Nos habituamos a tener por objeto de nuestro pensamiento a un ser ausente.
MARCEL PROUST,
La fugitiva
Tú apareces en todas las líneas que he leído en mi vida.
CHARLES DICKENS,
Grandes esperanzas
A la ausencia no hay quien se acostumbre. Otro sol no es tu sol, aunque te alumbre.
MARIO BENEDETTI,
«Mar de la memoria»
Esperaba la luz verde pero el color rojo insistía en perpetuarse con un exceso de soberbia. Siempre he tenido la impresión de que el rojo en los semáforos dura más que el verde, como creo que un fin de semana de lluvia se alarga más que uno soleado. La maldita querencia del mal por no abandonarnos, como si le debiéramos algo por querer que las cosas salieran bien. Quizá era cuestión de perspectiva y la mía no guardaba el mejor encuadre. Clavé mis ojos en el reflejo bermellón, sin pestañear. Desde hacía dos meses, una semana y cuatro días, el exceso de lubricación ocular me hizo inmune al parpadeo como según el propio Freud los irlandeses lo eran al psicoanálisis. No sé por qué pensé en el padre del psicoanálisis si ni siquiera era capaz de conciliar el sueño. Ni sequedad, ni picor, ni molestias. Mi córnea no necesitaba que parpadease quince veces por minuto como el resto de los mortales; llorar de manera incontrolada y sin limitación horaria tenía sus ventajas. No se podía decir lo mismo del parabrisas del coche. Apreté el interruptor del depósito del agua —esperando que aún quedara algo del líquido azulado que él había vertido la última vez— y empujé la maneta del limpiaparabrisas. Una espuma viscosa arrastró los restos de mosquitos, hojas y polvo. No es que quedara precisamente limpio; lo único que hacían las escobillas era transportar la suciedad de un extremo al otro, acompañadas por el irritante chirrido de las gomas contra el cristal. Me identifiqué con aquella visión. En realidad, eso hacía yo al llorar. Tampoco arreglaba el problema de fondo pero aliviaba y, en algunos momentos, un alivio era todo lo que necesitaba.
Me pareció que el rojo ganaba en intensidad. No me gustaban esos postes ni tampoco sus luces caprichosas e injustas; mientras a mí me obligaban a parar, el mundo seguía su curso, aceleraba y te negaba la posibilidad de reaccionar. Mi vida seguía deteniéndose ante ellos y nunca había sido para bien. Esperando una luz verde habían llegado las peores noticias.
«Me quedaría más tranquilo si te hicieras otras pruebas... No, Jonas, nada de unos días, prefiero que vayas hoy. De hecho, acércate ahora mismo y que te lo vean, y así nos quedamos tranquilos.» Fijé la vista en el altavoz del coche como si fuera a encontrar allí alguna explicación extra. No me gustó la insistencia de su colega radiólogo, y mucho menos cuando oí la palabra oncología en mitad de una maraña de consejos e indicaciones que desaparecieron ante la presencia de las nueve letras aborrecibles. Volvíamos de elegir algunos muebles para la nueva casa que habíamos comprado hacía un mes, y al otro lado de la ventanilla las calles del centro del Madrid le daban la bienvenida a un verano anticipado en pleno mayo. Le miré. Por su expresión supe que se arrepentía de tener conectado el manos libres y de que yo escuchara la conversación. Pensaba que me preocuparía, y no se equivocó. Cuando sus manos giraron el volante para cambiar la dirección de la marcha, y plegarse así a las indicaciones del doctor Marín, supe que aquel imprevisto cambio de sentido no se daría únicamente en la carretera.
Ojalá no hubiera contestado esa llamada, ojalá se hubiera saltado el semáforo en ámbar y hubiéramos entrado en aquel túnel sin cobertura, ojalá yo no hubiera insistido en que se hiciera la maldita revisión médica, ojalá no fuéramos nosotros los que íbamos en el interior de aquel coche. El trayecto hasta el hospital se llenó de ojalás mentales, amordazados en el cerebro por una conversación que luchaba contra un silencio que dejaría al descubierto el miedo.
Aquella luz roja no iba a desaparecer nunca. Y eso le daba tiempo a mi cabeza para seguir escudriñando y encontrando momentos que no quería recordar, ni siquiera quería haberlos vivido, pero sobre esa realidad pasada poco podía hacer. Miré el reloj digital del coche. Hacía diez minutos que había salido del garaje de casa y ya me había detenido en cuatro semáforos. Pero aquél estaba siendo especialmente prolongado, o eso me parecía. Desde hacía setenta y dos días medía el tiempo en lágrimas, en cuadros de ansiedad, en instantes de nostalgia, en golpes de recuerdos. Y, por el tiempo que pasaba ante los semáforos, también en luces rojas.
Sentí un repentino calor a pesar de que el aire acondicionado había convertido el interior del vehículo en un congelador. Me quité el jersey y me recogí el pelo. Empezaba a notar el golpeo de las habituales arritmias en el pecho. Sin apartar la vista de la luz escarlata, encendí la radio del coche con la esperanza de que el ruido de aquellas voces acallara mi mente y me impidiera pensar en lo único que pensaba desde hacía dos meses, una semana y cuatro días. El calendario era una retahíla de cifras que sonaba a condena extraña: al contrario que con la pena de un preso común, la mía aumentaba sus dígitos cada día que pasaba. La estrategia de la radio no estaba funcionando. Pensé en darle voz al Don Carlo de Verdi, pero eso sí que avivaría los recuerdos: su ópera favorita, el último viaje a París para celebrar su cumpleaños, aquel resfriado que no terminaba de curarse...
Mi mano buscó el botón para subir el volumen. La luz continuaba roja, impidiéndome seguir adelante. En ese impasse, dos únicas preguntas me rondaban.
«¿Qué hago aquí?» Nada. «¿Qué sentido tiene todo esto?» Ninguno.
La espera era absurda. La luz verde del semáforo no tenía ningún valor, no me llevaría a ningún sitio, tan solo me trasladaría de un lugar a otro, como hacían las escobillas con la basura acumulada en el parabrisas del coche. Siempre esperando, obsesionados con el tiempo. Presentí uno de esos momentos en los que su voz iba a aparecer y el pasado iba a asentarse en mi presente.
—¿Cuánto tiempo me queda?
No pude digerir mentalmente esa pregunta en su voz. Para ser sincera, no quería hacerlo. Aquello no podía estar pasando, aquello siempre se veía desde fuera, no en el mismo centro de la escena. Mi cerebro me instaba a seguir manteniendo la mirada en los iris grises del doctor que acababa de soltarnos la noticia como quien comunica el precio de un inmueble. Creo que fue mi corazón el que me ordenó dirigir los ojos hacia Jonas. Le miré mientras mi interior se petrificaba, como las manecillas del reloj que marcaba el tiempo ahí fuera, en eso que llamaban mundo y que acababa de pasarse de frenada, desmoronándosenos encima. Le vi. Creo que incluso me enamoré más de él, si es que eso era posible. Su expresión era firme, serena. Su rostro no se había llenado de sombras como el mío, ni tenía la rigidez ni la blancura marmórea que adiviné en el mío. O no lo había entendido, algo del todo improbable, o de alguna manera sabía que aquella batalla, como otras muchas pasadas, también la ganaría. Lo que terminó por hundirme fue la sobriedad con la que lo preguntó, la naturalidad con la que él mismo propuso el plazo.
—¿Un mes, seis meses...? ¿Un año? ¿Llegaré a Navidad?
Ni siquiera su tono mostraba preocupación. Me cogió la mano y la apretó, haciéndome interiorizar lo que siempre me decía: «No pasa nada. Estoy aquí. Estate tranquila». Pero no me miró. Sabía que no podía hacerlo. También él prefería el horizonte del iris grisáceo de su colega, quizá para que esa seguridad no se resquebraja como lo estaba haciendo la mía.
—Es complicado hablar de tiempo, Jonas.
A pesar de lo acostumbrado que estaba a dar malas noticias, el doctor Marín intentaba esconderse entre la marabunta de análisis y pruebas. Tenía ante sí a uno de los suyos, al jefe de cardiología de su hospital, el mismo que operó a su hijo de trece años y le salvó la vida, a quien juró entre lágrimas que le estaría eternamente agradecido sin saber que un día sería él quien le anunciaría que la eternidad se acababa, que el cáncer de pulmón microcítico que aparecía en el TAC en forma de mancha deforme teñida de amarillo y propagado a otras partes del cuerpo estaba en estadio IV, de los que suelen presentar una tasa relativa de supervivencia a cinco años de aproximadamente un dos por ciento.
—Hay opciones de tratamiento. Como te digo, es complicado hablar de tiempo.
—Déjate de tonterías. Lo complicado es tenerlo, no hablar de él. Dime, ¿cuánto tiempo?
