Edad: 34 años
En este momento me cuestiono quién soy, si estoy de pie, si estoy volando, si me desmorono. Me pregunto si no soy nada, tal vez solo luz o sonido, algo desconectado de lo que me ata al suelo. Pero esto no explicaría cómo sé que la estoy sosteniendo, de modo que intento concentrarme. Intento desactivar los sentimientos que se activaron por sí solos con la conmoción.
Su sangre gotea de mis dedos y forma telarañas en los huecos de las articulaciones. Acabo de retirar las manos del charco que nació de ella, que le brotó de la espalda cuando salió la bala sin hacer ruido.
La tierra está alfombrada de hojas: rojas, anaranjadas, tostadas, amarillas; los mismos colores que se ven en las copas de los árboles, todavía frondosas. Estamos en el momento de mayor esplendor del otoño, la estación de los admiradores de las hojas. Reina un calor típico del veranillo de San Miguel, pero quizá la temperatura que siento yo se deba a nuestra carrera, la que quedó interrumpida cuando el coche, similar a todos los demás vehículos de lujo que circulan por este pueblo costero de Massachusetts, dobló el recodo.
Reconstruyo con detalle microscópico lo que sucedió en el minuto anterior: un SUV de color negro salió de Harbor Lane y se incorporó a Beach Street; la ventanilla trasera, la del lado del conductor, con lunas tintadas, descendió y miré a la mujer que corría conmigo, la que ahora se halla tendida en el suelo pero que hace un minuto estaba de pie y corriendo: estaba manipulando una lista de canciones en su iPhone. En el simple gesto de girar la cabeza hacia ella y bajar los ojos hacia la pantalla de su iPhone, debí de perderme la boquilla de una pistola que apuntaba en su dirección desde la ventanilla bajada del coche. Acto seguido, sin ningún sonido asociado a ninguna causa, mi compañera se derrumbó de costado y hacia atrás, igual que una jirafa moribunda. Conforme el coche aceleraba hacia la salida del pueblo, el iPhone salió rodando y ahora estará debajo de un arbusto de hortensias sin flores que, casualmente, en este momento me está arañando el talón de Aquiles. Yo había establecido en tres minutos el modo de seguridad del iPhone cuando se lo regalé las Navidades pasadas, lo cual quiere decir que pasan tres minutos hasta que se hace necesario introducir una contraseña. Ya han transcurrido dos minutos desde la última vez que apretó un botón, suponiendo que yo, en mi estado de shock, haya calibrado correctamente el paso del tiempo.
Necesito ese teléfono. No puedo permitir que ni la policía ni nadie se haga con él cuando llegue.
Se me pasó apuntar la matrícula del asesino. Un error imperdonable. «¿Iban a ser tan idiotas como para llevar una matrícula que se pudiera rastrear? A lo mejor no me he perdido nada.»
En la parte delantera del cuerpo no hay signos de balazos. Están en la parte de atrás. La parte de atrás, que está en contacto con la grava de este sendero. Hace solo dos minutos, me hinqué de rodillas, la puse de costado, vi piedrecillas en la herida, y la acuné en mis brazos, hiperventilando hasta entrar en un estado de confusión que literalmente me dejó sin aliento. Casi todos los interruptores emocionales de mi mente se encendieron espontáneamente, sin que yo les diera permiso. «¿Quién está gritando?» Me parece que soy yo.
El puerto está detrás. Las campanas de las embarcaciones y el tráfico marítimo siguen su curso. Los patos de la ensenada, que ahora está con la marea baja, se dirigen hacia la tupida vegetación de la marisma salada, como si el mundo no hubiera dejado de girar, como si el infierno no hubiera invadido el pueblo y no hubiera arrojado sobre mí puñados de terror y de maldad inclemente. Mi madre está agonizando en el suelo con piedras incrustadas en la carne, fragmentos de tierra colándose en su columna vertebral. He de desactivar todo sentimiento y dominar mi mente, controlar esta situación.
Quizá oigo sirenas. Quizá una mujer, que también estaba corriendo, viene hacia mí a toda velocidad. Me parece que lleva una falda de tenis de color rosa. Ahora está más cerca, me coge la cara. La visera blanca que lleva encima de su cabello blanco dice SALEO COUNTRY CLUB. Me está gritando que me tranquilice, lo cual no surte ningún efecto, sino que más bien consigue lo contrario, que me enfurezca. «Tranquilízate —me dice otra vez—. Tranquilízate.» Por el modo en que lo dice, con ese acento de Boston, alargando las vocales, hace que mis párpados se cierren y las aletas de mi nariz se ensanchen. La visera del Saleo Country Club le oculta las gafas de sol negras.
«Saleo exige a sus miembros vestir solamente de blanco, y ella va de rosa.»
El Saleo Country Club se encuentra a diez minutos de aquí, lejos de Fry Rock Beach, que era adonde nos dirigíamos nosotras. Saleo, adonde acuden a jugar al golf los presidentes ejecutivos, los directivos de empresas, los jueces, determinados políticos y los aduladores. Así es como describe mi madre ese club, riéndose con adjetivos ridiculizantes. Así es como lo describía.
Necesito concentrarme. Necesito no sentir esto. Necesito desactivar los sentimientos. Necesito dejar a mi madre en el suelo y buscar su teléfono sin que me vea nadie.
Los coches se acumulan frenando a mi izquierda. Un Mercedes antiguo. Un BMW nuevo. Varios Volvos y SUV. Un Audi viejo que me recuerda a mi hijo Vantaggio. Vanty se encuentra fuera, en su primer año de universidad, a salvo en Princeton con Sarge, el hombre al que pago para que lo proteja. El Audi de Vanty está en el aparcamiento de la universidad.
«Llamaré a Vanty... No, llamaré a Lenny, le pediré que vea si nuestro Vanty se encuentra bien.»
Wedding Park, con su circuito para corredores bordeado de árboles, su sendero de piedras, su cancha de béisbol, su edificio blanco y redondo y su parque infantil, limita con el puerto a mi derecha. En ese lado se congregan las niñeras que hace unos momentos estaban cotilleando en los bancos mientras los niños se lanzaban por los toboganes, grupos de corredores a la moda y una clase entera de yoga. Ruidos, murmullos y gritos se confunden con el colorido follaje formando un caleidoscopio de sensaciones borrosas.
