Laurie
Me sorprende que las personas que utilizan el transporte público en invierno no se caigan redondas y mueran por una sobrecarga de gérmenes. En los últimos diez minutos me han tosido y estornudado encima, y si la mujer que tengo delante vuelve a sacudirse la caspa apuntando hacia mí, tal vez la bañe con los restos del café tibio que ya no puedo tomarme porque está lleno de trozos de su cuero cabelludo.
Estoy tan cansada que podría quedarme dormida aquí mismo, en el piso superior de este autobús bamboleante y lleno hasta la bandera. Gracias a Dios, por fin he cogido las vacaciones de Navidad en el trabajo, porque no creo que ni mi cerebro ni mi cuerpo fueran capaces de soportar ni un solo turno más detrás del mostrador de recepción de ese horrible hotel. Puede que del lado del cliente esté adornado con guirnaldas y luces bonitas, pero entre bambalinas es un cuchitril sin alma. Estoy prácticamente dormida, incluso estando despierta. En líneas generales, mis planes son hibernar hasta el año que viene en cuanto mañana llegue a la nostálgica familiaridad de la casa de mis padres. Salir de Londres para disfrutar de un interludio de vida sosegada en un pueblo de las Midlands en el que dormiré en mi habitación de la infancia tiene algo de relajante distorsión espacio-temporal, aunque no todos los recuerdos de mi infancia sean felices. Incluso en las familias más unidas hay tragedias, y la verdad es que la nuestra llegó pronto y dejó una huella profunda. Pero no pienso regodearme en ella, porque la Navidad debería ser una época de esperanza, de amor y de sueños, que es lo que más me interesa en este momento. Sueños solo interrumpidos por las competiciones de «a ver quién come más» en las que me enfrentaré a mi hermano, Daryl, y a su novia, Anna, y por todo el espectro de películas navideñas empalagosas. Porque ¿quién podría estar demasiado cansado para ver a un tipo desgraciado y muerto de frío sostener en mitad de la calle unos carteles con los que confiesa silenciosamente a la esposa de su mejor amigo que su corazón destrozado la amará para siempre? Aunque… ¿eso es romántico? No estoy muy segura. A ver, podría decirse que lo es, de una manera un tanto sentimentaloide, pero también significa ser el amigo más capullo del planeta.
He dejado de preocuparme por los gérmenes del autobús, porque está claro que ya he ingerido suficientes para que me maten si es que van a hacerlo, así que apoyo la frente en la ventanilla empañada y veo pasar Camden High Street diluida en un resplandor de luces navideñas y escaparates brillantes y fugaces que venden de todo, desde chupas de cuero hasta recuerdos horteras de Londres. Apenas son las cuatro de la tarde, pero en Londres ya está anocheciendo; no creo que hoy haya llegado a iluminarse del todo en ningún momento.
Mi reflejo me dice que debería quitarme del pelo el halo de espumillón que el imbécil de mi jefe me ha obligado a ponerme, porque parece que vaya a presentarme a las audiciones para el papel de arcángel Gabriel en la obra de Navidad de un colegio. Sin embargo, reconozco que me da absolutamente igual. A ninguno de los pasajeros de este autobús le importa un bledo: ni al empapado hombre del anorak que viaja a mi lado ocupando más de la mitad de su asiento mientras dormita frente al periódico de ayer, ni al grupo de colegiales que se gritan unos a otros en los asientos de atrás ni, desde luego, a la mujer casposa sentada delante mío con sus brillantes copos de nieve en las orejas. No se me escapa la ironía de que haya elegido precisamente esos pendientes; si fuera más arpía, le daría una palmadita en el hombro y le haría ver que con ellos llama la atención sobre la tormenta de nieve dermatológica que desata cada vez que mueve la cabeza. Pero no soy una arpía; o a lo mejor sí lo soy, pero en silencio y dentro de mi cabeza. Como todo el mundo, ¿no?
Madre mía, ¿cuántas paradas más va a hacer este autobús? Todavía estoy a unos tres kilómetros de mi piso y ya está más lleno que un camión de ganado en día de mercado.
«Vamos —pienso—. Arranca. Llévame a casa.» Aunque mi piso va a resultar un lugar bastante deprimente ahora que mi compañera, Sarah, se ha marchado con sus padres. Solo un día más y yo también me iré, me recuerdo.
El autobús traquetea hasta detenerse al final de la calle y me quedo mirando al grupo de personas que intenta bajarse dando empujones al mismo tiempo que otros intentan subir a empellones. Es como si pensaran que están en uno de esos concursos cuya finalidad es averiguar cuánta gente cabe en un espacio reducido.
Hay un tipo sentado en uno de los asientos plegables de la parada. Este no debe de ser su autobús, porque está absorto en el libro de tapa dura que sostiene en las manos. Me llama la atención porque parece ajeno a los empujones y codazos que tienen lugar justo delante de él; es como si fuera uno de esos elaborados efectos especiales de las películas en los que alguien permanece inmóvil por completo y el mundo gira a su alrededor como un caleidoscopio, ligeramente desenfocado.
No le veo la cara, solo atisbo una coronilla cubierta de pelo rubio, un poco largo y ligeramente ondulado en la parte baja, imagino. Está envuelto en un chaquetón de lana de color azul marino y una bufanda que se diría tejida a mano. Resulta kitsch e inesperada en comparación con lo moderno del resto de su atuendo —vaqueros ajustados y botas oscuros— y el libro absorbe toda su concentración. Aguzo la vista y, tras limpiar la ventanilla empañada con la manga del abrigo, trato de acercar la cabeza para intentar ver lo que está leyendo.
No sé si lo que irrumpe en su visión periférica es el movimiento de mi brazo sobre el cristal o el destello de los pendientes de la mujer casposa, pero el chico levanta la cabeza y parpadea unas cuantas veces para centrar su atención en mi ventanilla. En mí.
Nos miramos con fijeza y soy incapaz de apartar la vista. Siento que se me mueven los labios como si fuera a decir algo, solo Dios sabe qué, y de repente y sin motivo alguno necesito bajarme de este autobús. Me invade una necesidad abrumadora de salir de aquí, de llegar hasta él. Pero no lo hago. No muevo ni un músculo, porque sé que no existe la menor posibilidad de que consiga sortear al hombre-anorak que tengo al lado y abrirme paso por el autobús atestado antes de que este reanude la marcha. Así que, en una fracción de segundo, tomo la decisión de quedarme clavada en mi asiento y, sirviéndome solo del anhelo ardiente y desesperado de mi mirada, trato de comunicarle que suba a bordo.
No es guapo tipo estrella de cine ni posee una belleza clásica, pero tiene un aire de pijo desaliñado a lo «¿quién, yo?» que me cautiva. No alcanzo a distinguir el color de sus ojos desde aquí. Verde, diría yo… ¿o tal vez azul?
Llámame ingenua, pero estoy segura de que a él lo ha alcanzado el mismo rayo; es como si un relámpago invisible nos hubiera unido de manera inexplicable. Reconocimiento; una descarga eléctrica y brutal en sus ojos abiertos como platos. Vuelve a mirarme con incredulidad, un gesto parecido al que cualquiera podría hacer cuando se encuentra por casualidad con un viejo amigo al que lleva años sin ver y no termina de creerse que lo tenga delante.
Es una mirada de «Eh, hola», «¡Ostras, eres tú!» y «Es increíble lo mucho que me alegro de verte» a la vez.
Desvía la vista a toda prisa hacia la cola menguante de los que todavía están esperando para subir y luego vuelve a centrarla en mí; es como si oyera los pensamientos que se le pasan por la cabeza. Está preguntándose si sería una locura subirse al autobús, qué me diría si no estuviéramos separados por el cristal y las hordas, si se sentiría estúpido subiendo los escalones de dos en dos para llegar hasta mí.
«No —intento comunicarle—. No, no te sentirías estúpido. Yo no te lo permitiría. ¡Súbete al maldito autobús de una vez!» No deja de mirarme, y entonces una sonrisa lenta se dibuja en su boca generosa, como si no pudiera contenerla. Y de pronto yo también estoy sonriendo, casi embelesada. Tampoco puedo evitarlo.
