25 de septiembre de 2015
Aún sentía el olor de la sangre en mi nariz. Veía la cinta policial meciéndose con la brisa, rodeando el vehículo de Miranda, y las luces de las linternas bailando entre la oscuridad de Hidden Springs. Escuchaba el siniestro silencio que invadía la cabaña. No había rastro de ella por ninguna parte. Parecía que la tierra se la había tragado o que el bosque la había engullido en mitad de la noche. Mi mujer había desaparecido.
Me tiré en el sofá del salón de nuestra imponente casa sin valor, con la luz de la mañana entrando con intensidad a través de las cortinas de gasa, y me cubrí los ojos con la mano, cuando aporrearon la puerta principal. Apenas había dormido. Había llegado un par de horas antes a casa, al amanecer, tras pasar una de las peores noches de mi vida, y me había tumbado intentando ordenar las ideas en mi cabeza.
Aún no había tenido tiempo de asimilar lo que había pasado, y lo último que deseaba era levantarme del sofá para atender a algún mensajero o quién sabe a quién. Estaba agotado. La noche había sido eterna, así que hice como si no hubiese nadie en casa. Respiré hondo unos instantes y cuando abrí los ojos, vi el rostro de Miranda, inexpresiva, mirándome desde arriba, como siempre hacía.
Tragué saliva y estuve a punto incluso de preguntarle que dónde había estado, pero, al parpadear, desapareció. Una vez más.
Golpearon de nuevo la puerta, con más fuerza. ¿Y si era Miranda con alguna excusa por haberse esfumado sin avisar? Me levanté de un salto y corrí hacia la entrada.
—¡¿Miranda?! —vociferé, al tiempo que agarraba el pomo dorado y abría sin mirar siquiera quién llamaba.
—Señor Huff —dijo una voz femenina, mientras yo trataba de reconocer a quién pertenecía.
Me di cuenta de que era la inspectora, con mirada seria. Llevaba puesta la misma ropa que anoche, igual que yo.
—Ah, es usted —respondí, agotado y desolado—. Puede llamarme Ryan —continué, dándome la vuelta y dirigiéndome al sofá—. ¿Ha descubierto algo?
—Hemos encontrado el cadáver de una mujer cerca de donde desapareció su esposa —dijo sin moverse del arco de la puerta.
Me detuve en seco, de espaldas a ella. Se formó un nudo en mi garganta que apenas me dejó coger aire.
—¿Señor Huff? ¿Me oye?
Había hablado con la inspectora unas horas antes para denunciar la desaparición de Miranda, pero no esperaba una visita como aquella. Creía que mi esposa simplemente aparecería por casa sin más, y que me contaría una historia sobre por qué se había esfumado así, de aquella manera tan extraña. Todo quedaría en una anécdota estrafalaria, como tantas que ya habíamos acumulado.
—El cuerpo estaba enterrado a escasa profundidad —continuó la inspectora—, en el margen de un camino que usan los senderistas de la zona para pasear por el bosque, cerca de Hidden Springs.
El sonido del nombre de aquel pueblo se repitió en mi mente. Hidden Springs. La inspectora siguió hablando sobre cómo un padre y su hijo habían advertido un pie que sobresalía del suelo y que había quedado al descubierto por la lluvia de aquel día, pero yo seguía de espaldas a ella, inmóvil, conteniendo las lágrimas.
—Verá, señor Huff. Sé que quizá no es el momento y es difícil —hizo una pausa y cambió de tono—... pero tiene que venir a identificar el cadáver.
24 de septiembre de 2015
Me desperté en la cama con las sábanas arrugadas bajo mi cuerpo desnudo y, al abrir los ojos, eché de menos que allí estuviesen los de Miranda, observándome intensamente, escudriñando mis sueños. «¿Qué demonios te han invadido esta noche? ¿De quién huías en tu pesadilla? ¿En quién diablos te has convertido?», parecía pensar, mientras la luz dorada del amanecer iluminaba su cabello rojizo y daba un brillo especial a sus ojos marrones. Ella siempre lo hacía. Cuando se despertaba, se quedaba a mi lado, viéndome dormir, como si fuese un espectáculo, hasta que llegaba el momento en que yo abría los ojos y comenzábamos a discutir. La verdad es que aún no sé por qué lo hacía. Aunque ella decía que era para compartir juntos «los primeros momentos de la mañana», yo pensaba que era porque se trataba de los únicos instantes del día en que no nos lanzábamos dardos punzantes el uno al otro. Supongo que aún le gustaba sentir que podíamos compartir algo más que insultos, reproches o, una y otra vez, la misma frase: «Te lo dije». Miranda era ingeniosa para lanzar burlas, y tengo que admitir que a mí me irritaban y me divertían a partes iguales. Tenía una mente tan rápida asociando ideas, interconectando el pasado y eligiendo siempre las palabras correctas o el puñal más afilado, que discutir con ella se había convertido en nuestro mejor, único y mortal entretenimiento.
Me levanté y apoyé los pies en la moqueta mullida de color crema que ella misma había elegido cuando nos embarcamos a construir esta casa, nuestro «hogar-dulce-hogar», nuestro proyecto de futuro y nuestra decrépita gran inversión financiera que se fue al traste con la crisis inmobiliaria.
Sentí que su perfume invadía todo el cuarto. Era un Givenchy que yo le había regalado el año pasado por nuestro segundo aniversario. El aniversario «que-pone-las-cosas-en-su-sitio» y que sería el estándar que marcase los siguientes años. Mis padres siempre decían que el primer aniversario es todo alegría. Después de la boda llega la gran celebración de la nueva vida en pareja, y ambas partes se conforman con cualquier cosa con tal de no perturbar la tregua por el aire fresco de todo lo que se vive. Para el segundo aniversario, en cambio, ya se ha acabado esa novedad, ese chisporroteo y esas ganas de demostrar, y es cuando sale a relucir el cutrismo en la elección de regalos, en lo poco que se conoce o escucha, o incluso importa la otra parte de la pareja. «¿Acaso no sabes que la vainilla me da ganas de vomitar?». Parece que aún la estoy viendo, cuando me miraba molesta, alzando la voz para que todo el restaurante se diese cuenta de mi gran y monumental cagada.
Pero no la voy a culpar por su decepción en aquel entonces. Antes del aniversario ya me había dado algunas pistas sobre lo que podría querer, pero si te soy sincero, nunca presté la suficiente atención durante aquellas conversaciones. Tal vez se debiera a que en ese momento yo estaba preocupado por cómo se estaba desplomando el precio de nuestra casa, la que habíamos construido en una zona nueva de «casas de bien» a las afueras de Los Ángeles y que, en palabras del agente inmobiliario, iba a ser «el nuevo Beverly Hills». Si resumo lo que ocurrió en los siguientes meses a que comprásemos la parcela con todos nuestros ahorros, fue algo así: yo estaba convencido de que podríamos asumir aquel dispendio, así que pedí un gran y monumental préstamo para construirla, y no hace falta decir que fue mi segunda gran y monumental cagada. La crisis inmobiliaria había desplomado el valor de nuestra casa a un cuarto de lo que debíamos, así que nos habíamos quedado atrapados en ella hasta un futuro incierto, como si fuese una reluciente y enmoquetada prisión de madera.
