Tiffy
Algo hay que reconocerle a la desesperación: te hace tener mucha más amplitud de miras.
La verdad es que le encuentro sus ventajas a este apartamento. El moho tecnicolor de la cocina desaparecerá restregando, al menos a corto plazo. Cambiar el mugriento colchón resultará bastante barato. Y desde luego cabría esgrimir el argumento de que los hongos que están creciendo detrás del inodoro le imprimen un ambiente fresco y campestre al lugar.
Gerty y Mo, sin embargo, no están desesperados, y no están intentando ser positivos. Yo describiría sus expresiones como «horrorizadas».
—No puedes vivir aquí.
Esa es Gerty. Está de pie con las botas de tacón juntas apretándose los codos con fuerza, como ocupando el menor espacio posible en señal de protesta por el mero hecho de estar aquí. Lleva el pelo recogido en un moño bajo, ya con las horquillas para poder ponerse fácilmente la peluca de letrada que utiliza en el juzgado. Su expresión sería cómica si no fuera porque el asunto que nos ocupa es mi vida real.
—Debe de haber otro sitio al alcance de tu presupuesto, Tiff —dice Mo con gesto preocupado, asomando del armario, tras examinar la caldera. Con la telaraña que ahora le cuelga de la barba, parece aún más desaliñado que de costumbre—. Este es aún peor que el que vimos anoche.
Busco con la mirada al agente de la inmobiliaria; menos mal que no nos oye porque está fumando en el «balcón» (el techo combado del garaje del vecino, que no ha sido diseñado para caminar por encima ni mucho menos).
—No pienso ir a ver otro cuchitril de estos —señala Gerty, y mira la hora. Son las ocho de la mañana; tiene que estar en el Juzgado de lo Penal de Southwark a las nueve—. Por fuerza debe haber otra opción.
—Seguro que podríamos hacerle un hueco en el nuestro —sugiere Mo, más o menos por quinta vez desde el sábado.
—En serio, ¿quieres hacer el favor de dejarlo ya? —replica Gerty con brusquedad—. Esa no es una solución a largo plazo. Y de todas formas tendría que dormir de pie. —Me lanza una mirada exasperada—. ¿No podrías ser más baja? Si midieras menos de uno ochenta te podríamos meter debajo de la mesa del comedor.
Adopto un gesto de disculpa, pero la verdad es que preferiría quedarme aquí antes que en el suelo del minúsculo y escandalosamente caro apartamento en el que Mo y Gerty invirtieron a medias el mes pasado. Hasta ahora nunca habían vivido juntos, ni siquiera cuando estábamos en la universidad. Me preocupa que eso desemboque en el fin de su amistad. Mo es desordenado y despistado y tiene la curiosa habilidad de ocupar una enorme cantidad de espacio a pesar de ser relativamente poco corpulento. Por su parte, Gerty ha pasado los últimos tres años viviendo en un apartamento impecable, tan perfecto que parecía diseñado por ordenador. Me cabe la duda de cuál de los dos estilos de vida se impondrá sin que el oeste de Londres vuele por los aires.
El principal problema, no obstante, es que para apañarme durmiendo en el suelo de alguien lo mismo daría que volviera al piso de Justin. Y, desde las once de la noche del jueves, he decidido oficialmente descartar esa opción. He de seguir adelante, y he de apalabrar algún sitio para no poder echarme atrás.
Mo se frota la frente y se hunde en el mugriento sofá de piel.
—Tiff, podría prestarte…
—No quiero que me prestes dinero —atajo, más bruscamente de lo que pretendía—. Mira, necesito solucionar este asunto esta semana sin falta. O esto o compartir piso.
—Querrás decir compartir cama —señala Gerty—. ¿Puedo preguntar por qué tiene que ser ya? No es que no me alegre. Es solo que hace nada estabas apoltronada en ese apartamento esperando la siguiente ocasión en la que el innombrable se dignara dejarse caer por allí.
Sorprendida, hago una mueca. No por su comentario —a Mo y Gerty nunca les cayó bien Justin, y sé que les revienta que yo siga viviendo en su casa, a pesar de que él casi nunca está allí—; es que no es propio de Gerty sacarle a colación tan abiertamente. Después de la bronca descomunal en la que terminó la cena de los cuatro para hacer las paces, desistí en mi intento de que todo el mundo congeniara y simplemente dejé de hablar de él a Gerty y Mo de una vez por todas. Las viejas costumbres nunca mueren: incluso tras la ruptura todos hemos seguido evitando mencionarle.
—¿Y por qué tiene que ser tirado de precio? —continúa Gerty, haciendo caso omiso de la mirada de advertencia de Mo—. Ya sé que te pagan una miseria, pero, en serio, Tiffy, cuatrocientas libras al mes es imposible en Londres. ¿Te has parado a pensar en todo esto seriamente?
Trago saliva. Noto que Mo me observa fijamente. Ese es el inconveniente de tener un amigo terapeuta: Mo es básicamente un profesional de leer el pensamiento, y da la impresión de que nunca desconecta sus superpoderes.
—¿Tiff? —dice él con delicadeza.
Ay, maldita sea, no voy a tener más remedio que enseñárselo. No me queda otra. Rápidamente y del tirón, es la mejor manera: como quitar una escayola, zambullirse en agua fría o decirle a mi madre que he roto algún adorno del aparador del salón.
Cojo mi teléfono y busco el mensaje de Facebook.
Tiffy:
Estoy tremendamente decepcionado por tu comportamiento de anoche. Te pasaste por completo de la raya. Es mi casa, Tiffy: puedo presentarme allí cuando se me antoje, con quien se me antoje.
Esperaba que estuvieras más agradecida por permitirte que te quedaras. Sé que nuestra ruptura ha sido dura para ti; sé que no estás preparada para marcharte. Pero si crees que eso significa que puedes empezar a «poner ciertas normas», entonces ha llegado la hora de que me pagues los tres últimos meses de alquiler. Y de ahora en adelante también vas a tener que pagar la mensualidad. Patricia dice que te estás aprovechando de mí, viviendo en mi casa prácticamente gratis, y, a pesar de que siempre he dado la cara por ti, después de la escena de ayer no puedo evitar pensar que a lo mejor tiene razón.
Besos,
Justin
Al volver a leer esa frase, «te estás aprovechando de mí», se me revuelven las tripas, porque en ningún momento fue esa mi intención. Simplemente no me di cuenta de que, cuando se marchó, esta vez iba en serio.
Mo es el primero en terminar de leerlo.
—¿Se «presentó» allí de nuevo el jueves? ¿Con Patricia?
Miro hacia otro lado.
—Tiene su punto de razón. Se ha portado francamente bien al permitirme quedarme allí tanto tiempo.
—Qué extraño —dice Gerty con tono sombrío—. Siempre he estado convencida de que le gustaba retenerte allí.
Aunque parezca mentira, yo tengo más o menos la misma sensación. Como todavía sigo en el piso de Justin, no hemos pasado página del todo. O sea, en todas las demás ocasiones, al final ha vuelto. Pero… el jueves conocí a Patricia. A la auténtica, guapísima y de hecho bastante agradable mujer por la que Justin me ha dejado. Hasta ahora jamás había existido otra mujer.
Mo me agarra de una mano; Gerty me coge de la otra. Nos quedamos así, ignorando al agente de la inmobiliaria que ha salido por la ventaba para fumar, y me concedo un momento para llorar, solo un lagrimón resbalando por cada mejilla.
—En fin, el caso es que —digo en tono animado al tiempo que aparto las manos para secarme los ojos— tengo que mudarme. Ya. Aunque quisiera quedarme y arriesgarme a que él volviera a aparecer con Patricia, no puedo permitirme el alquiler, le debo una pasta a Justin, y la verdad es que no quiero pedir dinero prestado a nadie, las cosas como son, estoy bastante cansada de no costearme mis propios gastos, así que… sí. O esto o compartir piso.
Mo y Gerty se cruzan la mirada. Gerty cierra los ojos con una mueca de resignación.
—Bueno, está claro que aquí no puedes vivir. —Gerty abre los ojos y extiende la mano—. Déjame ver ese anuncio otra vez.
Cierro el mensaje de Justin para buscar el anuncio del piso compartido colgado en Gumtree y le paso mi teléfono.
Habitación doble en apartamento soleado en Stockwell, 350 libras de alquiler al mes, facturas incluidas. Disponibilidad inmediata, mínimo seis meses.
