Título original: Still Alice

Traducción: Francisco Pérez Navarro

1.ª edición: febrero, 2015

© 2015 by Lisa Genova

© Ediciones B, S. A., 2015

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B 4868-2015

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-995-4

Maquetación ebook: Caurina.com

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

En recuerdo de Angie

Para Alena

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Cita

Septiembre de 2003

Octubre de 2003

Noviembre de 2003

Diciembre de 2003

Enero de 2004

Febrero de 2004

Marzo de 2004

Abril de 2004

Mayo de 2004

Junio de 2004

Julio de 2004

Agosto de 2004

Cita

Septiembre de 2004

Octubre de 2004

Noviembre de 2004

Diciembre de 2004

Enero de 2005

Febrero de 2005

Marzo de 2005

Abril de 2005

Mayo de 2005

Junio de 2005

Verano de 2005

Septiembre de 2005

Fracasa el ensayo del Amylex

Epílogo

Postscript

Agradecimientos

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Hacía por lo menos un año que algunas neuronas de su cabeza, no lejos de los oídos, comenzaron a ahogarse y terminaron muriendo tan silenciosamente que no pudo oírlas. Algunos dirían que todo sucedió de una forma tan insidiosa que las propias neuronas iniciaron la cadena de acontecimientos que las condujeron a su autodestrucción. Ya se tratase de asesinato molecular o suicidio celular, antes de morir fueron incapaces de avisarla de lo que estaba ocurriendo.

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Septiembre de 2003

Alice estaba sentada a la pequeña mesa de su dormitorio, distraída por los ruidos que provocaba John recorriendo las habitaciones de la planta baja. Antes de ir al aeropuerto necesitaba terminar de revisar aquel artículo para la Revista de Psicología Cognitiva, y acababa de leer la misma frase tres veces sin comprenderla. Según su despertador eran las siete y media, pero creía que iba diez minutos adelantado. Por la hora y el ruido cada vez mayor que le llegaba del piso inferior, dedujo que él tenía que marcharse pero había olvidado algo y no podía encontrarlo. Se dio unos golpecitos con el lápiz rojo en el labio inferior mientras contemplaba los números digitales del reloj y se preparaba para lo que vendría a continuación.

—¿Ali?

Tiró el lápiz sobre la mesita y suspiró. Bajó y lo encontró arrodillado en el salón, rebuscando entre los cojines del sofá.

—¿Las llaves? —preguntó.

—Las gafas. Y por favor, no me regañes. Ya llego tarde.

Ella siguió su frenética mirada hasta la repisa de la chimenea, donde un antiguo reloj Waltham, famoso por su precisión, marcaba las ocho en punto, aunque sabía que no se podía fiar de ese reloj. En aquella casa, los relojes raramente marcaban el tiempo real, a Alice la habían engañado demasiadas veces y desde hacía tiempo prefería confiar en su reloj de pulsera. Al entrar en la cocina retrocedió en el tiempo, ya que el microondas insistía en que sólo eran las 6.52.

Miró por encima de la despejada superficie de la encimera de granito y allí estaban, junto al bol blanco con forma de champiñón y sobre el correo todavía sin abrir. No debajo de algo, ni detrás de algo que impidiera verlas. ¿Cómo podía alguien tan listo como él, todo un científico, no ver lo que tenía delante de sus narices?

Por supuesto, muchas cosas suyas también se ocultaban maliciosamente en pequeños y recónditos escondites, pero jamás lo admitiría ante él ni lo involucraría en la búsqueda. El otro día, por ejemplo, John no se había enterado de que ella pasó una enloquecida mañana buscando el cargador de su Blackberry, primero por toda la casa y después por todo su despacho de la facultad. Al final tuvo que rendirse, ir a la tienda y comprar uno nuevo. Naturalmente, esa noche lo descubrió enchufado junto a la mesita de noche, donde tenía que haber mirado primero. Probablemente podía achacar aquellos despistes a las excesivas tareas de ambos y a que siempre estaban demasiado ocupados. O a que se estaban volviendo viejos.

Él apareció en el umbral de la cocina, mirando las gafas que Alice tenía en las manos pero no a ella.

—La próxima vez, cuando busques algo, imagina que eres una mujer —dijo ella sonriendo.

—Me pondré una de tus faldas. Ali, por favor. Llego tarde, de verdad.

—Según el reloj del microondas, te sobra tiempo —respondió, tendiéndole las gafas.

—Gracias.

Las cogió como un atleta cogería el testigo en una carrera de relevos, y se lanzó hacia la puerta principal.

—¿Estarás en casa el sábado cuando vuelva? —le preguntó a la espalda de John mientras lo seguía por el pasillo.

—No lo sé, el sábado tengo un día muy ocupado en el laboratorio. —Y recogió a la carrera la cartera, el teléfono móvil y las llaves de la mesita del recibidor.

—Que tengas un buen viaje. Dale abrazos y besos a Lydia de mi parte, e intenta no pelearte con ella.

Ella contempló sus reflejos en el espejo del pasillo: él, aspecto distinguido, alto, cabello castaño con algunas canas y gafas; ella, pelo rizado y brazos cruzados sobre el pecho; y ambos dispuestos a esgrimir sus propios e insondables argumentos. Alice apretó los dientes y se tragó el suyo, prefiriendo no complicar las cosas.

—Hace mucho que no coincidimos. Por favor, intenta estar en casa —rogó ella.

