Prefacio

Las siete moradas es muchas cosas: una guía acerca de la vida y la época de santa Teresa de Ávila, esa extraordinaria santa y maestra contemplativa del siglo XVI; una guía para gozar de su maravilloso texto de meditación, El castillo interior; y, por último pero no menos importante, una guía para el alma: una guía hermosa, tierna, radiante, cariñosa, amorosa y auténtica, que nos conduce por el territorio de nuestro espíritu.

El misticismo en general y la contemplación en particular son temas tan asombrosamente vastos y a menudo confusos que, sobre todo si uno es un neófito, pueden resultar mortalmente abrumadores para el alma, en especial cuando ésta se halla buscando algo, si no exactamente simplista, al menos sí lo bastante simple como para asentar lo que podría suponerle confusión, caos, miedo quizás, o sufrimiento. Así pues, lo que me propongo es ofrecer brevemente al lector unos cuantos puntos de referencia experimentales, sencillos, que tal vez lo ayuden a comprender algunas de las ideas centrales de la espiritualidad mística o contemplativa. Primero enunciaré siete de las ideas fundamentales del misticismo, y después trataré de proporcionar al lector una base empírica, muy viva y directa, sobre cada una de ellas.

Las ideas centrales, planteadas de forma meramente teórica, pueden resultar más bien áridas y abstractas. Helas aquí: (1) cada uno de nosotros posee un yo interior y un yo exterior; (2) el yo interior vive en un ahora eterno, atemporal; (3) el yo interior constituye un gran misterio, o un vacío y una inconsciencia puros; (4) el yo interior es divino, o se encuentra en perfecta unión con el espíritu infinito que radica en una identidad suprema; (5) el infierno es la identificación con el yo exterior; (6) el cielo es el descubrimiento y la comprensión del yo interior divino, la identidad suprema; (7) el yo divino es uno con el todo, dado en gracia y sellado en gloria.

A continuación vayamos en busca de la experiencia de cada uno de los puntos señalados. ¿Una misión difícil? En realidad no, porque usted ya es consciente en este preciso momento de todas esas ideas, y las está experimentando plenamente, según afirman los místicos. Así que, vamos allá.

En primer lugar, recuéstese en su asiento y relájese, haga unas cuantas inspiraciones y deje que su conciencia repose con naturalidad en el momento presente, y que capte simplemente algunas de las cosas de las que es consciente aquí y ahora.

Fíjese, por ejemplo, en algunas de las muchas cosas que alcanza a ver, cosas que van surgiendo ya sin esfuerzo en su percepción. Puede que haya nubes flotando en el cielo, hojas meciéndose al viento, gotas de lluvia en el tejado, el perfil de la ciudad vivamente iluminado en contraste con la oscuridad de la noche, o un sol brillante en el horizonte y a punto de iniciar su viaje por el cielo. Para captar esas cosas no se requiere ningún esfuerzo, sencillamente surgen en nuestra conciencia, de manera espontánea y sin esfuerzo; así, sin más.

De igual modo que hay nubes flotando en el cielo, también hay pensamientos flotando en el espacio de nuestra mente. Fíjese en que tales pensamientos afloran a la superficie, permanecen allí unos instantes y después se van. La mayoría no los elige usted; los pensamientos se limitan a emerger de lo que parece ser la nada o el vacío, desfilar frente a la pantalla de nuestra conciencia y luego disolverse de nuevo en la nada. Lo mismo sucede con las sensaciones del cuerpo. Podemos sentir molestias en los pies; sensación de calor en la tripa; hormigueo en las yemas de los dedos; una excitación intensa alrededor del corazón; un cálido placer que nos recorre el cuerpo entero. Todas estas sensaciones aparecen por sí solas, permanecen unos instantes y después se van.

Al mirar dentro de mí y fijarme en los pensamientos y sensaciones que surgen en el espacio de mi conciencia, también puedo percibir eso que se llama mi yo o mi ser. Son muchas las cosas que quizá sepa de mí mismo: unas me complacerán, otras me irritarán, y otras directamente me horrorizarán o me asustarán. Pero al margen de lo que piense de eso que se llama mi yo, lo que parece claro es que hay numerosas cosas que puedo saber de él.

Incluso parece ser que hay varios de esos yoes, hecho anunciado por un sinfín de libros de psicología moderna. Está mi niño herido; mi duro superego; mi yo desengañado y hasta mi implacable escéptico; mi sempiterno controlador, que intenta controlarme a mí y a todos los demás; mi anciano sabio y mi anciana sabia; mi yo que busca la espiritualidad; mi yo temeroso, que permite que el miedo tome demasiadas decisiones por mí; mi yo alegre, que busca una corriente constante de alegría y felicidad en éste y en todo momento; por nombrar tan sólo los más destacados...

Pero observe que todos estos yoes tienen algo fascinante: todos son algo que yo puedo ver, que puedo percibir, que puedo sentir y conocer y hasta describir, de muchas formas. Todos pueden verse... pero ¿qué o quién es el que los ve? Todos esos yoes que acabo de observar, ver, sentir y después describir, son objetos visibles. Pero ¿cuál es el sujeto, el yo real, el verdadero espectador de esas cosas vistas, el verdadero conocedor de esas cosas conocidas?

Ahora, en este preciso instante, trate de obtener una buena impresión de sí mismo, intente percibir lo que llama «su propio ser». Procure verse o sentirse con toda la claridad que le sea posible. Fíjese en que una vez que consiga verse o sentirse o tomar conciencia de su propio yo, lo que estará viendo será un objeto, no un auténtico sujeto. Es decir, el ser que estará viendo —el ser al que usted llama yo y al que considera un ser real— de hecho es un objeto. Ni siquiera es un yo real ni un sujeto real, sino simplemente un objeto o algo que puede ser visto. Todo lo que usted sabe de sí mismo, todo aquello que está acostumbrado a llamar su yo, no es un yo ni un sujeto de verdad, sino un montón de objetos, un montón de cosas visibles. Pero ¿qué o quién es el espectador, el sujeto real, el yo real?

Para empezar, no intente ver su verdadero yo, porque cualquier cosa que pueda ver será sólo otro objeto, otra cosa que puede ser vista, y no el espectador en sí. Como les gusta decir a los místicos, el verdadero yo no es esto ni aquello. Antes bien, cuando intente entrar en contacto con ese yo o sujeto real, empiece por desprenderse de todos los objetos con los que se ha identificado previamente. Todo lo que pueda ver o saber de sí mismo no constituye en modo alguno su verdadero yo, sino que es otro objeto. Así que déjelo, suéltelo, y empiece a dejar de identificarse con lo que pensaba que era su yo. Haga este ejercicio diciéndose a sí mismo:

«Tengo pensamientos, pero no soy mis pensamientos. Tengo sensaciones, pero no soy mis sensaciones. Tengo deseos, pero no soy mis deseos. Tengo necesidades, pero no soy esas necesidades. Tengo placer intenso y dolor insoportable, pero no soy ninguno de ambos. Tengo un cuerpo, pero no soy mi cuerpo. Tengo una mente, pero no soy mi mente. Todas esas cosas pueden ser vistas, pero yo soy quien las ve; todas pueden ser conocidas, pero yo soy quien las conoce; todas ellas son meramente objetos, pero yo soy un sujeto real, un verdadero yo, no una pieza, un objeto ni una cosa, todo ello pasajero. Yo no soy pensamientos, deseos, cuerpo, mente, esto ni aquello.

