333 a.C.

El cielo, por encima de la polvareda, era azul. En la lejanía, al otro lado de la llanura, las montañas se alzaban teñidas de púrpura y lavanda, las más distantes coronadas de rojo por el sol poniente. Allí arriba, en el éter, todo era paz. En el cielo, a su derecha, un águila volaba perezosamente en círculo; era el mejor de los augurios. Más cerca, había aves de peor agüero.

Kineas sentía que mientras mantuviera su atención en el reino de los cielos estaría a salvo del miedo. Los dioses siempre le habían hablado: despierto, mediante augurios, y dormido, en vívidos sueños. Hoy necesitaba a los dioses.

El ruido y el movimiento que había a su derecha le distrajeron, y bajó los ojos de la seguridad de los espacios vacíos hasta las riberas del río Pinaro, los llanos, el matorral, la playa, el mar... Justo enfrente de él, separados sólo por la anchura del río, aguardaban treinta mil jinetes persas; eran tantos que, en las faldas de una colina al otro lado del Pinaro, llegaban a verse las filas que cerraban la formación más allá de la nube de arena que habían levantado. Se le encogió el estómago y se le revolvieron las tripas. Se tiró un pedo y, avergonzado, torció el gesto.

Niceas, su hipereta, soltó un gruñido que bien pudo ser una risa.

—Cuidado, Kineas —dijo señalando a la derecha—. El jefe.

Jinetes, un escuadrón de unos veinte, las clámides centelleantes con sus adornos de oro, los corceles magníficos, cabalgaban a medio galope cruzando la llanura hacia el linde de la playa donde la caballería aliada aguardaba su sino.

Sólo uno llevaba la cabeza descubierta; sus rizos rubios eran tan brillantes como el oro de la cabeza de gorgona que sujetaba su clámide púrpura, y sobre el lomo del caballo, una piel de leopardo. Los condujo a través de la arena endurecida hasta el general del ala izquierda, Parmenio, apenas a medio estadio de allí. Parmenio sacudió la cabeza y con un ademán indicó las hordas de la caballería persa, y los rizos rubios se agitaron cuando rio.

El rubio gritó algo que el viento se llevó consigo y los tesalios de la escolta de Parmenio le aclamaron y corearon su nombre: «¡Alejandro! ¡Alejandro!» Luego regresó a medio galope por la playa hasta alcanzar a la caballería aliada, tan sólo seiscientos jinetes al frente del flanco izquierdo.

Pese a todo, Kineas sonrió cuando el rubio cabalgó hacia él. A sus espaldas, los hombres de la caballería aliada comenzaron a vitorearlo: «¡Viva Alejandro! ¡Viva Alejandro!» No tenía sentido, pocos de ellos eran de ciudades con alguna razón para amar a Alejandro.

Alejandro cabalgó hasta el frente derecho de la caballería aliada y levantó el puño. Los jinetes le aclamaron a voz en cuello. Él sonrió lleno de júbilo, encantado ante su aprobación.

—¡Ahí está el Gran Rey, hombres de Grecia! ¡Y al final de este día, nosotros seremos amos de Asia y él no será nada! ¡Acordaos de Darío y de Jerjes! ¡Recordad los templos de Atenas! ¡Adelante, helenos! ¡Ha llegado la hora de la venganza!

Y cabalgó con soltura, le espalda erguida, su clámide púrpura ondeando en la brisa, cada centímetro un rey, a medio galope delante de la caballería, deteniéndose para decirle esto a uno, eso a otro.

—¡Kineas! ¡Nuestro ateniense! —exclamó.

Kineas saludó cruzando su pesada machaira sobre el pecho.

Alejandro se detuvo sujetando su caballo con las rodillas, un caballo que era dos palmos más alto que el de Kineas y que valía cien daricos de oro. Pareció reparar en las nutridas huestes persas por primera vez.

—Hoy tengo conmigo a pocos atenienses, Kineas. Sé digno de tu ciudad.

Cuadró los hombros y avanzó sobre su montura. Mientras recorría el frente, los vítores recomenzaron: primero la caballería aliada, luego los tesalios, y después a lo largo de la llanura hasta las falanges: «¡Alejandro!» Se detuvo otra vez para hablar, gesticuló con los brazos, echó la cabeza hacia atrás con aquella risa que tan bien conocía hasta el último de sus hombres. «¡Alejandro!» Prosiguió cabalgando más deprisa, lanzando su caballo blanco a galope tendido, con su escolta siguiéndolo como la clámide sujeta al cuello, mientras todos los hombres del ejército gritaban su nombre: «¡Alejandro!»

Parmenio soltó un gruñido de desdén y azuzó a su caballo. Hizo ademán al hiparco aliado y a sus oficiales de que se aproximaran. A continuación señaló hacia los persas y dijo:

—Demasiado fondo, demasiado apiñados. Dejemos que lleguen a la orilla del río y que carguen. Lo único que hay que hacer es aguantar hasta que el niño haga el trabajo.

Kineas era más joven que «el niño», y no estaba seguro de poder retener la comida en el vientre, y mucho menos aún impedir que miles de medos inundaran la llanura para luego penetrar por la fuerza en los flancos de la falange. Era dolorosamente consciente de que estaba allí, al mando de cien jinetes, porque su padre era muy rico y muy impopular por su apoyo a Alejandro, y no gracias a méritos propios. Entre los jinetes áticos que tenía a sus órdenes se contaban numerosos amigos de infancia. Temía estar a punto de conducir a una muerte segura a Diodoro y Agis, a Laertes y Graco, a Clístenes y Demetrio, todos con los que había jugado a ser hippeis mientras sus padres dictaban las leyes y comerciaban.

La voz de Parmenio le hizo volver al presente.

—¿Me entendéis bien? —Su griego macedonio seguía chirriando incluso después de un año oyéndolo—. En cuanto lleguen a la mitad del río, atacáis.

Kineas regresó al frente de su escuadrón casi incapaz de controlar a su caballo. La ansiedad y la impaciencia se turnaban para debilitarlo y embriagarlo. Deseaba que fuese cuanto antes. Deseaba que hubiese terminado.

Niceas escupió mientras cabalgaba.

—Vamos al sacrificio —dijo, y se llevó una mano al amuleto que colgaba de su cuello—. El niño rey no quiere perder a ninguno de sus amados tesalios. Y, al fin y al cabo, nosotros no somos más que unos insignificantes griegos.

Kineas ordenó con un gesto a su soldado esclavo que fuese en busca de agua, y las manos le temblaron al beberla. A lo lejos, hacia la derecha, se oían gritos: una insistente aclamación y voces griegas cantando el peán. Eso podía proceder de cualquiera de los bandos. Había muchos griegos entre los persas. Seguramente más atenienses con el Gran Rey que con Alejandro. Kineas miró al frente y trató de concentrarse de nuevo, pero las falanges macedonias se movían a su derecha haciendo temblar el suelo, más un alboroto que algo visible a través de la nube de polvo que habían levantado con sus primeros pasos.

La bruma de la batalla. El Poeta habló de ella, y Kineas al fin la veía. Era aterradora y grandiosa al mismo tiempo. Y se elevaba hacia el cielo como el humo de un sacrificio o una pira funeraria.

Sin embargo, no lograba poner su mente por encima del polvo hasta alcanzar el azul.

Él estaba allí, en la playa, y los persas se acercaban. Y a pesar del temblor de sus manos, su mente seguía los acontecimientos de la batalla. Veía a los taxeis macedonios en el centro, atravesando nubes de polvo. Oía el griterío de los hombres que seguían al rey en su avance, y percibía la batalla con todos los sentidos mientras ésta se extendía hasta subir por las colinas lejanas. Y el encontronazo llegó cuando el centro entró en combate, los griegos del Gran Rey se alzaron como un muro ante las picas macedonias.

Los persas del frente de Kineas se tomaron su tiempo. Kineas tuvo ocasión de observar cómo la falange se arrojaba al lecho del río y se esforzaba en cruzar la grava y subir por la ribera opuesta, tiempo que le permitió ver a los griegos chocar contra la infantería persa, que los hizo parar en seco; hombres muertos caían hacia atrás por los empinados ribazos y arrastraban consigo a las filas que trepaban detrás de ellos. Vítores al viento en algún lugar más a la derecha.

—Vista al frente —dijo Niceas. Besó su amuleto.

Tan sólo a un estadio delante de él, un único jinete persa entró al trote en el río y comenzó a vadearlo. Gesticulaba y gritaba, y el grueso de la caballería persa iba bajando despacio por aquel paso más somero, adentrándose en el Pinaro.

Filipo Kontos, el noble macedonio al mando de la caballería aliada, levantó la mano. El cuerpo entero de Kineas dio una tremenda sacudida y el caballo respingó una vez, y luego otra, al transmitirle su tensión a la bestia a través de las rodillas. Hasta entonces sólo se había enfrentado a la caballería persa en una ocasión. Le constaba que eran mejores jinetes que la mayoría de los griegos y que sus caballos eran más grandes y feroces. Rezó a Atenea.

Niceas se puso a cantar el peán. Bastaron cinco palabras para que todos los hombres de la primera fila se le sumaran; el volumen del sonido aumentó y se extendió cual llama en un campo agostado, un fuego cantado que lanzaba chispas y pavesas a los tesalios que tenían detrás. La caballería persa, un frente compacto de jinetes, estaba en medio del río.

Kontos dejó caer el brazo. La caballería aliada inició el avance al paso; los caballos, excitados, daban coletazos y amagaban con encabritarse. Kineas cambió de mano su jabalina ligera, hasta entonces sujeta con la que agarraba las riendas, resuelto a llevar a cabo una hazaña bélica para la que se había adiestrado durante cinco años: arrojar su primera jabalina y combatir con la segunda, todo ello al galope. Midió el terreno hasta el frente de la caballería persa. El grueso de la caballería griega comenzó a avanzar más deprisa, primero al trote y luego a medio galope, el peán hecho trizas por el ruido machacón de las pezuñas. La montura de Kineas salió de la arena y comenzó a descender la ligera pendiente de grava de la orilla del Pinaro. Cerró el puño indicando el inicio de la carga y la trompeta de Niceas sonó.

