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—A mí ya me asusta un poco... —admitió Matiu.

El esbelto maorí llevaba un nuevo traje marrón que no se ajustaba del todo a su musculada y armoniosa silueta. Se había cortado el cabello, negro y ondulado, y lo llevaba pulcramente peinado hacia atrás. Linda Lange, su madre de acogida, supuso que había utilizado brillantina para alisárselo, tal vez porque el rizo natural era raro entre los maoríes de pura cepa. En el caso de Matiu, debía de tratarse de la herencia de su padre, un inglés.

—Es absurdo, Matiu, ¡vas a casa de tu familia! —replicó Aroh­a con una pizca de impaciencia.

No era la primera vez que Matiu comunicaba sus reparos a la hija de Linda. El joven estaba muy unido a Aroha; y Linda sospechaba que estaban enamorados. Seguro que el muchacho había confesado sus temores a la joven, mientras que a Linda y su esposo Franz solo les había hecho partícipes de su alegría por establecer contacto con su familia de origen.

—De acuerdo. Pero no los conozco en absoluto... ni siquiera hablo bien el maorí.

Matiu cambiaba vacilante el peso de un pie al otro, mientras buscaba con la vista el tren. También Linda esperaba con impaciencia. En el andén de la pequeña ciudad de Otaki soplaba un viento frío. Quería regresar lo antes posible a casa, en el viejo marae donde vivía con Franz y un centenar de niños maoríes. Desde hacía catorce años, los Lange dirigían el antiguo hospicio para niños maoríes huérfanos de guerra, un establecimiento que se había convertido en internado a esas alturas. Los alumnos asistían de forma voluntaria o enviados por sus familias. Una vez que habían crecido, los primeros alumnos de Franz y Linda habían regresado con sus tribus, o habían buscado trabajo en las granjas del entorno o en empresas de los alrededores de Wellington. Después, Linda se alegraba de visitar a algunos de ellos. En el camino de vuelta tenía que hacer compras y tres de sus antiguos pupilos trabajaban en tiendas de Otaki. Pero primero tenía que tranquilizar a Matiu.

—¡Matiu, hablas estupendamente el maorí! —le aseguró—. Además, tu tribu haría acopio de toda la paciencia del mundo si no fuese así. Ya has leído las cartas. Tu gente se alegra de que hayas establecido contacto con ella. Todos se acuerdan muy bien de tu madre. Tienes parientes carnales en el iwi y, como sabes, este es como una gran familia. No podrás librarte de un montón de madres y abuelas, padres y abuelos. —Linda sonrió animosa.

En efecto, Matiu era uno de los pocos niños acogidos por los Lange que no habían pasado sus primeros años en un poblado maorí. Había llegado de Patea, una ciudad al sur de la región de Taranaki, a los tres años de edad. Un capitán de los military settlers, las milicias de colonos, a quien Linda conocía de su época en Patea, había llevado al niño y les había contado su triste historia.

—Uno de nuestros colonos concibió al niño con una mujer maorí de uno de los poblados conquistados e incluso vivió con ella algún tiempo —explicó—. Ella se marchó con él voluntariamente o a la fuerza, no pudimos averiguarlo. No hablaba ni una palabra de inglés. Más tarde murió, tal vez a causa de unas fiebres, tal vez de tristeza, quién sabe. Al principio, el hombre conservó al niño. Pronto encontró a una mujer blanca en Patea que se encargaba de él. Pero cuando ella se quedó embarazada, el pequeño tuvo que marcharse. —El capitán Langdon parecía algo turbado, como si se avergonzara de la pena que sentía por el niño—. Entonces —concluyó— pensé en traerlo aquí. En esa zona ya no hay tribus maoríes. De ahí que el pequeño no pueda volver con su gent­e.

Por supuesto, Linda y Franz habían dado cobijo al niño y la primera había pedido al capitán Langdon que le describiese cómo había evolucionado la colonia donde había vivido con su primer marido antes de que naciera Aroha. El territorio estaba en la actualidad pacificado. Los colonos que habían obtenido tierras como recompensa por sus operaciones militares las cultivaban, ya no surgían más incidentes.

Sin embargo, Matiu no se había criado como un pakeha, palabra con que los maoríes se referían a los colonos blancos. Aunque en el orfanato los niños aprendían inglés, también se hablaba maorí. Tanto Matiu como Aroha dominaban con fluidez la lengua de los nativos. Omaka Te Pura, una anciana maorí que había pasado sus últimos años en el hogar de acogida de Franz y Linda, había conseguido desentrañar a qué tribu pertenecía el chico. Las mantas tejidas y las prendas con que el capitán Langdon había cubierto al niño y que eran de la madre de Matiu remitían a los ngati kahungunu.

Después de la guerra, no se había oído hablar demasiado de aquella tribu, que, como tantas otras, había sido desterrada a la Isla Norte. Pero un par de semanas atrás, Franz se había enterado de que los ngati kahungunu volvían a ocupar su territorio en Wairarapa. Animó a Matiu, quien siempre había estado algo reñido con sus orígenes —los niños maoríes «de pura cepa» se burlaban de él muy a menudo—, a que tomara contacto con su gente. Así pues, Matiu escribió una carta al jefe tribal, para lo que necesitó varios días. Junto con Aroha pulió hasta la mínima expresión. Poco después recibió una respuesta inesperadamente afectuosa. En ella se le revelaba que el nombre de su madre era Mahuika y con cuánto dolor la había añorado su familia. En realidad, los ingleses la habían secuestrado junto con otros chicos y chicas de la tribu. Los ngati kahungunu nunca habían vuelto a saber nada de la mayoría de ellos. En cualquier caso, la tribu invitaba cordialmente a Matiu a que visitara a sus parientes. Y ese día el muchacho iba a hacer realidad su sueño. No había motivo para dudar, pensaba la intrépida Aroha.

—¡En cualquier caso, seguro que te entienden! —añadió a las palabras de su madre—. ¡Y será emocionante! ¡Una aventura! ¡Yo nunca he estado en un auténtico marae! Bueno, en Rata Station, claro. Pero eso no cuenta.

Después de insistir con obstinación, Aroha había conseguido convencer a su madre y a su padre adoptivo de que la autorizaran a acompañar a su amigo en el viaje de visita a su familia maorí. Algo que Franz, en especial, admitió de mal grado. A fin de cuentas, la muchacha acababa de cumplir catorce años y era demasiado joven para viajar sola, y además con un chico del que era evidente que estaba enamorada. Y en los poblados maoríes reinaban unas costumbres más relajadas. Los adolescentes de las tribus tenían sus primeras experiencias sexuales a una edad muy temprana, algo que asustaba de verdad a Franz Lange, un hombre de educación rígida, como correspondía a un antiguo luterano, y reverendo desde hacía casi veinte años de la Iglesia anglicana. Linda no lo encontraba tan alarmante. Tanto Aroha como Matiu habían sido educados según los principios morales de los pakeha y los dos eran jóvenes inteligentes y sensatos. No tirarían por la borda todos sus valores por pasar un par de noches en el dormitorio común de los ngati kahungunu.

Al final, lo determinante habían sido los buenos resultados de Aroha en la escuela secundaria. La joven había insistido en viajar con Matiu a Wellington para hacer el examen. En realidad, todavía tenía que esperar dos años para la prueba, pero Aroha era muy inteligente y soñaba con ir al college con Matiu. De hecho, había superado excelentemente todas las pruebas y Matiu, por su parte, también formaba parte de los diez mejores estudiantes de su curso. Esto, según la opinión de Aroha, clamaba a gritos una recompensa y Linda logró al fin convencer a su marido de que permitiera viajar a «los niños» juntos.

—¿Por qué no cuenta el marae de Rata Station? —inquirió Linda con tono de reproche.

Rata Station era una granja de ovejas de la Isla Sur propiedad de la familia de Linda. Ella había crecido allí con sus hermanas, más o menos carnales, Carol y Mara. Allí siempre habían mantenido buenas relaciones con sus vecinos, nativos de la tribu ngai tahu.

Antes de que Aroha pudiese contestar, resonó un silbato agudo anunciando la llegada del tren. Linda abrazó una vez más a Matiu y a su hija antes de que aumentase más el ruido de la traqueteante locomotora.

—Hasta ahora, vosotros erais mi familia... —dijo Matiu cuando Linda lo estrechó afectuosa contra sí.

La mujer le sonrió.

—¡Y seguimos siéndolo! —le aseguró—. Da igual que te guste o no tu tribu. Incluso si decidieras quedarte allí...

—¿Qué? —Aroha intervino moviendo la cabeza—. No estarás planeando eso en serio, ¿verdad, Matiu? No es nada más que una visita, mamá, él... él quiere ir al college, quiere...

Matiu no le contestó. Se quedó mirando a Linda.

—No pensáis que... que soy un desagradecido, ¿verdad? ¿No os tomáis a mal que quiera conocer a mi gente?

Linda movió la cabeza del mismo modo que su hija, aunque ese gesto en ella fue más cordial que indignado.

—No pensamos nada, Matiu, ¡y te aseguro que no malinterpretamos que vayas en busca de tus raíces! Aquí siempre serás bien recibido... —Sonrió—. Pero la próxima vez que vengas a nuestro marae, ¡quiero escuchar tu pepeha!

Esto provocó por fin una ancha sonrisa en el rostro de Matiu. El pepeha era un recitado mediante el cual todos los maoríes se presentaban explicando cuáles eran sus orígenes y quiénes sus antepasados. Hasta el momento, Matiu nunca había podido pronunciar ninguno, pues no conocía la historia de su familia. A partir de ahora eso iba a cambiar.

Se despidió de Linda desde la ventanilla, sereno y a simple vista aliviado, después de instalarse con Aroha en un compartimento. La joven estaba impaciente por que el tren partiera hacia Grey­town. Adoraba viajar. Todavía no había visto demasiado de la Isla Norte, donde había nacido. Aunque ya había visitado con Linda en dos ocasiones la Isla Sur, donde había conocido a sus parientes de Rata Station.

—Ahora hablemos francamente. No estarás pensando en quedarte con tu tribu, ¿eh? —preguntó a Matiu cuando el tren se hubo alejado de la estación.

Al principio no había mucho que ver por la amplia ventanilla, la locomotora tiraba de los dos vagones a través de los prados y campos de cultivo de los alrededores de Otaki. Aroha y Matiu los conocían al dedillo.

Matiu cogió la mano de su amiga. Casi no podía creerse que el reverendo Lange le hubiese permitido hacer el viaje con su hija. Para él cada minuto que estaba con Aroha —realmente a solas con ella— era un regalo. Y eso que en un principio se habían dado todas las circunstancias para considerarla más una hermana que una amante. Linda no había enviado con los demás huérfanos al niño de tres años abandonado, sino que le había dado cobijo en la cabaña donde vivía con su marido y la hija de su primer matrimonio. Por aquel entonces, Aroha tenía un año de edad. Durante dos años había compartido el dormitorio con Matiu. Y aunque ahora ninguno de los dos lo recordara, Linda los metía con frecuencia en la misma camita. La tranquila y despreocupada Aroha también había sosegado más tarde al niño, todavía atemorizado, cuando este despertaba sobresaltado por alguna pesadilla.

No obstante, cuando Matiu cumplió cinco años, la anciana Omaka exigió que el niño aprendiera su idioma y escuchara las leyendas de su pueblo. Esa mujer sabia ya había percibido por entonces los primeros indicios de que los niños maoríes marginaban a Matiu. Pese a los reparos de Linda, la anciana se llevó al niño a su cabaña para proporcionarle toda la educación maorí de la que había carecido hasta entonces. Cuando Omaka murió, Matiu se instaló en uno de los dormitorios para los jóvenes. Durante todos esos años, Aroha siguió siendo su compañera de juegos preferida y su amiga, pero ahora, llegada la edad para ello, Matiu también veía a la mujer que había en ella.

—Yo nunca te abandonaría —replicó con seriedad—. Ni por todas las tribus, familias, tíos, tías, padres o madres del mundo...

—¿Y hermanas? —preguntó ella traviesa—. Seguro que entre los ngati kahungunu hay chicas guapas. Y ellas... bueno... no ponen ningún reparo, según Revi Fransi.

Revi Fransi era el apelativo que utilizaban los niños maoríes para referirse al reverendo Franz Lange. Aroha lo había adoptad­o con toda naturalidad en lugar de llamar «papá» al segundo marid­o de su madre.

Divertido y fascinado, Matiu vio cómo al pronunciar esas francas palabras la joven enrojecía. Para distinguirlo había que ob­servar con más detenimiento que a la mayoría de las muchachas pakeh­a. Aroha tenía una tez oscura. Si no fuera por sus ojos claros y el cabello rubio se la habría confundido con una maorí. Las visitas solían creer que era mestiza como Matiu. Cuando Aroha era pequeña, le había preguntado a su madre por ello, ya que su nombre era maorí. Pero Linda le había asegurado que el color de la piel y los ojos eran herencia de su padre biológico, Joe Fitzpatrick. También las pupilas de este, del color del agua de una laguna helada, ofrecían un fascinante contraste con su tez más bien oscura. Solo el cabello rubio procedía de la familia de Linda, le había contado esta, y el nombre se lo había dado Omaka. Aroha significaba «amor».

—Aroha, ¡yo te pertenezco! ¡No hay una muchacha en el mundo más hermosa que tú! ¡Nunca podría amar a otra! —dijo Matiu ahora con extrema seriedad.

Ella era muy delgada, todavía tenía que desarrollar sus formas femeninas. Su tierno rostro casi se veía infantil. Sin embargo, para el muchacho ya había alcanzado la perfección de la belleza. Para él era calidez, ternura y confianza. Amor... Omaka no podría haberle dado un nombre mejor.

Aroha asintió despreocupada. Ya se había olvidado de su pequeña indirecta... a fin de cuentas, tampoco estaba realmente preo­cupada porque fuera a perder a Matiu. También él era para ella parte de su mundo, era inconcebible que se separase de ella. En ese momento le interesaba más el paisaje que se veía por la ventanilla que la declaración de amor de Matiu. El tren ya había dejado los alrededores de Otaki y se dirigía a Rimutaka Range, una cordiller­a situada entre el valle Hutt de Wellington y la planicie de Waira­rapa.

—¡Por Dios, mira esas montañas! —exclamó Aroha.

