1

Mi juicio empieza igual que mi vida: un tumulto de codazos, empujones y escupitajos. Desde la sala de los acusados, los carceleros y yo atravesamos la tribuna pública, bajamos la escalera y pasamos por delante de la mesa atestada de abogados y funcionarios. A mi alrededor, una avalancha de caras, cuyos murmullos crecen y se mezclan con los susurros de los letrados. Un rumor enfurecido que recuerda el zumbido de un panal de abejas. Las cabezas se vuelven a mi paso. Cada ojo es un arpón.

Agacho la cabeza, me miro las botas, me agarro las manos para detener su horrible temblor. Parece que todo Londres esté aquí, pero eso es porque no hay nada que a esta ciudad le guste más que los asesinatos. Toda esta gente vibra al unísono, enardecida por la «agitación que han suscitado estos cruentos asesinatos». Esas fueron las palabras del Morning Chronicle, cuyo negocio consiste precisamente en recolectar esa agitación como una cosecha de negra tinta. No tengo costumbre de leer lo que la prensa dice sobre mí, porque los periódicos son como el espejo que vi una vez en una feria cerca del Strand, que alargaba mi reflejo y me ponía dos cabezas, hasta el punto de que apenas me reconocía en él. Si alguna vez ha tenido la desgracia de que escriban sobre usted, ya sabe a qué me refiero.

Pero en Newgate hay carceleros que nos los leen por diversión, y allí es imposible escapar.

Al ver que no me muevo, me empujan con la palma de la mano. A pesar del calor, me pongo a temblar y me tropiezo por las escaleras.

«¡Asesina!» La palabra me sigue. «¡Asesina!» La Asesina mulata.

Tengo que trotar para seguir el paso de los carceleros y no caerme de bruces. El miedo me atenaza la garganta cuando me empujan al banquillo de los acusados. Los abogados alzan la nariz de la mesa, impasibles como vacas con sus fúnebres togas. Incluso estos perros viejos que lo han visto todo quieren ver a la Asesina mulata. Incluso el juez me mira, gordo y lustroso en su toga, la cara blanda e inexpresiva como una patata vieja, hasta que me mira ceñudo y hace un gesto con la cabeza a su secretario de pelo lacio para que lea los cargos: «Frances Langton, también conocida como Fran de Ébano o la Negra Fran, está acusada del asesinato premeditado de George Benham y Marguerite Benham, en tanto que el 27 de enero del año de Nuestro Señor 1826 agredió con premeditación y alevosía a George Benham y Marguerite Benham, súbditos de nuestro señor el Rey, golpeándolos y apuñalándolos hasta causarles la muerte, en la parte superior y media del pecho en ambos casos, siendo sus cadáveres descubiertos por Eustacia Linux, ama de llaves, de Montfort Street, Londres. El señor Jessop actuará como fiscal».

Hay una multitud en la tribuna pública, todo tipo de gente, personas de alto rango que se apiñan con la plebe, pues la sala de justicia es uno de los pocos lugares donde pueden encontrarse hombro con hombro. Seda de Padua y chales de Cachemira mezclados con pañoletas. Los traseros se impacientan en los bancos y emana del gentío un olor que me recuerda la leche pasada, o la pieza de carne de cerdo que Phibbah olvidó una vez debajo del porche. La clase de olor que engancha la lengua a la garganta. Algunas mujeres chupan pieles de naranja confitadas que han sacado del bolso, sus mandíbulas como rápidos remos. Las que no soportan los malos olores. Las damas. Las conozco bien.

Jessop se agarra las solapas de la toga y se levanta. Su voz es como la caricia del agua contra el casco de un barco. Muy baja. Podría estar charlando con amigos al amor de su lumbre. Y es el efecto que busca, porque obliga al jurado a inclinarse hacia delante, a prestarle atención.

—Caballeros, en la noche del 27 de enero, los señores Benham fueron asesinados a cuchilladas. El señor Benham en su biblioteca, la señora Benham en su alcoba. Esta... mujer..., la acusada, es la presunta autora de tales crímenes. Esa misma noche, se encaró con ellos en el salón y los amenazó con asesinarlos. Varios invitados que habían asistido a una de las legendarias veladas de la señora Benham fueron testigos de tales amenazas. Oirán las declaraciones de esos invitados. Y la del ama de llaves, la señora Linux, quien les explicará que la acusada fue vista entrando en la alcoba de la señora Benham poco después de que ella se retirara. La propia señora Linux subió a la primera planta alrededor de la una de la madrugada, donde encontró el cadáver de su señor en la biblioteca. Poco después, entró en la alcoba de la señora Benham y halló su cadáver y, junto a él, a la acusada. En la cama de su señora. Dormida. Cuando el ama de llaves la despertó, la acusada tenía sangre en las manos, sangre reseca en las mangas del vestido.

»Desde su detención y posterior encarcelamiento... hasta el día de hoy, se ha negado a hablar de lo que sucedió esa noche. El refugio de los que no pueden aportar una defensa clara y honesta. No obstante, si puede darnos una explicación ahora, estoy seguro de que la escucharán, caballeros, estoy seguro. Pero estoy convencido de que no puede haber una explicación satisfactoria cuando en el crimen concurren circunstancias como estas.

Me agarro a la barandilla y mis grilletes tintinean como llaves. No logro seguirle el hilo. Recorro la sala con la mirada y veo la espada suspendida detrás del juez, plateada como un gajo de luna. Leo las palabras grabadas en oro de debajo. EL TESTIGO FALSO NO QUEDARÁ SIN CASTIGO; Y EL QUE HABLA MENTIRAS PERECERÁ. Bueno. Todos vamos a perecer, tanto los que mienten como los que dicen la verdad, aunque el Old Bailey tiene por objeto acelerar el proceso para los mentirosos. No obstante, eso no es lo que me asusta. Lo que me asusta es morir creyendo que fui yo quien la mató.

Desde la mesa de los abogados, usted alza la vista y me saluda con un rápido gesto de la cabeza que me arropa como una manta. Ahí, dispuestas como la vajilla en un aparador, están las pruebas contra mí: el corbatón de Benham, su chaleco verde de brocado; el vestido azul lavanda de seda de Madame, su combinación y su turbante con la pluma de cisne teñida también de azul lavanda, para combinar con el vestido. Y ahí está el cuchillo de trinchar de Linux, el cual, que yo sepa, estuvo enfundado en la cocina todo el tiempo que yo pasé en la alcoba de Madame.

