Introducción

Después de muchos años escribiendo sobre la familia real, entre las preguntas que con más frecuencia se me plantean están: «¿Cómo son como pareja la reina y el duque de Edimburgo? ¿Cómo es su matrimonio? ¿Cómo son como padres y abuelos?». En resumen, si uno les despoja de toda la formalidad de la realeza y del protocolo que acompaña a esta, ¿cómo son de verdad? Con el éxito de la serie televisiva The Crown, a toda una nueva generación se le ha despertado el interés por la parte personal de sus vidas.

Al haber estado cerca de la reina y del duque durante los últimos treinta años, y haberme encontrado con ellos en muchas ocasiones, me siento capaz de proporcionar una perspectiva única de sus vidas, lo que espero haber logrado a través de las siguientes páginas. Ahora que celebran setenta años de matrimonio, no ha habido nunca mejor momento para situar su historia en el contexto del cambiante mundo que han vivido juntos.

Y es que su historia es tan fascinante como improbable. ¿Cómo logró un príncipe de Grecia, prácticamente arruinado, conquistar el corazón de la princesa más pretendida del mundo? ¿Cómo consiguió ella convencer a su padre, un rey emperador sobre cuyos dominios nunca se ponía el sol, para que diera su consentimiento? Ella era una joven casta, que pasó del cuarto de juegos al lecho marital. Él era un apuesto oficial naval de veinticinco años, independiente y carismático, pero sin dinero ni propiedades a su nombre. Él había nacido sobre la mesa del comedor de una casa de campo en la isla griega de Corfú; ella, en una gran mansión del barrio londinense de Mayfair, en un parto al que asistió sir William Joynson-Hicks, ministro del Interior.

En un mundo en el que las apariencias lo eran todo, la educación de Felipe de Grecia fue una de marcado trastorno por la realeza. Cuando se anunció su compromiso con la princesa Isabel dos años después del final de la guerra, el pueblo británico albergaba sentimientos encontrados. Muchos veían a Felipe como un cazafortunas extranjero, con claros vínculos alemanes a través de sus hermanas. En 1947, en el Reino Unido se fruncía el ceño ante cualquier atisbo de sangre extranjera, a menos que su propietario viniera envuelto en riquezas, como las grandes herederas estadounidenses que emparentaron con la aristocracia británica. El príncipe Felipe no cumplía ninguno de estos requisitos, pero, aunque la princesa era joven y hasta cierto punto ingenua, también era terca y estaba decidida a doblegar cualquier oposición a la unión con el hombre al que amaba. Debió librar una lucha ardua, pues en aquella época la clase dirigente era capaz de ejercer gran influencia, y Felipe no formaba parte de ella.

Durante los últimos setenta años, el príncipe Felipe, el más competitivo de los hombres, ha tenido que caminar dos pasos por detrás de su mujer en público. Podría haber sido un papel imposible para un hombre de su carácter, pero afortunadamente la reina es una de esas tradicionales que cree que un hombre ha de ser el señor de su casa. Siempre ha reconocido lo difícil que es, para alguien tan obsesionado con su imagen masculina como su marido, estar casado con una esposa que en todo momento tiene preferencia sobre él. Si el compromiso es el ingrediente esencial del matrimonio, este ha sido especialmente vital para la reina y el príncipe Felipe. El suyo es un mundo sorprendentemente pequeño del que no hay escapatoria. En sus asuntos personales, solo se tienen el uno al otro para buscar consuelo y apoyo. Y, al vivir siempre el uno pegado al otro, ambos deben hacer concesiones mutuas si no quieren que la vida se vuelva tan claustrofóbica que sería insoportable.

La reina y el príncipe Felipe se adaptaron en los primeros años de unión y su matrimonio ha sido un éxito gracias a ello. Siguen estando cercanos e, incluso después de siete décadas, el rostro de la reina se ilumina cuando Felipe entra en la sala. Cuando en 1952 debió tomar inesperadamente las riendas de la monarquía, se encontraba abrumada por las presiones masculinas de la corte, al tiempo que luchaba por aceptar la prematura muerte de su padre. En ese momento, sin que pareciera estar haciéndolo, el príncipe Felipe asumió el insólito papel de defensor de su mujer y se convirtió en padre y madre de sus hijos, permitiendo a la reina hacerse cargo de las obligaciones de su cargo.

Hasta ahora, año en que ha decidido anunciar que abandonaría sus funciones oficiales, la contribución del príncipe Felipe al matrimonio real y a todo lo que este implica ha pasado ampliamente desapercibida, y espero que este libro ayude a corregir esa omisión.