Había dejado de ser un oficial. Ahora sería un guerrero. El muro de medos que tenía enfrente le llenó los ojos e hizo que se le tensasen los hombros. Su yegua estiraba la cabeza, lanzada al galope tendido. Apretó las rodillas y los muslos contra los flancos del animal, se irguió y arrojó su jabalina hacia el persa más cercano. Cogió la segunda jabalina y la levantó justo cuando los cascos del caballo entraban en el agua del río y se estrellaba, casi de cabeza, contra la montura del hombre al que acababa de matar —la jabalina había atravesado el cuerpo del persa—. Su menuda yegua derribó al gran caballo persa, que cayó al agua agitando las patas. Un golpe contra su costado izquierdo desprotegido se propagó hasta su casco y los brazos. Sintió dolor. Kineas arremetió contra un hombre de barba pelirroja que blandía su lanza como si fuese un garrote, paró el golpe y su propia lanza se partió con el impacto, pero la punta de bronce abrió un tajo en la mejilla del persa al cruzarse, tan próximos que sus rodillas se tocaron. Ahora tenía al barba roja detrás y estaba desarmado. Su yegua estaba hundida hasta las rodillas en el agua, había perdido impulso, y uno de los caballos persas chocó contra ella. Ambas bestias se alzaron en el agua como encarnaciones del dios del río batiéndose en duelo, las salpicaduras, una fuente de fuego bajo el sol. El jinete del semental persa atacó con su lanza y Kineas lo esquivó mientras caía de la montura. Un instante después se encontró bajo el agua, el fragor de la batalla acallado. Tras un latido de su corazón, Kineas ya tenía los pies debajo de él pese al peso de la armadura, y su espada halló el camino hasta su mano mientras su cabeza regresaba al aire y al estruendo.

Su yegua se había ido, empujada por el caballo persa, más grande. Encima de él corveteaba uno de color gris. Kineas golpeó la pierna del jinete con la espada, un tajo limpio; manó sangre de la herida y acto seguido el jinete estaba en el agua y Kineas trataba de montar, una mano aferrada a la crin rubia del caballo gris, la otra asiendo a muerte el puño de la espada, el agua tirando de sus piernas y el pesado peto empujándole hacia abajo a cada intentona por montar.

Un arma repicó contra su casco, y le dio la vuelta de tal modo que lo cegó. Una cuchilla le marcó el brazo, chirrió sobre el bronce de su coraza y le dio en el antebrazo con que sujetaba la brida. El caballo gris, asustado, se desbocó y lo sacó a rastras del río remontando la orilla que había dejado atrás hacía tan poco; iba colgado de sus crines, cosa que causó tanto pánico a la pobre bestia que sacudió su poderosa cabeza hacia atrás. La suerte y la fuerza de su cuello le impulsaron un palmo más arriba que el mejor de sus intentos precedentes, de modo que alcanzó a hincar una rodilla sobre su ancho lomo. Otro caballo le embistió de lado, la bendición de la Diosa, ya que el nuevo oponente le empujó hasta los lomos de su nueva montura, aunque los dientes del semental se cobraron el favor en la carne desnuda de su muslo. Arremetió a ciegas con la espada y notó que se clavaba en carne ajena. Con la mano de la brida se quitó el casco y se lo arrojó al enemigo que ahora podía ver, le asestó otro golpe de espada, esta vez concentrado, y su hombre cayó.

Kineas no alcanzaba las riendas. Las rodillas le sujetaban bien al lomo de la gran yegua, pero no podía hacerla girar, y estaba de espaldas al enemigo, cuyo peto era una clara señal de que era heleno y enemigo. Ni siquiera veía a otro griego. Arremetió contra un hombre que se le estaba echando encima con una lanza y falló por completo, y casi perdió la montura otra vez, pero el hombre de la lanza pasó de largo.

Imprudente o desesperado, Kineas se inclinó sobre el cuello de su nueva montura y trató de agarrar las riendas que colgaban: falló. Lo intentó otra vez. Las cogió, el tirón fue demasiado fuerte y el corcel se encabritó, corveteó y volvió a ponerse a cuatro patas. Kineas se volvió hacia el río y le hizo un tajo a un persa. El hombre dio un respingo. Kineas clavó los talones en los ijares de su caballo y éste se adentró aún más en el río, mordió enfurecido a un semental que le impedía el paso mientras Kineas mataba a su jinete. Penetró en la masa de persas y, de pronto, se encontró sobre la grava, al otro lado del río, apretujado entre una masa de enemigos que no podían avanzar ni retirarse de tantos como eran.

Fue una mala sorpresa para ellos, tan prietos que las jabalinas resultaban inútiles; incluso su espada era demasiado larga y el brazo le dolía por el esfuerzo cada vez que la levantaba. Se había adentrado mucho en su formación. No pensó ni planeó nada. Se puso a dar mandobles a diestro y siniestro y cuando la pesada espada le fue arrancada de la mano por el peso de una víctima, cogió la daga de su cinturón y se arrimó a su siguiente enemigo hasta oler el cardamomo de su aliento mientras se la clavaba en la axila. Se abrazó a su víctima como un luchador agotado y el cuerpo recibió tal golpetazo que le hizo rodar hacia atrás sobre su montura. Soltó el cuerpo y lo dejó caer entre los caballos. Una jabalina alcanzó a Kineas en el borde del peto y le pinchó los tendones del cuello antes de arrojarlo al suelo. Intentó parar otro golpe, pero la mano izquierda no le obedeció y el hombre le arreó con la espada contra la coraza magullándole el costado, y luego su caballo siguió adelante y ya no había rastro del hombre.

Se hallaba en lo alto del ribazo. Había cruzado el río y sentía tan poco miedo como si su espíritu hubiera ascendido al éter o ya se encontrara de camino al Elíseo: indiferente, consciente en los últimos instantes de vida de que estaba solo en medio de sus enemigos, herido diez veces.

Los instantes se prolongaban, «así es como los dioses perciben el tiempo», y no estaba muerto. O quizá lo estuviera. Lo veía todo como desde el fondo de un largo pasillo, de modo que le costaba sentirse amenazado por el persa que veía al final del túnel de su mente. Quería gritar y remontarse en el tiempo hasta el niño que había iniciado la carga: «seremos héroes, tú y yo». La idea le hizo sonreír, y luego el túnel dio un giro y notó un tremendo golpe en la espalda, un penetrante dolor en el cuello y los talones.

No supo hasta más tarde que sus amigos de infancia Diodoro y Laertes se plantaron en torno a su cuerpo, igual que Ajax y Ulises, y que mantuvieron a los persas a raya hasta que la batalla fue vencida.

No supo hasta más tarde que su acción había roto la caballería persa.

Se recobró deprisa, pero no lo bastante para lucir la corona de laurel que Alejandro le concedió como al más valiente de los aliados, ni tampoco para oír su nombre aclamado por el ejército. La corona la metieron en su equipaje entre dos tablas de cedro. Dos años después otro par de tablas de cedro hallaría su lugar junto a aquél, sujetando otra corona, una que le costaría una cicatriz de cinco palmos a lo largo de la pierna derecha.

Aprendió sobre la guerra, sobre cuánto dolor era capaz de resistir su cuerpo, sobre el frío y el calor, sobre la incomodidad, la enfermedad, la amistad, la ambición y la traición. En Gaugamela aprendió que tenía el don de ver el campo de batalla como un ente orgánico, tal como un médico vería un cuerpo, diagnosticando sus males y proponiendo remedios. Descifró las intenciones persas con antelación suficiente como para salvar a su parte del frente cuando los persas cobraron ímpetu y todo parecía perdido; y de nuevo sufrió una herida que le hizo caer. Una prostituta le salvó de morir de mala manera en el campo de batalla y decidió llevarla consigo una temporada, y luego una temporada más, y luego persiguieron al Gran Rey hasta Ecbatana, donde traidores bárbaros llevaron a Alejandro la cabeza del Gran Rey en un saco y el ejército supo que Asia era suya y de nadie más.

Ecbatana olía a humo y a manzanas. El humo procedía de las hogueras, pues todo el ejército conquistador se concentró allí después de la muerte de Darío. Las manzanas estaban por doquier, traídas para complacer al Gran Rey y tomadas como botín por las primeras unidades que subieron por los desfiladeros. Durante el resto de su vida, Kineas adoró el olor a manzanas y a sidra recién prensada.

Kineas fue uno de los primeros, y gracias a eso había otros cien daricos de oro en su equipaje. Tenía una espada con la empuñadura de oro y se recostaba sobre un diván con la cabeza de su querida bajo su mano mientras bebía sidra en una copa de plata como un caballero en vez de estar de pie junto a una fogata bebiéndola en vasos de arcilla o de asta como otros diez mil helenos. Su mujer llevaba un perfume que había salido del palacio, una fragancia que se le atragantaba como el humo de la leña.

Era feliz. Estaban todos allí. Habían derrotado al mayor imperio del mundo y nada podría detenerlos jamás. Kineas nunca olvidaría la sensación de aquella noche, el olor a humo y a manzanas y al perfume de su hembra, como una Nike tangible tendida entre sus brazos. Y entonces su amigo de infancia Diodoro, que había cabalgado con él desde Issos a Ecbatana, un caballero ateniense tan astuto como un zorro y pelirrojo como dicho animal, entró después de su turno de guardia, bebió su copa de sidra y dijo que se iban a casa.

—La guerra de los helenos toca a su fin —dijo Alejandro. Estaba sentado en un trono de marfil y lucía una diadema.

Kineas disfrutaba siguiendo a Alejandro, aunque el trono y la diadema le daban la apariencia de un tirano de teatro. Permaneció en pie sin inmutarse con los demás oficiales aliados. Si Alejandro se había propuesto impresionarlos, sus palabras no fueron bien recibidas.

—Habéis servido a la Liga con brillantez. Aquí tengo una recompensa para cada uno de vosotros. Si alguno de vuestros hombres decide quedarse, será enrolado con los mercenarios.

Alejandro levantó los ojos de los sacos de monedas que había en el suelo junto al trono. Su rostro presentaba profundas ojeras a causa de la bebida, pero la chispa aún brillaba en ellos, bailando esquiva, como si hubiera algo encendido dentro de su cabeza.

