió y se aclaró la garganta.
—Me hallo ante vosotros, guerreros, y los que me conocéis también sabréis cuál es mi arma preferida, la lanza. ¿Cuándo me habéis visto sin mi asesino de enemigos de puño de hierro? Pues bien, la he perdido... en el pecho de uno de los que primero se rio.
Un rugido respondió a sus palabras.
Hannan Mosag posó una mano en el hombro de Trull y el joven guerrero se apartó. El rey hechicero examinó las caras que tenía ante él por un momento y después habló.
—Trull Sengar hizo lo que haría todo guerrero de los edur. Su hazaña me ha dado aliento. Pero aquí se encuentra ahora, sin armas.
Trull se puso tenso bajo el peso de la mano.
—Y así, tras reflexión medida, como ha de hacerla un rey —continuó Hannan Mosag—, hallo que debo dejar mi orgullo a un lado y mirar más allá. A lo que todo esto significa. Una lanza arrojada. Un letherii muerto. Un edur desarmado. Y ahora veo en los rostros de mis muy preciados guerreros mil lanzas arrojadas, mil letherii muertos. Mil edur desarmados.
Nadie dijo nada. Nadie replicó con la respuesta obvia: Tenemos muchas lanzas.
—Veo el ansia de venganza. Hay que dar muerte a los asaltantes letherii. Incluso como preludio a la Gran Reunión, pues su muerte era deseada. Nuestra reacción la anticiparon, pues esos son los juegos a los que quieren jugar los letherii con nuestras vidas. ¿Haremos como es su intención? Por supuesto. No puede haber más que una respuesta a su crimen. Y así, gracias a nuestra previsibilidad, servimos a unas intenciones desconocidas, que sin duda se desvelarán en la Gran Reunión.
Ceños profundos. Confusión mal disimulada. Hannan Mosag los había conducido hasta el terreno desconocido de la complejidad. Los había llevado al borde de un camino no transitado y continuaría guiándolos, paso a vacilante paso.
—Los asaltantes morirán —reanudó el rey hechicero su discurso—, pero ninguno de vosotros derramará su sangre. Hacemos como se predijo, pero de un modo que no podrían imaginar. Llegará el momento de hacer una masacre entre los letherii, pero no es este el momento. Así pues, os prometo sangre, mis guerreros. Pero no ahora. Los asaltantes no conocerán el honor de morir a vuestras manos. Encontrarán sus destinos en el interior de Kurald Emurlahn.
Muy a su pesar, Trull Sengar se estremeció.
Silencio una vez más en la sala.
—Una revelación absoluta —continuó Hannan Mosag con voz profunda— de mis k’risnan. No habrá arma, ni armadura, que sirva a los letherii. Sus magos estarán ciegos y perdidos, incapaces de contrarrestar lo que llega para llevárselos. Los asaltantes morirán envueltos en el dolor y el horror. Ensuciados por el miedo, llorando como niños, y ese destino estará escrito en sus caras, a disposición de los que los encuentren.
El corazón de Trull le martilleaba en el pecho y tenía la boca seca como un hueso. Una revelación absoluta. ¿Con qué poder largo tiempo perdido se había tropezado Hannan Mosag? La última revelación absoluta de Kurald Emurlahn la había hecho Scabandari Ojodesangre, el propio Padre Sombra. Antes de que la senda quedara partida. Y esa partición no había sanado. Trull sospechaba que nunca sanaría. Aun así, algunos fragmentos eran más inmensos y más poderosos que otros. ¿Había descubierto uno nuevo el rey hechicero?
Desvaídas, abolladas y astilladas, las losas de cerámica yacían esparcidas ante Bruja de la Pluma. Ya las había arrojado cuando Udinaas entró tropezando en el granero lleno de motas para llevar recado del presagio, para advertir a la joven esclava que no examinara las Fortalezas. Demasiado tarde. Demasiado tarde.
