No podía ver la calle ni gran parte de la urbanización. Estábamos rodeados de bloques de edificios de color terroso en cuyas ventanas se asomaban las figuras de hombres y mujeres, con pelo de recién levantados y tazas en la mano, que desayunaban y nos miraban con interés. El espacio entre los edificios se abrió hace tiempo. Descendía como un campo de golf, una caricatura infantil de la geografía. Quizá hubo planes de plantar algunos árboles y poner un estanque. Había un bosquecillo, pero los árboles jóvenes estaban muertos.
El césped estaba lleno de maleza, atravesado por caminos que el paso de la gente había abierto entre la basura, surcado por las huellas de neumáticos. Los policías andaban ocupados en distintas labores. Yo no había sido el primer detective en llegar —vi a Bardo Naustin y a otros dos—, pero yo era el más veterano. Seguí al sargento hasta donde se concentraban la mayor parte de mis colegas, entre una ruinosa torre de baja altura y una pista de patinaje circundada por enormes cubos de basura con forma de tambor. A lo lejos se oían los ruidos provenientes de los muelles del puerto. Había un grupo de chavales sentados encima de un muro, frente a los policías que permanecían de pie. Las gaviotas volaban en círculos sobre la concentración de personas.
—Inspector.
Saludé con la cabeza a quienquiera que fuese esa persona. Otro me ofreció un café, pero lo rechacé y observé a la mujer que me había traído aquí.
Estaba tendida sobre las rampas de la pista de patinaje. No hay quietud como la quietud de los muertos. El viento puede agitar sus cabellos, como hacía con los suyos ahora, pero ellos no reaccionan de la misma manera. El cuerpo de la mujer estaba en una postura imposible, con las piernas torcidas como si estuviera a punto de levantarse y los brazos doblados en una extraña curva. Tenía la cara contra el suelo.
Era una mujer joven, el pelo castaño recogido en dos coletas a los lados que le brotaban como plantas. Estaba casi desnuda y daba pena ver que su piel estuviese lisa en aquella mañana, sin que se le hubiese erizado por el frío. Solo llevaba puestas unas medias llenas de carreras y un único zapato de tacón alto. Al ver que buscaba el par que faltaba, un sargento me saludó con la mano desde la distancia, donde custodiaba el zapato desaparecido.
Habían pasado ya un par de horas desde que descubrieron el cuerpo. Le eché un rápido vistazo. Contuve la respiración y me incliné hacia la tierra para verle la cara, pero lo único que vi fue uno de sus ojos abiertos.
—¿Dónde está Shukman?
—No ha llegado aún, inspector...
—Que alguien lo llame, díganle que se dé prisa.
Le di unos toquecitos a mi reloj. Yo estaba a cargo de lo que llamamos la mise-en-crime. Nadie iba a moverla hasta que Shukman, el patólogo, llegara, pero había más cosas que hacer. Comprobé la visibilidad del lugar. Nos hallábamos en una zona apartada y estábamos ocultos por los contenedores de basura, pero podía sentir ojos que se posaban sobre nosotros como insectos desde todos los rincones de la urbanización. Nos agrupamos.
Había un colchón mojado puesto de canto entre dos de los cubos de basura, junto a una multitud de piezas de hierro oxidado esparcidas por el suelo entreveradas con cadenas inservibles.
—Eso estaba encima de ella. —La agente que habló era Lizbyet Corwi, una chica joven y lista con la que ya había trabajado en un par de ocasiones—. No es que estuviera lo que se dice bien escondida, pero supongo que más o menos parecía un montón de basura. —Reparé en que había un rectángulo de tierra más oscuro alrededor del cadáver: los restos del rocío cobijados por el colchón. Naustin estaba acuclillado junto a él, con la mirada fija en esa tierra.
—Los chicos que la encontraron avisaron a la policía —dijo Corwi.
—¿Cómo la encontraron?
La agente apuntó a la tierra, señalando unas pequeñas raspaduras de animal.
—Evitaron que la magullaran. Luego salieron zumbando al darse cuenta de lo que era, y nos llamaron. Los nuestros, cuando llegaron... —Ella dirigió una mirada a dos policías que yo no conocía.
—¿Movieron el cuerpo?
Corwi asintió.
—Para ver si seguía viva, han dicho.
—¿Cómo se llaman?
—Shushkil y Briamiv.
—¿Y estos son los que la encontraron? —Señalé con la cabeza a los chicos que estaban bajo vigilancia. Había dos chicas y dos chicos. Adolescentes, decaídos, con la mirada baja.
—Sí. Mascadores.
—¿Un estimulante mañanero?
—Eso es dedicación, ¿eh? —dijo ella—. A lo mejor quieren presentarse al yonqui del mes o a cualquier otra mierda. Llegaron aquí antes de las siete. Parece que la pista de patinaje está organizada de esa forma. La construyeron hace solo un par de años, antes no había nada, pero la gente de aquí ya ha organizado sus turnos. Desde medianoche hasta las nueve de la mañana, solo los mascadores; de las nueve a las once, la pandilla local planea sus cosas del día; de las once a medianoche, los de los patines y monopatines.
—¿Llevaban algo encima?
—Uno de los chavales llevaba un pincho, pero muy pequeño. No podría ni amenazar a una rata con eso. Y una mascadura cada uno. Nada más. —Se encogió de hombros—. La droga no la llevaban encima, la encontramos junto al muro, pero... —volvió a encogerse de hombros— no había nadie más por aquí.
Ella fue hacia uno de los nuestros y abrió la bolsa que este llevaba. Paquetitos de hierba densa y resinosa. En la calle lo llaman feld: una potente mezcla de Catha edulis con tabaco, cafeína y otras cosas más fuertes, e hilos de fibra de vidrio o algo similar para raspar la resina y que pase a la sangre. El nombre es un juego de palabras trilingüe: se llama khat en el lugar donde crece, y gato en inglés, cat, es feld en nuestro idioma. Lo olí un poco y era de muy mala calidad. Me acerqué hasta el lugar donde los cuatro adolescentes temblequeaban bajo sus abrigos de plumas.
—Qué hay, policía —dijo uno de los chicos con una entonación similar al hip-hop en inglés con acento besź.
Alzó la mirada y se encontró con la mía; estaba pálido. Ni él ni ninguno de sus compañeros tenían buen aspecto. Desde donde estaban sentados no hubieran podido ver a la mujer muerta, pero ni siquiera miraban en esa dirección.
Estaba claro que sabían que encontraríamos el feld, y que contaríamos con que era suyo. No había nada que pudieran haber dicho al respecto, no les habría quedado otra que escapar.
—Soy el inspector Borlú —dije—. De la Brigada de Crímenes Violentos.
No dije: «Soy Tyador». Una edad difícil para interrogar: demasiado mayores para los nombres de pila, eufemismos y juegos, pero no lo bastante como para oponerse claramente a los interrogatorios, al menos no cuando las reglas estaban claras.
—¿Cómo te llamas?
El chico dudó, se planteó usar el nombre de guerra que se hubiera puesto, pero no lo hizo.
—Vilyem Barichi.
—¿La encontraste tú? —El chico asintió, y sus amigos asintieron tras él—. Cuéntamelo.
—Vinimos aquí por... por... y... —Vilyem esperó, pero yo no dije nada de las drogas. Bajó la mirada—. Y vimos algo debajo del colchón y lo levantamos. Había...
Sus amigos levantaron la mirada al ver que Vilyem vacilaba, con claras muestras de superstición.
—¿Lobos? —pregunté. Se miraron todos.
—Sí, tío, había una manada apestosa metiendo las narices por aquí y... Y pensamos que...
—¿Cuánto lleváis aquí? —les pregunté.
El chico se encogió de hombros.
—No sé. ¿Un par de horas?
—¿Vino alguien más por aquí?
—Vi a unos tíos por ahí hace un rato.
—¿Camellos?
Se encogió de hombros otra vez.
—Y una furgo se metió en el césped y pasó por aquí; se marchó enseguida. No hablamos con nadie.
—¿Cuánto hace de lo de la furgoneta?
—No sé.
—Todavía estaba oscuro —dijo una de las chicas.
—Está bien. Vilyem, chavales, os vamos a dar algo de desayunar, algo de beber, si queréis. —Me acerqué a los policías que los vigilaban—. ¿Hemos hablado con sus padres?
—Están de camino, jefe, excepto los suyos —señaló a una de las chicas—, no logramos dar con ellos.
—Pues seguid intentándolo. Ahora lleváoslos a la comisaría.
Los cuatro adolescentes se intercambiaron miradas.
