Prólogo a la presente edición

por Paco Cabezas

Prepárate para viajar en el tiempo.

El destino: Nueva York, 1896.

Si dependiese de mí estas dos frases compondrían el prólogo más corto de la historia.

Por dos razones: una es el extremo agotamiento, y la otra es el inmenso respeto que le tengo al autor, Caleb Carr. No sé en qué estarían pensando los editores de este magnífico libro que descansa en tus manos para pedirme, precisamente a mí, que escribiese estas palabras. Debe de ser por el hecho de que ahora mismo me encuentro dirigiendo la serie El alienista, dando carne y vida a esta historia tras la cámara, con un increíble elenco, cientos de extras vestidos de época hasta en el mínimo detalle (peinados, sombreros, zapatos, instrumental de cirugía... hasta los helados que comen los personajes están verificados por un historiador), y todo en un estudio construido en Budapest que reproduce milímetro a milímetro la gran y podrida manzana de finales del siglo XIX. De ahí, como decía, el extremo cansancio.

Y, por otro lado, el respeto hacia Caleb Carr. Para mí, el titánico esfuerzo de este escritor, empujando cual Sísifo una piedra inmensa a lo largo y ancho de Manhattan, lo convierte en un verdadero héroe. El amor hacia sus personajes, hacia Laszlo, Sarah, Moore, Stevie... es lo que me ayuda a levantarme cada día a las cinco de la mañana, después de haber dormido apenas cuatro horas, pensando en cómo rodar una escena en la morgue con el cadáver de un niño o cómo rodar una persecución por los tejados de la ciudad, y, perdóname el spoiler pero se me hace muy difícil hablar de esta novela sin desvelar lo que me fascina de ella. Así que déjame advertírtelo una última vez: si quieres viajar en el tiempo, ahora mismo, sin saber en absoluto hacia qué oscuros rincones del alma te va llevar esta travesía, no sigas leyendo este prólogo y zambúllete en la lectura de El alienista. Debo de ser el único autor de un prólogo que le pide a gritos al lector que deje de leerlo...

¿Sigues ahí? En ese caso déjame contarte lo que significa para mí ser un contador de historias. Para mí, que no creo en los genios ni en los artistas, el buen contador de historias es un artesano. No sé lo que significa la palabra artista (a menos que hablemos de Lola Flores) y hace tiempo que dejé de creer en el concepto del arte en sí. Para mí, el arte decidió prostituirse hace mucho y vive en un pisito en la Rambla de Barcelona, retirado y tranquilo. En lo que sí creo es en el trabajo y en las historias bien contadas. En las historias como un bálsamo para soportar los absurdos y brutales vaivenes de la vida, que te dejan con cara de tonto, sin entender nada.

La vida no tiene actos, no tiene desenlance ni estructura dramática, ni siquiera cómica, la muy puñetera. La vida nos duele: se te muere un hermano o de repente lees la noticia de alguien que asesina y abusa de un niño o en un instante —¡crash!—, ya no estamos aquí, dejamos de ser, corte a negro, ni siquiera un maldito fundido.

Y tratamos de buscarle un sentido a esa catarata de cosas que nos pasan, o, más que un sentido, convertir ese ruido en una melodía, la furia y el ruido en algo bello.

Y eso es lo que hace tan bien Caleb Carr: convertir el horror en belleza, dotar a la muerte de sentido, de música, acompañarnos en este viaje espeluznante que es la vida y encontrar la luz en los lugares más oscuros.

No te equivoques, El alienista es un libro muy oscuro, es un libro violento, triste, brutal, pero también bello. Se parece más a una composición de Wagner o a un tema de The Pixies, operístico, apasionado y a veces incómodo. Y es que, como decía Radio Futura (y prometo parar con las referencias pop): «Hay cosas en la noche que es mejor no ver.» O igual sí.

El alienista explora temas que te van a perturbar, que probablemente activen zonas de tu cerebro que no quieras explorar... La prostitución infantil, asesinatos en serie, cuerpos destrozados, deseos oscuros insatisfechos... Hay cosas en este libro que me recuerdan a la primera serie que rodé, Penny Dreadful. Tanto aquellos personajes como estos son esclavos de sus propios deseos y conforman una extraña familia que necesita expresarse más allá de los corsés que les imponen, las rígidas costumbres de una sociedad opresiva en la que andan enmarañados. Y, curiosamente, solo a través de esta aventura, de esta busqueda extraña y clandestina, conseguirán revelar quiénes son en realidad.

Si hay aún esperanza para el arte —vayamos un momento a su pisito de Las Ramblas y llamemos al telefonillo a ver si está— es a través de la provocación. El alienista es una novela provocativa para los tiempos políticamente correctos en que vivimos. Hay temas de los que preferiríamos no hablar, lugares que preferiríamos no visitar, y la narración de Caleb Carr es tan minuciosa que realmente te trasladas a prostíbulos infantiles, te ves yendo de la mano de un adolescente travestido, subiendo a una de las habitaciones del Golden Rule. ¿Quiere Caleb Carr ponernos en la piel del monstruo? Porque no olvidemos que vivimos rodeados de monstruos, monstruos que hacen cosas terribles, y Laszlo Kreizler cree que puede acercarse a ese monstruo, comprenderlo, estudiarlo sin mancharse las manos de sangre. Pero el acercamiento científico solo sirve para teorizar en una pizarra; la vida real te mancha.

Te estoy empezando a aburrir, así que voy a ir al grano: lee este libro hasta el final.

Este libro habla de muchas cosas, pero después de reflexionar durante estos meses de rodaje creo que he encontrado la razón por la que me fascina. El alienista habla de la pérdida de la inocencia. De la inocencia de Nueva York como metrópoli y la de estos niños de la calle que han crecido demasiado rápido. La terrible inocencia de un mundo de «adultos infantilizados» que cenan en Delmonico’s mientras la gente muere de hambre en las calles, o van a una subasta para la prevención de la crueldad de los huérfanos mientras estos mismos niños sirven la comida.

No es muy diferente el Nueva York de 1896 del mundo en que vivimos ahora. Sigue habiendo pobres muy pobres y ricos muy ricos, y todos seguimos contemplándonos en el mismo espejito sin mirar demasiado a los lados, no vaya a ser que nos hagamos daño. El ruido nos abruma. La furia nos confunde.

Es por eso por lo cap te pido que devores este libro, que llegues hasta el final. Cuando lo hagas, habrás cambiado, habrás despertado en ti un nuevo sentido que no conocías. Reclínate y escucha a tu alrededor, quizá descubras, al igual que Laszlo Kreizler, que los hechos que nos rodean están conectados, que hay un orden dentro del caos. Que debajo del ruido, si escuchas con atención, puede esconderse una melodía.

Preparate para viajar en el tiempo.

El destino: Nueva York, 1896.

Dedicatoria

Este libro está dedicado a

ELLEN BLAIN, MEGHANN HALDEMAN,

ETHAN RANDALL, JACK EVANS

y EUGENE BYRD

Quienes quieran ser jóvenes cuando sean viejos,

deberán ser viejos cuando sean jóvenes.

JOHN RAY, 1670

el_alienista-4.xhtml

NOTA

Antes del siglo XX, a las personas que padecían una enfermedad mental se las consideraba «alienadas», apartadas no sólo del resto de la sociedad sino de su auténtica naturaleza. Por tanto, a los expertos que estudiaban las patologías mentales se les denominaba «alienistas».

el_alienista-5.xhtml

AGRADECIMIENTOS

Cuando llevaba a cabo las investigaciones preliminares para este libro, se me ocurrió pensar que el fenómeno que ahora llamamos asesinatos en serie se había venido dando desde que los seres humanos nos agrupamos para formar sociedades.

Esta opinión de simple aficionado obtuvo la confirmación, junto con cauces de investigación más profunda, por parte del doctor David Abrahamsen, uno de los principales expertos de Estados Unidos sobre el tema de la violencia en general y de los asesinatos en serie en particular.

Deseo agradecerle el tiempo que dedicó a comentar el proyecto.

Quiero expresar también mi agradecimiento al personal de los Archivos Harvard, de la Biblioteca Pública de Nueva York, de la Sociedad Histórica de Nueva York, del Museo Norteamericano de Historia Natural y de la Sociedad de Bibliotecas de Nueva York, pues todos ellos me prestaron su inestimable colaboración.

A John Coston, que en las primeras etapas me sugirió importantes vías de investigación y me dedicó su tiempo para intercambiar ideas, le estoy particularmente agradecido.

Muchos autores, a través de sus escritos sobre los asesinatos y los asesinos en serie, han contribuido sin saberlo a este relato. De todos ellos hay algunos a quienes no puedo dejar de expresar mi agradecimiento: a Colin Wilson, por sus exhaustivas historias sobre el crimen; a Janet Colaizzi, por su brillante estudio de la locura homicida desde 1800; a Harold Schechter, por su análisis del desgraciadamente famoso Albert Fish (cuya famosa nota a la madre de Grace Budd inspiró el documento similar de John Beecham); a Joel Norris, por su tratado justamente famoso sobre los asesinos en serie; a Robert K. Ressler, por sus memorias de una vida dedicada a apresar a tales individuos; y, una vez más, al doctor Abrahamsen, por sus estudios sin parangón sobre David Berkowitz y Jack el Destripador.

Tim Haldeman proporcionó al manuscrito el beneficio de la visión de un auténtico experto. He valorado sus incisivos comentarios casi tanto como valoro su amistad.

Como siempre, Suzanne Gluck y Ann Godoff me guiaron desde la absurda idea inicial hasta el proyecto acabado, con entrega, habilidad y afecto. Creo sinceramente que todos los escritores deberían tener agentes y editores así.

La habilidad, diligencia y buen humor de Susan Jensen a menudo ayudaron a mantener al lobo lejos de la puerta, y se lo agradezco.

Irene Webb supervisó en la otra costa, con un encanto y una pericia consumados, el destino de esta narración, por lo que estoy en deuda con ella.

A Scott Rudin me gustaría darle las gracias por su temprana y espectacular profesión de fe.

A través de su propia percepción psicológica, Tom Pivinski contribuyó a convertir las pesadillas en prosa. Ha sido como un puntal.

James Chace, David Fromkin y Rob Cowley me proporcionaron la amistad y los consejos tan necesarios para un proyecto como éste. Me siento orgulloso de considerarlos mis camaradas.

Estoy especialmente agradecido a mis compañeros del Grupo de los Cuatro en La Tourette: Martin Signore, Debbie Deuble y Yong Yoon.

Para finalizar, me gustaría dar las gracias a mi familia, en particular a mis primos Maria y William von Hartz.

el_alienista-6.xhtml

Primera parte

Percepción

el_alienista-7.xhtml

Mientras una parte de lo que percibimos penetra a través de nuestros sentidos a partir del objeto que tenemos ante nosotros, otra parte (y tal vez ésta sea la mayor) surge siempre de nuestra propia mente.

William James

Principios de psicología

Estos pensamientos de sangre,

¿qué es lo que les habrá dado vida?

Francesco Piave

del Macbeth de Verdi

el_alienista-8.xhtml

1

8 de enero de 1919

Theodore está en la tumba.

Las palabras, mientras las escribo, tienen tan poco sentido como la visión de su ataúd descendiendo al interior del suelo arenoso, cerca de Sagamore Hill, el lugar que más amó sobre la tierra. Mientras yo permanecía allí de pie esta tarde, bajo el frío viento que soplaba del estrecho de Long Island, me dije: «Sin duda es una broma. Seguro que de golpe abrirá la tapa, nos cegará con su ridícula sonrisa y nos perforará los tímpanos con su risa estridente como un ladrido. Entonces exclamará que hay trabajo por hacer —“¡Hay que poner manos a la obra!”— y todos nos movilizaremos en la tarea de proteger una ignorada especie de salamandras acuáticas contra los destrozos de un gigante industrial depredador, empeñado en montar una pestilente fábrica sobre el terreno de cría de los pequeños reptiles.» No era yo el único que albergaba semejantes fantasías. Todo el mundo en el funeral esperaba algo por el estilo; estaba escrito en sus rostros. Todas las noticias indicaban que la mayor parte del país, y gran parte del mundo, compartía este sentimiento. La idea de que Theodore Roosevelt nos hubiera dejado era... inaceptable.