Pero es lo que hay junto a esas pruebas lo que usted mira con el entrecejo fruncido. Cuando lo veo, la preocupación me hiela las entrañas. Está ovillado dentro de un tarro de botica, como un puño cerrado. El feto. Alguien sacude la mesa y se aplasta contra el vidrio, como una mejilla. Usted enarca las cejas con expresión interrogante, pero no es una pregunta que yo pueda responder. No esperaba verlo en esta sala de justicia. ¡El feto! ¿Por qué se permite aquí? ¿Me pedirán que hable de él?

Al verlo, las rodillas empiezan a temblarme y vuelvo a sentir el terror que me atenazó esa noche. Pero la mente es su propia morada, como dijo Milton, y por sí sola puede hacer del cielo un infierno y del infierno un cielo. ¿Cómo lo logra? Recordando u olvidando. Las dos únicas maneras que una mente tiene de engañarse.

Me azota una ola de recuerdos. Madame está tumbada en la cama, apoyada en los codos y con los dedos de los pies apuntando al techo. En la mano tiene una manzana y yo intento en vano engatusarla para que se la coma.

—¡Escucha! ¿Estás escuchando? —Ella da un golpe de talón en el aire.

Encontré un viajero de comarcas remotas,

que me dijo: «Dos piernas de granito, sin tronco,

yacen en el desierto. Cerca, en la arena, rotas,

las facciones de un rostro duermen... El ceño bronco...

Solo escucho a medias, porque es imposible lo que está ocurriendo: ¡mi señora tumbada conmigo en su cama leyéndome un poema! Pero también porque es una de esas veces en las que tengo que vigilar lo que ellos llaman «el equilibrio de su mente», como una olla que tuviera puesta al fuego. «¿Está bien? —me pregunto—. ¿Está bien?»

Se vuelve hacia mí.

—¿Te gusta?

—¿De quién es? —pregunto, y mi respiración le alborota el pelo.

—De Shelley. Aunque me gusta más Byron, ¿a ti no? El príncipe del melodrama. —De repente se da la vuelta y se queda boca arriba, con los ojos cerrados—. Byron es la prueba, si aún fuera necesaria, de que los vicios de un hombre solo lo estropean mientras que los de una mujer la mancillan. Oh, Frances, ¡Frances!, ¿no crees que habría que recetar un poema diario a todo el mundo? ¡La mujer no puede vivir solo de novelas!

Tenía razón en eso. Una novela es como una larga bebida caliente, pero un poema es una estaca en la cabeza.

Le conté esa anécdota ayer cuando nos conocimos. No sé por qué, salvo que quizá quería que supiera algo de nosotras aparte de los horrores que se han divulgado. Ustedes los abogados sienten tanta repugnancia por los rumores como un colono por las ratas de las cañas y, no obstante, un juicio reduce la reputación del acusado a las murmuraciones sobre él.

—John Pettigrew —dijo, alargando la mano en la que aún llevaba el escrito judicial, y las cintas que lo ataban le cayeron sobre las muñecas.

Me miró a través de su pelo oscuro. Vi que estaba aún más nervioso que yo por lo que nos aguardaba.

A continuación dijo:

—Por el amor de Dios, deme algo con lo que pueda salvarle el cuello.

Pero ¿cómo voy a darle lo que no tengo? Recordar es algo que pasa o no pasa, como respirar.

De manera que le conté esa anécdota. Supongo que quería demostrarle que hubo amor entre nosotras. Aunque ¿de qué sirve eso? Lo que fuéramos la una para la otra no es nada que les conmueva a ustedes los hombres. Además, el amor no sirve de descargo en un caso de asesinato, como usted dijo, aunque a menudo ofrece una explicación.

Pero esta es una historia de amor, no solo de asesinatos, aunque sé que no es la que usted se espera. En verdad, nadie espera ninguna historia de una mujer como yo. Usted, sin duda, cree que será uno de esos relatos de esclavos, sensibleros, llenos de sufrimiento y desesperación. Pero ¿quién querría leer una historia así? No, este es el relato de mi vida y de la felicidad que he tenido, dos cosas a las que nunca creí que tuviera derecho, ni a la felicidad ni al relato.

Tengo el papel que usted me dio, y una pluma nueva, y sus instrucciones para que me explique.

Cualquier preso le dirá que para cada delito hay dos historias y que un juicio en el Old Bailey es la historia del delito, no la del acusado.

Esa historia solo puedo contarla yo.

Paradise, Jamaica, 1812-1825

Paradise,

Jamaica, 1812-1825

Capítulo 2

2

Ya me llamaba Frannie Langton antes de que Langton me llevara de Paradise a Londres y me regalara al señor George Benham, que luego me regaló a su esposa, para que fuera su doncella. No fue decisión mía ir a Londres, como tantas otras cosas en mi vida. Era la criatura de Langton. Si le complacía a él, me complacía a mí. Sus deseos eran órdenes para mí. Pero Langton era un hombre que había llamado Paradise a su hacienda pese a todo lo que allí sucedía y también ponía nombre a todo lo que vivía en Paradise. ¿Qué más necesito contarle de él?

De donde yo vengo, un hombre tiene más de una manera de dar su apellido a una mujer. Se casa con ella o la compra. En algunos lugares, es lo mismo y lo llaman arras, pero es una verdad que todos deben saber que en algunos lugares un hombre no necesita desposar lo que ha comprado.

Este no va a ser el relato de todo lo que me hicieron en Paradise ni de todo lo que hice yo. Pero supongo que tendré que incluir parte. Siempre he querido contar mi historia, aunque un relato personal es una mera gota de lluvia en un océano. Si alguna vez ha estado usted en el mar cuando va a llover, ya sabrá que son dos clases de agua distintas. El agua de mar no se parece en nada a la primera fría gota de lluvia que le rebota en la cara, seguida de otra en la lengua, y otra, plic, plic, plic, en los párpados cerrados, hasta que la lluvia azota el mar a todo su alrededor.

Lo difícil es saber por dónde empezar. Mi vida comenzó con serias penalidades, pero mi historia no tiene por qué hacerlo, aunque nada hace aflorar la sinceridad como el sufrimiento. Recibirlo, pero también infligirlo.

Nací en Paradise y aún era una niña cuando me sacaron de las barracas de los esclavos para llevarme a la casa. Durante mucho tiempo creí que había sido un golpe de suerte, pero solo era parte de mi hábito de mentirme adornando la realidad.

Algunas noches, si Phibbah había dejado las contraventanas abiertas y las velas encendidas, podía escabullirme hasta el río por la hierba húmeda, esconderme detrás del trapiche y admirar la casa. La vacilante luz amarilla convertía las ventanas en vidrieras y la sombra alta y gris de Miss-bella se alargaba cuando pasaba por detrás. La imaginaba dentro, preparándose para acostarse, acercándose a Langton sin prisas. Con los andares almibarados de las mujeres blancas. No como las mujeres de las barracas, que eran rápidas como gallinas.

