El malestar en la imitación
Si cada ser humano nace original, ¿por qué tantos de nosotros morimos como copias?
EDWARD YOUNG
El futuro se presentaba mejor ayer. Estábamos convencidos de que el año 1989 dividía «el pasado y el futuro de manera tan clara como el muro de Berlín había dividido el bloque del Este del bloque Occidental».[1] Nos costaba «imaginar un mundo radicalmente mejor que el nuestro, o un futuro que no sea en esencia democrático y capitalista».[2] Hoy ya no pensamos así. A la mayoría nos cuesta imaginar un futuro, incluso en Occidente, que siga siendo democrático y liberal con firmeza.
Al terminar la Guerra Fría, una gran esperanza en la democracia capitalista de signo liberal se extendió por todo el orbe.[3] El escenario geopolítico parecía dispuesto para que todo tuviera lugar de un modo no muy distinto a como ocurre en Pigmalión, de George Bernard Shaw, una obra de teatro optimista y didáctica en la que un profesor de fonética consigue, en un breve periodo de tiempo, enseñar a una florista humilde a expresarse como la misma reina y a sentirse como pez en el agua en compañía de gente culta.
Tras haber celebrado de forma prematura la integración del Este en Occidente, los observadores interesados han llegado a comprender que el espectáculo que tomaba forma ante ellos no se ha desarrollado según lo previsto.[4] Es como si, en lugar de una representación de Pigmalión, el mundo hubiera acabado por convertirse en una adaptación teatral de Frankenstein de Mary Shelley, una novela pesimista y didáctica sobre un hombre que decide jugar a ser Dios y crear, mediante la unión de las distintas partes del cuerpo obtenidas de cadáveres humanos, una criatura humanoide. El resultado será un monstruo defectuoso que se siente condenado a la soledad, a la invisibilidad y al rechazo, y que, al padecer de envidia por la inalcanzable felicidad de su creador, desata la violencia contra los amigos y familiares de aquel, reduciendo su mundo a cenizas y dejando nada más que remordimiento y angustia como legado de un experimento desafortunado, con el que el ser humano trataba de duplicarse a sí mismo.
La historia que se va a tratar de contar en este libro es la de cómo el liberalismo ha terminado siendo víctima del éxito proclamado en la Guerra Fría. En la superficie, la falla se manifiesta en una serie de acontecimientos políticos profundamente desestabilizadores: los ataques contra el World Trade Center de Nueva York el 11-S, la segunda guerra de Irak, la crisis financiera de 2008, la anexión de Crimea por parte de Rusia y la intervención de esta última en el este de Ucrania, la impotencia de Occidente ante el descenso de Siria hacia una pesadilla humanitaria, la crisis migratoria de 2015 en Europa, el referéndum del Brexit y la elección de Donald Trump. El resplandor del que gozó la democracia liberal después de la Guerra Fría también se ha visto ensombrecido por el milagro económico chino, orquestado por unos líderes políticos que no muestran ningún complejo por no ser ni liberales ni demócratas. Los intentos de salvar el buen nombre de la democracia liberal mediante una comparación positiva con las autocracias no occidentales han quedado socavados por la violación irresponsable de las normas liberales, en la forma de torturas a prisioneros y de un evidente mal funcionamiento de las instituciones democráticas dentro del propio Occidente. Resulta revelador que el modo en que las democracias se atrofian y sucumben se haya convertido en uno de los temas que más preocupa a los académicos liberales en la actualidad.[5]
El ideal de la «sociedad abierta», también, ha perdido el una vez celebrado lustre.[6] Para muchos ciudadanos desilusionados, la apertura del mundo ofrece hoy un mayor espacio al desasosiego que a la esperanza. Cuando el muro de Berlín se derribó, solo había dieciséis vallas fronterizas en todo el planeta, mientras que hoy en día hay sesenta y cinco perímetros fortificados, ya terminados o en construcción. De acuerdo con la experta de la Universidad de Quebec Elisabeth Vallet, casi una tercera parte de los países del globo está levantando barreras a lo largo de las fronteras.[7] Las tres décadas posteriores a 1989 han resultado ser un «periodo entremuros», un breve intervalo libre de barricadas e imbuido de fantasías utópicas sobre un mundo sin fronteras, ubicado entre el dramático levantamiento del muro de Berlín y una tendencia internacional a levantar barreras de hormigón, coronadas de alambre de púas, que da forma a una serie de miedos existenciales, en ocasiones imaginarios.
Por otro lado, la mayor parte de los europeos y de los americanos de la actualidad creen que la vida de sus hijos será menos próspera y gratificante que la suya.[8] La fe pública en la democracia se va a pique, y los partidos asentados se desintegran o se ven desplazados por movimientos políticos amorfos y por déspotas populistas, lo que pone en duda la disposición de las fuerzas políticas organizadas para luchar por la supervivencia de la democracia en tiempos de crisis.[9] Atemorizado por el fantasma de la migración a gran escala, una parte del electorado europeo y americano se está dejando seducir cada vez más por retóricas xenófobas, líderes autoritarios y la idea de unas fronteras militarizadas. Lejos de creer que el mundo mejorará con el sostén de las ideas liberales que irradia Occidente, parecen pensar que la historia del siglo XXI estará aquejada de los millones de personas que tratan de refugiarse allí.[10] Los derechos humanos, otrora ensalzados como baluarte contra la tiranía, reciben ahora, con frecuencia, acusaciones de limitar la capacidad de las democracias para combatir el terrorismo de forma efectiva. La crisis de confianza en sí mismo que padece el liberalismo es tan aguda que las alusiones a «El segundo advenimiento» de William Butler Yeats, poema escrito en 1919 a raíz de uno de los conflictos más mortíferos de la historia de la humanidad, llegaron a constituir una cita obligatoria para los analistas políticos en 2016.[11] Un siglo después de que Yeats las escribiese, esas palabras se han convertido en un mantra para los defensores aprensivos de la democracia liberal en todo el mundo: «Se disgregan las cosas, regir no puede el centro, / estalla solamente anarquía en el mundo».(1)
En sus memorias, El mundo tal y como es, Ben Rhodes, el asesor más cercano a Barack Obama y amigo personal de este, revela que, el día en que Obama dejó la Casa Blanca, se apoderó de este una incertidumbre, la de «¿Qué pasaría si estuviéramos equivocados?».[12] El misterio más urgente que resolver no consistía en «¿Qué ha salido mal?» ni en «¿Quién ha hecho mal el trabajo?», ni tampoco en el «¿Qué pasó?» de Hillary Clinton. La duda que más inquietaba a Obama era «¿Qué pasaría si estuviéramos equivocados?». Es decir, ¿y si los liberales habían malinterpretado la naturaleza del periodo posterior a la Guerra Fría? «¿Qué pasaría si estuviéramos equivocados?» es la pregunta correcta, y con este libro nos hemos propuesto darle respuesta.
