Austria, 1978

Una leyenda gravitaba alrededor de aquel sitio. Una de esas que se adhieren a los lugares igual que un olor persistente. Se decía que a finales del otoño, antes de que las lluvias se convirtieran en nieve, el lago alpino exhalaba siniestras emanaciones.

Surgían del agua como vapor y ascendían por la ladera junto con la bruma de la mañana, cuando el agua estancada reflejaba el cielo. Era el paraíso que se miraba en el espejo del infierno.

Entonces se podían oír silbidos largos como aullidos, que rodeaban el edificio de finales del XIX en la orilla oriental.

La Escuela. Así era como lo llamaban en el pueblo, pero con el tiempo aquellas paredes habían cambiado su destino y su nombre varias veces: Pabellón de Caza Imperial, Comandancia de los Nazis, Preventorio Antituberculoso Infantil.

Ahora en los pasillos solo había silencio y paredes desconchadas, estucos descoloridos y ecos de pasos solitarios. Y luego, en noviembre, esos aullidos que brotaban de la niebla y que, trepando por las ventanas de los pisos superiores, llegaban hasta el techo inclinado, que brillaba por la escarcha.

Las leyendas, sin embargo, solo son adecuadas para los niños y los ancianos melancólicos, para corazones demasiado tiernos. Agnes Braun lo sabía bien: la Escuela llevaba siendo su casa demasiado tiempo para dejarse impresionar con un gorgoteo nocturno. Conocía el crujido de cada tablón, de cada cañería oxidada que corría por los intersticios de las paredes, aunque la mayor parte de las plantas permanecían ahora cerradas y las puertas de las habitaciones, atrancadas con listones de madera y clavos.

Desde que el edificio se había convertido en un orfanato, los fondos del Estado se habían vuelto cada vez más exiguos y ningún particular había dado un paso al frente para realizar donación alguna.

Agnes atravesó la cocina que estaba en el sótano, entre las estancias utilizadas como despensa y la lavandería. Iba empujando un carrito, sorteando hábilmente los contenedores que en unas pocas horas soltarían vapores grasientos. Estaba sola, a esa hora en que no es de noche ni tampoco de día. Haciéndole compañía, solo la sombra furtiva de una rata y las siluetas de los cuerpos colgados para macerar en la que había sido la nevera.

Utilizó el montacargas para llegar al primer piso, el ala de la que era responsable. Desde hacía cierto tiempo, esa tarea le ocasionaba una incomodidad indefinida, como un malestar latente que se resistía a estallar.

El montacargas crujió al recibir su peso y el del carro. Las cadenas y las sogas comenzaron a chirriar. La jaula vibró y empezó a subir para detenerse pocos metros después con una sacudida. Agnes abrió la malla metálica. El pasillo del primer piso era una larga cinta de un color azul polvoriento, manchado de humedad y tachonado en uno de los flancos con ventanales cuadriculados.

Una puerta daba golpes a intervalos regulares. La mujer se alejó del carro para ir a cerrarla. El cristal estaba frío y empañado. Lo limpió con una mano, dibujando una especie de ojo de buey. El amanecer iluminaba el pueblo, valle abajo. Los tejados de las casas eran como pequeñas teselas de color plomo. Más arriba, a mil setecientos metros sobre el nivel del mar, entre la población y la Escuela, la extensión inmóvil del lago se teñía de rosa entre la bruma. El cielo, en cambio, era claro. Agnes sabía, sin embargo, que ese día el sol no iba a calentar el claro escarpado. Ahora ya era capaz de vislumbrarlo en cuanto ponía un pie en el suelo y se sentía asaltada por la migraña.

La niebla se estaba levantando para tragarse todas las cosas: la luz, los sonidos, incluso los olores se impregnaban con su humor estancado, que olía a hueso. Y de sus espiras, que encaramándose sobre la hierba quemada por el hielo parecían cobrar vida, se levantaron los lamentos.

Es la respiración de los muertos, pensó Agnes.

Era el viento, el burán, que soplaba con virulencia desde el noreste. Nacido en lejanas estepas, había recorrido miles de kilómetros hasta meterse en el desfiladero del valle, gruñir contra las orillas del río, bajo la línea del bosque, agitarse en las zonas inundables y volver a salir silbando, para luego romper contra la pared de roca.

Era solo el viento, se repitió la mujer.

El reloj de péndulo de la entrada dio seis toques. Se había hecho tarde, pero Agnes no se movió. Sabía que estaba haciendo tiempo. Y también sabía por qué.

Sugestión, se dijo. Es solo sugestión.

Apretó las manos alrededor del acero del carrito de las comidas. Los recipientes tintinearon cuando se decidió a dar unos pasos hacia la puerta al final del pasillo.

El Nido.

Un pensamiento imprevisto le provocó un espasmo en el estómago: realmente se trataba de un nido. Se había convertido en eso durante las últimas semanas. Era un hervidero de actividad queda, misteriosa. Como un insecto industrioso que prepara la muda. Agnes estaba segura de ello, aunque no habría sabido explicar qué estaba sucediendo en esa habitación. No había hablado del tema con nadie, ni siquiera con el director: la habría tomado por loca.

Metió una mano en el bolsillo del uniforme. Sus dedos rozaron la tela áspera de la capucha. La sacó y se la caló sobre el rostro. Una delgada rejilla le cubría también los ojos, velando el mundo exterior. Era la norma.

Entró.

La habitación estaba sumida en el silencio. La gran estufa de hierro fundido junto a la entrada todavía conservaba algunas brasas y proporcionaba un agradable calor. Los puestos se alineaban en cuatro filas de diez. No había ningún nombre en las placas identificativas, tan solo números.

No se oían ni llantos ni quejas. Agnes sabía lo que iba a ver en caso de que mirara: ojos inexpresivos, apagados.

En todos los puestos, excepto en uno.

Ahora que se había acostumbrado al silencio, podía oírlo: correteaba allí abajo, adquiría fuerza. Se estaba preparando. No podría haber dicho para qué. Tal vez realmente estaba loca.

Un paso tras otro, se acercó al puesto número 39.

Contrariamente a los demás, el individuo palpitaba de vida. Sus ojos, tan particulares, estaban alerta, se deslizaban siguiendo sus movimientos. Agnes sabía que el individuo estaba buscando su mirada por debajo de la rejilla de la capucha. Ella la apartaba, incómoda. El individuo número 39 era consciente de su presencia, aunque no debería ser así.