Todavía atravesaban bosques claros de árboles de manuka y rimu, palmeras de nikau y helechos. Sin embargo, en la lejanía ya asomaba un imponente paisaje montañoso y los raíles no tardaron en circular sobre unos puentes bajo los cuales corrían ríos caudalosos. Algo más adelante se sucedían tramos a través de túneles. El Rimutaka Incline Railway era una joya de la ingeniería fe­rroviaria. Legiones de diligentes trabajadores —entre los que se incluía­n mili­tary settlers— habían hecho realidad, subyugando la geografía, los audaces sueños de intrépidos ingenieros. Las vías transcurrían junto a abismos y a través de túneles cuya negrura incitaba a Aroha a coger asustada la mano de Matiu. Pero todavía le parecían más emocionantes los ascensos.

—¿Cómo vamos a subir ahí? —preguntaba cuando el bosque al fin cedió el lugar a la montaña.

Apenas había árboles altos; abundaban los helechos bajos, los arbustos rata y los azotados hayedos. Las montañas se erigían ante ellos como una barrera infranqueable.

—Las locomotoras son muy potentes. Y además hay un moderno sistema de carriles. Un raíl especial en medio refuerza el arrastre y permite un frenado seguro —explicó Matiu en tono didáctico.

Se interesaba mucho por la construcción de vías y en secreto soñaba con dedicarse un día profesionalmente a ello. Aunque tenía objetivos más ambiciosos que la simple colocación de raíles. Había solicitado una beca para estudiar la carrera de Ingeniería en Wellington.

—¡Sea como sea, parece increíble! —exclamó Aroha mientras observaba horrorizada el abismo junto al que circulaban en ese momento. Habían tallado el precipicio para construir las vías que, en ese lugar, parecían literalmente estar pegadas a la montaña—. Quien haya construido esto, seguro que no sufría vértigo. ¡Yo me mareo solo con mirar hacia abajo!

—Aquí también perdió la vida más de uno —observó con gravedad el revisor, que acababa de entrar en el compartimento y oyó las últimas palabras de la joven—. Durante la construcción se produjeron muchos accidentes graves y hoy mismo tampoco debe bajarse nunca la guardia. La lluvia suele depositar piedras y escombros sobre las vías o inundar los túneles. Habéis tenido suerte con el tiempo. En invierno, a veces tenemos que suspender el servicio durante días. Es una lucha constante contra los elementos. El mantenimiento de esta línea resulta muy caro. Espero que sepáis apreciarlo y hayáis comprado vuestros billetes de viaje. —Sonrió y mostró su perforadora para marcarlos.

Aroha y Matiu contestaron tensos a su sonrisa. Hasta ese momento no se habían imaginado que el viaje en tren pudiese ser peligroso.

—¡Sujétame fuerte! —pidió Aroha cuando poco después el tren subía con esfuerzo una empinada montaña por unas angostas curvas.

Matiu la rodeó con un brazo vacilante, hasta entonces nunca se había atrevido a hacerlo.

—No puede pasarte nada —dijo con dulzura—. No mientras yo esté contigo.

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2

Si Aroha y Matiu habían oído hablar de la guerra de Taranaki, los guerreros maoríes siempre habían aparecido en su mente como unos individuos tatuados y semidesnudos, con el pelo recogido en moños de guerra, haciendo girar los ojos y con lanzas y mazas en la mano. De hecho ninguno había visto todavía a un maorí con su indumentaria tradicional. Si bien Omaka no había vestido a la europea, las faldas tejidas de la anciana no se diferenciaban demasiado de las faldas largas de las pakeha, y el reverendo no había permitido que se paseara por el orfanato con los pechos al aire como hacía en su poblado. Por otra parte, los escuetos corpiños de Omaka solían quedar ocultos bajo una capa, pues era algo friolera. Esa vestimenta no tenía nada en común con los faldellines de lino endurecido de los guerreros. Omaka tampoco estaba tatuada. Lo había impedido su elevado rango de anciana y hechicera de la tribu. En el marae de los ngai tahu, en la Isla Sur, todos los hombres y mujeres vestían como pakeha y eran pocos los que mostraban tatuajes. Quizás esa fuese la razón por la que Aroha tenía la sensación de que la población maorí no era tan significativa.

En cualquier caso, la joven se hacía otra idea de los ngati kahungunu. A fin de cuentas, formaban parte de las tribus que habían participado en las guerras maoríes. Sin duda vestían todavía de forma tradicional y celebraban los antiguos ritos y formas de vida. Aroha y Matiu se figuraban, con una mezcla de miedo y curiosidad, salvajes danzas de guerra y cánticos truculentos. ¿Acaso por aquel entonces esas tribus no cortaban las cabezas de sus enemigos y las secaban con humo? ¡Matiu incluso había oído decir que los del movimiento hauhau comían seres humanos!

A este respecto, se sintieron casi decepcionados cuando el tren entró en Greytown y vieron a los maoríes que los esperaban en el andén. Un hombre y una mujer, ambos en la treintena, vestidos con una discreta ropa pakeha. El hombre llevaba pantalones de algodón grueso y una camisa cerrada. Bajo un sombrero de ala ancha escondía los pocos tatuajes del rostro. La mujer mostraba un pequeño tatuaje alrededor de la boca, pero llevaba el cabello recogido en lo alto como una pakeha y se cubría con un sencillo vestido de algodón estampado.

Aroha y Matiu enseguida se sintieron incómodos con sus propias vestimentas, elegantes en comparación. Sobre todo Matiu habría deseado no llevar su traje formal de los domingos. Aroha, ataviada con un entallado vestido de viaje azul claro, tuvo que volver a animarlo cuando dejaron el compartimento.

—Vamos, ¡no van a comerte!

Matiu hizo una mueca. Ninguno de los dos tenía aspecto de caníbal. Al contrario, cuando reconocieron al joven maorí, en sus rostros resplandeció una sonrisa.

—¡Tú ser Matiu! —dijo la mujer en un inglés elemental.

—¡Tu familia te da la bienvenida! —añadió el hombre—. Yo Hakopa, hermano de Mahuika. Ella Reka, hermana...

Es decir, el tío y la tía de Matiu. El muchacho se los quedó mirando sin dar crédito, enmudecido.

Aroha dio un paso adelante.

—Yo soy Aroha —se presentó—. También sabemos hablar maorí.

—Kia ora! —intervino Matiu—. Disculpad, yo...

—¿Tú no hablar inglés? —preguntó sorprendida Reka—. Yo pensar que tú vives con pakeha. Yo practicado mucho por ti. —Sonrió—. ¡Bien-ve-ni-do! O sea... haere mai!

Sin más formalidades, colocó las manos sobre los hombros del joven y le ofreció el rostro para proceder al hongi, el saludo tradicional. Matiu sintió su nariz y su frente en las suyas, percibió su olor y se sintió más seguro.

—Claro que sé inglés —explicó entonces en maorí—. Aprendemos las dos lenguas en Otaki. Pero estaba tan sorprendido...

—¡No contaba con encontrarse tantos familiares en la estación! —se entremetió Aroha—. Y también pensábamos... bueno, creíamos que ahora venía una especie de powhiri y...

Reka y Hakopa se echaron a reír, aunque con más tristeza que alegría.

—¿Aquí? —preguntó Reka—. ¿Habíais pensado que nos íbamos a poner a cantar y bailar en la estación para vosotros?

Aroha se sonrojó.

—No, nosotros... nosotros solo pensábamos que como vivís aquí...

El rostro de Hakopa se endureció.

—Sí, hija, vivimos aquí en Wairarapa, pero eso no significa que nos pertenezca. Los pakeha nos toleran aquí, nos han permitido volver a construir un marae en nuestras tierras originales si nos avenimos a sus condiciones. Nos vestimos como ellos, trabajamos para ellos y tampoco hacemos grandes reclamaciones respecto a la propiedad de las tierras. Por supuesto que nos dejan cultivar un par de campos, pero no es la tierra más fértil. En el pasado, nuestra tribu fue rica. Ahora tenemos que luchar para salir adelante. Sin provocar a los blancos.

—Nuestro marae no está en la ciudad, sino fuera, en el bosque —agregó Reka—. Ni los pakeha ni nosotros pretendemos intimar. Nunca nos habríais encontrado si no hubiésemos venido a recogeros.

Aroha asintió y se sintió ridícula. ¿Cómo se les había ocurrido que iban a llegar directamente a un poblado maorí con el ferrocarril de los pakeha? A un mundo que hacía veinte años que ya no existía en que los maoríes dominaban Wairarapa.

—Cuando estemos allí —señaló Hakopa, que interpretó el desencanto de Aroha como una decepción—, os daremos la bienvenida como es debido. Estamos muy contentos de que hayas vuelto con nosotros, Matiu. Y además vienes con tu... con tu ¿wahine?

Matiu y Aroha se ruborizaron. Luego se echaron a reír.

—¡Sí! —contestó Matiu—. Por supuesto, los pakeha dicen que todavía somos demasiado jóvenes. ¡Pero Aroha se convertirá en mi esposa!

Hakopa sonrió.

—Le damos la bienvenida a nuestra tribu —dijo afablemente—. Pero vayámonos de aquí, los demás nos están esperando impacientes. ¿Tenéis hambre? Os hemos preparado un hangi.

Matiu no pensaba en comer, pero Aroha aguzó el oído. Había oído hablar muchas veces de la comida que los maoríes preparaban en los hornos de tierra, pero nunca la había probado. Los ngai tahu de Rata Station no utilizaban hangi. En las llanuras de Canterbury no había actividad volcánica que pudiese aprovecharse para encender fuego.

Delante de la pequeña estación de Greytown, un carromato con dos caballos más bien flacos aguardaba a los viajeros.

—Es nuestro —explicó Reka, como si fuera una importante adquisición.

Hakopa depositó el equipaje de Matiu y Aroha sobre la plataforma de carga, donde los jóvenes también tomaron asiento. No había bancos donde sentarse, lo que Aroha encontró divertido. A Matiu esto le preocupó por el traje nuevo. Reka y Hakopa subieron al pescante y Hakopa condujo el carro por la bonita calle mayor de la pequeña ciudad.

—Ahora la llaman Greytown, por el gobernador que pagó a los ngati kahungunu un precio irrisorio por ella —explicó Hakopa con amargura—. Nosotros la llamábamos Kuratawhiti. Y no nos asentamos aquí para no encolerizar a los espíritus del río Waiohine. Fue una sabia decisión. Los pakeha todavía luchan hoy en día contra las inundaciones. Además, los espíritus hicieron temblar la tierra en cuanto sus primeros colonos llegaron aquí.

—¡Sorprendentemente, eso no los asustó! —observó Reka—. Así que poco a poco empiezo a creer que no hay nada que asuste a los pakeha. Eso los hace muy fuertes, de ahí que sean superiores a nosotros.

Entretanto, el carro ya salía de la ciudad rumbo al lago Wairarapa. El marae se hallaba allí, aunque no tan cerca como para que pudieran verse las aguas desde las casas.

—Las orillas son pantanosas —explicó Reka—. Buenas para cazar y pescar, pero no para establecerse en ellas.

Greytown estaba rodeada de tierras fértiles y cultivables que explotaban los pakeha. Más adelante, un camino junto al río se internaba en los bosques y tras un recorrido de una media hora apareció la cerca que los ngati kahungunu habían construido en torno a su marae. A Aroha y Matiu les recordó la valla que cercaba su escuela, construida con varas de raupo y lino. Con ella no se detendría ningún ataque. Pero los ngati kahungunu no parecían contar con enemigos, o creían que, al fin y al cabo, tampoco se les podía robar gran cosa. Aroha y Matiu habían visto ilustraciones de grandes y coloridas estatuas de dioses que guardaban la entrada de los marae tradicionales de la Isla Norte. En cualquier caso, ahí solo había una puerta sin adornos que en ese momento estaba abierta. Unos niños jugaban en el acceso y al ver el carro echaron a correr excitados para anunciar la llegada de los visitantes.

Hakopa guio los caballos directamente hacia la plaza de las asambleas, en torno a la cual se distribuían las diversas casas comunes, cocinas y dormitorios. Aroha echó un vistazo a los edificios, que también la decepcionaron. Su padre adoptivo había renovado el marae en cuyas tierras se hallaba la escuela con sus primeros alumnos, y un par de discípulos habían demostrado ser hábiles carpinteros. El reverendo Lange les había permitido decorar las casas con las tallas tradicionales y pintarlas. A cuál más bonita. Ahí, por el contrario, no había esculturas talladas, y se diría que las casas se habían construido a toda prisa y sin el menor cariño. El marae tenía un aire provisional, como si sus habitantes no estuvieran del todo seguros de si podrían quedarse a vivir para siempre ahí.

En cuanto a la acogida, las expectativas de Aroha y Matiu se vieron colmadas. La tribu se había preparado para la ceremonia: no de manera tan formal como se honraba a los extranjeros, pero sí lo suficientemente trabajada como para mostrar su aprecio a los invitados y dar la bienvenida a Matiu en el seno de su tribu. Cuando los recién llegados bajaron del carro, las muchachas de la tribu ya estaban bailando un haka. Entonaban una canción sobre el mar, el lago, la caza y la pesca. La canción describía la tierra y la vida de la tribu.

El jefe y los ancianos se habían reunido delante del wharenui, la casa de asambleas, aunque el ariki, un hombre todavía bastante joven y con el rostro parcialmente tatuado, se mantenía junto a su familia algo apartado de los demás. Tocar al jefe tribal era tapu, su sombra ni siquiera podía proyectarse sobre sus súbditos. Por el contrario, los ancianos de la tribu intercambiaron gustosos el hongi con Matiu y un par de mujeres lo hicieron también con Aroha. Una de las ancianas rompió a llorar cuando acercó el rostro al del chico.

—La madre de tu madre —explicó Reka al desconcertado muchacho.

La mujer debía de ocupar un rango elevado en la tribu, pues a continuación entonó una oración a la que se unieron los demás. Parecía esperar que también Aroha y Matiu se sumaran a sus palabras, pero la tolerancia del reverendo Lange no había llegado al extremo de permitir que sus alumnos aprendieran a invocar los espíritus. Reka se percató del dilema en que ambos se encontraban y pidió a Matiu que pronunciara una oración.

—Al dios pakeha —dijo—. No debemos excluirlo. La... la mayoría de nosotros estamos bautizados.

