Vana es la palabra de un filósofo que no cura ningún
sufrimiento del hombre. Pues tal como ningún provecho
se saca de la medicina que no expulsa las enfermedades
del cuerpo, ningún provecho se saca, tampoco, de la
filosofía que no expulsa el sufrimiento de la mente.
EPICURO
Habiendo comprendido las enfermedades de la vida
humana, el filósofo digno de llamarse así —igual que el
médico digno de llamarse médico— procederá a intentar
curarlas. El objetivo último de toda la investigación
médica es curar. Asimismo, el objetivo último de la
filosofía es el florecimiento del hombre.
MARTHA NUSSBAUM
En las inconmensurables extensiones del tiempo,
vemos cómo la vida avanza y asciende desde su origen
hasta el hombre, y no podemos negar que a la
humanidad todavía le aguardan infinitas posibilidades
de perfeccionarse.
THOMAS MANN
La vida está llena de un potencial verdaderamente
insondable [...] en la mayoría de casos, lo que llamamos
limitaciones no son más que la decisión de imponernos
limitaciones a nosotros mismos.
IKEDA DAISAKU
Lo que dejamos atrás y lo que nos aguarda delante
son asuntos sin importancia comparados
con lo que llevamos dentro.
RALPH WALDO EMERSON
La filosofía se recupera a sí misma cuando deja de
ser un dispositivo para resolver los problemas
de los filósofos y se convierte en un método,
cultivado por los filósofos, para resolver
los problemas de los hombres.
JOHN DEWEY
Todos los fenómenos de la existencia tienen
a la mente como precursora, como dirigente supremo,
y están hechos de esa misma mente.
Si uno habla o actúa con una mente pura, la felicidad
le seguirá como una sombra y nunca le abandonará.
BUDA
No tengas miedo de la vida.
Cree en que la vida merece la pena
ser vivida y esa creencia te ayudará a que así sea.
WILLIAM JAMES
Muchos amigos, colegas y socios —así como unos cuantos miembros de mi familia— me han ayudado a concebir, gestar y dar a luz este libro. Aunque resulta imposible dar las gracias a todos citando su nombre, me gustaría mencionar a unos pocos.
Gracias a mi madre, Rosaline Tafler, la estoica de nuestra familia, por su consejo y ánimo; y a tres jóvenes Marinoff —Sarah, James y Julian— por ser ellos mismos.
Gracias a los buenos amigos que me han aguantado durante más de treinta años, entre los que se cuentan Bernard de los Cobos, Moshe Denburg, Michael Godfrey, Keith MacLellan y Mark Seal, por su consejo y apoyo.
Gracias a Tim Duggan, Kristin Ventry y otros profesionales de HarperCollins USA por haber hecho llegar Más Platón y menos Prozac a los lectores de todo el mundo, allanando el camino para este libro.
Gracias a muchos amigos y colegas de la American Philosophical Practitioners Association, entre ellos Richard Dance, Wilfried ver Eecke, Vaughana Feary, Pierre Grimes, Michael Grosso, George Hole, Chris Johns, J. Michael Russell, Paul Sharkey y Michelle Walsh, entre otros, por su consejo, lealtad y amistad. Quiero expresar mi agradecimiento a los colegas y amigos europeos, en especial a Ida Jongsma, Anders Lindseth, Antti Mattilla y Henrik Nyback, por su colaboración desde el extranjero.
Gracias a muchos otros amigos dedicados al asesoramiento filosófico, entre ellos Julian Baggini, Paul Bennet, Paul del Duca, Pat y Robert Dilenschneider, Jennifer Farrell, David Feldman, Christina Garidis, Thor Henrikson, Merle Hoffman, Sebastiaan Jansen, Robert Kennedy, Tova Krentzman, Katie Layman, Andrew Light, Liv Marinoff, Tan Chin Nam, Len Oakes, Ron Perowne, Christian Perring, Tanis Salant, Allen Sessoms, Liz Sheean, Jeremy Stangroom, Jennifer Stark, Rose y Arthur Sturcke, y Masao Yokota, entre otros, por sus consejos y apoyo.
Gracias a la princesa Jeet Khemka por su perspicacia, al presidente de Soka Gakkai Ikeda Daisaku por su apreciación y a Paulo Coelho y Elie Wiesel por su inspiración.
Gracias a los acérrimos defensores de los derechos civiles en la educación superior estadounidense, entre ellos Steven Hudspeth, David Koepsell, Alan Kors y Divid Seidemann, por recordarme que incluso los filósofos están amparados por la Constitución.
Gracias al City College of New York por concederme un año sabático sin obligaciones docentes.
Gracias a Kathleen y Andrew Lawrence, por prestarme su encantadora morada en Walton Lake, donde escribí la mayor parte de este libro. Su acogedora casa sigue siendo visitada con frecuencia por el espíritu de su constructor, el difunto George M. Cohan, cuyos recuerdos hago llegar a Broadway de su parte.
Gracias a los consejeros que me han permitido citar casos suyos: Vaughana Feary, Anders Holt, Alex Howard, Ida Jongsma, Kenneth Kipnis, Christopher McCullough, Martha Nussbaum y Emmy van Deurzen. Gracias también a los consejeros que presentaron casos que finalmente no pudimos incluir por las razones habituales.
Gracias a los numerosos clientes del asesoramiento filosófico —individuos, grupos y organizaciones— de quienes aprendemos más de lo que ellos mismos se figuran acerca de las aplicaciones de la filosofía, mientras buscamos el modo de aplicarla a sus casos. Aunque los nombres, ocupaciones y demás detalles de los clientes cuyos casos se refieren aquí se han cambiado para proteger su anonimato, las situaciones son reales, así como los beneficios sacados de la filosofía.
Finalmente, gracias a quienes han colaborado más estrechamente conmigo en este libro: Joelle Delbourgo, quien (como en Más Platón y menos Prozac) me ayudó a darle forma; Collen Kapklein, quien (como en Más Platón y menos Prozac) me ayudó a hacer que su mensaje fuese accesible al gran público; Jenny Meyer, por sus facilidades; Santiago del Rey de Ediciones B por su apoyo; y Colin Dickerman, Karen Rinaldi, Alan Wherry y todo el equipo de Bloomsbury USA por editarlo y publicarlo.
Asumo toda la responsabilidad sobre las ideas y opiniones manifestadas en este libro. Mis amigos, colegas y socios no las comparten ni se oponen a ellas forzosamente. Reconocer la humanidad del prójimo pasa por respetar la independencia de su pensamiento.