Kineas se preguntó por un momento si había cometido un error al explicarse, si también él sería bien recibido caso que decidiera quedarse para conquistar el resto del mundo. Y entonces los ojos de Alejandro se encontraron con los suyos y en ellos leyó su destitución. Los oficiales iban a regresar a casa. Alejandro siguió hablando con frases de encomio que las bolsas de oro a sus pies vaciaban de todo significado. «Ya no os necesito. Marchaos.» Cuando los demás oficiales aliados salieron en fila, se demoró junto a la puerta de la tienda del rey mientras esperaba una palabra amable, una excepción, pero Alejandro se levantó sin volver a mirarlo y se fue por otra puerta.

Vaya.

Kineas se preguntó si Alejandro sabía cuánto veneno político bullía entre sus queridos macedonios, pero se guardó sus pensamientos para sí. Se reservó la opinión cuando su querida le dejó por un oficial de la caballería macedonia, uno de tantos Filipos, en lugar de emprender el viaje de regreso con él, y estuvo lacónico cuando una delegación de sus hombres fue a verle para pedirle que se quedara y fuera su jefe. Algunos sugirieron que podían permanecer juntos y ponerse al servicio de Antípatro, el regente de Alejandro en Macedonia.

Kineas no tenía ningún interés en servir a Antípatro. En un solo día se había dado cuenta de que había amado a Alejandro, no a Macedonia. Empacó sus daricos y sus coronas, vendió casi todo su botín, excepto unas cuantas copas buenas que regalaría a amigos de Atenas y un tapiz para su madre. Conservó la espada y el fornido caballo gris, así como la clámide manchada, y se dispuso a ser un granjero acomodado. Llevaba fuera seis años. Regresaría convertido en un hombre rico, tomaría esposa.

Los atenienses se marcharon con él. Clístenes y Demetrio se estaban pudriendo bajo tierra, o paseando por las arboledas del Elíseo, pero Laertes, Agis, Graco y Diodoro habían sobrevivido a batallas, enfermedades, sufrimientos y penalidades. Igual que Niceas. Nada podía matar a Niceas. Juntos cabalgaron de regreso a la patria, y ningún bandido se atrevió a tender una emboscada a su convoy. Cuando llegaron a Anfilopolis, en la tierra firme griega, ninguno de los demás jóvenes tuvo ganas de seguir. Se demoraron en las tabernas. Kineas corrió a casa.

Resultó que no había tenido por qué apresurarse.

En Ática se encontró con que su padre estaba muerto y con que él había sido enviado al exilio por servir a Alejandro. Huyó al norte, a Platea, donde había una comunidad de exiliados atenienses.

Sólo llevaba allí un día cuando le abordó un ateniense con una proposición. Por descontado, el hombre procedía de la misma facción que había dispuesto su exilio. Pero Kineas se había criado en el ambiente político de Atenas, de modo que sonrió y negoció, y esa misma noche envió una carta a Diodoro, y otra a un amigo de su padre, exiliado también, en el Euxino.[1]

Primera parte. El escudo de Aquiles

PRIMERA PARTE

EL ESCUDO DE AQUILES

Allí representó también dos ciudades de hombres dotados de palabra. En una se celebraban bodas y festines: las novias salían de sus habitaciones y eran acompañadas por la ciudad a la luz de antorchas encendidas, oíanse repetidos cantos de himeneo, jóvenes danzantes formaban ruedos, dentro de los cuales sonaban flautas y cítaras, y las matronas admiraban el espectáculo desde los vestíbulos de las casas. [...] La otra ciudad aparecía cercada por dos ejércitos cuyos individuos, revestidos de lucientes armaduras, no estaban acordes: los del primero deseaban arruinar la plaza, y los otros querían dividir en dos partes cuantas riquezas encerraba la agradable población.

Ilíada, Canto XVIII

Capítulo 1

1

La misma racha que azotó al penteconter, escorándolo sobre las olas y llenando la vela de agua, se tragó a la otra nave mercante un poco más al sur. La carga del pequeño mercante se deslizó y se fue a pique, y el viento trajo con toda claridad los gritos de sus tripulantes. El penteconter yacía escorado: la vela izada daba fe de la inexperiencia de su trierarca y la carga inmóvil rendía tributo a la destreza de su patrón. De todos modos, el barco se habría hundido en el Euxino con toda la tripulación, pero el patrón se había arrojado desde la borda al mástil, había sacado un cuchillo de bronce de una funda que llevaba colgada al cuello y había cortado las trincas que sujetaban la vela a la verga.

Bajo la toldilla de popa, el trierarca yacía paralizado de miedo contra la borda, incapaz de digerir las consecuencias de su desastrosa decisión de dejar el mástil levantado. El caos en las bancadas fue una crisis tan inmediata como la de la vela empapada; el trierarca había ordenado a los remeros armar las palas justo antes de que arremetiera el turbión, tras lo cual fue inútil emplearlas para mantener la proa encarada al viento, y cuando el barco escoró, el agua impulsada por el viento empujó las largas varas que entraron con violencia por los escálamos, arrancándolas de las manos de los remeros, aplastando cabezas y costillares. Habían muerto dos hombres, uno de ellos el maestro remero.

El único pasajero del barco, un caballero de Atenas, también había perdido el equilibrio cuando el barco se inclinó, mas no así la cabeza. Se levantó de un salto, se agarró al otro lado del barco mientras éste cabeceaba apartando la proa del embate del mar y buscó un nuevo apoyo para los pies. Con un vistazo comprobó que la carga no se había desplazado y que los remeros se estaban dejando llevar por el pánico.

—¡Contrapeso! —bramó—. ¡Remeros! ¡A babor!

Logró hacerse oír por encima del rugido del viento que empezaba a amainar; el hábito de dar órdenes contando con ser obedecido era tan fuerte como su propia voz. Todos los hombres de la sección central que aún conservaban el dominio de sí mismos obedecieron; treparon unos por encima de otros, mientras el nivel del agua subía, para agarrarse a la banda que aún estaba fuera del agua.

El patrón cortó las ligaduras de la vela. El pasajero notó que el peso cambiaba, que la cubierta se movía muy despacio hacia una posición de equilibrio. Saltó la borda y se colgó de los brazos con todo su peso fuera, y unos cuantos remeros le imitaron añadiendo su peso al suyo. El agua de la sección central se movió, la borda de estribor salió a la superficie y el patrón se zafó de la vela y nadó hasta la proa.

—¡Está nadando! —gritaron marineros y remeros, para quienes el barco era un hombre. Cada signo de éxito concentraba a más hombres en medio del barco.

—¡Achicad! —gritó el pasajero.

Dos remeros veteranos ya habían armado la bomba de madera de olivo y el agua comenzó a salir a chorros como sangre arterial. Otros hombres usaban cascos, vasijas, cualquier cosa que tuvieran a mano. Para cuando el pasajero trepó de nuevo a bordo, las bancadas ya no estaban sumergidas. El patrón ponía toda su atención en el mar que tenía delante.

—Otra racha como ésta y podemos darnos por muertos. Tengo que poner la proa al viento —dijo, y lanzó una mirada asesina al trierarca.

Gritó órdenes a los remeros y a los marineros, que comenzaron a talar el propio mástil. Una de las junturas de la banda de babor se había abierto cuando el barco escoró; el agua entraba con cada ola y una ola cruzada que arremetió con el ímpetu del viento volvió a inundar la sección central por encima de las bancadas. La ausencia del maestro remero se hacía notar: los remeros titubeaban, sus esperanzas se habían venido abajo con la segunda ola.

El pasajero corrió a la sección central, cogió el casco de su equipaje en la popa al pasar y se puso a echar agua por la borda.

—¡Achicad! —ordenó.

Y entonces, mientras los hombres reanudaban la tarea, comenzó a empujar a los rezagados a sus bancos. No sabía cómo se llamaban ni cuál era su sitio, pero la fuerza de su voluntad bastó para moverlos. Perdieron un tiempo precioso arrastrando remos rotos de la banda de babor hasta la de estribor para meterlos en los escálamos, pero aun así el barco flotaba. Tras la primera vacilante estrepada obedeciendo al grito del pasajero, el barco avanzó una fracción de su eslora.

—¡Bogad! —bramó otra vez, mientras ajustaba el ritmo de las paladas al de un profesional de brazos torcidos que remaba en la bancada que tenía a sus pies.

Sólo seis remos por banda en el mar, el buque lleno de agua y con el fondo sucio de algas y caracolillo, y de nuevo el barco apenas se movió. Fue chapoteando hasta otro banco, sentó por la fuerza a dos hombres asustados y les puso el remo en las manos. El banco opuesto lo ocupaba un cadáver. Levantó el cadáver, más pesado que cualquier cosa que recordara, y otro par de manos le ayudaron a arrojar tan macabra carga por la borda mientras gritaba «¡bogad!» otra vez. La vara del remo, liberada del cadáver, pareció cobrar vida y le golpeó de refilón derribándolo sobre el banco. El hombre que le había ayudado la agarró, la levantó para sacar la pala del agua y se sentó en la bancada, todo ello en un solo movimiento. El pasajero la asió a la siguiente palada, sumó su fuerza y gritó «¡bogad!» cuando el remo alcanzó el punto más alto de su recorrido. La vara siguió su curso y bajó, la pala golpeó el agua con firmeza, el remo parecía vivo entre sus manos. Levantó la cabeza y vio al patrón en la popa, plantado junto al remo de gobierno. Aquél se dio por aludido y asumió la voz de mando, y dejó que el pasajero bogara; las manos suaves y mojadas ya empezaban a notar el peso del remo.

—¡Bogad! —gritó el patrón.

A la cuarta palada o la quinta, el hombre del remo de gobierno gritó:

—¡Ya responde!

Y el patrón le dio una orden.

Luego vino una hora de infierno físico para el pasajero, aunque sin el apuro del peligro inminente, sólo dolor en los hombros mientras veía cómo sus manos se ponían en carne viva bogada tras bogada, al tiempo que el agua iba subiendo desde los tobillos hasta los muslos. Los alcanzó otra racha y aún otra más. Apenas avanzaban; de hecho, seguían viendo la vela a estribor cada vez que los alzaba una ola. Lo único que podían hacer los remos era mantener la proa del bajel inundado hacia el viento para impedir que el oleaje lo volcara.

