El impacto había sido brutal. El hielo causado por las bajas temperaturas en Madrid aquel invierno había provocado que su coche se descontrolase, que sus manos se agarrasen al volante con tanta fuerza que los músculos se tensaran hasta dolerle. Pero aun así no pudo evitar el camión que venía de cara. Lo último que escuchó fue un estruendo antes de quedar atrapado entre el amasijo de hierros de aquel Audi rojo.
El sonido de las ambulancias y los bomberos envolvió el lugar. Luces, voces, gritos. Una imagen esperpéntica para un sábado por la noche. Sangre, humo y órdenes muy concretas: sacar aquel cuerpo del coche rojo. Los especialistas se afanaron en hacerse paso entre todo aquel conglomerado para encontrar a los heridos. Era su trabajo y, pese a mancharse de sangre, lo llevaban a cabo aguantando el tipo.
Uno de ellos llegó hasta el conductor y pudo observar la sangre que cubría su rostro, su camisa blanca teñida de rojo y la extraña postura que ofrecía su cuerpo. Colocó los dedos en su cuello, sabiendo que no encontraría pulso. Daba igual, debían sacarlo de allí. Los sanitarios serían los encargados del siguiente paso.
En ese momento oyó un gemido y se dio cuenta de que a su lado, en el asiento del copiloto, había alguien atrapado por el salpicadero.
—¿Estás bien? Tranquila...
Una chica llena de arañazos lo miró con miedo. Seguidamente volvió su rostro hacia el conductor.
—¡¡¡Papááááááááá!!!
—¿No estás ansiosa por que llegue mañana?
Miré a Lea con cara de aburrida. ¿Ansiosa? ¿Acaso la universidad iba a suponer un gran cambio en mi vida? Profesores, exámenes y más alumnos agilipollados por las hormonas. ¿Algo nuevo?
—Estoy tan ansiosa que no sé si pintarme los labios de rojo o de rosa —respondí observando a Adam, el camarero del bar El Rincón, donde solíamos ir porque nos pillaba cerca de casa.
—Cojones, Alexia, estás de un humor de bulldog.
—Querrás decir de perros.
Lea, mi mejor amiga, solía usar dichos, pero los modificaba siempre a su bola. Era alocada, risueña, divertida. Y guapa: pelo rubio, corto y con un flequillo más largo hacia un lado. Sus labios siempre rojos reclamaban ser besados y su cuerpo voluptuoso pedía a gritos un poco de guerra. Era un par de centímetros más alta que yo, metro sesenta y siete, y vestía siempre a la última.
—Es que tú tienes en la cabeza las pelis esas americanas —le dije cogiendo el botellín de cerveza—. El baile de fin de curso, el alumno guapo que te persigue por los pasillos y las tontas aquellas con eso en las manos...
—Los pompones de las animadoras —especificó riendo—. Y estoy segura de que habrá material nuevo.
Alzó sus cejas y sacó la lengua en plan viciosa. La miré negando con la cabeza.
—Si vas con esa mala leche los vas a espantar —añadió.
—Me la suda, Lea. No tengo ninguna intención de ligar en la universidad.
—Pues yo no tengo otra cosa en mente —dijo mirando hacia el techo—. Ayer conocí a un tío por el chat que me tiró los trastos a los cinco segundos y no veas qué morbazo.
—No sé cómo te fías de esos chats...
Bueno, yo tampoco era manca en ese tema, aunque lo mío era distinto. Había conocido días atrás a un tipo en Instagram: D. G. A. El chico hizo un comentario sobre música diciendo que el cantante Porta era el rey del rap y yo le contradije diciéndole que el rey siempre fue y sería Eminem. A partir de ahí surgió un pique entre los dos hasta que entró en mi privado para tontear conmigo. No era el primero que lo intentaba y muchas veces pasaba de responder a según qué tonterías. Pero D. G. A.me había llamado la atención.
—No me voy a casar con ellos, Alexia. Es una manera más de conocer gente y de divertirme. ¡Ah!, no, calla, que tú hoy has borrado esa palabra del diccionario —dijo bizqueando y mirándose la nariz.
Me reí porque era una payasa.
—Venga, te voy a confesar algo —le dije relajando mi humor.
—¿Sexo telefónico? ¿Te has estrenado?
Puse los ojos en blanco, algo que mi madre odiaba y yo solía hacer a menudo, sobre todo para fastidiarla.
—No te pases... El otro día respondí a un privado en Instagram de un tal D. G. A.
Lea me miró entornando sus ojos.
—Mmm... interesante. ¿Y qué?
—Es divertido —respondí mirando hacia el baño del bar.
—¿Nada más, sosa?
—Por ahí sale tu ex —dije para cambiar de tema.
Alberto, su último capricho, salía del baño. No nos había visto y su mirada al frente lo corroboraba.
Lea lo había dejado con él un par de semanas atrás y el chico se había quedado hecho polvo. Era habitual del bar y vecino de nuestro barrio.
—¿Lo llamo? —le pregunté para picarla.
—Ni se te ocurra. Es un psicópata de mucho cuidado. Ayer me mandó un ramo de rosas al centro de mi madre.
Su madre era esteticista y tenía un centro bastante decente a dos calles de allí.
—Joder —le dije riendo—. Eso te pasa por enamorarte en dos días y desenamorarte en medio.
Lea era así, una enamorada del amor, de los chicos, del sexo y de la vida en general. Siempre estaba en una nube, a todos los chicos les veía algo y a Alberto, en concreto, le vio una buena tranca. Eso lo dijo ella, que conste en acta.
—Alberto... —susurré cantando.
Lea me miró riendo y me señaló con el dedo.
—No te pases un pelo porque te meto en un lío en menos que canta un pato.
—¿Un pato? Qué miedito... —le dije haciendo aspavientos con las manos.
Lea me pilló el móvil de la mesa y me miró como una gánster.
—Llamando a Gorka...
—¿Qué vas a decirle?
—Que me cante Estopa —respondió ella sonriendo.
¡La madre que la parió!
—¡Alberto!
Le indiqué a Alberto con la mano que se acercara y él me miró sorprendido hasta que vio a Lea delante de mí y sonrió.
—Mala people... —me dijo Lea en voz baja antes de que llegara Alberto a nuestra mesa.
—Mala suerte —contesté sonriendo y aleteando mis pestañas—. Alberto, ¿qué tal? —le pregunté con simpatía.
El muchacho era guapetón, rubio como mi amiga y con unos ojos pequeños y achinados que desaparecían cuando reía.
—Bien, bien, ¿y vosotras?
Su mirada estaba puesta en Lea y ella le ofreció una sonrisa más bien falsa. Quizá los demás no lo notaran, pero yo lo veía a leguas. Hacía apenas año y medio que éramos amigas, pero desde el primer día nuestra conexión había sido brutal. Yo había llegado nueva al instituto y ella había estado a mi lado en todo momento, hasta cuando la mandaba a la mierda porque no quería saber nada de nadie.
