Dentro de sus gruesos muros de piedra, París ardía bajo el sol del verano. Hacía semanas que, desde los rincones más distantes de la tierra francesa, los viajeros atravesaban las puertas de la ciudad. Los nobles llegaban con su séquito, seguidos por mendigos, vagabundos y ladrones, que se unían a ellos en el camino. Parecía que todos los habitantes de Francia habían decidido presenciar la boda de la princesa católica de Francia con el rey hugonote de Navarra.
De tanto en tanto pasaba una brillante figura acompañada por el sonido de las trompetas que lo anunciaban como noble. En su camino al Louvre atravesaba calles de casas altas y elegantes con techos como agudos bonetes grises, y si se trataba de un noble católico lo saludaban los católicos, y los hugonotes, si era un hugonote.
En las callejuelas, con su mugre y sus moscas, había tensión, y ésta se percibía también en las calles y las plazas sobre las que se elevaban, como guardianas, las torres góticas de la Sainte Chapelle y de Nôtre Dame, los muros sombríos de la Bastilla y la Conserjería. Los mendigos husmeaban el olor de comida que parecía estar perpetuamente en las calles, porque ésta era una ciudad de restaurantes, donde florecían los rôtisseurs y los pâtissiers, protegidos por los nobles y hasta por el rey mismo. Los mendigos estaban hambrientos, pero también alerta.
De vez en cuando estallaba una riña en las tabernas. Se decía que habían matado a un hombre en los Ananas y que su cadáver había sido arrojado en secreto en el Sena. Era un hugonote, y no era extraño que hubiera tenido dificultades en el París católico. Un hugonote entre católicos era una amenaza peligrosa; pero ese verano en París había miles de hugonotes. Se los veía en las calles, frente a la iglesia de Saint-Germain l’Auxerrois, paseando por las calles congestionadas, entre chozas o mansiones; muchos se alojaban tras las paredes amarillas del Hôtel de Bourbon; otros se dirigían a la casa de la esquina de la rue de L’Arbre Sec y la rue Béthisy, que era el centro del más grande de todos los líderes protestantes, el almirante Gaspard de Coligny.
Hacia el este, en la rue Saint-Antoine, se encontraba una de las mansiones más grandes de París, el Hôtel de Guisa, y ese día de verano entró un hombre en la ciudad, cuya aparición llenó de alegría a la mayoría de los parisienses; era su héroe, su ídolo, el hombre más apuesto de Francia junto a quien todos los demás, aunque fuesen príncipes o reyes, parecían hombres del pueblo. Era el rubio duque, de veintidós años de edad, Enrique de Guisa.
Los parisienses le expresaban a gritos su devoción; agitaban sus gorras, aplaudían, saltaban, y sollozaban por el asesinato de su padre, que había sido como él. Era una figura romántica este duque de Guisa, en especial ahora que toda la ciudad se preparaba para celebrar esa boda, porque Guisa había sido amante de la princesa que sería entregada a un hugonote; y París se habría deleitado de ver al duque católico casado con su princesa. Pero se decía que la vieja víbora, la reina madre, había atrapado juntos a los amantes, y como resultado el apuesto duque fue dado en matrimonio a Catherine de Clèves, viuda del príncipe de Porcien, y la alegre y descuidada Margot fue obligada a renunciar al católico Enrique de Guisa y a casarse con el hugonote Enrique de Navarra. Era algo antinatural, pero era lo que podía esperarse de la italiana Catalina de Médicis.
—¡Viva! —gritaban los parisienses—. ¡Viva el duque de Guisa!
Él aceptaba elegantemente el homenaje. Seguido por su comitiva y por los mendigos que se les habían unido en el camino, entró en la rue Saint-Antoine.
La princesa Margarita, en sus aposentos del palacio del Louvre con su hermana, la duquesa Claudia de Lorena, escuchaba los vivas que se oían desde la calle y sonreía con alegría, sabiendo a quién se dirigían. Margarita, conocida en todo el país como Margot, tenía diecinueve años; de formas llenas, vivaz y sensualmente atractiva, se decía que era una de las mujeres más instruidas del país, y una de las más licenciosas. Su hermana mayor, más seria, esposa del duque de Lorena, hacía un agudo contraste con la princesa más joven; Claudia era una joven tranquila y sobria.
Los cabellos negros de Margot caían sobre sus hombros; se había quitado la peluca pelirroja que había elegido ese día. Le brillaban los ojos, y hasta Claudia sabía que brillaban por el apuesto duque de Guisa. Margot y Guisa eran amantes, aunque ya no se guardaban fidelidad. Había demasiadas separaciones y, se decía Claudia, la naturaleza de Margot era demasiado afectiva como para ser constante. La suave y dulce Claudia siempre trataba de ver a las personas con la óptica más condescendiente. Margot había dicho muchas veces a su hermana que le habían arruinado la vida al negarle el permiso de casarse con el hombre que amaba (el único que podía amar). Declaraba que como esposa de Enrique de Guisa habría sido fiel; pero como era su amante y no podía ser su esposa, había quedado deshonrada. Por desesperación aceptó a uno o dos amantes, y luego no pudo renunciar al hábito, porque le era fácil amar, y en la corte había muchos hombres atractivos.
—Pero —explicaba Margot a sus mujeres—, siempre soy fiel al señor de Guisa cuando está en la corte.
Y ahora pensar en él ponía brillo en sus ojos y una sonrisa en sus labios.
—Ve a la ventana, Carlota —ordenó—. Dime, ¿lo ves? Descríbemelo.
Una muchacha llena de encanto se levantó de su butaca y fue hasta la ventana. Carlota de Sauves no podía cumplir una orden como la que acababa de recibir sin proclamar que era la mujer más hermosa de la corte. Sus largos cabellos rizados estaban magníficamente peinados, y su atuendo era casi tan elaborado como los que usaban Claudia y Margot; era rubia, de ojos azules, y tenía dos o tres años más que Margot; su marido, un hombre de edad madura, ocupaba el cargo de secretario de Estado, y si bien sus obligaciones le dejaban poco tiempo para dedicar a su mujer, había muchos otros dispuestos a reemplazarlo en sus responsabilidades conyugales. La reputación de Margot estaba ligeramente dañada, pero la de Carlota de Sauves era francamente mala, porque cuando Margot tenía una aventura, realmente amaba, y ese amor era, aunque sólo temporalmente «el amor de su vida», pero los amores de Carlota eran menos inocentes.
—Ya lo veo —dijo Carlota—. ¡Qué alto es!
—Dicen que es por lo menos una cabeza más alto que los hombres de su comitiva —comentó Claudia.
—¡Y cómo monta a caballo! —exclamó Carlota—. No es de extrañar que los parisienses lo amen.
Margot se levantó y fue rápidamente hasta la ventana.
—No hay otro como él —declaró—. Ah, podría contarte tantas cosas. Ay, Claudia, no te espantes. No te contaré nada, porque no soy tan indiscreta como Carlota y Henriette.
—Sería mejor que nos contaras —sugirió Carlota—, de otro modo muchas de nosotras trataremos de averiguarlo por nuestros propios medios.
Margot se volvió hacia Carlota y le dio un fuerte tirón de orejas. Se lo había enseñado su madre, y sabía por propia experiencia que podía causar mucho dolor.
—Madame de Sauves —dijo, ahora plenamente en su papel de princesa—, haréis bien en guardaros de dirigir la mirada a monsieur de Guisa.
Tocándose apenas la oreja, Carlota replicó:
—Mi señora, nada debéis temer. No dudo de que monsieur de Guisa os es tan fiel... como vos le sois a él.
Margot se apartó y volvió a su asiento; en poco tiempo olvidó su furia, porque esperaba tener un encuentro con Enrique de Guisa; los que la rodeaban la conocían bien, y la querían, porque a pesar de sus defectos era el miembro más agradable de la familia real. Era de genio rápido, pero se calmaba con igual rapidez y era generosa y de buen corazón; siempre ayudaba a los que estaban en dificultades; era vanidosa e inmoral. Llegó a haber rumores desagradables en relación con su afecto por su hermano Enrique, duque de Anjou; en una época lo admiraba mucho, cuando él tenía diecisiete años y era el héroe de Jarnac y Montcontour, y el amor de Margot, aunque fuera por su primo o por su hermano, no negaba nada que se le pidiera. Era hermosa y alegre, e instruida, siempre muy ansiosa por hablar de sí misma, pero era una compañía encantadora, daba placer estar con ella, y todos la amaban.
Ahora, ante las palabras de Carlota de Sauves, debía justificarse a los ojos de sus mujeres. Se estremeció, y se columpió levemente en su sillón.
—Pensar —murmuró— que cada minuto que pasa me acerca más a un matrimonio que detesto.
Trataron de consolarla.
—Serás reina, querida hermana —dijo Claudia.
Otras colaboraron:
—Se dice que Enrique de Navarra, aunque no es tan hermoso como monsieur de Guisa, no carece de atractivos.
Carlota también participó, sin dejar de acariciarse la oreja.
—Muchas mujeres darían fe de sus atractivos —murmuró—. Es un poco rudo, digamos, un poco salvaje, pero sería difícil encontrar a alguien tan afectuoso y además tan elegante como monsieur de Guisa. El duque Enrique es un rey entre los hombres; en cambio dicen que el rey de Navarra no es más que un hombre... entre las mujeres.
—Calla, Carlota —intervino Margot, echándose a reír—. Ah, pero se me aprieta el corazón. ¿Qué puedo hacer? No me casaré con ese idiota. He oído que tiene debilidad por las campesinas.
—No más que por las grandes damas —replicó Carlota—. Sencillamente le gustan todas.
