Créditos

Título original: The Confessions of Young Nero

Traducción: Laura Paredes

1.ª edición: mayo 2017

© Margaret George, 2017

© Ediciones B, S. A., 2017

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

© Mapas: Penguin Random House, Laura Hartman Maestro

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-721-4

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

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Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Mi agradecimiento

La Roma de Nerón

Gran Roma

Genealogía de la Casa Imperial

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

XXIII

XXIV

XXV

XXVI

XXVII

XXVIII

XXIX

XXX

XXXI

XXXII

XXXIII

XXXIV

XXXV

XXXVI

XXXVII

XXXVIII

XXXIX

XL

XLI

XLII

XLIII

XLIV

XLV

XLVI

XLVII

XLVIII

XLIX

L

LI

LII

LIII

LIV

LV

LVI

LVII

LVIII

LIX

LX

LXI

LXII

LXIII

LXIV

LXV

LXVI

LXVII

LXVIII

LXIX

LXX

LXXI

LXXII

LXXIII

LXXIV

LXXV

LXXVI

Nota del autor

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Dedicatoria

A mi nieta,

Lydia Margaret,

que desciende (me gusta creer) de la gran reina guerrera

Boadicea

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Mi agradecimiento

Mi agradecimiento

A Bob Feibel, que hace muchos años me hizo una sugerencia: «¿Has pensado en el emperador Nerón?», y a los catedráticos de clásicas, Barry B. Powell y William Aylward, de la Universidad de Wisconsin, que me traducen, aconsejan y ayudan a acompañar a Nerón.

A Claire Zion, mi perspicaz editora, y a Jacques de Spoelberch, mi agente de siempre, por su entusiasmo y por su apoyo incondicional a la idea de narrar la historia de Nerón.

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La Roma de Nerón

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Gran Roma

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Genealogía de la Casa Imperial

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I

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I

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LOCUSTA

Esta no es la primera vez que me encarcelan. Tengo, pues, la esperanza de que todo sea una farsa y que pronto el nuevo emperador, Galba, me mande llamar discretamente porque necesita mis excepcionales servicios y acabe recorriendo de nuevo los pasillos de palacio. Allí me siento como en casa, ¿por qué no debería ser así? He proporcionado mis oportunos servicios a quienes ostentan el poder desde hace muchos años.

Soy, ¿por qué no decirlo?, envenenadora de profesión. Y no cualquier envenenadora, sino una reconocida experta y la primera en mi oficio. De modo que muchos ansían ser otra Locusta; es decir, otra yo. Así que he fundado una academia para transmitir mis conocimientos y formar a la siguiente generación, ya que Roma siempre precisará envenenadores. Tendría que lamentarlo, debería decir que es una lástima que Roma se rebaje de esta manera, pero sería hipócrita por mi parte. Además, estoy segura de que el veneno es la mejor forma de morir. Solo hay que pensar en las demás maneras en las que una persona puede sucumbir a manos de Roma: despedazada por animales salvajes en la arena, estrangulada en la prisión Marmentina y, la más insípida de todas, desangrada al cumplir la orden de abrirse las venas, como si de un animal expiatorio se tratara. ¡Bah! Yo prefiero un buen veneno. ¿Acaso no recurrió Cleopatra al áspid y a su veneno, que la dejó hermosa, tendida en su diván?

Conocí al difunto emperador Nerón cuando aún era un niño y todavía se llamaba Lucio Domicio Enobarbo, el nombre que recibió al nacer. Lo vi en el punto más frágil de su vida, cuando era un niño abandonado a merced de su tío Calígula. (¡Bueno, he aquí alguien que me proporcionó mucho negocio!) Su padre estaba muerto; su madre, Agripina, había sido desterrada cuando él apenas tenía tres años, y a su tío le gustaba jugar con él.

Recuerdo que era un niño agradable (de hecho, siguió siéndolo toda su vida; era un don), pero timorato. Había muchas cosas que lo asustaban, sobre todo los ruidos fuertes y que lo mandaran llamar inesperadamente. Calígula solía hacerlo: llamaba a la gente en mitad de la noche. En una ocasión me obligó a ver en palacio una representación teatral nocturna en la que él interpretaba a Júpiter. Unas veces era algo inocente, como la actuación teatral; otras, acababa con la muerte de la persona indefensa a quien había mandado llamar. Así que Nerón (lo nombraremos así para evitar confusiones, del mismo modo que a Calígula no lo llamo Calígula sino Cayo César Germánico) supo a muy temprana edad el peligro que había en la serpiente que se ocultaba dentro de su tío.

¡Ah, qué recuerdos! Aquí, en mi celda, no dejo de rememorarlos: me ayuda a pasar las horas hasta que llegue el momento de que Galba me encargue una tarea. ¡Sé que lo hará!

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II

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II

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NERÓN

Había luna llena. Brillaba, redonda, sobre la lisa superficie del lago, que también era redondo, por lo que daba la impresión de ser más grande. Asomó, dorada, por detrás de las colinas circundantes pero pronto se convirtió en una brillante esfera blanca suspendida a gran altura.

Iluminaba la amplia cubierta del barco. Tenía que estar sentado junto a mi tío y escucharlo entonar alabanzas a la diosa Diana, cuyo santuario se alzaba a la orilla del lago y a quien este estaba consagrado.

Recuerdo la llama de las antorchas que bañaban con una centelleante luz roja las caras que me rodeaban, lo que contrastaba con la suave luz blanca azulada de la luna que cubría la escena. El rostro de mi tío no parecía humano, sino demoníaco, con un tono ardiente.

Se trata de impresiones, de recuerdos, que se presentan sin estar relacionados con nada. El reflejo en el agua, las antorchas, la voz fina y aflautada de mi tío, la risa nerviosa a mi alrededor, el aire gélido...

Solo tenía tres años, por lo que no es extraño que mis recuerdos sean inconexos.

De pronto, acercó su cara a la mía y me dijo con aquella voz sedosa:

—¿Qué debo hacer con el cachorro de esa perra?

Más risa nerviosa. Sus rudas manos me sujetaron por los hombros y me levantaron del suelo, de modo que mis piernas quedaron colgando, indefensas, en el aire.

—¡Lo ofreceré como sacrificio a la diosa! —Se dirigió hasta la barandilla y me sostuvo sobre el agua rizada. Todavía recuerdo la ondulación de la luz de la luna reflejada en ella, esperándome—. Quiere un sacrificio humano, y ¿cuál podría ser más digno que este familiar mío, descendiente del divino Augusto? Diana merece lo mejor, y quizá sirva para propiciar sus favores tras el lapsus de Augusto, que prefirió adorar a su hermano Apolo. ¡Vamos allá!

Y me lanzó al agua, en la que me hundí, con una gran salpicadura, en medio del frío, incapaz de nadar o de gritar siquiera. Pero unas manos fuertes me sujetaron y me sacaron, de modo que, felizmente, pude respirar. Me izaron a cubierta, donde mi tío estaba con los brazos en jarras, riendo a carcajadas.

—La próxima vez será, ¿eh, Querea? Eres demasiado compasivo al rescatar semejante desecho. Nadie que haya parido mi hermana puede llegar a nada bueno.

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III

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Mientras permanecía sentado junto a Querea, mi vista abarcaba todo aquel inmenso barco y veía la luz bailando en la cubierta de mosaico y la luna reflejándose en la cabina de mármol blanco. El demente que me había lanzado al agua andaba ahora de un lado para otro, riendo. No volví a oír una risa así hasta que fui mayor, y procedía de una hiena cautiva, que gemía y se lamentaba en su jaula.

«Déjame bajar, déjame bajar, déjame bajar de este barco», recé a ningún dios concreto, simplemente al que me estuviera escuchando.

—Ven, chaval —dijo Querea, rodeándome los hombros con su enorme brazo—. Tendrías que andar para entrar en calor. —Me levantó y me hizo recorrer la cubierta arriba y abajo hasta que me noté de nuevo los pies entumecidos. Pasamos junto a los remeros, que giraban la cabeza como si las tuvieran impulsadas por palancas para mirarnos al acercarnos a ellos. Uno o dos sonrieron. Los demás parecían estatuas situadas aquí y allá en la cubierta—. La costa está cerca —me comentó Querea a la vez que me cargaba en brazos y me la señalaba con la mano—. Pronto regresaremos.

Cómo y cuándo volvimos, no lo sé. Como he dicho, los recuerdos que poseo de tan temprana edad son tenues y no se hilvanan entre sí para formar un todo; más bien son como nubes que surcan el cielo de mi mente, cada uno de ellos separado e independiente. Pero tengo el horrible recuerdo del viaje en barco grabado en el cerebro.

Mi pequeña cama de la casa de mi tía, donde vivía, era estrecha y dura; todavía siento la aspereza de las sábanas cuando pienso en ella, pero no recuerdo qué más había en la habitación. Sé que el edificio estaba en el campo porque oía cantar a los gallos por la mañana y recuerdo ir a recoger huevos, todavía calientes, de un lecho de paja. También recuerdo muchas clases de mariposas, y flores de tallo alto, aunque ahora sé que eran malas hierbas.

Llamaba Mariposa a mi tía porque uno de sus nombres era Lépida, que significa elegante y grácil, y era muy bonita. Tenía el cabello del color rojizo del cobre algo sucio, no del cobre reluciente que acaba de pulirse. Era la hermana menor de mi padre y me contaba historias sobre él, que había fallecido antes de que yo pudiera conocerlo, y sobre sus antepasados. Cuando le dije cómo el sol le hacía brillar el pelo, soltó una carcajada y me comentó:

—El cabello del color del bronce es un rasgo de nuestra familia. Veo algunos destellos iguales en el tuyo, también, a pesar de que lo tienes mayormente rubio. ¿Quieres que te cuente la historia sobre por qué es de este color?

—¡Oh, sí! —Me senté a su lado con la esperanza de que fuera un relato largo.

—Bueno, hace mucho tiempo, uno de nuestros antepasados vio a dos muchachos altos y guapos que estaban de pie en la carretera.