Hicieron todo lo humanamente posible y rezaron a los dioses. Justo cuando a los remeros comenzaron a flaquearles las fuerzas y las paladas para mantenerse proa al viento rayaban en lo desesperado, justo cuando el segundo remo de babor falló y amenazó con desbaratar la bogada, el viento aflojó, y antes de que el pasajero pudiera volver a mirar el penoso estado de sus manos, el sol apareció entre las nubes, y luego las nubes se fueron dispersando, y se encontraron subiendo y bajando en el oleaje de un día soleado en el Euxino, y estaban vivos.

Sólo cuando el viento amainó, el pasajero pudo oír los débiles gritos que llegaban de estribor, por debajo de la borda, donde un pobre diablo luchaba contra el mar para no morir ahogado.

—¡Remos dentro! —gritó el patrón con la voz tan cascada como las manos del pasajero. No estaba acostumbrado a vocear las bogadas durante tanto rato. Los hombres inclinaron los remos y tiraron de ellos, un movimiento desigual pero, a fin de cuentas, eficiente, de manera que cruzaran las bancadas y las empuñaduras encajaran debajo del banco opuesto, las palas bien apartadas del agua. El compañero de bancada del pasajero se dejó caer contra el reposacabezas previsto a tal efecto, los brazos encima de los remos, la mejilla apoyada en las varas. Respiraba pesadamente.

El pasajero oyó otro grito a estribor. Salió de debajo de las varas cruzadas de los remos; los restos de agua salada le ardían en las manos como brasas.

Su compañero de banco levantó la vista hacia él y le sonrió.

—Bien remado, colega.

—Hay un hombre en el agua —contestó el pasajero, y se puso de pie encima de un banco vacío de estribor. La bodega que tenían bajo sus pies no tenía cubierta y el agua cubría casi toda la carga. Aún estaban a flote de milagro.

El patrón se estaba ocupando de eso. Tenía a los marineros y al personal de cubierta arrojando cadáveres y cualquier otra cosa que considerase inútil por la borda. Minuto a minuto el barco se iba aligerando, dejando los bancos un poco menos hundidos en el agua.

El pasajero miró el mar vacío haciendo visera con la mano, pues el sol se reflejaba con cegadora intensidad en el agua rizada, y aguzó el oído por si oía gritar otra vez. Cuando oyó el grito, fue mucho más cerca de lo que había esperado; un hombre nadaba sin fuerzas pero todavía a flote a tan sólo unas cuantas brazas de la proa. Se zambulló sin detenerse a pensarlo y nadó tan bien como pudo entre las olas, mientras sentía el frío del agua salada y con las manos ardiendo otra vez.

Alcanzó al superviviente enseguida, pero el hombre trató de luchar con él, sorprendido por el contacto y temiendo, quizá, que Poseidón hubiese venido a por él finalmente. El pasajero le gritó, le agarró del pelo con el puño y comenzó a tirar de él hacia el barco. El forcejeo del hombre suponía un peligro para ambos, pero tragó una bocanada de agua y dejó de oponer resistencia. El pasajero lo llevó hasta la nave. Le sorprendió la renuencia de los remeros a subir al hombre a bordo, pero lo hicieron.

El hombre quedó tendido sobre un banco vacío, respirando y vomitando alternativamente un buen rato. El pasajero subió a bordo ayudado por manos más bien dispuestas, y entonces vio que estaban izando hacia la borda el petate de cuero que contenía su armadura y casi todos sus arreos. Lento tras el esfuerzo en el mar, aún fue lo bastante rápido para interponerse entre el patrón y su equipaje.

—No —jadeó—. Todo... tengo.

El patrón arrancó el petate de las manos de sus tripulantes y lo tiró a la cubierta con un ruido de bronce.

—Te lo debemos —dijo con aspereza. Señaló con la barbilla al hombre de pelo largo que vomitaba en un banco de la sección central—. No les gusta. Los marineros no le arrebatan las presas a Poseidón. Los náufragos... —No terminó de expresar sus pensamientos, seguramente era demasiado supersticioso para explicar en voz alta sus creencias.

El pasajero era ateniense: tenía ideas distintas acerca de Poseidón, Señor de los Caballos, y su «presa».

—Lo cuidaré yo mismo. Necesitaremos a todos los hombres en las bancadas para llevar este barco a una playa.

El patrón murmuró algo entre dientes, un rezo o una maldición. El pasajero regresó a su banco. Hasta después de limpiar el vómito de la cara del hombre melenudo y de oírle jadear las gracias con acento lacedemonio, no se dio cuenta de que el trierarca ya no estaba a bordo.

Achicaron y remaron todo el día hasta que volvieron a tener tierra a la vista por la banda de estribor. Aquella costa del Euxino era famosa por su carencia de playas, sólo rocas sin fin alternando con peligrosas marismas. El patrón no intentó obligar a los hombres a llevar el barco a tierra, pese a la vía de agua que seguía fluyendo lentamente. Comieron pescado seco, empapado de agua salada, y se sintieron algo mejor. Durmieron por turnos, incluso el pasajero, y bombearon y achicaron toda la noche, y al día siguiente salió el sol para traerles más de lo mismo. El desayuno fue aún más mezquino que la cena. Los buques mercantes pequeños solían hacer noche varados en playas y llevaban pocas provisiones a bordo. Las ánforas de agua potable iban clavadas en la arena de la bodega y casi todos sus tapones lacrados estaban abiertos mostrando sus entrañas vacías al cielo azul. El pasajero no sabía a qué distancia se hallaban del próximo puerto, pero tuvo el buen sentido de no sacar el asunto a colación.

A mediodía, el hombre rescatado se encontraba mejor y achicaba con voluntad. Se movía con cuidado y guardaba silencio, a todas luces consciente de la mala acogida que le dispensaban los remeros y los marineros, con la clara intención de ganarse su sitio a bordo trabajando como el que más. El hecho de que se mareara cada vez que el oleaje aumentaba no le ayudaba en lo más mínimo. Era un hombre de tierra firme y no se encontraba a gusto en el mar; también tenía las manos cuidadas y nunca había tenido que remar. Y llevaba la palabra «espartano» escrita en la frente y en cada rizo de pelo.

El pasajero se las arregló para que le tocara el turno de bombear junto al desconocido. Tenía que hacer casi todo el trabajo; el espartano estaba débil por el mareo y la terrible experiencia como náufrago, y le faltaba muy poco para dejar que los acontecimientos le superasen.

—Soy Kineas —dijo al subir la palanca de la bomba—. De Atenas. —La honestidad le obligó a agregar—: Hasta hace poco.

El espartano calló al bajar la palanca, poniendo todas sus fuerzas en ello.

—Filocles —dijo jadeando—. De Mitilene. Dioses, de ninguna parte.

Volvió a jadear mientras la palanca subía. Kineas apretó hacia abajo.

—Reserva tus fuerzas —le dijo—. Ya bombeo yo. Sólo mueve los brazos.

La sangre del hombre más joven le subió a la cara.

—Puedo bombear —replicó—. ¿Es que parezco un esclavo, para no hacer honor a mi deuda contigo?

—Como quieras —dijo Kineas.

Bombearon durante más de una hora bajo un sol implacable sin decirse ni una palabra más.

Al atardecer repartieron lo último que quedaba de comida y agua, y no cabía seguir obviando que el patrón ya no sabía qué hacer. El humor de los remeros era malo; sabían cómo iban las cosas, y sabían que el trierarca había desaparecido, cosa que no aprobaban, por caro que hubieran pagado su error con el mástil.

Kineas tenía mucha experiencia con hombres, hombres en peligro, y conocía de sobra su humor. Y sabía lo que el patrón, que ya había asesinado al armador, haría para conservar su autoridad. Cogió su petate de la proa en cuanto empezó a caer el sol y se sentó en un banco, se puso a limpiar ostentosamente el agua de mar de su peto de soldado y untó aceite a las botas antes de afilar su pesada espada de caballería y lustrar las puntas de las jabalinas. Se exhibió adrede con intención de intimidar. Era el hombre mejor armado del barco y tenía sus armas a mano, y perdió a algunos de sus nuevos amigos tripulantes al hacérselo saber.

Sin reparar en lo que estaba ocurriendo, el espartano estaba tumbado delante de él en el banco de proa, tras haber gastado sus reservas de ira bombeando.

—¡Soldado de caballería! —dijo sorprendido; eran sus primeras palabras en horas. Señaló las pesadas botas, tan ajenas a los griegos, que solían ir descalzos o a lo sumo con sandalias—. ¿Dónde está tu caballo? —agregó, haciendo amago de sonreír.

Kineas asintió sin quitar el ojo de los hombres de la sección central y del patrón que hablaba con dos marineros en popa.

—Se proponen tirarte por la borda —dijo en voz baja.

El hombre de pelo largo se incorporó hasta sentarse.

—Zeus —dijo—. ¿Por qué?

—Necesitan un chivo expiatorio. El patrón también, o será él a quien sacrifiquen. Asesinó al armador. ¿Lo entiendes?

El muchacho aún tenía la cara verdosa y transida de dolor y amargura. Kineas se preguntó si estaba asimilando algo de lo que le decía. Siguió hablando, más para pensar en voz alta que para trabar conversación.

—Si mato al patrón, dudo que podamos llevar esta mierda de barco a puerto. Si mato marineros, acabaré en el fondo del mar.

Se levantó, flexionando las piernas para adaptarse al balanceo, y se echó el tahalí de su espada al hombro en bandolera. Anduvo hacia popa, mientras hacía como que no le preocupaba tener a la mitad de la tripulación a su espalda, hasta que tuvo claro que había llamado la atención del patrón.

—¿Cuánto falta para tocar puerto, patrón? —dijo.

Se hizo el silencio en las bancadas. El patrón echó un vistazo, calibrando el humor de la tripulación, pues se hallaba desprevenido para el conflicto, si es que iba a haber alguno.