—Tío, vaya mierda —dijo el chico que no era Vilyem, sin demasiada convicción. Sabía que según cierta «política» debía oponerse a mis órdenes, pero en realidad quería ir con mi subalterno. Té negro, pan y papeleo; el aburrimiento y los tubos fluorescentes: nada como tener que retirar el aparatoso colchón empapado de humedad que esperaba en el patio, en la oscuridad.
Stepen Shukman y su ayudante Hamd Hamzinic llegaron al lugar de los hechos. Miré mi reloj. Shukman me ignoró. Resolló al agacharse hacia el cuerpo. Certificó la muerte. Hizo algunos comentarios que Hamzinic anotó.
—¿Hora? —le pregunté.
—Alrededor de las doce —respondió Shukman. Hundió los dedos en uno de los miembros de la mujer. El cuerpo osciló. Por la rigidez y lo inestable de su posición, era probable que hubiera adoptado la postura de su muerte en otro lugar—. No la mataron aquí.
Había oído decir muchas veces que era bueno en su trabajo, pero yo no había visto ninguna prueba de que fuera algo más que competente.
—¿Has terminado? —le preguntó a una de las fotógrafas forenses. Ella sacó dos fotos más desde diferentes ángulos y asintió. Shukman hizo rodar a la mujer con la ayuda de Hamzinic. Pareció que el cuerpo le opuso resistencia con su agarrotada inmovilidad. Girada resultaba grotesca, como alguien imitando a un insecto muerto, los miembros encorvados, balanceándose sobre la columna.
Nos miró por debajo del flequillo ondeante. Tenía la cara contraída en un rictus de perpleja tensión: estaba continuamente sorprendida de sí misma. Era joven. Iba muy maquillada y se le había corrido todo por el terriblemente magullado rostro. Era imposible saber qué aspecto había tenido en realidad, qué cara verían aquellos que la conocían cuando escucharan su nombre. Quizá lo sabríamos más tarde, cuando llegara la relajación de la muerte. Tenía marcas de sangre en la frente, oscuras como la mugre. Dos fogonazos más de las cámaras.
—Bueno, pues ahí tenemos la causa de la muerte —le dijo Shukman a las heridas que la mujer tenía en el pecho.
En la mejilla izquierda, extendiéndose en una curva hasta debajo de la barbilla, tenía una escisión larga y roja. Le habían hecho un corte que se prolongaba a lo largo de la mitad de su cara.
La herida era lisa durante varios centímetros y recorría la carne con la precisión del trazo de un pincel. Cuando alcanzaba la zona por debajo de la barbilla, debajo de la prominencia de la boca, cobraba un horrible aspecto dentado y terminaba o empezaba con un profundo desgarro en forma de agujero en el tejido blando detrás del hueso. El cadáver me miraba sin verme.
—Toma también algunas sin flash —dije.
Al igual que otros, aparté la mirada mientras Shukman murmuraba algo; resultaba impúdico mirar. Los uniformados policías científicos de la mise-en-crime, los mectecs en nuestra jerga, inspeccionaban la zona en espiral. Examinaban la basura y rebuscaban entre los surcos que habían dejado los coches. Colocaban marcadores de referencia y tomaban fotografías.
—Pues ya está. —Shukman se levantó—. Podemos llevárnosla.
Un par de hombres la levantaron y la pusieron en una camilla.
—Por Dios —dije—, cúbranla.
Alguien encontró una manta, a saber dónde, y se encaminaron de nuevo al vehículo de Shukman.
—Me pasaré esta tarde —dijo—. ¿Te veré allí?
Meneé la cabeza sin comprometerme. Fui hacia Corwi.
—Naustin.
Lo llamé cuando estaba situado de tal forma que Corwi pudiera escuchar nuestra conversación. Ella levantó rápidamente la mirada y se acercó un poco.
—Inspector —dijo Naustin.
—A ver ese análisis.
Naustin le dio un sorbo al café y me miró nervioso.
—¿Prostituta? —aventuró—. Primera impresión, inspector. ¿En esta zona, apaleada y desnuda? Y... —Se señaló la cara para referir al exagerado maquillaje—. Prostituta.
—¿Pelea con un cliente?
—Sí, pero... Si solo fueran las heridas del cuerpo, bueno, sabría que... lo que tenemos es... A lo mejor ella se niega a hacer lo que él quiere, lo que sea. Él le da una paliza. Pero esto... —Volvió a tocarse la mejilla con desasosiego—. Esto es diferente.
—¿Un psicópata?
Hizo un ademán dubitativo.
—A lo mejor. La raja, la mata, la tira. Un chulito cabrón, también: no le importa una mierda que vayamos a encontrarla.
—Un chulito o un estúpido.
—O un chulito y un estúpido.
—Pues un chulito, un estúpido y un sádico.
Él levantó la mirada. A lo mejor.
—Vale —dije—. Puede ser. Haz las rondas de las chicas de por aquí. Pregúntale a algún agente que conozca la zona. Pregúntale si han tenido algún problema con alguien últimamente. Que haga circular una foto de ella, démosle un nombre a Fulana de Tal. —Usé el nombre genérico para «mujer desconocida»—. Lo primero que quiero que hagas es que interrogues a Barichi y a sus colegas, esos de ahí. Sé amable, Bardo, ni siquiera tenían la obligación de informar de esto. Lo digo en serio. Y dile a Yaszek que vaya contigo. —Ramira Yaszek era muy buena con los interrogatorios—. ¿Me llamas esta tarde? —En cuanto estuvo lo bastante lejos como para que no pudiera oírnos le dije a Corwi—: Hace unos años no teníamos ni la mitad de gente trabajando en el asesinato de una mujer de la calle.
—Hemos avanzado mucho —respondió ella.
No tenía muchos más años que la chica muerta.
—No creo que a Naustin le haga mucha gracia estar de turno con las prostitutas callejeras, pero ya ves que no se queja —dije.
—Hemos avanzado mucho —insistió ella.
—¿Y? —Levanté una ceja. Eché un vistazo hacia donde estaba Naustin. Esperé. Me acordé de la participación de Corwi en el caso de la desaparición de Shulban, un caso mucho más complejo de lo que había parecido en un principio.
—Bueno, es solo que, ya sabes, que deberíamos considerar otras posibilidades —dijo.
—A ver.
—El maquillaje —empezó a hablar—. Todo en tierras y marrones, ya me entiendes. Recargado, sí, pero no es... —Puso morritos de vampiresa—. ¿Y te has fijado en su pelo? —Me había fijado—. No está teñido. Date un paseo conmigo por GunterStrász, por toda la zona, por cualquiera de los sitios donde paran las chicas. Te apuesto a que dos tercios de ellas son rubias. Y el resto morenas o pelirrojas o yo qué sé. Y... —Hizo un tirabuzón en el aire con el dedo como si tuviera un mechón de pelo—. Está sucio, pero tiene mejor pinta que el mío. —Se pasó la mano por las puntas abiertas.
Para muchas de las prostitutas de Besźel, sobre todo en zonas como esta, lo primero era comprar ropa y comida para sus hijos; después se compraban feld o crack para ellas; luego venía su comida; y por último entraban los extras, entre los cuales el suavizante estaba al final de la lista. Le eché un vistazo al resto de los oficiales, a Naustin preparándose para irse.
—Vale —dije—. ¿Conoces esta zona?
—Bueno —empezó a decir ella—, está un poco apartada, ¿no? Realmente ya casi ni es Besźel. Yo estoy destinada en Lestov. Nos hicieron venir a unos cuantos cuando los chavales llamaron. Pero estuve destinada aquí hace un par de años, me la conozco un poco.
Lestov ya era parte del extrarradio, a unos seis kilómetros del centro de la ciudad, y nosotros estábamos más al sur, al otro lado del puente Yovic, en un trozo de tierra entre Bulkya Sound y, casi, la desembocadura del río con el mar. Técnicamente era una isla, aunque tan próxima y tan unida a la tierra por fábricas en ruinas que uno nunca pensaría que lo era; Kordvenna estaba compuesta por urbanizaciones, almacenes, tiendas de comestibles de alquiler barato conectadas entre sí por garabatos de grafitis infinitos. Estaba lo bastante lejos del corazón de Besźel como para que fuera fácil olvidarse de él, al contrario de lo que sucedía con otros barrios marginales situados más hacia el interior.
—¿Cuánto tiempo estuviste aquí? —pregunté.
—Seis meses, lo normal. Lo de siempre: robos callejeros, chicos colocados dándose de leches, drogas, prostitución.
—¿Asesinato?
—Dos o tres mientras estuve aquí. Por líos de droga. Pero en la mayor parte de los casos no llegan a eso: las bandas saben muy bien cómo castigarse sin hacer que venga la BCV.
—Entonces alguien la ha cagado.
—Sí. O le da igual.
