1

Una de las primeras balas entra por la ventana abierta que está justo encima del inodoro. Luca no se da cuenta enseguida de que se trata de una bala, y es una suerte que no le atraviese la cabeza. Apenas percibe el leve sonido de su trayectoria al clavarse en la pared de azulejos que hay a su espalda, pero la ráfaga de balas que le sigue es estridente: un clac-clac de estallidos continuos que retumban con la velocidad de un helicóptero. Se escuchan gritos que pronto se apagan, aniquilados por el tiroteo. Antes de que Luca tenga tiempo de abrocharse los pantalones, bajar la tapa y subirse en ella para mirar, antes de que pueda confirmar la fuente del terrible ruido, Mami abre la puerta del baño.

—Mijo, ven —dice tan bajito que Luca no la oye.

Sus manos no actúan con delicadeza. Lo empuja hacia la ducha. Luca tropieza con el borde de azulejo y cae de bruces. Mami se tira encima de él y Luca siente que sus dientes se entierran en los labios. Nota el sabor de la sangre. Una gota oscura dibuja un pequeño círculo rojo contra el azulejo verde claro del suelo. Mami lo arroja hacia la esquina. La ducha no tiene puerta ni cortina. Ocupa un rincón en el baño de la abuela, y tiene una tercera pared de azulejos que mide cerca de un metro y medio de alto por un metro de ancho y que da forma a un cubículo. Con un poco de suerte, será lo suficientemente grande para ocultar a Luca y a su madre.

La espalda de Luca está encajada en la esquina; sus pequeños hombros tocan ambas paredes. Tiene las rodillas bajo el mentón y Mami se agazapa sobre él, protegiéndolo como si fuera el caparazón de una tortuga. La puerta del baño sigue abierta, y eso preocupa a Luca, aunque no puede ver qué hay más allá del escudo creado por el cuerpo de su madre, detrás de la especie de barricada que es la ducha de la abuela. Querría escabullirse y empujar ligeramente la puerta con un dedo. Querría cerrarla por completo. No sabe que su madre la dejó abierta a propósito, que una puerta cerrada solo incita una inspección más exhaustiva.

Siguen escuchando el ruido de los disparos, acompañado de un olor a carbón y carne quemada. Papi está preparando carne asada y muslos de pollo, los favoritos de Luca. Le gustan un poco quemados, para sentir el fuerte sabor de la piel crujiente. Su madre levanta la cabeza lo suficiente para mirarlo a los ojos y cubre sus oídos con ambas manos. Afuera los disparos merman. Cesan y vuelven en breves ráfagas, imitando, piensa Luca, el ritmo salvaje y errático de su corazón. En medio de todo el alboroto, aún puede oír la radio. Una voz femenina anuncia: «¡Mejor FM Acapulco, 100.1!», y luego la Banda MS canta sobre la alegría de estar enamorado. Alguien le dispara a la radio y se oyen risas. Voces de hombres. Dos o tres, pero Luca no está seguro. Luego siente pisadas fuertes de botas en el patio de la abuela.

—¿Lo ves? —dice una de las voces justo al otro lado de la ventana.

—Aquí.

—¿Y el niño?

—Mira, ahí hay un niño. ¿Es ese?

El primo de Luca, Adrián, trae puestas sus botas de fútbol y su camiseta de Hernández. Adrián puede golpear el balón con la rodilla cuarenta y siete veces seguidas.

—No sé. Parece de su edad. Tómale una foto.

—¡Mira, pollo! —dice otra voz—. Se ve bueno. ¿Quieres?

La cabeza de Luca está bajo la barbilla de Mami, y su cuerpo, enredado firmemente a su alrededor.

—Olvida el pollo, pendejo. Revisa la casa.

Mami se agacha más, presionando a Luca contra la pared de azulejos. Pega su cuerpo al de él y ambos oyen el chirrido de la puerta trasera, seguido de un golpe. Luego escuchan los pasos en la cocina y el ruido intermitente de las balas dentro de la casa. Mami gira la cabeza y repara en el vívido contraste de la gota de sangre que ha derramado Luca en el suelo, iluminada por un sesgo de luz. Luca siente cómo se detiene la respiración en el pecho de su madre. La casa está en silencio ahora. El pasillo frente al baño está alfombrado. Mami se estira una de las mangas para cubrirse la mano y Luca ve con terror cómo la mano se aleja de él, hacia la delatora mancha de sangre. Pasa la manga por encima, deja solo un leve rastro de la gota y regresa junto a Luca en el momento en que el hombre abre por completo la puerta del baño con la culata de su AK-47.

Debe de haber tres hombres, porque Luca todavía percibe dos voces en el patio. Detrás de la pared de la ducha, el tercer hombre se desabrocha el pantalón y orina en el inodoro de la abuela. Luca no respira. Mami no respira. Sus ojos están cerrados, sus cuerpos inmóviles; incluso la adrenalina está suspendida en la calcificada voluntad de su quietud. El hombre eructa, tira de la cadena y se lava las manos. Se seca con la toalla buena de la abuela, la amarilla, la que solo pone cuando hay fiesta.

No se mueven después de que el hombre se vaya. Ni siquiera después de escuchar de nuevo el chirrido y el golpe de la puerta de la cocina. Se quedan así, hechos un amasijo de brazos, piernas, rodillas, mentones, párpados apretados y puños cerrados, incluso después de oír que el hombre ha regresado con sus compañeros, después de escucharlo anunciar que la casa está vacía y ahora sí va a comer pollo, porque no hay motivo para desperdiciar una buena comida cuando hay niños muriéndose de hambre en África. El hombre está tan cerca de la ventana que Luca puede oír los chasquidos de su boca al masticar el pollo. Luca se concentra en su respiración, en inhalar y exhalar sin hacer ruido. Se dice a sí mismo que solo se trata de una pesadilla, un sueño terrible, como los que ha tenido antes. Siempre se despierta con el corazón acelerado y siente cómo lo inunda el alivio. «Solo fue un sueño», suele decirse.

Porque esos hombres son la versión moderna del Coco en el México urbano. Porque incluso los padres que no hablan sobre la violencia frente a sus hijos, los que cambian la emisora de radio cuando se retransmiten noticias de un nuevo tiroteo y ocultan sus miedos más profundos, no pueden evitar que sus hijos hablen con otros niños. En los columpios, en el campo de fútbol, en el baño de la escuela, esas historias grotescas se acumulan y agrandan. Cualquier niño, ya sea rico, pobre o de clase media, ha visto cadáveres en las calles y homicidios fortuitos. Y, gracias a lo que se cuentan, sabe que hay una jerarquía en cuanto al peligro y que algunas familias corren más riesgo que otras. A pesar de que Luca nunca notó en sus padres la menor evidencia de peligro, a pesar de que siempre se mostraron seguros ante él, Luca sabía... sabía que ese día iba a llegar. Pero eso no lo ha preparado para su llegada. Pasa mucho mucho tiempo antes de que Mami retire la mano que mantiene apretada contra la nuca de Luca, antes de que se aleje lo suficiente para que él pueda ver cómo ha cambiado el ángulo de la luz que entra por la ventana.

Hay cierta gracia divina en los instantes después del terror, antes de su confirmación. Cuando por fin mueve su cuerpo, Luca experimenta una breve, vacilante euforia por el hecho de estar vivo. Por un momento disfruta el áspero paso del aire a través de su pecho. Deja sus palmas apoyadas para sentir el suelo frío bajo su piel. Mami se desploma contra la pared, frente a él, y se masajea la mandíbula de manera que resalta su hoyuelo en la mejilla izquierda. Le parece extraño ver sus zapatos buenos, los que usa para ir a la iglesia, en la ducha. Luca se toca la herida del labio. La sangre ya se ha secado, pero se quita la postilla con los dientes y la herida se vuelve a abrir. Comprende que, si hubiera sido un sueño, la boca no le sabría a sangre.

Después de mucho tiempo, Mami se levanta.

—Quédate aquí —le dice en un susurro—. No te muevas hasta que regrese por ti. No hagas ruido. ¿Entiendes?

Luca se abalanza para agarrar su mano.

—Mami, no te vayas.

—Mijo, no me tardo, ¿sí? Quédate aquí. —Mami suelta los dedos de Luca de su mano—. No te muevas —le dice de nuevo—. Sé bueno.

Luca no tiene problema alguno con hacer lo que Mami le dice, no tanto porque sea un niño obediente como porque no quiere ver. Toda su familia está allá fuera, en el patio de la abuela. Es sábado, 7 de abril, y celebran los quince años de su prima Yénifer. Ella lleva puesto un vestido largo de color blanco. Su papá y su mamá, el tío Álex y la tía Yemi, el hermano menor de Yénifer, Adrián, que ya cumplió nueve años y le gusta decir que es un año mayor que Luca, aunque solo se lleven cuatro meses: todos están ahí.

Antes de que Luca tuviera ganas de orinar, Adrián y él estaban pateando el balón con los demás primos y las madres se encontraban sentadas alrededor de la mesa del patio, con sus palomas heladas sudando sobre las servilletas. La última vez que se habían reunido en la casa de la abuela, Yénifer entró sin darse cuenta al baño cuando Luca estaba dentro, y eso lo había mortificado tanto que hoy le ha pedido a Mami que lo acompañara y montara guardia en la puerta. A la abuela no le ha gustado; le ha dicho a Mami que estaba consintiéndolo, que un niño de su edad ya debía poder ir al baño solo, pero Luca es hijo único y se sale con la suya en cosas que otros niños no pueden.

Sea como sea, Luca está solo en el baño ahora, intentando no pensar, pero una idea lo invade de repente: esa conversación molesta entre Mami y la abuela quizá ha sido la última que han tenido. Luca se había acercado a la mesa, retorciéndose, y le había dicho algo a su madre, susurrándole al oído. Al verlo, la abuela había negado con la cabeza y los había señalado acusadoramente con el dedo, mientras soltaba sus comentarios. Sonreía de una forma peculiar cuando criticaba algo. Pero Mami siempre está del lado de Luca. Había subido los ojos y se había levantado de la mesa, ignorando la desaprobación de su madre. ¿Cuándo fue eso...? ¿Hace diez minutos? ¿Dos horas? Luca se siente a la deriva, lejos de los límites temporales de siempre.

