
—¿Nueva Zelanda? —Tobias se quedó mirándola con aire de incredulidad—. ¡Para eso te vas a América!
—De hecho, hasta estaría más cerca... —musitó Laura, lo que de todos modos pasó inadvertido a su marido, pues al fin y al cabo la geografía no formaba parte de sus áreas de interés y el deseo de conocer países lejanos le era totalmente ajeno—. Pero es justo en Nueva Zelanda donde ha quedado libre ese puesto —prosiguió ella, al tiempo que se reprendía por no haberse preparado mejor esa conversación. No debería haber comunicado a Tobias sus planes de sopetón. Pero hacía tan solo un par de horas que había leído el anuncio y desde entonces no cabía en sí de alegría. ¡Parecía obra de un hada buena! Tenía que compartir su buena suerte con alguien y lo primero que hizo fue plantarse ante los niños para anunciarles la posibilidad de que ella pasara un año en el extranjero. Ahora, naturalmente, también iba a poner a su marido al corriente, ya que, sin duda, los niños querrían hablar de las novedades durante la cena—. Un empleo de guía en un barco donde se hacen excursiones con avistamientos de ballenas. Justo lo que siempre he soñado. Una oportunidad única. Y la base ideal para mi carrera...
—¡Pero Laura, tienes dos hijos! —le recordó Tobias con un deje de reproche, mientras sacaba una cerveza de la nevera como solía hacer por las tardes. También le ofreció una botella a Laura, pero ella estaba demasiado emocionada para sentir sed—. ¿Tienes idea de lo que es eso? —preguntó—. Uno no se va como si nada a la otra punta del mundo por tanto tiempo.
—¡A los niños les parece estupendo! —contestó Laura, entusiasmada—. Por supuesto, tendrán que quedarse contigo, cambiar de escuela sería demasiado complicado. Pero vendrán a verme por Navidad. —Sonrió—. Kathi está empeñada en ir a Nueva Zelanda; Jonas, en cambio, espera impaciente el año de papá. Se venga de mí ahora porque le has dejado quedarse levantado cada vez hasta más tarde mientras yo iba a las clases nocturnas.
—¿Así que ya lo habéis planeado todo? —Tobias se la quedó mirando ofendido—. ¿Sin mí?
Laura se mordió el labio.
—Solo... solo hemos estado reflexionando un poco acerca del tema —admitió—. Pero no era nuestra intención dejarte de lado. Es que los niños han llegado a casa antes que tú. —Ese martes Tobias tenía su tarde libre, como él la llamaba. Había estado haciendo deporte con sus amigos después del trabajo—. Y te lo estoy contando ahora. Puedes decir todo lo que quieras al respecto, a fin de cuentas todavía no está nada decidido. Tobias, ¡deseo con toda mi alma intentarlo! Un año pasa enseguida. Los niños también han prometido ayudarte con los trabajos domésticos... —Rio nerviosa—. Kathi está deseando jugar a ser ama de casa, hasta que se dé cuenta de lo estresante que puede llegar a ser esa tarea. Y a menudo simplemente aburrida.
Tobias contrajo los labios.
—¿Significa eso que durante todos estos años te has sentido como una esclava? —preguntó mordaz.
Laura negó con la cabeza con determinación y empezó a preparar la mesa para la cena. Kathi y Jonas no tardarían en llegar a casa, y más valía que cuando apareciesen no encontraran a sus padres en plena discusión.
—No —aseguró de inmediato—. En absoluto quería decir esto, ¡haz el favor de no manipular mis palabras! Me he ocupado de mi familia y lo he hecho de buen grado. Pero ahora los niños ya pueden valerse por sí mismos y creo que ha llegado el momento de pensar en mí... —Sacó platos y vasos del armario y los colocó con más determinación de lo que deseaba sobre la mesa.
—¿Realización personal? ¿Crisis de la mediana edad? —preguntó Tobias con una sonrisa irónica—. En realidad, aún eres demasiado joven para eso.
Laura suspiró.
—Precisamente —le contestó—. Tengo solo treinta y un años. Todavía puedo cambiar las cosas, experimentar algo nuevo... Hubo una época en que yo tenía un sueño, Tobias, y tú lo sabes...
Él puso los ojos en blanco. Cuando se conocieron ya se había reído de que las paredes de la habitación de su chica estuvieran cubiertas de carteles de ballenas y delfines saltando. Laura tenía diecisiete años y estaba terminando la enseñanza media. Había planeado cambiar de instituto para acabar el bachillerato y estudiar a continuación Biología Marina. Las ballenas y los delfines la habían cautivado desde niña. En cambio, no se había tomado demasiado en serio la relación con el pragmático Tobias, aprendiz de panadero. Ni se le había ocurrido casarse con él, hasta que, recién cumplidos los dieciocho, se quedó embarazada de Katharina. En un principio consideró la idea de abortar, pero Tobias había insistido en que se casaran. Acababa de concluir su aprendizaje y le habían ofrecido un puesto en la panadería industrial donde había realizado las prácticas. Se suponía que ganaría lo suficiente para mantener a una familia. Los padres de Laura se ofrecieron a ayudarlos, pues de todos modos desconfiaban de los grandes proyectos de su hija. Como miembros de una Iglesia cristiana libre, condenaban categóricamente la práctica del aborto. La determinación de Tobias y que estuviera dispuesto a asumir sus responsabilidades impactaron tanto a Laura que decidió no interrumpir el embarazo. Fue entonces cuando realmente se enamoró del joven de cabello castaño revuelto y de ojos azules que la había admirado desde el día en que se conocieron...
Fuera como fuese, acabó en el altar en lugar de en el grado superior de bachillerato. Tobias y ella se mudaron a casa de los suegros y en los años que siguieron todo giró en torno a la hija. Cuando Katharina asistió por fin al jardín de infancia y Laura empezó a pensar en su propio futuro, llegó Jonas. Ella volvió a posponer sus planes, se ocupó de sus hijos, de las tareas domésticas y de sus suegros, ya necesitados de atención, en cuya casa todavía vivía la joven familia. A veces, cuando la asaltaba la sensación de que iba a volverse loca con la vida que llevaba, se ponía a leer, sobre todo libros sobre mamíferos marinos. En el transcurso de todos esos años las estanterías se habían ido llenando de libros ilustrados y de volúmenes científicos.
Al final, la suegra había muerto y el suegro se había mudado a una vivienda más pequeña. Los niños iban a la escuela y cada vez eran más autónomos, y Laura había empezado a buscar trabajo. El resultado había sido decepcionante. Los empleos que se ofrecían a una madre de veintiocho años sin experiencia laboral no solo estaban mal pagados, sino que, además, carecían de cualquier interés. Podría estar trabajando en la cadena de una fábrica, ser cajera o andar llenando estanterías en un supermercado... durante los siguientes treinta años. Laura no quería eso, en absoluto. Y así fue como un día se puso delante del espejo, contempló su piel tersa, su brillante y rubio cabello y su estilizada silueta, y decidió que todavía era joven. Lo suficiente joven para empezar de nuevo y, aunque enseguida sintió remordimientos, ya entonces sospechó que podía tratarse de un nuevo comienzo sin Tobias.
