Soy consciente de que el título de este libro puede resultar grandilocuente: Grandes estrategias. Me preceden, no obstante, Timothy Snyder, compañero en el departamento de Historia de la Universidad Yale (On Tyranny) y, largo tiempo atrás, Séneca (Sobre la brevedad de la vida). Me preocupan en especial, no obstante, los admiradores de Carl von Clausewitz, entre los que me cuento. Su obra póstuma, De la guerra (1832), fijó el modelo para los posteriores textos escritos sobre ese tema y su corolario inevitable: las grandes estrategias. Justifico la aparición de otro libro sobre esta cuestión por su concisión, la cual no era uno de los fuertes de Clausewitz: Grandes estrategias cubre más años que De la guerra, pero en menos de la mitad de páginas.
Este libro surge de dos experiencias con la gran estrategia, separadas por veinticinco años. La primera fue impartir la asignatura Estrategia y Política en el Naval War College de Estados Unidos, en Newport, entre 1975 y 1977, en las circunstancias descritas al final del capítulo 2. La segunda, haber dado en la Universidad Yale el seminario Estudios sobre la Gran Estrategia, desde 2002 hasta la actualidad. Ambos cursos se han apoyado en todo momento no tanto en la teoría como en el estudio de textos clásicos y de casos históricos. La asignatura impartida en Newport duraba un semestre y estaba dirigida principalmente a oficiales con cierta experiencia. El seminario de Yale abarca dos semestres y atrae a estudiantes de grado y de posgrado, así como a profesionales. Acude a él todos los años, asimismo, un teniente coronel en activo del ejército y de los marines.[1]
Ambos cursos siguen una filosofía basada en la colaboración: en Newport, en general, cada sesión la impartíamos un instructor civil y uno militar, mientras que, en Yale, se dan distintas combinaciones. Mis colegas Charles Hill, Paul Kennedy y yo lo pusimos en marcha como troika: asistíamos a todas las clases, debatíamos entre nosotros ante los estudiantes y les aconsejábamos personalmente (no siempre de manera coherente) fuera del aula. Por fortuna, los tres seguimos siendo vecinos y buenos amigos.
La creación en 2006 del programa Brady-Johnson sobre Gran Estrategia permitió fichar a otros profesionales: David Brooks, Walter Russell Mead, John Negroponte, Peggy Noonan, Victoria Nuland, Paul Solman, Jake Sullivan y Evan Wolfson. El seminario también ha llamado la atención de otros profesores de Yale, como Scott Boorman (profesor de Sociología), Elizabeth Bradley (anteriormente en la escuela de Salud Pública, directora del programa Brady-Johnson durante el curso 2016-2017 y hoy presidenta del Vassar College), Beverly Gage (profesora de Historia y, desde 2017, directora del programa Brady-Johnson), Bryan Garsten (profesor de Ciencias Políticas y Humanidades), Nuno Monteiro (profesor de Ciencias Políticas), Kristina Talbert-Slagle (profesora de Epidemiología y Salud Pública) y Adam Tooze (antiguo profesor de Historia, radicado hoy en la Universidad de Columbia, Nueva York).
Todos ellos me han enseñado muchísimas cosas, razón añadida para intentar recogerlo aquí aunque sea resumidamente. He aprendido de una manera informal e idiosincrásica, guiándome por las impresiones. Mis profesores no son responsables más que de abrirme caminos y de dejarme a mi aire, lejos de su control. Dada mi búsqueda de patrones a lo largo del tiempo, el espacio y la escala,[2] me he dado el lujo de anular esas tres dimensiones a efectos comparativos e incluso dialogísticos: Agustín de Hipona y Maquiavelo charlarán ocasionalmente entre sí, como lo harán Clausewitz y Tolstói. Este último es el «imaginador» más útil de los que he encontrado; otros son Virgilio, Shakespeare o F. Scott Fitzgerald. Por fin, he recurrido a menudo a las ideas de sir Isaiah Berlin,[3] a quien pude conocer durante mi estancia como profesor visitante en la Universidad de Oxford, entre 1992 y 1993. Tengo la sensación de que le agradaría ser considerado un gran estratega. Estoy seguro de que, al menos, le divertiría pensarlo.
Mi agente, Andrew Wylie, y mi editor, Scott Moyers, mostraron más confianza en este libro que yo cuando empecé a escribirlo. Trabajar con ellos ha sido de nuevo un gran placer, al igual que colaborar con el eficaz equipo de Penguin: Ann Godoff, Christopher Richards, Mia Council, Matthew Boyd, Bruce Giffords, Deborah Weiss Geline y Juliana Kiyan.
Debo un agradecimiento especial a los estudiantes de grado de Yale que asistieron al seminario Zorros y Erizos, que impartí en otoño de 2017, y que han revisado de forma implacable todos los capítulos de este libro: Morgan Aguiar-Lucander, Patrick Binder, Robert Brinkmann, Alessandro Buratti, Diego Fernandez-Pages, Robert Henderson, Scott Hicks, Jack Hilder, Henry Iseman, India June, Declan Kunkel, Ben Mallet, Alexander Petrillo, Marshall Rankin, Nicholas Religa, Grant Richardson, Carter Scott, Sara Seymour, David Shimer y Jared Smith. También he contado con el apoyo de consumados ayudantes de investigación, como Cooper D’Agostino, Matthew Lloyd-Thomas, David McCullough III, Campbell Schnebly-Swanson y Nathaniel Zelinsky.
Los rectores de Yale, Richard Levin y Peter Salovey, me ofrecieron un sólido respaldo a la enseñanza de la gran estrategia desde el primer momento, como también lo ha hecho Ted Wittenstein, ayudante especial y uno de nuestros primeros estudiantes. Los directores adjuntos de Estudios de Seguridad Internacional y del programa Brady-Johnson nos han amparado a la hora de mantener el rumbo: Will Hitchcock, Ted Bromund, el difunto Minh Luong, Jeffrey Mankoff, Ryan Irwin, Amanda Behm, Jeremy Friedman, Christopher Miller, Evan Wilson e Ian Johnson. También han prestado un apoyo inestimable: Liz Vastakis, Kathleen Galo, Mike Skonieczny e Igor Biryukov. Mi esposa, Toni Dorfman, profesora, erudita, mentora, actriz, dramaturga, directora de obras y óperas barrocas, correctora, crítica, cocinera gourmet, terapeuta nocturna y amor de mi vida desde hace (!) veinte años, me ha sustentado de todas las maneras posibles.
Esta dedicatoria quiere ser un homenaje a los dos grandes benefactores de nuestro programa, Brady y Johnson, así como a algo que hace las cosas más fáciles sin perder nunca la prudencia: la visión de estos, su generosidad y su invariable buen consejo —no olvidemos, claro, que en este programa tratamos de enseñar sentido común— han sido nuestra ancla, nuestra brújula y la embarcación misma en que navegamos.
New Haven, Connecticut
Otoño de 2017
CRUZANDO EL HELESPONTO
Nos encontramos en el año 480 a. C. en Abido, ciudad situada en la orilla asiática del Helesponto, donde el paso se estrecha a poco más de kilómetro y medio. La escena es digna de una película de la época dorada de Hollywood: Jerjes, rey de reyes persa, asciende el promontorio para sentarse sobre un trono desde el que contemplar sus ejércitos en formación, los cuales, según Heródoto, sumaban más de un millón y medio de hombres. Probablemente fueran una décima parte de ese número, que son, con todo, los hombres que Eisenhower mandó desembarcar el día D. No salva hoy día el Helesponto ningún puente, pero Jerjes tuvo dos: un pontón construido con trescientas sesenta embarcaciones atadas entre sí y otro con trescientas catorce, curvados ambos ligeramente por la corriente y el viento. Sepultado bajo las aguas el puente anterior tras una tormenta, el furibundo emperador había ordenado decapitar a los constructores y azotar y marcar con hierros candentes las mismísimas aguas del estrecho. En algún lugar del fondo deben de reposar aún hoy los grilletes de hierro que mandó arrojar al mar como advertencia.