Hubiese dado la vida por desaparecer en ese momento, que todo terminara allí, que cayéramos fulminados, evaporados, aniquilados, daba igual cómo, pero los dos juntos, sin más explicaciones. Sin embargo, no pasó nada de eso. La vida nos obligó a levantarnos de la silla, a despedirnos del doctor Marín y de su enfermera, que durante años trabajó con Jonas y a duras penas podía tragar la bola de cemento que se le había alojado en la garganta. No fui consciente de que mis piernas se movieran, que mantuvieran el paso, que recorrieran los escasos diez metros que separaban la consulta del oncólogo del mostrador de entrada donde otra enfermera esperaba de pie, nívea como una pared recién pintada de blanco, con los volantes y la documentación necesaria en una pequeña carpeta azul y roja con el nombre del hospital.
Jamás me perdonaré la debilidad que mostré. ¿Por qué me pondría a llorar justo en ese instante? ¿Por qué no pude esperar a esconderme en el cuarto de baño para soltarlo todo y evitarle el espectáculo que, sin duda, le haría sentir peor? Fui egoísta, una pancista inoportuna que estaba fallando a la persona que más la amaba y a quien más amaba en el momento más difícil de su vida. «Estate tranquila.» En sus labios, era un mantra que siempre había funcionado, excepto aquella vez. «No va a pasar nada.» No lo noté entonces, pero la enfermera me estaba clavando las uñas en la mano en un intento de frenar mi llorera. Me vi abrazada a una extraña porque no me atrevía a abrazarme a él, hasta que tiró de mí y me sentó en los sillones de una sala de espera privada.
—Esto es lo que vamos a hacer: llora todo lo que quieras hoy. Yo lo haré contigo si así lo prefieres. Seguro que nos sienta bien a los dos: lo echamos todo fuera, no nos quedamos con nada dentro. Pero a partir de mañana, o mejor, a partir de esta tarde, esto se acaba. No quiero que nos pueda, que sea más fuerte que nosotros. No quiero que centre nuestras vidas, no quiero hablar de esto todos los días. Eso es lo que quiero. ¿Lo entiendes?
En realidad, no lo entendía, pero juré que sería la última vez que me vería llorando como una idiota cuando él no había derramado ni una sola lágrima y tenía todo el derecho de hacerlo. Sabía que aquella debilidad pesaría sobre mi conciencia el resto de mi vida.
El sonido de un claxon me arrancó con brusquedad del recuerdo en el que me había anclado. Miré instintivamente el semáforo —entonces sí parpadeé, para despertar del letargo de aquel viaje en el tiempo—, antes de encontrar en el espejo retrovisor la imagen de un conductor impaciente, poseído por unos aspavientos coléricos que se apoderaron de sus brazos. Por fin, la luz verde. Nunca me alegré tanto de ver un cambio cromático en un semáforo. Mantener los recuerdos vivos era como regresar de una recuperación cardiovascular. Y me estaba matando.
Empecé a creer que aquel viaje era un error. Demasiado pronto. Demasiado esfuerzo. Demasiados ayeres luchando por hacerse un sitio en mi presente. Demasiada gente a la que no quería ver, y muy poca a la que quisiera abrazar y que me abrazase. Jonas solía decir que al lugar donde has sido feliz era mejor no regresar. Con esa hoja de ruta, no sé qué hacía yo regresando a Tármino, aunque tampoco sabía qué hacía sin él, y allí estaba.
Tenía que haber dejado que Carla me acompañara. Era la mujer más buena del mundo y, al mismo tiempo, la más insoportable si simpatizas con el silencio o simplemente albergas la necesidad de respirar cuando estás en mitad de una conversación. Para ella, atraer el aire exterior a los pulmones era una pérdida de tiempo siempre que pudiera compaginar la apnea con las constantes vitales. Hablaba sin dar opción a una respuesta del interlocutor porque ya iba incluida en su encadenada verborrea. Nunca acerté a comprender cómo alguien que no dejaba de hablar podía haber tenido tiempo de leer a los clásicos —suponía que en silencio— y ser la gran profesora de literatura infantil que era. Sus alumnos, y los niños en general, la adoraban, yo creo que porque se sentían atraídos por su locura parlante. Corríamos el riesgo de tener una generación de niños proclives a fibrilar con mayor asiduidad que la de sus padres, pero no había duda de que serían más felices y mucho más comunicativos. En este momento, necesitaba su incontinencia verbal para que taladrara la insistencia de mi memoria, pero la noche anterior le negué la posibilidad de acompañarme. «Yo saldré pronto de Madrid. Tú hazlo más tarde, que sé lo que odias madrugar. Además, me vendrá bien hacerlo sola», le había dicho. Y comenzaba a lamentarme por ello. Últimamente, mi vida era un museo de arrepentimientos, inútiles, como casi todos.
Empezaba a arrepentirme de mi decisión de afrontar todo en solitario, no sé si para demostrarme que era lo bastante fuerte para seguir, o para no verme obligada a aguantar las directrices vitales que todo el mundo, excepto yo, parecía tener claras.
La primera vez que entré en nuestra casa tras la muerte de Jonas, lo hice sola. Lo cierto es que lo prefería así porque no sabía cómo iba a gestionar aquella versión adulterada del síndrome del nido vacío. Me alegré de aquella soledad elegida porque no reaccioné bien. Hay decisiones que presientes que debes tomar aunque no sepas con seguridad por qué. Me lo imaginé cuando la llave se resistió durante unos segundos en el bombín de la cerradura, como si estuviera advirtiéndome que no iba a ser fácil, o aconsejándome que volviera sobre mis pasos porque aquél ya no iba a ser nunca más mi lugar favorito en el mundo. Menuda tontería, mi lugar favorito en el mundo era Jonas y ya no existía. Ya no quedaban lugares favoritos. Me contrarió aquella resistencia del cajetín frente a la llave, no porque tuviera ganas de enfrentarme a la tierra deshabitada que me esperaba al otro lado de la puerta, sino porque quería evitar que apareciera algún vecino dispuesto a expresarme su más sincero pésame. O aún peor, que el señor de la seguridad privada subiera y empezara de nuevo con su teoría sobre el beneficio de las llaves tubulares o planas, y los bombines antibumping. Al oír una serie de movimientos silentes, anunciadores de alguna presencia tras la puerta contigua a la mía, me planteé seriamente darle una patada y hacer volar el maldito cajetín en mil pedazos. Por fin, la cerradura cedió. Ya estaba dentro. Mientras recuperaba el resuello, y mi corazón, su frecuencia cardiaca, percibí su olor. Iba a dejarme caer sobre el suelo para atenuar la bofetada de bienvenida, pero me conformé con cerrar los ojos, con la estúpida creencia de que eso me ayudaría a retenerlo cerca. Si podía olerle es que aún quedaba algo de él. Deseé que no hubiera tanta claridad. Quizá si las persianas hubieran estado bajadas y las ventanas no dejaran ver el manto blanco y ocre que dibujaba el mapa de la ciudad, todo habría sido más fácil. Vislumbré una ventaja en la ausencia de pasillo. Por suerte, Jonas decidió convertir el apartamento en un espacio diáfano, sin rincones, sin recovecos, sin puertas, sin límites, sin paredes, haciendo desaparecer la columna central en mitad del salón, la que el arquitecto temía que fuera un pilar maestro del edificio. Nada. Todo abierto. Y vacío. Desesperadamente vacío. Tanto, que no supe adónde ir, hacia dónde dirigirme ni en qué lugar derrumbarme. No sabía dónde estaba mi lugar en esa casa. Opté por avanzar unos metros y franquear la puerta de la terraza. El aire me vendría bien y mirar hacia abajo tal vez me diera perspectiva; a mis amigos esa representación del abismo les asustaba, pero no se atrevieron a decírmelo durante los primeros días, supongo que por temor a darme ideas. Me lo confesaron tiempo más tarde, entre risas y miradas nerviosas.
Después vinieron los días doblando camisas, pantalones, camisetas y trajes para introducirlos en cajas de cartón que entregaría a alguna organización benéfica. «Vamos a ayudarte, no tienes que hacerlo sola», proponía la voz de los amigos. «No, ya está hecho, no os preocupéis», mentía. Me consideraba con el derecho y la obligación de ser la última persona que tocara su ropa antes de separarme de ella; la última que pudiera olerla, ponérmela, vestirla durante todo el día y decidir con qué me quedaba de todo ello. Elegí como botín sentimental dos jerséis y una camisa blanca. A última hora recuperé de una de las cajas el pijama que le había regalado a Jonas la pasada Navidad, con el que dormí todas las noches. Sonaba a locura, pero ayudaba. Si Carla podía soportar la fama de loca, yo también.
