Un mediodía de abril, justo después de comer, mi marido me anunció que quería dejarme. Lo dijo mientras quitábamos la mesa, los niños se peleaban como de costumbre en la habitación de al lado y el perro gruñía en sueños junto al radiador. Me dijo que estaba confuso, que estaba atravesando una mala época, que se sentía cansado, insatisfecho, quizá también ruin. Habló largo y tendido de nuestros quince años de matrimonio, de nuestros hijos, y admitió que no tenía nada que reprocharnos, ni a ellos ni a mí. Mantuvo la compostura, como siempre, aparte de un movimiento exagerado de la mano derecha cuando me explicó, con una mueca infantil, que unas voces sutiles, una especie de susurro, lo empujaban hacia otro lado. Luego asumió la culpa de todo lo que estaba pasando y se fue, cerró con cuidado la puerta de casa y me dejó petrificada junto al fregadero.
Pasé la noche reflexionando, desolada en el gran lecho conyugal. Por más que analizaba la última etapa de nuestra relación, no conseguía encontrar signos reales de crisis. Lo conocía bien, sabía que era un hombre de sentimientos tranquilos: la casa y los ritos familiares eran indispensables para él. Hablábamos de todo, seguíamos abrazándonos y besándonos; a veces era tan divertido que me hacía reír hasta que se me saltaban las lágrimas. Me parecía imposible que quisiera irse de verdad. Luego caí en la cuenta de que no había cogido ni una sola de las cosas que le importaban, que incluso había olvidado despedirse de los niños, y entonces tuve la certeza de que no se trataba de algo grave. Estaba atravesando uno de esos momentos que se cuentan en los libros, cuando un personaje reacciona de modo ocasionalmente exagerado al normal descontento de vivir.
Por otro lado, no era la primera vez; a fuerza de dar vueltas en la cama, recordé el momento y los hechos. Muchos años antes, cuando solo llevábamos juntos seis meses, me había dicho, después de besarme, que prefería no verme más. Yo estaba enamorada de él, y al oírlo se me heló la sangre en las venas. Sentí frío, él se había ido y yo me había quedado en el parapeto de piedra que hay debajo de Sant’ Elmo, mirando la ciudad pálida y el mar. Cinco días después me llamó por teléfono. Estaba abochornado, se justificó, me dijo que había experimentado un súbito vacío de sentido. Aquella expresión se me quedó grabada, estuvo rondándome la cabeza durante mucho tiempo.
Volvió a usarla mucho después, hacía unos cinco años. En aquella época nos veíamos a menudo con una compañera suya del Politécnico, Gina, una mujer inteligente y culta, de familia adinerada, que se había quedado viuda poco antes, con una hija de quince años. Llevábamos solo unos meses viviendo en Turín, y ella nos consiguió una bonita casa junto al río. La ciudad, a primera vista, no me gustó, me pareció de metal; pero pronto descubrí que desde el balcón de casa era hermoso contemplar el paso de las estaciones: en otoño se veía el verde del parque Valentino amarillear o arrebolarse, deshojado por el viento, y las hojas revoloteaban por el aire brumoso y se alejaban sobre la lámina gris del Po; en primavera llegaba del río una brisa fresca y reluciente que animaba los brotes nuevos en las ramas de los árboles.
Me adapté rápidamente, sobre todo porque madre e hija se desvivieron por hacerme la vida fácil, me ayudaron a familiarizarme con las calles y me acompañaron a los comercios de confianza. Pero se trataba de amabilidades con un trasfondo ambiguo. En mi opinión, no había duda de que Gina se había enamorado de Mario. Demasiadas zalamerías. A veces, yo le gastaba bromas muy explícitas. Le decía: «Te ha llamado por teléfono tu novia». Él se defendía con cierta complacencia y nos reíamos, pero con el tiempo las relaciones con aquella mujer se hicieron más estrechas y no pasaba un día sin que llamase por teléfono. Unas veces le pedía que la acompañase a alguna parte; otras ponía como excusa a Carla, su hija, diciendo que no le salía un ejercicio de química; otras buscaba un libro que ya no estaba a la venta.