LOU MARINOFF
Monroe, Nueva York
Diciembre de 2002
Por su naturaleza, los hombres se preguntan por las
causas de los acontecimientos que ven, unos más,
otros menos; pero todos los hombres,
sienten al menos curiosidad por averiguar
las causas de su buena o mala fortuna.
THOMAS HOBBES
Lo más importante es no dejar de hacerse preguntas.
ALBERT EINSTEIN
¿Qué grandes preguntas se ha hecho o va a hacerse hoy? En todas las etapas de la vida nos planteamos importantes preguntas referidas a nosotros mismos y a los demás; sobre temas que nos atañen a nosotros y al prójimo; al amplio mundo y al universo entero, al significado y propósito de nuestra existencia. Preguntamos sobre el pasado, el presente y el futuro. Investigamos todos los temas concebibles. Los seres humanos deseamos y necesitamos otorgar sentido a las cosas que suceden —o a las que no suceden—, tanto a corto como a largo plazo. Nuestra capacidad de preguntar es nuestro medio primordial para alcanzar un fin. Las personas aún se hacen más preguntas en momentos de adversidad y tribulaciones; cuanto más dura es una situación, más profundas son las preguntas. Ahora bien, irónicamente, las respuestas que buscamos con más urgencia son a veces las más difíciles de hallar.
Aquí es donde la filosofía puede ayudarnos. Y por filosofía no me refiero sólo al estudio de ideas abstractas por su valor intrínseco. Eso está muy bien para los eruditos, que disfrutan en el debate de la teoría por la teoría, pero la filosofía también puede ayudar a la gente corriente, mediante la aplicación de ideas útiles a sus problemas concretos de la vida cotidiana. Al oír hablar de asesoramiento filosófico por primera vez, un filósofo estadounidense que trabajaba en Asia comentó: «Diría que se trata de sentido común superior.» Y eso es ni más ni menos. Es de suponer que usted ya está en posesión de un sentido común elemental, de lo contrario no estaría leyendo estas páginas. Eso significa que ya está preparado para afrontar un nivel ligeramente más avanzado.
Los filósofos nos planteamos preguntas sin cesar. Cuestionamos cuanto hay bajo el sol. No damos nada por supuesto. Yo siempre digo a mis estudiantes de filosofía que las preguntas tontas no existen; aunque, claro, si uno va por ahí haciendo preguntas, ¡seguro que escucha respuestas tontas! No obstante, preguntar con eficacia constituye un verdadero arte, y, con frecuencia, obtener las respuestas correctas depende de que se formulen las preguntas adecuadas. Si usted necesita encarar o resolver una gran pregunta en su vida, este libro le ayudará a utilizar las grandes ideas de los principales filósofos, desde la Antigüedad hasta el presente, y le mostrará de qué forma la filosofía puede cambiar su vida transformando el malestar en bienestar. No sólo en teoría, sino en la práctica. Cada capítulo contiene ejemplos que ilustran el modo en que los consejeros filosóficos ayudan a sus clientes a abordar las grandes preguntas. Y todos los capítulos terminan con ejercicios filosóficos que usted puede llevar a cabo para ayudarse a sí mismo.
Mi selección de grandes preguntas es fruto de las cuestiones fundamentales a las que veo que la gente se enfrenta, así como del enfrentamiento cotidiano con el prójimo, y sobre las que suelo asesorar a mis clientes en mi consulta filosófica. Este capítulo constituye una introducción al enfoque filosófico del asesoramiento. En la segunda parte, cada una de las grandes preguntas cuenta con su correspondiente capítulo: ¿Cómo sabe lo que está bien?; ¿Le guía la razón o la pasión?; Si le ofenden, ¿le causan algún daño?; ¿Es necesario sufrir?; ¿Qué es el amor?; ¿No podemos, simplemente, llevarnos bien?; ¿Es posible ganar «la guerra de los sexos»?; ¿Quién manda aquí: nosotros o las máquinas?; ¿Es usted un ser espiritual?; ¿Cómo puede manejar el cambio?; La construcción de su casa filosófica. La tercera parte le da consejos para que construya su propia filosofía de la vida. La cuarta parte contiene recursos adicionales, incluida una «lista de éxitos» de filósofos y un directorio de consejeros filosóficos.
Si desea que la filosofía le ayude a cambiar su vida, es preciso que antes se plantee una pregunta fundamental: ¿padece usted un trastorno o un malestar? El objetivo de este capítulo es ayudarle a percibir la diferencia.
Antes, cuando la religión era fuerte y la ciencia débil, el hombre confundía la magia con la medicina; ahora que la religión es débil y la ciencia fuerte, el hombre confunde la medicina con la magia.
THOMAS SZASZ
Las artes y ciencias médicas se ocupan de mantener la salud, sanar heridas y curar trastornos. ¿Qué es un trastorno? Por lo general, es algo que afecta al cuerpo de tal modo que interfiere o impide su funcionamiento normal. La mayoría de profanos son capaces de enumerar una retahíla de enfermedades infantiles que ha padecido, tales como el sarampión, las paperas y la varicela, por no mencionar el inevitable resfriado. Los adultos pueden contraer un sinfín de enfermedades, y la mayoría de nosotros conoce a alguien que ha luchado contra un cáncer, una enfermedad del corazón o un Alzheimer, entre muchas otras posibilidades. Todos estamos destinados a morir de algo y, las más de las veces, ese «algo» es una enfermedad o las complicaciones surgidas a raíz de ella.
Aun así, debemos comprender que el «funcionamiento normal» viene definido en parte por normas sociales además de biológicas. Por ejemplo, si usted tiene alucinaciones con frecuencia —es decir, si ve y oye cosas que nadie más ve ni oye— puede que lo llamen «psicótico» y que le diagnostiquen un trastorno psiquiátrico. Por otro lado, si usted ve cosas que nadie más ve y las convierte en películas, o si oye cosas que nadie más oye y las convierte en sinfonías, posiblemente sea usted director de cine o compositor. Si es capaz de domar su desbordante mente lo bastante como para generar una belleza o claridad originales, quizá gane un premio Nobel, tal como hizo John Nash. Por otra parte, si sus alucinaciones se produjeron en un contexto social distinto, puede que se tratara de un viaje psicodélico normal durante la década de 1960 o que estuviera actuando como chamán de su tribu.
Una de las conclusiones de lo expuesto es que incluso las «enfermedades mentales» democráticamente elegidas pueden considerarse normales si las circunstancias sociales se ajustan en consecuencia. Ahora bien, esta moraleja es una calle de doble sentido. Si las circunstancias sociales se ajustan en consecuencia, muchos problemas que no son en absoluto trastornos pueden diagnosticarse como si lo fueran. Y eso puede plantearle graves problemas.