—¿Eran dioses? —dije. Siempre que unos desconocidos altos aparecían de la nada, eran dioses.

—Pues sí: los dioses gemelos Cástor y Pólux. Dijeron a nuestro antepasado que los romanos habían ganado una gran batalla, y que fuera a Roma a contárselo a todo el mundo. Para demostrar que eran dioses y que le decían la verdad, le tocaron la barba, que al instante pasó de ser morena a ser pelirroja. Y, a partir de entonces, nuestra familia recibió el nombre de Enobarbo: barba de bronce.

—¿Tenía mi padre la barba pelirroja? —pregunté. Quería saber más cosas de él. Quería oír que era un héroe, que era famoso y que su muerte había sido trágica. Más adelante descubrí que no era ninguna de estas cosas.

—Oh, sí. Era un auténtico Enobarbo. Otro aspecto inusual de nuestra familia es que los hombres solo tienen dos nombres de pila: Lucio y Gneo. Tu padre era Gneo y tú, Lucio. Tu abuelo, también Lucio, fue cónsul, además de auriga. Y uno de los más famosos, por cierto.

Yo tenía unos pequeños carros de juguete de marfil y me encantaba hacer carreras con ellos en el suelo.

—¿Cuándo podré conducir un carro?

La tía Mariposa ladeó la cabeza con una sonrisa.

—Aún falta un poco para eso. Tienes que ser muy fuerte para participar en una carrera de carros. Los caballos te arrancan las riendas de las manos si no las sujetas muy fuerte, y tienes que ir con cuidado de no caerte con los botes que da el carro porque es muy peligroso.

—A lo mejor podría ir en uno pequeño, tirado por ponis.

—Quizá —dijo—. Pero todavía eres demasiado pequeño, incluso para eso.

Recuerdo esta conversación sobre los carros y las barbas rojas. Pero todavía no sabía por qué vivía con la tía Mariposa ni qué les había sucedido a mi madre y a mi padre. Sabía que mi padre estaba muerto, pero ignoraba qué había sido de mi madre. Solo sabía que no estaba allí.

La tía me puso dos profesores. Uno se llamaba Paris y era actor y bailarín. El otro se llamaba Cástor y era barbero. Afeitaba la barba del marido de mi tía (que no era del color del bronce, sino de un castaño normal y corriente), cosía heridas y hacía otras cosas útiles. Paris era solo para divertirse. No vi que hiciera otra cosa aparte de actuar y fingir ser otra persona. Al principio, contaba una historia, normalmente sobre un griego, porque parecían tener las mejores historias, y después, fingía ser aquellas personas. En la vida real, era moreno y no demasiado alto. Pero juro que, cuando interpretaba a Apolo, se agigantaba ante mis ojos y el pelo se le aclaraba.

—No, pequeñín —soltaba, riendo—. Eso es solo tu imaginación. Es la labor del actor hacer que veas y oigas cosas en tu propia cabeza.

—¿Hace magia un actor?

—¡Claro que no! —exclamó, echando un vistazo alrededor con un destello de temor en los ojos—. La magia solo tiene lugar en tus pensamientos.

Fue poco antes de que me enterara de que estaba prohibido practicar magia y que esto era, precisamente, lo que se hacía en aquella casa.

En cierto sentido, era extraño ser el único niño de la casa. No tenía nadie con quien jugar salvo Paris, que era infantil en muchos aspectos —aunque seguía siendo un adulto—, y los niños que eran esclavos. A mi tía no le gustaba que jugara con ellos, pero no podía vigilarme todo el rato, ¿y qué esperaba que hiciera? Lo diré con todas las letras: me sentía solo. Solo, único, diferente. Mi tía no dejaba de insistir en que ser diferente era algo especial, algo glorioso, pero a mí me parecía simplemente un castigo. Así que encontraba la libertad jugando con los niños esclavos de mi edad, e interpretando los papeles que Paris me enseñaba. Unas veces era un dios; otras, era una chica (hacía las veces de Perséfone con su Hades, y siempre usábamos los nombres griegos, no los romanos de Proserpina y Plutón), y en ocasiones era un adulto. En el escenario, en realidad el patio, podía ser cualquiera. En la vida real, como mi tía no dejaba de recordarme, era descendiente del divino Augusto y tenía que recordarlo a todas horas. Pero, según me informó Paris, también era descendiente de su adversario, Marco Antonio, y Marco Antonio era mucho más divertido que el impasible y soso divino Augusto.

—Antonio viajó al este, a las tierras donde se habla griego, y a Egipto, y gozó de la música, las flores, el vino y las dionisias. Comandó una gran flota de barcos, tuvo una esposa llamada Cleopatra, reina de Egipto, y...

—Se arruinó la vida y se deshonró como romano —lo interrumpió una voz cortante. Nos volvimos y vimos al marido de mi tía, Silano, de pie en la puerta. Nos asustó doblemente, porque rara vez estaba en casa. Se acercó a mí, se agachó y me miró a los ojos—. Deja que Paris te cuente toda la historia, vamos. ¡Adelante, Paris! —Levantó la cabeza de golpe hacia el tembloroso preceptor.

—Bueno... libró una gran batalla naval contra Augusto, en Accio, y la perdió.

—No solo eso. Huyó de regreso a Egipto en lugar de arrojarse sobre su espada como tendría que hacer cualquier general romano que se preciara —terminó Silano—. Antes de desertar al este, se había casado con la hermana de Augusto. Dejó atrás dos hijas maravillosas, Antonia la Mayor y Antonia la Menor. Tú desciendes de ambas. Jamás olvides que tú eres descendiente del Marco Antonio romano, no del pervertido y degradado Marco Antonio griego.

Me hablaba de una forma tan furibunda que asentí solo para que dejara de mirarme. Finalmente lo hizo, se puso de pie e indicó a Paris que siguiera con sus lecciones normales, sin ninguna de aquellas sandeces griegas.

—Pero ¿qué le pasó a Marco Antonio en Egipto? —pregunté cuando se hubo marchado.

—Augusto lo persiguió hasta allí y murió. Está enterrado en Egipto, no en Roma. Bueno, Egipto es un lugar muy interesante: posee ruinas antiguas y pirámides descomunales, muchas tumbas, y en general no es un mal sitio para descansar eternamente —me susurró—. Antonio tuvo más hijos en Egipto; Augusto los trajo de vuelta aquí y los crio como si fueran romanos.

—¿Funcionó? ¿Fueron buenos romanos?

—Sí, que se sepa. Cuando creció, la niña se convirtió en reina de Mauritania, y más adelante su hijo vino a Roma. Habría sido tu primo.

—¿Qué fue de él?

—Calígula ordenó ejecutarlo, porque osó vestir el púrpura real en presencia del emperador. ¿Ves ahora la suerte que tuviste de que tan solo te tirara por la borda? ¿Y de que permitiera que alguien te rescatara? ¿Y de que se lo tomara a risa?

La tía Lépida fue a buscarme a mi habitación un día tempestuoso, sonriendo de oreja a oreja con una niña en brazos. Dejó a la criaturita en el suelo, donde se tambaleó dando pasitos bruscos sin dejar de hacer gorgoritos y hablar sin sentido.

—¡Alguien con quien jugar! —anunció. Como si pudiera jugar con aquel bebé que apenas era capaz de andar y no sabía hablar—. ¡Mi nieta Octavia!

¿Era aquello lo que prefería para mí antes que a los niños esclavos? ¿Qué se suponía que tenía que hacer con ella? Me agaché para observarla atentamente, y ella alargó la mano y me tiró del pelo. Entonces se echó a llorar. Era una mocosa de lo más desagradable. Entonces vi a otra mujer que se asomaba desde detrás del hombro de mi tía.

—¿Es este tu primito? —preguntó al bebé, como si esperara de verdad que le respondiera. Cuando no lo hizo, se dirigió a mí—. ¡Vaya, Lucio, veo que tienes el pelo ondulado de la familia! ¡Muy bonito! Como yo —dijo, atusándose los rizos—. Somos primos hermanos, ¿sabes? ¡Muy cercanos! —Se agachó para besarme la mejilla, y me llegó una fragancia intensa de lirios triturados. Su voz era grave y cálida—. Soy la madre de Octavia. Espero que os toméis cariño.

La tía Lépida lo miraba todo con ademán posesivo.

—Es mi hija, Mesalina. Aunque está casada y es madre, solo os separan diecisiete años.

—Os envidio aquí, en el campo —comentó Mesalina, con su almibarada voz grave—. Lo echo de menos.

—Vive en Roma con su marido, Claudio, el hermano de tu ilustre abuelo Germánico.

—Pues será muy viejo —solté.

Mesalina soltó una carcajada, y su risa era tan encantadora como su voz.

—Si lo conoces, ¡no se te ocurra decir eso! —A pesar de lo pequeño que era, no se me pasó por alto que no me lo discutiera.

—Vaya, tenemos visita... ¿de la familia? —dijo Silano, que entró a grandes zancadas en la habitación.

—Sí, visita de la familia —ronroneó Mesalina.

—Las visitas de la familia son las mejores —aseguró Silano. ¿Por qué no dejaban de repetir la palabra «familia»? ¿Y por qué el correcto y autodisciplinado cónsul parecía nervioso?—. Hacía tiempo, demasiado, que no venías a vernos. Pero es difícil salir de Roma. Lo comprendo.

—No tanto si uno quiere realmente hacerlo —dijo, acercándose más a él. Solo yo lo vi, porque tenía los pies junto a los míos. Fue un movimiento levísimo.

—Estoy seguro de que a Claudio le gusta tenerte cerca —dijo Silano, retrocediendo de forma casi imperceptible. ¿Por qué se escabullían como cangrejos, aunque lentos?

Octavia soltó un gemido y una esclava acudió para auparla.

—Vamos a tomar vino caliente —sugirió Silano—. En estos días apetece algo de calidez.

Se marcharon a otra habitación y me dejaron solo.