La verdad es que se había ido apagando desde hacía más tiempo del que nos gustaría admitir; en realidad, desde que murió su hijo Quentin en los últimos días de la «Gran Masacre». Cecil Spring-Rice había comentado en una ocasión, con su mejor mezcla de afecto y socarronería británicos, que Roosevelt había concluido su vida «alrededor de los seis años». Y Herm Hagedorn advirtió que después de que derribaran de los cielos a Quentin en el verano de 1918, «el muchacho que había dentro de Theodore había muerto». Esta noche he cenado con Laszlo Kreizler en Delmonico’s, y le he mencionado el comentario de Hagedorn. Durante los dos platos que aún me quedaban por comer, me he visto obsequiado con una larga y apasionada explicación de por qué la muerte de Quentin había significado algo más que una simple pena desgarradora para Theodore: también había despertado en él un profundo sentimiento de culpabilidad. Se sentía culpable por haber inculcado en sus hijos su filosofía sobre «la vida activa», lo cual a menudo les había llevado a exponerse deliberadamente al peligro, conscientes de que eso complacería a su querido padre. El dolor casi siempre había sido insoportable para Theodore, y yo siempre me había dado cuenta de ello: cada vez que tenía que enfrentarse a la muerte de alguien próximo a él parecía como si no fuera capaz de sobrevivir a aquella adversidad. Pero hasta esta noche, mientras escuchaba a Kreizler, no he comprendido hasta qué punto la inseguridad moral había sido también insoportable para nuestro vigésimo sexto presidente, el cual a veces se veía a sí mismo como la Justicia personificada.

Kreizler... Él no había querido asistir al funeral, aunque a Edith Roosevelt le habría gustado verle. Ella siempre se había mostrado realmente objetiva hacia el hombre al que apodaba «el enigma», el brillante doctor cuyos estudios sobre la mente humana habían inquietado tan profundamente a tanta gente durante los últimos cuarenta años. Kreizler le había escrito una nota a Edith explicándole que no le gustaba la idea de un mundo sin Theodore y que, dado que ya tenía sesenta y cuatro años y había pasado su vida mirando de frente a la fea realidad, pensaba que ahora podía permitírselo e ignorar el hecho de la muerte de su amigo. Edith me ha dicho hoy que leer la nota de Kreizler la había conmovido hasta las lágrimas porque había comprendido que la cordialidad y el entusiasmo sin límites de Theodore (los cuales habían repelido a tantos cínicos e incluso a veces —estoy obligado a decirlo en interés de la integridad periodística— hasta a sus amigos les había resultado difícil tolerar) habían sido lo bastante fuertes como para enternecer a un hombre cuyo distanciamiento de la sociedad humana parecía intolerable a casi todo el mundo.

Algunos de los muchachos del Times querían que yo asistiera a una cena conmemorativa esta noche, pero me ha parecido mucho más adecuada una tranquila velada con Kreizler. No hemos levantado nuestras copas por nostalgia de una infancia compartida, pues en realidad Laszlo y Theodore no se conocieron hasta entrar en Harvard. No, Kreizler y yo hemos dirigido nuestros corazones a la primavera de 1896 —¡hace ya casi un cuarto de siglo!— y a una serie de acontecimientos que aún parecen demasiado extraños para haber ocurrido incluso en esta ciudad. Al finalizar los postres y probar el Madeira (cuán enternecedor celebrar una cena conmemorativa en Delmonico’s, el querido Del’s, ahora camino de la desaparición, como el resto de nosotros, pero en aquel entonces el bullicioso escenario de algunos de nuestros encuentros más importantes), los dos estábamos riendo y meneando nuestras cabezas, asombrados de que hubiésemos podido pasar la dura prueba salvando el pellejo y al mismo tiempo tristes —como he podido ver en el rostro de Kreizler y sentir en mi propio pecho— al pensar en aquellos que no lo consiguieron.

No hay una forma sencilla de describirlo. Podría decir que, mirándolo retrospectivamente, parece que las vidas de nosotros tres, y las de muchos otros, se vieron arrastradas inevitable y fatídicamente hacia aquella experiencia, pero entonces estaría introduciendo el tema del determinismo psicológico y cuestionando el libre albedrío del ser humano; en otras palabras, reabriría el acertijo filosófico que aparecía y desaparecía incontrolablemente en aquel angustioso proceso, como la única melodía tarareable de una ópera difícil. O podría decir que en el transcurso de aquellos meses, Roosevelt, Kreizler y yo, ayudados por algunas de las mejores personas que he conocido en mi vida, partimos en pos de un monstruoso asesino y terminamos enfrentándonos a una criatura asustada; pero esto sería deliberadamente vago, excesivamente cargado con esa «ambigüedad» que parece fascinar a los novelistas de hoy en día y que últimamente me ha mantenido lejos de las librerías y de los cinematógrafos. No, sólo hay una forma de conseguirlo, y es explicando todo lo ocurrido, retrocediendo a aquella primera noche espantosa y a aquel primer cadáver mutilado; o incluso más atrás, a nuestra época con el profesor James en Harvard... Sí, rastrearlo todo hasta el principio y exponerlo ante el público: ésta es la forma correcta.

Aunque puede que al público no le guste. En realidad fue la preocupación por cómo reaccionaría la opinión pública lo que nos obligó a mantener nuestro secreto durante tantos años. La mayoría de las notas necrológicas sobre Theodore ni siquiera han hecho referencia al acontecimiento. En el repaso de sus logros como presidente de la Junta de Comisarios de la Policía de la Ciudad de Nueva York entre los años 1895 y 1897, sólo el Herald —que apenas se lee en la actualidad— menciona, como si de algún modo le incomodara: «Y, por supuesto, están los espantosos homicidios de 1896, que tanta consternación produjeron en la ciudad.» Sin embargo, Theodore nunca exigió reconocimiento alguno por la solución de aquel enigma. La verdad es que, a pesar de sus propias dudas, era un hombre lo bastante liberal como para poner la investigación en manos de un hombre capaz de solucionar aquel rompecabezas. En privado siempre reconoció que ese hombre era Kreizler.

Pero en público difícilmente habría podido hacerlo. Theodore sabía que el pueblo norteamericano no estaba preparado para creerle, ni siquiera para escuchar los detalles de la declaración. Me pregunto si lo estará ahora. Kreizler lo pone en duda. Le he dicho que tengo intención de escribir la historia, y me ha respondido con una de sus risitas sardónicas, diciéndome que sólo conseguiré asustar y repeler a la gente, nada más. En realidad el país, me ha comentado esta noche, no ha cambiado gran cosa desde 1896, a pesar de la gente como Theodore, Jake Riis, Lincoln Steffens, y muchos otros hombres y mujeres de su misma clase. Todos estamos huyendo aún, según Kreizler: en nuestros momentos más íntimos, los norteamericanos huimos tan veloces y asustados como lo hacíamos entonces, escapando de la oscuridad que sabemos yace detrás de tantos hogares aparentemente tranquilos, lejos de las pesadillas que continúan inyectándose en la mente de las criaturas a través de personas a las que la naturaleza les dicta que deberían amar y en las que deberían confiar, huyendo cada vez más veloces y en mayor número hacia esas pociones, polvos, predicadores y filosofías que prometen desterrar tales miedos y pesadillas, y que a cambio sólo piden una devoción de esclavos... ¿Estará Kreizler en lo cierto?

Pero estoy pecando de ambigüedad. Así que empecemos por el principio.

el_alienista-9.xhtml

2

Unos espantosos golpes en la puerta de la casa de mi abuela, en el 19 de Washington Square, obligaron primero a la doncella y luego a mi abuela a asomarse a la puerta de sus dormitorios a las dos de la madrugada del 3 de marzo de 1896. Yo estaba tumbado en la cama en ese estado que ya no es de borracho, pero que tampoco es de sobrio, habitualmente amortiguado por el sueño, consciente de que quien llamaba a la puerta probablemente quería tratar algún asunto conmigo y no con mi abuela... Me sumergí bajo la almohada enfundada en hilo, con la esperanza de que finalmente desistiera y se largara.

—¡Señora Moore! —oí que llamaba la doncella—. Están armando un terrible alboroto... ¿Quiere que vaya a ver?

—Por supuesto que no —replicó mi abuela, con voz cortante y seria—. Despierta a mi nieto, Harriet. Seguramente se ha olvidado de pagar alguna deuda de juego.

Entonces oí pasos que se dirigían a mi habitación y decidí que sería mejor prepararme. Desde la ruptura de mi compromiso con la señorita Julia Pratt, de Washington, unos dos años atrás, vivía con mi abuela, y durante todo ese tiempo la anciana se había vuelto cada vez más escéptica acerca de cómo pasaba yo mis horas libres. Yo le había explicado repetidamente que, como reportero de información policial para el New York Times, se me requería para visitar muchos de los distritos y locales menos recomendables de la ciudad; pero ella recordaba demasiado bien mi juventud para aceptar una historia sin duda tan rebuscada. El estado en que habitualmente llegaba a casa por las noches reforzaba sus sospechas de que era mi disposición de ánimo, y no las obligaciones profesionales, lo que me arrastraba cada noche a los salones de baile y a las mesas de juego del Tenderloin. Así que comprendí, después de haber escuchado la observación sobre el juego que acababa de hacerle a Harriet, que en aquellos momentos era crucial proyectar la imagen de un hombre sobrio con serias preocupaciones. Me embutí en un quimono negro, me alisé el corto cabello para que me cayera sobre la frente y abrí altaneramente la puerta en el instante en que la doncella iba a llamar.

—Ah, Harriet —dije tranquilamente, una mano metida dentro de la bata—. No es preciso que se alarme. Estaba revisando unas notas para mi artículo y he descubierto que necesitaba cierto material de la oficina. Sin duda es el muchacho que me lo trae ahora.

—¿John? —retumbó la voz de mi abuela mientras Harriet asentía confusa—. ¿Eres tú?

—No, abuela —contesté, bajando al trote por la mullida alfombra persa que cubría las escaleras—. Soy el doctor Holmes.

El doctor H. H. Holmes era un asesino abominablemente sádico y un estafador que en aquellos momentos aguardaba a que le colgaran en Filadelfia. La posibilidad de que pudiera escapar antes de acudir a su cita con el verdugo y que viajara hasta Nueva York para liquidar a mi abuela era, por algún motivo inexplicable, la gran pesadilla de aquella mujer. Me acerqué a la puerta de su dormitorio y estampé un beso en su mejilla, que ella aceptó sin una sonrisa, aunque complacida.

—No seas insolente, John. Es tu cualidad menos atractiva. Y no creas que tus modales encantadores van a conseguir que me sienta menos molesta. —Los golpes en la puerta arreciaron de nuevo, y seguidamente se oyó la voz de un muchacho gritando mi nombre. El fruncimiento de cejas de mi abuela se hizo más profundo—. ¿Quién demonios es ése y qué demonios quiere?

—Creo que es el chico de la oficina —dije, manteniendo la mentira, pero impaciente por conocer la identidad del muchacho que con tanta furia se ensañaba con la puerta.

—¿De la oficina? —inquirió mi abuela, sin creer una sola palabra—. Muy bien, pues ve a abrir.

Proseguí veloz aunque con cuidado hasta el final de la escalera, donde me di cuenta de que en realidad conocía la voz que me había estado llamando, aunque no podía identificarla con precisión. Tampoco me tranquilizaba el hecho de que fuera la voz de un muchacho, pues los ladrones y asesinos más feroces que me había encontrado en el Nueva York de 1896 eran simples mozalbetes.

—¡Señor Moore! —volvió a suplicar el muchacho, añadiendo a su llamada varias saludables patadas a la puerta—. ¡Tengo que hablar con el señor John Schuyler Moore!

