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La condujeron a un lugar donde nunca había estado. Lo que veía era mucho más vívido que un sueño, tenía color y profundidad, y detalles tan exquisitos que parecía más real que los ratos pasados con su madre en el patio, más real que las horas de ensueño frente al gran lago de Magdala, un lago tan grande que lo llamaban mar: el mar de Galilea.

La elevaron del suelo y la depositaron sobre una plataforma o pilar alto, no podría precisarlo. Y a su alrededor había gente, que se iba concentrando en torno a la base y la miraba, allá en lo alto. Volvió la cabeza hacia un lado y vio más pilares, con otras personas encima, una enorme fila de pilares que se extendía hasta perderse de vista. El cielo tenía un color amarillento, un color que sólo había visto una vez, durante una tormenta de arena. El sol estaba oculto pero había luz, una difusa luz dorada.

Entonces alguien se le acercó —¿es que estaban volando, se trataba de un ángel, cómo habían llegado allí arriba?—, le tomó la mano y le dijo:

—¿Vendrás? ¿Vendrás con nosotros?

Sintió el contacto de la mano que sostenía la suya, era fina como un trozo de mármol, ni fría ni caliente ni sudorosa; una mano perfecta. Tuvo el deseo de apretarla pero no se atrevió.

—Sí —dijo finalmente.

Entonces la figura —todavía no sabía quién era, no tenía valor para mirarle la cara, sólo los pies calzados con sandalias doradas— la levantó por los aires y se la llevó, y el viaje fue tan mareante que perdió el equilibrio y empezó a caer, a caer en picado hacia la negra oscuridad que se abría debajo de ella.

Se incorporó sobresaltada. La lámpara de aceite se había apagado. Fuera se oía el delicado sonido del agua que lamía la orilla del gran lago, no lejos de su ventana.

Extendió la mano y la palpó. Estaba húmeda. ¿Sería por eso que aquel ser la había soltado, la había dejado caer? Se frotó la mano con fuerza.

¡No, deja que me limpie la mano! Gritó en silencio. ¡No me abandones! ¡Puedo limpiarla!

—Vuelve —susurró.

Pero sólo le respondieron la quietud de su alcoba y el murmullo del agua.

Corrió al dormitorio de sus padres. Estaban profundamente dormidos; ellos no necesitaban una lámpara, dormían a oscuras.

—¡Madre! —gritó, agarrándola del hombro—. ¡Madre! —Sin esperar el permiso, se metió en la cama y se acurrucó bajo las mantas calientes, junto a su madre.

—¿Qué... qué pasa? —La madre se esforzó por pronunciar las palabras—. ¿María?

—He tenido un sueño tan raro —exclamó ella—. Me han llevado... a una especie de cielo, no sé dónde, sólo sé que no era de este mundo, había ángeles, creo, o... no sé qué... —Calló para recobrar el aliento—. Creo que he sido... que he sido llamada. Llamada a seguirles, a formar parte de su compañía... —Pero se había asustado y dudó de querer seguirles.

Entonces se incorporó el padre.

—¿Qué dices? —preguntó—. ¿Has tenido un sueño? ¿Un sueño en que has sido llamada?

—Natán... —La madre de María extendió la mano y le tocó el hombro tratando de contenerle.

—No sé si he sido llamada —respondió María con voz débil—. Pero he tenido este sueño, y había gente en lugares altos y...

—¡Lugares altos! —gritó el padre—. Allí estaban los antiguos ídolos paganos. ¡En lugares altos!

—Pero no en pedestales —repuso María—. Esto ha sido distinto. Las personas que recibían honores estaban sobre ellos, y eran personas, no estatuas...

—¿Y crees que te han llamado? —preguntó el padre—. ¿Por qué?

—Preguntaron si quería ir con ellos. Dijeron: «¿Vendrás con nosotros?» —Al repetir las palabras, oyó de nuevo las voces melodiosas.

—Debes saber, hija mía, que los profetas han callado en nuestra tierra —dijo el padre finalmente—. No ha habido profecías desde los tiempos de Malaquías, y aquello fue hace cuatrocientos años. Dios ya no nos habla de esa manera. Sólo nos habla a través de la Ley sagrada. Y esto nos basta.

Pero María estaba convencida de lo que había visto, la calidez y la gloria trascendental de la escena.

—Padre —dijo—, el mensaje y la invitación han sido muy claros. —Mantuvo la voz baja y el tono respetuoso, aunque aún estaba temblando.

—Querida hija, estás confundida. Ha sido un sueño provocado por nuestros preparativos para ir a Jerusalén. Dios no te ha llamado. Y ahora vuelve a tu cama.

Ella se aferró a su madre pero la madre la apartó.

—Haz lo que dice tu padre —ordenó.

María volvió a su habitación, aún inmersa en el sueño majestuoso. Había sido real. Lo sabía.

Y, si era real, su padre estaba equivocado.

En las horas justo antes del amanecer, la familia se disponía para emprender su peregrinaje a la ciudad de Jerusalén, a fin de celebrar la fiesta de las Semanas. María estaba agitada, porque sentía el ansia de los adultos de iniciar el viaje y porque se supone que todos los judíos anhelan ir a Jerusalén. Sobre todo, sin embargo, por la expectativa del viaje en sí, porque la niña de siete años jamás había salido antes de Magdala y grandes aventuras les esperaban, sin duda, en el camino. Su padre hizo alusión a ellas cuando le dijo:

—Iremos a Jerusalén por la vía corta, atravesando Samaria, así nuestro viaje durará tres días en lugar de cuatro. Pero el camino es peligroso. Otros peregrinos a Jerusalén fueron asaltados y agredidos. —Meneó la cabeza—. Se dice que los samaritanos aún adoran a los ídolos. Abiertamente no, por supuesto, no junto a las vías públicas, pero aun así...

—¿Cómo son los ídolos? ¡Nunca he visto uno! —inquirió María intrigada.

—¡Y ojalá que nunca lo veas!

—¿Cómo sabré que es un ídolo, si lo veo?

—Lo sabrás —respondió su padre—. ¡Y debes evitarlo!

—Pero...

—¡Ya basta!

María recordaba todo aquello, pero la curiosidad que inicialmente le había despertado Jerusalén quedaba eclipsada por la impresión que le dejara el sueño, tan vívido aun en la oscuridad.

Zebidá, la madre de María, atareada con los preparativos finales, dejó bruscamente de llenar los sacos de grano y se inclinó sobre su hija. No mencionó el sueño sino que dijo:

—Con respecto a este viaje, no debes tratar con las demás familias, excepto con aquellas pocas que te indicaré como aceptables. Son muchos los que no observan la Ley, que sólo ven la visita a Jerusalén, ¡y al propio Templo!, como unas vacaciones. No te alejes de las familias practicantes. ¿Me has entendido? —Miró a María con severidad. En aquellos instantes su hermoso rostro tenía una expresión intimidatoria.

—Sí, madre —respondió la niña.

—Somos estrictos en la observación de la Ley, y así debe ser —prosiguió la madre—. Que esos... transgresores cuiden de sí mismos. No es cosa nuestra salvarles de su negligencia. Cualquier relación con ellos no hará más que contaminarnos.

—¿Como si mezcláramos la carne con la leche? —preguntó María. Sabía que eso estaba terminantemente prohibido, tanto que cualquier cosa relacionada con esos elementos debía también mantenerse separada.

—Precisamente —afirmó la madre—. Peor, incluso, porque su influencia no desaparece el día siguiente, como pasa con la carne y la leche. Queda contigo, corrompiéndote cada vez más.

Estaban preparados. Las seis familias que iban a viajar juntas esperaban en el camino que bordeaba Magdala, con los burros cargados y los fardos a cuestas, la llegada de otros grupos, más numerosos, que venían de los pueblos cercanos para unirse al peregrinaje a Jerusalén. María viajaría a lomos de un burro; era la más pequeña de la familia y no resistiría caminar largas distancias. Tal vez para el viaje de vuelta estaría ya tan robustecida que podría prescindir de la montura. Eso esperaba, al menos.

Había comenzado la estación seca y el sol ya le quemaba la cara. Ardía sobre el mar de Galilea después de asomar por detrás de las montañas. Al alba aquellos montes tenían el color de la uva tierna; ahora mostraban su verdadero tinte pedregoso y polvoriento. Eran yermos y tenían, a ojos de María, un aspecto malévolo. Aunque quizás esa impresión se debiera a la mala reputación de la tierra de los viejos amonitas, antiguos enemigos de Israel.

¿Qué habían hecho los amonitas para ser tan malos? El rey David había tenido problemas con ellos. Aunque él había tenido problemas con todo el mundo. Adoraban, además, a ese dios maligno, cuyo nombre María no podía recordar. Un dios que les pedía que le sacrificaran a sus hijos, quemándolos en la hoguera. Mo... Mol... Moloc. Sí, así lo llamaban.

Levantó la mano y se hizo sombra para mirar la orilla opuesta del lago. Desde luego, desde donde estaba no podía ver los templos de Moloc.

La recorrió un escalofrío, a pesar del calor. No pensaré más en Moloc, se reprendió a sí misma. El lago, resplandeciente bajo el sol, parecía estar de acuerdo. Era demasiado hermoso para que sus aguas azules se tiñeran de pensamientos de un dios sanguinario; María estaba convencida de que era el lugar más bello de Israel. A pesar de lo que se decía de Jerusalén, ¿cómo podría haber un paisaje más hermoso que ese cuerpo de agua ovalado, de color azul brillante, rodeado de colinas que lo protegían con su abrazo?

Podía distinguir las siluetas de barcas pesqueras sobre las aguas; había muchas. Su pueblo, Magdala, era famoso por su pesca, aquí pescaban, salaban, secaban y enviaban pescado a todo el mundo. El pescado de Magdala constituía un plato apreciado en ciudades tan lejanas como Damasco y Alejandría. Tan apreciado como en la propia casa de María, ya que su padre, Natán, era uno de los más importantes procesadores del pescado que llegaba a su almacén, y su hermano mayor, Samuel —que por razones comerciales prefería atribuirse el nombre griego Silvano—, dirigía la empresa y concertaba las ventas, tanto con la gente local como con extranjeros. El gran mosaico que decoraba el amplio recibidor de su casa reproducía la silueta de una barca pesquera, dando fe de la fuente de su fortuna. Cada día, al pasar ante él, daban las gracias por su buena suerte y por la multitud de peces con los que Dios quiso enriquecer su mar.

La brisa del este acarició las aguas del lago e hizo estremecerse la superficie; María pudo distinguir los surcos, que vibraban como las cuerdas de un arpa. El antiguo nombre poético del lago era Kineret, lago Arpa, debido a su forma y a los motivos que el viento dibujaba en su superficie. María casi pudo oír el delicado sonido de las cuerdas templadas que cantaban sobre el agua.

—¡Aquí vienen! —Su padre le hacía señas para que se reuniera rápidamente con los demás. Al final del camino polvoriento había hecho su aparición una enorme caravana que, además de los burros y el nutrido grupo de peregrinos a pie, incluía un par de camellos.

—Debieron de celebrar el Shabbat hasta bien entrada la noche —comentó la madre de María secamente. Tenía la expresión ceñuda, el retraso en la partida era un inconveniente. ¿Qué sentido tenía esperar hasta después del Shabbat si comportaba perder medio día? A nadie se le ocurre comenzar un viaje largo un día, siquiera dos, antes del Shabbat. La ley rabina que prohibía caminar más de una milla romana en Shabbat significaba la pérdida de un día, en lo que al desplazamiento se refería.

—El Shabbat es el pretexto perfecto para perder el tiempo —comentó en voz alta Silvano, el hermano de María—. Esta obstinación en la observación estricta de la festividad nos perjudica frente a los comerciantes extranjeros. ¡Los griegos y los fenicios no restan un día de cada siete al trabajo!

—Sí, ya conocemos tus simpatías paganas, Samuel —repuso Eli, el otro hermano mayor de María—. Supongo que pronto te veremos correteando desnudo entre tus amigos griegos en el gimnasio.

Silvano, alias Samuel, le fulminó con la mirada.

—No tengo tiempo para eso —dijo fríamente—. Estoy demasiado ocupado ayudando a padre a llevar el negocio. Eres tú, con todo el margen que te dejan el estudio de las escrituras y la consulta con los rabinos, quien dispone de tiempo de ocio para ir al gimnasio o a cualquier otro lugar de entretenimiento que te plazca.

Eli se indignó, como Silvano bien sabía que haría. Su hermano menor tenía mucho genio, a pesar de todo el empeño puesto en el estudio de los cómos y los porqués de Yahvé. Con su perfil agraciado, su nariz recta y su porte aristocrático, bien podía pasar por griego, pensaba Silvano. Mientras que él —era para reírse— se parecía más a los jóvenes estudiantes eternamente agachados sobre la Torá en el beit hamidrash, la Casa del Aprendizaje. Yahvé debía de tener un sentido del humor formidable.

—El estudio de la Torá es lo más importante que puede hacer un hombre —dijo Eli con dureza—. Supera a cualquier otra actividad en valor moral.

—Sí y, en tu caso, excluye cualquier otra actividad.

Eli resopló y se apartó con su burro, girando hacia su hermano las ancas del animal. Silvano se limitó a reír.

María estaba acostumbrada a oír distintas versiones de aquella misma discusión entre sus hermanos de veintiún y dieciocho años, respectivamente. Jamás se resolvía y jamás progresaba. La familia de María era muy creyente y observaba todos los rituales y normas religiosas. Sólo Silvano parecía incómodo dentro de lo que su padre llamaba «la Ley perfecta del Señor».

A María le gustaría estudiar esa Ley en el beit haséfer, la pequeña escuela aneja a la sinagoga, para formar su propia opinión. O robar los conocimientos que Silvano había adquirido de sus estudios de la Torá, ya que a él no parecían interesarle demasiado. A las niñas, sin embargo, no les estaba permitido asistir a la escuela, ya que no había lugares oficiales para ellas en la religión. Su padre solía citar severamente la máxima rabina: «Sería mejor prender fuego a la Torá que oír sus palabras pronunciadas de labios femeninos.»

—María, deberías aprender griego para poder leer la Ilíada —le dijo en cierta ocasión Silvano, riéndose. Naturalmente, la respuesta de Eli había sido colérica, pero Silvano insistió—: Si los estúpidos dictados de la cultura y la literatura propias le deniegan acceso a sus conocimientos, ¿acaso no la impulsan a buscar otros?

No le faltaba la razón. Los griegos ofrecían su cultura a los demás mientras que los judíos guardaban la propia como un secreto. Cada uno de sus actos derivaba de la fe en la superioridad de su cultura. Los griegos pensaban que bastaba saborear el pensamiento helénico para convertirse a él; los judíos consideraban al propio tan valioso que su ofrecimiento a cualquier extraño no podía más que mancillarlo. Por descontado, esto aumentaba la curiosidad que María sentía por ambos. Se prometió a sí misma que aprendería a leer para poder conocer la magia y el misterio de las sagradas escrituras.

Los dos grupos se encontraron y entremezclaron en la bifurcación del camino, en las afueras de Magdala; unas veinticinco familias se disponían ya a emprender el viaje. Muchas guardaban entre sí relaciones de parentesco más o menos estrechas, de modo que muchos primos terceros, cuartos, quintos y sextos iban a encontrarse para jugar por el camino. La familia de María procuraba no alejarse de las demás familias practicantes. Mientras se reagrupaban para formar la procesión, Eli no pudo resistir un aparte con Silvano.

—No entiendo por qué haces este viaje —dijo—, estando, como estás, en desacuerdo con nuestra manera de pensar. ¿Por qué vas a Jerusalén?

En lugar de una respuesta cáustica, Silvano respondió con una reflexión:

—Por la historia, Eli, por la historia. Amo las piedras de Jerusalén, cada una de ellas cuenta una historia, y la cuenta mejor y con más detalle que las propias escrituras.

Eli pasó por alto el tono solemne de su hermano.

—¡No conocerías esta historia si no la recogieran las escrituras que tanto desprecias! Las piedras no hablan ni cuentan historias, fueron los escribas los que las registraron para la posteridad.

—Lamento que te consideres el único capaz de mostrar sensibilidad —respondió finalmente Silvano. Se detuvo y esperó al grupo siguiente; no haría ese viaje en compañía de su hermano.

María no sabía con quién de los dos quedarse y prefirió volver junto a sus padres. Caminaban resueltos, con la mirada puesta en Jerusalén. El sol castigaba, su resplandor les obligaba a entrecerrar los ojos, haciéndose sombra con la mano.

Se levantaban nubes de polvo. El verde vivo de la hierba primaveral de los campos de Galilea empezaba a desaparecer bajo un manto pardusco; las flores silvestres que adornaban las laderas como joyas de variados colores estaban ya marchitas y apagadas. Desde ese momento y hasta la llegada de la próxima primavera, el paisaje se tornaría cada vez más pardo y el glorioso estallido de amor de la naturaleza quedaría en el recuerdo. La tierra de Galilea era la más exuberante del país, se parecía a un jardín paradisiaco persa en el corazón de Israel.

Las ramas de los árboles frutales se vencían bajo el peso de manzanas y granadas tiernas; el verde claro de los primeros higos asomaba bajo las hojas de las higueras. La gente los recogía; los higos tiernos nunca permanecían largo tiempo en las ramas.

La nutrida caravana remontó pesadamente la cresta de las colinas que rodeaban el lago, desde donde María pudo divisarlo por última vez antes de que desapareciera de su vista.

«¡Adiós, lago Arpa!», canturreó para sí. No sintió una punzada de dolor, sólo la expectación del futuro próximo. Ya estaban en camino, la vía les llamaba y pronto las colinas que María conocía desde que tenía memoria del mundo desaparecerían, serían reemplazadas por cosas jamás vistas. Qué maravilla, igual que recibir un regalo extraordinario, abrir una caja repleta de objetos relucientes.

Pronto llegaron al camino principal, la Vía Maris, una de las grandes arterias que cruzaban el país desde los tiempos antiguos. Había tráfico: mercaderes judíos, delgados nabateos con ojos de halcón montados en camellos, negociantes de Babilonia envueltos en sedas, que lucían unos pendientes de oro que a María le parecieron dolorosamente pesados. También había muchos griegos entremezclados con los peregrinos que se dirigían al sur. Y otros viajeros, a quienes todos cedían el camino: los romanos.

Pudo reconocer a los soldados por sus uniformes, aquellas faldas insólitas que, con sus tiras de cuero, dejaban al descubierto piernas gruesas y peludas. Los romanos civiles le resultaban más difíciles de reconocer, aunque los mayores los identificaban sin problemas.

—¡Un romano! —susurró su padre, indicándole con señas que caminara detrás de él al acercarse un hombre de aspecto anodino. Aunque la calzada estaba muy concurrida, María observó que nadie chocaba con él. Al pasar, volvió imperceptiblemente la cabeza y la miró con cierta curiosidad. Ella le devolvió una mirada humilde.

—¿Cómo has sabido que es un romano? —preguntó con interés.

—Por el cabello —explicó su padre—. Y porque va afeitado. Reconozco que la capa y las sandalias podrían ser de un griego o de cualquier otro forastero.

—Por su mirada —interrumpió la madre de pronto—. Es la mirada de quien es dueño de todo lo que abarca su vista.

Llegaron a una explanada, amplia y seductora. Árboles dispersos por la llanura proyectaban sombras que prometían frescor; ahora el sol estaba en su cenit. Montañas aisladas se erguían a ambos lados de la carretera, el monte Tabor a la derecha y el monte Moré a la izquierda.

