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El viernes 22 de julio de 2005, Simone Knox pidió una Fanta de naranja grande para acompañar las palomitas de maíz y las gominolas. Aquella elección, la habitual las noches de cine, le cambió la vida, y muy probablemente se la salvó. Aun así, nunca volvería a beber Fanta.

Pero en ese momento lo único que quería era acomodarse en la butaca con sus dos amigas del alma y perderse en la oscuridad.

Porque su vida, entonces y sin duda el resto del verano y tal vez para siempre, era un asco total.

El chico al que quería, el chico con el que había salido de manera exclusiva durante siete meses, dos semanas y cuatro días, el chico con el que había imaginado que pasaría el último año de instituto —mano a mano, corazón con corazón—, la había dejado.

Con un mensaje de texto.

Harto de perder el tiempo pq tengo q estar con alguien q quiera llegar

hasta el final conmigo y no eres tú, así q se acabó. chao

Segura de que no lo decía en serio, había intentado llamarlo, pero él no había cogido el teléfono y Simone se había humillado enviándole tres mensajes.

Luego había entrado en su página de Myspace. La palabra «Humillación» era demasiado suave para describir lo que había sufrido.

He cambiado el viejo modelo DEFECTUOSO por uno nuevo y cañón.

¡Sale Simone!

¡Entra Tiffany!

Me he deshecho de una FRACASADA y pasaré el verano y el último

año de instituto con la tía más cañón de la promoción de 2006.

Aquella publicación, con fotos, ya había generado comentarios. Puede que Simone fuera lo bastante lista para saber que Trent había pedido a sus amigos que dijeran cosas feas y crueles sobre ella, pero eso no aliviaba ni la punzada de dolor ni la vergüenza.

Pasó días dolida. Se regodeó en el consuelo y la rabia justificada de sus dos mejores amigas. Se puso furiosa con las pullas de su hermana menor, se arrastró hasta el trabajo de verano y hasta el club para las clases de tenis semanales que su madre se empeñaba en que recibiera.

Un mensaje de su abuela la hizo echarse a llorar. CiCi podía estar meditando con el dalái lama en el Tíbet, dándolo todo con los Stones en Londres o pintando en su estudio de Tranquility Island, pero siempre se las arreglaba para enterarse de todo.

Ahora duele, y el dolor es real, así que abrazos, tesoro. Pero dentro

de unas semanas te darás cuenta de que no es más que otro imbécil.

A por todas y namasté.

Simone no creía que Trent fuera un imbécil (aunque tanto Tish como Mi estaban de acuerdo con CiCi). Tal vez la había echado de su lado, y de una forma cruel, solo porque se negaba a hacerlo con él. Sencillamente no estaba preparada. Además, Tish lo había hecho con su exnovio después del baile de graduación (y dos veces más), y él la había dejado de todos modos.

Lo peor era que Simone todavía quería a Trent y que, en su corazón desesperado de dieciséis años, sabía que no volvería a amar a nadie jamás. A pesar de que había arrancado las páginas de su diario donde había anotado sus futuros nombres —señora de Trent Woolworth, Simone Knox-Woolworth, S. K. Woolworth—, y de que las había hecho pedazos y las había quemado, junto con todas las fotos que tenía de él, en la hoguera que había encendido en el patio durante una ceremonia de empoderamiento femenino con sus amigas, seguía queriéndolo.

Pero, como había señalado Mi, tenía que continuar viviendo aunque una parte de ella solo quisiera morir, de forma que había dejado que sus amigas la arrastraran al cine.

De todos modos, ya estaba cansada de quedarse enfurruñada en su habitación y no tenía ningunas ganas de dar vueltas por el centro comercial con su madre y su hermana pequeña, así que ganó la opción del cine. Su amiga Mi también ganó, pues le tocaba elegir, y Simone tendría que tragarse un rollo de ciencia ficción llamado La isla que Mi estaba deseando ver.

A Tish no le importaba qué escogiera. Como futura actriz, sentía que experimentar con todo tipo de películas y obras de teatro era tanto un deber como una formación previa necesaria para su carrera. Además, Ewan McGregor ocupaba uno de los cinco primeros puestos en la lista de novios de película de Tish.

—Vamos a coger sitio. Quiero un buen sitio.

Mi, pequeña, compacta, con los ojos oscuros e intensos y una espesa mata de pelo negro, recogió sus palomitas —sin mantequilla de mentira—, su bebida y unos M&M de cacahuete, sus favoritos.

Mi había cumplido los diecisiete en mayo, tenía citas esporádicas, ya que por el momento prefería la ciencia a los chicos, y solo se libraba de la etiqueta de empollona debido a su habilidad como gimnasta y a la sólida posición que ocupaba en el equipo de animadoras...

Un equipo capitaneado por desgracia por una tal Tiffany Bryce, ladrona de novios y zorrón.

—Tengo que ir al baño. —Tish, palomitas con doble de mantequilla de mentira, una Coca-Cola y bombones de menta, pasó sus aperitivos a sus amigas—. Os busco.

—No te entretengas arreglándote —le advirtió Mi—. Una vez que empiece la película tampoco va a verte nadie.

Y además ya estaba perfecta, pensó Simone mientras hacía malabares con las palomitas de Tish de camino a una de las tres salas del Cineplex del centro comercial DownEast.

Tish tenía el pelo largo, sedoso y castaño con reflejos dorados de peluquería, porque su madre, al contrario que la de Simone, no se había quedado estancada en los años cincuenta. Los hoyuelos añadían cierto encanto coqueto al óvalo clásico de su cara —a Simone le encantaba estudiar las caras—, y la verdad es que los hoyuelos salían a coquetear a menudo, ya que Tish siempre encontraba alguna razón por la que sonreír. Simone suponía que ella también sonreiría mucho si fuera alta y tuviera curvas y hoyuelos y los ojos de un azul brillante.

Por si fuera poco, los padres de Tish apoyaban incondicionalmente su ambición de dedicarse a la interpretación. En opinión de Simone, su amiga se había llevado el premio gordo: tenía una apariencia espectacular, personalidad, cerebro y unos padres con una idea clara de qué iba la cosa.

Pero Simone quería a Tish a pesar de todo.

Las tres ya habían hecho planes —de momento en secreto, porque los padres de Simone no tenían idea de qué iba la cosa en absoluto— para pasar en Nueva York el verano después de la graduación.

Tal vez incluso se mudaran allí; sin duda sería más emocionante que Rockpoint, Maine.

Simone imaginaba que una duna de arena en mitad del Sahara sería más emocionante que Rockpoint, Maine.

Pero ¿Nueva York? Luces brillantes, multitudes.

¡Libertad!

Mi podría hacer medicina en Columbia, Tish podría estudiar interpretación y presentarse a audiciones. Y ella... podría estudiar algo.

Algo que no fuera derecho, como querían aquellos padres suyos que no tenían ni idea. No era de extrañar, aunque sí bastante patético y tópico, pues su padre era un abogado importante.

Ward Knox se llevaría una decepción, pero no quedaba otra.

Quizá estudiara arte y se convirtiera en una artista famosa, como CiCi. Eso sí que desquiciaría a sus padres. Y, como CiCi, aceptaría y rechazaría amantes a su antojo (cuando estuviera lista para hacerlo).

Trent Woolworth se iba a enterar.

—Sal —ordenó Mi al tiempo que le propinaba un codazo.

—¿Qué? Si estoy aquí.

—No, estás en la Zona de Rumia de Simone. Sal, únete al mundo.

Tal vez le gustara estar en la ZRS, pero...

—Es que he de abrir la puerta con el poder de la mente porque tengo las manos ocupadas. Vale, hecho. Ya he vuelto.

—La mente de Simone Knox es algo increíble de contemplar.

—Debo usarla para hacer el bien, y no para derretir a Tiffany hasta reducirla a un charco de baba de zorrón.

—Tampoco es necesario. Su cerebro ya es un charco de baba de zorrón.

Las amigas, pensó Simone, siempre sabían qué decir. Se uniría de nuevo al mundo con Mi —y con Tish, cuando dejara de toquetearse la cara y el pelo, ya perfectos, y volviera— y dejaría atrás la ZRS.

Asistir a un estreno un viernes por la noche implicó que Simone entrara en una sala medio llena ya. Mi consiguió tres asientos justo en el centro; se quedó con el que estaba más alejado del pasillo para que Simone, aún sensible, ocupara el del medio, y dejó para Tish la butaca contigua al pasillo, pues sus piernas, más largas, lo agradecerían.

Mi se removió en su asiento. Ya había calculado que quedaban seis minutos para que se apagaran las luces.

—Tienes que venir a la fiesta de Allie mañana por la noche.

La ZRS empezó a llamarla.

—No estoy lista para una fiesta, y sabes que Trent estará allí con Tiffany, la del cerebro de baba de zorrón.

—Precisamente por eso, Sim. Si no vienes, todo el mundo pensará que te estás escondiendo, que no lo has superado.

—Es que me estoy escondiendo y no lo he superado.

—Pues por eso —insistió Mi—. No les des esa satisfacción. Tú te vienes con nosotras; Tish irá con Scott, pero es buen tío. Y ponte algo espectacular, deja que Tish te maquille, que se le da muy bien. Y te pones en plan: ¿quién?, ¿qué?, ¿ese? Ya sabes, como que lo tienes superadísimo. Dejas las cosas claras.

Simone sintió que la ZRS tiraba cada vez más de ella.

—No creo que pueda hacerle frente. La actriz es Tish, no yo.

—En el musical de primavera hiciste de Rizzo en Grease. Tish estuvo increíble de Sandy, pero tú fuiste una Rizzo igual de alucinante.

—Porque he ido a clases de baile y sé cantar un poco.

—Cantas muy bien y estuviste genial. Sé Rizzo en la fiesta de Allie; ya sabes, segura de ti misma, sexy y a la mierda con todo.

—No sé, Mi.

Aunque casi podía imaginárselo. Y también que Trent, al verla segura de sí misma, sexy y a la mierda con todo, querría volver con ella.

Entonces Tish entró corriendo, se agachó junto a Simone y le agarró la mano.

—No vas a perder los papeles.

—¿Por qué iba a...? ¡Ay, no, por favor!

—El zorrón se está retocando el brillo de labios, y el imbécil la espera a la puerta del baño como un perrito faldero.

—Mierda. —Mi agarró a Simone del brazo—. A lo mejor van a ver otra película.

—No, vendrán aquí, porque así es mi vida.

Mi le apretó aún más el brazo.

—Ni se te ocurra pensar en irte. Trent te vería y quedarías y te sentirías como una fracasada. No eres ninguna fracasada. Este es tu ensayo general para la fiesta de Allie.

—¿Va a ir? —Los hoyuelos de Tish aparecieron de inmediato, deslumbrantes—. ¿La has convencido?

—Estamos en ello. Tú siéntate. —Mi se volvió lo justo para ver la puerta—. Tienes razón, están entrando. No te muevas —susurró al sentir que el brazo de Simone temblaba bajo su mano—. No les prestes la menor atención. Estamos aquí contigo.

—Aquí mismo, ahora y siempre —recalcó Tish, que apretó la mano a Simone—. Somos... un muro de desdén. ¿Entendido?

Pasaron por su lado: la rubia de la cascada de rizos, que llevaba unos vaqueros cortos y ajustados, y el chico de oro, alto, guapísimo, quarterback de los Wildcats, el equipo de fútbol americano del instituto.

Trent dedicó a Simone esa sonrisa lenta que tiempo atrás le derretía el corazón y acto seguido, de forma deliberada, deslizó la mano por la espalda de Tiffany hasta el trasero y ahí la dejó.