«Por favor, súbete al autobús.» Entonces reacciona, toma una decisión repentina, cierra el libro de golpe y lo guarda en la mochila que tiene entre los tobillos. Empieza a caminar hacia delante, y yo contengo la respiración y pongo la palma de una mano en el cristal para meterle prisa pese a que ya oigo el silbido enfermizo de las puertas que se cierran y noto la sacudida del freno de mano que se suelta.
«¡No! ¡No! ¡Por Dios, no te atrevas a marcharte de esta parada! ¡Es Navidad!», me entran ganas de gritar cuando el autobús se incorpora al tráfico y coge velocidad, y fuera está él, sin aliento, de pie en la calzada, contemplando cómo nos alejamos. Veo que la derrota le apaga el brillo de los ojos y, como es Navidad y como además acabo de enamorarme hasta la médula de un extraño en una parada de autobús, le lanzo un beso desolado y apoyo la frente contra el cristal para mirarlo hasta que lo pierdo de vista.
Entonces caigo en la cuenta. Mierda. ¿Por qué no he recurrido a la estrategia del amigo capullo y he garabateado algo en una hoja para enseñárselo por la ventanilla? Podría haberlo hecho. Hasta podría haber escrito mi número de móvil en el cristal empañado de vaho. Podría haber abierto la minúscula parte abatible y haberle gritado mi nombre y mi dirección o algo así. Se me ocurren muchas cosas que podría y debería haber hecho, pero en ese preciso instante no se me pasaron por la cabeza porque era totalmente incapaz de quitarle los ojos de encima.
Para los mirones, debió ser una película muda de sesenta segundos de duración digna de un Oscar. A partir de ahora, si alguien me pregunta si me he enamorado alguna vez a primera vista, diré que sí, durante un glorioso minuto del 21 de diciembre de 2008.
Este año solo tengo dos propósitos, pero de los grandes, brillantes y resplandecientes.
1) Encontrarlo, a mi chico de la parada de autobús.
2) Encontrar mi primer trabajo decente en una revista.
Maldita sea. Ojalá los hubiera escrito a lápiz, porque los borraría y los cambiaría de orden. Lo que de verdad me gustaría sería encontrar primero ese puesto en una revista sofisticada a rabiar y luego toparme con el chico del autobús en una cafetería mientras llevo en la mano algo saludable para comer; él me lo tira sin querer y después levanta la mirada y dice: «Oh. Eres tú. Por fin».
Y entonces nos saltaríamos el almuerzo e iríamos a dar un paseo por el parque, porque habríamos perdido el apetito pero habríamos encontrado el amor de nuestra vida.
Pero bueno, esto es lo que hay. Deséame suerte.
Laurie
—¿Es ese? Estoy convencida de que acabo de captar una vibración tipo bus en él.
Sigo la dirección que señala la cabeza de Sarah y paseo la mirada por el bar, que está tan abarrotado como solo podría estarlo un viernes por la noche. Es una costumbre que hemos adoptado: en cada sitio al que vamos escudriñamos caras y multitudes en busca del «chico del autobús», como Sarah lo bautizó cuando comparamos nuestros apuntes navideños en enero. Me dio la sensación de que sus celebraciones familiares en York habían sido mucho más bulliciosas que las mías en Birmingham, íntimas y con un montón de comida, pero ambas habíamos regresado a la realidad del invierno londinense con la tristeza de la cuesta de enero. Añadí el plato de mi trágica historia de «amor a primera vista» al banquete de la autocompasión, pero enseguida deseé no haberlo hecho. No es que no confíe en Sarah; es más bien que desde aquel mismo instante se ha obsesionado incluso más que yo con encontrarlo. Y yo estoy volviéndome loca por él en secreto.
—¿Cuál?
Frunzo el ceño y miro hacia el mar de gente, casi todo nucas de cabezas desconocidas. Sarah arruga la nariz y se calla para pensar en cómo podría diferenciar a su hombre para que yo lo someta a escrutinio.
—Ese de ahí, en el medio, al lado de la mujer del vestido azul.
A ella la identifico con más facilidad; su cortina de pelo rubio oxigenado y liso como una tabla refleja la luz cuando echa la cabeza hacia atrás y se ríe de algo que ha dicho el tipo que está junto a ella.
El chico es más o menos de la altura adecuada. Tiene el pelo parecido y la forma de sus hombros, cubiertos por una camisa oscura, me resulta sorprendentemente familiar. Podría ser cualquiera, pero también ser el chico del autobús. Cuanto más lo miro, más segura estoy de que la búsqueda ha terminado.
—No lo sé —digo conteniendo el aliento, porque es lo más cerca de él que he llegado a estar.
Se lo he descrito tantas veces que es probable que Sarah sepa mejor que yo qué aspecto tiene. Quiero acercarme a él. De hecho, creo que ya he empezado a hacerlo, pero Sarah me pone una mano en el brazo y me quedo quieta, porque el chico acaba de agachar la cabeza para comerse a besos la cara de la rubia, que al instante se convierte en mi persona menos favorita del planeta.
¡Ay, Dios, creo que es él! ¡No! Así no es como tiene que ocurrir. Todas las noches al cerrar los ojos he imaginado variantes de esta escena y nunca, repito, nunca, termina así. A veces está con un grupo de chicos en un bar, en otras ocasiones está solo en una cafetería leyendo, pero lo único que no sucede jamás es que tenga una novia con la que se besuquea a menos de dos centímetros de su reluciente melena rubia.
—Mierda —murmura Sarah, que me pone mi copa de vino en la mano.
El beso se alarga y nosotras no apartamos la mirada. Y aún siguen. Ostras, ¿es que esta gente no tiene límite? Ahora él le agarra el trasero con ganas, sobrepasando con creces lo admisible en un bar tan lleno.
—Un poco de decencia, por favor —gruñe Sarah—. Al final resulta que no es tu tipo, Lu.
Estoy hecha polvo. Tanto que me echo al gaznate toda la copa de vino frío del tirón, y me estremezco.
—Creo que quiero ir —digo ridículamente al borde de las lágrimas.
Y entonces dejan de besarse y ella se alisa el vestido, él le murmura algo al oído y a continuación se da la vuelta y comienza a andar en línea recta hacia nosotras.
Me doy cuenta de inmediato. Pasa deprisa a nuestro lado y estoy a punto de echarme a reír, aturdida de alivio.
—No es él —susurro—. Ni siquiera se parece a él.
Sarah hace una mueca y suelta el aire que debía de estar conteniendo.
—Joder, menos mal. Qué asco de tío. ¿Sabes lo poco que me ha faltado para ponerle la zancadilla?
Tiene razón. El tipo que acaba de pasar junto a nosotras rebosaba prepotencia, iba limpiándose de la boca el carmín rojo de la chica con el dorso de la mano y esbozando una sonrisa engreída y satisfecha de camino a los aseos.
Madre mía, necesito otra copa. La búsqueda del chico del autobús dura ya tres meses. Más me vale encontrarlo pronto, porque si no terminaré en un centro de desintoxicación.
Más tarde, ya de vuelta a Delancey Street, nos quitamos los zapatos y nos dejamos caer en el sofá.
—He estado pensando… —dice Sarah, desplomada en el otro extremo—. Hay un chico nuevo en mi trabajo, y creo que podría gustarte.
—Solo quiero al chico del autobús —digo con un suspiro en plan melodrama clásico.
—Pero ¿y si lo encuentras y es un imbécil? —alega Sarah.
Está claro que nuestra experiencia de hace un rato en el bar también la ha afectado.
—¿Crees que debería dejar de buscar? —pregunto, y alzo la cabeza espesa del brazo del sofá para mirarla a los ojos.
Extiende los brazos hacia los lados y ahí los deja.
—Solo digo que necesitas un plan para casos de emergencia.
—¿Por si es un imbécil?
Levanta los pulgares, seguro que porque alzar la cabeza le supone demasiado esfuerzo.
—Podría ser un gilipollas de campeonato —contesta—. O tener novia. O, joder, Lu, hasta podría estar casado.
Se me escapa un suspiro. Esta vez uno auténtico.
—¡Imposible! —farfullo—. Está soltero, y es guapísimo y está en algún lugar ahí fuera esperando a que lo encuentre. —Siento mis palabras con toda la convicción de una borracha—. Y hasta es posible que él esté buscándome.
