[1] Es lo que pasa cuando te haces un estiramiento facial en Argentina.

[2] M. C. es la abreviatura de Mom Chao, el título reservado a los nietos del rey Rama V de Tailandia (1853-1910) y es el nivel más bajo que aún se considera parte de la realeza. Este rango se traduce como «su alteza serenísima». Como muchos miembros de la amplia familia real tailandesa, pasan parte del año en Suiza. Mejor golf y mejor tráfico

[3] M. R. es la abreviatura de Mom Rajawongse, título que ostentan los hijos de un Mom Chao varón. Este rango se traduce como «Honorable». Los tres hijos de Catherine Young y el príncipe Taksin se casaron con mujeres de la nobleza tailandesa. Como los nombres de estas esposas son increíblemente largos e impronunciables para los no hablantes del tailandés y tienen poca relevancia en esta historia, no han sido incluidos.

[4] Que trama huir a Manila con su querida niñera para poder competir en el Campeonato Mundial de Karaoke

[5] Sus célebres chismorreos se difunden más rápido que la BBC.

[6] Pero es padre de, al menos, un hijo natural con una mujer malaya (que ahora vive en un lujoso apartamento de Beverly Hills).

[7] Actriz de telenovelas de Hong Kong de la que se dice que es la chica con la peluca roja de Se agazapa mi tigre, se esconde tu dragón II.

[8] Pero, por desgracia, ha salido a la parte materna de la familia, los Chow.

[9] Vendió sus propiedades de Singapur en los años ochenta por muchos millones y se mudó a Hawái, pero se queja constantemente de que en la actualidad sería milmillonario «si hubiese aguantado unos años más».

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Prólogo:

Los primos

Londres, 1986

Nicholas Young se dejó caer en el asiento más cercano del vestíbulo del hotel, agotado tras el vuelo de dieciséis horas desde Singapur, el trayecto en tren desde el aeropuerto de Heathrow y la caminata por las calles empapadas de lluvia. Su prima Astrid Leong tiritaba estoica a su lado, y todo porque su madre, Felicity, dai gu cheh de él —o «tía» en cantonés— había dicho que era un pecado tomar un taxi para nueve manzanas y les había obligado a recorrer todo el camino a pie desde la estación de metro de Piccadilly.

Cualquier otro que por casualidad hubiese presenciado la escena habría podido ver a un niño de ocho años sorprendentemente tranquilo y a un etéreo suspiro de niña sentados en silencio en un rincón, pero lo único que veía Reginald Ormsby desde su mesa, que dominaba el vestíbulo, era a dos niños chinos que estaban manchando el sofá de tejido adamascado con sus abrigos empapados. Y, a partir de ahí, todo fue a peor. Cerca de ellos había tres mujeres chinas que se secaban frenéticamente con pañuelos mientras un adolescente se deslizaba rápidamente por el vestíbulo, dejando con sus zapatillas huellas de barro sobre el suelo de mármol de cuadros blancos y negros.

Ormsby bajó corriendo desde la entreplanta consciente de que podría encargarse con más eficacia que sus recepcionistas de esos extranjeros.

—Buenas tardes, soy el director. ¿Les puedo ayudar en algo? —preguntó despacio, exagerando la pronunciación de cada palabra.

—Sí, buenas tardes. Tenemos una reserva —contestó la mujer en perfecto inglés.

Ormsby la miró sorprendido.

—¿A qué nombre está?

—Eleanor Young y familia.

Ormsby se quedó helado. Reconocía ese nombre, sobre todo porque el grupo de los Young había reservado la suite Lancaster. Pero ¿quién iba a imaginar que «Eleanor Young» resultaría ser una china? ¿Y bajo qué inaudita circunstancia había terminado aquí? Puede que el Dorchester o el Ritz permitieran la entrada a personas así, pero esto era el Calthorpe, propiedad de los Calthorpe-Cavendish-Gore desde el reinado de Jorge IV y dirigido a todos los efectos como un club privado para el tipo de familias que aparecían en publicaciones como el Debrett’s o el Almanaque de Gotha. Ormsby miró a aquellas mujeres desaliñadas y a los niños empapados. La marquesa viuda de Uckfield se estaba alojando allí el fin de semana y él apenas podía imaginarse qué pensaría de que «gente así» apareciera al día siguiente en el desayuno. Tomó una rápida decisión.

—Lo siento muchísimo, pero parece que no encuentro ninguna reserva a su nombre.

—¿Está seguro? —preguntó Eleanor sorprendida.

—Muy seguro. —Ormsby la miró con una sonrisa tensa.

Felicity Leong se unió a su cuñada en el mostrador de recepción.

—¿Hay algún problema? —preguntó impaciente, ansiosa por llegar a la habitación para secarse el pelo.

—Alamak[1], no encuentran nuestra reserva —respondió Eleanor con un suspiro.

—¿Cómo es posible? ¿Puede que hicieras la reserva con otro nombre? —preguntó Felicity.

—No, lah. ¿Por qué iba a hacerlo? Siempre reservo a mi nombre —respondió Eleanor molesta. ¿Por qué Felicity daba invariablemente por hecho que era una incompetente? Volvió a dirigirse al director—: ¿Puede volver a comprobarlo, señor? Yo confirmé nuestra reserva hace tan solo dos días. Se suponía que iban a darnos su suite más grande.

—Sí, sé que reservaron la suite Lancaster, pero no encuentro su nombre por ningún sitio —insistió Ormsby.

—Perdone, pero, si sabe que hemos reservado la suite Lancaster, ¿por qué no nos da la habitación? —preguntó Felicity, confundida.

«Demonios». Ormsby se maldijo por su propio desliz.

—No, no. Me ha interpretado mal. Lo que quería decir es que puede que ustedes creyeran que habían reservado la suite Lancaster, pero lo cierto es que no encuentro ningún registro al respecto. —Se giró un momento fingiendo que rebuscaba en otros papeles.

Felicity se inclinó por encima del mostrador de roble pulido, tiró hacia ella del libro de reservas de cubierta de piel y pasó las páginas.

—¡Mire! Lo dice aquí mismo. «Señora Eleanor Young. Suite Lancaster para cuatro noches». ¿No lo ve?

—¡Señora! ¡Eso es PRIVADO! —gritó Ormsby enfurecido y sobresaltando a sus dos recepcionistas subalternos, que miraron incómodos a su director.

Felicity se quedó contemplando al casi calvo y ruborizado hombre y, de repente, la situación pareció bastante clara. No había visto ese tipo de desdén y superioridad desde su niñez, en los últimos tiempos del Singapur colonial, y pensaba que esa clase de racismo manifiesto ya no existía.

—Señor, este hotel nos lo ha recomendado encarecidamente la señora Mince, la esposa del obispo anglicano de Singapur, y he visto claramente nuestro nombre en su libro de reservas —dijo con tono educado pero firme—. No sé qué está pasando aquí, pero hemos recorrido un trayecto muy largo y nuestros hijos están cansados y tienen frío. Insisto en que respete nuestra reserva.

Ormsby estaba indignado. ¿Cómo se atrevía esa china con una permanente a lo Thatcher y un absurdo acento inglés a hablarle de ese modo?

—Sencillamente, me temo que no tenemos nada disponible —declaró.

—¿Me está diciendo que no quedan habitaciones en todo el hotel? —preguntó Eleanor con incredulidad.

—Sí —contestó él bruscamente.

—¿Adónde se supone que vamos a ir a estas alturas? —preguntó Eleanor.

—¿Quizá a algún sitio del barrio chino? —respondió Ormsby resoplando por la nariz. Esas extranjeras ya le habían hecho perder bastante tiempo.

Felicity volvió al lugar donde su hermana menor, Alexandra Cheng, vigilaba el equipaje.

—¡Por fin! Estoy deseando darme un baño caliente —dijo Alexandra con impaciencia.

—En realidad, ese odioso hombre se niega a darnos nuestra habitación —protestó Felicity sin intentar ocultar su enfado.

—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó Alexandra, completamente confundida.

—Creo que tiene algo que ver con el hecho de que seamos chinas —contestó Felicity, como si apenas pudiera creer sus propias palabras.

—Gum suey ah![2] —exclamó Alexandra—. Deja que hable con él. Como vivo en Hong Kong, tengo más experiencia a la hora de tratar con estos tipos.

—Alix, no te molestes. ¡Es el típico ang mor gau sai![3] —exclamó Eleanor.

—Aun así, ¿no se supone que este es uno de los mejores hoteles de Londres? ¿Cómo pueden salir con ese tipo de comportamiento? —preguntó Alexandra.

—¡Exacto! —contestó Felicity llena de furia—. Normalmente, los ingleses son muy simpáticos. Nunca me han tratado así en todos los años que llevo viniendo aquí.

Eleanor se mostró de acuerdo, aunque en privado pensaba que Felicity era, en parte, culpable de ese desastre. Si Felicity no fuera tan giam siap[4] y les hubiese dejado tomar un taxi desde Heathrow, habrían llegado con un aspecto mucho menos desaliñado. (Por supuesto, tampoco ayudaba que sus cuñadas fueran siempre tan mal vestidas; tenía que rebajar su elegancia cada vez que viajaba con ellas desde aquel viaje a Tailandia en el que todos las habían tomado por sus criadas).

Edison Cheng, el hijo de doce años de Alexandra, se acercó a las señoras con despreocupación mientras daba sorbos a un refresco en un vaso alto.

—¡Anda, Eddie! ¿De dónde has sacado eso? —exclamó Alexandra.

—Del camarero, claro.

—¿Cómo lo has pagado?

—No lo he pagado. Le he dicho que lo cargue a nuestra suite —contestó Eddie alegremente—. ¿Podemos subir ya? Me muero de hambre y quiero pedir algo al servicio de habitaciones.

Felicity negó con la cabeza con gesto de desaprobación. Los chicos de Hong Kong estaban de lo más consentidos, pero este sobrino suyo era incorregible. Por suerte, ahora estaban allí para dejarlo en un internado, donde le inculcarían algo de sensatez. Duchas frías matutinas y tostadas rancias con extracto de carne Bovril, eso era lo que necesitaba.

—No, no, ya no nos vamos a quedar aquí. Ve a cuidar de Nicky y Astrid mientras decidimos qué hacer —le ordenó Felicity.

Eddie se acercó a sus primos menores y retomó el juego que habían empezado en el avión.

—¡Levantaos del sofá! Recordad que yo soy el presidente, así que soy yo el que se sienta —les ordenó—. Toma, Nicky, sujeta mi vaso mientras yo chupo de la pajita. Astrid, tú eres mi secretaria ejecutiva, así que tendrás que masajearme los hombros.

—No sé por qué eres tú el presidente y Nicky el vicepresidente y yo tengo que ser la secretaria —protestó Astrid.