»Entonces, ¿qué o quién soy yo?»

Antes de continuar, digamos que, según lo que prueba el experimento que acabamos de hacer, tenemos al menos dos yoes, o dos tipos de yo: el que puede verse y conocerse y el que no puede ni verse ni conocerse. Existe el espectador desconocido, y existen todos los pequeños yoes visibles. Los filósofos les dan nombres peculiares: el yo trascendental (o el YO SOY puro, que nunca puede ser un objeto, ni verse ni conocerse) y el yo empírico (o ego empírico, que puede ser visto, conocido, experimentado y objetivizado).

Aunque el espectador trascendental no puede ser visto —en tal caso sería sólo un objeto más— de todos modos ve toda la majestad frente a sí. Al no ser visto, lo ve todo; al no ser conocido, lo conoce todo; al no ser sentido, lo siente todo.

Por esta razón, al verdadero yo suele llamárselo testigo. Es testigo de todo lo que ocurre, pero él mismo no puede ser convertido en un objeto, ya que como verdadero sujeto que es no puede ser objetivizado. También se lo llama mente espejo, porque refleja de manera espontánea y sin esfuerzo todo lo que surge, pero no lo aprehende ni lo retiene. El verdadero yo constituye un profundo misterio en cierto sentido, algo que nunca puede ser visto y que no obstante ve el universo entero ante sí. Es un inmenso vacío y, sin embargo, de él parece brotar el mundo en su totalidad.

Por el momento, siga preguntándose a sí mismo: «¿Qué es este yo mío?» Siga intentando penetrar en esa pregunta, intentando pensar al que piensa, sentir al que siente, ver al que ve. Conforme vaya adentrándose en ello, preguntándose: «¿Quién soy yo?», y vaya desembarazándose poco a poco de todos los objetos que creía ser, y mientras intente ver al que ve, no verá nada concreto en realidad, no verá cosas, procesos, sucesos ni objetos en particular (o, si los ve, serán sólo más objetos, exactamente lo que intenta evitar). Más bien, a medida que vaya relajándose y penetrando en el espectador, lo único que hallará será la sensación de ir librándose de objetos, de librarse de las pequeñas y limitadas identificaciones con objetos a los que solía llamar yo. Dicho de otro modo, lo único que encontrará será no otro objeto, sino un ambiente de libertad, independencia y liberación, liberación del dolor y el tormento de identificarse con un montón de pequeños objetos que vienen, se quedan un momento y luego se van, y mientras tanto le producen una laceración. Según los místicos, cuanto más se acerque a su verdadero yo, mayor será la sensación de libertad infinita.

Mientras reposo en el conocedor desconocido, en este yo puro o testigo, es posible que perciba algo más acerca de dicho yo: que no se mueve; no se ve afectado por el tiempo ni por el movimiento, por la fecha ni por la duración. Este testigo transparente es consciente del tiempo, de ahí que en sí mismo sea atemporal o que exista en el ahora atemporal. El testigo tiene conocimiento de pensamientos pasados, pero los pensamientos pasados ocurren ahora; y el testigo tiene conocimiento de los pensamientos futuros, pero los pensamientos futuros ocurren ahora. Y cuando ocurrió el pasado real era un momento presente, y cuando ocurra el futuro real será un momento presente. Lo único de que tiene conocimiento el testigo, lo único real, es un presente inacabable, un único momento del ahora a través del cual pasa el tiempo pero que en sí mismo no se ve en absoluto afectado por él, sino que más bien vive en la eternidad. Y la eternidad no significa un tiempo que dura para siempre, sino un momento carente de tiempo. Wittgenstein lo vio con claridad: «Si tomamos la eternidad como algo que significa no una duración temporal infinita sino la ausencia de tiempo, la vida eterna pertenece a los que viven en el presente.»

Así que, ahí va otra pista: Cuanto más cerca está uno del verdadero yo, más vive en la eternidad, más vive en el presente atemporal, que abarca pensamientos del pasado, el presente y el futuro, puesto que todos están ocurriendo en el ahora atemporal. De manera que, piense cuanto quiera en el pasado y el futuro: pero verá como todo surge en el presente.

Llegados a este punto, los místicos contemplativos hacen una de sus afirmaciones más polémicas, tan polémica que casi parece fruto de la psicosis, y aun así la gritan con voz potente al mundo entero. Dicha afirmación la proclaman de forma idéntica en todas las culturas conocidas, en todos los períodos conocidos de la historia escrita y en todas las lenguas humanas conocidas, y lo hacen de manera tan coherente y unánime que muy probablemente se trate de la afirmación espiritual más universal que haya hecho nunca la humanidad: que cuanto más cerca está uno de su verdadero yo, más cerca está de Dios. Y cuando uno llega a conocer del todo el verdadero yo, éste se ve como algo plenamente unido, incluso idéntico, a Dios o la Divinidad o el espíritu mismo, en lo que los sufíes denominan la identidad suprema.

Ahora bien, está claro que esto no significa que nuestro yo empírico sea Dios, ni que fulana de tal sea la Diosa, sino que nuestro yo trascendental —nuestro yo infinito y eterno— es Dios o espíritu. O, dicho con mayor precisión, el espíritu no es de ninguna manera algo independiente o separado del yo trascendental de todos los seres sensibles. El yo trascendental de todo ser sensible es el espíritu que yace en dicho ser, y el espíritu es el verdadero yo de todos los seres. Y eso significa que el cien por cien del espíritu se halla presente en nuestro verdadero yo, en nuestro sentido más profundo y radiante del YO SOY.

Hagamos ahora una pausa para echar un vistazo a nuestra lista de afirmaciones místicas, puesto que ya las hemos tocado en su mayoría:

1. Cada uno de nosotros posee un yo interior y un yo exterior. Hemos visto que el yo exterior (o ego empírico) es el yo que se puede ver, mientras que el yo interior (o yo trascendental) no puede nunca convertirse en objeto de ningún tipo, sino que constituye, entre otras cosas, una sensación de libertad y una gran liberación de lo conocido, de lo finito y del ego empírico.

2. El yo interior vive en un ahora atemporal y eterno. La eternidad no significa un tiempo que dura para siempre, sino un momento carente de tiempo, que resulta ser este momento exacto, cuando se ve correctamente como un presente inacabable que abarca todo el tiempo. El verdadero yo es consciente de este momento siempre presente, interminable, eterno, a través del cual pasa todo el tiempo y que, sin entrar nunca en la corriente del tiempo en sí, permanece como testigo impasible del mismo.

3. El yo interior constituye un gran misterio, o el vacío y la inconsciencia puros. Precisamente por no poder conocerse ni objetivarse nunca, el verdadero yo es la nada absoluta, el misterio en estado puro, un conocimiento desconocido en curso, o un vacío cognitivo, o simplemente el gran misterio de nuestro ser.

4. El yo interior es divino, o perfectamente uno con el espíritu infinito que yace en una identidad suprema. Tal como lo expresó santo Tomás, si el ojo estuviera coloreado de rojo, no sería capaz de ver el rojo; pero como es transparente o no rojo o incoloro, es capaz de ver los colores. De igual manera, como el yo interior ve el espacio, él mismo es no espacial, o infinito; y como ve el tiempo, él mismo es atemporal, o eterno. Y ese yo infinito y eterno es donde habita el espíritu en usted y en todos y cada uno de los seres sensibles. El número global de yoes interiores no es sino uno. Toda persona siente exactamente lo mismo que usted cuando penetra en su propio testigo o sentido del YO SOY. Dado que el verdadero yo no posee objetos ni cualidades, no puede ser diferente en nadie; es el mismo resplandor divino y radiante en usted, en mí y en todos los seres creados por el espíritu.