—Venga, Tobias, ya tienes práctica —respondió, intentando de nuevo que él viera los aspectos más agradables de disfrutar de un año a solas con sus hijos—. Ya llevas dos años pasando casi todas las tardes solo con Kathi y Jonas. ¡Sabes hacerlo! ¡Y lo haces bien!
Desenvolvió el pan que Tobias había llevado de la panadería y puso en marcha la cortadora. Mientras, él sacó la mantequilla y unos embutidos de la nevera. Los dos formaban un buen equipo, él no era de esos hombres que evitan las tareas domésticas. Laura no tenía motivo de queja. Él había aceptado la decisión de su mujer de asistir a clases nocturnas en el instituto y se había ocupado de los niños de una forma modélica. Por fortuna, su horario de trabajo también le permitía dedicarse a la educación de los hijos. Tobias comenzaba su turno en la panadería, donde ya era maestro panadero, a las cuatro de la madrugada, y a las doce volvía a casa. Después de la siesta del mediodía disponía de mucho tiempo para sus hijos y para su hobby: junto con un entusiasta Jonas se dedicaba al modelismo ferroviario. Ahí había demostrado tener una paciencia infinita con el pequeño. Tampoco se quejaba jamás cuando tenía que acompañar en coche a Kathi al curso de teatro o a montar a caballo. Los fines de semana iba con los niños al zoo o a un parque de atracciones. Laura siempre había podido estudiar tranquilamente. Y había valorado lo que tenía, especialmente en la época de los exámenes finales de bachillerato.
Así pues, sus elogios eran sinceros. Tobias era un padre maravilloso, ella no tenía que preocuparse cuando lo dejaba solo con los niños, además, era una persona digna de todo el cariño. Laura experimentó de nuevo un sentimiento de culpabilidad. Que ella no fuera feliz en su matrimonio no se debía a su marido, sino a sí misma. Todavía tenía otras ilusiones, quería experimentar algo más. ¡Ese trabajo en Nueva Zelanda era su oportunidad! Eco-Adventures, una empresa activa en todo el país, conocida por el cambio modélico del concepto de avistamiento, respetuoso con la fauna, buscaba estudiantes o preuniversitarios que trabajaran de guías en las excursiones en barco para avistar ballenas y otros cetáceos. Laura no había dudado ni un instante y se había puesto de inmediato en contacto con la compañía por correo electrónico.
Tobias se pasó la mano por el cabello.
—Pero... ¿volverás? —preguntó en voz baja.
Laura miró el rostro sincero y amable de su marido.
—¡Pues claro! —respondió—. Es un empleo temporal. Dentro de un año estoy otra vez en Alemania.
Tobias se mordisqueó el labio.
—¿Volverás... a mi lado? —puntualizó entonces.
Laura bajó la vista.
—Yo... todavía no sé siquiera si me van a aceptar... —susurró.
Naturalmente, Eco-Adventures no había respondido a su solicitud de empleo de inmediato, pero entretanto ella había decidido firmemente cambiar de vida. Si no le daban ese trabajo, encontraría otro. Y se temía que ninguno de los caminos que ella imaginaba la conducía de vuelta junto a Tobias. Pese a ello buscaba excusas. No se veía con fuerzas para destruir el mundo de su marido. Bastaba con que él se hiciese a la idea de pasar un año ocupándose en solitario de sus hijos.
Tobias asintió, manifiestamente aliviado.
—Entonces, habrá que esperar —señaló.
Él odiaba tomar decisiones, era un maestro del escaqueo. Desde que se conocían, siempre había sido Laura quien se había enfrentado a los conflictos y solucionado problemas. En el fondo no le gustaba, pero de ese modo siempre había conservado su autonomía. Tenía valor por los dos, ¡suficiente valor para marcharse a Nueva Zelanda!

En las jornadas siguientes, Laura comprobó sus mensajes de correo electrónico tres veces al día como mínimo. Para regocijo de Katharina y Jonas, ya se ponía a ello antes de desayunar.
—¿Quién va a escribirte a las seis y media? —preguntaba su hija de trece años mientras se untaba el panecillo con una gruesa capa de crema de chocolate.
Laura se preguntaba cómo conseguía mantenerse tan delgada comiendo eso.
—Los neozelandeses —contestó—. Para ellos son las seis y media de la tarde. Según la estación del año, hay doce horas de diferencia horaria. —Prefería no comentar que incluso a las tres y media de la mañana, cuando Tobias se marchaba a trabajar, echaba un vistazo a su buzón.
—¡Nueva Zelanda está justo en el otro extremo del mundo! —explicó Jonas—. Papá y yo lo hemos mirado en el globo terráqueo. ¡Si se hiciera un agujero a través de la Tierra se llegaría allí! ¿Por qué no lo hacen? A lo mejor se llegaba más deprisa tirándose por un tubo que en avión...
—Porque te calcinarías en el magma líquido —contestó Kathi—. ¿Nadie te ha contado todavía que en el interior de la Tierra hay una masa incandescente? Mira que llegas a ser tonto...
—¡Tengo nueve años y no soy tonto! ¡Habría que aislar el tubo! —replicó Jonas, ofendido, y siguió desarrollando la idea de un sistema neumático resistente al calor para el transporte de mercancías y personas. Kathi lo provocó dándole una palmada en la frente.
Laura cerró el portátil con un suspiro y empezó a hacer de mediadora. Amaba a sus hijos, pero esas peleas matutinas la sacaban de sus casillas. A ese respecto, los dos niños habían salido a su padre: eran declaradamente madrugadores. Ella, por el contrario, habría necesitado dormir algo más. Aun así, cada mañana se levantaba con Tobias, se bebía el café con él y lo despedía cuando se iba a trabajar. Luego dormía un poco más antes de despertar a los niños a las seis. Ese ritmo ni siquiera variaba durante las vacaciones. Se levantaban temprano y querían desayunar. Laura bostezó. Nunca sería una persona madrugadora.
La respuesta llegó cuatro días después de que Laura hubiera solicitado el empleo y no la enviaron desde Nueva Zelanda, sino desde la agencia de viajes Möwe de Bonn. Una empleada llamada Marion Reisig se identificó afablemente como la representante en Alemania de Eco-Adventures e invitó a Laura a una entrevista. «En principio estamos interesados en su colaboración, pero desearíamos hablar con usted sobre sus deseos y expectativas, experiencias anteriores y conocimientos de idiomas —leyó—. Si le parece bien, podríamos reunirnos el próximo viernes a las 15.00 horas en nuestra agencia de viajes.»
Después de responder a la señora Reisig que por supuesto acudiría a la cita el día señalado, Laura se pasó el día saltando de alegría. ¡Menos mal que podía confiar en Tobias sin tener que ponerse de acuerdo con él! Por la tarde lo recibió contentísima con la buena noticia y se esforzó por obviar que la reacción de él no era nada entusiasta.
—¡Deséame suerte! —le pidió cuando al miércoles siguiente emprendió demasiado temprano el camino hacia Bonn.
En realidad, solo se tardaba algo más de media hora en ir desde las afueras de Colonia, donde vivía con su familia, hasta el centro de Bonn, pero, de hecho, había calculado hora y media. A saber si habría un atasco o cuánto tiempo le llevaría encontrar un aparcamiento...
Tobias, que estaba preparando espaguetis y calentando la salsa de tomate que había hecho Laura, no respondió. En los últimos días solo había hablado con ella lo imprescindible. La verdad era que no habían discutido, no la castigaba con su silencio, pero sí le daba a entender claramente su desaprobación.
