1
—¿Falta mucho?
Mara Jensch estaba aburrida y de mal humor. El trayecto hasta el poblado ngati hine se le estaba haciendo eterno y, aunque el paisaje era bonito y hacía buen tiempo, ya estaba harta de tanto manuka, rimu y koromiko, de bosques pluviales y selvas de helechos. Quería volver a casa, a la Isla Sur, a Rata Station.
—Un par de kilómetros más como mucho —respondió el padre O’Toole, un sacerdote y misionero católico que hablaba bien el maorí y acompañaba a la expedición como intérprete.
—¡Deja de refunfuñar! —intervino Ida, la madre de Mara, al tiempo que acercaba su pequeña yegua baya al caballo blanco de su hija y le dirigía una mirada ceñuda—. Pareces una niña malcriada.
Mara hizo un mohín de disgusto. Sabía que ponía de los nervios a sus padres. Ya llevaba semanas malhumorada. No le gustaba el viaje a la Isla Norte, ni compartía la fascinación de su madre por las playas extensas y el clima cálido, ni el interés de su padre por mediar entre tribus maoríes y colonos ingleses. Mara no veía la necesidad, su relación con los maoríes era estupenda. A fin de cuentas, amaba al hijo de un jefe tribal.
La muchacha se quedó absorta en ensoñaciones en las que paseaba con su amigo Eru por los infinitos pastizales de las llanuras de Canterbury. Mara le cogía la mano, le sonreía... Antes de partir, incluso se habían dado unos tímidos besos. Pero un grito horrorizado la arrancó de sus fantasías.
—¿Qué ha sido eso? —El representante del gobernador, que había reclutado al padre de Mara para esa misión, escuchaba amedrentado los sonidos del bosque—. Diría que he visto algo. ¿Es posible que nos estén observando?
Kennard Johnson, un hombre bajo y regordete, al que parecía resultarle fatigoso montar a caballo durante tantas horas, se dirigió inquieto hacia los dos soldados ingleses que lo acompañaban como guardia personal. Mara y su padre Karl no tuvieron otro remedio que echarse a reír. En caso de una emboscada, no habrían podido hacer nada. Si la tribu maorí a la que el grupo iba a visitar hubiera querido matar al señor Johnson, este habría necesitado al menos un regimiento de casacas rojas para evitarlo.
El padre O’Toole movió la cabeza.
—Debe de haber sido un animal —tranquilizó al funcionario del gobierno, para volver a alarmarlo con sus siguientes palabras—: Usted no vería ni oiría a un guerrero maorí. De todos modos, ya estamos muy cerca del poblado. Y, por supuesto, que nos están observando...
A partir de ahí Johnson adoptó una expresión temerosa. Los padres de Mara se miraron significativamente. Para Ida y Karl Jensch visitar a tribus maoríes era algo habitual. Si algo les asustaba era, como mucho, alguna reacción imprudente de los pakeha, como llamaban los maoríes a los colonos ingleses de Nueva Zelanda. Los padres de Mara ya tenían experiencia en eso. Muy pocas veces eran los maoríes los causantes de los conflictos entre las tribus y los pakeha. Era más frecuente que los ingleses liberaran su miedo con algún disparo irreflexivo que luego tenía malas consecuencias en los «salvajes» tatuados.
—Sobre todo, conserven la calma —advirtió de nuevo Karl Jensch al resto de la expedición.
Además de los representantes del gobierno, les acompañaban dos granjeros cuyas quejas contra los ngati hine habían originado todo ese asunto. Mara los contemplaba con el rencor de una muchacha a quien han desbaratado sus planes. Si no fuese por esos dos tontorrones ya haría tiempo que estaría de vuelta en casa. Su padre había querido estar en Rata Station para el esquileo y ya tenían reservados los billetes para el barco de Russell, en el extremo septentrional de la Isla Norte, a Lyttelton Harbour en la Isla Sur. En el último momento el gobernador había pedido a Karl que arreglara como mejor pudiese el conflicto entre esos granjeros y el jefe ngati hine. Esto debería conseguirse cotejando simplemente algunos mapas. Karl había medido el terreno y dibujado los planos cuando, unos años antes, el jefe Paraone Kawiti había vendido tierras para los colonos a la Corona.
—Los ngati hine no son hostiles —prosiguió Karl—. Recuerde que nos han invitado. El jefe está tan interesado como nosotros en solucionar el problema de forma amistosa. No hay razones para estar asustado...
—¡Yo no estoy asustado! —saltó uno de los granjeros—. ¡Al contrario! Son ellos los que tienen razones para estarlo, esos...
—«Esos» —señaló Ida, la madre de Mara— disponen de unos cincuenta hombres armados. Tal vez solo tengan lanzas y mazas de guerra, pero saben utilizarlas. Así que sería más sensato, señor Simson, no provocarlos...
Mara suspiró. Durante las cinco horas que llevaban cabalgando había tenido que escuchar tres o cuatro conversaciones similares. Al principio, los dos granjeros habían sido más agresivos. Parecían considerar que, para resolver el problema, aquella expedición sería menos efectiva que imponer a los nativos unas normas severas. Ahora que los jinetes se acercaban al poblado maorí (y los granjeros eran conscientes de lo mucho que se habían alejado de la colonia pakeha más cercana), al menos uno de ellos estaba más calmado. Sin embargo, el ambiente era tenso. Eso no cambió cuando apareció ante sus ojos el marae.
A Mara le resultó familiar la visión de la puerta del poblado adornada con ornamentos de colores y custodiada por figuras de dioses de talla humana. Pero para alguien que la contemplaba por primera vez podía resultar intimidante. Kennard Johnson y sus hombres seguro que nunca habían entrado en un marae.
—¿Que no son hostiles? —preguntó el funcionario, angustiado—. Para mí todo esto no tiene nada de amistoso...
El representante del gobernador señaló al comité de recepción que se aproximaba con aspecto marcial. También Mara se sorprendió, y sus padres se preocuparon. En un marae maorí lo normal era ver a niños jugando, así como hombres y mujeres realizando sus labores cotidianas. Allí, sin embargo, solo el jefe, arrogante y con un porte amenazador salía al encuentro de los blancos al frente de sus guerreros. Llevaba tatuajes en el torso desnudo y en el rostro. El faldellín de lino endurecido y primorosamente trabajado le daba un aspecto más fiero. Del cinturón le colgaban mazas de guerra y en la mano sostenía una lanza.
—¿Nos atacarán? —preguntó uno de los soldados ingleses.
—Qué va —respondió el padre O’Toole. El sacerdote, un hombre alto y flaco, ya no tan joven, desmontó tranquilamente del caballo—. Solo quieren dar miedo.
Lo que enseguida consiguieron todavía más el jefe y su grupo. Cuando los blancos se aproximaron, Paraone Kawiti, ariki de los ngati hine, levantó la lanza. Los guerreros empezaron a patear rítmicamente el suelo, avanzando y retrocediendo con las piernas separadas, al tiempo que agitaban sus lanzas. Además, elevaron las voces para entonar un lóbrego cántico. Cuanto más se aceleraba el movimiento, más fuertes eran sus voces.
Los hombres que estaban junto al comisionado del gobernador cogieron sus armas. Los dos granjeros se protegieron detrás de los soldados. El misionero permaneció tranquilo.
El padre de Mara colocó el caballo entre los soldados y los guerreros.
—Por el amor de Dios, ¡bajad las armas! —ordenó a los ingleses—. No hagáis caso. Esperad.
Ya fuera por las palabras cortantes de Karl o por las tranquilizadoras del padre O’Toole, la delegación consiguió fingir indiferencia mientras los guerreros golpeaban con la lanza el suelo, hacían muecas y soltaban improperios a los «enemigos».
Mara, que a diferencia de sus padres, los granjeros y los representantes del gobierno, entendía todas las palabras del cántico que acompañaba a la danza de guerra, puso los ojos en blanco. Tanto aspaviento de los maoríes de la Isla Norte era una tontería. La tribu ngai tahu, en cuya vecindad ella se había criado y a la que pertenecía su amigo Eru, eludía desde hacía tiempo estas demostraciones de fuerza en los encuentros con los blancos. Desde que Jane, la madre pakeha de Eru, se había casado con el jefe, el saludo consistía simplemente en estrecharse las manos. Eso simplificaba el trato con visitantes y socios. La mayoría de los pakeha iban al marae ngai tahu para hacer negocios. La madre de Eru y el padre de este, Te Haitara, se dedicaban con éxito a la cría de ovejas y con su ayuda la tribu se había enriquecido.
—Según el ritual, ahora tendríamos que ser nosotros los que... hum... cantásemos algo —murmuró el padre O’Toole cuando los guerreros concluyeron por fin—. Forma parte de las presentaciones mutuas, por decirlo de algún modo. Naturalmente, la gente de aquí sabe que esto no es corriente entre los pakeha. Fingen ser muy belicosos, pero en realidad están civilizados del todo. El jefe ha mandado colocar de nuevo el asta de la bandera que Hone Heke cortó por aquel entonces en Russell... Cielos, yo mismo bauticé a ese hombre...
Se suponía que estas palabras tenían que ser reconfortantes. Sin embargo, sonaron como si el mismo O’Toole se mostrase sorprendido y no menos inquieto ante el hecho de que Paraone Kawiti recurriera a los antiguos rituales tribales.
Mara pensó si no se podría abreviar el proceso con una canción. Si cotejar los mapas no les llevaba mucho tiempo, tal vez podrían regresar a Russell por la tarde y coger un barco para la Isla Sur por la mañana. Si por el contrario se producía un enfrentamiento y los hombres discutían durante una eternidad acerca de cómo actuar, nunca se marcharían de allí.
Mara se retiró el largo y oscuro cabello, que no llevaba recogido para visitar a los maoríes, sino suelto como las indígenas. Entonces avanzó unos pasos con toda confianza.
—Cantaré una canción —se ofreció, sacando del bolsillo su instrumento favorito, una pequeña flauta koauau.
Mientras la contemplaban asombrados tanto los pakeha como los guerreros que hasta hacía poco todavía enseñaban los dientes, se la llevó a los labios e interpretó una canción. Luego se puso a cantar: en lugar del marcial grito de guerra, una melodía que describía el paisaje de las llanuras de Canterbury. Las extensiones sin fin de pastizales ondulantes, los ríos flanqueados por bosques de raupo, las montañas nevadas, entre las cuales se escondían lagos de aguas claras como el cristal y llenos de peces. La canción formaba parte de un powhiri, el saludo ceremonial de un marae que, combinado con canciones y danzas con la indumentaria tradicional, servía para fundir a invitados y anfitriones en una unidad. Una tribu nómada debía presentarse siempre describiendo su hogar. Mara entonó la canción con sencillez y naturalidad. Tenía una voz pura de contralto que fascinaba tanto a los músicos maoríes de su hogar como a su profesora inglesa particular.
Tampoco ese día permaneció impasible el auditorio. No solo el jefe y sus hombres bajaron las armas, algo se agitó también en las casas de madera adornadas con tallas que rodeaban la plaza de las asambleas. Una mujer de más edad salió del wharenui, la casa comunal, seguida de un grupo de chicas de la edad de Mara. Decidida, las condujo delante de los guerreros y les hizo entonar a ellas también una canción. Esta hablaba de las bellezas de la Isla Norte, de las extensas playas de arena blanca, de los mil colores del mar y de los espíritus de los sagrados árboles kauri, que guardaban las vastas y verdes colinas.
Mara sonrió y esperó que los ngati hine no se tomaran eso como pretexto para realizar el powhiri entero. Podía durar horas. De hecho fue la mujer, una de las ancianas de la tribu, quien puso el punto final con una canción. Luego se aproximó a las dos mujeres del grupo pakeha. A Ida, la mayor, le ofreció el rostro para intercambiar el hongi, el saludo tradicional. Bajo la mirada recelosa de los granjeros, Johnson y los soldados, las mujeres se rozaron mutuamente la nariz y la frente.
Karl y el padre O’Toole parecían aliviados. También Mara suspiró apaciguada. Por fin avanzaban las cosas.
—He traído regalos —anunció Ida—. Mi hija y yo queremos quedarnos con la tribu mientras los hombres aclaran el malentendido. Siempre que estéis de acuerdo, claro. No sabemos si la disputa por la tierra es muy grave.
Mara tradujo diligente y la mujer asintió. Respondió a Ida que les daban la bienvenida.
Karl y el intérprete hablaban entretanto con el jefe. Paraone Kawiti se expresó al principio con hostilidad, pero luego se mostró dispuesto a aceptar la sugerencia de Karl y comprobar con los demás a quién pertenecían realmente las parcelas cuya propiedad reclamaban tanto granjeros como maoríes.
La anciana que acababa de salir con las chicas y que había pacificado las cosas se precipitó diligente a una de las casas. Enseguida volvió a salir con una copia del contrato y los mapas que la tribu había recibido al vender sus tierras. Todo estaba doblado con esmero y a todas luces guardado como un objeto sagrado.
Mara observó con interés cómo desplegaba Karl los documentos y depositaba al lado los suyos propios.
—¿Puedo saber cuáles son las parcelas de la discordia, señor Simson y señor Carter? —preguntó a los granjeros—. Eso nos ahorraría tiempo. Así no tendremos que recorrer a caballo todas las tierras.
Mara esperaba que los dos supiesen leer los mapas. Pero solo uno, Peter Carter, señaló con seguridad un territorio situado justo en la frontera con el resto de las tierras maoríes.
—Lo compré para que mis ovejas pastaran ahí. Entonces me di cuenta de que las mujeres maoríes habían cultivado un campo allí. Y cuando aun así llevé las ovejas, aparecieron de repente unos tipos con lanzas y mosquetes ¡para defender «su tierra»!
—Bien. Pues vayamos allí ahora mismo. Ariki, vendrá con nosotros, ¿verdad? ¿Y qué ocurre con sus tierras, señor Simson?
El gordinflón y rubicundo granjero se inclinó hacia delante, pero el mapa le sirvió de poco. En cambio, la mujer maorí señaló con el dedo un lugar en el papel.
—Aquí. Esas tierras no son suyas —declaró en un inglés sorprendentemente correcto—. Son de los dioses. Allí viven espíritus. ¡No tiene que destrozarlas!
—¡Ya lo oye! —se burló Simson—. Ella misma dice que no son suyas. Así que...
—Aquí están registradas como tierras maoríes —objetó Karl con severidad—. ¿Ve esa protuberancia en el mapa? Debe referirse a este lugar. De todos modos, iremos a verlo. Vamos, ariki, padre O’Toole... Cuanto antes vayamos, antes aclararemos este asunto. Y usted, señor Johnson, deje claro a los señores Simson y Carter que deberán aceptar las decisiones que se tomen. Tengo el presentimiento de que lo que nos espera...
Karl se dirigió a su caballo e Ida y Mara lo siguieron para coger de las alforjas los regalos para las mujeres maoríes. Pequeñas cosas: pañuelos de colores, bisutería barata y un par de saquitos de semillas. No habían podido transportar en los caballos regalos más prácticos como mantas o utensilios de cocina. De todos modos, Mara se dio cuenta al echar un vistazo a las mujeres que salían de las casas que tampoco los necesitaban. Era evidente que se trataba de una tribu pudiente, el jefe debía de haber repartido justamente el producto de la venta. Las mujeres y los niños llevaban indumentaria pakeha, más adecuada para el clima neozelandés que las prendas de lino tradicionales de los maoríes. Muchas llevaban crucecitas de madera sujetas con cordeles de piel al cuello. Sustituían las figurillas de dioses que las tribus solían tallar en jade pounamu. Algunas mujeres se aproximaban confiadas al padre O’Toole, hablaban con él y dejaban que las bendijera.
—¡Nosotros todos cristianos! —declaró una joven a la sorprendida Ida, al tiempo que se tocaba con orgullo la crucecita—. ¡Bautizados! ¡Misión Kororareka!
—La misión que tenemos en Russell existe desde 1838 —intervino complacido el padre O’Toole—. Fue fundada por padres dominicanos y por padres y hermanas maristas.
