¿Cuáles son las razones por las que una obra de fantasía logra atrapar la imaginación de un lector? ¿Qué combinación de elementos convierten una novela fantástica en una experiencia inolvidable, una marca indeleble en la mente de sus lectores? ¿Cómo consigue una serie de libros elevarse hasta el podio de las sagas que arrastran a miles de lectores y los convierten en meros yonquis literarios deseosos de nuevas dosis de aventura, emoción, sufrimiento o épica?
Ojalá tuviera respuestas para todas estas espinosas cuestiones. Pero después de mucho tiempo dedicado a leer, disfrutar, discutir y reseñar (lo mejor que puedo) las obras de este género literario, solo tengo claro que son muy pocos los libros que pueden enorgullecerse de despertar esa llamarada interior de gozo, esa chispa mágica del embrujo de la fantasía con mayúsculas. Y es por eso que la decalogía Malaz: el Libro de los Caídos de Steven Erikson siempre tendrá un hueco tan importante en mi corazón lector.
Después de leer y releer estas diez extensas novelas, de devorar sus miles de páginas una y otra vez acompañando en sus desvelos y afanes a soldados, ladrones, hechiceras, magos, guerreros, emperatrices y Ascendientes, tengo claro que pocas sagas de la fantasía moderna pueden igualarse con la obra creada por este osado canadiense. Aunque apenas han pasado siete años desde que su creador la completara, todo un tiempo récord para una saga de esta extensión, no cabe duda de que Malaz se ha ganado un lugar más que merecido en el podio de las obras inolvidables del género.
Y eso a pesar de que el Libro de los Caídos es tan difícilmente definible como clasificable. Tiene el encanto heroico de la Ilíada de Homero mezclada con el descarnado realismo de La Compañía Negra de Glenn Cook, es una arrebatadora fusión de historia y filosofía capaz de complacer tanto nuestro lado más adulto como de entretener al niño que todavía tenemos dentro. Es una imparable aventura épica con las dosis adecuadas de emoción, humor, dolor y alegría, una fantasía sorprendente surgida de los juegos de rol que desborda magia, mucha magia. Es todo eso y mucho más.
¿Quién de entre los malazanos, nosotros, los lectores que seguimos aquí ocho libros después, no recuerda su primer acercamiento a la saga? Todos lo tenemos grabado a fuego en nuestra memoria, y es que hay que reconocer que el inicio de la decalogía de Erikson alcanza otro nivel en cuanto a experiencia indeleble se refiere. Es difícil no rememorar con cierta añoranza cómo fue esa primera lectura de Los jardines de la Luna y lo que sentimos al vernos lanzados, sin paracaídas ni compasión, a sus páginas.
En mi caso fue gracias a una edición de bolsillo, de letra apretada, que me encontré por primera vez con esa presentación que nos hace ser testigos, en las almenas de una añeja fortaleza, de la conversación entre un veterano guerrero cansado de una vida entera dedicada al combate y un joven niño que solo sueña con convertirse en soldado. Mientras a sus pies el fuego consume un arrabal de una ciudad llamada Malaz, el veterano soldado masculla como respuesta a los sueños del niño un seco «ya crecerás» cargado de pesimismo, realismo y madurez, pero que su joven interlocutor no es capaz de captar en toda su profundidad.
Pero el lector sí que lo percibe, el que pasea sus ojos por las páginas de la novela conecta con la sensación de algo mucho más profundo, y entonces se da cuenta (quizá de una forma inconsciente todavía) de que está a punto de iniciar un viaje al corazón de la fantasía épica más rabiosa y potente. Y al mismo tiempo una fantasía con los pies bien anclados en el suelo y la realidad, una fantasía cubierta de una densa pátina de historia que soporta sobre sus espaldas el peso de decenas de civilizaciones y culturas previas.
Solo con esas primeras páginas del prólogo uno ya capta la inmensidad de lo que se avecina con Malaz: el Libro de los Caídos, de la atrevida propuesta de las diez novelas de Erikson hacia el lector curtido y criado en la fantasía épica. Es cierto que la lectura de Los jardines de la Luna es toda una prueba de fuego, que Las puertas de la Casa de la Muerte tampoco es un viaje de placer, y que ni siquiera bien entrado Memorias de hielo uno logra abarcar toda la magnitud del tapiz desplegado antes sus ojos. Pero precisamente es esa sensación de la maravilla constante lo que queremos, lo que buscamos una y otra vez en la fantasía moderna, y que cuesta tanto alcanzar en su plenitud.
Por eso lo que seduce al lector desde la exigente lectura de la primera entrega del Libro de los Caídos (y conforme la saga nos arrastra tocho tras tocho de épica fantástica) es el grandioso trasfondo en el que todo transcurre. Su poderosa ambientación y su rica historia previa funcionan como un abigarrado y realista telón de fondo para su impresionante galería de personajes. Por muy desesperante que se vuelva en ocasiones la sensación de andar perdido en un escenario mayor que no se comprende del todo, de avanzar entre insinuaciones de algo que se oculta entre bambalinas para nuestro desconcierto, el universo fantástico presentado por Erikson es tan asombroso, tan complejo y tan consistente que soporta toda la atención desmedida del lector.
Esto es algo de lo que tuvieron que ser conscientes sus propios creadores desde la misma génesis de su universo compartido. Aunque en un principio el mundo de Malaz nació como escenario donde el joven Steven Erikson (por aquel entonces todavía solo Steven Rune Lundin) y su amigo de universidad Ian Cameron Esslemont pudieran jugar sus partidas de rol, muy pronto quedó claro que el escenario, la ambientación y los personajes se quedaban cortos solo para eso. Aquella densa y abigarrada historia creada por estos dos canadienses y cimentada sobre sus numerosas lecturas de fantasía, sus interminables partidas de Dungeons & Dragons y sus amplios conocimientos de arqueología y antropología, daba para mucho más. ¡Y vaya si daba!
Su ambición juvenil los llevó a convertir su mundo privado en la ambientación para un guion cinematográfico. Cuando trataron de venderlo a diversas productoras canadienses se estrellaron de forma inmisericorde contra un muro de rechazos («¡En Canadá no hacemos cosas así!», les respondieron para desestimar su proyecto, algo no muy diferente de lo que les habría ocurrido si fueran españoles). Pero fue gracias a esto que ambos amigos decidieron aprovechar el exuberante universo malazano para convertirlo en las novelas de fantasía épica que todos conocemos, embarcándose Erikson en la creación de la impresionante decalogía Malaz: el Libro de los Caídos y Esslemont en la no menos ambiciosa Malaz el Imperio. Por los huevos del Embozado, nunca podremos estar lo suficientemente agradecidos al desinterés de esos productores cinematográficos y al tesón de los dos amigos canadienses.
Desde entonces la ambición y el asombro constante son las banderas que ondean sobre este universo literario en continua ebullición. Las diversas novelas de Malaz han construido a su alrededor un rico y multifacético entramado donde la historia es un denso tapiz que se ha desarrollado durante milenios y milenios, del que dejan buena constancia la multitud de ruinas y restos que pueblan su geografía. Mientras el lector avanza en la odisea del Libro de los Caídos es consciente de cómo las civilizaciones han surgido y caído en diversos continentes, de como multitud de razas y culturas se solapan, se enfrentan o se fusionan, o es testigo de la lucha de los reinos y los imperios por su supervivencia mientras se siente apabullado por la existencia de una magia poderosa y deslumbrante. Una magia que se convierte en la piedra angular de la misma existencia de Malaz, donde los diversos Ascendientes y los secretos que ocultan las Sendas mágicas son elementos clave en un drama de proporciones homéricas que pone en riesgo la existencia de mortales e inmortales por igual.
Al mismo tiempo, las novelas de la saga nos ofrecen un sugestivo reflejo de nuestra historia y lo que significa ser humano. Solo un antropólogo con una visión tan lúcida de la realidad como Erikson podría diseccionar con tanta habilidad las costuras de la existencia humana y los ciclos históricos. Y por eso resulta tan fascinante que sea Malaz (una obra de género fantástico, al que algunos críticos cortos de miras todavía se empeñarán en tildar de pura evasión o de literatura menor) la que logre presentar reflexiones tan acertadas sobre temas tan diversos como el capitalismo, el radicalismo religioso, la guerra, el totalitarismo o la intolerancia, por citar solo un puñado.
En su Libro de los Caídos Erikson examina con ojo crítico muchos de los peligros que pueblan nuestro mundo real, pero manteniendo un optimismo, siempre realista, respecto de la humanidad. El escritor canadiense deja brillar un rayo de esperanza al exaltar valores tan escasos y valiosos como el compañerismo o la compasión. Sin duda, un raro espécimen de autor en una época dominada por una fantasía oscura que en ocasiones parece más preocupada en mostrar la brutalidad porque sí que en explorar su corazón más profundo, sus razones últimas. Malaz sí que se molesta en escarbar en busca de esas preguntas incómodas, y el lector no puede por menos que sentirse agradecido por esa honestidad.
Reflexionaba al comienzo sobre cuáles son los elementos que convierten una novela de fantasía en una obra inolvidable. Es cierto que el complejo entramado histórico, cultural y mágico creado por Erikson para Malaz resulta de un atractivo infalible para el lector veterano en los mundos fantásticos, pero me atrevería a decir que su mayor punto fuerte es otro. Lo que de verdad logra establecer una conexión directa con el corazón del lector son, como no podía ser de otra manera, sus personajes.
El Libro de los Caídos nos presenta una extensa galería de protagonistas de todo género, raza, cultura y condición: de ladrones callejeros a dioses ancestrales, de humildes hechiceras a bárbaros guerreros, de sacerdotes descreídos a temerarios zapadores,... Cada nueva novela de la saga añade multitud de nombres al complejo entramado tejido por Erikson, pero todos ellos gozan de la misma seña de identidad: son profundamente humanos. Sin importar si son dioses o mortales, si son heroicos soldados o miserables canallas, todos ellos nos muestran sus flaquezas y debilidades, sus sueños y animadversiones. Desnudan su alma ante nosotros y acabamos identificándonos con unos u otros. Solo así se entiende que Erikson consiga que sintamos una simpatía inusitada por un guerrero no-muerto con milenios de existencia que es poco más que un cadáver andante, al tiempo que despierta nuestra aversión más profunda por el comportamiento execrable de otros seres humanos. El Libro de los Caídos nos atrapa porque es una narración que pone el énfasis en lo que nos hace humanos, en sentimientos que todos podemos compartir o comprender: amistad, compasión, sacrificio, empatía, odio, venganza, heroísmo, amor, redención,...
Es gracias a todo esto que aquí seguimos todos, ocho libros y más de siete mil páginas después. Hay que reconocer que los lectores de Malaz tenemos algo de masoquistas, y que el estilo de Erikson nos pone. Solo así se entiende que estemos aquí pidiendo más. Por suerte para nosotros, el universo malazano sigue creciendo año a año, en lo que parece una especie de competición cariñosa entre Erikson y Esslemont, esos dos amigos empeñados en poblar las librerías con nuevas entregas en forma de precuelas o secuelas de sus sagas principales.
En un mundo literario donde algunas sagas se estancan durante años haciendo desesperar a sus lectores a la espera de nuevas novelas, Malaz es una «rara avis» que siempre tiene listas nuevas dosis para el lector que desea disfrutar más, o explorar nuevas facetas y nuevos periodos de su extensa historia. Sin ir más lejos, mientras escribo estas líneas Erikson ya está inmerso en la creación de una nueva trilogía que será una secuela directa de este Libro de los Caídos. Los malazanos podemos estar tranquilos, porque nuestro mundo fantástico está en unas manos constantes y fiables, que disfrutan escribiendo sus historias tanto como nosotros leyéndolas.
Pero ya es hora de que vaya terminado. «Demasiadas palabras», como diría Karsa Orlong, y todos sabemos que es mejor hacer caso de la tosca sabiduría del toblakai. En realidad todo esto lo conocéis tan bien como yo, y si habéis tenido la suficiente paciencia de leer estas líneas es porque esta impresionante saga forma parte de vuestra vida y seguro que ocupa un hueco imborrable en vuestros corazones. Y ahora por fin tenéis en vuestras manos Polvo de sueños, esos sueños que nos han acompañado durante mucho tiempo y sobre los que ahora vais a caminar página tras página. Así que sentaos cómodamente, acunando en vuestras manos esta nueva bestia de más mil páginas, y preparaos para degustar con deleite (y atención, siempre con mucha atención a los detalles) cada uno de sus párrafos. Ha sido un largo camino, una larga espera, pero como sabéis bien, Malaz siempre recompensa con creces la paciencia de su lector.
Aquí están de vuelta algunos de esos personajes que nos han acompañado por un largo (y difícil, muy difícil) camino, otros nuevos llegan ahora para que los podamos conocer; antiguos misterios van a encontrar respuesta mientras otros nuevos secretos surgirán a nuestro paso. Preparad las ballestas de combate, aseguraos de tener cerca un par de malditos y algún fullero. Ya sabéis cómo juega Erikson sus cartas, cómo cocina a fuego lento sus historias colocando con cuidado pieza tras pieza, urdiendo con cuidado el tapiz hasta alcanzar el gran clímax final. Preparaos para disfrutar y sufrir, para sorprenderos y enfadaros, para esbozar sonrisas de placer y dejar que las lágrimas escapen de vuestros ojos. Esto es Malaz: el Libro de los Caídos. Pero sobre todo disfrutad del viaje, disfrutad la aventura. Y larga vida a Malaz.
Daniel Garrido, creador del blog
El caballero del árbol sonriente
Está claro que se me conoce por escribir tochos que podrían sujetar puertas, la conclusión de Malaz: El Libro de los Caídos siempre iba a necesitar, en mi mente, algo más de lo que la tecnología moderna de edición podría lograr. Hasta la fecha he evitado escribir cliffhangers, principalmente porque como lector siempre me ha resultado molesto la espera para descubrir qué ocurre. Ay, Polvo de sueños es la primera mitad de una novela en dos tomos que concluirá con El Dios Tullido. Por lo tanto, si buscas conclusiones a varios arcos argumentales, no los encontrarás aquí. Además, ten en cuenta que no hay epílogo y que, estructuralmente, Polvo de sueños no sigue el arco tradicional de una novela. Todo lo que puedo pedirte es que, por favor, tengas paciencia. Sé que puedes: al fin y al cabo, has esperado todo este tiempo, ¿no es así?
Steven Erikson
Victoria, B.C.
Consejera Tavore
Mago supremo Ben el Rápido
Puño Keneb
Puño Blistig
Capitana Lostara Yil
Banaschar
Capitán Generoso
Capitana Skanarow
Capitán Faradan Sort
Capitán Ruthan Gudd
Capitán Rápido
Capitán Incluso Ron
Teniente Poros
Peccado
Larva
Sargento Violín
Cabo Chapapote
Koryk
Sonrisas
Botella
Corabb Bhilan Thenu’alas
Sepia
Sargento Gesler
Cabo Tormenta
Narizcorta
Destello de Ingenio
Cachipolla
Sargento
Sargento Cordón
Cabo Casco
Cojo
Ebron
Crujido (Jambadar Tronco)
Sargento Hellian
Cabo
Cabo Pejiguero
Cabo Sinaliento
Balgrid
Quizás
Sargento Bálsamo
Cabo Oloramuerto
Rebanagaznates
Contramano
Sargento Thom Tissy
Tulipán
Chorrogaviota
Sargento Urb
Cabo Reem
Masan Gilani
Lametazo de Sal
Sargento Sinter
Cabo Pravalak Borde
Miel
Correa Ponche
Bajío
Miratrás
Sargento Badan Gruk
Cabo Fruncido
Roce
Nep Surco
Reliko
Inmenso Vacío
Sargento Remilgo
Cabo Besadónde
Mulvan Pavor
Neller
Muertecalavera
Sacaprimero
Setomuerto
Alquimista Bavedicto
Sargento Alborada
Sargento Mosqueta
Cabo Mantequitas
Cabo Garrafones
Sargento Ojoflaco
Cabo Costilla
Bulto
Caudillo Hiel
Hanavat (esposa de Hiel)
Jarabb
Sidab
Hanab
Kastia
Yelk
Ganap
Rafala
Shelemasa
Vedith
Espada mortal Krughava
Yunque del escudo Tanakalian
Destriant Run’Thurvian
Canciller Rava
Conquistador Avalt
Princesa Felast
Reina Abrastal
Hethry
Gaedis
Rey Tehol
Reina Janath
Canciller Bicho
Ceda Bicho
Tesorero Bicho
Preda Norlo Trumb
Fifid
Spanserd
Seren Pedac
Yan Tovis (Crepúsculo)
Yedan Derryg (la Guardia)
Sargento Tropo
Harlest Eberict
Brys Beddict
Atri-ceda Aranoche
Shurq Elalle
Shorgen Kaban
Ublala Pung
Bruja Tirón
Bruja Chapoteo
Sucinta
Piedad
Rucket
Urso Hoobutt
Pinosel
Explorador Henar Vyrgulf
Cabo lancero Odenid
Cabo Ginast
Caudillo Onos Toolan
Hetan
Stavi
Storii
Comandante Stolmen
Sekara la Vil
Brujo Cafal
Talamandas
Strahl
Bakal
Comandante Maral Eb
Zaravow
Benden Ledag
Tajopiel Ralata
Hessanrala
Setoc de los Lobos
Kamz’tryld
Talt
Bedit
Riggis
Sagal
Kashat
Spax
Toc el Joven
Sathand Gril
Balamit
Jayviss
Hega
Krin
Yedin
Corit
Estaral
Faranda
Spultatha
Cetro Irkullas
Gavat
Ildas
Inthalas
Sagant
Inquisidora Tajo
Hermana Desdén
Hermano Sagaz
Hermana Condena
Rutt
Held
Badalle
Visto
Saddic
Brayderal
Onrack
Kilava
Ulshun Pral
Lera Epar
Kalt Urmanal
Rystalle Ev
Brolos Haran
Ilm Absinos
Ulag Togtil
Nom Kala
Inistral Ovan
Kebralle Korish
Thenik el Fragmentado
Urugal el Tejido
Beroke Suavevoz
Kahlb el Cazador silencioso
Halad el Gigante
Varandas
Haut
Suvalas
Burrugast
Gedoran
Gathros
Sanad
Matrona Gunth’an Acyl
Centinela j’an Bre’nigan
Cazador k’ell Sag’Churok
Hija Única Gunth Mach
Cazador k’ell Kor Thuran
Cazador k’ell Rythok
Asesino shi’gal Gu’Rull
Sulkit
Destriant Kalyth (Elan)
Silchas Ruina
Rud Elalle
Telorast
Cuajo
El Errante (Errastas)
Nudillos (Sechul Lath)
Kilmandaros
Reposo
Mael
Olar Ethil
Udinaas
Icarium Robavida
Draconus
Ryadd Eleis
Sheb
Taxilian
Veed
Asane
Aliento
Último
Nappet
Rautos
Sandalath Drukorlat
Withal
Mape
Corteza
Pule
Torcido
Cucaracha
Cartógrafo
Mappo Runt
Rezongo
Amby
Vahído
Preciosa Dedal
Llanura Elan, oeste de Kolanse
Hubo luz, y después hubo calor.
Se arrodilló, tomó con cuidado cada frágil pliegue con las manos, asegurándose de que cada doblez era perfecta, de que ni una pequeña parte del bebé quedaba expuesta al sol. Le puso la capucha hasta que no quedó nada más que un hueco del tamaño de un puño por donde asomaba la carita, los rasgos de la pequeña eran borrones grises en la oscuridad, y entonces él la levantó con cuidado y la acunó con el brazo izquierdo. No había dificultad alguna en ello.
Habían acampado cerca del único árbol que había en cualquier dirección, pero no bajo este. Era un árbol gamleh, y los gamleh estaban enfadados con la gente. Durante el crepúsculo de la noche anterior, las ramas habían estado repletas de hojas grises ondeantes, por lo menos hasta que se acercaron. Por la mañana las ramas estaban peladas.
De cara al oeste, Rutt estaba de pie sosteniendo a la bebé que había llamado Held. La hierba carecía de colores. En algunos lugares había sido rasgada por el viento seco, viento que había arrancado la tierra alrededor de las raíces y había expuesto los pálidos bulbos, para que las plantas se marchitaran y murieran. Cuando ya no había polvo ni bulbos, a veces quedaba la grava. Otras veces tan solo era lecho de roca, negro y retorcido. Los elan de la llanura perdían su cabello, pero era algo que Badalle hubiera dicho, sus ojos verdes fijos en las palabras de su cabeza. No cabía duda de que ella tenía un don, pero Rutt sabía que algunos dones eran maldiciones disfrazadas.
Badalle se acercó, los brazos quemados por el sol eran tan delgados como cuellos de cigüeña, las manos colgaban a los lados cubiertas de polvo, parecían sobredimensionadas en comparación a los flacuchos muslos. Sopló para espantar a las moscas que le mordisqueaban la boca y entonó:
«Rutt sujeta a Held
La cubre con cuidado
Por la mañana
Y después se alza...»
—Badalle —saludó él. Sabía que ella no había terminado el poema, pero también sabía que no tenía prisa alguna—, todavía estamos vivos.
Ella asintió. Estas breves palabras se habían convertido en un ritual entre ellos, aunque el ritual nunca había perdido los tintes de sorpresa, el leve recelo. Los quiebrahuesos habían sido especialmente duros con ellos la pasada noche, pero las buenas noticias era que quizás habían dejado a los Padres atrás.
Rutt reacomodó al bebé que había llamado Held en su brazo, y salió renqueante por los pies hinchados. Al oeste, hacia el corazón de los elan.
No necesitaba mirar atrás para ver que los demás le seguían. Aquellos que podían. Los quiebrahuesos vendrían a por los demás. No había pedido ser la cabeza de la serpiente. No había pedido nada, pero era el más alto y puede que el mayor. Quizá tenía trece, o quizá catorce.
Tras él, Badalle recitó:
«Y comienza a andar
Aquella mañana
Con Held en sus brazos
Y la cola retorcida
Serpentea hacia fuera
Como una lengua
Del sol.
Necesitas la lengua
Más larga
Cuando buscas
Agua
Como le gusta hacer al sol...»
Badalle lo observó un rato, vio cómo los otros seguían su estela. Se uniría a la serpiente retorcida muy pronto. Sopló las moscas, pero no tardaron en volver, apelotonándose alrededor de las llagas que le cubrían los labios, dando saltitos para chupar las comisuras de los ojos. Ella había sido hermosa, con aquellos ojos verdes y el largo cabello de mechones dorados. Pero la belleza consiguió sonrisas por un tiempo limitado. Cuando la alacena queda vacía, la belleza se difumina.
—Y las moscas —susurró—, trazan patrones de sufrimiento. Y el sufrimiento es horrendo.
Observó a Rutt. Era la cabeza de la serpiente. También era los colmillos, pero aquel detalle se lo reservaba para sí misma, su broma privada.
La serpiente había olvidado cómo comer.
Había estado entre los que habían llegado del sur, de las casas semejantes a cáscaras vacías de Korbanse, Krosis y Kanros. Incluso las islas de Otpelas. Algunos, como ella, habían caminado por toda la costa del Mar Pelasiar, y después hasta el límite de Stet al oeste, que antaño había sido un gran bosque, y allí descubrieron la ruta de madera, Senda Tocón la llamaban en ocasiones. Árboles talados a ras para dejar círculos planos, acumulados en larguísimas filas. Otros niños habían llegado de la propia Stet, habían seguido el antiguo lecho de rocas del arroyo, avanzando a través de la grisácea masa de árboles caídos y podridos y arbustos enfermos. Había señales que alertaban de que Stet había sido un bosque acorde a su antiguo nombre, Bosque Stet, pero Badalle no estaba convencida del todo. Todo lo que alcanzaba a ver era un erial, destrozado y maltratado. No quedaban árboles en pie por ninguna parte. La llamaban SendaTocón, pero en otros tiempos había sido la Senda del Bosque, era una broma demasiado privada.
Quedaba claro que alguien había requerido una gran cantidad de árboles para construir la carretera, así que quizá sí que hubo un bosque aquí. Aunque ahora ya no estaba.
En el extremo norte de Stet, de cara a la llanura Elan, había llegado otra columna de niños, y un día más tarde otra se les unió, del norte, desde Kolanse, y a la cabeza de esta viajaba Rutt. Cargaba con Held. Alto, hombros, codos, rodillas y tobillos protuberantes y la piel que los cubría flácida y tensa. Tenía unos ojos grandes y luminosos. Todavía conservaba todos los dientes, y cuando llegó la mañana, cada mañana, estaba allí, a la cabeza. Los colmillos, y el resto se limitaba a seguirlo.
Todos creían que él sabía adónde iban, pero no le preguntaron, ya que la creencia era más importante que la verdad, la cual era que él estaba tan perdido como el resto.
«Todo el día Rutt sujeta a Held
Y la mantiene
En su sombra.
Es difícil
No amar a Rutt
Pero Held no
Y nadie ama a Held
Excepto Rutt.»
Visto provenía de Okan. Cuando los muertos de hambre y los huesudos Inquisidores llegaron a la ciudad su madre lo azuzó a que saliera corriendo, agarrado de la mano de su hermana dos años mayor que él, y habían huido por las calles entre edificios en llamas y gritos que inundaban la noche y los muertos de hambre entraban a golpes en las casas, sacaban a la gente a la calle y les hacían cosas horribles, mientras que los huesudos lo observaban y decían que era necesario, todo lo que aquí sucedía era necesario.
Arrancaron a su hermana de sus manos, y fue su grito el que todavía sonaba en su cráneo. Cada noche desde entonces le había afligido durante el periodo completo de sueño, desde el instante en que caía rendido por el cansancio hasta que se despertaba ante el pálido rostro del amanecer.
Corrió durante lo que le pareció una eternidad, al oeste y lo más lejos posible de los muertos de hambre. Comió lo que encontró, le empujaba la sed, y cuando puso tierra entre él y los muertos de hambre los quiebrahuesos aparecieron. Enormes manadas de perros demacrados con ojos enrojecidos y sin miedo a nada. Y entonces los Padres, cubiertos de negro de la cabeza a los pies, caían sobre los andrajosos campamentos junto a los caminos y secuestraban niños. En una ocasión, él y unos cuantos más se cruzaron con uno de sus antiguos almacenes nocturnos y vieron con sus propios ojos los huesecillos astillados y manchados de azul y gris entre los rescoldos de la hoguera apagada, entonces comprendieron lo que los Padres les hacían a los niños que se llevaban.
Visto recordó la primera vez que vio el Bosque Stet, una hilera de colinas peladas repletas de tocones hechos trizas, raíces que le recordaron a una de las fosas comunes que rodeaban la ciudad que fue su hogar y que abandonó antes de que la última pieza de ganado fuera sacrificada. Y en aquel instante, observó lo que había sido un bosque y se dio cuenta de que el mundo estaba muerto. No quedaba nada y no había lugar alguno al que ir.
Y aun así siguió adelante, ahora uno más entre lo que debían de ser decenas de miles, puede que incluso más, una carretera de niños que se medía a leguas de longitud, y por todos aquellos que habían muerto en el camino, otros les habían reemplazado. Jamás hubiera imaginado que existían tantos niños. Eran como un enorme rebaño, el último gran rebaño, la única fuente de alimento para los últimos cazadores desesperados.
Visto tenía catorce años. Todavía no había comenzado a dar el estirón, y ahora ya no lo daría jamás. Su tripa estaba abotargada y dura como una piedra, sobresalía de tal forma que su columna se doblaba profundamente por encima de la cadera. Caminaba como una embarazada, los pies abiertos, los huesos doloridos. Estaba lleno de parásitos satra, los gusanos en el interior de su cuerpo nadaban sin fin y engordaban con cada día que pasaba. Cuando estuvieran listos (pronto) brotarían de él. De las fosas nasales, de los lagrimales, de los oídos, del ombligo, del pene y del ano y de la boca. Y para los testigos parecerá que se desinfla, la piel se arrugará y se derrumbará en ondulantes pliegues a lo largo de su cuerpo. Será como si, en un instante, se transformara en un viejo. Y entonces morirá.
Visto estaba casi impaciente por que ocurriera. Esperaba que los quiebrahuesos se comieran su cuerpo y con él los huevos que los parásitos satra habían dejado en este, para que de este modo, murieran. Mejor aún, Padres. Pero no eran tan estúpidos, estaba seguro de ello, así que no tocarían su cuerpo. Una lástima.
La serpiente dejaba atrás el Bosque Stet y el camino de madera que dio paso a una polvorienta ruta comercial repleta de baches, que se internaba en los elan. Por lo tanto, moriría en la llanura, y su espíritu escaparía de aquella cosa encogida que era su cuerpo, y emprendería el largo viaje de vuelta a casa. A encontrar a su hermana. A encontrar a su madre.
Su espíritu ya estaba cansado, cansadísimo de caminar.
Al final del día, Badalle se obligó a trepar un antiguo túmulo elan con el vetusto árbol en el otro extremo (las hojas grises ondeaban) desde donde podía darse la vuelta, mirar hacia el este, y ver tan lejos como alcanzara la vista, el camino que habían recorrido aquel interminable día. Más allá de la masa del campamento desparramado, vio una ondulante línea de cuerpos que se extendía hasta el horizonte. Había sido un día especialmente malo, demasiado calor, demasiado seco, la única poza de agua era un nauseabundo lodazal de barro envenenado infestado de cadáveres putrefactos de insectos que sabía a pescado muerto.
Ella se levantó y miró durante un buen rato la ondulante longitud de la serpiente. Aquellos que habían caído por el camino no eran apartados, se limitaban a pisar o a tropezar con los cuerpos, y ahora la ruta era una carretera de carne y hueso, ondeantes mechones de pelo y, esto lo sabía ella, ojos que miraban con fijeza. La Serpiente de las Costillas. Chal Managal en el idioma de los elan.
Sopló las moscas de los labios.
Y recitó otro poema.
«Esta mañana
Vimos un árbol
De hojas grisáceas
Y cuando nos acercamos
Las hojas desaparecieron.
Al mediodía el chico sin nombre
Sin nariz
Cayó y no se movió
Y descendieron las hojas
A alimentarse.