Centro la mirada en una nube. No es la primera vez que sufro un trauma. Soy capaz de mantenerme fría. «Mantente fría.» Empiezo a contar los bultos y los jirones: hay once nódulos de cúmulos, ni un solo punto oscuro, ni un solo nubarrón de tormenta. Podría pintar esa nube, primero con una panza rechoncha y luego añadiendo contornos en forma de pinceladas blancas y grises de un tono muy claro, y acaso con un toque infinitesimal de azul. Al estudiar los píxeles de colores vivos que me rodean, lucho contra todos los interruptores que se han activado espontáneamente en mi interior. Miedo: lo aparto de mí. Ira, le cierro la puerta de golpe. Odio, tristeza, dolor, incredulidad, todos fuera. Me quedo insensible. Muerta por dentro. No puedo sentirme así por mi madre.
Todo esto no debería estar sucediendo. Todo esto no formaba parte del plan. Esto supone una desviación tremenda.
Siento un tirón en la sudadera que me hace bajar de nuevo a la tierra, así que me inclino hacia la boca de mi madre, donde la sangre ha manchado su dentadura blanca y perfecta. Cuando mi oído llega ahí, oigo cómo gorgotea y se ahoga en la pérdida de viscosidad de la vida.
—Juez Rasper... —susurra mi madre entre ahogos.
—¿Qué? ¿Quién? —le pregunto, aunque lo que ha dicho está tan nítido en mi cabeza como si lo hubiera dicho yo misma. Quiero confirmación, porque noto que en mi interior está naciendo un estado nuevo.
Noto que el plan está modificándose para añadir una capa adicional. Mi plan lleva dieciocho años tomando forma: es un plan destinado a sacar a la luz a aquellas personas que fueron cruciales para lo que me ocurrió hace dieciocho años. Y ahora tengo la seguridad de que mi madre estuvo fisgoneando, quedó atrapada en mi red, y por ello va a morir.
—Juez Rasper —repite mi madre—. Guarda relación con tu secuestro. —Pone los ojos en blanco y enseguida su cabeza se desploma sobre mi antebrazo. Ya no está. Se ha ido.
De nuevo me envuelve una tormenta de sentimientos. No veo nada más que un color blanco, y la garganta y los pulmones me arden a causa de la privación de oxígeno. He de luchar contra mí misma, no puedo caer en espiral. Me concentro en pintar la nube. «La nube, la nube es mi ancla.» Acciono todas las palancas emocionales, otra vez. Y otra. Hay un sentimiento que es el más difícil de todos, pero consigo dominarlo haciendo un gran esfuerzo: la culpa. La desactivo. Que mi madre se haya ido es culpa mía. Ya están todos los sentimientos desactivados.
La deposito en el suelo.
Cojo su iPhone con un floreo típico de un mago.
La mujer de la falda rosa pone mucha atención en mirar cómo me lo guardo en el bolsillo de mi sudadera.
En uno de los miles de vídeos de defensa personal que he estudiado a lo largo de los años, un guardaespaldas decía que si alguien te sigue debes actuar como si estuvieras loca. Sugería que hablaras contigo misma, que golpearas cosas, que abrieras mucho los ojos, que adoptaras un acento del sur al dirigirte a un gato invisible atado a una correa invisible; lo que fuese con tal de parecer una lunática. A veces, decía ese guardaespaldas, los locos no quieren tener nada que ver con los que no están locos. Le pedí a Nana que me aclarase aquel punto un poco más, dado que durante toda mi vida había sido reacia a mantener activados mis sentimientos y entender plenamente dichos matices. Nana me explicó que «Actuar como una lunática es mostrar acciones y palabras disociadas con las acciones y las palabras de las personas que te rodean». Eso me pareció más práctico, y es un método que voy a emplear ahora mismo. Estoy pensando que actuar como una lunática tal vez impida que se me acerquen los curiosos y esa mujer de la faldita rosa.
Acaricio la mejilla de mi madre y me voy incorporando, cada músculo, cada articulación, una por una, igual que el implacable alienígena metálico de la película Terminator, cobrando vida de nuevo, como una vasija. La cabeza de mi madre se aparta del estruendo que reina en el camino al tiempo que los curiosos se agolpan a nuestro alrededor. Su rostro, su mejor perfil, se incrusta en la grava.
Aspiro una profunda bocanada de aire por la nariz, con los ojos cerrados.
Todo está desactivado.
Vuelvo a ser yo.
Una hoja de color rojo se queda adherida al pegamento que forma la sangre de mi madre en la puntera reforzada de mi zapatilla deportiva Nike, reforzada para proteger la prótesis que sustituye a dos dedos. La mujer de la faldita rosa, la que me ha dicho que me tranquilice, está inclinada sobre mí; a lo mejor es enfermera, porque es la única del grupo que no está acobardada o llorando o chillando o llamando a la policía por el teléfono móvil.
—Cariño, ahora necesito que vengas conmigo. Ven aquí, respira —me está diciendo. Me agarra el brazo como si fuera un médico, como diciéndome que me va a poner en tratamiento, y también que ya se encarga ella de controlar todo. Pero no va a controlarme a mí.
Pulso todos los botones que puedo en el iPhone de mi madre, guardado en el bolsillo de mi sudadera, aun cuando solo han pasado diez segundos desde que intenté revivir sus bytes. Soy cada vez más consciente de la urgente necesidad de entrar en su teléfono y leer sus correos, invadir el despacho que tiene en casa y leer sus anotaciones de abogada para buscar toda la información que posea acerca de ese tal juez Rasper y averiguar de qué forma está relacionado con su asesinato y con lo que me ocurrió a mí cuando tenía dieciséis años.
La mujer de la faldita rosa ya me está agarrando con firmeza, demasiado controladora. Examino su rostro: lunar en la sien izquierda, cabello blanco, nacimiento del pelo más tupido y más adelantado que la mayoría de las mujeres de su edad. ¿Será una peluca blanca? Resulta difícil distinguirla bajo la presión de esa visera del club Saleo. Tiene cuarenta y muchos años, nariz arrugada, bolsas de celulitis en los brazos en lugar de unos bíceps y tríceps de tenista bien definidos, los suyos se parecen más a los pegotes de caramelo que agarra Nana con su cuchara de palo. Su atuendo es profesional y se ve nuevo. Mientras que con una mano me aferra el brazo derecho, con la otra deposita su raqueta en el suelo con cuidado de empujar el mango de forma que el extremo quede mirando hacia mí, y mi madre a mi espalda.