—¿Son... católicos? —preguntó la madre de Mara algo vacilante.
Ella misma había crecido en una comunidad de antiguos luteranos muy severa. Siempre le habían hablado de los «papistas» como de anticristos más que como de hermanos y hermanas en la fe de Jesús.
Mara nunca se había preocupado gran cosa por las diferencias entre las distintas tendencias religiosas cristianas. Cerca de Rata Station no había ninguna iglesia, por lo que los niños no podían asistir con regularidad a los servicios religiosos. Ida rezaba con sus hijas siempre que estaban en casa. Cuando acompañaba a su marido de viaje para realizar alguna medición topográfica, Mara y sus hermanas se quedaban al cuidado de Catherine Rat. La amiga de Ida y «segunda madre» de las chicas no rezaba al Dios de los cristianos. Se había criado con una tribu maorí y solía acercar a los niños a los dioses y espíritus de los indígenas. A esta mezcla de creencias se sumaba un poco de anglicanismo. La profesora particular de Mara, miss Foggerty, había impartido con fervor y escaso éxito clases de religión. Las niñas no habían aguantado a esa mujer severa y carente de humor. Antes de rezar al Dios de la profesora, preferían dirigirse a los espíritus con un par de maldiciones. Mara y Eru habrían estado encantados de enviar de vuelta a miss Foggerty a Inglaterra. No lo habían logrado. Mara no podía recordar ninguna oración que le hubiese sido atendida.
El padre O’Toole sonrió.
—Yo, por mi parte, soy irlandés, nosotros somos todos católicos. Pero esto no creo que sea tan importante aquí. Da igual con qué tendencia religiosa los maoríes se acerquen a Dios, lo decisivo es que consigamos que dejen de ser paganos.
—Lo importante es no soliviantarlos —farfulló Karl. También él quería continuar. Tenía remordimientos por haber dejado solos a Cat y a su amigo y socio Chris Fenroy con el esquileo de las ovejas—. Venga ahora, padre, ya contará más tarde a sus ovejas.
Los hombres se pusieron en camino.
Ida y Mara se unieron a la joven que acababa de enseñarles la cruz. Hablaba un poco de inglés e indicó a Ida que ayudase a las mujeres a preparar una gran fiesta que se celebraría al anochecer. Hablando animadamente entre sí, llevaron boniatos y tubérculos de raupo a la plaza de las asambleas para pelarlos y trocearlos. Otras mujeres añadieron pájaros y pescados que pensaban asar en el fuego al aire libre.
Ida tomó el cuchillo de pelar y las verduras. Mara pensó que su madre apenas llamaba la atención en el corro de mujeres. Ida Jensch tenía un cabello oscuro y liso que llevaba recogido de forma natural, pero ese peinado también se estilaba ya entre muchas maoríes. La tez de Ida tampoco era tan clara como antes, el sol de la Isla Norte había tostado su piel. Solo sus ojos claros, de un azul porcelana, la delataban como una extraña... y, claro, también su falta de conocimiento del idioma.
—Mara, ¿he entendido bien que planean hacer una fiesta? —preguntó a su hija—. Me refiero a que... por supuesto es muy amable. Pero un poco raro, ¿no? Antes nos han saludado con un haka de guerra. El jefe ha aparecido como dispuesto a abalanzarse sobre nosotros... ¿Y justo después nos preparan un gran banquete?
Mara también se había dado cuenta de ello y no estaba nada contenta. Una fiesta les obligaría a pernoctar allí.
—No es una fiesta para nosotros, Mamida —le respondió. Acababa de preguntar a unas muchachas de su misma edad al respecto—. Hace tiempo que la llevan planificando. Kawa, la esposa del jefe, está muy inquieta por ello. Esta tarde esperan a un misionero, mejor dicho, a un reverendo. Te Ua Haumene es un maorí de una tribu de la región de Taranaki. Lo educaron en una misión de la zona y estudió la Biblia. Luego prestó servicios en otras misiones, puede que hasta haya sido ordenado sacerdote. Las chicas no lo saben con exactitud. Ahora, en cualquier caso, es una especie de profeta. Unos dioses le han comunicado algo importante. Y hoy quiere predicar al respecto.
—Pero no hay nuevos profetas —objetó con severidad Ida—. Solo Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo. Si hubiera nuevas revelaciones entonces... entonces habría que reescribir la Biblia.
Mara se encogió de hombros y suspiró.
—Me temo que tendremos que escucharlo. A menos que papá, el señor Johnson y esos granjeros no se peleen con el jefe. Sea como fuere, las mujeres ya nos han invitado al servicio religioso y el padre O’Toole seguro que querrá quedarse. Aunque ese Haumene sea anglicano u otra cosa.
—¡Oh, sí, el padre O’Toole hombre grande, buen cristiano! —intervino una joven maorí que estaba limpiando verdura al lado de Ida. Parecía muy orgullosa del poco inglés que conocía—. A nosotros ha leído historias de Biblia en nuestra lengua. Y ahora todavía es mejor. —La mujer estaba contenta—. Ahora Te Ua Haumene el único profeta maorí. Escribe Biblia propia para su propio pueblo.
2
Los hombres regresaron cuando apenas habían pasado dos horas de su marcha. El jefe y la anciana de la tribu que los habían acompañado, andando junto a los caballos de los pakeha, parecían eufóricos. Kennard Johnson y sus hombres se veían relajados, y el granjero Carter se mostraba satisfecho. El único que estaba furibundo era Simson.
—Ya pueden estar ustedes seguros de que esto no quedará así —advirtió a Karl Jensch y al padre O’Toole por enésima vez, según se deducía de la expresión hastiada de estos—. Acudiré al gobernador, a la Corona. Inglaterra debe proteger el derecho de un hombre.
—En Inglaterra tampoco podría usted lanzarse a talar los árboles de su vecino —le informó con acritud Kennard Johnson—. Bueno, allí no le amenazarían con matarle. En eso es cierto que el jefe tribal ha exagerado un poco...
—Para la tribu, ese árbol es sagrado —intervino Karl—. Y usted mismo lo ha visto. Un kauri espléndido, centenario con toda certeza, ¡si no milenario!
—¡De un valor de cientos, cuando no miles de dólares! —exclamó Simson—. Una madera óptima, la gente de Wellington se pelearía por ella. Pero aquí... Si hasta la vieja dice que no quieren la tierra.
Señaló a la anciana de la tribu que los seguía, caminando serena junto al jefe, y que no se dignaba ni a dirigir una mirada a Simson. Y eso que seguro que entendía al menos una parte de la conversación.
—Ella no lo ha dicho así —lo corrigió Karl—. Claro que ella reclama la tierra, y lo dejó claro entonces, cuando se vendieron las parcelas. Le he enseñado el mapa. Pero no la reclama para ella, sino para los espíritus a los que pertenece el árbol. Y eso debe ser respetado.
—¡Pensaba que esta gente estaba bautizada! —Simson no daba el brazo a torcer, incluso cuando los hombres desmontaron y ataron sus caballos—. ¿Qué dice usted de esto, reverendo?
Mara se acercó a ellos. Si su padre no desensillaba su montura, había muchas posibilidades de que se fueran de inmediato. A lo mejor hasta se ahorraba el servicio religioso. Pero sus esperanzas se vieron frustradas. Karl dio unos golpecitos al caballo en el cuello y lo liberó de la silla.
—Padre —lo corrigió O’Toole, que parecía haber mordido un limón—. Dicho con franqueza, a ese respecto tengo sentimientos encontrados, señor Simson. Mi religión me ordena talar uno de esos árboles siguiendo la tradición del santo Bonifacio. Es de paganos rezar a plantas y animales. El Señor advierte que no debemos tener otro dios que Él. Por otra parte, se trata de un árbol hermoso, un ejemplo espléndido de las maravillas del Creador.
—Señor Simson, no se trata de lo que diga el padre O’Toole al respecto —interrumpió Karl el sermón del sacerdote—. Ni de si es un árbol especial o una haya del sur como tantas otras. Se trata únicamente de si el árbol se encuentra en sus tierras o en las de sus vecinos. Y, en este caso, está claro que las tierras son de los ngati hine. Y el árbol también, por supuesto, así que déjelo correr, por favor.
—Y no vaya a creerse que va a salirse con la suya si, a pesar de todo, tala el árbol —añadió Kennard Johnson—. La Corona no emprenderá ninguna guerra si Paraone Kawiti lo ajusticia por esta razón. Hay precedentes. ¡Acuérdese del conflicto de Wairau!
Por aquel entonces, algunos ingleses perdieron la vida cuando un miembro de un grupo pakeha disparó a matar contra la esposa de un jefe. El gobernador había culpado a los colonos y pedido disculpas a los maoríes, en lugar de vengar a su gente.
Simson se marchó a caballo disgustado, mientras que el jefe invitaba también a los hombres de la comisión a la fiesta y a escuchar al «Profeta». Carter se quedó. La resolución había sido positiva para él. Cuando Karl sacó una botella de whisky de sus alforjas y la hizo circular para celebrar el acuerdo de paz, tomó un par de buenos tragos. Poco después estaba sentado junto al fuego con los soldados ingleses, rodeado de varias chicas maoríes muy risueñas.
Mara vio que sus esperanzas de una partida inminente no prosperaban.
—¿Significa esto que pernoctaremos aquí? —preguntó a su padre, al que acompañaba para ir en busca de su madre.
Karl se encogió de hombros.
—Casi diría que sí, Mara. El padre O’Toole está interesado en oír a ese predicador y el señor Johnson se mueve como si todo le doliera. Es muy poco probable que hoy mismo pueda volver a montar.
La joven hizo una mueca.
—Pensaba...
—No puedo cambiarlo, Mara —la interrumpió su padre con cierta impaciencia—. Ya sabes que yo también quiero ir a Rata Station, y por razones más importantes que tú, cariño. Tú solo quieres volver para coquetear con Eru lo antes posibles y sé por experiencia que esto solo dará problemas. Jane defenderá a su hijo con uñas y dientes...
Mara lo fulminó con la mirada.
—Yo también puedo ser muy mala —advirtió.
Karl rio.
—Cuando Eru y tú seáis mayores, Mara, podrás pelearte con su madre por él. O dejar simplemente que sea él mismo quien decida. Pero acabas de cumplir quince años y él catorce, si recuerdo bien. Así pues, tendréis que rendiros a los deseos de Jane. Por otro lado, tu madre y yo somos de la misma opinión que ella. En principio, Eru es un chico amable y tal vez algún día forméis pareja. Pero habrá que esperar un par de años. Por ahora sois demasiado jóvenes. Ah, ahí está Ida.
Karl se reunió con su esposa para contarle sus experiencias con los granjeros y los maoríes. Mara reprimió una réplica ácida sobre lo que Karl había dicho respecto al tema Eru. Ida y Karl no le harían caso. Así que ella escuchó con desgana lo que él contaba.
—Ese Simson ya puede estar contento de haber sobrevivido a su intento —empezó Karl—. Una sacerdotisa lo descubrió cuando se disponía a levantar el hacha para cortar su kauri sagrado. La mujer soltó un grito estridente y un par de guerreros enseguida lo detuvieron. ¡No quiero imaginar lo que habría ocurrido si hubiera conseguido talar el árbol!
Ida asintió.
—¿Y el otro? —preguntó—. ¿Por qué estaban peleados con el señor Carter?
Su marido sonrió.
—En este caso, el error era de los maoríes. Ya los conoces, para ellos la tierra es de quien la trabaja. Carter ni ha cultivado el prado ni lo ha utilizado de pastizal, mientras que una de las mujeres que quería ampliar su huerto de kumara se limitó a sembrarlo. La mujer no entendía por qué se enfadaba tanto, pero él tampoco debería haber destrozado el cultivo. Ahora hemos aclarado la situación y todos se han puesto de acuerdo. Este año la mujer podrá acabar de cosechar sus boniatos y le dará la mitad al señor Carter. El año que viene ya no cultivará esa tierra. No se trataba más que de un malentendido. Al granjero tampoco le iba de medio morgen de tierra. Solo tenía miedo de que la tribu siguiera actuando así.
—Bueno, al menos este caso se ha resuelto bien.
Ida cogió a su marido del brazo y los dos se acercaron a las hogueras que ya llameaban vivaces. Mara los siguió. Las mujeres acababan de empezar a cocinar y asar. Por el poblado se extendió el aroma de la comida y a la joven se le abrió el apetito. Pero antes de comer, habría que aguantar el sermón.
Cuando empezó lentamente a oscurecer, un niño informó de que se acercaban tres guerreros al poblado.
—¡Te Ua Haumene! ¡Viene!
Ida frunció el ceño.
—¿Qué es ese hombre? ¿Guerrero o sacerdote, predicador o profeta?
El padre O’Toole, que se había sentado alrededor de la misma hoguera que Ida, Mara y Karl, se encogió de hombros.
—No lo sé. No lo conozco, nosotros somos una misión católica. Solo he oído hablar de él. Y espero que sea realmente un enriquecimiento para el cristianismo en esta tierra. Lo de hoy con ese árbol al que los maoríes veneran... Tal vez ustedes no lo entiendan, pero para mí es como... como una bofetada, el fracaso de la obra de mi vida. Hace décadas que conozco a esta tribu, he enseñado a los niños y bautizado a la gente... ¡y ahora esto! Quizá debería regresar a Irlanda.
El misionero parecía deprimido. Karl le tendió la botella de whisky.
—No pueden despedirse tan fácilmente de sus dioses y espíritus —lo consoló—. A lo mejor no es algo tan terrible. ¿Acaso no conservan todavía en Irlanda, tras miles de años de cristianismo, a sus lepichans, o como se llamen esos enanos para los que construyen ustedes cabañas en los jardines?
En el rostro del religioso asomó una leve sonrisa.
—Se refiere a los leprechaun. Y esas cabañas... Sospecho que los hombres de mi tierra ocultaban ahí a sus esposas las reservas de whisky. Pero bien, si usted lo ve así...
—Así es probablemente como deba verse —dijo Karl—. Por ello, no se disguste con esta gente. Yo, personalmente, encuentro más escandalosa la conducta de ese Simson. Piensa de verdad que puede hacer lo que se le antoje con la tribu y que cuenta con el apoyo de la Corona inglesa.
O’Toole suspiró.
—Ya. Nuestros compatriotas blancos no son todos unos buenos cristianos. Hay ocasiones en que... Bah, no me haga caso, de vez en cuando no siento más que hastío. Los maoríes que se bautizan hacen luego lo que se les antoja... Esas descabelladas guerras de estos últimos años, porque un jefe testarudo y posiblemente borracho rompe el asta de una bandera y las autoridades se lo toman como una ofensa personal a la Corona... La expropiación de tierras, de lo que es comprensible que se quejen los indígenas... Gente como ese Simson... Que aparezca un cristo maorí y quiera hacer de maestro me parece una luz resplandeciente en la noche oscura. Solo espero no volver a sufrir una decepción.
Te Ua Haumene era un hombre bien parecido de mediana edad. Tenía una cara ancha y no estaba tatuado. Unas arrugas pronunciadas se extendían entre la nariz y la boca. El «Profeta» llevaba barba y sobre sus ojos oscuros y algo rasgados se arqueaban unas espesas cejas. Su indumentaria no correspondía ni a la sotana del sacerdote católico ni al hábito negro del misionero anglicano. Llevaba la ropa de un maorí bien situado —una prenda superior tejida con primor y un faldellín de lino, todo ello cubierto por una valiosa capa, digna de un jefe—. Sus acompañantes iban vestidos con más sencillez, con la indumentaria propia de los guerreros. El predicador y sus hombres habrían sido considerados por cualquiera como un ariki y su guardia.
El padre O’Toole contempló impertérrito que las mujeres del poblado corrían encantadas al encuentro de Te Ua Haumene y, devotas, le pedían su bendición igual que habían hecho poco antes con él. Los hombres se mantuvieron a distancia, si bien dos ancianos del poblado y un pariente del jefe intercambiaron el hongi con el predicador. El mismo Paraone no lo hizo: los ariki de las tribus de la Isla Norte siempre guardaban la distancia con sus súbditos.