Cien esclavos se habían reunido para el acontecimiento, menos de lo habitual, pero no era de extrañar, ya que muchos guerreros edur habrían encargado a sus esclavos preparativos para la anticipada escaramuza. Las cabezas se giraron cuando Udinaas entró en el círculo. Sus ojos se habían clavado en Bruja de la Pluma.
El alma de la mujer ya se había adentrado en el camino a las Fortalezas. Se le había caído la cabeza y tenía la barbilla entre los prominentes huesos de las clavículas, el espeso cabello amarillo le colgaba y un temblor rítmico recorría su cuerpo pequeño e infantil. Bruja de la Pluma había nacido en la aldea dieciocho años antes, un nacimiento de invierno poco común (poco común en el sentido de que había sobrevivido), y sus dones se habían dado a conocer antes de su cuarto cumpleaños, cuando sus sueños regresaban y hablaban en las voces de los ancestros. Las viejas losas de las Fortalezas se habían sacado de la tumba del último letherii de la aldea que había poseído el talento y se habían entregado a la niña. No había habido nadie para enseñarle los misterios de esas losas, pero resultó que la chiquilla no necesitaba instrucción alguna de simples mortales, se la habían proporcionado ancestros fantasmales.
Era una de las doncellas de Mayen y tras el matrimonio de Mayen con Temor Sengar, entraría en la casa Sengar. Y Udinaas estaba enamorado de ella.
Sin esperanza, por supuesto. A Bruja de la Pluma se le buscaría marido entre los esclavos letherii de mejor cuna, un hombre cuyo linaje tuviera títulos y poder en Letheras. Para un endeudado como Udinaas, un emparejamiento así era un imposible.
Mientras permanecía allí, mirándola, su amigo Hulad levantó una mano y lo cogió por la muñeca. Una presión suave hizo agacharse a Udinaas hasta que se sentó con las piernas cruzadas entre los otros testigos.
Hulad se inclinó hacia él.
—¿Qué te aflige, Udinaas?
—Las ha arrojado...
—Sí, y ahora esperamos mientras ella camina.
—He visto un cuervo blanco.
Hulad se encogió.
—Abajo, en la playa. Le supliqué al Errante, en vano. El cuervo casi se rio de mis palabras.
Su intercambio lo habían oído otros y los murmullos cruzaron como ondas entre los testigos.
El gemido repentino de Bruja de la Pluma silenció a los reunidos. Todos los ojos se clavaron en ella cuando levantó poco a poco la cabeza.
Tenía los ojos vacíos, el blanco de los ojos tan claro como el hielo de un arroyo de montaña, iris y pupilas desvanecidos como si nunca hubieran existido. Y entre la translucidez flotaban dos espirales de luz tenue, manchadas contra la negrura del Abismo.
El terror crispaba lo que habían sido unos rasgos hermosos, el terror de los Comienzos, el alma enfrentada a la nada y el olvido. Un lugar de tal soledad que la desesperación parecía la única respuesta. Pero era también el lugar donde el poder era pensamiento y el pensamiento parpadeaba por el Abismo despojado de Creadores, nacidos de carne que todavía había de existir, pues solo la mente podía remontarse al pasado, solo sus pensamientos podían morar allí. La mujer estaba en ese tiempo antes de los mundos y debía comenzar a avanzar.
Para presenciar el alzamiento de las Fortalezas.
Udinaas, como todos los letherii, conocía las secuencias y las formas. Primero llegarían los tres Fulcra conocidos como los Forjadores del Reino. Fuego, el grito silencioso de la luz, el torbellino de las propias estrellas. Después Dolmen, desolado y desarraigado, flotando sin propósito en el vacío. Y en el camino de estas dos fuerzas, el Errante. Portador de sus propias leyes incognoscibles, arrastraría a Fuego y a Dolmen a guerras fieras. Campos inmensos de destrucciones, ejemplo tras ejemplo de aniquilación mutua. Pero de vez en cuando, en muy escasas ocasiones, se haría la paz entre los dos contendientes. Y Fuego bañaría pero no quemaría y Dolmen renunciaría a sus vagabundeos y encontraría así raíces.