La mujer verificó que ningún asistente se hubiera asomado por la puerta y tendió un dedo. Y el individuo mordió, apretó la carne entre las encías, con fuerza. En los ojos, una mirada distinta: enérgica. Un breve gemido nervioso se le escapó de los labios cuando Agnes se retiró con una imprecación.

Aquí está su verdadera naturaleza, pensó. Carnívora.

Fue lo que sucedió un momento después lo que la convenció de que ya no podía guardarse ciertas cosas para ella sola.

Los puestos que quedaban al lado del número 39 ya no permanecían en silencio. Las respiraciones se habían agitado, como si los individuos estuvieran respondiendo a una llamada. El Nido era un hervidero.

Aunque tal vez fuera solo una sugestión.

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1.

Hoy

El cuervo yacía a un lado del sendero, con las plumas de reflejos morados en desorden y el pico abierto de par en par. Una mancha de sangre había impregnado la tierra debajo de su vientre hinchado, pero ya estaba seca, a pesar de la humedad de la tarde.

Quién sabe cuánto tiempo llevaba allí el animal, un ojo vidrioso mirando al cielo que prometía nieve, el otro perdido quién sabe dónde.

Mathias llevaba un rato observándolo, con las rodillas dobladas. Se había preguntado si las pulgas habrían abandonado el cuerpo en cuanto el corazón dejó de latir. Un día se lo oyó decir a un cazador y ese detalle estuvo atormentándolo largo tiempo. Lo encontraba impresionante y asombroso al mismo tiempo.

Tocó el cuervo con la punta de un dedo. Era un ejemplar viejo. Se percató de ello por el pico, desnudo y blanco. Las patitas estaban rígidas, sus robustas garras aferraban la nada.

Se limpió de inmediato el guante sobre los pantalones. De haberlo sabido su padre, le habría soltado un bofetón. Lo había sorprendido varias veces observando los cadáveres de los pequeños animales que encontraba en el jardín o en la pineda de detrás de la casa y lo había regañado, utilizando una palabra que Mathias no conocía, pero que le hacía pensar en algo malo. Había buscado el significado en el diccionario. No la recordaba, pero tenía algo que ver con la locura.

De mayor, Mathias quería ser veterinario y toda oportunidad era buena para aprender. La observación —le dijo una vez el abuelo— ya es medio aprendizaje. El resto consiste en ensayar una y otra vez.

El niño se levantó, con los ojos clavados en el animal. Habría querido enterrarlo, pero luego se dijo que lo justo era aquello: la naturaleza era carnívora, tenía hambre de esos restos, que no serían desperdiciados.

Las campanas de la catedral, en el pueblo, dieron dos toques y medio. Era tarde, los demás estaban esperándolo en el lugar secreto.

Se encaminó por el sendero helado. La localidad de Travenì se había despertado esa mañana bajo una capa de nieve. Un blanqueamiento ligero, que se deshizo demasiado pronto, pero que era un buen augurio para la temporada de esquí que estaba al caer.

Llegó al promontorio a las afueras del pueblo. El monumento a los caídos de las guerras napoleónicas destacaba entre los bosques más bajos de píceas y pinos. El granadero de bronce escrutaba el horizonte con ceño fruncido, el largo bigote hacia arriba. En la bayoneta se agitaba una bufanda azul, señalando que alguien del grupo ya había trepado hasta allí para colgar la señal.

Mathias aceleró el paso. Esa mañana en la escuela la maestra había explicado el significado de la palabra «líder». Él se había quedado fascinado. Le gustaba cómo sonaba —tenía un no sé qué de definitivo—, pero sobre todo le gustó la idea de ser un guía para los demás.

Un líder protege a sus compañeros, había dicho la maestra, y era exactamente así como se sentía Mathias. Era consciente de que, para sus amigos, él era el jefe del grupo y no solo porque fuera el mayor —diez años, dos meses y una semana, ese día—, sino también porque se podía contar con él.

Por eso mismo, la bufanda que colgaba de la estatua debería haber sido la suya, y no la de Diego. Tendría que haber llegado antes y abrir camino a sus compañeros, aunque a esas alturas debían de haberlo recorrido quién sabe cuántas veces. En cambio, se había demorado escudriñando restos de animales al borde de una carretera. Tal vez su padre tuviera razón.

El promontorio del granadero estaba rodeado de paredes rocosas y empinadas que se cernían sobre el lecho de un arroyo. Algunas decenas de metros más abajo, el agua gorgoteaba entre las oscuras frondas.

Mathias comenzó a bajar por las empinadas curvas del sendero, saltando para ganar algo de tiempo y aferrándose a la estacada que delimitaba el camino cuando las piedras resbalaban bajo las suelas de sus zapatillas de deporte. Llegó al lecho de grava sin aliento, con las rodillas temblorosas y el rostro ardiendo.

Siguió el discurrir de la garganta excavada durante milenios. Pasos en voladizo sobre el agua se alternaban con escaleras de hierro y de madera sujetadas a las rocas. Entre las rejillas, el arroyo tenía reflejos de color esmeralda y olía a hielo. La luz y el calor del sol casi nunca llegaban hasta el fondo de ese abismo.

Mathias podía oír el sonido de su propia respiración y el del corazón en su pecho, y de repente se dio cuenta de que estaba solo. En esa época del año, los turistas preferían las pistas de esquí: demasiado frío allí abajo, además del riesgo de caerse.

Aceleró el paso, sin saber por qué.

Por encima de su cabeza, entre las puntiagudas cúspides de los abetos, el escorzo del cielo se veía cruzado por el puente de la antigua línea ferroviaria, ya clausurada, a más de sesenta metros de altura. El abuelo de su abuelo había participado en los trabajos de construcción, un siglo y medio antes.

Mathias, con la nariz hacia arriba, resbaló sobre una piedra cubierta de hielo y golpeó con la rodilla en el suelo. A su exclamación de sorpresa siguió un ruido en el bosque. Un grito amortiguado. Se volvió, con el aliento entrecortado.

El bosque no es un lugar para niños.

Las palabras de su madre comenzaron a bailar en su mente.