Te Ua Haumene y sus hombres tomaron complacidos asiento en el lugar que les ofreció la esposa del ariki, en la hoguera central. Era evidente que estaban hambrientos tras el viaje. El Profeta venía de Taranaki, pero cada dos o tres días predicaba en una tribu que les daba hospitalidad a él y sus hombres. Era obvio que los ngati hine se la ofrecían de buen grado. Honraron a sus invitados con una comida espléndida y complicadas ceremonias de bienvenida. Entretanto, la esposa del jefe tribal señalaba una y otra vez al padre O’Toole, y otros habitantes del poblado mostraban sus cruces a Te Ua. Pero este no parecía deseoso de conocer al sacerdote. Le dirigió un discreto saludo.
—A lo mejor tiene algo contra los papist... hum... los católicos. —Ida intentó consolar al religioso, dolido a ojos vistas por la conducta del predicador—. Se educó entre anglicanos.
El padre O’Toole se encogió de hombros. Karl le tendió la botella de whisky y él la cogió agradecido.
A Mara también le habría gustado beberse un trago. Ya estaba harta y volvía a aburrirse. Parecía como si ese viaje no fuera a terminar nunca.
Cuando Te Ua Haumene por fin se levantó para hablar a los presentes, ya había oscurecido. La luna brillaba en el cielo y su resplandor se unía a las llamas de las hogueras formando un ambiente casi fantasmagórico. El viento apartaba el largo cabello del rostro del Profeta.
—Sé bienvenido, viento —empezó su alocución. Al hablar no miraba a sus oyentes, su mirada parecía perderse en el cielo—. ¡Saluda a tu mensajero!
El padre O’Toole traducía simultáneamente para Karl e Ida.
—¿Mensajero? —preguntó ella.
—Haumene significa «hombre del viento» —señaló Mara al tiempo que se levantaba para ir a buscar un poco de agua. Así llamó la atención, pues todos estaban sentados y quietos, escuchando devotamente las palabras de Te Ua Haumene. Una mirada inmisericorde del Profeta la reprendió.
—Escucha de mis labios las palabras de Dios. El viento nos insufla su espíritu, la buena nueva, el nuevo evangelio, ¡yo lo transmito a los creyentes!
—Pai marire! —recitaron los dos hombres del Profeta.
—Pai marire! —exclamó Te Ua y sus oyentes lo repitieron en coro.
—Significa «en paz», ¿verdad? —preguntó Karl a su hija y al sacerdote.
Ambos asintieron.
—Bueno y pacífico, exactamente —tradujo O’Toole—. Así llaman a su movimiento religioso. O también hauhau.
—Pero ¿un nuevo evangelio? —preguntó Ida incrédula.
El sacerdote volvió a mostrarse abatido.
—Os saludo, pues, mi pueblo, mi pueblo elegido... —Te Ua Haumene se detuvo un instante, como para que sus palabras obraran efecto. O’Toole lanzó un suave suspiro—. He venido hasta aquí para reuniros a todos —prosiguió— en su nombre. Para convocaros como yo también fui convocado a través del mayor de todos los jefes tribales, a través de Te Ariki Makaera, el comandante de los ejércitos del cielo.
—¿Eh? —preguntó Karl.
—Se refiere al arcángel Miguel —respondió O’Toole sarcástico.
—Mirad, soy uno de los vuestros, soy maorí, nacido en Taranaki, pero los pakeha nos llevaron a mi madre y a mí a Kawhia. Yo les serví como esclavo, pero no les guardo rencor, pues fue por voluntad de Dios que aprendí su idioma y escritura. Estudié la Biblia, la palabra de Dios, y me bauticé porque estaba seguro de que la religión de los pakeha podía conducirme a una vida mejor. Pero entonces se me apareció Te Ariki Makaera y me desveló que yo no debía ser el conducido, sino el conductor. Igual como Moisés liberó a su pueblo de la esclavitud, también yo he sido elegido. Debo hablaros del hijo de Dios, Tama-Rura, al que los pakeha llaman Jesús, si bien me fue revelado que esa era solo otra forma de llamar al arcángel Gabriel.
—Está chiflado —susurró Ida.
—Y es peligroso —observó Karl.
—Y todos ellos, todos ellos esperan con la lanza y la espada en la mano, guiar a su pueblo elegido hacia la libertad.
—Pai marire! —gritaron los hombres y lo repitieron en voz alta los aldeanos.
—Bondad y paz... ¿Encajan con eso las espadas? —preguntó Ida.
Mara arqueó las cejas resignada, un gesto con el cual le gustaba demostrar a los adultos lo que pensaba de ellos y sus ideas.
—¡Pues vosotros no sois libres, pueblo elegido! —advirtió el predicador con voz atronadora—. Compartís vuestra tierra con los pakeha y a menudo pensáis que son vuestros amigos porque os dan dinero y cosas que podéis comprar con él. Pero de verdad os digo: ¡No os lo dan a cambio de nada! ¡Se apropian de vuestra tierra, se apropian de vuestra lengua, y también se apropiarán de vuestros hijos!
Las mujeres reaccionaron con exclamaciones de miedo, parte de los hombres con protestas.
—Vosotros no habéis invitado a esas personas, han venido simplemente para quitaros vuestras tierras...
Karl iba a intervenir, pero a su lado, el padre O’Toole ya se había puesto en pie.
—¡Os trajimos también al Dios contra el que ahora blasfemas! —espetó al predicador.
Te Ua Haumene lo miró.
—Podéis haber sido la canoa en la cual llegó el auténtico dios a Aotearoa —le contestó—. Pero a veces hay que quemar la canoa cuando uno quiere sentirse como en su propio hogar. Dios todavía estará aquí cuando haga tiempo que hayamos expulsado a los pakeha de nuestra tierra. ¡Cuando el viento se los haya llevado! Pai marire, hau hau!
Desconcertado, O’Toole volvió a sentarse junto a la hoguera. Se rascó la frente mientras las criaturas a las que había convertido y bautizado iban invocando al viento el espíritu de Dios.
En ese momento, Te Ua Haumene introdujo también el movimiento en la asamblea. Mandó a sus seguidores que levantaran un poste al que llamaba niu y que, por lo visto, debía de simbolizar la buena nueva que llevaba a los maoríes. Alrededor de ese poste sus hombres se pusieron a golpear el suelo con los pies, casi como en las danzas de guerra, al tiempo que animaban a los presentes a que se unieran a ellos. Te Ua Haumene recitaba al mismo tiempo unas sílabas extrañas y propagaba más principios de su religión. Cada vez eran más los jóvenes habitantes del poblado que se levantaban y se unían a los guerreros alrededor del niu.
—Deberíamos marcharnos de aquí —sugirió Karl—. Antes de que el Profeta empiece a limpiar este país de pakeha. Mara, ve a avisar al señor Johnson y a los casacas rojas, yo sacaré al señor Carter del delirio de fraternidad con sus vecinos. No parece que nadie se haya enterado de nada, pero los chicos tampoco lo defenderán si uno de ellos enloquece. Ida, tú lleva al padre O’Toole a los caballos. No vaya a ser que vuelva a pelearse con este loco.
Mara no se lo hizo repetir dos veces, y no solo porque estaba ansiosa por marcharse. Ya se había hecho a la idea de pasar la noche en el marae, no la atraía la larga cabalgada a través de la noche. Pero la atmósfera fantasmagórica, las lúgubres palabras del Profeta y la danza delirante de los hombres alrededor del niu le daban miedo. Ella consideraba a los maoríes su pueblo. Si se casaba con Eru, se convertiría en miembro de la tribu ngai tahu. Pero nunca había visto así a sus compatriotas. Parecía como si el soplo de un viento perverso les hiciera perder la razón y la sabiduría.
El padre O’Toole así lo percibía también. Parecía estar en trance cuando Ida lo condujo entre las hogueras, por fortuna sin que nadie los molestara. Un par de nativos tal vez notaron que los pakeha se retiraban, pero al que seguro que no le pasó por alto fue al jefe, que estaba sentado en un lugar algo apartado. Sin embargo, Paraone Kawiti dejó que los blancos se marcharan sin contratiempos. Tampoco parecía entusiasmado con el Profeta que estaba cautivando a su tribu. Tal vez sentía el peligro que se desprendía de él o temía simplemente que le arrebatara el poder sobre su pueblo. Hizo una seña apenas perceptible al topógrafo y miró al padre O’Toole con una expresión que iba del desprecio a la lástima.
—¡Dese prisa! —advirtió Karl al misionero.
Mara, que había ayudado a ensillar los caballos a Carter, disgustado por tener que marcharse, y a los inquietos soldados, tendió al padre O’Toole las riendas de su huesudo bayo. Era como si el religioso no se decidiera a montarlo, como si le faltaran las fuerzas.
—¡Quiero marcharme de aquí! —lo urgió Mara.
—Yo también —susurró O’Toole—. Esto es... esto es irrevocablemente el fin. Me vuelvo a Galway. Dios proteja esta tierra.
3
—¡Dios os ha llamado y vosotros habéis seguido su llamada! —La voz del reverendo William Woodcock llenaba la pequeña iglesia del St. Peter’s College. Complaciente, el archidiácono de Adelaida deslizó la mirada por los ocho jóvenes alineados delante del altar. Estos levantaban la vista hacia él fervorosos y expectantes—. Y ahora repartíos por todo el mundo y bautizad a los pueblos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Enseñadles todo lo que yo os he encomendado. ¡Y sabed que estaré con vosotros cada día hasta el fin del mundo!
—Amén —resonaron las ocho voces de los recién ordenados misioneros, así como las de los familiares y amigos que se habían reunido para ese solemne servicio religioso.
La Australian Church Mission Society sostenía un instituto de formación que cada año enviaba al mundo un puñado de jóvenes devotos y sólidos creyentes para convertir a los infieles. La mayoría de ellos se quedaba en el país, el enorme continente de Australia ofrecía un amplio campo de acción. Pero de vez en cuando también enviaban a alguno a Nueva Zelanda, India o África.
William Woodcock pronto asumiría la tarea de asignar su futuro campo de acción a los candidatos de ese año. Levantó los brazos para bendecir a los presentes cuando resonó el último amén. Los ocho jóvenes formaron una fila para salir ceremoniosamente de la iglesia, mientras el órgano resonaba y el coro del College entonaba un cántico. La mayoría de los presentes en el servicio se unieron al canto. Casi todos los aspirantes de la escuela misionera procedían de familias fervientemente religiosas. Ahí todos conocían el texto y la música de los himnos eclesiásticos habituales.
Franz Lange atravesó la iglesia en el tercer puesto. Como sus correligionarios, mantenía la cabeza gacha. Solo cuando en uno de los últimos bancos oyó unas palabras en alemán, levantó brevemente la vista y vio a su padre. Jacob Lange se encontraba dignamente flanqueado por los hermanastros más jóvenes de Franz y entonaba el cántico en su lengua materna. Y al hacerlo, su sonora y profunda voz ahogaba sin esfuerzo las voces de sus vecinos de banco. No notaba que desconcertaba a los demás cantando en una lengua distinta y, de haberlo notado, le habría dado igual. Para Jacob Lange, el Evangelio tenía que ser predicado en la lengua de Martín Lutero. Consideraba las lenguas extranjeras un molesto engorro. Veinte años después de haber emigrado de Mecklemburgo, todavía no hablaba inglés. Por consiguiente, no había entendido ni una palabra de la ceremonia en que Franz se había ordenado sacerdote.
Y Franz tampoco se había atrevido a esperar que su padre fuera a estar presente el día de su ordenación. Si bien la Australian Church Mission Society procedía del antiguo luteranismo, se la consideraba una organización de la Iglesia anglicana que no interpretaba el Evangelio de forma tan rígida como Jacob Lange esperaba. Pero para Franz no había habido alternativa: la comunidad alemana de Adelaida, a la que pertenecía la familia Lange desde que habían inmigrado, no disponía de ningún seminario. Si Franz quería seguir la llamada de Dios, no le quedaba otro remedio que acudir a St. Peter.
Al ver a su padre y sus hermanos —y al pensar en la llamada de Dios—, Franz sintió una pizca de remordimiento. Nunca lo hubiera confesado a nadie, pero la vocación de convertirse en predicador no era lo único que le alejaba de la granja de la colonia alemana de Hahndorf. De hecho, Franz estaba harto del monótono y duro trabajo en los campos, que interrumpía exclusivamente para ir al servicio religioso o a rezar. Desde pequeño había sido de complexión débil. En su infancia siempre había sufrido resfriados y disneas. Ni el clima de Mecklemburgo ni el de la Isla Sur de Nueva Zelanda, donde había vivido la familia de Jacob Lange al principio, eran beneficiosos para su constitución. La calidez de Australia le sentaba mejor, pero el esfuerzo que exigía hacer cultivable la nueva tierra no había contribuido a mejorar su salud. Jacob Lange había exigido al hijo menor de su primer matrimonio una entrega total al trabajo. Al llegar a Australia, enviaba a su hijo, entonces un niño de diez años, a la escuela alemana, pero por las tardes lo hacía trabajar hasta que el muchacho acababa rendido.
«¡Solo para que no se te ocurra ninguna tontería!» Franz había escuchado esta frase incontables veces durante su adolescencia. Y en cada ocasión volvía a renacer el rencor hacia los hermanos que habían escapado de forma más o menos autónoma de la autoridad paterna. Tanto el hermano de Franz, Anton, como su hermana Elsbeth se habían ido sin recibir la bendición paterna. Ambos debían de encontrarse en algún lugar de Nueva Zelanda, pero Jacob Lange no tenía ningún contacto con ellos y no mostraba ningún interés por localizarlos. Lange y su segunda esposa, Anna, solo mantenían una correspondencia esporádica con la hija mayor, Ida, si bien las cartas tampoco decían gran cosa. Ida se había casado en Nueva Zelanda con un miembro de la comunidad de la antigua Iglesia luterana y había enviudado después de modo algo turbio. Enseguida había vuelto a casarse, por lo que Franz había entendido, con un hombre que su padre no aprobaba.
Franz y los otros jóvenes misioneros salieron en ese momento por la puerta de la iglesia y esperaron fuera a sus familias.
Los Lange estaban entre los primeros que salieron a la clara luz del sol invernal australiano. Franz intentó esbozar una sonrisa y tendió ambas manos a su padre y a su madrastra. Anna y sus tres hijas volvían a reunirse en ese momento con su marido y los dos hijos varones. En la iglesia, los hombres y las mujeres se sentaban en lugares estrictamente separados. Ella, al menos, respondió a la cordial expresión de su hijastro. Algo avergonzada, le sonrió bajo la atildada capota.
Puesto que nadie tomaba la palabra, Franz se esforzó por recibirles con un sincero saludo.
—¡Padre, madrastra! ¡No sabéis cuánto me alegra que hayáis venido!
Franz esperaba que su padre tal vez lo abrazara. Pero Jacob Lange se quedó tieso delante de él.
—Ahora en invierno no hay tanto trabajo en la granja —farfulló.
Anna Lange miró a su marido y movió tolerante la cabeza. Luego se aproximó a su hijastro y le cogió las manos tendidas.
—Tu padre está muy orgulloso de ti —afirmó.
También Anna hablaba en alemán, pero al menos podía hacerse entender en inglés. La escuela de Hahndorf enseñaba la lengua del país, si bien a muchos colonos no les parecía importante lo bien que llegaran a expresarse sus hijos en ella. La mayoría nunca abandonaba el pueblo.
Para Franz Lange, por el contrario, aprender siempre había sido importante. Conservaba en su mente el ejemplo de sus hermanas. Pues por mucho que se enfureciera en secreto porque Ida y Elsbeth habían tenido la desfachatez de abandonarlo, la avidez de sus hermanas por aprender el inglés al llegar a Nueva Zelanda les había sido provechosa. Las dos eran libres. Franz sabía que tenía que hablar el idioma de su nuevo país con la mayor fluidez posible si quería evitar algún día trabajar como un esclavo en Hahndorf. Esa era la razón por la que estudiaba con verdadero afán el inglés, si bien la relación con los números le resultaba mucho más fácil. Franz calculaba con la velocidad del rayo y memorizaba con facilidad, mientras que escribir redacciones se le daba peor. Desde este punto de vista, habría sido un contable o un empleado de banco mejor que un predicador. A veces, hasta había soñado con estudiar matemáticas. Pero no podía ni pensar en ello. Si Jacob Lange dejaba marchar a su hijo, sería solo en nombre del Señor.