Antes de que se diera esa situación, vivíamos en Hollywood, en un apartamento loft de alquiler de una zona tranquila, accesible y con todo-lo-que-uno-pueda-necesitar. Eso es lo que ponía en el anuncio del periódico cuando la alquilamos, un par de años después de salir de la Escuela de Cine, y ambos teníamos las mismas ganas de comernos el mundo y de vivir juntos. Llevábamos tiempo saliendo, y yo ya tenía claro que Miranda sería mi «Ella», mi todo-lo-que-uno-pueda-necesitar. Efectivamente, aquel piso incluía «todo» lo que nuestro noviazgo necesitaba: una cama cómoda en la que poder acostarnos. No nos importaba que, en realidad, el apartamento fuese un cuchitril en mitad de la nada de Los Ángeles, en una calle secundaria de una calle secundaria, haciendo esquina con ninguna parte, a quince metros de las vías del tren. Supongo que era a eso a lo que se referían con «accesible» en el anuncio. Si prestabas atención, podías sentir en el café de la mañana el temblor del suelo por el paso del tren.
Respiré de nuevo y me empapé de aquel olor. Me sorprendió que se hubiera echado aquel perfume, puesto que desde que se lo regalé no lo había usado ni una sola vez. Sé que lo odiaba. Era como si hubiese estado allí unos segundos o minutos antes de que yo me despertase, y se hubiera marchado de manera etérea. Ella siempre andaba como deslizándose por el suelo, sin hacer ruido, moviendo su culito de lado a lado y frenándolo en seco en cada extremo como si estuviese chocándolo contra un muro invisible. Me la imaginé correteando así por la habitación, descalza, llevando solo la ropa interior.
Yo tenía dieciocho años la primera vez que vi a Miranda y caí rendido a su encanto natural. Estaba en mi misma clase, la había visto varias veces por los pasillos, o atendiendo con ilusión en clase, con una sonrisa única que llegaba a flotar en el aire, y una broma que le gasté a mi profesor de cine sobre Harry Potter fue lo que nos hizo conectar. Aquella anécdota inocente que apenas llegué a pensar cambió para siempre nuestro futuro. El profesor objeto de mi burla fue el gran James Black, un exdirector, si es que alguna vez uno deja de serlo, que había conseguido el óscar a mejor película en 1982 con La gran vida de ayer . Este film se había convertido en todo un clásico y era un referente en las escuelas de guion por su increíble estructura circular. El inicio y el final estaban conectados de un modo magistral, y durante toda la cinta sucedían pequeñas coincidencias sutiles que parecían enlazar cada trama. Pero también se estudiaba en las clases de fotografía, por la composición especial de cada plano, o en las de interpretación, por la solvente e impecable actuación de los cinco actores que parecían tener más vida que uno mismo. Black había conseguido ese óscar con su primera película y, de la noche a la mañana, pasó del completo anonimato a convertirse en una megaestrella al crear una de las mejores cintas de la historia. Yo era alumno de James Black y lo admiraba tanto por su increíble visión del cine como por su manera de apartarse de los flashes para dedicarse a que otros estudiantes de cine como yo llegásemos algún día a lo más alto, igual que él. Miranda apareció junto a mí como un rayo fulminante mientras yo leía un guion. Tengo que admitir que en aquel momento ni siquiera llegué a considerar la importancia que tendría aquella conversación en nuestras vidas. Uno nunca se da cuenta de los momentos trascendentales mientras suceden. Tan solo me fijaba en su manera de gesticular, a caballo entre la dulzura y la sensualidad, y la energía y la tranquilidad que emitía su cuerpo. Cuando nos despedimos, lo único que hice fue volverme dos veces para comprobar que aquel culo era de verdad. ¡B -I-N-G-O!
Me puse el pantalón del pijama, que estaba tirado junto a la cama, y salí al pasillo. Me fijé en las dos maletas que ya estaban hechas a un lado. Miranda y yo íbamos a pasar el fin de semana en una cabaña de madera que habíamos alquilado en Hidden Springs, en pleno Angeles National Forest, por recomendación expresa de nuestro «asesor matrimonial». Sí, eso es, un asesor matrimonial. El tipo decía que necesitábamos «reconstruir los pilares de nuestra confianza», «rememorar lo que significa una aventura», «respirar aire fresco». Iba a comentar lo que pienso de nuestro asesor matrimonial, de sus métodos y de su maldito tono reconfortante y comprensivo, pero solo diré que se había divorciado dos veces.
Su plan consistía en que Miranda y yo pasásemos un fin de semana aislados en la montaña, junto al río, y que desconectásemos los móviles, los ordenadores, y olvidásemos la escritura durante unos días. Entre sus otros consejos estaban: establecer un tiempo diario para contarnos nuestras cosas (forzándonos a hablar), cenar fuera dos veces en semana (ya lo hacíamos), compartir la ducha (esta me gustaba), dormir desnudos (buena idea, pervertido) y probar juguetes sexuales (¿de qué dije que era el asesor?).
Escuché el ruido de la ducha, con el agua cayendo con intensidad, así que me asomé por la puerta del cuarto de baño para comprobar si estaba allí. El vapor subía por encima de la cortina semitransparente, y su silueta se contoneaba dentro de ella. La escena me recordó a Psicosis, ella disfrutando del agua mientras yo me acercaba, siniestro y oscuro, desde la puerta. Creo que aún no lo he dicho, raro en mí, pero soy guionista. Aunque quizá debería decir que «era» guionista. Siempre me he enorgullecido de decirlo nada más conocer a alguien. Esa palabra se escapa de mi boca al saludar por primera vez: «Hola, soy Ryan Huff, guionista». Incluso cuando alguien me presentaba ya como guionista: «Este es Ryan Huff, guionista», yo repetía «guionista», para recalcarlo por si no lo hubiese oído bien, o para que se le quedase grabado en la mente: G UIO-NIS-TA . Quizá es por mi empeño de que la gente me dé un valor superior al que en realidad tengo, o para justificar de antemano que estoy «en el mundillo», como dice la gente de Hollywood. Recuerdo mis inicios en la ciudad, después de haber vendido por cuatro duros mi primer guion para un corto. Era el primer fin de semana que pasábamos en nuestro pequeño gran cuchitril, aún no nos había dado tiempo a hacer la compra, así que fui a desayunar yo solo a la cafetería de una gasolinera mientras Miranda asistía a un seminario de no-sé-qué. La camarera me preguntó que a qué me dedicaba:
—Guionista —espeté, orgulloso.
—Como todo el mundo en esta ciudad —me respondió con desdén, arrojándome sobre la barra un borrador de guion, escrito por una tal «Durdeen Sparks».