Pues nada, pensó Laura con rebeldía, diciéndose que tampoco necesitaba que le desease ninguna suerte. A fin de cuentas, el empleo no le caería del cielo, sino que debía convencer a la señora Reisig de su valía. ¡Laura tenía que ser capaz de eso!
Decidida, tomó la autopista y tuvo suerte con el tráfico. No había embotellamientos y, por supuesto, encontró demasiado pronto un aparcamiento a dos manzanas de la agencia de viajes Möwe, a la que también llegó enseguida. Sin saber qué hacer, dio un paseo por las calles contiguas. En una librería encontró un librito sobre el avistamiento de ballenas que no contenía nada que ella no supiera, pero gracias al cual tomó nota de todas las posibilidades que se ofrecían en Nueva Zelanda para observar ballenas. Los lugares más importantes eran Kaikoura en la Isla Sur y Paihia en la Isla Norte; Eco-Adventures tenía oficina en ambas localidades. Le pasó por la cabeza comprar el libro, simplemente porque le pareció un buen presagio, pero renunció a ello. Tenía que ahorrar. El sueldo en Eco-Adventures no sería astronómico y no estaba nada segura de que la empresa fuera a hacerse cargo de los gastos del viaje y del alojamiento. Pero no cabía duda de que no se responsabilizaría de la visita que le hicieran Kathi y Jonas en Navidad, y Tobias le reprocharía con toda razón que ella cargara esos gastos en la caja de la familia.
Consultó intranquila el reloj. Hora de volver a la agencia de viajes. Esperaba poder aclarar las cuestiones acerca de la remuneración y de quién correría con los gastos para poder dar una información precisa a Tobias.
Echó un vistazo a su imagen reflejada en un escaparate. Había estado dándole muchas vueltas a qué ropa ponerse y al final había optado por una camiseta clara, un pantalón de lino deportivo y una chaqueta impermeable ligera. En Colonia y Bonn el tiempo volvía a ser variable ese verano. Llevaba suelta la media melena, el corte escalonado le quedaba bien y se había maquillado un poco. Acentuaba el castaño de sus ojos con delicados matices dorados y marrones y utilizaba un lápiz de labios claro que parecía muy natural. Pero ¿daba con ello la imagen de la bachiller o estudiante universitaria que Eco-Adventures deseaba contratar?
Apartó con resolución estos pensamientos de su mente, sonrió con optimismo y entró en el establecimiento. Como siempre le ocurría, se sintió bien al instante. Le encantaban las agencias de viajes, sentía de inmediato ganas de marcharse cuando veía todos esos folletos y carteles de colores en las paredes, las ofertas de último minuto que despertaban en ella la ilusión de poder subirse ese mismo día a un avión, las imágenes de sol y mar...
—¡Buenos días! ¿En qué puedo ayudarla?
Uno de los dos empleados de la agencia estaba atendiendo a unos clientes, pero el otro, una mujer menuda y morena, se volvió amablemente hacia Laura. Esta contestó a su saludo y ya iba a preguntar por la señora Reisig cuando vio el nombre en el distintivo que su interlocutora llevaba prendido en la blusa.
—Vengo por la... entrevista de trabajo —dijo, sintiéndose de repente insegura.
La señora Reisig sonrió.
—¡Ah, sí, señora Brandner! —contestó—. Qué bien que haya venido. La señora Walker, de Eco-Adventures, ya la está esperando. Si es tan amable de acompañarme... Podrán conversar detrás, en nuestra sala de reuniones.
Laura se mordisqueó el labio. Así que no tendría que convencer solo a la señora Reisig, sino también a una neozelandesa... Intimidada, salió del espacio de atención al público tras la propietaria de la agencia de viajes, cruzó una habitación interior llena hasta los topes de folletos y otro material publicitario, y llegó a una amplia estancia que servía tanto de sala de reuniones como de zona de comedor. En ella había una mesa y unas sillas, y delante de una taza de café estaba sentada una mujer delgada y pelirroja, con un elegante corte de pelo y unas gafas con montura de colores. Cuando la señora Reisig y Laura entraron, enseguida se puso en pie.
—Walker, Louise Walker. —La representante de Eco-Adventures en Nueva Zelanda tendió la mano a Laura—. Encantada de conocerla.
Por fortuna la mujer hablaba perfectamente el alemán. Laura había temido tener que hacer la entrevista en inglés.
Respondió al saludo. ¿Por qué se sentía tan cohibida de repente? La señora Walker era amable y debía de tener su misma edad. Sin embargo, ella notó que la evaluaba con la mirada. ¿Esperaba a alguien más joven? Laura se sobrepuso. Ella no había escondido su edad. Era imposible que no hubiesen informado al respecto a la señora Walker. La representante de la compañía no se anduvo con rodeos.
—Supongo que ya se habrá informado usted sobre los servicios que ofrece nuestra compañía —empezó con un tono impersonal, aunque introduciendo un par de aclaraciones—. Operamos en distintas poblaciones de las islas Norte y Sur de Nueva Zelanda. Además de las excursiones con avistamiento de ballenas y delfines en las ciudades de la costa, ofrecemos otras actividades deportivas como el rafting, salidas en jet boat, heliesquí o puenting, así como distintos trekkings, excursiones por la montaña y paseos a caballo. De ahí que valoremos que nuestros empleados dispongan de aptitudes diversas. Usted desea trabajar especialmente en el avistamiento de ballenas y delfines... —Hojeó la solicitud de empleo de Laura—. Además... permita que le haga una observación previa: ¿es usted consciente de que nuestra oferta de trabajo está especialmente orientada a personas más jóvenes? Vendría a ser como un working holidays. La mayoría de nuestros empleados se toman una pausa después de haber terminado el bachillerato o entre el primer y segundo ciclo de los estudios superiores... Usted, en cambio, ya tiene dos hijos...
Laura se mordió el labio.
—Terminé algo tarde el bachillerato —respondió—. Y no considero este año en Nueva Zelanda como un período de descanso, sino como una preparación para mi carrera. Me gustaría estudiar Biología Marina.
La señora Walker asintió.
—Lo deduje por su solicitud —dijo—. No obstante... ya que no considera usted este año como un período de descanso, ¿es consciente de que pagamos muy poco? ¿Y de que al menos en temporada alta tenemos unos horarios nada acordes con la conciliación familiar? Si hay mucho trabajo, nuestros empleados llegan a hacer hasta cuatro o cinco tours al día...
Laura sonrió aliviada.
—No es problema —se apresuró en contestar—. No tengo intención de instalarme allí con mi familia. Ya hace tiempo que mis hijos van a la escuela y mi marido se ocupará de ellos mientras yo esté fuera. Yo no necesito demasiado para mí sola. Menos, probablemente, que la gente joven. No suelo salir a divertirme. Aunque... si he de ser sincera, no quisiera participar en actividades como el rafting o el puenting. A mí lo único que me interesan son las ballenas. Y los delfines. Me encantan las ballenas desde que era niña. Y que conste que no estoy haciendo ningún sospechoso intento de realización personal, señora Walker. El esoterismo y esas cosas no son lo mío y, desde luego, no considero que las ballenas sean los mejores seres del universo... —La señora Walker sonrió y Laura se sintió animada a proseguir—. Lo que ocurre, simplemente, es que me parecen fascinantes y dignas de ser protegidas. ¡Son maravillosas!