—Lo sé y lo intentaré.

La besó y, aunque se le notaba ansioso por marcharse, se demoró en el beso un instante más. Si Alice no lo conociera tan bien, podría haber idealizado ese beso y haberse quedado allí de pie, pensando que le había dicho: «Te quiero y te echaré de menos.» Mientras John desaparecía rápidamente calle abajo, estuvo casi segura de que él le hubiera respondido: «Yo también te quiero. Pero, por favor, no te enfades mucho si el sábado no llego a casa temprano.»

Todas las mañanas solían atravesar juntos los jardines de Harvard. Entre las muchas cosas que le gustaban de que ambos trabajaran en la misma universidad, a un kilómetro escaso de su casa, la que más disfrutaba era compartir el camino con él. Siempre se detenían en Jerri’s —café solo para él, té con limón para ella, caliente o helado según la estación—, y después seguían hasta la plaza Harvard, charlando sobre sus clases e investigaciones, los temas de sus respectivos departamentos, los hijos o los planes para la tarde. Cuando estaban recién casados, incluso caminaban cogidos de la mano. Ella disfrutaba la relajada intimidad de aquellos paseos matutinos, antes de que la exigencia diaria de sus trabajos y ambiciones los agotara.

Ya hacía tiempo que iban a Harvard por separado. Alice había pasado todo el verano con su maletín a cuestas, asistiendo a conferencias de psicología en Roma, Nueva Orleáns y Miami, y formando parte de un comité examinador en la defensa de una tesis en Princeton. En primavera, los cultivos celulares de John necesitaron de una creciente atención a horas intempestivas de la mañana, pero como él no confiaba en que sus alumnos los atendieran debidamente, lo hacía él. No se acordaba de los motivos anteriores a aquella primavera, pero sí que siempre parecían razonables y únicamente temporales.

Volvió a su artículo, todavía distraída y ahora también ansiosa por la pelea que no había tenido con John a causa de Lydia, su hija pequeña. ¿Tan difícil era que la apoyase a ella y no a su hija por una vez en la vida? Dedicó al resto del artículo un esfuerzo superficial, suficiente dado su fragmentario estado mental y la escasez de tiempo, pero lejos de su típico estándar de excelencia. Terminados sus comentarios y sugerencias, lo metió en un sobre que cerró a continuación, culpablemente consciente de que podía haber cometido algún error en la concepción o interpretación del artículo, maldiciendo a John por comprometer la integridad de su propio trabajo.

Reorganizó el maletín, que ni siquiera había vaciado de su anterior viaje. En los meses siguientes viajaría menos, sólo tenía un puñado de conferencias confirmadas en su calendario semestral de otoño, y la mayoría era en viernes, día que no tenía clases. Como la de mañana. Mañana sería la conferenciante invitada que cerraría la serie de coloquios otoñales sobre psicología cognitiva. Y después iría a ver a Lydia. Intentaría no pelearse con ella, pero no podía prometer nada.

Alice encontró fácilmente el camino hasta el Cordura Hall de Stanford, situado en la esquina oeste del campus y Panama Drive. Para ella, mujer de la costa Este, su exterior de hormigón estucado de blanco, el techo de terracota y la vegetación exuberante le recordaban más a un hotel playero que a un edificio académico. Llegaba con bastante adelanto, pero entró de todas formas, suponiendo que podría emplear el tiempo sobrante para sentarse en el auditorio y repasar su conferencia.

Para su sorpresa, la sala ya estaba abarrotada. Una multitud entusiasta rodeaba una larga mesa, peleándose agresivamente como gaviotas en una playa por conseguir algo de comida. Antes de poder retroceder y pasar desapercibida descubrió a Josh, un viejo compañero de clase de Harvard y reputado ególatra, cruzado en su camino con las piernas bien plantadas en el suelo y un poco demasiado abiertas, como dispuesto a abalanzarse sobre ella.

—¿Todo esto es por mí? —preguntó Alice, sonriendo complacida.

—No; comemos así todos los días. Esto es por uno de nuestros psicólogos desarrollistas, ayer lo confirmaron en su puesto. ¿Cómo te trata Harvard?

—Bien.

—No puedo creer que sigas allí después de tantos años, es demasiado aburrido. Tendrías que venir aquí.

—Ya veremos. ¿Cómo te va a ti?

—Fantásticamente. Deberías ir a mi despacho después de la conferencia y ver nuestros últimos modelos para la obtención de datos. Te van a alucinar.

—Lo siento, pero no podré. En cuanto acabe aquí, tengo que tomar un avión a Los Ángeles —respondió ella, agradecida por tener una excusa preparada.

—Oh, lástima. La última vez que te vi creo que fue el año pasado en la conferencia de psiconomía. Por desgracia me perdí tu presentación.

—Bueno, hoy podrás escuchar una buena parte de ella.

—Reciclando antiguas conferencias, ¿eh?

Antes de que respondiera, Gordon Miller, director del departamento y su nuevo superhéroe, apareció repentinamente y la salvó pidiéndole a Josh que lo ayudara a repartir el champán. En el departamento de Psicología de Stanford, como en todo Harvard, era una tradición brindar con champán cuando alguien alcanzaba un codiciado hito en su carrera como era la obtención de un puesto fijo. No había muchas trompetas que anunciaran los avances puntuales de la carrera de un profesor, pero un puesto fijo era uno grande, alto y claro.