—¿No te lo he explicado ya? Yo soy el presidente porque soy cuatro años mayor que vosotros dos. Tú eres la secretaria ejecutiva porque eres la chica. Necesito que una chica me dé un masaje en los hombros y me ayude a elegir joyas para todas mis amantes. El padre de Leo, mi mejor amigo, Ming Kah-Ching, es el tercer hombre más rico de Hong Kong y eso es lo que hace su secretaria.

—Eddie, si quieres que sea tu vicepresidente, debería hacer algo más importante que sujetarte el vaso —protestó Nick—. Todavía no hemos decidido a qué se dedica nuestra empresa.

—Yo sí lo he decidido. Fabricamos limusinas personalizadas, como Rolls-Royce y Jaguar —aclaró Eddie.

—¿No podemos hacer algo más guay, como una máquina del tiempo? —preguntó Nick.

—Bueno, tenemos limusinas ultraespeciales con prestaciones como jacuzzis, compartimentos secretos y asientos eyectables como los de James Bond —explicó Eddie dando un bote desde el sofá tan repentinamente que tiró el vaso de la mano de Nick. La Coca-Cola se derramó por todas partes y el sonido del cristal al romperse sonó en todo el vestíbulo. El jefe de botones, el conserje y los recepcionistas lanzaron una mirada fulminante hacia los niños. Alexandra se acercó rápidamente a la vez que agitaba un dedo consternada.

—¡Eddie! ¡Mira lo que has hecho!

—No ha sido culpa mía. Ha sido Nicky el que lo ha tirado —se apresuró a decir Eddie.

—¡Pero es tu vaso y has sido tú el que me ha dado un golpe en la mano y ha hecho que se caiga! —se defendió Nick.

Ormsby se acercó a Felicity y Eleanor.

—Me temo que voy a tener que pedirles que salgan de aquí.

—¿Podemos hacer antes una llamada? —suplicó Eleanor.

—Creo que los niños ya han causado bastantes daños por una noche, ¿no le parece? —bufó él.

Aún seguía lloviznando y el grupo se apretujó bajo un toldo de rayas verdes y blancas de Brook Street mientras Felicity estaba en el interior de una cabina de teléfonos llamando frenéticamente a otros hoteles.

—Dai gu cheh parece un soldado en una garita dentro de esa cabina roja —observó Nick bastante entusiasmado con el extraño giro de los acontecimientos—. Mamá, ¿qué vamos a hacer si no encontramos un sitio donde quedarnos esta noche? Quizá podemos dormir en Hyde Park. Hay una increíble haya llorona en Hyde Park que se llama el árbol al revés, con las ramas colgándole tan bajas que casi forma una cueva. Podemos dormir todos debajo y estaremos protegidos...

—¡No digas tonterías! Nadie va a dormir en el parque. Dai gu cheh está llamando ahora a otros hoteles —dijo Eleanor, pensando que su hijo se estaba pasando de precoz.

—¡Sííí, yo quiero dormir en el parque! —chilló Astrid encantada—. Nicky, ¿te acuerdas de cuando una noche llevamos aquella cama grande de hierro de la casa de Ah Ma al jardín y dormimos bajo las estrellas?

—Bueno, por lo que a mí respecta, vosotros dos podéis dormir en una loong kau[5], pero yo prefiero la gran suite real, donde podré pedir un sándwich vegetal con champán y caviar —dijo Eddie.

—No seas ridículo, Eddie. ¿Cuándo has comido tú caviar? —preguntó su madre.

—En casa de Leo. Su mayordomo siempre nos sirve caviar con pequeños triángulos de pan tostado. Y siempre es de beluga iraní, porque la madre de Leo dice que el caviar iraní es el mejor —contestó Eddie.

—Muy propio de Connie Ming decir cosas así —murmuró Alexandra, contenta de que su hijo hubiese escapado por fin de la influencia de esa familia.

Dentro de la cabina, Felicity intentaba explicar el apuro a su marido en medio de una comunicación chirriante con Singapur.

—¡Qué sinsentido, lah! ¡Deberías haber exigido que os dieran la habitación! —protestó Harry Leong enojado—. Siempre eres demasiado educada. A estas personas del servicio hay que ponerlas en su sitio. ¿Les has dicho quiénes somos? ¡Voy a llamar al ministro de Comercio e Inversión ahora mismo!

—Vamos, Harry, no me estás ayudando. Ya he llamado a más de diez hoteles. ¿Quién iba a saber que hoy era el Día de la Commonwealth? La ciudad está llena de personalidades y todos los hoteles están llenos. La pobre Astrid está empapada. Necesitamos encontrar algún sitio para esta noche antes de que tu hija se muera de frío.

—¿Has probado a llamar a tu primo Leonard? Quizá podáis tomar un tren directo a Surrey —sugirió Harry.

—Le he llamado. No está en su casa. Va a estar cazando urogallos en Escocia todo el fin de semana.

—¡Menudo lío! —exclamó Harry con un suspiro—. Deja que llame a Tommy Toh, de la embajada de Singapur. Seguro que él puede solucionarlo. ¿Cómo se llama ese maldito hotel racista?

—El Calthorpe —respondió Felicity.

—Alamak, ¿es el que es propiedad de Rupert Calthorpe no sé qué no sé cuántos? —preguntó Harry, repentinamente animado.

—No tengo ni idea.

—¿Dónde está?

—En Mayfair, cerca de Bond Street. Lo cierto es que es un hotel bastante bonito, si no fuera por ese horrible director.

—¡Sí, creo que es ese! Yo estuve jugando al golf con ese Rupert como se llame y otros ingleses más el mes pasado en California y recuerdo que me lo contó todo de ese sitio. Felicity, tengo una idea. Voy a hablar con ese tal Rupert. Quédate donde estás y te llamo ahora.

Ormsby se quedó mirando incrédulo cuando, de pronto, los tres niños chinos entraron de nuevo por la puerta, apenas una hora después de haber desalojado a todo el grupo.

—Eddie, voy a por algo de beber. Si quieres algo, ve a pedírtelo tú —dijo Nick con firmeza a su primo mientras se dirigía hacia el salón.

—Recuerda lo que ha dicho tu madre. Ya es muy tarde para que bebamos Coca-Cola —le advirtió Astrid corriendo por el vestíbulo para tratar de alcanzarlos.

—Entonces, me pediré un ron con Coca-Cola —replicó Eddie con descaro.

—¿Qué demonios...? —bramó Ormsby mientras atravesaba el vestíbulo para interceptar a los niños. Antes de que pudiera alcanzarlos, vio de repente a lord Rupert Calthorpe-Cavendish-Gore acompañando a las chinas al interior del vestíbulo, aparentemente en medio de un recorrido turístico.

—Y mi abuelo trajo a René Lalique en 1918 para que hiciera las vidrieras que pueden ver aquí, en el gran vestíbulo. Sobra decir que Lutyens, que supervisaba las obras, no aprobó estas florituras art nouveau. —Las mujeres rieron cortésmente.

El personal se puso enseguida en alerta, sorprendido al ver al anciano lord, que no había puesto un pie en el hotel desde hacía años. Lord Rupert se giró hacia el director.

—Ah, Wormsby, ¿no es así?

—Sí, milord —respondió él demasiado aturdido como para corregir a su jefe.

—¿Haría el favor de preparar unas habitaciones para las encantadoras señora Young, señora Leong y señora Cheng?

—Pero, señor, yo solo... —trató de protestar Ormsby.

—Y, Wormsby —continuó lord Rupert con tono desdeñoso—, le encomiendo que haga al personal un anuncio muy importante: a partir de esta tarde, el largo historial de mi familia como conservadores del Calthorpe ha terminado.

Ormsby se quedó mirándolo con absoluto asombro.

—Milord, seguro que hay algún tipo de error...

—No, ningún error en absoluto. He vendido el Calthorpe hace muy poco, con todo incluido. Permítame que le presente a la nueva dueña, la señora Felicity Leong.

—¿QUÉ?

—Sí, el esposo de la señora Leong, Harry Leong, un tipo estupendo con un swing derecho mortal, al que conocí en el campo de golf de Pebble Beach, me ha llamado para hacerme una oferta maravillosa. Ahora podré dedicar todo mi tiempo a pescar macabíes en Eleuthera sin tener que preocuparme de esta mole gótica.

Ormsby se quedó mirando a las mujeres con la boca abierta.

—Señoras, ¿por qué no vamos con sus adorables hijos al bar para hacer un brindis? —sugirió alegre lord Rupert.

—Eso sería maravilloso —contestó Eleanor—. Pero primero, Felicity, ¿no querías decirle algo a este hombre?

Felicity miró a Ormsby, que ahora parecía estar a punto de desmayarse.

—Ah, sí. Casi me olvido —empezó a decir con una sonrisa—. Me temo que voy a tener que pedirle que salga del hotel.

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Primera parte

En ningún lugar del mundo se encontrará
a gente más rica que la de China.

IBN BATUTA (SIGLO XIV)

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1

Nicholas Young y Rachel Chu

Nueva York, 2010

Estás seguro de esto? —volvió a preguntar Rachel soplando suavemente sobre la superficie humeante de su taza de té. Estaban sentados en su mesa habitual, junto a la ventana del Tea & Sympathy, y Nick acababa de invitarla a pasar el verano con él en Asia.

—Rachel, me encantaría que vinieras —la tranquilizó Nick—. No tenías planeado dar clases este verano, así que ¿qué es lo que te preocupa? ¿Crees que no vas a ser capaz de soportar el calor y la humedad?

—No, no es eso. Sé que vas a estar muy ocupado con todas tus obligaciones como padrino y no quiero ser una distracción —contestó Rachel.

—¿Qué distracción? La boda de Colin solo va a ocuparme la primera semana en Singapur y, después, podemos pasar el resto del verano moviéndonos por Asia. Vamos, deja que te enseñe el lugar donde me crie. Quiero llevarte a todos mis sitios preferidos.

—¿Me vas a enseñar la cueva sagrada en la que perdiste la virginidad? —se burló Rachel a la vez que arqueaba una ceja con expresión juguetona.

—¡Por supuesto! ¡Incluso podemos hacer una reconstrucción de los hechos! —se rio Nick mientras untaba mermelada y nata cuajada sobre un scone aún caliente del horno—. ¿Y no vive en Singapur una buena amiga tuya?

—Sí, Peik Lin, mi mejor amiga de la facultad —contestó Rachel—. Lleva años intentando convencerme de que vaya a visitarla.

—Razón de más. Rachel, te va a encantar. ¡Y sé que vas a alucinar con la comida! ¿Sabes que Singapur es el país más obsesionado con la comida de todo el planeta?

—Bueno, solo con ver la expresión que pones con todo lo que comes, me imaginaba que debe de ser algo parecido al deporte nacional.