Retuerzo la muñeca para zafarme de ella y me suelto el pelo, mi melena larga y superespesa que con la ayuda de unas extensiones casi me llega hasta la rabadilla, con movimientos lentos, exhibiendo el brillo y el peso de la cabellera. Agito mi pelo real y mi pelo falso, como si ese fuera el loco propósito de todo este suceso: tener la oportunidad de lucir mi melena en el puerto. Pero ese no es el propósito de mi pelo sintético.
Hablo sin establecer contacto visual con nadie, mandando una mirada desconectada a los espacios que hay entre los presentes.
—¿Alguien puede encargarse de que mi madre se limpie la herida, se ponga una tirita y se vaya a casa? —digo en tono frío. Luego miro con los ojos muy abiertos la nube inofensiva de antes, a la vez que me aparto del cadáver de mi madre y salgo del grupo trotando con paso ágil—. Por favor, mi madre odia los estropicios. Que alguien la ayude a limpiar esto.
«Leer los correos del teléfono de mi madre. Ver las notas que tiene en su despacho.»
De pronto aparecen dos hombres vestidos con ropa de golf y me agarran por los brazos para que no me mueva del sitio, aunque estoy toda manchada de sangre. Pero yo me zafo de ellos. Mientras estoy distraída por esos dos hombres y demasiado cansada de hacerme la loca, la mujer de la faldita rosa aprovecha para sacarme de allí. En un santiamén consigue sujetarme y apoyarme contra el tronco de un árbol.
—Llamen a una ambulancia —dice en dirección al grupo de gente—. Esta mujer está sufriendo un shock. Ya la sujeto yo.
«Domínate, deja de calcular mal la situación. Controla esto. No te derrumbes.»
La mujer bloquea los codos y, con los brazos rectos, me empuja contra el tronco del árbol aferrándome las muñecas. Noto la aspereza de la corteza del árbol a través de la sudadera. La mujer me tiene aprisionada, haciendo fuerza con todo el cuerpo. Me parece que debe de haberse entrenado en reducir a un adversario, porque me ha suprimido la posibilidad de usar las manos y de alcanzarle la cabeza, que es adonde he de llegar para anularla y controlarla.
La miro a los ojos. Nos miramos fijamente la una a la otra. Ella esboza una sonrisa. Nadie más puede verlo.
—Lisa —me dice—, entrégame el teléfono de tu madre y dime dónde están todas sus notas, y no tocaremos a Vanty.
Ahora sé que voy a hacerle daño.
Baja la mirada hacia el bolsillo de mi sudadera.
—Vamos —dice señalando el teléfono de mi madre, pero va a tener que soltarme las manos para coger el teléfono, o permitirme que se lo entregue yo. Veo que titubea, que está estudiando mi reacción.
Decididamente, en la comisaría están empezando a sonar las sirenas.
Sería fútil hacer uso de mi fuerza para liberar los brazos. En vez de eso, le propino un rodillazo en la entrepierna, a fin de desequilibrarla. Cuando ella echa el cuerpo hacia atrás y flexiona los codos, yo giro los brazos y abro la tenaza a la altura de los pulgares, que son sus puntos débiles. Ya con los brazos libres, de un rápido manotazo le quito las gafas de sol y la visera, le agarro la cara con las dos manos, le meto los pulgares en los ojos y le clavo las uñas con saña en el cartílago de las orejas.
Ahora la tengo en mi poder. Le retuerzo la cabeza, que mientras yo tenga los dedos metidos en los ojos va a donde yo diga. La empujo hacia atrás, tropieza y cae.
Echo a correr.
El cadáver de mi madre ha quedado varios metros atrás. Subo por la cuesta que lleva a su casa.
Aunque me he entrenado en varias artes marciales previendo el plan por el que he venido a Massachusetts, recuerdo que tras el secuestro mi madre me obligaba a ver vídeos de defensa personal. El núcleo de las enseñanzas de mi madre lo formaba lo que debía evitar, lo que debía combatir, lo que era reprobable, cómo trazar un plan y la supremacía de la eficiencia. Han sido enseñanzas muy valiosas.
«Enseñanzas muy valiosas.
»Gracias, madre.»
Hago una pausa al llegar a lo alto de la cuesta, frente al parque, y veo que la mujer de la faldita rosa ha recuperado su raqueta. Se tapa la boca mientras habla por un móvil. Se le ve la malla de la raqueta bajo el brazo, con el mango apuntando claramente hacia mí.
La multitud gira la cabeza para mirarme, primero a mí, después a ella, después otra vez a mí. Ella observa desde detrás de las gafas de sol que ha debido de ponerse de nuevo en la cara antes de incorporarse. Está señalando en mi dirección, hacia un punto situado más adelante, como si supiera adónde me dirijo. Saco el iPhone de mi madre, acciono la cámara, amplío la imagen con el zoom y hago una foto. Más allá de la multitud y más allá del puerto, y como estoy en un lugar más elevado, alcanzo a ver las luces estroboscópicas azules y rojas de los coches policiales de la comisaría. Vienen hacia aquí.
«Tengo que irme. Irme. Coger las notas de mi madre.»
No me cabe duda de que Nana me frenaría y me advertiría que una persona normal estaría sufriendo varias capas de disuasores emocionales respecto de lo que acaba de suceder. A mis treinta y cuatro años, ya he sido alumna de sus instrucciones las veces suficientes como para entender eso. Pero es que ahora no tengo tiempo para recibir lecciones de humanística. Está en juego la vida de varias chicas. Este plan contiene un componente crítico: la ejecución en el tiempo. Si queremos salvar una casa de víctimas de la trata de seres humanos que están siendo sometidas a las peores torturas, y también capturar a sus captores y a sus poderosos clientes, debemos ejecutar mi plan dentro de los dos próximos días. Este círculo de monstruos ciertamente está relacionado con el pequeño círculo de locos que me secuestró. Y dicha relación es el hilo que he tomado y del que vengo tirando desde que me liberé para llegar a donde nos encontramos en este momento. He pasado dieciocho años buscando pistas para descubrir el quién, el qué, el cuándo y el dónde, dieciocho años adquiriendo recursos para pillarlos a todos con las manos en la masa, para permitirles un nulo margen legal de maniobra para que nieguen o se defiendan. Sin embargo, no tengo la menor idea de cómo se implicó en esto mi madre ni de cómo encontró a ese tal juez Rasper, que, según ella, está relacionado.
