Créditos

Título original: Optimism over despair

Traducción: Francesc Reyes Camps

1.ª edición: octubre, 2017

© 2017 Noam Chomsky y C. J. Polychroniou

© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa

del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-874-7

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Contenido

Portadilla

Créditos

Introducción

PRIMERA PARTE

La descomposición de la sociedad estadounidense y un mundo en transición

Horror indescriptible: la última fase de la «guerra contra el terror»

El imperio del caos

Luchas globales por la dominación: ISIS, OTAN y Rusia

¿Se está desacelerando la integración europea?

Prohibiciones del burkini, nuevo ateísmo y adoración del Estado: la religión en política

La construcción de visiones de «paz perpetua»

Todo funciona de maravilla para los ricos y poderosos

¿Podrá la civilización sobrevivir al «capitalismo realmente existente»?

SEGUNDA PARTE

Estados Unidos en la era Trump

La base republicana está «fuera de control»

Las elecciones de 2016 ponen a Estados Unidos en riesgo de «desastre absoluto»

Trump en la Casa Blanca

El calentamiento global y el futuro de la humanidad

La larga historia de la intromisión estadounidense en las elecciones de otros países

El legado de la administración Obama

Socialismo para los ricos, capitalismo para los pobres

El sistema de salud pública estadounidense es un escándalo internacional, y con el rechazo de la Ley de Atención Asequible, todavía más

Los peligros de una educación regida por el mercado

TERCERA PARTE

Anarquismo, comunismo y revoluciones

Estados Unidos, ¿preparado para el socialismo?

¿Por qué escojo optimismo en lugar de desaliento?

Notas

Notas del texto

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Introducción

Introducción

Las entrevistas de este volumen presentan las opiniones del principal intelectual público del mundo sobre las consecuencias de la globalización capitalista y sobre muchos más aspectos, tal como quedó registrado en conversaciones con quien esto suscribe en el curso de los pasados cuatro años —desde finales de 2013 hasta el inicio de 2017, para ser exactos— y que originalmente se publicaron en Truthout.

Noam Chomsky ha sido la «conciencia moral de Estados Unidos» durante más de medio siglo (incluso si sigue siendo un desconocido para la mayoría de sus compatriotas), así como el intelectual público más reconocido del mundo, pues se expresa con contundencia contra la agresión de EE. UU. y defiende los derechos de los débiles y de los oprimidos en todo el mundo desde los tiempos de la guerra de Vietnam hasta ahora. Sus análisis se sustentan siempre en hechos irrefutables y surgen de consideraciones profundamente morales sobre la libertad, la democracia, los derechos humanos y la dignidad humana.

La voz de Chomsky sigue siendo, de una manera casi singular, un faro de esperanza y optimismo en estos tiempos oscuros, en esta época de desigualdad económica sin precedentes, de autoritarismo creciente, de darwinismo social, con una izquierda que ha vuelto la espalda a la lucha de clases.

Desde hace ya bastante tiempo, se han sucedido señales claras y fuertes, por todo el espectro político y socioeconómico de las sociedades occidentales avanzadas, de que las contradicciones de la globalización capitalista y las políticas neoliberales asociadas a ella amenazan con desencadenar fuerzas poderosas que tienen la capacidad de generar no solamente resultados altamente destructivos para el crecimiento, la prosperidad, la justicia y la paz social, sino también consecuencias concomitantes para la democracia, el entorno y la civilización humana en su conjunto.

Sin embargo, según Chomsky, el desaliento no es ninguna opción. Por horrenda que pueda parecer la situación mundial actual, la resistencia a la opresión y a la explotación nunca ha sido una empresa estéril, ni siquiera en tiempos más oscuros que los nuestros. Realmente la «contrarrevolución» de Trump en Estados Unidos ya ha traído a la superficie una plétora de fuerzas sociales determinadas a resistir ante el aspirante a autócrata, y el futuro de resistencia en el país más poderoso del mundo parece más prometedor que en muchas otras partes del mundo industrializado avanzado.