No obstante, Gina sabía corresponder con generosidad equilibrada; aparecía siempre con regalitos para mí y para los niños, me prestaba su coche, nos dejaba a menudo las llaves de su casa, cerca de Cherasco, para que pasáramos en ella el fin de semana. Nosotros aceptábamos encantados, se estaba bien allí, aunque siempre había que contar con la posibilidad de que madre e hija apareciesen de improviso, desbaratando nuestras costumbres familiares. Además, a un favor había que responder con otro favor, y las amabilidades terminaron por convertirse en una cadena que nos ataba. Poco a poco, Mario fue asumiendo el papel de tutor de la hija, habló con todos sus profesores, haciendo las veces del padre muerto y, aunque estaba agobiado de trabajo, en cierto momento se sintió obligado a darle clases de química. ¿Qué podía hacer yo? Durante un tiempo intenté vigilar a la viuda; cada vez me gustaba menos cómo cogía a mi marido del brazo o le susurraba al oído entre risas. Hasta que un día lo comprendí todo. Desde la puerta de la cocina vi a la pequeña Carla, que, al despedirse de Mario en el pasillo tras una de aquellas clases, en lugar de besarlo en la mejilla, lo besaba en la boca. Comprendí de golpe que no era de la madre de quien tenía que preocuparme, sino de la hija. Quizá sin darse cuenta siquiera, aquella chica llevaba quién sabe cuánto tiempo evaluando el poder que su cuerpo ondulado y sus ojos inquietos ejercían sobre mi marido; y él la miraba como se mira desde la sombra una pared blanca bañada por el sol.
Estuvimos discutiéndolo, pero con calma. Yo odiaba los tonos de voz altos, los movimientos demasiado bruscos. Mi familia era de sentimientos ruidosos, extrovertidos, y yo, sobre todo en la adolescencia —incluso cuando me quedaba callada, tapándome los oídos en un rincón de la casa de Nápoles, agobiada por el tráfico de la Via Salvator Rosa—, sentía dentro de mí una vida desbordante y tenía la impresión de que en cualquier momento se desencajaría todo por culpa de una frase demasiado hiriente o de un gesto poco sereno del cuerpo. Por eso había aprendido a hablar poco y de forma meditada, a no tener nunca prisa, a no correr siquiera para coger el autobús, a alargar lo más posible mis tiempos de reacción, llenándolos de miradas perplejas, de sonrisas inciertas. Más tarde, el trabajo me había proporcionado disciplina. Había dejado la ciudad con la intención de no volver nunca y había estado dos años en la oficina de reclamaciones de una compañía aérea en Roma. Hasta que, después de la boda, me despedí y seguí a Mario por el mundo, allí donde su trabajo de ingeniero lo reclamaba. Lugares nuevos, vida nueva. Del mismo modo, para mantener bajo control la angustia de los cambios, me había acostumbrado definitivamente a esperar con paciencia que la emoción cediera y tomara por fin el camino de la voz serena, contenida en la garganta para no dar el espectáculo.
Aquella autodisciplina resultó indispensable durante nuestra pequeña crisis conyugal. Pasamos largas noches de insomnio enfrentándonos con serenidad y en voz baja, para que los niños no nos oyeran, para evitar los ataques cargados de palabras que abriesen heridas incurables. Mario se expresaba con vaguedad, como un paciente que no sabe distinguir con precisión sus síntomas; en ningún momento conseguí que me dijera lo que sentía, lo que quería, lo que yo debía esperar. Unos días más tarde, volvió a casa después del trabajo con expresión de espanto, o quizá no era espanto de verdad, sino solo el reflejo del espanto que había leído en mi cara. El hecho es que abrió la boca para decirme algo y luego, en una fracción de segundo, decidió decirme otra cosa. Yo lo advertí tan claramente que casi me pareció ver cómo las palabras le cambiaban en la boca, pero dejé a un lado la curiosidad de saber a qué frases había renunciado. Me bastó con tomar buena nota de que aquella mala época había terminado, se había tratado solo de un vértigo momentáneo.
Un vacío de sentido, me explicó con un énfasis inusual, repitiendo la expresión que había usado años antes. Se le había metido en la cabeza de un modo que le impedía ver y oír de la forma habitual; pero ya había pasado, ya no sentía ninguna turbación. A partir del día siguiente, dejó de ver tanto a Gina como a Carla, interrumpió las clases de química y volvió a ser el hombre de siempre.
Esos eran los pocos e irrelevantes incidentes de nuestra historia sentimental; aquella noche los examiné detalladamente. Luego me levanté, desesperada por el sueño que no llegaba, y me preparé una manzanilla. Mario es así, me dije: tranquilo durante años, sin un solo instante de desorientación, y de repente lo trastorna una tontería. También esa vez lo había perturbado algo, pero no debía preocuparme, solo había que darle tiempo para que se recuperase. Permanecí levantada hasta muy tarde, delante de la ventana que daba a la oscuridad del parque, intentando mitigar el dolor de cabeza apoyando la frente contra el frío cristal. Me despabilé cuando oí el ruido de un coche que aparcaba. Miré hacia abajo, no era mi marido. Vi al músico del cuarto piso, un tal Carrano, que subía por el paseo con la cabeza gacha, llevando en bandolera un voluminoso instrumento en su funda. Cuando desapareció bajo los árboles de la plazoleta, apagué la luz y volví a la cama. Era solo cuestión de días, luego todo se arreglaría.
