PRÓLOGO

La última luz

Domingo, 27 de marzo de 1994

Todo comenzó hace mucho tiempo. Por aquel entonces, yo tenía diecinueve años y era soldado. No era un asesino.

Aquella tarde me llamaron al despacho del coronel Ellard. Mandó a un ordenanza, el cual me dijo que le acompañara de inmediato con mi fusil. Pregunté si me había metido en algún lío, y él se encogió de hombros con una sonrisa.

—Hay un tipo trajeado con el coronel. Tienen prisa.

Salimos disparados por el pasillo. El ordenanza sonrió otra vez y se quedó fuera, no quería que le enviasen a hacer más recados, así que entré solo en el despacho. Dentro encontré al coronel Ellard y al individuo que llevaba todo el día observándome sentado a un lado, justo detrás de la puerta. Me costaba distinguirlo con claridad.

Aquella mañana, cuando el sargento mayor nos permitió tomarnos un descanso para echar un pitillo, reparé en él: estaba junto a la verja principal, de pie en el lado de dentro de la alambrada. Hacía poco que había amanecido y todavía hacía frío. Tenía las manos embutidas en los bolsillos del pantalón de un traje gris oscuro y me miró fijamente mientras yo encendía y me fumaba medio Marlboro. La chaqueta llevaba un forro de seda roja que brillaba cuando la agitaba el viento y unas estrechas solapas que enmarcaban una camisa blanca abierta en el cuello. Aplasté el cigarrillo en una papelera galvanizada, y al devolverle la mirada, se volvió y echó a andar a paso vivo hacia el comedor de oficiales. No llevaba abrigo y estaba sin afeitar, lo cual me hizo preguntarme de dónde habría salido.

Aquel mismo día volví a verle, esta vez hablando con el coronel Ellard. Me señalaron mientras disponía mi equipamiento (el fusil, la funda, el visor, el supresor y una caja de veinte municiones) y acto seguido echó a andar hacia mí. Me tumbé boca abajo en la línea de tiro y, sin presentarse, se arrodilló y me preguntó si veía el perno de retención que sujetaba el objetivo, a cien metros. Levanté la vista hacia Ellard, que me hizo un gesto de asentimiento. Volví a la mira del fusil y respondí que sí. El individuo me dijo que disparase, y así lo hice. A continuación me volví hacia él, que estudió mi rostro con detenimiento, como si estuviera buscando algo que hubiera perdido, y se largó.

Una vez en el despacho permanecí de pie, en posición de descanso. Según era la costumbre de Raven Hill, no se intercambiaban saludos, pero en presencia del coronel uno nunca podía relajarse del todo. Hablaba en una voz tan baja que en la cancha de tiro costaba trabajo oírle, y tenía tanta paciencia con nosotros que daba la sensación de que focalizaba toda su atención en ti, y en nada más que en ti. Era el último oficial irlandés del ejército británico que había ascendido a lo más alto del escalafón empezando desde abajo. «No desde soldado raso, sino desde el pozo», les decía a los nuevos reclutas. Antes de enrolarse, se dedicaba a extraer carbón tumbado boca arriba en las minas de Arigna, en el condado de Roscommon. Y ahora era un jefazo. Esperaba, y recibía, obediencia absoluta. No temíamos encolerizarle, sino decepcionarle. Y, como sus métodos funcionaban, nos plegábamos a ellos sin cuestionarlos. Además, nos tenía a todos aterrorizados porque, aunque nos caía bien, no le entendíamos. Enseguida aprendí que, en el Ejército, sin el acicate del miedo era imposible progresar en lo que fuera.

Sentado detrás del escritorio de nogal, el coronel Ellard me indicó con una seña que le entregara el fusil, de modo que saqué el cargador, accioné el pasador dos veces para mostrar que la recámara estaba vacía y se lo entregué. Su política era que siempre tuviéramos las armas en código ámbar: con el cargador lleno y nada en la recámara. Lo dejó con cuidado encima de la mesa.

—Gracias. Fuera encontrará un Mercedes de color negro. Móntese y espere. No conducirá usted.

Hice ademán de marcharme, pero él levantó la mano derecha para impedírmelo y señaló al otro individuo con la cabeza.

—Max, este es el comandante Knight. Obedecerá sus órdenes como si las impartiera yo. Hasta nuevo aviso será su oficial al mando.

Knight permaneció sentado a mi espalda sin decir nada. Al volverme para salir pude ver su rostro con claridad. Se había afeitado. Sonrió y me saludó levemente con la cabeza.

Me acomodé en el asiento del pasajero. A los diez minutos, salió Knight y metió un fusil enfundado en el maletero del coche; luego se acercó y se sentó al volante. Rodamos durante una hora sin hablar. Yo no tenía nada que decir. Empezaba a despuntar la primavera, las colinas de color parduzco absorbían los últimos retazos de luz diurna. Aquella madrugada se había adelantado la hora, y me resultó inquietante que anocheciera tan tarde. Rodeábamos un pueblo grande situado al oeste de Belfast por una carretera de grava cubierta de barro, trillada por los neumáticos de los tractores y salpicada de boñigas de vaca. Nos metimos por detrás del montículo más alto y nos encontramos con la luna elevándose por encima de Lough Neagh.

Al llegar a un punto de control ubicado por debajo de un corte de la carretera atendido por soldados rasos se nos sumaron dos soldados vestidos de paisano, muy probablemente procedentes del Servicio Aéreo Especial o de la Unidad Especial de Reconocimiento. Ninguno saludó. Se montaron a la parte de atrás y parecían sentirse cómodos con la presencia de Knight, ya debían de conocerse. Al cabo de un cuarto de hora, nos detuvimos de nuevo. Fui el primero en apearme, y pude ver que uno de nuestros pasajeros llevaba una pistola SIG semiautomática metida en la cinturilla de los vaqueros. Knight me dijo que sacara el fusil del maletero y que le acompañara a subir el repecho. Hablaba con un acento de Dublín refinado en un colegio privado inglés, y me recordó a la entonación inglesa de mi padre. Si aún viviera, tendría su misma edad. Las botas le resbalaban continuamente, así que en más de una ocasión tropezó y tuvo que ayudarse a trepar apoyando las palmas de las manos. Había sido un día caluroso y el sol me había quemado la piel, pero ahora hacía frío y un viento cortante volvía a soplar con fuerza.

Subimos un poco más, y empecé a notar el olor y los ruidos del pueblo. Era domingo. Por la puerta de vaivén del bar salía una música tradicional irlandesa que se propagaba colina abajo. Un aroma a carne asada, mezclado con el hedor del humo de turba y de la hierba mojada, flotaba en la brisa que provenía del lago.

