1
—¡Buenos días, señor profesor!
Treinta y cinco niños de entre seis y catorce años se levantaron respetuosamente de los sencillos bancos de madera cuando entró el profesor Brakel y entonaron a coro el saludo.
Brakel paseó brevemente la mirada por sus rostros. Si bien en las últimas semanas no había impartido ninguna clase, muchos niños no presentaban un aspecto descansado, sino extenuado, incluso consumido. No era de extrañar, pues al menos los hijos de los jornaleros y campesinos habían pasado las vacaciones de otoño, las llamadas «vacaciones de las patatas», cosechando en los campos. Brakel era consciente que, de sol a sol, sus alumnos recorrían de rodillas los surcos de los campos desenterrando tubérculos. A los hijos de los arrendatarios les iba un poco mejor; quienes se dedicaban a los oficios manuales también tenían patatales, pero más pequeños y de cosecha más fácil que los de los campesinos.
—¡Buenos días, niños! —les devolvió el saludo, al tiempo que indicaba que se sentaran.
Sin embargo, Karl Jensch, un muchacho de trece años alto y flaco, permaneció en pie.
—¿Qué sucede, Karl? —preguntó el profesor con severidad—. ¿Quieres seguir la clase de pie?
El chico negó con la cabeza, abatido.
—No —respondió—. Es que... he venido solo para decir que a partir de hoy ya no volveré, señor profesor. Todavía hay trabajo en el campo y también con el Junker. Y mi padre está enfermo y necesitamos el dinero. Así que no puedo... no podré seguir viniendo a clase...
La voz de Karl parecía a punto de quebrarse. Era probable que su padre le hubiese prohibido seguir asistiendo a la escuela con palabras mucho más rudas, y al joven le resultaba difícil hacer esta última visita a la escuela del pueblo.
También el maestro lo lamentaba. Ya lo había previsto, pues los hijos de los jornaleros asistían a la escuela solo unos años, pero sentía lástima por Karl. Era un muchacho listo y aprendía con facilidad, y Brakel ya había pensado hablar con el pastor acerca de él. Tal vez si lo propusieran para asistir a un seminario lograran que continuara educándose. Sin embargo, todavía era demasiado joven para ello y su padre tampoco se lo permitiría. Karl tenía razón, la familia necesitaba el dinero que él pudiese ganar. Y el Junker, el noble terrateniente...
La aldea de Raben Steinfeld pertenecía a un gran ducado. Brakel habría podido hablar con el gran duque y su Junker sobre un patrocinio para el avispado hijo del jornalero Jensch. ¡Si Jensch no fuese tan terco! ¡Si no estuviera siempre buscando pelea —como la mayoría de los aldeanos— con el gran duque!
El terrateniente era partidario de la Iglesia reformada, como también el rey y la mayoría de los nobles. Sin embargo, en Raben Steinfeld una gran mayoría de gente se aferraba a las doctrinas de la antigua Iglesia luterana y la congregación no dejaba pasar ninguna oportunidad de desafiar a su señor. Por fortuna, este no castigaba a sus súbditos por ello, como sí había hecho hasta poco antes el rey de Prusia. Aun así, los conflictos con el pueblo y sus pastores disgustaban al Junker. Seguro que no financiaba la carrera de ninguno de sus hijos con tal de no tener que aguantar después a un nuevo pastor respondón.
Brakel suspiró.
—Es una pena, Karl —lamentó—. Pero ha sido muy amable por tu parte habernos informado. —La mayoría de los hijos de jornaleros simplemente dejaban de asistir a la escuela cuando cumplían los trece años—. Que Dios te acompañe, hijo mío.
Mientras Karl recogía sus escasas pertenencias, el profesor se volvió hacia la segunda estudiante modélica de su clase: Ida Lange, un capricho de la naturaleza. Brakel no entendía por qué Dios había castigado al hijo de los Lange con tan poco talento, mientras que Ida, la hija mayor, absorbía como una esponja el contenido de las clases. Al varón solo le había concedido belleza y encanto, atributos ambos que también distinguían, junto con la inteligencia, a Ida. La muchacha de doce años tenía un cabello castaño brillante, ojos de un azul porcelana y dientes armoniosos. Su rostro en forma de corazón reflejaba dulzura y docilidad, resultado, sin duda, de la escrupulosa educación de su padre. Jakob Lange era herrero, poseía una casa alquilada y gobernaba a su familia con férrea disciplina. A diferencia de la familia de Karl, podría haberse permitido que Ida asistiera más tiempo en la escuela, pero en el caso de una niña eso ni se planteaba. Con toda certeza, Ida abandonaría los estudios al final del siguiente curso.
De momento, no obstante, la muchacha podía seguir sacando provecho de las clases y mitigando el aburrido día a día de Brakel, un maestro de vocación. Alumnos como Karl e Ida lo hacían feliz, pero no le gustaba enseñar a los simplones hijos de campesinos que tan poco interés mostraban por aprender a leer y escribir. A veces tenía la sensación de que su único logro consistía en mantenerlos despiertos durante la clase.
—Nos has traído un nuevo libro, Ida... hum... ¿Anton?
Sobre el pupitre del primogénito de los Lange descansaba un librito. Los viajes del capitán Cook. No daba la impresión de que el muchacho estuviera muy interesado en su lectura, pero el día anterior, en la iglesia, Ida ya había comentado emocionada al profesor que su padre les había traído un libro nuevo de Schwerin. Eso sucedía de vez en cuando. Jakob Lange se sentía atraído por países exóticos e intentaba fomentar en sus hijos ese mismo interés. Su actitud era inusual en un trabajador de oficio, además de antiguo luterano estricto, pero Brakel suponía que Lange se proponía emigrar algún día. Al herrero y reputado experto en caballos seguramente no le satisfacía la imposibilidad de acceder a una propiedad ahí en el pueblo y tener que contentarse con ser arrendatario. De ahí que siempre estuviera discutiendo con el noble terrateniente, que en algún momento, y por mucho que apreciase su trabajo, acabaría sacándoselo de encima. En las últimas décadas muchos antiguos luteranos habían partido hacia América. Era posible que Lange planeara a largo plazo algo similar.
Anton, su hijo, asintió aburrido y empujó el libro hacia Ida. Pero la muchacha no lo cogió ansiosa por presentarlo a la clase como cabía esperar, sino que miró a Karl, quien apenas si lograba separarse de su pupitre. La mención del libro había despertado el interés del joven. Y él mismo, al parecer, la compasión de Ida.
—¡Ida! —la llamó al orden Brakel.
La muchacha se recobró y levantó la vista.
—Es un libro extraño —dijo con su voz dulce y suave, que incluso solía atraer la atención de los más somnolientos cuando leía en voz alta—. Trata de un capitán que se lanza a la mar y descubre países desconocidos. E imagine, señor profesor, estaba escrito en otra lengua. Para que nosotros podamos leerlo han tenido que tradu... traducirlo. —Y señaló el nombre del autor, un tal John Hawkesworth.
—¿Del griego? —intervino Karl.
Ya debería haberse marchado, pero el nuevo libro le recordaba la historia de un navegante que el profesor les había contado una vez. Versaba sobre un hombre que respondía al nombre de Odiseo y que había vivido aventuras espeluznantes en la antigua Grecia.
Brakel hizo un gesto de negación.
—No, Karl. John Hawkesworth escribió la historia del capitán Cook en inglés. Y no se trata de una ficción, como La Odisea, sino de un relato verídico. Pero ahora decídete, Karl. Si quieres quedarte, siéntate. De lo contrario...
El chico se dirigió a la puerta. La última mirada que lanzó al aula oscilaba entre la pena y la envidia, y casi fue tierna al deslizarse sobre Ida. La niña le gustaba. A veces, cuando trabajaba en el campo y dejaba vagar el pensamiento, se permitía soñar despierto. Se veía a sí mismo como un hombre joven, pidiendo la mano de Ida Lange, fundando con ella una familia y, cada tarde que Dios le concediera, regresando a la casa donde ella estaría esperándolo. Día tras día escucharía esa dulce voz, y lo primero que vería cada mañana sería su cabello liso y suave y su hermoso y afable rostro. De vez en cuando también surgían en su interior pensamientos pecaminosos, pero Karl se los prohibía severamente. Y también debería prohibirse esos inofensivos sueños sobre una vida futura con la muchacha, ya que nunca se harían realidad. Incluso si Ida correspondía alguna vez a su afecto (y no había ningún motivo para suponer que eso fuera a suceder), su padre nunca aceptaría que se comprometiera con el hijo de un jornalero. Karl, comprensivo, no guardaba ningún rencor a Jakob Lange por ello. Él mismo no habría pedido a Ida que llevase una vida como la de su madre.
La familia Jensch se mantenía a flote con muchas dificultades. El padre de Karl, su madre y él mismo a partir de ese día trabajaban todo el día en las tierras del Junker o en otros encargos. A los hombres les pagaban un penique por hora; aunque con frecuencia el patrón ni siquiera pagaba con dinero, sino en especie. Tampoco ese día vería Karl ningún dinero después de pasar diez horas desenterrando patatas. Era probable que el propietario de la parcela, que lo había contratado para ese día, lo enviara a casa solo con un saco de patatas.
Karl alimentaba sombríos pensamientos cuando se encaminaba a trabajar los campos de un arrendatario. El trabajo de carpintero no dejaba a Peter Brandmann nada de tiempo libre para cosecharlos y, por lo visto, sus hijos Ottfried y Erich tampoco lo habían conseguido durante las vacaciones de las patatas. Algo difícil de creer, pues al arrendatario correspondía un único morgen de tierra, es decir, la superficie que se podía arar en una mañana, donde tenían el patatal y el huerto que cultivaba por su cuenta la resoluta esposa de Brandmann. Karl no necesitaría más de uno o dos días para la cosecha. Pero Erich todavía era pequeño y Ottfried ni siquiera en la escuela era muy diligente. Tal vez nunca se habían esforzado especialmente.
Así pues, el muchacho agitó con rabia la azada, al menos así se liberaría un poco de la furia que le bullía por dentro desde que su padre, el día anterior, le había ordenado que abandonara la escuela. Y eso que él no se oponía a trabajar. Era muy consciente de cuánto necesitaba la familia ese dinero. Pero esas pocas horas de clase matinales tampoco le impedirían trabajar. ¡Podía haberlas recuperado por la tarde o la noche, alguna solución encontraría! ¡O en el invierno que se avecinaba! Arrojó porfiado las patatas sueltas a un cesto.
Tardó media hora en tranquilizarse. Se secó el sudor de la frente y se mordió el labio. No, no tenía ningún derecho a enojarse con su padre. Al contrario, a fuer de ser sincero, debía darle la razón: en la estación fría ya era de por sí muy difícil encontrar alguna tarea durante las horas del día. Al ponerse el sol, se dejaba de trabajar en las granjas y en los talleres de los artesanos. Si bien en estos últimos, de todos modos, poco había que un jornalero pudiese hacer. Allí únicamente trabajaban los arrendatarios solos o con un compañero, y después de la escuela echaban una mano los hijos, que luego también aprendían el oficio. Karl, por el contrario, nunca aprendería nada...
Desanimado, volvió a hundir la azada en la tierra negra y prosiguió con la labor. La única esperanza habría sido el seminario para sacerdotes que el profesor Brakel había mencionado alguna vez. Pero eso también se había terminado. Por mucho que Karl se lo propusiera, no pudo evitar que los ojos se le llenasen de lágrimas. Se los restregó con las manos. Los chicos no lloraban. Y un buen cristiano aceptaba su destino con sumisión...
Entretanto, el sol ya estaba en lo alto. Los primeros niños regresaban de la escuela pasando junto al campo de Brandmann. Se trataba sobre todo de hijos de campesinos, cuyas granjas se hallaban entre el pueblo y el castillo del terrateniente. Las casas, talleres y pequeñas propiedades de los trabajadores de oficio solían agruparse en torno al núcleo del pueblo, con la iglesia y la escuela. La herrería de Jakob Lange se encontraba en el extremo más alejado. Karl se sorprendió buscando a Ida con la mirada. Si no daba ningún rodeo para cumplir algún encargo, pasaría junto a la parcela de Brandmann camino de su casa.
Poco después descubrió a sus hermanos, Elsbeth, que brincaba feliz, y Anton, que la seguía malhumorado. Sin duda, también a él le esperaba una tarde de labor en el campo o, en el mejor de los casos, de trabajo en la herrería. Lange no toleraba la ociosidad, sus hijos no debían trabajar menos que los jornaleros que cobraban por día. Pero al menos ellos tenían un futuro...
Decepcionado por el hecho de que Ida no apareciera, Karl apartó la vista del camino. Volvió a blandir la azada y se sobresaltó cuando alguien gritó su nombre. Alguien con una voz cristalina y dulce.
—¡Ida! —Karl se dio media vuelta y casi sonrió. Luego adoptó la expresión indiferente y mohína que se esperaba de un jornalero—. ¿Qué... qué quieres?
Confiaba en que no parecería descortés. Le encantaría conversar con Ida, pero entonces ella se fijaría más en él y tal vez advertiría que tenía lágrimas en los ojos...
Ida le tendió algo.
—Toma —dijo—. Te has olvidado el cuaderno.
Karl no hizo ademán de acercarse para cogerlo. De hecho, no lo había olvidado, era uno de los cuadernos de deberes que el profesor había recogido antes de las vacaciones. Había descansado sobre el pupitre con los otros, pero Karl no se había atrevido a pedírselo al profesor. Y eso que guardaba su cuaderno como si fuese algo muy valioso. Nunca había tenido uno propio hasta que Brakel se lo había regalado el curso anterior.
—Has sacado sobresaliente —añadió Ida—. Era el mejor trabajo...
Karl no pudo resistirse. Quería ver al menos una vez más el «muy bien» estampado con la nítida caligrafía del profesor, en tinta roja... Se acercó, se quitó la gorra y se pasó la mano por el desgreñado cabello rubio. Antes de ir a la escuela se había alisado los rizos con agua, pero en ese momento estaban revueltos por el viento. Ningún traje de gala para presentarse ante la muchacha a quien cortejaba en sueños... Karl se avergonzaba de su andrajosa camisa y los pantalones sucios y holgados.
Ella le tendió el cuaderno. Estaba guapa con su vestido oscuro y el delantal blanco. También su indumentaria era sencilla, pero estaba limpia y no tan gastada. A Ida, que no tenía ninguna hermana mayor cuyas prendas pudiese heredar, de vez en cuando hasta le regalaban vestidos nuevos.
—He dicho al profesor que te lo traería —le dijo cuando Karl abrió el cuaderno—. Yo...
Ida quería contarle más, pero no podía confesar a Karl que después de la clase se había demorado hasta que los demás alumnos se habían ido. Entonces le había pedido al profesor el cuaderno de Karl.
—Pero ya no lo necesito —dijo el joven con pesar—. Podrías haberlo dejado allí.
Ida jugueteó con la trenza que casi le llegaba a la cintura.
—A mí me habría gustado conservarlo —respondió con gesto entristecido.
Karl vio de repente que Ida lo comprendía bien. También ella disfrutaba en la escuela, pero no tenía esperanza de poder seguir asistiendo cuando cumpliese los trece años. El chico no pudo evitarlo y en su cara se formó una sonrisa.
—No lo decía en ese sentido —murmuró—. Yo... te lo agradezco. También quería conservarlo.
Ida bajó la vista.
—Lo siento —dijo.
Él se encogió de hombros.
—No queda más remedio —contestó—. Pero... pero sí que me habría gustado escuchar la historia del capitán Cook.
Un destello cruzó el semblante de la muchacha. Sus ojos claros se iluminaron.
—¡Ay, sí, es una historia maravillosa! —exclamó, y con su voz cantarina cautivó a Karl—. Imagina, había una sociedad en Inglaterra, una sociedad de sabios que equiparon una embarcación para navegar por los mares del Sur y observar las estrellas. ¡Las estrellas!, ¿te lo imaginas? ¡Y para lograrlo pagaron mucho dinero!
—Pero también desde aquí se ven las estrellas —señaló Karl—. ¿Para qué hay que ir a los mares del Sur?