La casa también era un regalo para la vista cuando se hacía de día. El sol brillaba como los zapatos de los domingos de Langton. El calor ya me atenazaba la garganta, pero aún tenía una brizna de humedad. Iba al porche delantero por el camino abierto entre la hierba de Guinea. En el campo de caña de azúcar, los hombres esperaban su cuenco de gachas. Paredes encaladas, el porche ancho como una espalda, las contraventanas de madera que Miss-bella había hecho colocar a Manso para que no entrara el mal aire. Me gustaba la idea de que la casa fuera tan nueva como yo. Langton se jactaba de haber tenido a Manso y a los albañiles y a los carpinteros contratados trabajando durante tres años para dejarla aplomada.

Después me alisaba el vestido marrón de percal y me dirigía a la parte de atrás. Todo, hasta donde el río torcía hacia el norte, negro, lento y fangoso, pertenecía a Langton. Me sentaba en una de las mecedoras de palo de tinte de Miss-bella, oía crujir las tablas del suelo, alzaba los brazos hacia el sol como había visto hacer a las damas blancas y me daba impulso con los pies para mecerme. Cerraba los ojos y esperaba a que fuera mediodía.

Antes de que me llevaran a vivir a la casa, solo hacía eso en mi imaginación.

Entonces una tarde, Miss-bella ordenó a Phibbah que fuera a buscarme y ella me encontró con la tercera cuadrilla en el campo de abajo, donde nos habían dejado con nuestras cestitas de estiércol para cubrir los esquejes de caña de azúcar recién plantados. Pasamos por la barraca que albergaba la cocina y me lavó los pies en el cubo de fregar. El pañuelo de la cabeza le revoloteó por encima de los ojos como una polilla amarilla y el calor del asador me azotó las piernas. Estuvo un minuto largo quejándose de que Miss-bella quería tener a sus enemigos cerca, lo que le había dado a ella el trabajo de pasarse la mañana persiguiendo a críos negros, y tardó un minuto escaso en llevarme dentro a rastras. Le pregunté para qué me quería Miss-bella, pero estaba tan malhumorada que ni tan siquiera me oyó.

Miss-bella se encontraba en la habitación que le pertenecía y también se parecía a ella. Ambas cubiertas de seda y terciopelo, suaves y frías como lagartos. Una habitación tan enorme que me quedé muda al entrar, y tan amplia que me pareció que me engullía entera.

«¡Kiii! ¡Este sitio es tan enorme como lo que hay afuera —pensé—, pero con un techo encima y ventanas que deciden cuánta luz entra!»

Miss-bella estaba sentada en el centro en su taburete, con las faldas extendidas alrededor. Podría haberme parecido una araña en su tela, pero, con sus ojos chicos y brillantes, me recordó más a una mosca. Había una jarra de leche de cabra colocada delante de ella en una mesita, donde también había trozos de yaniqueque que parecían dejados para los pájaros o para atrapar ratas. Cogió uno de ellos. Di un paso, que sonó como una campanada y me hizo pararme del susto. De repente, ella estaba ante mí, alzándose sobre un mar de satén negro. Tuvo que cogerme y arrastrarme hasta la mesita. Ahora recuerdo que había un espejo en la habitación, justo detrás de ella. Era la primera vez que me veía realmente, y ahí me tiene, yendo a mi encuentro como una criatura salvaje, moviendo la cara por la luna, como un pez que no podía atrapar. Una vez más, el miedo me detuvo y Miss-bella tuvo que tirar otra vez de mí.

El yaniqueque se había enfriado y la leche estaba tibia. Los dos debían de llevar mucho tiempo en la mesita antes de que Miss-bella mandara a buscarme.

—Así que tú eres Frances —dijo.

Le hice una reverencia.

—Es el nombre que yo misma te puse.

Eso me sorprendió. No sabía que Miss-bella se hubiera interesado por mí antes de ese momento. Me distraje y casi resbalé y me caí. No sabía cómo responder aparte de darle las gracias. Ella movió el brazo para recordarme que tenía un trozo de yaniqueque para mí. Yo ya había cogido un buen pedazo en cada mano, pero ese se lo arrebaté directamente de la suya con los dientes.

Infló los carrillos y se metió los dedos en la boca como si quisiera limpiárselos a lametazos.

—Eres un poco salvaje, sí.

Me mordí la lengua.

—Es mi esposo el que ha decidido que debes vivir en esta casa, Frances.

—Sí, señora —mascullé con la boca llena, intentando tragarme el yaniqueque antes de que pudiera quitármelo.

—Lo que tú y yo tenemos en común es que nuestra opinión no ha valido para nada.

—Me alegra estar aquí, señora.

—Bien. Parece que ahora debo ser una especie de madre para ti.

¿Qué se puede decir a eso? Yo no había conocido a mi madre, pero ni ella ni yo podíamos eludir la realidad. Miss-bella era blanca y de buena familia. Nadie como ella había alumbrado nunca a nadie como yo en la historia de nuestro caluroso rincón de la tierra. En esa época yo era robusta y fuerte como un caballo castaño, aunque, al ser mulata, era menos oscura que cualquiera de los otros negros de la hacienda. Con una abundante maraña de pelo rizado, no como su pelo claro, que era tan fino que la brisa lo alborotaba, lo levantaba y jugaba con él mientras eludía el mío.

Dijo algo más, que supuse que se refería a su vida y por tanto no me incumbía. Además, lo pronunció mientras miraba por la ventana.

—He vivido demasiados años en un sitio donde las serpientes acechan en la casa además de en la hierba.

Como había dicho que iba a ser mi madre, me atreví a hacerle una pregunta.

—¿Cuánto tiempo me quedaré?

Su cuello se enrojeció, sus manos se crisparon como ancas de rana. Me miró un momento y apartó los ojos, como si yo fuera el sol y mirarme durante demasiado tiempo pudiera lastimárselos. Me pareció extraño que estuviera tan alterada cuando yo era la tosca criatura sacada del manglar y ella, la gran señora de la casa que se compadecía de mí y me daba trozos de yaniqueque. Miss-bella tenía miedo de mí.

Pero entonces dijo una cosa que cambió por completo mi foco de atención, como si un buitre jamaicano acabara de entrar volando en la habitación.

—Sea el que sea, acabará siendo demasiado.