Al aproximarse a las estribaciones del monte Moré, Silvano apareció a su lado y señaló vagamente a la montaña.

—¡Cuidado con la bruja! —la previno con sorna—. ¡La bruja de Endor!

Ante la expresión perpleja de María, explicó:

—La bruja a quien consultó el rey Saúl para convocar al espíritu de Samuel. Aquí tenía su morada. Dicen que el monte sigue embrujado. Si te alejaras y fueras a sentarte bajo aquel árbol y esperaras... quién sabe qué espíritu aparecería.

—¿Es eso cierto? —preguntó María—. Di la verdad, no me tomes el pelo. —Le parecía un portento ser capaz de convocar espíritus, especialmente los espíritus de personas muertas.

La sonrisa de Silvano desapareció.

—No sé si es cierto —admitió—. Lo dicen las sagradas escrituras pero... —Se encogió de hombros—. También dicen que Sansón mató a mil hombres con la mandíbula de un asno.

—¿Cómo se reconoce a un espíritu? —insistió María, que no se dejó amedrentar por una mandíbula.

—Dicen que se sabe que lo son por el terror que te inspiran —respondió Silvano—. En serio, si alguna vez vieras a un espíritu, te aconsejo que eches a correr en dirección contraria. Todo el mundo sabe que son peligrosos. Pretenden engañarnos, causar destrozos. Me imagino que por eso Moisés prohibió todo contacto con ellos. —Y, escéptico de nuevo, añadió—: Suponiendo que lo hiciera.

—¿Por qué repites esto una y otra vez? ¿No crees que sea verdad?

—Oh... —Silvano dudó—. Sí, creo que es verdad. Aunque Moisés no lo dijera, sigue siendo una buena idea. Casi todo lo que dijo Moisés es una buena idea.

María se rio.

—A veces hablas como los griegos.

—Si ser griego significa ahondar en las cosas, me sentiría honrado de serlo. —Se rio también.

Dejaron atrás otras montañas, cuya fama excedía su tamaño: el monte Gilboa a la izquierda, donde Saúl presentó su última batalla y pereció a manos de los filisteos. Y el monte Megiddó a la derecha, sobre el horizonte de la llanura; se erguía cual torre construida para la batalla del fin de los tiempos.

Poco después del monte Gilboa, cruzaron la frontera con Samaria. ¡Samaria! María asió las riendas del burro con fuerza y apretó las piernas alrededor de sus flancos. ¡Peligro! ¡Peligro! ¿Había realmente peligro? Escudriñó el entorno con mirada alerta pero el paisaje era igual al que acababan de dejar atrás: las mismas colinas pedregosas, los mismos llanos polvorientos tachonados de árboles solitarios. Le habían dicho que bandidos y rebeldes usaban como escondrijos las cuevas de los alrededores de Magdala, pero ella nunca había visto a uno cerca de su casa. Ahora esperaba ver algo, ya que se adentraban en territorio enemigo.

No tuvieron que esperar demasiado. Sólo habían recorrido un corto trecho cuando un grupo de jóvenes apareció junto a las márgenes del camino, abucheando, lanzando piedras y profiriendo insulto tras insulto con voces guturales:

—Perros... Desechos de Galilea... Pervertidores de los libros sagrados de Moisés... —Algunos les escupieron. Los padres de María mantuvieron la mirada fija al frente, fingiendo ni verles ni oírles, cosa que les enfureció aún más.

—¿Conque estáis sordos? ¡Tomad esto! —Sacaron bramidos discordantes del cuerno de un carnero y profirieron silbidos estridentes e inhumanos, que parecían proceder de más allá de sus gargantas.

El odio reverberaba en el aire. Pero los galileos siguieron sin mirarles ni contestar a los insultos. María temblaba a lomos de su burro al pasar a poca distancia de un grupúsculo de agitadores. Luego, por fin, les dejaron atrás; desaparecieron primero de su vista y después de sus oídos.

—¡Es terrible! —exclamó María en cuanto sintió que podía hablar sin peligro—. ¿Por qué nos odian tanto?

—Es una riña antigua —explicó su padre—. Y no creo que se resuelva mientras nosotros vivamos.

—Pero ¿por qué? ¿A qué se debe? —María insistió en saber.

—Es una larga historia —repuso el padre en tono cansino.

—Yo se la contaré —se ofreció Silvano, y se puso rápidamente a la altura del burro de la niña—. Ya sabes la historia del rey David, ¿no es cierto? ¿Y la del rey Salomón?

—Por supuesto —dijo María con orgullo—. ¡El primero fue nuestro más grande rey guerrero, y el segundo, el más sabio!

—No tan sabio para criar un hijo sabio —dijo Silvano—. Su hijo hizo enfadar tanto a sus súbditos que diez de las doce tribus de Israel abandonaron el reino y crearon el suyo propio, en el norte. Y eligieron a un supervisor como rey, un tal Jeroboam.

Jeroboam. Ya había oído hablar de él y, fuera lo que fuera, no era bueno.

—Puesto que los pueblos del norte ya no podían acudir al Templo de Jerusalén, Jeroboam erigió altares nuevos para ellos, donde adorar carneros de oro. A Dios no le gustó aquello, por eso les castigó enviándoles a los asirios, que destruyeron su país y los llevaron cautivos. Aquél fue el final de las diez tribus de Israel. Desaparecieron en el interior de Asiria y nunca más se supo de ellas. Adiós, Rubén; adiós, Simeón; adiós, Dan y Aser...

—Pero Samaria no está despoblada —dijo María—. ¿Quiénes son esas gentes malvadas que nos gritan?

—¡Los asirios mandaron pobladores paganos! —gritó Eli, quien estaba escuchando la conversación—. Se mezclaron con los pocos judíos que quedaron atrás y produjeron esa mezcla ruinosa entre el paganismo y la verdadera fe de Moisés. ¡Una abominación! —Su rostro se contrajo en una mueca de repulsión—. ¡Y no me digas que no tenían otra elección!

María se apocó. No se le había ocurrido decir nada por el estilo.

—¡Siempre se tiene elección! —prosiguió Eli—. Algunos miembros de aquellas diez tribus fueron leales a Jerusalén. Ellos no sufrieron el castigo ni fueron llevados a Asiria. Nuestra familia entre ellos. Éramos, ¡somos!, de la tribu de Neftalí. ¡Pero no perdimos la fe! —Su voz sonaba muy fuerte y parecía estar furioso—. ¡Y no debemos perderla!

—Sí, Eli —respondió María mansamente, preguntándose cómo se hacía eso.

—¡Allá abajo! —Señaló hacia el sur—. ¡En la colina de Gerizim, celebran sus ritos herejes!

Eli aún no había respondido a su pregunta, de modo que María la formuló de nuevo:

—Pero ¿por qué nos odian a nosotros?

Silvano inclinó la cabeza hacia su hermano.

—Porque nosotros les odiamos a ellos, y lo dejamos bien claro.

El resto de la jornada transcurrió en paz. Al atravesar campos y aldeas, los lugareños se alineaban junto al camino para verles pasar, pero no les gritaban ni intentaban obstaculizar su paso.

El sol pasó por encima del hombro izquierdo de María y emprendió su descenso. Las pequeñas sombras que cubrían el suelo bajo los árboles como faldas encogidas al mediodía, se proyectaban ahora lejos de sus ramas, como colas de capas principescas.

La cabeza de la caravana deceleró la marcha a fin de buscar un lugar adecuado para acampar esa noche. Necesitaban de la luz de la tarde para encontrar un sitio seguro y era probable que padecieran escasez de agua.

Los pozos siempre representaban un problema. Para empezar, ya era difícil encontrar uno con agua suficiente para tanta gente; luego venían las hostilidades con los propietarios del pozo. Muchos perecían en disputas sobre el agua. No era probable que los samaritanos les ofrecieran sus pozos sin reservas, les facilitaran cubos y les dijeran: «Bebed lo que queráis y dad de beber a vuestros animales.»

Los guías de la caravana eligieron un terreno amplio y llano a cierta distancia del camino, un área que contenía varios pozos. Era el lugar ideal, siempre que les dejaran disfrutar de él en paz. De momento había poca gente por los alrededores y los galileos pudieron montar sus tiendas sin problemas, dar de beber a los animales de carga y sacar agua para sus propias necesidades. Cuando todos estuvieron acomodados, apostaron centinelas alrededor del campamento.

La hoguera crepitaba y chisporroteaba al gusto de María. Significaba que las llamas tenían personalidad y trataban de comunicarse con ellos. Así, al menos, se lo había imaginado siempre. En la enorme tienda de piel de cabra había espacio para todos, y eso también le gustaba. Era reconfortante poder sentarse junto al fuego y saber que todos se encontraban en el mismo círculo.

Contemplándoles —a su hermoso hermano Eli y a su no tan hermoso pero absolutamente fascinante hermano Silvano— sintió el temor repentino de que uno de los dos estaría ya casado el año siguiente, hasta podría tener un niño, y ya no ocuparía la tienda familiar sino otra, de su propia familia. No le gustó la idea. Quería que todo siguiera igual, todos unidos para siempre como en esos momentos, para amarse y protegerse. Esta pequeña familia, este pequeño círculo, tan fuerte y tan consolador, no debería separarse jamás. Bajo el fresco crepúsculo de la primavera samaritana, su deseo parecía posible.

Era noche avanzada. María dormía ya largo rato sobre una manta gruesa, tapada con su cálida capa. Delante de la tienda, las ascuas de un pequeño fuego guardián latían suave y lentamente, como el aliento de un dragón dormido. De pronto se encontró totalmente despierta, un despertar extraño, como un sueño muy nítido. Levantó lentamente la cabeza y miró a su alrededor; todo aparecía borroso en la luz tenue, aunque podía oír la respiración cercana de los demás. Su corazón latía con fuerza pero no recordaba haber tenido una pesadilla. ¿Por qué estaba tan agitada?

Vuelve a dormir, se dijo. Vuelve a dormir. Mira, fuera sigue siendo noche cerrada. Aún se ven las estrellas.

Pero estaba desvelada y temblorosa. Se acomodó de nuevo, tratando de encontrar una posición confortable, girando sobre la manta y arreglando el material acolchado que le servía de almohada. Luchando por enderezar la manta, sus dedos palparon un obstáculo junto a su almohada. Tenía cantos agudos. Lo tanteó con curiosidad, no parecía ser una piedra sino algo más delgado y pequeño; tampoco una punta de flecha, ni una hoz ni nada metálico, sin embargo. Lo exploró con los dedos y descubrió muescas en su superficie. Impaciente, utilizó la punta afilada de la tira de sus sandalias para desenterrar aquello. Cuando al fin pudo liberarlo, vio que era un objeto tallado. Pálido también y demasiado ligero para ser una piedra. Lo levantó y lo giró de un lado al otro, pero no pudo distinguir de qué se trataba. Tendría que esperar hasta que amaneciera.

Y de repente, casi como por milagro, volvió a quedarse dormida.

La luz del día inundó el cielo a oriente y María despertó parpadeando. Su familia ya se había levantado y trajinaba recogiendo las mantas y la tienda. Se sentía aturdida, como si no hubiese dormido. Al apartar la capa que la cubría, sintió el objeto que apretaba en la mano. Confusa en un primer momento, lo levantó y lo miró.

Aún estaba cubierto de una fina capa de tierra, como un velo que oculta la desnudez femenina; a través de su opacidad, sin embargo, emergía un rostro reluciente, un rostro de belleza exquisita.

¡Un ídolo!

Tal como le había dicho su padre, supo que era un ídolo aunque nunca antes había visto uno.

«¡Y debes evitarlo!», había añadido.

Ella, sin embargo, no podía apartar la vista de aquel objeto. La atraía, la obligaba a mirarlo. Sus ojos soñadores, con los párpados medio cerrados; sus labios carnosos y sensuales, que dibujaban la curva de una sonrisa; el abundante cabello recogido hacia atrás, dejando al descubierto un cuello esbelto como cetro de marfil...

Marfil. Sí, éste era el material del que estaba hecho ese... ídolo. Amarillento y con algunas manchas oscuras, pero sin duda marfil, color crema, casi traslúcido. Por eso era tan ligero y delicado, por eso incluso sus cantos agudos no eran cortantes.

¿Quién eres? Preguntó María mirándolo a los ojos. ¿Cuánto tiempo llevas enterrado en este lugar?

Su padre se acercó sorteando alforjas y ella escondió apresuradamente la mano bajo la manta.

—Ya es hora de irnos —dijo él bruscamente, agachándose sobre ella. María volvió a abrir los ojos, fingiendo que se acababa de despertar.

Caminaba junto al burro —sobre el que iba montada su madre— y palpaba su nueva posesión, que había ocultado entre los pliegues de la larga tira de tela que le servía de cinturón. Sabía perfectamente que hubiera debido enseñársela a su padre enseguida, pero no deseaba hacerlo. Quería quedarse con el objeto, y sabía que él la obligaría a tirarlo, con una maldición, seguramente.

Tenía ganas de protegerlo.

Al mediodía de esa segunda jornada, cuando el sol más abrasaba, tuvieron que dar un rodeo alrededor de un pozo vigilado por los samaritanos. De nuevo hubo amenazas e insultos, a los que los peregrinos trataron de no hacer caso. Menos mal que habían podido utilizar los pozos de su lugar de acampada. Sólo les quedaba una noche más antes de abandonar Samaria, sólo tendrían que encontrar un grupo más de pozos.

—¡Pensar que fueron nuestros antepasados los que cavaron estos pozos, y ahora ni siquiera nos permiten beber de ellos! —murmuró Eli—. ¡El país entero está tachonado de pozos que por derecho deberían pertenecernos!

—Paz, Eli —dijo Natán—. Quizás un día todo sea devuelto a su legítimo propietario. O tal vez los samaritanos vuelvan a la religión verdadera.

Eli adoptó una expresión de asco.

—Que yo sepa, las escrituras no contemplan esa posibilidad.

—Oh, seguro que hacen alguna mención —dijo Silvano, quien viajaba junto a su familia toda la mañana—. Las escrituras lo contemplan todo. En ellas abundan las promesas de todo tipo, desde la llegada del Mesías hasta la situación de los pozos. El problema está en saber interpretarlas. Se diría que Yahvé no quiso que sus fieles comprendieran con facilidad sus mensajes.

Eli estaba a punto de contestar cuando se produjo una conmoción más adelante y la caravana se detuvo. Natán se separó del grupo y corrió hacia la cabeza de la procesión. La noticia, sin embargo, fue más veloz en propagarse a lo largo de la caravana.

¡Ídolos! ¡Habían encontrado un montón de ídolos!

Pronto la caravana se dispersó en un torbellino de gentes que acudían corriendo para verlos. Todos eran presa de una gran agitación, porque ¿quién había visto hasta ahora un auténtico ídolo antiguo? Desde luego, existían los ídolos modernos de los romanos, aunque su presencia quedaba confinada en las ciudades paganas de Galilea, ciudades como Séforis, la que pocos peregrinos se habían atrevido a visitar.

¡Pero ver ídolos antiguos! Los ídolos legendarios contra los que tronaron los profetas, los que trajeron la ruina y el exilio primero al reino del norte de Israel y después a su reino hermano, Judea. Hasta sus nombres inspiraban una especie de temor titilante: Baal, Astarté, Moloc, Dagon, Melcar, Belcebú.

Un rabino de Betsaida esperaba de pie ante un cúmulo de piedras junto al camino, mientras dos de sus ayudantes escarbaban con las manos en una grieta, de la que sacaban diversos bultos envueltos en trapos. Toda una fila estaba ya dispuesta en el suelo, como si fueran los restos de guerreros muertos.

—¡El sello era perfectamente visible! —exclamó el rabino, señalando la piedra que había tapado la entrada al hueco.

¿Por qué se cree con derecho de abrirlo?, se preguntó María.

—¡Supe que son malignos! —dijo el rabino, contestando a su pregunta muda—. Debieron de esconderlos hace mucho tiempo, con la esperanza de que sus dueños regresarían y los restablecerían a sus... sus lugares elevados, o donde fuera que los sirvieran y adoraran. Aunque probablemente ellos perecieron en Asiria, como sería de justicia. ¡Desenvolvedlos! —ordenó a sus ayudantes—. ¡Desenvolvedlos, para que podamos romperlos y destruirlos! ¡Abominación! ¡Ídolos! ¡Toda abominación debe ser destruida!

Los viejos trapos, aplicados a modo de vendajes, estaban tan deteriorados que les resultaba difícil desenvolverlos, por eso el rabino y los demás los arrancaron haciendo uso de cuchillos. Aparecieron unas pequeñas estatuillas de arcilla, objetos burdos de ojos abultados y extremidades toscas como palitos.

María apretó su tesoro escondido en el cinturón. El suyo era hermoso, no feo como aquéllos.

Cuando el rabino empezó a romper las figurillas, golpeándolas con un palo, María se preguntó si no debería poner la suya también en la pila. Pero la idea de destruir aquel rostro tan bonito le resultó dolorosa. Se quedó allí observando los fragmentos de los ídolos que caían como lluvia a su alrededor. Un pequeño brazo roto aterrizó sobre su manga y ella lo cogió y lo examinó. Parecía un huesito de pollo. Hasta tenía una especie de garras.

Sin pensar en lo que hacía, se lo guardó también en el cinturón.

—¿Quiénes crees que eran? —preguntó Silvano distraídamente—. Quizá fueran dioses canaanitas. Podrían ser cualquier cosa. —Una lluvia de fragmentos cayó sobre ellos—. Bueno, fueran lo que fuesen, ya no son. Puf, han desaparecido.

¿Cómo desaparece un dios? ¿Se puede destruir a un dios? María no sabría decirlo.

—¡Ay de quien ordene a la madera despertar, a la piedra tomar vida! —gritó el rabino, al tiempo que asestaba un último golpe maestro a los ídolos—. ¿Puede una cosa como éstas pronunciar oráculos? Mirad, están cubiertos de oro y plata pero les falta el aliento. —Paró, detuvo el palo y asintió con satisfacción. Luego hizo un ademán hacia Jerusalén y su voz surgió dichosa al citar los siguientes versos del profeta Habacuc—: ¡Pero el Señor está en su Templo sagrado; que la tierra entera guarde silencio ante Él! —Alzó su báculo—. ¡Mañana, amigos míos! ¡Mañana veremos el Templo sagrado! Bendito sea Dios, el único y eterno SER.

Escupió sobre los restos de los ídolos.

Capítulo 2

2

Un último atardecer, un último campamento antes de Jerusalén. Cuando se acomodaron para pasar la noche, María podía percibir la emoción de los adultos por hallarse ya tan cerca de la ciudad.

Esta vez el suelo bajo su jergón era firme y liso, indicación de que debajo no había nada. Se sintió algo decepcionada, como si esperara que cada punto de aquel paisaje desconocido contuviera objetos exóticos y prohibidos. Había desatado su cinturón con cuidado allí donde estaba la figurilla y lo guardó bien envuelto, cerca de su almohada. No se atrevía a sacarla con tanta gente alrededor. También el brazo roto del pequeño dios permanecía en su escondrijo. Y ella era consciente de su presencia en todo momento, como si la llamaran, como si la hechizaran.

Luchando contra el sueño, se preguntó qué encontrarían en el Templo. Mientras se hallaban reunidos en torno al fuego de cocinar, Eli había dicho:

—Me imagino que registrarán la caravana entera, simplemente porque somos galileos.

—Sí, y seguramente habrá más guardias en el Templo —añadió Natán—. Muchos guardias.