Pasó una semana y mi marido no solo mantuvo su decisión, sino que se reafirmó en ella con una especie de cautela despiadada.
Al principio venía a casa una vez al día, siempre a la misma hora, hacia las cuatro de la tarde. Se ocupaba de los niños, charlaba con Gianni, jugaba con Ilaria, y a veces salían los tres juntos con Otto, nuestro pastor alemán, que era más bueno que el pan, para llevarlo al parque a que corriera detrás de los palos y las pelotas de tenis.
Yo fingía que tenía trabajo en la cocina, pero esperaba con ansiedad que Mario entrase a verme para que me aclarara sus intenciones o para que me dijera si ya había desenredado el lío que había descubierto en su cabeza. Tarde o temprano él llegaba, aunque de mala gana, con una expresión de disgusto cada vez más visible, a la que yo oponía, siguiendo una estrategia que se me había ocurrido durante las noches en vela, la puesta en escena de las comodidades de la vida doméstica, tonos comprensivos y una demostración de afabilidad, acompañada incluso de ocurrencias divertidas. Mario negaba con la cabeza, decía que era demasiado buena. Me conmovía, lo abrazaba, intentaba besarlo. Pero él se escabullía, subrayaba que únicamente había venido para hablar conmigo. Quería que comprendiese con qué clase de hombre había vivido durante quince años, y para ello me contaba crueles recuerdos de la infancia, alguna canallada de adolescente, trastornos molestos de la primera juventud. Solo quería decirme lo malo de sí mismo, y por más que yo intentaba rebatir su manía de autodenigración no conseguía convencerlo. Él quería a toda costa que lo viese como decía ser: un inútil, una persona incapaz de experimentar sentimientos auténticos, mediocre, a la deriva, incluso en su profesión.
Yo lo escuchaba atentamente, replicaba con calma, no le hacía preguntas de ningún tipo ni le daba ultimátums; solo intentaba convencerlo de que siempre podía contar conmigo. Pero debo admitir que, bajo esa apariencia, en mi interior iba creciendo a toda prisa una ola de angustia y de rabia que me espantaba. Una noche me volvió a la mente una figura negra de mi infancia napolitana, una mujer gorda, enérgica, que vivía en nuestro edificio, a espaldas de la plaza Mazzini. Siempre arrastraba con ella a sus hijos por los callejones atestados cuando iba a hacer la compra. Volvía cargada de verduras, fruta y pan, y llevaba, pegados al vestido y a las bolsas llenas, a sus tres pequeños, a los que gobernaba chasqueando unas pocas palabras alegres. Si me veía jugando en la escalera del edificio, se paraba, dejaba su carga en un peldaño, se hurgaba en los bolsillos y repartía caramelos, para mí, para mis compañeras de juegos y para sus hijos. Tenía el aspecto y los modales de una mujer satisfecha de su vida; además, olía muy bien, como a tela nueva. Estaba casada con un hombre natural de los Abruzos, un pelirrojo de ojos verdes que trabajaba de representante comercial, actividad que lo mantenía continuamente de viaje en su coche entre Nápoles y L’Aquila. De él yo solo recordaba que sudaba mucho, que tenía la cara enrojecida, como si tuviese una enfermedad en la piel, y que a veces jugaba con sus hijos en el balcón, haciendo banderines de colores con papel de seda hasta que la mujer gritaba con alegría: «A comer». Luego, algo se estropeó entre ellos. Después de muchos gritos, que a menudo me despertaban en plena noche y que parecía que fueran a resquebrajar las piedras del edificio y del callejón —gritos largos y llantos que llegaban hasta la plaza, hasta las palmeras, con sus arcos formados por las ramas y las hojas, que vibraban de espanto—, el hombre se marchó de casa porque amaba a una mujer de Pescara y nadie volvió a verlo. A partir de entonces, nuestra vecina empezó a llorar todas las noches. Yo oía desde mi cama su llanto ruidoso, una especie de estertor que atravesaba las paredes como un ariete y que me aterrorizaba. Mi madre hablaba de ella con sus trabajadoras mientras cortaban, cosían y hablaban, hablaban, cosían y cortaban; entretanto, yo jugaba debajo de la mesa con los alfileres, el jaboncillo, y me repetía a mí misma lo que escuchaba, palabras