—Allí brillan mucho más. Y, además, seguro que se ven otras, al otro lado del globo terráqueo... ¡Pero eso no fue todo! ¡El capitán tenía otro encargo, uno secreto! Se suponía que allí, en el otro extremo del mundo, había un país desconocido y él tenía que descubrirlo. Lo acompañaron estudiosos de las plantas y los animales... ¡Es increíble cuántos animales extraños descubrieron allí! ¡Y lo peligroso que fue el viaje...!
Mientras Ida hablaba, sus manos pequeñas y ásperas de trabajar en el huerto dibujaban en el aire todas esas maravillas. Karl las contemplaba fascinado y se reía y asombraba con ella. La chica contó que había unas liebres enormes, que los nativos de aquellas tierras llamaban canguros, y unos peces de colores que habitaban en imponentes y peligrosos arrecifes.
De ese modo, ambos se olvidaron del tiempo, así como del pueblo austero y aburrido, incluso al sol otoñal, sobre cuya tierra arenosa los dos se encontraban. Ida describía playas blancas como la nieve y palmeras agitadas por el viento...
De repente, un carro que pasaba junto a ellos tirado por un gran caballo de sangre fría los devolvió a la realidad. Los dos se separaron al oír la voz autoritaria de Jakob Lange.
—¡Ida! ¿Se puede saber, por el amor de Dios, qué estás haciendo aquí? Acabo de reñir a Anton por haber lanzado una calumnia contra ti. Mi hija, le he dicho, no pierde el tiempo después de la escuela dando vueltas por ahí, y menos aún con un chico que...
—¡Es que me ha traído mi cuaderno! —osó decir Karl para defender a la muchacha, que permanecía callada, con la vista baja y mordiéndose el labio inferior—. Por... por indicación del profesor.
A la misma Ida se le podría haber ocurrido esta excusa, pero en presencia de su padre esa muchacha tan vivaz se quedaba como paralizada.
—¿El profesor te ha enviado tu cuaderno? —se burló Lange—. ¿Con mi hija? ¡Ni tú mismo te lo crees, Jensch! Y por lo que me ha contado mi hijo, a partir de hoy ha terminado tu período escolar. Así que, ¿para qué necesitas el cuaderno?
Lange miró con recelo el cuaderno abierto que yacía en el cesto medio lleno de patatas. Karl lo había dejado ahí para charlar con Ida. Jakob Lange debió de descifrar desde el pescante la calificación anotada por el profesor y torció la boca.
—¡Mentiroso y, encima, soberbio! —espetó—. ¡Te vanaglorias de tus calificaciones como si eso fuera a cambiar en algo el destino que Dios te ha deparado! ¡Vergüenza debería darte, Jensch!
Karl sabía que debía bajar la vista dócilmente. A fin de cuentas, Jakob Lange también repartía trabajos de vez en cuando entre los jornaleros. Más valía no hacerlo enfadar. Pero el joven no consiguió contenerse y miró iracundo al herrero.
—¿Cómo puede usted saber el destino que Dios me ha deparado?
Ida pareció estremecerse. Karl confirmó que se sobresaltaba cuando otra persona contradecía a su padre. Aunque ella ocupase un rango social muy superior al suyo, él sentía lástima por la muchacha.
Jakob Lange no se dignó responder al hijo del jornalero. En su lugar, se dirigió de nuevo a su hija.
—Y tú tendrás tiempo para reflexionar sobre tus pecados, Ida, cuando trabajes esta tarde en el huerto —advirtió con severidad—. Vagas por ahí y robas a Dios el tiempo y a Brandmann el trabajo del chico, que por tu culpa se queda boquiabierto en lugar de estar cosechando patatas. Por supuesto, informaré a Peter Brandmann. Tu jornal, joven, se verá proporcionalmente reducido. ¡Y ahora, vamos, Ida!
Ella ni siquiera se volvió para mirar a Karl. Con la cabeza gacha, subió a la parte trasera del carro y se sentó con las piernas colgando. Una postura extraña para una chica en un carro con adrales... Pero entonces Karl vio lo que se proponía con eso. Cuando su padre puso en marcha el armatoste, de uno de los pliegues de la falda de Ida cayó, como por azar, un librito: Los viajes del capitán Cook. Karl solo tenía que recogerlo del suelo. Dudó unos segundos: ¿debía correr hacia el vehículo para alcanzárselo? A lo mejor lo había perdido de verdad. Pero entonces Ida levantó la cabeza. Y le guiñó el ojo.
2
—¡Ella no!
Priscilla advirtió con determinación al cliente antes de que su mirada se quedara prendida en la delicada muchacha de cabellos melosos que limpiaba las mesas del pub. Ya atardecía y los cazadores de ballenas estaban trabajando en el nuevo barco en cuya construcción George Hempleman los tenía ocupados mientras no salían de cacería. Sería después cuando, apestando a sudor y aceite de ballena, sedientos de cerveza y whisky, además de ávidos de mujeres, acabarían en el pub de Barker, pero entonces ya no verían a la muchacha. Esta también se habría retirado ahora a la menor señal, pero Barker había llegado de sopetón con ese cliente, un hombre alto y delgado, con un raído traje negro y una camisa con un cuello raro. Tenía un aspecto más cuidado y se expresaba mejor que la clientela normal. Sin embargo, mostraba la misma falta de escrúpulos a la hora de elegir chica.
—¿Por qué no? —protestó con una voz sorprendentemente alta—. ¡El señor Barker me dijo que podía elegir!
De hecho, todas las putas se habían reunido en la sencilla taberna atendiendo a la llamada de Barker. El cliente, sin embargo, no tenía mucho donde elegir. Solo estaban la enérgica y huesuda Priscilla, la gorda Noni y la rubia y tierna Suzanne. Esta había sido bonita tiempo atrás, pero su apatía desconcertaba a los hombres, al igual que los ahuyentaba su olor a whisky y abandono. La mujer llevaba un vestido de lentejuelas color melocotón y apelmazado por la suciedad. Nunca lo lavaba, como tampoco ella se bañaba jamás si no la obligaban Priscilla y Noni. Con la mirada vacía contemplaba la nada. No parecía ni percatarse del cliente y, por supuesto, tampoco hizo ningún ademán de proteger a su hija de él.
—¡La niña todavía es demasiado joven! —objetó en cambio Priscilla, señalándola—. ¡Por Dios, usted mismo debería darse cuenta, reverendo Morton!
Hizo una mueca burlona con los labios al dirigirse al hombre por su título y miró a Barker con ceño. En realidad era el administrador del pub quien debería haberse encargado de echar a la niña de la sala.
Esta levantó la vista. «Reverendo», eso tenía algo que ver con la Iglesia, la señora Hempleman había mencionado algo parecido, pero claro, ella normalmente se refería al «pastor». La señora Hempleman casi no hablaba otra cosa que alemán y prefería que la llamasen Frau Hempelmann. Siempre se refería con profundo respeto a la gente de la Iglesia, se diría que la echaba de menos. Hempelmann le había prometido conseguirle un reverendo si es que alguno se dejaba ver por los alrededores. Pero ese hombre del pub no daba la impresión de ser la respuesta a las oraciones de Linda Hempelmann. Su mirada era tan lasciva como la de cualquier otro, lo que no se merecía mucho respeto. Así y todo, su posición u oficio explicaba las extrañas palabras con que se había presentado: deseaba, según había dicho enfático a Barker, relajarse un poco antes de partir a predicar la palabra de Dios a los salvajes.
La muchacha sacó la conclusión de que se trataba de un misionero. Otra palabra más que había atrapado al vuelo en la conversación acerca de lo mucho que Linda Hempelmann añoraba el consuelo de un sacerdote: el señor Hempleman esperaba que llegara pronto un misionero para convertir al cristianismo a las tribus maoríes de los alrededores de la bahía de Piraki.
—Tampoco es tan joven —gruñó el señor Barker, apartando la vista de Priscilla.
El propietario del pub, corto de estatura y rollizo, era el único, salvo Suzanne, que conocía la edad real de la niña. Había llevado a Suzanne y la pequeña a Nueva Zelanda desde Sídney, atraídos por el sueño de que se fundaran nuevas colonias en un país nuevo; habían sido expulsados de la bahía de Botany a causa de una reyerta en el barrio portuario. La muchacha todavía recordaba vagamente una pelea a puñetazos y con cuchillos, y luego que Barker había cerrado su pub en Australia y había huido precipitadamente con Suzanne. En algún momento se unieron a ellos Noni y Priscilla. La joven todavía recordaba que Priscilla le había aguantado la cabeza cuando vomitaba una y otra vez en el barco.
—Pronto cumplirá trece años, entonces se pondrá a trabajar, reverendo. Pero hasta que llegue ese momento... —cedió Barker. Si por él hubiera sido, no habría tenido ninguna consideración con la niña, pero era evidente que temía la reacción de Priscilla. Si lo abandonaba y se buscaba otro chulo, el establecimiento resultaría más desangelado de lo que ya aparentaba.
El reverendo se limitó a mirar a la chica más de cerca. La obligó a levantar su rostro tierno y oval hacia él. Tenía unos grandes ojos castaños. Con un suspiro, el misionero se rascó la entrepierna. La niña le gustaba, pero sus rasgos, todavía infantiles, lo hicieron tomar conciencia de que no iba a encontrar ningún pretexto más o menos grato a Dios para buscar «relajación» entre sus brazos. Forzó una sonrisa paternal.
—¡Eres una niña muy guapa, pequeña! —dijo—. ¿Me dices con qué nombre te han bautizado?
La muchacha se encogió de hombros. Seguro que nunca la habían bautizado, pero tampoco sabía exactamente qué se entendía por ello. Y un nombre... Si Suzanne todavía era lo suficientemente dueña de sí misma para poder elegir uno cuando la niña nació, nadie se había tomado la molestia de conservarlo. El único nombre que la chica conocía era Kitten, cachorro de gato. Las putas del burdel de Barker en Sídney habían llamado así a la cría abandonada porque les recordaba a un gatito extraviado que maullaba hambriento.
—Es terca —se disculpó Barker ante el reverendo, que esperaba—. Y también algo retrasada. La madre está como un cencerro. Pero es dócil y agradable a la vista... —Señaló a Suzanne, esperando que el cliente hiciera de una vez su elección.
Este dejó por fin en paz a Kitten y se decidió por Noni. No tan vistosa, pero tampoco tan ida como Suzanne, ni tan enérgica y burlona como Priscilla. Resignada, la pelirroja regordeta se levantó y llevó al hombre a uno de los cobertizos montados con huesos de ballena y lona que había detrás del pub para el uso de las prostitutas. Los huesos sustituían la madera en toda la estación ballenera de la bahía de Piraki; los cazadores los utilizaban para construir sus diminutos alojamientos, y las mesas y sillas del pub eran del mismo material.
La taberna se había construido juntando restos: cuatro pilares de unas hayas del sur taladas a toda prisa, sin descortezar ni dejar secar, procedentes del bosque que había por encima de la bahía, más algunas maderas sobrantes de la construcción de la casa de los Hempleman. Las lonas apenas ofrecían protección. El viento se colaba silbando, llevando a los borrachuzos y las adustas putas el hedor de la ballena que se pudría en la arena. Pero al menos la cubierta era impermeable.
Kitten salió fuera, aliviada de que el reverendo eligiera a Noni. Por fortuna, Barker la dejó ir sin discutir acerca de la fecha de su «contratación» definitiva. Por supuesto, ella notaba que estaba enfadado. El hombre descargó en Priscilla su rabia.
—¡Que sea la última vez! —gritó a la mujer de fuerte estructura ósea y ya algo madura, que aguantó inmutable—. ¡Que sea la última vez que me atacas por la espalda en lo tocante a la cría de Suzanne! Ya llevamos demasiado tiempo dando de comer a la gatita. Si hubiera sabido lo que iba a costarme la habría ahogado entonces, cuando vino con ella. Pero está bien, es mona, y a la larga nos hará ganar dinero. Y si lo pienso bien, ya va a hacer trece años que Suzanne la parió. Por lo que he oído, ya sangra cada mes. Tan joven no puede ser.
Kitten, que se había quedado delante del pub para escuchar, se mordió el labio. Priscilla le había dicho que Barker no debía enterarse de que ya tenía la regla. Y ella se había esforzado por lavar a escondidas las compresas que Noni le daba para absorber la sangre. Kitten no era una retrasada, sino todo lo contrario, una muchacha despierta, acostumbrada desde hacía años a evitar a Barker. Pero ese último mes, Suzanne la había delatado. Había encontrado las compresas y empezado a lamentarse a gritos de «la maldición de Eva» y «la desgracia de la mujer». Kitten no había prestado atención, pero Barker debía de haberse enterado. Y ahora haría realidad sus amenazas e incluiría a Kitten entre sus furcias.
—¡Después de la próxima caza grande le tocará a ella estrenarse, Pris! —advertía Barker en el pub—. En cuanto Hempleman haya atrapado una buena pieza y los marineros tengan el bolsillo lleno. Claro que antes tendré que desvirgarla...
Kitten se quedó petrificada. ¿Qué decía ese... esa bola de sebo? ¿Quería ser el primero en...?
—¿Tú? —preguntó Priscilla estirando la palabra, con un tono inconfundible: ¡el de los celos!
Kitten suspiró. Sabía que había algo entre Priscilla y Barker, pese a que, por muy buena voluntad que pusiera, no entendía qué encontraba su eventual protectora en ese macarra gruñón. Quizás esperaba que algún día quisiera tenerla solo para él y la dejase de vender a los cazadores de ballenas. Priscilla le había contado en una ocasión que odiaba la peste a aceite de ballena y sangre que se desprendía de sus cuerpos. Tal vez prefiriese el olor de Barker, a cereza y grasa de freír rancia...
—Pues serías bien tonto... —el tono de Priscilla volvió a cambiar, Kitten lo conocía bien, era el que utilizaba cuando intentaba que la gente bailase al compás que ella marcaba— si dejaras escapar una buena ganancia.
Barker soltó una risa obscena.
—Cariño, no se estropeará por eso. ¡Ya ganaré suficiente con ella! Pero primero he de domesticarla...
Priscilla resopló.
—¡Bah, ya es dócil ahora! —afirmó—. Sabe muy bien que no tiene otra opción. Y es probable que hasta esté deseándolo...
Kitten se mordió el labio. ¡Priscilla no podía creer en serio que ella estuviese «deseándolo»! Al contrario, ¡Kitten no quería ser puta! ¡Ya le había dicho muchas veces que estaba decidida a no acabar como Suzanne! Y tampoco le apetecía llevar una vida como la de Priscilla o Noni. De acuerdo, las dos se las apañaban, tenían para comer y beber —aunque con la bebida se moderaban, no se permitían más que uno o dos whiskis después de trabajar—. En cualquier caso, tenían para vivir y a veces se reían juntas y parecían divertirse. Noni tenía un amigo que le había prometido casarse con ella cuando hubiera ahorrado algo de dinero con la caza de la ballena. Y Priscilla tenía a Barker...
—Entonces ¿para qué tomarse la molestia? —preguntó la puta madura—. ¿O es que te gusta? —Su tono era receloso.
Barker emitió una risa ronca y su voz adquirió un acento insinuante.
—¿Gustarme, a mí...? ¡Como si me atrajera esa mosquita muerta! Ya lo sabes... A mí me gustan las mujeres altas y fuertes...
Kitten se obligó a no escuchar los sonidos que indicaban que Priscilla y Barker se estaban haciendo carantoñas en el interior.
—¡Entonces no le pongas las manos encima a la cría! —advirtió al final Priscilla—. ¡Y piensa en lo que vas a ganar! Seguro que alguno de esos tipos se muere de ganas por ser el primero con Kitten.
La muchacha oyó la risa ronca de Barker.
—Puede que tengas razón... ¿Tú qué crees que puedo pedir, Pris? ¿El doble? ¿El triple de un precio normal? —En su voz había codicia—. O no, ya sé, ¡la subastaremos! Se la adjudicaremos al mejor postor. Será un espectáculo, ya te lo digo yo, como en los grandes clubs de Inglaterra... Le pondremos morbo al asunto, la exhibiremos... Durante toda la noche los hombres solo podrán mirarla, hasta que se pongan cachondos, cachondos, y... Necesitará un vestido bonito.
La muchacha se dio media vuelta, ya no quería seguir escuchando. Ya estaba mareada, y no a causa de la pestilencia que desprendía el cadáver de ballena en la playa.