—¿Te acuerdas del artículo de Calvin Trillin en el New Yorker sobre los puestos de comida callejeros de Singapur? Te llevaré a todos los garitos de la ciudad de los que ni siquiera él ha oído hablar. —Nick dio otro bocado a su esponjoso scone y continuó hablando con la boca llena—: Sé cuánto te gustan estos scones. Espera a saborear los de mi Ah Ma...

—¿Tu Ah Ma hace scones? —Rachel trataba de imaginarse a una abuela china tradicional preparando aquel dulce tan típicamente inglés.

—Bueno, no es que los haga ella exactamente, pero tiene los mejores scones del mundo, ya lo verás —respondió Nick dándose la vuelta instintivamente para asegurarse de que nadie de aquel pequeño y acogedor lugar le había oído. No quería convertirse en persona non grata en su cafetería favorita por demostrar su lealtad a otros scones, aunque fuesen los de su abuela.

En una de las mesas de al lado, la chica acurrucada tras la bandeja de tres pisos atiborrada de pequeños sándwiches se iba emocionando cada vez más con la conversación que estaba escuchando. Había sospechado que podría ser él, pero ahora tenía la confirmación absoluta. Sí que era Nicholas Young. Aunque en aquella época ella solo tenía quince años, Celine Lim nunca había olvidado el día en que Nicholas pasó junto a su mesa del Pulau Club[6] y miró con aquella irresistible sonrisa a su hermana Charlotte.

«¿Es ese uno de los hermanos Leong?», había preguntado su madre.

«No, es Nicholas Young, primo de los Leong», había contestado Charlotte.

«¿El hijo de Philip Young? Anda, ¿cuándo ha dado ese estirón? ¡Está muy guapo ahora!», había exclamado la señora Lim.

«Acaba de regresar de Oxford. Doble licenciatura en Historia y Derecho», había añadido Charlotte, adelantándose a la siguiente pregunta de su madre.

«¿Por qué no te has levantado para hablar con él?», había preguntado la señora Lim con excitación.

«¿Para qué iba a molestarme, si espantas a todos los chicos que se atreven a acercarse?», había respondido con brusquedad Charlotte.

«Alamak, ¡qué niña tan estúpida! Yo solo trato de protegerte de los cazadores de fortunas. Tendrías suerte de conseguir a este. ¡A este le puedes cheong!».

Celine no había podido creer que su madre estuviese animando de verdad a su hermana a cazar a ese chico. Había mirado con curiosidad a Nicholas, que en ese momento se reía alegremente con sus amigos en una mesa bajo una sombrilla azul y blanca junto a la piscina. Incluso desde lejos llamaba la atención. Al contrario que los demás chicos con sus reglamentarios cortes de pelo de barbería india, Nicholas tenía un pelo negro perfectamente desaliñado, esculpidos rasgos de estrella pop cantonesa y unas pestañas increíblemente densas. Era el chico más guapo y encantador que había visto nunca.

«Charlotte, ¿por qué no te acercas y le invitas a tu fiesta benéfica del sábado?», había insistido su madre.

«Déjalo ya, mamá. —Charlotte había sonreído con los dientes apretados—. Sé lo que hago».

Pero resultó que Charlotte no sabía lo que hacía, pues Nicholas no llegó a aparecer en su gala benéfica, para eterno disgusto de su madre. Aquella tarde en el Pulau Club había dejado, sin embargo, una marca tan indeleble en la memoria adolescente de Celine que, seis años después, en el otro extremo del planeta, ella aún lo reconocía.

—Hannah, deja que te haga una fotografía con ese delicioso y pringoso pastel de tofe —dijo Celine a la vez que sacaba su teléfono con cámara. Lo apuntó hacia su amiga, pero dirigió la cámara disimuladamente hacia Nicholas. Hizo la fotografía y la envió de inmediato a su hermana, que ahora vivía en Atherton, California. Su móvil sonó momentos después.

Hermana: ¡DIOS MÍO! ¡ES NICK YOUNG! ¿DÓNDE ESTÁS?

Celine Lim: En T&S.

Hermana: ¿Quién es la chica con la que está?

Celine Lim: Su novia, creo. Parece americana de procedencia china.

Hermana: Mmm..., ¿ves algún anillo?

Celine Lim: Ninguno.

Hermana: ¡¡¡Porfa, espíalos y me dices!!!

Celine Lim: ¡¡¡Me debes una!!!

Nick miraba por la ventana de la cafetería, asombrado de ver a la gente con perros diminutos que paseaba por aquel tramo de Greenwich Avenue como si fuese una pasarela de las razas más de moda de la ciudad. Un año atrás, los bulldogs franceses eran lo más, pero ahora parecía que los galgos italianos les ganaban la partida. Volvió a mirar a Rachel y retomó su campaña.

—Lo mejor de empezar en Singapur es que es el campamento base perfecto. Malasia está solo al otro lado de un puente y Hong Kong, Camboya y Tailandia están a tiro de piedra. Incluso podemos dar el salto a Indonesia...

—Suena de lo más increíble, pero diez semanas... No sé si quiero estar fuera tanto tiempo —cavilaba Rachel. Podía ver el entusiasmo de Nick y la idea de visitar Asia de nuevo le encantaba. Rachel había pasado un año dando clases en Chengdu entre la universidad y los estudios de posgrado, pero en aquel entonces no podía permitirse viajar a ningún sitio más allá de las fronteras de China. Como economista, sí que tenía suficientes conocimientos sobre Singapur: una diminuta e intrigante isla en el extremo de la península malaya que en pocas décadas había pasado de ser un páramo colonial británico a convertirse en el país con la mayor concentración de millonarios del mundo. Sería fascinante ver ese lugar de cerca, sobre todo teniendo a Nick de guía.

Pero había algo en ese viaje que hacía que Rachel mostrara cierto recelo y no podía evitar pensar en sus posteriores implicaciones. Nick hacía que pareciera algo espontáneo, pero, conociéndole, estaba segura de que lo tenía mucho más pensado de lo que decía. Llevaban juntos casi dos años y ahora la invitaba a un largo viaje para visitar la ciudad donde se crio y asistir a la boda de su mejor amigo, nada menos. ¿Significaba eso lo que ella pensaba que significaba?

Rachel miró su taza de té y deseó poder adivinar algo al mirar las hojas posadas en el fondo del dorado té de Assam. Nunca había sido el tipo de chica que buscara cuentos de hadas con finales felices. Con veintinueve años, según los estándares chinos se había adentrado ya bastante en el territorio de las solteronas, y, aunque sus entrometidos parientes trataban continuamente de hacer que sentara cabeza, ella había pasado la mayor parte de su veintena concentrada en sus estudios de posgrado, terminando su tesis y comenzando su carrera profesional en la enseñanza. Sin embargo, esta invitación sorpresa había encendido algún arcaico instinto dentro de ella. «Quiere llevarme a su casa. Quiere que conozca a su familia». El tanto tiempo dormido romanticismo que había en ella se estaba despertando y sabía que solo cabía dar una respuesta.

—Tendré que consultar con mi decano para que me diga cuándo debo estar de vuelta, pero ¿sabes qué? ¡Vamos a hacerlo! —dijo Rachel. Nick se inclinó desde el otro lado de la mesa y la besó, exultante.

Minutos después, antes de que la misma Rachel conociera con certeza sus planes de verano, el contenido de su conversación ya había empezado a difundirse a lo largo y ancho del planeta como un virus que se hubiese liberado. Después de que Celine Lim (graduada en Moda en la Escuela de Diseño Parsons) enviara un correo electrónico a su hermana Charlotte Lim (recientemente prometida con el emprendedor Henry Chiu) en California, Charlotte llamó a su mejor amiga, Daphne Ma (la hija menor de sir Benedict Ma), en Singapur, y la informó de todo sin respiro. Daphne envió un mensaje a ocho amigas, incluida Carmen Kwek (nieta de Robert Kwek, alias el Rey del Azúcar) en Shanghái, cuya prima Amelia Kwek había ido a Oxford con Nicholas Young. Amelia simplemente tuvo que enviar un mensaje a su amiga Justina Wei (la heredera de Instant Noodle) en Hong Kong, y Justina, cuyo despacho en Hutchison Whampoa estaba justo enfrente del de Roderick Liang (de los Liang del Grupo Financiero Liang), simplemente tuvo que interrumpir su llamada a larga distancia para compartir ese jugoso chisme. A su vez, Roderick habló por Skype con su novia, Lauren Lee, que estaba de vacaciones en el Royal Mansour de Marrakech con su abuela, la señora Lee Yong Chien (no necesita de más presentaciones), y su tía Patsy Teoh (Miss Taiwán 1979 y ahora exesposa del magnate de las telecomunicaciones Dickson Teoh). Patsy llamó desde la piscina a Jacqueline Ling (nieta del filántropo Ling Yin Chao) de Londres, muy consciente de que Jacqueline tendría línea directa con Cassandra Shang (prima segunda de Nicholas Young), que pasaba todas las primaveras en la gran finca de su familia en Surrey. Y así, esta exótica cadena de chismorreos se extendió rápidamente a través de las redes orientales de la jet set asiática, y, en pocas horas, casi todos los miembros de este exclusivo círculo sabían que Nicholas Young iba a llevar a una chica a Singapur.

¡Y alamak! Esa era una gran noticia.

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2

Eleanor Young

Singapur

Todos sabían que el Dato’[7] Tai Toh Lui había hecho su primera fortuna de forma sucia, hundiendo el Banco Loong Ha a principios de los ochenta, pero, en las dos décadas posteriores, los esfuerzos de su esposa, la Datin Carol Tai, por medio de las adecuadas organizaciones benéficas, habían dado al apellido Tai un lustre de respetabilidad. Todos los jueves, por ejemplo, la datin celebraba en su dormitorio una merienda para sus amigas más íntimas para estudiar la Biblia, y Eleanor Young se aseguraba de asistir.

El dormitorio palaciego de Carol no se encontraba, en realidad, en la amplísima estructura de cristal y acero en la que vivían todos en Kheam Hock Road y a la que apodaban «la casa de Star Trek». Por consejo del equipo de seguridad de su marido, el dormitorio estaba oculto en el pabellón de la piscina, una fortaleza de travertino blanco que abarcaba el largo de la piscina como un Taj Mahal posmoderno. Para llegar hasta él, o bien había que seguir el camino que serpenteaba por los jardines de roca de coral, o bien había que tomar el atajo a través del ala de servicio. Eleanor siempre prefería el camino más rápido, pues solía evitar el sol para mantener su cutis de porcelana blanca. Además, como la más antigua amiga de Carol, se consideraba exenta de las formalidades de tener que esperar en la puerta hasta que el mayordomo la anunciara y todas esas tonterías.

