Prólogo

Solo los necios subían a la superficie. Mi madre siempre decía que era una estupidez ponerte en peligro de ese modo. No solo estaban las casi constantes lluvias de escombros que caían desde el cinturón de cascotes, sino que además nunca se sabía cuándo iban a atacar los krells.

Por supuesto, mi padre ascendía a la superficie casi a diario. Como piloto, era su obligación. Supongo que, según la definición de mi madre, eso lo volvía pero que muy estúpido, pero yo siempre lo había considerado pero que muy valiente.

Aun así, me sorprendió que un día, después de escuchar mis interminables ruegos durante años, por fin me permitiera acompañarlo allá arriba.

Yo tenía siete años, aunque para mis adentros ya era adulta del todo y una persona perfectamente capaz. Corrí detrás de mi padre, cargada con una linterna para iluminar la caverna atestada de escombros. Muchas rocas del túnel estaban partidas o agrietadas, con toda probabilidad por culpa de los bombardeos krell, que yo había experimentado más abajo como platos que temblaban o intermitencias en la iluminación.

Me imaginé que aquellas rocas quebradas eran los cuerpos destrozados de mis enemigos, sus huesos desmenuzados, sus brazos temblorosos extendidos hacia arriba en un vano gesto de absoluta y completa derrota.

Yo era una niña muy rara.

Alcancé a mi padre y él miró atrás y sonrió. Tenía la mejor sonrisa del mundo, confiada, como si nunca se preocupara de lo que la gente opinaba de él. Como si nunca le importase el ser raro o no encajar.

Pero claro, ¿por qué tenía que preocuparse? Mi padre caía bien a todo el mundo. Incluso a la gente que odiaba el helado y jugar a las espadas, incluso al llorón del pequeño Rodge McCaffrey, les caía bien mi padre.

Me cogió del brazo y señaló hacia arriba.

—Lo que viene ahora es un poco difícil. Deja que te levante.

—Puedo hacerlo —dije yo, y me quité su mano del brazo.

Ya era mayor. Me había preparado la mochila yo solita, y hasta había dejado en casa a Sanguinario, mi osito de peluche. Los ositos de peluche eran para los niños pequeños, aunque les hubieras fabricado tú misma un exoesqueleto de batalla a partir de cordeles y trozos de cerámica.

Pero, por supuesto, en la mochila sí que había metido mi caza estelar de juguete. No estaba loca. ¿Y si terminábamos metidos en un ataque de los krells, sus bombardeos nos impedían la retirada y teníamos que pasar el resto de nuestras vidas como supervivientes en tierra baldía, privados de la sociedad y la civilización?

Toda chica necesitaba llevar consigo su caza estelar de juguete, por si acaso.

Le pasé la mochila a mi padre y miré la grieta en las piedras del techo. Había... algo raro en aquel agujero. Una luz antinatural se colaba por él, distinta por completo al suave brillo de nuestras linternas.

«La superficie... ¡el cielo!» Sonreí y empecé a trepar por una pendiente pronunciada que era mitad cascotes y mitad formación rocosa. Me resbalaron las manos y me hice un rasguño contra un borde afilado, pero no lloré. Las hijas de los pilotos nunca lloraban.

La grieta en el techo de la caverna parecía estar a cien metros de distancia. No me gustaba nada ser tan pequeña. Cualquier día de aquellos, daría el estirón y sería tan alta como mi padre. Y entonces, por una vez, no sería la niña más bajita de todos. Me reiría de los demás desde tan alto que no tendrían más remedio que reconocer lo grandiosa que era.

Di un leve gruñido al remontar una roca. El siguiente asidero estaba demasiado lejos. Lo miré. Entonces, decidida, salté. Como buena chica de los Desafiantes, tenía el corazón de un dragón estelar.

Pero también tenía el cuerpo de una niña de siete años. Así que me quedé corta por más de medio metro.

Una mano fuerte me agarró antes de que cayera desde demasiada altura. Mi padre soltó una risita y me sostuvo por la espalda del mono, que yo había pintado con marcas para que se pareciera a su traje de piloto. Hasta le había dibujado una insignia en la parte izquierda, sobre el corazón, como la que él llevaba. La insignia que lo distinguía como piloto. Tenía la forma de un pequeño caza estelar con unas líneas debajo.

Mi padre me izó a la roca, a su lado, y luego extendió la mano libre y activó su línea de luz. El aparato parecía un brazalete metálico, pero, cuando lo encendía dándose un golpecito con dos dedos contra la palma de la mano, brillaba como si estuviese hecho de luz fundida. Tocó una piedra que tenía encima y, al retirar la mano, fue dejando una gruesa línea de luz pegada a la roca, como si fuese una cuerda resplandeciente. Me envolvió a mí con el otro extremo por debajo de las axilas y liberó la cuerda de su brazalete. El brillo desapareció en su muñeca, pero la cuerda luminiscente siguió en su sitio, atándome a las rocas.

Siempre había creído que las líneas de luz arderían al tacto, pero estaba solo templada. Era como un abrazo.

—Muy bien, Peonza —dijo, llamándome por mi apodo—. Prueba otra vez.

—No me hace falta la línea —protesté yo, tirando de la cuerda de seguridad.

—Dale un capricho a un padre asustado.

—¿Asustado? A ti no te asusta nada. ¡Pero si luchas contra los krells!

Él se echó a reír.

—Preferiría enfrentarme a cien naves krells que a tu madre si te devuelvo a casa con un brazo roto, pequeña.

—No soy pequeña. Y si me rompo el brazo, puedes dejarme aquí hasta que me cure. Pelearé contra las bestias de las cavernas, me volveré salvaje, me vestiré con sus pieles y...

—Que subas —me interrumpió él sin dejar de sonreír—. Ya pelearás contra las bestias de las cavernas otro día, aunque me parece que las que te encontrarías tienen colas largas y los dientes salidos.

Tuve que reconocer que la línea de luz era útil. Podía tirar de ella para apoyarme. Llegamos a la grieta y mi padre me empujó a mí primero. Me agarré al borde, salí de las cavernas y pisé la superficie por primera vez en mi vida.

Qué espacio tan abierto.

Me quedé boquiabierta allí de pie, mirando arriba hacia... hacia la nada. Solo... solo había... arribidad. Sin techo. Sin paredes. Siempre me había imaginado la superficie como una caverna enorme, enorme de verdad. Pero aquello era mucho más y también mucho menos, todo al mismo tiempo.

«Uau.»

Mi padre se izó detrás de mí y se sacudió el polvo de su traje de piloto. Lo miré un momento y luego volví a subir la cabeza hacia el cielo. Sonreí de oreja a oreja.

—¿No te da miedo? —preguntó.

Lo miré furiosa.

—Perdona —dijo, con una risita—. Me he equivocado de palabra. Es que mucha gente se siente intimidada por el cielo, Spensa.

—Es bonito —susurré yo, con la mirada fija en aquella inmensa nada, en aquel aire que se extendía hacia arriba hacia un gris infinito que se disipaba en negro.

La superficie era más brillante de lo que había imaginado. Nuestro planeta, Detritus, estaba protegido por distintas y gigantescas capas de antiquísimos escombros espaciales. Eran capas de desperdicios que flotaban altísimas, fuera del aire, en el espacio. Estaciones orbitales destruidas, masivos escudos metálicos, cachos de metal viejo grandes como montañas... acumulados en muchas capas, un poco como cascarones partidos que rodeaban el planeta.

Nosotros no habíamos construido nada de todo aquello. Nos habíamos estrellado en el planeta cuando mi abuela era una niña, y para entonces esas capas de desperdicios ya eran antiguas. Sin embargo, algunas cosas funcionaban. Por ejemplo, en la capa inferior, la más cercana al planeta, había unos enormes rectángulos refulgentes. Había oído hablar de ellos. Eran las cieluces, unas enormes lámparas flotantes que proporcionaban iluminación y calor al planeta.

Se suponía que también había muchísimos trozos más pequeños de basura allí arriba, sobre todo en la capa inferior. Entrecerré los ojos, tratando de ver si podía distinguir alguno, pero el espacio quedaba demasiado lejos. Aparte de las dos cieluces más cercanas, ninguna de las cuales teníamos directamente encima, lo único que alcanzaba a entrever eran unas formas difusas en el gris del cielo. Trozos más claros y trozos más oscuros.

—¿Los krells viven ahí arriba? —pregunté—. ¿Al otro lado del campo de escombros?

—Sí —dijo mi padre—. Descienden por los huecos de las capas para atacar.

—¿Y cómo nos encuentran? —pregunté—. Ahí arriba hay un montón de espacio.

De repente, el mundo me pareció un lugar mucho más grande que el que había visualizado abajo, en las cavernas.

—De algún modo, pueden sentirlo cuando hay una acumulación de personas —dijo mi padre—. Siempre que la población de una caverna crece demasiado, los krells atacan y la bombardean.

Hacía décadas, nuestro pueblo había formado parte de una flota de naves espaciales. Los krells nos habían perseguido hasta el planeta, nos habíamos estrellado en él y habíamos tenido que dividirnos para sobrevivir. Habíamos pasado a formar clanes, cada uno de los cuales podía trazar su linaje hasta la tripulación de una de aquellas naves estelares.

La yaya me había contado esas historias muchas veces. Llevábamos setenta años viviendo allí, en Detritus, recorriendo las cavernas como clanes nómadas, asustados de congregarnos. Hasta hacía poco. Habíamos empezado a construir cazas estelares y también una base oculta en la superficie. Habíamos empezado a contraatacar.

—¿Dónde está la base Alta? —pregunté—. Has dicho que saldríamos cerca de ella. ¿Es eso? —Señalé hacia unas rocas de aspecto sospechoso—. Está ahí mismo, ¿verdad? Quiero ir a ver los cazas estelares.

Mi padre se agachó, me giró unos noventa grados y señaló.

—Es ahí.

—¿Dónde? —Busqué por toda la superficie, que venía a ser una extensión continua de polvo y piedras de color gris azulado, salpicada por los cráteres de escombros caídos del cinturón de cascotes—. No la veo.

—Esa es la idea, Spensa. Tenemos que seguir escondidos.

—Pero lucháis, ¿verdad? En algún momento, ¿no descubrirán de dónde salen los cazas? ¿Por qué no trasladáis la base?

—Tiene que estar aquí, encima de Ígnea. Es esa caverna tan grande que te enseñé la semana pasada.

—¿La que tiene todas aquellas máquinas?

Él asintió.

—Dentro de Ígnea encontramos fábricas, que es lo que nos permitió construir cazas estelares. Tenemos que vivir cerca para proteger la maquinaria, pero salimos volando en misiones allá donde los krells desciendan, allá donde decidan bombardear.

—¿Protegéis a otros clanes?

—Para mí, solo hay un clan que cuente: la humanidad. Antes de estrellarnos aquí, todos formábamos parte de la misma flota... y algún día, todos los clanes nómadas terminarán por recordarlo. Vendrán cuando los llamemos. Nos reuniremos todos y formaremos de nuevo una ciudad y una civilización.

—¿Y los krells no la bombardearán? —pregunté, pero lo interrumpí antes de que pudiera responder—. No. No si somos lo bastante fuertes. No si resistimos y contraatacamos.

Mi padre sonrió.

—Voy a tener mi propia nave —dije—. Voy a volar en ella igual que tú. Y entonces, nadie del clan podrá hacerme burla, porque seré más fuerte que ellos.

Mi padre me miró un momento antes de hablar.