—Puede ser —respondió Margot— que el Papa no otorgue las dispensas. A cada momento ruego que el Papa se niegue a que se realice la boda. ¿Qué podríamos hacer entonces?
Sus damas sonrieron. Opinaban que la madre de la princesa, que deseaba la boda, no permitiría que ésta fuera impedida por un simple Papa. Pero no dijeron nada; lo habitual era participar de las fábulas de Margot. Claudia, por su parte, no deseaba atribular aún más a su hermana.
—Entonces no habrá boda —continuó Margot—, y todos estos hombres y mujeres podrán volver a sus lugares. Pero es interesante ver tanta gente en París. Debo confesar que me gusta. Me encanta oír los gritos de la gente toda la noche. Han convertido la noche en día, sólo porque se han reunido aquí para ver mi matrimonio con el estúpido de Enrique de Navarra, con quien nunca me casaré, con quien he jurado no casarme nunca.
Alguien llamó a la puerta.
—¡Adelante! —gritó Margot, y su rostro cambió cuando vio a Maddalena, la doncella italiana favorita de su madre. Claudia tembló; siempre temblaba cuando había alguna perspectiva de que fuera llamada a presencia de su madre.
—¿Qué sucede, Maddalena? —preguntó Margot.
—Su Majestad, la reina madre, desea la presencia inmediata de madame de Sauves.
Todas menos Carlota demostraron alivio, y ella no dio indicación alguna de lo que sentía.
—Ve de inmediato —dijo Margot con soltura—. No debes hacer esperar a mi madre.
Hubo silencio cuando se fue Carlota. Después de una pausa Margot continuó hablando de su odiado matrimonio, pero sus ojos habían perdido el brillo y la animación desapareció de su rostro.
Carlota de Sauves se arrodilló ante Catalina de Médicis, la reina madre de Francia, hasta que Catalina la autorizó a incorporarse con un movimiento de su bella y blanca mano.
Entonces Catalina tenía cincuenta y tres años de edad; en los últimos años había engordado mucho, porque era amante de la buena comida; vestía de negro, el luto que llevaba desde la muerte de su esposo, Enrique II, ocurrida trece años atrás. Tenía el rostro pálido, las quijadas colgantes, los grandes ojos salientes; un largo velo negro le cubría la cabeza y caía sobre sus hombros. Sus labios pintados sonreían, pero Carlota de Sauves tembló, como les sucedía a muchos cuando estaban en presencia de la reina madre, porque a pesar de su expresión más bien jovial, después de tantos años a nadie se le escapaba su oculta astucia; y había pasado muy poco tiempo desde la muerte de Juana de Navarra, la madre del futuro esposo, a quien habían convencido, contra sus deseos, de que fuera a la corte a hablar del matrimonio de su hijo con la hija de Catalina. La muerte de Juana fue rápida y misteriosa, y como ocurrió inmediatamente después de hacer ella lo que le exigía Catalina, había muchos en Francia que relacionaban la muerte de Juana de Navarra con Catalina de Médicis. La gente hablaba mucho sobre las extrañas costumbres de la reina madre, y sobre su origen italiano, porque se pensaba que los italianos eran adeptos al arte de envenenar; se sospechaba que quien la proveía de perfumes y guantes, René el Florentino, no sólo la ayudaba a eliminar sus arrugas, sino también a sus enemigos, y que además de perfumes y cosméticos le proporcionaba venenos. Hubo otras muertes además de la de Juana de Navarra, asesinatos secretos que arrojaban sospechas sobre esta viuda enlutada. Carlota pensaba en ellos en esos momentos, mientras se enfrentaba con la reina madre.
Pero Carlota, joven, audaz y bella, era todo menos tímida. Le encantaba la intriga; se deleitaba en explotar el poder que emanaba de su incomparable belleza. Catalina le tenía simpatía porque Catalina siempre favorecía a quienes podían serle útiles, y sabía usar a las mujeres bellas. No poseía un harén para satisfacer sus deseos eróticos como su suegro, Francisco I. Las mujeres de la Petite Bande de Francisco eran amantes suyas que cumplían con la tarea de divertirlo con su ingenio y su belleza; las mujeres de Catalina debían poseer los mismos atributos: ser capaces de encantar y seducir, tentar a los maridos a que fueran infieles a sus mujeres y a los ministros de Estado a que abandonaran sus obligaciones; arrancar secretos a quienes los poseían y apartar de sus reyes a los embajadores extranjeros. Todas las mujeres del Escadron Volant pertenecían a Catalina en cuerpo y alma, y ninguna de las que entraban en ese grupo esotérico se atrevía a abandonarlo. A ninguna mujer virtuosa se le habría pedido que ingresara en la cofradía, porque las mujeres virtuosas no tenían ninguna utilidad para Catalina de Médicis.
Carlota sospechaba el motivo de la llamada. Estaba segura de que se relacionaba con la seducción de algún hombre. Se preguntó de quién se trataría. En esos momentos había en París muchos hombres nobles y eminentes, pero sus pensamientos se dirigieron al joven que había visto a caballo, desde la ventana de los aposentos de Margot. Si era Enrique de Guisa, cumpliría con mucho gusto la tarea. Y bien podría ser. Tal vez la reina madre deseaba impedir la conducta escandalosa de su hija; y como Margot y Enrique de Guisa se encontraban ambos en París, sin duda habría escándalo, aunque él era el marido de otra mujer y ella estaba a punto de casarse.
Catalina dijo:
—Podéis sentaros, madame de Sauves —no fue inmediatamente al grano—. Venís de los aposentos de la princesa. ¿Cómo la habéis encontrado?
—Muy excitada por el tumulto en las calles, madame. Me envió a la ventana a ver pasar al duque de Guisa. Vuestra Majestad sabe cómo se comporta ella cada vez que el duque está en París. Está muy excitada.
Catalina hizo un gesto afirmativo.
—Bien, el rey de Navarra deberá cuidarla, ¿verdad? No será muy duro con ella por su liviandad. Padece de la misma debilidad —Catalina lanzó una estridente carcajada en la que Carlota participó obsequiosamente.
Catalina continuó:
—Dicen que este caballero de Navarra es muy galante. Lo es desde muchacho. Lo recuerdo bien —Carlota observó los labios de la reina madre, que se curvaron con cierta lascivia. Este aspecto de la personalidad de Catalina era tan repulsivo como cualquier otro para Carlota. Era fría como el hielo y no tenía amantes, pero le gustaba que las mujeres de su Escadron hablaran con ella de sus amores, mientras ella permanecía indiferente, insensible a las emociones, y a la vez como si participara vicariamente de sus aventuras—. Viejas y jóvenes —prosiguió Catalina—. No importaba qué edad tuvieran. Lo único que importaba era que fuesen mujeres. ¿Qué os ha dicho la princesa Margarita cuando os envió a la ventana a mirar a monsieur de Guisa?
Carlota relató en detalle todo lo que se había dicho. Era necesario no olvidar nada, porque la reina madre podía interrogar a otra de las presentes, y si los dos informes no coincidían se molestaría mucho. Le gustaba que sus espías observaran bien y no olvidaran nada.
—No está tan enamorada del apuesto duque como en otra época —declaró Catalina—. Una vez... —volvió a reír—. No tiene importancia. Esas aventuras os parecerían comunes, ya que habéis tenido las vuestras. Pero esos dos eran insaciables. Bella pareja, ¿verdad, madame de Sauves?
—Vuestra Majestad tiene razón. Los dos son muy hermosos.
—Y ninguno de los dos es capaz de mucha fidelidad. Son presa fácil de la tentación. De manera que mi hija estaba un poco celosa del efecto que pudiera tener vuestro interés sobre el apuesto Guisa, ¿no es cierto?
Carlota se tocó levemente la oreja, y Catalina rió.
—Tendréis que realizar una tarea, Carlota.
Carlota sonrió, pensando en la elegante figura a caballo. Como muchos opinaban, era el hombre más apuesto y encantador de Francia.
—Deseo que la vida de mi hija sea lo más placentera posible —continuó Catalina—. Siente rechazo por esta boda, lo sé, pero le satisface verse en el papel de la inocente agredida, de manera que, en alguna medida, disfrutará con el papel de desposada contra su voluntad. El joven rey de Navarra siempre ha sido uno de los pocos jóvenes que no la atraen, y deseo que me ayudéis a facilitarle las cosas.
—Sólo tengo un deseo, y es servir a Vuestra Majestad con todo mi corazón.
—Vuestra tarea será fácil. Está dentro de vuestras capacidades, y como implica atraer a un joven apuesto y tratar de enamorarlo, supongo que la cumpliréis sin inconvenientes.
—Confíe Vuestra Majestad en que haré todo lo posible por complacerla.
—No será desagradable. El amante que os propongo tiene una reputación tan colorida como la vuestra. He oído decir que es tan irresistible para muchas mujeres como vos lo sois para muchos hombres.
Carlota sonrió. Hacía mucho que deseaba al atractivo duque de Guisa. Si nunca se había atrevido a poner sus ojos en él era porque Margot vigilaba a sus amantes como una leona a sus cachorros; pero si era una orden de la reina madre, la ira de Margot tendría poca importancia.
—Veo que os interesa la propuesta —dijo Catalina—. Disfrutad de vuestra empresa, querida mía. Estoy segura de que así será. Comunicadme vuestros progresos.
—¿Vuestra Majestad desea que comience enseguida?
—No es posible —Catalina sonrió con lentitud—. Tendréis que esperar a que este caballero llegue a París. No desearía que comenzarais a cortejarlo por correspondencia.