Parece que había habido disturbios recientemente, causados por un rebelde de Galilea.

—¡Judas Galileo y su banda de maleantes! —dijo Silvano—. ¿Qué esperaba conseguir con su rebelión? Estamos bajo el control de los romanos y, si ellos deciden cobrar impuestos, no podemos hacer nada para evitarlo. Él y su patética resistencia sólo sirvieron para hacer las cosas más difíciles para el resto de nosotros.

—Aun así... —Eli masticó bien su bocado antes de completar su reflexión—: A veces, la sensación de impotencia y de desesperanza puede ser tan abrumadora que cualquier acción, incluso siendo fútil, aparece como necesaria.

—Jerusalén estará tranquila en esta festividad —dijo Silvano—. Oh, sí. Los romanos se asegurarán de que así sea. —Hizo una pausa y prosiguió—: Uno ya puede alegrarse de que nuestro buen rey Herodes Antipas se preocupa de nosotros, en nuestra querida Galilea, ¿no os parece?

Eli resopló.

—A fin de cuentas, él es judío —añadió Silvano, en un tono de voz que María supo que quería decir lo contrario.

—¡Una mala imitación, como su padre! —Eli picó el anzuelo—. ¡Hijo de una mujer samaritana y de un padre idumeo! ¡Un descendiente de Esaú! Pensar que estamos obligados a fingir que...

—Silencio —le previno Natán—. No hables tan alto fuera de las paredes de nuestro hogar—. Rio para que sus palabras parecieran una broma—. ¿Cómo puedes decir que su padre no era un buen judío? ¿Acaso no nos construyó un bonito Templo?

—No era necesario —espetó Eli—. El original ya era bastante bueno.

—Para Dios, tal vez —asintió Natán—. Pero los hombres quieren que las moradas de sus dioses sean tan majestuosas como las de sus reyes. Dios quiere más, y a la vez menos, de lo que normalmente le damos.

Cayó un profundo silencio ante la verdad de aquel comentario aparentemente casual.

—María, dinos qué es la fiesta de las Semanas —ordenó Eli rompiendo el silencio—. A fin de cuentas, nos dirigimos a Jerusalén para celebrarla.

Al verse señalada, la niña se puso a la defensiva. Cualquiera de los presentes podría contestar mejor que ella a la pregunta.

—Es... es una de las tres grandes celebraciones que observa nuestro pueblo —dijo.

—Pero ¿qué es? —insistió Eli, presionándola como en un examen.

¿Qué era, realmente? Tenía que ver con la maduración de los cereales y con la cantidad de días pasados desde la Pascua judía...

—Se celebra cincuenta días después de Pascua —respondió María tratando de recordar—. Y tiene que ver con los cereales.

—¿Qué cereales?

—¡Basta, Eli! —exclamó Silvano—. Ni tú lo sabías cuando tenías siete años.

—Cebada... o trigo, creo —aventuró María.

—¡De trigo! Y ofrecemos a Dios la primera cosecha —dijo Eli—. De eso se trata. Depositaremos nuestras ofrendas ante Él, en el Templo.

—¿Qué hará con ellas? —María se imaginó que un gran fuego voraz bajaría del cielo y consumiría los cereales.

—Una vez terminado el ritual, serán devueltas a los fieles.

Oh. Qué decepción. ¿Hacían este largo viaje sólo para ofrecer una cosecha que luego les sería devuelta intacta?

—Ya entiendo —dijo finalmente—. Pero nosotros no cultivamos cereales. Quizá deberíamos haber traído pescado. El pescado que salamos.

—Es un gesto simbólico —dijo Eli escuetamente.

—El Templo —propuso Silvano—. Quizá sea mejor hablar de él, resulta más sencillo.

Y, mientras el sol desaparecía y retiraba sus cálidos rayos de sus espaldas, hablaron del Templo. Su gran importancia para el pueblo judío. Que era el tercer templo construido, y que los dos anteriores habían sido destruidos. Que, de hecho, su importancia era tal, que fue lo primero que reconstruyeron los exiliados cuando regresaron de Babilonia, hacía ya quinientos años.

—Nosotros somos el Templo, y el Templo es nosotros —dijo Natán—. Sin él, no podemos existir como pueblo.

Qué idea más espantosa: que un edificio deba permanecer de pie para que exista el pueblo judío. María sintió un escalofrío. ¿Qué pasaría si fuera destruido? Aunque esto no podría ocurrir. Dios nunca lo permitiría.

—Nuestro ancestro, Hurán, fue trabajador en el Templo de Salomón —dijo Natán. Sacó un objeto que tenía colgado del cuello y les mostró una pequeña granada de bronce sujeta a un cordel—. Esto es lo que hacía. —Se quitó el colgante y se lo dio a Silvano, quien lo examinó con expresión pensativa antes de pasárselo a Eli.

—Oh, hacía muchas cosas más, objetos voluminosos —pilares y capiteles de bronce, salidos de enormes moldes de arcilla—, pero éste lo hizo para su esposa. Hace mil años. Y desde entonces ha pasado de padre a hijo en nuestra familia. Incluso nos lo llevamos a Babilonia y de allí de vuelta a Israel.

Cuando el objeto llegó a sus manos, María lo sostuvo con reverencia. Le parecía inmensamente sagrado, aunque sólo fuera por su gran antigüedad.

Mi tatara-tatara, muchas veces tatara, tatarabuelo lo hizo con sus propias manos, pensó. Sus manos, desde hace tiempo reducidas a polvo, hicieron esto.

Lo sostuvo en alto y lo hizo girar. La luz mortecina se reflejó en la superficie, en el cuerpo redondeado de la fruta y en las cuatro puntas que sobresalían del ápice, formando la corona de la granada. Su ancestro había capturado la forma de la fruta, representando a la perfección su hechura simétrica e ideal.

Sin atreverse a respirar siquiera en su presencia, la devolvió a su padre. Él se la colgó del cuello y la ocultó contra su pecho.

—Como puedes ver, nuestro peregrinaje no es cualquier cosa —dijo finalmente, dando palmaditas a su túnica, en el lugar que cubría el talismán—. Vamos a Jerusalén en nombre de Hurán y de los últimos mil años.

Rompía el alba cuando los peregrinos empezaron a desmontar las tiendas y a cargar los animales, y las madres a llamar a sus hijos dormidos. María se despertó con la extraña sensación de haber estado ya en el Templo y de recordar largas hileras de estatuas de diosas... dentro de un bosquecillo de árboles altos, cuyas copas oscuras oscilaban suavemente con la brisa. El Templo la llamaba, y también el susurro del viento entre los cipreses.

Tardaron poco en recoger y reemprender la marcha. La caravana entera avanzaba con gran energía, como si acabaran de iniciar el viaje, en lugar de llevar ya tres días en el camino. El embrujo de Jerusalén les atraía hacia la ciudad.

A última hora de la tarde llegaron a la cima de uno de los riscos que bordeaban la ciudad santa y la caravana se detuvo para contemplarla. A sus pies se extendía Jerusalén, sus piedras, ambarinas y doradas bajo el sol de la tarde. Dentro de las murallas, la urbe se elevaba y descendía siguiendo los desniveles del terreno. Aquí y allí destacaban unas pinceladas de blanco, palacios de mármol construidos entre los edificios de piedra caliza; y sobre una elevación plana resplandecía en oro y plata el Templo y sus anexos.

Un silencio profundo reinó entre los peregrinos. María miró la ciudad, demasiado joven para sentirse embargada por la admiración reverente de sus mayores; sólo veía la pureza blanca del Templo, la luz dorada, tan distinta a cualquier luz que hubiera visto hasta entonces, y que bajaba del cielo cual cascada de manos alargadas que se extendían para tocar la ciudad.

Había otros grupos de viajeros sobre el risco. También, agrupaciones de carros decorados, que contenían las ofrendas simbólicas de las primeras cosechas de pueblos y ciudades que no podían enviar peregrinos aquel año. Los carros estaban cargados según dictaba la tradición: debajo de todo iba la cebada, después el trigo y los dátiles, luego las granadas, los higos y las olivas en capas sucesivas y, encima de todo ello, las uvas. Pronto entrarían en Jerusalén para ser presentados a los sacerdotes.

—¡Una canción! ¡Una canción! —gritó alguien—. ¡Cantemos la alegría de que se nos permita venir a Dios y a su Templo sagrado!

Y un millar de voces se alzaron enseguida para entonar los salmos que tan bien conocían, aquellos que celebraban el ascenso a Jerusalén.

Nuestros pies atraviesan tus puertas, oh, Jerusalén.

Hasta aquí ascienden las tribus, las tribus del Señor, según la ley que Él dio a Israel.

Oremos por la paz de Jerusalén:

Que los que te aman gocen de seguridad.

Que haya paz entre tus murallas, y seguridad

entre tus baluartes.

Anhelantes, agitando ramas de palmera, descendieron la última ladera para dirigirse a Jerusalén. La muralla y la puerta que habrían de atravesar se erguían imponentes delante de ellos.

El tumulto parecía multiplicarse al acercarse los distintos grupos a la ciudad, y sus filas crecían al entremezclarse. Era una masa dichosa y alegre, impulsada por una amalgama de religiosidad y de fervor. Más adelante, otras carretas descendían la pendiente tambaleándose y otros cantos de peregrinación se elevaban al aire, acompañados del estruendo de los címbalos y del campanilleo de las panderetas. La gran puerta septentrional estaba abierta; mendigos y leprosos vagaban por los alrededores, profiriendo lamentos y gritos de limosnas; las muchedumbres casi les aplastaron en su avance.

María vio a algunos soldados romanos que, montados a caballo, vigilaban desde las bandas, alertas a cualquier desorden. Las crestas de sus cascos se erguían feroces contra el azul luminoso del cielo.

Los viajeros aminoraron la marcha hasta ir casi a paso de tortuga delante de la puerta; la madre de María la sujetó contra sí ante la presión agobiante de la masa; se produjo un inmenso apretujón y, de repente, se encontraron del otro lado de la puerta, dentro de Jerusalén. Pero no tenían tiempo para detenerse y admirar: el gentío que las seguía empujaba hacia delante.

—¡Aaaa! —murmuraban todos a su alrededor, boquiabiertos.

Aquella noche acamparon fuera de la ciudad junto con otros miles de peregrinos; los campamentos rodearon prácticamente Jerusalén, formando una segunda muralla exterior. Así sucedía en todas las grandes festividades: hasta medio millón de peregrinos convergían en la ciudad, que no tenía medios para alojarles a todos. De modo que una nueva Jerusalén surgía en torno a la primera.

De las tiendas y hogueras vecinas brotaban risas, voces y canciones, la gente visitaba a los conocidos, buscaba a sus parientes y amigos de otros pueblos. Los judíos de otras tierras, que habían recorrido grandes distancias para visitar el Templo, salían de sus tierras insólitas: unas, terminadas en punta; otras, auténticos pabellones de seda, y otras más, con puertas adornadas con flecos. Algunos provenían de familias judías que se habían ido de su patria ancestral hacía más de diez generaciones y, sin embargo, consideraban que el Templo era su hogar espiritual.

María cerró los ojos y trató de dormir, aunque no era fácil en medio de tantos ruidos festivos.

Cuando al fin quedó dormida, no soñó con Jerusalén sino con el misterioso huerto de árboles y estatuas; a la luz onírica de la luna, los pedestales blancos de las estatuas parecían flotar como espuma sobre las olas del océano. En su sueño danzaban los susurros de los árboles, el glorioso resplandor de mármol y la promesa de unos secretos olvidados.

Antes de la primera luz del día se levantaron para prepararse a entrar de nuevo en la ciudad, esta vez para participar en los festejos. María casi temblaba de curiosidad por ver el Templo.

Las multitudes eran aún mayores hoy, día de la festividad. Ríos de gente atestaban las calles, apretujándose de tal modo contra las paredes de las casas que parecía que las piedras cederían de un momento a otro a la presión. Unos peregrinos muy curiosos, por cierto: algunos, venidos de Frigia, sudaban profusamente bajo sus capas de piel de cabra; otros, de Persia, lucían sedas bordadas en oro; los fenicios llevaban túnicas y pantalones a rayas; los babilonios, austeros ropajes de color negro. Aunque avanzaban todos, ansiosos por llegar al Templo, parecían voraces más que piadosos, como si allá arriba hubiera algo que se disponían a devorar.

Al mismo tiempo, los ruidos de la ciudad se confundían y rivalizaban. Los gritos de los vendedores de agua —que iban a hacer un negocio seguro aquel día—, los cantos de los peregrinos, las voces de los mercaderes que esperaban vender dijes y tocados y, por encima de todos, los berridos de los rebaños de animales que eran conducidos hacia el Templo para su sacrificio; todo aquello generaba un estruendo casi doloroso. A lo lejos, sonó el toque de las trompetas de plata del Templo, que proclamaban la celebración.

—¡No te alejes de nosotros! —advirtió su padre a María. Su madre le agarró la mano y la atrajo hacia sí. Sus dos cuerpos, casi trenzados, pasaron arrastrando los pies por delante de la enorme fortaleza romana que solían llamar la Antonia y que se cernía, vigilante, sobre el Templo y el terreno que lo circundaba. Filas de soldados romanos estaban alineados sobre las escaleras, en uniforme militar completo, las lanzas dispuestas, observándoles impávidos.

Las tropas siempre estaban alerta durante las festividades, para evitar posibles disturbios o intentos irreflexivos por parte de autodenominados Mesías de sublevar a la población. Los importantísimos territorios centrales de Judea, Samaria e Idumea se encontraban bajo el control de los romanos. Y esos territorios incluían Jerusalén, el más preciado de todos. El procurador romano, que normalmente residía en la ciudad costera de Cesarea, acudía a regañadientes a Jerusalén para las grandes festividades de peregrinación.

Así que el Templo estaba vigilado por una fortaleza de soldados romanos, y ojos paganos escudriñaban el recinto santo.

La familia de María quedó atrapada en una corriente de peregrinos que empezó a avanzar más rápidamente, subiendo ya hacia el Templo. Erguido contra el cielo, el lugar más sagrado de la religión judía llamaba a sus fieles. Un enorme muro de mármol blanco rodeaba las edificaciones y la plataforma; resplandecía cegador a la luz de la mañana. El parapeto de la esquina donde estaban los trompetistas era, según se decía, el punto más alto de Jerusalén.

—¡Por aquí! —Eli tiró de la brida del burro y giraron hacia la gran escalinata que conducía a la explanada ante el Templo.

Y de allí al mismísimo recinto del Templo sagrado, el lugar resplandeciente.

La explanada era enorme y parecería aún más vasta si no estuviera repleta de peregrinos. Herodes el Grande la había ampliado hasta el doble de su tamaño original construyendo una prolongación del muro, como si con ello fuera a doblar la gloria del lugar, y de su propio nombre. No modificó, sin embargo, las dimensiones del propio Templo, que acogía el Sanctasanctórum —las cuales había decretado Salomón—, de manera que la construcción se empequeñecía sobre la vasta plataforma de Herodes.

El rey no había escatimado adornos y el edificio constituía una joya del exceso arquitectónico. Estacas doradas sobresalían del techo y reflejaban los rayos del sol. La suntuosa edificación se encontraba en un nivel superior al de la explanada, y los fieles tenían que subir una serie de peldaños para llegar hasta ella. En la enorme Corte de los Gentiles, ubicada en el exterior, podía entrar cualquiera. A continuación, había un área reservada para los judíos. La siguiente barrera cerraba el paso a las mujeres judías, y sólo los israelitas varones podían acceder al siguiente recinto. Finalmente, los sacerdotes eran los únicos a quienes les estaba permitido ascender al altar y a los lugares de sacrificio. En cuanto al propio santuario, se prohibía el acceso a todos los sacerdotes menos a aquellos que salían elegidos cada semana para oficiar; y sólo el sumo sacerdote podía entrar en el Sanctasanctórum, una vez al año. En caso de tener que efectuar reformas, bajaban al interior a los obreros, encerrados en una jaula que les impedía ver el Sanctasanctórum. El Sanctasanctórum: donde el espíritu de Dios moraba en la vacuidad y en la solitud, una cámara cerrada en el mismísimo corazón del Templo, donde no penetraba luz alguna, sin ventanas, revestida de pesados cortinajes.

María, sin embargo, no veía más que la inmensidad del lugar y el mar de gente que se movía a su alrededor. Grandes rebaños de animales destinados al sacrificio —bueyes, cabras y ovejas— balaban y mugían en un rincón, mientras los gorjeos y los cantos que provenían de las jaulas de los pájaros, objetos de sacrificios más baratos, aportaban una nota de dulzura por encima del jolgorio general. De los pórticos techados que bordeaban el extremo de la explanada llegaban los gritos de los mercaderes, que gesticulaban tratando de atraer clientes.

—¡Aquí el cambista! —gritaba uno de ellos—. ¡Aquí el cambista! ¡En el Templo no se admiten monedas no autorizadas! ¡Cambien aquí! ¡Cambien su dinero aquí!

—¡Maldición a quien introduzca monedas prohibidas! ¡Yo cambio a mejor precio! —vociferaba otro.

—¡Que se callen! —gimió Eli, tapándose los oídos con las manos—. ¿No pueden hacerles callar? ¡Están profanando el Templo!

Al acercarse a la puerta, María vio rótulos en griego y en latín dispuestos a lo ancho de la entrada. ¡Si supiera leer! Tuvo que tirar de la manga de Silvano para preguntarle qué decían.

—«Los que sean arrestados morirán, y ellos solos serán los responsables de su muerte» —citó su hermano—. «Queda terminantemente prohibido que los no judíos atraviesen esta puerta.»

¿Habían dado muerte de verdad a los que lo intentaron? Le pareció excesivo que la simple curiosidad mereciera semejante castigo.

—Preferimos pensar que Dios es más... sabio que algunos de sus seguidores —dijo Silvano, como si hubiera leído su pensamiento—. Me imagino que aceptaría a un pagano curioso por descubrir otros ritos, aunque sus sacerdotes no lo ven así. —Silvano la cogió de la mano para no perderla entre el gentío que se arremolinaba—. Vamos, entremos ya.

Pasaron sin dificultad a través de una enorme puerta de bronce que daba entrada a un patio amurallado que, como el exterior, estaba rodeado de pórticos y otras estructuras erigidas en las esquinas. Pero María no los miraba, sólo veía el Templo, que se erguía al otro extremo del patio, precedido por varios escalones.

Se alzaba grande y poderoso, el edificio más grandioso que había visto o imaginado jamás. El mármol blanco, iluminado por el sol de la mañana, resplandecía como la nieve, y su imponente dintel, con el friso de oro sobre las puertas macizas, parecía un portal que daba entrada a otro mundo. Proyectaba un halo de poder y proclamaba que el Dios Todopoderoso, Rey de todos los Reyes, era más formidable que cualquier monarca terrenal, cualquier soberano de Persia, Babilonia o Asiria. Porque realmente parecía ser eso: el palacio enorme de un rey oriental.

Al contemplarlo, sólo pudo pensar en los cantos y las historias de Dios que aplasta a sus enemigos. Allí, delante de sus ojos, los fieles temblorosos eran el botín del terrible rey; eso le sugirieron los animales para el sacrificio, las ofrendas y las nubes de incienso. Todo hablaba de miedo.

El que entrara en un recinto equivocado, pagaría con la vida. El que usara monedas equivocadas, sufriría un castigo. Y cualquiera que trasgrediera los límites del santuario, encontraría un escarmiento peor que la muerte.

Deseaba sentir amor, orgullo y venerable admiración por su deidad, pero sólo podía sentir miedo.