5. El infierno es la identificación con el yo exterior. El infierno no es un lugar; no es un sitio al que vamos cuando estamos muertos; no es un castigo que nos es aplicado por algo o alguien. Más bien es nuestra actividad constrictora, pecadora, separadora, de equivocarnos al escoger un yo con el que identificarnos. Nos identificamos con lo que no somos, nos identificamos única y exclusivamente con el ego empírico, el yo que puede verse, y esa identidad enclenque, finita, temporal, limitada y lacerante no es otra cosa que el infierno. El infierno es un horrendo caso de confusión de identidad. Hemos olvidado quiénes somos y lo que somos, un yo trascendental conectado directamente al espíritu, que habla con las palabras de Dios y brilla con el resplandor de la Diosa. Pero nos identificamos sólo con el yo finito, el yo objetivo, el yo que puede verse, y no con el yo que ve, el yo divino, infinito y eterno.

6. El cielo es el descubrimiento y la comprensión del divino yo interior, de la identidad suprema. Los místicos de Oriente y de Occidente llevan mucho tiempo proclamando que el Reino de los Cielos está dentro de nosotros, porque el hecho es que el YO SOY es la conciencia de Cristo, el espíritu mismo, la divinidad en mí y semejante a mí. El verdadero yo de todos y cada uno de nosotros es el verdadero yo que comprendió Jesús de Nazaret —«el Padre y yo somos uno»— y esa comprensión, de forma bastante simple, le hizo dejar de ser un Jesús temporal para transformarse en un Cristo eterno, transformación que nos pide que recordemos y repitamos en nosotros mismos.

Por supuesto, esto no significa que mi ego empírico sea Cristo, ni que sea Cristo mi yo personal. Creerlo así supone un delirio esquizofrénico. Nadie está diciendo que mi yo personal sea espíritu, sino que el testigo trascendental de ese yo personal es uno con el espíritu que hay en todos los seres. Su yo trascendental es Cristo; su yo personal es usted.

7. El yo divino es uno con el todo, dado en gracia y sellado en gloria. En un momento dado, conforme uno reposa en el testigo interior sintiendo el ambiente de libertad, la sensación misma de un yo interior en pugna con un yo exterior a menudo se disipa al ser vista como la fantasía que es, y deja tan sólo la sensación de lo que los místicos denominan lo gustoso. Mi yo trascendental da paso al «ser tal» no dual, o lo que Meister Eckhart llamaba Is-ness. Porque el espíritu no es sólo el yo de todos los seres, sino el «ser tal» o el Is-ness o la realidad inmutable de todas las cosas. A la libertad con respecto a cualquier objeto se agrega así la plenitud de ser uno con todos los objetos. Ya no soy testigo de las montañas, soy las montañas; ya no siento la Tierra, soy la Tierra; ya no veo el mar, soy el mar; ya no rezo al espíritu, soy el espíritu. Es tan perfecta la coherencia con la que el mundo, sagrado y profano, surge en una sola pieza, que no logro encontrar fronteras —ni una sola frontera fundamentalmente real— en el universo entero. Existe sólo el sentido radiante, que todo lo invade, profundamente divino del YO SOY, en el que todos los mundos surgen y caen, nacen y mueren, explotan en el ser y se pierden en el olvido, arrastrados por la única cosa que se halla siempre presente, hasta en los confines del mundo: ese definitivo misterio que hay en el vacío y en la liberación, en la libertad y la plenitud, fundamento y meta, gracia y gloria, este yo mío que ya no consigo encontrar, mientras las gotas de lluvia, en su insistente inmutabilidad, golpean dulcemente el tejado, produciendo un bello sonido semejante al latido de un corazón, zum, zum, zum... así... tal cual...

Lo que necesitamos es un mapa de carreteras, una guía que nos saque de nuestro ego y nos lleve a nuestro yo trascendental, que es uno con lo divino, basado en su naturaleza inmutable o is-ness. En todo el mundo, cada cultura ha elaborado muchas de esas guías, pero toda cultura cuenta con un puñado de guías selectas que son veneradas por encima del resto. En Occidente cuesta trabajo encontrar un texto más querido y respetado que El castillo interior, de Teresa de Ávila. Las tradiciones más contemplativas tienen caminos de meditación que constan de varios pasos bien claros para pasar del infierno de nuestro yo exterior al cielo del yo divino (y en última instancia a la unión no dual de ambos). Las siete moradas de santa Teresa —cada una de las cuales es explicada a continuación por Caroline Myss en un lenguaje bello, claro y radiante— no son sino siete pasos de ese camino extraordinario que conduce a nuestro yo más profundo, o alma, comprendido en la nube del inconsciente, otorgado por una gracia inmerecida e inexplicada, y realizado en el vivir diario: una realización que se hace más honda conforme este momento se disuelve en el momento de la revelación divina, aquí mismo, ahora, con esta Tierra transformada radicalmente para dejar de ser un infierno en vida y convertirse en un paraíso viviente, y conforme el tiempo se ve como el rostro en movimiento de la eternidad, y los yoes exteriores como ornamentos del yo divino y de la realidad inmutable y radiante de todos los mundos y todos los universos.

¿Desea averiguar si esos puntos esenciales del misticismo que tan brevemente hemos apuntado aquí son en realidad verdaderos? Bueno, le voy a decir lo último que a mí personalmente me encanta del auténtico misticismo contemplativo: que es científico, en el sentido de experimental, empírico, probatorio. Pruebe a hacer el experimento interior en siete pasos según santa Teresa tal como se enseña en este libro, y véalo usted mismo. Es un experimento científico interior. El presente libro se basa plenamente en las siete moradas de santa Teresa, explicadas y desarrolladas de manera bellísima, clara, compasiva, alegre y maravillosa por mi amiga Caroline Myss, para quien la bien amada santa Teresa dejó de ser sólo una mujer espiritual que había escrito un magnífico manual práctico para convertirse en una santa que le salvó la vida, le mostró su alma, despertó su corazón y la colocó en el inacabable, siempre actualizante, atemporalmente cumplido camino del esfuerzo personal.

Y, querida Caroline, yo sólo sé que santa Teresa diría amén a este luminoso libro, fruto de la llamada que supuso para ti, una llamada a todos nosotros para que seamos místicos sin monasterio en un mundo dolorosamente necesitado de un toque de lo divino —Dios o Diosa divinos—, el verdadero yo que radica en todos y cada uno de nosotros, el yo que mira esta página y lee cada palabra escrita en la realidad inmutable de su propio corazón, que puede oír siempre que quiera, y sobre todo siempre que llueve, resonando como un eco en el bello sonido de sus latidos, zum, zum, zum... así... tal cual...

KEN WILBER

Ken Wilber es autor de más de veinte libros, el más reciente de ellos Integral Spirituality [Espiritualidad integral]. Sus últimos trabajos pueden encontrarse en www.kenwilber.com y también, junto con cientos de otros maestros espirituales contemplativos (incluidos diálogos con Caroline Myss) en www.integralinstitute.org.