Más días anulando sus tarjetas de crédito, cerrando sus cuentas bancarias con el beneplácito del abogado que insistía en seguir unos desquiciantes plazos administrativos, dando de baja sus seguros, cancelando sus suscripciones, cambiando el membrete de las facturas, llamando a bancos, agencias de viajes, plataformas de televisión para que modificaran el encabezamiento de su publicidad y demás comunicaciones de modo que, cuando acudiera al buzón a recoger la correspondencia, no me recordaran una y otra vez —como si no lo tuviera presente cada segundo de mi vida— que hay ausencias que se resisten a desaparecer, también de las facturas. Lo que más me costó fue dar de baja su línea de teléfono móvil. Tenía que hacerlo aunque solo fuera para dejar de recibir mensajes y llamadas. No entendía por qué la gente seguía escribiéndole a su teléfono personal. Incluso algunos continuaban llamando, aunque nunca contesté a esas llamadas. Me parecía macabro, absurdo, carnalmente lacerante. Es verdad que algunos de sus amigos y conocidos no tenían mi número y entendían que ése sería el medio más eficaz de hacerme llegar sus condolencias. No lo critiqué ni lo juzgué, pero resultaba doloroso. La gente necesita expresar con mayor insistencia su dolor que su alegría. Me di cuenta de ello en aquellas semanas. Lo malo es que cada vez que llegaba un mensaje y me sentía en la obligación moral de leerlo, encontraba los anteriores al 3 de mayo, especialmente los nuestros. Me hacía daño leerlos pero no podía evitarlo, era como una droga a la que no puedes dejar de volver una y otra vez por más que entiendas que te puede quitar la vida. Ese dolor me recordaba que estaba viva. También me dolía no tenerle a él y debía soportarlo.
Se convirtió en un ejercicio de masoquismo, tanto que llegué a aprenderme de memoria nuestras conversaciones escritas por SMS, en su día banales y hoy convertidas en lecturas de culto. Lo peor era encontrar un «Te quiero», un «Te querré siempre», un «Dónde estás», un «Te echo de menos». En otra categoría entraban los «No vayas sin mí. Espérame», los «Qué haría yo sin ti», los «En cuanto aparezcas, nos vamos», o los «Te voy a recoger que no quiero que te pierdas». Cada palabra, cada frase parecía esconder un mensaje oculto para ser leído pasado un tiempo, como en una película de espías. Mi favorito era uno que me envió de madrugada, durante uno de sus viajes a Estados Unidos para cumplir con su ciclo de conferencias y simposios sobre cardiología: «Te quiero más que a todas las personas juntas a las que he querido en mi vida». Podía recordar la sonrisa que me dibujó recibir ese mensaje, por su contenido y por su forma, ya que Jonas no era amigo de escribir ese tipo de cosas, que según él, entraban en la categoría de lo cursi. Aunque en el fondo le encantaban, al menos cuando yo se las decía, por mucho que se riera. «Qué cosas me dices.»
Las fotografías tenían otra condición, creo que más tierna, más calmada, quizá por deformación profesional mía. Las imágenes de Jonas sonriendo, sacando la lengua, poniéndose bizco, luciendo el traje nuevo como si estuviera en la Semana de la Moda de París, incluso los vídeos con los que le martirizaba mientras cocinaba su famoso besugo a la espalda, abría con la emoción de un niño su nueva tableta como regalo de Navidad, leía el vademécum («Pero ¿qué demonios somos? —preguntaba a sus colegas—. ¡Somos médicos, joder, deberíamos saber la respuesta sin mirarla!»), o cuando hacía un brindis disparatado en el restaurante Le Cirque en el hotel Bellagio de Las Vegas, nuestro favorito en aquella ciudad, con su dry martini en la mano y simulando acento de Nevada. Sí, las imágenes eran más llevaderas, al menos al principio.
Perfeccioné la capacidad de hacerme daño escuchando sus mensajes de voz en mi buzón. Estaba angustiada por la idea de olvidar su sonido. Dicen que lo primero que se olvida de una persona es su voz, su tono, su timbre, su entonación y aquello se convirtió en una verdadera obsesión que me angustiaba. No lo permitiría. Era imposible que pudiera pasarme a mí. No con su voz.
No fui capaz de borrar su número de teléfono de la agenda del móvil. Sigo sin hacerlo. Sería como una traición, como una invitación al olvido, una deserción imperdonable. Ya no estás, te borro, desapareces. Desapareces.
Cuando el teléfono comenzó a sonar, el volante saltó ligeramente entre mis manos haciendo que me aferrara más a él. Sentí una presión mayor en el dedo anular de mi mano izquierda, cercado por un doble círculo dorado que me tranquilizaba besar o tocar cuando algo no iba bien, cuando aparecía un recuerdo inesperado o sencillamente cuando lo necesitaba, que era bastante a menudo. Debía cerciorarme de ponerme primero su alianza y sellarla después con la mía porque, al ser más grande la suya, corría el riesgo de que se deslizara por mi dedo y la perdiera. Solía llevarla así cuando a Jonas le llamaban para una urgencia médica y me pedía que se la guardara, porque con las prisas podría perderla y sabía que eso me disgustaría.
«No sé si eso me gusta —bromeaba cuando me veía colocarme las dos alianzas juntas en el dedo para no perderlas yo tampoco, mientras él corría al hospital—. ¡Pareces una viuda!» A él no le importaba aquel trozo de metal; de hecho, un par de veces perdió su alianza «con mi nombre en ella», como yo me encargaba de recordarle: una en la costa amalfitana, en una pequeña cala en la que fue imposible encontrarla por mucho que me afané en la búsqueda, y la otra en un aeropuerto mientras auxiliaba a un pasajero al que le había dado un infarto, y entre la reanimación cardiopulmonar y el desfibrilador que dio más problemas de los esperados, su alianza se perdió. «Pero el desconocido se salvó», apuntó en su defensa, a la espera de un veredicto más benévolo. A mí sí me importaba. Mucho. Parecía que me iba la vida en ello. Una tontería, lo sé, pero me importaba. Antes y ahora. Quizá por eso fue una de las últimas cosas que hice cuando el personal médico entró en la habitación para certificar oficialmente su muerte y tuvo a bien dejarme unos minutos a solas con él. «El tiempo que necesites», me dijeron. De su dedo pasó al mío y, desde entonces, permanecía ahí y no creo que nunca deje de estarlo. Otra tontería, sí. Pero aliviaba, como apaciguaba llorar.
El timbre del teléfono insistía. Seguía necesitando unos segundos para cerciorarme de que ya no podía ser él, que su imagen no sería la que aparecería en la pantalla anunciándose con una sencilla J y que su voz no sonaría al otro lado —«¡Oiga...!»—; siempre me hacía sonreír la manera que tenía de decirlo, aflautando su timbre de voz. Vi un número largo que no reconocí. Me dio lo mismo porque no pensaba contestar: ni ocultos ni centralitas, la norma no había cambiado. Agucé un poco la memoria más próxima y caí. Sería Denisse, la propietaria de la galería. Me había dejado ya dos mensajes: uno para expresarme su pésame por mi pérdida —qué absurda expresión, como si hubiera perdido tan solo una alianza de oro—, y el otro para recordarme que, si así lo estimaba, podíamos fijar la fecha de la próxima exposición de mi obra fotográfica. La última había funcionado muy bien, se habían vendido todos los retratos y la crítica acompañó las buenas ventas.
A la gente le gustaban mis fotografías, al parecer le agradaba mirar rostros extraños, hermosos o no, pero con miradas profundas, enigmáticas, enloquecidas, serenas. Estaba convencida de que muchos de los compradores pasaban más tiempo delante de la fotografía de aquel extraño recién adquirido para vestir una pared de su casa, que observando su propia imagen ante el espejo. Algunos lo interpretarían como amor al arte, otros como una huida de sí mismos. Pero a mí lo que me importaba es que compraran cuantas más fotografías, mejor. Y eso es lo que hacían. Lógicamente, la galería quería repetir y acoger una nueva exposición.
El mismo número a modo de llamada entrante parpadeó un par de veces más en la pantalla. Sí, seguramente sería Denisse. Tenía que haberla llamado. Se me olvidó. Estas cosas pasan. También la quimioterapia y las sesiones de radioterapia tenían que haber funcionado, y no lo hicieron. De nada sirve lamentarse si ya no hay tiempo de arreglar las cosas ni de conmutar finales.
Cogí aire y decidí contestar.
—Linda, ¿cómo estás? —Su cantarín acento argentino me reconfortó—. No sabía si llamarte o no. No quería molestarte pero tampoco quiero que pienses que no te tengo en mis pensamientos. No sé si es un buen momento... —comentó midiendo sus palabras, por temor a que alguna de ellas me incomodara. Su tono evidenciaba ese miedo a molestar tan característico de los que llaman en mitad de un duelo.