Un nutrido grupo de sacerdotes levitas enfundados en vestimentas inmaculadas estaba en los escalones que separaban la Corte de las Mujeres de la Corte de los Israelitas. Acompañados de flautas, entonaban himnos de belleza exquisita, y sus voces se veían secundadas por las dulces voces altas de sus hijos, a quienes también les estaba permitido cantar.

Otros sacerdotes esperaban recibir las ofrendas y conducir los animales que habían de sacrificarse a las rampas y los altares. Las hogazas de cereal recién segado se presentaban sobre palas planas, que iban a «balancear» ante el Señor en una ceremonia especial. Detrás de las cabezas de los sacerdotes, María vio el humo que se alzaba del altar, donde el fuego consumía las ofrendas. El olor penetrante del incienso se mezclaba —aunque sin cubrirlo— con el hedor de la carne y la grasa quemadas.

Cuando vinieron a llevarse las ofrendas de su grupo de Galilea (siete corderos machos, dos carneros, un toro, una cesta de frutas y dos hogazas de pan hechas con harina de grano nuevo), María sintió que debería añadir el ídolo de marfil. Deshacerse de él, ahora. ¿Cometía sacrilegio llevándolo consigo? Parecía quemarla bajo los pliegues de tela en los que lo había escondido. Pero, sin duda, era un truco de su imaginación.

Si lo entrego, ya nunca será mío, pensó. Lo perderé para siempre. Quizás ofenda a Dios si lo mezclo con las demás ofrendas. Lo dejaré quietecito en mi bolsillo. Y cuando vuelva a casa, lo miraré por última vez para recordarlo y lo tiraré, antes de que lo vea mi padre y me castigue por ello.

Abriéndose camino a través de la puerta principal, la llamada Puerta Hermosa, María y su familia atravesaron de nuevo la Corte de los Gentiles. Era todo tan grandioso, tan abrumador, tan diferente a las cosas de la vida cotidiana.

—Si pudiera entrar en el Templo, ¿vería el Arca de la Alianza y las tablas de piedra con los Diez Mandamientos? —preguntó María a Silvano—. ¿Y el cuenco donde se conserva el maná, y la vara de Aarón? —La sola idea de esos objetos tan antiguos le producía un escalofrío.

—¡No verías nada en absoluto! —respondió Silvano con voz amarga. Raras veces María le había oído hablar en ese tono—. Todo ha desaparecido. Destruido por los babilonios, como el resto del Templo de Salomón. Aunque se dice —cómo no— que el Arca está enterrada en algún lugar del recinto sagrado. Claro. Siempre preferimos creer que en realidad nada está perdido, no de veras, no para siempre. —Se le veía triste en medio de la multitud de peregrinos gozosos—. Pero lo está.

—Entonces, ¿qué hay allí dentro?

—Nada. Está vacío.

¿Vacío? Tanto edificio, tanto esplendor, tantas leyes y normas... ¿para nada?

—¡No puede ser! —exclamó María—. No tiene sentido.

—Lo mismo opinó Pompeyo, el general romano que conquistó Jerusalén hace cincuenta años. Tuvo que comprobarlo por sí mismo. Cuando vio que no había nada, se sintió perplejo, no entendía a los judíos. Nuestro Dios es misterioso. Ni siquiera nosotros le entendemos y, al servirle, nos hemos convertido en un pueblo que nadie más entiende. —Silvano calló.

Pero María no estaba satisfecha.

—¿Por qué tenemos un templo, si las cosas preciosas que honraban a Dios ya no existen? ¿Fue Dios quien nos pidió construirlo?

—No. Pero nosotros quisimos creer que así fue, porque los demás pueblos tenían templos y deseábamos ser como ellos.

—¿De veras? —A María le parecía de extrema importancia comprender ese asunto.

El bullicio de la gente que les rodeaba le impidió oír con claridad la respuesta.

—Dios no dio instrucciones a Salomón ni a David para que construyeran un templo. El propio Salomón lo admitió claramente cuando dijo en sus oraciones: «¿Realmente morará Dios en la tierra? Si ni siquiera los altos cielos pueden contenerle, ¡cuánto menos este Templo que yo le he construido!» ¿Estás ya satisfecha? —Silvano la miró con afecto—. Si no fueras niña, diría que tienes madera de erudita. Podrías llegar a ser escriba. Ellos se pasan la vida estudiando estos temas.

Era cierto que María deseaba aprender todo de Dios y sus designios, pero no quería pasarse la vida leyendo —y discutiendo— documentos, como los escribas y los eruditos que conocían en Magdala, hombres cómicos a la vez que poderosos dentro de su comunidad. Ni siquiera Eli deseaba unirse a sus filas.

—No es eso... —intentó explicar. Lo que realmente quería preguntar a su hermano era: ¿Qué se puede adorar en un templo vacío? Aunque tal vez él no comprendiera la pregunta.

Capítulo 3

3

El viaje de vuelta se hizo más corto. El gran cortejo partió de la cima del risco desde donde se dominaba la vista de Jerusalén tan pronto se reunieron todos y los líderes contaron las familias, para asegurarse de que no faltaba nadie. En cuanto se dio la señal, las primeras carretas emprendieron la marcha hacia el norte, hacia Galilea. Otras se dirigieron al este, a Jopa, y otras más, al oeste, hacia Jericó. El grupo en el que viajaba la familia de María partió como una flecha hacia el mar de Galilea.

Ahora parecía haber más confusión, mayor mescolanza. La familia de María y las demás familias practicantes de Magdala hicieron piña dentro del grupo, aunque la niña no dejó de buscar una oportunidad para escaparse. De repente, tenía ganas de ver a sus vecinos que habitaban las orillas del lago, y aquélla era seguramente su única oportunidad. Ya conocía los nombres de las pequeñas ciudades: Cafarnaún y Betsaida, y de otras, tierra adentro, como Nazaret. Quería conocer a las gentes de esas ciudades. Los únicos niños que viajaban con el grupo de Magdala eran ella misma y sus primas terceras, Sara y Raquel, y ellas tenían tantas ganas de explorar como la propia María.

—¡Escapemos! —les susurró—. ¡Metámonos en uno de los otros grupos!

—¡Sí, sí!

Por un instante se sorprendió de que Sara, dos años mayor que ella, y Raquel, aún mayor, la obedecieran, pero estaba demasiado contenta para pensar en ello. Estaban de acuerdo y eso era lo único que importaba.

Se escurrieron agachadas entre el rezongar de las ruedas de los carros y el jadeo de los asnos. No tardaron mucho en localizar el grupo de Cafarnaún. Era el más numeroso, compuesto sobre todo por adultos y personas mayores, que caminaban con dificultad, profiriendo suspiros de cansancio. En sus filas había pocos niños, de modo que María y sus amigas se alejaron pronto. Cafarnaún era la ciudad más importante del mar de Galilea, construida justo en el extremo más septentrional de la orilla pero, a juzgar por sus peregrinos, tenía que ser un lugar severo y aburrido.

En el grupo de Betsaida parecían viajar sólo personas religiosas —¿acaso no había salido de él el rabino destrozaídolos?— y tampoco despertó el interés de las niñas.

De comitiva en comitiva, la banda de exploradoras furtivas se fue acercando a una representación totalmente desconocida —con toda la emoción que eso anunciaba— cuando María se dio cuenta de que las seguía una niña que debía tener más o menos su misma edad. Dio la vuelta de repente para sorprenderla y se encontró frente a una niña de abundante cabello rojo, que unas cintas mal puestas trataban de sujetar en vano.

—¿Quién eres? —exigió saber. En realidad, correspondía a los miembros mayores de la compañía pedir la identificación pero, dado que las primas Raquel y Sara permanecían calladas, María se hizo cargo de la situación.

—Casia —respondió la niña resueltamente—. Mi nombre significa «flor de canela».

María la miró fijamente. Su cabello, rojo oscuro y rizado, y sus ojos dorados le daban un aspecto exótico. Desde luego, Casia era un nombre apropiado para ella.

—¿De dónde eres? —preguntó de nuevo.

—De Magdala —dijo la niña.

—¡Magdala! ¿Y quién es tu padre?

—Benjamín.

Pero la familia de María jamás había mencionado al tal Benjamín. Y su familia no viajaba con las otras seis del pueblo. Esto significaba que no eran practicantes, que no eran compañía adecuada. Desconocía tantas cosas de Magdala que, de repente, la dominó el deseo de saber.

—¿Y dónde vives? —insistió.

—Vivimos en la parte norte de la ciudad, en la pendiente sobre el camino...

En el sector nuevo. Allí donde vivían los nuevos ricos, los amigos de Roma. Sin embargo, puesto que habían hecho la peregrinación a Jerusalén, no podían ser amigos incondicionales de Roma.

—Casia —declaró solemnemente, con toda la ceremoniosidad de que es capaz una niña de siete años—, seas bienvenida.

—¡Oh, gracias! —La pequeña sacudió su gloriosa melena, y María sintió una punzada de envidia. Si mi pelo fuera así, mamá lo cuidaría. Seguro que sí. Ahora piensa que no soy bonita. Su pelo es más espeso y brillante que el mío. Pero si tuviera el cabello de Casia...

—¿Qué estás mirando? —preguntó Casia. Después se rio y tendió la mano—: ¡Venga, vamos a explorar!

Se abrieron camino hacia otro grupo que parecía no querer mezclarse con los demás y, cuando les dijeron que venían de Nazaret, echaron a reír.

—Oh —dijo Sara—, nadie hace caso a los nazarenos. Son simplemente insignificantes.

—¿Por qué? ¿En qué sentido? —preguntó María. No se apartaba del lado de Casia, su nueva amiga, como si hubiera hallado un tesoro junto al camino y no quisiera compartirlo con nadie.

—Nazaret es un pueblo pequeño y sus gentes son pobres —explicó Sara—. Es un milagro que consiguieran reunir un grupo para ir a Jerusalén.

—Aunque tienen muchos camellos —observó María. Le parecía que la gente que tenía camellos era más interesante que la que tenía asnos, porque los camellos tienen más personalidad que los asnos.

—Muy cierto —admitió Casia—. De acuerdo, entonces, tratemos de introducirnos en el grupo. Así podremos juzgar por nosotras mismas.

Avanzaron con cautela, se acercaron furtivamente y echaron a andar al lado de los miembros de una familia. Intentaron entablar conversación preguntándoles sobre Nazaret. Las respuestas que recibieron fueron escuetas y aburridas.

—No hay muchos forasteros en Nazaret —dijeron. Nazaret es un pueblo tranquilo, ideal para criar hijos, afirmaron.

—Como no hay nada que hacer, los niños no se meten en líos —explicó una anciana con muchas arrugas—. Como aquella familia de allí. —Señaló a un grupo nutrido que caminaba en filas cerradas; dos niños pequeños viajaban a lomos de un burro—. Esa gente: José y los suyos.

María se volvió para ver de quién estaba hablando. Un hombre joven y de aspecto simpático caminaba a paso ligero, seguido de la que debía de ser su mujer y de bastantes personas más. El burro con los niños cerraba la comitiva.

—Es carpintero —apostilló un jovenzuelo—. No va a Jerusalén todos los años, aunque acude bastantes veces. —Se produjo una pausa—. Por lo demás, cuida de su taller y de su clan. Tenía un hermano en Cafarnaún, cuyos hijos eran unos alocados. Se unieron a los insurrectos. Me imagino que José quiere evitar esos líos.

Justo detrás de José y su mujer caminaba un hombre joven y alto —mejor dicho, más muchacho que hombre todavía— de mandíbula resuelta y espeso cabello oscuro que brillaba rojizo al sol del mediodía. A su lado caminaba otro chico, y detrás, todo un tropel.

En ese instante, el joven se volvió para mirar a María y sus amigas. Sus ojos eran negros y hundidos.

—¿Quién es? —preguntó Casia.

—Es el hijo mayor, Jesús —dijo su informante—. El predilecto de José.

—¿Por qué? ¿Es muy buen carpintero?

El muchacho se encogió de hombros.

—No sé. Supongo que sí o José no estaría tan orgulloso de él. Aunque les cae bien a todos los adultos.

—¿Y a la gente de su edad?

—Pues... nos cae bien pero es tan... tan serio. Le gusta jugar, desde luego, y es muy afable. Pero... —el chico se rio— le gusta leer demasiado e intenta mantenerlo en secreto. Imagínate, confesar a tus amigos que disfrutas del estudio que el resto encontramos tan aburrido. Dicen que ya puede leer el griego. Que lo aprendió él solo.

—Eso es imposible —afirmó una muchacha alta—. Nadie puede aprender griego sin ayuda.

—Pues, entonces, le ayudaron pero él estudió a solas. Y en secreto.

—Seguro que no era un secreto para sus verdaderos amigos —dijo la muchacha con desdén.

—¿Como tú?

—Yo no soy...

María y sus amiguitas decidieron estudiar aquella fascinante familia por sí mismas. No fue difícil acercarse y caminar a su lado. José, el patriarca, caminaba a grandes zancadas, punteando cada paso con un golpe enérgico del bastón contra el suelo. María observó que la empuñadura estaba tallada en forma de palmera coronada de dátiles: el toque de un artista.

Al mismo tiempo tuvo un pensamiento inquietante: Espero que no lo pierda. Quizá sería mejor no llevarlo en viajes como éste.

—Qué bonito bastón —dijo Casia para entablar conversación.

José las miró y sonrió.

—¿Te gusta? Lo hice yo, y Jesús talló la palmera.

—Es precioso —dijo Casia. María se sentía incapaz de hablar.

—Disfruté tallándola —dijo el joven. Su voz era muy agradable y, de algún modo, especial—. Aconsejé a mi padre que no llevara el bastón en este viaje. Si lo pierde, no sé si podré hacer otro igual. Desde luego, no sería igual. Es difícil hacer copias exactas de las cosas.

Es exactamente lo mismo que pensaba yo, sobre el bastón y la posibilidad de perderlo, pensó María. Qué curioso. Pero ¿por qué no podría hacer otro igual? ¿Qué ha querido decir con esto?

—Las cosas nunca son las mismas —explicó el joven, como si le hubiera adivinado el pensamiento—. Por mucho que uno desee que lo sean. —Y sonrió; una sonrisa deslumbrante y tranquilizadora. Su semblante cambió por completo y sus ojos, hundidos en la intimidad de las sombras, parecieron salir a la luz.

—¿De dónde sois? —preguntó al ver que ella no respondía enseguida a su comentario sobre el bastón.

—De Magdala —dijo una de las primas.

—De Magdala —repitió María.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él.

—María —respondió ella quedamente.

—Mi madre también se llama María —dijo Jesús—. Deberías conocerla. Está siempre encantada de conocer a otras Marías. —Hizo un ademán hacia atrás, hacia una mujer que caminaba rodeada de sus hijos.

Obedientes, María, Casia y las primas aminoraron el paso, esperando encontrar a la otra María. Caminaba a paso ágil, inmersa en la conversación con los que la rodeaban.

Aunque más tímida que su esposo y su hijo mayor, les dio también una cálida bienvenida. También ella hizo preguntas pero con discreción, sin ánimo de entrometerse. Quería saber de dónde venían y quiénes eran sus familias. Había oído hablar de Natán —«¿Quién no conoce su nombre y la importancia de sus negocios?»— y admitió «envidiarle sus hijos, que tanto le ayudan en el trabajo». Las facciones de la mujer eran regulares y delicadas, y prestaban a su rostro un aire clásico, como si fuera la efigie de una estatua o una moneda; sus modales eran tranquilos y reconfortantes. Dijo que ella misma o algún otro miembro de su familia solían ir a Magdala una vez al año para comprar pescado salado, cuya calidad no tenía igual.

—No tenemos pescadores en la familia —añadió—. Así que dependemos de otros. —Hizo una pausa—. Hasta el momento, al menos. Quizás uno de vosotros será pescador cuando sea mayor. —Miró a los tres niños que caminaban detrás de ella: un chico moreno y ceñudo que debía de rondar los doce, seguido de un niño de cabello castaño, bajito y fornido, probablemente dos años menor que él, y el último, el más joven de todos—. Santiago —dijo señalando al moreno— y Jude. El más pequeño es el joven José, aunque le llamamos Joses en la familia. Dos José se prestan a confusión.

Joses sonrió y les saludó con la mano; Santiago asintió en reconocimiento de su presencia.

—A Santiago le interesan poco las cosas del exterior —explicó María, aparentemente sin ánimo de juzgar—. Prefiere estar en casa, leyendo.

—Como mi hermano, Eli —dijo la pequeña María alegremente. Tal vez todas las familias tuvieran su miembro estudioso.

—¿También está aquí? —preguntó María la mayor.

—Sí, allí, con el grupo de Magdala.

—¿Cómo te llamas? —preguntó María la mayor.

—María.

—¡Yo también! —Se la veía muy satisfecha—. Es un honor conocerte. —Parecía hablar en serio.

—Gracias —respondió la pequeña. Nunca antes le habían dicho algo así.

—Somos hijas de Miriam, entonces —continuó la otra María—, aunque nuestro nombre corresponde a la versión griega. —Se volvió para buscar al resto de sus hijos y les hizo ademán de que se acercaran—. Ella es Rut —dijo, presentándole una muchacha más alta y mayor que María.

Rut inclinó la cabeza.

—Y Lía. —De pronto, apareció una niña de huesos fuertes, que debía de tener la edad de María.

—Hola —dijo Lía—. Tú no eres de Nazaret.

¿Era una pregunta o un desafío?

—No —admitió María—. Yo, mi amiga y mis primas somos de Magdala.

Ante la expresión interrogativa de Lía, María explicó:

—Está en el mar de Galilea. El mar de Kinnereth.

—Oh, sí. ¡Es como un espejo por la mañana y a la luz de la tarde! ¡Qué suerte vivir en sus orillas! —Lía se rio.

—Debes venir a visitarme y conocerlo.

—Tal vez lo haga. —Hizo un gesto con el brazo—. Creo que ya nos conoces a todos menos al bebé —dijo Lía—. Allí está. —Señaló a un burrito pardo con un bebé sobre sus lomos, que otro primo sujetaba con firmeza mientras caminaba junto al animal—. Éste es Simón.

Charlando así mientras caminaban, ni María ni Casia ni las dos primas se dieron cuenta de que el sol descendía ya hacia el horizonte. Resultaba tan divertido viajar con la familia de Nazaret. Todos ellos —o, como mínimo, María la mayor, Jesús y Lía— parecían escuchar con mucha atención lo que ella decía y encontrarlo muy interesante. Las preguntas que le hacían eran, misteriosamente, preguntas a las que deseaba responder, no como las que solían hacerle los demás, aburridas, y que provocaban respuestas igualmente insulsas.

De pronto, el grupo aminoró la marcha.

—Llega el Shabbat —anunció María la mayor con firmeza.

¡El Shabbat! La pequeña María y sus compañeras se miraron sorprendidas. ¡Lo habían olvidado por completo! ¡La caravana tendría que detenerse, allí mismo, en el corazón de Samaria, para observar la fiesta! Debían volver inmediatamente a su grupo.

—Quedaos con nosotros —propuso María la mayor.

—Sí, pasad la noche con nosotros. Hay espacio para todos. —Fue Jesús quien habló.

María le observó para ver si hablaba en serio o, simplemente, quería ser amable.

—Por favor. —El joven sonreía, y su sonrisa era de clara aceptación.

¿No se enfadaría su familia? ¿No estarían preocupados?

—Siempre tenemos visitantes —dijo María la mayor—. Es una buena manera de hacer honor al Shabbat. Jesús puede ir a avisar a tu familia, para que no se preocupen.