Un prefacio demasiado personal

Un prefacio demasiado personal

El verano anterior a mi quincuagésimo cumpleaños, estando en la cocina de mi casa en la ciudad, de pronto me di cuenta de que no tenía una verdadera práctica espiritual. «Ironías de la vida», pensé, teniendo en cuenta que doy conferencias sobre espiritualidad con cierta frecuencia y fluidez. Aunque la idea me dejó tocada, me la quité de la cabeza diciéndome que al rezar con regularidad y contar con una educación católica, una titulación superior en teología y una biblioteca personal bien pertrechada, repleta de textos sagrados, ya tenía el cupo cubierto de sobra.

Poco después, aquel otoño, empecé a interesarme por el tema de la generosidad y el servicio a los demás, y el porqué de que tantas personas se sientan impulsadas a ayudar al prójimo. Para indagar sobre el tema, envié un mensaje electrónico a través de mi página web en el que pedía a la gente que me contase anécdotas de ocasiones en las que hubieran recibido un gesto inesperado de bondad o en las que ellos mismos hubieran socorrido a alguien de alguna manera. Esperaba recibir aproximadamente un centenar de cartas, pero en el plazo de tres semanas llegaron más de 1.400. Las leí todas. Algunas tenían hasta seis páginas, otras menos de tres líneas, pero todas me llegaron directo al corazón. A veces, cuando ya llevaba leídas sesenta o setenta, me ponía a llorar por la ternura y la gratitud que transmitían, a menudo por la bondad de desconocidos.

Me quedé estupefacta al ver el poder que poseemos las personas de cambiar, y hasta salvar, la vida de otro ser humano. Los autores de las cartas relataban historias de personas y ángeles que habían intervenido en su vida con palabras, actos, alimentos, ropa, amabilidad, abriéndoles una puerta, ofreciéndoles refugio y devolviendo la dignidad a quien se había quedado sin hogar. Esas historias eran regalos vivientes de gracia, pruebas vivientes de la acción de Dios en la Tierra, y también yo sentí la necesidad de transmitirlas. Quise que otras personas —usted, lector o lectora— supieran el poder que tienen en realidad y lo mucho que importa cada acto que realizamos en la vida.

Con el tiempo, tales historias se convirtieron en la base de mi libro Invisible Acts of Power [El poder invisible en acción], y con dicho libro llegó el comienzo de mi práctica espiritual.

Mientras escribía El poder invisible en acción, estudié textos sagrados de todas las tradiciones en busca de las citas y parábolas perfectas que resaltaran los relatos de actos invisibles del libro y que ilustraran la naturaleza universal del carácter sagrado de los actos de servicio. Había empezado a desconectar el teléfono nada más llegar a la oficina, a fin de concentrarme en la lectura, de modo que en la oficina (y en mí) se percibía una calma poco característica. Una mañana, en la paz de mi despacho, me vino a la memoria un recuerdo de mi época universitaria, una conversación con una monja que me dijo: «Acuérdate, Carol, de que leer una plegaria es lo mismo que pronunciarla. La gracia llega de ambos modos.» Sentí un escalofrío por todo el cuerpo, no de carácter sentimental, sino místico, que me produjo una sensación de reverencia y asombro.

En lo más hondo de mi alma, me di cuenta de que durante aquellas semanas pasadas en mi despacho en realidad había estado en un retiro, un retiro mudo e inconsciente en el que me había sumergido en enseñanzas sagradas. Las maravillas de seres humanos que habían respondido a mi interés por el servicio al prójimo me habían llegado al corazón. Justo detrás de ellos venía lo sagrado. Durante todo ese tiempo, mientras yo creía que estaba investigando, de hecho me había introducido en el dulce santuario de la oración y la contemplación.

En una revelación fugaz, vi que había invitado a Dios a entrar directamente en mi vida. Y en aquel instante luminoso, rebosante de luz, me vi absorbida en la conexión entre Dios y el amor, me quedé sin respiración y caí presa de un ataque de epilepsia.

Bien, avancemos deprisa en el tiempo. Una vez que me hube recuperado de aquella pesadilla, supe en mi interior que no sufría ningún trastorno que me provocara ataques, lo que más adelante fue confirmado por los médicos. Sin embargo, sí comprendí que, como dice W. B. Yeats en su brillante poema titulado La canción del Aengus errante, «tenía un fuego ardiendo en la cabeza» y en el corazón, pero sobre todo en el alma. Había descubierto mi alma. De hecho, sentía como si se me hubiera clavado en el alma un haz de luz que la iluminaba y me llamaba hacia ella.

Es muy arriesgado hablar en nombre de Dios, sobre todo con un tono de autoridad absoluta. A veces pienso que las personas que van dando explicaciones de cómo «piensa» Dios que han de comportarse los seres humanos deben de parecerle completos idiotas a la divinidad. Pero sí es posible hablar con integridad de nuestras propias experiencias con el Dios que ha venido a nosotros de manera individual. Y es desde esa posición que comparto mis experiencias con usted. De dichas experiencias puede extraer la orientación o la inspiración que desee.

Yo estoy convencida de que lo divino se encuentra en todas partes y existe incluso en los detalles más íntimos de nuestra vida. Todo lo que experimentamos hoy tiene su propósito en lo que suceda mañana; a veces, pasan años sin que ese propósito se haga evidente. Sin embargo, Dios nos prepara para nuestro viaje espiritual, por muy complicado, doloroso o exigente que pueda resultar. Por esta razón, la paciencia, la confianza y la fe deben ser constantes en nosotros; no podemos, y desde luego no debemos, intentar siquiera creer que sabemos lo que es mejor para nosotros. Lo divino nos revelará el plan que tiene para nosotros, y tenemos que estar abiertos para recibirlo. Tras este pequeño consejo, quisiera contar por qué y cómo me enamoré de Teresa de Ávila, cuyo trabajo de toda una vida sobre el alma constituye el cimiento de este libro, así como de mi propio viaje espiritual y mi práctica personal.

Tras aquel súbito despertar del alma en mi oficina, me mudé de mi casa en la ciudad a una antigua mansión victoriana que había reformado. Comencé a trabajar con un director espiritual a quien veía al menos una vez por semana (que por cierto es seguidor de Jung y teólogo católico, una persona a la que estoy convencida de que estaba destinada a conocer). Mis sueños y mi viaje interior se habían vuelto más místicos, como si me estuvieran conduciendo hacia un nuevo territorio espiritual. Aun así, en apariencia todo parecía normal: daba clases, estaba escribiendo un libro nuevo y cumplía con todos los demás compromisos profesionales. Pero por dentro ya nada era igual. Me estaba moviendo —o siendo movida— hacia otro lugar.

Como parte de mi programa docente, fundé un instituto de estudios, el CMED (Caroline Myss Education), que al principio ofrecía dos programas, uno sobre Contratos Sagrados y otro sobre Intuición y Misticismo. Un fin de semana de invierno, después de mi experiencia «luminosa», cuando estaba a punto de iniciar la primera clase de un seminario que iba a durar tres días, un alumno me preguntó: «¿Y cómo es su vida espiritual?» Normalmente yo habría dado una respuesta concisa, algo así como: «Rezo», seguido de «¿Más preguntas?», ya que siempre he defendido ferozmente mi intimidad y sólo cuento anécdotas sociales e historias similares. Pero aquella vez decidí responder a la pregunta, aunque en mis planes para aquella mañana no se incluía mi biografía espiritual sino más bien la vida de los místicos católicos como san Juan de la Cruz, san Ignacio de Loyola y santa Teresa de Ávila. La tarde estaba reservada a los místicos orientales, empezando por mi preferido, Rumi. Pero hicimos una breve digresión para hablar de mis creencias personales.