Cuando todo el mundo tuvo su copa en la mano, Gordon subió al estrado y le dio unos golpecitos al micrófono.

—¿Pueden prestarme un momento de atención, por favor?

La risa de Josh, excesivamente alta, reverberó por todo el auditorio antes de que Gordon continuase.

—Hoy debemos felicitarnos porque Mark haya conseguido un puesto fijo en nuestro departamento. Estoy seguro de que se siente emocionado por haber conseguido ese particular logro, y brindo por los muchos que todavía le quedan por conseguir. ¡Por Mark!

—¡Por Mark!

Alice entrechocó su copa con la de sus vecinos, y todo el mundo reanudó rápidamente sus tareas de beber, comer y charlar. Cuando toda la comida desapareció de las bandejas y las últimas botellas se vaciaban en las copas, Gordon volvió al estrado.

—Si tienen la bondad de sentarse, podremos dar paso a la conferencia de hoy. —Esperó unos momentos a que la multitud de setenta y cinco personas se acomodara y se callase—. Hoy tengo el honor de presentarles la primera conferencia-coloquio del año. La doctora Alice Howland es una eminente profesora de Psicología de la William James de Harvard. En los últimos veinticinco años de su distinguida carrera ha participado en muchos de los avances más significativos en psicolingüística. Fue pionera del enfoque interdisciplinar e integrado en el estudio de los mecanismos lingüísticos y sigue liderando ese campo. Hoy tenemos el privilegio de tenerla entre nosotros para que nos hable de la organización conceptual y neuronal del lenguaje.

Alice intercambió sitio con Gordon y vio que el público la contemplaba expectante. Mientras esperaba que los aplausos amainaran, pensó en las estadísticas que indicaban que la gente le tenía más miedo a hablar en público que a la propia muerte. A ella en cambio le encantaba y disfrutaba de esos momentos previos a su intervención ante un auditorio atento, ya fuera para dar una clase, narrar una historia o moderar un debate acalorado. También disfrutaba de la descarga de adrenalina que todo aquello suponía. Cuanto más arriesgase en su disertación, cuanto más sofisticado y hostil fuera el público, más la excitaba la experiencia. John era un orador excelente, pero a menudo se sentía presa del pánico, y se maravillaba ante la facilidad de palabra de Alice. Probablemente no prefería la muerte, pero sí enfrentarse a un ejército de serpientes y arañas.

—Gracias, Gordon. Hoy les hablaré de algunos de los procesos mentales que subyacen en la adquisición, organización y utilización del lenguaje.

Alice había utilizado las bases de aquella particular conferencia innumerables veces, pero ella no lo llamaría reciclaje. El quid de la cuestión consistía en centrarse en los principios más importantes de la lingüística, algunos de los cuales había descubierto ella misma, y desde hacía años utilizaba gran parte de las mismas diapositivas. Pero se sentía orgullosa, no avergonzada ni perezosa, de que esa parte de su conferencia, la que se centraba en sus descubrimientos, siguiera vigente y resistiera el paso del tiempo. Sus contribuciones sostenían y propulsaban futuros descubrimientos. Y seguro que ella participaría en ellos.

Hablaba sin necesidad de consultar sus notas, relajada y animada, las palabras surgiendo sin esfuerzo. Hasta que a los cuarenta minutos de una presentación de cincuenta, se quedó repentinamente en blanco.

—Los datos revelan que los verbos irregulares requieren el acceso al...

No podía encontrar la palabra adecuada. Sabía lo que quería decir, pero la palabra concreta la eludía. No recordaba la primera letra, cómo sonaba la palabra o cuántas sílabas tenía. Y tampoco la tenía en la punta de la lengua. Había desaparecido de su mente.

La culpa tenía que ser del champán. Normalmente no bebía alcohol antes de sus conferencias. Aunque se supiera el texto de carrerilla, incluso en las circunstancias más informales, le gustaba estar lo más mentalmente despierta, sobre todo por la sesión de preguntas y respuestas del final, que podía ser polémica y abrir un debate rico e imprevisto. Pero cuando volvió a verse atrapada en una conversación pasivo-agresiva con Josh, no quiso ofender a nadie negándose a brindar y había bebido un poco más de la cuenta.

Quizá fuera el jet-lag. Mientras rebuscaba por los rincones de su mente en busca de la palabra y las razones de que la hubiera perdido, su corazón se aceleró y su rostro enrojeció. Pero nunca se dejaba dominar por el pánico frente a un público, y ya había superado momentos más comprometidos que ése. Respiró hondo, dispuesta a olvidar el incidente y seguir adelante.

Sustituyó la palabra olvidada con un vago e inapropiado «eso», abandonó el punto concreto que estaba desarrollando y pasó al siguiente. La pausa le pareció una eternidad, pero cuando miró los rostros del público para ver si alguien había notado su lapsus, nadie pareció alarmado, molesto o simplemente alterado. Entonces vio cómo Josh le susurraba algo a la mujer que se encontraba a su lado, con las cejas enarcadas y una ligera sonrisa en el rostro.

Se encontraba en el avión, descendiendo ya hacia el aeropuerto de Los Ángeles, cuando por fin recordó la palabra.

«Léxico.»

Hacía tres años que Lydia vivía en Los Ángeles. De haber ingresado en la universidad después del instituto, se habría licenciado la primavera anterior y Alice se sentiría orgullosa de ella. Probablemente, Lydia era más lista que sus hermanos mayores, los gemelos, y ellos sí habían ido a la universidad. Una a la facultad de Derecho, y el otro a la de Medicina.