—Pero, madame... —comenzó Carlota, sorprendida.
Catalina arqueó las cejas.
—¿Sí, madame de Sauves? ¿Qué deseabais decirme?
Catalina guardó silencio, con los ojos bajos.
—¿Pensabais que me refería a alguien que está ya en París..., que acaba de llegar a París?
—Pensé que... que vuestra Majestad hablaba de alguien que está ya en París.
—Lamento desilusionaros —Catalina se miró las manos, aún bellas y jóvenes gracias a las lociones de René—. No deseo que vuestros amores avancen con demasiada rapidez. Mientras cortejéis a este joven, recordad vuestros deberes de esposa. Debéis decirle que vuestro respeto por el barón de Sauves, mi secretario de Estado y vuestro amante esposo, os impiden darle lo que desea, y lo que sin duda pronto os pedirá con gran elocuencia.
—Sí, señora.
—Eso es todo. Podéis marcharos.
—Vuestra Majestad aún no me ha dicho el nombre del caballero.
Catalina rió en voz alta.
—Una omisión seria de mi parte. En realidad es muy importante que lo sepáis. Pero ¿no lo habéis adivinado? Me refiero, por supuesto, al novio, al rey de Navarra. Parecéis sorprendida. Si habíais pensado en Enrique de Guisa, lo lamento. ¡Cómo adoráis a ese hombre, vosotras las mujeres! Por él mi hija está dispuesta a renunciar a una corona, y vos misma estabais llena de excitación cuando suponíais que él sería el objeto de vuestra seducción. No, madame. Debemos facilitar las cosas a nuestra joven pareja. Dejad a monsieur de Guisa a mi hija, y tomad a su marido.
Carlota estaba estupefacta. No era lo que se llama una mujer virtuosa, pero a veces, cuando debía obedecer los designios de la reina madre, se sentía en manos de un engendro del infierno.
En el viejo Château de Châtillon había un clima de tristeza. Era inexplicable, porque allí vivía la familia feliz de Francia, pero en las semanas anteriores, el jefe de la casa, el hombre a quien todos los miembros de la familia amaban y reverenciaban profundamente, había estado inquieto y preocupado. Solía dedicarse a sus jardines, donde las rosas ofrecían un magnífico espectáculo, y pasaba muchas horas felices con los jardineros discutiendo dónde plantar los nuevos árboles frutales; charlaba con los miembros de su familia o caminaba por los senderos verdes con su amada esposa; reía y bromeaba con su familia o les leía en voz alta. Era un hogar hecho para la felicidad.
Pero precisamente porque habían sido tan felices estaban ahora tan ansiosos. No hablaban entre ellos de esa querida amiga, la reina de Navarra, que había muerto misteriosamente poco tiempo atrás, en París, pero pensaban en ella continuamente. Siempre que se mencionaba a la corte, al rey o a la reina madre, Jacqueline de Coligny se aferraba al brazo de su marido como para retenerlo a su lado y protegerlo de todo daño; él le oprimía el brazo y sonreía, aunque sabía que no podía asegurarle que se cumplirían sus deseos. No podía prometer no acudir a la corte si lo llamaban.
Gaspar de Coligny había sido muy feliz, pero, al ser amado por los hugonotes, necesariamente era odiado por los católicos. Ahora tenía cincuenta y tres años de edad; desde su conversión a la «Religión», cuando era prisionero en Flandes, había sido muy devoto a ella. Por ella había sacrificado todo, como ahora sabía que tal vez tendría que sacrificar su felicidad y su familia. No temía la clase de muerte de Juana de Navarra, pero le perturbaba la idea de que quizá su familia debería llorarlo. Ése era el motivo de su tristeza. Vivía en medio del peligro; muchas veces se había enfrentado a la muerte y estaba dispuesto a afrontarla una vez más. Recientemente se había salvado de morir envenenado por instrucciones, suponía él, de la reina madre. No debía confiar en esa mujer, pero, si no confiaba en ella, ¿cómo hallaría una solución a todos sus problemas? ¿Sabía que las misteriosas muertes de sus hermanos, Andelot, el comandante en jefe de Infantería, y Odet, cardenal de Châtillon, probablemente habían sido ordenadas por Catalina de Médicis? Odet murió en Londres, Andelot en Saintes. Los espías de la reina madre estaban en todas partes y asesinaban por encargo. Pero si lo llamaban a la corte debería ir, porque su vida no le pertenecía; pertenecía a su partido.
Paseaba por los senderos del jardín cuando se le acercó su esposa. La contempló con ternura. Estaba embarazada, y los dos se sentían muy felices por ello. Hacía poco que se habían casado, y era una pareja romántica. Jacqueline lo amaba desde antes de conocerlo, como muchas damas hugonotas, y cuando él quedó viudo decidió consolarlo si él se lo permitía. Hizo el largo viaje desde Saboya hasta La Rochelle, y el viudo, conmovido por su devoción, no pudo resistirse al consuelo y la adoración que se le ofrecía. Poco después de la llegada de Jacqueline a La Rochelle Gaspar entró en la felicidad de un segundo matrimonio.
—He venido a ver tus rosas —dijo ella, enlazando su brazo con el de su marido.
Él sintió de inmediato que había surgido otro motivo de ansiedad, porque percibía la inquietud de ella. Jacqueline nunca había sabido ocultar sus sentimientos, y ahora que esperaba un hijo estaba más cándida que nunca. Los dedos temblorosos que posó en el brazo de su marido hicieron pensar a éste qué sería lo que había sucedido. No le preguntó qué la preocupaba; no tenía prisa por oír cosas desagradables.
—Pero ya viste las rosas ayer, amor mío.
—Cambian todos los días. Quiero volver a verlas. Ven. Vayamos al rosedal.
Ninguno de los dos se volvió a mirar las paredes grises del castillo. Gaspar rodeó a su esposa con su brazo.
—Estás cansada.
—No.
Una llamada de la corte, pensó él. Una llamada del rey o de la reina madre. Jacqueline me pedirá llorando que no vaya. Pero debo ir. Mucho depende de que vaya. Debo trabajar para nuestro pueblo. Las discusiones y las asambleas son mejores que las guerras civiles.
Durante mucho tiempo había soñado con esa guerra que significaría la libertad para los hugonotes de Francia y Flandes, la guerra que brindaría libertad de culto, que terminaría con las horribles masacres como la de Vassy. Si podía lograrlo, no le importaría lo que le sucediese..., excepto el dolor que su muerte causaría a los suyos, que sabía que él no podía evitarlo.
Los dos hijos de Gaspar, Francis y Odet, de quince y siete años de edad, fueron a reunirse con ellos. Conocían el secreto: Gaspar lo advirtió de inmediato. Francis no revelaba nada, pero el pequeño Odet no pudo evitar mirar a su padre con ansiedad. Era triste que un niño debiera soportar tanto temor y aprehensión.
—¿Qué sucede, hijo mío? —Mientras hacia la pregunta, Gaspar advirtió las miradas de Jacqueline y de su hijo mayor.
—Nada, papá —respondió Odet con su aguda voz de niño—. No me sucede nada. Estoy muy bien, gracias.
Gaspar le acarició los cabellos oscuros y pensó en ese otro Odet que había ido a Londres y nunca regresó.
—¡Qué agradable se está aquí! —exclamó—. No tengo ningún deseo de estar entre paredes.
Sintió el alivio de los otros. ¡Queridos niños! ¡Amada esposa! Casi deseó que Dios no le hubiera brindado esa felicidad doméstica, ya que tendría que destrozarla; no haber sido elegido como líder, sin poder entregarse a una vida más placentera, más hogareña.
Su hija Louise, y Téligny, el hombre con quien se había casado poco antes, entraron en el jardín. Era un placer verlos juntos, porque estaban enamorados, y Téligny era más que un hijo para Gaspar: el joven hugonote era uno de los mejores líderes del movimiento, un yerno de quien podía enorgullecerse Gaspar de Coligny, almirante de Francia y jefe de la causa de los hugonotes. Jacqueline y los muchachos sabían que no podían seguir manteniendo el secreto.
Téligny anunció:
—Hay una llamada de la corte.
—¿Del rey? —preguntó Gaspar.
—De la reina madre.
—¿Han ofrecido un refrigerio al mensajero?
—Está comiendo —respondió Louise.
—Tengo órdenes de regresar a la corte lo antes posible —continuó Téligny. Y sin duda también vos, señor.
—Ya lo veremos —respondió Gaspar—. Por ahora se está muy bien aquí, en el jardín.
Pero era imposible dilatar el mal momento, y mientras se paseaban por los jardines Jacqueline sabía que los pensamientos de su marido estaban en esos despachos. Sabía que era una tontería pensar que era posible cancelarlos negándose a hablar de ellos o a mirarlos. Téligny tenía órdenes; su marido debía esperar otro tanto.
Y así era. Había una orden de la reina madre de que fuese a la corte.
—¿Por qué tan sombría? —preguntó Gaspar, sonriendo, a su mujer—. Me invitan a la corte. Hubo una época en que no esperaba volver a recibir semejante invitación.
—Ojalá hubiese sido así —respondió Jacqueline con vehemencia.
—Pero, querida, olvidas que el rey es mi amigo. En el fondo es bueno, nuestro joven rey Carlos. Creo que es el soberano más bondadoso que haya subido al trono de la fleur-de-lis.
—Pensaba en su madre, y en nuestra querida amiga, la reina de Navarra.
—No tienes por qué pensar en la reina madre al recordar la muerte de Juana; estaba enferma y murió de esa enfermedad.
—Murió envenenada, y el veneno fue administrado por...
Pero Gaspar había apoyado una mano en el brazo de su esposa.