Capítulo 3

3

Era el año 1812. Nadie me explicó por qué me habían llevado a la casa y yo estaba demasiado ocupada enterrando la nariz en algodón limpio y sobras de comida para darle muchas vueltas. Decían que tenía siete años, o por ahí. Nadie se había interesado nunca lo suficiente para asegurarse. Yo no tenía fiestas de cumpleaños, ni tampoco madre. Cuando le preguntaba, lo único que Phibbah decía era que mi madre había huido. «No harás aparecer a una preguntando —decía—. Aprenderás. Nosotros no somos los que hacemos las preguntas, somos los que las contestamos. Y la respuesta siempre es sí.»

Cuando ahora cierro los ojos, veo a Phibbah pasando el trapo por el sofá de mimbre de la sala de visitas, levantándolo para barrer debajo. Veo las sillas de palo de tinte colocadas justo en el centro para que les dé el aire, las alfombras enviadas desde Bristol por la hermana de Miss-bella que se abarquillaban en nuestro calor como si intentaran protegerse de él. El comedor donde las tazas y bandejas de porcelana y la tetera blanquiazul tintineaban en el aparador. Oigo a Phibbah rezongando: «Lárgate, niña, quítate de en medio. ¿Por qué no puedes dejarme en paz?».

Mi trabajo era pulir los bronces, sacar las flores a la mesa del porche en la que desayunaba Miss-bella y apartarle las moscas de la comida con un abanico. Pero más que nada deambulaba por la casa, pensando en maneras de pegarme a Phibbah, como un delantal. Ella rezongaba mientras trabajaba, quejándose de que sus viejos huesos le repiqueteaban como piedras en una calabaza hueca, de que quienquiera que hubiese inventado el color blanco jamás había tenido que ser la lavandera de nadie, de que los muebles de los blancos nunca hacían nada aparte de engendrar más muebles. Me gustaba que cada palabra suya fuera como un canto de pájaro, entre el hueco de sus dientes. Le faltaban cuatro, justo donde a mí acababan de salirme los definitivos.

Ella era la que me había arrancado los míos, de manera que le pregunté:

—Phibbah, ¿quién te arrancó los tuyos?

La atormentaba como las olas golpean la arena. Los niños son todo vendas y martillos. Crueles por culpa de lo que no saben.

Me dijo que no era asunto mío.

—Tú no te acuerdas —respondió.

—¿Por qué?

—Pasó antes de que nacieras. Nadie recuerda nada de esa época.

La mayor parte del tiempo solo hacía que maldecir pero, cuando estaba de buen humor, me daba sobras de sémola de maíz directamente de la olla o un trozo de una de sus tortas de maíz. Por la mañana, cuando se sentaba fuera de la cocina para desgranar guisantes y daba unas palmaditas en el suelo, significaba que me había dejado unos cuantos ahí, al lado de la jofaina. Yo me acercaba con sigilo y los recogía en la palma de la mano, y el roce de su brazo me hacía cosquillas. Pero jamás se volvía, jamás me miraba.

El repiqueteo de los guisantes en el peltre, el olor a carbón de Phibbah, y la mezcla de lejía de cenizas y aloe con la que elaboraba jabón. Si me estaba callada, podía contarme una historia. Pero tenía que prepararse, como una ola que se ve venir de muy lejos. Primero, decía, tenía que encontrar su aliento para narrar, que no era el mismo que para vivir.

Mis preferidas eran las historias sobre la casa.

—Solo hay una razón para que los hombres blancos construyan casas tan bonitas como esta —dijo Phibbah—. Los gusanos se ponen en los anzuelos para coger peces. Después de venir de Inglaterra y terminar la casa, el amo mandó una carta a Bristol. Sabíamos que la mujer blanca vendría tan seguro como lo hace la noche. Y, en efecto, Miss-bella vino corriendo, ¡como un rayo!, igual que las pintadas cuando se caen las mazorcas.

Phibbah tuvo entonces que conocer a su nueva ama. Y tuvo que observarla como los marineros observan el cielo. «Cielo rojo por la mañana, una advertencia para el marinero; cielo rojo por la noche, un placer para el marinero.» Miss-bella llegó en el carro de las mulas, sentada muy tiesa en el asiento del conductor, tan fuera de lugar como un guante blanco en el seto donde poníamos la ropa a secar, con una tetera tintineándole en el regazo, cuya cenefa blanquiazul se apiñaba alrededor del borde como los pájaros en una rama. Había arrancado los cojines del carro para hacerle un pequeño trono. Tres noches se había pasado Phibbah sin dormir para coser los cojines y los había terminado con un brocado de hojas digno de la sala de visitas. Langton había dicho que quería que fuera como ir sentado en una nube, el día que fuera a buscar a su esposa. ¡Y ahí estaba Miss-bella, utilizándolos para su tetera y no para su trasero! Oh, pero pronto aprendería. Esto era Jamaica. Las cosas siempre se rompían.

Lo creyera o no, dijo Phibbah, hubo una época en la que Miss-bella y Langton salían juntos a cabalgar, antes de que ella comprendiera que Jamaica era una tierra a la que se suponía que debía tener miedo. Se ponía su falda de amazona, que parecía medio limón, y su sombrero de paja con la pluma azul y los ojos grises le brillaban de emoción mientras Langton cabalgaba a su lado y le enseñaba todo lo que poseía. Phibbah debía montar guardia, correr a abrir el portón en cuanto regresaran. Sabía que lo pagaría caro si el portón permanecía cerrado ni que fuera un minuto. Pero tenía una manera de saber que regresaban mucho antes de verlos.

—¿Cuál? —le pregunté.

—La misma que sirve para localizarlo por cualquier motivo. Mirar los campos.

—¿A los hombres?

—Ajá. Todos hacen lo mismo cuando se acerca.

—¿Alzan la vista?

—¡Bah! ¡Niña! —Chasqueó la lengua y el aire hizo su música al pasarle por el hueco de los dientes—. La bajan. Fíjate. Pasa siempre, como una ola en la hierba. De dondequiera que venga la ola, de ahí viene el amo.

Había que cuidar a Miss-bella como a una rosa. Tenía los brazos más blancos que yo había visto nunca. Su única ocupación durante toda la mañana era no exponerlos al sol. Para colmo, tenía la cintura tan fina como el pico de un zanate antillano, y se la estrechaba aún más con un corsé de ballenas que la envolvían como costillas. El trasero se le abombaba bajo todo género de polisones y aros que su hermana le compraba por catálogo. Decía que la vida en las colonias solo podía soportarse rezando y tomando té, de manera que Phibbah se lo servía todas las tardes en el porche de la parte de atrás, rezongando: «¿Por qué tenemos a la única blanca de toda Jamaica tan loca como para tomarse el té afuera?».