Pero nada va a detenerme. Ni el asesinato de mi madre, ni tampoco los sentimientos, desde luego. Nada. Porque no vamos a tener otra oportunidad.
Echo a correr por un sendero que atraviesa los árboles y que desemboca en una calle, ya más cerca de la casa de mi madre. Mi padre no estará; lleva un año fallecido. Al acordarme siento una emoción que bulle en el fondo de mi mente, un borboteo que me inunda el cerebelo, un hormigueo que me zumba en los lóbulos temporales. Pero suprimo toda esa violenta energía mental y corro con más ahínco.
El Audi de mi madre está aparcado en el camino de entrada para coches. Ojalá la matrícula no fuera tan fácil de recordar: TIBURÓN. Con una matrícula así, cualquiera podría seguirla. Cualquiera podría haberme visto a mí al volante de ese coche la semana pasada. Vuelvo a recogerme el pelo real y el pelo falso en un moño flojo, con cuidado de no tirar demasiado fuerte de las extensiones, que me nacen de la nuca. Miro la matrícula del coche con el ceño fruncido.
Mientras me paso la mano por el pelo recogido, avanzo hacia la parte posterior de la casa de mi madre, construida en granito y dotada de una cocina que tiene un techo tan alto como el de una catedral y un despacho alojado en una torreta. Hago caso omiso de la mancha de sangre que llevo en la sudadera, en las punteras reforzadas de mis deportivas y también en lo alto de las espinillas. Es la sangre de mi madre, no la mía.
Mi madre vive aquí, vivía aquí, con su doncella jefe, una polaca de treinta y muchos años llamada Barbara. Las dependencias de Barbara se encuentran en el pabellón de carruajes que hay detrás, junto al garaje, el cual aparece ahora ante mi vista, cuando continúo por el camino para coches y entro en el jardín de atrás para dirigirme al recibidor trasero. Por la colina asciende un aire salado, como si me hubiera seguido, y me recuerda lo cerca que está el mar.
Barbara está muerta, tiene un orificio de bala que le atraviesa la región escapular posterior del tórax, el lado donde está el corazón. Está derrumbada en los escalones del porche trasero, con los brazos por encima de la cabeza, señal inequívoca de que ha sido una ejecución. Más o menos ya me estaba esperando esto mientras volvía del puerto. Abrigaba la ligera esperanza de que hubieran dejado en paz a Barbara, y, por supuesto, no ha sido así. Me concentro en el color negro grisáceo de las baldosas, en los rincones limpios de polvo y en los ángulos de luz que sombrean transversalmente el recibidor. No miro a Barbara.
«Ejecuta el plan. No fracases como fracasaste a la hora de salvar a Dorothy hace tantos años.»
La puerta trasera está abierta. Paso por encima del cuerpo de Barbara. Las alarmas de la casa no han saltado, el intruso ha debido de obligarla a teclear el código a punta de pistola.
Vanessa, la gata de mi madre, está con el lomo arqueado y siseando en dirección a la escalera de caracol que conduce de la cocina al sótano del ala derecha de la casa, lo cual me dice que el asesino de Barbara aún está dentro. También reparo en la huella de una pisada más grande que la mía, que la de mi madre y que la de Barbara. Dicha huella va haciéndose más tenue conforme se acerca a un punto del suelo de pizarra del recibidor iluminado por el sol. Es una huella apenas visible pero reciente, puede que de hace solo unos minutos. Talla: un 43 de caballero, posiblemente una bota, posiblemente negra.
No tengo tiempo para lidiar con este asesino, resulta obvio que ha venido a buscar la misma información que debo encontrar yo. Sea lo que sea lo que descubrió mi madre, estos monstruos quieren borrarlo de la faz de la tierra, de la mente de mi madre, de su teléfono y de sus notas. Necesito encontrar las notas antes de que intervenga la policía y lo desbarate todo. No estoy segura de quiénes son las personas que intervendrán —sabemos que hay varias, pero no conocemos sus identidades— en la trama que esperamos desvelar. Yo y mi pequeño equipo.
Me deslizo hasta un vestíbulo sin puertas, hasta una fila de monitores de seguridad que el año pasado le insistí a mi madre que instalase. Estudio todas las pantallas, que muestran todas las estancias de la casa. «Asesino acorralado, atrapado en el cuarto de lavar que hay en el sótano de la casa de mi madre.» Se le ve inmóvil, da la impresión de estar escuchando. Imagino que me habrá oído entrar. Aprieto el botón del altavoz.
—Tire el arma. La casa está rodeada. No se mueva —digo.
Él murmura algo, pero estos monitores no tienen sonido. Se golpea una pistola contra el muslo. Es idiota.
Cuanto más tiempo pasa, más fuerte se oyen las sirenas.
—¡Deja la puta pistola encima de la secadora, gilipollas! —grito al micrófono.
El asesino obedece, levanta las manos y da un paso atrás.
—Quieto. ¡No te muevas ni un centímetro más!
Me asomo por la puerta de atrás. Barbara está derrumbada y sin vida. Aunque debería, no tengo tiempo para inutilizar y castigar al imbécil de su asesino, que no se ha movido del sitio. Continúa en el cuarto de lavar, creyéndose atrapado. Calculo que dispongo de cuatro minutos para encontrar lo que necesito. La policía averiguará quién es mi madre y dónde vive, y enseguida se enterará de que me zafé de la mujer de la faldita rosa y vine corriendo hasta aquí. Debería haberle partido el cuello.
Me dirijo al despacho de mi madre, ubicado en la torreta, y por el camino me voy quitando la ropa manchada de sangre y las deportivas, manchadas también. Las prótesis de mis dedos son seguras y capaces de tolerar un poco menos de refuerzo. De paso, recojo de la cesta de la ropa limpia de Barbara, que ella ha dejado sobre una mesa de centro, una camiseta gris doblada que dice NO, mis Seven Jeans y una toalla. Me limpio la sangre de las piernas, arrojo la toalla en un rincón y me cambio sin dejar de andar. Me calzo con las zapatillas de jardinería de mi madre, les ato los cordones y subo la escalera.