—¿Por eso quieres hacerte piloto?

—No pueden llamarte canija si eres piloto —respondí—. Nadie pensará que soy rara, y no me regañarán por pelearme porque mi trabajo será pelearme. Nadie me insultará y todo el mundo me querrá.

«Igual que te quieren a ti», pensé.

Por algún motivo absurdo, mis palabras hicieron que mi padre me abrazara, aunque lo único que hacía era decir la verdad. Pero le devolví el abrazo, porque a los padres les gustan esas cosas. Además, era agradable tener a alguien a quien estar agarrada. Quizá no debería haberme dejado a Sanguinario en casa.

A mi padre se le trabó la respiración y pensé que quizá estuviese llorando, pero no era eso.

—¡Peonza! —exclamó, señalando hacia el cielo—. ¡Mira!

De nuevo, me dejó sin habla la amplitud del espacio. ¡Qué grande era!

Pero mi padre señalaba hacia algo concreto. Apurando la mirada, me di cuenta de que una parte del cielo entre gris y negro era más oscura que el resto. ¿Sería un hueco en las capas de escombros?

En ese momento, miré la infinitud. Me descubrí temblando como si hubieran caído cerca mil millones de meteoritos. Alcancé a ver el mismísimo espacio, con unos puntitos minúsculos de blanco, distintos de las cieluces. Esos puntitos centelleaban y parecían estar muy, muy lejos.

—¿Qué son esas luces? —pregunté.

—Estrellas —dijo él—. Yo vuelo cerca de los escombros, pero casi nunca he podido ver a través de ellos. Hay demasiadas capas. Siempre me he preguntado si podría salir a las estrellas.

Había sobrecogimiento en su voz, un tono que nunca antes le había oído.

—¿Es por eso... que vuelas? —pregunté.

A mi padre no parecían importarle las alabanzas que le dedicaban los demás miembros del clan. Era raro, pero hasta daba la impresión de que lo avergonzaban.

—Antes vivíamos ahí fuera, entre las estrellas —dijo en voz baja—. Ese es nuestro hogar, y no estas cavernas. Esos niños que te hacen burla están atrapados en esta roca. Sus cabezas son cabezas de roca, sus corazones están tallados en roca. Sé distinta. Tú tienes que aspirar a algo más elevado. A algo más grandioso.

Los escombros se movieron y el hueco fue reduciéndose hasta que solo pude ver una estrella, más brillante que las demás.

—Reclama las estrellas, Spensa —me dijo.

De verdad que un día iba a hacerme piloto. Volaría hasta allí arriba y lucharía. Solo esperaba que mi padre dejara algunos krells para mí.

Entorné los ojos al distinguir un fogonazo en el cielo. Un lejano cascote, que ardió brillante al entrar en la atmósfera. Luego cayó otro, y otro. Empezaron a caer por decenas.

Mi padre frunció el ceño y sacó su radio, un dispositivo de tecnología superavanzada que solo se entregaba a los pilotos. Se acercó el aparato rectangular a la boca.

—Aquí Perseguidor —dijo—. Estoy en la superficie. Veo una lluvia de escombros cerca de Alta.

—Ya la hemos detectado, Perseguidor —respondió una voz de mujer por radio—. Están llegando los informes de radar ahora mismo, y... ¡tirda! Tenemos krells.

—¿Hacia qué caverna se dirigen? —preguntó mi padre.

—Su dirección es... Perseguidor, vienen hacia aquí. Vuelan derechos hacia Ígnea. Que las estrellas nos amparen. ¡Han localizado la base!

Mi padre bajó el dispositivo.

—Avistada una gran incursión krell —dijo la voz de la mujer por la radio—. Esto es una emergencia. Un grupo enorme de krells ha superado el campo de escombros. Todos los pilotos, respondan. ¡Vienen a por Alta!

Mi padre me cogió del brazo.

—Te llevo de vuelta.

—¡Te necesitan! —exclamé yo—. ¡Tienes que pelear!

—Tengo que llevarte con...

—Puedo volver yo sola. Hemos recorrido los túneles sin desviarnos.

Mi padre volvió a mirar hacia los escombros.

—¡Perseguidor! —llamó otra voz por la radio—. Perseguidor, ¿estás ahí?

—¿Chucho? —dijo mi padre. Accionó un interruptor y levantó la radio—. Estoy en la superficie.

—Tienes que hacer entrar en razón a Ángulo y Columpio. Dicen que deberíamos huir.

Mi padre maldijo entre dientes y giró otro interruptor de la radio. Empezó a oírse una voz.

—... no estamos listos para un combate cara a cara. Van a destrozarnos.

—No —dijo otra mujer—. Tenemos que resistir y luchar.

Empezaron a hablar a la vez una docena de voces.

—Férrea tiene razón —dijo mi padre por la radio, y me sorprendió que todos callaran al instante—. Si dejamos que bombardeen Ígnea, perderemos el aparataje. Perderemos las fábricas. Lo perderemos todo. Si queremos volver a tener una civilización algún día, si queremos tener un mundo, ¡tenemos que resistir aquí!

Esperé, callada, conteniendo el aliento, esperando que mi padre estuviera demasiado distraído para hacer que me marchara. Me dieron temblores al pensar que habría una batalla, pero aun así quería verla.

—Lucharemos —dijo la mujer.

—¡Lucharemos! —exclamó Chucho. Lo había oído nombrar mucho, aunque no lo conocía en persona. Era el compañero de ala de mi padre—. ¡Por las rocas, esta sí que es buena! ¡Voy a llegar antes que tú al cielo, Perseguidor! ¡Ahora verás a cuántos derribo!

El hombre sonaba ansioso, quizá un poco demasiado emocionado por entrar en batalla. Me cayó bien de inmediato.

Mi padre vaciló solo un momento antes de quitarse el brazalete de la línea de luz y ponérmelo en las manos.

—Prométeme que volverás directa.

—Lo prometo.

—No te entretengas.

—No lo haré.

Levantó la radio.

—Bueno, Chucho, eso ya lo veremos. Voy a toda pastilla hacia Alta. Cambio y corto.

Echó a correr por el suelo polvoriento en la dirección que me había señalado antes. Entonces se detuvo y se volvió. Se quitó la insignia del pecho y me la arrojó, como un destellante fragmento de estrella, antes de seguir a la carrera hacia la base oculta.

Yo, por supuesto, incumplí mi promesa al instante. Me metí en la grieta del terreno, pero me quedé allí escondida, cogiendo con fuerza la insignia de mi padre, y miré hasta que vi los cazas saliendo de Alta y elevándose hacia el cielo. Forzando la mirada, distinguí las oscuras naves krells que descendían en enjambre hacia ellos.

Al final, en un excepcional momento de sensatez, decidí que lo mejor sería hacer lo que me había dicho mi padre. Usé la línea de luz para descender a la caverna, donde recogí mi mochila para internarme en los túneles. Pensé que, si me daba prisa, podría haber vuelto con mi clan a tiempo de escuchar la emisión de la batalla en nuestra única radio comunitaria.

Pero me equivocaba. El trayecto era más largo de lo que recordaba, y encima me las ingenié para perderme. De modo que estaba vagando por allí abajo, imaginando la gloria de la batalla que se libraba en el cielo, cuando mi padre cayó en la infamia de romper filas y huir del enemigo. Su propio escuadrón lo derribó como castigo. Cuando llegué a casa, el combate estaba ganado y mi padre había muerto.

Y yo había quedado marcada como la hija de un cobarde.

Primera parte

PRIMERA

PARTE

Capítulo 1

1

Aceché a mi enemigo con sigilo por la caverna.

Me había quitado las botas para que no chirriaran. Me había sacado los calcetines para no resbalar. La roca bajo mis pies me transmitió un cómodo frescor al dar otro silencioso paso adelante.

A tanta profundidad, la única luz procedía del tenue resplandor de los gusanos del techo, que se alimentaban de la humedad que se colaba por las grietas. Había que quedarse parada unos minutos en la oscuridad para que los ojos se adaptaran a una iluminación tan débil.

Otro estremecimiento en las sombras. Allí, cerca de aquellos bultos oscuros que debían de ser las fortificaciones enemigas. Me quedé muy quieta, acuclillada, escuchando a mi enemigo rascar la roca al moverse. Imaginé a un krell, un terrible alienígena de ojos rojos y oscura armadura.

Con una mano firme y una lentitud agónica, me llevé el fusil al hombro, contuve el aliento y disparé.

Obtuve un chillido de dolor como recompensa.

«¡Sí!»

Me di un golpecito en la muñeca para activar la línea de luz de mi padre. Cobró vida con un fulgor entre rojizo y anaranjado que me cegó durante un momento.

Entonces corrí para reclamar mi premio: una rata muerta, atravesada de lado a lado.

Bajo la luz, las sombras que había visualizado como fortificaciones enemigas se revelaron como rocas. Mi enemigo era una rata rolliza y mi fusil era un arpón que me había fabricado yo misma. Habían pasado nueve años y medio desde aquel fatídico día en que subí a la superficie con mi padre, pero mi imaginación era tan potente como siempre. Me ayudaba a sobrellevar la monotonía, a fingir que estaba haciendo algo más emocionante que cazar ratas.

Sostuve la rata en alto por la cola.

—Así se manifiesta la inclemencia de mi ira, bestia caída.

Resultaba que las niñas raras crecían para convertirse en jóvenes raras. Pero supuse que no pasaba nada por practicar mis insolencias, para cuando de verdad combatiera contra los krells. La yaya me había enseñado que los grandes guerreros saben hacer grandes alardes para llenar de miedo e incertidumbre los corazones de sus enemigos.

Me guardé el premio en el saco. Llevaba ocho hasta el momento, que no era mala caza. ¿Me daría tiempo a buscar otra?

Eché un vistazo a mi línea de luz; el brazalete que la albergaba tenía un pequeño reloj al lado del indicador de batería. 09.00. Quizá debería dar media vuelta. No podía perderme demasiadas horas de clase.

Me eché el saco al hombro, recogí mi arpón, que había creado a partir de restos encontrados en las cavernas, y emprendí el camino de vuelta a casa. Me guiaba con mis propios mapas dibujados a mano, que siempre estaba actualizando en un pequeño cuaderno.

Una parte de mí se entristeció por tener que regresar, por dejar atrás aquellas cavernas silenciosas. Me recordaban a mi padre. Además, me gustaba lo... vacías que estaban. Sin nadie que se burlara de mí, sin nadie que susurrara insultos hasta obligarme a defender el honor de mi familia hundiéndoles el puño en sus caras de idiotas.

Me detuve en una intersección que conocía, donde el suelo y el techo daban paso a unos extraños patrones metálicos. Las dos superficies estaban cubiertas de diseños circulares y escritura científica, que yo siempre había creído que debían de ser antiguos mapas de la galaxia. En el extremo opuesto, de la roca salía un enorme y vetusto tubo. Era de los que desplazaban el agua entre cavernas, la limpiaban y la usaban para enfriar la maquinaria. De una juntura caían gotas de agua a un cubo que había dejado yo allí, y lo encontré medio lleno, así que di un largo sorbo. Estaba fresca y tenía un leve matiz a algo metálico.