En este contexto, las entrevistas reunidas aquí son, en nuestra opinión, de una importancia crítica. Originalmente las encargaron y editaron Maya Schenwar, Alana Yu-lan Price y Leslie Thatcher para su publicación como artículos independientes en Truthout. Nuestra esperanza, al reunirlas en esta antología, es ayudar a presentar las ideas de Noam Chomsky a una nueva generación de lectores y, por lo demás, mantener la fe en la capacidad humana de ofrecer una resistencia tenaz a las fuerzas políticas oscuras, para, en última instancia, cambiar el curso de la historia y mejorarlo.

C. J. POLYCHRONIOU

marzo de 2017

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PRIMERA PARTE

PRIMERA PARTE

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La descomposición de la sociedad estadounidense y un mundo en transición

La descomposición de la sociedad estadounidense

y un mundo en transición

C. J. POLYCHRONIOU: Noam, ha dicho que el ascenso de Donald Trump se debe a la descomposición de la sociedad americana. ¿Qué quiere decir exactamente con una afirmación como esa?

NOAM CHOMSKY: Los programas estatales-empresariales de los pasados treinta y cinco años, más o menos, han tenido efectos catastróficos sobre la mayoría de la población. Los efectos más evidentes han sido la paralización, el deterioro y un incremento muy acusado de la desigualdad social. Así se ha suscitado el miedo, que deja a la población aislada e indefensa y la convierte en una víctima de fuerzas poderosas que no entiende y sobre las que no puede influir. La descomposición no viene motivada por las leyes económicas. Son políticas, un tipo de lucha de clases iniciada por los ricos y poderosos contra la población trabajadora y los pobres. Es la norma en el período neoliberal, no solamente en Estados Unidos, sino también en Europa y en otros lugares. Trump apela a los que sienten y experimentan la descomposición de la sociedad americana, a sentimientos profundos de rabia, miedo, frustración, desesperación... Incluso entre sectores populares en los que se asiste a un incremento de la mortalidad, algo que no se conocía más que en circunstancias bélicas.

La lucha de clases sigue siendo tan violenta y desigual como siempre. La gestión neoliberal de los últimos treinta años, independientemente de que la administración fuera republicana o demócrata, ha intensificado enormemente los procesos de explotación y ha inducido una separación todavía mayor entre los poseedores y los desposeídos en la sociedad americana. De hecho, no veo ningún retroceso en las políticas de clase neoliberales, a pesar de las oportunidades que suscitó la última crisis financiera y de tener a un demócrata centrista en la Casa Blanca.

Las clases empresariales, que son las que mayormente controlan el país, tienen una alta conciencia de clase. No es ninguna distorsión describirlas como meramente marxistas, pero con los valores y compromisos invertidos. No fue hasta hace treinta años que el dirigente del sindicato más poderoso reconoció y criticó la «lucha de clases unilateral» que sin cesar lleva a cabo la clase empresarial. Aun así, las políticas neoliberales son un desbarajuste. Al final han llegado a perjudicar a los más poderosos y privilegiados (que al principio solo las aceptaban para ellos de manera parcial), así que no podrán mantenerse.

Llama mucho la atención comprobar que las políticas adoptadas por los ricos y poderosos son precisamente las opuestas a las que dictan para los desvalidos y los pobres. De este modo, cuando Indonesia sufre una profunda crisis financiera, las instrucciones del Departamento del Tesoro estadounidense (a través del Fondo Monetario Internacional) determinan que se pague la deuda (a Occidente) para subir los tipos de interés y por tanto desacelerar la economía, que se privatice (de manera que las corporaciones occidentales pueden comprar sus activos) y el resto del dogma neoliberal. Para nosotros, en cambio, las políticas consisten en olvidar la deuda, reducir las tasas de interés a cero, nacionalizar (sin utilizar esta palabra), verter los fondos públicos en los bolsillos de las instituciones financieras... También llama la atención que este contraste dramático pase desapercibido, así como constatar que es algo que se ajusta a los registros de la historia económica de los siglos pasados, en los que constituyó una razón primordial para la separación entre el primer mundo y el tercer mundo.