Cuando Trent le susurró algo al oído, Tiffany volvió la cabeza. Esbozó una sonrisa burlona con sus labios perfectos de brillo recién aplicado.

Tenía el corazón roto y Trent había dejado un vacío en su vida, pero Simone seguía pareciéndose demasiado a su abuela para tolerar ese tipo de insulto.

Le devolvió la sonrisa desdeñosa y levantó el dedo corazón. Mi dejó escapar una risita ahogada.

—Bien hecho, Rizzo.

Pese a que se le aceleró el corazón, Simone se obligó a observar a Trent y a Tiffany mientras se sentaban tres filas más adelante y, sin perder un segundo, comenzaban a enrollarse.

—Todos los hombres quieren sexo —dijo Tish sabiamente—. Vale, ¿por qué no iban a querer sexo? Pero cuando es lo único que quieren, no merecen la pena.

—Somos mejores que ella. —Mi pasó a Tish sus bombones de menta y su Coca-Cola—. Porque Tiffany no tiene nada más.

—Tienes razón. —Quizá a Simone le escocieran un poco los ojos, pero el corazón le ardía, y aquella quemadura la estaba sanando. Dio a Tish sus palomitas—. Iré a la fiesta de Allie.

Tish soltó una carcajada deliberadamente socarrona y ruidosa. Lo bastante para que Tiffany diera un respingo. Luego sonrió de oreja a oreja a Simone.

—Seremos las reinas de la fiesta.

Simone se colocó las palomitas entre los muslos y cogió de la mano a sus amigas.

—Os quiero, chicas.

Para cuando terminaron los anuncios, Simone ya había dejado de prestar atención a las siluetas de tres filas más abajo. O casi. Esperaba ponerse a rumiar durante la película —de hecho, planeaba hacerlo—, pero la trama la enganchó. Ewan McGregor era maravilloso, y le gustaba lo fuerte y valiente que parecía Scarlett Johansson.

Sin embargo, quince minutos más tarde se dio cuenta de que debería haber acompañado a Tish al baño —aunque habría sido un desastre con Tiffany, la del brillo de labios, ahí dentro— o haberse tomado con mucha más calma la Fanta.

Al cabo de veinte minutos, se rindió.

—Tengo que hacer pis —susurró.

—¡Venga ya! —susurró Mi.

—No tardo.

—¿Quieres que te acompañe?

Negó con la cabeza mirando a Tish y le dio las palomitas y la Fanta que le quedaban.

Salió de la fila de butacas arrastrando los pies y remontó el pasillo a toda prisa. Después de girar a la derecha, corrió hacia el baño de mujeres y abrió la puerta de un empujón.

Vacío, sin cola. Aliviada, entró en uno de los cubículos y reflexionó mientras vaciaba la vejiga.

Había gestionado bien la situación. A lo mejor CiCi tenía razón. A lo mejor estaba a punto de darse cuenta de que Trent era un imbécil.

Pero era muy guapo, y tenía esa sonrisa y...

—Da igual —murmuró—. Los imbéciles también pueden ser guapos.

Aun así, pensó en ello mientras se lavaba las manos y se estudiaba en el espejo que había sobre el lavabo.

Ella no tenía los largos rizos rubios de Tiffany, ni sus intensos ojos azules ni su cuerpo de escándalo. Simone era del montón, lo tenía claro.

Una melena castaña del montón en la que su madre no le dejaba darse reflejos. Ya vería cuando cumpliera los dieciocho y pudiera hacer lo que le diese la gana con su pelo. Ojalá no se lo hubiera recogido en una coleta aquella noche, porque de repente eso hizo que se sintiera una cría. Quizá se lo cortara. De punta y con una cresta. Quizá.

La boca demasiado grande, aunque Tish dijera que era sexy, a lo Julia Roberts.

Y los ojos castaños, pero no profundos e intensos como los de Mi, sino castaños sin más, como su asco de pelo. Por descontado, Tish, porque Tish era así, le decía que los tenía de color ámbar.

Pero ámbar no era más que un sinónimo elegante de marrón.

Eso también daba igual. Tal vez fuera una chica del montón, pero no era falsa, al contrario que Tiffany, cuyo pelo también era castaño debajo del tinte.

—Yo no soy falsa —dijo al espejo—. Y Trent Woolworth es un imbécil. Tiffany Bryce es una zorra. Que les den.

Asintió con determinación y salió del baño con la cabeza bien alta.

Pensó que los estallidos (¿petardos?) y los gritos procedían de la película. Se maldijo por haberse entretenido y estar perdiéndose una escena importante y aceleró el paso.

Ya estaba cerca de la puerta de la sala cuando esta se abrió de golpe. El hombre, con los ojos desorbitados, dio un paso tambaleante antes de caer de bruces.

Sangre... ¿aquello era sangre? El hombre arañó la moqueta verde, una moqueta por la que iba extendiéndose el rojo, y a continuación se quedó inmóvil.

Destellos, Simone veía destellos al otro lado de la puerta, que las piernas del hombre mantenían abierta apenas unos centímetros. Explosiones y más explosiones, gritos. Y personas, sombras y siluetas, que caían, corrían, volvían a caer.

Y una figura, oscura en la oscuridad, que ascendía metódicamente fila tras fila.

Simone miró petrificada a la sombra, que se dio la vuelta y disparó por la espalda a una mujer que corría.

Simone se quedó sin respiración. De haber sido capaz de coger aire, lo habría expulsado en forma de grito.

Parte de su cerebro no aceptaba lo que acababa de ver. No podía ser real, tenía que ser como en la película: una simulación. Pero su instinto se activó de golpe e hizo que volviera corriendo al baño y se agazapara detrás de la puerta.

Las manos se negaban a responderle, buscó con torpeza en su bolso, toqueteó con torpeza su teléfono.

Su padre había insistido en que asignara al 911, el teléfono de emergencias, el número uno en la marcación rápida del móvil.

Se le nubló la vista y recuperó el aliento, aunque en jadeos irregulares.

—Nueve uno uno. ¿Cuál es su emergencia?

—Los está matando. Los está matando. ¡Ayuda! Mis amigas. Dios, Dios, Dios. Está disparando a la gente.

Reed Quartermaine odiaba trabajar los fines de semana. Tampoco es que el resto de los días lo apasionara trabajar en el centro comercial, pero quería volver a la universidad en otoño. Y la universidad conllevaba ese pequeño detalle llamado matrícula. Si se le sumaban los libros, el alojamiento y la comida, no quedaba otra que trabajar los fines de semana en el centro comercial.

Sus padres cubrían la mayor parte de los gastos, pero no podían hacer frente a todo. Su hermana empezaría la carrera el año siguiente, y su hermano ya llevaba tres cursos en la American University de Washington D. C.

Reed tenía clarísimo que no quería pasarse la vida como camarero, así que debía ir a la universidad. Y puede que antes de que se pusiera otro birrete y la toga averiguara a qué demonios quería dedicar el resto de su vida.

Pero durante el verano servía mesas e intentaba verle el lado bueno. La ubicación del restaurante del centro comercial estaba bien, y las propinas no eran malas. Quizá trabajar de camarero en Mangia cinco noches a la semana con turno doble los sábados acabara con su vida social, pero comía bien.

Los cuencos de pasta, las pizzas bien cargadas y los trozos del famoso tiramisú de Mangia no habían añadido mucha carne a su larga y huesuda complexión, pero no porque no lo hubiera intentado.

Tiempo atrás, su padre albergaba la esperanza de que su hijo mediano siguiera sus pasos como estrella del fútbol americano, tal como había hecho el mayor, con gran éxito. Pero la completa falta de habilidad de Reed en el campo de juego y su delgadez frustraron esas esperanzas. Sin embargo, que a los dieciséis años las piernas le midieran ya un metro y que estuviera dispuesto a pasarse todo el maldito día corriendo lo habían convertido en una especie de estrella en el equipo de atletismo, y eso compensaba un poco.

Más tarde su hermana había aliviado la presión con su increíble talento en el campo de fútbol.

Sirvió los primeros de una mesa de cuatro: insalata mista para la madre, ñoquis para el padre, palitos de mozzarella para el chico y raviolis fritos para la chica. Coqueteó de manera inocente con la muchacha, que le dedicaba sonrisas largas y tímidas; de manera inocente porque calculaba que tendría unos catorce años y, por tanto, estaba fuera del radar de un universitario a punto de empezar segundo.

Reed sabía tontear de forma inofensiva con las chicas jóvenes, con las mujeres mayores y con casi todas las demás. Las propinas eran importantes y, después de cuatro veranos sirviendo mesas, había perfeccionado su encanto con los clientes.

Cubrió su sección: familias, varias parejas mayores, unas cuantas citas nocturnas de treintañeros. Lo más seguro era que fueran citas de cena y cine, lo que le recordó que podía preguntar a Chaz, el ayudante de encargado de la tienda de videojuegos GameStop, si quería ir a la última sesión de La isla cuando acabaran su turno.

Pasó tarjetas de crédito —hacer la pelota a los de la mesa tres le había granjeado nada más y nada menos que un veinte por ciento de propina—, recogió y puso mesas, entró y salió de aquella cocina de locos y, por fin, llegó la hora de su descanso.

—Dory, me cojo mis diez minutos.

La camarera jefa echó un rápido vistazo a su sección y asintió con la cabeza.

Reed salió por la puerta doble de cristal y se adentró en el caos del viernes por la noche. Se había planteado enviar un mensaje de texto a Chaz y tomarse los diez minutos de descanso en la cocina, pero le apetecía salir. Además, sabía que Angie trabajaba en el quiosco de ropa deportiva los viernes por la noche y que podía dedicar cuatro o cinco de los diez minutos a un coqueteo no tan inofensivo.

Angie tenía un novio intermitente, y lo último que sabía Reed era que habían vuelto a dejarlo. Podía probar suerte y, tal vez, conseguir una cita con alguien cuyo terrible horario coincidía con el suyo.

Gracias a sus largas piernas, avanzaba deprisa entre los compradores, entre los grupitos de chicas adolescentes y los chicos adolescentes que las seguían, en torno a las mamás que empujaban cochecitos o perseguían a niños pequeños, en medio de la incesante música que adormecía el cerebro y que él ya no escuchaba.

Reed tenía una gran mata de pelo negro (cosa de la ascendencia italiana de su madre). Dory no lo pinchaba diciéndole que se cortara el pelo, y su padre por fin se había dado por vencido. Los ojos del chico, de mirada profunda y color verde pálido sobre una piel de tono aceitunado, se iluminaron cuando vio a Angie en el quiosco. Aminoró, se metió las manos en los bolsillos del pantalón, con aire informal, y se acercó a ella.

—Hola. ¿Qué tal?

Ella le sonrió y puso en blanco sus bonitos ojos marrones.

—Liada. Todo el mundo se va a la playa menos yo.

—Y yo.

Reed se apoyó en el mostrador bajo el cual se exponían las gafas de sol; esperaba tener buen aspecto con aquel uniforme compuesto de camisa blanca, chaleco y pantalones negros.

—Estoy pensando en ir a ver La isla, hay una última sesión a las once menos cuarto. Es casi como ir a la playa, ¿no? ¿Te apuntas?

—Uy... No sé. —Angie se toqueteó el pelo, una melena de color rubio playero a juego con el tono dorado de su piel, que, según las sospechas de Reed, obtenía del autobronceador de otro expositor—. La verdad es que me apetece verla.

Sintió un rayo de esperanza y tachó a Chaz de su lista.

—Hay que divertirse un poco, ¿no?

—Sí, pero... es que le he dicho a Misty que quedábamos después de cerrar.

Chaz entró de nuevo en la lista.