Ese día, sin embargo, las aguas están tranquilas y Jerjes se siente satisfecho. Hasta que, de repente, estalla en lágrimas. Su tío y consejero Artábano le pregunta por qué. «Ante nosotros se hallan miles de hombres —responde el emperador—, pero ninguno de ellos estará vivo dentro de cien años.» Artábano consuela a su rey recordándole todas las calamidades que hacen intolerable la vida y la muerte, un alivio. Jerjes conviene con su tío y consejero, pero le exige: «Dime la verdad». Quería conocer su opinión sobre la empresa que tenían ante sí. ¿Vería Artábano con buenos ojos una segunda invasión persa de Grecia en apenas una década? Existía un factor que quizá cambiase las cosas: emperador y consejero habían tenido la misma pesadilla. Es ahora Artábano quien se estremece: «El miedo me embarga. No, mejor dicho: me posee».
Un mismo sueño había visitado dos veces a Jerjes, después de que Artábano disuadiese a aquel de vengar la humillación a que los griegos habían sometido a su padre, Darío, diez años antes, en la batalla de Maratón. Anticipándose en dos milenios a Hamlet, un espectro de porte majestuoso y actitud paternal le había presentado un ultimátum: «Si no declaras la guerra enseguida, […] al igual que en un breve lapso te hiciste grande y poderoso, con prontitud volverás a la humildad». Artábano, en un primer momento, restó trascendencia al sueño, tras el cual Jerjes obligó a su consejero a dormir en el lecho real e incluso a usar su camisón. El espectro volvió a aparecer y Artábano se despertó aterrorizado y entre alaridos, pidiendo a voces la invasión. Jerjes dio la orden y la gran fuerza militar se reunió en Sardes, sacrificó un millar de novillos en las ruinas de Troya, alcanzó el Helesponto y se aprestaba a cruzar los pontones cuando el emperador concedió a su tío una última oportunidad para dar voz a cualquier reserva que pudiera tener.
Artábano, pese a su pesadilla, no es capaz de resistirse. Los enemigos que les esperan, advierte, no son solo griegos, temibles guerreros de por sí: la tierra y el mar también lucharán contra ellos. La obligada marcha para circundar el Egeo atravesará regiones que no podrán alimentar a un ejército tan numeroso. No habrá puertos suficientes para dar cabida a sus navíos si estalla la tempestad. El agotamiento y la hambruna podrían hacer mella en ellos aun antes de empuñar las armas. El líder prudente «teme y medita sobre todo lo que puede ocurrir, pero es audaz cuando se halla en el centro de la acción». Jerjes escucha con paciencia, pero objeta: «Si fuese necesario tenerlo todo en consideración […], jamás haríamos nada. Es mejor contar con un corazón valeroso y enfrentarse a la mitad de los horrores que tememos que anticipar y no sufrir ninguno de ellos. […] Se ganan grandes trofeos afrontando grandes peligros».
Quedó así zanjado el tema. Jerjes ordena a Artábano que regrese a la capital para administrar el imperio mientras él dedica sus esfuerzos a doblar su extensión. Jerjes reza al sol para obtener la fuerza necesaria que no solo le permita conquistar Grecia, sino toda Europa. Esparce ramas de mirto ante los pontones y ordena a sus sacerdotes que quemen incienso. Recompensa al Helesponto vertiendo en él una libación, además del cáliz de oro que la contenía y, por último, una espada. Se despeja así el camino sobre el estrecho: el ejército completo tarda siete días, con sus noches, en cruzarlo. Cuando el propio Jerjes alcanza la orilla europea, se escucha a un asombrado lugareño preguntar por qué Zeus se ha disfrazado como el emperador de los persas y ha traído con él «a toda la gente del mundo». «¿Acaso no puede el dios destruir Grecia él solo?»[4]
I
Dos mil cuatrocientos diecinueve años después, un catedrático de Oxford da por concluidas las tutorías de la tarde. Esa noche debe asistir a una fiesta. Isaiah Berlin tenía entonces treinta años. Había nacido en Riga, se había criado en San Petersburgo y tras la Revolución bolchevique, de la que fue testigo con apenas ocho años de edad, emigró con su familia a Inglaterra. Allí creció, aprendió el idioma con un acento que nunca perdió y prosiguió con su educación (aprobó con excelentes notas sus exámenes en Oxford y se convirtió en el primer judío en entrar en el All Souls College). En 1939 empezó a impartir clases de Filosofía en el New College (fundado en 1379), curso en el que desarrolló cierta animadversión hacia el positivismo lógico (una proposición carecerá de significado si no puede verificarse empíricamente) y se dedicó a disfrutar de la vida al máximo.
Berlin era un conversador ávido de conocimientos y aprovechaba cualquier oportunidad tanto para lucirse como para empaparse de nuevas ideas. En la fiesta de aquel día —se ignora la fecha exacta—, se encontró con Julian Edward George Asquith, segundo conde de Oxford y Asquith, quien estaba entonces terminando sus estudios de Filología Clásica en el Balliol College. Lord Oxford, al parecer, se había topado con un enigmático verso del poeta griego Arquíloco de Paros. Berlin lo recordaría más adelante así: «El zorro sabe muchas cosas; el erizo sabe una sola, pero grande».[5]
Ese verso se conserva solo, como un fragmento, y su contexto se perdió hace mucho tiempo. Sin embargo, Erasmo de Róterdam jugó con él y Berlin no pudo evitar hacer lo mismo.[6] «¿Podría aquella imagen convertirse en una pauta para clasificar a los grandes escritores?», se preguntó. En ese caso, Platón, Dante, Dostoievski, Nietzsche y Proust habrían sido erizos. Aristóteles, Shakespeare, Goethe, Pushkin y Joyce habrían sido, obviamente, zorros. También era zorro Berlin, quien desconfiaba de la mayoría de grandes cosas —como el positivismo lógico—, pero se sentía muy cómodo con las más pequeñas.[7] Apartado de su trabajo por la Segunda Guerra Mundial, Berlin no regresaría a sus pequeños mamíferos hasta 1951, cuando recurrió a ellos para crear el marco teórico de un trabajo sobre la filosofía de la historia en Tolstói. Este trabajo aparecería dos años más tarde como un ensayo breve con el título de El erizo y el zorro.
Los erizos, razonaba Berlin, «lo relacionan todo con un único planteamiento capital», que da «sentido y relevancia a todo lo que hacen y dicen». Los zorros, por lo contrario, «persiguen muchos fines, a menudo no relacionados entre sí e incluso contradictorios, los cuales mantienen, si acaso, algún tipo de conexión de facto». Esta distinción es sencilla, pero no baladí, pues ofrece «un punto de vista desde el que mirar y comparar, y un punto de partida para la investigación genuina». Incluso podría ilustrar «una de las maneras que más marcadamente diferencian a escritores y pensadores y quizá, en general, a todos los seres humanos».