No sabíamos gran cosa de la gente que había construido toda aquella maquinaria. Al igual que el cinturón de cascotes, ya estaba allí cuando nuestra flotilla cayó en el planeta. Habían sido humanos, dado que la escritura presente en lugares como el techo y el suelo de esa intersección estaba en idiomas humanos. Pero incluso en aquellos momentos, seguía siendo un misterio lo cercana o lejana que pudiera ser la relación que guardaban con nosotros. No quedaba ninguno de ellos, y las zonas fundidas y los restos de chatarra que había en la superficie sugerían que también ellos habían sufrido una guerra.

Pasé el resto del agua a mi cantimplora y di una cariñosa palmadita a la inmensa tubería antes de colocar de nuevo el cubo y seguir adelante. La maquinaria pareció responderme con un distante y familiar repiqueteo. Seguí el sonido hasta llegar a una brillante interrupción de la piedra a mi izquierda.

Me acerqué al hueco y contemplé Ígnea. Era mi caverna natal y la mayor de las ciudades subterráneas que componían la Liga Desafiante. Desde mi posición elevada, tenía una vista impresionante de la inmensa caverna, llena de apartamentos rectangulares construidos como cubos que salían unos de otros.

El sueño de mi padre se había hecho realidad. Al derrotar a los krells aquel día, más de nueve años antes, aquellos pilotos novatos de caza estelar habían inspirado una nación. Decenas de clanes que una vez habían sido nómadas se habían congregado para colonizar Ígnea y las cavernas que la rodeaban. Cada clan conservaba todavía su propio nombre, procedente de la nave o la sección de la nave en la que había trabajado. Mi clan era el de los Makinkaps, que procedía de las antiguas palabras para designar a los técnicos de motores.

Todos juntos, nos hacíamos llamar los Desafiantes, por el nombre de nuestra nave insignia original.

Por supuesto, al congregarnos, habíamos llamado la atención de los krells. Los alienígenas seguían decididos a destruir a la humanidad, de modo que la guerra continuaba y necesitábamos un suministro constante de cazas estelares y pilotos para proteger nuestra incipiente nación.

Por encima de los demás edificios de Ígnea se alzaba el aparataje: antiguas forjas, refinerías y fábricas que bombeaban roca fundida desde abajo y creaban las piezas de los cazas estelares. El aparataje eran tan asombroso como único: aunque la maquinaria de las otras cavernas proporcionaba calor, electricidad o agua filtrada, solo el aparataje de Ígnea era capaz de llevar a cabo una manufactura compleja.

Por el hueco llegaba un aire caliente que me perló la frente de sudor. Ígnea era un lugar muy caluroso, al tener tantas refinerías, fábricas y cubas de algas. Y aunque estaba bien iluminado, por algún motivo el lugar siempre parecía tenebroso, con aquel resplandor entre rojo y anaranjado de las refinerías que lo iluminaba todo.

Dejé atrás la grieta y llegué a una vieja taquilla de mantenimiento que había descubierto en aquella pared. A primera vista, la puerta no se distinguía de cualquier otra parte del túnel de piedra, por lo que era relativamente segura. Al abrirla, dejé a la vista mis escasas posesiones secretas: piezas de recambio para mi arpón, otra cantimplora de reserva y la antigua insignia de piloto de mi padre. La froté para que me diera suerte y luego dejé la línea de luz, el cuaderno de los mapas y el arpón en la taquilla.

Saqué una basta lanza con punta de piedra, cerré la puerta y me eché de nuevo el saco al hombro. Ocho ratas pueden ser pero que muy incómodas de llevar, sobre todo cuando, incluso con diecisiete años, se tiene un cuerpo que se niega a superar el metro cincuenta y uno de altura.

Fui hasta la entrada normal de la caverna. Había dos soldados del ejército de tierra, que apenas entraba jamás en combate, vigilando la entrada. Aunque los conocía a los dos por su nombre de pila, me hicieron quedarme a un lado mientras fingían solicitar autorización para abrirme el paso. En realidad, era solo que les gustaba hacerme esperar.

Todos los días. Todos los tirdosos días.

Al final, Aluko vino hacia mí y empezó a registrar mi saco con mirada sospechosa.

—¿Qué clase de contrabando crees que intento colar en la ciudad? —le pregunté—. ¿Guijarros? ¿Musgo? ¿Alguna roca que haya insultado a tu madre, quizá?

Miró mi lanza como si se preguntara cómo había podido cazar ocho ratas con un arma tan simple. Bueno, pues que se lo preguntara. Al terminar, me devolvió al saco lanzándolo por el aire.

—Tira para adelante, cobarde.

Fuerza. Alcé la barbilla.

—Algún día —le dije—, escucharás mi nombre y se te llenarán los ojos de lágrimas de gratitud al pensar en lo afortunado que eres por haber ayudado alguna vez a la hija de Perseguidor.

—Preferiría olvidar hasta que te conozco. Tira para adelante.

Con la cabeza bien alta, entré en Ígnea y recorrí las calles hacia las Gloriosas Cotas de la Industria, que es como se llamaba mi barrio. Había llegado a la hora de un cambio de turno y me crucé con trabajadores en monos de distintos colores, cada cual ocupando su lugar en la enorme maquinaria que mantenía en marcha la Liga Desafiante y su guerra contra los krells. Operarios sanitarios, técnicos de mantenimiento, especialistas en cubas de algas.

No había pilotos, claro. Los pilotos fuera de servicio, en la reserva, dormían en las cavernas profundas, y los que estaban de servicio vivían en Alta, la misma base que mi padre había muerto protegiendo. Ya no era secreta. Había crecido hasta convertirse en una gran planta en la superficie, que alojaba docenas de naves, la estructura de mando aérea e instalaciones de entrenamiento. Era el lugar donde viviría yo a partir del día siguiente, cuando aprobara el examen y me convirtiera en cadete.

Pasé bajo una gran estatua metálica de los Primeros Ciudadanos, un grupo de personas que empuñaban armas simbólicas hacia el cielo en poses desafiantes, con naves elevándose tras ellos que dejaban estelas de metal. Aunque representaba a quienes habían combatido en la Batalla de Alta, mi padre no estaba entre ellos.

La siguiente esquina era la última antes de nuestro apartamento, uno de los muchos cubos de metal que brotaban de uno central más grande. El nuestro era pequeño, pero bastaba para tres personas, sobre todo teniendo en cuenta que yo pasaba días enteros en las cavernas, cazando y explorando.

Mi madre no estaba en casa, pero encontré a la yaya en el tejado, haciendo rollitos de algas para venderlos en nuestro carrito. A mi madre le habían prohibido tener un empleo oficial por lo que se suponía que había hecho mi padre, así que teníamos que ganarnos la vida por métodos poco convencionales.

La yaya alzó la mirada al oírme. Se llamaba Becca Nightshade —yo tenía el mismo apellido—, pero incluso quienes apenas la conocían la llamaban yaya. Había perdido la visión casi por completo hacía unos años y sus ojos se habían puesto de un blanco lechoso. Estaba encorvada y trabajaba con unos brazos flacos como palos, pero aun así era la persona más fuerte que conocía.

—¡Anda! —exclamó—. ¡Pero si suena a que llega Spensa! ¿Cuántas has cazado hoy?

—¡Ocho! —Solté mi botín delante de ella—. Y algunas están muy jugosas.

—Siéntate, siéntate —dijo la yaya, apartando el tapete lleno de rollitos—. ¡Vamos a limpiarlas y a cocerlas! Si nos damos prisa, podemos tenerlas listas para que tu madre las venda hoy mismo, y yo empezaré a curtir las pieles.

En realidad, debería haberme ido a clase; la yaya había vuelto a olvidarse. Pero ¿qué sentido tenía? En los últimos tiempos solo nos daban charlas sobre los distintos trabajos que podían hacerse en la caverna, y yo ya había elegido qué quería ser. Aunque se suponía que el examen para hacerse piloto era difícil, Rodge y yo llevábamos diez años estudiando. Íbamos a aprobar seguro. Así que ¿para qué quería escuchar lo genial que era hacerse operario de cubas de algas, o lo que fuese?

Además, como tenía que dedicar tiempo a la caza, me saltaba muchas clases, por lo que no sería apta para ningún otro trabajo. Me preocupaba de asistir a las clases que tenían que ver con el vuelo: diseño y reparación de naves, matemáticas, historia militar. Si conseguía llegar a alguna otra, mejor para mí.

Me senté y ayudé a la yaya a desollar y destripar las ratas. Aunque ella trabajaba al tacto, era limpia y eficiente.

—¿De quién quieres que te hable hoy? —me preguntó, con la cabeza gacha y los ojos casi cerrados.

—¡De Beowulf!

—Ah, conque el rey de los gautas, ¿eh? ¿No te apetece Leif Erikson? Era el preferido de tu padre.

—¿Ese mató a un dragón?

—Descubrió un nuevo mundo.

—¿Con dragones?

La yaya soltó una risita.

—Una serpiente emplumada, según algunas leyendas, pero no conozco ninguna historia de que lucharan. Pues bien, Beowulf fue un hombre poderoso. Era antepasado tuyo, ¿sabes? No mató al dragón hasta que ya era bastante mayor, pero se ganó su fama luchando contra monstruos.

Trabajé en silencio con mi cuchillo, pelando y sacando las tripas a las ratas para luego trocear la carne y echarla en una cacerola para hacer estofado. En la ciudad, casi todo el mundo se alimentaba a base de pasta de algas. La carne de verdad, de reses o cerdos criados en unas cavernas con iluminación especial y equipamiento ambiental, era demasiado escasa para comerla a diario. Así que la gente recurría al trueque para conseguir carne de rata.

Me encantaba la forma que tenía la yaya de contar historias. Bajaba la voz cuando los monstruos siseaban y la subía cuando los héroes proclamaban sus bravatas a los cuatro vientos. Trabajaba con dedos hábiles mientras narraba el relato del antiguo héroe vikingo que acudió en ayuda de los daneses en su hora de mayor necesidad. Era un guerrero amado por todos, que luchó con valentía incluso cuando se enfrentaba a un adversario más grande y poderoso que él.

—Y cuando el monstruo se hubo escabullido para morir —dijo la yaya—, el héroe sostuvo en alto el brazo entero de Grendel, hombro incluido, como un macabro trofeo. Había vengado la sangre de los caídos, demostrándose un hombre fuerte y valeroso.

Sonó un tintineo desde abajo, en el apartamento. Mi madre había vuelto. De momento, no le hice caso.

—¿Le arrancó el brazo solo con las manos? —pregunté.

—Era fuerte —dijo la yaya—, y un auténtico guerrero. Pero era del pueblo antiguo, que luchaba con las manos y la espada. —Se inclinó hacia delante—. Tú lucharás con la destreza de tus manos y tu ingenio. Pilotando una nave estelar, no te hará falta arrancarle el brazo a nadie. Dime, ¿has hecho tus ejercicios?

Puse los ojos en blanco.

—Eso lo he visto —dijo la yaya.

—Mentira.

—Cierra los ojos.

Cerré los ojos y eché atrás la cabeza, con la cara hacia el techo de la caverna, muy por encima de nosotras.

—Escucha las estrellas —dijo la yaya.

—Solo oigo...

—Que escuches las estrellas. Visualízate a ti misma volando.

Suspiré. Adoraba a la yaya y sus historias, pero aquella parte siempre me aburría. Aun así, intenté hacer lo que me había enseñado y, allí sentada con la cabeza hacia atrás, traté de imaginar que me elevaba hacia el cielo. Traté de hacer que todo lo demás se desvaneciera a mi alrededor y de visualizar unas estrellas que brillaban con fuerza por encima.