A través de la ventana, percibe los pasos inseguros de Mami, el sonido rasposo y lento de sus zapatos caminando sobre los restos de algo roto. Se oye un jadeo que nunca se convierte en sollozo. Ahora los sonidos se aceleran mientras Mami cruza el patio con firmeza, presionando los números de su teléfono. Cuando habla, en su voz hay un estrés que Luca no ha escuchado antes, y esta brota aguda y tensa desde el fondo de su garganta.

—Necesitamos ayuda.

Capítulo 2

2

Cuando Mami regresa para sacar a Luca de la ducha, está hecho un ovillo, meciéndose a sí mismo. Le dice que se levante, pero Luca sacude la cabeza y aprieta más los brazos y las piernas. Su cuerpo se agita, renuente, por el pánico. Mientras se quede ahí, en la ducha, con el rostro escondido entre los ángulos oscuros de sus codos, mientras no mire a Mami a la cara, puede seguir ignorando lo que sabe. Puede prolongar el momento y conservar esa esperanza irracional de que, tal vez, haya quedado intacto algún pedazo de su mundo de ayer.

Quizá hubiera sido mejor que mirara, que viera las nítidas manchas en el vestido blanco de Yénifer; los ojos de Adrián, abiertos hacia el cielo; el cabello canoso de la abuela, apelmazado con cosas que nunca deberían salirse del resguardo del cráneo. Quizá hubiera sido bueno que Luca mirara los restos tibios del que hasta hace poco era su padre, la espátula doblada bajo el peso de su cuerpo, su sangre todavía corriendo a lo largo del patio de cemento. Porque nada de eso, por muy espantoso que fuera, sería peor que las imágenes que conjuraría, con todo lujo de detalles, en su imaginación.

Cuando al fin logra que se levante, Mami saca a Luca por la puerta principal, lo que puede o no ser una buena idea. Si los sicarios volvieran, ¿qué sería peor, estar en la calle, a la vista de todos, o dentro, donde nadie los viera llegar? Una pregunta imposible de responder. En ese momento, nada es mejor ni peor. Cruzan caminando el jardín de la abuela y Mami abre la reja. Se sientan en el borde amarillo de la acera, con los pies sobre el pavimento. En el otro extremo de la calle hay sombra, pero donde ellos están, no, y el sol quema la frente de Luca. Después de unos minutos que parecen siglos, oyen sirenas que se acercan. Mami, cuyo nombre es Lydia, se da cuenta de que le castañetean los dientes, pero no tiene frío. Sus axilas están empapadas y tiene la carne de gallina en los brazos. Luca se inclina hacia delante y nota una arcada. Vomita una masa de ensalada de patata de color rosa, por el ponche de frutas, que salpica contra el pavimento entre sus pies, pero ni su madre ni él se mueven. Ni siquiera parecen darse cuenta. Tampoco notan cómo se corren las cortinas y se bajan las persianas en las ventanas aledañas de los vecinos que se preparan para negar haber sido testigos de algo.

Lo que Luca sí observa son los muros que se extienden a lo largo de la calle de su abuela. Los ha visto miles de veces, pero hoy advierte algo nuevo: cada casa tiene un pequeño jardín enfrente, como el de su abuela, oculto tras un muro, como el de su abuela, rematado con alambre de púas o de cuchillas, o con una reja con picos, como la de su abuela, y solo se puede entrar por una puerta que siempre permanece cerrada, como la de su abuela. Acapulco es una ciudad peligrosa. La gente toma precauciones, incluso en vecindarios buenos como ese, especialmente en vecindarios buenos como ese. Pero ¿de qué sirven tales protecciones cuando llegan los hombres? Luca apoya la cabeza contra el hombro de su madre y ella lo abraza. No le pregunta si está bien porque, de ahora en adelante, esa pregunta tendrá el peso de un doloroso absurdo. Lydia intenta no considerar todas las palabras que ya no saldrán de su boca, el repentino y monstruoso vacío de las palabras que nunca dirá.

Cuando llega la policía, los agentes extienden la cinta amarilla de las escenas de crimen, cerrando la calle por ambos extremos y redirigiendo el tránsito para hacer sitio a la macabra caravana de vehículos de emergencia. Hay muchos policías, todo un ejército, y se mueven alrededor de Luca y Lydia con una reverencia coreografiada. Cuando el inspector en jefe se acerca y empieza a hacer preguntas, Lydia duda un momento mientras piensa qué hacer con Luca. Es demasiado pequeño para escuchar todo lo que necesita decir. Debe dejarlo al cuidado de alguien durante algunos minutos para poder responder directamente a esas terribles preguntas. Lo habría enviado con su padre, o con su abuela, o con su tía Yemi. Pero todos están muertos en el patio, sus cuerpos amontonados muy cerca uno de otro como fichas de dominó. Da lo mismo. La policía no fue a ayudar. Lydia comienza a sollozar. Luca se levanta y coloca la palma de su mano fría sobre la nuca de su mamá.

—Dele un minuto —dice, como si fuera un hombre.

Cuando el inspector regresa, viene con una mujer, la forense, que se dirige a Luca. Le pone una mano sobre el hombro y le pregunta si quiere sentarse un rato en su camioneta. Tiene escrito SEMEFO en un costado, y las puertas de atrás están abiertas. Mami asiente y Luca va con ella. Se instala en el interior y deja los pies colgando sobre el parachoques trasero. Ella le ofrece una lata húmeda de refresco frío.

El cerebro de Lydia, suspendido temporalmente por la impresión, comienza a trabajar de nuevo, como arrastrándose en el fango. Sigue sentada en la acera, frente el inspector, que está de pie, interponiéndose entre ella y su hijo.

—¿Vio al que disparó? —pregunta.

—A los que dispararon, en plural. Creo que eran tres.

Le gustaría que el inspector se hiciera a un lado para no perder a Luca de vista. Solo está a unos cuantos pasos.

—¿Los vio?

—No, los escuchamos. Estábamos escondidos en la regadera. Uno entró y orinó mientras estábamos ahí. Tal vez pueda sacar huellas digitales de la llave. Se lavó las manos. ¿Puede creerlo? —Lydia da una palmada con fuerza, como intentando espantar el recuerdo—. Había por lo menos dos voces más fuera.

—¿Hicieron o dijeron algo que pudiera servir para identificarlos?

Lydia sacude la cabeza.

—Uno comió pollo.

El inspector escribe «pollo» en su cuaderno.

—Uno preguntó si «él» estaba aquí.

—¿Un blanco específico? ¿Dijeron quién era? ¿Un nombre?

—No fue necesario. Era mi esposo.

El inspector deja de escribir y la mira expectante.

—¿Y su marido es...?

—Sebastián Pérez Delgado.

—¿El periodista?

Lydia asiente y el inspector silba entre dientes.

—¿Está aquí?

Lydia asiente otra vez.

—En el patio. Con la espátula. El del letrero.

—Lo siento, señora. Su marido recibió muchas amenazas, ¿verdad?

—Sí, pero no últimamente.

—¿Y cuál era exactamente la naturaleza de las amenazas?

—Le decían que dejara de escribir sobre los cárteles.

—¿O?

—O matarían a toda su familia. —No hay sentimiento en su voz.

El inspector respira hondo y mira a Lydia con lo que podría ser compasión.

—¿Cuándo fue la última vez que lo amenazaron?

Lydia sacude la cabeza.

—No sé. Hace tiempo. Esto no tenía que pasar. No tenía que pasar.

El inspector aprieta los labios hasta formar una delgada línea y no dice nada.

—Me van a matar a mí también —dice Lydia, y al escuchar sus palabras comprende que es verdad.

El inspector no la contradice. A diferencia de varios de sus colegas —no sabe quiénes, pero da lo mismo—, él no está en la nómina del cártel. No confía en nadie. De hecho, entre los más de veinte miembros de la policía y el personal médico que en ese momento deambulan por la casa y el patio de la abuela para señalar la ubicación de los casquillos, examinar pisadas, analizar manchas de sangre, tomar fotografías, buscar pulsos y hacer la señal de la cruz sobre los cadáveres de la familia de Lydia, hay siete que reciben dinero del cártel local con regularidad. El pago ilícito es tres veces mayor del que cobran del gobierno. De hecho, uno ya le ha enviado un mensaje al jefe para informarle de que Lydia y Luca han sobrevivido. Los demás no hacen nada porque es justamente para eso para lo que el cártel les paga, para llenar informes y actuar como si estuvieran al mando. Parte del personal tiene un conflicto moral al respecto; otros no. Ninguno tiene opción, de todas maneras, así que sus sentimientos son irrelevantes. El índice de crímenes sin resolver en México supera el noventa por ciento. La existencia disfrazada de la policía provee la ilusión necesaria para contrarrestar la impunidad real del cártel. Lydia lo sabe. Todos lo saben. Decide entonces que tiene que salir de ahí. Se levanta de la acera y le sorprende la fuerza que siente en las piernas. El inspector se hace a un lado para dejarle espacio.

—Van a volver cuando se den cuenta de que sobreviví. —Y es entonces cuando, como una punzada, recuerda la voz que preguntó en el patio por el niño y siente las rodillas como si fueran de agua—. Va a matar a mi hijo.

—¿Quién? —pregunta el inspector—. ¿Sabe específicamente quién hizo esto?

—¿Es una broma? —responde Lydia.

Solo hay un posible perpetrador para un baño de sangre de esa magnitud en Acapulco, y todos saben quién es: Javier Crespo Fuentes, su amigo. ¿Para qué decir el nombre en voz alta? El inspector está fingiendo o la está probando. Él sigue escribiendo en su cuaderno. Escribe «¿La Lechuza?» y «¿Los Jardineros?». Luego le enseña el cuaderno a Lydia.

—No puedo hacer esto ahora. —Lo aparta de su camino.

—Por favor, solo unas preguntas más.

—No. No más preguntas. Cero preguntas.