Me detuve en medio del suelo de mármol blanco y negro del vestíbulo.

—¿Quién le busca? —inquirí, apoyando una mano en el pomo de la puerta.

—¡Soy yo, señor! ¡Stevie, señor!

Respiré con un leve suspiro de alivio y abrí la pesada puerta de madera. Fuera, de pie bajo la tenue luz de la lámpara de gas que colgaba del techo —la única de la casa que mi abuela se había negado a cambiar por una bombilla eléctrica—, estaba Stevie Taggert, El Steveporra, como se le conocía. En sus primeros once años, Stevie había llegado a ser el azote de quince comisarías de policía, pero luego se había reformado y ahora era el cochero y chico de los recados de mi amigo el eminente médico y alienista doctor Laszlo Kreizler. Stevie estaba apoyado en una de las blancas columnas de delante de la puerta y trataba de recuperar el aliento. Era evidente que algo había aterrorizado al muchacho.

—¡Stevie! —exclamé al ver que su larga mata de pelo lacio y castaño estaba empapada de sudor—. ¿Qué ha sucedido?

Al mirar por encima de él vi la pequeña calesa canadiense de Kreizler. La capota negra del carruaje estaba bajada, y del vehículo tiraba un caballo castrado, también negro, llamado Frederick. Al igual que Stevie, el animal estaba empapado en sudor, que ascendía como vapor bajo el aire temprano de marzo.

—¿Está contigo el doctor Kreizler?

—El doctor ha dicho que me acompañe —contestó Stevie apresuradamente, ya recuperado el aliento—. ¡Ahora mismo!

—Pero ¿adónde? Son las dos de la madrugada...

—¡Ahora mismo!

Era obvio que Stevie no estaba en condiciones de explicarse, así que le dije que aguardara a que me vistiese. Mientras lo hacía, mi abuela me gritó a través de la puerta de mi dormitorio que lo que «ese peculiar doctor Kreizler» y yo nos propusiésemos hacer a las dos de la madrugada, seguro que no era nada respetable. Procuré no hacerle caso, volví a salir a la calle y subí al interior del carruaje mientras me arrebujaba con el abrigo de tweed.

Aún no había tenido tiempo de sentarme cuando Stevie fustigó a Frederick con su largo látigo. Al caer hacia atrás sobre el asiento forrado de piel color castaño pensé en reprender al muchacho, pero de nuevo me sorprendió la mirada de terror que vi en su rostro. Me sujeté mientras el carruaje se tambaleaba a una velocidad peligrosa sobre los adoquines de Washington Square. El traqueteo y los botes sólo cesaron en parte cuando doblamos por el pavimento de losas largas y anchas que cubría Broadway. Nos dirigíamos al centro, al centro y al este, al barrio de Manhattan donde Laszlo Kreizler ejercía su profesión, y donde a medida que uno se iba internando en el Lower East Side la vida se hacía más barata y sórdida.

Por un momento pensé que tal vez le hubiese ocurrido algo a Laszlo. Sin duda esto habría justificado el modo irritante con que Stevie azotaba y conducía a Frederick, un animal al que yo sabía que Stevie acostumbraba a tratar con absoluta amabilidad. Kreizler era el primer ser humano que había conseguido de Stevie algo que no fuese un mordisco o un puñetazo, y ciertamente la única razón de que aquel mozalbete no estuviera todavía en esa institución de Randalls Island tan eufemísticamente conocida como «El refugio de los muchachos». Además de ser, tal como le había descrito la policía, «ladrón, carterista, borracho, adicto a la nicotina, señuelo (es decir, miembro de una banda que atraía incautos al sitio donde se jugaba y se apostaba) y una amenaza congénitamente destructiva», y todo esto a la tierna edad de diez años, Stevie había atacado y herido gravemente a uno de los guardianes de Randalls Island, asegurando que éste había intentado abusar de él. («Abusar», en el lenguaje periodístico de hace un cuarto de siglo, significaba invariablemente un intento de violación.) Teniendo en cuenta que el guardián tenía esposa e hijos, se había cuestionado la honestidad del muchacho, y finalmente su estado mental..., momento en que había hecho su aparición Kreizler, uno de los mejores expertos de aquel entonces en psiquiatría legal. Respecto a la cordura de Stevie, Kreizler expuso durante el juicio un retrato maestro de la vida del muchacho en las calles desde que tenía tres años, cuando fue abandonado por su madre, la cual prefirió el vicio del opio al cuidado del pequeño, para convertirse finalmente en la amante de un chino que le proporcionaba la droga. El juez se quedó impresionado por el alegato de Kreizler, y se mostró escéptico respecto al testimonio del guardián herido, aunque sólo consintió en liberar a Stevie cuando Kreizler se ofreció a hacerse cargo del muchacho y a garantizar su conducta en el futuro. En aquel entonces yo pensé que Laszlo era un loco, pero no cabía duda de que en solamente un año Stevie se había convertido en un muchacho muy distinto. Y, como casi todos los que trabajaban para Laszlo, el chico era absolutamente fiel a su patrón, a pesar de aquel peculiar distanciamiento emocional de Kreizler, que resultaba tan desconcertante para muchos de los que le conocían.

—¡Stevie! —le llamé por encima del estrépito de las ruedas del carruaje al golpear los gastados bordes de las losas de granito—. ¿Dónde está el doctor Kreizler? ¿Se encuentra bien?

—¡En el Instituto! —contestó Stevie, con sus ojos azules muy abiertos.

El trabajo de Laszlo se desarrollaba en el Instituto Kreizler para Niños, una mezcla de escuela y de centro de investigación que él había fundado en la década de los ochenta. Me disponía a preguntarle qué hacía allí a esas horas, pero me tragué la pregunta cuando nos internamos en el todavía concurrido cruce de Broadway con Houston Street. En aquel lugar, se había comentado sabiamente una vez, podía dispararse un arma en cualquier dirección sin herir a un solo hombre honesto. Stevie se limitó a enviar volando a la seguridad de la acera a borrachos, trileros, morfinómanos y cocainómanos, prostitutas, marinos puteros o simples vagabundos. Desde aquel santuario, la mayoría nos acribillaron a maldiciones.

—¿Entonces nos dirigimos al Instituto? —pregunté, pero Stevie tiró bruscamente de las riendas y guió al caballo hacia la izquierda, por Spring Street, interrumpiendo los negocios que se llevaban a cabo frente a varios cafés concierto: casas de citas donde unas prostitutas, que se hacían pasar por bailarinas, acordaban algún encuentro de última hora en las pensiones del barrio con los pobres desgraciados que generalmente eran de fuera de la ciudad. Desde Spring, Stevie se dirigió por Delancey Street —que estaba en plenas obras de ensanchamiento para absorber todo el tráfico que entraría por el nuevo puente de Williamsburg, cuya construcción se había iniciado recientemente— y luego pasó veloz ante varios teatros ya cerrados. En cada travesía que pasábamos percibía el eco de los desesperados lamentos de los tugurios: asquerosos agujeros en los que se vendía licor barato mezclado con cualquier cosa, desde bencina a alcanfor, por cinco centavos la copa, sobre un sucio tablero que pretendía pasar por mostrador. Stevie no redujo la marcha: al parecer nos dirigíamos al mismo borde de la isla.

Hice un último intento de comunicación:

—¿No vamos al Instituto?

Stevie negó con la cabeza, y luego hizo restallar el largo látigo de nuevo. Me encogí de hombros, recostándome en el asiento y sujetándome a los lados del carruaje, mientras me preguntaba qué podía haber asustado tanto a aquel muchacho, que en su corta existencia ya había presenciado muchos de los horrores que Nueva York podía ofrecerle.

Delancey Street nos llevó más allá de unos tenderetes donde se vendía fruta y prendas de vestir, ahora cerrados, y uno de los peores guetos de casas de pisos y chabolas del Lower East Side: el barrio próximo a los muelles, justo por encima de Corlears Hook. Un vasto y triste mar de pequeñas chabolas y de nuevos edificios de apartamentos de ínfima calidad se extendía a ambos lados. La zona era un hervidero de culturas e idiomas de inmigrantes, aunque predominaba el irlandés en el sur de Delancey y el húngaro más al norte, cerca de Houston Street. De vez en cuando era visible una iglesia, de una u otra confesión, entre hileras y más hileras de viviendas miserables que incluso en aquella fría mañana estaban adornadas con los tendederos repletos de ropa lavada. Algunas prendas de vestir, y también algunas sábanas, tiesas por el frío, se mecían rígidamente al viento, formando ángulos que rozaban lo antinatural. Sin embargo, lo cierto era que en un lugar como aquél —donde las almas furtivas se escurrían desde portales oscuros hasta los negros callejones envueltas en poco más que unos harapos y arrastrando los pies desnudos sobre el estiércol congelado de caballo, los orines y el hollín que cubrían las calles— casi nada podía calificarse ciertamente de antinatural. Estábamos en un barrio que sabía muy poco de leyes, tanto de las dictadas por el hombre como de otro tipo; un barrio que sólo proporcionaba dicha a visitantes y a vecinos cuando se les permitía ver que se quedaba atrás al escapar de allí.

Casi al final de Delancey Street, los olores del mar y el agua fresca, junto al hedor de los desperdicios que quienes vivían cerca de los muelles se limitaban a verter cada día por el borde de Manhattan, se mezclaban para producir el característico olor nauseabundo de lo que llamábamos East River. Pronto se elevó ante nosotros una estructura enorme: la rampa de aproximación al naciente puente de Williamsburg. Sin detenernos, y a punto de provocarme un desmayo, Stevie enfiló la calzada cubierta de tablones, con lo que el traqueteo de los cascos del caballo y las ruedas del carruaje resultó mucho más ensordecedor que al correr sobre piedra.

Un complicado laberinto de puntales de hierro debajo de la rampa nos elevó varios metros hacia el aire de la noche. Mientras me preguntaba cuál podría ser nuestro destino —ya que las torres del puente no estaban en absoluto finalizadas, y aún se necesitarían algunos años para abrir el paso de aquella construcción—, de pronto empecé a distinguir al frente lo que parecían los muros de un gran templo chino. Aquella peculiar construcción compuesta por enormes bloques de granito y coronada por dos atalayas de poca altura, cada una rodeada por una delicada pasarela de acero, era el anclaje del puente por el lado de Manhattan, la estructura que finalmente sujetaría un conjunto de los extremos de los enormes cables de acero en suspensión que aguantarían la parte central del puente. De todos modos, la impresión de que se trataba de un templo no estaba del todo fuera de lugar: al igual que el puente de Brooklyn, cuyos arcos góticos se perfilaban contra el cielo nocturno hacia el sur, aquel nuevo paso sobre el río era un lugar donde la vida de muchos trabajadores se sacrificaría a la fe de la ingeniería, que en los últimos quince años había producido tantas maravillas por todo Manhattan. Lo que yo no sabía era que el sacrificio de sangre que había tenido lugar en lo alto del anclaje occidental del puente de Williamsburg, aquella noche en particular, era de naturaleza muy distinta.

Cerca de la entrada a las atalayas, en lo alto del anclaje, de pie bajo la mortecina luz de unas cuantas bombillas eléctricas, y empuñando linternas, había varios policías con la pequeña insignia de bronce que les identificaba como pertenecientes a la comisaría del Distrito Trece, ante la que acabábamos de pasar por Delancey Street. Con ellos había un sargento del Distrito Quince, lo cual me pareció muy extraño: en los dos años que llevaba cubriendo la información delictiva para el Times, por no mencionar toda mi infancia pasada en Nueva York, había comprobado que cada comisaría de distrito de la ciudad defendía celosamente su territorio. (De hecho, a mediados de siglo las distintas facciones de policías habían llegado a luchar abiertamente unas contra otras.) Algo importante habría pasado para que los hombres de la Trece hubieran recurrido a uno de la Quince.