—Yo hacía este ejercicio con mi madre en las salas de máquinas de la Desafiante —dijo la yaya en voz baja—. Trabajábamos en la mismísima nave insignia, un crucero de guerra más grande que toda esta caverna. Me quedaba sentada y escuchaba el zumbido de los motores, y también algo que había más allá de él. Las estrellas.

Intenté imaginármela de pequeña, y por algún motivo eso me ayudó. Con los ojos cerrados, sentí casi que flotaba. Que extendía los brazos hacia arriba...

—Los técnicos de motores —dijo la yaya— éramos los raros entre los demás grupos de la tripulación. Nos veían como a gente extraña, pero éramos quienes mantenían la nave en movimiento. Hacíamos que viajara entre las estrellas. Mi madre decía que era porque podíamos oírlas.

Creí... solo por un momento... que estaba oyendo algo allí fuera. ¿Sería producto de mi imaginación? Era un sonido puro y lejano...

—Incluso después de estrellarnos aquí, los de motores nos mantuvimos unidos —prosiguió la yaya—. El clan Makinkaps. Si los demás dicen que eres rara, es porque se acuerdan de eso, y tal vez porque nos teman. Esa es tu herencia. La herencia de guerreros que surcaron el cielo y que al cielo regresarán. Escucha.

Dejé escapar un largo y relajante suspiro mientras eso, lo que fuese que creyera haber oído, se desvanecía. Abrí los ojos y me sorprendió, durante un segundo, hallarme de vuelta en aquel tejado, rodeada por la rojiza luz de Ígnea.

—¿Nos dedicábamos al mantenimiento de los motores y a hacer avanzar la nave? —dije—. ¿Qué tiene que ver eso con ser guerreros? ¿No habría sido mejor disparar las armas?

—¡Solo un bobo creería que las armas son más importantes que la estrategia y el movimiento! —exclamó la yaya—. Mañana volveré a hablarte de Sun Tzu, el mayor general de todos los tiempos. Sun Tzu enseñaba que lo que ganaba las guerras era la posición y la preparación, no las espadas o las lanzas. Era un gran hombre. Y antepasado tuyo, ¿sabes?

—Prefiero a Gengis Kan —dije yo.

—Un tirano y un monstruo —repuso la yaya—, aunque sí, hay mucho que aprender de la vida de Gengis Kan. Pero ¿te he hablado alguna vez de la reina Boudica, la rebelde que se alzó desafiante contra los romanos? Era...

—¿Antepasada suya? —interrumpió mi madre, que subía por la escalera exterior del edificio—. Era una celta británica. Beowulf era sueco, Gengis Kan mongol y Sun Tzu chino. ¿Y se supone que todos ellos son antepasados de mi hija?

—¡Toda la antigua Tierra es nuestro linaje! —dijo la yaya—. Tú, Spensa, procedes de una estirpe de guerreros que se remonta milenios atrás en el tiempo, una línea que nos une a la antigua Tierra y a la mejor de su sangre.

Mi madre puso los ojos en blanco. Era todo lo que no era yo: alta, hermosa, tranquila. Se fijó en las ratas, pero entonces me miró y se cruzó de brazos.

—Puede que tenga la sangre de guerreros, pero hoy llega tarde a clase.

—Ya está en clase —objetó la yaya—. En la clase importante.

Me levanté y me limpié las manos con un trapo. Sabía cómo se enfrentó Beowulf a monstruos y dragones, pero ¿cómo se enfrentaría a su madre en un día en el que debería estar en la escuela? Me conformé con un vago encogimiento de hombros.

Mi madre me miró.

—Murió, ¿sabes? —dijo—. Beowulf murió luchando contra ese dragón.

—¡Luchó hasta el último ápice de sus fuerzas! —exclamó la yaya—. Derrotó a la bestia, aunque le costara su vida. ¡Y llevó una paz y una prosperidad sin precedentes a su pueblo! Todos los grandes guerreros luchan por la paz, Spensa. Eso recuérdalo.

—Como mínimo, luchan por la ironía —dijo mi madre. Volvió a mirar las ratas—. Gracias. Pero andando, venga. ¿No tienes el examen de piloto mañana?

—Estoy preparada para el examen —respondí—. Hoy solo van a aprender cosas que no necesito saber.

Mi madre me siguió mirando, inflexible. Todos los grandes guerreros sabían cuándo estaban derrotados, así que di un abrazo a la yaya y le susurré:

—Gracias.

—El alma de un guerrero —me respondió ella con otro susurro—. Recuerda tus ejercicios. Escucha las estrellas.

Sonreí, me marché y me limpié a toda prisa antes de salir hacia lo que esperaba que fuese mi último día de clase.

Capítulo 2

2

Quiere contarnos lo que hace a diario en el Cuerpo de Saneamiento, ciudadano Alfir?

La señora Vmeer, nuestra instructora de estudios laborales, hizo un gesto alentador al hombre que estaba de pie delante de la clase.

El tal ciudadano Alfir no se parecía en nada a lo que yo había supuesto que sería un trabajador de saneamiento. Aunque llevaba mono de sanitario y guantes de goma, en realidad era guapo: mandíbula cuadrada, brazos fornidos, vello del pecho sobresaliendo por encima del ceñido cuello de su mono.

Casi podía imaginármelo como Beowulf. Hasta que habló.

—Bueno, sobre todo nos ocupamos de mantener desembozado el sistema —dijo—, para que las aguas negras, que vienen a ser sobre todo desechos humanos, puedan fluir de vuelta a las plantas de procesado y que el aparataje separe el agua y los minerales útiles.

—Suena perfecto para ti —susurró Dia, inclinándose hacia mí—. ¿Limpiar desperdicios? Un paso adelante para la hija de un cobarde.

No podía atizarle un puñetazo, por desgracia. Dia no solo era la hija de la señora Vmeer, sino que además yo ya tenía una advertencia por pelearme. Reincidir me impediría hacer el examen, lo cual era una estupidez: ¿no querían que los pilotos fuesen grandes luchadores?

Estábamos sentados en el suelo de un aula pequeña. Ese día no teníamos pupitres, porque los había solicitado otro instructor. Me sentía como una niña de cuatro años a la que estuvieran leyendo un cuento.

—Quizá no os parezca muy glorioso —dijo Alfir—, pero sin el Cuerpo de Saneamiento, ninguno de nosotros tendría agua. Los pilotos no pueden volar si no tienen nada que beber. En cierto modo, tenemos el trabajo más importante de las cavernas.

Aunque me había perdido varias de aquellas charlas, había oído las suficientes. A principios de semana, los trabajadores del Cuerpo de Ventilación habían dicho que su trabajo era el más importante de todos. Igual que los obreros el día antes. Igual que los trabajadores de la forja, los limpiadores y los cocineros.

Todos nos habían dado el mismo discurso, a grandes rasgos. Decían que todos éramos piezas importantes de la maquinaria que combatía a los krells.

—Todos los trabajos de la caverna son esenciales para la maquinaria que nos mantiene con vida —dijo Alfir, como reflejando mis pensamientos—. No podemos ser todos pilotos, pero no hay un empleo que sea más importante que los demás.

A continuación iba a decir algo sobre saber cuál era tu lugar y obedecer las órdenes.

—Para uniros a nosotros, tendréis que ser capaces de seguir las instrucciones —dijo el hombre—. Tenéis que estar dispuestos a cumplir con vuestra misión, por insignificante que pueda pareceros. Recordad: la obediencia es desafío.

Yo lo entendía, y hasta cierto punto estaba de acuerdo con él. Los pilotos no conseguirían gran cosa en la guerra sin agua, o sin comida, o sin saneamiento.

Pero aun así, aceptar alguno de aquellos trabajos me daba una sensación de conformismo. ¿Dónde estaba la chispa, la energía? Se suponía que éramos los Desafiantes. Que éramos guerreros.

La clase aplaudió con educación cuanto terminó de hablar el ciudadano Alfir. Al otro lado de la ventana, otros trabajadores caminaban en fila por debajo de estatuas con formas rectilíneas, geométricas. A veces parecíamos mucho menos una maquinaria bélica que un reloj para medir cuánto duraban los turnos de trabajo.

Los alumnos se levantaron para tomarse un descanso y yo me alejé a zancadas antes de que Dia pudiera lanzarme otra pulla. La chica llevaba toda la semana intentando provocarme para que me metiera en líos.

Me acerqué a un alumno que estaba al fondo del aula, un chico pelirrojo y larguirucho. Había abierto un libro para ponerse a leer en el mismo instante en que terminó la charla.

—Rodge —lo llamé—. ¡Galimatías!

Su apodo, el identificador que le habíamos elegido para cuando se convirtiera en piloto, hizo que levantara la mirada.

—¡Spensa! ¿Cuándo has llegado?

—A mitad de la charla. ¿No me has visto entrar?

—Estaba repasando de memoria las listas de diagramas de vuelo. Tirda, nos queda solo un día. ¿Tú no estás nerviosa?

—Pues claro que no. ¿Por qué tendría que estar nerviosa? Lo tengo controlado.

—Yo no lo veo tan claro. —Rodge echó una mirada fugaz a su libro de texto.

—¿Estás de broma? Pero si te lo sabes todo, Gali.

—Creo que deberías llamarme Rodge. En fin, todavía no nos hemos ganado las identificaciones. No hasta que aprobemos el examen.

—Cosa que está claro que haremos.

—Pero ¿y si no hemos estudiado lo que deberíamos?

—¿Cuáles son las cinco maniobras básicas de giro?

—La horquilla inversa —respondió de inmediato—, el bucle Ahlstrom, la vuelta gemela, el vuelco sobre ala y el giro Imban.

—¿Umbrales de alarma de la FDD para la aceleración de las distintas maniobras?

—Diez G en ascenso o escora, quince G hacia delante, cuatro G en un picado.

—¿Tipo de propulsor que lleva el interceptor Poco?

—¿Qué diseño?

—El actual.

—A-19. Sí, esas cosas me las sé, Spensa. Pero ¿y si en el examen no salen esas preguntas? ¿Y si trata sobre cosas que no hemos estudiado?

Al oírlo, sentí enraizar la más tenue semilla de la duda. Aunque habíamos hecho exámenes de práctica, los contenidos de la prueba para pilotos cambiaban cada año. Siempre había preguntas sobre propulsores, componentes de cazas y maniobras, pero en teoría podían preguntarnos sobre cualquier parte de nuestro aprendizaje.

Yo me había saltado muchas clases, pero sabía que no tenía por qué preocuparme. Beowulf no se preocuparía. La confianza era el alma del heroísmo.

—Voy a clavar ese examen, Gali —dije—. Tú y yo vamos a ser los mejores pilotos de la Fuerza de Defensa Desafiante. ¡Lucharemos tan bien que los krells alzarán sus lamentos al cielo como el humo sobre una pira, llorando desesperados ante nuestro avance!

Gali ladeó la cabeza.

—¿Me he pasado un poco? —pregunté.

—¿De dónde sacas esas frases?

—Suenan a cosas que podría decir Beowulf.

Rodge volvió a apoyar la espalda para estudiar, y supongo que yo debería haber hecho lo mismo. Pero una parte de mí estaba harta de estudiar, de intentar embutir cosas en mi cerebro. Quería que llegara la prueba de una vez.

Por desgracia, ese día aún nos quedaba una clase. Escuché cómo charlaba la otra docena aproximada de estudiantes, pero no estaba de humor para soportar sus tonterías. Así que me dediqué a pasearme como un animal enjaulado, hasta que vi que la señora Vmeer caminaba hacia mí acompañada por Alfir, el empleado de saneamiento.