—¿También a las nuestras? —preguntaron Casia y las primas, ansiosas.

—Por supuesto.

—Gracias —respondió María. Se mordió el labio para no delatar su gran alegría ante la perspectiva de pasar el Shabbat con esa gente extraña, cuya compañía resultaba tan misteriosa y reconfortante a la vez.

Empezaron a buscar un lugar donde pasar la noche. Con el poco tiempo que les quedaba antes de la llegada del Shabbat, no podían ser muy exigentes. Apresurados, eligieron una llanura con algunos árboles, que les ofrecía cierta protección y la posibilidad de atar los animales. Las demás familias de Nazaret se acomodaron a su alrededor, y pronto surgió un pequeño poblado de tiendas de campaña.

—Rápido, ya —dijo María la mayor a sus hijos—. ¡El fuego! ¡Encended el fuego! —Jude y Santiago empezaron a apilar ramas en medio de un claro delante de la tienda y se apresuraron en prenderles fuego—. ¡Niñas, ayudadme a preparar la comida para el puchero! —Sacó cazos y cucharones de un fardo, y señaló otro—: Las judías. ¿Nos da tiempo de hacer pan? —Miró al sol para calcular el tiempo del que disponían.

Entretanto, José atendía a los asnos. Les quitó los fardos y las mantas de montura y los condujo a un arroyo para beber. En el interior de la tienda grande, María, sus primas y Casia estaban atareadas tendiendo las mantas para dormir.

—¡Las luces! —María la mayor apremió a Rut con un gesto de la cabeza—. ¡Por favor, dispón las luces del Shabbat! —Rut rebuscó en un hatillo hasta encontrar un par de linternas. Con mano experta, las llenó de aceite de oliva hasta el borde y las depositó con cuidado en el suelo.

Colocaron un hornillo de barro sobre las ramas encendidas y pusieron a hervir las judías; a su lado dispusieron los delgados panes, amasados a toda prisa. La propia celeridad de sus actos y el acontecimiento que se acercaba veloz producían un sentimiento de intensa expectación. Prepararon más comida —ya que debía haber suficiente para durar hasta el anochecer del día siguiente— y, en cuanto estuvo lista, la apartaron del fuego para poner más.

El sol siguió deslizándose por el cielo hasta cernerse sobre el horizonte, proyectando sombras de color púrpura sobre el campamento, sombras que dibujaban las siluetas alargadas de los camellos y de los árboles. De los numerosos fuegos encendidos delante de las tiendas se elevaban hacia el cielo columnas de humo también purpúreo, creando un escenario envuelto en brumas violáceas.

—Casi hemos terminado —anunció María la mayor con voz de alivio y emoción—. Ya está. —Retiró dos hogazas de pan del horno y metió otras, aún por hacer. Dejó enfriar los panes horneados, que impregnaron el aire con su olor a corteza crujiente.

Rut y Lía ya habían servido las judías cocidas en cuencos de arcilla, que ahora disponían a lo largo de la manta sobre la que se sentarían durante la cena. Las dos linternas del Shabbat aguardaban encendidas junto a la manta. Los muchachos trajeron odres de vino y sus hermanas pusieron las copas. Sobre un mantel, dispusieron queso de cabra, pescado seco, almendras e higos.

El sol rozaba el horizonte.

Si algo quedaba por hacer, tenía que hacerse deprisa o desistir de ello. ¿Estaban bien atadas las cuerdas de la tienda? No se puede atar nudos durante el Shabbat. ¿Habían apagado el fuego en el horno? Ni se cocina ni se encienden fuegos en el día del Shabbat. ¿Alguien tenía que hacer anotaciones en el cuaderno? Deprisa. No se puede escribir en Shabbat, salvo que se usen tintas no permanentes, como el jugo de una fruta, o que se escriba en la arena, o con la mano izquierda, siempre que no sea ésta con la que se escribe habitualmente.

Rut se trenzó el cabello deprisa. No se puede trenzar el cabello el Shabbat. Lía se quitó con desgana los lazos que adornaban su pelo; los ornamentos están prohibidos en el día del Shabbat. Los hombres se quitaron las sandalias de viaje, cuyas suelas estaban clavadas al calzado. También están prohibidas las suelas clavadas.

Jesús regresó apresurado y se sentó inmediatamente, quitándose las sandalias.

—¿Has podido encontrar a nuestras familias? —inquirió María—. ¿Has podido hablar con ellos? —¿Tenemos permiso de quedarnos?, se preguntó. Casi estaba segura de que tendría que volver, y rápido, antes de que el sol se escondiera tras el horizonte.

—Sí —respondió Jesús—. Sí, les he localizado a todos. —Se inclinó hacia delante, todavía falto de aliento—. Los tuyos, Casia, parecían contentos de que fueras nuestra invitada para el Shabbat. —Dirigió la mirada a Raquel y a Sara—: A los vuestros no les entusiasmó tanto la idea, aunque dieron su permiso. Y los tuyos... —Miró a María—: No ha sido fácil convencerles.

¿Qué había pasado? El corazón le latía con fuerza mientras esperaba el relato.

—Tu padre... Natán... —Jesús hizo un gesto de asentimiento.

—Sí —respondió la niña.

—Dijo que es irregular, que no nos conocemos, que es muy estricto en lo que a las relaciones con familias menos practicantes se refiere.

Claro. Por supuesto. María sabía que sería así.

—Necesitó pruebas de nuestra respetabilidad.

—¿Cómo... cómo se puede averiguar eso? —preguntó la niña.

—Me sometió a un examen —Jesús rio, como si la situación le divirtiera en lugar de ofenderle—. Quiso indagar en mis conocimientos de las escrituras, esperando así descubrir mis defectos.

Al oír esto, su madre se echó a reír.

—¡Gran error! —dijo meneando la cabeza—. Como cualquier rabino de Jerusalén bien sabe. —Se volvió hacia sus invitadas—: El año pasado Jesús se quedó en Jerusalén para preguntar a los rabinos y los escribas del Templo acerca de algunos puntos delicados de las escrituras. Puedo entender a tus padres, María, su preocupación por la hija que se aleja de ellos. Pero nadie gana una competición de conocimientos sagrados con Jesús.

El joven hizo una mueca.

—No fue una competición —dijo—. Sólo me preguntó acerca de algunos textos... —Se encogió de hombros.

Se reunieron todos alrededor de la manta aunque los últimos rayos del sol se proyectaban aún sobre ella. Rut se agachó y encendió las velas del Shabbat, su cabello recién trenzado recogido en torno a la cabeza. En silencio, observaron el sol que desaparecía.

María hacía lo mismo cada semana con su familia, pero aquélla era la primera vez que vivía la experiencia lejos de los suyos y de su hogar. En casa también sentían la misma expectación exultante, como si contuvieran el aliento hasta la llegada del Shabbat. Y cuando llegaba... el tiempo parecía distinto. Casi mágico. Ella se decía: Éste es el pan del Shabbat, ésta es el agua del Shabbat, ésta es la luz del Shabbat.

De algún lugar del campamento vino el sonido de una trompeta, que tocó dos notas repetidas tres veces. Anunciaba la llegada del Shabbat, del momento fugaz entre la aparición de la primera y la tercera estrella en el cielo polvoriento. Según la tradición, el primer toque avisaba a los obreros que debían abandonar sus tareas; el segundo advertía a los comerciantes que debían cerrar sus negocios; y el tercero anunciaba el momento en que se tenía que encender la luz del Shabbat. El Shabbat comienza a brillar, como dice el refrán.

María, la madre, se adelantó para consagrar las luces ya encendidas. Con las manos por encima de las linternas, dijo con voz queda:

—Bendito seas, oh Dios, nuestro Señor, Rey del Universo, Tú que nos santificaste con Tus mandamientos y nos ordenaste encender la lámpara del Shabbat. —Su voz cálida y sosegada brindó una riqueza especial a las palabras.

Todos se inclinaron sobre la manta y guardaron un momento de silencio. El cielo se oscurecía rápidamente, y las potentes linternas del Shabbat emitían cada vez más luz. Otras lámparas ardían delante de las demás tiendas. Una quietud dominó el campamento, rota sólo por el balido o el mugido ocasional de algún animal.

—Damos la bienvenida a nuestras invitadas —dijo José, haciendo un gesto de asentimiento a María, sus primas y Casia—. Aunque no vivimos tan lejos unos de los otros, en las ciudades cercanas hay vecinos que nunca tenemos la oportunidad de conocer. Estamos agradecidos de su llegada a nosotros.

—Sí —añadió Jesús—. Gracias, por venir a nosotros. —Sonrió.

—Ahora debemos comer y recibir el hermoso Shabbat. —José partió una hogaza de pan y distribuyó los trozos entre los presentes.

Sentados a horcajadas sobre la manta, aceptaron los trozos de pan. A continuación sirvieron las judías, finas rodajas de cebolla, los higos, las almendras y el queso de cabra. Finalmente, el pescado salado de Magdala.

Jesús lo contempló con gesto sorprendido y dijo:

—Parece que sabíamos que íbamos a tener invitados de Magdala. —Cortó un trozo y pasó el resto.

Un estremecimiento de orgullo recorrió a María. ¡Hasta era posible que aquel pescado proviniera de las salazones de su padre! Escogió un trozo y lo colocó con cuidado sobre un pedazo de pan.

—Los peces de Magdala viajan lejos —dijo José, levantando alegremente un trozo de pan con pescado—. Nos habéis hecho famosos en Roma y más allá. —Dejó caer el trozo en la boca.

—Sí, a los galileos nos respetan en otras tierras aunque no en Jerusalén —interpuso Jesús. También él probó el pan con pescado y sonrió complacido con el sabor.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Santiago, ceñudo.

—Ya sabes lo que quiero decir —repuso Jesús—. ¿Cómo llaman a Galilea? El círculo de infieles. Es porque hemos formado parte de Israel tantas veces como no, según las partes del país que conquistaban los enemigos... —Tomó un sorbo de vino, pensativo—. Es un tema interesante, qué y quiénes son los verdaderos hijos de Israel. —Rió e inclinó la cabeza hacia las mujeres—: Y las hijas, desde luego.

—¿Quién es judío? —preguntó Santiago de pronto, con el gesto serio—. Quizá sólo... Dios... sepa responder. —Hizo una pausa—. Hay medio judíos, aquellos cuya ascendencia está en entredicho; hay supuestos judíos, como Herodes Antipas; hay gentiles que se sienten atraídos por nuestras enseñanzas (¿y quién no, si las comparamos con las vergonzosas religiones paganas que nos rodean?), pero que no están dispuestos a ir hasta el final y ser circuncidados. Y todos estos casi judíos, ¿ayudan a nuestra causa o la entorpecen?

—Depende de si a Dios le complace que otra gente desee acercarse a Él, aunque mantenga cierta distancia, o se siente ofendido por su actitud —dijo Jesús.

—No sé responder —admitió Santiago.

—Ni yo —interpuso José con firmeza, poniendo fin al tema de conversación—. Al margen de esto, estamos profanando el Shabbat con charlas frívolas. Y somos responsables de las palabras frívolas. Tendremos que responder de ellas ante Dios.

—¿Qué es una charla frívola? —preguntó Casia. María se sintió escandalizada de que se atreviera a encararse así con José—. ¿Es algo profano? Se me ocurren muchas cosas de las que hablar y que no son muy sagradas. —Hizo una pausa—. Por ejemplo: decidir qué ropa ponerse.

—Hay leyes que rigen estos asuntos —dijo Santiago—. Moisés hizo leyes y los rabinos después de él...

—¡Quiero decir, si ponerse ropa bonita o vestidos apolillados, telas de colorines o pardas y deslucidas, ropa cara o ropa barata! —Miró a su alrededor con expresión de triunfo—. No hay leyes que decidan estas cosas.

—Pues, en este caso, tendrás que recurrir a un principio general —respondió José—. ¿Merecerá la ropa la aprobación del... Santo Nombre? ¿Le glorificará? Verás, no es tan sencillo como obedecer una ley. ¿El buen aspecto exterior refleja la voluntad de Dios? ¿O sólo es agradable a los ojos de los hombres, que no pueden ver lo que encierra el corazón?

—Es tan complicado —se quejó Casia—. ¿Cómo podemos saber lo que quiere Dios?

Justo en ese momento, Rut mordió un dátil seco e hizo una mueca:

—¡Mi diente! —exclamó, más sorprendida que dolorida.

—La raíz de parietaria —dijo su madre—. Está en la bolsa de cuero, en... —Bajó la voz—: En el gran fardo de la montura. —No hizo falta decir nada más. El fardo estaba atado con fuertes nudos, y no se podía desatar nudos hasta el anochecer del día siguiente. Y, aunque hubiese estado a mano, la ley prohibía tomar medicinas el Shabbat.

»Pero... —recordó la madre— tenemos vinagre. Está permitido el uso del vinagre para sazonar la comida y, si resulta que a la vez hace bien al diente, no hay trasgresión alguna. —Por suerte, sí habían desempaquetado el pequeño frasco que contenía el vinagre. Lo pasaron deprisa uno al otro y, cuando llegó a sus manos, Rut se sirvió generosamente.

En el reposo que siguió a la cena, y mientras esperaban a que el vinagre aliviara el dolor de Rut, la familia empezó a recitar pasajes de las escrituras. Tenían que hacerlo de memoria, ya que estaba prohibido leer.

Terminadas las recitaciones, sin embargo, Rut no parecía sentirse mejor.

—Quizá debiéramos consultar al rabino —sugirió José—. Tal vez nos diera permiso para desatar los nudos o para tomar medicina, como medida de excepción.

Alguien salió corriendo en busca del rabino y, al cabo de un rato que pareció larguísimo, su silueta emergió entre las sombras que rodeaban la tienda.

—Dejadme ver a la niña —dijo. Avanzó directamente hacia Rut, le pidió que abriera la boca y la examinó. Después él mismo se la cerró.

—No veo que falte nada —se pronunció.

—Aun así, duele —dijo Rut.

—¿Podemos desatar el fardo que contiene el polvo? —preguntó José.

—¿Podéis desatar el nudo con una mano? —repuso el rabino.

—No, es un auténtico nudo, hecho para soportar las sacudidas del viaje.

El rabino meneó la cabeza.

—En tal caso, ya conocéis la ley. —Se dirigió a Rut—. Intenta ser valiente, hija. Es ya noche avanzada. No falta mucho para el anochecer de mañana. —Les miró a todos—. Lo siento —añadió mientras se disponía a dejarles—. Pensad que, aunque la medicina estuviera aquí mismo, no la puede tomar en el día del Shabbat. —Y en tono triste, como si quisiera disculparse, concluyó—: Lo siento, José.

Después de su partida, José fue a sentarse junto a su hija y le sostuvo la mano mientras ella hacía muecas de dolor. La miró atentamente a los ojos y, finalmente, se puso de pie.

Se acercó al fardo y con movimientos lentos y deliberados desató el nudo.

—Haré una ofrenda compensatoria por este pecado —dijo—. Pero no puedo quedarme esperando hasta mañana por la noche.

Sacó la medicina y se la dio a Rut.

Poco después fueron todos a acostarse, dirigiéndose en silencio a los jergones improvisados que les esperaban para dormir. A María, sus primas y Casia les habían asignado el mismo rincón de la tienda, y la niña pronto se encontró luchando contra el sueño. Con cuidado, se había quitado el cinturón y lo había guardado a su lado, junto con la capa de abrigo. Le dio unas palmaditas protectoras y se acomodó, sintiéndolo cerca de su cabeza.

Se quedó dormida con una sonrisa en los labios. Era muy divertido tener un secreto. Y había sido un día maravilloso, había encontrado a aquella gente y tenido la oportunidad de conocerles. Tenía que admitir que era divertido alejarse de su familia, poder ser otra por un tiempo. O, quizás, otra no, sino real y auténticamente ella.

Durmió profundamente y no se despertó cuando todos se levantaron por la mañana. Ya estaban fuera cuando ella se frotó los ojos y se incorporó, se vistió con precipitación y salió a buscarles.

El cielo ya era azul y claro, hacía rato que habían desaparecido las pinceladas púrpura del alba.

Compartieron un frugal desayuno de pan con queso, sentados en círculo mientras el cielo se tornaba cada vez más luminoso y las dulces fragancias de la mañana anunciaban un día espléndido.

—Si el primer Shabbat fue tan hermoso como éste, no es extraño que Dios decidiera descansar, considerando que había hecho un trabajo «muy bueno» —dijo Jesús. Masticaba lentamente un bocado de pan y contemplaba el cielo con expresión de dicha.

Todos asintieron. El aire mismo parecía impregnado de paz.

—Sí —respondió la madre de Jesús con su voz melodiosa. Pasó una cesta de higos a su izquierda, con un gesto casi tan grácil como el de una bailarina.

Es una mujer hermosa, pensó María, y no me había dado cuenta hasta ahora. Es mucho más bella que mi madre. De inmediato se sintió desleal, incluso culpable, por esta ocurrencia.

Dedicaron el resto del día —que se les hizo largo a la vez que corto— a deleites ociosos y a devociones especiales. Les estaba permitido sentarse tranquilamente y charlar, cantar, dar cortos y agradables paseos, dar de comer a los animales, tomar los alimentos preparados el día anterior, pasar ratos en silencio y ensoñación. También había un tiempo para la oración, íntima y en grupo, como la más antigua, la más fundamental oración de todas: «Shemá» —¡Escucha!— «Oh, Israel, Dios es nuestro Señor, Dios es Único.»

María vio a Jesús sentado bajo un árbol pequeño, parecía estar adormilado. Observándole con atención, sin embargo, se dio cuenta de que no dormía sino que estaba por completo concentrado en pensamientos íntimos. Quiso alejarse pero ya era demasiado tarde. La había visto; le había molestado. Jesús le hizo ademán para que se acercara.

—Lo siento —dijo la niña.

—¿Qué sientes? —Más que molesto, parecía auténticamente perplejo por sus palabras.

—Haberte interrumpido —explicó.

Jesús sonrió.

—Estoy sentado aquí, a la vista de todos. Es imposible irrumpir en la intimidad de alguien que se encuentra en un espacio público.

—Pero estabas solo —insistió ella—. Seguro que querías que te dejáramos en paz.

—No tanto —respondió él—. Tal vez esperara que sucediera algo interesante.

—¿Como qué?

—Cualquier cosa. Todo lo que sucede es interesante, si lo consideras con atención. Esta lagartija, por ejemplo. —Inclinó la cabeza lentamente para no asustar a la criatura—. Intenta decidir si debe salir de su grieta o no.

—¿Qué tienen de interesante las lagartijas? —Nunca le habían parecido especialmente llamativas aunque, por cierto, nunca se había detenido a observarlas. ¡Se movían tan rápido!

—¿No te parecen fascinantes las lagartijas? —preguntó Jesús muy serio. ¿O estaba bromeando?—. Su piel es tan extraña, tan... áspera. Y cómo mueven las piernas... no como los demás animales de cuatro patas. Las mueven de una en una, no de dos en dos. Cuando Dios las creó debía de querer mostrar que hay muchas maneras de viajar y muchos modos de ser rápido.

—¿Y las serpientes? —preguntó María—. No entiendo cómo pueden moverse, y menos tan rápido, si no tienen piernas.

—Sí, las serpientes son mejor ejemplo. Dios, en su inteligencia, les enseñó a moverse y a vivir una vida feliz a pesar de su carencia.

—Y no se nos permite comerlas —añadió ella—. ¿A quién quería proteger Dios, a las serpientes o a nosotros?

