El cirujano de almas pretende transportarlos al espíritu de una época palpitante. Para mí, toda novela histórica debe serlo de aventuras, pues la historia es la mayor de ellas. También una novela negra, porque la vida es misterio y búsqueda.
Hacía tiempo que quería escribir una historia ubicada en el paso del siglo XVIII al XIX. La Ilustración, la independencia de Estados Unidos, la Revolución francesa, la guerra de la Independencia, la primera Constitución española, Francisco de Goya y muchos otros temas que me apasionan se reflejan en estas páginas. Fue una época de cambio, como la que estamos viviendo actualmente, donde el mundo estaba convencido de que el futuro sería mejor, apoyado en unos nuevos ideales y con la ciencia y el progreso como símbolos.
El periodista Riccardo Ehrman provocó la caída del Muro de Berlín con una simple pregunta. Sin embargo, él asegura que las preguntas en la vida no cuentan, cuentan las respuestas. Una pregunta puede ser una chispa, una respuesta puede ser más que un terremoto. He tenido esta idea muy presente en la novela.
He escrito El cirujano de almas durante el embarazo de mi hija Martina, y ese hecho ha influido en parte de la trama, como seguro descubrirán a medida que vayan leyendo.
El alma de este libro es la medicina. Creo que después de la dura época que estamos pasando somos más conscientes que nunca de la importancia que tiene para nuestra vida. Es increíble que ante una terrible pandemia se haya logrado una artillería de vacunas para combatirla y cómo la medicina ha librado una batalla épica contra un enemigo nuevo, desconocido e invisible. La ciencia avanza a una rapidez nunca vista y los progresos médicos se hallan a la orden del día.
Pero en el siglo XVIII solo acudían a los hospitales los más humildes, todo el que podía se pagaba un médico personal, el cual era muy costoso. En aquellos años, ante una operación, olvídense de nada parecido a la anestesia y piensen mejor en dar un buen trago de alcohol o en recibir un golpe para quedar aturdidos. Muerdan fuerte algo entre los dientes y no esperen ninguna medida de higiene; lavarse las manos antes de tocar un paciente resultaba mal visto y nadie limpiaba la mesa de operaciones ni el material quirúrgico. Todo lo contrario: estaba bien considerado acudir con la sangre del enfermo anterior en las ropas o las herramientas, y las amputaciones públicas eran un espectáculo.
Los había que se morían literalmente de miedo antes de ser operados y otros huían cuando veían entrar al cirujano.
Durante siglos, casi toda la medicina dependía todavía de la herencia clásica de médicos como Galeno. Solo algún caso excepcional logró avances; como el de la Escuela de Salerno con una mujer: Trotula; o Avicena en el mundo islámico. Hasta que una terrible pandemia, la peste negra, provocó la necesidad de despegarse de las reglas anteriores y comenzar a buscar nuevos caminos.
En el siglo XVI, Vesalio o el aragonés Miguel Servet dieron un potente empuje al arcaico conocimiento de esta ciencia. Pero fue el cirujano Ambroise Paré quien revolucionó y sentó las bases del cambio.
El final del siglo XVIII es el momento en el que la medicina corta definitivamente las amarras que la mantenían atrapada en las viejas ideas clásicas, en las teorías de los cuatro humores del cuerpo y en la diferenciación entre médicos y cirujanos. Los primeros, más cerca de la filosofía, teóricos que controlaban un saber médico ancestral, hombres de alto abolengo. Los segundos, humildes trabajadores manuales, con mala fama, sin formación reglada y en quien se había depositado toda la responsabilidad de luchar cara a cara contra la muerte.
Este es el trasfondo histórico de esta novela, cuyo protagonista aprende que la vida es tener un objetivo, un sueño, y perseguirlo. Amarrarse a él cuando todo viene en contra, disfrutarlo cuando nos acercamos a lograrlo, seguir peleando cuando se aleja. Los sueños pueden cambiar, transformarse y ampliarse, pero siempre tienen que estar ahí. Sin ellos, la vida no es más que un trance del que nadie puede salvarnos, ni el mejor cirujano.
LUIS ZUECO
29 de mayo de 2021
Cádiz, 1810
Las bombas no cesan de caer, impactan cada vez más cerca. Es una rutina a la que no me acostumbro. Escribo esta carta por si mi plan fracasa, por si no volvemos a vernos. Se la dejaré a alguien de mi confianza que me ha prometido custodiarla. Al menos quiero que sepas que lo intenté, aunque ambos sabemos que, si no estoy en Madrid en la fecha señalada, tú morirás y yo, si no lo he hecho ya, también dejaré este mundo, pues jamás podré superar perderos a los dos.
He preparado todo para huir esta misma noche, no puedo permanecer un instante más lejos de ti. No sé si lo lograré; el portugués con el que he contactado dice que él ha recorrido la ruta en un par de ocasiones, pero es arriesgado. No he encontrado otra forma de salir. Es imposible subir a los barcos ingleses, dicen que están preparando una contraofensiva y ya no trasladan pasajeros, y los nuestros siguen fondeados hasta que termine la asamblea.
¿Y cuándo será eso? Nadie lo sabe, pero dudo de que se pongan de acuerdo, y yo no voy a quedarme de brazos cruzados.
El portugués también me ha asegurado que la semana pasada los franceses avanzaron líneas por la laguna y que ahora es más peligroso el camino. Habrá patrullas y se rumorea que han limpiado los cauces.
Quieren evitar a toda costa que entren refuerzos a la ciudad, eso es lo que de verdad les preocupa. No vigilan con tanto ímpetu la salida de ningún desaprensivo, ¿adónde va a ir? Al fin y al cabo controlan todo el país; Cádiz es el último reducto, lo único que queda de una España libre.
No puedo esperar; además, nadie me asegura que mañana vaya a ser más factible escapar, y cada día que permanezco aquí es otro más que estoy lejos de ti.
Solo deseo llegar a tiempo de salvarte, como te prometí.
Nunca debí dejarte sola, pero quién iba a pensar que se desataría una guerra como esta. Se suponía que todo iba a ir a mejor, que las nuevas ideas nos traerían la modernidad y el progreso, y sin embargo aquí estamos. Soy cirujano, estoy acostumbrado a la sangre, a operaciones graves y a contemplar la muerte cara a cara. Y aun así, estos meses he visto cosas horribles, escenas que no creía posibles, barbaridades impropias de los hombres. Todos llevamos dentro la semilla del mal y hay corazones en donde ha logrado germinar en abundancia.
Si logro escapar deberé caminar hasta Madrid, no puedo arriesgarme a tomar una diligencia ni monturas; los caminos están vigilados. Así que he calculado que tardaré unas cuatro semanas y llegaré justo a tiempo; habrán pasado casi nueve meses desde la última vez que estuvimos juntos.
Debes aguantar hasta mi llegada.
Mi tío no creía en la suerte; decía que era el dios de los necios. Es posible, pero llegados a este punto solo nos queda confiarlo todo al destino.
El médico no es otra cosa que el consuelo del alma.
PETRONIO
Bilbao, finales del año 1796
Un golpe retumba en el suelo y lo arranca del sueño; por el ventanuco puede comprobar que la noche es cerrada todavía cuando oye más ruidos. Él es solo un niño, y por muchas historias que le cuenten para hacerle dormir, en realidad hace tiempo que ha dejado de temer a la oscuridad. Al contrario, siente curiosidad por ella.
Se incorpora y camina hacia la cocina, casi tropieza con una mesa. Abre la puerta; un candil ilumina con disimulo la estancia donde observa a su padre tirado en el suelo, dándole la espalda. Bruno percibe su respiración forzada y unos extraños gruñidos que emite con dificultad. Avanza con precaución hasta que puede verle el rostro; está pálido y suda de manera ostensible. Sus dedos manchados de un rojo intenso ocultan una herida sangrante en el vientre.
—Bruno, ¿eres tú? Ven, ayúdame.
Busca el apoyo de su hijo para levantarse, entonces suelta un grito de dolor y cae de nuevo. Bruno puede ver cómo la sangre, roja, fluida y brillante, se desliza por el suelo de tierra y crea una mezcla pastosa.
—¿Vas a morirte, padre? —pregunta con timidez, sin ser todavía capaz de comprender lo que eso significaría para él.
—No, Bruno.
—Madre se murió.
—Sí, pero si me ayudas yo no lo haré, te lo prometo —afirma su padre, cada vez más débil—. ¿Harás lo que yo te diga?
Bruno asiente con la cabeza.