¡Una subasta! Y Priscilla no había protestado, al contrario, había contribuido a que a Barker se le ocurriera esa idea... Kitten se sintió traicionada. Pero entonces recordó que Priscilla nunca había dudado de cuál sería el destino de la pequeña. Mientras había sido una chiquilla, Priscilla había intentado protegerla y también ahora había conseguido una demora de un par de meses, incluso de años. Pero al final, para Priscilla no había escapatoria: una mujer sola en ese nuevo y apenas colonizado país no tenía ninguna posibilidad de ganarse la vida decentemente. Ni se planteaba que Kitten tuviera otra profesión que no fuera la de prostituta.
—¡Sacarás buen partido! —La había animado Priscilla cuando Kitten se negaba a seguir el camino de su madre—. Y, además, no es para siempre. Al fin y al cabo, eres muy bonita, seguro que pronto encontrarás a un hombre que se quiera casar contigo. Lo único que tienes que hacer es mantenerte lejos del alcohol y estar atenta a no enamorarte del primer granuja que pase. Elige un hombre serio, que ahorre para algún día invertir en algo... Están poblando las tierras más allá de Port Victoria, con un poco de suerte acabarás siendo toda una campesina.
A Priscilla le parecía que merecía la pena esforzarse por vivir en una granja, pero Kitten no se lo podía imaginar. Nunca había visto una granja, su mundo se limitaba al entorno de la estación ballenera y, si no hubiera sido por Frau Hempelmann, nunca habría conocido otro refugio más que el pub.
Solo de pensar en ella, la chica se sintió mejor. Tal vez hubiera, a pesar de todo, una salida para su desdichada situación. George Hempleman era el fundador y propietario de la estación ballenera. Seguro que podría hacer algo por ella si su esposa se lo pedía. Kitten solo tendría que contarle a la mujer sus aspiraciones. Suspiró. La horrorizaba tener que molestar a Linda Hempelmann con estos asuntos, pero no se le ocurría otra salida. Lo mejor sería hacerlo ya mismo, ahora que además le convenía alejarse de los alrededores del pub. Pronto aparecerían los primeros hombres...
Dejó la playa a sus espaldas y se internó en la penumbra del bosque claro. Ahí, junto a la costa, crecía el nikau, hayas del sur azotadas por el viento, una especie de adelfas y otros tipos de árboles y arbustos que la niña desconocía. Le gustaba el bosque. El aire más fresco, el suelo húmedo y las plantas parecían mantener a distancia el hedor que llegaba desde la playa. Kitten se sentía consolada, era casi como si los árboles fuesen sus amigos...
Se reprendió por esas ideas absurdas y siguió el sendero que conducía a la casa de los Hempleman. Se trataba de una cuesta bastante empinada, George Hempleman había construido su casa por encima del bosque que se extendía como un fino cinturón alrededor de la bahía y la playa y que luego se convertía en una meseta cubierta de tussok. En medio del prado se hallaba también la casa de madera desde la cual se disfrutaba de una maravillosa vista sin tener que soportar el ruido y el hedor que producía la caza de la ballena. Hempleman también solía ocuparse de que los cetáceos se colocaran fuera de la vista de su casa cuando se procedía a trocearlos, y el pub y las cabañas de los trabajadores tampoco afeaban el panorama que Linda Hempelmann se permitía disfrutar cuando reunía fuerzas para descansar en la terraza.
Lamentablemente, eso era cada vez más raro en los últimos tiempos. Frau Hempelmann estaba enferma, su corazón era débil. En cualquier caso, sufría ataques constantes y luego había de guardar cama durante días. Su marido siempre advertía que no había que irritar o importunar a su esposa con ningún asunto de la estación ballenera. Al principio incluso había visto con malos ojos las frecuentes visitas de Kitten a su casa, pero Frau Hempelmann no se cansaba de asegurarle lo mucho que le alegraba la presencia de la niña.
George y Linda Hempleman se habían instalado dos años atrás, poco antes de que Barker llegara con sus putas, en la bahía de Piraki, en la península de Banks. Por aquel entonces ella estaba mucho mejor. Claro que había oído hablar de las mujeres de la playa y había bajado a ver cómo eran, posiblemente en busca de compañía. Pero ni Priscilla, ni Noni ni Suzanne eran personas con quienes la señora fuera a tratar. Solo de pensar en que esas putas pudiesen tomar asiento con sus vestidos desgastados y por lo general mugrientos sobre los pulcros sofás y butacas... Y la idea de que sus vulgares conversaciones llegasen a turbar la calma de su casa, de que llegasen a acallar las palabras dulces y amables que solía dirigir a Kitten...
La niña sonrió al pensar en la voz agradable con que Linda Hempelmann solía hablar una lengua que entonces todavía le resultaba extraña. En la residencia señorial, Kitten y la solitaria mujer enseguida se habían entendido bien. Todo había empezado cuando Kitten se quedó mirando, casi sin dar crédito, el dulce que Frau Hempelmann le ofreció la primera vez que la vio en la playa. Nadie le había dado nunca un dulce. La palabra plätzchen, «galleta», fue la primera que aprendió en alemán.
—Y cuando te hacen un regalo, tienes que decir danke —le enseñó la Frau cuando Kitten se metió en la boca la golosina con las dos manos a la vez.
Kitten la miró con atención y repitió la palabra. El trato era amable en la casa de Linda Hempelmann. Kitten tenía mucho que aprender, pero absorbía como una esponja las lecciones de buenos modales y, sobre todo, el nuevo idioma. Cuando la cariñosa señora la acogió por las tardes y las noches en su casa, a la hora en que el pub abría y las mujeres recibían a sus clientes, aprendió enseguida el alemán. Y puesto que por regla general Suzanne dormía la mona en los brazos del último cliente y, como consecuencia, Kitten no tenía sitio en el cobertizo, la niña pernoctaba en el establo de la casa señorial.
George Hempleman lo ignoraba. Kitten se deslizaba de la casa a las cuadras cuando lo oía llegar, y ya llevaba tiempo levantada y de vuelta en la playa cuando él dejaba a su esposa por la mañana. Linda Hempelmann, por el contrario, lo sabía. Cuando su estado de salud se lo permitía, dejaba a la niña algo de leche, pan y miel delante de la puerta del establo cada mañana. Pero ya hacía semanas que eso no ocurría... Entretanto, era Kitten la que llevaba la comida a la cama de su maternal amiga.
Tampoco ese día presintió la muchacha nada bueno al entrar en la casa y encontrar las salas y la cocina vacías. Se notaba la ausencia de un ama de casa, por mucho que el señor Hempleman se esforzara por disimularlo para que su esposa no se inquietara. Reinaba el desorden. Los cubiertos del desayuno estaban sin lavar, los cojines del sofá no se habían sacudido bien y, naturalmente, nadie había limpiado.
Kitten llamó a la señora Hempleman para anunciarse y se dirigió al dormitorio que hacía poco el señor había instalado para su esposa en la planta baja. Una escalera conducía al piso superior, donde se encontraban las habitaciones privadas del matrimonio, pero en esas fechas Linda Hempelmann estaba demasiado débil para subir hasta ahí. Mientras Kitten recorría la casa, al tiempo que enderezaba una u otra cosa a su paso y colocaba algún mueble en su sitio, se le ocurrió una idea. Ya que oficialmente era una adulta, la señora podría contratarla como doncella en su casa. Podría vivir allí con ella, cuidarla y mantener en orden el hogar de los Hempleman. O no, quizá fuera mejor no vivir ahí...
Por mucho que Kitten soñase con una cama decente en una habitación decente, no bajaba la guardia. La señora estaba enferma y su marido era un hombre. Kitten había oído quejarse con frecuencia a Barker de que el jefe no encontraba lo suficientemente buenas a sus putas. Los cazadores de ballenas afirmaban que visitaba un burdel en Port Victoria.
—¿Gatita? —La señora abrió los ojos cuando Kitten entró en su habitación. Era bastante pequeña, antes había hecho las veces de cuarto de las labores. Kitten solía encontrarla ahí, bordando junto a la ventana que daba sobre la bahía—. ¡Cuánto me alegro de verte! ¡Y qué flores en llamas tan bonitas me traes!
Kitten correspondió la sonrisa que le dirigió la mujer enjuta y pálida desde la cama. Sabía que se alegraría del ramito de flores del rata que había recogido delante de la casa. El rata crecía abundantemente en la zona, de forma autónoma como arbusto y también como parásito en la copa del rimu u otros árboles. Pero Frau Hempelmann adoraba sus flores y les había puesto el poético nombre de flores en llamas inventado por ella.
—Voy a ponerlas en un jarrón —anunció Kitten, diligente, y cambió las marchitas flores amarillas del kowhai, que había llevado el día anterior, por las nuevas y resplandecientes color escarlata.
La niña se esforzaba por parecer despreocupada, aunque el aspecto de la señora la asustaba. Con cada día que pasaba se veía más decrépita y envejecida. Linda Hempelmann no tenía más de treinta años, pero incluso la curtida y alcoholizada Suzanne parecía más joven y vital a su lado. Su cabello, antes rubio brillante, se veía ahora deslucido y grisáceo. Tenía el rostro macilento y se le marcaban los huesos, los ojos se hundían en las cuencas rodeados de una sombra negra.
—Entonces se encuentra bien, ¿verdad, Frau? —inquirió Kitten, intentando que la pregunta sonara sincera. Sin embargo, era fácil distinguir que su maternal amiga no experimentaba ninguna mejoría—. ¿Le preparo un té? ¿Prefiere que le traiga otra cosa?
Linda Hempelmann intentó enderezarse un poco. Kitten colocó el jarrón sobre la mesilla de noche y la ayudó a erguirse. La mujer pareció reunir algo de fuerza y se pasó los dedos por el cabello, que no se había recogido para la noche.
—¿Te importaría peinarme, hija mía? —pidió con su voz débil pero todavía melodiosa—. Y un té... un té sería delicioso. Pero tenemos tiempo. Primero hazme un poco de compañía, gatita, luego preparas té y pan con miel para las dos, ¿de acuerdo?
Linda Hempelmann no parecía realmente hambrienta, pero daba por sentado que Kitten todavía no habría probado bocado ese día. Priscilla y Noni solo cocinaban para ellas o sus eventuales amigos, pocas veces sobraba algo para la chica. Y Suzanne no cocinaba en absoluto y apenas le quedaba nada del dinero que ganaba para que Kitten pudiese comprarse algo. La niña sospechaba que los clientes engañaban a su madre con la paga y, naturalmente, Barker también se quedaba con algo de lo que la mujer ingresaba. Suzanne se gastaba el resto en whisky.
Pero Kitten tenía paciencia. Estaba acostumbrada desde pequeña a pasar hambre. No iba a molestar a Frau Hempelmann. En lugar de ello, cogió el cepillo de pelo que había sobre la mesilla y empezó a pasarlo por el cabello cada vez más ralo, para luego recogerlo en lo alto con las bonitas peinetas de carey que la señora había traído de Sídney.
—¿No desearía también refrescarse un poco? —preguntó Kitten, y se dispuso a coger una palangana con agua, una manopla de baño y un trozo del perfumado jabón de Linda Hempelmann.
—Será un placer, pero tendrás que ayudarme —contestó entristecida.
Era evidente que no le gustaba depender de nadie. Pero a Kitten no le importaba ocuparse de ella. La ayudó gustosa, incluso a quitarse el camisón y a ponerse uno limpio después de lavarle el cuerpo. ¿Sería tal vez un buen momento para formularle su deseo?
—Creo que debería tener siempre a alguien que la ayudara un poco —empezó con cautela—. En... en casa y... y ahora que está enferma...
Linda Hempelmann asintió abatida.
—Desde luego, estaría muy bien, hija. Pero tendría que ser una mujer, y no se encuentra personal doméstico. George quería preguntar entre los maoríes... pero no quiero tener a mi lado a una salvaje a la que ni siquiera se la entiende... —Frunció el ceño desdeñosa.
Tampoco Kitten llegaba a imaginar a una mujer maorí en esa casa. Las dos recelaban un poco de esos nativos chaparros y medio desnudos que de vez en cuando se acercaban curiosos a la estación ballenera para vender boniatos o cereales a los cazadores. Los maoríes debían de tener campos de cultivo y huertos en sus poblados y eran siempre muy amables, pero solo conocían unas pocas palabras en inglés y no tenían aspecto de que les gustara pulir muebles o ayudar a vestirse a una dama. Además, Kitten encontraba que su apariencia era amenazadora: unos extraños zarcillos se entrelazaban en torno a la boca de las mujeres y por todo el rostro de los hombres. Los maoríes se tatuaban, y Frau Hempelmann se llevaría un susto de muerte al verlos.
—¡Pero yo sí podría ayudarla! —sugirió Kitten animosa—. Sé dónde está todo y cómo le gustan las cosas a usted y...
—¡Todavía eres una niña, gatita! —Linda sonrió. Su voz tenía un deje bondadoso—. Es muy amable por tu parte querer colaborar, y ya ahora me eres de gran ayuda. Pero para trabajar en serio todavía eres demasiado joven.
—¡Eso piensa usted! —se le escapó a la infeliz Kitten—. El señor Barker opina de distinto modo. Claro que él tiene una idea muy diferente de lo que significa trabajar.
Se interrumpió asustada. No había querido hablar de forma tan clara. Confirmó horrorizada que la señora se alarmaba. Su rostro pálido se cubrió de un rubor enfermizo... Seguro que Kitten la había inquietado y tendría ahora un ataque. La niña buscó presurosa las sales. Con ellas a veces se podía evitar...
Pero la mujer se repuso por sí misma. Rechazó el botellín que Kitten le sostenía ante la nariz.
—¿Significa eso que ese tipo pretende que te... que te vendas?
Kitten asintió apenada.
—Aquí no hay otro tipo de trabajo —contestó—. Al menos para una chica. Si fuera hombre podría cazar ballenas, o focas o lo que fuera. Pero como chica solo puedo hacer lo mismo que mi madre. —Querría haber sido más valiente, pero se le escapó un puchero—. Si no me toma usted como empleada... —Casi esperanzada levantó la mirada hacia la enferma—. Yo me esforzaría. Trabajaría mucho y de verdad que podría ayudarla, yo...
Linda Hempelmann levantó débilmente la mano.
—Pero yo no seguiré aquí por mucho tiempo —dijo con dulzura.
Kitten frunció el ceño.
—¿Se marcha? —preguntó desconcertada—. ¿El señor Hempleman cierra la estación?
A la niña eso le parecía increíble. Seguro que el negocio de Hempleman funcionaba muy bien. Cada dos meses, su socio, el capitán Clayton, dejaba la estación con un barco cargado hasta los topes y en Inglaterra se pagaba muy bien el hígado de bacalao y otros productos de las ballenas. Por otra parte, los hombres habrían comentado en el pub que la estación estaba a punto de cerrar.
Su amiga negó con la cabeza.
—No —susurró—. Mi esposo se quedará aquí. Y con ayuda de Dios tal vez encuentre a otra mujer...
—¿A otra...? Pero ¿por qué iba a hacerlo? Usted no quiere abandonarlo, usted...
—Sí —contestó Linda con dureza—. Aunque no se trata de una cuestión de querer. Georg... —como siempre, mencionó el nombre de su esposo en alemán, no podía acostumbrarse al hecho de que él hubiese anglicanizado su nombre completo— ha sido un buen marido, yo he sido una buena esposa. Pero ahora yo... Dios mío, hijita, ¿es que he de decirlo? Me muero. Me reuniré con Dios. Ya oigo cómo me llama, gatita.
De repente, Kitten sintió odio hacia ese Dios del que nunca había oído hablar antes de conocer a Frau Hempelmann, pero que al parecer desempeñaba una función muy importante en la vida de los alemanes creyentes. Un Dios que ahora se proponía arrebatar a Kitten la única protección para ella concebible.
—¡No puede ser! —protestó—. ¡Usted no es vieja! Claro que está enferma, pero volverá a ponerse bien. Hasta ahora siempre se ha repuesto cuando ha sufrido un ataque. Y si deja que yo la cuide... mejorará enseguida, y...
Linda volvió a negar con la cabeza.