que estaban entre la tristeza y la amenaza: cuando no sabes retener a un hombre lo pierdes todo, historias femeninas de sentimientos acabados, qué pasa cuando una mujer muy amada se queda sin amor, sin nada. La mujer lo perdió todo, hasta el nombre (creo que se llamaba Emilia), y se convirtió para todos en «la pobrecilla»; desde entonces la llamábamos así cuando hablábamos de ella. «La pobrecilla» lloraba, «la pobrecilla» gritaba, «la pobrecilla» sufría, destrozada por la ausencia del hombre sudado de cara roja y ojos verdes de perfidia. Estrujaba entre las manos un pañuelo húmedo, y le decía a todo el mundo que su marido la había abandonado, la había borrado de la memoria y los sentimientos; luego retorcía el pañuelo con los nudillos blancos y maldecía al hombre que se le había escapado como un animal glotón por la colina del Vomero. Aquel dolor tan escandaloso empezó a molestarme. Yo solo tenía ocho años, pero me daba vergüenza ajena; dejé de ir con sus hijos, ya no olía bien. Subía por las escaleras rígida, consumida. Perdió la gordura de los pechos, de los costados, de los muslos, la cara ancha y jovial, la sonrisa clara. Su piel se tornó transparente sobre los huesos; los ojos, anegados en charcos violáceos, y las manos, de telaraña húmeda. Mi madre exclamó una vez: «Pobrecilla, se ha quedado seca como un arenque salado». A partir de aquel momento, yo la seguía todos los días con la mirada y la vigilaba mientras salía por el portón sin la bolsa de la compra, con los ojos desorbitados y el paso torcido. Quería descubrir su nueva naturaleza de pescado gris azulado, los granos de sal que debían de brillarle en los brazos y las piernas.
Aquel recuerdo también me ayudó a seguir demostrando ante Mario una afectuosa capacidad de reflexión. Pero al poco tiempo no supe ya con qué rebatir sus historias exageradas de neurosis y tormentos de infancia o adolescencia. Al cabo de diez días, puesto que también las visitas a los niños empezaban a espaciarse, noté cómo crecía dentro de mí un rencor ácido, sentimiento al que se unió en cierto momento la sospecha de que estaba mintiéndome. Pensé que, como yo le mostraba calculadamente todas mis virtudes de mujer enamorada y, por lo tanto, dispuesta a apoyarlo en aquella crisis opaca, él estaba intentando calculadamente molestarme hasta el punto de obligarme a decirle: «Vete, me das asco, ya no te aguanto».
La sospecha se convirtió pronto en certeza. Quería ayudarme a aceptar la necesidad de nuestra separación; quería que fuese yo misma la que le dijera: «Tienes razón, se ha terminado». Pero ni siquiera entonces perdí la compostura. Continué actuando con prudencia, como hacía siempre frente a los problemas de la vida. La única señal externa de mi agitación fue una tendencia al desorden y cierta debilidad en los dedos, los cuales, cuanto más crecía la angustia, con menos fuerza se cerraban en torno a las cosas.
Durante casi dos semanas me callé una pregunta que me había venido de repente a la punta de la lengua. Cuando ya no soporté sus mentiras decidí ponerlo entre la espada y la pared. Preparé una salsa con albóndigas de carne que le gustaba mucho y corté patatas para cocinarlas al horno con romero. Pero no lo hice con placer. Estaba desganada, me corté con el abrelatas, se me escurrió de la mano la botella de vino, los cristales se esparcieron por la cocina y todo quedó salpicado de vino, incluso las paredes blancas. Inmediatamente después, hice un gesto demasiado brusco para coger la bayeta y tiré también el azucarero. Durante una larga fracción de segundo me explotó en los oídos el zumbido de la lluvia de azúcar, primero sobre el mármol y luego sobre el suelo, manchado de vino. Aquello me produjo tal sensación de agotamiento que lo dejé todo tal como estaba y me fui a dormir, olvidándome de los niños y de todo lo demás, aunque fuesen las once de la mañana. Al despertarme, mientras mi nueva condición de mujer abandonada me volvía poco a poco a la cabeza, decidí que no podía más. Me levanté atontada, limpié la cocina, corrí a recoger a los niños a la escuela y esperé a que él apareciera por amor a los hijos.