Hay dieciséis cuerpos en el patio, casi todas las personas que Lydia ama en el mundo, pero todavía no ha procesado esa información. Sabe que ha sucedido porque los ha escuchado morir y ha visto sus cuerpos. Ha tocado la mano de su madre, aún tibia, y ha sentido la ausencia de pulso cuando ha levantado la muñeca de su esposo. No obstante, su mente sigue intentando regresar, deshacerlo todo. Porque no puede ser cierto. Es demasiado espeluznante para ser cierto. El pánico es inminente, pero no llega.

—Luca, vámonos. —Le da la mano y Luca salta de la camioneta. Deja la lata de refresco, todavía llena, sobre el parachoques.

Caminan de la mano, calle abajo, hacia donde Sebastián estacionó el coche, cerca del final de la acera. El inspector los sigue, procurando hablar con ella. No acepta que la conversación termine. ¿Acaso no ha sido lo suficientemente clara? Se detiene de manera tan abrupta que el inspector casi choca contra ella. Se detiene de puntillas para evitar la colisión. Lydia gira sobre sus talones.

—Necesito sus llaves —dice.

—¿Llaves?

—Las llaves del coche de mi esposo.

El inspector sigue hablando, pero Lydia lo hace a un lado de nuevo, estirando de Luca tras ella. Vuelve a cruzar la reja del jardín de la abuela y le dice a Luca que espere. Luego lo piensa mejor y lo lleva hacia el interior de la casa. Lo deja sentado en el sofá de pana dorada y le dice que no se mueva.

—¿Se puede quedar con él, por favor?

El inspector asiente.

Lydia se detiene un momento delante de la puerta trasera y endereza los hombros antes de abrirla y salir. En la sombra del patio se percibe el dulce olor de limones y salsa quemada, y Lydia sabe que nunca volverá a comer carne asada. Algunos miembros de su familia ya han sido tapados, y hay pequeñas placas amarillas con letras negras y números por todo el patio. Las placas señalan los lugares donde hay una prueba que nunca será usada en un juicio. Las placas lo empeoran todo. Su presencia significa que es real. Lydia es consciente de sus pulmones en el interior de su cuerpo; se sienten desgarrados, en carne viva, cosa que nunca había experimentado antes. Camina hacia Sebastián, que no se ha movido y todavía tiene el brazo izquierdo doblado incómodamente bajo el cuerpo, y la espátula sobresaliendo por debajo de la cadera. La posición en que yace hace que Lydia recuerde cómo se ve su cuerpo, vívidamente animado, cuando lucha con Luca en la sala después de cenar. Gritan. Rugen. Golpean los muebles. En la cocina, enjuagando el jabón de los platos, Lydia pone los ojos en blanco. Ese alboroto se ha ido. La rigidez late ahora bajo la piel de Sebastián. Tiene ganas de hablar con él antes de que pierda su color. Quiere contarle lo que pasó, apresuradamente, desesperadamente. Una parte maníaca de sí misma todavía cree que, si le cuenta bien la historia, podrá convencerlo de que no muera, de que lo necesita, de la inmensa necesidad que tiene Luca de él. Hay una especie de demencia paralizada en su garganta.

Alguien ha quitado el letrero de cartón que los asesinos dejaron sobre el pecho de Sebastián, sostenido con una simple piedra. Escrito con marcador verde, el letrero decía: «Toda mi familia está muerta por mi culpa».

Lydia se agacha a los pies de su esposo, pero no quiere sentir su piel pálida y fría. Para probar, toca el talón de un zapato y cierra los ojos. Sebastián está casi intacto y ella lo agradece. Sabe que el letrero de cartón podría haber estado anclado a su corazón con un machete. Sabe que la relativa prolijidad de su muerte es una grotesca gentileza. Lydia ha visto otras escenas de crímenes que parecen de pesadilla: cuerpos que ya no son cuerpos, que están hechos pedazos; cuerpos mutilados. Cuando el cártel mata, es para dar un ejemplo, una demostración obscena y exagerada. Una mañana, cuando Lydia estaba abriendo su tienda, vio calle abajo a un muchacho conocido, arrodillado e intentando abrir la reja vertical que protegía la zapatería de su padre con una llave que llevaba colgada del cuello con un cordón. Tenía dieciséis años. Cuando el coche se acercó, no pudo correr porque la llave estaba enganchada en el candado. Los sicarios levantaron la reja y colgaron al muchacho por el cuello con el cordón. Luego lo golpearon hasta que ya solo podía retorcerse. Lydia se metió en su tienda deprisa y cerró la puerta, así que no vio cuando le bajaron los pantalones y añadieron la decoración, pero se enteró después. Todos se enteraron. Los dueños de todas las tiendas del vecindario sabían que el padre del muchacho se había negado a pagar mordidas al cártel.

Así que, sí, Lydia agradece que dieciséis de sus seres queridos hayan muerto rápidamente, con la celeridad clínica de las balas. Los oficiales en el patio desvían la mirada para no verla, y también se siente agradecida por eso. El fotógrafo forense deja su cámara en la mesa, junto a la bebida que todavía tiene marcado en el borde un poco del lápiz labial color trufa de Lydia. Los hielos ya se derritieron y queda un rastro de condensación en la servilleta que rodea su vaso. Sigue húmeda, y a Lydia le parece imposible que su vida se destroce en menos de lo que se evapora un aro de condensación en el ambiente. Es consciente de que un murmullo deferente recorre el patio. Se mueve hacia el costado de Sebastián, sin levantarse, gateando sobre sus manos y sus rodillas. Luego se detiene ante la mano extendida de su esposo, ante los pliegues y las líneas de los nudillos y las perfectas medias lunas de sus uñas. Los dedos no se mueven. Su anillo de matrimonio está inerte. Sus ojos están cerrados, y Lydia se pregunta absurdamente si los cerró a propósito, para ella, como un acto final de ternura, para que al encontrarlo no tuviera que mirar su vacío. Lydia se cubre la boca con una mano porque tiene la sensación de que una parte esencial de sí misma podría escapar. Acuna sus dedos en la palma de la mano inerte y se permite inclinarse con suavidad sobre el pecho de Sebastián. Ya está frío. Sebastián está frío. Se ha ido y lo que queda es solo su figura familiar y querida, vacía de aliento.

Lydia coloca la mano sobre la quijada de Sebastián, sobre su barbilla. Cierra su propia boca con fuerza y pone la palma de su mano contra el frío de la frente de él. La primera vez que lo vio, estaba reclinado sobre una libreta en una biblioteca de la Ciudad de México, pluma en mano. Le gustaron la curva de sus hombros, la carnosidad de su boca. Llevaba una camiseta morada de una banda que ella no conocía. Ahora comprende que no la emocionó su cuerpo, sino la manera en que Sebastián le daba vida. Los adoquines presionan contra las rodillas de Lydia mientras ella lo cubre de oraciones. Sus lágrimas son espasmódicas. La espátula doblada está en medio de un charco de sangre coagulada, y la parte plana todavía tiene restos de carne cruda. Lydia lucha contra las náuseas, mete la mano en un bolsillo del pantalón de su esposo y saca las llaves. ¿Cuántas veces, durante su vida juntos, ha metido la mano en su bolsillo? «No pienses, no pienses, no pienses», se dice. Le cuesta trabajo sacarle el anillo de matrimonio. La piel flácida del nudillo de Sebastián se arruga alrededor de la alianza, así que tiene que girarla. Usa una mano para estirar el dedo y la otra para dar vueltas al anillo, y así logra zafar al fin la alianza, que ella misma le puso en la catedral de Nuestra Señora de la Soledad más de diez años atrás. La desliza por su pulgar, coloca ambas manos sobre el pecho de Sebastián y se impulsa para levantarse. Se aleja poco a poco, esperando que alguien le pregunte por los objetos que ha tomado. Casi quiere que alguien le diga que no puede llevárselos, que está manipulando las pruebas o alguna estupidez parecida. Piensa qué satisfactorio sería, momentáneamente, tener algo contra lo que descargar un poco de su ira. Pero nadie se atreve.

Lydia está de pie, con los hombros caídos. Su madre. Se dirige hacia ella. Su cuerpo es uno de los que están ligeramente cubiertos con un plástico negro. Un policía le corta el paso.

—Señora, por favor —dice simplemente.

Lydia lo mira con rabia.

—Necesito un último momento con mi madre.

El oficial niega una vez con la cabeza; un movimiento casi imperceptible.

—Le aseguro —dice con voz suave—, esa no es su madre.

Lydia parpadea, inmóvil, con las llaves del coche de su esposo en la mano. Tiene razón. Podría pasar más tiempo en ese escenario de la masacre, pero ¿para qué? Todos se han ido. No es lo que quiere recordar de ellos. Se aleja de los dieciséis cuerpos que yacen en el patio y atraviesa la puerta de la cocina, que suena con un chillido y un golpe. Fuera, los policías reanudan su labor.

Lydia abre el armario en la habitación de su madre y saca la única maleta de la abuela: un pequeño bolso de viaje rojo con correa. Abre la cremallera y se da cuenta de que está llena de bolsos más pequeños. Es un bolso de bolsos. Lydia los tira sobre la cama. Luego abre el cajón de la mesilla de noche de su madre y saca su rosario y un pequeño libro de oraciones, y los guarda en la maleta, junto con las llaves de Sebastián. Después se inclina e introduce la mano bajo el colchón. La mueve de un lado a otro hasta que sus dedos rozan un sobre de papel. Saca el fajo de billetes: casi quince mil pesos. Los mete en la maleta. Guarda los bolsos pequeños en el armario de su madre y se lleva la maleta al baño.

Abre el armario y toma lo que puede: un cepillo para el cabello, un cepillo de dientes, pasta dental, crema hidratante, bálsamo labial y unas pinzas para las cejas. Todo va a la maleta. Actúa sin pensar, sin considerar realmente qué objetos pueden ser de utilidad y cuáles no. Lo hace porque no sabe qué otra cosa puede hacer. Lydia y su madre calzan el mismo número, una pequeña bendición. Saca del armario el único par de zapatos cómodos que ve: unas zapatillas de deporte de lamé dorado, con cremallera en un costado, que la abuela usaba para trabajar en el jardín. Luego continúa saqueando en la cocina: un paquete de galletas, una lata de cacahuates, dos bolsas de patatas fritas. Lo guarda todo, disimuladamente, en la maleta. La cartera de su madre cuelga de un gancho detrás de la puerta de la cocina, junto a otros dos ganchos que sostienen su delantal y su suéter favorito, color turquesa. Lydia la revisa. Siente como si le estuviera abriendo la boca a su madre; es demasiado personal. Se lleva todo el contenido y dobla la suave piel marrón, la mete en el bolsillo exterior de la maleta y cierra la cremallera.