Sarah se incorpora apoyándose en los codos y me mira fijamente; a estas horas de la noche, tiene los largos rizos de su melena pelirroja hechos una maraña y el rímel corrido.
—Lo único que digo es que tal vez tengamos, o mejor dicho, tengas expectativas poco realistas, y que debamos, o más bien, debas proceder con más cautela, eso es todo.
Sé que tiene razón. Hace un rato, en el bar, casi se me para el corazón.
Intercambiamos una mirada, y luego Sarah me da unas palmaditas en la pierna.
—Lo encontraremos —dice.
Es un simple gesto de solidaridad, pero, en mi estado de ebriedad, hace que se me forme un nudo en la garganta.
—¿Me lo prometes?
Ella asiente con la cabeza y se traza una cruz sobre el corazón, y entonces un gran sollozo cargado de mucosidad me brota del gañote, porque estoy cansada y cabreada, y porque a veces no soy capaz de recordar bien la cara del chico del autobús y me da miedo olvidarme de cómo es.
Sarah se sienta y me seca las lágrimas con la manga de su camisa.
—No llores, Lu —susurra—. Seguiremos buscando hasta que lo encontremos.
Asiento y me tumbo de nuevo para mirar el estucado del techo que nuestro casero lleva prometiéndonos volver a pintar desde que nos mudamos aquí hace ya unos cuantos años.
—Daremos con él. Y será perfecto.
Sarah se queda callada, y después mueve el dedo índice distraídamente por encima de su cabeza.
—Más le vale. O le grabaré «imbécil» aquí mismo, en la frente.
Hago un gesto de asentimiento. Agradezco y comparto su lealtad.
—Con un bisturí oxidado —digo para adornar la espeluznante imagen.
—Y se le infectará y se le caerá la cabeza —masculla.
Cierro los ojos, riendo entre dientes. Hasta que encuentre al chico del autobús, el objeto de mi cariño es Sarah.
Laurie
—Creo que lo hemos clavado —dice Sarah, que da un paso atrás para admirar nuestra obra.
Hemos dedicado todo el fin de semana a redecorar la diminuta sala de estar de nuestro apartamento, así que ambas estamos llenas de salpicaduras de pintura y de polvo. Estamos a punto de terminar y ya experimento una cálida sensación de satisfacción; ojalá esa mierda de empleo que tengo en el hotel me hiciera sentir aunque solo fuera la mitad de realizada.
—Espero que al casero le guste —digo.
En realidad no tenemos permiso para modificar el aspecto del piso, pero dudo que ponga reparos a nuestras mejoras.
—Debería pagarnos por hacer todo esto —dice Sarah con las manos apoyadas en las caderas. Lleva un pantalón con peto cortado encima de una camiseta de tirantes rosa fluorescente que desentona intensamente con su pelo—. Acabamos de aumentar el valor de su piso. ¿Quién no preferiría este suelo de madera a esa moqueta vieja y raída?
Me río al recordar nuestra lucha de sketch cómico para arrastrar la moqueta enrollada escalera abajo desde nuestro apartamento de la última planta. Cuando llegamos al vestíbulo, sudábamos como mineros y soltábamos tacos como marineros, las dos rebozadas en los fragmentos de espuma que se habían soltado del revestimiento inferior de la moqueta. Chocamos los cinco después de tirarla al contenedor de un vecino; lleva ahí una eternidad, medio lleno de basura, así que no creo que se dé cuenta.
Los antiguos tablones de roble que había debajo son preciosos; está claro que hace años, antes de que el propietario actual los ocultara con esa monstruosidad estampada, alguien se había tomado la molestia de restaurarlos. Mientras contemplamos nuestra sala relajante y llena de luz gracias a las paredes blancas recién pintadas y a las viejas y enormes ventanas de guillotina, tengo la sensación de que tanto nuestros esfuerzos para pulirlos como el consiguiente dolor de brazos han valido la pena. Es un edificio destartalado con un esqueleto glamuroso, a pesar del estucado del techo. Le hemos puesto una alfombra barata y cubierto los muebles disparejos con colchas de nuestras habitaciones, y en resumidas cuentas creo que hemos hecho un milagro con un presupuesto muy ajustado.
—Boho chic —afirma Sarah.
—Tienes pintura en el pelo —le digo, y me llevo una mano a la parte superior de la cabeza para señalarle dónde, aunque lo único que consigo así es añadirle un nuevo manchurrón al mío.
—Tú también —contesta ella entre risas, y luego echa un vistazo a su reloj de pulsera—. ¿Te apetece un fish and chips?
Sarah tiene el metabolismo de un caballo. Es una de las cosas que más me gustan de ella, porque me permite comer tarta sin sentirme culpable. Asiento, muerta de hambre.
—Ya voy yo.
Media hora más tarde, brindamos por nuestra ahora fabulosa sala de estar mientras comemos en el sofá nuestro fish and chips apoyado en las rodillas.
—Deberíamos pirarnos del trabajo y convertirnos en reinas televisivas de las renovaciones domésticas —dice Sarah.
—Triunfaríamos —añadió—. «Rediseña tu casa con Laurie y Sarah.»
Se queda quieta con el tenedor a medio camino de la boca.
—«Rediseña tu casa con Sarah y Lu.»
—«Laurie y Sarah» suena mejor. —Sonrío—. Y sabes que tengo razón. Además, soy mayor que tú, es lógico que vaya la primera.
Es una broma habitual entre nosotras; le llevo unos meses a Sarah y jamás desperdicio una sola oportunidad de aprovechar esa ventaja. Espurrea la cerveza que tenía en la boca cuando ve que me agacho para coger mi botellín del suelo.
—¡Cuidado con el parquet!
—He utilizado un posavasos —me jacto.
Se inclina hacia delante y observa mi posavasos improvisado: el folleto de las ofertas de este mes en el supermercado.
—Ostras, Lu —dice despacio—. Nos hemos convertido en personas de posavasos.
Trago saliva, muy seria.
—¿Esto significa que vamos a envejecer y a tener gatos juntas?
Responde que sí con la cabeza.
—Eso creo.
—Pues tampoco estaría tan mal —gruño—. Mi vida sentimental está oficialmente muerta.
Sarah arruga el papel del fish and chips que ya se ha terminado.
—Culpa tuya y de nadie más —replica.
Lo dice por el chico del autobús, desde luego. A estas alturas ya ha alcanzado un estatus casi mítico y estoy a puntísimo de renunciar a él. Diez meses es mucho tiempo de dedicación a la búsqueda de un completo extraño con la remota esperanza de que esté soltero, enamorado de mí y no sea un asesino en serie. Sarah me ha dicho miles de veces que tengo que pasar página, con lo que en realidad se refiere a que debo encontrar a otra persona antes de que me convierta en monja. Sé que tiene razón, pero mi corazón todavía no está listo para dejarlo marchar. La emoción que experimenté cuando nos miramos a los ojos… nunca la había sentido, jamás.
—Podrías haber dado la vuelta al mundo desde que lo viste —dice—. Piensa en cuántos hombres perfectos podrías haberte tirado en ese viaje. Ahora tendrías anécdotas con Roberto en Italia y con Vlad en Rusia, y podrías contárselas a tus nietos cuando seas vieja.
—No voy a tener hijos ni nietos. Más bien voy a buscar en vano al chico del autobús durante el resto de mis días y a tener gatos contigo —digo—. Montaremos un refugio de gatos, y la reina nos concederá una medalla por los servicios prestados.
Sarah se ríe, pero su mirada me advierte de que ha llegado el momento de dejar de aferrarme a mi sueño del chico del autobús y olvidarlo.
—Acabo de recordar que soy alérgica a los gatos —dice—. Aun así me quieres, ¿verdad?
Suspiro y cojo mi cerveza.
—Me temo que así no hay trato. Búscate a otra persona, Sarah, jamás podremos estar juntas.
Una sonrisa le ilumina la cara.
—Tengo una cita la semana que viene.
Me llevo las manos al corazón.
—Pues sí que has superado rápido lo nuestro.
—Lo conocí en un ascensor. Lo convertí en mi rehén con el botón de parada hasta que accedió a invitarme a salir.