La política de clases hasta ahora solo se ha visto amenazada marginalmente. La administración Obama evitó el más mínimo avance para acabar con el ataque a los sindicatos y para revertirlo. Obama incluso mostró indirectamente su apoyo a este ataque, de maneras interesantes. Vale la pena recordar que el primer viaje que realizó para mostrar su solidaridad con los trabajadores (a los que la retórica americana denomina «clase media») tuvo como destino la planta de Caterpillar en Illinois. Fue allí desafiando las denuncias de organizaciones religiosas y de derechos humanos sobre el grotesco papel de Caterpillar en los territorios ocupados de Israel, en donde constituye un instrumento esencial en la devastación de la tierra y de las poblaciones del «pueblo equivocado». Pero no parece haberse reparado en que, al adoptar las políticas antisindicales de Reagan, Caterpillar se había convertido en la primera corporación industrial en generaciones que rompía con un sindicato poderoso por medio del empleo de esquiroles, en una violación radical de las convenciones sindicales internacionales. Eso dejó a Estados Unidos en una posición única en el mundo industrial, junto a la Sudáfrica del apartheid, por la tolerancia de semejantes medios para minar los derechos y la democracia de los trabajadores. Y ahora me temo que Estados Unidos vuelve a estar solo en su posición. Pensar que se optara por ella de manera accidental resulta cuando menos difícil.

Según una creencia muy arraigada, al menos entre algunos estrategas políticos muy conocidos, las cuestiones problemáticas no definen las elecciones americanas, por mucho que según la retórica los candidatos tengan la necesidad de entender a la opinión pública con el fin de granjearse el apoyo de los votantes. Sabemos, ciertamente, que los medios de comunicación proveen una gran cantidad de información falsa sobre cuestiones problemáticas críticas (por ejemplo, el papel de los medios antes y durante el lanzamiento de la guerra de Irak). Sin embargo, resulta evidente que el público americano sí que se preocupa por las grandes problemáticas sociales, económicas y de política exterior a las que se enfrenta el país. Por ejemplo, según un estudio de investigación publicado hace algunos años por la Universidad de Minnesota, los estadounidenses consideraban la atención médica como una de las problemáticas más importantes a solucionar. También sabemos que una aplastante mayoría de estadounidenses es partidaria de los sindicatos. O que opinaban que la «guerra contra el terror» había resultado un completo fracaso. A la luz de todo esto, ¿cuál es la mejor manera de entender la relación entre medios de comunicación, política y el público en la sociedad americana contemporánea?

Ha quedado bien establecido que las campañas electorales están diseñadas de manera que se marginalizan las cuestiones problemáticas y se concentran en las personalidades, el estilo retórico, el lenguaje corporal y asuntos por el estilo. Las razones son obvias: los mánagers de los partidos leen las encuestas y son muy conscientes de que, frente a una multitud de problemáticas mayores, ambos partidos están mucho más a la derecha que la población, lo que no es ninguna sorpresa: al fin y al cabo, son partidos de negocios. Los sondeos demuestran que una gran mayoría de votantes no están de acuerdo, pero son las únicas opciones que se les ofrecen en el sistema electoral regido por los negocios, en el que el candidato más financiado casi siempre gana.

Del mismo modo, los consumidores deberían preferir un transporte de masas decente a la elección entre dos automóviles, pero esa no es una opción que los publicistas —ni, por supuesto, los mercados— contemplen. Los anuncios en la televisión no proporcionan información sobre los productos. Lo que proporcionan es más bien ilusión e imaginería. Las mismas firmas de relaciones públicas que hacen lo posible por erosionar los mercados mediante la desinformación de los consumidores —lo que asegura que estos escogen opciones irracionales, al contrario de lo que recomendarían las teorías económicas abstractas— son las que intentan erosionar, del mismo modo, la democracia. Y los gerentes de la industria son muy conscientes de todo esto. Figuras capitales han expresado su regocijo en la prensa financiera porque han colocado en el mercado candidatos como si de mercancías se tratara desde la era Reagan. Este es su principal éxito hasta ahora. Según prevén, este éxito servirá de modelo para ejecutivos empresariales y para la industria de la mercadotecnia en el futuro.

