Sobrecargué el propulsor y mi nave espacial salió disparada atravesando un caótico revoltijo de disparos de destructor y explosiones. Por encima de mí se extendía la impresionante amplitud del espacio. Comparados con aquella negrura infinita, tanto los planetas como las naves estelares resultaban insignificantes. Nimios.
Exceptuando, por supuesto, que aquellas insignificantes naves estelares estaban esforzándose al máximo en matarme.
Esquivé mientras volteaba mi nave y desactivé los propulsores a medio giro. En el instante en que hube dado la vuelta completa, accioné de nuevo los propulsores y me impulsé en sentido contrario, tratando de librarme de las tres naves que me perseguían.
Combatir en el espacio es muy diferente a hacerlo en la atmósfera. Para empezar, las alas no sirven de nada. Al no haber aire, tampoco hay flujo ni rozamiento. En el espacio, en realidad no se vuela. Lo que se hace es no caer.
Ejecuté otro giro con impulso para regresar hacia el grueso del combate. Por desgracia, unas maniobras que habían resultado impresionantes abajo, en la atmósfera, eran normales y corrientes allí arriba. Luchar en el vacío durante los últimos seis meses me había proporcionado todo un nuevo juego completo de habilidades que dominar.
—Spensa —dijo una voz animada desde mi consola—, ¿recuerdas que me pediste que te avisara si estabas pasándote de irracional?
—No —respondí con un gruñido mientras esquivaba hacia la derecha. Los disparos de destructor procedentes de mi cola pasaron por encima de la cubierta de mi cabina—. No creo que haya hecho nada parecido.
—Dijiste: «¿Podemos hablar de esto más tarde?».
Esquivé otra vez. Tirda. ¿Aquellos drones peleaban mejor que antes o era que yo estaba perdiendo mi toque?
—Técnicamente, ya era «más tarde» en el instante en que dejaste de hablar —prosiguió la voz parlanchina, que era la inteligencia artificial de mi nave, M-Bot—. Pero los seres humanos no utilizáis esas palabras con el significado de: «En cualquier momento cronológicamente posterior a este». Las usáis para decir: «En algún momento futuro que sea más conveniente para mí».
Los drones krells se arremolinaron a nuestro alrededor, intentando cortarme la vía de escape hacia el campo de batalla principal.
—¿Y te parece que precisamente este es un momento más conveniente? —pregunté en tono imperioso.
—¿Por qué no iba a serlo?
—¡Porque estamos en pleno combate!
—Pues yo diría que una situación de vida o muerte es justo cuando te interesa saber si estás pasándote de irracional.
Aún recordaba, con cierto cariño, la época en la que mis naves estelares no me rechistaban. Eso fue antes de que ayudara a reparar a M-Bot, cuya personalidad era un remanente de una tecnología antigua que aún no comprendíamos. Me preguntaba muy a menudo si todas las inteligencias artificiales avanzadas habían sido tan insolentes o si la mía era un caso especial.
—Spensa —dijo M-Bot—, se supone que tenías que llevar esos drones hacia los demás, ¿recuerdas?
Habían transcurrido seis meses desde que habíamos frustrado a los krells en su intento de aniquilarnos mediante un bombardeo. Aparte de nuestra victoria, habíamos descubierto algunos hechos importantes. El enemigo al que llamábamos «los krells» era en realidad un grupo de alienígenas encargados de mantener a mi pueblo retenido en nuestro planeta, Detritus, que era una especie de mezcla entre una cárcel y una reserva natural para la civilización humana. Los krells rendían cuentas ante un gobierno galáctico llamado la Supremacía.
Para combatirnos empleaban drones controlados en remoto, pilotados por alienígenas que vivían muy lejos y manejaban sus drones mediante comunicaciones superlumínicas. Los drones nunca estaban dirigidos por inteligencias artificiales, ya que contravenía la ley galáctica permitir que una nave se pilotara a sí misma. Incluso M-Bot tenía serias limitaciones en lo que podía hacer por sí mismo. Pero más que eso, había otra cosa a la que la Supremacía tenía un miedo atroz: las personas con la capacidad de ver en el espacio dónde se producían las comunicaciones superlumínicas. Las personas llamadas citónicas.
Las personas como yo.
Ellos sabían lo que yo era y me odiaban. Los drones tendían a marcarme a mí en concreto como su objetivo... y eso podíamos aprovecharlo. Eso deberíamos aprovecharlo. En la reunión previa a la batalla de ese día, había convencido a los otros pilotos de aceptar a regañadientes un plan atrevido. Yo me saldría un poco de la formación, tentaría a los drones enemigos para que intentaran abrumarme y entonces los llevaría de vuelta hacia el resto del equipo. Entonces, mis amigos podrían eliminar a los drones mientras estos seguían concentrados en mí.
Era un plan razonable. Y yo pretendía cumplirlo... tarde o temprano.
Pero en ese momento quería comprobar una cosa.
Accioné la sobrecarga y aceleré para alejarme de las naves enemigas. M-Bot era más rápido y maniobrable que ellas, aunque buena parte de su ventaja se había basado en su capacidad de maniobrar a gran velocidad por el aire sin partirse en pedazos. Allí fuera, en el vacío, aquello no era un factor, y a los drones enemigos se les daba mejor seguirle el ritmo.
Se lanzaron como un enjambre a por mí mientras yo descendía en picado hacia Detritus. Mi mundo natal estaba protegido por capas y más capas de antiguas plataformas metálicas, como cascarones, erizadas de puestos de artillería. Después de nuestra victoria de seis meses antes, habíamos hecho retirarse a los krells más lejos del planeta, al otro lado de los caparazones. Nuestra actual estrategia a largo plazo consistía en enfrentarnos al enemigo fuera, en el espacio, e impedir que se acercara al planeta.
Mantenerlos allí fuera había permitido a nuestros ingenieros, incluido mi amigo Rodge, empezar a obtener el control de las plataformas y sus baterías de armamento. Con el tiempo, aquel caparazón de puestos de artillería debería proteger nuestro planeta de las incursiones. Pero de momento, la mayoría de esas plataformas defensivas seguían siendo autónomas, y podían suponer un peligro tan grande para nosotros como para el enemigo.
Las naves krells se aproximaron a mi cola, ansiosas por mantenerme lejos del campo de batalla, donde mis amigos se enfrentaban al resto de los drones en una trifulca masiva. Esa táctica de aislarme se basaba en una suposición fatal: que si estaba sola, sería menos peligrosa.
—No vamos a dar media vuelta y seguir el plan, ¿verdad? —preguntó M-Bot—. Vas a intentar luchar contra ellos tú sola.
No respondí.
—Jorgen se va a mosquear un montón —dijo M-Bot—. Por cierto, estos drones intentan darte caza a lo largo de un rumbo concreto, que estoy resaltando en tu monitor. Mi análisis proyecta que han planeado una emboscada.
—Gracias —respondí.
—Solo intento evitar que acabes haciéndome explotar —aclaró M-Bot—. Y por cierto, si al final provocas nuestra muerte, quedas avisada de que me propongo aparecerme y acosarte.
—¿Aparecerte? —dije yo—. ¡Pero si eres un robot! Y además, yo estaría muerta también, ¿no?
—Mi fantasma robótico acosaría a tu fantasma cárnico.
—¿Cómo podría ser eso?
—Spensa, los fantasmas no existen —dijo él con tono irritado—. ¿Por qué te preocupan esas cosas en vez de volar? De verdad, ¡con qué facilidad os distraéis los humanos!
Localicé la emboscada, un grupito de drones krells ocultos tras un pedazo enorme de metal que flotaba justo fuera del alcance de los puestos de artillería. Al acercarme, los drones escondidos asomaron y se abalanzaron hacia mí. Pero estaba preparada. Dejé que se me relajaran los brazos y permití que mi subconsciente asumiera el control. Me hundí en mí misma y entré en una especie de trance en el que escuchaba.
Solo que no con los oídos.
Los drones remotos funcionaban bien para los krells en la mayoría de las situaciones. Eran una manera prescindible de reprimir a los humanos de Detritus. Sin embargo, las inmensas distancias implicadas en el combate espacial obligaban a los krells a depender de la comunicación instantánea, más rápida que la luz, para controlar sus drones. Yo sospechaba que los pilotos estaban muy lejos, pero incluso si operasen desde la estación krell que había en el espacio cerca de Detritus, el retraso de las comunicaciones por radio desde allí volvería a los drones demasiado lentos para reaccionar en batalla. Por tanto, eran necesarias las comunicaciones superlumínicas.
Eso los dejaba expuestos a un defecto crucial. Yo podía oír sus órdenes.
Por algún motivo que no alcanzaba a comprender, podía escuchar en el lugar donde se producía la comunicación superlumínica. Yo lo llamaba la ninguna-parte, una dimensión en la que no se aplicaban las reglas de la física. Podía oír lo que se transmitía a través de esa otra dimensión y a veces mirar en su interior... y ver las criaturas que vivían allí y me observaban.
En una sola ocasión, durante la épica batalla que habíamos librado seis meses antes, había logrado internarme en ese lugar y teleportar mi nave una larga distancia en un abrir y cerrar de ojos. Seguía sin saber mucho sobre mis poderes. No había sido capaz de teleportarme ninguna otra vez, pero sí había aprendido que, fuera lo que fuese que existía dentro de mí, podía dominarlo y utilizarlo en combate.