Por otra parte, a Eleanor le encantaba pasar por las cocinas. Las viejas amahs que se agachaban sobre las cacerolas de esmalte siempre abrían las tapaderas para que Eleanor oliera las humeantes hierbas medicinales que hervían para el marido de Carol («un Viagra natural», como decía él) y las sirvientas de la cocina que destripaban el pescado en el patio adulaban a la señora Young alabando lo joven que parecía a sus sesenta años, con su moderna melena a la altura del mentón y su rostro sin arrugas (antes de ponerse a debatir frenéticamente, una vez que ella ya no las oía, qué nuevo y caro tratamiento estético se habría hecho la señora Young).

Cuando Eleanor llegó al dormitorio de Carol, las habituales asistentes al estudio de la Biblia —Daisy Foo, Lorena Lim y Nadine Shaw— ya estaban esperando. Allí, protegidas del fuerte calor ecuatorial, aquellas viejas amigas se despatarraban lánguidamente por la habitación y analizaban los versos de la Biblia que se les había asignado en sus guías de estudio. El lugar de honor sobre la cama huanghuali[8] de Carol de la dinastía Qing siempre se reservaba para Eleanor, pues, aunque aquella era la casa de Carol y era ella la que estaba casada con el multimillonario financiero, Carol aún dejaba que fuera Eleanor quien dirigiera la reunión. Así habían sido las cosas desde que eran vecinas en la infancia en Serangoon Road, principalmente porque, al ser de una familia de habla china, Carol siempre se había sentido inferior a Eleanor, que se había criado con el inglés como primera lengua. (Las demás también se postraban ante ella, porque, incluso entre unas señoras de matrimonios tan provechosos, Eleanor las había superado a todas al convertirse en la señora de Philip Young).

El almuerzo de ese día empezaba con codorniz estofada y oreja de mar sobre fideos caseros, y Daisy (casada con el magnate del caucho Q. T. Foo pero nacida con el apellido Wong de los Ipoh Wong) se esforzaba por separar los fideos con almidón mientras trataba de encontrar el capítulo 1 de Timoteo en su Biblia del rey Jacobo. Con su pelo corto y con permanente y sus gafas de lectura sin montura colocadas en la punta de la nariz, parecía la directora de un colegio femenino. Con sesenta y cuatro años, era la mayor de las señoras, y, aunque todas las demás tenían su Nueva Biblia Estándar Americana, Daisy siempre insistía en leer su versión diciendo: «Yo fui a un colegio de monjas y ellas fueron las que me enseñaron, así que para mí la mejor siempre será la del rey Jacobo». Unas diminutas gotas de caldo con ajo salpicaron la finísima página, pero ella se las arregló para mantener el libro abierto con una mano mientras con la otra manejaba con habilidad los palillos de marfil.

Nadine, mientras tanto, se ocupaba de pasar las hojas de su Biblia particular: el último número de la revista Singapore Tattle. Ansiaba ver cada mes cuántas fotografías de su hija Francesca —la famosa «heredera de Comidas Shaw»— aparecían en la sección «Soirées» de la revista. La misma Nadine era una habitual de las páginas de sociedad, con su maquillaje al estilo kabuki, sus joyas del tamaño de frutas tropicales y su pelo demasiado cardado.

—¡Mira, Carol, el Tattle ha dedicado dos páginas completas a tu desfile benéfico para Asistentes Cristianos! —exclamó Nadine.

—¿Ya? No sabía que iban a sacarlo tan rápidamente —respondió Carol. Al contrario que Nadine, ella siempre sentía cierto bochorno al verse en las revistas, aunque los editores no dejaban de alabar constantemente su «estilo de cantante clásica de Shanghái». Carol se veía obligada a asistir a unas cuantas galas benéficas cada semana, como todas las cristianas evangélicas, y también porque su marido no dejaba de recordarle que «ser una Madre Teresa era bueno para los negocios».

Nadine examinaba de arriba abajo las satinadas páginas.

—Esa Lena Teck ha aumentado bastante de peso desde su crucero por el Mediterráneo, ¿verdad? Debía de ser uno de esos de bufé libre. Uno tiende a pensar que hay que comer más para compensar lo que has pagado. Más le vale tener cuidado, que todas las Teck terminan teniendo los tobillos gordos.

—No creo que a ella le importe que se le pongan gordos los tobillos. ¿Sabes cuánto heredó cuando murió su padre? Me han dicho que ella y sus cinco hermanos recibieron setecientos millones cada uno —dijo Lorena desde su chaise longue.

—¿Solo eso? Yo creía que Lena tendría al menos mil millones —replicó Nadine resoplando—. Oye, Elle, qué raro que no haya ninguna foto de tu preciosa sobrina Astrid. Recuerdo que todos los fotógrafos estuvieron arremolinándose alrededor de ella ese día.

—Esos fotógrafos estaban desperdiciando su tiempo. Las fotos de Astrid no se publican nunca en ningún sitio. Su madre firmó un acuerdo con todos los editores de revistas cuando era una adolescente —explicó Eleanor.

—¿Y por qué demonios iba a hacer algo así?

—¿Es que no conoces todavía a la familia de mi marido? Prefieren morirse antes que aparecer en las revistas —respondió Eleanor.

—¿Qué pasa, que son demasiado importantes como para que se les vea mezclándose con otra gente de Singapur? —preguntó Nadine indignada.

—Oye, Nadine, existe una diferencia entre ser importante y ser discreto —observó Daisy, muy consciente de que familias como los Leong y los Young cuidaban su intimidad hasta el punto de la obsesión.

—Importante o no, creo que Astrid es maravillosa —intervino Carol—. ¿Sabéis? Se supone que no debo decirlo, pero Astrid dio el cheque más suculento de la fiesta benéfica. Y me insistió en que la mantuviera en el anonimato. Pero fue su donativo el que hizo que la gala de este año fuera un éxito sin precedentes.

Eleanor vio a la nueva y guapa sirvienta de la China continental entrar en la habitación y se preguntó si no sería una de esas chicas que el dato’ había escogido de aquella «agencia de empleo» que solía frecuentar en Suzhou, ciudad famosa por tener las mujeres más hermosas de China.

—¿Qué tenemos hoy? —preguntó a Carol mientras la sirvienta dejaba un voluminoso cofre de madreperla junto a la cama.

—Quería enseñaros lo que he comprado en mi viaje a Birmania.

Eleanor abrió la tapa del cofre rápidamente y empezó a sacar con cuidado las bandejas apiladas de terciopelo negro. Una de las cosas que más le gustaban del estudio de la Biblia de los jueves era ver las últimas adquisiciones de Carol. Enseguida estuvieron dispuestas sobre la cama las bandejas que contenían una deslumbrante colección de joyas.

—¡Qué cruces tan elaboradas! ¡No sabía que en Birmania hicieran unos engastes tan buenos!

—No, no, esas cruces son de Harry Winston —la corrigió Carol—. De Birmania son los rubíes.

Lorena se levantó dejando a un lado su almuerzo y fue directa hacia la cama para poner hacia la luz uno de los rubíes del tamaño de un lichi.

—Pues hay que tener cuidado en Birmania, porque muchos de sus rubíes son tratados artificialmente para aumentar su color rojizo. —Como esposa de Lawrence Lim (de los Lim de Joyas L’Orient), Lorena podía hablar de ese tema con autoridad.

—Yo creía que los rubíes de Birmania tenían fama de ser los mejores —comentó Eleanor.

—Señoras, tenéis que dejar de llamarlo Birmania. Ya hace veinte años que se llama Myanmar —las corrigió Daisy.

—Alamak! ¡Te pareces a Nicky, siempre corrigiéndome! —protestó Eleanor.

—Oye, a propósito de Nick, ¿cuándo vuelve de Nueva York? ¿No es el padrino de la boda de Colin Khoo? —preguntó Daisy.

—Sí, sí. Pero ya conoces a mi hijo. ¡Siempre soy la última en enterarme de todo! —se quejó Eleanor.

—¿No se queda en tu casa?

—Por supuesto. Siempre se queda con nosotros al principio, antes de ir a casa de la Anciana Señora —dijo Eleanor usando su apodo para su suegra.

—Bueno —continuó Daisy, bajando un poco la voz—, ¿y qué crees que dirá la Anciana Señora sobre su invitada?

—¿A qué te refieres? ¿Qué invitada? —preguntó Eleanor.

—La que... viene con él... a la boda —contestó Daisy despacio, clavando su mirada en las demás señoras con expresión traviesa, consciente de que todas sabían a quién se estaba refiriendo.

—¿Qué estás diciendo? ¿A quién trae? —preguntó Eleanor algo confusa.

—¡Su última novia, lah! —reveló Lorena.

—¡No puede ser! Nicky no tiene ninguna novia —insistió Eleanor.

—¿Por qué te cuesta tanto creer que tu hijo tiene una novia? —preguntó Lorena. A ella siempre le había parecido que Nick era el joven más apuesto de su generación. Y con todo ese dinero de los Young, era una lástima que la inútil de su hija Tiffany nunca hubiera conseguido atraerlo.

—Pero seguramente habrás oído hablar de esa chica. La de Nueva York —dijo Daisy entre susurros, disfrutando de ser ella la que estuviera dando la primicia a Eleanor.

—¿Una americana? Nicky no se atrevería a hacer algo así. Daisy, ¡tus informaciones son siempre ta pah kay[9]!

—¿Qué dices? Mi información no es ta pah kay. ¡Procede de la fuente más fiable! En cualquier caso, tengo entendido que es china —aclaró Daisy.

—¿De verdad? ¿Cómo se llama? ¿Y de dónde es? Daisy, si me dices que es de la China continental, creo que voy a sufrir un derrame cerebral —la advirtió Eleanor.

—Me han dicho que es de Taiwán —dijo Daisy con cautela.

—Dios mío, espero que no sea uno de esos tornados taiwaneses —comentó Nadine riendo a carcajadas.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Eleanor.

—Ya sabes la reputación que tienen a veces esas taiwanesas. Aparecen de forma inesperada, los hombres se enamoran locamente y, antes de que te des cuenta, se han ido, pero no sin haberles sacado hasta el último dólar, igual que un tornado —le explicó Nadine—. Yo conozco a muchos hombres que han caído presas de ellas. Acuérdate de Gerald, el hijo de la señora K. C. Tang, cuya esposa le dejó sin blanca y salió huyendo con todas las reliquias familiares de los Tang. O la pobre Annie Sim, que perdió a su marido por culpa de aquella cantante de salón de Taipéi.

En ese momento entró en la habitación el marido de Carol.

—Hola, señoras. ¿Qué tal está hoy Jesucristo? —preguntó echando bocanadas de humo de su puro y removiendo su copa de coñac Hennessy, el vivo retrato de la caricatura de un magnate asiático.

—¡Hola, Dato’! —saludaron las señoras al unísono, adoptando rápidamente unas posturas más decorosas.

—¡Dato’, Daisy está intentando que me dé un derrame cerebral! ¡Les está diciendo a todas que Nicky tiene una novia nueva taiwanesa! —gritó Eleanor.