—Reaviva el fuego del hogar y trae la caja de madera que hay bajo mi cama, ¡corre!
Obedece y regresa con la caja en las manos. Al abrirla descubre utensilios metálicos, pequeños frascos y otras herramientas. Su padre le pide que también traiga agua y le limpie la herida con un paño.
—La bala solo me ha rozado, he tenido suerte. —Intenta sonreír—. Ahora debes coserla, ¿podrás?
—No sé... —Bruno tiembla ante tal petición.
—Debes hacerlo. Escúchame, olvídate de la sangre y de mí; piensa solo en cerrar la herida. Sé que puedo confiar en ti, Bruno, ¿verdad?
Él asiente.
—Primero acerca los dos extremos de la abertura con cuidado. Con una aguja delgada e hilo de seda que hay en la caja, cose la misma superficie de piel en cada lado de la herida, hasta donde pueda resistir. Debes dar cada punto con una punzada única, separando uno de otro. Y que quede libre por los extremos para que pueda salir el pus.
Nervioso, sigue todas las instrucciones que le da su padre.
—¿Quién le ha disparado?
—Ha sido culpa mía, debí imaginarme que era una emboscada —murmura su padre—. El mundo está cambiando y hay quienes se resisten a ello.
—¿Por qué está cambiando?
—Aún eres pequeño para entender eso, Bruno. —Observa cómo sutura la herida—. Lo estás haciendo de maravilla, veo que lo has heredado.
—¿Heredar de quién?
—De nuestra familia, hijo —dice con una media sonrisa que no disimula su dolor—. Una vez cosida, debes colocar estopa impregnada en vino y hacer un buen vendaje.
Cuando termina, llaman a la puerta. Su padre se lleva los dedos a los labios pidiéndole silencio; vuelven a dar tres toques seguidos y uno más prolongado.
—Abre, no pasa nada.
Bruno no está tan seguro, aunque obedece, y al otro lado de la puerta aparece una sombra oculta bajo una capucha oscura. En medio de aquella noche parece la mismísima muerte llamando a su puerta. Sin embargo, al desprenderse de la capucha surge una melena castaña y un rostro angelical. Es una mujer joven y hermosa, con gesto velado de tristeza.
—¿Está tu padre? ¿Ha venido aquí? —Bruno asiente y la deja pasar.
Al ver al herido, lanza una plegaria y va corriendo a socorrerlo.
—Tranquila, estoy bien. Aunque no lo creas, mi hijo me ha curado. —Le muestra el vendaje.
—¿Él ha hecho esto? Que suerte tienes; demasiada. Algún día se te acabará, no puede durarte siempre. ¿Por qué has tenido que ir? Te lo advertí: después de la alianza que han firmado, nosotros somos un problema. Ir a ese encuentro era una mala idea.
—No tenía elección.
—¡Claro que sí! Pero no piensas, solo te dejas llevar por... —Mira a Bruno—. ¿Qué va a pasar con él? Hay demasiado en juego, tienes que irte.
—Es mi hijo; solo me tiene a mí.
—Todos hemos hecho sacrificios, yo la primera. No olvides por qué luchamos, estamos muy cerca de conseguirlo.
Mira su herida y observa los puntos que le ha cosido.
—Bruno, eres un buen hijo y algún día serás un gran hombre, pero ahora tendré que ausentarme por un tiempo.
—¿Me deja aquí solo?
—Vas a irte de viaje a un lugar seguro, no tengas miedo. Únicamente hay una persona a la que puedo confiarte... Cuidará de ti y además te puede enseñar un oficio, cosa que yo no. Ahora escúchame bien, el viaje es largo y si quieres sobrevivir debes saber dónde buscar ayuda y refugio.
—¡Es un crío! ¿No pensarás mandarlo hasta...? —La mujer torció el gesto al ver como asentía—. No llegará hasta allí sin ayuda, y sabes de sobra que no querrá hacerse cargo de él.
—Sí que lo hará, porque es mi hijo y yo le explicaré cómo. Y se encargará de él, tiene que hacerlo. Bruno, yo siempre estaré a tu lado; aunque no me veas, cuidaré de ti.
Barcelona, inicios del año 1797
Aquella fría noche, Alonso Urdaneta sintió todo el peso de los años sobre sus hombros. Estaba agotado, hasta la espesa barba que cubría parte de su rostro le causaba un tremendo lastre. Entró en la casa que tenía alquilada en el reducto que se conservaba del antiguo barrio de la Rivera. Al quitarse el abrigo mostró su abultada figura. Colgó tras la puerta el sombrero, con un ala doblada, que siempre le tapaba el cabello que aún conservaba, y dejó su desgastado maletín. Tenía hambre, pero optó por coger de lo alto del armario del salón la botella de whisky escocés que allí ocultaba. Se sirvió un vaso y tomó asiento en el raído sillón. Por la ventana observó la luna sobre la silueta de la Ciudadela.
El viejo cirujano agitó el vaso en círculos y sintió que el mundo también giraba rápido a su alrededor, y dudó entonces de si seguir girando en él o si era mejor quedarse quieto y ver cómo lo hacían los demás.
Y es que hay momentos en la vida en que debemos decidir si vale la pena continuar, pues al final llegará un día en que todo acabará.
Bebió el whisky, era lo único que soportaba de las islas británicas. Odiaba con todas sus fuerzas a los ingleses; los había sufrido cuando luchó contra ellos cerca de La Habana. Ansiaba con ahínco oír noticias sobre alguna derrota, lo cual era cada vez menos probable, y no era cuestión de mala o buena suerte, sino de la organización y jerarquía militar.
Alonso Urdaneta era un hombre que odiaba la superstición. Recordaba que su padre tenía la firme convicción de que todas las decisiones relevantes de la vida debían hacerse con la luna creciente e intentó inculcárselo desde niño. Sin embargo, él era un hombre de ciencia, que creía en la razón y que, en una época de su vida, ahora lejana, había defendido con fervor las nuevas ideas ilustradas y liberales que llegaron a España desde el otro lado de los Pirineos.
Hacía ya mucho de eso.
No tenía ánimo de acostarse; cerrar los ojos no le traía nada bueno, pues la noche trae consigo fantasmas, libera los temores que mantenemos ocultos de día y vagan por nuestros sueños más profundos.
Nunca se lo había confesado a nadie, pero lo que más aterraba a Alonso Urdaneta eran los muertos, que no la muerte. Ella era su rival, se enfrentaba a ella en una batalla que sabía de antemano perdida, solo su obstinación y pericia le permitían robarle tiempo. Sí, Alonso Urdaneta se veía a sí mismo como un simple ladrón de tiempo.
Había vencido a la muerte en numerosas ocasiones, por eso no la temía. Otra cosa bien distinta eran los difuntos que lo visitaban en sus pesadillas. Todos esos pobres desgraciados que habían fallecido en sus manos. Había sentido sus cuerpos vacíos e inertes y le torturaba el alma misma que vinieran a rendirle cuentas, a culparlo de su destino.
En ese momento golpearon la puerta. Alonso Urdaneta tuvo el presentimiento de que no podía tratarse de nada bueno; si alguien llamaba a su casa era porque tenía problemas, y a esas horas de la noche debían de ser graves. Él se ganaba la vida como cirujano, sobre todo entre marineros y la gente que vivía cerca del puerto de Barcelona; aprendió de su padre y este, del suyo. Una larga tradición familiar que tristemente desaparecería con él.
De noche solían reclamarlo para tratar heridas abiertas en alguna pelea entre borrachos o en un ajuste de cuentas por deudas o amoríos. Los hombres eran así: tenían la increíble inclinación a jugarse la vida por tonterías y, en cambio, a acobardarse cuando debían luchar por lo verdaderamente importante.
Por fortuna, no había bebido demasiado whisky; la última vez que tuvo que sacar una muela borracho le temblaba tanto el pulso que se equivocó de diente. Lo solucionó explicando al padre del chiquillo que su hijo tenía dos piezas podridas y que, como él era buena persona, la segunda no se la iba a cobrar. El padre quedó encantado, él salvó el cuello y el muchacho aún era joven y le quedaban muchos dientes sanos. Tal y como era de dura la vida en Barcelona, seguramente no tendría tiempo de perderlos todos.
Volvieron a llamar.
Se levantó de mala gana y al abrir la puerta encontró a un crío espigado, de unos doce años, con el pelo largo y oscuro y un abultado zurrón al hombro.
—Buenas noches. —Se quitó un humilde sombrero—. ¿Es usted Alonso Urdaneta?