—No te preocupes, tú nunca molestas —le dije con la intención de borrar la incomodidad de su voz—. Estoy en el coche. En la carretera. Te lo digo por si se corta.
—¿Dónde vas?
—Camino de Tármino.
Yo misma noté que mi indicación geográfica sonaba como una lápida. Se hizo un silencio. Denisse no necesitaba que le diera información adicional sobre el destino. Sabía que era el pueblo de Jonas.
—Podía haberte acompañado.
—Va a ser solo un día, dos a lo sumo. Si quieres te llamo a la vuelta.
—Sí, hazlo, por favor. Quiero que hablemos, que veamos si tienes material suficiente para la exposición.
Tenía fotos de sobra, guardaba en mi cámara rostros desnudos, maquillados, blancos, negros, bellos, malignos, buenos, orondos, famélicos, infantiles, vetustos, exóticos, naturales... Un muestrario de rostros humanos, todos con una historia que contar y mostrar sin necesidad de abrir la boca, sin utilizar una sola palabra, negando el sonido a la vida y convirtiéndolo en verdad absoluta. Ésos eran los mejores silencios, los que decían las mayores verdades sin la tentación de mentir a la que induce la palabra. Lo que no tenía eran ganas de ponerme con ello. Lo que realmente me apetecía era hacer una exposición con fotos de su rostro, pero negaría la entrada y la venta al público. Me había convertido en una egoísta emocional. No parecía un buen negocio.
—Estoy convencida de que te vendrá bien distraerte. Ya sé que estarás harta de que te digan esto, pero sabes que es verdad. Bueno, no te molesto más, que vas conduciendo. Haces bien en volver a Tármino. La familia está para ayudar en estos momentos.
Sonreí al oír el comentario de Denisse. La familia, no sé. La mía, la de Jonas, no. Especialmente él, ese ser tan indeseable. Cuando colgué, la voz de Jonas volvió a mi cabeza: «Estate tranquila». Y le hice caso.
No sé por qué resquicio mental se colaron otras notas procedentes del presente, dando esquinazo a la memoria inoportuna que amenazaba con acompañarme todo el viaje. No es que me molestara recordar, al contrario, es lo que me daba la vida. De hecho, los recuerdos empezaban bien pero siempre terminaban llenándome los ojos de lágrimas, con mi corazón trotando en el pecho y con falta de aire en mis pulmones. Y así era difícil normalizar una vida.
Los olvidos se parecen mucho a los recuerdos; los dos son como un tarro lleno de cerezas, en cuanto sacas una, las otras vienen detrás enredadas por sus rabillos como una prole bien avenida y unida frente a la adversidad. El nuevo mensaje que el presente había mandado a mi cerebro era que había olvidado las pastillas rojas para evitar —o al menos frenar— las taquicardias y el inhalador que debía establecer una relación armoniosa entre mi corazón y mis pulmones. «Mejor un MDI —le recordaba siempre Jonas al encargado de prepararme las dosis de mi medicación, refiriéndose a los inhaladores dosificadores presurizados—. Nada de dosificadores de polvo seco, que conozco a mi mujer y se le hace bola. Y para qué queremos más.» En cualquier otro momento de mi vida, hubiera entrado en pánico ante semejante olvido, hubiera buscado un cambio de sentido en la carretera, sin pararme a pensar si compensaba o no teniendo en cuenta los kilómetros recorridos, y seguramente hubiese regresado a casa para recoger la pequeña valija que obraba el milagro de mantenerme con pulso y respirando. Pero aquella vez no hubo representación de ninguna tragedia griega. El olvido no era tan grave. Ya nada lo era. Además, no había sido ésa la única negligencia de mi memoria, ocupada en otros menesteres. Tampoco recordé apagar las luces del dormitorio, desconectar el aire acondicionado ni cerrar la puerta blindada con llave, tal y como me recomendaba el portero de casa, preocupado por la oleada de robos con violencia que vivía el vecindario. «Dele las cuatro vueltas de rigor, sin miedo, señorita —¿señorita?, ¿en serio?—, que no muerde», decía el bueno de Eloy, con su mono gris, el que se ponía para no estropearse el traje siempre que le tocaba pelearse con cualquier cosa relacionada con el mantenimiento de las viviendas del bloque.
Mi presente era un campo abonado de olvidos frente a un aluvión de recuerdos que ni siquiera guardaba las formas ni respetaba el turno de aparición. Mi cabeza vivía en una permanente anarquía y yo no representaba ninguna oposición que hiciera peligrar la supresión de aquel estado. También había olvidado la cita con la ginecóloga para mi revisión anual; era hoy. De hecho, en vez de en aquel coche camino de Tármino con las cenizas de mi marido, debería estar realizándome la ecografía doppler semestral. Tampoco me importó. Lo único reseñable de esa indolencia mental advenida tras la pérdida de Jonas era que aquellos olvidos ni me inmutaban, así que la ansiedad no haría que mis ventrículos bombearan la sangre más deprisa y, por tanto, mi miocardio no pondría en problemas a mi epicardio. No era fácil ser mi epicardio, demasiado trabajo para una membrana que intenta proteger el corazón lo mejor posible a pesar de tenerlo todo en contra. Sin saber cómo, aunque sí por qué, todo había perdido importancia. Cuando te pasa lo peor que te puede suceder en la vida, nada de lo que venga después podrá afectarte. Nada. Te convierte en un autómata sensorial, y no tiene por qué ser malo.
El momento zen se esfumó cuando el teléfono empezó a vibrar. Después de hablar con Denisse, lo había puesto en modo Mute para evitar un nuevo sobresalto al volante, pero creo que la vibración resultaba peor opción. Sonaba igual que un amordazado tratando de hablar. Esta vez cogí el móvil y lo miré de reojo. Me costó verlo con claridad. O estaba perdiendo vista o había empezado a llorar sin darme cuenta. A veces me pasaba. Llorar era algo tan habitual que se convirtió en un acto reflejo, como respirar o parpadear. Muchas veces no era consciente hasta que sentía algo húmedo bajando por la mejilla o un sabor salado en los labios. Carla había entendido el concepto. «Es algo fisiológico, como la incontinencia urinaria de las señoras de cierta edad. Aunque tu edad no está en ese tipo de certezas..., todavía. Pero como no pongas algo de tu parte...» En el fondo creo que me gustaba que fuera tan burra, siempre compensaba el exceso de prudencia verbal del resto. El mensaje era de ella.
En mi cabeza apareció la imagen de Carla con su melena azabache recogida diligentemente en un palo de madera que según ella pertenecía a un auténtico baobab, «unos árboles sagrados en África, son mágicos, los más grandes del planeta, pero se desvanecen, se han venido abajo, la tala, el cambio climático, la degradación del ecosistema, la vida; un desastre, una pena, un poco así como tú. A ninguno os va a servir de nada haber sido mucho o haberlo tenido todo si os dejáis vencer». La pantalla del móvil mostraba un mensaje demasiado largo. «Llego antes porque salgo antes. No he podido esperar. Ya sé que me dijiste que no apareciera hasta esta tarde, pero tú tampoco me haces caso cuando te digo que te animes. Total, que te veo pronto. En cuanto llegue te llamo. No deberías estar leyendo este mensaje si estás conduciendo. Y luego soy yo la loca. Te quiero.» Ni en un mensaje era capaz de sintetizar. Ni siquiera con aquel «total» tan característico en su vocabulario, como si con ello pretendiera resumir algo, lograba economizar palabras. En realidad, lo agradecí. Y además tenía razón: no debí leer el mensaje, como tampoco debía conducir sin cinturón de seguridad. No era por dejadez ni por menospreciar la vida provocando a la muerte. Sencillamente era otro olvido al que de nuevo no le di importancia.
Lejos de contrariarme aquel cambio de planes, me alegró que Carla adelantara su llegada. Sería bueno tener más de un aliado en territorio hostil, por si venían mal dadas.
Arrojé el móvil en el asiento del copiloto y el ruido que provocó al chocar con ella me hizo apartar la mirada de la carretera para posarla en el lugar que solía ocupar yo cuando iba con Jonas. Allí estaba, mi cámara fotográfica, mi fiel compañera convertida en un objeto inanimado, como yo. Desde que Jonas había muerto, me acompañaba por inercia, por costumbre, sin tenerme en cuenta los desaires y el abandono al que la estaba sometiendo. Estaba por estar. Ya éramos dos. «Estoy sin estar», pensé y creo que lo dije en voz alta en alguna ocasión, cuando no dejaban de repetirme a todas horas el nuevo mantra en mi vida, el «cómo estás». Estoy sin estar. Qué frase más absurda y, sin embargo, era la única que describía sin adornos cómo me sentía. Mi estado era una preposición, un golpe que separaba dos existencias de una misma persona. La vida parecía escrita en un idioma muy diferente al que yo conocía, como si un día el abecedario hubiera cambiado y las reglas fueran otras. Una apátrida en tu propia boca. Era realmente extraño pero así sonaba mi vida desde hacía dos meses, una semana y cuatro días. Y cuanto antes lo asumiera, mejor me entendería y me haría entender. Tenía que repetírmelo una y otra vez. «Morí el 3 de mayo. Morí el 3 de mayo.» Era un tiempo verbal de muy difícil conjugación pero vivía en un momento en el que pasado y presente se intercambiaban dimensiones, como si estuvieran jugando a una modalidad nueva del juego de las sillas musicales.