Era difícil seguir el hilo de la familia de un modo, para usar la palabra favorita de Silano, correcto. Había tanta endogamia que cualquiera de nosotros era pariente de todos los demás. Una de mis habitaciones preferidas albergaba varios bustos de antepasados, y me gustaba observarlos para poder asignar una cara a cada nombre. Como estaban todos muertos, nunca los conocería, pero al mismo tiempo, parecían tan vivos como todos los demás, puesto que no dejaban de salir en las conversaciones. El gran Germánico, Antonia la Mayor, Marco Antonio, Octavia la Menor... daba la impresión de que vivían a la vuelta de la esquina.

En las sombras silenciosas de aquel cuarto, que a mí me parecía atemporal, el suelo de mármol estaba siempre caliente en invierno y frío en verano, pero el ambiente era permanentemente el mismo: los bustos presidían aquel pequeño reino. Todos ellos eran de mármol blanco, excepto el de Marco Antonio, que era de pórfido de color púrpura oscuro. Tenía una buena mata de rizos despeinados y el cuello grueso, y yo imaginaba que sería un hombre fornido. Su desaliño lo distinguía lo bastante como para impedir que jamás lo confundiera con nadie más. Su hija Antonia la Mayor estaba en un pedestal cercano. Él nunca la había visto de adulta; la última vez que estuvo con ella era un bebé como Octavia. Los bustos permanecían inmóviles, eternamente separados.

Le examiné detenidamente la cara. Ojalá pudiera decir que mi abuela había sido hermosa, pero era poco agraciada, poco memorable. Sería difícil recordarla por más veces que la vieras. Se decía que su hermana menor, mi bisabuela por la otra parte, era mucho más bonita. Murió más o menos cuando yo nací. Quizás algún día vea un busto de ella y pueda compararlas.

El dios de la familia, Germánico, disponía de un busto de mayores dimensiones, separado de los demás. Era atractivo y joven, y seguiría siendo joven en nuestras historias, al haber muerto gobernando lejos de Roma. Como todas las personas que fallecen antes de haber cumplido sus expectativas, se le atribuían grandes logros como si realmente los hubiera conseguido. Oía a personas llorando la muerte del noble Germánico y lamentándose de que el destino lo hubiera privado de convertirse en un gran emperador. Pero ¿quién sabe en realidad qué clase de emperador habría sido? Las expectativas decepcionan y los capullos no siempre revelan una preciosa flor al abrirse. La muerte le ahorró ser descubierto.

Había muchos otros, que se remontaban más en el tiempo: varios Lucio y Gneo de la rama de los Enobarbo, y sus esposas, que habían dejado poca huella en sus descendientes. Como parecían pertenecer a un vago pasado, no me tomé la molestia de examinarlos.

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IV

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Los días transcurrían muy despacio en la casa de la tía Lépida. No puedo decir que todos fueran iguales, porque lo que Paris me enseñaba era distinto, y si bien unas veces hacía un día espléndido y soleado, otras el tiempo era frío e inhóspito, de modo que nos quedábamos dentro, calentándonos con braseros. Pero la variación era pequeña, y había poca emoción. Podía pasarme horas jugando con mis carros, esparcidos por el suelo, sin que nadie se fijara en ello.

La recolección de aceitunas era algo que interrumpía la marcha regular de los días; tenía lugar en otoño, y a mí me encargaban la tarea de seguir a los esclavos que recogían las aceitunas caídas para asegurarme de que no quedara ninguna en el suelo. Se trataba de algo para mantener ocupado a un niño, pero me hacía sentir muy importante mientras buscaba en el suelo alguna reveladora forma redondeada. Había muchas magulladas o pisadas, y el olor dulce y fuerte de su aceite impregnaba el aire.

—Es oro líquido —dijo el capataz—. Más útil que el oro de verdad. Puedes comerlo, usarlo para iluminar tus aposentos, para sanar heridas, para suavizar la piel seca, para cocinar, para mojar pan... es un auténtico regalo de los dioses. ¡Qué insípido sería el mundo sin él! Y tu tía sería más pobre también. Puede que las aceitunas no sean tan atractivas como el oro, pero son una fuente mucho más fiable de ingresos.

Oí un tumulto detrás de nosotros y, cuando me volví, vi a mi tía Lépida caminando con un hombre que se tambaleaba y se balanceaba al acercarse.

—¡Por Poseidón! ¡Es Claudio! —exclamó el capataz, que se volvió para saludarlos con una sonrisa tan resbaladiza como el aceite de oliva que tanto ensalzaba.

—Sí, este año la cosecha es buena —estaba explicando mi tía a aquel hombre que miraba vagamente alrededor mientras se tiraba del manto.

—Sí, ya-ya lo veo —dijo el hombre, recorriendo con la mirada el olivar que se extendía por las colinas. La inclinación con que los árboles recibían los rayos del sol confería a sus hojas verdes un brillo plateado.

—Es un honor, príncipe —dijo el capataz con una enorme reverencia.

Miré a mi alrededor y vi que todos los demás lo imitaban, así que yo también lo hice.

—No ti-tienes que hacerme reverencias —comentó el hombre, que se agachó, me tomó la mano y tiró de mí hacia arriba—. Soy tu tío abuelo Cla-claudio, el hermano de tu abuelo Ger-germánico.

Casi me eché a reír pero me contuve a tiempo. ¿Acaso era una broma? Todo el mundo decía que Germánico era el ideal de la virilidad, y aquel busto que mi tía tenía de él lo mostraba como si fuera Apolo, pero aquel hombre era un vejestorio renqueante.

—Por eso es más preciado aún para nosotros —dijo mi tía Lépida, tomándole del brazo. Este la miró atónito—. Es lo único que nos queda de aquel soldado modélico.

—¡No soy ninguna re-reliquia! —soltó Claudio.

—No, tú eres el esposo de mi querida Mesalina, y nada es demasiado bueno para ella.

Oh, Mesalina, aquella mujer que había rezumado más madurez que las aceitunas que tenía a mi alrededor. Aquella mujer extraña con aquel bebé tan poco interesante.

—Va a ve-venir —comentó Claudio—. Se entretuvo en Roma pero lle-llegará pronto.

—Te agradezco que la traigas —dijo mi tía—. Últimamente apenas la veo.

—El nu-nuevo bebé precisa cuidados. Yo tampoco la veo apenas. —Sonrió.

De repente, mi tía se agachó como si tuviera algo muy interesante que decirme.

—Lucio, tienes un nuevo primo, un niño llamado, ¿cuál es su nombre, Claudio?

—Ti-tiberio Claudio Germánico —respondió—. Ge-germánico para conservar el preciado nombre y mostrar que el linaje continúa.

Y así fue como oí por primera vez el nombre de mi futuro rival en cuanto a mi vida y a mi rango.

Entonces Claudio se estremeció y se tambaleó hacia el capataz de tal forma que casi lo tiró al suelo. Puso los ojos en blanco y se quedó con la boca abierta.

—Chsss... —Mi tía le secó la frente y le acarició la cara. Luego, se volvió hacia nosotros—. Tiene estos ataques, pero se le pasan enseguida. No hagáis caso.

¡Como si eso fuera posible! Me quedé mirando su rostro inexpresivo, su boca abierta. Era como si lo hubiera poseído un espíritu de aquellos de los que hablaba la cocinera: demonios que se apoderaban de la gente.

Y entonces se le pasó, tal como había pronosticado mi tía. Pestañeó, cerró la boca, se secó la baba con la mano y miró alrededor para orientarse.

—Un nombre noble —dijo mi tía, siguiendo la conversación como si nada hubiera pasado.

Regresaron a la casa con Claudio apoyándose en ella.

—No es como para envidiarlo, ¿verdad? Pobre hombre —comentó el capataz—. Aunque sea el hermano de Germánico. ¿Cómo le pudo pasar eso? ¿Fue su madre impúdica o es que a los dioses les gusta jugar con nosotros?

—Estás hablando de mi bisabuela —le hice ver, con toda la dignidad de que es capaz un niño. Y solté una carcajada—. Por lo que debo inclinarme por la idea de que los dioses juegan con nosotros para divertirse.

Volví a la casa, justo a tiempo de ver a Mesalina entrando afanosamente en el vestíbulo. Llevaba con ella a la niña pequeña, además de un fardo que supuse que contendría al recién llegado.

—¡Oh, Lucio! —dijo, y corrió hacia mí para abrazarme contra su pecho generoso como si fuéramos amigos íntimos. El fardo, que apestaba, quedó apretujado entre ambos y soltó un alarido—. ¡Este es tu nuevo primo, Tiberio!

Contemplé la carita del pequeño y traté de sonreír. Pero de lo que más ganas tenía era de zafarme de ella.

—Muy lindo —dije.

Mesalina acercó a Octavia hacia nosotros y nos abrazó a todos juntos.

—¿Hay algo más bonito que tener primos? ¡Qué afortunados somos de tenernos unos a otros! —Y de repente nos soltó y se incorporó. Su voz cambió cuando llamó a una esclava y le indicó que cuidara de los niños. Estaba claro que quería incluirme, pero me desplacé hacia un lado y me fui a mi habitación. ¡Como si mi sitio estuviera con aquellos mocosos!

Me entretuve jugando con mis carros y probándome las máscaras de teatro en miniatura que Paris me había hecho, disfrutando de la calma. Empezó a llover y el suave golpeteo del agua en el exterior era arrullador. Al final, recosté la cabeza en mis brazos y me quedé dormido.

Al despertarme no tenía ni idea de lo que había durado mi siestecita, pero estaba anocheciendo. Oí unos tenues pasos en la puerta; alguien se estaba asomando a mi cuarto. Mantuve los ojos cerrados y fingí seguir dormido. Oí entonces que la persona se iba y, con una voz que a duras penas alcancé a oír, informaba a quienes estaban en una habitación cercana que podían hablar con total libertad. Entonces, oí un murmullo, pero como varias personas hablaban a la vez, no podía distinguir qué decían.

¿Qué era tan secreto que tenían que asegurarse de que yo, o cualquier otra persona, no los oyera? La idea de semejante reserva me cautivó, y salí de mi cuarto lo más sigilosamente que pude. Me puse a cuatro patas para poder avanzar muy despacio, palpando el recorrido, sin que nadie me viera si se le ocurría mirar.