—¿Quién lo pregunta? —Al cirujano aquellos ojos claros le resultaron familiares, aunque no recordaba de qué—. Lo que quiera que sea no me interesa. —Y cerró de un portazo.
Se volvía a su sillón cuando golpearon de nuevo.
Resopló, bajó la cabeza y abrió.
—¡Quieres dejar de llamar! ¡Vete de mi casa!
—Pero ¿es usted Alonso Urdaneta? —repitió el muchacho.
—Vaya insistencia; sí, soy yo. ¿Quién demonios eres tú?
—Soy Bruno, el hijo de vuestro hermano. Mi padre ha tenido que irse a un largo viaje y me manda con usted.
—Sabía yo que me resultabas familiar, ¡maldita sea! ¿Cómo no me he dado cuenta antes? —musitó mientras apretaba los puños—. Vete de aquí.
—¿Cómo dice?
—Ya me has oído, ¡lárgate! No quiero verte de nuevo por mi casa.
—He venido a pie desde Bilbao; he viajado solo todo el camino —se lamentó el muchacho.
—¡Eso no es posible! No seas mentiroso, si eres un crío...
—¡No miento!
—¿Y qué más me da a mí? Si has venido tú solo, mejor. Así te conoces el camino de vuelta. Venga, ¡arreando! —Le hizo un gesto para que se marchara—. Tu padre es un sinvergüenza. Cómo se le ocurre echarme a mí semejante muerto. ¿Qué se cree? ¿Que soy un hospicio?
—Me dijo que usted cuidaría de mí, que no tenía a nadie más con quien enviarme.
—¿Y qué? Conozco a mi hermano, siempre ha hecho lo que ha querido y ahora pretenderá irse a probar fortuna sabe Dios adónde y no sabe qué hacer contigo. Cuanto antes te hagas a la idea mejor; ¡tu padre es un desgraciado! —Alonso Urdaneta salió del umbral de la puerta y empujó al crío, que cayó al suelo del empentón.
—Se lo ruego, no tengo adónde ir...
—¡Vete de aquí o te muelo a palos! —Hizo amago de darle una patada.
El chico se levantó de inmediato y salió corriendo.
Alonso Urdaneta miró al cielo; la luna menguante se veía perfectamente en el despejado cielo de Barcelona. Se dio la vuelta y entró de nuevo en su casa. Estaba agotado, se echó en su jergón.
Aquella noche los fantasmas que lo visitaron perturbaron una vez más sus sueños.
Las mañanas eran bulliciosas en el antiguo barrio de la Rivera. Casi todas las casas de aquella zona de la ciudad se habían derribado por completo para construir la Ciudadela. Antaño, aquel lugar era una explanada que con frecuencia se inundaba por el cauce del río, hasta que se construyó la acequia condal. En época medieval se hallaba situada extramuros y siempre había sido un barrio de pescadores y marineros. La iglesia de Santa María del Mar era de lo poco que se había salvado, pues para levantar la fortaleza se destruyeron los conventos de San Agustín, Santa Clara y Nuestra Señora de la Piedad, la iglesia de Santa Marta y el hospicio de Montserrat.
Barcelona había cambiado desde los asedios de la guerra de Sucesión. Ahora en su trazado urbano mandaba la Ciudadela, que atraía a numerosos soldados a la ciudad. En el llano y junto a la costa, unos decían que protegía Barcelona en caso de una nueva guerra. Otros, que la vigilaba, junto al castillo de Montjuïc, este desde lo alto. Ambas defensas, junto con las antiguas murallas, daban un aspecto fortificado y militarizado a la ciudad.
Alonso Urdaneta era dueño de una espesa barba que le ocultaba los labios y toda la mandíbula; había engordado con los años y lo disimulaba envolviéndose en un abrigo negro que a veces le daba un aspecto siniestro. Cuando salía siempre se protegía la cabeza con un chambergo con un ala doblada y sujeta a la copa. Tenía Urdaneta unos ojos claros, herencia familiar, y brillantes que eran como dos enormes faros que parecían verlo todo. No cabía duda de que existía algo de singular en su mirada. Su rostro era serio; incluso cuando reía lo hacía de manera contenida, más parecida a una mueca. El cirujano era un hombre que administraba todos sus gestos y palabras como si costaran dinero.
Hacía dos décadas que había llegado a sus calles para trabajar de cirujano. Barcelona tenía el segundo colegio de cirugía de España tras el de la Armada, en Cádiz. El de Barcelona también era militar; estaba destinado al ejército.
Cuando él aprendió el oficio en su Bilbao natal todo era diferente; antaño se entraba como aprendiz de un maestro y este te enseñaba todo lo que sabía. Él había estudiado en el colegio de cirugía San Carlos de Madrid, pero los cirujanos de su generación no solían recibir formación reglada; de hecho, la mayoría eran iletrados. Ahora, para acceder a cualquier colegio de cirugía había que saber latín, y Alonso Urdaneta se preguntaba para qué quería un cirujano saber latín, ni que fuera un cura.
Su formación se basaba en la experiencia y dependía de la valía de su maestro, como sucedía con los carpinteros, los zapateros o cualquier otro oficio manual. La labor de un cirujano era eminentemente práctica, debía enseñarse mediante el precepto y el ejemplo.
De todas maneras, en Barcelona había pocos colegas que atendieran a civiles, y menos a gente del pueblo, como hacía él. Para la nobleza y los acaudalados comerciantes que se estaban haciendo ricos desde que se abrió el comercio con América sí abundaban los médicos de todo tipo. Pero para los pobres había nula competencia, porque paupérrima era la ganancia. Y eso que la mortalidad era terrible; además de los fallecidos por causas naturales y en los partos, la población padecía epidemias periódicas de enfermedades infecciosas, como el tifus, agravadas por las malas condiciones alimenticias, higiénicas y de trabajo de los más humildes.
Alonso Urdaneta era un hombre que poseía un peculiar sentido del humor, bastante negro, a veces cruel, otras sutil y siempre brillante. Lo usaba para sobrellevar los males como el que utiliza una muleta para la cojera. No la evita, pero la mitiga. Y ya que no podía defenderse como antaño, le era práctico para mantener a raya a cualquier bellaco que se le acercase con funestas intenciones.
Le encantaba comer bien y, aunque estaba de moda, él no fumaba. Sin embargo, el café era uno de sus mayores vicios. Le apasionaba tomar aquella bebida, bien caliente, casi abrasando. Para él no había nada peor que un café frío. Tenía la enorme suerte de que en la zona de la Barceloneta se hallaba la taberna con el mejor café de toda la ciudad: Los Cinco Dedos. El secreto estaba en que conforme llegaba al puerto y lo bajaban del barco, lo metían en su almacén. El dueño era un catalán del norte, de los Pirineos, llamado Arnau. Decían que le puso ese nombre a la taberna porque él había perdido el dedo índice de niño y cuando vino a Barcelona lo quiso recuperar en cierta manera. Otros rumoreaban que el dedo lo perdió más recientemente, por meter la mano entre unas faldas que ya tenían dueño.
Alonso Urdaneta le pedía cada día la receta con la que hacía el café y el posadero se la negaba de forma descomedida.
—¡Antes dejo que me sierres un brazo! —le decía Arnau.
—No me tientes, que voy a por mi maletín y te corto otro dedo.
El cirujano vasco era conocido en buena parte de Barcelona, sobre todo en las cercanías del puerto. Se dejaba ver con frecuencia por Santa María del Mar, el Born y la Barceloneta; sabía que esa era la mejor propaganda. Siempre había una herida que coser o un diente que extraer. También se encargaba de las fracturas de huesos. Cualquier tipo de caída sobre la cadera podía ocasionar la rotura del cuello del fémur, y eso en pacientes mayores provocar la muerte. Poseía una serie de aparatos diseñados por él para la inmovilización. Porque además de para la cirugía, Alonso Urdaneta siempre mostró talento para los ingenios mecánicos y en más de una ocasión había intentado unir ambas pasiones.
En las fracturas, otros cirujanos recomendaban pasar sesenta días en cama inmóvil, pero eso no le reportaba ningún beneficio económico, sus inventos sí. Además, aquellas gentes humildes no podían perder dos meses de su vida postrados en una cama, pues entonces morirían de hambre.
La cirugía sufría fama de ser una práctica repulsiva y peligrosa que la gente evitaba a toda costa. Numerosos cirujanos se negaban a operar si se olían que podía terminar mal, como ocurría demasiado a menudo.
Alonso Urdaneta era uno de ellos.