Lo hojeé mientras desayunaba, y me pareció extremadamente bueno. Era de lo mejor que había leído en mucho tiempo. Cuando le pregunté que si conocía a la tal Durdeen Sparks, me dijo:
—Por supuesto, la tienes delante, chato —me contestó, señalando la chapa con el nombre grabado que tenía en el uniforme.
En realidad, fue una lección de humildad que me ayudó a sobrellevar bien los primeros rechazos de un proyecto en el que estaba trabajando. El guion de Durdeen me hizo ver que el nivel estaba mucho más alto que el que yo estaba escribiendo en ese momento, así que me encerré durante meses en casa, reescribiendo una y otra vez, saliendo muy de vez en cuando, mientras Miranda y yo casi nos consumíamos en aquel lugar. El dinero que había cobrado por el guion del corto desapareció en un par de meses, y Miranda, quien también se había unido a mí en la escritura de guiones con sus propios proyectos, no había conseguido avanzar más allá de un par de folios de cada una de las más de veinte ideas en las que estaba trabajando.
Ella siempre fue mucho más creativa que yo. Es más, las grandes ideas de mis guiones siempre habían surgido de su oscura e intrincada cabeza. Su mente era capaz de construir escenarios, tramas, subtramas y giros con tal facilidad, que nunca soporté su ritmo. Ella cogía una idea y la desarrollaba hasta el extremo en su mente, con los más mínimos detalles, pero nunca fue capaz de llevarla al papel con la estructura y el alma que precisaba para que llegasen a la gran pantalla. En cambio, yo había sido de pocas ideas, algo corto en creatividad, pero muy constante y sacrificado. Había sido capaz de pasar noches enteras sin dormir para encontrar la frase perfecta para un personaje. Sacrificio y constancia, lo que siempre había faltado en lo que escribía Miranda. Creo que nunca terminó ninguno de los guiones que empezó, y pienso que ese es uno de los motivos por los que me tenía tanto resentimiento. Antes, al principio de mi carrera, no era así. Me miraba con admiración, presumía de mí ante sus amigas. ¿Dónde se quedó la Miranda de la universidad? ¿Dónde se escondió?
Me fijé en su silueta a través de la cortina: Miranda mantenía, exactamente, la misma figura que cuando nos conocimos. Era pertinaz y rigurosa, y seguía a rajatabla un plan de entrenamiento que incluía natación, carreras mañaneras al aire libre y alguna que otra sesión de senderismo por el campo. No sé cómo era capaz de mantener tal nivel de actividad y no desfallecer. Incluso cuando estábamos de viaje, se llevaba las zapatillas de correr y no faltaba a su sesión de ¿diez?, ¿doce?, ¿veinte? kilómetros antes de desayunar. Nunca llegué a escuchar qué distancia hacía, me cansaba solo de pensarlo.
Sintió mi presencia tras el cristal y se giró hacia mí. La vi quedarse inmóvil unos segundos tras la cortina, para justo después inclinarse hacia un lado y asomar la cabeza:
—¿Vienes? —dijo, mirándome con frialdad.
—Claro —respondí—. Cómo decirte que no.
24 de septiembre de 2015
Salí de casa tras la ducha, con el pelo aún mojado y sin desayunar. Miranda se había quedado preparando los últimos detalles para nuestra escapada, y me pidió que fuese al supermercado a por algo de comida para el fin de semana. Ella se encargaría de terminar de hacer las maletas para que nos pudiésemos marchar tranquilos, sin que la casa se viniese abajo, y revisaría que no nos dejábamos nada imprescindible que pudiésemos echar en falta durante las cuarenta y ocho horas más largas de nuestro matrimonio. Estábamos en uno de esos baches en los que cada paso era dado sobre un puente colgante en el que la madera estaba comida por las termitas, y ambos temíamos que durante nuestra escapada nos diésemos cuenta de que nuestro matrimonio tenía fecha de caducidad.
Estaba bajo el marco de la puerta de casa, agarrando las llaves del Buick de la entrada y a punto de salir, cuando oí que Miranda llamaba por teléfono:
—¿Hannah? ¿Puedes encargarte de echar un ojo a la casa durante el fin de semana?
Estaba llamando a Hannah Parks, nuestra vecina de al lado, con quien compartíamos un protocolo oculto: echarle un ojo a la casa significaba, en otras palabras, encender las luces por la noche y apagarlas por la mañana, una táctica inaudita frente a los ladrones. Si lo piensas bien, es la peor señal que puedes lanzar al mundo. Es algo así como: «¡Eh! ¡Mirad! ¡Aquí! ¡Esta casa brillante y resplandeciente durante toda la noche! ¡Entrad! ¡Además de encontrar productos valiosos sin vigilancia, no os tropezaréis con los muebles en la oscuridad!». Cuando ella y su marido Tom salían de viaje, en teoría era yo quien debía adentrarme en su casa cada atardecer y amanecer para seguir el protocolo, pero créeme cuando digo que nunca lo llegué a hacer. «Hoy por ti y mañana por mí», respondía yo cuando me agradecían el esfuerzo.
—Sí, Ryan y yo vamos a pasar el fin de semana a solas en una cabaña en el bosque. ¡Lo sé! Es tan...
Miranda desvió la mirada hacia mí, seria, como si no acabásemos de acostarnos. Me guiñó un ojo, inexpresiva, y yo le devolví el gesto. Me miraba con indiferencia, igual que lo había hecho durante los últimos meses; una mirada casi animal. No me refiero a intensa, salvaje, sino todo lo contrario. Mirada de ciervo. Prácticamente inexpresiva, con sus grandes pupilas clavadas en mí sin gesticular lo más mínimo, como esperando algún movimiento por mi parte, expectante si acaso, buscando cualquier excusa para salir en estampida. Cuando tu mujer te mira como un ciervo, sabes que estás en la cuerda floja. Me di la vuelta al instante y cerré la puerta detrás de mí.
Me monté en el Buick y dejé atrás la casa. La miré de reojo por el retrovisor, observando lo desmedida que era para solo nosotros dos. Allí podría vivir una familia de cinco o seis miembros. En realidad, ese era el plan. Tras casarnos, decidimos dejar pasar un tiempo para nosotros, para poder viajar y disfrutar antes de la llegada de un bebé. Había conseguido ganar algo de dinero con la venta del guion de mi primer largometraje, y fue cuando decidimos invertir en nuestra actual casa. «Preparando el nido» sería la expresión que mejor define nuestra compra. Nominaron aquel guion a los BAFTA, y aquello significó el inicio de la debacle.
Nos invitaban a Miranda y a mí a festivales, a fiestas privadas, a premieres. Llegamos incluso a codearnos con Scorsese y con Fincher en una fiesta organizada por Aaron Sorkin en su casa, a quien yo había conocido de rebote en un festival, y fue cuando pensamos que un golpe de fortuna y de talento nos había colocado en el camino correcto. Pero entonces todo se torció. La presión del éxito destrozó mi creatividad. La arrinconó en algún lugar oscuro de mi mente, y me hizo incapaz de escribir nada decente. Cada nuevo guion era peor que el anterior, y conforme los meses pasaban y el dinero se iba evaporando entre nuestros dedos, la tensión entre Miranda y yo fue en aumento. Yo quería estar a la altura del guion nominado, y no hacía más que alejarme de lo que un día había llegado a escribir.