Pongamos un ejemplo: si usted hubiese denunciado a la antigua Unión Soviética desde dentro, probablemente le habrían ingresado en un hospital psiquiátrico en lugar de encerrarlo en una prisión. ¿Por qué? Pues porque el partido definía a la Unión Soviética como el «paraíso de los trabajadores». Obviamente, cualquiera que se oponga a vivir en el paraíso está loco. Esto resulta bastante lógico, pero cuando todo un colectivo llama infierno o purgatorio al «paraíso» todos los días, dicha lógica se va al traste. Es un hecho igualmente claro que cabe abusar de la medicina como medio de control social o político.
Otro ejemplo: a finales del siglo XIX, todos los aspirantes a funcionario del estado de Nueva York (entre otros lugares de Estados Unidos y del Reino Unido) debían someterse a un examen frenológico. La frenología era, en apariencia, una «ciencia» que detectaba los rasgos de la personalidad de los individuos mediante la localización de diversos bultos en el cráneo. Un bulto detrás de la oreja izquierda significaba, supuestamente, que el sujeto era valiente; detrás de la oreja derecha, significaba que era egoísta. Decenas de rasgos del carácter quedaron registrados de este modo formando un «mapa» de bultos que abarcaba todo el cráneo. Ahora bien, la frenología se reveló como una ciencia absolutamente falsa y, por fortuna, su capacidad para ejercer un control social y político fue efímera.
Tomemos otro ejemplo. Supongamos que usted tuvo una mala experiencia en la vida que le causó una profunda impresión. Pongamos por caso que tuvo un accidente grave de coche, o que le atacó un animal peligroso, o que estuvo en combate o en otra situación que amenazara su vida. Si todavía le afecta el pasado, tal vez le «diagnostiquen» un TEPT, o trastorno de estrés postraumático. Suena muy impresionante, ¿no? ¿Qué significa exactamente? Significa que le afecta el pasado. Es decir, que le molesta su recuerdo, los sentimientos que le suscita, las preguntas que le plantea y el deseo de otorgarle sentido que le dicta el instinto de conservación. ¿Desde cuándo se han convertido los recuerdos en un trastorno objeto de diagnóstico por parte de los médicos y algunos psicólogos? ¿Acaso es ésa la mejor explicación que pueden darnos? Sintiéndolo mucho, ¡los filósofos podemos hacerlo tan bien o mejor! Todo el mundo tiene malos recuerdos además de buenos, pero lo que las personas necesitan no son esas explicaciones tremendistas de su significado.
¿El TEPT es un trastorno real o es un mero malestar? La American Psychiatric Association lo clasifica como «trastorno» en el DSM (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales). Una vez que un malestar se incluye por votación en el DSM como «trastorno», los psiquiatras y psicólogos clínicos pueden «diagnosticarlo». ¡Sí, los «trastornos» del DSM se eligen democráticamente! Las administraciones responsables de la asistencia sanitaria cada vez exigen más firmemente a los psicoterapeutas que efectúen «diagnósticos», pues de lo contrario las aseguradoras médicas no les reembolsarán por sus ser vicios. De modo que más les vale hallar algún «trastorno»» si quieren ganarse la vida. El TEPT resulta muy útil. Abarca un terreno muy amplio: todo su pasado. Cuanto mayor sea usted, más elementos del pasado le habrán resultado perniciosos.
Todo el mundo tiene un pasado y casi todo el mundo lamenta haber hecho o dejado de hacer determinadas cosas, y casi todo el mundo recuerda cosas tanto agradables como desagradables que le han acontecido. Como consejero filosófico, diría que cualquier persona a quien moleste su pasado tiene un malestar, pero no forzosamente un trastorno. Tratar un trastorno como si fuese un malestar constituye un error; tratar un malestar como si fuese un trastorno, también. ¿Cómo establecer la diferencia? No siempre resulta sencillo.
La clave está en que piense por sí mismo y encuentre la clase de ayuda más adecuada a su situación. La mejor asistencia es la asistencia apropiada. Pregunte. Vaya al médico y asegúrese de que goza de buena salud. Acuda a un psiquiatra, a un psicólogo, a un psicoterapeuta, a un asistente social o a un consejero filosófico y pídales su opinión profesional. Visite a su abuela y al gurú de su localidad. Hágase echar las cartas. Pero no olvide esto: del mismo modo que usted debe ser considerado inocente hasta que se demuestre su culpabilidad en asuntos penales, también debería ser considerado estable, funcional y cuerdo hasta que se demuestre que es inestable, disfuncional o demente en asuntos civiles, es decir, en la conducta personal y profesional que rige su vida. Ahora bien, las presunciones tanto de inocencia como de cordura se han visto seriamente socavadas en los últimos años por fuerzas políticas, sociales y comerciales que han hecho lo posible por minar las libertades fundamentales. Esto hace que resulte más complicado conseguir una vista imparcial ante un tribunal de justicia, y también lograr una opinión objetiva acerca de su malestar por parte de los profesionales de la «salud mental».
Por ejemplo: ¿está sucediendo algo en su vida? ¿Tiene que levantarse para ir a trabajar por la mañana? ¿Tiene reuniones o presentaciones o fechas límite con las que cumplir? ¿Está preparando un examen final, una entrevista de trabajo o una cita importante? ¿Está pasando por una transición difícil, como un divorcio o un cambio de profesión? ¿Tiene un hijo adolescente que pasa por una transición delicada? ¿Ha estado evitando un enfrentamiento inminente con un cónyuge, colega o jefe? ¿Sigue intentando encontrar sentido al terrorismo? Si cualquiera de estas situaciones le causa alguna clase de preocupación, supuestamente padece usted un «trastorno». Se llama trastorno de ansiedad social (TAS) y el medicamento concebido para tratarlo es el Paxil (paroxetina). Este medicamento se anuncia profusamente en los horarios de máxima audiencia de la televisión, ¡como una panacea contra el supuesto «trastorno» de tener preocupaciones en la vida! ¿Qué dice esto a propósito de la presunción de cordura? Dice que si usted siente cualquier clase de malestar, padece un trastorno llamado TGAS. O lo que es lo mismo, se supone que usted es inestable y disfuncional, o algo peor. ¿Quién lo dice? Lo dicen las empresas farmacéuticas, empeñadas en ganar un montón de dinero convenciéndole de que su malestar es un trastorno. No estamos ante un razonamiento científico, sino ante un negocio. Y en los negocios, más vale que el comprador se ande con cuidado.