Cuando Lydia regresa, el inspector está sentado en el sofá, junto a Luca, pero no hace preguntas. El cuaderno y el lápiz están en la mesa de centro.

—Nos tenemos que ir —dice Lydia.

Luca se levanta sin que se lo pida.

El inspector también se levanta.

—Debo advertirle, señora, que es mejor si no regresa a su casa ahora —comenta—. Puede que no sea seguro. Si espera aquí, quizá uno de mis hombres la pueda llevar. Quizá podamos encontrar un lugar seguro para usted y su hijo.

Lydia sonríe y, por un momento, se asombra de que todavía pueda hacerlo. Luego suelta un breve jadeo de risa.

—Me gustan más las opciones que tenemos sin su asistencia.

El inspector frunce el ceño, pero asiente.

—¿Tienen algún lugar seguro adonde ir?

—Por favor, no se preocupe por nosotros —dice Lydia—. Haga justicia. Preocúpese por eso.

Es consciente de que las palabras salen de su boca como pequeños dardos sin veneno, tan molestos como fútiles. Pero no hace el menor intento por contenerse.

El inspector se queda de pie, con las manos en los bolsillos, y arruga la frente mirando hacia el suelo.

—Lamento mucho su pérdida. En verdad... Sé cómo se ve, todos los asesinatos sin resolver, pero hay personas que todavía se preocupan, que están horrorizadas por esta violencia. Por favor, sepa que lo intentaré.

Él también comprende la inutilidad de sus palabras; no obstante, se siente obligado a expresarlas. Del bolsillo del pecho saca una tarjeta con su nombre y su número de teléfono.

—Necesitaremos una declaración oficial cuando tenga ánimo. Tómese algunos días si es necesario.

Le ofrece la tarjeta, pero Lydia no hace ademán de tomarla, así que Luca se estira y la recibe. Se ha acomodado cerca de su madre, con un brazo enlazado a su espalda por debajo de la correa de la maleta roja.

Esta vez, el inspector no los sigue. Sus sombras se mueven como una bestia jorobada por la acera. Bajo el limpiaparabrisas de su coche, un Volkswagen Beetle de color anaranjado, modelo 1974, que no pasa desapercibido, hay un pequeño papel, tan pequeño que ni siquiera se mueve con la brisa que sube por la calle.

—Carajo —dice Lydia, y automáticamente pone a Luca detrás de ella.

—¿Qué pasa, Mami?

—Quédate aquí... No. Ve y párate allá.

Señala en la dirección por donde han venido y, por una vez, Luca no discute con ella. Corre deprisa una docena de pasos, quizá más. Lydia deja la maleta a sus pies, en la acera, da un paso hacia atrás, lejos del auto, y mira a un lado y a otro de la calle. Su corazón no se acelera; se siente de plomo en el pecho.

El permiso de estacionamiento de su esposo está pegado al parabrisas, y hay una mancha de óxido en el parachoques trasero. Lydia sale a la calle y se inclina para leer el papel. La camioneta de un canal de noticias está estacionada justo detrás de la cinta amarilla que demarca la escena del crimen, en el extremo de la calle, pero el reportero y el cámara están ocupados y no los ven. Les da la espalda y libera el papel del limpiaparabrisas. Tiene una sola palabra escrita, con marcador verde: «¡Bu!». Inhala tan rápido que siente cómo el aire atraviesa su cuerpo. Se da la vuelta para ver a Luca, arruga el papel en el puño y lo guarda en el bolsillo.

Tienen que desaparecer. Tienen que irse de Acapulco, lo más lejos que puedan, para que Javier Crespo Fuentes nunca los encuentre. Y no pueden usar el coche.

Capítulo 3

3

Lydia da dos vueltas alrededor del Beetle anaranjado. Mira a través de las ventanas, inspecciona las llantas, el depósito de gasolina, lo que logra ver de la parte inferior, inclinándose sin tocar nada. Todo aparenta estar igual, como lo dejaron, aunque no prestó mucha atención en ese momento. Se aparta y cruza los brazos sobre su pecho. No se atreve a conducir, pero lo tiene que abrir para sacar algunas pertenencias. Es una necesidad imperiosa, aunque su mente no puede ir más allá del presente inmediato y no piensa en la palabra «recuerdos».

Mira por la ventana y ve la mochila de Sebastián en el suelo, del lado del pasajero; sus propias gafas de sol, brillando encima del salpicadero, y la sudadera amarilla y azul de Luca, en el asiento trasero. Sería demasiado peligroso ir a su casa, al lugar donde vivieron juntos. Necesita apresurarse y sacar a Luca de ahí. Por un instante, piensa que si hubiera una bomba en el auto tal vez sería más humano llevarse a Luca con ella, llamarlo para que se acercase antes de abrir la puerta, pero su instinto maternal desecha esa idea macabra.

Se acerca con la llave temblando en la mano. Con la otra mano intenta contener el movimiento. Mira a Luca, que levanta el pulgar. «No habrá una bomba», se dice. «Una bomba sería demasiado, después de todas esas balas.» Mete la llave en la cerradura. Respira hondo. Dos veces. Gira la llave. Clac. El sonido del seguro de la puerta casi basta para acabar con ella. No se oye ningún tic-tac, no hay pitidos, ni ráfagas de aire asesino. Cierra los ojos, se da la vuelta y le levanta el pulgar a Luca. Abre la puerta con un chirrido y empieza a hurgar dentro. ¿Qué necesita? Se para en seco y su confusión la paraliza momentáneamente. «No puede ser verdad», piensa. Siente la mente tensa y confundida. Recuerda cuando murió su papá, cómo su madre pasó semanas caminando en círculos: del fregadero a la nevera, de la nevera al fregadero. Se quedaba con la mano sobre el grifo y olvidaba abrirlo. Lydia no puede dar vueltas de esa manera. Hay peligro. Deben moverse.

La mochila de Sebastián está ahí. Tiene que levantarla y completar las tareas inmediatas que tiene ante sí. Más adelante tendrá tiempo para intentar comprender cómo pudo suceder algo así, por qué. Abre la mochila de su esposo, saca un termo, sus gafas, las llaves de su oficina, sus auriculares, tres cuadernos pequeños y un puñado de plumas baratas, una grabadora de mano y sus pases de prensa. Lo coloca todo en el asiento del pasajero. Conserva su tableta Samsung Galaxy y el cargador, aunque apaga la tableta antes de guardarla de nuevo en la mochila, ya vacía. No sabe cómo funciona el GPS en esos aparatos, pero no quiere que la rastreen. Coge las gafas de sol del salpicadero y, al ponérselas, casi se saca un ojo con una de las patillas. Mueve el asiento hacia delante para ver qué hay detrás. Los zapatos de Luca de ir a la iglesia están en el suelo, donde los dejó cuando se puso las zapatillas de deporte para jugar a fútbol con Adrián. «Oh, por Dios, Adrián», piensa, y la grieta que siente en el pecho se hace más profunda, como si tuviera un hacha clavada en el esternón. Cierra los ojos con fuerza, solo por un momento, y se obliga a respirar. Toma los zapatos de Luca y los mete en la mochila. En el asiento de atrás también está la gorra roja de Sebastián con el logo de los Yankees de Nueva York. La toma, sale del coche y se la entrega a Luca para que se la ponga. En el maletero encuentra el suéter bueno de Sebastián, el marrón, y lo guarda en la mochila. También hay una pelota de baloncesto, que deja, y una camiseta sucia que decide quedarse. Cierra el maletero y coge del asiento delantero uno de los cuadernos de Sebastián, aunque todavía no se permite considerar por qué lo hace: para conservar un registro personal de su caligrafía extinta. Elige uno al azar, lo guarda en la mochila y cierra las puertas.

Luca se acerca y se detiene a su lado sin que ella lo haya llamado. «Mi hijo ya no es el mismo», piensa. La mira e interpreta sus deseos sin necesidad de indicaciones.

—¿Adónde vamos, Mami?

Lydia lo mira de reojo. Ocho años. Necesita ver más allá de la destrucción actual y encontrar la fuerza necesaria para salvar lo que pueda. Besa la cabeza de Luca y empiezan a caminar, alejándose de los reporteros, del auto anaranjado, de la casa de la abuela, de su vida aniquilada.

—No sé, mijo —dice—. Ya veremos. Será una aventura.

—¿Como en las películas?

—Sí, mijo. Igual que en las películas.

Lydia se cuelga la mochila a la espalda y se ajusta ambas correas antes de colgarse también la maleta. Caminan varias calles con rumbo norte y luego giran a la izquierda, hacia la playa. Después se dirigen al sur nuevamente, porque Lydia no puede decidir si es mejor estar en una zona abarrotada de turistas u ocultarse. Mira a menudo por encima del hombro, estudia a los conductores que pasan a su lado y aprieta la mano de Luca. Desde una reja abierta, un chucho les ladra y amenaza con morderlos. Una mujer con un vestido de flores corriente sale de la casa para hacer callar al perro, pero antes de que llegue Lydia lo patea salvajemente sin sentir culpa alguna. La mujer le grita, pero Lydia sigue andando con Luca de la mano.

Luca se ajusta la visera de la gorra de su padre, que le queda demasiado grande. Tiene impregnado el sudor de Papi y puede sentirlo cuando mueve la gorra hacia los lados, cosa que hace a intervalos regulares para oler a su padre. Luego se le ocurre que quizá el olor sea finito y teme gastarlo todo, por lo que deja de tocarla. Alcanzan a ver un autobús a lo lejos y deciden subirse.