Además, el interrogante tiene para ambos un cariz muy personal. El mayor de los dos, estadounidense, nació un año después de que se iniciara la Guerra Fría y había estudiado en el instituto que el entonces recién levantado muro era una encarnación de la intolerancia y de la tiranía. El más joven, búlgaro, nació al otro lado de la línea que separaba el Este de Occidente, unos cuatro años después de que se erigiera el Muro, y creció en el pensamiento de que derribar muros era una vía hacia la libertad política e individual.
Aunque tenemos unos bagajes distintos, ambos vivimos durante años a la sombra del Muro, y la espectacular retransmisión de su derribo constituiría un momento determinante de nuestra vida política e intelectual. Primero su existencia y después su ausencia marcaron de forma indeleble nuestro pensamiento político. La ilusión de que el final de la Guerra Fría sería el inicio de una era de liberalismo y democracia también fue nuestra.
Este libro materializa nuestro intento de comprender no solo por qué hubo un tiempo en que estábamos listos para abrazar esta ilusión, sino además de cómo pensar en un mundo en el que se ha desatado una marea de «anarquía» iliberal y antidemocrática.
Hace tres décadas, en 1989, un funcionario del Departamento de Estado de Estados Unidos capturó de modo sucinto el espíritu de los tiempos. Unos pocos meses antes de que los alemanes bailasen llenos de felicidad sobre los restos machacados a maza del muro de Berlín, escribió unas líneas en las que proclamaba que, de una vez por todas, la Guerra Fría se había terminado. La victoria total del liberalismo sobre el comunismo venía sellada por una década de reformas económicas y políticas iniciadas en China por Deng Xiaoping y en la Unión Soviética por Mijaíl Gorbachov. Francis Fukuyama sostuvo que la supresión de «la alternativa marxista-leninista a la democracia liberal», indicaba «el completo agotamiento de sistemas alternativos viables al liberalismo occidental». El comunismo, tras haber sido coronado por Marx como la culminación de la «historia» en el sentido hegeliano, quedó degradado de repente a la categoría de «historia» en el sentido mundano, el de algo de poca importancia. La «democracia liberal occidental», en tales circunstancias, podía definirse como «el punto final de la evolución ideológica de la humanidad». Tras la caída de «las dictaduras fascistas y comunistas que han tenido lugar a lo largo de este siglo, la única forma de gobierno que ha sobrevivido intacta al final del siglo XX ha sido la democracia liberal». Puesto que «los principios básicos de los estados liberal-democráticos» eran «absolutos e inmejorables», la única tarea que quedaba por cumplir era «extender estos principios por toda la geografía, de manera que cada una de las distintas regiones habitadas por la civilización humana alcanzase el nivel más avanzado posible». Fukuyama mantenía que «llegará un punto en que el liberalismo triunfe en todo el mundo». Pero en lo que quería poner el énfasis, en realidad, era en que, en adelante, no aparecerían más «ideologías que puedan proclamar ser más avanzadas que el liberalismo».[13]
¿Qué entrañaba en la práctica el reconocimiento de la democracia capitalista como la etapa final del desarrollo político de la humanidad? Fukuyama no fue muy preciso en este punto. Sin embargo, no hay duda de que su argumento implicaba que la democracia liberal al estilo occidental era el único ideal viable hacia el que los reformistas de todo el mundo debían dirigir sus esfuerzos. Cuando escribió que los reformistas chinos y soviéticos habían extinguido el último «faro para las fuerzas iliberales», se refería a que solo el faro liberal de Estados Unidos alumbraría, en adelante, el camino de la humanidad.[14]
La negación de que existiera cualquier alternativa atractiva al modelo occidental explica que la tesis de Fukuyama no solo embelesara el amor propio de los estadounidenses, sino que además resultase palmaria para los disidentes y reformistas que vivían tras el telón de acero.[15] Tan solo un año antes, en 1988, algunos de los más ardientes partidarios del pluralismo democrático en la Unión Soviética habían publicado una colección de artículos con el título Inogo ne dano,[16] que se podría traducir por algo así como «No hay otro camino». También la biblia del reformismo soviético mantenía que no había alternativas a la democracia capitalista occidental que pudieran sostenerse.