Como consejero filosófico, diría que tener preocupaciones relacionadas con los acontecimientos importantes de la vida es perfectamente natural. Los atletas y los actores se ponen nerviosos antes de cada competición o actuación. Y eso es un buen síntoma: significa que están comprometidos con lo que hacen y que intentarán dar lo mejor de sí mismos. Si no sintieran nada antes de comenzar, significaría que no les importa. Cuando los nervios escapan a su control convirtiéndose en «miedo escénico» —otro malestar que no es un trastorno—, los actores cuentan con toda una gama de opciones a su disposición: betabloqueantes, hipnoterapia, psicoterapia, meditación, yoga, biofeedback y otras técnicas de relajación perfectamente viables. La mejor varía en cada caso.
Y lo que es mejor para su malestar concreto también depende de usted. De modo que si se da por satisfecho con el «diagnóstico» del doctor Televisión, estupendo; más estupendo todavía para la industria farmacéutica. Ahora bien, si a usted le preocupa de verdad su vida, lo más probable es que experimente cierto malestar al prever acontecimientos importantes y prepararse para ellos. Eso no es un trastorno; ¡es una oportunidad! El engaño se fundamenta en su confusión: si es capaz de diferenciar entre malestar y trastorno, no necesitará ningún medicamento para enfrentarse a los retos normales de la vida. ¿Qué necesitará en su lugar? ¡Una filosofía de la vida! Y este libro le ayudará a desarrollar una, o a articular la que ya haya desarrollado. La vida no es una enfermedad. Y sus pruebas y tribulaciones, por más que a veces le produzcan cierto malestar, tampoco constituyen los síntomas de un trastorno.
Que nadie me malinterprete. La investigación médica financiada por las empresas farmacéuticas ha desarrollado algunos potentes «medicamentos milagro» para curar o controlar trastornos reales. La naturaleza, maestra en bioquímica y farmacia, también ha desarrollado con el mismo objetivo sustancias asombrosas, muchas de las cuales quizá nunca lleguen a descubrirse debido a nuestro afán por convertir las selvas y los bosques en aparcamientos. Algunas personas sin duda sacan provecho de fármacos sintéticos como el Prozac y el Paxil, del mismo modo que otras se benefician de toda una gama de hierbas naturales. Ahora bien, cuando su química cerebral se estabilice y usted sea un sujeto funcional, seguirá necesitando una filosofía de la vida para hacer frente a todos los malestares con los que sin duda tropezará. Afortunadamente, todavía puede solicitar orientación filosófica «sin receta».
De modo que, por favor, piense detenidamente en la diferencia entre malestar y trastorno. Si realmente piensa que padece un trastorno, no dude en buscar la ayuda médica necesaria: reconocimiento, diagnóstico y tratamiento. Ahora bien, si lo que padece es un malestar, es decir, un desasosiego de su conciencia que nada tiene que ver con una disfunción orgánica, busque también la ayuda más apropiada: analice su manera de pensar y su estilo de vida. Descubra el modo de otorgar sentido a la situación que le atañe y aplique los principios que mejor le guíen para superarla. Esto es lo que se llama «filosofía aplicada». El nombre que propuso Aristóteles para este concepto fue frónesis, prudencia o sabiduría práctica.
Uno no siempre puede cambiar sus circunstancias, pero sí que puede cambiar siempre la manera en que las interpreta. ¡La manera que tiene de interpretar esas circunstancias es precisamente su filosofía de la vida! La pregunta que yo le hago es: ¿su filosofía de la vida actúa a favor de usted, contra usted o simplemente no actúa? Si ya le da buen resultado, magnífico; aunque seguro que le puede sacar aún más provecho. Si actúa contra usted, la cosa cambia; aunque puede conseguir que empiece a actuar a su favor. Si no actúa, es un desperdicio: póngala en marcha a ver qué sucede.
El médico cura, la naturaleza hace bien.
ARISTÓTELES
Estas tres disciplinas arrojan una importante luz sobre la condición humana, aunque lo hacen desde perspectivas muy diferentes. Cada una de ellas tiene algo único que ofrecer para ayudar al ser humano y —en función de su trastorno o malestar— cualquiera de ellas puede constituir el recurso más adecuado para un caso concreto. Debo insistir en que corresponde a quien busca ayuda (usted) descubrir quién será más adecuado para prestársela. Esto a veces resulta obvio. Por ejemplo, si le duele una muela, vaya al dentista. No obstante, los malestares de la vida no siempre resultan tan obvios. Si usted está padeciendo un malestar, ¿cómo sabe si va a encontrar la ayuda más adecuada acudiendo a un psiquiatra, un psicólogo o un filósofo; o, ya puestos, a un astrólogo, a un aromaterapeuta o a un guía de viajes astrales? A veces uno no sabe de antemano a quién consultar a propósito de una cuestión determinada, de modo que recurre al sistema de ensayo y error. Filosóficamente, esto le convierte a usted en un empírico: necesita aprender una lección importante a partir de la experimentación y la experiencia. Si usted encuentra una disciplina cuyas directrices le resultan útiles, probablemente se convertirá en entusiasta de ella y la recomendará a sus amigos. Filosóficamente, esto le convierte a usted en un pragmático: está convencido de algo porque da resultado en la práctica.
Ciertas clases de problemas pueden tratarse en un entorno único y exclusivo. Por ejemplo, un dentista y su asistente pueden encargarse de ese dolor de muelas mientras usted está sentado en su confortable sillón y soporta una leve molestia física. Otras clases de problemas quizá requieran la cooperación de muchos más profesionales. Por ejemplo, si usted está pasando por un reñido y desagradable divorcio que conlleva una batalla legal por la custodia de los hijos, además de un conflicto a propósito del reparto de bienes, tal vez precise la orientación de un abogado, un censor jurado de cuentas, un psicólogo infantil, un psicoterapeuta, un psiquiatra, un mediador, un clérigo y un filósofo; además de la de su mejor amigo. Y puede que tenga que soportar una considerable molestia emocional.
Ahora bien, si lo único que usted necesita es hablar con alguien sobre sus circunstancias para ordenar sus ideas o para discernir el sentido, propósito y valor que tienen en su vida, tal vez un filósofo sea quien pueda prestarle la ayuda más útil. En el mundo antiguo, así como a lo largo de la historia, los filósofos estaban a disposición de quien precisara orientación para superar los malestares de la vida; sin embargo, en el mundo moderno se han ido haciendo cada vez menos asequibles, y más inaccesibles e irrelevantes ante tales preocupaciones. Con todo, la gente ha echado de menos la clase de consejo que los filósofos pueden dar, así como la variedad de puntos de vista que son capaces de proponer. De ahí que en las últimas décadas la filosofía práctica haya experimentado un resurgimiento espectacular. Los filósofos han resurgido como consejeros de clientes individuales, moderadores de grupos y consultores para organizaciones. Además, algunos de nosotros estamos formando a filósofos para que se dediquen a la filosofía práctica como complemento de las funciones académicas que desempeñan como profesores y eruditos. (Para más información sobre cómo hallar o convertirse en filósofo práctico, véanse los recursos que aparecen al final de este libro.)