El apartamento (y la habitación/cama de matrimonio) es para compartir. Tengo veintisiete años, trabajo de noche en cuidados paliativos y paso fuera los fines de semana. Solo utilizo el apartamento de 9:00 a 18:00 de lunes a viernes. ¡El resto del tiempo es todo tuyo! Perfecto para alguien que trabaje de 9:00 a 17:00.
Para verlo, ponte en contacto con L. Twomey (datos más abajo).
—No se trata solo de compartir piso, Tiff, es compartir cama. Compartir cama es raro —dice Mo con preocupación.
—¿Y si L. Twomey es un hombre? —pregunta Gerty.
Para eso ya estoy preparada.
—No pasa nada —digo tranquilamente—. No es que vayamos a coincidir en la cama al mismo tiempo…, ni siquiera en el apartamento.
Me incomoda que esto se parezca al pretexto que puse para quedarme en casa de Justin el mes pasado, pero qué le vamos a hacer.
—¡Dormirías con él, Tiffany! —exclama Gerty—. Todo el mundo sabe que la primera regla de compartir piso es no dormir con los compañeros.
—No creo que la gente se refiera a este tipo de arreglo —puntualizo en tono irónico—. Mira, Gerty, a veces, cuando se habla de «dormir» con alguien, a lo que realmente se refiere uno es a…
Gerty se queda contemplándome inexpresiva.
—Ya, gracias, Tiffany.
La risita de Mo se corta en seco cuando Gerty lo fulmina con la mirada.
—Yo diría que la primera regla para compartir piso es asegurarte de que haces buenas migas con el compañero antes de mudarte —señala él, consiguiendo así astutamente que la airada mirada de Gerty se dirija hacia mí de nuevo—. Especialmente en estas circunstancias.
—Como es lógico, primero conoceré a L. Twomey. Si no congeniamos, lo descartaré.
Al cabo de unos instantes, Mo asiente y me da un apretón en el hombro. Nos sumimos en el tipo de silencio que se impone después de una conversación tirante: medio agradecidos por el hecho de que se haya zanjado, medio aliviados por haber salido bien parados.
—Estupendo —dice Gerty—. Estupendo. Haz lo que tengas que hacer. Mejor será que vivir en un cuchitril de estos. —Enfila hacia la puerta y se gira en el último momento para dirigirse al agente de la inmobiliaria cuando este vuelve a entrar desde el «balcón»—. ¡Y tú —le vocea— eres una lacra de la sociedad!
Él da un respingo cuando ella cierra de un portazo. Hay un largo e incómodo silencio.
Él apaga el cigarrillo.
—¿Qué, te interesa? —me pregunta.
Llego pronto al trabajo y me dejo caer en mi silla. Mi mesa es lo más parecido a un hogar que tengo en este momento. Es un refugio de objetos artesanales a medio hacer, de cosas que han demostrado ser demasiado pesadas para cargarlas en el autobús y de maceteros colocados de tal manera que puedo ver a la gente acercarse antes de que averigüen si estoy o no sentada a la mesa. Mi jardinera vertical goza de gran admiración entre el resto del personal junior por ser un inspirador ejemplo de diseño de interiores. (En realidad la idea es elegir plantas del mismo tono que tu pelo —en mi caso, pelirrojo— y agazaparte/salir corriendo cuando ves que alguien se acerca con determinación).
Mi primera tarea del día es reunirme con Katherin, una de mis autoras favoritas. Katherin escribe libros sobre labores de punto y ganchillo. Van dirigidos a un público minoritario, pero ahí está la gracia de Butterfingers Press: nos encanta el público minoritario. Estamos especializados en libros de manualidades y bricolaje. Sábanas tie-dye, coser tus propios vestidos, hacerte una tulipa de ganchillo, construir todos tus muebles usando escaleras de mano…, cosas por el estilo.
Me encanta trabajar aquí. Esta es la única explicación posible al hecho de que lleve tres años y medio de editora adjunta, cobrando por debajo del salario de subsistencia londinense, y de que no haya movido un dedo para cambiar la situación, por ejemplo, solicitando un puesto en una editorial que realmente obtenga beneficios. Gerty suele reprocharme que me falta ambición, pero en realidad no se trata de eso. Es que me encantan estas cosas. De pequeña me pasaba el día leyendo, o retocando mis juguetes para adaptarlos a mi gusto: tiñéndole el pelo a Barbie, tuneando mi excavadora JCB… Y ahora me gano la vida con la lectura y las manualidades.
Bueno, no es que me dé para mucho, pero me mantengo. Lo justo para pagar impuestos.
—Te lo digo yo, Tiffy, el ganchillo va a ponerse de moda como lo hicieron los cuadernos de colorear para adultos —me dice Katherin tras acomodarse en nuestra mejor sala de reuniones y ponerme al corriente del plan para su próximo libro. Me fijo en el dedo con el que apunta hacia mí. Llevará unos cincuenta anillos en cada mano, pero todavía me queda averiguar si alguno de ellos es de compromiso o de boda (imagino que, de ser así, tratándose de Katherin habría más de uno).
Katherin es excéntrica en un grado que roza sin sobrepasar el límite de lo aceptable: una trenza rubia pajiza, uno de esos bronceados que de alguna manera se conservan bien con el paso de los años y un sinfín de anécdotas sobre allanamientos de morada y mearse sobre cosas en los años sesenta. En sus tiempos fue una auténtica rebelde. Se niega a llevar sujetador incluso hoy en día, cuando los sujetadores son bastante cómodos y en general las mujeres hemos renunciado a combatir contra el poder porque Beyoncé ya se encarga por nosotras.
—Buena idea —comento—. Igual podríamos añadir un subtítulo que incluya la palabra «mindfulness». Es un libro que trabaja bastante la consciencia, ¿no? ¿O la inconsciencia?
Katherin suelta una carcajada.
—Ay, Tiffy. Qué trabajo tan absurdo tienes. —Me da unas palmaditas en la mano cariñosamente y a continuación coge su bolso—. Cuando veas al chico ese, Martin, le dices que solo daré la clase en el crucero si cuento con una joven y glamurosa ayudante.
Refunfuño. Sé dónde quiere ir a parar. A Katherin le gusta meterme en estos berenjenales: por lo visto, para cualquier clase necesita una modelo de carne y hueso con el fin de enseñar a tomar las medidas sobre la marcha al diseñar un conjunto, y una vez cometí el tremendo error de ofrecerme para la tarea en vista de que ella no encontraba a nadie. Ahora soy su primera opción para todo. Los del Departamento de Comunicación están tan desesperados por embarcar a Katherin en eventos de este tipo que han empezado a suplicarme a mí también.
—Esto es pasarse de rosca, Katherin. No pienso ir de crucero contigo.
—¡Pero si es gratis! ¡La gente paga un dineral por eso, Tiffy!
—Solo vas a embarcar para la travesía a la isla de Wight —le recuerdo. Martin ya me ha informado—. Y cae en fin de semana. No trabajo los fines de semana.
—No es trabajo —insiste Katherin al tiempo que amontona sus notas y se las guarda en el bolso sin orden ni concierto—. Es una bonita excursión en barco con una de tus amigas un sábado. —Hace una pausa—. Yo —aclara—. Somos amigas, ¿no?
—¡Soy tu editora! —exclamo, y la echo de la sala de reuniones con cajas destempladas.
—¡Piénsatelo, Tiffy! —grita por encima del hombro, sin inmutarse. Ve a Martin, que enseguida enfila directamente hacia ella desde las impresoras—. ¡No pienso hacerlo a menos que me acompañe, Martin! ¡Con ella es con quien tienes que hablar!
Y acto seguido se marcha, dejando a su paso el vaivén de las mugrientas puertas de cristal de nuestra oficina.
Martin se vuelve hacia mí.
—Me gustan tus zapatos —señala, con una sonrisa encantadora. Me da escalofríos. No aguanto a Martin, de Comunicación. Dice cosas como «Vamos a implementarlo» en las reuniones y chasca los dedos para llamar a Ruby, que es ejecutiva de Marketing pero a quien al parecer Martin considera su ayudante personal. Solo tiene veintitrés años, pero ha decidido que si consigue aparentar más edad avanzará con mayor rapidez en su implacable carrera para ascender, de modo que siempre adopta ese espantoso tono jocoso y trata de sacar a relucir el golf con el director ejecutivo.
No obstante, los zapatos son de verdad maravillosos. Unas botas de color morado de estilo Dr. Martens, pintadas con lirios blancos, a lo cual dediqué casi todo el sábado. Mis dotes artísticas y creativas se han acelerado desde que Justin me dejó.
—Gracias, Martin —digo mientras intento refugiarme en mi mesa de despacho con disimulo.
—Leela me comentó que estás buscando piso —añade Martin.