Hasta entonces había viajado con mi padre por todo el mundo porque él trabajaba para una empresa multinacional de importación y exportación y era el encargado del servicio de postventa. Aunque no teníamos residencia fija, me encantaba viajar y conocer diferentes culturas. Lo había mamado desde que era una enana. Había tenido la oportunidad de aprender muchos idiomas y de vivir experiencias únicas como observar de cerca una boda masái cuando estuvimos en Kenia o visitar la Pirámide de Keops en El Cairo. De ahí mi pasión por los idiomas y de ahí que escogiera Traducción e Interpretación entre los miles de salidas universitarias.
Lea iba a estudiar lo mismo, aunque su motivación era puramente económica. Era lista, sacaba buenas notas sin trabajar mucho y buscó una salida laboral que le pudiera aportar un buen beneficio económico. Siempre decía que se iría a Nueva York a trabajar en la sede de la ONU como traductora y que se haría un vestido de dólares americanos; como Lady Gaga, pero en vez de con filetes de carne cruda con billetes verdes.
—Aquí andamos, hablando de la uni —le dijo Lea dándole a entender que no tenía muchas ganas de charlar con él.
—¿Empezáis mañana? —preguntó entusiasmado.
Él estudiaba segundo de Derecho, aunque en otro campus. Lea y yo habíamos investigado sobre las diferentes posibilidades que ofrecía nuestra ciudad. Al final el campus Madrid On había salido como la opción ganadora.
Estaba en las afueras de la ciudad, a unos veinte minutos en autobús desde nuestro barrio. Habíamos escogido esa universidad porque era muy nueva, contaba tan solo con cinco años de antigüedad. Además, disponía de unas modernas instalaciones que nos conquistaron nada más verlas: un gigantesco y cálido anfiteatro, unos laboratorios de lengua dotados con aparatos de última tecnología, unas amplias salas de ordenadores, un bar enorme con diferentes espacios, una zona verde inmensa y una biblioteca de dos pisos que no tenía nada que envidiar a la de Harry Potter. ¡Ah! Y una piscina olímpica que pertenecía a la facultad del INEF, pero que podíamos disfrutar con un pase universitario.
—Mañana a las ocho y media —le dije yo—. ¿No coincidiremos en el autobús, Alberto?
Lea me miró echando chispas por los ojos.
—No, no, yo voy con la moto... Si quieres... —respondió él mirando a mi amiga.
Lea le cortó antes de que terminara la frase.
—En la moto no cabemos los tres, gracias. —Su sonrisa falsa se ensanchó.
—Bueno, quizá podemos quedar un día de estos... —comentó él precavido.
—¿Para ir al cine? —pregunté yo con una risilla.
Lea me miró un segundo y la entendí a la primera: o te callas o te clavo un palillo en el ojo. Me reí mentalmente y decidí no putearla más.
—Voy al baño —les dije escapando de sus rayos X.
—Alexia.
Me volví ante el tono de súplica de Adam, el camarero. Se acercó a mí con la bandeja entre las manos.
—Esto... ¿haces algo mañana?
—¿Mañana? —repetí para darme tiempo a pensar.
Sabía que Adam me echaba miraditas, pero no me esperaba que se atreviera a pedirme una cita. A ver qué le decía... Era un tipo alto, de nuestra edad, que llevaba el pelo cortado a lo militar y con unas gafas de culo de vaso que dejaban mucho que desear. Adam no era mi tipo. A ver, no tenía un tipo determinado, pero lo primero que necesitaba era que me entraran por los ojos. No, no digo que tuviera que estar megabueno, sino que tuviera algo..., una mirada profunda, unos labios bonitos, una conversación interesante... Y Adam era plano para mí.
—O cuando puedas —dijo en un hilo de voz.
Pensé en ese momento que salir con él en plan amigos podía ser una opción. ¿Por qué no?
—Oye, ¿vamos al cine un día de estos?
—¿En serio? —preguntó ilusionado.
Quizá la estaba cagando con él, pero el muchacho me caía bien.
—Claro. Mira la cartelera y me dices algo, ¿ok?
—Genial —dijo más relajado.
Cuando sonreía, se le formaba un bonito hoyuelo en una de sus mejillas. Si te fijas con la atención suficiente, todo el mundo tiene algo especial.
Cuando regresé del baño, Lea ya se había quitado de encima a Alberto.
—Esta me la pagas —dijo haciéndose la ofendida.
—Eso te pasa por jugar con mi móvil.
Lea me miró sonriendo y se volvió hacia Adam.
—¿Y puedo saber por qué nuestro camarero nuevo tiene esa cara de flipado?
—Hemos quedado.
—¿Para? —preguntó entornando los ojos.
—Para ir al cine y eso.
Me miré las uñas color rosa fucsia para no ver lo que decían sus ojos.
—Y si te cachondeas, te voy a mandar a la mierda, ¿lo sabes? —Volví de nuevo la vista hacia ella.
—Yo no digo nada.
Hizo el gesto de cerrarse la boca como si fuera una cremallera, pero a los cinco segundos la volvió a abrir. Puse los ojos en blanco.
—¿Qué? —le dije resignada.
Fuera lo que fuese me lo iba a decir igual...
—Pilla tú condones, dudo que Adam lleve en la cartera.
La miré mal y ella alzó las manos a modo de rendición.
—Yo solo te aviso...
Le sonreí en una mueca y ella se echó a reír con ganas.
Realmente la adoraba, no podía negarlo.
Lea vivía a tres calles de mi casa y me acompañó hasta el portal. Eran casi las diez de la noche, un poco tarde, pero me daba igual. Sabía que, aunque llegara antes, mi madre buscaría cualquier otra excusa para meterse conmigo: tienes la habitación desordenada, no has cepillado al gato o deberías aprender a planchar la ropa. Tonterías varias que le servían para tocarme la moral.
Entré en mi casa pensando en lo mucho que me gustaría vivir por mi cuenta, pero, de momento, no era posible. En cuanto pudiera, me largaría de allí, lo tenía clarísimo. Me iría a vivir sola o compartiría piso como hacían muchos otros estudiantes.
—Menuda hora de llegar —soltó mi madre nada más oírme entrar.
—La misma que cada día —respondí con desprecio.
Mi madre estaba en su despacho. Era una mujer alta, elegante, que solía llevar su pelo castaño con algunos reflejos dorados, igual que el mío, recogido en una coleta tirante. Era una abogada de renombre y poseedora de uno de los bufetes más prestigiosos de Madrid. Todo eso debido a su constancia, a su esfuerzo durante años y a su rechazo a criar a su hija. Hija que, de repente, le había caído del cielo y que tenía que educar sin saber cómo.
Mi madre vivía sola en aquel dúplex vanguardista, estaba forrada de dinero, aunque le costaba soltar billetes, y era una de aquellas personas que no tenían pareja porque estaban acostumbradas a ir a su rollo. No es difícil imaginar lo que le supuso que yo apareciera en su vida, a mis diecisiete años, en plena adolescencia y con mi afecto hacia ella en menos ¿cien?
—Si quieres cenar, tú misma.
Ya lo sabía. Si no estaba a las nueve en la cocina, no había cena. Al principio pensé que ella acababa comiéndose mi ración, pero un día vi la comida en el cubo de la basura. Aquello al principio me dolió. Vale, yo era una niñata que no sabía llegar a la hora, pero ¿no se suponía que ella era la madura? ¿Tirar la cena a la basura para que yo tuviera que comer cualquier otra cosa?