Era cierto, morí un 3 de mayo. Era peor de lo que sonaba. Ese día dejé de respirar, de sentir, de escuchar, de pensar, de reír. Morí ese día aunque llevaba muerta hacía un tiempo. Empecé a odiar el número tres. De repente, un día empiezas a odiar, no solo a quienes permanecen con vida —yo incluida—, sino a las cosas más inanimadas del planeta. Un odio visceral, nada meditado, ese que sale de las entrañas más feas, las más escondidas en el interior de una persona.
Sí, necesitaba pasar más tiempo a solas. Y creo que el mundo también lo agradecería.
Necesitaba pasar más tiempo a solas, aunque en ese momento mis actos traicionaban mis certezas mentales. Iba directa a un lugar donde el aislamiento no tenía cabida.
En mi nuevo estado, la soledad me reconfortaba, no me hacía sentir mal. Al menos sabía que mis amigos no iban a sufrir viéndome convertida en algo que no reconocían, empezando por los cuarenta y dos kilos en los que se quedó mi cuerpo —me alegré de bajar uno más solo para evitar ver el número tres en el marcador de la báscula—, pasando por las sombras que hicieron una sentada colectiva en mi rostro y siguiendo por un borrado total de aquello que más me había caracterizado cuando estaba con él, en plena conciencia de la vida: la risa. Podía parecer algo frívolo pero era la deserción más llamativa para la gente que me conocía y para los que me querían. Yo ni siquiera era consciente de ello, no sabía que su presencia fuera tan peculiar ni tampoco le había dado la importancia debida, pero supongo que son de esas cosas que, hasta que no las pierdes, no eres consciente de que las tenías.
Aquella soledad impuesta y autoprescrita también era para mí un mundo de ventajas porque no tendría que restar tiempo a mi recuperación —que esperaba comenzara a manifestarse en algún momento—, aparentando estar bien y superando lo insuperable. Supongo que eso era retirarse a los cuarteles de invierno. Y si nadie le preguntó a Napoleón por qué se retiró a sus cuarteles de invierno tras la batalla de Smolensk, no sé por qué tendrían que preguntármelo a mí. Había que esperar, hibernar, aguantar. Era la regla máxima para recuperarse del estado de hipotermia existencial en el que me encontraba, y sobrevivir.
Mi vida se había convertido en una eterna espera. Me sentía uno de esos cuerpos que aguardan sobre la bandeja de acero de las cámara frigoríficas; solos, tirados, abandonados, sin vida, esperando a que alguien viniera a identificarlos —como si eso fuera a servir de algo— y poder seguir su camino. No iba a venir nadie, al menos nadie que me interesase. No podía. Acababa de irse para siempre y, sin saberlo, me había llevado con él pero dejándome allí.
Sentí frío, no por la imagen de la cámara frigorífica, sino porque el aire acondicionado del coche marcaba once grados. Aquello no era nada bueno para la inesperada ronquera que me acompañaba desde hacía días. «Es una simple afonía, descartamos una paresia de las cuerdas vocales», me dijo el doctor que se acercó a casa a darme el pésame y, de paso, el diagnóstico. O quizá fuera al revés. «Pues vale —pensé—, como si me importara que lo fuera.» En mi estado de melancolía, hábilmente disfrazado de dejadez, el positivismo ayudaba. Si había perdido la voz y mucho antes las ganas de hablar, ya tenía la excusa perfecta para no atender llamadas ni escuchar fórmulas mágicas, consejos milagrosos y las mismas frases de ánimo y consuelo plagiadas unas de otras, idénticas a las que había dado yo cientos de veces. No era un reproche, tan solo una mera observación, de esas con las que entretienes tu mente cuando los demás intentan entretenerte a ti.
Un cartel entró en la perspectiva de la carretera:
TÁRMINO 35
Volví a sentir algo parecido a un escalofrío artificial. Me estaba acercando. En menos de media hora llegaría. A decir verdad, la cámara frigorífica no estaba tan mal, a no ser que empezaran a aparecer familiares para reconocer el cuerpo. No pude evitar acompañar aquel siniestro pensamiento con la visión de su familia.
Fue instintivo. Giré ligeramente la cabeza buscando la bolsa con la urna blanca que contenía las cenizas de Jonas, colocada detrás del asiento del copiloto. Me había prometido no mirar hacia ese lugar en todo el viaje, pero no pude cumplirlo. Como cuando juras que no vas a llorar en el entierro de la persona a la que amas y, al final, la vida te vence y desaguas un mundo. Había sido una mala decisión mantener la urna tanto tiempo conmigo en nuestra casa, como una especie de presencia artificial. No sabía cómo comportarme ante ella: unos días la esquivaba, intentaba no mirarla, obviarla; pensé incluso en esconderla —probé varias ubicaciones, ninguna me convencía, incluso de algunas me avergonzaba—, y otras veces no podía separar mi vista de ella, como si estuviera abducida por aquel cofre de granito blanco. Tenía que resolverlo, se lo debía. Era justo que sus deseos se antepusieran a mi sufrimiento y el hecho de que yo no hubiera sido capaz de regresar a Tármino, su segundo lugar preferido en el mundo después de mí, era mi problema. Sin embargo, cuanto más me acercaba a mi destino, más me costaba desterrar la idea de que aquel viaje era un error del que seguramente me iba a arrepentir. Debería haber esperado más tiempo para regresar, aquellas cenizas eran lo único que me empujaba a ese éxodo.
El duelo cumple etapas íntimas que nadie conoce porque solo te incumben a ti. No son las que te dicen los psicólogos, ni las que encuentras cuando tecleas la palabra «duelo» en Google, ni las que salen de la boca de quienes parecen tener todas las licenciaturas sobre el comportamiento humano cuando están ante alguien que acaba de experimentar una pérdida. Porque las pérdidas no se tienen, se experimentan, implican demasiadas cosas para tenerlas en propiedad, hay que padecerlas. Ésas son teorías que difícilmente casan con la práctica que, en definitiva, es la vida real que cada uno se come y digiere como puede. Mi cuerpo no pedía un viaje sino el interior de una casa, de una habitación vacía y familiar en la que encerrarme en silencio, como hacía el pintor danés Vilhelm Hammershøi cuando retrataba el interior de su apartamento en el barrio de Christianshavn. Al igual que él, también yo necesitaba pintar esas habitaciones vacías, una y otra vez, sombrear las puertas abiertas que conducían a infinitos pasillos, las ventanas cerradas que no daban a ninguna parte aunque entrase por ellas algún halo de luz melancólica. Necesitaba encontrar mi figura aislada en una habitación desierta, en mi ciudad abandonada. Buscaba esa intimidad, esa calma, ese destierro sembrado de silencio y memoria. «Si la gente solo pudiese abrir los ojos al hecho de que pocas cosas buenas en una habitación dan una calidad mucho más bella y fina que muchas cosas mediocres...» Esa reflexión del pintor danés aparecía en la litografía Puertas blancas que Jonas me regaló el día de nuestra boda y que me entregó entrando como un colegial en la habitación de la masía donde decidimos casarnos, en la que remataba mis últimos minutos de soltería. «Vamos a llenar todo ese vacío y a tirar todas esas puertas, los dos juntos. Siempre», bromeó mientras intentaba salir de la habitación a hurtadillas para que nadie observara que había roto la sagrada tradición de no ver a la novia antes del «Sí, quiero». Deseábamos una habitación vacía para los dos, para estrenar, y la tuvimos. Y yo quería permanecer en ella, abrazar su vacío para sentirme un poco más cerca de él.
Alguien me explicó un día que los interiores vacíos de Hammershøi donde yo solo veía luz y escuchaba silencio eran asfixiantes y que su obra era una deliberada reflexión sobre la melancolía de la pérdida. Ése era el nivel de abstracción que yo necesitaba entonces y, sin embargo, iba camino del corazón de la Alcarria, una fábrica de recuerdos, de olores, de imágenes, de momentos.
Un nuevo cartel informativo en la carretera:
TÁRMINO 5
Tármino 5?