—Ya —dije—. Te quiero en esto. ¿Con qué estás ahora?
—Nada que no pueda esperar.
—Quiero que te traslades durante un tiempo. ¿Sigues teniendo contactos por aquí? —Ella frunció los labios—. Intenta localizarlos si puedes; si no, habla con alguno de los chicos de por aquí, a ver quiénes han cantado. Te quiero sobre el terreno. Estate atenta, da vueltas por la urbanización... ¿Cómo has dicho que se llamaba este sitio?
—Pueblo Pocost. —Ella se rio sin ganas, yo levanté una ceja.
—Hace falta un pueblo [1] —dije—. Mira a ver qué puedes averiguar.
—A mi commissar no le va a gustar.
—Ya me las arreglaré con él. Es Bashazin, ¿verdad?
—¿Lo respaldarás? ¿Esto quiere decir que tengo un nuevo destino?
—Por ahora es mejor que no le pongamos nombre. De momento solo te estoy pidiendo que te centres en esto. Y que me informes directamente a mí. —Le di los números de mi oficina y de mi móvil—. Ya me enseñarás luego los placeres de Kordvenna. Y... —Le dirigí una mirada fugaz a Naustin, y ella me vio hacerlo—. Solo mantente alerta.
—Puede que él tenga razón. Puede que se trate de un putero chulo y sádico, jefe.
—Puede. Averigüemos por qué la chica tiene el pelo tan limpio.
Había una tabla clasificatoria del instinto. Todos sabíamos que cuando estaba en las calles, el commissar Kerevan había perdido varios casos por seguir indicios que no tenían ninguna lógica; y que el inspector jefe Marcoberg no había sufrido tales fracasos y que su historial decente era, en cambio, fruto del trabajo duro y constante. Jamás diríamos que esas pequeñas e inexplicables ideas son una «corazonada» por no tentar a la mala suerte. Pero ocurrían, y sabías que habías estado cerca de una que se manifestaba cuando veías a un o una detective besarse un dedo y tocarse el pecho donde, en teoría, llevaba un colgante de Warsha, patrón de las inspiraciones inexplicables.
Los agentes Shushkil y Briamiv se mostraron primero sorprendidos, después a la defensiva y, por último, malhumorados cuando les pregunté qué hacían moviendo el colchón. Les abrí un expediente. Si se hubieran disculpado lo habría dejado correr. Era tristemente habitual encontrar huellas de botas de la policía sobre restos de sangre, huellas dactilares corridas y echadas a perder, muestras alteradas o perdidas.
Un pequeño grupo de periodistas se reunía al borde del solar. Petrus No-sé-qué, Valdir Mohli, un tipo joven llamado Rackhaus y algunos otros.
—¡Inspector! ¡Inspector Borlú! —E incluso—: ¡Tyador!
La mayor parte de la prensa se había mostrado siempre educada y dispuesta a seguir mis recomendaciones sobre lo que sería mejor no publicar. Pero en los últimos años habían aparecido unos periódicos nuevos, más procaces y agresivos, auspiciados, y en algunos casos controlados, por propietarios británicos o estadounidenses. Había sido inevitable y lo cierto era que nuestros periódicos locales de renombre eran sobrios tirando a aburridos. Lo que resultaba inquietante no era tanto que tendieran al sensacionalismo, ni siquiera el irritante comportamiento de los jóvenes que escribían para los nuevos periódicos, sino su tendencia a seguir a rajatabla un guion escrito antes incluso de que nacieran. Rackhaus, que escribía para un semanal llamado Rejal!, por ejemplo. No cabe duda de que cuando me incordiaba pidiéndome datos que sabía que no le podía proporcionar, cuando intentaba sobornar a oficiales más jóvenes, a veces con éxito, no le hacía falta decir, como solía hacer: «¡El público tiene derecho a saberlo!».
Ni siquiera le entendí la primera vez que lo dijo. En besź la palabra «derecho» es lo bastante polisémica como para que escape al sentido perentorio que él quería darle. Tuve que traducirla mentalmente al inglés, lengua que hablo con aceptable fluidez, para darle sentido a la frase. Esa fidelidad suya hacia el cliché iba más allá de la simple necesidad de comunicarse. Quizá no se quedase satisfecho hasta que yo no gruñera y le llamase buitre o morboso.
—Ya sabéis lo que voy a decir —les dije. La cinta protectora nos separaba—. Habrá una rueda de prensa esta tarde, en la sede de la BCV.
—¿A qué hora?
Me sacaron una fotografía.
—Ya te avisarán, Petrus.
Rackhaus dijo algo a lo que yo hice caso omiso. Cuando me di la vuelta, mi vista llegó más allá de los límites de la urbanización, donde terminaba GunterStrász, entre los mugrientos edificios de ladrillo. La basura se movía con el viento. Hubiera podido encontrarme en cualquier parte. Una anciana se alejaba despacio de mí con paso oscilante y arrastrado. Giró la cabeza y me miró. Me sorprendió su movimiento, mi mirada se encontró con la suya. Me pregunté si quería decirme algo. Al verla advertí la ropa que llevaba, su manera de caminar, su postura, su forma de mirar.
Me di cuenta de golpe de que no estaba en GunterStrász en absoluto y de que no debería haberla visto.
Inmediatamente, nervioso, aparté la mirada y ella hizo lo mismo igual de presurosa. Levanté la cabeza hacia un avión en su descenso final. Cuando volví a mirar atrás después de algunos segundos, desadvirtiendo el penoso alejarse de la mujer, tuve cuidado de fijarme, en vez de en ella, en la calle extranjera, en las fachadas de la cercana y vecina GunterStrász, esa zona deprimida.
Le pedí a un policía que me dejara al norte de Lestov, cerca del puente. No conocía bien la zona. Ya había estado en la isla, naturalmente, había ido de excursión a las ruinas cuando estaba en el colegio y volví alguna que otra vez desde entonces, pero las rutas de mis callejeos eran otras. Las señales que indicaban el camino hacia destinos locales estaban atornilladas en la parte exterior de pastelerías y pequeños talleres, y los seguí hasta una parada de tranvía que había en una bonita plaza. Esperé en un lugar situado entre una residencia de ancianos con el logo de un reloj de arena y una tienda de especias que desprendía aroma a canela.
Cuando llegó el tranvía, con el metálico tintinear de sus campanillas, traqueteando sobre los rieles, no me senté, a pesar de que el vagón estaba medio vacío. Sabía que se subirían más pasajeros mientras nos dirigíamos al norte hacia el centro de Besźel. Me quedé cerca de la ventana y contemplé la ciudad, las calles desconocidas.
La mujer, aparatosamente acurrucada debajo del viejo colchón, olisqueada por carroñeros. Llamé a Naustin por el móvil.
—¿Están analizando el colchón en busca de indicios?
—Deberían, señor.
—Compruébalo. Si los especialistas están con ello la cosa va bien, pero Briamiv y su colega no saben ni hacer la o con un canuto.
A lo mejor la chica era nueva en eso. A lo mejor si la hubiéramos encontrado una semana más tarde habría tenido el pelo de un rubio brillante.
Estas zonas cerca del río son intrincadas, muchos edificios tienen un siglo o más. El tranvía continuó su trayecto por callejuelas donde Besźel, o al menos la mitad de los sitios por los que pasó, parecía inclinarse amenazadoramente sobre nosotros. El bamboleante convoy ralentizó la marcha detrás de coches a uno y otro lado, y llegó a una intersección donde los edificios de Besźel resultaron ser tiendas de antigüedades. Ese tipo de negocio había prosperado mucho, igual que durante algunos años había mejorado todo en la ciudad, gracias a haberle sacado brillo a los objetos recibidos en herencia, pues la gente vaciaba sus pisos de reliquias a cambio de un puñado de marcos besźelíes.
Algunos editorialistas transmitían optimismo. Mientras sus líderes se ladraban unos a otros en el ayuntamiento con más inclemencia que nunca, la mayor parte de las nuevas generaciones de todos los partidos estaba trabajando codo con codo para que los intereses de Besźel fueran lo primero. Cada gota de inversión extranjera (y, para sorpresa de todos, había gotas) era merecedora de grandes encomios. Incluso dos empresas de alta tecnología acababan de instalarse aquí, por increíble que pareciese, como respuesta a la fatua descripción que Besźel había hecho recientemente de sí misma como el «Estuario del silicio».
Me bajé en la parada de la estatua del rey Val. El centro estaba muy animado, tuve que detenerme y retomar el paso con frecuencia, disculpándome con ciudadanos y turistas, desviendo a los demás con cuidado, hasta que llegué al bloque de cemento donde estaba la sede del BCV. Grupos de turistas iban detrás de los guías de Besźel. Yo me quedé en los escalones y bajé la mirada hacia UropaStrász. Necesité varios intentos para conseguir cobertura.