A Aroha eso le pareció extraño. Más tarde averiguaría que los pakeha habían puesto como condición para que la tribu se instalara en el lugar que los maoríes adoptaran la religión de los blancos. Así pues, el jefe enviaba todos los domingos una delegación de su iwi a la iglesia, la mayoría jóvenes y niños que todavía no habían sufrido ninguna mala experiencia con el dios pakeha y sus seguidores. En general, Te Haunui demostraba ser un hombre extremadamente flexible. Hacía pocos años que desempeñaba el cargo, su antecesor había sido asesinado durante los disturbios de la guerra de Taranaki. ¿O después? Al poco tiempo, a Aroha ya le zumbaba la cabeza y ahora, para más inri, uno de los ancianos de la tribu se puso a recitar el mihi, un discurso que se refería al presente, pasado y futuro de los ngati kahungunu y presentaba a vivos y muertos.

—Nuestros antepasados llegaron a Aotearoa en la canoa Takitimu, tripulada por Tamatea Arikinui. Su hijo Rongokako tomó a Muriwhenua por esposa y ambos tuvieron un hijo, Tamatea Ure Haea. El hijo de este, Kahungunu, nació en Kaitaia y fundó nuestra tribu. Kahungunu viajó de Kaitaia al sur y engendró muchos hijos. Edificaron poblados y se multiplicaron, fueron granjeros, carpinteros y construyeron canoas. Hay tres ramas importantes de los ngati kahungunu, nosotros pertenecíamos a los ki heretaunga. Vivíamos junto al mar...

El orador habló de la fundación de fortalezas y de las contiendas con otras tribus, de cinco jefes de los ngati kahungunu que firmaron el tratado de Waitangi para vivir en paz con los pakeha. Las tribus habían cultivado cereales y verduras para los blancos, que entonces administraban sobre todo estaciones balleneras en las costas del territorio tribal.

—Pero entonces aparecieron las granjas de ovejas y dejaron pastar a los animales en nuestras tierras. ¡Por ellas nos dieron al principio un par de cosas y luego algo de oro, y dijeron que a partir de entonces las tierras les pertenecían!

El tono del orador era de indignación, y también de las filas de los oyentes surgieron gritos de rabia. Un escalofrío recorrió la espalda de Aroha. Siempre pasaba lo mismo, desde niña había escuchado tales historias, de labios de Omaka y de los niños que llegaban al orfanato. Linda le había contado en una ocasión que los maoríes tenían una actitud ante la propiedad distinta de la pakeh­a. Cogían el dinero y dejaban que los granjeros se asentaran en sus tierras y apacentaran sus ovejas, pero no concebían que fuera algo definitivo. Cuando los blancos se pusieron realmente manos a la obra, construyeron ciudades y pueblos y reclamaron cada vez más tierra, los maoríes se defendieron. Estallaron las primeras guerras, en las cuales cada uno de los contrincantes estaba convencido de tener la razón. Tanto los pakeha como los maoríes afirmaban que el otro había violado los acuerdos.

Aroha esperaba ahora escuchar las crónicas sobre los combates con los ejércitos ingleses, de hecho las tribus que estaban instaladas en la bahía de Hawke no se habían visto, proporcionalmente, demasiado afectadas por las guerras por la propiedad de las tierras. Cayeron en desgracia con la marcha triunfal del movimiento hauhau, cuyo profeta Te Ua Haumene había jurado expulsar a los pakeha de Aotearoa. Sus reclutadores llegaron también hasta las tribus de la costa Este. Muchos, especialmente los jefes tribales jóvenes, siguieron su doctrina, se produjeron violentas confrontaciones y asesinatos. Del rapto de la madre de Matiu y de otra gente del iwi no eran responsables los pakeha, sino sus aliados los kupapa, maoríes que luchaban del lado de los británicos. Como era habitual entre las tribus, habían tomado como esclavos a los prisioneros de guerra. Mahuika debió de establecer contacto de algún modo con el colono militar inglés con el que había engendrado a su hijo. Nunca se supo con certeza exactamente lo que había sucedido.

—Y cuando ya hacía tiempo que parecía haber terminado la guerra y estábamos llorando a nuestros muertos, aparecieron los pakeha...

El orador contó, de nuevo entre triste e indignado, que el gobernador había reprochado a su iwi que hubiese apoyado a los hauhau durante la guerra de Taranaki. Un argumento que en los años sesenta los blancos habían empleado muchas veces como pretexto para confiscar tierras a los maoríes. Aun así, la tribu, que siempre había sido pacífica, intentó defenderse contra el destierro, pero los maoríes no tenían nada con lo que oponerse a las armas de los ingleses. Pese a todo, a la tribu de Matiu se le ofrecieron alternativas. Los ngati kahungunu ki wairarapa, asentados tradicionalmente en el altiplano de Wairarapa y las montañas adyacentes, les habían ofrecido asilo. La tribu tenía un gran e importante asentamiento en Papawai, un fuerte al sureste de Greytown. Pero el iwi de Matiu no había querido unirse a ellos, sino que prefirió seguir por su cuenta.

—Nuestras almas no están ancladas aquí —reveló después Ngaio, la abuela de Matiu—. Nuestros maunga son las colinas y acantilados que rodean la bahía que llamáis de Hawke. Tal vez podamos volver allí algún día.

Esto explicaba el carácter provisional del asentamiento, el iwi no era feliz en ese lugar. Pero Aroha sabía por su madre que podrían haberlo pasado mucho peor. Muchos maoríes desterrados se habían mudado a regiones donde imperaban tradiciones de tribus enemigas. Allí había habido más confrontaciones y asesinatos entre unas y otras.

Matiu se empapaba de todas las palabras del mihi, aprendiendo por fin algo relativo a su propia historia. Aroha, por el contrario, se alegró de que el orador concluyera y fuera ampliamente aclamado. Siguieron canciones y danzas, oraciones e intercambio de regalos. Matiu y Aroha habían llevado un par de tallas de Otaki que entregaron a los familiares de Matiu. Ngaio regaló a Aroh­a un trozo de jade.

A continuación, la joven pareja se sentó junto al fuego con la familia de Matiu y probó la carne y las verduras asadas en el horno de tierra. Aroha encontró exquisito el plato. Se alegraba de que Matiu se fuera relajando poco a poco. Después de haber presenciado tenso e inseguro el ceremonial de bienvenida, charlaba ahora con un par de jóvenes guerreros. También Aroha se quedó tranquila... hasta que Reka se dirigió a ella.

—¿Y qué ocurre con tu historia, Aroha? —preguntó la tía de Matiu—. Todos preguntan por ella. Toda la tribu quiere conocerla. Pero no se atreven a hablarte. La wahine de Matiu, una pakeh­a con nombre maorí que habla nuestra lengua... Nunca habíamos conocido a nadie como tú. ¿Dónde está entonces tu maunga, Aroh­a? ¿Con qué canoa llegaron tus antepasados a Aotearoa? ¿A qué montaña o lago te sientes unida?

Aotearoa era el nombre que los maoríes daban a Nueva Zelanda, y cualquier miembro de una tribu sabía el nombre de la canoa con que sus antepasados habían arribado a la isla.

Aroha enrojeció. Ya no contaba con que esa tarde le pidieran su pepeha. Pero tal vez todavía tenía suerte. Los maoríes podrían haberle pedido también que contara la historia de su vida delante de toda la tribu. La muchacha tragó el bocado que tenía en la boca y a continuación respiró hondo.

—Soy Aroha Fitzpatrick —empezó por su nombre y luego se puso a improvisar—. Y mis abuelos llegaron con el velero Sankt Pauli a Aotearoa.

En realidad, esto atañía a un solo antepasado de la muchacha, un hombre del que nadie se sentía orgulloso en la familia de Aroh­a. Ottfried Brandman había violado a la madre de Linda, Cat, y, casi simultáneamente, engendrado con su esposa Ida a la media hermana de Linda, Carol. La misma Cat había nacido en Australia y acabado con su madre alcohólica en una estación ballenera de la Isla Sur. Nadie recordaba ya el nombre del barco. Y la joven tampoco sabía cómo había llegado Joe Fitzpatrick a Nueva Zelanda. Procedía de Irlanda, pero afirmaba haber estudiado en Inglaterra. Linda había dicho que nunca había averiguado hasta qué punto todo eso respondía a la verdad.

«Tu padre era un embustero, Aroha, un fanfarrón, y fabulador. Un mentiroso encantador... La vida con él no era nada aburrida, pero también era peligrosa. Lamentablemente, no se podía confiar en él.»

Su madre siempre hablaba de Joe Fitzpatrick con contenida afabilidad. Revi Fransi, no. Contraía el rostro e insistía en que Joe había sido sobre todo un mentiroso. El padre adoptivo de Aroha no disimulaba su desprecio hacia ese sujeto.

Aroha sabía que Linda había abandonado a su marido. Hubo otra mujer, pero lo decisivo fue un ataque maorí durante la guerra de Taranaki en el cual Fitz, como todos lo llamaban, dejó en la estacada a su esposa y su hijita. Linda nunca contó los detalles, y Aroha tampoco se interesó mucho por ellos. Franz Lange siempre fue para ella un padre cariñoso. No necesitaba a ningún otro. De ahí que tal vez la información sobre el origen de sus antepasados encajara en el pepeha: Franz había viajado también en el Sankt Pauli a Nueva Zelanda.

—Mi familia se instaló al principio en la Isla Sur —siguió contando Aroha—. Cuando mi madre se casó, se fue con su marido a Patea. Allí le dieron tierras...

—¿Tierras robadas? —preguntó Reka con severidad.

Aroha se mordió el labio. En efecto, Joe Fitzpatrick había sido miembro de un regimiento de los military settlers, de Taranaki. Le habían adjudicado parte de las tierras requisadas a los maoríes.

—Luego no fue así —respondió Aroha con una evasiva.

Por supuesto, cuando expulsaron a su padre del ejército por cobardía ante el enemigo, le quitaron las tierras.

—¿Y dónde está anclada tu alma, niña? —preguntó la abuela de Matiu, que se había unido preocupada al grupo—. Parece como si no tuvieses hogar.

Aroha no sabía si debía asentir o negar con la cabeza.

—¡Sí! —respondió decidida—. He crecido en Oraki, en tierra maorí. Mis padres siempre dicen que solo la explotamos y que no nos pertenece... —De hecho, la Iglesia anglicana había requisado sin hacer demasiadas preguntas el antiguo fuerte maorí para su orfanato cuando la tribu maorí local se había marchado de Otaki. De todos modos, los te ati awa se habían ido voluntariamente para instalarse en Taranaki—. Pero mi maunga no está en ningún lugar de Aotearoa. —Aroha sonrió. Su propia historia era algo especial y sin duda sería del agrado de sus oyentes. Los parientes de Matiu escuchaban con atención—. Omaka, una tohunga de los ngati tamakopiri, que ayudó a mi madre durante el parto, ancló mi alma en el imperio de Rangi, el dios del Cielo. —Se oyó un murmullo. De repente toda la tribu parecía estar pendiente de ella—. Envió mi alma al cielo con el humo de la hoguera en la que quem­ó la placenta, y nombró a Rangi su protector.

—¡Debía de ser una gran sacerdotisa! —observó Reka admirada—. Enviar al cielo un alma como una cometa en la fiesta de año nuevo...

Era habitual durante los festejos de Matariki remontar cometas con las que se enviaban ruegos y deseos a los dioses.

—En cualquier caso, puso de tu lado espíritus poderosos —di­jo Ngaio con respeto—. Seguro que Omaka tenía mucho mana. Pero habría que ver si ese maunga es una suerte para ti, pequeña... Siempre serás una viajera. No habrá ningún lugar al que pertenezcas.

Aroha negó resuelta con la cabeza.

—No, karani —respondió—. Me gusta mucho viajar, es cierto. Me encantaría ver el mundo entero. Pero yo pertenezco a Matiu. ¡Aquí en la tierra, él es mi maunga! —Se estrechó contra el joven, que estaba sentado a su lado.

Matiu sonrió feliz.

—¡Yo la sujeto con fuerza, karani! —dijo, apretando a Aroha contra sí.

La anciana no sonrió, parecía más bien preocupada.

—Sé prudente, nieto —dijo en voz baja—. Puede ser peligroso encarnar la cuerda que sujeta la cometa que los dioses anhelan...

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3

Aroha y Matiu pasaron unas semanas maravillosas en Wairarapa. Matiu se sumó a los jóvenes guerreros y cazadores. El rangatira local, responsable de educar a los chicos en el empleo de las armas tradicionales, lo incluyó con toda naturalidad en las prácticas habituales. Aroha se echó a reír cuando vio a Matiu por primera vez con la indumentaria de guerrero, y los jóvenes se rieron bonachones de él cuando dejó al descubierto un tórax más bien enjuto y nada musculoso.

—¡Tienes que comer más! —le aconsejaba Reka, cebando a su sobrino.

El lago Wairarapa demostró ser ideal, efectivamente, para la pesca y la caza. Las chicas de la tribu enseñaron a Aroha a colocar nasas, a la vez que charlaban sobre Matiu y los otros muchachos por los que se interesaban sus amigas. Al principio en ocasiones pasaba vergüenza —Revi Fransi tenía razón al decir que esas muchachas eran increíblemente desenfadadas—, pero enseguida dejó de poner reparos a desnudarse delante de las demás y comparar sus pechos todavía en flor con los de sus amigas.

—Te crecerán más —señaló animosa Rere, algo mayor que ella y ya muy desarrollada, y de quien corría la voz de que había hecho el amor dos veces con un joven guerrero en el cañizal que había junto al lago.

A Matiu también le habría gustado estar allí a solas con Aroh­a. Los matorrales de raupo y las playas eran los puntos de encuentro favoritos de las jóvenes parejas. Al final Aroha se dejó convencer. Era un soleado día casi primaveral y los dos se llevaron a la playa una manta para tenderse uno al lado del otro y besarse y acariciarse. Por desgracia, había llovido el día anterior y hacía bastante frío. Por eso decidieron no desnudarse del todo. Aun así, Aroh­a permitió que su amigo le tocara los pechos por debajo del vestido, aunque como experiencia le pareció algo decepcionante. Matiu tampoco encontró nada que valiera la pena acariciar. Las descripciones de sus nuevos amigos le habían parecido más prometedoras. No obstante, aseguró a Aroha que no podía imaginar unos pechos más bonitos.