Habiendo lanzado esa bengala, no obstante, Berlin no supo arrojar luz más allá de Tolstói. El gran hombre había querido ser erizo, afirma aquel: Guerra y paz revela supuestamente las leyes que rigen la historia. Sin embargo, Tolstói era demasiado sincero como para no tener en cuenta las peculiaridades de la personalidad y los imprevistos fruto del contexto que desafían este tipo de generalizaciones, así que trufó su obra maestra con algunos de los mejores ejemplos de literatura «vulpina» de la historia. Con estos logró cautivar a sus lectores, quienes saltaban de buena gana las parrafadas de reflexión histórica, de cariz claramente «erináceo», que salpicaban el texto. Berlin concluye que, roto por las contradicciones, Tolstói veía acercarse su propia muerte «como un viejo desesperado, al que ningún ser humano podría ayudar, que vagaba por Colono tras haberse arrancado los ojos [como Edipo]».[8]
Desde el punto de vista biográfico, este es un planteamiento demasiado simple. Es cierto que Tolstói murió en una oscura estación de tren rusa en 1912 a los ochenta y dos años, tras marcharse del hogar y abandonar a la familia. Es improbable, no obstante, que lo empujaran a ello los remordimientos causados por los cabos sueltos que, décadas antes, había dejado en Guerra y paz.[9] Tampoco está claro que Berlin evocase a Edipo sino para rematar su ensayo con un ripio dramático. Demasiado dramático, quizá, pues proponía una diferencia irreconciliable entre zorros y erizos. Hay que ser uno u otro, parece afirmar Berlin. Resulta imposible ser ambas cosas y también una persona feliz; o eficaz, o siquiera íntegra.
Berlin recibió con sorpresa —y maliciosa satisfacción— la noticia de que sus pequeños mamíferos se habían hecho virales (mucho antes de la aparición de internet). Empezaron a proliferar las referencias impresas. Aparecieron, por ejemplo, viñetas que no necesitaban explicación.[10] Y en las aulas universitarias, los profesores preguntaban al alumnado: «¿Fue [tal figura literaria o histórica] zorro o erizo?». Estos, por su lado, interpelaban a sus profesores: «¿Es mejor [en este momento histórico o en cualquier otro] ser zorro o ser erizo?». Y tanto unos como otros se decían: «¿Dónde he de situarme en esta polaridad?». Y a continuación: «¿Puedo quedarme en esa posición para siempre?». Y por fin: «A fin de cuentas, ¿quién soy yo?».
Gracias a aquella fiesta en Oxford, al verso de Arquíloco y a la épica biografía sobre Tolstói, Berlin dio con dos de las mejores maneras de grabar una marca indeleble en la historia de la intelectualidad. La primera es la délfica, estratagema conocida por los oráculos desde la noche de los tiempos. La segunda, la esópica, hacer que tus ideas alcancen la inmortalidad convirtiéndolas en animales.
II
Heródoto, que vivió aproximadamente entre el 480 y el 420 a. C., quizá oyó hablar de los zorros y erizos de Arquíloco (entre 680 y 645 a. C.). El historiador cita al poeta en otro contexto, así que podría haber conocido el poema de los animales, de haber sobrevivido.[11] Y aunque no hubiera llegado hasta los días de Heródoto, resulta difícil no imaginar el relato que este hace de Artábano y Jerjes en el Helesponto sin ver en el consejero a un zorro inquieto y en el emperador, a un erizo impertérrito.
Artábano hace hincapié en el peaje que se ha de pagar —el gasto de energía, el racionamiento de suministros, las comunicaciones potencialmente interceptadas, la moral debilitada y cualquier otra cosa que pudiera torcerse— cuando se intenta mover una ingente fuerza militar a través de una gran masa de tierra o de agua. El éxito exige soportar demasiadas penurias. ¿No se da cuenta Jerjes de que «el dios golpea con relámpagos» solo a quienes se hacen propósitos demasiado ambiciosos, mientras que los pequeños «jamás provocan en él el mínimo apremio por actuar»? Artábano insta a desmantelar los puentes, disolver los ejércitos y enviar a todo el mundo de vuelta a casa, donde lo peor que les puede pasar son las pesadillas.
Jerjes, que llora por quienes estarán muertos dentro de cien años, tiene una visión más amplia y a más largo plazo. Si la muerte es el precio de la vida, ¿por qué no pagar lo mínimo necesario para hacerla memorable? ¿Para qué ser rey de reyes, si nuestro nombre acabará en el olvido? Tras haber domado el Helesponto, nada lo detendrá. Los puentes deben conducir a algún lugar. Los grandes ejércitos transportan consigo lo necesario para asegurarse de que lo que pudiera ir mal no vaya mal. Y si algo se torciera, no sería algo importante. «Es el dios quien nos guía y, por ello, por nosotros mismos nos embarcamos en nuestras muchas empresas, y tenemos éxito.»[12]
Artábano respeta el entorno físico de las cosas, pues sabe que los paisajes pueden ayudar o entorpecer a un ejército, que las flotas jamás controlan del todo los mares que surcan, que el tiempo atmosférico es impredecible para los mortales. Los comandantes deben saber distinguir entre lo que está en sus manos y lo que han de aceptar y tienen que confiar únicamente en las destrezas que las circunstancias permitan aplicar y no en otras. Jerjes, sin embargo, remodela los entornos. Convierte el agua en tierra firme (más o menos), al crear un puente que salva el Helesponto, y hace líquida la tierra, al mandar excavar un canal a través de la península de Atos —«por mera arrogancia», según Heródoto— para que sus naves no deban circunnavegarla.[13] El rey no se preocupa por lo que haya de aceptar, pues arramblará con cualquier cosa que se le interponga. Confía solo en la mano divina que le ha encomendado tal poder.
El miope Artábano ve tanto en el horizonte inmediato que, para él, el auténtico enemigo es la complejidad. El hipermétrope Jerjes solo se concentra en un horizonte distante, en el que las ambiciones se identifican con las oportunidades: para él, la sencillez es el faro que muestra el camino. Artábano no deja de cambiar de opinión. Sus continuas idas y venidas solo le servirán, como a Ulises, para regresar al hogar. Jerjes, cruzando el Helesponto, se convierte en Aquiles. No tendrá hogar más que en las futuras historias que relaten sus hazañas.[14]
Este zorro y este erizo, así pues, no tienen nada en común. Tras caer sus advertencias en saco roto, Artábano desanda camino hacia el este, rumbo a Susa, y desaparece de las páginas de Heródoto, que no vuelve a mencionarlo. Jerjes, por su parte, avanza hacia el oeste con sus ejércitos y su armada, y se hace acompañar de su futuro historiador en espíritu, así como de todos los subsiguientes cronistas de la invasión persa.[15] El Helesponto, límite entre dos continentes, se transformó entonces en frontera entre dos formas de pensar que Arquíloco ya prefiguró, que Berlin hizo famosas y que un grupo de avezados especialistas caracterizarían con mayor precisión a finales del siglo XX.
III
Entre 1988 y 2003, en un esfuerzo por determinar las raíces que determinan la precisión y la imprecisión en las predicciones que se hacen del futuro político del mundo, el psicólogo político estadounidense Philip E. Tetlock y sus ayudantes recopilaron 27 .451 predicciones sobre política internacional. Estas habían sido hechas por expertos de universidades, gobiernos, fundaciones, instituciones internacionales, medios de comunicación y grupos de reflexión y venían acompañadas de tablas, gráficos y ecuaciones. Tetlock publicó en 2005 un libro titulado Expert Political Judgment, en el que da cuenta del estudio más riguroso realizado hasta la fecha para responder a la pregunta de por qué algunos especialistas aciertan en sus previsiones de futuro y otros no.
«Quién fuera el experto, es decir, su trayectoria profesional, estatus, etcétera, no suponía un ápice de diferencia —concluye Tetlock—. Tampoco constituía un factor determinante cómo pensasen, a saber, el hecho de que fueran progresistas o conservadores, realistas o institucionalistas, optimistas o pesimistas. Sí importaba, sin embargo, su estilo a la hora de razonar.» Cuando se le mostró la caracterización que Berlin hacía de zorros y erizos, Tetlock llegó a la conclusión de que aquella era, en efecto, la variable crítica. Los resultados parecían inequívocos: los zorros eran mucho mejores prediciendo el futuro que los erizos, que resultaron acertar tanto como un chimpancé que jugara a los dardos (o, quizá, como el modelo informático de un chimpancé que jugara a los dardos).