A lo largo de los años, la reina y el príncipe Felipe han intentado controlar la especulación e intrusión en sus vidas privadas y en las de su familia. Sin embargo, a menudo han debido enfrentarse a una prensa a la que rara vez parecía importarle si las historias eran ciertas... mientras les proporcionaran unos titulares llamativos.

El fracaso del matrimonio de su hijo y heredero, el príncipe Carlos, con la inocente lady Diana Spencer desde luego lo hizo. Fue el peor momento de su largo reinado. Ella nunca había previsto estar en la situación de tener que escribir tanto a su hijo como a su nuera para decirles que era conveniente que se divorciaran. Aquello iba contra todo lo que le habían enseñado y chocaba con sus fuertes creencias religiosas y su cargo de defensora de la fe cristiana. Las cosas empeoraron aún más con la muerte de Diana un año y un día después de que terminara el proceso de divorcio. Sin el fuerte apoyo moral de su marido, la reina bien podría haberse venido abajo, pero no lo hizo. En noviembre de 1997, tres meses después de la muerte de Diana, ambos celebraron sus bodas de oro, y ella homenajeó a su marido diciendo que había sido «su fuerza y apoyo durante todos estos años». De forma más personal, se refirió por primera vez a su «constante amor y dedicación».

El septuagenario matrimonio de Isabel y Felipe ha sobrevivido a algunas de las épocas más turbulentas de la historia de Gran Bretaña. Desde los oscuros tiempos de la posguerra a los igualmente sombríos de la época del terrorismo que ahora vivimos, la reina y el príncipe Felipe lo han visto todo. Presenciaron llenos de tristeza cómo el matrimonio de no uno sino tres de sus hijos acababa en divorcio, pero han vivido lo suficiente para ver cómo todos ellos seguían adelante. Han disfrutado de bastante salud como para ver crecer a muchos de sus nietos y pueden comenzar el mismo proceso ahora con sus bisnietos. Nadie puede pedir más. La historia de cómo lo han logrado es lo que se cuenta en este libro.

1. La celebración de la boda

Capítulo 1

La celebración de la boda

«Lilibet es lo único en este mundo que me resulta auténtico, y mi propósito es que ambos formemos una nueva vida juntos...». Esto escribía el príncipe Felipe a los veintiséis años a su suegra dos semanas después de su matrimonio, celebrado el 20 de noviembre de 1947. Sería el modelo de su vida juntos y era tanta su pasión en aquel momento que siguió desarrollando el tema.

«¿Apreciar a Lilibet? Me pregunto si ese término basta para expresar lo que siento dentro. ¿Se aprecia simplemente el sentido del humor de alguien, o su oído musical, o sus ojos? No estoy seguro, pero sé que doy gracias a Dios por ellos y también, muy humildemente, doy gracias a Dios por Lilibet y por que estemos juntos».

Dos noches antes de la boda, siguiendo la tradición de la realeza, el rey y la reina ofrecieron un gran baile en el palacio de Buckingham. Lady Pamela Mountbatten, prima de Felipe, que se encontraba entre los mil doscientos invitados, admitió que sus recuerdos de adolescente del día de la boda habían quedado deslumbrados por aquel baile. Sin duda, fue algo memorable tras todos los años de austeridad de la posguerra. Las fincas de la familia real proporcionaron muchas piezas de caza, preparadas por los chefs, y de las bodegas se sacaron los mejores vinos y champanes. El menú, que incluyó langosta, pavo, suflé de vainilla y cerezas en brandy, se degustó sobre la vajilla de gala, y en el centro de cada mesa redonda de ocho comensales se colocó un jarrón dorado con rosas y claveles amarillos.

A algunos de los invitados todo esto debió de resultarles excesivo, porque parece ser que durante la velada un marajá indio se emborrachó tanto que intentó golpear al duque de Devonshire, aunque nadie sabe por qué. Hacia el final de la noche o, mejor dicho, a la mañana siguiente, el rey condujo una conga a través de los aposentos reales antes de que la comitiva se sentara a desayunar. Carroll Gibbons, uno de los directores de orquesta preferidos del rey, acometió bajo la tribuna del órgano un programa de foxtrots, valses y rumbas. Los pajes comunicaban al director las peticiones de los invitados e incluso se produjo un revuelo de pánico cuando la princesa Isabel solicitó un tema que la orquesta no conocía. Finalmente, Gibbons se sentó al piano acompañado tan solo por su principal saxofonista. En un momento, el salón de baile se llenó de los evocadores compases de la melodía que tocaba al piano, únicamente de memoria, Gibbons junto a su saxofonista.