Llegó por la tarde. Me dio la impresión de que estaba de buen humor. Después de las consabidas formalidades, desapareció en el cuarto de los niños y se quedó con ellos hasta que se durmieron. Cuando reapareció quería largarse, pero lo obligué a cenar conmigo, le puse en las narices la olla con la salsa que había preparado, las albóndigas, las patatas, y le bañé los macarrones humeantes con una capa abundante de la salsa roja oscura. Quería que viese en aquel plato de pasta todo aquello que, al irse, no podría volver a alcanzar con la mirada, ni rozar, acariciar, escuchar, oler nunca más. Pero no supe tener paciencia. Acababa de ponerse a comer cuando le pregunté:
—¿Te has enamorado de otra mujer?
Sonrió y luego negó sin violentarse, fingiendo sincero asombro por aquella pregunta fuera de lugar. Pero no me convenció. Lo conocía bien, siempre hacía eso cuando mentía; en general se sentía incómodo ante cualquier pregunta directa. Insistí:
—Hay otra, ¿verdad? Hay otra mujer. ¿Quién es? ¿La conozco?
Luego, por primera vez desde que había comenzado esa historia, levanté la voz, grité que tenía derecho a saber, y dije:
—No puedes dejarme aquí esperando, cuando en realidad ya lo has decidido todo.
Él entornó los párpados, nervioso, y me hizo una señal con la mano para que bajase la voz. Estaba visiblemente preocupado, tal vez no quería que los niños se despertasen. A mí, en cambio, me retumbaban en la cabeza todas las quejas que tenía guardadas; muchas palabras habían rebasado ya la línea tras la cual no eres capaz de preguntarte lo que es oportuno decir y lo que no.
—No quiero bajar la voz —mascullé—, quiero saberlo todo.
Fijó la vista en el plato; luego me miró a la cara y dijo:
—Sí, hay otra mujer.
Entonces, con un ímpetu excesivo, ensartó con el tenedor un buen montón de macarrones y se los metió en la boca como para impedirse hablar, para no arriesgarse a decir más de lo debido. Pero lo importante ya lo había dicho, se había decidido a decirlo, y sentí en el pecho un dolor hondo que me privó de todo sentimiento. Me di cuenta cuando advertí que yo no reaccionaba frente a lo que le estaba pasando.
Él había empezado a comer con su habitual masticación metódica, pero de repente algo le crujió en la boca. Dejó de masticar, se le cayó el tenedor sobre el plato y soltó un gemido. Luego escupió el bocado en la palma de la mano: pasta, salsa y sangre; era sangre, sangre roja.
Le miré la boca manchada sin inmutarme, como se mira una proyección de diapositivas. De pronto, con los ojos desorbitados, se limpió la mano con la servilleta, se metió los dedos en la boca y se sacó del paladar una esquirla de vidrio.
La miró horrorizado, luego me la enseñó chillando, fuera de sí, con un odio del que nunca lo hubiera creído capaz:
—¿Qué? ¿Esto quieres hacerme? ¿Esto?
Se puso en pie de un salto, volcó la silla, la levantó y la golpeó varias veces contra el suelo como si pretendiese fijarla definitivamente a las baldosas. Dijo que era una mujer poco razonable, incapaz de comprenderlo. Nunca, nunca lo había comprendido realmente, y solo su paciencia, o quizá su debilidad, nos había mantenido unidos tanto tiempo, pero ya estaba harto. Me gritó que yo le daba miedo. Meterle un cristal en la pasta…, ¿cómo había podido? ¡Estaba loca! Salió dando un portazo, sin importarle que los niños estuviesen durmiendo.
Me quedé sentada un rato. Solo podía pensar que tenía a otra; se había enamorado de otra mujer, él mismo lo había admitido. Luego me levanté y empecé a quitar la mesa. Sobre el mantel vi la esquirla de vidrio rodeada de una aureola de sangre. Rebusqué en la salsa con los dedos y encontré otros dos trozos de la botella que se me había escurrido de las manos por la mañana. No pude contenerme más y rompí a llorar. Cuando me calmé, tiré la salsa a la basura; luego se me acercó Otto aullando, cogí la correa y salimos.
La plazoleta se encontraba desierta a esas horas. La luz de las farolas estaba prisionera entre el follaje de los árboles y había sombras negras que me devolvían miedos infantiles. Normalmente era Mario quien sacaba al perro; lo hacía entre las once y las doce de la noche, pero, desde que se había ido, también aquella tarea me tocaba a mí. Los niños, el perro, la compra, la comida, la cena, el dinero, todo me indicaba las consecuencias prácticas del abandono. Mi marido había apartado de mí sus pensamientos y deseos para llevárselos a otro sitio. Desde ese momento sería así, yo sola afrontaría las responsabilidades que antes eran de los dos.
Tenía que reaccionar, tenía que organizarme.
No cedas, me dije, no te precipites en una huida hacia delante.