Finalmente, la pendiente se niveló para formar una ancha alfombra de hierba. Nos acercamos al borde del repecho que daba al lado sur del pueblo corriendo despacio y semiagachados, pero en ningún momento solté las correas de la funda del fusil que agarraba con la mano derecha. Me di cuenta de que, después de haber tropezado repetidas veces, el rocío de la tarde había mojado el traje de Knight: unas manchas oscuras señalaban las rodillas y los puños de la camisa, con los que había parado la caída. Por la ventana entreabierta de una casa de piedra, justo debajo de donde estábamos, se filtraba el estruendo de cacharros de cocina que anunciaba el final de la cena. Escruté el terreno con el mapa y los prismáticos que pedí a uno de los soldados de paisano que nos acompañaban.

A trescientos metros, en la escasa luz del ocaso, distinguí, enmarcada por unos visillos ennegrecidos por el humo de la chimenea, una familia de siete miembros que se alumbraba con una única bombilla de tungsteno. Había cuatro niños que parloteaban y correteaban alrededor de la mesa, se lamían la grasa de los dedos y llevaban platos vacíos a una mujer de mediana edad que trajinaba en la cocina. Estaba de pie, como paralizada, frente a un hondo fregadero que se encontraba debajo de otra ventana. Presidía la mesa un varón con una niña que lucía una melena del color del maíz trillado sentada en las rodillas. Era su hija. Knight se puso de cuclillas a mi lado y me pasó un cargador.

—El hombre que está sentado a la mesa tiene las manos manchadas de sangre. Tiene la orden de matarlo.

—Sí, señor. Entendido.

Saqué el fusil de la funda acolchada. Era el mío. A pesar de todo el traqueteo del trayecto, no había duda de que el punto de mira seguía alineado. Inserté el cargador, ajusté la elevación de la mira y me acerqué el cristal al ojo. Observando el interior de la casa distinguí los lamparones de la camisa del hombre y el corte en el cuello que se había hecho aquella mañana al afeitarse antes de acudir a misa. Vi que la niña movía los labios. Los ojos del uno eran la viva imagen de los del otro. Vi elevarse el pecho del hombre, estudié el ritmo de su respiración. El objetivo volvió el rostro hacia el exterior, cada vez más oscurecido, y, sin dejar de escuchar a su hija, miró por la ventana. Introduje una bala en la cámara. El viento cesó. No había ningún ajuste que hacer. Quité el seguro. Arma preparada.

—¿Señor?

—Proceda.

La línea horizontal de la mira pasaba por debajo de los ojos del objetivo. La línea vertical dividía en dos la punta de la nariz. Inclinó la cabeza para apoyar el mentón en la cabeza de la niña. El tiempo se detuvo. Cuando empecé a ejercer presión muy suavemente sobre el gatillo, la yema del dedo índice se detuvo un instante y luego retrocedió otra décima de milímetro más.

Nada.

Los relojes se pusieron de nuevo a cero. Por encima de la sangre que me latía en los oídos y del oxígeno que me corría por la garganta tan solo podía oír el leve eco del chasquido de metal contra metal. Liberé la recámara e introduje otra bala. Un destello metálico alcanzó mi ojo derecho cuando el cartucho desechado voló frente al rostro de Knight, que seguía a mi lado. Ajusté la mira. Volvíamos a estar solos, el objetivo, su hija y yo. La niña le tocó la mejilla. Él me miró por la ventana, directamente, como si me sostuviera la mirada a través del fusil. Primera presión: yo ya formaba parte de él, siguiendo el percutor que llevaba hasta el cartucho; ya estaba unido a la bala.

Otra vez, nada.

Aspiré una profunda bocanada de aire y sentí en la espalda la mano del comandante Knight, mojada por la hierba, a la vez que me ponía en tensión y procedía a accionar nuevamente el pasador. Y después, esas cinco palabras que todavía me sobresaltan a media noche:

—Lo ha hecho muy bien.

Habían retirado el percutor de mi fusil. Era la última prueba a la que me sometía Knight para asegurarse de que era lo que buscaba: lo que más adelante describió como un «psicópata legalmente cuerdo».

—Su padre estaría orgulloso de usted —me dijo cuando regresábamos al coche.

Capítulo 1

1

Veintitrés años después

Me la ligué en el 360º Roof Bar. Ya estaba como una cuba. Su exnovio era el funcionario político de la embajada de Estados Unidos en Caracas, un espía con el pelo rapado al uno y cara de patata que sentía debilidad por las mujeres caraqueñas. La había dejado la semana anterior, o eso me contaron. Supuse que ella ahogaba sus penas en alcohol o bien seguía celebrándolo. Fuera, la ciudad se desintegraba. Todo el mundo empinaba el codo a base de bien.

Pedí un ron con limón para ella, hice un chiste en un español deliberadamente macarrónico y me senté a su lado.

—¿Cómo sabes que no espero a alguien? —me dijo ella.

—Porque llevas todos estos años esperándome a mí, corazón.

Rompió a reír, y se le resbaló un codo sobre la mesa de caoba, con lo cual se derramó sobre la mano un poco de ron, oscuro y pegajoso. Se lamió los dedos.

—Imagínate cuánto podríamos divertirnos dos rubios como tú y yo. —Alcé mi copa—. Diversión multiplicada por dos.

—Diversión multiplicada por dos —repitió ella en español con una sonrisa ancha y triste—. Me llamo Ana María.

Hizo lo propio con su copa y me miró, expectante.

Allí estábamos: un hombre de negocios charlando con una lugareña en una mesa discreta de la terraza superior, observándose el uno al otro y contemplando la panorámica. Excepto que ella no era una lugareña. Y yo estaba allí para matarla.

—Yo me llamo Max —le dije—. Max McLean.

Chocamos las copas y bebimos un buen trago de ron. Me pareció una crueldad innecesaria mentirle a aquella mujer, ya muerta, mientras se tomaba una copa. Me sentía cada vez más cansado de ser todo menos yo mismo.

En Venezuela, follarse a un espía es malo para la salud, sobre todo para la amante abandonada del embajador ruso en Cuba. Desde luego no se le podía reprochar la falta de coherencia a la hora de escoger amantes que no le convenían. A estas alturas, ya había visto y oído bastante como para pasar a figurar en la lista de objetivos internacionales. Si nosotros no la hubiéramos encontrado primero, los rusos no habrían tardado.