Los alumnos querían saber cuándo había empezado a creer en Dios, una pregunta que siempre me resulta graciosa. Yo siempre he creído en Dios; jamás he tenido un momento ni un instante de duda. Siempre he creído en los milagros. Me crié en un país de ensueño espiritual en que la presencia de lo divino lo invadía todo. Hace mucho tiempo que tengo una visión mística del mundo, así que enseñar a los místicos aquel día parecía algo natural.

Cuando dejé el tema de mis creencias y pasé a hablar de la vida de los místicos, otro alumno preguntó: «¿No es cierto que los ataques son un trastorno propio de los místicos?» Hasta aquel momento yo no había dicho ni una palabra acerca del tema, y me quedé un tanto atónita. «Sí —respondí—, muchos místicos sufrieron ataques. Teresa de Ávila se desmayó en numerosas ocasiones a causa de ellos.» Luego, de forma inexplicable, sentí una sensación de ahogo. De pronto me resultó imposible hablar. Jamás había perdido la compostura mientras estaba dando clase, pero aquella mañana me sucedió y tuve que abandonar el estrado llorando. Un colega me sustituyó durante el resto de la mañana mientras yo permanecía sentada en compañía de una amiga.

Me sentía extraña, vulnerable, asustada. Algo había cambiado para mí, en mí, pero era incapaz de identificarlo. ¿Iba a sufrir un segundo ataque? ¿En el estrado? No tenía ni idea, pero sentía un pánico que me provocaba náuseas.

Aquella misma tarde empecé la siguiente sesión, a pesar de todo. Siempre doy clase de pie y moviéndome por el entarimado, pero esa vez me senté en una banqueta. Tenía en las manos un ejemplar de El castillo interior, de Teresa de Ávila, aunque lo planeado era hablar de Noche oscura del alma de san Juan de la Cruz. Al subir al estrado había tomado el libro equivocado, pero no quería moverme porque me sentía muy frágil. «Bueno —pensé—, no importa.» Y di comienzo a mi charla.

«Teresa de Ávila era una monja carmelita del siglo XVI que...»

De repente sentí una presencia, una fuerza cerca de mí. Y entonces oí que decían: «Hija, sígueme.»

Era la voz de Teresa. Mi reacción inmediata fue: «No permitas que mis alumnos sepan que nos hemos conocido, Teresa. No dejes que se enteren.»

Durante los tres días siguientes hablé del El castillo interior como si lo hubiera estudiado toda la vida, cuando en realidad lo conocía sólo vagamente. Seguí a santa Teresa hasta su castillo y procedí a explicar a mi público lo mejor que pude las imágenes y la información sobre el interior del mismo. Aquel fin de semana, delante de todos aquellos alumnos, Dios me despertó una pasión y no tuve más remedio que seguirla. Ese mismo fin de semana entré también en el castillo interior de mi alma y di comienzo al trabajo que luego se convirtió en este libro.

De vuelta en casa después de aquel seminario, lo primero que hice fue tirar a la basura hasta la última página de un manuscrito de siete capítulos en el que llevaba meses trabajando. El lunes por la mañana llamé a mi editora para decirle que necesitaba empezar de nuevo. Ya habíamos pasado por un cambio drástico similar en otra ocasión, mientras escribía Anatomy of the Spirit [Anatomía del espíritu], de modo que le conté lo ocurrido y que pensaba dedicarme a Entrar en el castillo. Ella me recordó el plazo de entrega y me dijo: «Adelante.»

Entonces y sólo entonces comprendí de verdad lo que había hecho. Como si regresara de unas caras vacaciones esperadas durante largo tiempo y en las que me había dado toda clase de caprichos, pequeños y grandes, volví a la tierra, a la realidad cotidiana y al duro trabajo de escribir acerca de una experiencia esencialmente inefable. Tras aquel fin de semana de excesos espirituales con Teresa de Ávila, tras aquel seminario místico, lleno de alma, con la fuerza de un vendaval, me encontré sola en la cocina de casa, a punto de empezar a escribir un libro nuevo que dos días antes ni siquiera había imaginado. Y además iba a dejarme guiar por una monja carmelita del siglo XVI. En forma de ruego, dije: «Tengo que decirte, Teresa, que acabo de poner mi carrera en juego. Más vale que esto sea real.»

Cinco minutos después llegó el correo. Traía una carta de Inglaterra, de alguien que yo no conocía. Con la carta venía un punto de libro con un mensaje al dorso escrito a mano: «Caroline, todos los días rezo por tu salud y tu protección. Que Dios te guíe en todos los pasos que des. Con cariño, Colette. Gracias por habernos iluminado el camino.»

En la parte frontal del punto, que tengo ante mí en este preciso instante, hay un dibujo de un estanque con flores, y un mensaje que reza: «Que nada te turbe. Sólo Dios basta. Teresa de Ávila.»

Tenía la prueba que necesitaba. Y ahora jamás me separo del punto.

Cambiando de tema, ya me he recuperado del todo. Estaba preparada para no curarme; para tener que hacer frente a un trastorno crónico. Ahora sé lo vulnerable que puede llegar a sentirse un ser humano. Estaba preparada para convertirme en una persona dependiente del cuidado de otros, lo que, para alguien independiente como yo, no suponía ningún consuelo. Tener que decir: «Si esto es lo que hay, pues adelante», puede ser duro de tragar, pero ser incapaz de aceptar lo que no se puede cambiar es mucho peor. Y sé que eso es así en lo más hondo de mi alma.

De todo esto nació Las siete moradas. Es ciertamente producto de mi alma, así como del alma de todos aquellos que me ofrecieron El poder invisible en acción. De no ser por ellos, ni esta obra ni el viaje de mi alma se habrían iniciado jamás. Siento una gratitud inmensa hacia todas las personas cuyos relatos inspiraron ese preciado libro.

Las siete moradas también forma parte de un despertar espiritual mucho mayor: un despertar del alma colectiva de la humanidad. Cada vez son más las personas que se sienten atraídas por las obras de los grandes místicos de las tradiciones judeocristiana y oriental. Ese anhelo de lo sagrado no pueden satisfacerlo las religiones generales, que apelan sobre todo a la mente y al corazón. Como cultura en evolución espiritual que somos, ahora estamos preparados para encontrarnos con nuestra alma.

No obstante, se requiere gran valor para llegar a conocer el alma de uno. Y es que, cuando se la conoce de verdad —y se acata su poder y se vive de acuerdo con su autoridad— lo divino viene a llamarnos. Una vez que tomamos conciencia de nuestra alma, es muy probable que nosotros mismos nos sintamos «llamados». También se requiere valor para afrontar la llamada, porque puede conducirnos a lugares de intensa luz e intensa oscuridad.

Cuando lo divino se manifestaba en los místicos de antaño, éstos veían, oían y sentían a Dios de muchas formas distintas. Lo seguían a cuevas y bosques, monasterios y ashrams, a cualquier sitio con tal de reunirse una y otra vez. En la actualidad, la idea de ser llamado a ese camino de intimidad espiritual con Dios puede parecer anticuada. Cuando uno piensa en los casos extremos de renuncia, hambre y mortificación que hicieron famosos a varios místicos de renombre, se llega a decir incluso que menos mal que fueron tiempos pasados.