Es ya la media tarde del sábado y el autobús no está lleno. Luca se alegra de poder sentarse, hasta que se da cuenta de que el movimiento de sus piernas cargando el peso de su pequeño cuerpo por las calles de la ciudad ha sido lo único que ha mantenido a raya el horror aplastante que amenazaba con descender sobre él. En cuanto se sienta junto a Mami en el asiento de plástico azul y deja caer sus piernas cansadas, se pone a pensar. Empieza a temblar y Mami lo abraza con fuerza.

—No puedes llorar aquí, mijito —le dice Mami—. Todavía no.

Luca asiente y, sin más, deja de temblar y el llanto se evapora. Apoya la cabeza contra el vidrio tibio de la ventana del autobús y mira hacia afuera. Se concentra en los colores de cómic de la ciudad: el verde de las palmeras, los troncos de los árboles pintados de blanco para repeler a los escarabajos, los tonos estridentes de los letreros que anuncian tiendas, hoteles y zapatos. En El Rollo, Luca contempla a los niños y adolescentes que hacen fila en la taquilla. Llevan sandalias de plástico y toallas alrededor del cuello. Atrás se alcanzan a ver los toboganes rojos y amarillos que se elevan y caen. Luca pone un dedo contra la ventana y aplasta a los niños en la fila, uno a uno. El autobús frena en la esquina y se suben tres muchachos con el cabello mojado. Pasan junto a Luca y Lydia sin siquiera mirarlos y se sientan en la parte de atrás, con los codos en las rodillas, hablando tranquilos de un lado a otro del pasillo.

—Papi me va a llevar en el verano —dice Luca.

—¿Qué?

—Al Rollo. Dijo que podíamos ir este verano. Se va a tomar un día libre del trabajo cuando yo no esté en la escuela.

Lydia se muerde las mejillas por dentro. Un reflejo desleal: está enojada con su esposo. El conductor cierra la puerta y el autobús se incorpora al tránsito. Lydia abre la maleta roja a sus pies, se quita los tacones y se calza las zapatillas de deporte doradas de su madre. No tiene un plan, algo raro en ella, y le parece difícil formular uno porque su mente se siente frenética y aletargada a la vez. Pero no olvida que cada quince o veinte minutos deben bajarse y cambiar de autobús. A veces cambian de dirección; a veces, no. Uno de los autobuses se detiene enfrente de una iglesia y entran un momento, pero la parte de Lydia que suele estar dispuesta a orar se ha cerrado. Ya ha experimentado antes esa clase de entumecimiento: cuando tenía diecisiete años y su padre murió de cáncer, cuando perdió un bebé casi al final de la gestación dos años antes de que naciera Luca, cuando los médicos le dijeron que ya no podría tener más hijos... así que no lo considera una crisis de fe. Por el contrario, ella cree que es la bondad divina. Como con las instituciones del gobierno, Dios pone en pausa sus agencias no esenciales. Fuera, Luca vomita en la calle una vez más mientras esperan el siguiente autobús.

Lydia lleva en el cuello una cadena de oro delgada, adornada con tres anillos que se entrelazan. Es una pieza discreta, la única joya que usa además del anillo de matrimonio, en el cuarto dedo de la mano izquierda. Sebastián le regaló el collar la primera Navidad después de nacer Luca, y a Lydia le encantó de inmediato por su simbolismo. Lo ha llevado todos los días desde entonces, al punto de que se ha convertido en parte de sí misma, de sus ademanes. Cuando está aburrida, desliza el pulgar por la cadena de un lado a otro. Cuando está nerviosa, pasa los tres aros por la punta de su meñique, donde producen un ligero tintineo. Ahora no toca los aros. Su mano se dirige, sin pensarlo, hacia su cuello, pero es consciente del gesto. Empieza a entrenarse para ocultar sus viejos hábitos. Debe volverse por completo irreconocible si desea sobrevivir. Abre el seguro de la cadena y desliza la alianza de Sebastián. Luego vuelve a cerrarlo y esconde la cadena bajo la blusa.

Deben evitar llamar la atención de los conductores de autobús, pues se sabe que trabajan como halcones, vigilando para el cártel. Lydia comprende que su apariencia de mujer moderadamente atractiva, aunque no hermosa, de edad indeterminada, que pasea por la ciudad con un niño normal y corriente, puede proveerles cierto camuflaje si se aseguran de dar la impresión de que van de compras o de visita a casa de unos amigos del otro lado de la ciudad. De hecho, Luca y Lydia podrían confundirse con facilidad con varios de los pasajeros, algo que ella considera en verdad absurdo: que la gente a su alrededor no pueda ver con claridad la abominación que acaban de vivir. Para Lydia, es tan evidente como si llevara un letrero de neón encima. Lucha a cada instante contra el grito que pulsa en su interior como un ser viviente. Se estira y le patea en el estómago como lo hacía Luca cuando era bebé. Con mucho autocontrol, lo estrangula y lo suprime.

Cuando finalmente comienza a surgir un plan detrás del violento caos de su mente, Lydia duda de que sea un plan bueno, pero decide seguirlo porque no tiene otro. Quince minutos antes de las cuatro de la tarde, la hora de cierre en la playa Caletilla, ella y Luca bajan del autobús, entran a la sucursal de un banco y esperan en la fila. Lydia enciende su teléfono para revisar el saldo de su cuenta y lo vuelve a apagar antes de llenar un formulario para retirar la casi la totalidad, 219.803 pesos, alrededor de 12.500 dólares que recibió, en su mayoría, como herencia del padrino de Sebastián, que era dueño de una embotelladora y nunca tuvo hijos. Pide el dinero en billetes grandes.

Minutos después, Luca y Lydia suben a otro autobús con los ahorros en tres sobres escondidos en el fondo de la maleta de la abuela. Tres autobuses y más de una hora después, se bajan en el Wal-Mart de Diamante. Compran una mochila para Luca y, para cada uno, un paquete de ropa interior, dos pares de pantalones de mezclilla, dos paquetes de tres camisetas blancas, una sudadera con capucha, además de otros dos cepillos de dientes, toallitas húmedas desechables, tiritas, protector solar, crema para labios, un estuche de primeros auxilios, dos cantimploras, dos linternas, algunas pilas y un mapa de México. Lydia pasa mucho tiempo eligiendo un machete en el mostrador del departamento de artículos del hogar y se decide por uno pequeño con cuchilla retráctil y funda negra y lisa que puede atarse a la pierna. No es una pistola, pero es mejor que nada. Pagan en efectivo y caminan por el paso subterráneo de la autopista, hacia los hoteles de la playa. Luca lleva puesta la gorra de Papi y Lydia no toca su cadena. Mira a todo el mundo mientras caminan, a los demás peatones, a los conductores en sus autos, incluso a los muchachos delgados en sus patinetes, porque sabe que los halcones están en todas partes. Llevan prisa. Lydia elige el hotel Duquesa Imperial por su tamaño. Es lo bastante grande como para ofrecerles cierto anonimato, pero no tan nuevo como para estar de moda. Pide una habitación con vistas a la calle y, una vez más, paga en efectivo.

—Ahora solo necesito registrar una tarjeta de crédito para cubrir cualquier contingencia —dice el conserje mientras guarda dos tarjetas llave en un sobre de papel.

Lydia mira las llaves y considera la posibilidad de agarrarlas y salir corriendo hacia el ascensor. Luego abre la maleta y hace como si buscara su tarjeta de crédito.

—Caray, seguro la dejé en el auto —dice—. ¿De cuánto es el cargo?

—Cuatro mil pesos. —El conserje le ofrece una sonrisa cínica—. Totalmente reembolsables, por supuesto.

—Por supuesto —dice Lydia. Sostiene la maleta sobre la rodilla y abre uno de los sobres. Toma cuatro mil pesos sin sacar el sobre—. ¿Efectivo está bien?

—Ah. —El conserje se ve un poco alarmado y mira al gerente, que está ocupado con otro cliente.

—Efectivo está bien —dice el gerente sin siquiera levantar la vista.

El conserje asiente mientras Lydia le entrega los cuatro billetes de color rosado, los guarda en un sobre y lo sella.

—Su nombre, por favor. —Su pluma negra descansa encima del sobre cerrado.

Lydia duda por un momento.

—Fermina Daza —dice el primer nombre que le viene a la mente.

El conserje le entrega la llave del cuarto.

—Disfrute su estadía, señora Daza.

El viaje en el ascensor hacia el décimo piso es el minuto y medio más largo de la vida de Luca. Le duelen los pies, le duele la espalda, le duele el cuello y todavía no ha llorado. En el cuarto piso entra una familia, y luego se dan cuenta de que el ascensor va hacia arriba y salen de él. El matrimonio ríe, tomados de la mano, mientras sus hijos parlotean. El niño mira a Luca y le saca la lengua justo cuando la puerta se cierra. Luca sabe por instinto y por las indicaciones sutiles de Mami que debe comportarse como si todo estuviera normal, y hasta ahora ha cumplido con esa tarea descomunal. Pero hay una elegante mujer mayor en el ascensor que está admirando los zapatos dorados de Mami. Los zapatos de la abuela. Luca parpadea rápidamente.

—Qué hermosos tus zapatos, tan inusuales —dice la mujer, rozando un poco el hombro de Lydia—. ¿Dónde los compraste?

Lydia mira sus pies en lugar de a la mujer.

—Ah, no me acuerdo —contesta—. Son muy viejos.

Lydia aprieta repetidamente el botón del número diez, lo que no acelera el ascensor, pero sí tiene el efecto previsto de silenciar cualquier intento de conversación. La mujer se baja en el sexto piso y Mami aprieta los botones del piso quince, el dieciocho y el diecinueve. Se bajan en el diez y toman la escalera hasta el piso séptimo.

A Luca le sucede algo sorprendente cuando al final Mami abre la puerta del cuarto con la tarjeta llave, después de mirar a un lado y a otro del corredor alfombrado y apremiarlo a entrar, cerrar la puerta, poner la cadena, arrastrar una silla y colocarla bajo la manija de la puerta para bloquearla. Lo que le sucede a Luca es... nada. La tormenta de angustia con la que ha estado luchando no llega. Tampoco se va. Permanece ahí, contenida como su aliento, suspendida en la periferia de la mente. Tiene la sensación de que, si vuelve la cabeza, si logra apuntar hacia esa pesadilla, aunque sea ligeramente con un dedo, desatará una tempestad tan colosal que lo hará desaparecer para siempre. Por eso, se esfuerza por permanecer quieto. Luego se saca los zapatos y se sube al borde de la única cama. Hay una toalla doblada en forma de cisne. Lo toma por el cuello y lo arroja contra el suelo. Toma el control remoto como si fuera un salvavidas y enciende el televisor.