Dejé que mis instintos tomaran el control y enviaran mi nave en una compleja secuencia de esquivas. Mis reflejos entrenados para la batalla, combinados con mi capacidad innata de oír las órdenes que recibían los drones, hicieron maniobrar mi nave sin instrucciones conscientes específicas por mi parte.
Esa capacidad citónica se había transmitido en mi familia. Mis antepasados la habían empleado para trasladar antiguas flotas estelares por toda la galaxia. Mi padre había tenido la capacidad, y el enemigo la había explotado para hacer que lo mataran. En esos momentos, yo la estaba utilizando para seguir con vida.
Reaccionaba antes que los krells, anticipándome a unas órdenes que por algún motivo podía procesar incluso más deprisa que los drones. Cuando por fin atacaron, yo ya estaba zigzagueando entre sus disparos de destructor. Me interné a través de ellos y detoné mi PMI, que desactivó los escudos de todas las naves cercanas.
En mi estado de concentración enfocada, me dio igual que el PMI también hubiera hecho caer mi propio escudo. No importaba.
Activé la lanza de luz y la cuerda de energía empaló una nave enemiga y la dejó unida a la mía. Entonces, utilicé la diferencia de impulso que llevábamos para hacernos rodar a las dos, lo cual me dejó en posición detrás de la manada de naves indefensas.
Los fogonazos de luz y las chispas interrumpieron el vacío mientras destruía dos drones. Los krells restantes se dispersaron como pueblerinos ante un lobo de las historias que me contaba mi yaya. La emboscada se volvió caótica cuando escogí un par de naves y les disparé con los destructores. Destruí una de ellas mientras una parte de mi mente seguía las órdenes que se enviaban a las demás.
—Nunca dejas de impresionarme cuando haces eso —dijo M-Bot en voz baja—. Interpretas los datos con más rapidez que mis proyecciones. Pareces casi... inhumana.
Apreté los dientes, me preparé e hice virar la nave para lanzarla tras un dron krell rezagado.
—Lo digo como un cumplido, por cierto —prosiguió M-Bot—. Y tampoco es que haya nada malo en ser humana. Encuentro bastante adorable vuestra naturaleza frágil, inestable emocionalmente e irracional.
Destruí ese dron y bañé el casco de mi nave en la luz de su ardiente explosión. Entonces esquivé a la derecha entre los disparos de otros dos drones. Aunque las naves krells no llevaban pilotos a bordo, una parte de mí sentía lástima de ellos cuando intentaban resistirse a mí, a una fuerza inescrutable e imparable que no se sometía a las mismas normas que restringían todo lo demás que conocían.
—Lo más probable es que tenga esta opinión de los humanos porque estoy programado para tenerla —siguió diciendo M-Bot—. Pero en fin, eso no es tan diferente del instinto que programa a una madre pájaro para amar a las abominaciones retorcidas y desplumadas que engendra, ¿verdad?
«Inhumana.»
Serpenteé y esquivé, disparé y destruí. No era perfecta: a veces compensaba de más y muchos de mis disparos fallaban. Pero contaba con una ventaja clara.
Era evidente que la Supremacía y sus esbirros, los krells, sabían que debían estar vigilantes ante personas como mi padre y yo. Sus naves siempre buscaban a seres humanos que volaran demasiado bien o reaccionaran demasiado rápido. Habían intentado controlar mi mente aprovechando una debilidad de mi talento, lo mismo que le habían hecho a mi padre. Por suerte, yo tenía a M-Bot. Sus escudos avanzados eran capaces de filtrar los ataques mentales y al mismo tiempo permitirme escuchar las órdenes enemigas.
Todo lo cual me llevaba a una sola y sobrecogedora pregunta.
¿Qué era yo?
—Me quedaría mucho más tranquilo —dijo M-Bot— si tuvieras ocasión de reactivar nuestro escudo.
—No hay tiempo —respondí. Necesitaríamos más de treinta segundos sin controles de vuelo para poder hacerlo.
Tuve otra oportunidad de regresar hacia el grueso de la batalla y cumplir el plan que yo misma había propuesto. En vez de hacerlo, rodé, sobrecargué los propulsores y regresé como una exhalación hacia las naves enemigas. Mis condensadores gravitacionales absorbieron un gran porcentaje de la fuerza de aceleración y evitaron que sufriera un latigazo cervical excesivo, pero aun así noté la presión que me apretaba contra el asiento, me retraía la piel y hacía que notara pesado el cuerpo. Sometida a aceleraciones extremas, me sentía como si hubiera envejecido cien años en un segundo.
Me sobrepuse y disparé a los drones krells restantes. Llevé mis extrañas habilidades hasta sus límites. Un disparo de destructor krell rozó mi cabina, tan brillante que me dejó una imagen persistente en los ojos.
—Spensa —dijo M-Bot—, tanto Jorgen como Cobb han llamado para protestar. Sé que me has pedido que los distraiga, pero...
—Distráelos.
—Suspiro resignado.
Tracé un bucle persiguiendo a una nave enemiga.
—¿Acabas de decir las palabras «suspiro resignado»?
—Las comunicaciones no lingüísticas humanas resultan demasiado fáciles de malinterpretar —respondió él—, así que estoy experimentando con formas de hacerlas más explícitas.
—¿Eso no les quita todo el sentido?
—Es evidente que no. Ojos en blanco despectivos.
Los disparos de destructor resplandecieron a mi alrededor, pero acabé con otros dos drones. Al hacerlo, vi que aparecía algo reflejado en la cubierta de mi cabina. Un puñado de penetrantes luces blancas, parecidas a ojos que me observaban. Cuando utilizaba demasiado mis capacidades, algo miraba desde la ninguna-parte y me veía.
No sabía qué eran. Los llamaba los ojos, sin más. Pero sí que podía sentir un odio ardiente emanando de ellos. Una ira. De alguna manera, todo aquello estaba conectado. Mi capacidad para ver y oír en la ninguna-parte, los ojos que me vigilaban desde ese lugar y el poder de teleportación que solo había conseguido utilizar una vez.
Aún recordaba con claridad cómo me había sentido al hacerlo. Había estado al borde de la muerte, envuelta en una explosión cataclísmica. En ese instante, de algún modo había activado algo llamado hipermotor citónico.
Si lograra dominar esa capacidad de teleportación, podría ayudar a liberar a mi pueblo de Detritus. Con ese poder, seríamos capaces de escapar de los krells para siempre. Por eso estaba forzándome.
La última vez que había saltado, estaba luchando por mi vida. Si tan solo pudiera recrear esas emociones...
Bajé en picado, con la mano derecha en la esfera de control y la izquierda empuñando el acelerador. Tres drones se lanzaron en mi persecución, pero registré sus disparos y escoré la nave en el ángulo adecuado para que fallaran todos. Accioné el acelerador y mi mente rozó la ninguna-parte.
Los ojos siguieron apareciendo, reflejados en la cabina, como si estuvieran revelando algo que me estudiara desde detrás de mi asiento. Eran luces blancas, como estrellas, pero así como más... conscientes. Decenas de puntitos brillantes malévolos. Al entrar en sus dominios, aunque fuese solo un poco, me volvía visible para ellos.
Aquellos ojos me perturbaban. ¿Cómo podía sentirme a la vez fascinada y aterrorizada por esos poderes? Era como el vacío llamándome cuando estaba al borde de un gran precipicio en las cavernas, como el conocimiento de que podías dar un paso y lanzarte a esa oscuridad. Solo un paso más y...
—¡Spensa! —exclamó M-Bot—. ¡Llega otra nave!
Salí del trance y los ojos se desvanecieron. M-Bot utilizó el monitor de la consola para resaltar lo que había detectado. Un nuevo caza estelar, casi invisible en el cielo negro, emergió del lugar donde se habían escondido los otros. Era muy liso, con forma de disco y pintado del mismo color negro que el espacio. Era más pequeño que las naves krells normales, pero tenía la cabina más grande.
Aquellas naves negras nuevas habían empezado a aparecer solo en los últimos ocho meses, en los días anteriores al intento de bombardear nuestra base. En su momento no nos dimos cuenta de lo que significaban, pero ya lo habíamos averiguado.
No podía oír las órdenes que recibía aquella nave... porque no se le estaba enviando ninguna. Las naves negras como aquella no estaban controladas en remoto. En lugar de ello, transportaban verdaderos pilotos alienígenas. Por lo general, un as enemigo, uno de sus mejores pilotos.
La batalla acababa de volverse muchísimo más interesante.
Se me aceleró el corazón por la emoción.
Un as enemigo. Combatir contra drones era apasionante, sí, pero también le faltaba algo. No era lo bastante personal. En cambio, un duelo contra un as daba la misma sensación que los cuentos de la yaya. Valientes pilotos enfrentándose adustos en la antigua Tierra durante los días de las Grandes Guerras. Persona contra persona.
—Te cantaré —susurré—. Mientras su nave arde y tu alma vuela, cantaré. En honor del combate que hemos librado.
Muy teatral, sí. Mis amigos aún solían reírse de mí cuando decía cosas como esa, cosas como las que se declamaban en las viejas historias. Ya casi nunca lo hacía. Pero seguía siendo yo, y esas cosas no las decía para mis amigos. Las decía para mí misma.
Y para el enemigo al que estaba a punto de matar.