La mujer bebía y hablaba, y yo reía y la escuchaba con atención. No me gusta matar mujeres, y menos hacerles el trabajo sucio a los americanos. No me gusta matar a nadie. A la segunda copa de ron se me quitaron las ganas de matarla. No porque fuera guapa o divertida y me apeteciera estar tomando algo con ella, sino porque cuando estás a punto de quitar la vida a alguien desde tan cerca, antes lo has tenido que observar muy atentamente. Lo quiera o no, uno llega a conocerlo antes de matarlo. El tiempo se distorsiona. Aquello que normalmente tardaría semanas, incluso meses, en ocurrir entre dos personas queda comprimido en breves minutos, a veces segundos. La olla a presión emocional de la proximidad de la muerte evapora todos los detalles superfluos, hasta solo dejar la esencia de la persona que vas a liquidar.

Y se me quitaron las ganas de matarla porque ese proceso de reducción no me había convencido, más bien me dejó la sensación de que allí se estaba cometiendo un terrible error. Ninguno de los datos del informe coincidía. La historia de tapadera de la chica —que era una doctora que estaba de vacaciones— se repetía con una indiferencia poco natural. Su cháchara achispada era ligera y nada forzada. O era una profesional excepcional, o era inocente. Hay muy pocas personas que trabajen tan bien.

Efectué una consulta acerca del objetivo. Verificado. Proceda.

Pero había algo que no encajaba. Y tenía que encajar.

Matar a quemarropa, sentir sobre ti el último aliento de la víctima al tiempo que se apaga la luz de sus ojos... no es moco de pavo; te acompañará para siempre. He matado a muchas personas: algunas tenían una bomba, una pistola, un teléfono móvil o un interruptor en la mano; otras simplemente sabían cosas que no podían olvidar, habían visto cosas que no podían fingir no haber visto. Algunas murieron por una buena razón, pero otras, no.

Precisamente ese era el propósito del entrenamiento por el que me habían enviado a Raven Hill. Garantizaba que uno apretaría el gatillo cuando se le ordenase, sin hacer preguntas.

La mayoría de los miembros de la brigada quiere fallar al disparar al objetivo. Mi trabajo es diferente. Para mí no hay fallo posible, tan solo consecuencias.

Pero tengo que estar convencido de disparar.

Así que no llevé a aquella chica al lugar en que debía matarla.

Le birlé el móvil del bolso y me excusé un momento. Bajé en el ascensor hasta el vestíbulo del hotel, situado en la planta baja, y pedí la llave de la habitación en que había planeado asesinarla. Me quité el rastreador del dobladillo de los vaqueros, lo dejé junto con su móvil en el cajón de la mesilla de noche y, por si acaso, le saqué la batería a mi móvil. Cuando volví a subir a la carrera por la escalera de incendios y aparecí ante ella, apenas se había percatado de mi ausencia.

Media hora más tarde, bajamos al aparcamiento y recorrimos el tráfico nocturno de Caracas en un taxi privado para tomar una habitación barata en el Garden Suites. Llegamos pocos minutos antes de las dos de la madrugada.

Ya en la habitación, la abracé desde atrás al tiempo que nos dejábamos caer en la cama. Mientras se estiraba sobre el colchón, le aparté a un lado la melena, de un rubio sucio, para dejar al descubierto el punto de la nuca en el que le habría apoyado el cañón del arma. Y entonces lo vi. O no lo vi, mejor dicho. Ana María Petrova tenía una cicatriz del tamaño de un tapón de botella en la base del cráneo, allí donde, de un mordisco, el perro Ovcharka del embajador le había arrancado un pedazo de carne. Aquella Ana María no tenía ninguna cicatriz, no llevaba el rótulo de «objetivo» grabado en el cuerpo. Se revolvió y se tumbó boca arriba, soltó una risita y se metió los dedos bajo la cinturilla de las bragas. Ni siquiera era rubia natural.

No era ella en absoluto.

El estómago me dio un vuelco. El malestar de las tripas se me subió a la boca. Vomité bilis en el lavabo del cuarto de baño y, temblando, me mojé las muñecas con agua del grifo. A aquella chica le había faltado muy poco para no volver a ver jamás la luz del día.

«Pero te has dado cuenta» —me dije para tranquilizarme—, te has dado cuenta.»

Dos horas más tarde, y después de una docena de chupitos de ron Diplomático, nos quedamos dormidos.

Zump. Zump. Zump.

Oí los morteros antes de que las granadas cayesen al suelo. Desgarraban el aire en prolongados chirridos metálicos, como si unas planchas de acero negro se hicieran pedazos en el cielo de la noche. Las primeras bombas cayeron en un grupo de tres, muy cerca de nuestra posición: una a la izquierda, lejos; otra a la derecha, más cerca; y la tercera detrás, todavía más cerca. Una triangulación rápida y letal. A continuación, los primeros fragmentos de metralla candente pasaron silbando por encima de nuestras cabezas. Estábamos atrapados en campo abierto. Me tiré al suelo y me hice un ovillo, adopté la postura fetal y me preparé para el impacto.

¿Dónde estaba la chica? ¿Dónde estaba Ana María?

A mi alrededor solo veía codos, barbillas y botas de otros hombres enterrados en el suelo. La zanja más pequeña y más superficial que uno fuera capaz de excavar representaba la diferencia entre acabar hecho pedazos o no.

Zump. Zump. Zump.

Las explosiones caían con fuerza, cerca y muy seguidas. Después, el bombardeo cesaba y seguía un silencio que dejaba un pitido en los oídos. Los míos gritaban de dolor.

Zump. Zump. Zump.

De repente, sobrevino un intenso fogonazo luminoso seguido de una ráfaga de aire y de ruido que me devolvió la percepción de los sentidos, como una riada arranca los guijarros de una playa azotada por una tormenta.

Un ventilador de techo. Unas persianas de listones. Agua de un grifo.

Caracas.

Zump. Zump. Zump.

—¿Señor?

Cama desierta, sábanas retorcidas y empapadas de sudor. Solo.

Las diez de la mañana, y el aire ya se notaba denso y pegajoso.

Ana María ha debido de irse.

—¡Servicio de habitaciones!

Alargué una mano y la pasé por la mesilla de noche buscando el cartón rojo y blanco y un encendedor de plástico.

Quedaban tres.

Extraje un cigarrillo, lo encendí e inhalé el humo. Veía la habitación con más nitidez a medida que la realidad del sueño iba disminuyendo. Unas veces era Afganistán, otras veces Irak. O Colombia. Uganda. Siria. Londres.

Casi todos los días empezaban así, borrosos e imprecisos tras una noche de pesadillas desgarradoras. Me resultaba más fácil despertarme en la guerra. En la que fuera. Por lo menos allí sabía dónde estaba.

Zump. Zump. Zump.

—¿Señor?

En el pasillo esperaba algún empleado del hotel al que debía atender.

—Su desayuno, señor.

—Sí, sí, estoy aquí. Un momento... Espere.

Agua que corre.

La ducha.

No había pedido el desayuno.