En el año y medio que llevaba allí había aprendido a cocinar. No iba a acatar sus normas de esa manera. Y si antes la odiaba, ahora la repudiaba.
Abrí la nevera y me preparé unos filetes rebozados. Cené con la única compañía de la televisión y cuando acabé lo recogí todo para no oírla más. Cuanto menos tuviera que decirme, mejor.
El primer día que pisé aquella casa, mi madre me miró como si fuera casi una extraterrestre. Cogió mi maleta como si le diera asco y me enseñó mi habitación. Era toda blanca, con una cama nido sin cabezal y con un nórdico blanco. Una mesa roja con patas de metal, una silla también blanca y un armario empotrado con las puertas vestidas del mismo blanco. ¿Se podía tener menos gusto? Era tan impersonal como la habitación de un hospital y me sentí como si me hubieran metido en un psiquiátrico. Lloré durante unos minutos hasta que, todavía con lágrimas en los ojos, me dediqué a decorar aquel cuartucho con algunas de mis fotos, un par de dibujos de una amiga y las cuatro cosas que traía en la maleta.
Ella no me quería, pero yo a ella menos.
Apareció de repente en la cocina.
—Alexia, estamos casi a mitad de mes y si continúas a este ritmo te quedarás sin dinero.
Tenía una paga mensual que me ingresaba directamente en mi cuenta y que administraba yo, pero parecía que mi madre la controlaba constantemente a través de la pantalla de su móvil.
—Es mi problema —le dije en un tono aburrido.
—Si no tienes para coger el autobús, tendrás que ir andando. Yo no voy a pagar nada, ya hago bastante.
¿Bastante? Mi madre también cobraba por tenerme ahí; mi padre lo había dejado todo bien atado y cubría con ese dinero todos los gastos que yo pudiese generar en aquel piso.
—Ya conseguiré el dinero de otro modo. —Me miró atenta y aproveché el momento para hundir un poco más nuestra relación—. ¿Sabes que hay chicos que pagan por hacerles una mamada?
—Si vuelves a hablar así, te echo de esta casa.
Su tono grave me supo a hiel. Gilipollas. Ella tenía las de ganar y yo las de perder, así que mejor retiraba la artillería. Me dirigí al piso de arriba, hacia el único lugar de aquel enorme dúplex donde no me sentía tan mal.
Me di una ducha rápida en el baño que, por supuesto, tenía mi habitación y dejé que mi larga melena se secara al aire mientras colocaba bien mis pintalabios. Los coleccionaba y tenía cientos y de todo tipo: de barra, labial líquido, brillo de labios, en crema, en rotulador... Y con todos los efectos posibles: mates, semimates, brillantes, satinados, de larga duración... Me gustaba llevar los labios pintados, incluso en casa, así que cogí un brillo rosa y reseguí mis labios. Me miré en el espejo y arrugué la nariz. Me parecía bastante a mi madre con esos ojos grandes y expresivos, esa nariz pequeña y una boca perfilada en un rostro ovalado que en general agradaba. No era tan alta como ella, pero medía metro sesenta y cinco y tenía un cuerpo atlético gracias al deporte. Este verano me había dedicado a salir a correr y le había cogido el gustillo.
Oí a mi madre pasar por delante de mi habitación. Hablaba por teléfono y reía como una gallina clueca. Sí, sabía reír, pero no conmigo. Conecté los auriculares al móvil y me puse a escuchar a Eminem. En ese momento me acordé del tipo de Instagram y abrí la aplicación para hablar con él. Me había escrito durante aquella misma tarde.
Sigues sin atinar.
Se refería a las iniciales de su perfil. ¿D. G. A.? A saber. Le había escrito varias opciones: Diego, David, Dylan, Damián, ¿un Divertido Gato Asqueroso?, ¿un grupo de rap con esas letras?... Nada.
Me rindo
Sonreí al ver que me contestaba al segundo.
Ya sabes que tendrás que acompañarme al concierto de Porta.
Leí su mensaje un par de veces. Qué listo...
Yo te dije qué significaba L. P. sin coacción.
¿No serás abogada?
¿No serás tú un asesino en serie?
D. G. A. tenía cero fotos en su perfil, así que no podía saber si mentía, si realmente era joven o viejo, o si era un chalado. De mí tampoco podía descifrar demasiado porque no subía fotos mías. Odiaba el postureo y solo solía subir alguna foto de algún libro, alguna película o algún grupo de música que me apasionaba. Mis siglas se referían al significado de mi nombre: Alexia, la protectora.
Jajaja, vas mal... D... Dios
¿Dios? ¿El nombre de un dios? Claro, un dios griego...
Dios Griego Apolo o Adonis. Si eres listo, supongo que serás Apolo, porque, aunque los dos eran guapos, Adonis no usaba demasiado su cerebro. ¿Con cuál nos quedamos?
D. G. A. tardó unos segundos en responder y sonreí satisfecha por mi respuesta. Estaba segura de que había acertado.
Vaya, vaya, me has dejado impresionado, letrada. Me quedo con Apolo. Pero me debes un concierto porque has necesitado el comodín del público.
El chico era insistente y me halagaba que alguien que no sabía ni qué cara tenía quisiera invitarme a salir. Quizá lo de Apolo era una manera totalmente antagónica de describirse y era un tipo realmente feo..., pero me daba igual porque no iba a tener una cita con un desconocido. No era tan idiota. Le escribí con la intención de cambiar de tema.
¿No crees que más bien eres un Adonis? Lo digo porque eres tú mismo el que se llama tío bueno, ¿es lo normal en tu vida?
Jajaja, es una segunda cuenta que solo uso para ligar.
Joder con el tipo este. No tenía pelos en la lengua.
De ahí que no tengas fotos, vale. Empiezo a pensar que eres un cardo borriquero.
Me reí al escribir aquello porque sabía que le picaría.
Mala mujer. ¿Qué más te da si soy guapo o no? Lo importante es el interior.
Casi ni te leo de lo usada que está esa frase.
Jajaja, ¿sabes? Me gustas.
Me mordí los labios al leer aquel comentario y sonreí con malicia.
¿Sabes? Conmigo lo tienes jodido. Hora de dormir, Adonis.
Me van los retos, mi protectora. Llámame Apolo, por favor. Buenas noches.
Salí de Instagram y dejé mi teléfono en la mesita con una amplia sonrisa. D. G. A. tenía algo que me atraía. Una mezcla de frescura, osadía y desfachatez que lo hacía diferente.
Dios Griego Apolo... Menudo nick.
Sangre, luces azules, gritos y yo buscando mis piernas. Estaba en el coche de mi padre y él me gritaba: «¡Alexia, tus piernas! ¡¡¡Alexia!!!». Miraba hacia abajo y tenía las piernas cortadas a la altura de mis muslos. Salía mucha sangre... tanta que sabía que iba a morir... ¡¡¡Papááááááááá!!!
Me levanté de golpe de la cama, sudando, con el pulso acelerado, temblando y gimiendo.
—Joder...