La princesa lucía un vestido de un intenso coral y presumía encantada de su anillo de compromiso, diseñado personalmente por Felipe a partir de las joyas familiares de su madre, la princesa Alicia. «Estaba preciosa —reconoció lady Margaret Colville, la dama de compañía de la princesa esa noche—. Efervescente».

«Lilibet era una joven encantadora, muy guapa, y ambos estaban enamorados —recordaba lady Pamela Mountbatten—, pero a él le horrorizaba que ella acabara siendo la reina de Inglaterra. Eso pondría fin a su prometedora carrera naval. ¿Qué haría el resto de su vida, siempre dos pasos por detrás? Creo que pensaba que, o bien estaba siendo un idiota al asumir algo así, o bien debía tomárselo en serio, que es lo que ha hecho. El problema es que ellos no esperaban tener que aceptar ese empleo hasta que tuvieran más de cincuenta años.

Tan pronto como se anunció el compromiso, lord Mountbatten, el padre de Pamela, comenzó a hacerle ver a Felipe sus opiniones sobre cómo debería organizarse la ceremonia y cómo debería dirigirse la nueva familia. Isabel estaba al corriente de los planes de Mountbatten, entrometidamente ambiciosos, y no le gustaban. Esta opinión la compartía su madre, aunque no necesariamente su padre.

Felipe sabía cómo responder y amonestó a su agobiante tío por carta: «No quiero ser grosero, pero parece ser que te atrae la idea de ser el director general de este pequeño espectáculo, algo que me temo que ella no se tomará tan dócilmente como yo. Es cierto que sé lo que me conviene, pero no olvides que ella [Isabel] no te ha tenido como tío, consejero y amigo in loco parentis tanto tiempo como yo».

Hacia mediados de octubre, a los más de dos mil invitados ya se les habían enviado las invitaciones de boda, que llevaban el distintivo matasellos del monograma real. Los asistentes más ilustres eran, y aún son, llamados los «cuatrocientos mágicos». Se trataba de los miembros de la realeza de toda Europa, y debían ser invitados independientemente de que conservaran el trono o se les hubiera desposeído de este. Y, por supuesto, también estaban sus amigos personales, que conformaban el círculo íntimo.

Como apenas habían transcurrido dos años desde el final de la guerra, el rey decidió que no había lugar a invitar a las hermanas del príncipe Felipe, ya que su vínculo con Alemania era aún demasiado vergonzoso (se habían mudado a dicho país desde París a principios de los años treinta para casarse con aristócratas germánicos y permanecieron en él durante la guerra). «Tan poco tiempo después de la guerra, no podíamos invitar a “esos bárbaros” —recordaba lady Mountbatten—. Creo que Felipe lo entendió, pero sus hermanas no lo hicieron. Durante años le siguieron recriminando: “¿Por qué no se nos permitió ir a tu boda?”. Y es que tampoco es que ellas fueran tropas de asalto».

Siguió siendo un tema tan sensible que hasta 2006 el príncipe Felipe no rompió su silencio público de sesenta años acerca de los vínculos de su familia con los nazis. Lo hizo al conceder una entrevista para un libro titulado Royals and the Reich [La realeza y el Reich] y explicó que, como muchos otros alemanes, su familia vio con buenos ojos la intención inicial de Hitler de restaurar el poder y el prestigio de Alemania.

«Se produjo un gran progreso en algunas cosas, como la puntualidad de los trenes o la construcción —explicó Felipe—. Se extendió un sentimiento de esperanza tras el depresivo caos que supuso la República de Weimar. Puedo entender que la gente se aferrara a algo o alguien que parecía apelar a su patriotismo e intentar que las cosas funcionaran. Es comprensible que fuera atractivo». Sin embargo, el duque puso énfasis en que nunca fue «consciente» de que nadie en su familia expresara ninguna opinión antisemita.

De los siete hermanos de su padre habían fallecido todos salvo uno, pero este, su tío Jorge, asistió a la boda acompañado de su mujer, María Bonaparte, y su hija, Eugenia, además de varios primos y primos políticos, entre los que se encontraban la princesa Elena de Rumanía, la reina Alejandra de Yugoslavia y la reina Federica de Grecia.

La boda se anunció como un símbolo de esperanza para el futuro de un país devastado por la guerra. Aún había socavones causados por las bombas en muchas calles; a veces algunos edificios se venían abajo solos, o debían ser apuntalados con andamios, y cada semana se descubría alguna bomba sin explotar. Calles enteras hubieron de ser demolidas y por todas partes existían edificios dañados en los que uno o dos de los pisos se encontraban al descubierto. Retazos de papel pegado volaban por el aire y escombros de alguna estancia medio derruida se apilaban contra lo que quedaba en pie de los muros. Aunque estaba a punto de aterrizar el invierno más frío que se recordaría, el día de la boda, 20 de noviembre, se alcanzó la temperatura de 15 ºC debido a una inusual corriente tropical.