Metí la mano por debajo de la cama y saqué la Glock que le había robado a la policía y que había escondido con cinta adhesiva debajo del colchón. En algún lugar habría un poli venezolano al que estarían incriminando por algo que no había sucedido.

—¡Servicio de habitaciones!

Se oyó una llave hurgar en la cerradura. La puerta, retenida por un pestillo, se frenó con un fuerte golpe tras abrirse apenas tres centímetros. La presión reinante en la habitación cambió, y se desplazó hacia un cristal flojo de la ventana que daba a la zona ajardinada que había abajo.

—De acuerdo —ladré. Tiré el Marlboro en el ron que quedaba en la última copa de Ana María y me planté, desnudo, a los pies de la cama. Aquello no iba a ser fácil.

—¿Qué tal?

Tiré de la puerta, ya liberada del pestillo, para abrirla. La pistola a la altura de la cintura, el cañón apoyado totalmente contra el panel de contrachapado.

Veintipocos. Frente quemada por el sol. Cabello castaño, limpio y muy corto. Camisa blanca, corbata negra. Chaleco negro. Zapatos relucientes.

—Señor...

Tenía la mano izquierda cerrada en un puño y levantada en alto, como si estuviera ejecutando un absurdo saludo comunista, preparado para volver a golpear en la puerta; la derecha la tenía escondida bajo una servilleta desdoblada y extendida sobre un carrito de camarero.

Un peón del MI6, el servicio de inteligencia.

—¿Podemos continuar en inglés? Ha sido una noche muy larga. —El joven destensó el brazo derecho. Puso cara de desinflarse—. Y también puede soltar esa SIG que tiene en la mano. —Me miró fijamente, sin pestañear, alarmado—. Ahora mismo.

—Señor McLean —susurró el peón en inglés al tiempo que sacaba la mano derecha desarmada—. Tengo órdenes de...

—De llevarme a la embajada, donde recibiré órdenes nuevas.

—Sí, y...

—Y mi misión actual se da por terminada.

—Sí, y...

—Estoy metido en un buen lío.

El peón dirigió una mirada de soslayo hacia el pasillo.

—Sí. Y... Oiga, lo siento mucho, pero ¿le importa que...?

Le cerré la puerta en las narices y volví a poner el pestillo. O me habían dejado irme de rositas o alguien la había cagado. El hecho de quedarme profundamente dormido y como una cuba en la cama con Ana María no formaba parte del plan. Lo suyo habría sido que hubiesen arrancado la puerta de sus bisagras en cuanto crucé el umbral. Escuché con atención. No oí ningún movimiento fuera.

En ese momento me acordé de que yo no tenía ningún plan.

La chica estaba en la ducha, en efecto, inmóvil como la estatua de una fuente, con la mirada perdida en los baldosines blancos. Cuando me vio en el espejo, se volvió lentamente y abrió unos ojos como platos. Caí en la cuenta de que iba desnudo, y empuñaba una pistola.

—¡Coño! Max, ¿qué...?

Me llevé un dedo a los labios y levanté en alto la semiautomática apuntando hacia un lado, inofensiva. Ana María se giró hacia mí, y yo abrí la mampara de la ducha. Vi que tenía los ojos dilatados y el pulso disparado en la carótida.

—Ana María. —Ella hizo ademán de cerrar el grifo, pero la interrumpí aferrándole la muñeca con mi mano izquierda—. Tengo que irme. Ahora mismo.

Zump. Zump. Zump.

La chica respiraba a toda prisa. Le solté la muñeca y volví a llevarme un dedo a los labios.

Amortiguados por la puerta del cuarto de baño y por el chorro de agua, los golpes en la puerta de la habitación resultaban apenas audibles. De todos modos, Ana María los oyó y se relajó.

—¿Quién está ahí, tu maldita esposa?

—Es complicado. No eres la persona que esperaba que fueras.

—¿Qué? Eres un puto embustero —siseó en inglés, mirando alternativamente a la pistola y a mí. Entre nosotros flotaba una nube de agua pulverizada. Resultaba difícil ver con claridad.

—Me he equivocado de cubana.

—¿Que te has equivocado de cubana? ¡Coño! Lo tuyo es increíble, tío. ¿Te has follado a la que no era? ¿Eh? —Acto seguido empezó a hablar en ruso—: Idi na jui! Mudak!

Por lo menos, en aquello Londres no se había equivocado. Y, en efecto, me sentí como un gilipollas.

—Caracas no es un lugar seguro —le contesté en ruso. De los muchos regalos que me hizo mi madre, uno de los mejores fue el de enseñarme la jerga callejera de Moscú.

—Con cabrones como tú andando por ahí, desde luego que no. —Volvió a hablar en español, lo cual ya era un cierto avance.

—Ahí fuera hay unos hombres que si te ven te matarán. Quédate aquí. Dentro de exactamente cinco minutos, toma el ascensor hasta la primera planta y luego huyes por la escalera de incendios —le susurré en español—. Sal por el restaurante que hay detrás y refúgiate en el parque infantil. Ve hasta el club de tenis y que te pidan un taxi. Me quedo con tu teléfono.

—¿Me has robado el teléfono?

—No. Bueno, sí. Es complicado. No mires atrás y no vuelvas aquí. ¿Has entendido?

No lo había entendido.

—Escucha. Encima de la mesilla hay dinero...

Frunció los labios como si fuera a escupirme.

—¡No! No significa lo que estás pensando. Ana María, por favor. Sal de esta ciudad. Ve a pasar una semana en la playa y después regresa a La Habana, o incluso a Moscú. Coge ese dinero y márchate. De lo contrario me matarían a mí también. Confía en mí.

Intenté darle un beso en la mejilla, pero ella apartó el rostro bruscamente. Apoyé el dorso de la mano sobre su pecho. No se movió.

—Se suponía que yo debía... —Me costaba mucho explicarme. El entrenamiento le ayudaba a uno a apretar gatillos y a cerrar la boca. En aquellos momentos no estaba luciéndome en ninguna de las dos cosas—. Hay personas... —continué con dificultad—, personas muy peligrosas, de mi bando, que piensan que tú eres otra persona. Otra persona a quien quieren ver muerta. —Ana María me miraba fijamente, sin expresión—. Ahora ya me has visto la cara. Sabes cómo me llamo. Eso es suficiente para que también te maten a ti. En serio. Lo siento.

—¿Lo sientes? Joder, Max, ¿sabes qué? Yo también. ¡Coño! —Se limpió el agua de los ojos—. Vete —susurró—. Lárgate.

Cerré la ducha, me volví, cogí una toalla de la puerta para secarme la cara, y salí.

Ana María se quedó donde estaba, temblando, y me llamó. Pero no vino detrás de mí. Tenía pocas posibilidades de salir viva de allí. De una forma o de otra, yo sería el responsable de su muerte.