—Los pasajeros deberían ocuparse de sus asuntos, no del gobierno del barco —contestó.

Kineas asintió como si estuviera de acuerdo.

—No dije nada cuando el trierarca izó la vela —dijo, lanzándole una clara indirecta—. Y mira cómo me veo. —Se encogió de hombros y levantó las manos para mostrar los verdugones sanguinolentos a fin de ganarse a parte de los tripulantes. Consiguió unos cuantos chasquidos de lengua, poco más—. Tengo que estar en Tomis[2] antes de diez días. Calco de Atenas me aguarda.

Miró en derredor, captando las miradas de los hombres que tenía delante, preocupado por los que tenía detrás porque le constaba que los hombres asustados solían ser muy difíciles de convencer. No podía decirlo más claramente: «Si no llego a Tomis, gente importante interrogará sin clemencia a esta tripulación.» La expresión del patrón le dijo que había hecho diana y rezó, «rezó», para que el hombre tuviera dos dedos de frente. Calco de Atenas era el dueño de la mitad de la carga de aquella nave.

—No tenemos agua —dijo un tripulante de cubierta.

—Necesitamos remos, y la grieta se está abriendo como una puta del Pireo —dijo uno de los remeros veteranos.

Ahora todos miraban al patrón. Kineas percibió que las tornas cambiaban. Antes de que pudieran hacer más preguntas peligrosas, se subió a un banco.

—¿Hay algún sitio en esta costa donde varar la nave y arreglar la grieta? —preguntó en tono desenfadado, aunque su posición encima de ellos en el banco contribuía a conferirle autoridad.

—Sé de un lugar, a un día a remo de aquí —dijo el patrón—. Ya basta, marineros. Aquí no se discuten las órdenes. ¿Quizás el «pasajero» tiene algo más que decir?

Kineas se obligó a sonreír de oreja a oreja.

—Pues remaré un día más —dijo, y se bajó del banco.

En la proa, el espartano mareado tenía una jabalina cruzada al brazo, con la lazada para lanzarla tensa en el pulgar. Kineas le sonrió y meneó la cabeza, y el joven de la melena quitó tensión a la jabalina.

—Necesitaremos a todos los hombres —dijo Kineas como si tratara de entablar conversación, sin dirigirse a nadie en concreto. Su compañero de bancada de las primeras horas posteriores a la escorada asintió. Otros hombres apartaron la vista y Kineas suspiró, pues la suerte estaba echada y vivirían o morirían según se les antojara a los dioses.

Fue hasta la proa dando la espalda a los marineros, y el patrón gritó:

—¡Eh, los de ahí!

Kineas se puso tenso, pero lo que oyó acto seguido le sonó a música celestial:

—¡Los que estáis junto al mástil! ¡Os quiero ver bombeando, hijos de puta!

Los dos hombres que estaban junto al mástil obedecieron. Igual que los primeros avances del barco cuando los remos comenzaron a bogar, el sentimiento en cubierta también comenzó a mudar, y luego, pese a los murmullos, los hombres estuvieron de nuevo en sus bancos o achicando. Kineas esperó que el patrón realmente supiera dónde estaban, y dónde podrían varar el barco, porque la próxima vez dudaba de que su voz o su espada bastaran para cortar la maraña de animosidades extendida por cubierta.

Capítulo 2

2

Los dos ancianos que guardaban el faro del puerto de Tomis vieron el penteconter que se aproximaba.

—Ha perdido el mástil —dijo uno—. A quién se le ocurre bregar con este viento.

—Los remeros también están en las últimas. Le costará lo suyo llegar al malecón antes de la noche —dijo el otro.

Se sentaron y compartieron su desdén por un marinero tan idiota como para haber perdido el mástil.

—¡Dioses del Olimpo, mírale el costado! —dijo el primero mientras el sol se hundía en el horizonte. El penteconter ya estaba muy cerca de tierra, su proa tan sólo a una docena de esloras del malecón. El costado estaba recubierto con un trozo de vela relleno de fibras de amarra y pintado toscamente con alquitrán, una imagen patética—. Tienen suerte de estar vivos.

Su compañero bebió un trago de vino del odre casi vacío que compartían, lanzó una torva mirada a su primo y se secó la boca con la mano.

—Pena me dan los pobres marineros, macho.

—Y que lo digas —contestó el primo.

El penteconter metió la proa a resguardo del malecón antes de que fuese noche cerrada, su cubierta silenciosa como la de un barco de guerra salvo por la llamada a la boga. Las remadas eran cortas y débiles, y desde todos los rincones del puerto ojos expertos veían que hacía mucho que la nave no podía presumir de sus remeros ni mantener una buena velocidad. El penteconter dejó atrás el largo muelle donde los cargueros solían atracar y condujo su proa hasta la playa de guijarros que orlaba la desembocadura del río. Sólo entonces se oyeron los vítores de la tripulación, un sonido que dijo a la ciudad todo lo que cabía saber sobre los últimos cuatro días.

Tomis era una ciudad grande para lo que era habitual en el Euxino, pero su número de habitantes era reducido y las noticias viajaban deprisa. Para cuando hubieron bajado a tierra el equipaje de Kineas, el único hombre que conocía en la ciudad aguardaba de pie en la playa bajo la proa, junto a un esclavo que portaba una antorcha.

—Calco, por todos los dioses —gritó Kineas, y saltó a los guijarros para darle un abrazo.

Calco le agarró a su vez; primero lo abrazó y luego le hizo una llave de lucha, de modo que ambos se encontraron forcejeando por la grava en lo que tarda una gaviota en batir las alas, Calco sujetando las rodillas de Kineas para derribarlo, Kineas agarrando el cuello de su fornido adversario como un granjero agarraría a un ternero. Y luego ambos estaban de pie riendo con ganas, mientras Calco se arreglaba la túnica sobre su musculoso pecho y Kineas se sacudía la arena de las manos.

—Diez años —dijo Calco.

—Parece que el exilio te sienta bien —respondió Kineas.

—En efecto, así es. No volvería por nada. —El tono de Calco daba a entender que regresaría si pudiera, pero el orgullo le impedía decirlo.

—Recibiste mi carta.

Kineas detestaba pedir hospitalidad, la suerte de todo exiliado.

—No seas idiota. Claro que recibí tu carta. Tengo tu carta, y una reata de tus caballos, y a tu hipereta y a su pandilla de patanes. Hace un mes que les doy de comer. Algo me dice que no tienes ni orinal donde mear.

Kineas torció el gesto.

—Pienso devolverte... —comenzó.

—Claro que sí. Escucha, Kineas, he pasado por lo mismo. —Con un gesto negligente señaló el equipaje de Kineas al esclavo de la tea, que cogió el petate mientras soltaba un gruñido y un prolongado suspiro—. Aplaca ese orgullo, Kineas. Tu padre mantuvo al mío con vida. Nos entristeció saber que había muerto... y que tú estabas exiliado, por supuesto. Atenas es una ciudad gobernada por ingratos. Pero no te hemos olvidado. Además, el timonel dice que ayudaste a salvar el barco, y la carga es mía. Seguramente soy yo quien está en deuda contigo.

Miró más allá de Kineas a la tenue luz de la antorcha al ver que otro hombre saltaba por la borda a la playa.

El espartano se agachó, las greñas le taparon la cara, y besó sonoramente las piedras de la playa. Luego fue en pos de Kineas y se detuvo vacilante a dos pasos de él.

Kineas hizo un ademán hacia él.

—Filocles, un caballero de... Mitilene.

La pausa fue deliberada; pudo ver la confusión, incluso el enfado, en el semblante de Calco.

—Es espartano.

Kineas se encogió de hombros.

—Soy un exiliado —dijo Filocles—. Considero que el exilio tiene esta virtud, que a ningún exiliado puede hacérsele responsable de los actos de su ciudad.

—¿Va contigo? —preguntó Calco. Su sentido de la hospitalidad y la etiqueta se había deteriorado en el exilio, según constató Kineas. Calco estaba acostumbrado a ser el amo.

—El caballero ateniense me salvó la vida; me sacó del mar cuando casi no me quedaban fuerzas. —El espartano era regordete. Kineas nunca había visto a un espartano rechoncho hasta entonces, no se había fijado mientras estuvieron en el mar, pero allí, a la luz de la antorcha, resultaba evidente.

Calco dio media vuelta, un gesto descortés en el mejor de los casos, un calculado insulto hacia aquél, e hizo una seña hacia la playa.

—Bien. Puede quedarse conmigo, también. Es tarde para estar fuera, Kineas. Me guardaré todas mis preguntas sobre «qué ha sido de fulano y mengano» hasta el nuevo día.

Si el espartano se ofendió, no dio ninguna muestra de ello.

—Muy amable, señor.

Pese a los días de esfuerzo físico y a las noches pasadas en vela, Kineas se despertó antes del amanecer y, al salir, se encontró con los primeros esclavos adormilados que acarreaban agua de un pozo a la cocina. Filocles había pasado la noche en el porche, como un criado, pero no parecía que eso le hubiese afectado demasiado, puesto que seguía dormido, roncando ruidosamente. Kineas contempló el alba y, cuando hubo suficiente luz para ver, bajó por el sendero que discurría por detrás de la casa hasta el potrero. En el cercado había dos docenas de caballos pastando, y constató con agrado que la mayoría eran suyos. Fue siguiendo la cerca hasta que vio lo que esperaba encontrar, una pequeña fogata encendida a lo lejos y un hombre de pie junto a ella con una lanza corta en la mano. Kineas caminó por el terreno accidentado hasta que el centinela lo reconoció, y acto seguido todos los hombres estaban despiertos, nueve hombres de barba poblada y con las piernas igualmente arqueadas.