Incluso a pesar de que la guerra había acabado hacía unos treinta meses, el país seguía sometido al racionamiento. Pan, carbón, dulces, ropa, muebles y jabón eran algunas de las cosas que escaseaban. Como concesión especial, se acordó que se permitiría que la Household Cavalry escoltara a la princesa vistiendo su uniforme de gala en lugar del de combate. Al ser un periodo de tal austeridad, en principio la boda iba a celebrarse de forma sencilla e íntima en la capilla de San Jorge, en Windsor, a fin de evitar ningún despliegue de ostentación, pero finalmente el gobierno laborista cedió y permitió que la celebración se convirtiera en un evento público. Se dieron cuenta de que una festividad así solo podría iluminar el corazón del pueblo, hastiado de la guerra, que mostró una asombrosa generosidad cuando se comunicó la noticia. Las mujeres enviaron azúcar y harina de sus magras raciones para ayudar a elaborar la tarta de boda; otras mandaron las preciadas medias de nailon y trazos de tela que tenían guardados. Algunos incluso remitieron sus cupones de ropa, si bien estos debieron ser devueltos pues era ilegal traspasarlos.

La Radio Times, la publicación más popular del momento, conmemoró la boda con una portada de lujo. La revista describía, asimismo, la celebración que había tenido lugar dentro de la abadía de Westminster, la ruta del cortejo real y un programa de la ceremonia. Al tratarse de la primera boda real en ser ampliamente filmada y retransmitida por televisión, su cobertura precisó una gran dosis de ingenio por parte de la unidad móvil exterior. Los problemas técnicos de la televisión de la época eran tan importantes que se decidió anunciar solo la mitad de lo que la BBC tenía intención de filmar por si acaso las cosas iban mal. Así fue como la revista anunció el programa:

LA BODA REAL

JUEVES, 20 DE NOVIEMBRE

Enlace de S. A. R. la PRINCESA ISABEL con el teniente de la Marina Real FELIPE MOUNTBATTEN, en la abadía de Westminster.

11.03 El cortejo de Su Majestad la Reina sale del palacio de Buckingham.

11.16 El cortejo de Su Majestad el Rey y Su Alteza Real la Novia sale del palacio de Buckingham.

11.30 CEREMONIA.

12.30 Salida de la Novia y el Novio de la abadía de Westminster y regreso de los cortejos al palacio de Buckingham.

COMENTARISTAS

Wynford Vaughan-Thomas (interior de la abadía)

Richard Dimbleby (exterior de la puerta Oeste de la abadía)

Peter Scott (desde el tejado de Santa Margarita, Westminster)

Audrey Russell (en las inmediaciones del Arco del Almirantazgo)

Frank Gillard (exterior del palacio de Buckingham)

Se espera interrumpir la programación de la tarde para ofrecer una descripción de la salida de la Novia y el Novio en su luna de miel.

LA CEREMONIA DE LA BODA

Fanfarria (Bax)

Durante el cortejo de la Novia, himno: «Praise, My Soul, The King Of Heaven» (Goss).

Lectura de una introducción por parte del Deán.

Celebración del Matrimonio por parte del Arzobispo de Canterbury.

Salmo 67 (Bairstow)

Letanía, Lectura de la Palabra de Dios y Responso por parte del Chantre.

Oraciones y Bendiciones por parte del Deán.

Motete: «We wait for thy loving kindness, O God» (McKie).

Homilía por parte del Arzobispo de York.

Himno: «The Lord’s My Shepherd» (Crimond).

Oración y Bendición finales por parte del Arzobispo de Canterbury.

«Amen» (Orlando Gibbons).

Fanfarria (Bax)

Himno Nacional

Durante la firma del Registro:

Himno: «Blessed by the God and Father» (S. S. Wesley).

Fanfarria (Bax)

Marcha Nupcial (Mendelssohn)

Cincuenta y cinco micrófonos de la BBC permitieron a los oyentes de todo el planeta compartir la emoción. Los periodistas situados a lo largo del recorrido y en el exterior de la abadía narraron la llegada de los invitados y, desde su posición sobre el Victoria Memorial, Frank Gillard describió la salida de la novia de su hogar junto a su padre, el rey. Más adelante, en el Mall, Audrey Russell, situado sobre el tejado de la Ciudadela del Almirantazgo, tomó el testigo de manos de Gillard. Después, cuando el carruaje Irish State Coach, en el que viajaba la princesa Isabel, siguió su camino a lo largo de todo Whitehall, la retransmisión conectó con el interior de la abadía para que Wynford Vaughan-Thomas ofreciera su impresión de la escena. Cuando terminó de realizarla, Peter Scott tomó el testigo desde el tejado de la iglesia de Santa Margarita. Anunció la llegada de la novia a la plaza del Parlamento y un momento después el prestigioso periodista Richard Dimbleby describió la llegada del carruaje a la puerta Oeste de la abadía.