El despacho de mi madre está completamente destrozado. El imbécil que aguarda en el cuarto de lavar ha probado antes aquí, pero no ha encontrado lo que necesitaba. Naturalmente que no, él no sabe de qué modo documenta mi madre sus ideas y sus hallazgos en una serie de cuadernos que diseñó para que parecieran libros viejos. Las paredes de su despacho están forradas de estanterías que van desde el suelo hasta el techo, repletas de libros que aparentan ser volúmenes de historia del derecho anglosajón pero que en realidad contienen, entremezcladas con libros auténticos, las notas que ha ido escribiendo a lo largo de los años. Así lo quiso ella porque, tal como decía: «La confidencialidad de lo que hago en ocasiones debe permanecer oculta, incluso para mí misma. De manera que, metidas en libros, y siempre delante de mí, las confidencias de mis clientes y las cosas que pienso de ellos estarán ocultas pero a la vista de todo el mundo. Y tú, Lisa, jamás pienses siquiera en tocarlas. Se ha de respetar la confidencialidad entre abogado y cliente».
Mi madre podía mostrarse así de severa. Pero ahora ha muerto, de modo que no sería práctico obedecer unas reglas que ya no sirven.
El imbécil del sótano extrajo de las estanterías un par de libros de señuelo, vio que no contenían nada más que textos jurídicos antiguos y ningún papel escrito a mano por mi madre, y pasó a otra cosa.
Cojo los tres últimos libros, siguiendo el método de fechado en clave que utilizaba mi madre, el cual escribía en letras cursivas blancas en el lomo de cada volumen nuevo. De uno de ellos cae una delgada agenda encuadernada con piel de topo. Rápidamente examino lo que ha escrito en ella en estas últimas semanas y descubro el nombre de «Velada», «Iglesia mariana», «Juez Rasper» y «Dentista», o bien las abreviaturas que los identifican: V, mariana, J. R. y Dentista, pero a menudo escritos en la misma página. No tengo tiempo para leerlo todo. Ya sé lo suficiente. «Velada» e «Iglesia mariana» me dicen que mi madre tropezó con el avispero que forma parte de mi plan. Pero este «Juez Rasper» es una información nueva. Y en cuanto a lo de «Dentista», no tengo ni idea de a qué se refiere.
«Ya averiguaré desde dentro el papel que desempeñan Rasper y este Dentista. No te desvíes del rumbo. Ejecuta el plan. Empezaremos hoy. Temprano. Control desde dentro.»
Mi propio iPhone se encuentra dentro de una caja fuerte en mi habitación, situada en el ala derecha, en el otro extremo de la casa, al lado de la cocina. Cojo el teléfono inalámbrico de mi madre para marcar el número de móvil del agente del FBI jubilado que tengo trabajando en mi firma de consultoría, que casualmente es el mismo que me ayudó a salvarme hace dieciocho años. El agente especial Roger Liu. Mientras marco el número, leo una notita adhesiva pegada al ordenador de mi madre en la que se indican todas sus contraseñas.
—Liu —responde. Si estuviéramos en nuestra oficina central de Luisiana, habría respondido: «15/33, sociedad anónima».
—Escucha —le digo al tiempo que rompo en pedazos la notita de las contraseñas—. Mi madre descubrió o le contaron lo de Velada. Acaban de asesinarla de un tiro. En su agenda aparece «Iglesia mariana». Y también algo referente a un tal juez Rasper y a un dentista...
Me interrumpen unos golpes que se oyen en la escalera. La habitación en la que me encuentro se sacude con la vibración, porque esta es la parte antigua del edificio. Dejo el teléfono inalámbrico en la mesa escritorio y la agenda de mi madre sobre una mullida butaca giratoria y me preparo. Ahora, el iPhone de mi madre está en el bolsillo de atrás de mis vaqueros.
Cuando levanto la vista, veo que el imbécil del sótano está subiendo la escalera.
Giro la butaca de forma que el asiento donde está la agenda quede mirando hacia mí. El respaldo da hacia la puerta, donde ahora ha aparecido el imbécil del sótano, y me bloquea la salida. A mi espalda tengo una ventana cerrada, pero hay seis metros de altura y si salto desde ella corro peligro de lesionarme gravemente o de matarme. Las zapatillas que llevo no absorben los impactos, y en el exterior no hay ninguna cornisa en la que pueda apoyarme para bajar hasta el suelo. El imbécil del sótano mide medio metro más que yo.
Por el teléfono inalámbrico se oye la voz de Liu:
—Lisa, ¿qué ocurre? Lisa... Joder... Lisa...
—Las notas, ya —dice el imbécil del sótano entrando en el despacho. Pasa por debajo de la máquina de gimnasia que hay en la puerta y se dirige hacia la butaca. Camina con cautela, con los brazos levantados y en posición de combate. Deben de haberle advertido respecto de mí; trabaja para la misma gente que pretende llevarme cautiva de nuevo mañana para utilizarme en su enfermiza casa de los horrores como otra víctima más de la trata. Creo que ellos no saben que yo sé eso, ni que tengo una trampa para su trampa.
Observo su manera de moverse. Su pie dominante es el izquierdo y se encuentra a cuatro pasos de la butaca.
De repente giro la butaca y la agenda queda frente a él.
—Ahí las tiene —le digo.
Se sorprende y hace una pausa.
—Adelante, cójalas.
Cuando se inclina, vuelvo a girar la butaca hacia mí, agarro la agenda y me la guardo en el bolsillo frontal de los vaqueros. Acto seguido, me subo de un salto a la butaca y luego a sus hombros, a horcajadas, con mi pelvis delante de su cara. Mientras lo asfixio con los muslos, me inclino por encima de su cabeza aprovechando el impulso del salto y consigo que doble el torso hacia atrás, lo cual rompe su postura. Es simple física. Cuando cae de espaldas al suelo, alargo la mano y me agarro de la máquina de gimnasia. Me quedo colgando con él debajo, medio cuerpo en el rellano de la escalera y el otro medio dentro del despacho de mi madre. Apunto a su cara con los pies y me suelto. Los cincuenta y tres kilos que peso le caen de lleno en la nariz, en los ojos y en la boca. Luego salgo disparada en dirección a la escalera.