—No volveré a estar bien, hijita, hazme caso. El último ataque fue demasiado fuerte... y estoy cansada, gatita. Obedeceré complacida la llamada de Dios. Solo lo siento por ti y por George, claro. —Tendió la mano hacia Kitten y le acarició levemente la mejilla.
—Pero... pero cuándo...
Kitten pugnaba por retener las lágrimas, tenía la voz ahogada. Pero ella sabía que no había respuesta para esa pregunta. La señora no podía saber cuándo exactamente pensaba llevársela su Dios. A lo mejor no sucedía tan deprisa. A lo mejor todavía quedaban muchos meses... un año... Kitten ahorraría el dinero que ganase en casa de los Hempleman. Y luego huiría a otro lugar, lejos de la estación ballenera, cuando la señora muriese...
—Quizás en un par de días —respondió la enferma, destruyendo las últimas esperanzas de la niña. Por su tono se diría que ya quería desaparecer—. Como mucho, un par de semanas. Y tienes que comprender... comprenderás... que no puedo acogerte en mi casa. ¿Qué impresión daría? ¿Qué impresión daría mi marido metiendo a una jovencita como tú en su casa justo dos días antes de que muera su esposa? Lo siento de verdad, pequeña...
Kitten hizo una mueca compungida. La reputación de George Hempleman no le importaba. Pero incluso si la señora cambiaba de opinión, sería inútil escapar del pub solo por un par de días o de semanas. En cuanto Linda Hempelmann falleciera, Barker volvería a echar mano de ella.
—¿Quieres preparar un té, querida gatita? —susurró—. A lo mejor... a lo mejor podría volver a hablar de ello con George. A lo mejor existe la posibilidad de que una familia en Port Victoria o un sitio similar necesite... necesite una doncella...
La enferma se esforzaba por parecer animosa, pero Kitten no se hacía ilusiones. Port Victoria era un lugar tan salvaje como la bahía de Piraki, e igual de poblado de cazadores de ballenas y aventureros. Sin embargo, había oído hablar de que recientemente se habían asentado en las llanuras de Canterbury algunos colonos entre los que, sin duda, habría mujeres y niños. ¿Necesitarían criadas? ¿Mientras todavía no tuviesen siquiera casa? ¿Y emplearía una mujer casada a una niña como Kitten? ¿La hija bastarda de una puta que ni siquiera tenía nombre pese a que, según la opinión general, era bonita? Incluso Priscilla parecía tener celos al hablar de Kitten con Barker, y Frau Hempelmann parecía temer que llegase a seducir a su marido.
Kitten abandonó toda esperanza mientras preparaba el té y cortaba el pan, aunque casi había perdido el apetito. No había para ella ninguna salida decente. Si no se le ocurría algo a la desesperada, tendría que someterse a los deseos de Barker.
3
Hubo que esperar una semana larga para que volviera a aparecer en la bahía de Piraki una ballena, y para Kitten significó un plazo de gracia. Construyendo un barco, los hombres no ganaban lo suficiente para permitirse el gasto adicional de una puta, ni siquiera Priscilla, Noni y Suzanne solían tener entonces trabajo suficiente. Pero al menos Noni esa semana estuvo a pleno rendimiento. El misionero no parecía dispuesto a seguir su viaje para reunirse con los «salvajes». En lugar de ello pasaba cada día muchas horas acompañando a Linda Hempelmann, respondiendo al deseo del marido de que rezara con ella y le infundiera valor. Hacia el atardecer su presencia en el pub no fallaba y elegía entonces a una puta, siempre Noni. Era evidente, sin embargo, que seguía soñando con Kitten, a la que se comía con los ojos cuando ella ayudaba a Linda en su presencia.
Kitten habría preferido evitarlo, pero era incapaz de dejar a su amiga enferma a solas con el reverendo. En el ínterin, la mujer cada vez necesitaba más ayuda con las cosas más sencillas y, naturalmente, no se podía exigir al reverendo que la sentase o le acercase un vaso de agua a los labios. Además, el religioso anglicano no hablaba alemán y el inglés de Frau Hempelmann era deficiente. Esta se alegraba de que Kitten conociera ambas lenguas y tradujese, y el reverendo estaba encantado con ello. Continuamente pedía a la niña que se sentara a su lado junto a la cama de la enferma. Buscaba el contacto físico, incluso pasaba un brazo por encima de Kitten de vez en cuando, como si se viese llevado por un arrebato paternal o jubiloso cuando ella encontraba una cita en la Biblia alemana y la leía en voz alta. Sin embargo, no leía especialmente bien, pues la señora había empezado a enseñarle cuando su salud empeoró.
—Querrá participar en la subasta —dijo desanimada Kitten a Noni, quien por encargo de Barker le había arreglado un vestido de su madre.
El dueño del pub incluso había comprado lentejuelas para adornarlo. Por la mañana había llegado Tom Carpenter, un vendedor ambulante que solía comerciar con los blancos de las granjas apartadas y con las tribus maoríes. Los indígenas se volvían locos con las baratijas de colores, mientras que los colonos preferían las provisiones básicas como la harina y las legumbres. Y, cómo no, Carpenter también vendía whisky, más barato que Barker, que solía abastecerse por su cuenta. El capitán Clayton le suministraba toneles de Irlanda.
Noni suspiró.
—Y es posible que tenga dinero suficiente, la congregación de su país habrá recolectado bastante. ¡Si supieran dónde acaba su dinero!
—¡Pero yo no quiero ir con él! —se rebeló Kitten.
Noni la empujó delante del viejo espejo que compartían las prostitutas, pero Kitten volvió a un lado la cabeza con rebeldía. No quería verse con su nueva indumentaria. Ya una mirada de reojo bastaba para reconocer que su cuerpo delicado, cubierto con el vestido rojo y ceñido, enloquecería a los hombres. Si Barker la obligaba además a soltarse el cabello, que solía recoger en una trenza, para que su melena dorada cayera ondulada sobre la espalda...
—Lo mejor es que te resignes y te acostumbres —respondió indiferente Noni y arrugó la tela por debajo del escote. Casi parecía como si tuviese pecho—. Nosotras no podemos elegir a los hombres. Y el cura al menos no huele a aceite de ballena, tampoco es agresivo ni acaba pronto; visto así los hay peores. ¡Tampoco es tan fantástico que el primero que pase sea joven, fogoso, y que además te tenga sorbidos los sesos! Te llevarías una falsa impresión de lo que te espera.
Kitten no respondió. No quería a ningún cliente joven y fogoso, ¡no quería a ningún hombre en absoluto! En cualquier caso, a ninguno que pagara por su cuerpo. Cada vez más desesperada, buscaba una salida. Desde que Barker había anunciado que iba a subastarla después de la siguiente cacería de la ballena, casi todos los hombres de la estación la seguían con miradas ávidas. Ni se atrevía a entablar conversación con ellos.
Una mañana soleada en que se hallaba en la casa señorial, tras pasar una noche atroz en la que Linda Hempelmann parecía que iba a morir, resonó el tan temido grito.
—¡Ballena a la vista! ¡Todo el mundo a los botes!
Desde la mansión, Kitten no alcanzaba a ver los preparativos que se realizaban en la bahía, pero oía las voces de los hombres y percibía la tensión en el aire. En esos momentos, los cazadores echaban al agua los botes, dotados de doce remeros y un arponero. Si bien eran embarcaciones grandes, ofrecían un aspecto frágil y vulnerable ante la enorme criatura con que iban a enfrentarse. La ballena podía volcar un bote de un solo coletazo, pero no lo hacía. Esos animales eran pacíficos, e incluso cuando los hombres les disparaban, intentaban escapar en lugar de defenderse. Y siempre permitían que los cazadores se aproximaran a una distancia de tiro, aunque en realidad habría sido sencillo ponerse fuera de su alcance o sumergirse tan pronto los veían.
Solo cuando los garfios de los pesados arpones se les clavaban profundamente, intentaban, desesperadas, desprenderse de las cuerdas que colgaban de ellas, con las que los hombres querían arrastrarlas a tierra, pero entonces casi siempre era demasiado tarde. El dolor y la pérdida de sangre dejaba sin fuerzas a esos gigantes del mar y al final se rendían, aunque con frecuencia tras debatirse durante horas. Y, también los cazadores acababan exhaustos. Aun así, el auténtico trabajo empezaba cuando el animal yacía en la playa. Entonces lo troceaban, con la ballena aún viva, y hervían los trozos para obtener el aceite... Kitten se estremeció. El hedor de la marmita flotaría durante días sobre la bahía.
Esa noche, los hombres estarían demasiado cansados para ofertar por la muchacha. Seguramente, Barker postergaría veinticuatro horas el gran día. Kitten todavía carecía de un plan adecuado, aunque podía alegar que debía ocuparse de Frau Hempelmann. Barker no la alejaría de la cama de la señora enferma...
—¡Gatita!
La débil voz de la señora la apartó de la ventana. Había despertado, para Kitten era una buena señal. Se obligó a sonreír al volverse hacia ella.
—El... el reverendo vendrá ahora. ¿Puedes... arreglarme un poco?
También esto parecía significativo, después de una noche tan mala. Kitten no esperaba que tuviera esa voluntad de vivir. Mientras lavaba y cepillaba a la mujer, apareció su marido.
—¡Linda, cariño! ¿Cómo te encuentras?
Depositó un beso fugaz sobre la pálida mejilla de su esposa, pero enseguida se separó de ella, aunque la tez de ella debía de oler muy bien, al jabón de rosas con que Kitten la había lavado.
Linda le sonrió pese a todo.
—Bien... —musitó. Hacía días que le faltaba la fuerza para subir la voz—. Por... por favor... siéntate un momento conmigo... —Tendió la mano hacia su marido y ese simple pequeño esfuerzo ya le provocó la tos—. Tengo que decirte algo...
George Hempleman, sin embargo, rechazó la solicitud.
—Cariño, es imposible, han avistado una ballena. Tengo que bajar y controlar a los hombres que han salido en los botes para procurar que ese animal no los hunda... —George Hempleman solía observar la acción de los botes desde una embarcación más grande y coordinar la operación impartiendo órdenes con un megáfono—. Y mira, aquí llega el reverendo...
El sacerdote apareció en ese momento por el pasillo que daba a la habitación. George Hempleman no había cerrado la puerta.
—Nos vemos esta noche... —Era evidente que tenía prisa por marcharse.
—Dios lo quiera... —susurró su esposa.
Estaba muy pálida. Kitten tenía la sensación de que esa noche se había encogido todavía más. A esas alturas tenía claro que el triste desenlace era inminente.
—Reverendo, no sé cómo podría agradecerle todo lo que hace por mi esposa —dijo Hempleman, dando una rápida palmada de gratitud en el hombro del clérigo.
Y salió corriendo, antes de que el reverendo pudiese abordar el tema de las donaciones. Una y otra vez intentaba convencer a Linda de que dejara un generoso legado para su misión, pero ella nunca respondía a sus pretensiones. Kitten suponía que no tenía dinero que dejar como herencia. A fin de cuentas, era el marido quien sufragaba todos los gastos de la pareja. E incluso aunque este fuera generoso, ¿de qué dinero podría disponer Linda Hempelmann?
Kitten recogió los utensilios del tocador y obedeció de mala gana la petición del reverendo de que se sentara a su lado y rezara con él, leyera la Biblia y escuchase a la moribunda, que pedía constantemente confesión. Kitten prestaba atención a sus pecados veniales. Consideraba a Frau Hempelmann una santa, pero, por lo visto, Dios se tomaba a mal incluso un ligero pensamiento soberbio. La Frau, en cualquier caso, no tenía que arrepentirse más que de ese tipo de menudencias y el reverendo la absolvía cada día de sus pecados.
Hacia el mediodía, Linda se durmió y Kitten huyó de la sofocante casa, y sobre todo del reverendo, dirigiéndose hacia el muro sombrío que daba a la playa. Los hombres seguían bregando en el mar con la ballena, pero ya se estaban acercando a la orilla, en cuestión de una o dos horas el animal yacería en la playa. Kitten deseaba que el señor Hempleman tuviese tiempo de ir a ver a su esposa antes de supervisar cómo descuartizaban la presa. Ese día, el estado de Linda Hempelmann la inquietaba bastante. La enferma estaba más despierta que los días anteriores, pero alarmantemente débil. El reverendo, que siempre le tomaba el pulso, también había movido la cabeza preocupado. Si Linda debía decir algo a su esposo, más valía que lo hiciera pronto.
Kitten recogió un ramo de flores rojas de rata, suficientes para adornar la habitación de la enferma. Ya estaba lista cuando la señora despertó. Con ojos fatigados, miró a Kitten.
—Mi esposo... —susurró— y... y... el sacerdote... Yo... ha llegado el momento, pequeña, oigo... oigo a los ángeles... ¿Tú... también?
Lo único que Kitten oía eran gritos de júbilo a lo lejos. Probablemente, los hombres habían conseguido arrastrar la ballena hasta la arena.
—Y tú... gatita... he estado reflexionando y he decidido que te daré...
Buscó aire y quería seguir hablando, pero en ese momento el reverendo volvió a la habitación. Debía de haberse ausentado para comer algo o para escapar en brazos de su prostituta de aquel hálito de muerte, tal como Noni decía que se refería a la atmósfera reinante en la habitación de la enferma. Era algo que hacía de buen grado al mediodía. Kitten ya sentía asco solo de pensar en esos dedos largos y flacos que sobaban los pechos de Noni y poco después cogían la mano de la moribunda. Por no mencionar el resto de cosas que hacía con la furcia.
Lanzó un breve vistazo a la mujer que yacía en la cama y luego dirigió la vista a Kitten.
—¡Ha llegado el momento, pequeña! Corre abajo y ve en busca de su esposo, ya debe de haber desembarcado. Estaré rezando con ella. Si Dios quiere, todavía podrá despedirse...
—Pero... gatita...
Linda Hempelmann intentó llamar a Kitten, todavía tenía algo que decirle. Pero la niña no se atrevió a volver a sentarse. Abandonó la casa y descendió corriendo hacia la playa. Entre el pub y el mar se hallaba el colosal cuerpo de la ballena rodeado de hombres excitados y armados con cuchillos y ganchos. La sangre ya empezaba a teñir de rojo la arena, se habían encendido los primeros fuegos... Kitten se esforzó por no mirar al animal. En una ocasión había contemplado el ojo de una ballena y nunca olvidaría su mirada. Pero por suerte, ahí estaba George Hempleman. Kitten no tenía mucho que explicarle. Al verla, enseguida se acercó a ella.
—Muchacha... —Nunca se dirigía a Kitten por su nombre, a veces ella se preguntaba si sabía cómo la llamaban—. ¿Ha ocurrido algo con...?
Kitten asintió.
—Le está llamando —contestó, y apenas consiguió seguir a Hempleman cuando este se precipitó cuesta arriba hacia la casa.
Los dos jadeaban al llegar al dormitorio de la enferma. Desde fuera se oía todavía la voz de falsete del reverendo rezando. Así pues, la señora seguía con vida.
Pero Kitten solo pudo mirarla un instante. Ahora que era evidente que llegaba el fin, su marido quería estar a solas con ella.
—Espere fuera, reverendo —pidió mientras se sentaba en la cama—. Y tú, muchacha, muchas gracias... Estos días has sido de gran ayuda para mi esposa y con toda seguridad tendrás una pequeña compensación...
—Gatita... —musitó Linda Hempelmann, pero su marido no hizo caso, sobre todo no hizo ningún gesto para permitir que Kitten se acercase.
—Ahora vete, por favor. En la playa encontrarás algo que hacer... o lo que sea... Creo que Barker incluso ha preguntado por ti. Así que, por favor... —Hizo un gesto con la mano, como queriendo apartar a la niña de su vista.
—Luego vuelvo, Frau Hempelmann —dijo Kitten.
No le parecía que su amiga fuera a morirse enseguida. Era posible que el reverendo exagerase y que la enferma volviera a reclamar a Kitten por la tarde. La niña se animó con estos pensamientos al salir de la casa. Pero en su mente seguía resonando la última y débil llamada de su maternal amiga: «gatita...».