Finalmente, Stevie frenó al caballo cerca del grupo de gabanes azules, saltó al suelo y sujetó del bocado al jadeante caballo, conduciéndolo a un lateral de la rampa, cerca de una enorme pila de materiales de construcción y herramientas. El muchacho examinó con su habitual recelo a los policías. El sargento de la comisaría del Distrito Quince, un irlandés alto, cuya cara pálida se destacaba únicamente porque no lucía el poblado bigote tan común en los de su profesión, avanzó hacia Stevie y lo examinó con sonrisa intimidatoria.

—Tú eres el pequeño Stevie Taggert, ¿verdad? —preguntó, con marcado acento irlandés—. Supongo que el comisario no me habrá llamado hasta aquí para que te dé un tirón de orejas, ¿eh, basurita?

Bajé del coche y me acerqué a Stevie, quien lanzó una hosca mirada al sargento.

—No hagas caso, Stevie —le dije, tan comprensivo como pude—. A veces la estupidez no está reñida con el casco de un pisacalles... —El muchacho me sonrió brevemente—. ¿Pero te importaría decirme qué es lo que estoy haciendo aquí?

Stevie señaló con la cabeza la atalaya norte, y seguidamente sacó un cigarrillo de uno de los bolsillos.

—Allí arriba. El doctor ha dicho que suba usted.

Empecé a dirigirme a la entrada del muro de granito, pero Stevie se quedó junto al caballo.

—¿No vienes conmigo?

El muchacho se estremeció y volvió la cabeza para encender el cigarrillo.

—Ya lo he visto una vez, y no pienso volver a verlo. Cuando esté listo para regresar a casa, señor Moore, me encontrará aquí. Instrucciones del doctor.

Sentí que mi aprensión iba en aumento al dar media vuelta y dirigirme a la entrada, donde el brazo del sargento de la policía me interrumpió el paso.

—¿Y quién es usted para que el joven Steveporra haga de cochero a horas tan poco recomendables? Éste es el escenario de un crimen, ¿sabe? —Le proporcioné mi nombre y mi profesión, y entonces me sonrió, mostrándome un impresionante diente de oro—. Ah, un caballero de la prensa. ¡Y nada menos que del Times! Bien, señor Moore, yo también acabo de llegar. Una llamada urgente. Al parecer no había otro oficial en quien pudieran confiar. Mi nombre es Flynn, señor, y no vaya etiquetándome de simple pisacalles. Soy sargento. Vamos, subiremos juntos. Y tú anda con cuidado, Stevie, o de lo contrario volverás a Randalls Island más veloz que un escupitajo.

Stevie se volvió hacia su caballo.

—¡Vete a la porra! —murmuró, aunque lo bastante fuerte para que el sargento lo oyera.

Flynn se volvió con una mirada de odio mortal, pero al acordarse de mi presencia se contuvo.

—Este muchacho es incorregible, señor Moore. No acierto a entender qué hace un hombre como usted en su compañía, a menos que lo necesite como contacto con el mundo del hampa. Vayamos arriba, señor. Y tenga cuidado, esto está más negro que el carbón.

Y así era. Dando traspiés y chocando por todos lados subí un tosco tramo de escaleras, al final de las cuales divisé el perfil de otro pisacalles. El policía, de la comisaría del Distrito Trece, se volvió al oír que nos acercábamos y luego llamó a alguien:

—Es Flynn, señor. Está aquí.

Salimos de las escaleras a una pequeña estancia llena de caballetes, planchas de madera, cubetas con remaches y trozos de metal y tubos. Unos amplios ventanales facilitaban una vista completa del horizonte en ambas direcciones: la ciudad a nuestras espaldas, y al frente el río y las atalayas del puente parcialmente construidas. Una puerta conducía a la pasarela que circundaba la torre. Junto a la puerta había un sargento detective, un tipo de ojos rasgados y barba llamado Patrick Connor, a quien conocía de mis visitas a la Jefatura de Policía en Mulberry Street. A su lado y mirando hacia el río, con las manos cruzadas en la espalda y balanceándose sobre las puntas de los pies, había una figura que me era mucho más familiar: Theodore.

—Sargento Flynn —dijo Roosevelt, sin volverse—. Me temo que es un asunto bastante desagradable el que ha motivado nuestra llamada. Muy desagradable.

Mi inquietud se agudizó de repente cuando Theodore volvió el rostro hacia nosotros. No había nada fuera de lo normal en su aspecto: llevaba un traje a cuadros bastante caro y ligeramente elegante, como los que acostumbraba a vestir en aquel entonces; unas gafas que eran, al igual que los ojos que había detrás, demasiado pequeñas para su cabeza recia y cuadrada; el poblado bigote, tieso bajo la ancha nariz. No obstante, su rostro me parecía excesivamente extraño. Y entonces me di cuenta: los dientes. Sus armoniosos dientes, que por lo general mantenía apretados, en aquellos momentos eran visibles. Las mandíbulas estaban fuertemente cerradas, al parecer por una intensa rabia, o pena. Algo le había afectado terriblemente.

Su desaliento pareció agravarse cuando me vio.

—Pero... ¡Moore! ¿Qué rayos haces aquí?

—Yo también me alegro de verte, Roosevelt —logré formular a través de mi nerviosismo, tendiéndole la mano.

Me la estrechó, aunque esta vez no me dislocó el brazo.

—¿Qué...? Oh, lo siento, Moore... Yo también me alegro de verte, por supuesto. Pero ¿quién te ha dicho...?

—¿Decirme el qué? El muchacho de Kreizler me ha secuestrado y me ha traído aquí. Obedeciendo sus órdenes, y sin apenas una palabra de explicación.

—Kreizler... —murmuró Theodore con tono grave, mirando por la ventana con expresión confusa, casi temerosa, nada habitual en él—. Sí, Kreizler ha estado aquí...

—¿Estado? ¿Quieres decir que ya se ha ido?

—Antes de que yo llegara. Ha dejado una nota. Y un informe. —Theodore me mostró un trozo de papel que sostenía en la mano izquierda—. Uno preliminar, en cualquier caso. Él ha sido el primer médico al que han encontrado. Aunque de poco ha servido...

—Roosevelt... —dije, apoyando mi mano en su hombro—. ¿Qué ha sucedido?

—Le aseguro, comisario, que a mí también me gustaría saberlo —intervino el sargento Flynn, con una obsequiosidad tan exagerada que resultaba repelente—. Hemos estado muy ocupados en la Quince, y he venido tan pronto...

—De acuerdo —dijo Theodore, armándose de valor—. ¿Cómo están sus estómagos, caballeros?

Yo no dije nada, y Flynn hizo una broma sobre el número de espectáculos horribles que había presenciado en su vida. Pero los ojos de Theodore eran todo dureza. Señaló la puerta que daba a la pasarela exterior. El sargento detective Connor se apartó a un lado, y Flynn fue el primero en dirigirse a la salida.

A pesar de la aprensión, mi primer pensamiento al salir fue que el panorama que se divisaba desde la pasarela era más impresionante incluso que a través de las ventanas de la atalaya. Al otro lado del agua estaba Williamsburg, antiguamente una pacífica aldea campesina, que en la actualidad se había convertido con gran rapidez en una bulliciosa parte de la metrópoli destinada a transformarse oficialmente, al cabo de pocos meses, en el Gran Nueva York. Hacia el sur, una vez más el puente de Brooklyn; a lo lejos, hacia el sudoeste, las nuevas torres de Printing House Square, y a nuestros pies, las agitadas y oscuras aguas del río...

Y entonces lo vi.

el_alienista-10.xhtml

3

Resulta extraño lo mucho que tardó mi mente en captar la imagen. O tal vez no. Había tanto que ver y tan anormal, tan fuera de lugar, tan... distorsionado. Era imposible captarlo todo rápidamente.

Sobre la pasarela se hallaba el cadáver de una persona joven. Y digo persona porque, aunque los atributos físicos eran los de un muchacho adolescente, las ropas (poco más que una blusa a la que le faltaba una manga) y el maquillaje facial eran de muchacha. O mejor aún, de una mujer, y una mujer de dudosa reputación, por cierto. La desgraciada criatura tenía las muñecas atadas a la espalda, y las piernas dobladas en una posición arrodillada, presionándole la cara contra el acero de la pasarela. No había señales de ropa interior ni de zapatos, sólo un calcetín colgando patéticamente de uno de los pies. Pero lo que le habían hecho al cuerpo...

El rostro no parecía haber sufrido golpes, no tenía hematomas —la pintura y los polvos seguían intactos—, pero allí donde antes habían estado los ojos, ahora había tan sólo unas cuencas ensangrentadas y cavernosas. Una confusa masa de carne le salía de la boca. Un ancho tajo le cruzaba la garganta, aunque había poca sangre cerca de la abertura. Grandes cortes se entrecruzaban en el abdomen, revelando la masa de los órganos internos. Y la mano derecha aparecía casi cercenada. En la ingle había otra herida abierta que explicaba lo de la boca: le habían cortado los genitales y se los habían embutido entre las mandíbulas. También le habían extirpado el trasero con lo que parecía... Sólo podría definirlo como a golpes de escoplo.

En el par de minutos que necesité para advertir todos estos detalles, el panorama que me rodeaba se desvaneció en un mar de inescrutable negrura, y lo que pensé que era el rumor del avance de un barco resultó ser mi propia sangre al pasar por los oídos. Al darme cuenta de pronto de que me estaba mareando, me volví para agarrarme a la barandilla de la pasarela y saqué la cabeza por encima del agua.

—¡Comisario! —llamó Connor, saliendo de la atalaya, pero fue Theodore quien dio un rápido salto y primero estuvo junto a mí.

—Tranquilo, John —oí que me decía, mientras me sujetaba con su delgada pero fuerte constitución de boxeador—. Respira hondo.

Mientras seguía sus instrucciones, oí un silbido bajo y prolongado de Flynn, que seguía examinando el cadáver.

—Vaya, vaya —murmuró señalando el cadáver, sin que pareciera excesivamente afectado—. Alguien ha acabado contigo, ¿eh?, joven Georgio alias Gloria. Estás hecho una verdadera piltrafa.

—¿Entonces conocía a este chiquillo, Flynn? —preguntó Theodore, apoyándose contra la pared de la pasarela.

Mi cabeza recuperó la sensación de estabilidad.

—Por supuesto, comisario. —A través de la débil oscuridad pareció como si Flynn sonriera—. Aunque éste no era ningún chiquillo, si hay que juzgar la infancia por la conducta. Se apellidaba Santorelli. Debía de tener unos... trece años o por ahí. Al principio se llamaba Georgio, pero desde que entró a trabajar en el Salón Paresis, esto se hacía llamar Gloria.

—¿Esto? —inquirí, secándome el sudor frío de la frente con la manga del abrigo—. ¿Por qué lo llama «esto»?

La sonrisa de Flynn se convirtió en una mueca.

—¿Y cómo lo llamaría usted, señor Moore? No era un macho, a juzgar por su grotesca indumentaria... pero Dios tampoco lo creó hembra. Para mí todos los de esta ralea son neutros.

Las manos de Theodore se apoyaron enérgicamente en las caderas, los dedos curvándose hasta convertirse en puños: ya se había formado una opinión de Flynn.

—No me interesa su análisis filosófico de la situación, sargento... En cualquier caso era un chiquillo, y el chiquillo ha sido asesinado.

Flynn rió entre dientes y volvió a mirar al muchacho.

—No discutamos por «esto», señor.

—¡Sargento! —La voz de Theodore, siempre demasiado áspera y chillona para su aspecto, sonó algo más áspera que lo habitual al gritarle a Flynn, quien se puso firmes—. No quiero oírle ni una palabra más, como no sea para contestar a mis preguntas. ¿Entendido?

Flynn asintió, pero el cínico y burlón resentimiento que todos los oficiales veteranos del departamento sentían por el comisario que en sólo un año había puesto firmes a la Jefatura de Policía y a toda la cadena de mandos departamentales, se hizo evidente en la ligera curvatura del labio superior. A Theodore no podía pasarle desapercibido.

—Bien —dijo Roosevelt, haciendo chasquear los dientes de aquel modo suyo tan peculiar, cortando cada palabra que salía de su boca—. Dice usted que el muchacho se llamaba Georgio Santorelli, y que trabajaba en el Salón Paresis... Ése es el local de Biff Ellison en Cooper Square, ¿no es así?