Sorprendido por el resultado, Tetlock trató de identificar qué cosas diferenciaban a sus zorros de sus erizos. Los zorros se apoyaban para sus predicciones en el «entretejido de diversos retales de información» y no tanto en conclusiones extraídas mediante deducción a partir de «grandes esquemas». Los zorros dudaban de que «el nebuloso asunto de la política» pudiera ser, de alguna manera, «objeto de una ciencia exacta». Los más certeros «tenían en común el dudar de sí mismos», de modo que «no anteponían ninguna idea a la crítica y a la autocrítica». Sin embargo, tendían a ser demasiado digresivos —matizaban demasiado sus afirmaciones— y solían perder el interés del público. Los presentadores de tertulias no solían volver a llamarlos y los políticos estaban siempre demasiado ocupados como para detenerse a escucharlos.
Sin embargo, los especialistas del estudio de Tetlock tipificados como erizos esquivaban la autocrítica y desdeñaban las objeciones de los demás. Solían desplegar explicaciones agresivas y grandilocuentes y hacían gala de una «impaciencia erizada de púas con los que “no lo entendían”». Cuando tocaban fondo en los pozos intelectuales que perforaban, se limitaban a seguir cavando. Se convertían en «prisioneros de sus propios prejuicios» y quedaban atrapados en un círculo de autocomplacencia. Dichos prejuicios cumplían con su función correctamente de manera aislada, pero no guardaban relación coherente con lo que, en última instancia, ocurría en la realidad.
Todo ello inspiró en Tetlock la denominada «teoría del buen juicio»: «Los pensadores autocríticos son mejores a la hora de descifrar las contradictorias dinámicas que rigen las situaciones en permanente evolución; se muestran más precavidos en lo relativo a su pericia predictiva; recuerdan sus errores con más exactitud y son menos propensos a racionalizarlos; tienen más probabilidades de matizar sus convicciones en un periodo razonable de tiempo, y, finalmente —por combinación de todo lo anterior—, están mejor situados para prever de forma realista los acontecimientos futuros».[16] En resumidas cuentas: los zorros lo hacen mejor.
IV
Las buenas teorías se distinguen por su capacidad para explicar el pasado, pues solo así podremos confiar en que quizá acierten sobre el futuro. El pasado de Tetlock, sin embargo, se identifica con la década y media que dedicó a la realización de este experimento. Heródoto ofrece la oportunidad de poner en práctica los descubrimientos del psicólogo estadounidense —eso sí, sin su cuidadosa supervisión— en una era muy alejada de la nuestra. Las hipótesis de este, en efecto, se sostienen bastante bien en la distancia.
Tras cruzar el Helesponto, Jerjes avanzó convencido de que tanto el volumen de sus fuerzas como la opulencia de su séquito harían inútil cualquier resistencia. «Aun reunidos todos ellos, y sumados los hombres que habitan los países occidentales, los griegos no serían capaces de plantarme cara.» El plan del emperador funcionó en Tracia, Macedonia y Tesalia. Sus ejércitos, sin embargo, se movían muy despacio, como era de esperar.
Los persas eran tantos que se bebían ríos y lagos enteros, antes incluso de que todas las unidades los hubiesen atravesado o hubiesen bordeado sus orillas. Los leones (en esa época aún habitaban la Hélade) gustaban de la carne de los camellos que transportaban los víveres. Jerjes, además, tenía unos antojos culinarios tan exigentes que ni siquiera los griegos más serviciales eran capaces de satisfacer: uno de ellos agradeció que el emperador solo comiese una vez al día, pues, si Jerjes hubiera pedido a su ciudad un almuerzo tan abundante como la cena que le habían preparado la víspera, sus habitantes se habrían visto obligados a huir, so pena de «verse exterminados de la manera más miserable del mundo».[17]
Tampoco podía Jerjes allanar la topografía. Los persas, para entrar en el Ática, tendrían que atravesar el estrecho paso de las Termópilas, donde los espartanos de Leónidas, una fuerza muy inferior, reclutada a la carrera, retrasaría el avance del enemigo durante varios días. No sobrevivieron ni Leónidas ni ninguno de sus trescientos soldados de élite, pero su negativa a rendirse mostró que Jerjes no podría conseguir lo que ansiaba solo con intimidaciones. Mientras tanto, las tempestades de final de verano desatadas sobre el Egeo golpeaban su flota. Los atenienses, siguiendo órdenes de su almirante, Temístocles, evacuaban la ciudad. Esto dejó a Jerjes con el mismo dilema al que tuvo que enfrentarse Napoleón en Moscú en 1812: ¿qué hacer cuando has capturado tu objetivo, pero solo tienes ante ti una ciudad abandonada y azotada por el mal tiempo?
El rey de reyes contraatacó —típico de él— con más intimidación aún. Prendió fuego a la Acrópolis y, a continuación, mandó colocar su trono sobre otro promontorio costero, desde el que contemplar cómo los restos de su armada consumaban su triunfo. Seguramente, el hecho de que desde el más sagrado templo ateniense se elevase una columna de humo desmoralizaría a los galeotes de Temístocles. Sin embargo, aquella era la bahía de Salamina, las tripulaciones de los trirremes estaban bien entrenadas y el oráculo de Delfos había dicho que estarían seguros tras «muros de madera», refiriéndose, presumiblemente, a los costados de los barcos. Así pues, bajo la estupefacta mirada del emperador, los griegos enviaron la flota persa a pique y mataron a todos los supervivientes, a quienes, en cualquier caso, nadie había enseñado a nadar. Jerjes no tuvo otra opción que aceptar, con mucho retraso, el consejo que le había dado su tío y volvió a casa.[18]
Temístocles aceleró la partida del rey al propagar el rumor de que los pontones del Helesponto serían el siguiente objetivo de los atenienses. Aterrorizado, Jerjes se apresuró y abandonó a su suerte a las desmoralizadas tropas persas. Los griegos los derrotaron de nuevo en Platea, pero dejaron que el siguiente castigo corriera a manos de un dramaturgo y de su imaginación. En Los persas, representada por primera vez ocho años después de la batalla de Salamina, Esquilo nos muestra a un Jerjes golpeado y astroso que regresa cojeando a su propia capital, al son de los lamentos de quienes antaño lo aclamaban y con la siguiente advertencia del escarmentado fantasma de su padre, Darío: «cuando se es mortal no hay que abrigar pensamientos más allá de la propia medida».[19]
Heródoto se basó en Esquilo para su Historia.[20] ¿Extraería también del dramaturgo su relato de los sueños —en los que no evoca el fantasma de Darío, sino su «espíritu»—, aquellos que empujaron a Jerjes a cruzar el Helesponto en un principio? No hay forma de saberlo con certeza —los espíritus son muy esquivos—, pero resulta divertido imaginar a ese ente, con independencia de a quién representase, viajando al futuro gracias a sus poderes sobrenaturales y trayendo consigo de vuelta una advertencia para el afligido rey de reyes, firmada por el profesor Tetlock: a menudo, los zorros tienen razón y los erizos son idiotas.
V
La invasión de Grecia por parte de Jerjes constituye un ejemplo primitivo, pero espectacular, de la conducta de corte erináceo. Ser rey de reyes era algo verdaderamente grandioso: si Jerjes podía reunir la mayor fuerza militar de la historia y convertir el agua en tierra y viceversa, ¿de qué no sería capaz? ¿Qué le impediría conquistar Grecia y, después, toda Europa? ¿Qué evitaría, como él mismo se preguntó en cierto momento, la instauración de «un Imperio persa ilimitado, como el cielo de Zeus»?[21]
Sin embargo, Jerjes fracasó, como suele ocurrir con los erizos cuando tratan de establecer una relación eficaz entre sus fines y sus medios. En efecto, los fines existen solo en la imaginación y pueden ser infinitos: un trono en la Luna, quizá, con unas magníficas vistas. Los medios, por el contrario, se empeñan en ser finitos: botas pisando el suelo, barcos cabalgando olas y cuerpos humanos que calcen aquellas y que gobiernen estos. Para que las cosas ocurran, fines y medios deben conectarse de algún modo. Y en cualquier caso, nunca son intercambiables.