Lo tenía claro, no había que arriesgarse. Por ello solo atendía dolencias externas, heridas superficiales. Solía decir que para matar a la gente ya estaban los médicos, y bien que cobraban por ello y ni siquiera tocaban a los pacientes. Para lo que ganaba no valía la pena estar expuesto a que se le muriera algún cliente y entonces la familia buscara un responsable.
Porque la culpa siempre era de los cirujanos.
Antaño, su día a día era enfrentarse a casos de vida o muerte. Cuando era más joven fue un cirujano prometedor, con fama de operar con notable éxito dolencias difíciles y ser un adelantado con investigaciones innovadoras. Aquello quedaba tan lejos como la bravura del mar Cantábrico de su niñez.
Esa mañana atendió a una mujer con unas enormes llagas y a una anciana con úlceras en la espalda. Lo más complicado a lo que se enfrentaba últimamente era tratar las fiebres altas. Las gentes del puerto estaban mal alimentadas y sufrían peores trabajos que los esclavos de las Indias, eso las exponía a todo tipo de males y contaban con pocas reservas de fuerzas para hacerles frente.
Para sobrellevar mejor la vejez y la soledad, tenía pocos aliviaderos. Uno de ellos era el juego. Había en Barcelona una treintena de casas de juego o triquets, varios de ellos en el Born. Ocupaban parte de casas particulares y en ellos se jugaba a las cartas, a los dados, al billar, al juego de la argolla, al de la raqueta y ahora también había uno en torno a una ruleta.
Aquella noche sabía que había partida de cartas en Los Cinco Dedos. Acababa de llegar una flota de las Indias, nadie conocía con seguridad la mercancía y había opiniones para todos los gustos. Lo que estaba claro era que había dinero fresco en Barcelona, así que la taberna se hallaba a rebosar. Arnau había hecho traer toneles de los viñedos del Priorato, que eran los más caros. Se palpaba mucha animación. Para poder entrar a la partida de cartas había cobrado un favor a un vigilante del muelle al que le cortó dos dedos del pie después de que un carro lo atropellara.
Estaba convencido de que podía hacer fortuna en aquella partida y salir de la pobreza a la que lo habían llevado sus decisiones del pasado. Los otros jugadores lo dejaban todo a la suerte, pero él usaría la mente. Esa era su arma, él era más listo.
Así que iba a apostar fuerte.
El primer golpe le partió la nariz, con el segundo sintió cómo le crujían las costillas y el siguiente lo dejó inconsciente.
Lo tiraron en la Rambla: un antiguo torrente extramuros que durante la Edad Media marcaba el límite occidental de la ciudad, donde ahora abundaban nuevas construcciones. Horas después abrió tímidamente los ojos y vio una mirada conocida.
Lo siguiente que recordó fue estar tumbado en su camastro, allí pasó varios días. Escuchaba murmurar que de esta no salía. Postrado en la cama se encogió como una pasa, pues el dolor en el costado le resultaba terrible, le debían de haber roto una docena de huesos. La nariz la tenía taponada y le costaba respirar. Estuvo entre sueños por un tiempo que no supo medir, y cuando por fin despertó vio que al pie de su cama había una persona.
—¿Qué haces tú aquí? Te dije que te fueras. —Al hablar sintió una punzada en el costado—. ¿Quién me ha traído?
—Yo —respondió.
—Tú eres un crío, ¡cómo vas a traerme!
—Soy fuerte y... pedí ayuda a unos marineros.
—No tenías que haberlo hecho, sé arreglármelas solo. —Intentó levantarse y entonces soltó un sonoro quejido—. ¡Malditos cobardes! ¿Qué me han hecho?
—Dijeron que perdiste a las cartas todo tu dinero, y como no tenías suficiente para las deudas, se las cobraron a palos. Pensaron que te habían matado porque no te movías; dicen que estás vivo de milagro, que resucitaste.
—¡Cómo! No uses esa palabra... ¡Nunca! ¿Me has oído?
Entonces llamaron a la puerta de forma insistente.
—¿Y ahora quién es? —Insistieron y con más fuerza—. Abre antes de que la tiren abajo.
Entró una mujer con el pelo rizado y alborotado de tal forma que hacía parecer que su cabeza estaba desproporcionada. Iba ataviada con un vistoso traje confeccionado con una tela ligera y estampada, de las que estaban tan de moda en Barcelona.
—¡Urdaneta! Te desplumaron. ¡Mira que eres idiota!
—Usted no se meta, que bastante tengo...
—A mí como si te cortas lo que te cuelga con una de tus sierras del demonio, yo lo que quiero es que me pagues el alquiler.
—Acabo de despertarme y ya acude como un maldito buitre, ni que fuera capaz de oler mi ruina.
—Tu apestoso hedor se huele desde Montjuïc. ¿Cómo vas a pagarme?
—Llevo días inconsciente, un poco más y no salgo de esta.
—Por eso mismo, ¿o es qué te crees que nací ayer? Si te mueres, cómo cobro yo, ¿eh? Tienes una semana para pagarme o te echo a la calle.
—Señora Baldiri...
—Ni señora ni leches, a pagar o a la calle, ¡matasanos!
—¡Yo soy cirujano! ¿Se entera? ¡Cirujano!
—Tú eres un desgraciado —le contestó—. Muchacho, no te juntes con este adefesio o terminarás como él. —Y cerró de un portazo.
—Maldita sea... A ver cómo le pago ahora a esta arpía.
La herida del costado era bien fea y le causaba fuertes dolores.
—¿Quién me la ha cosido? —Lo miró—. ¿Tú? No es posible.
—Una vez tuve que hacerle lo mismo a mi padre.
—Por qué no me extraña... —dijo mientras no dejaba de mirar los puntos, que para su sorpresa estaban bastante bien cosidos.
Tardó un par de días en poder incorporarse, no sin padecimientos. A pesar de que se había cansado de prohibírselo, su sobrino llegaba todos los días a primera hora y le traía comida.
—Y tú... ¿Dónde duermes? ¿De dónde sacas la comida? No me habrás robado, ¿verdad?
—Una mujer que vende pescado en la esquina me ha dado comida.
—Pero si esa no da gratis ni los buenos días...
—Le dije que era huérfano, que usted era mi única familia y que no me dejaba entrar en su casa.
—Lo que me faltaba; antes ya me odiaba, así que ahora... Te habrá ayudado solo por fastidiarme a mí, como si lo viera.
—También me dijo que fuera a hablar con un aguador, que tiene un corral aquí detrás.
—¿El tuerto?
—Sí, le falta un ojo; me dijo que usted se lo sacó y que le dolió tanto que le advirtió que si volvía a tocarlo lo mataría.
—Qué poco aguante tiene ese hombre... Más le valdría pagarme; ni un real me dio.
—Me ha dejado dormir junto a su caballo a condición de que lo limpiara —explicó el muchacho.
—Me cuesta creerlo.
—Y la carnicera me dio media libra de cerdo; esa me comentó que le sacó una muela y que le destrozó la mandíbula. Que por si ella fuera le rajaba las tripas y las colgaba de un gancho en su tienda.
—No fue mi mejor operación, lo reconozco. Pero es que la carnicera no tiene tampoco aguante, no sé cómo ha podido traer trece críos al mundo. ¿Y te dio carne? Será posible... ¿Cómo lo consigues?
—Solo soy amable.
—Lo que me faltaba por oír —refunfuñó Urdaneta—. ¿Cuántos años tienes?, ¿doce?
—No, trece.
—Bueno, lo mismo da. —Lo miró de reojo—. Sí que pareces espabilado. Tu padre también lo era de joven, de hecho, se pasaba de listo. Ese ha sido su mayor problema, como cae siempre con las cuatro patas se cree que todo le saldrá bien en la vida. Tiene la cabeza llena de pájaros y así seguirá, porque eso no puede curarlo ni el mejor médico del mundo, ¿me oyes?
—Mi padre me dijo que usted diría eso de él y que no me preocupara.
—Vaya con mi hermano, no sé ni cómo sigue vivo. —Intentó levantarse y soltó un gruñido contenido.
—Si no puede moverse, ¿cómo va a pagar a la dueña de la casa?
—Claro que puedo... —Volvió a gruñir de dolor—. ¡Mierda!
—Una vez me caí saltando una tapia y me dijeron que tenía que estarme quieto una semana; creo que necesita más reposo.
—Ya, lo que me faltaba... Yo soy cirujano, ¿es qué nadie sabe lo que eso significa? Sé cuidarme solo. —Tenía una sed terrible y buscó con la mano la jarra que había sobre la mesa.