—Olvida los premios y céntrate en escribir —me aconsejó—. Los premios no nos dan de comer.
Pero no le hice caso. Ella me conocía más que nadie en el mundo, comprendía mi mente y cada uno de sus recovecos, y cometí el error de no seguir su consejo. Una de las cosas que no he mencionado es que aquel guion nominado fue idea de Miranda y nunca se lo agradecí expresamente. No me refiero al grueso del guion, sino al punto de partida. Una chispa creativa de Miranda había dado lugar a mi mejor trabajo y nunca me atreví ni tan siquiera a reconocerlo en los créditos.
Poco a poco, los flashes desaparecieron, las invitaciones a las premieres cada vez fueron más escasas, y las llamadas de mi productor cada día menos frecuentes.
Creo que aquello fue la cerilla que prendió fuego a nuestra relación. Ignorar su consejo no hizo más que añadir gasolina a un matrimonio que se estaba consumiendo en el rencor y en la falta de agradecimiento. A partir de ahí, los rechazos a mis guiones fueron en aumento, y me encontré de bruces con que teníamos una enorme casa que pagar y con que todas mis historias eran rechazadas. Miranda comenzó a escribir ideas para anuncios de televisión, y se convirtió en la única fuente de ingresos que permitía que pagásemos a duras penas las letras de la hipoteca, que caían como enormes yunques sobre nuestro buzón.
En realidad, Miranda nunca me echó nada en cara. Ese rencor se basaba en conjeturas mías, una teoría que reconstruí con pedazos de miradas, de silencios incómodos y de respuestas rápidas y cortas cuando hablábamos sobre trabajo. Ella era muy práctica y no le gustaban los enfrentamientos directos. Creía que las discusiones no servían para nada y, en cambio, cuando teníamos algún desencuentro, se callaba, escuchaba toda la conversación atenta y, al final, soltaba sonriente un:
—De acuerdo —asentía, para después marcharse de la habitación.
Nunca hubo nada que me sacase tanto de mis casillas y ella se enorgullecía de ello. Siempre supo cómo enervar a un hombre. Se crio siendo la hermana mayor de una familia donde solo había varones (su madre, Liza, murió de cáncer cuando ella tenía once años) y asumió el rol de su progenitora mientras sus hermanos, Zack y Morris, apenas admitieron las responsabilidades de aquel hogar repleto de testosterona, en el que su padre, el viejo Tim, trabajaba durante el día y se emborrachaba por la noche. Incluso en ese ambiente, su mente privilegiada le enseñó aquella lección que le serviría durante todo nuestro matrimonio: «Si quieres joder a un hombre, dale la razón». Me la sé tan bien porque me propuso aquella misma frase para la mujer de uno de mis personajes. Créeme cuando digo que capté la indirecta enseguida.
Después de pasar por el supermercado, me desvié hacia las afueras de Los Ángeles para visitar a Black. Vivía en una de esas casas bajas que se podría permitir cualquiera. Es más, a pesar de haber ganado ingentes cantidades de dinero con sus películas, apenas había cambiado su estilo de vida. Aquella era la misma casa que se compró cuando apenas estaba comenzando, tenía un vehículo usado que no paraba de arreglar en el taller y almorzaba todos los días en el Steak York, un bar de esos en los que en la carta encuentras fotografías de la comida y te dicen «cariño» al servirte el café. Si querías ver a Black, una eminente figura del cine norteamericano de los últimos treinta años, no tenías más que ir a mediodía al Steak York y allí estaría él, comiéndose un filete con patatas y huevo. Había incluso un autobús turístico en Hollywood que pasaba por delante del Steak York para señalar dónde se comía sus filetes el gran Black. «Y aquí, amigos y amigas, preparen sus cámaras porque es el lugar en el que almuerza todos los días James Black», seguido de un espectáculo de flashes apuntando hacia el bar.
Llegué a su casa y no vi el coche aparcado frente al garaje. Un vecino vio que detuve el vehículo frente a su acera y se me quedó mirando, como si fuese culpable de algo. Miré la hora: eran las doce treinta y cuatro, 12.34. Uno, dos, tres, cuatro. La hora parecía marcarme el ritmo de un baile que estaba a punto de comenzar. ¿Quizá con mi mujer durante el fin de semana? Uno, dos, tres, cuatro. El vecino aporreó dos veces mi ventanilla y me gritó desde el otro lado:
—A esta hora Black ya está en el Steak —dijo con la mano sobre sus ojos, tapándose la luz, intentando distinguirme.
Asentí y le sonreí falsamente. Tengo que admitir que me jodió su maldito interés en observar el interior del vehículo.
Di marcha atrás y conduje algunos minutos hacia el Steak York. Aparqué en el parking del complejo y me fijé en la pinta que tenía el lugar. Tenía aspecto de casa prefabricada de aluminio, con los cristales amarillentos y las cortinas marrones. Dos señoras con falda de tela gruesa entraron en el bar al mismo tiempo que yo apagaba el motor; el autobús de las 12.45 paró al otro lado de la calle. Me bajé del coche y saludé a la multitud que lanzaba los flashes hacia donde yo estaba. «Debería haberme vestido algo mejor».
Entré al Steak, haciendo sonar las campanas de viento que estaban al otro lado de la puerta. Miré al fondo, lejos de la barra, y allí estaba Black, sentado, leyendo Los Angeles Times, con una camisa azul y unas diminutas gafas redondas como las de Harry Potter. Eran su seña de identidad. Llevaba toda la vida con ese modelo de gafas, y gracias a ellas nos convertimos en amigos.
—¿Ha leído los libros de J. K. Rowling? —le lancé el primer día de clase en primero de carrera, en cuanto lo vi entrar por la puerta y se presentó.
Intentaba hacerme el gracioso delante de los demás alumnos, pero sin resultar hiriente. Sabía que una persona como él, con tanto a la espalda, no podía haber leído Harry Potter y que no comprendería la malicia (absurda, ahora que lo pienso) de mi comentario.
—¿Ha visto usted Ciudadano Kane? ¿Ha analizado la fotografía de Wes Anderson? ¿Ha leído el guion final de El apartamento? —me respondió, mientras anotaba, uno tras otro, aquellos nombres en la pizarra—. Nunca será nadie en el cine si se presta a divertir al resto de la clase en lugar de aprovechar el tiempo en aprender de los más grandes.
Yo no supe qué responder. La clase se quedó en silencio y yo permanecí callado durante unos instantes sabiendo que había tocado alguna herida innecesaria.