Ha mencionado la encuesta de Minnesota sobre atención médica. Es algo típico. Durante décadas, las encuestas han mostrado que la atención médica está a la cabeza, o cerca de ella, en cuanto a preocupación social. No es sorprendente, dado el fracaso desastroso del sistema de atención sanitaria, con costes per cápita del doble que en sociedades comparables y con algunos de los peores resultados. Las encuestas también muestran de manera consistente que una amplia mayoría desea un sistema nacionalizado, llamado de «pagador único», bastante parecido al sistema Medicare existente para los mayores, que es mucho más eficiente que los sistemas privatizados o el que introdujo Obama. En las pocas ocasiones en que se menciona algo en este sentido, se le llama «políticamente imposible» o se dice que «carece de apoyo político», lo que significa que las industrias aseguradoras y farmacéuticas, y otras que se benefician del sistema actual, se oponen. Obtuvimos una perspectiva interesante del funcionamiento de la democracia americana cuando en 2008, a diferencia de 2004, los candidatos demócratas —primero Edwards, y luego Clinton y Obama— daban un paso al frente con propuestas que por lo menos empezaban a acercarse a lo que el público había deseado durante décadas. ¿Por qué? No por un cambio en las actitudes del público, que permanecían constantes. Lo que ocurrió fue que la industria manufacturera había estado sufriendo por culpa del sistema privatizado de atención sanitaria, y por los enormes privilegios garantizados por ley para las industrias farmacéuticas. Cuando un sector amplio de capital concentrado favorece algún programa, se convierte en «políticamente posible» y tiene «apoyo político». Tan revelador como los hechos mismos es que no se les preste atención.

Esto mismo ocurre con otros muchos temas problemáticos, tanto en el plano nacional como en el internacional.

La economía de Estados Unidos se está enfrentando a un sinfín de problemas, aunque los beneficios para los ricos y las empresas volvieron hace ya mucho tiempo a los niveles habituales antes de la crisis financiera de 2008. Pero hay un único problema en el que se fijan muchos expertos y analistas financieros, por ser el más crítico: el de la deuda gubernamental. Según los analistas al uso, la deuda americana ya está fuera de control, razón por la cual rechazan con vehemencia los paquetes de grandes estímulos económicos para impulsar el crecimiento, arguyendo que dichas medidas hundirían todavía más en la deuda a Estados Unidos. ¿Cuál sería el impacto previsible que una deuda en aumento tendría sobre la economía americana y sobre la confianza de inversores internacionales si se produce una nueva crisis financiera?

Eso es algo que nadie sabe realmente. La deuda había llegado a ser mucho mayor en el pasado, sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial. Pero eso pudo superarse gracias a un remarcable auge económico bajo el crecimiento de la economía de guerra parcialmente planificada. De manera que, por lo que sabemos, si los estímulos del Gobierno favorecieron el crecimiento económico, la deuda podría controlarse. Y también existen otros mecanismos, como la inflación. Pero el resto consiste en un juego de adivinanzas. Los principales financiadores —y concretamente China, Japón y los productores de petróleo— podrían decidir invertir sus fondos en otro lugar para obtener mayores beneficios. Pero los signos que hagan pensar en tales acontecimientos son escasos y no parecen muy previsibles. Los financiadores tienen un interés particular en sostener la economía de Estados Unidos para sus propias exportaciones. No existe un modo de hacer predicciones infalibles, pero parece claro que el mundo entero se encuentra en una situación de debilidad, por decirlo suavemente.

En contraste con muchos otros, parece usted creer que Estados Unidos sigue siendo una superpotencia mundial desde el punto de vista económico, político y, por supuesto, militar, incluso después de la última crisis. Yo también soy de esta opinión, ya que el resto de las economías del mundo no solamente no están en condiciones de desafiar la hegemonía americana, sino que además miran a Estados Unidos como el salvador de la economía mundial. ¿Cuáles son en su opinión las ventajas competitivas que tiene el capitalismo americano sobre la economía de la Unión Europea y sobre las nuevas economías que emergen en Asia?