Al anochecer otro árbol
Trémulas hojas grises
Preparándose para la noche
Al llegar la mañana
Volarán de nuevo.»
Ampelas enraizado, las Tierras Yermas.
La maquinaria estaba cubierta de polvo grasiento que resplandecía en la oscuridad con el leve brillo de la linterna que se deslizó por encima, creó movimiento donde no había alguno, la ilusión del silencioso descenso, como las escamas reptilianas que parecían, como siempre, cruelmente apropiadas. Respiraba con dificultad al mismo tiempo que se apresuraba por el estrecho pasillo, se agachaba de vez en cuando para evitar los gruesos cables negros que colgaban del techo. Le picaba la nariz y la garganta por el aire estancado de un fétido y hediondo olor metálico. Rodeada por las entrañas expuestas de Raíz, se sintió asediada por el incognoscible e ilimitado misterio del nefasto arcano. Y aun así había convertido estos túneles oscuros y abandonados en su caza preferida, conocedora de sostener motivaciones autorrecriminatorias que la habían guiado hasta tales elecciones.
La Raíz atraía a los perdidos, y Kalyth estaba, sin duda alguna, perdida. No es que no pudiera encontrar el camino entre los infinitos y retorcidos pasillos, o a través de la vasta cámara de silenciosas máquinas congeladas, esquivó los pozos del suelo sobre los cuales jamás se habían instalado losas, y se apartó del caos de metal y cables desparramados de paredes sin paneles. No, conocía la zona tras meses de deambular por ella. Aquella maldición de perplejidad desesperanzadora e indefensión pertenecía a su espíritu. No era quien querían que fuera, y nada que dijera podría convencerles de lo contrario.
Había nacido en una tribu de la llanura Elan. Había crecido hasta la edad adulta allí, de niña a chica, de chica a mujer, y no hubo nada que la señalara, nada que la identificara como única, o con un don de talentos inesperados. Se casó un mes después de tener la primera sangre. Había dado a luz a tres niños. Casi había amado a su marido, y había aprendido a vivir con aquella leve decepción constante, mientras que la belleza de la juventud daba paso a una maternidad agotadora. Era cierto que había vivido una vida idéntica a la de su propia madre, por lo que había visto con claridad (sin uso de talento especial alguno) el camino de su vida por delante, la pérdida de la flexibilidad, profundas líneas cubriéndole la tez, los pechos caídos, la miserable debilidad de la vejiga. Y algún día se descubriría incapaz de caminar, y la tribu la abandonaría donde fuera. Para que muriera en soledad, ya que morir siempre era algo solitario, como debe ser. Los elan tenían más cabeza que los sedentarios de Kolanse, con sus criptas y los tesoros sepultados para los muertos, con los sirvientes familiares y los consejeros degollados en los pasillos del sepulcro, sirvientes más allá de la propia vida, sirvientes para toda la eternidad.
Todo el mundo moría en soledad, al fin y al cabo. Una certeza muy simple. Una verdad que nadie tenía que temer. Los espíritus aguardaban antes de juzgar a un alma, esperaban a que esa alma (en la soledad de la muerte) se juzgara a sí misma, sobre la vida que había vivido, y si extraía paz de ello entonces los espíritus mostrarían clemencia. Si el tormento cabalgaba la Yegua Salvaje, por qué sabían pues los espíritus cómo igualarlo. Cuando el alma se encontraba a sí misma, al fin y al cabo, era imposible mentir. Los argumentos embaucadores que resuenan con mentiras, la frágil debilidad demasiado obvia como para ignorarla.
Había sido una buena vida. Lejos de ser perfecta, pero tampoco infeliz. Una vida que se podría definir como satisfactoria, e incluso el resultado se demostraba informe y falto de significado.
No había sido ninguna bruja. No había tenido el aliento de un chamán, por lo tanto jamás sería Jinete del Caballo Moteado. Y cuando el final de esa vida había llegado para ella y los suyos, en una mañana de horror y violencia, todo lo que demostró entonces fue un maldito egoísmo; al negarse a morir, al huir de todo lo que había conocido.
Esto no eran virtudes.
No disponía de virtudes.
Alcanzó la escalera central en espiral (cada paso demasiado liviano, demasiado amplio para zancadas humanas) y salió disparada, el aliento se volvía más superficial y rápido debido al esfuerzo a medida que ascendía nivel tras nivel, hacia arriba y fuera de Raíz, e internándose en las cámaras más profundas de Sustento, donde hacía uso de la rampa de contrapeso que la elevaba con una plataforma vertical a través de inquietos grupúsculos de hongos, los rediles apelotonados de orthen y grishol, que se detenían entre chirridos y escalofríos en la base del nivel del Vientre. Aquí, la cacofonía de la juventud la asoló, los chillidos siseantes de dolor mientras se llevaban a cabo las espantosas cirugías (así como los destinos se decretaban en sabores amargos) y, al haber alcanzado cierta medida con su paso, se apresuró a ascender más allá de los niveles de terrible rabia, el hedor de los residuos y el pánico que brotaba como aceite sobre cuero reblandecido entre siluetas que se retorcían por todas partes. Siluetas que se preocupó de evitar mirar, se dio prisa a llevarse las manos a los oídos.
De Vientre a Corazón, donde ahora cruzaba entre figuras gigantescas que no le prestaban atención, y por cuyos caminos tenía que agacharse y esquivar por temor a que la pisaran con las pezuñas engarfiadas. Soldados ve’gath montaban guardia junto a la rampa central. La doblaban en altura y parecían la vasta maquinaria de la Raíz que había en lo profundo vestidos con aquellas armaduras arcanas. Visores de rejilla decorados ocultaban las caras excepto los colmillos que sobresalían de los hocicos, y la línea de las mandíbulas que les daba unas sonrisas espantosas, como si el propósito implícito de su nacimiento les encantara. Más incluso que los j’an o los k’ell, los verdaderos soldados de los k’chain che’malle asustaban a Kalyth hasta lo más profundo de su ser. La matrona los producía en grandísimas cantidades.
No había necesidad de más pruebas, la guerra se cernía.
El hecho de que los ve’gath provocaran un intenso dolor en la matrona, cada embestida para salir convertida en un chorro de sangre y un fluido acre, se había convertido en algo irrelevante. La necesidad, como bien sabía Kalyth, era la maestra más cruel de todas.
Ninguno de los soldados que montaban guardia bloquearon su paso al entrar. La piedra plana que pisaba estaba repleta de pequeños agujeros pensados para que las garras encontraran sujeción y a través de los cuales el aire fresco soplaba a su alrededor. El descenso de la temperatura ambiental en la rampa era obvio que servía de algún modo para calmar el miedo instintivo que experimentaban los k’chain ante la transmisión de gritos y gemidos que subían de los niveles del Corazón hasta los Ojos, la Guarida Interior, Nido Acyl y hogar de la propia matrona. Aunque al cruzar la rampa ella sola la presión del mecanismo era menos pronunciada, escuchó poco más que el aire que soplaba y que la desorientaba con una sensación de caída a pesar de que ella corría rampa arriba, y el sudor en las extremidades y en las cejas se enfrió rápidamente. Temblaba cuando la rampa se detuvo ante la base del nivel de los Ojos.
Centinelas j’an observaron su llegada desde los pies de la escalera que formaba una media espiral que conducía al Nido. Como con los ve’gath, estos parecían bastante indiferentes a su presencia. Sin duda estaban alertados de que había sido llamada, pero incluso así no la verían como una amenaza, aunque hubieran sido criados por la matrona para proteger. Kalyth no solo era inofensiva; era inútil.
El aire caliente y hediondo la golpeó, la envolvió como una tela húmeda mientras ella se acercaba a las escaleras y comenzó la extraña subida hacia la guarida de la matrona.
En el otro extremo un solo centinela montaba guardia. De por lo menos un millar de años de edad, Bre’nigan era flaco y alto, más alto incluso que un ve’gath, y sus escamas de varias capas de grosor lucían una pátina plateada que convertía a la criatura en algo fantasmal, como si fuera tallado de mica blanqueada por el sol. Ni pupila ni iris eran visibles en la hendidura de los ojos, tan solo un amarillo pálido que se confundía con las cataratas. Sospechaba que el guardaespaldas era ciego, pero lo cierto es que era imposible de saberlo de cierto, ya que cuando Bre’nigan se movía, el j’an mostraba una perfecta seguridad y una elegancia líquida. La espada larga y ligeramente curvada colgaba a través de un anillo de latón en la cintura (un anillo medio incrustado en la piel de la criatura) era tan larga como alta era Kalyth, la hoja desprendía un tono como de cerámica magenta, aunque el preciso filo resplandecía plateado.
Saludó a Bre’nigan con un ligero movimiento de cabeza que no obtuvo respuesta alguna, y después pasó de largo al centinela.
Kalyth había esperado (no, había rezado), pero cuando fijó la mirada sobre los dos k’chain que estaban de pie junto a la matrona y vio que no iban acompañados los ánimos se fueron al traste. La desesperación la invadió con la amenaza de consumirla. Luchó para introducir aliento en su pecho.
Tras los recién llegados y enorme sobre el dais elevado, Gunth’an Acyl, la matrona, emanaba agonía en oleadas. Era inmutable y no había cambiado, pero ahora Kalyth sentía de la gigantesca reina una corriente amarga de... algo.
Desbalanceada, distraída, Kalyth discernió entonces el estado de los dos k’chain che’malle, las horrendas heridas medio sanadas, la caótica madeja de cicatrices en los costados, cuellos y caderas. Las dos criaturas parecían hambrientas, como si hubieran sido llevadas a extremos de privación y violencia, y ella sintió un calambre como respuesta en el corazón.
Pero aquella empatía fue efímera. La verdad era esta: el cazador k’ell Sag’Churok y la Hija Única Gunth Mach habían fracasado.
La matrona habló en la mente de Kalyth, aunque no era un discurso al uso, sino la irrevocable imposición de conocimiento y significado.
Destriant Kalyth, un error en la elección. Seguimos rotos. Sigo rota. No puedes remediarlo, sola no, no puedes arreglarlo.
Ni el conocimiento ni el significado eran regalos para Kalyth. Podía sentir la demencia de Gunth’an Acyl escondida en aquellas palabras. La matrona estaba, sin duda alguna, loca. La misma locura que había pasado a sus hijos, y a la propia Kalyth. No había persuasión posible.
Era muy probable que Gunth’an Acyl comprendiera las convicciones de Kalyth, la creencia de que la matrona estaba loca, pero esto tampoco marcaba diferencia alguna. En la antigua reina no había nada más que dolor y el tormento de la desesperada necesidad.
Destriant Kalyth, deben intentarlo de nuevo. Lo que está roto debe ser reparado.
Kalyth no creía que Sag’Churok y la Hija Única pudieran sobrevivir a otra misión. Y esa era otra verdad que fracasó en persuadir la imperativa necesidad de Acyl.
Destriant Kalyth, debes acompañar esta búsqueda. Los k’chain che’malle no pueden ver el reconocimiento.
Y así, al fin, habían alcanzado lo que ella había sabido que era inevitable, a pesar de la esperanza, los rezos.
—No puedo —susurró.
Debes. Los guardianes han sido escogidos. K’ell Sag’Churok, Rythok, Kor Thuran. Shi’gal Gu’Rull. Hija Única Gunth Mach.
—No puedo —repitió Kalyth—. No tengo... talento alguno. No soy una destriant. Estoy ligada a lo que sea que una destriant necesite. No puedo encontrar una espada mortal, matrona. Ni un yunque del escudo. Lo lamento.
El enorme reptil cambió el punto de apoyo, el sonido como de rocas asentándose en grava. Unos ojos centelleantes se fijaron en Kalyth, irradiaban oleadas de desaprobación.
Te he escogido a ti, Destriant Kalyth. Son mis hijos los que están ciegos. El fracaso es suyo, y mío. Hemos fracasado en cada guerra. Soy la última matrona. El enemigo me persigue. El enemigo me destruirá. Los tuyos prosperan en este mundo, ni siquiera mis hijos ignoran esta certeza. Entre los tuyos debo encontrar nuevos campeones. Mi destriant debe encontrarlos. Mi destriant se marcha al amanecer.
Kalyth no contestó, sabía que cualquier respuesta sería vana. Tras un instante se inclinó y se marchó del Nido con paso débil, como si estuviera ebria.
Un shi’gal los acompañaría. El significado de esto era claro. No habría fracaso en esta ocasión. Fracasar implicaba recibir el descontento de la matrona. Su juicio. Tres cazadores k’ell y la Hija Única, y la propia Kalyth. Si fallaban... tendrían la ira de un asesino shi’gal, y no sobrevivirían mucho tiempo.
Al llegar el amanecer, de esto estaba segura, comenzaría su último viaje.
En las Tierras Yermas, a buscar campeones que ni siquiera existían.
Y esto, comprendió ella, era la penitencia impuesta sobre su alma. Debía sufrir por su cobardía. Tendría que haber muerto con el resto. Con mi marido. Mis hijos. No debería haber huido. Ahora debo pagar por mi egoísmo.
La única clemencia era esta, cuando el juicio final llegara, sería rápido. Ni siquiera sentiría, mucho menos vería, el golpe fatal del shi’gal. Una matrona jamás producía más de tres asesinos a la vez, y su gusto era anatema, de forma que prevenía cualquier tipo de alianza. Y si uno de ellos decidía que la matrona debía ser eliminada, los otros dos, por su propia naturaleza, se opondrían. Además, cada shi’gal protegía a la matrona de los demás. Enviar a uno con la Búsqueda era un riesgo enorme, ya que ahora solo quedaban dos asesinos para defenderla.
Más pruebas de la locura de la matrona. Ponerse en peligro, al mismo tiempo que enviaba a su Hija Única (la única hija con potencial para criar) no tenía sentido alguno.
Pero Kalyth estaba aterrada de ponerse en marcha rumbo a su propia muerte. ¿Qué le importaban estas aterradoras criaturas? Si la guerra tenía que llegar, que llegara. Que los misteriosos enemigos descendieran sobre Ampelas enraizado y el resto de enraizados, y acabara con todos y cada uno de los k’chain che’malle. El mundo no los echaría en falta.
Es más, ella conocía la extinción. La verdadera maldición es cuando eres la última de tu especie. Sí, comprendía tal destino, y conocía la verdadera profundidad de la soledad. No, no ese jueguecito irrisorio, vacío y autocompasivo que practicaba la gente. Sino la cruel comprensión de la soledad sin cura, sin esperanza o salvación.
Sí, todo el mundo moría solo. Y quizá se escuchen lamentos. Quizás arrepentimiento. Pero esto no era nada comparado con lo que sentía el último de una raza. Ya que no había forma alguna de evitar un fracaso evidente. Fracaso absoluto y demoledor. El fracaso de una propia raza, cerniéndose desde todos los frentes, atrapando los últimos hombros sobre los que desplomar toda la carga, un peso que una sola alma no puede soportar.
Kalyth había recibido una especie de don residual con el lenguaje de los k’chain che’malle, y ahora la torturaba. Su mente había despertado, más allá de lo que había conocido en su vida previa. El conocimiento no era una bendición; la conciencia era una enfermedad que contaminaba el espíritu. Podía sacarse los ojos de las cuencas y todavía vería demasiado.
¿Los chamanes de su tribu sintieron tal culpa demoledora, cuando supieron que el final llegaba? Recordó la desolación en sus ojos, y entendió de modos que no había entendido con anterioridad, en la vida que había vivido. No, no podía hacer nada más que maldecir las bendiciones mortales de estos k’chain che’malle. Maldecirlos con todo su corazón, con todo su odio.
Kalyth inició el descenso. Necesitaba la guarida que proporcionaba la Raíz; necesitaba la maquinaria decrépita rodeándola, el goteo de los aceites viscosos y el hediondo aire viciado. El mundo estaba roto. Era la última de los elan, y ahora su única tarea restante en esta tierra era contemplar la aniquilación de la última matrona de los k’chain che’malle. ¿Existía satisfacción en ello? En caso de que la hubiera, era una satisfacción malvada, convirtiéndolo en algo más atractivo.
Entre su gente, la muerte había llegado aleteando a través del rostro del sol poniente. Un oscuro presagio raído en el cielo. Ella sería aquella visión pavorosa, el jirón de la luna asesinada. Atraída por la tierra, como todas las cosas al final.
Todo es cierto.
Contemplad la desolación en mis ojos.
Shi’gal Gu’Rull estaba de pie sobre la Frente, los vientos nocturnos soplaban con fuerza alrededor de su esbelta y alta figura. Era el mayor de los asesinos shi’gal, había luchado y vencido a siete shi’gal durante su servicio a Acyl. Había sobrevivido sesenta y un siglos de vida, de crecimiento, y era el doble de alto que un cazador k’ell adulto. A diferencia de los cazadores (con el sabor de la mortandad súbita al final de los diez siglos) los shi’gal no sufrían de aquella imperfección. Podían, en potencia, sobrevivir a la propia matrona.
Engendrado en astucia, Gu’Rull no se engañaba con la salud mental de la madre Acyl. La incómoda conjetura sobre las estructuras divinas de la fe no encajaban con ella y los k’chain che’malle. La matrona buscaba adoradores humanos, sirvientes humanos, pero los humanos eran demasiado frágiles, demasiado débiles para suponer verdadero valor. La mujer Kalyth era prueba más que suficiente de ello, a pesar del sabor de perspicacia que Acyl le había otorgado; perspicacia que debería haber traído consigo certeza y fuerza, pero que una mente débil había retorcido para formar nuevos instrumentos de autorrecriminación y autocompasión.
El sabor se desvanecería durante la Búsqueda, ya que la sangre veloz de Kalyth disolvería el don de Acyl sin posibilidad de reponerlo cada día. La destriant volvería a su inteligencia innata, y esta era bastante exigua. Para Gu’Rull ya era bastante inútil. Y en cuanto a esta misión sin sentido se convertiría en una carga, un lastre.
Mejor acabar con ella lo antes posible, pero ay, la orden de madre no permitía tal acción. La destriant debía escoger una espada mortal y un yunque del escudo entre los suyos.
Sag’Churok había recordado el fracaso de su primera selección. La acumulación de imperfecciones que había supuesto el primer elegido: Mascararroja de Lezna. Gu’Rull no creía que la destriant fuera a conseguir a alguien mejor. Puede que los humanos hubieran prosperado en aquel mundo, pero lo habían hecho igual que lo harían los orthen salvajes, por simple virtud de engendrar sin medida. No tenían más talentos.
El shi’gal alzó el hocico en escorzo y abrió las fosas nasales para absorber el aroma del aire fresco de la noche. El viento soplaba del este y, como de costumbre, apestaba a muerte.
Gu’Rull había saqueado los patéticos recuerdos de la destriant, y por lo tanto sabía que ninguna salvación vendría del este, en las llanuras conocidas como Elan. Sag’Churok y Gunth Mach habían puesto rumbo al oeste, hacia Lezna’dan, y allí también habían descubierto fracaso. El norte estaba prohibido, el reino sin vida de hielo, mares atormentados y frío cortante.
Por lo tanto, debían poner rumbo sur.
El shi’gal no había salido de Ampelas enraizado en ocho siglos. En aquel corto periodo de tiempo, lo más probable era que muy poco hubiera cambiado en la región que los humanos conocían como Tierras Yermas. De todas formas, una avanzadilla de exploradores era una táctica sensata.
Con esto en mente, Gu’Rull desplegó aquellas alas que tenía desde hacía un mes, las extendió para que las plumas escamadas pudieran aplanarse y converger bajo la presión del viento.
Y entonces el asesino se dejó caer por el borde de la Frente, con las alas chasqueando en su máxima extensión. Se escuchó la canción del vuelo, un silbido grave, parecido a un gemido, ya que, para el shi’gal, la música era libertad.
Dejó Ampelas enraizado. Había pasado tanto tiempo desde que Gu’Rull sintió algo como esta... euforia.
Los dos ojos nuevos bajo la línea de su mandíbula se abrieron por primera vez y toda aquella visión, del cielo encima y la tierra debajo, confundió por un instante al asesino, pero tras un rato Gu’Rull fue capaz de imponer la separación necesaria para que las vistas tuvieran su propia separación al crear un amplísimo panorama del mundo que tenía delante.
Los nuevos sabores de Acyl eran ambiciosos, sí, brillantes incluso. ¿Tal creatividad estaba implícita en la locura? Quizás.
¿Aquella posibilidad había encendido la chispa de la esperanza en Gu’Rull? No. La esperanza no era posible.
El asesino surcó la noche por encima de un paisaje maldito y sin vida. Como la esquirla de una luna asesinada.
Las Tierras Yermas
No estaba solo. No recordaba haber estado solo jamás. Es más, la noción era imposible, y eso lo entendía. Por lo que sabía era incorpóreo, y poseía el pintoresco privilegio de ser capaz de moverse de un compañero a otro casi a voluntad. Si iban a morir, o conseguían de algún modo repelerlo, es decir si creía que iba a cesar de existir. Él quería vivir, flotar en la eufórica maravilla de sus amigos, su bizarra y desestructurada familia.
Atravesaron una espesura desolada y solitaria, un lugar de roca quebrada, dunas de arena gris formadas por el viento, laderas de vidrio volcánico que comenzaba y terminaba con indiferencia aleatoria. Colinas y riscos que habían colisionado en caprichosa confusión y ni un solo árbol que rompiera el ondulante horizonte. Arriba, el sol era un ojo borroso que iluminaba un camino a través de las finas nubes. El aire era cálido, el viento, incesante.
El único alimento que el grupo había logrado encontrar provenía de las extrañas plagas de roedores escamados. La fibrosa carne sabía a polvo. Y de una cría enorme de rhinazan que tenía marsupios bajo las alas repletos de agua lechosa. Día y noche las poliñeras les asediaban, esperaban que alguno cayera y no se levantara, pero esto no parecía probable. Pasó de una persona a otra y pudo sentir su resolución innata, la inquebrantable resistencia.
Ay, tal fortaleza no podía prevenir aquella letanía infinita de miseria que parecía ser el centro de la conversación.
—Qué desperdicio —dijo Sheb, mientras se rascaba la barba—. Cava unos pozos, amontona piedras para hacer casas y tiendas y todo eso. Y tendrás algo que valga la pena. La tierra baldía es inútil. Qué ganas de que llegue el día en que se aproveche todo lo que hay sobre la superficie del mundo. Ciudades una sobre la otra...
—No habría granjas —contestó Último, pero como siempre era una objeción tímida, reticente—. Sin granjas, nadie comería...
—No seas imbécil —espetó Sheb—. Por supuesto que habría granjas. Tan solo no existiría toda esta tierra inservible, donde nada vive más que malditas ratas. Ratas en la tierra, ratas en el aire y bichos, y huesos... ¿te puedes creer todos los huesos que hay?
—Pero yo...
—Cállate, Último —dijo Sheb—. A ver si, para variar, dices algo útil.
Asane habló entonces con su frágil y temblorosa voz:
—No os peléis, por favor. Ya es bastante horrible sin vosotros chinchándoos, Sheb...
—Cuidado, bruja, tú eres la siguiente.
—¿Te apetece intentarlo, Sheb? —preguntó Nappet. Él escupió—. Me lo imaginaba. Solo hablas, Sheb, y nada más. Una noche de estas, cuando estés dormido, te cortaré la lengua y se la echaré a las putas poliñeras. ¿Quién se quejaría? ¿Asane? ¿Aliento? ¿Último? ¿Taxilian? ¿Rautos? Nadie, Sheb, nos pondríamos a bailar.
—A mí no me metáis en esto —dijo Rautos—. Ya sufrí toda una vida cuando vivía con mi mujer, sobra decir que no la echo de menos.
—Ya estamos de nuevo, Rautos —espetó Aliento—. Mi mujer esto, mi mujer lo otro. Estoy harta de oírte hablar de tu mujer. No está aquí, ¿a que no? Seguro que la ahogaste en tu lujosa fuente, la sujetaste así, con fuerza, y viste cómo se le hinchaban los ojos, abría la boca y gritaba bajo el agua. La observaste y sonreíste, es lo que hiciste. Yo no me olvido, no puedo, fue horrible. Eres un asesino, Rautos.
—Ya está de nuevo —dijo Sheb—, la que habla sobre ahogar, otra vez.
—Podría cortarle también la lengua a ella —sugirió Nappet, con una sonrisa—. También la de Rautos. Y se acaban las gilipolleces sobre ahogar o mujeres o quejas. El resto no me molestáis. Último, tú no dices nada y cuando lo haces no sacas de quicio a nadie. Asane, tú sobre todo sabes cuándo mantener el pico cerrado. Y Taxilian apenas dice nada de todos modos. Tan solo nosotros, y eso sería...
—Veo algo —interrumpió Rautos.
Sintió que la atención de los compañeros cambiaba, se centraban, y vio un leve borrón en el horizonte, algo que se alzaba hacia el cielo, demasiado estrecho para ser una montaña, se elevaba como un diente.
—Quiero verlo —informó Taxilian.
—Mierda —dijo Nappet—, no queda otra.
El resto asintió en silencio. Llevaban caminando una eternidad, y los argumentos sobre el destino al que debían llegar se habían marchitado. Ninguno tenía respuestas, ninguno sabía dónde estaban.
Así que pusieron rumbo a la lejana y misteriosa construcción.
A él esto le parecía bien, estaba de acuerdo en acompañarles, y se dio cuenta de que compartía la curiosidad de Taxilian que ganaba fuerza a cada instante que pasaba, tanto que podría superar sin dificultad los miedos de Asane y las obsesiones que plagaban al resto: el ahogamiento de Aliento, el matrimonio miserable de Rautos, la vida tímida y sin sentido de Último, el odio de Sheb, y el deleite de Nappet con la violencia. Todas las conversaciones se apagaron y dejaron paso a nada más que el crujido y los golpeteos de los pies descalzos sobre el agreste terreno, eso y el gemido grave del viento incesante.
Muy arriba un enjambre de poliñeras rastreaba a una figura solitaria que deambulaba por las Tierras Yermas. Habían sido atraídas por el sonido de las voces, aunque descubrieron tan solo a esta única y delgada figura. La piel de un verde polvoriento, los colmillos sobresaliendo de la boca. Cargaba una espada y el resto del cuerpo desnudo. Un caminante en soledad, que hablaba con siete voces, que se conocía con siete nombres. Era muchos, pero era uno. Todos estaban perdidos, incluido él.
Las poliñeras ansiaban que muriera. Pero habían pasado semanas. Meses. Por ahora solo ansiaban.
Había patrones que exigían atención. Aunque los elementos quedaban desarticulados, en zarcillos flotantes, en manchas de negro líquido, como salpicaduras que nadaran en su campo de visión. Pero por lo menos ahora podía ver, que ya era algo. El trapo podrido se había caído de sus ojos, arrastrado por corrientes que no podía sentir.
La clave para desentrañarlo todo estaría en los patrones. Él estaba seguro de ello. Si pudiera dibujarlos juntos, podría comprender; sabría todo lo que necesitaba saber. Sería capaz de dar un sentido a las visiones que le rasgaban.
El extraño lagarto bípedo cubierto de una armadura de negro reluciente, con una cola cortísima, de pie sobre unas rocas, mientras que ríos de sangre se precipitaban por los lados. Sus ojos inhumanos fijos, sin parpadear, en la fuente de toda aquella sangre: un dragón, clavado en una celosía de enormes tablones de madera, los pinchos oxidados goteaban por la condensación. La criatura exudaba sufrimiento, una muerte denegada, una vida transformada en una eternidad de dolor. Y del lagarto de pie surgía satisfacción en la cruel penumbra.
En otro lado, dos lobos parecían observarle desde un risco erosionado cubierto de hierba y restos de huesos. En guardia, intranquilos, como si midieran a su rival. Tras ellos, la lluvia caía desde unos gruesos nubarrones. Se dio la vuelta, como si no le importara lo más mínimo la mirada de los animales, y comenzó a caminar a través de la llanura desnuda. En la distancia, dólmenes brotaban del suelo como arañazos, agrupados sin ningún orden, y aun así todos parecían iguales. Quizás es que eran estatuas. Se acercó, torció el gesto ante aquellas siluetas, rodeadas por un extraño grupo de encapuchados agachados que le daban la espalda y las colas enrolladas. El suelo sobre el que se agachaban resplandecía como si estuviera cubierto de diamantes o vidrio aplastado.
Se acercó a los silenciosos e inmóviles centinelas, y justo antes de alcanzar al más cercano una sombra se cernió sobre él y el aire se heló de pronto. Exaltado, se detuvo y miró hacia arriba.
Nada más que estrellas, flotaban como vertidas de un frasco, como motas de polvo en un charco que se vacía lentamente. Suaves voces que se apagaban, que le rozaban la frente como copos de nieve, derritiéndose al instante, todo significado perdido. Razonamientos en el Abismo, pero no comprendió ninguno de estos. Mantener la vista alzada implicaba tambalearse, sin equilibrio, y sintió que los pies se despegaban del suelo y flotaba. Se dio la vuelta, y miró hacia abajo.
Más estrellas, pero estas emergían de una docena de furiosos soles de fuego verde, cortaban el negro tejido del espacio y se filtraban fisuras de luz. Cuanto más se acercaban, más enormes se hacían, cegándole por completo. La tormenta de voces se convirtió en un clamor, y lo que antes sintió como copos de nieve que se derretían en su frente, ahora ardían como fuego.
Si pudiera juntar todos esos fragmentos, reconstruir el mosaico, y por ende comprender la verdad de los patrones. Si pudiera...
Espirales. Sí, eso son. El movimiento no engaña, el movimiento revela la forma que hay debajo.
Espirales, en rizos de pelaje.
Tatuajes, miradlos, ¡miradlos!
Todos a la vez, los tatuajes se pusieron alerta, se conocía a sí mismo.
Soy Heboric Manos Fantasmales. Destriant de un dios caído. Le veo...
Te veo, Fener.
La forma, tan gigantesca, tan perdida. Incapaz de moverse.
Su dios estaba atrapado, y, como Heboric, era testigo mudo de cómo abrasadores mundos jade se acercaban. Él y su dios estaban en su camino, y eran fuerzas que no podían hacerse a un lado. No existía escudo alguno que pudiera proteger lo que estaba por llegar.