Titubeo. No estoy segura de a dónde va a ir esto a parar. Intuyo que a nada bueno.
—Hana —una mujer de Marketing que siempre se burla de mi concepto de la moda— y yo disponemos de una habitación libre. A lo mejor lo has visto en Facebook, pero he pensado que igual sería conveniente comentártelo, ya sabes, en vivo y en directo. Es una cama individual, pero, bueno, supongo que en este momento no será una pega para ti. Como somos amigos, Hana y yo acordamos que podíamos alquilarla por quinientas libras al mes, facturas aparte.
—¡Qué amable por tu parte! —contesto—. Pero lo cierto es que acabo de encontrar piso. —Bueno, más o menos. Prácticamente. Ay, Dios, ¿si L. Twomey me rechaza tendré que vivir con Martin y Hana? Paso cada día laborable con ellos y, francamente, con eso ya tengo bastante. No estoy segura de si mi determinación (de por sí vacilante) de marcharme del piso de Justin podrá resistir la idea de Martin persiguiéndome para cobrar el alquiler y Hana viéndome cada mañana con mi pijama de Hora de aventuras con lamparones de gachas de avena.
—Ah. De acuerdo, bien. Pues tendremos que buscar a otra persona. —La expresión de Martin se vuelve astuta. Ha olido mi sentimiento de culpa—. Podrías compensármelo acompañando a Katherin a ese…
—No.
Lanza un suspiro exagerado.
—¡Por Dios, Tiffy! ¡Si es un crucero gratis! ¿Acaso no vas de crucero cada dos por tres?
Antes iba de crucero cada dos por tres, cuando mi maravilloso y actual exnovio me llevaba. Navegábamos de isla en isla bajo el sol del Caribe en una vorágine de romanticismo y felicidad. Recorríamos ciudades europeas y después volvíamos al barco para disfrutar de un sexo increíble en nuestra diminuta litera. Nos dábamos atracones en el bufé libre y luego nos tumbábamos en la cubierta y contemplábamos cómo las gaviotas planeaban en círculos sobre nosotros mientras charlábamos tranquilamente sobre nuestros futuros hijos.
—Ahora paso —respondo, y alargo la mano hacia el teléfono—. Si me disculpas, tengo que hacer una llamada.
Leon
Mientras la doctora Patel está recetando los medicamentos para Holly (la niña con leucemia), me llaman por teléfono. Inoportuno. Muy inoportuno. A la doctora Patel no le hace gracia la interrupción, y lo deja claro. Al parecer ha olvidado que yo, como enfermero del turno de noche, también debería haberme ido a casa a las ocho de la mañana, y, sin embargo, todavía sigo aquí atendiendo a enfermos y a especialistas cascarrabias como la doctora Patel.
Por supuesto, corto el sonido. Tomo nota mentalmente de escuchar el buzón de voz y cambiar el tono de llamada por otro menos indiscreto (este se llama Jive y es demasiado funky para un ambiente hospitalario. No es que el funk no tenga cabida en entornos de enfermos, lo que pasa es que no siempre es apropiado).
Holly: ¿Por qué no has respondido? ¿No es de mala educación? ¿Y si era tu novia, la del pelo corto?
Doctora Patel: Lo que es de mala educación es no poner el móvil en silencio durante la ronda por los pabellones. Aunque lo que más me sorprende es que quienquiera que fuera lo llame a esta hora.
Una mirada en mi dirección, medio de irritación, medio de burla.
Doctora Patel: Puede que te hayas dado cuenta de que Leon no es muy parlanchín, Holly.
Se inclina hacia ella con gesto de complicidad.
Doctora Patel: Uno de los administrativos tiene una teoría. Dice que Leon dispone de un número limitado de palabras para cada turno, y cuando llega esta hora del día se le han agotado por completo.
No me digno contestar.
Hablando de novia con el pelo corto: todavía no le he comentado a Kay lo del tema de la habitación. No he tenido tiempo. Además, estoy retrasando un enfrentamiento inevitable. Pero he de llamarla esta mañana sin falta.
La noche ha ido bien. El dolor del señor Prior remitió lo suficiente como para que pudiera empezar a hablarme acerca del hombre del que se enamoró en las trincheras: un galán de pelo oscuro llamado Johnny White con una mandíbula prominente de estrella de Hollywood y los ojos brillantes. Pasaron un verano cargado de tensión, romanticismo y calamidades de guerra y luego se separaron. Johnny White fue trasladado al hospital afectado de neurosis de guerra. Jamás volvieron a verse. El señor Prior podría haberse metido en un buen lío (la homosexualidad molestaba bastante entre los militares).
Yo estaba cansado, el efecto del café había languidecido, pero me quedé con el señor Prior al terminar el turno. El hombre nunca recibe visitas y le encanta conversar cuando se encuentra en condiciones. No conseguí librarme de una de sus bufandas (con esta van catorce) al término de la conversación. Hay un límite al número de veces que puedo rechazarlas y el señor Prior teje tan rápido que me pregunto por qué se molestó nadie en poner en marcha la Revolución Industrial. Casi seguro que le cunde más que a las máquinas.
Escucho el buzón de voz después de comer salteado de pollo peligrosamente recalentado viendo la repetición de Masterchef de la semana pasada.
Buzón de voz: Hola, ¿L. Twomey? Ay, mierda, si no puedes responder… Siempre hago lo mismo con los buzones de voz. Vale, pues voy a dar por sentado que eres L. Twomey. Me llamo Tiffy Moore y llamo por el anuncio de Gumtree, por lo de la habitación. Mira, mis amigos opinan que es raro lo de compartir cama, aunque sea en horarios diferentes, pero, si tú no tienes inconveniente, yo tampoco, y la verdad es que haría prácticamente cualquier cosa por un apartamento en el centro de Londres al que pueda mudarme enseguida por ese precio. [Pausa]. Ay, Dios, cualquier cosa no. Hay montones de cosas que no haría. No soy… No, Martin, ahora no, ¿es que no ves que estoy al teléfono?
¿Quién es Martin? ¿Un niño? ¿Acaso esta charlatana con acento de Essex pretende meter a un niño en mi apartamento?
El mensaje continúa: Perdona, es mi compañero de trabajo, que quiere que vaya a un crucero con una señora de mediana edad para dar una charla a jubilados sobre ganchillo.
No es la explicación que esperaba. Es mejor, eso por descontado, pero suscita muchos interrogantes.
Y sigue: Oye, ¿me devuelves la llamada o me mandas un mensaje si la habitación sigue disponible? Soy superordenada, ni me verás, y, como todavía tengo la costumbre de cocinar doble ración para la cena, si te gusta la comida casera puedo dejarte las sobras.
Me da su número. Me acuerdo de apuntarlo justo a tiempo.
La mujer es muy pelma, sin duda alguna. Y el simple hecho de que sea mujer puede fastidiar a Kay. Pero solamente han llamado dos personas más: una me preguntó si tenía algo en contra de los erizos (respuesta: no, a menos que vivan en mi casa) y la otra sin lugar a dudas traficaba con drogas (no estoy prejuzgando: me las ofreció durante la llamada). Si pretendo seguir pagando a Sal sin ayuda de Kay, necesito trescientas cincuenta libras extra al mes. Es la única solución. Además, en realidad nunca veré a la pelma. Solo estaré en casa cuando la pelma esté fuera.
Le escribo un mensaje:
Hola, Tiffy. Gracias por tu mensaje. Sería genial conocerte y concretar lo del apartamento. ¿Te viene bien el sábado por la mañana? Saludos, Leon Twomey
Un mensaje de una persona agradable, normal y corriente. Aunque me pica la curiosidad, reprimo el impulso de preguntarle por el plan del crucero de Martin.
Ella responde prácticamente al instante:
¡Hola! Me parece genial. Entonces, ¿a las diez en el apartamento? Bs
¡Mejor a las nueve, o me quedaré dormido! Hasta entonces. La dirección está en el anuncio. Gracias. Leon
Hala. Listo. Fácil: trescientas cincuenta libras al mes que prácticamente me he embolsado ya.
Ahora, a contárselo a Kay.
Tiffy
Bueno, como es natural, me pica la curiosidad y lo busco en Google. Leon Twomey es un nombre bastante peculiar, y lo localizo en Facebook sin necesidad de recurrir a las maquiavélicas técnicas de espionaje que reservo para los nuevos escritores que pretendo birlarles a otras editoriales.