Me vestí, me guardé la pistola en los vaqueros y abrí la puerta para enfrentarme a mi guardián. Le empujé hacia el pasillo a él y al carrito de camarero que había birlado.

—Vámonos.

Él me miraba sin parpadear.

—¿Señor?

Andábamos por el pasillo taconeando sobre el suelo de parquet, y me volví hacia él.

—¿Cómo ha sabido que yo...? Quiero decir, ¿he hecho algo que...?

—Lo he sabido porque llevas el último botón del chaleco sin abrochar. Y, por favor, deja de llamarme «señor».

Capítulo 2

2

—¿Vas armado?

Jim Jones, el jefe del equipo local de la embajada británica, me miró a través de sus gafas Oakley.

—Vaya pregunta más tonta.

—Joder, McLean. —Me hablaba igual que un padre exasperado le hablaría a un hijo desobediente—. Está bien, ¿qué arma llevas?

—Vaya pregunta más tonta.

Nos habíamos metido en el tráfico de Caracas, ya cerca del piso franco.

—McLean, ¿vas armado, sí o no?

Su cabeza calva dejaba ver en bajorrelieve una vena que palpitaba. Le sonreí y le puse sobre las rodillas la nueve milímetros del mercado negro exagerando un poco mi acento irlandés, por si acaso.

—Ahí la tienes, amigo. Ve con cuidado, no vayas a hacerte daño.

Jim había pasado más tiempo en las fuerzas especiales de la Marina metido en las trincheras de Armagh que a bordo de un barco. No era lo que se dice un admirador de mis compatriotas.

—Capullo —suspiró. De haber huido, él habría recibido la orden de matarme.

—Y yo que pensaba que los sargentos mayores todavía llamaban «señor» a sus superiores.

—Menos mal que estoy en la puta Marina, ¿a que sí, señor?

Ambos rompimos a reír. El peón del MI6 también rio, pero enseguida se puso serio cuando Jim se quitó sus Oakley y le miró. Nos apeamos en la calle del Vigía. La villa estaba encaramada en la ladera de una colina, mirando hacia la base aérea de la ciudad.

—McLean —me advirtió Jones cuando dejamos atrás el monovolumen—, antes de que veas al jefe, que sepas que hueles a chocho. —Acto seguido sonrió de oreja a oreja—. Señor.

Ahora iba afeitado, y el traje de Savile Row, marca de la casa, le quedaba un poco más prieto en la cintura, pero por lo demás el comandante Frank Knight no parecía acusar el paso de los años que habían transcurrido entre el frío amanecer de la cancha de tiro de Raven Hill, cuando lo conocí, y aquella bochornosa mañana de Caracas.

Veintitrés años de puro caos. Yo le había visto envejecer, y él me había visto hacerme un hombre. Sin él, hace tiempo que mi silla de montar estaría manchada de sangre. Y él, sin mí, tal como le gustaba repetir, se habría prejubilado.

—¡Pero si es el muchachote en persona! —Me agarró la mano con firmeza como si fuera a estrechármela, pero se limitó a agarrarla con fuerza al tiempo que me aferraba el brazo con su mano izquierda. Miró un instante a mi espalda y luego me miró a mí.

—La has cagado, Max.

—¿Yo la he cagado?

—Oh, sí. A la mierda la Oficina, que le den, que se joda, pero deberías haber matado a esa chica.

Hablaba deprisa y en voz baja. Como todos los que estaban en el ajo, siempre se refería al MI6 como la «Oficina».

—Frank...

—No, Max. No. No digas nada. —Elevó el tono de voz—. Tenías una misión. Un objetivo que liquidar. Sin hacer preguntas. Sin pensar. Sin joderla. O, bueno, primero la jodías y luego la matabas, si era necesario. O al revés: primero la matabas y luego la jodías, me da igual. Pero, por favor, McLean, tienes que liquidar al puto objetivo.

Al terminar ya hablaba a gritos, aunque los amortiguaban los mullidos sofás estilo años setenta que estropeaban la sala.

—No era la mujer que debíamos liquidar, Frank. ¿Quieres un asesino? Pues paga a un sicario.

Knight hundió los hombros.

—Tú eres el sicario, Max.

Lo dijo en tono cansado, pero era la verdad. Yo era el asesino a sueldo, no importaba que se hubieran equivocado de mujer, mi trabajo consistía en obedecer órdenes.

—¿Qué va a pasar ahora?

—Regresas a Londres. King está furioso, como es natural.

Por la ventana vi la silueta de Jones rodeando el monovolumen, preparándose para acompañarme hasta el aeropuerto.

—Max.

Volví a mirar a Knight a los ojos.

—¿Van a someterme a un consejo de guerra?

—Desde luego que no. Te van a someter a King. ¿Un consejo de guerra? ¿Has perdido la chaveta o qué? No eres un colegial al que han llamado al despacho del director. Acabas de joder de forma escandalosa una operación altamente secreta, lo cual resulta irónico, porque... —Frank se interrumpió unos momentos, como si estuviera sopesando lo que diría a continuación—. Porque, lo creas o no, King va a ofrecerte que asumas el mando de Raven Hill. O por lo menos esa era la intención que tenía. A saber lo que piensa ahora, después de semejante estropicio. —No dije nada. Frank continuó—: El coronel Ellard debería haberse jubilado hace cinco años. Incluso antes, de hecho. Y lo cierto es que, por mucho que nos joda, no hay nadie más que valga para hacer ese trabajo. Pero, claro… después de esto... —Abrió las manos como si todo lo que había sucedido en las últimas doce horas hubiera tenido lugar en aquella habitación—. Los yanquis llevan un cabreo de mil demonios, te lo puedes imaginar. Y yo también, McLean. Yo también.

—Tengo la impresión de que estoy trabajando para una pandilla de aficionados. —Extraje el último Marlboro del paquete y prendí una cerilla—. De que tú y yo estamos trabajando para una pandilla de aficionados. —En medio de aquel aire tan húmedo, el humo calmaba y asfixiaba a la vez—. ¿Queréis que asuma el mando de Raven Hill? Menudo notición, ¿no? Pero entonces cuéntame, Frank, por favor, cuéntamelo para que pueda explicárselo a todos esos chicos y chicas tan ilusionados, por qué la he cagado, yo y solo yo, al no matar a la mujer que no era. No sé quién es aquí el loco, pero te juro que yo me considero bastante cuerdo.

—La has cagado porque... ¿De verdad tengo que explicarlo después de todos estos años? Esa chica te vio la puta cara. Así de simple. Olvídate de todo lo demás. Tú eres una pieza valiosa del engranaje porque probablemente eres uno de los mejores sicarios que han existido jamás. Tu valor es incalculable porque no existes, por lo menos fuera de nuestro grupo.