—No pasa nada. Iba a ver si Chaz quería venir. Podríamos ir los cuatro.

—A lo mejor. —De nuevo aquella sonrisa—. Sí, tal vez. Le pregunto a Misty.

—Genial. Me voy a ver a Chaz. —Se apartó para dejar más espacio a la mujer que esperaba pacientemente mientras su hija, que también rondaba los catorce años, se probaba medio millón de gafas de sol—. Mándame un mensaje con lo que sea.

—Si pudiera llevarme dos pares —comentó la niña, que miraba cómo le quedaban unas gafas espejadas con los cristales de color azul—, tendría uno de repuesto.

—Solo unas, Natalie. Estas son las de repuesto.

—Luego te escribo —murmuró Angie, y acto seguido activó el modo trabajo—. Esas te quedan muy bien.

—¿En serio?

—Sí, de verdad —oyó Reed que respondía mientras se alejaba.

Aceleró el paso, tenía que recuperar el tiempo.

GameStop estaba llena del montón de frikis y flipados habitual y, acompañando a los frikis y flipados más jóvenes, de padres de ojos vidriosos que trataban de sacarlos de allí.

Los monitores permitían probar distintos videojuegos: los que eran para todos los públicos en las pantallas de la pared y los menos amables en portátiles individuales. Estos últimos solo podían probarlos los mayores de dieciocho años o los menores bajo la supervisión parental.

Localizó a Chaz, rey de los frikis; estaba explicando un juego a una mujer de expresión confundida.

—Si a su hijo le van los juegos de estilo militar, estrategia y aventuras, este le encantará. —Chaz se subió las gafas de culo de vaso por el puente de la nariz—. Salió hace solo un par de semanas.

—Parece tan... violento. ¿Es apropiado?

—Ha dicho que cumple dieciséis años. —Le hizo un gesto con la cabeza a Reed—. Y que le gusta la serie Splinter Cell. Si esos se le dan bien, este también.

La mujer suspiró.

—Supongo que a los chicos siempre les gustará jugar a la guerra. Me lo llevo, gracias.

—La llamarán de la caja registradora cuando llegue su turno. Gracias por comprar en GameStop. No puedo hablar, tío —dijo a Reed cuando la clienta se marchó—. Estoy hasta arriba.

—Treinta segundos. Última sesión, La isla.

—Me apetece un montón. Somos clones, chaval.

—Genial. Tengo a Angie casi en el bote, pero quiere traerse a Misty.

—Vaya, bueno, yo...

—No me falles, tío. Es lo más cerca que he estado de sacarle una cita.

—Sí, pero Misty da un poco de miedo. Y... ¿tengo que pagarle la entrada?

—No es una cita. Estoy intentando convertirlo en una cita, pero para mí, no para ti. Tú eres mi compinche, y Misty, la de Angie. Clones —le recordó.

—Vale. Supongo. Madre mía. No tenía pensado...

—Estupendo —dijo Reed antes de que Chaz cambiara de opinión—. Tengo que largarme. Nos vemos allí.

Salió corriendo. ¡Iba a ocurrir! Una salida en grupo podía allanarle el camino para pasar un rato a solas con ella, y eso abría la puerta a la posibilidad de algo de roce.

No le iría mal algo de roce. Pero le quedaban tres minutos para volver a Mangia o Dory lo mataría.

Había echado a correr cuando oyó lo que parecían petardos o una serie de explosiones de tubo de escape. Le recordaron a los juegos de disparar de GameStop. Más sorprendido que alarmado, miró hacia atrás.

Entonces comenzaron los gritos. Y el estruendo.

Y se dio cuenta de que no procedían de detrás de él, sino de más adelante. El estruendo eran docenas de personas que corrían. Saltó a un lado para esquivar a una mujer que corría hacia él a toda velocidad empujando un cochecito con un crío que lloraba a pleno pulmón.

¿Era sangre lo que tenía en la cara?

—¿Qué...?

La madre siguió corriendo, con la boca abierta en un grito silencioso.

Tras ella se acercaba una avalancha. Una estampida de gente que pisoteaba bolsas de compras abandonadas, que tropezaba con ellas y con los que se caían.

Un hombre resbaló, las gafas le salieron disparadas y acabaron aplastadas bajo el pie de alguien. Reed lo agarró del brazo.

—¿Qué está pasando?

—Tiene un arma. Ha disparado, ha disparado...

El hombre se puso de pie y corrió todo lo que le permitía la cojera. Un par de chicas adolescentes entraron a toda prisa, llorando y gritando, en una tienda que había a su izquierda.

Y entonces Reed se dio cuenta de que el ruido —disparos— no procedía solo de delante de él, sino también de detrás. Pensó en Chaz, a un esprint de treinta segundos a su espalda, y en la familia del restaurante, al doble de tiempo en sentido contrario.

—Escóndete, tío —murmuró a Chaz—. Busca un lugar donde esconderte.

Y echó a correr hacia el restaurante.

Los estallidos y las explosiones no cesaban, y para entonces parecían llegar desde todas partes. Los cristales se resquebrajaban y se hacían añicos, una mujer con una pierna ensangrentada se acurrucó debajo de un banco; gemía. Reed oyó más alaridos y, lo que era peor, cómo se interrumpían de golpe, como cuando una grabación se corta.

Entonces vio que el niño de los pantalones cortos de color rojo y la camiseta de Barrio Sésamo se tambaleaba como un borracho ante la puerta de Abercrombie & Fitch.

El escaparate explotó. La gente se dispersó, se lanzó en busca de cobijo y el niño cayó al suelo llamando a su madre a gritos.

Al otro lado del centro comercial, Reed vio a un tirador —¿un chico?— que se reía mientras disparaba, disparaba, disparaba. En el suelo, el cuerpo de un hombre se sacudía cada vez que recibía un impacto de bala.

Reed cogió al niño de la camiseta de Barrio Sésamo al pasar corriendo y se lo metió debajo del brazo como si fuera el balón de fútbol que nunca había sido capaz de manejar.

Los disparos —y nunca, jamás, olvidaría cómo sonaban— se acercaban. Por delante y por detrás. Por todas partes.

No conseguiría llegar a Mangia con el niño a cuestas. De forma instintiva, cambió de dirección y se lanzó de cabeza hacia el quiosco.

Angie, la chica con la que había tonteado cinco minutos antes, hacía una vida entera, yacía en el suelo en medio de un charco de sangre. Sus bonitos ojos castaños lo miraban fijamente mientras el niño que llevaba bajo el brazo berreaba.

—Ay, Dios, madre mía. Ay, Dios, ay, Dios.

Los disparos no cesaban, no cesaban.

—Vale, vale, estás bien. ¿Cómo te llamas? Yo soy Reed, ¿tú cómo te llamas?

—Brady. ¡Quiero a mi mamá!

—Vale, Brady, la encontraremos dentro de un minuto, pero ahora tenemos que estar muy callados. ¡Brady! ¿Cuántos años tienes?

—Estos. —El niño levantó cuatro dedos mientras unas lágrimas como puños le resbalaban por las mejillas.

—Ya eres un chico grande, ¿eh? Tenemos que estar callados. Hay unos tipos malos. ¿Sabes que existen los malos?

Con el rostro anegado de lágrimas y mocos, y los ojos como platos a causa del miedo, Brady asintió.

—Vamos a estar callados para que los malos no nos encuentren. Y voy a llamar a los buenos. A la policía.

Hizo todo lo que pudo para evitar que el niño viera a Angie y para impedir que su propio cerebro se centrara en ella; en ella y en su muerte.

Abrió una de las puertas correderas del armario de almacenaje y sacó la mercancía.

—Métete aquí, ¿vale? Es como si estuviéramos jugando al escondite. Yo no me muevo de aquí, pero tú métete ahí mientras llamo a los buenos.

Ayudó al niño a esconderse, sacó el teléfono y entonces se dio cuenta de lo mucho que le temblaban las manos.

—Nueve uno uno, ¿cuál es su emergencia?

—Centro comercial DownEast —comenzó.

—La policía está en ello. ¿Estás en el centro comercial?

—Sí. Tengo a un niño conmigo. Lo he metido en el armario del quiosco de ropa deportiva. Angie, la chica que trabajaba aquí... está muerta. Está muerta. Dios. Hay al menos dos tiradores.

—¿Puedes decirme tu nombre?

—Reed Quartermaine.

—Bien, Reed, ¿crees que estás a salvo donde estás?

—Joder, ¿está de coña?

—Lo siento. Estás en un quiosco, así que al menos estás algo cubierto. Te aconsejo que te quedes donde estás, que busques refugio en el interior en lugar de intentar salir del edificio. ¿Hay un niño contigo?

—Me ha dicho que se llama Brady y que tiene cuatro años. Se había separado de su madre. No sé si ella... —Miró a su alrededor, vio que Brady se había hecho un ovillo, que tenía los ojos vidriosos y se chupaba el dedo—. Creo que está, ya sabe, en estado de shock o algo así.

—Trata de mantener la calma, Reed, y no hagas ruido. La policía ya está en el lugar de los hechos.

—Siguen disparando. No paran de disparar. Y se ríe. Lo he oído reírse.

—¿Quién se reía, Reed?

—Estaba disparando, el cristal ha estallado, había un hombre en el suelo, y él no paraba de dispararle y de reírse. Dios mío.

Oyó gritos, no los chillidos de antes, sino una especie de grito de guerra. Algo tribal y triunfante. Y más disparos, pero entonces...

—Ha parado. El tiroteo ha parado.

—Quédate donde estás, Reed. Irán a ayudarte. Quédate donde estás.

Reed se volvió hacia Brady. La mirada de ojos vidriosos del niño se cruzó con la suya.

—Mami —dijo el crío.

—Iremos a buscarla enseguida. Ya vienen los buenos. Ya vienen.

Aquella fue la peor parte, pensaría después. La espera... con el olor de la pólvora que abrasaba el aire, los gritos de ayuda, los gemidos y los sollozos. Y ver en sus propios zapatos la sangre de la chica a la que ya nunca llevaría al cine.

Capítulo 2

2

A las 19.25 del 22 de julio, la agente Essie McVee terminó el informe in situ sobre un topetazo sin importancia en el aparcamiento del centro comercial DownEast.

No había habido lesiones y los daños eran mínimos, pero el conductor del Lexus se había puesto bastante agresivo con el trío de universitarias del Mustang descapotable.

Aunque estaba claro que la culpa era del Mustang —la sollozante conductora de veinte años lo había reconocido— por salir de la plaza de aparcamiento marcha atrás y sin mirar, el pez gordo del Lexus y su abochornada cita habían bebido —también estaba claro— unas cuantas copas de más.

Essie dejó que su compañero se encargara del Lexus, pues sabía que Barry recurriría al viejo tópico de las mujeres al volante. No se lo tendría en cuenta, pues también sabía que Barry denunciaría a aquel tipo por conducir bajo los efectos del alcohol.

Ella calmó a las chicas, tomó declaraciones y datos, y puso la multa. Al del Lexus no le sentó bien la denuncia —ni que Barry le pidiera un taxi—, pero su compañero lo gestionó con su habitual «Ya vale».

Cuando la radio crepitó, Essie aguzó el oído. Los cuatro años que llevaba en el puesto no impedían que se le saltara el corazón cada vez que ocurría eso.

Se acercó a Barry y, por la expresión de su cara, advirtió que él también había aguzado el oído. Volvió la cabeza hacia su micro.

—Unidad cuatro-cinco en el lugar de los hechos. Estamos justo en la puerta del cine.

Barry abrió el maletero y le arrojó un chaleco.