Mami lleva las bolsas de Wal-Mart, las mochilas y la maleta de la abuela hacia la mesa, y lo saca todo. Empieza a quitar etiquetas, dispone los objetos en pilas y se deja caer con fuerza en una de las sillas. Se queda así, sin moverse, por lo menos diez minutos. Luca no la mira. Tiene los ojos pegados a Nickelodeon y sube el volumen de Henry Danger. Cuando por fin se mueve, Mami se acerca a él y lo besa en la frente con brusquedad. Cruza la habitación y abre la puerta del balcón. Duda que exista suficiente aire fresco para aclararle la mente, pero tiene que intentarlo. Deja la puerta abierta y sale.

Si hay algo bueno sobre el terror, comprende Lydia, es que resulta más inmediato que la pena. Sabe que muy pronto deberá enfrentarse a lo que pasó, pero por el momento la posibilidad de lo que puede pasar anestesia lo peor de su angustia. Se asoma por el borde del balcón y mira hacia abajo, hacia la calle. Se dice a sí misma que no hay nadie, que están a salvo.

En la recepción del hotel, el conserje se retira por un momento de su puesto y se dirige al salón de empleados. En el segundo cubículo del baño, saca un teléfono desechable del bolsillo interior de su americana y manda el siguiente mensaje: «Dos huéspedes especiales acaban de registrarse en el hotel Duquesa Imperial».

Capítulo 4

4

En el primer encuentro, Javier Crespo Fuentes llegó solo a la librería de Lydia un martes por la mañana, justo cuando ella colocaba la pizarra sobre la acera. Esa semana Lydia había elegido diez libros sobre lugares lejanos, que promovía con un letrero escrito con tiza que rezaba: «Libros: son más baratos que los billetes de avión». Lydia mantenía la puerta abierta con una pierna, mientras sacaba el letrero, y entonces él se acercó para ayudarla a sujetar la puerta. La campanilla que colgaba sonó encima de ellos como una sentencia.

—Gracias —dijo Lydia.

Él asintió.

—Pero más peligrosos —dijo.

Lydia frunció el ceño y abrió el caballete.

—¿Perdón?

—El letrero —dijo, señalándolo, y se alejó un poco para apreciarlo—. Los libros son más baratos que viajar, pero también más peligrosos.

Lydia sonrió.

—Bueno, supongo que depende de adónde viajes.

Entraron a la tienda y Lydia lo dejó curiosear por los estantes solo. Cuando por fin se acercó al mostrador y dejó unos libros junto a la caja registradora, le sorprendió su selección.

Hacía casi diez años que Lydia tenía la librería, y la había llenado con obras que le encantaban y con otras que no apreciaba tanto, pero que se vendían bien. Tenía también un buen inventario de tarjetas, plumas, calendarios, juguetes, juegos, gafas para leer, imanes y llaveros, y gracias a esa clase de mercancía, junto con los pomposos éxitos de ventas, su tienda era rentable. Sin embargo, desde hacía mucho tiempo disfrutaba en secreto del placer de esconder, entre los tomos más populares, algunos de sus tesoros más íntimos y queridos, joyas que le habían abierto la mente y cambiado la vida, libros que en algunos casos ni siquiera se habían traducido al español, pero que ella conservaba en su inventario no porque esperara venderlos, sino porque saber que estaban ahí la hacía feliz. Eran quizá una docena en los estantes de siempre, entre un repertorio cambiante de vecinos. A veces, cuando una obra la conmovía, cuando abría una ventana inexplorada en su mente y cambiaba su percepción del mundo, la agregaba a esas filas secretas. Muy de vez en cuando, incluso se atrevía a recomendar alguna a un cliente. Lo hacía solo con alguien conocido, que le agradara y que creyera que podía valorar el tesoro que le ofrecía. Casi siempre la decepcionaban. En los diez años que llevaba ahí, solo dos veces había tenido el placer de que un cliente se acercara al mostrador con alguno de sus libros en la mano, sin que ella lo recomendara. Dos veces en diez años se había dado ese destello de emoción en que la campanilla de la puerta hacía las veces de muérdago... la posibilidad de algo mágico.

Cuando Javier se acercó a Lydia, que esperaba detrás del mostrador ojeando catálogos, y ella levantó la selección para marcarla, se asombró al encontrar no uno, sino dos de sus tesoros secretos: Heart, You Bully, You Punk, de Leah Hager Cohen, y Los paraderos de Eneas McNulty, de Sebastian Barry.

—Por Dios —murmuró Lydia.

—¿Pasa algo?

Lydia lo miró, y se dio cuenta de que no lo había mirado realmente hasta ese momento, a pesar de su anterior conversación. Vestía de manera elegante para ser martes por la mañana, con pantalón azul oscuro y guayabera blanca, atuendo que era más apropiado para la misa de domingo que para un día de trabajo, y su cabello negro y espeso estaba peinado al lado con una raya perfecta, como se llevaba antes. La montura de plástico negro y grueso de sus gafas era también anticuada, tan pasada de moda que casi se veía chic otra vez. Sus ojos nadaban inmensos detrás de las gruesas lentes, y él agitaba el bigote mientras ella lo observaba.

—Los libros —dijo—. Son dos de mis favoritos. —Era una explicación a medias, pero fue todo lo que pudo decir.

—También míos —contestó el hombre frente a ella. El bigote se le subió levemente con su sonrisa tímida.

—¿Ya los leyó? —Sostenía Heart, You Bully, You Punk con ambas manos.

—Solo este. —Él señaló el libro que ella sujetaba.

Lydia miró la portada.

You read in English? —preguntó en inglés.

—Lo intento, sí —dijo—. Mi inglés no es fluido, pero casi. Y la historia es tan delicada. Seguro que hay cosas que no comprendí en la primera lectura. Quiero intentarlo otra vez.

—Claro. —Lydia sonrió, sintiéndose un poco fuera de sí, pero ignoró la sensación y dijo con imprudencia—: Cuando termine de leerlo, puede volver y lo discutimos.

—Oh —asintió—. ¿Tiene un club de lectura?

Lydia abrió ligeramente la boca.

—No —rio—. ¡Solo yo!

—Qué mejor.

Él sonrió y Lydia frunció el ceño, ansiosa de preservar ese momento. ¿Estaba coqueteando con ella? Cuando el comportamiento de un hombre es ambiguo, la respuesta suele ser sí. Lydia puso el libro sobre el mostrador y extendió la mano sobre la portada. Él notó el gesto de precaución y se corrigió de inmediato.

—Me refiero a que a veces se puede corromper la experiencia de la lectura si hay demasiadas opiniones. —Miró el libro bajo la mano de Lydia—. Una obra extraordinaria. Extraordinaria.

Lydia le concedió una sonrisa, levantando el escáner del pedestal y apuntándolo hacia el volumen.

Cuando regresó, el lunes siguiente, Javier fue directo hacia el mostrador, pese a que Lydia estaba ocupada con una persona. Esperó a un costado, con las manos entrelazadas al frente, y en cuanto el cliente se fue se sonrieron ampliamente uno al otro.

—¿Y bien? —preguntó Lydia.

—Todavía más increíble la segunda vez.

—¡Sí! —Lydia aplaudió.

Uno de los personajes principales de la obra tenía una enfermedad que le impedía contener el impulso de saltar desde lugares altos. No quería morir, pero se lastimaba constantemente por culpa de su peligroso impulso.

—Yo tengo la misma enfermedad —comentó Javier de forma inesperada.

—¿Qué? ¡No!

La enfermedad era cosa de ficción. Sin embargo, Lydia también la tenía. Cada vez que se acercaba demasiado al barandal en el balcón de su casa tenía que apretar los dedos con fuerza y presionar los talones contra el suelo. Le daba miedo saltar un día sin siquiera pensarlo, sin que hubiera un motivo. Quedaría esparcida sobre el pavimento y el tránsito de Acapulco se detendría con un chirrido estruendoso, desviándose sin necesidad alrededor de ella. La ambulancia llegaría demasiado tarde. Luca quedaría huérfano y todos malinterpretarían el acto como un suicidio. Lydia había recreado la escena en su mente miles de veces como si fuera un antídoto. «No debo saltar», se decía.

—Pensé que era el único en el mundo —confesó Javier—. Pensé que era una invención demente de mi cabeza. Y de pronto ahí estaba, en el libro.

Lydia no se dio cuenta de que tenía la boca abierta hasta que la cerró. Se dejó caer con fuerza sobre el banco.

—Pero es que yo pensé que era la única —dijo.

Javier enderezó el cuerpo para alejarse del mostrador.

—¿Tú también?

Lydia asintió.

Well, my God —dijo en inglés. Y entonces rio—. Organizaremos un grupo de apoyo.

Y después se quedó ahí, conversando con ella durante tanto tiempo que Lydia al final le ofreció una taza de café que él aceptó. Lydia sacó un banco y lo puso del otro lado del mostrador para que pudiera beber cómodo. Javier tenía cuidado de que no le dejara espuma en el bigote. Hablaron sobre literatura, poesía, economía, política y la música que ambos adoraban, y se quedó con ella casi dos horas hasta que Lydia expresó su preocupación de que tuviera algo que hacer, pero Javier agitó la mano, rechazando la idea.

—No hay nada más importante que esto.

Era exactamente así como Lydia siempre había esperado que fuera su librería. Entre la monotonía rutinaria de cuidar un negocio, podría atender clientes tan animados e interesantes como los libros a su alrededor.

—Si tuviera tres clientes más como tú, tendría todo en la vida —dijo Lydia, terminando su café.

Javier se puso una mano sobre el pecho e inclinó la cabeza ligeramente.