Formulándolo en términos propios, 1989 anunciaba el comienzo de una Era de la Imitación que duraría treinta años. Así fue como el nuevo orden unipolar, dominado por Occidente, transfiguró el reino de las ideas morales. Sin embargo, después de que las altas expectativas puestas ante la perspectiva de imitar el estilo de vida capitalista comenzaran a desvanecerse, empezó a propagarse de modo paulatino el rechazo a la política de la imitación. Se puede decir que se trató de una respuesta a un mundo caracterizado por la falta de alternativas políticas e ideológicas. Creemos que esta carencia, más que la fuerza gravitatoria de un pasado autoritario o una hostilidad con raigambres históricas hacia el liberalismo, es lo que mejor explica el espíritu de antipatía hacia Occidente que domina hoy en día las sociedades poscomunistas.[17] La propia soberbia que implica el concepto de «no hay otro camino» constituiría un motivo independiente para la ola de xenofobia populista y nativismo reaccionario que tuvo comienzo en Centroeuropa y Europa del Este y que, en la actualidad, campa por la mayor parte del globo. La falta de una alternativa factible a la democracia liberal se ha convertido en un estímulo para la sublevación, porque, a un cierto nivel muy elemental, «el ser humano necesita opciones, aunque sea tan solo en la forma de meras ilusiones».[18]
El populismo no supone tanto una rebelión contra un tipo específico de política, la liberal, como contra la sustitución de la ortodoxia comunista por la ortodoxia liberal. El mensaje de los movimientos insurgentes tanto de izquierda como de derecha, en efecto, es que la postura de «o lo tomas o lo dejas» constituye una falacia y que las cosas pueden ser de otro modo, más cercanas y más auténticas.
Obviamente, el surgimiento durante la segunda década del siglo XXI de un antiliberalismo autoritario, de manera simultánea en tantos países en puntos tan distintos de la geografía, no se puede explicar por un solo factor. Pero somos de la idea de que el resentimiento generado por la posición canónica de la democracia liberal y por las políticas de imitación ha desempeñado, en general, un papel decisivo, no solo en Centroeuropa, sino también en Rusia y en Estados Unidos. Para comenzar a plantear esta cuestión, convocamos a dos de los críticos centroeuropeos más elocuentes del iliberalismo como primeros testigos. El filósofo polaco y miembro conservador del Parlamento Europeo Ryszard Legutko se pone furioso ante la óptica de que «no hay alternativa a la democracia liberal», que se ha convertido en el «único rumbo y método aceptado de organizar la vida colectiva», y de que «los liberales y los demócratas liberales han conseguido silenciar y marginar prácticamente cualquier alternativa y todos los enfoques de orden político no liberales».[19] Una influyente historiadora húngara concuerda: «No tenemos la intención de copiar lo que hacen los alemanes o lo que hacen los franceses —proclamaba Maria Schmidt, la intelectual de referencia de Viktor Orbán—. Lo que queremos es seguir con nuestro propio estilo de vida».[20] Ambas declaraciones sugieren que un tenaz rechazo a aceptar «el completo agotamiento de las alternativas sistemáticas viables al liberalismo occidental» ha contribuido a que el poder blando del que se valió Occidente para inducir a la emulación se haya convertido en debilidad y vulnerabilidad en lugar de en fuerza y autoridad.
La negativa a arrodillarse ante el occidente liberal se ha convertido en la marca distintiva de la contrarrevolución iliberal que tiene lugar en todo el mundo poscomunista y más allá. Una reacción semejante no se puede despachar descuidadamente con la frívola observación de que «culpar a Occidente es una forma fácil para los líderes fuera de su órbita de evitar la asunción de responsabilidades en sus propias políticas fallidas». La historia es mucho más enrevesada y apremiante que eso. Se trata del relato, entre otras cosas, de cómo el liberalismo ha abandonado el pluralismo en favor de la hegemonía.
Durante la Guerra Fría, el cisma político más relevante a nivel mundial ocurrido entre comunistas y demócratas, el mundo estuvo dividido entre el este totalitario y el mundo libre occidental, y las sociedades en la periferia del foco del conflicto conservaban, o así lo imaginaban, el derecho y la capacidad de escoger de qué parte estaban. Tras la caída del Muro, la constelación cambió. De ahí en adelante, la división más significativa en el firmamento geopolítico sería la que separaba a los imitadores de los imitados, a las democracias establecidas de los países que se esforzaban en consumar la transición a la democracia. Las relaciones entre el Este y Occidente mutaron de una guerra fría en punto muerto entre dos sistemas hostiles a una relación tirante entre modelos y mimos dentro de un mismo sistema unipolar.
Los esfuerzos de los antiguos países comunistas por emular a Occidente después de 1989 han recibido numerosos nombres, como «americanización», «europeización», «democratización», «liberalización», «ampliación», «integración», «armonización», «globalización» y muchos más, pero lo que siempre se ha querido significar es una modernización por imitación y una integración por asimilación. Según el populismo centroeuropeo, tras el colapso comunista, la democracia liberal se convirtió en una nueva e ineludible ortodoxia. La queja constante de aquel es que imitar los valores, las actitudes y las prácticas de Occidente se convirtió en un imperativo, en algo forzoso. Como también ha escrito el filósofo polaco arriba citado, ridiculizando la mentalidad de muchos de sus compatriotas después de 1989:
El mayor signo de ilustración era copiar e imitar. Cuanto más copiábamos e imitábamos, tanto más felices nos sentíamos por nosotros mismos. Las instituciones, la educación, la ropa, la ley, los medios, la lengua […], casi todo se convirtió de repente en una copia imperfecta del original, por delante de nosotros en la línea del progreso.[21]
Esta tensa asimetría entre quienes estaban moralmente por delante y quienes estaban por detrás, es decir, entre los imitados y sus imitadores, llegó a ser una característica definitoria y aflictiva de las relaciones entre el Este y el mundo occidental tras 1989.
Después de la caída del Muro, la imitación transfronteriza de Occidente se aceptó de manera amplia como la forma más efectiva de democratizar unas sociedades que acababan de cerrar una etapa no democrática. En gran parte debido a la asimetría moral que implica, esta idea se ha convertido en el objetivo predilecto de la rabia populista.