Se levantó, sin comprobar el daño en sus vaqueros y en las palmas de las manos, que ardían bajo la lana de los guantes. Cruzó una pasarela que rodeaba una roca que sobresalía. Musgo por un lado, remolinos de agua por el otro. El sendero proseguía a través de una pequeña cueva. Mathias superó esos pocos metros de oscuridad corriendo, diciéndose que era la prisa lo que movía sus piernas y no el miedo. Cuando apareció al otro lado, se detuvo. Un rayo de sol atravesaba el verde e incendiaba de oro la maleza. La cascada que alimentaba el arroyo caía en un salto aterrador, salpicando minúsculas gotas de agua que en verano, cuando la luz lograba llegar hasta el fondo, adquirían el color del arcoíris.

En la playa de guijarros, sus amigos lo esperaban sentados en círculo. Lucia, Diego y Oliver.

Esta visión bastó para ahuyentar los miedos. Una sonrisa asomó a sus labios. No había nadie detrás de él. Nadie había seguido sus pasos.

Observó la oscuridad de la cueva de nuevo, como para desafiarla. Había ganado él, era realmente un líder. Pero entonces su sonrisa se desvaneció hasta desaparecer.

De repente, tuvo la certeza.

Había alguien escondido en las tinieblas, y estaba mirándolo.

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2.

El cuerpo yacía sobre la hierba, cubierto de escarcha. La palidez de la piel contrastaba con la oscuridad del pelo de la cabeza y del pubis. Al fondo, el verde oscuro de la naturaleza de la montaña. Algunas manchas de nieve persistían en las áreas más umbrosas, cercanas al bosque. Durante la noche habían caído algunos copos y un cristal se había quedado prendido entre las pestañas del cadáver.

El hombre estaba acostado en posición supina, los brazos en los costados, las manos posadas sobre cojines de musgo. No había arañazos. Entre los dedos sobresalía alguna flor invernal, de pétalos pálidos y transparentes.

Parecía un cuadro. Los colores eran los de la sangre ya fría, de las venas vacías, de las extremidades rígidas. El hielo lo había conservado. No tenía olor, excepto el del boscaje: tierra húmeda y hojas podridas.

Alguien se había ocupado de él.

En el suelo, alrededor del cuerpo, habían sido colocadas algunas trampas rudimentarias, hechas con cuerdas y nudos corredizos.

—Para mantener a los animales alejados del cuerpo. Quería que lo encontráramos intacto —dijo una voz ronca. Los labios se movían cerca del micrófono del móvil, desplazando en el aire palabras y vaho. Alrededor, todo era un ajetreo susurrante, monos blancos, flashes y luces de emergencia.

—No realizaba ningún trabajo manual. Tiene las manos tersas y el oro del anillo no presenta arañazos. Las uñas están cuidadas. No parece haber suciedad.

La alianza del anular de la mano izquierda brillaba también a la lívida luz de diciembre. Nubes planas cubrían de sombra ese rincón del mundo.

El hombre había sufrido una agresión violenta en el rostro, pero el resto del cuerpo aparecía ileso. La epidermis en los lados del cuello estaba estriada con el azul profundo de los vasos sanguíneos. Se había afeitado cuidadosamente antes de morir. La leve sombra de barba era consecuencia de la retracción de la piel post mortem.

—Rastros mínimos de sangre, incompatibles con las heridas sufridas. Probablemente la sangre sea más abundante en la ropa. Se la quitaron más tarde.

Una pausa.

—El asesino desnudó a la víctima, la preparó.

A pesar de esa escrupulosa preparación, había numerosas huellas de pisadas, tanto en el cuerpo como en el suelo, una mezcla de barro y de hielo, como si el autor se hubiera olvidado de repente de los detalles. Además de las de la víctima, había huellas pertenecientes a una única persona, un hombre, a juzgar por el número de pie detectado, el cuarenta y cinco.

En los brazos, las muñecas y los tobillos del cadáver no se veían marcas de ataduras. La víctima tenía un físico robusto, era alto y con una musculatura bastante desarrollada, y, a pesar de ello, el asesino había conseguido reducirlo. Lo había atacado con una violencia animal.

Conocías al asesino, por eso no reaccionaste de inmediato para defenderte. ¿Qué debiste de pensar en ese momento, cuando te diste cuenta de que ibas a morir?

Era algo que se apreciaba con claridad en la expresión del cadáver. Sus labios estaban cerrados, y los ojos…

El cuerpo había sido abandonado entre un canal de desagüe natural y un camino transitado por turistas la mayor parte del año. Un excursionista lo había localizado unas horas antes. No era una coincidencia, ni un error: el asesino optó por no ocultarlo.

—No aprecio intención sexual, a pesar de que lo ha desnudado.

El jefe de policía local había explicado que se trataba de un padre de familia que había desaparecido hacía dos días, después de haber llevado a su hijo al colegio. El coche estaba a unos cien metros del cuerpo, en un barranco, escondido por los árboles. Lo habían empujado. En el suelo, huellas de neumáticos y de zapatos.

—El asesino se movió a pie. Las huellas continúan en el bosque.

La comisaria Battaglia interrumpió la grabación y levantó la vista al cielo. Algún cuervo graznaba, pasando sobre sus cabezas. Las nubes amenazaban con una nevada inminente.

No había tiempo. Debían ser más rápidos, más eficientes.

La comisaria se levantó y notó cómo le crujían las ar­ticulaciones. Demasiados días de su vida pasados de rodillas. O demasiados años sobre sus hombros, pensó. Demasiados kilos de los que liberarse.

—Espabilad con las tareas de reconocimiento —ordenó.

Los hombres de la Policía Científica eran sombras blancas y silenciosas, agachadas sobre detalles que solo unos ojos entrenados podían captar. Fotografiaban, recogían, clasificaban. La cadena de custodia del ADN acababa de comenzar. Llegaría a su término horas más tarde, en un laboratorio del Instituto de Medicina Forense, en la ciudad, a unos cien kilómetros de allí.

Algunos curiosos se habían sentido convocados por la llegada de la policía. Un grupo de turistas y de lugareños estaba parado bajo el cartel de madera que indicaba el camino para llegar al pueblo más cercano, Travenì. A solo cuatro kilómetros. Resultaba fácil distinguir a los autóctonos: tenían rostros salvajes y rubicundos. No había signos del bronceado uniforme de las pistas de esquí, sino teces oscurecidas por la oscilación térmica, quemadas por el viento.

—¡Hemos encontrado la ropa! —gritó una voz, desde el bosque.

Un espantapájaros, ese fue el primer pensamiento de la comisaria Battaglia.