Ella, por su parte, deslizó con el corazón palpitante las manos por debajo del pantalón de él y se asustó cuando el miembro del joven se endureció, aunque las explicaciones de las otras chicas la habían preparado para eso y al final se sintió orgullosa por haber excitado a su amado. Aroha y Matiu no abandonaron del todo los principios morales pakeha con los que se habían educado, y en ningún caso los infringieron seriamente. A pesar de ello, esos días asimilaron muchas cosas acerca de los cuerpos femeninos y masculinos.

Durante ese período, Matiu aprendió mucho sobre la historia de su tribu. Su abuela era tohunga, la herborista y sacerdotisa de su tribu. Podía pasarse horas hablando de sus abuelos maternos y contar las heroicidades de los guerreros y la belleza de las mujeres. Además, describía la vida de la tribu junto al mar, evocaba la pesca y las arriesgadas salidas de los hombres con sus canoas, los peligrosos acantilados y las playas blancas, las verdes y fértiles colinas vigiladas por espíritus cordiales. Matiu la escuchaba con atención, aunque muchas descripciones le resultaban simplemente raras. Siempre se había interesado más por la técnica que por las historias. Tampoco le gustaba la caza ni el arte de la guerra. De ahí que le pareciera agradable la propuesta que les hizo el jefe: acompañar a la delegación de la tribu a la iglesia de Greytown y asistir al servicio. Matiu y Aroha volvieron a cambiar la indumentaria tradicional maorí (también la muchacha habría probado cómo le sentaban las faldas de colores y los corpiños de lino tejido) por el vestido de viaje y el traje de los domingos. Matiu, al menos, lo hizo con agrado. Nunca lo habría admitido, pero siempre pasaba frío con la vestimenta de joven guerrero. No quería ni pensar en cómo se las arreglarían de esa guisa los otros jóvenes al aire libre en invierno.

Los invitados de la tribu no pasaron desapercibidos en la pequeña iglesia de la localidad. Sin duda siguiendo las indicaciones del jefe tribal, Reka los presentó al reverendo, quien, naturalmente, ya había oído hablar de la escuela de Otaki.

—¡El reverendo Lange está realizando allí una labor estupenda! —dijo admirado el sacerdote—. ¿Tienes el título de la High­school, joven? ¡Los niños maoríes de aquí no pueden ni soñar con algo así! Claro que la gente ni los envía a la escuela. Hay una en Papawai. Aunque no es que tenga muy buena reputación...

En efecto, había una escuela para niños maoríes dirigida por misioneros en la colonia más importante de las tribus locales, pero no parecía ser muy apreciada. Al menos la tribu de Matiu no enviaba allí a ninguno de sus niños.

Después del servicio religioso, se ofrecía café, té y pasteles en la sala de la congregación, y el reverendo invitó afablemente a los maoríes a reunirse con ellos. Por la expresión de Reka podía adivinarse que nunca accedían, pero ese día harían una excepción por sus invitados. Después de intercambiar un par de frases con los otros feligreses, se sumaron obedientemente a los demás, se buscaron un sitio a la larga mesa y se dejaron servir por las curiosas mujeres de la congregación. Fueron engullendo en silencio los pasteles mientras la vivaracha Aroha no dejaba de hablar. La joven describió con gran colorido la escuela y la labor misionera de Revi Fransi. Matiu enseguida perdió el interés. Por azar se había sentado a la mesa con algunos hombres que trabajaban o habían trabajado en el ferrocarril. En esos momentos escuchaba con sumo interés sus explicaciones, que luego repitió a Aroha.

La muchacha lo escuchó aburrida, pero aliviada en secreto. Por mucho que le gustara estar con los ngati kahungunu, no quería permanecer mucho tiempo con la tribu. Se alegró de que a Matiu le pasara igual. El muchacho estaba impaciente por empezar los estudios de técnica y construcción de maquinaria.

El lunes, a Aroha la esperaba una sorpresa. Después de desayunar, cuando ya se había ido con su grupo, Reka y Hakopa fueron a buscarla y le pidieron por indicación del jefe que hiciese de intérprete.

—El reverendo de Greytown está aquí —explicó Reka, y por su expresión parecía como si el diablo en persona y no un religioso se hubiese extraviado en su marae—. Quiere hablar con el ariki y yo debería traducir... Pero no entiendo tan bien el inglés. ¿Quieres echar una mano, Aroha?

La joven asintió. Delante de la casa del jefe encontró a Matiu, a quien le habían pedido lo mismo. ¿Para qué necesitarían dos traductores?, se preguntó mientras saludaba al reverendo, que permanecía vacilante bajo la llovizna. Por lo visto, esperaba que lo invi­taran a entrar. Pero como bien sabía Aroha, esto no iba a su­ceder.

—El ariki lo recibirá aquí —le explicó al sacerdote, que miraba abatido hacia el interior—. No... no es habitual compartir una habitación con un jefe tribal, respirar el mismo aire que él... Su... bueno... su sombra podría proyectarse sobre usted. Los maoríes lo llaman tapu.

El reverendo gimió.

—Sé perfectamente lo que es tapu, señorita Fitzpatrick —replicó—. Tonterías de gente impía. Aunque estoy dispuesto a presentar mis respetos al ariki. Pero ¿realmente no es posible hacerlo cobijándonos de la lluvia?

Aroha invitó al religioso a que se pusiera al escaso abrigo de una palma de nikau. Lo entendía perfectamente. Tampoco a ella le gustaba estar al aire libre con un tiempo así, por eso había combinado por la mañana la blusa y la falda con una chaqueta pakeh­a. Los nuevos amigos de Matiu seguramente se habrían burlado de él si se hubiera mostrado tan delicado. Pese a ello, el muchacho llevaba en ese momento unos tejanos con una chaqueta de piel. Debía de haber esgrimido la visita del reverendo como pretexto para abrigarse más.

El jefe, por el contrario, había renunciado a adoptar lo que los pakeha consideraban una indumentaria correcta. Apareció con el traje de guerrero y cubriéndose solo con una preciosa capa que le protegía de la lluvia gracias a las plumas de ave que llevab­a co­sidas.

—¡Kia ora, reverendo! —saludó el ariki desde cierta distancia al religioso—. Me alegro de darle la bienvenida a nuestro marae. Mi pueblo siente gran respeto por usted.

Aroha tradujo sus palabras. El reverendo se inclinó y respondió con un par de formalismos similares. No obstante, en las palabras que siguieron introdujo un ligero reproche. Se alegraba de la solícita comitiva que asistía al servicio divino, pero todavía estaría más contento si también pudiera dar con mayor frecuencia la bienvenida a la iglesia al jefe y los ancianos de la tribu.

El ariki contestó con una evasiva.

—Tengo mis deberes. Y nuestros ancianos ya no son tan ágiles. El trayecto a Greytown es largo. Tendrá que contentarse con la presencia de los jóvenes.

—¡Y los niños acuden encantados a su escuela de verano! —añadió Aroha por su parte.

En realidad, los niños solo habían hablado positivamente de las clases de Greytown por el hecho de que allí siempre había leche y pasteles. Pero Aroha prefirió no mencionarlo.

El rostro del religioso se iluminó.

—Precisamente de esto quería hablarle, ariki. La escuela. Me han llamado la atención algunos de sus niños, parecen espabilados y con ganas de aprender. Sin embargo, no hablan suficiente inglés para seguir mis clases. Y, naturalmente, no saben leer y escribir, lo que a su vez...

—El camino es largo hasta la escuela de Papawai —observó el jefe. Parecía saber adónde quería llegar el reverendo—. Los niños pasarían cada día muchas horas caminando.

—¿No hay ningún internado? —se entremetió Aroha.

De inmediato sintió la mirada reprobatoria del jefe. El largo camino a la escuela era evidentemente una excusa, como en el caso de los ancianos de la tribu. De hecho, al menos la abuela de Matiu pasaba horas cada día en los bosques, recogiendo hierbas. A ella no le habría costado nada ir a pie hasta Greytown.

—Reverendo, en Papawai están los ngati kahungunu ki wairarapa —intentó explicar el jefe—. Nosotros somos ngati kahungunu ki heretaunga. Por supuesto, no somos rivales. Al contrario, somos hermanos. No obstante, tenemos raíces distintas, y mi tribu espera fervientemente poder regresar un día a la bahía de Hawke. Nos expropiaron injustamente. Debe de haber una posibilidad de...

—¡Por eso mismo todavía es más importante que su pueblo esté formado! —replicó el reverendo—. Si tuviera entre sus filas a juristas, topógrafos, políticos, todo sería más sencillo. ¡Tiene que enviar a los niños a la escuela!

El ariki movió negativamente la cabeza.

—Estarían solos entre extraños —insistió.

El reverendo se mordió el labio. Adquirió una expresión obstinada, parecía guardarse un as en la manga.

—De acuerdo, no tiene por qué ser la escuela de Papawai —dijo con prudencia—. Mire, cuando sus jóvenes huéspedes asistieron ayer a mi servicio, Dios me iluminó. El reverendo Lange dirige en Otaki una escuela para niños maoríes de distintas tribus. Y tal como ve en nuestro joven amigo Matiu... —sonrió al novio de Aroha— el reverendo Lange no ha pretendido alejar a los niños de sus tribus. ¿Por qué no envía allí a un par de sus chicos? No estarían solos, tendrían a un mentor en el joven Matiu y también a una mentora en la señorita Fitzpatrick...

Aroha no sabía exactamente cómo traducir la palabra mentora, pero en general la propuesta del religioso le parecía sensata. También ella y Matiu habían lamentado que los niños de la tribu no fuesen a la escuela, y más aún porque estaban interesados en aprender. Los adolescentes chapurreaban el inglés y muchos habían insistido a Aroha y Matiu en practicar con ellos la lengua pakeha. A algunos también les habría gustado aprender a leer y escribir.

Aroha decidió ponerse a favor del plan del reverendo.

—Revi Fransi y mi madre, los niños la llaman koka Linda, son como padres para los alumnos —explicó—. Y es cierto que los niños proceden de tribus distintas, algunas rivales. Al principio, cuando la escuela todavía era un orfanato, había grandes problemas. Revi Fransi se inventó un juego: llevaba a los niños a la escuela por el río, en un bote que se llamaba Linda. Así podían decir que todos habían llegado juntos en la misma canoa a una parte de Aotearoa común. Con eso todos estaban satisfechos. ¡Revi Fransi ponía mucho empeño en que los niños se llevasen bien!

El jefe se mordisqueó el labio inferior. Seguro que no temía que los alumnos se peleasen. Los hijos de los ngati kahungunu no se marginarían entre sí, fuera cual fuese el iwi al que pertenecían. Ese no era más que otro pretexto para evitar la escuela de Papawai. En realidad, temía que el reverendo se extralimitara con la enseñanza religiosa de los niños. No había ningún jefe maorí que no aprovechase la oportunidad de instruir a los miembros de su tribu. Pero no debían abandonar las tradiciones de su pueblo.

—Y tampoco está tan lejos —intervino inesperadamente Matiu—. Solo a un par de horas en tren. Los niños no deben permanecer allí durante años, pueden regresar en vacaciones.

El jefe jugueteó con las plumas de la capa.

—Ese reverendo Lange... —dijo—, ¿no tendrá nada en contra?

Era un secreto a voces que los misioneros cristianos eran reacios a volver a dejar en libertad a los alumnos que habían caído en sus garras. Muchas tribus maoríes habían tenido malas experiencias. Los niños que habían enviado de forma voluntaria y confiada a las escuelas de los piadosos hermanos habían regresado años más tarde totalmente cambiados. No habían obtenido ningún título de bachillerato ni de enseñanza superior, sino que los habían formado para ocupar un puesto de serviciales criadas y criados en una familia pakeha. Al final, esos individuos ya no se sentían en casa en ninguno de los dos mundos: ni en el maorí ni en el pakeh­a.

Matiu y Aroha negaron con la cabeza.

—Revi Fransi no es así —tranquilizó Matiu al ariki—. En Otaki los niños son felices.

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4

—¿Y volverá? ¿Me lo prometes?

Aputa, la madre de la pequeña Haki, se dirigió por quinta vez a Aroha con la misma pregunta.

Ella volvió a decir que sí y añadió:

—¡Todos cuidaremos de Haki! ¿Verdad que sí, niños?

Haki era la más joven de los cuatro niños que la tribu ngati kahungunu enviaba a Otaki con Aroha y Matiu. En realidad, habían planeado llevarse a niños de más de diez años, pero Haki había insistido en ir a la escuela y estudiar. Era extraordinariamente inteligente, muy vivaz e independiente. Al final había conseguido que sus padres le dieran permiso.

Aroha se valió de que la más pequeña necesitaba protección para avivar la cohesión del grupo. A menudo había visto a sus padres utilizar ese método. Que los niños tuvieran una tarea común, que se apelase a su sentido de la responsabilidad en especial, evitaba que surgieran rivalidades. Pero Anaru, Purahi, Koria y Haki estaban lejos de pelearse entre sí. Estaban demasiado orgullosos de haber sido elegidos y de representar a su tribu en Otaki.

—¡Yo seré abogado! —declaró con toda convicción Anaru, de doce años—. ¡Llevaré nuestra causa ante los tribunales pakeha y nos devolverán las tierras!

De todos los niños, Anaru era el que mejor hablaba inglés, pero Koria no le iba a la zaga. A Purahi le iba más la técnica. Debía agradecer sobre todo a Matiu el ir a Otaki, pues este enseguida se había percatado de su capacidad inventiva y sus ansias de conocimiento. También Purahi ardía en deseos de saber más sobre la construcción y funcionamiento del ferrocarril. Aguardaba impaciente la llegada del tren que estaba a punto de entrar en la estación. Matiu y Aroha, los futuros alumnos y sus padres espe­raban en el andén. La madre de Purahi y la de Haki lloraban. La madre de Koria alisaba una y otra vez la falda del nuevo vestido pakeha de su hija. La congregación de Greytown había equipado generosamente a los niños maoríes por medio de donativos. Todos habían recibido ropa, por supuesto aquella que ya habían utilizado los niños de la comunidad. En sus hatillos también había material escolar como abecedarios, cuadernos, lápices y libros.

Aroha ignoraba si Revi Fransi realmente necesitaría todo eso, pero los niños se sentían muy importantes.

—En el viaje me lees este libro —decidió Koria, y le tendió un ejemplar de Little Princess a Aroha—, y cuando hayamos llegado ya sabré inglés.