—¿Corwi?
—¿Jefe?
—Tú conoces esa zona: ¿hay alguna posibilidad de que se trate de una brecha?
Hubo unos segundos de silencio.
—No parece probable. Esa zona es casi íntegra. Y Pueblo Pocost, todo ese proyecto, claramente lo es.
—Pero parte de GunterStrász...
—Sí, ya. Pero el entramado más cercano está a cientos de metros de ahí. No podrían haber... —El asesino o los asesinos se habrían expuesto a un considerable riesgo—. Me parece que podemos suponer... —añadió.
—Está bien. Hazme saber cómo lo llevas. Pronto me pondré en contacto contigo.
Tenía papeleo de otros casos que me dediqué a abrir y a colocar en un compás de espera, como un avión que vuela en círculos antes de aterrizar. Una mujer muerta a causa de una paliza de su novio, quien por ahora había conseguido esquivarnos a pesar de que los indicios nos llevaran a encontrar su nombre y sus huellas en el aeropuerto. Styelim era un anciano que había sorprendido a un drogadicto entrando en su apartamento y quien le había asestado un golpe mortal con la llave inglesa que él mismo había empuñado antes. Ese caso no se cerraría. Un joven llamado Avid Avid, al que habían dejado morir con una herida sangrante en la cabeza después de que un racista le hubiera hecho besar el bordillo, con las palabras «escoria ébru» escritas en la pared encima de él. Para eso me estaba coordinando con un colega de la División Especial, Shenvoi, que ya llevaba un tiempo, antes del asesinato de Avid, infiltrado en la extrema derecha de Besźel.
Ramira Yaszek llamó mientras almorzaba en mi mesa.
—Ya he terminado de interrogar a los chicos, señor.
—¿Y?
—Debería agradecer que no conozcan mejor sus derechos, porque si lo hicieran ya habrían demandado a Naustin.
Me froté los ojos y tragué la comida que tenía en la boca.
—¿De qué?
—Sergev, el colega de Barichi, es un contestón, así que Naustin lo interrogó directamente con los puños y le dijo que era el principal sospechoso. —Maldije—. No lo golpeó muy fuerte, y al menos me lo puso más fácil para gudcopear. —Habíamos robado gudcop y badcop del inglés y los habíamos convertido en verbos.
Naustin era uno de esos que se calentaba con mucha facilidad en los interrogatorios. Ese procedimiento funciona con algunos sospechosos a los que les hace falta caerse de las escaleras durante un interrogatorio, pero un adolescente enfurruñado que masca droga no es uno de ellos.
—Bueno, no pasó nada —dijo Yaszek—. Sus historias coinciden. Estaban todos, los cuatro, entre los árboles. Haciendo cositas malas, seguramente. Estuvieron allí durante un par de horas por lo menos. En algún momento, y no preguntes nada más concreto porque no vas a conseguir nada aparte de «todavía estaba oscuro», una de las chicas ve que la furgoneta aparece sobre la hierba y avanza hacia la pista de patinaje. No le da mucha importancia porque la gente va y viene por allí a todas horas, ya sea por la mañana o por la noche, para hacer negocios, para tirar cosas, lo que sea. Da una vuelta, sube por la pista y vuelve. Después de un rato se marcha a toda velocidad.
—¿A toda velocidad?
Anoté algunas cosas rápidamente en mi libreta mientras con la otra mano intentaba abrir mi correo en el ordenador. La conexión se cayó en más de una ocasión. Los adjuntos pesaban demasiado para aquel sistema insuficiente.
—Sí. Llevaba prisa y salió a toda mecha, jodiéndose la suspensión. Eso es lo que a ella le pareció.
—¿Descripción?
—«Gris.» La chica no está muy puesta en furgonetas.
—Enséñale algunas fotografías, a ver si podemos identificar la marca.
—Ya estamos en ello. Te contaré lo que averigüemos. Más tarde aparecen dos coches más, o furgonetas, por la razón que sea; negocios, según Barichi.
—Eso podría complicar la búsqueda de las huellas de las ruedas.
—Después de una hora o así de magrearse, la chica le cuenta a los demás lo de la furgoneta y van todos a mirar, por si han tirado algo. Dice que a veces se consiguen estéreos viejos, zapatos, libros... tiran todo tipo de cosas.
—Y encuentran a la chica.
Algunos de los mensajes habían conseguido descargarse. Tenía uno de los fotógrafos forenses, lo abrí y empecé a desplazarme por las imágenes.
—La encuentran.
El commissar Gadlem me mandó llamar. Su teatral forma de hablar en voz baja y su afectada amabilidad no tenían nada de sutiles, pero siempre me dejaba trabajar a mi aire. Esperé sentado mientras él tecleaba y maldecía frente al ordenador. Me fijé en lo que debían de ser contraseñas de la base de datos escritas en trozos de papel pegados a un lado de la pantalla.
—¿Y bien? —preguntó—. ¿El barrio?
—Sí.
—¿Dónde está?
—Al sur, en el extrarradio. Una mujer joven, heridas de arma blanca. Shukman está con ella.
—¿Prostituta?
—Podría ser.
—Podría ser —repitió, pegando en la oreja una mano a la que le había dado forma de vaso—, pero no. Como si lo oyera. Bueno, adelante, sigue tu olfato. Si lo tienes a bien, comparte conmigo los porqués de ese «pero», ¿te parece? ¿A quién tienes contigo?
—A Naustin. Y también me está ayudando una poli de patrulla. Corwi. Oficial. Conoce la zona.
—¿Esa es su zona?
Asentí. Tampoco estaban lejos.
—¿Con qué más estás?
—¿Sobre mi mesa? —le pregunté. El commissar asintió. Incluso con todo lo demás, me dejó mucho margen para seguir a Fulana de Tal.
—¿Así que ya has visto todo el asunto?
Eran casi las diez de la noche, habían pasado ya más de cuarenta horas desde que encontraran a la víctima. Corwi conducía, sin molestarse en esconder el uniforme a pesar de que íbamos en un coche sin distintivos, por los alrededores de GunterStrász. La noche anterior no había llegado a casa hasta horas intempestivas y, después de pasarme la mañana caminando yo solo por esas mismas calles, me dirigía allí de nuevo.
Había lugares de entramado en las calles más amplias y unos pocos en otros lados, pero en este lugar apartado la zona era íntegra casi en su totalidad. Quedaban algunas huellas del antiguo estilo besźelí, unos pocos tejados inclinados o ventanas de muchos cristales: eran fábricas abandonadas y almacenes. Contaban con muchos siglos de antigüedad, tenían a menudo los cristales rotos y, si estuvieran abiertas, funcionarían a la mitad de su capacidad. Las fachadas estaban cubiertas de tablones. Las tiendas de comestibles tenían alambres extendidos en la parte delantera. Quedaban algunos frontispicios, ya en ruinas, con el estilo característico de la ciudad. Varias casas habían sido colonizadas para convertirlas en capillas y casas de drogas, algunas de ellas consumidas por el fuego y convertidas en versiones de carbón crudo de sí mismas.
La zona no estaba abarrotada, pero distaba mucho de estar desierta. Los que quedaban fuera parecían formar parte del paisaje, como si siempre hubieran estado ahí. Aquella mañana había habido menos gente, pero no se notaba mucho la diferencia.
—¿Viste a Shukman trabajando con el cuerpo?
—No. —Me iba fijando en los sitios que dejábamos atrás—. Llegué cuando ya había terminado.
—¿Aprensivo? —preguntó ella.
—No.
—Claro... —Corwi sonrió y giró el coche—. Dirías eso aunque lo fueras.
—Cierto —contesté, aunque no lo era.
Corwi señaló lo que parecían sitios de interés. No le dije que ya había estado a primera hora del día en Kordvenna para rastrear esos lugares. Corwi no trató de ocultar su uniforme para que así, el que nos viera, que de otra forma podría pensar que estábamos allí para tenderles una trampa, supiera que ese no era el caso; y el hecho de que no fuéramos en un «morado», como llamábamos a los coches de policía, de color negro y azul, les decía que tampoco estábamos allí para acosarlos. ¡Qué acuerdos más enrevesados!
La mayor parte de los que andaban por allí se encontraban en Besźel, así que los vimos. La pobreza le quitaba gracia a la ya de por sí sobria, de colores y cortes sosos, ropa besźelí, a la que habían bautizado como la moda que no estaba de moda en la ciudad. Había excepciones (y nos dimos cuenta de que algunas de esas excepciones estaban en otra parte, por lo que tuvimos que desverlas), pues los jóvenes besźelíes vestían de una forma más colorida, con prendas más vistosas que las de sus padres.