—Tranquila, Lealea. Las chicas taiwanesas son encantadoras. Saben muy bien cómo cuidar a un hombre y puede que sea más guapa que todas esas chicas mimadas fruto de la endogamia con las que intentas emparejarlo —dijo el dato’ sonriendo—. En cualquier caso —continuó, bajando repentinamente la voz—, yo que tú me preocuparía menos por el joven Nicholas y más por Sina Land ahora mismo.

—¿Por qué? ¿Qué pasa con Sina Land? —preguntó Eleanor.

—Sina Land toh tuew. Va a caer —respondió el dato’ con una sonrisa de satisfacción.

—Pero Sina Land es un valor seguro. ¿Cómo puede ser eso? Mi hermano incluso me ha dicho que tienen un montón de proyectos nuevos en el oeste de China —argumentó Lorena.

—El Gobierno chino, según me han dicho mis fuentes, se ha salido de ese enorme proyecto de Sinkiang. Yo acabo de liberar mis acciones y voy a vender cien mil por hora hasta que el mercado cierre. —Dicho lo cual, el dato’ expulsó una gran nube de humo de su Cohiba y pulsó un botón que había junto a la cama. La gran pared de cristal que daba a la centelleante piscina empezó a inclinarse cuarenta y cinco grados como una enorme puerta de garaje voladiza y el dato’ salió al jardín en dirección a la casa principal.

Durante unos segundos la habitación quedó en completo silencio. Casi podían oírse los engranajes de las cabezas de cada una de las mujeres rodando a toda marcha. De repente, Daisy se levantó de la silla de un salto, tirando la bandeja de fideos al suelo.

—¡Rápido, rápido! ¿Dónde está mi bolso? ¡Tengo que llamar a mi agente de bolsa!

Eleanor y Lorena corrieron en desbandada, también en busca de sus teléfonos móviles. Nadine tenía a su corredor en el marcado rápido y ya le estaba gritando por el teléfono.

—¡Deshazte de todo! SINA LAND. Sí. ¡Deshazte de todo! ¡Acabo de enterarme de buena tinta que es un caso perdido!

Lorena estaba en el otro extremo de la cama, cubriendo con la mano el teléfono junto a la boca.

—Desmond, no me importa, por favor, empieza a venderlo ya.

Daisy empezó a hiperventilar.

—Sum toong, ah![10]. ¡Voy a perder millones por segundo! ¿Dónde está mi maldito agente? ¡No me digas que ese estúpido sigue almorzando!

Carol se acercó tranquilamente al panel de pantalla digital que había junto a su mesita de noche.

—Mei Mei, ¿me haces el favor de venir a limpiar una cosa que se ha derramado? —A continuación, cerró los ojos, levantó los brazos en el aire y empezó a rezar en voz alta—: Oh, Jesucristo, nuestro señor y salvador, bendito sea tu nombre. Acudimos hoy a ti para pedirte humildemente tu perdón, pues hemos pecado contra ti. Gracias por repartir tus bendiciones sobre nosotras. Gracias, Señor Jesús, por la hermandad que hoy hemos compartido, por darnos la comida de la que hemos disfrutado, por el poder de tu santa palabra. Por favor, cuida de la querida hermana Eleanor, la hermana Lorena, la hermana Daisy y la hermana Nadine, pues están tratando de vender sus acciones de Sina Land...

Carol abrió los ojos un momento y vio con satisfacción que al menos Eleanor estaba rezando con ella. Pero, por supuesto, no podía saber que, tras esos serenos párpados, Eleanor rezaba por otra cosa completamente distinta. «¡Una chica taiwanesa! Por favor, Dios mío, que no sea verdad».

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3

Rachel Chu

Nueva York

Era justo después de cenar en Cupertino, las noches que no estaba en casa de Nick, cuando Rachel llamaba a su madre antes de meterse en la cama.

—Adivina quién acaba de cerrar el contrato de la casa grande de Laurel Glen Drive —se vanaglorió emocionada Kerry Chu en mandarín nada más coger el teléfono.

—¡Vaya, mamá, enhorabuena! ¿No es tu tercera venta este mes? —preguntó Rachel.

—¡Sí! ¡He superado el récord de la oficina del año pasado! ¿Ves? Sabía que había tomado la decisión correcta al entrar con Mimi Shen en la oficina de Los Altos —dijo Kerry con satisfacción.

—Vas a ser la agente inmobiliaria del año otra vez. Lo sé —contestó Rachel a la vez que ahuecaba la almohada bajo su cabeza—. Pues yo también tengo una noticia emocionante... Nicky me ha invitado a ir con él a Asia este verano.

—Ah, ¿sí? —respondió Kerry bajando una octava el tono de su voz.

—Mamá, no empieces a hacerte ilusiones —le advirtió Rachel, que tan bien conocía ese tono de su madre.

—¿Yo? ¿Qué ilusiones? Cuando trajiste a Nick a casa en el pasado día de Acción de Gracias, todos los que os vieron a los dos tortolitos dijeron que erais perfectos el uno para el otro. Ahora le toca a él presentarte a su familia. ¿Crees que te va a pedir matrimonio? —preguntó efusivamente Kerry, incapaz de contenerse.

—Mamá, no hemos hablado ni una sola vez de matrimonio —respondió Rachel tratando de quitarle importancia. Por muy emocionada que estuviera por todas las posibilidades que ese viaje planteaba, no iba a animar a su madre, por el momento. Ella ya estaba siempre demasiado preocupada por su felicidad y no quería que sus esperanzas se dispararan... demasiado.

Aun así, Kerry derrochaba expectación.

—Hija, conozco a los hombres como Nick. Puede interpretar todo lo que quiera al erudito bohemio, pero sé que en el fondo es de los que se casan. Quiere sentar la cabeza y tener muchos hijos, así que no hay más tiempo que perder.

—¡Mamá, para ya!

—Además, ¿cuántas noches pasas ya cada semana en su casa? Me sorprende que todavía no os hayáis ido a vivir juntos.

—Eres la única madre china que conozco que anima de verdad a su hija a vivir con un hombre —replicó Rachel riendo.

—¡Soy la única madre china con una hija soltera de casi treinta años! ¿Sabes la cantidad de preguntas que recibo casi a diario? Me estoy empezando a cansar de defenderte. Ayer, sin ir más lejos, me encontré con Min Chung en Peet’s Coffee. «Sé que querías que tu hija tuviera antes una carrera profesional, pero ¿no va siendo hora de que esa chica se case?», me preguntó. Sabes que su hija Jessica se ha prometido con el número siete de Facebook, ¿verdad?

—Sí, sí, sí. Me sé toda la historia. En lugar de un anillo de compromiso, él ha creado una beca con su nombre en Stanford —dijo Rachel con tono de aburrimiento.

—Y para nada es tan guapa como tú —añadió Kerry indignada—. Todos tus tíos y tías tiraron la toalla contigo hace tiempo, pero yo siempre he sabido que estabas esperando al hombre adecuado. Por supuesto, tenías que elegir un profesor de universidad, como tú. Al menos vuestros hijos tendrán un descuento en los estudios. Esa va a ser la única forma de que los dos os podáis permitir enviarlos a la universidad.

—Hablando de tíos y tías, prométeme que no vas a contárselo a todos rápidamente. Por favor —le suplicó Rachel.

—¡Uy! Vale, vale. Sé que siempre eres muy cautelosa y no quieres llevarte una decepción, pero en el fondo de mi corazón sé lo que va a pasar —dijo su madre con tono alegre.

—Bueno, pues hasta que pase algo, no tiene sentido darle mucha importancia —insistió Rachel.

—¿Y dónde os vais a alojar en Singapur?

—Supongo que en casa de sus padres.

—¿Viven en una casa o en un piso? —preguntó Kerry.

—No tengo ni idea.

—¡Tienes que averiguar esas cosas!

—¿Qué importancia tiene? ¿Vas a intentar venderles una casa en Singapur?

—Te voy a decir qué importancia tiene. ¿Sabes cómo vais a dormir?

—¿Que cómo vamos a dormir? ¿De qué estás hablando?

—Pues que si sabes si vas a estar en un dormitorio de invitados o si vas a compartir cama con él.

—No se me había ocurrido...

—Hija, eso es lo más importante. No debes suponer que en casa de los padres de Nick vayan a ser de mente tan liberal como la mía. Vas a ir a Singapur y esos chinos de Singapur son los más estirados de todos los chinos. ¡Ya lo sabes! No quiero que sus padres piensen que no te he dado una buena educación.

Rachel soltó un suspiro. Sabía que las intenciones de su madre eran buenas, pero, como era habitual, había conseguido estresarla con detalles que Rachel ni se había planteado.

—Ahora tenemos que pensar qué regalo vas a llevar a los padres de Nick —continuó Kerry con entusiasmo—. Averigua qué le gusta beber a su padre. ¿Whisky? ¿Vodka? Me quedaron muchas botellas de Johnny Walker etiqueta roja de la última fiesta de Navidad de la oficina, puedo enviarte una.

—Mamá, no voy a llevar una botella de alcohol que puedan comprar allí. Deja que piense en el regalo perfecto para llevarles desde América.

—¡Ah, pues ya sé qué le vas a llevar a la madre de Nick! Deberías ir a Macy’s para comprarle una de esas preciosas polveras de Estée Lauder. Tienen ahora una oferta y traen un regalo gratis, un neceser de piel de aspecto caro con muestras de barra de labios, perfume y crema de ojos. Créeme, a todas las asiáticas les encantan esos regalos gratis...

—No te preocupes, mamá. Yo me encargo.

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4

Nicholas Young

Nueva York

Nick estaba repantingado sobre su maltrecho sofá de piel corrigiendo trabajos de clase cuando Rachel lo mencionó como si tal cosa.

—Y... ¿cómo va a ser cuando estemos en casa de tus padres? ¿Vamos a compartir dormitorio o se escandalizarían?

Nick inclinó la cabeza.

—Eh... Supongo que estaremos en la misma habitación.

—¿Lo supones o lo sabes?

—No te preocupes, una vez allí lo resolveremos todo.

«Lo resolveremos». Normalmente, a Rachel le parecía encantadora esa actitud tan británica de Nick, pero en este caso resultaba un poco frustrante. Al notar su incomodidad, Nick se puso de pie, se acercó adonde ella estaba y la besó en la cabeza con ternura.

—Tranquila. Mis padres son de los que no prestan atención a dónde duerme cada uno.

Rachel se preguntó si eso sería verdad. Trató de volver a su lectura de la página web del Departamento de Estado con consejos para los que viajan al Sudeste Asiático. Mientras estaba allí sentada, iluminada por la pantalla de su ordenador portátil, Nick no pudo evitar maravillarse por la belleza de su novia incluso al final de un largo día. ¿Cómo había sido tan afortunado? Todo lo que veía en ella —desde el cutis húmedo como si volviese de su carrera matutina por la playa hasta su pelo negro obsidiana que le llegaba justo por encima de la clavícula— transmitía una belleza natural y sencilla muy distinta a la de las chicas listas para la alfombra roja que desde siempre le habían rodeado.