El as se abalanzó hacia mí, disparando sus destructores en un intento de alcanzarme mientras estaba concentrada en los drones. Sonreí, descendí para apartarme y clavé mi lanza de luz en un pedazo de escombro espacial. Hacerlo me permitió pivotar deprisa, a la vez que situaba el escombro detrás de mí para bloquear los disparos. Los ConGravs de M-Bot absorbieron la mayoría de la aceleración, pero aun así noté un tirón hacia abajo al recorrer el arco mientras el fuego de destructor impactaba en el escombro y un disparo me pasaba muy cerca. Tirda. Aún no había tenido ocasión de reactivar mi escudo.
—Este podría ser buen momento para regresar y llevar las naves enemigas hacia los otros —sugirió M-Bot—, tal y como decía el plan...
En vez de eso, reparé en que los disparos del as enemigo pasaban de largo, di media vuelta y me lancé en su persecución.
—Frase dramáticamente dejada en el aire —añadió M-Bot—, cargada de implicaciones sobre tu personalidad irresponsable.
Disparé al as, que rotó sobre su eje perpendicular mientras desactivaba sus propulsores. El impulso lo siguió llevando hacia delante aunque hubiera dado la vuelta y estuviera encarado hacia mí. No podría dirigir bien la nave volando al revés, por lo que la maniobra solía ser arriesgada, pero si tenía el escudo cargado al completo y su enemigo carecía de él...
Me vi obligada a interrumpir la persecución con un impulso a la izquierda para esquivar el fuego de destructor. No podía exponerme a un enfrentamiento cara a cara, de modo que me concentré un momento en los drones, hice estallar uno y atravesé a toda velocidad sus restos, que rasparon el ala de M-Bot y le golpearon la cubierta de la cabina con un fuerte crujido.
Ay, cierto, no tenía escudo. Y en el espacio los escombros no caían después de destruir una nave. Había sido un error de principiante, un recordatorio de que, a pesar de todo mi entrenamiento, seguía siendo una novata en el combate en gravedad cero.
El as se puso a mi cola con una experta maniobra de persecución. Volaba bien, lo cual, por una parte, era emocionante. Por otra...
Traté de virar de nuevo hacia la batalla, pero los drones se acumularon delante de mí para impedirme el paso. Quizá la situación estuviera empezando a superarme un poco.
—Llama a Jorgen —dije— y explícale que a lo mejor me he dejado acorralar. No puedo llevar al enemigo hasta nuestra emboscada, así que pregunta si él y los demás estarían dispuestos a venir a ayudarme.
—Ya era hora —replicó M-Bot.
Esquivé un poco más, estudiando el curso del as enemigo en mi monitor de proximidad. Tirda. Ojalá pudiera oírlo igual que oía a los drones.
«No, es mejor así —pensé—. Tengo que ir con cuidado de impedir que mi don se convierta en una debilidad.»
Apreté los dientes y tomé una decisión instantánea. No podía regresar a la batalla principal, así que descendí hacia Detritus. Los caparazones defensivos que rodeaban el planeta no eran continuos, sino que estaban compuestos de inmensas plataformas que habían albergado dormitorios, astilleros y armas. Aunque habíamos empezado a recuperar las plataformas más cercanas al planeta, aquellas capas exteriores seguían configuradas para disparar automáticamente a cualquier cosa que se les aproximara.
Sobrecargué el propulsor y aceleré a una velocidad que, en la atmósfera, habría hecho que casi cualquier caza estelar se sacudiera o incluso se desintegrara en pedazos. Allí arriba solo sentí la aceleración, no la velocidad.
Llegué enseguida a la plataforma espacial más próxima. Era larga, fina y un poco curvada, como un trozo de cáscara rota de huevo. Los drones que quedaban y el as enemigo seguían a mi cola. A esas velocidades, el combate de cazas era mucho más peligroso. Mi tiempo de reacción antes de estrellarme contra algo se reduciría mucho, y el más leve toque en la esfera de control me haría desviarme más deprisa de lo que quizá pudiera controlar.
—¿Spensa? —dijo M-Bot.
—Sé lo que hago —murmuré, concentrándome.
—Sí, seguro —respondió M-Bot—, pero... por si acaso... recuerdas que todavía no controlamos estas plataformas exteriores, ¿verdad?
Concentré toda mi atención en pasar cerca de la superficie metálica de la plataforma sin chocar contra nada. Las baterías de armamento que había allí empezaron a seguir mis movimientos y disparar, pero también empezaron a disparar a los enemigos.
Me dediqué a esquivar. O, mejor dicho, a hacer culebreos erráticos. Podía volar mejor que los drones en términos de pericia cruda, pero me superaban en número. Allí abajo, cerca de la plataforma, eso suponía una desventaja para mis enemigos porque, a ojos de los cañones, todos éramos objetivos.
Varios drones me iluminaron al explotar, pero casi al instante se extinguió el brillo, las llamas ahogadas por el vacío del espacio.
—Me pregunto si esas armas se sienten satisfechas al poder disparar a algo por fin, después de tantos años aquí arriba —dijo M-Bot.
—¿Celoso? —pregunté con un gruñido, esquivando.
—Por lo que dice Rodge, no tienen verdaderas inteligencias artificiales, sino meras funciones de puntería. Por tanto, eso sería como si tú sintieras celos de una rata.
Cayó otro dron. «Solo un poco más.» Quería igualar un poco las tornas mientras esperaba a que llegaran mis amigos.
Me sumergí en un nuevo trance mientras volaba. No podía oír los controles de los puestos de armamento, pero en momentos como aquel, en momentos de pura concentración, me sentía como si estuviera fusionándome con mi nave.
Sentí otra vez la atención de los ojos puesta en mí. Me atronó el corazón en el pecho. Con aquellos cañones apuntándome... con mis perseguidores dándome caza sin dejar de disparar...
«Un poco más...»
Mi mente se hundió y tuve la impresión de alcanzar a sentir las mismas entrañas de M-Bot. Corría un grave peligro. Tenía que escapar.
Seguro que en ese momento podría hacerlo.
—¡Activa el hipermotor citónico! —exclamé, e intenté hacer lo que había hecho aquella vez para teleportar mi nave.
—Hipermotor citónico no operativo —dijo M-Bot.
Tirda. La única vez que había funcionado, M-Bot había podido decirme que estaba operativo. Lo intenté de nuevo, pero... ni siquiera sabía qué era lo que había hecho aquella vez. Había estado en peligro, a punto de morir. Y entonces... había hecho...
¿Algo?
El disparo de un cañón cercano estuvo a punto de cegarme y, mientras me rechinaban los dientes, ascendí y me alejé del alcance de las armas defensivas. El as había sobrevivido, pero se había llevado un impacto o dos, así que tal vez su escudo estuviera debilitado. Además, ya solo quedaban tres drones.
Apagué el propulsor e hice rodar la nave sobre su eje, de forma que seguí moviéndome hacia delante pero encarada hacia atrás, una maniobra que indicaba que me disponía a disparar a algo que viniera siguiéndome. Y en efecto, el as se apartó de inmediato. No era tan valiente con su escudo debilitado. En vez de disparar, me propulsé hacia el as, escapando de los drones, que se arremolinaron hacia mi anterior posición.
Me situé a la cola del as e intenté acercarme lo suficiente para disparar, pero, quienquiera que fuese, pilotaba de maravilla. Inició una compleja serie de esquivas sin dejar de incrementar su velocidad en ningún momento. Calculé mal un viraje y de pronto estaba alejándome de la nave enemiga. Me recuperé enseguida, imité su siguiente escora y descargué una ráfaga de fuego de destructor, pero estaba a demasiada distancia y los disparos pasaron de largo y se desvanecieron en el espacio.
M-Bot iba leyéndome velocidades y ángulos para que no tuviera que desconcentrarme ni siquiera durante la fracción de segundo que requeriría echar un vistazo al panel de control. Me incliné hacia delante, intentando seguir uno por uno los virajes del otro caza estelar, escorándome, rodando y propulsándome. Buscando ese momento crítico en el que quedaríamos alineados el tiempo suficiente para que pudiera dispararle.
Por su parte, mi enemigo podía voltearse en cualquier momento y devolverme el fuego, de modo que con toda seguridad estaba esperando lo mismo que yo, confiando en pillarme desprevenida durante un momento de alineación.
Qué concentración tan perfecta. Qué intensidad tan bullente. Qué momento de conexión tan extravagante en el que el piloto alienígena reflejaba mis intenciones, esforzándose, en tensión, sudando, aproximándonos cada vez más y más en una competición que resultaba paradójicamente íntima. Durante un instante, seríamos como un solo ser. Y entonces lo mataría.
Yo vivía para desafíos como aquel. Para luchar contra alguien de verdad y saber que era él o yo. En momentos como ese, no estaba combatiendo por la FDD ni por la humanidad. Combatía para demostrar que podía.
Viró a la izquierda a la vez que yo. Se volteó y quedó de cara a mí mientras nos alineábamos por un breve instante, y ambos disparamos una ráfaga al otro.
Sus disparos fallaron. Los míos no. El primer impacto acabó con su escudo debilitado. El segundo le dio justo a la izquierda de su cabina y destrozó la nave con forma de disco en un fogonazo de luz.
El vacío consumió hambriento la explosión y yo viré a la derecha para esquivar los escombros. Respiré hondo varias veces, procurando ralentizar mi corazón. El sudor empapaba las almohadillas de mi casco y me caía por los lados de la cara.
—¡Spensa! —gritó M-Bot—. ¡Los drones!
Tirda.