El Errante tejería entonces su misteriosa madeja y forjaría las Fortalezas. Hielo. Eleint. Azath. Bestia. Y en medio de todas surgirían los restantes Fulcra. Hacha, Nudillos, Filo, la Manada, Buscaformas y Cuervo Blanco.
Luego, a medida que los reinos tomaran forma, la luz formaría espirales que se irían agudizando y se revelaría la última Fortaleza. La Fortaleza que había existido, invisible, al comienzo de todo. La Fortaleza Vacía (corazón del culto letherii) que era el centro mismo de la inmensa espiral de reinos. Hogar del Trono que no conocía rey, hogar del Caballero nómada y de la Señora que esperaba todavía, sola en su lecho de sueños. Del Vigilante, que lo presenciaba todo, y del Caminante, que patrullaba fronteras que ni siquiera él podía ver. Del Salvador, cuya mano estirada nadie cogía. Y por último, del Traidor, cuyo cariñoso abrazo destruía todo lo que tocaba.
—Caminad conmigo a las Fortalezas.
Los testigos suspiraron a la vez, incapaces de resistirse a aquella seductora y lánguida invitación.
—Nos encontramos sobre Dolmen. Roca rota, hoyada por parientes hechos pedazos, su superficie hierve de vida tan pequeña que se escapa a nuestros ojos. Vida atrapada en guerras eternas. Filo y Nudillos. Estamos entre las Bestias. Puedo ver el Saliente de Hueso, empapado en sangre y cubierto de capas de recuerdos fantasmales de un sinfín de usurpadores. Veo a Anciano, todavía sin cara, todavía ciego. Y Arpía, que mide el coste en el pasaje garabateado de gigantes. El Vidente, que habla a los indiferentes. Veo a Chamán, que busca verdades entre los muertos. Y Cazador, que vive el momento y no piensa en las consecuencias de la matanza. Y Rastreador, que ve las señales de lo desconocido y recorre los caminos sin fin de la tragedia. La Fortaleza de la Bestia, aquí en este valle que no es más que un arañazo en la dura piel de Dolmen.
»No hay nadie sobre el Saliente de Hueso. El caos agudiza cada arma y la matanza continúa incesante. Y del torbellino surgen criaturas poderosas y la muerte se alza sin medida.
»A tales poderes hay que dar respuesta. El Errante regresa y arroja la semilla a la tierra empapada en sangre. Así surge la Fortaleza de los Azath.
»Refugio letal para los tiranos, oh, es tan fácil atraerlos. Así se alcanza el equilibrio. Pero continúa siendo un equilibrio horripilante, ¿sí? No cesan las guerras, aunque han disminuido mucho, de modo que, al fin, podamos concentrarnos en sus crueles formas.
La voz de la joven era como hechicería desatada. Su canción de bordes toscos hechizaba, devoraba, paisajes desvelados que entraban en las mentes de todos los que la escuchaban. Bruja de la Pluma se había alejado del terror de los Comienzos y no había miedo en sus palabras.
—Pero el paso del tiempo es en sí mismo una prisión. Nos pone grilletes el progreso. Y así el Errante viene una vez más y surge la Fortaleza de Hielo, con los sirvientes concomitantes que viajan por los reinos para luchar contra el tiempo. Caminante, Cazadora, Trazador, Portador, Hijo y Semilla. Y sobre el Trono de Hielo se sienta Muerte, encapuchada y ribeteada de escarcha, ladrona del cariño, hace pedazos los grilletes ansiosos de la vida mortal. Es un don, pero un don muy frío.