Pero ser llamado sigue siendo posible hoy en día. Y cuando llegue la llamada, es prácticamente seguro que no nos pedirá que renunciemos a la familia y los amigos y nos recluyamos en un convento. Podemos llegar a conocer el alma, y fortalecerla, y prepararnos para esa llamada. De eso trata Las siete moradas: de nosotros, nuestra alma y del camino para conocer a Dios.

La plantilla de nuestro viaje hacia dentro, El castillo interior, es una obra de Teresa de Ávila, quien también fue llamada a escribir esa obra maestra espiritual después de haber tenido una visión del alma en forma de castillo de cristal luminoso, parecido a un diamante, que albergaba en su interior muchas facetas o moradas. Concretamente describió siete moradas, cada una dotada de múltiples aposentos. Y en la morada central vive Jesucristo, o, para nuestro propósito, Dios, lo sagrado, el alma superior, la realidad o la conciencia, y nos conduce más adentro todavía. Por nuestra ruta a través de esas moradas y en dirección al centro del alma se avanza atravesando estados cada vez más profundos de oración y reflexión. Esta visión de la estructura del alma se convirtió en el itinerario del viaje interior de santa Teresa para alcanzar la purificación (conocimiento de uno mismo y perdón), la iluminación (conciencia superior y compasión) y la unión con lo sagrado.

Cuando leí las siete moradas de El castillo interior, inmediatamente me di cuenta de que había encontrado el camino para proseguir el viaje que había iniciado años atrás en Anatomía del espíritu, sólo que esta vez contaba con una senda que conducía del espíritu cuerpo-mente hasta el alma superior. Anatomía del espíritu presenta el «alma práctica», el espíritu que actúa en el mundo cotidiano ayudándonos a sobrevivir. No estoy diciendo que tengamos más de un alma, sino que poseemos diferentes estados de conciencia respecto del alma. En El castillo interior, por ejemplo, santa Teresa advierte que aunque nos encontremos ya en nuestra alma y nuestra alma en nosotros, seguimos necesitando «entrar en el castillo [o alma]» para alcanzar el estado de conciencia profundo que nos es necesario para conocer a Dios. El presente libro es un viaje para despertar esa alma más profunda, nuestra alma mística. Cuando uno entra en el castillo, penetra más allá del alma práctica y se sumerge en la capacidad de experimentar a Dios.

De igual modo que Anatomía del espíritu y todas mis otras obras, Las siete moradas está escrito desde una perspectiva transreligiosa. No sólo va dirigido a católicos ni aun a cristianos, sino a todo aquel que anhela encontrar una llamada y seguirla. Es una búsqueda de las verdades cósmicas y unificadoras.

Cuando usted entre en su castillo, se embarcará en un viaje vital que lo transformará a usted y a su relación con Dios y con el mundo. Descubrirá que no necesita salir de casa para encontrarse con Dios y recibir la gracia. Descubrirá que la oración posee un poder sin límites, que puede curar, y que la contemplación —esencial para mantener un diálogo con el alma y con Dios— requiere algo más que simplemente retirarse en soledad.

Hace falta mucho coraje para comprometerse con el alma. Aunque nuestra alma sea nuestra compañera más íntima, es posible que necesitemos ayuda para comprenderla, para identificar sus mensajes y atender su llamada. Más que un libro, Las siete moradas es una guía para el alma, un texto de orientación espiritual al que podremos acudir durante el resto de nuestra vida.

He escrito Las siete moradas teniendo en mente en todo momento la siguiente imagen: usted, el lector, en mi despacho, sentado conmigo, frente a mí, y yo hablando con usted como si estuviéramos solos, en un debate personal y espiritual. Me imagino que le miro a los ojos y rezo con usted, le escucho y le guío hacia su castillo. En cada página de este libro hago ese viaje con usted.

Introducción: la llamada

Introducción

La llamada

Hace varios años, impartí un seminario en mi centro universitario de Saint Mary-of-the-Woods, que se encuentra en Terre Haute, Indiana. Duró casi una semana y se celebró durante una ola de calor especialmente intensa en que se alcanzaron temperaturas superiores a los 32 ºC y un alto índice de humedad. Ya el primer día, hubo al menos diez mujeres que se echaron a llorar por el calor y se quejaron de que los dormitorios colectivos en que nos alojábamos carecían de aire acondicionado y del mobiliario necesario. De hecho, las habitaciones estaban semivacías y resultaban tristes e incómodas, provistas tan sólo de camas y luces en el techo, dado que los alumnos que las amueblaban durante el curso lectivo se encontraban de vacaciones.

A pesar de todo ello, o tal vez debido a ello, yo me sentía en casa. De regreso en mi antiguo campus, me sentía libre como nunca para enseñar. Experimentaba una sensación de libertad de espíritu y de expresión; hablé de la naturaleza de los milagros, de la vida de los santos y los místicos, de la presencia de ángeles y de la razón por la que anhelamos la comunicación con lo divino. El lugar y el entorno eran perfectos, ya que el centro universitario es a su vez un convento, la casa matriz de las Hermanas de la Providencia, y el recinto alberga una iglesia preciosa y una capilla del Santísimo Sacramento, además de una gruta que es réplica de la de Lourdes, donde santa Bernadette tuvo visiones de la Virgen María.

Mencioné a los participantes que durante la semana pensaba acudir a la capilla como solía hacer cuando era estudiante, y que también ellos podían visitar libremente cualquiera de los lugares sagrados pertenecientes al convento. Hay una capilla especial en la que siempre ha habido por lo menos una persona rezando, a cualquier hora del día, desde que se construyó hace más de 150 años. A mí siempre me ha encantado esa capilla, y hubo muchos participantes que acudieron pronto a meditar en su preciado silencio.

Al final del primer día, a nadie le importaba ya el calor, las habitaciones oscuras y espartanas, las ásperas toallas del baño ni la horrible comida que nos servían. Juntos penetramos en la enrarecida atmósfera de lo divino. Y concluimos nuestro retiro rezando en grupo en la gruta con una vela en la mano.

Aquella visita despertó algo profundo en mi alma, el deseo de encontrar una manera más directa de trabajar con aquella conciencia mística e inmediata de lo trascendente, de Dios, que todos sentimos allí.

Este libro es esa manera.

Llevo veinticinco años enseñando y escribiendo acerca de la conciencia humana y la espiritualidad, el poder personal y la intuición. En The Creation of Health [La creación de la salud] presenté un perfil del sistema energético humano que muestra las tensiones emocionales/ psicológicas/espirituales que subyacen a setenta y cinco enfermedades. Ése fue también el primer libro en que presenté mi interpretación del sistema oriental de los chakras, paradigma espiritual y energético del que me serví para entender las causas de la enfermedad.

En mi siguiente libro, Anatomía del espíritu, ofrecía una «teología biológica» y entrelazaba el significado simbólico de los siete sacramentos del cristianismo, los chakras orientales y el místico Árbol de la Vida del judaísmo. En Why People Don’t Heal and How They Can [Por qué las personas no se curan y cómo pueden curarse], adopté la postura de que no todo el mundo quiere estar sano —quieren una «heridología»— y examiné lo que hace que muchas personas tengan miedo de curarse y por tanto saboteen su proceso de curación.