En ese momento, Rachel se pasaba distraída el dedo índice a un lado y otro por su labio superior con el entrecejo ligeramente fruncido. Nick conocía muy bien ese gesto. ¿Qué le preocupaba? Desde que la había invitado a que fuera a Asia unos días atrás, las preguntas debían de haberse ido amontonando sin parar en la cabeza de Rachel. ¿Dónde se iban a alojar? ¿Qué regalo debía llevar a sus padres? ¿Qué les había contado Nick de ella? Nick deseaba poder poner freno a aquella brillante mente analítica para que dejara de pensar demasiado en cada aspecto del viaje. Empezaba a ver que Astrid tenía razón. Astrid no era solo su prima, sino su mayor confidente femenina, y había sido la primera con la que había compartido su idea de invitar a Rachel a Singapur en una conversación telefónica una semana antes.

«En primer lugar, sabes que, al instante, la relación va a pasar al siguiente nivel, ¿no? ¿Es lo que de verdad quieres?», había preguntado Astrid sin más rodeos.

«No. Bueno..., puede que sí. No son más que unas vacaciones de verano».

«Vamos, Nicky, esto no son “más que unas vacaciones de verano”. No es así como pensamos las mujeres, y lo sabes. Lleváis saliendo en serio casi dos años. Tú tienes treinta y dos y, hasta ahora, nunca has llevado a nadie a casa. Esto es importante. Todos van a suponer que vais a...».

«Por favor, no pronuncies esa palabra», la había interrumpido Nick.

«¿Ves? Sabes que es precisamente eso lo que van a pensar todos. Sobre todo, te aseguro que es lo que va a pensar Rachel».

Nick había soltado un suspiro. ¿Por qué tenía que estar todo tan cargado de significado? Siempre pasaba esto cuando preguntaba la opinión de las mujeres. Puede que llamar a Astrid hubiese sido una mala idea. Era solo seis meses mayor que él, pero, a veces, adoptaba demasiado el papel de hermana mayor. La prefería en su vertiente caprichosa y despreocupada.

«Solo quiero enseñarle a Rachel mi parte del mundo, eso es todo, sin más compromiso —había tratado de explicarse—. Y supongo que una parte de mí quiere ver cuál va a ser su reacción ante eso».

«Con lo de “eso” te refieres a nuestra familia», había dicho Astrid.

«No, no solo a nuestra familia. A mis amigos, a la isla, a todo. ¿Es que no puedo ir de vacaciones con mi novia sin que eso se convierta en un conflicto diplomático?».

Astrid se había quedado callada un momento mientras trataba de evaluar la situación. Esto era lo más serio que su primo había tenido nunca con nadie. Aunque no estuviese dispuesto a admitirlo, ella sabía que, en su subconsciente, él estaba dando el siguiente y crucial paso en el camino hacia el altar. Pero ese paso había que darlo con un cuidado extremo. ¿De verdad estaba Nicky preparado para todas las minas terrestres que iba a hacer estallar? Podía ser bastante inconsciente con respecto a las complejidades del mundo en el que había nacido. Puede que siempre hubiese estado protegido por su abuela, pues era su ojito derecho. O puede que Nick llevase demasiados años viviendo fuera de Asia. En ese mundo no se llevaba a casa a cualquier desconocida sin previo aviso.

«Sabes que Rachel me parece encantadora. De verdad. Pero, si la invitas a ir a casa contigo, eso va a cambiarlo todo entre vosotros dos, te guste o no. No me preocupa si vuestra relación va a poder soportarlo. Sé que sí. Lo que me preocupa es cómo van a reaccionar todos los demás. Ya sabes lo pequeña que es esa isla. Sabes cómo pueden ser las cosas con...».

De repente, la voz de Astrid había quedado ahogada por el agudo sonido entrecortado de una sirena de policía.

«Qué ruido tan extraño. ¿Dónde estás?», había preguntado Nick.

«Estoy en la calle», había respondido Astrid.

«¿En Singapur?».

«No, en París».

«¿Qué? ¿En París?». Nick se había sentido confuso.

«Sí, estoy en la rue de Berri y dos coches de policía acaban de pasar con la sirena».

«Creía que estabas en Singapur. Perdona por llamarte tan tarde... Creía que para ti era por la mañana».

«No, no pasa nada. Solo es la una y media. Estoy volviendo al hotel».

«¿Está Michael contigo?».

«No, está en China por trabajo».

«¿Y qué haces en París?».

«No es más que mi habitual viaje de primavera, ya sabes».

«Ah, sí. —Nick había recordado que Astrid pasaba cada mes de abril en París para sus compras de alta costura. La había visto en París en una ocasión anterior y aún recordaba la fascinación y el tedio que había sentido sentado en el atelier de Yves Saint Laurent de la avenida Marceau, viendo cómo tres costureras revoloteaban alrededor de Astrid mientras ella mantenía una actitud zen envuelta en una creación etérea durante lo que a él le habían parecido diez horas, bebiendo una Coca-Cola Light tras otra para combatir el jet lag. Le había parecido un personaje de un cuadro barroco, una infanta española sometida a un arcaico ritual de vestuario recién salida del siglo XVII. (Era una “temporada especialmente poco inspirada”, según le había dicho Astrid, y “solo” iba a comprar doce prendas esa primavera, con un gasto bastante superior al millón de euros). Nick ni siquiera había querido imaginar cuánto dinero debía de estar gastando en ese viaje sin nadie allí que la controlara—. Echo de menos París. Hace siglos que no voy. ¿Recuerdas nuestro loco viaje con Eddie?», había preguntado él.

«¡Ay, por favor, no me lo recuerdes! ¡Esa fue la última vez que compartí una suite con ese granuja!».

Astrid se estremeció al pensar que nunca sería capaz de borrar de su mente la imagen de su primo de Hong Kong con aquella stripper amputada y aquellos profiteroles.

«¿Te estás alojando en el ático del George V?».

«Como siempre».

«Eres un animal de costumbres. Sería supersencillo asesinarte».

«¿Por qué no lo intentas?».

«Pues, la próxima vez que vayas a París, avísame. Podría darte una sorpresa y cruzar el charco con mi equipo especial de asesino».

«¿Vas a dejarme inconsciente, meterme en la bañera y echarme ácido por encima?».

«No, para ti habrá una solución mucho más elegante».

«Vale, pues ven a por mí. Estaré aquí hasta primeros de mayo. ¿No tienes pronto unas vacaciones de primavera? ¿Por qué no traes a Rachel a pasar un fin de semana largo en París?».

«Ojalá pudiera. Las vacaciones de primavera fueron el mes pasado y a los profesores asociados interinos subadjuntos no nos dan más días. Pero Rachel y yo tenemos todo el verano libre y por eso es por lo que quiero llevarla a casa conmigo».

Astrid había suspirado.

«Sabes lo que va a pasar en el momento en que aterrices en el aeropuerto de Changi con esa chica del brazo, ¿verdad? Ya sabes lo fuerte que fue para Michael cuando empezamos a salir en público. Eso fue hace cinco años y todavía no se ha acostumbrado del todo. ¿De verdad crees que Rachel está preparada para todo eso? ¿Estás preparado tú?».

Nick había guardado silencio. Estaba escuchando todo lo que Astrid le decía, pero su mente ya había tomado una decisión. Estaba preparado. Estaba completamente enamorado de Rachel y había llegado el momento de presumir de ella ante todo el mundo.

«Nicky, ¿cuánto sabe ella?», había preguntado Astrid.

«¿De qué?».

«De nuestra familia».

«No mucho. Tú eres la única a la que conoce. Cree que tienes un gusto estupendo con los zapatos y que tu marido te mima demasiado. Eso es todo».

«Te conviene prepararla un poco», había comentado Astrid con una carcajada.

«¿Para qué la tengo que preparar?», había preguntado Nick con despreocupación.

«Escúchame, Nicky —había dicho Astrid poniendo un tono serio—. No puedes lanzar a Rachel a la piscina sin más. Tienes que prepararla, ¿me estás escuchando?».

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5

Astrid Leong

París

Cada 1 de mayo, los L’Herme-Pierre —una de las familias de banqueros más importantes de Francia— celebraban Le Bal du Muguet, una suntuosa fiesta que era el punto culminante de la temporada primaveral para la alta sociedad. Ese año, cuando Astrid entró en el corredor abovedado que llevaba al interior del majestuoso hôtel particulier de los L’Herme-Pierre en la Isla de San Luis, un criado vestido con una elegante librea negra y dorada le entregó un delicado ramito de flores.

—Es por Carlos IX, ya sabe. Regalaba lirios a todas las damas de Fontainebleau cada primero de mayo —le explicó una mujer que llevaba una tiara mientras salían al patio donde cientos de globos aerostáticos en miniatura del siglo XVIII flotaban entre los arbustos ornamentales.

Astrid apenas había tenido tiempo de asimilar la placentera visión cuando la vizcondesa Nathalie de L’Herme-Pierre se abalanzó sobre ella.

—Cómo me alegra que hayas venido —dijo con efusividad Nathalie a la vez que saludaba a Astrid con cuatro besos en las mejillas—. Dios mío, ¿eso es lino? ¡Solo tú podrías decantarte por un sencillo vestido de lino para un baile, Astrid! —La anfitriona se reía mientras admiraba los delicados pliegues griegos del vestido amarillo de Astrid—. Un momento..., ¿es un Madame Grès original? —preguntó Nathalie al darse cuenta de que había visto un vestido parecido en el Musée Galliera.

—De su primera época —contestó Astrid, casi abochornada por haber sido descubierta.

—Claro que sí. Dios mío, Astrid, te has vuelto a superar. ¿Cómo demonios has conseguido un Grès de la primera época? —preguntó sorprendida Nathalie. Tras recuperarse, susurró—: Espero que no te importe, pero te he puesto junto a Grégoire. Esta noche está hecho una furia porque cree que sigo follando con el croata. Tú eres la única persona de la que me fío para ponerla a su lado en la cena. Pero, al menos, vas a tener a Louis a tu izquierda.

—No te preocupes por mí. Siempre me gusta ponerme al día con tu marido y será un placer sentarme al lado de Louis. Justo el otro día vi su nueva película.

—¿No te pareció aburrida y pretenciosa? No me gustó que fuera en blanco y negro, pero, al menos, Louis estaba para comérselo sin ropa. En fin, gracias por ser mi salvadora. ¿Estás segura de que tienes que irte mañana? —preguntó la anfitriona con un mohín.