En lugar de centrarse en la universidad, Lydia decidió viajar primero por Europa. Alice supuso que volvería con una idea más clara de qué quería estudiar y a qué facultad pretendía ir. Pero, tras su vuelta, dijo que había estado haciendo sus pinitos como actriz en Dublín y que se había enamorado de esa profesión. Pensaba trasladarse a Los Ángeles de inmediato.

Alice casi perdió la cabeza. A pesar de sentirse locamente frustrada, reconoció su propia contribución al problema. Como Lydia era la más joven de los tres, hija de unos padres que trabajaban mucho y viajaban con cierta regularidad, y como siempre había sido una buena estudiante, Alice y John la habían ignorado demasiado. Le habían ofrecido mucho espacio para que se creara su propio mundo, mucha libertad para que pensara por sí misma y mucha autonomía, lo que no era común entre los niños de su edad. Creyeron que sus vidas profesionales le servirían como ejemplo deslumbrante de lo que se podía conseguir si uno se planteaba metas nobles e individualmente satisfactorias y las perseguía con pasión y mucho esfuerzo. Lydia comprendió los consejos de su madre acerca de la importancia de recibir una educación universitaria, pero tuvo la confianza y la audacia suficientes para rechazarlos.

Además, no estaba enteramente sola. La pelea más explosiva que Alice hubiera tenido nunca con John siguió a su opinión sobre el tema: «Creo que es maravilloso, siempre puede ir a la universidad después... si decide que quiere ir.»

Alice consultó la dirección en su Blackberry, llamó al timbre del apartamento 7 y esperó. Estaba a punto de volver a llamar cuando Lydia abrió la puerta.

—¡Mamá! Llegas muy pronto —exclamó a modo de saludo.

—No; llego puntual —respondió ella tras consultar el reloj.

—Dijiste que tu avión llegaba a las ocho.

—Dije a las cinco.

—Yo tengo las ocho escrito en mi agenda.

—Lydia, son las seis menos cuarto y estoy aquí.

Su hija la observó indecisa y nerviosa, como una ardilla sorprendida por un coche en plena carretera.

—Perdona. Entra.

Ambas dudaron un instante antes de abrazarse, como si tuvieran que practicar un baile recién aprendido y no se sintieran muy confiadas en cuál era el primer paso o cuál de las dos debería llevar a la otra. O como si fuera una antigua danza que no bailaban juntas desde hacía tanto tiempo que no estaban seguras de la coreografía.

Alice notó el relieve de la columna vertebral y las costillas de su hija a través de la camiseta que llevaba puesta. Parecía demasiado delgada, unos cinco kilos menos de lo que recordaba. Deseó que fuera a causa del trabajo y no de una dieta. Rubia y de metro setenta y cinco, siete centímetros más alta que ella, Lydia destacaba por encima de las mujeres bajitas, italianas o asiáticas, que eran mayoría en Cambridge; pero allí, en Los Ángeles, las salas de espera de todos los castings estarían llenas de mujeres muy parecidas a ella.

—Había hecho la reserva para las nueve. Espera un momento, vuelvo enseguida.

Estirando el cuello desde el recibidor, Alice echó un vistazo a la cocina y al salón. El mobiliario, más que comprado en un mercadillo vecinal o aprovechado de lo que le sobraba a los padres, parecía muy ecléctico: sofá naranja, mesita de café de estilo retro, mesa y sillas de cocina estilo familia Brady... Las paredes blancas estaban desnudas, a excepción de un póster de Marlon Brando sobre el sofá. El aire olía a productos químicos, como si Lydia hubiera limpiado el piso a última hora, justo antes de la llegada de su madre.

La verdad era que todo parecía un poco demasiado limpio. Sin DVD o CD desparramados, sin libros o revistas sobre la mesa de café, sin fotos o notas pegadas en el frigorífico. No descubrió por ninguna parte una sola pista sobre los intereses actuales de su hija. Allí podía vivir cualquiera. Hasta que vio unos zapatos de hombre en el suelo tras la puerta, un poco a la izquierda.

—Háblame de tus compañeros de piso —pidió Alice cuando Lydia volvió de su habitación con el teléfono móvil en la mano.

—Están trabajando.

—¿Qué clase de trabajo tienen?

—Uno es camarero y el otro repartidor de supermercado.

—Creía que eran actores.

—Y lo son.

—Ya. ¿Me recuerdas sus nombres?

—Doug y Malcolm.

Duró apenas un instante pero Alice lo supo, y Lydia supo que ella lo sabía. Lydia se había sonrojado al mencionar el nombre de Malcolm, y había apartado nerviosamente sus ojos de los de su madre.

—¿Nos vamos? Han dicho que podían cambiarnos la reserva para las seis.

—De acuerdo. Pero necesito ir un momento al cuarto de baño.

Mientras Alice se lavaba las manos, se fijó en los productos que había en la mesita contigua al lavabo: limpiador facial y leche hidratante de Neutrogena, pasta de dientes mentolada, desodorante masculino, una caja de tampones... Se quedó un momento pensativa. Ella no había tenido el período en todo el verano. ¿Cuándo había sido la última vez? ¿En mayo? En un mes cumpliría los cincuenta, así que no se alarmó. Todavía no experimentaba sofocos o sudores nocturnos, pero no todas las mujeres menopáusicas los sufrían. A ella no le hubiera importado.