—Además, joven —añadió Black—, nunca respondería nada sobre mi vida privada a un muggle . —Sonrió, mientras lanzaba la tiza a otro alumno y le preguntaba que qué esperaba del curso.
Así era la personalidad de Black, una auténtica caja de sorpresas, enérgico y desafiante. Era de esas personas que en cada conversación te daban ganas de coger apuntes. Sabía tanto sobre tantas cosas que yo siempre acudía a él en busca de consejo. No solo para temas relacionados con el cine, las tramas o los diálogos de algunas de mis historias, sino también sobre asuntos personales. Se había convertido en el consejero más importante durante mis inicios en Hollywood y, por otro lado, tenía una visión de conjunto de mis problemas con Miranda, de tal manera que me daba una solución en apenas unos minutos cuando yo todavía no había conseguido desentrañar a qué diablos se refería mi amada esposa cuando discutíamos.
—Van a hacer un remake de Blade Runner —dijo, sin apenas levantar la vista del periódico a modo de saludo.
Había desarrollado un sexto sentido para saber cuándo me aproximaba. Llevábamos tantos años siendo realmente amigos, que ya nunca nos saludábamos.
—¿Qué le pasa a la antigua? —respondí, mientras me sentaba en el sillón frente a él.
—Pues no sé. Supongo que les faltan ideas o les sobra dinero. O ambas cosas. O que quieren más dinero. Sí. Eso. Quieren más dinero.
—Esa siempre suele ser la respuesta. Más dinero.
Levanté la vista hacia Cariño, como yo llamaba a la camarera, una señora de cincuenta años que se maquillaba como una chica de dieciséis, y le hice un gesto para que me pusiese una copa. «Un whisky», vocalicé sin pronunciar palabra.
Black ya tenía un plato de huevos fritos con beicon en la mesa, y aún no había levantado la vista hacia mí. Tenía el pelo gris y la frente arrugada. Vestía un jersey marrón y, según la Wikipedia, ya había cumplido los sesenta años, pero cuando le preguntabas por su edad siempre respondía lo mismo: «Cincuenta». Desde que lo conocía contestaba lo mismo.
—¿No comes filetes hoy? Defraudarás a tu audiencia —dije, señalando hacia la ventana donde había un grupo de turistas asiáticos apuntando sus cámaras hacia nosotros.
—Según mi médico, tengo el colesterol alto —respondió, mientras se llevaba un trozo de beicon a la boca—. Quiero que siga siendo así. No me gustaría llegar a la consulta la próxima vez y haberle dado una alegría a ese tipo.
Le sonreí.
—Y tú... ¿Ya necesitas una copa?
—Tal vez necesite dos.
—No me lo digas. —Soltó los cubiertos y se tocó la sien con dos dedos de cada mano, como si estuviese delante de una pitonisa—. ¿Miranda de nuevo?
—Ni te lo imaginas.
—Creía que ya estabais mejor. ¿No vais a ver todas las semanas a ese tipo? ¿Cómo se llama?
—El doctor Morgan.
—Siempre olvido su nombre. Creo que lo llamaré Comecocos Uno.
—No es un comecocos..., es más bien... un consejero matrimonial. De los malos, en realidad. No podemos permitirnos otro.
Black levantó la vista hacia mí, compasivo. Él había seguido un camino radicalmente opuesto al mío desde joven y había amasado una fortuna difícil de calcular. Sus películas habían recaudado más de mil millones de dólares. Había tomado decisión acertada tras decisión acertada en su carrera, todo lo contrario que yo. Por su aspecto, no parecía que Black fuese millonario, pero las revistas y las noticias que siempre analizaban su vida no paraban de destacar cifras cada vez más abultadas sobre lo que había llegado a cobrar durante su carrera.
—Ryan, te lo dije ya una vez y no creo que haga falta que te lo diga ninguna más.
Ya sabía lo que me quería decir. «Si necesitas dinero, solo tienes que pedírmelo». Cuando le conté que Miranda y yo no estábamos atravesando un buen momento económico, se ofreció a solucionar nuestros problemas financieros en un solo día. Sacó un talonario y firmó un cheque que me tiró directamente en la mesa. Me negué en redondo. Ni siquiera lo miré, sino que lo rompí en cuatro trozos y me levanté molesto. Tengo que admitir que no pude ver si había puesto cantidad alguna. James se había ofrecido a solucionarnos la vida, literalmente. Un cheque en blanco que nos hubiese permitido pagar la hipoteca que nos asfixiaba y que estaba lanzando nuestro matrimonio al abismo del rencor. Pero yo no era amigo de Black por su dinero, ni podía permitir que lo que él no gastaba en sus cosas, lo utilizase para solucionar nuestras malas decisiones. Mi padre siempre me dijo que tenía que asumir la responsabilidad de mis actos. De crío, yo era de los que rompía algo en casa y me desentendía completamente. Actuaba como si no hubiese ocurrido y seguía con mis cosas. Negando incluso, ante la evidencia, que yo fuese el culpable.
—No necesitamos dinero, James —mentí—. De verdad que no. Te agradezco el gesto, pero de verdad que en estos momentos vamos bien.
Black me dedicó una ligera sonrisa y siguió:
—Pues pasa de ese tipo. De verdad, no creo que os haga ningún bien. Alguien ahí, metiéndose en vuestra vida, en vuestras cabezas; metiendo ideas en ellas como si de verdad os conociese.
La camarera se acercó y dejó la copa en la mesa.
—Aquí tienes, cariño —dijo ella—. ¿Cuándo pasarás a recogerme?
—¿Se ha muerto Peter y no me he enterado? —pregunté, levantando la mirada hacia ella.
—Qué más quisiera. Allí sigue en casa, tirado en el sofá, viendo las noticias.
—Seguro que sigue siendo un galán y estás empeñada en no verlo.
Cariño en realidad se llamaba Ashley Hills, estaba felizmente casada y tenía una táctica de flirteo extraña con todos los clientes, como si fuese a ganar más propinas así. De ahí que la llamase Cariño.
—Antes era tan apuesto como tú. Así, alto y atlético. Tu cara me recuerda mucho a la suya cuando era más joven, con la mandíbula marcada y mirada de buen chico, pero no sabes cómo te jode la vida el paso del tiempo.
James agarró mi copa, la levantó, brindando por lo que Ashley acababa de decir, y dio un trago.
—Otra copa más, cariño —añadió—. Ryan acaba de perder la suya.
—Marchando, cielo —respondió, alejándose hacia la barra, caminando como si siguiese teniendo veintiuno.
—Un día tienes que probar otro restaurante —le dije a Black, tratando de eliminar de mi mente el culo de Ashley.
—Oh, créeme. Lo hice. Una vez.
—¿Y?
—Se formó incluso un mayor revuelo.
—¿Por?
—No me esperaban allí.
Reí. En parte tenía razón. Black se había convertido en un estandarte de Hollywood, una atracción turística a la hora del almuerzo, y que se presentase en otro lugar era como si la Estatua de la Libertad apareciese de repente en pleno Times Square.