Colocábamos cuencos de agua azucarada y veneno de cobalto para atrapar a las moscas, sacábamos el abanico estampado con ramas de naranjo y el lavapiés de porcelana. Yo odiaba tener que llevar mi vestido de percal en vez del vestido de muselina (suave y blanco, con un cuello de encaje que siempre hacía que los invitados de Miss-bella me miraran de arriba abajo). Pero el de muselina era para servirla en la mesa y el de percal era mi vestido para lavarle los pies.

Phibbah estaba de pie tras ella con el abanico. Le levanté el dobladillo de la falda gris. Los dedos de los pies se le movieron como pestañitas. Miré hacia los campos de caña de azúcar. Arpillera y muselina azotadas por el viento, peones que salían de la fila para mojar trapos en cubos de agua y atárselos alrededor de la frente. Los capataces encaramados a sus caballos bajo el tamarindo, vigilando. Pasé la manopla entre los dedos de Miss-bella. Sus pies parecían objetos sacados de un incendio después de apagarse. Secos, arañados. No bonitos como el resto de ella. Con el paso de la tarde fue poniéndose más colorada. El aire del abanico pasó a ser una mera brisa, lenta cual velero al pairo. Sus palabras chapotearon alrededor de nosotras, como el agua de la bañera. Se inclinó sobre la taza y suspiró.

—Este infierno fue creado para matar a los europeos —dijo.

Phibbah dejó caer el abanico contra su cadera.

—¡Kiii! Si a usted la está matando, ¿qué nos hace a nosotros?

Miss-bella se quedó quieta, con la taza rozándole el labio inferior. Después se rio.

—Bueno, son los europeos los que me preocupan, criada. En particular yo misma.

Le diré una cosa, vi azotar a Phibbah por toda clase de cosas sin importancia: cada vez que desaparecía una pieza de la vajilla de porcelana, cuando dejó resbalar y romperse una de las tazas de té de Miss-bella, aquella ocasión en que se retrasó en llevarle el bacalao salado del desayuno, pero nunca vi que la azotaran por replicar. Le pregunté por eso una vez. «Es la única distracción que tiene la mujer», me respondió.

Cuando se echa la vista atrás, el tiempo se desploma sobre sí mismo, como tierra que cae al interior de un hoyo recién hecho. Nos veo a las tres, las mujeres de Paradise, como figuras grabadas en vidrio. Y es como si el tiempo no hubiera pasado, como si esa niña arrodillada a los pies de Miss-bella parpadeara y descubriera al despertar que es la Asesina mulata.

Desde donde estaba agachada en el porche, veía el río. Oh, sería un milagro volver a sentir la suavidad del agua en la piel, aunque me conformaría con estar echada sobre la hierba recién cortada o incluso con poder pasar los dedos por una combinación recién lavada. El aire estaba impregnado del olor de los rastrojos que ardían cerca del río y del aceite de naranja que Phibbah utilizaba para encerar la madera.

—Ve adentro, criada —dijo Miss-bella—. Tráeme un trozo de la tarta de piña que preparaste ayer. ¿Y hay naranjada?

Phibbah dejó la jarra junto a la puerta. Yo no había levantado la cabeza en ningún momento, porque estaba raspando la tierra incrustada bajo las uñas de Miss-bella, primero un pie y después el otro. Aún con el corazón duro como un tambor, pero el resto de mí ablandado como mantequilla en una sartén. Utilizaba un raspador que tenía el mango de marfil, como si eso pudiera obrar el milagro de volverle los pies delicados. Le puse uno sobre la toalla al lado de su silla, para que se secara, y ella y yo nos inclinamos hacia atrás para admirarlo. Como si fuera mármol en un museo. Fingíamos que sus pies eran tan bonitos como las tazas de té, igual que fingíamos que la tetera no estaba medio llena de ron.

No había terminado de quejarse.

—Estoy harta de mirar siempre las mismas aburridas colinas.

—Podríamos sentarnos delante, alguna vez —dijo Phibbah—, si no fuera usted tan terca.

—Oh, no. No podría.

—Ver el mar.

—Por eso precisamente no podría. —Le lanzó una mirada, severa, por encima del hombro—. Pero eso tú ya lo sabes.

—¿El qué?

—Lo que es querer algo tanto que no puedes ni mirarlo.

Phibbah blandió el abanico como un puñal y cortó el aire.

—Pensaba que eran las colinas lo que la molestaba. Ahora dice que es el mar.

Miss-bella se rio en su taza. Después se quedó callada, como si estuviera pensando.

—Parece que no puedo mirar ni hacia delante ni hacia atrás.

—Pues entonces no puede quejarse por estar sentada donde usted se pone.

Miss-bella movió la mano.

—¿De verdad crees que yo elegí ponerme en cualquier parte de esta hacienda? —La vimos sorber té, dejar la taza—. Si mi padre o mi esposo entraran en razón, yo estaría ahí. En el próximo clíper a Bristol.

Manso pasó por delante de nosotras con el cubo metálico, gritando «¡Ea! ¡Ea!» para llamar a las vacas, levantando los pies por el patio como el gallo loco que solo tenía un ojo. Cerca del cobertizo vertió la sal en pequeños montículos. Las vacas se acercaron con paso torpe y la lamieron sin prisas.

Hasta el día de hoy, recuerdo qué ocurrió entonces, porque lo que entonces ocurrió me cambió la vida, para bien y para mal. Miss-bella cerró los ojos, dejó el libro en su regazo y pasó los dedos por la cubierta de piel. Vi una «D» escrita en ella. Una ráfaga de aire desordenó las páginas. Manso seguía dando órdenes a las vacas. «Adentro, adentro.» El libro estaba ahí, una cosa más que yo quería. Páginas blancas como manzanas peladas. Blancas como sábanas limpias. Un impulso incontenible se apoderó de mí. ¿Cómo puedo explicarlo? Todo se quedó en silencio, como ocurre cuando una lechuza pasa volando. Ni tan siquiera el golpeteo del abanico. Fui a cogerlo y mi mano le empapó el regazo; al darme cuenta de lo que había hecho, la retiré, me agarré a su falda y me puse de pie. Ella también se levantó de golpe. El libro cayó de su regazo al agua. El estómago me dio un vuelco, como un objeto zarandeado por el mar.

—¡Frances!

El abanico se detuvo.

—Lo siento, señora —dije—. Lo siento.