Después de esos tres libros sobre la salud de mente-cuerpo-espíritu, dirigí la atención hacia los arquetipos y el inconsciente colectivo en Sacred Contracts [Contratos sagrados], partiendo de la suposición de que a cada uno de nosotros, antes de nacer, se nos asigna un Contrato Sagrado que debemos cumplir en esta vida. El poder invisible en acción me llevó por un nuevo camino espiritual, en el que examiné la naturaleza de la generosidad. Ese libro elogia los actos de bondad, pero también explora por qué la gente tiene miedo de ser generosa, cómo luchamos contra el deseo de ayudar al prójimo, y el temor de que «no haya suficiente para repartir», sobre todo cuando sabemos de forma instintiva que nuestra ayuda confiere poder a otras personas. En El poder invisible en acción, también relaciono la generosidad con la madurez de la intuición. Cuanto más intuitivo se es, más generoso, porque no se puede evitar reaccionar compasivamente a las necesidades de los demás. Uno desea actuar de manera invisible, anónima; no necesita obtener reconocimiento por el bien que hace, sea grande o pequeño.

Ahora, en Las siete moradas, quiero ayudar al lector a dejar atrás sus ideas y prejuicios sobre la espiritualidad y la intuición y entrar en una experiencia de Dios más profunda, más auténtica. Ha llegado el momento de pasar de guiarnos por la intuición a guiarnos por la revelación divina. Muchos han buscado el poder espiritual a través de la intuición, pero han terminado frustrados. Han confundido los anhelos espirituales con los golpes de intuición que los instaban a cambiar, y han pensado que podían satisfacer dichos anhelos con prácticas tales como el yoga, la meditación o el retiro espiritual. Algunos han atribuido propiedades espirituales a sus habilidades intuitivas, considerándolas dones espirituales y muestras de una conciencia más evolucionada: un error peligroso.

Una espiritualidad de intuición es una espiritualidad falsa. Aunque la intuición puede permitirnos reformar nuestra vida cotidiana dando sensación de poder espiritual —y hasta puede que obtengamos algunas directrices espirituales a través de la intuición—, ésta no es una fuerza espiritual. Es una habilidad práctica que puede desarrollarse, un asunto del ego, no del alma. Utilizar la intuición como práctica espiritual es como llegar a un punto intermedio entre las tradiciones religiosas convencionales y la experiencia, más profunda, del misticismo y del despertar espiritual. La intuición puede ser un paso hacia una verdadera práctica espiritual, pero no es una práctica espiritual en sí misma. Los clásicos y auténticos despertares espirituales o místicos no pueden convertirse en habilidades intuitivas, y las habilidades intuitivas no deben considerarse capacidades místicas. El misticismo es un asunto del alma, no del yo.

El alma y el espíritu existen en dos reinos distintos. El espíritu humano representa el sentido de lo divino que percibe el yo —el ego— en el mundo; es una expresión de la personalidad y la mente racional, mientras que el alma humana es la esencia de la divinidad en sí.

La gente ansía una espiritualidad con los pies en tierra, contemporánea, que pueda practicarse a diario. Ya no queremos trabajar al azar con una espiritualidad híbrida de intuición y prácticas cuerpomente. Queremos el poder de la oración profunda y mística y de la disciplina sin tener que aislarnos en santuarios ni adoptar prácticas extremas de privación. No queremos hacer votos de pobreza ni de castidad. No queremos renunciar a la familia ni a los amigos. En pocas palabras: queremos ser místicos sin monasterio. Las siete moradas nos dice cómo lograrlo.

Aunque ansiamos la intimidad espiritual con lo divino, también abrigamos profundos temores acerca de Dios y el modo en que puede cambiarnos la vida un encuentro con lo divino. Anhelamos ser guiados, pero nos aterra la revelación. Rezamos para conocer a Dios, pero tememos lo que pueda respondernos. Mahoma, por ejemplo, se refugió en una cueva a escondidas del ángel que le envió Alá para enrolarlo al servicio de lo divino. Jesús tuvo que hacer frente a sus miedos respecto de su vocación. Hay una anécdota famosa sobre Graham Greene, el gran novelista británico contemporáneo cuyos personajes luchaban contra su conciencia y su fe, que cuenta que esperó casi tres años para conseguir una cita de quince minutos en Roma con un místico contemporáneo, el padre Pío. (El padre Pío falleció en 1968 y fue canonizado en 2002.) Poco antes de la cita, Greene asistió a una misa oficiada por el propio padre Pío y observó al sacerdote mientras éste rezaba. Después, sin acudir a la cita, regresó a Inglaterra. Cuando le preguntaron por qué se había ido sin ver al padre Pío después de haber esperado tanto tiempo, se dice que Greene respondió que no estaba preparado para la forma en que aquel hombre podía cambiarle la vida. Dicho de otro modo, Greene sabía que su alma iba a recibir la llamada, que iba a hacerse cargo de su vida. Y lo único que se le ocurrió para evitarlo fue intentar alejarse de la gracia y la divinidad.

Nosotros también sabemos de forma instintiva que responder a una llamada requiere tener cierta experiencia en ser reducidos a cenizas, ya sea desembarazándose de antiguas heridas o resentimientos y permitiendo que mueran y sean sustituidos por el perdón, o empezando una carrera o una relación en un lugar nuevo, o llorando la muerte de un ser querido y saliendo de ello para iniciar una nueva vida.

Tanto miedo nos da lo divino, que a veces reconducimos nuestra frustración respecto de nuestra espiritualidad manifestándola en forma de trastornos físicos o psicológicos. A menudo mantenemos nuestros miedos a raya reorientando nuestra espiritualidad en busca de capacidades intuitivas u otras prácticas, pero lo más común es que hagamos uso de tales prácticas, como el yoga o la meditación, para combatir el estrés y mejorar nuestra salud —objetivos que no corresponden— en lugar de profundizar en nuestra conciencia y conectar con lo sagrado. Como resultado, son muchas las personas que terminan atrapadas entre mundos, llenas de deseos de buscar su potencial espiritual pero temerosas de que ello desmonte su vida cotidiana, en particular su seguridad económica. Nuestra guía, Teresa de Ávila, también se debatía entre dos mundos, incluso después de hacerse monja. Ella entendía que a menudo cuestionamos el propósito de la vida, que queremos conocer a Dios y tenerlo en nuestra vida, pero que también queremos otras muchas cosas: familia, amigos, diversión, comida y música.

Con todo, no podemos abandonar nuestro anhelo de buscar una experiencia espiritual más profunda, porque la atracción de lo divino es la fuerza más básica de nuestra vida. Kahlil Gibran lo denominó «el anhelo de sí misma que tiene la vida». Es una atracción más potente que el miedo. Por eso está usted aquí, ahora, preparándose para entrar en el castillo.

Las siete moradas le ofrece un portal que conduce a una experiencia más profunda: el misticismo. Proporciona un itinerario que permite seguir viviendo en el mundo cotidiano del trabajo y la familia y al mismo tiempo atender la llamada de una genuina práctica espiritual que aporte una conexión directa con lo divino. La instrucción mística tradicional resulta demasiado extrema para nosotros, individuos corrientes, y sin embargo somos nosotros, los individuos corrientes, quienes buscamos ahora un camino más profundo de expresión divina. Santa Teresa arroja luz sobre nuestra búsqueda espiritual al asegurarnos que la vida tiene sentido y que podemos hallar la salida a nuestras dudas y nuestros miedos.