Las únicas limitaciones que Jerjes impuso a sus capacidades fueron sus propias aspiraciones. El emperador esperaba lo mejor, a la vez que asumía que sería lo peor. Vivía solo en el presente, aislado tanto del pasado, donde reside la experiencia, como del futuro, donde acecha lo imprevisto.[22] De haber comprendido estas distinciones, Jerjes habría concluido que sus ejércitos y flotas jamás podrían transportar toda la impedimenta necesaria para ocupar Grecia. A menos que el emperador convenciese a los griegos de que apoyaran la invasión (difícil), los soldados persas (él no, desde luego) empezarían a acusar el hambre, la sed y el cansancio. La resistencia de unos pocos, como ocurrió en las Termópilas, echaría por tierra la confianza de muchos persas. Y muy pronto, el invierno haría acto de presencia.
También habría sido arriesgado seguir al zorro Artábano. Este podría haber advertido a Jerjes sobre los ríos desecados, los leones hambrientos, las borrascas sobrevenidas, los lugareños resentidos, los guerreros feroces, los crípticos oráculos, los ávidos galeotes y los marineros persas ahogados por no saber nadar: todo eso le esperaba al otro lado del Helesponto. Las causas de todos estos sucesos eran cognoscibles, así que las consecuencias podían preverse, si bien una a una: ni el vidente más astuto puede concretar el efecto acumulado de los avatares. Las pequeñas cosas se acumulan de forma impredecible y dan lugar a otras grandes y, aun así, los líderes no pueden dejarse paralizar por la incertidumbre. Debe parecer que saben lo que hacen, aunque no lo sepan.
Jerjes llevó este principio hasta el extremo. Cuando el rey Pitio de Lidia proporcionó las tropas y caudales que el emperador había exigido para la invasión, rogó a este que no reclutase a su primogénito. Jerjes encontró una manera indeleble de hacerse notar: mandó cortar al joven en dos, colocó una mitad del cadáver a la derecha del camino y la otra mitad a la izquierda y ordenó a su ejército desfilar entre sus restos.[23] Quedaba así disipada cualquier duda acerca del propósito del emperador. Y cruzar aquella línea roja (literalmente) lo metía en un callejón sin salida. Aunque lo hubiera querido, no habría podido reconsiderar sus planes.
La clave de la tragedia vivida por Jerjes y Artábano reside en un hecho concreto: cada uno de ellos carecía de la habilidad y experiencia del otro. El rey, como los erizos de Tetlock, atraía la atención de las masas, pero siempre terminaba entrampándose. El consejero, como los zorros, evitaba las trampas, pero no era capaz de mantener la atención del público. Jerjes tenía razón: si intentas anticiparte a todo, te arriesgas a no conseguir nada. También, no obstante, Artábano tenía razón: si fracasas al prepararte para todo lo que podría ocurrir, estarás garantizando que, en efecto, algo ocurra.
VI
Ni Jerjes ni Artábano, así pues, habrían superado la prueba planteada por F. Scott Fitzgerald en 1936 para detectar una inteligencia de primera clase. Esta se caracterizaría, según el novelista estadounidense, por «la capacidad de mantener dos puntos de vista opuestos al mismo tiempo y seguir funcionando».[24] Probablemente, Fitzgerald no estaba sino autorreprochándose. Por entonces, su carrera literaria se había estancado; cuatro años más tarde moriría por problemas cardiacos derivados del alcoholismo y por una oscura tristeza que hacía aún más dolorosa la fama cosechada en otro tiempo. Apenas tenía cuarenta y cuatro años.[25] Sin embargo, el aforismo pasó a la historia por su críptica holgura conceptual, similar a la de los zorros y erizos de Berlin. El oráculo de Delfos le tendría envidia.[26]
Cabría interpretar los opuestos de los que habla Fitzgerald como la capacidad para aprovechar lo mejor de dos puntos de vista contrarios y, a la vez, rechazar lo peor de ellos: justamente, esto fue lo que, veinticuatro siglos antes, Jerjes y Artábano, incapaces de ceder, no consiguieron. ¿Cómo hacer algo así? Es fácil entender que dos mentes extraigan conclusiones contrarias al respecto de un asunto, pero ¿pueden dos puntos de vista opuestos coexistir pacíficamente dentro de una mente única? Desde luego, no fue así en la de Fitzgerald, quien vivió tan torturado como Tolstói, pero la mitad de años.
La mejor respuesta a esta pregunta la ofrece, paradójicamente, Berlin, quien dedicó gran parte de su vida, más prolongada y feliz, a reconciliar conflictos dentro de la unicidad de la propia mente. La experiencia cotidiana, señala, «está poblada de propósitos que revisten el mismo tipo de importancia concluyente […], la realización de algunos de los cuales implica inevitablemente la renuncia a otros». Es cada vez menos frecuente tener que elegir entre alternativas radicalmente opuestas —el bien frente al mal, por ejemplo— y nos hemos acostumbrado a escoger entre diversas cosas buenas, que no podemos poseer de manera simultánea. «Uno puede salvar su propia alma o puede fundar o mantener o servir a un Estado grande o glorioso —escribió Berlin—, pero no siempre a la misma vez.» Por expresarlo de manera que lo pueda entender un niño: no puedes comerte todas las chucherías que recoges la noche de Halloween sin tener dolor de tripa.
Los seres humanos resolvemos estos dilemas alargándolos en el tiempo. Buscamos lograr hoy algunas cosas y posponemos otras, y aun otras las juzgamos inalcanzables. Escogemos según el lugar y el momento, y luego decidimos qué podremos alcanzar y cuándo. El proceso puede resultar difícil: Berlin hizo hincapié en «la necesidad y la agonía de elegir». Sin embargo, si esas elecciones posibles desapareciesen, añade, también lo haría la «libertad» de elegir y, por tanto, la libertad per se.[27]
¿Qué hay, por tanto, de la afirmación que Berlin hizo en su ensayo sobre Tolstói, a saber, que «la humanidad en general» puede dividirse entre zorros y erizos? ¿Hemos de definirnos de un modo u otro, como pidió Tetlock a sus expertos? Berlin reconoció, poco antes de morir, que no resultaba necesario. «Algunas personas no son ni zorros ni erizos, y otras son ambas cosas.» Admitió que se trataba simplemente de un «juego intelectual», que algunos se habían tomado demasiado en serio.[28]
Esta explicación sirve, dentro del marco intelectual de Berlin, para responder a la pregunta de con qué opciones contaríamos si nos limitásemos a manejar categorías que exigieran predictibilidad.[29] Si, como argumentaba Fitzgerald, la inteligencia requiere de los puntos de vista opuestos y la libertad está en la elección, las prioridades, entonces, no pueden predeterminarse. Estas deben reflejar quiénes somos, pero también qué estamos experimentando: podemos saber de antemano lo primero, pero no siempre lo segundo. Hemos de combinar, en una mente única (la nuestra), tanto el sentido del rumbo del erizo como la sensibilidad que el zorro manifiesta ante su entorno. Y a la vez, nuestra mente ha de seguir funcionando.