—Efectivamente, comisario.

—¿Y dónde supone que puede estar el señor Ellison en este mismo momento?

—¿En este...? Bueno, en el Salón, señor.

—Entonces vaya allí y dígale que quiero verle en Mulberry Street mañana por la mañana.

Por vez primera, Flynn pareció preocupado.

—¿Mañana...? Le ruego me disculpe, comisario, pero el señor Ellison no es de esos hombres que se tomen en serio esa clase de órdenes.

—Entonces arréstelo —exclamó Theodore, volviéndole la espalda y mirando hacia Williamsburg.

—¿Arrestarlo? Mire, comisario, si arrestáramos a cada dueño de un bar o de una casa de citas que ofrece a muchachos que se prostituyen, sólo porque a uno de ellos le han dado una paliza o lo han asesinado, nunca...

—¿Se puede saber cuál es la verdadera razón de su resistencia? —preguntó Theodore, y los inquietos puños empezaron a flexionársele en la espalda, mientras avanzaba hasta poner sus gafas frente a la cara de Flynn—. ¿Acaso el señor Ellison es una de sus principales fuentes de ingresos?

Los ojos de Flynn se abrieron como platos, pero logró erguirse altivamente mientras fingía verse herido en su orgullo.

—Señor Roosevelt, llevo quince años en el cuerpo, y creo saber cómo funciona esta ciudad. No se puede ir por ahí acosando a un hombre como al señor Ellison sólo porque esa pequeña basura de inmigrante ha recibido finalmente lo que se estaba buscando.

Esto era el colmo, y yo lo sabía... Y fue una suerte para Roosevelt que yo lo supiera, porque de no haber saltado en el momento justo para sujetarle los brazos, habría golpeado a Flynn hasta hacerle papilla. No obstante, me costó Dios y ayuda inmovilizar aquellos fuertes brazos.

—No, Roosevelt, no —le susurré al oído—. Esto es precisamente lo que quieren los tipos como éste. Como ataques a uno de uniforme pedirán tu cabeza, y entonces el alcalde no podrá hacer nada para evitarlo.

Roosevelt respiraba entrecortadamente y Flynn volvía a sonreír, y ni el sargento detective Connor ni el cabo de ronda hicieron ningún gesto para intervenir físicamente. Sabían muy bien que en aquellos momentos estaban en una posición precaria ante la fuerte oleada de reformas municipales que recorría Nueva York tras los descubrimientos que la Comisión Lenox había realizado un año antes sobre la corrupción que imperaba en el cuerpo de la policía (Roosevelt era un claro exponente de esta reforma) y el poder tal vez mayor de esa misma corrupción, una corrupción que imperaba desde que el cuerpo existía y que en aquellos momentos aguardaba tranquilamente su ocasión, esperando a que la opinión pública se cansara de la moda pasajera de la reforma y todo volviera a sus cauces.

—Sólo le queda una sencilla elección, Flynn —logró formular Roosevelt con una dignidad extraordinariamente inalterable para un hombre dominado por la ira—. O Ellison en mi despacho, o su placa sobre mi escritorio. Mañana por la mañana.

Flynn abandonó huraño la pelea.

—Como quiera, «comisario».

Luego giró sobre sus talones y se dirigió hacia los peldaños de la atalaya murmurando algo sobre un «maldito muchacho de la alta sociedad jugando a ser policía». Entonces apareció uno de los agentes que estaban de guardia abajo, para anunciar que había llegado el furgón del juzgado de investigación y que estaban a punto para trasladar el cadáver. Roosevelt le dijo que aguardaran unos minutos y seguidamente despidió también a Connor y al policía de patrulla. Nos habíamos quedado solos en la pasarela, exceptuando los horribles restos de lo que había sido, aparentemente, otro de los muchos jóvenes desesperadamente problemáticos que cada año salían de aquel oscuro océano de viviendas miserables que se extendían hacia el oeste a nuestros pies. Obligados a utilizar cualquier medio de subsistencia para sobrevivir por su cuenta —y el de Georgio Santorelli habría sido de los más básicos—, aquellos muchachos dependían absolutamente de sí mismos como nadie que no esté familiarizado con los guetos de Nueva York en 1896 es capaz de imaginar.

—Kreizler estima que al muchacho lo mataron a primera hora de esta noche —comentó Theodore, mirando la hoja de papel que tenía en la mano—. Algo relacionado con la temperatura del cuerpo... De modo que es posible que el asesino esté todavía en la zona. Tengo a mis hombres rastreándola. Añade unos cuantos detalles médicos, y luego este mensaje.

Me tendió el papel, y en él vi la apresurada letra de Kreizler, que había anotado en mayúsculas: «ROOSEVELT: SE HAN COMETIDO GRAVES ERRORES. ESTARÉ DISPONIBLE POR LA MAÑANA, O DURANTE EL ALMUERZO. TENEMOS QUE EMPEZAR... HAY UN CALENDARIO QUE SEGUIR.» Por un momento, intenté entender su significado.

—Resulta bastante irritante cuando se pone tan críptico —fue la conclusión a la que pude llegar.

Theodore consiguió reír entre dientes.

—Sí, yo he pensado lo mismo. Pero creo que ahora lo entiendo. Ha sido al examinar el cadáver. Moore, ¿tienes idea de cuántos asesinatos se cometen cada año en Nueva York?

—La verdad es que no... —Lancé al cadáver otra mirada de curiosidad, pero volví bruscamente la cabeza al ver la forma cruel en que su cara se comprimía contra la pasarela de metal, de modo que la mandíbula inferior se desplazaba en un ángulo grotesco de la superior, y los agujeros negros y rojos donde antes habían estado los ojos—. Si tuviera que hacer una suposición, diría que cientos. Tal vez mil o dos mil.

—Yo diría lo mismo —contestó Roosevelt—. Pero también estaría haciendo suposiciones, ya que ni siquiera prestamos atención a la mayoría de ellos. Bueno, la policía pone todo de su parte, si la víctima es alguien respetable y rico. Pero a un muchacho como éste, un inmigrante que se dedica al comercio de la carne... Me da vergüenza decirlo, Moore, pero no hay precedentes en investigaciones de casos así, como habrás podido ver por la actitud de Flynn. —Sus manos volvieron a apoyarse en las caderas—. Pero ya me estoy hartando de esto. En estos asquerosos barrios los maridos y las esposas se matan unos a otros, los borrachos y los drogadictos asesinan a personas decentes y trabajadoras, montones de prostitutas son brutalmente asesinadas o se suicidan, y la gente de fuera contempla la mayoría de estas cosas como si se tratara de un espectáculo tétricamente divertido. Eso es tremendo. Pero cuando las víctimas son chiquillos como éste y la reacción general no difiere mucho de la de Flynn... Te juro que tengo la sensación de estar en guerra con mi propia gente, porque este año ya hemos tenido tres casos como éste y no ha salido ni un murmullo de las comisarías ni de los detectives de la policía.

—¿Tres? —pregunté—. Yo sólo estaba enterado de lo de la chica del Draper’s.

Shang Draper dirigía un famoso burdel en la Sexta Avenida y la calle Veinticuatro, donde los clientes podían comprar los favores de criaturas (mayormente muchachas, pero también algún que otro muchacho) cuyas edades oscilaban entre los nueve y los catorce años. En enero habían encontrado a una chiquilla de diez años, asesinada a golpes en una de las pequeñas habitaciones del burdel, delimitadas únicamente por paneles.

—Sí, y si te enteraste de eso fue porque Draper se había retrasado con el pago de comisiones —dijo Roosevelt.

La amarga batalla contra la corrupción emprendida por el alcalde del momento, el coronel William L. Strong, y ayudantes como Roosevelt, había sido valerosa, pero no habían conseguido erradicar la más antigua y lucrativa de las actividades de la policía: la obtención de sobornos por parte de los que regentaban salones, cafés concierto, garitos, fumaderos de opio y otros antros del vicio.

—Alguien del Distrito Dieciséis, todavía no sé quién, filtró parte de esa historia a la prensa para apretar un poco las tuercas. Pero las otras dos víctimas eran muchachos como éste, a los que se encontró en la calle, y por tanto inútiles para extorsionar a sus alcahuetes. De modo que la noticia no se difundió...

Su voz se desvaneció entre el chapoteo del agua a nuestros pies y el continuo rumor de la brisa del río.

—¿Estaban los dos como éste? —pregunté, observando cómo Roosevelt miraba el cadáver.

—Más o menos. Un corte en la garganta. Y ambos habían sido festín de las ratas o de los pájaros, como éste. No eran una visión muy agradable.

—¿Ratas o pájaros?

—Los ojos... —contestó Roosevelt—. El sargento detective Connor lo atribuye a las ratas, o a los carroñeros. Pero lo demás...

No se había publicado nada en la prensa sobre aquellos dos asesinatos, aunque la cosa no tenía nada de extraordinario. Tal como Roosevelt había dicho, los asesinatos que parecían no tener solución y que se perpetraban entre los pobres o los marginados, apenas aparecían en los informes de la policía, y desde luego no se investigaban; y cuando las víctimas pertenecían a segmentos de la sociedad cuya existencia por lo general no se reconocía, entonces las posibilidades de que su muerte saliera en los periódicos eran prácticamente nulas. Por un momento me pregunté qué harían mis editores del Times si les sugería publicar un reportaje sobre un muchachito que se ganaba la vida pintándose como una prostituta y vendiendo su cuerpo a hombres maduros (la mayoría de ellos aparentemente respetables), al que habían apuñalado horriblemente en un oscuro rincón de la ciudad. Sin duda tendría suerte si conseguía que no me despidieran; aunque lo más probable es que me internaran en el manicomio de Bloomingdale.

—Hace años que no hablo con Kreizler —murmuró Roosevelt—. Aunque me envió una carta muy amable cuando... —Por un momento sus palabras se hicieron ininteligibles—. Es decir, en los momentos difíciles.

Comprendí qué quería decir. Theodore se refería a la muerte de su primera esposa, Alice, que había fallecido en 1884, al dar a luz a su hija, a la que habían puesto el nombre de ella. La pérdida de Theodore ese día había sido doblemente dolorosa, ya que la madre de él falleció pocas horas después de que lo hiciera su esposa. Theodore se había enfrentado a la tragedia como era habitual en él, sellando el recuerdo sacrosanto de su mujer para nunca más volver a mencionarla.

Ahora intentó animarse y se volvió hacia mí.

—Sin embargo, el bueno del doctor debe de haberte llamado aquí por algún motivo.

—Pues que me condene si lo entiendo —repliqué, encogiéndome de hombros.

—Sí —dijo Theodore con otra afectuosa risita—. Inescrutable como un chino cualquiera, nuestro amigo Kreizler... Tal vez, al igual que él, yo haya permanecido demasiado tiempo estos últimos meses entre hechos extraños y atroces. Pero creo adivinar su propósito. Mira, Moore, he tenido que ignorar todos los asesinatos como éste porque en el departamento no hay ningún interés en investigarlos. Y aunque lo hubiera, ninguno de nuestros detectives está preparado para sacar nada en limpio de semejante carnicería. Pero este muchacho, este revoltijo horrible y sanguinolento... La justicia no puede seguir ciega por más tiempo. Tengo un plan, y creo que Kreizler tiene otro... Y pienso que tú eres el encargado de ponernos a los dos en contacto.

—¿Yo?

—¿Por qué no? Tal como hiciste en Harvard, cuando todos nos conocimos.

—Pero... ¿y qué es lo que tendría que hacer?

—Traer a Kreizler mañana a mi despacho. A última hora de la mañana, tal como dice en la nota. Intercambiaremos ideas y veremos qué se puede hacer. Pero ten cuidado, procura ser discreto... Por lo que se refiere a los demás, será una reunión de viejos amigos.

—Maldita sea, Roosevelt, ¿qué es lo que será una reunión de viejos amigos?