Si él quiere a otra mujer, lo que hagas no servirá de nada, le resbalará por la piel sin dejarle huella. Comprime el dolor, contén el gesto, la voz chillona. Ten en cuenta que ha cambiado de pensamientos, se ha mudado de casa, ha corrido a encerrarse en otra carne. No hagas como «la pobrecilla», no te consumas en lágrimas. Evita parecerte a las mujeres rotas de aquel famoso libro de tu adolescencia.
Recordé la cubierta con todo detalle. Fue una lectura obligada que me impuso mi profesora de francés cuando le dije con demasiada vehemencia, con pasión ingenua, que quería ser escritora. Aquello fue en 1978, hacía más de veinte años. «Lee esto», me había dicho, y yo, diligentemente, lo leí. Pero al devolvérselo se me ocurrió una frase soberbia: «Estas mujeres son estúpidas». Señoras cultas, de situación acomodada, se rompían como juguetes en manos de hombres que no les prestaban atención. Me habían parecido sentimentalmente tontas. Yo quería ser distinta, quería escribir historias de mujeres con recursos, mujeres de palabras invencibles, no un manual de la mujer abandonada con el amor perdido dominando sus pensamientos. Era joven y tenía ambiciones. No me gustaban las páginas demasiado apretadas, como persianas bajadas del todo. Me gustaba la luz, el aire entre las tablillas. Quería escribir historias llenas de corrientes de aire, de rayos filtrados en los que bailase el polvo. Además me gustaban los autores que te obligan a asomarte por cada renglón para mirar abajo y sentir el vértigo de la profundidad, de la negrura del infierno. Lo dije con ansiedad, de un tirón, como no hacía nunca, y mi profesora esbozó una sonrisa irónica, un tanto rencorosa. Ella también debía de haber perdido a alguien o algo. Y sin embargo, más de veinte años después, a mí me estaba pasando lo mismo. Estaba perdiendo a Mario, tal vez lo había perdido ya. Caminaba estirada hacia atrás para contener la impaciencia de Otto, sintiendo el hálito húmedo del río, el asfalto frío a través de la suela de los zapatos.
No conseguía calmarme. ¿Era posible que Mario me dejara así, sin previo aviso? Me parecía inverosímil que de golpe y porrazo se desinteresara de mi vida, como quien ha regado una planta durante años y de improviso deja que se seque. No podía concebir que hubiese decidido por su cuenta que ya no me debía atención. Solo hacía dos años le había dicho que quería volver a disponer de mi tiempo, tener un trabajo que me obligase a salir de casa durante unas horas. Encontré un empleo que me interesaba en una pequeña editorial, pero él me presionó para que lo dejara. Pese a que insistí en que necesitaba ganar mi propio dinero, aunque fuese poco, aunque fuese poquísimo, él me aconsejó que no lo hiciera. Me dijo: «¿Por qué ahora, si lo peor ya ha pasado? No necesitamos dinero y tú quieres volver a escribir, pues hazlo». Me dejé convencer, me despedí a los pocos meses y contraté por primera vez a una mujer para que me ayudase en las tareas domésticas. Pero era incapaz de escribir. Desperdiciaba el tiempo en intentos tan pretenciosos como confusos. Miraba deprimida a la mujer que limpiaba el piso, una rusa orgullosa, poco dispuesta a aceptar críticas y quejas. Por lo tanto, nada de trabajo, nada de escribir, pocas amistades; las ambiciones de la juventud se deshacían como una tela demasiado vieja. Despedí a la asistenta, no toleraba que se cansase ella en mi lugar, mientras yo me dedicaba a mí misma, incapaz de llevar una vida creativa que me satisficiera. Así que volví a ocuparme de la casa, de los hijos, de Mario, intentando convencerme a mí misma de que no merecía otra cosa.
Sin embargo, era esto lo que me merecía, que mi marido me dejara y se buscara otra mujer. Se me saltaron las lágrimas, pero las contuve. Debía mostrarme fuerte, serlo, dar una buena imagen de mí. Solo me salvaría si me imponía esa obligación.