La instructora llevaba una blusa verde brillante, pero la insignia plateada de cadete que tenía en el pecho era lo que de verdad denotaba sus logros. Significaba que había aprobado el examen de piloto. Luego debía de haber abandonado la escuela de vuelo, o tendría una insignia dorada, pero no era tan raro que la gente lo dejara. Y allí abajo, en Ígnea, incluso una insignia de cadete era señal de un gran éxito. La señora Vmeer tenía privilegios especiales en la asignación de ropa y comida.

No era mala profesora. No me trataba de forma muy distinta a los demás alumnos, y apenas me fruncía el ceño nunca. Me caía bastante bien, aunque su hija fuese una criatura de oscuridad destilada, merecedora solo de una muerte violenta para que su cadáver sirviera para elaborar pociones.

—Spensa —dijo la señora Vmeer—, el ciudadano Alfir quería hablar contigo.

Me preparé para las preguntas sobre mi padre. Todo el mundo quería preguntarme siempre por él. ¿Cómo era la vida de la hija de un cobarde? ¿Tenía ganas de esconderme de ello? ¿Me había planteado cambiarme el apellido? La gente que se creía empática siempre hacía preguntas como esas.

—He oído que eres toda una exploradora —dijo Alfir.

Abrí la boca para espetarle una réplica, pero me mordí la lengua. ¿Qué había dicho?

—Sales a las cuevas —siguió diciendo—. ¿Es para cazar?

—Eh... sí —respondí—. Ratas.

—Nos hace falta gente como tú —afirmó Alfir.

—¿En Saneamiento?

—Gran parte de la maquinaria que mantenemos discurre por cavernas lejanas. Hacemos expediciones hasta ellas, y necesitamos personas duras para esas salidas. Si quieres un trabajo, te lo estoy ofreciendo.

Un empleo. ¿En Saneamiento?

—Yo voy a ser piloto —le solté.

—El examen de piloto es difícil —repuso Alfir, con una mirada a la profesora—. No lo aprueba mucha gente. Lo que te ofrezco es un puesto garantizado con nosotros. ¿Seguro que no quieres pensártelo?

—No, gracias.

Alfir se encogió de hombros y se marchó. La señora Vmeer me observó un momento y luego negó con la cabeza y fue a recibir a la siguiente oradora.

Yo retrocedí hasta la pared y me crucé de brazos. La señora Vmeer sabía que iba a ser piloto. ¿Por qué se le había ocurrido que podría aceptar una oferta como aquella? Y Alfir no podía haber sabido nada de mí sin que ella le dijera algo, de modo que ¿qué estaba pasando?

—No van a dejarte ser piloto —dijo una voz a mi lado.

Miré y comprendí, demasiado tarde, que sin saberlo me había puesto al lado de Dia. La chica de cabello moreno estaba sentada en el suelo, con la espalda contra la pared. ¿Por qué no estaba charlando con los demás?

—No tienen otra opción —le dije—. Todo el mundo puede presentarse al examen de piloto.

—Todos pueden presentarse —replicó Dia—, pero ellos deciden quién lo aprueba, y no siempre son justos. Los hijos de los Primeros Ciudadanos entran automáticamente.

Eché una mirada al cuadro de los Primeros Ciudadanos que había en la pared. Los teníamos en todas las aulas. Y sí, sabía que sus hijos entraban en la escuela de vuelo sin tener que superar ninguna prueba. Se lo merecían, ya que sus padres habían combatido en la Batalla de Alta.

Sobre el papel, mi padre también lo había hecho, pero no contaba con que eso me sirviera de nada. Aun así, siempre me habían dicho que hacer un buen examen garantizaba el acceso a la escuela de vuelo, sin importar la posición social. A la Fuerza de Defensa Desafiante, la FDD, le daba igual quién fueras, siempre que supieras volar.

—Ya sé que no cuento como hija de un Primero —dije—, pero si apruebo, entraré. Igual que cualquier otro.

—Ahí está el asunto, boba. No vas a aprobar, pase lo que pase. Anoche oí a mis padres hablar de eso. La almirante Férrea ha dado orden de que te lo impidan. No creerías de verdad que iban a permitir que la hija de Perseguidor volara para la FDD, ¿o sí?

—Mientes. —Sentí que se me helaba la cara de furia. Intentaba provocarme otra vez para que cogiera una rabieta.

Dia se encogió de hombros.

—Ya lo verás. A mí me da lo mismo. Mi padre ya me ha conseguido un empleo en el Cuerpo de Administración.

Vacilé. Aquello no era como sus insultos de siempre. No tenía la misma mordida cruel, no daba la misma sensación de provocación divertida. A ella... de verdad parecía darle igual si la creía o no.

Crucé el aula hasta donde la señora Vmeer hablaba con la nueva oradora, una mujer del Cuerpo de Cubas de Algas.

—Tenemos que hablar —le dije.

—Un momento, Spensa.

Me quedé allí de pie, entrometiéndome en su conversación con los brazos cruzados, hasta que por fin la señora Vmeer suspiró y se me llevó a un lado.

—¿Qué ocurre, niña? —preguntó—. ¿Te has replanteado la generosa oferta del ciudadano Alfir?

—¿La almirante en persona ha ordenado que yo no apruebe el examen de piloto?

La señora Vmeer entrecerró los ojos, giró la cabeza y miró hacia su hija.

—¿Es verdad? —insistí.

—Spensa —dijo la señora Vmeer, mirándome de nuevo—. Tienes que entender que este es un asunto muy delicado. La reputación de tu padre es...

—¿Es verdad?

La señora Vmeer apretó los labios y no respondió.

—¿Son todo mentiras, entonces? —pregunté—. ¿Todo eso que dicen de la igualdad y de que lo único importante es la destreza? ¿De encontrar el puesto adecuado para ti y servir en él?

—Es complicado —dijo la señora Vmeer. Bajó la voz—. Mira, ¿por qué no te saltas el examen mañana y le ahorras la vergüenza a todo el mundo? Ven a hablar conmigo y miraremos qué empleo podría convenirte. Si no es en Saneamiento, ¿qué tal en las tropas de tierra?

—¿Para pasarme el día entero montando guardia? —repliqué, en voz cada vez más alta—. Necesito volar. ¡Necesito demostrar que valgo!

La señora Vmeer suspiró y negó con la cabeza.

—Lo siento, Spensa, pero esto era imposible desde el principio. Ojalá algún profesor tuyo hubiera tenido la valentía de quitarte la idea de la cabeza cuando eras más pequeña.

En ese momento, todo se derrumbó a mi alrededor. Un futuro ensoñado. Una huida meticulosamente imaginada de mi vida de escarnio.

Mentiras. Mentiras que una parte de mí ya sospechaba. Pues claro que no iban a dejarme aprobar el examen. Pues claro que sería demasiado bochornoso permitirme volar.

Quería montar en cólera. Quería pegar a alguien, romper algo, chillar hasta que me sangraran los pulmones.

Pero lo que hice fue salir del aula, alejarme de los ojos burlones de los otros alumnos.

Capítulo 3

3

Busqué refugio en las silenciosas cavernas. No me atrevía a volver con mi madre y mi abuela. Mi madre sin duda se alegraría: había perdido a su marido a manos de los krells, y la aterrorizaba la idea de que yo sufriera el mismo destino. La yaya... me diría que peleara.

Pero ¿pelear contra qué? Eran precisamente los militares quienes no me querían.

Me sentía como una idiota. Llevaba un montón de tiempo diciéndome a mí misma que sería piloto y, en realidad, nunca había tenido ni la menor oportunidad. Seguro que mis profesores habían estado todos esos años riéndose de mí a escondidas.

Recorrí una caverna desconocida en el límite de la zona que había explorado, a horas de distancia de Ígnea. Y aun así, me perseguían los sentimientos de vergüenza y rabia.

Menuda imbécil había sido.

Llegué al borde de un precipicio subterráneo, me arrodillé y activé la línea de luz de mi padre dándome un golpecito en la palma con dos dedos, un acto que el brazalete era capaz de detectar. Empezó a brillar más. La yaya decía que habíamos traído esos dispositivos con nosotros a Detritus, que formaban parte del equipo que usaban los exploradores y guerreros de la antigua flota espacial humana. Yo no debería tener el mío, pero todo el mundo creía que había quedado destruido cuando mi padre se estrelló.

Coloqué la muñeca contra la piedra del acantilado y me di otro golpecito en la palma de la mano. Esa orden hizo que una línea de energía se adhiriera a la roca, enlazando mi brazalete con la piedra.

Un golpecito con tres dedos hizo salir más cuerda luminosa. Usando ese margen y con la cuerda en la mano, podía superar el borde y descender hasta el fondo. Cuando puse los pies en el suelo, otro toque con dos dedos hizo que la cuerda se soltara de la piedra de arriba y se replegara al interior del brazalete. No sabía cómo funcionaba la línea de luz, solo que tenía que recargarla cada mes o dos, cosa que hacía a hurtadillas conectándola a los enchufes de las cavernas.

Entré despacio en una cueva llena de setas kurdi. Sabían a rayos, pero eran comestibles y a las ratas les encantaban. Aquel sería un territorio de caza estupendo, así que apagué la luz y me senté a esperar, afinando el oído.

Nunca había tenido miedo a la oscuridad. Me recordaba al ejercicio que me enseñó la yaya, el de ascender flotando hacia las estrellas que cantaban. No podías temer la oscuridad si eras una luchadora. Y yo era una luchadora.

Iba... Iba a... a ser piloto...

Levanté la mirada, intentando apartar esa sensación de pérdida. Me descubrí elevándome. Hacia las estrellas. Y de nuevo me pareció oír que algo me llamaba, como el sonido de una flauta distante.

Un sonido rasposo me devolvió a la caverna. Garras de rata contra la piedra. Alcé mi arpón, guiada por movimientos que tenía muy interiorizados, y activé un ápice de iluminación en la línea de luz.

La rata, presa del pánico, se volvió hacia mí. Me tembló el dedo en el gatillo, pero la vi huir sin disparar. Total, ¿para qué? ¿De verdad iba a seguir con mi vida como si no hubiera pasado nada?

Lo normal era que explorar me hiciera olvidar los problemas. Pero ese día no me los quitaba de la cabeza; era como si tuviera una piedrecita en el zapato. «¿Lo recuerdas? ¿Recuerdas que acaban de robarte tus sueños?»

Me sentía igual que en los primeros días después de la muerte de mi padre. Cuando todos los momentos, todos los objetos, todas las palabras me recordaban a él y al repentino hueco que se había abierto en mi interior.

Suspiré, enlacé un extremo de la línea de luz al arpón y le ordené que se enganchara a lo siguiente que tocase. Apunté a la cima de otro acantilado y disparé, con lo que la cuerda brillante e ingrávida se quedó adherida. Empecé a trepar, con el arpón traqueteando contra mi espalda en sus correas.

De niña, había tenido la fantasía de que mi padre sobrevivía al impacto. Que lo tenían prisionero en aquellos túneles inacabables e inexplorados. Imaginaba que iba a salvarlo, como si fuese la protagonista de una historia de la yaya. Gilgamesh, o Juana de Arco, o Tarzán de Greystoke. Una heroína.

La caverna se sacudió un poco, como enfurecida, y cayó polvo del techo. Un impacto, arriba, en la superficie.