Estaban reunidos en la biblioteca, alrededor del brasero encendido. Mi tía estaba sentada en un taburete, lo mismo que el enfermizo Claudio y que una mujer a la que no conocía de nada, pero los demás estaban de pie. Una vez los hube visto, me aparté de la puerta y me quedé donde podía oírlos igual de bien. En el breve momento en que había echado aquel vistazo, todos estaban gesticulando y los hombres andaban de un lado para otro.

—... no puede estar realmente loco —fue lo primero que oí.

—... va y viene —dijo alguien a continuación.

—Últimamente le viene deprisa y se le va despacio —añadió un tercero.

—Si no afectara a los demás, a nadie le importaría si le apetece disfrazarse de Júpiter o conectar su palacio con el templo de Júpiter en el monte Capitolino. Pero los asesinatos aumentan. Bueno, ya lo he dicho: los asesinatos aumentan. Es espantoso que pueda decirlo como si se tratara de un mero hecho.

Tenían que estar hablando de Calígula. Yo podía dar fe de que era un asesino: había intentado matarme.

—Hablad en voz baja. Los esclavos...

Para mi enojo, todos hablaron más bajo.

—Estaba enfermo y creí que tal vez no se recuperaría. Pero lo hizo. Y... si algo le sucediera, ¿quién lo sustituiría? Solo tiene una hija pequeña y no ha adoptado a ningún adulto como su heredero.

—En realidad, no es nada seguro hablar de esto. Ni siquiera aquí. Puede haber espías en cualquier parte.

—Eso significaría que nos tiene controlados y sería mejor admitir que no hay nada que hacer. ¿Hay alguien a salvo? Actúa al azar.

—Nadie está a salvo. Ni siquiera los que estamos en esta habitación, por más familiares suyos que seamos. Sabemos que mata a parientes. Si no, preguntad a Tolomeo de Mauritania. Solo que no puede hablar.

Me puse en pie de un salto y entré corriendo en la habitación. El temor y el desprecio que sentía por Calígula pudieron más que mi precaución y grité:

—¡Yo puedo hablar! ¡Yo puedo hablar! ¡Intentó ahogarme!

Todos se volvieron hacia mí horrorizados.

—¡Lucio! —exclamó mi tía—. Tienes que regresar a tu cuarto. Vuelve a la cama.

—Demasiado ta-tarde —intervino Claudio—. Ya lo ha oído y es de-de-demasiado mayor para olvidarlo. Pero tiene honor y ma-mantendrá lo que ha oído en secreto. ¿Verdad, Lu-lucio? —Había sacudido descontroladamente la cabeza mientras hablaba, pero lo que decía era lógico.

—Sí. Y nadie tiene que repetir mis palabras, tampoco. Pero me llevó en su barco y quiso ofrecerme como sacrificio a Diana. Me insultó y me arrojó al agua. Un soldado me salvó.

—¿Crees que los soldados todavía le son leales? —preguntó Mesalina.

—Los guardias pre-pretorianos son tradicionalmente leales al emperador —respondió Claudio—. Pero si se volvieran contra él...

—Me han dicho que los denigra y se burla de ellos —comentó Mesalina—. ¿Lo aguantarán?

—Depe-pende de a cuántos humille —contestó Claudio. Otra respuesta lógica.

—Podría sugerir otra forma, si estáis dispuestos a llevarla a la práctica. Supongo que por eso me habéis hecho venir. —La mujer desconocida que había visto antes se levantó. Tenía el pelo oscuro, y su porte y su compostura eran imponentes—. Mi nombre profesional es Locusta y por motivos de seguridad no os diré mi nombre real. Mi especialidad es preparar una ambrosía que ha llevado a muchos al Olimpo, aunque no puedo afirmar que, una vez allí, se hayan convertido en dioses.

—Dicho de otro modo, ¡eres una envenenadora! —dedujo Mesalina—. No nos rebajaríamos a tales métodos. Pero... ¿puedes nombrar alguno de tus... éxitos para demostrar lo que dices?

—Claro que no. No soy tan tonta. Hasta la fecha, mi historial está limpio y nunca me han condenado. Pero solo un idiota revelaría públicamente su participación en lo que se ha considerado obra de la naturaleza. Tendréis que confiar en mí. Podría, claro, haceros una demostración con el animal que elijáis. Y podéis pedirme un agente de acción lenta, media o rápida. Según la clase de... suceso... que más os convenga.

—Podríamos hacerlo —sugirió Mesalina.

—¡Yo no puedo tomar parte en esto! —exclamó Claudio—. Ni si-siquiera quiero escucharlo. Mis orejas no han oído nada. ¡Juradlo! —Recorrió la habitación con la mirada para poner los ojos en cada una de las caras hasta terminar en la mía—. Tú también, Lucio. Yo no he oído na-nada de esto.

—Tío abuelo Claudio, tú no has oído nada de lo que se ha hablado en esta habitación. ¡Ni siquiera estabas en ella! —Fui un paso más allá.

—Exacto —dijo, y se marchó cojeando por el pasillo hacia los comedores—. Mesalina, volveremos ense-seguida a Ro-roma.

—Sí, mi amor —le respondió—. Roma. Actualmente nunca se sabe lo que nos espera en ella —añadió.

—No te preocupes, cielo —dijo mi tía—. Como esposa de Claudio, estás a salvo. Calígula lo trata como si fuera una mascota. Disfruta humillándole más de lo que disfrutaría matándolo.

—Y Silano también está a salvo —asintió Mesalina, con los labios apretados—. Podemos estar agradecidas por eso.

Locusta se acercó a mí.

—Bueno, muchachito, has tenido mucho coraje al entrar en la habitación y decir lo que dijiste, aunque te temblaran las rodillas. Lo vi. Pero solo puede hacerse algo así si se es valiente, sin importar lo mucho que le tiemblen a uno las rodillas.

—Era verdad. Y odio a Calígula. No habría que permitirle hacer a los demás lo que me hizo a mí.

—Ah, pero ¿quién le va poner el cascabel al gato?

—No sé muy bien qué quieres decir.

—Se trata de un dicho. Un grupo de ratones se reunió para decidir qué hacer respecto al gato que andaba suelto. Acordaron que el mejor plan era atarle un cascabel al cuello para poder oírlo, y así esconderse, cuando se acercara. El plan era bueno, pero precisaba de un ratón lo bastante valiente para arriesgar su vida saltándole encima.

—Comprendo. Nadie se atrevería a atacar a Calígula. Pero la ambrosía...

—Eres muy listo. Eso sería como poner un plato de leche para el gato, pero que tuviera que pasar la cabeza por un lazo con el cascabel para beberla. La mano que tendió la trampa no estaría cerca cuando el gato la hiciera saltar. —Suspiró—. Aun así, si no queréis mis servicios, tendréis que arriesgaros a hacer algo más peligroso.

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V

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Dicen que el lugar donde estás cuando te enteras de un hecho que te cambia la vida se te queda grabado para siempre en la memoria. Recuerdas hasta el último detalle y, al mismo tiempo, eres incapaz de verlo desde una perspectiva más amplia, como un sueño, en el que están claras las cosas insignificantes pero el significado o la ubicación son un misterio. Es por eso que recuerdo estar en un jardín contemplando cómo dos mariposas blancas revoloteaban una alrededor de la otra sin distinguir el resto de la escena cuando oí gritar: «¡Calígula está muerto!»

¿Quién lo dijo? No lo sé. ¿De dónde procedía la voz? Lo ignoro. Me quedé petrificado, observando las mariposas. Calígula estaba muerto, Calígula estaba muerto...

Debí de volver corriendo a la casa de mi tía. Allí debieron de decirme que el emperador estaba muerto, asesinado a manos de quienes lo odiaban, lo que implicaba muchos sospechosos. Pero habían capturado a los asesinos, y su cabecilla no era otro que Casio Querea, el hombre que me había rescatado. Debieron de decirme entonces que el nuevo emperador era Claudio. Porque supe todas estas cosas, pero no recuerdo cómo me enteré de ellas. Recuerdo la alegría que sentí al saber que mi torturador había dejado de existir.

El cambio en la casa fue inmediato. Mi tía era ahora la madre de una emperatriz, Mesalina, de apenas veinte años. La Guardia Pretoriana había proclamado emperador a Claudio, uno de los pocos supervivientes de la familia imperial que tenían a mano. No tuvieron tiempo, ni desearon tomarse la molestia, de buscar a alguien más lejano.

—Trató de negarse —dijo mi tía, sacudiendo la cabeza—. Y con razón porque no puede decirse que sea un hombre demasiado majestuoso. Pero por sus venas corre sangre real, y eso era lo que importaba.

—Y Mesalina es emperatriz —comenté—. Tienes que estar muy orgullosa.

—Pues sí, y también lo está Silano por el hecho de que su hijastra ocupe una posición tan alta.

Y entonces me sentí más que nunca como un intruso, como un pobre al amparo de su elevada familia. Con mi padre fallecido, mi madre ausente y la herencia de mi padre en poder de Calígula, vivía de la caridad de mi tía. ¿Me echaría ahora por considerarme una molestia?

Yo era lo último que nadie tenía en la cabeza durante toda esta agitación; me volví invisible, y estaba feliz de que fuera así. A veces me escondía en la habitación de los bustos de mis antepasados. Me calmaban; no sé muy bien por qué. ¿Porque ellos y sus problemas habían desaparecido? ¿Porque miraban un mundo que había desaparecido con ellos? Antonio no podía saber qué había sido de sus hijas romanas, si habían llegado a ser adultas, y menos aún de los hijos que había tenido con Cleopatra, o que el Senado lo había despojado de sus honores, prohibido la celebración de su cumpleaños y ordenado la retirada de todas sus estatuas oficiales. La muerte lo sumía en una placentera ignorancia que le permitía ser libre.