—Orgullo —advirtió en ese momento con expresión avinagrada y mesándose la barba poblada y blanca—. Eso es lo que siento por los hijos que saben cuál es su sitio y permanecen sumisos en su tierra, ayudando a sus padres en la ardua lucha por la existencia. Tú, Franz, más bien me has decepcionado. Pero está bien, acepto que Dios te haya llamado. Los caminos del Señor son insondables y, quién sabe, a lo mejor así expías los pecados de tus padres, marchándote a tierras extrañas para domesticar salvajes. No quiero pelearme con mi Creador, tal vez merezco perder a mi último hijo...
—¡Todavía tienes dos hijos estupendos! —le recordó Anna.
Aquella mujer bajita, siempre vestida con el traje oscuro de las antiguas luteranas, y cuyo cabello oscuro ya empezaba a clarear, no tenía muchos más años que la hermana mayor de Franz. Después de la boda había tenido siete hijos, uno tras otro. Dos chicos y tres chicas habían sobrevivido y eran fuertes y sanos. Fritz y Herbert ya ayudaban mucho en la granja. Las chicas también se estaban convirtiendo en mujeres diligentes y amantes de la casa como Anna.
Jacob Lange asintió.
—Ya digo que no me pelearé con mi Creador, me ha colmado de regalos en los últimos tiempos. Sin embargo... Franz, ¡no olvides tu antiguo hogar! No abandones tu lengua ni tu pasado. Da igual adónde llegues, piensa siempre que eres un chico de Raben Steinfeld...
—¿Vienes, Franz? —Marcus Dunn, su compañero de habitación durante el período de formación como misionero, interrumpió el sermón de Jacob Lange—. El archidiácono ya ha llamado a su despacho a John y Gerald. ¡Está informando de qué lugar se le otorga a quién! Seguro que tú eres el próximo.
Franz aprovechó la oportunidad para retirarse.
—Podéis quedaros —invitó a su familia—. En el campus hay un bufet, comida y bebida, celebramos que nos hemos licenciado...
Jacob Lange resopló.
—No veo qué es lo que hay que celebrar. Y tenemos que volver a casa, hay que ordeñar diez vacas. Por tanto, que Dios te acompañe, Franz. Espero que te guíe realmente por el camino...
Franz apretó los labios, pero su padre ya había emprendido la marcha. Desvalida, Anna se encogió de hombros. Era una persona dulce y complaciente. Cuando Jacob se casó con ella, había admitido cariñosamente a Franz como hijo suyo y le había hecho la vida mucho más fácil en muchos aspectos. Se dedicaba incondicionalmente a su esposo. Nunca le había llevado la contraria o se había opuesto a él. Franz se preguntaba si quería para sí mismo algún día a una mujer similar. Si había de ser sincero, preferiría una con la que poder conversar, que no siempre le dijera sumisa que sí, sino que alguna vez también le dijera que no. Franz plantearía de buen grado preguntas y compartiría secretos con ella.
Pero ahora no tenía tiempo de pensar en esas cosas. Ese día le procuraba una mezcla de sentimientos: la breve alegría por haber concluido con éxito su formación, el orgullo de poder llamarse en el futuro reverendo, los repetidos sentimientos de culpa frente a su padre y el profundo temor ante la decisión respecto a su futuro.
Pues había algo más que Franz no le había contado a nadie y que él mismo admitía de mala gana: por muy fácilmente que aprendiera, por mucha fluidez con que predicara y por aplicadamente que propagara la palabra de Dios, la idea de ponerse ante unos infieles a los que había de convertir, lo paralizaba de terror. Franz nunca había tenido un contacto real con los aborígenes, los nativos de Australia. Los anteriores propietarios de las tierras en que se encontraba Hahndorf habían sido trasladados a lugares más lejanos. Lo mismo le había ocurrido a la tribu que originalmente había vivido en el área de Adelaida. Por las calles de la ciudad todavía se veían algunos negros, rondando por las calles como mendigos o borrachos, desagradables pero inofensivos. A veces, durante la formación de Franz como misionero, algunos docentes invitados habían traído desde Outback a unos seres exóticos pero ya bautizados. Tampoco daban miedo, sino que eran dóciles y callados. Vestían ropa occidental y bajaban sumisos la cabeza. Pero Franz todavía recordaba la entrada de los Lange en Nueva Zelanda. Habían llegado justo durante los disturbios del conflicto de Wairau con maoríes hostiles. Si bien la familia no había tropezado con ningún maorí en la ciudad de Nelson, a ese niño pusilánime le bastó con las historias sanguinarias que corrían por la ciudad. En Australia, Franz todavía había oído cosas mucho peores. Los aborígenes estaban considerados más belicosos que los maoríes. Todos los colonos estaban al corriente de las masacres de inmigrantes, expediciones aniquiladoras y revueltas sangrientas. Circulaban reproducciones de salvajes pintados de blanco, armados con lanzas y bumeranes. Y además el Outback estaba lleno de animales peligrosos. Cuando Franz preparaba con su padre la tierra de la granja para hacerla cultivable, a menudo se había salvado por un pelo de la mordedura de una serpiente o de que lo atacara un perro salvaje. La idea de que tal vez volvieran a enviarlo a una tierra indómita para construir una misión le daba miedo.
Mientras esperaba delante del despacho del archidiácono luchaba contra los latidos de su corazón y las oleadas de sudor. Tragó sin saliva cuando William Woodcock por fin lo llamó para que entrara. ¿Qué debía hacer si efectivamente acababa en una expedición por las tierras vírgenes? ¿Podría todavía huir? ¿No le castigaría Dios por ello... o aún peor, le castigaría de inmediato a través del archidiácono, desterrándolo a un lugar mucho peor que aquel del que había escapado?
El archidiácono observó a Franz con sus ojos claros y penetrantes. Se diría que miraba directamente su corazón.
—Siéntese, reverendo Lange. Está usted muy pálido. ¿El reencuentro con la familia? ¿O acaso siente ya la responsabilidad de su oficio?
Franz musitó algo incomprensible y se recompuso.
—Todavía no he roto el ayuno —admitió.
Los futuros misioneros habían pasado la noche antes de su ordenación rezando y ayunando, y Franz casi había desfallecido de hambre durante el servicio. A continuación, el encuentro con su familia le había quitado el apetito, mientras que sus hermanastros posiblemente se habían puesto las botas con la comida que se servía en el campus.
El archidiácono asintió. Contempló con discreción al delicado joven. Franz Lange era de estatura media, muy delgado y siempre andaba algo inclinado, como si se encogiera bajo un látigo. Apenas llenaba el solemne hábito negro. William Woodcock echó un breve vistazo al informe de los profesores de Lange sobre sus aptitudes para el ejercicio de misionero. «Digno de confianza, de una fe sólida, tiene paciencia y una facilidad extraordinaria para citar la Biblia, aunque por desgracia no es un buen orador», ponía en el documento. El joven también parecía tener dificultades para sostener la mirada de su interlocutor. Pese a ello, Woodcock no apartó la vista. Miraba un rostro redondo y casi infantil con unos grandes ojos azules. Era evidente que en ellos había miedo. Woodcock no quería atormentar al joven. Le habló con amabilidad.
—Entonces no debo retenerle mucho tiempo. A fin de cuentas, tiene usted que estar fuerte para enfrentarse a los deberes que le esperan. Dígame, reverendo Lange... si tuviera usted que elegir entre las tareas que se realizan en una misión, ¿que preferiría? ¿Qué país elegiría, qué tareas?
Franz se frotó las sienes. ¿Cabía la posibilidad de que el archidiácono le hiciera partícipe de la toma de decisión? Lo mismo era una pregunta capciosa. Su padre, al menos, habría interpretado una respuesta franca como una muestra de falta de humildad y le habría confiado una tarea que le repugnara especialmente.
—Yo... yo aceptaré el lugar al que me destine Dios —titubeó—. Yo...
El archidiácono lo interrumpió con un gesto.
—Claro que lo hará. Yo ya parto de esta premisa. Pero debe de haber labores que le atraigan más o menos. Que le gusten más que otras.
Franz volvió a morderse el labio. Buscaba febrilmente una respuesta que no le comprometiera.
—Me gusta dar clases —afirmó—. Enseñar a los niños.
De hecho, Franz nunca había tenido nada que ver con otros niños que no fueran sus nuevos hermanos, y estos le parecían con frecuencia algo duros de mollera. Pese a ello, no le molestaba que Anna le pidiera que les explicara algún deber de la escuela. A cambio, mientras les enseñaba, su padre no lo enviaba a trabajar a los campos. Y en cuanto a la misión, si los nativos eran lo suficiente civilizados como para enviar a sus hijos a la escuela, no debían de ser tan peligrosos.
El archidiácono asintió y escribió una nota en el expediente que tenía delante.
—Así que un maestro nato —dijo cordialmente—. Bueno es saberlo. Por desgracia, ninguna de nuestras misiones solicita expresamente maestros. No obstante, seguro que se necesita personal en alguna misión más grande cuyo trabajo con los infieles ya esté un poco avanzado. ¿Le agradaría ocupar un cargo en uno de esos establecimientos, hermano Franz? ¿O le resultaría demasiado aburrido? Tengo aquí una solicitud de Nueva Zelanda. Uno de nuestros veteranos, el reverendo Völkner, pide refuerzos. ¿No es cierto que usted y su familia proceden de Nueva Zelanda, reverendo Lange?
Franz sintió que la esperanza nacía en su interior. No era que vinculara con Nueva Zelanda sus mejores recuerdos. De hecho, la colonia que su padre había fundado allí con sus compatriotas del norte de Alemania había sucumbido a una inundación. La ciudad de Nelson, sin embargo, le había gustado, y en el país no había serpientes, escorpiones ni animales salvajes.
—Soy de Mecklemburgo —corrigió—. Raben Steinfeld...
El archidiácono lo interrumpió con un gesto.
—Pero vivió en Nueva Zelanda. Franz, ¿le gustaría que le destinara allí? Por favor, ¡sea sincero! No puedo satisfacer todos los deseos, pero si cabe la posibilidad siempre intento que mis decisiones se adapten a las preferencias de los jóvenes misioneros. Por ejemplo, sus tres primeros cofrades deseaban fundar juntos una nueva misión en China. También necesitaríamos allí a un cuarto hombre. Así que si prefiere...
—¡No! —La réplica de Franz brotó demasiado rápida y demasiado fuerte. Si el archidiácono lo estaba poniendo a prueba, era posible que al día siguiente ya estuviera camino de China—. Yo... quiero decir que.. yo... claro que ocuparé el cargo en... en tierras lejanas, yo...
El archidiácono sonrió.
—Pero no siente la llamada realmente —observó—. Bien, reverendo Lange. Entonces le enviaremos oficialmente a Opotiki. Está en la Isla Norte de Nueva Zelanda, la misión tiene pocos años. ¡Mucha suerte, hermano Franz! ¡Vaya usted con Dios!
Franz se sentía mareado cuando volvió a salir al soleado campus... e indeciblemente aliviado. En ese momento habría podido dirigirse a los manjares expuestos en las largas mesas, acallar el hambre y bromear con sus cofrades sobre su vocación de ir a China, quizás hasta habría podido soportar sus inofensivas pullas acerca de que él «solo» se marchaba a Nueva Zelanda. Pero de hecho, dejó el campus y entró de nuevo en la pequeña iglesia.
Lleno de fervor, dio gracias a Dios.
EL REGRESO
Llanuras de Canterbury, Christchurch,
Lyttelton – Nueva Zelanda (Isla Sur)
1863
1
—Ya verás, Carol, ¡esta vez ganaremos nosotros el premio! El año pasado, con Jeffrey, solo se trataba de ir remando. ¡Joe me enseña una técnica totalmente nueva! Al fin y al cabo, él viene de Oxford. Su ocho ganó la Boat Race, ya sabéis, esa regata tan famosa del Támesis...
Linda contuvo un suspiro de aburrimiento. La señora Butler había abandonado por unos minutos el jardín para ocuparse del té y su hijo Oliver volvía a abordar su actual tema favorito: la inminente regata en el Avon, en la que participaba el club de remo de Christchurch. A Linda le resultaba difícil fingir interés. Su hermanastra Carol, por el contrario, se esforzaba pacientemente por escuchar sonriendo, animosa, la enésima explicación de su prometido y por comentarlas complacida.
Linda y Carol se alegraban de que se celebrara la regata, de las canoas pintadas de colores, de la vida social y del pícnic en la orilla del río. Todo Christchurch y sus alrededores se reunirían junto al Avon, las carreras constituían el merecido cambio después del trabajo agotador de primavera en las granjas de ovejas. El repetitivo discurso de Oliver acerca de la técnica de remo, acerca de Joe Fitzpatrick, su extraordinario compañero en los dobles y, sobre todo, el interminable análisis de sus propias posibilidades de victoria, cansaban al más paciente auditorio. A Carol solo la consolaba el hecho de que su prometido exhibía en su compromiso con el deporte perseverancia, empeño y ambición, cualidades de las que carecía en el trabajo en la granja de ovejas de su familia. Al menos de eso se quejaba el capitán Butler, su padre. La madre de Oliver encontraba lógico que su hijo se jactase de ser caballero y no granjero.
—El arte reside en no remar exactamente al mismo tiempo —proseguía Oliver—. El jefe tira un poco antes que el segundo. De ese modo se disminuye el tambaleo que se produce cuando...
Mientras Linda reprimía un bostezo, Carol asentía diligente e intentaba concentrarse más en la agradable y modulada voz de tenor de Oliver que en sus palabras. Amaba la voz del joven, así como su esbelta figura, su cabello negro y rizado, su rostro de rasgos aristocráticos y sus expresivos ojos castaños bajo unas espesas pestañas. En ese momento brillaban de emoción, pero a Carol también le gustaban cuando se oscurecían dulcemente o se abstraían en alguna ensoñación, lo que ocurría con más frecuencia. En tales ocasiones, Linda solía decir irrespetuosamente que Oliver estaba medio dormido o apático.
En su aspecto, el prometido de Carol se parecía mucho a su madre, una belleza fuera de lo común procedente de los mejores círculos de la sociedad inglesa. Los padres de Carol y Linda siempre se preguntaban con desdén, cómo el tosco capitán Butler había conseguido convencer a la mimada lady Deborah para que emigrara a su granja de ovejas recién fundada en Nueva Zelanda. Era posible que Deborah Butler simplemente se hubiera imaginado de otro modo muy distinto su vida como «baronesa de la lana» en las vastas llanuras de Canterbury salpicadas de granjas dispersas. En cuanto a la vida en el campo, debía de haber pensado más en cacerías, comidas campestres y fiestas en jardines que en dar de comer a pastores, controlar el esquileo de las ovejas y recibir las visitas más bien escasas de sus alejados vecinos.
En Nueva Zelanda había pocas invitaciones para tomar el té, la gente simplemente solía servir café en las cocinas comedor. Las conversaciones giraban menos en torno al cuidado de las rosas que acerca del adiestramiento de perros y cruces entre ovejas merino y romney. Sobre estos temas discutían también en ese momento el marido de Deborah y Catherine Rat, la madre de Linda. Catherine, a quien para espanto de Deborah todo el mundo llamaba Cat, se había dirigido enseguida al cobertizo de esquileo, tras saludar a la señora de la casa y dejar a Linda bajo su custodia. Había rechazado amablemente pero con resolución la invitación a tomar el té.
—A lo mejor luego tomo una taza, antes de marcharnos. Pero ahora es urgente que hable con su marido, señora Butler. A causa de ese joven carnero. Y luego tenemos que marcharnos. Georgie nos llevará. No contamos con mucho tiempo.