—¡Llevo fuera casi un mes! Me da miedo que mi hijo se vaya a olvidar de mí si me quedo un día más —respondió Astrid mientras se dejaba llevar al interior del imponente vestíbulo, donde la suegra de Nathalie, la condesa Isabelle de L’Herme-Pierre, presidía la fila de recepción de los invitados.

Isabelle soltó un pequeño grito ahogado cuando vio a Astrid.

—¡Astrid, quelle surprise!

—Bueno, no he estado segura de poder asistir hasta el último minuto —se disculpó Astrid sonriendo a la grande dame de aspecto estirado que se encontraba junto a la comtesse Isabelle. La mujer no le devolvió la sonrisa. En lugar de ello, inclinó la cabeza muy ligeramente, como si examinara cada centímetro de Astrid, con los gigantes pendientes de esmeralda sujetos a sus largos lóbulos balanceándose con inestabilidad.

—Astrid Leong, permíteme que te presente a mi querida amiga la baronne Marie-Hélène de la Durée.

La baronesa hizo un cortés saludo con la cabeza antes de girarse de nuevo hacia la condesa para retomar su conversación. En cuanto Astrid siguió adelante, Marie-Hélène le dijo a Isabelle, sotto voce:

—¿Has visto el collar que llevaba? Lo vi la semana pasada en JAR. Es increíble lo que estas chicas pueden conseguir hoy en día. Dime, Isabelle, ¿a quién pertenece?

—Marie-Hélène, Astrid no es una mujer mantenida. Conocemos a su familia desde hace años.

—¿Sí? ¿Qué familia es? —preguntó Marie-Hélène sorprendida.

—Los Leong son una familia china de Singapur.

—Ah, sí. Tengo entendido que los chinos se están enriqueciendo bastante últimamente. De hecho, he leído que hay ahora más millonarios en Asia que en toda Europa. ¿Quién se lo iba a imaginar?

—No, no. Me temo que no me has entendido. La familia de Astrid es rica desde hace varias generaciones. Su padre es uno de los clientes más importantes de Laurent —susurró Isabelle.

—Querida, ¿otra vez estás contando mis secretos? —dijo el comte Laurent de L’Herme-Pierre cuando se unió a su esposa en la fila de recepción.

—En absoluto. Simplemente informo a Marie-Hélène sobre los Leong —respondió Isabelle dando un pequeño capirotazo a una pelusa de la solapa de grogrén de su esposo.

—Ah, los Leong. ¿Por qué? ¿Es que ha venido esta noche la deslumbrante Astrid?

—Te la has perdido. Pero no te preocupes, vas a tener toda la noche para comértela con los ojos en la mesa —se burló Isabelle para, después, explicarle a Marie-Hélène—: Tanto mi marido como mi hijo llevan años obsesionados con Astrid.

—¿Y por qué no? Las chicas como Astrid solo existen para alimentar las obsesiones —comentó Laurent. Isabelle dio una manotada en el brazo de su esposo con fingida rabia.

—Dime, Laurent, ¿cómo es posible que estos chinos lleven varias generaciones siendo ricos? —preguntó Marie-Hélène—. Yo creía que no hace mucho eran todos comunistas sin blanca vestidos con anodinos y pequeños uniformes de Mao.

—Bueno, en primer lugar, debes saber que hay dos tipos de chinos. Están los chinos de la China continental, que hicieron su fortuna en la pasada década, como todos los rusos, y luego están los chinos de ultramar. Esos son lo que se fueron de China mucho antes de que llegaran los comunistas, en muchos casos hace cientos de años, y se extendieron por el resto de Asia, amasando en silencio grandes fortunas a lo largo del tiempo. Si echas un vistazo a todos los países del Sudeste Asiático, sobre todo Tailandia, Indonesia y Malasia, verás que prácticamente todo el comercio lo controlan los chinos de ultramar. Como los Liem en Indonesia, los Tan en Filipinas y los Leong en...

—Deja solo que te diga una cosa —le interrumpió su mujer—. Hace unos años visitamos a la familia de Astrid. No te puedes imaginar lo increíblemente rica que es esa gente, Marie-Hélène. Las casas, los criados, su estilo de vida... Hacen que los Arnault parezcan unos campesinos. Es más, me han dicho que Astrid es doble heredera. Tienen una fortuna aún mayor por parte de su madre.

—¿En serio? —preguntó Marie-Hélène atónita mientras miraba al otro lado de la sala hacia la chica con un interés renovado—. Bueno, es bastante soignée —admitió.

—Es increíblemente chic, una de las pocas de su generación que sabe acertar —sentenció la condesa—. François-Marie me ha dicho que Astrid tiene una colección de alta costura que puede competir con la de la jequesa de Qatar. Nunca asiste a los desfiles porque detesta que le hagan fotografías, pero va directa a los atelieres y se hace con docenas de vestidos cada temporada como si fuesen macarons.

Astrid estaba en el salón admirando el retrato de Balthus expuesto sobre la chimenea cuando alguien detrás de ella comentó:

—Es la madre de Laurent, ¿sabes? —Era la baronne Marie-Hélène de la Durée, esta vez tratando de poner una sonrisa en su rostro estirado.

—Me pareció que podía tratarse de ella —respondió Astrid.

—Chérie, debo decirte que adoro tu collar. De hecho, lo estuve admirando en la tienda de monsieur Rosenthal hace unas semanas, pero, por desgracia, me informó de que ya estaba reservado —dijo con entusiasmo la baronesa—. Ahora me doy cuenta de que claramente estaba hecho para ti.

—Gracias, pero usted tiene unos pendientes magníficos —contestó Astrid con dulzura, bastante divertida ante el repentino cambio de actitud de aquella mujer.

—Isabelle me ha contado que eres de Singapur. He oído muchas cosas de tu país, de cómo se ha convertido en la Suiza de Asia. Mi nieta va a ir allí este verano. Quizá podrías tener la amabilidad de darle algún consejo.

—Por supuesto —respondió cortésmente Astrid mientas pensaba: «Vaya, solo han hecho falta cinco minutos para que esta señora pase de estirada a lameculos». Lo cierto era que resultaba bastante decepcionante: París era su escapada y allí se esforzaba por pasar desapercibida, ser una más de los incontables turistas asiáticos que entraban impacientes en las boutiques del Faubourg-Saint-Honoré. Era ese lujo del anonimato lo que hacía que le encantara la Ciudad de la Luz. Pero el haber vivido allí varios años atrás lo había cambiado todo. Sus padres, preocupados por que estuviese viviendo sola en una ciudad extranjera sin ninguna buena carabina, habían cometido el error de alertar a algunos amigos de París, como los L’Herme-Pierre. Se extendió la noticia y, de repente, ya no era simplemente la jeune fille que había alquilado un loft en el Marais. Ahora era la hija de Harry Leong o la nieta de Shang Su Yi. Resultaba de lo más frustrante. Por supuesto, ya debía de estar acostumbrada a aquello, a que la gente hablara de ella en cuanto salía de la habitación. Le había pasado prácticamente desde el día que nació.

Para entender el motivo, primero había que tener en cuenta lo obvio: su increíble belleza. El atractivo de Astrid no era como el de la típica aspirante a actriz con ojos almendrados de Hong Kong, ni tampoco tenía un estilo de belleza perfecta y celestial. Podría decirse que los ojos de Astrid estaban demasiado separados y que su mandíbula —tan similar a la de los hombres de su familia materna— era demasiado prominente para tratarse de una chica. Pero, en cierto modo, con su delicada nariz, sus labios carnosos y un cabello largo con ondas naturales, todo se juntaba para convertirse en una visión inexplicablemente atractiva. Era siempre «esa chica» a la que en la calle paraban los descubridores de nuevos talentos de las agencias de modelos, aunque su madre los repelía con brusquedad. Astrid no iba a ser modelo de nadie y mucho menos por dinero. Esas cosas quedaban muy por debajo de ella.

Y ese era el otro detalle, el más esencial, de Astrid: había nacido en el nivel más alto de la riqueza asiática, un círculo de familias hermético y exclusivo, prácticamente desconocido para los que no pertenecían a él, y que poseía fortunas inmensamente grandes. Para empezar, su padre procedía de los Leong de Penang, una respetada familia de la China de los estrechos[11] dueña de un monopolio de la industria del aceite de palma. Pero es que, además, su madre era la hija mayor de sir James Young y la aún más imperial Shang Su Yi. Catherine, una tía de Astrid, se había casado con un príncipe menor tailandés. Otra se había casado con el célebre cardiólogo de Hong Kong Malcolm Cheng.

Llevaría horas dibujar el esquema de todos los vínculos dinásticos del árbol genealógico de Astrid, pero, fuera cual fuera el ángulo desde el que se mirara, su linaje era poco menos que extraordinario. Y cuando Astrid ocupó su lugar en la mesa del banquete iluminada con velas en la larga galería de los L’Herme-Pierre, rodeada por las relucientes porcelanas de Sèvres de Luis XV y los Picassos del periodo rosa, no podía imaginarse lo extraordinaria que iba a ser su vida desde ese momento.

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6

Los Cheng

Hong Kong

La mayoría de la gente que pasaba con sus coches por el edificio achaparrado marrón grisáceo de una concurrida intersección de Causeway Bay probablemente supondrían que se trataba de alguna especie de ministerio de sanidad del Gobierno, pero la Asociación Atlética China era, en realidad, uno de los clubes privados más exclusivos de Hong Kong. A pesar de su nombre tan poco llamativo, se trataba de las primeras instalaciones deportivas fundadas por chinos en la antigua colonia de la Corona británica. Presumía de tener como presidente honorífico al legendario magnate de las apuestas Stanley Lo y su restringida membresía tenía una lista de espera de ocho años que se abría solamente a las familias más establecidas.

Las salas públicas de la AAC seguían profundamente arraigadas a la decoración en cromo y cuero de finales de los setenta, pues su miembros votaron por gastar todo el dinero en modernizar las instalaciones deportivas. Solo el aplaudido restaurante había sido reformado en los últimos años para convertirlo en un lujoso comedor con paredes de brocados rosa pálido y ventanas que daban a las principales pistas de tenis. Las mesas redondas estaban dispuestas estratégicamente para que todos pudieran sentarse con vistas a la puerta principal del restaurante, permitiendo que sus estimados miembros tuvieran una entrada espléndida con sus atuendos après-sport y haciendo que la hora del almuerzo se convirtiera en un excelente deporte con espectadores.

Cada domingo por la tarde, la familia Cheng acudía junta y sin falta a comer al AAC. Por muy ajetreada o frenética que hubiese sido la semana, todos sabían que el dim sum del domingo en la sede del club, que era como lo llamaban, era de obligada asistencia para todos los miembros de la familia que se encontraran en la ciudad. El doctor Malcolm Cheng era el cardiocirujano más reputado de Asia. Sus diestras manos eran tan preciadas que era famoso por llevar siempre guantes de piel de cordero, fabricados especialmente para él por Dunhill, para protegerlas cuando estaba en público, y tomaba medidas adicionales para salvaguardarlas del desgaste de la conducción, por lo que optaba por ser llevado por un chófer en su Rolls-Royce Silver Spirit.