Sobra decir que la imitación es ubicua en la vida social. Gabriel Tarde, el famoso sociólogo del siglo XIX, llegó a afirmar que «la sociedad es imitación».[22] De hecho, propuso definir la «imitación contagiosa» como una especie de «sonambulismo», en referencia a la forma espontánea en que los seres humanos se copian unos a otros, sin ningún propósito estratégico o plan, como en un crimen copycat, sin que se los fuerce o se los persuada.[23]
Cuando el populismo centroeuropeo carga contra lo que percibe como un «imperativo de imitación» como la característica más insufrible de la hegemonía liberal después de 1989, es obvio que se refiere a algo menos genérico y más provocador desde el punto de vista político. La forma de la imitación por extenso de las instituciones en cuestión implica, en primer lugar, el reconocimiento de la superioridad moral de los imitados sobre los imitadores; en segundo, un modelo político que proclama haber eliminado todas las alternativas viables; en tercero, la expectativa de que la imitación será incondicional, en vez de adaptarse a las tradiciones locales, y, en cuarto, la presunción de que los representantes de los imitados, que como tales ostentan una superioridad de carácter implícito, podrían reclamar con total legitimidad el derecho a supervisar y evaluar el progreso de los países imitadores de forma permanente. Sin querer forzar demasiado la analogía, es interesante observar que el estilo de la imitación del sistema que se generalizó a partir de 1989 guarda una siniestra semejanza con las elecciones de la época soviética, en las que los votantes, bajo la supervisión de los funcionarios del partido, emulaban la «elección» de los únicos candidatos que se presentaban para el cargo.
Para hacer una descripción de lo que está en juego, es necesario establecer algunas distinciones preliminares. Debemos distinguir, como ya se ha sugerido, entre la imitación a escala completa de un único modelo ortodoxo, supervisado, que no impuesto, por las valoraciones de extranjeros, y el aprendizaje común por el que cada Estado se beneficia de forma indirecta de la experiencia de los otros.[24] La primera genera resentimiento, mientras que el segundo, en general adscrito al efecto demostrativo de los éxitos y fracasos observados, no.
Segundo, y tal vez más importante, debemos distinguir la imitación de los medios de la imitación de los objetivos. A lo primero lo llamamos «apropiación» más que imitación. El sociólogo y economista Thorstein Veblen articuló una formulación clásica de dicha distinción, cuando escribió, a principios del siglo XX, que los japoneses habían tomado prestadas las «artes industriales» de Occidente, pero no su «perspectiva espiritual» o sus «principios de conducta y valores éticos».[25] La apropiación de los medios técnicos no afecta a la identidad, al menos no a corto plazo, mientras que la imitación de los fines morales supone una incisión más profunda y puede dar inicio a un proceso transformador mucho más radical, derivando en algo cercano a una «experiencia de conversión». En la reconstrucción de las sociedades que tuvo lugar a partir de 1989, los centroeuropeos se esforzaron en replicar los estilos de vida y las actitudes morales que observaban en Occidente. Los chinos, por contraste, han seguido un camino no muy diferente al identificado por Veblen, al adoptar la tecnología occidental para conseguir el crecimiento económico y aumentar el prestigio del Partido Comunista, con el objetivo explícito de «resistir» los cantos de sirena de Occidente.
La imitación de las ideas morales, a diferencia de la apropiación de la tecnología, nos hace asemejarnos a quien admiramos pero, a la vez, parecernos menos a nosotros mismos, en unos tiempos en que la propia especificidad y el mantenimiento de la fe en el grupo al que se pertenece se encuentran en el corazón de la lucha por la dignidad y el reconocimiento. El imperante culto a la innovación, la creatividad y la originalidad que radica en el núcleo de la modernidad liberal se traduce en que, incluso para los habitantes de países exitosos económicamente como Polonia, el proyecto de adopción de un modelo occidental, bajo supervisión occidental, se aprecia como una confesión de que no se ha conseguido escapar al vasallaje histórico de Centroeuropa a las instrucciones e inquisiciones foráneas.
Esta demanda contradictoria de ser original y copia al mismo tiempo tiene que resultar por fuerza en estrés psicológico. También provocó que se tuviera la impresión de un trato irrespetuoso, por lo que se puede identificar sin miedo como la ironía central del impulso de las democracias poscomunistas en el contexto de la integración europea, a saber, el hecho de que los países de Centroeuropa y de Europa del Este en vías aparentes de democratización se vieran obligados, para cumplir con las condiciones para ser miembros de la Unión Europea, a promulgar políticas formuladas desde Bruselas por burócratas no electos, así como por organizaciones crediticias de alcance internacional.[26] Se dijo a polacos y a húngaros qué leyes y políticas había que promulgar, al tiempo que se les enseñaba a hacer como si se estuvieran gobernando a sí mismos. Las elecciones comenzaron a parecer una trap for fools o «engañabobos», como diría Rudyard Kipling. Ciertamente, los votantes echaban a quienes ocupaban los cargos, pero las políticas, formuladas en Bruselas, no cambiaban en lo sustancial. Por si hacer que se gobernaban a sí mismos cuando en realidad lo hacían los actores políticos occidentales no fuese lo bastante malo, la guinda del pastel la puso el desprecio de los observadores occidentales, que los acusaron de aplicar sin más las propuestas para la democracia, cuando eso era exactamente lo que las élites políticas de la región pensaban que se les había pedido.