VII
¿Dónde —a excepción del confuso título de la novela de Jane Austen— podrían encontrarse ese sentido y esa sensibilidad? La autora nos ofrece una pista. En efecto, solo la ficción permite proyectar este tipo de dilemas a lo largo del tiempo. No basta con desplegar las opciones entre las que elegir, como muestras bajo un microscopio. Es necesario estudiar cómo se produce el cambio, y esto solo es posible reconstruyendo el pasado en forma de relatos históricos, biografías, poemas, obras de teatro, novelas o películas. Los mejores ejemplos de este tipo de obras arrojan luz y, a la vez, empañan la mirada: comprimen los acontecimientos para aclarar la línea entre el entretenimiento y la educación, aunque la desdibujen a la vez. Son, en resumidas cuentas, dramatizaciones. Y un requisito fundamental de la dramatización consiste en que jamás resulte aburrida.
Lincoln, la película dirigida por Steven Spielberg y estrenada en 2012, es un excelente ejemplo. En ella, el presidente estadounidense, interpretado por Daniel Day-Lewis, trata de hacer buena la afirmación, incluida en la Declaración de Independencia, de que todos los hombres han sido creados iguales: ¿hay causa más noble para un erizo? Sin embargo, para abolir la esclavitud, Lincoln debe lograr que la dividida Cámara de Representantes apruebe la decimotercera enmienda, para lo que pondrá en marcha una serie de maniobras de naturaleza netamente vulpina: acuerdos, sobornos, halagos, amenazas y mentiras descaradas. En la película puede casi olerse el humo que llena las reuniones a puerta cerrada entre camarillas y rivales políticos.[30]
Cuando Thaddeus Stevens, miembro de la Cámara encarnado por Tommy Lee Jones, pregunta al presidente cómo puede conciliar tan elevada meta con formas tan ruines, Lincoln le recuerda lo que aprendió trabajando como topógrafo en sus años de juventud:
La brújula señalará el norte verdadero desde donde te encuentres, pero no avisa sobre los desiertos, ciénagas y desfiladeros que encontrarás por el camino. Si, en la búsqueda de tu destino, te lanzas hacia él sin atender a los obstáculos y no consigues otra cosa que hundirte en una ciénaga…, ¿qué utilidad tiene conocer el verdadero norte?[31]
Cuando vi la película, tuve la extraña sensación de que Berlin, sentado en la butaca de al lado, se inclinaba hacia mí y me susurraba al oído triunfante al finalizar la escena: «¿Ves? Lincoln sabía ser erizo para consultar la brújula, y zorro para rodear la ciénaga».
El auténtico Lincoln, hasta donde yo sé, jamás dijo nada parecido y el verdadero Berlin, por desgracia, no llegó a ver la película de Spielberg. En cualquier caso, en el guion, escrito por Tony Kushner, aparece ese nexo con la idea fitzgeraldiana sobre la inteligencia capaz de confrontar ideas opuestas y seguir funcionando: Lincoln guarda aspiraciones a largo plazo y, a la vez, atiende a las necesidades más inmediatas. Se reconcilian así los erizos y los zorros de Berlin con la insistencia de este en la inevitabilidad —y en la impredecibilidad— de lo que se elige. Lincoln no puede saber qué acuerdos deberá cerrar en el futuro hasta que haya comprobado la utilidad de los vigentes. La película, por otro lado, no cesa de relacionar las grandes cosas con las pequeñas: Lincoln entiende que el voto de la Cámara de Representantes —y, por tanto, el futuro de la esclavitud en los Estados Unidos— podría depender de qué funcionario esté al cargo en ese momento de la oficina postal de quién sabe qué pequeño pueblo del interior del país.
El Lincoln de Spielberg, en cualquier caso, muestra una serie de acciones emprendidas a lo largo del tiempo (Berlin), ilustra la coexistencia de opuestos (Fitzgerald) y también varios cambios de escala que se hacen eco de (¿por qué no?) Tolstói. En efecto, ambos Lincoln, el real y el retratado, aprehendieron intuitivamente lo que el novelista ruso trataba de transmitir en la colosal dramatización que nació de su pluma, Guerra y paz: que todo está relacionado con todo lo demás. Quizá por eso Tolstói, quien rara vez vio «grandeza» en ningún líder, decidió rendir un homenaje póstumo al presidente martirizado.[32]
VIII
Los cambios de escala que se dan en Guerra y paz siguen dejando de piedra a los lectores de Tolstói. Este nos adentra en la mente de Natasha con ocasión de su primer gran baile; en la de Pierre, cuando se presta a batirse en duelo y sobrevive; en las del príncipe Bolkonski y del conde Rostov, los padres más difíciles e indulgentes de la literatura moderna. A continuación, Tolstói amplía el plano, nos aleja de esas intimidades y nos hace acompañar a los ejércitos que barren Europa, para después hacer zoom sobre los emperadores y oficiales que los dirigen y, seguidamente, retratar al soldado raso que marcha, lucha y hace su vida en el ejército. De nuevo se abre el plano, tras la batalla de Borodinó, y nos hallamos ante un Moscú en llamas. Tolstói se centra entonces en los refugiados que huyen de la capital incendiada. Entre ellos se encuentra el gravemente herido príncipe Andréi, quien morirá en brazos de Natasha, de la que se había enamorado tres años y cientos de páginas antes, en el primer gran baile al que esta asistía.
Ya sea mostrándonos la realidad desde arriba hacia abajo o a la inversa, Tolstói parece afirmar que existe un infinito número de posibilidades que pueden darse de manera simultánea en un indeterminado número de niveles. Algunas son predecibles, pero la mayoría, no, y solo la dramatización, por haberse emancipado de las cadenas que atan al erudito a la teoría y al archivo, puede empezar a representarlas.[33] En cualquier caso, la gente de a pie se las arregla para dotarlas de sentido la mayor parte del tiempo. Berlin trató de explicar cómo, en su ensayo sobre Tolstói,
la historia, y solo la historia, es decir, la suma de acontecimientos específicos en el espacio y el tiempo —o sea, la suma de la vivencia real de hombres y mujeres reales que se relacionan entre sí y con un entorno físico tridimensional experimentado empíricamente—, contiene la verdad, a saber, el material a partir del cual construir auténticas respuestas que no requieran para su aprehensión ninguna facultad o sentido especial, el cual solo posean algunos seres humanos.[34]
Este fragmento es enrevesado incluso para Berlin, quien raramente veía en la sencillez una virtud. En mi opinión, en él describe una sensibilidad «ecológica» que respeta de igual modo el tiempo, el espacio y la escala. Jerjes nunca hizo gala de ese tipo de sensibilidad, pese a los esfuerzos de Artábano. Tolstói se acercó a ella, aunque fuese en una novela. Lincoln, no obstante —quien no tenía un Artábano y no vivió para leer Guerra y paz—, halló esa sensibilidad de algún modo, gracias a un sentido común poco común entre los grandes líderes.
IX
Con «sentido común» me refiero a la facilidad con que la mayoría nos manejamos la mayor parte del tiempo. En general, sabemos hacia dónde nos dirigimos, pero estamos constantemente ajustando el rumbo para evitar lo inesperado. Entre los imprevistos debemos incluir los obstáculos que otros nos colocan en el camino, mientras se dirigen hacia donde su camino los lleva. Mis estudiantes, por ejemplo, eluden habilidosamente colisiones con farolas, profesores alarmados y compañeros igualmente preocupados, cuando consultan de forma compulsiva sus dispositivos electrónicos, que parecen estar atornillados a sus manos u orejas. No todos somos tan ágiles, pero no es inusual que en nuestra mente cohabiten la percepción del entorno inmediato y cierto sentido general de la orientación. Nuestra cotidianidad está plagada de opuestos así.