Alejado de todo lo que ocurría en el interior de la abadía, el ingeniero a cargo de la retransmisión estaba sentado tras su panel de control. Desde este se controlaban veintiséis circuitos de sonido y él debía decidir cuándo pasar de uno a otro y cuándo fundir las campanas de la abadía con el sonido de la multitud vitoreando a la princesa Isabel y al teniente Mountbatten mientras salían de la abadía.

A las siete de la mañana en que se iba a celebrar la boda, John Dean (el ayuda de cámara del príncipe Felipe) había llamado a la puerta del dormitorio del duque de Edimburgo, que se alojaba en el palacio de Kensington, y había entrado con el té. «Se despertó de inmediato y se encontraba en plena forma, extremadamente alegre y nada nervioso en absoluto —recordaba Dean—. Se había celebrado un ensayo de la ceremonia el día anterior para que todos supiéramos exactamente qué debíamos hacer, y yo tenía claro el horario del día al segundo».

Después de que Felipe se hubiera vestido y hubiera desayunado un café y una tostada, el ayuda de cámara le tendió con cautela la espada, dándose cuenta de que estaban listos demasiado pronto. «Cómo resistió el duque la tentación de encenderse un cigarrillo, no lo sé —recordaba Dean—. Lo había dejado la noche anterior y no se quejó». A pesar de que fuera tan temprano, Felipe y David Milford Haven, su padrino de boda, o «partidario», como suele llamarse en los círculos de la realeza, apuraron un gin-tonic para brindar por los últimos momentos de soltería de Felipe.

En la víspera de la boda, el rey había admitido en la familia real al teniente Mountbatten al nombrarle caballero de la Orden de la Jarretera y autorizarle a utilizar el título de «Alteza Real», al que había renunciado al convertirse en súbdito británico. Asimismo, el rey le había concedido el ducado de Edimburgo, que había sido creado originalmente por Jorge II en 1727 para el príncipe Federico, su hijo y heredero.

Mientras tanto, en el palacio de Buckingham, por una vez la doncella de la princesa, Margaret Bobo MacDonald, no había tenido que despertar a «su niñita», como siempre la llamaba ella. Isabel ya estaba levantada y con la bata puesta, sentada a la ventana mirando a la multitud. «No puedo creer que de verdad esté pasando, Crawfie —le dijo a Marion Crawford, su antigua institutriz, que se acercó a ella—. Tengo que pellizcarme todo el rato».

Para las 11.25, el príncipe Felipe y David Milford Haven habían ocupado sus puestos en el interior de la abadía para esperar la llegada de la novia y el rey.

Eileen Parker, invitada junto a su marido, Mike (ligeramente resacoso al haber participado en la despedida de soltero de Felipe la noche anterior), recordaba el momento: «Al sentarnos, el órgano empezó a tocar el concierto en do mayor de Elgar. De repente, toda la congregación se puso en pie de nuevo y me pregunté a quién se debería. La princesa Isabel debía salir del palacio exactamente a las 11.03 para llegar a la abadía a las 11.28. Volviéndome ligeramente, pude vislumbrar cómo Winston Churchill recorría el pasillo junto a su mujer. Fue emocionante verlos tan cerca».

Seis reyes y siete reinas se encontraban presentes; se trataba de la mayor reunión de monarcas, reinantes o exiliados, que nadie podía recordar. Cuando el sonido de los vítores que llegaban del exterior de la abadía pasó de un ruido sordo a un tremendo clamor, el conmovedor himno «Praise My Soul, The King Of Heaven» proporcionó el telón de fondo vocal a la entrada de la princesa y el rey. La joven novia, en su traje de raso en blanco marfil, diseñado por Norman Hartnell, caminaba del brazo de su padre, ataviado con el uniforme del almirante de la flota. Justo detrás de ellos y tres pasos por delante de las otras damas de honor, en deferencia a su rango, entraba sola la princesa Margarita.

Si bien el arzobispo de York estaba en lo cierto, debió de sonar inverosímil que dijera ante tantas galas juntas —tiaras, sombreros de copa, vestidos largos, uniformes y trajes de ceremonia— que el matrimonio era «esencialmente igual que el que habría contraído cualquier granjero que se hubiera casado esa tarde en una capilla de algún remoto pueblo de los Yorkshire Dales».