Con el colapso del comunismo, prendió una problemática psicológica e incluso una transformación traumática de las relaciones entre el Este y Occidente, porque, debido a varios motivos, se creó la expectativa de que los países que salían de aquel sistema no debían imitar los medios, sino los fines. Los líderes políticos que iniciaron la importación de los modelos occidentales en este sentido duro querían que sus conciudadanos internalizaran los objetivos del modelo y adoptaran las preferencias de este de un modo holístico, más que de forma fragmentaria. La denuncia de fondo que motiva las políticas antiliberales actuales en la región es que el intento de democratizar los antiguos países comunistas pretendía una especie de «conversión» a los valores, hábitos y actitudes que se consideraban «normales» en Occidente. En lugar de conformarse con injertar un puñado de elementos foráneos en unas tradiciones ajenas, esta «terapia de choque» política y moral puso en riesgo la herencia de la identidad. Debido a una parcialidad y a una inclinación inevitables, el capitalismo copycat llevó a que muchos de quienes inicialmente habían abrazado los cambios se sintieran como impostores culturales, un trastorno que, a su vez, despertó unos anhelos ante la pérdida de autenticidad de los que se podía sacar rédito político.
Sin duda, los intentos de la parte más débil de imitar a la más fuerte y exitosa no son una excepción entre estados y naciones. Pero, por lo normal, la imitación se parece más a un superficial repetir como un loro que a la transfiguración psicológica y social de gran estrés que se trató de llevar a cabo en Centroeuropa a partir de 1989. Luis XIV de Francia, que dominaba el poder en el siglo XVII europeo, inspiró a muchos imitadores de esa clase superficial. Como ha señalado el politólogo Ken Jowitt, se construyeron réplicas de Versalles en Alemania, Polonia y Rusia, se copiaba el estilo francés y la lengua francesa se convirtió en la predilecta entre las élites de territorios lejanos. En el siglo XIX le tocó el turno al Parlamento británico, que se convirtió en el foco de una imitación externa y ornamental, mientras que «tras la Segunda Guerra Mundial se crearon una serie de regímenes de corte estalinista en Europa del Este, desde Albania hasta Lituania, todos con el idéntico sello de la fea arquitectura de ese modelo, tanto la política como la física».[27] Una razón importante de que el comportamiento imitativo de tipo cosmético sea tan común en la vida política es que ayuda al débil a aparentar ser más fuerte de lo que es; se trata de una útil forma de mímica para sobrevivir en entornos hostiles. También hace a los imitadores inteligibles para aquellos cuya ayuda reclaman, quienes, de otro modo, podrían dañarlos o marginarlos. En el mundo que sigue a la Guerra Fría, «aprender inglés, pasearse con una copia de El federalista, vestirse de Armani, celebrar elecciones y —el ejemplo preferido de Jowitt— jugar al golf» permite a las élites no occidentales no solo hacer que sus interlocutores occidentales se sientan cómodos, sino, además, afirmar ante ellos sus derechos económicos, políticos y militares.[28] Emular a los poderosos permite a los países más débiles compartir, de forma indirecta, la gran talla y el prestigio de un auténtico Versalles, sin que esto sea fuente necesaria de una humillación nacional ni una amenaza grave a la identidad nacional.
Al mencionar las consecuencias no pretendidas de la unipolar Era de la Imitación, así como al describir lo que percibimos como un imperativo de imitación posterior a 1989 como una razón importante de que el sueño liberal se convirtiera en la pesadilla liberal, pretendemos referirnos a unos patrones de comportamiento imitativo y de intoxicación mimética que son más gravosos emocionalmente y más transformadores que una emulación superficial. Lo que se discute es un tipo de transformación política que, en parte porque está organizada no tanto al mando de Occidente como «bajo la mirada de Occidente», suscita sentimientos de humillación y de rencor y aviva el miedo a la desaparición cultural.
En el periodo inmediatamente posterior a 1989, algunos de los líderes políticos más influyentes de Centroeuropa y Europa del Este abrazaron con entusiasmo la occidentalización copycat como el camino más rápido hacia la reforma. La imitación se justificaba como un «retorno a Europa», lo que significaba asimismo un regreso al auténtico yo de la región. En Moscú, por supuesto, la situación era diferente. Nunca se había vivido el comunismo como una coyuntura de dominación extranjera, por lo que la imitación de Occidente no podía presentarse, de forma plausible, como una recuperación de la auténtica identidad nacional del país.
Los modelos occidentales inicialmente abrazados, ya fuese fervientemente o de forma poco sincera, fueron perdiendo el encanto, incluso para quienes en un principio habían sido sus imitadores más ilusionados allí en el Este. La reforma para ubicarse en la línea liberal democrática comenzó a parecer menos agradable por muchas razones, además de las ya señaladas. En primer lugar, incluso los asesores occidentales más bienintencionados fueron incapaces de disimular la superioridad implícita del modelo sobre la mímica. Para hacer las cosas aún peores, los impulsores foráneos de la reforma política en el Este continuaron aferrados a una imagen idealizada de la democracia liberal, incluso cuando los síntomas de disfunción interna se habían hecho demasiado obvios como para ignorarlos. En semejante contexto, la crisis financiera mundial de 2008 supuso el golpe de gracia para el buen nombre del liberalismo.
El filósofo francés René Girard adujo, por extenso, que los historiadores y los sociólogos habían estado desatendiendo de manera engañosa y nociva el papel central de la imitación en la condición humana. Dedicó su carrera a estudiar cómo la imitación puede dar lugar al trauma psicológico y al conflicto social. Algo que sucede, según sostenía, cuando el modelo imitado se convierte en un obstáculo al reconocimiento y la realización propios del imitador.[29] De acuerdo con Girard, la forma de imitación con más probabilidades de generar resentimiento y conflicto es la de los deseos. No solo imitamos medios, sino también fines; no solo instrumentos técnicos, sino, además, metas, objetivos, propósitos y formas de vida. Esta es la forma de emulación inherentemente cargada de estrés y controversia que, en nuestra opinión, ha ayudado a desencadenar la revuelta antiliberal actual.