Nos miramos fijamente por unos instantes, pero yo no veía nada más que a Ana María: su melena salvaje, sus pechos bajo mis manos y su esencia adherida a mis dedos que se mezclaba con el olor a tabaco. Aquella chica, aquella mujer desconocida a la que había dicho cómo me llamaba y que debería estar muerta, seguía en mi piel, como un fantasma.

—¿Sabes quién es?

—Es tu objetivo. Y punto.

—Vamos, no me jodas. Déjame adivinar: no tienes ni idea de quién es y no sabes decir otra cosa aparte de que la he cagado.

—Sí, así es, más o menos. Además, no deberíamos estar teniendo esta conversación. ¿Y sabes por qué? Porque se suponía que esa chica estaría muerta. Joder, tío, ¿en qué estabas pensando?

Frank ya profería rugidos. Di una calada profunda al cigarrillo y esperé. Su rostro fue perdiendo color hasta que finalmente, ya calmado, se quedó de un tono beis, similar al de las paredes que nos rodeaban.

—King quiere ascenderte a teniente coronel. Teniente coronel por nombramiento. No es que pase en contadas ocasiones, es que no ha ocurrido jamás. —Hablaba tranquilo, con parsimonia—. Pasarías por un período de prueba de un año, y después Raven Hill sería tuyo, y, si así lo quieres, serías alguien, quien quisieras. Recuperarías tu vida, tendrías una vida como Dios manda. Se acabó lo de matar, lo de huir. Joder, Max McLean, incluso cobrarías una pensión.

—No tengo ninguna vida que recuperar, Frank. —Paseé la mirada por la habitación—. Estoy aquí, ¿no?

Frank debía de saber que yo ya había imaginado cómo sería asumir el puesto de Ellard, al viejo no podía reemplazarle cualquiera. De hecho, en una ocasión lo hablamos por encima, después de que me hirieran cerca de Argel, en una emboscada. Llegaría un momento, y a este paso sería más pronto que tarde, en que tendría que retirarme. Tal vez dejar escapar a Ana María había sido, de alguna forma, pisar el freno. Pero luego, ¿qué? Dedicarme para siempre a la jardinería no me tentaba mucho que dijéramos, ni siquiera lo contemplaba como opción, dado lo difícil que me resultaría cuidar de las rosas mirando constantemente a mi espalda. No, yo sabía muy bien, ya desde antes de graduarme en Raven Hill, que estaría atado a ellos para siempre, o bien desaparecería del mapa.

Ya había desaparecido una vez, lo que me había conducido adonde me encontraba.

—Pues a lo mejor deberías ir pensando en la vida que te gustaría —siguió diciendo Frank—. Es muy duro dejar de ser un desconocido y que no te maten por ello.

—¿Has encontrado a la chica? —Había un montón de sitios donde mirar, salvo a los ojos de Frank. No sabía si decirle que se metiera aquel puesto por donde le cupiera o darle las gracias de todo corazón. Mi debilidad me ponía furioso. Con todo, me sorprendió que me temblaran las manos—. Frank, hemos colaborado en muchas misiones. Pero este...

—Este, ¿qué? ¿Este asesinato? —El pliegue del cuello de la camisa se le estaba empapando de sudor, que formaba un collar azul oscuro cada vez más ancho. Le miré a la cara con gesto inexpresivo—. No —continuó—, esa chica no era el objetivo que tú creías, pero sí era tu objetivo. No te corresponde a ti decidir qué objetivos liquidar y cuáles no. A esas alturas de su vida, la mayoría de los asesinos de cuarenta y dos años ya lo ha entendido. Si no te gusta, eres muy libre para intentar cambiarlo, pero empezando por arriba. En este momento, mientras estés operativo, no. Por Dios, es que es de locos.

—¿La has encontrado?

—Todo tiene consecuencias, Max. Eso pasa siempre. Ya sabes lo que ocurre cuando la cosa se tuerce, cuando se tuerce de verdad, cuando le das vueltas a cómo serán esas consecuencias.

—No has dado con ella, ¿verdad? —En este momento me permití esbozar una sonrisa y señalé a Frank con el cigarrillo encendido—. No la has encontrado. Y no la vas a encontrar. Joder. La has cagado, ¿a que sí?

Observé cómo le rechinaban los dientes. Torció la cara hacia el ventilador del techo, que estaba apagado, como si quisiera ordenarle que se pusiera en marcha. A lo mejor estaba buscando inspiración.

—No, Max, ya la has cagado tú por mí. Enhorabuena.

Dejamos pasar unos instantes en silencio. Luego Frank se volvió hacia mí. Debieron de hackear el circuito cerrado de televisión del 360º Roof Bar y me habían seguido hasta el Garden Suites en tiempo real. Entonces, ¿por qué no mataron ellos mismos a la chica? Que Jim Jones sufriera una crisis de conciencia por matar a una chica guapa era casi tan improbable como que se pusiera a cantar el himno de Irlanda. A lo mejor Ana María, la rubia de bote, había sido el auténtico objetivo desde el principio, y Frank la quería muerta. O a lo mejor él también se lo pensó mejor.

—Así pues, Max —dijo suspirando—, te estaría enormemente agradecido si ahora resolvieras esta cagada por mí.

—¿Y cómo? —Me costó trabajo no burlarme, tenía la sensación de que estaba ganando la partida.

—King va a ofrecerte otra misión; y, si aceptas el mando de Raven Hill, será tu última misión encubierta. —Cuando vio que enarcaba las cejas, se apresuró a añadir—: Y no, no tiene nada que ver con esa maldita rubia que se ha escapado.

—¿Es una oferta o una orden? Además, la chica no era rubia natural. Créeme.

—Es una oferta. Una buena, te gustará.

—Seguro que sí. No me lo digas, me van a pagar treinta monedas de plata por traicionar a otra pobre idiota con un beso para que después me aparquéis en las oficinas de Raven Hill. Y pensar que por un momento he creído que me estabais haciendo una oferta de verdad. Mato por vosotros y me lanzáis un hueso, es lo mismo de siempre. Menos mal que me caes bien, Frank.

—Y menos mal que yo tengo más paciencia que el maldito Job. Raven Hill no es un hueso. Es el jamón entero. Hay que joderse. —Frank lanzó un profundo suspiro, casi con desesperación—. Ya hace mucho tiempo que trabajamos juntos. ¿Cuántos años hará?, ¿veinte?

—Veintitrés —le corregí.

—¿Te importa que te cuente una historia?

—Adelante. Pero si vas a contarme que érase una vez un muchachito irlandés que apretaba el gatillo cuando se lo ordenaban, puedes irte a la mierda.

Se cruzó de brazos para después dejarlos caer a ambos lados del cuerpo.