En serio, necesito que Sarah me dé lecciones de vida: en cuanto ve lo que quiere se lanza a por ello de cabeza. Por enésima vez, pienso que ojalá hubiera tenido ovarios para bajarme de aquel autobús. Pero la realidad es que no lo hice. Tal vez haya llegado el momento de espabilar, de dejar de buscar a aquel chico y de lloriquear achispada cuando no lo consigo. Hay otros hombres. Tengo que convertir «¿Qué haría Sarah?» en mi lema vital… Y estoy bastante convencida de que ella no se pasaría todo un año llorando por los rincones.
—¿Compramos un cuadro para esa pared? —pregunta mirando el espacio vacío que queda encima de la chimenea.
Asiento.
—Sí. ¡Por qué no! ¿Puede ser de gatos?
Se ríe y me lanza la bola del papel del fish and chips a la cabeza.
Laurie
—Trata de no tomar decisiones precipitadas cuando conozcas a David esta noche, ¿vale? Es probable que a primera vista pienses que no es tu tipo, pero, créeme, es muy gracioso. Y además educado, Laurie. Por ejemplo, el otro día me cedió su silla en una reunión. ¿A cuántos tipos capaces de hacer algo así conoces?
Sarah me da esta charla de rodillas en el suelo mientras saca todas las copas de vino llenas de polvo que encuentra al fondo del armario de la cocina de nuestro diminuto apartamento compartido.
Me estrujo las meninges en busca de una respuesta y, siendo sincera, no tengo mucho donde escoger.
—Esta mañana el chico del piso de abajo ha apartado su bicicleta para dejarme salir a la calle. ¿Eso cuenta?
—¿Te refieres al mismo chico que abre nuestro correo y deja restos de kebab frío en el suelo del portal todos los fines de semana?
Me río por lo bajo mientras sumerjo las copas de vino en agua caliente y jabonosa. Esta noche damos nuestra tradicional fiesta de Navidad, la que celebramos todos los años desde que nos mudamos a Delancey Street. Aunque nos autoengañamos diciendo que, ahora que ya hemos salido de la universidad, la de este año será mucho más sofisticada, básicamente consistirá en que varios estudiantes y unos cuantos compañeros de trabajo a los que todavía no conocemos muy bien invadan nuestro piso para beber vino barato, debatir sobre cosas que en realidad no entendemos del todo y, en mi caso, por lo que parece, enrollarse con un chico llamado David, que es mi hombre perfecto, según ha decidido Sarah. Ya hemos pasado por esto antes. Mi mejor amiga se tiene por una celestina y ya me emparejó en un par de ocasiones cuando todavía estábamos en la universidad. La primera vez, Mark, o puede que fuera Mike, apareció vestido con unos pantalones cortos de deporte en pleno invierno y se pasó toda la cena tratando de impedirme elegir cualquier plato cuyo aporte calórico requiriera más de una hora de gimnasio para quemarse. Soy una chica de postre; para mí lo único inconveniente que el menú ofrecía era Mike. O Mark. Como fuera. En defensa de Sarah, debo decir que se parecía un poco a Brad Pitt si entornabas los párpados y lo mirabas con el rabillo del ojo en una habitación oscura. Y reconozco que lo hice. A ver, no suelo acostarme con un chico en la primera cita, pero sentí que tenía que darle una oportunidad en nombre de Sarah.
Su segunda opción, Fraser, solo resultó ser un pelín mejor; al menos recuerdo su nombre. Era, con mucho, el escocés más escocés que había conocido en mi vida, hasta el punto de que entendí únicamente alrededor del cincuenta por ciento de lo que me dijo. No creo que mencionara las gaitas en concreto, aunque no me habría sorprendido que llevara una debajo de la chaqueta. Su pajarita de tartán me pareció desconcertante. Sin embargo, nada de todo esto me habría importado; lo que realmente fue su perdición tuvo lugar al final de la cita: me acompañó hasta nuestro piso de Delancey Street y entonces me besó como lo haría quien efectúa una maniobra de reanimación cardiopulmonar. Una reanimación cardiopulmonar con una cantidad de saliva del todo improcedente. En cuanto entré en casa, me fui corriendo al cuarto de baño y mi reflejo me confirmó que tenía la misma pinta que si me hubiera besuqueado un gran danés. Bajo la lluvia.
Tampoco es que yo tenga un historial impresionante en lo que a elegirme pareja se refiere. A excepción de Lewis, un novio que tuve durante mucho tiempo cuando aún vivía en Birmingham, es como si por alguna razón fuera incapaz de dar en el clavo. Tres citas, cuatro citas, a veces incluso cinco antes del fiasco inevitable. Empiezo a preguntarme si ser la mejor amiga de una persona tan deslumbrante como Sarah no será una espada de doble filo; ella hace que los hombres se creen expectativas poco realistas respecto a las mujeres. Si no la adorara, lo más probable sería que quisiera sacarle los ojos.
En cualquier caso, llámame tonta, pero sabía que ninguno de esos hombres era el adecuado para mí. Soy una chica dada al romanticismo; siempre que me preguntan con qué famoso me gustaría ir a cenar contesto que con Nora Ephron y me muero de ganas de saber de una puñetera vez si los buenos chicos besan así de verdad. Ya te haces una idea. Albergo la esperanza de que entre todas estas ranas algún día aparezca un príncipe. O algo parecido.
A saber cómo van las cosas con David, a lo mejor a la tercera va la vencida. No pienso hacerme ilusiones. Puede que sea el amor de mi vida o puede que sea abominable, pero en cualquier caso no niego que me pica la curiosidad y que estoy más que dispuesta a desmelenarme. No es algo que haya hecho muy a menudo a lo largo del último año; tanto Sarah como yo hemos pasado por ese período convulso en el que sales del cómodo mundo de la universidad a la realidad del trabajo, con más éxito en el caso de Sarah que en el mío. Ella encontró casi sin esfuerzo un puesto de auxiliar en una cadena de televisión regional, mientras que yo sigo en la recepción del hotel. Sí, a pesar de mi propósito de Año Nuevo, es evidente que aún no tengo el empleo de mis sueños. Pero era eso o volverme a Birmingham, y me temo que si me marcho de Londres no regresaré nunca más. Estaba claro que a Sarah iba a resultarle más fácil; ella tiene don de gentes, mientras que yo soy un poco torpe con las relaciones sociales, y eso significa que las entrevistas no suelen salirme muy bien.
Esta noche, no obstante, eso quedará a un lado. Estoy decidida a pillarme tal borrachera que mi torpeza social resulte imposible. A fin de cuentas, tendremos la excusa del Año Nuevo para olvidar el comportamiento imprudente que el alcohol favorece. Es que, venga ya, Lu, ¡eso ocurrió el año pasado, por el amor de Dios! ¡Supéralo de una vez!
También es la noche en la que por fin voy a conocer al nuevo novio de Sarah. Lleva ya varias semanas con él, pero por una u otra razón todavía no he podido verlo en una carne y unos huesos que, por lo que parece, son increíblemente sexis. Sin embargo, he oído hablar tanto de él que podría escribir un libro. Por desgracia para el pobre chico, ya sé que en la cama es un dios del sexo y que Sarah espera con ansia ser la madre de sus hijos y casarse con él en cuanto sea la celebridad mediática de altos vuelos en que sin duda va camino de convertirse. Casi me da pena que ya le hayan planeado el futuro de los próximos diez años a la edad de veinticuatro. Pero, oye, así es Sarah. Por muy guay que sea el chico, él es el afortunado.
No puede dejar de hablar de él. Ahora mismo está haciéndolo otra vez, contándome muchísimo más sobre su desenfrenada vida sexual de lo que me gustaría saber.
Cuando levanto los dedos jabonosos para detener su cháchara, esparzo burbujas por el aire como si fuera una niña que agita un pompero.
—Vale, vale, para, por favor. Intentaré no correrme nada más ver por primera vez a tu futuro marido.
—Eso no se lo sueltes, ¿vale? —me pide con una gran sonrisa—. Lo de «futuro marido», digo, porque él todavía no lo sabe y, bueno, compréndelo, podría llevarse una sorpresa.
—¿Tú crees? —bromeo.
—Es mucho mejor que dentro de unos años piense que ha sido idea suya y que es brillante.
Se sacude el polvo de las rodillas de los vaqueros en cuanto se pone de pie.