Tras la ceremonia, la duquesa de Edimburgo colocó su ramo nupcial —que estuvo brevemente perdido mientras todo el mundo se preparaba— sobre la Tumba del Soldado Desconocido. Cuando los recién casados regresaron al palacio de Buckingham en el carruaje Glass Coach, la policía perdió temporalmente el control y la multitud irrumpió a través del cordón en el patio delantero del palacio.

El rey, que pareció estar al borde de las lágrimas durante la firma del registro, no dirigió ningún discurso durante el banquete, simplemente levantó su copa para brindar «por la novia». Poco antes le había confesado al arzobispo que llevar al altar a su hija le había conmovido más que casarse él mismo.

Según la perspectiva de Crawfie, más simplista, el banquete fue «un alegre almuerzo»: «Las mesas estaban decoradas con ramos de zarzaparrilla [una planta de bayas rojas] y claveles blancos y en cada uno de nuestros sitios había un pequeño ramo de brezo blanco, enviado desde Balmoral. La famosa vajilla dorada y los lacayos en su uniforme escarlata le concedían a todo un ambiente de cuento de hadas».

De hecho, estos siempre se quedan al otro lado de las puertas, cerradas a cal y canto, de la Bow Room, apareciendo solo cuando se los llama. Dentro del santuario, la familia real y sus invitados degustaron un bufé frío, realizaron los brindis de felicitación y cortaron la tarta —con una espada—, lo que a menudo provoca muchas risas bienintencionadas.

Unos días después, cuando ya se encontraba de vuelta en Atenas, Alicia, la madre del príncipe Felipe, le escribió: «Qué maravilloso resultó todo, me reconfortó verte tan genuinamente feliz y notar que tu decisión era la correcta desde todos los puntos de vista». Alicia también escribió una detallada descripción de veinte páginas de la boda que envió a las hermanas de Felipe, ausentes.

El padre de la princesa escribió una carta a su hija llena de amor y orgullo explicándole cómo sería su vida sin ella:

No sabes lo orgulloso de ti que me sentía y la ilusión que me hacía tenerte tan cerca de mí al recorrer el camino al altar de la abadía de Westminster, pero cuando entregué tu mano al arzobispo sentí que había perdido algo muy precioso. Tú estuviste muy tranquila y serena durante la celebración y dijiste lo que debías con tal convicción que supe que todo iba bien.

Me encanta que hayas escrito a Mamá para decirle que, en tu opinión, la larga espera antes del compromiso y los meses antes de la boda han sido para bien. Me preocupaba mucho que pensaras que estaba siendo muy severo al respecto. Tenía muchas ganas de que vinieras a Sudáfrica, como sabes. Nuestra familia, nosotros cuatro, la familia real, debe permanecer unida, aunque se unan algunos miembros en los momentos oportunos.

Te he visto crecer todos estos años con orgullo bajo la hábil dirección de Mamá —quien, como sabes, es la persona más maravillosa del mundo para mí— y puedo, lo sé, contar siempre contigo, y ahora con Felipe, para que nos ayudéis en nuestra tarea.

Tu marcha ha supuesto un gran vacío en nuestras vidas, pero recuerda que este sigue siendo tu hogar y que puedes volver tanto tiempo y con tanta frecuencia como desees. Soy consciente de que eres completamente feliz con Felipe, lo que está muy bien, pero espero que no nos olvides.

Tu padre, que te quiere y adora.

Aunque años más tarde recordaría el gran baile de forma más vívida, a Pamela Mountbatten también le conmovió la ceremonia. El día en sí, comentaba, se convirtió en un alegre recuerdo borroso. Su sensación al ver a la pareja real —ambos parientes suyos— era la de estar frente a dos personas inmersas en un cuento de hadas.

«Felipe era el príncipe azul —afirmaba—. Pero más guapo que en los cuentos, porque era muy viril. Y ella, con esa maravillosa complexión, estaba impresionante. Con el carruaje dorado y los caballos, parecían una especie de visión. Diluviaba, pero la multitud, al más puro estilo británico, lo ignoró e hizo cola toda la noche a fin de guardar su sitio. Ver después desde el balcón cómo el enorme gentío se concentraba a las puertas del palacio me produjo una sensación increíble».

Recordaba a la dama de honor más joven, la princesa Alejandra —la prima de la novia, de doce años—, corriendo alborotada mientras las mayores fingían estar horrorizadas. La princesa Margarita, primera de las damas de honor, «puso firmes» a las otras y la reina Juliana de los Países Bajos «murmuraba sobre lo sucias que estaban las joyas de todos».