—Tan fácil no es —respondió Aroha, rebajando un poco las expectativas de la pequeña, para después dirigirse al padre de Anaru y asegurarle por segunda vez que a los niños les iría bien en la escuela de sus padres.

—¿Y ese monstruo? —La madre de Purahi tuvo que elevar la voz para superar el silbido del tren que entraba en la estación—. ¿No se comerá a los niños?

Señaló la locomotora, que debía de ofrecer un aspecto amenazador a una persona que jamás había visto un tren.

—¡No es ningún monstruo, es una locomotora de vapor! —exclamó Purahi riendo—. Tira de los vagones en que viajamos. Como un caballo, solo que mucho, mucho más fuerte...

—A mí me parece un dragón —murmuró su madre—. ¿Es que los pakeha también doman a los dragones?

—¡Dice Matiu que a veces las locomotoras también empujan trenes! —explicó maravillado Purahi—. Y los frenan en las subidas. Viajaremos por montañas. Y pasaremos por túneles...

—Tenemos que subir, koka —dijo Matiu a la madre de Purahi. La llamaba tía, pues también ella pertenecía a su amplio círculo de familiares—. ¡Tenéis que despediros ahora de los niños!

Matiu y Aroha intercambiaron el hongi con Reka, que se secó unas lágrimas furtivas.

—¡El año que viene tienes que volver! —le pidió a su sobrino—. ¡Da igual lo que diga tu karani!

La despedida entre Matiu y su abuela había sido agitada. La anciana Ngaio recitó una fórmula que Matiu no entendió. Como toda karakia (oración, bendición o maldición), se pronunciaba rápidamente, casi uniendo las palabras entre sí. Pero llenó de miedo y espanto a Reka. No se lo había explicado con más detalle a Matiu y Aroha, pero la anciana daba por sentado que nunca volvería a ver a su nieto.

Matiu sonrió animoso a su tía.

—Volveré y os traeré a los niños de regreso —prometió—. El verano que viene mismo. Hay vacaciones en la universidad. Esto todavía estará más bonito. Y no hará un frío tan terrible como hoy.

De hecho, nunca hacía mucho frío en Greytown, aunque sí soplaba el viento y ese día era intenso y helado. Aroha se alegró de sentarse al fin en su compartimento. Distribuyó los asientos a los excitados niños y controló de nuevo que todos los billetes estuvieran listos, mientras Matiu colocaba los equipajes en los anaqueles de red que había por encima de los asientos. Por último, las pesadas ruedas de hierro de la locomotora de vapor se pusieron en marcha. Los niños saludaron a sus padres contentos. Era evidente que no sentían ninguna pena al separarse de ellos, mientras que la madre de Purahi casi se había desplomado en el andén. Su marido tuvo que sujetarla. La madre de Haki corrió un trecho junto al vagón en que estaban sentados. No parecía soportar ver partir a su hija. Los otros padres se contenían un poco más. La madre de Koria incluso logró sonreír mientras saludaba con la mano a los niños.

—¡Muy bien, y ahora el libro! —indicó Koria en cuanto la locomotora se hubo puesto en marcha entre resoplidos—. ¿Qué clase de historia es esta? Una princesa es... la hija del jefe de una tribu, ¿no?

—El primer túnel es el Prices Creek, ¿verdad? —preguntó Purahi a Matiu—. ¿O es el Siberia? ¿Cuál es más largo? —Intentaba aprender de memoria todas las maravillas de la construcción del Rimutaka Incline.

Matiu y Aroha empezaron a contestar a las preguntas; no tendrían mucho tiempo para mirar por la ventana, al menos Aroha. Mientras ella leía y traducía —las niños maoríes carecían de conocimientos generales sobres las costumbres pakeha, y su inglés tampoco era tan bueno—, Matiu explicaba a Purahi lo que él mismo había entendido sobre el funcionamiento de la locomotora con raíl central y la función que desempeñaban los furgones de cola. Los chicos lo escuchaban fascinados, y cuando el tren se detuvo en Cross Creek, en la estación de maniobras, no se pudieron controlar. Era ahí donde se separaba la locomotora y se sustituía por otra más potente en el centro del convoy. Los empleados del ferrocarril no pusieron objeciones a que los niños mirasen desde una distancia prudencial cómo se acoplaba la pesada máquina detrás de los dos vagones de pasajeros y del vagón de carga, de los que había tirado hasta el momento la locomotora más ligera.

—¡Esta nos empujará montaña arriba! —gritó Matiu por encima del mal tiempo, del que Aroha y las niñas ya se habían guarecido en un refugio provisional.

Ese lugar tan poco acogedor era la única concesión de la compañía del Rimutaka Incline a la comodidad de sus pasajeros. Ahí no se contaba con que hubiera mucho tráfico de personas, el tren transportaba sobre todo mercancías. Sin embargo, esa diáfana mañana de septiembre viajaban muchas personas. Aroha vio a familias con niños y a hombres de apariencia importante que iban a Wellington por negocios. Muchos se quedaban mirando a los niños maoríes y cuchicheaban entre sí. Los maoríes viajaban pocas veces en tren.

Después de que engancharan a la locomotora dos vagones más de mercancías y un furgón de cola, un estridente silbato indicó a los pasajeros que debían volver a sus sitios. Aroha obedeció de buen grado a la llamada. Por muy contenta que se hubiera puesto de tomar el aire fresco, ahora agradecía guarecerse del frío. Si bien no había calefacción en los vagones, estos sí protegían del viento helado. Esa era la razón por la cual la mayoría de los pasajeros se había negado a abandonar sus compartimentos.

—Ahora nos vamos a Sib... Sib... ¿Cómo es que se llama, Matiu?

Purahi había vuelto a olvidar la palabra con que los ingenieros habían llamado en broma un trecho de la línea lleno de curvas y muy escarpado.

—Siberia, Purahi, y sí, ahí vamos ahora. Ahí está ese túnel tan largo y oscuro del mismo nombre. En ese lugar tan frío e inhóspito, los ingenieros se acordaron de la Siberia rusa. Dicen que allí nieva mucho...

—¡Pero no vuelvas a hacerme cosquillas en el túnel! —dijo Haki riendo.

Purahi estaba concentrado en la contemplación de las maravillas de la técnica; Anaru, por el contrario, no había podido contenerse de molestar un poco a las niñas al atravesar los primeros túneles entre Greytown y Cross Creek.

—Dime, ¿me lo parece a mí o el tren está tambaleándose?

Aroha levantó la vista del libro mientras el vagón ascendía la montaña describiendo meandros y trazando curvas cerradas. Se envolvió más en el abrigo. El viento soplaba fuera de un modo infernal. Incluso se notaba dentro el vagón, pues se filtraba por las ranuras de la madera.

—¡Qué va! —contestó Matiu, a quien Aroha había dirigido su inquieta pregunta—. El tren se apoya totalmente seguro en las vías, para eso se inventó el raíl central adicional. A lo mejor te lo parece porque ya no hay locomotora delante...

—Yo también encuentro que se tambalea un poco —intervino Koria, aunque sin tono de preocupación—. Es el viento. En realidad, también se podría empujar un tren así con velas, como las canoas, ¿no?

Aroha y Matiu rieron.

—¡El tren es demasiado pesado! —dijo Matiu a la pequeña—. Por eso tampoco puede tambalearse o caer porque lo empujen. Es... —Enmudeció cuando sintió de golpe que el tren realmente se inclinaba en una curva—. La curva Siberia —dijo con fingida alegría.

La preocupación lo invadió. Aroha bajó temerosa la mirada hacia el precipicio junto al que circulaban, y de repente notaron una sacudida. El viento se apoderó del vagón, que se inclinó hacia el abismo.

—¡Al suelo! ¡Agachaos! ¡Hay que ponerse a cubierto!

Aroha no supo si había gritado Matiu u otra persona. Instintivamente se lanzó al suelo, se agarró a la base de los asientos y vio con el rabillo del ojo que Koria era arrojada por el pasillo central, mientras que Haki gateaba por la puerta abierta del compartimento.

—¡Quiero salir de aquí! —gritaba la niña.

Su voz se mezclaba con los gritos de terror de los demás pasajeros. El vagón cada vez se inclinaba más, ya no se mantenía seguro sobre los tres raíles. Las paredes de madera crujían, los ganchos entre los vagones rechinaban.

—Se cae, oh Dios, nos precipitamos al abismo, nos...

—¡Salgamos de aquí!

De nuevo era Haki gritando. La pequeña se deslizaba por el suelo hacia la puerta de salida.

—¡No, Haki! ¡Ahora no puedes salir!

Matiu la siguió a trompicones. Aroha, que se aferraba desesperadamente a su asidero, vio que entraba luz cuando la puerta se abrió de repente y luego fue lanzada a través del compartimento. Se sujetó a un saliente para no ser despedida al exterior. En ese momento el vagón perdió definitivamente la sujeción de las vías. Descarriló y arrastró consigo al segundo vagón de pasajeros.

Los viajeros gritaron horrorizados. Llamaban a sus familiares y suplicaban a Dios. Aroha estaba como paralizada por el miedo. Acababa de mirar estremecida al abismo. Si el vagón se desprendía de la locomotora que lo empujaba y caía, se estrellaría al pie de la montaña. Nadie sobreviviría.

Pero entonces una sacudida infernal recorrió el vagón y este dio un brusco frenazo. Aroha oyó gritos de pasajeros que se habían golpeado contra el suelo, las ventanillas o las paredes de madera. Tenía que abandonarse al destino. El vagón colgaba inclinado sujeto a algo y ella inevitablemente resbalaba hacia la puerta de salida. Intentó agarrarse al estribo y llena de espanto vio que por encima de ella permanecían suspendidos en el aire los dos vagones de pasajeros y uno de mercancías. Era una imagen espeluznante. Parecía como si un niño travieso hubiera hecho descarrilar su tren de juguete. Sin embargo, los enganches parecían resistir, y la pesada locomotora porfiaba contra la ventisca. No se desprendía del tren.

Aroha ya no desafiaba al viento ni a la fuerza de la gravedad. El hierro del estribo estaba demasiado frío y resbaladizo para darle sostén. El siguiente envite del fuerte viento hizo balancear el pesado vagón. Aroha temía que se abatiera y que ella quedara enterrada bajo él, pero antes de que se le pasara otra idea más por la cabeza, cayó sobre una pendiente y empezó a rodar cuesta abajo. Gritó de dolor, intentó agarrarse a algún sitio, pero el brazo derecho ya no la obedecía. Desvalida, se deslizó montaña abajo hasta que un bloque de piedra detuvo su descenso. Entonces se dio un buen golpe en la cabeza.

La oscuridad se adueñó de Aroha. Antes de perder el conocimiento, se percató de que al menos ya no podía seguir cayendo. Cuando volvió en sí, se dio cuenta de que solo había pasado unos segundos en esa compasiva oscuridad antes de volver al infierno.

Vio los vagones descarrilados que se balanceaban sobre ella como una loca amenaza. Luego paseó la mirada por la pendiente y divisó llena de espanto los cuerpos heridos o sin vida. Oyó gritos, lamentos y quejidos, horrorosos sonidos que se llevaba el viento. Aroha creyó estar en una pesadilla. Le dolía la cabeza, pero tenía capacidad para pensar.

¡Matiu! ¿Dónde estaban Matiu y los niños? ¿En el vagón todavía? No, lo último que había visto de Haki y Matiu era que se dirigían hacia la puerta, la puerta que se había abierto y a través de la cual ella y los demás habían caído al exterior. ¿Para salvarse? ¿O para resultar heridos de gravedad y muertos?

—¡Matiu! ¡Koria! ¡Anaru!

Aroha empezó a llamarlos. Las lágrimas le anegaban los ojos. Se esforzó por enderezarse, se puso de rodillas... y descubrió a Matiu. El joven yacía sobre una roca que interrumpía la pendiente.

Aroha se arrastró hacia él. No estaba muy lejos, pero le pa­reció que tardaba horas en llegar a su lado. El brazo derecho le fallaba. Al final se quedó tendida, jadeando a su lado, y miró su rostro demacrado. Parecía sin vida. Aroha lo sacudió.

—Matiu, estoy aquí, ¡soy Aroha! ¡Matiu, contéstame!

Intentó levantarle la cabeza y entonces vio la sangre. Una herida en la nuca... y los brazos y las piernas extrañamente torcidos. Por un espantoso segundo, Aroha pensó que Matiu ya no respiraba, su pecho apenas se movía. Se apoyó en la mano izquierda, acercó el rostro al suyo y trató de percibir si respiraba. Sí respiraba, y él también pareció notar su presencia.

—A... Aroha... —No tenía más que un hilillo de voz—. Vives...

Ella intentó sonreír.

—¡Claro! —respondió—. A fin de cuentas, estabas a mi lado. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste en el viaje de ida? Que estando contigo no podía ocurrirme nada.

Le habría gustado acariciarlo, pero temía perder el equilibrio y caerse encima de él. Así que solo acercó su mejilla a la del joven. El rostro de Matiu estaba frío.

—No... no puedo moverme —susurró él.

Aroha se incorporó un poco.

—Te has dado un buen golpe —dijo—. Creo que yo también me he roto un brazo. Pero todo irá bien, Matiu...

El chico contrajo el rostro. Cada vez estaba más pálido. No, más... gris.

—Aroha, ¿me darías un... un beso? —La muchacha intuyó más que oyó sus palabras.

—Lo intentaré —dijo en voz baja y pegó suavemente los labios a los de él. Creyó sentir el suave hálito de su respiración cuando lo besó—. ¿Te ha gustado?

Matiu no respondió. Ella vio que había cerrado los ojos. Parecía como si el rostro se le hundiera. Volvió a confirmar si respiraba y el pánico la invadió. Consiguió como pudo apoyar la orej­a en su pecho para escucharle el corazón. No lo oyó, pero se convenció de que era por los gritos y el ulular del viento.

Se sentó con gran esfuerzo y puso la cabeza de Matiu sobre su regazo con el brazo que tenía sano. ¡Tenía que volver a respirar! Se inclinó sobre el chico y le susurró palabras de ánimo y cariño. Horrorizada, vio que su falda estaba empapada de sangre.

Entonces se puso a gritar.