Coloqué una de mis manos en mi boca para no hacer ruido. Cuando empecé a tener pesadillas mi madre me dio un toque: «Deja de gritar por las noches, Alexia, ya no eres una cría». Ahora procuraba no llorar en alto y no chillar, aunque no siempre lo lograba. No quería darle más razones para meterse conmigo.
Me tumbé en la cama y cerré los ojos, pero no pude dormir. Miré el móvil: las cinco de la mañana. Abrí de nuevo Instagram.
Me fui a la cama pensando en ti, mala mujer.
¿Qué edad tendría ese tal Adonis? Su juego inicial había logrado que me picara la curiosidad: el trato era nada de datos personales ni de fotos. Según él, quería saber si podíamos conocernos sin saber apenas nada el uno del otro. Cuando lo leí, primero pensé que estaba chiflado, pero después... después me gustó y logró que le siguiera el rollo.
Adonis, ¿no querrás que me crea eso?
Supuse que estaría durmiendo así que me dediqué a dar likes a varias cuentas de amigos que tenía esparcidos por el mundo: Tokio, Nueva York, París, Shangai, Londres, Los Ángeles, Moscú, Estambul, Bangkok... y algunas ciudades que ni recordaba porque era muy pequeña cuando había estado en ellas. Había viajado siempre junto a mi padre y había estado rodeada de canguros féminas que se desvivían por mí. Mi padre trabajaba mucho y no podía estar las veinticuatro horas del día conmigo, pero procuraba que mis cuidadoras fueran las mejores de la ciudad. Y siempre había acertado, excepto con mi propia madre.
¿Cómo podía ser que ella no sintiera nada por mí?
Aquella pregunta me la había hecho muchas veces. Me parió y no se lo pensó dos veces al darle la custodia a mi padre. Ella tenía una carrera prometedora por delante, la pareja no funcionaba y creía que no serviría para educar a un bebé. Me respondía a mí misma que debía de faltarle el instinto maternal. Se quedó preñada sin querer y mi padre no dejó que abortara, prometiéndole que todo iría bien. Pero la realidad fue otra, porque al cabo de un mes yo provoqué la ruptura definitiva entre ellos: pañales, gritos, malos olores y horas sin dormir... Fue demasiado para mi progenitora y llegaron al simple acuerdo de que mi padre me criaría y que cuando pasásemos por Madrid mi madre podría verme o estar conmigo.
En todos esos años nos habíamos visto en una docena de ocasiones, no más. Y a los ocho años le dije a mi padre que no quería verla más.
—Papá, no me gusta estar con ella. Me mira como si fuera un bicho raro y le molesta todo lo que hago...
Y ahora, joder. Ahora con dieciocho años me veía atada de pies y manos por voluntad de mi padre. Vale, no era una chica fácil. Había probado la hierba, el chocolate y había bebido más de la cuenta en alguna ocasión. Y sí, mi padre me había pillado liándome con un tío en el sofá de nuestro apartamento en Londres y en otra ocasión, esta vez en París, en el coche con un vecino. Pero, joder, tenía la edad propia de hacer locuras. No era una desmadrada ni una santa, solo tenía ganas de vivir la vida y de divertirme, nada más.
Si hubiera sido más razonable, quizá mi padre habría confiado en mí, pero no había sido así y ahora me tocaba vivir con mi madre. Menuda mierda, convivir con ella, con la abogada de trajes Armani que me miraba como si yo fuera un parásito. Me sentía encarcelada. Con mi padre todo era mucho más sencillo. Tenía que dar explicaciones de lo que hacía o dejaba de hacer y a veces me caían broncas de campeonato, pero había algo que jamás me había faltado: amor.
Abrí el cajón de mi mesilla y saqué mi cuaderno verde con topos dorados. Sus páginas eran las únicas que sabían todo lo que había pasado: quién era antes del accidente, en quién me convertí después. Todo lo que pasó. En él estaban plasmadas mis lágrimas, mis enfados, mi dolor... En ese cuaderno era yo sin maquillaje, estaba al desnudo.
Leía de vez en cuando algunas páginas, aunque muchas de ellas me las sabía de memoria. Y escribía en él cuando sentía la imperiosa necesidad de sacar mis sentimientos.
Aquella libreta me la regaló Antxon cuando cumplí los dieciséis. Casi un mes después él cumplía los dieciocho.
—Para que escribas en ella todo lo que quieras, lo que sientes, lo que piensas, lo que deseas, tus sueños, tus amores...
Me reí cuando Antxon dijo aquello y él sonrió.
—Ahora mismo paso de amores —le repliqué riendo.
—Ya llegará el día, enana...
Me revolvió el pelo, como solía hacer a menudo de forma cariñosa.
Todo aquel amor era el que echaba tanto de menos...
Lea y yo nos encontramos en la parada del bus. Ella llevaba una falda bien corta y un top que mostraba su abdomen liso. Yo me había puesto vaqueros oscuros con un par de rotos en las rodillas y una camiseta gris que me compré en París donde se leía: OUI, C’EST MOI. No me apetecía ir dando la nota el primer día.
—Qué sexi —me dijo con ironía.
—Es lunes y vamos a la universidad, no a una fiesta de mojitos.
Lea sonrió y me miró de cerca.
—¿Qué haces? —le pregunté dando un paso atrás.
—Tienes ojeras.
Tener una madre esteticista hacía que Lea se fijara en cualquier cambio, mancha o peca de mi rostro. Pero no era solo eso: sabía que las bolsas de mis ojos estaban directamente relacionadas con mis noches sin dormir. Sin nombrar las pesadillas, sacó un miniespejo de su bolso rosa y me lo tendió. Lo cogí resoplando y me miré.
—Toma —me dijo, y me dio un corrector antiojeras.
—Qué suplicio contigo.
Le di la espalda y me apliqué aquel corrector. Me miré y junté mis labios rojo cereza.
—Mucho mejor —asintió aleteando sus pestañas cargadas de rímel mientras subía al autobús.
Cuando llegamos a nuestro destino, ambas nos miramos con complicidad. Habíamos estado allí antes de escoger aquella universidad como mejor opción, pero en ese momento me pareció que estaba en un sitio desconocido debido a la inmensa cantidad de estudiantes que circulaban por allí.
El campus estaba formado por varias facultades que ofrecían diferentes grados. Nuestra facultad era la de Filología, donde se impartía el grado de Traducción e Interpretación junto a otros como Filología Clásica o Lenguas Modernas y sus literaturas, entre otras muchas. Los edificios estaban situados alrededor de una plaza enorme de adoquines de colores y estaban rodeados de multitud de zonas verdes. Podías acceder a ellos a través de diversos caminos de baldosas, cada uno de un color. Era llamativo y a simple vista veías una mezcla de muchos colores que te invitaba a entrar en el campus con una buena sensación. Los edificios eran más discretos, pero aun así el buen gusto arquitectónico estaba presente en ellos.
—La virgen, ¡cuánto tío bueno! —soltó Lea mirando hacia un lado y otro.
—Lea, relaja la faja.
—No llevo ni faja ni braguitas ni tanga. Hoy a pelo.
Me volví hacia ella abriendo mucho los ojos. ¿Sería capaz? Soltó una buena carcajada y le di un codazo.