Sin embargo, no estamos intentando reemplazar o suplantar a la psiquiatría y la psicología. Simplemente devolvemos la filosofía al lugar que le corresponde, junto a otras profesiones cuyo objetivo es ayudar al individuo. Tampoco estamos tratando de minar la filosofía académica (es decir, «teórica»): al contrario, la mayoría de consejeros filosóficos de confianza se han licenciado siguiendo planes de estudios tradicionales de filosofía antes de iniciar su formación en filosofía aplicada.
Las personas deberían conocerse a sí mismas desde el punto de vista médico para así ser capaces de conservar su salud física, en la que se incluye el correcto funcionamiento de la química cerebral. Las visitas a médicos, psiquiatras incluidos, contribuyen a lograr este objetivo. De modo semejante, las personas deberían conocerse a sí mismas psicológicamente para así ser capaces de velar por su bienestar emocional. Comprender las fuerzas que condicionan y ejercen influencia sobre la personalidad, los hábitos, los gustos, las manías, las ambiciones, las aversiones y demás rasgos del carácter es imprescindible para el crecimiento personal. Existen muchas clases de psicólogos para ayudar en este proceso. Ahora bien, ¿qué hacer cuando usted es médicamente estable, emocionalmente equilibrado y sin embargo sigue sintiendo malestar a propósito de una cuestión candente? Este libro aconseja que aborde el asunto con filosofía: le propone una terapia para los cuerdos. Reforzar sus puntos de vista puede transformar su malestar en bienestar. Otorgar sentido filosófico a sus circunstancias es como hallar el ojo del huracán, el lugar donde podrá conservar la serenidad por más problemas que se arremolinen a su alrededor.
Esto es un arma de doble filo. Un malestar, si no se alivia, con el tiempo puede convertirse en un trastorno. Resulta mucho más fácil tratar un malestar con buenas ideas antes de que se convierta en un trastorno y precise atención médica. Un estado persistente de malestar puede contaminar o estropear los pensamientos, palabras y obras de un individuo; y también incidirá negativamente en su bienestar físico y emocional. Un dilema moral sin resolver, una injusticia pendiente o un propósito frustrado constituyen fuentes de malestar; si no se examinan filosóficamente, sin duda pueden manifestarse como problemas psicológicos e incluso médicos en un futuro más o menos lejano.
En un caso determinado, puede quedar claro que alguien precisa ayuda de un psiquiatra, un psicólogo o un filósofo. No hay que olvidar que en ocasiones más de una profesión puede aportar ayuda al sujeto en cuestión. También es posible que un caso quede en una zona intermedia entre dichas profesiones. Entonces también corresponde al paciente o cliente (usted) descubrir, empírica o pragmáticamente, la clase de ayuda que le resultará más útil. Cada disciplina tiene sus propias áreas de interés, y éstas en ocasiones se superponen. También hay un área central, común a todas ellas: lo que los mejores psiquiatras, psicólogos y consejeros filosóficos tienen en común es la capacidad de dialogar eficazmente con sus pacientes o clientes —y entre ellos— sobre cuestiones de sentido, propósito y valor en la experiencia vital.
El mayor descubrimiento de mi generación es que los seres humanos pueden cambiar de vida cambiando de actitud.
WILLIAM JAMES
Los filósofos están profundamente interesados en los sistemas de creencias. Muchos filósofos, desde Platón a William James, se han fijado en la función que desempeñan las creencias —para bien o para mal— en nuestra vida cotidiana. Hobbes observó que el mundo humano está gobernado por la opinión. Las opiniones no son más que creencias prematuras sobre asuntos que reclaman poderosamente nuestra atención inmediata. El examen filosófico de un sistema de creencias conlleva tratar de comprender no sólo lo que las personas creen, sino también cómo han llegado a creer lo que creen, qué razones tienen para creer en lo que creen, cómo afectan sus creencias a su modo de vida y hasta qué punto dichas creencias constituyen la fuente de su bienestar, trastorno o malestar.
Hay algo asombroso acerca de las creencias humanas y es que, con independencia de lo que uno llegue a creer acerca de algo, siempre cabe encontrar a alguien que crea lo contrario, o algo incompatible. Esto puede conducir a actos humanos que también resultan contradictorios o incompatibles. Por ejemplo, el emperador romano pagano Nerón ejecutaba cruelmente a las personas que creían en el cristianismo. Varios siglos después, la Inquisición ejecutaba cruelmente a quienes no creían en su versión del cristianismo. Nunca llegaremos a saber si Nerón y los inquisidores estaban locos o simplemente engañados.
Durante la guerra de Independencia de Estados Unidos, los signatarios de la Declaración de Independencia fueron considerados héroes en las trece colonias, mientras que la corona británica los tachó de traidores. Si hubiesen detenido a los «Padres Fundadores» los habrían ejecutado en la horca por traición. ¿Acaso eran suicidas estos signatarios? Rotundamente no. Eran hombres valientes que sólo actuaron después de mucho meditarlo tras un extenso debate público y cuyos actos se rigieron por profundos principios filosóficos.
Pongamos un ejemplo más espeluznante: la mayoría de americanos, europeos y asiáticos cree que los diecinueve árabes que secuestraron los cuatro aviones el 11 de septiembre de 2001 eran terroristas que cometieron crímenes despreciables contra la humanidad y afrentas a la civilización. Ahora bien, hay personas en el mundo islámico que creen que fueron mártires, héroes y guerreros.
Aunque el propósito de este libro es ayudarle a llevar a cabo cambios personales pacíficamente, examinando o cambiando su filosofía, veremos en el capítulo 4 que incluso los cambios políticos pueden llevarse a cabo sin guerra ni otra clase de violencia, sirviéndose una vez más de medios filosóficos.
Entretanto, estos ejemplos extremos de violencia ilustran no sólo el papel fundamental de las creencias para gobernar la conducta de la vida cotidiana de las personas, sino también cómo las creencias vitales acerca de las creencias de otras personas gobiernan las vidas de la gente. Comprender todo esto constituye una tarea filosófica. Comprender cómo las creencias, así como las creencias acerca de creencias, pueden mejorar o empeorar la vida humana también es una tarea filosófica.