Entre las zarzas, la figura surgía de la maleza como un detalle desentonado, incongruente. Estaba hecha con ramas y cuerdas, algunas frondas y ropa ensangrentada.

La cabeza era la camiseta interior de la víctima, rellena con hojas y paja, dos bayas moradas en lugar de ojos. Chaqueta y pantalones colgaban del esqueleto de madera, el reloj estaba atado a la rama que hacía las veces de muñeca. La camisa embadurnada de sangre estaba endurecida. Resultaba imposible decir cuál era el color original de la tela.

Un agente se acercó.

—Las huellas desaparecen a unos cien metros al norte, entre las rocas —le informó.

El asesino sabía cómo moverse. Era del lugar o lo conocía muy bien.

La comisaria se acercó de nuevo el micrófono a la boca, los ojos fijos en el claro, donde el cadáver era un perfil blanco en el que se posaban los copos de nieve que desde hacía algunos minutos habían empezado a caer. Alguien estaba tendiendo una lona encima de él.

—Este fetiche representa al asesino —dijo—. Ha contemplado su propia obra y ha querido que lo supiéramos…

Un ruido repentino impidió la continuación de su análisis. Aguzó la vista, preguntándose si el espectáculo era real o no. Un hombre estaba avanzando por el claro, entre las patrullas y el bosque, hundiéndose de vez en cuando en los barrizales. Pero no se daba por vencido. La americana hecha a medida que ondeaba, la camisa manchada de barro y aguanieve, y nada más que pudiera defenderlo de la helada. Tenía una expresión combativa, acompañada por un rubor que denotaba cansancio. O tal vez incomodidad, vergüenza.

Cuando la comisaria intuyó de quién podía tratarse, una sola palabra le bastó para resumir su estado de ánimo.

—Mierda.

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3.

Massimo estaba hundido hasta los tobillos en el lodazal.

Una serie de emociones azotaba su rostro: ira, desaliento, incredulidad, pero sobre todo vergüenza. Avanzaba a duras penas entre penachos de hierbas insidiosas, que se hundían bajo sus pies dejando al descubierto una trampa de cieno.

Tenía los ojos de todos aquellos desconocidos encima de él: su nuevo grupo, después del traslado. Sabía que su superior estaba observándolo desde la linde del bosque.

Incierta al principio, ahora la nieve caía copiosamente. Le rozaba las mejillas calientes; su peso sobre la piel duraba un pestañeo.

Massimo se atrevió a levantar la mirada por un instante. El comisario Battaglia debía de ser ese tipo de unos cuarenta años, un poco menos alto que él, de tez oscura y con un cigarrillo entre los labios que lo escudriñaba con los ojos entrecerrados. Se lo había indicado un agente moviendo un brazo hacia él. Massimo no preguntó nada más y se encaminó, ignorando el grito de alarma de su compañero. No entendió su agitación hasta que se vio hundido en el barrizal, tras unos metros recorridos a paso de marcha, para ostentar desenvoltura.

Nunca olvidaría ese día. Había llegado a la oficina con algunos minutos de retraso y estuvo esperando en un pasillo de la comisaría más de media hora antes de que alguien se dignara decirle que su equipo no estaba allí: había sido alertado por un presunto caso de asesinato. Nadie se había preocupado de esperarlo o de informarle al respecto. Simplemente se habían olvidado de él.

Cinco minutos de retraso.

Massimo pensó en una broma, pero el compañero fue lapidario: Battaglia no tiene sentido del humor, le aseguró. Tampoco debía de tenerlo él, a juzgar por su cara.

Massimo solo tenía dos alternativas: esperar en una silla el regreso del equipo, o bien reunirse con ellos dondequiera que estuviesen.

Desgraciadamente, eligió la segunda.

No se le había pasado por la cabeza tener que conducir casi dos horas bajo un diluvio que vertía murallas de agua sobre el asfalto, con el navegador enloquecido, los ojos pegados al parabrisas. Cuando llegó al valle, empezó entonces la pesadilla del hielo. Curvas cerradas y resbaladizas hacían que las ruedas patinaran y el corazón le diera más de un vuelco. Un par de veces el coche se quedó parado en medio de una subida, el neumático incapaz de adherirse a la superficie congelada. Un tractor que pasaba por allí se detuvo. El dueño, un anciano cuyo aliento olía a vino y con una locuacidad renqueante, insistió en ayudarlo. Decía que era algo que sucedía a menudo con los turistas en esa época del año y que para él no suponía un problema remolcarlo hasta la llanura.

—Troncos, estiércol o coches, ¿qué más da una cosa u otra? —dijo.

Massimo aceptó con un escalofrío. Una última mirada preocupada a su coche, antes de enganchar la cadena en el parachoques, subir y poner punto muerto.

Fue así como llegó a Travenì: remolcado por un tractor.

Con los músculos de la espalda doloridos por la tensión y una furiosa migraña, pudo al final observar el paisaje. Era de una belleza primitiva que hacía perder referencias. Los picos nevados dominaban un bosque milenario, elevándose como cuchillas opacas desde una densa alfombra de vegetación. Recordaban a los gigantes de la mitología, y obligaban a mantener la nariz alzada, con una sensación de vértigo en el alma. En la maleza, entre pinos cembros y zarzas de arándanos, surgían cursos de aguas transparentes, discurriendo ágiles entre las rocas, estalactitas de hielo y musgo oloroso. En la nieve que bordeaba la carretera, Massimo había visto numerosas huellas de animales.

Era un mundo alejado de aquel al que estaba acostumbrado, un mundo que susurraba la pequeñez humana, que sugería hasta qué punto eran inútiles nuestros afanes. Un paraíso natural que estaba lejos, sin embargo, de permanecer incontaminado: parte de una ladera aparecía casi desnuda a la vista. Algunas excavadoras estaban aparcadas en una llanura ocupada por las casetas de unas obras y otras máquinas para los trasvases de tierra. Estaba en marcha una deforestación.

Massimo apartó la mirada, como molesto por una mancha en un hermoso cuadro.