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5

Más adelante, Aroha no sabía cómo había vuelto a ese pequeño refugio expuesto a las corrientes de aire de Cross Creek. Solo recordaba vagamente que con la mano sana había pegado a un hombre que quería arrancarle a Matiu de los brazos. Luego había vuelto a perder el conocimiento o se había apartado de la realidad lo suficiente como para dejar de percibir lo que le estaba sucediendo.

Fue cuando oyó la voz de Koria y alguien intentó darle un té caliente que volvió en sí y comprendió lo ocurrido. Si es que alguna vez lograba comprender que Matiu ya no estaba, que simplemente había dejado de respirar mientras ella lo besaba y lo sostenía entre sus brazos.

Sintió la manita de Koria entre las suyas. Los niños... tenía que ocuparse de los niños. Haki... Oh, Dios, ¿dónde estaba Haki? Si Matiu había salido despedido del vagón, también la pequeña...

—Haki ha muerto —dijo Koria con voz serena—. Y Purahi también. Los encontré a los dos. Estuve buscando. Os encontré a todos... —La pequeña temblaba. Estaba medio congelada, pero no se veía herida.

—¿No te caíste del tren? —preguntó Aroha haciendo un esfuerzo.

Volvía a sentir el frío pese a la taza de té caliente que una asistente le había puesto en la mano izquierda. Llevaba el brazo derecho en cabestrillo y el hombro le dolía horrores.

Koria negó con la cabeza.

—No. Resbalé hasta un rincón del compartimento y me agarré allí. Solo me di un golpe en la rodilla. Y cuando el tren dejó de moverse, salté fuera. Bueno, al principio resbalé un poco, pero pude sujetarme. Luego me dejé caer, bajé rodando... y entonces... os encontré a todos. —Empezó a balancear el torso adelante y atrás—. Os encontré a todos... Os encontré a todos.

—¿Y Anaru? —preguntó Aroha en voz baja.

—El segundo niño maorí está herido —respondió la asistente que había acabado de repartir el té entre los demás supervivientes y ahora regresaba con Aroha—. Lo están llevando en tren a Greytown.

—¿En tren? —La voz de Aroha estaba impregnada de es­panto.

La mujer asintió.

—¿Qué otra cosa iban a hacer? No hay carreteras normales, ninguna por la que se pueda transportar heridos, y si la hubiera se tardaría horas. Entiendo que ninguno de vosotros quiera volver a subirse a un tren, pero no hay más remedio. Ahora el vendaval ha amainado. Antes todavía soplaba con fuerza. La locomotora que fue a rescataros tuvo que detenerse en un túnel para evitar un nuevo accidente.

De hecho, Aroha no tenía ningún interés en escuchar los detalles de esa tremenda desgracia, pero la mujer le describió minuciosamente todos los detalles. Cuando el tren ya había recorrido la curva Siberia, lo alcanzó un golpe de viento de unos ciento cincuenta kilómetros, según los cálculos. Entonces descarrilaron los dos primeros vagones de pasajeros, luego el de mercancías. Sorprendentemente —la mujer no se cansaba de dar gracias a Dios por ello—, algunos enganches habían aguantado. La locomotora permaneció en la vía a causa de su peso y evitó que los vagones cayeran al vacío.

—Al principio todo parecía espantoso —dijo la asistente—. La gente que fue lanzada fuera de los vagones dijo que estos colgaban por encima de su cabeza y se balanceaban como si fueran a caer de un momento a otro. Todo el que pudo se apartó a rastras. La mayoría estaban heridos. Otros, a los que en realidad no les había ocurrido nada, saltaron aterrados de los vagones y se fracturaron los huesos. Tú has tenido suerte, pequeña.

Se volvió a Koria, que no había entendido nada de lo que contaba y que posiblemente tampoco le habría prestado atención si hubiese hablado maorí. La muchacha se balanceaba a un lúgubre compás.

—Os encontré, os encontré a todos...

La asistente la miró con recelo.

—¿Le pasa algo? —preguntó—. ¿Ha perdido la cabeza?

Aroha no respondió.

—¿Hay... hay muchos muertos? —preguntó con un hilo de voz.

—Tres. Todos niños maoríes... Y uno de los niños blancos está muy grave. También lo han llevado a Greytown. Los heridos graves han salido en el primer tren. Luego os vendrán a recoger a vosotros. Desafortunadamente no disponen más que de un vagón y una pequeña locomotora. Todo lo demás está en el lugar del accidente.

Como averiguó más tarde Aroha, el conductor del furgón de cola había reaccionado con mucha serenidad ante el accidente. Desenganchó rápidamente su vehículo y regresó a toda prisa a Cross Creek. Allí de inmediato se puso en marcha un tren de rescate y pudieron iniciarse las tareas de salvamento. Sin embargo, para Matiu, Haki y Purahi la ayuda había llegado demasiad­o tarde.

—Tengo frío —susurró Aroha.

La mujer la envolvió en una manta.

—Enseguida habrá más té —dijo para consolarla.

Aroha tenía la sensación de que nunca más volvería a entrar en calor.

Aroha, Koria y los demás que habían salido ilesos o con heridas leves del accidente todavía tuvieron que aguantar varias horas en aquel gélido refugio a que por fin llegara el tren. Aroha apenas se dio cuenta de las tareas de rescate. Se encontraba inmersa en un mar de frío y pena y sentía un intenso dolor en el hombro dislocado. Le palpitaba la cabeza. Como desde la lejanía, oía la enervante cantinela de Koria.

—Os encontré a todos, a todos...

Ya era de noche cuando por fin llevaron a Aroha a la casa parroquial de Greytown. Allí se había montado un hospital provisional y un médico superado por las circunstancias se dispuso a recolocar el hueso dislocado.

—Voy a hacerle un poco de daño, señorita... —dijo apenado y, en efecto, le hizo un daño espantoso.

Aroha se sentía demasiado débil para gritar. Gimió cuando el brazo volvió a encajar en la articulación. El dolor fue cediendo lentamente, pero ella estaba demasiado agotada para alegrarse por ello.

A continuación, volvió a notar una taza en los labios, abrió mecánicamente la boca y se puso a toser. Ya no escupió el segundo trago de whisky. El tercero, la sumió en un profundo sueño.

Cuando despertó al día siguiente, apenas le dolía el hombro. El médico le había sujetado firmemente el brazo al pecho. Los zumbidos de la cabeza y la quemazón que sentía en su corazón fueron mucho peores cuando de nuevo tomó conciencia de lo ocurrido. Matiu, Haki, Purahi...

Se frotó las sienes. Le habría gustado pensar que todo había sido un mal sueño, pero, naturalmente, entonces no se habría despertado en una sala repleta de camillas donde yacían las víctimas del accidente, atendidas por unos asistentes. Tanta gente hablando, llorando, gimiendo... El dolor de cabeza aumentó. Lo que más le habría gustado hubiera sido volver a dormirse, pero de repente se acordó de Koria y Anaru. ¿Dónde estaban los niños?

Ahora se sentía culpable. Debería haberse preocupado por Anaru el día anterior. De hecho, ni siquiera había preguntado cómo estaba.

Al instante decidió enmendar su error. Se irguió con esfuerzo y venció las palpitaciones cada vez más intensas que sentía en la cabeza. Se mareó un poco al ponerse en pie, pero después respiró algo mejor. Inclinó la cabeza para mirarse y casi se le escapó un grito. Tenía la falda empapada en sangre. Era evidente que los asistentes estaban demasiado atareados para ocuparse de eso, ya que de lo contrario le habrían cambiado de ropa...

Aroha buscó apoyo en el respaldo de una silla que había junto a su cama y atrajo la atención de una de las cuidadoras.

—Espere, joven, ya la ayudo. —La pequeña y regordeta mujer acudió presurosa hacia ella—. La señorita Fitzpatrick, ¿no es así? ¿Ya puede levantarse? Vuelva a sentarse un poco, le traeré un té. Soy la señora Clever.

—¿Los niños...? —preguntó con esfuerzo Aroha. Estaba afónica, su propia voz le parecía ajena—. Koria, Anaru..., ¿cómo... cómo están?

—¿Se refiere a los niños maoríes? —preguntó la señora Clever, empujando a Aroha de vuelta a la camilla—. Los recogieron esta mañana. Muy temprano, todavía era casi de noche y el doctor era algo reacio a dejarlos marchar. Pero los padres han insistido en llevárselos... En fin, una pierna rota también se curará en el poblado maorí.

Por su tono, no se diría que la señora Clever estuviera muy convencida de sus palabras. Sin embargo, Aroha se sintió aliviada. Anaru al menos no moriría.

—Y el reverendo también ha telegrafiado a sus padres —siguió diciendo la mujer—. Se sentirán más tranquilos al saber que no le ha pasado nada, señorita Fitzpatrick. —Detuvo a otra asistente que pasaba con una tetera y unas tazas y tendió a Aroha un té caliente—. En realidad podría usted marcharse a casa hoy mismo, ha dicho el doctor. Pero usted... usted vivió con los maoríes y yo... en fin... nosotros... no sabemos si todavía será bien recibida allí. —Bajó la vista al suelo mientras Aroha la miraba sorprendida—. Después de lo que ha ocurrido... Ay, por todos los cielos, tesoro, ¿qué le ha pasado a su falda? —Cambió bruscamente de tema cuando posó la vista en la ropa de Aroha—. Le traeré prendas nuevas. Y también agua para que se lave...

Solícita, se puso en camino. Aroha se recostó agotada. La señora Clever tenía razón, era mejor que no se levantara. Pero entonces resonó una voz llena de odio.

—¡La pakeha llena de sangre! —La voz se alzó sobre los murmullos, los llantos y los gemidos de aquella sala provisional. Pertenecía a una corpulenta maorí que se había plantado entre las hileras de camas. En medio del ajetreo nadie se había dado cuenta de que había entrado, además llevaba indumentaria pakeha. Todos se la quedaron mirando. Aroha se acurrucó. Reconoció a la madre de Haki, que se aproximaba dispuesta a descargar sobre ella su pena y su rabia—. ¡Sangre traer muerte! —gritó a Aroha—. Traer desgracia. ¡Tú traer desgracia! ¡Tú prometer traer Haki a casa! «Haki ser feliz, Haki aprender...» —Repitió con ironía las palabras con que Aroha había apaciguado sus temores un día antes—. ¿Y ahora? ¡Ahora mi Haki muerta! —Rompió en sollozos, pero se recompuso—. Y Purani también muerto. Como decir su madre, ¡comido por el dragón pakeha! Y Koria hablar como loca, hay que sacar malos espíritus... ¡Tú tener culpa, pakeha! ¡Tú tener culpa!

La mujer se acercó amenazadora. La señora Clever se interpuso decidida entre ella y Aroha. Pero alguien más intervino.

—Tranquilízate, Aputa, ¡nadie tiene la culpa!

Reka había entrado en la sala parroquial, sin duda en busca de la madre de Haki. Se dirigió entonces a la mujer en maorí y quiso echarle el brazo por los hombros para consolarla. Pero Aputa se lo quitó con rudeza.

—¡Es culpable! ¡La maldigo! ¡Yo te maldigo, muchacha pakeha! ¡Los espíritus de los muertos te perseguirán! ¡Nunca hallarás la paz! —Pronunció estas palabras en su lengua, en voz alta, desa­forada.

Mientras, el médico y el reverendo, alertados por los gritos, se habían acercado precipitadamente. Los hombres alcanzaron por la espalda a la furiosa mujer, que esgrimía amenazadora un palo en dirección a Aroha.

Aroha reconoció un tiki wananga, una vara adornada con figuras de dioses que formaba parte de los objetos de culto de los sacerdotes y sacerdotisas maoríes. Esa visión la asustó. Omaka también tenía un tiki wananga y Linda le había explicado en una ocasión cómo la anciana había utilizado el poder de este utensilio para echar una maldición a una joven. Aputa parecía a punto de golpear a Aroha. Los hombres se lo impidieron inmovilizándole los dos brazos. Reka le quitó la vara.

—Entendemos su dolor, pero tiene que marcharse...

El reverendo habló con afecto a Aputa, quien al ver que la apartaban de Aroha estalló en lágrimas. Reka se volvió a la joven, sostenía el tiki wananga con tanto cuidado como si este quemara.

—No puede echarte una maldición —explicó a la temblorosa Aroha—. No tiene mana suficiente para ello. No es una tohunga y no tiene poder. Y los espíritus tampoco prestarían atención a alguien tan furioso de dolor. Has de perdonarla. Espero que los espíritus también la perdonen. No debería haber cogido la vara de los dioses. Debe de habérsela quitado a Ngaio. En realidad no debería ni tocarla.

—A lo mejor Ngaio se la ha prestado —dijo Aroha con voz ahogada—. Para vengar a Matiu.

Reka negó con la cabeza.

—La abuela de Matiu llora la muerte de su nieto, pero no te culpabiliza. Fue un accidente. Previó que sucedería, sabía que no volvería a ver a Matiu. Pero tampoco podía saber cuándo ocurriría tal desgracia.

—Dijo que podría ser peligroso que me amase —sollozó Aroha. En ese momento las palabras de la tohunga cobraron sentido para ella—. Los dioses podían romper la cuerda que unía a la tierra la cometa por ellos elegida. ¡Dijo algo similar!

—Incluso así, no serías culpable —repuso Reka con dulzura—, habría como mucho un dios celoso. Pero no lo creo, tú no debes creértelo en ningún caso. Tú rezas al dios de los pakeha y al parecer él siempre es solo bueno, afectuoso y sabio.

No se diría que Reka se creyera del todo esto último. Era obvio que solo quería tranquilizar a Aroha.

—He convencido a la tribu de que envíen a los niños a la escuela —siguió enumerando Aroha sus supuestos pecados—. La madre de Haki tiene razón, le prometí que cuidaría de su hija. Yo...

—Disculpe, usted también debe marcharse ahora... —La señora Clever intervino suave pero resuelta en la conversación que Reka y Aroha sostenían en maorí—. Seguro que su intención es buena, pero está excitando a la joven. La señorita Fitzpatrick tiene que descansar, está herida.

—Ella herida en el alma —replicó Reka—. Ella debe comprender que no tener culpa de muerte de niños.

La señora Clever asintió, pero insistió en poner punto final a la visita.

—Cuando se encuentre mejor lo comprenderá —declaró—. La joven no es responsable de la desgracia ocurrida con el tren. Hablaré con el reverendo y él se lo explicará a la señorita Fitzpatrick. Después de que ella haya dormido un poco. Venga, hijita, bébase esto... —le tendió un vaso a Aroha con un líquido incoloro—. Dice el doctor que con esto tendrá usted unos bonitos sueños.