Giré mi nave y me propulsé a un lado al mismo tiempo que tres cegadoras explosiones iluminaban la cabina. Hice una mueca, pero las luces no eran el resultado de que me hubieran disparado, sino las de los drones estallando uno tras otro. Dos naves de la FDD pasaron raudas junto a mí.
—Gracias, chicos —dije después de pulsar el canal de grupo en el panel de comunicaciones de mi cuadro de mandos.
—No hay de qué —respondió Kimmalyn por el canal—. Como decía siempre la Santa: «Ten cuidado con los listos, porque tienden a ser idiotas».
Hablaba con acento y sin prisas, lo cual de algún modo confería a su voz un perenne tono optimista, incluso cuando me regañaba.
—Pensaba que la idea era que distrajeras a los drones —dijo FM— y luego los trajeras de vuelta hacia nosotros. —Tenía una voz confiada, que sonaba como si debiera proceder de alguien con el doble de su edad.
—Tenía planeado hacerlo en algún momento.
—Ya —dijo FM—. Y por eso tenías apagado el comunicador para que Jorgen no pudiera gritarte, ¿verdad?
—No estaba apagado —objeté—. Solo tenía a M-Bot entreteniéndolo.
—¡A Jorgen no le gusta nada hablar conmigo! —exclamó M-Bot, entusiasta—. ¡Lo noto por la forma en que me lo dice!
—Bueno, en fin, el enemigo se retira —dijo FM—. Y tú tienes suerte de que ya estuviéramos de camino para ayudarte, incluso antes de que te decidieras a reconocer que tenías problemas.
Yo seguía hecha un pequeño desastre sudoroso, con el corazón acelerado y las manos húmedas, mientras reactivaba mi escudo y hacía virar la nave para volar hacia las otras dos. El rumbo me llevó junto a los restos de la nave a la que había derrotado, que seguía moviéndose más o menos a la misma velocidad que llevaba cuando le había disparado. Era lo que tenía el espacio.
La nave se había partido en pedazos en lugar de estallar del todo, por lo que, con un escalofrío, pude distinguir el cadáver del as enemigo. Era una figura alienígena corpulenta y achaparrada. Quizá la armadura que llevaba pudiera protegerla del vacío y...
No. Al pasar a su lado, vi que la explosión había destrozado también la armadura. La criatura que había en su interior se parecía un poco a un pequeño cangrejo bípedo, larguirucho y de un brillante color azul, con caparazón a lo largo del abdomen y la cara. Ya había visto a algunos como aquel pilotando lanzaderas cerca de su estación espacial, que estaba más alejada y vigilaba Detritus desde la distancia. Eran nuestros carceleros y, aunque los datos que habíamos robado llamaban a su especie los varvax, la mayoría de nosotros seguíamos llamándolos krells aunque supiéramos que esa palabra era un acrónimo en algún idioma de la Supremacía de una frase hecha sobre mantener contenidos a los humanos, no el verdadero nombre de su especie.
Aquel estaba muerto de verdad. El baño líquido que había llenado su armadura se había derramado en el vacío, al principio hirviendo con violencia y luego congelado en vapor sólido. El espacio era raro.
Fijé la mirada en el cadáver, ralenticé a M-Bot y tarareé en voz baja una de las canciones de mis antepasados. Un canto fúnebre vikingo.
«Bien luchado», pensé dirigiéndome al alma saliente del krell. Cerca de nosotras, algunas de nuestras naves de rescate empezaron a llegar desde donde habían presenciado la batalla en relativa seguridad, más cerca del planeta. Siempre recuperábamos las naves krells, sobre todo las que habían estado pilotadas por seres vivos. Era posible que así termináramos capturando un hipermotor roto de la Supremacía. Sus naves no se desplazaban utilizando las mentes de los pilotos. Tenían alguna especie de tecnología real que les permitía viajar entre las estrellas.
—¿Peonza? —me llamó Kimmalyn—. ¿Vienes?
—Sí —respondí. Me volví y alineé mi nave con las de Kimmalyn y FM—. M-Bot, ¿qué habilidad para el vuelo dirías que tenía ese piloto?
—Similar a la tuya —dijo M-Bot—. Y su nave era más avanzada que cualquier otra a la que nos hayamos enfrentado. Te seré sincero, más que nada porque estoy programado para ser incapaz de mentir: creo que ese combate podría haber terminado de manera muy distinta.
Asentí, más o menos con esa misma sensación. Había estado muy igualada a aquel as. Por una parte, era bonito confirmar que mi destreza no dependía solo de mis capacidades para alcanzar la ningunaparte. Sin embargo, ya del todo fuera del trance y con aquella rara sensación de propósito desinflado que siempre seguía a una batalla, me descubrí presa de una extraña preocupación. En todo el tiempo que llevábamos luchando allí, solo habíamos visto un puñado de aquellas naves negras pilotadas por seres vivos.
Si los krells de verdad querían aniquilarnos, ¿por qué enviaban a tan pocos ases? Eso, y además... ¿de verdad aquello era lo mejor que tenían? Yo era buena, pero llevaba volando menos de un año. Nuestra información robada señalaba que nuestros enemigos dirigían una enorme coalición galáctica de centenares de planetas. Por fuerza, debían de tener acceso a pilotos mejores que yo.
Había algo en todo aquello que no me encajaba. En otros tiempos, los krells habían enviado solo un máximo de cien drones contra nosotros. Esa norma se había relajado y ya podían desplegar hasta ciento veinte a la vez, pero seguía pareciendo una cifra pequeña, teniendo en cuenta el tamaño aparente de su coalición.
Por tanto, ¿qué estaba ocurriendo? ¿Por qué seguían conteniéndose?
Kimmalyn, FM y yo nos reunimos con el resto de nuestros cazas. La FDD estaba haciéndose cada vez más fuerte. Ese día solo habíamos perdido una sola nave, cuando en el pasado acostumbrábamos a perder más de media docena en cada batalla. Y estábamos cogiendo impulso. En los últimos dos meses, habíamos empezado a desplegar la primera de nuestras naves fabricada empleando la tecnología que habíamos descubierto en M-Bot. Solo había transcurrido medio año desde el gran número de bajas que sufrimos en la Segunda Batalla de Alta, pero el estímulo moral que había supuesto, sumado al hecho de que nuestros pilotos sobrevivían más tiempo para depurar sus habilidades, nos estaba reforzando a cada día que pasaba.
Al interceptar al enemigo allí fuera y no permitir que se acercara, habíamos sido capaces de expandir nuestras operaciones de rescate. En consecuencia, no solo estábamos haciéndonos con el control de las plataformas defensivas más cercanas, sino que también podíamos obtener más material con el que construir más y más naves.
Todo eso suponía que la fabricación de naves y el reclutamiento se estaban incrementando a pasos agigantados. Pronto dispondríamos de la suficiente piedra de pendiente y los suficientes pilotos para desplegar cientos de naves estelares.
En conjunto, el progreso era una bola de nieve cada vez más grande. Y aun así, una parte de mí estaba preocupada. El comportamiento de los krells era extraño. Y además de eso, teníamos una desventaja enorme. Ellos podían viajar por la galaxia, mientras que nosotros estábamos atrapados en un solo planeta.
A menos que yo aprendiera a utilizar mis poderes.
—Esto... ¿Spensa? —dijo M-Bot—. Está llamando Jorgen, y creo que está molesto.
Suspiré y activé la línea.
—Aquí Cielo Diez.
—¿Estás bien? —preguntó él con voz severa.
—Sí.
—Vale. Luego hablaremos de esto. —Y cortó la comunicación.
Hice una mueca. Jorgen no estaba molesto: estaba iracundo.
Sadie, la chica nueva a quien habían asignado como mi compañera de ala, se situó a mi cola en la cabina de Cielo Nueve. Percibí un nerviosismo en la postura de su nave, aunque tal vez estuviese sacando demasiadas conclusiones. Siguiendo nuestro plan, la había dejado atrás cuando los krells habían enviado una fuerza abrumadora para destruirme. Por suerte, Sadie había tenido el buen juicio de obedecer las órdenes y quedarse cerca de los demás en vez de seguirme.
Teníamos que esperar la orden del Mando de Vuelo antes de regresar volando al planeta, así que nos quedamos un rato flotando en el espacio. Kimmalyn acercó su nave junto a la mía. Miré a través de la cubierta al interior de su cabina. Siempre la veía rara con el casco puesto, que le tapaba el pelo largo y oscuro.
—Oye —me dijo por una línea privada—, ¿estás bien?
—Sí —respondí.
Era mentira. Cada vez que ponía en práctica mis extrañas capacidades, sentía un conflicto interno. Nuestros antepasados habían temido a la gente como yo, las personas con poderes citónicos. Antes de estrellarnos en Detritus, habíamos trabajado en las salas de máquinas de las naves, alimentando y dirigiendo nuestros trayectos.
Nos habían llamado la gente de máquinas, sin más. Los demás tripulantes nos habían rehuido, hasta terminar inculcando en nuestra cultura unas tradiciones y unos prejuicios que habían perdurado incluso después de que olvidáramos lo que era un citónico.
¿Podía ser solo una superstición o había algo más? Yo había sentido la malevolencia de aquellos ojos. Al final, mi padre había atacado a los suyos. Culpábamos de eso a los krells, pero a mí seguía preocupándome. Había parecido muy enfadado en las grabaciones.