La mayor parte de los hombres y mujeres de Besźel (¿acaso es necesario que lo diga?) no hacía más que ir de un sitio a otro, terminaban el turno de tarde en el trabajo, iban de una a otra casa o de una tienda a otra. Aun así, la forma en la que veíamos lo que íbamos dejando atrás hacía que pareciera una geografía amenazante, en la que sucedían las suficientes acciones furtivas como para que no pensáramos que nos dejábamos llevar por la más absoluta paranoia.
—Esta mañana me encontré con la gente de aquí con la que solía hablar —dijo Corwi—. Pregunté si habían oído algo. —Conducía por una zona donde la balanza del entramado se desequilibraba y nos quedamos en silencio hasta que las farolas que nos rodeaban volvieron a ser altas y con los angulosos ornatos que nos resultaban familiares. Bajo aquellas luces (la calle en la que nos encontrábamos era visible desde una perspectiva curva que se alejaba de nosotros), las mujeres estaban apoyadas contra la pared ofreciendo sexo. Observaban nuestro acercamiento con recelo—. No tuve mucha suerte —dijo Corwi.
En su primera expedición ni siquiera había tenido una fotografía. A esa temprana hora del día todos los contactos habían sido legales: dependientes de tiendas de licorerías; los sacerdotes de las achaparradas iglesias de la zona, algunos de ellos eran los últimos de los sacerdotes obreros que quedaban, viejos valientes con la hoz y el crucifijo tatuados en los bíceps y los antebrazos y traducciones en besź de Gutiérrez, Rauschenbusch y Canaan Banana expuestos en las estanterías que tenían a sus espaldas. Sus contactos no habían sido más que aquellos que ven la vida pasar sentados en las escaleras de la puerta de sus casas. Lo único que Corwi había podido hacer era preguntar si sabían algo de lo que había ocurrido en Pueblo Pocost. Habían oído hablar del asesinato, pero no sabían nada.
Ya teníamos una fotografía. Me la había dado Shukman. La blandí en cuanto salimos del coche: la blandí en el verdadero sentido de la palabra para que así las mujeres vieran que les llevaba algo, que ese era el propósito de nuestra visita y no arrestar a nadie.
Corwi conocía a algunas de ellas. Fumaban y nos miraban. Hacía frío y, como a todos los que las veían, me maravillaban sus piernas con medias hasta el muslo. Estábamos interfiriendo claramente en su negocio: los vecinos que pasaban por allí levantaban la mirada y la apartaban después. Vi que un morado ralentizaba el tráfico al pasar a nuestro lado (debían de haber visto un arresto fácil), pero el conductor y su acompañante vieron el uniforme de Corwi y aceleraron de nuevo con un saludo oficial. Yo se lo devolví a las luces traseras.
—¿Qué queréis? —preguntó una mujer. Llevaba unas botas altas y baratas. Le enseñé la fotografía.
Le habían arreglado la cara a Fulana de Tal. Aún quedaban marcas: los arañazos eran visibles debajo del maquillaje. Podían haberlos eliminado completamente de la fotografía, pero el impacto que producían esas heridas resultaba muy útil en los interrogatorios. La habían fotografiado antes de que le raparan la cabeza. No parecía estar en paz. Parecía impaciente.
—No la conozco
—No la conozco.
No me pareció que quisieran ocultar que la habían reconocido. Se apiñaron bajo la luz grisácea de la farola (para consternación de los clientes que merodeaban en la oscuridad cercana), se pasaron la fotografía de mano en mano, algunas emitieron un murmullo de compasión, otras no, pero ninguna conocía a Fulana.
—¿Qué le ha pasado?
Le di mi tarjeta a la mujer que había preguntado. Tenía la piel oscura, era semita o de origen turco. Hablaba un besź sin acento.
—Es lo que tratamos de averiguar.
—¿Tenemos que preocuparnos?
—Creo...
—Si creemos que tienes que hacerlo te lo diremos, Sayra —interrumpió Corwi aprovechando mi pausa.
Nos acercamos a un grupo de chicos que bebían algún tipo de vino fuerte en la puerta de una sala de billar. Corwi aguantó algunas de sus obscenidades y luego les pasó la fotografía.
—¿Por qué hemos venido aquí?
La mía fue una pregunta calmada.
—Algunos de esos son aprendices de gánsteres, jefe —me contestó—. Mira cómo reaccionan.
Sobre si sabían algo de ella no dijeron nada. Nos devolvieron la fotografía y cogieron mi tarjeta con un gesto impasible.
Hicimos lo mismo con otros grupos de gente y después nos quedábamos siempre unos minutos en el coche, lo bastante lejos como para que algún miembro inquieto de uno de esos grupos pudiera buscar alguna excusa con la que ausentarse y compartir algún pedacito de información disidente que nos pusiera en el camino que llevaba hacia los pormenores y la familia de nuestra fallecida. Nadie lo hizo. Le di mi tarjeta a mucha gente y anoté en mi cuaderno los nombres y las descripciones de los pocos que Corwi me dijo que eran importantes.
—Ya hemos hablado con la mayor parte de la gente que conozco —dijo.
Algunos de esos hombres y mujeres sí que reconocieron a mi acompañante, pero no pareció que eso cambiara mucho la forma en la que la recibieron. Cuando los dos estuvimos de acuerdo en que habíamos terminado, eran ya las dos de la madrugada. La media luna lucía pálida. Después de la última intervención habíamos llegado a un punto muerto y nos hallábamos de pie en una calle despojada hasta de sus paseantes más noctámbulos.
—La mujer sigue siendo un interrogante.
Corwi estaba sorprendida.
—Haré que pongan carteles por la zona.
—¿En serio, jefe? ¿Aprobará eso el commissar?
Hablábamos en voz baja. Metí los dedos en la alambrera de una valla que rodeaba una parcela en la que solo había cemento y malas hierbas.
—Sí —dije—. Tragará. No es mucho pedir.
—Son varios policías durante algunas horas, y él no va a... no para...
—Tenemos que intentar identificarla. Joder, los pegaría yo mismo.
Lo organizaría de tal modo que enviaran los carteles a cada una de las divisiones de la ciudad. Cuando encontráramos un nombre, si la historia de Fulana era la que habíamos intuido vagamente, los pocos recursos que teníamos se desvanecerían. Estábamos apurando un margen que se reducía cada vez más.
—Tú eres el jefe, jefe.
—No del todo, pero por el momento estoy a cargo de esto.
—¿Nos vamos?
Corwi señaló el coche.
—Iré andando para coger el tranvía.
—¿En serio? Venga, vas a tardar siglos.
Pero le dije adiós con la mano. Me alejé, con el sonido de mis propios pasos y de algún exaltado perro callejero como única compañía, hacia donde el brillo grisáceo de nuestras farolas desaparecía, y me iluminó una extranjera luz anaranjada.
Shukman era mucho más callado en su laboratorio que fuera de él. Le había pedido a Yaszek por teléfono el vídeo del interrogatorio de los chicos, el día anterior, cuando Shukman se había puesto en contacto conmigo y me había dicho que fuera. Hacía frío, cómo no, y el ambiente estaba viciado por las sustancias químicas. En la inmensa habitación sin ventanas había tanto acero como madera oscurecida por las múltiples capas de barniz. En las paredes colgaban tablones de corcho y en cada uno de ellos crecía una maraña de papeles.
La suciedad parecía acechar en las esquinas de la habitación, en los bordes de los puestos de trabajo, pero pasé un dedo por una ranura de aspecto mugriento y salió limpio. Las manchas tenían ya mucho tiempo. Shukman estaba de pie junto a la cabecera de la mesa de disección, sobre la cual, cubierta con una sábana ligeramente manchada, con los contornos de la cara lisos, estaba nuestra Fulana, mirándonos fijamente mientras hablábamos de ella.
Miré a Hamzinic. Era solo un poco mayor, sospechaba, que la chica muerta. Se había quedado de pie, cerca, en señal de respeto, con las manos entrelazadas. Fuera o no por casualidad, estaba junto a un tablón de corcho en el que, entre varias postales y notas recordatorias, habían pegado un papel chillón con la shahada. Hamd Hamzinic era lo que los asesinos de Avid Avid también clasificarían como ébru. Ahora ese nombre lo usaban solo los anticuados, los racistas o los destinatarios del epíteto, que le daban un provocador cambio de sentido: uno de los mejores cantantes de hip-hop besźelí se llamaba Ébru W. A.