Aroha bebió obediente el láudano y percibió enseguida un plácido cansancio. Pero no tuvo bonitos sueños. Los sueños de Aroh­a estaban poblados de Matiu, Haki, Purahi y su tribu. Todos le atribuían la culpa y no se cansaban de repetirle la maldición de Aput­a.

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6

Franz Lange llegó en el primer tren que volvió a circular por la línea Rimutaka Incline después del accidente. Tras recibir el telegrama de Greytown, Linda había sido la primera en querer emprender el viaje sin esperar el tren, quería poner de inmediato rumbo a Wairarapa a caballo. Sin embargo, Franz logró convencerla de que abandonara esa idea. Tardaría como mínimo dos días cabalgando y al final llegaría más tarde que si tomaba el tren. Además, el reverendo de Greytown pedía expresamente que acudiera su homólogo. Tal vez el reverendo Lange podía aplacar los ánimos de los maoríes que culpaban a Aroha y al reverendo de la pérdida de sus hijos.

«Naturalmente, ya no quieren enviar sus hijos a su escuela ni a mi iglesia —había telegrafiado el religioso—. Otra nueva generación crecerá sin fe ni educación.»

—Habrá que ver si se preocupa más por la fe o por la educación —murmuró Linda—. Comprendo muy bien a los maoríes —añadió—. Por supuesto, ahora no se despegan de sus hijos. En todo caso, yo tal vez los visitaría el año que viene para hablar con ellos. Cuando el dolor se haya aplacado un poco y todos puedan volver a pensar con claridad...

Franz pensaba igual, pero no quería decepcionar al reverendo. Opinaba que, a fin de cuentas, daba igual quién de los dos fuera a buscar a Aroha.

—El reverendo ha insistido en que su vida no corre peligro —tranquilizó a su esposa—. Claro que está triste y alterada después de una experiencia así. Además, Matiu significaba mucho para ella, y para todos nosotros. A lo mejor ayuda a su familia que se lo diga y rece una oración por él. Eso tal vez anime a los maoríes a volver a la iglesia.

A Linda le parecía poco probable, pero no contradijo a su marido. Franz tenía a veces ideas poco realistas. Cuando años atrás había llegado a Rata Station desde Australia, antes de trabajar como misionero en Nueva Zelanda, había vivido inmerso en su propio mundo. Se había educado en la comunidad de ortodoxos donde había crecido y al principio había sacado de quicio a todos los habitantes de la granja. Con el tiempo, Franz había cambiado. Trabajar con los niños maoríes y convivir con Linda habían convertido al rígido fanático en un cristiano comedido y amable, que mostraba comprensión hacia casi todos los errores y desórdenes humanos. Y en la práctica actuaba correctamente, más allá de esos sueños ajenos al mundo que había alimentado antes.

—Entonces trae a Aroha lo antes posible a casa... —concluyó Linda—. No da igual quién vaya a buscarla. Ahora necesita a su madre.

Franz encontró a su hija adoptiva en casa del reverendo de Greytown. Pálida y triste, estaba sentada en una silla de la habitación de invitados del religioso y miraba fijamente las montañas a través de la ventana. La casa estaba en una colina y la vista era preciosa. Por la noche había nevado —Franz no lo habría admitido, pero había necesitado hacer acopio de toda su fe para emprender el viaje en tren con ese tiempo— y la montaña boscosa estaba como espolvoreada de azúcar. Pero Aroha no tenía aspecto de percatarse de ello. Se diría que su mirada estaba velada; cuando se volvió hacia Franz, sus movimientos parecían lentos. Su brazo descansaba en un cabestrillo sujeto con un vendaje al pecho.

—Ha muerto Matiu —dijo en voz baja, como si Franz no supiera nada de lo ocurrido—. Y los niños. Y todo por mi culpa, yo...

—Tonterías, Aroha, ¿qué estás diciendo? —exclamó sorprendido su padre adoptivo.

El reverendo había informado a Franz por escrito que los maoríes culpaban a Aroha de la desgracia, pero era imposible que ella misma se tomara en serio esas acusaciones.

—Al menos ahora habla —observó la esposa del reverendo, que había conducido a Franz hasta la habitación—. Desde que está aquí no ha abierto la boca. Casi no come y está mirando siempre por la ventana. La pobre está como petrificada.

Franz la escuchaba, pero solo tenía ojos para su hija. Se acercó a ella.

—El reverendo y yo vamos a celebrar un servicio por Matiu —dijo—. Y por los otros niños. Hoy por la tarde. Rezaremos por sus almas y suplicaremos a Dios que nos ayude...

—¿Que nos ayude? —repuso Aroha con voz apagada—. Ahora es demasiado tarde, están muertos. Dios tendría que haber hecho algo antes, antes de que Rangi cortase la cuerda... Pero Dios tampoco quiere que la gente se ame... A lo mejor los dioses querían castigarnos a todos, a lo mejor se habían puesto todos en nuestra contra.

Franz frunció el ceño. Estuvo a punto de pronunciar una dura réplica, pero luego vencieron los instintos humanos que Linda tan fatigosamente le había inculcado. Estrechó a Aroha entre sus brazos.

—Hija mía, qué absurdas ideas son esas —le dijo en tono cariñoso—. Claro que Dios no se opone a que los seres humanos se amen. Al contrario, Jesús desea que hasta a nuestros enemigos...

—Puede que a nuestros enemigos, ¡pero no a Matiu! —Aroh­a rompió a llorar—. Vosotros siempre habíais dicho que éramos demasiado jóvenes. Teníamos que esperar para amarnos y todo eso. Y esperamos, éramos castos y...

Se mordió el labio. Tan castos tampoco lo habían sido. ¿Se habría ofendido Dios por ello? Aroha no podía evitarlo, desde el infortunio todos sus pensamientos giraban en torno a la culpa.

—Hija mía, todo eso no tiene nada que ver con el accidente del tren. —Franz Lange empezaba a darse cuenta de a qué se había referido Linda. Habría sido mejor que ella hubiese ido a recoger a esa persona llena de dolor en que se había convertido su alegre hija—. Aroha, primero iremos a comprar —intentó cambiar de tema—. Así no puedes asistir al servicio religioso.

La joven llevaba un vestido que, a simple vista, le iba demasiado grande. Su traje de viaje se había estropeado y no se había podido recuperar el equipaje del vagón. Una gran parte de las maletas había caído al vacío. Una de ellas había sido la de Aroha.

—No necesito nada —murmuró—. Y tampoco quiero ir al servicio...

Franz se enderezó decidido.

—Pues claro que vas a ir —dijo con severidad—. Y mañana te vienes conmigo a casa. Debes olvidarte lo antes posible de todo lo ocurrido.

Finalmente, Aroha iba con un traje y un abrigo negros cuando, en la iglesia, los dos reverendos dieron la bienvenida a la congregación. La esposa del reverendo la había ayudado a vestirse y estaba sentada a su lado. Reka tomó asiento al otro lado de Aroh­a, era la única representante de los maoríes que había acudido.

—Ngaio también quería venir, pero no se sentía bien. Hace conjuros para Koria, ¿sabes? El espíritu de la niña todavía está en las montañas, donde descarriló el tren. Ngaio y las demás tohunga la ayudarán a encontrar el camino de vuelta con nosotros. Aun así es agotador, Ngaio está agotada. Además, tuvieron que celebrar ceremonias de purificación para el tiki wananga que Aputa se había llevado. También recitamos karakia por Aputa. Y por ti, hija. Tienes cautivo el espíritu de Matiu. Debes dejarlo en libertad...

Aroha hizo una mueca con los labios.

—Sí, primero él me sujetaba a mí, ahora soy yo quien lo sujeta —respondió enojada—. Ya veremos si los espíritus también pueden romper tan fácilmente esta cuerda.

Sus ojos resplandecieron por vez primera tras el infortunio. Reka entendió el mensaje: Aroha estaba dispuesta a desafiar a los dioses.

—Ningún dios ni ningún espíritu puede desunir un vínculo así —dijo con dulzura—. Debes hacerlo tú misma.

Bajó la vista después de que la mirada severa del reverendo se posara en ella. Se estaban rezando las primeras oraciones y los feligreses debían callar.

Por supuesto, Franz Lange mantuvo su promesa de hablar con los ngati kahungunu antes de regresar a Otaki con Aroha. Se reu­nió con Reka, quien pidió una vez más a la joven que la acompañase. Era obvio que la tribu estaba de duelo, pero exceptuando a Aputa y la madre de Purahi, a quienes el dolor no les permitía tener una visión clara de la situación, nadie le reprochaba nada. Sin embargo, Aroha rechazó la invitación con tal vehemencia que Reka no insistió.

Franz habló con el jefe y los ancianos de la tribu, pero no consiguió que el consejo de los ngati kahungunu cambiase de opinión. La tribu no enviaría al colegio a sus hijos. Pese a ello, aprobaron complacidos rezar todos juntos por Matiu y los niños. Franz pronunció unas conmovedoras palabras que trataron más de la feliz infancia de Matiu en Otaki que de Dios. Al final, al menos los familiares del chico parecían haber hallado algo de consuelo. La anciana Ngaio le dio un colgante de jade con la figura de un pequeño dios como obsequio para Aroha.

—Sé que tú no querer que lleve hei tiki. Los pakeha solo quieren la cruz. Pero esto bueno para el alma...

—¡Esto ser buen recuerdo de Matiu! —la interrumpió hábilmente Reka. Sabía que la anciana tohunga quería apaciguar a los dioses que velaban por Aroha, pero era mejor no contarle algo así al reverendo cristiano—. Un regalo de la tribu, de la abuela. Así Aroha sabe que nosotros no estar enfadados.

Franz hizo de tripas corazón y le entregó el regalo a su hija. Aroha lo contempló largamente.

—El cielo y la tierra... —susurró.

Cuando Franz observó con mayor atención, distinguió dos figuras diminutas estrechamente enlazadas. Papa y Rangi, en la mitología de los maoríes la diosa de la Tierra y el dios del Cielo, a quienes había habido que separar para crear el mundo de los hombres.

Franz murmuró algo sobre las supersticiones paganas, mientras que Aroha se puso el colgante sin pronunciar palabra. Franz no hizo más comentarios, por el momento tenía otras preocu­paciones. Había planeado marcharse al día siguiente a casa, pero Aroh­a se negó categóricamente a volver a subir a un tren.

—¡No puedo! —susurró—. Tienes que entenderlo, Revi Fransi, no puedo. ¡Nunca más podré viajar en tren!

—Entonces tendrás que quedarte aquí hasta la primavera —respondió Franz—. Sí, ya sé, podríamos volver a caballo, pero sería una locura con el tiempo que hace. Podrían sorprendernos nevadas, podríamos extraviarnos... —A ello se añadía que Franz era un mal jinete. Si bien conducía carros pesados, mantenerse a lomos de un caballo durante horas significaba para él una tortura. No se hubiera atrevido a manejar una montura tal vez insegura sobre un terreno difícil. Vio que la joven sopesaba las alternativas—. A lo mejor el doctor te da algún brebaje sedante para el viaje —sugirió sin mucho entusiasmo.

De hecho, Franz no aprobaba que la esposa del reverendo estuviera suministrando a su hija una cucharita de láudano cada noche para que conciliase el sueño. Pero justificaba cualquier método con tal de llevarse a Aroha a casa.

Finalmente, la muchacha cedió ante la necesidad, pero se negó a dormir durante el viaje. Con una palidez mortal, subió al tren con su padre adoptivo. En esta ocasión era un día sin viento pero lluvioso. Cuando dirigió una última mirada a Greytown, vio una pequeña ciudad adormecida y cubierta de nubes. Por lo demás, poco hubo que recordase al último viaje con Matiu, por ejemplo, no pararon en Cross Creek. Alertada por el accidente, ahora la compañía de ferrocarriles incorporaba las locomotoras más pesadas antes de llegar a las montañas.

Franz posó su mano sobre la de Aroha para reconfortarla cuando pasaron junto a la estación. Los dedos de la joven se crisparon en torno a los de su padre. Antes de la curva Siberia, Aroh­a cogió el hei tiki y lo aferró. Franz no quiso prohibírselo, pero recitó una oración por las víctimas del accidente y la invitó a que reza­se el padrenuestro con él cuando llegaron al lugar de la catástrofe. El maquinista accionó la sirena de la locomotora en homenaje a los muertos y Aroha se estremeció con el penetrante pitido. No miró por la ventanilla; de todos modos, Franz ya había comprobado en el viaje de ida que allí no había nada que ver. Habían vuelto a colocar los vagones en los raíles, rescatado a heridos y muertos, y la lluvia y la nieve habían limpiado la sangre. La curva Siberia no era más que una curva en herradura como tantas otras de ese tramo. Sin el pitido del tren, Franz ni siquiera se habría dado cuenta de que pasaban por allí.

Aroha se relajó cuando dejaron atrás el lugar del accidente y enfilaron el túnel Siberia. Franz observó cómo se quitaba lentamente el hei tiki del cuello, lo ponía con cuidado en una bolsita de piel y luego lo guardaba en su bolsa.

Nunca más la vio llevar el pequeño colgante.

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7

—¿Y si simplemente la enviamos unos días fuera?

Como tantas veces en las últimas semanas, Linda observaba preocupada a su hija. Mientras que los demás alumnos de la escuela charlaban en la sala común, jugaban o hacían deberes, Aroh­a permanecía sentada junto a la ventana y miraba indiferente la plaza de las asambleas, polvorienta al sol otoñal. Unos pocos niños jugaban allí al rugby, pero a ella no parecía interesarle el partido. Miraba al vacío, inmersa en sombrías cavilaciones.

Había pasado más de medio año desde que había vuelto de Wairarapa. Ya hacía tiempo que sus heridas físicas se habían curado, pero las del alma estaban profundamente arraigadas. De nada servía todo lo que hacía Linda por animar a su hija o al menos distraerla de su pena. Aroha ejecutaba mecánicamente las tareas que su madre le encargaba, si bien prefería ayudar en la cocina o la lavan­dería antes que ocuparse de los niños. Respondía a las preguntas, pero con monosílabos, y cuando la dejaban tranquila se encerraba en sí misma.