Kitten no tenía ningunas ganas de ir a la playa. Prefirió esconderse en el bosque y no perder la casa de vista. A lo mejor Linda percibía su presencia... En cualquier caso, a la niña, esa cercanía la tranquilizaba. En algún momento se le ocurrió que a la moribunda tal vez le habría gustado que rezara por ella. Kitten lo intentó, pero no tenía la sensación de que alguien la estuviese escuchando. Incluso los árboles, en los que a menudo creía intuir una presencia sobrenatural, callaban. Ni una vez susurró el viento entre sus ramas.
Durante horas no se percibió ningún movimiento en el interior de la casa, fue mucho más tarde, cuando ya empezaba a oscurecer y las hayas del sur proyectaban sus espectrales sombras, que Kitten oyó un jadeo y una voz airada que la llamaba. ¡Una voz de mujer! Al principio pensó absurdamente en Frau Hempelmann, pero luego reconoció a Noni. La rolliza prostituta se arrastraba fatigosamente cuesta arriba.
—¡Kitten! —resolló medio enfadada y medio aliviada—. ¡Aquí estás! Vente o Barker nos desollará a las dos. Hace una hora que ha enviado a Suzanne a buscarte. Pero ella se ha olvidado, si es que ha llegado a enterarse. Hoy ha estado todo el día ida. Y ahora tenía que vestirte bien y llevarte al pub, pero no estabas... y Barker...
—¿He de cambiarme de ropa? ¿Ponerme... el vestido nuevo? Pero hoy no irá a...
Noni negó con la cabeza.
—Qué va, hoy los hombres están demasiado cansados después de todo ese trabajo con la ballena. Quiere abrirles el apetito. Mañana, cuando el animal está descuartizado, cobrarán la paga y querrán celebrarlo. Y si hoy te ven con tus mejores galas, se pasarán la noche soñando contigo. Así que vente ahora, ha llegado el momento. No querrás que el mismo Barker suba hasta aquí y te baje arrastrándote por los pelos, ¿verdad?
El seboso macarra y dueño del local era capaz de hacerlo. Y si empezaba a vociferar por ahí posiblemente lo oyeran desde la casa. Kitten suspiró. Lanzó una última y cariñosa mirada de preocupación al hogar de los Hempleman y siguió a Noni rumbo a la playa. En cuanto terminara con su patético desfile en público, regresaría junto a Linda Hempelmann.
—¡Mirá qué mona has quedado! —la animó Noni.
Había ayudado a la niña a ponerse el vestido rojo, le había soltado el cabello y se lo había cepillado, y también la había maquillado un poco, solo un poco, pues no iba con la cara pintarrajeada como las otras putas. Pero Kitten tampoco debía ejercer un efecto demasiado frívolo, a fin de cuentas, se subastaba a una virgen.
Algo de carmín en los labios y lápiz negro resaltando los grandes ojos color avellana. Ese día tenían un brillo casi artificial, reflejaban su lucha interior entre la rebelión y la resignación.
—¡Estás muy guapa! ¡Los hombres pagarán una fortuna por ti! ¡Piensa en el dinero! —prosiguió Noni—. Nos quedamos con el diez por ciento del dinero...
—¡Tendría que ser al revés! —replicó malhumorada Kitten—. Sois vosotras las que tendríais que llevaros la parte mayor. Sois vosotras las que hacéis el trabajo, no él...
—¡Nosotras, cielito! —Sonrió Noni—. También tú formas parte ahora del equipo. Yo, de todos modos, no le pediría más dinero a Barker. Todas lo hemos intentado alguna vez, bueno, excepto Suzanne, esa vive en su propio mundo... Pero recuerdo muy bien lo mucho que me dolía el trasero después...
Kitten se preguntó si Barker también había pegado a Priscilla. Probablemente no. La alta y fuerte mujer seguro que se había impuesto y se quedaba en secreto con un porcentaje más elevado de los ingresos que obtenía. A menos que se hubiese dejado deslumbrar por las promesas de amor de Barker...
—¡Y ahora ven, pequeña!
Noni la arrastró fuera del «camerino», separado de la taberna por unas cortinas sencillas. En el local reinaba la excitación. Pese a que los laterales estaban abiertos, imperaba un hedor infernal a aceite de ballena y sangre, no solo procedente de la playa, sino de la ropa, el pelo y posiblemente la piel de los hombres que estaban bebiendo. La mayoría tenía grandes jarras de cerveza ante sí. Tras el fatigoso trabajo de despiece, todos llegaban casi muertos de sed.
Kitten temía que esa mezcla de hedor a aceite y vapores de cerveza le provocara náuseas, además tenía el estómago vacío. En ese momento, Barker la arrastró, en medio de sonoros vítores de admiración por parte del público previamente advertido, hacia una mesa y una silla en medio de una parte que habían despejado.
—Súbete a la silla y luego a la mesa, pequeña —ordenó Barker con tono tan amenazador que Kitten no rechistó.
Subió al «escenario», pero mantuvo la cabeza gacha.
—¡Aquí la tenéis, amigos! La cría de Suzanne, más joven, más bonita y no tan chiflada como la madre. Tampoco cuesta ningún suplemento por el whisky, todavía es una niña... —Barker hizo un gesto burlón—. Pero a partir de mañana empezará a trabajar aquí como el resto de las mujeres. Después de que uno de vosotros la haya preparado. Amigos, no sé si antes os ha ocurrido algo así, ¡pero aquí tenemos a una auténtica virgen! Uno de vosotros será el primero que le meta mano... ¡y no solo mano!
Las carcajadas resonaron. Kitten trataba de pasar inadvertida, pero su timidez excitaba tanto a los hombres como las miradas furibundas que solía arrojarles cuando amenazaban con tocarla. Ya podía hacer ella lo que quisiera, que los hombres enloquecían de solo verla.
—Naturalmente, esta maravilla tiene su precio —prosiguió Barker, relamiéndose—. Pero habría tenido que esforzarme mucho para fijar un precio justo. Así que he tomado una decisión salomónica: ¡se la llevará el que más ofrezca! Mañana, poco antes de que cierre el pub, podréis ofertar por pasar la primera noche con la niña. ¡Y será toda una noche, chicos! Os lo garantizo, ¡una noche de bodas! ¡Quien gane la subasta, la tendrá solo para él hasta el amanecer!
Barker dio tiempo a los hombres para que intercambiaran impresiones ante esa perspectiva y pidieran a Priscilla y Noni más cerveza. Entretanto, indicó a Kitten que girara sobre sí misma y se levantara un poco el vestido. Ella obedeció con la menor coquetería de que era capaz y preguntándose qué excitaba tanto a aquellos hombres. Ya hacía tiempo que su viejo vestido le iba demasiado corto. Cada día, cuando recorría la colonia, enseñaba más piernas que en esos momentos sobre el improvisado escenario.
—Resumiendo, muchachos —volvió a hablar Barker—, ¡mañana será el gran día! Después del trabajo, os espero a todos aquí!
—¡Un momento!
Kitten se volvió asustada hacia la voz autoritaria que acababa de interrumpir a Barker desde la entrada del pub. No podía tratarse de un paladín que acudiera en su rescate, solo existían en las novelas de príncipes y princesas. Reconoció entonces al señor Hempleman. Este avanzó y se irguió ante sus empleados.
—Mañana el pub no abrirá sus puertas. Linda, mi querida esposa, Dios la tenga en su gloria, ha fallecido hace una hora. Mañana, después de trabajar, asumiré la triste tarea de darle sepultura y espero la asistencia de todos vosotros.
Mientras hablaba, deslizaba la mirada retadora sobre todos los reunidos en el local, incluida Kitten, que bajó la vista. Ojalá no la reconociera con el maquillaje y ese vestido que le hacía parecer mayor. Ojalá...
Pero, claro, era imposible.
—También la tuya... putilla insolente —espetó Hempleman con desprecio después de haber examinado su atuendo—. Mi esposa siempre se preocupó por ti. Y ahora, en su hora aciaga, te subes aquí para pavonearte ante tus clientes. ¡Qué asco! No... no te mereces nada... —Se pasó la mano por los ojos—. ¡Eso es todo! —Y se dio media vuelta para marcharse—. Y, por cierto, ahora mismo se cierra el local. No quiero oír el jaleo de unos borrachos durante el velatorio.
Kitten se sentía fatal, aunque también experimentaba cierto alivio por el plazo de gracia que se abría ante ella. Bajó temblando de la mesa. Barker la dejó en paz, en esos momentos revoloteaba alrededor de Hempleman para expresarle sus condolencias y aparentar comprensión por el cierre del negocio.
La niña aprovechó la oportunidad para deslizarse al exterior. Pese a que había empezado a llover, se fue al bosque y se ovilló al amparo de las palmas de un joven nikau. La protegía de la lluvia, pero ella ni se daba cuenta. Las lágrimas ya mojaban sus mejillas.
4
El día siguiente siguieron destripando la ballena, despiezándola como decían los entendidos. Al animal no solo lo destripaban, sino que lo despojaban de las preciadas barbas, que se utilizaban luego en la confección de corsés y miriñaques, de la cavidad del cráneo se extraía la sustancia conocida como esperma de ballena y se buscaba en el intestino el ámbar gris, un ingrediente empleado para confeccionar perfume que valía su peso en oro. Los hombres estaban apesadumbrados, se sentían defraudados por no celebrar la fiesta nocturna y estaban preocupados por si Hempleman les pagaría o también postergaría la paga unos días.
Kitten volvió aterida y empapada con las mujeres después de pasar la noche en el bosque. Estaba hambrienta y cansada tras velar a la difunta en solitario y resistió resignada que Noni la riñera por haber ensuciado el «vestido de novia». Había que lavar el traje rojo y la rolliza prostituta se explayó comentando cuán aliviada estaba de que al menos no tuviese que ponérselo hasta el día siguiente.
Al atardecer llevaron a la tumba a Linda Hempelmann, no se habían demorado en confeccionar el ataúd. A Kitten le habría gustado decorarlo con las flores del rata, pero no osaba acercarse al flamante viudo, que apenas se apartaba de su malograda esposa. Para no arriesgarse a recibir más reproches, durante el funeral permaneció detrás de los hombres, y también las putas se mantuvieron alejadas. Suzanne canturreaba ensimismada, mientras el reverendo recitaba la oración por la difunta y Priscilla intentaba mantenerla más o menos callada. Al final, el sacerdote entonó un himno y los hombres que lo conocían cantaron desafinados con él. La mayoría emitía, como mucho, una especie de gruñido. Un par de irlandeses cantaron al final Danny Boy, que fue el que Kitten encontró más bonito de todos los cánticos y oraciones. A continuación se puso punto final a la ceremonia. Se bajó el ataúd a la fosa y los hombres que no estaban encargados de tapar el hoyo se retiraron.
Kitten se recogió con Priscilla y Noni delante del cobertizo de esta última. Por suerte, la lluvia había dado paso a una suave temperatura primaveral. Puesto que el pub estaba cerrado, los hombres se reunieron en torno a una hoguera en la playa e hicieron circular una botella de whisky. Aunque Barker no vendía botellas para llevar, Carpenter había pasado de nuevo después de su visita a las tribus maoríes de la zona. En los alrededores de la bahía de Piraki había un par de poblaciones más pequeñas y el comerciante solía utilizar la estación ballenera como base para sus negocios. Había presenciado el entierro y aprovechado la ocasión para vender un par de botellas de whisky a los cazadores, que ya habían cobrado, antes de marcharse a la mañana siguiente como había planeado. Se alegraba de que se le presentara la oportunidad de viajar al norte de la isla. El capitán Clayton lo conduciría con la goleta Bee al delta del Wairau. Allí, en Cloudy Bay, junto a la desembocadura del río, había otra estación ballenera cuyos productos había que cargar en el barco antes de que el capitán emprendiera el largo viaje a Europa. El oficial no había puesto reparos cuando Carpenter le pidió que lo transportase con el carro y el caballo hasta Cloudy Bay. El comerciante tenía la intención de buscar tribus maoríes más grandes y conocidas, más civilizadas que las de ahí.
—Que no me guste quedarme aquí de noche tiene sus motivos —confió al misionero, el reverendo Morton—. Ese Hone Tuhawaiki, el jefe tribal de los de aquí, vendió la tierra a Hempleman, pero eso no le impide atacar por sorpresa a los colonos. Y la sangre puede correr si sus guerreros escapan de su control. Incluso se habla de canibalismo.
Kitten, que escuchaba la conversación sin querer, vio a la luz de la hoguera que el misionero se estremecía. Por el momento no había mostrado ninguna prisa por ir a ocuparse de los «salvajes» de los alrededores de la estación ballenera, pero ahora parecía sentir todavía menos ganas.
—Y... ¿son más pacíficos en el norte? —preguntó preocupado al comerciante.
—Bueno, no necesariamente —respondió Carpenter—. Pero allí hace más tiempo que viven colonos blancos, tienen más contacto con ellos y... en cierta medida han aprendido a hacer lo que conviene. Ahí no se comen unos a otros, sino que se negocia... al menos la mayoría de las veces. Yo al menos prefiero esa zona. Es más fácil negociar con la gente, desean todo lo que facilita la vida a los blancos: mantas, ollas, sartenes... y tienen dinero porque no dejan de vender tierras a los nuevos colonos.
El reverendo Morton respiró hondo.
—Tal vez... —reflexionó—. ¿Estarán más predispuestos a escuchar la palabra de Dios? —Miró esperanzado al comerciante.
Este se encogió de hombros.
—No lo sé, reverendo. Por el momento nadie me pide la Biblia. Si quiere, puedo llevarlo conmigo.
—¿Lo haría? —El reverendo se animó—. Mi misión caería allí en terreno... fértil, ¿verdad?
Carpenter puso los ojos en blanco.
—Solo sé que no sería conveniente para mi negocio aquí que Bloody Jack devorase a un misionero —bromeó. Bloody Jack era el apodo del jefe tribal Tuhawaiki—. Y prefiero evitar todo lo que abra el apetito a esos sujetos. Naturalmente, espero una pequeña compensación por los gastos del viaje... —Por supuesto, el capitán Clayton no se llevaba al comerciante sin más.
Morton se volvió.
—Dispongo de pocos medios, yo...
—Vaya, pues he oído decir que para putas sí dispone de lo suficiente —observó Carpenter—. Oiga, reverendo, no creo que mi alma pueda salvarse solo por llevar un cura a los salvajes. O paga usted su parte o se queda e intenta convertir a Tuhawaiki...
Morton cedió.
—¿Es necesario irnos mañana mismo? —preguntó abatido—. No creo que sea muy... piadoso, teniendo en cuenta que la señora Hempleman acaba de dejarnos. Había pensado prestar asistencia durante un par de días al viudo... El capitán seguro que lo entenderá...
Carpenter, un hombre bajo y regordete de ojos astutos, a quien no se le escapaba fácilmente nada, soltó una carcajada.
—¿Prestar asistencia al viudo? Ande, reverendo, a usted lo que de verdad le importa es la subasta de la rubita. ¡Desde que llegó se le ve suspirando por ella! Y no es que eso sea muy bueno para la reputación de la Iglesia... Debería contenerse. Pero lo dicho, a mí no me importa lo que usted haga. Y me temo que al capitán Clayton tampoco. Allá usted con el duelo del viejo Hempleman. El barco está cargado y levará anclas a la hora prevista. El tiempo es oro.
Kitten no pudo evitar sonreír cuando el reverendo resopló. Ser el primero en acostarse con ella no le importaba tanto como para correr el riesgo de que se lo comieran. Pero la conversación no había aliviado las cuitas de la niña. En las últimas horas había estado pensando en refugiarse entre los maoríes. Podría sisar semillas y aceite de ballena del carro de Carpenter y comprar su libertad. Solo que... si esos aborígenes eran tan peligrosos...
Sin embargo, otra idea cruzó por su mente. ¿Y si huyera en el Bee? Hasta entonces, Kitten había creído que el capitán navegaría directo hacia Europa, como solía hacer normalmente. Ya antes había pensado en esconderse en el barco y escapar de Barker por mar. Sin embargo, siempre había sentido temor ante una travesía tan larga y un país tan distinto; además, no podría ocultarse durante tres meses entre los barriles de aceite. Se moriría de hambre y sed. Pero Cloudy Bay no podía estar tan lejos, o si no al capitán Clayton no le saldría a cuenta dar ese rodeo. Podía esconderse en el carro de Carpenter. El hombre solía proteger sus mercancías del sol y la lluvia con una lona, ¡un escondite ideal para Kitten! Y, sin duda, encontraría entre las mercancías algo que llevarse a la boca, aunque solo fuera harina o galletas náuticas. Era un buen plan.