La crisis financiera de 2007-2008 se originó en gran parte en Estados Unidos, pero sus mayores competidores —Europa y Japón— acabaron por sufrirla más severamente, y Estados Unidos siguió siendo la ubicación escogida por los inversores que buscaban seguridad en un momento de crisis. Las ventajas de Estados Unidos son sustanciales. Dispone de abundantes recursos internos. Está unificado, lo que constituye un factor importante. Hasta la Guerra Civil de 1860, el nombre «Estados Unidos» era plural (y lo sigue siendo en las lenguas europeas). Pero desde entonces pasó a ser un nombre singular en el inglés estándar. La política dictada en Washington por el poder del Estado y el capital concentrado rige en la totalidad del país. Esto, en Europa, es mucho más difícil de conseguir. Un par de años después de la erupción de la última crisis financiera mundial, el grupo de trabajo de la Comisión Europea publicó un informe en el que decía: «Europa necesita nuevos organismos para controlar el riesgo sistémico y para coordinar la visión de conjunto de las instituciones financieras en todo el mosaico supervisor de la región», a pesar de que el grupo de trabajo, dirigido por un antiguo gobernador del Banco Central francés, «se guardaba de sugerir un único perro guardián europeo», cosa de la que dispone Estados Unidos siempre que así lo desee. Para Europa, esta sería una «misión casi imposible», afirmó el director del equipo de trabajo. Diversos analistas, entre ellos el Financial Times, han descrito como políticamente imposible dicho objetivo, pues «va más allá de la autoridad que muchos estados miembros quieren ceder en este terreno». La unidad tiene otras muchas ventajas. Algunos de los efectos dañinos de la incapacidad europea para coordinar reacciones ante la crisis han sido objeto de debate entre los economistas europeos.

Las raíces históricas de estas diferencias entre Europa y Estados Unidos resultan familiares. Siglos de conflicto acabaron por imponer un sistema de naciones-estado en Europa, y la experiencia de la Segunda Guerra Mundial convenció a los europeos de la conveniencia de abandonar esa tradición de aniquilarse unos a otros, porque el siguiente intento iba a ser el último. Así tenemos eso que a los versados en ciencia política les gusta llamar «paz democrática», por mucho que no queda demasiado claro que la democracia tenga mucho que ver en el asunto. Estados Unidos, por el contrario, es un Estado de colonos y colonial que asesinó a la población indígena y que confinó a los remanentes en «reservas», mientras conquistaba la mitad de México y luego se expandía más allá. De una manera mucho más intensa que en Europa, se destruyó la rica diversidad interna. La Guerra Civil consolidó la autoridad central, lo mismo que la uniformidad en otros terrenos: la lengua nacional, los patrones culturales, grandes proyectos estatales y empresariales de ingeniería social como la suburbanización de la sociedad, el subsidio central masivo de industria avanzada por medio de la investigación y el desarrollo, el abastecimiento y otros dispositivos, y muchos más.

Las nuevas economías emergentes en Asia presentan problemas internos increíbles y desconocidos en Occidente. Sabemos más de India que de China, porque aquella es una sociedad más abierta. Hay razones que la colocan en el puesto 130 del Índice de Desarrollo Humano (en donde se encontraba antes de las reformas neoliberales). China se encuentra en el puesto 90, y el rango podría ser peor si se dispusiera de más información sobre ella. Esto es solo la punta del iceberg. En el siglo XVIII China e India eran los centros comerciales e industriales del mundo, con sistemas mercantiles sofisticados, niveles avanzados de sanidad en términos comparativos, etcétera. Pero la conquista imperial y las políticas económicas (intervención estatal para los ricos, pobres que tuvieron que tragarse los mercados libres) los dejaron en condiciones deplorables. Resulta notable que el único país del Sur Global que se desarrollara fuera Japón, el único país que no estaba colonizado. La correlación no es accidental.

¿Estados Unidos sigue dictando la política del Fondo Monetario Internacional?