El barquero proveía de mercancías a las granjas junto al río Waimakariri y repartía también el correo. Esa mañana había llevado a Cat y a las dos chicas a casa de los Butler; era la única posibilidad de recorrer el trecho entre Rata Station y Butler Station en un día. El trayecto a caballo duraba al menos dos días, pese a que el camino que se extendía a lo largo del río estaba ya aplanado y pavimentado. Unía Rata Station con las granjas de los hermanos Redwood y los Butler, así como con dos nuevas colonias fundadas más al norte. En general, a Cat no la molestaba estar dos días de viaje y pernoctar en distintos lugares. Aprovechaba la oportunidad para charlar. Pero en la actualidad, estaban en pleno esquileo. Las últimas ovejas madre parían y en las granjas tanto hombres como mujeres tenían mucho que hacer. Únicamente Deborah Butler, a quien nunca se le habría ocurrido acercarse a una oveja, tenía tiempo en octubre para organizar una relajada tea party en su cuidado jardín.
Linda se preguntaba qué pensaría el capitán Butler de esa vida parasitaria. El viejo lobo de mar, que antes de invertir su dinero en la cría de ovejas se había enriquecido siendo capitán de un ballenero, todavía parecía, tras veinte años de matrimonio, locamente enamorado de su hermosísima esposa. Todo en Butler Station daba testimonio de tal delirio de amor. La casa señorial no estaba amueblada de forma modesta y práctica como las casas de Rat y Redwood Station, sino que parecía más bien un castillo. Para el cuidado de los jardines se había recurrido expresamente a un especialista inglés y en los establos se guardaban sensibles purasangres en lugar de caballos más robustos y pequeños ejemplares de razas cruzadas. Era evidente que el capitán Butler trataba a su esposa como una criatura de lujo similar a sus caballos, pero no así a su hijo. Si fuera por su padre, Oliver estaría trabajando en los cobertizos de esquileo en lugar de estar sentado tomando el té con su prometida, hablando sin parar de regatas.
—¡Y ahora deja de aburrir a las señoritas, Oliver!
Deborah Butler apareció por el recortado césped seguida de una joven maorí con uniforme de sirvienta inglesa que llevaba en una bandeja el servicio de té y unas pastas. La señora Butler vestía un elegante vestido de tarde azul claro con un cuerpo ceñido, chaquetita bolero y crinolina. Un encaje de color crema adornaba el borde de la falda, el escote, las mangas y la chaqueta. Deborah se había peinado el espeso cabello oscuro hacia atrás, apartado del rostro y sujetado con una redecilla de color crema. Como siempre, su aspecto correspondía al de una perfecta lady. Tanto Linda como Carol siempre se sentían mal con sus sencillas faldas y blusas en presencia de Deborah. Y eso que Carol se había esforzado por arreglarse. Su blusa blanca de muselina estaba adornada con los bramantes azul oscuro de rigor. Había renunciado a la capa a juego pues al sol ya hacía un calor primaveral. Se había recogido el cabello rubio y brillante en un complicado peinado, Linda la había ayudado a trenzarlo y a anudarle unas cintas azul oscuro que conjugaban con la blusa y la falda. De hecho, el resultado podría haber satisfecho a Deborah, pero, después de horas de viaje en barco al aire libre, algunos mechones se le habían soltado. Los rizos revoloteaban por consiguiente alrededor del hermoso rostro de Carol. Oliver la encontraba arrebatadora, mientras que su madre la contemplaba con desaprobación.
La severa mirada de Deborah Butler era inmisericorde al juzgar el aspecto de Linda. Después de aconsejar y ayudar a una nerviosa Carol a elegir la ropa y el peinado, no le había quedado tiempo para embellecerse a sí misma. Linda llevaba una blusa azul y una falda gris, y se había recogido el cabello simplemente en la nuca. Esto había ofrecido al viento más posibilidades de ataque que las trenzas de Carol. También alrededor del rostro de Linda revoloteaban unos mechones rubios.
Ambas jóvenes pasaban sin esfuerzo por mellizas, las dos cumplirían dieciocho años en mayo y tenían grandes ojos azules, los de Carol algo más oscuros y expresivos, los de Linda de un azul más claro y más dulces. Estaban un poco demasiado juntos y, al igual que los labios carnosos, eran herencia de su padre común, Ottfried Brandman. La mayoría de los hombres no podía apartar los ojos de los sensuales labios de Carol y Linda. El rostro de Carol era más delgado y el de Linda más bien oval. Pero uno percibía todo eso cuando miraba con atención. A primera vista, pesaba más la impresión de que las dos hermanas se parecían muchísimo.
—¿Qué tal le va con sus trabajos manuales, miss Carol? —preguntó cortésmente Deborah Butler, mientras servía el té a las dos jóvenes. Siguiendo la costumbre inglesa, ella misma se encargaba de hacerlo personalmente. La chica maorí no tenía otra tarea que la de quedarse de pie a cierta distancia y esperar nuevas órdenes—. ¿Se las apaña bien con el dibujo?
Carol asintió inquieta. Su futura suegra la había introducido unas semanas antes en el arte del petit point. El ribete en que estaba trabajando adornaría más tarde su traje de novia. Pero por desgracia, Carol no mostraba ni talento ni disposición para las labores de primor y por mucho que se cepillara las manos, si había manipulado todo el día riendas de caballos y correas de perros, si había tocado lana de oveja y almohazado caballos, por las más finas estrías de sus dedos y bajo las uñas todavía quedaba suciedad que teñía de gris el ribete en lugar de hacerlo resplandecer con distintos matices color crema.
Por fortuna, Linda siempre la ayudaba. Era un poco más casera que su hermanastra y, sobre todo, mucho más paciente... cuando no se trataba de estar escuchando discursos interminables sobre regatas.
—Por desgracia tengo muy poco tiempo para bordar —respondió con franqueza Carol—. Colaboro en los trabajos de la granja y por la noche estoy cansada. Además, es mejor la luz diurna para esta labor tan refinada.
Deborah Butler hizo una mueca.
—Sin duda que sí —convino amablemente—. Aunque no entiendo por qué una señorita tiene que andar ajetreada ocupándose de ovejas y perros pastores. Quiero decir que... No tengo nada en contra de que monte usted un poco a caballo, de que tenga un perrito... Por Dios, yo tenía un gatito cuando era pequeña, eso puede ser monísimo. Pero mi marido me ha contado que ha ganado usted el concurso de perros pastores de Christchurch...
Al hacer esta observación, Deborah adoptó de nuevo un gesto de desaprobación, mientras Carol asentía resplandeciente y buscaba a su collie con la mirada. Estaba orgullosa de la perra tricolor Fancy, un animal de pura raza criado por los Warden de Kiward Station. Chris Fenroy solía afirmar que Fancy había costado una fortuna, pero que valía cada uno de los céntimos que se había gastado en ella y que en los próximos años se convertiría en la madre de toda una camada propia de Rata Station.
—Cuando viva aquí con nosotros tendrá más tranquilidad para dedicarse a tareas femeninas —prosiguió Deborah Butler, antes de que Carol llegara a contestar—. En ningún caso permitiré que mi marido involucre en las tareas de la granja a la esposa de Oliver. Como miembro de la familia Butler tiene usted deberes de representación. Me refiero a que... no se habla porque sí de los barones de la lana.
Linda y Carol intercambiaron una mirada furtiva y casi se habrían echado a reír. Los deberes de representación de una baronesa de la lana en las llanuras de Canterbury se reducían a acompañar a su marido una vez al año a la reunión de los criadores de ovejas que se celebraba en Christchurch. Allí se encargaba de que este no se emborrachara hasta perder el sentido en la cena del White Hart Hotel. La anterior existencia de muchos barones de la lana, como cazadores de ballenas y de focas, era poco representativa, y no era del agrado de las damas que empezaran a rememorar, ya borrachos, sus experiencias durante la solemne cena de clausura de la reunión de criadores.
—Me gusta trabajar con los perros —defendió Carol la forma de vida que había llevado hasta entonces. No siguió, pues en ese momento Cat Rat apareció en el jardín.
—¿Podría tomar una taza de té rápida ahora, señora Butler? —preguntó sonriendo y deslizando la mirada por la extensión de césped.
En ese lugar se habían convertido casi dos hectáreas del pastizal original en un jardín y, excluyendo un haya del sur que Deborah Butler toleraba por la sombra que proyectaba, no había ni una sola planta autóctona de Nueva Zelanda. Deborah y sus jardineros habían puesto toda su energía en eliminar hasta los ubicuos matorrales de rata, que no solo daban el nombre a la granja de Cat, sino hasta al apellido de la mujer. Cat había crecido sin familia; Suzanne, su madre biológica, era una prostituta adicta al alcohol que se vendía en una estación ballenera y que ni siquiera recordaba sus apellidos. Tampoco había considerado importante dar un nombre de pila a su hija. A la niña la llamaban simplemente Kitten, «gatita».
Ya hacía tiempo que Cat lo había superado. Había huido a los trece años de la estación ballenera y luego había vivido unos años con una tribu maorí, donde había recibido el nombre de Poti, «gata». La esposa del jefe tribal y sanadora, Te Ronga, que más tarde moriría en el incidente de Wairau, la había adoptado. Cat la consideraba su auténtica madre.
—Qué jardín más bonito —observó cortésmente—. Aunque algo... raro. Son así en Inglaterra, ¿verdad?
Deborah contestó afirmativamente, mirando a Cat de forma tan crítica como esta antes había contemplado el jardín. Si no hubiera sido tan educada, habría elegido las mismas palabras para describirla: muy bonita, pero rara. Catherine Rat era una mujer que atraía la atención, aunque no hacía nada por mejorar su aspecto. Al contrario, según la escala de valores de Deborah iba vestida de forma sumamente desaliñada. Cat llevaba un vestido marrón de cotón de corte muy sencillo y totalmente inapropiado para un civilizado té de la tarde. Debajo no llevaba crinolina. Deborah temía que posiblemente no tuviera ninguna.
Claro que una crinolina habría sido muy poco práctica para trabajar en la granja y, precisamente ese día, para viajar en el bote, y Deborah casi habría podido hacer la vista gorda. Pero Cat rehusaba además usar el corsé, ¡algo realmente imperdonable! Pero eso no enturbiaba su aspecto. Cat era delgada como un junco. Su rostro dulce y oval estaba dominado por unos expresivos ojos de color avellana, que contemplaban el mundo con vivacidad e inteligencia, y en ese momento también con algo de ironía. Se había recogido en una gruesa trenza el cabello trigueño y largo hasta la cintura, lo que, con casi cuarenta años, le daba un aspecto más juvenil. Un peinado inviable para una mujer adulta, pensaba Deborah, pero ya había visto a Cat con el cabello suelto. De vez en cuando se ceñía en la frente una cinta tejida a la manera maorí para mantener el rostro despejado.
—Para dar forma a este jardín, me inspiré en el nuestro de Preston Manor —respondió Deborah con afectación—. Aunque, por supuesto, ese era mucho más grande. Incluso tenía senderos para ir a caballo y dar largos paseos a pie.
Arrojó a su hijo una breve y compasiva mirada, lo que él aprovechó para ponerse prestamente en pie. Oliver ya llevaba tiempo ardiendo en deseos por despedirse de Carol con un «paseíto» a solas: el máximo de intimidad que las severas reglas de comportamiento de Deborah permitían a los dos jóvenes enamorados.
—Miss Carol, ¿puedo mostrarle las rosas amarillas? —preguntó educadamente—. Mi madre está muy orgullosa de estos rosales, nunca prosperan en ultramar. Por supuesto, también usted está invitada, miss Linda...
Esta frase no era, naturalmente, muy invitadora. Linda la rechazó bondadosa.
—No, gracias, no me interesan las rosas —afirmó.
Lo que no era del todo cierto. De hecho, Linda tenía mucho más interés en cualquier tipo de planta que Carol. Acompañaba gustosa tanto a Cat como a las sanadoras de la tribu local maorí cuando iban a recoger hierbas. Desde que tenía un libro inglés sobre plantas curativas del Viejo Mundo, conocía los efectos del aceite de rosas contra las inflamaciones, picaduras de insectos y ligeros trastornos cardíacos, incluso cuidaba de su propio rosal en el jardín de Rata Station. Linda no solo experimentaba con aceite y agua de rosas, sino sobre todo con infusión y papilla de escaramujo contra los dolores de la menstruación y de estómago. No obstante, el color de las flores y los refinados cultivos de Deborah le resultaban indiferentes y se alegraba de que su hermana pasara un rato a solas con su prometido.
—¡Pero volved pronto! —les advirtió Cat—. Creo que Georgie llegará como mucho dentro de media hora, y no vamos a hacerle esperar.
La llegada del barquero no les pasaría inadvertida. El jardín de Deborah descendía suavemente hasta el Waimakariri, lo que posibilitaba los paseos por la orilla e incluso alguna comida campestre junto al río.
—Los dos chicos se ven poco, en realidad —observó Deborah al tiempo que servía té a Cat.
Entretanto no perdía de vista a la joven pareja. Oliver le ofrecía caballerosamente el brazo a Carol y paseaba con ella por el sendero de gravilla a través del jardín. Ambos se alejaban a toda prisa, Cat lo percibió casi como una huida. Sin embargo, no conseguirían escapar a la penetrante mirada de Deborah. La flora inglesa en Nueva Zelanda no era tan espesa como para que los enamorados se ocultasen del todo y se dieran tal vez un beso furtivo.
—El trayecto de una granja a otra resulta realmente difícil en invierno —respondió Cat relajada, si bien era de la opinión de que un joven, llevado por las alas del amor, bien podía invertir con más frecuencia unas horas cabalgando entre la lluvia y el barro. La misma Carol se habría puesto en camino de buen grado para visitar a Oliver si Cat y Chris no se lo hubiesen impedido. A fin de cuentas, podían imaginarse muy bien lo que pensaría Deborah de una muchacha que cabalgara horas, sola en medio de la naturaleza virgen, para reunirse con su prometido—. Pero en el transcurso de los próximos días habrá una oportunidad para que la joven pareja se reúna de nuevo —añadió en tono indolente—. Su marido nos vende un carnero de cría, y seguro que Oliver no pierde la ocasión para llevárnoslo en persona a Rata Station.
Deborah Butler arqueó las cejas.
—Mi hijo no es un pastor —objetó.
Cat sonrió.
—Tampoco es tan difícil —explicó—. Estoy segura de que lo conseguirá.
Linda reprimió una risita.
—Además, ha sido idea de su padre —prosiguió Cat y tomó un sorbo de té—. Es de la opinión de que Oliver estará encantado de unir el placer con el trabajo.
—En fin, esperemos que el carnero no se le escape —bromeó Linda cuando, un poco más tarde, Cat y las chicas se reunieron en el muelle.
Había consolado a Carol por la separación con la esperanza de que pronto volvería a verse con su prometido. Esto alegró, en efecto, a la muchacha. En su granja, disfrutaría más del joven que bajo la severa vigilancia de Deborah. Ni Chris Fenroy, que vivía con Cat, ni la propia Cat tenían tendencia ni tiempo para adoptar la función de carabinas. Apoyaban en todos los sentidos que su hija de acogida y el hijo único y heredero de los Butler se unieran. Carol aportaría un gran rebaño de ovejas como dote y sería la propietaria de una granja de ovejas propia. Linda —y un esposo conveniente al que todavía había que encontrar— tomaría posesión, a su vez, de Rata Station.
—¡Así seremos vecinas y seguiremos haciéndolo todo juntas! —había exclamado jubilosa Carol, cuando le había contado a su hermana que se había prometido con Oliver Butler—. ¡Ay, qué suerte tenemos!