—En efecto, lo son... —La señora Walker sonrió de nuevo.
Por una fracción de segundo, Laura se ensimismó en el que hasta el momento había sido su único encuentro con ballenas en plena naturaleza. Tres años atrás había conseguido que Tobias hiciera una excepción en sus vacaciones anuales en Mallorca. Ella deseaba hacer un viaje a la República Dominicana en el que se incluía una excursión para ver ballenas. El viaje había sido un fracaso: Tobias no había dejado de quejarse de la humedad del ambiente y de renegar de los chaparrones diarios; Katharina había desarrollado una alergia al sol y Jonas había contraído una infección. Lo único maravilloso de esas vacaciones habían sido las ballenas. Se habían acercado por propia iniciativa al barco desde donde las observaban y a veces incluso habían saltado por encima de él, como si encontraran emocionante el contacto con los seres humanos. Desde entonces, Laura soñaba con experimentar algo así otra vez o, mejor aún, muchas veces. Tal vez en Nueva Zelanda lo consiguiera.
—No me importa trabajar por un poco de dinero para gastos pequeños —se le escapó—. También me da igual adónde me envíen y cuáles sean los horarios de trabajo. ¡Por mí estaría trabajando doce horas diarias todo el año! Y me tomaré en serio el trabajo. Lo sé casi todo acerca de las ballenas y estoy deseando compartir mis conocimientos. Los grupos a los que acompañe no se aburrirán, incluso cuando no haya muchos animales que ver. Yo...
—¿Qué tal se desenvuelve usted con el inglés? —la interrumpió la señora Walker.
Laura asintió con vehemencia.
—¡Inglés de asignatura principal! —respondió con orgullo—. Biología e Inglés. Todo con vistas a mi idea de trabajo. Se ha de asumir que, como bióloga marina, habrá que trabajar en cualquier parte del mundo. Y en la mayoría de los observatorios de investigación se habla inglés. Me desenvuelvo bastante bien.
La señora Walker abrió de nuevo la carpeta con los documentos de Laura para solicitar el puesto y echó un vistazo a su título de bachillerato.
—Notable bajo —señaló escéptica.
Laura se encogió de hombros.
—El examen fue sobre Shakespeare y el teatro del absurdo —contestó—. No sobre ballenas. Aunque intenté vincular ambos temas. Cuando tuvimos que presentar un libro, yo elegí Moby Dick de Melville. Por desgracia encontré la novela bastante floja: un hombre que odia a una ballena porque le ha arrancado una pierna... ¿Y qué tipo de ballena debía de ser esa? Por las ilustraciones, una ballena azul o jorobada, como mínimo. Pero estas ni siquiera tienen dientes. El modelo real de Moby era un cachalote, aunque, de todos modos, debería haber sido gris. Por el color se trataría de una beluga, pero son mucho más pequeñas y, en realidad, tampoco son tan agresivas. En serio, ¿alguna vez ha oído usted hablar de una ballena que le haya arrancado la pierna a alguien? En cualquier caso, ningún representante de la familia de los cetáceos dentados conseguiría hacer zozobrar un barco... —Hizo una mueca—. De hecho, consideré que mis explicaciones al respecto eran correctas, pero mi profesor afirmó que carecía de sensibilidad para «el drama de una concepción simbólica del mundo». Ya me di por satisfecha con la nota que me pusieron.
La señora Walker rio.
—Entonces pasemos a un pequeño examen oral —propuso—. ¿Cachalote?
—Sperm whale!
—¿Ballena de aleta?
—Razor-back!
—Grindwal?
—¡Ballena piloto!
—Humpback whale?
—¡Ballena jorobada!
Laura disparaba las respuestas como balas.
—No está mal —dijo la señora Walker y se centró en la lectura de la documentación de Laura. Esta se frotó la frente cuando vio que la neozelandesa seguía observando su título de bachillerato. No era estupendo, solo había obtenido excelente de media en Biología. Aun así, había cursado sin tropiezos el bachillerato nocturno. No había tenido ningún interés en perder más tiempo. Desafortunadamente, su nota media era solo un notable. Y con ella, uno estaba bastante limitado.
—¿Cree que podrá llegar a estudiar Biología Marina con este título? —preguntó al final la señora Walker.
Laura inspiró una profunda bocanada de aire.
—Estoy firmemente decidida a obtener un día una plaza universitaria —respondió—. Y convencida de que pasar un año trabajando en un barco en el que se realizan avistamientos de cetáceos en Nueva Zelanda contribuirá a valorar positivamente mi solicitud.
La señora Walker sonrió.
—Desde luego, motivación no le falta —declaró—. Está bien... ¿alguna otra aptitud, aparte de su fascinación por las ballenas? Como le he comentado, valoramos la versatilidad de nuestros empleados, nos parece bueno que puedan desempeñar varias tareas...
Laura dudó. ¿Debía de mencionar la equitación? Siendo niña había practicado ese deporte durante varios años y después había tomado clases por un breve período de tiempo con Katharina. Pero luego empezó las clases nocturnas de bachillerato. No tenía tiempo suficiente y Tobias se había quejado del gasto. Así que volvió a dejar la equitación. Pese a ello, se veía capaz de ensillar un caballo, de iniciar a un grupo de personas en el manejo de una montura dócil para turistas y de acompañarlos a dar un paseo. Si con ello no corría el riesgo de pasar el año en Nueva Zelanda metida en un establo... Pero al final venció el deseo de complacer a la señora Walker.
—Sé montar un poco a caballo —admitió—. Pero... pero prefiero trabajar con ballenas, yo...
La señora Walker sonrió una vez más.
—No se preocupe —dijo amablemente—. Para los empleos en los establos tenemos toda una lista de espera. Las chicas jóvenes se mueren de ganas de trabajar en Nueva Zelanda con los caballos. Y en cuanto a realizar provisionalmente otras tareas, creo que no tenemos ningún establo cerca de Paihia o de Kaikoura, donde es probable que se la requiera para trabajar.
Laura miró incrédula a la representante de Eco-Adventures.
—¿Donde podría ser requerida? ¿Significa esto que me contrata?
La señora Walker asintió.
—Por mi parte no hay nada que lo impida —respondió—. En los próximos días le llegará por correo electrónico una respuesta más definitiva y la información detallada sobre los vuelos y el curso de iniciación en Auckland.
Se puso en pie y tendió la mano a Laura.
—Así pues, nos veremos en Auckland... —anunció afablemente.
Ya en la calle, se percató de que no había preguntado ni por su sueldo ni por quién corría con los gastos del viaje.

El contrato de trabajo con Eco-Adventures llegó tres días más tarde por correo electrónico y ella se puso tan contenta por haberlo conseguido que lo imprimió de inmediato, lo firmó y lo envió tanto por e-mail como por correo postal. Tobias montó una escena por esta causa y ella no se sintió del todo inocente. A fin de cuentas, después de la entrevista de trabajo no le había contado toda la verdad. Sabiendo que le preguntaría todos los detalles sobre cómo había negociado el salario y sobre las condiciones de trabajo, le había hecho creer que la conversación no se había alargado tanto. Él había deducido de ello que era más bien incierto, si no improbable, que Laura obtuviese el puesto. Que lo hubiera aceptado ahora tranquilamente y sin consultarlo antes con él lo indignó.