Es difícil de decir, pero según lo entiendo se supone que los economistas del FMI son, y tal vez lo sean, de algún modo independientes de los políticos. En el caso de Grecia, y generalmente en el de la austeridad, los economistas se han rebelado con algunos escritos críticos sobre los programas de Bruselas, pero los políticos parecen ignorarlos.

En la política exterior, la «guerra contra el terror» parece ser una empresa que nunca acaba y, como ocurre con el monstruo de la hidra, surgen dos nuevas cabezas cada vez que se corta una. Las intervenciones de fuerzas masivas, ¿pueden realmente acabar con organizaciones terroristas como el ISIS (también conocido como Daesh o ISIL)?

Al mismo tiempo que tomaba posesión, Obama expandió las fuerzas de intervención e intensificó las guerras en Afganistán y Paquistán, tal como había prometido. También había opciones de paz, tal como se recomendaba incluso en los medios convencionales, como Foreign Affairs, por ejemplo. Pero no se tuvieron en cuenta. El primer mensaje a Obama del presidente Hamid Karzai, que quedó sin respuesta, fue una petición para que cesaran los bombardeos sobre civiles. Karzai también informó a una delegación de la ONU de que quería un calendario para la retirada de las tropas extranjeras (es decir, de Estados Unidos). Inmediatamente cayó en desgracia en lo que a Washington respecta, y pasó de ser un favorito de los medios de comunicación a ser tratado de «poco fiable», «corrupto», etcétera... Lo que no era más cierto entonces que cuando se le festejaba como «nuestro hombre» en Kabul. Obama envió más tropas y aumentó los bombardeos a ambos lados de la frontera afgano-paquistaní, la línea Durand, una frontera artificial establecida por los británicos que corta las áreas pastunes por la mitad y que el pueblo nunca ha aceptado. En el pasado Afganistán había presionado para que se borrara.

Este es el componente central de la «guerra contra el terror». Era seguro que estimularía más terror, tal como ocurrió con la guerra de Irak y tal como ocurre generalmente cuando se recurre a la fuerza. La fuerza puede triunfar. Buena prueba de ello es la propia existencia de Estados Unidos. Los rusos y Chechenia son otra prueba. Pero tiene que ser algo desbordante, y probablemente haya demasiados tentáculos como para exterminar al monstruo terrorista que en gran parte crearon Reagan y sus asociados, aunque luego fueron otros los que lo nutrieron. ISIS es el último, y resulta ser una organización mucho más brutal que Al-Qaeda. También es diferente en el sentido de que tiene reclamaciones territoriales. Podría ser aniquilado mediante el uso masivo de tropas terrestres, pero eso no acabaría con la emergencia de organizaciones de ideología similar. La violencia engendra violencia.

Las relaciones de Estados Unidos con China han pasado por diferentes fases en las últimas décadas, y resulta difícil entender en qué punto están las cosas hoy en día. ¿Cree que las relaciones entre China y Estados Unidos van a mejorar, o bien se deteriorarán?

Estados Unidos mantiene una relación de amor-odio con China. Los salarios de miseria chinos, las condiciones de trabajo y la falta de compromisos medioambientales son de gran ayuda para los fabricantes estadounidenses y occidentales, que externalizan operaciones allá, y para el gran comercio minorista, que puede obtener bienes baratos. Y Estados Unidos ahora se apoya en China, Japón y otros para sostener su propia economía. Pero China también plantea problemas. No se deja intimidar con facilidad. Cuando Estados Unidos levanta el dedo para indicar a los europeos que dejen de hacer negocios con Irán, la mayor parte cumple. Pero China sigue a lo suyo. Y eso resulta aterrador. Llevamos muchos años imaginando peligros chinos. Y continuamos imaginándolos.

¿Piensa que China estará pronto en una posición que suponga una amenaza para los intereses globales de Estados Unidos?