Hago un gesto de asentimiento. Si conozco a Sarah, y la conozco muy bien, lo tendrá comiendo de la palma de su mano y más que dispuesto a declararse de forma espontánea cuando ella decida que es el momento adecuado. ¿Sabes ese tipo de persona en torno a la que gravita todo el mundo? ¿Esa rara avis chispeante que irradia un aura que atrae a la gente hacia su órbita? Pues esa es Sarah. Pero si piensas que eso la hace parecer insufrible, te equivocas.
La conocí aquí mismo, al empezar nuestro primer año como universitarias. Yo había decidido optar por uno de los apartamentos en alquiler que ofrecía la universidad en lugar de por una habitación en una residencia, y escogí este lugar. Es una casa adosada, alta y antigua dividida en tres apartamentos: dos más grandes en las plantas inferiores y nuestro ático plantado encima, como una desenfadada idea de último momento. La primera vez que lo vi me encantó, se me iluminó la cara y todo se me antojó de color de rosa. ¿Te acuerdas de ese apartamentito shabby chic en el que vive Bridget Jones? Me recordó a algo así, solo que era más viejo y menos chic y que yo tendría que compartirlo con una completa extraña para poder pagar el alquiler. Ninguna de esas desventajas me impidió firmar sobre la línea de puntos; una extraña era más fácil de tolerar que una residencia ruidosa y atestada de desconocidos. Todavía recuerdo que, mientras subía los tramos de escalones de los tres pisos cargada con todas mis cosas el día de la mudanza, mi mayor anhelo era que mi nueva compañera no aniquilara mi fantasía a lo Bridget Jones.
Sarah había pegado una nota de bienvenida en la puerta, unas letras grandes, redondas y rojas garabateadas en el reverso de un sobre usado:
Querida nueva compañera de casa:
He ido a comprar cerveza caliente y barata para inaugurar nuestro nuevo hogar. Quédate la habitación más grande si quieres, ¡yo prefiero estar más cerca del meadero y poder llegar dando tumbos sin caerme!
S x
Y eso bastó. Me tenía ganada por completo antes incluso de ponerle la vista encima. Es diferente a mí en muchos aspectos, pero compartimos los puntos en común justos y necesarios para ser como uña y carne. Ella posee una belleza imponente, tiene una melena ondulada y de un tono rojo camión de bomberos que le llega casi hasta el culo, y un tipazo increíble, aunque su aspecto le importa un bledo.
Lo normal sería que una persona tan guapa como ella me hiciera sentir como el patito feo, pero Sarah tiene algo que logra que te sientas bien contigo misma. Lo primero que me dijo cuando volvió de la tienda aquel día fue:
—¡Me cago en la leche! Eres la viva imagen de Elizabeth Taylor. Vamos a tener que poner un candado en la puerta para evitar disturbios.
Estaba exagerando, por supuesto. No me parezco mucho a Elizabeth Taylor. El pelo oscuro y los ojos azules se los debo a mi abuela materna, que era francesa; fue una bailarina bastante célebre en su juventud, y guardamos como oro en paño varios programas y recortes de prensa granulados que lo demuestran. Pero yo siempre me he considerado más bien una parisina fracasada: he heredado la silueta de mi abuela, pero no su elegancia, y en mis manos su pulcro recogido moreno se ha convertido en un revoltijo de rizos permanentemente electrocutados. Además, es imposible que alguna vez llegue a tener la disciplina que exige el baile; me gustan demasiado las galletas con doble de chocolate. Cuando mi metabolismo empiece a pasarme factura, estaré perdida.
Sarah, en broma, se refiere a nosotras como «la puta y la princesa». En realidad, ella no tiene nada de puta y yo no soy ni por asomo lo suficientemente delicada para ser una princesa. Como ya he dicho, buscamos el punto medio y nos hacemos reír. Ella es mi Thelma y yo su Louise, he ahí la razón por la que me desconcierta que de repente se haya enamorado hasta la médula de un tipo al que no conozco ni he dado el visto bueno.
—¿Crees que tenemos suficiente alcohol? —pregunta mientras observa con ojo crítico las botellas alineadas sobre la encimera de la cocina.
Nadie podría referirse a ellas como una selección sofisticada; parece uno de esos expositores de oferta especial de un supermercado, una montaña de botellas de vino y de vodka baratos que llevamos tres meses acumulando para asegurarnos de que nuestra fiesta sea de las que se recuerdan.
O de las que no se recuerdan, tal vez.
—Más que de sobra. La gente también traerá botellas —digo—. Va a ser genial.
Me rugen las tripas, y eso me recuerda que ninguna de las dos hemos comido nada desde la hora del desayuno.
—¿Has oído eso? —Me froto la barriga—. Mi panza acaba de pedirte que prepares un especial «Delancey Street».
Los sándwiches de Sarah son lo más de Delancey Street, míticos. Me ha enseñado la santa trinidad de su desayuno (tocino, remolacha y champiñones) y tardamos casi dos años en decidirnos por nuestro plato estrella, el especial DS, que lleva el nombre de nuestra calle.
Pone los ojos en blanco y se echa a reír.
—Puedes hacértelo tú, ya sabes.
—No tan bien como tú.
Fanfarronea un poco y abre la nevera.
—Eso es cierto.
La miro formar capas de pollo y queso azul con lechuga, mayonesa y arándanos, una ciencia exacta que yo aún no he logrado dominar. Sé que suena asqueroso, pero, créeme, no lo es. Puede que no sea una comida muy típica de estudiantes, pero desde que dimos con el combo ganador durante nuestra época universitaria nos aseguramos de tener siempre los ingredientes en el frigorífico. Es más o menos nuestra dieta básica. Eso, junto con helado y vino barato.
—La clave son los arándanos —digo después de mi primer bocado.
—Es una cuestión de cantidad —alega ella—. Demasiados arándanos y se convierte poco menos que en un sándwich de mermelada. Demasiado queso y estás lamiendo el calcetín sucio de un adolescente.
Levanto mi sándwich para darle otro bocado, pero Sarah se abalanza sobre mí y me obliga a bajar el brazo.
—Espera. Tenemos que acompañarlo de una copa para ir entrando en ambiente.
Protesto, porque en cuanto coge dos vasos de chupito me doy cuenta de lo que se propone hacer. Ya está riéndose entre dientes mientras busca la botella polvorienta al fondo del armario de la cocina, detrás de las cajas de cereales.
—El pis de los monjes —dice, y nos sirve un trago ceremonial a cada una.
O Bénédictine, para llamar con propiedad al licor de hierbas añejo que nos encontramos en el piso cuando llegamos. En la botella se lee que es una mezcla de hierbas y especias secretas, y cuando la probamos por primera vez, no mucho después de habernos mudado, decidimos que uno de esos ingredientes secretos era, casi seguro, pis de los monjes benedictinos. De vez en cuando, por lo general en Navidad, nos tomamos un chupito cada una, un ritual que hemos llegado a disfrutar y odiar a partes iguales.
—¡Al buche! —Sarah sonríe y desliza por la mesa un vasito en dirección a mí antes de sentarse de nuevo—. Feliz Navidad, Lu.
Brindamos, y luego nos bebemos el contenido de los vasos y los estampamos contra la mesa mientras esbozamos muecas de repugnancia.
—No mejora con la edad —susurro.
Me siento como si me hubieran arrancado la piel del paladar.
—Combustible para cohetes —dice con voz ronca y riéndose—. Cómete el sándwich, te lo has ganado.
Nos sumimos en un silencio de sándwich especial y cuando terminamos Sarah se pone a dar golpecitos al borde de su plato vacío.
—Creo que, como es Navidad, podríamos añadirle una salchicha.
Niego con la cabeza.
—No conviene mezclar nada con el especial DS.
—Hay pocas cosas en la vida que una salchicha no pueda mejorar, Laurie. —Me mira con las cejas enarcadas—. Nunca se sabe, a lo mejor esta noche tienes suerte y se la ves a David.
Teniendo en cuenta las dos últimas citas a ciegas que Sarah me había preparado, no dejo que la perspectiva me sobreexcite.
—Vamos —digo tras dejar los platos en el fregadero—. Será mejor que nos preparemos, no tardarán en llegar.