El psicólogo israeloestadounidense Daniel Kahneman atribuye esta destreza al hecho de que nos entregamos inconscientemente a dos tipos de pensamiento. El pensamiento «rápido» es intuitivo, impulsivo y, a menudo, emocional. Produce acciones instantáneas cuando son necesarias: evita, por ejemplo, que nos choquemos con cosas o que estas choquen con nosotros. El pensamiento «lento» es deliberado, centrado y habitualmente lógico. No tiene por qué resultar en una acción: el pensamiento lento es, por ejemplo, lo que nos ayuda a aprender. Tetlock encuentra cierta similitud entre esta distinción hecha por Kahneman y los animales de Berlin:
Los zorros están mejor dotados para sobrevivir en entornos muy cambiantes, en los que quienes dejan de lado las malas ideas rápidamente se ponen a la cabeza. Los erizos están mejor dotados para sobrevivir en entornos estáticos, que recompensan el ceñirse a la fórmula probada. Nuestra especie, el Homo sapiens, sale mejor parada, porque posee ambos temperamentos.[35]
Puede que existamos gracias a esa destreza que nos permite alternar entre el pensamiento lento y el rápido, y entre el comportamiento de los zorros y el de los erizos. Si nunca hubiéramos ido más allá de considerarnos solo una única gran cosa, no nos habríamos quedado encallados en las ciénagas de que hablaba Lincoln, sino en las turberas de la prehistoria, con los mamuts.
En cualquier caso, ¿por qué nuestros gobernantes no hacen gala de este tipo de flexibilidad? ¿Cómo puede ser que, en uno de los extremos de este hilo narrativo, Jerjes y Artábano no fueran capaces de percatarse de cuán necesaria era? ¿Cómo, en el otro extremo, se identificaban los expertos de Tetlock tan alegremente con erizos o con zorros, pero nunca con ambos? Y ¿por qué consideramos a Lincoln un líder extraordinario, si lo único que hizo fue lo que la gente corriente realiza a diario? El sentido común es como el oxígeno: cuanto más asciendes, más se diluye. «Un gran poder trae consigo una gran responsabilidad», recordó su tío Ben a Peter Parker en una cita memorable. El poder, no obstante, abre la puerta a cometer grandes idioteces.[36]
X
Esto es lo que la «gran estrategia» debe prevenir. Definiré el término, en función de los objetivos de este libro, como el alineamiento de aspiraciones potencialmente ilimitadas (los fines) con capacidades necesariamente limitadas (los medios). Si buscamos fines más allá de nuestros medios, tarde o temprano tendremos que redimensionar aquellos para ajustarlos a estos. Expandir los medios puede permitir alcanzar más fines, pero no todos, porque los fines pueden ser infinitos y los medios, no. Independientemente de que se alcance un equilibrio, deberá existir un vínculo entre lo real y lo imaginado; entre la situación actual y el destino al que pretendemos llegar. No contaremos con una estrategia hasta que no hayamos puesto en relación todos los puntos —por disímiles que sean— dentro de la situación en la que funcionemos.
¿Dónde encaja entonces el adjetivo «gran»? Tiene que ver, creo, con lo que se pone en juego. La vida que llevemos como estudiante no cambiará de manera fundamental si dormimos veinte minutos más por la mañana todos los días; el precio que pagaremos será desayunar, en lugar de café y tostadas, un bagel frío de camino a clase. Cuando reflexionamos sobre lo que estamos aprendiendo en esa clase y cómo esto se vincula con lo que nos enseñan en otras asignaturas, y cuando tratamos de poner en relación todo lo anterior con nuestro proyecto de carrera en general y meditamos sobre cómo convertir todo ello en una profesión, y después nos preguntamos de quién nos enamoraremos en el camino, entonces nos damos cuenta de que, en realidad, hay mucho en juego. Las estrategias se pueden hacer más grandes, independientemente del ojo de quien las mire. Nos equivocamos al decir, así pues, que los estados tienen grandes estrategias y que las personas, no. Los alineamientos son necesarios en el tiempo y el espacio, pero también en la escala.
En cualquier caso, la gran estrategia se ha asociado tradicionalmente con la planificación de guerras y batallas. No resulta extraño, pues las primeras relaciones registradas entre aspiraciones y capacidades nacieron de la necesidad de dirigir campañas militares. «Deliberemos sobre lo que puede ocurrir, por si damos con alguna idea provechosa», dice Néstor por boca de Homero, en unos momentos desesperados durante el cerco de Troya, advirtiendo a los aqueos y aludiendo a la idea militar de la estrategia.[37] Pero la «necesidad» de ese alineamiento va mucho más atrás, probablemente hasta el primer homínido que averiguó cómo conseguir algo que deseaba con los medios a su alcance.[38]
A falta de una vida posterior a la muerte, la aspiración universal es, ciertamente, la supervivencia. Más allá de la mera supervivencia, floreció la estrategia en formas que iban desde la sencilla labor de buscar comida, refugio y ropa hasta las responsabilidades más complejas, como la de dirigir un gran imperio. Nunca ha sido fácil encontrar la ruta que conduce al éxito, pero que los medios sean finitos siempre ha resultado de ayuda. En efecto, aunque la satisfacción sea un estado de ánimo que atañe al espíritu, alcanzarla exige inversiones en el mundo real. Este mundo y su realidad son lo que hace necesario el alineamiento y, por tanto, la estrategia.
XI
Así pues, ¿es posible enseñar la gran estrategia o, al menos, el sentido común que la sostiene? Lincoln recibió menos educación formal que muchos presidentes de Estados Unidos y aprendió todo lo que necesitaba saber de sus lecturas y experiencias. ¿No podríamos hacer igual los demás?[39] La respuesta más sencilla es que Lincoln era un genio y la mayoría de nosotros, no. A Shakespeare, al parecer, nadie le enseñó a escribir teatro y poesía. ¿Significa eso entonces que nadie necesita profesores de literatura?
Merece la pena recordar que también Lincoln —y Shakespeare— disfrutaron de toda una vida para convertirse en quienes fueron. Hoy, la gente joven no tiene esa oportunidad, pues la sociedad segrega muy radicalmente la educación general, la formación profesional, el ascenso en las estructuras organizativas (y las responsabilidades derivadas de esta) y, por fin, la jubilación. Esto no hace sino empeorar el problema que Henry Kissinger identificó hace mucho: una vez al mando, los líderes no podrán recurrir a otro «capital intelectual» que el que hayan acumulado en su camino hacia la cima.[40] Ahora hay menos tiempo aún que en los años de Lincoln para aprender cosas nuevas.
Esto deja a los centros de enseñanza el papel de moldear las mentes de los estudiantes mientras tratan de no perder atención, aunque la mente académica también está dividida. Se ha abierto una brecha entre el estudio de la historia y la interpretación de la teoría, ambas necesarias si queremos alinear fines y medios. Los historiadores, sabiendo que su campo premia la investigación especializada, tienden a evitar las generalizaciones de que dependen las teorías y privan así de complejidad a las simplicidades que guían al estudioso. Los teóricos, que se llaman a sí mismos «científicos sociales», buscan la reproductibilidad de los resultados, para, en la búsqueda de la predictibilidad, poder reemplazar lo complejo por lo simple. Ambas comunidades de estudiosos descuidan las múltiples relaciones entre lo general y lo particular —entre el conocimiento universal y el local—, de las cuales se nutre el pensamiento estratégico. Y por si faltase opacidad, tanto historiadores como «científicos sociales» a menudo escriben mal.[41]
En cualquier caso, historia y teoría han colaborado entre sí desde hace mucho tiempo. Maquiavelo lo apunta en la dedicatoria de El príncipe, donde afirma valorar, ante todo, «el conocimiento de las acciones de los grandes hombres, aprendido mediante una larga experiencia de los hechos modernos y una continua lectura acerca de los antiguos». Maquiavelo destila ese conocimiento en un «breve volumen», cuyo fin era poner «en disposición de aprender [a su mecenas, Lorenzo de Médicis] en muy breve tiempo cuanto yo, luego de tantos años y penalidades, he llegado a conocer».[42]
Carl von Clausewitz, en su libro clásico De la guerra, tratado monumental, pero incompleto, lleva el método maquiavélico hasta sus últimas consecuencias.[43] En su opinión, la Historia, con mayúscula, no es más que una larga retahíla de narraciones. No quiere decir que estas no resulten útiles, pues la teoría, cuando se la concibe como un destilado, nos evita tener que escuchar todas las historias de nuevo cada vez. No hay tiempo cuando uno necesita ir a la batalla o embarcarse en cualquier otra peliaguda empresa. Y tampoco podemos dedicarnos a vagar sin rumbo, como el Pierre de Tolstói en Borodinó. Aquí es donde entra en juego el entrenamiento.