El pueblo de Travenì apareció después de las últimas curvas de codo, sobre la llanura que se alzaba a pie de valle. Era una aldea arracimada en la cuenca que formaba una corona de montañas. Las casas de estilo alpino eran de piedra y madera. En el exterior de cada entrada, una pila de leña ordenada despedía aroma de pez. En el minúsculo centro, la arquitectura cambiaba: los edificios de varias plantas tenían revestimientos en colores pastel, tejados abuhardillados de estilo nórdico, decoraciones navideñas de acebo y lazos rojos en las terrazas. En la calle principal se apostaban tabernas y antiguas posadas, una tienda de comestibles y dos cafeterías. En el exterior de un pub, se agrupaban chicos con sus tablas de snowboard bajo el brazo y un vaso de vin brûlè en la mano; las pistas de esquí no quedaban muy lejos. Había también una farmacia y un par de tiendas a la moda para turistas.

El dueño del tractor dejó a Massimo y su coche en la plaza principal, rechazando el dinero que el forastero insistía en darle. Se marchó de allí despidiéndose con el brazo levantado y un toque de claxon. Massimo miró a su alrededor. El pueblo parecía un esbozo tomado de una postal. Sin embargo, pegados con chinchetas en el tablón de anuncios del ayuntamiento, varios folletos convocaban a una reunión en el gimnasio del colegio esa noche: los habitantes del valle estaban llamados a asistir a una asamblea contra la construcción de la nueva estación de esquí. Massimo pensó en las obras que había visto al pie de la montaña y en los árboles talados. Tampoco allí, lejos de la ciudad, reinaba realmente la paz.

Encontrar a su equipo no le resultó difícil: el cuerpo de la víctima había sido localizado no lejos del pueblo, hacia la frontera. Se llegaba transitando por una pista sin asfaltar que discurría entre roquedales y bosques de pinos bajos. Los coches de la policía local habían limitado ya los accesos, formando un bloqueo a ambos lados de la calzada. Un policía iba anotando meticulosamente las matrículas de todos los vehículos que pasaban por allí y los datos de los curiosos que estiraban el cuello para captar algunos detalles.

Massimo le enseñó su placa y preguntó por el comisario Battaglia. Fue así como terminó en el barrizal por el que aún se arrastraba con dificultad.

Su superior, al menos, dejó de prestarle atención. Estaba hablando con una anciana embutida en un chaquetón que le llegaba casi hasta los pies. Era imposible no fijarse en ella: llevaba el cabello cortado en forma de casco, el flequillo largo hasta los ojos, de un rojo artificial que desentonaba entre aquella armonía natural de tonos delicados. Le estaba señalando algo en el canal que se internaba por entre la maleza, mientras él asentía.

La mujer debía de ser una testigo. Tal vez ella había encontrado el cuerpo.

Massimo dio los últimos pasos. Alguien le tendió una mano para que saliera del cenagal. Aceptó con un agradecimiento avergonzado, aunque le salió como un refunfuño.

Por primera vez desde que terminara la academia, se sentía sometido a examen. Le costaba respirar y tenía las manos sudadas, a pesar de la helada. Sabía que el comienzo no podía ser peor.

—Inspector Massimo Marini —se presentó, tendiéndole la mano a Battaglia—. Me han destinado a su equipo. Nadie me avisó de la inspección; de lo contrario, me habría reunido antes con ustedes.

No sabía por qué lo había dicho. Su voz sonó petulante incluso para sí mismo, como la de un niño enojado.

Nadie estrechó su mano. Massimo la dejó caer. Se rendía ante ese día equivocado.

El hombre lo miraba sin decir ni una palabra. Le pareció ver que movía la cabeza ligeramente, como una advertencia furtiva. Fue la anciana la que respondió.

—El muerto tampoco tuvo la decencia de advertirnos antes a nosotros, inspector.

Tenía la voz ronca y todo el aspecto de considerarlo menos que nada.

Massimo la miró. El gorro de lana tachonado con lentejuelas aplastaba sobre su frente un desenfadado flequillo que no tenía nada que ver con un rostro, marcado por la edad, ni con una dureza que preanunciaba un carácter igualmente arisco. Los ojillos lo atravesaban como manos impacientes, hurgaban en su cara como en busca de alguna clase de confirmación. Estaba mordisqueando las patillas de unas gafas. Massimo se fijó en que tenía los labios delgados; de vez en cuando los arrugaba, como si sopesara un pensamiento. Un juicio, tal vez.

Debajo del chaquetón podía adivinarse un físico de complexión rechoncha. La tela se tensaba en unas caderas robustas.

Un agente se acercó con un teléfono móvil. Se lo tendió a la mujer.

—Comisaria, es el comisario jefe. Pregunta si tiene un momento.

Ella asintió y se alejó unos pasos para responder. De vez en cuando le lanzaba una mirada.

Massimo se quedó de piedra. Apenas se dio cuenta de que el hombre que creía que era Battaglia le estrechaba la mano, presentándose como el agente Parisi. Se había quedado sin saliva y tenía un principio de congelación. Trató de formular mentalmente unas disculpas que pudieran no parecer idiotas, pero cuando la vio terminar la llamada, la única frase que logró pronunciar fue la menos apropiada.

—Nadie me dijo que buscara a una mujer, comisaria.

Ella lo observó como se mira una caca pegada a la suela de otra persona.

—Bueno, inspector. Ni siquiera ha hecho el esfuerzo de pensarlo.

Inspector. Era poco más que un chaval y parecía haber salido de un anuncio de moda. Teresa había percibido su olor a varios metros de distancia. Desentonaba en esa pequeña tierra alpina, que se estaba llenando de nieve y de sangre, la que el agua lavaba de musgo y lo arrastraba consigo por el suelo. Sangre de un hombre, asesinado de una manera que un policía raramente tiene oportunidad de ver durante su carrera.

Massimo Marini tenía una cara hermosa, tan solo una sombra la velaba. No se había afeitado. Alguna cosa había salido mal esa mañana. Más de una cosa, a juzgar por su aspecto.

El comienzo no había sido de los mejores. El intento del joven inspector de parecer resuelto había fallado miserablemente. Teresa, no obstante, pensaba que el beneficio de la duda se le otorga a cualquiera, incluso en los casos más desesperados, como era el suyo.

Sentía curiosidad por descubrir por qué había pedido el traslado desde una gran ciudad a una pequeña capital de provincia. ¿Entre qué (o quién) y él había interpuesto más de quinientos kilómetros?

Huimos de lo que nos asusta y nos hiere, o de lo que pretende hacernos prisioneros, pensó.

Un amor terminado solo de palabra, tal vez, si bien en su cara no había huellas de desesperación ni de noches insomnes. Únicamente tensión, en ese momento, y la causa era ella, no una guapa muchacha reticente. Había algo más que lo había hecho huir.