—Joder, pensaba que la mujer del autobús venía del mercado y resulta que eras tú la que olía a pescado —le dije divertida.
—Serda —soltó también riendo.
Tomamos el camino azul para llegar a la plaza y la cruzamos con paso seguro hasta llegar a la facultad echando un vistazo a nuestro alrededor: alumnos perdidos, alumnos asustados, alumnos sonriendo y otros, los más mayores, charlando con el entusiasmo del reencuentro. Entre ellos..., uno que me miraba con cierta insistencia. Aparté la vista de inmediato, pero me fijé en sus ojos verdes y en que era bastante alto. ¿Quizá lo conocía? Estuve a un tris de volverme, pero mi voz interior me aconsejó que no lo hiciera. Estaba casi segura de que tenía sus ojos puestos en mí y no quería demostrarle que me había picado la curiosidad por su forma de mirarme. ¡Bah! Sería uno de esos que iban a la caza el primer día... Tipo Lea, pero en chico.
Llegamos al edificio y buscamos nuestra aula.
—La número ciento trece —le dije a Lea mirando el papel donde teníamos apuntadas las asignaturas y sus correspondientes clases.
—Agárramela que me crece. —La miré poniendo los ojos en blanco—. ¿Y si vamos al bar a tomar un café y me despejo?
—Lo tuyo no se arregla con un café, guapa.
—No seas petarda, quedan veinte minutos todavía. ¿Sabes que ayer me llamó Alberto? Me preguntó si yo te había pedido que llamaras su atención. Ese tío no se entera de nada.
—A ver, rompes con él y al cabo de unos días te lo tiras de nuevo. ¿Qué quieres?
El bar era muy amplio, con una barra larguísima tras la cual había varios camareros. El suelo resplandeciente, las mesas blancas y las sillas grises le daban un aspecto muy moderno. Nos sentamos a una de las mesas que había libres.
—No fue culpa mía, fue un... calentón de verano.
—Sí, sí, claro. Si quieres un café, ya puedes espabilarte porque hay cola.
Lea se fue a la barra para pedir un café solo con dos azucarillos. Yo aproveché para observar el ambiente. El bar estaba hasta los topes y había alumnos por doquier. Se notaba quiénes éramos los nuevos porque estábamos más desperdigados. Los veteranos formaban grupos más numerosos.
Dejé de analizar a la gente cuando me crucé con unos ojos verdes y rasgados que me miraban con insistencia. Uf..., joder. Era el chico de antes. Esta vez no retiré la mirada y observé sus facciones: pelo castaño con tupé al estilo Nick Bateman, una nariz recta, unos labios carnosos y un rostro de lo más interesante. Era guapo de verdad y me dio un buen repaso hasta que Lea nos interrumpió.
—Menudo jamelgo, ¿eh? —comentó Lea alzando ambas cejas.
—Bueno, tampoco es para tanto. Tiene unos ojos bonitos.
—Venga, Alexia, que nos conocemos...
—Yo a ti no te conozco de nada, petarda. Espabila que faltan diez minutos.
Volví a mirarlo sin darme cuenta, como si mis ojos necesitaran verlo de nuevo. Se había girado hacia una chica para hablar con ella. Llevaba una camisa de cuadros que marcaba su ancha espalda e imaginé que tendría buen cuerpo... Y ya puestos a imaginar...
—Se te van a caer las canicas de tanto mirar —canturreó Lea dejando la taza vacía en el plato.
—A ver si no voy a poder mirar, pesada.
—Es que te has ido a fijar en un tío mayor y que está como un dios.
—¿Será de tercero?
—O de cuarto, ahí hay mucho cuerpo...
Su voz de viciosilla me hizo reír.
Empecé a elucubrar sobre ese chico... ¿Sería listo, inteligente, divertido? ¿O sería el típico guapo con medio cerebro colgando? De esos había conocido varios. Mucho músculo en el cuerpo y poco en la cabeza. Me reí yo sola por mis propios pensamientos hasta que me di cuenta de que un amigo de aquel chico me miraba. Era un chico con la tez oscura, con el pelo a lo afro y unos ojos grandes y bonitos. Me mostró sus dientes blancos y yo le sonreí.
—Y el amigo no está nada mal, ¿no crees? Además...
—Lea, sin comentarios obscenos, por favor. Solo son las ocho y media de la mañana.
—Únicamente iba a decirte que ese tono morenito de piel me parece de lo más sexi.
La miré alzando una de mis cejas y Lea rio con ganas.
—Vale, sí, y lo que estabas pensando también lo iba a decir.
Nos reímos las dos a carcajada limpia. No hacían falta más palabras, nos entendíamos a la perfección.
Cuando llegamos al aula, observamos que estaba bastante llena. En total éramos unos ciento ochenta alumnos de primer año que nos dividíamos cuando era necesario según la opción de lenguas que hubiéramos escogido. En Francés yo sabía que éramos cuarenta alumnos y en Alemán, la lengua que había escogido mi amiga, solo eran veinte.
Lea y yo nos sentamos juntas al final de la clase, pero la dejé sola en el aula para ir al baño porque todavía faltaban cinco minutos. Cuando salí, ignoré a un grupo de alumnos de tercero o de cuarto que me miraron por encima del hombro. Ya sabía de qué iba aquello; me había topado con esas miradas en muchas ocasiones. Se creían que por estar uno o dos cursos por encima eran más listos que yo, pero la mayoría de las veces no era así. Podían haber vivido más tiempo o haber experimentado más cosas, pero estaba segura de que en un duelo dialéctico, en cualquier idioma, no podrían conmigo. Cosa que tampoco iba a demostrar porque lo último que quería era ser «la señalada».
Cuando regresé del baño observé que los mayores charlaban tranquilamente fuera del aula. Sonreí al pensar en la diferencia entre nosotros y ellos. Los de primero estábamos todos dentro, inquietos, esperando con ansia la llegada del profesor. Y, en cambio, los mayores estaban como Pedro por su casa por aquellos pasillos.
—Creo que este año hay tías espectaculares en primero...
Casi me detuve al oír aquello, pero no por lo que decía, sino por cómo lo decía. Una voz grave y profunda recorrió mi cuerpo como si estuviera a mi lado, tocándome. Joder, qué voz. Me obligué a seguir hacia delante y pasar olímpicamente de aquel comentario, aunque me moría de ganas de saber de quién era aquella voz.
Al minuto entró el profesor Carmelo y nos dio la bienvenida. Estábamos todos atentos, intentando no perder el hilo y comprender lo que nos explicaba. Nos hizo un breve resumen del contenido de la materia, puso unas diapositivas en el proyector y todos copiamos con rapidez aquello en nuestro ordenador personal. Finalmente, nos pasó un documento con el material, el temario y las fechas de entrega de varios trabajos.
En la siguiente hora Lea y yo nos separamos. Ella había escogido como primera opción el alemán y yo el francés, con lo cual no coincidiríamos en todas las clases. Ella cursaría un nivel más bajo de francés como segunda lengua; igual que yo con el italiano.