—Me dijiste que volveríamos a hablar del tema —afirmó—. Que por el momento no había nada seguro. Y en vez de tomar una decisión juntos, me enfrento ahora a los hechos consumados: «El 15 de agosto cojo el avión...»
—Es el 14 de agosto —puntualizó Laura—. ¿Y qué decisión querías que tomásemos juntos? Ya te había dicho que nunca había deseado nada con tanta intensidad, que esto es mi sueño, que...
—¿Y quién se ocupa de hablar de mis sueños? —la interrumpió Tobias sin acabar la frase.
Laura tuvo que morderse la lengua para no echarle en cara que precisamente ese era el problema. Tobias no tenía sueños. Estaba satisfecho del todo con la vida que llevaba. Para él cualquier cambio representaba más una amenaza que una oportunidad. Prefería pasar siempre las vacaciones en un mismo sitio. La visita anual a la feria de modelismo ferroviario le bastaba como aventura, y para ello no tenía ni que salir de Colonia. Si soñaba con algo, era tal vez con ampliar el sótano para poder acoger un par más de vías de tren.
—Tobias, es solo un año —trató de reconciliarse por las buenas—. Deja que lo intente... Déjame...
—¿De qué vas? —la interrumpió él—. ¿Me pides ahora que lo apruebe? ¿Después de haber firmado el contrato? Un contrato de pena, dicho sea de paso; trabajarás por una miseria...
No iba del todo equivocado. Sin embargo, apenas había gastos de mantenimiento. Eco-Adventures pagaba los vuelos de ida y vuelta y asumía los costes del hotel de Auckland durante el curso de iniciación. En los correspondientes lugares de trabajo, los empleados disponían de apartamentos con cocina. Así pues, no había gastos de alquiler, agua y calefacción, uno solo tenía que ocuparse de comprarse la comida.
—Seré austera —afirmó Laura.
Tobias replicó con sarcasmo diciendo que, probablemente, no tendría tiempo de gastar dinero.
—¡Trabajas prácticamente todo el día! Son contratos draconianos. Cualquier comité de empresa se echaría las manos a la cabeza al leer un contrato así...
—Pero las ballenas... —Laura se interrumpió. Tobias nunca la entendería.
—En cualquier caso, tengo mucha curiosidad por saber qué dirán tus padres de todo esto —observó él.
Laura suspiró. Ella no se esperaba ninguna sorpresa.
De hecho, su madre llamó al día siguiente. Tobias le había contado todas sus penas.
—¿Tú te das cuenta de lo que le estás pidiendo a tu marido? —preguntó implacable después de exponer a Laura lo que sabía—. Sabe Dios que Tobias ya ha transigido suficiente con esa historia del bachillerato nocturno... —Sonaba como si le hubiera estado subvencionando un curso de baile exótico.
—Pues precisamente, ahora que tengo el título de bachillerato quiero hacer algo con él —intentó explicar Laura—. Mamá, ya sabes que quiero estudiar en la universidad. Y este año en Nueva Zelanda es...
—¡Una solemne tontería! ¡Ni siquiera vas a ganar dinero! ¡Y para eso pones en peligro tu matrimonio! —Hilde Klusmann era experta en alterarse. Laura se separó un poco el auricular de la oreja para no correr el riesgo de quedarse sorda—. ¡Todo un año lejos de casa! ¿Qué va a ser de los niños? ¿Y de Tobias? Tanto tiempo sin su esposa... ¡Incluso a un hombre como él puede ocurrírsele cualquier bobada!
Laura hizo un gesto de impotencia. A ojos de su familia, sumamente conservadora, Tobias era un santo. Sus padres siempre lo habían tenido en muy alta estima, pero desde que Laura asistía al bachillerato nocturno, lo habían colocado en un pedestal, si bien en el caso de su padre se mezclaba una cierta desconfianza con la admiración. Consideraba poco viril que Tobias también cocinase.
—Mamá, a los niños, sin duda, les hará bien ganar autonomía. Y si es verdad que Tobias me añora tanto, puede ir a visitarme con ellos en Navidad —explicó Laura, consciente de que su marido no pasaría treinta horas en un avión por nada en el mundo.
—Pero aquí... tan solo... con las tareas domésticas, las lavadoras, la cocina... Además de su trabajo... —La madre de Laura siguió lamentándose—. Esto solo funcionará si yo le echo una mano. Con lo que saldrá tu padre mal parado si continuamente estoy fuera... No solo influyes en la vida de tu esposo, sino también en la nuestra. Laura, de verdad, ¡nunca hubiera pensado que te crie para ser así de egoísta!
Laura contuvo el impulso de morderse las uñas. Como siempre que su madre la criticaba, volvía a sentirse como una niña pequeña y a veces se sorprendía mordisqueándose la piel alrededor de las uñas hasta sangrar. Su madre estaba convencida de que Laura no se sacrificaba lo suficiente por su marido y sus hijos. Toda su vida le había reprochado su egoísmo, de hecho, siempre que Laura quería hacer algo que se desviaba del severo y conservador camino que sus padres habían planeado para ella. Pero no pensaba pasar toda su vida bajo la influencia materna. Las ballenas eran demasiado importantes para ella. ¡Quería ir a Nueva Zelanda!
—Hasta ahora he hecho todo eso además de ir al instituto —replicó Laura—. Y si ahora fuese a la universidad, tendría que hacerlo al mismo tiempo que estudiase la carrera y, luego, al mismo tiempo que fuese a trabajar. ¡Lo he hecho durante trece años, mamá! Además, tampoco es tan difícil poner la ropa en la lavadora y hacer un secado. Hasta Kathi y Jonas saben hacerlo. Como preparar un plato sencillo o recalentarlo. ¡Les dejaré unos platos cocinados para los primeros días, si eso te tranquiliza!
—¡Un año... Dios mío! Los niños estarán totalmente desamparados, y Tobias... —La madre de Laura expresó un par de temores más y después, inesperadamente, atestó el golpe de gracia—. ¡Tobias cree que no vas a volver! —confesó de repente.
Laura notó que se le aceleraba el corazón. Esa vez su madre se había pasado de la raya. Se sintió más herida que culpable. ¡Tobias no tendría que contarles esas cosas a sus padres!
Agarró enfadada el teléfono.
—¿Ah, sí? —preguntó—. Entonces tal vez debería volver a leerse el contrato que he firmado. Con todos los reproches que me ha lanzado, había pensado que ya lo había hecho, pero se ha saltado el tema del plazo. Me marcho a Nueva Zelanda por un año exactamente, mamá. Los vuelos se reservan por adelantado, así que Tobias ya puede comprobar ahora mismo qué día de agosto llegaré al aeropuerto. Y si todavía duda al respecto, no es problema mío. Hasta ahora nunca le he dado razones para que desconfíe de mí.
—Hija mía, ¡lo normal es que dude! —exclamó la madre, sulfurada—. Es natural que piense que te vas en busca de aventuras. No querrás que se crea que con las ballenas...