Con la boca más seca que el desierto, Essie se lo puso y revisó su arma; nunca la había disparado fuera del campo de tiro.

—Vienen refuerzos, están a tres minutos. Los de operaciones especiales se están movilizando. Madre mía, Barry.

—No podemos esperar.

Essie sabía lo que tenían que hacer, estaba entrenada para aquellos casos, aunque en realidad siempre había pensado que no lo necesitaría. «Tirador activo» quería decir que hasta el último segundo contaba.

Corrió junto a Barry hacia las amplias puertas de cristal.

Essie conocía el centro comercial y se preguntó qué giro del destino los había puesto a ella y a su compañero a segundos de distancia de la entrada del cine.

No se preguntó si volvería a casa para alimentar a su viejo gato o para terminar el libro que había empezado. No podía preguntarse eso.

Localizar, detener, distraer, neutralizar.

Reprodujo la escena mentalmente antes de llegar a las puertas.

El vestíbulo del cine se abre a la zona de tiendas, hay que girar a la derecha hacia la taquilla, avanzar en dirección al puesto de palomitas, doblar a la izquierda hacia el pasillo de las tres salas. El nueve uno uno ha informado de un tirador en la sala uno, la mayor de las tres.

Essie miró por el cristal, entró y giró a la izquierda mientras Barry viraba a la derecha. Oyó la música ambiental del centro comercial, el ruido sordo de los compradores.

Los dos tipos del puesto de palomitas miraron boquiabiertos al par de policías con las armas desenfundadas. Ambos levantaron las manos de inmediato. El refresco gigante que sujetaba el de la de la izquierda chocó contra el mostrador y salpicó.

—¿Hay alguien más aquí? —preguntó Barry.

—Solo Julie, en el guardarropa.

—Id a por ella y salid. ¡Ya! ¡Vamos, vamos!

Uno de los chicos se precipitó hacia una puerta situada detrás del mostrador. El otro se puso de pie, con las manos en alto, tartamudeando aún:

—¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?

—¡Largo!

Se largó.

Essie giró a la izquierda, comprobó que la esquina estuviera despejada, vio el cuerpo que yacía boca abajo ante la puerta de la sala uno y el rastro de sangre detrás.

—Tenemos un cuerpo —comunicó a la central, y siguió avanzando.

Despacio, con cuidado. Dejó atrás las risas de la sala a su derecha y se dirigió a los sonidos que presionaban la puerta de la sala uno.

Disparos, gritos.

Intercambió una mirada con Barry y pasó por encima del cuerpo. Su compañero hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y Essie pensó: Allá vamos.

Cuando abrieron las puertas de la sala, los ruidos de la violencia y el miedo inundaron el exterior, y la tenue luz del pasillo se filtró en la oscuridad.

Essie vio al tirador: varón, chaleco antibalas, casco, gafas de visión nocturna, un rifle de asalto en una mano y una pistola en la otra.

Durante el breve instante que la agente tardó en captar esos detalles, él disparó por la espalda a un hombre que corría hacia la salida lateral.

Luego apuntó con el rifle a las puertas de la sala y abrió fuego.

Essie se lanzó a cubierto tras la pared del fondo y vio que el impacto que recibía Barry en el chaleco lo arrojaba de espaldas al suelo.

Al pecho no, se dijo a sí misma cuando la invadió la adrenalina, al pecho no, porque, como Barry, el tirador llevaba chaleco.

Inspiró tres veces, rápidamente, salió de su escondite y, asustada, vio que el hombre enfilaba el pasillo en dirección a ella.

Essie disparó bajo (caderas, entrepierna, piernas y tobillos) y siguió disparando aun cuando el hombre ya estaba en el suelo.

Tuvo que reprimir el impulso de ir a atender a su compañero, se obligó a acercarse al tirador.

—Tirador abatido. —Sin dejar de apuntar al atacante con el arma, Essie le quitó la pistola de la mano y plantó un pie sobre el rifle, que se le había escapado—. Agente abatido. Mi compañero ha recibido un disparo. Necesitamos un médico. Dios, hay múltiples víctimas por arma de fuego. Necesitamos ayuda ya. Necesitamos ayuda.

—Tenemos informes de que hay otro tirador activo, tal vez dos o más, en el área del centro comercial. ¿Confirma la caída de un tirador?

—Ha caído. —Essie escudriñó la parte inferior del cuerpo del hombre, aquella masa de sangre—. No va a levantarse.

No había terminado de decirlo cuando la respiración áspera y rápida del tirador se detuvo.

Tenía un grano en la barbilla. Essie se quedó mirándolo hasta que logró levantar la cabeza, hasta que fue capaz de enfrentarse a lo que había hecho el tirador.

Cuerpos desperdigados por el pasillo, desplomados en los asientos, acurrucados en los estrechos huecos entre las filas, donde habían caído o intentado esconderse.

Essie no olvidaría aquello nunca.

Cuando una brigada irrumpió por las puertas de la sala, ella alzó la mano.

—Agente McVee. El tirador ha sido neutralizado. Mi compañero.

Mientras hablaba, Barry tosió, gimió. Essie hizo ademán de enderezarse desde su posición, acuclillada, pero se mareó un poco y estuvo a punto de caerse.

—¿Estás herida, McVee?

—No. No, solo... No. —Se recompuso y se acercó a Barry.

—La próxima vez que me queje del calor que dan y de lo que pesan estos chalecos, dame una colleja —susurró él, jadeante—. Joder, cómo duele.

Essie tragó bilis y agarró a Barry de la mano.

—Te habría dolido más sin él.

—Lo has abatido, Essie. Has abatido a ese cabrón.

—Sí. —Tuvo que tragar de nuevo, con esfuerzo, pero asintió—. Creo que es un crío. Y, Barry, no está solo.

Entraron más policías y los servicios de emergencias médicas. Mientras nuevas unidades policiales irrumpían a toda prisa por las demás puertas del centro comercial en busca del otro tirador (o tiradores), Essie y Barry fueron a comprobar que los baños, el almacén y el guardarropa del cine estuvieran despejados.

—Necesitas atención médica —dijo Essie a su compañero cuando se acercaban al baño de señoras.

—Iré más tarde. La que llamó al nueve uno uno. —Señaló la puerta del baño con la cabeza.

Essie la abrió de golpe, barrió la estancia con el arma y atisbó su propia cara en los espejos de encima del lavabo. Su palidez era enfermiza, pero ese tono era mejor que el gris que asomaba a la piel marrón oscuro de Barry.

—Somos de la policía —gritó Essie—. ¿Simone Knox? Somos policías.

La única respuesta fue el silencio.

—Tal vez haya salido.

Todas las puertas de los cubículos se hallaban abiertas, aunque una de ellas apenas una rendija.

—Simone —repitió Essie mientras caminaba hacia ella—, soy la agente McVee de la policía de Rockpoint. Ya estás a salvo.

Abrió la puerta y vio a la muchacha en cuclillas encima del inodoro y con las manos apretadas contra los oídos.

—Simone. —Essie se agachó y le puso una mano en la rodilla—. Ya pasó todo, estás bien.

—Están gritando. Los está matando. A Tish, a Mi, a mi madre, a mi hermana.

—Ya ha llegado ayuda. Las encontraremos. Vamos a sacarte de aquí, ¿vale? Has sido muy inteligente. Esta noche, al pedir ayuda, has salvado vidas, Simone.

La chica levantó la vista; sus enormes ojos castaños llenos de lágrimas y miedo.

—Me he quedado sin batería. Se me olvidó cargar el móvil y se ha quedado sin batería. Así que me he escondido aquí.

—Está bien, no pasa nada. Ahora ven conmigo. Soy la agente McVee. Este es el agente Simpson.

—El hombre, el hombre ha salido corriendo y se ha caído. La sangre. He visto... He... Tish y Mi están en la sala. Mi madre y mi hermana están de compras.

—Las encontraremos. —Le pasó un brazo por los hombros y la ayudó a bajar del inodoro y a salir del cubículo—. Tú te irás con el agente Simpson, y yo iré a buscar a tu madre, a tu hermana y a tus amigas.

—Essie.

—Estás herido, Barry. Llévate a la niña. Haz que la vea un médico.

Essie acompañó a la chica por el pasillo hasta dejar atrás las salas de cine. El informe de la situación transmitido por radio indicaba que habían caído otros dos tiradores. La agente esperaba que no hubiera más, pero tenía que asegurarse.

No obstante, cuando Barry se hizo cargo de Simone y la guio hacia las puertas de cristal y las luces destellantes de los coches de policía y las ambulancias, la chica se detuvo y miró a Essie directamente a los ojos.

—Tulip y Natalie Knox. Mi-Hi Jung y Tish Olsen. Tiene que encontrarlas. Por favor. Por favor, encuéntrelas.

—Entendido. Me ocuparé de ello.

Essie echó a andar en sentido contrario. Ya no oía disparos y, gracias a Dios, habían apagado el hilo musical. Su radio crujía informando de zonas despejadas y de peticiones de ayuda médica.

Dejó de caminar y contempló aquel centro comercial al que había ido de compras, a pasear y a comer desde que tenía memoria.

Conmocionada, pensó que tardarían en recoger los cadáveres, en atender y trasladar a los heridos y en tomar declaración a los que habían salido ilesos... ilesos físicamente, se corrigió. Dudaba que nadie que sobreviviera a aquella noche fuera a salir indemne.

Para entonces los paramédicos entraban en tropel, pero había muchísimas personas a las que ya no podían ayudar.

Una mujer con el brazo ensangrentado mecía en su regazo a un hombre al que ya era imposible ayudar. Había un chico con una camiseta de los Red Sox tumbado boca abajo, y Essie atisbó materia gris en la herida que presentaba en la cabeza. Una chica de poco más de veinte años se hallaba sentada en el suelo delante de Starbucks, llorando y con el delantal salpicado de sangre.

Vio una zapatilla pequeña, rosa, y aunque rezó por que la niña que la había perdido estuviera a salvo, se le encogió el corazón.

También vio a un joven —no debía de tener mucho más de veinte años— que salía tambaleándose de GameStop. Llevaba las gruesas gafas torcidas sobre unos ojos de mirada tan aturdida como la de un sonámbulo.

—¿Se ha acabado? —le preguntó el chico—. ¿Se ha acabado?

—¿Estás herido?

—No. Me he dado un golpe en el codo. Yo... —Aquella mirada revoloteó sobre ella y después sobre los que sangraban, sobre los muertos—. Dios mío, Dios mío. En la... en la trastienda. Tengo gente en la trastienda. Como nos dijeron que hiciéramos si... Están en la trastienda.

—Espera un minuto. —Essie se dio la vuelta para usar la radio, para preguntar si podía guiar a un grupo hasta el exterior y hasta qué punto de control—. ¿Cómo te llamas? —preguntó al chico.

—Chaz Bergman. Soy más o menos el encargado del turno esta noche.

—Bien, Chaz, lo has hecho bien. Ahora vamos a sacar a esa gente. Fuera hay policías que os tomarán declaración, pero antes hay que sacaros a todos de aquí.

—Tengo un amigo. Reed, Reed Quartermaine. Trabaja en el restaurante Mangia. ¿Puede encontrarlo?

—Lo encontraré.

Essie lo añadió a su lista.

—¿Se ha acabado? —preguntó Chaz de nuevo.

—Sí —contestó ella, aun a sabiendas de que era mentira.

Para los afectados por la violencia de ese día, aquello no acabaría nunca.

Reed llevaba a Brady en la cadera cuando vio a algunos compañeros del Mangia. Varios estaban sentados en la acera, abrazados unos a otros. Rosie, todavía ataviada con el delantal de cocinera, se tapaba la cara con las manos.