De hecho, las muchachas no podían imaginar vivir separadas. Habían crecido como hermanas mellizas, si bien solo compartían al padre biológico, un secreto del que nada sabían los vecinos, pese a que, naturalmente, corrían rumores al respecto. Incluso en las llanuras de Canterbury, una comunidad de mentalidad abierta, las relaciones de parentesco en Rata Station debían de parecerle extrañas. Cuando Linda y Carol todavía eran más jóvenes, habían escandalizado a los vecinos hablándoles de sus dos madres y sus dos padres: la madre de Carol, Ida, y la madre de Linda, Cat, así como sus parejas respectivas, Karl Jensch y Chris Fenroy, criaban juntos a las niñas. A Deborah Butler en especial le resultaba difícil aceptarlo. Se llevaba las manos a la cabeza cada vez que Ida dejaba a Linda y Carol bajo la custodia de Cat y se iba durante meses de viaje con su marido Karl a la Isla Norte. Sin duda, sufriría un shock si se enterase del verdadero origen de Carol y Linda. De ahí que Cat y Chris, así como Ida y Karl, se hubiesen puesto de acuerdo para seguir presentando a las chicas como hijas mellizas del primer matrimonio de Ida con Ottfried Brandman y para hablar lo mínimo posible del modo en que Ida había enviudado...
2
—¿Participa usted también en la gran regata? —preguntó Cat mientras Georgie, un hombre fornido de corta estatura y cabello rojo enmarañado, dirigía con potentes golpes de remo la barca al centro del río Waimakariri. La corriente les ayudaría allí a avanzar.
El barquero negó con la cabeza.
—Que va, miss Cat. Bastante remo yo por los alrededores, no voy a hacerlo también en domingo —respondió relajado.
—Pues un par de barqueros del Avon sí que participan —intervino Carol.
El año anterior, algunos de esos hombres habrían relegado sin esfuerzo al quinto o sexto puesto a Oliver y su amigo Jeffrey.
Georgie se encogió de hombros.
—Claro. Algunos están deseando enseñarles a los jóvenes gentlemen del club de remo cómo se hace eso. Pero yo paso. Tampoco tengo ganas de entrenar. Llevar una embarcación de dos, de cuatro o de ocho no es tan fácil. Precisamente el remo en un doble... es bastante complicado. El arte consiste en no remar al mismo tiempo, sino...
—Ay, ¿en serio? —preguntó Linda con voz melosa, mientras Carol arqueaba las cejas—. ¡Qué interesante! ¡Tiene que explicarnos más!
Con un tono melifluo repitió las palabras aduladoras que Carol le dirigía a Oliver, mientras Georgie la miraba desconcertado.
—Deberíamos hablar de otro tema —gruñó Carol—. Y, Lindie, como ahora me preguntes cómo llevo la labor, te empujo por la borda.
Cat no prestaba atención a la amistosa discusión de las hermanastras. Iba relajadamente sentada en un banco en la proa mientras las orillas cubiertas de hierba y cañas del Waimakariri se deslizaban a su lado. El paisaje junto al río parecía deshabitado, pese a que esas alturas ya eran tierra para granjas. Los colonos de las llanuras de Canterbury ya hacía tiempo que habían abandonado la idea de cultivar a gran escala. Los trayectos para abastecer las ciudades estaban demasiado lejos y el ubicuo tussok se afirmaba con tenacidad frente al cereal. En cambio, las Llanuras eran el lugar ideal para la cría de ganado. Eran miles las ovejas que pacían en las vastas extensiones y en invierno arriba en las montañas. Las mayestáticas cumbres cubiertas de nieve de los Alpes del Sur se elevaban al fondo de las Llanuras. En la atmósfera diáfana de la Isla Sur parecían estar al alcance de la mano, pero de hecho, la anual subida a la montaña y la bajada después duraban varios días.
Cat estaba pensando que pronto habría que conducir de nuevo las ovejas y ya se alegraba de ello. Llevaba años acompañando a Chris y sus pastores en la subida a las montañas. Le encantaba montar el campamento en plena naturaleza, oír los graznidos de los pájaros nocturnos y contemplar las estrellas mientras se iba apagando lentamente la hoguera. Los hombres se pasaban la botella de whisky y algunos contaban sus aventuras, mientras otros sacaban la armónica o el violín de sus alforjas y entonaban melodías más o menos afinadas. Eso le recordó las noches en el poblado de los ngati toa, la tribu maorí con la que había pasado su juventud. Creía oír el canto del putorino y koauau y la dulce voz de Te Ronga hablando de los dioses de su pueblo. Y disfrutaba apretándose contra Chris; acurrucada junto a él se sentía segura y como en casa.
La embarcación avanzaba deprisa y Cat y las chicas saludaron agitando las manos cuando pasaron junto a la casa de los Redwood. Cat era amiga de Laura Redwood desde hacía años, pero ni ella, ni su marido ni sus cuñados estaban a la vista en ese momento. De todos modos, Cat quiso ser cortés por si acaso estaban mirando desde la ventana, pues era posible que Laura se hallara en casa. Había dado a luz a su cuarto hijo y era de esperar que estuviera recuperándose un poco. Solía colaborar en el trabajo de la granja con el mismo afán que Cat. Aunque Laura era una buena cocinera, prefería el trato con ovejas y caballos. Su casa presentaba un aspecto más acogedor que la de Cat. Estaba muy orgullosa del edificio de piedra que su marido Joseph había construido por fin después de haber vivido durante años en casas de madera. En la actualidad, se amontonaban en la sala de estar cojines, colchas de adorno y tapices que había tejido o bordado ella misma, mientras que Cat no se encontraba a gusto entre demasiados muebles. Ella prefería el mobiliario práctico y sobrio de las casas maoríes.
Se enderezó un poco después de que el bote hubiera pasado las tierras y cobertizos de los Redwood. Ahí, en algún lugar, discurría la frontera entre Redwood y Rata Station. Cat miró entre la vegetación de la orilla del río compuesta por lino silvestre y raupo en busca de sus ovejas. En efecto, no tardó en distinguir unos pocos ejemplares madre que pastaban a la sombra de los árboles repollo y los manuka. Uno de los animales se frotaba contra una de las rocas que brotaban directamente de la hierba. Cat encontraba que daban carácter al paisaje y sabía que los maoríes creían que en ellas habitaban dioses y espíritus que velaban por el lugar.
—¿Qué están haciendo las ovejas aquí? —preguntó a Linda y Carol—. ¿Las habéis traído vosotras? Deben subir la semana que viene a la montaña.
Carol se encogió de hombros.
—Es probable que se le hayan escapado a Chris —supuso—. Les atrae la hierba fresca. Mañana puedo ir a recogerlas a caballo. Fancy estará encantada.
La perra oyó su nombre y soltó un breve ladrido como si estuviera de acuerdo. Las tres mujeres se echaron a reír.
—Ahora que hablan de «escaparse»... —intervino Georgie y buscó en una de las bolsas en que protegía de la humedad el correo y los pedidos de los colonos—. Antes he encontrado otra carta para usted. Se habrá resbalado del montón que le di. —Sacó un sobre y se lo tendió a Cat—. Lo siento. Habría tenido que volver a pararme en su casa para entregarlo.
Cat hizo un gesto tranquilizador.
—Son cosas que pasan —dijo con calma—. Oh, mirad, chicas, es de Karl e Ida.
Linda y Carol volvieron interesadas las cabezas. Karl e Ida llevaban varios meses de viaje. Karl realizaba mediciones de terrenos en el norte de la Isla Norte e Ida y su hija menor Margaret le acompañaban. Ahora estaban a punto de volver. Cat sonrió al leer las líneas por encima.
—¡Ya están en Lyttelton! —anunció contenta—. Llegaron en el barco directos desde Wellington. Pasarán ahí un día para recuperarse, por lo visto la travesía fue bastante agitada. Ida cree que su caballo todavía está mareado. Así que pronto se ponen en camino y en un par de días estarán de nuevo aquí. Karl quiere ayudar a llevar los rebaños a las montañas. Ida cree que tiene mala conciencia porque el viaje se ha prolongado demasiado. Y dicen que tienen noticias muy emocionantes.
Carol soltó una risita.
—A lo mejor Mara se ha enamorado —sugirió. Los enamoramientos eran en esa época su tema favorito.
Linda puso los ojos en blanco.
—¡Mara solo tiene ojos para Eru! Y a él se le rompería el corazón si ella encontrara un pakeha...
—Chicas, ¡Mara solo tiene quince años! —les recordó Cat—. Ni pensar en que se comprometa con alguien. ¡Y que Jane no se entere de lo de Eru! Su hijito querido y una vecina... Si todavía tiene que ir a la universidad...
—Y luego casarse al menos con una princesa maorí que aporte al matrimonio la mitad de la Isla Norte. —Linda rio.
—¡No, mejor con una baronesa de la lana! —propuso Carol—. Deja que piense... El origen aristocrático es un «imprescindible»...
—¡No deja de ser el hijo de un jefe tribal! —Linda imitó a Jane Te Rohi to te Ingarihi, la esposa del jefe maorí del lugar, Te Haitara.
Jane era inglesa, el nombre maorí que su amante esposo le había dado con ayuda del irónico Chris Fenroy significaba «rosa inglesa». Antes de enamorarse de Te Haitara, Jane había estado casada con Chris Fenroy. Un matrimonio de conveniencia que había disuelto una anciana de la tribu maorí para alivio de todas las partes.
—Y naturalmente ella es la heredera única de al menos diez mil ovejas —siguió describiendo Carol a la nuera ideal de Jane—. Bellísima e inteligentísima, entre dos besos tiene tiempo de citar a Adam Smith...
Linda rio. El economista inglés formaba parte de los mayores modelos de Jane.
—Por las noches entretendrá a Eru recitándole de memoria logaritmos...
—Y en lugar de corazoncitos con flechas grabarán en las cortezas de los árboles fórmulas con la maximización de beneficios... —siguió fabulando Carol.
—¡Parad, sois terribles! —las censuró Cat.
Georgie sonrió. El espíritu comercial de Jane era conocido por todos. Había hecho rica a la tribu de su marido, primero comerciando con los remedios medicinales tradicionales y los amuletos, y luego con la cría de ovejas. No obstante, libraba una lucha perpetua con la mentalidad del pueblo maorí, con su espiritualidad y serenidad. A veces su actitud fría y segura ponía a dura prueba la relación de su marido con sus súbditos. Pese a ello, el hijo de Jane, Te Eriatara, a quien ella llamaba Eric y los demás lacónicamente Eru, era un muchacho simpático. Era medio año más joven que Mara, la hija de Ida. Incluso se había presentado la posibilidad de que los niños estudiaran juntos. Jane había contratado a miss Foggerty, una inglesa de mediana edad, para que impartiera con severidad una formación clásica tanto a los hijos de los colonos como a los de los maoríes. Los alumnos la odiaban y el hecho de que concentrase sus esfuerzos sobre todo en el hijo del jefe tribal y la «baronesa de la lana» había soldado la unión entre Mara y Eru. A los dos les unía desde la infancia una estrecha amistad. Antes de que esta se convirtiera en algo más, los Jensch se habían llevado a su hija a la Isla Norte, para gran alivio de Jane. Los jóvenes maoríes experimentaban pronto las relaciones físicas en el amor y seguro que ella tenía para su hijo proyectos diferentes a que este se uniera con una vecina cuyos derechos hereditarios eran previsibles.
Entretanto, la barca pasaba por las dependencias de Rata Station y Cat miró con satisfacción las sólidas cercas, los amplios cobertizos de esquileo y, sobre todo, las numerosas ovejas amontonadas allí y en los rediles. El esquileo estaba en plena marcha. La cuadrilla de esquiladores había llegado unos días antes. Sobre los carros entoldados se apilaban los vellones, a cual más bonito y valioso. Años atrás, Cat, Chris y Karl habían empezado la cría de ovejas con tres rebaños, cruces de merino y romney, así como rambouillet francés. Después de los Deans y los Redwood, habían sido los primeros en introducir ovejas en las Llanuras y su granja formaba parte de los establecimientos punteros de la Isla Sur. Eso se debía en gran parte a Cat. Había hecho realidad el sueño que había alimentado cuando, tras la separación de Chris y Jane, por fin se había dado un nombre adecuado. Catherine Rat, de Rata Station, era conocida más allá de Christchurch, la ciudad en la desembocadura del Avon.
Chris Fenroy —el fundador original de la granja— no era tan famoso como su compañera, pero eso no le importaba. Amaba su trabajo y amaba a Cat. Linda y Carol eran para él como sus propias hijas. Al tercer propietario de Rata Station, Karl Jensch, también le unía una relación armoniosa. Chris no le echaba en cara a Karl que, en los últimos años, pasara más tiempo de viaje que en la granja. En el comienzo, los ingresos de Karl como topógrafo habían contribuido al veloz éxito de la cría y a esas alturas no era necesario aumentar las inversiones. Rata Station prosperaba y Chris era un hombre feliz.
Cat pensaba que a Chris se le notaba. Fuera como fuese, este se alegró cuando Georgie acercó la embarcación al muelle. Saludando sonriente, se aproximó a Cat y a las dos muchachas. Unos mechones de su abundante cabello castaño se desprendieron de la banda de piel con que lo llevaba sujeto sobre la nuca. Sus cálidos ojos, verde tirando a marrón, brillaban. Sin el menor esfuerzo, rodeó la cintura de Cat y la depositó en tierra. A continuación, ayudó a Linda y Carol y se libró riendo de los intentos de Fancy de saltarle encima para saludarlo.
—¡Ya estáis todas de vuelta! —exclamó contento—. ¡Os he echado de menos!
—¿A nosotras o solo a Fancy? —bromeó Cat.
Chris acarició a la perra.
—Bueno, ella es la que hace la mayor parte del trabajo —contestó—. Pero salvo por eso, ¡prefiero a las gatas! —Cogió la mano de su mujer y la besó—. ¿Cómo ha ido con los Butler? —preguntó después de que todos dieran gracias a Georgie, pagaran al barquero y este reemprendiera el viaje—. ¿Nos darán el carnero?
Cat asintió.
—¿Y qué tal tu querida suegra? —Chris se volvió hacia Carol, que hizo un mohín.
—Creo que no satisfago del todo sus pretensiones —murmuró—. No me esfuerzo lo suficiente con las labores femeninas y a saber si estaré realmente a la altura de mis «deberes de representación».
—No cabe duda de que ella preferiría una auténtica lady a una baronesa de la lana —añadió Linda—. Con talento para idear un jardín «que se aproxime a nuestro excelentísimo Manor».
Linda imitó tan bien la forma de hablar de Deborah Butler que Chris y Cat no pudieron evitar reír, aunque su verdadera obligación habría sido regañarla por ser tan irrespetuosa.
—Si esto es lo que la dama desea —respondió Cat burlona en lugar de censurar a la joven—, con todo placer le daremos a Carol un par de esquejes. —Jugueteó con las flores de rata que crecían al lado del embarcadero—. Así el jardín pronto florecerá al estilo de los vastos vergeles de Rata Station.
—Y lo de la aristocracia también tiene arreglo —bromeó Chris, cuya familia procedía de la nobleza inglesa—. Basta con que adopte a Carol. ¿O es mejor que le suelte un discurso a Deborah acerca de lo que puede ocurrir cuando alguien se casa con un apellido?
El matrimonio de Chris con Jane Beit se había concertado por el linaje de este. Y no había hecho feliz a ninguno de los dos.
—¡Me casaré con Oliver! —dejó claro Carol con determinación—. ¡No con su madre ni con su granja ni con su apellido ni con lo que sea! Oliver me quiere y yo lo quiero. Se casaría conmigo aunque yo... si yo... Bueno, yo qué sé.
—She was a lass of the low country, and he was a lord of high degree —cantó Chris, desafinando horrorosamente.
Cat permaneció callada. No estaba nada segura de que Oliver no compartiera algo de la vanidad de su madre. Sin duda era mejor no poner al corriente a los Butler de los antecedentes de Carol y Linda, por mucho que Oliver se hubiera decantado sin saberlo por la «melliza» nacida en el seno del matrimonio.