En puridad, la palabra resultaba irrisoriamente inexacta para al menos la mitad de las personas a las que se aplicaba. Pero, durante al menos doscientos años, desde que los refugiados de los Balcanes llegaran en busca de asilo e hicieran crecer rápidamente la población de musulmanes en la ciudad, ébru, la antigua palabra besź para «judío», había sido reclutada a la fuerza para incluir a los nuevos inmigrantes y se convirtió en un término colectivo que incluía ambas poblaciones. Fue precisamente en los antiguos guetos judíos de Besźel donde se establecieron los primeros musulmanes.
Antes incluso de que llegaran los refugiados, los más necesitados de las dos comunidades minoritarias de Besźel habían sido tradicionalmente aliados, con jocosidad o temor, según soplaran los vientos políticos del momento. Pocos ciudadanos se dan cuenta de que nuestra tradición humorística sobre la estupidez de los hijos medianos deriva de un diálogo cómico de cientos de años de antigüedad entre el gran rabino de Besźel y el imán sobre la intemperancia de la iglesia ortodoxa de Besźel. No tenían, convenían ambos, ni la sabiduría de la vieja fe de Abraham ni el vigor de la fe más reciente.
Un tipo común de establecimiento, durante gran parte de la historia de Besźel, había sido el DöplirCaffé: un café musulmán y otro judío, alquilados uno junto al otro, cada uno con su trastienda y su cocina propias, halal y kosher, pero que compartían el mismo nombre, el mismo letrero y la misma extensión de mesas, al que se le había quitado la pared que los dividía. Venían grupos mixtos, saludaban a los dos propietarios, se sentaban juntos, separados solo por fronteras comunitarias lo bastante largas para que les sirvieran la comida permitida en el lado pertinente o, en el caso de los librepensadores, de forma ostentosa de ambas cocinas a la vez. Que el DöplirCaffé fuera un establecimiento o dos dependía de a quién le preguntaras: para la recaudación del impuesto sobre bienes inmuebles siempre era uno.
El gueto de Besźel ya no era más que arquitectura, no una frontera política formal, viejas casas en ruinas con un renovado aspecto de elegancia gentrificada, apiñadas entre una radical alteridad de espacios foráneos. De todos modos, eso era solo la ciudad; no era una alegoría, y Hamd Hamzinic había tenido que lidiar con actitudes desagradables durante sus estudios. Por ello tuve en mejor consideración a Shukman: tratándose de un hombre de su edad y carácter, quizá me sorprendía que Hamzinic se sintiera libre para expresar su fe.
Shukman no destapó a Fulana. Estaba tendida entre nosotros. Habían hecho algo para que pareciera que estaba descansando.
—Te he mandado el informe por correo electrónico —dijo Shukman—. Mujer de veinticuatro o veinticinco años. Salud aceptable, aparte de estar muerta. Hora del deceso, a eso de la medianoche de anteayer, hora arriba hora abajo. Causa de la muerte: heridas punzantes en el pecho. Cuatro en total, una de las cuales le perforó el corazón. Un objeto afilado, o un tacón fino o algo así, pero no un arma. También tiene una herida muy fea en la cabeza y un montón de extrañas excoriaciones. —Levanté la vista—. Algunas debajo del pelo. La golpearon con fuerza en un lado de la cabeza. —Simuló el golpe a cámara lenta—. Le dieron un golpe en el lado izquierdo del cráneo. Diría que eso la dejó inconsciente, o al menos la derribó y la dejó aturdida; después, las heridas de las puñaladas le dieron el golpe de gracia.
—¿Con qué la golpearon? En la cabeza.
—Con algo pesado y romo. Podría ser un puño, si era grande, supongo, pero lo dudo mucho. —Destapó la esquina de la sábana con un diestro tirón que descubrió un lado de la cabeza. Tenía el color desagradable de los hematomas en los cadáveres—. Y voilà. —Me instó a ver de cerca el rapado cuero cabelludo de la chica.
Me acerqué y noté el olor a conservante. Entre los incipientes cabellos oscuros había varias marcas de pequeñas costras.
—¿Qué son?
—No lo sé —dijo—. No son profundas. Algo sobre lo que cayó, creo.
Las abrasiones tenían el tamaño de la punta de un lápiz apretada contra la piel. Cubrían una zona apenas del ancho de mi mano, rompiendo la superficie de forma irregular. En algunos lugares se alineaban durante unos milímetros de largo, más profundas en el centro que en los extremos, donde desaparecían.
—¿Indicios de relación sexual?
—Ninguno reciente. Así que, si era una de esas chicas de la calle, a lo mejor fue su negativa a hacer algo lo que la metió en este lío. —Asentí. Él esperó—. La hemos lavado —dijo al fin—, pero estaba cubierta de mugre, polvo, manchas de hierba, todo eso que te esperarías encontrar por el sitio donde la hallamos. Y óxido.
—¿Óxido?
—Por todas partes. Muchas abrasiones, cortes, raspaduras, la mayor parte post mortem, y mucho óxido.
Volví a asentir. Fruncí el ceño.
—¿Heridas defensivas?
—No. Sucedió deprisa e inesperadamente, o la atacaron por la espalda. Tiene un montón de raspaduras más y cosas por el estilo en el cuerpo. —Shukman señaló las marcas de desgarro de la piel—. Coherente con el hecho de que la arrastraran. Las secuelas del asesinato.
Hamzinic abrió la boca y enseguida la volvió a cerrar. Lo miré de reojo. Sacudió tristemente la cabeza: Nada, nada.
Pegaron los carteles. La mayor parte de ellos en torno a la zona en la que encontramos a nuestra Fulana, pero pusieron algunos también en las avenidas principales, en las calles comerciales, en Kyezov y Topisza y sitios así. Incluso vi uno cuando salí de mi apartamento.
Ni siquiera estaba muy cerca del centro. Vivía al este y un poco al sur del casco antiguo, en la penúltima planta de una pequeña torre de seis pisos en VulkovStrász. Es una calle muy entramada, conjunto tras conjunto de arquitectura interrumpidos por la alteridad, incluso en algunos lugares entre las casas. Los edificios vecinos son uno o tres pisos más altos que los otros, así que los de Besźel sobresalen de cuando en cuando y el perfil de los tejados se dibuja casi en un matacán.
Entrecruzada por las sombras que proyectaban las vigas de las torres que se alzarían imponentes de estar allí, la iglesia de la Ascensión se encuentra al final de VulkovStrász, sus ventanas protegidas por rejillas de alambre, aunque algunas de sus vidrieras estaban rotas. Allí ponen un mercado de pescado cada pocos días. Habitualmente desayunaría oyendo los gritos de los vendedores ambulantes junto a sus cubos de hielo y mostradores con moluscos vivos. Incluso las chicas jóvenes que trabajaban allí vestían como sus abuelas detrás de los tenderetes, con una fotogenia nostálgica, el pelo sujeto por pañuelos con los colores de los paños de cocina, delantales de cortar el pescado decorados con patrones grises y rojos para atenuar las manchas de la evisceración. Los hombres miraban, engañosamente o no, directamente a sus barcos, como si no hubieran descargado la pesca desde que emergieran del mar, hasta que llegaban a los adoquines que tenía debajo de mí. Los clientes en Besźel se demoraban, olían y tocaban los productos.
Por la mañana, los trenes pasaban por una línea alzada a unos metros de mi ventana. No estaban en mi ciudad. No lo hice, por supuesto, pero podría haber fijado mi vista en los vagones (estaban así de cerca) y haberme encontrado con los ojos de los foráneos pasajeros.
Solo habrían visto a un hombre delgado que acaba de entrar en la mediana edad, con el pijama y el yogur y el café de la mañana, agitando un ejemplar de algún periódico (Inkyistor o Iy Déurnem o un Besźel Journal emborronado y sucio para practicar mi inglés). Habitualmente solo, aunque de vez en cuando dos mujeres de su misma edad podrían estar allí, pero nunca a la vez. (Una, historiadora económica de la Universidad de Besźel; la otra, redactora de una revista de arte. No sabían nada la una de la otra, pero tampoco les importaba.)
Al salir, a una corta distancia de mi puerta principal, la cara de Fulana me miró desde un soporte para carteles. Aunque tenía los ojos cerrados, habían recortado y modificado la fotografía para que no pareciera muerta, sino estupefacta. «¿Conoce a esta mujer?», decía. Estaba impreso en blanco y negro, en papel mate. «Llame a la Brigada de Crímenes Violentos», y nuestro número. La presencia de ese cartel podría ser la prueba de que los policías locales eran especialmente eficientes. Puede que todos los hubieran puesto por el distrito. Puede que, como sabían por dónde vivía, quisieran mantenerme lejos de ellos colocándolos en uno o dos sitios estratégicos, sobre todo para mis ojos.