Lo saqué del agua e intenté secarlo con una punta del vestido, mientras el miedo me zumbaba en la cabeza. Me dio una bofetada. Mi cabeza como un pez atrapado en un hilo de pescar, su mano el anzuelo. Las piernas me fallaron y caí al suelo.

La isla entera estaba aturdida por el sol. El calor picaba como hormigas bravas. La luz era como cuchillos.

Seguí secando el libro, sin parar. Utilicé las manos, la falda, lo sacudí como un mocho, poniendo todo mi empeño en secarlo. Quería llorar pero no me atrevía, no mientras Manso pudiera verme. Cuando era pequeña, me habría guiñado el ojo al pasar o me habría dejado ponerme sal en la palma de la mano para que una vaca la lameteara, pero ya no. Los negros domésticos eran lo único que todos los esclavos odiaban más que la caña de azúcar.

Estaba sentada junto a las cuadras, secando el libro. Oía los caballos y sus resoplidos. Incluso después de que todos los demás se fueran de los campos y solo quedaran los trinos del ruiseñor para indicarme que no estaba sola, seguía ahí, secando el libro. Mi sombra en el suelo. Miss-bella me había dicho que no me moviera de ahí. «No te atrevas a intentar ponerte a la sombra. Te estaré vigilando.»

¿Sería verdad?

Ella y Phibbah debían de estar en la sala de visitas, Phibbah preparando el ron. ¿Quién sabía en qué parte de la hacienda estaría su esposo?

Al principio, en la época en la que aún salía a cabalgar, Miss-bella hizo preparar a Phibbah una cesta con yacas, fiambre de pechuga de pavo, pomelos y algunos de los mangos que habían recogido esa mañana y le dijo que se los llevaría a su esposo para el almuerzo. Fue mientras intentaba verter medio litro de vino en una petaca cuando Phibbah le dijo que no era buena idea, y fue por su negativa que Phibbah decidió acompañarla. Le daba lástima, la pobre mujer, con su pelo pajizo y sus falsas esperanzas. Los encontraron debajo del árbol de cacao, el único lugar para cobijarse a la sombra a esa distancia de la casa, Langton sentado como una pistola amartillada, de espaldas a su esposa y de cara a las dos muchachas que se había llevado. «Fue una suerte que solo las tuviera bailando», dijo Phibbah. Se movían como el agua, las dos. Cuerpos oscuros, ojos brillantes. Pezones marrones que se ondulaban como serpentinas. Miraron a su nueva ama de reojo y siguieron cantando:

¡Baila, querida! ¡No lo haces como yo!

¡No te mueves como yo! ¡No te cimbreas como yo!

¡Baila, querida! ¡No te contoneas como yo!

¡No das vueltas como yo! ¡Vete de aquí!

«Probablemente aún seguirían ahí, bajo ese árbol», dijo Phibbah, porque durante mucho tiempo pareció que Miss-bella no podía moverse. Pero, por fin, Langton oyó el ruido de la cesta al resbalarle de la mano y se dio la vuelta.

Ese fue el fin de los paseos a caballo, los pícnics y las esperanzas. Aunque no el fin de los bailes. Miss-bella solo tuvo que aprender a hacer lo mismo que todos. Asegurarse de mirar para otro lado.

Levanté la cabeza hacia la casa, donde Phibbah estaría cerrando las contraventanas, encendiendo las velas, descolgando la tela mosquitera. Y Miss-bella debía de estar arrellanándose en uno de sus taburetes tapizados de seda, poniendo los pies en alto.

«No te moverás de ahí hasta que el libro esté seco», había dicho. Al cabo de un rato, me di por vencida y me quedé mirando las letras, pequeñas, negras y afiladas, como garras diminutas. Ladeé la cabeza, como si pudiera «oír» lo que intentaban decirme. Parecían atrapadas, encadenadas unas a otras. Línea tras línea. Cerré el libro de golpe, me puse en cuclillas. Por el camino de la costa, el viejo caballo tiraba con esfuerzo del carro, que iba cargado hasta arriba de maíz, y los niños corrían junto a él, gritando y dando patadas a los gansos que embestían contra las ruedas.

La puerta trasera se abrió y Miss-bella atravesó la hierba con cuidado, levantando nubecillas de polvo a su paso. Me miró y arrugó la cara.

—¿Ya está seco?

Negué con la cabeza, torcí la boca. Debía de ser la viva imagen de la desdicha, segura como estaba de que me echaría de la casa. Ya no habría más palmaditas en la coronilla, pastelitos turcos ni vestidos de muselina. Para entonces, debía de tener una insolación, porque señalé la «D» y le pregunté qué era. Se inclinó sobre mí. Su aliento era tan caliente y seco como el aire.

—¿Eso? De. E... efe. Esto se lee «Defoe».

Solo entonces me di cuenta de que Phibbah también había salido y estaba en el porche, observándonos.

Miss-bella se enderezó y la miró de hito en hito. La voz se le puso dulce como la melaza.

—Te enseñaré.

«Sí —pensé—. ¡Sí, sí, sí!»

—¡No! —Phibbah bajó del porche, pareció a punto de caerse—. Señora...

—¿Por qué no? —Miss-bella asintió con la cabeza y luego la ladeó.

—Porque ya es suficiente —dijo Phibbah, dando un traspié—. Ya basta.

Una vez que Miss-bella entró en la casa, Phibbah escupió un espeso chorro de saliva en el suelo cerca del rosal.

—¿Dónde iría? ¿Si me fuera de aquí? Derecha a las colinas, a primera hora. A primera hora. Me llevaría un mosquete. Después esperaría. Esperaría, esperaría, esperaría, a la hora más calurosa del día, cuando no hay nadie afuera aparte de los esclavos y los locos. Entonces buscaría la mancha azul. —El azul de los ojos de una mujer blanca, el azul que llaman Wedgwood—. Y le apuntaría directo al corazón.

En ese momento solo sacó la lengua por el hueco de los dientes y sostuvo la mirada a Miss-bella.

Yo miré de una a otra, como una vaca tonta.

—Lo que se merece son unos azotes —dijo Phibbah—. Por estropearle el libro.

—¿Unos azotes? ¡Unos azotes! —Los ojos se le endurecieron, le brillaron húmedos—. Buena idea. ¿Quieres dárselos tú?

Phibbah dio un paso atrás.

—No.

Kiii, cómo me inflamó el odio en ese momento. Cómo quise no haber cogido nunca los guisantes que ella me dejaba. Ni haber deseado tanto sus malditas historias.

Miss-bella miró alrededor, como si estuviera eligiendo sitio para una merienda campestre, apretando los ojos como tenazas.

—Tienes toda la razón. Hay que castigarla. Después de todo, no queremos consentirla. Di a Manso que avise a los demás.