«Cómete esa pasta —le decía siempre—. Engorda un poco, flacucho

—Estás bien, estás bien. —Reed cerró los ojos al tiempo que se agachaba hacia ella.

La mujer se levantó de un salto y lo abrazó.

—No estás herido.

Rosie le sujetó la cara entre las manos y el chico negó con la cabeza.

—¿Están todos bien?

Rosie dejó escapar un sonido como algo que se desgarra.

—Ha entrado y... —se interrumpió al fijarse en el niño que sostenía Reed—. Luego lo hablamos. ¿Quién es este chico tan guapo?

—Este es Brady. —No todos estaban bien, se dijo Reed—. Hemos... Bueno, hemos pasado un rato juntos. Tengo que ayudarlo a encontrar a su madre.

Y llamar a la suya, pensó Reed. Le había enviado un mensaje desde dentro para decirle que estaba bien, que no se preocupara. Pero tenía que llamar a casa.

—Han venido los buenos. Me lo ha dicho Reed.

—Sí, están aquí.

Rosie forzó una sonrisa empapada de lágrimas.

—Quiero a mi mamá.

—Voy a pedir ayuda a uno de los policías. —Reed se irguió de nuevo y se acercó a una policía, pensó que Brady quizá aceptara ir con una mujer—. ¿Agente? ¿Puede ayudarme? Este es Brady, y no encuentra a su madre.

—Hola, Brady. ¿Cómo se llama tu madre?

—Mami.

—¿Cómo la llama tu papá?

—Cariño.

Essie sonrió.

—Seguro que tiene otro nombre.

—Lisa Cariño.

—Vale, ¿y cuál es tu nombre completo?

—Soy Brady Michael Foster. Tengo cuatro años. Mi papá es bombero y tengo un perro que se llama Mac.

—Bombero, ¿y cómo se llama él?

—Michael Cariño.

—Vale. Espera un segundo.

Los bomberos habían sido de los primeros en llegar a la zona, así que Essie localizó a uno.

—Necesito a un tal Michael Foster. Tengo a su hijo.

—Foster es uno de los míos. ¿Tienes a Brady? ¿Está herido?

—No.

—Su madre va de camino al hospital. Dos disparos en la espalda, ¡no me jodas! Foster está buscando al crío. No sabía que estaban aquí hasta que nuestros paramédicos han encontrado a Lisa. —Se pasó las manos por la cara—. No sé si sobrevivirá. Aquí viene Foster.

Essie vio al hombre, que se abrió paso a toda velocidad por la multitud conmocionada. Era de constitución compacta y tenía el cabello castaño y muy corto. Su cuerpo subió, bajó y finalmente cambió de dirección para correr hacia su hijo.

En los brazos de Reed, Brady soltó un chillido.

—¡Papá!

Michael cogió a su hijo, lo abrazó, lo llenó de besos, en la cabeza, en la cara.

—Brady, gracias a Dios, gracias a Dios. ¿Estás herido? ¿Te han hecho daño?

—Mamá se ha caído y no la encontraba. Reed me ha encontrado y me ha dicho que teníamos que estar muy callados y esperar a los buenos. Me he quedado muy callado, como me ha dicho, incluso cuando me ha metido en el armario.

A Michael se le llenaron los ojos de lágrimas cuando miró a Reed.

—¿Tú eres Reed?

—Sí, señor.

Michael alargó una mano de inmediato y tomó la de Reed.

—Nunca podré agradecértelo lo suficiente. Tengo cosas que decirte, pero... —Se interrumpió cuando la cabeza se le despejó lo suficiente para fijarse en la sangre de los pantalones y los zapatos de Reed—. Estás herido.

—No. No creo... No es mía. No es... —Se quedó sin palabras.

—Vale. Está bien, Reed. Escucha, tengo que sacar a Brady de aquí. ¿Necesitas ayuda?

—Tengo que encontrar a Chaz. No sé si está bien. Tengo que encontrarlo.

—Espera.

Michael se colocó a Brady en la cadera y sacó su radio.

—Quiero a mamá.

—Claro, campeón, pero vamos a ayudar a Reed.

Mientras Michael hablaba por la radio, Reed miró alrededor. Había muchísimas luces, todo era brillante y borroso. Demasiado ruido. Palabras, gritos, lloros. Vio a un hombre que gemía, que sangraba, tumbado en una camilla que cargaban en una ambulancia. Una mujer con un solo zapato y un lento reguero de sangre que se deslizaba por su mejilla caminaba en círculos cojeando y llamando a Judy, hasta que alguien de uniforme se la llevó.

Había una chica con una larga coleta castaña sentada en la acera hablando con un agente de policía. La muchacha no paraba de negar con la cabeza, y sus ojos —del color de un tigre— brillaban bajo las luces, que giraban como remolinos.

Reed vio furgonetas de la televisión y más luces brillantes detrás de la cinta policial amarilla. La gente se agolpaba detrás del precinto; algunos repetían nombres a gritos.

Y de pronto, como un mazazo, cayó en la cuenta: algunos de los nombres que gritaban nunca responderían.

Comenzó a temblar de dentro hacia fuera. Tripas, entrañas, corazón. Empezaron a zumbarle los oídos y se le nubló la vista.

—Eh, Reed, ¿por qué no te sientas un minuto? Voy a preguntar por tu amigo.

—No, tengo que... —Vio que Chaz salía con un grupo de gente, escoltado por policías—. Dios. Dios. ¡Chaz!

Gritó su nombre, igual que una de las personas situadas detrás del precinto policial, y echó a correr.

En la acera, Simone esperaba a sentir las piernas de nuevo. A volver a sentirlo todo. Se le había adormecido el organismo, como si le hubieran inyectado una dosis de cuerpo entero de novocaína.

—Tu madre y tu hermana están bien.

Oyó las palabras de la agente McVee, intentó sentirlas.

—¿Dónde están? ¿Dónde están?

—Van a sacarlas pronto. Tu madre tiene unas cuantas heridas leves. Leves, Simone. Está bien. Se han metido en una tienda, se han puesto a salvo. Tu madre presenta algunos cortes por los cristales que han volado por los aires y se ha dado un golpe en la cabeza. Pero está bien, ¿de acuerdo?

Simone solo podía negar con la cabeza.

—Mamá se ha dado un golpe en la cabeza.

—Pero se pondrá bien. Se han puesto a salvo y saldrán pronto.

—Mi, Tish.

Lo supo, lo supo por la forma en que la agente McVee le rodeó los hombros con un brazo. En realidad no sintió el brazo, solo su peso.

El peso.

—Mi está de camino al hospital. Van a cuidar muy bien de ella, harán todo lo que puedan.

—Mi. ¿Él le ha disparado? —Su voz se agudizó, le hirió sus propios oídos—. ¿Le ha disparado?

—Va al hospital, allí la están esperando para cuidar de ella.

—Tenía que hacer pis. Yo no estaba. Tenía que hacer pis. Tish sí estaba. ¿Dónde está Tish?

—Tenemos que esperar hasta que salgan todos, hasta que identifiquen a todo el mundo.

Simone seguía negando con la cabeza.

—No, no, no. Estaban sentadas juntas. Yo tenía que hacer pis. Ha disparado a Mi. Él le ha disparado. Tish. Estaban juntas.

Miró a Essie y lo supo. Y saberlo hizo que sintiera de nuevo. Que lo sintiera todo.

Reed envolvió a Chaz en un abrazo de oso y sintió que al menos parte del mundo volvía a estar bien. Se aferraron el uno al otro delante de la chica de la larga coleta castaña y los ojos de tigre.

Cuando la muchacha dejó escapar un gemido lastimero y sin palabras, Reed apoyó la cabeza en el hombro de Chaz.

Sabía que dentro de aquel lamento había un nombre que nunca volvería a responder.

No consiguieron convencerla de que se fuera a casa. A su alrededor todo estaba confuso y revuelto, pero sabía que se encontraba sentada en una silla de plástico duro de la sala de espera de un hospital. Tenía una Coca-Cola en la mano.

Su hermana y su padre estaban sentados con ella. Natalie se había acurrucado junto a su padre, pero Simone no quería que la abrazaran ni que la tocaran.

No sabía cuánto tiempo llevaban esperando. ¿Mucho? ¿Cinco minutos?

Había más personas esperando.

Oía números, números distintos.

Tres tiradores. Ochenta y seis heridos. A veces el número de heridos subía, a veces bajaba.

Treinta y seis muertos. Cincuenta y ocho.

Números cambiantes, siempre cambiantes.

Tish estaba muerta. Eso no cambiaría.

Tenían que esperar en esas sillas duras mientras alguien extraía cristales de la cabeza a su madre y le curaba los cortes de la cara.

Simone tenía grabada una imagen de ese rostro, de todas aquellas pequeñas muescas y de la cara pálida, palidísima, bajo el maquillaje. Del pelo rubio de su madre, siempre perfecto, ensangrentado y enredado.

La habían sacado en una de esas camillas con ruedas, con Natalie agarrada a su mano y llorando.

Natalie no estaba herida porque su madre la había empujado hacia la tienda antes de caerse. Después Natalie había tirado de ella para arrastrarla hacia el interior, hasta meterla detrás de un mostrador en el que se exponían camisetas de verano.

Natalie era valiente. Simone le diría que era valiente cuando pudiera volver a hablar.

Pero en ese momento debían sacarle los cristales a su madre, y examinarla, porque se había dado un golpe en la cabeza y había perdido el conocimiento durante un par de minutos.

Conmoción cerebral.

Sabía que Natalie quería irse a casa porque su padre no paraba de decirle que su madre iba a ponerse bien y que saldría pronto y se irían a casa.

Pero Simone no pensaba marcharse, y no podrían obligarla.

Tish estaba muerta, Mi estaba en el quirófano, y a ella no podrían obligarla.

Sujetaba la lata de Coca-Cola con ambas manos para que su padre no volviera a agarrárselas. No quería que nadie la cogiera de la mano ni la abrazara. Todavía no. Tal vez nunca más.

Solo necesitaba esperar en la silla de plástico duro.

El médico salió primero, y su padre se puso de pie enseguida.

Papá es muy alto, pensó Simone con aire distraído, muy alto y muy guapo. Seguía llevando el traje y la corbata del trabajo, porque acababa de volver a casa tras una cena de negocios cuando puso las noticias.

Entonces cogió el coche y se fue directo al centro comercial.

El médico dio instrucciones a su padre. Conmoción leve, algunos puntos.

Cuando salió su madre, Simone se levantó tambaleante. Hasta entonces no había entendido que la asustaba que en realidad su madre no estuviera bien.

Su madre estaría como Mi, o peor, como Tish.

Pero su madre entró en la sala de espera. Llevaba aquellas vendas raras en un par de sitios de la cara, pero ya no tenía el aspecto pálido, palidísimo, de antes. El aspecto que Simone imaginaba que tenían los muertos.

Natalie se levantó de un salto y rodeó a su madre con los brazos.

—Aquí está mi niña valiente —murmuró Tulip—. Mis niñas valientes —dijo al tiempo que tendía una mano a Simone.

Y por fin Simone quiso que la tocaran, abrazar y que la abrazaran.

Con Natalie en medio, Simone estrechó a su madre entre sus brazos.

—Estoy bien, es solo un golpe en la cabeza. Llevémonos a las niñas a casa, Ward.

Simone oyó las lágrimas en la voz de su madre y se aferró a ella con más fuerza durante un instante más. Y cerró los ojos cuando su padre las abrazó a las tres.

—Iré por el coche.

Simone se apartó.

—Yo no me voy. No voy a irme a casa ahora.

—Cariño...