—Deja que los parisienses murmuren esas cosas, querida, nosotros no debemos hacerlo. En boca de ellos son habladurías; en las nuestras sería traición.
—¿Entonces la verdad es una traición? Juana fue a comprarle guantes al envenenador de la reina... y murió. Eso me dice todo lo que deseo saber.
—Ten cuidado, querida. Piensa que estoy en peligro. Puede ser una fantasía. No la convirtamos en un peligro real.
—Tendré cuidado. Pero ¿debes ir a la corte?
—Sí, querida, debo ir. Piensa en lo que esto significa para nosotros..., para nuestra causa. El rey ha prometido ayuda al príncipe de Orange. Venceremos a España y los miembros de nuestra religión tendrán libertad de culto.
—Pero, Gaspar, no es posible confiar en la reina madre. Juana lo decía, y lo sabía.
—Trataremos con el rey, querida. El rey tiene buen corazón. Ha dicho que los hugonotes son tan súbditos suyos como los católicos. Tengo muchas esperanzas.
Pero fue menos optimista al hablar con su yerno, Téligny. Cuando se quedaron solos, le dijo:
—A veces me pregunto si algunos de los de nuestro grupo merecen la ayuda de Dios. ¿Se darán cuenta de la solemnidad de nuestra misión? ¿Comprenderán que es hora de establecer la religión en nuestra tierra, para que las futuras generaciones nazcan con ella? A veces me parece que la mayoría de la gente no tiene verdadero amor por la religión. La usan para luchar contra sus enemigos, y les interesa más discutir el dogma, que llevar vidas virtuosas. Los hombres de nuestro país no aceptan de buen grado el protestantismo, hijo mío. No es como en Flandes, en Inglaterra o en las provincias alemanas. A nuestro pueblo le gusta la alegría y los rituales; no creen que esté mal pecar, recibir el perdón y volver a pecar. Como nación no les atrae una vida tranquila y pacífica. Debemos recordarlo. Las dos religiones han sido, al menos para muchos, un motivo de contienda. Hijo mío, estoy preocupado. En estas llamadas hay una frialdad que no sentí en la corte. Pero estoy decidido a cumplir las promesas que hice al príncipe de Orange, y hay que obligar al rey a que cumpla con su palabra.
—Todo cuanto decís es verdad —replicó Téligny—. Pero, padre mío, si el rey se niega a cumplir con su palabra, ¿qué podemos hacer?
—Tratar de influir sobre él. Creo que puedo hacer bastante en ese sentido, si me dejan solo con él. Si no nos ayuda, tenemos a nuestros adeptos, nuestros soldados, nuestras propias personas...
—La ayuda de Châtillon parecería pequeña, cuando se nos ha prometido la ayuda de Francia.
—Tienes razón, hijo mío, pero si Francia no cumple con su palabra, Châtillon no debe imitarla.
—He recibido cartas de amigos en la corte. Padre, nos ruegan que no vayamos. Los Guisa traman algo contra nosotros, y la reina madre participa en el complot.
—No podemos dejar de ir porque hayas recibido esas cartas, hijo mío.
—Debemos tener cuidado, señor.
—No te preocupes. Nos cuidaremos.
Durante la comida no se habló de la partida, pero todos, desde Jacqueline y Gaspar en un extremo de la mesa hasta los sirvientes en el otro, pensaban en ella. Gaspar era muy amado en toda la campiña circundante, porque se sabía que había comida para quien la necesitara en el Château de Châtillon; el almirante mismo había instituido esas comidas comunales que comenzaban con un salmo y terminaban con la bendición.
Sentado ante la larga mesa, Gaspar pensaba ahora en la lucha a la que se enfrentaba y en los hombres comprometidos a ayudarlo. Estaba el joven príncipe de Condé, tan parecido a su padre, aquel hombre alegre y brillante que había muerto luchando por la causa; pero el joven príncipe, a pesar de todo su valor, no era un hombre fuerte. Estaba el joven rey, Enrique de Navarra, que a los diecinueve años era un guerrero bastante bravo, pero dado a la vida liviana: tenía más sed de placer que de virtud. No sabía resistirse a los encantos de las mujeres, le gustaban las aventuras amorosas, la buena comida y la bebida, era un príncipe demasiado alegre como para dedicarse a una causa religiosa. ¿Téligny? No era porque fuese tan allegado suyo que Gaspar ponía sus esperanzas en él. En Téligny Gaspar reconocía su propia devoción, su propia determinación. También estaba el duque de la Rochefoucauld, muy amado por el rey Carlos; pero aún era joven y no había pasado por ninguna prueba. Estaba el escocés Montgomery, cuya lanza matara accidentalmente al rey Enrique II. Probablemente, Montgomery pasaría a ser jefe de los hugonotes si el almirante encontraba la muerte, pero ya no era joven, y era preciso buscar entre los jóvenes. El liderazgo recaería de forma natural en el joven rey de Navarra.
Era tonto pensar en su propia muerte; era una idea que le habían transmitido las miradas asustadas de su familia y sus amigos. Hasta los sirvientes parecían aterrorizados. Todos le pedían en silencio que ignorara los despachos, que se negara a obedecer las órdenes de la reina madre.
El único que no tenía miedo era Téligny; y Téligny sabía, como lo sabía el almirante, que debían partir sin demora a la corte.
Gaspar habló; habló con trivialidad sobre la próxima boda que, esperaba él, no sería sólo la unión de una princesa católica con un príncipe protestante, sino la unión de todos los católicos y los protestantes de Francia.
—Si el rey y la reina no estuvieran dispuestos a favorecernos, ¿habrían deseado este matrimonio? ¿Acaso el mismo rey no ha dicho que si el Papa no da la dispensa la princesa Margarita y el rey Enrique se casarán en pleine prêche? ¿Qué más se podía decir? Él es nuestro amigo. Al menos, él es nuestro amigo. Es joven y está rodeado por nuestros enemigos, pero cuando vaya a la corte podré asegurarle que nuestra causa es justa. Me ama, es mi querido amigo. Ya sabéis cómo me trataron la última vez que estuve en la corte. Me consultó sobre todos los asuntos. Me llamó padre. Desea hacer el bien y quiere la paz en el reino. Y, amigos míos, no dudéis de que yo le ayudaré a conseguirla.
Pero hubo murmullos en la mesa. En la corte estaba la italiana, y ¿cómo confiar en ella? El almirante olvidaba que una vez había enviado a uno de sus espías a envenenarlo en el campamento. Y habría sido fácil lograrlo. El almirante perdonaba demasiado, confiaba demasiado. No había que perdonar a una víbora, ni confiar en ella.
Etienne, uno de los sirvientes del almirante, se echó a llorar abiertamente.
—Si el almirante nos deja, nunca regresará —profetizó.
Sus compañeros lo miraron con horror, pero él continuó con sus sombrías predicciones.
—Esta vez esa mujer logrará realizar sus malvados planes; el mal triunfará sobre el bien.
Le obligaron a callar, pero siguió derramando lágrimas sobre su vaso.
Cuando retiraron el mantel, uno de los sacerdotes (siempre había uno o dos durante las comidas) dio la bendición. Luego el almirante y su yerno se retiraron para hablar de sus planes y para preparar despachos que anunciaran su llegada a la corte.
Pocos días después, cuando partieron, Etienne estaba en los establos. Esperaba allí desde las primeras horas de la mañana, y cuando el almirante montó a caballo se arrojó a sus pies gimiendo como un poseso.
—Mi señor, mi buen amo —imploró—, no vayáis hacia vuestra ruina, porque eso es lo que os espera en París. Si vais a París, moriréis allí..., y también morirán los que vayan con vos.
El almirante se apeó y abrazó al hombre que lloraba.
—Amigo mío, te has dejado influir por rumores malignos. Mira a mi hombre fuerte. Mira a mis adeptos. Debes saber que podemos cuidar de nosotros mismos. Ve a la cocina a que te den un vaso de vino. Bebe a mi salud, y arriba ese ánimo.
Hicieron alejarse a Etienne, pero no dejaba de sollozar; y el almirante, mientras cabalgaba hacia París con su yerno, no podía apartar la escena de su mente.
Cuando Carlota de Sauves se retiró, Catalina de Médicis se puso a meditar. Aún no tenía planes definidos con respecto al joven rey de Navarra, pero pensaba que era mejor que Carlota comenzase a trabajar con él en cuanto llegara; no era aconsejable que el rey trabara otra relación que podría resultar más fuerte que la que ella quería forjar. Estaba segura de que Enrique de Navarra era como su padre, Antonio de Borbón: un hombre dominado por las mujeres; y estaba decidida a que la mujer que dominara a su futuro yerno fuera una espía. No había que permitir que se enamorara de su esposa. Esto no era muy probable, ya que Margot lo trataría muy mal, y Enrique de Navarra, a quien nunca le habían faltado admiradoras, no se enamoraría tan fácilmente de una esposa que lo despreciara. Pero no podía confiar en Margot, porque Margot era una intrigante que trabajaría antes por su amante que por su familia.
Seguía meditando cuando su hijo Enrique entró en la habitación. Entró sin hacerse anunciar y sin ceremonias. Era la única persona en la corte que se atrevía a hacer eso.
La reina levantó la mirada y sonrió. La ternura era extraña en su rostro. Los ojos saltones se suavizaron, y su piel pálida adquirió un leve color. Era su hijo preferido, y cada vez que lo miraba la torturaba la idea de que no era su primogénito, porque habría querido quitarle la corona a su hermano y colocarla sobre esa cabeza oscura y hermosa.