«Sí que ha caído cerca», pensé. ¿Tanto había ascendido por las cuevas? Saqué mi cuaderno de mapas dibujados a mano. Llevaba fuera bastante rato ya. Horas, como mínimo. Me había echado una siestecilla unas cavernas más atrás...

Miré el reloj de la línea de luz. La noche había llegado y pasado y ya era casi mediodía de la fecha del examen, que tendría lugar con la tarde avanzada. Supuse que debería haber emprendido el regreso. Mi madre y la yaya se preocuparían si no aparecía para el examen.

«Al cuerno el examen», pensé, imaginándome lo indignada que me sentiría si no me dejaban pasar por la puerta. Así que continué ascendiendo por un paso angosto que daba a otro túnel. Allí fuera, por una vez, mi tamaño era una ventaja.

Otro impacto sacudió las cavernas. Con tantos cascotes cayendo, subir a la superficie era una estupidez de aúpa. Me daba igual. Tenía el ánimo temerario. Sentí, casi oí, algo que me impulsaba a seguir avanzando. Continué el ascenso hasta que por fin llegué a una grieta en el techo. Brillaba luz desde el otro lado, pero era de un color blanco constante, no lo bastante anaranjada. También entraba aire fresco, lo que era buena señal. Empujé la mochila por delante, me interné en la grieta y salí a la luz.

La superficie. Miré hacia arriba y contemplé el cielo de nuevo. Por mucho que lo viera, siempre me dejaba sin aliento.

Una cieluz lejana iluminaba un sector del terreno, pero yo estaba en las sombras. Por encima, el cielo centelleaba con una lluvia de escombros. Líneas radiantes, como tajos. Una formación de tres cazas estelares de clase exploradora volaban entre ellas, observando. Los cascotes que caían solían ser partes rotas de naves o basura espacial de otros tipos, y podían recuperarse cosas valiosas de ellos. Pero nos fastidiaban las lecturas de radar y podían ocultar una incursión krell.

Me quedé en pie sobre la arena azul grisácea y me dejé inundar por el asombro que me provocaba el cielo, por la peculiar sensación del viento en las mejillas. Había salido cerca de la base Alta, visible en la lejanía, quizá a una media hora andando de distancia. Desde que los krells sabían dónde estábamos, no tenía mucho sentido ocultar la base, de modo que se había expandido a partir del búnker escondido inicial hasta estar formada por varios edificios grandes con un perímetro amurallado, baterías antiaéreas y un escudo invisible que la protegía de los cascotes.

Fuera de esa muralla había grupos de personas trabajando en una pequeña franja de algo que siempre me había parecido extraño: árboles y campos. ¿Qué estaban haciendo? ¿Intentaban cultivar comida en aquel suelo polvoriento?

No me atrevía a acercarme. Los guardias me tomarían por una carroñera de alguna caverna lejana. Aun así, había algo muy vistoso en el brillante verde de aquellos campos y las tercas murallas de la base. Alta era un monumento a nuestra determinación. Durante tres generaciones, la humanidad había vivido en aquel planeta como ratas y nómadas, pero no estábamos dispuestos a seguir escondiéndonos.

La escuadrilla de naves estelares regresó hacia Alta y yo di un paso en su misma dirección. «Tienes que aspirar a algo más elevado —me había dicho mi padre—. A algo más grandioso.»

¿Y dónde me había llevado hacerlo?

Me eché al hombro la mochila y el arpón y arranqué a andar en la dirección opuesta. Había estado en un pasaje cercano hacía un tiempo y pensé que, si exploraba más, podría conectar varios de mis mapas. Por desgracia, al llegar descubrí que la entrada del pasaje estaba completamente derruida.

Unos escombros espaciales cayeron contra la superficie no muy lejos, levantando una nube de polvo. Alcé la mirada y vi que caían desde arriba unos trozos más pequeños, metálicos e incandescentes.

Directos hacia mí.

«¡Tirda!»

Di media vuelta y retrocedí a toda velocidad.

«No. ¡Nonononono!» El aire rugió y sentí el calor de los cascotes cada vez más cercanos.

«¡Ahí!» Distinguí la pequeña abertura de una caverna en la superficie, medio grieta, medio boca de cueva. Me arrojé hacia ella, resbalé y llegué al interior.

Sonó un estruendo enorme a mi espalda, que pareció agitar el planeta entero. Frenética, activé la línea de luz y me di con el brazo contra una piedra mientras me precipitaba a un revoltijo arremolinado. Levanté la mano de golpe y conecté la línea de luz con la pared mientras caían lascas de roca y guijarros a mi alrededor. La caverna tembló.

Luego, todo se quedó quieto. Parpadeé para quitarme el polvo de los ojos y me encontré colgando de mi línea de luz en el centro de una caverna pequeña, de unos diez o quince metros de altura. En algún momento había perdido la mochila, y tenía el brazo lleno de rasguños.

«Genial. Maravilloso, Spensa. Esto es lo que pasa cuando coges una rabieta.» Gemí, con la cabeza palpitando, y di un golpe con los dedos contra la palma de la mano para extender la línea de luz y descender al suelo.

Me dejé caer para recobrar el aliento. Sonaban más impactos en la distancia, pero iban menguando.

Por fin me puse de pie con dificultades y me quité el polvo de encima. Conseguí localizar la correa de mi mochila asomando de unos escombros cercanos. La saqué de un tirón y comprobé que dentro estaban aún la cantimplora y los mapas. Parecían intactos.

El arpón era otro cantar. Encontré la empuñadura, pero no había ni rastro de lo demás. Estaría todo enterrado en el montón de escombros.

Me dejé caer sentada contra una piedra. Sabía de sobra que no debía subir a la superficie durante las lluvias de cascotes. Me había ganado a pulso lo que me había pasado.

Oí el sonido de arañazos cercanos. ¿Sería una rata? Alcé el mango del arpón al instante, y entonces me sentí doblemente tonta. De todos modos, me obligué a levantarme, me eché la mochila al hombro e incrementé la luz del brazalete. Una sombra se escabulló y fui tras ella, cojeando solo un poco. Quizá lograra encontrar otra salida de aquel sitio.

Levanté el brazalete para iluminar la caverna. La luz se reflejó en algo que tenía delante. ¿Metálico? ¿Quizá alguna tubería?

Anduve hacia ello y a mi cerebro le costó un momento comprender lo que estaba viendo. Allí, encajada en una esquina de la caverna y rodeada de cascotes, había nada menos que una nave.

Capítulo 4

4

Era un caza estelar.

Antiguo, de un diseño que me era desconocido del todo. Tenía mayor envergadura que las naves de la FDD, y forma de diabólica W. Unas alas horizontales y finas como cuchillas a ambos lados de una cabina vieja y cubierta de polvo en el centro. El anillo de pendiente, lo que permitía elevarse a los cazas estelares, estaba enterrado en los cascotes bajo la nave, pero, por lo que pude ver, parecía entero.

Durante un momento, me olvidé del examen. ¡Una nave!

¿Cuanto tiempo llevaba allí, para haber acumulado tantos escombros alrededor y tanto polvo? Un ala estaba doblada casi hasta el suelo, supuse que por algún derrumbamiento, y los propulsores traseros estaban hechos polvo del todo.

No conocía el modelo. Eso era lo más increíble de todo. Me sabía todos los diseños de la FDD, todas las naves krells y los modelos de naves comerciales itinerantes que usaban los clanes nómadas humanos. Hasta había estudiado las viejas naves que habíamos pilotado durante las primeras décadas después de estrellarnos en Detritus.

Casi podía recitarlas todas de un tirón incluso durmiendo, y dibujar sus siluetas de memoria. Pero aquel diseño no lo había visto nunca. Dejé la mochila en el suelo y trepé, con cuidado, por el ala que estaba doblada. Mi brazalete iluminó el ascenso mientras yo raspaba con las botas la capa de polvo incrustado, revelando una superficie metálica llena de rayaduras. La parte derecha de la nave estaba más destrozada que el resto.

«Hizo un aterrizaje forzoso aquí —pensé—, hace mucho tiempo.»

Llegué hasta cerca de la cabina circular, cuya cubierta de cristal (bueno, probablemente de plástico de fusión) me sorprendió por estar intacta. Debían de haber transcurrido generaciones enteras desde la última vez que la nave tuvo la suficiente energía para abrir la cabina, pero encontré el panel de liberación manual justo donde esperaba que estuviera. Le quité el polvo de encima y encontré letras... en inglés. Decía: APERTURA DE CUBIERTA DE EMERGENCIA.

Por lo tanto, la nave de verdad era de manufactura humana. Así que debía de ser vieja. Casi con toda seguridad, tan antigua como el aparataje y el cinturón de cascotes.

Tiré de la palanca de liberación, pero fue en vano. La cubierta estaba atascada. Puse los brazos en jarras y me planteé romperla, pero me pareció que sería una lástima. Aquello era una antigüedad y debería estar sobre un pedestal en el museo de naves de Ígnea, donde rendíamos homenaje a los guerreros del pasado. No había ningún esqueleto en la cabina, de modo que o bien el piloto había escapado o bien llevaba allí tanto tiempo que incluso los huesos se habían convertido en polvo.

«Muy bien, vamos a hacer esto con delicadeza.» Yo podía ser delicada. Era pero que muy delicada. Siempre, siempre.

Adherí el extremo de mi línea de luz a la palanca de apertura y fui por encima de la nave hasta los escombros de la cola, donde uní la otra punta a un peñasco. Separé la cuerda de energía por completo del brazalete, que dejó de brillar. La cuerda podía funcionar una o dos horas separada de su fuente de energía, pero se quedaba fija en la longitud que tenía al liberarla.

Me agaché, apoyé la espalda contra la pared y empujé el peñasco con los pies. Empezó a rodar hacia abajo sobre los escombros, y en el instante en que oí un chasquido procedente de la cabina, desactivé la línea de luz con un golpecito. La cuerda brillante se separó por los dos extremos y el brazalete la reabsorbió.

Una vez hecho eso, regresé y encontré la palanca accionada y la antigua cabina abierta de par en par. Con gran reverencia, levanté del todo la cubierta, lo que hizo caer el polvo por ambos lados. El interior parecía muy, muy bien conservado. De hecho, al meterme en la cabina, descubrí que el asiento estaba duro, pero el cuero no estaba agrietado ni descomponiéndose.

«Los controles son parecidos», pensé, apoyando la mano izquierda en el acelerador y la derecha en la esfera de control, con los dedos en sus surcos. Ya me había medido en modelos de cabinas en el museo, pero nunca en una nave de verdad.

Metí la mano en el bolsillo y toqué la insignia de mi padre, que había sacado de su escondrijo antes de internarme en los túneles. La sostuve en alto y dejé que reluciera, iluminada por mi brazalete. ¿Sería aquello lo que había sentido mi padre, esa acogedora sensación de pertinencia al sentarse en una cabina? ¿Qué pensaría si supiera que su hija dedicaba el tiempo a cazar ratas? ¿Que estaba allí, en una caverna polvorienta, en vez de haciendo el examen de piloto?

¿Que se había rendido en vez de pelear?

—¡No me he rendido! —exclamé—. ¡No he huido!

Pero... bueno, en realidad, sí. ¿Qué otra cosa podría haber hecho? No podía enfrentarme al sistema entero. Si la líder de la FDD, la mismísima almirante Férrea, no quería que entrara, no había nada que yo pudiera hacer.