Permanecía inmóvil mientras los copos de nieve empezaban a posarse sobre sus hombros, un poco más encorvados que cuando llegó.

Teresa contuvo una sonrisa de satisfacción. Disfrutaba llevando hasta el espasmo los nervios de los recién llegados y con él no iba a hacer una excepción. La había mirado con un aspecto de cachorro casi conmovedor. Teresa sabía que por un momento había sentido miedo: de arriesgarse a una amonestación, de haber sido grosero, de haber quedado como un ingenuo cuando, en cambio, su propósito había sido el de sorprender a todo el mundo entrando con pie seguro.

Lo ignoró y volvió a dirigirse a Parisi para continuar la conversación interrumpida por la rocambolesca llegada del inspector.

—Hay que descender por el canal y mirar también allí, entre la vegetación —dijo.

El agente asintió.

Teresa miró a Marini. Se preguntó dónde había dejado su abrigo o lo que utilizara normalmente para protegerse del frío. Evitó mencionárselo.

—Inspector, ¿se encarga usted? —fue lo que dijo en cambio.

Lo vio sorprenderse, como si se preguntara de qué demonios le estaba hablando. El joven no buscó ayuda. Bajó al canal tal y como estaba, agarrándose a alguna rama para no caerse en el agua estancada.

Teresa negó con la cabeza. ¿De qué servía tanto ego si no para complicarse la vida?

De todas maneras, ha ido inmediatamente. No ha hecho falta que se lo repitiera.

Era una buena señal: quería arreglar las cosas y estaba dispuesto a todo para lograrlo.

Parisi comenzó a quitarse el calzado que había utilizado en la inspección para dárselo a su compañero en problemas, pero ella lo detuvo.

Juntos vieron cómo se hundían de nuevo los zapatos del inspector en el barro, entre restos de hojas malolientes y quién sabe qué más.

Teresa casi sintió lástima por él, pero la escena era divertida.

—¿Qué tengo que buscar? —le preguntó, después de unos minutos de inspeccionar a ciegas.

Al final fue capaz de pedir ayuda.

—Los ojos —respondió Teresa—. Aún no los hemos encontrado.

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4.

Austria, 1978

En el pueblo mucha gente hablaba de la Escuela, pero pocos la conocían de verdad: casi nadie había estado allí. Las anécdotas sobre la institución solían ser con frecuencia fantasías alimentadas por su aspecto misterioso. Algunas mañanas, al amanecer, el edificio de estilo centroeuropeo surgía de entre las nubes bajas como un espejismo de luces cambiantes. De planta rectangular, descansaba sobre una base de piedra viva, procedente de las cercanas canteras, a la que seguía la planta baja, revestida con mampostería. Una cornisa de helechos enroscados sobre sí mismos la separaba de las plantas superiores, de piedra pulida. La fachada principal, de la que partían las alas este y oeste, resultaba impresionante gracias a cuatro columnas de estilo jónico, entre las que se intercalaban ventanas de tímpano triangular. La última planta, la tercera, estaba coronada por una cúpula de bóveda truncada. La mansarda central albergaba un reloj que en la memoria del hombre nunca funcionó. Se decía que la hora marcada —las tres en punto— era la de la muerte de su creador: un joven arquitecto de Lienz, fulminado por un rayo en las inmediaciones del lago mientras se dedicaba a admirar su obra recién terminada. Casi dos siglos después, los ancianos aún hablaban de la ira de Dios por la ofensa recibida: esos lugares eran para el silencio, para el viento y las flores de alta montaña, y el hombre los había violado con su soberbia.

Ahora que podía vislumbrar la Escuela, desde tan cerca como nunca antes lo había hecho, Magdalena comprendía el significado de aquel rumor: su construcción era un error, algo completamente fuera de lugar. El capricho de una nobleza que no aceptaba límites.

Llegó hasta allí a pie, recorriendo la carretera que desde el pueblo subía hasta la meseta. A partir de ahí, había tomado el sendero que trepaba por el lado opuesto de la montaña, para ahorrar tiempo. El lago desprendía un olor acre, de líquenes y fondos cenagosos. Parecía un ojo de la tierra.

Alcanzó la entrada jadeando. Un mechón de rizos se le había escapado del moño. Se apresuró a atraparlo con una horquilla, mientras verificaba el estado de sus zapatos. El macizo portón se abrió antes de que la chica tuviera tiempo de rozar la aldaba en forma de cabeza de lobo. Una cara ancha y sin edad la miraba con ojos pequeños y severos.

—Magdalena, supongo. Sígueme, por favor.

La enfermera Agnes Braun era como el edificio que la hospedaba: austera y decadente. El espeso pelo gris enmarcaba un rostro mucho más joven de lo que Magdalena se esperaba. Con algún apaño, esa mujer podría haber tenido un aspecto más que agradable, pero a la vista estaba que determinados cuidados no eran bienvenidos en la Escuela. Para la entrevista de trabajo, se le había sugerido que se presentara sin maquillaje, con el pelo recogido y ropa sencilla.

Con fría cortesía, Braun la introdujo en lo que debía de considerar su reino, a juzgar por cómo se movía entre mármoles, frisos dorados y los escasos muebles de cierto valor que quedaban: con el paso de una soberana. El edificio, sin embargo, parecía deshabitado, tan silencioso que Magdalena se preguntó dónde estarían los residentes.

La entrada era pulcra, decorada con un mosaico que reproducía el escudo imperial austrohúngaro: un águila negra de dos cabezas sobre un fondo de oro. Las paredes estaban adornadas con trampantojos que representaban escenas de caza. La única mancha oscura entre la armonía de tonos desteñidos era la de un reloj de péndulo con dos negros tallados a ambos lados de la esfera. La expresión de las caras esculpidas en el ébano era aterradora: las bocas abiertas de par en par mostraban dientes de marfil excepcionalmente afilados.

Agnes Braun se percató sin duda del asombro de la recién llegada.

—Fue construido con un material procedente del continente africano —le explicó con aire satisfecho—. Perteneció a la familia del director. Él quiso donárselo a la Escuela.

A Magdalena le parecía espantoso, pero se obligó a sonreír con educación.

Braun la observó en silencio, con las manos entrelazadas en el regazo.

—¿Crees que es de buen gusto? —le preguntó.

Los ojos de la chica huyeron de la trampa de los suyos.