Siguiendo a Girard, los seres humanos no quieren algo por su atractivo o su deseabilidad inherentes, sino tan solo porque otro también lo quiere, un razonamiento que hace que el ideal de la autonomía humana parezca ilusorio. La hipótesis se puede probar mediante la observación de dos niños pequeños en un cuarto lleno de juguetes, de los que «el más deseable» suele ser el que el otro niño tiene entre las manos.[30] Para Girard, la imitación de los objetivos de otros también va asociada a la rivalidad, a la animadversión y a las amenazas a la identidad personal. Resulta revelador que cuanta más confianza tienen los imitadores en aquellos a quienes imitan, menos confían en sí. El modelo al que se imita es inevitablemente un rival y una amenaza para el amor propio. Un hecho cuya verdad se pone mucho más de manifiesto cuando el supuesto modelo que se imita no es Dios todopoderoso que está en los Cielos, sino el vecino occidental.
La fragilidad de los argumentos hechos desde la etimología es notoria, pero probablemente valga la pena recordar que el significado original de «emulación» no era el de «admiración deferente», sino el de «competencia despiadada». El hijo quiere ser como el padre, pero este porta el mensaje subliminal de que la ambición del muchacho es irrealizable, lo que hace que él lo odie.[31] Se trata de un patrón no muy alejado de lo que observamos en Centroeuropa y en Europa del Este, donde, de acuerdo con los populistas, el imperativo de imitación de inspiración occidental hizo que pareciese que el destino de aquellos países era abandonar su venerable pasado y adoptar una nueva identidad liberal-demócrata, la cual, a decir verdad, nunca les pertenecería por completo. La vergüenza de haber reorientado las preferencias propias para amoldarlas a una jerarquía de valores foránea, el haberlo hecho en nombre de la libertad y el soportar miradas por encima del hombro por la supuesta incompetencia en el intento son las emociones y experiencias que han alimentado la contrarrevolución antiliberal comenzada en la Europa poscomunista, en concreto en Hungría, y que ahora se ha propagado como si hiciese metástasis por todo el mundo.
La forma en que Girard entiende las conexiones causales entre imitación y resentimiento, aunque está basada de manera casi exclusiva en el análisis de textos literarios, es, sin embargo, muy pertinente para comprender la revuelta antiliberal del mundo poscomunista.[32] Al llamar la atención sobre la naturaleza inherentemente conflictiva de la imitación, nos ayuda a ver la democratización que siguió al comunismo bajo una luz del todo nueva. La teoría elaborada por él sugiere que los problemas que afrontamos en la actualidad no descansan tanto en una reincidencia natural en los malos hábitos del pasado como en una reacción contra lo que se percibe como un imperativo de imitación dictado tras la caída del muro de Berlín. Mientras que Fukuyama confiaba en que la Era de la Imitación supondría un aburrimiento sin fin, Girard fue más profético, al pronosticar el potencial que tenía para incubar ese tipo de vergüenza existencial que puede alimentar una agitación explosiva.
Los orígenes de la revuelta antiliberal que hoy tiene lugar en todo el mundo radican en tres reacciones, paralelas, interconectadas y alimentadas por el resentimiento, a la condición presumiblemente canónica de los modelos políticos occidentales a partir de 1989. Esta es la tesis que queremos analizar y defender, tomando en debida cuenta sus puntos débiles de parcialidad, de incompleción y de carácter empírico. No pretendemos ofrecer un compendio integral y definitivo de las causas y consecuencias del antiliberalismo contemporáneo, sino enfatizar e ilustrar aquellos aspectos del relato que, a nuestro ver, aún no han sido objeto de la atención que merecen. Para organizar el análisis comparativo que llevamos a cabo de la imprevista eclosión de nativismo reaccionario y de autoritarismo que ha tenido lugar en todo el mundo, nos hemos apoyado en el concepto de «imitación política», articulado con flexibilidad y sin duda especulativo, pero esperamos que coherente y revelador. Con este propósito en mente, hemos estructurado esta obra del modo que sigue.
Comenzamos por analizar el comunitarismo intolerante del populismo centroeuropeo, en especial por parte de Viktor Orbán y Jarosław Kaczyński, para tratar de explicar cómo, en una serie de países en los que solo de forma reciente una élite liberal había abrazado la imitación de los modelos occidentales como el camino más rápido a la prosperidad y a la libertad, una parte importante del electorado empezó a ver dicha imitación como un sendero a la perdición. Examinamos el modo en que una contraélite antioccidental, mayoritariamente de provincias, comenzó a surgir en la región y a granjearse un considerable apoyo popular, sobre todo fuera de la red interconectada a nivel mundial de los centros urbanos, a base de monopolizar los símbolos de la identidad nacional desdeñados o devaluados en el proceso de «armonización» con las normas y reglamentos posnacionales de la Unión Europea. Asimismo, pretendemos mostrar la manera en que el proceso de despoblación de Centroeuropa y Europa del Este que siguió a la caída del muro de Berlín[33] ayudó a las contraélites populistas a captar el imaginario del público, mediante la denuncia del universalismo de los derechos humanos y del liberalismo de la apertura de fronteras como expresiones de la arrogante indiferencia de Occidente hacia la herencia y las tradiciones nacionales de sus propios países.[34] No sostenemos que el populismo centroeuropeo sea una víctima inocente de Occidente, ni que su programa se reduzca a la resistencia ante lo que consideran un imperativo de imitación o que el iliberalismo del que hacen gala sea la única respuesta posible a la recesión de 2008 y otras crisis de las democracias occidentales. Tampoco pasamos por alto la heroica lucha contra el populismo iliberal que hay en marcha en la región. Lo que afirmamos, por contra, es que el ascenso político del populismo no se puede explicar sin tener en cuenta el resentimiento generalizado por el modo en que el comunismo soviético sin alternativa (por imposición) vino a sustituirse, a partir de 1989, por el liberalismo occidental sin alternativa (por invitación).