—Ahora sí que celebramos el Shabbat —dijo Jesús inesperadamente—. Éste es un placer como tienen que ser los placeres.

Qué extraña manera de hablar. Pero a María le caía bien, a pesar de todo. Algunas personas que dicen cosas raras te asustan, porque intuyes que son peligrosas o tontas e imprevisibles. Este muchacho, sin embargo, parecía todo lo contrario: sensible y digno de confianza. A él le podía confesar: «No sé qué quieres decir.»

Jesús dio un suspiro de placer.

—Que estamos pensando en Dios, hablamos de Sus obras, meditamos, si lo prefieres, en la Creación.

—¿Meditamos en una lagartija? —María no pudo reprimir una risita.

—También es obra de Dios, tanto como el águila o el león —respondió Jesús—. Y tal vez una prueba mejor de Su ingenio.

—¿Podríamos pasar un año meditando en una criatura distinta cada día? —preguntó la niña. La idea le pareció fascinante.

—Desde luego. Recuerda el salmo que dice:

Alabad a Dios desde la tierra, vosotros, dragones, y seres de allí abajo:

Fuego, granizo, nieve, hielo, vientos tormentosos que cumplís Su palabra:

Montañas y colinas, cedros y árboles frutales:

Bestias y ganado: serpientes y aves plumadas.

María no recordaba el salmo, pero ahora ya no lo olvidaría jamás.

—¡Alaba a Dios! —ordenó severamente a la lagartija, que salió disparada de la rendija y desapareció. Jesús echó a reír.

Pronto —pareció que demasiado pronto— el sol acarició el horizonte, señalando el fin del Shabbat. De pie, contemplaron su desaparición y escucharon la trompeta que anunciaba la conclusión del descanso sagrado.

Capítulo 4

4

A pesar de que María la mayor le hubiese asegurado que una visita es un modo apropiado de celebrar el Shabbat, y a pesar de que Jesús hubiera buscado a la familia de María para decirles dónde estaba la niña, cuando volvió estaban enfadados con ella.

—¿En qué estabas pensando cuando te fuiste de ese modo? —la regañó su madre—. ¡Perdida justo cuando empezaba el Shabbat, teniendo que pasarlo con una familia de desconocidos! —La miró indignada—. Ese muchacho que vino a hablar con nosotros... no me gustó —añadió.

—¿Jesús? —preguntó María.

—Es evidente que no está bien educado. No se mostró respetuoso. No deberías relacionarte con este tipo de gente.

—Entonces... ¿por qué me permitiste quedarme con ellos? —preguntó la niña con voz azorada.

—Lo que yo quisiera saber es por qué tú querías quedarte con ellos. ¡Ésta es la cuestión!

María deseaba decirle que aquella familia era maravillosa, contarle cuánto le había gustado hablar con ellos y la aventura de la muela de Rut. Pero sabía que la trasgresión meditada de José no complacería a sus padres. De modo que bajó la vista y dijo:

—Parecían muy amables.

En ese momento llegó su padre.

—Nazaret tiene mala reputación —declaró—. Y ese Jesús. Le hice algunas preguntas referentes a las escrituras y él...

—Sabía más que tú —interpuso Silvano, que venía detrás de él—. Cuando le interrogaste acerca de aquel pasaje de Oseas... —Se rio—. Ya sabes, tu favorito, ese que tanto te gusta recitar, que habla de la tierra en luto...

—¡Sí, ya! —interrumpió Natán secamente.

—Me pidió que te diera esto —dijo María, tendiéndole el bastón hecho por Jesús y José. Habían insistido en que se lo llevara, como si quisieran ablandar el corazón de Natán. Ella había protestado (era demasiado precioso y habían trabajado mucho para hacerlo), pero se mostraron inflexibles.

—¿Cómo? —Su padre lo agarró y lo examinó con detenimiento. Las comisuras de sus labios se contrajeron. Le dio la vuelta repetidamente, estudiando la obra de artesanía—. ¡Bah! —espetó—. ¡Vanidad! —Tiró el bastón al suelo, y María hizo una mueca de disgusto.

Silvano se agachó y recogió el bastón.

—Es un pecado desdeñar un regalo como éste —dijo.

—¿De veras? —repuso el padre—. ¿En qué pasaje de las escrituras lo dice?

Dio la vuelta y se alejó.

Silvano recorrió el bastón con los dedos.

—Cuando vuelvas a ver a Jesús, pregúntale, por favor. Estoy convencido de que en algún lugar de las escrituras se dice que no se debe profanar un obsequio. Seguro que él sabe dónde.

—Ya no volveré a verle —dijo María. La posibilidad era inimaginable. En cuanto a Casia, su nueva amiga, estaba decidida a visitar su casa en Magdala. Su padre, por supuesto, lo prohibiría. También desaprobaría la amistad con Casia, no le cabía duda. Pero su padre no podía prohibir lo que no conocía.

Magdala les esperaba para darles la bienvenida. Los peregrinos siempre se convertían en foco de un intenso interés los primeros días después de su regreso de Jerusalén, en una especie de celebridades efímeras. «Decidnos —les preguntaban—: ¿Cómo son las calles de Jerusalén? ¿Había muchos judíos extranjeros? ¿Es el Templo realmente tan espléndido como dicen? ¿Fue la vista de sus recintos el momento culminante de vuestra vida?» Aquella atención pasajera, aquella adulación transitoria, podían ser más embriagadoras que la propia peregrinación. Pero al final se desvanecían, inevitablemente. Y el próximo grupo de peregrinos —los que irían a Jerusalén para el Santísimo Día de la Expiación— ocupaba su lugar en el centro de la atención.

Pasaron varias semanas —a las que correspondieron seis Shabbats— antes de que María volviera a ver a Casia. Habían conseguido intercambiar mensajes y concertar un día para que María visitara a Casia y compartiera una comida con su familia. Sería en la tarde que supuestamente iría a una demostración de tejeduría, que celebraría en una casa vecina un maestro tejedor de alfombras venido de Tiro. Asistió realmente a la demostración por un rato y pensó que era un arte hermoso pero que ella jamás sería capaz de hacer algo así. Después se escabulló del sombreado taller a orillas del lago, atravesó a toda prisa el bullicioso mercado y enfiló la calle que conducía al sector norte de la ciudad, la parte montañosa donde estaban las residencias recién construidas.

Las calles se tornaron tan empinadas que tuvo que detenerse para recobrar el aliento. Las casas a su alrededor eran más y más grandes e impresionantes, amparadas por altas paredes sin ventanas del lado de la calle, hecho que, de por sí, ya indicaba que las cosas en su interior precisaban protección.

La casa de Casia se encontraba al final de la calle y estaba construida de tal manera que, para subir hasta la puerta, había que ascender una serie de escalones colocados en ángulo. La puerta de la entrada era de bronce ornamentado. Antes de que María tuviera tiempo de llamar, Casia abrió con una sonrisa triunfal en los labios.

—¡Has llegado! —exclamó, haciendo pasar a María y abrazándola.

—Sí, pero... ha sido difícil. —Trató de no pensar en el castigo que la aguardaba si sus padres descubrían que había dejado la demostración de tejeduría. Pero ahora estaba allí, donde quería estar. Entró en la casa y enseguida llamó su atención el amplio y penumbroso atrio que la rodeaba. Era asombroso que pudiera estar tan fresco en un día tan caluroso.

Quedaron mirándose, un poco incómodas. La amistad que tan rápida e intensamente habían forjado hacía un tiempo ahora les parecía un equívoco, un producto de su imaginación.

—Bien —dijo Casia al fin—. Estoy contenta de verte. Ven, te enseñaré la casa. —Tomó a María de la mano y la condujo fuera del atrio y a través de una serie de estancias adyacentes. Había muchísimas, dos y tres veces más de las habitaciones que tenía la casa de María.

—¿Tienes habitación propia? —preguntó la niña.

—Oh, sí, y hay más habitaciones en la segunda planta. —Su voz era amistosa y desenfadada, juguetona, como si todo el mundo viviera de aquella manera.

María se esforzaba por no delatar su asombro. Pero las estancias cavernosas parecían salidas de un sueño. A pesar de tener sólo tres paredes, con la cuarta abierta a un patio bañado de sol, las habitaciones estaban en penumbra. Cuando su vista se acostumbró a la luz tenue, vio que las paredes estaban pintadas de color rojo oscuro, herrumbroso; en una de las habitaciones, eran de color negro. Por eso conservaban la oscuridad.

Casia siguió tirando de ella hasta que dejaron atrás los aposentos formales de la casa y llegaron a las habitaciones de la familia. Allí, María entró en una alcoba de paredes amarillas y con el techo más bajo, amueblada con sillas pequeñas y una mesa, sobre la que habían dispuesto copitas y jarras en miniatura. El suelo estaba fresco, pavimentado con piedra pulida, y en uno de los rincones había una elegante cama individual de patas torneadas, pintada de negro y con barrotes dorados. El cubrecamas era de seda lustrosa.

—¡Oh! —exclamó finalmente María, contemplándolo todo estupefacta—. ¿Es aquí donde vives? ¿Aquí duermes?

—Sí —respondió Casia—. Desde que tengo memoria. —Ambas echaron a reír, porque eran conscientes de que siete u ocho años no es tanto tiempo y recordarlos no es gran hazaña.

María no se podía imaginar viviendo en una casa como aquélla. Me pasaría el día admirándola, pensó. Observó las copas y platos diminutos encima de la mesa, salseras, jarras y cuencos decorados, de tamaño minúsculo.

—¿Comes aquí? —preguntó indecisa.

Casia rio.

—Oh, no, sólo son juguetes. ¡Tengo demasiado apetito para satisfacerlo con porciones tan pequeñas!

¿Tendría muñecas? Las muñecas estaban prohibidas; seguro que no habría ese tipo de juguetes en la casa.

—Son para mí y mis amigos imaginarios —explicó Casia—. Y, ahora que estás aquí, para una amiga real. ¡Podemos pretender que celebramos un banquete! ¡Un banquete de comida invisible, que no deja manchas ni te obliga a fregar después!

—Nunca he tenido un lugar donde celebrar mis banquetes imaginarios —dijo María. ¡Qué divertido sería todo esto!

Entonces la timidez que se interponía entre ellas se disipó. Eran realmente muy parecidas, estaban destinadas a ser amigas.

—Ven, ha llegado el momento de comer de verdad, y quiero que conozcas a mis padres. Y, por supuesto, a mi hermano pequeño, Omri.

Omri. María nunca había conocido a nadie llamado Omri. Recordaba vagamente el nombre, pertenecía a un antiguo rey malo. Aunque tampoco había conocido a otra niña llamada Casia. Era obvio que esa gente prefería no dar a sus hijos nombres normales, como María, Jesús o Samuel.

Casia condujo a María a otra sección de la casa, a una estancia también abierta al patio interior. Las paredes eran de color verde oscuro, y en los paneles superiores había pinturas de árboles y flores, tan bien hechas que parecían reales. En el centro había una mesa baja de mármol, rodeada de cojines apoyados en respaldos de piedra. El calor no llegaba al interior de la estancia, aunque la luz, sí.

—Madre, padre, ésta es mi amiga María —dijo Casia con orgullo, presentándoles a María como si fuera un juguete valioso—. Os acordáis, os conté que la conocí en el viaje de vuelta de Jerusalén.

—Ah, sí. —Una mujer alta vestida con sedas color carmesí se inclinó para saludar a María, mirándola con gran solemnidad, como si estuviera en presencia de alguien muy importante, de otro adulto, no de una niña—. Estoy muy contenta de que Casia y tú seáis amigas —murmuró.

—Bienvenida —dijo el padre de Casia, Benjamín. Por su edad y estatura, resultaba bastante parecido al padre de María, aunque lucía varios anillos de oro en los dedos y sus vestimentas eran más llamativas que las túnicas sencillas que prefería Natán.

Un chiquillo de cara redonda, algo más joven que la propia Casia, se acercó a la mesa arrastrando los pies y se apoyó en ella.

—Hola —musitó finalmente.

—Éste es Omri —dijo la mujer—. ¿No podrías sonreír, Omri? Dices «hola» pero no pareces muy dispuesto a dar la bienvenida a esta muchacha.

—¡Vale, de acuerdo! —Suspiró Omri, dibujando una parodia de sonrisa—. Bienvenida —dijo, exagerando la palabra.

—¡Omri, eres un bicho! —dijo Casia.

—Ya lo sé —repuso el chiquillo, orgulloso. Se dejó caer en un cojín y esbozó una sonrisa traviesa.

María se sentó con movimientos lentos y se quedó inmóvil. Qué diferente era todo aquello de su propia casa. Ojalá no cometiera errores embarazosos delante de esa gente. Pero ella nunca había comido así, en una mesa de mármol, y tampoco la habían atendido sirvientes. ¿O eran esclavos?

Miró de reojo a las mujeres que traían las bandejas. No parecían ser esclavas; no eran extranjeras y, cuando hablaban, lo hacían sin acento. Debía de ser gente local, contratada para realizar las labores del hogar. Esta idea la hizo sentir algo más cómoda.

Muchos de los platos contenían alimentos que no le eran familiares. Había un cuenco de queso blanco con vetas rojas en sus rugosidades, y otro lleno de hojas saladas de color verde oscuro, y una fruta que no conseguía identificar. ¿Serían alimentos... impuros? ¿Podía ella comerlos?

Aunque esta familia había estado en Jerusalén; seguro que observan la Ley, pensó la niña.

—Casia nos dijo que tu padre es Natán, el dueño de la gran pesquería que hay junto al lago —dijo el padre—. He tenido ocasión de tratar con él y debo reconocer que su honestidad y sus elevados principios son raros de encontrar en la industria del pescado. Me temo que la mayoría son personajes tan escurridizos como sus mercancías.

—Gracias, señor —respondió María. No le resultaba cómodo hablar de su padre en esos momentos. ¿Y si la estaba buscando? ¿Y si la demostración de tejeduría había terminado temprano?

—¡Mi padre es joyero! —anunció Casia con orgullo—. Tiene un taller muy grande, y muchos artistas trabajan para él. ¡Mira, mira qué anillos! ¡Son de nuestra propia tienda!

Eso explicaba por qué llevaba tantos. Ya no parecía un acto de tremenda vanidad. Sencillamente, mostraba las obras de su arte más allá de los límites de su joyería. María deseaba que esta familia fuera intachable y confiaba en que, si ella no encontraba nada que criticar en sus actitudes, tampoco lo encontrarían sus padres.

—¿Has visitado alguna vez nuestro taller? —preguntó el padre de Casia—. Está justo al otro lado del mercado central.

María creía que no, pero no estaba segura. Sus padres no compraban joyas de oro, no parecía haber razones para visitar la tienda de un joyero.

—Iremos juntas esta tarde —propuso Casia—. Has de volver al taller, padre, ¿no es cierto?

—Sí, iré un poco más tarde. Os enseñaré el taller donde los orfebres trabajan las láminas de oro puro, y donde hacen las filigranas.

Esta tarde... No, no podía ir. Sin duda la descubrirían si demoraba tanto su regreso a casa.

—Hoy no me es posible —farfulló María. ¡Qué rabia tener que decir eso! ¡Qué ganas de visitar la joyería!

—Ah. En otra ocasión, entonces —dijo el padre encogiéndose de hombros—. ¿Fue éste el primer viaje de tu familia a Jerusalén?

—Sí —respondió la niña.

—¿Qué les pareció? ¿Fue lo que esperaban? —preguntó la madre de Casia.

—No lo sé —admitió María—. No sé qué esperaban, exactamente.

—¿Y qué esperabas tú? —La madre de Casia se inclinó hacia ella, como si la respuesta de la muchacha le interesara de verdad.

—Esperaba ver algo que no fuera de este mundo —respondió María después de una breve reflexión—. Me imaginaba que las piedras refulgirían como el cristal, que las calles serían de oro y de zafiros, y que me desmayaría en cuanto viese el Templo. Pero las calles sólo estaban pavimentadas con adoquines y el Templo no era mágico, aunque sí colosal.

Dijo el padre de Casia:

—Esperabas ver la ciudad que el profeta Ezequiel vio en su visión. Pero aquélla fue una promesa de lo que podrá ser. Las visiones son eso: promesas de Dios.

¡Las visiones! ¿Serían como un sueño vívido?

—¿Aún hay gente que tiene visiones? —preguntó María.

—Quizá —respondió el padre—. No podemos saber qué sucede en las casas de la gente.

—Nuestros amigos, los romanos, eran bien visibles en Jerusalén —interpuso la madre de Casia—. No creo que los romanos formaran parte de la visión de Ezequiel.

—¿Nuestros amigos? —María se sintió escandalizada al oír llamar a los romanos «amigos».

—¡Lo dice en broma! —explicó Omri—. En realidad, quiere decir todo lo contrario. —Se cruzó de brazos con ademanes autoritarios.

—Gracias, Omri. Se me ocurre que nunca deberías plantearte una carrera en la diplomacia. —El padre, sin embargo, le sonreía en lugar de reprenderle—. De hecho, algunos romanos sí son amigos nuestros. Son varios los que frecuentan nuestra tienda, y compran los más hermosos collares y pendientes para sus esposas. ¡Un hombre que cubre a su mujer con joyas de oro no puede ser tan malo!

María, acostumbrada a las arengas de su familia contra la vanidad, por no hablar de sus diatribas contra los romanos, se echó a reír. Sí, sería apasionante visitar la tienda de un joyero, con plena libertad para elegir lo que más le gustase.

Una brisa fresca sopló desde el patio abierto. Desde la altura de la casa, María podía divisar el resplandor del lago. La residencia de la colina estaba bien ubicada para recibir los vientos de verano. Pero ¿qué pasaría en invierno, cuando se levantaban tempestades?

El tintineo de una rueda de cristales colgados componía una música dulce al paso de la brisa. Sonaba como un arpa acariciada por el viento.

—En invierno nos retiramos al interior —explicó la madre de Casia—. A las habitaciones pintadas en negro o en rojo, como está de moda en el extranjero. Dan sensación de calidez y de comodidad. Aunque, ¿quién puede pensar ahora en el invierno? —El campanilleo sonó de nuevo, como un suspiro cosquilleante de notas leves.

El feo invierno, que levantaba tormentas sobre el lago poniendo en peligro los barcos de pesca, con sus temporales, sus nieblas y sus fríos que se colaban hasta los rincones mejor resguardados de las casas... No, mejor no pensar en él. Ahora no, en pleno verano, cuando la tierra se abre a la luz y al calor, cuando el lago es afable y seguro, lleno de embarcaciones de todo tipo y tamaño.

—María es un nombre muy bonito —dijo el padre de Casia—. ¿Cómo se llaman tus hermanos?

María es un nombre muy común, pensó la niña. Es muy amable por elogiarlo.

—Tengo dos hermanos. Uno se llama Eli y el otro, Samuel. —Nombres comunes, también—. Mi madre se llama Zebidá —añadió. Éste sí que era inusual, era el nombre de la madre de uno de los antiguos reyes de Judea.

—Nunca he conocido a nadie llamado Zebidá —comentó la madre de Casia.

—¡Y yo no había conocido nunca a una Casia ni a un Omri! —confesó María.

—Casia era el nombre de una de las hijas de Job —explicó la madre—. Después de que Dios restaurara su fortuna. Significa «flor de canela», que es una especia. Ambos pensamos lo mismo cuando vimos su cabello rojizo.

—¿Y Omri? —Seguro que de él no escuchaba nada bueno.