Estaba demasiado lejos de su alcance, así que su sobrino se la acercó. Alonso Urdaneta se mordió la lengua, tenía tantas ganas de beber que se contuvo de recriminárselo.
—¿Cómo te llamabas?
—Bruno, tío.
—¡Que no me llames así! Para ti soy don Alonso, ¿ha quedado claro? —El aludido asintió—. Ahora ve a ese armario de ahí y abre el tercer cajón.
Bruno obedeció. En el interior había multitud de frascos de todos los tamaños y con sustancias de todos los colores; parecían perfectamente ordenados siguiendo alguna pauta. También había un pequeño cofre, lo abrió y estaba lleno de papeles.
—¡No toques nada! Odio que manoseen mis cosas, ¿entendido? Coge el tercero de la segunda fila empezando por la derecha.
Era un tarrito de base ancha, lleno hasta la mitad de un líquido azulado. Bruno fue hasta la cama con él en la mano.
—Echa más agua en este vaso y disuelve en él cuatro gotas de esa medicina.
Así lo hizo con mucho cuidado y se lo dio a beber. Alonso se lo tragó de un sorbo. Llamaron de nuevo a la puerta; hizo amago de incorporarse, pero la punzada fue intensa y desistió.
—Anda, ve a ver quién narices es... ¿O es qué tengo que hacerlo yo todo?
Su sobrino dio un brinco y fue corriendo a la puerta, Alonso Urdaneta lo mantenía en secreto, pero estaba sordo del oído derecho, así que intentaba con disimulo acercarse siempre con el otro lado cuando hablaba con alguien. No lograba oír qué estaba pasando en la puerta de su casa. Bruno volvió al poco y se lo quedó mirando. El muchacho era alto y bastante fuerte, tenía los brazos largos, tanto que le colgaban como dos ramas de árbol. Era la viva imagen de su padre a su edad, eso a Alonso Urdaneta le removía las entrañas. Porque si ya había tenido que sufrir una vez a su hermano pequeño, le repateaba hacerlo una segunda en su descendiente. Aunque, al mismo tiempo, le resultaba tan familiar y le hacía recordar tanto cuando él también era un crío que empezó a sentir cierta curiosidad.
—¿Quién ha llamado?
—Me ha dicho que se llamaba no sé qué Guilera y que trabajaba en las atarazanas. Se le ha roto una pierna a su hijo y requiere su ayuda, dijo que era urgente. Ya le he dicho que estáis convaleciente y que...
—¡Cómo! Por Belcebú... ¿Qué has hecho, sabandija? Estoy perfectamente.
—Pero...
—¡A callar! ¿No has oído a la casera...? —Al levantarse sintió un pinchazo en el costado y volvió la vista hacia su sobrino—. Vamos a hacer una cosa. Mientras esté así necesito un ayudante; ya que estás aquí, vas a ser tú. Las reglas son claras: no hablarás delante de mis clientes y harás todo lo que yo te diga; si cumples, puedes dormir en la cocina. Pero esto no significa nada, no soy tu tío. Te quedas solo hasta que se me curen las costillas, luego te vuelves a Bilbao.
Asintió.
—Y una cosa más: ya que te llevas tan bien con la pescadera, irás cada día a verla y le dirás que te trato muy bien.
—¿Eso por qué?
—Tú hazlo, es parte del trato, ¿entendido?
—Sí.
—Ahora tenemos que trabajar. ¿Ves ese maletín desgastado? Cógelo; ten cuidado, que pesa.
Cuando Alonso Urdaneta llegó a las atarazanas le indicaron que el herido estaba en su casa, cerca del monasterio de San Pablo del Campo, que era el más antiguo de la ciudad; tan es así que cuando se construyó la muralla actual el cenobio quedó intramuros.
La vivienda a la que acudieron era uno de esos viejos edificios de artesanos, con una estrecha fachada, que en el interior tenía el doble de profundidad. Comprendía un taller de carpintero en la planta baja desde donde se accedía a un piso para vivienda familiar. El inmueble no ocupaba toda la parcela, así dejaba espacio para un huerto en la parte de atrás. Los aguardaban una docena de hombres y mujeres, entre sollozos, rostros preocupados y lamentos. Al fondo, sobre una cama teñida de sangre, agonizaba un joven corpulento.
—¿Sois el cirujano? —preguntó una mujer morena con los ojos bañados en lágrimas.
—Así es, señora, pero... ¿qué ha sucedido aquí?
—Mi hijo, ¡es mi hijo! ¡Se me muere! ¡Mi único hijo!
—Creía que solo tenía una fractura... —Echó una mirada de reproche a Bruno.
La medicina que había ingerido Alonso Urdaneta había empezado a hacer su trabajo y el dolor de sus costillas iba remitiendo. Fue a la cama y comprobó para su desdicha que el muchacho agonizaba. No era para menos, tenía un disparo que le había reventado la pierna izquierda.
—Me temo que no es trabajo para mí. —Alonso Urdaneta entendió lo peligroso y poco rentable que podía resultar aquello.
—¡Tenéis que salvarlo!
—Le repito que yo no puedo; mejor busque a otro.
—No hay tiempo, le pagaré lo que pida.
—Es que no es cuestión de dinero, señora. De verdad que lo siento. —Y se dio media vuelta.
—¿No le da vergüenza? Pensaba que los de su gremio eran buena gente y en cambio dejan a un muchacho agonizando, entregándoselo a las garras de la muerte.
Los familiares que la acompañaban los rodearon, muchos de ellos con miradas amenazantes y puños apretados.
—Yo no tengo la culpa de que esté en ese estado, eso dígaselo a quien le haya pegado un tiro.
—Si no lo ayuda lo pagará bien caro. No habrá agujero en toda Barcelona donde pueda esconderse, ¡rata inmunda! —le advirtió con las venas de su frente a punto de estallarle y los ojos rebosantes de cólera—. Ese que yace ahí es mi hijo, ¡mi único hijo! Lo llevé dentro de mí nueve meses, el parto duró casi doce horas, perdí tanta sangre que mi marido ya había encargado mi sepultura. Pero yo no pensaba dejar solo a mi pequeño en este mundo. ¡Y tampoco voy a hacerlo ahora!
—Le repito que...
—Ni se imagina de lo que es capaz una madre por salvar la vida de su hijo, se lo advierto.
Dos hombres lo agarraron de los brazos y otro comenzó a remangarse.
Alonso Urdaneta maldijo su error, no había preguntado lo suficiente sobre el paciente antes de acudir.
—¿Quieren que lo salve? ¡Pues fuera de aquí! ¡Todos! —espetó, zafándose de quienes le apresaban.
—Haced lo que dice —dijo ella.
—Deben dejarnos solos a mi ayudante y a mí —demandó mientras se despojaba de su inconfundible abrigo oscuro.
—Los demás se irán, pero yo no abandono a mi hijo.
—Usted también señora, si quiere que se salve necesitamos que no haya nadie. Piense en él, ahora está en nuestras manos. Por favor, saque a toda la gente de aquí.
Aunque parecía imposible, la madre claudicó.
—Más le vale que viva, ya me entiende. —Le dio un beso en la frente al moribundo y se marchó llorando.
Estaba a punto de romper su regla de oro, su línea roja, de no operar a nadie en estado grave, no correr el riesgo de que un paciente muriera entre sus manos. El cirujano sabía lo impredecible que era una amputación y ninguna madre estaba preparada para ver cómo seccionaban una parte del hijo que había traído al mundo.
Los demás familiares maldecían el tener que irse; ver una amputación era un espectáculo en toda regla del que luego podías alardear en la taberna y ante los conocidos. Alonso Urdaneta cerró la puerta y echó el pestillo. Se inclinó sobre la herida; el joven había perdido abundante sangre y deliraba.
Lo primero se trataba de evitar que se desangrara, era uno de los principales riesgos de toda operación. Si el cuerpo humano perdía treinta onzas de su sangre, la muerte era segura. Por ello le realizó un torniquete con una correa a la altura del muslo.
—Pide que te den una botella del licor más fuerte que tengan.
Un enemigo peor que las propias heridas eran las infecciones; ningún médico o cirujano había logrado comprender aún por qué ocurrían o cómo se diseminaban. La realidad era que a menudo las heridas comenzaban a infectarse sin razón aparente y al final los pacientes morían entre terribles fiebres. Él tenía la convicción de que la razón se escondía en el propio ambiente, por eso intentaba limpiar todo lo que fuera a estar en contacto con el paciente, en la medida de lo posible.