—¿Enviarla fuera? —repuso Franz. Estaba atornillando una lámpara de gas. Le encantaba hacer reparaciones, ya fueran sencillas o complicadas, durante su tiempo libre—. ¿Adónde? No volverá a subir en ningún tren, ya lo sabes.

Linda no había conseguido en verano ir a Russell a visitar a Karl e Ida, un intento por lograr que Aroha pensara en otra cosa. Sin embargo, a su hija siempre le había gustado ir a Russell, le encantaba el mar.

—Estaba pensando en Rata Station —contestó Linda—. Para ir allí no es necesario coger el tren. Nos llevas a Wellington en el carro y ahí embarcamos directas a Lyttelton Harbour.

Franz sonrió a su esposa.

—Así que te gustaría visitar a tu hermana y tu madre. —A Franz siempre le costaba un poco pensar en Catherine Rat como la madre de Linda. Durante mucho tiempo había pensado que era hija de su hermana Ida, y, por ello, sobrina suya. Si ese hubiese sido el caso, su relación con Linda habría fracasado, pues él, por supuesto, nunca se habría casado con una pariente tan cercana—. Puedes ir a verlas en cualquier momento, ya sea con o sin Aroha.

Linda puso los ojos en blanco.

—No se trata de mí —replicó—, sino de Aroha. Seguro que por unas semanas te apañas bien por aquí sin mí. Ella necesita pensar en otras cosas. En Rata Station trabajará. Ayudará con las ovejas, montará a caballo, tendrá amigos de su misma edad...

Franz frunció el ceño y observó a los niños de la sala común.

—¿Y aquí está sola? —preguntó sin entender—. ¿Y no tiene nada que hacer? Linda, hace un par de meses estaba ocupada todo el día en tareas importantes. Se queda mirando al vacío desde lo que le ocurrió a Matiu. A lo mejor deberíamos involucrarla más, ser más severos también...

Pronunció la última frase sin mucho entusiasmo, ya que la muchacha no solía protestar. No había razones para castigarla, pero su permanente tristeza desgarraba el corazón de Franz igual que el de su esposa.

Linda negó con la cabeza.

—Claro que tiene suficientes niños a su alrededor, Franz. Pero son todos maoríes. Y ella los ve demasiado pequeños para relacionarse con ellos. Siempre asistió a un curso con chicos de la misma edad que Matiu. Y ahora todos están en la universidad.

Naturalmente, los Lange habían tratado de motivar a Aroha para que también asistiera a la Universidad de Wellington. Aunque todavía era muy joven, cabía la posibilidad de que compartiera una habitación con una vieja amiga en el albergue de estudiantes. Aroha se había negado. Wellington no tenía el menor interés para ella si no estaba Matiu. Y Pai, con quien iba a compartir la habitación... ¡lo mismo le traía mala suerte!

—Antes le gustaba ocuparse de los más pequeños —observó Franz.

Linda suspiró.

—Para lo cual tenía que asumir una responsabilidad —le recordó a su marido—. Lo que ahora no se atreve a hacer. Ya viste lo que ocurrió ayer: ni siquiera quiso acompañar a las niñas a nadar. ¡Porque podrían ahogarse! Me lo dijo muy seria. Y eso que esas criaturas nadan como peces en el agua, sin contar con que el lago del bosque tiene como mucho un metro de profundidad. Se obsesiona. Si tiene que hacer algo con los niños, le da miedo.

—¿Y no ocurrirá lo mismo con los caballos y las ovejas? —preguntó Franz meneando la cabeza—. ¡Todo esto es puro desvarío, Lindie! No es culpable de la muerte de los niños de Wairarapa y en ningún caso de la de Matiu. Es solo un delirio...

—Del que está claro que aquí no se librará —insistió Linda—. Mientras solo vea a su alrededor a los niños maoríes que sus padres nos han confiado, revivirá las escenas de la partida en el tren del accidente, cuando aseguró a los padres de Haki y Purani que a sus hijos no les pasaría nada. Y luego los reproches de la madre de Haki... No quiero ni pensar en lo mal que lo pasará cuando se acaben las vacaciones y los niños nuevos vengan a la escuela.

Muchos padres maoríes llevaban ellos mismos a sus hijos a la escuela de Otaki y planteaban preocupados preguntas similares a las de Aputa. Cada año, Linda y Franz pasaban horas tranquilizándolos. Eso se convertiría en una tortura para Aroha.

—Es posible que se desenvuelva mejor con niños pakeha —aventuró Linda—. Y no veo ningún problema con las ovejas y los caballos. Siempre se lo ha pasado bien en la granja trabajando con los animales. A eso se añade el movimiento y el aire fresco. Tendrá menos tiempo para darle vueltas a la cabeza, por las noches acabará rendida. ¡Todavía sigue tomando láudano, Franz! Y a pesar de eso tiene pesadillas y llora todas las noches. ¡Esto no puede seguir así! Vamos a intentarlo con Rata Station. Si sigue tan apática se nos tendrá que ocurrir otra idea. Sea como sea, cualquier cosa es mejor que quedarse cruzado de brazos.

Aroha aceptó sin rechistar la decisión de sus padres. Antes se hubiese alegrado de emprender el viaje. Había pasado dos veces las vacaciones en Rata Station y siempre había disfrutado de la estancia allí. Ahora, sin embargo, no sentía nada ante la perspectiva de cambiar de lugar, aunque tampoco le causaba ningún temor. Al contrario, al menos en Rata Station nadie le pediría que se ocupara de algún niño, y menos de los niños maoríes. Naturalmente, también había niños pakeha en Rata Station. La media hermana de Linda, Carol, y su marido Bill tenían dos niños y dos niñas de entre dos y diez años de edad. March, la hija de Mara, a la que llamab­a tía pese a no tener vínculos sanguíneos, y Robin, el tío de Aroha (Catherine, la madre de Linda, con los cuarenta ya cumplidos, había tenido un hijo con su marido Chris) eran aproximadamente medio año más jóvenes que ella.

Los últimos días antes de la partida, mientras Aroha se arrastraba como en una permanente pesadilla, a Linda la espera se le hacía larga. Ponía muchas expectativas en la estancia en Rata Station, y aún más porque Carol estaba totalmente de acuerdo con ella: cambiar de sitio le sentaría bien a Aroha.

«Tenemos aquí una yegua muy bonita, lista para ser montada —escribió Carol—. Muy suave. Con un poco de ayuda, Aroha conseguirá reponerse. Y no hay nada mejor que un potro para distraer a una persona de sus pensamientos.»

Linda era de la misma opinión. Había crecido con Carol en una granja, las dos incluso habían dirigido el negocio durante un tiempo. Siempre había encontrado muy placentero el trato con los animales y todavía tenía un caballo de montar, aunque Franz le reprochaba de vez en cuando que eso era un lujo.

Linda tuvo que ayudar a su hija a hacer las maletas, de nuevo una tarea que en el pasado no había sido necesario realizar. Antes del viaje a Wairarapa, Aroha había pasado días pensando qué iba a llevarse y con qué regalos obsequiaría a los parientes de Matiu. Ahora, miraba indiferente cómo Linda hacía una selección.

—En la granja utilizarás sobre todo ropa de montar, pero una o dos prendas bonitas tienes que llevar —dijo a su hija, y metió en la maleta un vestido de tarde azul adornado con puntillas. Aroha no lo había vuelto a tocar desde el accidente.

—Me basta con lo que llevo puesto —objetó.

Linda se mordió el labio. Desde que había regresado, Aroha solo había llevado las prendas oscuras que Franz le había comprado en Greytown. Cuando Linda había hecho valer su autoridad al respecto, había cambiado sin poner objeciones a las faldas grises y las blusas blancas. El tema de la ropa no le parecía lo suficientemente importante como para pelearse. Con el soso conjunto que Aroha llevaba ese día, parecía una maestra joven. Linda odiaba ver a su hija vestida de esa manera, pero no quería regañarla.

—No es ropa lo bastante gruesa. ¡Pronto hará frío! —afirmó—. El invierno llega más rápido de lo que te piensas. Además, con eso pareces tu abuela, sin querer ofender a Cat. ¡Ella no llevaría una ropa tan anticuada!

Catherine Rat, a la que todos llamaban Cat, no era alguien que siguiera la moda, pero no veía ninguna necesidad de vestirse como una anciana. Solía llevar ropa de montar y, como baronesa de la lana pudiente, disponía de vestidos bonitos para ir a la ciudad o asistir a eventos sociales.

De nuevo, Aroha no puso objeción alguna. Cuando por fin emprendieron el viaje a la Isla Sur, vistió obedientemente el traje de viaje granate que Linda había separado para la ocasión.

Franz encargó a uno de sus alumnos mayores, un joven y espabilado maorí, que condujera el tiro que debía llevar a las mujeres a la ciudad. El carruaje no era muy cómodo, en realidad no era más que un carro con adrales en el que se habían atornillado unos bancos. En él podían transportarse de diez a veinte niños, así como mercancías. Linda y Aroha sufrieron unas buenas sacudidas. Por suerte, el trayecto no duró mucho. En el curso de la guerra de Taranaki, las carreteras entre Otaki y Wellington se habían acondicionado bien. Por allí habían desfilado ejércitos completos de soldados y military settlers. Los caminos eran adecuados para vehículos pesados y se utilizaban asimismo para el transporte del avituallamiento militar.

Linda pasó el trayecto contando a su indiferente hija y al pequeño cochero, un oyente más atento, cómo había sido antes la ruta. Los caminos atravesaban unos bosques que eran espesos y oscuros cuando las tierras todavía pertenecían a diversas tribus maoríes de la Isla Norte. Entonces los indígenas podían permanecer durante meses ocultos de los pakeha sin que sus fortalezas o poblados fueran descubiertos. En la actualidad, el número de árboles de la región de Wellington había disminuido. Se había necesitado madera para construir los numerosos asentamientos pa­keha junto a las carreteras. Los maoríes se habían establecido en otros lugares. Tan cerca de la capital ya no había ningún marae digno de mención.

Al final, la carretera discurría a lo largo de la costa y Linda se deleitó ante la visión de acantilados y playas. Aroha no veía nada de eso. Vivía en su propio y lóbrego mundo.

Linda había reservado habitación en un buen hotel para pasar la noche y por la mañana propuso ir a ver unos cuantos escaparates en Wellington antes de embarcar. Que Aroha estuviera dispuesta a ponerse ropa normal le había dado ánimos, tal vez accedería a comprarse un par de vestidos. Pero su hija se limitó a negar con la cabeza, algo que sumió a Linda en una rabiosa impotencia. Por unos segundos pensó en obligarla, pero luego renunció a hacer ningún comentario y pidió que las condujeran al puerto. En el viaje de Lyttelton a Rata Station pasarían por Christchurch. Allí tal vez Aroha estuviera más receptiva. Además, Linda estaba muy interesada en que la travesía en barco acabase lo antes posible. De hecho, asociaba los viajes en barco con recuerdos tan horrorosos como los que tenía Aroha del tren.

Años atrás, Linda y su media hermana Carol habían vivido el hundimiento del General Lee. Se dirigían a una boda en las Fjord­lands con Cat y Chris y los había sorprendido una tempestad que había desviado mucho el barco de la ruta prevista. Cuando se precipitó contra un escollo y se hundió, Linda y Carol se salvaron en un pequeño bote tras una auténtica odisea. Cat y Chris, por el contrario, habían acabado en las islas Auckland. Habían sobrevivido allí durante dos años y medio, mientras Carol y Linda los habían dado por muertos y habían luchado por conservar Rata Station.

Desde entonces, Linda apenas se atrevía a subirse a un barco y solo por amor a Aroha hacía un gran sacrificio al no coger simplemente el transbordador a Blenheim para viajar luego en tren a Christchurch, y al optar por la travesía más larga en barco hacia Lyttelton.

Mientras embarcaba con su hija, tuvo que dominarse, al menos para permanecer el tiempo suficiente en cubierta y saludar con la mano a su joven cochero. A continuación se retiró al camarote.

Aroha contempló sin ninguna emoción la Isla Norte. Ahora no había nada allí de lo que valiera la pena despedirse. Pero cuando la tierra desapareció de su vista y el barco se puso a balancearse sobre las olas del estrecho de Cook, empezó a sentirse más ligera. Su intención era retirarse cuando el viento empezó a soplar y agitar las cintas de su capota. Desde el accidente, odiaba el viento y escapaba en cuanto lo oía susurrar en los árboles. Comprobó entonces que se trataba de una leve brisa y no de un violento vendaval como el de Siberia. Se sorprendió disfrutando de la caricia de la brisa en su piel, así como del burbujeo de la espuma cuyas salpicaduras le llegaban cuando la proa golpeaba las olas. Al final se quitó el tocado y expuso su rostro al sol. Y luego descubrió ante ella algo plateado. ¡Delfines! Miró emocionada a los vivarachos animales que acompañaban el barco con sus espectaculares saltos. No se cansaba de contemplarlos y, por primera vez en muchos meses, dejó de pensar unos minutos en Matiu.

De inmediato volvió a sentirse culpable y fue en busca de su madre. Como era de esperar, la encontró en un estado bastante lamentable en el camarote. El fuerte oleaje del estrecho de Cook la había mareado y ni siquiera la animó el que Aroha le contara de los delfines. La joven se vio obligada a cuidar de Linda, lo que la distrajo de su continuo cavilar.

Al anochecer, cuando su madre por fin se durmió, volvió sola a cubierta. Sin duda no era algo bien visto, pero Aroha necesitaba aire fresco. Mientras buscaba con la mirada a los delfines, pensó en las experiencias de Linda y Carol durante el hundimiento del General Lee. ¿Se habrían sentido ellas también culpables? Claro que no. ¿Qué culpa iban a tener dos chicas de dieciocho años en el hundimiento de un barco? Tan poca como Aroha en el accidente de ferrocarril.

La idea pasó por su mente antes de que pudiese rechazarla como solía. Hacía meses que sus padres intentaban explicarle que ella no habría podido hacer nada para salvar a Haki, Purahi y Matiu. Había sido cosa del destino. Incluso en la investigación oficial del suceso se había concluido que nadie había cometido ningún error.

Se frotó las sienes. Aunque tenía la sensación de que debía oponerse, se sentía mejor. Todavía le dolía pensar en la catástrofe, pero la presión que sentía en el corazón parecía ceder.

Por primera vez consiguió dormir esa noche sin tener que sedarse. Aroha había llegado a depender del láudano.