Nosotros no éramos libres. Cuando supimos más detalles de lo que había sucedido, el miedo recorrió la casa, tan intenso que hasta un niño podía notarlo. Calígula había muerto a manos de sus guardias de confianza, capitaneados por Querea, que lo habían rajado y dejado desangrarse como el flamenco al que él había sacrificado personalmente ese mismo día. Su esposa y su hijita habían sido asesinadas, y los autores, desmandados, habían buscado otros miembros de la familia imperial. Puede que yo me hubiera salvado debido a mi humilde situación en casa de mi tía, lejos del Foro. Según se decía, casi acabaron también con la vida de Claudio, pero lo salvaron otros guardias pretorianos que lo encontraron encogido de miedo, tras una cortina.

—Yo que tú, dudaría de esta historia —me susurró Paris—. Claudio es más inteligente de lo que le gusta aparentar. —Al ver mi rostro inexpresivo, añadió—: Si encontraron por casualidad a Claudio, fue porque él lo había dispuesto así.

Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿De modo que hasta Claudio era una serpiente bajo su fachada de amabilidad e ineptitud?

—¿Quieres decir que él... lo organizó?

—No necesariamente. Pero si tenía conocimiento de los planes para asesinar a su sobrino, se aseguró de aprovecharse de la situación.

—¿Qué han hecho con Calígula?

—Incineraron rápidamente su cadáver y, después, dejaron lo que quedaba de él en una tumba poco profunda de los jardines de Lamia. Dicen que sus gritos fantasmagóricos se elevan todas las noches de ese lugar.

Claudio tomó la púrpura y añadió César Augusto a su nombre de nacimiento. A principios de verano, Mesalina invitó a su familia a palacio, y era la primera vez que íbamos a poner los pies en él. Esperaba que ir allí acabaría con los miedos nerviosos que me atosigaban, con los sueños en que la forma fantasmal de Calígula invadía mi habitación y se negaba a desvanecerse. El nuevo emperador me protegería, no me daría caza.

Como muchas cosas de aquel período, mis recuerdos están fragmentados. El lento avanzar del carro que nos llevaba a Roma... la entrada en la ciudad, los edificios, apiñados entre sí, algunos de ladrillo rojo, otros de reluciente mármol blanco... la litera en que me pusieron, que fue dando botes todo el camino... la colina por la que ascendió, de modo que me quedé inclinado hacia atrás... la llegada a un fresco jardín verde en lo alto... el edificio imponente que se alzaba ante nosotros.

—Lo construyó Tiberio —explicó mi tía—. Al divino Augusto le bastó con vivir con sencillez en una casa pequeña y con dormir cuarenta años en una cama baja con un fino cobertor en la misma habitación. —¿Había cierto tono de desaprobación en su voz sobre el modo de vida de los sucesores de Augusto? Si era así, desapareció cuando Mesalina apareció y nos invitó a entrar.

Parecía otra. Iba envuelta en capas de seda, y llevaba perlas e hilos de oro en el pelo.

—Mi querida madre —dijo.

La besó en la mejilla, aunque con solemnidad.

—Silano. —Lo miró un buen rato antes de extender la mano hacia él y decirle—: Me alegra recibiros aquí.

Silano, muy rígido, le hizo una reverencia.

—Lucio —dijo, agachándose para mirarme. No había nada de la pegajosa calidez que había rezumado en la casa de mi tía. Me estaba midiendo de nuevo—. No tendrías que vestir de verde —comentó—. No te favorece.

—¿Qué color tendría que vestir?

Entrecerró los ojos para pensar.

—Rojo, quizá. Dorado. Púrpura no, eso seguro —le respondió.

Una advertencia que hasta yo entendí: «Ni se te ocurra intentar elevarte por encima de tu posición actual.»

La primera habitación en la que entramos tenía el techo tan alto que no podía verlo. Cruzarla llevaba un buen rato; el mármol resbalaba bajo los pies. Después, había otra, y otra, y otra más. Por las ventanas abiertas, que servían de marco a un bosque de temblorosas hojas verdes, entraba una suave brisa, cargada de una fragancia a boj y a menta. El susurro de las sedas de Mesalina nos espoleaba.

Finalmente llegamos a una estancia que daba a una terraza inmensa; la gran ciudad se extendía a nuestros pies. Corrí hacia la barandilla, aunque apenas podía ver por encima de ella. Debajo, a gran distancia, había una enorme área abierta, un óvalo largo y estrecho.

—¿Qué es eso? —pregunté.

—¡Lucio! —me reprendió mi tía—. Tendrías que quedarte con nosotros hasta que te digan lo contrario.

—No pasa nada —intervino Mesalina—. Tan solo es un niño, y no pueden estarse quietos. —Se acercó a mí—. Es el Circo Máximo. En él se celebran carreras de carros —me explicó.

—¡Carros! ¿Cuándo?

—Cada dos por tres —respondió Mesalina—. Hacen un estruendo espantoso.

—Pero ¿puedes verlas desde aquí?

—Sí, pero tienes que tener buena vista; no está cerca.

Anhelaba que me invitara un día a ver las carreras, pero no osé pedírselo. Y ella no me lo ofreció.

Claudio se reunió con nosotros. A diferencia de su esposa, no parecía otro, salvo que ahora vestía de púrpura.

—Me alegra mu-mucho recibiros aquí —dijo, arrastrando los pies al avanzar.

Todos hicimos una reverencia.

—He estado en este pa-palacio en muchas fa-fases distintas de mi vida —dijo—. Por lo que, en muchos sentidos, es como volver a ca-casa. Pero siempre que alguien se muda al hogar de otra persona, procura hacerlo suyo. Por eso hay ca-cambios. Y voy a anular algunos de los decretos de Calígula, lo que espero que co-complazca a la gente. —Se volvió hacia mí—. Hay un evento espe-pecial al que desearía invitarte.

El corazón me dio un brinco de alegría. ¿Serían las carreras de carros?

Se volvió y murmuró algo a mi tía. Esta asintió.

—Será una sorpresa —me dijo entonces Claudio—. El verdadero final de algo, que te hará feliz. —Luego, de un modo nada imperial, me guiñó el ojo.

Un sirviente entró sin hacer ruido para ofrecer una bandeja con copas doradas llenas de una bebida refrescante. Me quedé mirándolas, tenían un intricado diseño. El oro me pesó en la mano. ¡Pero era un peso divino!

Así pues, ser emperador consistía en beber hasta los refrescos más simples en pesadas copas de oro; en ver carreras de carros cuando te apeteciera desde la privacidad de tu vivienda, y en tener montones de sirvientes que aguardaban tus instrucciones y se iban discretamente a cumplirlas.

—Lucio parece cansado —soltó Mesalina de repente—. Quizá tendría que acostarse. —Antes de que pudiera afirmar que estaba despierto del todo, me sujetó la mano y me la puso en la palma de una sirvienta, que me llevó por más habitaciones largas hasta llegar por fin a un cuarto con un diván cubierto de seda. Estaba claro que tenía que acostarme y fingir descansar.

A través de las contraventanas entraban lamas de luz, pero la habitación estaba fresca y, por lo demás, oscura. Casi no alcanzaba a distinguir la decoración de las paredes: unos dibujos rojos y negros enmarcados en un fondo de color amarillo oscuro. De alguna de las demás habitaciones grandes y penumbrosas llegaba una tenue música de flauta.

Ser emperador consistía en tumbarse en divanes así en habitaciones así mientras oías una agradable melodía procedente de lugares secretos.

¿Por qué habría preferido Augusto su pequeña casa, su estrecha cama con sábanas sencillas como las mías en casa de mi tía? Puede que fuera divino, pero osé pensar que tal vez también había sido tonto. Por lo menos, en lo que a asuntos mundanos se refiere.

El suave aire cálido que me recorría el cuerpo se apagó cuando la tarde llegó a su fin. Entonces la flauta dejó de sonar, y unas notas tan hermosas que solo podían proceder del mismísimo Apolo la sustituyeron. Me quedé completamente inmóvil como si al moverme pudiera provocar que aquel sonido susurrante, claro y precioso terminara. ¿Sería un sueño? Pero no lo era, y sabía que tenía que acercarme a su origen para oírlo de modo más claro y directo todavía.

Recorrí las habitaciones a hurtadillas, atraído por el sonido. Al cabo llegué a la sala donde se originaba. Permanecí fuera largo rato con los ojos cerrados, embriagándome de él. No quería mirar dentro por miedo a quién fuera a ver tocando. Paris me había contado muchos relatos sobre música encantada que llevaba a la gente a la muerte. El intérprete era siempre un demonio o un dios disfrazado. Pero finalmente tuve que asomar la cabeza y echar un vistazo.

Un joven esbelto estaba de pie frente a la ventana, sujetando un gran instrumento. Con el brazo izquierdo sostenía su parte inferior plana mientras tocaba las cuerdas desde detrás, y al mismo tiempo pulsaba las cuerdas desde delante con una púa que sujetaba con la mano derecha. El instrumento tenía la forma de un círculo incompleto, con florituras en cada extremo. Las notas que tocaba con los dedos eran suaves, mientras que las que arrancaba con la púa eran claras y sostenidas, y juntas formaban un torrente de sonido melodioso y complejo. De repente, el músico fue consciente de que había alguien en la habitación y volvió la cabeza de golpe hacia mí.

—Pe-perdona, solo quería oír un poco más. —Me temblaban las rodillas, no de miedo, sino del hecho de que aquella música divina se hubiera interrumpido bruscamente.

—Solo estaba ensayando —dijo—. La cítara es una amante severa. No ofrece su música con facilidad, ni a cualquiera. Hace que todos tengamos antes que suplicarle.

Me di cuenta de que solo un adulto podía tocarla; era demasiado grande y pesada para un niño. En aquel mismo instante decidí que aprendería a tocarla en cuanto pudiera.

—¿Quién eres? —me preguntó.

Era normal que se extrañara. Era demasiado mayor para ser hijo de Mesalina y demasiado atrevido para ser un esclavo.

—Lucio Domicio Enobarbo —respondí.

—El sobrino nieto del emperador —dijo—. Todos hemos oído hablar de ti.

—¿En serio? ¿Qué habéis oído? —Era curioso que un músico supiera de mí.

—Bueno, lo cierto es que conocemos tu linaje pero nada más. No sabemos, por ejemplo, si te gusta más el mújol que el cordero. O si sabes nadar.