Pero lo he subestimado. He creído que, al igual que hizo la mujer de la faldita rosa, centraría la atención en lo mucho que le dolía la cara, he pensado que eso lo distraería. Pero ni siquiera ha hecho un gesto de dolor, ni tampoco ha levantado una mano para tocarse la nariz rota ni el labio partido. Absorbe las heridas ignorándolas, se dobla sobre sí mismo y se pone de pie. El rechinar de sus botas negras y el crujido del suelo de madera del despacho levantan eco en las paredes azules de la escalera. Antes de que yo pueda escapar, saca su pistola y me golpea con ella en la sien. Ahora soy yo la que está en el suelo, de nuevo oyendo zumbidos y hormigueos en mi cerebro y viendo las estrellas. Una visión distorsionada y ondulante me dice que ha levantado un pie con la intención de estampármelo en el mismo punto dolorido en el que me ha golpeado con la pistola. Y mientras, llevada por el instinto, me toco el lugar del dolor y me enrosco sobre él como si eso fuera a reducirlo. Me viene a la memoria la principal enseñanza de Sarge: «Tu dolor es el principal recurso de tu adversario. No des recursos a tu adversario». Era la tercera vez que Sarge me rompía la nariz cuando dejé de encogerme sobre mí misma. Así que esta vez no me encojo sobre mí misma, ni tampoco me consuelo, sino que ruedo por el suelo.
A estas alturas, las sirenas ya llenan la escalera y el mundo exterior. Allá abajo se oyen gritos y carreras. He rodado sobre mí misma hasta lo alto de la escalera, y en ese momento el imbécil arremete contra mí con el arma levantada, como si fuera a golpearme otra vez.
—¡Quieto! —oigo que exclama alguien al pie de la escalera—. ¡Tire el arma!
Sé que si me muevo este policía no va a saber qué demonios está pasando, así que me quedo quieta también.
«Nos hemos salido del plan por el momento.»
Siento que crece la furia en mi interior e intento contenerla. «Apechuga con esta desviación.»
«No fracases como fracasaste con Dorothy. No.»
La comisaría de policía de East Hanson se encuentra en el mismo edificio que el ayuntamiento. Aquí dentro está todo el gobierno de este pueblo, y no tiene en absoluto la pinta de ser un edificio en el que se llevan a cabo transacciones gubernamentales o se aplica la ley. Más bien me recuerda a las plantaciones sureñas que había junto a la casa de Nana en Savannah: un edificio rectangular de ladrillo blanco provisto de unas columnas blancas y un majestuoso porche. Con unos grandes helechos colgando de unas argollas. Comparte el aparcamiento del pueblo con los usuarios de la rampa para embarcaciones. La rampa para embarcaciones desemboca en una ensenada en la que flotan varias hileras de pantalanes para botes de remos y lanchas rápidas. Más allá de la ensenada hay un canal por el que circula un tren suburbano, y más allá está el puerto, en el que hay anclados veleros y yates que valen millones de dólares.
El cadáver de mi madre está en el parque adyacente al puerto. Lo más probable es que ahora esté cubierto por una sábana blanca. Miro en esa dirección a través de una ventana abierta del despacho de la jefa de policía, a la espera de que termine de leer un fajo de papeles bajados de internet.
Naturalmente, mi vista humana infradotada no es capaz de ver más allá de la ensenada y del canal cubierto por el puente, no es capaz de perforar las velas de los veleros que hay en el puerto, ni de atravesar como un rayo láser todos los árboles del parque hasta donde se encuentra mi madre. Sin embargo, sí que soy capaz de visualizar su cuerpo bajo una sábana blanca.
—Lisa...
Imagino un pliegue en la tela por encima de sus pies.
—Lisa...
Al recorrer su cuerpo con mi visualización, reparo en que la sábana no sube y baja al ritmo de su respiración, una respiración que no existe.
—Lisa...
La jefa de policía emite una tos para que aparte mi atención de la ventana. Se apellida Castile. Cuando me vuelvo hacia ella, frunce los labios.
—Lisa, lo siento mucho. Esto debe de resultar muy duro —dice la jefa Castile.
Esta es la comisaría de policía de un pueblo rico, situada junto al mar, dentro de un majestuoso edificio del estilo de las plantaciones. Aquí no existen salas de interrogatorio sin ventanas, no hay necesidad. En el único calabozo que hay tienen custodiado al imbécil que ha asesinado a Barbara, pero normalmente se reserva para que el personal de la comisaría juegue a las cartas. Esa es la información que he recopilado escuchando a todos los que andan de cháchara por fuera del despacho del jefe mientras esperaba a que Castile terminara de leer los datos que han encontrado sobre mí buscando en Google. La mayoría de los agentes de Castile y de la policía de este estado se encuentran donde mi madre o en el puerto, trabajando en las escenas del crimen. La jefa Castile ha decidido encargarse personalmente de hablar conmigo, dado que soy el testigo principal y la única víctima que sigue viva.
De modo que allá vamos. Ha llegado el momento de las preguntas sin respuestas.
Castile me está mirando. Me gustaría saber qué experiencia puede tener en investigar crímenes trabajando en una localidad costera como East Hanson. Y aunque estoy bastante segura de que su vida profesional es pacífica e inocente y que se limita a responder llamadas acerca de turistas que invaden las playas de propiedad privada, no tengo pruebas verificadas e irrefutables de que pueda fiarme de ella o de las personas que tienen acceso a sus archivos, así que no voy a divulgar ningún hecho relevante.
Se notan un sabor a sal y un olor a marea baja que llenan la habitación. Una gaviota gris, que parece tiñosa en comparación con las que vuelan en la ensenada, se posa en el alféizar de la ventana. Da la impresión de querer hacerse con el poco práctico sándwich de Castile, que lleva tres centímetros de lechuga y cinco de carne. Castile se pone de pie, espanta a la gaviota y cierra la ventana.
—Menudo buitre —comenta sonriéndome—. Ese pájaro siempre está intentando robarme el almuerzo.
Me fijo en un armario que hay detrás de Castile. En él está guardado con llave el iPhone de mi madre; algún policía lo recogió del rellano del segundo piso de la casa de mi madre y lo metió en una bolsa de pruebas. Se me había salido a mí del bolsillo y estaba justo entre yo misma y el imbécil del sótano. Dado que mi madre le había puesto en la parte de atrás una pegatina con su nombre y el teléfono de su oficina, no pude afirmar que era mío. La delgada agenda de mi madre sigue estando en el bolsillo frontal de mis vaqueros, debajo de mi camiseta. Necesito recuperar ese teléfono. Me parece que Castile tecleó 8933 en la cerradura del armario cuando me condujo a este despacho y me sentó en su silla de invitados, pero podría equivocarme en un dígito o en los cuatro.