—No. Érase una vez una chica, cuando yo era un subalterno, mucho antes de que te conociera a ti en Raven Hill. O debería decir una niña, más bien. Tendría ocho o nueve años. Pies sucios y pelo grasiento recogido en una coleta. En las montañas, durante la crisis de Adén. La recuerdo con toda claridad. Mientras registrábamos un autobús, se lanzó contra mi compañero empuñando un cuchillo. Sucedió todo muy deprisa, pero la cosa fue que yo ya había desenfundado mi Browning y la agitaba para hacer salir a los pasajeros del autobús. La apunté con la pistola de inmediato. Todavía me parece estar viendo su expresión y los chillidos que profería al abalanzarse sobre mi compañero. —Frank estaba mirando por la ventana. No había aire acondicionado y el calor resultaba insoportable—. No lo hice, Max. No pude. Era una niña, ¿entiendes? Simplemente me quedé allí parado, como un imbécil, sin hacer ni decir nada, mientras ella arremetía contra mi compañero. —Se volvió para mirarme. Tenía los ojos húmedos, pero resultaba imposible saber si era sudor o lágrimas—. Le metió un buen tajo, sí. Mi compañero tuvo suerte de no perder el ojo. Pero al final era un simple peine. Un peine, no un cuchillo.

Apagué el cigarrillo en el paquete ya vacío.

—¿Y qué te dijo después tu compañero?

—Que la próxima vez, matase a aquella zorra.

Frank atravesó la estancia y tiró de la puerta para abrirla, pero se detuvo al ver que alguien la empujaba. Entró una enfermera vestida con ropa de civil, con un pequeño maletín médico negro en una mano y un portapapeles en la otra, preparada para llevar a cabo una evaluación médica de mi estado tras el trabajo realizado.

—Piénsate lo de la oferta, McLean —me dijo Frank a la vez que se adentraba en la oscuridad del pasillo—. Los tipos como tú son unos incomprendidos. Yo diría que en estos momentos necesitas todos los descansos posibles.

Capítulo 3

3

«Château Musar, 1988. Del valle de la Becá, nada menos.»

King, el general mayor sir Kristóf King, director de las Fuerzas Especiales, se sirvió el denso vino tinto libanés tras apartar la mano del subcabo que tenía el desdeñoso trabajo de hacerle de camarero.

—Me dicen que en Venezuela ha pasado usted por ciertas... dificultades. —Una sonrisa fugaz se extendió por su dentadura.

Me puso una gruesa copa en la mano y levantó la suya sin apartar los ojos de mí.

—Brindo por su excelente salud.

—Gracias, señor. —Me acerqué la copa de cristal tallado a los labios, dudé y la aparté un poco—. Y por la suya, general.

—Por favor, llámeme Kristóf.

Me eché por la garganta un sorbo de aquel líquido casi negro. King agitó una mano de forma casi imperceptible. El subcabo asintió con la cabeza y nos dejó solos. Desapareció con su chaquetilla blanca de camarero tras una recia puerta de madera de teca.

—Por favor, siéntese.

Obedecí, y tomé asiento en un sofá chester de dos plazas que habían acercado a la chimenea. Estábamos en marzo y hacía frío. Todavía quedaban témpanos de hielo colgando de los canalones de Raven Hill. Los turistas resbalaban junto al Cenotafio, mientras en la chimenea del general ardían y crepitaban troncos de manzano coronados por cristales negros de carbón. Hacía más de un año que no veía a King, pero nunca me habían invitado a cenar. Aquello no pintaba bien, y aquella tontería de invitarme a que lo tutease, tampoco. Sospeché que, fuera lo que fuese lo que iba a pedirme, era bastante menos apetecible que lo que había apuntado Frank.

—¿Me permite que le llame Max?

—Por favor. Lo prefiero a Paddy.

—¿Paddy? Ah, sí, claro. Perdóname. Imagino que en Belfast te resultaría más bien divertido ser un partidario del Estado Libre Irlandés, ¿no?

Maximilian Ivan Drax Pierpoint Mac Ghill’ean, mi padre. Dios lo tenga en su gloria. El nombre de «Max McLean», el huérfano anónimo, me quedaba bien, y así fue como ingresé en el Ejército, usando mi nombre inglés. En el cuerpo de paracaidistas, lógicamente gracias a mi acento irlandés, me gané de inmediato, sin poder evitarlo, el apodo de «Paddy».

—Servía para confundir al enemigo.

—¿Qué enemigo?

—Los sargentos.

—Ah, sí, ya entiendo. Un infiltrado entre ellos, ¿eh? ¡Maravilloso! Apuesto a que en secreto todos te consideraban un espía católico. —La sonrisa fugaz se extendió por su dentadura como un tic nervioso. En vez de un gesto de sociabilidad, era más bien una mueca.

—No tan en secreto. Siendo irlandés en el cuerpo de paracaidistas, es un milagro que no me pegase un tiro a mí mismo, señor.

—Llámame Kristóf, acuérdate. —Endureció el tono de voz para convertirlo en una orden—: No olvides nunca de dónde provienes, ¿estamos?

Por encima del fuego de la chimenea había una repisa antigua con diversas melladuras aquí y allá, una rara pieza rescatada del incendio que había consumido el palacio original de Whitehall siglos atrás. Soportaba el peso de varias fotografías de marco dorado que mostraban los hijos de King y a sus antepasados. En cambio, no había fotos del propio King. No era aconsejable, dado el trabajo que desempeñaba. Ni siquiera aquí, en sus aposentos privados. Aun así, apartada a un lado, semioculta en una estantería abarrotada de libros victorianos forrados con cuero verde, había una estatua de bronce de treinta centímetros de altura que representaba a un joven King empuñando un MI6 y con el pie derecho adelantado. Un recordatorio de la época en que comandaba el Escuadrón G del SAS y era él quien apretaba el gatillo. De un modo u otro había luchado mucho para conseguir aquel rango, aquel vino, aquella estatua y el presente que traicionaba su pasado. A pesar de su lenguaje trasnochado y tradicional, y a pesar de estar en el centro mismo del establishment, seguía siendo un forastero. O eso me parecía si le miraba hacia dentro, o mejor dicho hacia arriba, estando como estaba yo fuera del terreno de juego.

En la penumbra de la estantería, por encima de la estatua, había un retrato en blanco y negro de una mujer atractiva de treinta y tantos años, con los pómulos marcados y una gran seguridad en sí misma, que sostenía entre los brazos un subfusil ruso. En la culata exhibía un pedazo de cinta de un par de centímetros con los colores rojo, blanco y verde, deshilachada y con un agujero en el centro. Ya hacía más de sesenta años que su madre había huido de Budapest porque el ejército soviético aplastó la Revolución Húngara, pero su hijo seguía en el exilio. Sir Kristóf se le parecía físicamente: cabello y ojos negros y el cráneo demasiado cerca de la piel. A pesar de las muchas décadas que habían transcurrido, resultaba inquietante ver aquella diminuta bandera revolucionaria con la estrella roja recortada precisamente allí, en el bastión del contraterrorismo.