Al entrar en clase, eché un vistazo rápido y empecé a controlar algunas de las caras de mis compañeros. El profesor Peña hizo acto de presencia y todo el mundo calló. Se dirigió a nosotros en francés desde el segundo uno hasta el final de la clase e iba mirando nuestros rostros con sus ojos achinados. Daba la impresión de que te estaba haciendo una jodida radiografía. Sonreí y en ese momento me miró inquisitivamente.
—Señorita, ¿puede presentarse en francés? Así empezaremos a ver el perfecto francés que hablan ustedes.
—Me llamo Alexia Suil, vivo en Madrid, tengo dieciocho años y me apasionan los idiomas.
Todo eso lo dije rápido, en francés y con acento parisino.
—¿Ha estado usted en París, señorita?
—Hace dos años estuve en París y cursé allí mis estudios durante unos seis meses.
El profesor se acercó a mí con sus ojos de ratoncillo.
—Bonito acento —dijo más amable, y yo le sonreí, dudosa—. Este año tenemos un proyecto muy importante entre manos. Una empresa de Niza nos ha pedido que colaboremos con ellos en un proyecto de traducción literaria que implicará desarrollar sus habilidades traductoras. Es un proyecto pequeño pero potente que solo puedo ofrecer a cinco alumnos... —«¿Cinco entre cuarenta? No está mal»—. Hablamos de los cuatro cursos, por supuesto. —«Joder, qué putada...»—. Mañana les pasaré una prueba donde podrán demostrar sus dotes de traducción y en unos días colgaré en el tablero de administración el nombre de los cinco seleccionados que podrán trabajar con la editorial francesa.
Vale, estaba claro quiénes tenían todos los números... ¿Los de cuarto? Obvio.
Total, que esto no iba a ser demasiado distinto del instituto. Mucha gente, instalaciones algo más grandes y profesores que metían mucha caña. En parte me alegraba, pero esperaba más. Esperaba el típico profesor chiflado que da las clases de forma diferente y, sobre todo, esperaba poder participar en los proyectos de la facultad, cosa que ya veía que no sería posible. Una chica que estaba sentada a mi lado, María, me había explicado que los enanos de primero y segundo no entraban jamás en esos proyectos por falta de nivel. Y lo entendía, vale, pero ¿no podrían ofrecer una alternativa a los novatos?
Después de aquellas dos primeras clases tuvimos media hora de descanso y bajamos al bar a tomar algo. Lea me iba explicando con pelos y señales cómo le había ido en clase de Alemán: el profesor era genial y al ser tan pocos las lecciones iban a ser muy participativas, y eso a Lea le iba.
—Te toca ir a por el café, yo me quedo observando el percal. ¡No te olvides de coger los dos azucarillos!
No sabía por qué me lo decía si siempre tomaba el café del mismo modo.
Caminar por entre toda aquella gente impresionaba un poco, la verdad, pero si te fijabas había muchos estudiantes que no sabían bien ni dónde estaba la puerta, así que me dediqué a buscar los jodidos azucarillos antes de pedir el café en aquella extensa barra de color blanco. Una chica muy amable me indicó dónde estaban y a los cinco minutos ya tenía los cafés en las manos. Lea estaba inmersa en su móvil.
—Así no vas a ligar nada —le dije divertida.
—¿Así?
—Con la cabeza metida en el teléfono.
—Estaba mirando la web del campus. Oye, ¿sabes que este jueves es la primera fiesta, la fiesta de bienvenida a los novatos?
Las novatadas estaban prohibidas e incluso habíamos firmado un papel al ingresar comprometiéndonos a no hacerlas. Desde su inauguración, Madrid On promovía todo lo contrario: los mayores montaban una fiesta en una de las discotecas de moda de Madrid para los primerizos.
—¡Hola, chicas! —Una voz masculina nos interrumpió y ambas lo miramos.
Vaya, era el muchacho de los ojos bonitos y sonrisa Profidén. El que estaba con el tío bueno de la camisa de cuadros y mirada increíble...
—¿Sabéis lo de la fiesta del jueves? —El chico me miró a mí directamente, pero Lea respondió al momento.
—Sí, estábamos hablando de ello. ¿Eres de cuarto?
El chico se sentó al lado de Lea y lo miré con curiosidad.
—Exacto. Estamos preparando la fiesta y mañana os pasaremos unos flyers donde indicamos el lugar y la hora.
—¿En qué discoteca será? —le pregunté yo.
—En Magic, en Moncloa, ¿la conoces?
—No, ni idea —le dije con sinceridad.
—Eso es que no has ido a ninguna fiesta universitaria, porque es la sala por excelencia donde acabamos muchos jueves. —Su tono era agradable y su sonrisa le acompañaba en todo momento—. ¿Te gusta bailar?
Me quedé un poco cortada por su pregunta. ¿Y ese interés?
—Es una magnífica bailarina —respondió Lea por mí.
—Pues ya veréis que la música es muy variada; reguetón, pachangeo, house, trap...; un poco de todo. —Volvió la mirada hacia Lea y continuó hablando—: No es necesario ir de etiqueta, aunque hay que ir arreglados...
—¿Con tacones? —preguntó ella, muy coqueta.
—No hace falta...
Aquel chico la miró unos segundos de más, como si en ese momento se hubiera dado cuenta de la presencia de Lea.
—Si necesitáis cualquier cosa, preguntad por Adrián.
—Gracias —dijo Lea con su habitual simpatía—. Yo soy Lea y ella es Alexia, de primero de traducción...
—Lo sé, os he visto antes entrando en clase —nos dijo mientras se levantaba—. Os dejo que tengo que ir pasando la información. Bienvenidas. ¡Ah! Y si os aburrís por las tardes, nos encontraréis a muchos en Colours, en la Plaza Mayor. Nos reunimos para tomar algo y desconectar, así que espero veros pronto por allí...
Y se fue a otra mesa para hablar con más alumnos de primero. Miré a Lea, que tenía sus ojos fijos en él.
—No te me enamores que te caneo.
—No me importaría hacer un café con leche; él, el café, y yo, la leche...
—Déjalo, Lea.
Busqué a su amigo, el de los ojos verdes, ¿iba también por ahí haciendo publicidad de aquella fiesta? No, estaba muy concentrado en su móvil y pude observar bien su perfil. ¿Me lo parecía a mí o cada vez que lo miraba lo veía más guapo?
En la siguiente hora no teníamos clase, así que Lea se dirigió al despacho de administración para terminar el papeleo de la beca y yo opté por ir a la biblioteca. Allí reinaba un silencio agradable. En la sala dominaba la madera, lo que le daba un aire cálido a la estancia.
Me senté en la primera mesa que encontré libre, al lado de un par de chicas que trabajaban muy concentradas. Había bastante gente y eso que era el primer día de curso... Pero claro, yo en mi agenda ya tenía cuatro trabajos pendientes e iba a empezar por el del profesor Carmelo.
Le pregunté a la bibliotecaria dónde podía encontrar la información que necesitaba y me dijo que podía usar los ordenadores o subir a la planta de arriba, en la sección de Didáctica de la Traducción. Preferí subir y así echar un vistazo a los libros que había por allí. Encontré con rapidez lo que buscaba y empecé a leer los diferentes títulos. Cogí un libro para echarle un vistazo por dentro y sentí una presencia detrás de mí.