Pero Simone negó con la cabeza de forma implacable y se alejó un paso más del rostro agotado de su madre, con sus cortes y sus vendas.

—No me voy. Mi... Están operando a Mi. No me voy.

—Cariño —volvió a intentar Tulip—, aquí no puedes hacer nada, y...

—Puedo estar aquí.

—Nat, ¿recuerdas dónde hemos aparcado el coche?

—Sí, papá, pero...

—Acompaña a mamá. —Pasó la llave a Natalie—. Id las dos al coche y dadnos un minuto a Simone y a mí.

—Ward, las niñas necesitan estar en casa. Tienen que salir de aquí.

—Id al coche —repitió él mientras Simone volvía a sentarse con los brazos cruzados, una imagen de tristeza desafiante.

Dio un beso en la mejilla a su esposa, murmuró algo y luego fue a sentarse junto a Simone.

—Sé que tienes miedo. Todos lo tenemos.

—Tú no estabas allí.

—Ya, lo sé. —La joven captó la tristeza de la voz de su padre pero hizo caso omiso. La rechazó—. Simone, siento muchísimo lo de Tish. Siento muchísimo lo de Mi. Te prometo que pediremos información sobre Mi desde casa y que mañana te traeré a verla. Pero tu madre necesita irse a casa, y Natalie también.

—Llévalas.

—No puedo dejarte aquí.

—Tengo que quedarme. Las he dejado solas. Las he dejado solas.

Ward la atrajo hacia sí. Simone se resistió, trató de zafarse, pero su padre era más fuerte y la abrazó hasta que se derrumbó.

—Siento muchísimo lo de Tish y Mi —repitió—. Y estaré agradecido durante el resto de mi vida por que tú no estuvieras en la sala en ese momento. Ahora tengo que cuidar de tu madre y de tu hermana. Tengo que cuidar de ti.

—No puedo dejar sola a Mi. No puedo, no puedo. Por favor, no intentes obligarme.

Ward podría haberla obligado, y a Simone le preocupaba que lo hiciera, pero justo cuando se apartaba de su padre, entró CiCi a toda prisa.

La larga melena roja al viento, media docena de collares de cuentas y cristales alrededor del cuello, una falda azul con vuelo y sandalias Doc Martens.

Cogió a Simone y la envolvió en sus brazos forjados a base de yoga y en una nube de perfume amelocotonado con un levísimo toque de marihuana.

—¡Gracias a Dios! ¡Ay, mi niña! Gracias a todos los dioses y diosas. ¿Y Tulip? —le preguntó a Ward en tono apremiante—. ¿Y Natalie?

—Acaban de salir hacia el coche. Tulip tiene un par de golpes y rasguños, nada más. Nat está bien.

—CiCi se quedará conmigo. —Simone acercó los labios al oído de su abuela—. Por favor, por favor.

—Claro que sí. ¿Estás herida? ¿Estás...?

—Ha matado a Tish. A Mi... la están operando.

—Oh, no. —CiCi la meció, la acarició y lloró con ella—. Pobres chicas..., pobrecitas.

—Papá tiene que llevar a mamá y a Natalie a casa. Yo tengo que esperar aquí. Tengo que esperar a Mi. Por favor.

—Claro que sí. Yo me encargo de ella, Ward. Me quedaré con ella. La llevaré a casa cuando Mi salga del quirófano. Yo me encargo.

Simone percibió el tono acerado de las palabras de CiCi y supo que su padre había estado a punto de oponerse.

—Muy bien, Simone. —Le tomó la cara entre las manos, la besó en la frente—. Llámame si me necesitas. Rezaremos por Mi.

Simone lo miró alejarse y deslizó una mano entre las de CiCi.

—No sé dónde está. ¿Puedes averiguarlo?

CiCi Lennon tenía facilidad para lograr que la gente le dijera lo que quería saber, para que hicieran lo que ella pensaba que debían hacer. No tardó mucho en guiar a Simone hasta otra sala de espera.

Aquella tenía sillas acolchadas, sofás y bancos, e incluso máquinas expendedoras.

Simone vio a los padres de Mi, a su hermana mayor, a su hermano pequeño y a sus abuelos. El padre de Mi fue el primero en verla a ella. Parecía mil años más viejo que cuando habían pasado a recoger a Mi para ir al cine.

El hombre estaba trabajando en el jardín delantero, recordó Simone, y les había dicho adiós con la mano.

Se levantó y se acercó a ella con lágrimas en los ojos para abrazarla.

—Me alegro mucho de que no te hayan herido.

Su inglés era perfecto y preciso, y olía a hierba recién cortada.

—Las he dejado solas. Tenía que ir al baño y las he dejado solas. Entonces...

—Pues me alegro por ello. Señorita Lennon, es muy amable por su parte haber venido.

—CiCi —lo corrigió ella—. Ahora todos somos familia. Nos gustaría esperar con vosotros, enviar a Mi todos nuestros pensamientos y luces de sanación.

Al hombre le tembló la barbilla mientras luchaba por mantener la compostura.

—Simone, tesoro, ¿por qué no vas a sentarte con la madre de Mi? —Pasó un brazo por los hombros del señor Jung—. Vamos a dar un paseo.

Simone fue a sentarse junto a la señora Jung. Y cuando esta la agarró de la mano, Simone se la sujetó con fuerza.

Sabía que CiCi creía en las vibraciones, en la luz, en quemar salvia y en la meditación. Y en todo tipo de cosas que llevaban a su hija a poner los ojos en blanco.

Simone también sabía que si alguien podía lograr por pura fuerza de voluntad que Mi se pusiera bien, era CiCi.

Así que se aferró a esa idea igual que a la mano de la madre de su amiga.

Capítulo 3

3

Cuando CiCi regresó, Simone se levantó para que el señor Jung se sentara junto a su esposa. Antes de que ocupara otro asiento, la hermana de Mi, Nari, la cogió del brazo.

—Ayúdame a traer té.

Simone cruzó con ella la enorme habitación hasta un mostrador sobre el que había jarras de agua caliente, café, bolsitas de té y tazas desechables.

Nari, que era delgada y estudiosa y estaba en segundo año de carrera en el MIT, preparó una bandeja de cartón con gran eficacia.

—No te lo dirán —susurró; sus ojos oscuros la miraron largamente detrás de las gafas de montura negra—. Es grave. Le han pegado tres tiros.

Simone abrió la boca, pero no consiguió articular palabra. No había palabras.

—He oído a un policía hablar con una enfermera después de que se la llevaran al quirófano. Ha perdido mucha sangre. Es diminuta, y ha perdido mucha sangre. ¿Me acompañarías a donar sangre para ella? Puede que no la destinen a Mi, pero...

—Sí. ¿Qué hacemos? ¿Adónde vamos?

Como era menor de edad, Simone necesitaba la autorización de CiCi. Fueron por turnos, porque había mucha gente haciendo eso mismo.

Simone miró a otro lado antes de que le introdujeran la aguja, porque las agujas la mareaban un poco. Después se tomó el vasito de zumo naranja, como le habían indicado que hiciera.

Cuando volvían a la sala de espera, le dijo a CiCi que tenía que ir al baño.

—Voy contigo.

—No, no pasa nada. No tardaré.

Quería ir sola, más que nada porque necesitaba vomitar el zumo de naranja.

Pero cuando entró en el baño, vio a una mujer de pie ante uno de los lavabos, llorando.

Era la madre de Tiffany. La señora Bryce había sido su profesora de lengua y literatura el primer año de instituto. Ese mismo curso, todo el mundo lo sabía, el señor Bryce se había divorciado de ella para casarse con una mujer (mucho más joven) con la que había tenido una aventura... porque estaba embarazada.

Simone cayó en la cuenta de que no había pensado ni en Tiffany ni en Trent, el chico al que pensaba que quería.

—Señora Bryce.

La mujer se volvió sin dejar de sollozar.

—Lo siento. Soy Simone Knox. Me dio usted clase en primero. Conozco a Tiffany. La he visto esta noche antes de... Antes.

—¿Estabas allí?

—Con Mi-Hi Jung y Tish Olsen. En el cine. Mi está en quirófano. Le ha disparado. Le ha disparado. Ha matado a Tish.

—Dios mío. —Se quedaron inmóviles, con las lágrimas resbalándoles por las mejillas—. ¿Tish? ¿Tish Olsen? Dios mío.

Cuando abrazó a Simone, Simone se aferró a ella.

—Tiffany está en quirófano. Ella..., no pueden decirme nada.

—¿Y Trent? Estaba con Trent.

La señora Bryce dio un paso atrás, se presionó los ojos con el pulpejo de las manos y negó con la cabeza.

—Rezaré por Mi. —Se dio la vuelta hacia el lavabo, abrió el grifo y se mojó la cara una y otra vez—. Tú reza por Tiffany.

—Lo haré —prometió, y lo dijo con sinceridad.

Ya no tenía ganas de vomitar. Se sentía vacía.

En la sala de espera, se quedó dormida con la cabeza apoyada en el regazo de CiCi. Cuando despertó, permaneció allí acurrucada, tan aturdida que tenía la sensación de que una fina capa de humo desdibujaba la habitación.

A través de ella vio a un hombre de pelo gris y uniforme azul hablando con la señora Bryce. Y también con el señor Bryce y la mujer con la que se había casado tras dejarla embarazada.

La señora Bryce volvía a llorar, aunque no como en el baño. Tenía las manos entrecruzadas sobre el regazo y los labios apretados, pero no paraba de asentir. Y a pesar de la capa de humo, Simone advirtió su gratitud.

Tiffany no había muerto, no como Tish. No como Trent.

Mi tampoco moriría. No podía morir.

Esperaron. Volvió a quedarse dormida, aunque esta vez se sumió en un sueño ligero, de modo que notó el cambio de postura de CiCi.

La doctora tenía el pelo tan negro como la tinta y lo llevaba retirado de la cara. Tenía acento... indio, tal vez. Simone lo captó, pero el acento se desvaneció cuando las palabras atravesaron la niebla y Simone se puso en pie.

Mi había superado la operación.

Herida de bala en el brazo derecho. Sin daño muscular.

Otra bala le había rasgado el riñón derecho. Reparado, probablemente sin daños permanentes.

Herida en el pecho. Pulmones encharcados. Drenajes, reparaciones, transfusiones. Las siguientes veinticuatro horas críticas. Mi... joven y fuerte.

—En cuanto salga de recuperación y esté en la UCI, podréis verla. Poco rato, un máximo de dos personas a la vez. Está sedada —continuó la doctora—. Pasará varias horas dormida. Deberían intentar descansar un poco.

La señora Jung lloró, pero como lo había hecho la señora Bryce.

—Gracias. Gracias. Esperaremos e iremos a verla.

El señor Jung pasó un brazo por los hombros de su esposa.

—Pediré que los acompañen a la UCI. Pero solo la familia —añadió mirando brevemente a Simone y a CiCi.

—Esta chica es de la familia —dijo el señor Jung.

La doctora se ablandó y volvió a mirar a Simone.

—Necesitaré tu nombre para la lista de visitas autorizadas.

—Simone Knox.

—¿Simone Knox? ¿La primera que ha llamado a emergencias?

—No sé si la primera, pero he llamado.

—Simone, tienes que saberlo: al llamarlos tan rápido, le has dado a Mi la oportunidad de luchar. Incluiré tu nombre en la lista.

Después de que Simone se hubiera ido a casa a acostarse, a sumirse en sueños oscuros y fragmentados, Michael Foster permanecía sentado junto a la cama de hospital de su esposa mientras ella dormía.