—Sí —respondió, pero se dio cuenta inmediatamente de que la sílaba había sonado falsa.

Miró de nuevo a la mujer y vio que una sonrisa asomaba a su rostro. Agnes Braun parecía satisfecha.

—No tienes de qué avergonzarte —la escuchó decir—. Tu pequeña mentira me ha permitido ver que podrías ser la persona adecuada para este lugar. La Escuela exige devoción, y la devoción presupone cierta renuncia a la propia libertad, incluso la de pensamiento. ¿No estás de acuerdo?

Magdalena asintió, sin darse cuenta siquiera. Había algo en esa mujer que la inquietaba. Como la Escuela, también ella aparecía como una equivocación.

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5.

Algo había asustado a los adultos. Mathias se dio cuenta de ello a partir de las miradas que su madre le dirigía mientras hablaba con la maestra y otras mujeres; eran como un tirón a la correa de su atención, una forma de mantenerlo a su lado incluso mientras estaba lejos. Estrechaba entre sus brazos a su hermano Markus, de pocos meses. Aunque se había quedado dormido hacía un rato, no lo había acostado en el carrito.

El aula magna de la escuela se veía recorrida por susurros nerviosos. Las luces de los reflectores iluminaban los coloridos disfraces abandonados en el escenario. Los ensayos de la función de Navidad habían sido interrumpidos algo antes por dos hombres a quienes Mathias no había visto nunca en el pueblo. Primero hablaron con la maestra; después fueron hasta donde se encontraba la madre de Diego y, tras una breve conversación, ella los siguió como una zombi, pálida y rígida. Solo la llamada de la madre de Mathias le recordó la presencia de su hijo. Volvió tras sus pasos para decirle que se quedara allí y se portara bien, que ya se ocuparía de él la maestra y más tarde iría la abuela. Le temblaba la voz.

Mathias miró a Diego. Estaba hundido en un asiento de la platea, con la mirada clavada en la fila de ventanas altas, mirando el cielo negro. La noche llegaba cada vez más pronto y parecía contagiar a la gente con su oscuridad. Travenì ya no era el pueblo que le gustaba a Mathias. En las últimas horas, se sentía inquieto por sospechas que se cernían sobre los habitantes igual que la nieve. Desde que el padre de Diego había desaparecido, el miedo había envenenado el aire.

Se acercó a su amigo. Levemente rozado por el cono de luz que procedía del escenario, su cara era una pequeña luna triste, y tal vez un poco rabiosa. A Mathias le habría gustado decirle algo, pero sabía que las palabras no tendrían ningún efecto sobre él.

El padre de Diego había muerto. Nadie había pronunciado aún esas palabras, pero ambos lo sabían, como se sabe también que una bofetada está al caer, como se siente subir la fiebre aunque la frente aún esté fría.

Mathias apretó la gorra entre sus manos, hizo una bola con ella y se la lanzó.

La mano de Diego se disparó como un rayo y la aferró sin que los ojos abandonaran la oscuridad que estaban mirando.

A Mathias se le escapó el relámpago de una sonrisa. Diego todavía estaba allí con él, pero al mismo tiempo permanecía hundido en una ciénaga de confusión. Era su mejor amigo y su mayor rival. En ese momento, sin embargo, habría querido decirle que ya no le interesaba ser el líder del grupo, que podía ocupar su lugar, porque no le faltaba nada para ser un líder. En cambio, permaneció en silencio, consciente de que esa no sería una sucesión honorable. Habrían continuado desafiándose una y otra vez, pero el vínculo fraternal que los unía nunca sería cuestionado.

Mathias sintió el impulso de hacérselo saber, pero un pensamiento repentino cambió de golpe las palabras que tenía en los labios.

—¿Dónde está Oliver? —preguntó.

Al oír ese nombre, Diego regresó a la tierra. Oliver solo tenía un año menos que ellos, pero para todos era el cachorro de la manada.

Se miraron, con el mismo pensamiento urgente. Tenían que encontrarlo. Tenían que protegerlo, especialmente allí, entre aquellas paredes.

El pasillo que conducía a los lavabos de los alumnos era una banda de sombra cuyo final no se distinguía. Alguien había apagado ya las luces, las aulas eran agujeros negros que emanaban olor a tiza y a papel.

Oliver tragó saliva y escuchó su sonido en la garganta. Había buscado el interruptor de la luz, pero no recordaba dónde se encontraba; nunca lo había necesitado. Se volvió de nuevo hacia el débil resplandor que lo tranquilizaba: a la vuelta de la esquina, en medio de otro pasillo, se abrían de par en par las puertas del aula magna.

No estoy solo, se repitió.

Volvió a mirar al pasillo. Eran unos pocos metros que parecían abismos y que se había empeñado en recorrer sin pedirle ayuda a nadie.

Oliver lo sabía: él estaba en algún lugar de esa oscuridad; o tal vez estaba en el gimnasio, colocando bien la equipación, o en el comedor, verificando que todas las ventanas estuvieran cerradas. Se movía siempre en silencio, observaba a todo el mundo con mirada severa. Pero tan solo con Oliver se mostraba como realmente era: un ser malvado, igual que el villano de los cuentos. Sin ninguna razón, sin medida. Ante ese pensamiento, sintió una punzada en el estómago.

Oliver parpadeó varias veces. Era como si la oscuridad tuviera peso y se le pegara en las pestañas, en la piel, en la ropa, y quisiera hacer que se hundiera. Dio un paso, y luego otro. Se imaginaba que ahora había entrado en esa burbuja de oscuridad, más cerca de su centro y demasiado lejos de la luz.

Si una mano lo atrapara de repente y lo arrastrara… Alejó de sí ese pensamiento hasta el lugar desde el que había llegado, pero el dolor de estómago se quedó allí para recordárselo. La puerta de los lavabos no debía de estar muy lejos. Unos metros más y la sentiría bajo las palmas de las manos, que mantenía tendidas hacia delante, y todos sus miedos serían barridos por la luz. Entonces Mathias y Diego se sentirían orgullosos de él y lo mirarían de igual a igual.

Avanzó con más convicción, hasta que sintió bajo las yemas de los dedos la superficie lisa de la pared. La recorrió con los dedos hasta la puerta, buscó a tientas la manija y la bajó. El habitual olor a cloro y detergente le confirmó que el lugar era el correcto.