Por si esto le llevara a pensar que soy un relativista moral, permítame corregir de inmediato sus creencias acerca de mis creencias. Un relativista moral cree que la bondad, el derecho y la justicia son relativos a las creencias de las personas. Dicho de otro modo, un relativista moral no sólo cree que los cristianos que Nerón arrojaba a los leones estaban justificados por su fe y su martirio, sino también que Nerón estaba justificado al martirizarlos. Los relativistas morales creen que fue una gran tragedia que tantos civiles inocentes murieran en los aviones secuestrados y en la destrucción del World Trade Center, pero también creen que los secuestradores eran guerreros que estaban justificados al hacer su yihad ateniéndose a sus reglas. La difusión del relativismo moral, y su lamentable patrocinio político en centros de educación superior americanos y europeos, ha traído mucha confusión al mundo occidental durante el último tercio del siglo XX. A millones de personas privadas de una brújula moral, entre otras herramientas filosóficas necesarias para analizar y comprender los sistemas de creencias, les resulta trabajoso cuando no imposible establecer un contexto para los sucesos de actualidad, por más espantosos que sean. Esto con frecuencia añade farsa a la tragedia.
Que quede claro: yo no soy un relativista moral. Creo que las personas deben ser libres de creer y rendir culto a su dios o dioses a su manera, pero dicha libertad jamás debería conllevar el derecho a hacer daño o matar al prójimo por el hecho de vivir de otra manera. Por consiguiente, tolero las creencias de los demás siempre y cuando éstas no sean intolerantes. De ahí que me identifique con los primeros mártires cristianos —que murieron por su fe pero no buscaban la muerte de otros por ella— mientras que condeno a Nerón, a la Inquisición y a todos los terroristas calificándolos de asesinos intolerantes. Mi condena no tiene nada que ver con el paganismo, el cristianismo o el islam: tiene que ver con el daño premeditado, que siempre aumenta y nunca disminuye el sufrimiento en el mundo. Por consiguiente, a mi entender se trata de algo malo. Y eso no es relativismo.
Como filósofo, conozco muchas maneras de defender o atacar, reforzar o socavar cualquier creencia o sistema de creencias. Hay filósofos capaces de abogar por cualquier punto de vista, por más sagaz o absurdo que sea; y tiempo atrás formábamos a defensores (entonces llamados «sofistas», ahora «abogados») que se ganaban la vida de este modo. Como consejero filosófico, me interesa lo que creen mis clientes, porque si sus creencias le hacen sentir malestar, y si usted carece de orientación filosófica para enfrentarse a dicho malestar constructivamente, es harto probable que sea propenso a sufrir innecesariamente y puede que extienda su malestar al prójimo de forma destructiva, como una virulenta plaga mental. Creo firmemente que algunas creencias causan más malestar que otras; y que algunas son más dañinas que otras. Esto tampoco es relativismo moral. (Abundaré más sobre la moralidad en el capítulo 2 y sobre el sufrimiento en el capítulo 5.) Existen muchas maneras de hacerse daño a uno mismo y a los demás, y el daño es malo. Esto es absoluto. También existen muchas maneras de ayudarse a uno mismo y a los demás, y la ayuda es buena. Esto también es absoluto. La forma en que decida ayudarse a sí mismo y a los demás depende de usted. Y esto sí que es relativo.
La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos.
MARCO AURELIO
Ahora volvamos a usted. ¿Qué le hace pensar? Como la mayoría de preguntas importantes, ésta resulta engañosamente simple. Aun así, es una gran pregunta y el punto de partida de nuestro viaje. Si vamos a pensar nuestro camino para adentrarnos o salir de lo que sea, antes deberíamos saber qué es eso de pensar y cómo sucede. Puesto que esta pregunta no tiene una única respuesta definitiva, procederemos a explorar distintas respuestas posibles y a comparar lo que aprendamos al hacerlo.
Quizá haya algunos neurocientíficos contemporáneos que consideren que estamos perdiendo el tiempo con una pregunta estúpida, puesto que es obvio (para ellos) que lo que nos hace pensar es el cerebro. ¿Ha hablado con una persona sin cabeza últimamente? ¿O ha mantenido una conversación fascinante con alguien que tenga la mala suerte de estar clínicamente muerto? Claro que no. Desde este punto de vista, el cerebro es lo que nos hace pensar y no hay vuelta de hoja. Cuando comprendamos el cerebro, comprenderemos el pensamiento. O eso sostienen.
Ahora bien, detengámonos un momento a pensar sobre qué es pensar y veamos qué entiende usted por pensamiento. ¿De qué color es un pensamiento? ¿Qué forma tiene? ¿Cuál es su longitud? ¿Qué masa tiene un pensamiento? ¿Cuánto pesa un pensamiento en la Luna? ¿Cuánto tiempo se tarda en pensar? Los pensamientos no son como las demás cosas; sus propiedades son muy diferentes.
¿Y qué sucede con los pensamientos conocidos como recuerdos? Cuando usted piensa en episodios de la infancia, o piensa en personas que conocía, ¿cómo se almacenan esos recuerdos? Si son estados electroquímicos del cerebro, ¿cómo se conservan? Si son moleculares, ¿cómo se reviven? ¿Cómo accede usted a esos datos según su voluntad y, a medida que envejece, por qué ya no tiene acceso a todo cuando quiere? ¿Y por qué, hacia el final de la vida, los recuerdos más antiguos regresan con tanta claridad?
Puesto que nadie tiene respuestas para estas preguntas, no acaba de resultar satisfactorio concluir que el cerebro es lo que nos hace pensar. Eso es como decir «las piernas nos hacen caminar» o «el motor hace que el coche avance». Si bien está claro que las personas cuyas piernas no funcionan no pueden caminar, y que los coches con motores que no funcionan no van a ninguna parte, igual que los cuerpos con un cerebro que no funciona no piensan nada, otra cosa es explicar qué son los motores (lo cual podemos hacer, puesto que los hemos inventado) o qué es el cerebro (lo cual no podemos hacer, puesto que apenas estamos empezando a comprender su funcionamiento).
Estoy mirando dos imágenes en color de un cerebro (resonancias magnéticas) publicadas en un número reciente de la revista Newsweek. Una muestra un cerebro «normalmente consciente»; la otra, el cerebro de un budista en meditación profunda (samadhi). Ambas diapositivas muestran que diferentes áreas del cerebro «se encienden» en función de diferentes estados cerebrales, que a su vez están influidos por distintos estados de ánimo. No puede decirse que esto resulte muy sorprendente. Si usted decide fundirse la tarjeta de crédito en las tiendas de la Quinta Avenida, sin duda activará determinados conjuntos de circuitos cerebrales durante ese proceso. Si, por otra parte, decide fundir su apego a las cosas mundanas mediante la meditación, sin duda activará otros conjuntos de circuitos cerebrales. Tomar imágenes de estos estados mentales tiene su interés. Ahora bien, tal como nos recordó el filósofo Alfred Korzybski, «el mapa no es el territorio». Los estados cerebrales son el efecto de causas, y esas causas son noéticas, es decir, relativas a la mente. Alguien deseaba comprar, o deseaba meditar, y ese alguien es distinto de quien compra o quien medita, y distinto del cerebro del que compra y del cerebro del que medita. ¡Puede que ese «alguien» sea incluso una ficción! Ese alguien puede no ser nadie, o una parte de todo el mundo.