Catalina había amado a Enrique, su marido, en medio del abandono y la humillación a que él la sometió durante años, y dio su nombre a este hijo. No era el nombre con que lo bautizaron (entonces lo llamaron Eduardo Alejandro), pero se convirtió en su Henri, y estaba decidida a que un día se convirtiera en Enrique III de Francia.
Francisco, su primogénito, había muerto, y cuando murió, ella deseó fervientemente que Enrique fuera coronado y no Carlos, de diez años de edad. Era muy irritante pensar que se llevaban un año de diferencia. ¿Por qué, pensó, no había dado a luz a este hijo aquel día de junio de 1550? Eso le habría ahorrado muchas ansiedades.
—Querido mío —dijo tomándole una mano, una de las manos más bellas de Francia, y muy parecida a la suya, y llevándosela a los labios, aspiró el perfume de almizcle y violetas que él traía a la habitación. Le parecía la criatura más hermosa que jamás había visto, con su chaqueta de terciopelo color cereza y raso gris perla; el borde de la camisa de hilo estaba tieso de joyas de todos colores; el cabello rizado bajo la pequeña gorra enjoyada; sus largos dedos blancos cargados de anillos. Llevaba diamantes en las orejas y brazaletes en las muñecas.
—Ven —dijo la reina—. Siéntate a mi lado. Pareces preocupado, mi amor. ¿Qué te sucede? Se te ve cansado. ¿No has hecho demasiado el amor con mademoiselle de Châteaunneuf?
Él sacudió una mano con languidez.
—No, no es eso.
Ella le dio unas palmaditas en la mano. Se alegraba de que por fin su hijo hubiera tomado una amante; el público lo esperaba y todos estaban contentos. Además, una mujer jamás influiría sobre él como los jóvenes perfumados, y de cabellos rizados, de quienes gustaba rodearse. Renée de Châteaunneuf era de las que no se meten en lo que no les importa; la clase de mujer que Catalina prefería para su hijo. Pero le preocupaban los amores de Enrique con Renée, porque lo dejaban exhausto, y luego debía pasar días en la cama, rodeado por los jóvenes que lo cuidaban, le rizaban los cabellos, le llevaban las mejores golosinas del palacio, le leían poesía y traían a sus perros y a sus cotorras para divertirlo.
Era un joven extraño, este hijo. Medio Médicis, medio Valois, era enfermo de cuerpo y alma como todos los hijos de Enrique II y Catalina de Médicis. Tenían males congénitos; pagaban los pecados de sus abuelos (tanto del padre de Enrique como del padre de Catalina).
La gente decía que era extraño que un joven como este Enrique, duque de Anjou, hubiera sido un gran general en las batallas de Jarnac y Montcontour. Parecía imposible que este joven lánguido y afeminado que se pintaba la cara, se rizaba los cabellos, y a los veintiún años de edad debía guardar cama después de hacer el amor con una mujer, hubiera luchado en la batalla y vencido a hombres como Luis de Borbón, príncipe de Condé. Catalina, que era realista, admitía para sus adentros que en Jarnac y Montcontour Enrique había contado con un buen ejército y excelentes consejeros. Además, como todos sus hijos, maduraba temprano y declinaba rápidamente. A los veintiún años ya no era el hombre que había sido a los diecisiete. Siempre seguiría siendo ingenioso, y sabría apreciar la belleza, pero su amor por los placeres, las perversiones a las que se entregaba con petulancia, le estaban quitando energía. Por cierto que no era el general quien estaba ahora frente a su madre. Fruncía los labios en un gesto de mal humor, y Catalina creía saber por qué.
—No debe preocuparte el embarazo de la reina, hijo mío. El hijo de Carlos no vivirá.
—Antes decías que nunca tendría un hijo varón.
—Aún no lo ha tenido. ¿Cómo sabemos de qué sexo será el niño?
—¿Qué importa eso? Aunque fuera una niña, queda el hecho de que son jóvenes y tendrán otros hijos.
Catalina jugueteó con su brazalete talismán hecho con piedras de diferentes colores. Las piedras tenían grabados que se decían ser signos de demonios y de magos; los eslabones estaban hechos con partes de un cráneo humano. Este adorno inspiraba temor a quienes lo miraban, como deseaba Catalina. Sus propios magos lo habían hecho para ella, y creía en sus cualidades especiales.
Al ver a su madre acariciar la joya, Anjou sintió cierto alivio. Sabía que su madre no permitiría que nadie se interpusiera en su camino al trono. Pero le parecía que había sido un descuido de ella permitir que Carlos se casara, y pensaba comunicarle su opinión.
—No vivirán —dijo Catalina.
—¿Estás segura, madre?
Ella parecía completamente concentrada en su brazalete.
—No vivirán —repitió—. Hijo mío, llevarás la corona de Francia. De eso estoy segura. Y cuando así sea no olvidarás la gratitud que debes a quien te llevó a ella, ¿verdad, querido?
—Nunca, madre —respondió—. Pero ha llegado esa noticia de Polonia.
—Confieso que me gustaría que fueras rey sin ninguna demora.
—¿Rey de Polonia?
Ella le rodeó con su brazo.
—Desearía que fueses rey de Francia y Polonia. Si fueras rey de Polonia solamente, y tuvieras que marcharte de Francia para ir a ese país bárbaro, creo que se me partiría el corazón.
—Eso es lo que desea mi hermano.
—Nunca permitiría que te apartaran de mí.
—Afrontemos la realidad, madre. Carlos me odia.
—Tiene celos de ti porque eres mucho más apto para ser rey de Francia que él.
—Me odia porque sabe que me quieres más que a él. Le gustaría verme desterrado de este país. Siempre ha sido mi enemigo.
—Pobre Carlos, es un loco y un enfermo. No podemos esperar de él nada razonable.
—Sí. En buenas estamos. Un rey loco en el trono de Francia.
—Pero hay muchos que lo ayudan a gobernar.
Rieron juntos, pero Enrique se puso serio de inmediato.
—Pero ¿y si ese niño fuera varón?
—No podría ser un niño sano. Créeme, nada debes temer de la descendencia enferma de tu hermano.
—¿Y si exige que yo acepte el trono de Polonia?
—Ese trono aún no está vacío.
—Pero la reina está muerta y el rey gravemente enfermo. Mi hermano y sus amigos están furiosos porque me negué a casarme con la reina de Inglaterra. ¿Y si ahora insisten en que acepte el trono de Polonia?
—Lo importante es que no te destierren de Francia. Yo no lo soportaría, y no creerás que algo así podría suceder si yo no lo deseo.
—Señora, tan seguro estoy de que gobiernas este reino como de que te estoy viendo.
—Entonces no tienes nada que temer.
—Es que mi hermano me da miedo. Perdóname, madre, si te recuerdo que últimamente ha aumentado la influencia de quienes lo rodean, no los menosprecies madre.
—Ya nos ocuparemos de ellos.
—Pero pueden ser peligrosos. Recuerda la actitud de mi hermano con la reina de Navarra.
Catalina la recordaba muy bien. El rey, como muchos otros en Francia, sospechaba que su madre había tenido que ver con el asesinato de Juana de Navarra; sin embargo, había ordenado una autopsia. Si se hubiera hallado veneno, la ejecución de René, el envenenador florentino sirviente de la reina madre, habría sido inevitable. Carlos pensaba que su madre estaba implicada en el asunto, y no vaciló en su deseo de descubrirla. Catalina nunca olvidaría esa traición de su propio hijo.
—Sabemos quién fue el responsable de su actitud —dijo Catalina—. Y una vez conocida la causa es posible eliminarla.
—Coligny es demasiado poderoso —replicó Anjou—. ¿Cuánto tiempo lo seguirá siendo? ¿Hasta cuándo le permitirás que siga envenenando la mente del rey contra ti... contra nosotros?
Catalina no respondió, pero su sonrisa dio ánimos a su hijo.
—Viene a la corte —dijo Anjou—. Esta vez no hay que permitirle que se marche.
—Creo que cuando monsieur de Coligny llegue a la corte, tu hermano no estará tan enamorado de él —respondió Catalina con lentitud—. Hablas de la influencia del almirante sobre tu hermano, pero no olvides que cuando el rey se encuentra en dificultades sólo puede acudir a su madre.
—Así era en otra época. ¿Seguirá siendo igual?
—Coligny sabe lo que hace. Su virtud, su severidad religiosa han tenido efectos en el rey. Pero eso ha sucedido porque al principio no creí que ese amigo hugonote pudiera influir tanto sobre él. Ahora que conozco el poder del hugonote y la estupidez de Carlos, sabré cómo actuar. Iré a ver a Carlos ahora. Una vez que hable con él confiará menos en su querido Coligny. Creo que cuando el poderoso almirante llegue a París tendrá una recepción más bien fría.
—Iré contigo para sumar mi voz a la tuya.
—No, querido mío. Recuerda que el rey está celoso de tu capacidad superior. Déjame ir sola, y luego te contaré con detalle todo lo que se dijo.
—Madre, ¿no permitirás que me envíen a ese país bárbaro?
—¿Acaso te envié a Inglaterra? ¿Has olvidado mi indulgencia contigo cuando tan descortésmente te negaste a casarte con la reina de Inglaterra? —Catalina lanzó una carcajada—. La insultaste, y eso podría haber desatado una guerra. Sabes que es una vanidosa. Jamás olvidaré tu maligna insinuación de que si te casabas con la amante del conde de Leicester, sería adecuado que Leicester se casara con la tuya. Eres terrible, y te adoro por eso. ¿Cómo soportaría vivir si tú no estuvieras cerca para hacerme reír? ¿Acaso no fue intolerable que te marcharas a las guerras? No, querido. No permitiré que te envíen a Polonia... ¡ni a ningún sitio donde estés lejos de mí!