¿Qué había pasado con el Tármino 25 y el Tármino 15? ¿Nadie iba a respetar la cadencia numérica? Era como si alguien tuviese prisa en que llegara a las lindes del pueblo y las traspasara sin más. Supongo que para quien puso los carteles indicadores en la carretera resultaría muy fácil, algo mecánico que no mereció ni media reflexión, pero el resto necesitamos nuestro tiempo aunque nadie nos escuche cuando lo pedimos a gritos. Quizá por eso mi venganza consistía en no oír a los que llamaban.
Mi móvil volvía a pedir protagonismo. Al ver el nombre de Daniel en la pantalla, sonreí y aquella inusual mueca relajó los músculos de mi espalda, que por entonces ya estaban agarrotados, hasta el punto de haberme dejado sin cuello. A él sí que le permitiría escuchar mi voz afónica. Era lo único —el único— que me quedaba de Jonas, así que le hice depositario inconsciente de todo el amor, el cariño y el afecto que sentía por él.
—¿Daniel?
No pudo ser. La llamada se cortó. La cobertura siempre daba problemas a la entrada del pueblo. «Mejor le escribo un mensaje diciéndole que estoy llegando, y luego ya le llamo.» Posé mis ojos tan solo un instante en el teclado del móvil, apartándolos fugazmente de la carretera, pero fueron suficientes.
No lo vi.
Cuando quise darme cuenta, las ruedas de mi coche se habían comido algo contundente y el viraje en la dirección hizo que fuera a parar a la cuneta. Lamenté no llevar el cinturón de seguridad, me hubiese evitado el estúpido golpe en la cabeza. Me llevé la mano a la sien izquierda como si eso fuera a borrar el dolor. Miré los dedos para asegurarme de que no había ni rastro de sangre. Comprobé que la ventanilla seguía tan intacta como la recordaba. Es cierto que los coches duran más que sus conductores, quizá porque ni sienten ni padecen ni cometen errores por los que terminan pagando. Esperé como quien aguarda la aparición de un fantasma. Ni me moví. Rogué que no fuera nadie, ni humano ni animal, lo que acababa de pasar por encima. «Al menos nadie que me importe», pensé. No sé cómo me asaltó ese pensamiento que rápidamente desterré de mi cabeza, por vergüenza más que por auténtica convicción. Estaba en Tármino, demasiada proximidad a lo tóxico. El coche me venía grande, lo sabía. El viaje también. Y Tármino había tomado las dimensiones de Nueva York.
Permanecí inmóvil, paralizada, en silencio. Después de unos segundos —¿o fueron minutos?— sin oír ni ver nada ni a nadie saliendo de los bajos del vehículo, abrí la puerta y puse un pie en el exterior con mucha cautela mientras agradecía que el desnivel de la cuneta no fuera pronunciado. Me disponía a arrodillarme en la calzada para mirar bajo el coche cuando a escasos diez metros una imagen sobre el asfalto me hizo desistir.
—¿Qué demonios...?
Ni siquiera terminé de enunciar la pregunta. No me importaba saber qué hacía un perro mirándome fijamente en mitad del camino. No parecía herido, estaba rígido, firme sobre sus cuatro patas. Mostraba un porte demasiado regio para un perro que había estado a punto de morir atropellado. Me observaba con la complicidad de dos seres que durante unos segundos han compartido un mismo destino. Miré a un lado y al otro de la carretera, no supe si en busca de ayuda o deseando no encontrar miradas ajenas. A un lado, la entrada del pueblo con las primeras casas asomando en una armonía de piedra, madera y teja; al otro, el camino asfaltado que acababa de recorrer, perdiéndose hasta el horizonte en los campos llanos de la Alcarria y el cielo limpio flanqueándolo. No vi a nadie. El perro seguía sin moverse y empeñado en fiscalizarme con su mirada. Nunca he sabido de razas, pero aquél era grande y tenía el pelaje parduzco manchado y enredado como si llevase tiempo a la intemperie. Parecía callejero, aunque fijándome un poco mejor pude observar que tenía un collar marrón; de él colgaba una placa redonda que, movida por la respiración del animal, destellaba ligeramente por la acción del sol sobre ella. Dudé si volver al coche o encaminarme hacia él. No podía dejarlo allí en mitad de la carretera. Otro conductor podría venir y correr la misma suerte que yo. Anduve muy despacio hacia él. No se inmutó. Por un momento, pensé en deshacer mis pasos ante la posibilidad de que el perro mudara aquella calma en un arrebato de rabia que le hiciera abalanzarse sobre mí, como si yo tuviera culpa de algo. Ni siquiera le había visto. De hecho, no entendía de dónde había salido porque no presentaba heridas. Me pregunté si habría otro perro en la cuneta o atrapado en los bajos de mi coche porque era imposible que hubiese atropellado a ése y luciera de aquel modo. Iba a comprobarlo pero desistí al ver en la distancia el reflejo de lo que supuse que sería un vehículo aproximándose. El perro también lo vio y se identificó con mi decisión, encaminándose campo a través.
—Confirmado: yo a ti no te he pasado por encima, ni te he rozado.
Volví al vehículo, besé mi doble alianza y balbuceé algo parecido a una plegaria para que pudiera arrancarlo sin problema e incorporarme a la carretera de nuevo, sin tener que llamar a nadie para que me ayudara. Apreté el botón de arranque del coche. No respondió. Quizá la llamada de Daniel había sido una señal para que diera la vuelta y no entrara en el pueblo. Saqué la tarjeta de encendido para volver a introducirla y que activara el cuadro de mandos, y lo apreté una segunda vez. Tampoco. Quizá el perro era la señal para que regresara a Madrid sin ni siquiera pisar Tármino. Al tercer intento, el coche arrancó. Quizá es que era imbécil, además de una inconsciente por no haber llevado el cinturón de seguridad, y Carla tenía razón.
Había conducido durante algo más de una hora sin ver, con el único GPS de la costumbre aprendida. El coche había seguido el mapa de la memoria. No recordaba haber visto nada, ni los árboles, ni los cambios de sentido, ni los otros coches; las señales de tráfico se hicieron invisibles, los restaurantes de carretera con un nutrido número de camiones indicadores de lo bien que se comía allí corrieron la misma suerte y también fueron borrados de mi campo de visión. Lo raro es que hubiera llegado sin problema, sin despeñarme por ningún precipicio ni empotrarme contra ningún árbol. De nuevo apareció Jonas en mi cabeza como si estuviera a diez centímetros de mí. «Nadie se muere en la víspera.» En su voz sonaba mejor, mucho más convincente. Si tan solo pudiera escucharla una vez más, no me importaría dar al traste con todo y desaparecer en la víspera. Lo que me esperaba a la llegada a Tármino no se me antojaba bonito. Quizá por eso tardé tanto en salir, porque no quería llegar.
TÁRMINO
BIENVENIDOS A LA TIERRA DE LA LAVANDA
Aquel cartel sí lo vi. La última vez que lo dejamos atrás conducía Jonas y yo me peleaba con el objetivo de mi cámara o con las lentes que, por alguna extraña razón que se me escapaba, se empañaban. «No tenemos que ver a nadie que no queramos. Te lo digo para que me lo recuerdes, por si lo olvido.» Le sonreí antes de mirarle. Siempre que llegaba a su pueblo me repetía la misma frase. Yo creo que se la decía a sí mismo aunque prefiriera vaciarla en mí.
Bajé la ventanilla del coche. Pensé en descapotarlo pero cejé en la idea. Necesitaba saber que había llegado y el olor a lavanda me lo confirmaría. No tuve que sacar la cabeza por el hueco de la ventanilla para olerlo, ahí estaba. Olía a él. Su olor era la lavanda. Todos mis recuerdos estaban impregnados de él, todos olían a él. La lavanda era el aroma del recuerdo, la esencia de la memoria, la fragancia de la vida, y él se había encargado de extenderlo en todas sus facetas: lavanda vaporizada en la almohada para ayudar a conciliar el sueño, caramelos de lavanda, velas de lavada, jabones de lavanda, incienso de lavanda, aceite de lavanda, mermelada de lavanda... Recordé los baños de vapor y las inhalaciones que me instaba a hacer con aceite de lavanda para desterrar las bronquitis y los catarros de mi pecho, para despejar mis vías respiratorias y aliviar mi tos, y con ello, mi alterada frecuencia cardiaca. El violeta siempre estuvo presente en su vida y quería que así fuera hasta el final de sus días, e incluso más allá. Era el sueño que se quedó por cumplir, al menos, uno de ellos. Cuando se jubilara, aquél sería su lugar en el mundo y, por ende, el mío, ya que el mío era él. Algo parecido al mecanismo de la muñeca rusa, la matrioska, donde unas te llevan a las otras, o como el de las cerezas solidarias.