Al secarse las manos reparó en la caja de preservativos que asomaba tras los productos capilares. Tendría que averiguar algo más sobre los compañeros de piso de su hija, y sobre Malcolm en particular.

Se sentaron en una mesa de la terraza del Ivy, un moderno restaurante del centro de Los Ángeles, y pidieron dos bebidas: un martini para Lydia y una copa de merlot para Alice.

—¿Cómo va el artículo de papá para la revista Science? —preguntó la chica.

Eso significaba que había hablado recientemente con su padre; en cambio, Alice no sabía nada de ella desde su tradicional llamada telefónica del Día de la Madre.

—Ya lo ha terminado. Se siente muy orgulloso de él.

—¿Y cómo están Anna y Tom?

—Bien. Ocupados. Trabajando duro. ¿Cómo conociste a Doug y a Malcolm?

—Fueron una noche a Starbucks, cuando yo trabajaba allí.

Se acercó el camarero y pidieron la comida. Y otra copa. Alice deseó que el alcohol diluyera la tensión existente entre ellas, pesada y espesa bajo la delgada capa de fino papel que enmascaraba la conversación aparentemente trivial.

—¿Cómo conociste a Doug y a Malcolm?

—Acabo de explicártelo. ¿Por qué nunca me escuchas? Fueron una noche a Starbucks mientras yo trabajaba, y les oí decir que buscaban un compañero de piso.

—Creí que trabajabas de camarera en un restaurante.

—Y lo hago. Trabajo en Starbucks durante la semana y de camarera los sábados por la noche.

—No parece que te quede mucho tiempo libre para actuar.

—Ahora mismo no hago nada, pero sigo tomando clases y voy a un montón de castings.

—¿Qué tipo de clases?

—De técnica Meisner.

—¿Y de qué son los castings?

—Para anuncios de televisión y prensa.

Alice hizo girar su vino en la copa y la vació de un solo trago antes de relamerse los labios.

—Lydia, ¿cuáles son exactamente tus planes de futuro?

—No pienso rendirme y abandonar, si te refieres a eso.

Las bebidas surtían efecto, pero no precisamente el que Alice habría querido. Más bien servían de combustible para quemar esa delgada capa de fino papel, dejando la tensión al descubierto y al borde de una peligrosa conversación familiar.

—No puedes vivir así eternamente. ¿Seguirás trabajando en Starbucks cuando tengas treinta años?

—¿Dentro de ocho? ¿Acaso sabes tú lo que estarás haciendo dentro de ocho años?

—Sí, lo sé. Llegará un momento en que tendrás que aceptar responsabilidades, ser capaz de pagar un seguro médico, una hipoteca, un fondo para la jubilación...

—Ya tengo seguro médico. Y lo demás lo conseguiré cuando trabaje únicamente como actriz. Los actores pueden permitirse todo eso, ¿sabes? Algunos hasta ganan más dinero que papá y tú juntos.

—No estoy hablando únicamente de dinero.

—¿De qué, entonces? ¿De que no seré como tú?

—Baja la voz.

—No me digas lo que tengo que hacer.

—No quiero que te conviertas en mí, Lydia. Sólo pretendo que no limites tus elecciones.

—No; lo que quieres es elegir por mí.

—No.

—Yo soy así y esto es exactamente lo que quiero hacer.

—¿Qué? ¿Servir capuchinos? Deberías estar en la universidad, dedicar esta época de tu vida a aprender cosas.

—¡Ya estoy aprendiendo cosas! Sencillamente, no me paso las horas muertas sentada en un aula de Harvard matándome para conseguir un sobresaliente cum laude en Ciencias Políticas. Tengo quince horas semanales de clases. ¿Cuántas reciben tus alumnos? ¿Doce?

—No es lo mismo.

—Bueno, pues papá opina que sí. Por eso me paga las clases.

Alice tiró con fuerza del borde de su falda y apretó los labios. Lo que tenía ganas de decir no era nada agradable para Lydia.

—Nunca me has visto actuar —la acusó su hija antes de que tuviera oportunidad de abrir la boca.

John sí. El pasado invierno había viajado en avión para verla actuar en una obra de teatro. Presionada por demasiados asuntos pendientes y urgentes, Alice no pudo liberarse y acompañarlo. Mientras contemplaba los dolidos ojos de Lydia, ni siquiera pudo recordar cuáles habían sido esos asuntos. No tenía nada en contra de que su hija actuase, pero que lo hiciera de aquella manera, sin procurarse antes una educación formal, bordeaba la imprudencia. Si a su edad no iba a la universidad y adquiría una firme base de conocimientos o de experiencia práctica en algún campo, si no se licenciaba en nada, ¿qué haría más tarde si no conseguía triunfar como actriz?

Pensó en los preservativos del cuarto de baño. ¿Y si se quedaba encinta? Le preocupaba que algún día su hija se viera atrapada en una vida vacía y amargada, llena de arrepentimiento. La miró y vio potencial desperdiciado. Demasiado potencial desperdiciado.

—No te haces más joven cada día que pasa, Lydia. La vida pasa demasiado deprisa.

—Estoy de acuerdo.