—Haré todo lo posible por ser suficiente —dijo, y añadió en voz baja, como de casualidad—: Si nos hubiéramos conocido en otra vida, te pediría que te casaras conmigo.

Lydia se levantó de forma abrupta de su banco y sacudió la cabeza.

—Lo siento —dijo Javier—. No te quise incomodar.

Lydia recogió las tazas en silencio. Su traición no fue recibir esa confesión, sino la respuesta que calló: en otra vida, quizá hubiera dicho que sí.

—Debo seguir trabajando —replicó en cambio—. Tengo que hacer un pedido en la tarde. Necesito preparar unos paquetes para mandarlos por correo.

Javier se llevó otros siete libros ese día, incluyendo tres recomendaciones de Lydia.

La mañana del viernes siguiente, una lluvia veraniega limpiaba la calle y dos hombres robustos e inquietantes se guarecían bajo el toldo que cubría la puerta de la tienda. Momentos después, Javier apareció y Lydia sintió una gran felicidad. ¡Nuevos libros que comentar! Intentó comportarse con naturalidad, pero miraba a los hombres en la puerta y su respiración le oprimía el pecho.

—Te ponen nerviosa —observó Javier.

—Solo que no sé qué quieren. —Lydia salió de su puesto habitual, detrás del mostrador. Al igual que todos los demás dueños de las tiendas de esa calle, pagaba las mordidas mensuales impuestas por el cártel. No podía pagar más.

—Les diré que se vayan —dijo Javier.

Lydia protestó, tomándolo del brazo y subiendo la voz, aun cuando Javier bajó la suya hasta un reconfortante susurro. La esquivó cuando ella intentó cortarle el paso.

—Te van a lastimar —murmuró con tanta severidad como pudo, sin alarmarlo.

Él sonrió de una manera que hizo que se le torciera el bigote, y le aseguró:

—No lo harán.

Lydia se escondió detrás del mostrador y bajó la cabeza cuando Javier abrió la puerta y salió. Vio asombrada cómo se dirigía a los dos fornidos maleantes que estaban bajo el toldo. Ambos señalaron la lluvia, pero Javier los apuntó con un dedo e hizo el ademán de dispararles, así que los hombres se internaron en el aguacero.

Lydia se negaba a comprender. A medida que sus visitas se volvían más regulares y duraban más, y que sus conversaciones profundizaban en temas personales, incluso cuando vio a los mismos hombres en otras dos breves ocasiones, Lydia olvidaba deliberadamente el poder que Javier había demostrado esa mañana lluviosa. Cuando por fin este le habló con cierta adoración sobre su esposa, a quien llamó «la reina de mi corazón», Lydia sintió que sus defensas se relajaban. Los escudos cayeron todavía más cuando le reveló la existencia de una amante joven, a quien calificó como «la reina de mis pantalones».

—Qué asco —dijo, pero se sorprendió a sí misma riendo también.

No era inusual que un hombre tuviera un amorío, pero hablar tan abiertamente de eso con otra mujer era distinto. Por ese motivo, la confesión sirvió para curar a Lydia de cualquier apego halagador y, conforme Javier revelaba más y más de su vida secreta, abrió el candado íntimo de la amistad. Se volvieron confidentes, compartían bromas, observaciones y decepciones. También hablaban de lo que les irritaba de sus parejas.

—Si estuvieras casada conmigo, yo nunca me portaría así —dijo Javier cuando Lydia se quejó de que Sebastián dejaba los calcetines sucios en la barra de la cocina.

—Por supuesto que no. —Rio—. Serías el marido ideal.

—Yo lavaría todos los calcetines que hubiera en la casa.

—Claro.

—Los quemaría y compraría calcetines nuevos cada semana.

—Ajá.

—Me olvidaría de usar calcetines por completo si eso te hiciera feliz.

Lydia no pudo contener la risa. Ya se había acostumbrado a poner los ojos en blanco cuando Javier hacía esa clase de comentarios porque, en el clima de su amistad, esos flirteos constituían nubes pasajeras. Había tormentas mucho más importantes entre ellos. Descubrieron, por ejemplo, que los padres de ambos habían muerto prematuramente de cáncer, cosa que habría sido suficiente para unirlos. Ambos tuvieron buenos padres, y los habían perdido.

—Es como ser miembro del club más horrible del mundo —dijo Javier.

Para Lydia ya habían pasado casi quince años y, si bien su pena era irregular, cuando se enfrentaba a ella, su tristeza seguía siendo tan aguda como el día en que su padre murió.

—Lo sé —dijo Javier, aunque Lydia no había hablado en voz alta.

Así que Lydia aguantaba la intensidad de sus flirteos y él, a cambio, aceptaba, o incluso tal vez disfrutaba, su total rechazo. Para Lydia ya era parte de su encanto.

—Pero, Lydia —le dijo con veneración, llevándose ambas manos al corazón—, con independencia de mis otros amores, tú eres en verdad la reina de mi alma.

—¿Y qué diría de eso tu pobre esposa? —replicó.

—Mi magnífica esposa solo quiere que sea feliz.

—¡Es una santa!

Javier hablaba con frecuencia de su única hija, una jovencita de dieciséis años que estudiaba en un internado en Barcelona. Todo en él cambiaba cuando la mencionaba: su voz, su expresión, sus ademanes. Su amor era tan grande que incluso manejaba el tema con mucho cuidado. El nombre de ella era como una esfera de cristal que le daba miedo dejar caer.

—Yo bromeo sobre mis muchos amores, pero la verdad es que ella es la única. —Le sonrió a Lydia—. Marta. Es mi tierra, mi cielo y todas mis estrellas.

—Soy madre. —Lydia asintió—. Conozco esa clase de amor.

Javier estaba sentado frente a ella, en el banco que Lydia ya consideraba suyo.

—Ese amor es tan grande, que a veces me da miedo —dijo él—. No puedo esperar merecerlo, y temo que desaparezca, que me consuma. Pero al mismo tiempo es lo único bueno que he hecho en la vida.

—Ay, Javier... no creo que sea cierto —dijo Lydia.

El tema lo puso de mal humor. Sacudió la cabeza y se restregó los ojos con fuerza bajo las gafas.

—Es solo que mi vida no resultó como yo quería —contestó—. Ya sabes.

Pero no, no lo sabía. Después de semanas conociéndose, aquí es donde comenzaba a flaquear su lenguaje común. Con la excepción de haber tenido solo un hijo, la vida de Lydia había resultado justo como ella había deseado. Ya no esperaba la hija que no iba a tener, y aceptaba su ausencia porque había trabajado en ello. Estaba contenta con sus decisiones. Más que contenta, Lydia era feliz. Pero Javier la miraba a través de sus gafas y ella veía el anhelo en su rostro, la necesidad de ser comprendido. Lydia apretó los labios.

—Cuéntame —dijo.

Javier se quitó las gafas y cerró las patillas. Las guardó en el bolsillo del pecho de la camisa y parpadeó. Sus ojos eran pequeños y francos sin su usual escudo.

—¡Pensaba ser poeta! —dijo, y rio—. Ridículo, ¿cierto? ¿En estos tiempos?

Lydia puso una mano encima de la suya.

—Pensé que sería un académico y tendría una vida tranquila. Creo que me la hubiera pasado bien en la pobreza.

Lydia torció la boca, tocando el elegante reloj que él llevaba en la muñeca.

—Lo dudo.

Javier se encogió de hombros.

—Creo que sí me gustan mucho los zapatos.

—Y la carne —le recordó Lydia.

Él rio.

—Sí, la carne. ¿A quién no le gusta la carne?

—Solo tu hábito de lectura sería suficiente para llevar a cualquiera a la bancarrota.

—Dios mío, tienes razón, Lydia. Sería un pésimo pobre.

—El peor —afirmó. Después de un momento, añadió—: Nunca es demasiado tarde, Javier. Si de verdad eres infeliz. Eres joven.

—¡Tengo cincuenta y uno!

Todavía más joven de lo que había pensado.

—Eres prácticamente un bebé. Y a todo esto, ¿qué te impide ser feliz?

Javier bajó la mirada hacia el mostrador y Lydia se sorprendió al ver un tormento genuino dibujado en sus facciones. Bajó la voz y se acercó a él.

—Podrías elegir otro camino, Javier. Sí que puedes. Eres una persona tan talentosa, tan capaz. ¿Qué te detiene?

—Ay. —Sacudió la cabeza en silencio y se puso las gafas. Lydia lo vio recuperar su expresión normal—. Es un sueño romántico nada más. Se acabó. Tomé mis decisiones hace tiempo y me han traído hasta aquí.

Lydia apretó su mano.

—No está tan mal, ¿o sí? —Era algo que le hubiera dicho a Luca para inclinarlo hacia el optimismo.

Javier parpadeó lentamente y ladeó la cabeza. Un gesto ambiguo.

—Tendré que conformarme.

Lydia se enderezó detrás del mostrador y tomó un sorbo de su café tibio.

—Tus decisiones te llevaron hacia Marta.

Los ojos de Javier brillaron.

—Sí, a Marta —dijo—. Y a ti.

La siguiente vez que fue a la librería, llevó una caja de conchas y ocupó su asiento de siempre. Había varios clientes en la tienda, así que abrió la caja y colocó dos de los panes en unas servilletas, mientras Lydia recorría los pasillos ayudando a los lectores en su búsqueda. Cuando se acercaron al mostrador para pagar, Javier los saludó como si trabajara también ahí y les ofreció conchas. Cuando al fin se quedaron solos, Javier sacó un cuadernillo Moleskine del bolsillo interior de su americana y lo puso sobre el mostrador.

—¿Y esto? —preguntó Lydia.

Javier tragó con nerviosismo.

—Mi poesía.

Lydia abrió los ojos con deleite.

—No la he compartido con nadie más que con Marta —dijo—. Está estudiando poesía en la escuela. Y francés y matemáticas. Es mucho más inteligente que su viejo padre.

—Oh, Javier.

Tocó la esquina de su cuaderno nerviosamente.

—He escrito poemas toda mi vida. Desde que era niño. Pensé que tal vez te gustaría escuchar uno.