Me gustaría saber qué opinaría King del linaje de mi madre. Si él o Frank hubieran sabido quiénes eran mis padres, puede que me consideraran el enemigo. Reprimí un bostezo, cansado del vuelo y de las varias horas de reuniones informativas después de que todo se fuera al traste en Caracas. King se fijó en la copa casi vacía que sostenía en la mano derecha e indicó con una seña el decantador.

—No seas tímido. La Oficina tiene un par de cajas reservadas para mí con el beneplácito de Su Majestad en las entrañas de Vauxhall Cross. El material más importante que jamás ha caído en sus manos, ¿no es así?

Coincidí en que sí, y rellené mi copa. No cabía duda de que al MI6 le encantaba que su cuartel general se utilizara como bodega particular de King.

—En la universidad bebía vino de este por un tubo. En la actualidad resulta verdaderamente difícil encontrarlo. —Hizo una pausa e inclinó la cabeza hacia un lado. En la chimenea crepitó un tronco y escupió una rociada de hollín que brilló como una bengala en medio de la tenue iluminación de la estancia. Costaba trabajo distinguir los ojos de King bajo las cejas; el iris y la pupila se confundían en un único disco negro. Era como estar tomando una copa con el diablo.

—Imagino que el comandante Knight te habrá puesto al corriente de mi propuesta. —Incliné la cabeza sin llegar a asentir del todo—. Sí, claro que sí. Un buen tipo, Frank. Fiablemente indiscreto y discretamente fiable. Bueno, pues ahí lo tienes. —Calló unos instantes y bebió un sorbo de vino—. Raven Hill es tuyo. Si lo quieres, claro está.

—Gracias. Es una... oferta muy generosa. —Los dos sonreímos—. ¿Vas a darme un tiempo para que lo piense?

—Naturalmente. Precipitarse es de necios, ¿no es cierto?

—Frank, el comandante Knight, es posible que también haya mencionado, con la discreción que lo caracteriza, que tienes en mente una misión para mí.

—En efecto. En efecto. Enseguida pasaremos a ese punto. Pero, Max, dime una cosa antes de que lleguen los demás —repuso en tono práctico al tiempo que alargaba una mano para rellenar su copa—: ¿Por qué no mataste a esa mujer?

Era una pregunta que me habían formulado muchas veces desde que salí del pasillo del Garden Suites y me subí al monovolumen de la embajada que aguardaba al otro lado de la verja eléctrica de color verde. Ahora King estaba allí, expectante, sin parpadear, sentado en el borde de su asiento. El cerebro me funcionaba a toda velocidad. Inventa algo, haz un chiste, o cuenta la verdad. En un negocio en el que todas las transacciones se llevan a cabo con monedas de plata, hasta la mínima pizca de verdad es de un valor incalculable. Y peligrosa. De modo que conté la verdad... o al menos en parte.

O el principio.

—Kristóf —dije con cautela—, he matado a mucha gente. Por ti, por el comandante Knight, por mis hombres. Por mi país. —De improviso percibí el deje de mi acento irlandés, tan contundente como si una avalancha de piedras acabara de caer entre nosotros—. Este país. —Miré la estantería de libros, el retrato de su madre, el trozo de cinta, y me encogí de hombros a la vez que abría las manos—. Sin embargo, nunca he matado por mí. He matado porque me lo había ordenado alguien. Y sí, en algunos casos he tenido el deseo de matar, pero nunca lo he hecho, nunca he matado por mí.

Los negros ojos de King me observaban fijamente, semiocultos, impenetrables. Me contuve y me mordí la lengua. La verdad es algo muy preciado, pero peligroso.

—Sí, Max, continúa.

—Esa chica me vio la cara. Le dije cómo me llamaba, pero no importaba porque iba a matarla. Sin embargo, no era la mujer que buscábamos. La única razón para matarla era que sabía mi nombre. Y matarla por eso... sí habría sido por mí.

Exhalé con fuerza por la nariz y bajé la vista al círculo oscuro que formaba el vino. Ambos sabíamos de sobra que lo que él quería que respondiera era por qué le había dicho a la chica cómo me llamaba.

—A la porra las órdenes, ¿no? —King emitió una media carcajada.

—Más o menos. —Me rehíce y seguí hablando, intentando evadir su ataque—. Hay un momento, un instante, en el que o bien aprietas el gatillo o bien no lo haces.

—El momento decisivo.

—Sí.

—A partir del cual, se elija un camino o el otro, fluye todo lo demás.

Levanté la vista y lo miré, interrumpiéndome de nuevo.

—Exacto. Y en aquel momento pensé qué podría fluir del hecho de obedecer la orden y matar a una persona que yo sabía que era inocente.

—Que creías que era inocente —me corrigió King.

—Está bien. Cuando lo pensé, tuve la sensación de que iba a ahogarme.

—Entiendo. —King apuró su copa con gesto impasible y la colocó con sumo cuidado en la mesa auxiliar con incrustaciones de mármol que tenía justo debajo del reposabrazos de cuero del sofá—. Y ahora estás intentando mantenerte a flote en el torrente de críticas que ha desatado el hecho de desobedecer esa orden.

Los dos sonreímos.

—Sí, se podría describir de esa manera.

Ya había anochecido, los cristales de las ventanas se habían convertido en espejos negros que no reflejaban más que el débil fuego que iba asentándose en la chimenea. Las sombras que esta proyectaba se extendían por el semblante de King como llamas negras, y de repente dejó de sonreír. Yo había ido directamente de Heathrow a Whitehall en la parte de atrás de una furgoneta de lunas opacas. Estaba agotado.

—Me has contado lo que pensaste en ese momento, Max. ¿Qué piensas ahora?

De pronto, sin previo aviso, la puerta de los aposentos de King se abrió soltándose del pestillo e irrumpió en la penumbra de mi interrogatorio. Las voces que llenaban el pasillo se filtraron al interior de la sala. Los dos nos pusimos en pie. King fue hacia la puerta, mientras yo me quedé donde estaba, incómodo, sosteniendo la copa vacía en la mano. Una mano enfundada en un guante blanco se alzó para saludar, el brazo oculto por la hoja de roble. Acababan de llegar los invitados a la cena.

King se volvió hacia mí, envuelto casi del todo por la oscuridad. Tragué saliva y le miré de frente.

—Creo, señor, que la próxima vez mataré a esa zorra.