Estaba a un par de kilómetros de la sede de la BCV. Caminé. Caminé junto a los arcos de ladrillo: en la parte superior, en la parte de la cuerda, los arcos estaban en otra parte, pero no todos eran extranjeros en la base. Los que podía ver cobijaban pequeñas tiendas y casas ocupadas decoradas con grafitis. En Besźel era una zona tranquila, pero las calles estaban abarrotadas con los de otra parte. Las desví, pero escoger entre todas ellas me llevó su tiempo. Antes de que hubiera llegado al giro de Vía Camir, Yaszek me llamó al móvil.
—Hemos encontrado la furgoneta.
Cogí un taxi, que se caló y aceleró repetidas veces a través del tráfico. El puente Mahest estaba atestado en aquel lugar y en el otro. Dispuse de varios minutos para contemplar la suciedad del río mientras nos acercábamos poco a poco a la ribera oeste, el humo y los barcos atracados en el mugriento astillero bajo la luz que proyectaban los edificios reflejados en el agua de una ribera extranjera, una envidiable área de finanzas. Remolcadores de Besźel se balanceaban a causa de las olas levantadas por la estela de taxis acuáticos ignorados. La furgoneta estaba atravesada entre los edificios. No estaba dentro de un terreno, sino en un canal que dividía las instalaciones de una empresa de importación y exportación y un bloque de oficinas, un pequeño espacio lleno de basura y de mierda de lobo que unía dos calles más grandes. La cinta protectora aseguraba los dos extremos, una leve irregularidad, puesto que el callejón se hallaba en un entramado, si bien raramente usado, así que aquella cinta suponía una contravención de la norma habitual en esas circunstancias. Mis colegas estaban jugueteando alrededor del círculo.
—Jefe.
Era Yaszek.
—¿Está Corwi de camino?
—Sí, ya la he avisado.
Yaszek no hizo ningún comentario sobre que hubiera reclutado a una joven oficial. Vino andando hacia mí. La furgoneta era una Volkswagen destartalada, en muy mal estado. Era más blanco hueso que gris, pero la suciedad la hacía parecer más oscura.
—¿Habéis terminado con las huellas? —pregunté.
Los técnicos asintieron y se pusieron a trabajar a mi alrededor.
—No estaba cerrada —dijo Yaszek.
Abrí la puerta. Hurgué en la tapicería descosida. Sobre el salpicadero había una figurita: un santo de plástico bailando el hula-hula. Abrí la guantera y encontré mugre y un ajado mapa de carreteras. Extendí las páginas del mapa, pero no había nada dentro: era la clásica ayuda al conductor besźelí, aunque una edición lo suficientemente antigua como para que fuera en blanco y negro.
—¿Y cómo sabemos que es esta la que buscamos?
Yaszek me llevó a la parte trasera y la abrió. Dentro vi que había más mugre, un olor a fría aunque no vomitiva humedad, óxido y moho a partes iguales, una cuerda de nailon y una pila de basura.
—¿Qué es todo esto?
Lo toqué. Unos pedazos. Un pequeño motor de algo, bamboleante; una televisión rota; restos de piezas sin identificar y desechos en forma de hélice sobre una capa de paños y polvo. Capas de herrumbre y costras de óxido.
—¿Ve eso? —Yaszek señaló las manchas del suelo. Si no me hubiera fijado bien habría dicho que era aceite—. Un par de personas de la oficina informan de ella por teléfono, una furgoneta abandonada. Los policías ven que tiene las puertas abiertas. No sé si escuchan las peticiones por radio o es que son meticulosos a la hora de revisar hallazgos poco habituales, pero sea como sea hemos tenido suerte. —Uno de los mensajes que se habrían enviado a las patrullas besźelíes les habría pedido que investigaran e informaran sobre cualquier vehículo gris y que notificaran a la BCV. Teníamos suerte de que esos agentes no hubieran avisado solo a los del depósito municipal—. De todos modos, vieron algo de sangre en el suelo y lo han llevado a analizar. Lo estamos comprobando, pero parece que es el tipo sanguíneo de Fulana, y pronto sabremos si coincide.
Tendido en el suelo como un topo debajo de un montón de desperdicios, me agaché para mirar debajo de los restos. Los moví con cuidado, inclinando los trastos. Al sacarla, mi mano estaba roja. Miré pieza por pieza, toqué cada una para calcular su peso. El objeto que se parecía a un motor podía girarse con un tubo que formaba parte de él: la mayor parte de su base era pesada y podía romper aquello contra lo que fuera blandida. Pero no había marcas de raspaduras, ni de sangre o restos de cabellos. Como arma del crimen no me convencía.
—¿No habéis sacado nada de aquí?
—No, ninguna documentación, nada de nada. No había nada dentro. Nada salvo eso de ahí. Tendremos los resultados en uno o dos días.
—Hay un montón de mierda ahí dentro —dije. Corwi acababa de llegar. Algunos transeúntes vacilaban en cada extremo del callejón, al ver trabajar a los técnicos—. El problema no será la falta de indicios; será por exceso.
—Bueno. Hagamos suposiciones por un minuto. Esa basura de ahí dentro está toda cubierta de óxido. Ella ha estado ahí tumbada. —Tenía manchas en la cara y en el cuerpo, no concentradas en las manos, la mujer no había tratado de apartar la basura que la rodeaba ni de proteger su cabeza. En la furgoneta estaba ya inconsciente o muerta mientras recibía los golpes de los trastos.
—¿Por qué iban por ahí conduciendo con toda esta mierda? —preguntó Corwi.
Esa misma tarde tuvimos el nombre y la dirección del propietario de la furgoneta y a la mañana siguiente, la confirmación de que la sangre era de nuestra señorita de Tal.
El hombre se llamaba Mikyael Khurusch. Era el tercer propietario que había tenido la furgoneta, al menos oficialmente. Tenía antecedentes; había estado en la cárcel por dos denuncias de agresiones, por robo, la última vez hace cuatro años. Y había más.
—Mira —dijo Corwi.
Había cumplido condena por contratación de servicios sexuales porque se había acercado a una policía secreta que estaba en una zona de prostitución.
—Así que sabemos que es un putero.
Había estado desaparecido desde entonces, pero, según el informe, era un comerciante que vendía todo tipo de piezas en los muchos mercados de la ciudad, y tres veces a la semana, las de una tienda en Mashlin, en la parte oeste de Besźel.
Pudimos conectarlo con la furgoneta, y la furgoneta con Fulana: un vínculo directo es lo que estábamos buscando. Volví a mi oficina y comprobé mis mensajes. Algún trabajo inútil del caso Styelim, una actualización sobre la distribución de los carteles y dos llamadas sin contestar. Hacía ya dos años que nos habían prometido que mejorarían la centralita para que tuviéramos un identificador de llamadas.
Habían llamado, cómo no, varias personas para decir que habían reconocido a Fulana, pero hasta ahora solo unos pocos (el personal encargado de coger esas llamadas sabía cómo filtrar a los ilusos y los malintencionados, y eran sorprendentemente precisos en sus juicios) parecían dignos de investigarse. Uno decía que era una asistente jurídica en una pequeña clínica en el término municipal de Gyedar a la que hacía días que no veían, y otra voz anónima insistía en que era «una puta llamada Rosyn “La Morritos”, y no pienso decir nada más». Los policías estaban comprobándolo.
Le dije al commissar Gadlem que quería ir a hablar con Khurusch a su casa, conseguir que me diera sus huellas de forma voluntaria, y muestras de saliva; conseguir que cooperara. Ver cómo reaccionaba. Si decía que no, hacerlo con una citación judicial y mantenerlo bajo vigilancia.
—Está bien —dijo Gadlem—. Pero no perdamos el tiempo. Si no colabora ponlo en seqyestre, tráelo aquí.
Mi intención era evitarlo, aunque la ley besźelí nos garantizaba ese derecho. Seqyestre, media detención, significaba que podíamos retener a un testigo involuntario o parte involucrada durante seis horas para un interrogatorio preliminar. No podíamos tomar pruebas físicas ni, oficialmente, sacar conclusiones de la falta de cooperación o el silencio. El uso tradicional que se hacía de esto era conseguir confesiones de los sospechosos contra los cuales no había suficientes pruebas como para arrestarlos. Era, además, una táctica dilatoria útil contra los casos que considerábamos que comportaban un posible riesgo de fuga. Pero los jurados y los juristas se estaban oponiendo a esa táctica, pues un medio detenido que no confesaba solía enrocarse más aún en su posición, ya que nosotros nos mostrábamos demasiado impacientes. A Gadlem, que estaba chapado a la antigua, eso no le importaba y yo ya tenía mis órdenes.
Khurusch trabajaba en una línea de negocios semiactiva, en una zona económicamente mediocre. Llegamos en una operación apresurada. Los agentes locales que habían acudido con una tapadera improvisada habían asegurado que el sospechoso estaba allí.