Antes de que la policía nos condujera al exterior de la casa de mi madre, en un momento dado Liu dejó de chillar por el teléfono y creo que empezó a escuchar. «Soy una víctima», les decía yo repetidamente a los agentes que estaban esposando al imbécil del sótano y metiendo en una bolsa el teléfono de mi madre. Pero como los agentes desconocían lo que estaba pasando, y les había llegado la información de que yo le había clavado las uñas a la mujer de la faldita rosa, que había huido de la escena poco después que yo, no me esposaron ni me detuvieron; tampoco me registraron, pero sí me refrenaron y me pidieron que respondiera a unas preguntas en la comisaría. En ocasiones es más rápido obedecer, de modo que aquí estoy.
—¿Ha llamado ya Boston? Quiero asegurarme de enviar ese teléfono a las personas adecuadas para que lo sometan a un examen forense. ¡Lo antes posible! —le chilla Castile desde su sillón a alguien que está fuera del despacho.
—Todavía no, jefa —contesta una mujer.
—No es necesario que le hagan ningún examen forense a ese teléfono —intervengo yo.
—¿Disculpe?
—Un examen forense no va a decirles lo que necesitan saber. Es innecesario.
Castile se inclina sobre su mesa, apoya la barbilla en la mano y me estudia de cerca. Las arrugas de las patas de gallo que le rodean los ojos tienen un color más claro que la piel de alrededor, que está bronceada. Todas las partes de su cuerpo, incluido el rostro, presentan buen tono muscular. La pared que tiene a la espalda, contra la que se apoya el armario de las pruebas, se ve repleta de certificados, unos cuantos títulos, una tabla de surf de un metro de largo, decorativa, pintada de color naranja, y en el centro una placa de un campeonato de biatlón, un primer premio a la puntería esquiando. Su aparador está abarrotado de fotografías enmarcadas de un niño en diversas poses deportivas: fútbol, surf de remo, esquí, baloncesto; en otras se la ve a ella rodeándole los hombros con el brazo. En todas las mallas deportivas luce el número 33. Las imágenes de ambos con diferentes uniformes y atuendos forman un arcoíris. Castile y su hijo podríamos ser Vanty y yo, excepto que su hijo tiene los ojos de un color avellana opaco, no tan brillantes como los azules y cristalinos de Vanty. Castile lleva la pistola sujeta al pecho con una correa.
Mantengo las manos apoyadas en las piernas sin cruzar, la postura recta, sentada en la dura silla de madera destinada a los invitados.
—Claro, claro, claro. La verdad es que usted es la experta en todo lo forense. Y sé que no pretende ser sarcástica cuando dice eso. Usted posee uno de los laboratorios forenses privados de mayor prestigio del país —me dice Castile al tiempo que coge las páginas impresas de internet que ha estado leyendo.
—Mi empresa no ofrece exámenes forenses de dispositivos digitales. Principalmente nos dedicamos a la consultoría de física y biología, en ocasiones metalurgia y química, para las autoridades y la empresa privada. Pero sé que ustedes no necesitan realizar un examen forense a ese teléfono.
Normalmente no hablo tanto ni doy estas explicaciones, pero es que tengo que buscar la manera de impedir que Castile le mande a alguien el teléfono de mi madre y yo lo pierda de vista. Estoy segura de que Liu está viniendo hacia aquí y debo estar preparada para liberarme yo y liberar el teléfono de mi madre en cuanto llegue. Gracias a Dios, no hay fotos de Liu en internet.
—Hum —dice Castile examinando otra página impresa—. Cuando uno busca el nombre de Lisa Yyland aparece gran cantidad de información. Incluso hay una página en la Wikipedia. Dice que a los dieciséis años la secuestraron en su casa de New Hampshire, estando embarazada, y que escapó matando a su captor. Los detalles de cómo lo hizo son bastante alarmantes, la verdad. ¿Electrocución? ¿O fue mediante ahogamiento?
«Las dos cosas.»
—Hum. Imagino que da igual, ¿verdad? Supongo que lo que hiciera tiene lógica, dado que ellos tenían planeado quitarle a su hijo y venderlo, ¿no? Seguro que yo habría hecho exactamente lo mismo, Lisa. —Lanza un bufido por la nariz y dedica unos segundos a contemplar el arcoíris de fotografías de su hijo—. Sí. Yo habría hecho exactamente lo mismo. Sea como sea —dice volviéndose de nuevo hacia mí—, a continuación mandó allí al FBI para que detuviera al resto de la banda. ¿Es cierto?
—Sí.
Vuelve a leer. Va pasando las páginas.
—Jefa... —le digo.
—Un segundo. Aquí dice que otra joven, una tal Dorothy Salucci, no consiguió salvarse.
«Dorothy no se salvó porque yo no fui capaz de salvarla a tiempo.»
—Y ahora usted es la propietaria del edificio en que las retuvieron a las dos. Vaya. Es el domicilio social de su empresa. Una antigua escuela abandonada de Indiana que usted adquirió en una subasta. ¿Es correcto?
—Sí. Jefa, repito que no es necesario que realice un examen forense al teléfono de mi madre.
Castile deja las páginas impresas.
—Pues si eso no es necesario, dígame qué es necesario.
—Un examen forense significaría que está buscando dentro del teléfono datos inactivos, ya sean fragmentados o borrados, o metadatos. Lo único que necesita en realidad es la contraseña, para poder acceder al correo actual y a las cuentas de texto. Y también a los contactos.
—¿Tiene usted la contraseña?
«Por supuesto que tengo la contraseña.»
—Es la contraseña de mi madre, no la mía. Sabrá usted que es abogada, ¿no? Trabaja en Boston, en Stokes & Crane. Estoy bastante segura de que todos sus correos y sus textos, y también sus notas escritas, están protegidos por la confidencialidad entre abogado y cliente.
—Eso no viene a cuento. Su madre, y lo siento, Lisa, está...
«Muerta.»
—La confidencialidad entre abogado y cliente pertenece a sus clientes, no a ella. Debería usted consultar antes a Stokes & Crane. —Mi ventaja consiste en que todo se retrase debido a una batalla legal por el acceso a los datos. Que se retrase lo suficiente para que nadie mire las notas de mi madre en los dos próximos días.
—Esto es una investigación criminal, Lisa. Estoy segura de que esas normas ya no sirven.
Me encojo de hombros. Podría iniciar un debate con Castile para prolongar la conversación, pelear con ella haciendo uso de los sentimientos y exigirle que muestre respeto por la muerte de mi madre. Estudio la posibilidad de fabricar unas cuantas lágrimas.