El soldado que está bien entrenado, sin duda, rendirá mejor que el que no lo está, pero ¿cómo entiende Clausewitz el «entrenamiento»? Para él, consiste en ser capaz de deducir principios, aplicables de manera amplia en el tiempo y en el espacio, que permitan determinar qué ha funcionado en el pasado y qué no. A continuación, dichos principios deberán aplicarse a una situación determinada, momento en que aparece en escena la escala (o dimensionamiento). El resultado es un «plan», modelado a raíz del pasado y ligado al presente, cuyo objetivo consiste en alcanzar un logro en el futuro.
A la hora de abordar la realidad, sin embargo, no podremos seguir el plan en todos sus pormenores. El resultado no solo dependerá de cómo reaccione el otro bando, los «desconocidos conocidos» referidos por Donald Rumsfeld, el secretario de Defensa estadounidense,[44] sino que reflejará los «desconocidos desconocidos», a saber, las cosas que pueden ir mal incluso antes de enfrentarte con tu adversario. En conjunto, estos constituyen lo que Clausewitz denominó «fricción», esto es, la colisión entre la teoría y la realidad sobre la que Artábano trató de alertar a Jerjes, muchos siglos antes, a orillas del Helesponto.
La única solución en un caso así es improvisar, pero esto último no consiste solo en decidir de forma atropellada qué hacer. Quizá podamos ceñirnos a un plan, o alterarlo; tal vez sea preferible tirarlo a la basura y proponer algo nuevo. Sin embargo, al igual que Lincoln, conocemos el rumbo que marca nuestra brújula, con independencia de los «desconocidos» que acechan entre nuestra posición actual y nuestro destino. Tendremos en mente varias alternativas, en caso de que esos desconocidos se presenten, las cuales habremos ideado —como Maquiavelo— a partir de lecciones duramente aprendidas por quienes recorrieron ese camino antes que nosotros. El resto está en nuestra mano.
XII
Los barcos que atraviesan hoy el Helesponto (los Dardanelos) siguen conectando campos de batalla, como hicieron en su día los pontones de Jerjes: en el lado asiático, un poco al sur, se levanta Troya; Galípoli está aún más cerca, del lado europeo. Sin embargo, esos barcos no son trirremes, sino transbordadores, y los ejércitos que transportan son de turistas deseosos de visitar ambas atracciones, separadas treinta siglos en el tiempo, pero a solo cuarenta kilómetros de distancia. Da tiempo incluso, en un solo día, a montarse en el caballo de Troya que hay en Çannakale. No el real, desde luego, sino el de atrezo que quedó allí tras el rodaje de la película de 2004 protagonizada por Brad Pitt.
A la escena le falta la grandiosidad de lo que Jerjes contempló desde aquel promontorio en el año 480 a. C., pero nos permite sacar una conclusión importante: que la experiencia del combate es más infrecuente hoy que en el pasado reciente. Sea cual fuere el motivo —el miedo a que una guerra mundial aniquile a todos los seres humanos que participen en ella, la vuelta a guerras pequeñas en las que sociedades enfrentadas participan solo parcialmente, quizá solo la buena fortuna—, cada vez menos personas se ven obligadas a pisar un campo de batalla y los turistas pasean por los de otros tiempos.
Ese concepto que Clausewitz tenía del «entrenamiento», no obstante, sigue siendo pertinente. Es la mejor manera de protegernos contra las estrategias que ganan en estupidez conforme se hacen grandiosas, un problema recurrente tanto en tiempos de paz como de guerra. Solo entrenando aprenderemos a combinar dos aparentes opuestos, a saber, la planificación y la improvisación. Para ello, deberemos entrenar el sentido común —que nace del conocimiento— para saber cuándo ser erizos y cuándo zorros. ¿Dónde, fuera del ejército, la universidad o el trabajo (aunque no adecuadamente del todo en estos dos últimos lugares), pueden los jóvenes actuales obtener este tipo de formación?
«La batalla de Waterloo se ganó en los campos de juego de Eton», afirmó, según algunos, el duque de Wellington. (En realidad, no lo dijo, pero, como principal autor de epigramas de época victoriana, debería haberlo hecho.)[45] En efecto, aparte de en la guerra y sus preparativos, es en los deportes competitivos donde más explícitamente se da la combinación clausewitziana de pasado destilado, planes de presente y futuro incierto. Hoy idolatramos la forma física más que en tiempos de Wellington y hace deporte más gente que nunca. Pero ¿qué tiene eso que ver con nosotros y con la gran estrategia?
El aficionado a un deporte lo aprende gracias a un entrenador, que hace lo mismo que los antiguos instructores militares, cuando el servicio militar era obligatorio: enseñar las cuestiones básicas, promover la resistencia física, imponer disciplina, alentar la cooperación y demostrar cómo se fracasa y cómo uno se recupera de sus propios errores. Sin embargo, cuando comienza el partido, el entrenador simplemente puede gritar o tirarse de los pelos en la banda. Nosotros y nuestros compañeros de equipo estamos solos. Aun así, todos lo haremos mejor que la vez anterior, porque hemos recibido entrenamiento: no en vano, algunos entrenadores de equipos universitarios estadounidenses ganan más que los rectores que los contratan.
¿Quiere decir esto, en cualquier caso, que mientras jugamos el partido habremos de elegir entre ser zorros o erizos? La pregunta puede parecer estúpida y todos responderán que han sido ambas cosas: que tenían grandes planes, al estilo del erizo, y los fueron matizando, como el zorro. La victoria o la derrota son achacables a que esos planes funcionasen o no. Seguramente, a cualquiera nos resultaría difícil determinar en qué momentos del partido hemos sido zorros y en qué momentos, erizos. No, no fue eso lo que hicimos: nuestra mente albergaba dos ideas opuestas a la vez y, aun así, seguía funcionando.
Ocurre más o menos lo mismo en muchos momentos de la vida en que tomamos decisiones de manera instintiva, o casi. Sin embargo, conforme crece la autoridad, también lo hace la conciencia de uno mismo. Con más gente mirando, el entrenamiento se convierte en representación. Hoy, la reputación importa y la libertad para ser flexible está acotada. Los líderes que han alcanzado la cima —como Jerjes o los expertos de Tetlock— pueden caer prisioneros de su propia preeminencia y encasillarse en papeles de los que ya no pueden librarse.
Este, por tanto, es también un libro sobre los «Helespontos mentales», que separan la orilla de ese liderazgo y la del sentido común. Deberíamos ser capaces de cruzar con frecuencia de una a otra, pues solo gracias a esas travesías nacen las grandes estrategias, es decir, los alineamientos de medios y fines. Las corrientes son fuertes; los vientos, traicioneros, y los pontones, frágiles. Ya no resulta necesario intimidar a las aguas o apaciguarlas, como hacía Jerjes. Sin embargo, analizando cómo quienes llegaron después que el emperador supieron gestionar esa oposición entre lógica y liderazgo, quizá podamos entrenarnos para afrontar todas esas travesías que, tarde o temprano, tendremos que hacer.