—Prefiero el mújol —anuncié. En cuanto a nadar... su mera mención me daba escalofríos.

Hizo una floritura con su hábil mano derecha, y el sonido mágico salió de nuevo del instrumento. Después, se detuvo. Esperé, pero no siguió.

—Gracias —dije—. Tal vez cuando sea mayor puedas darme lecciones.

—Si te acuerdas. Y si sigo aquí. —Sonrió.

Lentamente regresé a mi habitación de descanso. El día volvía a ser corriente.

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VI

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El verano era caluroso. La temperatura en el cuartito que ocupaba en casa de mi tía era agobiante; le dije que me sentía como una hogaza de pan en el horno cuando estaba acostado.

—Me imagino que quieres un esclavo abanicándote —comentó—. No podemos prescindir de ninguno.

Las judías lucían mustias en los campos, y los dondiegos de día que se abrían al alba se marchitaban antes de mediodía. Los estanques de peces se estaban secando, y las fuentes dejaron de funcionar, de modo que sus silenciosos surtidores de piedra recordaban bocas abiertas. Era la época de Sirio, cuando esta maravillosa estrella se elevaba sobre el horizonte y traía con ella el ardiente calor del verano. Los romanos huían de la ciudad, algunos en dirección a la costa y otros, a las montañas, si tenían segundas residencias. Estábamos sentados bajo la pérgola con su manto deslucido de hojas, pero no estábamos más frescos que en el interior de la casa.

Llegó un mensaje del palacio imperial. Mi tía lo tomó con entusiasmo, esperando que fuera de Mesalina. Casi nunca tenía noticias de ella, aunque a menudo requerían a Silano en Roma. Pero puso cara larga.

—Es para ti, Lucio, y para Silano —anunció—. El emperador quiere que lo acompañéis en un viaje. No dice dónde. Una vez más, yo no he sido invitada, ¡pero mi marido, sí! —Se volvió hacia mí—. Será mejor que te prepares. Al parecer, ya está de camino.

Claudio llegó poco después, y me subí al carruaje para sentarme a su lado, seguido de Silano. Hasta la fecha, Claudio no me había enviado la invitación prometida para ver las carreras de carros, pero esto demostraba que no se había olvidado de mí.

—¿Adónde vamos? —pregunté, ilusionado.

—A enterrar fantasmas —respondió Claudio.

—Pero ¿dónde...?

—Confía en mí —me pidió—. ¿No te dije que te sorprendería?

Silano miraba a alrededor con algo más que simple curiosidad.

—Mi esposa no viene —comentó Claudio.

—Ya lo veo —dijo Silano.

—Espero que no estés de-decepcionado —soltó Claudio.

—No —aseguró Silano—. Aunque siempre disfruto con su compañía.

Claudio gruñó y el carruaje arrancó con estrépito.

Pasadas unas horas empezamos a ascender por una colina bastante escarpada; cuando la coronamos vi que estábamos en el borde de un gran círculo, cuyo centro, a cierta profundidad, ocupaba un reluciente lago.

Un lago redondo... donde se reflejaba el cielo... apacible y de aguas tranquilas...

Y, en él, flotaban dos barcos enormes que tenían la forma de una raya látigo.

Me aferré a los brazos de mi asiento.

—No tengas miedo —me tranquilizó Claudio, a la vez que me tomaba una mano—. Hoy perecerán.

El carruaje inició su descenso.

Nos situamos en el muelle, y los monstruos flotaban ante nosotros. Vi otra vez las horrendas cabezas de animales de bronce que habían refulgido a la luz de las antorchas, jabalíes y lobos que indicaban el sitio que debía ocupar cada remero. Vi la cabina de mármol blanco que había contemplado a la luz de la luna. Todo lo que había rondado mis sueños se elevaba ahora ante mí, desprovisto de su magia. La fuerte luminosidad del sol había acabado con el misterio de la luz de la luna, lo había eclipsado por completo.

Claudio levantó un brazo.

—¡Vaciadlos y hundidlos! —ordenó a un gran grupo de obreros allí reunidos—. Sacad to-todos los efectos de valor. Remolcadlos después hasta el centro del lago y hundidlos.

Se agachó hacia mí y me tomó las manos.

—El Se-senado quería relegar a Calígula al olvido, condenar de forma legal su memoria: damnatio memoriae. Pero, a pesar de su locura y de su crueldad, no podía permitir que alguien que llevaba mi sa-sangre fuera deshonrado públicamente. Aun así, estoy haciendo lo mi-mismo por voluntad propia. Será eliminado de las listas oficiales, sus estatuas serán retiradas, su nombre será borrado de los mo-monumentos. Y las mu-muestras de su locura, derroche y crueldad serán destruidas. Esta noche hay luna negra. Diana no se ofenderá puesto que no po-podrá ver lo que hacemos.

Era difícil oír sus palabras por encima del golpear de los martillos y del astillar de las maderas que procedía de los barcos condenados. Los hombres empezaron a llevar las cabezas de animales de bronce a la orilla. Cada hocico tenía una gran anilla.

—Excelente trabajo —comentó Claudio tras agacharse para examinar una de ellas—. ¿Qui-quieres una?

—¡No! —Retrocedí—. ¡Destrúyelas!

—Las fu-fundiremos —aseguró Claudio, girando una en su mano. Los colmillos del jabalí le arañaron un dedo.

Al ponerse el sol, los barcos inutilizados borbotearon al desaparecer bajo la superficie del lago. El agua se llenó de burbujas y de ondas, y, finalmente, todo volvió a la calma.

—Adiós —dijo Claudio—. Y ahora, pequeño Lucio, ya no tienes que tener miedo al agua.

Hicimos el camino de vuelta en silencio. Pero a mitad de trayecto, se reunió con nosotros una compañía de caballeros y un contingente de guardias pretorianos.

—Está aquí —indicó Claudio—. Lle-lleváoslo. Transportadlo a Roma. —Se volvió hacia Silano—. Quedas detenido por co-conspirar contra mi vida. He estado es-esperando que me atacaras durante este viaje. Por eso to-todo el día mis guardias nos han seguido de cerca. —Les hizo un gesto con la cabeza—. Lleváoslo.

—¡Yo no he hecho nada! —chilló Silano—. ¡Nada! ¡Soy un súbdito leal!

Claudio lo miró con tristeza.

—¡Entonces, hablaré! —bramó—. ¡Pregunta a tu esposa! ¡Pregunta a Mesalina! Lleva meses buscándome. Intentando llevarme a la cama. ¡Me negué, y esta es su venganza!

—Lleváoslo —repitió Claudio.

Los guardias subieron al carruaje y sacaron de él a Silano, al que llevaron a rastras hasta un caballo.

—¡Es una puta! —gritó Silano—. ¡Y una asesina si me mata por esto! Por rechazarla yo, su padrastro. ¡Menuda obscenidad!

—Mereces mo-morir por ca-calumniar a mi esposa —aseguró Claudio.

Ante mis ojos, la compañía de soldados se llevó a Silano. Lo oí gritar y luego, el silencio.

Claudio se volvió hacia mí afablemente:

—Lucio, yo regreso a Roma por esta bifurcación de la carretera. Una escolta te llevará de vuelta a casa de tu tía. Ten esta carta para explicarle por qué vuelves solo. —Me la puso en la mano.

Mi alegría por ver cómo los objetos de mi tortura desaparecían bajo el agua fue de poca duración, al quedar eclipsada por el terror que se apoderó de la casa de mi tía. Ella sufrió un colapso al leer la carta, y corrió hacia su habitación entre chillidos pero se desplomó sollozando antes de poder alcanzarla.

—Silano, Silano... ¿Qué dijo? —No dejaba de preguntarme, sujetándome con fuerza el brazo. Ver a mi venerada tía hecha un guiñapo lloriqueando para suplicarme información a mí, ¡a mí!, me aterró. Y me puso en un brete, porque todo había ocurrido muy deprisa.

—Pues... gritó que era inocente. —Fue todo lo que conseguí recordar.

—¡Pues claro que es inocente! —Se secó las lágrimas y se incorporó hasta quedarse sentada—. Pero ¿quién lo acusa? Claudio habla de un sueño que tuvieron tanto Mesalina como su liberto Narciso y que demuestra su traición.

—Silano dijo que Mesalina quería vengarse de él y que esta era su forma de hacerlo.

—¿Vengarse? Pero ¿por qué? Creía que le tenía cariño.

—Demasiado —intervino un valiente guardia pretoriano—. Silano dijo que había intentado seducirlo y que, cuando él se negó, había jurado arruinarle la vida.

—No, no. No puede ser —soltó mi tía, sujetándose la cabeza con las manos con los ojos desorbitados.

Pero lo era. Pronto se conoció toda la historia. No la parte de la seducción, porque es de suponer que esta tuvo lugar en privado, sino el complot para condenar a Silano, que se basaba en la complicidad entre Mesalina y Narciso, su instrumento. Cada uno de los dos había preocupado a Claudio por su cuenta con un sueño en el que Silano se presentaba secretamente armado ante Claudio para asesinarlo. El crédulo emperador había considerado que el hecho de que ambos tuvieran el mismo sueño demostraba que era una advertencia real. Lo cierto era que solo demostraba que eran buenos actores y colaboradores.

El motivo era despreciable. ¿Podía realmente la vanidad de Mesalina exigir un sacrificio humano de tal calibre, que, además, dejaría viuda a su propia madre? Fue mi primera y más brutal lección de los extremos a los que llega la gente mala y de las endebles razones que la mueven. No la he olvidado, ni he bajado la guardia desde entonces. Que me llamen cruel. Mejor eso que la muerte.

Mi tía estuvo en cama varios días, mientras se preparaba una farsa de juicio. Entonces se recuperó, y una noche me mandó llamar. Me llevaron a la habitación de los bustos, donde ella y un hombre que llevaba el rostro cubierto con un velo estaban ante un altar con brasas humeantes.

Ella misma parecía una estatua, fría y prácticamente inmóvil. Había muerto y había resucitado con una nueva forma: aquella figura vacía que tenía delante.