Phibbah se puso a temblar.

—¿Qué?

—Ya me has oído. Lo harás, criada, vaya que sí. O lo hará Manso. Deprisa. Se está haciendo de noche. —Se volvió hacia mí, con la cara empapada de sudor—. Phibbah quiere que te azoten, así que así será.

No sé qué fue peor, que fuera Phibbah la que me dio mis primeros azotes o que los demás vinieran a mirarnos. Por supuesto, tenían que acudir cuando los llamaban. Pero, ante esta clase de cosas, la mayoría de las personas prefieren ver cómo las sufre otro porque así no las padecen ellas.

Phibbah esperó tanto que casi fue un alivio cuando empezó. El momento previo es siempre el peor, cuando todo el cuerpo está a la espera. Luego la oí moverse detrás de mí y silbar el azote. El dolor se me clavó en el muslo como una garra. Me hizo unos arañazos tan hondos como uñas. Me arrancó un hilillo de sangre, se adueñó de mi respiración, la enterró bien hondo. Otro agudo silbido. Pegué la frente a la tierra y a la hierba, intenté no llorar, pero Phibbah me dio diez azotes, uno por cada uno de mis supuestos años. Me pegó hasta que el azote no fue sino un eco en mi cabeza, hasta que, me avergüenza decirlo, grité y grité, y primero el cielo se oscureció y después lo hizo mi mente.

De principio a fin, Miss-bella estuvo callada, cruzada de brazos, con la cara tersa como la leche. Cuando alcé la vista, vi que miraba a Phibbah, no a mí. Su tensa sonrisa se extendía entre las dos, tirante como hilo cosido. Asintió con la cabeza y achicó los ojos. Fue como si una parte de su interior reptara por el suelo mientras ella seguía quieta, atravesara el patio y dijera algo a Phibbah. Al final, fue esta la que miró el suelo, la primera en apartar los ojos. No paraba de tragar saliva, aunque no tuviera nada en la boca. Poco a poco, los demás se alejaron. Solo Miss-bella seguía mirando.

Pero fue Phibbah la que me llevó a la cocina a cuestas, me acomodó en mi jergón y fue a buscarme uno de los linimentos que elaboraba con whisky robado del mueble bar de Langton. Me acercó un plato de yaniqueques, pero yo solo los miré, demasiado orgullosa para ceder al hambre, y aparté el plato. Había encerrado mi rabia, como un pájaro en una jaula. Se inclinó sobre el asador, moviendo los hombros como un fuelle, y sujetó un chisporroteante trozo de bacalao salado por encima de las llamas.

—Ha sido más duro para mí que para ti —dijo. No respondí—. Te viste como una muñeca y ahora quiere adiestrarte como un perrito. Pero si Langton os pilla leyendo, serás tú la que lo pague. ¿Me oyes? Escúchame, Frances. —Escupió mi nombre, como otro diente caído—. Escúchame bien. Nada en este mundo es más peligroso que una mujer blanca cuando está aburrida. ¿Me oyes?

Me encogí de hombros. En mi mundo nada había sido más peligroso que ella esa tarde. Vi cómo le temblaban los dedos en la carne del bacalao, pero no los apartó. Iban a salirle ampollas en las manos. Le estaba bien empleado.

—Pero no...

Me levanté.

—¿Dónde vas?

Salió detrás de mí. Los perros se levantaron de un salto, nos siguieron, con los lomos curvados como el armazón de un barco, buscando sobras.

—¡Largo! —les gritó—. ¡Largaos!

Me agarró de la mano. Hubo un largo silencio durante el que no intenté soltarme. Cuando alcé la vista, vi que le latía la mejilla, como si fuera un corazón.

—Nunca te has parado a pensar por qué te eligieron a ti. ¿Crees que ha sido cosa de suerte? Solo tú podrías creer que es suerte.

—¿Qué hay de malo en querer aprender?

—Aprende a querer lo que tienes.

—¿Y eso qué es? —pregunté—. ¿Qué tengo?

Me miró de hito en hito y yo le sostuve la mirada. Una sonrisa le iluminó el rostro y se puso a temblar, con un temblor que se le extendió poco a poco por todo el cuerpo, como melaza que ha roto a hervir. Echó la cabeza hacia atrás y se rio a carcajadas. Y entonces también me reí yo.

Capítulo 4

4

Estoy intentando contar esta historia como si fuera la mía. No obstante, releo lo que he escrito hasta ahora y veo cuánta cantidad de mi papel y tinta he gastado en Miss-bella. El problema es que nunca me ocurría nada que no fuera por su culpa. Así eran las cosas. En Inglaterra muchos me han dicho que eso debió de enseñarme a odiar. «¡Cómo debías de odiarlos, Frannie Langton! ¡A los dos!» Pero la verdad no puede acomodarse al gusto de nadie. La verdad es que había amor, además de odio. Y que el amor dolía más.

Enseñarme a leer fue la única promesa que Miss-bella cumplió. Pasé toda la temporada de siega arrodillada a la mesa de la sala de visitas. Mi felicidad tenía el dulzor de la miel mientras ella tocaba la página, mi codo, me respiraba en el cuello. Sus manos frescas como esponjas. Si Phibbah pasaba, me miraba de reojo y castañeteaba los dientes, sin que le importara si Miss-bella la oía o veía. Tenía razón, Miss-bella se aburrió de enseñarme al cabo de un tiempo, pero para entonces ya sabía lo suficiente para coger los libros de la biblioteca cuando nadie miraba y seguir por mi cuenta. Incluso Miss-bella lo decía: había aprendido con una rapidez milagrosa. Ella estaba tan sorprendida como yo.

Phibbah decía que prefería nombrar a Langton lo menos posible. Pero aun así hablaba de él. «Lo primero que supe de él fue que se negó a venir cuando lo llamaron... Como el canalla rebelde que es.»

Me explicó que sus padres lo mandaron a Inglaterra cuando era pequeño, para que adquiriera una educación, como la mayoría de los hijos de los colonos. Se había atiborrado de los conocimientos del hombre blanco y había escrito a sus padres que no iba a regresar, que quería hacerse famoso, ser un hombre de ciencia. Las lágrimas del ama Sarah habrían bastado para salar las gachas cuando leyó eso y pensó que su hijo debía de avergonzarse: de Jamaica, de su hacienda al borde de la ruina. Eran muchos los hijos de colonos cuya vergüenza crecía al mismo tiempo que sus conocimientos durante su estancia en Inglaterra. Pasaron los años. Finalmente, cuando su padre murió, el ama Sarah lo mandó a buscar y le dijo que no tenía otra opción: «Te lo suplico. Una mujer blanca no puede quedarse sola en Jamaica».