Castile me observa atentamente, al parecer está buscando algún movimiento en mi rostro.
—De acuerdo —dice—, está bien. —Frunce los labios, coge otra página impresa de internet y busca una referencia que acaba de recordar—. Bien. Los periódicos la llamaron a usted Niña Terrible. Perdóneme. Pero es así, ¿no? Aquí dice que usted es incapaz de experimentar emociones. Por lo menos eso es lo que testificó el psicólogo en una de las vistas del tribunal.
«Se equivoca. Era psiquiatra, no psicólogo, y lo que testificó fue que yo poseo una rara capacidad para elegir o no mis sentimientos. Incapacidad y capacidad de escoger son dos cosas muy distintas. Con frecuencia escojo no experimentar sentimientos, porque me anulan y me retrasan. La mayoría de los sentimientos causan ineficiencia.»
—Quisiera hacer dos llamadas telefónicas —declaro.
Castile se rasca la barbilla y gira la cabeza. Su cola de caballo rubio se balancea. El gesto de su boca es serio y tiene los ojos entornados.
—¿Dos llamadas?
—Sí. Usted no me ha detenido.
—No, no está detenida. Claro, claro. Pero nos gustaría hacerle varias preguntas, Lisa. No sé si todavía estará en estado de shock. Como le dije antes, en mi opinión deberíamos hacer venir a los técnicos sanitarios. Están arriba.
—No. Usaré su teléfono. Si quiere, puede mirar por el cristal de la puerta —añado, señalando la puerta del despacho a modo de indicación para que salga.
Castile se rasca el ojo derecho.
—De acuerdo. Está bien. Si acepta quedarse aquí y hablar, supongo que no pasa nada por que haga dos llamadas. Bien.
Se levanta, rodea la mesa y pasa por mi lado. Yo no me muevo, y me quedo mirando el teléfono hasta que se ha ido. Con el rabillo del ojo la veo de pie junto al cristal de la puerta, vigilando. Que esta línea telefónica se grabe no es algo que vaya a importar en un futuro inmediato.
Liu debía de estar esperando a que lo llamase a su teléfono imposible de rastrear, porque contesta al primer timbrazo.
—¿Se puede saber qué diablos ocurre? —pregunta.
—Estoy en la comisaría de policía de East Hanson. Tienen el teléfono de mi madre. Eso trastoca el plan.
—Y una mierda, el plan está abortado. Han disparado a tu madre. Abandona todo esto. No te muevas de ahí. Ya casi hemos llegado. Cinco minutos.
«Se refiere a él y a Lola.»
Lola, que no es su verdadero nombre, es la otra agente que ayudó a salvarme hace dieciocho años, y gracias a Dios tampoco hay fotos suyas en internet ni en ninguna parte. Ella no está jubilada y trabaja de consultora como Liu, y la facción de las autoridades para la que trabaja es confidencial. En general la denominamos la Agencia Beta, solo por denominarla de algún modo.
—Venid aquí. Termino dentro de poco.
A continuación hago la segunda llamada. Al acabar, me giro hacia el cristal de la puerta para indicarle a Castile que ya puede volver a su despacho.
Cuando entra, con una taza de café en las manos, me dice:
—¿Quería un café? Tenemos una de esas máquinas de cápsulas, así que no es molestia. ¿Avellana?, ¿vainilla?, ¿donut?, ¿descafeinado? ¿Qué le apetece?
—¿Qué es lo que desea preguntarme?
—De acuerdo, pues nada de café.
Vuelve a sentarse, y justo cuando está poniéndose cómoda, entrelazando las manos sobre la mesa y encorvando los hombros para parecer sumisa —conozco esta técnica, la he estudiado—, irrumpe una mujer en el despacho.
—Jefa, tengo al teléfono a un abogado que afirma que es el socio director de Stokes & Crane. Dice que acaba de recibir una llamada de aquí respecto del teléfono de esa mujer y que usted tiene que hablar con él antes de mirar nada. Amenaza con acudir a los tribunales a solicitar un requerimiento.
Castile me mira fijamente, yo le devuelvo la mirada.
—Así que dos llamadas, ¿eh? —me dice, y se muerde el labio inferior igual que hace Lenny, mi marido, cuando dice que se siente «frustrado» conmigo.
Continúo mirándola.
—Jefa, más vale que se dé prisa. Por lo visto, hay otros abogados de Stokes llamando a otros teléfonos —apremia la mujer, y de pronto mira detrás de ella—. ¿Qué es eso?
Una voz de hombre está diciéndole algo, algo que tiene que ver con ir a Boston.
—La jefa ya te ha dicho que cojas los formularios de la cadena de custodia. Cógelos. Yo la informo —responde la mujer. Luego se vuelve hacia la jefa y comenta—: Dicen que van a llevarlo todo al laboratorio forense de Clarendon. Pero ¿qué hago con esos abogados? —Se gira de nuevo y dice—: ¿Qué? No lo sé. —Otra vez a Castile—: Jefa, ¿dónde están los formularios de la cadena de custodia?
—Maldita sea —masculla Castile dando un golpe en la mesa—. Dile al abogado de Stokes que no cuelgue. Nadie se llevará ese teléfono sin haber rellenado los formularios. Maldita sea. Los formularios... Olvídalo. Lisa, no se mueva de aquí, enseguida vuelvo.
«Esta mujer está tratando con aficionados. Pero este es el caos que necesito.»
Cuando Castile se levanta para salir una vez más, lo cierto es que quisiera poder contarle todo. Quisiera poder confiarme a ella y fiarme de que nadie va a acceder a sus archivos. Quisiera que ella pudiera ayudarnos a atraer a una trampa al núcleo del grupo de personas que condujeron a mi secuestro y a sus horrendos clientes, y ayudarme a liberar a quienes actualmente son sus víctimas.
Castile nunca podría entender, ni creer, lo locos que están estos monstruos y las cosas tan horribles que son capaces de hacer a las chicas con tal de satisfacer sus desviados deseos. Si yo pudiera explicárselo, entendería por qué he tenido que urdir un plan con tanto secreto para detenerlos pillándolos con las manos en la masa. Quizá entendería lo peligroso que es para las chicas que se encuentran cautivas en este momento que ella me tenga aquí retenida. Pero no puedo arriesgarme con Castile. No tengo tiempo para validar su inocencia ni su capacidad para guardar un secreto.