Una imagen del cerebro no es una imagen de la mente ni de la conciencia. No existen imágenes de la mente, puesto que la mente no es algo físico. No podemos sacar fotografías de los deseos, intenciones, actitudes, creencias, apegos, desapegos, concepciones, significados, identidades, alegrías y pesares; posiblemente porque esas cosas se originan en la mente y el cerebro no hace más que reflejarlas. Incluso si la mente surge del cerebro, la mente tiene propiedades independientes de las del cerebro. Es su voluntad —es decir, el enfoque de su conciencia— lo que en parte determina su estado cerebral. Mostrar una fotografía de un cerebro iluminado de una forma determinada y sostener que esto «explica» el samadhi es como mostrar una imagen de un árbol iluminado con bombillas de colores y decir que eso «explica» la Navidad.
Así pues, lo que le hace pensar no es el cerebro, sino su conciencia. Las mentes son fuentes locales de conciencia. El pensamiento es lo que irradia la mente. Igual que las formas físicas de energía radiante, el pensamiento tiene propiedades tales como amplitud, frecuencia e intensidad. A diferencia de las formas físicas de energía radiante, el pensamiento también tiene propiedades tales como apego, sentimiento y juicio.
En resumen, su conciencia es la fuente que le permite pensar, y también consume gran cantidad de alimento para pensar. Ingiere toda suerte de nutrientes, unos más tóxicos que otros: intenciones, deseos, revelaciones, prejuicios, razones, pasiones. Si desea pensar con claridad, precisará nutrir su mente con la comida más saludable que tenga a su alcance. Esa comida es la filosofía: grandes pensamientos en contraposición a pensamientos basura.
Su vida es un vehículo. Su cerebro es el motor de ese vehículo. Si el motor funciona correctamente (y todos los demás sistemas también), el vehículo puede moverse. A continuación surgen otras grandes preguntas: ¿hacia dónde se moverá? ¿Con cuánta rapidez o lentitud? ¿Por qué camino? ¿Cuántas paradas hará? ¿Quién más lo acompañará en el viaje? Para que estas preguntas sean significativas, necesitamos un conductor. Ese conductor es su mente. Sin una mente, el vehículo sin conductor de su vida no va a ninguna parte. Ahora bien, si su mente se pone al volante, el vehículo puede llevarle a un viaje maravilloso. Literal y figuradamente, será el viaje de su vida.
Nadie, mientras avance entre las corrientes de la vida, se verá libre de problemas.
CARL JUNG
Sólo hay dos clases de cosas que pueden llevarle a pensar que algo está mal: un trastorno o un malestar. El término marca una enorme diferencia.
Si su estado de salud física corre peligro por culpa de un trastorno, sea una infección bacteriana o una afección cardíaca, puede que sienta síntomas incómodos. Eso es potencialmente algo bueno: los síntomas le alertan de que algo va mal. Si está en condiciones de hacer algo para curar el trastorno, en retrospectiva los síntomas le habrán ayudado a sobrevivir. Esa clase de incomodidad puede ser un salvavidas. ¿Acaso preferiría un perpetuo bienestar? Compare el panorama de los síntomas incómodos con una persona aparentemente sana que, sin previo aviso, muere repentinamente de un ataque al corazón o un derrame cerebral. Yo preferiría la incomodidad de la advertencia, gracias, y apuesto a que usted también. La moraleja filosófica de este ejemplo es que el dolor y la incomodidad no son siempre ni forzosamente algo malo.
De la misma manera, el placer no es siempre ni forzosamente algo bueno. El dolor es bueno cuando nos advierte de que algo va mal y requiere atención, como en el caso de un dolor de muelas o un ataque de apendicitis. Asimismo, los placeres son malos cuando no nos advierten que algo va mal y requiere atención, como por ejemplo en el caso de una adicción a los estupefacientes. Si bien se supone que inyectarse heroína es muy placentero, con frecuencia se causan daños terribles para conseguir el dinero necesario para adquirir la droga; y el estilo de vida de un adicto no es precisamente algo muy grato. Del mismo modo, si bien el sexo es a todas luces placentero, uno puede contraer o propagar enfermedades potencialmente fatales, como el VIH, al practicarlo.
En cualquier caso, si usted padece un trastorno que viene acompañado de un conjunto de síntomas, empezará a pensar que algo va mal porque se sentirá distinto a su estado normal, independientemente de cómo se sienta normalmente. Ésta es una situación interna.
El malestar es harina de otro costal. Para empezar, su origen es externo. Cada uno de los cinco sentidos de los que disponemos normalmente puede causarnos malestar al atraer la atención de nuestra mente hacia un estímulo que consideramos perturbador.
Pongamos como ejemplo algo que llegue a nuestra mente por medio de la visión. Para los que vemos, la vista es el sentido más poderoso y, por lo tanto, las cosas que vemos pueden causarnos el mayor malestar. Pongamos por caso que va caminando tranquilamente por la calle y de pronto ve algo que no está acostumbrado a ver en su vecindario; quizá una pareja de homosexuales que va de la mano, o un vagabundo que le pide limosna, o un joven con el pelo teñido de azul y el cuerpo acribillado de piercings.
Estas personas no representan ningún peligro ni amenaza para usted personalmente, sin embargo, cabe que el mero hecho de verlas le cause malestar. ¿Por qué? Ante todo porque las imágenes que percibe desentonan con ciertas nociones preconcebidas que tiene acerca de la heterosexualidad, la prosperidad o la moda. Lo cierto es que sólo existen tres modos de resolver ese malestar. En primer lugar, podría intentar expulsar a esas personas de su barrio, y, por consiguiente, de su campo de visión. Esto sin duda le acarrearía nuevos problemas, entre los que cabría destacar la violación de los derechos de estas personas. En segundo lugar, puede intentar convencerlas de que sean más parecidas a usted: en este caso, heterosexuales con empleo y sin piercings. Esto probablemente supondrá una gran pérdida de tiempo. En tercer lugar, puede preguntarse cuáles son exactamente las creencias que hacen que esa información visual le cause malestar. En la medida en que esas personas que ve en la calle no le inflijan daño alguno, lo más fácil y práctico para usted será cambiar sus prejuicios para aceptar la homosexualidad, el que haya gente que pide limosna y el piercing en lugar de tratar de cambiar a los homosexuales, a los mendigos y a los aficionados al piercing para acomodarlos a sus prejuicios.