Le envió una carta tras otra sin obtener respuesta. Tres meses después, también ella había muerto. Fiebre amarilla. La muerte la había dejado tan delgada como un atizador, de manera que Phibbah no había tardado mucho en coserle el sudario, pero también tenía que ponérselo. Estaba sola en el dormitorio, con el cadáver, el lavamanos y la pica de porcelana. Quería tirarlos al suelo. Ver qué se sentía. Una oportunidad como esa podía no volver a surgirle nunca. En cambio, se puso a abrochar el cuello del sudario con los botones de azabache que el ama Sarah le había dicho que usara, pero la interrumpió el tintineo de la vieja campana de cobre.

Encontró a Langton limpiándose las botas en el felpudo que ella había cepillado esa mañana.

—¿Por qué, si puede saberse, me has hecho esperar?

—Estaba ocupándome de su madre.

—¿Y ella dónde está?

—Ha pasado a mejor vida.

—Entiendo. —Los ojos le iban y venían como moscas—. Pues, en ese caso, tu deber era ocuparte de los vivos antes que de los muertos.

—Entonces tuvo que volver —dijo Phibbah—. Para siempre. Alguien tenía que llevar la hacienda. Aunque al principio lo único que hizo fue andar. Andar, andar, andar. —Salía todas las mañanas con un hombre que llevaba una chaqueta de sarga y había llegado en el mismo barco, ambos demasiado abrigados. Langton señalaba algo y el hombre asentía con la cabeza; en pocos días, todo cayó como un rival en el amor después de un hechizo obeah. La vieja casa grande, la casa del amo, la barraca de la cocina, el granero, incluso el trapiche, uno a uno. Eso debería haber sido una señal: Langton era un mal viento. El massa Huracán. No sabían de dónde podía haber sacado el dinero. A su padre no le había sobrado un céntimo desde que lo conocían. Una tarde, Manso se atrevió a preguntar al nuevo massa por sus intenciones. Langton soltó una risotada, enronquecida por la pipa. Escupió. «Esto era de mi padre, criado. Lo estoy haciendo mío.»

Dentro de la casa nueva había una habitación para cada pequeña cosa que un cuerpo pudiera soñar con hacer en un solo día. Comer, dormir, recibir invitados, copular. Pero la biblioteca era la mejor de todas. Kii, dondequiera que se mirara, siempre se veían libros.

Saber leer es lo mejor y lo peor que me ha pasado en la vida. Aún veo los lomos de todos esos libros: De Humani Corporis Fabrica de Vesalio, la revista Philosophical Transactions of the Royal Society, Principia de Newton, la Enciclopedia británica. Pero también había novelas que Miss-bella encargaba y Langton guardaba en los estantes de abajo. Esos eran los libros que me encantaba leer. Abrir uno era como tener en las manos todo lo que podía suceder en el mundo, pero no había ocurrido aún. Tenía que esperar a que Miss-bella los terminara, pero después podía acurrucarme con ellos detrás del aparador y leer hasta que oía pasos. Leía con la boca abierta, como si pudiera sacar cucharadas de azúcar de sus páginas. Por la noche me escondía en la cocina para leer a la luz de una vela que me había fabricado yo misma, un viejo cuenco de peltre lleno de sebo de buey. Los libros responden preguntas con preguntas, pero aun así siempre me sabían a poco. Y ahora que lo pienso, me ocurrió lo mismo muchos años después, cuando conocí a Madame.

Una tarde tuve la suerte de poder gozar de la soledad, un libro y una buena vista. Langton y Miss-bella habían ido a la hacienda de los Cope en la calesa. Phibbah estaba cocinando. No había nadie vigilando el porche aparte de las vacas, y ellas estaban ocupadas paciendo junto al río. Robé un poco del ponche de ron de Phibbah y salí con Cándido. Era uno de esos momentos en los que la felicidad realza la vida como una pizca de sal en un pastel. Pero, al igual que los pasteles, esos momentos nunca duran.

No oí la calesa; tampoco me di cuenta de que Langton se había acercado y estaba esperando en silencio a que alzara la vista. Se acuclilló, lento como el río, pero con aspecto amenazante.

—¿Te diviertes?

Se me cortó la respiración. Sentí que algo giraba en mi mandíbula, como el chasquido de una cerradura. No había una manera correcta de actuar, aparte de dejarle hablar.

—Y mira mis pobres reglas —añadió—, todas rotas por el suelo.

Estuve a punto de volverme, como si quisiera ver esas pobres reglas rotas, pero él me agarró por la mandíbula. Se me escapó un gimoteo.

—No. Quiero que me leas una página. Deléitame. Supongo que conoces una palabra culta como «deleitar». Dado que eres una negra que sabe leer. Pero lo que quizá no sepas es qué pasará si no lo haces.

El sudor me empapó la espalda del vestido de percal. Refrené el impulso de salir corriendo. Langton se restregó las manos.

—Voy a ponerte en un dilema, criada. Aunque sé que los negros no estáis acostumbrados a que os den a elegir. ¿Me prestas atención? Una. Me lees una página y conservas las manos. O dos. No me la lees y averiguas qué pasa.

Las palabras brotaron de mí como había visto rezar a Miss-bella, altas, entrecortadas y atropelladas. Ahora ni tan siquiera recuerdo qué leí, pero sí que, cuando dejé el libro sobre la barandilla, Langton lo señaló.

—Es tuyo. Te lo puedes quedar. —No supe a qué se refería, hasta que me arrastró a un lado casi levantándome del suelo y me ordenó que empezara a arrancar páginas.

Sucede que algunos lapsos de tiempo se nos vuelven oscuros, pero no es que nosotros podamos decidir cuáles. Recuerdo ese incidente como una larga línea brillante, aunque ojalá pudiera tragármelo como Langton me obligó a tragarme Cándido. El papel apelmazado como el cartílago en mi garganta. Y él plantado delante de mí, preguntándose en voz alta quién había enseñado a leer a uno de sus negros. Como si no hubiera únicamente dos candidatos en toda la hacienda. Comí hasta que sentí que el papel cavaba un hoyo dentro de mí y después continué hasta que solo quise desaparecer dentro de ese hoyo. Pero, de repente, Langton me hizo parar, como si le hubiera picado un insecto cuyo aguijón iba a tener que sacarse y mirar después.

Para entonces, me había comido tantas páginas de Cándido que las vomité sobre mi pecho. Ya no me castigó a nada más. Solo después se me ocurrió preguntarme por qué.