Ya llevo encima tres copas de vino blanco, y no cabe la menor duda de que estoy muy relajada cuando Sarah viene a por mí y me saca casi a rastras de la cocina agarrándome de la mano.
—Ha llegado —susurra mientras me machaca los huesos de los dedos—. Ven a saludarlo. Tienes que conocerlo ahora mismo.
Sonrío a David a modo de disculpa y me alejo con Sarah. Voy entendiendo a qué se refería Sarah con lo de que el chico mejoraba con el tiempo. Ya me ha hecho reír varias veces y me ha mantenido la copa llena; había empezado a plantearme un pequeño morreo exploratorio. Es bastante majo, se da un ligero aire a Ross de Friends, pero descubro que siento más curiosidad por conocer al alma gemela de mi amiga, lo cual debe de significar que mañana me arrepentiría del besuqueo con el Ross de Friends. Es un barómetro tan bueno como cualquier otro.
Sarah tira de mí entre nuestros amigos risueños y borrachos y un montón de gente que no estoy segura de que ninguna de las dos conozcamos, hasta que por fin llegamos junto a su novio, que está de pie, algo titubeante, al lado de la puerta de entrada.
—Laurie… —Sarah está nerviosa y tiene los ojos brillantes—. Este es Jack. Jack, ella es Laurie. Mi Laurie —añade para enfatizar.
Abro la boca para saludar, pero entonces le veo la cara. Se me desboca el corazón y me siento como si alguien acabara de ponerme unos electrodos en el pecho y los hubiera activado a la máxima potencia. Soy incapaz de conseguir articular ni una sola palabra.
Lo conozco.
Tengo la sensación de que no ha pasado más que una semana desde que lo vi por primera vez… y por última. Aquel momento de infarto en el segundo piso de un autobús lleno de gente hace doce meses.
—Laurie —dice mi nombre, y me entran ganas de llorar de puro alivio, porque por fin está aquí.
Va a parecer una locura, pero me he pasado el último año deseando, esperando toparme con él. Y ahora está aquí. He escrutado innumerables multitudes intentando dar con su cara y lo he buscado en bares y cafeterías. Había renunciado por completo a encontrar al chico del autobús, aunque Sarah jura que le he dado tanto la brasa con él que incluso ella misma lo habría reconocido.
Pero por lo que se ve no ha sido así, ya que me lo ha presentado como el amor de su vida.
Verdes. Tiene los ojos verdes. De un color musgo de árbol brillante alrededor de los bordes del iris y de un dorado ambarino cálido que se filtra hacia las pupilas. Pero no es el color de sus ojos lo que más me impresiona, sino la expresión que adoptan en este preciso instante, cuando baja la mirada hacia mí: un destello de reconocimiento alarmado; una colisión vertiginosa y precipitada. Y entonces, en menos que canta un gallo, esa mirada desaparece y me deja sin saber si ha sido la intensidad de mi propio anhelo lo que me ha hecho imaginar que se ha producido.
—Jack —logro decir, y le tiendo la mano. «Se llama Jack.»—. Encantada de conocerte.
Él asiente con la cabeza, y una media sonrisa asustadiza y vacilante le curva los labios.
—Laurie.
Miro a Sarah, loca de culpa, segura de que debe de estar dándose cuenta de que algo no va bien, pero en realidad no hace sino sonreírnos a los dos como una boba. Menos mal que existe el vino barato.
Cuando me estrecha la mano, la suya, cálida y fuerte, me da un apretón firme, casi cortés, como si estuviéramos conociéndonos en el ambiente formal de una sala de juntas en vez de en una fiesta de Navidad.
No sé qué hacer, porque ninguna de las cosas que quiero hacer estaría bien. Fiel a mi palabra, no me corro en el acto, pero es evidente que a mi corazón le pasa algo. ¿Cómo coño es posible que se haya producido este desastre descomunal? No puede ser de Sarah. Es mío. Ha sido mío durante todo un año.
—¿A que es fantástica?
Ahora Sarah me ha puesto una mano en la parte baja de la espalda y prácticamente me presenta a Jack como si fuera una ofrenda; de hecho, me empuja hacia él para que lo abrace, porque está desesperada por que nos convirtamos de inmediato en grandes amigos. Estoy destrozada.
Jack pone los ojos en blanco y se ríe con nerviosismo, como si la obviedad de Sarah lo incomodara.
—Tan maravillosa como me habías dicho que era —conviene mientras asiente con la cabeza como si estuviera admirando el coche nuevo de un amigo, y algo tan parecido a una disculpa que me horroriza se filtra en su expresión cuando me mira.
¿Está disculpándose porque me recuerda o porque Sarah se comporta como una tía excesivamente entusiasta en una boda?
—¿Laurie? —Sarah se vuelve hacia mí—. ¿No es tan guapísimo como te dije que era?
Se echa a reír, orgullosa de él, y no me extraña que lo esté.
Hago un gesto de asentimiento. Trago saliva con dificultad y, a pesar de eso, me fuerzo a reír a mi vez.
—Sí, desde luego.
Como Sarah está tan desesperadamente ansiosa por que nos llevemos bien, Jack se inclina hacia mí y me roza la mejilla con los labios solo un instante.
—Me alegro de conocerte —dice. Su voz encaja a la perfección con él: es intensa y transmite una seguridad calmosa, una inteligencia sutil y perspicaz—. Nunca deja de hablar de ti.
Cierro los dedos en torno a mi colgante morado en busca del consuelo de algo conocido y me obligo a soltar una risa temblorosa.
—Yo también me siento como si ya te conociera.
Y es cierto; me siento como si lo conociera de toda la vida. Quiero volver la cara y atrapar sus labios entre los míos. Quiero arrastrarlo a toda prisa hasta mi habitación, cerrar la puerta, decirle que lo amo, quitarme la ropa y meterme en la cama con él, ahogarme en el olor amaderado, limpio y cálido de su piel.
Esto es un infierno. Me odio a mí misma. Me alejo un par de pasos de él por el bien de mi propia cordura y forcejeo con mi desgraciado corazón para que deje de latir por encima de la música.
—¿Una copa? —sugiere Sarah, alegre y vociferante.
Jack asiente, agradecido por el salvavidas que acaba de lanzarle.
—¿Laurie?
Sarah me mira para que los acompañe.
Me echo hacia atrás y miro por el pasillo en dirección al cuarto de baño, sacudiéndome como si me muriera de ganas de hacer pis.
—Luego os busco.
Necesito alejarme de él, de ellos, de esto.
Ya a salvo en el cuarto de baño, cierro la puerta de golpe y me deslizo de espaldas por ella hasta quedar sentada en el suelo. Entierro la cabeza entre las manos y engullo el aire a bocanadas para no llorar.
¡Joder, joder, joder! Adoro a Sarah, es mi hermana en todos los sentidos menos en el biológico. Pero esto… No sé cómo sortear esta tempestad sin hundir el barco con los tres a bordo. Un destello de esperanza me ilumina el pecho cuando fantaseo con salir corriendo ahí fuera y soltar la verdad sin más, porque tal vez entonces Sarah se dé cuenta de que la razón por la que se siente tan atraída por él es que, a nivel subconsciente, lo ha reconocido como el chico del autobús. Bien sabe Dios que lo único que me ha faltado ha sido dibujárselo. ¡Menudo malentendido! ¡Cómo nos reiremos de lo absurdo que es todo esto! Pero… ¿y después qué? ¿Sarah se hace amablemente a un lado y él se convierte en mi nuevo novio, así de fácil? ¡Ni siquiera creo que Jack sepa quién soy, por el amor de Dios!
Una derrota plomiza aplasta esa delicada y ridícula esperanza en cuanto la realidad se impone. No puedo hacer algo así. Por supuesto que no puedo. Sarah no tiene ni idea y, joder, qué feliz es. Brilla más que la puñetera estrella de Belén. Puede que sea Navidad, pero esto es la vida real, no una mierda de película hollywoodiense. Es mi mejor amiga del mundo mundial, y por mucho que esto me duela, por más tiempo que me torture, jamás sostendré en silencio, en secreto, carteles que confiesen a Jack O’Mara, sin esperanza ni intenciones ocultas, que para mí él es perfecto y que mi corazón destrozado lo amará por siempre jamás.