Dejé libre a Otto y me senté en un banco temblando de frío. De aquel libro de la adolescencia me vinieron a la mente las pocas frases que había guardado en la memoria: «Yo soy limpia yo soy pura pongo las cartas boca arriba». No, me dije, esas eran afirmaciones de alguien que desvaría. Para empezar, tenía que poner las comas, no debía olvidarlo. Quien pronuncia frases así, ya ha traspasado la línea; siente la necesidad de la autoexaltación y por eso se acerca al desvarío. Y también: «Las mujeres están todas calientes, quién sabe qué sienten cuando él tiene el garrote tieso». De jovencita me gustaba el lenguaje obsceno, me producía una sensación de libertad masculina. Ahora sabía que la obscenidad podía hacer saltar chispas de locura si salía de una boca controlada como la mía. Así que cerré los ojos, me llevé las manos a la cara y apreté los párpados con los dedos. La mujer de Mario. Me la imaginaba arreglada, con la falda levantada, en un urinario con el suelo resbaladizo por el semen, mientras él le sobaba el culo y le metía los dedos en el agujero. «No, basta.» Me levanté de un salto y silbé a Otto de una manera que me había enseñado Mario. ¡Fuera esas imágenes, fuera ese lenguaje! ¡Fuera las mujeres rotas! Mientras Otto corría de aquí para allá eligiendo con cuidado los lugares donde orinar, sentí en cada poro de mi cuerpo los arañazos del abandono sexual, el peligro de ahogarme en el autodesprecio y en la nostalgia de él. Me levanté, recorrí de nuevo el paseo, silbé otra vez y esperé que Otto volviese.
Me olvidé del perro, de dónde estaba. No sé cuánto tiempo pasó. Me deslicé sin darme cuenta por los recuerdos de amor que compartía con Mario; lo hice con dulzura, con una ligera excitación, con rencor. Me devolvió a la realidad el sonido de mi propia voz. Estaba recitándome a mí misma una especie de cantinela: «Soy muy guapa, soy muy guapa». Luego vi a Carrano, nuestro vecino músico, atravesar el paseo y dirigirse hacia la plazoleta, hacia el portón.
Encorvado, de piernas largas, la figura negra cargada con el instrumento. Pasó a cien metros de mí. Yo esperaba que no me viera. Era uno de esos hombres tímidos que no controlan sus relaciones con los demás. Si pierden la calma, la pierden por completo; si son amables, lo son hasta volverse empalagosos como la miel. Con Mario había discutido a menudo, por una pérdida de agua en nuestro baño que había calado hasta su techo, o porque Otto lo molestaba con sus ladridos. Su relación conmigo tampoco era excelente, aunque por motivos más oscuros. Las veces que me había cruzado con él, había leído en sus ojos un interés que violentaba. No es que hubiera sido grosero conmigo —era incapaz de una grosería—, pero creo que las mujeres, todas las mujeres, lo ponían nervioso, y se equivocaba en las miradas, en los gestos, en las palabras, dejando involuntariamente al descubierto su deseo. Él lo sabía y se avergonzaba de ello y, quizá sin querer, me contagiaba su vergüenza. Por eso yo procuraba no acercarme a él; me alteraba incluso decirle buenos días o buenas tardes.
Lo observé mientras cruzaba la plaza, alto, más alto aún por la silueta de la funda del instrumento, delgado y no obstante de caminar pesado, con el pelo gris. De pronto, su paso tranquilo sufrió una sacudida, un amago de resbalón. Se detuvo, se miró la suela del zapato izquierdo y soltó una maldición. Luego se acercó a mí y me dijo en tono de protesta:
—¿Ha visto cómo me he puesto los zapatos?
No había nada que probase mi culpabilidad, pero enseguida le pedí perdón con disgusto y me puse a llamar, enfurecida «¡Otto! ¡Otto!», como si el perro tuviese que disculparse directamente con nuestro vecino y eximirme de la culpa. Pero Otto pasó a toda velocidad con su pelo amarillento por las manchas de luz de las farolas y desapareció en la oscuridad.
El músico restregó nervioso la suela del zapato en la hierba del borde del paseo y después la examinó con meticulosa atención.
—No tiene por qué excusarse, solo tiene que llevar a su perro a otra parte. No soy el primero en quejarse…
—Lo siento, mi marido suele tener cuidado…
—Disculpe, pero su marido es un maleducado…
—El maleducado lo está siendo usted —repliqué con ímpetu—. Además, no somos los únicos que tienen perro.
Él negó con la cabeza, hizo un amplio gesto como indicando que no quería discutir y refunfuñó:
—Dígale a su marido que no se pase. Conozco personas que no dudarían en llenar esto de albóndigas envenenadas.
—¡A mi marido no pienso decirle nada! —exclamé con rabia. Y añadí de forma incongruente, solo para recordármelo a mí misma—: Ya no tengo marido.
Lo dejé plantado en medio del paseo y eché a correr por la hierba, en la zona negra de árboles y arbustos, llamando a Otto a pleno pulmón como si aquel hombre me siguiera y necesitara que el perro me defendiera. Cuando me volví jadeando, vi que el músico se miraba por última vez la suela de los zapatos y desaparecía en el portal con su paso indolente.