Es un alivio comprobar que no es mi tipo para nada, cosa que sin duda simplificará las cosas: si Justin llegara a conocer a Leon en un momento dado, por ejemplo, no creo que lo considerara una amenaza. Es de tez morena, con una melena espesa y rizada lo bastante larga como para recogérsela detrás de las orejas, y demasiado desgarbado para mí. De esos larguiruchos que son todo codos y cuello. No obstante, parece un tío majo: en todas las fotos sale con esa dulce sonrisa ladeada que no resulta intimidatoria o siniestra en absoluto, aunque, de hecho, si observas una foto con esa idea en mente todo el mundo empieza a dar la impresión de ser un asesino de los de hacha en mano, así que trato de apartar ese pensamiento de mi cabeza. Parece simpático e inofensivo. Y eso es bueno.
Sin embargo, ahora sé inequívocamente que se trata de un hombre.
¿De veras estoy dispuesta a compartir cama con un hombre? Compartir cama incluso con Justin a veces era un trago, y eso que manteníamos una relación. Su lado del colchón se hundía por el centro y, como no siempre se duchaba al llegar a casa del gimnasio antes de acostarse, había una especie de… tufillo a sudor en su parte del edredón. Yo siempre me aseguraba al cien por cien de colocarlo del mismo lado para que no me tocara la zona sudada.
Pero, bueno, son trescientas cincuenta libras al mes. Y él nunca va a estar ahí.
—¡Tiffany!
Levanto la cabeza de un respingo. Mierda, es Rachel, y sé lo que quiere. Quiere el manuscrito de Amasa y arrasa, el puñetero libro que llevo ignorando todo el día.
—No intentes escabullirte a la cocina o fingir que estás al teléfono —dice desde lo alto de mi muro de plantas. Este es el problema de tener una amiga en el trabajo: le cuentas tus triquiñuelas cuando sales de copas con ella y estás medio piripi y luego te quedas sin defensas.
—¡Has cambiado de peinado! —exclamo. Es una estratagema a la desesperada para cambiar de conversación, aunque es verdad que hoy lleva un pelo muy chulo. Se ha hecho trencitas, como siempre, pero esta vez los pequeños mechones llevan llamativas cintas turquesas entrelazadas al estilo de los cordones de los corsés—. ¿Cómo has logrado trenzarlo así?
—No intentes distraerme con el tema con el que sabes que elegiría presentarme a un concurso de la tele, Tiffany Moore —dice Rachel, dando golpecitos en la mesa con sus impecables uñas de lunares—. ¿Cuándo vas a entregarme ese manuscrito?
—Es que necesito… un poco más de tiempo… —Tapo las hojas que tengo delante para que no vea los números de las páginas, que son de un solo dígito.
Ella me mira con recelo.
—¿El jueves?
Asiento con vehemencia. Sí, ¿por qué no? A ver, a estas alturas es totalmente imposible, pero proponer el viernes suena mucho mejor cuando lo dices el jueves, así que ya se lo diré entonces.
—¿Y tomamos algo mañana por la noche?
Me quedo callada. En vista de mi inminente deuda, en teoría esta semana iba a portarme bien y a no gastar ni un céntimo, pero mis salidas nocturnas con Rachel son siempre geniales y, francamente, me vendría fenomenal divertirme un poco. Además, el jueves no estará en condiciones de discutir conmigo por este manuscrito si tiene resaca.
—Hecho.
El Borracho n.º 1 es de los expresivos. De esos borrachos a los que les gusta abrir los brazos a lo grande, independientemente de lo que pueda haber justo a su izquierda o derecha (de momento, eso ha incluido una gran palmera artificial, una bandeja de chupitos de sambuca y una modelo ucraniana relativamente famosa). Cada movimiento es exagerado, hasta los pasos básicos, es decir, adelantar el pie izquierdo, adelantar el pie derecho, repetir. El Borracho n.º 1 hace que andar parezca bailar Los pajaritos.
El Borracho n.º 2 es de los traicioneros. No hace el menor gesto mientras te está escuchando, como si la carencia de expresión reflejara claramente lo sobrio que está. Asiente alguna que otra vez, y de modo bastante convincente, pero no parpadea lo bastante. Sus intentos de fijarse en tus tetas son mucho menos sutiles de lo que él se piensa.
Me pregunto qué opinarán de mí y de Rachel. Han venido a por nosotras de cabeza, pero eso no es algo positivo necesariamente. Cuando estaba con Justin, si salía de fiesta con Rachel él siempre me recordaba que muchos hombres ven «chica estrambótica» y piensan «desesperada y a tiro». Tiene razón, como de costumbre. Yo de hecho me pregunto si les resulta más fácil ligarse a las chicas estrambóticas que a las del tipo animadora dicharachera: eres más accesible, y nadie da por sentado que ya tienes novio. Lo cual, ahora que lo pienso, probablemente sea otra razón por la que a Justin no le hacían gracia mis salidas nocturnas con Rachel.
—O sea, ¿libros para aprender a hacer tartas? —pregunta el Borracho n.º 2, haciendo gala de sus dotes de atención y el estado sobrio mencionado anteriormente. (Vamos a ver, ¿qué sentido tiene tomar chupitos de sambuca si tu única intención es aparentar que no te has pasado la noche bebiendo?).
—¡Sí! —dice Rachel—. O a montar estanterías o a hacerse la ropa o…, o…, ¿a ti qué te gusta hacer?
Ha bebido lo bastante como para encontrar atractivo al Borracho n.º 2, pero intuyo que su única intención es entretenerle para que me lance a por el Borracho n.º 1. De los dos, está claro que me decanto por el Borracho n.º 1: para empezar, es lo bastante alto. Este es el primer reto. Yo mido un metro ochenta y, aunque no tengo inconveniente en salir con hombres más bajos, por lo visto a los tíos les suele molestar que les saque más de un par de milímetros. Por mi parte, ningún problema: no me interesan los que se fijan en ese tipo de cosas. Es un filtro práctico.
—¿Que qué me gusta hacer? —repite el Borracho n.º 2—. Me gusta bailar con mujeres guapas en garitos con copas a un ojo de la cara. —De pronto esboza una sonrisa que, aunque un poco más lánguida y torcida de lo que seguramente pretendía, de hecho es bastante atractiva.
Intuyo que Rachel opina lo mismo. Me lanza una mirada calculadora —vaya, pues no está tan borracha— y me doy cuenta de que está tanteando la situación entre el Borracho n.º 1 y yo.
Miro al Borracho n.º 1 también y hago mis propios cálculos. Es alto, con una bonita anchura de hombros y canas incipientes en las sienes, lo cual de hecho le da un toque bastante sexi. Calculo que rondará los treinta y tantos; atenuando las luces o entrecerrando los ojos, podría ser un poco el Clooney de los años noventa.
¿Me gusta? Si así fuera, podría acostarme con él. Cuando estás soltera puedes hacerlo.
Qué raro.
No me he planteado acostarme con nadie desde que rompí con Justin. Cuando estás soltera y no practicas sexo recuperas un montón de tiempo, no tanto el tiempo concreto que se tarda en hacerlo como el tiempo que dedicas a depilarte las piernas, a comprarte lencería bonita, a preguntarte si el resto de las mujeres se hacen la cera en las ingles, etcétera. Es una auténtica ventaja. Por supuesto, está la abrumadora carencia de uno de los aspectos fundamentales de tu vida de adulta, pero sí que cunde mucho el día para las gestiones.
Obviamente tengo presente que rompimos hace tres meses. Sé que en teoría puedo acostarme con otros. Pero… no puedo evitar pensar en lo que opinaría Justin. En cuánto se enfadaría. Puede que técnicamente tenga carta blanca para ello, pero…, ya me entiendes. Carta blanca blanca… En mi fuero interno, todavía no.
Rachel lo pilla.
—Lo siento, tío —dice al tiempo que le da palmaditas en el brazo al Borracho n.º 2—. Lo que a mí me gusta es bailar con mi amiga. —Anota su número en una servilleta (a saber dónde ha conseguido ese boli, esta mujer es maga) y de repente mi mano está en la suya mientras nos abrimos paso hasta el centro de la pista de baile, donde la atronadora música me retumba en el cráneo y está a punto de reventarme los tímpanos.
—¿Qué tipo de bebedora eres tú? —pregunta Rachel mientras agitamos el trasero de forma bastante inapropiada al ritmo de un clásico de Destiny’s Child.
—Soy un poco… reflexiva —le contesto a voz en grito—. Demasiado analítica para acostarme con ese hombre tan agradable.
Alarga la mano para coger un chupito de la bandeja de una de esas camareras que dan vueltas pidiéndote que pagues cosas a un ojo de la cara y le da algo de suelto.