Jack
Joder, qué guapa es cuando está dormida.
Tengo la garganta como si me hubiera tragado una palada de arena y creo que es posible que Sarah me haya roto la nariz del cabezazo que me dio en la cama anoche, pero ahora mismo le perdono cualquier cosa, porque tiene el pelo escarlata desparramado sobre los hombros y las almohadas, como si estuviera suspendida en el agua. Se parece a la Sirenita. Aunque soy consciente de que ese pensamiento hace que parezca un pervertido.
Salgo de la cama y me pongo lo primero que encuentro: la bata de Sarah. El estampado es de piñas, pero no tengo ni idea de adónde ha ido a parar mi ropa y necesito tomarme algo para el dolor de cabeza. Dado el estado de los rezagados de anoche, no me sorprendería encontrarme tirados por el suelo del salón todavía a un par de ellos, e imagino que las piñas los ofenderán menos que mi culo desnudo. Pero ¡qué corta es, mierda! Da igual, seré rápido.
—Agua —carraspea Sarah, y estira una mano hacia mí mientras rodeo la cama.
—Ya, lo sé —murmuro.
Mantiene los ojos cerrados cuando le levanto el brazo y vuelvo a ponérselo con mucho cuidado debajo del edredón. Emite un ruido que podría significar «Gracias» o tal vez «Ayúdame, por el amor de Dios». Le doy un beso en la frente.
—Vuelvo enseguida —susurro, pero ella ya ha vuelto a sumirse en la neblina del sueño.
No la culpo. Yo tengo intención de volver a colarme ahí dentro y hacer lo mismo en menos de cinco minutos. Después de mirarla de nuevo durante un largo instante, salgo en silencio de la habitación y cierro la puerta sin hacer ruido.
—Si necesitas paracetamol, está en el armario de la izquierda.
Me quedo inmóvil un segundo y luego intento tragar saliva mientras abro la puerta del armario y rebusco hasta dar con la cajita azul.
—Me has leído la mente —digo al volverme hacia Laurie.
Me fuerzo a esbozar una sonrisa relajada, porque en realidad esto es incómodo de cojones. Ya la he visto antes; antes de anoche, quiero decir. Fue solo una vez, fugazmente, en persona, pero desde entonces ha aparecido otras veces en mi mente: sueños lúcidos, aleatorios y perturbadores, de madrugada, tras los que me despierto sobresaltado, duro como una piedra y frustrado. No sé si se acuerda de mí. Madre mía, espero que no. Sobre todo ahora que estoy plantado delante de ella con una ridícula bata de piñas que apenas me tapa las pelotas.
Esta mañana lleva la melena oscura recogida en la coronilla en un moño despeinado y tiene pinta de necesitar un analgésico tanto como yo, así que le ofrezco la caja.
Sarah me ha dado la lata tanto con su mejor amiga que ya me había construido una Laurie virtual en la cabeza, pero me había equivocado por completo. Como Sarah es tan despampanante, me había imaginado sin cuestionármelo demasiado que habría elegido a una amiga igual de colorida, como si fueran un par de loros exóticos en su jaula. Pero Laurie no es un loro. Es más bien un… No sé, un petirrojo, tal vez. Transmite una especie de paz contenida, una tranquila y discreta sensación de encontrarse bien consigo misma, que hace que resulte fácil estar a su lado.
—Gracias.
Acepta los comprimidos y se pone un par en la mano.
Le sirvo un vaso de agua y ella lo levanta hacia mí, un sombrío «brindis» antes de tragarse los paracetamoles.
—Ten —me dice, y cuenta cuántos quedan en la caja antes de pasármela—. A Sarah le gusta tomarse…
—Tres —la interrumpo, y Laurie asiente.
—Tres.
Me siento un poco como si estuviéramos compitiendo por demostrar quién conoce mejor a Sarah. Gana Laurie, por supuesto. Sarah y yo solo llevamos juntos alrededor de un mes, pero, joder, ha sido arrollador. Me paso la mayor parte del tiempo corriendo tras ella para intentar seguirle el ritmo. La conocí en el ascensor del trabajo; se quedó atascado en un momento en el que íbamos solos, y para cuando volvió a moverse quince minutos más tarde, ya sabía tres cosas. La primera, que puede que ahora sea una reportera de relleno en la emisora de televisión local, pero es probable que algún día llegue a dominar el mundo. La segunda, que iba a llevarla a comer en cuanto arreglaran el ascensor, porque ella me lo ordenó. Aunque iba a pedírselo de todos modos, que conste. Y la tercera y última, que estoy bastante seguro de que fue Sarah quien detuvo el ascensor y volvió a ponerlo en marcha una vez que consiguió lo que quería. Esa vena suya ligeramente despiadada me pone.
—Me ha hablado mucho de ti.
Lleno el hervidor de agua y lo enciendo.
—¿Te ha dicho cómo me gusta el café?
Laurie saca unas tazas del armario mientras habla, y odio el instinto que me hace recorrer su cuerpo con la mirada. Está en pijama, más que respetablemente tapada, y aun así observo la fluidez de sus movimientos, la curva de sus caderas, el esmalte azul marino que lleva en las uñas de los pies.
—Eh…
Me concentro en la búsqueda de una cucharilla y ella se estira para abrir el cajón y mostrarme dónde están.
—Yo me encargo —digo, y meto la mano justo cuando ella lo hace, y entonces la aparta con brusquedad y se ríe para suavizar lo abrupto del gesto.
Cuando empiezo a coger cucharadas de café, Laurie se hace un ovillo sentándose sobre un pie en una silla con respaldo de lamas verticales.
—Para responder a tu pregunta, no, Sarah no me ha dicho cómo te gusta el café, pero si tuviera que adivinarlo, diría… —Me doy la vuelta y me apoyo en la encimera para observarla con detenimiento—. Diría que lo tomas cargado. Dos cucharadas. —Entorno los ojos mientras ella me mira sin darme ninguna pista—. Azúcar… —añado pasándome la mano por la nuca—. No. Te gustaría echarte, pero no te lo permites.
¿Qué cojones estoy diciendo? Parece que esté tirándole los tejos. No es mi intención. De verdad que no. Lo último que deseo que piense es que soy un mujeriego. A ver, he tenido unas cuantas novias y con un par de ellas la cosa incluso se puso seria, pero, por alguna razón, lo que tengo ahora con Sarah me parece distinto. Más… no sé. Lo único que tengo claro es que no quiero que termine pronto. Laurie hace una mueca y niega con la cabeza.
—Dos de azúcar.
—Me tomas el pelo —digo riendo.
Ella se encoge de hombros.
—No. Me pongo dos de azúcar. A veces dos y media, según mi estado de ánimo.
¿Según su estado de ánimo?, me pregunto. ¿Qué la hace necesitar más de dos cucharadas de azúcar? De verdad, tengo que salir ya de esta cocina y volver a la cama. Creo que me he dejado el cerebro en la almohada.
—Ahora que lo pienso —dice Laurie mientras se pone de pie—, al final no me apetece tomarme un café.
Va retrocediendo hacia la puerta mientras habla, y no soy capaz de interpretar del todo la expresión de su mirada cansada. A lo mejor la he ofendido. No sé. Puede que solo esté hecha polvo, o quizá a punto de vomitar. No sería la primera vez que provoco ese efecto en las mujeres.
Laurie
—¿Y bien…? ¿Qué opinas?
Acaban de dar las cuatro cuando me derrumbo junto a Sarah sobre la mesa de formica azul pálido de la cocina. Por fin hemos conseguido que el piso recupere un aspecto parecido al habitual y ahora las dos intentamos ahogar los restos de nuestra resaca en sendas tazas de café enormes. El árbol de Navidad que subimos por la escalera entre las dos hace un par de días está hecho una pena, como si una pandilla de gatos lo hubiera atacado, pero aparte de eso y de unas cuantas copas de vino rotas, podría decirse que hemos regresado a la normalidad. Oí que Jack se marchaba alrededor del mediodía… Vale, fracasé estrepitosamente en mi intento de mantener la calma respecto a la situación y me quedé mirando cómo se alejaba por la calle desde detrás de la cortina de mi dormitorio, como una de esas acosadoras de las películas de terror.