Lo único que no le agradaba era el destino. Cloudy Bay no dejaba de ser otra estación ballenera. Quizás iría de mal en peor. Pero ¿no había hablado Carpenter de colonos blancos que trataban con los maoríes de allí? ¡A lo mejor la estación se encontraba cerca de una población más grande o incluso de una ciudad! Si ese era el caso, solo en una localidad de ese tipo podría haber trabajo decente para una chica joven en una casa o una tienda. El corazón de Kitten latía con fuerza. Claro que también existía la posibilidad de acabar en algún burdel de Cloudy Bay...
Al final, se decidió. De acuerdo, podía fracasar, pero la huida seguía siendo su única oportunidad. Quedándose ahí, habría sellado su destino. Kitten resolvió no pensárselo más. Miró a Noni, que contemplaba la hoguera con ojos soñadores. Posiblemente fantaseaba con su amigo y futuro prometido. Priscilla ya llevaba rato con Barker, consolándolo por la pérdida de los ingresos del día, y Suzanne, sentada junto a otra hoguera, miraba al vacío y tomaba de vez en cuando un trago de una botella de whisky que le tendía uno de los hombres. No pasaría la noche sola y, sin lugar a dudas, no se preocuparía en absoluto por dónde se encontraba su hija.
Kitten se levantó discretamente. Noni no dijo nada, solo el reverendo la miró con aire desdichado cuando se alejó de allí para ir en busca del carro de Carpenter.
La muchacha encontró el vehículo del comerciante algo apartado de la estación ballenera. Seguro que Carpenter no quería que el hedor del aceite de ballena impregnara sus mercancías, pues también vendía mantas y ropa. Exceptuando la luz de la luna, que esa noche volvía a asomar contrariamente a la lluviosa noche anterior, y una miríada de estrellas titilantes, reinaba una oscuridad absoluta y el silencio envolvía el lugar. Kitten subió ágilmente a la plataforma de carga y se escurrió bajo la lona. Hasta se sentía cómoda ahí, pese a que olía a algo extraño... Kitten encontró a tientas un pequeño barril de chucrut. ¡Así que de ahí salía el olor! El repollo cortado en tiras, machacado y fermentado era muy apreciado entre los navegantes y había sido el manjar predilecto de Linda Hempelmann. Debía de tratarse de un plato nacional alemán, Carpenter siempre se lo llevaba a la mujer. Ese día no había querido ofrecérselo al señor Hempleman.
George Hempleman se esforzaba por olvidar sus raíces alemanas cuanto le era posible. Probablemente tampoco habría sabido cómo preparar el chucrut. La misma Kitten comía de buen grado la col blanca en salmuera tanto hervida, como la servía Frau Hempelmann, como también cruda. De todos modos, siempre estaba hambrienta y lo comía casi todo. Con lo único que no podía era con la carne de ballena; después de la cacería siempre se encontraban en la marmita de los hombres trozos de grasa que eran considerados una exquisitez. Desde otro punto de vista, el chucrut constituía un golpe de suerte. No solo aplacaría el hambre de Kitten durante el viaje al norte, sino también su sed, aunque el agua con vinagre en que nadaba la planta no fuera su bebida favorita.
Satisfecha, se puso cómoda entre las numerosas mantas del carro. Si a Carpenter no se le ocurría vender algunas de esas cosas a los cazadores de ballenas antes de llevar el carro al barco, no tenía por qué suceder nada.
Para sorpresa de Kitten, incluso pudo conciliar el sueño en su escondite. Harta y agotada de la larga noche anterior, se quedó dormida y despertó cuando el carro se puso en marcha. Así pues, Carpenter no había levantado las lonas y un rápido vistazo hacia el exterior le reveló que ya no lo haría. Estaba amaneciendo y en la playa todavía reinaba la tranquilidad. Aun así, el comerciante se detuvo brevemente y saludó al reverendo. En general, este no era madrugador, pero era evidente que el miedo de acabar en el plato de un jefe maorí lo había arrancado pronto de los brazos de Noni. Morton tomó asiento en el pescante y Carpenter se dispuso a embarcar el carro.
Todo transcurría sin contratiempos, todavía estaban montadas las rampas del cargamento del día anterior. Kitten contuvo la respiración cuando pasaron por las tablas oscilantes y también cuando Carpenter y el reverendo bajaron y los hombres del capitán Clayton amarraron el carro a la cubierta. El comerciante se llevó los caballos, que se instalaban en una cubierta inferior, y la muchacha se quedó sola. Temía que Carpenter viniera a coger un par de mantas u otra cosa, posiblemente para vendérselas a Morton, quien quizá no iba preparado para pernoctar durante la travesía. Pero sus temores no se vieron confirmados. Y entonces empezaron a oírse las voces del capitán y sus hombres. Impartieron órdenes, izaron las velas y recogieron las rampas.
Kitten se relajó cuando sintió que el barco se mecía. El Bee zarpaba y ella navegaba, ¡había escapado de las garras de Barker! Incluso si la descubrían en ese momento, el capitán Clayton no daría la vuelta para devolverla al dueño del pub. Kitten estuvo a punto de rezar una oración de gracias tal como le había enseñado la amable Linda. Pero al final renunció. ¡Más valía no llamar la atención del Dios del reverendo Morton!
La travesía a Cloudy Bay duró dos días y discurrió con calma para todos. Salvo por las voces de los marineros en cubierta y el sonido del viento en las velas, la niña no vio ni oyó nada durante el viaje. Nadie se acercó al carro y ella incluso se atrevió a deslizarse fuera para hacer sus necesidades. Y por la noche no corría peligro alguno. El carro iba en la proa, amarrado entre cajas con barbas de ballena y otros artículos, y la mayor parte de la tripulación dormía bajo cubierta. Con el viento suave y el mar tranquilo, bastaba con unos pocos hombres para gobernar el barco.
Kitten apenas si lograba dar crédito a la suerte que estaba teniendo. Pero esta se acabó cuando llegaron a Cloudy Bay. Por ejemplo, la esperanza de que la estación ballenera tal vez formase parte de una población se esfumó. Por debajo de la lona, observaba la playa, pero ahí no había nada más que huesos de ballena, botes y las tradicionales y primitivas cabañas de los cazadores de ballenas. La estación era, en realidad, más pequeña que la de George Hempleman. Y parecía más vieja. Kitten no se hacía ilusiones, también ahí habría un sencillo pub con un par de putas. El dueño y proxeneta estaría tan encantado como Barker de recibir carne fresca. Más le valía, pues, que no la descubrieran, si es que eso era posible.
Pero detrás de la estación el paisaje era maravilloso. Justo al lado de la playa era más plano que en la bahía de Piraki, pero en el fondo se alzaban montañas nevadas y por encima de la playa, unas colinas verdes. También se distinguía la desembocadura del río. El Wairau, a cuya vera se hallaba la estación, debía de ser impetuoso. ¿Recorrería también la población que había mencionado Carpenter? Si lo seguía, ¿llegaría a alguna ciudad? Kitten sopesaba la idea de intentarlo, pero tenía mucho miedo de internarse sola en la naturaleza. Además, Carpenter no le dio ni siquiera la posibilidad de salir de su escondite después de atracar. Aunque el reverendo protestó —le habría gustado detenerse un poco en la estación y posiblemente «relajarse», como él decía—, el comerciante enseguida azuzó a los caballos para alejarse de la playa y seguir el cauce del río.
—Una vez tuve problemas aquí —comentó someramente, cuando Morton le preguntó—. El dueño de la estación es un maleante. Le suministré todo un carro de víveres y me dijo que era demasiado caro. ¿Y qué iba a hacer yo? Cuando insistí en el precio, me vi rodeado por una chusma de armas tomar, todos más altos que yo. Al final ni siquiera me pagó el precio del coste y tuve que darme por satisfecho con salir de ahí con vida. Así que nos marchamos ahora mismo, puesto que todavía está por aquí el capitán Clayton. De lo contrario, esos tipos son capaces de vaciarme otra vez el carro. Pero, por supuesto, puede usted quedarse, reverendo. Aunque se lo advierto: si esos brutos quieren llevarse al estómago otra cosa que no sea pescado, y seguro que tienen ganas, no dude de que se cocinarán a un misionero... —Rio y Kitten se imaginó la cara que ponía el reverendo al escuchar esas palabras.
Ella ya no tenía oportunidad de bajar. Solo le cabía esperar que Carpenter condujera el carro hacia una colonia de blancos. Sin embargo, esa esperanza pronto se desvaneció cuando Morton le preguntó por su destino.
—¿Llegaremos hoy a alguna ciudad? —quiso saber—. Me refiero a que usted... mencionó la presencia de colonos blancos...
Carpenter resopló.
—Dije algo de la región alrededor de la bahía de Tasmania, reverendo. Si hubiese echado un vistazo a un mapa, sabría que los únicos lugares poblados por blancos se encuentran al otro extremo del estrecho de Cook. Casi en la costa Oeste. Para llegar tendríamos que cruzar la isla. En un día no lo conseguiremos. ¿Y qué íbamos a hacer ahí? Mis clientes (y sus futuras ovejitas) viven en el interior. Te Rauparaha, el famoso jefe tribal, vive con su tribu junto al río Wairau. Y hacia ahí nos encaminamos. No sé si llegaremos hoy; pero mañana, seguro. Ya puede pensarse un par de oraciones. O aprender alguna palabra en maorí. Kia ora significa «buenos días». Y «bienvenido» se dice haere mai. Ah, sí, y creo que «me muero» es ka mate. Hay un conocido haka, una danza ritual de los nativos. Puede cantar hasta que hierva el agua...
El misionero protestó porque el comerciante se burlaba continuamente de su temor a los salvajes, pero Kitten ya no prestó más atención. Ella misma se sentía presa del miedo. ¡Carpenter iba directo hacia una tribu maorí! Y la descubrirían, a más tardar, cuando empezara a vender sus mercancías. Decidió saltar del carro, ahora que todavía estaban cerca de la estación ballenera, para llegar luego de algún modo al otro extremo de la bahía. El vehículo traqueteaba ruidosamente sobre el camino de tierra, así que, con algo de suerte, los hombres sentados en el pescante no se percatarían de nada cuando ella saltase. No sería difícil orientarse, un vistazo por debajo de la lona le reveló que todavía avanzaban junto al río. Las orillas estaban densamente pobladas de vegetación, mucho más abundante que en la bahía de Piraki. Unos helechos arbóreos enormes sumergían sus ramas en el agua; los árboles del hierro rodeados de raíces aéreas se alzaban al cielo; y Kitten creyó reconocer incluso un árbol del kauri, por lo visto la madera más preciada de Nueva Zelanda. De ella estaban hechos los muebles de los Hempleman.
El río se ensanchaba y crecía ahí, seguro que también era navegable, lo que explicaba el mal estado de las carreteras. Era posible que se circulara en botes para llegar hasta los maoríes desde la costa. Kitten se preparó para saltar, pero, justo cuando iba a hacerlo, el camino mejoró y Carpenter puso los caballos al galope. Tenía prisa por llegar al poblado maorí y, por lo visto no tenía en mente pernoctar antes.
Kitten abandonó su idea. Saltar al galope era demasiado arriesgado, podía hacerse daño. Y en el fondo tampoco quería ir a la estación ballenera. Suspiró y se resignó a que la condujeran hasta el campamento maorí y que la descubrieran allí. No era lo peor que podía ocurrirle. Carpenter sin duda se enfadaría, pero seguro que podía convencerlo de que se la llevara cuando concluyera sus negocios. Seguro que se iría a la siguiente población grande para reponer sus reservas. Probablemente querría una compensación por el transporte, y, si no había otro remedio, ella tendría que someterse a su voluntad. Pero en la colonia seguro que encontraría otra oportunidad para huir...
Kitten se resignó a su destino y se quedó contemplando los reflejos plateados de la corriente al sol. El lecho del río era pedregoso y poco profundo en las orillas, había bancos de arena y con frecuencia el Wairau parecía indeciso acerca de por dónde discurrir. Consecuencia de ello eran las múltiples ramificaciones.
—Aguas rebosantes de peces —señaló Carpenter a su pasajero, que cuanto más se adentraban en tierras salvajes más callado iba—. Los maoríes pescan en nasas cuando no tienen ningún misionero en el asador... —Kitten creyó percibir la ironía en la voz—. Por lo demás, cuecen raíces y otras partes de los helechos y cultivan boniatos. También cereales desde que están aquí los blancos, antes no los conocían. Las semillas se venden bien. Ah, sí, ¿he dicho ya que el jefe Te Rauparaha debe su nombre a una planta comestible? Uno de sus antepasados, que se hizo con el poder tras vencer al padre de Te Rauparaha y comérselo, amenazó con devorar también al hijo... con una guarnición de raíces de rauparaha. Con pescado son también muy ricas...
Era evidente que Carpenter se divertía y Kitten esperaba que conservase su buen humor cuando la descubriera. El bosque de helechos clareaba un poco y al final la niña creyó distinguir cultivos: campos donde crecía alguna hierba comestible y maíz. Kitten bajó la lona. Mejor perderse el paisaje que ser descubierta antes de hora.
En efecto, los caminos eran más regulares y pronto oyó gritos y voces que se aproximaban. Voces masculinas y femeninas, y su acento era alegre y afable. Al parecer, Carpenter era conocido por la zona.
Al final, el carro se detuvo e intercambiaron saludos. El comerciante chapurreaba en maorí y Kitten entendió el kia ora que había mencionado antes. Al menos uno de los indígenas contestó al saludo también en inglés.
—Buenos días, Ca-pin-ta —dijo una voz oscura y amable—. Haber esperado a ti muchas lunas. ¡Nosotros contentos!
Carpenter rio.
—¡Yo también me alegro, Te Puaha! —respondió—. Sobre todo de comer un buen plato, hace días que no me llevo algo fresco al estómago.
Kitten se imaginó el sugerente gesto que lanzó al reverendo al pronunciar estas palabras. Fuera donde fuese que estuvieran, la gente estaba preparando la comida. En el aire flotaba un prometedor aroma a pescado asado.
—¿Y tú traer alguien? ¿Quién? —El joven Te Puaha preguntaba por el misionero, que pareció recuperarse.
—Soy el reverendo Morton —dijo con su voz aguda—, y os traigo el saludo de Dios y su bendición.
Kitten se estremeció cuando se alzaron unos gritos de alarma y unos sonidos martilleantes. Echó un breve vistazo por debajo de la lona y descubrió horrorizada que varios jóvenes golpeaban amenazadoramente el suelo con sus lanzas y se acercaban al misionero, que había levantado los brazos para dar la bendición.
—¡Baje las manos, idiota! —gruñó Carpenter—. Tranquilo, Te Puaha, solo quiere dar los buenos días. Es un gesto de kia ora, muchachos, ¿entendido?
Aterrado, Morton bajó los brazos y Te Puaha volvió a sonreír. Era un joven robusto, como casi todos los maoríes, que daban la impresión de ser pesados y achaparrados. Tenía tatuada la piel oscura, especialmente en el rostro, con zarcillos azules y dibujos semejantes a hojas. Comprensiblemente, el misionero había palidecido cuando parecía que se iban a abalanzar sobre él.
—Creer que maza de guerra —explicó Te Puaha apaciguador—. O cosa de fuego. Mos-que-to se llama, ¿verdad? ¿Haber traído alguno, Ca-pin-ta? ¡Tú prometer!
Kitten volvió a bajar la lona y no llegó a ver si el comerciante asentía.
—Más tarde hablaremos de la mercancía —anunció al joven maorí—. Pero di primero haere mai al reverendo Morton. Si no, tendrá miedo. No os hará nada. No es de los que predican amenazando con el fuego y saqueando, para eso es demasiado miedoso.
El misionero dijo algo que quedó sofocado por los amistosos saludos de los maoríes.
—¡Amigo de Ca-pin-ta también amigo de los ngati toa! —dijo Te Puaha, dándole la bienvenida—. Ahora saludamos. Chicas bailan haka, mujeres preparan comida, tú traes whisky, ¿sí?