»Y luego, para lograr el equilibrio una vez más, nace el eleint y al caos se le da carne y esa carne es de dragón. Gobernado por la Reina, a la que debe asesinar una y otra vez cada hijo que trae al mundo. Y su Consorte, que no ama a nadie más que a sí mismo. Luego el Vasallo, sirviente y guardián y condenado al fracaso eterno. Caballero, la espada del caos en sí... ¡cuidado con su camino! Y Puerta, que es el Aliento. Wyval, engendrado por los dragones, y la Señora, la Hermana, Bebedor de Sangre y Trazador de Caminos. Los Dragones Caídos.
»Una Fortaleza queda...
Udinaas habló con los otros cuando susurraban.
—La Fortaleza Vacía.
Bruja de la Pluma ladeó la cabeza de repente y un ceño estropeó su frente.
—Algo dibuja círculos sobre el Trono Vacío. No lo veo, pero... dibuja círculos. Una mano pálida, cortada y danzante... no, es...
Se puso rígida, después brotó rojo de las heridas de los hombros y algo la levantó del suelo.
Gritos, los testigos se levantaron de golpe y se adelantaron corriendo con los brazos estirados.
Pero ya era demasiado tarde, unas garras invisibles se aferraron con más fuerza y unas alas invisibles tronaron en el aire polvoriento del granero. Se llevaron a Bruja de la Pluma a las sombras que había bajo el techo curvo. La joven chilló.
Udinaas, con el corazón martilleándole en el pecho, se abrió camino a la fuerza entre los cuerpos que se debatían hasta las escaleras de madera que llegaban al altillo. Las astillas le cortaron las manos cuando trepó por los toscos y empinados escalones. Los chillidos de Bruja de la Pluma llenaban el aire, la joven se debatía entre las garras invisibles. Pero los cuervos no tienen garras...
Llegó al altillo, resbaló y se precipitó por los tablones irregulares con los ojos clavados en Bruja de la Pluma; después, a un solo paso del borde, saltó. Con los brazos estirados voló por encima de las cabezas de la multitud.
Su objetivo era el aire que giraba sobre la mujer, el lugar donde se cernía la criatura invisible. Y cuando llegó a ese lugar, chocó contra un cuerpo inmenso y cubierto de escamas. Unas alas correosas lo machacaron con fiereza mientras envolvía con los brazos un cuerpo frío y húmedo de músculos tensos. Udinaas oyó un siseo salvaje y después una mandíbula lo golpeó en el hombro izquierdo. Unos dientes afilados como agujas le perforaron la piel y se hundieron en su carne.
Udinaas gruñó.
Un wyval, engendro de eleint...
Con la mano izquierda buscó el gancho para redes que llevaba en el cinturón.
La bestia le desgarró el hombro y brotó la sangre.
Encontró el mango de madera gastada de la herramienta y liberó la hoja curva. El filo interior estaba muy afilado, lo utilizaba para cortar nudos. Se giró con los dientes apretados en un esfuerzo por no prestar atención a las mandíbulas de lagarto que le acuchillaban el hombro una y otra vez hasta que quedó poco más que jirones. Udinaas empezó a cortar allí donde le pareció que debía de estar una de las patas del wyval. Algo sólido. Desgarró los tendones con el filo interior de la hoja.
La criatura chilló.
Y soltó a Bruja de la Pluma.
Esta cayó a plomo entre la masa de brazos alzados.
Las garras golpearon el pecho de Udinaas y lo atravesaron.
El esclavo acuchilló y el corte fue profundo. La pata se retiró con un espasmo.
Las mandíbulas se apartaron y después volvieron a hundirse, esa vez alrededor del cuello del esclavo.
El gancho para redes cayó de la mano crispada. La sangre le llenó la boca y la nariz.
La oscuridad se retorció delante de sus ojos y oyó gritar otra vez al wyval, esa vez de terror y dolor, el sonido emanaba de sus ollares en ráfagas calientes que le bajaban por la espalda. Las mandíbulas se abrieron con un desgarro.