—Omri fue uno de los reyes del reino del norte de Israel —dijo el padre—. El padre de Ajab.

¡Lo sabía! ¡Era malo! Le costó un gran esfuerzo no llevar la mano a la boca en un gesto de estupefacción.

—Oh, ya sé que le tachan de malo, porque ahora todo y todos relacionados con el reino del norte se consideran malos —dijo el padre de Casia—. Pero examinemos las pruebas.

María no sabía cómo examinar las pruebas, pero estaba ansiosa por descubrirlo.

—Fue fundador de la gran ciudad de Samaria. Una ciudad destinada a ser rival de Jerusalén. Reconquistó los territorios perdidos al este de Jordania y conquistó Moab. Firmó la paz con Judea y puso fin a las guerras continuas entre estados hermanos. ¡Es un hombre de quien estar orgulloso, a quien emular!

—Queríamos que nuestro hijo fuera fuerte, valiente y lleno de vigor —añadió la madre de Casia—. Por eso le llamamos Omri. Los que conocen las hazañas de Omri lo entienden. En cuanto a los demás... ¡son necios ignorantes y fanáticos!

Como mi familia, pensó María. No tienen buena opinión del reino del norte.

—¡Sara! —exclamó su esposo—. Exageras mucho. Son ignorantes, pero no deberíamos llamarles necios.

—Si lees nuestra historia, tú mismo verás hasta qué punto son ciegos.

—¿Leer la historia? ¿Aquella mujer sabía leer?

La madre de Casia se dirigió a María:

—¿Estás aprendiendo a leer? —preguntó—. Casia acaba de empezar.

—No, yo... yo quiero aprender, lo quiero más que nada en el mundo.

—¿Te gustaría compartir las clases de Casia? Las lecciones son más divertidas cuando hay más alumnos que maestros.

—¡Sí, por favor! ¡Te gustará mi tutor, es muy divertido!

¿Podía hacerlo? ¿Podría escapar de su familia para ir a aquella casa a aprender a leer? La sola posibilidad le produjo una sensación de vértigo.

—Las clases son dos veces por semana —dijo Casia—. A media tarde. Cuando la mayoría duerme la siesta.

—Puedo... preguntar —dijo María en voz baja. Pero ya conocía la respuesta. No tenía sentido preguntar.

—¿Quieres que hable yo con tus padres? —se ofreció la madre de Casia—. Podría ampliar la invitación...

—¡No! —respondió María apresuradamente. Eso la obligaría a explicar a sus padres cómo había conocido a la familia de Casia y toda la historia. Y la respuesta seguiría siendo negativa—. Yo... preguntaré —concluyó.

—¿Cómo nos comunicaremos? —quiso saber Casia—. Podríamos dejarnos mensajes en el árbol que hay junto al lago. Ah, pero tú no sabes escribir.

En ese momento María decidió que aprendería a leer y a escribir, no importaba a qué artimañas tuviera que recurrir para conseguirlo.

—Dejaré un pañuelo rojo en caso de que pueda venir y un pañuelo negro si no puedo —resolvió.

—¿Dónde has estado? —La madre de María se irguió en el momento en que entró en el atrio, un atrio que ahora le parecía pequeñito.

En el camino de vuelta a casa, María había preparado su coartada. Después de la demostración de tejeduría había ido al mercado a buscar lanas de colores, como aquellas que les había enseñado el maestro tejedor. No había sido su intención demorarse tanto.

Dijo su mentira con valentía. La madre la observó:

—Fui a la demostración poco antes del final. No estabas allí —dijo.

—Me fui un poco antes, para llegar al mercado antes que la muchedumbre —explicó María.

Zebidá asintió en aprobación.

—Sí, es mejor así —admitió—. Si un mercader tiene que atender a un gran número de clientes, sabe que la venta está asegurada. Se atreverá a elevar el precio. Entonces ya no puedes comprarle a él, porque ha subido el precio.

—¿Y si el precio, incluso el aumentado, es justo? —preguntó María. Estaba tan aliviada de haber podido ocultar su excursión secreta que no tenía inconveniente en hablar de mercaderes y mercaderías.

—Aun así, no debemos premiar este tipo de actitudes —respondió la madre.

—¿Qué hay de malo en ello? —insistió la niña—. ¿Qué hay de malo en subir el precio si el mercader ve que hay mucha gente interesada en sus mercancías? Cuando un vendedor no tiene clientes, baja los precios de sus productos. Tú has comprado artículos a precios más bajos. ¿Por qué una cosa es mala y la otra, no?

—No puedes entenderlo —dijo la madre.

Pero María sabía que lo entendía muy bien.

—Madre —dijo—, el maestro tejedor dará clases a principiantes dos veces por semana...

Fue un verano placentero, de largos días calurosos y noches refrescantes. El ardid de las clases de tejeduría dio buen resultado, y dos veces por semana María subía a la casa de Casia, yendo de las clases del tejedor directamente a las clases de lectura. Los padres de Casia estaban tan contentos de que su hija tuviera una compañera de aprendizaje, que en modo alguno quisieron cobrarle su parte. Y con cuánta avidez estudiaba María, con qué ansias deseaba aprender a leer para entrar en un mundo nuevo, que hasta entonces le era vedado.

Era la víspera de Rosh Hashaná, del año nuevo de tres mil setecientos sesenta y ocho. María yacía en la cama, emocionada, cuando oyó una voz tenue que llamaba: «¡María!»; como si alguien susurrara su nombre en el otro extremo de la alcoba.

Aunque era una voz dulce, la asustó. Se incorporó y escudriñó las sombras. ¿Había sido un sueño? Allí no había nadie.

Debió de ser un sueño. Supongo que me quedé dormida sin darme cuenta, pensó.

Ahora, sin embargo, estaba totalmente despierta. Despierta para saber que la voz sonaba de nuevo: «María.»

Contuvo el aliento. Nada más se oía en la habitación, ninguna respiración, ningún susurro de tela.

—María. —La voz ya parecía venir de un punto muy cercano.

—¿Sí? —preguntó con un hilo de voz.

Pero no hubo respuesta. Y no se atrevió a levantarse.

A la luz del día, recorrió la alcoba con la mirada, pero no pudo ver nada. ¿Había sido un sueño? No dejó de pensar en lo ocurrido toda la mañana y llegó a preguntarse si no sería lo mismo lo que le había sucedido al profeta Samuel cuando era niño. Cuando vivía con el sacerdote llamado Eli, él también había oído una voz que le llamaba en medio de la noche y pensó que era el sacerdote. Sin embargo, era Dios quien le llamaba y a Samuel le enseñaron a responder así: «Habla, tu siervo te escucha.»

Si vuelvo a oír la voz, responderé lo mismo, se prometió María. No podía evitar un sentimiento de alborozo ante la idea de que ella pudiera haber sido elegida para algún cometido.

No fue hasta la hora más oscura y silenciosa de la noche siguiente, cuando la niña dormía profundamente, agotada por el duermevela de la noche anterior, que un sonido llegó a sus oídos.

—María, María —decía. Era la voz sedosa de una mujer.

Luchando por emerger de las profundidades de su sueño, María dio la respuesta que había estado ensayando:

—Habla, tu sierva te escucha.

Hubo un silencio. Luego la voz dijo con voz suave:

—María, me has abandonado. No has cuidado de mí como me corresponde.

La niña se incorporó agitada. ¡El Señor... le hablaba el Señor! ¿Cómo responder? Aunque Él, que todo lo sabe, también debía de conocer sus faltas y debilidades.

—¿Cómo? —Se esforzó por encontrar las palabras adecuadas—. ¿Por qué te he abandonado? —Se acercaba el Día de la Expiación. ¿Iba Dios a acusarla de una gran omisión?

—Me has escondido y no me contemplas. No es así como se me debe tratar.

¿Qué quería decir? A Dios no se le esconde ni se le contempla.

—No comprendo —dijo.

—Claro que no, pues eres una niña tonta. Fuiste lo bastante inteligente para reconocer un objeto valioso, lo bastante lista para protegerlo pero, más allá, eres una ignorante.

La voz era ligera y juguetona al mismo tiempo. En absoluto se parecía a la voz de Dios, al menos no como decían que le habló a Moisés.

—Entonces, instrúyeme, Señor —respondió con humildad.

—Muy bien —dijo la voz—. Mañana has de contemplarme de nuevo, y te diré lo que debes hacer. Ahora duerme, tontita. —La voz la despidió, apagándose en la oscuridad.

¿Dormir? ¿Cómo podría dormir? María se hundió en la cama, sintiéndose desdichada. Dios la había reprendido. ¿Por qué razón? Debería sentirse honrada de que Dios le hablara, pero le dolía su desaprobación.

«Fuiste lo bastante inteligente para reconocer un objeto valioso, lo bastante lista para protegerlo... Mañana has de contemplarme de nuevo...»

Proteger... contemplar...

Antes de que la luz del día iluminara por completo la habitación, María se despertó con un sobresalto: era el ídolo de marfil lo que le había hablado.

Sí, había sido la figurita. Eso explicaba la voz femenina y la queja de estar escondida. Porque María realmente la había escondido en una caja, bajo una capa de invierno, y la caja estaba en el otro extremo de la alcoba, de donde provenía la voz. Y se había olvidado de ella.

La niña se levantó de la cama con cautela y metió la mano debajo de los pliegues de la capa de lana, buscando el bulto envuelto en telas. Sí, allí estaba. Lo asió y lo sacó a la luz grisácea del alba. Lo desenvolvió con cuidado y contempló el rostro sonriente de la enigmática diosa.

¿Cómo he podido olvidarme de ti? Fue su primer y espontáneo pensamiento.

—Por fin. —La voz parecía sonar dentro de su cabeza. El rostro exquisito se veía con más claridad a la luz creciente del día. Las líneas talladas en el marfil dibujaban el cabello que caía sobre los hombros, los ojos soñadores entrecerrados, los motivos de su vestido y las alhajas simbólicas; todo sugería un poder grande aunque afable, como una visión antigua, de los tiempos en que las diosas gobernaban la tierra y controlaban los vientos, las lluvias, las cosechas, los nacimientos y las muertes—. ¡Vuelvo a nacer a la luz del sol!

El bello rostro miraba a María.

—Ponme donde pueda sentir la luz. Llevo tanto tiempo encerrada en las tinieblas, bajo tierra. Envuelta en trapos y oculta al sol.

Obediente, María depositó la delgada efigie de marfil —muy delgada, tallada en un fragmento de colmillo— a los pies de la cama, donde un rayo de sol acariciaba la colcha.

—Ah... —La niña juraría que la efigie había emitido un prolongado suspiro de alivio. La examinó con atención, viendo cómo la luz del día revelaba la delicadeza de su talla.

Mientras crecía la luz, el ídolo parecía resplandecer, absorbiéndola. Justo en ese momento María oyó a su madre delante de la puerta. Se apresuró a esconder la efigie bajo la capa y empujó la caja al rincón de la alcoba.

—Perdóname —susurró.

—¡María! —dijo la madre desde la puerta—. ¿Ya estás levantada? ¡Es una buena manera de empezar el año!

Pronto anocheció de nuevo. Acostada en la cama, María contemplaba la luz temblorosa de la lámpara de aceite depositada en una hornacina. La llama vacilante proyectaba sombras movedizas sobre la pared encalada. Su luz había sido siempre un consuelo en la noche, pero ahora ya no le parecía tan reconfortante.

No me levantaré de la cama, se decía a sí misma. No iré allí. No es más que un trozo de marfil tallado por manos humanas. Carece de poder.

—Mi nombre es Asara, hija mía —dijo la voz dulce—. Asara —siguió murmurando. Y María supo que aquél era el nombre del ídolo y que así deseaba ser llamada.

Asara. Un nombre hermoso, tan hermoso como la propia efigie.

—Asara —repitió María con respeto.

Temblando de miedo, se prometió a sí misma en secreto (porque Asara no podría leer su pensamiento) que al día siguiente la sacaría de la casa y la tiraría al barranco. No, iría a los hornos del pueblo y la lanzaría a las llamas. No, no debo hacer eso, pensó, podría contaminar el pan. Iré a... Quedó dormida tratando de pensar en un fuego purificador y definitivo.

Pero el día siguiente resultó muy ajetreado, y no tuvo oportunidad de sacar la talla de su escondite y de la casa. Su mente estaba serena; no sintió la voz del ídolo hablándole y sus temores se apaciguaron.

El gran Día de la Expiación —un día de ayuno estipulado por Moisés— se acercaba rápidamente. En ese día, en Jerusalén, los sacerdotes harían las ofrendas de rigor y celebrarían los rituales necesarios para ganar el perdón por los pecados del pueblo de Israel, pecados conocidos y también desconocidos. Finalizados los ritos de expiación de la culpa colectiva, soltarían un chivo solitario al desierto, portador simbólico de los últimos residuos de pecado. Allí acabaría pereciendo, expiando las culpas de la nación.

Para las personas, el día era de ayuno y pesadumbre. Tras una ceremonia de alabanza a Dios celebrada al amanecer, los fieles quedaban confinados en sus casas, vestían sayales y se cubrían la cabeza de cenizas. Guardaban ayuno y rezaban el día entero, recordando sus pecados, confesándolos y confiando en la misericordia de Dios para su perdón.

Amaneció un día glorioso, que hizo la tarea de contrición muy difícil. Para atormentar a los fieles y cautivar sus pensamientos, el sol llamaba a salir de las casas, hablándoles de frutas maduras y festivales de recolección, de los hermosos regalos de la vida que distraen a las personas del examen profundo del lado más oscuro de sus almas.

La familia de Natán no atendió la llamada de la naturaleza; todos sus miembros permanecieron encerrados en casa, en sus habitaciones privadas, observando una vigilia silente y en ayunas.

La túnica obligatoria de tela áspera que María llevaba puesta —el tradicional sayal de arrepentimiento— picaba tanto que pensó que tenía pulgas. No alcanzaba a comprender cómo pudieron vivir en el desierto los hombres santos con ese atuendo. Tampoco comprendía cómo ni por qué esto les hacía santos y les acercaba a Dios.

Esforzándose por ser piadosa, recitó humildemente los diez mandamientos con la cabeza inclinada.

«No tendrás más dioses que yo. No adorarás a los ídolos. No te inclinarás ante ellos ni les rendirás culto.»

¡Asara! Aunque no la hice yo, pensó María, ni me inclino ante ella ni la adoro. Además, me desharé de ella. ¡Lo prometo!

«No pronunciarás en vano el nombre de Dios, tu Señor.»

No, no lo hago. No pronuncio el nombre de Yahvé, excepto en mis oraciones.

«Observa el día del Shabbat y respeta su santidad.»

Siempre lo hacemos. Siempre obedecemos las reglas.

Recordó, no obstante, que había aplaudido la decisión de José de violar una de esas reglas. ¿Soy culpable por ello?, se preguntó.

«Honra a tu padre y a tu madre.»

¡Las clases! ¡Las clases de lectura que mantenía en secreto! Se sintió abrumada de culpa. Al mismo tiempo, pensó que las clases en sí no eran malas, sólo el hecho de mentir para ocultarlas.

«No matarás.»

Emitió un suspiro de alivio.

«No cometerás adulterio.»

«No robarás.»

Otro suspiro de alivio.

«No levantarás falso testimonio contra tu vecino.»

Ella era una niña, y a las mujeres no se les permitía ser testigos en un juicio, de modo que la ley la protegía de ese pecado.

«No codiciarás el hogar de tu vecino.»

Codiciaba el hogar de Casia, aunque no por lo que había en él sino por el espíritu de las personas que lo habitaban.

«No codiciarás a la mujer de tu vecino, ni a su criado y doncella, ni a su buey y asno, ni a nada que le pertenezca.»

Desde luego, de eso sí era culpable. Codiciaba muchas cosas, cosas que desearía que fueran suyas. No podía evitarlo cuando las miraba y eran tan deseables...

¡Eso no es ninguna excusa! La voz severa de Yahvé pareció resonar en sus oídos.

Tiene que haber algo más, pensó la niña. Los diez mandamientos son tan... tremendos. ¿Qué hay de las cosas pequeñas, de las cosas cotidianas? El asesinato no es algo cotidiano.

Para mí, el verdadero pecado sería... decidir hacer algo que sabes que está mal, pensó. ¿Es malo aprender a leer y a escribir, aunque a mí me parezca bueno, sólo porque mis padres no desean que yo aprenda?

¿Y qué hay de los malos pensamientos?

Lo peor que yo he hecho es albergar malos pensamientos. Por cada acto malo, hay cien malos pensamientos.

Su estómago se quejó. Tenía mucha hambre. Y le dolía la cabeza. Es para recordar que dependemos de Dios para nuestro alimento, se dijo, y darnos cuenta de todas las ocasiones en que nos olvidamos de agradecérselo. El dolor de sus entrañas, sin embargo, no le dejaba concentrarse.

Se sentó obedientemente sobre el suelo duro de su habitación, mareada de hambre, tratando de descifrar los mandamientos de Dios y reflexionando en sus pecados infantiles.

El Día de la Expiación había sido interminable. Durante la cena tranquila que tomaron para poner fin al ayuno, Natán dijo con voz muy queda:

—Es la misericordia de Dios que nos permite vivir y arrepentirnos.

Pero ¿serían mejores dentro de un año?, se preguntó María. ¿O pasarían el año entero luchando por vencer las mismas tentaciones, sólo para seguir atormentados por ellas?

Quizá no nos esforzamos bastante, pensó. Voy a intentarlo con todas mis fuerzas. Lo repitió en voz muy baja, moviendo los labios: «Lo intentaré con todas mis fuerzas.» Era un juramento. Sabía que Dios escuchaba y le pediría cuentas. Debo deshacerme del ídolo. Debo deshacerme de todo lo que disgusta a Dios.

Estuvo más que feliz de ir a la cama, aunque apenas había salido de su pequeña habitación en todo el día. Yacer a oscuras era un modo de correr un velo ante un día también muy oscuro; ennegrecido por culpas desagradables y el cargo de conciencia.

Seré mejor persona, volvió a prometerse a sí misma y a Dios. Pensó en el chivo que estaba deambulando por los páramos del desierto, llevando a cuestas los pecados del pueblo. Pasarían días antes de que sucumbiera a la muerte, suponiendo que muriese. Podría encontrar agua y comida. El misterio consistía en que nadie lo sabría, jamás.

Capítulo 5

5

—El emperador romano ha muerto. —Natán entró apresurado en la casa y dejó su canasta en el suelo—. Por eso hay tanta conmoción.

Toda la noche habían oído sonidos distantes que provenían de las colinas, un gran alboroto y voces confusas que indicaban que algo malo había sucedido, en algún lugar. Tal vez fuera el bullicio de las tropas romanas que salían de sus campamentos a orillas del lago o bajaban del norte, reuniéndose para evitar disturbios.

—El rey Herodes Antipas ha ordenado luto público generalizado —prosiguió—. Oh, pero no tenemos que hacer sacrificios, no a los dioses romanos, sólo al nuestro, para rezar por el alma del emperador difunto. —Natán parecía aliviado. Tenía ya más de cuarenta años. Las largas jornadas y el trabajo duro del saladero hacían mella en él. Sus dos hijos, casados ya ambos, aliviaban mucho su carga pero aún le quedaba trabajo que hacer.

—No pasará mucho tiempo antes de que le declaren dios, como hicieron con el primero, Julio César —dijo la madre de María—. Me pregunto si esperarán un tiempo decoroso.

Natán resopló.