—Hemos encontrado un modo de salvar a Silano. —Su voz carecía de entonación—. La única forma posible de salvarlo. El emperador da credibilidad a los sueños, ¿no? ¿Incluso a los de los demás? Pues hará mucho más caso de los suyos. Sabemos una forma de enviarle un sueño concreto que le mostrará la verdad.

El hombre que guardaba silencio a su lado asintió. Mi tía no dijo su nombre.

—Es de sobras conocido que la mente de un joven inocente es el mejor receptáculo de los sueños —afirmó el hombre con una voz que recordaba la arena que se desplaza por las inmensidades del desierto: sutil, baja, susurrante—. Por eso te hemos elegido, Lucio. Te enseñaremos un cuadro. Míralo y grábatelo en el cerebro. Después, inhala estos vapores.

Echó unos granos de algo en las brasas. Se elevó un vapor siseante, acompañado de un olor fuerte y amargo.

—Esto sellará la imagen en tus sueños. Ve en silencio a tu habitación, acuéstate y no te muevas hasta mañana por la mañana. La imagen buscará a Claudio mientras sueña, alejará de él los demás sueños y se le inculcará en la cabeza.

Todo aquello parecía, en sí, un sueño: la habitación, oscura salvo por dos antorchas y las brasas relucientes, los bustos apenas visibles en la penumbra, mirándonos; aquellas personas espectrales que me tomaron las manos para conducirme hasta el altar.

«¡No! ¡No! ¡No lo haré! ¡No uséis vuestra magia en mi cabeza!», quise gritar, pero como un sonámbulo, me sometí al ritual. Me agaché sobre las brasas e inhalé el humo, que me mareó. Observé la pintura; mostraba una imagen de Silano alejándose de Mesalina, que le sujetaba por la túnica para intentar llevarlo a un diván. Un segundo dibujo lo mostraba arrodillado lealmente ante Claudio sin ningún cuchillo ni arma alguna.

—Ahora te llevaré de vuelta a tu cuarto y te acostaré —murmuró mi tía, y me hizo dar la vuelta—. Ten los ojos cerrados todo el rato. No los abras hasta mañana por la mañana.

Que yo sepa, no soñé ninguna de las dos imágenes, aunque las he recordado muchas veces desde entonces. De algún modo esperé que, gracias a la magia que mi tía había invocado, hubieran volado de todos modos hacia Claudio.

Pero no lo hicieron porque Silano fue ejecutado poco después.

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VII

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La casa jamás se recuperó. ¿Cómo iba a hacerlo? Pero tuvimos que seguir con nuestras vidas diarias, mientras mi tía deambulaba por las habitaciones como un fantasma. Una vez me estrechó contra su cuerpo.

—No tengo ningún hijo. Mi hija no es mi hija. Lucio, tú eres ahora mi hijo —susurró. Pero nunca volvió a decirlo.

Paris y yo seguimos con mis lecciones, unas eran las adecuadas y otras, las interesantes. Huelga decir que no hubo invitaciones a palacio, y yo sabía que jamás vería una carrera de carros ni volvería a oír las notas de la cítara. Solo habría esta vida plácida y lenta del campo. El sol recorrería una y otra vez los prados ondulantes y los bosques susurrantes, las estaciones se sucederían una a otra, pero al final de cada año, la tierra sería la misma.

Estaba sin vigilancia mucho más tiempo que antes del «incidente» (como nos referíamos a ello para suavizarlo y poder seguir adelante). Podía pasar, pues, muchos ratos solo jugando con mis carros, pero también pintando mis rudimentarios dibujitos y haciendo toscos cacharros de arcilla. Hasta convencí a Paris para que me consiguiera una flauta con la que aprender a tocar melodías sencillas.

La calma era, en ciertos sentidos, soporífera, y en otros, como la tierra en invierno, que nutre lo que brotará en primavera. La monotonía, la paz y la rutina me permitieron plantar las semillas que florecerían más adelante en mi vida, pero que necesitaban tiempo para desarrollarse. La creatividad no puede apresurarse. Tiene que arraigarse con firmeza.

Estaba echado en el suelo, pintando la flor que había arrancado antes y que ahora se estaba marchitando. No había durado demasiado. Oí unos tenues pasos en el pasillo pero no le di importancia. Después hubo un murmullo, unas voces desconocidas, pero eso tampoco significó nada. Debía de ser un comerciante haciendo algún tipo de entrega.

—¡De modo que es así como lo tratas! —exclamó una voz grave y fuerte desde mi puerta. Alcé los ojos y vi a una desconocida mirándome fijamente.

Si digo que parecía ocupar todo el espacio del umbral, ¿es eso hablar en retrospectiva? No era gorda, no era corpulenta y, sin embargo, imponía. Pensé en las amazonas de las que Paris me había hablado. ¿Sería aquel el aspecto que tenían?

Llevaba el pelo recogido, de modo que los rizos le caían ordenadamente a ambos lados de la cara. Tenía la nariz recta, los labios hermosos y pequeños. Sus ojos, muy separados y francos, estaban concentrados en mí. Tenía el rostro de Atenea.

—He cuidado bien de él —aseguró mi tía—. Es un hijo para mí.

—Oh, ¿de modo que darías a tu hijo un cuarto pequeño con una cama dura, ropa andrajosa y preceptores de clase baja? ¿Un actor y un barbero? ¿Cómo pudiste hacerle eso al nieto de Germánico y al tataranieto del divino Augusto?

¿Era andrajosa mi ropa? Nunca me había fijado. Y Paris era maravilloso. La vida sin Paris habría sido insoportablemente aburrida.

—¡Eso no es justo! —me quejé—. Me encantan mis preceptores. Son buenos para mí. Y mi tía también lo es.

—¡Ja! —La desconocida soltó una carcajada, pero no fue una risa real—. Eso es porque no conoces otra cosa. Pero ¿por qué deberías hacerlo? Tan solo eres un niño. Tan pequeño que pronto olvidarás todo esto.

Ya entonces me parecía muy triste que, siendo tan pequeño, tuviera tantos recuerdos que anhelaba olvidar. Calígula. Los barcos. Silano. La magia. Y ahora aquella mujer quería que olvidara también los buenos.

—¿No tienes otra cosa que decirle? —comentó mi tía—. No mereces el nombre de madre.

¡Madre! ¡Oh, no! Yo no tenía madre, por lo menos que yo supiera. Solo era un nombre, alguien que había desaparecido. Ni siquiera tenía cenizas, como mi padre, que descansaba en la tumba de la gens Domicia. No era real.

—¿Y tú sí? ¿Con esa zorra asesina por hija? Los dioses no quieran que sigas influyendo en mi querido Lucio. —Se agachó y me miró directamente a los ojos—. Soy tu madre. He venido para llevarte a casa.

Y así mi estancia en casa de mi tía terminó con la misma brusquedad que la vida de Silano. Se me llevaron sin darme siquiera la oportunidad de despedirme de Paris y Cástor, me depositaron como el objeto que era en un nuevo hogar con una nueva mujer que decía ser mi madre y que esperaba que la llamara así.

La nueva casa estaba en Roma, a media altura del monte Palatino, en el extremo más alejado de la residencia imperial. La mujer, Agripina, parloteó durante todo el viaje hasta Roma. Daba la impresión de hablar consigo misma más que conmigo porque no me miraba, sino que dirigía la vista hacia delante.

—Por lo menos he logrado encontrar una casa —explicó—. Calígula se apoderó de nuestras propiedades, y de los muebles también, y luego lo vendió. Nos despojó de todo. El tío Claudio ha tenido la amabilidad de restituírnoslo, pero no pudo recuperar nuestra vieja casa, claro. Aun así, esta bastará. Cualquier cosa es mejor que aquella espantosa isla a la que me envió mi hermano —dijo con desdén—. Naturalmente interpretaré mi papel para enterrar sus cenizas como es debido, pero preferiría lanzarlas al Tíber.

Oh, sí, era la hermana de Calígula. Era difícil seguir el hilo de todos aquellos parentescos. Pero saber que compartía su sangre me asustó. ¿Tendría también arrebatos de locura?

La litera se detuvo y nos bajamos. Estábamos frente a una casa situada a mitad de la colina. Unos cipreses enmarcaban la entrada y la rodeaba un jardín simétrico. Agripina se dirigió hacia la puerta, sin fijarse apenas en los arbustos y las flores que había a cada lado. Yo la seguí, mirando cómo las abejas revoloteaban sobre las peonías hasta que ella gritó:

—¡No te entretengas más!

La entrada daba a un atrio lleno de luz con el suelo reluciente de mármol, el techo alto y dividido en artesones de oro y marfil, con una abertura en el centro desde la que se veía el cielo. Justo abajo había un pequeño estanque. Fui a examinarlo y sumergí los dedos en el agua. Era poco profundo, con un mosaico azul en el fondo que hacía que pareciera más hondo. Alcé los ojos hacia el cielo y me maravillé al ver las nubes que lo surcaban, casi como si fueran parte del techo.

—¡Vamos! —exclamó Agripina, tirándome de la mano.

Me sacó del vestíbulo antes de que pudiera ver las pinturas de la pared en tonos chillones: amarillo oscuro, rojo orín y verde azulado. Ahora recorría un pasillo que conducía a un jardín cerrado, rodeado de habitaciones. Había unos obreros sentados en un cenador situado en el centro, pero se levantaron de un salto en cuanto llegamos.

—¿Holgazaneáis? ¿No tenéis nada que hacer? —preguntó Agripina—. ¿Ya habéis terminado?

—No, pero tomábamos un respiro y un refrigerio —respondió uno.

—No os pago para que toméis refrigerios —dijo Agripina—. Continuad.

Entró en una de las habitaciones cercanas al jardín y me metió en ella. Era pequeña, y la luz le entraba principalmente por la puerta del jardín, pero tenía una cama como es debido, un lampadario con muchas lámparas de aceite, varias mesas de tres patas, un pequeño sofá y un arcón.