Kineas los saludó uno por uno. Eran soldados profesionales, jinetes de caballería con decenas de años de guerra a sus espaldas y un montón de cicatrices, y ninguno de ellos tenía el dinero o los amigos necesarios para aspirar a ingresar en la clase de la caballería en ninguna ciudad. Antígono, el galo, tenía más puntos para ser esclavizado que nombrado ciudadano en ninguna ciudad, y él, como su amigo Andrónico, había comenzado con otros mercenarios enviados por Siracusa. El resto de ellos habían sido propietarios en ciudades que ya nada querían saber de ellos o que ya no existían. Likeles era de Tebas, que Alejandro había destruido. Coeno era corintio, amante de la literatura, un hombre cultivado con un pasado secreto: un hombre rico que por algún motivo no podía regresar a su patria. Agis era ateniense de Megara, un indigente de alta cuna que lo único que conocía de la vida era la guerra. Graco, Diodoro y Laertes eran los últimos ciudadanos atenienses de su cuadrilla, los últimos de los hombres que habían seguido a Kineas a Asia. Eran exiliados sin un céntimo.

Niceas, su hipereta durante seis años, se acercó el último y se abrazaron. Niceas, con cuarenta y tantos años, era el mayor de todos ellos. Tenía canas en su espesa cabellera negra y una cicatriz de espada persa en la cara. Era hijo de una esclava de un burdel del Pireo.

—Todos los muchachos que quedan. Y todos los caballos.

Kineas asintió, y divisó a su caballo de batalla favorito, el gris claro, en el otro extremo del cercado.

—Los mejores de ambos. ¿Sabéis adónde vamos?

Casi todos seguían medio dormidos. Antígono ya estaba estirando los músculos de las pantorrillas como un atleta. Negaron con la cabeza mostrando poco interés.

—El arconte de Olbia[3]me ha ofrecido una fortuna para reclutar y entrenar a sus hippeis, su escolta montada personal. Si queda satisfecho con nosotros, nos hará ciudadanos.

Kineas sonrió.

Si esperaba emocionarlos, se llevó un chasco. Coeno hizo un gesto con la mano y habló con el desdén del verdadero aristócrata.

—¿Ciudadanos de la ciudad más bárbara del Euxino? ¿Al antojo de un tirano insignificante? Ya conseguiré mi ciudadanía con lechuzas de plata.[4]

Kineas se encogió de hombros.

—La edad es irreversible, amigos —dijo—. No desdeñéis la ciudadanía hasta que veáis la ciudad.

—¿Quién es el enemigo, entonces? —preguntó Niceas, toqueteando con gesto ausente el amuleto que llevaba al cuello. Él nunca había sido ciudadano de ninguna parte, la idea le sonaba a auténtica fantasía.

—No lo sé... todavía. Su propio pueblo, me figuro. No hay mucho por lo que luchar allí arriba.

—Macedonia, tal vez —dijo Diodoro a media voz pero con gran autoridad.

Diodoro sabía más de política que los demás. Kineas se volvió hacia él.

—¿Te has enterado de algo?

—Sólo rumores. El niño rey está fuera conquistando Asia, y Antípatro está pensando en conquistar el Euxino. Oímos decirlo en el Bósforo. —Sonrió Diodoro—. ¿Te acuerdas de Filipo Kontos? Ahora está al mando de los jinetes de Antípatro. Le vimos. Intentó contratarnos.

El otro hombre asintió. Kineas reflexionó un momento, apoyando la cabeza en el puño como solía hacer cuando algo le desconcertaba, y luego habló:

—Te traeré lo preciso de la casa. Escribe un par de tus famosas cartas y consígueme información. En Ecbatana y en Atenas nadie mencionó jamás que Antípatro invadiría. —Diodoro asintió con un gesto brusco. Kineas los miró a todos—. Vivimos —dijo de pronto. Había habido ocasiones en las que todo parecía indicar que ninguno de ellos lo lograría.

Niceas meneó la cabeza.

—A duras penas. —Tenía una copa de vino en la mano y se aprestó a echar una libación al suelo por su aparente ingratitud a los dioses—. Por las sombras de los que no lo lograron.

Todos asintieron.

—Me alegra veros de nuevo. Cabalgaremos juntos desde aquí. No quiero saber nada más de barcos.

Fueron en busca de los caballos, con excepción de Diodoro, que se quedó de centinela. Algo aprendido a las duras. Justificado en demasiadas ocasiones.

Los caballos estaban en buena forma, las pezuñas duras de triscar por las piedras y la arena del suelo, los pelajes relucientes. Tenían quince caballos pesados y seis ligeros, así como seis bestias de carga, un antiguo caballo de batalla ya viejo pero aún valeroso y dos mulas que habían capturado cuando atacaron a los tracios con el niño rey y que nunca habían perdido. Para Kineas, cada caballo tenía una historia; en su mayoría eran caballos de batalla persas procedentes del botín de guerra de la batalla del río Issos, aunque había uno bayo que había comprado en el mercado militar después de la caída de Tiro, y el caballo de batalla gris metálico, la yegua más grande que había visto jamás, la había encontrado suelta y sin jinete tras una escaramuza en un vado del Éufrates. Aquel caballo tan grande le recordaba a otro gris, el semental del que se había apropiado en Issos, muerto tiempo atrás a causa de la mala alimentación y el frío. Y los hombres. Kineas se emocionó al ver los pocos que quedaban. Pero su pecho se henchía por la alegría de verlos.

—Buen trabajo. Necesito un par de días; no nos esperan en Olbia hasta la Kharisteria, de manera que hay tiempo. Dejad que vuelva a sentirme las piernas, y entonces nos iremos.

Niceas les hizo señas con los brazos.

—¿Nos vamos dentro de un día? Hay mucho que hacer, caballeros. Arreos, armaduras, armas.

Comenzó a dar sugerencias que más bien parecían órdenes y los demás hombres, casi todos nacidos en familias ricas y poderosas, le obedecieron, por más que hubiese nacido en un burdel.

Kineas apoyó una mano en el hombro de su hipereta.

—Traeré mi equipo de campaña y me uniré a vosotros esta tarde. —Otra costumbre: cada hombre limpiaba sus cosas, como los hoplitas—.[5] Envíame a Diodoro. Voy a ir al gimnasio.

Niceas asintió y se llevó a los demás a trabajar.

En lo que pasaba por ser el centro de la ciudad, había tres cosas construidas con piedra: los muelles, los almacenes y el gimnasio. Kineas fue al gimnasio con Diodoro. Filocles se unió a ellos cuando salían y Calco insistió en hacerles de guía y valedor.

Si el tamaño de su residencia no había delatado de inmediato su riqueza, el recibimiento de que fue objeto en el ágora y en el gimnasio la hizo bien manifiesta. En el ágora fue saludado con respetuosas inclinaciones de cabeza y varios hombres le solicitaron favores a su paso. En el gimnasio, los otros tres hombres fueron admitidos de inmediato sin pagar entrada por insistencia de Calco.

—Lo construí yo —dijo Calco con orgullo, y acto seguido pasó a referir los méritos del edificio.

Kineas, quizá más próximo mentalmente a Atenas, lo encontró satisfactorio aunque provinciano. La jactancia de Calco le molestaba. No obstante, el gimnasio le ofreció la mejor ocasión de hacer ejercicio que había tenido en muchos meses. Se desnudó y dejó caer las prendas prestadas encima de sus sandalias.

Calco soltó una carcajada.

—¡Mucho tiempo en la silla de montar! —dijo riendo.

Kineas se puso tenso con resentimiento. Tenía las piernas un poco demasiado musculosas por arriba, y por abajo nunca había habido gran cosa que mirar. Para sus compatriotas helenos, que rendían culto al cuerpo masculino, sus piernas distaban de ser perfectas, aunque tenía que ir al gimnasio para que se lo recordaran.

Inició el calentamiento. Calco, en cambio, tenía un cuerpo duro, cuidadosamente mantenido, aunque comenzaba a asomarle un rollo de grasa en torno a la cintura. Y tenía las piernas largas. Se puso a luchar con un hombre mucho más joven en la arena del patio. Los espectadores hacían comentarios procaces. Según parecía, el joven era un habitual.

Kineas hizo un gesto a Diodoro.

—¿Qué me dices de un par de combates?

—Cuando gustes.

Diodoro era alto, huesudo y de aspecto ascético. Tampoco encajaba en el ideal helénico de belleza.

Kineas dio unas vueltas mientras esperaba a que el hombre más alto se acercara a él para atacarle; entonces arremetió y quedó al alcance de su adversario. Diodoro aprovechó el impulso de la embestida pasando los brazos por encima de su cadera, y Kineas aterrizó cuan largo era en la arena.

Se levantó despacio.

—¿Era necesario hacer eso? —dijo Kineas.

Diodoro estaba avergonzado.

—No.

Kineas sonrió torvamente.

—Si pretendes hacerme saber que tu estilo de lucha es de otro orden que el mío, te advierto que hace tiempo que lo sé.

Diodoro levantó una mano.

—¿Cuántas veces tengo ocasión de practicar esta llave? Me lo has puesto en bandeja. No he podido evitarlo.

Estaba sonriendo, y Kineas se frotó la parte dolorida de la espalda y dio un paso al frente para intentar otro placaje. Sintió una minúscula punzada de miedo, el fastidioso miedo que le acompañaba en cada combate, en cada batalla.

Buscó un placaje bajo, lo logró en parte, y él y Diodoro acabaron revolcándose desaforadamente por el suelo, ninguno de los dos capaz de inmovilizar al otro, y ambos rebozados en polvo y arena. De común y tácito acuerdo, dejaron de sujetarse y se ayudaron mutuamente a ponerse de pie.

Fuera, Calco había inmovilizado al muchacho con el que luchaba. No parecía tener prisa en dejar que se levantara, y los demás ciudadanos reían de buena gana. Kineas se enfrentó a Diodoro de nuevo y en esta ocasión dieron vueltas, fintaron, se hicieron llaves y se soltaron siguiendo un ritmo más normal. Era casi una danza, y Diodoro se atuvo a los movimientos de sus lecciones de gimnasia, logrando que Kineas se sintiera a gusto. Incluso le derribó una vez.

Diodoro se frotó el labio y sonrió. Kineas había caído encima de él, maniobra perfectamente lícita del juego aunque inevitablemente dolorosa para la víctima.

—¿Tablas?

—Tablas.

Kineas le tendió la mano para ayudarle a levantarse.

Calco estaba charlando con el joven y unos pocos ciudadanos. Levantó la voz:

—Ven y lucha conmigo, Kineas.