Laura inspiró profundamente y pulsó despacio la tecla roja del teléfono. Desde que era niña soñaba con ballenas y delfines, ya había planeado una vez su futuro y no había vacilado acerca de qué quería. Sus padres no lo habían aprobado, pero lo sabían. Tobias lo sabía. Él había visto todos los libros que ella había leído... Hacía poco, la madre de Laura había descubierto sobre su mesa una factura de un libro sobre delfines solitarios y la había criticado por gastarse tanto dinero en «tonterías que no sirven para nada». ¿Y ahora tenía que escuchar que no podían tomarse todo eso en serio?
Laura se sintió de pronto muy sola y, para su sorpresa, sacó fuerzas de ese sentimiento. Año tras año se había esforzado por satisfacer todas las exigencias. Siempre había relegado sus deseos a un segundo plano, por más que Tobias y sus propios padres fingieran ahora que sus esfuerzos por sacarse el bachillerato siendo adulta no habían sido más que pura diversión. ¿Acaso no veían lo que había sucedido antes? Cuidar a su suegra, los años en que apenas había salido de casa... Si era cierto que su marido la amaba, ¿de verdad debía temer ella que a él se le ocurriera «cualquier bobada» durante su ausencia?
Cuando Laura se levantó para poner orden en la sala de estar, volvió a sonar el teléfono. Tobias había dejado su revista de modelismo tirada por allí; la laca de uñas de Kathi estaba sobre la mesa y el frasco no estaba bien cerrado... Mejor no pensar qué habría pasado si el esmalte se hubiese derramado sobre el sofá nuevo. ¿No?
Se le escapó la risa. Para ser sincera, le daba bastante igual. En ese caso habría tenido que cubrir el sofá con una colcha para ocultar la mancha. Fuera como fuese, no habría sido motivo para montar un drama. Sintió de repente que todas las pequeñas catástrofes que su marido y sus padres constantemente le presentaban como trascendentales no eran más que triviales y domésticas. Iba a liberarse, iba a hacer por fin lo que realmente le importaba. No tenía que dar explicaciones a nadie, salvo a sus hijos. ¡Pero a ellos, estaba impaciente por enseñarles de primera mano lo que significaba ser libre!
Laura dejó el teléfono sonando y la sala de estar sin ordenar. En cambio, habló con Kathi por la tarde y su hija la abrazó.
—¡Venga, mami, todos sabemos que estás loca por las ballenas! —Fue la generosa respuesta de su hija mayor—. Tienes que hacerlo ahora, aunque papá y Jonas se enfurruñen un poco...
—¿Jonas está enfurruñado? —preguntó Laura.
No se había percatado de ello, pero estaba claro que el benjamín era influenciable. El malhumor de su padre y quizá también alguna conversación con sus abuelos le habían hecho cambiar de opinión.
—Jonas tiene miedo de que nos muramos de hambre —dijo riendo Kathi—. En cuanto a esto, la abuela ha dibujado un panorama horrible...
Laura suspiró.
—A partir de mañana me pongo a cocinar para cuando me haya ido —prometió—. El congelador estará repleto cuando coja el avión...
Kathi hizo un movimiento negativo con la cabeza.
—Eso es lo que quieren —señaló con perspicacia—. Todos quieren que tengas mala conciencia. Lo mejor es que no les hagas caso y vayas a lo tuyo. Y cuando hayas acabado el año, estudies Biología Marina y ganes un buen sueldo, entonces me compras un caballo, ¿vale?
—¿Un caballo? —La asociación de ideas le había resultado un poco demasiado repentina, aunque, por supuesto, sabía que en la actualidad cualquier pensamiento de su hija giraba en torno a un caballo.
—¡O un delfín! —Kathi se echó a reír—. ¿No se puede galopar también sobre sus lomos? ¡Lo haremos en Navidad!

Kathi había prometido que no lloraría al despedirse en el aeropuerto de Fráncfort y de hecho estuvo muy animosa cuando Laura la estrechó entre sus brazos junto a las puertas de las salidas. Acababa de llegarle la noticia de que podía participar en un torneo montando su caballo favorito y, al lado de esto, la pena por la partida de su madre se desvanecía del todo. Tampoco Jonas perdió la calma, aunque en cierto modo Laura lo había sobornado. No solo había llenado el congelador de comidas precocinadas, sino también de distintos tipos de helados que a él le encantaban.
—¡Os los tomáis de postre, cuando papá cocine! —le había aclarado en ese momento.
—¡Pero solo cuando papá haya cocinado de verdad! —había puntualizado Kathi, guiñando un ojo a su madre—. No cuando se haya limitado a calentar un plato. —Adivinaba sus intenciones—. ¡Vigilaré que ninguno de los dos haga trampa!
Mencionar además las fiestas de Navidad, que los niños esperaban pasar en Nueva Zelanda, había contribuido a despistar a Jonas. Ya estaba pensando en los regalos.
—Si tenemos que celebrar las fiestas dos veces, una en Alemania y la otra en el otro extremo del mundo, también habrá que repartir regalos dos veces, ¿no es así? —había observado el pequeño.

—Como mínimo. —Laura sonrió.
No tenía la menor duda de que sus padres malcriarían a los pobres huérfanos de madre. Tobias era el único que parecía decidido a que su esposa sintiera su desaprobación hasta el último momento. Estaba inaccesible y no correspondió al abrazo de Laura cuando le dio un beso de despedida. Ella solo podía esperar que no armara además un escándalo.
—¡Ya hablaremos por Skype! —dijo a modo de despedida, fingiendo urgencia. No quería darle la oportunidad, bajo ningún concepto, de que volviera a plantear cuestiones de principios y tampoco quería ponerse a discutir a toda prisa—. Nos vemos. ¡Prometido!
Tobias esbozó sin gran entusiasmo una sonrisa y los niños agitaron las manos hasta que Laura hubo pasado los controles de seguridad. Volvía a luchar con su sentimiento de culpabilidad y se sintió verdaderamente aliviada cuando por fin hubo concluido la despedida. Sin tomarse ningún descanso, dio una vuelta por las tiendas del aeropuerto y fue de las primeras en llegar a la puerta de salida a Singapur. Suspiró aligerada cuando controlaron una última vez los pasaportes y las tarjetas de embarque, se precipitó al interior del aparato y estalló en lágrimas después de colocar el equipaje de mano según las instrucciones y ocupar el asiento junto a la ventanilla. Aunque no tenía ni idea de por qué estaba llorando. ¿Sería el agotamiento?
Las últimas semanas en Colonia habían sido duras. Exceptuando a Kathi, ninguno de sus conocidos había manifestado comprensión o entusiasmo por su viaje. Sufría ahora las consecuencias de no haber aprovechado la época en que asistía a los cursos nocturnos para hacer amistades nuevas y propias. Después de las clases nunca había salido con sus compañeros a tomar una copa ni tampoco se había reunido con ellos para estudiar en grupo; todo por no ser una carga excesiva para Tobias. Ahora era dolorosamente consciente de que, en realidad, todos sus amigos y conocidos tenían una relación más estrecha con Tobias. Que hiciera el bachillerato para adultos nunca había sido tema de conversación en ese grupo, pero que ahora tuviera la intención de abandonar a su familia durante todo un año para ir a observar mamíferos marinos en la otra punta del mundo había suscitado, en el mejor de los casos, una hipócrita admiración. Laura había escuchado al principio comentarios como «¡Qué atrevida!» y luego se había enterado de lo mucho que se compadecían de Tobias. Sonrientes, los amigos de este habían hablado de que sus propias esposas se autorrealizaban en cursos de pintura o de escritura, y no justamente marchándose a la otra punta del mundo. La frase «has conseguido que seamos el hazmerreír de la gente» se había convertido en la que más repetían tanto Tobias como sus padres. Sin embargo, Laura se había matado trabajando para llenar el congelador, como había prometido, con platos precocinados, y había organizado una gran fiesta en el jardín para celebrar el treinta y cinco cumpleaños de Tobias. Había invitado a sus padres a una barbacoa e intentado de algún modo que aceptaran su viaje. Ya hacía tiempo que Kathi había aprendido a poner la lavadora y la secadora y a preparar espaguetis a la boloñesa. Nadie podía decir que Laura desatendía sus obligaciones...