Al Abismo le importamos bien poco. El Abismo llega para dar su sentencia, ante la cual no podemos oponernos.
Fener, te he condenado. Y tú, antiguo dios, me has condenado a mí.
Sí, ya no me arrepiento. Ya que es así como debe ser. Al fin y al cabo, la guerra no conoce otro idioma. En la guerra invitamos a nuestra propia destrucción. En la guerra castigamos a nuestros hijos con un legado de sangre roto.
Ahora lo comprendía. Los dioses de la guerra y lo que significaban, lo que su existencia significaba. Y al mirar aquellos soles de jade que se acercaban implacables, le sobrecogió la futilidad que se escondía tras toda aquella arrogancia, la arrogancia estúpida.
Obsérvanos ondear los estandartes de odio.
Observa adónde nos llevan.
Había comenzado una guerra final. Enfrentar a un enemigo contra el cual no había defensa posible. Ni palabras ni hazañas podían engañar a este preciso árbitro. Inmune a las mentiras, indiferente a las excusas y a los insulsos discursos sobre la necesidad, sobre sopesar dos males y la simplista rectitud de escoger el menos dañino. Y sí, eran argumentos que escuchaba, vacíos como el éter por el que habían viajado.
Somos grandes en el paraíso. Y nos llamaron dioses de la guerra, para cernir la destrucción sobre nosotros mismos, nuestro mundo, la propia tierra, el aire, el agua, la innumerable vida. No, nada de sorpresa, nada de desconcierto inocente. Veo con mis propios ojos el Abismo. Veo con mis propios ojos, y debo hablar con su voz.
Contemplad, amigos míos, pues yo soy la justicia.
Y cuando al fin nos encontremos, no os gustará lo que hallaréis.
Y si la ironía se despierta en vosotros al final, contempladme llorar con lágrimas de jade y contestar con una sonrisa.
Si tenéis el coraje.
¿Lo tenéis, amigos míos, el coraje?

Andaré el camino siempre andado
un paso por delante de ti
y un paso por detrás
me ahogaré en el polvo que alzas
y chillaré en tu rostro
todo sabe igual
incluso cuando finges lo contrario
Pero aquí en el camino siempre andado
los viejos rejuvenecerán
podemos suspirar como reyes
como emperatrices en carretas
resplandecientes en riquezas imaginarias.
Andaré el camino siempre andado
aunque me queda poco tiempo
como si las estrellas estuvieran
en la palma de mis manos
como si regaran los placeres
chispas del sol
que descienden despacio y se posan
Para hacer este camino siempre andado
tras de ti, tras de mí
entre cada paso dado, el paso por llegar
alza la vista, mira arriba
antes de que me marche
Cuentacuentos
Fasstan de Kolanse
La miseria abyecta no reside en lo que muestra la sábana, sino en lo que esconde.
Rey Tehol el Único de Lether
La guerra había llegado a los terrenos descuidados y enmarañados de la torre muerta Azath en la ciudad de Letheras. La invasión de la plaga de lagartos había sucedido desde la orilla del río. Al descubrir una plétora de extraños insectos habían comenzado el frenesí de alimentarse.
La especie más extraña entre los bichos arcanos era un escarabajo bicéfalo. Cuatro lagartos espiaban a la criatura y se acercaron, rodeándola. El insecto notó amenazas desde dos lados y se giró un poco, con cuidado, y descubrió dos nuevas amenazas, por lo que decidió encogerse y hacerse el muerto.
No funcionó. Uno de los lagartos, una especie trepaparedes con una ancha boca y ojos dorados moteados, se lanzó hacia delante y se tragó al bicho.
Esta escena sucedía en la tierra, una matanza terrible, una carrera hacia la extinción. El destino, esta noche, no era amable con los bichos bicéfalos.
Aunque no todas las presas eran indefensas como pudiera parecer. El rol de la víctima en la naturaleza es efímero, y aquel que se alimenta puede alimentar a otros en el eterno drama de la supervivencia.
Un búho solitario, con la panza llena de lagartos, era el único testigo de la súbita oleada de muertes retorcidas sobre la tierra castigada, ya que de las bocas de los lagartos moribundos surgían siluetas grotescas. La extinción de los escarabajos bicéfalos parecía no ser una amenaza tan inminente como unos momentos antes.
Pero los búhos, una de las aves más inteligentes, no se preocupan por tales lecciones. Este observaba con los ojos bien abiertos. Hasta que sintió una extraña sensación en el estómago, suficiente como para distraerle de la matanza de abajo. No pensó en los lagartos que se había comido. No pensó, ni siquiera en retrospectiva, en los intentos vagos que algunos de ellos habían demostrado al quedar atrapados en sus garras.
Al búho le tocó una larga noche de regurgitar. Ya que era de inteligencia limitada, decidió que a partir de entonces los lagartos quedaban fuera de su menú.
El mundo ofrece enseñanzas de formas sutiles o, si es necesario, crueles y directas, para que incluso los temas más densos se entiendan. Si fracasaban, morían. Para los más listos, claro, la incomprensión era inexcusable.
Una noche cálida en Letheras. La piedra goteaba sudor. Los canales parecían viscosos, inmóviles, la superficie lisa y opaca con remolinos de polvo y basura. Los insectos revoloteaban sobre las aguas como si buscaran sus reflejos, pero esta pátina suave no devolvía nada, se tragaba todas las estrellas, devoraba las brillantes antorchas de las patrullas callejeras, por lo que los insectos iban de aquí para allá sin cesar, como si estuvieran enloquecidos por la fiebre.
Bajo el puente, sobre unos escalones de piedra enterrados en la oscuridad, los grillos se arrastraban como gotitas de aceite, brillantes, hinchados, con tan mala suerte que estaban justo debajo de las pisadas de dos figuras que se acercaron y acurrucaron en la penumbra.
—No habrá entrado —dijo uno de ellos con un susurro ronco—. El agua apesta, y mira, no hay ondulaciones, no hay nada. Se ha esfumado por la otra orilla, en algún lugar de mercado nocturno donde pueda perderse con facilidad.
—Perderse —gruñó la otra, una mujer que alzó la daga en una mano enguantada mientras examinaba el filo—, claro que sí. Como si pudiera perderse. Como si pudiéramos alguno.
—¿No crees que puede haberse escondido como nosotros?
—No ha tenido tiempo. Ha huido. Ha salido por patas. Ha entrado en pánico.
—Parecía pánico, ¿no? —asintió su compañero, para después negar con la cabeza—. Nunca había visto algo tan... decepcionante.
La mujer enfundó la daga.
—Lo sacarán a flote. Nos lo volveremos a cruzar, y entonces saltamos sobre él.
—Que estúpido, se cree que se va a escapar.
Tras unos instantes, Sonrisas desenfundó la daga de nuevo y observó el filo.
Tras ella, Rebanagaznates hizo un mohín, pero no dijo nada.
Botella se puso derecho e hizo un gesto a Koryk para que se acercara, entonces observó, entretenido, cómo el seti mestizo de anchos hombros se abría paso entre la muchedumbre a codazos, y dejaba tras de sí una miríada de miradas de odio y maldiciones cuchicheadas. Había poco riesgo de meterse en líos, claro, ya que estaba claro que el jodido extranjero iba en busca de eso mismo, y los instintos compartidos por todo el mundo precavían de meterse con Koryk.
Una lástima. Sería algo digno de ver. Botella sonrió para sí mismo. Una masa de tenderos letherii iracundos cayendo sobre el amenazador bárbaro, aporreándole contra el suelo con pedazos de pan y hortalizas bulbosas.
Pero de nuevo, aquellas distracciones no sucederían. No por ahora, de todos modos, cuando habían localizado a su presa, con Chapapote y Corabb rodeando la taberna para cubrir el callejón que hacía de cuello de botella, y Quizás y Masan Gilani en el tejado, en caso de que el objetivo se pusiera creativo.
Koryk llegó, todo sudado, con el ceño fruncido y serrando los dientes.
—Miserables mierdas —murmuró—. ¿Qué pasa con esta lujuria de gastar monedas? Los mercados son una estupidez.
—Mantienen a la gente feliz —contestó Botella—, y si no felices, pues... saciados por un tiempo. Que al fin y al cabo tienen la misma función.
—¿Y esa es?
—Que no se metan en líos. Líos de esos que alborotan —añadió, al observar la frente llena de nudos de Koryk y la mirada penetrante—. De los que llegan cuando la gente tiene tiempo para pensar, pensar de verdad, quiero decir. Cuando comienzan a darse cuenta del pedazo de mierdaca que es todo esto.
—Parece uno de esos discursos del rey, me dan sueño, como tú ahora, Botella. Y bien, ¿dónde está exactamente?
—Una de mis ratas está agachada a los pies de una barandilla...
—¿Cuál?
—Bebé Sonrisas. Es la mejor para esto. En cualquier caso, tiene los ojillos fijos en él. Está en una mesa en la esquina, justo bajo la ventana cerrada. Pero no parece el tipo de persona que pudiera trepar hasta ella. En fin —concluyó Botella—, está arrinconado.
El ceño de Koryk se arrugó todavía más.
—Demasiado fácil, ¿no?
Botella se rascó la barba incipiente, cambió el peso de un pie al otro, y suspiró.
—Sí, demasiado fácil.
—Aquí vienen Bálsamo y Gesler.
Los dos sargentos llegaron.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Bálsamo, con los ojos bien abiertos.
Gesler dijo:
—Está de bajón otra vez, no le hagáis caso. Nos espera una pelea, imagino. Una fea. No caerá fácil.
—Entonces ¿cuál es el plan? —preguntó Koryk.
—Tormenta va delante. Hará que salte. Si se va por la puerta trasera tus amigos se lo cargarán. Lo mismo si va para arriba. Yo supongo que rodeará a Tormenta e intentará salir por la puerta principal. Es lo que yo haría. Tormenta es grandote y da miedo, pero no es rápido. Y contamos con eso. Los cuatro estaremos esperando al bastardo. Acabaremos con él. Y Tormenta vendrá detrás para sujetar la puerta y evitar cualquier retirada.
—Parece que está nervioso y de mal humor —dijo Botella—. Avisad a Tormenta, puede que le plante cara.
—A la que escuchemos cualquier ruido entramos —añadió Gesler.
El sargento de cabello rubio se alejó para informar a Tormenta. Bálsamo estaba de pie junto a Koryk, desconcertado.
La gente entraba y salía de la taberna como si fuera un burdel de poca monta. Tormenta apareció, le sacaba un buen trecho de estatura a todo el mundo, la tez roja y la cara todavía más rojiza, como si toda su cara estuviera en llamas. Soltó la correa de la espada al acercarse con paso firme hacia la puerta. Al verle, la gente se apartaba. Se cruzó con un cliente en el umbral, cogió al tipo de la camisa y le apartó de un empujón. El pobre idiota soltó un gritito cuando cayó de cara contra el empedrado a menos de tres pasos de tres malazanos, donde se retorció y se llevó las manos a la barbilla ensangrentada.
Tormenta entró en la taberna y Gesler llegó, pisó al ciudadano caído, y siseó:
—¡A la puerta, todos, ahora!
Botella dejó que Koryk fuera delante y esperó a Bálsamo, que había salido caminando hacia otro lado. Gesler le dio un tirón. Si iba a tener lugar una riña, Botella prefería dejar el trabajo sucio a los demás. Al fin y al cabo él había hecho su trabajo al rastrear y localizar la presa.
El caos estalló en la taberna, muebles destrozados, gritos de sorpresa y chillidos de terror. Entonces algo hizo ¡bum! Y de pronto un humo blanco brotaba de la puerta de entrada. Más muebles astillados, un ruido atronador y una figura salió corriendo a través del humo.
Un codo impactó con fuerza en la mandíbula de Koryk y este cayó como un árbol talado.
Gesler se agachó para esquivar un puñetazo, justo a tiempo para que un rodillazo le diera de pleno, el ruido del golpe fue como el de dos cocos estrellándose. La pierna del objetivo giró, llevándose consigo al resto del hombre en una pirueta, mientras que Gesler se alejaba para sentarse sobre el empedrado con los ojos llorosos.
Con un chillido Bálsamo dio un paso atrás y echó mano de su espada corta (Botella dio un salto adelante para sujetar el brazo del sargento) cuando el objetivo pasó de largo, corría a toda velocidad pero con paso errático dirección al puente.
Tormenta salió entre bandazos de la taberna, la nariz sangraba.
—¿No lo habéis atrapado? Malditos imbéciles, ¡mirad mi cara! ¡Esto a cambio de nada!
Otros clientes salieron apartando al enorme falari, entre toses y ojos llorosos.
Gesler se erguía, tambaleante, sacudió la cabeza.
—Vamos —farfulló—, tras él, y esperemos que Rebanagaznates y Sonrisas puedan entretenerle un rato.
Chapapote y Corabb aparecieron y observaron la escena.
—Corabb —dijo Chapapote—, quédate con Koryk e intenta rodearle. —Y se unió a Botella, Gesler, Tormenta y Bálsamo en la persecución de su objetivo.
Bálsamo lanzó una mirada a Botella.
—¡Podría haberle alcanzado!
—Necesitamos al pobre diablo vivo, imbécil —espetó Botella. El sargento puso un gesto de sorpresa.
—¿Ah, sí?
—Fíjate en eso —siseó Rebanagaznates—. ¡Ahí viene!
—Y también cojea bastante —apuntó Sonrisas, que volvió a desenfundar la daga—. Vamos por ambos flancos y vamos a por los tobillos.
—Buena idea.
—Rebanagaznates fue por la izquierda, Sonrisas por la derecha, y se agacharon a ambos lados del extremo del puente. Escucharon el crujido de las pisadas del fugitivo cojo al alcanzar la arcada del puente, cada vez más cerca. De la esquina de la calle del mercado, al otro lado, los gritos inundaban el aire. La refriega en el puente se aceleraba.
En el momento justo, cuando el objetivo alcanzó el otro extremo y ponía pie sobre el empedrado de la calle, los dos marines malazanos salieron de sus escondrijos, y se abalanzaron sobre las piernas del fugitivo.
Los tres cayeron en un guiñapo.
Unos instantes después, entre el rugido de maldiciones, borrón de extremidades y golpes frenéticos, el resto de los cazadores llegó, y al fin consiguieron inmovilizar a la presa. Botella se acercó para observar de cerca el rostro amoratado de su víctima.
—En serio, sargento, tenías que saber que era inútil.
Violín le miró.
—¡Mira lo que le has hecho a mi nariz! —exclamó Tormenta, cogió uno de los brazos de Violín y valoró romperlo en dos.
—Ha usado un ahumador en la taberna, ¿no? —preguntó Botella—. Menudo desperdicio.
—Pagaréis por esto —dijo Violín—. No tenéis ni idea...
—Probablemente tenga razón —sugirió Gesler—. Y bien, Viol, ¿tenemos que sujetarte aquí para siempre, o vendrás con nosotros sin causar problemas? Lo que la consejera quiere, la consejera consigue.
—Es fácil para ti —siseó Violín—. Mira a Botella. ¿Parece feliz?
Botella torció el gesto.
—No, no estoy feliz, pero las órdenes son órdenes, sargento. No puedes esfumarte y ya.
—Ojalá hubiera traído uno o dos afiladores —dijo Violín—, me hubieran venido de perlas. Está bien, podéis dejar que me levante. Creo que me he fastidiado la rodilla. Gesler, tienes una mandíbula de granito, ¿lo sabías?
—Y me deja un perfil estupendo —contestó él.
—¿Estábamos persiguiendo a Violín? —preguntó de pronto Bálsamo—. Dioses, ¿se ha amotinado o algo?
Rebanagaznates le dio un golpecito en el hombro.
—Todo solucionado, sargento. La consejera quiere hablar con él, nada más.
Botella entrecerró los ojos. Nada más. Claro, eso es todo. No puedo esperar para verlo.
Pusieron a Violín de pie, y fueron inteligentes de sujetar al tipo mientras volvían a las barracas.
Gris y fantasmal, la alargada silueta colgaba sobre el dintel por encima de la puerta muerta Azath. Parecía sin vida, pero desde luego no era así.
—Podríamos tirarle piedras —sugirió Peccado—. Duermen de noche, ¿no?
—Suele ser así —respondió Larva.
—Quizá si no hacemos ruido.
—Quizá.
Peccado se movió intranquila.
—¿Piedras?
—Si le das se despertará, y entonces saldrá como un enjambre negro.
—Siempre he odiado las avispas. Desde que tengo memoria. Quizá me picaron, ¿qué crees tú?
—¿A quién no han picado? —dijo Larva, y se encogió de hombros.
—Podría prenderle fuego y ya.
—Nada de hechicería, Peccado, no aquí.
—Creo recordar que dijiste que la casa estaba muerta.
—Lo está... creo. Pero quizás el jardín no.
Ella echó un vistazo alrededor.
—Aquí han cavado no hace mucho.
—¿Algún día hablarás con alguien además de conmigo? —preguntó Larva.
—No. —Aquella sola palabra era absoluta, inmutable, y no invitaba a desarrollar discusión alguna sobre el tema.
Él la miró.
—Sabes qué está pasando esta noche, ¿verdad?
—Me da igual. No voy a acercarme a esa cosa.
—No importa.
—Puede que, si nos escondemos en la casa, no nos alcance.
—Puede —asintió Larva—. Pero dudo que la baraja funcione así.
—¿Cómo lo sabes?
—Bueno, no lo sé. Tan solo que el tío Keneb me dijo que Violín habló sobre mí la última vez, y yo, por aquel entonces, estaba saltando al mar. No estaba en la cabina. Pero él lo supo, sabía con total exactitud qué estaba haciendo.
—¿Qué estabas haciendo?
—Había ido a buscar a los nachts.
—¿Y cómo sabías dónde estaban? No te entiendo, Larva. Y de todos modos, ¿para qué los quieres? Lo único que hacen es seguir a Asimismo a todos lados.
—Cuando no están cazando lagartitos —contestó Larva, con una sonrisa.
Pero Peccado no estaba de humor para distracciones tontas.
—Te miro y pienso... Mockra.
Larva no respondió a aquello. En cambio, se arrastró por el sendero de piedras desiguales, con los ojos fijos en el nido de avispas.
Peccado lo siguió.
—¿Eres lo que vendrás, no?
Él soltó una risita.
—¿Y tú no?
Alcanzaron el umbral y se detuvieron.
—¿Crees que está cerrada?
—Chsss.
Larva se agachó y flanqueó el enorme nido por debajo. Cuando lo pasó, se levantó muy despacio y acercó la mano al picaporte. Se deshizo en su mano con un leve estallido arenoso. Larva miró a Peccado, pero no dijo nada. Se giró hacia la puerta y le dio un leve empujón.
La sensación fue parecida a haber metido los dedos en agua. Cayó más polvo al suelo.
Larva alzó ambas manos y empujó la puerta.
La barrera se desintegró en nubes y frágiles astillas. El metal crujió en el suelo, justo debajo, y un instante después una brisa se tragó las nubes.
Larva dio un paso por encima de la madera podrida y se desvaneció en la penumbra que había más allá.
Un momento después, Peccado lo siguió, agachándose y con paso rápido.
Bajo la sombra de un árbol casi muerto en la tierra de Azath, el teniente Poros gruñó. Supuso que tendría que haberlos llamado de vuelta, pero para llevarlo a cabo habría revelado su presencia, aunque nunca podía estar seguro cuando se trataba de las órdenes del capitán Generoso. Diseñadas y entregadas con cierta vaguedad hecha a propósito, como hojas pochas que cubren un agujero repleto de pinchos. Sospechaba que se suponía que tenía que mantener cierto subterfugio mientras seguía a los dos enanos.
Además, había hecho algunos descubrimientos. Peccado no era, ni de lejos, muda. Tan solo una vaca tozuda. Qué sorpresón. Y le gustaba Larva, qué bonito (bonito como la savia de un árbol, ramitas y bichos atrapados incluidos). Cómo era posible que hiciera que un adulto se derritiera, y después se colara por el desagüe de la sentimentalidad donde los niños jugaban y, de vez en cuando, se salían con la suya.
Bueno, la diferencia era que Poros tenía una gran memoria. Recordaba con gran detalle su propia niñez, y de haber podido volver atrás, a su propio pasado, le habría dado una buena colleja a aquel niñato. Y después habría contemplado la expresión confundida, de dolor, y habría dicho algo como: «Acostúmbrate, pequeño Poros. Algún día conocerás a un hombre llamado Generoso...»
En cualquier caso, los ratones se habían escurrido en la Casa de Azath. Quizá se ocuparía de ellos ahí dentro, y así conseguir una conclusión satisfactoria a aquel encargo. Un gigante, pies de diez mil años de antigüedad, pisaban una, dos veces. Plas, plaf, como bayas, Larva, una mancha, Peccado, un borrón.
¡Dioses, no, me culparán a mí! Gruñó y salió tras ellos.
Visto en retrospectiva, supuso que recordaría aquel puto nido de avispas. Al fin y al cabo, debería haber captado su atención cuando se lanzaba a la puerta. En cambio se estrelló en su frente.
Una ráfaga espontánea de zumbidos rabiosos, el nido se balanceaba de adelante hacia atrás, golpeó su cabeza una vez más.
Reconocimiento, comprensión, y después, bastante apropiado para la situación, pánico cegador.
Poros dio media vuelta y echó a correr.
Mil o más avispas negras enfurecidas le acompañaron.
Seis picaduras podrían derribar a un caballo. Él aulló cuando sintió la primera llamarada en la nuca. Y después otra vez, cuando otra picadura hizo efecto, en esta ocasión en la oreja derecha.
Hizo aspavientos con los brazos. Había un canal en algún sitio ahí delante, recordó que habían cruzado un puente, a la izquierda.
Otra explosión de agonía, en esta ocasión en el dorso de la mano derecha.
¡Nada de canales! ¡Necesito un sanador, cuanto antes!
Ya no podía escuchar zumbido alguno, pero lo que veía ante él había comenzado a inclinarse, la oscuridad se derramaba desde las sombras y la luz de las linternas en las ventanas era un borrón estridente y doloroso para su vista. Las piernas tampoco le respondían bien.
Ahí, las barracas malazanas.
Olor a Muerto. O Ebron.
Tropezándose, le costaba fijar la vista en la puerta del recinto. Intentó gritar a los dos soldados que montaban guardia, pero tenía la lengua hinchada y le llenaba toda la boca. Le costaba respirar. Correr...
Se le acababa el tiempo...
—¿Quién era?
Larva volvió del pasillo y negó con la cabeza.
—Alguien. Despertó a las avispas.
Estaban de pie en una especie de cámara, un hogar de piedra cubría toda una pared, con una silla acolchada a cada lado. Había contenedores y cofres apilados junto a otras dos paredes, y en frente de la última, opuesta a la chimenea fría, había un sofá florido, y encima un tapiz descolorido. Todo aquello eran poco más que siluetas difusas en la penumbra.
—Necesitamos una vela o una linterna —dijo Peccado—. Ya que... —añadió con un tono de voz acusado— no puedo usar hechizos...
—Seguro que puedes —repuso Larva—, ya que no estamos cerca del jardín. No hay nadie aquí, ninguna... presencia, quiero decir. Está muerta del todo.
Con un gesto triunfante Peccado despertó las ascuas en el hogar, aunque las llamas que ardían con vida eran extrañamente chillonas, formadas por tirabuzones verdes y azulados.
—Te resulta demasiado fácil —dijo Larva—. Ni siquiera he sentido una senda.
Ella no respondió y se acercó caminando hasta el tapiz.
Larva la siguió.
El tapiz mostraba una escena de batalla, algo bastante común. Parecía que los héroes solo existían en medio de la muerte. Apenas diferenciados en el tejido borroso, una especie de reptiles con armaduras guerreaban contra los tiste edur y los tiste andii. El cielo cubierto de humo estaba repleto de montañas flotantes (la mayoría ardía) y dragones, y algunas de aquellas bestias parecían gigantescas, cinco, seis veces el tamaño de otros y eso que estaban a más distancia. El fuego dominaba la escena, fragmentos de las fortalezas aéreas se rompían y caían en medio de la masa de bandos enfrentados. Por todas partes había matanza y destrozo.
—Bonito —murmuró Peccado.
—Miremos en la torre —sugirió Larva. Todos los fuegos de la escena le recordaban a Y’Ghatan y la imagen de Peccado caminando entre las llamas. Ella podría haberse metido en medio de esta antiquísima batalla. Le daba miedo mirar demasiado cerca por si la reconocía en el tapiz, entre los cientos de figuras inquietas, con expresión feliz en su rostro de redondos mofletes, los ojos oscuros saciados y resplandecientes.
Marcharon hacia la torre cuadrada.
Volvieron a la penumbra del pasillo una vez más, donde Larva se detuvo para que sus ojos se ajustaran. Un instante después unas llamas verdes surgieron como lenguas de fuego de la cámara que acababan de abandonar, serpenteaban por el suelo de piedra, acercándose.
Iluminada por el resplandor fantasmal, Peccado sonrió.
El fuego les siguió desde las escaleras de losas de piedra hasta el extremo superior, exento por completo de muebles. Bajo una ventana cerrada y cubierta de telarañas yacía tirado un cadáver disecado. Tiras de piel como cuero mantenían la carcasa unida, Larva se fijó en la extrañeza de las extremidades de aquella cosa, las articulaciones de más en las rodillas, codos, cadera y tobillos. El propio esternón parecía tener una coyuntura hacia la mitad, así como las prominentes clavículas.
Se acercó para echar un vistazo de cerca. La cara estaba aplanada, los ángulos donde las mejillas se perfilaban hacia atrás estaban afilados, casi hasta los oídos. Cada hueso que pudo ver parecía diseñado para doblarse o desplomarse. No solo las mejillas sino la mandíbula y los puentes de las cejas. Era una cara que en vida, sospechaba Larva, podría poner una gran cantidad de extrañas expresiones. Muchas más que un rostro humano.
La piel estaba blanqueada, no tenía pelo y Larva sabía que si tocaba el cadáver se desharía en polvo.
—Forkrul assail —susurró.
Peccado se colocó junto a él.
—¿Cómo lo sabes? ¿Cómo sabes nada de todo esto?
—En el tapiz de ahí —dijo—, esos lagartos. Creo que eran k’chain che’malle. —La miró y se encogió de hombros—. Esta Casa Azath no murió —continuó—, tan solo... se marchó.
—¿Se marchó? ¿Cómo?
—Pues se alejó caminando, creo yo.
—¡Pero si tú no sabes nada! ¿Cómo puedes afirmar cosas así?
—Me la juego a que Ben el Rápido también lo sabe.
—¿Sabe qué? —siseó, exasperada.
—Esto. La verdad.
—Larva...
Él la miró a los ojos, observó la furia en sus ojos.
—Tú, yo, los azath. Todo está cambiando, Peccado. Todo. Todo está cambiando.
Las pequeñas manos se cerraron en puños a los lados. Las llamas que danzaban en el suelo empedrado saltaron al marco de la puerta de la cámara entre chasquidos y chispazos.
Larva resopló.
—El modo en que le haces hablar...
—También puede gritar, Larva.
Él asintió.
—Con un grito tan potente que podría partir el mundo, Peccado.
—Lo haría, y lo sabes —dijo ella con una vehemencia súbita—, solo para comprobar qué puedo hacer. Lo que yo soy capaz de hacer.
—¿Qué te detiene?
Ella sonrió al darse la vuelta.
—Que tú quizá gritarías de vuelta.
Tehol el Único, rey de Lether, entró en la sala y, con los brazos estirados a ambos lados, dio una vuelta. Entonces sonrió, radiante, a Bicho.
—¿Qué te parece?
El sirviente sujetaba una olla de bronce en las magulladas y maltratadas manos.
—¿Ha dado clases de danza?
—¡No, fíjate en mi sábana! Mi querida esposa ha comenzado a bordarla. Mira, fíjate en el dobladillo, encima de la rodilla izquierda.
Bicho se inclinó un poco hacia delante.
—Ah, ya veo. Muy bonito.
—¿Muy bonito?
—Bueno, no acabo de entender qué se supone que ha de ser.
—Yo tampoco. —Hizo una pausa—. No es demasiado buena, ¿no?
—No, se le da fatal. Por supuesto, es una académica.
—Exacto —asintió Tehol.
—Al fin y al cabo —dijo Bicho—, si fuera buena cosiendo o con algo parecido...
—¿Jamás se habría dedicado a la erudición?
—Así en términos generales, las personas a las que se les da mal todo terminan convirtiéndose en académicos.
—Eso mismo pienso yo, Bicho. Aunque debo preguntar, ¿qué tiene de malo?
—¿Malo?
—Nos conocemos desde hace mucho —dijo Tehol—. Mis sentidos están pulidos a la perfección para reconocer incluso los cambios más sutiles en tu estado de ánimo. Tengo algunos talentos que reconozco, aunque fuera toda modestia, dispongo de una habilidad excepcional para interpretarte.
—Bueno —suspiró Bicho—, estoy impresionado. ¿Cómo has descubierto que estoy molesto?
—¿Sin contar que has mancillado a mi esposa, quieres decir?
—Sí, además de eso.
Tehol hizo un gesto con la cabeza hacia la olla que Bicho cargaba, este miró hacia abajo y descubrió que ya no había olla alguna, tan solo un pedazo retorcido de metal. Volvió a suspirar y lo dejó caer al suelo. El golpe hizo eco en la sala.
—Son los detalles sutiles —dijo Tehol, mientras suavizaba las dobleces en la Sábana Real—. Algo que vale la pena decirle a mi mujer... como si fuera algo casual, claro, de pasada. Muy de pasada, como si no tuviera importancia alguna, ya que ella estará armada con peligrosas agujas hechas con espinas.
—Los malazanos —comenzó Bicho—. O, mejor dicho, un malazano. Con una versión de las Losas en las manos sudorosas. Una versión potente, y este hombre no es un charlatán. Es un adepto. Aterrador.
—¿Y va a invocar las Losas?
—Cartas de madera. El resto del mundo ha superado las Losas, señor. Lo llaman la Baraja de Dragones.
—¿Dragones? ¿Qué dragones?
—No pregunte.
—Bueno, ¿existe algún lugar donde puedas, esto, esconderte, oh desdichado y miserable dios ancestral?