—Bueno, ¿y cuál es el plan? ¿Qué os ha propuesto ahora el Comecocos Uno? ¿Que visitéis algún bar de esos de intercambio de parejas? He leído en el Variety que van a hacer una película sobre eso. Ni se te ocurra, Ryan. Ni se te ocurra.
—¿Intercambio de parejas? Lo que me faltaba. Que Miranda pudiese comparar. No tengo la autoestima tan alta como para aguantar algo así. No, no. Nos ha pedido algo mucho más simple.
—¿Que habléis entre vosotros como una pareja normal?
—He dicho mucho más simple, no algo imposible.
—¿Tan mal va la cosa?
—Bueno..., digamos que hemos tenido semanas mejores.
A Miranda le habría fastidiado que me refiriese a nuestra situación actual con esa frase: «Hemos tenido semanas mejores». Como si lo que nos ocurría solo fuese cosa de unas semanas. La cosa ya llevaba meses así y cada día que pasaba, estábamos más distanciados el uno del otro. Nos habíamos desincronizado, como dos relojes desacompasados que ya nunca coincidían a la misma hora. En los momentos en los que yo recuperaba algo de ilusión por nuestra relación, ella se encontraba marchita, sin ganas de hablar las cosas y con su agenda ajetreada. Y en los que ella tenía algo más de tiempo para dedicarnos a nosotros mismos, a mí me venía la inspiración y me encerraba en mi estudio a escribir sin querer saber nada de nadie. No nos habíamos dado cuenta de lo que ocurría, nuestras vidas se alejaban poco a poco; vivíamos bajo el mismo techo, pero a distintas horas. Cuando a mí me apetecía que almorzásemos juntos, ella tenía una reunión; cuando ella reservaba por sorpresa en un restaurante para celebrar un nuevo contrato con una agencia de publicidad, yo ya había cenado solo en casa y no me apetecía en absoluto salir. Si seguíamos por ese camino, estábamos destinados a alejarnos para siempre. Fue idea de ella lo del asesor matrimonial. Sonaba genial, un juez imparcial que dictase sentencia cuando una de las partes cometía una tropelía hacia la otra, pero en la práctica no era así.
El doctor Morgan apenas era capaz de hacer que nos sentásemos a la vez a contar lo que nos ocurría. En la primera consulta discutimos delante de él por haber tenido que recurrir a un consejero matrimonial. Desde ese día, nuestras visitas al doctor Morgan siempre fueron individuales: ella entraba, contaba su película; yo entraba, contaba la mía. Nos esperábamos el uno al otro en un Starbucks que había al otro lado de la calle. Tengo que admitir que aquellos ratos en la cafetería después de la consulta fueron lo más cerca que estuvo el doctor Morgan de conseguir que nos aproximáramos el uno al otro.
—Sabes que siempre he pensado que Miranda es la mujer perfecta, ¿verdad? Inteligente, independiente y atractiva. Tiene las tres cualidades que he buscado toda la vida en una mujer —dijo Black antes de darle un sorbo a mi copa.
—Yo también lo llegué a pensar. Si no, no me hubiese casado con ella. Simplemente que ahora no..., no sé cómo decirlo. No nos soportamos.
—Bueno, ¿y qué va a ser entonces?
—Pasar un fin de semana juntos en una cabaña rural. Sin móviles. Sin nada que nos distraiga el uno del otro.
—Joder. Pues suena hasta bien.
—Sí, porque tú no estás casado con ella y, encima, no tienes móvil.
Black siempre había presumido de no haber incorporado a su vida los teléfonos móviles. Era un antisistema tecnológico. Renegaba de las redes sociales, de los smartphones, incluso de los efectos especiales para sus películas. Si querías contactar con él o preguntarle algo rápido, tenías dos opciones: ir a su oficina y decirle a Mandy, su ayudante, que le dejara el recado, o ir al Steak, por si daba la casualidad de que estuviese comiéndose uno de sus filetes. Black admiraba la pureza de los contactos cara a cara.
—Si alguien me quiere encontrar, ya sabe dónde estoy. Mis rutinas son fáciles. Si quiere contarme algo, que venga aquí. Si quiere enviarme alguna foto, que me la mande impresa. Me encanta una buena foto impresa. ¿Dónde han quedado los álbumes impresos?
—Creo que ya no hay ni tiendas de fotografía para imprimirlas.
—Deberías montar una. El papel siempre es mejor. Huele bien y el brillo influye mucho en una buena foto.
—No sabría ni por dónde empezar.
El móvil comenzó a sonar en mi bolsillo. Lo saqué y miré la pantalla.
—Es Miranda. ¿Qué querrá ahora?
Cuando Miranda me llamaba al poco de salir de casa, significaba que algo iba mal. No me apetecían malas noticias.
—Se supone que estáis intentando salvar vuestro matrimonio. Cógelo. El doctor Morgan te diría que lo cogieses.
—¿Y qué me diría mi amigo?
—Que lo cojas de una puta vez —respondió—. Un matrimonio es como un guion. Cada diálogo cuenta.
Black siempre conseguía sacarme una sonrisa. Sabía que me diría algo así.
—Dime, cariño —contesté, observando cómo Black se llevaba a la boca un trozo de pan mojado en la yema del huevo—. Qué faena. No me digas. Claro. Sí. Por supuesto. Nos vemos allí. Yo también.
Y colgué. Black levantó la vista y me miró extrañado.
—¿Ves? No ha sido para tanto. ¿Qué quería?
—Ha habido un lío con uno de los anuncios y tiene que pasar por el estudio.
—Entonces ¿te libras de tu fin de semana romántico?
—¡Ja! Ya quisiera. Nos vemos directamente en la cabaña.
Black me miró en silencio unos instantes y continuó:
—Me suena a que no va a aparecer por allí. Sí que tiene mala pinta lo vuestro, sí.
—Lo sé, joder, lo sé. Demasiada mala pinta.
Lo que no sabía era cómo se complicarían las cosas aquel día, y cómo los siguientes acontecimientos se iban a precipitar sobre mí como un huracán destrozándolo todo a su paso.
Fue..., cómo decirlo..., fascinante. Sí. Has leído bien. Fas-ci-nan-te. Un chisporroteo en el estómago, un cosquilleo incesante en la punta de los dedos. Ocurrió a las pocas semanas de empezar el curso. De camino a clase, me lo encontré solo sentado en mitad del campus, en vaqueros y con una camisa desenfadada, leyendo un taco de folios escritos a máquina. Durante las semanas iniciales del curso me había topado con él ya varias veces: concentrado, escribiendo en la biblioteca de la facultad, con sus gafas de pasta que solo se ponía para leer, que no hacían más que incrementar el halo de misterio que se escondía debajo de su cara dulce, o tomando notas en una libreta marrón tumbado en el césped central del campus, pero aún no habíamos hablado. Tenía cara de niño bueno, con una sonrisa de esas que iluminan una noche oscura. A veces había fantaseado con descubrir qué se ocultaría detrás de su cara dulce. En el fondo, me imaginaba que en su interior era todo fuego, ardiente, aunque estuviese apagado bajo el agua de esos ojos de mar. Se llamaba Ryan Huff, y ya me había fijado en él el primer día de clase, al verlo intentar llamar la atención de James Black. Era tímido y no lo era. Era inteligente pero también patoso. Se le notaba lleno de pasión y sin ella en absoluto. Era perfecto para mí.