De entre los grandes poderes, China ha sido el más reservado a la hora de utilizar la fuerza, incluso en los preparativos militares. Tanto es así que destacados analistas estratégicos estadounidenses (John Steinbrunner y Nancy Gallagher, que escriben en la revista de la más que respetable Academia Americana de las Artes y de las Ciencias) convocaron a China hace algunos años para que liderara una coalición de naciones amantes de la paz, opuesta al agresivo militarismo americano que, según creen, nos está llevando a la «condena final». Las señales de cambio a este respecto son pocas. Pero China no sigue órdenes y va dando pasos para lograr el acceso a la energía y a otros recursos en todo el mundo. Eso sí que constituye una amenaza.

Las relaciones entre India y Paquistán constituyen claramente un desafío para la política exterior americana. ¿Puede Estados Unidos mantener esa situación bajo control?

Hasta un cierto punto. Y la situación es muy volátil. En Cachemira se suceden los episodios violentos, con el terror estatal ejercido por India y con los terroristas con base en Paquistán. Y todavía hay mucho más, como demuestran los recientes atentados en Bombay. También se ofrecen posibles maneras de reducir las tensiones. Una sería el oleoducto proyectado hasta la India a través de Paquistán y desde Irán, la fuente de energía natural para India. Es de suponer que la decisión de Washington de minar el Tratado de No Proliferación Nuclear al garantizar el acceso de India a la tecnología nuclear venga motivada en parte por la esperanza de socavar esta opción y atraer a India en la campaña de Washington contra Irán. También puede tener que ver con Afganistán, en donde se ha hablado de un oleoducto (TAPI) desde Turkmenistán a través de Afganistán hasta Paquistán y luego hasta India. No parece que sea un tema muy vigente, pero muy posiblemente volverá a hablarse de él. El «gran juego» del siglo XIX sigue vivito y coleando.

En muchos círculos se tiene la impresión de que el grupo de presión israelí es quien lleva la voz cantante en la política exterior estadounidense en Oriente Medio. Realmente, ¿el poder de este grupo de presión es tan grande como para dominar a una superpotencia?

Mi amigo Gilbert Achcar, un especialista renombrado en Oriente Medio y sobre temas internacionales en general, describe esta idea como «fantasmagórica». Así de claro. Quien intimida a la industria de alta tecnología americana para que amplíe sus inversiones en Israel no es el grupo de presión, como tampoco es quien le tuerce el brazo al Gobierno americano para que realice allá el acopio preventivo de suministros destinados a posteriores operaciones militares, o para intensificar el acercamiento en relaciones militares y de inteligencia.

Cuando los objetivos del grupo de presión coinciden con lo que se percibe como intereses económicos y estratégicos estadounidenses, generalmente se sale con la suya: el estrujamiento de los palestinos, por ejemplo, un asunto que no puede representar una gran preocupación para el poder estatal-empresarial de Estados Unidos. Pero cuando los objetivos divergen, como sucede a menudo, el grupo de presión desaparece rápidamente, pues saben muy bien que no hay que enfrentarse al auténtico poder.

Coincido plenamente con este análisis, pero creo que usted también coincidirá conmigo en que el grupo de presión israelí es lo bastante influyente y en que las críticas a Israel siguen causando reacciones histéricas en Estados Unidos, como sabe muy bien, pues durante muchos años usted ha estado en el punto de mira de los sionistas de derechas. ¿A qué debemos atribuir esta intangible influencia del grupo de presión israelí sobre la opinión pública americana?