Lo mismo es válido para todos los demás sentidos: el oído, el olfato, el gusto y el tacto. En la medida en que un estímulo no sea dañino, el malestar que le cause será predominantemente resultado de su juicio previo a dicho estímulo. Si desea desterrar el malestar y sentirse a gusto, destierre sus prejuicios. Los ejercicios filosóficos contenidos en este libro le ayudarán a conseguirlo. Puede que resulte más fácil decirlo que hacerlo, pero sin duda merece la pena intentarlo.
Tropezamos con infinidad de placeres y dolores durante el viaje de nuestra vida: bienestar, trastorno y malestar. Aunque casi todas las personas casi siempre pueden encontrar algo malo en su vida, y pese a que todos, tarde o temprano, moriremos de una u otra disfunción corporal, la norma de la vida en sí misma es estar bien, no enfermo. Use las señales que recibe de que algo está mal para enmendarlo. Ocultar los síntomas sin corregir el problema subyacente que anuncian constituiría un desastre. Debemos agradecer esas señales, aunque resulten incómodas. Sólo si afrontamos el problema seremos libres de deleitarnos en el bienestar.
No son las cosas lo que trastorna a las personas, sino los puntos de vista que éstas adoptan respecto de las cosas.
EPICTETO
Ahora que ya conocemos las dos únicas buenas razones para suponer que algo va mal (trastorno y malestar), el paso siguiente es saber cuándo le pasa algo malo. El trastorno y el malestar pueden dar lugar a dos clases de advertencias: el dolor y el sufrimiento, respectivamente. No todos los trastornos le causarán dolor de inmediato, de modo que lo mejor para usted será, obviamente, descubrirlos cuanto antes. Muchas personas tienen la mala costumbre de hacer caso omiso ante las molestias físicas aparentemente de escasa importancia. Las personas atareadas y de éxito suelen ser las más negligentes en este sentido, en parte porque el éxito confiere a veces una falsa sensación de invulnerabilidad y en parte porque las agendas apretadas no toleran la enfermedad fácilmente.
Si su cuerpo experimenta un dolor inusual puede que le esté pasando algo malo, como un trastorno. Esto está bastante claro. Ahora bien, ¿qué pasa cuando lo que usted experimenta es sufrimiento? Éste surge tanto del malestar como del trastorno. ¿Hay algo malo en su entorno, o en una relación, que sea la causa de su malestar? ¿Sufre porque alguien le está haciendo sufrir o porque usted mismo se hace sufrir? Suponiendo que nada ni nadie le esté haciendo daño, esta dicotomía es falsa. Usted puede culpar a los demás de su malestar, pero el sufrimiento es sólo suyo. Esto es algo positivo, pues si es suyo, puede repudiarlo.
Debemos ser cuidadosos cuando aludimos al sufrimiento en contraposición al dolor. A veces, el sufrimiento es el reflejo de un problema físico. Por ejemplo, es evidente que las personas que padecen una depresión crónica sufren por culpa de su depresión, la cual puede estar causada a su vez por un problema en su química cerebral, de modo que no pueden eliminar el sufrimiento valiéndose sólo de su fuerza de voluntad. En este caso, el sufrimiento quizá se vea aliviado mediante un medicamento. Esta clase de sufrimiento es el equivalente de un «dolor en el cerebro», pues tiene un origen a todas luces físico. El cerebro no siente dolor por sí mismo, de modo que un trastorno del cerebro quizá se traduzca en un sufrimiento de la mente. Así pues, algunos dolores aparentes son en realidad productos de la imaginación. El ejemplo clásico de esto es el llamado «dolor fantasma», es decir, el que los amputados sostienen padecer en los miembros que ya no tienen. Si su pierna derecha le duele pero no existe, es imposible que a su pierna derecha le pase algo malo.
Por tanto, nuestra tarea principal consiste en comprender las clases de sufrimiento que son fruto de nuestras propias creencias, prejuicios y hábitos, y que, por consiguiente, cabe aliviar modificando las creencias, desterrando los prejuicios y cambiando de hábitos. O lo que viene a ser lo mismo, sirviéndose de la filosofía aplicada.
¿Acaso todo sufrimiento indica que le ocurre algo malo en la mente? ¡En absoluto! El sufrimiento, aun no siendo necesario ni bueno por sí mismo, puede ser un gran maestro, el medio para alcanzar un fin mejor. (El capítulo 5 revela algunas de sus lecciones.) Por favor, no me interprete mal: no estoy diciendo que deba buscar el sufrimiento para luego conseguir superarlo; sería absurdo. Los californianos bautizaron esta actitud con el nombre de síndrome del «date de cabezazos contra la pared porque te sentirás muy bien cuando dejes de hacerlo». Ahora bien, si usted ya está sufriendo y lo que busca es comprender las verdaderas causas de ese sufrimiento, quizá llegue a descubrir que la verdadera causa es usted mismo. Si tal es el caso, y para muchos lo es, entonces es que usted ha decidido sufrir y, por lo tanto, usted tiene la capacidad de reducir o eliminar su sufrimiento decidiendo no sufrir.
Ésta es, pues, una gran pregunta para las personas que sufren: ¿sufre usted porque le pasa algo malo, como en el caso de un trastorno? ¿O sufre porque se está engañando a sí mismo, como en el caso de un malestar? Existe una inmensa industria, respaldada por un pensamiento poco profundo y con unos bolsillos muy hondos, cuya misión es convencerle de que usted sufre sólo, o fundamentalmente, porque le pasa algo malo. Para contrarrestar esto, hay una pequeña industria filosófica creciendo en todo el mundo, con unos bolsillos poco hondos pero respaldada por un pensamiento muy profundo, cuya misión es convencerle de que usted sufre sólo, o fundamentalmente, porque se está engañando a sí mismo.
Dicho esto, si está dispuesto a enfrentarse filosóficamente a unas cuantas grandes preguntas, siga leyendo. Si antes necesita tomar Prozac o Paxil, no deje de hacerlo. Las grandes preguntas permanecerán. Si necesita unos pocos años de psicoterapia o unas cuantas décadas de psicoanálisis antes de ponerse filosófico, tampoco pasa nada. Siempre y cuando disponga de tiempo. Las grandes preguntas estarán aguardando. La vida siempre está dispuesta a cambiarle. ¿Cuándo estará usted dispuesto a cambiar su vida?