La noche anterior había acabado llorando por ¿Larry? ¿Morris? ¡Qué más da! Elijamos Larry. Sí, le pega Larry. Era el chico con el que me estuve viendo en esa época y también el mayor capullo de toda la UCLA. Un par de años mayor que yo, estudiaba empresariales y nos habíamos conocido en la fiesta de bienvenida que organizaron la semana antes del inicio del curso. Aquella primera noche, Larry se comportó como si fuese la única mujer del universo. Me gustó. Era avispado y atractivo, espalda ancha, jugaba a lacrosse y sabía simular bien una carcajada sincera. Nos estuvimos viendo durante unas semanas en las que fue cortés, agradable y protector hasta que nos acostamos, y aún desnudos sobre la cama, me dijo:
—Bueno, Miranda, ha estado bien. Muy bien. Pero el curso acaba de empezar y... es bueno que conozcamos a otras personas y probemos cosas nuevas.
Me levanté.
Me vestí.
Asentí.
Me marché.
Esa era yo: un imán para retrasados.
Me sentí estúpida. Me sentí sucia. Me sentí una cateta de pueblo engañada por un pijo de ciudad. Al día siguiente, justo antes de ver a Ryan en mitad del campus, vi a Larry flirteando con otra, agarrándole la cintura y riendo con su falsa carcajada sincera.
Al verlo así, tan feliz y sonriente, sentí que el mundo entero se caía sobre mí. Fue una sensación extraña e inesperada, como un viento huracanado destrozándome las entrañas. Reconozco que pensé que aquel malestar era por cómo me sentía por haber sido tan estúpida con Larry, pero, en realidad, ahora tengo la certeza de que no fue más que un presentimiento horrible y espantoso sobre cómo sería mi vida con Ryan.
24 de septiembre de 2015
Me despedí de Black y me dirigí hacia la puerta, evitando a un par de japoneses que entraban entusiasmados para pedirle una foto.
—Diviértete —me gritó cuando me alejaba, sin siquiera darse la vuelta.
«Diviértete», como si eso fuese posible a solas con Miranda. Ya no recordaba los momentos en los que me había divertido con ella. Se habían convertido en flashes, en imágenes fijas, y creo incluso que había olvidado el sonido de su risa. Sé que me encantaba cómo sonaba, que me hacía sentir vivo y que me alegraba de ser yo el motivo de ella, pero tengo serias dificultades para recordar el timbre exacto que solía tener.
No me refiero a que no la hubiese escuchado reír en los últimos meses; es que, simplemente, su risa ya no era igual que antes. En ese periodo estaba como apagada. Si hacía un chiste, la risa duraba lo justo y necesario, y cuando terminaba, lo hacía de golpe, como si hubiese cumplido su cometido y ya no fuese necesaria. Parecía que ya solo se reía por compromiso. Uno se daba cuenta de esas cosas. Las risas son como los orgasmos. O salen de dentro, de las entrañas, o te das cuenta al instante de que algo no encaja.
Hacía tiempo que Miranda simulaba también los orgasmos. Eso sí que no se me ha olvidado, cómo eran cuando los disfrutábamos de verdad. Solía temblarle el abdomen, contorsionaba su cintura en movimientos intensos, apretando con sus dedos mis omóplatos, mientras ambos jadeábamos. Y un día, de repente, solo gemía y me apretaba contra ella, como si uno fuese estúpido y no se diese cuenta de que quería que el calvario acabase lo antes posible. Tengo que admitir que habíamos pasado rachas en las que no me apetecía acostarme con Miranda por miedo a si fingiría o no. Me agobiaba pensar que estaríamos desnudos, tumbados uno sobre o junto al otro, y mintiéndonos incluso en nuestras entrañas. La desnudez hace que te vuelvas vulnerable. No se debería mentir cuando no se tiene la ropa puesta. Es contraproducente. Desnudarse frente a alguien debería ser en cuerpo y alma y, nosotros llevábamos un tiempo que solo desnudábamos nuestro cuerpo. Creo que a ningún hombre le gusta creer que no es capaz de hacer disfrutar a su mujer. No es que lo haga siempre. Por ejemplo, en la ducha había estado más eufórica que en los últimos meses, más juguetona, por así decirlo, y tengo que admitir que había sido perfecto. Incluso tuve la sensación de que todo era como antes. Me agarraba con intensidad, mientras el agua caía sobre nosotros, me mordía el labio y sus piernas me envolvían como si me hubiese atrapado en una trampa de la que no me fuese a librar.
Mientras lo hacíamos, pensé que tal vez nuestra futura aventura rural avivaría la chispa que nos faltaba, pero luego, al terminar, siguió duchándose, salió de la ducha en silencio y se vistió con rapidez. Su indiferencia me dejó helado. Fue como si no hubiese ocurrido; abandonó el cuarto de baño y no me dijo nada. Fue, en realidad, como si viviese con una extraña. Y solo me vino un pensamiento: «¿Dónde te has escondido, Miranda?».
Un rato después, me monté en el coche y me dirigí hacia el este. Miranda me había dicho que ya nos veríamos en la cabaña y que llegaría antes del anochecer, así que no tenía prisa. Paré un par de veces para hacer algunos recados y cerrar algunos asuntos. Me pasé por el Nicks y compré una botella de vino, fui a una librería y me compré un par de thrillers para leer ese fin de semana. Si el plan con Miranda fallaba, podría evadirme de las discusiones de dos maneras distintas. El doctor Morgan había sido bien claro: «Si discutís, desconectad un rato, haciendo cualquier cosa, y luego, cuando el sofoco del primer momento se haya disipado, hablad de nuevo las cosas. La única regla para este fin de semana es que no podéis abandonar el plan». Pasar el fin de semana bebiendo y leyendo, aunque fuese con Miranda entre las mismas cuatro paredes, no me parecía mal plan.
Miré el reloj. Eran ya las seis de la tarde, el día se había esfumado y yo ya andaba buscando excusas, alargando el momento de salir hacia Hidden Springs, un pueblo de montaña al este de Big Pines, para encontrarme con Miranda. Allí habíamos alquilado la cabaña. Todo el mundo conoce Big Pines porque es donde se encuentra el Mountain High Resort, una estación de esquí en las montañas San Gabriel, en pleno Angeles National Park, pero no tan concurrido. En realidad, es un poblado de paso. Según la web del municipio, con apenas cuatro secciones y todas de texto plano sobre un fondo blanco, Hidden Springs tiene un censo de tres mil habitantes y la friolera cantidad de cien puntos de interés. Exactamente cien. Ni uno más ni uno menos. Me llamó la atención ese dato en la web, especialmente cuando consideraban puntos de interés la gasolinera, el supermercado o la estación de bomberos.