—No te lo recomiendo, está un poco desfasado.
¡Joder! Un escalofrío agradable recorrió mi columna al oír esa voz profunda que me habló en un suave murmullo. Me quedé paralizada. Lo normal habría sido volverme y ver quién era, pero mi mente no reaccionó con cordura.
—Ya... —atiné a decir como una idiota que no sabe verbalizar más de una palabra seguida, cosa bien extraña en mí.
Su mano pasó por encima de mi hombro y cogió un libro más grueso.
—Este es mucho mejor. —Esa voz susurrante me hizo cosquillas en la nuca.
«Vamos, Alexia, espabila. ¡Es solo un tío, por favor!»
Cogí el libro de su mano, observando sus inmaculadas uñas y una pulsera de piel trenzada que llevaba alrededor de su muñeca.
—Gracias... —dije con intención de girarme, pero pasó su mano de nuevo por encima de mí y no me dio opción a darme la vuelta.
¿Estaba demasiado cerca o eran imaginaciones mías? Sentí el roce de su brazo con mi hombro y el calor subió a mis mejillas. Joder, ¿qué coño me pasaba?
—Y este libro le pirra a Carmelo, no dejes de consultarlo. —Su tono de voz era tan bajo que tuve que esforzarme para escucharlo bien.
Traducción e Interpretación de María Luisa Romana...
En cuanto lo cogí de sus dedos, desapareció como un fantasma. Me volví, pero no llegué a verlo. Joder..., ¿estaba soñando o qué? No, para nada. Aún podía oler el perfume de ese chico.
Di un par de pasos rápidos para ver si lo veía por el otro pasillo, pero allí solo había dos chicas que me miraron un segundo antes de continuar con su charla entre susurros. No podía haberse esfumado sin más, ¿verdad? Tenía que estar por allí. Dejé los libros en su sitio y caminé por entre los pasillos, fingiendo que buscaba un libro para ver si encontraba al dueño de aquella voz, pero... ¿cómo iba a saber quién era si solo había visto su mano y su brazo desnudo? Su brazo parecía bañado por el sol. Era moreno de piel, pero poco más podía decir.
La impresión me había dejado sin palabras, y eso no era fácil de conseguir.
Uf. Me detuve frente a una estantería con mi mente puesta en aquella voz. Joder, había sentido más con aquel tío en medio minuto que con otros chicos en millones de ocasiones. ¿Qué tenía ese tono que me atraía tanto? Pensé que casi era mejor no saber a quién pertenecía esa voz porque ¿y si resultaba que era un tío feo y baboso? En mi cabeza lo imaginaba superatractivo y prefería que siguiera siendo así.
Dejé de buscarlo y volví a la sección de Didáctica para coger el libro que me había recomendado el misterioso chico de la voz grave. ¡Mierda! Ya no estaba, alguien lo había cogido mientras yo estaba perdiendo el tiempo buscando un fantasma. Bajé las escaleras como un rayo, intentando no hacer ruido, para preguntarle a la bibliotecaria por el libro.
—Lo siento, cielo, se lo acaban de llevar. Hace medio minuto.
«Qué mala suerte.»
—Son dos semanas de préstamo, ¿verdad? —le pregunté, aunque ya sabía que era así.
—Sí, cielo, son dos...
Miré un segundo el ordenador de la bibliotecaria y pude ver el nombre del alumno, aunque no el apellido.
Thiago.
—Gracias —le dije maldiciendo al muchacho aquel mientras regresaba a mi mesa.
En fin, siempre podía tirar de ordenador, pero prefería trabajar con libros en papel. El trabajo debía entregarlo al cabo de diez días, así que el tal Thiago me había fastidiado la recomendación de aquel chico. Pensé en su mano rozando mi hombro y uf... Esa mano de uñas perfectas seguro que acariciaba como su voz..., con rudeza, pero con firmeza...
—¿Alexia? —Lea me miraba muy seria—. ¿Has fumado un porro y no me has avisado?
—¿Qué dices? —le espeté arrugando la nariz.
Lea se sentó a mi lado para poner en orden sus papeles de la beca.
—Perdona, ¿eres Alexia?
Levanté la cabeza y vi a un chico de pelo largo, castaño y rizado, ojos pequeños y nariz prominente. No, no lo conocía de nada... ¡Joder! ¿Era el tal Thiago? Más que nada porque el libro que me había recomendado el chico misterioso estaba en aquel preciso momento en sus manos.
—¿Y tú eres...?
—Soy Luis, de cuarto curso.
¿Luis? ¿Y ese acento tan extraño?
—¿Eres ruso? —le pregunté en un susurro, observando bien sus facciones.
—¿Tanto se me nota? —preguntó sonriendo por primera vez.
—¿De Rusia? —intervino Lea sonriendo.
Él la miró frunciendo el ceño, como si no entendiera la broma.
—Bueno, esto..., tengo que darte este libro —me dijo a mí.
—¿Lo has cogido tú?
No entendía absolutamente nada.
—Yo cumplo órdenes, Alexia —me dijo muy serio, y de repente colocó sus pies juntos como si fuera un soldado.
¿«Cumplo órdenes»? Cada vez lo comprendía menos.
Miré a Lea, quien a su vez miraba alucinada al tipo aquel. Volví mi vista hacia Luis.
—¿Órdenes? ¿De quién?
—No puedo decir nada —me respondió en voz baja, pero con la mirada al frente.
«Este tío está chalado.»
—Cuando no lo necesites, me lo pasas para que podamos devolverlo. Tienes dos semanas, recluta —añadió con el mismo tono.
¿Recluta?
Volví a mirar a Lea; estaba tan sorprendida como yo. Aquel chico se marchó y nos dejó a las dos con la boca abierta.
—¿Será una broma? —preguntó mi amiga mirando hacia ambos lados.
—No tengo ni idea...
En aquel momento no me apeteció explicarle mi encuentro con aquella voz sexi. Demasiadas explicaciones. Cogí el libro y le eché un vistazo esperando hallar alguna pista. Seguidamente miré a la gente de la biblioteca y no observé nada extraño. Si no era una broma, ¿qué significaba todo aquello?
—Perdona, se te ha caído esto. —Una chica que pasó por mi lado me dio un papel doblado.
¿Una nota? Desdoblé el papel sintiendo el pulso acelerado. Menuda tontería, ¿verdad? Probablemente encontraría apuntado el nombre de algún autor o quizá era una pequeña chuleta de algún estudiante que la había dejado en el interior de aquel libro. Pero no, era para mí y estaba escrita en francés: «¿Qué andabas buscando entre los pasillos? De nada...».
Joder, esa nota era del tipo que me había recomendado el libro. Tenía una caligrafía bonita y la letra ene la escribía al revés, como yo. Sonreí pensando en ello hasta que me recordé a mí misma que si tenía el libro en mis manos era porque él mismo lo había cogido. ¿Todo eso para qué? Y encima mandaba a un mensajero chiflado... ¿Y si Luis era Thiago? No, Luis tenía una voz más aguda. Descartado. ¿Sería aquel tipo como la Bestia, que se escondía en aquel castillo con la seguridad de que todo el mundo lo encontraba horroroso? Entonces yo era la Bella... Volví a reír mentalmente.