Vaciló, mientras buscaba el valor para introducir una mano en la oscuridad.

Idiota, se dijo, sintiéndose avergonzado, aunque no hubiera nadie allí para presenciar su miedo.

Frunció los labios y tendió un brazo. Sentía calor y frío al mismo tiempo. Alcanzó a tientas por fin el interruptor y el neón en el techo se encendió crepitando.

Los azulejos azules brillaban golpeados por la luz fría. Un grifo mal cerrado dejaba caer de vez en cuando una gota en una de las pilas.

El pecho de Oliver se desinfló con la respiración contenida: allí no había nadie esperándolo.

Fue hacia los lavabos, una hilera de tres puertas abiertas por delante de él. Eligió la de en medio y comenzó a desabrocharse los pantalones. En el primer botón se detuvo.

Ya no estaba solo. Había alguien detrás de él. Otra respiración se había unido a la suya en el silencio. Un aliento pesado que apestaba a ajo y tabaco.

—Hola, mamoncete.

Oliver se volvió con lentitud, como si las palabras pronunciadas por esa voz grosera fueran una orden. Estaba temblando.

Delante de él, la silueta imponente de su pesadilla cotidiana lo hacía sentir aún más pequeño de lo que ya era.

Abramo Viesel era el conserje de la escuela de Travenì. Era mayor que sus padres, aunque más joven que sus abuelos. Tenía un cuerpo tan ancho que le costaba moverse y cuando caminaba basculaba de lado a lado como un barco a merced de las olas. Oliver, sin embargo, no lo habría definido como gordo. La palabra que se le venía a la mente cada vez que lo veía y que sufría sus torturas era «poderoso». Como el malo de un cómic de superhéroes. Tan poderoso como para aplastarlo.

Le miró las manos: eran tan grandes como su propia cabeza. Se la imaginó prisionera de esos dedos rechonchos y peludos.

—Así que al final te has atrevido a venir hasta aquí tú solo —le estaba diciendo—. No ha sido una buena idea.

Oliver no respondió. Cualquier palabra habría sido un error; a esas alturas, ya lo sabía. El señor Viesel se divertía atormentándolo desde el primer día que pisó la escuela. Solo con palabras, sin rozarlo ni una vez siquiera, aunque Oliver sentía que pronto iba a hacerlo. Volvió a mirarle las manos y las vio sacudidas por breves espasmos, como si los músculos estuvieran respingando bajo la piel. Le recordaron los peces del río, cuando con rápidos saltos asomaban sobre la superficie para alimentarse de insectos.

Sabía que también el señor Viesel estaba buscando comida, la que saciaba su hambre más secreta: el miedo de Oliver. Desplazó su mirada hacia el abdomen hinchado del hombre. Ocupaba toda la vía de escape.

—Me están esperando —logró decir en un susurro.

El estómago del señor Viesel se sobresaltó, movido por una risa baja que se apagó casi de inmediato.

—Has venido a mear. Así que hazlo —le ordenó, sin moverse. Con un hombro bloqueaba la puerta.

Oliver cerró los ojos con fuerza. El peso que sentía gravar en su vejiga se estaba convirtiendo en dolor.

—Tengo que irme —dijo—. Por favor.

—No, tú te quedas. Firme como un soldadito hasta que te lo hagas encima.

Oliver sintió que sus mejillas se mojaban.

—Oh, aquí está la niñita que llevas dentro —se burló el señor Viesel.

Oliver pensó que Lucia también era una niña y, sin embargo, ella era valiente y fuerte. Abrió los ojos. Veía la silueta del verdugo temblar entre sus lágrimas.

El hombre se inclinó hacia él.

—Sabes lo que haré si vas y lo cuentas por ahí, ¿verdad?

Oliver no respondió.

—Iré a buscarte una de estas noches mientras duermes, y…

Simuló el acto de agarrarlo. Oliver sofocó un grito y Viesel se echó a reír. Pero, de pronto, algo lo golpeó en la cara y cayó luego al suelo.

Viesel miró el objeto y Oliver siguió su mirada. Era un borrador. Había dejado una franja blanca de tiza sobre la mejilla del hombre.

El señor Viesel se volvió hacia la entrada y Oliver aprovechó la ocasión y se metió entre su costado y la puerta, y empezó a empujar con todas sus fuerzas para ganar la libertad.

—¿Adónde crees que vas? —oyó que le decía, pero ahora ya estaba a salvo.

Mathias y Diego se interponían entre él y el verdugo.

—Aquí están tus amiguitos que acuden a protegerte —gruñó el hombre—. ¿Cuándo dejarás de ser un cagón?

—¡Déjelo en paz! —dijo Mathias.

—¿Y tú qué quieres, Klavora? ¿Tu padre no te ha zurrado lo suficiente esta semana?

Abramo Viesel se limpió la cara de tiza.

—Y también está aquí el joven Valent —continuó, mirando a Diego. Recogió el borrador del suelo—. Tu viejo, en cambio, sí que ha tenido mal final.

—¡Cállese!

La orden de Mathias se apagó sin ser escuchada. Oliver lo vio agarrar a Diego por un brazo e intentar llevárselo de allí, pero el otro parecía haberse convertido en una es­tatua.

—¡Vámonos! —les suplicó.

—He oído lo que se decían los policías en el aparcamiento, antes de entrar para buscar a tu madre —susurró Viesel, como en una confidencia—. ¿Quieres saberlo?

Diego no respondió, mientras seguía mirándolo fijamente. Oliver pensó que parecía hipnotizado.

—¿Quieres saber cómo ha muerto?

Ahora eran los tres quienes estaban escuchándolo.

Abramo Viesel levantó las manos, con sus dedos arqueados como imitando unas garras afiladas, y lentamente las acercó a la cara de Diego.

—Lo han llevado al bosque y le han arrancado los ojos. ¡Así!

La voz de la maestra que los llamaba en el pasillo interrumpió el relato. Oliver se sintió arrastrado por Mathias, que también estaba tirando de Diego.

Por detrás de ellos, Abramo Viesel se quejó con un tono plañidero de lo cansado que estaba de limpiar los baños después de las bromas de los niños mimados, con los problemas de salud que tenía él. Oliver no se volvió para mirarlo, pero estaba seguro de que con una mano agitaba el borrador y con la otra se sujetaba la espalda.

En cambio, miró a Diego y no lo reconoció. Estaba tan pálido que parecía muerto. Igual que su padre.