Y Udinaas empezó a caer.
Y ya no supo más.
Los otros estaban saliendo cuando Hannan Mosag tocó el hombro de Trull.
—Quédate —murmuró—. Tus hermanos también.
Trull observó a los otros guerreros que salían en pequeños grupos. Estaban inquietos y más de una cara endurecida revelaba un destello de consternación cuando lanzaba una última mirada de despedida al rey hechicero y sus k’risnan. Temor se había acercado y esperaba a poca distancia, con Rhulad detrás. La expresión de Temor era ilegible (nada sorprendente en eso), mientras que Rhulad parecía incapaz de quedarse quieto, giraba la cabeza a un lado y a otro y una mano danzaba en el pomo de la espada que llevaba en la cadera.
Una docena de latidos después se habían quedado solos.
Hannan Mosag habló entonces.
—Mírame, Trull Sengar. Quiero que lo entiendas. No era mi intención criticar tu gesto. Yo también habría clavado mi lanza en ese letherii para responder a su burla. Te utilicé de forma dolorosa y por ello me disculpo...
—No es necesario, mi señor —respondió Trull—. Me complace que haya encontrado en mis acciones un fulcro que le permita cambiar los sentimientos del consejo.
El rey hechicero ladeó la cabeza .
—Fulcro. —Sonrió, pero estaba tenso—. Entonces no hablaremos más de ello, Trull Sengar. —Posó los ojos entonces en Rhulad y su voz se endureció un poco cuando habló—: Rhulad Sengar, no iniciado en derramamientos de sangre, estás en mi presencia ahora porque eres hijo de Tomad... y la necesidad que tengo de sus hijos te incluye a ti. Espero de ti que escuches, no que hables.
Rhulad asintió, pálido de repente.
Hannan Mosag pasó entre dos de sus k’risnan, que todavía tenían que abandonar sus posturas vigilantes, y bajó del estrado con los tres hijos de Tomad.
—Tengo entendido que Binadas vaga una vez más. Ese no conoce ancla, ¿verdad? Ah, bueno, ningún daño hace con eso. Tendréis que informar a vuestro hermano a su regreso de todo lo que os cuente esta noche.
Entraron en los aposentos privados del rey hechicero. No había esposa a la espera, ni esclavo alguno. Hannan Mosag vivía de forma sencilla, con solo su centinela de sombra como única compañía. La habitación era espartana, de orden severo.
—Tres lunas atrás —comenzó a decir el rey hechicero al tiempo que se volvía para mirarlos— mi alma viajó mientras dormía y fue testigo de una visión. Yo estaba en una llanura de nieve y hielo. Más allá de las tierras de los arapay, al este y al norte del lago Hambriento. Pero en la tierra que siempre está quieta algo había surgido. Un nacimiento violento, una presencia exigente y dura. Una aguja de hielo. O una lanza, no pude acercarme a ella, pero se elevaba a gran altura sobre las nieves, resplandeciente, cegadora por toda la luz del sol que había capturado. Sin embargo, algo oscuro esperaba en su corazón. —Sus ojos habían perdido todo foco y Trull supo, con un escalofrío, que su rey estaba una vez más en ese lugar frío y melancólico—. Un regalo. Para los edur. Para el rey hechicero. —Después quedó en silencio.
Nadie habló.
De repente, Hannan Mosag estiró la mano y se aferró al hombro de Temor, su mirada se agudizó sobre el hermano mayor de Trull.
—Los cuatro hijos de Tomad Sengar viajarán a ese lugar. Para recuperar ese regalo. Podéis llevaros a otros dos, vi los rastros de seis en mi visión y llevaban hacia esa aguja de hielo.
Temor habló entonces.
—Theradas y Midik Buhn.
El rey hechicero asintió.