Tomó la botella y echó una dosis generosa en un vaso, luego le añadió unas hierbas que llevaba en un pequeño frasco. Aquello adormecía a los pacientes, calmaba su sufrimiento y hasta aliviaba el dolor que padecían. Se aplicó alcohol en las manos y el resto lo echó en la herida. Luego le puso al herido un mordedor de madera entre los dientes.
—Muchacho, esto te va a doler.
Debía actuar lo más rápido posible para acortar el periodo de sufrimiento, ya que los pacientes también podían morir víctimas del propio dolor que padecían. Cuando revisó el hueso fracturado por la bala, los gritos se oyeron tan alto que retumbaron las paredes.
Tomó el maletín y dispuso sus herramientas sobre una mesa alargada. Por el arsenal casi parecía más un torturador de la Santa Inquisición. Cogió la sierra más grande y ocurrió algo inesperado: le tembló la mano.
Y comenzó a respirar de manera forzada.
Buscó con rapidez en su chaqueta un frasquito con su medicina y se bebió el contenido de un sorbo. Seguía faltándole el aire y su rostro se había tornado enrojecido.
Volvió a empuñar la sierra y de nuevo se detuvo.
—Don Alonso, ¿os encontráis bien? —preguntó Bruno.
—¡Claro que sí! —mintió.
Alonso Urdaneta supo entonces que no podría operar y que aquel muchacho iba a morir, porque comenzó a percibir el inconfundible olor de la muerte, que impregnó la habitación con su apestoso hedor.
El herido estaba medio desvanecido, deliraba y sudaba de manera copiosa. Decía palabras sin sentido ni lógica, como si estuviera más lejos que cerca de este mundo terrenal.
—No puedo hacerlo, no con mis dolores.
—¿Qué estáis diciendo, don Alonso?
—La herida es profunda —murmuró—, y demasiado alta. Hay que cortar pegado a ella, con buena mano porque le roza la vena. Si la tocamos, si solo la rozamos morirá desangrado como un cerdo.
—¡Tenéis que salvarlo!
Volvió a intentarlo, pero al acercar la sierra a la herida la mano le temblaba. Se detuvo y sintió un dolor intenso en el hombro; las consecuencias de la paliza que le habían dado se mostraban ahora en su cruda realidad.
No iba a ser capaz de aplicar la suficiente fuerza, y el olor a muerte era cada vez más insoportable.
—Yo lo haré.
—¿Cómo dices? —Se volvió atónito hacia el muchacho.
—Dígame por dónde debo cortar. —Bruno habló con una firmeza impropia de su edad.
—¡Eres solo un crío!
—Este hombre va a fallecer, su madre lo pagará con usted y yo me quedaré solo.
—Santa María... ¡Estás loco! Amputar una pierna es muy complicado, no puedes llegar y meter la sierra así sin más. ¡No tienes ni idea!
—Usted diríjame.
—¡No! Además, el hueso es increíblemente duro.
—Yo soy fuerte —insistió Bruno—, puedo hacerlo.
Lo peor era que su sobrino tenía razón, y si no salvaba al paciente, él mismo no saldría con vida de allí. Alonso Urdaneta sabía que en su estado no podía cortar en una zona tan difícil, y que, aun en plenas facultades, era una operación a vida o muerte.
Observó al herido; se hallaba ya tan delirante que no sabía ni dónde se encontraba, así que no se iba a percatar de nada.
—Que Dios nos coja confesados —murmuró el cirujano.
Le dio la sierra a su sobrino y él agarró las piernas.
—Corta por aquí, no puedes dudar. La carne es blanda y como la cuchilla es afilada será como si estuvieras cortando un filete. Luego encontrarás el hueso, es resistente, más de lo que imaginas —le explicó entre sudores—. Deberás aplicar toda tu fuerza, no pienses que es un hombre, solo sierra con todo el ímpetu que puedas. Cuanto más rápido lo hagas, más opciones tenemos de salvarle la vida. Si dudas, si la sierra se traba, ¡morirá!
—De acuerdo. —Fue sorprendente el aplomo con que lo dijo.
—Me arrepentiré de dejarte hacer esto... Sé que lo haré. Eres como tu padre, te crees capaz de todo —refunfuñó el cirujano visiblemente nervioso mientras se rascaba la barba—. Sobre todo, corta en línea recta; si te tuerces y tocas la vena, dalo por muerto y a nosotros también —insistió Alonso Urdaneta.
Miró a su sobrino y, en un último destello de lucidez, pensó en quitarle la sierra de las manos. En que era injusto depositar en un muchacho toda aquella responsabilidad.
No lo hizo.
Alonso Urdaneta había estado en el interior de un buque de línea resistiendo los impactos de más de setenta cañones; había operado a cientos de hombres, decenas habían perecido ante sus ojos. Así que no era un hombre que se asustara con facilidad. Y sin embargo aquel día sí tenía miedo. Observó de nuevo a su sobrino con la sierra en la mano, sobre el herido ensangrentado, y vio el brillo de sus pupilas.
¿Cómo era posible que a aquel crío no le temblara el pulso ante lo que estaba a punto de hacer?
Pero así era.
—No vamos a salir de esta... —murmuró para sus adentros.
Bruno clavó los ojos en el hombre al que estaba a punto de cortarle una pierna, apretó los dientes y actuó con templanza.
Fueron unos minutos que se hicieron tan eternos que parecieron toda una vida. El ruido del serrucho rasgando el hueso fue el sonido más horrible que nunca antes había oído Bruno. Y se mezclaba con los lloros y las voces de los familiares, que amenazaban con echar la puerta abajo en cualquier momento. Su tío comenzó a rezar, y quizá funcionó, porque dejó de percibir el hedor a muerte por toda la habitación.
Bruno cayó extenuado con el último esfuerzo y Alonso Urdaneta se apresuró a coger la pierna y envolverla en unos trapos. Después tomó dos frascos de su maletín y los aplicó sobre el corte. Lo vendó todo con prontitud y ató con fuerza el vendaje. Comprobó que el intervenido respiraba de manera adecuada. Le tocó la frente, apenas tenía algo de febrícula. Seguía delirando, con la mirada perdida.
Alonso Urdaneta respiró aliviado, se arrodilló en el suelo y apoyó la espalda contra la pared.
Entonces alzó la mirada; no se había dado cuenta de cómo había reaccionado su sobrino. Bruno se hallaba al otro lado de la habitación, con la sierra ensangrentada todavía en las manos. Aquel niño que acaba de amputar una pierna y seguía conservando la misma mirada de confianza en sí mismo.
Ni en sus años en la Armada navegando por América, ni en Madrid, ni en todo este tiempo en Barcelona, atendiendo a todo tipo de hombres que llegaban al puerto desde los diversos rincones del mundo, el cirujano vasco había visto una mirada igual.
«¡Maldita sea!», pensó. Sí la había visto antes: eran los mismos ojos de su hermano.
La operación había sido un éxito y la madre pagó sin dilación los abultados honorarios que le exigió Alonso Urdaneta, que en eso sí estuvo hábil. Cuando las cosas salían bien, cobraba una tarifa alta; de alguna manera tenía que pagar sus deudas. Cuando las cosas se torcían, apenas unas monedas e incluso había llegado el caso de tener que salir por piernas y no recibir recompensa alguna.
De nuevo en la calle, el cirujano estaba sonriente y de buen humor.
—Muchacho, lo que has hecho es increíble. ¿De verdad que nunca habías serrado un hueso? ¿Aunque fuera de un animal?
—Claro que no.
—Fascinante. —Se rascó la barba—. Realmente fascinante. ¿Te gustan los caracoles?
—No sé, nunca los he probado.
—¡Válgame Dios! ¿Dónde te ha tenido tu padre escondido? Eso hay que solucionarlo; vamos a ir a la taberna donde mejor cocinan los caracoles de toda Barcelona.
—¿Y si no me gustan?
—¡Qué sacrilegio es ese! Nadie puede decir tal blasfemia en mi presencia.
Y es que a Alonso Urdaneta lo que más le encantaba comer eran caracoles fritos.
—Mira, muchacho, para los griegos los caracoles eran afrodisiacos, los romanos los apreciaban sobremanera y los purgaban en la leche durante varios días antes de cocinarlos y servirlos con varias salsas. Hasta los papas han sucumbido a su sabor, y a pesar de ser un animal terrestre, un sumo pontífice declaró que tenían que considerarse como peces, para poderlos comer también en el periodo de la Cuaresma. ¡Y tú no los has probado todavía! Te envidio.
—¿Y eso por qué?