Llegó la comida, pero ninguna de las dos cogió los cubiertos. Lydia se frotó los ojos con la servilleta de lino bordada a mano. Siempre repetían la misma discusión, y Alice sintió como si estuvieran intentando romper un muro de cemento a cabezazos: no resultaba productivo y sólo conseguían hacerse daño. Ojalá Lydia pudiera darse cuenta de que todo lo que le decía estaba motivado por el amor y la experiencia; ojalá pudiese cruzar la distancia que las separaba y estrecharla entre sus brazos, pero había demasiados platos, demasiados vasos y demasiados años de distancia entre ellas.

Unas cuantas mesas más allá, un repentino estallido de actividad atrajo su atención unos instantes. Varias cámaras dispararon sus flashes, y una pequeña multitud de clientes y camareros se reunió en torno a una mujer que se parecía ligeramente a Lydia.

—¿Quién es? —preguntó Alice.

—Mamá, es Jennifer Anniston —respondió ella, con el tono ligeramente condescendiente y de superioridad que solía utilizar desde los trece años.

Después se concentraron en sus respectivos platos y en temas seguros, como la comida y el clima. Alice quería descubrir algo más sobre su relación con Malcolm, pero las brasas de la emoción de Lydia seguían calientes, y temía que ese tema iniciara otra pelea. Pagó la cuenta y se marcharon con el estómago lleno pero insatisfechas.

—Perdone, señora. —El camarero las alcanzó cuando ya estaban en la acera—. Se ha dejado esto.

Alice hizo una pausa, intentando comprender cómo el camarero podía tener su Blackberry en la mano. Rebuscó en el bolso. No, allí no estaba. La habría sacado cuando buscaba el monedero para pagar.

—Gracias.

Lydia la miró con curiosidad, como si quisiera decirle algo que no tenía relación con la comida o el tiempo, mucho menos con Malcolm, pero no lo hizo. Regresaron en silencio al apartamento.

—¿John?

Alice esperó en el recibidor, sujetando el asa de su maleta. El Harvard Magazine coronaba el montón de correo sin abrir amontonado en el suelo frente a ella. Los únicos sonidos que oía eran el tictac del reloj en el salón y el zumbido del frigorífico en la cocina. El sol del atardecer la calentaba, pero el ambiente del interior parecía frío, oscuro y estancado. Deshabitado.

Recogió el correo y se dirigió a la cocina, con la maleta de ruedas acompañándola como un perrito fiel. Su vuelo se había retrasado y llegaba tarde, incluso según el reloj del microondas. John había tenido todo un día, todo un sábado para trabajar.

El contestador automático no parpadeaba. Miró la puerta del frigorífico. Ninguna nota. Nada.

Se quedó inmóvil en la oscura cocina sin soltar la maleta, y contempló durante varios minutos el parpadeo del reloj del microondas. La decepcionada pero indulgente voz de su cabeza fue convirtiéndose lentamente en un mero susurro, mientras el volumen de otra voz más primaria aumentaba y se expandía. Pensó en llamarlo, pero aquella segunda voz rechazó la idea y se negó a aceptar excusas; pensó en que la ausencia de John no importaba, pero la voz, expandiéndose ahora por todo su cuerpo, levantando ecos en su vientre, vibrando en la punta de sus dedos, era demasiado poderosa y persuasiva para ignorarla.

¿Por qué la afectaba tanto? John estaba en medio de un experimento y no podía abandonarlo para volver a casa. Ella misma se había encontrado en esa situación innumerables veces. Es lo que hacían. Es lo que eran. La voz le dijo que era una estúpida.

Descubrió sus zapatillas deportivas en el suelo, junto a la puerta trasera. Justo lo que necesitaba. Un poco de ejercicio haría que se sintiera mejor.

Habitualmente corría cada día. Para ella, y desde hacía muchos años, el footing era como comer o dormir, una necesidad diaria vital, y siempre se hacía un hueco para practicarlo, ya fuera a medianoche o en plena tormenta de nieve. No obstante, en los últimos meses había estado tan ocupada que había obviado esa necesidad básica. Mientras se ataba los cordones de las zapatillas, se dijo que no se las había llevado a California porque no sabía si tendría tiempo de utilizarlas. Pero la verdad era que, simplemente, olvidó ponerlas en la maleta.

Cuando partía de su casa, en la calle Poplar, seguía invariablemente la misma ruta: bajaba por la avenida Massachusetts, cruzaba la plaza Harvard hasta Memorial Drive, seguía el río Charles hasta el puente Harvard por encima del ITM, y daba media vuelta. Poco más de ocho kilómetros, un paseo de cuarenta y cinco minutos. Incluso le atraía la idea de participar en la maratón de Boston, pero todos los años decidía ser realista y reconocer que no tenía tiempo de entrenarse para recorrer esa distancia, aunque quizá lo hiciera algún día. Se encontraba en un estado físico excelente para una mujer de su edad, y estaba segura de que podría seguir corriendo hasta los sesenta.

El denso tránsito de peatones por las aceras y las intermitentes esperas ante el tráfico rodado en los cruces de las calles dificultaron un poco la primera mitad de su recorrido por la avenida Massachusetts y a través de la plaza Harvard. A esa hora del sábado, las calles estaban abarrotadas y exultantes de anticipación; se formaban multitudes aguardando los semáforos en verde y se aglomeraban a la puerta de los restaurantes a la espera de una mesa, o en las colas de los cines para conseguir una entrada, o aparcaban en doble fila suplicando la improbable aparición de un espacio libre. Durante los primeros diez minutos de la carrera necesitó una buena cantidad de concentración para avanzar a través de aquel caos, pero una vez cruzó Memorial Drive hasta el río Charles, se sintió libre de correr a su antojo.