Pasamos después al sentimiento de agravio de Rusia por lo que se percibió como una nueva ronda de occidentalización imperativa. Para el Kremlin, la desintegración de la Unión Soviética señaló la pérdida del estatus de superpotencia y, en consecuencia, de la paridad internacional con el adversario estadounidense. Tras haber sido un temible rival en igualdad de condiciones, Rusia se transformó prácticamente de la noche a la mañana en un caso perdido que imploraba apoyos y se veía obligado a fingir gratitud por los consejos de los asesores estadounidenses, bienintencionados pero con una pobre preparación. Para el país, la imitación nunca iba a ser sinónimo de integración. A diferencia de Centroeuropa y de Europa del Este, no era un serio candidato a miembro de la OTAN o de la Unión Europea; era demasiado grande y tenía demasiadas armas nucleares, así como un sentido de la propia «grandeza histórica» que no le permitía convertirse en un socio menor de la alianza occidental.
La primera respuesta del Kremlin a la preeminencia global del liberalismo fue una suerte de «simulación», como la que adoptaría una presa relativamente indefensa para evitar el ataque de depredadores peligrosos. La actitud de la élite política rusa en el momento inmediato al colapso soviético no fue, de ningún modo, uniforme, pero la mayoría encontró muy natural llevar a cabo una teatralización de la democracia, puesto que habían estado teatralizando el comunismo durante por lo menos dos décadas antes de 1991. Los reformadores liberales de Rusia, como Yegor Gaidar, sentían una admiración genuina por el sistema democrático, pero estaban convencidos de que, con el vasto territorio del país y dada la tradición autoritaria que había conformado la sociedad durante siglos, propiciar una economía de mercado era imposible bajo un Gobierno que recogiese de manera legítima la voluntad popular. La creación de la «democracia imitativa» en la Rusia de los noventa no conllevó ninguno de los arduos trabajos de un desarrollo político auténtico. Se trató, en esencia, de levantar una fachada Potemkim que recordase sin más, de manera superficial, a la democracia. La mascarada fue efectiva en la medida en que, durante un difícil periodo de transición, redujo la presión occidental para introducir unas reformas políticas que, mientras que no daban lugar a un Gobierno responsable, podrían haber puesto en riesgo un proceso de privatización económica ya de por sí traumático e inevitablemente corrupto.
Hacia 2011-2012, la farsa democrática había sobrevivido a su propia utilidad. Los dirigentes rusos cambiaron entonces a una política alimentada por el resentimiento, con base en una vehemente parodia, cuyo estilo imitativo era de una descarada hostilidad y venía cargado de intenciones provocativas. Un hecho que un insípido análisis de la imitación de la política exterior en tanto que «aprendizaje observacional» apenas puede captar.[35] Nosotros preferimos definirlo como «reflejo». La gente del Kremlin, exasperada por lo que veía como una exigencia apremiante y fútil de que Rusia imitara una imagen idealizada de Occidente, decidió imitar en su lugar lo que percibía como los patrones de comportamiento más odiosos de la hegemonía estadounidense, para «sostener un espejo» ante el mundo occidental y mostrar a todos los aspirantes a misioneros lo que de verdad parecían cuando se los despojaba de sus autocomplacientes pretensiones. El reflejo es una manera que tienen los otrora imitadores de vengarse de sus pretendidos modelos, al revelar sus poco atractivos defectos y su irritante hipocresía. Lo que da significancia a este furor por el desenmascaramiento es que el Kremlin, a menudo, se dedica a él como un fin en sí mismo, con independencia de cualquier beneficio adicional que se pueda esperar que coseche para el país, e incluso a expensas de costes considerables.
Los encargados de organizar y perpetrar las injerencias rusas en las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2016, por aludir al ejemplo más destacado de este enfoque «reflejo» y de su burlón carácter irónico, las entendían como un intento de duplicar lo que el Kremlin consideraba como las injustificadas incursiones occidentales en la vida política de Rusia. El propósito explícito no era tanto la elección de un candidato afín como enseñar a los estadounidenses cómo es y cómo se vive la injerencia foránea en la vida política del propio país. Junto con este objetivo pedagógico, también se pretendía, mediante el reflejo, poner de relieve la debilidad y la vulnerabilidad de un altanero régimen democrático.
En otras palabras, tras haber simulado la responsabilidad política ante los ciudadanos en los años noventa, en la actualidad, defendemos, el Kremlin ha perdido todo el interés en pantomimas democráticas. En lugar de hacer como si imitasen el sistema político nacional de Estados Unidos, Putin y su séquito prefieren imitar el modo en que aquel interfiere de forma ilícita en la política interior de otras naciones. Desde un enfoque más general, el Kremlin pretende sostener un espejo en el que Estados Unidos pueda contemplar su propia tendencia a violar unas leyes internacionales que finge respetar. Y lo hace con una gran condescendencia, con el objetivo de humillar a los estadounidenses y de ponerlos en su lugar.
El resentimiento que ha generado la americanización constituye una explicación convincente (aunque sea solo parcial) del iliberalismo interno de Centroeuropa y de la beligerante política exterior de Rusia. Pero ¿qué sucede con Estados Unidos? ¿Por qué iban tantos estadounidenses a dar su apoyo a un presidente que ve el compromiso del país con el orden mundial liberal como su punto débil más notable? ¿Por qué iban a aceptar de forma implícita los seguidores de Trump la excéntrica idea de que Estados Unidos ha de dejar de ser un modelo para otros países y, quizá, incluso rehacerse a la imagen de la Hungría de Orbán o de la Rusia de Putin?