—Entonces eres del tipo «no lo bastante» borracha —señala, y me da el chupito—. Puede que seas editora, pero a ninguna borracha se le ocurre soltar la palabra «analítica».
—Editora adjunta —le recuerdo, y me trinco el chupito. Un jägerbomb. Es curioso cómo algo tan absolutamente repugnante, cuyo regusto te da náuseas al día siguiente, puede saber delicioso en una pista de baile.
Rachel se pasa la noche atiborrándome de copas, ligando con toda la morralla que hay a la vista para ponerme a tiro a los más interesantes. Diga lo que diga, estoy bastante achispada, así que no le doy muchas vueltas: se está comportando como una amiga fuera de serie. La noche transcurre en un torbellino de gente bailando y bebidas de colores chillones.
No empiezo a preguntarme qué está pasando esta noche hasta que llegan Mo y Gerty.
Mo tiene la expresión de un hombre al que han citado de improviso. Tiene la barba un poco apelmazada, como si se la hubiera aplastado al dormir en una postura rara, y lleva puesta una camiseta muy gastada que me suena de la universidad, aunque ahora le queda un poco más apretada. Gerty, como de costumbre, despide una belleza altanera, sin maquillar y con el pelo recogido en la coronilla en un moño de bailarina; como nunca se maquilla y va impecable a todas horas, cuesta dilucidar si tenía previsto venir. Lo mismo en el último momento se ha puesto unos tacones ligeramente más altos para combinar con los vaqueros de pitillo.
Se están abriendo paso por la pista de baile. Mi sospecha de que Mo no tenía previsto venir se confirma: no baila. Si Mo entra en una discoteca, el baile está garantizado. Entonces, ¿por qué se han presentado aquí en mi salida improvisada con Rachel un miércoles por la noche? Ni siquiera la conocen demasiado; solo han coincidido de copas en algún que otro cumpleaños o en la típica fiesta de inauguración de alguna casa. De hecho, Gerty y Rachel mantienen un discreto tira y afloja por el liderazgo, y cuando nos juntamos todos por lo general acaban enzarzadas.
¿Es mi cumpleaños?, me pregunto atontada. ¿Vendrán a darme una sorpresa con una emocionante noticia?
Me vuelvo hacia Rachel.
—¿Qué…?
—A la mesa —dice, señalando hacia los reservados del fondo del local.
Gerty disimula relativamente bien su enfado por verse obligada a cambiar de rumbo precisamente cuando se ha abierto paso con gran esfuerzo hasta el centro de la pista.
Percibo malas vibraciones. No obstante, como me encuentro justo en el mejor momento del colocón, estoy dispuesta a borrar los pensamientos que me inquietan con la esperanza de que hayan venido a decirme que he ganado unas vacaciones de cuatro semanas en Nueva Zelanda o algo por el estilo.
Pero no.
—Tiffy, no sabía cómo decirte esto —comenta Rachel—, así que esta es la mejor idea que se me ha ocurrido. Emborracharte, recordarte lo que se siente al ligar y luego llamar a tu equipo de apoyo. —Me agarra ambas manos—. Tiffy. Justin se ha prometido.
Leon
La conversación sobre el apartamento no salió como anticipaba en absoluto. Kay se puso hecha una furia. Parecía disgustada ante la idea de que otra persona duerma en mi cama aparte de ella. Pero si ella jamás se pasa por mi casa. Odia las paredes verde oscuro y los vecinos mayores; «Pasas demasiado tiempo entre gente mayor» forma parte de su cantinela. Siempre estamos en su casa (paredes gris claro, vecinos jóvenes y guais).
La riña acaba en un cansino callejón sin salida. Ella pretende que quite el anuncio y que cancele el acuerdo con la mujer de Essex; yo me mantengo en mis trece. Es la mejor idea que se me ha ocurrido para conseguir dinero fácil cada mes, a menos que me toque la lotería, lo cual no puede tenerse en consideración como factor en una planificación financiera. No quiero volver a pedir prestadas esas trescientas cincuenta libras. Precisamente fue ella quien lo dijo: no era bueno para nuestra relación.
Pero, si ha llegado hasta aquí, entrará en razón.
Una noche larga. Holly no podía dormir; jugamos a las damas. Ella levanta los dedos y los hace revolotear sobre el tablero como si fuera un hechizo antes de tocar una ficha. Por lo visto es un truco mental: consigue que el contrincante se fije en hacia dónde se dirige en vez de concentrarse en su siguiente movimiento. ¿Dónde aprendió estos trucos una niña de siete años?
Hago la pregunta.
Holly: Leon, eres bastante cádindo, ¿a que sí?
Quiere decir «cándido». Probablemente hasta ahora nunca lo había pronunciado en voz alta, solo lo había leído en sus cuentos.
Yo: Tengo mucho mundo. Gracias, Holly.
Me mira con condescendencia.
Holly: No pasa nada, Leon. Eres demasiado agradable. Apuesto a que la gente te pisotea como un felpudo.
Seguro que oyó eso en alguna parte. Es probable que por boca de su padre, que viene a verla en semanas alternas con un sobrio traje gris oscuro y trae consigo golosinas pésimamente elegidas y tufo a humo de cigarrillos.
Yo: Ser agradable es bueno. Puedes ser fuerte y agradable. No tienes que ser una cosa o la otra.
De nuevo esa mirada condescendiente.
Holly: Mira, es como… Kay es fuerte; tú, agradable.
Extiende las manos con un ademán, como diciendo: «Así es la vida». Me quedo de piedra. Ignoraba que supiera el nombre de Kay.
Richie llama por teléfono justo cuando entro en casa. Tengo que echar una carrera para llegar hasta el aparato —sé que será él, siempre es él— y me doy un cabezazo con la lámpara baja de la cocina. Es lo que menos me gusta de este magnífico apartamento.
Me froto la cabeza. Cierro los ojos. Escucho atentamente la voz de Richie para tratar de detectar temblores e indicios que indiquen cómo se encuentra realmente, y también por el mero hecho de oír al Richie real, vivo, que respira, que aún está bien.
Richie: Cuéntame una buena historia.
Cierro los ojos con más fuerza. Entonces, no ha tenido un buen fin de semana. Los fines de semana son un suplicio: pasan más tiempo encerrados. Siempre me doy cuenta de cuándo está de bajón por el acento, ese acento tan característico que tenemos los dos. Medio londinense, medio del condado de Cork, pero cuando está triste se le acentúa el deje irlandés.
Le hablo de Holly. De sus dotes para las damas. De que me tacha de «cádindo». Richie me escucha, y a continuación:
Richie: ¿Se va a morir?
Es complicado. A la gente le cuesta entender que la cuestión no es si van a morir o no; los hospitales de cuidados paliativos no son simplemente lugares donde ingresas para agonizar lentamente. En nuestros pabellones hay más personas que sobreviven y reciben el alta que personas que mueren. Se trata de encontrarse a gusto en el transcurso de algo irremediable y doloroso. De hacer más llevadero el trance.
No obstante, Holly… podría morir. Está muy enferma. Preciosa, precoz y muy enferma.
Yo: Las estadísticas de la leucemia son bastante buenas para los niños de su edad.
Richie: Déjate de estadísticas, tío. Cuéntame una buena historia.
Sonrío al recordar cuando de pequeños representábamos nosotros las tramas de Neighbours el mes que se estropeó el televisor. A Richie siempre le han gustado las buenas historias.
Yo: Saldrá de esta. De mayor será… programadora. Programadora profesional. Utilizará todas sus dotes con las damas para desarrollar nuevos alimentos generados por ordenador que impedirán que nadie pase hambre y dejarán a Bono sin trabajo en la época de Navidad.
Richie ríe. No demasiado, pero sí lo suficiente para mitigar el nudo de congoja que tengo en el estómago.
Unos instantes de silencio. Cordial, quizá, o simplemente por falta de palabras adecuadas.
Richie: Esto es un infierno, tío. Las palabras me golpean como un puñetazo en el estómago. Este último año he sentido este impacto en el estómago con demasiada frecuencia. Siempre en ocasiones como esta, cuando la realidad me alcanza nuevamente después de pasar días evadiéndome de ella.
Yo: Ya queda menos para la apelación. Ya falta poco. Sal dice…
Richie: Oye, Sal dice que quiere cobrar. Conozco el percal, Lee. No hay nada que hacer.
Su tono es grave, pausado, casi arrastra las palabras.
Yo: ¿Me vienes con estas? ¿Has perdido la fe en tu hermano mayor o qué? ¡Pero si solías decirme que llegaría a ser multimillonario!
Percibo una sonrisa forzada.