Pero se había perdido en el embeleso de la elaboración de un plan. Ignoró mi pregunta, respiró hondo, hinchó el pecho, y pareció mucho más satisfecho de lo que había parecido hasta ese momento.

—Acción, Moore... ¡Tenemos que responder con la acción!

Y entonces me agarró de los hombros y me abrazó con fuerza, habiendo recuperado por completo todo su entusiasmo y su seguridad moral. En cuanto a mi propia seguridad, de cualquier tipo, aguardé en vano a que llegara. Todo cuanto supe fue que me veía arrastrado hacia algo que implicaba a dos de los hombres más apasionadamente decididos que yo había conocido en mi vida... Y este pensamiento no me tranquilizó lo más mínimo mientras bajaba la escalera hacia el carruaje de Kreizler, dejando el cadáver del pobre Santorelli solo en aquella atalaya, bajo el helado cielo que todavía no aparecía manchado por el más mínimo indicio del amanecer.

el_alienista-11.xhtml

4

Con la mañana llegó la fría y cortante lluvia de marzo. Me levanté temprano y descubrí que Harriet me había preparado, misericordiosamente, un desayuno a base de café cargado, tostadas y fruta (que ella, debido a su experiencia en una familia en la que abundaban los borrachos, creía esencial para alguien que a menudo empinaba el codo). Me instalé en el rincón favorito de mi abuela, el cual estaba protegido por vidrieras y daba al aún dormido jardín de rosas del patio trasero, decidido a tragarme la edición matutina del Times antes de telefonear al Instituto Kreizler. Con la lluvia golpeteando en el tejado de cobre y las paredes de cristal a mi alrededor, inhalé la fragancia de las pocas plantas y flores que mi abuela mantenía vivas todo el año y cogí el periódico, tratando de volver a establecer contacto con un mundo que, a la luz de los acontecimientos de la noche anterior, parecía de pronto inquietantemente revuelto.

«España está furiosa», me enteré. La cuestión del apoyo norteamericano a los nacionalistas rebeldes de Cuba (el Congreso de Estados Unidos estaba considerando otorgarles el estatuto de plena beligerancia, con lo cual reconocería efectivamente su causa) seguía provocando muchos quebraderos de cabeza al corrupto e inestable régimen de Madrid. El cadavérico Boss Tom Platt, antiguo cerebro rector republicano de Nueva York, recibía los ataques del Times por intentar prostituir la inminente reorganización de la ciudad en el Gran Nueva York —que incluiría Brooklyn y Staten Island, además de Queens, Bronx y Manhattan— para sus oscuros propósitos. Las próximas convenciones demócrata y republicana prometían centrarse en torno a la cuestión del bimetalismo, o si el sólido patrón oro de Estados Unidos debía verse manchado o no por la introducción del cambio basado en la plata. Trescientos once negros americanos se habían embarcado rumbo a Liberia. Y los italianos estaban furiosos porque sus tropas habían sido derrotadas por las tribus abisinias al otro lado del continente negro.

Por trascendental que esto pudiera ser, tenía muy poco interés para un hombre con mi estado de ánimo. Así que me dediqué a cuestiones más ligeras. En el Proctor’s Theatre había unos elefantes que montaban en bicicleta; un grupo de faquires hindúes actuaban en el museo Hubert de la calle Catorce; Max Alvary hacía un brillante Tristán en la Academia de la Música; y Lillian Russell era La diosa de la verdad en el Abbey’s. Eleanora Duse «no era la Bernhardt» en La dama de las camelias. Y Otis Skinner, en Hamlet, ofrecía con demasiada facilidad y frecuencia su propensión a la lagrimita fácil. El prisionero de Zenda llevaba cuatro semanas en el Lyceum. Yo la había visto ya dos veces, y por un momento pensé en verla de nuevo aquella noche. Era una gran válvula de escape para las preocupaciones de un día normal (por no mencionar las sombrías visiones de una noche extraordinaria): castillos con fosos llenos de agua, combates a espada, una intriga distraída, y mujeres pasmadas que se desmayaban...

Sin embargo, mientras pensaba en la obra, mis ojos recorrían otras noticias. Un hombre de la calle Nueve que estaba borracho había cortado el cuello a su hermano, después se había vuelto a emborrachar y había disparado contra su madre; aún no había pistas sobre el cruel asesinato del artista Max Eglau en la Institución para la Mejora de la Enseñanza de los Sordomudos; un hombre llamado John Mackin, que había matado a su mujer y a su suegra y luego había intentado poner fin a su vida seccionándose el cuello, se había recuperado de la herida, pero ahora intentaba morir de inanición. Las autoridades habían intentado convencer a Mackin para que comiera, enseñándole el terrible instrumento de alimentación forzosa que de lo contrario utilizarían para mantenerle vivo para el verdugo...

Lancé el periódico a un lado. Después de tomar un último trago del café azucarado y un trozo de melocotón traído desde Georgia, redoblé mi resolución de acercarme a la taquilla del Lyceum. Me dirigía a mi habitación para vestirme cuando el teléfono soltó un sonoro timbrazo, y oí que mi abuela exclamaba «¡Oh, Dios!» en su salita de la mañana. El timbre del teléfono siempre le provocaba esta reacción, aunque nunca hacía la menor sugerencia para eliminarlo, o por lo menos para amortiguar su sonido.

Harriet salió de la cocina, su cara suave, de mediana edad, salpicada con pompas de jabón.

—El teléfono, señor —anunció, secándose las manos—. Le llama el doctor Kreizler.

Me ceñí la bata china y me dirigí a la pequeña caja de madera que colgaba cerca de la cocina. Descolgué el pesado auricular negro y me lo puse en la oreja al tiempo que colocaba mi otra mano en el micrófono fijo.

—¿Sí? —pregunté—. ¿Eres tú, Laszlo?

—Ah, veo que ya estás despierto —le oí decir—. Perfecto.

El sonido llegaba apagado, pero el tono era enérgico, como siempre. Sus palabras traían la cadencia de un acento europeo: Kreizler había emigrado a Estados Unidos de pequeño, cuando su padre alemán —un próspero editor y republicano de 1848— y su madre húngara habían huido de la persecución monárquica para iniciar una existencia en cierto modo de famosos exiliados políticos en Nueva York.

—¿A qué hora nos espera Roosevelt? —preguntó, sin pensar por un momento que Theodore hubiese podido rehusar su sugerencia.

—¡Antes de almorzar! —contesté, elevando el tono como si quisiera contrarrestar la debilidad de su voz.

—¿Por qué diablos gritas? —inquirió Kreizler—. Antes del almuerzo, ¿eh? Estupendo. Entonces tenemos tiempo. ¿Has visto el periódico? La noticia sobre ese hombre, Wolff...

—No.

—Pues léela mientras te vistes.

Me quedé mirando mi bata.

—¿Cómo sabes que no me he...?

—Lo tienen en el hospital Bellevue. Como tendré que evaluarlo, aprovecharemos para formularle algunas preguntas adicionales, por si está relacionado con nuestro asunto. Luego iremos a Mulberry Street, una breve parada en el Instituto y almuerzo en Del’s. He pensado en pichón o en salchichas de palomo. Con la salsa pebrada de Ranhofer y trufas es insuperable.

—Pero...

—Cyrus y yo iremos directamente desde casa. Tendrás que coger un cabriolé. La cita es a las nueve y media... Procura no llegar tarde, ¿de acuerdo? No debemos perder ni un minuto en este asunto.

Y a continuación colgó. Regresé al balconcito, cogí el Times y lo hojeé. La noticia aparecía en la página ocho.

La noche anterior, Henry Wolff había estado bebiendo en el apartamento de su vecino, Conrad Rudesheimer. La hija de éste, de cinco años, había entrado en la habitación, y Wolff había hecho ciertos comentarios que Rudesheimer había considerado poco adecuados para los oídos de una niña... El padre había protestado. Entonces Wolff había sacado un arma y había disparado a la niña en la cabeza, matándola, emprendiendo luego la huida. Horas más tarde lo habían capturado, mientras deambulaba sin rumbo cerca del East River. Volví a dejar el periódico, momentáneamente sorprendido por la sensación premonitoria de que los acontecimientos de la noche anterior sobre el puente habían sido sólo el comienzo.

De nuevo en el pasillo, me di de bruces con mi abuela, su cabello blanco perfectamente arreglado, su vestido gris y negro impecablemente limpio, y sus ojos grises, que yo había heredado, resplandecientes.

—¡John! —exclamó sorprendida, como si otros diez hombres se hospedaran en la casa—. ¿Quién demonios llamaba por teléfono?

—El doctor Kreizler, abuela —respondí, subiendo ya las escaleras.

—¿El doctor Kreizler? —inquirió levantando la voz—. Bien, querido. ¡Por un día ya he tenido bastante de este doctor Kreizler! —Y cuando cerré la puerta para empezar a arreglarme, aún pude oír que decía—: Si quieres conocer mi opinión, este hombre es terriblemente peculiar. Y ese tal Holmes también es doctor. —Y siguió con esa vena mientras me lavaba, me afeitaba y me lavaba los dientes.

Por molesto que esto fuera, para un hombre que aún tenía fresco el recuerdo de haber perdido lo que suponía era su última oportunidad de conseguir una felicidad doméstica, aquello era mejor que un solitario apartamento en un edificio repleto de hombres que se habían resignado a una vida solitaria.

Salí por la puerta principal después de coger una gorra gris y un paraguas negro y me dirigí a paso rápido hacia la Sexta Avenida. La lluvia caía con mucha más fuerza ahora, y había empezado a soplar un viento particularmente fuerte. Cuando llegué a la avenida, el viento cambió de pronto de dirección al arrastrarse por debajo de las vías de la línea del tren elevado, que circulaba por ambos lados de la calle justo encima de las aceras. El viento hizo presión bajo el paraguas y me lo dobló hacia fuera, como a otra gente que se apresuraba por debajo de las vías. Y el efecto combinado del viento, la lluvia y el frío logró que el habitual bullicio de la hora punta se convirtiera en un auténtico caos. Cuando conseguí encontrar un coche y me dirigía a él luchando con el engorroso e inútil paraguas, una alegre pareja me cortó el paso, apartándome sin grandes miramientos, y se montó veloz en mi cabriolé. Maldije su progenie al tiempo que agitaba el inútil paraguas en su dirección, provocando un grito de susto en la mujer y una mirada recelosa en el hombre mientras me preguntaba si estaba loco. Considerando mi destino, aquella pregunta me provocó un estallido de risa que me hizo mucho más fácil la húmeda espera de otro coche. Cuando uno dobló por la esquina de Washington Place, no esperé a que se detuviera sino que salté a su interior, cerré la portezuela casi sobre mis rodillas y le grité al conductor que me llevara al Pabellón de los Locos en el Bellevue, una dirección que a ningún conductor le apetece oír. La expresión de desaliento que apareció en su rostro al partir me provocó otra risita, de modo que cuando enfilamos por la calle Catorce ya ni siquiera sentía el húmedo tweed contra mis piernas.

Con la perversidad de un típico cochero de Nueva York, mi conductor —el cuello de su impermeable vuelto hacia arriba y el sombrero de copa protegido por una delgada funda de goma— decidió abrirse paso por el distrito comercial de la Sexta Avenida a partir de la calle Catorce, antes de girar a la izquierda. Habíamos pasado lentamente ante la mayor parte de los grandes almacenes —O’Neill’s, Adams & Company, Simpson-Crawford— cuando golpeé con el puño el techo del coche y le recordé a mi cochero que necesitaba llegar al Bellevue aquella misma mañana. Con un rudo tirón giramos por la calle Veintitrés y luego nos internamos en medio del tráfico absolutamente sin regular de aquella calle con la Quinta Avenida y Broadway. Después de pasar ante la achatada mole del Fifth Avenue Hotel, donde Boss Platt tenía su cuartel general, y donde probablemente en aquel mismo momento estaba dando los últimos toques al esquema del Gran Nueva York, giramos por el extremo oriental de Madison Square Park hacia la calle Veintiséis, luego cambiamos de dirección, ante las galerías y torres italianizantes del Madison Square Garden, para seguir una vez más hacia el este. Los edificios del Bellevue, cuadrados, solemnes, de ladrillo rojo, aparecieron en el horizonte, y al cabo de pocos minutos cruzamos la Primera Avenida y nos detuvimos detrás de una gran ambulancia negra, en los terrenos del hospital que daban a la calle Veintiséis, cerca de la entrada del Pabellón de los Locos. Pagué al cochero y me dirigí al interior.