El místico, como indica la palabra, es la persona llamada a conocer lo divino a través de sus misterios. Hoy día, mucha gente quiere que los misterios y problemas de su vida se esclarezcan y se resuelvan rápidamente, pero los místicos saben que todos tenemos una tarea más profunda: aceptar que algunos problemas suponen un desafío para la razón humana, la lógica, el orden, la justicia, la equidad y hasta el sentido común. Saben que por debajo de esos problemas existe un orden divino y sienten que posiblemente sea revelado a su tiempo. Al fin y al cabo, no tiene sentido sentarse bajo un árbol a esperar la iluminación sin la promesa de que dicha iluminación llegará en el futuro, pero esperar fue lo que hizo Gautama, que más adelante se convirtió en Buda, un ser rebosante de luz. Tampoco tiene lógica permanecer sentado días, semanas o incluso meses en posturas que silencian el cuerpo y liberan el espíritu, y en cambio eso es lo que hacían los primeros yoguis, una y otra vez, para mostrar el camino a los demás.

Es poco probable que usted sea llamado de esa manera, pero puede que su llamada también desafíe a la razón. En el castillo, usted invita a lo sagrado a entrar en su vida; aprende a rezar y a esperar, a prepararse para recibir instrucciones. Los místicos saben que sus instrucciones llegarán con las tareas que Dios les tiene preparadas. La orden: «Francisco, reconstruye mi iglesia», inspiró al hombre que se convertiría en san Francisco de Asís para reconstruir una iglesia en mal estado que había en un bosque. De haber imaginado que esa orden contenía un segundo significado, mucho más grandioso —reconstruir la Iglesia de Roma—, tal vez habría rehuido el encargo (aunque éste lo habría alcanzado de todos modos, inevitablemente, como ocurre con todas las llamadas).

Algunos místicos aguardan la experiencia pura de la gracia y lo divino. Gracia es la palabra con que nombramos el poder de Dios que reconocemos en nuestra vida. Anhelamos lograr que ese poder sea tan real que podamos sostenerlo en las manos o sentirlo como un calor que nos recorre el cuerpo. Queremos saber que esa sustancia divina es real, y que nos protege y nos sana y baja del cielo cuando así lo solicitamos. Las conversaciones de Teresa de Ávila con Dios, por ejemplo, para ella eran incluso más reales que su vida física. Ella sentía la gracia a su alrededor y en su interior. La veía manifestarse en visiones y la oía en voces. Una visión le preguntó: «¿Quién eres?», y ella contestó: «Soy Teresa de Jesús. ¿Quién eres tú?» «Yo soy Jesús de Teresa», repuso la visión. Las monjas que la vieron en sus estados de éxtasis le rogaron que les mostrara el camino hacia Dios, lo que hizo en El castillo interior y Camino de perfección.

Tal como escribió Martin Buber, «vivir significa que se dirijan a uno». Una vez que a uno lo llaman, no tiene más remedio que atender la llamada. Puede que cuando nos llamen, el cielo ya haya tomado una decisión por nosotros y no podamos sino rendirnos a la llamada divina, aunque sea la última cosa que conscientemente elegiríamos hacer. La llamada nos despierta a lo que hay más allá.

Los maestros también revelan que, ciertamente, dentro de nuestra esencia espiritual poseemos la fuerza y la fe necesarias para responder a la llamada y embarcarnos en el viaje al más allá. «Sí, aunque camine por el valle de la sombra de la muerte, no temeré. Porque tú estás conmigo, tu vara y tu cayado me confortan.» Una vez que nos abrimos a Dios, una vez que Dios envía una luz directa al interior de nuestra alma, nuestra vida se convierte en un viaje de fe. Parecerá que los misterios nos inundan hasta sobrepasarnos, pero la fe y la oración nos ayudarán a afrontar tanto lo conocido como lo desconocido.

En efecto, para las «santas anoréxicas» —Julian de Norwich, Hildegard de Bingen y Clara de Asís—, su alimento parecía provenir tan sólo de su fe. A estas pocas elegidas por la divinidad, por lo visto las mantenía únicamente la gracia que recibían durante sus experiencias espirituales, mientras que otros se habrían derrumbado por debilidad, agotamiento o locura. Su sufrimiento autoimpuesto se convirtió en la marca distintiva de la mística medieval, un extremo innecesario hoy en día, pero en aquel tiempo su ejemplo de fortaleza ante el sufrimiento —soportar un entorno severo, enfermedades, pobreza y aislamiento— inspiró a miles de personas que también vivían en condiciones extremas. Al fin y al cabo, a todo el mundo le llegan el dolor y el sufrimiento, así es la vida. Si un místico podía sufrir tanta pobreza y privaciones y aun así tener generosidad de espíritu y energía espiritual para curar a otros, fundar comunidades espirituales, escribir algunas de las obras literarias espirituales y partituras musicales más bellas del mundo, y hasta ser vehículo de milagros, no cabía duda de que había un Dios en el cielo y que se ocuparía también de otros seres humanos, más comunes.

Pero ¿qué relevancia tiene esto hoy día? ¿Cómo pueden las experiencias de unos místicos enclaustrados de hace cuatrocientos años tener una aplicación práctica a las tensiones que sufrimos en nuestra sociedad contemporánea? De hecho, necesitamos su inspiración ahora más que nunca. En la actualidad son tantas las personas que están experimentando una noche oscura del alma (así es como definió san Juan de la Cruz la alienación espiritual), que ésta alcanza proporciones de epidemia espiritual. La querida mística contemporánea Madre Teresa decía que en Occidente, el hambre de verdad «es el hambre del alma». Nadie, salvo los místicos medievales, ha proporcionado rutas tan precisas y concienzudas para el análisis de uno mismo y la introspección —ni una idea de qué es lo que espera de nosotros la divinidad.

La época de los místicos ha regresado. Este segundo gran renacimiento de la mística llevaba varias décadas gestándose, mientras nos hacíamos las preguntas que ponen lo divino en contacto directo con nuestra alma: «¿Con qué propósito he nacido?», «¿Cuál es mi camino espiritual?» y «¿Cómo puedo recibir instrucciones claras?» No se trata de preguntas corrientes. Son invocaciones espirituales, invitaciones a que Dios se acerque un poco más. Y cuando Dios las oye, eso es exactamente lo que hace.

¿Qué sensación produce la intimidad con lo divino? ¿Cómo se sabe si nuestra alma nos está llamando a vivir una expresión más profunda de lo divino para el resto de nuestra vida? ¿Ha sentido usted la llamada? ¿Cómo piensa reaccionar? Puede que lo averigüe cuando entre en el castillo.

¿PODRÍA USTED SER UN MÍSTICO SIN

MONASTERIO?

He escrito este libro porque estoy convencida de que miles y miles de nosotros hemos sido ungidos para atender nuestra llamada. Espero que mi interpretación de la inspiración espiritual de santa Teresa y otros místicos expuesta en un lenguaje adaptado a los tiempos modernos le ayude a seguir su camino. Yo le acompañaré al interior de su castillo, y puedo asegurarle que reconocerá el suelo que irá pisando. Sus moradas y sus aposentos empezarán a resultarle muy familiares. Al fin y al cabo, el castillo de su alma es su legítimo hogar.

Primera parte. Prepararse para el viaje

PRIMERA PARTE

Prepararse para el viaje