—Ha salido bien, ¿no? —digo malinterpretando a propósito la pregunta de Sarah con el objetivo de ganar tiempo para pensar.
Pone cara de hastío, como si creyera que le vacilo adrede.
—Ya sabes a qué me refiero. ¿Qué opinas de Jack?
Y así es como comienza. En nuestra relación se ha abierto una grieta finísima de la que Sarah ni siquiera es consciente, y tengo que averiguar cómo impedir que se ensanche, cómo evitar que se convierta en un abismo al que ambas caigamos de cabeza. Soy consciente de que esta es la única oportunidad que tendré de poner las cartas sobre la mesa; depende de mí aprovechar o no esta única y solitaria oportunidad. Pero como Sarah me mira llena de esperanza, y como a estas alturas ya ni siquiera sé si me lo habré imaginado todo, me comprometo en silencio a mantener la boca cerrada para siempre.
—Parece… agradable —digo, y elijo deliberadamente una palabra anodina y mundana para el hombre más excitante que he conocido.
—¿Agradable? —resopla Sarah—. Laurie, «agradable» es el adjetivo que usarías para describir unas zapatillas de peluche, o… no sé, un profiterol de chocolate o algo así.
Me río con descaro.
—Pues da la casualidad de que a mí me encantan las zapatillas de peluche.
—Y da la casualidad de que a mí me encantan los profiteroles de chocolate, pero Jack no es un profiterol de chocolate. Es… —Se queda callada, pensando.
Como tener copos de nieve en la lengua, me entran ganas de sugerirle, o como las burbujas de un champán añejo.
—¿Muy agradable? —Sonrío—. ¿Así te parece mejor?
—Ni de lejos. Es un… es un cuerno de crema.
Se ríe de su propio chiste pícaro, pero ha adoptado una expresión soñadora y creo que no estoy preparada para escucharla mientras intenta convencerme de las cualidades de Jack, así que me encojo de hombros y meto baza antes de que Sarah pueda volver a hablar.
—Vale, vale. Es… Bueno, parece divertido, resulta fácil hablar con él y está claro que lo tienes comiendo de tu mano.
Se le escapa una especie de risa rebuzno.
—¿A que sí?
Tiende la mano como para dar de comer a un animal y ambas asentimos por encima de nuestras tazas de café. Aparenta catorce años; tiene la cara limpia de maquillaje y el pelo recogido en dos largas trenzas que cuelgan sobre su camiseta de Mi Pequeño Pony.
—¿Es como te lo habías imaginado?
Ostras, Sarah, por favor, no me presiones. No creo que pueda mantener la boca cerrada para siempre si lo haces.
—Lo cierto es que no tengo claro qué esperaba —digo, y no estoy mintiendo.
—Venga ya, debías de haberte formado alguna imagen en la cabeza.
He tenido la imagen de Jack O’Mara en la cabeza durante doce meses enteros.
—Eh, sí. Supongo que es más o menos como me imaginaba que sería tu hombre perfecto.
Deja caer los hombros, como si el mero hecho de pensar en lo fabuloso que es Jack consumiera la escasa cantidad de energía que le quedaba en el depósito, y vuelve a sumirse en un estado de ojos vidriosos. Me alivia que las dos sigamos con resaca, es una buena excusa para no mostrar demasiado entusiasmo.
—Pero está bueno, ¿no?
Bajo la vista a toda prisa hacia mi taza de café con el propósito de disipar de mis ojos la verdad culpable y aterrorizada, y cuando vuelvo a levantar la cabeza Sarah está mirándome de hito en hito. Su expresión insegura me dice que está buscando mi aprobación, y entiendo sus motivos, pero a la vez me fastidia que lo haga. Sarah suele ser la mujer más impresionante de cualquier lugar al que vaya, es una chica acostumbrada a ser el centro de atención. Eso podría haberla vuelto precoz, o presumida o pretenciosa; no se ha convertido en ninguna de esas cosas, pero a nadie se le escapa el hecho de que siempre ha vivido siendo la chica que puede tirarse al chico que le dé la gana. En la mayor parte de los casos eso ha significado que sus novios eran increíblemente guapos, porque, bueno, ¿qué se lo impide?
En general, es algo que me divierte, y hasta ahora había implicado que nuestros caminos amorosos no se cruzaran. Pero ahora…
¿Qué se supone que debo decir? No estaré a salvo con ninguna respuesta. Si contesto que sí, que está bueno, no me libraré de parecer una pervertida, y si digo que no, que no está bueno, entonces Sarah se sentirá ofendida.
—Es diferente a tu tipo habitual —me aventuro a decir.
Ella asiente despacio y se muerde el labio inferior.
—Lo sé. Puedes ser sincera, no me ofenderé. No es el tipo de guapo obvio que esperabas que fuera, ¿es eso lo que tratas de decir?
Hago un gesto de indiferencia.
—Supongo. No estoy diciendo que no sea guapo ni nada que se le parezca, solo que es distinto a lo que es habitual para ti. —Guardo silencio y le dedico una mirada cómplice—. ¡Por Dios, tu último novio se parecía más a Matt Damon que el propio Matt Damon!
Se echa a reír, porque es verdad. Una vez incluso lo llamé Matt a la cara por equivocación, pero no pasó nada ya que únicamente duró cuatro citas antes de que Sarah decidiera que, por muy guapo que fuera, eso no compensaba el hecho de que siguiera llamando a su madre tres veces al día.
—Es solo que Jack parece más maduro. —Suspira y rodea la taza con ambas manos—. Es como si todos los demás hubieran sido niños y él fuera un hombre. ¿Te parece ridículo?
Niego con la cabeza y sonrío a pesar de estar más que desolada.
—No. No me parece ridículo.
—Supongo que tuvo que madurar rápido —continúa Sarah—. Perdió a su padre hace unos cuantos años; de cáncer, creo. —Se interrumpe, reflexiva—. Su madre y su hermano menor dependieron bastante de él durante un tiempo después de aquello.
Se me rompe un poco el corazón por él; no necesito que nadie me diga lo devastador que debió de ser.
—Parece un tipo bastante guay.
Sarah se ve aliviada después de oír mi valoración.
—Sí. Eso es. Es guay a su manera. No sigue a la multitud.
—Es mejor ser así.
Se sume en un silencio contemplativo durante unos segundos antes de volver a hablar.
—Le caes bien.
—¿Eso ha dicho?
Pretendo que suene desenfadado, pero me temo que podría haberse acercado bastante más de lo deseado a la desesperación. Si es así, Sarah no se inmuta.
—No, lo he notado. Os llevaréis genial. —Sonríe, echa su silla hacia atrás y se pone de pie—. Espera y verás. Te encantará cuando lo conozcas un poco mejor.
Se marcha de la cocina dándome un tirón cariñoso en el moño al pasar. Lucho por contener el impulso de levantarme de un salto y estrecharla en un abrazo feroz no solo para disculparme, sino también para suplicarle que lo entienda. Pero, en vez de eso, arrastro el azucarero hacia mí y añado otra cucharada a mi café. Menos mal que pronto me iré a pasar la Navidad a casa de mis padres; está claro que necesito tiempo para mí y para pensar cómo demonios actuar en esta situación.
El año pasado, me hice dos propósitos:
1) Encontrar mi primer trabajo decente en el mundo de las revistas. Bueno, puedo decir con total seguridad que he fracasado estrepitosamente en este frente. Dos «por los pelos» y un par de artículos freelance que nunca han llegado a publicarse no pueden considerarse algo brillante ni fabuloso, ¿no? Es deprimente y aterrador al mismo tiempo que todavía siga trabajando en el hotel; soy consciente de lo fácil que resulta quedarse atascada en una rutina y renunciar a tus sueños. Pero no voy a rendirme, todavía no.
2) Encontrar al chico de la parada del autobús. En teoría, supongo que este propósito puedo tacharlo. He aprendido por mi cuenta y riesgo que cuando te haces propósitos de Año Nuevo has de ser superconcreto… pero ¿cómo iba a saber que tenía que especificar que mi mejor amiga del mundo mundial no debía encontrar a mi alma gemela antes que yo y enamorarse también de él? Gracias por nada, Universo. Das más asco que las pelotas de un burro.
Así que ¿mi único propósito para este año?
Descubrir cómo desenamorarme.