Él le besó la mano mientras ella le acariciaba los cabellos rizados, con suavidad, porque a él no le gustaba que lo despeinaran.
Carlos, el rey, estaba en la parte del Louvre que prefería: en los aposentos de Marie Touchet, su amante.
Tenía veintidós años, pero parecía mayor por su rostro arrugado y pálido. En su vida nunca había gozado de ocho días consecutivos de salud; sus cabellos eran hermosos, pero escasos, y caminaba encorvado. A los veintidós años era como un viejo. Pero su rostro era notable, a veces casi hermoso. Sus ojos profundos eran castaños con reflejos dorados, como los de su padre; eran inteligentes, y cuando no sufría uno de sus accesos de locura, bondadosos y seductores. Eran los ojos de un hombre fuerte, y lo que daba un aspecto extraño a su cara era el contraste que hacían con su boca débil, casi imbécil, y su mentón vencido. En la faz del rey se veían dos personajes diferentes: el hombre que podía haber sido y el hombre que era; el humanista fuerte y bondadoso y el hombre de sangre enferma, que cargó en su corta vida con las consecuencias de los excesos de sus abuelos. Su problema pulmonar parecía agravarse semana a semana, y a medida que su cuerpo perdía fuerzas le resultaba cada vez más difícil controlar su mente. Los accesos de locura se hacían más frecuentes, y también los de melancolía. Cuando, en el silencio de la noche, sentía el frenesí que se apoderaba de él, se levantaba de la cama, despertaba a sus seguidores, se ponía una máscara e iba a las habitaciones de uno de sus magos; sus hombres atrapaban al joven en la cama y lo azotaban. Éste era un pasatiempo favorito del rey en sus momentos de locura, y los amigos que recibían los golpes eran sus amigos más queridos. Lo mismo hacía con los perros que adoraba. En sus momentos de lucidez derramaba lágrimas sobre los perros que, en su locura, había golpeado hasta matar.
Vivía en un continuo estado de desconcierto y miedo. Tenía miedo de sus hermanos, de Alençon y de Anjou, pero en particular de Anjou, que era el favorito de su madre. Sabía perfectamente que su madre quería el trono para Enrique, y trataba de imaginar constantemente qué habrían tramado entre los dos. En esos momentos pensaba que el embarazo de la reina debía preocupar mucho a su madre y a Anjou.
Temía también a los de Guisa. El joven y apuesto duque era uno de los hombres más ambiciosos del país, y lo apoyaba su tío, el cardenal de Lorena, ese astuto lascivo con una lengua más filosa que una espada, y también los hermanos del cardenal, el cardenal de Guisa, el duque de Aumale, el gran prior y el duque de Elbouef. Estos poderosos príncipes de Lorena no apartaban los ojos del trono de Francia, y nunca perdían oportunidad de apoyar a su joven sobrino, Enrique de Guisa, quien, con su encanto y su porte aristocrático, ya había atraído al pueblo de París.
Pero había algunos en quienes el rey podía confiar. Aunque pareciera extraño, una de esas personas era su esposa. No la amaba, pero su bondad había conquistado su corazón. La pobre Elisabeth, como muchas otras princesas sacrificadas en el altar de la política, había venido de Austria para casarse con él; era una criatura tímida que se aterrorizó al enterarse de que debía casarse con el rey de Francia. ¿Cómo lo habría imaginado? Como a los grandes monarcas que había conocido: el abuelo de Carlos, Francisco I, ingenioso, divertido y encantador. O Enrique II, el padre de Carlos, fuerte, severo y silencioso. Elisabeth pensaba que iría a Francia a casarse con un hombre como ésos; en cambio, encontró a un joven de ojos castaños y boca débil, que fue amable con ella por timidez. Ella retribuyó esa bondad con devoción, y ahora asombraba a Francia con la promesa de que daría un heredero al trono.
Carlos se echó a temblar al pensar en su hijo. ¿Qué le haría su madre? ¿Le daría ese morceau italianizé que la había hecho famosa? De una cosa estaba seguro el rey: su madre nunca permitiría que el niño accediera al trono. Pondría a su vieja nodriza Madeleine a cargo del niño, porque Madeleine era otra de las personas en quien podía confiar. Lucharía por el niño como había tratado de luchar por él durante su amenazada infancia. Sí, podía confiar en Madeleine. Había olvidado los días difíciles de su infancia, combatiendo secretamente las enseñanzas de sus tutores que trataban de pervertirlo. Pero sólo secretamente, porque esos tutores habían sido elegidos por Catalina para agravar la locura del joven y para iniciarlo en todas las formas de la perversión, y si la reina se enteraba de que Madeleine los combatía, Madeleine sería quien recibiría el morceau. Muchas veces, después de pasar una hora de terror con sus tutores, Carlos se despertaba durante la noche, tembloroso y asustado, e iba a refugiarse en los brazos maternales de Madeleine, a quien siempre tenía lo más cerca posible. Ella lo abrazaba y lo acunaba, y lo llamaba su bebé, su Charlot, para que él recordara que no era más que un niño, a pesar de que era rey de Francia. Madeleine seguía siendo como una madre para él, aun ahora que ya era un hombre, y él insistía en que siempre estuviese cerca.
¿Su hermana Margot? No, ya no podía confiar en Margot. Se había endurecido, ya no era su querida hermanita. Había tomado como amante a Enrique de Guisa, y no vacilaría en revelar a ese hombre los secretos del rey. Ya no podría volver a confiar en ella, y no podía amar a alguien en quien no confiaba.
Pero estaba Marie... Marie, la más querida de todas. Ella lo amaba y lo comprendía como nadie. A ella podía leerle sus poemas, mostrarle el libro sobre caza que estaba escribiendo. Para ella él era realmente un rey.
Y Coligny. Coligny era su amigo. Nunca se cansaba de estar con el almirante; con él se sentía seguro, porque a pesar de que se decía que era un traidor a Francia, nunca había inspirado a Carlos la menor aprehensión. Tenía la certidumbre de que Coligny nunca haría algo deshonroso. Si Coligny pensaba actuar contra él se lo diría de inmediato, porque Coligny nunca fingía ser lo que no era. Era una persona recta, y si era hugonote, bien, había muchas cosas de los hugonotes que a Carlos le gustaban. Tenía muchos amigos entre ellos: no sólo Coligny era hugonote, también su nodriza Madeleine lo era, y Marie, y el mejor de sus médicos, Ambroise Paré, y estaba su querido amigo Rochefoucauld. Carlos deseaba que no hubiera conflictos entre católicos y hugonotes. Él era católico, por supuesto, pero muchos de sus amigos habían aceptado la nueva fe.
Uno de sus pajes se acercó a decirle que su madre venía hacia él, y Marie se echó a temblar, como siempre que aguardaba un encuentro con la reina madre.
—Marie, nada debes temer. No te hará daño. Tú le agradas. Lo ha dicho. Si no fuera así, yo no te permitiría que permanecieras en la corte. Te daría una casa donde pudiera visitarte. Pero le gustas.
Sin embargo, Marie seguía temblando.
—Paje —dijo el rey—, dile a la reina, mi madre, que la veré en mis aposentos.
—Sí, sire.
—Bien. ¿Estás contenta ahora? Au revoir, querida. Volveré más tarde.
Marie le besó las manos, aliviada por no tener que encontrarse con la mujer que temía, y Carlos se alejó por los corredores que comunicaban las habitaciones de Marie con las suyas.
Catalina lo saludó con muestras de gran afecto.
—¡Qué buen aspecto tienes! Parece que te alegra la perspectiva de ser padre.
El rey apretó los labios. Le invadía el terror cada vez que su madre mencionaba al niño que gestaba su esposa.
—¡Y qué bien se la ve a nuestra pequeña reina! —continuó Catalina—. Debo insistir en que se cuide mucho. No hay que permitir que corra ningún riesgo ahora.
Carlos había aprendido a temer las bromas de su madre. A la reina madre le gustaba hacer chistes, y en especial de humor negro. Se decía que ofrecía la copa de veneno a su víctima con una frase ingeniosa, haciendo votos por su salud. Este rasgo suyo hacía pensar a algunos que era de carácter jovial, no advertían de inmediato el cinismo que ocultaba su risa. Pero Carlos sabía más que otros sobre ella, y no sonrió.
Catalina advirtió al punto su expresión. Se dijo que tendría que vigilar de cerca a su pequeño rey. Se había apartado demasiado de ella.
—¿Me traes alguna noticia? —preguntó el rey.
—No, sólo he venido a charlar contigo. Estoy preocupada. Pronto Coligny llegará a París.
—Eso me alegra —replicó Carlos.
Catalina rió.
—Ah, es astuto ese almirante —juntó las manos y elevó los ojos con expresión piadosa—. ¡Un hombre tan bueno! ¡Tan piadoso! Un hombre muy despierto, diría yo. Puede engañarnos a todos con su religiosidad.
—¿Engañarnos, señora?
—Sí, engañarnos. Habla de virtud mientras piensa en derramar sangre.
—Te equivocas. Cuando el almirante habla de Dios, piensa en Dios.
—Ha descubierto la bondad de su rey, sin duda... y piensa usarla.
—Sólo he recibido bondad de él, madre.
—Hijo mío, no te corresponde recibir benevolencia, sino otorgarla.
El rey se sonrojó. Su madre sabía hacerlo sentir infantil, como si no fuera un rey, sino un niño que depende en todo de su madre.