Kitten se afligió. Hasta ahí había llegado. Las botellas se encontraban junto al barril de col. Para sacarlas, Carpenter tenía que levantar la lona. Y de hecho, eso hizo en ese momento Te Puaha. Mientras fuera se oían risas y canciones, el robusto maorí levantó complacido la lona y se quedó mirando a la joven ovillada entre las mantas y los sacos de grano.
—¡Eh, Ca-pin-ta! ¿Qué traído? ¿Querer vender niña a nosotros?
Kitten habría querido cerrar los párpados y hacerse invisible, pero en cambio levantó sus hermosos ojos color avellana hacia el joven maorí y luego hacia Carpenter, que apareció al momento.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó atónito—. ¿Cómo has llegado hasta aquí? Tú... tú eres de la bahía de Piraki, ¿no es cierto? ¡La chica que iban a subastar!
—¿Subastar chica? —preguntó sorprendido Te Puaha.
A su alrededor se habían agrupado más maoríes, entre ellos también mujeres y niños. Pedían que alguien les tradujera. Te Puaha dio unas pocas y rápidas explicaciones a una mujer delgada y de tez oscura, con el cabello negro y largo y unos rasgos suaves que, pese a sus tatuajes, no producía una impresión amenazadora.
Kitten asintió.
—No se enfade —suplicó al comerciante—. Quería marcharme de Piraki y me escondí en su carro antes de que lo subieran al barco. He comido un poco de chucrut... lo... lo siento de verdad. Pero si me lleva con usted a ese poblado, entonces me buscaré un trabajo decente y le devolveré el dinero y...
—¡Baja de ahí! —ordenó Carpenter—. Me liarás a la clientela.
Kitten obedeció temblorosa. Al hacerlo se atrevió a mirar alrededor y se sorprendió al ver que se encontraba en un pueblo de verdad. En torno a la plaza en que estaban, había bonitas casas de madera con fachadas de colores que, como las galerías similares a porches, estaban decoradas con hermosas tallas de madera. Las construcciones eran de distintos tamaños y al parecer servían para propósitos diferentes. Delante de una se preparaban alimentos, se diría que era una especie de cocina. Delante de otra había figuras de tamaño natural, también talladas en madera y pintadas de colores. Kitten se había imaginado un precario campamento con unos pocos salvajes.
Contempló entonces a los individuos, fuertes, de tez oscura y ojos redondos. Tanto hombres como mujeres llevaban un cinturón ancho y adornado, y faldas guarnecidas con cintas que, al caminar, emitían un susurro similar al gorjeo de un pájaro. Los hombres no llevaban camisa, sino capas de plumas, las mujeres iban cubiertas con prendas tejidas. Se apartaban el pelo del rostro con unas cintas anchas en la cabeza, los hombres se recogían el cabello con una especie de moño. Si bien tenían un aspecto extraño, no los encontró amenazadores. En cambio, cuando su mirada se posó en el reverendo Morton, que se la devolvió con lascivia, este sí le pareció inquietante. Seguro que él sí podía convertirse en alguien más peligroso para ella que esos indígenas.
—¡Tú! —Morton avanzó hacia ella y volvió a levantar las manos como para rezar o dar las gracias a su Dios—. Los caminos del Señor son insondables. Tú... y yo...
Kitten se volvió hacia Carpenter.
—No quería que me vendieran —dijo—. No quiero convertirme en una puta. Por favor... por favor, lléveme con usted a la colonia en el estrecho de Cook. Encontraré algún trabajo... como criada o lo que sea...
Carpenter sonrió, casi parecía sentir compasión hacia ella.
—Pequeña, no sé qué te imaginas, pero ese pueblucho no es una gran ciudad. Hay unos pocos granjeros que se han traído a sus esposas y tienen un montón de críos. No necesitan personal doméstico. También andan por ahí unos misioneros y un par de agrimensores. Para todos ellos hay un colmado y un par de pubs, donde encontrarías trabajo, sí, pero no decente.
Kitten bajó abatida la cabeza. Otra vez nada, otra vez un sueño roto... y de nuevo la voz aflautada del reverendo.
—Cada uno debe aceptar su destino y ocupar el puesto que Dios le ha otorgado.
Kitten se lo quedó mirando. Cuando el misionero se santiguó, los hombres volvieron a palpar sus lanzas vigilantes. La mujer de rasgos suaves —la niña tomó nota en ese momento de su porte distinguido y del hecho de que sobre sus hombros llevaba una capa igual de suave y plumosa que la de algunos hombres— instó de nuevo a Te Puaha para que tradujera. Pero la forma de expresarse del reverendo superaba los conocimientos del maorí.
—¡Haga el favor de moderarse! —le reprochó Carpenter—. ¡Vender a la niña como si fuera un animal no puede ser voluntad divina! ¿Acaso no predican que las mujeres casquivanas están condenadas? ¿Y que sus clientes no lo están menos? —Volvió a sonreír burlón.
—¡Por eso mismo! —aclaró excitado el misionero—. Es lo que intento explicar a la muchacha. No está condenada. Dios, en su infinita piedad, ha preservado su virginidad y la ha enviado aquí. ¡Me la ha enviado a mí! Seguiré su llamada y tomaré por esposa a esta niña. Fundaremos un matrimonio bondadoso y cristiano...
Kitten se encogió, el mundo se desvanecía ante sus ojos y el aroma de la comida le producía náuseas. Todo en ella se rebelaba ante la idea de casarse con el reverendo Morton. Aunque fuera, con toda certeza, la única posibilidad de convertirse en una mujer decente. Entre los maoríes, que en su propio poblado se habían transformado en espectadores de ese drama incomprensible para ellos, comenzó a extenderse la inquietud. Te Puaha tradujo a la mujer alta y delgada.
—¿Un matrimonio bondadoso? —exclamó indignado Carpenter. Era más bajo que el reverendo, pero la cólera le hacía crecer—. ¡Es usted tres veces más viejo que la niña, so cabrón! ¡Míresela! Vergüenza debería darle solo de pensar en llevarse a la cama a esta criatura.
El misionero se encogió de hombros.
—Más vale una esposa joven que una pecadora joven —observó, aproximándose a Kitten—. ¿Qué opinas, bonita mía?, ¿quieres convertirte en mi buena esposa con la ayuda de Dios?
Kitten dio un paso atrás.
—¡No! No; yo...
Buscó una huida mientras Morton la acechaba como el gato al ratón. Si seguía caminando hacia atrás acabaría chocando con una de las casas... Horrorizada, echó a correr y casi tropezó con la maorí de la capa. Kitten murmuró una disculpa y ya iba a seguir corriendo cuando las grandes y cálidas manos de la mujer se posaron en sus hombros. Y, obedeciendo a una señal que ella les dirigió, tres fornidos guerreros se colocaron entre Kitten y el reverendo.
Te Puaha se volvió inquisitivo hacia Carpenter.
—¿Este amigo de Ca-pin-ta? —preguntó.
Carpenter resopló.
—No mucho —respondió—. Pero no le hagáis nada, él...
—Hija del jefe dice él marchar —indicó el guerrero—. Y ella se queda con niña. Si tú quieres, ella da dinero para dejar libre.
Kitten no se lo podía creer. Alzó la vista agradecida a su salvadora, mientras Carpenter empezaba a negociar. Seguro que le habría gustado librarse del misionero, pero no podía limitarse a abandonarlo en aquel lugar. Naturalmente, dejaría a la niña en manos de la hija del jefe sin cobrar nada, o, como mucho, una pequeña suma, pero Morton tenía que alojarse en algún sitio hasta la mañana siguiente.
Kitten dejó de prestar atención a los hombres cuando la mujer le dirigió la palabra.
—¿Tú ingoa? —preguntó.
La niña la miró intimidada. La palabra no era de las que Carpenter había enseñado al reverendo.
—Yo Te Ronga. —La mujer se señaló paciente y luego señaló a Kitten—. ¿Tú?
—¿Cómo tu nombre? —acudió Te Puaha en su ayuda.
Kitten inspiró hondo. Ya había entendido el gesto de la mujer, pero estaba harta de que la llamaran gatita, y, pasara lo que pasara, su infancia ya quedaba atrás, así que necesitaba un nombre de mujer adulta. Por desgracia, no se le ocurría ninguno.
—Cat —dijo al final. Era lógico que la gatita, Kitten, se convirtiera en una gata, Cat.
Te Puaha rio.
—Poti! —tradujo, y señaló un gato gordo y tricolor que se estaba lavando delante de una casa—. Eso cat, ¿verdad? Nosotros decir poti.
La muchacha asintió.
—¡Poti! —repitió. Sonrió y se señaló a sí misma.
Los maoríes rieron y aplaudieron.
—Haere mai, Poti! —Te Ronga se inclinó teatralmente para indicar que se trataba de un saludo de bienvenida—. Haere mai en la tribu de los ngati toa.
Cat la miró sin dar crédito. ¿De verdad le estaba ofreciendo que se quedara ahí? ¿Como miembro de su familia? Vaciló. Pero entonces vio el rostro sonriente de Te Ronga y el de las demás mujeres de la tribu. Y de repente se acordó de Linda Hempelmann. Esas mujeres podían ser extrañas, y sus ropas y su lengua eran totalmente distintas a las de la noble alemana, pero no eran menos amables que ella y sin duda eran decentes.
Cat inspiró hondo.
—¡Kia ora, Te Ronga! —contestó.
El SANKT PAULI
Raben Steinfeld-Hamburgo
Bahía, Nelson-Nueva Zelanda (Isla Sur)
1842-1843
1
Hacía muchos años que el invierno no empezaba tan pronto. Con la nieve y el hielo, los habitantes de Raben Steinfeld tenían más problemas para trabajar. Y noviembre acababa de empezar. El frío y la humedad habían calado la delgada y gastada chaqueta de Karl, cuyos pantalones y zapatos estaban empapados de agua helada. Karl tosía y maldecía ese tiempo deprimente. También porque se había puesto a nevar justo después de haber terminado de despejar con la pala el acceso a la casa de la viuda Kruse. Seguro que la mujer estaría enfadada, a fin de cuentas al día siguiente volvería a tener miedo de resbalar. Y, en efecto, la mujer adujo ese pretexto para reducir a la mitad la paga de Karl, como si el joven tuviera la culpa de que hiciera ese tiempo de perros. Y el campesino Friesmann, a quien había ayudado a reconstruir un pajar que se había hundido bajo el peso de la nieve, le había pagado en especie, pero no con un trozo de tocino o unas salchichas, sino con un saco de harina y un par de patatas.
—Da gracias a Dios por lo que recibes, tu madre hará con eso una buena sopa para toda la familia —había dicho el campesino cuando Karl le había pedido con cautela que le pagara en metálico.
Así pues, el chico se había marchado. Si Friesmann se enteraba de que ya no tenía familia —su madre había muerto a finales del verano y su padre y su hermano menor, mucho antes—, seguro que no accedería a aumentarle la paga. Al contrario, la mermaría, pues uno solo no necesitaba tanto.
Karl suspiró. Tras ese día tan duro estaba muerto de cansancio y aterido, y al pensar que tenía que prepararse él mismo una sopa, después de haber partido leña y haber calentado el horno de su cabaña, le bajaban escalofríos por la espalda. Pero entonces se reprendió. No debía ser petulante: a pesar de todo, algo había ganado ese día, algo que no estaba garantizado en invierno. Gracias al penique que la viuda le había pagado después de dos horas de trabajo y a lo que le había dado el granjero, sobreviviría dos días más sin pasar demasiada hambre. No obstante, era una vida miserable, una vida a causa de la cual habían muerto sus padres y hermanos y que también consumía sus energías.
Claro que todavía era joven y fuerte. Si bien a veces tosía, hacía tiempo que no escupía sangre y también podía realizar las labores más duras sin que le faltara el aliento. Pero a la larga... Karl no se hacía ilusiones. La esperanza de vida de un jornalero en Mecklemburgo no solía ser mucha. Así que tampoco pensaba en casarse y fundar una familia, aunque habría podido alquilar la cabaña de sus padres por ser su hijo. Habría sido una responsabilidad demasiado grande para él. Karl aguantaba pasar hambre y frío, pero no habría podido ver en ese estado a su esposa. Y menos aún a Ida...
La nevada arreciaba y casi le impedía distinguir el camino y el pueblo. Confundió con una sombra a la mujer que en ese momento, envuelta en una capa de lana, luchaba por salir del acceso de la granja cercana. Se diría que el viento se la iba a llevar. Además, cargaba con un saco que, a todas luces, era pesado.
Karl dudó si debía ayudarla, aunque ya tenía ganas de ponerse al abrigo en su propia casa. Entonces reconoció a Ida y se estremeció. Precisamente estaba pensando en ella cuando había aparecido. Extraña coincidencia, aunque, por otra parte, tampoco tan significativa. A fin de cuentas, pensaba continuamente en ella. No quería. Pero daba igual lo que hiciera o lo que intentara hacer para apartarla de sus pensamientos: su bonito rostro con forma de corazón siempre estaba presente en su interior.
—¡Hola, Ida! —la saludó para advertirla de su presencia. Ella había bajado la cabeza para avanzar contra la ventisca y la repentina aparición del joven podría asustarla.
Ida levantó la vista. Los gruesos copos de nieve transformaban sus cejas y el nacimiento de sus cabellos oscuros en plumosos cabellos de ángel. Sonrió levemente cuando lo reconoció.
—¡Hola, Karl! —respondió, al tiempo que cambiaba el saco del hombro izquierdo al derecho—. Qué tiempo tan horrible, ¿verdad?
Él asintió.
—¿Qué haces aquí fuera? —preguntó al tiempo que la liberaba del saco—. Deja que te lo lleve, seguimos el mismo camino.
Ida dejó complacida la carga y a Karl se le hizo la boca agua cuando percibió el olor que desprendía el saco de yute. Carne y pan fresco...
—El campesino Vieth ha hecho la matanza. Y mi padre ha convocado una asamblea hoy al anochecer. Tenía que ir a buscar un par de salchichas para servir a los hombres. Ya debería estar de vuelta, pero la señora Vieth... hablaba, hablaba y hablaba y no me dejaba marchar. Y ahora ya casi ha oscurecido y nieva. Al menos me ha regalado un pan porque ya no tengo tiempo de hacerlo yo misma...
Karl suspiró. El obsequio que recibía la hija del arrendatario por charlar con la campesina era mejor que lo que se pagaba a un jornalero por trabajar tres horas. Los campesinos ni siquiera habían dado una hogaza de pan a su madre sin que ella trabajara antes para ganársela.
Decidió pensar en otra cosa. En cualquier caso, era su día de suerte. No solo había tenido trabajo, sino que el cielo le había concedido el regalo de recorrer el camino con Ida y hablar con ella. No habían podido hacerlo desde que él había dejado la escuela y ella había hecho otro tanto apenas un año más tarde. Se encontraban en raras ocasiones, y menos desde que la madre de Ida había fallecido al dar a luz a su hermano menor. De un día para otro, todo el trabajo de la casa de los Lange y el cuidado del enfermizo bebé había recaído sobre los hombros de Ida. Pese a los intensos cuidados que la adolescente de trece años dedicó a la criatura, su hermanita se había reunido en el cielo con su madre medio año más tarde.
Dios da y Dios quita, había dicho resignado Jakob Lange. Pero Ida estaba desconsolada.
—¿Tu padre los reúne para rezar? —preguntó Karl y se acercó a Ida, que tiritaba, de modo que su cuerpo la protegiera un poco del viento. Lo habría dado todo por tener una gruesa chaqueta que poder quitarse para cubrir a su amiga. La capa de ella no parecía abrigarla lo suficiente—. ¿Con este tiempo? ¿Y en martes? ¿Está alguien enfermo?
No le sorprendía que a él mismo no lo hubiesen invitado. Y eso que su padre había sido un pilar de la comunidad de antiguos luteranos. El pastor había tenido gran aprecio por la hermosa voz de Friedrich Jensch, un profundo creyente, que daba vida a través del canto a las composiciones de Martín Lutero en todos los oficios divinos. Pero a Jensch eso no le había servido de gran cosa, los miembros más importantes de la comunidad pronto se habían olvidado de él cuando yacía moribundo en su casa. Era algo que a Karl todavía le pesaba y causa de que siempre se le escapasen críticas hacia el pastor y los campesinos y arrendatarios. Desde entonces lo calificaban de pendenciero y levantisco. En la iglesia lo toleraban, pero no lo consideraban uno de los suyos.