El Pabellón era un solo edificio, largo y rectangular. Un vestíbulo pequeño y poco acogedor saludaba a los visitantes y a los internos, y más allá de éste, a través de la primera de otras muchas puertas metálicas, había un ancho corredor que bajaba por el centro del edificio. Veinticuatro «habitaciones» —celdas en realidad— se abrían a este corredor, y separando estas celdas en dos salas, para hombres y para mujeres, en la mitad del corredor había otras dos puertas correderas forradas de acero. El Pabellón se utilizaba para observación y evaluación, mayormente de personas que habían cometido actos violentos. Una vez que se había determinado su cordura (o la ausencia de ésta) y se recibían los informes oficiales, los internos eran trasladados a otras instituciones, incluso menos acogedoras.

Tan pronto como entré en el vestíbulo, oí los habituales gritos y aullidos —algunos eran protestas coherentes, otros simplemente alaridos de locura y desesperación— procedentes de las celdas que había al otro lado. En el mismo instante divisé a Kreizler. Es curioso con qué fuerza la visión de él siempre la había asociado, mentalmente, con aquellos sonidos. Como de costumbre, su traje y su abrigo eran negros y, como de costumbre también, estaba leyendo las noticias musicales del Times. Sus negros ojos, muy parecidos a los de un pájaro enorme, recorrían el periódico como si cambiaran de un titular al otro con movimientos bruscos y rápidos. Sostenía el periódico con la mano derecha, mientras el brazo izquierdo, subdesarrollado a causa de una lesión cuando era niño, permanecía pegado al cuerpo. La mano izquierda asomaba de vez en cuando para dar un pequeño tirón a su recortado bigote y al pequeño indicio de barba que sobresalía en el labio inferior. Su negro cabello, peinado hacia atrás y demasiado largo para la moda de la época, estaba húmedo, pues siempre iba sin sombrero. Todo esto, junto con el bamboleo que imprimía a su cabeza al leer, le daba una imagen de halcón hambriento e inquieto, decidido a obtener compensación del fastidioso mundo que le rodeaba.

De pie cerca de Kreizler estaba el gigantesco Cyrus Montrose, criado, cochero ocasional, eficiente guardaespaldas y amigo íntimo de Laszlo. Como la mayoría de los empleados de Kreizler, Cyrus era un ex paciente. A pesar de su aspecto y de sus modales controlados, Cyrus me ponía algo nervioso. Aquella mañana vestía unos pantalones grises y una chaqueta marrón ajustada, y su cara ancha y negra ni siquiera pareció registrar mi presencia. Pero al acercarme, dio un golpecito en el brazo de Kreizler y señaló hacia mí.

—Ah, Moore —exclamó Kreizler, sacando con la mano izquierda un reloj con cadena de bolsillo del chaleco al tiempo que me tendía sonriente la derecha—. Espléndido.

—Laszlo —le contesté, estrechándole la mano—. Cyrus —añadí, con una inclinación de cabeza que apenas obtuvo respuesta.

Kreizler me señaló el periódico al tiempo que comprobaba la hora.

—Estoy algo molesto con tus jefes. Ayer noche asistí a una brillante representación de Pagliacci en el Metropolitan, con Melba y Ancona, y de lo único que habla el Times es del Tristán de Alvary. —Se interrumpió para estudiar mi cara—. Pareces cansado, John.

—No sé por qué razón. Deambular por ahí en un carruaje sin capota a las tantas de la noche suele ser muy relajante. ¿Te importaría decirme qué pinto yo aquí?

—Un momento. —Kreizler se volvió a un vigilante vestido de uniforme azul oscuro y gorra de plato que permanecía sentado en una silla de madera allí cerca—. ¿Fuller? Ya estamos listos.

—Sí, doctor —contestó el hombre, cogiendo un enorme llavero que colgaba de su cintura y dirigiéndose a la puerta del corredor central.

Kreizler y yo le seguimos. Cyrus se quedó atrás, como una figura de cera.

—Has leído el artículo, ¿eh? —me preguntó Kreizler mientras el vigilante abría la puerta que daba a la primera sala.

Al abrir, los gritos y aullidos de las celdas se hicieron tan ensordecedores como inquietantes. Había poca luz en aquel corredor sin ventanas, sólo la que podían ofrecer unas pocas bombillas eléctricas muy gastadas. Algunas mirillas de las impresionantes puertas metálicas permanecían abiertas.

—Sí —respondí al fin, bastante intranquilo—. Lo he leído. Y entiendo la posible relación... Pero ¿para qué me necesitas?

Antes de que Kreizler pudiera contestar, el rostro de una mujer apareció de pronto en la primera puerta de la derecha. A pesar de llevar el cabello recogido iba despeinada, y la expresión de su cara ancha y gastada era de violenta indignación. Pero la expresión cambió en un segundo, al ver quién era el visitante.

—¡Doctor Kreizler! —le llamó, con un jadeo ronco, pero apasionado.

Este grito disparó una reacción en cadena que creció a gran velocidad. El nombre de Kreizler se extendió por el corredor de celda en celda, de interna a interna, a través de las paredes y las puertas de hierro de la sala de las mujeres a la de los hombres. Yo ya había presenciado aquello otras veces en distintas instituciones, pero siempre me resultaba sorprendente: las palabras eran como chorros de agua sobre carbones encendidos que se llevaban los chisporroteos del calor y dejaban tan sólo los suspiros del vapor, tal vez una momentánea pero efectiva disminución del fuego que ardía en lo más hondo.

La causa de un fenómeno tan singular era muy sencilla. Kreizler era conocido entre los pacientes —así como en los ámbitos criminales, médicos y legales de Nueva York— como el hombre cuyo testimonio en los tribunales o en una audiencia sobre salud mental podía determinar —más que cualquier otro alienista del momento— si a una persona se la debía enviar a la cárcel, a las dependencias en cierto modo menos horrorosas de una institución mental, o si podía regresar a la calle. Por tanto, en el momento en que se le descubría en un lugar como el Pabellón de los Locos, las habituales exclamaciones de locura daban paso a un misterioso intento de comunicación coherente por parte de la mayoría de los internos. Sólo los no iniciados o los enfermos sin remisión continuaban con su delirio. Y aun así, el efecto de aquella repentina disminución del sonido no era del todo tranquilizadora. De hecho, en cierto modo era peor para los nervios pues sabíamos que el intento de establecer el orden era forzado, y que las oleadas de angustia pronto volverían de nuevo como ascuas encendidas, protestando ante la transitoria supresión del chorro de agua.

La reacción de Kreizler ante el comportamiento de los internos no fue menos desconcertante, pues imaginaba qué experiencias en su vida y en su carrera habrían implantado en él la habilidad de cruzar un lugar así y contemplar aquellas actuaciones desesperadas (todas salpicadas por frases contenidas aunque apasionadas de «¡Doctor Kreizler, necesito hablar con usted!», o «¡Doctor Kreizler, yo no soy como esos otros!») sin rendirse a las lágrimas, a la revulsión o al desespero. A medida que avanzaba con pasos mesurados por el pasillo, las cejas se iban juntando sobre sus centelleantes ojos, que giraban veloces de un lado al otro, de celda en celda, con una mirada de comprensiva amonestación: como si aquellas personas fueran chiquillos sin hogar. En ningún momento se permitió dirigirse a ninguno de los internos, pero su negativa no fue en absoluto cruel, todo lo contrario: hablar con cualquiera de ellos habría significado tan sólo potenciar las esperanzas de aquel desgraciado, quizás erróneamente, a la vez que hubiera frustrado las de los demás. Cualquiera de los internos allí presentes que hubiera estado en manicomios o en cárceles con anterioridad, o que hubiese permanecido en observación durante un largo período en Bellevue, sabía que aquélla era la costumbre de Kreizler, y efectuaba sus súplicas más desesperadas con los ojos, consciente de que Kreizler sólo lo reconocería con la vista.

Pasamos por las puertas correderas a la sala de los hombres, y seguimos al vigilante Fuller hasta la última celda de la izquierda. Allí se situó a un lado y abrió la pequeña ventana de observación en la puerta fuertemente asegurada.

—¡Wolff! —le llamó—. Tienes visita. Asunto oficial, así que compórtate.

Kreizler se situó frente a la ventanilla para atisbar el interior, mientras yo observaba por encima de su hombro. Dentro de la pequeña celda, de paredes desnudas, había un hombre sentado en un tosco catre, bajo el que se veía un orinal abollado. Unos gruesos barrotes cubrían la única ventana de la celda, y la hiedra de fuera oscurecía la poca luz exterior que pretendía entrar. Una jarra metálica para agua y una bandeja con un trozo de pan y un cuenco con restos de gachas de avena descansaban en el suelo cerca del hombre, que mantenía la cabeza entre las manos. Sólo llevaba una camiseta y unos calzoncillos de lana, sin cinturón ni tirantes (el suicidio era la gran preocupación de aquellas instituciones). Unos gruesos grilletes le ceñían tanto las muñecas como los tobillos. Al alzar la cara, pocos segundos después de que lo llamara Fuller, reveló un par de ojos enrojecidos que me recordaron algunas de mis peores mañanas. Y su rostro profundamente arrugado, sin afeitar, mostró una expresión de resignada indiferencia.

—Señor Wolff —le llamó Kreizler, observando cuidadosamente al hombre—. ¿Se encuentra usted sobrio?

—¿Quién no lo estaría después de una noche en este lugar? —contestó el hombre, arrastrando confusamente las palabras.

Kreizler cerró la pequeña puerta de hierro que cubría la ventanilla y se volvió a Fuller.

—¿Lo han drogado?

Incómodo, Fuller se encogió de hombros.

—Estaba delirando cuando lo trajeron, doctor Kreizler. Según el vigilante, parecía mucho peor que si estuviera simplemente borracho, así que lo llenaron de cloral.

Kreizler suspiró, profundamente irritado. El hidrato de cloral era una de las sustancias que le amargaban la existencia: un compuesto de sabor amargo y color neutro, algo cáustico, que reducía los latidos del corazón haciendo que el sujeto se calmara extraordinariamente. Cuando se utilizaba como en muchos bares, ponía al que lo ingería en estado casi comatoso, convirtiéndolo en presa fácil para el robo o el secuestro. La comunidad médica insistía, sin embargo, en que el cloral no producía adicción (Kreizler lo rebatía violentamente), y a veinticinco centavos la dosis era una alternativa más barata y conveniente que encadenar a un interno o ponerle un arnés de cuero. Por consiguiente se utilizaba a la ligera, sobre todo en los que padecían trastornos mentales, o simplemente en individuos violentos. Pero en los veinticinco años que habían transcurrido desde su introducción, su uso se había extendido entre la gente, que en aquel entonces no sólo podía comprar libremente cloral sino también morfina, opio, cáñamo índico u otra sustancia parecida en cualquier farmacia. Muchos miles de personas habían destruido su vida entregándose voluntariamente al polvo de cloral que «libra de las preocupaciones y de las penas, y proporciona un sueño saludable», como destacaba uno los fabricantes. La muerte por sobredosis se había vuelto muy común; cada vez eran más los suicidios que se relacionaban con el uso del cloral, y aún así los médicos de aquella época seguían insistiendo ciegamente en su inmunidad y provecho.

—¿Cuántos granos? —preguntó Kreizler, cambiando irritación por hastío, consciente de que la administración de la droga no era trabajo ni responsabilidad de Fuller.

—Empezaron con veinte —contestó el vigilante, tímidamente—. Yo ya se lo dije, señor. Les dije que le habían citado para la evaluación y que se enfadaría, pero... En fin, ya sabe, señor.