Me inundó la rabia. La frustración, el odio. Odio hacia la FDD por cómo había tratado a mi padre, ira hacia mi madre y mis profesores, hacia todos los adultos que me habían dejado seguir soñando cuando seguro que todos habían sabido la verdad.

Cerré los ojos y casi pude sentir la fuerza del propulsor de la nave detrás de mí. Casi podía sentir el tirón de la aceleración al hacer un viraje. El aroma del aire limpio y fresco recogido de la atmósfera superior y enviado al interior de la cabina.

Quería sentir todo aquello más que nada en el mundo. Pero al abrir los ojos, estaba de vuelta en una antigüedad vieja, rota y polvorienta. Jamás iba a volar. Me enviarían a casa.

Una voz susurró desde el fondo de mi mente.

«¿Y si eso es precisamente la prueba?»

¿Y si... y si querían ver cómo reaccionaba? Tirda, ¿y si la señora Vmeer me había mentido? ¿Y si había salido corriendo por nada? O peor, ¿y si acababa de demostrarles que era una cobarde, como todos afirmaban que había sido mi padre?

Solté un reniego y miré la hora en el brazalete. Cuatro horas. Me quedaban cuatro horas hasta el examen. Pero llevaba casi un día completo vagabundeando. No había forma de que pudiera regresar a Ígnea a tiempo, ¿verdad?

—Reclama las estrellas, Spensa —susurré.

Tenía que intentarlo.

Capítulo 5

5

Irrumpí en la sala de exámenes como un caza con el propulsor sobrecargado.

Interrumpí a una mujer alta y mayor con uniforme blanco de almirante. Tenía el pelo canoso largo hasta la barbilla y me frunció el ceño cuando me detuve en el umbral. Al instante, sus ojos se desviaron hacia el reloj que había en la pared.

El segundero avanzó un último tramo. Las 18.00 en punto.

Había llegado. Estaba sucia y sudada, con el mono rasgado y manchado de polvo por mi encontronazo con un cascote espacial. Pero había llegado.

Nadie dijo ni una palabra en la sala, que estaba situada en los edificios gubernamentales del centro de Ígnea, cerca de los ascensores que subían a la superficie. La sala estaba atestada de pupitres; allí debía de haber casi cien chicos. No sabía ni que hubiera tantas personas de diecisiete años en las cavernas de los Desafiantes, y eso que aquellos eran solo los que querían hacer el examen de piloto.

En ese momento, hasta el último de ellos estaba mirándome.

Mantuve alto el mentón y traté de fingir que no estaba sucediendo nada fuera de lo común. Por desgracia, el único pupitre libre que vi estaba justo delante de la mujer del peno canoso.

¿Me sonaba de algo? Aquella cara...

Tirda.

No estaba ante una almirante recién nombrada cualquiera, sino ante Judy Ivans, la propia Férrea. Era Primera Ciudadana y la líder de la FDD, por lo que había visto su rostro en centenares de cuadros y estatuas. Venía a ser la persona más importante del mundo.

Cojeé un poco al acercarme y sentarme delante de ella, intentando que no se me notara la vergüenza... ni el dolor. Llegar allí a la carrera había supuesto muchos descensos enloquecidos con la línea de luz a través de cavernas y túneles. Mis músculos protestaban por el esfuerzo, y me dio un calambre en la pierna derecha nada más me senté.

Con una mueca de dolor, solté la mochila en el suelo, junto a mi asiento. Un ayudante la recogió y se la llevó a un lado de la sala, ya que en el pupitre no se podía tener nada aparte de un lápiz.

Cerré los ojos, pero entonces los abrí un ápice al oír que una voz conocida y cercana susurraba: «Gracias al mundo natal». ¿Sería Gali? Miré y lo encontré a unas pocas filas de distancia. Seguro que se había presentado con tres horas de margen y se había pasado todo ese tiempo preocupándose por si yo llegaba tarde. Sin ningún motivo en absoluto. Había llegado con medio segundo de sobra, como mínimo. Le guiñé el ojo y volví a intentar no chillar de dolor.

—Como iba diciendo —prosiguió la almirante—, estamos orgullosos de vosotros. Vuestro esfuerzo y vuestra preparación os confirman como la mejor y más prometedora generación que la FDD ha visto jamás. Sois la generación que heredará la superficie. Nos guiaréis a una nueva y audaz era en nuestra lucha contra los krells.

»Recordad que este examen no sirve para comprobar vuestra valía. Todos la tenéis. Para enviar al cielo un solo escuadrón de pilotos, necesitamos a centenares de técnicos, mecánicos y otro personal de apoyo. Incluso el más humilde trabajador de las cubas participa en nuestra grandiosa misión por la supervivencia. El propulsor o el ala de un caza no deben menospreciar al tornillo que los mantiene en su sitio.

»No todos vosotros aprobaréis este examen, pero, solo por haber elegido presentaros, ya cumplís las altas expectativas que tengo puestas en vosotros. Y para quienes aprobéis, ardo en deseos de supervisar vuestro entrenamiento. Me tomo un interés personal en los cadetes.

Fruncí el ceño. Qué fría parecía, qué indiferente. Seguro que le traía sin cuidado mi presencia, por muy infame que fuese mi padre.

Mientras los asistentes se afanaban en repartir los exámenes, Férrea se apartó a un lado de la sala, con unos capitanes de relucientes uniformes. Un hombre bajito y con gafas le susurró algo al oído y luego me señaló con el dedo. Férrea se volvió para mirarme de nuevo y las comisuras de sus labios descendieron en picado.

«Oh, no.»

Miré hacia la pared opuesta de la sala, desde donde observaban algunos profesores, entre ellos la señora Vmeer. La instructora me vio y meneó la cabeza a los lados, como decepcionada. Pero... pero yo... creía que había descubierto la solución. Solo querían ver si realmente era una chica Desafiante.

¿Verdad?

Un ayudante sacó a propósito un examen del fondo del montón y lo dejó en mi pupitre. Vacilante, busqué un lápiz en los bolsillos, pero encontré solo la insignia de mi padre. Oí que alguien chistaba desde un lado y miré a Gali, que me lanzó su lápiz de reserva.

Vocalicé un «gracias», abrí el examen y leí la primera pregunta.

1. Cita, añadiendo ejemplos de lo que se fabrica a partir de ellas, los catorce tipos de alga que se cultivan en las cubas y explica el valor nutritivo de cada una de ellas.

Me dio un vuelco el estómago. ¿Una pregunta sobre algas? De acuerdo, en los exámenes solía haber preguntas aleatorias sobre todo lo que habíamos estudiado, pero... ¿algas?

Pasé a la página siguiente.

2. Explica las condiciones exactas necesarias para el crecimiento óptimo de las algas, incluyendo (sin limitarte a ellas) la temperatura, la pureza del agua y la profundidad de la cuba.

La tercera pregunta era sobre tratamiento de residuos, igual que la cuarta. Noté que se me helaba la cara al darme cuenta de que las cincuenta páginas contenían preguntas sobre cosas como cubas de algas, aguas negras o ventilación. Eran las clases que me había perdido mientras cazaba. Había llegado a las lecciones vespertinas de física e historia, pero no había tenido tiempo de estudiármelo todo.

Volví a mirar hacia la señora Vmeer y vi que sus ojos esquivaban los míos, así que me incliné a un lado y eché un vistazo furtivo al examen de Darla Mee-Bim. La primera pregunta de las suyas era distinta del todo:

1. Nombra cinco maniobras aéreas que llevarías a cabo para esquivar una nave krell en persecución próxima.

«Bucle cerrado, tijera gemela rodante, bucle Ahlstrom, retirada inversa y vuelta con caída de ala.» Dependiendo de lo cerca que lo tengas, de la naturaleza del campo de batalla y de lo que esté haciendo tu compañero de ala. Me incliné hacia el otro lado y miré el examen de otro vecino, donde distinguí las palabras «propulsor» y «acelerador». Era una pregunta sobre inercia y gravedad.

Habló un ayudante, lo bastante alto para que lo oyera casi toda la sala.

—Os recordamos que no tenéis el mismo examen que nadie de ningún pupitre contiguo, por lo que intentar copiar no solo se castiga con la expulsión, sino que además es inútil.

Me hundí en mi asiento, notando bullir la ira en mi interior. Aquello era un auténtico asco, de principio a fin. ¿Me habían preparado un examen especial sobre temas que sabían que había tenido que perderme?

Mientras rumiaba sobre aquello, varios alumnos se levantaron y fueron hacia la parte delantera del aula. No podían haber terminado ya, ¿verdad? Uno de ellos, un joven alto y fornido de piel marrón, pelo negro corto y rizado y una cara insufrible, entregó su examen a la almirante. Desde donde estaba sentada, alcancé a ver que estaba en blanco excepto por su nombre. El chico enseñó una insignia, una especial, azul y dorada. La insignia de un piloto que había combatido en la Batalla de Alta.

«Hijos de Primeros Ciudadanos», pensé. Lo único que tenían que hacer era presentarse y rellenar sus nombres, y tenían garantizado el acceso a la escuela de vuelo. Ese día eran seis, y cada uno se llevó un puesto que podría haberse destinado a otros alumnos más esforzados.

Los seis jóvenes salieron uno detrás del otro y la almirante dejó sus exámenes sin rellenar en una mesa que había contra la pared. Sus notas no tendrían ninguna importancia. Como tampoco iba a tenerla mi nota.

Recordé las palabras de Dia: «No creerías de verdad que iban a permitir que la hija de Perseguidor volara para la FDD, ¿o sí?».

Lo intenté de todos modos. Furiosa, cogiendo el lápiz con tanta fuerza que le rompí la punta y tuve que pedir otro, rellené el condenado examen. Parecía que las preguntas estaban pensadas para minarme la fuerza de voluntad. Cubas de algas. Ventilación. Tratamiento de aguas residuales. Los empleos a los que, en teoría, estaba destinada.

«Es la hija de un cobarde. Suerte tiene de que no la arrojemos a las cubas y ya está.»

Pasé horas escribiendo, mientras las emociones batallaban en mi interior. La rabia luchó contra la ingenua ilusión. La frustración combatió contra la esperanza. La comprensión abatió el optimismo.

14. Explica el procedimiento correcto a seguir si crees que un compañero puede haber contaminado una cuba de algas.

Intenté no dejar ninguna pregunta en blanco, pero en bastante más de dos terceras partes de ellas, mi respuesta se reducía a: «No sé. Preguntaría a alguien que lo supiera». Y me dolía responderlas, como si al hacerlo estuviera demostrando lo incompetente que era.

Pero no pensaba rendirme. Al final sonó la campana que indicaba que el límite de cinco horas había concluido. Me dejé caer encorvada mientras una ayudante me quitaba el examen de entre los dedos. La vi marcharse.

«Ni hablar.»

La almirante Férrea había vuelto al aula y, al terminar el examen, se había puesto a hablar con un grupito de gente vestida con trajes y faldas, Primeros Ciudadanos o miembros de la Asamblea Nacional. Férrea tenía fama de ser severa pero justa.

Me levanté y fui hacia ella, buscando en el bolsillo hasta cerrar el puño en torno a la insignia de mi padre. Esperé en postura respetuosa mientras los alumnos iban saliendo para la fiesta de después del examen, donde se reunirían con quienes ya habían escogido otras carreras y habían dedicado el día a entregar solicitudes y que se les asignaran puestos. Quienes suspendieran el examen que acabábamos de hacer podrían optar a las plazas que hubieran quedado libres más avanzada la semana.