Bicho puso cara mustia.
—No lo creo. Aunque no soy el único problema. Está el Errante.
—¿Todavía está aquí? No ha sido visto en meses...
—La baraja supone una amenaza para él. Puede que se resista a su revelación. Puede que haga algo... precipitado.
—Hmmm. Los malazanos son nuestros invitados, y de hecho, si están en peligro, nos corresponde protegerlos o, en caso de fracasar en esta tarea, avisarles. Si eso no funciona, siempre podemos salir corriendo.
—Sí, señor, eso sería prudente.
—¿Salir corriendo?
—No, un aviso.
—Enviaré a Brys.
—Pobre Brys.
—A ver, no es mi culpa, ¿no? Pobre Brys, justo. Ya era hora de que se ganara su título, sea cual sea, que ahora mismo no lo recuerdo. Es esa mente burocrática que me da tanta rabia. Se oculta en la oscuridad de su oficina. Un peón sin rostro, que se ocupa de esquivarnos y de evitar cualquier responsabilidad que llama a su puerta. Sí, estoy harto del tipo, hermano o no...
—Señor, usted puso a Brys a cargo del ejército.
—¿Sí? Claro que sí. ¡Veamos cómo se esconde ahora!
—Le está esperando en la sala del trono.
—Bueno, no es estúpido. Sabe reconocer cuándo está arrinconado.
—Rucket también está aquí —informó Bicho—, con una petición del gremio de los Cazarratas.
—¿Una petición? ¿Para qué, más ratas? Ponte en pie, viejo amigo, ha llegado la hora de conocer a nuestro público. Todo esto de la regencia es un incordio. Espectáculos, desfiles, decenas de miles de adoradores...
—No ha tenido espectáculos ni paradas, señor.
—Y aun así me adoran.
Bicho se alzó y precedió al rey Tehol a través de la cámara, por la puerta y a la sala del trono.
Las únicas personas que esperaban eran Brys, Rucket y la reina Janath. Tehol se acercó a Bicho cuando subieron al estrado.
—¿Ves a Rucket? ¿Ves la adoración? ¿Qué te dije?
El rey se sentó en el trono, sonrió a la reina que ya estaba sentada en un trono igual al suyo a la izquierda, y se recostó estirando las piernas.
—No hagas eso, hermano —advirtió Brys—. La vista desde aquí...
Tehol se estiró.
—Uy, más regio.
—Sobre eso —dijo Rucket.
—Observo con alivio que has perdido incontables piedras de peso, Rucket. Muy favorecedor. ¿Sobre qué?
—Eso sobre la adoración que le has susurrado a Bicho.
—Creía tener entendido que venías con una petición.
—Quiero acostarme contigo. Quiero que le seas infiel a tu mujer, Tehol. Conmigo.
—¿Esa es tu petición?
—¿Qué tiene de malo?
La reina Janath habló.
—No puede ser infidelidad. La infidelidad sería a mis espaldas. Engaño, mentira, traición. Por casualidades de la vida estoy sentada aquí mismo, Rucket.
—Exactamente —respondió esta—, hagámoslo sin todos esos detalles serios. Amor libre para todos. —Sonrió a Tehol—. En concreto para ti y para mí, señor. Bueno, no libre del todo, ya que espero que me pagues la cena.
—No puedo —respondió Tehol—. Nadie quiere mi dinero, ahora que de hecho puedo tenerlo, ¿y no es así siempre? Es más, ¿un flirteo público con el rey? ¿Qué tipo de ejemplo sería ese?
—Vistes una sábana —señaló Rucket—. ¿Qué tipo de ejemplo es ese?
—Uno de gran compostura, claro.
Ella alzó las cejas.
—Muchos verían tu gran compostura con pavor, señor. Pero yo —añadió con una amplia sonrisa—, no.
—Dioses —suspiró Janath, masajeándose la frente.
—¿Qué petición es esta? —exigió Tehol—. No has venido en nombre del gremio Cazarratas, ¿no?
—De hecho, sí. Para cimentar nuestros lazos. Como todo el mundo sabe, el sexo es el pegamento que mantiene a la sociedad unida, por lo que imaginé que...
—¿Sexo? ¿Pegamento? —Tehol se inclinó en la silla—. Ahora tengo curiosidad. Pero dejémoslo por ahora. Bicho, prepara una proclamación. El rey deberá tener relaciones sexuales con todas y cada una de las mujeres poderosas de la ciudad, teniendo en cuenta que se pueda comprobar definitivamente que son mujeres. Necesitaremos un aparato para medir, que los Ingenieros Reales se pongan a ello.
—¿Por qué dejarlo en mujeres poderosas? —preguntó Janath a su marido—. No te olvides del poder que reside en un hogar. ¿Y qué hay de una proclamación similar para la reina?
Bicho dijo:
—Había una tribu donde el cacique y su mujer tenían el privilegio de encamar a novios y novias la noche antes del matrimonio.
—¿En serio?
—No, señor —admitió Bicho—. Me lo acabo de inventar.
—Puedo redactarlo en nuestra historia si quieres —dijo Janath, con un entusiasmo apenas disimulado.
Tehol torció el gesto.
—Mi esposa se vuelve indecorosa.
—Tan solo arrojo mi moneda en este cofre del tesoro de sórdida idiotez, querido. Rucket, tú y yo tenemos que sentarnos y tener una pequeña conversación.
—Nunca hablo con la otra mujer —exclamó Rucket, tensándose todavía más con la barbilla bien alta.
Tehol aplaudió.
—Bueno, ¡otra reunión concluida! ¿Qué hacemos ahora? Yo creo que irme a la cama. —Y entonces, con una rápida mirada a Janath—: En compañía de mi queridísima esposa, claro.
—Todavía ni hemos cenado, esposo.
—¡Cena en la cama! Podemos invitar a... nada, borra eso.
Brys dio un paso adelante.
—Sobre el ejército.
—Vaya, siempre ejército arriba, ejército abajo contigo. Pide más botas.
—Tan solo necesito más dinero.
—Bicho, dale más dinero.
—¿Cuánto, señor?
—Lo que sea que necesite para las botas y lo demás.
—No son botas —dijo Brys—. Es entrenamiento.
—¿Van a entrenar sin botas? Extraordinario.
—Quiero hacer uso de estos malazanos que se han establecido en la ciudad. Estos «marines». Y sus tácticas. Quiero reinventar el ejército letherii. Quiero contratar sargentos malazanos.
—¿Y a la consejera le parece aceptable?
—Así es. Sus soldados se aburren y eso no es bueno.
—Imagino que no. ¿Sabemos cuándo se marchan?
Brys frunció el entrecejo.
—¿Me lo pregunta a mí? ¿Por qué no se lo pregunta a ella?
—Ah, entonces la orden del día queda programada para la próxima reunión.
—¿Debo informar a la consejera? —preguntó Bicho.
Tehol se frotó la barbilla y después asintió.
—Sí, sería prudente, Bicho. Muy audaz. Bien hecho.
—¿Y mi petición qué? —exigió Rucket—. ¡Me he vestido elegante y todo!
—La valoraré.
—Bien. ¿Qué te parece un beso real mientras?
Tehol se removió en el trono.
—¿Le ocurre algo a tu gran compostura, esposo? Está claro que sabe mejor que tú que mi paciencia tiene límites.
—Bueno —repuso Rucket—, ¿y un abrazo real?
—Tengo una idea —dijo Bicho—, sube los impuestos. Para los gremios.
—Está bien —espetó Rucket—, me marchó. Otra petición rechazada por el rey. De este modo la muchedumbre se vuelve más inquieta.
—¿Qué muchedumbre? —preguntó Tehol.
—La que voy a reunir.
—No te atreverás.
—Una mujer rechazada, señor, es algo peligroso.
—Ah, bésala y abrázala, esposo. Apartaré la vista.
Tehol se puso de pie, y volvió a sentarse deprisa.
—En un ratito —dijo sin aliento.
—Los modales reales adquieren un nuevo significado —intervino Bicho. Pero Rucket sonreía.
—Me lo tomaré como un detalle prometedor.
—¿Y la muchedumbre? —preguntó Bicho.
—Se ha dispersado como por arte de magia en un suspiro ensoñador, oh canciller, o lo que seas.
—Soy los ingenieros reales, sí, todos ellos. Ah, y el tesorero.
—Y el portaescupideras —añadió Tehol.
El resto torció el gesto.
Bicho puso mala cara y miró a Tehol.
—Me lo estaba pasando bastante bien hasta que ha dicho eso.
—¿Algo va mal? —preguntó Brys.
—Ah, hermano —dijo Tehol—, necesitamos enviarte a la consejera. Con una advertencia.
—¿Hummm?
—¿Bicho?
—Te acompañaré afuera, Brys.
Cuando los dos se marcharon, Tehol miró a Janath, después a Rucket, y se fijó en que ambas todavía tenían un mohín en el rostro.
—¿Qué?
—¿Algo que debamos saber? —preguntó Janath.
—Eso —añadió Rucket—, en nombre del gremio Cazarratas, quiero decir.
—La verdad es que no —contestó Tehol—. Un asunto menor, os lo aseguro. Algo sobre amenazar dioses y devastar divinidades. Y ahora estoy listo para mi beso y mi abrazo. No, un momento. Primero toca respirar hondo. Dadme un instante. Sí, no, esperad.
—¿Debería comentar mi bordado? —preguntó Janath.
—Sí, me parece perfecto. Procede. Quédate ahí, Rucket.
El teniente Poros abrió los ojos. O lo intentó, ya que de tan hinchados estaban cerrados. Pero a través de las hendiduras borrosas pudo discernir una figura que se inclinaba sobre él. Un rostro nathii, preocupado.
—¿Me reconoces? —preguntó el nathii.
Poros intentó hablar, pero alguien le había atado con fuerza la garganta. Asintió, y sintió el cuello el doble de grosor de lo normal. Era eso, pensó, o se le había encogido la cabeza.
—Mulvan Pavor —dijo el nathii—. Sanador de la escuadra. Vivirás. —Se echó para atrás y le dijo a alguien más—: Vivirá, señor. Aunque no podrá hacer casi nada durante unos días.
El capitán Generoso apareció en su campo de visión, su cara (que consistía por completo en rasgos contraídos) era inexpresiva, como de costumbre.
—Por esto, teniente Poros, va a tener que comparecer. La estupidez criminal es impropia de un oficial.
—Me apuesto algo a que hay un montón de esos —murmuró el sanador al alejarse.
—¿Has dicho algo, soldado?
—No, señor.
—Debe de ser que me falla el oído.
—Sí, señor.
—¿Sugieres que mi oído falla, soldado?
—¡No, señor!
—Estoy seguro de que sí lo has hecho.
—Su oído está perfecto, capitán, estoy seguro. Y es una, ejem, valoración por parte de un sanador.
—Dime —dijo el capitán Generoso—, ¿hay alguna cura para la calvicie?
—¿Señor? Bueno, por supuesto.
—¿Cuál es?
—Aféitese la cabeza. Señor.
—Me da la sensación de que no tienes demasiados asuntos en los que ocupar tu tiempo, sanador. Por lo tanto, pasarás por las escuadras de tu compañía para enmendar cualquier dolencia que describan. Ah, además de despiojarlos y de comprobar si hay ampollas de sangre en los testículos de los hombres. Estoy seguro de que hay una pavorosa señal de que algo va mal.
—¿Ampollas de sangre, señor? ¿En los testículos?
—El defecto en los oídos parece ser tuyo, no mío.
—Hmmm, nada pavoroso o malo, señor. Tan solo no las explote o sangrarán como demonios. Salen por cabalgar largas distancias, señor.
—Desde luego.
—Sanador, ¿por qué sigues ahí?
—¡Discúlpeme, señor, estoy en camino!
—Espero un informe detallado sobre las condiciones de sus compañeros.
—¡Sí, señor! Inspección testicular, allá voy.
Se inclinó de nuevo hacia delante y estudió a Poros.
—Ni siquiera puedes hablar, ¿no es así? Es de una piedad inesperada. Seis picaduras de avispa negra. Deberías estar muerto. ¿Por qué no lo estás? No importa. Supongo que has perdido a los dos enanos. Ahora tengo que desencadenar a los dos perros para que los encuentren. Esta noche entre todas las noches. Recupérate pronto, teniente, para que pueda azotarte la piel.
Fuera del dormitorio, Mulvan Pavor se detuvo un instante y después salió a buen ritmo para reunirse con sus compañeros en un dormitorio cercano.
Entró en la habitación, estudió a los distintos soldados que vagueaban sobre los catres o lanzaban nudillos, hasta que se encontró con la marchita tez negra de Nep Surco apenas visible entre dos catres, hacia donde se dirigió para encontrarse con el chamán dalhonesio, sentado con las piernas cruzadas y una sonrisa ruin en los labios.
—¡Sé lo que has hecho, Nep!
—¿Eh? ¡Lo ritires!
—Has estado soltando maldiciones a Generoso, ¿no? ¡Ampollas de sangre en sus huevos!
Nep Surco soltó una carcajada.
—¡Puntitos negritos chunguitos! ¡Já!
—¡Ya basta! ¡Detén ahora mismo lo que estés haciendo, maldita sea!
—¡Mu tarder! ¡Noce van!
—Quizá sería interesante si descubre quién está detrás de todo este asunto...
—¡No agas! ¡Puerco! ¡Fru pal nathii! ¡Vuu du, vuu du!
Mulvan Pavor fijó la mirada en el hombre, sin entender nada. Le dedicó una mirada suplicante a Correa Ponche, que estaba en el otro catre.
—¿Qué acaba de decir?
El otro dalhonesio estaba estirado boca arriba, con las manos tras la cabeza.
—Solo el Embozado lo sabe, cosas de chamanes, supongo. —Y añadió—: Maldiciones, apostaría.
El nathii volvió a mirar a Nep Surco.
—Maldíceme y herviré tus huesos, puta ciruela. Y ahora, deja en paz a Generoso, o se lo contaré a Badan.
—Baden nosta quí, ¿eh?
—Cuando vuelva.
—¡Pal!
Nadie podía asegurar que el preda Norlo Trumb era el individuo más perceptivo del mundo. La media docena de guardas letherii bajo su mando, de pie en un grupito inquieto tras el preda, se enfrentaba a la posibilidad real de que la estupidez de Trumb les podía costar la vida.
Norlo frunció el ceño con hostilidad hacia la docena de jinetes.
—La guerra es la guerra —insistió—, y estábamos en guerra. La gente moría, ¿no? Ese tipo de actos no pasan sin ser castigados.
El sargento de piel oscura hizo un leve gesto con la mano enguantada y las ballestas se alzaron. En letherii con acento muy marcado dijo:
—Una vez más. Última. ¿Están vivos?
—Por supuesto que están vivos —respondió Norlo Trumb resoplando—. Aquí hacemos las cosas como debe ser. Pero verás, han sido sentenciados. A muerte. Hemos estado esperando a un abogado real oficial para que venga y estampe el sello en las órdenes.
—No sello —dijo el sargento—. No muerte. Liberar. Nos llevamos ya.
—Incluso si sus crímenes fueran conmutados —replicó el preda—, necesito un sello para liberarlos.
—Soltar ahora. Sino os matamos a todos.
El preda le miró con fijeza, y se giró hacia su unidad.
—Desenvainad las armas —espetó.
—Ni de coña —contestó el guarda Fifid—. Señor. Si hacemos un mínimo gesto hacia las espadas, estamos muertos.
El rostro de Norlo Trumb se oscureció a la luz de la linterna.
—Acabas de ganarte un consejo de guerra, Fifid...
—Por lo menos estaré respirando, señor.
—¿Y el resto?
Ninguno de los demás guardas habló. Tampoco desenvainaron.
—Cogedles —gruñó el sargento desde la silla de su caballo—. No más amable.
—¡Oíd a este estúpido e ignorante extranjero! —Norlo Trumb le dio la espalda al sargento malazano—. Llevaré a cabo una queja oficial a la corte real —dijo—. Y responderéis por los cargos que...
—Coged.
A la izquierda del sargento un joven y afeminado guerrero se deslizó del caballo y puso las manos sobre dos enormes bracamartes. Debido a los ojos lánguidos y oscuros parecía estar adormecido.
Por fin, algo hizo que Trumb sintiera un escalofrío que, como un gusano, le trepaba por la nuca. Se lamió los labios secos.
—Spanserd, lleva a este guerrero, ejem, malazano, a las celdas.
—¿Y? —preguntó el guarda.
—¡Libera a los prisioneros!
—¡Sí, señor!
El sargento Badan Gruk se permitió el suspiro menos disimulado posible (aunque no lo suficiente como para que fuera visible para todo el mundo) y contempló con alivio cómo el guarda letherii llevaba a Muertecalavera hacia el bloque de celdas alineadas en la pared del cuartel de la guarnición.
Los demás marines estaban inmóviles sobre los caballos, pero la tensión apestaba para Badan, y bajo la cota de malla sudaba a mares. No, no quería meterse en problemas. Sobre todo quería evitar un baño de sangre. Pero el cerebro de mosquito preda casi lo había conseguido. El corazón le latía desbocado en el pecho y se obligó a mirar a sus soldados. La cara redonda de Fruncida estaba rosa y húmeda, pero ella le guiñó el ojo antes de apuntar la ballesta hacia arriba y descansar la culata sobre un muslo. Reliko acunaba su propia ballesta en un brazo mientras el otro lo tenía estirado hacia Inmenso Vacío, el cual se había por fin dado cuenta de que había habido problemas en el recinto, y ahora parecía listo para matar letherii, siempre y cuando le apuntaran en la dirección correcta. Roce y Miel estaban uno al lado de la otra, las ballestas pesadas de asalto apuntaban con precisión al pecho del preda, un detalle que el hombre parecía demasiado imbécil para comprender. Los demás permanecían detrás, con un estado de ánimo funesto tras haber sido arrancados de otra noche de borrachera en Letheras.
La mirada de Badan Gruk terminó en la cara del cabo Pravalak Rim, y sin lugar a dudas, vio en el joven rasgos de lo que él mismo sentía. Un puto milagro. Algo que parecía imposible si quiera creer, y todos lo habían visto.
Una puerta pesada retumbó desde la zona de las celdas.
Todos (malazanos y letherii) fijaron las miradas en las cuatro figuras que se acercaban lentamente. Muertecalavera llevaba a hombros su carga, y lo mismo para el guarda letherii, Spanserd. Los prisioneros a los que acababan de ayudar a salir de las celdas estaban en muy mal estado.
—Tranquilo, Vacío —murmuró Reliko.
—Pero es, son, ¡es que los conozco a ambos!
—Sí —suspiró la mujer de infantería pesada—. Como todos, Inmenso.
Ninguno de los prisioneros mostraba señales de haber recibido abusos o torturas. Lo que les había dejado al borde de la muerte era simple negligencia. La tortura más efectiva de todas.
—Preda —dijo Badan Gruk, en voz baja.
Norlo Trumb se giró y le miró a la cara.
—¿Y ahora qué?
—¿No les alimentáis?
—Los condenados reciben raciones reducidas, me temo que...
—¿Cuánto tiempo?
—Bueno, como le he dicho, sargento, llevamos esperando al abogado real oficial desde hace cierto tiempo. Meses, y...
Dos virotes cortaron el aire y pasaron junto a la cabeza del preda, uno a cada lado, y ambos hirieron las orejas del hombre. Este chilló del susto y cayó con un fuerte golpe sobre el trasero.
Badan apuntó a los guardas de la guarnición acobardados.
—No mover. —Se giró en la silla para mirar a Miel y Roce. En malazano dijo—: ¡Ni se os ocurra recargar! ¡Los zapadores tenéis el cerebro echo papilla!
—Perdón —dijo Roce—. Supongo que ambos nos hemos... sobresaltado. —Se encogió de hombros.
Miel le dio la ballesta y bajó del caballo.
—Iré a buscar los virotes. ¿Alguien ha visto adónde han ido?
—Rebotaron y cayeron entre esos dos edificios —contestó Reliko con un gesto de la barbilla.
El asombro del preda se transformó en furia. Le sangraban las orejas cuando se levantó.
—¡Intento de asesinato! ¡Me ocuparé de que arresten a estos dos! ¡Nadaréis en el canal por esto!
—No entiendo —dijo Badan Gruk—. Pravalak, trae los caballos de repuesto. Tendríamos que haber traído a Pavor. No creo que puedan cabalgar si quiera. Flanqueadlos de vuelta, iremos despacio.
Observó las figuras tambaleantes que se apoyaban en los acompañantes. El sargento Sinter y su hermana, Besadónde. Tenían peor pinta que los calzones sucios del Embozado. Pero estaban vivos.
—Dioses —susurró.
Están vivos.
—¡Ay! ¡Se me ha caído la pierna!
Banaschar estaba sentado inmóvil en la silla y miraba al pequeño lagarto esquelético tirado sobre un costado que daba vueltas en círculos en el suelo y que daba pataditas con una pierna.
—¡Telorast! ¡Ayuda!
El otro reptil estaba apoyado en la ventana y miraba hacia abajo, ladeaba la cabeza en distintas direcciones, como si buscara la posición perfecta para contemplar.
—No sirve de nada, Cuajo —contestó al fin—. No puedes ir a ningún sitio así.
—¡Tengo que alejarme!
—¿De qué?
—¡Del hecho de que se me ha caído una pierna!
Telorast se inclinó todo lo que pudo en el alféizar de la ventana hasta que llegó a Banaschar.
—Sacerdote bañado en vino, ¡shht! ¡Aquí, en la ventana! Soy yo, el listo. La tonta está ahí abajo en el suelo, ¿la ves? Necesita tu ayuda. No, claro que no puedes hacer que sea menos tonta. No es ese el tema en cuestión. Más bien es una de sus piernas, ¿no? La unión a las entrañas o lo que sea se ha roto. Está incapacitada, indefensa, desamparada. Da vueltas en círculos y es demasiado conmovedor para nosotros. ¿Lo entiendes? ¡Oh, Lombriz de la Diosa Gusano! ¡Oh, presto venerador de la asesina invidente zorra de la tierra! Banaschar el Borracho, Banaschar el Sabio, el Sabio Borracho. Por favor, ten la amabilidad y la sagacidad de reparar a mi compañera, mi querida hermana, la tonta.
—Puede que sepas la respuesta —dijo Banaschar—. Escucha, si la vida es una broma, ¿qué tipo de broma es? ¿De las graciosas? ¿O de las de «voy a vomitar»? ¿Es una broma inteligente o una estúpida que se repite tanto que incluso si era graciosa al principio ya ha dejado de tener gracia? ¿Es el tipo de broma que te hace reír o llorar? ¿De cuántos modos más puedo hacer esta pregunta?
—Estoy seguro de que conoces unas cien más, buen señor. Apartado, independiente, en esencia, un sacerdote castrado. Y ahora, ¿ves esas hebras? Junto a la pierna descuajeringada, ay, Cuajo, ¿puedes dejar de dar vueltas?
—Solía reírme —dijo Banaschar—. Bastante. Mucho antes de que decidiera convertirme al sacerdocio, claro. Ay, una decisión que no tiene nada de graciosa. Tampoco la vida que la siguió. Años y años de miserable estudio, rituales, ceremonias y los rigurosos ejercicios para sortilegios. Y la Gusano de Otoño, bueno, ella lo toleró, ¿no es así? Nos entregó la recompensa justa. Una lástima que me perdiera en lo divertido.
—Lamentable desgracia de pedantería sin sentido, ¿serías tan amable...? Sí, hacia fuera y abajo, fuera y abajo, un poquito más, ¡ah! ¡Lo tienes! ¡El cordel! ¡La pierna! Cuajo, escucha, mira, detente, justo ahí, no, ahí, sí, ¿ves? ¡La salvación está a mano!
—¡No puedo! ¡Todo está de lado! ¡El mundo se arroja al Abismo!
—Ni caso, ¿ves? Tiene tu pierna. Está mirando el cordel. ¡Su cerebro se pone en marcha!
—Solía haber desagües —dijo Banaschar, que sujetaba la pierna esquelética—. Bajo el altar. Para recoger la sangre, sabes, en un ánfora. La vendíamos, sabes. Increíble lo que llega a pagar la gente por ello, ¿no crees?
—¿Qué hace con mi pierna?
—Nada. Por ahora —contestó Telorast—. Mira, creo. Y piensa. Aunque no tiene inteligencia, claro. El lóbulo de la oreja izquierda de Apsalar tiene más inteligencia que este mendrugo. ¡Pero no te preocupes! Cuajo, usa tus extremidades delanteras, tus brazos, quiero decir, y arrástrate hacia él. ¡Deja de dar patadas en círculos! ¡Basta!
—No puedo —dijo con un ligero chillido.
Y Cuajo siguió dando vueltas y más vueltas.
—Fuera vieja sangre, dentro monedas brillantes. Nos reíamos de eso, pero no era una risa feliz. Era de incredulidad, y sí, algo más parecido a cinismo hacia la estupidez inherente de la gente. De todos modos, hemos acabado con cofres y más cofres de riquezas. Más de lo que puedas imaginar. Cámaras blindadas repletas a reventar. Podrías comprar un buen puñado de risas con eso, estoy seguro. ¿Y la sangre? Bueno, como te diría cualquier sacerdote, la sangre es barata.
—Por favor, te lo suplico, muestra la clemencia de tu antigua diosa tan odiada. ¡Escupe en su cara con un gesto de buena voluntad! ¡Tendrás una gran recompensa, sí, enorme!
—Riquezas —dijo Banaschar—. Sin valor.
—Una recompensa diferente, te lo aseguramos. Substancial, significativa, valiosa, imperecedera.
Él alzo la mirada de la pierna y miró a Telorast.
—¿Como qué?
La cabeza del reptil esquelético se ladeó.
—Poder, amigo mío. Más poder del que puedas imaginar.
—Lo dudo con total sinceridad.
—Poder para que hagas lo que te plazca, ¡a quien quieras o lo que te dé la gana! ¡Poder que brota, que se derrama, que burbujea y que deja manchas húmedas! ¡Una recompensa que vale la pena, desde luego!
—¿Y cómo te puedo tomar la palabra?
—¡Así como tomas esa hermosa piernecita, y el cordel, puedes confiar en mí!
—El pacto está sellado —dijo Banaschar.
—¡Cuajo! ¡Has oído eso!
—Sellado —repitió Banaschar, y se levantó.
—Ohhh —gritó Cuajo, que daba vueltas cada vez más rápido—. ¡Lo has hecho! ¡Telorast, lo has logrado! ¡Ohh, mira, no puedo salir!
—¡Promesas vacías, Cuajo, lo prometo!
—Sellado —dijo de nuevo Banaschar.
—¡Ay! ¡Sellado triple! ¡Estamos condenados!
—Calma, lagarto —dijo Banaschar, se inclinó hacia delante y hacia la criatura que era un remolino—, en breve volverás a bailar. Y —añadió mientras cogía a Cuajo—, yo también.
Con el reptil huesudo en una mano, la pierna en la otra, Banaschar miró a su silencioso compañero, sentado en las sombras, un solo ojo que brillaba.
—Está bien —dijo Banaschar—, te escucho.
—Me place —murmuró el Errante—, ya que no disponemos de mucho tiempo.
Lostara Yil estaba sentada en el borde del catre, con un cuenco lleno de arena en la falda. Metió la hoja del cuchillo en la calabaza que tenía a la derecha, para cubrir el hierro con el aceite de la pulpa, después introdujo el metal en la arena y volvió a restregar el hierro.
Trabajaba en este arma desde hacía dos campanadas, además de otras sesiones previas a esta. Más de las que podía contar. Había gente que aseguraba que la daga de hierro no podía quedar más pulida, que no podía estar más impoluta, pero ella veía las manchas.
Tenía los dedos en carne viva, rojos y cuarteados. Le dolían los huesos de las manos. Pesaban más de lo normal, como si se le hubiera metido arena bajo la piel, la carne y los huesos, y hubiera comenzado el proceso de convertirlos en piedra. Llegaría un día en que perdería la sensibilidad, y colgarían de las muñecas como garras. Pero no inútiles, no. Con ellas derribaría el mundo, si eso servía para algo.
El pomo de un arma retumbó en su puerta y un instante antes alguien la abría. Faradan Sort entró, buscó con la mirada hasta que dio con Lostara Yil.
—La consejera quiere verte —dijo con un tono de voz neutro.
Había llegado el momento. Lostara recogió la tela y limpió la hoja del cuchillo. La capitana estaba de pie junto a la puerta, la mirada inexpresiva.
Ella se levantó, enfundó el arma y recogió la capa.
—¿Eres mi escolta? —preguntó al acercarse a la puerta.
—Ya hemos tenido un fugitivo esta noche —contestó Faradan, que siguió el ritmo de Lostara mientras recorrían el pasillo.
—No puede ser cierto.
—En realidad no, pero tengo que acompañarte hoy.
—¿Por qué?
Faradan Sort no contestó. Habían llegado a las puertas con adornos rojos que marcaban el final del pasillo, y la capitana las abrió.
Lostara Yil entró en la consiguiente sala. El techo de la estancia de la consejera (el centro de mando además de su residencia) era una caótica colección de ménsulas, bóvedas y arcos curvos. Por ello estaba rodeada de telas de araña de las que colgaban polillas marchitas, trayectorias de vuelo patéticas en las tenues ráfagas. Bajo una minúscula cúpula central de una forma demasiado extraña había una gigantesca mesa rectangular con una docena de sillas de respaldo alto. Una serie de ventanas verticales cubrían la pared opuesta a la puerta, justo debajo había una plataforma elevada con una balaustrada. En conjunto a ojos de Lostara, una de las salas más extrañas que había visto nunca. Los letherii la llamaban la Gran Sala de Lectura, y era la mayor habitación en todo el complejo que temporalmente servía como la oficina de los oficiales y como cuartel general. La consejera Tavore estaba de pie en el pasillo elevado, concentrada en algo más allá de las ventanas de cristal grueso.
—Ha mandado llamarme, consejera.
Tavore no se dio la vuelta al contestar.
—Hay una tabla en la mesa, capitana. En esta encontrará los nombres de aquellos que acudirán a la lectura. Ya que algunos puede que se resistan, la capitana Faradan Sort la acompañará a los barracones.