Le hicimos salir de la oficina, una habitación polvorienta y calurosa encima de la tienda con calendarios industriales y manchas descoloridas en las paredes que quedaban entre los archivadores. Su ayudante lo miró todo con fija estupidez, mientras recogía y volvía a dejar cosas de su escritorio, mientras nos llevamos a Khurusch.
Sabía quién era yo antes de que Corwi o los demás policías de uniforme aparecieran en la puerta. Tenía la suficiente experiencia, o la había tenido, como para saber que, a pesar de nuestras maneras, no lo íbamos a arrestar y que, por lo tanto, podía haberse negado a acompañarnos y yo me habría visto obligado a obedecer a Gadlem. Al vernos aparecer, después de un momento (durante el cual se puso tenso y pensó si escapar o no, aunque ¿adónde?), bajó con nosotros las tambaleantes escaleras de hierro que había en el exterior del edificio, la única entrada. En un susurro, les di la orden por radio a los agentes armados para que se retiraran. No llegamos a verlos.
Khurusch era un hombre de cuerpo graso aunque musculado; llevaba una camisa de cuadros tan desvaída y desteñida como las paredes de su oficina. Me miraba desde el otro lado de la mesa en la sala de interrogatorios. Yaszek estaba sentada; Corwi de pie, con instrucciones de permanecer callada, de limitarse a mirar. Yo caminaba. No estábamos grabando. Esto no era un interrogatorio; en teoría no.
—¿Sabes por qué estás aquí, Mikyael?
—Ni idea.
—¿Sabes dónde está tu furgoneta?
Alzó una mirada severa y me la clavó. Cambió el tono de su voz, que se tornó esperanzada de repente.
—¿De eso va todo esto? —dijo al fin—. ¿De la furgoneta? —Soltó un «ja» y se reclinó un poco en su asiento. Alerta aún, pero relajándose—. ¿La habéis encontrado? ¿Es eso?
—¿Encontrado?
—Me la robaron. Hace tres días. ¿Sí? ¿La habéis encontrado? Joder. ¿Y qué...? ¿La tenéis vosotros? ¿Me la vais a devolver? ¿Qué ha ocurrido?
Miré a Yaszek. Estaba de pie, me susurró algo, se volvió a sentar y miró a Khurusch.
—Sí, de eso va todo esto, Mikyael —le dije—. ¿De qué creías que iba? La verdad es que no, no me señales a mí, Mikyael, y cierra el pico hasta que yo te diga; no quiero saberlo. Esta es la cuestión. Un hombre como tú, un repartidor, necesita una furgoneta. No has dado parte de su desaparición. —Bajé la mirada durante un segundo hacia Yaszek: ¿estamos seguros de esto? Ella asintió—. No has dado parte de que la hubieran robado. Ahora entiendo que perder esa mierda con ruedas, y recalco lo de mierda, no te haya afectado demasiado, no en el plano humano. Sin embargo, yo me pregunto: si te la robaron, no entiendo qué te impedía avisarnos, y a tu seguro, claro. ¿Cómo puedes hacer tu trabajo sin ella?
Khurusch se encogió de hombros.
—No caí en ello. Iba a hacerlo. Estaba liado...
—Ya sabemos lo liado que estás, Mik, y me sigo preguntando: ¿por qué no diste parte de su desaparición?
—No caí en ello. Joder, ni que hubiera algo sospechoso en...
—¿Durante tres días?
—¿La tenéis? ¿Qué ha ocurrido? La han usado para algo, ¿verdad? ¿Para qué la han usado?
—¿Conoces a esta mujer? ¿Dónde estuviste el martes por la noche, Mik?
Se quedó mirando la fotografía.
—Joder. —Se puso decididamente pálido—. ¿Han matado a alguien? Joder. ¿La atropellaron? ¿La atropellaron y se dieron a la fuga? Joder. —Sacó una agenda electrónica abollada y después levantó la mirada, sin haberla encendido—. ¿El martes? Estaba en una reunión. Por el amor de Dios, estaba en una reunión. —Emitió un ruido nervioso—. Esa fue la noche que me robaron la puñetera furgoneta. Estaba en una reunión y hay gente que te dirá lo mismo.
—¿Qué reunión? ¿Dónde?
—En Vyevus.
—¿Y cómo llegaste ahí sin furgoneta?
—¡En mi puto coche! Eso no me lo ha robado nadie. Estaba en Jugadores Anónimos. —Clavé mi mirada en él—. Joder, voy allí todas las semanas. Desde los últimos cuatro años.
—Desde que saliste de la cárcel.
—Sí, desde que salí de la puta cárcel. ¿Por qué pensáis que estuve allí?
—Agresión.
—Sí, me rompí esta puta nariz de jugador que tengo porque yo estaba detrás y él me amenazaba. ¿Qué importa eso? Estuve en una habitación llena de gente el martes por la noche.
—Durante, ¿qué?, un par de horas como mucho...
—Y después, a las nueve, nos fuimos al bar, es Jugadores Anónimos, no Alcohólicos Anónimos, y estuve allí hasta medianoche, y no me fui solo a casa. En mi grupo hay una mujer... Te lo contarán todos.
Con eso se equivocaba. De los dieciocho que componían el grupo de JA, once no querían ver comprometido su anonimato. El coordinador, un hombre enjuto y nervudo con el pelo largo recogido en una coleta al que llamaban Zyet, Bean, no quería darnos los nombres. Tenía derecho a no dárnoslos. Podríamos haberle obligado, pero ¿por qué íbamos a hacerlo? Los siete que accedieron a hablar confirmaron la historia de Khurusch.
Ninguno de ellos era la mujer con la que decía que se había ido a casa, pero varios afirmaron que existía. Podríamos haberlo averiguado, pero, de nuevo, ¿para qué? Los técnicos se entusiasmaron cuando encontramos el ADN de Khurusch en Fulana, pero solo eran unos pocos pelos del brazo en su piel: teniendo en cuenta la frecuencia con la que transportaba cosas en el vehículo, eso no probaba nada.
—Y bien, ¿por qué no le dijiste a nadie que estaba desaparecida?
—Lo hizo —precisó Yaszek—. Solo que no a nosotros. Pero he hablado con la secretaria, Ljela Kitsov. Se ha pasado dos días cabreado y quejándose de eso.
—¿No tuvo tiempo de decírnoslo? Y ¿qué hace sin ella?
—Kitsov dice que solo lleva cosas sin importancia a un lado y otro del río. Alguna importación ocasional, a muy pequeña escala. Se planta en el extranjero y recoge cosas para revenderlas: ropa barata, algunos CD dudosos.
—¿Dónde en el extranjero?
—Varna, Bucarest. A veces Turquía. Ul Qoma, claro.
—¿Así que es demasiado indeciso como para no denunciar el robo?
—A veces pasa, jefe.
Por supuesto, y para su frustración (a pesar de que no hubiera informado del robo, de repente se sentía ansioso por recuperarla), no le íbamos a devolver la furgoneta. Pero sí lo llevamos al depósito para confirmar que se trataba de la suya.
—Sí, es la mía. —Esperé a que se lamentara de lo mal que la habían tratado, pero quedó claro que aquel era su color original—. ¿Por qué no pueden devolvérmela? La necesito.
—Como no dejo de repetir, esto es la escena de un crimen. La tendrás cuando yo haya acabado. ¿Para qué es todo esto?
Khurusch refunfuñaba y rezongaba, pero miró en la parte trasera del vehículo. Le contuve para que no tocara nada.
—¿Esta mierda? No tengo ni puta idea.
—Me refiero a esto.
La cuerda rasgada, las piezas de chatarra.
—Ya. No sé lo que es. Yo no lo puse ahí. No me mires así, ¿por qué iba yo a cargar esa basura?
Una vez que estuvimos en mi oficina le dije a Corwi:
—Haz el favor de interrumpirme si tienes alguna idea, Lizbyet. Porque veo a una chica que puede o no ser una prostituta, a la que nadie conoce, tirada a plena vista, en una furgoneta robada en la que habían cargado cuidadosamente un montón de chatarra, sin ningún motivo. Y nada de eso es el arma del crimen, ya lo sabes, eso está bastante claro.
Toqué con un dedo el informe encima de mi mesa que lo confirmaba.
—Hay mucha basura por ese barrio —dijo—. Hay basura por todo Besźel; podría haberla recogido en cualquier parte. Él... Ellos, a lo mejor.
—Recogido, ocultado, tirado, y la furgoneta también.
Corwi se sentó muy rígida, esperando a que dijera algo. Lo único que había hecho la chatarra era rodar encima de la muerta y cubrirla de óxido como si también ella fuera hierro viejo.