Como recordatorio, el príncipe Felipe regaló a las damas de honor una polvera de plata y oro rosa que él mismo había diseñado. En una de las escasísimas entrevistas que concedió nunca, lady Elizabeth Longman recordaba el modo brusco en que el príncipe Felipe ofreció el generoso presente, como si estuviera avergonzado, lo que sin duda era cierto. «Nos las repartió —afirmaba ella— como si estuviera jugando a las cartas. Cuando las comparamos, nos alegró mucho comprobar que eran ligeramente diferentes, si bien todas llevaban las iniciales de los novios».

Pamela Mountbatten añadió: «La mía tiene seis zafiros en la parte baja. Solía llevarla en el bolso siempre, pero ya no es seguro hacerlo cuando una va en el autobús, el metro o caminando por la calle». Sin embargo, reconoce que la mayor decepción de la boda fue que el príncipe Balduino, heredero al trono belga, rechazara acompañar a las damas de honor a Ciro’s, el club nocturno al que se trasladó la fiesta. «Era el único joven presente. Todas pensamos: “Alto, moreno y futuro rey”. Pero él no quiso arriesgarse. Nos pareció que no podía ser más soso».

David Milford Haven, el primo y padrino de boda de Felipe, se decidió por Ciro’s porque la mayoría de sus amigos no se habrían dejado ver por allí ni muertos y pensó que las damas de honor, tan jóvenes y espontáneas, se sentirían más cómodas en aquel lugar acogedor.

Cuando los recién casados bajaron, cogidos de la mano, la gran escalera curva del palacio de Buckingham para partir en su luna de miel, fueron rociados con pétalos de rosas. En el exterior, un landó abierto de dos caballos esperaba para llevarlos a la estación de Waterloo, donde tomarían el tren a la mansión de Broadlands, en Hampshire, hogar de los Mountbatten. Arropada bajo las mantas de cuadros y un par de bolsas de agua caliente, se encontraba Susan, la peluda corgi galesa de la reina, que pasaría la luna de miel con ellos. Los invitados siguieron el carruaje hasta las verjas frontales del patio del palacio, e incluso la reina se remangó la falda y corrió hasta la reja para verlos desaparecer entre la multitud, que los vitoreaba después de haber esperado tanto para hacerlo.

El comienzo de la luna de miel no fue nada excepcional. La prensa hizo todo lo que estuvo en sus manos para robar fotografías de los recién casados. Desde que llegaron a la estación de Romsey, los siguió durante diecisiete kilómetros hasta las verjas de la mansión de Broadlands. Los Mountbatten se encontraban en la India, controlando el proceso de independencia, y durante su ausencia las cosas no estaban funcionando del todo bien. El domingo por la mañana, cuando la pareja llegó a misa a la abadía de Romsey, los fotógrafos tenían tantas ganas de tomar una imagen de ellos que habían colocado escaleras de mano contra las paredes del templo para poder mirar a través de las ventanas de la abadía. Fue el bautismo de fuego de la pareja real, pero una vez se encontraron en Birkhall, Escocia, los dejaron solos en el lugar más romántico que se podía imaginar.

La princesa escribió a su madre para contarle lo feliz que era, pero también para decirle que se había dado cuenta de cuántos cambios iba a traer el matrimonio a su vida. Quería pedirle consejo a su madre sobre cómo lidiar con el espíritu libre de su marido y con la tradición de las anticuadas formalidades de la corte. «Felipe es terriblemente independiente —le escribió— y entiendo que el pobre quiera comenzar con buen pie ahora que debemos [subrayado] hacer las cosas por nosotros mismos». Ella sabía que sería difícil para ambos, dado que él estaba muy acostumbrado a hacer lo que quería, encontrarse ahora encerrados en una sucesión de salas de un palacio inmenso y vetusto en el que todo se encontraba sujeto a un interminable protocolo. Era consciente también de que él encontraba a muchos de los cortesanos pomposos, ridículamente conservadores y estirados, al tiempo que ellos lo veían a él brusco y grosero. Estaba claro que para ganarse el respeto que su posición exigía debía trazar una estrategia a largo plazo.

«Todo es tan agradable y tranquilo ahora —continuaba la princesa en su carta—. Felipe está leyendo tumbado en el sofá, Susan se estira delante del fuego, Rummy casi está dormido en su caja, al lado de la chimenea, y yo te escribo esto sentada en uno de los sillones que hay junto al fuego (¡para que veas lo importante que es la chimenea!). ¡Es como estar en el cielo!».