Richie: Bastante has hecho ya.
Ni pensarlo. Eso es imposible. Jamás haré lo bastante, para esto no, aunque a menudo he pensado que ojalá pudiera ocupar su lugar para salvarlo.
Yo: Tengo un plan. Un plan lucrativo. Te va a encantar.
Se oye un ruido.
Richie: Qué pasa, tío. Ah, un seg…
Voces amortiguadas. El corazón se me acelera. Cuando hablo por teléfono con él, escuchando solo su voz y la mía, me resulta fácil pensar que se encuentra en algún lugar seguro y tranquilo. Pero ahí está, en el patio, con una cola detrás, tras haber optado entre dedicar esta media hora de salida de la celda de la cárcel a realizar una llamada telefónica o a su única posibilidad de ducharse.
Richie: Tengo que colgar, Lee. Te quiero.
Y corta la llamada.
Ocho y media del sábado. Incluso saliendo ahora mismo, llegaría tarde. Y, como es obvio, no voy a salir ahora mismo. Estoy cambiando las sábanas en el pabellón Dorsal, según la doctora Patel; según la enfermera de turno del pabellón Coral, le estoy sacando sangre al señor Prior; según Socha, la médica residente, la estoy ayudando con el paciente moribundo del pabellón Kelp.
Socha gana. Llamo a Kay mientras corro.
Kay, al responder: Estás liado en el trabajo, ¿verdad?
Me falta el aliento para darle una explicación como es debido. Los pabellones se hallan demasiado lejos entre sí para situaciones de emergencia. El consejo de administración del hospital debería invertir en pasillos más cortos.
Kay: No pasa nada. Iré yo a conocer a esa chica.
Doy un traspié. Me sorprende. Obviamente, tenía previsto pedírselo; por eso he llamado a Kay y no a la mujer de Essex directamente para cancelarlo. Pero… ha sido demasiado fácil.
Kay: Mira, no me hace gracia este plan de compartir el apartamento, pero me consta que necesitas el dinero, y me hago cargo. Sin embargo, para que me sienta cómoda con esto, creo que todo debería hacerse a través de mí. Yo iré a conocer a la tal Tiffy. Me encargaré de gestionarlo de tal manera que la desconocida que duerma en tu cama no sea alguien con la que mantengas la más mínima relación. Así no me resultará tan raro, y no tendrás que ocuparte de ello, para lo cual, seamos sinceros, no tienes tiempo.
Una punzada de amor. Podría ser un retortijón, claro está; cuesta estar seguro a estas alturas de la relación, pero bueno.
Yo: ¿Estás… segura?
Kay, categórica: Sí. Este es el plan. Nada de trabajar los fines de semana. ¿Vale? Los fines de semana son para mí.
Me parece justo.
Yo: Gracias. Gracias. ¿Y… te importaría decirle…?
Kay: Ya, ya, lo del tío raro del apartamento 5 y advertirla de los zorros.
Una punzada de amor, sin duda alguna.
Kay: Sé que piensas que no escucho, pero te equivocas.
Todavía me queda como poco un minuto de carrera para llegar al pabellón Kelp. No he mantenido el ritmo adecuado. Un error de principiante. Estoy abrumado por el espantoso «ahora mismo» que está marcando este turno, con todos sus moribundos, enfermos con escaras y pacientes juguetones con demencia, olvidándome de las reglas básicas de la supervivencia en un entorno hospitalario. Camina a buen paso, no corras. Estate al tanto de la hora. Jamás pierdas los nervios.
Kay: ¿Leon?
Se me había olvidado hablar en voz alta. Estaba simplemente jadeando. Es probable que de un modo bastante siniestro.
Yo: Gracias. Te quiero.
Tiffy
Barajo la idea de ponerme gafas de sol, pero llego a la conclusión de que eso me daría cierto aire de diva, dado que estamos en febrero. Nadie quiere compartir piso con una diva.
La cuestión es, por supuesto, hasta qué punto resulta preferible una diva a una mujer destrozada emocionalmente que a todas luces se ha pasado los dos últimos días llorando.
Me recuerdo para mis adentros que esto no es una convivencia al uso. Leon y yo no tenemos por qué congeniar: en realidad, no vamos a vivir juntos, simplemente a compartir el mismo espacio en diferentes horarios. A él le da igual si resulta que me paso todo el tiempo libre llorando, ¿o no?
—La chaqueta —ordena Rachel, al tiempo que me la pasa.
Todavía no he llegado al extremo de necesitar ayuda para vestirme, pero Rachel ha pasado aquí la noche, y si Rachel está aquí seguramente va a tomar las riendas de la situación. Aun cuando «la situación» sea vestirme por la mañana.
Estoy demasiado hundida como para protestar. Cojo la chaqueta y me la pongo. Me chifla esta chaqueta. La hice con un gigantesco vestido de noche que encontré en una tienda benéfica; lo descosí por completo y volví a reutilizar la tela dejando los adornos de cuentas donde cayeran, de modo que ahora llevo lentejuelas moradas y bordados por el hombro derecho, bajando por la espalda y por debajo de las tetas. Se parece un poco a las chaquetas de los maestros de ceremonias circenses, pero me sienta fenomenal, y curiosamente los abalorios de debajo del pecho resultan la mar de favorecedores para el talle.
—¿No te di esto? —digo, extrañada—. ¿El año pasado, si no recuerdo mal?
—¿Tú, desprendiéndote de esta chaqueta? —Rachel hace una mueca—. Sé que me quieres, pero seguro que no quieres a nadie hasta ese punto.
Vale, por supuesto. Estoy tan hecha polvo que apenas puedo pensar con claridad. Pero, bueno, al menos me esmero en arreglarme esta mañana. Te das cuenta de que las cosas van mal cuando te pones lo primero que pillas al abrir el cajón. Y no es que les vaya a pasar desapercibido a los demás: mi armario es de tal naturaleza que daré la nota seguro con cualquier atuendo que no esté lo suficientemente planificado. Los pantalones de pana amarillo mostaza, la blusa con volantes color crema y el cárdigan largo verde causaron cierta sensación en la oficina el jueves; a Hana, la de Marketing, le dio un golpe de tos cuando entré en la cocina justo cuando estaba tragando un sorbo de café. Encima, nadie entiende por qué de buenas a primeras me encuentro tan alicaída. Me consta que todos piensan: «¿Y por qué llora ahora? ¿No se fue Justin hace meses?».
No les falta razón. No tengo ni idea de por qué estas circunstancias particulares de la nueva relación de Justin me afectan tanto. Yo ya había decidido que esta vez iba a mudarme de todas todas. Y no es que pretendiera que se casara conmigo ni nada por el estilo. Simplemente pensaba que… volvería. Eso es lo que siempre ha ocurrido hasta ahora: se marcha dando un portazo, me hace el vacío, ignora mis llamadas, pero luego se da cuenta de su error y, justo cuando pienso que estoy preparada para empezar a superarlo, vuelve a aparecer tendiéndome la mano y diciéndome que le acompañe a alguna de esas aventuras alucinantes.
Pero esta es la definitiva, ¿no? Se va a casar. Esta es… Esta es…
Rachel me pasa los clínex sin pronunciar palabra.
—Voy a tener que volver a maquillarme —comento, una vez que ha pasado lo peor.
—¡Qué dices! No hay tiempo —exclama Rachel, mostrándome la pantalla de su teléfono.
Mierda. Las ocho y media. Como no salga ya voy a llegar tarde, y eso causará una pésima impresión: si tenemos intención de cumplir a rajatabla las normas sobre quién dispone del apartamento y cuándo, Leon esperará que controle la hora.
—¿Gafas de sol? —pregunto.
—Gafas de sol. —Rachel me las da.
Cojo mi bolso y enfilo hacia la puerta.
Mientras el tren traquetea en su trayecto por los túneles de la línea Northern atisbo mi reflejo en la ventana y me enderezo un poco. Tengo buen aspecto. El cristal borroso y arañado ayuda; es como una especie de filtro de Instagram. Pero llevo puesto uno de mis conjuntos favoritos, mi melena cobriza recién lavada y, aunque puede que la llantina me haya borrado por completo el lápiz de ojos, mi pintalabios permanece intacto.
Aquí estoy. Puedo hacer esto. Puedo arreglármelas estupendamente sola.
El ánimo me dura más o menos lo que tardo en llegar a la salida de la estación de Stockwell. En ese momento un tío en un coche me grita: «¡Aparta el culo!», y la conmoción es tal que regreso de golpe a la mierda de vida post-ruptura de Tiffy. Me deja tan hundida que apenas soy capaz de mover de su camino esa parte de mi anatomía para cumplir con la petición.