—Entendido. —Lostara se acercó y recogió la tabla, estudió los nombres escritos en cera dorada. Alzó las cejas—. ¿Consejera? Esta lista...
—No se aceptarán negativas, capitana. Puede retirarse.
Fuera en el pasillo, las dos mujeres se detuvieron al ver a un letherii acercarse. Vestido con ropa sencilla y una larga espada fina y sin adornos colgada de la cintura, Brys Beddict no tenía cualidades físicas extraordinarias, y aun así ni Lostara ni Faradan Sort pudieron quitarle los ojos de encima. Incluso una mirada casual pasaría de largo, pero volvería de forma inexorable, capturada por algo inefable e innegable.
Se apartaron para dejarle pasar.
Él se detuvo y les hizo una media reverencia deferencial.
—Disculpadme —dijo, se dirigió a Lostara—, desearía hablar con la consejera, si es posible.
—Claro —contestó ella, alargó la mano para abrir las puertas dobles—. Pasa y preséntate.
—Gracias. —Una sonrisa fugaz, entró en la sala y cerró la puerta tras él.
Lostara suspiró.
—Sí —afirmó Faradan Sort.
Tras un instante, se pusieron en marcha una vez más.
Tan pronto como la consejera se giró para mirarle, Brys Beddict se inclinó, y entonces dijo:
—Consejera Tavore, saludos y felicitaciones de parte del rey.
—Asegúrese de devolverlos al rey, señor —contestó ella.
—Así lo haré. He recibido instrucciones para entregarle un aviso, consejera, con respeto a esta sesión de adivinación que usted pretende llevar a cabo esta noche.
—¿Qué tipo de aviso, y de quién, si me permite preguntar?
—Hay un dios ancestral —contestó Brys—. Uno que por tradición escoge la corte de Letheras como su templo, si podemos llamarlo así, y lleva haciéndolo durante una cifra desconocida de generaciones. Fue, con bastante asiduidad, consorte de la reina, y era conocido por muchos como Turudal Brizad. En términos generales, claro, su identidad real no fue conocida, pero no hay duda de que es el dios ancestral llamado Errante, Señor de las Losas, el cual, como ya sabe, es el resultado letherii a su Baraja de Dragones.
—Ah, ahora empiezo a entender.
—En efecto, consejera.
—El Errante vería la adivinación (y la baraja) como una imposición, una violación.
—Consejera, la respuesta de un dios ancestral es impredecible, y esto es especialmente cierto con el Errante, cuya relación con el destino y el albedrío es bastante intensa y complicada.
—¿Puedo hablar con este Turudal Brizad?
—El dios ancestral no ha vuelto a esa persona desde antes del reino del emperador; tampoco ha sido visto en el palacio. Y aun así estoy seguro de que una vez más está cerca, con toda probabilidad, se ha despertado por sus intenciones.
—Por curiosidad, ¿quién en la corte de vuestro rey es capaz de discernir tales acontecimientos?
Brys se removió inquieto.
—Se trata de Bicho, consejera.
—¿El canciller?
—Si esa es la capacidad por la que le conoce, entonces sí, el canciller.
Había permanecido de pie en la plataforma durante todo el intercambio, pero ahora bajó los cuatro escalones de uno de los extremos y se acercó, ojos sin color que buscaban el rostro de Brys.
—Bicho. A uno de mis magos supremos le parece... ¿cómo lo dijo? Sí. «Adorable.» Pero claro, Ben el Rápido es inusual y tiende a las valoraciones peculiares y a menudo sarcásticas. ¿Es el canciller un ceda, si es que este es un término apropiado para un mago supremo?
—Sería apropiado verle como tal, en efecto, consejera.
Ella pareció reconsiderarlo durante unos instantes y después dijo:
—Tengo plena confianza en las habilidades de mis magos para la defensa ante casi cualquier amenaza... pero la de un dios ancestral está, con toda probabilidad, fuera del alcance de sus capacidades. ¿Qué hay de vuestro ceda?
—¿Bicho? Hmmm, no, no creo que esté demasiado asustado por el Errante. Ay, su intención es la de refugiarse esta noche si usted procede con la lectura. Como he dicho antes, estoy aquí para avisarla y transmitir la genuina preocupación del rey por su seguridad.
Dio la sensación de que aquellas palabras le resultaron incómodas, ya que se dio la vuelta y caminó despacio hasta detenerse en el extremo de la mesa rectangular, desde donde volvió a mirarle una vez más.
—Os lo agradezco, Brys Beddict —dijo con rígida formalidad—. Por desgracia he retrasado esta lectura demasiado tiempo. El consejo es necesario y, en efecto, apremiante.
Él ladeó la cabeza. ¿En qué andaban metidos estos malazanos? Una pregunta que a menudo salía en la corte real, y sin duda en cualquier otro lugar de la ciudad.
—Lo comprendo, consejera. ¿Hay algún otro modo en que pueda servirla?
Ella arrugó el entrecejo.
—No estoy segura de cómo, dada la aversión de vuestro ceda a aparecer, incluso como espectador.
—Sospecho que él no desea que su presencia influya en la adivinación.
La consejera abrió la boca para hablar, se detuvo y la volvió a cerrar. Y fue posible que sus ojos se abrieran una fracción antes de apartar la mirada.
—¿Qué otro tipo de servicio es posible, entonces?
—Estoy listo para presentarme voluntario como espada del rey.
Ella le dirigió una mirada de sorpresa.
—¿El Errante dudaría en enfrentarse a vos, señor?
Él se encogió de hombros.
—Por lo menos, consejera, puedo negociar con él desde una posición de cierto conocimiento. Con respeto a su historia entre mi gente y demás.
—¿Y se arriesgaría por nosotros?
Brys dudó, no era dado a mentir.
—No es riesgo alguno, consejera —dijo al fin.
Y vio su abismal fracaso en la mirada estricta de la consejera.
—La cortesía y la decencia exigen que rechace su generosa oferta. Aunque —añadió—, debo descender a la indecencia y decirle que su presencia sería más que apreciada.
Él volvió a inclinarse.
—Si debe informar a su rey —dijo la consejera—, todavía hay tiempo, aunque no mucho, pero suficiente para un breve informe, creo.
—No será necesario —dijo Brys.
—Entonces, por favor, sírvase algo de vino.
Él hizo una mueca.
—Gracias, pero he renunciado al vino, consejera.
—Hay una jarra de cerveza, ahí, bajo aquella mesa. Falari, creo, una fermentación decente, según me han dicho.
Brys sonrió y vio que ella se sobresaltaba, y esto le extrañó, aunque no por mucho tiempo, pues las mujeres solían reaccionar de ese modo cuando sonreía.
—Sí, estaría encantado de probarla, gracias.
—Lo que me resulta intolerable —dijo—, es el mismo hecho de tu existencia.
El hombre sentado al otro lado le miró.
—El sentimiento es mutuo.
La taberna estaba a reventar, la clientela era exclusiva, derrochaban privilegio. Monedas en bolsas, botellas polvorientas y copas de vidrio relucientes, y vestimentas que derrochaban ostentación. Muchas de estas recordaban a la Sábana Real, aunque en general esto implicaba tan solo una estrecha tira que cruzaba la cintura y la ingle. Aquí y allá hombres demasiado perfumados vestían pantalones de lana con una de las perneras más larga que la otra.
En una jaula junto a la mesa donde se sentaban dos malazanos, dos aves exóticas intercambiaban comentarios guturales de vez en cuando, con un tono de singular indiferencia. Pico corto, plumas amarillas en el cuerpo y grises en la cabeza, tenían el tamaño de estorninos.
—Quizá sí que lo es —dijo el primer hombre tras dar un buen trago al pesado vino—, pero es distinta.
—Eso es lo que tú crees.
—Pues claro, ¿estás sordo o qué? En primer lugar, estabas muerto. Incubaste un maldito con el culo. Esa ropa que vistes ahora estaba hecha jirones. Pedacitos. Motas de ceniza. No me importa lo buena que sea la costurera del Embozado, o los millones que debe de tener ahora, nadie sería capaz de volver a coser esa prenda. Ah, y además no hay costuras, no donde deberían estar, claro. Por lo tanto tu ropa está intacta. Como tú.
—¿Adónde quieres llegar, Ben? Que me recompuse en el sótano del Embozado, ¿no es así? Incluso que ayudé a Ganoes Paran y cabalgué con un grupo de Trygalle durante un tiempo. Cuando estás muerto puedes hacer... cosas.
—De hecho, eso depende de tu voluntad.
—Los Abrasapuentes ascendieron —apuntó Seto—. La culpa es de Violín, nada que ver conmigo.
—Y tú eres su mensajero, ¿no es así?
—Puede. No actúo bajo las órdenes de nadie.
—¿Whiskeyjack?
Seto se removió inquieto, apartó la mirada y se encogió de hombros.
—Qué curioso.
—¿El qué?
El zapador asintió hacia los dos pájaros enjaulados.
—Son jaraks, ¿no?
Ben el Rápido inclinó la cabeza y se masajeó la frente con los nudillos.
—¿Algún tipo de poder, quizá? ¿Una maldición de evasión? ¿O la típica estupidez obstinada que todos conocemos tan bien?
—Otra vez —dijo Seto, que echó mano de su cerveza—, hablas para ti mismo.
—Escondes ciertos aspectos, Seto. Hay secretos que no quieres derramar, y eso me pone nervioso. Y no solo a mí...
—Violín siempre se pone nervioso cuando estoy cerca. Todos vosotros. Es mi impresionante figura y carisma, imagino.
—Buen intento —dijo Ben arrastrando las palabras—. Estaba hablando sobre la consejera.
—¿Qué motivos tiene para estar nerviosa respecto a mí? —preguntó Seto—. De hecho, ¡es justo todo lo contrario! No hay modo de entender a esa mujer. Tú mismo lo has dicho a menudo, Ben. —Se inclinó hacia delante, entrecerró los ojos—. ¿Alguna noticia nueva? ¿Sobre lo que ocurre? ¿Sobre lo que en nombre del Embozado haremos a continuación?
El mago le miró con fijeza, pero no dijo nada. Seto metió la mano bajo una solapa y se rascó sobre la oreja, luego se acomodó de nuevo, más satisfecho esta vez. Un instante después llegaron dos personas a su mesa. Seto alzó la vista y puso cara de culpabilidad.
—Mago supremo, zapador —dijo Lostara Yil—, la consejera requiere vuestra presencia inmediata. Si sois tan amables de seguirnos.
—¿Yo? —preguntó Seto, su voz era casi un chillido.
—Eres el primer nombre de la lista —dijo Faradan Sort, con una dura sonrisa.
—Lo has conseguido —siseó Ben el Rápido.
Cuando los cuatro extranjeros se marcharon, uno de los pájaros jarak dijo:
—Huelo a muerte.
—No es verdad —croó el otro.
—Huelo a muerte —insistió el primero.
—No. Tú hueles a muerto.
Tras un instante el primer pájaro alzó un ala, metió la cabeza debajo y la sacó para acomodarse una vez más.
—Lo siento.
El capitán Generoso y el perro pastor wickano se miraban con los dientes apretados a través del mimbre apelmazado de la pared del gallinero que había entre ellos.
—Escúchame, perro —dijo Generoso—, quiero que encuentres a Peccado, y a Larva. Cualquier cosa fuera de lugar, como arrancarme la garganta, y te empalaré. De la boca al ano, a través. Después te decapitaré y lanzaré tu cabeza al rio. Desmembraré tus patas y las venderé a las brujas más aterradoras que encuentre. Te despellejaré, cortaré en pedacitos tu pellejo y lo venderé como braguetas para adictos al sexo penitentes que se han hecho monaguillos, los que tienen ciertos objetos escondidos bajo el abrigo. Y todo esto lo haré mientras todavía estás vivo. ¿Ha quedado claro?
Los labios repletos de cicatrices y retorcidos se retiraron todavía más hacia atrás, y mostró laceraciones sanguinolentas de los colmillos astillados. Baba carmesí burbujeaba entre los huecos. Encima de la boca destrozada, los ojos de Torcido ardían como dos túneles directos al cerebro de un señor demonio, torbellinos de locura furiosa. En el otro extremo del perro, la punta de la cola se meneaba a espasmos, como si ciertos pensamientos placenteros inundaran a la bestia.
Generoso se puso de pie, sujetaba una correa de cuero con un nudo en un extremo.
—Voy a pasarte esto por la cabeza, perro. Haz un solo gesto y te colgaré bien alto para soltar carcajadas ante cada convulsión. De hecho, revisaré un centenar de formas de matarte y las usaré todas.
Alzó el nudo para que el animal lo viera.
Una bola de ramitas y pedazos de barro seco que había estado tirada a un lado del gallinero (una pila que había emitido sus propios gruñidos) se lanzó hacia delante de improviso en un borrón de saltitos hasta que quedó a suficiente distancia como para dar un salto en al aire. Dientes afilados y diminutos dirigidos al cuello del capitán.
Él lanzó un golpe con el puño izquierdo, e interceptó al perro faldero en el aire. Un crujido sordo y las mandíbulas se cerraron sobre nada, y el perrito faldero hengese llamado Cucaracha alteró de golpe su dirección, aterrizó y rebotó un par de veces hasta quedar tras Torcido, donde quedó aturdido, el diminuto pecho agitándose y la lengua rosa fuera de las fauces.
La mirada de Generoso y del perro pastor estaban fijas la una en la otra mientras todo esto ocurría.
—Ay, no te preocupes por la correa de mierda —espetó el capitán tras un momento—. No te preocupes por Larva y Peccado. Vamos a hacerlo lo más simple posible. Voy a sacar mi espada y voy a cortarte en pedacitos, chucho.
—¡No lo hagas! —gritó una voz tras él.
Generoso se giró y vio a Larva, y tras el chico, a Peccado.
Ambos estaban en la entrada del establo, con expresiones inocentes.
—Qué conveniente —dijo—. La consejera os quiere ver a ambos.
—¿La lectura? —preguntó Larva—. No, no podemos hacerlo.
—Pero lo haréis.
—Creíamos que podíamos escondernos en la antigua Azath —explicó Larva—, pero no funcionará.
—¿Por qué? —exigió Generoso.
Larva negó con la cabeza.
—No queremos ir. Será... malo.
El capitán alzó la correa con el nudo.
—De un modo u otro, gusanos.
—¡Peccado te reducirá a cenizas!
Generoso resopló.
—¿Ella? Lo más probable es que se mee encima, por la cara que pone. Y bien, ¿lo haremos por las buenas, o a mi modo? Ay, seguro que podéis adivinar por cuál me inclino yo, ¿verdad?
—Es que Azath... —comenzó Larva.
—No es mi problema —interrumpió el capitán—. Si queréis lloriquear, ahorráoslo para la consejera.
Se pusieron en marcha.
—Todo el mundo te odia, ¿lo sabías? —espetó Larva.
—Me parece justo —contestó Generoso.
Se levantó de la silla, doblada por el dolor en las lumbares, y después avanzó a paso lento hasta la puerta. Tenía pocos conocidos, excepto una matrona bajita que venía de vez en cuando, sumergida en una nube de perfume d’bayang que hacía que le lagrimearan los ojos, y la anciana al final de la calle que le horneaba algo a diario desde que comenzó a aparecer. Y era tarde, lo que implicaba que los fuertes golpes en la puerta eran bastante inusuales.
Seren Pedac, que había sido corifeo, abrió la puerta.
—Vaya —dijo—, hola.
El anciano hizo una reverencia.
—Señora, ¿os encontráis bien?
—Bueno, no tengo que hacer reparaciones de albañilería, señor.
—Corifeo...
—Ya no soy...
—Su título permanece en las cuotas del reino —intervino él—, y todavía recibe el estipendio.
—Y ya van dos ocasiones en las que he solicitado que deje de ser así. —Hizo una pausa y ladeó la cabeza—. Discúlpeme, pero ¿cómo sabe todo eso?
—Mis disculpas, corifeo. Me llamo Bicho, y mis responsabilidades actuales incluyen las de Canciller del Reino, entre, esto, otras cosas. Sus peticiones han sido anotadas y archivadas y en conclusión rechazadas por mí. —Alzó una mano—. Un momento, nadie la sacará a rastras de casa para volver al trabajo. En esencia está retirada, y recibirá la pensión completa por el resto de su vida, corifeo. En cualquier caso —añadió—, mi visita esta noche no está relacionada con este tema.
—Vaya. Entonces, señor, ¿qué le trae por aquí?
—¿Puedo pasar?
Ella se retiró un paso, y una vez que él hubo entrado cerró la puerta, pasó junto a él por el estrecho pasillo y le condujo hasta la modesta sala principal.
—Por favor, siéntese, canciller. Al no haberle visto nunca antes, me temo que no he podido hacer la conexión con el amable hombre que me ayudó a mover algunas rocas. —Hizo una pausa, y entonces dijo—: Si los rumores son ciertos, usted fue el sirviente del rey, ¿no es así?
—Así es, lo fui. —Él esperó hasta que ella se acomodó en la silla antes de sentarse en el asiento de enfrente—. Corifeo, ¿está en su sexto mes?
Ella se sorprendió.
—Sí. ¿Qué documento ha revisado para averiguarlo?
—Mis disculpas —contestó él—, esta noche me siento inusualmente torpe. En su, ejem, compañía, quiero decir.
—Ha pasado tiempo desde que intimidé a alguien por última vez, canciller.
—Sí, bueno, quizá... Verá, no es usted en concreto, corifeo.
—¿Debería sentirme aliviada de que haya retirado el cumplido?
—Está jugando conmigo.
—Sí. Canciller, por favor, ¿de qué va todo esto?
—Creo que es mejor si me imagina con una capacidad distinta, corifeo. Mejor que «canciller», sugiero «ceda».
Ella abrió los ojos muy despacio.
—Vaya. Muy bien. Tehol Beddict tenía un sirviente de lo más peculiar, visto lo visto.
—Estoy aquí —dijo Bicho, bajó la mirada a la panza hinchada por un instante—, para ofrecer cierta medida de... protección.
Ella sintió un repentino tirón de miedo en su interior.
—¿Para mí, o para mi bebé? ¿Protección ante qué?
Él se inclinó hacia delante, con las manos entrelazadas.
—Seren Pedac, el padre de su hijo es Trull Sengar. Un tiste edur y hermano del emperador Rhulad. Sin embargo, era algo más que eso.
—Sí —dijo ella—, era mi amor.
Él rehuyó la mirada y asintió.
—Hay una versión de las Losas que consiste en casas, una especie de estructura formal impuesta en varias fuerzas en comunión con el universo. La llaman la Baraja de Dragones. En esta baraja, la Casa de Sombra está liderada, de momento, no por el tiste edur que fundó el reino, sino por nuevas entidades. En la casa hay un rey, no ha habido reina por ahora, y bajo el rey de la Gran Casa de Sombra hay diversos, ejem, sirvientes. Estos roles adoptan nuevos rostros de vez en cuando. Rostros mortales.
Ella le miró, la boca seca como una roca bañada por el sol. Le contempló retorcerse las manos, los ojos inquietos iban de aquí para allá.
—Rostros mortales —repitió ella.
—Sí, corifeo.
—Trull Sengar.
—El Caballero de Sombra.
—Cruelmente abandonado, parece ser.
—No por voluntad, ni por negligencia, corifeo. Estas casas están enzarzadas en una guerra, y esta guerra escala hasta...
—Trull no escogió este título, ¿no es así?
—No. La elección tiene un papel casi inexistente en tales acontecimientos. Quizás incluso los señores y señoras de las casas son en realidad menos omnipotentes de lo que quieren creer. Lo mismo, claro, se puede decir de los dioses y diosas. El control es una ilusión, un engaño que mitiga a las personas de piel fina.
—Trull está muerto —concluyó Seren.
—Pero el Caballero de Sombra sobrevive —replicó Bicho.
El temor había ido aumentando en ella, una marea gélida crecía para inundar cualquier espacio libre en ella, entre los pensamientos, ahogándolos uno a uno, y ahora un miedo frío la engullía.
—Nuestro hijo —susurró.
Bicho endureció la mirada.
—El Errante invitó al asesinato de Trull Sengar. Esta noche, corifeo, la Baraja de Dragones va a ser despertada, en esta misma ciudad. Este despertar es en realidad un desafío al Errante, una invitación a la batalla. ¿Está listo? ¿Tiene fuerza suficiente para contraatacar? ¿Terminará esta noche bañada en sangre mortal? No puedo responder a estas preguntas. Algo que intento prevenir, Seren Pedac, es que el Errante ataque a sus enemigos a través del hijo que tú llevas.
—No es suficiente para mí —susurró ella.
Él alzó las cejas.
—¿Corifeo?
—¡He dicho que no es suficiente! ¿Quién es el rey de la Gran Casa de Sombra? ¡Cómo se atreve a reclamar a mi hijo! ¡Invócalo, ceda! ¡Aquí! ¡Ahora!
—¿Invocar? Corifeo, incluso si pudiera, eso sería algo... Por favor, debe entenderlo. Invocar a un dios, incluso si solo se trata de un fragmento de su espíritu, implicará encender el faro más luminoso, uno que será visto no solo por el Errante, sino también por otras fuerzas. Esta noche, corifeo, debemos hacer todo lo posible por no atraer la atención.
—Eres tú quien debe entender, ceda. Si el Errante quiere hacer daño a mi hijo... puede que seas un ceda, pero el Errante es un dios. Un dios que ya ha asesinado al hombre que amaba, un Caballero de Sombra. Puede que no seas suficiente. ¿Mi hijo será el nuevo Caballero de Sombra? Entonces el Gran Rey de Sombra debe venir, esta noche, ¡y proteger a su caballero!
—Corifeo...
—¡Invócalo!
—Seren... yo soy suficiente. Contra el Errante. Contra cualquier imbécil que se atreva a acercarse. Yo soy suficiente.
—Eso no tiene sentido.
—Justo.
Ella le miró con fijeza, incapaz de cubrir la incredulidad, el terror.
—Corifeo, hay otras fuerzas en la ciudad. Antiguas, benignas, y aun así, poderosas. ¿Aliviaría tu preocupación si las invoco en tu nombre? ¿O en nombre de tu hijo nonato?
Hijo. La matrona de ojos rojos estaba en lo cierto.
—¿Te escucharán?
—Eso creo.
Tras un instante, ella asintió.
—Muy bien. Pero ceda, tras esta noche hablaré con este Rey de Sombra.
Él se encogió.
—Me temo que el encuentro le resultaría insatisfactorio, corifeo.
—Eso lo decidiré por mí misma.
Bicho suspiró.
—Como usted desee, Seren Pedac.
—¿Cuándo invocarás a tus amigos, ceda?
—Ya está hecho.
Lostara Yil dijo que habría once sin contar a Violín. Era una locura. Once jugadores para la lectura. Botella miró a Violín mientras subían por la calle a la estela de las dos mujeres. El hombre daba la sensación de estar enfermo, ojeras bajo los ojos, una mueca retorcida en la boca. Las oscuras raíces del cabello y de la barba provocaban que las puntas plateadas flotaran como un aura, un indicio del caos.
Gesler y Tormenta se agruparon tras ellos. Demasiado amedrentados para las discusiones que siempre comenzaban sobre cualquier cosa. Se llevaban tan mal como un matrimonio. Quizá notaron el peligro en el camino. Botella estaba seguro de que aquellos dos marines tenían mucho más en común que la piel dorada que les distinguía del resto. Estaba claro que, fuera cual fuese el destino existente había mostrado una clara falta de discriminación al escoger a ciertas personas para que destacaran del resto. Gesler y Tormenta apenas formaban un cerebro entre ambos.
Botella intentó adivinar quién más estaría. La consejera y Lostara Yil, obvio, junto al propio Violín, y Gesler y Tormenta. Quizá Keneb. Había estado en la última, ¿no? Le costaba recordar, casi todo de aquella noche era un borrón. ¿Ben el Rápido? Era muy probable. ¿Blistig? Bueno, un rancio y miserable bastardo podría resolver el asunto. O quizás empeorarlo todo. ¿Peccado? Que los dioses no lo quieran.
—Esto es un error —murmuró Violín—. Botella, ¿qué notas? Dime la verdad.
—¿La verdad? ¿En serio?
—Botella.
—Está bien, estoy demasiado asustado para salir de aquí. Es una ciudad antigua, sargento. Hay... cosas. La mayoría dormidas hasta ahora. Quiero decir, desde que estamos aquí.
—Pero ahora están despiertas.
—Sí. Y alerta. Esta lectura, sargento, es tan mala idea como gritar una maldición en nombre de Oponn mientras uno está sentado en la falda del Embozado.
—¿Crees que no lo sé?
—¿Puedes sabotearlo, sargento? Di que no funcionará, que no estás preparado o algo.
—No funcionará. Es algo que... ocurre.
—Y no hay forma de detenerlo.
—No.
—Sargento.
—¿Qué?
—Vamos a quedar expuestos, de un modo horrible. Como si ofreciéramos las gargantas a cualquiera. Y seguro que ese cualquiera no es piadoso. Así que, ¿cómo nos defendemos?
Violín miró por encima de Botella, y entonces se acercó. Delante estaba el cuartel general, se quedaban sin tiempo.
—No puedo hacer nada, Botella. Excepto intentar detenerlo y con algo de suerte llevarme por delante a alguno de estos canallas.
—Vas a sentarte sobre un maldito, ¿no es así?
Violín se colocó bien la bolsa de cuero que llevaba sobre un hombro, y aquello fue confirmación suficiente para Botella.
—Sargento, cuando entremos en la sala, déjame intentar persuadirla una última vez.
—Esperemos que por lo menos se ajuste al número.
—¿A qué te refieres?
—Once es malo, doce es peor. Pero trece sería un desastre. Trece es un mal número para una lectura. No queremos trece, cualquier cosa menos...
—Lostara dijo once, sargento. Once.
—Sí.
Y Violín suspiró.
Cuando sonó otro golpe en la puerta Bicho levantó una mano.
—Permítame, por favor, corifeo. —Y se levantó cuando ella asintió para acercarse a la puerta y dejar pasar a los nuevos invitados.
Escuchó voces, y vio al ceda pasar con dos figuras empapadas de lluvia y barro: un hombre y una mujer, vestidos con harapos. Se detuvieron justo al entrar en la sala principal y un hedor a mugre, sudor y alcohol llegó hasta Seren Pedac. Intentó evitar el impulso de recular cuando el penetrante aroma llego hasta ella. El hombre sonrío con dientes verdes bajo una enorme nariz bulbosa repleta de venitas rojas.
—¡Saluds, puede! ¿Ties bebida? Náh. —Hizo aparecer una petaca de arcilla en una mano negra—. Qerida nos tres nas copas, ¿eh?
Bicho torció el gesto.
—Corifeo, estos son Ursto Hoobutt y Pinosel.
—No necesito una copa —dijo Seren a la mujer que rebuscaba en un armario.
—Como quieras —replicó Pinosel—. Pero serás un muermo en esta fiesta. Típico. Las preñadas son un muermo, siempre pavoneándose como un regalo de los dioses. Vaca engreída...
—No necesito esta basura. Bicho, sácalos de aquí. Ahora.
Ursto se acercó a Pinosel y le dio un suave golpecito en la sien.
—¡Compórtate! —Sonrió de nuevo a Seren—. Está celosa, ¿sabe? Hemos intentao, hmmm, intentao. Es que, ella es un saco de arrugas, y yo peor. Más blando que una tetilla, yo, y la lujuria no marca diferencia. Divago, divago, divago. —Guiñó un ojo—. Caro que, si tu qieres, bueeeno...
Pinosel resopló.
—Esa es una invitación que provocaría el aborto en cualquier mujer. ¡Preñada o no!
Seren miró al ceda.
—No jodas.
—Corifeo, estos dos son los remanentes de un antiguo panteón, venerado por los habitantes originales del asentamiento enterrado en el cieno bajo Letheras. De hecho, Ursto y Pinosel son los dos primeros, el señor y la señora del vino y la cerveza. Llegaron a ser como consecuencia del nacimiento de la agricultura. La cerveza precedió al pan como el primer producto de plantas domesticadas. Más limpia que el agua, y muy nutritiva. La primera producción de vino fue con uvas salvajes. Estas dos creaciones son fuerzas elementales en la historia de la humanidad. Otras incluyen tales cosas como la cría de animales, las primeras herramientas de piedra, hueso y astas, el nacimiento de la música, la danza y la transmisión oral de cuentos. Arte, en muros de piedra y sobre la piel. Todos momentos cruciales y profundos.
—Entonces —preguntó ella—, ¿qué les pasó?
—La participación respetuosa y consciente de sus aspectos ha dado paso al exceso despreocupado y depravado. El respeto por sus dones se ha desvanecido, corifeo. Cuanto más sórdido es el uso de los dones, más se corrompen los que otorgan los dones.
Ursto eructó.
—Nos da igual —dijo—. Peor si tuvieramos prohibidos, poque nos haría malos y no queremos ser malos, ¿eh, mi dulce gacha?
—Nos tacan tol día —gruñó Pinosel—. Toma, llena las tazas. ¿Ancestral?
—La mitad, por favor —dijo Bicho.
—Disculpadme —dijo Seren Pedac—. Ceda, acabas de describir a estos dos borrachos como los dioses más antiguos de todos. Pero Pinosel acaba de llamarte «ancestral».
Ursto soltó una carcajada.
—¿Ceda? Dulceavena, ¿las oído? ¡Ceda! —Dio paso hacia Seren Pedac—. Uno bien gordo y bendecido, quizá, seremos antiguos, Pinosel y yo, comparados con los tuyos. Pero ete daquí, ¡somos bebés para él! Ancestral, sí, ancestral, ¡como un dios ancestral!
—¡Que empiece la fiesta! —cacareó Pinosel.
Violín se detuvo en la entrada. Miró al guerrero letherii que montaba guardia junto a la gran mesa.
—Consejera, ¿es este un nuevo invitado?
—¿Cómo dice, sargento?
Él señaló al hombre.
—La espada de rey, consejera. ¿Estaba en tu lista?
—No. En cualquier caso, se queda.
Violín le dedicó una mirada lúgubre a Botella, pero no dijo nada.
Botella estudió el grupo que les esperaba, contó por encima.
—¿Quién falta? —preguntó.