Kineas frunció el entrecejo y volvió la cabeza, incómodo ante todos aquellos desconocidos, y con la punzada de miedo azuzando porque Calco era más corpulento y mejor luchador, y de niño en Atenas gustaba de aprovechar su ventaja para hacer un poco de daño. A Kineas no le gustaba el dolor. Diez años de guerra no le habían acostumbrado a soportar los esguinces, las magulladuras y los cortes profundos que tardaban semanas en curarse; en todo caso, diez años viendo vivir o morir a los hombres a capricho de los dioses le habían vuelto más temeroso.

Se encogió de hombros. Calco era su anfitrión, un buen luchador deseoso de demostrar su superioridad. Kineas apretó los dientes y le complació: perdió el primer combate tras un estudiado forcejeo y venció el segundo por cuestión de fracciones de segundo en el ritmo, que fue más fruto de la suerte que de la destreza, y que sorprendió a ambos hombres. Calco volvió a sorprenderle levantándose gentilmente mientras se deshacía en cumplidos y prosiguiendo sin rencor. Diez años antes, el Calco adolescente habría reaccionado pasándose de la raya. El tercer combate fue como el primero; estudiado, a veces más una danza que una lucha, y cuando Kineas terminó con los hombros contra el suelo, los espectadores silbaron con admiración.

Calco respiraba pesadamente, y su brazo rodeó la cintura de Kineas al ayudarlo a ponerse de pie.

—Eres un buen contrincante. ¿Le habéis visto? —dijo a los demás alzando la voz—. Solía ser una presa fácil tiempo atrás.

Los hombres corrieron a ensalzar a Calco por su victoria y a decirle a Kineas lo bien que había luchado. Todo ello daba un poco de asco, tantas alabanzas prodigadas por semejante nimiedad, pero Kineas lo soportó porque le constaba que había hecho un regalo de huésped mucho mejor que el dinero, un combate memorable que dejaba en muy buen lugar a su anfitrión.

El muchacho con quien Calco había luchado poco antes resultó ser muy guapo cuando se acercó a presentar sus respetuosos comentarios a los luchadores. A Kineas no le conmovía la belleza masculina, pero la apreciaba tanto como cualquier heleno y sonrió a aquel joven tan serio.

—Soy Ajax —dijo el chico en respuesta a la sonrisa de Kineas—. Mi padre es Isocles. ¿Puedo decirte lo bien que has luchado? En realidad, yo...

Titubeó, se tragó sus palabras y se quedó callado. Kineas le entendió fácilmente; era un joven muy perspicaz: iba a decir que Kineas le había parecido mejor luchador. Chico listo. Kineas apoyó una mano en la piel tersa del hombro del muchacho.

—Siempre imaginé que Ajax sería más grande.

—Lleva toda la vida oyendo ese estúpido chiste —dijo el padre.

—Procuro crecer para adecuarme —replicó Ajax—. Y hubo un Ajax más pequeño, también.

—¿Boxeas? ¿Te apetece practicar un rato?

Kineas hizo un ademán hacia las vendas para los boxeadores y al muchacho se le iluminó el rostro. Miró a su padre, que negó con la cabeza fingiendo indignación.

—No te dejes lesionar demasiado, o nadie querrá llevarte a casa después del simposio —dijo. Guiñó un ojo a Kineas—. ¿O debería decir, deja que te lesionen y así no te llevarán a casa? ¿Tienes hijos?

Kineas negó con la cabeza.

—Bueno, es toda una experiencia. En fin, siéntete libre de hacerle unos cuantos moratones.

Diodoro les ayudó a vendarse las manos y luego comenzaron de mutuo acuerdo con rutinas simples, golpes y paradas, para luego pasar a contactos iniciales más prolongados y de ahí a un combate de entrenamiento.

El chico era bueno, mejor de lo que un chaval granjero de una ciudad remota del Euxino tenía derecho a ser. Sus brazos eran más largos de lo que parecían y sabía fintar: giraba los hombros para anunciar un directo que nunca llegaba y entonces largaba un gancho con el otro brazo. Obligaba a emplearse a fondo a Kineas, ya caliente y ansioso; un golpe brusco en el cuello le hizo poner interés personal en el combate, y de pronto ya estaban en ello.

Kineas no se dio cuenta de que atraían a todos los ciudadanos al gimnasio. Su mundo se limitaba a sus manos vendadas y a las de su contrincante, sus ojos y su torso. En un asalto, cada uno de ellos largó diez o doce golpes seguidos, parándolos el contrario con el brazo levantado o encajando uno alto en el pecho para buscar la cabeza del otro.

El asalto terminó con una salva de aplausos que los llevó a separarse. Se miraron con recelo, todavía poseídos por el daimon del combate, pero la fuerza del espíritu enseguida menguó y volvieron a convertirse en meros mortales en un gimnasio provinciano. Se dieron la mano afectuosamente.

—¿Otro? —dijo el muchacho, y Kineas negó con la cabeza.

—No será tan bueno como éste. Dejémoslo como está. —Luego, tras una pausa—: Eres muy bueno.

El muchacho inclinó la cabeza con sincera modestia.

—He sido tan rápido como podía. No suelo hacerlo. Eres mejor que cualquiera de aquí.

Kineas se encogió de hombros y llamó por encima de la cabeza del chico a su padre, proclamando el gran talento de su hijo. Era una manera eficaz de hacer amigos en el gimnasio. Todos quisieron felicitarle por su destreza, por la belleza del momento. Se puso contento. Pero necesitaba un masaje y un poco de reposo, y así lo hizo saber declinando un sinfín de proposiciones para nuevos combates hasta que alguien anunció que todos iban a lanzar jabalinas y no se pudo resistir. Les siguió fuera y le remordió la conciencia: Filocles, olvidado o ignorado, corría dando vueltas a un gran campo lleno de ovejas.

Kineas no sabía qué hacer con el espartano que parecía estar a su cargo. Se suponía que un caballero no debía ser tan desvalido, pero Kineas sospechaba que él mismo no habría sido muy diferente si hubiese arribado a una costa extranjera sin pertenencias ni hogar. Le saludó con la mano. Filocles correspondió al saludo.

Un esclavo recogió el rebaño en el fondo del campo y los hombres comenzaron a lanzar. No fue una competición formal; los mayores que no quedaban complacidos con su primer lanzamiento efectuaban un segundo e incluso un tercero, hasta darse por satisfechos, mientras que los más jóvenes tenían que conformarse con uno. Semejante práctica nunca habría sido válida en los Juegos Olímpicos, pero resultaba agradable, mientras las sombras se acortaban, tumbarse en la hierba, poniendo cuidado en evitar las cagarrutas de oveja, y contemplar a toda la comunidad compitiendo. Kineas era consciente de sus piernas y de otras imperfecciones de su cuerpo, pero se había demostrado a sí mismo ser un atleta y ahora era uno de ellos; conversaba animadamente con Isocles sobre la cosecha de aceitunas en Ática y los problemas del transporte de aceite por mar.

Calco lanzó soltando un grito tremendo y su jabalina llegó lo bastante lejos para que una de las ovejas echara a correr con inusitada velocidad. Se rio.

—Éste es el mejor, de momento. Aunque casi estoy por lanzar otra vez; el rebaño es mío, podríamos cenar cordero esta noche.

Kineas iba a lanzar el penúltimo y Filocles el último, lugares de honor, porque eran huéspedes. Diodoro había lanzado antes; un buen lanzamiento, sin gruñidos ni gritos, superado sólo por Calco. La mayoría de los lugareños se había mostrado competente, pero el joven Ajax sorprendió a Kineas con un lanzamiento mediocre. Isocles le había superado lanzando bien aunque no alcanzara la marca final, y le había tomado el pelo a su hijo.

Kineas estaba acostumbrado a lanzar montado a caballo, y lanzó demasiado bajo aunque con bastante buen resultado: de nuevo las ovejas echaron a correr cuando su jabalina aterrizó cerca de ellas.

Calco hizo una mueca.

—Te has convertido en todo un atleta mientras yo engordaba en el exilio —dijo.

Filocles cogió varias jabalinas antes de elegir una. Fue al encuentro de Calco, que hablaba de negocios con otro hombre.

—Esto es muy poco deportivo. Soy espartano —dijo con una sonrisa; un espartano rechoncho que manifestaba sentido del humor.

Calco no lo entendió. Indicó con un gesto brusco de la cabeza que le habían interrumpido.

—Si eres capaz de hacerlo mejor que nosotros, veámoslo.

Irritado, Filocles señaló hacia el rebaño.

—¿Cuánto por la oveja rezagada?

Calco le hizo caso omiso y reanudó su conversación, aunque luego volvió la cabeza justo a tiempo de ver a Filocles lanzar arqueando todo el cuerpo y casi despegándose del suelo. La jabalina salió despedida de su mano, voló alto y descendió deprisa. Alcanzó a la oveja, la derribó y la dejó despatarrada con el rayo del cielo clavándola al suelo a través del cráneo.

Se produjo un momento de asombrado silencio y entonces Kineas comenzó a aplaudir. Luego todos aplaudieron el lanzamiento y tomaron el pelo a Calco a costa de la oveja, sugiriendo distintos precios por ella, algunos obscenos, hasta que Calco se rio. Casi toda la vida social de la ciudad parecía tener como fin complacer a Calco. A Kineas no le gustaba ser testigo de aquello.

Isocles señaló hacia el campo.

—Echemos una carrera —propuso.

Y tras fijar las distancias echaron a correr, primero un rato en pelotón hasta que los mejores corredores se aburrieron y tomaron la delantera. Dieron tres vueltas al campo, una buena distancia, y terminaron en el patio del gimnasio. Kineas llegó entre los últimos y se tomó de buen talante las bromas sin mala intención a propósito de sus piernas, y luego se dirigieron a los baños.

Cansado y aseado, con un par de magulladuras y una sensación general de eudaimia, el bienestar que indefectiblemente le proporcionaba el gimnasio, Kineas caminaba junto a Calco. Diodoro se había ido con unos jóvenes a ver el mercado.