—He venido a hablarte de ese hombre, porque pronto estará aquí para seducirte. Hijo mío, debes pensar con claridad. Ya no eres un niño. Eres un hombre, y el rey de un gran país. ¿Quieres lanzar a este país a una guerra con España?
—Odio la guerra —respondió el rey con vehemencia.
—Sin embargo, alientas a quienes la hacen. Ofreces tu reino, a ti mismo y a las personas de tu familia a monsieur de Coligny.
—No, no. Yo quiero la paz, la paz...
Catalina lo aterrorizaba. Cuando estaba con ella recordaba escenas de su infancia, cuando ella le hablaba así, después de haber ordenado a todos sus asistentes que se retiraran. Entonces le describía las cámaras de tortura y todos los horrores cometidos contra hombres y mujeres que carecían de poder y estaban en manos de los poderosos. No podía apartar de su mente la imagen de la sangre, del potro de tormento, de los brazos y piernas sangrantes, destrozados. El pensamiento de la sangre siempre lo enfermaba, lo aterrorizaba, lo llevaba a esa locura en que, obsesionado por la idea, necesitaba verla correr. Su madre podía despertar esos accesos de locura mucho más fácilmente que los tutores italianos que habían elegido para él. Cuando los sentía llegar, y aún le quedaba un resto de lucidez, debía luchar contra ellos con todas sus fuerzas.
—Quieres la paz —prosiguió ella—, y ¿qué haces para preservarla? Tienes encuentros secretos con un hombre que desea la guerra.
—¡No! ¡No! ¡No!
—Sí. ¿Acaso no te reúnes en secreto con el almirante?
Catalina se había puesto de pie y lo miraba; él sólo veía ese rostro pesado con los ojos prominentes.
—Me... me he encontrado con él —admitió.
—¿Y volverás a hacerlo?
—Sí. No..., no. No lo haré —bajó la mirada, tratando de escapar a esos ojos hipnóticos. Agregó con terquedad—: Me reuniré con cualquiera de mis súbditos, si lo deseo.
Había hablado el rey, y Catalina se preocupó secretamente por ese despliegue de fuerza. Catalina tenía demasiados amigos hugonotes. Habría que matar a Coligny lo antes posible, y también a Téligny, a Condé y Rochefoucauld. Pero Coligny era el más peligroso.
Catalina cambió de tono, se cubrió la cara con las manos y continuó con tristeza:
—Después de todos los esfuerzos que me ha costado criarte y proteger tu corona..., la corona que tantos católicos como hugonotes han tratado de arrebatarte..., después de haberme sacrificado y haber corrido tantos peligros, nunca imaginé que recibiría una retribución tan mísera. Te ocultas de mí..., ¡de tu propia madre!, para pedir consejo a tus enemigos. Si has de actuar contra mí, dímelo, y volveré a mi tierra natal. Tu hermano también deberá huir conmigo, porque ha dedicado su vida a proteger la tuya, y tendrás que darle tiempo para que huya de esos enemigos a quienes piensas regalar la tierra de Francia —rió con amargura—. Los hugonotes que hablan de una guerra con España, pero que en realidad sólo quieren una guerra con Francia..., la ruina de nuestro país, para que ellos puedan florecer sobre sus ruinas.
—Tú jamás te irías de Francia.
—¿Qué otra cosa podría hacer? Y tú, cuando te hayan llevado a las cámaras de tortura, o te hayan dejado pudrir en un calabozo, o, peor aún, cuando te hayan eliminado en la place de Grève...
—¿Qué quieres decir?
—¿Imaginas que te dejarán vivir? —alzó sus grandes ojos hacia el rostro de su hijo. Aunque no creía que ella se marchara jamás de Francia, ni que su hermano Anjou hubiera respondido nunca a otra cosa que a sus propias ambiciones, esta extraña madre suya seguía hipnotizándolo, como tantos años atrás. Catalina se daba cuenta de que su hijo ya no era un niño confiado, y por eso no insistió demasiado. Sólo deseaba sembrar dudas sobre el almirante en su mente.
Él le tomó la mano y se la besó.
—Hijo querido, quiero que sepas que todo lo que digo y hago es por tu bien. No te pido que exilies de la corte al almirante. Por cierto, que no. Recíbelo aquí. Así te será más fácil descubrir su verdadera naturaleza. Ah, te ha seducido. Es comprensible, lo ha hecho con muchos antes de ti. Sólo te pido que seas cauteloso, que no confíes demasiado. ¿No tengo razón en pedirte esto, hijo mío?
El rey respondió con lentitud:
—Como siempre, tienes razón. Te prometo que no seré demasiado confiado.
—¿Y si descubres, querido hijo, que a tu alrededor hay traidores, gente que conspira contra ti, que busca tu muerte y tu destrucción?
El rey se mordía los labios y sus ojos estaban inyectados en sangre.
—Entonces... —sus manos tironeaban de su chaqueta—... entonces, madre, ten la seguridad de que no habrá piedad para ellos. ¡No, no habrá piedad!
Su voz se había convertido en un chillido, y Catalina se puso de pie, segura de haber logrado su objetivo.
El duque de Alençon había terminado su partida de tenis y se había retirado a sus aposentos para meditar sombríamente sobre su futuro.
Era un joven muy insatisfecho; no podía imaginar un destino peor que el suyo..., ser el cuarto hijo de un rey. Pocos había que tuvieran esperanzas de que él accediera al trono, cosa que deseaba ardientemente.
Estaba furioso porque pensaba que la vida había sido injusta con él. Como Hércules, el menor de los hijos de la familia real había sido un niño muy hermoso, muy consentido, muy mimado, excepto por su madre; pero a los cuatro años enfermó de viruela y su hermosa piel quedó penosamente marcada. No era tan alto como sus hermanos; era corpulento y moreno. En la corte se decía que era un verdadero italiano, y esto significaba que no gustaba a los franceses. Pero ¿cuál de sus hermanos les gustaba? ¿El enfermizo Francisco? No, lo habían despreciado. ¿Amaban a Carlos, el loco? Por cierto, que no. ¿Podía gustarles el perfumado y elegante Enrique? No. Lo odiarían más que a cualquiera de los otros. ¿Entonces por qué no habrían de amar a Francisco de Alençon? Cambiaron su nombre, Hércules, por el de Francisco cuando murió su hermano mayor. Entonces estaba encantado: Francisco era nombre de rey. Pero su madre dijo, con su risa cínica, que Hércules no era un nombre adecuado para su hijito. La odió por eso; pero la odiaba por tantas cosas... Bien, ¿por qué el pueblo de Francia no habría de tomar por rey a otro Francisco?
Pensó en el matrimonio con la reina de Inglaterra que le proponían, y la idea lo enfureció. No soportaba el ridículo, y sabía que sus cortesanos sonreían disimuladamente cuando se mencionaba ese tema. La reina de Inglaterra era una mujer mayor, una arpía que se divertía haciendo bromas de mal gusto a quienes se le acercaban. No se las haría a él. ¿Y por qué él, un joven de dieciocho años, habría de casarse con una mujer de treinta y nueve?
Algún día les demostraría lo que era capaz de hacer. Y dejarían de tratarlo como a una persona sin importancia. Un día les daría una sorpresa. Tenía amigos que lo seguirían donde él los condujese.
Miró desde la ventana de su habitación hacia la torre de Nesle; luego hacia las tres torres de Saint-Germainsdes-Près. Vio la multitud allí reunida: hugonotes y católicos. En las calles había muchas intrigas, y muchos consejos secretos en palacio. ¡Pero a él, al hermano del rey, el hijo de Enrique II y Catalina de Médicis, lo mantenían aparte por considerarlo demasiado joven y poco importante!
Vio avanzar por la calle a un grupo de hombres a caballo. Otro gran personaje que venía a asistir a la boda de su hermana. Llamó a uno de sus asistentes:
—¿Quién es ése que entra en la ciudad?
—El almirante de Coligny, señor. Comete una tontería al entrar de esta manera en París.
—¿Por qué?
—Tiene muchos enemigos, señor.
El duque asintió. Sí, no dudaba de que había complots contra el almirante. Seguramente su madre hablaba de este hombre cuando se encerraba con sus hermanos; pero jamás discutía las conspiraciones con él. Se mordió los labios hasta hacerlos sangrar. Lo trataban como a un niño..., el hijo menor que jamás accedería al trono, el pequeño Hércules, que se había convertido en Francisco porque Hércules era el nombre de un hombre fuerte, y ni siquiera era apuesto, porque tenía la piel marcada de esa manera. Sus amantes le decían que era más apuesto que su hermano Enrique, pero era porque a pesar de ser el más joven, de todos modos era el hijo de una casa real. Tenía muchas amantes, pero cualquier hombre en su posición las habría tenido. Era pequeño y feo; no era importante, y cuando su madre lo llamaba «mi sapito», no lo hacía precisamente con cariño. Lo despreciaba y no había lugar para él en sus planes. Quería quitarlo del camino enviándolo a Inglaterra.
Rió en voz alta de ese estúpido almirante que entraba de cabeza en una trampa. Odiaba al almirante, no por razones políticas o religiosas, sino sólo porque era apuesto y era importante.
Observó que los hugonotes en la ciudad marchaban en procesión alrededor del almirante, como para protegerlos a él y a sus hombres. Los católicos mostraban caras agrias; algunos lanzaban insultos. Costaría muy poco iniciar una conflagración que destruiría toda la ciudad de París.
Era una locura haber arreglado este matrimonio, y al hacerlo traer tantos hugonotes a la ciudad. Pero ¿sería éste el resultado de un plan de su madre?