—¿Qué es un tiempo decoroso, Zebidá? —Se sentó y tomó una manzana de una cesta—. ¿Cuánto tiempo hace falta para convertirse en dios? —Mordió la fruta turgente con energía—. ¿Basta (¡puf!) un instante? ¿O es un proceso lento y prolongado, como el que hace crecer la masa del pan?

Ambos se echaron a reír sin poder controlarse. Se imaginaron al viejo emperador Augusto hinchándose majestuosamente, sus facciones inflamadas, hasta que su cuerpo se elevaba poco a poco de su lecho de muerte.

Cuando al fin pudo controlar la risa y recobrar el aliento, Zebidá dijo:

—Fue emperador desde que tengo memoria. ¿Cuántos años tiene... tenía?

Natán reflexionó.

—Más de setenta —dijo finalmente—. Es una vida larga para cualquiera, y sobre todo para alguien que vive en Roma. —Hizo una pausa—. Después de tantos años, tantas intrigas y tantos matrimonios, el pobre Augusto no tenía un hijo que le suceda. Ser dueño del mundo y el último de tu linaje... —Natán meneó la cabeza.

—¿Quién le sucederá? —preguntó Zebidá, seria ya.

—Su hijastro, Tiberio. La cuestión es que Tiberio nunca le cayó bien, aunque no le ha quedado otra opción al final. Todos los demás, viejos y jóvenes, que podrían haber sido mejores emperadores, ya están muertos. Su mejor amigo, Agripa, sus nietos, sus sobrinos... —Natán se encogió de hombros—. Es muy triste, de veras que sí.

—¿Cómo es este Tiberio?

Ambos se volvieron para mirar a María, de pie en el umbral de la puerta. ¿Cuánto rato llevaba allí?

—Dicen que es un hombre triste —respondió el padre—. Y que sospecha de todos como conspiradores. Ha tenido que esperar demasiado hasta que le llegara su turno de ser emperador.

—¿Qué edad tiene? —Con la adolescencia, María no había perdido ni un ápice de su curiosidad. Ni de su agilidad mental.

—Oh, más de cincuenta —dijo Natán—. Es ya un solterón amargado, si a un hombre se le puede llamar así.

Tan pronto pronunció las palabras, se arrepintió de haberlo hecho. María tenía ya edad para el matrimonio, pero sus relaciones con los posibles pretendientes eran sorprendentemente difíciles. No parecía desear casarse, y su familia no había recibido muchas proposiciones de matrimonio, hecho que resultaba bastante extraño de por sí. La muchacha era guapa e inteligente, y el enlace con su familia ofrecía buenas perspectivas para cualquier hombre joven.

María cerró la boca y fulminó a su padre con la mirada.

—¿Cómo, exactamente, puede ser un romano un solterón amargado? —le espetó al final.

—Tu padre sólo pretende decir que Tiberio es... quisquilloso, remilgado y quejica.

—¿Como yo? —inquirió la muchacha—. Se dice de él que asiste a reuniones obscenas, donde se divierte con sus amigos. ¿Cómo puede ser remilgado, si hace esas cosas?

—Pues, si alguien puede ser remilgado e indecente a la vez, Tiberio lo es —sentenció su padre—. Menudo reinado nos espera —profetizó—. Con suerte, estará demasiado atareado en Roma para ocuparse de nosotros.

—¿Dónde has oído hablar de sus tejemanejes? —preguntó la madre. ¿Y qué había oído, exactamente? Las habladurías que habían llegado a oídos de la propia Zebidá contaban situaciones anormales, repugnantes.

—En todas partes —replicó María con altivez. Ella y Casia habían hablado interminablemente de él, en especial de sus orgías. Le usaban como medida de la disolución, con la que medir a los hombres de Magdala. «Al menos, fulano no tiene papiros con dibujos obscenos, como Tiberio... Al menos, hace lo que hace en privado, a diferencia de Tiberio... Él no distribuye vales especiales para los que quieran asistir a sus orgías, como hace Tiberio...» María no pudo evitar una risita al recordar los detalles de aquellas conversaciones.

Su padre suspiró. El interés que su hija mostraba en asuntos como ése harían su matrimonio mucho más difícil. Los hombres la verían como un mal negocio, a pesar de su encanto y de ser bien parecida. Las prefieren dulces, aunque sean feúchas, pensó Natán. Observó a su hija con ojos de mercader que intenta evaluar las cualidades comerciales de un producto. El pelo, bonito. Las facciones, atractivas, especialmente la boca y la sonrisa. Un pelín demasiado alta, aunque esbelta. La voz, agradable. La muchacha hablaba griego, además de arameo, y tenía buen conocimiento de las escrituras.

Por fortuna, la mayoría de sus encantos eran obvios a primera vista, mientras que sus defectos no se apreciaban enseguida. ¿Qué defectos? Su mente inquieta e inquisidora. Su tendencia a ser desobediente. Su interés en asuntos prohibidos, como el tema de la lujuria de Tiberio. Sus ataques de melancolía, que no se preocupaba en ocultar. Cierto gusto por el lujo y los objetos preciosos. Un genio vivo y bastante obstinado. Y un carácter demasiado reservado.

—Supongo que no es asunto de risa —dijo María finalmente—. No, mientras el viejo Augusto está de cuerpo presente. Pero es triste pensar que ellos, me refiero a los romanos, creen de verdad que se convertirá en dios.

Su padre añadió la facilidad de cambiar de tema a la lista de los rasgos indeseables de María.

—Me pregunto si lo creen de veras —dijo Zebidá— o sólo lo proclaman por conveniencia política. En cierto modo, resulta más extraño que la fe en el poder de los ídolos, cuando la gente sabe de sobra que son simples trozos de piedra y de madera.

O de marfil, pensó María con un sobresalto. Hacía mucho que no recordaba su secreto infantil.

—Sí, los que adoran a los ídolos afirman que no es la piedra en sí lo que veneran, sino lo que ella representa, algún poder, una fuerza invisible —dijo Natán—. Pero pensar que un hombre mortal se pueda convertir en dios... —Meneó la cabeza, en un gesto de perplejidad.

—¡Y pensar que dejan el cuerpo de Augusto sin sepultura durante tantos días! —añadió María—. Para después incinerarlo. —Un estremecimiento recorrió su cuerpo—. Me parece una costumbre bárbara, aunque los romanos son precisamente esto: unos bárbaros.

—Paganos —puntualizó su padre—. No son bárbaros, son paganos. No es lo mismo.

—Podríamos decir que todos los bárbaros son paganos, aunque lo contrario no es necesariamente cierto —añadió Zebidá.

—Son dignos de lástima, todos ellos —afirmó Natán con total convicción—. Los paganos, los bárbaros y los gentiles, se llamen como se llamen.

El cuerpo de César Augusto, quien había fallecido lejos de Roma, fue transportado lentamente a la capital, viajando de noche y reposando de día. El viejo emperador tardó dos semanas en llegar a Roma, la ciudad donde había conspirado y sacrificado, y a la que se había entregado por completo durante medio siglo. Se le atribuía la frase: «Encontré una Roma de ladrillo y os la entrego de mármol.» Y, por cierto, su cortejo fúnebre recorrió las calles de una ciudad magnífica. No escatimaron ritos ni detalles para que su último viaje terrenal estuviera a la altura de los anteriores. Cuando al fin encendieron la pira funeraria, un ex pretor llamado Numerio Ático vio al espíritu de Augusto ascender al cielo; eso juró después ante el Senado.

El 17 de septiembre, casi un mes después de la muerte de Augusto, el Senado le declaró oficialmente dios. Le iban a dedicar templos, le asignarían un culto de sacerdotes y celebrarían festividades en su honor. Ya se podía jurar oficialmente «en nombre de Augusto».

El nuevo juramento fue aceptado de inmediato en todos los confines del Imperio, incluida la tierra de Israel, en centros administrativos como el de Cesarea. En las ciudades de Jerusalén y de Magdala, no obstante, el endiosamiento de Augusto coincidió con los días santos que daban entrada al nuevo año de tres mil setecientos setenta y cinco. Y aquellos que rezaban por el perdón de sus pecados y hacían examen de conciencia el Día de la Expiación pondrían la proclamación de la divinidad de un mortal en la cabeza misma de su lista de abominaciones, si tuvieran la debilidad de proferir el juramento recién instituido, aunque fuera por importantes razones comerciales.

El rito anual de la expiación había adquirido visos de tediosa rutina para María. Cada año echaba las cuentas de sus pecados y se arrepentía sinceramente de ellos, jurando a Dios que nunca más los cometería; el año siguiente, se encontraba encerrada en su habitación arrepintiéndose de los mismos pecados. A veces aparecían suavizados y no resultaban tan escandalosos, podía apreciar cierta mejoría en sus actitudes, aunque las faltas perduraban, a pesar de todo, obstinadas como las piedras que se desgastan al paso de los asnos, sin llegar a desaparecer nunca de los caminos.

Este año, además de los viejos pecados conocidos, María tenía que añadir unos cuantos nuevos a su lista. En el invierno pasado había salido de la niñez para entrar en ese estado discretamente caracterizado por sus «cosas de mujer». El paso conllevaba toda una serie de normas y requisitos nuevos, algunos de los cuales databan de los tiempos del propio Moisés y tenían que ver con la impureza ritual; y otros, más modernos, estipulaban normas de conducta. La transición significaba que ya tenía edad para casarse y, aunque su padre todavía no había insistido en la necesidad de buscar un marido, ella sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que lo hiciera.

Tanto deseaba tener un esposo como no, y la contradicción le creaba confusión. No casarse era una deshonra y, por supuesto, no deseaba esa deshonra para sí. Quería lo mismo que quería todo el mundo: vivir una vida normal, ser bendecida con aquellas cosas que todos consideraban regalos de Dios. Salud, prosperidad, respetabilidad, una familia, un hogar. Pero, a la vez, deseaba ser más libre, no menos, y las responsabilidades de una familia significaban, en términos prácticos, que viviría una vida esclavizada. Estaría ocupada en todo momento cuidando de los que vivían bajo su techo. Veía lo duro que trabajaba su madre y lo duro que trabajaban sus cuñadas, aunque cada una a su manera particular y diferente a las demás. La única alternativa, sin embargo, era convertirse en una carga para su familia, imponerles la ignominia de la hija soltera. Las escrituras abundaban en admoniciones sobre los huérfanos y las viudas, hablaban de su desdicha y predicaban la necesidad de cuidar de ellos, y las hijas solteras compartían el mismo estatus, si no otro inferior. La única diferencia era que el padre o el hermano podían, por lo general, cuidar de la muchacha que no se había casado.

Pero la vida era demasiado dulce para vivirla esclavizada. María se había fijado en que las amas de casa de Magdala parecían mucho más viejas que las mujeres griegas que a veces visitaban el saladero con sus esposos. Había oído que las extranjeras tenían derecho a la propiedad e incluso podían viajar solas. Algunas administraban la economía familiar a la vez que un negocio propio. Se dirigían a los hombres de igual a igual, sin tener que bajar la mirada. María había sido testigo de ello y las había visto dirigirse así a los hombres de su propia familia. Hasta Eli parecía disfrutar de ese trato, como si le satisficiera de un modo prohibido. Lucían túnicas transparentes, llevaban el cabello descubierto y tenían nombres exóticos, como Fedra o Febe. Nombres parecidos a... Asara.

El nombre irrumpió en su pensamiento como un relámpago. Asara.

Asara, que permanecía oculta en el lugar donde la había escondido hacía tantos años. Asara, que había sobrevivido a la intención de María de sacarla de casa y destruirla. Asara, quien, de pronto, estaba intensamente presente.

En cuanto termine la jornada, se dijo María, haré lo que juré hacer tiempo atrás. Me desharé de ella. Dios me ordena que lo haga. Él prohíbe la posesión de ídolos.

Durante el resto del día, mientras el sol recorría el cielo y la luz iba menguando en la ventana de su habitación, orientada al este, María reflexionó obedientemente sobre sus faltas. Debería ser más sumisa y aceptar la sumisión con más alegría. No debería obstruir los esfuerzos de su padre por encontrarle un esposo. Debería dejar de soñar despierta y dedicarse a tareas más útiles. No debería ser tan vanidosa con su cabello ni desear aplicarle henna para darle un tinte rojizo. Debería dejar de leer poesía griega. Era poesía pagana e incendiaria. Retrataba un mundo que le estaba prohibido y despertaba en ella la codicia. La codicia era un pecado.

Nunca te casarás si no cambias estos hábitos nocivos, se dijo la muchacha. Y tienes la obligación de casarte, es tu deber ante tu padre. Dios desea que obedezcas. ¿Qué había proclamado Samuel en el nombre de Dios? «Es mejor obedecer que ofrecer sacrificios, es mejor escuchar a Dios que derramar la sangre de los corderos en su honor.»

Una idea se le ocurrió de repente. Dios había hablado a Abraham, a Moisés, a Samuel, a Gedeón, a Salomón, a Job, a los profetas... ¡Pero la única vez que habló a una mujer, fue para anunciarle que iba a tener un hijo!

De pronto se sintió angustiada, a la vez que trató de rebatir la lógica de su pensamiento. ¿Es realmente así? Bueno, también habló con Eva. ¿Y qué le dijo? «Agravaré los dolores de tus partos; con dolor traerás a tus hijos a este mundo.» Y con Agar. «Estás encinta y tendrás un hijo; le llamarás Ismael.» Ni siquiera habló directamente a Sara ni a Ana, aunque les dio los hijos deseados, destinados a cumplir una promesa o a servir a Dios. Hijos, por supuesto. Siempre hijos varones.

Tiene que haber hablado a alguna mujer, pensó María. A alguna mujer, alguna vez, le tiene que haber trasmitido un mensaje que nada tuviera que ver con la maternidad. Pero, aunque permaneció allí sentada hasta casi entrada la noche, no se le ocurría nadie.

Y entonces otra idea se abrió camino hasta su conciencia: Asara es una diosa. Una diosa que habla a las mujeres.

La vida de María ya era parecida a la de un ama de casa, en muchos aspectos. A la edad de trece años, los muchachos judíos habían completado sus estudios de la Ley sagrada —salvo que prosiguieran, con el fin de llegar a ser escribas y eruditos— y pasaban a ocupar un lugar propio en la congregación de varones que se reunían para la oración. También para entonces habían iniciado su formación en un oficio, el paterno u otro cualquiera. Las muchachas judías de trece años, en cambio, quedaban relegadas a la realización de las tareas domésticas, esperando que llegara su momento de contraer matrimonio. La vida cotidiana de María en nada se diferenciaba de la de su madre, en este aspecto. Consistía en una rutina ardua y aburrida, que no ofrecía más interés que el de terminar las duras faenas antes de la puesta del sol. María era muy eficiente y, casi todos los días, conseguía completar su trabajo pronto, para así disponer libremente del resto del día.

Le gustaba salir a caminar hacia el sur de la ciudad, dejando atrás el paseo empedrado que corría paralelo a la orilla del lago, más allá de los muros que se prolongaban dentro del agua, proclamando su función protectora de la urbe, y a lo largo de la orilla solitaria.

A menudo se sentaba en la misma roca, lisa y redondeada, junto al agua, para contemplar la luz evanescente. Al alba y al anochecer el lago parecía resplandecer con luz propia, como si el sol tuviera su morada secreta en las profundidades. Un silencio caía sobre el mundo, las brisas enmudecían, las hojas y las olas dejaban de murmurar, y el día mismo parecía suspirar como hiciera Dios el día de la Creación, susurrando: «Es hermoso, es muy hermoso.» Después llegaba apresurado el crepúsculo, como un telón que caía sobre la luz, mudándola del rosa al violeta.

Lejos del clamor y el ajetreo de la ciudad, María sacaba sus lecturas favoritas y devoraba poesía griega y las historias que narraban las gestas de los héroes antiguos, como Heracles. En Israel no existía la literatura popular, todos los textos se referían únicamente a la religión. Las historias y las canciones del pueblo pertenecían a la tradición oral, jamás eran escritas. Los que quisieran leer relatos de aventuras, tratados de filosofía y textos de historia tenían que recurrir al griego, el latín o el egipcio. En los mercados florecía el comercio de esos escritos, porque la gente los leía con avidez, dijeran lo que dijeran los sabios de Jerusalén. Delante de las puertas de la ciudad, bajo las mesas de lino y de pescado, se ponían a la venta y reventa manoseadas copias de la Ilíada y la Odisea, de obras de Safo y Cicerón, del poema épico de Gilgames, de piezas de Catulo y de Horacio.

Ahora María estudiaba al poeta Alceo, luchando tanto contra las dificultades del griego como contra las de la luz crepuscular. Su hermano Silvano había sido su cómplice y profesor secreto de la lengua griega. Llevaba días descifrando trabajosamente los versos, que trataban de un naufragio. Hoy, henchida de emoción triunfal, habría de completar la última frase. Su frágil decisión de abandonar la poesía griega se había disipado.

... y nuestro barco es engullido por las olas.

Terminó la lectura, enrolló la hoja de papiro y contempló el lago. Como todo poema que se precie, este que acababa de leer le hacía ver mares tormentosos en lugar de las aguas quietas y pacíficas que se extendían ante sus ojos. El recuerdo de tormentas pasadas en este lago, notorio por sus peligros, se alzó ante ella cual oleaje embravecido.

Se puso de pie. Pronto caería la noche y debería encontrarla dentro de los muros de la ciudad. Aunque quedaba una cosa por hacer, una vieja promesa por cumplir.

De una pequeña bolsa sacó un objeto envuelto en trapos. Llevaba así escondido mucho tiempo. Era el ídolo, la efigie de Asara. Lo tiraría al lago, al lecho profundo del agua, donde podría hechizar a los peces, las piedras y las algas.

Lo sostuvo en la mano, dubitativa. Jamás volveré a verlo, pensó. Hace tantos años que ni siquiera puedo recordar su aspecto.

No lo mires, se dijo con severidad. ¿Acaso no te habló una vez? ¿No fue ayer mismo cuando intentó irrumpir en tus pensamientos?

Extendió el brazo hacia atrás y afianzó los pies en el suelo para poder arrojarlo lo más lejos posible en el agua.

No soy tan débil, se desafió a sí misma. ¿Miedo de contemplar un ídolo pagano? Me avergüenzo de este miedo. La única manera de vencerlo es mirándolo a la cara. Si no lo hago ahora, le cederé poder sobre mí hasta el fin de mis días.

Con ademán lento bajó el brazo. Abrió la mano y contempló el bulto cubierto en su palma. Con la otra mano, empezó a desenvolver lentamente los trapos. A la luz violácea del crepúsculo, pudo ver de nuevo el rostro de marfil; sus labios parecían sonreírle.

Se inclinó para verlo mejor a la luz crepuscular. Era tan hermoso que le quitó el aliento. Más hermoso que las estatuas de mármol blanco de los cuerpos de atletas que había tenido ocasión de ver mientras las transportaban a la orilla opuesta del lago, a la ciudad pagana de Hipona; más bello que los sensuales retratos de plata grabados en las monedas de Tiro, que pasaban de mano en mano en los puestos extranjeros de los mercados.

Sería un error destruirlo, pensó. Podría venderlo al mercader griego que pasa por aquí regularmente, camino de Cesarea. Debe de valer mucho dinero. Por un instante, se le ocurrió que podría guardar ese dinero para salvarse de un matrimonio no deseado, pero enseguida se amparó en una idea más piadosa: donarlo a la empresa de su padre o dárselo a los pobres.

En cualquier caso, arrojarlo al mar sería un desperdicio.

Con un suspiro de alivio por haber podido vencer su premura, María volvió a esconder la efigie en la bolsa.