—Podría irte bien aquí —dijo Calco de pronto—. Les has caído en gracia. Esas luchas tuyas..., no son un trabajo digno. En defensa de tu ciudad, es otra cosa. Pero ¿como mercenario? Dilapidas lo que los dioses te han dado. Y cualquier día te verás con la espada de un bárbaro en la molleja y sanseacabó. Quédate aquí, compra una granja. Toma esposa. Isocles tiene una hija; es bastante guapa, lista, una buena ama de casa. Te propondré para la ciudadanía después del festival de Heracles. Por Zeus, hoy te han aceptado después de esa lección de boxeo.

Kineas no sabía qué decir. Era tentador. Los hombres le habían caído bien. Los ciudadanos de Tomis eran buena gente, provincianos pero no rústicos, dados a los chistes soeces y a la filosofía de aficionados. Y entusiastas del deporte. Se encogió de hombros.

—Estoy en deuda con mis hombres. Vinieron aquí para unirse a mí.

Kineas no agregó que una parte de él deseaba una nueva campaña.

—Nada les impide seguir adelante por su cuenta y enrolarse en cualquier otra parte. Tú eres un caballero, Kineas. No les debes nada.

Kineas frunció el entrecejo.

—Casi todos son caballeros, Calco.

—Oh, por supuesto. —Calco hizo un ademán desdeñoso—. Pero han dejado de serlo, en realidad. ¿Tal vez Diodoro? Podría hacer de factor, o ser tu administrador. Y esos galos..., deberían ser esclavos. Serían más felices como esclavos —sentenció Calco de modo autoritario y tajante.

Kineas volvió a fruncir el ceño y se dejó distraer por un hombre que estaba tumbado en la calle. No tenía por qué discutir con su anfitrión.

—¿Un bárbaro? —preguntó señalando.

El hombre en cuestión era claramente un bárbaro. Llevaba pantalones de cuero y el pelo largo y mugriento recogido en trenzas, y una chaqueta de cuero decorada con profusión de colores, y también llevaba oro. La chaqueta tenía varios adornos de oro y mostraba los sitios de donde se habían arrancado otros aretes. Llevaba un pendiente en la oreja. Y una gorra en la cabeza como un tracio.

Y apestaba a orina y a vómito y a sudor rancio. Estaban casi encima de él. No dormía, tenía los ojos abiertos y la mirada perdida.

Calco le miró con profundo desprecio.

—Un escita. Gentuza. Feos y apestosos bárbaros, nadie es capaz de hablar su idioma, y ni siquiera sirven como esclavos.

—Pensaba que eran peligrosos.

Kineas miró al borracho con interés. Se figuró que en Olbia habría un montón de escitas, nacidos para cabalgar, un enemigo peligroso. Aquél no tenía pinta de guerrero.

—No creas. No aguantan el vino, no saben hablar, en realidad ni siquiera caminar. Apenas son humanos. Nunca he visto a uno sobrio.

Calco siguió caminando y Kineas fue tras él, si bien es cierto que a regañadientes. Quería observar al bárbaro con más detenimiento, pero Calco no demostró el menor interés. Kineas volvió la vista atrás y vio que el borracho se estaba poniendo de pie con torpeza. Entonces volvió a caerse, y Kineas siguió a Calco, doblaron una esquina y perdió de vista al escita.

Durante el simposio se enteró de muchas cosas sobre los escitas, porque siendo el invitado de honor tuvo ocasión de introducir el tema. El vino corría; las consabidas flautistas y los platos de pescado se fueron sucediendo según el protocolo al uso, y luego los hombres mayores se acomodaron para conversar; juntaban sus divanes de modo que los jóvenes pudieran deleitarse con las flautistas más amorosas con cierto grado de intimidad. Al fijarse en una chica de ojos negros, Kineas sintió una punzada de rabia porque ya se la considerase lo bastante mayor como para conversar, pero arrimó su diván a una columna y, cuando le preguntaron, propuso que le hablaran de los escitas de las llanuras del norte.

Isocles cogió la jarra de vino que le ofrecía un esclavo y miró a Kineas.

—¿No estarás sugiriendo que bebamos a la manera escita? ¿Vino sin aguar?

Los jóvenes gritaron a favor de la idea, pero prevalecieron los mayores, y el vino se mezcló con una sobria proporción de dos partes de agua por una de vino. Mientras Calco mezclaba el vino, Isocles se mostró pensativo.

—Son bárbaros, por supuesto. Muy fuertes, viven a lomos de sus caballos. Herodoto tiene mucho que contar sobre ellos. Tengo una copia en mi casa, si te apetece leerlo.

—Será un honor —dijo Kineas—. Leíamos a Herodoto cuando éramos niños, pero entonces no sabía que acabaría aquí arriba.

—Lo más llamativo de ellos es que no le tienen miedo a nada. Dicen que son el único pueblo libre de la tierra, y que todos los demás somos esclavos.

Calco resopló con sorna.

—Como si alguien pudiera tomarnos por esclavos.

Isocles, uno de los pocos hombres que parecía dispuesto a arriesgarse a contrariar a Calco, se encogió de hombros.

—Niégalo si quieres. Anarquises... ¿Te dice algo ese nombre?

Kineas se sintió como si estuviera de nuevo en la escuela, sentado a la sombra de un árbol y siendo interrogado sobre su lectura.

—Amigo de Solón... un filósofo —dijo.

—Un filósofo escita —dijo Filocles desde el fondo de la sala—. Un hombre muy llanote a la hora de expresar sus ideas.

Un murmullo de risas honró su juego de palabras.

—Justamente. —Isocles asintió mirando a Filocles—. Le dijo a Solón que los atenienses eran esclavos de su ciudad, esclavos de las murallas de la Acrópolis.

—Tonterías —dijo Calco. Comenzó a pasar copas de vino al corro de divanes.

—No, no, nada de tonterías, si se me permite decirlo. —Filocles se apoyaba en los codos, el pelo largo le enmarcaba el rostro—. Quería decir que los griegos son esclavos de su noción de la seguridad; que nuestra incesante necesidad de protegernos nos priva de la misma libertad de la que tan a menudo parloteamos.

Isocles asintió.

—Bien hablado.

Calco sacudió la cabeza con vehemencia.

—Qué soberana estupidez. Los esclavos ni siquiera saben portar armas; no tienen nada que defender ni son capaces de defender nada.

Filocles hizo una seña al mayordomo que había traído el servicio de vino.

—Dime una cosa —le dijo—. ¿Cuánto tienes ahorrado?

El esclavo era de mediana edad. Se quedó paralizado al verse señalado.

—Contéstale —dijo Isocles, sonriendo.

De hecho, Kineas se dio cuenta de que Isocles no sólo no tenía inconveniente en retorcerle la cola a Calco, sino que lo pasaba en grande haciéndolo. El esclavo bajó la mirada.

—No lo sé exactamente. ¿Cien lechuzas? ¿Señores?

Filocles le indicó que se retirara.

—Justo a lo que iba. Yo acabo de perder cuanto poseía a manos de Poseidón. No tengo ni una sola lechuza, y este cuenco de vino, obsequio de mi estimado anfitrión, será, una vez en mi gaznate, la suma total de mi tesoro. —Se lo bebió—. Ahora soy todo lo rico que voy a ser durante algún tiempo. No tengo cien lechuzas de plata. Este esclavo sí. ¿Puedo arrebatárselas?

Calco hizo rechinar los dientes. Como amo del esclavo, seguramente guardaba el dinero del sirviente.

—No.

Filocles alzó su copa vacía.

—No. De hecho, me impedirías que se las quitara. Así pues, parece que este esclavo tiene una propiedad y puede defenderla. Y lo mismo diría Anarquises de nosotros. De hecho, diría que somos esclavos del mismísimo acto de tener posesiones.

Isocles aplaudió con un asomo de mofa.

—Deberías ser abogado.

Filocles, aparentemente inmune a la mofa, contestó:

—Lo he sido.

Kineas tomó un sorbo de vino.

—¿Por qué son tan libres los escitas, entonces?

Isocles se limpió la boca.

—Caballos, y llanuras infinitas. No es tanto que defiendan su territorio como que vagan por él. Cuando el Gran Rey intentó hacerles la guerra, se esfumaron delante de sus narices. Nunca le presentaron batalla. Se negaron a defender nada porque no tenían nada que defender. Al final, fue totalmente vencido.

Kineas alzó su copa.

—Eso lo recuerdo de Herodoto. —Revolvió el vino de su copa con aire meditabundo—. Pero el hombre que hoy he visto en la calle... —Hizo una pausa.

—Ataelo —terció Isocles—. ¿El escita borrachín? Se llama Ataelo.

—Llevaba una fortuna en oro en la ropa. De modo que tienen algo que merece la pena defender.

La conversación se volvió mucho más aburrida cuando los mercaderes presentes riñeron a propósito del origen del oro escita. Tras otra copa de vino, eso dio paso a un debate de filosofía barata sobre si la historia de los argonautas era realidad o ficción. La mayoría de los presentes insistió en que el vellocino de oro era real, y debatieron acerca de cuál de los ríos que vertía en el Euxino tenía el oro. Filocles insistió en que el relato era una alegoría del grano. Nadie le hizo el menor caso.

Finalmente, nadie contó nada provechoso a Kineas sobre los escitas. Bebió cuatro copas de vino aguado, notó que su equilibrio interno se alteraba y pasó en la ronda siguiente.

—Antes no eras tan mujercita con el vino —señaló Calco mientras reía.

Kineas pensó que no había reaccionado de manera ostensible, pero Calco se estremeció al ver cómo le miraba y se hizo el silencio en la sala. En un campamento militar, aquello habría sido una ofensa que exigiría sangre. Kineas entendió que Calco no había tenido intención de insultarlo, aunque también constató que el hábito del poder había privado a Calco de su don de gentes. Kineas hizo una reverencia y se obligó a sonreír.

—Tal vez debería dormir en las dependencias de las mujeres, entonces —contestó.

Carcajadas. Isocles rio de buena gana. Calco se puso rojo a la luz de las lámparas. Ahora le tocaba a él contrariarse por un insulto, la insinuación de que sus mujeres pudieran alegrarse por una visita de Kineas, por más indirecta que hubiese sido. Kineas no vio motivo alguno para disculparse. Puso su copa boca abajo y se escabulló.