Y ahora estaba sentada en el avión, llorando... ¡Menudo comienzo!
«Siempre puedes dar marcha atrás... Di a Tobias que lo sientes y ¡no te subas a ese avión!» Le parecía estar escuchando la voz llena de reproche de su madre, había estado hablando con ella por teléfono el día anterior. Tampoco esta vez había encontrado ni una palabra conciliadora.
Laura bajó la vista hacia la pista mojada por la lluvia. En un par de semanas empezaría allí el otoño... y la primavera en Nueva Zelanda. Inspiró profundamente y de repente experimentó de nuevo esa alegría incontenible que la había embargado cuando leyó en internet el anuncio de Eco-Adventures.
No, ¡no lo lamentaba! No lamentaba nada y por nada del mundo iba a dejar ese avión. Cuando el piloto por fin despegó y el aparato se deslizó entre las nubes para emprender su largo vuelo, Laura se sentía ligera y feliz.
El viaje a Nueva Zelanda era tan horriblemente largo y agotador como Laura se lo había imaginado. Cuando al cabo de ocho horas por fin aterrizaron en Singapur, casi envidió a los turistas que se tomaban allí un descanso de dos o tres días. Decían que el zoo y el jardín botánico eran maravillosos. Pero en Singapur no había ballenas y Laura estaba deseando llegar de una vez al país de sus sueños, Nueva Zelanda. Pese al cansancio, apenas consiguió dormir un poco en el segundo vuelo, así que cuando por fin llegó a Auckland se sentía hecha polvo. Los trámites de llegada se llevaron a término enseguida. Mientras Laura aguardaba sus maletas, esperaba no tropezar tampoco con ningún contratiempo a la hora de desplazarse hasta el hotel. Pero sus temores carecían de fundamento: Eco-Adventures estaba estupendamente bien organizado. A la salida de la recogida de equipajes, un joven ya la esperaba sosteniendo en alto un cartel con su nombre.
—¿Laura? —la saludó alegremente por su nombre de pila cuando ella se acercó—. ¡Qué bien que hayas llegado! Eres la última, los demás ya están en el autobús. Espera, te llevo la maleta.
Camino del vehículo, Laura se enteró de que el joven se llamaba David, se hacía llamar Dave y trabajaba de profesor de surf en Eco-Adventures. En los meses de invierno, como era el caso en esos momentos, no había demasiado movimiento en las playas, así que colaboraba haciendo de conductor y de docente en la formación de los empleados de temporada. Explicó que en una ocasión había trabajado en Alemania y acto seguido probó a decir un par de frases. Laura asintió admirativa ante los Guten Tag, Bitte ein Bier! y Auf Wiedersehen.
Los demás recién llegados que esperaban en el microbús decorado con el colorido logotipo de Eco-Adventures no parecían tan comunicativos como Dave. O estaban todavía más baldados que Laura o no se esforzaban demasiado por disimular su agotamiento. Se sentó y saludó a una muchacha con el pelo de color zanahoria, algunos mechones cortos como cerillas y otros largos hasta los hombros, que se había puesto cómoda en dos asientos al otro lado del pasillo.
—Me llamo Kiki —dijo la joven bostezando, y se tomó la molestia de esbozar media sonrisa. Sus ojos, bajo las largas pestañas maquilladas de un negro intenso, eran de un azul celeste que desarmaba.
—Laura —se presentó, a lo que Kiki respondió con una inclinación de cabeza.
Justo después, la muchacha cerró los ojos y empezó a roncar suavemente. Tampoco se despertó cuando Dave se sentó al volante, se puso en marcha y trató de insuflar algo de vida en sus pasajeros.
—¿De dónde venís? —preguntó alegremente. Tres de los nueve pasajeros procedían de Australia. Además de Laura y Kiki había otros dos alemanes y dos chicas jóvenes que eran de Inglaterra—. ¡Un largo vuelo! —observó Dave con aire comprensivo, lo que de inmediato todos confirmaron con un bostezo. Al final, Laura fue la única a la que animó a entablar una conversación. Ella no hablaba mucho, pero lo escuchó complacida cuando explicó que Auckland era la ciudad más grande de Nueva Zelanda, un paraíso para la vela y sede comercial de Eco-Adventures—. En cualquier caso desde que la compañía ha crecido tanto —explicó Dave—. El viejo Kore, el fundador, reside en Paihia y no da crédito a lo deprisa que se desarrolla la empresa. Pero es que en Nueva Zelanda el turismo de aventura está en auge, la gente viene aquí para tener una experiencia especial. Y Eco-Adventures lo ofrece todo: desde paseos por famosos trails hasta los nuevos tipos de deportes extremos y no convencionales, pasando por el avistamiento de animales. Los tours se pueden reservar independientemente o en paquetes. A petición del cliente, la empresa incluso organiza también visitas guiadas a lo alto del Milford con gente poco deportista. —Le dirigió un guiño cómplice.
Laura le contó que, en realidad, su único interés residía en las ballenas y que esperaba que la destinaran a Kaikoura.
—Es ahí donde están los grandes cachalotes y las ballenas jorobadas... —dijo nostálgica—, para mí sería un sueño, así de simple.
También esperaba que ahí hiciera mejor tiempo... Debía admitir que Auckland la había decepcionado un poco. La acogedora Ciudad de las Velas de colores resplandecientes que su guía de viajes ponía por las nubes, parecía bajo la llovizna del anochecer más bien gris y aburrida, una gran ciudad sin alma, como hay por todas partes del mundo. La bella durmiente de cabello zanahoria que estaba a su lado no se perdió gran cosa hasta que Dave se detuvo delante del hotel, un edificio sobrio que en verdad solo llamaba la atención por la construcción que tenía enfrente. Con unos colores chillones, se veía allí un sky screamer, una especie de variante de puenting: quien así lo quería se ataba firmemente a los asientos de una cabina descubierta, sujeta a unas cintas de goma, que ascendía a sesenta metros de altura para caer después al vacío. Laura se mareó solo de verlo, pero una de las chicas alemanas, en cambio, se espabiló en el acto al descubrir la instalación.
—Guay... —murmuró la delicada rubia—. Pero cincuenta dólares por persona... —Era evidente que también se había percatado de inmediato del precio.
Laura se sintió vieja.
—Alucinante —opinó también Kiki cuando Dave informó a voz en grito «Last Exit, Best Western Hotel!», arrancando así también del sueño a los últimos de sus pasajeros.