La agradable tarde invitaba a realizar diversas actividades a lo largo del río; pero, aun así, la zona estaba mucho menos congestionada que las calles de Cambridge. A pesar del constante flujo de practicantes de jogging, de perros tirando de sus propietarios, de paseantes, patinadores, ciclistas y madres llevando a sus bebés en cochecitos como experimentadas conductoras en una carretera que les fuera familiar, Alice sólo retenía una vaga percepción de cuanto la rodeaba.

Mientras recorría la ribera, sólo era consciente del sonido de sus Nike golpeando el pavimento con un ritmo sincopado al de su propia respiración. No repasaba su discusión con Lydia, no hacía caso del gruñido de su estómago, no pensaba en John. Sólo corría.

Como tenía por costumbre, dejó de correr en cuanto llegó al parque John Fitzgerald Kennedy, un conjunto de cuidados retales de césped, colindantes con Memorial Drive. Con la cabeza despejada, y el cuerpo relajado y rejuvenecido, emprendió el regreso a casa. El parque conectaba con la plaza Harvard mediante un tranquilo y delimitado corredor situado entre el hotel Charles y la Kennedy School of Government.

Pasó a través de ese corredor y llegó a la intersección de las calles Eliot y Brattle. Ya se preparaba para cruzar, cuando una mujer la sujetó por el antebrazo con una fuerza sorprendente y le dijo:

—¿Ha pensado hoy en el Cielo?

La mujer la taladró con una mirada fija y penetrante. Tenía el pelo largo, de color y textura de estropajo, y sobre el pecho le colgaba una pancarta escrita a mano: arrepiéntete, américa. rechaza el pecado y vuelve con jesús. Siempre había alguien en la plaza Harvard vendiendo a Dios, pero a Alice jamás la habían abordado de una forma tan directa.

—Lo siento —se disculpó. Y, aprovechando una abertura en el flujo de tráfico, huyó al otro lado de la calle.

Intentó seguir caminando, pero se quedó inmóvil. De repente no sabía dónde estaba. Miró hacia atrás. La mujer del cabello estropajoso perseguía a otro pecador. El corredor, el hotel, las tiendas, las calles ilógicamente serpenteantes. Estaba en medio de la plaza Harvard, sabía que se encontraba allí, pero no recordó el camino de regreso a casa.

Volvió a repasar su entorno de forma más minuciosa. El hotel Harvard, la tienda de deportes Eastern Mountain, la ferretería Dickson Brothers, la calle Mont Auburn. Reconocía todos aquellos lugares —la plaza era su territorio desde hacía veinticinco años—, pero no conseguía formar un mapa mental que situara su casa respecto a aquellas tiendas. Un signo circular frente a ella, con una «T» en blanco y negro, marcaba la entrada a la línea roja del metro, pero en la plaza Harvard había cuatro entradas y no lograba deducir cuál de las cuatro era aquélla.

Su corazón se aceleró y empezó a sudar. Se dijo que un corazón acelerado y un exceso de transpiración formaban parte de una respuesta orquestada y lógica al ejercicio físico. Pero estando allí de pie, en la acera, no pudo evitar que el pánico la embargara.

Decidió caminar otra manzana, y después otra, sintiendo que sus piernas enfundadas en látex podían ceder a cada paso. El Coop, Cardullo’s, el quiosco del rincón, el Cambridge Visitor Center al otro lado de la calle y el campus de Harvard más allá. Se dijo que todavía podía leer y reconocer todo lo que la rodeaba, pero eso no la ayudó. A todo aquello le faltaba contexto.

Gente, coches, autobuses y toda clase de ruidos insoportables circulaban y se entretejían a su alrededor. Cerró los ojos y escuchó el zumbido de su propia sangre y de su pulso en los oídos.

—Basta, por favor —susurró.

Abrió los ojos. El paisaje volvió a ajustarse tan repentinamente como la había abandonado. El Coop, Cardullo’s, Nini’s Corner, el Harvard Yard... Automáticamente supo que tenía que girar a la izquierda en la esquina y dirigirse al oeste por la avenida Massachusetts. Su respiración se calmó. Ya no estaba perdida a un par de kilómetros de su casa, pero lo cierto es que había estado perdida a un par de kilómetros de su casa. Caminó tan rápido como pudo aunque sin correr.

Cuando llegó a su calle, una vía residencial tranquila con árboles alineados a ambos lados, apenas a un par de manzanas de la avenida Massachusetts, con los pies firmemente plantados en la calzada y su casa al alcance de la vista, se sintió más tranquila, aunque no a salvo. Todavía no. Mantuvo la mirada fija en su puerta mientras se acercaba, prometiéndose que el mar de ansiedad que se agitaba furiosamente en su interior se calmaría en cuanto entrase y viera a John. Si es que John estaba en casa.

—¿John?

Apareció en el umbral de la cocina, sin afeitar y con las gafas apoyadas en su mata de pelo de científico loco, sorbiendo un polo rojo y llevando su camiseta gris de la suerte. No había dormido en toda la noche. Tal como se había prometido, su ansiedad empezó a remitir. Pero con ella también parecía abandonarla la energía, dejándola frágil y con ganas de desplomarse en los brazos de su marido.

—Hola, me estaba preguntando dónde te habías metido. Iba a dejarte una nota en la nevera. ¿Cómo te ha ido? —preguntó él.