Siempre había pensado que el día que regresara a Tármino atravesaría el pueblo como alma que lleva el diablo, pero supongo que me redimí porque mi coche avanzaba despacio. Era julio, el mejor mes para entrar en el mundo azul. Se podía percibir el orgullo de las calles, vestidas y acondicionadas con la flor violeta para vivir el mejor momento del año. Había bandas moradas hermanando las fachadas, los balcones y las ventanas de las casas, carteles anunciadores, macetas enormes llenas de lavanda. Al día siguiente, el 15 de julio, se celebraría el Festival de la Lavanda. Era tiempo de fiesta, de reunión, de mostrar lo bello y esconder cualquier resquicio de fealdad, si es que quedaba alguno. Se respiraba alegría, ganas de festejo, y al mismo tiempo, tranquilidad. En aquel rincón púrpura, el mundo olía a limpio, a nuevo, a campo abierto, como las puertas de los cuadros de Hammershøi. Invitaba a vivir la vida en modo violeta. En cada esquina se ofrecían excursiones en globo sobre los campos de lavanda, vuelos en parapente que prometían deslizarse a vista de pájaro por las mil hectáreas de las plantaciones moradas. Un cartel anunciaba un concurso fotográfico sobre la flor de la lavanda, y otro hablaba de un rally, justo al lado de uno más que ofrecía una clase con un cocinero mediático dispuesto a introducir la lavanda en la gastronomía. Quizá era el momento de retomar a mi antigua compañera de viaje. Desde que Jonas murió no había sido capaz de hacer una foto. A lo máximo que había llegado era a ordenar y archivar las suyas, las que guardaba en papel y las que poblaban mi memoria, tanto digital como analógica. Mis recuerdos con él aparecían en blanco y negro. En las fotos siempre prefería esa dualidad cromática, pero los recuerdos necesitaba vivirlos como nacieron, en color, aunque se resistía a aparecer. Quizá aquélla era una buena oportunidad para intentarlo de nuevo.
Cuando giré en una de las primeras rotondas, el edificio se alzó ante mí como una aparición. Allí estaba, el centro hospitalario que Jonas había ayudado a construir. Las letras que formaban su nombre todavía lucían nuevas, brillantes. Ni la lluvia, ni el frío ni el viento habían tenido aún ocasión de teñirlas de vida. En cuanto se supo de su muerte, los responsables del hospital acordaron renombrarlo en su honor como homenaje y muestra de agradecimiento a quien había dedicado tiempo y oficio, además de financiación, para construir el centro hospitalario que cubría las necesidades de los habitantes de la comarca donde él había nacido. Me emocionó ver su nombre en la parte frontal de la fachada, así como la estatua conmemorativa que presidía la entrada. Me sobrevino un llanto incontrolado, no pude evitarlo. Llevaba días, semanas, meses viendo el mundo borroso, con una tela vidriosa que transformaba el cielo, los árboles, los semáforos, las tazas de café y los edificios en formas ondulantes, como si estuvieran sumergidos en el mar. A eso ya estaba acostumbrada, aunque seguía preguntándome de dónde había salido el escuadrón de lágrimas que no se cansaba de saltar al campo de batalla e inundarlo todo, y si creería que así iba a ganar algo. Es imposible que el cuerpo almacene la ingente cantidad de gotas saladas que amenazaban con borrar mi rostro. Lo había visto en la naturaleza: si el agua erosiona montañas de tierra, rocas, piedras o icebergs, qué no haría en una dermis delgada, fina e insignificante. Pero aquellos ataques de lágrimas veloces y atropellados resultaban incontenibles. No eran las habituales ganas de llorar, sino más bien una suerte de espasmos, rápidos, fuertes e imprevistos ante los que solo cabe esperar a que terminen para retirar los vestigios.
Al ver su nombre en grandes letras presidiendo el frontispicio del hospital y aquella estatua representando su figura, sencillamente ocurrió. Daniel me había enviado fotos del día del homenaje, al que me fue imposible asistir. Solo habían pasado seis semanas y aún no era dueña de mi existencia. No es que ahora lo fuera, pero al menos respiraba. Le habían encargado la obra a un escultor, antiguo paciente de Jonas, que se dedicó a ella en cuerpo y alma. Me gustó que la hubiera realizado en granito blanco. A él también le habría gustado. Me recordaba a la estatua en memoria de Sam Houston que veíamos en nuestros viajes a Huntsville, aprovechando las periódicas visitas al Texas Heart Institute de Houston. Las de bronce no resisten bien el paso del tiempo, se vuelven feas, oscuras y ese tiempo termina por oxidar sus facciones. Me parecen tristes por irreales, siempre me recuerdan al cuento de «El príncipe feliz» de Oscar Wilde, con una moraleja estupenda que sin embargo deja la estatua hecha unos zorros.
Agradecí que le hubieran cincelado con su inseparable bata blanca. La llevaba puesta la primera vez que le vi, hacía doce años, un mes de mayo. Aquel mes se estaba volviendo complicado para conmemorar efemérides. Iba a ser una consulta rápida, solo necesitaba saber si podía viajar después de sufrir varios episodios cardiacos delicados. Yo insistía en que no era nada, como mucho un soplo —«Herencia de mi madre, que acaba de cumplir los sesenta», dije como si aquello me fuera a salvar de un diagnóstico que diera al traste con mis planes—, y él me escuchaba con la mirada cansada —después supe que aquel día venía de una guardia complicada de veinticuatro horas— y con aquel característico gesto suyo que te hacía creer que le estaba divirtiendo lo que oía, pero no tanto como para dejarse convencer. Recordaba cada segundo de aquel primer encuentro que deseé rápido y que se alargó más de una década. Así de inútil resulta planificar el tiempo.
—¡Vaya, sesenta años y con un soplo cardiaco! Sí que son longevos en su familia. O eso, o su madre es paciente mía y sabe que le doy buenos consejos.
Me pareció algo vanidoso, pero divertido.
—No se crea. Solo las mujeres somos longevas. Los hombres aguantan menos, se mueren antes. Creo que por norma general es así, aunque usted lo sabrá mejor que yo —le repliqué. La conversación era tan absurda que a mí también me estaba divirtiendo. Creí que cinco minutos de argumento dicharachero y apresurado, al más puro estilo de Carla, iban a despistar a todo un jefe de cardiología. Si no fuera porque necesitaba oír un sí de la boca de aquel doctor, hubiera seguido—. ¿Puedo irme entonces?
—¿Quiere irse?
—Sí. Quiero irme fuera.
—¿Tan mala impresión le he causado?
—Me refiero a si puedo viajar en avión.
—¿Dónde quiere ir?
—A Bosnia, a la antigua Yugoslavia. Tengo planeado un viaje de trabajo. Empezaré en Sarajevo, seguiré por Polje, Zenica, Tuzla, Visegrado, Mostar... Hago fotos, ¿sabe? Retratos. Soy buena captando expresiones. Se puede leer en el rostro de una persona. Una mirada, un gesto, una cicatriz, una nariz aguileña o la señal de un entrecejo fruncido puede dar más información que cualquier manual de comportamiento —le expliqué con un exceso de información creyendo que, si le aburría lo bastante, se lo quitaría de encima y me diría que sí.
—Ya —dijo mientras escribía algo ilegible en un volante antes de levantar la mirada hacia mí—. Entonces sabrá lo que voy a decirle.
Lo sabía, y no me gustó. Dejó de ser divertido aunque eso no restó un ápice de atractivo a su rostro. Pero no me iba a dar por vencida tan fácilmente.
—No puedo pedirle al mundo que pare porque yo no pueda seguirle.
—No le diga que pare, tan solo que espere hasta que le haga más pruebas. No se apure. El mundo va a continuar ahí. ¿Nos vemos al final de la semana?
Nos vimos al final de esa semana, y la siguiente, y así hasta terminar el calendario de aquel año y estrenar uno nuevo. Mi soplo era en realidad un defecto congénito en el corazón. Lo sabía de sobra.
—Una grieta en una de las paredes que separan los músculos de tu corazón. Has nacido con ello pero hasta ahora no se ha manifestado. Y si lo ha hecho, parece que no te has dado por aludida, o no has querido hacerlo. Pueden aparecer arritmias e insuficiencia cardiaca, y supongo que ya ha sucedido más de una vez. Esto es importante, para ser exactos, es grave, hay que tomárselo en serio. Pero vamos a hacer todo lo posible para mantenerlas a raya. Tendremos que cuidar ese corazón. —Sus últimas palabras no me parecieron extraídas del informe médico.