En los días que siguieron Mario no dio señales de vida. Aunque me había impuesto un código de comportamiento y al principio me obligué a no llamar por teléfono a nuestros amigos comunes, al poco no aguantaba más y llamé de todos modos.
Descubrí que nadie sabía nada de mi marido. No lo veían desde hacía días. Entonces anuncié a todos con rencor que me había dejado por otra mujer. Pensaba que se quedarían boquiabiertos, pero tuve la impresión de que no se sorprendían en absoluto. Cuando pregunté, fingiendo indiferencia, si sabían quién era su amante, cuántos años tenía, a qué se dedicaba y si él ya vivía en su casa, solo obtuve respuestas evasivas. Uno de sus compañeros del Politécnico, un tal Farraco, intentó consolarme diciendo:
—Es la edad, Mario tiene cuarenta años. Son cosas que pasan.
No pude resistirlo y mascullé con perversidad:
—¿Sí? ¿Entonces te ha pasado a ti también? ¿Les ocurre a todos los de vuestra edad, sin excepción? ¿Y cómo es que tú vives todavía con tu mujer? ¡Ponme con Lea un momento, quiero decirle que a ti también te ha sucedido!
No debí reaccionar así. Otra regla era no hacerse odiosa. Pero no podía contenerme. De pronto, sentía un ruido en la sangre que me ensordecía y me quemaba los ojos. La sensatez de los demás y mis propios deseos de mantener la serenidad me sacaban de quicio. La respiración se me acumulaba en la garganta, preparándose para escupir palabras rabiosas. Sentía la necesidad de armar bronca; de hecho, me peleé primero con nuestros amigos de sexo masculino y luego con sus esposas o compañeras, y terminé por discutir con cualquiera, fuese hombre o mujer, que intentase ayudarme a aceptar lo que le estaba pasando a mi vida.
La que más paciencia tuvo fue Lea, la esposa de Farraco, una mujer siempre dispuesta a mediar y a buscar vías de salida, tan juiciosa, tan comprensiva que tomarla con ella era como una ofensa al exiguo grupo de gente con buen corazón. Pero no pude evitarlo, y pronto empecé a desconfiar de ella también. Estaba segura de que justo después de hablar conmigo correría a ver a mi marido y a su amante para contarles con pelos y señales cómo estaba reaccionando yo, cómo me las arreglaba con los niños y el perro y cuánto tiempo necesitaba todavía para aceptar la situación. Así que dejé de verla de golpe, y me quedé sin una sola amiga a quien dirigirme.
Empecé a cambiar. Al cabo de un mes había perdido la costumbre de arreglarme, pasé de un lenguaje elegante y cuidadoso a una forma de expresarme sarcástica, interrumpida por risotadas soeces. Poco a poco, a pesar de mi resistencia, cedí también al lenguaje obsceno.
La obscenidad afloraba a mis labios de manera natural. Yo pensaba que servía para comunicar a los pocos conocidos que todavía intentaban fríamente consolarme que no era una de esas que se dejan embaucar con frases bonitas. En cuanto abría la boca sentía ganas de burlarme, de manchar, de ensuciar a Mario y a su ramera. Detestaba la idea de que él lo supiese todo de mí, mientras que yo sabía poco o nada de él. Me sentía como un ciego que se sabe observado precisamente por aquellos a quienes él querría escrutar con todo detalle. ¿Cómo era posible, me preguntaba con creciente rencor, que personas tan cotillas como Lea pudiesen contárselo todo sobre mí a mi marido y que yo en cambio no pudiese saber ni siquiera con qué clase de mujer había decidido irse a follar? ¿Por quién me había dejado? ¿Qué tenía ella que no tuviese yo? Toda la culpa es de los espías, pensaba, de los falsos amigos, de aquellos que siempre se alían con los que disfrutan de libertad y felicidad, nunca con los infelices. Lo sabía muy bien. Son mucho más agradables las parejas nuevas, siempre alegres, bromeando de la mañana a la noche, con la cara satisfecha de quien no hace más que follar. Se besan, se muerden, se lamen y chupan para saborear el gusto de la polla, del coño. De Mario y de su nueva mujer ya solo me imaginaba eso: cómo y cuándo follaban. Pensaba en ellos día y noche, y mientras tanto me olvidaba de cuidarme, no me peinaba, no me lavaba. Con insoportable dolor me preguntaba cuánto follarían, cómo, dónde. De esa forma, los poquísimos que aún intentaban ayudarme también se echaron atrás. Era difícil soportarme. Así, me encontré sola y asustada de mi propia desesperación.