—Te voy a dar un consejo, y no te voy a cobrar: disfruta siempre de las primeras veces. Tu primer viaje en barco, tu primera vez con una mujer, tu primera borrachera o tu primera amputación. Las que vengan después posiblemente serán mejores, pero la primera es distinta, tiene un sabor irrepetible, incomparable.
—Sigo pensando que no me van a gustar los caracoles.
Caminaron hasta los alrededores de la iglesia de Santa María del Pi, que se llamaba así porque enfrente había un enorme pino que los más viejos juraban que llevaba siglos plantado. A Alonso Urdaneta le gustaba aquella iglesia, era de las menos pomposas de Barcelona, a pesar de su llamativo rosetón y su esbelto campanario. El edificio se hallaba en mal estado porque le habían caído varias bombas durante la guerra de Sucesión y solo habían hecho unos apaños. Ese detalle no le molestaba; de hecho, a menudo se sentaba frente al retablo y observaba con interés los destrozos que habían sufrido las tallas.
El retablo estaba dedicado a los Reyes Magos y a él siempre le había fascinado la historia de esos hombres sabios que fueron a adorar al niño siguiendo una estrella.
Justo detrás de la iglesia había una escueta taberna. El interior no era llamativo, pocas mesas y apretujadas. Alonso Urdaneta pidió vino y caracoles fritos. Cuando Bruno los tuvo delante dudó qué hacer, si bien la insistencia de su tío limitó sus opciones y terminó claudicando.
Le resultaron desagradables, pero tenía hambre y no quería disgustarlo.
—Ricos, ¿verdad? Pensar que algo que se arrastra por el suelo puede ser tan delicioso... —Y absorbió un nuevo caracol.
Bruno intentó hacer caso a lo que le había dicho y grabar en su memoria esa extraña sensación en su paladar.
—Comer es una bendición que nos ha dado Dios, es de sabios saber aprovecharla. Dime una cosa: ¿de verdad viniste tú solo hasta aquí desde Bilbao? Es una distancia larga y apenas eres un zagal. ¿Cómo lo hiciste? —Devoró otra pequeña pieza—. ¿Qué comiste? ¿Dónde dormías?
—Mi padre me dijo que las monjas tratan bien a los niños —respondió Bruno mientras intentaba beber del vino, pero Alonso le apartó la mano de un golpe—. Así que cuando encontraba un convento me quedaba allí hasta que lograba que me dieran de comer y me dejaran dormir. Por eso fui de convento en convento.
—Veo que has heredado la caradura de tu padre, espero que eso sea lo único... Antes no te mareaste con la hemorragia; conozco a más de un hombre que se hubiera desmayado.
—Solo es sangre. ¿Son todas las operaciones así?
—Algunas son bastante peores. Mi trabajo está condenado al desastre, solo retraso lo inevitable, todos nos morimos.
—A mí no me preocupa morirme.
—¿No? ¿Y qué te preocupa, si puede saberse? —preguntó sonriente mientras se frotaba la barriga.
—El cielo. Mi madre se murió cuando yo era pequeño y me han dicho que fue al cielo.
—Eso te han dicho... Tu madre era una buena mujer, si alguien merece estar en el cielo es ella, de eso no hay duda. Pero nosotros iremos al infierno.
—¿Eso por qué?
—Yo me lo tengo merecido, aunque hasta que llegue ese momento voy a disfrutar.
Alonso Urdaneta se quedó mirando a su sobrino; aquel crío era clavado a su padre. Eso no presagiaba nada bueno: su hermano pequeño había sido siempre un dolor de cabeza. De joven erró su camino y desde entonces no había hecho otra cosa que intentar enderezarlo; sin embargo, hay árboles que por mucho que los cortes y los dirijas, siempre tienden a crecer por donde no deben.
Fue en ese momento cuando el bueno de Alonso Urdaneta entendió que debía actuar antes de que su sobrino cometiera el mismo error que su progenitor.
—Nunca he probado el vino —afirmó el muchacho.
—Eso para otro día, no quieras correr tanto. Ahora termina de comer los caracoles.
—¿Y luego?
—Luego vas a convertirte en mi aprendiz, pero tenemos que dejar algo claro desde este momento. —Alonso Urdaneta puso el semblante más serio que era capaz—. A mí nadie me ha dado nada gratis, así que tú tampoco lo esperes. Lo que logres será porque has trabajado. La vida es dura, cuanto antes lo aprendas mejor te irá. No como al engreído de tu padre. Tener buena fortuna es una de las cosas más peligrosas que puede pasarle a un hombre, pues te hace creer que se puede sobrevivir sin esfuerzo. Nada de eso, no somos nobles; la vida solo te va a dar palos, y gordos. Si quieres comer caracoles tendrás que ganártelos. ¿Entendido?
—Sí, debo trabajar duro.
—Eso es. Ahora escúchame bien lo que te voy a explicar. Yo soy un afamado cirujano. —Hizo un movimiento elocuente con las manos—. En Madrid hice cosas increíbles...
—¿Cuáles?
—No las entenderías y no te las aconsejo, todos nuestros actos tienen consecuencias. Por eso debes medirlos bien siempre... —Suspiró—. Luego vine a Barcelona y fui profesor, eran otros tiempos. Reinaba el rey Carlos III, ese si era un buen rey; el de ahora... Mejor no hablar de eso, que las paredes tienen oídos. Yo no soy un cirujano cualquiera de los de antes, de esos que cortaban barbas y cabelleras.
—¿Un barbero?
—Esos ya no tienen nada que ver con mi oficio; los cirujanos actuales no solo deben saben usar las manos, también la cabeza. Yo he leído mucho, ¿tú sabes leer?
—Me enseñó el sacerdote de mi parroquia y la hermana Prudencia de un convento en el que iba a comer los sábados.
—Un hombre que no sabe leer es como un animal, solo repetirá lo que le enseñen a hacer. En cambio, un buen lector será capaz de tener su propia opinión.
—¿Eso para qué sirve? —preguntó Bruno.
—La mayoría de las veces para meterte en problemas —respondió Alonso Urdaneta sonriente—, pero también para que no te engatusen. Bruno, en esta vida siempre van a intentar engañarte. En eso consiste todo.
—¿En qué?
—En no dejarte embaucar nunca, por nadie. —Se levantó y pidió algo al tabernero, al poco regresó con una hoja de papel y pluma, y se dispuso a escribir—. Esto es un contrato; si lo firmas, serás oficialmente aprendiz de cirujano. Te daré vestimenta y calzado. Por tu parte, el aprendiz se halla obligado a no fugarse de la casa y a obedecer todas las órdenes de su maestro. La enseñanza de la cirugía no es gratuita: el maestro debe recibir una cantidad de dinero estipulada por enseñar el oficio.
—Yo no tengo dinero.
—Iremos anotando todo lo que me debes y, cuando empieces a tener ingresos, me lo devolverás. Te estoy ofreciendo aprender un oficio, es lo más importante de la vida. Un hombre con oficio siempre podrá ganarse la comida y la cama allá donde vaya. Así que de ti depende, ¿quieres ser mi aprendiz?
—Quiero ser el mejor cirujano del mundo —respondió Bruno con rotundidad—, ¡quiero salvar vidas!
—Buena respuesta, pero ya te lo dije: nosotros solo retrasamos lo inevitable... Lo esencial es tener una vocación, y cuanto antes la descubres, mejor. A mí eso me ha salvado la vida, porque me han pasado cosas terribles, verdaderas desgracias. Pero siempre me he podido amarrar a mi vocación. Cuando la vida de uno se organiza sobre ella, siempre tendremos donde agarrarnos cuando llega la tempestad. De lo contrario, terminaremos a la deriva. ¿Lo entiendes?
—Creo que sí.
Alonso Urdaneta tragó el último caracol y bebió otro vaso de vino.
—No es un oficio fácil. Lo que quiero decir es que te permito estar conmigo como aprendiz, no como mi sobrino. Si te ayudo es porque creo que me serás útil, eso de la familia es una tontería. Toda la sangre es roja, no hay nada especial en ella, te lo dice uno que ha visto mucha.
—Entonces, me va a enseñar a ser médico.
—¡Yo no soy médico! Esos malditos se creen superiores a nosotros, se atreven a decidir sobre el bien y el mal de las personas, pero solo han observado dibujos. Yo he tenido mis manos dentro de un hombre, incluso he visto...
—¿El qué ha visto?
—Nada, olvídalo. ¡Pero he sujetado un corazón con mis dedos!
—¿Y cómo era?