Lisa se despertaba y volvía a preguntar por Brady. Su memoria a corto plazo se había visto afectada, pero la recuperaría, según le habían dicho. De momento, cada vez que recuperaba la consciencia, tenía que tranquilizarla diciéndole que Brady no había resultado herido.

Reed Quartermaine. Estaban en deuda con Reed Quartermaine por ello.

Lisa se despertaría, pensó Michael. Viviría.

Y, debido a una bala en la columna vertebral, nunca volvería a caminar.

Una bala le había impactado justo debajo del omóplato, pero la otra se le había clavado en la parte inferior de la médula espinal.

Michael intentaba creer que habían tenido suerte, porque debía creérselo para convencerla. Si la bala la hubiera alcanzado más arriba, podría haber perdido la sensibilidad en el tronco y en los brazos. Era posible que hubiera necesitado un respirador, que ya no hubiera podido girar el cuello.

Pero habían tenido suerte. Se había ahorrado el trauma de perder el control de la vejiga y los intestinos. Con tiempo y terapia, podría manejar una silla de ruedas motorizada, incluso conducir.

Pero su bella esposa, a quien le encantaba bailar, no volvería a caminar.

Nunca volvería a correr por la playa con Brady, a hacer senderismo, a subir y bajar las escaleras de la casa para la que tanto habían ahorrado.

Todo porque tres cabrones enfermos y egoístas se habían entregado a una especie de furor asesino sin sentido.

Ni siquiera sabía cuál de ellos había herido a su esposa, la madre de su hijo, el amor de su puñetera vida.

Daba igual cuál hubiera sido, pensó. Los tres eran culpables.

John Jefferson Hobart, alias JJ, diecisiete años.

Kent Francis Whitehall, dieciséis años.

Devon Lawrence Paulson, dieciséis años.

Adolescentes. Sociópatas, psicópatas. No le importaba qué etiqueta les pusieran los psiquiatras.

Conocía el número exacto de muertos, al menos el que correspondía a las cuatro de la madrugada, la última vez que lo había comprobado. Ochenta y nueve. Y su Lisa era una de las doscientas cuarenta y dos personas heridas.

Porque tres chavales perturbados, armados hasta los putos dientes, habían entrado en el centro comercial un viernes por la noche con el objetivo de matar y lisiar.

Misión cumplida.

No los contaba entre los muertos, no merecían que los contara. Pero podía estar agradecido a la agente de policía que se había cargado a Hobart, y agradecido por que los otros dos se hubieran suicidado... o matado el uno al otro.

Ese detalle seguía sin aclarar a las cuatro de la mañana.

Podía estar agradecido porque no fuera a celebrarse ningún juicio. Agradecido porque él, un hombre que se había dedicado a salvar vidas, no iba a pasarse las noches en blanco imaginando que los mataba personalmente.

Lisa se agitó en la cama, así que Michael se acercó aún más. Cuando ella abrió los ojos, su marido le besó una mano.

—¿Brady?

—Está bien, cariño. Está con tus padres. Está bien.

—Lo llevaba agarrado de la mano. Lo he cogido en brazos y he echado a correr, pero entonces...

—Está bien, Lisa, cariño, está bien.

—Estoy muy cansada.

Cuando se quedó dormida, él volvió a vigilar su sueño.

Reed se despertó al amanecer con la cabeza a punto de estallarle, un escozor terrible en los ojos y la garganta reseca. La peor resaca del mundo sin una sola gota de alcohol.

Se duchó por tercera vez desde que había vuelto a casa con sus exhaustos y agradecidos padres y su pegajosa y sollozante hermana. Era incapaz de superar que la sangre de Angie le hubiera empapado los pantalones y manchado la piel.

Se tomó un ibuprofeno y bebió agua directamente del grifo.

Luego encendió el ordenador. No tuvo ningún problema en encontrar noticias sobre el tiroteo.

Estudió los tres nombres que facilitaban, luego las fotografías. Le dio la sensación de que Whitehall le sonaba, pero no sabía de dónde.

Reconoció a Paulson, estaba seguro. Lo había visto acribillar el cuerpo de un hombre a balazos y reírse.

Uno de los dos había matado a Angie, ya que los artículos decían que el tercero, Hobart, no había llegado a salir del cine.

Uno de ellos había matado a Justin, un ayudante de camarero del Mangia en su primer trabajo de verano. Y a Lucy, una camarera que tenía planeado jubilarse a finales de año y recorrer el país en caravana con su marido.

Y también a los clientes. No sabía a cuántos.

Dory estaba en el hospital, al igual que Bobby, Jack y Mary.

Rosie le había contado que el chaval armado había franqueado las puertas de cristal y había rociado de balas todo el comedor principal para luego volver a salir. Diez segundos, veinte. No más.

Leyó informes de testigos, hizo una pausa y leyó dos veces el de GameStop.

Oímos el tiroteo, pero no estábamos seguros de qué era. En la tienda suele haber mucho ruido. Entonces entró un hombre corriendo y gritando que estaban disparando a la gente. Sangraba, pero ni siquiera parecía ser consciente de que le habían disparado.

Fue entonces cuando el encargado de la tienda —no sé cómo se llama— empezó a decirle a todo el mundo que se metieran en la trastienda. Varias personas intentaron salir corriendo, pero los disparos estaban cada vez más cerca. Se oían, y el encargado no paraba de decir a la gente que se metieran en la trastienda. Estábamos muy apretados dentro, porque la tienda estaba abarrotada. Nunca en mi vida había pasado tanto miedo como mientras estuve metido en aquella habitación. La gente lloraba y rezaba, y el encargado nos decía que teníamos que guardar silencio.

Entonces los oímos, disparos, muy fuertes. Justo en la tienda. Cristales rotos. Pensé que íbamos a morir todos, pero entonces paró. O supongo que avanzó hacia otro sitio. El encargado quería que nos quedáramos allí hasta que llegara la policía, pero a alguien le entró el pánico, supongo, y salió por la puerta a empujones. Unas cuantas personas se marcharon corriendo. Entonces llegó la policía y nos acompañó afuera. Ese chico nos salvó la vida, el joven encargado de las gafas gruesas. Estoy convencido de que nos salvó la vida.

—Bien hecho, Chaz —murmuró Reed.

En la minúscula cocina de su pequeño apartamento, Essie puso la cafetera. Tendría tiempo de sobra para tomársela entera, puesto que la habían apartado del servicio.

Su inspector le había asegurado que volvería —y que lo más probable era que recibiera una medalla—, pero el proceso debía seguir su curso. No solo había disparado su arma, sino que había matado a una persona.

Essie creía a su inspector y sabía que había hecho bien su trabajo, pero suponía que estaría con los nervios de punta hasta que le autorizaran volver al trabajo. No había caído en la cuenta de lo mucho que necesitaba ser policía hasta que le cupo la más mínima duda de que pudieran despedirla.

Mientras su viejo gato dormía en un cojín, Essie se calentó un bollo y cogió el último plátano. Como el tamaño y la distribución del apartamento le permitían ver la pantalla desde la mesa de cocina|/|comedor|/|trabajo, se sentó a ella y encendió el televisor.

Sabía que la prensa conocía su nombre y, cuando había echado un vistazo por la ventana, le había quedado claro que la habían localizado. No pensaba salir del apartamento y enfrentarse a la avalancha de preguntas y cámaras. Se había filtrado su número de teléfono fijo, así que lo había desconectado. El timbrazo constante de las llamadas la sacaba de sus puñeteras casillas.

De momento su móvil seguía siendo seguro. Si su compañero o su inspector querían localizarla, podrían hacerlo. Además, aún contaba con el correo electrónico.

Mientras comía, abrió el portátil y vio los primeros programas de noticias en busca de cualquier información de la que no dispusiera todavía.

También hizo una lista de todos los nombres que tenía en la cabeza.

Simone Knox, su madre, su hermana. Reed Quartermaine. Chaz Bergman. Michael, Lisa y Brady Foster. Mi-Hi Jung.

Haría un seguimiento de todos ellos, aunque tuviera que ser en su tiempo libre.

Anotó los nombres de los tiradores. Tenía intención de averiguar todo lo que pudiera sobre ellos, sobre sus familias, sus profesores, sus amigos, sus jefes, si es que los tenían. Quería conocerlos.

Agregó los números —actuales— de muertos y de heridos. Añadió los nombres de los que tenía. Ya conseguiría el resto.

Ella había estado haciendo su trabajo, pensó mientras veía las imágenes, mientras comía, mientras trabajaba. Pero eso no significaba que no fuera personal.

CiCi Lennon vivía la vida según sus propias reglas. Dos de las más importantes («Intenta no hacer daño a nadie» y «Ten las pelotas de decir lo que piensas») chocaban a menudo, pero los resultados se mezclaban con la regla de «Compórtate como una imbécil cuando sea necesario», así que no le iba mal.

Sus padres, sobrios metodistas y republicanos tradicionales, la habían criado en Rockpoint, una tranquila zona residencial de clase alta en Portland, Maine. Su padre, ejecutivo financiero, y su madre, autoproclamada y orgullosa ama de casa, pertenecían al club de campo, iban a misa todos los domingos y organizaban cenas. Su padre se compraba un Cadillac nuevo cada tres años, jugaba al golf los sábados por la mañana y al tenis los domingos por la tarde (dobles con su esposa), y coleccionaba sellos.

Su madre iba a la peluquería los lunes, jugaba al bridge los miércoles y pertenecía al club de jardinería. Deborah (nunca Deb ni Debbie) Lennon guardaba el dinero para sus gastos dentro de un guante blanco en el primer cajón de su cómoda, no había escrito un cheque ni pagado una factura en su vida y, cuando su esposo volvía de trabajar, lo recibía con el maquillaje retocado. Para entonces ya le había preparado su cóctel nocturno —un martini seco con una aceituna, excepto durante el verano, cuando cambiaba al gin-tonic con un toque de lima— para que se relajara hasta la hora de cenar.

Los Lennon tenían contratados a un ama de llaves que trabajaba todos los días, a un jardinero que iba una vez a la semana y —durante la temporada— a un encargado de la piscina. Eran propietarios de una casa de veraneo en Kennebunkport y, tanto ellos mismos como los demás, consideraban que eran pilares de la comunidad.

Naturalmente, CiCi se rebeló contra todo lo que eran y representaban sus padres.

¿Qué iba a hacer una niña de los sesenta sino horrorizar a sus conservadores padres con su entusiasmo apasionado por la contracultura? Denunció la estructura patriarcal de la iglesia —y del estilo de vida de sus padres—, despotricó contra el gobierno, protestó de manera activa contra la guerra de Vietnam y quemó, literalmente, su sostén.

A los diecisiete años, CiCi cogió la mochila e hizo autostop hasta Washington para participar en las protestas. Desde allí empezó a viajar siguiendo el camino del sexo, las drogas y el rock and roll. Pasó la primavera en Nueva Orleans, donde compartió una casa destartalada con un grupo de artistas y músicos. Pintaba para los turistas, había nacido con ese talento.

Fue a Woodstock en una furgoneta que ayudó a convertir en una maravilla psicodélica con su pintura. En algún momento de aquel fin de semana de agosto y felicidad empapada de lluvia, concibió a una criatura.

Cuando se dio cuenta de que estaba embarazada, dejó las drogas y el alcohol, modificó su dieta, vegetariana —como haría innumerables veces por innumerables razones a lo largo de las décadas—, y se unió a una comuna en California.

Pintó, aprendió a tejer, plantó y cosechó verduras e intentó mantener una relación lésbica que fracasó..., pero lo intentó.

Dio a luz a su hija en un catre de una ruinosa casa de campo, durante una bonita tarde de primavera, mientras del tocadiscos emanaba el rock de Janis Joplin y los tulipanes se mecían con la brisa al otro lado de la ventana abierta.