Llego al bloque de apartamentos más o menos en cinco minutos; se halla bastante cerca del metro. Ante la perspectiva de descubrir el que realmente va a ser mi futuro hogar, me seco las mejillas y me fijo con atención. Es uno de esos bloques de ladrillo achaparrados, y en la entrada hay un pequeño patio con algo de césped mustio al estilo londinense que más bien parece heno bien segado. Hay plazas de aparcamiento para cada vecino, uno de los cuales parece estar utilizando la suya para almacenar una desconcertante cantidad de cajas de plátanos vacías.
Al llamar al portero automático del apartamento 3 un movimiento capta mi atención: es un zorro que asoma despacio en la zona donde por lo visto viven los contenedores. Se detiene dejando una pata en el aire y se queda mirándome con descaro. La verdad es que nunca he estado tan cerca de un zorro: tiene una pinta mucho más sarnosa de lo que aparentan en las fotos de los libros. Pero los zorros son bonitos, ¿no? Son tan bonitos que ya está prohibido cazarlos por diversión, aunque seas un aristócrata con caballo.
Suena un zumbido y la puerta se abre; entro. El portal es muy… marrón. Moqueta marrón, paredes en tono café con leche. Pero eso no es lo que realmente importa; lo que importa es el interior del apartamento.
Al llamar a la puerta del apartamento 3 noto que estoy como un flan. No; al borde del pánico. ¿De veras estoy haciendo esto? ¿Planteándome dormir en la cama del primer desconocido que se tercie? ¿De verdad voy a marcharme del piso de Justin?
Ay, Dios. A lo mejor Gerty tenía razón y todo este asunto es pasarse un pelín de la raya. En un arrebato de locura me imagino volviendo a casa de Justin, al confort de ese piso decorado en blanco y cromo, a la posibilidad de recuperarle. Pero la idea no me resulta tan seductora como imaginaba. En cierto modo —tal vez alrededor de las once de la noche del jueves pasado— en ese apartamento comenzó a gestarse un ligero cambio, y en mí también.
En el fondo, aunque no quiera admitirlo, sé que esto es positivo. Ahora que he llegado hasta aquí no puedo permitirme echarme atrás.
Este lugar me tiene que gustar. Es mi única opción. Así que, cuando alguien que obviamente no es Leon abre la puerta, tengo tan buena disposición que hago como si nada. Ni siquiera me muestro sorprendida.
—¡Hola!
—Hola —dice la mujer que abre la puerta. Es menuda, de tez aceitunada y luce uno de esos cortes de pelo a lo chico que te dan un aire francés si tienes la cabeza bastante pequeña. Enseguida me siento descomunal.
Ella no hace nada para mitigar esta sensación. Conforme entro en el apartamento, noto que me mira de arriba abajo. Intento fijarme en la decoración —vaya, papel de pared verde oscuro, parece auténtico de los años setenta—, pero al cabo de unos instantes comienza a fastidiarme su mirada inquisitiva. Me doy la vuelta para observarla cara a cara.
Ah. Es la novia. Y su expresión no puede ser más clara; dice: «Me preocupaba que estuvieras buena e intentaras quitarme el novio mientras te instalabas plácidamente en su cama, pero como ya te he visto y él nunca se sentirá atraído por ti…, ¡sí!, ¡pasa!».
Ahora se deshace en sonrisas. Estupendo, como quieras; si hay que tragar para conseguir esta habitación, no hay problema. No voy a achicarme y perder esto. No tiene ni idea de lo desesperada que estoy.
—Soy Kay —dice, tendiéndome la mano. Estrecha la mía con firmeza—. La novia de Leon.
—Me lo figuraba. —Sonrío para quitarle hierro a la situación—. Me alegro mucho de conocerte. ¿Está Leon en el…?
Giro la cabeza en dirección al dormitorio. O está ahí o en la sala de estar, que tiene la cocina en un rincón; en realidad aparte de esto no hay mucho más en el apartamento.
—¿… baño? —pregunto con vacilación al ver el dormitorio vacío.
—A Leon se le ha complicado el trabajo —dice Kay, al tiempo que me conduce a la zona de estar.
Es bastante minimalista y se ve un poco desgastado, pero está limpio, y me fascina ese papel de pared de los años setenta por todas partes. Apuesto a que alguien pagaría por él ochenta libras el rollo si comenzaran a venderlo en Farrow & Ball. En la zona de la cocina hay colgada una lámpara baja que desentona un poco con la decoración, pero es una pasada; el sofá de piel está baqueteado; la tele en realidad no está enchufada, pero parece relativamente decente; y han pasado la aspiradora por la moqueta hace poco. Todo parece prometedor.
Igual esto sale bien. Igual sale fenomenal. Me imagino a mí misma en este lugar en una rápida sucesión de escenas: yo holgazaneando en el sofá, preparando algo improvisado en la cocina, y de repente me dan ganas de ponerme a dar botes de alegría aquí mismo ante la idea de disponer de todo este espacio para mí. Me controlo justo a tiempo. Me da la impresión de que Kay no es de las bailongas espontáneas.
—Entonces, ¿no… voy a conocer a Leon? —pregunto, y me encojo al recordar la primera regla de compartir piso según Mo.
—Bueno, supongo que lo conocerás en algún momento —responde Kay—. Pero tendrás que hablar siempre conmigo. Yo me estoy encargando de alquilarlo en su nombre. Nunca coincidiréis aquí al mismo tiempo; dispondrás del apartamento desde las seis de la tarde hasta las ocho de la mañana de lunes a viernes y todo el fin de semana. De momento es un acuerdo para seis meses. ¿Te parece bien?
—Sí, es justo lo que necesito. —Hago una pausa—. Y… ¿Leon nunca se presentará de improviso? ¿Fuera de sus horarios, por lo que sea?
—De ninguna manera —dice Kay, con el aire de una mujer que tiene intención de asegurarse de ello—. Desde las seis de la tarde hasta las ocho de la mañana, el apartamento es tuyo y solo tuyo.
—Estupendo. —Exhalo despacio, para aplacar el nudo de emoción que tengo en el estómago, y examino el baño; siempre puedes sacar conclusiones de un lugar por el baño. Todos los sanitarios presentan un blanco reluciente; hay una cortina de baño azul oscuro, unos cuantos frascos ordenados de cremas y líquidos misteriosos que parecen para hombre, y un espejo arañado, pero que hace su servicio. Genial—. Me lo quedo. Si te parece bien.
Estoy segura de que dirá que sí, si es que realmente la decisión está en sus manos. Lo supe en cuanto me miró de esa manera en la entrada: sea cual sea el criterio de Leon respecto a la persona con la que va a compartir piso, Kay lleva la voz cantante, y está claro que me ha marcado en la casilla de «convenientemente poco atractiva».
—Perfecto —dice Kay—. Voy a llamar a Leon para decírselo.
Leon
Kay: Es ideal.
Se me cierran lentamente los párpados en el autobús. Lentos y dulces parpadeos que en realidad son pequeñas cabezadas.
Yo: ¿En serio? ¿No es una pesada?
Kay, en tono crispado: ¿Y eso qué importa? Será limpia y ordenada y puede instalarse inmediatamente. Si de verdad estás decidido a hacer esto, no puedes esperar alguien mejor.
Yo: ¿No puso pegas por el vecino raro del apartamento 5? ¿O por la familia de zorros?
Una breve pausa.
Kay: No mencionó que le supusiera un problema ninguna de las dos cosas.
El lento y dulce parpadeo esta vez es muy largo. Debo tener cuidado; no puedo ni imaginarme despertándome en la última parada del autobús y teniendo que realizar todo el trayecto de vuelta. Siempre cabe ese riesgo tras una larga semana.
Yo: Bueno, ¿cómo es?
Kay: Es… estrafalaria. Enorme. A pesar de que en teoría todavía estamos en invierno, llevaba unas gafas de sol de esas grandes con montura de carey, y sus botas estaban pintadas de flores. ¡Pero la cuestión es que está sin blanca y encantada de haber encontrado una habitación tan barata!
«Enorme» es la forma de Kay de referirse a alguien con sobrepeso. Ojalá no hiciera comentarios de esa índole.
Kay: Oye, vienes de camino, ¿no? Podemos hablar de ello cuando llegues.
Mi plan al llegar era saludar a Kay con el consabido beso, quitarme la ropa del trabajo, beber agua, tirarme de cabeza a la cama de Kay y dormir por toda la eternidad.
Yo: ¿Y esta noche, cuando haya dormido?