—Palpitaba —respondió, abriendo y cerrando la mano—. El corazón impulsa la sangre. Si se detiene, estamos muertos.
—¿Por qué los médicos no operan ellos mismos a los enfermos?
—Esa es una buena pregunta. ¿Quién trabaja con las manos? Los campesinos, los carpinteros, los carniceros, hasta los soldados.
—¿Qué tiene de malo trabajar con las manos?
—Eso mismo me pregunto yo... Los médicos se creen al nivel de teólogos, filósofos y juristas; al igual que ellos, aprenden su oficio en las universidades —le explicó—. El mundo no es justo, Bruno. Están los de arriba y los de abajo, y en medio, todo tipo de personajes que solo aspiran a dejar a los segundos para formar parte de los primeros. Así se resume el mundo, todo lo demás es secundario. La vida es una larga lucha para llegar a lo alto de una larga escalera. Arriba está el cielo; abajo, el infierno.
—¿Dónde estamos nosotros?
—Demasiado cerca de lo último, por lo que ya podemos espabilar. Tú haces demasiadas preguntas; lo sabes, ¿verdad?
Como los marineros y pescadores eran su mejor mercado, para estar más cerca de ellos Alonso Urdaneta se había trasladado a vivir hacía pocos años a la Barceloneta, el nuevo barrio construido en unos terrenos ganados al mar, fuera del recinto amurallado, en el arenal comprendido entre el puerto, la puerta del Mar, la Ciudadela y la acequia Condal. En un terreno que no existía siglo y medio antes, pues se había ido sedimentando al contenerse por el espigón del muelle, formándose una lengua de tierra que perjudicaba al puerto y que antaño llegaba a cegarlo periódicamente. Allí se había instalado a una pequeña parte de los desalojados al destruir el barrio de la Rivera cuando construyeron la fortaleza de la Ciudadela. Un paciente, al que Alonso Urdaneta curó unos cólicos, le contó que dichos terrenos deberían pertenecer a Santa María del Mar, según un privilegio medieval por el cual todo terreno desde la iglesia hasta el mar era suyo. Pero la Corona no accedió a ello, es lo que tienes al apostar por el bando perdedor en una guerra como la de Sucesión.
Se trataba de un barrio pequeño y humilde, pero a la vez el más moderno de toda la ciudad. Él era un fanático del orden, lo enervaban las retorcidas y estrechas calles del barrio de la catedral. Por eso le agradaba deambular por las de la Barceloneta. Un barrio lineal y ordenado, con casas bajas de planta y un piso, de tal manera que la escasa altura no pudiera impedir la visibilidad desde lo alto de los muros de la Ciudadela. Y por esta misma razón se había prohibido a sus dueños la posibilidad de levantar más alturas. Tampoco se podía realizar ningún cambio en la cubierta ni en la fachada. No tenían patio ni jardín y en el barrio tampoco había plazas, solo un par de zonas de trabajo que pronto habían sido ocupadas por los toneleros, que instalaron allí sus obradores.
Además, él era vasco y le gustaba el mar; en la Barceloneta se sentía feliz, rodeado por el Mediterráneo. A veces echaba de menos la bravura del Cantábrico, su oleaje y su viveza, que le recordaban su juventud. El Mediterráneo era más suave y tranquilo, más adulto.
Estudió en una de las primeras promociones del colegio San Carlos de Madrid, cuando reinaba Carlos III, un reinado que él recordaba con entusiasmo. Fue su padre quien insistió en que debía recibir la nueva formación de los cirujanos. Por aquella época tenía grandes ambiciones y proyectos. Lamentablemente, hubo un momento en que todo se torció y no le quedó más remedio que alejarse de la capital. Tras estar un tiempo en la Armada, recaló en Barcelona.
Él admiraba las monumentales construcciones de las catedrales, los castillos y, por encima de todas, los puentes. Le fascinaba cómo lograban sujetarse, cómo resistían el peso de quienes los cruzaban, los empujes de los ríos y del viento. Si no hubiera sido cirujano, le habría encantado ser constructor de puentes. Quizá por ello le atrajo la idea de diseñar inventos quirúrgicos.
—Esto es una jeringuilla —le explicó un día a Bruno—, sirve para inyectar sustancias en la corriente sanguínea.
—¿Cómo funciona?
—Partiendo de ese concepto de un tubo hueco, se observó que las serpientes podían inocular veneno con sus colmillos también huecos, así que sería posible administrar ungüentos y unciones a través del mismo sistema. Galeno ya habló de ello en su época. Primero combinaron plumas de ganso huecas, vejigas de cerdo y opio, y un cirujano inglés inyectó vino y cerveza inglesa a perros callejeros. Usó las plumas a modo de tubo, biseladas en un extremo, y ató en el opuesto la vejiga, donde depositó las sustancias. Poco después, dos médicos alemanes trataron de inyectar varias sustancias a personas, que les causaron la muerte.
—Entonces es bastante peligroso.
—Te puedo asegurar que sí, pero también útil.
Alonso Urdaneta era un hombre excéntrico, entrado en años y en peso; la pronunciada barba le daba el aspecto de alguien incluso con mayor edad y el cabello le clareaba cada vez más en la coronilla. Vestía de riguroso oscuro y con un abrigo que le daba cierto aire de monje.
Había tardado poco tiempo en darse cuenta de que su sobrino era la viva imagen de su padre, no solo en lo físico, sino en la forma de ser. Desde crío, su hermano se comenzó a dispersar con suma facilidad, le gustaban demasiadas cosas y nunca se centró en un oficio. A saber en qué descabellado proyecto andaría ahora metido.
En cambio, Alonso Urdaneta creía en la constancia y en tomar un rumbo correcto. Lo había aprendido en la Armada, navegando por el océano, donde, si no son bien dirigidos, hasta los mejores barcos se pierden y naufragan.
En la vida hay que tener una brújula a la que recurrir siempre que pierdes el rumbo, si no, terminarás naufragando.
Por eso, al observar a su sobrino pensaba que debía guiarlo, evitar que se torciera por el camino. Lo primero que hizo con él fue instruirlo para que se convirtiera en un buen ayudante. Como comprobó que reaccionaba bien, pasó a darle nociones básicas de más materias.
Alonso Urdaneta se vio como profesor con un solo estudiante. Esto que en un primer momento podía parecer tedioso, se volvió gratificante, porque el pequeño Bruno era un alumno excepcional. Conforme fueron avanzando los meses, asimilaba todo lo que le enseñaba como una auténtica esponja y lo colmaba de preguntas. Era especialmente talentoso para la anatomía, poseía un instinto innato para comprender el cuerpo humano. Además, era curioso y también obediente.
Con el paso del tiempo y sus lecciones, llegó el momento de contarle uno de sus más íntimos secretos. Se había vuelto reacio a hablar de ello, pero no podía guardar en su alma tantos misterios, así que una mañana de agosto paseando cerca del muelle se lo explicó.
—Cuando me encuentro ante un paciente y hay una herida abierta, o llagas sangrantes o cualquier otro fluido interno, en ocasiones distingo un aroma distinto del resto, indescriptible para poder explicárselo a nadie, pero que siempre acarrea la misma fatal consecuencia: la muerte del paciente, aunque su estado no pareciera tan grave.
—¿Puede oler la muerte? —preguntó Bruno boquiabierto—. ¡Como los perros!
—¿Cómo has dicho?
—Una vez me contaron que un perro que había cerca de un hospital del Camino de Santiago se recostaba por las noches solo con los peregrinos que iban a morir en breve.
—Bueno, es cierto que tienen un olfato más desarrollado que el nuestro... —Alonso Urdaneta se sorprendió al ver la naturalidad con que su sobrino se tomaba la revelación de su secreto.
—Al pobre animal lo mataron porque nadie lo quería cerca —añadió Bruno.
—Eso me lo creo. —Se rascó la barba y observó perplejo a Bruno—. Dejando a un lado lo de ese perro, ahora debes guardarme el secreto. Ten bien claro que por menos que esto te acusan de brujería y te detiene la Inquisición.
—Juro que no lo contaré. ¿A qué huele la muerte?
—Es la primera vez que me lo preguntan —murmuró Alonso Urdaneta, rascándose su frondosa barba—. Se trata de un hedor repugnante, el más asqueroso que puedas imaginarte. Por eso prefiero pasar hambre que arriesgarme con enfermos que están condenados.
Alonso Urdaneta nunca le había contado a nadie a qué olía la muerte y había tenido que llegar ese muchacho para hacerle reflexionar. Mirando a su sobrino, pensó que quizá algún día podría explicarle su más terrible secreto.