—¿Qué?

—Standford.

—Oh, bien.

—¿Y cómo está Lydia?

La traición y el dolor por la discusión con Lydia, y por no encontrarlo en casa cuando volvió de su viaje, aunque temporalmente exorcizados por la carrera y desplazados por el terror al encontrarse inexplicablemente perdida, reclamaron su prioridad en la lista de reproches.

—Dímelo tú —respondió.

—Os habéis peleado.

—¿Le estás pagando las clases de interpretación? —preguntó en tono acusador.

—Oh —exclamó él, sorbiendo los restos del polo con su boca teñida de rojo—. Oye, ¿podemos hablar de eso después? Ahora no tengo tiempo.

—Pues búscalo, John. La estás manteniendo a flote por tu cuenta, sin contar conmigo, y no estabas aquí cuando he vuelto a casa y...

—Y tú tampoco estabas aquí cuando yo he vuelto a casa. ¿Cómo te ha ido el paseo?

Captó el sencillo razonamiento de su pregunta. Si ella lo hubiera esperado, si lo hubiera llamado, si no hubiera hecho exactamente lo que le apetecía y salido a correr, habrían pasado juntos la última hora. En eso no tenía más remedio que estar de acuerdo con él.

—Bien.

—Lo siento. Te he esperado cuanto he podido, pero debo volver al laboratorio. Por ahora está siendo un día increíble y tenemos unos resultados parciales estupendos, pero todavía no hemos terminado. He de analizar esos resultados a fondo, antes de reanudar el trabajo por la mañana. Sólo he venido a casa para verte.

—Necesito hablar contigo de eso ahora.

—El que no estemos de acuerdo en lo referente a Lydia no es ninguna novedad, Ali. ¿No puedes esperar hasta que vuelva?

—No.

—Entonces acompáñame y hablamos por el camino.

—Hoy no pienso ir al despacho. Necesito quedarme en casa.

—Necesitas hablar ahora, necesitas quedarte en casa... De repente tienes muchas necesidades. ¿Necesitas algo más?

Sus palabras tocaron nervio. Sugerir que necesitaba muchas cosas implicaba convertirla en un ser débil, dependiente, patológico. Como su padre. Una de las motivaciones en su vida había sido siempre no parecerse a él, no ser como él.

—Es que estoy agotada.

—Mírate. Tienes que reducir el ritmo.

—Eso no es lo que necesito.

John esperó a que aclarase la frase, pero ella tardó demasiado.

—Mira, cuanto antes me vaya, antes volveré. Descansa un poco, nos veremos esta noche.

Besó su cabeza empapada de sudor y se marchó.

Alice se quedó en el recibidor, sin nadie a quien confesarle sus temores o en quien confiar, todavía conmocionada por el impacto emocional de lo ocurrido en la plaza Harvard. Se sentó en el suelo y se apoyó contra la fría pared, mirando cómo le temblaban las manos en el regazo, como si no fueran suyas. Intentó concentrarse en calmar la respiración, tal como hacía cuando corría.

Tras unos minutos de inspirar y expirar acompasadamente, se serenó lo bastante como para buscar un sentido a lo sucedido. Pensó en la palabra olvidada durante su conferencia en Stanford y en la ausencia de regla. Se levantó, conectó el ordenador portátil y tecleó en el Google: menopausia síntomas.

Una lista abrumadora llenó la pantalla: sofocos, sudores nocturnos, insomnio, agotamiento físico, mareos, ritmo cardíaco irregular, depresión, irritabilidad, cambios de humor, desorientación, confusión mental, lapsos de memoria...

Desorientación. Confusión mental. Lapsos de memoria. Sí, sí y sí. Se recostó en la silla y se acarició el rizado cabello negro. Paseó la mirada arriba y abajo por las fotos colocadas en los estantes de su biblioteca personal, que iba del suelo hasta el techo: el día de su graduación en Harvard, John y ella bailando en su boda, retratos familiares de cuando sus hijos eran pequeños, un retrato de familia en la boda de Anna...

Volvió a la lista de la pantalla. Bien, aquélla era la fase siguiente y natural de su vida como mujer. Millones de mujeres la sufrían todos los días. Ningún peligro de muerte. Nada anormal.

Escribió una nota para concertar cita con su médico y que le hiciera un chequeo. Quizá debiera tomar estrógenos. Volvió a leer la lista de los síntomas. Irritabilidad. Cambios de humor. Su reciente discusión con John. Todo cuadraba. Satisfecha, apagó el portátil.

Se quedó un rato en el estudio, disfrutando del silencio de su casa y los sonidos que desprendían las barbacoas de los vecinos. Inhaló el aroma de las hamburguesas cocinándose. Por alguna razón ya no tenía hambre. Se tomó una pastilla vitamínica con un trago de agua, deshizo las maletas, leyó varios artículos de The Journal of Cognition y se fue a la cama.

John llegó a casa pasada la medianoche. Su peso al acostarse la despertó, pero muy poco. Permaneció inmóvil y fingió estar dormida. Él debía de estar exhausto tras pasar la noche en blanco y trabajar todo el día siguiente. Ya hablarían de Lydia por la mañana. Y ella se disculparía por estar últimamente demasiado sensible y de mal humor. La cálida mano de John sobre su cadera marcaba la curva de su cuerpo. Se durmió profundamente con su aliento en la nuca, convencida de que por fin se encontraba a salvo.