Cumplió su promesa. Hice mi viaje a Bosnia, fotografié las miradas más asustadas, los rostros más melancólicos y tristes que había visto en mi vida y, por primera vez, estaba deseando regresar a casa, no por lo que veía a través del objetivo de mi cámara, sino por lo que mis ojos estaban dejando de ver. El de Jonas se había convertido en mi rostro favorito, en la mirada por la que quería ser observada. No había sido tan feliz en mi vida, ése era mi verdadero retrato.
Nunca sabes qué persona cambiará tu vida, pero sabes perfectamente quién la sumirá en un profundo agujero negro cuando se vaya, especialmente si se va antes de tiempo.
El zumbido del móvil me recordó que debía activar el sonido del teléfono. Daniel contestaba al mensaje que le había mandado una vez pasado el susto desde el interior de mi coche, todavía en la cuneta. «Si quieres nos encontramos allí. Ya tendremos tiempo de ir a casa.» «Allí» solo podía ser un sitio. El mundo azul. La extensión más mágica, impresionante y reconfortante que uno podía imaginarse. Un océano terrenal en mitad del campo. La plantación de lavanda más hermosa sobre la faz de la tierra. «Mejor aún que la Provenza, porque aquello es Francia y esto es mi casa, mi hogar», reconocía orgulloso Jonas. Era el propietario de una parte de aquel inmenso mar violeta cuyo valor emocional superaba al feudal. Su historia con aquella isla de tierra oceánica comenzó a fraguarse antes incluso de que naciera.
Su padre, don Javier, trabó amistad con un hombre con el que coincidió en la Real Fábrica de Paños donde ambos trabajaban fabricando mantas para el ejército hasta el inicio de la Guerra Civil. La vida los convirtió en inseparables. Javier y Tasio, Tasio y Javier: una de esas amistades sinceras y profundas que acreditan que existen lazos más fuertes que los de la sangre y la genética. Un día llegó al pueblo la onda expansiva del estallido de la Guerra Civil; los odios y las venganzas ancestrales que algunos guardaban en su memoria más oscura vieron la oportunidad perfecta para tomar forma y siguieron vivos durante décadas. Lo que no hicieron los hermanos de sangre, lo hizo el hermano de vida. Jonas me contó que su padre salvó a su amigo de una orden de ejecución inmediata emitida —o al menos consentida— por el propio hermano de Tasio, acabada ya la guerra, y le ayudó a huir a Francia sin importarle el riesgo que corría. Nunca perdieron el contacto, su amistad sobrevivió a la contienda y esquivó las complicaciones de la posguerra, hasta que mucho después de su exilio, los ecos de una joven democracia en ciernes convencieron al amigo de don Javier para abandonar la Provenza de manera temporal y volver a pisar su pueblo. No le gustó lo que vio —un paraje abandonado, desencantado y sin futuro— y, con la ayuda de su hijo, decidió cambiarlo. Aquella tierra de la que un día tuvo que huir era perfecta para el cultivo de la lavanda con la que había convivido a diario en el sureste de Francia, y decidió preñar varias hectáreas de Tármino de flores azules. Aquella idea devolvió la vida a la comarca, sus gentes regresaron y llegaron algunas nuevas, aunque él prefirió volver a su exilio francés, que el tiempo había convertido en hogar, y solo retornar a aquel rincón de la Alcarria de vez en cuando para encontrarse con su amigo Javier.
Tasio nunca pudo agradecerle lo bastante que le salvara la vida, no sabía cómo, era imposible devolver aquel favor. Quiso hacerlo ofreciéndole parte del legado azul que, sin su valentía en aquella noche mediados ya los años cuarenta, no hubiera sido posible. Don Javier nunca lo aceptó, no sentía que nadie le debiera nada por hacer lo que debía, lo que le dictaba su conciencia. Aunque lo rechazó una y mil veces, cuando su amigo murió se lo dejó en su testamento. «Ni con ésas», me contaba Jonas: a pesar de la insistencia de la viuda y sus hijos, la respuesta seguía siendo la misma. Al final, el hijo mayor de Tasio, Roberto, heredó tanto las tierras de lavanda como el deseo paterno, y no cejaría hasta cumplir la última voluntad de su progenitor aunque tuviera que solventarse en las nuevas generaciones. Así lo hicieron en el hospital que hoy llevaba el nombres de Jonas, donde los hijos de aquellos dos hombres buenos cerraron el círculo de una historia inacabada. Era la historia de una deuda saldada, la cosecha de un deseo cumplido.
La marea del tiempo había devuelto a la orilla de Tármino aquel regalo en forma de campos de lavanda, pero, en el interior de Jonas, aquella inmensa extensión guardaba un significado mucho más amplio. Siempre sintió por su padre auténtica devoción, un sentimiento que iba más allá de la admiración filial, que rebasaba el incorpóreo juramento de amor de un hijo hacia su padre. Si la sangre no los hubiera unido, sentiría el mismo respeto por aquel hombre, por su vida, por su manera de ser, por la naturalidad con la que convivió con su condición de héroe sin más reconocimiento que un silente pacto entre caballeros que al final conocía medio pueblo. Como decía Jonas, así aspiran a terminar todos los secretos.
Él solía quedarse en silencio contemplando aquel mar violeta en toda su extensión, con las manos escondidas en los bolsillos, perdiendo la mirada en el horizonte dibujado por las hileras de flores moradas. Allí se sentía más cerca de su padre. A veces sonreía, como si le viera, como si escuchara su voz y volviese a hacerle partícipe de sus consejos paternos, de sus pensamientos, aquellas sentencias que Jonas tanto extrañaba y muchas de las cuales adoptó como propias.
Ahora eran mis manos las que se escondían en los bolsillos, haciendo mío ese recuerdo y compartiendo la misma sensación de cercanía por quien se había ido. En mi cabeza, aquel mar ya no era tan púrpura, ni tan aromático, ni tan bello, pero cuando lo tuve delante recuperó el esplendor perdido por el desgaste de la distancia y el engaño de la memoria. De nuevo la perspectiva; el mundo violeta siempre ganaba.
Heredé el campo de lavanda, aunque desde el primer instante tuve la firme convicción de venderlo. Si él no estaba en mi vida, aquel campo violeta tampoco lo estaría por mucha belleza que destilara. Intuía que me hacía daño y que esa herida no cicatrizaría en el tiempo. Había retrasado mi presencia en aquel lugar por miedo a volver sin él al paraíso que un día compartimos. No era la primera vez que me asaltaba el miedo al regreso. Me aterraba volver a los lugares en los que habíamos estado juntos, adentrarme en los mismos espacios y, sin embargo, no podía evitar acostarme cada noche en su lado de la cama, ocupar el hueco que su cuerpo había dejado en el sofá, encontrar acogida en su pijama, en sus chaquetas de lana buscando el abrazo fantasma, hambrienta por sentir su resguardo, aunque lo supiera espurio y artificial; también lo es la luz otoñal en las tardes de mayo —otra vez mayo— y la vista lo agradece igual. Los engaños admitidos no pueden considerarse fraudes.
Los espacios todavía guardaban su olor. Por eso adopté sus gustos, sus costumbres, sus manías. Apadriné los huecos dejados y todo lo que en ellos guardaba, lo bueno y lo malo, los afectos y las devociones, pero también los rencores y los odios. Es lo primero que te deja claro el notario cuando te planteas aceptar una herencia: heredas lo bueno y lo malo, las deudas y los activos, sus cargas y sus alivios. Aceptar solo una parte, afincarse en esa parcialidad interesada, al igual que la neutralidad en tiempos de guerra, es de cobardes.
Dejé el coche en el arcén y me adentré entre las hileras tejidas por las ramas espigadas y sus flores violáceas. Era complicado no dejarse envolver por aquel manto cárdeno sin sucumbir a la tentación de mimetizarse con él e inhalar la lavanda hasta que los pulmones se volvieran violetas. Me había costado llegar, pero aquel lugar me hacía sentir más próxima al cielo, me impregnaba de vitalidad y me devolvía esa calma que tanto había echado de menos. Sonreí al imaginar lo que diría Jonas si estuviera allí y mi fingido hartazgo ante la posibilidad de que me contase, por enésima vez, la historia de marras. Si volvía a oír la leyenda del químico francés René-Maurice Gattefossé, de cómo se quemó la mano, cómo se recuperó milagrosamente gracias al uso del aceite esencial de lavanda y cómo desde entonces dedicó su vida al estudio terapéutico de los aceites esenciales, sería yo quien lo quemara todo.
No sé por qué, cada vez que hablaba de fuego me venía a la cabeza la familia. No solo la suya, todas en general. Aunque aquella familia suya, en particular, atraía el incendio y se podía notar la combustión y la quemazón que desprendía a poco que te acercaras. Una pira enorme alzada por llamas encumbradas y alimentada por historias, rostros, secretos a media voz y silencios enquistados en el tiempo, que aumentaban la temperatura de la hoguera.
—¡Lena!