—Alexia...
—¿Eh?
—¿Una nota de amor? —preguntó Lea cogiendo aquel papel.
—Anda, vamos fuera que te lo explico todo...
Le expliqué a Lea aquel encontronazo: la increíble voz de aquel tipo, su brazo rozándome, su desaparición repentina... Y me escuchó en silencio, cosa rara en ella.
—Ese tío quiere tema —dijo tocándose la barbilla como si fuera un gran filósofo.
—Ya te digo yo que será un friki, a ver por qué se ha largado de ese modo.
—¿Y si está jugando contigo?
—¿Al gato y al ratón? Venga ya.
—Quiere llamar tu atención, eso está claro. Y no es un novato.
Lea se quedó mirando un punto fijo, pensativa.
—¿Qué piensas? —le pregunté.
—¿Eh? ¡Ah!, en qué me voy a poner el jueves. ¿El vestido negro «casi se me ve todo» o la falda de pliegues «se intuye que llevas tanga»?
La miré poniendo los ojos en blanco.
—Me está acosando un loco y tú pensando en salir de juerga. ¿Y yo qué me pongo?
Rompimos a reír las dos a la vez y nos dirigimos hacia la siguiente clase. Debíamos ir a una de las aulas de ordenadores porque la materia era la de Informática aplicada a la traducción. Era la tercera hora del día y se notaba que estábamos todos más relajados. Dentro de la clase solo estaban la mitad de mis compañeros, la otra mitad estábamos en el pasillo charlando entre nosotros.
Lea había hecho migas en la clase de Alemán con una tal Estrella, una chica de Barcelona un poco más baja que yo, con un corte de pelo a lo bob y con unas pestañas extralargas. Estrella era atractiva, aunque iba sin maquillar, su ropa era muy informal y poco personal y cuando la mirabas a los ojos solía rehuir tu mirada para dirigirla a otras partes de tu cuerpo. ¿Mentía cuando hablaba? Siempre había oído que quien no te mira a los ojos cuando te habla es porque está inventando lo que dice, aunque... en otras sociedades no mirar a los ojos se interpretaba como una señal de respeto.
—¿Así que vives con dos chicas? —le pregunté con interés.
En cuanto pudiera, yo haría lo mismo.
—Sí, ellas estudian Periodismo. Nos estamos adaptando, porque es la primera vez que salimos de casa, pero nos apañamos bastante bien.
Vi que Estrella bajaba de nuevo la vista hacia el suelo y supe que era porque en ese momento pasaron por nuestro lado alumnos más mayores. No me habría fijado en ellos si no hubiera visto al chico que me había dado el libro: Luis. Él me sonrió y me guiñó un ojo y yo le devolví la sonrisa, pensando a la vez que quizá el tal Thiago estaría a su lado. Pero Luis entró en la clase de enfrente y no me dio tiempo a fijarme en sus amigos porque alguien acaparó mi mirada.
Me dio la impresión de que sus ojos verdes me traspasaban y le planté cara. Yo no iba a retirar mi mirada; si quería, que lo hiciera él. Pero sus ojos siguieron fijos en mí mientras andaba hacia la clase, rodeado por sus compañeros.
«Vaya, vaya, menudo guaperas. Encima chulito.»
Su entrada en clase puso fin a aquellos pensamientos.
—¿Bragas calcinadas? —preguntó Lea como quien pregunta si llueve.
Estrella la miró abriendo la boca.
—No le hagas caso —le dije—. Su madre, durante el parto, tonteó con la güija y de ahí que Lea sea así.
Lea se echó a reír y Estrella sonrió.
—Oye, Estrella. ¿Irás este jueves a la fiesta? —le pregunté yo.
—¿Habéis dicho fiesta?
Un tipo bastante alto, delgado y con el pelo cortado a la última se colocó a mi lado. Sus ojos oscuros expresaban simpatía y su sonrisa era de aquellas que llamaban la atención, aunque no era un guaperas.
—Eso mismo. Soy Lea, ¿y tú? —se presentó mi amiga a aquel chico.
—Max, para serviros, rubia. Y tú eres Alexia y tú Estrella —nos dijo con su bonita sonrisa.
—¿Nos tienes fichadas? —le pregunté sorprendida.
—Qué va, tengo buena memoria...
—¿No serás un psicópata? —Lea se acercó a él y se rieron los dos.
—No, pero tengo coche. ¿Vamos juntos el jueves a la gran fiesta?
Lea y yo nos miramos unos segundos. ¿Nos fiábamos de él?
—Hecho —le dijo Lea, seguro que pensando que así nos ahorraríamos una pasta.
—¿Dónde vives, Estrella? —le preguntó Lea.
—En Chamartín...
—¡Genial! Como yo. ¿Piso de estudiantes? —le preguntó entonces Max.
—Sí... —respondió ella insegura.
—Compartimos gastos de gasolina, ¿eh? —nos dijo Max sonriendo a las tres.
—¿Pagamos en especias? —soltó Lea riendo.
Él la miró con descaro y ella le dio un empujón. Si es que a Lea no le costaba nada llevárselos al huerto.
—Nosotras vivimos en el barrio de Salamanca, así que solo tendrás que hacer una parada —le informé yo.
Nos intercambiamos los teléfonos y quedamos en que iríamos los cuatro juntos a aquella fiesta.
—A ver qué se cuece en esas fiestas —dijo Lea antes de entrar en clase.
—Yo no me pierdo ni una. ¿Y si en esa fiesta conozco a mi futuro marido? —soltó Max con naturalidad.
Lo miramos las tres con los ojos bien abiertos. ¿Marido...?, ¡por Dios! ¿Quién pensaba en un marido? Era momento de divertirnos, de conocer gente y de pasarlo bien. Max bromeaba, estaba clarísimo. Pero me gustó que fuera sincero, directo y que no escondiera sus preferencias sexuales. Estrella lo miraba como si fuera un conejillo de Indias.
—Mientras no me quites al mío —soltó Lea entre risas.
—Yo estoy abierto a todo —dijo alzando sus cejas un par de veces.
¿Bisexual? Últimamente había conocido a más de uno, así que...
—¿Chicos y chicas? —le pregunté sonriendo.
—Lo que se tercie —respondió Max con su bonita sonrisa.
Vaya, pues sí. Había que reconocer que tenían más donde elegir.
—Vaya... —dijo Estrella—. Entonces, ¿futuro marido o futura mujer? Me he liado un poco...
Nos reímos por su manera de decirlo y ella amplió su sonrisa.
—Estrella, de momento ni lo uno ni lo otro; pero que me daría igual —respondió Max con amabilidad.
—Vale, ya lo pillo —dijo ella más suelta.
—Alexia, habrá que vigilar al lagarto Juancho este... —me dijo Lea haciendo una mueca.
Nos reímos los cuatro hasta que el profesor Guerrero nos indicó que entráramos en clase. Una clase que se nos pasó volando, que nos encantó a todos y que nos hizo salir con cara de satisfacción.
Bien, esto empezaba a molarme más.