—Buena elección, sí. Temor Sengar, te pongo al cargo como líder de esta expedición. Tú eres mi voluntad y no se te desobedecerá. Ni tú ni ningún otro de la partida debe tocar el regalo. Vuestra carne no debe entrar en contacto con él, ¿me habéis comprendido? Sacadlo de la aguja, envolvedlo en pieles si eso es posible y regresad aquí.
Temor asintió.
—Se hará como ordene, mi señor.
—Bien. —El rey examinó a los tres hermanos—. Es creencia de muchos (quizá incluso vuestra), que la unificación de las tribus era mi objetivo único como líder de los hiroth. Hijos de Tomad, sabed que no es más que el comienzo.
De repente había una nueva presencia en la habitación, percibida de forma simultánea por el rey y los hermanos, y todos se volvieron como uno solo hacia la entrada.
Un k’risnan se encontraba en el umbral.
Hannan Mosag asintió.
—Los esclavos —murmuró— han estado muy ocupados esta noche. Venid, todos.
Espectros de sombra se habían reunido alrededor de su alma, pues alma era todo lo que era, inmóvil y vulnerable, veía sin ojos, sentía sin carne, cuando aquellas criaturas vagas y bestiales se acercaban, tironeaban de él, lo rodeaban como perros alrededor de una tortuga.
Tenían hambre, aquellos espíritus de sombra. Pero algo los contenía, una prohibición muy arraigada. Lo pinchaban y empujaban, pero no hacían nada más.
Se dispersaron, de mala gana, cuando se acercó algo, alguien, y Udinaas sintió una presencia cálida y protectora que se acomodaba a su lado.
Bruja de Pluma. Estaba ilesa, su rostro luminoso, sus ojos grises perplejos mientras lo estudiaba.
—Hijo de la Deuda —dijo, después suspiró—. Dicen que me liberaste tú. Incluso cuando el wyval te desgarraba. No te importó nada eso. —Lo estudió un momento más y después siguió hablando—: Tu amor me quema los ojos, Udinaas. ¿Qué voy a hacer con esa verdad?
Él se dio cuenta que podía hablar.
—No hagas nada, Bruja de Pluma. Sé lo que no ha de ser. No renunciaría a esta carga.
—No. Ya lo veo.
—¿Qué ha pasado? ¿Me estoy muriendo?
—Te morías. Uruth, esposa de Tomad Sengar, vino a responder a nuestra... angustia. Recurrió a Kurald Emurlahn y espantó al wyval. Y ahora nos está sanando a los dos. Yacemos uno al lado del otro, Udinaas, sobre la tierra empapada en sangre. Inconscientes. Se pregunta por qué somos reticentes a regresar.
—¿Reticentes?
—Nota que ella lucha para sanar nuestras heridas, yo me resisto a ella, por los dos.
—¿Por qué?
—Porque estoy inquieta. Uruth no percibe nada. Su poder a ella le parece puro. Pero está... manchado.
—No lo entiendo. Has dicho Kurald Emurlahn...
—Sí. Pero ha perdido su pureza. No sé cómo, o qué, pero ha cambiado. Entre todos los edur, ha cambiado.
—¿Qué hemos de hacer?
La joven suspiró.
—Regresar, ahora. Ceder a su orden. Agradecerle su intervención, la sanación de nuestra carne desgarrada. Y en respuesta a las muchas preguntas que tiene, poco podemos decir. Fue confuso. Una batalla con un demonio desconocido. Caos. Y de esta conversación, Udinaas, no diremos nada. ¿Comprendes?
—Sí.
Bruja de Pluma bajó la mano y él sintió que se cerraba sobre la suya (de repente estaba entero una vez más) y la calidez de aquella mano lo embargó.
Udinaas pudo oír su corazón, palpitando con fuerza como respuesta a aquel roce. Y otro corazón, lejano pero acercándose a toda prisa, que latía al mismo ritmo. Pero no era el de ella, y Udinaas conoció el terror.
Su madre se apartó, el ceño de su frente comenzaba a suavizarse.