Me inquietaba que, fuera yo lo que fuese, mis actos pudieran ponernos en más peligro del que ninguno de nosotros alcanzara a comprender.
—¿Chicas? —dijo Sadie, haciendo ascender su nave a mi lado—. ¿Qué significa este aviso que tengo en la consola?
Miré la luz intermitente que había en mi monitor de proximidad, maldecí entre dientes y escruté el vacío. Apenas alcanzaba a distinguir la estación de vigilancia krell allí fuera y, mientras la miraba, apareció algo más a su lado. Dos objetos que eran incluso más grandes que la estación.
Acorazados.
—Acaban de llegar dos naves nuevas al sistema —dijo M-Bot—. Mis sensores de largo alcance confirman lo que está viendo el Mando de Vuelo. Parecen ser naves de guerra.
—Tirda —exclamó FM por el canal.
Hasta el momento solo nos habíamos enfrentado a otros cazas, pero sabíamos por la información robada que el enemigo disponía de al menos unos pocos acorazados enormes como aquellos.
—Nuestros datos sobre el armamento de naves como esas están limitados —informó M-Bot—. La información que robamos tú y yo contenía solo generalidades al respecto. Pero según mis procesadores, es probable que esas naves estén equipadas para bombardear el planeta.
Bombardear. Podían descargar fuego de artillería sobre el planeta desde el espacio exterior y golpearlo con la suficiente potencia para pulverizar incluso a quienes vivían en las cavernas más profundas.
—No podrán superar las plataformas defensivas —dije.
Suponíamos que ese era el motivo de que, en el pasado, los krells hubieran utilizado solo bombarderos de altitud baja, no orbitales. Las plataformas del planeta estaban dotadas de contramedidas para impedir el bombardeo a distancia.
—¿Y si destruyen primero las plataformas? —preguntó Sadie.
—Sus defensas son demasiado fuertes —dije.
En parte, era pura bravuconería. No sabíamos a ciencia cierta si las defensas de Detritus podían evitar un bombardeo. Quizá cuando obtuviéramos el control de todas, podríamos determinar sus capacidades completas. Pero, por desgracia, aún faltaban meses para eso.
—¿Oyes alguna cosa? —me preguntó Kimmalyn.
Extendí mis sentidos citónicos.
—Solo una música tenue y suave —dije—. Casi como estática, pero... más bonita. Tendría que acercarme para entender algo concreto de lo que están diciendo.
Siempre había sido capaz de oír los sonidos que procedían de las estrellas. Al principio, los había considerado música. Durante mis meses de entrenamiento, y a partir de las conversaciones con mi abuela, habíamos determinado que esa «música» era el sonido de las comunicaciones superlumínicas enviadas a través de la ninguna-parte. Lo más probable era que lo que oía en esos momentos fuese el sonido de la estación o de los acorazados comunicándose con el resto de la Supremacía.
Esperamos mucho tiempo, obedeciendo la orden de mantener la posición para ver si aquellas naves avanzaban. No lo hicieron. Parecía que lo que fuese que las habían enviado a hacer no iba a tener lugar en el futuro inmediato.
—Han llegado órdenes —terminó diciendo Jorgen a través del comunicador—. Esos acorazados están acomodándose, así que tenemos que regresar a la Plataforma Primaria. Andando.
Suspiré, di la vuelta a la nave y me dirigí hacia el planeta. Había sobrevivido a la batalla.
Era el momento de ir a que me gritaran.
M-Bot hizo los cálculos para nuestra aproximación.
Los demás aún no estaban cómodos del todo con él. ¿Un programa informático capaz de pensar y hablar como una persona? La yaya, que había vivido de niña los días anteriores a que nuestro pueblo se estrellara en Detritus, decía que había oído hablar de esas cosas, pero que las habían prohibido.
Aun así, M-Bot nos proporcionaba una ventaja a la que no podíamos renunciar. Con sus cálculos hipereficientes, podíamos trazar con facilidad un rumbo a través de las plataformas defensivas que rodeaban Detritus sin ayuda de los matemáticos de la FDD.
Seguimos al pie de la letra el rumbo que nos indicaba y pasamos justo fuera del alcance de las baterías armamentísticas montadas en unas plataformas metálicas del tamaño de cordilleras. Me fijé en las sombras de los rascacielos. En la escuela había recibido las clases obligatorias de historia todos los cursos: habíamos visto imágenes de la antigua Tierra y nos habían llevado a ver animales de muchas variedades en unas cavernas especiales donde los criaban. Por eso sabía cosas sobre la vida de allí, y lo que eran los rascacielos, aunque siempre había encontrado más interesantes las historias de la yaya sobre los tiempos antiguos que esas clases de historia.
Los rascacielos sugerían que las plataformas que rodeaban Detritus habían estado habitadas en otro tiempo, como lo había estado el planeta en sí, pero algo había aniquilado a esa gente hacía siglos.
La visión de todas las plataformas curvándose hacia lo que parecía el infinito siempre me dejaba sin aliento. Nuestros cincuenta cazas estelares eran motas de polvo en comparación. ¿Cuánto tiempo habría costado construir todo aquello? Tendríamos unas cien mil personas viviendo en las redes de cavernas que componían nuestra nación, las Cavernas Desafiantes. Pero esa población al completo podría perderse sin remedio en solo una de las plataformas.
Llegó la orden de desacelerar. Volteé a M-Bot junto a los demás y apunté sus propulsores hacia el planeta. Un impulso tranquilo y suave ralentizó mi nave.
Al estar encarada de nuevo hacia los caparazones, me recordaron un poco a los engranajes de algún reloj ignoto que funcionara con algún propósito incognoscible. Cada plataforma rotando a su ritmo, los cañones dispuestos a vaporizar a cualquiera, humano o alienígena, que tratara de interferir. Pero aquellas capas de armamento eran el motivo de que siguiéramos con vida, así que nadie me oiría quejarme.
Nuestras naves tardaron poco en superar la capa más próxima al planeta, que era distinta a las demás por varias razones. La más evidente era que contenía miles de luces masivas que brillaban como faros e iluminaban apuntando hacia abajo, a distintos sectores del planeta. Aquellas cieluces creaban un ciclo artificial de día y noche.
Ese cascarón más interior, además, estaba en mucho peor estado que los otros. En aquel lugar, justo al borde de la atmósfera, daban tumbos por el espacio unos enormes campos de escombros. Suponíamos que eran los restos de otras plataformas destruidas. Algunas secciones habían caído hacia dentro y habían terminado impactando contra el planeta después de quedarse sin energía.
Crepitó una voz de hombre en el altavoz de mi casco.
—Escuadrones Cielo y Xīwàng, el almirante Cobb ordena que atraquen en la Plataforma Primaria. Los demás, diríjanse a la superficie y considérense en turno de descanso hasta nueva rotación.
Identifiqué al hablante como Rikolfr, un miembro del personal del almirante. Obedecí haciendo virar la nave en la dirección adecuada. Al hacerlo, Detritus entró en mi campo visual, una esfera gris azulada con una atmósfera brillante y acogedora. Treinta naves de nuestra flota salieron volando hacia abajo en dirección al planeta.
El resto de nosotros nos quedamos bordeando la atmósfera, dejando atrás varias plataformas cuyas luces titilaban en un amistoso azul en vez del enfurecido rojo de los otros caparazones. Gracias a las capacidades furtivas de M-Bot habíamos podido aterrizar en una de ellas y hackear sus sistemas. Por suerte, los protocolos de seguridad interna de las plataformas hacían algunas pequeñas excepciones para los humanos, hecho que había dado un cierto respiro a nuestros ingenieros, breve pero suficiente para completar la tarea.
Una vez hecho eso, Rodge y los demás ingenieros habían encontrado la forma de desactivar otras pocas plataformas cercanas, lo que nos había permitido hacernos también con el control de ellas. Hasta la fecha, todo ese trabajo había servido para capturar solo diez de los miles de plataformas que orbitaban en torno al planeta, pero era un inicio prometedor.
La Plataforma Primaria era la más grande de esas diez, una construcción inmensa que tenía compartimentos de atraque para cazas estelares. La habíamos convertido en un cuartel general en órbita, aunque los equipos de ingeniería todavía estaban trabajando en algunos de sus sistemas, los más notables de los cuales eran las antiguas bases de datos.
Llevé la nave a su compartimento asignado, un pequeño hangar individual. Las luces se encendieron cuando se cerró la esclusa y se presurizó el recinto. Respiré hondo, suspiré y abrí la cubierta de la cabina. Regresar de una batalla a la vida normal me daba una sensación de lo más gris. Por poco realista que fuese, siempre deseaba poder seguir patrullando y volando. La respuesta a la pregunta de quién era, de qué era, estaba en algún lugar allí fuera, no en aquellos pasillos metálicos y estériles.
—¡Oye! —exclamó M-Bot mientras salía de la cabina—. Llévame contigo. No quiero perderme la diversión.
—Solo van a echarme una bronca.
—Como iba diciendo... —replicó él.
Pues muy bien. Metí la mano bajo el panel de control frontal y desenganché su nuevo receptor móvil, un brazalete que contenía algunos sensores, un proyector holográfico, un receptor que ampliaba las capacidades de comunicación de M-Bot y una pequeña pantalla de reloj. M-Bot afirmaba haber dispuesto de un receptor móvil como aquel en el pasado, pero se había perdido: con toda probabilidad, su antiguo piloto se lo había llevado siglos antes cuando se había marchado a explorar Detritus.