En efecto, Oliver Butler acompañó el carnero a Rata Station y Carol partió a caballo para salir al encuentro de su amado en la granja de los Redwood cuando Georgie le informó de la marcha de Oliver. Sin embargo, el esperado y romántico regreso a casa de los dos en solitario no fue posible. Oliver no iba solo con el carnero: el capitán Butler había mandado a dos pastores experimentados que acompañaran a su hijo. ¡Y eso en un período en que la granja necesitaba de todos los que trabajaban en ella! Carol se disgustó por que se hubiese tomado esa medida debido a la intervención de Deborah, y Oliver le daba pena. Ella misma se habría avergonzado si Chris y Cat no la hubiesen creído capaz de realizar sola una tarea tan sencilla. Pero eso a Oliver no parecía importarle. Al contrario, incluso parecía contento de ir acompañado. Le contó a Carol complacido que si hubiera venido solo habría tenido que regresar de inmediato. Butler había cambiado al joven carnero por tres ovejas madre de Rata Station y deseaba que los animales se incorporasen enseguida a los nuevos rebaños antes de conducirlos a los pastos de montaña.
—Así me quedo dos días en vuestra casa y luego me voy a Christchurch. Para el entrenamiento final para la regata. ¡Joe se alegrará y volverá a hacerme sudar en serio! ¡En las competiciones somos imbatibles!
Chris Fenroy frunció el entrecejo cuando el joven comunicó sus planes durante la cena.
—¿Puede prescindir tu padre tanto tiempo de ti en la granja? —preguntó sorprendido—. Dentro de dos días tendréis ahí a las cuadrillas de esquiladores. ¿No os necesita a todos trabajando?
Oliver hizo un gesto de indiferencia.
—Bah, papá se lo toma deportivamente —afirmó—. ¡Ganar la medalla de oro es un honor para Butler Station! Además, si ahora estuviera en un college inglés, tampoco podría ayudar en la granja.
A Deborah Butler le habría gustado ver a su hijo en Oxford o Cambridge. Por lo que Chris y Cat sabían, este era el único deseo que su marido le había negado. Oliver tenía que quedarse en las Llanuras y aprender a dirigir la granja de ovejas empezando por abajo. Para eso no necesitaba una formación superior.
El que Butler estuviera dispuesto a permitir que su hijo fuera a entrenar debía de formar parte de un pacto con su esposa.
Los dos días siguientes, Oliver estuvo trabajando en Rata Station, sobre todo porque a Carol ni se le pasaba por la cabeza perder el tiempo charlando con él mientras tomaban el té o paseaban. La muchacha le pidió que la acompañara a revisar los cercados y a sacar y recoger las ovejas, actividades durante las cuales nadie los controlaba. Carol por fin disfrutó de un romántico paseo a caballo por el campo. Cogió a Oliver de la mano mientras los caballos avanzaban por la extensa llanura y casi se mareó cuando el viento hizo que el tussok, alto hasta las rodillas, ondulara como olas en el mar. Era como cabalgar por un verde océano ondeante del cual surgían de vez en cuando, como islas extrañas, formaciones pétreas.
Y, por supuesto, entretanto encontraron el tiempo para dejar pastar los caballos y extender una manta a la sombra de un amplio manuka. Carol no era una gran cocinera, carecía de tiempo para preparar los excepcionales manjares con que Deborah Butler solía agasajar a sus invitados en las comidas campestres. Pero de la cocina de Rata Station sí podía salir un poco de carne fría de cordero asado y pan recién hecho, y Carol se sentía toda una baronesa al añadir una botella de vino a la comida.
—¡Cat me matará! —exclamó risueña.
A su madre de acogida le gustaba beber vino, pero era caro y todo un lujo hacerlo traer de Christchurch. De ahí que Cat se permitiera ese placer solo en escasas ocasiones. No se alegraría cuando descubriera que faltaba una botella.
En el fondo, qué comía y bebía le daba igual a Oliver siempre que Carol estuviera a su lado y no se opusiera a que él la abrazara y besara. Lejos de la vista de la madre del chico no era una ñoña. Respondía cautivada a sus caricias e incluso permitía que le desabrochara la blusa y la besara en el escote. Carol, a su vez, deslizaba las manos bajo la camisa de Oliver y acariciaba su piel lisa y su cuerpo musculoso. Al final le pedía que se quitara la camisa y lo contemplaba con placer.
—Ahora entiendo por qué reman los hombres —murmuraba, dibujando con el dedo los músculos pectorales y los bíceps del chico—. Es evidente que embellece. Pareces una de esas estatuas de mármol. Ya sabes, esas griegas que están en el vestíbulo del White Hart...
En Inglaterra estaba de moda decorar las casas señoriales con antigüedades griegas o romanas, y el propietario del hotel de Christchurch había seguido esa tendencia. Desde entonces, uno de los temas más discutidos en esa localidad (todavía bastante provinciana y muy influida por la Iglesia) giraba en torno a si la exposición de cuerpos viriles desnudos era algo edificante o más bien un peligro para la juventud.
—El David de Miguel Ángel... —Oliver rio y le apartó como sin querer la blusa para echar un vistazo a los pechos de la joven—. Mi madre lo ha visto, ¿sabes? El auténtico, en Florencia. Ah, Europa debe de ser fascinante. Tal vez debería haber estudiado allí. O podríamos ir juntos de viaje. ¿Qué crees?, ¿te apetecería? Claro que nos alojaríamos en los mejores hoteles.
Carol frunció el ceño.
—¿Unos barones de la lana de viaje? Parece atractivo, pero estaríamos muchos días fuera. No se puede dejar tanto tiempo sola una granja, Oliver. Y ahora fuera esas manos. —Sonrió—. Queremos guardarnos algunas sorpresas para la noche de bodas, ¿no?
Carol y Oliver resplandecían cuando por la tarde regresaron a Rata Station. Cat miró con atención a la hija de Ida, y Linda miró a su hermana con recelo. Pero no había motivo para reñirla. Tal como le habían encargado, Carol había verificado el estado de los cercados y Fancy conducía complacida cinco ovejas descarriadas que su ama había recogido. En cuanto a Oliver y las tentaciones del amor carnal, Cat confiaba en las dos chicas. Sabían exactamente lo que ocurría entre un hombre y una mujer en la cama. A fin de cuentas, ambas se habían criado estrechamente unidas a la tribu maorí del lugar y la mayoría de sus amigas ya había tenido experiencias de ese tipo con chicos de su misma edad. Los maoríes no compartían la mojigatería de los europeos. Permitían que sus jóvenes se conocieran antes de decidirse por un compañero para toda la vida. Algunos chicos habían hecho avances con Linda y Carol y conseguido algún contacto fugaz al abrigo de la espesura del raupo. Pero el asunto no había pasado de ahí. Las chicas obedecían a Cat, quien les desaconsejaba con insistencia que llegaran demasiado lejos.
—Correría la voz entre los pakeha. Hacedme caso, bastaría con que uno de los pastores fanfarronease un poco y perderíais vuestra buena reputación.
La misma Cat había tenido experiencias de esa índole. Después de haber vivido varios años con los maoríes, los decentes habitantes de la ciudad de Nelson, en la que había trabajado a continuación, le habían atribuido unos comportamientos descabellados fruto de su imaginación. Al final, Cat había tenido que huir de la ciudad.
Naturalmente, Linda y Carol no estaban expuestas a ningún peligro, disfrutaban de la protección de la familia de Rata Station. No obstante, Cat preveía que las chicas elegirían antes a los compañeros de sus vidas entre los pakeha que entre los ngai tahu. Ninguna de ellas había demostrado seriamente estar enamorada de un joven maorí. Así pues, más les valía respetar las costumbres de los blancos.
Carol también rehusó la invitación con que Oliver había intentado persuadirla de dar un paseo a caballo al claro de luna llena. Soñaba con acompañar a su marido al año siguiente a conducir los rebaños a las montañas, como hacía Cat con Chris.
—Entonces nos amaremos bajo el resplandor de las estrellas —susurró después de que se hubieran besado a una distancia más o menos decente de la casa de Cat y Chris, una sencilla construcción de madera al estilo maorí. Al igual que el jardín de los Butler, también su parcela se inclinaba hacia el río. El Waimakariri serpenteaba a la luz de la luna a través del vasto paisaje de las Llanuras. La exótica silueta de un árbol repollo creaba extrañas sombras sobre el talud de la orilla. Era precioso, aunque no tenía nada en común con Inglaterra—. Será hermosísimo, Oliver. Mucho, mucho más bonito que... que Florencia...
Oliver asentía, aunque menos fascinado. Deseaba a Carol y ansiaba conocer su cuerpo. A la luz de la luna o el sol, bajo las estrellas o bajo el baldaquín de una de las pesadas camas inglesas con que su madre había amueblado la casa señorial de Butler Station. No obstante, siendo sincero, prefería una cómoda cama que una tienda en las Llanuras. Pero era mejor no mencionárselo a Carol. Ya entraría en razón cuando estuvieran casados. A fin de cuentas, a ella le gustaba la aventura. Si su madre y él conseguían que su padre diera permiso para realizar un viaje a Europa como regalo de bodas, Carol no se opondría a ello.
En ese momento volvió a besarla. La presionó contra un árbol y arrimó su cuerpo al de ella. A lo mejor ella cedía y le dejaba abrirle otra vez el corpiño. Mientras Oliver manipulaba los botones, el sonido de voces y cascos se abrió paso en medio de la oscuridad de la incipiente noche.
Carol se libró de él.
—¡Vienen caballos! —exclamó en un susurro—. Y creo...
Sin concluir la frase, corrió por la orilla del río al encuentro de los tres jinetes.
—¡Mamida! ¡Kapa!
Oliver siguió lentamente a su prometida. Sabía que «Mamida» era cómo llamaban Carol y Linda a su madre Ida, para diferenciarla de su segunda madre, Cat, Mamaca. Seguro que no resultaba conveniente perturbar el reencuentro, incluso si Carol no se comportaba como una dama, según la escala de valores de su severa madre Deborah, cuando se acercó a su madre y se lanzó gritando a sus brazos. Con la misma naturalidad abrazó a Karl Jensch, quien no era su padre biológico. En general se consideraba que las relaciones familiares en Rata Station eran muy relajadas. ¡Ya solo por el modo en que las chicas hablaban a sus padres! Mamida, Mamaca y Kapa para el segundo marido de Ida. Sonaba demasiado exótico... e infantil. Oliver ya tenía diez años cuando lo obligaron a cambiar el mami y papi, por madre y padre.
—¿Qué haces aquí de noche sola? —preguntó Ida, una mujer delgada. Se había cubierto con un abrigo de montar ancho para protegerse del fresco nocturno—. Oh..., ¡ya veo que no estás sola!
Al ver a Oliver, la voz de Ida adoptó un tono más severo. En Rata Station se permitían más libertades que en casa de los Butler, pero Oliver sabía que Ida procedía de una familia alemana muy ortodoxa. Encontrar a su hija sola con un hombre a la luz de la luna y en la orilla de un río le resultaría como mínimo sospechoso.
Oliver se inclinó ceremoniosamente.
—Señora Jensch, señor Jensch... Pueden estar seguros de que de ninguna de las maneras he ofendido a su hija.
—¿No? —sonrió Karl Jensch. Era un hombre alto, muy delgado pero fuerte, con un cabello rubio y ondulado que, al igual que su amigo Chris Fenroy, se dejaba más largo de lo habitual. Lo llevaba suelto bajo el sombrero de ala ancha, lo que le daba un aire atrevido—. Entonces debe de tener usted algo que no funciona, joven. ¡Con una chica tan guapa como Carol y a la luz de la luna! Además, ya llevan un par de meses de compromiso, ¿no? ¿Qué es entonces lo que ha estado haciendo aquí fuera sin ofenderla? ¿Contar ovejas?
Oliver se volvió ante la mirada burlona de Karl. Pero recibió ayuda. Carol se estrechó sonriente contra él.
—¡Claro que me ha ofendido, Kapa! —aclaró—. Pero no demasiado... solo lo suficiente.
Oliver intuyó que sonreía. Ida y Karl respondieron a su sonrisa.
—¿Y ahora podemos llegar de una vez? —La voz sonora y cantarina procedía de lo alto. El tercer jinete, mejor dicho, la tercera amazona, no había desmontado—. O sea, llegar a la granja, desmontar, sacar las alforjas, llevar los caballos al establo y entrar en casa. Me muero de hambre.
—¡Mara! ¡Niña, cuánto has crecido! —Carol saludó con el mismo cariño que a sus padres a la muchacha que montaba el caballo blanco—. Ya conoces a mi hermana, ¿verdad, Oliver?
Oliver miró a Margaret Jensch y se quedó sin respiración. Claro que conocía a la pequeña Mara, que siempre había sido una niña muy guapa. Pero ahora... El vestíbulo del White Hart Hotel también albergaba esculturas de diosas, pero ninguna de ellas alcanzaba ni de lejos la belleza de aquella muchacha que, a la luz de la luna y a lomos del caballo, semejaba una aparición. Además, un caballo blanco. Oliver no pudo remediar pensar en un hada al contemplarla.
—En... encantado —dijo sin poder apartar la vista del rostro dulce de Mara, con sus nobles rasgos virginales, el cabello negro y largo y unos ojos enormes bajo unas cejas espesas y oscuras.
Karl miró a Oliver y puso los ojos en blanco. Al parecer se había acostumbrado al modo en que últimamente los hombres reaccionaban ante su hija.
—Entonces cógeme el caballo ahora mismo —pidió Mara con toda tranquilidad.
Ida y Karl condujeron sus monturas a los establos y luego en casa de Chris y Cat se produjo un gran alboroto. Los Fenroy y Linda salieron de inmediato para saludar a Ida y su familia. Mara desmontó y dio a Oliver las riendas como si fuera un mozo de cuadras. No era muy alta, pero iba muy recta y sonreía con seguridad. La muchacha parecía conocer el efecto que obraba en los hombres... y cómo utilizarlo.
3
La bienvenida de los habitantes y propietarios de Rata Station aconteció de forma tan alegre y bulliciosa que a Oliver casi le resultó desagradable. Seguro que su madre habría arrugado la nariz ante tantos abrazos, besos, risas y bromas. Las damas y los caballeros tenían modales más distinguidos. Así que todavía encontró más agradable que Mara se mantuviera algo apartada. La chica se colocó un poco al margen. Si bien no rechazaba los abrazos de sus hermanas y padres de acogida, era como si deseara estar lejos de ahí. Oliver se ofreció a llevar las alforjas de Mara cuando todos se dirigieron a la casa. Pero ella rechazó el ofrecimiento.
—Pueden quedarse fuera, dormiremos en la casa de piedra.
Algo más que Oliver encontraba extraño entre los habitantes de Rata Station. Había dos casas en la granja, de las cuales una casi correspondía a la idea que Deborah Butler tenía de una residencia adecuada para un barón de la lana. Al menos era de piedra, la arenisca gris usual en la localidad. Era un edificio de dos pisos y la colina en que se encontraba ofrecía un bello panorama sobre el río, los terrenos de la casa y el jardín, si es que había algo que pudiera llamarse así. En Rata Station nadie ocupaba su tiempo en cultivar flores. Únicamente había unos pocos parterres para las hierbas curativas y culinarias. Tras fundar la granja, Chris Fenroy había hecho construir esa casa de piedra para su esposa Jane, con quien había vivido allí. Cuando Jane lo había abandonado para irse a vivir con los maoríes, un incidente que había hecho perder literalmente el conocimiento a Deborah Butler, Chris y Cat se habían mudado a la casa de madera, mucho más pequeña, junto al río. Habían cedido la casa realmente señorial a Ida y Karl, y también Carol y Linda tenían ahí su habitación. Así que para Oliver habría sido fácil deslizarse por la noche al dormitorio de su prometida, si ella hubiese querido. El joven sintió una pizca de pesar, pero luego se volvió hacia Mara.
—Luego estaré encantado de llevarte las cosas allí —anunció.