Silencio. Un silencio de profunda irritación. (Soy un experto en los silencios de Kay).
Kay: Conque te vas a ir derecho a la cama cuando llegues.
Me muerdo la lengua. Reprimo el impulso de contarle con pelos y señales mi semana.
Yo: Puedo quedarme levantado si quieres hablar.
Kay: No, no, necesitas dormir.
Está claro que voy a quedarme levantado. Más me vale aprovechar estas cabezadas hasta que el autobús llegue a Islington.
Recibimiento gélido por parte de Kay. Cometo el error de mencionar a Richie, lo cual enfría el ambiente aún más. Culpa mía, probablemente. Es imposible hablarle de él sin volver a escuchar La Bronca, como si cada vez que pronuncia su nombre pulsara el botón de «replay». Mientras se pone a trajinar para preparar el cenayuno (una combinación de cena y desayuno, adecuado tanto para gente de hábitos nocturnos como diurnos), me repito a mí mismo que debería recordar cómo terminó La Bronca. Que ella pidió perdón.
Kay: ¿No vas a preguntarme por los fines de semana o qué?
Lento de respuesta, me quedo mirándola. A veces me cuesta hablar después de una larga noche. El mero hecho de abrir la boca para expresar pensamientos coherentes es como levantar algo muy pesado, o como uno de esos sueños en los que tienes que echar a correr pero tus piernas avanzan como si estuvieran sumergidas en melaza.
Yo: ¿Preguntarte qué?
Kay, con la sartén de las tortillas en la mano, se toma su tiempo. Está muy guapa a la luz del sol de invierno que se filtra por la ventana de la cocina.
Kay: Por los fines de semana. ¿Dónde estabas pensando pasarlos, con Tiffy en tu apartamento?
Ah. Ya.
Yo: Pues esperaba pasarlos aquí. Como cada fin de semana que no trabajo, ¿no?
Kay sonríe. Siento esa sensación de satisfacción por haber dicho lo correcto, y acto seguido una punzada de ansiedad.
Kay: Ya sé que estabas pensando en quedarte aquí, ¿vale? Solo quería oírtelo decir.
Nota mi expresión de desconcierto.
Kay: Normalmente pasas aquí los fines de semana por azar, no porque lo tengas previsto. No porque sea nuestro plan de vida.
La palabra «plan» tiene una connotación mucho menos agradable cuando va colocada delante de «vida». De repente me afano en comerme la tortilla. Kay me aprieta el hombro, me acaricia la nuca con los dedos de arriba abajo, me da tironcitos del pelo.
Kay: Gracias.
Me siento culpable, aunque en realidad no he dado lugar a malentendidos: sí que di por hecho que pasaría aquí todos los fines de semana, sí que lo tuve en cuenta al decidir alquilar la habitación. Lo que pasa es que no… me lo planteé en ese sentido. En el sentido del plan de vida.
Dos de la madrugada. Cuando comencé a trabajar en el equipo nocturno del hospital, las noches que libraba me parecían un desperdicio: me quedaba sentado en vela, añorando la luz del sol. Pero ahora este es mi momento, el silencio sordo, el resto de londinenses durmiendo o bebiendo como cosacos. Estoy haciendo sustituciones temporales en todos los turnos nocturnos que el coordinador de las rotaciones de personal me ofrece; son los mejor pagados, salvo las noches de los fines de semana, que he dicho a Kay que rechazaré. Además, es la única solución para que funcione esta idea de compartir el apartamento. Ni siquiera estoy seguro de que merezca la pena adaptarme a los horarios diurnos los fines de semana, pues trabajaré cinco de cada siete días. Igual me conviene mantener mis hábitos nocturnos.
Generalmente aprovecho para escribir a Richie a esta hora. Tiene las llamadas limitadas, pero puede recibir cuantas cartas le envíe.
El martes pasado se cumplieron tres meses desde que se dictó su sentencia. Cuesta saber cómo señalar una fecha como esa… ¿Con un brindis? ¿Con otra marca en la pared? Richie se lo tomó bien dentro de lo que cabe, pero, cuando ingresó, Sal le dijo que lo sacaría de allí para febrero, así que esta vez ha sido un palo especialmente duro.
Sal. En teoría está haciendo todo lo que puede, pero Richie es inocente y está en la cárcel, así que inevitablemente siento cierto rencor hacia su abogado. Sal no es malo. Emplea un lenguaje grandilocuente, va pertrechado de maletín, jamás duda de sí mismo: todas las típicas cosas que parecen inspirar confianza en un abogado, ¿no? Pero los errores continúan produciéndose. Como los inesperados veredictos de culpabilidad.
No obstante, ¿cuáles son nuestras opciones? No hay más abogados interesados en defender a Richie cobrando honorarios asequibles. No hay más abogados al corriente de su caso, no hay más abogados dispuestos a hablar con Richie en la cárcel…, no hay tiempo para buscar a otro. Cada día que pasa Richie está más hundido.
He de ser yo quien trate con Sal en todo momento, en ningún caso mi madre, lo cual conlleva interminables y agotadoras llamadas telefónicas para localizarlo. A mi madre le da por gritar y echarle la culpa. Sal es susceptible, se desmotiva fácilmente a la hora de volcarse de lleno en el caso de Richie, y es absolutamente indispensable.
Esto no me está haciendo ningún bien. Las dos de la madrugada es una hora pésima para cavilar sobre asuntos legales. La peor de todas. Si la medianoche es la hora de las brujas, las dos de la madrugada es la hora de las cavilaciones.
Buscando distracción sin apenas darme cuenta me da por teclear en Google «Johnny White», el antiguo amor de mandíbula hollywoodiense del señor Prior.
Hay muchos Johnny White. Uno es una destacada figura de la música de baile canadiense. Otro es un futbolista estadounidense. Definitivamente, ninguno de los dos vivió la Segunda Guerra Mundial ni se enamoró de un encantador caballero inglés.
No obstante, internet fue creado para situaciones como esta, ¿no?
Pruebo con «Johnny White bajas de guerra», y a continuación me odio un poco a mí mismo. Me da la sensación de que dar por muerto a Johnny es traicionar al señor Prior. Pero merece la pena descartar esas opciones primero.
Doy con una página web llamada Localización de Víctimas de Guerra. En un primer momento me quedo algo horrorizado, pero llego a la conclusión de que en realidad es alucinante: aquí se recuerda a todo el mundo. Como en una consulta digital de lápidas. Puedo buscar por nombre, regimiento, una guerra en concreto, fecha de nacimiento… Tecleo «Johnny White» y especifico «Segunda Guerra Mundial», pero no dispongo de más datos.
Setenta y ocho Johnny White murieron en el ejército en la Segunda Guerra Mundial.
Me reclino en el asiento. Me quedo mirando la relación de nombres. John K. White. James Dudley Jonathan White. John White. John George White. John R. L. White. Jonathan Reginald White. John…
Vale. De pronto tengo la abrumadora certeza de que el encantador Johnny White del señor Prior está muerto, y pienso que ojalá hubiera una base de datos similar para los que lucharon en la guerra y sobrevivieron. No estaría nada mal. Una lista de supervivientes. Me quedo conmocionado, tal y como uno se queda a las dos de la madrugada ante el horror de la humanidad y su inclinación a cometer terribles asesinatos en masa.
Kay: ¡Leon! ¡Tu busca está sonando! ¡¡En mi oreja!!
Dejo el ordenador portátil en el sofá tras darle a imprimir y, al abrir la puerta del dormitorio, me encuentro a Kay tendida de costado, con el edredón sobre la cabeza y un brazo en alto sujetando mi busca.
Cojo el busca. Cojo mi teléfono. Como es lógico, no estoy trabajando, pero el equipo no me llamaría al busca si no fuera importante.
Socha, la médica residente: Leon, es Holly.
Empiezo a calzarme. Yo: ¿Es grave?
¡Las llaves! ¡Las llaves! ¿Dónde están las llaves?
Socha: Tiene una infección; las pruebas del síndrome orgánico cerebral tienen mala pinta. Está preguntando por ti. No sé qué hacer, Leon, y como la doctora Patel no responde al busca, el especialista está esquiando y June no ha encontrado sustituto no hay nadie más a quien llamar…
Localizo las llaves en el fondo del cesto de la ropa sucia. Qué sitio más original para dejarlas. Enfilo hacia la puerta, atento al recuento de glóbulos blancos que me da Socha, con los cordones de los zapatos sueltos…
Kay: ¡Leon! ¡Que llevas puesto el pijama!
Maldita sea. Pensaba que había conseguido llegar a la puerta más rápido de lo habitual.