Sin embargo, no tuvieron que cargar demasiado con sus maletas, pues el autobús se detuvo directamente delante del vestíbulo del hotel, donde los esperaba la señora Walker... Louise, como se presentó en ese momento, añadiendo al instante que en Nueva Zelanda en general la gente se dirigía a los demás por el nombre de pila.
—La única excepción es el señor Kore —desveló Dave enseguida—. Puede reaccionar de forma muy exagerada ante una falta de respeto. Así que si se dejara caer por aquí, mejor una reverencia de más que de menos.
Kiki soltó una risita.
Louise Walker saludó a los recién llegados amablemente y de forma impersonal. En la mano sostenía una lista que usó para distribuirlos a todos en sus habitaciones.
—Salvo por esto, no les retendré mucho más tiempo —dijo—. Hoy el programa termina aquí. Todos están cansados del viaje, por lo que tampoco se enterarían de nada. Retírense, simplemente, y duerman, mañana a las diez nos veremos en la sala de congresos cuatro.
¡A las diez! Laura no podía creerse que tuviera tanta suerte. ¡Podría dormir ocho horas al menos! Si se lo permitía el jet lag. En ese momento tenía la sensación de ser capaz de dormir una eternidad, pero había oído decir que en cuanto uno se acostaba, esa sensación desaparecía de golpe.
—¡Vaya, aquí tenemos a nuestra amante de las ballenas! —La sonrisa de Louise Walker confirmaba que se acordaba bien de Laura—. Laura Brandner... y Kristin Waltari...
—¡Kiki, por favor! —la interrumpió la muchacha, sonriendo complacida—. Es mucho más fácil de pronunciar.
—Kiki —se corrigió Louise—. En cualquier caso, comparten habitación. Puesto que ambas han solicitado puestos en excursiones con avistamiento de ballenas, se entenderán estupendamente.
Kiki sonrió a Laura.
—No soy nada complicada —anunció, retirándose la rebelde cortina de pelo que le caía sobre la cara por la izquierda escondiendo casi la nariz respingona y la boquita pintada de granate—. Pues pongámonos en marcha. ¿Cuál era el número?
La habitación se encontraba en el octavo piso y era bastante grande. Incluso tenía una pequeña cocina.
—¿Tendremos que cocinar nosotras mismas? —preguntó Laura.
Kiki negó con la cabeza.
—Aquí no, aquí estamos a pensión completa a partir de mañana —explicó a su nueva compañera. Por lo visto se había informado al respecto—. Después sí; en Kaikoura, Paihia o donde nos envíen, sí tendremos que hacerlo. Y esta noche tampoco hay nada. Mierda, tengo la sensación de que necesito comer algo ahora. Creo que he visto una pizzería al lado.
A Laura también le había llamado la atención el pequeño local y accedió a ir a tomar algo rápido antes de acostarse. Todavía era relativamente pronto, apenas las siete, pero era evidente que en Nueva Zelanda era la hora habitual de la cena. Consiguieron la última mesa que quedaba libre en el local y, además de la pizza, pidieron un vino para celebrar el día. Laura tuvo que invitar a la bebida, porque Kiki iba muy corta de dinero.
—¡Este trabajo es una bendición! —explicó con los dos carrillos llenos—. Yo soñaba con venir a Nueva Zelanda, pero decir que mis padres son tacaños es quedarse corto... Decían que era mejor que siguiera estudiando la carrera... Pero eso puedo hacerlo en cualquier momento, ahora quiero ver mundo. Yo...
—¿Te faltaba poco para acabar una carrera? —preguntó asombrada Laura. En realidad, Kiki parecía muy joven, calculaba que como mucho tendría veintipocos.
La joven se encogió de hombros.
—Quiero ser terapeuta de animales —explicó—. Especializada en comunicación. Pero cuando ya había estudiado los dos primeros semestres, la escuela hizo la tontería de cerrar y los otros centros de formación eran demasiado caros para mis padres. Tenía que matricularme en veterinaria. ¡Pero son seis años! Y hasta que uno consigue ver un animal... Bueno, me refiero a uno vivo, porque a los muertos se los disecciona bastante pronto. —Se estremeció. Por lo visto, como terapeuta no había tenido que trabajar con cadáveres de animales.
—Bien, así que este es tu primer trabajo —dijo Laura, animosa—. A lo mejor puedes ahorrar algo. ¿Y te interesas especialmente por los mamíferos marinos?
—Sí, por las ballenas y los delfines. ¡Son alucinantes! Asistí a un seminario en Pico, Portugal, y nadé con delfines. Y hablan...
—¿Hablan? —preguntó Laura, al tiempo que recordaba que Kiki había mencionado algo sobre la comunicación con animales. Por lo visto esa disciplina ofrecía técnicas para establecer contacto telepático con ellos. Kathi también lo había intentado con su caballo favorito, pero no parecían estar en la misma onda. Naturalmente, su hija no se lo había tomado demasiado en serio, pero en apariencia la muchacha alemana creía firmemente en los fenómenos parapsicológicos—. ¿Qué... qué es lo que dicen? —inquirió.
—¡Mucho! —respondió Kiki entusiasmada, metiéndose otro pedazo de pizza en la boca—. Los delfines son muy comunicativos, con ellos se puede hablar de todo. Un tema muy importante... en fin, un tema central para ellos es, por supuesto, la paz mundial.
—¿La... qué? —Laura se sentía algo mareada. No debería de haber bebido vino tras un vuelo tan largo, pensó. Tal vez así hubiese entendido mejor el chiste—. Porque... ¿es porque el sonar de los barcos de guerra confunden su capacidad de orientación? —Intentó sonreír.
Kiki hizo un gesto negativo.
—No... sí... Bueno, por descontado, la radiación supone un problema, pero los humanos ya los han acostumbrado a tomar caminos equivocados... No, las ballenas cuidan de todos nosotros, de todo el mundo animal y de la humanidad... Les encantaría ser mediadoras...
Laura optó por no seguir preguntando. Decididamente, estaba demasiado cansada para explicar a Kiki que los sonares no tenían nada que ver con la radiación, sino que más bien utilizaban el principio de la ecolocalización, y sobre todo no le apetecía lo más mínimo iniciar una discusión sobre si los mamíferos marinos realmente opinaban sobre las cuestiones políticas mundiales o no. Y si lo hacían, si había distintos puntos de vista o si todos eran del mismo parecer. En la mente de Laura, una ballena jorobada de tendencia conservadora se puso a debatir acaloradamente con un delfín pacifista. Pese a lo agotada que estaba, no pudo evitar reírse.
—Mañana seguimos hablando del tema —contestó a Kiki, que casi parecía un poco ofendida. Era obvio que no sentía que la estuviera tomando en serio.
Laura se preguntó qué cantidad de esas extrañas ideas y experiencias habría desvelado Kiki a Louise Walker durante la entrevista de trabajo. Pero no era el momento de pensar en todo eso. Tendió la tarjeta de crédito al empleado de la pizzería mientras Kiki se sacaba un par de dólares neozelandeses para pagar su pizza vegetariana, y luego simplemente se alegró de haberse decidido por ese local contiguo.
En el sky screamer de enfrente, los últimos clientes se lanzaban al vacío. El turismo de aventura, pensó Laura. Su propia aventura empezaría a la mañana siguiente.