Todo esto es muy cierto, aunque no tanto en los años recientes. No se trata realmente de un poder sobre la opinión pública. Si se hacen números, se comprobará que el mayor apoyo con mucho de las acciones de Israel es independiente del grupo de presión, puesto que proviene de los fundamentalistas religiosos cristianos. El sionismo británico y americano precedió al movimiento sionista, basado en interpretaciones providencialistas de profecías bíblicas. La población en general apoya la solución para los dos Estados, y sin duda no es consciente de que Estados Unidos ha estado bloqueándola unilateralmente. Entre los sectores más formados, entre ellos los intelectuales judíos, el interés en Israel brillaba por su ausencia antes de su gran victoria militar de 1967, que realmente estableció la alianza EE. UU.-Israel. Eso llevó a una gran historia de amor con Israel por parte de las clases mejor formadas. La proeza militar israelí y la alianza EE. UU.-Israel representaron una irresistible tentación de combinar el apoyo a Washington con el culto al poder y los pretextos humanitarios. Pero, para ponerlo en perspectiva, las reacciones a las críticas por los crímenes de Estados Unidos son por lo menos igual de extremas, por no decir más. Si hago un recuento de las amenazas de muerte que he recibido a lo largo de los años, o de las diatribas en las publicaciones de opinión, Israel queda lejos de ser el motivo principal. Ese fenómeno no se circunscribe a Estados Unidos. A pesar de todo el autoengaño, Europa occidental no es muy diferente en este sentido... Aunque, naturalmente, está más abierta a criticar las acciones de Estados Unidos. Los crímenes de los demás suelen ser bienvenidos, pues ofrecen oportunidades para posicionarse sobre los profundos compromisos morales de cada uno.

Bajo Erdogan, Turquía asiste a un proceso de despliegue de una estrategia neo-otomana hacia Oriente Medio y Asia central. ¿El despliegue de esta gran estrategia tiene lugar con la colaboración o con la oposición de Estados Unidos?

Turquía ha sido, por supuesto, una aliada muy significativa de Estados Unidos, hasta tal punto que durante la administración Clinton se convirtió en la principal receptora de armamento americano (después de Israel y Egipto, en una categoría diferente). Clinton inundó Turquía de armas como ayuda para llevar a cabo una gran campaña de asesinato, destrucción y terror sobre la minoría kurda. Turquía también ha sido un aliado mayor de Israel desde 1958, como parte de una alianza general de estados no árabes, bajo la égida de EE. UU., con la tarea de asegurar el control sobre las mayores fuentes de energía del mundo por medio de la protección de los dictadores gobernantes contra el denominado «nacionalismo radical», un eufemismo para referirse a los pueblos. Las relaciones entre Estados Unidos y Turquía a veces han sido tensas. Esto fue particularmente cierto en la preparación de la invasión americana de Irak, cuando el Gobierno turco, inclinándose a la voluntad del 95 por ciento de su población, rechazó unirse a ella. Esto causó un gran enfado en Estados Unidos. Enviaron a Paul Wolfowitz para que el Gobierno desobediente rectificara y se disculpara ante Estados Unidos. Estos acontecimientos tan bien publicitados no mellaron la reputación de Wolfowitz entre los medios de comunicación liberales como «idealista jefe» de la administración Bush, dedicado en cuerpo y alma a la promoción de la democracia. Las relaciones siguen siendo en cierta medida tensas hoy, aunque la alianza se mantiene en su sitio. Turquía tiene relaciones naturales potenciales con Irán y con Asia central, y puede verse inclinada a cimentarlas, lo que tal vez volvería a tensar la cuerda con Washington. Pero no parece ser el caso, por el momento.

En el frente occidental, los planes para la expansión hacia el este de la OTAN, que se iniciaron en la era de Bill Clinton, ¿siguen vigentes?

En mi opinión, uno de los mayores delitos de Clinton —y hubo muchos— fue el de expandir la OTAN hacia el este, en flagrante violación de un acuerdo firmado con Gorbachov por sus predecesores cuando este permitió sorprendentemente que la Alemania unida se uniera a una alianza militar hostil. Estas provocaciones tan serias siguieron adelante con Bush, junto con una postura de militarismo agresivo, y, tal como era previsible, provocaron fuertes reacciones por parte de Rusia. Pero los límites americanos ya estaban colocados en las fronteras rusas.

¿Qué piensa de la Unión Europea? Sigue siendo una pionera para el neoliberalismo y difícilmente un baluarte para la agresión de Estados Unidos. ¿Pero percibe algún signo de que en algún momento pueda surgir como una actriz constructiva e influyente en el escenario mundial?

Sí que podría. Pero es una decisión que tienen que tomar los europeos. Algunos habían favorecido que mantuviera una postura independiente, como sobre todo De Gaulle. Pero en general las élites europeas han preferido la pasividad y seguir tras los pasos de Washington.