—Banaschar —respondió Lostara Yil.
—Está de camino —dijo la consejera.
—Trece —murmuró Violín—. Por todos los dioses. Trece.
Banaschar se detuvo en el callejón, levantó la mirada al cielo. Tenues rayos de luz se filtraban desde varios edificios y farolas, pero no tenían la fuerza suficiente para devorar la intensidad de las estrellas. Quería salir de aquella ciudad. Encontrar una colina en el campo, hierba verde para estirarse, una tabla de cera en las manos. La luna, cuando aparecía, era inquietante. Pero aquella cantidad de estrellas le ponía todavía más nervioso, una franja de hierros de espada, de un tenue verde, que se habían alzado del sur para pasar a través de las constelaciones familiares de la Vía Magna. No podía estar del todo seguro, pero creía que aquellas espadas crecían. Se acercaban.
Trece en total. Por lo menos era el número que logró contar. Quizás había más, demasiado tenues para atravesar el resplandor de la ciudad. Tenía la sospecha de que el número preciso era importante. Significativo.
Banaschar supuso que las espadas ni siquiera serían visibles en Ciudad Malaz. No por ahora, de todos modos.
Espadas en el cielo, ¿buscáis una garganta terrenal?
Miró hacia el Errante. Si alguien podía responder a esa pregunta, era él. Este autoproclamado Señor de las Losas. Dios del engaño, tahúr de destinos. Una criatura despreciable. Pero sin duda poderosa.
—¿Algo va mal? —preguntó Banaschar, ya que la tez del Errante era de un blanco fantasmagórico, empapada de sudor pegajoso.
El único ojo fijó la mirada un instante y después se apartó.
—Tus aliados no me preocupan —dijo—. Pero otro ha llegado, y ahora nos aguarda.
—¿Quién?
El Errante puso una mueca.
—Cambio de planes. Ve delante. Esperaré al despertar completo de esta baraja.
—Habíamos acordado que la detendrías antes de que pudiera comenzar. Nada más.
—No puedo. Ya no.
—Me aseguraste que no habría violencia esta noche.
—Y eso hubiera sido cierto —contestó el dios.
—Pero ahora alguien se interpone en tu camino. Han sido más hábiles que tú, Errante.
Un relámpago de rabia cruzó el ojo del dios.
—No por mucho tiempo.
—Aceptaré que se derrame sangre no inocente. Pero no la de mis compañeros. Acaba con tus enemigos, si eso es lo que deseas, pero nadie más, ¿he sido claro?
El Errante serró los dientes.
—Entonces apártalos de mi camino.
Tras un momento, Banaschar siguió su viaje, salió por un lado del edificio y continuó caminando hacia la entrada. Diez pasos más allá se detuvo de nuevo para dar unos últimos sorbos de vino, antes de seguir.
Ese es el problema de los Abrasapuentes, ¿no es así?
Nadie puede apartarlos del camino de nadie.
De pie, inmóvil en las sombras del callejón, una vez que el antiguo sacerdote se hubo metido dentro, el Errante esperó.
El decimotercer jugador de esta noche.
De haberlo sabido (había sido capaz de atravesar la niebla que se espesaba en aquella sala terrorífica y contar a todos los presentes) se habría dado la vuelta y habría descartado sus planes. No, habría salido corriendo.
En vez de eso, el dios esperó, con el ansia asesina en su corazón.
Los relojes de arena de la ciudad y las manecillas de los relojes, ajenos e indiferentes a cualquier cosa excepto a la inevitable progresión del tiempo, se acercaban al repicar de las campanas.
Para anunciar la llegada de la medianoche.
No vengas viejo amigo
si el mal tiempo viene contigo
estuve en el lecho del río
seco ahora
¿Recuerdas el arco del puente?
Derruidos los fragmentos grises
desparramados por la arena
nada para cruzar
puedes caminar por la corriente
avanza despacio hacia la cuenca
y descubre el último lugar donde
el clima va a morir
si te veo aparecer
sabré que has resucitado
lloraré y me pondré de pie
bajo el cielo que oscurece
caminas como un hombre cegado
tanteas con las manos hacia los lados
te guiaré pero este río
no esperará
me empuja al mar que engulle
bajo el vuelo blanco de las aves
no vengas viejo amigo
si el mal tiempo viene contigo
Puente del sol
Pescador kel Tath
Estaba de pie entre los restos podridos de las tablas de un barco, alto incluso agachado, y si no fuera por los harapos y el largo cabello revuelto, podría haber pasado por una estatua, mármol blanqueado, proveniente de la ciudad Meckros tras él y que seguía en pie milagrosamente en el sedimento incoloro. Udinaas llevaba un buen rato mirando, pero la figura no se había movido.
El crujido de guijarros anunció la llegada de alguien más que provenía del pueblo, y un instante después Onrack T’emlava dio un paso tras él. El guerrero no dijo nada por un rato, una presencia sólida, silenciosa.
Sin embargo, Udinaas sabía que este no era un mundo en el que apresurarse. No es que hubiera sido imprudente durante su vida. Durante mucho tiempo desde su llegada a Refugio, se había sentido como si arrastrara cadenas, o como si caminara con el agua hasta la cintura. El lento pasar del tiempo en este lugar impedía los pensamientos apresurados, forzaba la humildad y, como bien sabía Udinaas, la humildad siempre llegaba sin invitación previa, tiraba abajo puertas, destrozaba muros. Llegaba con un golpe en la cabeza, un rodillazo en el estómago. No de forma literal, claro, pero el resultado era el mismo. Te dejaba arrodillado, sin aliento, tan débil como un niño escuálido. Con el mundo delante, inclinado sobre el imbécil, y que lentamente levantaba un dedo.
Debería haber más así. Porque soy el dios de dioses, y es la única lección que daré jamás, tantas veces como sea necesario.
Y de nuevo, eso me convierte en un bastardo muy ocupado, ¿o no?
El sol en el cielo era frío, auguraba el invierno por venir. La cargadora dijo que nevaría copiosamente en los próximos meses. Hojas secas, que caen en los prados marrones en la colina, se estremecen y tiemblan con pavorosa anticipación. Nunca le había gustado demasiado el frío. El más leve escalofrío y se le entumecían las manos.
—¿Qué quiere? —preguntó Onrack.
Udinaas se encogió de hombros.
—¿Lo ahuyentamos?
—No, Onrack, dudo que eso sea necesario. Por ahora, creo, no queda espíritu de lucha en él.
—Sabes más de esto que yo, Udinaas. Aun así, ¿no ha asesinado a una niña? ¿Acaso no busca matar a Trull Sengar?
—¿Luchó contra Trull? —preguntó Udinaas—. Mis recuerdos de aquello son difusos. Estaba distraído mientras un espectro me estrangulaba. Bueno, pues, amigo, entiendo que quieras ver su final. Sobre Tetera, no creo que nada de aquello fuera tan simple como parece. La niña ya estaba muerta, desde mucho antes que Azath la germinara. Todo lo que Silchas Ruina hizo fue romper el cascarón para que la casa pudiera introducir las raíces. En el lugar indicado en el momento indicado, y por ende aseguró la supervivencia de su reino.
El imass le observaba, los ojos de un marrón suave descansaban entre arrugas de tristeza, arrugas que demostraban que sentía cosas de forma muy intensa. Este fiero guerrero que, al parecer, había sido nada más que piel curtida y huesos era ahora tan vulnerable como un infante. Este rasgo parecía común en todos los imass.
—¿Entonces lo has sabido siempre, Udinaas? ¿El destino que aguardaba a Tetera?
—¿Saber? No. Lo supuse en mayor parte.
Onrack gruñó.
—Apenas yerras en tus suposiciones, Udinaas. Muy bien, ve pues. Habla con él.
Udinaas sonrió sardónico.
—A ti tampoco se te da mal suponer, Onrack. ¿Esperarás aquí?
—Sí.
Se alegró de aquello, a pesar de estar convencido de que Silchas Ruinas no tenía intenciones violentas, con el Cuervo Blanco nunca se podía estar seguro del todo. Si Udinaas terminaba hecho pedazos por una de esas afiladas espadas, por lo menos su muerte habría sido presenciada, y a diferencia de su hijo, Rud Elalle, Onrack no era tan idiota como para atacar buscando venganza.
A medida que se acercaba al tiste andii albino, se hacía evidente que Silchas Ruina no se había alimentado bien desde la abrupta partida de su reino. La mayor parte de su armadura estaba hecha añicos, y dejaba los brazos desnudos. Sangre seca manchaba el collar de cuero cosido del gambesón chamuscado. Lucía tajos y cortes nuevos, apenas sanados, y moratones bajo la piel como agua enfangada bajo el hielo.
Los ojos, ay, permanecían duros, inflexibles y rojos como la sangre fresca en los oscuros huecos.
—¿Añoranza por la vieja casucha Azath? —preguntó Udinaas a diez pasos del sombrío guerrero.
Silchas Ruina suspiró.
—Udinaas. Me había olvidado de tu espectacular don con las palabras.
—No recuerdo a nadie decir que se trata de un don —contestó él, que decidió dejar a un lado el sarcasmo, como si la estancia en aquel lugar hubiera marchitado su agudeza natural—. Una maldición, sí, siempre me lo dicen. Es alucinante que todavía esté respirando, la verdad.
—Sí —afirmó el tiste andii—, lo es.
—¿Qué quieres, Silchas Ruinas?
—Hemos viajado juntos durante mucho tiempo, Udinaas.
—En círculos, sí. ¿Y qué?
El tiste andii apartó la mirada.
—Estaba... confundido. Por todo lo que vi. Una ausencia de sofisticación. Imaginé que el resto de aquel mundo no sería distinto a Lether... hasta que aquel mundo llegó.
—La versión letherii de sofisticación es muy narcisista, adjudicado. Además va junto a ser el mayor pedazo de mierda de todo el montón. A nivel local.
La expresión de Ruina se agrió.
—Una mierda cuidadosamente aplastada por un talón.
Udinaas se encogió de hombros.
—A todos nos llega, tarde o temprano.
—Sí.
El silencio se hizo entre ambos, y aun así Ruina no le miraba a los ojos. Udinaas comprendió, y también supo que sería impropio mostrar placer alguno ante la humildad del Cuervo Blanco.
—Será reina —dijo Silchas Ruina de improvisto.
—¿Quién?
El guerrero parpadeó, sorprendido por la pregunta y fijó su atención inhumana una vez más en Udinaas.
—Tu hijo está en grave peligro.
—¿Ahora?
—Creí que, al venir aquí, podría hablar con él. Ofrecerle cualquier consejo, por exiguo que fuera, que pudiera tener valor para él. —Hizo un gesto hacia el lugar donde estaba—. Esto es todo lo lejos que he llegado.
—¿Qué te retiene?
Ruina torció el gesto.
—Para la sangre de los eleint, Udinaas, cualquier noción de comunidad es anatema. O de alianza. Si en espíritu los letherii poseen un ascendiente, es el eleint.
—Ah, ya veo. Motivo por el cual Ben el Rápido se las apañó para derrotar a Sukul Ankhadu, Sheltatha Sabiduría y Menandore.
Silchas Ruina asintió.
—Intentaron traicionarse entre ellos. Es la imperfección en la sangre. Y muy a menudo, una tara fatal. —Hizo una pausa, y después siguió—: Como nos demostró a mi hermano Anomander y a mí. Una vez que la sangre dracónica entró en nosotros, nos distanció. Andarist se metió entre ambos, intentó acercarnos con ambas manos, pero nuestra recién descubierta arrogancia le superó. Dejamos de ser hermanos. No me sorprende que...
—Silchas Ruina —Udinaas le cortó—, ¿por qué mi hijo está en peligro?
Los ojos del guerrero resplandecieron.
—Le lección de humildad que aprendí casi me mata. Pero sobreviví. Cuando la propia lección de Rud Elalle llegue, puede que no sea tan afortunado.
—¿Has tenido hijos, Silchas? Imaginaba que no. Aconsejar a un niño es como arrojar arena contra un muro de obsidiana. Nada se queda. La certeza brutal es que cada uno sufrimos nuestras propias lecciones, no podemos evitarlas. No podemos dejarlas atrás. No puedes darle a un niño tus cicatrices, llegan como telarañas, aprietan, ahogan y el niño sufrirá la presión y el estrés hasta que se rompan. No importa la nobleza de tus intenciones, las únicas cicatrices que les ensañarán algo son las que adquieran por sí mismos.
—Entonces debo pedirte, como padre suyo que eres, tu favor.
—¿Lo dices en serio?
—Sí, Udinaas.
Temor Sengar había intentado apuñalar a este tiste andii en la espalda, había intentado ponerse bajo la sombra de Scabandari Ojodesangre. Temor había sido un tipo complicado, pero Udinaas, a pesar de todas las burlas y las bromas, los amargos recuerdos de la esclavitud, no había llegado a sentir rechazo por él. La nobleza podía ser admirada cuando te la encontrabas cara a cara. Y había visto la pena de Trull Sengar.
—Entonces, ¿qué quieres de mí?
—Entrégamelo.
—¿Qué?
El tiste andii levantó una mano.
—No respondas todavía. Te explicaré la necesidad. Te diré lo que viene, Udinaas, y cuando termine, creo que lo entenderás.
Udinaas se dio cuenta de que temblaba. Y mientras Silchas Ruina seguía hablando, sintió que el suelo firme se movía inexorable bajo sus pies.
El ritmo aparentemente apaciguado de este mundo demostraba ser una ilusión, un engaño evocador.
Lo cierto era que todo se precipitaba, como cientos de rocas deslizándose por una ladera. La verdad era, simplemente, aterradora.
Onrack aguardaba observando a las dos figuras. La conversación se había alargado mucho más de lo que el imass había anticipado, y la preocupación crecía en consecuencia. Nada bueno iba a salir de esto, estaba seguro. Escuchó una tos ronca tras él y se giró para encarar a dos emlava que cruzaban el camino a unos cien pasos atrás, más o menos. Movían las enormes cabezas de las que surgían los colmillos hacia él y le miraron con cautela, como si pidieran permiso. Pero vio las grandes zancadas y la cola baja, como si estuvieran de caza. La culpa en el propósito parecía innata, como la beligerancia de aquella mirada de ojos grandes. Podían desaparecer durante un día o semanas, en caso de necesitar una caza mayor cuando se aproximaba el invierno.
Onrack desvió la atención de nuevo a Udinaas y Silchas Ruina, y vio que ahora caminaban ambos hacia él, uno junto al otro, y el imass pudo interpretar sin problemas el espíritu maltrecho de Udinaas, la fuga de desesperación.
No, no se acercaba nada bueno.
Escuchó crujidos tras él cuando los emlava llegaron al punto en que el camino que habían tomado les apartaba de la vista de Onrack, y ambos animales salieron corriendo para escapar a aquella atención imaginada. Pero él no tenía interés alguno en llamarlos. Nunca lo había tenido. Las bestias eran demasiado estúpidas para darse cuenta de ello.
Los intrusos en este reino montaron una marea baja, llegaron como la vanguardia de las legiones del caos. El cambio manchaba el mundo con el tinte de la sangre fresca demasiado a menudo. Cuando lo cierto era que lo único que querían los imass era la paz, afirmada en el ritual de la vida, segura, estable y de un predecible exquisito. El humo y el calor de las hogueras, el aroma de la carne cocinada, tubérculos y tuétano derretido. Las voces nasales de las mujeres que cantaban mientras se ocupaban de los modestos quehaceres. Los gruñidos y los suspiros de la cópula, los niños que cantaban. Alguien puede que estuviera trabajando con una púa de hueso, con la afilada espiral de un hueso o el centro de un pedernal. Otra se arrodillaba junto al riachuelo, frotaba una piel con hojas pulidas y raspadores diminutos, y muy cerca había una leve depresión que marcaba un pozo de arena donde se enterraban otras pieles. Cuando alguien necesitaba orinar se agachaban sobre el pozo para que el río descendiera dentro. Para curtir las pieles.
Los ancianos estaban sentados sobre rocas y observaban el campo y a todos los suyos ir de aquí para allá ocupados con las tareas, y soñaban con los escondrijos y los senderos que surgían en la fiebre de las voces que zumbaban, y el retumbar y las escenas que daban vueltas pintadas bajo la luz de una antorcha en la roca, en lo profundo del bullicio de la noche cuando los espíritus florecían ante los ojos en miríadas de colores, cuando los patrones se alzaban de la superficie y flotaban y se mecían en humo.
La caza y la celebración, la cosecha y la formación. Días y noches, nacimientos y muertes, risas y penas, relatos que se contaban una y otra vez, la mente que se descubre como un regalo para cada generación, para cada rostro cálido y familiar.
Onrack sabía que esto era lo único que importaba. Cada conciliación de los espíritus buscaba la protección de aquella preciosa paz, aquella perfecta continuidad. Los fantasmas de los ancestros merodeaban cerca para montar guardia sobre los vivos. Los recuerdos tejían hilos que unían a todo el mundo, y cuando aquellas memorias se compartían, la unión se hacía más fuerte.
En el campo tras él, su querida pareja, Kilava, estaba apoyada sobre una pila de pieles blandas, estaba a pocos días de dar a luz a su segundo bebé. Las cargadoras habían traído cuencos de madera repletos de larvas gordas y deliciosas que todavía humeaban tras haber sido cocidas en las losas sobre las hogueras. Y conos de miel y té áspero de frutas del bosque y corteza. La alimentaban sin cesar y así seguirían hasta que las contracciones comenzaran, para que tuviera la fuerza y las reservas necesarias.
Recordó la noche en que Kilava y él fueron al hogar de Seren Pedac, en aquella extraña y destrozada ciudad de Letheras. Enterarse de la muerte de Trull Sengar había resultado ser uno de los momentos más duros en la vida de Onrack. Pero descubrirse junto a la viuda de su amigo había demostrado ser todavía más devastador. Al mirarla había sentido que colapsaba por dentro, y lloró, lejos de cualquier consuelo posible, y un tiempo después reflexionó sobre la fortaleza de Seren, su calma sobrenatural, y por ello se dijo a sí mismo que ella seguro había pasado el duelo los días y noches posteriores a la muerte de su amante. Ella había observado su llanto con pena en los ojos, pero no lágrimas. Entonces preparó té, metódica en la preparación, mientras Onrack se encogía en el abrazo de Kilava.
Más tarde clamaría contra la injusticia, la espantosa insensatez de la muerte de su amigo. Y durante toda aquella noche, mientras trataba de hablar con ella de Trull (de lo que habían compartido desde el primer momento de frágil simpatía cuando Onrack decidió liberar al guerrero de su Pelado), recordó batallas fieras, resistencias desafiantes, actos de coraje insólito, muchos de los cuales habrían marcado un glorioso final, una muerte cargada de significado, reluciente de sacrificio. Y aun así Trull Sengar había sobrevivido a todas ellas, a cada una. Alcanzó el triunfo en medio del dolor y la pérdida.
Si Onrack hubiera estado allí, en la arena cubierta de sangre, la retaguardia de Trull no habría quedado desprotegida. El asesino no habría tenido éxito en este acto de brutal traición. Y Trull Sengar habría vivido para ver a su propio hijo crecer en el vientre de Seren Pedac, habría contemplado, maravillado, el resplandor de la introspección en la expresión de la corifeo. Ningún hombre podía llegar a conocer tal sensación de plenitud, claro, ya que ella se había convertido en portadora de dicha continuidad, un icono de esperanza y optimismo para el mundo venidero.
Ah, si Trull hubiera podido ver todo esto. Nadie se lo merecía más, tras todas las batallas, las heridas, las ordalías y la vasta soledad que Onrack jamás podría atravesar. Tantas traiciones y a pesar de todo había seguido en pie indoblegable y siempre había dado todo de sí. No, no había nada de justo en esto.
Seren Pedac había sido amable y gentil. Había permitido el ritual de Kilava para un parto seguro. Pero también había dejado claro que no deseaba nada más, que este viaje sería suyo y, de hecho, poseía la fortaleza suficiente para lograrlo.
Sí, las mujeres podían ser aterradoras. Por su fortaleza, por su capacidad para perdurar.
Por mucho que Onrack quisiera estar cerca de Kilava ahora, mimarla con regalos y obsequios, cualquier intento habría sido ridiculizado por la cargadora y un rugido de advertencia de Kilava. Había aprendido a mantener la distancia, ahora que el parto era inminente.
En cualquier caso, había cogido cariño a Udinaas. Cierto, un hombre mucho más inclinado a los comentarios afilados que Trull, con tendencia hacia la ironía y el sarcasmo, ya que eran las únicas armas que Udinaas blandía con habilidad. A pesar de todo, Onrack había llegado a apreciar la irónica astucia, y más que aquello, al hombre que mostraba virtudes inesperadas en su nuevo rol como padre. Virtudes que Onrack notaba y que había decidido adoptar una vez que le llegara el momento.
Había perdido una gran oportunidad en la primera ocasión, y al hombre que era su primer hijo, Ulshun Pral, lo habían criado otros, tíos adoptivos, hermanos y tías. Incluso Kilava había estado ausente durante largos periodos de tiempo. Y por lo tanto, mientras Ulshun era de su propia sangre, pertenecía más a su gente que a sus padres. Tan solo sentía una leve tristeza en cuanto a esto, se decía Onrack a sí mismo, esquirlas de arrepentimiento que no encajaban en los recuerdos de la existencia del Ritual inmortal.
Tantísimo había cambiado. Este mundo parecía pasar a toda prisa, efímero y elusivo, días y noches escurriéndose en sus manos. De vez en cuando se sentía paralizado por la sensación de pérdida, sobrecogido de angustia al pensar en otro momento perdido, otro instante que menguaba al despertar. Se esforzaba por permanecer consciente, los sentidos despiertos ante cualquier bendición, a absorber y devorar y lujuriar en su sabor, y entonces llegaría un momento en el que todo le inundaría y quedaría engullido, agitándose en la ceguera, en la abrumadora sordera.
Demasiados sentimientos, y parecía que llorar era su respuesta a tanto en esta vida mortal. Alegría, tristeza, dones recibidos y pérdidas sufridas. Quizás había olvidado todas las otras formas de reaccionar. Quizás eran los primeros en irse cuando el tiempo perdía el significado, cruel como una maldición, y que dejaba nada más que lágrimas.
Udinaas y Silchas Ruina se acercaron.
Y una vez más, Onrack sintió ganas de llorar.
La costa de D’rhasilhani parecía roída y podrida, las olas lamían la orilla cargada de cieno estrellándose en los salientes de piedra caliza repletos de cráteres y bancos de arena sumergidos en los que habían crecido extensos manglares. Pilas de espuma del color de la carne pálida se alzaban y se sacudían con cada ola que rompía, y a través del catalejo, el yunque del escudo Tanakalian pudo ver, sobre la línea de la playa, donde todavía se veían montañitas de arena y grava, pilas de peces muertos plagadas de gaviotas y algo más (largo, bajo y posiblemente reptiliano) que tiraba y empujaba de vez en cuando en medio de aquella matanza, y que provocaba que las gaviotas alzaran el vuelo entre graznidos.
Le alivió no estar en aquella orilla, tan ajeno a la costa que había conocido casi toda su vida. Donde el agua era profunda, clara y de un frío mortal. Donde cada bahía y delta estaba cubierto por la penumbra de oscuros riscos y densos bosques de pinos y abetos. Jamás había imaginado que unas costas como aquellas existían. Escuálidas, fétidas, como un lodazal apestoso. Al nordeste, siguiendo la línea de la costa, en la base de una joven sierra que apuntaba al sur, se situaba lo que parecía ser un gran río que desembocaba en esta enorme bahía, e inundaba las aguas con su cieno. El flujo constante de agua densa y lechosa había envenenado casi toda la bahía, por lo que Tanakalian pudo ver. No estaba bien. Se sintió como si contemplara la escena de un horrible crimen, algo fundamental estaba mal y se expandía como una infección.
—¿Qué desea, señor?
El yunque del escudo bajó el catalejo y torció el gesto hacia la costa que llenaba todo el horizonte hasta el norte.
—Ve a la desembocadura del río, capitán. Estimo que la corriente del canal reside en el otro lado, más cercano a la costa este. Las colinas parecen verticales.
—Incluso desde aquí, señor —dijo el capitán—, los bancos apenas sumergidos a este lado se ven a simple vista. —Dudó—. Son los que no podemos ver los que me preocupan, yunque del escudo. Ni siquiera me calma pensar en que podamos esperar a la marea.
—¿No podemos retirarnos hacia el mar, y después acercarnos hacia la costa más al este?
—¿Aprovechar la corriente del río? Quizás, aunque en el choque con la marea la corriente será traicionera. Yunque del escudo, esta delegación que buscamos no son marineros, ¿no es así?
Tanakalian sonrió.
—Una sierra de montañas virtualmente insuperables bloquea el reino de la costa, e incluso en el lado de la sierra que da a la tierra una franja de territorio ha sido reclamada por tribus de pastores. Hay paz entre ellos y los bolkando. En cualquier caso, y para contestar a tu pregunta, no, señor, los bolkando no son marineros.
—Por lo tanto, esta boca del río...
—Así es, capitán. Gracias a un gentil acuerdo con los d’rhasilhani, la delegación bolkando tiene permitido montar un campamento en la costa este del río.
—La amenaza de la invasión puede lograr que enemigos de toda la vida se conviertan en aliados —observó el capitán.
—Eso parece —asintió Tanakalian—. Lo más extraordinario de todo es que las alianzas parecen sostenerse, incluso ahora cuando ya no habrá invasión del imperio de Lether. Sospecho que ciertos beneficios de la paz se han hecho evidentes.
—Provechosos, quiere decir.
—A nivel mutuo, sí, capitán.
—Debo ocuparme de la nave, señor, si vamos a valorar nuestro acercamiento al lugar de amarre.
Yunque del escudo asintió y, cuando el capitán se alejó, Tanakalian alzó el catalejo una vez más, inclinándose sobre la figura de estribor para ganar equilibrio. El mar no era especialmente bravo tan dentro de la bahía sin nombre, pero en cualquier momento el Trono de Guerra comenzaría a llegar, y él tenía la intención de hacer uso del ángulo cerrado para mirar más allá de los acantilados escarpados de la costa este.
La espada mortal Krughava permanecía en su cabina. Desde que había vuelto de visitar a la consejera, destriant Run’Thurvian había decidido comenzar un extenso periodo de meditación recluida, por lo que también estaba bajo cubierta. La presencia de cualquiera de ambos hubiera impuesto un grado de formalidad que a Tanakalian le parecía cada vez más irritante. Comprendió la necesidad de la propiedad, y la carga de la tradición que aseguraba el significado para todo lo que habían hecho (y todo lo que harían), pero había dedicado tiempo al mando del barco de la consejera, en compañía de los malazanos. Mostraban una tranquilidad ante las dificultades compartidas que había chocado mucho a yunque del escudo, hasta que comprendió el valor de tal comportamiento. No se podía desafiar la disciplina de los Cazahuesos cuando había que batallar. Pero la fuerza que realmente les mantenía unidos residía en la camaradería que mostraban durante aquellos interminables y larguísimos periodos de inactividad que todos los ejércitos debían soportar. Tanakalian había llegado a disfrutar aquellas atrevidas faltas de decoro, la irreverencia pública y aquella extraña afición por desenmarañar lo absurdo.
Quizá no era una influencia demasiado positiva, algo que el ceño fruncido de Run’Thurvian implicaba cada vez que Tanakalian trataba de hacer su propio comentario irónico. Claro que el destriant no andaba escaso de decepciones en su lista en cuanto al nuevo yunque del escudo de la orden. Demasiado joven, con una triste carencia de experiencia y una desalentadora inclinación al juicio prematuro. Esta última tara era inaceptable en alguien que ostentaba el título de yunque del escudo.
—Su mente es demasiado activa, señor —había dicho el destriant en una ocasión—. No es cosa del yunque del escudo emitir juicio alguno. Ni decidir quién es digno de aceptación. No, señor, aunque jamás habéis ocultado vuestras predilecciones. Eso es cierto.
Generoso por parte del hombre, al fin y al cabo.
El barco comenzó a perder ímpetu al virar. Tanakalian observó la costa imponente, las retorcidas montañas, muchas de estas con picos ocultos por humo y gases nocivos. No serviría de mucho arrojarse contra aquella costa mortal, aunque dada la inclinación natural del flujo de las corrientes, el riesgo era muy real. Yunque del escudo volvía a tener uno de aquellos pensamientos, y en este caso, incluso el destriant no podría encontrar culpa.
Con una leve sonrisa, Tanakalian bajó el catalejo y lo devolvió a la funda de piel de foca que colgaba bajo el brazo izquierdo. Bajó del castillo de proa y descendió hacia los camarotes. Necesitarían de Run’Thurvian y de su hechicería para conseguir pasaje seguro hacia la boca del río, y esto, concluyó Tanakalian, era una buena justificación para interrumpir la meditación del destriant, que duraba desde hacía días. Puede que Run’Thurvian gozara del tiempo en soledad absoluta, pero ciertas necesidades no podían ser ignoradas ni siquiera por orden del destriant. Además, al viejo le vendría bien algo de aire fresco.
El navío que comandaba la flota estaba solo en esta bahía. Los veinticuatro restantes Tronos de Guerra mantenían la posición en el mar, más que capaces de superar cualquier clima que el océano al sur pudiera reunir, excepto un tifón, claro, y aquella estación ya había pasado, según decían los pilotos locales.
Desde que entregaron el Lobo de espuma a la consejera, el Listral servía como buque insignia de la orden. Era el navío más antiguo en la flota, casi cuatro décadas desde la botadura. El Listral era el último superviviente de la primera línea de trimaranes, y portaba detalles anticuados tanto de estilo como en la decoración. Esto le otorgaba a la nave un aspecto feroz, con cada tablón de madera tallado en semejanza a una cabeza de lobo aullando. El centro del casco por completo tenía forma de lobo en posición de ataque, tres cuartos sumergidos de modo que la cresta de espuma en la proa simulara la boca abierta y repleta de colmillos de la bestia.
A Tanakalian le encantaba este navío, incluso la arcaica hilera de cabinas que daban al interior por todo el pasillo en el primer nivel bajo la cubierta. Listral podía contener la mitad de tripulantes que la segunda y tercera línea de Tronos de Guerra. Al mismo tiempo, cada cabina era, en comparación, mucho más espaciosa y casi se podría decir que lujosa.