Como ya he dicho, elegimos Hidden Springs por recomendación del doctor Morgan. No era un lugar muy caro, especialmente en esta época del año, todavía sin nieve, con un relativo clima de montaña no demasiado agresivo. Estaba a unos dos mil quinientos metros de altitud, así que la temperatura, a pesar de estar en septiembre y esto ser Los Ángeles, era muy cambiante. En verano puedes, literalmente, asarte de calor y en invierno, con toda la montaña nevada, puedes helarte las pelotas. Es un sitio perfecto para pasarlo mal.
Conduje durante una hora y, pronto, me incorporé a la autovía 2, que pasaba directamente por Big Pines y Hidden Springs. La cabaña estaba, según las indicaciones de Miranda, al sur de Hidden Springs, circulando durante unos quince minutos por un camino de tierra al final del poblado, justo avanzando por la calle en la que se encontraba el mercado.
Cuando llegué a Hidden Springs, antes del anochecer, lo primero que vi fue el Merry Café, una cafetería con forma de casa de madera pintada de verde, con tejado inclinado y decorada de Navidad durante todo el año, pues así llamaba la atención de los que pasaban por la autovía 2 que conectaba también con Los Ángeles. Me apetecía tomarme un café. Justo en el momento en que me acercaba, encendió las luces que decoraban el tejado y, la verdad, su maldita táctica atrayente de mosquitos funcionaba. Pero miré la hora. Aún me quedaba encontrar la cabaña, en alguna parte al sur de Hidden Springs, y las indicaciones de Miranda habían sido algo escasas. Subí una cuesta y pronto encontré el camino de tierra que había comentado mi esposa, al terminar Crest Street. Me adentré por él temiendo que una rueda se quedase atrapada en el barro. Pasé por algunas casas de campo, salpicadas de vez en cuando entre los pinos de la zona, y tardé un tiempo en encontrar el complejo de casitas de madera donde estaba situada la cabaña. De repente, recibí un mensaje de Miranda en el móvil, que leí con una mano en el volante: «Te veo».
No decía nada más. Bajé la velocidad y miré a ambos lados entre los árboles, intentando divisar la silueta o el coche de Miranda frente a alguna de las cabañas que había por allí, pero no conseguía encontrarla. Me pareció extraño el mensaje: dos simples palabras que tenían demasiado significado. La noche ya había caído sobre la zona, y no había luz ni coches en ninguna de las cabañas salvo una luz lejana que provenía de una del final del camino. Cada casita estaba separada de la siguiente por unos cien metros, así que, a ojo, me quedaban unos trescientos metros para llegar. Paré frente a la casa número once, y me sorprendió que estuviesen todas las luces encendidas. El coche de Miranda, un Chrysler todocamino rojo con matrícula de Nevada, estaba aparcado frente a la casa, así que intuí que ya me estaría esperando con la cara larga por haber llegado más tarde que ella. No había farolas en esa área, la única luz que existía era la del interior de la cabaña, iluminando el pequeño porche de madera y el frontal de mi vehículo.
Cogí las bolsas con lo que había traído de comida del asiento del copiloto y, antes de salir, suspiré. No sabía por qué, tenía un nudo en la garganta. No me gustaba tener que forzar nuestra relación, tener que llegar al punto de planificar una escapada así porque no éramos capaces de ponernos de acuerdo. ¿Qué nos había pasado? ¿Cómo habíamos llegado a ese punto?
Me asomé por la ventana, con una sonrisa apaciguadora por si Miranda me veía desde el otro lado, pero no conseguí verla en el interior. Me acerqué a la puerta y estuve a punto de toquetear la madera con el ritmo de «La cucaracha», pero tras el primer golpe, esta se deslizó hacia dentro movida por mi llamada. Miranda la habría dejado abierta para que yo entrase, pero la visión del interior de la cabaña, sin rastro de ella, me dejó aturdido.
Estaba todo en marcha; un grifo de la cocina abierto, mi maleta y la de ella junto al chéster marrón del salón, un par de copas de vino servidas sobre la encimera de la cocina, un tocadiscos crepitando sobre el final de un elepé.
—¿Miranda? —grité, dirigiendo mi voz hacia el pasillo del fondo, donde suponía que estaban el baño y el dormitorio, pero no obtuve respuesta.
Aceleré el ritmo y me sumergí en el pasillo con pasos firmes. Tenía la extraña sensación de que algo no encajaba, que había un silencio tan abrumador en la zona hacia la que me dirigía, que conforme me acercaba, más crecía en mí la certeza de que no la encontraría. La madera crujía a mis pies y el olor a barniz recién pintado me invadía las fosas nasales cuanto más me adentraba en la cabaña.
—¿Miranda? —repetí—, ¿esconderte es uno de los juegos que te ha propuesto el doctor Morgan?
No me respondió y me hizo gracia. Me imaginaba a Miranda dentro de un armario o entre los árboles de fuera, silenciosa, con esa mirada juguetona que solía tener antes, y tengo que admitir que recordar su picardía me hizo contemplar el fin de semana de otro modo. Tal vez lográsemos pasarlo bien comportándonos como dos universitarios, con la casa para nosotros solos porque nuestros padres se habían ido a pasar el fin de semana a Dios sabe dónde para evitar descubrir qué hacían sus hijos cuando ellos no estaban.
—Está bien. Si quieres jugar, jugamos —grité, queriendo que se me oyese por todas las estancias.
Comencé a caminar despacio, tratando de evitar hacer ruido para sorprender a Miranda y encontrarla de pronto cuando menos se lo esperase. Recuerdo sus gritos de sorpresa al principio de nuestra relación y cómo nos reíamos cuando la levantaba abrazándola y le hacía cosquillas. Ese tipo de juegos siempre nos llevaba a hacer el amor. Me quité los zapatos y pisé descalzo cerca de las paredes para que la madera bajo mis pies no crujiese. Llegué al final del pasillo, empujé la puerta del baño y me quedé sin saber qué pensar con lo que vi: la cortina de la ducha estaba tirada en el suelo, con manchas de sangre salpicadas por todas partes.
—¡Miranda! —grité asustado—. ¡Miranda!
Volví sobre mis pasos, y corrí hacia el dormitorio, esperando toparme con ella allí, pero solo estaba la cama deshecha y la luz de una lamparita encendida sobre la mesilla de noche. Salí rápido hacia la sala de estar, mirando en todas direcciones, deseando que ella apareciese por delante de mi campo de visión riendo y diciéndome que era todo una broma, pero conforme pasaban los segundos y mis gritos eran ignorados, mi corazón me decía que algo grave le había pasado. Corrí hacia la mesilla de la sala de estar, cogí mi teléfono y la llamé con la esperanza de que lo cogiese, pero un relámpago me sacudió el pecho cuando escuché que su móvil estaba apagado.