«Hacía un frío glacial y nevaba muchísimo, pero el fuego de leña mantenía la casa acogedora», recordaba John Dean, el ayuda de cámara de Felipe. Dean y la doncella de la princesa, Bobo MacDonald, tuvieron que trabajar juntos debido a sus cargos, y Dean reconoce que él disfrutó mucho de la compañía de ella una vez que logró «ablandarla un poco»: «Era una maravillosa bailarina y muy divertida, con un agradable sentido del humor. Pero incluso cuando nos encontrábamos en alguna aldea y acudíamos al pub local, siempre se dirigía a mí como “señor Dean”».

La presencia de Bobo en la vida del príncipe Felipe fue mucho más problemática. Felipe y Lilibet eran unos jóvenes amantes que deseaban la privacidad que con frecuencia se les negaba. La princesa estaba acostumbrada a estar rodeada de empleados y a menudo ignoraba la presencia de estos, pero Felipe no. Le molestaba no poder estar a solas con su mujer cuando lo deseaba y no esperaba encontrar a Bobo todo el rato al lado de su esposa, incluso cuando esta se encontraba en el baño.

«A él la vida en la corte le resultó muy frustrante al principio —explicaba lord Brabourne, marido de Patricia Mountbatten—. Era muy agobiante. [Tommy] Lascelles [secretario particular del rey] era imposible. Eran crueles con él. Lo subestimaban. Lo trataban como a un extraño. No era divertido. Él se lo tomaba a risa, pero seguro que le dolía. No estoy seguro de si la princesa Isabel se daba cuenta. De alguna manera, el matrimonio apenas modificó la vida de ella. Pudo seguir haciéndolo todo como antes. Al casarse, ella no sacrificó nada. En cambio, la vida de él dio un vuelco. Él renunció a todo».

El príncipe no podía escapar del protocolo real, ya que incluso debieron vivir con sus cuñados en el palacio de Buckingham mientras se reformaba Clarence House. La vieja guardia de palacio encontraba a Felipe difícil, pero más aún, les preocupaba que no tratara a la princesa con la sensibilidad que creían que ella merecía y necesitaba.

Según el rabino Arthur Herzberg, un prestigioso escritor estadounidense que ha hablado mucho con Felipe: «Ha perdido su verdadera identidad. Una vez me dijo que se ve a sí mismo como un cosmopolita europeo». Pamela Mountbatten confirmó que aquello era difícil para él: «Sabía que lo estaban echando a los leones. Era muy consciente de cómo se le estaba tratando y de lo mucho que tendría que luchar para defender su posición y su independencia [contra la clase dirigente]. Lo que no sabía era lo encarnizada que sería la batalla».

Como apoyo, la pareja escogió a un equipo reducido, pero fiel. Jock Colville, diplomático y antiguo secretario particular adjunto de Neville Chamberlain, Churchill y Clement Attlee entre 1939 y 1945 en Downing Street, fue recomendado por Lascelles y se convirtió en secretario particular de la princesa Isabel hasta 1949. Pero Felipe escogió al australiano Mike Parker como su secretario particular y este también desempeñó las labores de caballerizo de la pareja. El interventor y tesorero de la casa de Edimburgo era sir Frederick Boy Browning, casado con la novelista Daphne du Maurier y antiguo jefe de gabinete de Louis Mountbatten.

En esa época, la clase dirigente era sin duda capaz de ejercer una gran influencia personal, solucionando los problemas a menudo mediante unos buenos whiskies o una partida de bridge. Rara vez se discutían las cosas de forma abierta, pero las soluciones siempre se encontraban de modo discreto. Las figuras de la clase dirigente eran poderosas de forma prudente, serena y modesta. Nunca admitían errores, nunca se quejaban unos de otros, nunca dimitían y nunca se les llevaba la contraria. El príncipe Felipe no encajaba en este mundo ni por asomo. «Si quien se hubiera casado con la reina hubiera sido algún aristócrata de la clase dirigente —observaba Richard Charteris, antiguo obispo de Londres—, todo el mundo se habría muerto de aburrimiento. Y Felipe podría ser muchas cosas, pero aburrido no».

El primer año de matrimonio, al vivir en el palacio de Buckingham, no fue sencillo, pero finalmente Clarence House volvió a estar disponible. «Estaba hecha un desastre —recordaba Mike Parker—. Pero se reformó muy rápido, y ellos la amueblaron con muchos de sus regalos de boda». Tras una infancia algo agitada, este era el primer hogar de verdad que tenía el príncipe Felipe. Por fin había encontrado la felicidad y la estabilidad con la mujer a la que amaba, pero ambas cosas iban a ser muy breves.