La habitación del destriant constaba de las últimas dos cabinas bajo el castillo de proa. La pared entre ambas tenía una baja y estrecha puerta. La adusta sala servía de residencia privada a Run’Thurvian, mientras que la contigua había sido santificada como templo de los lobos. Como esperaba, Tanakalian encontró al destriant arrodillado, con la cabeza inclinada ante el doble altar. Pero algo iba mal; el aire apestaba a carne chamuscada, a pelo quemado, y Run’Thurvian, de espaldas a Tanakalian, siguió inmóvil aun cuando el yunque del escudo entró en la habitación.
—¿Destriant?
—No te acerques más —dijo Run’Thurvian con voz ronca, casi irreconocible. Tanakalian escuchó que al viejo le faltaba el aliento—. No queda mucho tiempo, yunque del escudo. He... concluido... que nadie debe molestarme, sin importar lo largo de mi ausencia. —Una risa ronca, amarga—. He olvidado tu... temeridad, señor.
Tanakalian se acercó.
—Señor, ¿qué ha pasado?
—¡Atrás! ¡Te lo ruego! —gritó el destriant, sin aliento—. Debes llevar mis palabras a espada mortal.
Algo resplandeció en el suelo de madera pulida alrededor del hombre arrodillado, como si el hombre perdiera líquido; pero el olor no era de orín, y el líquido, espeso como la sangre, parecía dorado a la luz de la linterna. Al verlo, el miedo recorrió el cuerpo de Tanakalian, y apenas pudo escuchar las palabras del destriant por encima de los latidos de su corazón.
—Destriant...
—He viajado lejos —dijo Run’Thurvian—. Dudas... una intranquilidad creciente. ¡Escucha! Ella no es quien creemos. Habrá... traición. ¡Díselo a Krughava! El juramento. ¡Cometimos un error!
El charco crecía, espeso como la miel, y parecía que la figura vestida con una túnica del destriant se encogiera, como si colapsara sobre sí mismo.
Se muere. Por los lobos, se muere.
—Destriant —dijo Tanakalian, evitando el terror a la fuerza, se tragó el pavor que le causaba lo que estaba presenciando—, ¿aceptarás mi abrazo?
La risa surgió entre burbujeos de la garganta maltratada.
—No. No lo acepto.
Sorprendido, el yunque del escudo se tambaleó hacia atrás.
—Eres... eres... insuficiente. Siempre lo fuiste. Otro de los errores de Krughava en su... juicio. Me has fallado, y por ende le fallarás a ella. Los lobos nos abandonarán. Los juramentos rotos, ¿lo comprendes? He visto nuestras muertes; esta que sucede ante ti, y las que están por venir. Tú, Tanakalian. La espada mortal también, y todos los hermanos y hermanas de los yelmos grises. —Tosió, y algo surgió entre convulsiones, manchando el altar con líquido y pedazos informes que resbalaron por la piedra cubierta y atravesaron los cuellos de los lobos.
La figura arrodillada se desplomó, doblada por la mitad en un ángulo imposible. El sonido que emitió la frente de Run’Thurvian cuando golpeó el suelo fue como si se hubiera quebrado la cáscara de un huevo de gallina, el hueso chasqueó sin ofrecer demasiada resistencia, por lo que el rostro del hombre quedó desfigurado por completo.
Tanakalian observó, se volvió a acercar y vio riachuelos líquidos que surgían de la cabeza destrozada del destriant.
El hombre se había... derretido. Podía ver la pulpa gris burbujear y deshacerse en chorros de grasa.
Y entonces quiso gritar, desatar el terror, pero un temor más profundo le atenazó.
No aceptará mi abrazo. Le he fallado, eso dijo. Les fallaré a todos, eso dijo.
¿Traición?
No, no puedo creerlo.
No lo creeré.
Aunque sabía que Run’Thurvian estaba muerto, Tanakalian habló de todos modos.
—El fracaso, destriant, fue tuyo, no mío. —Se detuvo, esforzándose por reprimir el temblor que le acometía—. Destriant. Señor. Me place que hayas rechazado mi abrazo. Ya que ahora veo que no lo merecías.
No, no era simplemente un yunque del escudo del modo en que todos sus predecesores lo habían sido, todos aquellos que habían vivido y muerto bajo la carga de aquel título. No estaba interesado en la aceptación pasiva. Sobrellevaría el dolor mortal, sí, pero no sin confundirse.
Al fin y al cabo, también soy moral. Mi esencia me permite valorar mi juicio. De aquello que merece la pena. Y lo que no.
No, no debo ser como otros yunques de escudo. El mundo ha cambiado; debemos cambiar con él. Debemos cambiar para hacerle frente.
Miró con fijeza la masa amontonada que eran los restos del destriant Run’Thurvian.
Sorpresa, consternación y rostros retorcidos de miedo incontrolable. La orden caería en el caos, y recaería sobre la espada mortal y sobre el yunque del escudo la tarea de tomar las riendas hasta que un nuevo destriant se alzara entre los hermanos y hermanas.
Sin embargo, había una preocupación mucho más inmediata para Tanakalian, y es que no dispondrían de hechicería de protección al atravesar el canal. Según su juicio (tembloroso, como dictaba la situación), aquellas noticias eran primordiales.
La espada mortal tendría que esperar.
Tampoco tenía nada que contarle a ella.
—¿Has abrazado a nuestro hermano, yunque del escudo?
—Por supuesto, espada mortal. Su dolor ahora está conmigo, como su salvación.
La mente moldeaba los hábitos y los hábitos moldeaban el cuerpo. Un experimentado jinete caminaba con piernas arqueadas, un marinero desconfiaba sin importar lo segura que era la compra. Las mujeres que trenzaban su cabello acabarían con la cabeza inclinada hacia un lado. Algunas personas con tendencia a la preocupación serraban los dientes, y años de esta práctica endurecería los músculos de la mandíbula y desgastaría los molares hasta convertirlos en suaves bultos, despojados de espuelas y coronas.
Yedan Derryg, la Guardia, se acercó al borde del agua. El cielo nocturno, tan familiar para alguien que había dedicado su vida a este pedazo de tiempo que precede la salida del sol, ahora le parecía algo extraño, liberado de lo predecible, de lo conocido, y los músculos de la mandíbula trabajaban con un ritmo calmado pero incesante.
El reflejo brillante de los tenues cometas verdes se pintaba sobre la superficie calma de la ensenada, como cortes de espíritus luminosos, ya que tenían por costumbre reunirse en la estela de los navíos. Había extraños en el cielo. Se acercaban noche tras noche, como si los hubieran llamado. La luna borrosa se había puesto y suponía un alivio, pero Yedan todavía era capaz de ver el comportamiento peligroso de la marea; todo aquello que había sido incuestionable una vez, ya no lo era. Tenía motivos para estar preocupado.
El sufrimiento llegaba a la orilla, y los temblor no serían perdonados. Era un dato que había compartido con Crepúsculo, y vio el miedo brotar en los ojos legañosos de las brujas y brujos, lo que le llevó a sospechar que ellos también habían sentido que algo terrible y vasto se acercaba. Ay, los miedos compartidos no forjaban compromisos renovados para cooperar. La lucha política seguía en pie, y de hecho se había intensificado.
Idiotas.
Yedan Derryg no era un hombre locuaz. Podía tener un millar de palabras en la cabeza, dispuestas para una reorganización virtualmente infinita, pero eso no significaba que le preocupara lo más mínimo verbalizarlas. No tenía demasiado sentido, y por experiencia propia la comprensión disminuía a medida que la complejidad se acrecentaba. No era un fracaso en la habilidad de comunicación, creía él, sino de inversión y capacidad. La gente vivía en un pantano de sentimientos, atrapados como gargajos de barro a cada pensamiento, retrasando esas ideas, volviéndolas amorfas. La disciplina interior necesaria para poder limpiar tan torpes tendencias a menudo era demasiado feroz, demasiado complicada, en definitiva, dificilísima. Esto, pues, marcaba el rechazo para lograr la inversión necesaria. El otro problema era un juicio demasiado cruel que tenía que ver con aceptar que en el mundo había matemáticamente más gente tonta que personas inteligentes. La dificultad residía en la astucia innata de los estúpidos en disfrazar su propia estupidez. La verdad en raras ocasiones se mostraba en un gesto honesto o un fruncir sincero. En vez de ello, se revelaba en un fogonazo de suspicacia, en un indicio de timidez de un rechazo informal, o, más perverso todavía, el silencio que se ofrecía para expresar cierto nivel de consideración que, en realidad, no existía.
Yedan Derryg disponía de poco tiempo para tales juegos. Era capaz de oler a un idiota a más de cincuenta pasos. Observaba sus taimadas evasivas, escuchaba su cháchara, y se preguntaba una y otra vez por qué no podían alcanzar la realización esencial, es decir, el enorme esfuerzo que ponían en esconder su propia estupidez les podría servir mejor como ejercicio convincente de la poca inteligencia que tenían. Teniendo en cuenta, claro, que esa mejora fuera posible.
Había demasiados mecanismos en la sociedad diseñados para esconder y consentir a esta miríada de imbéciles, sobre todo teniendo en cuenta que los tontos eran mayoría. Además de tales mecanismos, uno podía descubrir diversas trampas, cepos y emboscadas, con el estupendísimo objetivo de aislar y destruir a los inteligentes. No hay argumento posible, sin importar lo brillante que sea, que pueda vencer a un cuchillazo en la ingle, al fin y al cabo. Ni el hacha de un verdugo. Y la sed de sangre de la muchedumbre siempre era más ruidosa que una voz solitaria y razonable.
El verdadero peligro, comprendió Yedan Derryg, era que te encontraran entre los impostores ocultos; aquellos que podían fingir ser idiotas y aun así tenían una astucia que, aunque estrechamente confinada a la satisfacción inmediata de su propia posición, demostraba ser una gran habilidad al aprovecharse tanto de estúpidos como de personas brillantes. Estos eran los que deseaban poder y muy a menudo se salían con la suya. Ningún genio aceptaría por voluntad propia el poder verdadero, claro, con el conocimiento de las mortales implicaciones. Y los idiotas jamás lograrían tenerlo por mucho tiempo, a menos que se contentaran con ser peones, en cuyo caso el poder que ostentaban era una ilusión.
Lograr una modesta horda de tales impostores ocultos (aquellos de cierta inteligencia, astucia maliciosa y ambición avariciosa) y los problemas serios estaban aseguradísimos. Un ejemplo singular de esto se descubrió en el aquelarre de brujas y brujos que, hasta no hacía mucho, habían liderado a los temblor; en vista de que la gente dispersada, disuelta y abatida podía ser liderada.
Con la quijada en tensión, Yedan Derryg se agachó. Pequeñas ondas se formaron en los talones de sus botas, amontonadas en los diminutos pozos que habían formado en la blanda arena. Los brazos temblaron, cada músculo dolorido por el cansancio. El océano que llegaba a la orilla no podía eliminar el hedor que se agarraba a sus fosas nasales.
Tras él, en el escuálido grupito de chozas tras el terraplén, se alzaron unas voces. Escuchó a alguien acercarse a la orilla, tambaleante, se aproximaba a un ritmo irregular.
Yedan Derryg bajó las manos hasta que el agua fría las cubrió, y la claridad de pronto se oscureció con volutas oscuras. Observó las olas, que barrían con suavidad y se llevaban las manchas, y en su mente pronunció una plegaria.
A este mar
En esta orilla
Entrego con afán
Hasta que las aguas se aclaren
Ella llegó tras él.
—Por el trono vacío, Yedan, ¿qué has hecho?
—Por eso —contestó a su hermana, horrorizada e incrédula—, los he matado a todos menos a dos, mi reina.
Ella le rodeó, se metió en el agua hasta que estuvo frente a él. Le empujó la frente con la mano hasta que pudo ver su tez, hasta que pudo mirarle a los ojos.
—Pero ¿por qué? ¿Creías que no podría ocuparme de ellos? ¿Que no podríamos ocuparnos de ellos?
Él se encogió de hombros.
—Querían un rey. Para que te controlara. Uno que ellos pudieran controlar.
—¿Y por eso les asesinas? Yedan, ¡el hogar comunal se ha convertido en un matadero! ¿De verdad crees que simplemente puedes lavarte las manos ante tal atrocidad? Acabas de masacrar a veintiocho personas. Temblor. ¡Mi gente! ¡Ancianos y ancianas! ¡Ha sido una matanza!
Él torció el gesto y la miró.
—Mi reina, soy la Guardia.
Ella le devolvió la mirada, y él entendió el significado de su expresión. Creía que su hermano se había convertido en un majadero. Retrocedió del horror.
—Cuando Tirón y Chapoteo vuelvan —dijo—, también las mataré.
—No.
Él se dio cuenta de que una conversación razonable con su hermana no sería posible, no en este instante, con los llantos de conmoción y dolor que provenían del pueblo.
—Mi reina...
—Yedan —dijo ella casi sin aliento—. ¿No ves lo que me has hecho? ¿No te das cuenta de la herida que has provocado? Al llevar a cabo tal acto en mi nombre... —Parecía incapaz de terminar la frase, y él vio que se formaban lágrimas en sus ojos. Entonces aquella mirada se volvió gélida y su tono se endureció al decir:
—Te quedan dos opciones, Yedan Derryg. Te quedas y te entregas al mar. O aceptas el rechazo.
—Soy la Guardia...
—Entonces estaremos ciegos a la noche.
—No puede permitirse —contestó él.
—¡Insensato! ¡No me dejas otra elección!
Se levantó despacio.
—Entonces aceptaré el mar...
Ella se dio la vuelta y encaró las oscuras aguas. Le temblaron los hombros al bajar la cabeza.
—No —logró decir con voz ronca—. Lárgate, Yedan. Ve al norte, a las antiguas tierras edur. No aceptaré una muerte más en mi nombre. Ni una sola. Sin importar lo merecida que sea. Eres mi hermano. Ve.
Ella no era uno de los impostores, eso lo sabía. Tampoco era idiota. Dada la infinita oposición del aquelarre, había adquirido menos poder del que su título proclamaba. Y quizá, teniendo en cuenta la inteligencia de Yan Tovis, estaba conforme con aquella limitación. Si las brujas y los brujos hubieran sido igual de sabios y serenos con su reconocimiento del mortal cebo de ambición, él podría haber dejado las cosas como estaban. Pero no había interés en el equilibrio. Querían lo que habían perdido. No habían mostrado la inteligencia necesaria para solventar la situación.
Por lo que los eliminó, y ahora el poder de su hermana era absoluto. Era comprensible, pues, que estuviera tan consternada. Con el tiempo, se dijo a sí mismo, llegaría a comprender. En concreto su retorno como la Guardia, como equilibrio a su poder desenfrenado.
Tendrá que ser paciente.
—Haré lo que dices —le dijo.
Ella no se dio la vuelta, y con un gesto de la cabeza, Yedan Derryg se marchó dirección norte, siguiendo la costa. Había dejado su caballo y el zurrón a unos doscientos pasos más adelante, justo sobre la marca de la marea alta. Una muestra obvia de inteligencia, al fin y al cabo, residía en la exacta anticipación de las consecuencias. Las emociones pegadas a la vida podían ahogar a una persona tan rápido como una subida de la marea, y él no tenía intención de ponerse en más apuros.
Pronto amanecería, aunque con la lluvia en camino el ojo resplandeciente quedaría fuera de la vista durante algún tiempo, y aquello también estaba bien. Que la nube de lágrimas lavara la sangre, y en poco tiempo la ausencia de una veintena de incipientes y descarados tiranos soplaría desde los temblor como una brisa fresca y vigorizante.
Extraños cabalgaban el cielo nocturno, y si los temblor tenían esperanza alguna en sobrevivir a lo que estaba por venir, la política de la traición debía ser eliminada. De una vez por todas.
Al fin y al cabo, era su responsabilidad. Quizá su hermana había olvidado los juramentos más antiguos que ataban a la Guardia. Pero él no. Por lo que había hecho lo necesario.
No había placer en aquel acto. Satisfacción, sí, la que sentiría cualquier persona sabia e inteligente que tuviera éxito al apartar una multitud de tiburones cortos de vista, y por ende dejar el agua más limpia. Pero no placer.
A su derecha, a medida que avanzaba por la costa, la tierra se volvía pálida.
Pero el mar a su izquierda seguía oscuro.
A veces el margen entre ambos era estrecho, de eso no cabía duda.
Tirón cambió el peso de un pie a otro y miró al pozo. Las serpientes se arremolinaban a cientos en el hoyo, con lentitud al principio, pero al caldearse el día, se retorcían como gusanos en una herida abierta. Se tocó la nariz, que tenía tendencia a provocarle escalofríos cuando caía de nuevo en el hábito de morderse los labios, pero la sensación no desaparecía. Esto quería decir, por supuesto, que seguía mordiéndose las arrugas que cubrían lo que quedaba de su dentadura.
Envejecer era miserable. Primero la piel colgaba. Después dolor asentándose en todas partes, incluso en las que ni sabía que existían. Punzadas, calambres y espasmos, y todo mientras la piel se ablandaba, las arrugas se volvían más profundas y los pliegues, más flácidos. El deje de las caderas, la inocencia de los pechos tersos y amplios. La tez todavía capaz de soportar el clima, y los labios húmedos y blandos como bolsas de grasa. Todo había desaparecido. Lo que quedaba era una mente que todavía se imaginaba joven, con el futuro alargándose hasta el horizonte, atrapado dentro de un saco de carne suelta y huesos quebradizos. No era justo.
Se tiró de la nariz otra vez para tratar de recuperar la sensibilidad. Y aquello era otra cosa que se sumaba. Las partes equivocadas no dejaban de crecer. Nariz y orejas, verrugas y lunares, pelos que salían en cualquier parte. El cuerpo se olvidaba de sus propias reglas, la carne se volvía senil y la mente despierta que habitaba dentro ya podía lamentarse todo lo que quisiera, ya que nada que fuera real cambiaba excepto a peor.
Abrió las piernas y un chorro de orina cayó contra el suelo pedregoso. Incluso las cosas simples se habían vuelto menos predecibles. Ay, qué miserable era envejecer.
La cabeza de Chapoteo surgió entre las inquietas serpientes, parpadeaba sorprendida.
—Oye —llamó a Tirón—, todavía estoy aquí.
—¿Desde hace cuánto?
—Un día, una noche y ahora por la mañana. ¿Yatiens lo que querías? Me duele to.
—Y ami man dao lecciones que nunca pedí. —Chapoteo empezó a liberarse del montón de serpientes, a ninguna pareció importarle lo más mínimo, ocupadas en procrear en un frenesí que parecía durar toda la eternidad.
—¿Lo que pue queríamos porfa?
—Pué.
Chapoteo se levantó y, con un gruñido, Tirón ayudó a su amiga a salir del pozo.
—Ee, hueles fatá, mujer. Pis de serpiente y cosa blanca, pondrá huevo con las orejas.
—Menudo ánimo aguafiestas pa viajar, Tirón. No vuelvo a hacerlo, si apesto es elmeno de nuestro problemas. Joe, nesecito bañarme al mar.
Pusieron rumbo al pueblo, que quedaba a medio día de viaje por la costa.
—¿As visto lamenaza, Chapoteo, no?
—Mu mal y mu mal, Tirón. Sangre fría al este que no pue calentar sol alguno. He visto nube gordotas y negras caer, lluvia de hierro y cuchilladas al suelo. Veo las estrellas marcharse y na más que brillos verde, y estos brillos también son fríos, fríos como la sangre del este. Tos los tallos menos una rama, sabe. Una rama.
—Pos lo supusimos bien, y la próxima vez que Crepúsculo ladre rugíos para alejar a los temblor de la orilla, puedes protestar y acabar con ella del todo. Y votamo y la echamo. Ella y Guardia también.
Chapoteo asintió, trató de quitarse los globos de esperma de serpiente del cabello, sin mucho éxito.
—Llegará su merecío, Tirón. Temblor tuvo ojos claros. No pues ir por la vida creyendo quel mundo te sigue el rollo. No te lo sigue. Hasta que la marea rompan la orilla, porque cuando lo haga, nos ahogaremos. Veo polvo, Tirón, pero no de la tierra. Partícula de hueso y piel y sueños y motas de sorpresa, ¡ja, ja! Estamos jodidísimas, hermana, solo me quea reír brincar pal mar.
—Vee, ya he tenío suficiente —gruñó Tirón—. Me duele todo tanto que yo soy la misma definición de dolor.
Las dos brujas de los temblor (la última menos viva, como pronto descubrirían) pusieron rumbo al pueblo.
Toma un centelleante y llameante brazo del fuego solar, dale forma, vida, y tras el enfriamiento de la aparición, un hombre como Rud Elalle podría aparecer, parpadeando con inocencia, inconsciente de que todo lo que tocara podría estallar en llamaradas destructivas, en caso de no estar de humor. Y para enseñar, para guiarle hacia la adultez, la aversión singular permanecía: no importa lo que hagas, no despiertes su ira.
En ocasiones, Udinaas había llegado a pensar que el potencial era una fuerza que era mejor evitar, ya que el que sentía en su hijo no era para alegrarse.
Sin duda cada padre sentía aquel fogonazo cegador, la ardiente verdad. El momento cuando era consciente de la inminente dominación de su hijo, física o algo no tan explícitamente violento en la promesa. O quizás algo así era raro, salido de lo específico. Con todo, no todos los hijos podían tomar la forma de un dragón. No todos los hijos poseían la inmanencia dorada del amanecer en los ojos.
La gentil inocencia de Rud Elalle era una fina capa que ocultaba una naturaleza monstruosa, una certeza inevitable, la instrucción ardiente de la sangre de su hijo. Silchas Ruina había hablado de ello, con conocimiento, con la dolorosa verdad pintada en su rostro. La cosecha de la maduración de los eleint, una fecunda brutalidad que buscaba calmarse a sí misma, que veía el mundo (cualquier mundo, todos los mundos) como tierra de la que alimentarse, y la promesa de la satisfacción aguardaba en el exceso hinchado del poder.
Era raro el de sangre fétida que lograba sobreponerse a dicha megalomanía innata.
—Ay, Udinaas —había dicho Silchas Ruina—. Mi hermano, quizás, Anomander. ¿Osserc? Puede, o puede que no. Hubo un Invocahuesos... y un soletaken jaghut. Un puñado más, cuando la sangre eleint en ellos estaba más diluida, y por eso tengo esperanza para Rud Elalle, Udinaas. Es tercera generación. ¿No ha chocado con la voluntad de su madre?
Bueno, se decía que sí.
Udinaas se frotó la cara. Miró de nuevo a la choza con forma de colmillo, preguntándose si debería ir adentro y poner fin a aquella discusión. Silchas Ruina, al fin y al cabo, no se había incluido a sí mismo entre todos aquellos que habían logrado dominar la sangre dracónica. Una astilla de honestidad del Cuervo Blanco, desplumada de aquella herida de humildad, sin duda. Era lo único que retenía a Udinaas.
Agachado tras él, cubierto por volutas de humo de la hoguera, Onrack soltó un largo suspiró por la nariz que sonó como un silbido. Una nariz rota las suficientes veces y cada respiración sonaría como música torturada. Por lo menos así era con este guerrero.
—Se lo llevará, creo.
Udinaas asintió, no se atrevía a hablar.
—Estoy... confuso, amigo mío. Que permitas este... encuentro. Que te abstengas y por lo tanto no ofrezcas réplica a la invitación del tiste andii. Esa choza, Udinaas, puede que sea un lugar repleto de mentiras. ¿Qué detiene al Cuervo Blanco a ofrecerle a tu hijo el dulce sabor del terrible poder?
En el tono de Onrack había preocupación genuina, y se merecía algo más que el duro silencio. Udinaas volvió a frotarse la cara, incapaz de determinar qué era lo más sensato: sus rasgos o sus manos; y se preguntó por qué una respuesta era tan importante para él.
—He caminado en el reino de Starvald Demelain, Onrack. Entre los huesos de incontables dragones muertos. En la propia puerta, los cadáveres se amontonaban como moscas brillantes en el alféizar de una ventana.
—Si la lujuria por la autodestrucción está en la naturaleza de los eleint —dijo Onrack—, ¿no sería mejor alejar a Rud de tal imperfección?
—Dudo que algo así funcione —respondió Udinaas—. ¿Puedes apartar la naturaleza, Onrack? Cada estación el salmón vuelve de mar y empuja su cuerpo moribundo río arriba para llegar al lugar en el que nacieron. Los antiguos tenag dejaban a los rebaños morir entre los huesos de los suyos. Los bhederin migran hasta el corazón de las llanuras cada verano, y vuelven a la periferia de los bosques cada invierno...
—Todas estas son criaturas simples...
—Y conozco esclavos en el pueblo de Hiroth que fueron soldados antaño, y se estremecen de angustia al saber que hubo lugares de batalla (lugares donde se derramó sangre por primera vez) que no volverán a ver jamás. Deseaban volver, caminar por aquella antigua tierra de matanza, de pie sobre los campos cubiertos de huesos de amigos y camaradas caídos. Para recordar y lamentarse. —Udinaas sacudió la cabeza—. No somos distintos de las bestias con las que compartimos el mundo, Onrack. Lo único cierto que nos separa es nuestro talento por rechazar la verdad. Y estamos condenados por ello. El salmón no cuestiona su necesidad. El tenag y el bhederin no dudan de sus obligaciones.
—Entonces ¿condenarás a tu hijo a su destino?
Udinaas apretó los dientes.
—La elección no es mía.
—¿Es de Silchas Ruina?
—Parece, Onrack, que aquí estamos protegidos, pero es una ilusión. El Refugio es un rechazo a tantas verdades que me deja sin aliento. Ulshun Pral, tú, toda tu gente, os habéis comprometido a esta vida, a este mundo. Y el Azath en la puerta... te sostiene a tus convicciones. Este asombroso lugar es una prisión. —Resopló—. ¿Debería encadenarlo aquí? Te olvidas de que fui esclavo.
—Amigo mío —dijo Onrack—. Soy libre de viajar a otros reinos. Estoy hecho de carne. Entero. Eso es cierto, ¿no es así?
—Si este lugar queda destruido, te convertirás de nuevo en t’lan imass. Es así como se les llama, ¿no? ¿La inmortalidad de los huesos y la carne seca? La tribu que sucumbió al polvo.
Onrack le miraba con horror en las pupilas.
—¿Cómo lo sabes?
—No creo que Silchas Ruina mienta. Pregunta a Kilava. He visto esa mirada en sus ojos, sobre todo cuando Ulshun Pral la visita, o cuando se sienta a tu lado junto al fuego. Lo sabe. No puede proteger este mundo. Ni siquiera Azath prevalecerá contra lo que está por llegar.
—Entonces somos nosotros los condenados.
No. Está Rud Elalle. Está mi hijo.
—Y bien —continuó Onrack tras una larga pausa—, enviarás a tu hijo lejos, para que pueda vivir.
No, amigo. Lo envío lejos... para salvaros a todos. Pero no podía decirlo, no podía revelarlo. Ya que conocía bien a Onrack; y él conocía a Ulshun Pral y al resto. Y no aceptarían tal sacrificio, no querrían que Rud Elalle arriesgara su vida por la de ellos. No, aceptarían su propia aniquilación sin pensarlo un segundo. Sí, Udinaas conocía a estos imass. No eran orgullosos. Eran compasivos. Compasión trágica, la que solo contempla el propio sacrificio como única opción y, es decir, que no hay opción posible, pero que debe aceptarse sin atisbo de duda.
Era mejor coger el miedo, la esperanza y todo lo demás y esconderlos dentro. ¿Qué podía darle a Onrack, en este momento? Lo desconocía.
Otra pausa, y entonces el imass continuó:
—Está bien, pues. Lo entiendo y estoy de acuerdo. No hay motivos para que muera con nosotros. No hay razón para que deba contemplar lo que ocurrirá. Le perdonarás la pena, si es que es posible. Pero, Udinaas, no es aceptable que tú compartas nuestro destino. Tú también debes partir de este reino.
—No, amigo. Eso no.
—Tu hijo te necesita.
Oh, Rud os quiere a todos, Onrack. Tanto como me quiere a mí. Me quedaré de todos modos, para recordarle qué es aquello que lucha por conservar.
—Donde Silchas Ruinas y él van, yo no puedo —dijo. Gruñó y se las apañó para dedicarle una sonrisa irónica a Onrack—. Además, aquí y solo aquí, en tu compañía, junto a todos los imass, estoy satisfecho. No estoy dispuesto a librarme de eso. —Tantas verdades que podían ocultarse en mentiras simples. Aunque el motivo era un engaño, los sentimientos acumulados en esta no lo eran.
Era mucho más fácil, se dijo a sí mismo, pensar como un tenag, o un bhederin. Verdadero de los pies a la cabeza, sólido y puro. Sí, aquello sería más fácil que esto.
Rud Elalle salió de la choza, seguido un instante después por Silchas Ruina.
Udinaas pudo ver en la tez de su hijo que cualquier despedida formal sería demasiado tensa. Era mejor que lo hicieran lo más discreto posible. Se levantó, y Onrack hizo lo mismo.
Había más gente cerca, observaban, los instintos alerta ante algo grave y portentoso. Respeto y cortesía era lo que les retenía.
—Deberíamos mantener esto algo... casual —dijo Udinaas, con un hilo de voz.
Onrack asintió.
—Lo intentaré, amigo mío.
No es un mentiroso. Entonces menos humano de lo que parece. Como todos, maldita sea.
—Sientes demasiado —dijo Udinaas, con todo el tacto que supo reunir, ya que no quería que el apunte sonara como una reprimenda.
Pero Onrack se limpió las mejillas y asintió, sin decir nada.
Tanto por lograr que esto sea casual.
—Oh, ven conmigo, amigo. Ni siquiera Rud puede resistirse a tus encantos.
Y juntos se aproximaron a Rud Elalle.
Silchas Ruina se apartó para esperar su nuevo cargo, y observó las despedidas repletas de emoción con ojos que parecían globos de sangre.