Cuando M-Bot había proporcionado los diseños para construir uno nuevo a los ingenieros, se habían vuelto todos locos con la tecnología microholográfica que contenían. Por suerte, habían dejado las celebraciones el tiempo suficiente para fabricarme un reemplazo. Me había acostumbrado a llevarlo puesto en lugar de la línea de luz de mi padre, ya que era muy raro que le encontrara algún uso desde que había dejado de explorar cavernas casi a diario.
Me puse el brazalete holográfico y le entregué el casco a Dobsi, una miembro del equipo de tierra, cuando subió por la escalerilla para hablar conmigo.
—¿Algo en lo que debamos fijarnos? —preguntó.
—Me ha dado un trozo de escombro en el lado derecho del fuselaje con el escudo apagado.
—Le echaré un vistazo.
—Gracias —dije—. Pero te advierto que tiene un día de los suyos.
—¿Y cuándo no lo tiene?
—Hubo una vez —respondí— que estaba procesando un autodiagnóstico y no dijo nada durante cinco minutos enteros. Fue maravilloso.
—Sabéis que estoy programado para ser capaz de reconocer el sarcasmo, ¿verdad? —dijo M-Bot.
—¿Qué gracia tendría si no? —repuse.
Entré en el vestidor, que también me hacía de alojamiento allí arriba, aunque la verdad era que no tenía muchas cosas. Allí guardaba la insignia de mi padre, mis viejos mapas de las cavernas y algunas de mis armas improvisadas. Las tenía en un baúl al lado del catre, con mis mudas de ropa.
Tal y como llegué, me saludó un trino aflautado. Babosa Letal estaba en su sitio al lado de la puerta. Era de color amarillo chillón con pequeños pinchos azules a lo largo del lomo, y estaba acurrucada entre algunas de mis camisas viejas con las que se había hecho un nido. La rasqué en la cabeza y ella hizo otro alegre sonido aflautado. No era pringosa, sino más bien dura, como el tacto de un buen cuero.
Me alegré de verla allí. Se suponía que debía quedarse en mi dormitorio, pero de alguna manera siempre acababa escapándose y muchas veces la encontraba en el hangar. Parecía gustarle estar con M-Bot.
Me lavé, pero volví a ponerme el traje de vuelo. Entonces, una vez hube perdido tanto tiempo como me sería posible justificar, hice acopio de valor con la determinación de una guerrera y salí al pasillo. La luz de allí siempre me resultaba demasiado brillante después de haber estado en el espacio; las paredes blancas eran resplandecientes y reflectantes. Lo único que no estaba demasiado pulido ni iluminado era la alfombra que recorría el centro del pasillo y había envejecido considerablemente bien, suponíamos que porque todo aquello había estado en el vacío hasta que el equipo de ingeniería había tapado los agujeros de la estación y activado los sistemas de soporte vital.
En el pasillo estaban esperando los otros miembros de mi escuadrón. Nedd y Arturo discutían sobre si a los pilotos debería permitírsenos o no que pintáramos dibujos en los morros de nuestras naves. No les hice caso y fui con Kimmalyn, que tenía el pelo revuelto y el casco bajo el brazo.
—Supongo que sabrás lo enfadado que está Jorgen —me susurró.
—Puedo manejarlo —dije yo.
Kimmalyn enarcó una ceja.
—En serio —insistí—. Solo tengo que ponerme lo bastante confiada e intimidante. ¿Tienes por ahí algo de ojo negro?
—Eh... ¿Qué es eso?
—Un tipo de pintura de guerra que usaban los hombres para luchar en campos con rayas y números de la antigua Tierra. Era una especie de batalla a muerte en la que había involucrado un cerdo muerto.
—Mola. Pero se me ha terminado. Y... Peonza, ¿no sería mejor que no cabrearas más a Jorgen, por una vez?
—No sé si soy capaz.
FM pasó por delante de nosotras y me dio ánimos levantando el pulgar. Le devolví el gesto, aunque a veces todavía me sentía incómoda en su presencia. La mujer alta y esbelta se las ingeniaba de algún modo para llevar incluso un traje de vuelo con estilo, mientras a mí aquella ropa tan aparatosa siempre me daba la sensación de llevar puestas tres capas de más. Se puso a hablar con Tenderete y Gatero, dos chicos que se habían incorporado a nuestro escuadrón para suplir bajas. Tenían veintipocos años, con lo que nos sacaban unos cuantos a los demás, pero hacían todo lo posible por integrarse.
Aparte de Jorgen, la única otra miembro de nuestro equipo era Sadie, la chica nueva. En el momento en que pensé en ella, la vi tropezar con el pequeño desnivel que había entre su vestidor y el pasillo y estuvo a punto de caérsele el casco. Su pelo azul y sus rasgos peculiares me recordaban a... bueno, me traían recuerdos dolorosos.
La mayoría de los demás siguieron pasillo abajo hacia el comedor, pero yo me quedé esperando a Jorgen. Era mejor enfrentarme a él ya, aunque acostumbrara a ser el último en bajar de su nave porque repasaba la lista de comprobaciones posteriores al vuelo cada vez, con sumo detalle, y eso que no pasaba nada por dejar que lo hiciera el personal de tierra. Kimmalyn se quedó esperando conmigo y Sadie correteó hacia nosotras.
—¡Has estado genial ahí fuera! —exclamó, apretándose el casco contra el pecho mientras sonreía de oreja a oreja.
Tirda. Solo íbamos un curso por delante de su grupo, así que a grandes rasgos teníamos la misma edad. Pero desde luego, no parecíamos ni por asomo tan jóvenes como ella.
—Ya, bueno, tú también has volado bien —dije.
—Ah, pero ¿me estabas mirando?
No la había estado mirando, pero asentí para darle ánimos.
—¡Quizá pronto pueda ser como tú, Peonza!
—Lo has hecho de maravilla, querida —dijo Kimmalyn, dando una palmadita en el hombro a Sadie—. Pero nunca intentes ser quien no eres, porque te falta muchísima práctica para salirte con la tuya.
—Claro, claro —dijo Sadie. Hurgó en su bolsillo y sacó una libretita y un lápiz—. Nunca... quien no eres...
Apuntó el dicho como si fuese un texto sagrado, aunque yo estaba segura de que Kimmalyn se lo había inventado sobre la marcha.
Miré a Kimmalyn. Sus expresiones serenas tenían fama de ser difíciles de interpretar, pero el brillo de sus ojos delató que le encantaba que hubiera alguien tomando nota de sus dichos.
—Ojalá hubiera podido seguirte hoy, Peonza. Parecía peligroso para estar allí tú sola.
—Lo único que quiero que sigas, Sadie —dijo una voz firme—, son tus instrucciones. Estaría muy bien que otras se dignaran a hacerlo.
No tuve que mirar para saber que Jorgen, jefe de escuadrón y a veces Caracapullo, por fin se había reunido con nosotras y estaba de pie a mi espalda.
—Hummm, gracias, señor —dijo Sadie, y luego hizo un saludo marcial y se marchó hacia el comedor.
—Buena suerte —me susurró Kimmalyn, apretándome el brazo—. Que obtengas solamente lo que mereces.
Y luego, por supuesto, me abandonó.
En fin, a aquel monstruo podía aniquilarlo yo sola. Di media vuelta con la barbilla levantada... y entonces tuve que echar la cabeza un poco más hacia atrás. Tirda, ¿por qué tenía que ser tan alto? Jorgen Weight, con su piel marrón oscuro, era un dechado de exquisita y disciplinada determinación. Se iba a la cama todas las noches con el Código de Conducta de la FDD guardado bajo la almohada, desayunaba escuchando discursos patrióticos y solo utilizaba cubiertos que tuvieran grabadas en los mangos las palabras: «No dejes que Spensa se divierta».
Quizá algunas de esas cosas me las hubiera inventado. Pero en todo caso, sí que parecía que dedicaba demasiado tiempo de su vida a quejarse de mí. Bueno, yo había crecido rodeada de matones. Sabía cómo plantar cara a alguien que...
—Spensa —me dijo—, tienes que dejar de comportarte como una matona.
—Uuuh —dijo la voz de M-Bot desde mi muñeca—. Muy bueno.
—Cállate —le murmuré—. ¿Matona? ¿Matona? —Clavé mi índice en el pecho de Jorgen—. ¿A quién llamas matona?
Él se quedó mirando mi dedo.
—Es imposible que haga de matona contigo —añadí—. Eres más alto que yo.
—La cosa no funciona así, Spensa —gruñó Jorgen, haciendo que su voz bajara de tono—. Además... ¿qué es eso que llevas en la cara?
¿En la cara? Aquello era tan incongruente que, por un momento, olvidé la discusión con Jorgen y desvié la mirada hacia la pared de metal pulido para ver mi reflejo. Tenía unas franjas negras pintadas bajo los ojos. ¿Qué estaba pasando?
—Ojo negro —explicó M-Bot desde mi muñeca—. La pintura que llevaban los atletas de la antigua Tierra. Antes le has dicho a Kimmalyn que...
—Era en broma —dije. La pintura en la piel era un holograma que M-Bot había proyectado sobre mí mediante su receptor móvil—. De verdad que necesitas que alguien reescriba tu programa de humor, M-Bot.
—Oooh —dijo él—. Perdón.
Hizo desaparecer el holograma. Jorgen negó con la cabeza, pasó a mi lado y echó a andar por el pasillo, obligándome a trotar para alcanzarlo.