—Por lo menos han podido tener esto a punto —comentó—. Esta será tu habitación, Lucio. —Por primera vez se arrodilló, con lo que nuestros ojos quedaron a la misma altura, y me miró realmente. Le cambió la voz—. No sabes lo mucho que pensaba en ti todos los días que duró mi exilio. Mi único hijo, lejos de mí, a merced de unos parientes. No sabía si volvería alguna vez. La lista de mujeres de nuestra familia que han fallecido exiliadas en una isla es aterradora: Julia, la mismísima hija de Augusto y abuela mía; Julia la Menor, su hija; mi propia madre, Agripina, cuyo nombre me pusieron. Yo iba a ser la siguiente. Pero aquí estoy, y tú estás conmigo. Jamás volveremos a separarnos. Nunca más estaremos a merced de nadie. Te lo juro por mi honor. Haré lo que sea para mantenerte a salvo, y para asegurarme de estar a tu lado para protegerte y guiarte.

Siguió clavando sus ojos en los míos. Los tenía grises, como... como Calígula. Un ligero escalofrío me recorrió el cuerpo. ¿Lo habría notado?

—Yo soy tuya y tú eres mío. Los dos contra el mundo. Pero nunca volverán a vencerme. Así que no temas, pequeño. Puedes acostarte tranquilo. —Tiró de mí hacia ella y me abrazó con tanta fuerza que apenas podía respirar. Su cuerpo era fuerte y robusto, y me recosté en él. Sentí que en efecto podía resguardarme de todas las tormentas.

Los niños son resistentes. Durante cierto tiempo eché de menos a mi tía, pero mi nueva vida en el corazón de Roma pronto me absorbió. La gran casa en la que vivíamos era más lujosa cada día. Los pintores estaban atareados en el atrio y las salas para recibir visitas; unos obreros musculosos cargaron a hombros sofás con las patas de carey, mesas de madera árabe, trípodes de bronce con zarcillos ornamentales y braseros taraceados. Después llegaron las obras de arte: esculturas de mármol, bustos de bronce, mosaicos. Algunas de las piezas marmóreas parecían personas vivas, tanto que las observé con atención para ver si podía detectar que respiraran.

—Son griegas —dijo Agripina—. No se les da bien casi nada más, pero sus estatuas son inmejorables. Siempre se distinguen las copias romanas de los originales. —Vio que fruncía el ceño.

—Si a los griegos no se les da bien nada salvo el arte, ¿por qué me has puesto profesores griegos? —Tenía dos: Aniceto y Berilo.

—Tendría que haber dicho que solo se les dan bien dos cosas: el arte y los estudios escolásticos.

¡Simplemente las dos cosas más importantes del mundo!

—Agripina —dije—, esas son...

—Tienes que dejar de llamarme Agripina —observó—. Sé que, en ciertos sentidos, seguimos siendo desconocidos, pero tienes que llamarme madre. Si no lo haces, nunca pensarás en mí de ese modo. Cualquiera puede llamarme Agripina, pero solo una persona en el mundo puede llamarme madre. Y espero que lo haga. —Luego, me abrazó y me besó la oreja.

Pasaron los días y poco a poco empecé a sentir que aquella imponente casa era mi hogar. La familiaridad va calando y arraiga, y hasta el lujo parece corriente. ¿No vive así todo el mundo? Los esclavos pendientes de recibir órdenes de mi madre, y hasta de mí; flores de fuera de temporada, cultivadas bajo cristal en invernaderos; suelos calentados por debajo con vapor, de modo que mis piececitos jamás estaban fríos, aunque hubiera escarcha en los enebros. Mis nuevos profesores eran atentos, pero me tenían un temor reverencial. ¡Qué diferencia con Paris! Aniceto era un fornido joven liberto griego de la misma Grecia, con una cara ancha y al parecer abierta, de risa fácil y dispuesto a complacer. Berilo, de Palestina, era más tranquilo y más distante. Ambos eran partidarios acérrimos de los estudios griegos.

Un día, mientras Berilo estaba dibujando un gran esquema con todos los personajes de Homero, con líneas que los conectaban entre sí, Aniceto dijo:

—¡Tienes que verlos!

Me tomó de la mano y me llevó al gran atrio. Hacía un día despejado, y el sol entraba por el tragaluz e iluminaba la habitación.

—¡Mira! ¿Quién es? —preguntó, deteniéndose delante de una de las enormes pinturas de la pared. Un remolino verde azulado envolvía a un hombre musculoso que parecía enojado y sujetaba un tridente.

—Neptuno —respondí.

—¡Estamos hablando de Homero! —dijo Berilo—. No debes usar los nombres romanos de los dioses. Su nombre griego es Poseidón. ¡Poseidón!

—¿Por qué está tan enfadado? —¿O es que los dioses estaban siempre enojados con algo o con alguien?

—Guardaba rencor a Troya —explicó Aniceto—. Pero no tenemos que comentar por qué. Y mira, aquí está Troya. —Me llevó hasta la siguiente pintura, que mostraba una gran ciudad de murallas y torres altas, situada en lo alto de una colina y con una extensa llanura que se extendía en todas direcciones y llegaba hasta el mar. Había varios barcos anclados en la costa, con un grupo de tiendas cerca—. Esta pintura es incorrecta. Tendría que haber muchos más barcos. ¡Un millar de ellos! Pero, naturalmente, el artista no podía pintarlos todos. Sí, un millar de barcos se dirigió hasta Troya para luchar contra los troyanos.

—¿Por qué? —parecía una pregunta básica.

—Para recuperar a Helena —contestó Berilo, con un suspiro, como si fuera incapaz de imaginar que hubiera alguien que desconocía la historia.

—¿Quién es Helena? ¿Y por qué querían tanto recuperarla? ¿No habría bastado un barco?

—¿Quién es Helena? —Aniceto cerró los ojos y sonrió—. Helena es la belleza. Helena es todo lo que quieres y no puedes tener. Helena es lo que has perdido y debes encontrar. Helena es lo que no puede poseerse.

—Con su estilo prolijo, Aniceto está intentando decir que hay una Helena real y una Helena imaginaria —intervino Berilo—. La Helena real era reina de Esparta en Grecia, se casó con Menelao, de la familia de Atreo. Se fugó con el príncipe troyano Paris, ¿o fue secuestrada? Por lo que su marido, todos sus familiares y sus súbditos se dirigieron hacia Troya para rescatarla. Libraron una guerra de diez años y, finalmente, vencieron. Troya quedó destruida.

—¿Por completo? —Aquella preciosa ciudad que estaba contemplando... ¿ya no existía?

—Por completo —respondió Aniceto—. Pero un troyano, Eneas, huyó de la ciudad en llamas, cargando a su anciano padre a cuestas y más adelante llegaron a Italia y, a través de sus descendientes, fundaron Roma. De modo que, en cierto sentido, Troya perdura.

Estaba ahora delante de la siguiente pintura de la serie, que mostraba a Menelao recuperando a Helena. La sujetaba por las muñecas a la vez que dejaba caer una amenazadora espada al suelo. No tenía los ojos puestos en el rostro de Helena, sino en su generoso pecho.

—No es hermosa —comenté. Su semblante no era más bonito que los que veía a menudo.

—Ningún artista puede capturar su belleza —indicó Aniceto, defendiendo la pintura—. Es imposible. Además, el pintor nunca la ha visto, ¿cómo puede, pues, estar a la altura? Esta imagen solo sirve de sustituta.

—¿Cómo era?

—Homero no la describe —contestó Berilo—. Solo detalla cómo reaccionan los demás al verla. Con eso basta.

—¿Sabes por qué? —Aniceto se arrodilló para poder hablarme a mi misma altura—. Escucha. Esto es importante. Es porque cada persona tiene su propia idea de lo que es la verdadera belleza. Describir la belleza detalladamente no acabará de convencer a otra persona. Por eso Helena es la reina de la imaginación. De tu imaginación.

—Además, Homero tampoco la vio jamás —añadió Berilo.

—Básicamente porque era ciego —soltó Aniceto con una carcajada.

Al alejarnos, seguí mirando con la cabeza vuelta la representación de Helena, deseando que apareciera su auténtica imagen para poder alcanzar a verla. Pero la pintura permaneció igual.

El resto de la serie mostraba a los héroes griegos y troyanos que más adelante conocería muy bien: Aquiles, Agamenón, Odiseo, Patroclo, Héctor, Príamo, Hécuba. Y había también un pequeño panel en el que figuraba otro hombre. Vestía pantalones y un gorro de punta curvada, y llevaba un arco y una flecha. Era la última pintura de la pared.

—Es Paris —anunció Aniceto—. ¡La causa de todo!

Me acerqué para verlo mejor; la luz del exterior era más tenue en este rincón. El hombre tenía un rostro noble; estaba mirando la llanura desde las murallas de Troya y tirando la flecha hacia atrás, apuntando al enemigo que estaba abajo.

—No es extraño que Helena se fugara con él —comenté.

—¡Lucio! —dijo Berilo—. Paris no es un personaje noble. De hecho, es un cobarde.

—¿Por qué?

—Porque no lucha como los demás, en duelos viriles con la lanza y la espada. Él se esconde tras las murallas y mata desde lejos, protegido por ellas.

—Pero si el propósito de la guerra consiste en matar al enemigo, ¿qué más da la forma de hacerlo? ¿Y no es más sensato matar de lejos sin ponerse en peligro uno mismo?

—Algún día lo entenderás —aseguró Berilo—. Ahora eres demasiado pequeño.

—¿A quién está apuntando? —Quise saber. No se veía quién iba a ser el blanco de su flecha.

—A Aquiles —respondió Aniceto—. Apuntó al único punto vulnerable de Aquiles.

—¿Lo mató?

—Sí.

—¿De modo que el cobarde mató al más poderoso de los guerreros griegos?

—Sí. Como ocurre a menudo en la vida. Una lección para ti.

—No, aquí la verdadera lección es que ser un buen arquero es un don valioso. Y que las nuevas formas de hacer las cosas pueden ser mejores que las viejas.

—Eres demasiado pequeño para entenderlo —dijo Berilo, sacudiendo la cabeza.