La espada mortal Krughava recordó a Tanakalian su niñez. Podría haber salido de una docena de relatos de leyenda que había escuchado encogido bajo montones de pieles, todas aquellas aventuras que quitaban el aliento sobre grandes héroes de corazón puro, valerosos y leales, que siempre supieron quién merecía el extremo afilado de la espada, y quién había errado al depositar su confianza en otros. Hasta entonces, ante el dramático clímax de los cuentos, cuando la verdad de la traición y demás quedaba expuesta, y el castigo se cumplía con vigor. Su abuelo siempre supo cuándo aguzar el timbre de su voz, dónde poner una pausa para alargar el suspense, cuándo susurrar una revelación terrible. Todo para complacer al pequeño que observaba, con ojos como platos, la noche caer.
Su pelo era del color del hierro. Los ojos resplandecían como un claro cielo de invierno, y su rostro parecía tallado de los acantilados perecederos. La fuerza física estaba ligada a la fuerza de voluntad y ninguna parecía vulnerable por cualquier otra fuerza en el mundo mortal. Se decía que, aunque estaba en su quinta década de vida, ningún hermano o hermana de la orden podía superarla en habilidad con cualquier arma: desde cuchillos para desollar hasta azadones.
Cuando destriant Run’Thurvian vino a ella hablando sobre sueños peligrosos y violentas visiones, fue como madera seca en un horno para el inviolable sentido del propósito de Krughava, y resultó la creencia en su propia elevación inminente a estatus heroico.
Pocas convicciones de la niñez sobrevivían a los siniestros detalles de las sensibilidades adultas, y aunque Tanakalian se consideraba joven, todavía esperaba el temperamento de la sabiduría, ya había visto suficiente para comprender el verdadero horror que esperaban sobre las brillantes superficies de la autodenominada heroína, conocida por todos como espada mortal de los yelmos grises de los perecederos. Había llegado a la conclusión de que ningún héroe, sin importar el tiempo o la circunstancia, era como contaban las antiguas historias. O quizás era la creciente comprensión de que tantas virtudes vendidas como aspiraciones nobles tenían un lado oscuro. La pureza del corazón también implicaba intransigencia despiadada. El coraje inamovible no entendía sacrificio alguno como suficiente, incluso si implicaba llevar a diez mil soldados a sus muertes. El honor traicionado podía zambullirse en una locura intratable durante la búsqueda de la satisfacción. Los nobles votos podían hundir un reino en sangre, o reducir un imperio a cenizas. No, la verdadera naturaleza del heroísmo era algo complicado, una cosa confusa de innumerables caras, muchas de ellas feas, y casi todas aterradoras.
Por lo que el destriant, con su último aliento, había hecho un descubrimiento espantoso. Los yelmos grises habían sido traicionados. Si no ahora, pronto. Avisos sobre el peligro para despertar en la espada mortal todos aquellos fuegos ardientes de rabia e indignación. Y Run’Thurvian había esperado que yunque del escudo se apresurara hasta la cabina de Krughava para repetir el oscuro mensaje, para ver los fuegos encenderse en sus resplandecientes ojos azules.
¡Hermanos y hermanas! ¡Desenvainad las espadas! ¡Los ríos deben teñirse de rojo como respuesta a nuestro honor mancillado! ¡Luchad! ¡El enemigo está por doquier!
Bueno.
No solo Tanakalian se había descubierto sin intención de abrazar al destriant en su dolor mortal, se resistía a desatar aquel frenesí devastador sobre los yelmos grises. Las explicaciones del anciano, los motivos, los detalles, eran virtualmente inexistentes. La información esencial faltaba. Un héroe sin propósito era como un gato ciego en un pozo repleto de sabuesos. ¿Quién podía predecir la dirección de la carga de Krughava?
No, era necesaria cierta observación sobria. Privada y meditativa.
La espada mortal había encajado la horrible noticia de la desagradable muerte del destriant tal y como esperaba. Endurecimiento de rasgos ya de por si duros, ojos fríos como el hielo, el lento surgir de preguntas que Tanakalian no podía responder o, como también pasó, no quería responder. Preguntas e incógnitas eran los enemigos más mortales para alguien como la espada mortal Krughava, que medraba en la certeza a pesar de su relación con la realidad. La vio quedarse aturdida, el suelo de pronto era inestable, la mano izquierda temblaba, como si estuviera ansiosa por alcanzar su espada, la segura promesa de la hoja de hierro pesado; y el modo en que se tensaba de forma instintiva, como si el peso de una cota de malla fuera a caer sobre ella, ya que aquellas noticias implicarían vestir armadura. Pero la pilló desprevenida, vulnerable, podía ser su propia versión de traición, por lo que supo tener tacto en aquel momento, mostrarle una gran indefensión que ella misma podía estar sintiendo; desvelar ante sus ojos y en sus gestos inconscientes enormes muestras de carencia y necesidad de consuelo. Para, por decirlo con pocas palabras, arrojarse como un crío en su estoica majestuosidad.
Si esto le convertía en algo despreciable, en un impostor, en una criatura de intrigas y manipulaciones maliciosas, bueno, eran acusaciones nefastas. Tendría que reflexionar sobre ellas, con toda la objetividad posible, y no sostener juicio alguno sin importar que fueran autoincriminatorias, dignas.
Los antiguos yunques de escudo no se hubieran molestado, claro. Pero la ausencia de juicio sobre los demás tan solo podía surgir de la ausencia del juicio sobre uno mismo, un rechazo a desafiar las conjeturas y las creencias de uno mismo. ¡Imaginad las atrocidades que estas actitudes inhumanas atraían! No, era un juego más que presuntuoso y no entraría en él.
Es más, otorgarle a la espada mortal lo que más necesitaba en aquel momento (todos aquellos intentos instintivos por recordarle sus nobles responsabilidades) era lo correcto. No sería de utilidad para nadie que Krughava sufriera una angustia extrema o, que los lobos no lo quieran, pánico desmedido. Navegaban hacia la guerra, y habían perdido a su destriant. Las cosas ya eran bastante peligrosas.
Necesitaba tiempo para armarse de valor, y necesitaba que su yunque del escudo la viera en aquel momento de privacidad. Y ante el despertar del supuesto éxito tendría la suficiente confianza como para repetir el severo ritual ante los hermanos y hermanas de la orden.
Pero aquel último escenario debía esperar, ya que había llegado el momento de dar la bienvenida a los emisarios bolkando. Tanakalian ya estaba sobre el coral que crujía bajo sus botas, en la orilla que hacía las veces de playa en este lugar de desembarque. Un paso tras la espada mortal. Y al mismo tiempo que la curiosidad y el asombro ante la ausencia del destriant preocupara a la tripulación de la embarcación, al capitán y a todos los demás a bordo del Listral, ahora anclado con firmeza en la amplia media luna de una suave corriente en la boca del río, ni Krughava ni su yunque del escudo parecían mostrarse indecorosos al partir hacia el campamento de tiendas de los bolkando. Tal era su fe en los comandantes que pudieron mantener la cabeza relajada.
¿Podían tales observaciones ser cínicas? Él creía que no. El comportamiento tenía valor en momentos como este. No tenía sentido agobiar a los miembros de la orden, solo para atrasar la resolución tras esta negociación.
El aire era salitroso, el calor bullía de la cegadora arena blanca. Los caparazones destrozados de los cangrejos habían hervido al sol y ahora eran rojos, y formaban una hilera justo al límite de las olas en la playa. Incluso las gaviotas parecían medio aturdidas sobre las huesudas raíces y troncos del manglar.
Los dos perecederos condujeron sus pasos por el margen y cruzaron una zona pantanosa que se extendía en un amplio abanico desde el río y hacia su izquierda. Penachos de un verde resplandeciente de hierbajos de la temporada pintaban aquí y allá toda aquella extensión. Una larga columna de centinelas bolkando montaban guardia junto al banco del río, a unos veinte pasos de varias hileras de troncos cortos y estrechos hundidos en el barro. Aquellos centinelas eran extraños, altos, de piel oscura y con un aire bárbaro al vestir aquellas capas de piel, todos encaraban el río y ofrecían la espalda a los dos invitados perecederos.
Un momento después, Tanakalian se sorprendió al ver algunos de aquellos troncos estallar al notar movimiento. Sacó el catalejo del bolsillo y redujo el paso para examinar el banco del río a través de las lentes de aumento.
Lagartos. Lagartos enormes. ¡No me extraña que los guerreros bolkando nos den la espalda!
Si Krughava había percibido la escena en el banco del río, no había dado señales de ello.
El pabellón bolkando era de amplitud suficiente para que cupieran varias habitaciones. La tela de la entrada principal estaba retirada y atada de forma ornamental a unas pértigas de madera con broches dorados en forma de garra de cuervo. La luz del sol, que se filtraba a través del tejido del dosel, transformaba los espacios interiores en un fresco y agradable mundo de crema y oro, y tanto Tanakalian como Krughava se detuvieron al pasar adentro, asombrados por el bendito descenso de la temperatura. El aire, que soplaba contra sus caras, estaba cargado de aromas exóticos y de especias desconocidas.
Les aguardaba una especie de funcionario, vestido con piel de ciervo y una malla plateada tan fina que no hubiera detenido ni el dagazo de un niño. El hombre, con el rostro cubierto, se inclinó desde la cintura e hizo un gesto a los dos perecederos al otro lado de un pasillo cuyas paredes eran de seda. En el otro extremo, a unos quince pasos, había dos guardias vestidos con largas sobrevestas de la misma malla efímera. Llevaban cuchillos arrojadizos en el cinturón, dos en cada cadera. Fundas de cuero adornadas con hueso y escondidas bajo el brazo izquierdo apuntaban a armas de mayor tamaño, alfanjes quizá, pero estaban vacías a propósito. Los soldados llevaban cascos sin guardas para el rostro, y al acercarse, Tanakalian se sorprendió al ver un complejo diseño de escarificación en aquellos rostros adustos, cada veta teñida de rojo.
Ambos guardas se mantenían firmes y ninguno pareció fijarse en los dos invitados. Tanakalian siguió a Krughava un paso por detrás cuando ella pasó entre los dos hombres.
La sala contigua era espaciosa. Todos los muebles a la vista (y eran muchísimos) parecían estar hechos de segmentos articulados, como si fueran capaces de doblarse hasta quedar planos o de desmontarse, y aun así esto no implicaba una disminución de su intrincada belleza. Toda la madera que podían ver estaba cubierta por una lacra cremosa que recordó al yunque del escudo al hueso pulido o al marfil.
Dos dignatarios les esperaban, ambos sentados en una mesa rectangular donde habían colocado cálices de plata, tres para cada silla. Los sirvientes aguardaban tras las dos figuras, y dos más tras los asientos destinados para los perecederos.
Las paredes a derecha e izquierda lucían tapices, cada uno sujeto a un marco de madera, aunque no estaban tensados. Tanakalian se fijó en cómo una de las escenas (jardines sin gente) se movía, y se dio cuenta de que los tapices estaban hilados con la mejor seda posible y las propias escenas estaban diseñadas de tal forma que generaban corrientes de aire. Es más, a ambos lados a medida que se acercaban a las sillas, el agua brotaba sobre piedras planas, flores que se mecían con suaves brisas de aire, hojas que se agitaban, y todos los aromas en el aire le produjeron la ilusión de estar en un jardín. Incluso la luz que atravesaba el toldo estaba veteada con arte.
Por supuesto que, alguien como la espada mortal Krughava estaba habituada, quizás era incluso indiferente a estas sutilezas, y a él le pareció, con un toque de crueldad, a un jabalí pisoteando unos matorrales mientras la seguía hasta las sillas.
Ambos dignatarios se levantaron e hicieron un gesto de respeto al mismo tiempo, ensayado con exquisitez para que coincidiera con la llegada de aquellos invitados cubiertos de armadura.
Krughava habló primero, usó la lengua de los mercaderes.
—Mi nombre es Krughava, espada mortal de los yelmos grises. —Al decir esto se quitó los guanteletes pesados—. Me acompaña yunque del escudo Tanakalian.
Los sirvientes vertían un líquido oscuro de un decantador. Cuando los dos representantes de los bolkando cogieron sus copas, Krughava y Tanakalian les imitaron.
El hombre a la izquierda, probablemente de unos setenta años, el rostro oscuro grabado con cicatrices enjoyadas en las cejas y en las mejillas, respondió en el mismo idioma.
—Bienvenidos, espada mortal y yunque del escudo. Soy el canciller Rava del reino de Bolkando, y hablo en nombre del rey Tarkulf en este encuentro. —Hizo un gesto hacia el hombre situado a su lado, mucho más grande que él—. Él es el conquistador Avalt, comandante de las tropas del rey.
La profesión de Avalt era obvia. Además de la sobrevesta de malla parecida a la de los guardias en el pasillo, vestía antebrazos y grebas de placas. El soporte para los cuchillos arrojadizos, a mano y desgastado por el uso, iba acompañado de una espada corta enfundada bajo el brazo derecho y un alfanje bajo el izquierdo. Tiras de hierro articulado le cubrían las manos desde las muñecas a los nudillos, y después seguían por los cuatro dedos para terminar en una pieza alargada de hierro ondulado que protegía la parte superior de los pulgares. El yelmo del conquistador descansaba sobre la mesa, las guardas para las mejillas del casco eran anchas, mientras que el puente de la nariz estaba decorado como si fuera una serpiente con una cabeza demasiado grande. Una plétora de cicatrices adornaba la tez del guerrero, el patrón quedaba roto por un antiguo tajo de una espada que cruzaba en diagonal desde la mejilla derecha hasta la comisura de la boca de finos labios. El corte había sido violento, ya que algunos dientes de la mandíbula quedaban expuestos.
Una vez que llevaron a cabo las introducciones y los saludos, los bolkando alzaron las copas, y todos bebieron.
El líquido era espantoso y Tanakalian sintió náuseas.
Al ver la reacción de los dos guerreros, el canciller sonrió.
—Sí, es atroz, ¿verdad? Sangre de la decimocuarta hija del rey, mezclada con savia del árbol hava real. El mismo árbol del que salió la espina que abrió la vena de su cuello. —Hizo una pausa, y continuó—. Es costumbre bolkando, en honor de un encuentro formal, sacrificar a un hijo suyo para mostrar el compromiso ante el proceso.
Krughava dejó la copa en la mesa con más fuerza de la necesaria, pero no contestó.
Tanakalian se aclaró la garganta y dijo:
—Aunque estamos honrados por el sacrificio, canciller, nuestras costumbres sostienen que debemos lamentar la muerte de la decimocuarta hija del rey. Los perecederos no creemos en la sangre antes de un encuentro formal, pero os aseguramos que cuando damos nuestra palabra, nos vemos ligados por honor del mismo modo. Si buscáis alguna acción que lo pruebe, me temo que estamos ante una pérdida.
—No es necesaria, amigos míos. —Rava sonrió—. La sangre de la virgen ahora está en nosotros, ¿no es así?
Cuando los sirvientes llenaron por segunda vez las tres copas dispuestas ante ellos, Tanakalian sintió que Krughava se ponía tensa. Sin embargo, en esta ocasión el líquido era claro, y tenía cierto aroma a flores.
El canciller, al que no le había pasado desapercibida la reacción de los perecederos, renovó la sonrisa.
—Néctar de las flores sharada del jardín real. Purificador para el paladar.
Bebieron y, en efecto, el vino dulce y picante fue un alivio evidente.
—La sharada —continuó el canciller—, se alimenta exclusivamente de los mortinatos de las mujeres del rey, generación tras generación. La práctica no ha sido interrumpida en siete generaciones.
Tanakalian hizo un leve sonido de advertencia al notar que Krughava (cuyo decoro había quedado hecho trizas) estaba a punto de arrojar la copa de plata a la cara del canciller. Deprisa dejó la suya y alargó las manos a por la de ella y, con un ligero movimiento, se la quitó de las manos y la dejó con cuidado de nuevo sobre la mesa.
Los sirvientes vertieron la última ofrenda, que a ojos de Tanakalian parecía simple agua, aunque por lo que había ocurrido hasta ahora no era tan reconfortante como le hubiera gustado.
Una purificación final, sí, ¡del pozo real donde descansan los huesos de cien reyes en descomposición! ¡Delicioso!
—Agua mineral —dijo el canciller, el tono amable parecía contenido—, en caso de que debido a nuestra charla nos quedemos sedientos. Por favor, sentémonos. Una vez que terminemos con las palabras, cenaremos los manjares más suculentos que el reino puede ofrecer.
¡Por los testículos del sexto hijo! ¡Los pechos de la tercera hija!
Tanakalian casi pudo escuchar el rugido interior de Krughava.
El sol brillaba bajo cuando se murmuraron las últimas despedidas y los dos bárbaros volvieron a su bote. El canciller Rava y el conquistador Avalt escoltaron a los perecederos la mitad exacta de la distancia, donde esperaron hasta que aquella burda embarcación se despegó de la arena donde flotó entre bamboleos hasta que los remeros se pusieron a trabajar al mismo ritmo, solo entonces los dos dignatarios se dieron la vuelva y volvieron a paso tranquilo hacia el pabellón.
—Curioso, ¿no crees? —susurró Rava—. Esta disparatada necesidad que sienten por aventurarse al este.
—Ignoran todas las advertencias —añadió Avalt, que negó con la cabeza.
—¿Qué le dirás al viejo Tarkulf? —preguntó el canciller.
El conquistador se encogió de hombros.
—Darle a los ignorantes lo que sea que necesiten, claro, con un regateo mínimo por el precio. También aconsejaría contratar una flota de rescate de Deal, para seguir la estela de sus navíos. Por lo menos hasta que lleguen al límite del mar Pelasiar.
Rava gruñó.
—Excelente idea, Avalt.
Entraron en el pabellón y recorrieron el pasillo hasta volver a la cámara principal, seguros en la presencia de los sirvientes a los que les habían perforado los oídos y extirpado las lenguas. Sin embargo, siempre existía la posibilidad de espías que leyeran los labios, lo que implicaba que estos cuatro desafortunados tendrían que morir antes de que se pusiera el sol.
—Este ejército de tierra suyo con el que quieren cruzar el reino —comenzó Rava, sentándose de nuevo—, ¿prevés algún problema?
Avalt cogió el segundo decantador y sirvió algo más de vino.
—No. Estos perecederos depositan demasiado valor en el honor. Honrarán su palabra, por lo menos durante la marcha. Aquellos que vuelvan vivos de las Tierras Yermas, suponiendo que alguno lo logre, no estarán en posición de hacer mucho más que someterse a nuestra voluntad. Despojaremos a los supervivientes de cualquier objeto de valor y los venderemos como esclavos castrados a los d’rhesh.
Rava hizo un mohín.
—Siempre y cuando Tarkulf no lo descubra. Nos pilló completamente desprevenidos cuando aquellos aliados de los perecederos se precipitaron contra nuestras fuerzas.
Avalt asintió, recordando el improvisto encuentro durante la larga marcha hacia la frontera del imperio lether. Si los perecederos fueran bárbaros, entonces los khundryl lágrimas quemadas apenas son humanos. Pero a Tarkulf, maldita sea su piel de cocodrilo escamado, les ha caído en gracia, y ahí fue cuando toda esta pesadilla comenzó. No había nada peor, pensaba Avalt, que un rey que decidía comandar su propio ejército. Cada noche grupos de espías y asesinos habían llevado a cabo una violenta, aunque casi siempre silenciosa, guerra en los campamentos. Cada amanecer los pantanos cercanos estaban inundados de cadáveres y pájaros carroñeros y sus chillidos. Y allí estaba Tarkulf, respirando hondo el aire fresco de la noche, con una sonrisa en los labios dirigida al cielo despejado, el puto delirante cabeza hueca.
Bueno, gracias a la diosa de nueve cabezas el rey estaba de vuelta en el palacio, sorbiendo los huesecillos de ancas de rana, y los lágrimas quemadas estaban acampados por el lecho del río justo por encima de la marcha, donde morían de fiebre y demás.
Rava engulló el vino y se sirvió más.
—¿Viste su cara, Avalt?
El conquistador asintió.
—Mortinatos... sangre de la decimocuarta hija... siempre dispones de una fértil y canalla imaginación, Rava.
—Hay que acostumbrarse al sabor del zumo cinturón, Avalt. Los extranjeros pocas veces le cogen el gusto. Lo admito, me impresionó que ninguno se atragantara con el infame líquido.
—Espera hasta que aparezca en cualquier cicatriz nueva que sufran.
—Lo que me recuerda... ¿dónde estaba su destriant? Esperaba ciertamente que les acompañara el sacerdote supremo.
Rava hizo un gesto de desdén.
—Por ahora no nos podemos infiltrar en sus rangos, por lo que no podemos responder a esta cuestión. Cuando desembarquen y entren a nuestro reino, tendremos suficientes portadores y mensajeros, por lo que nos enteraremos de todo lo necesario.
Avalt se reclinó, y miró al canciller.
—¿La decimocuarta? Felash, ¿no? ¿Por qué ella, Rava?
—La zorra me rechazó.
—¿Por qué no te la llevaste y ya?
Rava frunció la ya de por sí arrugada tez.
—Lo intenté. Recuerda esta advertencia, conquistador, no intentes pasar a la fuerza a través de una criada real de sangre. Son las asesinas más crueles que este mundo ha presenciado. Por supuesto es algo que me han contado... tres días y cuatro noches de las torturas más aborrecibles a mis agentes. Y las zorras tuvieron la temeridad de enviarme una botella con sus globos oculares. ¡Descaradas!
—¿Has tomado represalias? —preguntó Avalt, que dio un trago para ocultar el escalofrío de terror que sintió.
—Claro que no. Me extralimité con mi lujuria por ella. Lección entregada con presteza. Recuerda también esta otra advertencia, mi joven guerrero. No todas las bofetadas deberían iniciar una disputa.
—Hago caso a todas tus advertencias, amigo mío.
Volvieron a beber, cada uno sumergido en sus propios pensamientos.
Algo con lo que ambos estaban cómodos.
El sirviente que estaba de pie detrás y algo a la derecha del canciller hacía las paces con su dios personal, había cumplido su complicado comedido al intercambiar el código de parpadeos con su compañero espía al otro lado de la mesa frente a él. Sabía que muy pronto le rebanarían el pescuezo. En el intervalo en que las dos serpientes escoltaron a los perecederos hasta su bote, había pasado informe a una de las portadoras sobre todo lo que se había dicho en la sala, y aquella mujer ahora se preparaba para comenzar esa misma noche un peligroso viaje de vuelta a la capital.
Quizás el canciller Rava, al extralimitarse, estaba satisfecho al aceptar la horrible lección de su temeridad que los torturadores de la señora Felash habían cometido en sus torpes agentes. La señora, ay, ella no lo estaba.
Se decía que el pene de Rava tenía el mismo atractivo que el vientre eviscerado de una serpiente. Solo imaginar a aquel gusano trepar por su muslo había provocado en la decimocuarta hija del rey una crepitante rabia de indignación. No, tan solo había comenzado a entregar las lecciones para el viejo y decrépito canciller.
En el diminuto reino de Bolkando, la vida era una aventura.
Yan Tovis estaba inclinada a completar la espantosa matanza que su hermano había comenzado, sin embargo, era cuestionable si lo lograría dada la ardiente y frenética furia de Tirón y Chapoteo, escupían, maldecían y danzaban pasos asesinos, arrojaban riachuelos de pis en todas direcciones hasta que las paredes de piel de la choza se tiñeron oscuras con aquella lluvia. Las botas de montar de Crepúsculo también estaban manchadas de forma similar, aunque mejor equipadas para protegerse de aquel descaro. Aunque su paciencia no era tan inmune.
—¡Ya basta!
Dos rostros crispados se giraron de golpe para mirarla.
—¡Debemos cazarlos! —espetó Tirón—. ¡Maldiciones de sangre! Veneno podredumbre, peces espinados. ¡Nueve noches de dolor! ¡Nueve y luego nueve más!
—Ha desaparecido —dijo Yan Tovis—. El asunto está cerrado.
Chapoteo tosió una flema, giró la cabeza hacia el otro lado y la escupió contra la pared, justo a la izquierda de Crepúsculo. Yan Tovis gruñó al echar mano de su espada.
—¡Accidente! —chilló Tirón, que embistió a su hermana y después tiró de la bruja que se había quedado pálida.
Yan Tovis trató de no desenfundar el arma. Odiaba enfadarse, odiaba la pérdida de control, especialmente desde que, si despertaba en ella, era casi imposible dominarla. En este momento, estaba al borde de la rabia. Un insulto más, por el Errante, una expresión imprudente, y las mataría a ambas.
Tirón tenía cabeza suficiente para reconocer la amenaza, estaba claro, ya que no dejó de empujar a Chapoteo hacia atrás, hasta que ambas estuvieron en la pared más alejada. Acto seguido soltó unas palabras a nadie en particular, la cabeza bamboleante.
—Arrepentías, reina, umilde repentidas. Lamento, estoy segura, lamento, alteza, y pue ser el asombro del picotazo del veneno en estas viejas venas. Disculpas, de mí y de Chapoteo. ¡Muy mal, muy mal!
Yan Tovis se las apañó para soltar la espada larga.
—No tenemos tiempo para esto —dijo en un tono lúgubre—. Los temblor han perdido su aquelarre, exceptuándoos a vosotras. Y han perdido su Guardia. Quedamos nosotras tres. Una reina y dos brujas. Tenemos que decidir qué hacer a continuación.
—Y dice —comenzó Tirón, asintiendo con vigor—, y dice que el mar es ciego a la orilla y es ciego a los temblor, y el mar se alza. Se alza, alteza. La sexta profecía...
—¡Sexta profecía! —siseó Chapoteo, tratando de quitarse a su hermana de encima y con la mirada fija en Yan Tovis—. ¿Y la decimoquinta? ¡La Noche de la Sangre de los Parientes! «¡Se alzará y la orilla se ahogará, en una noche de lágrimas en el agua y el mundo se teñirá de rojo! ¡Familiar sobre familiar, la matanza señala a los temblor y los temblor se ahogarán! En un aire irrespirable.» ¿Y qué podría ser más irrespirable que el mar? ¡Tu hermano nos ha matado a tos!
—Expulsado —dijo Crepúsculo, el tono neutro—. No tengo hermano.
—¡Necesitamos un rey! —aulló Chapoteo, tirándose del pelo.
—¡No necesitamos a nadie!
Las dos brujas se quedaron heladas, asustadas por aquella ferocidad, asombradas por sus palabras.
Yan Tovis respiró hondo, no tenía sentido tratar de esconder el temblor de las manos, de lo extremo de su furia.
—No estoy ciega sobre el mar —dijo—. No, escuchadme, ¡las dos! ¡Callad y escuchadme! El agua está subiendo. Es innegable. La orilla se ahoga, como proclama la mitad de las profecías. No soy tan estúpida como para ignorar la sabiduría de dos vetustas videntes. Los temblor están en apuros. Recae sobre nosotros, sobre mí, sobre vosotras, encontrar una solución. Para nuestra gente. Nuestra riña debe terminar, pero si no podéis dejar a un lado todo lo que ha pasado ahora mismo, no me dejáis otra opción que la de expulsaros a ambas. —Al pronunciar la palabra expulsar vio (con algo de satisfacción) que ambas brujas habían escuchado algo distinto, algo mucho más salvaje y determinante.
Chapoteo se lamió los labios agrietados, y pareció derrumbarse sobre la pared de la choza.
—Debemos huir de lorilla, reina.
—Lo sé.
—Debemos irnos. Pone un llamamiento en la isla, reuni a los temblor. Debemos y debemos comenza nuestro último viaje.
—Como ha sido profetizado —susurró Tirón—. Nustro último viaje.
—Sí. Ahora los pueblerinos están enterrando los cadáveres. Necesitan que recitéis las oraciones pertinentes. Y entonces volveremos a los barcos. Yo misma volveré a la isla de la Tercera Doncella. Toca preparar una evacuación.
—¡Pa los temblor quies decir!
—No, Tirón. Esta isla maldita va a hundirse. Nos llevamos a todos.
—¡Prisioneros asquerosos!
—¡Asesinos, holgazanes, escupebarros, repugnantes!
Yan Tovis miró a las dos viejas.
—No obstante.
Ninguna pudo soportar su mirada, y tras un instante Chapoteo comenzó a aproximarse a la puerta de salida.
—Oraciones, sí, oraciones. Paral aquelarre muerto, pa todo los temblor en la playa.
Cuando Chapoteo hubo desaparecido de la vista, Tirón hizo una levísima reverencia y se apresuró tras su hermana. Sola una vez más, Yan Tovis se derrumbó en la silla que hacía las veces de trono. Quería llorar. De frustración, de rabia y de angustia. No, quería llorar por ella misma. La pérdida de un hermano. Una y otra vez.
Ay. Maldito seas, Yedan.
Más angustioso todavía era pensar que creía entender sus motivaciones. En una noche bañada en sangre, la Guardia había aniquilado una docena de conspiraciones mortales, cada una con la intención de acabar con ella. ¿Cómo podía odiarle por aquello?
Pero puedo. Puesto que ya no estás a mi lado, hermano. Ahora, cuando la orilla se hunde. Ahora, cuando más te necesito.
Bueno, no le servía a nadie que la reina llorara. El verdadero crepúsculo no era momento para la lástima, después de todo. Arrepentimiento, quizá, pero no lástima.
¿Y si todas las antiguas profecías eran ciertas?
Entonces los temblor, rotos, diezmados y perdidos, estaban destinados a cambiar el mundo.
Y debo guiarles. Flanqueada por dos brujas traicioneras. Debo guiar a mi gente, lejos de la orilla.
Con la llegada de la oscuridad, dos dragones se zambulleron en el cielo nocturno, uno del color del hueso, el otro parecía arder con llamas inextinguibles bajo las escamas doradas. Dieron una vuelta alrededor de las luces desparramadas de las hogueras del campamento imass, y salieron disparados hacia el este.
Un hombre sobre una colina observaba su estela hasta que se perdieron en la distancia. Tras un rato otra figura apareció junto a él.
Si lloraba la oscuridad mantendría aquella certeza cerca de su corazón.
De algún lugar en las colinas un emlava tosió triunfante, anunciando al mundo que había logrado una presa. Sangre caliente teñía el suelo, unos ojos relucían encima y algo que había vivido libre ya no tenía vida.