Eso era algo que su educada esposa, Alix, anteriormente Alexandra Young de Singapur, consideraba excesivamente ostentoso, por lo que prefería llamar a un taxi cuando le era posible y dejaba a su esposo el uso exclusivo de su coche y su conductor. «Al fin y al cabo, él salva vidas de personas todos los días y yo no soy más que un ama de casa», solía decir. Aquel desprecio por su propia persona era un comportamiento habitual en Alexandra, aunque era ella la verdadera artífice de la fortuna de los dos.

Como aburrida esposa de médico, Alexandra empezó a destinar cada céntimo de las considerables ganancias de su esposo a propiedades justo cuando despegaba el auge inmobiliario de Hong Kong. Descubrió que tenía un talento innato para vislumbrar los momentos oportunos del mercado, así que, empezando en la época de la recesión petrolera de los setenta, pasando por las ventas por el pánico comunista de mediados de los ochenta y la crisis económica asiática de 1997, Alexandra siempre se hacía con propiedades cuando alcanzaban su precio más bajo y vendía en el más alto. A mediados de la primera década del nuevo siglo, cuando las propiedades inmobiliarias de Hong Kong se elevaban a más dinero por metro cuadrado que en ninguna otra parte del mundo, los Cheng se vieron asentados sobre una de las carteras inmobiliarias en manos privadas más importantes de la isla.

El almuerzo de los domingos proporcionaba a Malcolm y a su mujer la oportunidad de inspeccionar a sus hijos y nietos cada semana, tarea que realizaban con absoluta seriedad. Pues, a pesar de todas las ventajas que los hijos de los Cheng habían tenido en su vida, Malcolm y Alexandra estaban constantemente preocupados por ellos. (En realidad, Alexandra era la que más se preocupaba).

Su hijo menor, Alistair, «el incorregible», era el consentido y vago que apenas había aprobado por los pelos en la Universidad de Sídney y que ahora estaba haciendo algo en la industria cinematográfica de Hong Kong. Recientemente, había estado saliendo con Kitty Pong, una estrella de telenovelas que aseguraba ser de «una buena familia taiwanesa», aunque el resto de la familia Cheng lo dudaba, pues su mandarín hablado tenía más un claro acento del norte de China que las más almibaradas entonaciones del mandarín de Taiwán.

Su hija, Cecilia, «la aficionada a los caballos», había desarrollado una pasión por la doma de exhibición a una edad temprana y estaba constantemente lidiando con su temperamental caballo o con su temperamental marido, Tony, un comerciante de mercancías australiano al que Malcolm y Alexandra apodaban en secreto el Convicto. Como «madre a jornada completa», Cecilia pasaba en realidad más tiempo en el circuito ecuestre internacional que cuidando de su hijo, Jake. (Debido a todas las horas que pasaba con sus sirvientas filipinas, Jake estaba adquiriendo fluidez en el idioma tagalo; también sabía hacer una impresionante imitación del My Way de Sinatra).

Y luego estaba Eddie, el primogénito. En apariencia, Edison Cheng era «el perfecto». Había pasado por la Escuela de Negocios de la Universidad de Cambridge con honores, había vivido una temporada en Cazenove, en Londres, y ahora era una estrella en alza en el mundo de la banca privada de Hong Kong. Se había casado con Fiona Tung, que procedía de una familia relacionada con la política, y tenían tres hijos muy estudiosos y educados. Pero, en privado, a Alexandra quien más le preocupaba era Eddie. En los últimos años, pasaba demasiado tiempo saliendo con sospechosos multimillonarios de la China continental, volando por toda Asia cada semana para asistir a fiestas, y a ella le preocupaba que eso pudiese estar afectando a su salud y a su vida familiar.

La comida de ese día era especialmente importante, pues Alexandra quería planificar la logística del viaje familiar del siguiente mes a Singapur para la boda de los Khoo. Era la primera vez que iba a viajar junta toda la familia —padres, hijos, nietos, criados y niñeras incluidos— y Alexandra quería asegurarse de que todo iría a la perfección. A la una, la familia empezó a aparecer desde todos los rincones: Malcolm venía de un partido de tenis de dobles mixtos; Alexandra, de la iglesia con Cecilia, Tony y Jake; Fiona y sus hijos, de sus clases particulares de fin de semana; y Alistair, de haberse levantado de la cama quince minutos antes.

Eddie fue el último en llegar y, como era habitual, estaba al teléfono mientras se acercaba a la mesa sin hacer caso a nadie, parloteando en voz alta en cantonés por su auricular de Bluetooth. Cuando por fin terminó con la llamada, miró a su familia con una sonrisa de autocomplacencia.

—¡Ya está todo organizado! Acabo de hablar con Leo y quiere que usemos el avión de su familia —dijo Eddie refiriéndose a su mejor amigo, Leo Ming.

—¿Para que viajemos todos a Singapur? —preguntó Alexandra un poco confundida.

—¡Sí, claro!

Fiona planteó de inmediato una objeción:

—No estoy segura de que sea muy buena idea. En primer lugar, la verdad es que no creo que toda la familia deba viajar junta en el mismo avión. ¿Qué pasaría si hubiera un accidente? Y, en segundo lugar, no deberíamos pedir un favor así a Leo.

—Sabía que ibas a decir eso, Fi —empezó a contestar Eddie—. Por eso se me ha ocurrido este plan: papá y mamá deberían ir un día antes con Alistair; Cecilia, Tony y Jake pueden volar con nosotros al día siguiente; y, después, el mismo día, las niñeras pueden traer a nuestros hijos.

—¡Eso es abusivo! ¿Cómo se te ocurre siquiera aprovecharte así del avión de Leo? —exclamó Fiona.

—Fi, es mi mejor amigo y no puede importarle menos cuánto uso hagamos del avión —replicó Eddie.

—¿Qué tipo de avión es? ¿Un Gulfstream? ¿Un Falcon? —preguntó Tony.

Cecilia clavó las uñas en el brazo de su marido, molesta por su entusiasmo.

—¿Por qué tus hijos vuelan por separado mientras mi hijo tiene que viajar conmigo?

—¿Y Kitty? Ella también viene —preguntó Alistair en voz baja.

Todos los de la mesa miraron a Alistair horrorizados.

—Nay chee seen, ah![12] —contestó Eddie con furia.

Alistair estaba indignado.

—Ya he confirmado su asistencia. Y Colin me dijo que estaba deseando conocerla. Es una gran estrella y yo...

—Puede que en la región de los Nuevos Territorios un par de idiotas que vean telenovelas basura sepan quién es, pero, créeme, en Singapur nadie ha oído hablar de ella nunca —le interrumpió Eddie.

—Eso no es verdad. Es una de las estrellas jóvenes que más rápido está subiendo en Asia. Y no viene al caso. Quiero que todos nuestros parientes de Singapur la conozcan —dijo Alistair.

Alexandra pensó en silencio en las implicaciones de lo que él había dicho, pero decidió librar sus batallas de una en una.

—Fiona tiene razón. ¡No podemos pedirle a la familia Ming su avión dos días seguidos! De hecho, creo que sería muy poco apropiado que voláramos en un avión privado. Es decir, ¿quiénes nos creemos que somos?

—¡Papá es uno de los cardiocirujanos más famosos del mundo! ¡Tú perteneces a la nobleza de Singapur! ¿Qué tiene de malo viajar en un avión privado? —gritó Eddie con frustración, gesticulando tanto con las manos que casi golpeó al camarero que tenía detrás y que estaba a punto de colocar unas vaporeras de bambú en la mesa.

—¡Cuidado, tío Eddie! ¡Hay comida justo detrás de ti! —gritó su sobrino Jake.

Eddie miró a su alrededor un segundo y continuó con su alegato.

—¿Por qué haces siempre lo mismo, mamá? ¿Por qué siempre tienes que ser tan provinciana? ¡Eres asquerosamente rica! ¿Por qué no puedes dejar de ser un poco menos cutre por una vez y ser más consciente de lo que vales? —Sus tres hijos levantaron un momento la vista de sus libros de prácticas de matemáticas. Estaban acostumbrados a sus rabietas en casa, pero rara vez le habían visto tan enfadado delante de Gong Gong y Ah Ma. Fiona le tiró de la manga.

—¡Baja la voz! —susurró—. Por favor, no hables de dinero delante de los niños.

Su madre negó con la cabeza despacio.

—Eddie, esto no tiene nada que ver con la valía de nadie. Solo pienso que este tipo de derroche es del todo innecesario. Y no pertenezco a la nobleza de Singapur. Singapur no tiene nobles. Decir eso es una ridiculez.

—Es muy típico de ti, Eddie. Solo quieres que todo Singapur sepa que has llegado en un avión de Ming Kah-Ching —intervino Cecilia a la vez que cogía uno de los esponjosos panecillos de cerdo asado—. Si fuese tu avión, sería otra cosa, pero tener la osadía de pedir prestado un avión para hacer tres viajes en dos días es impensable. Personalmente, prefiero pagar mis propios billetes.

—Kitty vuela siempre en aviones privados —comentó Alistair, aunque ninguno de la mesa le prestó atención.

—Pues deberíamos tener nuestro propio avión. Llevo años diciéndolo. Papá, tú pasas prácticamente la mitad del mes en la clínica de Pekín y ya que estoy planeando expandir mi presencia en China a lo grande el próximo año...

—Eddie, estoy de acuerdo con tu madre y tu hermana en esta ocasión. No me gustaría estar en deuda con la familia Ming por esto —dijo por fin Malcolm. Por mucho que le gustara viajar en aviones privados, no soportaba la idea de pedir prestado el avión de los Ming.

—¿Por qué siempre intento hacer favores a una familia tan desagradecida? —exclamó Eddie con un resoplido de desdén—. Vale, vosotros haced lo que queráis. Por mí os podéis apretujar en la clase turista de China Airlines. Mi familia y yo vamos en el avión de Leo. Y es un Bombardier Global Express. Es enorme, de tecnología punta. Incluso tienen un Matisse en la cabina. Va a ser increíble.

Fiona lo miró con desaprobación, pero él la fulminó con una mirada tan intensa que ella se abstuvo de hacer más objeciones. Eddie engulló unos cuantos rollos de cheong fun de gambas y se levantó.

—Me voy —anunció imperioso—. ¡Tengo que atender a unos clientes importantes! —dicho lo cual, se fue hecho una furia dejando atrás a una familia bastante aliviada.

—A ver si toda su familia se cae en el mar del Sur de China en el elegante avión de Leo Ming —susurró Tony a Cecilia con la boca llena de comida.

Por mucho que lo intentó, Cecilia no pudo controlar una carcajada.