Entretanto, todos habían entrado en la casa de Cat y Chris, iluminada por lámparas de gas, y tomaban asiento en las pocas butacas, sillas y sofás que había allí. Puesto que los asientos escaseaban, Mara se sentó con toda naturalidad en una alfombra de colores tejida a mano. Carol y Linda ayudaron a Cat a improvisar una comida para los recién llegados. Oliver tomó asiento junto a Mara y contempló a la muchacha a la luz de las lámparas, lo que aumentó todavía más sus encantos. Mara Jensch se parecía a su madre Ida más que Carol. Era morena y, por el nacimiento del cabello en la frente, tenía el rostro en forma de corazón, como Ida. Aunque los pómulos de la joven eran más marcados. Ahí se reflejaba el rostro enjuto de su padre. Eso daría a los rasgos de Mara un talante exótico, un carácter casi etéreo y élfico, si no fuera por unas cejas poderosas, bellamente arqueadas, y las largas y oscuras pestañas. Destacaban unos ojos de un verde azulado perturbador, como el mar, no cuando el sol lo ilumina sino cuando proyecta las sombras de las nubes. La muchacha tenía unos labios color cereza y ligeramente carnosos, no tan sensuales como los de Carol y Linda, pero precisamente por ello igual de atractivos.
A Oliver casi le molestó verse interrumpido en su admiración cuando Carol cogió un cojín y se sentó a sus pies. Arrimó con cuidado la cabeza a la rodilla del chico, lo que distrajo la atención que dirigía a Mara. Decidido, apartó la vista de la hermosísima muchacha, aunque demasiado joven para él, y jugueteó discretamente con el cabello rubio de Carol. Cat y Chris, al igual que Ida y Karl, no parecieron darse cuenta de ello. O al menos lo fingieron. Linda sonrió para sus adentros ante la osadía de los enamorados.
Mara parecía hacer tan poco caso a Oliver y su hermana como el resto de la familia. En ese momento solo tenía ojos para los platos de bocadillos que Linda acababa de traer. Era evidente que nunca había oído hablar del principio de que una auténtica dama solo comía como un pajarillo en sociedad. Mara comía con toda naturalidad, mostraba un saludable apetito y además se bebió tres vasos de té frío. Cat había llevado una botella de vino para los adultos, no sin antes echar un vistazo a sus reservas. Ahora lanzaba una mirada enfadada a Carol.
—¡Luego hablamos, señorita! —murmuró, pero pareció olvidar la botella robada cuando Ida abrió su alforja con una sonrisa prometedora.
La misma Ida casi nunca bebía alcohol (en la comunidad de su país estaba prohibido beber vino cada día), pero sabía de la debilidad que sentía Cat por un buen vino. Sacó complacida dos botellas y tendió sin protestar su vaso cuando Karl sirvió.
—Bebámoslo aquí, en el White Hart decían que era especialmente bueno —dijo este—. En realidad, queríamos traer una botella de champán, pero me temo que no habría aguantado el movimiento de las alforjas. —Karl alzó su vaso, miró a los presentes y posó su mirada enamorada sobre Ida—. ¡Por Korora Manor! —dijo.
Ida le sonrió.
—¡Por Korora Manor! —repitió.
—¿Por qué cosa? —preguntó Cat—. Tal vez deberíais explicarnos por qué estamos brindando. ¿Tiene algo que ver con las novedades que mencionas en tu carta, Ida?
Ella asintió.
—¡No tendrías que haber sido tan directo! —riñó a su marido—. Pensaba... pensaba que hablaríamos con calma al respecto. No sabemos qué piensan Cat y Chris acerca de ello, y además...
Karl se encogió de hombros.
—Bah, Ida, no es un drama. Cat y Chris se alegrarán por nosotros, son...
—¿De qué vamos a alegrarnos? —preguntó Cat, y tomó un sorbo de vino.
Ida y Karl se miraron como si quisieran dar al otro la responsabilidad de revelar la novedad.
Mara suspiró provocadora.
—Mamida y Kapa han comprado una casa —informó despreocupadamente.
—¡Mara! —la reprochó Ida.
Mara levantó las manos.
—Mamida, si tenemos que esperar a que lo digáis, hoy no voy a la cama y ya casi me estoy durmiendo. Así que cuéntales de una vez cómo es la casa de tus sueños en Whangarei, y la playa y el jardín y todo eso que tan feliz te hace. —Bostezó sin ambages—. Kapa y Mamida se mudan —se volvió dirigiéndose a Cat, Chris y las mellizas—. Pero yo me quedo aquí. Yo no voy a la Isla Norte. Lo habéis prometido, Mamida, ¿verdad?
Ida suspiró.
—Sí, en efecto, hemos comprado una casa. Pero todavía tenemos que hablar tranquilamente con Cat y Chris sobre dónde te vas a quedar tú —respondió con firmeza.
Cat dirigió una sonrisa comprensiva a su amiga, que esa noche era evidente que se sentía molesta con su hija. Mara estaba en una edad difícil. Todavía recordaba muy bien lo nerviosa que la llegaban a poner Carol y Linda en esa época. Pero el conflicto era ahora fácil de resolver.
—¿Qué podríamos tener en contra de que se quedara Mara? —dijo amablemente—. ¡Esta es su casa!
Karl se mordió el labio.
—Esperamos que sigáis considerándolo así cuando... De eso tenemos que hablar a solas, Cat y Chris.
Cat y Chris se miraron. Ya se imaginaban a qué se refería. Si la casa de Whangarei realmente se ajustaba a los sueños de Ida, no era barata. Así que Karl necesitaría dinero y la mayor parte de su fortuna estaba en la granja.
Cat se enderezó.
—Sean cuales sean vuestros planes —dijo cariñosamente, cogiendo la mano de Ida—, no le afecta a Mara, y tampoco a Carol y Linda. Las niñas son de aquí. Y ahora, ¡cuéntanos, Ida! ¿De verdad queréis dejarnos? ¿Por una casa en una playa en la Isla Norte? La zona del Wangarei está el extremo de la punta norte de Aotearoa, ¿no?
Cat utilizaba el nombre maorí de Nueva Zelanda, al igual que prefería los nombres originales de los ríos, montañas y poblados del país. Encontraba que era una falta de respeto hacia los maoríes que los ingleses hubiesen cambiado los nombres de todo.
Karl movió la cabeza, contento de poder tratar ese tema un poco delicado.
—No. Todavía hay un buen trozo entre Wangarei y cabo Reinga. —Este último era el lugar más septentrional de Nueva Zelanda, un sitio que Cat conocía muy bien gracias a las leyendas maoríes. Según contaban, era el punto de partida de las almas de los difuntos que emprendían el viaje al paraíso, a Hawaiki—. Pero, en efecto, está en Northland. En la costa Este. Nuestra casa está en Russell, lo conocerás como Kororareka, Cat.
Cat asintió. Kororareka era una de las primeras colonias fundadas por los pakeha en Nueva Zelanda, pero no había disfrutado de muy buena reputación. Al principio había sido el lugar donde se concentraban marineros, cazadores de ballenas y reos fugitivos, y además también había sido el centro de las revueltas maoríes. En el ínterin, Russell (así llamado por el primer ministro lord John Russell) se había calmado y convertido en una pequeña ciudad en medio del paisaje arrebatador de la bahía de Islas.
—¡Es un sueño! —intervino Ida, mientras su hija menor volvía a bostezar—. Un cottage en medio de una pequeña bahía. Con vistas al mar y una pequeña playa de arena. —Los ojos de un azul porcelana de Ida brillaban—. La puesta de sol en el mar es... es...
Karl sonrió.
—Casi tan bonita como en Bahía —completó la frase de su esposa.
Ambos habían llegado a Nueva Zelanda en el bergantín Sankt Pauli, pero Ida se había enamorado del clima y la playa de Bahía cuando habían hecho una escala en Brasil. Por aquel entonces, Karl le había propuesto que se quedasen los dos allí, pero la hija dócil y la obediente prometida de su primer marido no se había decidido. En Nueva Zelanda el destino le había deparado el clima lluvioso de la Isla Sur e Ida soñaba con el sol y las playas, hasta que Karl la llevó a sus viajes de trabajo a la Isla Norte. El clima subtropical de Northland, con sus veranos cálidos e inviernos suaves, le gustaba, y al final habían decidido asentarse definitivamente allí.
—Es una casa de piedra natural. Al parecer es el tipo de viviendas que se construyen en Irlanda. El vendedor es irlandés, un sacerdote católico. Formaba parte de los primeros misioneros llegados a Northland, luego ejerció en Russell. Ahora es mayor y se marcha a su tierra, dice, a su antiguo hogar. Quiere morir en Galway.
—¿Se acordará del tiempo que hace allí? —preguntó Chris.
Él mismo había nacido en Australia y llegado con sus padres a la edad de diez años a Nueva Zelanda, donde había trabajado durante un tiempo de intérprete para el gobernador y había tenido contacto con los irlandeses. De ahí que conociera el clima de la isla.
Karl se encogió de hombros.
—Está bastante amargado. La misión maorí no ha seguido el curso que él esperaba. Y los pakeha tampoco se comportan como buenos cristianos. En cualquier caso, se va a Europa. Y está muy contento de poder vender la casa, que está maravillosamente bien conservada.
—¡El jardín es fantástico! —tomó la palabra Ida—. El padre O’Toole tenía bancales de verdura, un huerto de plantas aromáticas y muchas flores. Claro que cambiaré algunas cosas...
—Pero al menos no hay que hacer ningún trabajo pesado —observó Karl—. Ida no tendrá que hacer grandes esfuerzos ni fuera ni dentro de casa. Por su tamaño, es un cottage a nuestra medida. Un salón, una cocina grande, dos dormitorios y una habitación de invitados; es decir, sitio suficiente por si un días venís a visitarnos todos. —Sonrió hospitalario, aunque sería sumamente extraño que todos los miembros de una familia de granjeros dejasen su granja al mismo tiempo—. Hay incluso un cobertizo que puede transformarse fácilmente en un corral de ovejas y una quesería.
—¿Vas a volver a hacer queso? —preguntó Cat a Ida—. Habíamos convenido en que no valía la pena.
Cuando habían comenzado con Rata Station, Ida tenía una quesería. Pero la habían cerrado al ver que el futuro de la cría de ovejas en las Llanuras se centraba más en la producción de lana.
Ida sonrió feliz.
—Siempre me ha gustado hacer quesos —contestó con modestia—. Más que todo lo demás. Por supuesto no será una gran empresa. Estoy pensando en quince o veinte ovejas como máximo, de las que pueda encargarme yo sola. Y la distribución tampoco representará ningún problema, la casa está cerca de la ciudad. Puedo abastecer a los tenderos de allí o vender yo misma los quesos en el mercado semanal. ¡Será bonito!
Oliver frunció el ceño al ver resplandecer a Ida. ¿La madre de su prometida haciendo quesos y... vendiéndolos en el mercado? Imaginaba muy bien lo que su madre diría de ello.
Cat, por el contrario, se alegraba por su amiga. Sabía que Ida se sentía prescindible en Rata Station desde que ya no tenían ovejas de leche. Pero la granja estaba demasiado apartada para que la producción de productos alimenticios diera beneficios. Chris lo había sufrido en carne propia cuando los primeros años había intentado mantenerse a flote con el cultivo de cereales. Eran las ovejas las que hacían rentable Rata Station.
—Pero ¿vendréis a mi boda? —preguntó Carol. Estaba sorprendida y algo molesta de que su madre se fuera a vivir al otro extremo del país de repente y sin haber hablado antes con ella, que ya estaba habituada a las ausencias de Ida y Karl.
Ida asintió.
—¡Claro! —contestó—. ¡Por nada del mundo nos la perderíamos! Y lo dicho, tenemos espacio suficiente. Para ti, para Linda, para Mara. Por lo visto, a partir de ahora tenéis otro hogar. Siempre seréis bienvenidas en Korora Manor.
—Bien, ¡entonces brindemos por Ida y Karl, por su nueva casa y por su nuevo negocio! —propuso alegremente Chris, volviendo a llenar los vasos de vino.
Mara bostezó de nuevo.
—¿Tenéis algo en contra de que me vaya a la cama? —preguntó—. Hemos estado cabalgando todo el día. Estoy agotada.
—También nosotras —terció Linda, dirigiendo a Carol una mirada significativa.
Oliver había pasado de acariciar suavemente el cabello al cuello de su prometida. Sus dedos habían osado incluso internarse en el escote de la blusa en un momento en que los adultos no prestaban atención. A Carol ya se le habían subido los colores de la excitación. En algún momento, Cat o Chris, Ida o Karl se darían cuenta. Mara observaba a su hermana con una sonrisa irónica. Oliver se pasaba de la raya. Linda creyó que sería más seguro dar por concluido el día en ese momento.
Ida y Cat asintieron.
—Podéis iros tranquilamente —contestó Cat—. Tienes la cama recién hecha, Mara. Y, naturalmente, también vosotros tenéis preparada la habitación, Ida. —Sonrió y dirigió una dulce mirada a Chris—. No es que Chris haya utilizado mucho la casa...
Cat y Chris habían convenido vivir separados y «visitarse» con frecuencia. Chris tenía por esa razón unas habitaciones en la casa principal, pero dormía desde hacía años en casa de Cat.
Oliver se levantó cortésmente cuando las chicas se pusieron en pie. Manifestando pesar, pero muy ceremoniosamente, deseó a su prometida y las hermanas de esta unas buenas noches.
—Pensaba que ibas a traerme las cosas —señaló Mara.
Pasó una mirada significativa entre Oliver y Carol; sus ojos brillaban conspirativos y nada cansados. Mara le lanzaba un cable para que pudieran pasar furtivamente más tiempo juntos.
Sin embargo, Karl enseguida se dio cuenta e hizo un gesto negativo.
—Vale más no tentar al joven —objetó con una sonrisa—. No se lo tome a mal, señor Butler, pero no pienso enviarle con tres chicas a una casa vacía. —Su sonrisa burlona quitó dureza a sus palabras—. Ya te llevaré yo las cosas, Mara —informó a su hija.
Todos rieron la intervención de Karl, pero Oliver se sintió amonestado. Volvió a dar las buenas noches con un hilo de voz, si bien había esperado que le asignaran una cómoda habitación de invitado tras el regreso de los Jensch en la casa señorial. Por el momento, dormía en una especie de cobertizo de madera al lado de la casa de Cat sobre una estera maorí. El cuarto no era más que un trastero que no podía calificarse de habitación para invitados. Pese a ello, Oliver sabía que había habitaciones convenientemente amuebladas en la casa de los Fenroy que incluso casi podrían haber satisfecho las exigencias de su madre. Los Butler solían pernoctar en Rata Station cuando viajaban a Christchurch para participar de las reuniones de criadores de ovejas. Pero ni siquiera la liberal Cat se planteaba que Oliver pernoctase en la misma casa que su prometida, alejado de la vigilancia paterna. El muchacho se disculpó al final con unas pocas palabras y se retiró a su incómodo alojamiento. Los anfitriones no notaron el malestar del joven y le desearon que pasara una buena noche. Cat e Ida tenían mucho de que hablar; el prometido de Carol habría sido allí un engorro. Y Chris Fenroy hizo un guiño de complicidad a Karl Jensch cuando este salió.
—Cuando hayas llevado a las chicas, pasa un momento por el establo. Después de echar un vistazo a los caballos...
Karl asintió y le contestó con otro guiño. Oliver también se percató de esto con extrañeza. Durante sus veladas con amigos y socios, su padre también solía retirarse con los hombres para ofrecerles whisky y cigarros y dejar a las mujeres charlando a su aire. ¡Pero para eso había salas de caballeros! Por el contrario, Chris y Karl iban a reunirse en el establo, posiblemente para compartir una botella como los pastores. Tal vez su madre tenía razón: Chris Fenroy ya podía ser de la nobleza, y Cat y los otros eran sin duda barones y baronesas de la lana, pero la familia de su prometida no estaba a la altura de esa posición. Carol pronto tendría que ponerse bajo la protección de Deborah.
Para superar su mal humor, Oliver tuvo que hacer un esfuerzo y concentrarse en los apasionados besos de Carol, la blanda redondez de sus pechos bajo sus caricias y el olor suave y floral de su cabello. Y además tuvo que luchar contra la impertinente y, pese a ello, increíblemente sensual hermana menor cuya imagen no dejaba de aparecer en sus pensamientos...