Sus hermanos lo sabrían. Y sin duda también Enrique de Guisa. Todos los hombres importantes lo sabrían. Pero mantenían a Francisco de Alençon en la más completa oscuridad. Era más de lo que podía soportar un príncipe de sangre real.
Volvió a morderse el labio y trató de imaginar que esas voces pedían a gritos un nuevo rey, y que el nombre de ese rey era Francisco.
En cuanto estuvo en presencia del rey, Gaspar de Coligny supo que sus enemigos estaban trabajando contra él. La actitud del rey hacia él parecía haber cambiado por completo. La última vez que viera a Carlos, el joven lo había abrazado cálidamente, sin ceremonias.
—No me llames Majestad. No me llames monsieur. Llámame hijo y yo te llamaré padre.
Pero ahora estaba ante un monarca diferente. Ya no había calor en los ojos dorados; eran fríos y sospechosos. Enrique de Guisa y su tío, el cardenal de Lorena, estaban en la corte y gozaban de los favores de la reina madre. Sin embargo, durante el ceremonial de la recepción a Gaspar le pareció ver un matiz de disculpa en los ojos del rey; pero la reina madre estaba de pie junto a su hijo, y aunque el saludo de ésta fue el más cálido de todos, ella era la persona en quien menos confiaba el almirante, y estaba seguro de que la animosidad que percibía emanaba de ella.
El almirante abordó sin temor el motivo de su visita: la cuestión de la ayuda para el príncipe de Orange y la guerra con España.
Catalina habló en nombre de su hijo.
—Habéis tardado en venir a París, monsieur l’Amiral. Si hubierais venido antes, habríais estado presente en el consejo militar que convoqué para decidir el asunto de la guerra.
—¿Un consejo militar, madame? —preguntó Coligny, estupefacto—. Pero ¿qué miembros formaban este consejo?
Catalina sonrió:
—El duque de Guisa, el cardenal de Lorena... y otros. ¿Deseáis oír sus nombres?
—Ése es mi deseo, madame.
Catalina mencionó los nombres de varios nobles, todos ellos católicos.
—Comprendo, madame. Esos consejeros naturalmente habrán sugerido que no cumplamos nuestras promesas. Esos hombres nunca apoyarían una expedición dirigida por mí.
—No era cuestión de liderazgo lo que considerábamos, monsieur l’Amiral, sino el bien de Francia.
El almirante se apartó de la reina madre y se arrodilló ante el rey. Tomó la mano de Carlos y le sonrió.
Catalina, que los observaba de cerca, vio sonrojarse la piel pálida y enfermiza de Carlos; vio afecto en su mirada. Carlos sólo se liberaba de la influencia de ese hombre cuando no estaba en la corte. Era un peligro real. No podía permitirse que el almirante viviera muchas semanas más. Aunque su muerte acarreara desastres, tendría que morir.
—Sire —dijo Coligny—. No puedo creer que estés decidido a romper vuestra promesa al príncipe de Orange.
Carlos respondió en voz muy baja y avergonzada:
—Ya habéis oído el resultado de la deliberación del consejo, monsieur l’Amiral. Es a ellos a quienes debéis dirigir vuestros reproches.
—Entonces no hay nada que decir —replicó Coligny—. Si ha triunfado la opinión contraria a la mía, esto es el fin. Ah, Majestad, tan seguro estoy de que os arrepentiréis de seguir ese consejo como de que estoy arrodillado aquí.
Carlos se echó a temblar. Extendió una mano como para detener al almirante. Parecía que estaba a punto de hablar, pero los ojos de su madre estaban fijos en él y cayó otra vez bajo su dominación.
Coligny prosiguió:
—Su Majestad no se ofenderá si yo cumplo con mi promesa de ayudar al príncipe de Orange.
Carlos vaciló y Coligny esperaba, pero la influencia de Catalina seguía siendo más fuerte que la del almirante recién llegado, y aunque una vez más Carlos hizo el gesto de comenzar a hablar, no articuló palabra.
—Lo haré con mis amigos, mis parientes y mi propia persona —se volvió hacia Catalina—. Su Majestad ha decidido no hacer la guerra a España. Dios quiera que no se vea envuelto en otra que no pueda eludir.
Coligny hizo una reverencia y se retiró.
En sus aposentos lo esperaban varias cartas. Una de ellas decía:
«Recordad el mandamiento que todo papista obedece: “No acatarás la fe de un hereje.” Demostraréis ser sensato si abandonáis la corte de inmediato. De otro modo, sois hombre muerto.»
«Estáis en grave peligro», escribía otro. «No os dejéis engañar por lo que se dice sobre la boda del duque de Alençon con la reina de Inglaterra. Ni por este matrimonio de Margarita con Navarra. Alejaos lo antes posible de esta cloaca infectada, que es la corte de Francia. Cuidaos de las garras envenenadas de la Serpiente.»
Y otro:
«Os habéis ganado el favor del rey. Eso es suficiente razón para vuestra muerte.»
Leyó todas estas cartas, y mientras el crepúsculo entraba en su habitación percibió que cada ruido aceleraba los latidos de su corazón. Tocó las paredes con las puntas de los dedos y se preguntó si, en los lugares en que la madera estaba despareja, habría una puerta secreta. ¿En el adornado techo habría algún agujero por donde un ojo pudiera espiarlo? Cualquier momento podía ser el último de su vida.
Pronto Carlos cayó bajo la fascinación del almirante. Desde que Gaspar llegara a la corte Carlos se sentía más audaz, menos temeroso de su madre. Hacía que Gaspar lo acompañara y tenían muchas entrevistas a solas. Pero Catalina sabía lo que sucedía en esas entrevistas. Había un tubo que iba desde su cámara secreta hasta los aposentos del rey, que le permitía oír la mayor parte de lo que hablaba. Era suficiente para alarmarla.
Discutían constantemente el asunto de la guerra con España, y el rey no se mantenía firme.
—Tened la seguridad, querido almirante, de que deseo satisfaceros. No me moveré de París hasta que lo haya logrado.
El asesinato del almirante no podía demorarse, pero tendría que ser después de la boda. Si el almirante sufría ahora una muerte súbita, tal vez no habría boda. Catalina se complacía en observar a su víctima: era como engordar a un cerdo antes de matarlo. Allí estaba, hinchado de orgullo y confianza; pensaba que con sólo venir a la corte se ganaba la voluntad del rey; no tenía más que persuadirlo y poner en marcha sus planes.
Bien, que disfrutara de sus últimas semanas en este mundo. Que siguiera pensando que era poderoso en el país... por unas semanas.
El almirante carecía de sutileza y, como a muchos rudos soldados, le hacían falta algunas lecciones sobre la dirección de un Estado y la diplomacia. Rara vez meditaba antes de hablar; decía lo que pensaba, y eso, en una corte donde se practicaba la hipocresía como una de las bellas artes, era el colmo de la estupidez.
En una de las reuniones del Consejo habló del asunto del trono de Polonia.
—Hay varios que lo reclaman, y sin duda pronto quedará vacío. Si ese trono ha de caer en manos de Francia, es necesario que el duque de Anjou parta enseguida hacia Polonia.
El rey asintió con entusiasmo, ya que pocas perspectivas lo complacían tanto como la de ver a su hermano fuera del país. Catalina estaba furiosa, pero parecía considerar el asunto con calma. En cuanto a Anjou, su ira era casi incontrolable: enrojecía, y le temblaban los aros en las orejas.
—Creo que monsieur l’Amiral interfiere en asuntos que no le conciernen —declaró con frialdad.
—Este asunto de Polonia es de interés vital para Francia, monsieur —respondió Gaspar con su acostumbrada franqueza.
—Eso es muy cierto —le apoyó el rey.
—Y si monsieur —continuó Gaspar— no aceptó Inglaterra por matrimonio, ni aceptará a Polonia por elección, deberá decir claramente que no desea salir de Francia.
Se levantó la sesión y Anjou fue de inmediato a buscar a su madre.
—¿Qué pensáis de esa insolencia, madame? —preguntó—. ¿Quién sabe qué traman entre los dos? Madre, ¿les permitirás que conspiren contra mí?
—Ten paciencia. Espera a que pase la boda y ya verás.
—¡La boda! Pero ¿cuándo será? Sé que todos los nobles de Francia están aquí con su séquito, pero ese viejo tonto, el cardenal de Borbón, nunca la celebrará sin el permiso del Papa, ¿y crees que el Papa lo dará? ¿Permitirá que nuestra hermana católica se case con el hugonote? Bien, pronto nos enteraremos de que ha prohibido la boda, y habrá escándalo en París.
—Aún eres muy joven, hijo mío, e ignoras que hay formas de producir milagros. No temáis, nos arreglaremos sin monsieur Gregory.
—El Borbón no realizará la ceremonia sin la venia del Papa.
—No se enterará de los deseos del Papa, hijo mío. He escrito al gobernador de Lyon que no debe llegar correo de Roma hasta después de la ceremonia.
—Entonces esperaremos en vano el permiso del Papa.
—Es mejor eso que recibir desde Roma la comunicación de que la boda no debe realizarse.
—¿Cómo lograrás que realice la ceremonia sin el consentimiento del Papa?
—Deja eso por cuenta de tu madre. Pronto tu hermana estará unida al duque de Navarra. Nada temas. Puedo manejar al viejo cardenal. Ten paciencia, querido. Espera..., espera a que pase la boda y ya verás.
Los oscuros ojos italianos de Anjou brillaron cuando los levantó hacia su madre con expresión interrogativa:
—¿Quieres decir...?
Ella se llevó un dedo a los labios.
—Ni una palabra... Ni siquiera entre nosotros. Aún no. Pero no temas —acercó la boca al oído