—Siempre has sido muy independiente, Peonza, eso lo entiendo —dijo—. Pero ahora estás usando tus poderes y tu posición para mangonear a todo el mundo, Cobb incluido. Te saltas el protocolo y las órdenes porque sabes que no hay nada que los demás podamos hacer al respecto. Esos son los actos de una tirdosa matona.
—Intento proteger a los demás —repliqué—. ¡Aparto al enemigo de ellos! ¡Me convierto en su objetivo!
—El plan era que hicieras eso y luego volvieras a traérnoslos para que pudiéramos atacar desde los flancos. He visto que tenías varias oportunidades de hacerlo, y cada vez has tomado la decisión consciente de empeñarte en combatirlos tú sola. —Me lanzó una mirada—. Intentas demostrar algo. ¿Qué te está pasando últimamente? Antes siempre estabas ansiosa por trabajar en equipo. Tirda, si podría decirse que fuiste tú quien forjó este equipo. ¿Y ahora te comportas así, como si tú fueras la única que importa?
Eh...
Mis objeciones se desvanecieron. Porque sabía que Jorgen tenía razón, y sabía que poner excusas en esa situación sería luchar con el arma equivocada. Solo había una cosa que podía llegar a funcionar de verdad con Jorgen. La verdad.
—Están decididos a matarme, Jorgen —dije—. Lanzarán contra nosotros todo lo que tengan hasta que yo esté muerta.
Nos detuvimos al final del pasillo, bajo una cegadora luz blanca.
—Sabes que es verdad —añadí mirándolo a los ojos—. Han descubierto lo que soy. Si me destruyen, podrán apresarnos en Detritus para siempre. Pasarán a través de quien sea para llegar hasta mí.
—¿Y tú decides ponérselo fácil?
—Los distraigo, como te decía, para que... —Las palabras murieron en mis labios. Tirdoso Caracapullo y sus tirdosos ojos intensos y astutos—. Vale, muy bien. Estoy intentando forzarme. La única vez que pude hacerlo, la única vez que di un hipersalto, estaba dentro de una explosión. Estaba desesperada, amenazada, a punto de morir. Así que creo que, si pudiera recrear esa emoción, a lo mejor lograría hacerlo otra vez. Lograría averiguar qué es lo que soy capaz de hacer, qué es... lo que soy de verdad.
Él suspiró y subió la mirada al techo con lo que a mí me pareció una expresión melodramática.
—Que los santos nos amparen —murmuró—. Peonza, eso es de locos.
—Es de valientes —repliqué—. Una guerrera siempre se pone a prueba a sí misma. Siempre se fuerza. Siempre busca los límites de sus habilidades.
Jorgen me miró, pero yo me mantuve firme. Jorgen tenía un don para hacerme vocalizar las cosas que en general no quería reconocer, ni siquiera ante mí misma. Tal vez eso fuese lo que lo hacía un buen jefe de escuadrón. Tirda, el hecho de que pudiera así-como-más-o-menos manejarme a mí ya era suficiente prueba de eso.
—Spensa —dijo—, eres lo mejor que tenemos. Eres crucial para la FDD... y para mí.
De pronto fui consciente de lo cerca que lo tenía. Se inclinó hacia abajo un poquito, y por un momento pareció que quería llegar más allá. Por desgracia, al mismo tiempo había algo que nos bloqueaba, que interfería con lo que fuera que podríamos haber tenido. Para empezar, la relación entre jefe de escuadrón y piloto era incómoda.
Pero había más que eso. Él era la encarnación del orden y yo... bueno, yo no. No sabía quién ni qué era en realidad. Siendo sincera conmigo misma, tenía que reconocer que ese era el motivo de que no hubiera avanzado nada con él en los últimos seis meses.
Al final Jorgen se apartó.
—Ya sabes que la Asamblea Nacional está hablando de que eres demasiado importante para arriesgarte en batalla. Que quieren alejarte del frente.
—Pues que lo intenten —dije, furiosa con la idea.
—Una parte de mí también lo querría —dijo, y sonrió con cariño—. Pero en serio, ¿de verdad necesitamos darles munición? Formas parte de un equipo. Todos formamos parte de un equipo. No empieces a pensar que tienes que hacer las cosas tú sola, Spensa. Por favor. Y por el amor de las estrellas, deja de intentar ponerte en peligro. Encontraremos otra manera.
Asentí, pero... para él era fácil decir cosas como aquella. La yaya me había contado que, incluso cuando nuestros antepasados habían formado parte todos de una flota espacial, temían a la gente como yo.
La gente de máquinas. Los hipermotores. Éramos extraños. Quizá incluso inhumanos.
Jorgen tecleó su código en la puerta que había al final del pasillo, pero, antes de que terminara, se abrió. Kimmalyn la había activado desde el otro lado.
—Chicos —dijo, casi sin aliento—. ¡Chicos!
Fruncí el ceño. Kimmalyn no solía emocionarse tanto.
—¿Qué?
—Me ha avisado Rodge —dijo ella—. ¿Sabéis los ingenieros que trabajan en los sistemas informáticos de la plataforma? Acaban de encontrar algo. Una grabación.
Jorgen y yo seguimos a Kimmalyn hasta la sala que todo el mundo llamaba la biblioteca, aunque no tuviera libros. Allí, el Cuerpo de Ingeniería había estado trabajando sin descanso en las viejas bases de datos. Habían arrancado varios paneles de las paredes para dejar al descubierto las redes de cables que recorrían su interior como tendones. Aunque buena parte de aquella plataforma se había activado sin apenas contratiempos, seguíamos sin poder acceder a varios sistemas informáticos.
Kimmalyn nos llevó con un grupo de ingenieros vestidos con monos del equipo de tierra que bisbiseaban y charlaban con emoción en torno a un gran monitor que habían instalado. Miré alrededor buscando al resto de mi escuadrón, pero no los vi. Allí solo estábamos Jorgen, Kimmalyn, yo y algunos oficiales del personal del almirante. Tiré de mi grueso traje de vuelo, que aún estaba empapado de sudor por la batalla.
—Ojalá me hubiera cambiado —murmuré a Jorgen.
—¡Podría crearte el holograma de un traje nuevo! —propuso M-Bot—. Sería...
—¿Y en qué cambiaría eso que estoy toda sudada? —le pregunté. En serio, desde que habíamos puesto en marcha el brazalete remoto y el sistema holográfico, M-Bot solo hacía que buscar cualquier excusa para lucirse.
Pero al oír mi voz, alguien del grupo de ingenieros levantó la cabeza. Se volvió y sonrió al vernos.
Rodge era larguirucho y pálido, con una maraña de pelo rojizo. En los últimos tiempos sonreía más que cuando éramos pequeños. De hecho, no me quitaba de encima la impresión de haberme perdido algo, de que, de algún modo, durante el tiempo en que estuvimos reparando juntos a M-Bot, alguien se había llevado a mi nervioso amigo y lo había reemplazado con aquella persona confiada.
Yo estaba orgullosa de él, sobre todo cuando reparé en que había vuelto a ponerse su insignia de cadete, la que Cobb había ordenado que esmaltaran en rojo para él, un nuevo símbolo de reconocimiento reservado para miembros sobresalientes del personal de tierra o ingeniería.
Rodge se acercó a nosotros con brío y habló en voz baja.
—Qué bien que Kimmalyn os haya encontrado. Esto vais a querer verlo.
—¿Qué es? —preguntó Jorgen, estirando el cuello para ver el monitor.
—Los últimos registros de la estación —susurró Rodge—. Los últimos diarios en vídeo de antes de que cerraran este sitio. Los interrumpieron a media grabación y el proceso de cifrado no pudo terminar de ejecutarse antes de que el vídeo se archivara. Es el primer buen cacho de datos que hemos podido recuperar. —Echó una mirada hacia atrás—. La comandante Ulan ha insistido en que esperemos a Cobb antes de reproducirlo, pero he pensado que nadie protestaría si la Heroína de Alta Segunda también quería verlo.
En efecto, mi llegada había llamado la atención. Un par de ingenieros intercambiaron codazos y me señalaron con la barbilla.
—¿Sabes, Peonza? —dijo Kimmalyn a mi lado—. Puede ser bastante conveniente andar por ahí contigo. La gente se fija tanto en ti que los demás podemos hacer lo que nos venga en gana.
—¿Y qué puede venirte a ti en gana? —preguntó Jorgen—. ¿Dar un sorbito de más al té?
Como Jorgen seguía intentando llegar a ver el monitor, no se fijó en el gesto sorprendentemente grosero que le hizo Kimmalyn. Me la quedé mirando boquiabierta. ¿De verdad acababa de hacer eso?
Kimmalyn me lanzó una sonrisa traviesa, que tapó enseguida con la mano. Esa chica... Justo cuando creía que la tenía calada del todo, iba y hacía algo como eso, seguro que a propósito para escandalizarme.
La conversación se interrumpió cuando se abrió la puerta y entró Cobb. Se había dejado crecer una barbita corta blanca y seguía cojeando por su vieja herida, pero se negaba a llevar bastón salvo en las ocasiones más formales. Traía una humeante taza de café en una mano y llevaba puesto el inmaculado uniforme blanco del almirante de la flota de la Fuerza de Defensa Desafiante, la parte derecha del pecho engalanada con cintas que denotaban sus méritos y su graduación.