—Sí —contestó Kreizler en voz baja—, ya sé. —Con lo cual ya éramos tres... Y lo que sabíamos era que al enterarse el vigilante del Pabellón de la elección de Kreizler y de las probables objeciones de éste, casi con toda certeza había doblado la dosis de cloral y reducido significativamente la capacidad de Wolff para participar en el tipo de evaluación que a Kreizler le gustaba hacer, la cual incluía muchas preguntas de sondeo que en condiciones ideales debían formularse a individuos que no se hallaran bajo los efectos de alguna droga o del alcohol. Éste era el sentimiento general hacia Kreizler entre sus colegas, sobre todo entre los más veteranos.

—Bien —anunció mi amigo después de estudiar unos instantes el asunto—. No hay nada que hacer... Aquí estamos, Moore, y el tiempo apremia. —Inmediatamente pensé en la extraña referencia al «calendario» en la nota de Kreizler a Roosevelt la noche anterior, pero no dije nada mientras él descorría los cerrojos de la pesada puerta y tiraba con fuerza de ella—. Señor Wolff —le advirtió Kreizler—, tenemos que hablar.

Durante la hora siguiente, yo permanecí sentado mientras Kreizler examinaba a aquel hombre confuso y desorientado, que se mantenía firme —hasta donde el cloral se lo permitía— en la idea de que si realmente había disparado a la cabeza de la pequeña Louisa Rudesheimer con su pistola (y nosotros le aseguramos que lo había hecho) entonces debía estar loco, y por lo tanto había que mandarlo a un manicomio, o a lo sumo a la institución para convictos dementes en Mattewan, en vez de a la cárcel o al patíbulo. Kreizler tomó cuidadosa nota de su actitud, pero por el momento no discutió el caso en sí sino que formuló una larga lista de preguntas, al parecer no relacionadas con el hecho, sobre el pasado de Wolff, su familia, sus amigos y su infancia. Las preguntas eran abiertamente personales, y en cualquier situación normal habrían parecido atrevidas e incluso ofensivas; y el hecho de que la reacción de Wolff ante las preguntas de Kreizler fuera menos violenta de lo que habría sido la de cualquier otro hombre era un claro indicio de que lo habían drogado. Pero la ausencia de rabia también indicaba una falta de precisión y de franqueza en las respuestas, de modo que la entrevista parecía destinada a un prematuro final.

Pero ni siquiera la calma inducida de Wolff se pudo mantener cuando Kreizler le preguntó finalmente por Louisa Rudesheimer. ¿Había abrigado algún sentimiento de tipo sexual hacia la niña?, inquirió Laszlo, con una brusquedad que yo no había percibido a menudo en conversaciones de este tipo. ¿Había otras criaturas en el edificio hacia las que albergara tales sentimientos? ¿Tenía novia? ¿Frecuentaba los burdeles? ¿Se sentía atraído sexualmente por jovencitos? ¿Por qué había disparado a la niña, en vez de apuñalarla? Al principio Wolff pareció desconcertado ante todas estas preguntas y apeló a Fuller, el vigilante, preguntándole si debía responder o no. Fuller le contestó, con cierto regocijo lascivo, que debía responder, y Wolff así lo hizo durante un rato. Pero al cabo de media hora se puso en pie tambaleante, hizo sonar los grilletes y juró que ningún hombre podía obligarle a participar en un interrogatorio tan obsceno. Declaró desafiante que prefería vérselas con el verdugo, ante lo cual Kreizler se levantó y le miró fijamente a los ojos.

—Me temo que en el estado de Nueva York la silla eléctrica va ganando terreno a la horca, señor Wolff —le dijo sin levantar la voz—. Aunque sospecho que, basándonos en las respuestas que ha dado a mis preguntas, lo va a comprobar usted mismo. Que Dios se apiade de usted, señor.

Al dirigirse Kreizler hacia la puerta, Fuller se apresuró a abrirla. Yo lancé un último vistazo a Wolff antes de seguir a mi amigo. El aspecto de aquel hombre había pasado de la indignación a un profundo temor, pero estaba demasiado débil para hacer otra cosa que no fuera murmurar protestas patéticas sobre lo que consideraba era su locura. Luego se derrumbó nuevamente sobre el catre.

Kreizler y yo regresamos por el corredor central del Pabellón mientras Fuller volvía a cerrar la puerta de la celda de Wolff. La mudas súplicas de los demás pacientes empezaron de nuevo, pero pronto nos alejamos de allí. Una vez en el vestíbulo, los gritos y aullidos volvieron a hacerse más estridentes a nuestras espaldas.

—Creo que podemos descartarle, Moore —dijo Kreizler en tono tranquilo y cansino mientras se ponía los guantes que Cyrus le había ofrecido—. Por muy drogado que esté, Wolff se ha revelado violento, sin duda, y resentido con los niños. Y borracho también. Pero no es un loco, ni creo que esté relacionado con el asunto que ahora nos preocupa.

—Ah, por cierto —dije, aprovechando la oportunidad—, ya que hablas del asunto...

—Ellos lo quieren loco, por supuesto —murmuró Laszlo, como si no me hubiese oído—. Los médicos de aquí, los periódicos, los jueces; les gustaría pensar que sólo un loco es capaz de dispararle a una niña de cinco años un tiro a la cabeza. Crea ciertas... dificultades, si nos vemos obligados a aceptar que nuestra sociedad puede producir hombres cuerdos que cometen actos como éstos. —Lanzó un suspiro y cogió el paraguas que le tendía Cyrus—. Sí, supongo que este caso supondrá un largo día o dos en los tribunales...

Salimos del Pabellón y yo busqué refugio bajo el paraguas de Kreizler, y luego subimos a la calesa, que ahora llevaba la capota alzada. Sabía lo que se me avecinaba: un monólogo que sería como una especie de catarsis para Kreizler, una reafirmación de algunos de sus principios profesionales más básicos, encaminado a aliviarle de la enorme responsabilidad de contribuir a enviar a un hombre a la muerte... Kreizler estaba abiertamente en contra de que se ejecutara a criminales, ni siquiera a los despiadados asesinos como Wolff; pero no iba a permitir que esto interfiriera en su juicio o en su determinación de si se trataba de auténtica locura, lo cual le dejaba un margen relativamente pequeño, si se comparaba con muchos de sus colegas. Cuando Cyrus saltó al asiento del cochero y la calesa se alejó de Bellevue, la diatriba de Kreizler empezó a tratar temas que yo ya le había escuchado muchas veces: de cómo una amplia definición de locura podía hacer que la sociedad en su conjunto se sintiera mejor pero que no hiciera nada por la ciencia de la mente, y en cambio redujera las posibilidades de que aquellos que padecían auténticos trastornos mentales recibieran un cuidado y un tratamiento adecuados. Era una especie de discurso insistente: Kreizler parecía alejar cada vez más la imagen de Wolff en la silla eléctrica... Y a medida que iba exponiendo su teoría, me di cuenta de que no había ninguna posibilidad de que yo consiguiera alguna información sólida sobre lo que realmente estaba pasando, ni por qué me habían convocado.

Miré con cierta frustración hacia los edificios que íbamos pasando y dejé que mis ojos se posaran en Cyrus, pensando por un momento que, dado que ya había escuchado aquello en más de una ocasión, tal vez obtuviera cierta compasión por su parte. Pero debería haber adivinado que no sería así... Al igual que Stevie Taggert, Cyrus había tenido una vida difícil antes de ponerse a trabajar para Laszlo, y ahora era absolutamente fiel a mi amigo. De muchacho, en Nueva York, Cyrus había visto cómo destrozaban literalmente a sus padres durante los motines de los reclutamientos de 1863, cuando hordas furiosas de hombres y mujeres, la mayoría emigrantes recién llegados que expresaban su negativa a combatir por la causa de la Unión y la emancipación de los esclavos, atrapaban a cualquier negro que encontraban —incluyendo a los niños pequeños— y los despedazaban, los quemaban vivos, los emplumaban, o les aplicaban cualquier tortura que sus mentes del Viejo Mundo fueran capaces de concebir. Después de la muerte de sus padres, a Cyrus, un músico de gran talento y con una espléndida voz de bajo, lo acogió un tío suyo alcahuete, que le entrenó para ser «profesor», es decir, pianista en un burdel que facilitaba jóvenes negras a hombres blancos ricos. Pero su pesadilla juvenil le había hecho bastante reacio a tolerar los abusos de los clientes del establecimiento. Una noche de 1887 se había enfrentado a un policía borracho que había ido a cobrar su comisión, que a su entender incluía algunos golpes con el revés de la mano e insultos como «perra negra». Cyrus se fue tranquilamente a la cocina, cogió un largo cuchillo de descarnar, y despachó al policía al Paraíso especialmente reservado a los miembros caídos del Departamento de Policía de Nueva York.

Una vez más, Kreizler había intervenido en el caso. Con una teoría que él denominaba «asociación explosiva», había revelado al juez la génesis de las acciones de Cyrus: durante los pocos minutos en que se produjo el asesinato, aseguró Laszlo, Cyrus había regresado mentalmente a la noche en que murieran sus padres, y el manantial de furia que había mantenido tapado desde el incidente, había estallado entonces, arrollando al prepotente policía. Cyrus no estaba loco, había anunciado Kreizler, tan sólo había respondido a la situación de la única forma que podía hacerlo un hombre con su historial. El juez se había quedado impresionado con los argumentos de Kreizler pero, dado el estado de ánimo de la opinión pública, no podía dejar suelto a Cyrus... Sugirió el internamiento en el Manicomio de la Ciudad de Nueva York o en Blackwells Island; pero Kreizler declaró que emplearlo en su Instituto contribuiría en mayor medida a su rehabilitación. El juez, ansioso por verse libre de aquel caso, consintió. El asunto no contribuyó a mitigar la fama de rebelde que Kreizler tenía entre el público y los colegas de profesión, ciertamente tampoco contribuyó a que a los habituales visitantes de la casa de Laszlo les apeteciera quedarse a solas con Cyrus en la cocina. Pero sin duda le aseguró la lealtad de éste.

La lluvia siguió cayendo mientras avanzábamos al trote por el Bowery, la única calle importante de Nueva York que nunca había conocido la presencia de una iglesia, que yo supiera. Salones, cafés concierto y pensiones de mala muerte desfilaban veloces ante nosotros, y cuando pasamos por Cooper Square divisé el enorme letrero luminoso y las ventanas con las cortinas corridas del Salón Paresis que dirigía Biff Ellison, donde Georgio Santorelli había centrado sus patéticas actividades. Seguimos avanzando a través de más páramos de viviendas miserables, en donde el habitual ajetreo de sus aceras sólo había disminuido ligeramente por la lluvia. Cuando doblamos por Bleecker Street y nos acercamos a la Jefatura de Policía, Kreizler me preguntó de pronto:

—¿Viste el cadáver?

—¿Que si lo vi? —inquirí con cierta irritación, aunque aliviado de que al fin se tocara el tema—. Todavía lo veo si cierro un momento los ojos... Por cierto, ¿de quién partió la idea de levantar a todos los de casa y obligarme a ir hasta allí? Yo no puedo informar de estas cosas, y tú lo sabes... Lo único que se consiguió fue asustar a mi abuela, y eso no tiene nada de gracioso.

—Lo siento, John. Pero era preciso que vieras a qué nos estamos enfrentando.

—¡Yo no me estoy enfrentando a nada! —volví a protestar—. Yo sólo soy un periodista, recuérdalo... Un periodista con una historia horripilante que no puede contar.

—No te haces justicia, Moore —replicó Kreizler—. Eres una auténtica enciclopedia de información privilegiada..., aunque es posible que no te hayas dado cuenta.

—¡Laszlo! —Mi voz subió de tono—. ¿Qué diablos...?

Pero no pude seguir. Al doblar por Mulberry Street oí unas voces que me llamaban, y al volver la vista vi a Link Steffens y a Jake Riis corriendo hacia la calesa.