Lydia acercó el banco al mostrador y se inclinó hacia él, con la barbilla descansando sobre sus manos entrelazadas. Entre los dos, las conchas manchaban las servilletas de grasa. Javier abrió el cuaderno; las páginas estaban suaves por el desgaste. Pasó las hojas con cuidado hasta llegar a la que tenía en mente. Se aclaró la garganta antes de empezar.

Ay, el poema era horrible. Era soso y frívolo, tan malo que Lydia lo amó mucho, mucho más, por lo vulnerable que había sido al compartirlo con ella. Cuando terminó de leer y levantó la vista para ver su reacción, su rostro parecía preocupado, pero los ojos de Lydia brillaban tranquilos, y lo que dijo en ese momento fue sincero.

—Qué hermoso. Realmente hermoso.

La amistad floreciente con Javier la sorprendía por la rapidez y por la intensidad. Él ya casi no flirteaba con ella y, en cambio, Lydia descubrió una intimidad que rara vez experimentaba fuera de su familia. No sentía nada romántico, pero el vínculo que había entre ellos era refrescante. Javier le recordaba que, a pesar de su maternidad, la vida podía ser emocionante, que siempre existía la posibilidad de encontrar algo o a alguien nuevo.

En su cumpleaños, una fecha que Lydia no recordaba haberle revelado, Javier llegó con un paquete plateado del tamaño de un libro. En la cinta ponía «Jacques Genin».

—Es el mejor chocolatier de París —explicó.

Lydia lo rechazó, pero no fue nada convincente, le encantaba el chocolate. Y sin darse cuenta se comió cada una de esas pequeñas obras de arte antes de que Sebastián y Luca llegaran a la tienda por la noche para llevarla a cenar.

Debido al aumento de la violencia entre los cárteles rivales en Acapulco, Lydia y su familia —de hecho, casi todas las familias de la ciudad— ya no frecuentaban sus cafés favoritos. El adversario del cártel local era un nuevo grupo que se hacía llamar «Los Jardineros», un nombre que, inicialmente, no logró inspirar suficiente miedo entre la población. Pero ese fue un problema momentáneo. Al poco tiempo, la ciudad entera sabía que Los Jardineros solo usaban armas de fuego cuando no tenían tiempo de dar rienda suelta a su creatividad. Sus herramientas preferidas eran de naturaleza más personal: pala, hacha, hoz, garfio, machete. Cualquier instrumento sencillo para cortar y cavar. Con ellos, Los Jardineros removieron la tierra; con ellos, derrocaron y enterraron a sus rivales. Unos cuantos sobrevivientes del cártel vencido lograron incorporarse a las filas de sus conquistadores; la mayoría huyó de la ciudad.

Conforme el ganador emergente cubría los hombros de Acapulco con un sosiego inestable, disminuyeron las matanzas. Tras casi cuatro meses de relativa calma, los ciudadanos de Acapulco regresaron con cautela a las calles, a los restaurantes y a las tiendas. Estaban ansiosos por reparar el daño causado a la economía local. Estaban listos para unos cócteles. Así que, en el distrito más seguro, donde el dinero de los turistas siempre había alentado un poco de prudencia, en un restaurante elegido más por su seguridad que por su menú, Lydia apagó las velas de su cumpleaños número treinta y dos rodeada de los rostros resplandecientes de su familia.

Más tarde, esa noche, después de que Luca se fuera a dormir y Sebastián abriera una botella de vino sentado en el sofá, su conversación giró inevitablemente en torno a la vida en Acapulco. Lydia estaba de pie, inclinada sobre la barra de la cocina, de espaldas a Sebastián, con una copa de vino junto al codo.

—Me gustó poder salir a cenar hoy —dijo.

—Fue casi normal, ¿verdad? —Sebastián estaba en la sala y con las piernas cruzadas sobre la mesa de centro.

—Había mucha gente fuera.

Era la primera vez que llevaban a Luca a comer fuera desde el verano anterior.

—Lo que sigue es recuperar a los turistas —dijo Sebastián.

Lydia respiró hondo. El turismo siempre había sido el sustento de Acapulco y la violencia los había alejado. Lydia no sabía cuánto tiempo más podría conservar la librería si no regresaban a la ciudad. Era tentador esperar que la paz actual implicara un cambio de rumbo.

—¿En serio crees que todo puede mejorar?

Se lo preguntó porque el conocimiento de Sebastián sobre los cárteles era exhaustivo, algo que la impresionaba e incomodaba a la vez. Él sabía muchas cosas. La mayoría de las personas eran como Lydia: no querían saber. Intentaban aislarse del horror de la violencia del narco porque no podían soportarlo. Pero Sebastián estaba hambriento de noticias. La prensa libre era la última línea de defensa, decía, lo último que quedaba de pie entre el pueblo de México y la aniquilación total. Era su vocación; cuando eran más jóvenes, Lydia admiraba su idealismo. Imaginaba que cualquier hijo de Sebastián nacería honorable, con un código moral completo e intachable. Ni siquiera tendría que enseñarle a distinguir el bien del mal. Pero ahora los cárteles asesinaban a un periodista mexicano cada cierto tiempo, y a Lydia le repugnaba la integridad de su marido. Le parecía hipócrita, egoísta. Ella quería a Sebastián vivo más de lo que apreciaba sus firmes principios. Quería que renunciara, que hiciera algo más sencillo, más seguro. Intentaba apoyarlo, pero a veces la enfurecía que eligiera el peligro. Cuando su rabia se encendía y se interponía en la vida de ambos, ellos la esquivaban como si fuera un mueble demasiado grande en la habitación.

—Ya es mejor —dijo Sebastián, pensativo, tomando un sorbo de vino.

—Sí, es más callado —respondió Lydia—, pero ¿realmente es mejor?

—Supongo que depende de tus estándares. —Alzó la mirada para verla—. Si te gusta salir a cenar, entonces sí, las cosas están mejor.

Lydia frunció el ceño. De hecho, le gustaba mucho salir a cenar. ¿En serio era tan superficial?

—El nuevo jefe es listo —dijo Sebastián—. Sabe que la estabilidad es la clave y quiere que haya paz. Así que ya veremos. Tal vez todo sea mejor que antes con Los Jardineros.

—¿Mejor cómo? ¿Crees que pueden arreglar la economía? ¿Traer el turismo de vuelta?

—No lo sé. Tal vez. —Sebastián se encogió de hombros—. No sé si realmente podrán contener la violencia a largo plazo. Por ahora, al menos se limita a otros narcos. No van por ahí asesinando a inocentes por diversión.

—¿Y ese niño en la playa, la semana pasada?

—Daño colateral.

Lydia se estremeció y tomó un largo trago de vino. Su esposo no era un hombre insensible. Odiaba cuando hablaba así. Sebastián notó su sobresalto y se levantó para estrechar sus manos a través de la barra.

—Sé que es horrible —dijo—, pero lo de la playa fue un accidente. Lo único que quise decir es que estaba en medio del fuego cruzado. No andaban tras él. —Le tiró con suavidad de una mano—. ¿Te sientas conmigo?

Lydia rodeó la barra y se sentó en el sofá a su lado.

—Sé que no te gusta verlo así, pero a fin de cuentas estos tipos son hombres de negocios, y este último es más inteligente que muchos. —Pasó un brazo alrededor de Lydia—. No es el típico narco. En otra vida pudo haber sido Bill Gates o algo así. Un emprendedor.

—Genial —dijo Lydia, extendiendo un brazo sobre el torso de Sebastián mientras descansaba la cabeza en su pecho—. Entonces tal vez debería postularse para gobernador.

—Creo que encajaría mejor en la Cámara de Comercio. —Sebastián rio, pero Lydia no. Estuvieron en silencio un momento y luego Sebastián dijo—: La Lechuza.

—¿Cómo?

—Así se llama.

Ahora sí podía reírse.

—¿Es una broma? —Lydia se enderezó para mirarlo a la cara y descifrar si se estaba burlando de ella. A veces le decía un montón de disparates para probar su ingenuidad. En esta ocasión, su expresión era inocente—. ¿La Lechuza? ¡Es un pésimo nombre! —Lydia rio de nuevo—. Las lechuzas no dan miedo.

—¿A qué te refieres? Las lechuzas son aterradoras —dijo Sebastián.

Lydia sacudió la cabeza.

—Uh-uh-uh —dijo él.

—Ay, Dios, basta.

Sebastián metió los dedos entre el cabello de Lydia y ella se sintió contenta de estar ahí, apoyada en su pecho. Podía oler el aroma dulce del vino tinto en su aliento.

—Te amo, Sebastián.

—Uh-uh-uh —dijo de nuevo.

Ambos se rieron. Se besaron. Dejaron el vino en la mesa.

Más tarde esa noche, mientras Lydia intentaba leer bajo el círculo de luz que iluminaba su lado de la cama, cuando Sebastián llevaba un rato dormido, con la cabeza sobre la piel desnuda del brazo y sus ronquidos dibujando un velo suave de familiaridad en la habitación, Lydia sintió una punzada de inquietud. Algo que Sebastián había dicho: «En otra vida pudo haber sido Bill Gates». Cerró el libro y lo dejó sobre la mesa de noche.

«En otra vida.» Las palabras creaban un eco incómodo en su mente.

Apartó las mantas y se levantó de la cama. Sebastián se movió un poco, pero no se despertó. Su camiseta holgada a duras penas le cubría el trasero y sentía los pies fríos contra las baldosas del pasillo iluminado por la luna. Siguió hasta la cocina, a la mesa donde los tres cenaban juntos casi siempre. La mochila de Sebastián estaba ahí, con la cremallera medio abierta. Sacó su ordenador portátil y encendió el foco de la estufa. Había cuadernos en la mochila también, y varios expedientes llenos de fotografías y documentos.

Lydia esperaba equivocarse, pero de alguna manera sabía lo que iba a encontrar antes de verlo. Casi al final de una pila de fotografías en el segundo expediente, ahí estaba, en una veranda, sentado a la mesa con varios hombres, el rostro tan querido para ella. El bigote amplio, las distintivas gafas. No había duda alguna de quién era La Lechuza. Más allá del vino, el pastel y la cena, aún tenía el sabor de sus chocolates en la lengua.