Había ocupado de mala gana el puesto después de que Férrea, con idéntica mala gana, se jubilara. Obedeciendo a según qué criterios, Cobb era el ser humano vivo más importante que existía. Y sin embargo, aún seguía siendo... bueno, Cobb.
—¿Qué me han dicho de no sé qué registro? —exigió saber—. ¿Qué hay en ese condenado trasto?
—¡Señor! —exclamó la comandante Ulan, una mujer alta de ascendencia yeongiana—. Todavía no lo sabemos. Queríamos esperarle.
—¿Qué? —dijo Cobb—. Pero ¿sabéis lo despacio que camino? La dichosa estación podría hacer tres rotaciones de turno en el tiempo que me cuesta recorrer el maldito armatoste.
—Hummm. Señor. Creíamos que... O sea, nadie cree que su pierna lo haga lento... esto... no muy lento, quiero decir...
—No me haga la pelota, comandante —espetó él.
—Solo queríamos guardarle respeto.
—Tampoco me guarde respeto —gruñó él, y dio un sorbo al café—. Me hace sentir viejo.
Ulan soltó una risita forzada a la que Cobb frunció el ceño, poniendo a Ulan incluso más incómoda a ojos vistas. Empaticé con ella. Aprender a tratar con Cobb era una habilidad tan especializada como llevar a cabo un bucle Ahlstrom triple con salto a cola inverso.
Los técnicos abrieron paso a Cobb, así que Kimmalyn y yo aprovechamos para acercarnos más a la pantalla. Jorgen se quedó atrás, de pie con las manos sujetas a la espalda y dejando que los oficiales de mayor graduación ocuparan las posiciones más próximas. A veces ese chico podía ser demasiado cumplidor. Casi hacía que una se sintiera mal por utilizar su fama para conseguir un buen sitio.
Cobb me lanzó una mirada.
—He oído que vuelves a hacer de las tuyas, teniente —dijo en voz baja mientras un técnico de los más expertos trasteaba con los archivos.
—Esto... —dije.
—¡Ya lo creo que sí! —exclamó la voz de M-Bot desde mi muñeca—. Acaba de decirle a Jorgen que está intentando a propósito...
Pulsé el botón de silenciar. Luego, por si acaso, apagué también su proyector holográfico. Me sonrojé y miré a Cobb.
El almirante dio un sorbo al café.
—Hablaremos después. No quiero enfurecer a tu abuela haciendo que te maten. Me cocinó un pastel la semana pasada.
—Hummm, sí, señor.
La pantalla se emborronó un momento y entonces se abrió el vídeo, que mostraba una imagen de aquella misma sala pero sin las paredes despedazadas. Había un grupo de personas ajetreadas ante sus monitores, vestidas con uniformes desconocidos. Se me trabó el aliento. Eran seres humanos.
Siempre habíamos sabido que así sería. Aunque habíamos encontrado Detritus deshabitado, gran parte de la maquinaria estaba inscrita con idiomas de la antigua Tierra. Aun así, era perturbador estar mirando a aquella gente misteriosa hacia atrás en el tiempo. El planeta y aquellas plataformas debían de haber estado habitados por millones y millones de ellos, si no miles de millones. ¿Cómo habían desaparecido todos?
Parecían estar hablando, y de hecho los veía agitados, afanándose de un lado a otro de la sala. Fijándome más, parecía que varios de ellos chillaban, pero el vídeo no tenía sonido. Un hombre de pelo rubio se sentó en el asiento que había enfrente de nuestro mismo monitor y su cara llenó la pantalla. Empezó a hablar.
—¡Perdón, señor! —dijo un técnico que estaba cerca de mí—. Estamos trabajando en el audio. Un segundo.
De pronto salió sonido de la pantalla. Gente gritando, una docena de voces superpuestas.
—... hacer este informe —dijo el hombre de la pantalla, hablando en inglés con mucho acento—. Tenemos pruebas iniciales de que los citoescudos del planeta, en contra de lo que llevamos mucho tiempo suponiendo, son insuficientes. El zapador ha escuchado nuestras comunicaciones y las ha seguido hasta nosotros. Repito, el zapador ha regresado a nuestra estación y...
Dejó la frase inconclusa y miró hacia atrás. La sala estaba sumida en una enorme confusión, con algunas personas perdiendo el juicio y cayendo al suelo histéricas y otras gritándose entre ellas.
El hombre de nuestra pantalla empezó a teclear.
—Tenemos vídeo de una plataforma del perímetro —dijo—, la número 1.132. Pincho ese punto de vista.
Me incliné hacia delante mientras la grabación cambiaba a un campo de estrellas, la visión de una cámara situada en el caparazón exterior, enfocada al espacio. Alcancé a ver la curvatura de la plataforma en la parte inferior de la pantalla.
La gente de la grabación se calló. ¿Estaban viendo algo en aquella negrura salpicada de estrellas que a mí se me escapaba? ¿Sería...?
Estaban apareciendo más estrellas.
Cobraron existencia como agujeritos en la realidad. Eran centen... miles de ellas, demasiado brillantes para ser estrellas de verdad. De hecho, se movían en el cielo, acumulándose, congregándose. Incluso a través del monitor, incluso a una distancia gigantesca tanto en el tiempo como en el espacio, yo podía sentir su malignidad.
Aquello no eran estrellas. Eran los ojos.
Se me atenazaron los pulmones. El corazón empezó a aporrearme en el pecho. Siguieron apareciendo más y más luces, que me observaban por medio de la pantalla. Me conocían. Podían verme.
Empecé a entrar en pánico. Pero a mi lado, Cobb siguió dando sorbos tranquilos al café. Por algún motivo, su actitud calmada me ayudó a combatir la ansiedad.
«Esto ocurrió hace mucho tiempo —me recordé a mí misma—. Ahora no corro peligro.»
Las luces de la pantalla empezaron a emborronarse. Era polvo, comprendí. Apareció una nube de polvo que parecía filtrarse a través de pinchazos en la realidad. El polvo brillaba con una luz blanca y se expandía a una velocidad increíble. Entonces llegó algo siguiéndolo, una forma circular que emergió como de la nada en el centro de la nube.
Era difícil distinguir algo más que la sombra de esa cosa. Al principio mi mente se negó a aceptar la impresionante escala que tenía. La cosa que había aparecido, la negrura en el interior del polvo refulgente, hacía que la enorme plataforma pareciera diminuta. Tiiirda. Fuera lo que fuese, tenía el tamaño de un planeta.
—Tengo... confirmación visual de un zapador —dijo el hombre que estaba grabando el vídeo—. Madre de todos los santos, está aquí. El proyecto de citoescudo es un fracaso. El zapador ha dado media vuelta y... y ha venido a por nosotros.
La masa negra giró hacia el planeta. ¿Eso que entreveía en las sombras eran brazos? No, ¿podían ser espinas? Su forma parecía diseñada con el objetivo consciente de frustrar la mente mientras yo intentaba, contra todo pronóstico, encontrar algún sentido a lo que estaba viendo. Al poco tiempo, la negrura se volvió absoluta. La cámara se apagó.
Creí que el vídeo habría terminado, pero entonces aparecieron de nuevo la biblioteca y el hombre sentado ante su mesa. Casi todos los demás monitores estaban abandonados, exceptuando los del hombre y una mujer. Oí gritos procedentes de algún otro lugar en la plataforma mientras el hombre, tembloroso, se levantaba y daba un golpe al monitor que había estado usando, haciendo girar la cámara.
—¡Signos vitales desapareciendo en los anillos defensivos exteriores! —gritó la mujer. Se levantó de su silla—. Plataformas entrando en modo de reposo. ¡El Alto Mando nos ha ordenado activar el modo autónomo!
Visiblemente alterado, el hombre volvió a sentarse. Vimos a través de una cámara torcida cómo tecleaba con energía. La mujer que quedaba en la sala se apartó de su mesa y luego alzó la mirada al techo cuando un sonido grave retumbó por toda la plataforma.
—Defensas autónomas activadas —musitó el hombre, todavía tecleando—. Las naves de huida están cayendo. Por los santos...
La sala se sacudió de nuevo y las luces flaquearon.
—¡El planeta nos dispara! —chilló la mujer—. ¡Nuestra propia gente nos está disparando!
—No nos disparan a nosotros —explicó el hombre, tecleando como en trance—. Disparan al zapador mientras este envuelve el planeta. Lo que pasa es que estamos en medio. Tenemos que asegurarnos de que la no-vía esté cerrada. No puedo acceder a ella desde aquí, pero a lo mejor...
Siguió murmurando, pero a mí me llamó la atención otra cosa. Había unas luces acumulándose en la pantalla, al fondo de la sala. Estaban desgarrando la realidad, haciendo que la pared pareciera estirarse, transformarse en un campo estelar infinito penetrado por puntitos intensos, llenos de odio.
Los ojos habían llegado. La mujer de la sala aulló y... desapareció. Pareció retorcerse sobre sí misma y luego encogerse, aplastada por alguna fuerza invisible. El hombre que quedaba, el que había hablado, siguió tecleando con frenesí en su puesto, con los ojos desorbitados. Un loco trabajando a destajo como si tecleara su testamento. Aunque su rostro dominaba la pantalla, se entreveía la oscuridad concentrándose detrás de él.
Iluminada por estrellas que no eran estrellas.
El infinito cuajando.
Una forma emergió de la negrura.
Y era idéntica a mí.