—Se acercan —dijo.
Trull bajó la vista y se quedó mirando a los dos esclavos. Udinaas, de su casa. Y la otra, una de las criadas de Mayen, la que conocían como Bruja de la Pluma por sus poderes de adivinación. La sangre todavía manchaba los agujeros de las camisas, pero las heridas en sí ya se habían cerrado. Otro tipo de sangre se había derramado por el pecho de Udinaas, dorada y todavía resplandeciente.
—Debería declarar ilegal que arrojen las losas —rezongó Hannan Mosag—. Permitir hechicería letherii entre nosotros es una indulgencia peligrosa.
—Pero tiene su valor, rey supremo —dijo Uruth, y Trull se dio cuenta que seguía inquieta.
—¿Y cuál es, esposa de Tomad?
—Un clamor fuerte y sonoro, rey supremo, que haríamos bien en atender.
Hannan Mosag hizo una mueca.
—Hay sangre de wyval en la camisa de ese hombre. ¿Está infectado?
—Es posible —admitió Uruth—. Buena parte de lo que pasa por alma en un letherii se oculta de mis artes, rey supremo.
—Un defecto que nos atormenta a todos, Uruth —dijo el rey hechicero, concediéndole a la mujer un gran honor al usar su verdadero nombre—. Se debe observar a este en todo momento —continuó con los ojos puestos en Udinaas—. Si hay sangre de wyval en su interior, la verdad se revelará con el tiempo. ¿A quién pertenece?
Tomad Sengar carraspeó.
—Es mío, rey hechicero.
Hannan Mosag frunció el ceño y Trull supo que estaba pensando en su sueño y en su decisión de introducir en su relato a la familia Sengar. Había pocas coincidencias en el mundo. El rey hechicero habló con voz más dura.
—Esta tal Bruja de la Pluma, es de Mayen, ¿no? Dime, Uruth, ¿pudiste percibir su poder cuando la sanaste?
La madre de Trull sacudió la cabeza.
—Insignificante. O...
—¿O qué?
Uruth se encogió de hombros.
—O lo ocultó bien, a pesar de sus heridas. Y si ese es el caso, entonces su poder supera al mío.
Imposible. Es letherii. Esclava y todavía virgen.
El gruñido de Hannan Mosag transmitió sentimientos parecidos.
—La atacó un wyval, es obvio que una criatura que resultó estar muy por encima de su habilidad para controlarla. No, la niña tropieza. Mal instruida, ignorante de la vastedad de todo aquello con lo que pretende jugar. Ved, solo ahora recupera la conciencia.
Los ojos de Bruja de la Pluma se abrieron con un parpadeo y revelaron un discernimiento escaso, y eso arrollado de inmediato por un terror animal.
Hannan Mosag suspiró.
—No nos será de ninguna utilidad durante un rato. Dejadlos al cuidado de Uruth y las otras esposas. —Miró a Tomad Sengar—. Cuando regrese Binadas...
Tomad asintió.
Trull le lanzó una mirada a Temor. Tras él se arrodillaban los esclavos que habían asistido a la ceremonia, las cabezas pegadas a la tierra e inmóviles, como habían estado desde la llegada de Uruth. Parecía que los ojos duros de Temor se habían clavado en algo que nadie más podía ver.
Cuando Binadas regrese... los hijos de Tomad emprenderán el viaje. Para adentrarse en los yermos de hielo.
Un gemido enfermizo de Udinaas.
El rey hechicero no le hizo ningún caso cuando salió con grandes zancadas del granero, flanqueado por sus k’risnan y su centinela de sombra un paso por detrás. En el umbral, ese espectro monstruoso hizo una pausa por voluntad propia, para echar una única mirada atrás, aunque no había forma de saber sobre quién fijaba sus ojos informes.
Udinaas gimió por segunda vez y Trull vio que los miembros del esclavo temblaban.
En el umbral, el espectro se había ido.