Cuando Tulip Joplin Lennon tenía seis meses, CiCi, que echaba de menos el verde de la Costa Este, pidió a un grupo de músicos que la llevaran hasta allí con ellos. Por el camino, tuvo un rollo efímero con otro músico/compositor que, colocado, le ofreció tres mil dólares por pintarlo.

Y eso hizo, lo pintó cubierto únicamente con su guitarra Fender Stratocaster y un par de botas pesadas.

CiCi pasó página, el modelo de su cuadro logró un contrato discográfico y utilizó su cuadro para la portada del disco. La suerte quiso que obtuviera un gran éxito en las listas con el sencillo «Farewell, CiCi», y ganó un disco de oro.

Dos años más tarde, cuando CiCi y Tulip vivían en una casa compartida en Nantucket, el compositor murió de sobredosis. El cuadro salió a subasta y se vendió por tres millones de dólares.

Y la carrera artística de CiCi despegó de verdad.

Siete años después de que hiciera autostop hasta Washington, a su padre le diagnosticaron cáncer de páncreas. Aunque había enviado postales y fotos de su nieta y los llamaba dos o tres veces al año, la comunicación entre ellos siempre había sido escasa y tensa.

Pero el hecho de que su madre se desmoronara al teléfono hizo que CiCi siguiera otra de sus reglas: «Ayuda cuando puedas».

Metió a su hija, sus materiales y su bicicleta en una camioneta destartalada de tercera mano y volvió a casa.

Se dio cuenta de unas cuantas cosas. Se dio cuenta de que sus padres se querían, profundamente. Y ese amor profundo no implicaba que su madre pudiera enfrentarse al trabajo sucio. Se dio cuenta de que la casa en la que había crecido nunca volvería a ser su hogar, aunque podía vivir allí siempre y cuando sirviera a un propósito.

Se enteró de que su padre deseaba morir en casa y, como ella quería a su padre —sorpresa—, se aseguraría de que su deseo se cumpliera. A pesar de que rechazó la sugerencia insistente de su madre de que matriculara a Tulip en un colegio privado, sí la inscribió en la escuela pública de la zona. Mientras llevaba a su padre a quimioterapia y a las citas médicas y limpiaba vómitos, su madre se encargaba encantada de Tulip.

CiCi contrató a un enfermero cuya compasión, amabilidad y amor por el rock los convirtió en amigos de por vida.

Durante veintiún meses, CiCi ayudó a cuidar de su padre moribundo y a llevar las cuentas de la casa mientras su madre se aferraba a la negación y malcriaba a Tulip.

Su padre murió en casa, con la esposa que lo quería acurrucada a su lado en la cama y su hija sosteniéndole la mano.

A lo largo de los meses siguientes, CiCi aceptó que su madre nunca sería independiente, nunca aprendería a cuadrar un talonario de cheques o a arreglar un grifo que goteara.

Y aceptó que si se quedaba en un barrio residencial, en una mansión que no podía describirse precisamente como pequeña, con una mujer que a duras penas sabía cambiar una bombilla, se volvería loca de atar.

Como su padre había dejado a su madre en una posición económica más que segura, CiCi contrató a un gestor, a un manitas a domicilio y, dado que la otra se había jubilado, a un ama de llaves joven y entusiasta que también haría las veces de acompañante.

Cuando se enteró, durante aquellos veintiún meses, de que su padre había cambiado el testamento y le había dejado un millón de dólares —después de pagar los impuestos—, su primera reacción fue de rabia. Ella no necesitaba ni quería el dinero del establishment conservador de derechas. Ella podía —y, de hecho, lo estaba haciendo— mantenerse a sí misma y a su hija mediante su arte.

La rabia se desvaneció cuando se llevó a Tulip de excursión en ferri a Tranquility Island y vio la casa. Le encantaron los meandros, las amplias terrazas del primer y el segundo piso. Las vistas al mar, la estrecha franja de playa, esa curva de costa rocosa.

Podría pintar eternamente.

El cartel de SE VENDE fue toda una señal para CiCi.

A solo cuarenta minutos en ferri de Portland, estaba lo bastante lejos (¡gracias a Dios!) de su madre, pero lo bastante cerca para mitigar cualquier sentimiento de culpa. Y había un pueblo con una alegre comunidad de artistas a un paseo en bicicleta.

Después de una dura negociación, la pagó al contado e inició el siguiente capítulo de su vida.

En ese momento estaba de vuelta en un barrio residencial de clase alta, por poco tiempo, esperaba, en casa de una hija que siempre se había parecido más a su abuela que a aquella madre que había tratado de inculcarle cierto espíritu de aventura, independencia y libertad.

Porque «Ayuda cuando puedas» seguía siendo una regla. Y CiCi quería a sus nietas sin medida.

Preparó el desayuno a su hija y a Ward en la cocina, elegantemente moderna. Había desconectado los teléfonos y cerrado las cortinas cuando empezaron a acudir los reporteros.

Había escuchado las noticias en la televisión de la habitación de invitados y había oído la repetición de la llamada de Simone a emergencias. Le había provocado escalofríos. No solo habían filtrado la llamada, sino también el nombre de su nieta.

Se sentó con Ward y Tulip a la barra de la cocina y lanzó su propuesta.

—Dejad que me lleve a Simone a la isla, al menos hasta que empiece el instituto.

—Necesita estar en casa —replicó Tulip.

—La prensa no va a dejarla en paz. Fue la primera en pedir ayuda y es una chica preciosa de dieciséis años. Una de sus amigas ha muerto, y la otra está en el hospital. Mi ha sobrevivido a la noche —agregó CiCi—. Sigue en estado crítico, pero ha sobrevivido.

Ward dejó escapar un resuello tembloroso.

—No querían darme información sobre ella cuando he llamado.

CiCi lo miró. Era un buen hombre, pensó. Un buen hombre, un buen marido, un buen padre. En aquel momento parecía agotado.

—Hwan pidió que incluyeran mi nombre y el de Simone en la lista de familiares. —Y como era un buen hombre, CiCi tendió una mano y la colocó sobre la suya—. Deberías llamarlo a él.

—Lo haré. Sí, lo llamaré.

Entonces CiCi posó la otra mano sobre la de su hija.

—Tulip, sé que necesitas a tus hijas, y ahora mismo ellas también te necesitan a ti. Yo me quedaré mientras pueda ayudaros. Simone no se moverá de aquí hasta que esté segura de que tú estás bien y de que Mi está bien. E imagino que la policía necesitará hablar con ella.

—Tendremos que hacer una declaración ante la prensa —añadió Ward—. Tienes razón. No la dejarán en paz.

—Sí, así es. Pero después de todo eso dejad que me la lleve, que le ofrezca unas semanas de paz y tranquilidad. A pesar de la locura de los veraneantes de la isla puedo ofrecérselas... y a Mi también, cuando esté lo bastante recuperada. Nadie la molestará, o las molestará, yo me encargaré. Y Simone necesitará a alguien con quien hablar de todo esto, aparte de nosotros. Conozco a alguien, pasa parte del verano en la isla. Es un terapeuta que tiene consulta en Portland, así que puedes comprobar sus credenciales, Ward. Podéis conocerlo, hablar con él.

—Sí, tendría que hacer todas esas comprobaciones.

—Lo sé, pero descubrirás que es muy bueno. Simone necesitará hablar con alguien. Natalie y tú también, cariño.

—Ahora mismo no quiero hablar con nadie ni ver a nadie. Solo quiero estar en casa, con mi familia.

CiCi se dispuso a contestar, pero Ward negó con la cabeza a modo de advertencia.

—Vale, pues piénsatelo. Después de que paséis ese tiempo juntos, unas semanas en la isla podrían ayudar a Simone a escapar de todo. A Natalie también, si quiere venir, pero sé que tiene muchas ganas de ir a ese campamento ecuestre, y solo quedan un par de semanas para que empiece. A ella le gusta la isla, pero a Simone le encanta.

—Ya lo hablaremos —dijo Ward—. Te agradecemos, CiCi, que...

—Ni se te ocurra. La familia está para lo que la familia necesita. Y ahora mismo creo que esta familia necesita más café.

Cuando se levantaba, entró Simone.

Los cercos oscuros que tenía bajo los ojos, aturdidos e hinchados, contrastaban con su palidez.

—Mi se ha despertado. La enfermera me ha dicho que la doctora estaba examinándola, y su padre me ha dicho... me ha dicho que ha preguntado por mí. Tengo que ir a ver a Mi.

—Claro que sí, pero tienes que desayunar algo. No conviene que Mi te vea tan pálida. No ayudará a que se sienta mejor, ¿verdad, Tulip?

—Ven, siéntate, cariño —le rogó su madre.

—No tengo hambre.

—Solo un poco. CiCi te preparará solo un poquito.

Se sentó y examinó la cara de su madre. Las vendas, las magulladuras.

—¿Te encuentras mejor?

—Sí. —No obstante, se le llenaron los ojos de lágrimas.

—No llores, mamá. Por favor.

—No sabía dónde estabas. Me di un golpe en la cabeza, y la pobre Nat... Fue solo un minuto —continuó—, pero estaba confusa y asustada. Oía los disparos y los gritos, y no sabía si estabas bien, si estabas a salvo. Sé que Mi necesita verte, pero antes yo te necesito un ratito conmigo.

—No sabía si Nat y tú... No lo sabía. —Se sentó junto a su madre y apoyó la cabeza en su hombro—. Al despertarme he pensado que había sido una pesadilla. Pero no.

—Ahora ya estamos bien.

—Tish no.

Tulip la acarició, la meció.

—Voy a llamar a su tía. Llamaría a su madre, pero creo... que llamaré a su tía. Le preguntaré si podemos hacer algo.

—Trent también está muerto.

—Oh, Simone.

—Lo he visto en las noticias... Las he puesto antes de bajar y he visto los nombres y las fotos de los que lo hicieron. Iban a mi instituto. Los conozco. Iba al instituto con ellos. Uno de ellos iba a mi clase, y han matado a Tish y a Trent.

—No pienses en eso ahora.

Negación, pensó CiCi, como su abuela. Cierra los ojos ante la mierda hasta que no puedas seguir haciéndolo.

CiCi observó a Simone levantarse e ir a sentarse en el otro banco, frente a sus padres.

—Mi nombre salía en las noticias. Me he asomado y hay gente fuera, periodistas.

—No te preocupes por eso —le dijo Ward—. Yo me encargo.

—Es mi nombre, papá. Y mi voz... Han reproducido la llamada que hice a la policía. Tenían mi foto del anuario. No quiero hablar con ellos, ahora no. Necesito ver a Mi.

—Tu padre hablará con ellos —dijo CiCi para zanjar el asunto. Le sirvió un huevo revuelto, dos tiras de beicon y una tostada con mantequilla—. Y tu madre te ayudará a maquillarte un poco, que mi Tule siempre ha tenido buena mano para esas cosas. Después te recogemos el pelo debajo de una gorra, te pones las gafas de sol, y tú y yo salimos por detrás mientras tu padre los mantiene ocupados en la puerta principal. Atajaremos por los patios traseros hasta donde tengo aparcado el coche, en el camino de entrada de los Jefferson. Los llamé anoche para avisarlos. Luego lo único que tendremos que hacer es llamar al hospital y pedir que nos dejen acceder por una entrada lateral.

—Vaya, qué buen plan —murmuró Ward.

—Cuando has tenido que hacer unas cuantas salidas rápidas de hoteles, moteles o lo que sea, aprendes los trucos. Te llevaremos con Mi. —CiCi acarició el enredado cabello de Simone—. Pero come un poco antes.