Pero esa noche, lo celebrarían todos juntos, tanto los futuros pilotos como los futuros conserjes.

Por fin, Férrea me miró.

Le enseñé la insignia de mi padre.

—Señora —dije—, como hija de un piloto que luchó en la Batalla de Alta, querría solicitar el acceso a la escuela de vuelo.

La mujer me miró de arriba abajo, reparando en la manga hecha trizas, la cara sucia y la sangre seca del brazo. Cogió la insignia de mi mano y yo contuve el aliento.

—¿De verdad crees que voy a aceptar la insignia de un traidor? —dijo.

Se me cayó el alma a los pies.

—Se supone que ni siquiera deberías tener esto, chica —añadió—. ¿No quedó destruida cuando se estrelló? ¿Acaso has robado la insignia de otra persona?

—Señora —dije con voz tirante—, la insignia no cayó con él. Me la dio antes de volar esa última vez.

La almirante Férrea se volvió parea marcharme.

—¿Señora? —insistí—. Por favor. Por favor, deme aunque sea una oportunidad.

Ella vaciló, y creí que se lo estaba pensando, pero entonces se inclinó hacia mí y susurró:

—Chica, ¿tienes la menor idea de la pesadilla de relaciones públicas que podrías provocarnos? Si te dejo entrar y resultas ser una cobarde como lo fue él... En fin, que es imposible del todo que te permita meterte en una cabina. Alégrate de que te hayamos dejado entrar en este edificio siquiera.

Me sentí como si me hubiera abofeteado. Hice una muca. La mujer, una de mis heroínas, se volvió otra vez para irse.

La agarré por el brazo y varios asistentes que había cerca dieron leves respingos. Pero no la solté.

—Se está llevando mi insignia —dije—. Pertenecen a los pilotos y sus familias. La tradición...

—Las insignias de los verdaderos pilotos pertenecen a las familias —me interrumpió ella—. Las de los cobardes, no.

Se zafó de mí con un tirón que me sorprendió por su fuerza.

Podría haberla atacado. Estuve a punto de hacerlo; la ira se alzaba en mi interior y notaba helada la cara.

Unos brazos me asieron por detrás antes de que pudiera pasar a la acción.

—¿Peonza? —dijo Gali—. ¡Spensa! ¿Se puede saber qué haces?

—Me la ha robado. Se lleva la insignia de mi...

Dejé la frase en el aire mientras la almirante se marchaba, rodeada de sus asistentes. Entonces perdí la fuerza y me dejé caer contra Gali.

—¿Spensa? —dijo Gali—. Vamos a la fiesta. Podemos hablarlo allí. ¿Cómo crees que te ha salido? Yo creo... que a mí, fatal. ¿Spensa?

Me aparté de él y volví a mi pupitre, notándome de pronto demasiado agotada para seguir de pie.

—¿Peonza? —dijo él.

—Vete a la fiesta, Gali —susurré.

—Pero...

—Déjame sola. Por favor. Te pido... que me dejes quedarme a solas.

El pobre nunca sabía cómo tratarme cuando me ponía así, de modo que se quedó un rato rondando y al final se fue.

Y yo me quedé sentada sola en el aula.

Capítulo 6

6

Pasaron las horas.

La rabia que había sentido antes había sido tan abrasadora como el magma. Pero ya solo notaba frío. Entumecimiento.

Me llegaban los ecos de la fiesta desde alguna otra zona del edificio.

Me sentía utilizada, estúpida y, sobre todo... vacía. ¿No debería estar partiendo el lápiz y arrojando pupitres por los aires, enfurecida? ¿Vociferando una diatriba sobre vengarme de mis enemigos, de sus hijos y de sus nietos? ¿Mostrar el comportamiento típico de Spensa?

En vez de eso, lo que hice fue quedarme sentada con la mirada perdida, hasta que los sonidos de la fiesta fueron menguando. Al final, una ayudante llegó y miró en el aula.

—Esto... Se supone que tienes que marcharte.

No me moví.

—¿Estás segura de que no quieres marcharte?

Iban a tener que sacarme de allí a rastras. Me imaginé a mí misma en la situación, toda heroica y Desafiante, pero la asistente no parecía estar muy por la labor. Apagó las luces y me dejó allí, iluminada solo por el resplandor naranja rojizo de las luces de emergencia.

Al final, me levanté y fui a la mesa que estaba contra la pared, donde Férrea se había dejado, quizá sin querer, los exámenes que le habían entregado los hijos de los Primeros Ciudadanos. Repasé el montón y comprobé que todos ellos tenían rellenado solo el nombre, y las preguntas en blanco.

Cogí el de encima de todos, el primero que habían entregado. Tenía el nombre de Jorgen Weight, seguido de una pregunta:

1. Nombra las cuatro principales batallas que procuraron a las Cavernas Unidas Desafiantes su independencia y la situaron como el estado predominante en Detritus.

Era una pregunta con trampa, porque seguramente la gente pasaría por alto la Escaramuza de Unicarnia, de la que no se hablaba tanto. Pero fue cuando la incipiente FDD empleó por primera vez cazas con un diseño de segunda generación, construidos a escondidas en Ígnea. Regresé a mi pupitre, me senté y respondí la pregunta.

Pasé a la siguiente, y a la siguiente. Eran buenas preguntas, no solo meras listas de fechas o piezas. Había cuestiones matemáticas sobre velocidades de combate. Pero la mayoría eran preguntas sobre propósitos, opiniones y preferencias personales. Dudé en dos de ellas, intentando decidirme entre decir lo que creía que esperaba el examinador y la que yo creía que era la respuesta correcta.

Me decidí por lo segundo las dos veces. Al fin y al cabo, qué más daba, ¿no?

Cuando ya estaba terminando, empecé a oír que fuera había gente hablando. Conserjes, por cómo sonaba la conversación.

De pronto, me sentí tonta. ¿Iba a chillar y obligar a algún pobre conserje a sacarme tirándome del pelo? Me habían derrotado. No se podía ganar todas las peleas, y no era vergonzoso perder cuando te superaban en número. Di la vuelta al examen y le di unos golpecitos con el lápiz, allí, aún sentada en la penumbra, iluminada solo por el brillo de las luces de emergencia.

Empecé a bosquejar una nave con forma de W en la parte de atrás del examen, mientras en mi mente empezaba a cobrar forma una idea demencial. La FDD no había empezado como un cuerpo militar oficial, sino como un puñado de soñadores que habían tenido su propia idea demencial. Poner en marcha el aparataje y crear naves a partir de los diagramas que habían sobrevivido a nuestro impacto contra el planeta.

Habían construido sus propias naves.

La puerta se abrió y dejó entrar luz desde el pasillo. Oí que alguien dejaba un cubo en el suelo al otro lado de la puerta y a dos personas quejándose de líquidos derramados en la sala de la fiesta.

—Salgo en un minuto —dije, terminando el boceto. Pensando. Elucubrando. Soñando.

—¿Qué haces aquí dentro aún, chica? —preguntó un conserje—. ¿No querías ir a la fiesta?

—No tenía muchas ganas de celebraciones.

El hombre gruñó.

—¿No te ha salido bien el examen?

—Resulta que da lo mismo —repuse. Lo miré, pero estaba iluminado desde atrás y era solo una silueta en el umbral—. ¿Alguna vez...? ¿Alguna vez sientes que te obligaron a ser lo que eres?

—No. Pero puede que me obligara yo mismo, eso sí.

Suspiré. Seguro que mi madre estaba preocupadísima por mí. Me levanté y fui hasta la pared donde el asistente había dejado mi mochila.

—¿Por qué tienes tantas ganas de ser piloto? —preguntó el conserje. ¿Me sonaba de algo su voz?—. Es un oficio peligroso. Muchos pilotos terminan muertos.

—A casi el cincuenta por ciento los derriban durante sus primeros cinco años —respondí—. Pero no mueren todos. Algunos se eyectan. Otros caen derribados, pero sobreviven al impacto.

—Sí. Lo sé.

Me quedé petrificada, fruncí el ceño y volví a mirar hacia la silueta. No le distinguía la cara, pero algo resplandeció en su chaqueta. ¿Medallas? ¿Una insignia de piloto? Entrecerré los ojos y vislumbré la forma de una chaqueta de la FDD y unos pantalones de vestir.

No era un conserje. Todavía oía a los dos hablando en el pasillo, que habían pasado a bromear entre ellos.

Enderecé la espalda. El hombre se acercó caminando despacio a mi pupitre y las luces de emergencia me revelaron que era mayor, de cincuenta y tantos años, con un bigote blanco impecable. Andaba con una marcada cojera.

Cogió el examen que había rellenado y lo hojeó.

—¿Por qué? —me preguntó después—. ¿Por qué te importa tanto? En estos exámenes nunca hacen la pregunta más importante de todas: ¿por qué quieres ser piloto?

«Para demostrar que valgo y para redimir el nombre de mi padre.» Era mi respuesta inmediata, aunque había otra batallando contra ella. Algo que mi padre decía a veces, algo que tenía enterrado en mi interior y a que a menudo quedaba eclipsado por las ideas de venganza y redención.

—Porque se alcanza a ver el cielo —susurré.

El hombre gruñó.

—Nos hacemos llamar los Desafiantes —dijo—. Es el ideal que define a nuestro pueblo, esa negativa nuestra a retroceder. Y aun así, Férrea siempre parece sorprenderse mucho cuando alguien la desafía.

Negó con la cabeza y volvió a dejar el examen. Le puso algo encima.

Se volvió para marcharse renqueando.

—Espera —dije—. ¿Quién eres?

Él se detuvo en la puerta y la luz de fuera me mostró su rostro más claro, con aquel bigote y aquellos ojos que parecían... viejos.

—Conocía a tu padre.

Un momento. Sí que conocía esa voz.

—¿Chucho? —dije—. Eres tú. ¡Eras su compañero de ala!

—En otra vida —respondió él—. Cero-siete-cero-cero en punto, pasado mañana, edificio F, sala C-14. Enseña la insignia para que te dejen entrar.

¿La insignia? Fui a la mesa y encontré, encima de mi examen, una insignia de cadete.

La cogí.

—Pero Férrea ha dicho que jamás me dejará meterme en una cabina.

—Ya me ocuparé yo de Férrea. Es mi clase y soy yo quien tiene la última palabra sobre mis alumnos, que ni siquiera ella puede anular. Tiene un cargo demasiado importante para eso.

—¿Demasiado importante para dar órdenes?

—Protocolo militar. Cuando te vuelves lo bastante importante para ordenar a un escuadrón que entre en combate, eres demasiado importante para interferir con la forma en que un intendente lleva su almacén. Ya lo verás. Sabes mucho, a juzgar por ese examen, pero aún hay cosas que desconoces. La pregunta diecisiete la has contestado mal.

—Diecisiete... —Pasé a toda velocidad las páginas del examen—. ¿La de enfrentarte a un enemigo avasallador?

—La respuesta correcta era retirarte y esperar refuerzos.

—No lo era.

El hombre se tensó y yo me apresuré a morderme la lengua. ¿Debería estar discutiendo con la persona que acababa de darme una insignia de cadete?

—Te dejaré llegar al cielo —dijo él—, pero no te lo van a poner fácil. Yo no te lo voy a poner fácil. No sería justo.

—¿Es que existe algo justo?

Sonrió.

—La muerte. La muerte nos trata a todos como a iguales. Cero-siete-cero-cero. No llegues tarde.

Segunda parte

SEGUNDA

PARTE