Trump se ganó tanto el apoyo popular como el empresarial al declarar que Estados Unidos era el gran perdedor de la americanización del mundo. La inusitada aceptación pública de una divergencia semejante, con respecto de la altanera corriente principal de la cultura política estadounidense, pide a gritos una explicación. En vista de que los rusos y los centroeuropeos abominan de la imitación como algo negativo para el imitador y beneficioso solo para el imitado, en un primer momento resulta chocante que algunos estadounidenses puedan repudiarla como algo negativo para el imitado y beneficioso solo para el imitador. Desde luego, el resentimiento de Trump ante un mundo repleto de países que aspiran a emular a Estados Unidos nos puede parecer anómalo, hasta que comprendemos que, para sus partidarios estadounidenses, los imitadores son una amenaza, por cuanto aspiran a reemplazar al modelo al que imitan. El miedo a la suplantación y a la desposesión bebe de dos fuentes: la inmigración, por un lado, y la presencia de China, por el otro.
La primera vez que Trump expresó esta idea distintiva, en los años ochenta, ni el mundo empresarial ni la ciudadanía se tomaron en serio la improbable imagen de Estados Unidos como una víctima maltratada por admiradores e imitadores. Así que, ¿por qué de repente comenzó a captar poderosamente la atención de ambos durante la segunda década del siglo XXI? La respuesta subyace en las penurias de los estadounidenses blancos de clase media y trabajadora, así como en la emergencia de China como una competidora económica de Estados Unidos, mucho más peligrosa de lo que nunca lo hayan sido Alemania o Japón. Los votantes blancos están convencidos de que China roba puestos de trabajo a Estados Unidos, y el mundo empresarial cree que esta le hurta la tecnología, algo que ha ayudado a que el excéntrico discurso de victimización de Estados Unidos de Trump gane una burda credibilidad de la que nunca había gozado antes, a pesar de romper de forma radical con la imagen tradicional que el país tiene de sí mismo.
El ejemplo anterior ilustra cómo no solo el émulo, sino también el modelo, puede llegar a resentirse de las políticas de imitación, y la forma en que, en este caso, el dirigente del país que ha levantado el orden mundial liberal puede tomar la decisión de hacer todo lo que esté en su poder para echarlo abajo.
Por otra parte, encontramos un final natural para nuestro hilo de razonamiento en la ascensión de una China internacionalmente asertiva, con disposición para refutar la hegemonía estadounidense, pues este hecho señala el final de la Era de la Imitación tal y como la entendemos. En la carta de dimisión que el secretario de Defensa James Mattis presentó, en diciembre de 2018, al presidente de Estados Unidos, dejaba escrito que los dirigentes chinos «quieren dar forma a un mundo acorde con su modelo autoritario». Sin embargo, no pretendía insinuar que su aspiración sea persuadir a otros países para que adopten los «valores asiáticos» o imponérselos, ni alentarlos a que tracen «características chinas» en los sistemas políticos o económicos propios. Buscan influencia y respeto, pero no la conversión mundial a las ideas de Xi Jinping. Su objetivo, decía el escrito de Mattis, es «obtener la autoridad de veto sobre las decisiones de otras naciones relativas a la economía, la diplomacia y la seguridad, para impulsar sus propios intereses a expensas de sus vecinos, así como de Estados Unidos y de sus aliados».[36]
El enfrentamiento que se avecina entre Estados Unidos y China está destinado a cambiar el mundo, pero se centrará en el comercio, en el acceso a los recursos y a la tecnología, en las respectivas áreas de influencia y en la capacidad de conformar un entorno global en el que los intereses nacionales y los ideales tan diferentes de ambos países puedan cohabitar. No constituirá un conflicto entre dos visiones universales sobre el futuro de los seres humanos, en el que cada parte trate de ganarse aliados mediante la conversión ideológica y el cambio revolucionario de régimen. En el sistema internacional actual, las asimetrías del poder desnudo han comenzado a reemplazar a las supuestas asimetrías morales. Esto explicaría por qué la descripción de la rivalidad china-estadounidense como «una nueva Guerra Fría» no sería precisa. Las alianzas se disuelven y se refunden de forma caleidoscópica, los países abandonan asociaciones ideológicas duraderas por efímeros matrimonios de conveniencia. Aunque es imposible predecir las consecuencias, no se va a materializar una repetición de ese conflicto de cuarenta años que tuvo lugar entre Estados Unidos y la URSS.
Lo que plantea el impresionante auge de China es que la derrota del ideal comunista en 1989 no supuso, después de todo, la victoria indiscutible del ideal liberal. De hecho, el orden unipolar ha perfilado un mundo mucho menos acogedor para el liberalismo de lo que nadie hubiera predicho entonces. Algunos analistas han señalado que en 1989, al suprimirse la competencia de la Guerra Fría entre dos ideologías universales rivales, se hirió de muerte al propio proyecto de la Ilustración, en sus encarnaciones tanto liberal como comunista. El filósofo húngaro G. M. Tamás ha llegado a ir más lejos, al alegar que «tanto la utopía liberal como la socialista» fueron «derrotadas» en 1989, lo que señaló «el fin» del «proyecto de la Ilustración» en sí mismo.[37] Por nuestra parte, no somos tan fatalistas. Después de todo, aún puede salir a flote la capacidad de los dirigentes americanos y europeos para gestionar juiciosamente el declive de Occidente. Es posible que se identifique y que se siga una vía hacia la recuperación liberal, con base en unos fundamentos que sean al mismo tiempo familiares y novedosos. En el presente, las probabilidades de una renovación semejante parecen escasas. Con todo, los regímenes y movimientos antiliberales de los que aquí tratamos, quizá por su carencia de una visión ideológica que resulte atractiva en términos generales, pueden revelarse efímeros e históricamente intrascendentes. La historia, como todo el mundo sabe, es una incursión en lo desconocido. Sin embargo, sea lo que sea lo que nos depara el futuro, podemos no obstante empezar por tratar de comprender cómo hemos llegado hasta donde estamos hoy.