Vio que Ida negaba con la cabeza.
—No, no se reúnen para rezar —contestó, sacudiéndose la nieve que cubría el paño que se había puesto sobre la cabeza—. Se trata de... Mi padre ha estado recientemente en Schwerin. —Solía suceder con frecuencia, pues Jakob Lange era un herrero notable y un reputado experto en caballos. Hasta el Junker lo reconocía como tal y le pedía que lo acompañase cuando tenía que comprar un ejemplar. Esta vez el asunto trataba de un tiro para un trineo. Karl había contemplado desde lejos los elegantes animales—. Vio un anuncio... y luego se reunió con un hombre, un ilustre con un nombre extraño. Bueno, el apellido es Beit, es fácil. Pero el nombre de pila, algo así como Joon Nicholas.
Karl reflexionó.
—Es la primera vez que lo oigo. ¿Quién será?
—Pertenece a un... No sé si a una casa comercial o algo así. Es una compañía de Nueva Zelanda, la New Zealand Company. Y una compañía naviera de Hamburgo también tiene algo que ver con ella... —Ida hablaba con voz entrecortada pero vehemente. Algo en ese asunto parecía preocuparla.
—Hace tiempo leímos alguna cosa sobre Nueva Zelanda —recordó Karl, contento de aportar algo a la conversación—. En el libro del capitán Cook, ¿te acuerdas?
Le dirigió una sonrisa cómplice. Ida se la devolvió algo forzada. Seguro que la habían reñido cuando el libro había desaparecido. Tal vez eso también tuviera algo que ver con los planes de su padre.
—¡Quiere emigrar! —se le escapó a la muchacha—. Bueno, mi padre. Ese Beit busca colonos para Nueva Zelanda. Por lo visto ahí hay mucha tierra y cualquiera puede comprarla. No como aquí...
En Mecklemburgo, pese a que se había abolido la servidumbre hacía veinte años, los campesinos y trabajadores manuales solo podían adquirir tierras a través de un contrato enfitéutico. Si bien se daba por válido, precisamente los hombres pertenecientes a congregaciones del antiguo luteranismo recelaban de esa regulación. Aunque el duque de Mecklemburgo no los había perseguido a causa de su religión, sí lo había hecho el último rey, Federico Guillermo III de Prusia. El hijo de este había decretado la prohibición de celebrar misa según la antigua Iglesia luterana, pero Jakob Lange y los otros no creían que se tratase de una paz duradera. Los nobles terratenientes podrían utilizar siempre como pretexto que se aferraban a la doctrina luterana pura para desterrarlos de sus tierras.
—Y ahora mi padre quiere que los otros arrendatarios se unan a la iniciativa —siguió contando Ida—. El señor Beit opina que podríamos marcharnos con toda la congregación, no sería caro. Trescientas libras esterlinas por el pasaje y más de ochenta morgen de tierra. No sé cuánto es en táleros, pero mi padre dice que nos lo podríamos permitir todos.
Karl volvió a suspirar. Los arrendatarios se lo podían permitir, puede que también algunos campesinos, pero para él sería inconcebible aunque se tratara solo de trescientos peniques. Sin embargo, el corazón se le aceleró al pensar en un nuevo país. Abandonar todo lo que tenía ahí y empezar una nueva vida...
Ida no parecía compartir su entusiasmo. Tenía aspecto abatido.
—Pero ¿es que no quieres ir? —preguntó Karl.
Ella se encogió de hombros.
—Iré allá donde mi padre vaya —dijo simplemente—. O mi marido...
A Karl, esas palabras le sentaron como una puñalada en el corazón, pese a que sabía que Ida Lange estaba prometida con Ottfried Brandmann, ya que el pastor lo había anunciado desde el púlpito hacía poco tiempo. Ambos podrían celebrar pronto los esponsales. Ida estaba por cumplir los diecisiete y las chicas en general se casaban a esa edad. Sin embargo, la muchacha todavía cumplía las funciones de madre con sus hermanos menores y Lange quería conservarla en casa hasta que los pequeños fueran más autónomos. Por otra parte, no parecía que Ottfried tuviera mucha prisa por acabar su aprendizaje de carpintero. Si bien trabajaba en el taller de su padre, todavía no había realizado el examen de oficial. Pero todo eso podía resolverse en cuestión de meses.
—¡Ese Ottfried! —exclamó Karl. No sabía qué le ocurría, tal vez fuera la extraña atmósfera del paseo, la penumbra en que la nieve tejía un velo espectral que los escondía juntos de la realidad—. ¿De verdad quieres casarte con él? ¿Lo amas?
Ida se detuvo y lo miró con los ojos de par en par, desconcertada.
—Es un buen hombre —respondió—. Y el primogénito. Heredará el puesto de arrendatario. Si no emigramos... Mi padre...
—¡Olvídate de tu padre por una vez, Ida! Reflexiona, ¿qué sientes cuando piensas en esa boda? ¿Quieres... deseas a Ottfried?
El rostro de Ida, ya de por sí pálido, pareció palidecer todavía más hasta entender el significado de las palabras del joven. En el acto, se ruborizó de vergüenza.
—¡Qué vocabulario es ese, Karl Jensch! —lo regañó, y Karl se arrepintió de su arrebato.
Posiblemente ella pondría punto final a la conversación y no volvería a hablarle nunca más. Pero se equivocaba. Ida precisó de unos segundos para recomponerse y encontrar una respuesta.
—Todas las chicas se casan... —contestó a media voz—. Es... la voluntad divina. Ottfried encaja conmigo. Es un artesano, creyente... Mi padre dice que debe encajar. Lo demás ya vendrá. —Ida esperó desafiante el asentimiento de Karl.
Pero él no iba a fingir comprensión.
—Pero ¿qué sucede con tu corazón, Ida? —la apremió—. ¡Tienes que sentir algo por tu futuro marido! ¿Te ha preguntado alguien si quieres casarte con él? ¿Te lo ha preguntado él?
Karl no podía reprimir estas preguntas que le atormentaban desde que se había anunciado el compromiso. No obstante, era una locura soltar la lengua de ese modo. Ida notaría lo que él sentía por ella y entonces todo sería lamentable.
—Ottfried es un buen hombre —repitió ella—. Me dio un regalo estas últimas navidades. Y después de la misa ya nos hemos cogido varias veces de la mano. Encaja muy bien... Él viene de una buena familia de la antigua Iglesia luterana...
Karl se rindió. Ida no parecía entender qué pretendía él o no quería enfrentarse a ello. En cualquier caso, no ponía en cuestión la decisión de su padre de casarla con Ottfried Brandmann, y también este estaba dispuesto a aceptar el destino que Jakob Lange y Peter Brandmann, sin duda en una conversación formal, habían acordado para sus hijos. No era extraño: gracias al acuerdo de sus respectivos padres a él le esperaba la boda con la muchacha más guapa del pueblo.
—¿Y ahora emigrarás con Brandmann? —preguntó entristecido, cambiando de tema—. ¿A Nueva Zelanda? Está más lejos que América...
Ida intentó asentir y encogerse de hombros a un tiempo.
—Está mucho más lejos que América —confirmó—. Creo que se tarda tres meses en barco. Pero no sé si vendrán los Brandmann. Es lo que quieren discutir hoy los hombres... Muchas gracias por llevarme el saco, Karl.
La casa de los Lange apareció detrás de la cortina de nieve e Ida hizo el gesto de coger el saco con las exquisiteces. Por lo visto, no quería que la sorprendieran con él. Pero no había ningún peligro. La nieve seguía cayendo en abundancia y además la casa de los Lange estaba rodeada por un seto de zarzamora cubierto por una espesa capa de nieve.
Karl le devolvió el saco, pero no estaba dispuesto a dejarla marchar.
—¿Y si los Brandmann no se van? Entonces... entonces, ¿no te casarás con Ottfried? —preguntó.
El joven ignoraba qué deseaba. Si a Ida en una tierra extraña pero libre, o ahí unida a un hombre por el que él no sentía gran estima y por el que era evidente que ella no sentía nada, salvo una especie de consideración basada en el criterio de su padre.
—Ocurra lo que ocurra me casaré con Ottfried —dejó claro Ida—. Si los Brandmann no emigran, me quedaré aquí con él. Pero en tal caso, deberíamos casarnos enseguida. Creo... creo que el barco zarpa en diciembre. —Y se dio media vuelta para marcharse.
—¿Y a ti qué te gustaría? —le preguntó Karl cuando ella ya se alejaba, en un último intento de liberarla de su coraza de obediencia y autosacrificio—. ¿Qué preferirías?
Ida se volvió una vez más y lo miró con los ojos bien abiertos. Su mirada, llena de pena y resignación, le llegó hasta la médula.
—Yo no deseo nada —respondió convencida—. Los deseos son para soñadores y fantasiosos que hacen perder el tiempo a Dios.
—¿Y por qué rezas tú? —insistió Karl desesperado. Tal vez ella reaccionaría si planteaba la pregunta de otro modo. ¡Alguna opinión debía de tener acerca de su futuro!
—Por la humildad —susurró Ida—. Rezo por ser sumisa.
La mayoría de los arrendatarios de Raben Steinfeld ya estaban reunidos alrededor de la gran mesa de la sala de los Lange cuando Ida entró. La muchacha reconoció al talabartero Beckmann, al panadero Schieb y al zapatero Busche. Y, claro está, también a los Brandmann, Peter Brandmann había acudido acompañado de su hijo Ottfried.
La chica se disculpó por el retraso y saludó a los presentes. Ottfried retuvo su mano algo más de tiempo y se la apretó fuerte y como tomando posesión de ella. Al mismo tiempo le sonrió con complicidad. Ida intentó responderle con una sonrisa inocente, sin muestras de coqueteo alguno. Se sorprendió a sí misma examinando fríamente al joven de quien iba a convertirse en esposa en breve.
Ottfried era bien parecido, de complexión más compacta que Karl. Era probable que engordara en el futuro, como su padre. También en lo demás se parecía a Peter Brandmann. Tenía una cara más bien redonda y de rasgos agradables, los ojos tal vez demasiado juntos pero, no obstante, bonitos. Por primera vez, Ida se percató de que eran castaños; hasta ese día no había observado con detenimiento a su prometido. La boca de Ottfried era grande y los labios carnosos. Ida enrojeció al pensar que muy pronto la besaría. Tenía la nariz recta, ni demasiado grande ni demasiado pequeña, el cabello castaño y no muy abundante. El de su padre ya clareaba, era de esperar que cuando Ottfried llegara a una edad madura le ocurriera lo mismo.
Ida llegó a la conclusión de que Ottfried no le repelía, pero tampoco le aceleraba el corazón. Al encontrar a Karl, el corazón le había dado un brinco, quizá porque había aparecido de forma inesperada y porque ella sabía lo poco que a su padre le gustaba que hablara amistosamente con el jornalero. Por otra parte, siempre había sabido que los ojos de Karl eran verdes, un verde claro e intenso como los prados en verano.
—¿Y quién nos garantiza que ese Beit no es un estafador?
Los hombres reanudaron la conversación cuando Ida fue a la cocina. Escuchaba sus voces fuertes mientras cortaba el pan y colocaba la salchicha y el jamón sobre una bandeja. Pensó con cierta culpa en Karl, que había cargado hasta la casa con todas esas exquisiteces cuando seguramente él no tenía nada que llevarse a la boca. Debería haberle dado algo como agradecimiento por su ayuda. Pero él lo habría rechazado; Karl era orgulloso, no aceptaba limosnas.
—Viene respaldado por esa compañía neozelandesa —respondió Jakob Lange a la pregunta de Peter Brandmann, cuando Ida sirvió la comida—. Y una compañía comercial de Hamburgo: De Chapeaurouge & Co. Esta pondrá el barco. Beit dispone de certificados y cartas de confirmación. Seguro que no es un maleante...
—¿Es de la auténtica religión? —preguntó el zapatero.
Lange se encogió de hombros.
—Esto no se lo he preguntado. Pero es padre de familia, su esposa y sus hijos viajarán con nosotros. Además de dos misioneros. Así que no estaremos en el barco sin ayuda espiritual.
—¿Auténtica ayuda? —preguntó Busche con severidad.
—El señor Beit me ha asegurado que en los alrededores de Nelson, donde está la tierra prevista para nosotros, ya hay una misión habitada por sacerdotes que escaparon del mandato del rey de Prusia. Así que seguro que no son reformados. Además, Beit me ha confirmado que podremos fundar nuestra propia congregación. Por tanto, si emigramos juntos podremos seguir con nuestra acostumbrada vida comunitaria. —Lange tomó un pedazo de pan de la bandeja que Ida acababa de dejar sobre la mesa y lo untó con una gruesa capa de paté de hígado—. Todo será igual que aquí, conservaremos nuestra lengua y nuestras costumbres...
—Ahora en Nueva Zelanda es verano. —Ida se mordió el labio en cuanto se le escaparon estas palabras. Pero tenía que decirlo. No iba a ser «igual que aquí». Era otro país, con otras plantas, otros animales... y ¡otras estrellas! Recordó el libro del capitán Cook.
Los hombres soltaron una carcajada benévola.
—¡Vaya, pues eso ya es una buena razón para emigrar allí! —exclamó Horst Friesmann, el campesino al que el día anterior se le había caído la techumbre del pajar por el peso de la nieve.
—¡Razones hay muchas! —resopló Lange, lanzando una mirada reprobatoria a su hija—. Precisamente para vosotros los campesinos. ¡Hombre, Friesmann, piénsatelo! ¿Qué tierra tienes aquí? ¿Siete hectáreas? Apenas bastarían para vivir si en verano no trabajases para el Junker como un asqueroso jornalero. ¡Pero ahí! Veinte hectáreas al momento y tanta tierra como quieras para ir comprando. ¡Kilómetros y kilómetros de tierra salvaje y libre esperando a que nosotros la hagamos cultivable!
—Lo que a mí me parece demasiado «salvaje» son los indígenas —observó Beckmann, el talabartero—. ¿Qué sucederá con esos... indios?
Los demás asintieron. Todos habían escuchado historias espeluznantes sobre los indígenas americanos.
—Según Beit, allí no hay indios —explicó Lange—. En su origen no había seres humanos en ese país. Antes que los ingleses llegaron unos pocos negros de alguna isla. Pero son inofensivos. Y si ya se ha asentado alguno en la tierra que nosotros queremos, se la compramos por un par de abalorios...
Ida se mordió el labio. En el libro del capitán Cook la situación se describía de otro modo. Según el navegante, los nativos de Polinesia eran capaces de combatir, incluso se mencionaba el canibalismo.
—¡Ni que fuera el paraíso! —se mofó Brandmann—. Un paraíso por trescientas libras esterlinas. Pero ¿responde eso a la voluntad divina, Lange? ¿Es algo grato a Dios?
Jakob Lange juntó las manos.
—El don de la gracia de Dios... —citó a Martín Lutero— será concedido a quien lo acepte con fe. No a los pusilánimes, Peter. ¡No a los vacilantes! Confiemos en Jesucristo, confiemos en que Dios nos guíe, en que fue Él quien me condujo hasta Schwerin, justo cuando John Nicholas Beit pronunciaba su discurso. Siempre hemos permanecido fieles a la doctrina pura, es pues justo y equitativo que nos premie por ello. No tenéis que decidirlo de inmediato, pero sí pronto. —Señaló los folletos que había traído de Schwerin, esparcidos sobre la mesa—. Lleváoslos, tengo también un par de anuncios que clavaré fuera, en cuanto amaine la nevada. Y ahora, recemos todos para que Dios nos ilumine y nos lleve por el buen camino. Aunque sea largo...
«Mucho más largo que hacia América», pensó Ida.
Y al día siguiente hizo algo que ni ella misma comprendió. Cogió los folletos y los pasó por debajo de la puerta de la cabaña arrendada donde vivía Karl Jensch. Por supuesto, puso cuidado en que nadie la viera, en especial el mismo Karl. No debía pensar que ella quería tomarle el pelo... a fin de cuentas, nunca reuniría las trescientas libras. Pero tenía que saber al menos... tenía que saber adónde se marchaba ella.